
El agua golpeaba el asfalto de Guadalajara con esa furia vieja que conocemos bien aquí; no solo mojaba, calaba hasta los huesos. Yo cruzaba la avenida con la mirada baja, cuidando no resbalar con mis botas viejas, cuando escuché ese rugido inconfundible. Un sedán negro, impecable, aceleró justo al verme junto al charco más grande.
No fue un accidente.
El conductor me vio. Roberto me vio clarito. Y aun así, dio el volantazo a propósito. El lodo estalló como una bofetada caliente y sucia, cubriéndome la cara, el cabello, la dignidad. Desde adentro, escuché su risa. Esa risa seca que me persiguió durante tres años de matrimonio.
Me quedé parada ahí, en medio del tráfico, limpiándome el lodo de los ojos con el dorso de la mano, sintiendo ese sabor amargo a tierra y h*millación. Nadie sabía quién era yo en ese cruce. Nadie sabía que ese hombre que acababa de burlarse de mí era el mismo que juró amarme en el altar.
Pero la vida da vueltas, ¿verdad? Porque yo no siempre fui esta mujer que aguanta el g*lpe. Hubo un tiempo en que fui la nuera “poca cosa” de Doña Ruth.
Recuerdo la primera vez que entré a su casa. Doña Ruth ni me saludó, solo me barrió con la mirada de arriba abajo y soltó: —¿Qué tiene tu familia, niña? ¿Qué poseen? —Nos tenemos los unos a los otros —contesté con mi ingenuidad de los veinticuatro años. Ella apretó la boca con asco. Fue el primer aviso que decidí ignorar por amor.
El matrimonio con Roberto fue un infierno silencioso. Él quería una esposa trofeo, y yo era… yo. Me “corregía” en público. —No hables así, pareces del servicio —me susurraba apretándome el brazo en las cenas.
Yo aguantaba. Trabajaba doble turno, cocinaba, limpiaba, y él gastaba en apariencias. Hasta que encontré la camisa. Cuello manchado de rojo carmín. Un tono que yo jamás usaba. Se la puse en la mesa sin decir nada. Él ni se inmutó. —Mírate, Erika… y mírala a ella. Nadie come frijoles cuando puede comer caviar. Doña Ruth, sentada en su sillón, remató con una sonrisa dura: —Agradece que mi hijo te mantuvo tanto tiempo. Eso pasa cuando un hombre supera a una mujer.
Esa noche, la rabia me dio una claridad que nunca había tenido. —No puedo vivir así —dije, con la voz temblando. Roberto señaló la puerta de nuestro departamento, ese que yo mantenía limpia con mis manos agrietadas. —¡ENTONCES LÁRGATE! ¿O qué? ¿Te da miedo tu pobreza?
Salí con una bolsa de plástico y la vida partida a la mitad. Terminé durmiendo en los escalones fríos de una iglesia cerrada, viendo cómo la lluvia borraba mis lágrimas, jurándome que nunca más nadie me haría sentir menos.
Lo que Roberto no sabía mientras se reía en su auto de lujo hoy… es que esa noche en la iglesia no fue mi final. Fue el comienzo de una verdad que está a punto de dejarlo en un SILENCIO TOTAL.
PARTE 2: EL RENACER DE LAS CENIZAS Y LA LECCIÓN SILENCIOSA
Esa noche en las escaleras de la iglesia no solo sentí frío en la piel, sentí el frío en el alma, ese que te congela las esperanzas. La lluvia de Guadalajara no paraba, parecía que el cielo mismo estaba llorando conmigo, o tal vez, se estaba burlando de mi desgracia. Me abracé las rodillas, tratando de hacerme pequeña, invisible, como si al ocupar menos espacio en el mundo, el dolor fuera a doler menos. Mi bolsa de plástico, esa negra de basura donde había metido tres cambios de ropa y un par de zapatos viejos, era mi única posesión. Era todo lo que quedaba de “Erika, la esposa de Roberto”.
Recuerdo que un perro callejero, flaco y con la piel pegada a las costillas, se acercó a olerme. Me miró con unos ojos que conocían el hambre mejor que yo. En lugar de asustarme, sentí una conexión extraña con él. —Estamos igual, amigo —le susurré, con la voz quebrada—. A los dos nos sobraron en la casa de alguien.
No pegué el ojo en toda la noche. Cada ruido de la calle me hacía saltar. Pasaban coches a lo lejos, gente que seguramente iba a sus casas calientes, a cenar pan dulce con café, a abrazar a sus hijos. Y yo ahí, temblando, con el maquillaje corrido y el corazón hecho pedazos. Pensé en mi mamá, que en paz descanse. Pensé en lo que me diría si me viera así. “¿Dónde quedó tu orgullo, mija? ¿Dónde quedó esa fuerza que tenías de chiquita cuando te caías de la bici y no llorabas?”.
Pero esa noche lloré. Lloré hasta quedarme seca. Lloré por el amor que creí tener, lloré por las humillaciones de Doña Ruth que me tragué como si fueran comida, lloré porque me sentía una estúpida por no haber visto las señales antes. La camisa manchada de labial no fue el inicio, fue el final. El inicio fue cuando dejé que me dijeran cómo vestirme, cómo hablar, cómo ser. Me habían borrado, y ahora que me habían echado, tenía que volver a dibujarme a mí misma, pero no tenía ni lápiz ni papel.
Cuando el sol empezó a salir, pintando el cielo de un gris pálido, me levanté. Mis huesos crujían, me dolía la espalda y tenía la boca seca. Me lavé la cara en una llave pública de un parque cercano, sintiendo el agua helada despertarme de la pesadilla para traerme a la cruda realidad. Tenía cincuenta pesos en la bolsa del pantalón. Cincuenta pesos. Eso era lo que valía mi vida en ese momento.
Caminé sin rumbo fijo. Pasé por avenidas llenas de negocios, viendo los letreros de “Se solicita empleada”. Entré a tres lugares. En el primero, una tienda de ropa fina, la encargada me miró mis botas sucias y mi ropa arrugada y me dijo que la vacante ya se había ocupado, aunque el letrero seguía ahí colgado. En el segundo, una fonda, me dijeron que buscaban a alguien más joven. En el tercero, me ofrecieron una miseria, menos del salario mínimo, y con una mirada del dueño que me dio escalofríos.
El hambre empezó a apretar al mediodía. Me gasté quince pesos en unos tacos de canasta y un refresco en bolsa. Me senté en una banqueta a comer, viendo pasar a la gente. Me sentía una extraña en mi propia ciudad. Fue ahí, masticando ese taco de chicharrón, donde tomé la decisión más importante de mi vida. Me prometí, por la memoria de mi madre y por el aire que respiraba, que jamás, nunca más, volvería a depender de un hombre para comer. Que nunca más permitiría que alguien me mirara por encima del hombro.
Los primeros meses fueron un infierno. Conseguí un cuarto en una vecindad en una zona brava de la ciudad. El techo tenía goteras y las paredes eran tan delgadas que escuchaba las peleas de los vecinos como si estuvieran en mi cama. Conseguí trabajo limpiando baños en un centro comercial de lujo. Sí, yo, la que había sido esposa de un ejecutivo, ahora tallaba inodoros para las señoras copetonas que entraban cargadas de bolsas de Liverpool y Palacio de Hierro.
Hubo veces que me topé con conocidas de Doña Ruth. Cuando las veía entrar al baño, me metía al cuarto de limpieza y me escondía, con el corazón latiéndome a mil por hora. La vergüenza era un animal que me comía por dentro. Pero luego, salía, agarraba el trapeador con furia y limpiaba el piso imaginando que estaba borrando mi pasado.
“El trabajo no deshonra, Erika”, me repetía. “Lo que deshonra es robar o lastimar. Tú estás ganándote el pan”.
Y le eché ganas. Vaya que le eché ganas. Llegaba antes que nadie, me iba después que todos. Mi jefa, Doña Lety, una señora recia pero justa, empezó a notarlo. —Tú no eres como las otras muchachas, Erika —me dijo un día mientras comíamos nuestra torta en el descanso—. Tienes educación, se nota en cómo hablas. ¿Qué haces aquí? Le conté mi historia. No toda, solo lo necesario. Le dije que mi marido me había dejado en la calle y que necesitaba salir adelante. —Mija, la vida da muchas vueltas —me dijo, dándome una palmada en la mano—. Ahorita estás abajo, pero si tienes cabeza y coraje, vas a subir. Dios aprieta pero no ahorca.
Esas palabras fueron mi gasolina. Empecé a ahorrar cada centavo. No me compraba ropa, comía lo básico. Mi meta no era quedarme limpiando baños toda la vida. Empecé a fijarme en cómo funcionaban los negocios. Escuchaba a los gerentes hablar, ponía atención a los proveedores. En mis ratos libres, iba a la biblioteca pública a leer sobre administración, sobre bienes raíces, sobre cualquier cosa que me ayudara a entender el mundo del dinero, ese mundo del que Roberto y su madre me habían expulsado.
Un día, mientras limpiaba el lobby de un edificio corporativo donde me habían mandado a cubrir un turno extra, vi a un señor mayor batallando con unos planos enormes que se le caían de las manos. Nadie lo ayudaba, todos pasaban corriendo con sus trajes caros y sus celulares pegados a la oreja. Solté mi cubeta y corrí a ayudarlo. —Permítame, señor —le dije, recogiendo los papeles antes de que se mancharan. Él me miró sorprendido. Era un hombre de unos setenta años, con canas y ojos amables pero cansados. —Gracias, hija. Qué amabilidad la tuya. Ya casi no se ve eso por aquí. Vi los planos. Eran diseños de interiores para un nuevo hotel boutique. Sin querer, solté un comentario: —La distribución del lobby está un poco cerrada, ¿no cree? Si moviera la recepción hacia la izquierda, aprovecharía mejor la luz natural de la mañana.
Me tapé la boca en cuanto lo dije. ¿Quién era yo, la señora de la limpieza, para opinar sobre arquitectura? Esperaba un regaño, una mirada de desprecio como las de Doña Ruth. Pero el señor se ajustó los lentes y miró el plano de nuevo. Luego me miró a mí. —¿Cómo te llamas? —Erika, señor. —Erika… tienes buen ojo. Muy buen ojo. Soy Don Gustavo, el dueño de esta constructora. Y tienes toda la razón, la luz es clave.
Ese encuentro fortuito, esa pequeña chispa de audacia, cambió mi destino. Don Gustavo no me dio un puesto de ejecutiva al día siguiente, no, eso solo pasa en las telenovelas. Pero me ofreció trabajo como recepcionista en su oficina. “Deja el trapeador, quiero ver cómo manejas a la gente”, me dijo.
Acepté temblando de miedo, pero con una determinación de acero. Aprendí rápido. Aprendí a usar la computadora, a contestar teléfonos con propiedad, a organizar agendas. Pero no me quedé ahí. Me quedaba horas extras aprendiendo sobre los proyectos, sobre costos, sobre materiales. Don Gustavo se convirtió en el padre que nunca tuve y en el mentor que necesitaba. Él vio en mí esa hambre de triunfo que Roberto había confundido con “pobreza de espíritu”.
Pasaron cinco años. Cinco años de no dormir, de estudiar de noche la carrera de Diseño de Interiores en una universidad en línea, de trabajar de día. Cinco años de ahorrar, de invertir mis primeros bonos en pequeños terrenos a las afueras que nadie quería, pero que yo sabía que tendrían plusvalía.
Mi vida cambió radicalmente, pero yo seguía siendo la misma por dentro. No me volví arrogante. No olvidé el sabor de los tacos de canasta ni el frío de las escaleras de la iglesia. Al contrario, eso me mantenía humilde. Cada vez que cerraba un trato importante, cada vez que firmaba un contrato, pensaba en Roberto. No con amor, ya no. Ni siquiera con odio. Pensaba en él como un maestro cruel que me enseñó que la única persona que puede salvarte eres tú misma.
Me enteré por rumores —Guadalajara es un rancho grande, al final de cuentas— que a los negocios de Roberto no les iba bien. Que su arrogancia le había costado clientes importantes. Que Doña Ruth estaba enferma y que gastaban fortunas en médicos. No me alegré, el karma no necesita porras, trabaja solo. Pero tampoco sentí pena. Cada quien cosecha lo que siembra.
Y así llegamos al día de hoy.
La razón por la que estaba caminando bajo la lluvia, vestida con ropa sencilla y botas viejas, no era porque fuera pobre. Era porque esa mañana había decidido volver a mis raíces. Había ido a la zona del mercado a visitar a Doña Chuy, la señora de los tacos que me fiaba comida cuando no tenía ni un peso. Quería llevarle un regalo, agradecerle. Dejé mi camioneta estacionada a unas cuadras para no llamar la atención, para no llegar presumiendo. Me puse mi abrigo viejo, ese que guardé como recordatorio, porque me hace sentir conectada con la Erika que sobrevivió.
Cuando Roberto pasó y me lanzó el agua sucia, mi primera reacción fue humana: coraje, sorpresa. Me sentí vulnerable otra vez por un segundo. Su risa me transportó al pasado. Pero cuando se alejó, cuando vi su coche perderse en la lluvia, algo dentro de mí cambió. Me limpié el lodo y, en lugar de llorar, sonreí.
Una sonrisa fría. Una sonrisa de quien tiene el as bajo la manga.
Saqué mi celular de la bolsa interior del abrigo, que afortunadamente estaba seca. Marqué un número. —¿Licenciado Martínez? —dije con voz firme, ignorando el agua que me escurría por la frente—. Sí, habla Erika. Sobre la reunión de esta tarde para la compra de las acciones de la empresa “Textiles del Occidente”… Sí, confirmo mi asistencia. Y Licenciado, necesito un favor. Quiero que la reunión sea en mis términos. No les diga quién es la inversionista mayoritaria hasta que yo entre a la sala.
Colgué. “Textiles del Occidente”. La empresa familiar de Roberto. La empresa que su abuelo fundó y que él estaba llevando a la quiebra por su mala gestión y sus vicios. Llevaba meses comprando su deuda a través de intermediarios, adquiriendo pagarés vencidos, acorralándolos sin que ellos supieran quién era el cazador.
Estaban desesperados. Buscaban un “ángel inversionista” que los salvara de la bancarrota. Lo que no sabían es que su ángel era el demonio que ellos mismos crearon.
Caminé hacia mi camioneta, una SUV blindada que estaba a dos calles, estacionada discretamente. Mi chofer, un hombre leal y discreto, bajó corriendo con un paraguas en cuanto me vio. —¡Señora Erika! ¡Dios mío, está empapada! ¿Qué pasó? —preguntó alarmado al ver el lodo en mi ropa. —Un fantasma, Don Pepe. Un fantasma que acaba de intentar asustarme —le contesté tranquila, quitándome el abrigo sucio y subiendo al asiento de piel color crema—. Lléveme a la casa, necesito bañarme y cambiarme. Tengo una reunión muy importante a las 6:00 PM. Y saque el traje blanco. El de sastre. Hoy quiero ir de blanco impecable.
Mientras el auto avanzaba por la ciudad lluviosa, me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos ya no tenían miedo. Tenían fuego. Iba a comprar la empresa de mi exmarido. Iba a ser la dueña de su destino financiero. Iba a entrar a esa sala de juntas y ver cómo se le caía la cara de vergüenza cuando se diera cuenta de que la mujer que acababa de mojar en la calle, la mujer que corrió de su casa como a una perra, era ahora la única persona que podía salvarlo… o hundirlo.
Llegué a mi casa, una residencia moderna en Puerta de Hierro, muy lejos de la vecindad donde viví mis peores años. La ducha caliente me quitó el lodo y el frío, pero no me quitó la determinación. Me vestí con calma. El traje blanco me quedaba como un guante, proyectando poder, elegancia y una limpieza absoluta que contrastaba con la suciedad que Roberto me había arrojado horas antes. Me maquillé para resaltar mis rasgos, me puse unos tacones altos que resonaban con autoridad en el piso de mármol.
—¿Lista, señora? —preguntó mi asistente cuando bajé las escaleras. —Más lista que nunca.
El trayecto hacia las oficinas de Roberto fue silencioso. Yo iba repasaando mentalmente lo que diría. No iba a gritar. No iba a reclamar. La verdadera venganza no hace ruido, la verdadera venganza es el éxito.
Llegamos al edificio. El mismo edificio donde, años atrás, yo le llevaba el almuerzo a Roberto y la recepcionista me miraba feo por órdenes de él. Ahora, el guardia de seguridad corrió a abrirme la puerta. —Buenas tardes, Licenciada —dijo con respeto. Caminé hacia el elevador. Mi corazón latía fuerte, pero no de nervios, sino de adrenalina. Iba a enfrentar a mis demonios, pero esta vez, yo tenía el tridente.
Al llegar al piso de la sala de juntas, escuché la voz de Doña Ruth. Aún tenía esa voz chillona y mandona. —¿Y ese inversionista llega o no? ¡Es una falta de respeto hacernos esperar! Roberto, espero que hayas negociado bien, no podemos perder la planta. —Tranquila, mamá. El licenciado Martínez dijo que es una mujer de negocios muy fuerte. Tiene capital extranjero, creo. Si logramos convencerla, estamos salvados. Con ese dinero tapamos el hueco fiscal y seguimos como si nada. Además, ya sabes que a mí nadie se me resiste. Seguro la convence mi encanto.
Casi solté una carcajada ahí mismo en el pasillo. “Tu encanto”, pensé. Pobre iluso.
El Licenciado Martínez, mi abogado, me vio llegar y asintió con la cabeza. Estaba pálido, sabía que lo que venía iba a ser tenso. —¿Están listos? —le pregunté en voz baja. —Están adentro, señora Erika. No tienen ni idea. Creen que viene una tal “Señora Valladares” (mi apellido de soltera que nunca usé de casada). —Perfecto. Abre la puerta.
La puerta de caoba pesada se abrió lentamente. El aire acondicionado de la sala golpeó mi rostro, pero yo traía mi propio clima. Entré caminando despacio, con la cabeza en alto, el sonido de mis tacones marcando el ritmo de su juicio final.
Roberto estaba de espaldas, sirviéndose un vaso de agua. Doña Ruth estaba sentada en la cabecera, revisando unos papeles con nerviosismo. —Buenas tardes —dije. Mi voz sonó clara, potente, llenando cada rincón de la sala.
Roberto se giró con su mejor sonrisa de vendedor, esa sonrisa falsa que yo conocía tan bien. —Buenas tardes, es un placer… —empezó a decir, extendiendo la mano.
Pero la frase se le murió en la garganta. Se quedó congelado, con la mano en el aire, como si hubiera visto a un muerto. El vaso de agua que sostenía en la otra mano resbaló de sus dedos y se estrelló contra el suelo, rompiendo el silencio en mil pedazos de cristal. El agua mojó sus zapatos italianos caros, una ironía poética considerando lo que había hecho hacía unas horas.
Doña Ruth levantó la vista y sus ojos se abrieron tanto que pensé que se le saldrían de las órbitas. Se llevó una mano al pecho, boqueando como pez fuera del agua. —¿Tú? —graznó ella, con voz de hilo—. ¿Qué haces aquí la sirvienta? ¡Seguridad! ¡Saquen a esta mujer de aquí!
Yo no me moví. Ni un centímetro. Solo sonreí, esa sonrisa serena y peligrosa. —Si me sacan, Doña Ruth —dije suavemente, sentándome en la silla principal, justo frente a ella—, se llevan con ustedes los veinte millones de pesos que necesitan para no ir a la cárcel por fraude fiscal la próxima semana.
El silencio que siguió fue absoluto. Pesado. Sofocante. Podías escuchar el zumbido de las lámparas. Roberto tartamudeó, pálido como un papel. —No… no puede ser. Tú eres… tú eres Erika. Tú no tienes nada. Te vi hoy… te vi en la calle, estabas sucia, estabas…
—¿Estaba sucia? —lo interrumpí, arqueando una ceja—. Sí, Roberto. Estaba sucia porque un patán en un coche negro me echó el carro encima a propósito. ¿Te suena familiar?
Él tragó saliva. Empezó a sudar frío. Miraba a mi abogado, buscando una explicación, buscando que alguien le dijera que era una broma. —Licenciado Martínez, ¿qué es esto? —preguntó Roberto desesperado—. Dijiste que venía la inversionista mayoritaria, la dueña de Grupo E.V.
—Y así es —respondió Martínez, serio—. Les presento a la dueña y directora general de Grupo E.V. y sus filiales. La señora Erika Valladares. Ella es quien compró su deuda. Ella es, técnicamente, la dueña de todo lo que ustedes creen que poseen.
Roberto cayó sentado en su silla, derrotado por la gravedad de la verdad. Doña Ruth empezó a temblar. —Erika… hija… —empezó a decir la vieja, cambiando el tono de voz a uno meloso y patético—. Siempre supe que tenías potencial. Yo… yo solo era dura contigo para que sacaras el carácter. ¡Mira nada más qué mujer tan elegante te has vuelto! Somos familia, ¿verdad? Lo de Roberto fue un error de juventud, pero…
Levanté la mano y la callé. No con un grito, sino con un gesto de autoridad que nunca antes había tenido. —Ahórrese las mentiras, señora. Me dan más asco que su desprecio. No estoy aquí para jugar a la casita feliz. Estoy aquí para hacer negocios.
Abrí la carpeta que traía conmigo y la deslicé sobre la mesa hacia Roberto. —Ahí están las condiciones para salvar su empresa —dije fríamente—. Quiero el 60% de las acciones. Quiero el control total de la mesa directiva. Y quiero la renuncia inmediata de Roberto como Director General. No voy a permitir que un incompetente maneje mi dinero.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Roberto, recuperando un poco de su arrogancia estúpida—. ¡Es la empresa de mi abuelo! ¡Yo soy el jefe aquí! ¡Tú no eres más que una gata igualada que tuvo suerte!
Me puse de pie. Me acerqué a él despacio, invadiendo su espacio personal. Él retrocedió, intimidado. —Esa “gata”, Roberto, es la que ahora tiene tu futuro en sus manos. Tienes dos opciones: firmas y te largas con una pensión mensual que yo voy a decidir, o no firmas, te declaro en quiebra mañana mismo, y dejo que los acreedores te quiten hasta la camisa. Y créeme, sé lo que se siente estar en la calle sin nada. La diferencia es que yo tuve la fuerza para levantarme. Tú… tú no durarías ni una noche.
Se hizo un silencio tenso. Roberto miró a su madre. Doña Ruth lloraba en silencio, derrotada, sabiendo que habían perdido. Sabían que yo no estaba blofeando. Veían en mis ojos a una mujer que había atravesado el fuego y no se había quemado, sino que se había forjado.
Roberto tomó la pluma. Le temblaba la mano. Firmó los papeles sin mirarme, con la humillación quemándole las orejas. —Bien —dije, recuperando la carpeta—. Licenciado Martínez, proceda con los trámites legales.
Me di la vuelta para irme. Ya no había nada más que decir. Había ganado. No solo el dinero, ni la empresa. Había ganado mi dignidad de vuelta. Cuando llegué a la puerta, me detuve y me giré una última vez. Roberto seguía con la cabeza agachada.
—Por cierto, Roberto —dije, y él levantó la vista—. La próxima vez que veas a alguien caminando bajo la lluvia, piénsalo dos veces antes de mojarlo. Nunca sabes cuándo te vas a encontrar con esa persona en la cima. Y sobre la ropa sucia… el lodo se quita con agua y jabón. Pero la podredumbre que tienes en el alma… esa no se quita con nada.
Salí de la sala de juntas. Al cerrar la puerta, escuché el llanto histérico de Doña Ruth reclamándole a su hijo. Caminé por el pasillo hacia el elevador, sintiéndome más ligera que nunca. Afuera, la lluvia había parado. Las nubes se estaban abriendo y un rayo de sol dorado iluminaba los charcos de Guadalajara.
Respiré hondo. Olía a tierra mojada, a ozono, a victoria. Me subí a mi auto y le dije al chofer: —Don Pepe, lléveme a los tacos de Doña Chuy. Ahora sí, vamos a pagar esa deuda pendiente. Y invítele la cena a todos los que estén ahí. Hoy es un buen día para celebrar.
Mientras el auto arrancaba, supe que mi historia no terminaba ahí. Apenas comenzaba. Porque una mujer que se reconstruye a sí misma es indestructible. Y yo, Erika, apenas estaba empezando a construir mi imperio.
PARTE 3: LA REINA DEL TABLERO Y LAS SOMBRAS DEL PASADO
El olor a cilantro, cebolla picada y carne al pastor cociéndose al carbón me golpeó con una fuerza nostálgica en cuanto bajé de la camioneta. Mis tacones de aguja, esos mismos que minutos antes habían resonado con autoridad sobre el mármol frío de la sala de juntas de “Textiles del Occidente”, ahora se hundían ligeramente en el pavimento irregular de la calle donde Doña Chuy tenía su puesto.
Don Pepe, mi chofer, me miraba con una mezcla de admiración y preocupación. No era común ver a una mujer vestida con un traje sastre blanco impecable, que costaba lo que muchos ganaban en un año, sentarse en un banco de plástico rojo en una esquina de barrio. Pero esa era yo. Esa mezcla de mundos era mi armadura y mi secreto.
—¡Doña Chuy! —grité con una sonrisa genuina, la primera real que me salía en todo el día.
La señora, con su mandil de cuadros y el cabello recogido en un chongo gris, levantó la vista del comal. Entrecerró los ojos por el humo y luego los abrió como platos. Soltó las pinzas. —¿Erika? ¿Eres tú, mi niña? —salió de detrás del puesto, limpiándose las manos apresuradamente.
No me importó el traje blanco. La abracé con fuerza. Olía a humo, a maíz y a trabajo honesto. Olía a los días en que ese olor era lo único que me consolaba cuando el hambre apretaba. —Le dije que volvería, Doña Chuy. Le prometí que cuando la vida me cambiara la cara, vendría a pagarle cada taco que me fio cuando no traía ni un peso en la bolsa.
—Ay, mija, pero si mírate nada más… pareces artista de cine o diputada —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas, tocando la tela fina de mi saco con miedo a ensuciarlo—. ¿Qué pasó? ¿Te sacaste la lotería?
Me reí, una risa suave. —Algo así, Chuy. Me saqué la lotería del esfuerzo. Pero vengo a pagar mi deuda. Hice una seña a Don Pepe. Él se acercó con un sobre discreto pero abultado. —Aquí tiene. Es por todos los tacos, los refrescos y, sobre todo, por las palabras de aliento cuando sentía que el mundo se me caía encima. Y esto otro —señalé el puesto—, es para que le ponga un techo nuevo a su negocio y compre mesas de verdad.
La escena en los tacos fue el bálsamo que necesitaba después de la toxicidad que había respirado en la oficina de Roberto. Ver a la gente comer, escuchar las risas, el claxon de los camiones… eso era México. El México real que Roberto y Doña Ruth despreciaban desde sus burbujas de cristal, pero que a mí me había dado la fuerza para destruirlos. Comí tres tacos con todo, manchándome un poco la comisura de los labios de salsa roja, y me supo a gloria. Me supo a victoria.
Sin embargo, la noche cayó y la realidad de lo que acababa de hacer se asentó en mi estómago junto con la cena. Había ganado la batalla, sí. Tenía el 60% de las acciones y el control total. Pero la guerra apenas comenzaba. Roberto no era inteligente, pero era orgulloso, y el orgullo herido de un hombre mediocre es peligroso. Y Doña Ruth… ella era una víbora que, aunque le cortaras la cabeza, el cuerpo seguía moviéndose para envenenar.
A la mañana siguiente, mi alarma sonó a las 5:00 AM. No necesitaba despertador, la adrenalina ya me tenía con los ojos abiertos mirando el techo de mi habitación en Puerta de Hierro. Hoy era mi primer día oficial como dueña de la empresa que una vez me vio como basura.
Me vestí con un vestido azul marino, estructurado, que gritaba “negocios”, y me recodí el cabello en una coleta alta y tirante. Nada de suavidad. Hoy tocaba limpiar la casa, y no me refería a barrer polvo, sino a sacar la basura corporativa.
Cuando llegué a la planta de “Textiles del Occidente”, el ambiente se sentía pesado, denso. Los rumores vuelan rápido en Guadalajara, y seguramente todos, desde el guardia de la entrada hasta las costureras del fondo, ya sabían que la ex esposa humillada de Roberto era ahora la patrona.
Al entrar al lobby, vi que el cuadro al óleo del abuelo de Roberto seguía ahí, imponente. Pero junto a la recepción, había cajas de cartón apiladas. Roberto estaba ahí, metiendo sus cosas con una lentitud dramática, como esperando que alguien saliera a rogarle que se quedara.
Me detuve frente a él. El sonido de mis pasos hizo que se tensara, pero no volteó de inmediato. —Buenos días, Roberto —dije, seca. Él se giró. Tenía ojeras profundas y la piel grisácea. Se veía diez años más viejo que el día anterior en la sala de juntas. —Vienes a regodearte, ¿verdad? —escupió las palabras con veneno—. Vienes a ver cómo el “gran señor” recoge sus chivas.
—Vengo a trabajar —le corregí, mirando mi reloj—. Y tú estás estorbando en mi recepción. Tienes diez minutos para sacar esas cajas. A las 9:00 AM tengo junta con los gerentes de área y no quiero verte en el edificio.
Roberto soltó una risa nerviosa, casi histérica. —No tienes idea de lo que haces, Erika. Manejar una empresa textil no es como limpiar baños o decorar casitas —dijo, tratando de herirme con mi pasado. —Los sindicatos te van a comer viva. Los proveedores no van a respetar a una mujer… y menos a una como tú.
Me acerqué un paso, invadiendo su espacio como lo hice el día anterior. —Una mujer “como yo” compró tu deuda, Roberto. Una mujer “como yo” salvó este barco que tú hundiste con tus fiestas, tus amantes y tu ineptitud. Y sobre el respeto… no te preocupes. El respeto se gana con inteligencia y dinero, dos cosas que a ti te faltan hoy.
Él apretó los puños, pero no hizo nada. Sabía que Don Pepe y el equipo de seguridad estaban a unos metros. Agarró su caja, donde asomaba una foto enmarcada de él jugando golf, y caminó hacia la salida. Pero antes de cruzar la puerta automática, se detuvo y me miró con un odio que me heló la sangre por un segundo. —Esto no se queda así, Erika. Mi madre tenía razón. Eres una advenediza. Disfruta tu silla, porque te voy a tirar de ella aunque sea lo último que haga.
Lo vi irse, subirse a un taxi (porque la empresa ya le había retirado el coche corporativo esa misma mañana por orden mía) y desaparecer en el tráfico de la Avenida Vallarta.
Respiré hondo y entré a la oficina principal. Olía a loción barata y a cigarro, el olor de Roberto. —Mónica —llamé a la secretaria, una mujer que llevaba veinte años ahí y que siempre me había mirado con lástima cuando yo era la esposa sumisa. Ella entró temblando. —Sí… sí, señora Erika. Dígame. —Quiero que tiren todos estos muebles. Todo. Quiero que pinten esta oficina de blanco hueso y cambien la alfombra hoy mismo. Y ventilen. Huele a fracaso.
La primera semana fue brutal. Roberto no había mentido del todo; la empresa era un caos. Había desvío de fondos, facturas infladas y una nómina llena de “aviadores” (gente que cobraba sin trabajar), amigos de parranda de Roberto. Me senté con el Licenciado Martínez y mi equipo de contadores forenses y empezamos la purga.
Despedí a tres gerentes el primer día. Eran hombres mayores, amigos de la familia, que intentaron explicarme “cómo funcionaban las cosas”. —Licenciada, usted no entiende, estos gastos de representación son necesarios… —me decía el Gerente de Ventas, tratando de justificar facturas de table dances y viajes a Las Vegas. —Lo que entiendo, señor Gómez —le respondí, lanzando la carpeta sobre el escritorio—, es que usted lleva tres años robándole a la empresa para financiar sus vicios mientras la maquinaria de la planta 2 se está cayendo a pedazos por falta de mantenimiento. Está despedido. Y agradezca que no lo demando penalmente por el momento.
La noticia corrió como pólvora. “La nueva dueña no se anda con juegos”. El miedo es una herramienta útil al principio, pero yo sabía que para levantar la empresa necesitaba lealtad, no solo obediencia.
Decidí bajar a la planta. No a la oficina de los jefes, sino al piso de producción. El ruido de los telares era ensordecedor. El calor era sofocante. Cientos de trabajadores, hombres y mujeres, se movían entre hilos y telas. Cuando me vieron entrar, el murmullo cesó. Me paré sobre una tarima. —¡Buenas tardes a todos! —grité para hacerme oír. Nadie respondió. Me veían con desconfianza. Para ellos, yo era solo otra patrona rica que venía a exprimirlos. —Sé que tienen miedo —continué—. Sé que han escuchado rumores de despidos. Sé que llevan dos semanas sin recibir sus horas extras porque la administración anterior decía que “no había flujo”.
Un murmullo de afirmación recorrió la sala. —Mi nombre es Erika Valladares. Hace unos años, yo no tenía ni para comer. Sé lo que es que te truenen las tripas. Sé lo que es contar las monedas para el camión. No vengo a quitarles su trabajo. Vengo a salvarlo. Roberto casi quiebra esta empresa. Yo la voy a levantar. Pero los necesito conmigo. Hice una pausa, mirando las caras cansadas de las costureras. —A partir de hoy, se pagan todas las horas extras atrasadas. El dinero sale de mi bolsa, no de la empresa, y se les deposita hoy mismo a las 5 de la tarde. Y vamos a revisar los salarios. El que trabaje bien, ganará bien. Pero quiero compromiso. Aquí ya no hay lugar para flojos ni para compadrazgos. ¿Estamos claros?
Hubo un silencio de dos segundos, y luego, un aplauso tímido que fue creciendo hasta convertirse en una ovación. Vi esperanza en sus ojos. Esa fue mi primera victoria real. No la firma del contrato, sino ganarme a la gente.
Pero mientras yo construía, los demonios del pasado conspiraban.
Pasó un mes. Las cosas iban mejorando. La producción subió un 15% y conseguí renegociar con dos proveedores clave que Roberto había perdido por arrogante. Me sentía invencible. Grave error.
Un martes por la tarde, recibí una llamada de un número desconocido. —¿Bueno? —Vaya, vaya, la “Señora Presidenta” se digna a contestar —la voz chillona de Doña Ruth me taladró el oído. Sentí esa punzada vieja en el estómago, ese reflejo condicionado de miedo que ella me había implantado durante años. Pero lo reprimí de inmediato. —Doña Ruth. Qué sorpresa. Si llama para pedir dinero, le recuerdo que la pensión de su hijo ya fue depositada. Si se la gastaron en bingo, no es mi problema. —¡Eres una malagradecida! —gritó ella—. Después de todo lo que te dimos… —¿Qué me dieron? —la corté, fría como el hielo—. ¿Humedad? ¿Desprecio? ¿Me dieron un techo para luego echarme a la calle como a un perro?. No se confunda. Ustedes no me dieron nada. Yo me lo gané todo a pesar de ustedes. —Escúchame bien, Erika —su voz bajó de tono, volviéndose siniestra—. Guadalajara es muy pequeña. Y la sociedad tapatía tiene memoria. Crees que porque tienes dinero ya eres alguien, pero para nosotros siempre serás la “niña de nada” que llegó con zapatos sucios. Te voy a destruir socialmente. No te van a invitar ni a un bautizo. Roberto va a recuperar lo que es suyo.
Colgué. Me temblaba la mano. No por miedo a perder dinero, sino porque sabía que esa mujer era capaz de inventar las mentiras más viles para manchar mi nombre.
Y así empezó la guerra sucia. A la semana siguiente, empezaron a salir “notas ciegas” en las columnas de chismes de los periódicos locales. “Empresaria textilera con pasado oscuro”, decían. Insinuaban que mi fortuna venía de “negocios ilícitos” o de “favores inconfesables” a hombres mayores. Sabía que era obra de Ruth y sus amigas del club de jardinería, esas señoras copetonas que destrozaban vidas entre tazas de té.
Mis clientes empezaron a preguntar. —Erika, oye, leí algo raro en el periódico… dicen que la empresa está siendo investigada por lavado de dinero. ¿Es cierto? —me preguntó un distribuidor importante de la Ciudad de México. —Claro que no, Carlos. Son chismes de la competencia. Mis libros están abiertos —tuve que pasar horas calmando las aguas.
Pero el golpe maestro de Roberto llegó de donde menos lo esperaba. Un viernes por la noche, me quedé hasta tarde revisando los diseños de la nueva temporada de otoño. Estaba sola en el edificio, salvo por el guardia de la entrada. De pronto, escuché un ruido en el almacén de diseño. Bajé las escaleras con cuidado, quitándome los tacones para no hacer ruido. Mi corazón latía desbocado. ¿Un ladrón? Abrí la puerta del taller de diseño y vi una luz de linterna. —¡Quién anda ahí! —grité, encendiendo las luces principales.
La figura se sobresaltó y dejó caer una mochila. Era uno de los diseñadores junior, un chico llamado Luis, al que yo misma había contratado hacía dos semanas. —¡Luis! ¿Qué haces aquí? El chico estaba pálido, temblando. En la mochila abierta vi discos duros externos y carpetas con los patrones de la nueva colección. La colección que iba a salvar el año. —Perdóneme, señora Erika, perdóneme… —empezó a llorar—. Me obligaron. —¿Quién? —El señor Roberto. Me buscó… me dijo que sabía que mi mamá estaba enferma. Me ofreció dinero para las medicinas si le sacaba los diseños nuevos. Dijo que él iba a lanzar la colección por su cuenta con otra maquila antes que usted.
Sentí una furia caliente subirme por el cuello. Roberto no solo quería recuperarse, quería robarme mi trabajo, mi creatividad, y usar la necesidad de un empleado para hacerlo. Era bajo. Era sucio. Era típico de él.
Me acerqué a Luis. El chico esperaba que lo corriera, que llamara a la policía. —¿Tu mamá está enferma? —pregunté. Él asintió, sollozando. —Sí… cáncer. El seguro no cubre todo. Suspiré. Vi en él la misma desesperación que yo tuve cuando dormí en la iglesia. La gente hace cosas locas por necesidad. —Deja esas cosas en la mesa —ordené. Él obedeció rápido. —Vete a tu casa, Luis. —¿Estoy despedido? —Mañana hablamos. Pero si vuelves a contestarle una llamada a Roberto, no solo te despido, te meto a la cárcel. Ahora vete.
Me quedé sola en el taller, mirando los diseños. Eran buenos. Muy buenos. Y Roberto los quería. En ese momento entendí que no podía seguir jugando a la defensiva. Si ellos querían guerra social y sabotaje, yo les iba a dar una lección pública que jamás olvidarían.
Se acercaba la Gala de Beneficencia del Hospital Civil, el evento más importante del año en Guadalajara. Toda la alta sociedad estaría ahí. Doña Ruth nunca faltaba; era su pasarela para presumir joyas y estatus. Sabía que Roberto iría, buscando inversionistas incautos para su “nuevo proyecto” (robado).
Decidí que ese sería mi escenario.
Llamé a mi asistente personal a las 11 de la noche. —Consigue una mesa en la Gala. La mesa central. La que está justo frente al escenario. Y comunícame con el mejor diseñador de modas de París. No voy a usar ropa de catálogo. Voy a usar algo que deje a todos ciegos.
La noche de la gala llegó. El salón del Country Club estaba decorado con miles de rosas blancas. Había políticos, empresarios, celebridades. Cuando entré, el salón se quedó en silencio por unos segundos. Llevaba un vestido rojo sangre, de seda, con un corte asimétrico que dejaba ver una espalda trabajada y firme. Llevaba el cabello suelto, salvaje pero elegante. Y en mi cuello, un collar de diamantes que compré yo misma, sin necesidad de pedirle permiso a nadie.
Caminé hacia mi mesa con la cabeza en alto. Sentí las miradas clavadas en mi nuca. Los murmullos empezaron: —Es ella… es la ex de Roberto. —Dicen que se quedó con todo. —Mira qué porte tiene… ¿esa es la misma que decían que era una muerta de hambre?
Vi a Doña Ruth y a Roberto en una mesa cerca de la cocina, una ubicación humillante para quien solía presidir el evento. Roberto llevaba un esmoquin que ya le quedaba un poco apretado (el estrés engorda) y bebía whisky con demasiada prisa. Ruth me miraba con una mezcla de odio puro y envidia. Su vestido gris se veía apagado, viejo.
La noche transcurría con normalidad hasta que llegó el momento de las donaciones. El presentador subió al estrado. —Y ahora, queremos agradecer a nuestros benefactores. La familia Sánchez (apellido de Roberto) siempre ha sido un pilar… Roberto se levantó, inflando el pecho, esperando el aplauso y preparándose para dar un discurso vacío, probablemente para anunciar una donación que no podía pagar solo para mantener las apariencias.
—Sin embargo —continuó el presentador, revisando una tarjeta que le acababan de pasar—, este año tenemos una sorpresa. La donación más grande de la noche, que incluye un ala nueva para el área de oncología pediátrica, viene de parte de “Grupo E.V.” y su presidenta, la señora Erika Valladares.
El foco de luz me buscó y me iluminó. Roberto se quedó a medio levantar, con la boca abierta, luciendo como un payaso en medio de la pista. El aplauso fue estruendoso. Me puse de pie, sonreí y saludé con una leve inclinación de cabeza. No necesité micrófono. Mi acción hablaba más fuerte que cualquier apellido rancio.
Pero Roberto, borracho y humillado, no soportó. Rompió el protocolo y caminó hacia mi mesa, tambaleándose. La música se detuvo. Todos contuvieron el aliento. —¡Esto es una farsa! —gritó, señalándome con el dedo tembloroso—. ¡Ese dinero es mío! ¡Es de mi empresa! ¡Ella me lo robó! ¡Es una ladrona!
La gente empezó a murmurar, escandalizada. Seguridad se acercó, pero yo levanté la mano para detenerlos. Me enfrenté a él ahí, frente a la crema y nata de la sociedad que tanto le importaba.
—Roberto —dije, con una voz tranquila que resonó en el salón silencioso—. Ese dinero es el fruto de sanear una empresa que tú estabas desangrando para pagar tus vicios y los caprichos de tu madre. Yo no te robé nada. Yo compré tus errores y los convertí en aciertos.
—¡Eres una cualquiera! —intentó abalanzarse sobre mí, pero tropezó con sus propios pies y cayó de rodillas frente a mí. La imagen fue brutalmente poética. Él, de rodillas ante la mujer que despreció, manchando su esmoquin en el piso. Me incliné un poco, lo suficiente para que solo él me escuchara. —Mírate. Estás de rodillas otra vez, pero ahora nadie te va a levantar. No hagas más el ridículo. Vete a casa, Roberto. Antes de que decida quitarte también la pensión que te doy por lástima.
Dos guardias lo levantaron por los brazos. Él pataleaba y gritaba incoherencias mientras lo sacaban a rastras del salón. Doña Ruth se cubrió la cara con una servilleta, avergonzada hasta la médula, y salió corriendo detrás de él, olvidando su bolso en la mesa.
Me quedé de pie, sola en el centro del salón. Hubo un momento de tensión. Luego, una señora mayor, la matriarca de una de las familias más respetadas de Jalisco, se acercó a mí. —Señora Valladares —dijo, extendiéndome la mano—. Qué temple. Qué elegancia. Me gustaría invitarla a tomar el té la próxima semana. Creo que tenemos mucho de qué hablar sobre negocios.
Esa noche no solo consolidé mi poder económico. Consolidé mi lugar en el mundo. Ya no era la “ex esposa de”. Era Erika Valladares. Punto.
Al salir de la gala, Don Pepe me abrió la puerta de la camioneta. —¿A casa, señora? Miré la ciudad iluminada. La lluvia había vuelto, una llovizna suave que limpiaba las calles. —Sí, Don Pepe. A casa. Pero pase despacio por la iglesia del centro. —¿A la iglesia donde…? —Sí. Quiero verla.
Pasamos frente a esa iglesia colonial donde años atrás dormí abrazada a una bolsa de basura. Ahí estaba, fría, oscura, con sus escalones de piedra mojados. Bajé el cristal. El aire frío me golpeó la cara. Miré esos escalones y, por primera vez en años, no sentí dolor. Sentí gratitud. “Gracias”, pensé. “Gracias por ser tan duros. Gracias por ser tan fríos. Porque si me hubieran dado cobijo esa noche, tal vez me habría conformado. Tal vez habría vuelto con él pidiendo perdón. Pero su frío me despertó”.
Cerré el cristal. —Vámonos, Don Pepe. Mañana hay mucho que hacer. Vamos a abrir mercados en Europa. El auto se alejó, dejando atrás los fantasmas, dejando atrás la pobreza, dejando atrás al perro callejero que fui. Ahora yo era la loba que lideraba la manada. Y sabía, con una certeza absoluta, que nunca, jamás, volvería a tener frío.
La venganza se había consumado, pero no con destrucción, sino con construcción. Construí un imperio sobre las ruinas de su desprecio. Y esa, queridos amigos, es la mejor venganza de todas: que te vean feliz, poderosa e inalcanzable, mientras ellos se ahogan en el vaso de agua que intentaron tirarte encima.
PARTE FINAL: EL LEGADO DE LA LOBA Y EL FINAL DEL INVIERNO
El sol de Guadalajara tiene una maña curiosa: después de la tormenta, siempre brilla más fuerte, como si quisiera pedir perdón por el desastre de la noche anterior. La mañana siguiente a la Gala de Beneficencia, desperté con esa luz entrándome por la ventana, pero esta vez no me despertó la alarma ni la angustia. Me despertó el silencio. Ese silencio rico, de paz mental, que cuesta más que cualquier coche del año.
Me estiré en mi cama king size, sintiendo las sábanas de algodón egipcio, y por un momento, solo por un segundo, mi mente viajó al pasado, a ese catre duro en la vecindad donde los resortes se te clavaban en las costillas. Sonreí. No por burla, sino por respeto a la mujer que fui. Me levanté y bajé a la cocina. No pedí que me sirvieran el desayuno. Yo misma puse el café de olla, con su canela y piloncillo, porque hay cosas que el dinero no debe cambiar, y el sabor de mis raíces es una de ellas.
Mientras el café hervía, llenando la casa con ese aroma a hogar, encendí la televisión. Y ahí estaba. En todos los noticieros locales y en las redes sociales. “El escándalo del año: Roberto Sánchez, heredero de Textiles del Occidente, expulsado de la Gala tras altercado con su exesposa, la ahora magnate Erika Valladares”. Las imágenes eran borrosas, tomadas con celulares, pero se veía clarito el momento en que cayó de rodillas. Los memes no se hicieron esperar. “El que ríe al último”, decían algunos. Otros ponían mi foto con el vestido rojo y la frase: “La Patrona”.
Tomé un sorbo de café. No sentí lástima. La lástima es para quien no tiene opciones, y Roberto tuvo todas las opciones del mundo para ser un hombre decente. Él eligió ser un patán. Ahora le tocaba pagar la cuenta.
Pero mi historia no se trataba de verlo caer a él, sino de verme volar a mí.
Los meses siguientes fueron una vorágine de trabajo, pero trabajo del bueno, del que te cansa el cuerpo pero te llena el alma. “Textiles del Occidente” dejó de existir. Le cambié el nombre. Ahora se llamaba “Grupo Valladares & Co.”. Quería que mi apellido, ese que Doña Ruth decía que no valía nada, estuviera en las etiquetas de ropa que se vendía en París y Milán.
Cumplí mi palabra con Luis, el diseñador joven. Le pagué el tratamiento de su madre en el mejor hospital privado. El muchacho lloraba cada vez que me veía. —Señora, no sé cómo pagarle —me decía, con sus bocetos bajo el brazo. —Págamelo con talento, mijo —le respondía yo—. Quiero que diseñes una línea inspirada en México. Nada de copiar a los gringos. Quiero bordados tenango, quiero colores de alebrije, pero con cortes modernos. Que el mundo vea que aquí no solo hacemos maquila, hacemos arte.
Y vaya que lo hizo. Nuestra primera colección internacional, “Raíces de Fuego”, fue un éxito rotundo. Me invitaron a la Semana de la Moda en Nueva York. Yo, Erika, la que limpiaba baños en el centro comercial, estaba sentada en primera fila junto a las editoras de revistas famosas, viendo cómo mis telas desfilaban por la pasarela.
Pero mientras yo subía, en Guadalajara las cosas para los Sánchez se ponían color de hormiga. Me enteré por mi abogado, el Licenciado Martínez, que las deudas personales de Roberto eran impagables. Al parecer, no solo debía a los bancos, debía a gente peligrosa, prestamistas de esos que no te mandan cartas de cobro, sino que te mandan sustos. —Le van a embargar la casa de Colinas de San Javier, Erika —me dijo Martínez una tarde en mi oficina, mientras revisábamos contratos—. La casa donde vivías con él. La casa de Doña Ruth. —¿Cuándo es el remate? —pregunté, sin levantar la vista de mi computadora. —El próximo mes. El banco la va a rematar por una fracción de su valor.
Dejé la pluma sobre el escritorio. Esa casa. Ese mausoleo de frialdad donde me hacían comer en la cocina cuando había visitas “importantes”. Donde me prohibían tocar el piano porque “lo iba a desafinar”. Donde lloré tantas noches ahogando los sollozos en la almohada para que no me dijeran dramática. —Cómprala —dije. Martínez se sorprendió. —¿Para qué quieres esa casa, Erika? Tienes una mansión mejor en Puerta de Hierro. Esa casa tiene… mala vibra. —No la quiero para vivir, Licenciado. La quiero para transformarla. Cómprala a través de una empresa fantasma. Que no sepan que soy yo hasta que las escrituras estén firmadas.
El día del desalojo, decidí ir. No me bajé de la camioneta. Me quedé estacionada en la acera de enfrente, con los vidrios polarizados arriba. Vi cómo los cargadores sacaban los muebles afrancesados de Doña Ruth. Vi cómo sacaban los cuadros, las alfombras persas. Todo iba a un camión de mudanza barato. Y luego salieron ellos. Roberto llevaba una camisa arrugada y pantalones de mezclilla. Se veía acabado, flaco, con la barba de tres días. Ya no quedaba nada del “galán” que me enamoró. Solo quedaba un cascarón vacío lleno de resentimiento. Doña Ruth iba en silla de ruedas, empujada por una enfermera que se veía harta. La vieja ya no gritaba. Iba con la cabeza gacha, abrazando un portarretratos viejo. Se veía pequeña, frágil. La soberbia se la había comido la vida.
Verlos así, derrotados, cargando sus pocas pertenencias en cajas de cartón, fue el cierre que necesitaba. Fue como ver una película en blanco y negro de mi propia vida, pero con los papeles invertidos. Ellos ahora conocían la incertidumbre. Ellos ahora sabían lo que era no tener dónde caerse muertos. Le dije a Don Pepe que arrancara. No sentí alegría. Sentí justicia divina.
Pasaron dos años. “Grupo Valladares” ya no era solo una empresa textil. Teníamos inversiones en bienes raíces, en tecnología y en agricultura. Me había convertido en una de las mujeres más poderosas del país. Las revistas me llamaban “La Loba de Guadalajara”, un apodo que al principio me molestaba, pero que luego adopté con orgullo. Las lobas protegen a su manada, son feroces, son leales. Sí, soy una loba.
Un día, recibí una invitación inusual. El director del Hospital Civil me pedía que fuera a inaugurar el ala de oncología que había donado. Acepté gustosa. Al caminar por los pasillos nuevos, oliendo a limpio, viendo a los niños jugar en la sala de espera con juguetes nuevos, sentí que todo el sufrimiento había valido la pena. De pronto, al pasar por el área de geriatría, escuché una voz familiar. O bueno, lo que quedaba de ella. —Enfermera… por favor… tráigame agua… tengo sed.
Me detuve en seco. Me asomé a la habitación 304. Era una habitación compartida, de las de seguridad social, con cuatro camas separadas por cortinas de tela barata. En la cama del fondo, estaba ella. Doña Ruth. Estaba sola. Nadie la visitaba. Su mesita de noche estaba vacía, sin flores, sin tarjetas. Se veía consumida, la piel pegada al hueso, el cabello blanco y escaso. La enfermera estaba ocupada atendiendo a otro paciente. Entré despacio. Mis tacones hicieron ese sonido “clac, clac” que ella tanto odiaba porque decía que era “vulgar”. Se giró lentamente. Sus ojos, nublados por las cataratas, trataron de enfocarme. —¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa. —Soy yo, Ruth. Erika.
Sus ojos se abrieron un poco. Hubo un destello de reconocimiento, y luego, de vergüenza. Intentó enderezarse, pero no tenía fuerzas. —¿Vienes a burlarte? —susurró—. ¿Vienes a ver cómo muero en un hospital de pobres? Me acerqué a la cama. Tomé la jarra de agua y le serví un vaso. Se lo acerqué a los labios y la ayudé a beber. Estaba sedienta. Bebió con desesperación, derramando un poco por la barbilla. Le limpié con un pañuelo de seda que saqué de mi bolsa. —No vengo a burlarme, Ruth. La vida ya te cobró lo que debías. Vengo a ver si necesitas algo.
Ella me miró, incrédula. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas arrugadas. —¿Por qué? —sollozó—. Te traté como basura. Te hice la vida imposible. Deberías odiarme. —Te odié mucho tiempo —admití, sentándome en la silla de plástico junto a la cama—. Te odié tanto que ese odio fue mi motor para salir adelante. Pero el odio pesa mucho, Ruth. Y ya me cansé de cargarlo. Además, tú me enseñaste una lección valiosa: me enseñaste lo que nunca quiero ser.
Ella bajó la mirada, avergonzada. —Roberto… Roberto no viene —dijo, con voz quebrada—. Se fue al norte. Dicen que está trabajando de mesero en Tijuana. Me abandonó aquí. Ni siquiera llama. Sentí una punzada de tristeza, no por él, sino por la madre que creó al monstruo que la devoró. —Cosechas lo que siembras, Ruth. Tú le enseñaste a amar solo el dinero. Cuando el dinero se acabó, se acabó su amor por ti. Metí la mano en mi bolsa y saqué una tarjeta de presentación de mi asistente. —Voy a ordenar que te pasen a una habitación privada. Y voy a pagar para que tengas enfermeras las 24 horas. No vas a morir sola ni con sed. Ella rompió a llorar, un llanto feo, gutural, de arrepentimiento tardío. Intentó agarrarme la mano, pero yo me aparté suavemente. El perdón es una cosa, la cercanía es otra. —Gracias… gracias, hija… perdóname… —Descansa, Ruth. Salí de la habitación sin mirar atrás. No sentí que le debiera nada, pero tampoco quería cargar con su fantasma. Pagar su cuidado era mi forma de decirle al universo: “Yo soy mejor que ellos. Yo sí tengo corazón”.
La vida siguió su curso. Y qué curso tan bonito agarró. ¿Se acuerdan de Doña Chuy? Bueno, pues los tacos de canasta ya no son un puesto callejero. Con la inversión que le di, y un poco de asesoría de mis contadores, abrió “El Rincón de Chuy”, un restaurante de comida típica en una zona turística de Guadalajara. Le va de maravilla. Fui a la inauguración, por supuesto. Cortamos el listón juntas. —¡Pásenle, pásenle! —gritaba Chuy, feliz, con un vestido de flores—. ¡Aquí está la madrina, la mera mera! Me senté en una mesa, comiendo un pozole rojo delicioso, rodeada de gente trabajadora. Doña Chuy se sentó conmigo un momento. —Erika, ¿eres feliz? —me preguntó de repente, mirándome a los ojos. Dejé la cuchara. Esa pregunta me tomó por sorpresa. Tenía dinero, poder, respeto. Pero ¿felicidad? Pensé en mis noches sola en la mansión. Pensé en la falta de una pareja, porque seamos honestos, los hombres se intimidan con una mujer como yo. O quieren mi dinero, o quieren mi poder, pero pocos quieren a Erika, la mujer que llora con las películas viejas y le gusta el café de olla. —Soy libre, Chuy —le contesté—. Y creo que la libertad es la forma más alta de felicidad. Tengo paz. Tengo propósito. —Pero te faltan unos nietos que te hagan desatinar —bromeó ella, dándome un codazo. Me reí. —Todo a su tiempo, Chuy. Por ahora, mis hijos son mis proyectos.
Y hablando de proyectos, tenía uno muy especial en mente. La casa de Colinas de San Javier. La antigua casa de los Sánchez. La remodelación duró un año. Tiramos paredes, abrimos ventanales para que entrara la luz, quitamos las rejas que parecían de prisión. Llenamos el jardín de buganvilias y jacarandas. El día de la apertura, invité a la prensa, pero no a la de sociales, sino a la prensa seria. Colgué un letrero en la entrada, grande, de bronce: “CASA ERIKA: REFUGIO Y CENTRO DE DESARROLLO PARA LA MUJER”.
Sí. Convertí la casa donde fui humillada en un santuario para mujeres maltratadas, mujeres que, como yo, habían sido echadas a la calle, golpeadas, minimizadas. Ese día, frente a los micrófonos, di el discurso más importante de mi vida. —Hace años, en esta misma casa, me dijeron que yo no valía nada —dije, con la voz firme, mirando a las cámaras—. Me dijeron que mi destino era servir y callar. Hoy, esta casa ya no es un monumento a la soberbia, es un faro de esperanza. Aquí, cualquier mujer que sienta que el mundo se le cierra, encontrará una cama caliente, comida, pero sobre todo, herramientas. Les vamos a enseñar oficios, finanzas, negocios. No quiero que salgan de aquí solo sobreviviendo, quiero que salgan siendo dueñas de su destino. Porque si yo pude, saliendo de una iglesia con una bolsa de basura, ustedes también pueden.
El aplauso fue conmovedor. Vi a mujeres llorando entre el público. Vi a niñas mirándome como si fuera una superheroína. Y en ese momento supe que ese era mi verdadero éxito. No los millones en el banco, sino la capacidad de cambiar vidas.
Pero la vida tiene un sentido del humor muy negro, y el destino siempre guarda una última carta. Unos meses después de abrir el refugio, una tarde lluviosa (siempre llueve en los momentos clave de mi vida), llegó un hombre a la puerta de servicio de “Casa Erika”. El guardia de seguridad me llamó por el intercomunicador. —Señora Erika, hay un vagabundo en la puerta trasera. Dice que la conoce. Dice que se llama Roberto. Se me heló la sangre. ¿Roberto? ¿Aquí? —Hazlo pasar a la oficina de recepción. Voy para allá.
Bajé las escaleras con el corazón latiéndome fuerte. ¿Qué quería? ¿Venía armado? Cuando entré a la pequeña oficina, lo vi. Dios mío. Si me lo hubiera topado en la calle, no lo habría reconocido. Estaba demacrado, casi esquelético. Le faltaban dientes. Olía a alcohol barato y a suciedad rancia. Sus manos temblaban sin control. Al verme, agachó la cabeza. No pudo sostenerme la mirada. —Erika… —su voz era un graznido rasposo. —Roberto. —Tengo hambre —dijo. Solo eso. Dos palabras. Tengo hambre. El hombre que me tiraba la comida porque “estaba fría”, el hombre que gastaba miles de pesos en cenas de lujo, ahora estaba pidiendo un plato de sopa en la casa que fue suya. Sentí una mezcla de repulsión y tristeza infinita. ¿Cómo puede un ser humano caer tan bajo? —¿Sabes dónde estás? —le pregunté. Él asintió, llorando en silencio. —En mi casa… en la casa de mi mamá. —No. Esta ya no es tu casa. Esta es la casa de las mujeres que hombres como tú destruyeron. Es una ironía que vengas a pedir ayuda aquí.
Él se dejó caer al suelo, sollozando como un niño. —Perdóname, Erika. Perdóname. Estoy maldito. Desde ese día en la gala, todo me sale mal. Me robaron, me golpearon en el norte… Ruth murió la semana pasada y no tuve ni para ir a su entierro. Estoy solo. Soy una basura. Ruth había muerto. La noticia me golpeó, pero fue un golpe sordo. Ya me había despedido de ella en el hospital. Miré a Roberto. Podría haberlo echado. Podría haber llamado a la policía. Podría haberle escupido como él hizo metafóricamente conmigo tantas veces. Pero entonces recordé al perro callejero. Al perro de la iglesia. Roberto ahora era ese perro. Y yo ya no era la víctima.
—Levántate —le ordené. Él me miró, confundido. —Vete a las regaderas del fondo. Date un baño. Tira esa ropa, te van a dar algo limpio. Luego ve al comedor. Te van a dar un plato de comida caliente. Sus ojos se iluminaron con una gratitud patética. —¿De verdad? ¿Me vas a ayudar? Erika, yo sabía que tú me amabas, yo sabía que podíamos… —Alto ahí —lo corté, con una voz tan afilada que cortó el aire—. No te confundas. No te estoy ayudando porque te ame. Te estoy ayudando por caridad cristiana y porque no soy como tú. Me acerqué a la puerta y la abrí. —Vas a comer, te vas a bañar y vas a dormir aquí una noche, en el área de tránsito. Y mañana a primera hora, te vas. Te voy a dar el contacto de un centro de rehabilitación para adicciones que yo financio. Si quieres cambiar, ve ahí. Si no, piérdete en la calle. Pero aquí, a esta casa, no vuelves a entrar nunca más. ¿Entendido?
Roberto asintió, humilde, derrotado. —Entendido. Gracias, Erika. Eres… eres una santa. —No soy una santa, Roberto. Soy una mujer que aprendió a respetarse. Y el respeto incluye no patear al que ya está en el suelo, aunque se lo merezca.
Lo vi irse hacia las regaderas, arrastrando los pies. Fue la última vez que lo vi. Supe después que sí entró a la rehabilitación, que se recuperó a medias y que trabaja de velador en una bodega. Una vida gris, pequeña, acorde a su espíritu. Pero estaba vivo. Y eso, en gran parte, me lo debía a mí.
Esa noche, salí al balcón de la casa. La lluvia había parado. El cielo estaba lleno de estrellas. Guadalajara brillaba a mis pies, con sus luces ámbar y sus ruidos lejanos. Respiré hondo. El aire olía a tierra mojada y a jazmín. Pensé en todo el camino recorrido. En las lágrimas, en el lodo, en los desprecios. En los tacos de Doña Chuy, en los planos de Don Gustavo, en el vestido rojo de la gala. Todo había sido necesario. Cada golpe fue un cincelazo que esculpió a la mujer que soy ahora. No soy una víctima. No soy una sobreviviente. Soy una creadora. Creé mi fortuna, creé mi paz y creé un futuro para otras.
Saqué mi celular. Tenía un mensaje de Luis, mi diseñador estrella: “Jefa, nos acaban de confirmar. Vamos a abrir la primera tienda en Tokio. ¡Japón nos espera!”. Sonreí. Tokio. Quién lo diría. La muchacha que no tenía “donde caerse muerta” ahora iba a conquistar el otro lado del mundo.
Guardé el teléfono y miré al cielo. —Mamá —susurré al viento—. Espero que estés viendo esto. No solo sobreviví. Viví. Y vaya que viví. Me di la vuelta y entré a la casa. Mis pasos resonaron fuertes, seguros. Mañana tenía un vuelo a Japón, y muchas bocas que callar con éxito. Pero por hoy, iba a dormir tranquila, sabiendo que el invierno de mi vida había terminado para siempre, y que ahora, vivía en un eterno verano que yo misma construí.
Y a ti, que estás leyendo esto, si estás pasando por un momento oscuro, si sientes que te echaron agua sucia y te dejaron en la calle, escúchame bien: Límpiate el lodo. Levanta la cara. Usa las piedras que te lanzan para construir tu castillo. Porque la venganza más dulce no es verlos sufrir, es que ellos te vean triunfar y tengan que admitir, en su silencio más profundo, que perdieron a la mejor persona que cruzó por sus vidas.
Créetelo. Eres una loba. Y tu momento de aullar va a llegar.
FIN.