
Me llamo Roberto, pero en las carreteras de Chihuahua todos me decían “El Fantasma”.
Estaba sentado en el pórtico de mi casa, esa que se está cayendo a pedazos, con una taza de café rancio en las manos. Mis rodillas ya no aguantan el peso de la Harley, así que ahora solo veo pasar la vida y el polvo del desierto.
De repente, el silencio se rompió. No era el rugido de motores que yo conocía. Era el zumbido suave y costoso de dos camionetas negras, blindadas, de esas que brillan tanto que te lastiman los ojos.
Se detuvieron justo enfrente de mi reja de alambre.
Mi corazón dio un vuelco violento. En este país, cuando dos camionetas así se paran frente a la casa de un viejo ex motociclista, generalmente no es para traer buenas noticias. Pensé en mi pasado. Pensé en las p*leas de bar, en los “negocios” de juventud.
Instintivamente, llevé la mano al cinto, donde todavía guardo mi navaja. Vieja costumbre.
—¿Qué demonios…? —murmuré, poniéndome de pie con dificultad.
Los vidrios estaban tintados. Nadie bajaba. Esos segundos se sintieron como horas. El sol me quemaba la nuca, pero yo sentía un frío receloso en la espina dorsal.
Finalmente, las puertas se abrieron. Bajaron dos tipos enormes, con trajes a la medida y esos auriculares en el oído. Seguridad privada. Escanearon mi patio lleno de hierba seca con desprecio profesional.
—¿Es aquí? —preguntó uno.
—Sí, la dirección coincide —respondió el otro.
Yo no me moví. Me planté firme, con mis botas gastadas y mi camisa de franela. Si venían por mí, no se las iba a poner fácil.
Entonces, de la segunda camioneta, bajó ella.
No era policía. No era n*rco.
Era una mujer de unos cuarenta años, vestida con un traje sastre que costaba más que toda mi casa. Zapatos de tacón alto que se hundían un poco en la tierra suelta. Lentes oscuros. Caminaba con una seguridad que daba miedo, como si fuera dueña del mundo.
Se quitó los lentes mientras se acercaba a la reja.
Y ahí fue cuando sentí que el suelo se abría. Esos ojos. Eran ojos oscuros, inteligentes, pero ya no tenían el hueco del hambre ni el terror de la calle.
—¿Roberto? —preguntó ella. Su voz temblaba un poco, rompiendo esa fachada de empresaria de acero—. ¿Roberto “El Fantasma” Reyes?
Tragué saliva. Mi garganta se sentía como lija.
—Ese nombre murió hace mucho, señora —dije, sin soltar el mango de mi navaja—. ¿Quién lo busca?
Ella sonrió, y en esa sonrisa vi pasar 25 años en un segundo. Vi una noche helada, unos escalones de iglesia congelados y una niña temblando bajo mi chamarra de cuero llena de parches.
—Soy yo, Roberto —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Soy Lucía. La niña de los hot cakes. Y te he estado buscando la mitad de mi vida.
PARTE 2: EL PESO DE LA MEMORIA
Me quedé paralizado. La mano que sostenía cerca de la cintura, lista para sacar la navaja, cayó muerta a mi costado. El viento seco de Chihuahua sopló entre nosotros, levantando remolinos de polvo que se pegaban al sudor frío de mi frente, pero yo no podía parpadear.
—¿Lucía? —repetí, y mi voz sonó tan rota como el pavimento bajo mis botas.
La mujer frente a mí asintió. Una lágrima solitaria escapó de esos lentes oscuros que sostenía en la mano y trazó un camino brillante sobre su maquillaje perfecto. Detrás de ella, los gorilas de seguridad se tensaron, incómodos por la emoción de su jefa, pero sin bajar la guardia. Sus ojos escaneaban mi callejón sin salida, buscando amenazas invisibles en los techos de lámina de los vecinos.
—Baja el arma, Roberto —dijo ella suavemente. No era una orden, era una súplica—. Por favor. No vine a hacerte daño. Vine a cumplir una promesa que me hice a mí misma cuando tenía siete años.
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Lentamente, con movimientos que delataban la artritis en mis dedos, alejé la mano del cinto.
—Pásale —murmuré, haciéndome a un lado y abriendo la reja de alambre que chilló en protesta por la falta de aceite—. Pero te advierto… no es un palacio. Ni siquiera es una casa decente para alguien como tú.
Lucía no dudó. Dio un paso firme hacia mi mundo, sus tacones de marca hundiéndose en la tierra compactada de mi patio. Los dos guardaespaldas hicieron ademán de seguirla.
—Ustedes no —ordenó ella, sin voltear—. Quédense junto a las camionetas. Si alguien se acerca, me avisan.
—Pero señora… —empezó uno de los tipos, el más alto, con una cicatriz en la barbilla.
—Dije que esperen afuera. Estaré bien. Estoy con “El Fantasma”.
Ese apodo, dicho con tanta reverencia por una mujer que olía a perfume caro y éxito, me hizo sentir una punzada de vergüenza. “El Fantasma” solía ser alguien a quien respetaban. Ahora, “El Fantasma” era un viejo que juntaba latas de aluminio para completar la semana y que le debía dinero a la de la tienda.
Ella entró al pórtico. La sombra del techo de lámina nos cubrió, ofreciendo un respiro del sol inclemente del norte.
—¿Tienes un poco de agua? —preguntó, mirando alrededor con curiosidad, no con asco. Sus ojos se posaron en mi vieja Harley Davidson, cubierta con una lona gris en la esquina, como si fuera un cadáver esperando autopsia.
—Agua de la llave es lo único que hay —dije, sintiendo el calor subirme a la cara—. O café de la mañana, pero ya está frío.
—Agua está bien.
Entré a la casa, dejando la puerta abierta. Mi casa era un solo cuarto grande dividido por cortinas. Una cama en una esquina, una mesa de plástico con dos sillas desparejas, y una estufa de dos quemadores. Las paredes mostraban las cicatrices de la humedad y el abandono. Busqué un vaso limpio, uno de esos de veladora que todos usamos como vajilla cuando la vida aprieta, y lo llené.
Mis manos temblaban tanto que derramé un poco al entregárselo.
Ella lo tomó con ambas manos, como si fuera una copa de cristal fino, y bebió un trago largo. Luego, suspiró y se sentó en una de las sillas de plástico, cruzando las piernas con una elegancia que desentonaba violentamente con mi piso de cemento pulido.
Me senté frente a ella, el silencio pesando toneladas.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó mi voz ronca, rompiendo el hielo.
—No fue fácil —admitió, dejando el vaso sobre la mesa—. “El Fantasma” desapareció del mapa hace quince años. Tu nombre real, Roberto Reyes, no aparece en el seguro social, ni en el registro de votantes reciente, ni en cuentas bancarias. Eres un fantasma de verdad.
—Es mejor así —gruñí, mirando mis manos llenas de manchas de sol y cicatrices viejas—. Los hombres con mi pasado no deben ser encontrados. La gente que me busca… normalmente quiere cobrar facturas con plomo.
—Yo contraté a un investigador privado —continuó ella, ignorando mi comentario—. Un ex federal. Le tomó dos años seguir tu rastro desde Ciudad Juárez hasta este pueblo olvidado de Dios. Me dijo que vivías solo. Que estabas enfermo. Que vendiste tu chaleco del club hace tres años.
Sentí un golpe en el estómago. Vender mi chaleco, mis “colores”, había sido la humillación más grande de mi vida. Lo hice para pagar la operación de mi perro, Buster, que al final se m*rió de todos modos.
—Ese investigador es un metiche —escupí.
—Es efectivo —corrigió ella. Luego, se inclinó hacia adelante, y la luz que entraba por la puerta iluminó su rostro. Fue ahí, en ese ángulo, donde la vi.
La vi a ella.
De repente, ya no estaba en mi cocina miserable de 2024. De repente, era 1998. Invierno en Ciudad Juárez.
El recuerdo me golpeó con la fuerza de un tráiler sin frenos.
Era una noche de febrero, de esas que calan hasta los huesos. El viento aullaba por las avenidas de Juárez, trayendo olor a maquiladora y desesperanza. Yo tenía cuarenta años y estaba en mi mejor momento, o eso creía. Era el sargento de armas de mi club. Tenía dinero en el bolsillo, respeto en la calle y una soberbia que me hacía sentir inmortal.
Había parado en un restaurante de cadena, uno de esos abiertos las 24 horas, cerca del Puente Internacional. Mi moto estaba afuera, brillando bajo las luces de neón. Yo entré haciendo ruido con mis botas, oliendo a cuero y gasolina. Me senté en una mesa del fondo y pedí lo de siempre: café negro y un bistec con papas.
Entonces la vi a través del cristal.
Era una “cosita” de nada. Una niña, no podía tener más de siete u ocho años. Llevaba una camiseta de tirantes sucia que le quedaba enorme, como un vestido, y estaba descalza. Sus pies eran morados por el frío. Estaba parada afuera, pegada al vidrio, mirando a la gente comer con unos ojos que eran puro abismo.
No pedía dinero. No extendía la mano. Solo miraba.
Vi cómo el gerente del lugar, un tipo gordo con corbata barata, salía por la puerta lateral para espantarla.
—¡Lárgate de aquí, escuincla! —le gritó, y vi cómo le daba un empujón con el pie—. ¡Ahuyentas a los clientes! ¡Vete a robar a otro lado!
La niña no lloró. Solo se encogió, abrazándose a sí misma para protegerse del g*lpe y del frío, y se movió unos metros, escondiéndose detrás de un contenedor de basura.
Algo en mi pecho se rompió esa noche. Quizás porque yo también fui un niño de la calle antes de encontrar a mi “familia” en el club. Quizás porque esa noche yo había hecho cosas malas y necesitaba, desesperadamente, hacer una cosa buena para equilibrar la balanza del karma.
Me levanté, dejé unos billetes en la mesa sin tocar mi comida y salí.
El frío me abofeteó la cara. Caminé hacia el contenedor. La niña se hizo bolita cuando vio mi sombra enorme proyectada sobre ella. Pensó que yo iba a pegarle también.
—Hey —dije, tratando de suavizar mi voz de trueno—. No te voy a hacer nada.
Ella levantó la vista. Temblaba tanto que sus dientes castañeteaban haciendo un ruido rítmico, tac-tac-tac.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
Ella asintió, despacio.
—Ven.
La llevé de regreso a la entrada del restaurante. El gerente se puso en la puerta, cruzado de brazos.
—Oiga, no puede meter a esa pordiosera aquí. Son políticas de la empresa.
Lo miré. Solo lo miré. Me quité los lentes oscuros y dejé que viera la cicatriz que me cruza la ceja y esa mirada muerta que he perfeccionado con los años. Puse mi mano sobre su hombro y apreté.
—Ella viene conmigo —dije en voz baja—. Y si no le sirves la mejor mesa que tengas, voy a hacer que este lugar necesite una remodelación completa mañana por la mañana. ¿Entendido?
El tipo se puso pálido y se apartó.
Senté a la niña en una mesa. Ella miraba todo con asombro: las luces, los cubiertos limpios, el calor.
—Pide lo que quieras —le dije.
Ella señaló el menú con un dedo sucio. La foto de unos hot cakes con fresas y crema batida.
—Eso —susurró. Fue la primera palabra que le escuché.
Cuando llegaron los hot cakes, comió con una voracidad que me dolió el alma. Se manchó la cara de miel y crema. Yo solo tomaba café y la miraba. Cuando terminó, me miró y sonrió. Le faltaba un diente de leche.
—Gracias, señor gigante —dijo.
—De nada, chiquilla.
Pero la noche seguía helada. No podía dejarla ir así. Me quité mi chamarra de cuero. No el chaleco con los parches del club, sino la chamarra gruesa que llevaba debajo. Era una Wilson de piel negra, pesada, caliente. Me quedaba grande a mí, así que a ella le serviría de cobija, de casa de campaña y de escudo.
Se la puse sobre los hombros. Le llegaba hasta los tobillos.
—Toma —le dije—. Es piel de la buena. Te va a proteger del viento.
—¿Y tú? —preguntó.
—Yo tengo grasa de sobra —bromeé, aunque el frío ya me estaba calando—. Escúchame bien, niña. El mundo es cabrón. La gente es mala. Pero tú eres fuerte. Tienes ojos de sobreviviente.
Saqué una pluma y una servilleta. Escribí algo que ni siquiera recuerdo bien qué era. Tal vez mi número de aquel entonces, o una frase tonta. Se la metí en el bolsillo de la chamarra.
—Si algún día estás en un problema de verdad, de esos de vida o m*erte, busca a “El Fantasma”. Pero por ahora… sobrevive.
Me subí a la moto y me fui. Nunca miré atrás. Es la regla número uno: nunca mires atrás.
—Sobrevive… —La voz de Lucía me trajo de vuelta al presente.
Ella había sacado algo de su bolso de mano. Era un pedazo de papel, amarillento, casi deshecho por los pliegues del tiempo, laminado con cuidado en plástico para que no se terminara de desintegrar.
Lo puso sobre la mesa de plástico entre nosotros.
Me incliné. Apenas se leía la tinta azul desvanecida, pero reconocí mi letra, más firme en aquel entonces:
“No dejes que el frío te apague. El Fantasma.”
Sentí que los ojos se me llenaban de agua. Maldita vejez, me ha hecho blando.
—Esa chamarra fue mi casa durante tres inviernos —dijo Lucía, su voz firme pero cargada de emoción—. Dormí en parques, en casas abandonadas, debajo de puentes. Cuando los otros niños de la calle intentaban robármela, les decía que era de “El Fantasma” y que si me tocaban, tú vendrías a por ellos. Tu nombre era mi escudo. Creé una leyenda alrededor de ti para protegerme.
—Solo fue una chamarra y unos hot cakes, Lucía —dije, negando con la cabeza—. No hice nada. Te dejé ahí. Te dejé en la calle.
—Me diste dignidad —corrigió ella tajantemente—. Esa noche, por primera vez en mi vida, alguien me trató como una persona, no como una rata. Me sentaste en una mesa, hiciste que me sirvieran. Me miraste a los ojos. Eso me dio la fuerza para no rendirme.
Lucía se levantó y caminó un poco por el cuarto, sus tacones resonando.
—A los 12 años, entré a un albergue. Fui a la escuela. Trabajé limpiando pisos, lavando platos, haciendo lo que fuera, siempre con tu nota en mi bolsillo. Me gradué con honores. Gané una beca. Hoy… hoy soy dueña de una cadena de logística que opera en todo el norte del país. Esas camionetas allá afuera son mías.
Se detuvo frente a mí y me tomó las manos. Sus manos eran suaves, cuidadas, cálidas. Las mías eran lijas frías.
—Pero nunca olvidé. Contraté gente para buscarte. Y cuando supe en qué condiciones vivías… Roberto, se me rompió el corazón.
Retiré mis manos suavemente. El orgullo es un animal difícil de matar, incluso cuando estás derrotado.
—Mira, Lucía, me da gusto que te haya ido bien. De verdad. Pero yo no necesito caridad. Estoy bien. Tengo mi casa, tengo… mis recuerdos. Estoy pagando por las cosas malas que hice. Es el orden natural.
—Esto no es caridad —dijo ella, con un tono de acero que me recordó a la empresaria que bajó de la camioneta—. Es el pago de una deuda. Una inversión que maduró por 25 años.
—No te debo nada.
—Yo te debo a ti. Roberto, sé que tienes deudas. Sé que debes predial, luz y dinero a un agiotista local que te ha estado amenazando. Sé que necesitas una cirugía de cadera que no puedes pagar.
Me quedé callado. El investigador había hecho bien su trabajo. El agiotista, un tal “El Tuercas”, me había dado hasta fin de mes antes de mandarme a sus muchachos.
—No quiero tu dinero —insistí, terco como una mula.
—No te voy a dar dinero —sonrió ella, una sonrisa astuta—. Te voy a dar trabajo.
La miré, confundido.
—¿Trabajo? Mírame, mujer. Apenas puedo caminar. No sirvo para cargar cajas ni para manejar camiones. Estoy acabado.
—No necesito tu fuerza física, Roberto. Necesito tu confianza. Necesito a alguien que no se doble, alguien que tenga los principios que tú tuviste esa noche en Juárez. Tengo un problema en la empresa, robos internos, gente en la que no puedo confiar. Necesito un jefe de seguridad que sepa leer la calle, que sepa ver a los lobos antes de que ataquen. Y no hay nadie que conozca a los lobos mejor que un viejo lobo.
—Estás loca —resoplé—. Soy un viejo ex convicto.
—Eres el hombre que salvó a una niña cuando nadie más lo hizo. Eres el único hombre en este mundo en el que confío ciegamente, porque me salvaste sin pedir nada a cambio.
Ella sacó una carpeta de su bolso y la puso sobre la mesa, junto a la nota vieja.
—Aquí están los papeles. He pagado tus deudas esta mañana. Todas. La casa es tuya, libre de gravamen. La operación de cadera está programada para la próxima semana en el mejor hospital de Monterrey. Y hay un contrato ahí. Un sueldo que te permitirá vivir el resto de tus días como un rey, o al menos, como el hombre digno que eres.
Miré la carpeta. Miré la nota. Miré sus ojos.
Sentí un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Durante años, pensé que moriría solo en este agujero, castigado por Dios y olvidado por el diablo. Pensé que mis actos de bondad habían sido insignificantes comparados con mis pecados.
Pero ahí estaba la prueba de que no.
Una simple acción. Unos hot cakes. Una chamarra. Habían florecido en esto.
—¿Por qué? —pregunté, con la voz quebrada—. Podrías haberme mandado un cheque y ya.
—Porque tú me diste calor cuando yo moría de frío —dijo ella, y se le quebró la voz también—. Porque tú fuiste mi padre por una hora, cuando mi verdadero padre me había tirado a la basura.
Se acercó y me abrazó.
Al principio me quedé rígido. Hacía años que nadie me abrazaba. Olía a flores y a limpieza. Pero luego, poco a poco, mis brazos viejos rodearon su espalda. Cerré los ojos y, por primera vez en décadas, dejé que “El Fantasma” llorara.
Lloré por el tiempo perdido. Lloré por el dolor de mis rodillas y por la soledad de mis noches. Pero sobre todo, lloré de gratitud.
Cuando nos separamos, ella se limpió las lágrimas y sonrió.
—Entonces, ¿qué dices, Roberto? ¿Aceptas el trabajo? ¿O tengo que llamar al gerente para que te corra?
Solté una carcajada, una de verdad, oxidada y rasposa.
—Maldita sea, niña —dije, tomando la carpeta—. Creo que voy a necesitar un traje nuevo.
—De eso me encargo yo —dijo ella—. Pero primero… tengo hambre. ¿Sabes dónde venden buenos hot cakes en este pueblo?
La miré y asentí, sintiendo que un peso enorme se levantaba de mis hombros.
—Conozco un lugar. Pero esta vez, invito yo.
Caminamos hacia la salida. El sol de la tarde ya no quemaba tanto. Ahora se sentía cálido, como una promesa. Al salir al pórtico, los guardaespaldas nos miraron. Yo ya no vi amenaza en ellos. Vi respeto.
Lucía caminó hacia su camioneta, pero se detuvo y volteó.
—Roberto —dijo.
—¿Sí?
—Tráete la navaja —guiñó un ojo—. Uno nunca sabe.
Sonreí, toqué el mango de mi vieja compañera en el cinto y cerré la puerta de mi casa destartalada. Tal vez ya no regresaría a vivir ahí. Tal vez “El Fantasma” había muerto, pero Roberto Reyes acababa de resucitar.
Mientras subía a esa camioneta de lujo, con el aire acondicionado golpeándome la cara, pensé en una cosa: la vida da muchas vueltas, pero el bien que haces, por pequeño que sea, siempre encuentra el camino de regreso a casa.
PARTE 3: ENTRE LOBOS Y TRAJES DE SEDA
El sonido de la puerta blindada al cerrarse fue seco, definitivo, como el martillo de un juez dictando sentencia. De repente, el ruido del viento y los ladridos lejanos de los perros callejeros desaparecieron, reemplazados por un silencio hermético y el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado.
Me hundí en el asiento de piel color crema. Era tan suave que sentí que estaba profanándolo con mis jeans llenos de grasa y tierra. Mis botas, esas que habían pateado traseros y recorrido miles de kilómetros de asfalto caliente, ahora descansaban sobre una alfombra que parecía más limpia que las sábanas de mi cama.
Lucía se acomodó a mi lado. Se quitó los lentes oscuros y suspiró, un sonido largo que delataba un cansancio que el maquillaje no podía ocultar del todo.
—A la salida a Juárez, por favor, Torres —le dijo al chofer, un tipo con el cuello tan ancho que parecía no tenerlo.
—Sí, señora —respondió el hombre, mirando brevemente por el espejo retrovisor. Sus ojos se cruzaron con los míos. No había amabilidad en ellos, solo una evaluación fría. Me estaba midiendo. Calculaba cuánto tardaría en romperme si tuviera que sacarme de la camioneta a la fuerza. Le sostuve la mirada hasta que él volvió a fijar la vista en el camino. Buen intento, muchacho, pero yo miraba a los ojos al diablo antes de que tú nacieras, pensé.
La camioneta avanzó, levantando una nube de polvo que dejábamos atrás, junto con mi vida de ermitaño.
—¿Estás bien, Roberto? —preguntó Lucía, sacándome de mis pensamientos.
—Me siento como un perro callejero que se coló en una boda —admití, pasando la mano por la tapicería del asiento—. Esto es demasiado, Lucía. No estoy hecho para el lujo. Mi culo está acostumbrado al asiento duro de la Harley, no a… esto.
Lucía sonrió, una sonrisa genuina que le quitaba diez años de encima y dejaba ver a la niña de los hot cakes.
—Te acostumbrarás. Además, necesitas comodidad. Vi cómo cojeabas al caminar hacia acá. Esa cadera te está matando, ¿verdad?
—Solo cuando respiro —bromeé, aunque era una verdad a medias. El dolor era un clavo ardiente incrustado en la articulación, un recordatorio constante de una caída en la carretera federal 45 hace una década—. Es el clima. La humedad se le mete a uno en los huesos.
—Ya no tendrás que preocuparte por eso. El doctor Arriaga es el mejor ortopedista de Monterrey. Ya le mandé tus radiografías que consiguió mi investigador. Dice que tu cadera parece un rompecabezas mal armado, pero que tiene solución.
Miré por la ventana polarizada. Mi pueblo pasaba rápido, borroso. La tienda de abarrotes donde me fiaban las tortillas, el taller mecánico donde a veces ayudaba a cambiar aceites por unos pesos, el parque donde los cholos se juntaban a fumar. Todo quedaba atrás. Sentí un hueco en el estómago. Miedo. Un miedo estúpido y viejo. Miedo a dejar lo conocido, por miserable que fuera, para entrar a un mundo donde no sabía las reglas.
—¿A dónde vamos realmente, Lucía? —pregunté, cambiando el tono—. Dijiste que había problemas en tu empresa. Que necesitabas a alguien que viera a los lobos. Pero tú tienes a estos gorilas —señalé con la cabeza hacia el copiloto, el tipo de la cicatriz en la barbilla que había intentado detenerme antes—. Se ven bastante capaces de romper piernas.
El copiloto se tensó, pero no volteó.
Lucía se puso seria. Su rostro cambió, endureciéndose. Volvió a ser la empresaria.
—Mis hombres de seguridad, incluido Garrido —señaló al copiloto—, son excelentes en lo que hacen. Son ex militares, tácticos, saben disparar, saben manejar situaciones de alto riesgo. Pero tienen un problema, Roberto.
—¿Cuál?
—Piensan como soldados. Siguen protocolos. Ven el mundo en blanco y negro, en objetivos y perímetros. El problema que tengo no viene de afuera. No es un comando armado asaltando mis camiones en la carretera, al menos no de la forma tradicional.
Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz, aunque el vidrio que nos separaba del chofer estaba subido.
—Estoy perdiendo carga. Mucha. Electrónica, componentes automotrices, cosas de alto valor. Pero los camiones no son asaltados violentamente. Desaparecen del GPS en zonas muertas y aparecen horas después, vacíos, sin señales de fuerza. Los choferes dicen que no vieron nada, que los drogaron o que simplemente no recuerdan.
—Trabajo interno —dije instintivamente. Era la regla más vieja del libro. Si la puerta no está forzada, el ladrón tenía llave.
—Exacto. O eso creo. Pero Garrido y su equipo han interrogado a todos. Han revisado antecedentes, cuentas bancarias, polígrafos. Nada. Todo limpio. Mis gerentes me dicen que es mala suerte, que el crimen organizado está usando tecnología nueva. Pero mi instinto me dice que hay alguien sonriendo en mis juntas directivas mientras me clava el puñal por la espalda.
Me froté la barba gris. La situación me sonaba familiar. En el club de motociclistas pasaba lo mismo. Cuando la droga o el dinero faltaban, nunca era el enemigo de afuera. Siempre era un “hermano” que se había vuelto codicioso.
—Necesitas a alguien que no busque en las computadoras, sino en los ojos —dije.
—Necesito a alguien que sepa cuándo alguien está mintiendo, aunque el polígrafo diga que no. Necesito a “El Fantasma”. Alguien que pueda caminar por los almacenes, por los patios de maniobras, y oler el miedo. Garrido impone respeto, pero tú… tú impones una inquietud diferente. Tienes calle, Roberto. Ellos tienen academia.
Garrido, desde el asiento delantero, hizo un ruido gutural, una especie de tos fingida. Claramente no le gustaba que su jefa le dijera que un viejo motociclista podía hacer lo que él no.
—Garrido no está muy contento, ¿eh? —murmuré.
—Garrido es leal, pero celoso de su territorio. Tendrás que lidiar con eso. Es tu primera prueba.
Llegamos al restaurante. No era un lugar de lujo como imaginé. Era un “diner” estilo americano en la orilla de la carretera, muy parecido a aquel donde nos conocimos hace 25 años. Lucía tenía un sentido del simbolismo que me erizaba la piel.
Los guardaespaldas bajaron primero, escaneando el perímetro. Garrido me abrió la puerta. Me miró de arriba abajo con desprecio mal disimulado.
—Intente no tropezarse, abuelo —susurró mientras yo bajaba con dificultad.
Me detuve, quedando cara a cara con él. Él era más alto, más joven, más fuerte. Un toro de gimnasio. Pero yo tenía algo que él no. Tenía la certeza de que ya no tenía nada que perder.
—Ten cuidado, hijo —le dije con voz rasposa, sonriendo levemente—. Los viejos no llegamos a viejos por ser pendejos, sino por ser peligrosos. Y si vuelves a llamarme abuelo, te voy a enseñar un truco con mi bastón que no te va a gustar nada.
Garrido parpadeó, sorprendido por la respuesta. Antes de que pudiera reaccionar, Lucía pasó a mi lado y me tomó del brazo.
—Vamos, Roberto. Muero de hambre.
Entramos. El olor a café tostado y mantequilla me golpeó, y por un segundo, el tiempo se dobló. Nos sentamos en una mesa del rincón. Lucía pidió lo mismo de aquella vez: hot cakes con fresas. Yo pedí machaca con huevo, porque un hombre no puede vivir solo de recuerdos dulces.
Mientras comíamos, hablamos. No de negocios, sino de la vida. Le conté de mi perro Buster, de cómo murió en mis brazos. Le conté de los años en la cárcel, de la soledad que se te mete en la piel como el frío de la sierra. Ella me contó de su ascenso. De cómo empezó cargando cajas, de cómo aprendió inglés escuchando canciones, de los hombres que intentaron aprovecharse de ella y de cómo los dejó atrás.
—Nunca me casé —dijo ella de repente, jugando con el tenedor—. Nunca tuve tiempo. O tal vez, nunca confié en nadie lo suficiente. Siempre buscaba esa sensación de seguridad que sentí bajo tu chamarra esa noche. Y ningún hombre de negocios con manos suaves me la pudo dar.
—La seguridad es una ilusión, niña —dije, limpiando el plato con una tortilla de harina—. Lo único real es saber que, si todo se va al carajo, tienes con qué defenderte.
Ella me miró fijamente.
—Por eso te traje, Roberto. Porque todo está a punto de irse al carajo en mi empresa. Y necesito que seas mi defensa.
LA TRANSICIÓN: METAL Y HUESO
La semana siguiente fue una nebulosa de dolor y paredes blancas.
Monterrey es una ciudad que no duerme, llena de industria y dinero, muy diferente al silencio de mi desierto. El hospital privado era como un hotel de cinco estrellas, pero con olor a antiséptico.
Me operaron dos días después de llegar. Recuerdo el miedo. No a la muerte, a la muerte ya la había saludado un par de veces. Tenía miedo a la indefensión. A estar dormido mientras otros me abrían. A despertar y no ser yo.
—Cuente hacia atrás desde diez, señor Reyes —dijo el anestesiólogo.
—Diez… nueve… si no despierto, díganle a Lucía que la chamarra era robada… —murmuré, y luego, la oscuridad.
Desperté con sed y con una sensación extraña en la pierna. Dolor, sí, pero un dolor diferente. Un dolor de curación, no de desgaste. La rehabilitación comenzó al día siguiente. Fue un infierno.
—¡Vamos, Roberto! ¡Un paso más! —gritaba la fisioterapeuta, una chica bajita con brazos de acero llamada Mariana.
—¡Vete al diablo, niña! —le gritaba yo, sudando la gota gorda, aferrado a las barras paralelas—. ¡Me duele hasta el alma!
—¡El alma no tiene huesos! ¡Mueva esa pierna!
Lucía venía a verme todas las noches. A veces traía documentos de la empresa y leía en el sillón mientras yo fingía dormir. La veía fruncir el ceño, marcar cosas con un bolígrafo rojo, hacer llamadas en voz baja donde su tono se volvía cortante y peligroso.
—¿Problemas? —pregunté una noche, con la voz pastosa por los analgésicos.
—Otro camión desaparecido —dijo ella, frotándose las sienes—. Carga de microchips. Medio millón de dólares. Se esfumó cerca de Matehuala.
—El chofer… —empecé a decir.
—Apareció golpeado. Dice que fueron federales falsos. Garrido le cree.
—Garrido es un idiota —gruñí, tratando de acomodarme en la cama—. Los federales falsos no dejan testigos si roban esa cantidad. El chofer está en el ajo. O alguien le pagó para que se dejara golpear.
Lucía me miró, interesada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es lo que yo hubiera hecho en mis tiempos. Si robas medio millón, no dejas cabos sueltos, a menos que el cabo suelto sea parte del plan para desviar la atención. ¿Revisaron a la familia del chofer?
—Garrido revisó sus cuentas.
—No las cuentas, Lucía. La vida. ¿Tienen deudas? ¿Alguien enfermo? ¿La esposa trae ropa nueva? El dinero deja rastro, pero no siempre en el banco. A veces deja rastro en la vanidad o en la desesperación.
Lucía anotó algo en su libreta.
—Cúrate rápido, Fantasma. Te necesito en el campo.
EL NUEVO PELAJE
Un mes después, estaba listo. Caminaba con un bastón, pero más por estilo y precaución que por necesidad absoluta. La cadera de titanio funcionaba mejor que la original. Me sentía… renovado. Todavía viejo, pero un viejo reparado, como una moto clásica con motor ajustado.
El día que me dieron de alta, un sastre llegó a mi habitación del hotel donde Lucía me había alojado para la recuperación final.
—La señorita Lucía ordenó tres trajes completos —dijo el hombre, un tipo amanerado y profesional que me midió con una cinta métrica sin inmutarse por mis tatuajes carcelarios ni por las cicatrices de navajazos en mi torso.
—Nada de corbatas —advertí—. Siento que me ahorcan.
—Podemos hacer un estilo… casual ejecutivo. Camisas de cuello abierto, sacos estructurados. Algo que diga “soy el jefe” pero también “puedo romperte la cara si es necesario”.
Sonreí. El tipo me caía bien.
Cuando me vi en el espejo una hora después, no me reconocí. El hombre que me devolvía la mirada no era el vago del pórtico. Llevaba un traje gris oscuro, una camisa negra desabotonada en el cuello, y mis viejas botas de motociclista, boleadas hasta parecer nuevas. El cabello gris y la barba estaban recortados y prolijos.
Me veía peligroso. Pero de una forma elegante. Como un capo retirado o un sicario de la vieja guardia.
—Te ves bien, Roberto —dijo Lucía desde la puerta. Llevaba un vestido rojo.
Me giré, apoyándome en el bastón con empuñadura de plata (un regalo de ella).
—Me siento disfrazado.
—No es un disfraz. Es un uniforme. Y ahora, vamos a la oficina. Quiero presentarte a los lobos.
LA GUARIDA DE LOS LOBOS
Las oficinas corporativas de Logística Norte eran un edificio de cristal en la zona de San Pedro Garza García. Todo gritaba dinero. Pisos de mármol, recepcionistas que parecían modelos, arte moderno en las paredes.
Entramos como una tormenta. Lucía al frente, yo a su derecha, un paso atrás, cojeando con ritmo, y Garrido y sus hombres detrás, visiblemente molestos por mi presencia.
Las miradas de los empleados eran una mezcla de curiosidad y temor. ¿Quién era ese viejo con cicatrices y traje caro que caminaba junto a la dueña? Se escuchaban los murmullos.
Llegamos a la sala de juntas del último piso. Había cinco hombres sentados alrededor de una mesa ovalada enorme.
Lucía entró y todos se pusieron de pie.
—Buenos días, señores —dijo ella, sentándose en la cabecera—. Antes de empezar con el reporte de pérdidas, quiero presentarles a alguien.
Me hizo un gesto. Yo me quedé de pie, apoyado en el bastón, escaneando la habitación. Mis ojos de “Fantasma” se activaron. Buscaba detalles. Manos sudorosas, tics nerviosos, miradas esquivas.
—Este es el Señor Roberto Reyes. Es mi nuevo Asesor Especial de Seguridad y Operaciones. Reporta directamente a mí. Lo que él pida, se le da. Lo que él pregunte, se le contesta.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Asesor? —preguntó uno de los hombres. Era un tipo delgado, con lentes de montura dorada y un reloj que costaba más que mi operación de cadera. Licenciado Miramontes, el Director de Operaciones. Lo reconocí por las fotos que Lucía me había mostrado—. Con todo respeto, señora, ya tenemos al señor Garrido. ¿Cuáles son las credenciales del señor Reyes?
Me adelanté antes de que Lucía pudiera contestar. Caminé lentamente alrededor de la mesa. El sonido de mi bastón contra el piso de madera era el único ruido en la sala. Tac. Tac. Tac.
Me detuve detrás de Miramontes. Olía a colonia cara y a tabaco mentolado. Puse mi mano sobre el respaldo de su silla. Se tensó.
—Mis credenciales, licenciado… —dije con voz baja, esa voz de grava que raspa— son cuarenta años sobreviviendo en lugares donde usted no duraría ni cinco minutos. Mis credenciales son que puedo ver lo que ustedes no.
Me incliné y susurré cerca de su oído.
—Por ejemplo, veo que está nervioso. Juega con su anillo de matrimonio, pero no tiene marca de bronceado en el dedo. Eso significa que se lo pone solo para venir a trabajar o para las reuniones importantes. ¿Problemas en casa? ¿O una amante que sale cara?
Miramontes se puso pálido y retiró la mano de la mesa bruscamente.
—¡Esto es inaudito! —exclamó, mirando a Lucía—. ¿Quién es este matón?
—Es el hombre que va a descubrir quién me está robando —dijo Lucía con frialdad—. Y si yo fuera tú, Miramontes, no lo provocaría. Tiene muy poca paciencia.
Continué mi ronda. Había otro tipo, el Gerente de Flota, un tal “Ingeniero Salazar”. Gordo, sudoroso. No me miraba a los ojos. Miraba sus papeles. Sus manos temblaban ligeramente.
Me detuve frente a él.
—Ingeniero —saludé.
—Señor Reyes —balbuceó.
—Bonitos zapatos —dije, señalando sus mocasines italianos—. Demasiado limpios para alguien que debería estar supervisando patios de carga llenos de grasa y diesel, ¿no cree? Un gerente de flota que no se ensucia las botas… me genera desconfianza.
Salazar tragó saliva ruidosamente.
Regresé al lado de Lucía. La atmósfera en la sala había cambiado. Ya no era una reunión corporativa aburrida. Ahora había miedo. Y el miedo hace que la gente cometa errores.
—Roberto tendrá acceso total —continuó Lucía—. A los sistemas, a los almacenes, a las bitácoras y a sus oficinas personales.
—¡Eso es ilegal! —protestó el de Recursos Humanos.
—Es mi empresa —cortó Lucía—. Si no les gusta, ahí está la puerta. Pero si se van ahora, asumiré que tienen algo que esconder y les enviaré a mis abogados… y al señor Reyes, para que auditen su salida.
Nadie se movió.
—Bien. Ahora, largo de aquí. Quiero revisar los expedientes.
Los ejecutivos salieron casi corriendo, como escolares regañados. Garrido se quedó en la puerta, mirándome con una mezcla de odio y, por primera vez, algo de duda. Quizás empezaba a entender que yo no jugaba con sus reglas.
Cuando quedamos solos, Lucía se dejó caer en su silla y soltó una risita nerviosa.
—Dios mío, Roberto. Los aterrorizaste. Lo del anillo de Miramontes… ¿es verdad?
—Ni idea —me encogí de hombros, sentándome—. Fue un blofeo. Pero su reacción me dijo todo lo que necesitaba saber. Ese tipo oculta algo. Tal vez no el robo, pero algo sucio tiene. Y el gordo, Salazar, ese sí apesta a culpa. ¿Viste cómo sudaba? Huele a deuda de juego o a extorsión.
Lucía me miró con admiración.
—Instinto —susurró.
—Calle —corregí—. Ahora, jefa, necesito ir al patio de maniobras. Quiero ver los camiones. Quiero hablar con los mecánicos, con los cargadores, con la gente de abajo. Los de arriba mienten con hojas de cálculo. Los de abajo mienten con silencios. Y yo sé escuchar el silencio.
—Garrido te acompañará.
—Que me acompañe. Pero que no hable. Si abre la boca, me arruina la vibra.
Me levanté, el dolor de la cadera era solo un recuerdo lejano gracias a la adrenalina.
—Voy a cazar a tus lobos, Lucía. Y cuando los encuentre, te prometo que desearán haberse topado con la policía en lugar de con “El Fantasma”.
Caminé hacia la puerta, pero me detuve. Saqué de mi bolsillo interior la vieja navaja, la abrí y la cerré con un clic rápido, un hábito nervioso.
—Ah, y Lucía…
—¿Sí?
—Gracias por el traje. Me hace sentir… respetable.
—Siempre fuiste respetable, Roberto. Solo que el mundo estaba ciego.
Salí al pasillo. Garrido me esperaba.
—¿A dónde, jefe? —preguntó con sarcasmo.
—Al taller, Garrido. Vamos a ensuciarnos esos zapatos bonitos que traes. Y mantenlos ojos abiertos. Aquí huele a traición, y el olor viene de cerca.
Garrido frunció el ceño, pero asintió. Subimos al elevador. Mientras descendíamos, vi mi reflejo en el metal pulido de las puertas. Ya no veía al viejo acabado. Veía a un depredador que había vuelto a su territorio. El juego había comenzado. Y yo tenía una mano ganadora que llevaba 25 años esperando jugar.
EL PATIO DE LAS SOMBRAS
El calor en el patio de maniobras era infernal, pero a mí me gustaba. Olía a diesel quemado, a caucho y a grasa. Era mi elemento. Cientos de tráilers blancos con el logo de Logística Norte estaban alineados como soldados gigantes.
Caminé entre ellos, con Garrido siguiéndome como una sombra molesta.
Me acerqué a un grupo de mecánicos que trabajaban en el motor de un Kenworth. Se callaron en cuanto nos vieron. Limpiaron sus manos en trapos sucios y bajaron la mirada. Miedo. Otra vez miedo.
—Buenas tardes, caballeros —dije.
—Buenas —murmuró el más viejo, un hombre con la cara manchada de aceite.
—No se pongan nerviosos. No soy de la gerencia. —Me quité el saco caro y lo colgué en el espejo retrovisor del camión. Me arremangué la camisa blanca, dejando ver los tatuajes deslavados de mis antebrazos: una calavera con un casco y una rosa atravesada por una daga—. Soy mecánico. O lo fui, antes de que las rodillas me fallaran.
Los hombres miraron los tatuajes. Se relajaron un milímetro. Código reconoce código.
—¿Qué máquina trae este? —pregunté, señalando el motor.
—Cummins ISX15, patrón. Pero trae una falla en la inyección que no le hallamos.
—A ver —dije. Me acerqué, ignorando la mueca de asco de Garrido. Metí la cabeza bajo el cofre. Olí el motor. Toqué las mangueras. —Está chupando aire por el filtro de separador. La abrazadera está floja.
El mecánico revisó. Apretó. El motor, que estaba encendido en ralentí, cambió su sonido a un ronroneo parejo.
El viejo mecánico me miró con respeto.
—Sabe de fierros, patrón.
—Sé de fierros y sé de gente —dije, mirándolo a los ojos—. Y sé que aquí están pasando cosas raras. Camiones que desaparecen. Choferes que se quedan mudos.
El grupo se tensó de nuevo.
—No sabemos nada, jefe. Nosotros solo arreglamos lo que nos traen.
—Lo sé —bajé la voz—. Pero también sé que ustedes ven todo. Ven quién entra fuera de horario. Ven qué choferes traen dinero extra de repente. Ven qué camiones salen con “arreglos” especiales en el GPS.
Saqué un billete de 500 pesos y se lo puse en la bolsa de la camisa al viejo.
—No quiero nombres ahora. Pero voy a estar por aquí. Si recuerdan algo… si recuerdan quién le metió mano al sistema eléctrico del camión que se robaron en Matehuala… búsquenme. Soy Roberto.
Me puse el saco de nuevo. Garrido me miraba con incredulidad.
—¿Crees que te van a decir algo por 500 pesos? —se burló cuando nos alejamos.
—No, Garrido. No por el dinero. Por el respeto. Me ensucié las manos con ellos. Tú los miras como si fueran basura. Yo los miro como si fueran el motor de esta empresa. Esa es la diferencia. Ellos hablarán. Dales tiempo.
De repente, mi instinto se disparó. Una sensación de picazón en la nuca.
—No mires —le susurré a Garrido—, pero a las tres en punto, segundo piso del edificio de mantenimiento. Alguien nos está observando desde la ventana.
Garrido, para su crédito, no volteó de golpe. Sacó su celular y fingió revisar un mensaje, usando la pantalla negra como espejo.
—Lo veo —dijo, su tono cambiando a profesional—. Es Salazar. El gerente de flota.
—Está nervioso. Vino a asegurarse de que no encontráramos nada.
Sonreí.
—Vamos a darle un susto, Garrido. Vamos a revisar el camión 404. El que llegó ayer de la ruta del sur.
—¿Por qué ese? No tiene reporte de robo.
—Porque vi que Salazar no le quitaba la vista de encima desde la ventana. Y lo que el enemigo vigila, es lo que más le importa.
Caminamos hacia el camión 404. Era una unidad vieja, despintada. Nada especial. Pero cuando me acerqué, noté algo. El tanque de diesel auxiliar tenía soldadura fresca en la parte superior, casi invisible bajo la mugre.
—Garrido —dije—. Trae una linterna. Y llama a Lucía. Creo que encontramos cómo sacan la mercancía sin que nadie se de cuenta.
—¿Qué es?
Golpeé el tanque con mi bastón. Sonó hueco, pero no como suena el líquido. Sonó metálico.
—No están robando los camiones completos siempre. Están usando nuestros propios camiones como mulas. Doble fondo en los tanques. Sacan componentes electrónicos caros, los meten aquí, pasan los controles porque el camión va “vacío”, y los descargan en otro lado. Y el chofer… el chofer ni se entera, o es cómplice.
Garrido me miró. Por primera vez, vi respeto genuino en sus ojos fríos.
—Maldita sea, viejo. Tienes razón.
—No me digas viejo —dije, encendiendo un cigarrillo que saqué mágicamente, aunque se suponía que no fumaba—. Dime Fantasma. Y prepárate, porque esta noche vamos a cazar.
El sol se ponía sobre Monterrey, tiñendo el cielo de naranja y rojo. Me sentí vivo. La deuda con Lucía se estaba pagando. Y Roberto Reyes, el hombre olvidado, acababa de declarar la guerra.
PARTE FINAL: LA SANGRE, EL DIESEL Y LA REDENCIÓN
El humo de mi cigarrillo se mezclaba con los vapores tóxicos del diesel mientras Garrido iluminaba el tanque con la linterna táctica. Su mano, firme para disparar un arma, temblaba ligeramente al sostener el haz de luz. Lo que habíamos encontrado no era solo un compartimento secreto; era la sentencia de muerte de alguien. O la nuestra, si no jugábamos las cartas con la precisión de un cirujano.
—No mames… —susurró Garrido, olvidando por un momento su jerga militar—. Es alta tecnología, Fantasma. Mira las soldaduras. Son casi invisibles. Tuvieron que usar equipo industrial para esto.
Me acerqué, apoyando mi peso en el bastón, y pasé el dedo por el borde del corte en el metal.
—No lo hicieron aquí —dije, mi voz ronca resonando en la quietud del patio—. Esto se hizo en un taller especializado. Salazar no solo está robando; está coordinando una operación de manufactura. ¿Qué hay adentro?
Garrido metió la mano, con cuidado, y sacó un paquete envuelto en plástico negro, sellado al vacío. Lo rasgó con una navaja. El brillo de los procesadores bajo la luz de la linterna fue inconfundible.
—Microchips de grado automotriz —confirmó Garrido—. Cada caja de estas vale unos cinco mil dólares en el mercado negro. En este tanque caben… quizás cien.
Hice el cálculo mental rápido. Medio millón de dólares por viaje. Y el camión figuraba como “vacío” o transportando chatarra de bajo valor. Era brillante. Era audaz. Y era una traición asquerosa hacia la mujer que me había sacado del infierno.
—Llama a Lucía —ordené—. Que no venga al patio. Que se encierre en su oficina con los guardias de confianza. Tú y yo vamos a tener una charla con el Ingeniero Salazar antes de que se dé cuenta de que le descubrimos el pastel.
—¿Lo arrestamos? —preguntó Garrido, llevando la mano a su radio.
Le puse la mano sobre el hombro, apretando con fuerza.
—No, muchacho. Si lo arrestas ahora, se calla la boca, pide un abogado y sale en tres días. Necesitamos que cante. Necesitamos al pez gordo. Salazar es solo el mandadero. Quiero al que está sentado en la mesa grande.
Garrido asintió. Entendió que la ley y la justicia a veces caminan por senderos diferentes. Y esta noche, caminaríamos por el mío.
LA CAZA DEL RATÓN
Caminamos de regreso al edificio administrativo. La noche ya había caído por completo sobre Monterrey, cubriendo la ciudad con un manto de luces artificiales y sombras largas. El edificio de mantenimiento estaba casi vacío, salvo por la oficina del segundo piso donde habíamos visto la silueta.
Subimos las escaleras metálicas. Mis botas hacían un ruido pesado, deliberado. Quería que me oyera llegar. Quería que el miedo empezara a cocinarlo a fuego lento.
Al llegar a la puerta de vidrio esmerilado que decía “Gerencia de Flota”, hice una seña a Garrido para que se pegara a la pared. Sin tocar, abrí la puerta de una patada seca.
El Ingeniero Salazar estaba ahí, metiendo papeles frenéticamente en una trituradora. Dio un salto, tirando un vaso de café sobre su escritorio.
—¡¿Qué demonios?! —gritó, con los ojos desorbitados—. ¡Llamaré a seguridad!
—Seguridad está aquí, Ingeniero —dije con calma, entrando y cerrando la puerta detrás de mí. Garrido se quedó afuera, bloqueando la salida—. Y créame, usted no quiere que venga nadie más.
Me senté en la silla frente a su escritorio, colocando mi bastón sobre sus papeles empapados de café. Él miraba el bastón, luego a mí, luego a la puerta. Estaba calculando sus opciones. Eran nulas.
—Sé lo del camión 404, Salazar —solté la bomba sin preámbulos.
El color abandonó su rostro tan rápido que pensé que se desmayaría. Se dejó caer en su silla, que chirrió bajo su peso.
—No sé de qué me habla…
—No me insultes —saqué mi navaja y empecé a limpiarme las uñas con ella, un gesto viejo, carcelario, diseñado para helar la sangre—. Doble fondo en los tanques de diesel. Microchips. Un trabajo muy limpio. Demasiado limpio para un tipo que tiene manchas de mostaza en la corbata.
Salazar empezó a sudar a chorros. Era patético.
—Usted no entiende… ellos me obligaron… —balbuceó.
—¿Ellos? —me incliné hacia adelante—. ¿Quiénes son ellos? ¿Y quién es el jefe aquí adentro? Porque tú no tienes el cerebro para armar esto, gordo. Tú solo firmas las salidas.
—Si hablo, me matan —susurró, y vi lágrimas en sus ojos—. Tienen a mi familia vigilada. Saben dónde van mis hijos a la escuela.
Sentí una punzada de lástima, pero la aplasté. La lástima no salva vidas; la acción sí.
—Si no hablas, Salazar, te voy a entregar a la policía federal ahora mismo —mentí, o tal vez no—. Y en la cárcel, sin protección, durarás menos que un dulce en la puerta de un colegio. Pero si me das el nombre y el lugar de la entrega de esta noche, yo me encargo de que tu familia esté segura. Garrido tiene gente. Podemos sacarlos de su casa en una hora.
Salazar me miró, buscando una salvación en mis ojos viejos.
—¿Me lo jura?
—Te lo juro por mi madre, que en paz descanse.
Salazar tragó saliva y miró el reloj en la pared.
—Esta noche. A las 11:00 PM. El camión 404 tiene que salir. Va a una bodega vieja en la carretera a Saltillo, kilómetro 32. Ahí hacen el trasvase.
—¿Quién lo recibe?
—Gente del Cartel del Noreste. Pero… —dudó—. El que coordina todo, el que cobra el porcentaje grande… es Miramontes.
Lo sabía. El tipo del anillo y la colonia cara. El Director de Operaciones. El que miraba a Lucía con suficiencia.
—¿Miramontes va a estar ahí?
—Sí. Hoy es una entrega grande. Quieren mover dos millones de dólares en mercancía acumulada. Él va a supervisar el pago.
Me levanté. Guardé la navaja.
—Bien, Ingeniero. Vas a hacer una llamada. Vas a decir que el camión sale en diez minutos. Y te vas a quedar aquí, quietecito, hasta que mis hombres vayan por tu mujer y tus hijos.
Salí de la oficina. Garrido estaba listo.
—¿Escuchaste? —le pregunté.
—Fuerte y claro. Ya mandé un equipo a casa de Salazar para asegurar a la familia. ¿Qué hacemos con Miramontes?
Sonreí, una sonrisa que mostraba todos mis dientes y ninguna alegría.
—Vamos a ir a esa bodega, Garrido. Y vamos a recordarle al Licenciado Miramontes que en el norte, el que traiciona la mano que le da de comer, termina mordiendo el polvo.
EL BAILE DE LAS BALAS
Lucía no estaba contenta. Caminaba de un lado a otro en la sala de armas que Garrido tenía en el sótano del edificio corporativo.
—¡Voy a ir con ustedes! —gritó, golpeando la mesa donde Garrido y sus hombres revisaban rifles de asalto AR-15 y chalecos tácticos—. Es mi empresa, es mi patrimonio. ¡Es mi guerra!
—Es una zona de muerte, Lucía —le dije, ajustándome un chaleco antibalas sobre la camisa blanca, que ahora me quedaba un poco apretada—. No es una sala de juntas. Van a volar plomo, no insultos.
—Tú tienes una cadera de titanio y caminas con bastón, Roberto. Si tú vas, yo voy. No me voy a quedar aquí sentada esperando a ver si regresan vivos o en bolsas. Yo también sobreviví a la calle, ¿recuerdas? Sé cuidarme.
La miré. Tenía razón. Tenía ese fuego en los ojos que vi hace 25 años. Negarle esto sería como negarle su esencia.
—Está bien —cedí, suspirando—. Pero vas en la camioneta blindada. No te bajas a menos que yo lo diga. Y si las cosas se ponen feas, Garrido tiene orden de sacarte de ahí aunque tenga que noquearte. ¿Entendido?
Ella asintió, satisfecha, y tomó una pistola Glock 19 de la mesa. La manejó con una familiaridad que me sorprendió.
—Tomé cursos —dijo, notando mi mirada—. Ser mujer y millonaria en México te obliga a aprender ciertas cosas.
Salimos en convoy. Tres camionetas negras y el camión 404, conducido por uno de los hombres de confianza de Garrido. Yo iba de copiloto en el camión. Quería ver la cara del enemigo de cerca cuando cayera la trampa.
El viaje hacia la carretera a Saltillo fue tenso. La radio estaba en silencio absoluto. Miraba la oscuridad del desierto pasar, los cactus como espectros bajo la luna. Pensé en mi vida. En los errores. En toda la violencia que había ejercido. Siempre pensé que moriría solo, en una zanja o en una cama de hospital de beneficencia. Pero hoy, iba hacia la muerte rodeado de un ejército privado, defendiendo algo que valía la pena. Ironías del destino.
—Llegamos al punto de control —dijo la voz de Garrido por el auricular—. La bodega está a quinientos metros. Luces apagadas.
El camión avanzó solo. Las camionetas de Garrido se desplegaron por los flancos, ocultándose entre la maleza y las ruinas de construcciones abandonadas.
La bodega era un esqueleto de concreto, un vestigio de alguna fábrica que quebró hace años. Había luz adentro. Y camionetas. Muchas camionetas.
El conductor detuvo el tráiler en la entrada. Dos hombres armados con cuernos de chivo (AK-47) se acercaron.
—Apaga el motor y bájate —gritó uno.
El conductor obedeció. Yo me quedé agazapado en el piso de la cabina, respirando despacio, controlando el latido de mi corazón.
Vi a través del espejo retrovisor cómo se acercaba un hombre con traje impecable, caminando con cuidado para no ensuciarse de tierra. Miramontes.
—Abran los tanques —ordenó Miramontes con voz impaciente—. Quiero verificar la mercancía y largarme de este agujero.
Los hombres del cartel empezaron a trabajar. Miramontes estaba distraído, contando fajos de billetes que otro tipo le había entregado.
—Ahora —susurré al micrófono.
El infierno se desató.
Garrido y su equipo lanzaron granadas aturdidoras. BOOM. BOOM. La luz blanca cegadora y el estruendo rompieron la noche.
Salí de la cabina del camión, no con el bastón, sino con una escopeta recortada que había pedido prestada del arsenal.
—¡Al suelo! ¡Federales! —gritaron los hombres de Garrido, aunque no éramos federales. Era una táctica para confundir.
Los sicarios del cartel no eran novatos. Respondieron al fuego casi de inmediato. Las balas zumbaban como abejas furiosas, golpeando el metal del camión. Me cubrí detrás de la llanta delantera.
Vi a Miramontes correr hacia una de sus camionetas, abandonando el dinero y la dignidad.
—¡El trajeado es mío! —grité por la radio.
Me moví. Mi cadera protestó, pero la adrenalina era el mejor analgésico del mundo. Avancé entre el fuego cruzado, usando las sombras, moviéndome no como un soldado, sino como un peleador callejero. Disparé la escopeta dos veces hacia unos sicarios que intentaban flanquearnos. Cayeron.
Llegué a la camioneta de Miramontes justo cuando él intentaba encenderla. Rompí el vidrio del conductor con la culata de la escopeta y lo saqué del cuello de la camisa, arrastrándolo al polvo.
—¡No me mates! ¡Tengo dinero! —chilló, cubriéndose la cara.
Lo levanté y lo estrellé contra la puerta del vehículo.
—El dinero no compra lealtad, cabrón —le escupí en la cara—. ¿Recuerdas lo que te dije del anillo? Te dije que te lo quitabas para ocultar cosas.
—¡Reyes! ¡Estás loco! ¡Ellos nos van a matar a todos!
De repente, sentí un golpe brutal en el hombro derecho. Como un martillazo caliente. Me giré y vi a un sicario a diez metros, apuntándome de nuevo. No me daba tiempo de levantar la escopeta.
Cerré los ojos, esperando el final.
BANG. BANG.
Dos disparos secos. El sicario cayó con dos agujeros en el pecho.
Abrí los ojos. A veinte metros, protegida por la puerta blindada de su camioneta, estaba Lucía. Sostenía la Glock con ambas manos, en una postura perfecta de tiro. El cañón humeaba.
Me miró y asintió, pálida pero firme.
—Buen tiro, jefa —murmuré, sintiendo cómo la sangre caliente empezaba a bajar por mi brazo.
El tiroteo cesó poco a poco. Los hombres de Garrido, superiores en táctica y equipo, habían neutralizado a la mayoría. Los que quedaban vivos se rendían, tirando las armas.
Garrido corrió hacia mí.
—¡Fantasma! ¿Estás bien?
—Solo es un rasguño —mentí, aunque me ardía como si me hubieran echado ácido—. Esposa a este pedazo de mierda. Y asegura la zona. Ya vienen los azules de verdad.
Miramontes lloraba mientras lo esposaban. Lo miré con desprecio absoluto. Un hombre con todo el éxito del mundo, que lo vendió todo por avaricia.
Caminé, cojeando más fuerte ahora, hacia donde estaba Lucía. Ella bajó el arma y corrió hacia mí, ignorando el protocolo de seguridad.
—¡Te dieron! —gritó, viendo mi camisa blanca teñida de rojo.
—Me han dado peores —dije, dejándome caer sentado en la defensa de una camioneta—. Pero gracias por el rescate. Creo que ahora estamos a mano. Yo te salvé del frío, tú me salvaste del plomo.
Ella se arrodilló, rompiendo sus medias de seda en la tierra sucia, y presionó su mano sobre mi herida para detener la sangre.
—No digas tonterías, viejo terco. No estamos a mano. Apenas estamos empezando.
Las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos, acercándose como una jauría. Cerré los ojos, sintiendo el dolor, pero también una paz inmensa. Había cumplido. El Fantasma había cumplido.
EPÍLOGO: EL SABOR DE LA CALMA
Tres meses después.
El sol de Monterrey caía a plomo sobre la terraza del edificio de Logística Norte. Desde ahí arriba, la ciudad se veía ordenada, limpia, manejable. Muy diferente al caos que se vivía abajo.
Yo estaba recargado en el barandal, mirando el horizonte. Llevaba un traje nuevo, azul marino esta vez, y mi bastón de plata. El hombro ya había sanado, aunque me había dejado una cicatriz más para la colección y un dolorcito que aparecía cuando iba a llover.
La puerta de la terraza se abrió.
—Sabía que estarías aquí escondiéndote de la junta de presupuesto —dijo Lucía, caminando hacia mí con dos tazas de café.
—Los números me aburren, Lucía. Yo soy hombre de acción, no de Excel. Además, Garrido lo está haciendo bien. Ese muchacho aprendió rápido.
Garrido había sido ascendido a Director de Seguridad Global. Yo me había quedado con el puesto de “Consultor Senior”, que básicamente significaba que hacía lo que me daba la gana y cobraba un sueldo obsceno por ello. Pero Garrido y yo nos habíamos ganado un respeto mutuo forjado en fuego. Ya no me decía abuelo. Ahora me decía “Señor Reyes”.
Lucía se paró a mi lado y me dio una taza.
—¿Te duele? —preguntó, mirando mi hombro.
—Solo un poco. Me recuerda que estoy vivo.
Bebimos en silencio un momento. La empresa estaba limpia. Miramontes estaba en el penal de Topo Chico, cantando ópera a los federales para que no lo mataran los del cartel. Salazar estaba en un programa de testigos en Estados Unidos. Y Logística Norte había recuperado su reputación.
—Tengo algo para ti —dijo Lucía, dejando la taza en una mesa.
Sacó una caja plana, envuelta en papel kraft sencillo.
—¿Qué es esto? ¿Otro traje? Ya no me caben en el clóset del departamento que me diste.
—Ábrelo.
Rompí el papel. Adentro había una chamarra de cuero. Negra. Pesada. Una Wilson clásica, idéntica a la que yo le había dado hace 25 años en Ciudad Juárez.
La toqué. El cuero era suave, nuevo, pero tenía ese olor inconfundible a promesa y carretera.
—Busqué una igual por meses —dijo ella, con los ojos brillantes—. Sé que extrañas tu vieja piel. Y pensé que… bueno, que ya era hora de devolverte el favor.
Sentí ese nudo en la garganta otra vez. Maldita sea, me estaba volviendo un llorón con la edad.
—Es hermosa —susurré.
—Pruébatela.
Me quité el saco del traje, con cuidado del hombro, y me puse la chamarra. Me quedaba perfecta. Me sentí… yo. No el Roberto ejecutivo, no el Roberto vagabundo. Me sentí El Fantasma, pero una versión mejorada.
Metí las manos en los bolsillos. En el derecho, mis dedos rozaron un papel.
Lo saqué. Era una nota nueva, escrita con la letra elegante de Lucía, pero en una servilleta de papel barata, como la que yo usé aquella noche.
Decía: “Para que nunca olvides que, aunque el mundo sea cabrón, siempre habrá alguien dispuesto a compartir sus hot cakes contigo. Gracias por volver, papá.”
Me quedé helado. La palabra final me golpeó más fuerte que la bala. Papá.
Levanté la vista. Ella me miraba con una sonrisa tímida, vulnerable, esperando mi reacción.
—Lucía… yo…
—No digas nada, Roberto. Solo… acéptalo. No por sangre, sino por elección. Tú estuviste ahí cuando nadie más estuvo. Eso es lo que cuenta.
Me acerqué y la abracé. Un abrazo fuerte, de oso, sin miedo a arrugar los trajes caros. Ella se aferró a mi chamarra de cuero nueva, y sentí sus lágrimas mojar el material.
—Está bien, hija —dije, probando la palabra en mi boca. Sabía dulce—. Está bien.
Nos quedamos así un largo rato, mientras el viento del norte soplaba suavemente, ya no trayendo frío, sino esperanza.
Abajo, en la calle, la vida seguía su curso frenético. Los lobos seguirían existiendo, siempre. Pero ahora, en esta torre de cristal, había un viejo lobo y una loba joven cuidándose las espaldas. Y pobre del que se atreviera a cruzar nuestra puerta de nuevo.
—¿Sabes qué se me antoja? —dijo ella, separándose y limpiándose la cara.
—¿Dejame adivinar? ¿Hot cakes?
—No —rió ella—. Se me antoja un paseo en moto. Compraste una Harley nueva la semana pasada, ¿no? La vi en el estacionamiento. Una Road King negra.
Sonreí. La bruja lo sabía todo.
—Sí. Es una belleza.
—Pues llévame a dar una vuelta. Quiero sentir el viento. Quiero sentir que volamos.
—Tengo una junta con los auditores en diez minutos —protesté débilmente.
Lucía tomó mi mano y tiró de mí hacia la salida.
—Eres el Asesor Especial. Tu primera recomendación es que la CEO necesita despejarse para aumentar la productividad. ¡Andando!
Bajamos al estacionamiento. La moto brillaba bajo las luces fluorescentes, una bestia de cromo y acero esperando despertar. Me subí y la encendí. El rugido del motor retumbó en las paredes de concreto, un sonido de libertad pura.
Lucía se subió atrás, abrazándose a mi cintura, tal como se había abrazado a mi vida.
—¡Dale, Fantasma! —gritó sobre el ruido del motor.
Aceleré. Salimos a la calle, el sol dándonos en la cara. Aceleré más, dejando atrás el edificio, dejando atrás el pasado de dolor y soledad. Mientras tomábamos la autopista, con el viento golpeándonos, supe que mi historia no había terminado en ese pórtico miserable en Chihuahua. Mi historia apenas comenzaba.
Y esta vez, el viaje no sería solitario.
FIN