Durante tres años aguanté las burlas. “Apúrate, abuela”, me decían los nuevos oficiales con sus uniformes impecables. No sabían que mi pensión no alcanzaba para las medicinas de mi nieto ni para la renta. Yo era invisible, hasta esa mañana. El Almirante Valenzuela, el hombre más temido de la Marina, se paralizó al ver cómo le servía su taza. Sus manos, que habían firmado órdenes de guerra, empezaron a temblar. “¿Fénix Nueve?”, preguntó con la voz quebrada. El Teniente se rió pensando que era una broma, pero la lección que estaba a punto de recibir no la olvidaría jamás.

El vapor del café caliente empañaba mis lentes, pero no lo suficiente como para ocultar el desprecio en la cara del joven Teniente.

—Oiga, señora, ¿se va a tardar todo el día? —ladró, golpeando la mesa con su dedo anillado—. Pedí esto hace cinco minutos. Negro, dos de azúcar. Muévase.

Apreté la jarra con mis manos deformadas por la artritis. El dolor era una punzada constante, un recordatorio de los viejos tiempos, de las vibraciones del motor de un helicóptero que ya no existe.

—Enseguida, joven —respondí con la voz baja, la voz de Elena, la mesera invisible. No la voz de la Capitán Ramírez. Esa mujer había muer** oficialmente hace treinta años.

El comedor del Club Naval en Veracruz estaba a reventar. El murmullo de las conversaciones sobre ascensos y maniobras llenaba el aire. Yo solo quería terminar mi turno, cobrar mis propinas y comprar el medicamento para mi nieto. El orgullo no paga la renta.

De repente, el silencio cayó sobre la sala como una manta pesada.

El Almirante Valenzuela entró. Su uniforme blanco era impecable, el pecho lleno de medallas que tintineaban suavemente. Caminaba con la autoridad de quien ha visto el infierno y ha vuelto. Se sentó en la mesa principal, justo al lado del Teniente grosero.

Me acerqué, tratando de que no me temblara el pulso.

—Buenos días, Almirante. ¿Café?

Él estaba leyendo un informe clasificado. Ni siquiera alzó la vista. —Negro. Sin azúcar.

Serví el líquido oscuro con cuidado. Cuando me giré para irme, mi delantal rozó la esquina de su mesa. Él levantó la vista, molesto, listo para regañarme por la interrupción.

Pero sus ojos se quedaron clavados en los míos.

El gris de su mirada se transformó. Pasó de la indiferencia a la confusión, y luego… al terror absoluto.

—Espere —su voz sonó extraña, estrangulada.

El Teniente soltó una risita nerviosa. —Disculpe a la señora, Almirante, es un poco lenta. Ya le dije que se retire.

Valenzuela no lo escuchó. Sus manos, apoyadas sobre la mesa de caoba, empezaron a vibrar. La taza de café que yo acababa de servir hizo ondas en la superficie.

—¿Señora? —preguntó el Almirante, poniéndose de pie lentamente, ignorando el protocolo—. Usted… usted tiene una cicatriz debajo de la línea del cabello. De una esquirla.

Me congelé. Instintivamente, llevé mi mano a la nuca.

—Es solo una vieja herida, señor. De un accidente en la cocina —mentí, como lo había hecho mil veces.

—No —susurró él, y el color abandonó su rostro—. Yo vi cuando te la hicieron. Operación Cielo Negro. Somalia, 1993. Extracción fallida.

Todo el comedor se quedó petrificado. El Teniente se atragantó con su pan dulce.

—Imposible —dijo Valenzuela, su voz ganando fuerza, temblando de emoción—. El reporte oficial dice que el piloto falleci**. Que no quedó nada.

Miré a mi alrededor. Todos los ojos estaban puestos en la “señora del café”. Ya no podía esconderme.

Suspiré, enderecé la espalda y, por primera vez en décadas, dejé caer la máscara de la sumisión.

—Los reportes oficiales a veces se equivocan, Almirante. O se escriben para proteger a los que quedamos atrás.

Él dio un paso hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. —Dime tu indicativo. Necesito escucharlo.

El Teniente intentó intervenir de nuevo, pálido. —Almirante, ¿de qué está habla…?

—¡CÁLLESE LA BOCA! —rugió Valenzuela sin mirarlo, haciéndolo saltar en su silla. Volvió su vista a mí, suplicante.

Respiré hondo. El olor a café desapareció y solo olí a combustible quemado y arena.

—Fénix Nueve, señor —dije con firmeza.

El Almirante se llevó una mano a la boca. Un Capitán en la mesa de al lado dejó caer su tenedor al plato con un ruido metálico que resonó como un disparo.

—Dios mío… —susurró Valenzuela—. Creímos que eras un fantasma.

¿POR QUÉ UNA HÉROE DE GUERRA ESTABA SIRVIENDO MESAS Y QUÉ HIZO EL ALMIRANTE CON EL JOVEN TENIENTE DESPUÉS DE SABER LA VERDAD?!

PARTE 2: LA RESURRECCIÓN DEL FÉNIX Y EL PRECIO DEL SILENCIO

El sonido de ese tenedor golpeando la porcelana fue el único ruido en el mundo durante lo que parecieron horas. En el comedor del Club Naval de Veracruz, donde segundos antes reinaba el bullicio de la vanidad y el tintineo de copas caras, ahora se había instalado un vacío absoluto. Un silencio tan denso que podía cortarse con el mismo cuchillo de mantequilla que el Teniente sostenía con dedos temblorosos.

Me quedé allí, parada. Mis manos, esas que el Almirante Valenzuela miraba como si fueran reliquias sagradas, seguían aferradas a la jarra de café. Ya no me dolían las articulaciones. La adrenalina, esa vieja amiga que no visitaba mi cuerpo desde hacía tres décadas, había inundado mi sistema, borrando la artritis, borrando el cansancio, borrando los sesenta y tantos años que cargaba sobre la espalda. Por un momento, solo un momento, volví a tener treinta. Volví a ser letal.

Valenzuela seguía con la mano en la boca, sus ojos grises, normalmente duros como el acero de un buque, estaban anegados en un líquido que los hombres de su rango no suelen mostrar en público.

—Fénix… —repitió, probando la palabra en su lengua como si fuera un sacramento—. Fénix Nueve. Elena.

El nombre “Elena” sonó extraño en sus labios. Para él, yo siempre había sido “Capitán” o “Fénix”. Escuchar mi nombre civil, dicho con tanta reverencia por el hombre que comandaba toda la flota, hizo que mis rodillas amenazaran con ceder. Pero no lo hice. Un soldado no se derrumba en formación. Y aunque llevara un delantal manchado de salsa y café barato en lugar de mi uniforme de vuelo, yo seguía en formación.

El joven Teniente, el mismo que minutos antes me había tratado como si fuera basura pegada a su suela, intentó hablar de nuevo. Su arrogancia se había evaporado, reemplazada por un pánico visceral. Era el miedo de un niño que acaba de romper el jarrón más caro de su madre, pero multiplicado por mil.

—Almirante… —balbuceó el muchacho, poniéndose de pie torpemente, tirando su servilleta al suelo—. Yo… yo no sabía. Ella… ella es solo la mesera, señor. Debe haber un error. Esta mujer está confundida, seguramente es una vieja loca que…

El golpe en la mesa fue tan brutal que la jarra de agua saltó y se volcó.

—¡SILENCIO! —El grito de Valenzuela no fue humano; fue el rugido de un león defendiendo a su manada. El eco rebotó en las paredes adornadas con retratos de héroes muertos, irónico, porque él tenía a una heroína viva enfrente y apenas se estaba dando cuenta.

El Almirante giró lentamente la cabeza hacia el Teniente. Su mirada ya no tenía la calidez que me había mostrado a mí. Ahora era hielo puro.

—Teniente Morales —dijo Valenzuela con una voz peligrosamente baja—, si vuelve a referirse a esta oficial como “esa mujer” o “vieja loca”, le juro por la bandera que defiendo que le arrancaré las insignias yo mismo con mis propias manos y lo mandaré a limpiar letrinas a la base más remota de la Antártida. ¿Me ha entendido?

El muchacho se puso pálido, casi transparente. —S-sí, señor. Sí, mi Almirante.

Valenzuela lo ignoró, descartándolo como si fuera una mosca molesta, y volvió su atención a mí. Rodeó la mesa, ignorando el protocolo, ignorando a los otros oficiales que miraban con la boca abierta, y se detuvo a medio metro de mí.

Podía oler su colonia, una mezcla de sándalo y mar, el mismo aroma que usaba hace treinta años. Podía ver las nuevas arrugas alrededor de sus ojos, el peso del mando que había encanecido su cabello.

—Elena —dijo suavemente, extendiendo una mano temblorosa hacia mi rostro, pero deteniéndose antes de tocarme, como si temiera que yo fuera un espejismo que se desvanecería al contacto—. El informe… el equipo de recuperación… encontraron los restos del helicóptero. Encontraron… restos biológicos. La placa de identificación estaba allí. Fuego. Mucho fuego. Asumimos que…

—Que me había quemado viva —completé la frase por él. Mi voz sonaba rasposa, desacostumbrada a decir la verdad—. Eso era lo que tenían que pensar. Eso era lo que todos tenían que pensar.

—¿Por qué? —La pregunta salió de él con un dolor genuino—. Tengo una esposa que lloró tu muerte durante años. Tu escuadrón… mis hombres… bebimos en tu honor cada aniversario. ¿Por qué nos hiciste esto?

Miré alrededor del comedor. Decenas de pares de ojos nos observaban. Meseros, oficiales, cadetes. Nadie comía. Nadie respiraba.

—Aquí no, Roberto —le dije, usando su nombre de pila por primera vez en la historia. El shock de escucharlo hizo que parpadeara—. Hay oídos en todas partes. Lo sabes mejor que nadie. “Las paredes oyen, pero el mar calla”. ¿Recuerdas?

Él asintió lentamente, reconociendo el viejo código.

—Teniente —ladró Valenzuela sin mirar atrás.

—¿S-sí, señor?

—Su silla.

—¿Perdón?

—¡Que le dé su maldita silla a la Capitán, ahora mismo! —rugió.

El Teniente Morales saltó como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Arrastró su silla de caoba acolchada y la colocó detrás de mí.

—Siéntese, Capitán. Por favor —dijo Valenzuela, su tono suavizándose instantáneamente al dirigirse a mí.

—No puedo, Almirante. Estoy de turno. El gerente… si me ve sentada con los clientes, me va a despedir. Necesito este trabajo. No tienes idea de cuánto lo necesito.

La confesión colgó en el aire, pesada y vergonzosa. La gran Fénix Nueve, la piloto que podía aterrizar un Black Hawk en medio de un huracán, tenía miedo de un gerente de restaurante con sobrepeso y mal aliento.

La cara de Valenzuela se contorsionó en una mueca de dolor e ira. Miró mi uniforme de mesera, mis zapatos desgastados, mis manos hinchadas por el trabajo duro y la enfermedad.

—Nadie la va a despedir —dijo él, con la mandíbula tensa—. Y si lo hacen, compraré este maldito lugar y lo quemaré hasta los cimientos. Siéntese.

Me senté. Mis piernas no daban para más. Al hacerlo, sentí cómo cambiaba la dinámica de poder en la sala. Ya no era la sirvienta. Al estar sentada a la mesa del Almirante, ante los ojos de la jerarquía naval, había ascendido de nuevo.

Valenzuela se sentó frente a mí, ignorando su café frío.

—Somalia —susurró—. 1993. Empieza.

Respiré hondo. Cerré los ojos y dejé que los sonidos del restaurante se desvanecieran, reemplazados por el tup-tup-tup de las aspas y el silbido de las balas trazadoras.

—Nos derribaron al norte de Mogadiscio —comencé, mi voz ganando fuerza—. El rotor de cola recibió un impacto directo de un RPG. Éramos cuatro. Ramírez, “El Gato”, tú estabas en el pájaro de apoyo, y yo.

—Perdí comunicación con ustedes a las 04:00 horas —dijo Valenzuela, inclinándose hacia adelante—. El humo era tan denso que los satélites no veían nada.

—Caímos duro. El copiloto muer** al impacto. El Gato tenía una pierna rota. Yo… yo estaba sangrando de la cabeza. Esa esquirla —toqué mi cicatriz— no fue lo peor. Lo peor fue saber que estábamos en territorio hostil y que llevábamos el paquete.

Valenzuela abrió los ojos como platos. —¿El “Paquete”? ¿Los códigos de encriptación de la OTAN? Pensamos que se habían destruido en la explosión.

Negué con la cabeza tristemente. —No. El sistema de autodestrucción falló. Tenía el maletín intacto conmigo. Y venían por nosotros. Podía escuchar sus camiones, sus gritos. Sabía que si nos capturaban, no solo nos matarían. Nos torturarían hasta que soltáramos todo. Y esos códigos… habrían comprometido a agentes en todo el medio oriente.

—Entonces… —Valenzuela estaba uniendo los puntos, su mente táctica trabajando a mil por hora.

—No podía permitir que me llevaran viva con esa información. Y no podía correr con El Gato herido. Así que tomé una decisión. Saqué mis placas. Saqué mi uniforme. Se lo puse al cuerpo de… de una civil que había fallecido en el fuego cruzado cerca del lugar del impacto. Estaba irreconocible por las quemaduras. Puse mis identificaciones en ella. Y luego…

Hice una pausa, la bilis subiendo por mi garganta. Treinta años y el recuerdo seguía sabiendo a ceniza.

—Activé una granada de fósforo dentro de la cabina, cerca de los cuerpos. Quería asegurarme de que el ADN fuera difícil de rastrear al principio. Lo suficiente para que ustedes declararan “Muerte en Acción” y se fueran. Si sabían que yo estaba viva, enviarían misiones de rescate. Misiones suicidas. No iba a dejar que más de mis muchachos murieran por mí.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla del Almirante. El Teniente Morales, que escuchaba desde atrás, tenía la boca abierta, su sándwich olvidado en el plato.

—¿Y el maletín? —preguntó Valenzuela.

—Lo enterré. Coordenadas 2-4-9, bajo el viejo pozo seco. Y luego me convertí en nadie. Me mezclé con la población. Una mujer muda, herida, vagando por el desierto. Me tomó seis meses llegar a la frontera con Kenia. Dos años para salir de África. Cinco para volver a México.

—¿Por qué no viniste a mí? —Su voz se quebró—. Cuando regresaste. Yo era Capitán de Fragata entonces. Podría haberte ayudado.

—¿Cómo? —repliqué con amargura—. Estaba muerta, Roberto. Oficialmente muerta. Sin papeles, sin identidad. Si aparecía, me habrían juzgado por deserción o me habrían encerrado en un hospital psiquiátrico. Además… vi cómo el mundo siguió girando. Vi a mi esposo casarse de nuevo dos años después. Vi a mis hijos crecer desde lejos. No quería arruinarles la vida regresando como un fantasma roto. Así que me convertí en Elena. La que limpia. La que sirve. La que calla.

Hubo un silencio largo. Valenzuela miró mis manos de nuevo.

—¿Y esto? —señaló mis dedos torcidos—. ¿Por qué estás aquí, sirviendo café a idiotas que no merecen ni respirar tu mismo aire, en lugar de estar descansando?

Solté una risa seca, sin humor. —El honor no paga facturas, Almirante. Mi nieto… el hijo de mi hijo menor… tiene leucemia. El tratamiento en el sistema público es lento, a veces no hay medicinas. Necesito el dinero de la privada. Cada centavo de las propinas, cada turno extra… es para sus quimios. Vivo en un cuarto de azotea para poder pagar sus inyecciones.

El Almirante cerró los ojos con fuerza, como si recibiera un golpe físico. La vergüenza de la institución se reflejaba en su rostro. Una heroína nacional, una mujer que sacrificó su identidad para proteger secretos de estado, estaba viviendo en la miseria mientras ellos, los que se beneficiaron de su sacrificio, comían en vajilla de plata.

De repente, el Teniente Morales dio un paso adelante. Sus ojos estaban rojos.

—Señora… Capitán… —su voz temblaba—. Yo… tengo un hijo. De la misma edad que debe tener su nieto.

Lo miré. Realmente lo miré por primera vez. Ya no veía el uniforme arrogante, veía a un padre joven y asustado.

—No busco lástima, Teniente —dije firmemente.

—No es lástima —dijo él, y para mi sorpresa, se arrancó la insignia de su bolsillo, esa que denotaba su rango—. Es respeto. Y es vergüenza. Me he comportado como un animal.

Morales miró al Almirante y luego a mí. —Permítame… permítame pagar la cuenta de las medicinas de este mes. Por favor. No como caridad. Sino como una multa. Una multa por mi estupidez.

Valenzuela lo miró, evaluándolo. Asintió levemente. —Es un buen comienzo, Morales. Pero no será suficiente.

El Almirante se puso de pie. La silla rasgó el suelo con un sonido definitivo. Se ajustó la guerrera y miró a todo el comedor.

—¡ATENCIÓN! —gritó.

El instinto es algo poderoso. Cada oficial, cadete y marino en el salón se puso de pie de un salto, golpeando los tacones, las espaldas rectas como flechas. Incluso los que estaban masticando tragaron de golpe.

Valenzuela me señaló con la mano abierta.

—Señores —su voz resonó con autoridad absoluta—. Ante ustedes se encuentra la Capitán Elena Ramírez. Nombre en clave: Fénix Nueve. Condecorada con la Cruz al Valor, veterana de la Operación Cielo Negro, y la razón por la que muchos de nuestros secretos siguen siendo secretos.

Un murmullo de asombro recorrió la sala. Los nombres “Cielo Negro” y “Fénix Nueve” eran leyendas que se contaban en los dormitorios de la academia, historias de fantasmas que asustaban y motivaban a los nuevos reclutas. Y ahí estaba el fantasma, con un delantal sucio.

—Durante treinta años —continuó Valenzuela—, esta oficial ha vivido en las sombras para protegernos. Mientras nosotros ascendíamos, ella sobrevivía. Mientras nosotros celebrábamos, ella servía. Hoy, esa vergüenza termina.

Se giró hacia mí y, lentamente, con una solemnidad que me hizo temblar el mentón, levantó su mano derecha hacia su sien.

Me saludó.

El Almirante de la Flota estaba saludando a una mesera.

El Teniente Morales fue el segundo. Se cuadró, con lágrimas en los ojos, y saludó. Luego el Capitán de la mesa contigua. Luego los cadetes del fondo. En diez segundos, todo el Club Naval estaba de pie, en silencio absoluto, rindiendo honores a la vieja mujer con artritis.

Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. No pude evitarlo. Las lágrimas, esas que había contenido durante años de soledad y desprecio, empezaron a correr libremente por mi cara, limpiando la mugre y el maquillaje barato.

Lentamente, solté la jarra de café sobre la mesa. Enderecé mi espalda, ignorando el dolor punzante en mis vértebras lumbares. Junté mis talones. Y, con la mano temblorosa pero firme, devolví el saludo.

—Gracias, señores —susurré, aunque mi voz se rompió.

Valenzuela bajó la mano y se acercó a mí. Me tomó de los hombros con una ternura infinita.

—Se acabó el servir café, Elena. Se acabó el esconderse.

—Roberto, no puedo volver —dije bajito—. No existo en el sistema. Soy un problema burocrático.

Él sonrió, una sonrisa de lobo que recordaba de nuestros días de juventud.

—Yo soy el sistema, Elena. Y tengo una pluma muy grande. Mañana mismo se te restituye el rango con carácter retroactivo. Treinta años de salarios caídos. Treinta años de pensión de Capitán. Tu nieto va a tener los mejores médicos de la Marina, te doy mi palabra de honor.

Me tambaleé. ¿Treinta años de sueldo? Eso no solo pagaría el tratamiento. Eso aseguraría el futuro de toda mi familia.

—Pero… —Valenzuela bajó la voz, su rostro se oscureció ligeramente—. Hay una condición. Una cosa que necesito de ti.

Sentí un frío recorrer mi espalda. Nada es gratis en la vida, y mucho menos en la milicia.

—¿Qué cosa? —pregunté, recelosa.

—El maletín —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Las coordenadas 2-4-9. Dijiste que lo enterraste.

—Sí.

—Necesitamos recuperarlo. Ahora.

—¿Por qué? Es tecnología de hace treinta años. Es obsoleto.

Valenzuela miró a los lados, asegurándose de que nadie más escuchaba. —Los códigos son obsoletos, sí. Pero la lista de nombres… la lista de agentes encubiertos que estaba en el compartimento físico… esa lista nunca caducó. Y alguien sabe que está ahí. Alguien sabe que tú estás viva.

Me helé. —¿Quién?

—¿Por qué crees que vine hoy al Club? —dijo él, con una sombra de miedo en sus ojos—. No vine por el café. Vine porque interceptamos una comunicación. Alguien está cazando a los supervivientes de Cielo Negro. “El Gato” apareció muer** en Tijuana hace dos días. “Accidente” de coche.

Mi respiración se detuvo. El Gato… mi viejo amigo.

—Tú eres la única que queda, Elena —dijo Valenzuela apretando mi hombro—. Y eres la única que sabe dónde está enterrado ese maletín. Tienes que venir conmigo. Ahora. No es una oferta de trabajo, Capitán. Es una misión de extracción.

Miré al Teniente Morales, que seguía de pie, esperando órdenes. Miré mi jarra de café. Miré mi vida de miseria que estaba a punto de desaparecer, solo para ser reemplazada por el peligro del que había huido toda mi vida.

—¿Y mi nieto? —pregunté.

—Ya envié un equipo de seguridad a tu casa —dijo Valenzuela—. Están asegurando el perímetro mientras hablamos. Nadie lo tocará. Pero tenemos que movernos.

Me quité el delantal. Lo doblé con cuidado y lo puse sobre la mesa, junto a las tazas sucias. Ese trozo de tela manchada había sido mi escudo durante años. Ahora, volvía a estar desnuda ante el mundo. O mejor dicho, volvía a estar armada.

—Teniente Morales —dije, mi voz recuperando el tono de mando natural que creí olvidado.

—¿S-sí, mi Capitán?

—Llévese este café. Está frío. Y prepare el vehículo del Almirante. Nos vamos.

—¡A la orden, mi Capitán! —gritó el muchacho, corriendo hacia la salida como si el diablo le pisara los talones.

Valenzuela me ofreció su brazo. —¿Lista para volar una última vez, Fénix?

Lo miré a los ojos. El miedo estaba ahí, sí. Pero también estaba el fuego. Ese fuego que pensé que se había apagado en el desierto de Somalia.

—Un piloto nunca deja de volar, Almirante. Solo espera el viento adecuado.

Caminamos hacia la salida del comedor. Sentía las miradas de todos en mi espalda. Ya no eran miradas de desprecio. Eran miradas de asombro. Pasamos junto al gerente del restaurante, que estaba pálido y sudando frío junto a la caja registradora.

—S-señora Elena… —tartamudeó—. Su turno…

Me detuve. Lo miré de arriba abajo. —Renuncio —dije con una sonrisa—. Y por cierto, el café de la cafetera tres sabe a rayos. Lávela bien.

Salimos al sol brillante de Veracruz. El aire salado golpeó mi cara. Una camioneta blindada negra se detuvo frente a nosotros con un chirrido de llantas. Hombres armados, con el rostro cubierto y equipo táctico de última generación, bajaron y formaron un perímetro.

Esto no era un simple reencuentro. Esto era la guerra llamando a mi puerta otra vez.

Subí al vehículo. El asiento de cuero era suave, muy diferente a las sillas de plástico de mi casa. Valenzuela subió a mi lado y la puerta pesada se cerró, aislándonos del ruido de la calle, del ruido de mi vida normal.

El Almirante sacó una tablet y me mostró una foto satelital. —Tenemos un problema, Elena. El lugar donde enterraste el maletín… ya no es un desierto.

Miré la pantalla. Donde antes había arena y rocas, ahora se veía una construcción masiva. Muros altos, torres de vigilancia, banderas negras.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Es una fortaleza de un grupo paramilitar —respondió Valenzuela gravemente—. Y el maletín está justo debajo de su centro de mando.

Suspiré, sintiendo el peso de los años y el peso de la misión. Miré mis manos artríticas. Luego miré al Almirante.

—Bueno —dije, tronándome los dedos uno por uno, un viejo hábito antes del combate—. Espero que hayas traído analgésicos, Roberto. Porque esto va a doler.

El convoy arrancó, alejándose del Club Naval, alejándose de Elena la mesera, y llevándose a Fénix Nueve hacia la oscuridad una vez más.

Lo que no sabía en ese momento, mientras veía pasar las palmeras de Veracruz por la ventana blindada, era que la amenaza no estaba solo en África. La amenaza estaba mucho más cerca. Y el hombre que conducía la camioneta, el chofer silencioso que nos miraba por el retrovisor… tenía un tatuaje en la muñeca. Un tatuaje pequeño, casi invisible.

Un escorpión negro.

El mismo símbolo que llevaban los hombres que nos derribaron en el 93.

Estábamos en la boca del lobo, y yo acababa de entrar voluntariamente.

PARTE 3: LA EMBOSCADA DEL ESCORPIÓN Y LA HUIDA POR EL PUERTO

El aire acondicionado de la camioneta blindada zumbaba con una suavidad insultante, un contraste gélido contra el calor húmedo y pegajoso que sabía que estaba cociendo el asfalto allá afuera, en las calles de Veracruz. Mis manos, todavía entrelazadas sobre mi regazo, dejaron de temblar. No por calma, sino por esa rigidez cadavérica que te da el terror absoluto cuando te das cuenta de que has caminado voluntariamente hacia tu propia tumba.

Miré por el espejo retrovisor. Los ojos del chofer se encontraron con los míos por una fracción de segundo. Eran ojos oscuros, vacíos, de esos que he visto en sicarios y en niños soldados en Mogadiscio. No había alma ahí, solo órdenes. Y luego, ese movimiento sutil de su muñeca al girar el volante para tomar la avenida costera. La manga de su traje táctico se deslizó apenas un centímetro.

Ahí estaba.

Pequeño. Tinta negra, mal hecha, casi carcelaria, pero inconfundible para alguien que había soñado con ese símbolo durante tres mil noches de pesadillas. La cola curvada, el aguijón prominente. El Escorpión Negro. La unidad de exterminio que operaba bajo contratos privados en el Cuerno de África en los noventa. Mercenarios sin bandera que cobraban por cabeza y torturaban por placer.

¿Qué hacía un símbolo de una milicia africana extinta en la muñeca de un conductor de élite de la Armada de México en pleno 2024?

La respuesta golpeó mi estómago con la fuerza de una patada: La infección no estaba fuera. La infección estaba dentro. El cáncer había hecho metástasis en el mismo corazón de la institución que Roberto Valenzuela creía comandar.

Miré a Roberto a mi lado. El Almirante iba revisando la tablet, frunciendo el ceño ante las imágenes satelitales de la fortaleza en Somalia, totalmente ajeno a que el verdadero peligro estaba a menos de un metro de distancia, respirando el mismo aire reciclado que nosotros. Si yo gritaba, si decía “tiene un tatuaje”, el conductor sacaría el arma que seguramente llevaba bajo el asiento y nos volaría la tapa de los sesos antes de que Valenzuela pudiera siquiera parpadear. El blindaje de la camioneta, diseñado para protegernos del exterior, ahora era nuestra celda. Nadie oiría los disparos. Nadie vería la sangre en los cristales polarizados.

Tenía que ser inteligente. Tenía que ser Fénix Nueve, no Elena la mesera.

Empecé a toser. Una tos seca, de anciana enferma, algo que no requería mucha actuación después de años de respirar limpiadores industriales y humo de cocina.

—¿Estás bien? —preguntó Valenzuela, bajando la tablet, su voz cargada de esa preocupación paternal que me irritaba y conmovía a partes iguales.

—La medicina… —grazné, llevándome una mano al pecho, actuando un ahogo—. Se me… se me quedó en el bolso… en el restaurante. Necesito… necesito aire.

El conductor ni se inmutó. Mantenía la vista al frente, pero vi cómo sus nudillos se blanqueaban sobre el volante. Estaba tenso. Sabía que yo sabía. Era un juego de depredadores en una caja de metal.

—Morales —ordenó Valenzuela por el intercomunicador al asiento del copiloto, donde el joven Teniente iba pálido, procesando todavía que su mesera era una leyenda—. Dale agua a la Capitán. Chofer, baje la temperatura.

—No… —interrumpí, jadeando, y dejé caer mi cuerpo pesadamente contra el hombro del Almirante. Mi mano derecha, la que tenía los dedos más torcidos por la artritis, buscó a ciegas su pierna.

Tap. Tap-tap. Tap.

El código Morse táctil. Una vieja técnica de comunicación silenciosa que desarrollamos en el escuadrón para situaciones de captura o silencio de radio.

P-E-L-I-G-R-O.

Sentí cómo el músculo del muslo de Valenzuela se tensaba bajo mi mano. Se quedó inmóvil. Roberto era viejo, sí, y quizás se había ablandado con los años de escritorio y política, pero no era estúpido. Su mente militar, esa que había planeado bloqueos navales y operaciones de rescate, se despertó de golpe. No preguntó “¿qué pasa?”. No miró a los lados. Simplemente, dejó de respirar por un segundo y luego soltó el aire despacio.

C-H-O-F-E-R.

Tamborileé en su pierna.

A-R-M-A-D-O.

Valenzuela cerró la tablet con un movimiento lento y natural. Se giró hacia mí, con una expresión de preocupación fingida que habría engañado a su propia madre.

—Tranquila, Elena. Ya casi llegamos a la base —dijo en voz alta, pero su mano izquierda bajó discretamente hacia la funda de su pistola reglamentaria en la cintura.

Demasiado tarde.

El chofer vio el movimiento por el retrovisor. O quizás simplemente decidió que ya no valía la pena esperar al punto de extracción secundario.

—Lo siento, Almirante —dijo el conductor con una voz metálica, carente de emoción—. Cambio de planes. La ruta termina aquí.

El frenazo fue brutal.

No fue una parada normal. El conductor clavó los frenos ABS a fondo mientras giraba el volante violentamente hacia la izquierda. La camioneta blindada de tres toneladas derrapó sobre el asfalto caliente, los neumáticos chillando como animales heridos. La inercia nos lanzó hacia adelante. Si no hubiéramos traído los cinturones, nos habríamos roto el cuello.

El Teniente Morales, en el asiento del copiloto, no tuvo tanta suerte. Su cabeza golpeó contra el tablero con un sonido seco y nauseabundo, y quedó inerte, colgando del cinturón como un muñeco de trapo.

—¡Ahora! —grité, olvidando la tos, olvidando la actuación.

El conductor ya estaba girándose, una pistola Glock 17 con silenciador apareciendo en su mano como por arte de magia, apuntando directamente al pecho de Valenzuela a través del hueco entre los asientos delanteros.

No pensé. No había tiempo para pensar. Mi cuerpo, traicionando años de rigidez, se movió por pura memoria muscular. Me desabroché el cinturón en el mismo segundo del frenazo y me lancé hacia adelante, no hacia el arma, sino hacia el brazo del conductor.

Mis dedos artríticos no tenían fuerza para golpear, pero sí para clavar. Enterré mi pulgar derecho en la cuenca del ojo del chofer, justo debajo del hueso orbital, y presioné con toda la rabia acumulada de treinta años de silencio.

El hombre aulló. El disparo salió desviado, perforando el techo blindado con un estruendo ensordecedor que nos dejó los oídos pitando.

—¡Roberto, mátalo! —rugué, mientras el conductor me lanzaba un codazo ciego que me dio en la mandíbula, llenándome la boca de sangre y aflojando un diente que ya me dolía. El dolor fue una explosión blanca, pero no solté su ojo. Sentí la humedad gelatinosa bajo mi dedo. Asqueroso. Necesario.

Valenzuela desenfundó. No tenía el ángulo. El espacio era demasiado estrecho y yo estaba en medio, forcejeando con el traidor sobre la consola central.

El conductor, un animal entrenado, soltó el volante y usó su peso para empujarme hacia atrás. Era joven, fuerte, puro músculo y esteroides. Yo era una anciana de sesenta y tantos con los huesos de cristal. Me lanzó contra el asiento trasero con tal fuerza que sentí cómo una costilla crujía.

Levantó el arma de nuevo, su ojo derecho cerrado e hinchado, sangrando profusamente, pero el izquierdo fijo en mí con odio puro. Iba a matarme. Iba a morir aquí, en una camioneta de lujo, oliendo a cuero y pólvora, sin haber salvado a nadie.

PUM.

El disparo no vino de él.

La cabeza del conductor se sacudió hacia adelante y una flor roja brotó en su nuca, salpicando el parabrisas blindado. El cuerpo se desplomó sobre el claxon, que empezó a sonar ininterrumpidamente, un lamento largo y monótono en medio del caos.

Miré hacia el asiento del copiloto.

El Teniente Morales, con la frente abierta y la sangre corriéndole por la cara, sostenía su arma de cargo con ambas manos temblorosas. Había disparado a través del respaldo del asiento del conductor. El chico que minutos antes me había ofrecido dinero por lástima, acababa de salvar a la leyenda y al Almirante.

—Des… despejado —susurró Morales, y dejó caer el arma sobre sus piernas antes de volver a desmayarse.

—¡Estamos expuestos! —gritó Valenzuela, recuperando el mando—. ¡Elena, abajo!

Miré por la ventana trasera. La escolta. Las dos camionetas negras que venían detrás de nosotros no se habían detenido para ayudarnos. Al contrario. Se habían desplegado en abanico, bloqueando la avenida. Hombres armados bajaban de ellas. No llevaban uniformes de la Marina. Llevaban equipo táctico negro, sin insignias.

—Nos vendieron, Roberto —escupí sangre sobre la alfombra—. Tu escolta es de ellos. Todo tu círculo está podrido.

—Maldita sea… —El Almirante miró a sus “hombres” avanzar hacia nosotros con rifles de asalto levantados—. No podemos quedarnos aquí. Este blindaje aguantará un rato, pero traen cargas huecas. Lo veo en sus chalecos. Van a abrirnos como una lata de sardinas.

—Tenemos que movernos. ¡Al volante! —le grité.

—El cuerpo estorba —dijo él, intentando empujar el cadáver del conductor, pero el peso muerto y el espacio reducido lo hacían imposible.

Las balas empezaron a repiquetear contra el exterior de la camioneta. Tack-tack-tack-tack. El vidrio blindado empezó a mostrar las primeras telarañas blancas de impacto. Estaban concentrando el fuego en las cerraduras y las bisagras. Sabían lo que hacían. Eran profesionales. Eran Escorpiones.

—¡Salimos a pie! —decidí. Era una locura. Una anciana coja, un Almirante en shock y un Teniente inconsciente contra un escuadrón de la muerte. Pero quedarse dentro era muerte segura.

—¿Estás loca? Nos acribillarán en cuanto abramos la puerta —replicó Valenzuela.

—No si no nos ven. Tienes granadas de humo en la guantera táctica, ¿verdad? Siempre llevas el kit de emergencia estándar.

Valenzuela asintió, entendiendo mi plan. Se estiró sobre el cuerpo de Morales y abrió la guantera. Sacó dos cilindros grises.

—Morales… —dijo Valenzuela, sacudiendo al muchacho—. ¡Hijo, despierta! ¡No te mueras ahora, carajo!

El Teniente gimió y abrió los ojos, desorientado. —¿Mi… mi Almirante?

—Vas a correr, muchacho. ¿Puedes correr?

—No siento las piernas, señor… —balbuceó.

Mierda. Conmoción cerebral severa o shock espinal.

—Yo lo llevo —dijo Valenzuela. Era un hombre de sesenta años, pero la desesperación da fuerzas que el gimnasio no puede replicar.

—Tú cúbreme —me dijo, pasándome su Beretta 9mm—. ¿Todavía recuerdas cómo usar esto, Fénix?

Sopesé el arma. El peso era familiar, reconfortante. Revisé el cargador. Lleno. Quité el seguro.

—Es como andar en bicicleta, Almirante. Solo que la bicicleta mata gente. Hazlo.

Valenzuela quitó el seguro de una granada de humo. —A la de tres. Uno… Dos… ¡TRES!

Abrió la puerta trasera derecha, la que daba hacia la banqueta, lejos del fuego directo de los atacantes. Lanzó la granada y esperamos dos segundos. El humo denso, blanco y gris, envolvió el vehículo al instante, ocultándonos de la vista pero también cegándonos.

—¡VÁMONOS!

Valenzuela salió arrastrando a Morales. El chico gritó de dolor cuando sus pies golpearon el pavimento. Yo salí detrás, agachada, usando la llanta trasera como cobertura.

El sonido de los disparos cambió. Dejaron de tirar al bulto y empezaron a hacer fuego de supresión a través del humo. Las balas zumbaban sobre nuestras cabezas como avispones furiosos.

—¡Hacia el mercado! —grité, señalando un callejón estrecho a unos cincuenta metros. El Mercado de Artesanías del Malecón estaba cerca. Laberíntico, lleno de gente, lleno de salidas. Si llegábamos ahí, teníamos una oportunidad.

Corrimos. O mejor dicho, cojeamos a toda velocidad. Valenzuela cargaba casi todo el peso de Morales, resoplando como un toro. Yo iba detrás, girándome cada tres pasos para disparar a las sombras que se movían dentro del humo.

Vi una silueta negra emerger de la nube. Un mercenario con máscara de gas. Levantó su rifle.

Alcé la pistola. Mis manos temblaban por la edad, pero mi respiración se detuvo instintivamente al apretar el gatillo.

Bang. Bang.

Doble toque al centro de masa. El hombre cayó hacia atrás. No sentí nada. Ni remordimiento, ni triunfo. Solo la fría eficiencia de la supervivencia.

Llegamos al callejón. El ruido del tráfico y la gente normal, ajena a la guerra que se libraba a media cuadra, nos golpeó de frente. Turistas comprando recuerdos, vendedores gritando “¡Nieves, nieves güera!”, música de marimba.

Nos metimos entre los puestos de ropa blanca y sombreros de paja.

—¡Camine normal! —siseé a Valenzuela, que venía con el uniforme manchado de la sangre de Morales y la pistola en la mano—. ¡Guarda el arma, por el amor de Dios!

El Almirante enfundó la pistola torpemente y se echó el brazo de Morales al cuello, fingiendo que el chico estaba borracho. —Solo se pasó de copas… —decía a los turistas que nos miraban con horror—. Un golpe de calor, ya saben cómo es la juventud.

Nadie nos creyó, por supuesto. Morales sangraba por la cabeza y Valenzuela parecía haber salido de una trituradora. Pero en México, la gente tiene un instinto de supervivencia muy desarrollado: si ves a alguien ensangrentado y armado, miras hacia otro lado y sigues caminando. Nadie quiere ser testigo. Nadie quiere problemas. El “aquí no pasa nada” es nuestro escudo nacional.

Nos adentramos en el laberinto de puestos. El olor a cuero, vainilla y pescado frito me mareó. Mis rodillas ardían. Cada paso era una aguja caliente en mis articulaciones. Quería tirarme al suelo y llorar. Quería ser solo una vieja mesera otra vez. Pero la imagen de mi nieto, solo en ese cuarto de azotea, me empujó hacia adelante.

Si ellos sabían quién era yo, sabían quién era él.

—Roberto, necesitamos un vehículo. Y un teléfono seguro. El tuyo ya no sirve, tienen el GPS —dije, jadeando, apoyándome en un puesto de hamacas.

—Tengo… tengo una casa segura. No está en los registros oficiales. Es de mi padre. En la zona vieja, cerca de San Juan de Ulúa. Pero está lejos.

—No llegaremos caminando. Morales se está desangrando.

Miré a mi alrededor. Un viejo taxi Tsuru, de esos que ya deberían estar en el deshuesadero, estaba estacionado descargando cajas de refresco. El chofer, un señor gordo con una guayabera desabotonada, estaba distraído discutiendo con un vendedor.

—Lo siento, paisano —murmuré.

Me acerqué al taxista. Saqué la pistola, ocultándola bajo el delantal doblado que aún llevaba en la mano. Se la pegué a las costillas.

—No grite, jefe. Solo deme las llaves. Y su teléfono.

El hombre se puso pálido. —Madre santa… señora, llévese la lana, pero no me haga nada. Tengo hijos.

—Yo también —dije con la voz quebrada—. Y por eso necesito su coche. Deme las llaves. ¡Ahora!

Me las dio, temblando. Le quité el celular barato que traía en el bolsillo de la camisa. —Váyase. Camine hacia el mar y no voltee. Si llama a la policía en los próximos veinte minutos, sabré dónde vive.

Era una amenaza vacía, pero funcionó. El hombre salió corriendo, persignándose.

Subimos al Tsuru. Olía a tabaco rancio y ambientador de pino. Valenzuela metió a Morales en el asiento trasero y se subió de copiloto. Yo me puse al volante. El asiento estaba hundido, los pedales duros.

Arranqué el motor. Tosió, protestó, pero encendió.

—¿A dónde? —pregunté, metiendo primera con un crujido de la caja de cambios.

—Callejón de la Campana, número 42. Es un edificio azul despintado.

Salí quemando llanta, esquivando a un vendedor de elotes. Conducir en Veracruz es un deporte extremo en circunstancias normales; hacerlo huyendo de un grupo paramilitar es suicida.

Mientras conducía, le pasé el celular robado a Valenzuela. —Marca a tu gente. A los de verdad. Si es que queda alguien de confianza.

Valenzuela miró el teléfono con desconfianza. —No puedo llamar al comando central. Si interceptaron mi escolta, tienen intervenidas las líneas seguras. No sé en quién confiar, Elena. Mi Jefe de Estado Mayor… él organizó la ruta de hoy. Mi secretario privado… él sabía del café.

Golpeó el tablero con frustración, haciendo saltar un muñeco de cabeza móvil. —¡Estoy solo! ¡El Almirante de la Flota y estoy jodidamente solo!

—No estás solo —dije, mirando el camino, buscando moros con tranchete en cada esquina—. Me tienes a mí. Y tienes al chico de atrás que recibió una bala por ti. Eso ya es más de lo que tenías ayer.

—¿A quién llamo entonces?

—A nadie oficial. Piensa, Roberto. ¿Quién te debe la vida? ¿Quién está fuera del sistema? Necesitamos armas de verdad, no esta pistolita. Necesitamos antibióticos, sutura para Morales. Y necesitamos sacar a mi nieto.

Valenzuela se quedó pensando un momento, mientras pasábamos a toda velocidad por el bulevar, el mar a nuestra derecha brillando con indiferencia.

—”El Tuerto” —dijo de repente.

—¿El mecánico de lanchas? ¿Sigue vivo ese viejo pirata?

—Sí. Le salvé el cuello de una corte marcial hace diez años por contrabando de piezas. Me debe una grande. Tiene un taller en la zona norte, cerca del cementerio de barcos.

—Bien. Vamos con El Tuerto. Pero primero… mi casa.

—¡Es muy peligroso, Elena! —protestó Valenzuela—. Si fueron por ti, ya deben estar ahí. Es lo primero que harían. Asegurar la palanca de presión.

Sentí un frío helado en el pecho. Sabía que tenía razón. Era el manual básico de operaciones negras: asegura a la familia, quiebra al objetivo.

—Tengo que saberlo, Roberto. Si se lo llevaron…

—Si se lo llevaron, ir a tu casa es caer en la segunda trampa. Nos estarán esperando. Francotiradores, vigilancia. Te matarán antes de que toques el timbre.

Frené en un semáforo en rojo, ignorando los cláxones. Me giré hacia él, con lágrimas de rabia en los ojos. —¡Es mi nieto! ¡Tiene siete años y cáncer! ¡No voy a dejarlo solo!

—¡No lo vas a ayudar si estás muerta! —me gritó Valenzuela, agarrándome del brazo—. ¡Escúchame, Fénix! Si lo tienen, lo usarán para negociar el maletín. No lo matarán todavía. Te necesitan a ti para encontrar las coordenadas. Mientras tú estés libre, él está vivo. Si te atrapan, ambos mueren. ¿Entiendes? ¡Piensa como soldado, maldita sea, no como abuela!

Sus palabras fueron como una bofetada. Dolieron porque eran verdad. Odié ser soldado en ese momento. Odié la lógica fría de la guerra que te obliga a abandonar a los que amas para poder salvarlos.

Solté el volante y me cubrí la cara con las manos, sollozando por un segundo. Solo uno. Luego, me sequé las lágrimas con la manga sucia.

—Al taller del Tuerto —dije con voz muerta—. Nos armamos. Nos curamos. Y luego… luego vamos a cazar a esos hijos de perra. Uno por uno.

Aceleré de nuevo. El Tsuru rugió.

Media hora después, entramos en un camino de tierra lleno de baches, rodeado de chatarra oxidada y cascos de barcos pesqueros abandonados. El taller de “El Tuerto” parecía más un basurero que un negocio, lo cual era perfecto.

Un perro sarnoso nos ladró cuando entramos al patio. Un hombre enorme, con un parche en el ojo izquierdo y grasa hasta en las pestañas, salió de debajo de una lancha rápida, limpiándose las manos con un trapo.

Nos vio bajar. Vio la sangre. Vio el uniforme destrozado del Almirante.

No hizo preguntas estúpidas.

—Metan el coche al fondo —dijo con voz grave—. Cierren el portón. Traeré el botiquín de los narcos, el que tiene morfina.

Entramos en el hangar oscuro, lleno de olor a gasolina y salitre. Bajamos a Morales y lo pusimos sobre una mesa de trabajo. El chico estaba ardiendo en fiebre.

Mientras El Tuerto curaba al Teniente con una destreza sorprendente, Valenzuela y yo nos apartamos a un rincón, bajo la luz de una bombilla desnuda.

—El celular del chofer —dije, sacando el teléfono que le había quitado al taxista, dándome cuenta de mi error—. Mierda, no, ese no. Necesitamos saber qué saben ellos.

—Yo tomé esto —dijo Morales desde la mesa, con voz débil. Levantó la mano. Tenía el celular del conductor muerto. Lo había cogido antes de salir de la camioneta.

—Bien hecho, muchacho —dijo Valenzuela, corriendo a tomarlo.

Estaba bloqueado, por supuesto. Biométrico.

—Necesitamos el dedo del muerto —dijo El Tuerto, escupiendo al suelo—. O un buen hacker. Yo sé de motores, no de computadoras.

—Yo… —Morales intentó sentarse, pero El Tuerto lo empujó hacia abajo—. Yo puedo intentarlo. Fui… fui inteligencia cibernética antes de ser ayudante de campo. Conecten el teléfono a esa laptop de diagnóstico de ahí.

Hicimos lo que dijo. Durante veinte minutos angustiosos, el Teniente tecleó con una mano, sudando, mientras el programa de desbloqueo corría.

—Lo tengo —dijo finalmente—. Es… es una aplicación de mensajería encriptada. “Threema”.

—Lee los últimos mensajes —ordenó Valenzuela.

Morales entrecerró los ojos, leyendo la pantalla. Su rostro pasó del dolor al horror absoluto.

—Mensaje recibido a las 09:15… “Objetivo Primario (Fénix) localizado en Club Naval. Proceder a extracción o eliminación”.

—Sigue —dijo Valenzuela.

—Respuesta del conductor: “En proceso”.

—Siguiente.

—Mensaje de ‘Control Escorpión’ a las 09:30… —Morales tragó saliva—. “Paquete Secundario (El Niño) asegurado. Traslado al Nido completado. El sujeto presenta resistencia. Se requiere personal médico”.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. “Paquete Secundario”. Mi Luisito.

—¿Dónde? —pregunté, agarrando a Morales de la camisa—. ¿Dónde es el Nido? ¡Dímelo!

—Hay… hay una coordenada GPS adjunta en el metadato de la foto que enviaron.

Morales giró la pantalla hacia nosotros. Era una foto de mi nieto. Estaba atado a una silla, con la boca tapada con cinta adhesiva gris. Sus ojos grandes estaban llenos de lágrimas. Pero estaba vivo.

Miré las coordenadas. Valenzuela se acercó.

—No puede ser… —susurró el Almirante.

—¿Dónde es? —exigí.

—Es el Fuerte de San Juan de Ulúa —dijo Valenzuela, incrédulo—. Pero no la parte turística. Los túneles inferiores. Los que se inundan con la marea alta. Están cerrados al público desde hace cincuenta años.

—¿Por qué ahí?

—Porque es una fortaleza dentro de la ciudad. Muros de coral de dos metros de espesor. Y porque… —Valenzuela me miró con culpa—. Porque hay una entrada secreta desde el mar que solo la Marina conoce. O conocía.

—Lo tienen en los túneles —dije, sintiendo una calma fría descender sobre mí. Ya no había miedo. Solo había objetivo—. Y la marea sube a las seis de la tarde.

Miré el reloj de pared sucio del taller. Eran las cuatro.

—Tenemos dos horas antes de que el agua empiece a entrar en las celdas bajas —dije—. Si está ahí, se ahogará como una rata si no lo sacamos.

—Es una fortaleza, Elena —dijo Valenzuela—. Habrá docenas de ellos. Nosotros somos una vieja, un herido y un viejo. Y tenemos una pistola y un Tsuru.

Miré al Tuerto. El mecánico gigante nos observaba con los brazos cruzados.

—Oye, Tuerto —le dije—. Esas lanchas rápidas que tienes ahí atrás… las que usas para “entregas nocturnas”. ¿Tienen algo más que motores potentes?

El Tuerto sonrió, mostrando una hilera de dientes de oro. —Tengo una “Cigarette” modificada con blindaje de kevlar en el casco. Y en la bodega… bueno, digamos que a veces los clientes pagan con “fierros” en lugar de dinero. Tengo un par de rifles de asalto AR-15 que “se cayeron” de un camión de la Sedena. Y quizás algo de C4 para abrir cajas fuertes.

Valenzuela me miró. Yo lo miré a él. Vi el brillo en sus ojos. El brillo del Capitán que había sobrevivido a Somalia.

—¿Recuerdas la maniobra de inserción acuática que practicamos en el 92? —le pregunté.

—¿La de entrar a toda velocidad y chocar controlado contra el muelle para usar la inercia como asalto? —Valenzuela negó con la cabeza—. Es una locura. Nos mataremos en el impacto.

—Ya estamos muertos, Roberto —le dije, tomando un rifle que El Tuerto me tendía. Pesaba. Pesaba mucho. Pero mis brazos recordaron cómo sostenerlo—. Solo que aún no nos han avisado.

Me giré hacia Morales. —Tú te quedas, hijo. Estás fuera de combate. Controla las comunicaciones desde aquí. Sé nuestros ojos.

—No… —intentó protestar, pero se desmayó de nuevo.

—Tuerto, ¿vienes? —pregunté.

El mecánico escupió su chicle, tomó una escopeta recortada y se puso una gorra de los Tiburones Rojos de Veracruz. —Señora, mi madre murió de cáncer porque el seguro social no tenía medicinas. Si vamos a matar a unos cabrones que secuestran niños enfermos… yo conduzco la lancha.

Salimos al muelle trasero. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un rojo sangre presagio de lo que venía. El mar estaba picado.

Subimos a la lancha. El motor rugió como una bestia despertando.

—A San Juan de Ulúa —ordenó Valenzuela, poniéndose unas gafas oscuras para ocultar sus ojos llenos de miedo y determinación—. Y que Dios se apiade de ellos, porque la Capitán Ramírez no lo hará.

La lancha saltó sobre las olas, golpeando el agua con violencia, volando hacia la fortaleza de piedra negra que se alzaba en el horizonte. Iba a recuperar a mi nieto. O iba a convertir ese castillo histórico en mi tumba definitiva. De cualquier forma, el Escorpión iba a aprender hoy que al Fénix no se le caza. Al Fénix se le teme.

Mientras el viento golpeaba mi cara, acaricié el gatillo del AR-15. Mis dedos ya no dolían. El dolor es para los vivos, y yo me sentía como un espectro de venganza.

—Aguanta, mi amor —susurré al viento—. La abuela ya va.

PARTE FINAL: LA MAREA ROJA Y EL ÚLTIMO VUELO DEL FÉNIX

El viento salado golpeaba mi rostro con la furia de mil agujas invisibles, pero no parpadeé. No podía permitirme el lujo de cerrar los ojos, ni siquiera por un segundo. La lancha “Cigarette” modificada de El Tuerto cortaba las olas del Golfo de México como un cuchillo caliente atravesando mantequilla, rugiendo con una potencia que hacía vibrar hasta los empastes de mis muelas. Mis manos, esas garras deformes que tanto me habían avergonzado sirviendo café, ahora se aferraban al guardamanos del rifle AR-15 con una firmeza que desafiaba a la medicina moderna. La adrenalina es el mejor analgésico del mundo, y en ese momento, yo estaba sobredosis de ella.

Miré a Roberto Valenzuela. El Almirante, el hombre que comandaba flotas enteras desde un escritorio, se aferraba a la barandilla con los nudillos blancos. Sus gafas oscuras ocultaban el miedo, pero yo podía olerlo; olía igual que en Somalia en el 93, una mezcla de sudor agrio y ozono. Sin embargo, ahí estaba. No había huido. Había elegido sangrar junto a su vieja capitana en lugar de proteger su carrera política. Eso contaba. En mi libro, eso contaba mucho.

—¡Tres minutos para impacto! —gritó El Tuerto, su voz apenas audible sobre el estruendo del motor V8 y el choque del casco contra el agua. El parche en su ojo le daba un aspecto demoníaco bajo la luz rojiza del atardecer que empezaba a morir, dando paso a las sombras que serían nuestras aliadas y nuestras verdugas.

Al frente, la silueta imponente de San Juan de Ulúa se alzaba sobre el mar como una bestia dormida de piedra y coral. Esa fortaleza había sido prisión, palacio presidencial y museo, pero para mí, esta noche, era la boca del infierno. Y mi nieto, mi pequeño Luisito, estaba en las entrañas de esa bestia.

—La marea… —murmuré, mirando cómo el agua rompía cada vez más alto contra los muros exteriores. Eran pasadas las cuatro. El reloj biológico de la marea era implacable. Teníamos menos de dos horas antes de que los túneles inferiores, esas celdas de castigo diseñadas por los españoles para ahogar la esperanza, se llenaran de agua salada. Si Luisito estaba atado a una silla como en la foto, no tendría ninguna oportunidad.

—¡Preparados para la maniobra! —rugió Valenzuela, quitando el seguro de su propia arma.

La “maniobra” era una locura. Una estupidez táctica que solo se nos ocurriría a nosotros. No íbamos a buscar un muelle. No íbamos a pedir permiso. Íbamos a estrellar una lancha de tres toneladas blindada con Kevlar contra la rampa de acceso de suministros, una pendiente de piedra resbaladiza que data del siglo XVII.

—¡Sujétense o se matan! —advirtió El Tuerto.

Aceleró. El maldito loco aceleró a fondo.

El mundo se convirtió en un borrón de espuma y piedra gris. Sentí cómo el estómago se me subía a la garganta. La lancha se elevó en el aire al golpear la primera rampa de concreto sumergido, voló por un segundo que pareció eterno —un último vuelo para el Fénix— y aterrizó con un estruendo apocalíptico sobre la piedra seca del patio bajo.

El impacto fue brutal. El sonido de la fibra de vidrio y el metal raspando contra la roca histórica fue ensordecedor, como el grito de un gigante herido. Salimos despedidos hacia adelante, pero el impacto controlado funcionó; la lancha se deslizó, chirriando y echando chispas, hasta detenerse a pocos metros de la entrada lateral, actuando como un ariete y un escudo al mismo tiempo.

—¡Fuera, fuera, fuera! —grité, mi voz recuperando ese tono de mando que hace que los hombres se muevan sin pensar.

Salté por la borda antes de que la lancha terminara de asentarse. Mis rodillas protestaron con un crujido agudo, un recordatorio doloroso de que ya no tenía veinte años, pero ignoré el dolor. Me parapeté detrás de una columna de piedra mohosa, levantando el rifle.

El patio bajo estaba en sombras, pero el movimiento era inconfundible. Figuras negras corrían por las murallas superiores. Los Escorpiones. No esperaban un ataque frontal. Esperaban sigilo o negociación, no a tres lunáticos estrellando un bote en su puerta trasera.

—¡Contacto arriba! —gritó Valenzuela desde el otro lado de la lancha.

El aire se llenó del zumbido de las balas. Pew-pew-tack-tack. Las balas impactaban contra la piedra coralina, lanzando esquirlas afiladas como navajas.

—¡Cúbrenos, Tuerto! —ordené.

El mecánico gigante se levantó por encima del parabrisas roto de la lancha, con la escopeta recortada en una mano y una sonrisa salvaje en el rostro. —¡Coman plomo, hijos de su pinche madre! —bramó, y soltó una andanada de fuego que hizo agachar las cabezas de los mercenarios en la muralla.

Aproveché la distracción. —¡Roberto, conmigo! ¡A la entrada de los túneles!

Corrimos. No era una carrera elegante. Era la carrera desesperada de dos ancianos que se niegan a morir. Cruzamos el espacio abierto bajo el fuego cruzado. Una bala rozó mi hombro, rompiendo la tela de mi uniforme de mesera, pero no sentí el ardor. Solo veía la puerta de madera podrida y hierro oxidado que conducía al subsuelo.

Llegamos a la puerta. Estaba cerrada con una cadena nueva y un candado de alta seguridad.

—¡Ábrela! —me gritó Valenzuela, dándose la vuelta para disparar su pistola contra las sombras que bajaban por las escaleras.

Saqué el bloque de C4 que El Tuerto nos había dado. Mis manos temblaban, no por miedo, sino por la exigencia física. Maldita artritis. Me costó un mundo moldear la masilla plástica alrededor del candado.

—¡Carga colocada! —grité—. ¡Fuego en el hoyo!

Nos lanzamos al suelo, cubriéndonos las cabezas. La explosión fue seca, concisa, una bofetada de presión que nos sacudió los huesos. La puerta voló hacia adentro en una lluvia de astillas y metal retorcido.

Entramos.

El cambio de atmósfera fue instantáneo. El calor húmedo de Veracruz desapareció, reemplazado por un frío sepulcral y el olor penetrante a salitre, moho y desesperación antigua. Los túneles de San Juan de Ulúa.

Estaba oscuro, apenas iluminado por algunas lámparas de trabajo portátiles que los mercenarios habían colgado en las paredes goteantes. El suelo estaba resbaladizo por el limo. Y lo peor de todo: ya había agua. Unos cinco centímetros de agua negra cubrían el piso. La marea estaba subiendo.

—Tenemos que movernos rápido —dijo Valenzuela, encendiendo la linterna táctica acoplada a su arma—. Los mapas antiguos dicen que las celdas de aislamiento están al final del pasillo “C”, el más bajo.

Avanzamos en formación. Yo en punta, Valenzuela cubriendo la retaguardia. Mis botas chapoteaban en el agua. Splash, splash, splash. Cada paso resonaba en la bóveda de piedra.

De repente, una sombra se separó de la pared a mi derecha.

Un mercenario. Llevaba visión nocturna y un cuchillo en la mano, intentando ser silencioso.

Reaccioné por puro instinto. No podía disparar tan cerca sin arriesgar un rebote en las paredes de piedra. Usé el cañón del rifle como un bastón, golpeando su muñeca para desviar el cuchillo. El hombre gruñó y me lanzó una patada al estómago.

El aire salió de mis pulmones. Caí de rodillas en el agua sucia. El mercenario se abalanzó sobre mí, con el cuchillo buscando mi garganta. Vi sus ojos a través de las gafas tácticas; eran los mismos ojos vacíos del chofer.

—¡Muere, vieja! —siseó.

Mi fuerza no era la de antes. Mis brazos flaqueaban. La punta del cuchillo estaba a centímetros de mi piel. Sentía su aliento podrido.

Entonces, un disparo atronador resonó en el túnel cerrado.

La cabeza del mercenario explotó hacia un lado, cubriéndome de sangre tibia. Su cuerpo cayó flácido sobre mí, pesado y muerto.

Empujé el cadáver con asco y miré hacia atrás. Valenzuela estaba allí, con la pistola humeante. Me tendió una mano.

—Te dije que te cubría, Fénix —dijo, aunque su mano temblaba visiblemente.

—Gracias, Roberto —jadeé, aceptando su ayuda para levantarme. El agua ya me llegaba a los tobillos. Subía rápido. Demasiado rápido.

—No hay tiempo para agradecimientos. Mira.

Señaló hacia adelante. Al final del túnel, se veía una luz más fuerte y se escuchaban voces.

Nos acercamos con sigilo, pegados a las paredes húmedas. El agua subía centímetro a centímetro, fría y negra, lamiendo nuestras botas como un depredador paciente.

Llegamos a una intersección que daba a una cámara más amplia, una antigua sala de guardia convertida en centro de mando improvisado. Había mesas con computadoras, cajas de equipo y, en el centro, atado a una silla de metal, estaba él.

Luisito.

Mi corazón dio un vuelco. Estaba pálido, con la cabeza gacha, el cabello pegado a la frente por el sudor. La cinta adhesiva seguía en su boca. El agua ya rodeaba las patas de la silla.

Alrededor de él, tres hombres. Uno operaba una laptop. Los otros dos fumaban, relajados, con sus rifles colgados al hombro. Y había un cuarto hombre. Un hombre con traje, no con uniforme táctico. Estaba de espaldas a nosotros, mirando a mi nieto.

—La abuela no va a venir, niño —decía el hombre del traje con una voz suave, educada, terroríficamente tranquila—. Ella sabe que lo que guarda en su cabeza vale más que tu vida. Así son los patriotas. Sacrifican todo.

Conocía esa voz.

Sentí que la bilis subía por mi garganta. Miré a Valenzuela. Él también la había reconocido. Sus ojos estaban desorbitados.

—No puede ser… —susurró Roberto, tan bajo que apenas lo oí.

El hombre del traje se giró lentamente, como si hubiera escuchado nuestros pensamientos.

Era el Vicealmirante Torres. El Jefe de Estado Mayor. La mano derecha de Valenzuela. El hombre que había organizado la ruta de hoy.

—Bienvenidos —dijo Torres, sonriendo, sin mostrar sorpresa—. Tardaron más de lo que calculé. Pensé que el incidente en la camioneta los retrasaría menos, pero supongo que la edad pesa.

—¡Torres! —gritó Valenzuela, saliendo de las sombras con el arma en alto. Yo salí a su lado, apuntando con el rifle al pecho del traidor.

Los tres mercenarios levantaron sus armas al instante. Standoff mexicano. Nadie disparaba, pero la tensión era tan densa que se podía masticar.

—Baja el arma, Roberto —dijo Torres, ajustándose los puños de la camisa—. Ya se acabó. Tengo el control de la zona. En diez minutos, este lugar estará bajo dos metros de agua. Solo quería el maletín, pero ya que están aquí, pueden dármelo personalmente.

—¿Por qué? —preguntó Valenzuela, con la voz rota por la traición—. Eres un oficial de la Armada. Juraste lealtad.

—Juré proteger a la nación, Roberto. Y la nación necesita dinero, no viejos códigos de honor. La lista de agentes en ese maletín… vale millones en el mercado negro. Los rusos, los chinos… pagan fortunas por saber quiénes son nuestros fantasmas. Y con ese dinero, puedo construir una Marina de verdad, no la chatarra que tú diriges.

—Eres un monstruo —escupí yo, dando un paso adelante. El agua ya me llegaba a la pantorrilla.

Torres me miró con desdén. —Y tú eres una reliquia, Elena. Deberías haberte quedado muerta en Somalia.

Miré a Luisito. Él levantó la vista al oír mi voz. Sus ojos se abrieron enormes. Intentó gritar a través de la cinta, moviéndose en la silla. Mmmph! Mmmph!

—Suéltalo —ordené—. Esto es entre tú y yo. El niño no tiene nada que ver.

—El niño es la única razón por la que no te he volado la cabeza todavía —rio Torres—. Dame las coordenadas, Elena. 2-4-9… ¿qué más? Dámelas y te dejo sacarlo antes de que se ahogue. Tienes un minuto. El agua sube rápido.

Miré el suelo. El agua entraba a borbotones por los desagües del piso. Ya cubría los pies de Luisito. El terror en la cara de mi nieto me partió el alma.

Mi mente trabajaba a mil por hora. Éramos dos contra cuatro. Ellos tenían la posición y el rehén. Nosotros teníamos la sorpresa y la desesperación.

Miré a Valenzuela. Él me devolvió la mirada. Hubo un entendimiento silencioso. Un último código entre viejos guerreros.

Cielo Negro.

—Está bien —dije, bajando el rifle lentamente—. Te daré las coordenadas. Pero deja que Roberto saque al niño. Yo me quedo contigo.

Torres sonrió, triunfante. —Trato hecho. Roberto, acércate. Desata al mocoso y lárgate. Elena se queda.

Valenzuela envainó su pistola lentamente. Caminó hacia Luisito, con las manos en alto, pasando entre los mercenarios. El agua le llegaba a las rodillas.

Cuando Valenzuela llegó junto a la silla de Luisito, se agachó. Sacó un cuchillo de su bota.

—Hazlo rápido, Roberto —advirtió Torres.

—Lo haré —dijo Valenzuela.

Entonces, Roberto hizo algo que Torres no esperaba. En lugar de cortar las ataduras de las manos, cortó la cinta adhesiva de la boca del niño y le susurró: —Respira hondo, hijo.

Y en un movimiento fluido, Valenzuela pateó la silla hacia atrás, volcando a Luisito y a sí mismo dentro del agua oscura, sacándolos de la línea de fuego.

—¡AHORA! —gritó Valenzuela desde el suelo.

Alcé el rifle y apreté el gatillo. No apunté a Torres. Apunté a la lámpara halógena principal que colgaba del techo, justo encima de un charco grande.

BANG.

La lámpara estalló. La oscuridad fue total por un segundo, seguida de chispas eléctricas cuando el cable vivo tocó el agua electrificando una sección del charco donde estaban dos de los mercenarios.

Gritaron mientras la corriente los sacudía, sus cuerpos convulsionando en el agua conductiva.

El tercer mercenario y Torres empezaron a disparar a ciegas. Los fogonazos iluminaban la sala como relámpagos estroboscópicos.

Me tiré al suelo, rodando hacia la izquierda, ignorando el dolor agónico en mis caderas. El agua fría me empapó, entrando en mi boca, salada y sucia.

—¡Elena! —gritó Torres, disparando hacia donde yo estaba hace un segundo.

Respondí al fuego. Apunté a los fogonazos. Mi AR-15 ladró. Una, dos, tres veces. Escuché un grujido y el sonido de un cuerpo cayendo al agua. El tercer mercenario estaba fuera.

Solo quedaba Torres.

—¡Roberto, saca al niño! —grité, arrastrándome por el fango.

Escuché chapoteos frenéticos. Valenzuela estaba arrastrando la silla con Luisito hacia la salida del túnel.

—¡Nadie sale de aquí! —rugió Torres. Escuché el clic de un cargador nuevo.

Me puse de pie. El agua me llegaba a la cintura ahora. Era difícil moverse. Era como caminar en melaza.

Encendí la linterna de mi rifle. El haz de luz cortó la oscuridad y encontró a Torres. Estaba detrás de una mesa volcadas, sangrando de un brazo, pero con su arma apuntando hacia la salida, hacia la espalda de Roberto y mi nieto.

No tenía tiempo para apuntar con precisión. No tenía tiempo para pensar.

Me lancé hacia él, usando el rifle no como arma de fuego, sino como un garrote.

Torres se giró y disparó. Sentí un golpe caliente en mi costado, como si me hubieran clavado un atizador ardiendo. Me dio. Pero el impulso ya estaba ahí.

Choqué contra él con todo mi peso. Ambos caímos al agua oscura.

El mundo se volvió un caos de burbujas y oscuridad. Torres era más joven, más fuerte. Me agarró del cuello, apretando con fuerza, intentando ahogarme. Sus dedos se clavaban en mi tráquea.

Luché. Arañé su cara. Mis pulmones ardían. El agua entraba por mi nariz. Iba a morir. Iba a morir ahogada en un agujero olvidado de Veracruz.

No. No hoy.

Recordé a Morales disparando a través del asiento. Recordé a El Tuerto conduciendo hacia la muerte. Recordé los ojos de Luisito.

Mis manos artríticas, esas manos inútiles que no podían sostener una bandeja de café sin temblar, encontraron una piedra suelta en el fondo del túnel. Una piedra de coral, rugosa y afilada.

Con la última reserva de oxígeno que me quedaba, golpeé.

Golpeé la cabeza de Torres. Una vez. El agarre en mi cuello se aflojó. Dos veces. El agua se tiñó de oscuro. Tres veces. Por Somalia. Por El Gato. Por mi nieto.

Torres dejó de moverse. Su cuerpo flotó, inerte, en la marea creciente.

Salí a la superficie, boqueando, tosiendo agua y sangre. —¡Ghhh! ¡Ahhh!

—¡Elena!

Valenzuela estaba en la entrada del túnel. Había cortado las ataduras de Luisito. Tenía al niño en brazos, el agua llegándole al pecho.

—¡Estoy… estoy bien! —mentí, agarrándome la herida del costado. La sangre caliente se mezclaba con el agua fría del mar.

—¡Tenemos que salir! ¡El agua está bloqueando la entrada! —gritó Roberto.

Tenía razón. El nivel subía por segundos. La puerta por la que entramos ya estaría sumergida.

—¡Arriba! —señalé una rejilla de ventilación en el techo abovedado—. ¡Hay una salida de aire hacia la plaza principal!

Nadamos. Sí, la vieja Elena nadó. Con el rifle colgado a la espalda, con un balazo en el costado, nadé contra la corriente hasta llegar a Valenzuela y Luisito.

—Súbelo a mis hombros —dijo Roberto.

Entre los dos, levantamos a Luisito hacia la rejilla. El niño, llorando pero valiente, empujó la reja oxidada. Cedió.

—¡Sube, mi amor! ¡Corre! —le grité.

Luisito trepó como un gato y desapareció en la superficie.

—Ahora tú —dijo Valenzuela.

—No puedo, Roberto. La herida… mis piernas… no tengo fuerza para impulsarme.

—¡No te voy a dejar, carajo! —Valenzuela me agarró por la cintura y me empujó hacia arriba con una fuerza desesperada—. ¡Sube, Fénix! ¡Vuela!

Me aferré al borde de piedra. Clavé las uñas, rompiéndolas. Grité de dolor y esfuerzo. Poco a poco, centímetro a centímetro, icé mi cuerpo fuera del agua, fuera del pozo.

Rodé sobre el suelo de adoquines de la Plaza de Armas de la fortaleza. El aire fresco de la noche llenó mis pulmones.

Me giré y metí la mano en el agujero. —¡Dame la mano, Roberto!

Valenzuela saltó y agarró mi mano. Tiré. Tiré hasta que sentí que mis tendones se rompían. Él pataleó contra la pared y logró subir el torso. Lo arrastré hacia afuera justo cuando el túnel abajo se llenaba por completo de agua, gorgoteando como un desagüe atascado.

Nos quedamos allí, tirados en el suelo, empapados, sangrando, respirando como locomotoras.

Luisito se lanzó sobre mí, abrazándome, llorando en mi pecho. —¡Abuela! ¡Abuela!

Acaricié su pelo mojado, besando su frente una y otra vez. —Ya pasó, mi cielo. Ya pasó. La abuela está aquí.

De repente, luces. Muchas luces.

El sonido de un helicóptero llenó el aire. Un Black Hawk de la Marina.

Valenzuela se sentó, buscando su pistola, pero se detuvo.

El helicóptero aterrizó en medio de la plaza, levantando polvo y viento. Hombres bajaron. Muchos hombres. Pero esta vez, llevaban el uniforme correcto. Infantería de Marina.

Un oficial corrió hacia nosotros. Se detuvo en seco al ver al Almirante de la Flota tirado en el suelo, empapado y abrazado a una anciana y un niño.

—¡Almirante Valenzuela! —gritó el oficial, cuadrándose—. ¡Recibimos la señal de emergencia del Teniente Morales! ¡Tenemos el perímetro asegurado!

Valenzuela me miró y sonrió cansadamente. —Morales… ese hijo de perra lo logró.

El oficial miró el cuerpo de Torres, que no había salido del túnel, y luego nos miró a nosotros. —Señor… ¿cuáles son sus órdenes?

Valenzuela se puso de pie, tambaleándose pero con dignidad. Me ayudó a levantarme. Me apoyé en él, y él en mí.

—Capitán —dijo Valenzuela al oficial, señalándome—. Quiero un transporte médico inmediato para el nieto de esta oficial y para ella. Código Rojo. Prioridad absoluta sobre cualquier otra cosa. Y quiero que arresten a todo el personal de seguridad de mi escolta personal que esté en el perímetro. A todos.

—Sí, señor. ¿Y quién es ella, señor? —preguntó el oficial, mirándome con confusión. Mi delantal estaba destrozado, revelando la pistola en mi cinto y la sangre en mi costado.

Valenzuela me miró con orgullo. —Ella es la Capitán Elena Ramírez. Fénix Nueve. Y acaba de salvar a la Marina de México. Muéstrenle el respeto que se merece.

El oficial abrió los ojos como platos. Luego, lentamente, saludó.

EPÍLOGO: TRES MESES DESPUÉS

El sol de la mañana entraba por la ventana de la habitación privada del Hospital Naval de Alta Especialidad. Era una habitación bonita, con vista al mar, muy diferente al cuarto de azotea donde solíamos vivir.

Luisito estaba sentado en la cama, riendo mientras jugaba con una maqueta de un helicóptero que le había regalado “el tío Roberto”. Sus mejillas tenían color. El tratamiento experimental, pagado íntegramente por la Armada, estaba funcionando. Los médicos eran optimistas.

La puerta se abrió y entró el Teniente Morales. Caminaba con un bastón y tenía una cicatriz roja en la frente, pero se veía bien. Llevaba su uniforme de gala.

—Buenos días, Capitán Ramírez —dijo, sonriendo.

—Deja de llamarme así, muchacho. Aquí soy Elena.

—Imposible, señora. El Almirante se enojaría.

Me entregó un sobre grueso. —Es su pensión retroactiva, finalizada y aprobada por el Senado. Y… —sacó una pequeña caja de terciopelo—… esto es de parte del Presidente.

Abrí la caja. La Medalla al Valor Heroico. Brillaba bajo la luz del sol.

—Dicen que van a desclasificar los archivos de Cielo Negro el próximo año —dijo Morales—. Quieren que usted dé una conferencia en la Academia.

Cerré la caja y la dejé en la mesita de noche, junto a las medicinas de Luisito.

—Diles que no —dije suavemente, mirando a mi nieto jugar.

Morales pareció confundido. —¿Pero por qué? Es su momento de gloria. Todo el mundo sabe quién es usted ahora. Ya no es invisible.

Miré mis manos. La artritis seguía ahí. El dolor seguía ahí. Pero ya no temblaban. Habían sostenido un rifle, habían matado a un traidor, y habían salvado a mi sangre. Ya no necesitaba que nadie me dijera quién era.

—No necesito conferencias, Morales. Ni medallas. Ya tuve mi guerra. Y ya tuve mi victoria.

Señalé a Luisito. —Esa es mi victoria.

Morales sonrió, entendiendo. —A la orden, mi Capitán.

—Ah, y Morales… —lo detuve antes de que saliera.

—¿Sí?

—Dile a El Tuerto que pase mañana. Le prometí que le haría unos chilaquiles si sobrevivíamos. Y yo siempre cumplo mis promesas.

Morales rio. —Se lo diré. El viejo pirata ya reparó la lancha, por cierto. Dice que le debe la pintura.

Cuando Morales salió, me acerqué a la ventana. Miré el mar de Veracruz. Se veía tranquilo, azul, infinito. En algún lugar, allá afuera, bajo las ruinas de una fortaleza, los secretos del pasado se pudrían en el agua salada junto con los hombres malos que intentaron usarlos.

El maletín seguía perdido, o quizás Valenzuela lo había recuperado y destruido en silencio. No me importaba.

Yo ya no era Fénix Nueve, el fantasma del desierto. Tampoco era Elena, la pobre mesera invisible.

Era la abuela de Luis. Y por primera vez en treinta años, era libre.

Tomé mi taza de café. Negro. Sin azúcar. Y le di un sorbo, disfrutando del sabor, no como una sirvienta que prueba las sobras, sino como una mujer que se ha ganado el derecho a descansar.

Pero mientras miraba el horizonte, mi mano acarició inconscientemente el pequeño cuchillo que ahora llevaba siempre en el bolsillo de mi suéter.

Porque el Fénix puede descansar, pero nunca cierra los dos ojos al mismo tiempo.

FIN.

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