
Me llamo Alejandro de la Garza III, y a los 17 años pensaba que el mundo me debía todo. Llegaba a la prepa en un deportivo que costaba más que la casa de mis profesores y vestía trajes a la medida. Mi apellido abría puertas en todo México, desde los mejores restaurantes hasta los clubes más exclusivos. Pero había una maldita puerta que mi apellido no podía abrir: la de mi cerebro.
En el exclusivo Instituto San Patricio, el dinero no compraba dieces. Y yo era un desastre. Mis exámenes regresaban sangrando tinta roja. “Falta de esfuerzo”, “No entiende el material”. Para mí, la escuela era un trámite aburrido entre fines de semana en Valle de Bravo. Hasta que la realidad me golpeó en la cara.
Estaba en el último año y, por primera vez, me dijeron que no me iba a graduar.
Ese martes de octubre, la reunión con el director fue brutal. Mi padre, el gran magnate, estaba furioso. Mi madre lloraba en silencio. Cuando salieron de la oficina, me dejaron solo en el pasillo, con un examen de Cálculo en la mano. Un “5” enorme y redondo en la parte superior.
Sentí un nudo en la garganta que el dinero no podía desatar. Estaba solo. O eso creía.
—Día pesado, ¿eh, joven? —escuché una voz rasposa.
Era Don Jacinto. Llevaba 23 años siendo “el de la limpieza”. Para nosotros, los alumnos “bien”, él era parte del decorado, tan invisible como los casilleros. Pero él sí nos veía.
Me limpié rápido los ojos, tratando de recuperar mi postura arrogante. —¿Qué? ¿Mi examen? —dije a la defensiva, arrugando el papel—. No se me dan las matemáticas, eso es todo.
Don Jacinto no dejó de trapear. El olor a limpiador de pino llenó el aire tenso. Se recargó en el palo del trapeador y me miró, no como al “hijo de papi”, sino como a un chavo perdido.
—Yo decía lo mismo —sonrió levemente—. Me mentí por años pensando que no era listo. Pero me di cuenta de algo: no es que no seas listo, Alejandro. Es que nadie te enseñó a estudiar.
Solté una risa nerviosa. —Tengo los mejores tutores de la ciudad, Don Jacinto. Créame, me enseñan.
—Los tutores hacen la chamba contigo —me interrumpió, su voz tranquila pero firme—. Pero cuando estás solo con esa hoja de papel, estás tú y tu cabeza. Nadie te ha enseñado a pensar. Solo te han enseñado a repetir.
Me quedé helado. Esas palabras me dolieron más que los gritos de mi papá. Él tenía razón. Yo solo fingía.
Don Jacinto dio un paso hacia mí, bajando la voz como si me fuera a confesar un secreto de estado.
—¿Quieres pasar esa materia o quieres seguir fingiendo? Porque si quieres aprender de verdad, te veo mañana a las 6:30 a.m. aquí en la biblioteca. Antes de que empiece mi turno.
PARTE 2: LA MAESTRÍA INVISIBLE, ENTRE EL ORGULLO Y EL TRAPEADOR
Esa noche no dormí. Mi habitación, una suite con vista a las luces de la ciudad que parecía más un hotel de cinco estrellas que el cuarto de un adolescente, se sentía asfixiante. Me pasé las horas mirando el techo, con el eco de la voz rasposa de Don Jacinto rebotando en mi cabeza: “Nadie te ha enseñado a pensar”.
La frase me ardía. Me ardía más que la decepción en los ojos de mi madre o la furia volcánica de mi padre. ¿Cómo se atrevía un conserje, un hombre que se ganaba la vida recogiendo la basura de mis compañeros, a decirme que yo no sabía pensar? Mi ego de “mirrey”, inflado por años de privilegios y adulaciones falsas, quería gritar, quería ir al día siguiente y reportarlo por insolente. Pero había algo más fuerte que mi orgullo: el miedo. El terror absoluto a fracasar, a ser el desheredado, el inútil de la dinastía De la Garza.
A las 5:00 a.m., mi alarma sonó, aunque no era necesaria. Ya estaba despierto, con los ojos inyectados en sangre y un nudo en el estómago. Me vestí en la oscuridad. No me puse el traje sastre habitual. Me sentí ridículo poniéndome una camisa Polo y unos jeans de diseñador para ir a ver al conserje, pero no sabía ser otra cosa.
Bajé las escaleras de mármol de mi casa en puntillas, como si fuera un ladrón robando mi propia libertad. Salí al garaje, ignoré el Porsche y tomé la camioneta más discreta que teníamos, una SUV negra que usaban los escoltas. No quería llamar la atención.
Llegué al Instituto San Patricio a las 6:15 a.m. El estacionamiento estaba desierto, cubierto por una neblina fría típica de las mañanas en la zona alta de la ciudad. El silencio era sepulcral. Nunca había visto mi escuela así: sin el desfile de autos de lujo, sin los gritos de mis amigos planeando la peda del fin de semana, sin la pasarela de vanidad en la que se convertía cada mañana. Era solo un edificio de concreto y cristal, frío e imponente.
Caminé hacia la biblioteca. Las luces estaban apagadas, salvo una lámpara solitaria en una mesa del fondo. Ahí estaba él. Don Jacinto.
No llevaba su uniforme gris de trabajo todavía. Vestía una camisa de franela a cuadros, vieja pero impecablemente planchada, y unos pantalones de mezclilla desgastados. Estaba leyendo un libro grueso, con unos lentes que le colgaban de la punta de la nariz. Al acercarme, noté que no era una revista ni un periódico deportivo. Era un libro de Cálculo Diferencial e Integral de Granville, una edición tan vieja que las hojas parecían a punto de deshacerse.
—Llegas tres minutos tarde —dijo sin levantar la vista del libro. Cerró el tomo con suavidad y me miró por encima de los lentes—. La puntualidad es el respeto por el tiempo ajeno, Alejandro. Y mi tiempo, aunque te parezca barato, es lo único que realmente tengo.
Sentí un calor subirme a las mejillas. —Había tráfico en Constituyentes —mentí, una excusa automática.
—A esta hora las calles están vacías. No empieces nuestra primera lección con una mentira —replicó, señalando la silla de madera frente a él—. Siéntate.
Me senté, sintiéndome como un niño regañado. Saqué mi cuaderno y mi pluma Montblanc de oro. Don Jacinto observó la pluma y soltó una risita seca.
—Bonita herramienta. ¿Escribe sola o necesita que tú la muevas?
—Muy gracioso —mascullé, abriendo el cuaderno en una hoja limpia—. ¿Por dónde empezamos? ¿Derivadas? ¿Límites? Tengo el examen extraordinario en dos semanas y no entiendo nada de la regla de la cadena.
Don Jacinto negó con la cabeza y empujó mi cuaderno hacia un lado. —No. Hoy no vamos a ver números.
—¿Qué? —exclamé, casi levantándome—. Oiga, no tengo tiempo para perder. Si esto es una broma…
—La broma es que creas que puedes construir un edificio sobre lodo —me cortó, su voz endureciéndose de golpe. Ya no sonaba como el conserje amable; sonaba como una autoridad—. Tu problema no son las derivadas, Alejandro. Tu problema es que tu mente es un caos. Es como un cuarto desordenado donde no encuentras nada. Antes de meter muebles nuevos, hay que limpiar la basura.
Se levantó y caminó hacia uno de los estantes. Regresó con un tablero de ajedrez viejo y despintado.
—¿Sabes jugar? —preguntó.
—Claro —respondí con soberbia—. Mi abuelo me enseñó.
—Bien. Juega.
Empezamos a mover las piezas. Yo jugaba rápido, agresivo, buscando impresionar. Movía mis caballos y alfiles buscando el jaque mate rápido, el triunfo fácil. Tal como vivía mi vida. Don Jacinto, en cambio, jugaba lento. Se tomaba un minuto entero antes de tocar una pieza. Sus dedos, callosos y con restos de grasa bajo las uñas, se movían con una delicadeza sorprendente.
En diez movimientos, me destrozó. —Jaque mate —dijo suavemente.
Me quedé mirando el tablero, atónito. —Suerte de principiante —dije, acomodando las piezas de nuevo.
—No existe la suerte en el ajedrez, hijo. Solo causa y efecto —respondió, volviendo a colocar sus piezas—. Perdiste porque no observas. Solo reaccionas. Quieres ganar antes de entender la posición en la que estás. Así resuelves tus exámenes. Ves una “x” y te lanzas a despejarla sin entender qué te está preguntando el problema.
Jugamos otra vez. Volví a perder. Y otra vez. Durante una hora, el conserje de la escuela humilló al heredero del imperio De la Garza en un tablero de madera astillada.
—¿Ves lo que haces? —me dijo después de la tercera derrota, mientras yo respiraba agitado por la frustración—. Sacrificas tus peones sin pensar. Crees que porque son piezas pequeñas no valen. Pero un peón, si llega al final, se convierte en reina.
Me miró fijamente a los ojos. —Tú desprecias los detalles, Alejandro. Desprecias los pasos pequeños porque crees que eres demasiado grande para ellos. Quieres la respuesta final, el “10”, el éxito, pero no quieres el proceso. Y en las matemáticas, y en la vida, el diablo está en los detalles.
Esa mañana no abrimos ni un libro de texto. Me hizo limpiar el tablero. Literalmente. Me dio un trapo y me hizo sacudir el polvo de la mesa y acomodar las sillas de la biblioteca alineándolas perfectamente con las juntas del piso.
—Esto es disciplina —me decía mientras yo, incrédulo, alineaba una silla por quinta vez—. Si no puedes alinear una silla, ¿cómo vas a alinear una ecuación? El orden externo trae orden interno.
Cuando sonó la campana de las 7:30 a.m., anunciando la llegada de los primeros autobuses escolares, Don Jacinto se transformó. Se puso su bata gris de trabajo, tomó su carrito de limpieza y su postura cambió. Sus hombros se encorvaron ligeramente, su mirada se volvió baja. Volvió a ser “el invisible”.
—Vete —me susurró—. Que no te vean conmigo. Tu reputación es frágil, y todavía te importa demasiado el qué dirán.
Salí de la biblioteca corriendo, con el corazón acelerado y una mezcla de confusión y rabia. ¿Qué acababa de pasar? ¿Me había levantado de madrugada para limpiar mesas y perder al ajedrez?
Pero, extrañamente, durante mi primera clase de Historia, me descubrí alineando mis plumas perfectamente paralelas al borde del pupitre. Y por primera vez en meses, escuché lo que decía el profesor en lugar de estar en mi celular.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina surrealista. Mi vida se partió en dos. De 7:30 a.m. a 2:00 p.m., yo era Alejandro de la Garza III, el chico popular, el que se reía de los chistes crueles de sus amigos sobre los “nacos” y los “becados”. Almorzaba en la cafetería VIP, hablaba de viajes a Aspen y fingía que todo estaba bajo control.
Pero de 6:30 a.m. a 7:30 a.m., era el aprendiz de un conserje.
Don Jacinto no me enseñó cálculo la primera semana. Me enseñó lógica. Me ponía acertijos, me hacía leer párrafos de filosofía y explicárselos con mis propias palabras. Me enseñó a respirar cuando me frustraba.
—La ansiedad bloquea la inteligencia —me decía cuando veía que apretaba los puños al no entender algo—. Cuando te bloqueas, tu cerebro entra en modo de supervivencia. Y para sobrevivir, huyes. Por eso dejas los exámenes en blanco. Respira. Mira el problema. No es un monstruo, es un rompecabezas.
Fue hasta la segunda semana, un jueves lluvioso, cuando finalmente abrimos el libro de cálculo.
—¿Qué es una derivada, Alejandro? —me preguntó.
Recité la definición que me había aprendido de memoria como un perico: —Es el límite del cociente incremental cuando el incremento de la variable independiente tiende a cero.
Don Jacinto soltó una carcajada que resonó en la biblioteca vacía. —¡Eso suena muy bonito! ¿Pero qué significa? Si tuvieras que explicárselo a tu abuelita, ¿qué le dirías?
Me quedé callado. No tenía ni la menor idea. Solo sabía repetir palabras.
Don Jacinto sacó una manzana de su bolsa del almuerzo y un cuchillo pequeño y oxidado. Empezó a pelar la manzana, sacando una tira de cáscara finísima y continua.
—Imagina que esta curva de la manzana es una carretera en la montaña —dijo, moviendo el cuchillo con precisión de cirujano—. La derivada no es una fórmula mágica. Es simplemente la pendiente. Es qué tan inclinada está la carretera en un punto exacto. Si vas manejando tu deportivo, la derivada te dice si vas a subir, bajar o si te vas a ir de boca al barranco en ese preciso instante.
Tomó una servilleta y dibujó una curva. Trazó una línea tangente. —Es el cambio instantáneo. La vida es cambio, Alejandro. Nada se queda quieto. El cálculo es solo el lenguaje para describir cómo cambian las cosas. Cómo cambia tu velocidad, cómo cambia el dinero de tu papá, cómo cambia tu ignorancia a conocimiento.
Fue como si alguien hubiera encendido un interruptor en un cuarto oscuro. De repente, esos símbolos extraños —dy/dx— dejaron de ser jeroglíficos enemigos y se convirtieron en algo real. Representaban movimiento.
—Entonces… —balbuceé, mirando el dibujo—, ¿si la derivada es positiva, la función está creciendo?
—¡Exacto! —Don Jacinto golpeó la mesa con entusiasmo, y vi un brillo en sus ojos que nunca había visto en ninguno de mis profesores con doctorado—. Está creciendo. Y si la segunda derivada es negativa, significa que crece, pero cada vez más lento. Se está cansando. Como tú cuando corres en educación física.
Ese día, resolví mi primer problema de optimización sin mirar las respuestas al final del libro. Cuando llegué al resultado correcto, sentí una descarga de adrenalina mejor que cualquier fiesta. Miré a Don Jacinto, esperando una felicitación.
Él solo asintió levemente y me pasó el trapo. —Bien hecho. Ahora limpia la mesa. No dejes rastro.
La dificultad no estaba solo en las matemáticas. Estaba en mantener mi doble vida. Mis amigos, Santiago y Rodrigo, empezaron a notar algo raro.
—Oye, güey, te ves demacrado —me dijo Santiago un viernes en el recreo, mientras mordía un sándwich de jamón serrano—. ¿Y esas ojeras? ¿Te estás yendo de peda entre semana sin nosotros o qué?
—No, nada —respondí, tomando un sorbo de agua para esconder mi nerviosismo—. Insomnio. Estrés por lo de la graduación.
—Relájate, cabrón —se rio Rodrigo, dándome una palmada en la espalda—. Tu papá va a donar una biblioteca nueva y listo, título asegurado. Así funciona el mundo. No te mates estudiando, eso es para los que necesitan beca.
Sus palabras, que antes me hubieran consolado, ahora me daban asco. Miré a Rodrigo, con su reloj Rolex y su sonrisa de suficiencia, y sentí una profunda lástima. Él creía que el mundo estaba a sus pies, pero en realidad, era un inválido. Si le quitaban la tarjeta de crédito, no sabría ni cómo cruzar la calle. Yo me estaba dando cuenta de lo inútil que era mi círculo social.
De repente, vi a Don Jacinto a lo lejos. Estaba cambiando una bolsa de basura que se había roto, y un líquido maloliente le había manchado los zapatos. Unos alumnos de primer año pasaron corriendo y lo empujaron “accidentalmente”, riéndose mientras se alejaban.
Don Jacinto no dijo nada. Solo suspiró, se agachó y siguió limpiando.
Sentí una furia caliente en el pecho. Quise levantarme, ir y gritarles a esos escuincles estúpidos. Quise decirles que ese hombre que limpiaba su basura sabía más de la vida y del universo que todos ellos juntos. Pero me quedé sentado. El miedo al qué dirán me paralizó de nuevo. Si defendía al conserje, yo sería el raro. El “naco”.
Bajé la mirada, avergonzado de mi propia cobardía. Esa tarde, en la biblioteca, no pude concentrarme.
—Estás distraído —dijo Don Jacinto, cerrando el libro—. ¿Qué te pasa?
—Nada —mentí de nuevo.
—Otra vez la mentira. Alejandro, las matemáticas requieren honestidad. Si hay un error en el signo al principio, todo el resultado está mal. ¿Qué traes?
—Vi cómo lo trataron hoy —solté de golpe—. Esos niños. Y me dio coraje. No entiendo cómo lo aguanta. ¿No le da rabia? Usted es… usted es brillante. Sabe más que el director. ¿Por qué está aquí limpiando escusados? ¡Es injusto!
Don Jacinto se quedó en silencio un largo rato. Se quitó los lentes y los limpió con lentitud. Su rostro se ensombreció, y por primera vez, vi una tristeza profunda, antigua, detrás de sus ojos amables.
—El orgullo es un lujo que a veces cuesta muy caro, hijo —dijo con voz grave—. Yo no siempre fui conserje.
Me incliné hacia adelante, intrigado. —¿Entonces?
—Yo era Ingeniero Civil. Egresado del Politécnico, con mención honorífica. —Sus palabras me golpearon como un ladrillo. ¿Ingeniero?—. Trabajé en grandes obras. Puentes, carreteras. Tenía una vida buena. No como la tuya, pero buena. Tenía mi casa, mi esposa, mi dignidad profesional.
—¿Y qué pasó? —pregunté, con un hilo de voz.
—Pasó México —respondió con una sonrisa amarga—. Trabajaba en una constructora importante. Ganamos una licitación para un puente en la sierra. Pero mis jefes… ellos querían ahorrar. Me ordenaron firmar unos planos con materiales de segunda. Cemento barato, varillas más delgadas. La diferencia se iba a ir a sus bolsillos y a los de unos políticos.
Don Jacinto apretó el puño sobre la mesa. —Yo sabía que ese puente se iba a caer. Si lo firmaba, me daban un bono con el que podía pagar el tratamiento de mi esposa, que estaba enferma de cáncer. Si no lo firmaba… me destruían.
Tragué saliva. La historia sonaba terriblemente familiar. Mi padre siempre hablaba de “negocios necesarios” y “cortar esquinas” para maximizar ganancias.
—¿Qué hizo?
—No firmé. Renuncié y amenacé con denunciarlos. —Don Jacinto miró sus manos callosas—. Cumplieron su amenaza. Me boletinaron. Me inventaron fraudes. Nadie en el gremio me quiso contratar. Perdí la casa. Y lo peor… —su voz se quebró un instante— mi esposa murió en un hospital público, esperando medicinas que nunca llegaron porque no tenía dinero para un privado.
Un silencio pesado llenó la biblioteca. Sentí ganas de llorar, pero de una forma que nunca había sentido. No era autocompasión. Era dolor por él.
—Terminé aquí —continuó, recuperando la compostura—. Y no, Alejandro, no me da rabia limpiar pisos. Porque cada vez que trapeo un pasillo y lo dejo limpio, sé que hice mi trabajo bien. Sé que nadie va a salir lastimado por mi negligencia. Mi conciencia está más limpia que estos pisos. Y eso… eso no lo compra todo el dinero de tu papá.
Esa confesión cambió todo. Ya no iba a las 6:30 a.m. solo para pasar un examen. Iba porque sentía que estaba ante un gigante. Don Jacinto no era un fracasado; era un héroe caído. Un mártir de la integridad en un país que premiaba a los corruptos.
La fecha del examen final llegó.
La noche anterior, Don Jacinto me dio la última lección. No fue de cálculo. Sacó una moneda de diez pesos y la puso sobre la mesa.
—¿Cuánto vale esto? —preguntó. —Diez pesos —respondí.
Tomó la moneda, la tiró al suelo, la pisó, la ensució con la suela de su zapato y la recogió llena de polvo. —¿Y ahora? ¿Cuánto vale?
—Sigue valiendo diez pesos —dije.
—Exacto. —Me puso la moneda en la mano y cerró mis dedos sobre ella—. Mañana vas a entrar a ese examen. Tal vez te pongas nervioso. Tal vez falles una pregunta. Tal vez el profesor te mire feo. Pero recuerda esto: tu valor no cambia. Saques 5 o saques 10, tú vales por quien eres, por tu esfuerzo, por tu honestidad. No eres una nota. No eres el apellido de tu padre. Eres Alejandro. Y Alejandro ya aprendió a pensar.
Entré al salón de examen sintiéndome diferente. No estaba arrogante, pero tampoco estaba aterrorizado. Estaba tranquilo. El profesor distribuyó las hojas. Vi los problemas. Integrales definidas, áreas bajo la curva, volúmenes de revolución. Hace un mes, eso hubiera sido chino mandarín. Ahora, veía los patrones. Veía las “carreteras” y las “pendientes” de las que hablaba Don Jacinto.
Empecé a escribir. No mecánicamente, sino razonando. “Si esto gira alrededor del eje X, entonces necesito usar discos…”. Escuchaba la voz de Jacinto en mi cabeza: “Despacio. Observa. No corras”.
A mitad del examen, me atoré. Un problema de optimización complejo. Sentí el pánico frío subir por mi espalda. Miré el reloj. Faltaban 20 minutos. Mi mano empezó a temblar. “No voy a poder. Soy un fraude”.
Cerré los ojos. Imaginé el tablero de ajedrez. “La ansiedad bloquea la inteligencia”. Respiré hondo, tres veces, ignorando las miradas de los demás. Volví a leer el problema. Y ahí estaba. La clave. Un pequeño detalle en el enunciado que cambiaba todo. Sonreí.
Entregué el examen con cinco minutos de sobra. Al salir, no sentí euforia. Sentí paz.
Dos días después, publicaron las calificaciones en el tablero de corcho afuera de la dirección. Había una multitud de alumnos empujándose. Mi corazón latía desbocado. Me abrí paso entre los hombros y las mochilas. Busqué mi matrícula.
Alejandro de la Garza III: 9.5
Me quedé paralizado. Leí la línea tres veces para asegurarme de que no era un error. 9.5. La segunda calificación más alta de la clase.
—¡No mames, Alex! —gritó Santiago detrás de mí, dándome un golpe en el hombro—. ¿Hiciste trampa o qué? ¡Te la volaste, cabrón!
—Seguro pagó por el examen —murmuró otro compañero con envidia.
No les contesté. Me di la vuelta y salí corriendo. No fui a buscar a mi papá, ni a mi mamá. Corrí hacia el cuarto de intendencia, en el sótano de la escuela, un lugar donde ningún alumno ponía un pie jamás.
Ahí estaba Don Jacinto, comiendo una torta envuelta en papel aluminio, sentado sobre una cubeta volteada. Al verme entrar agitado y sudoroso, se puso de pie, preocupado.
—¿Qué pasó? ¿Reprobaste? —preguntó, limpiándose las migajas de la boca.
No pude hablar. Saqué la foto que le había tomado a la lista de calificaciones con mi celular y se la mostré.
Don Jacinto entrecerró los ojos para enfocar la pantalla. Vio el número. Se quedó quieto un segundo. Luego, lentamente, una sonrisa amplia, llena de dientes chuecos pero sincera, iluminó su cara.
—Te lo dije —susurró, y sus ojos se aguaron—. Te dije que la carretera estaba ahí, solo tenías que aprender a manejar.
Sin pensarlo, hice algo que rompió todas las reglas no escritas de mi clase social. Abracé al conserje. Lo abracé con fuerza, sin importarme el olor a sudor o la ropa vieja. Sentí su cuerpo rígido por la sorpresa al principio, pero luego me devolvió el abrazo con unas palmadas torpes en la espalda.
—Gracias, Don Jacinto. Gracias, Maestro —le dije al oído, con la voz quebrada.
—No me agradezcas a mí, Ingeniero —me dijo, usando el título como una profecía—. Tú hiciste la chamba.
Ese día pensé que había ganado. Pensé que la historia terminaba ahí, con un final feliz de película. Pero la vida real no es una película, y el pasado de Don Jacinto estaba a punto de chocar con mi presente de una forma devastadora.
La graduación se acercaba. Mi padre, eufórico por mis “repentinas” buenas notas, organizó una cena de gala en la mansión para celebrar. Invitó a socios, políticos y miembros del consejo escolar.
—Estoy orgulloso de ti, hijo —me dijo esa noche, con una copa de whisky en la mano, frente a todos los invitados—. Demostraste que llevas la sangre De la Garza. Los ganadores encuentran la forma de ganar, cueste lo que cueste.
Sus palabras me supieron a ceniza. “Cueste lo que cueste”. Sabía que él pensaba que yo había hecho trampa o que había presionado a los maestros. No creía en mi esfuerzo. Pero no dije nada. Sonreí para la foto.
De repente, la conversación en la mesa principal giró hacia un tema incómodo. Un socio de mi padre, un hombre gordo con cara de bulldog, mencionó una vieja licitación.
—¿Se acuerdan del escándalo del Puente de la Sierra hace diez años? —dijo el hombre, riendo—. Ese donde el ingeniero jefe se puso digno y no quiso firmar.
Mi sangre se heló.
—¡Ah, sí! —respondió mi padre, soltando una carcajada—. El tal Jacinto… Jacinto no sé qué. Pobre diablo. Quiso jugar al santo y terminó en la calle. Lo destruimos bien y bonito. Tuve que mover muchas influencias para que nadie le diera trabajo ni de albañil. Nadie se mete con mis contratos.
El mundo se detuvo. El sonido de los cubiertos, la música clásica de fondo, las risas… todo se volvió un zumbido lejano.
Miré a mi padre. Vi su cara roja por el alcohol, su sonrisa cruel. Y luego pensé en Don Jacinto, en sus manos callosas, en su esposa muerta por falta de medicinas, en su dignidad inquebrantable mientras trapeaba la mierda de los hijos de los hombres que le arruinaron la vida.
Mi padre no era un hombre de negocios exitoso. Era un monstruo. Y Don Jacinto… Don Jacinto había sido su víctima.
Sentí náuseas. Me levanté de la mesa bruscamente. La silla cayó hacia atrás con un estruendo que silenció el salón.
—¿Alejandro? ¿Qué te pasa? —preguntó mi madre, alarmada.
Miré a mi padre a los ojos. Por primera vez en mi vida, no le tuve miedo. Le tuve asco.
—Se llamaba Jacinto Medina —dije, con la voz temblando de rabia—. Y es mil veces más hombre que tú.
Salí del comedor dejando un silencio sepulcral a mis espaldas. Sabía que esa noche había cruzado una línea de la que no había retorno. Sabía que mi vida de lujos estaba a punto de colapsar. Pero mientras caminaba hacia la salida, sacándome la corbata que me asfixiaba, solo podía pensar en una cosa: tenía que advertirle a Don Jacinto. Porque si mi padre se enteraba de que él era mi tutor, de que “el pobre diablo” había vuelto a entrar en su órbita, no se detendría hasta aplastarlo por completo.
Lo que no sabía era que el destino ya tenía las cartas echadas, y la próxima lección no sería de cálculo, sino de supervivencia.
PARTE 3 – EL CÁLCULO DE LAS CONSECUENCIAS: CUANDO EL DESTINO NOS ALCANZA
La puerta de caoba maciza de la mansión se cerró a mis espaldas, pero el sonido no fue el de un clic metálico, sino el de una guillotina cayendo. El aire frío de la noche en Lomas de Chapultepec me golpeó la cara, húmedo y pesado, pero no lograba enfriar el incendio que llevaba por dentro. Mis manos temblaban, no de frío, sino de una sobredosis de adrenalina y terror puro. Acababa de escupirle a la cara al dueño de mi universo. Acababa de declarar la guerra al hombre que no perdía guerras.
Corrí hacia la camioneta Suburban negra, esa fortaleza blindada que hasta hace una hora era mi carroza de príncipe y ahora se sentía como un vehículo de escape en una zona de guerra. Mis dedos torpes batallaron para encontrar las llaves en el bolsillo del pantalón de vestir. Cuando finalmente logré abrir la puerta y subirme, el olor a cuero nuevo y aromatizante de “coche caro” me dio ganas de vomitar. Era el olor de la mentira.
Arranqué el motor. El rugido del V8 rompió el silencio elegante de la calle privada. No esperé a que el portón eléctrico terminara de abrirse; aceleré y las llantas chirriaron contra el adoquín perfecto, dejando una marca negra, una cicatriz en el suelo inmaculado de mi infancia.
Mientras conducía, mis ojos se nublaban. No eran lágrimas de tristeza, eran de furia y de culpa. Una culpa ácida que me corroía el estómago. Cada semáforo en rojo que me pasaba, cada claxon que ignoraba, era un segundo menos que tenía para salvar a Jacinto. Porque yo conocía a mi padre. Alejandro de la Garza II no era un hombre que dejaba cabos sueltos. Si yo había mencionado el nombre de Jacinto Medina en esa mesa, delante de sus socios, él ya estaba moviendo sus fichas. Mi padre no jugaba ajedrez como Jacinto, con paciencia y estrategia; mi padre jugaba a tirar el tablero y comprar uno nuevo.
Manejé sin rumbo fijo durante los primeros diez minutos, hasta que mi cerebro, aturdido por el alcohol y el pánico, recordó un detalle. Un detalle minúsculo de hace tres meses, cuando la secretaria de la escuela me había dado un expediente equivocado en la dirección. Había visto la dirección de Don Jacinto. En ese momento no me importó, era solo una calle más en un código postal que yo jamás pisaría. Pero mi memoria fotográfica, esa que Jacinto me había enseñado a usar para las integrales, trajo la imagen del papel a mi mente: Callejón de la Amargura 45, Colonia Doctores.
Puse la dirección en el GPS del tablero. La línea azul trazó una ruta que cruzaba la ciudad, descendiendo desde las alturas privilegiadas de las Lomas hasta las entrañas de concreto viejo del centro.
El trayecto fue un viaje al infierno, o quizás, un viaje hacia la realidad. Conforme la camioneta descendía por Paseo de la Reforma y cruzaba hacia el lado “feo” de la ciudad, el paisaje cambiaba. Los edificios de cristal y acero se transformaron en bloques de concreto gris, pintados con grafitis y cubiertos de hollín. Las luces blancas y elegantes de las luminarias LED dieron paso a lámparas amarillentas que parpadeaban como ojos enfermos.
Mi teléfono empezó a vibrar en el asiento del copiloto. Una vez. Dos veces. Diez veces. Papá llamando. Mamá llamando. Santiago (mensaje): “¿Qué pedo güey? ¿Te volviste loco?”
Ignoré todo. Sentía que si contestaba esa llamada, la voz de mi padre tendría el poder de detenerme el corazón a distancia. O peor, de convencerme de regresar, de pedir perdón, de volver a ser el perrito faldero que mueve la cola por una tarjeta de crédito.
Llegué a la Colonia Doctores cerca de la medianoche. El ambiente aquí era denso, eléctrico. No había el silencio sepulcral de mi barrio; aquí la calle estaba viva, respiraba. Había puestos de tacos con el vapor subiendo hacia el cielo nocturno, música de cumbia sonando desde una ventana abierta, perros callejeros ladrando a las llantas de mi camioneta.
Me sentí un intruso. Un alienígena. Mi camioneta blindada, diseñada para proteger a los ricos de los pobres, ahora era un faro gigante que gritaba: “Aquí hay dinero, vengan a robarme”. Vi a un grupo de hombres parados en una esquina, bebiendo cerveza. Se quedaron mirando la Suburban con una mezcla de curiosidad y hostilidad. Tragué saliva seca. El miedo físico apareció, ese miedo instintivo de la presa ante los depredadores, pero lo empujé al fondo. Jacinto era más importante.
El GPS anunció: “Ha llegado a su destino”. Miré a mi alrededor. No había casas. Era una vecindad antigua, un edificio que alguna vez debió ser bonito en los años 50, pero que ahora se caía a pedazos. La fachada estaba despintada, mostrando los ladrillos desnudos como heridas abiertas. Un portón de metal oxidado estaba entreabierto.
Bajé de la camioneta. El aire olía a aceite quemado y a drenaje. Me quité el saco del traje, intentando —estúpidamente— parecer menos “fresa”, pero mi camisa de seda blanca brillaba en la oscuridad. Cerré la camioneta y recé para que siguiera ahí cuando volviera.
Entré al patio de la vecindad. Estaba oscuro, iluminado solo por la luz de la luna y algunos focos en los pasillos. Había ropa tendida en alambres que cruzaban de un lado a otro como telarañas gigantes. Se escuchaba el llanto de un bebé y una discusión de pareja en algún departamento lejano.
—¿A quién buscas, güero? —escuché una voz a mis espaldas.
Me giré de golpe. Una señora mayor, con un delantal y una escoba en la mano, me miraba con desconfianza desde el marco de una puerta.
—Busco al señor Medina —dije, y mi voz sonó demasiado educada, demasiado suave para ese lugar—. A Jacinto Medina.
La señora me escaneó de arriba abajo. Vio mis zapatos italianos, mi reloj, mi corte de cabello. —¿Eres de la policía? —preguntó, entrecerrando los ojos. —No, no. Soy… soy un alumno. De la escuela donde trabaja. Es una emergencia.
La mujer pareció relajarse un poco, o tal vez decidió que yo no parecía peligroso, solo perdido. —Al fondo, subiendo la escalera de caracol. El cuarto de la azotea. El que tiene las macetas.
Subí las escaleras de metal que rechinaban bajo mi peso. Cada paso era un recordatorio de la fragilidad de la vida en este lugar. Llegué a la azotea. Había un pequeño cuarto construido improvisadamente, con techo de lámina. Pero, a diferencia del resto del edificio, este lugar estaba impecable. Había macetas con geranios bien cuidados alineadas perfectamente. El piso de cemento estaba barrido. Incluso en la miseria, el orden de Jacinto estaba presente.
Toqué la puerta de madera. —¿Don Jacinto? —llamé, golpeando con los nudillos.
Silencio. Volví a tocar, más fuerte. —¡Don Jacinto! ¡Soy yo, Alejandro!
Escuché pasos lentos adentro. El cerrojo se corrió. La puerta se abrió y apareció él. Llevaba una camiseta blanca de tirantes y un pantalón de pijama viejo. Tenía el pelo revuelto y los ojos hinchados de sueño.
—¿Alejandro? —preguntó, parpadeando, confundido. Miró su reloj de pulsera—. ¿Qué haces aquí? Son las doce y media. ¿Pasó algo?
Al verlo, al ver su cara de preocupación genuina por mí, me derrumbé. La tensión de la cena, la pelea con mi padre, el viaje, el miedo… todo explotó.
—Tiene que irse —dije, atropellando las palabras—. Tiene que irse de aquí ya. Mi papá… mi papá sabe.
Jacinto frunció el ceño. Me tomó del brazo y me metió al cuarto rápidamente, cerrando la puerta y pasando el cerrojo. —Cálmate. Respira. —Su voz cambió al tono de “maestro”—. La ansiedad bloquea la comunicación. Siéntate y dime qué pasó. Despacio.
El cuarto era minúsculo. Una cama individual perfectamente tendida, una mesa pequeña con el tablero de ajedrez, una parrilla eléctrica y estantes hechos con huacales de madera llenos de libros. Libros de ingeniería, de filosofía, de historia. En la pared, en un marco barato de plástico, estaba colgado su título del Politécnico, amarillo por el tiempo, pero sin una sola mancha de polvo. Era un santuario. Un museo de una vida interrumpida.
Me senté en la única silla. Jacinto llenó un vaso con agua de una jarra y me lo dio. Bebí como si llevara días en el desierto. —Tuvimos una cena —empecé, recuperando el aliento—. Por mi graduación. Estaban los socios de mi papá. Alguien mencionó el puente… el puente de la sierra. Y mi papá… se burló. Dijo que lo había destruido a usted. Que disfrutó haciéndolo.
Jacinto se quedó quieto, de pie junto a la mesa. Su rostro no mostró sorpresa, solo una resignación dolorosa, como quien escucha el diagnóstico de una enfermedad que ya sabía que tenía. —Ya lo sé, Alejandro. Sé que fue él. Lo supe desde el día que te vi llegar a la escuela con ese apellido.
Me quedé helado. —¿Usted sabía? ¿Sabía quién era yo y aun así me ayudó?
Jacinto sonrió levemente, una sonrisa triste. —La culpa no se hereda, hijo. Tú no eres tu padre. Cuando te vi sufriendo con ese examen, no vi al hijo del monstruo que me quitó mi carrera. Vi a un muchacho asustado. Y un maestro nunca niega una lección a quien quiere aprender.
Las lágrimas me quemaron los ojos. Me sentí la persona más pequeña del universo. Él me había salvado a pesar de que mi sangre representaba su desgracia.
—Le grité —continué, limpiándome la cara con la manga de mi camisa de seda—. Le dije que usted era mil veces más hombre que él. Le dije su nombre completo frente a todos. Me salí de la casa. Pero… él no se va a quedar quieto. Usted lo conoce. Va a venir por usted. Tiene que esconderse.
Jacinto suspiró y se sentó en el borde de la cama. Sus manos grandes descansaron sobre sus rodillas. —No voy a huir, Alejandro. Ya huí mucho tiempo. Me escondí en esa escuela, en ese uniforme gris, pensando que si me hacía invisible, el dolor desaparecería. Pero el dolor es una constante, no una variable que puedas eliminar despejando la ecuación.
—¡Pero no entiende! —grité, desesperado—. Él tiene poder. Tiene abogados, tiene policías comprados. Puede inventarle algo, meterlo a la cárcel, o peor…
—¿Peor? —me interrumpió suavemente—. ¿Qué me puede quitar que no me haya quitado ya? Me quitó mi casa, mi reputación, el dinero para salvar a mi esposa. Lo único que me queda es mi dignidad y mis libros. Y eso no cabe en sus bolsillos.
Se levantó y caminó hacia uno de los estantes. Movió unos libros viejos y sacó una caja metálica de galletas, oxidada. La abrió y sacó un sobre manila grueso, sellado con cinta adhesiva amarillenta.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Mi seguro de vida. O mi sentencia de muerte. —Jacinto puso el sobre en la mesa, junto al tablero de ajedrez—. Son los planos originales. Y las copias de los correos internos, las órdenes de cambio de material firmadas por tu padre, los peritajes que yo hice por mi cuenta antes de que me corrieran.
Abrí los ojos como platos. —¿Tiene pruebas? ¿Por qué no las usó?
—Porque hace diez años, Alejandro, yo era un hombre solo contra un gigante. Si sacaba esto, me mataban. No metafóricamente. Me mataban. Así que lo guardé. Lo escondí como garantía. Si algo me pasaba, un amigo abogado tenía instrucciones de liberarlo. Pero ahora…
El sonido de un motor potente rugiendo en la calle interrumpió la conversación. Luego, el rechinar de llantas frenando de golpe. Luego, portazos.
Me acerqué a la pequeña ventana y miré hacia abajo a través de la cortina raída. Mi sangre se congeló. No era la policía. Eran dos camionetas negras, idénticas a la mía, pero más grandes. Hombres de traje bajaron. Reconocí al jefe de seguridad de mi padre, “El Comandante” Rivas, un exmilitar que hacía el trabajo sucio.
—Están aquí —susurré, con el pánico estrangulándome la voz—. Rastrearon mi camioneta. O mi celular. ¡Soy un imbécil! ¡Los traje directo a usted!
Jacinto se acercó a la ventana y miró. Su expresión se endureció. Ya no era el conserje. Era el ingeniero calculando la resistencia de una estructura bajo presión máxima. —No te culpes. Iban a encontrarme tarde o temprano. Tu padre no deja cabos sueltos.
—Tenemos que salir —dije, mirando alrededor buscando una salida de emergencia—. ¿Hay otra escalera?
—Solo hay una entrada. Y ya están subiendo. —Jacinto tomó el sobre de la mesa y me lo puso en las manos—. Escúchame bien, Alejandro. Esto es lo único que importa.
—No, no lo voy a dejar solo.
—¡Escucha! —me gritó, sacudiéndome por los hombros. Fue la primera vez que me levantó la voz con violencia—. Tú tienes el apellido. Tú tienes la cara. A ti no te pueden desaparecer sin que se haga un escándalo nacional. A mí sí. Yo soy un número estadístico. Tú eres la variable independiente.
Escuchamos pasos pesados subiendo la escalera de metal. Gritos de la señora de abajo. Perros ladrando furiosos.
—Esconde eso en tu ropa. ¡Rápido! —ordenó Jacinto.
Me metí el sobre dentro de los pantalones, en la espalda, cubriéndolo con la camisa y el saco. Me sentía a punto de desmayarme.
—Si entran, tú no sabes nada. Viniste a reclamarme por una mala nota. Estás borracho. Juega tu papel, Alejandro. Juega el papel de “mirrey” prepotente. Es tu camuflaje.
—No puedo…
—¡Hazlo! Es la única jugada que nos queda. Sacrifica el peón para salvar a la reina. El peón es mi seguridad inmediata. La reina es la verdad que llevas en la espalda.
¡BUM! Un golpe seco en la puerta. La madera crujió.
—¡Abran! —gritó la voz ronca de Rivas—. ¡Sabemos que está ahí el joven Alejandro!
Jacinto me miró a los ojos una última vez. En esa mirada me transmitió toda la fuerza que yo no tenía. Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta y quitó el cerrojo.
La puerta se abrió de golpe. Rivas entró, llenando el pequeño cuarto con su presencia masiva y su olor a tabaco y loción barata. Detrás de él, dos gorilas armados.
Rivas me vio primero. Me escaneó rápido para ver si estaba herido. —Joven Alejandro —dijo, con esa falsa cortesía que siempre me daba escalofríos—. Su padre está muy preocupado. Nos mandó a recogerlo.
—Yo… —mi voz falló. Miré a Jacinto. Él estaba de pie, con la cabeza alta, mirando a Rivas con desprecio.
—Y usted —Rivas se volvió hacia Jacinto, sonriendo como un tiburón— debe ser el famoso intendente. El “maestro”.
—Soy el Ingeniero Medina —corrigió Jacinto, con voz de acero.
Rivas soltó una carcajada. —Ingeniero. Claro. Bueno, ingeniero, el patrón quiere charlar con usted. Tiene unas dudas sobre… métodos de enseñanza.
—El joven se queda —dijo Jacinto—. Él no tiene nada que ver en esto.
—El joven se viene con nosotros —replicó Rivas—. Y usted también. En camionetas separadas.
—¡No! —grité, dando un paso adelante, intentando proteger a Jacinto—. Él no va a ningún lado. Si se lo llevan, voy a gritar. Voy a llamar a la prensa.
Rivas me miró como quien mira a un niño haciendo berrinche. —Joven, su teléfono está bloqueado. Sus tarjetas están canceladas. Y si grita… bueno, estamos en la Doctores. Aquí los gritos son música de fondo. Nadie va a venir.
Hizo una seña a sus hombres. Uno de ellos agarró a Jacinto del brazo. —¡Suéltame! —Jacinto se sacudió, pero el otro hombre lo agarró del otro lado.
—Vámonos —ordenó Rivas, tomándome a mí del brazo con una fuerza que me hizo daño—. Su padre lo espera en la casa. Tienen mucho de qué hablar.
—¡Jacinto! —grité mientras me arrastraban hacia la salida.
Jacinto no luchó más. Sabía que la fuerza física era inútil contra tres gorilas armados. Me miró mientras lo sacaban a empujones. Sus labios se movieron sin emitir sonido, pero leí la palabra claramente: Calcula.
Me bajaron por las escaleras casi cargando. La señora de la limpieza estaba escondida en su cuarto, aterrorizada. En la calle, me metieron en la parte trasera de una de las camionetas. Vi cómo metían a Jacinto en la otra, esposado, y lo empujaban al asiento trasero con brutalidad.
Arrancaron. Mi camioneta se quedó ahí, abandonada en la calle oscura, un monumento a mi estupidez.
El viaje de regreso fue silencioso. Rivas iba de copiloto, texteando. Yo iba atrás, con un guardia a mi lado que no me quitaba la vista de encima. Sentía el sobre manila en mi espalda, quemándome la piel. Era pesado. Era la vida de Jacinto. Era la condena de mi padre.
Llegamos a la mansión. Las luces estaban encendidas. Había más seguridad de lo normal. Me llevaron directamente al despacho de mi padre, esa habitación con olor a libros viejos que nadie leía y a puros caros.
Mi padre estaba sentado detrás de su escritorio masivo. Ya no tenía el saco puesto. Se había aflojado la corbata. Tenía un vaso de agua mineral enfrente. Parecía tranquilo, y eso me dio más miedo que si estuviera gritando.
—Siéntate —dijo, sin levantar la vista de unos papeles.
Me senté. El sobre me incomodaba, pero me mantuve rígido para que no se notara. —¿Dónde está él? —pregunté, tratando de sonar firme, aunque mis manos temblaban.
Mi padre alzó la vista. Sus ojos eran fríos, calculadores. Los mismos ojos que yo veía en el espejo, pero vacíos de humanidad. —Está siendo… interrogado. Queremos saber cuánto veneno te metió en la cabeza. Queremos saber qué te contó.
—Me contó la verdad —dije—. Me contó que usted es un ladrón. Que usó materiales baratos. Que dejó que su esposa muriera.
Mi padre suspiró, como quien tiene que explicarle algo obvio a un tonto. —Alejandro, el mundo no es blanco y negro como en tu tablero de ajedrez. Es gris. Hice lo que tenía que hacer para que esta empresa sobreviviera. Para que tú tuvieras ese reloj en la muñeca, para que tuvieras ese coche que dejaste tirado en un barrio de mala muerte. ¿Crees que el dinero crece en los árboles? El dinero se hace tomando decisiones difíciles. Ese “ingeniero” era un obstáculo. Un romántico estúpido que prefería tener la razón a tener comida en la mesa.
—Tenía dignidad —repliqué.
—¡La dignidad no paga la colegiatura del San Patricio! —gritó mi padre, golpeando el escritorio—. ¡La dignidad no te paga los viajes a Europa! ¡Despierta, carajo! Eres un De la Garza. Estás en la cima de la cadena alimenticia. No puedes sentir lástima por las ovejas. Tienes que trasquilarlas o comértelas.
Se levantó y caminó hacia la ventana. —Te voy a dar una opción, Alejandro. Una sola. Te vas a ir a tu cuarto. Mañana te vas a levantar, vas a ir a la escuela y te vas a graduar con honores. Vas a olvidar el nombre de Jacinto Medina. Vas a olvidar esta noche. Y a cambio, seguirás siendo mi hijo. Seguirás teniendo tu futuro. Harvard, Yale, la empresa… todo será tuyo.
Se giró para mirarme. —Pero si vuelves a mencionar su nombre… si intentas hacer alguna estupidez… te juro por la memoria de mi padre que te dejo en la calle. Sin un peso. Sin apellido. Y a tu amigo el conserje… bueno, digamos que los accidentes en las cárceles son muy comunes.
Sentí un escalofrío. No era una amenaza vacía. —¿Lo va a meter a la cárcel?
—Le sembramos suficiente droga en su cuartucho para que pase los próximos veinte años en el Reclusorio Norte. A menos que… tú cooperes.
Ahí estaba la jugada maestra. El jaque. Usaba a Jacinto como rehén para comprar mi silencio y mi alma. Si yo hablaba, Jacinto se pudría en la cárcel. Si yo callaba, Jacinto quedaba libre (probablemente golpeado y amenazado, pero libre) y yo me convertía en cómplice, en una versión joven de mi padre.
Toqué el sobre en mi espalda disimuladamente. Mi padre no sabía que yo tenía la pistola cargada. No sabía que tenía las pruebas.
—¿Y si acepto? —pregunté, bajando la cabeza, fingiendo derrota.
—Entonces el señor Medina saldrá libre mañana con una advertencia severa y un boleto de autobús para que se largue lejos de la ciudad. Y tú y yo… volveremos a ser una familia.
Me quedé en silencio. Mi mente trabajaba a mil por hora. Causa y efecto. Analiza la pendiente. Si acepto, salvo a Jacinto hoy, pero condeno mi alma para siempre. Y mi padre seguirá haciendo puentes que se caen, seguirá matando gente indirectamente. Si peleo… destruyo a mi familia. Me destruyo a mí mismo.
Pero entonces recordé la moneda de diez pesos. Tu valor no cambia. Saques 5 o saques 10, tú vales por quien eres.
Si aceptaba el trato, mi valor sería cero. Sería una moneda falsa.
—Está bien —dije, levantándome—. Acepto. No diré nada. Solo… déjelo ir.
Mi padre sonrió. Una sonrisa de triunfo. —Sabía que eras listo. Sabía que en el fondo eras pragmático. Vete a dormir. Mañana es un gran día.
Salí del despacho. Caminé por el pasillo largo y silencioso hacia mi habitación. Pero no entré. Me fui directo al baño de visitas. Cerré con seguro. Saqué el sobre manila. Mis manos sudaban tanto que casi mojo el papel. Lo abrí. Ahí estaban. Los planos con las firmas. Los correos impresos donde mi padre escribía: “Corta el presupuesto de las varillas, nadie se va a dar cuenta. Si se cae, culpamos al sismo”.
Era dinamita pura.
Miré mi reflejo en el espejo. Estaba pálido, ojeroso, con la ropa sucia. Pero mis ojos… mis ojos brillaban con una determinación nueva. Ya no eran los ojos del niño rico asustado. Eran los ojos de un hombre que había aprendido a pensar.
Saqué mi celular. Aún estaba bloqueado por la red familiar, pero el Wi-Fi de la casa funcionaba. No podía llamar, pero podía enviar datos.
Podía subirlo a la nube. Podía enviárselo a la prensa. Podía enviárselo a la Fiscalía.
Pero si lo hacía ahora, mi padre cumpliría su amenaza contra Jacinto antes de que el escándalo estallara. Necesitaba tiempo. Necesitaba sacar a Jacinto de sus garras primero.
Guardé el sobre de nuevo, esta vez debajo de mi camisa, pegado a la piel. Salí del baño y subí a mi cuarto.
Me acosté vestido, mirando el techo, tal como al principio de esta historia. Pero ahora no había eco de voces. Había un plan. Un plan complejo, peligroso, con muchas variables.
A la mañana siguiente, bajé a desayunar. Mi padre estaba leyendo el periódico, tranquilo. Mi madre tomaba café nerviosa.
—Buenos días —dije, sentándome.
—Buenos días, hijo —respondió mi padre, sin mirarme—. ¿Dormiste bien?
—Como un bebé.
—Me alegro. Por cierto, tu amigo… ya fue liberado. Se le dio un poco de dinero para el viaje. Ya no está en la ciudad.
Sentí un alivio momentáneo, pero sabía que no podía confiar ciegamente. —Gracias, papá.
—Come rápido. El chofer te llevará a la escuela. Hoy es la ceremonia de premiación, ¿no? Van a anunciar a los alumnos destacados. Quiero que estés impecable.
—Lo estaré.
Llegué al Instituto San Patricio. El ambiente era festivo. Globos, música, padres orgullosos llegando en sus autos de lujo. Vi a Santiago y Rodrigo.
—¡Alex! —me saludaron—. ¡Qué pedo con anoche! Te fuiste como loco. Tu papá dijo que te sentías mal del estómago.
—Sí, algo me cayó mal —dije, sonriendo falsamente—. Pero ya estoy bien.
Caminé hacia los casilleros. Necesitaba verificar. Necesitaba saber si Jacinto realmente estaba libre. Fui al cuarto de intendencia en el sótano. Estaba vacío. La cubeta ya no estaba. El tablero de ajedrez tampoco. Todo estaba limpio, estéril. Como si Jacinto nunca hubiera existido.
Sentí un hueco en el pecho. ¿Y si mi padre mentía? ¿Y si lo habían matado?
—¡Oye tú! —escuché una voz. Era el nuevo conserje. Un chico joven, con audífonos. —¿Buscas al viejo?
—Sí… al señor Medina.
—Lo corrieron ayer en la noche. Vino por sus cosas en la madrugada. Me dejó esto para “el alumno de las 6:30”. Dijo que tú sabrías.
El chico me dio una pieza de ajedrez. Un peón blanco. Lo tomé. Tenía algo pegado en la base con cinta adhesiva. Un papelito minúsculo con una serie de números. Coordenadas. O un número de teléfono. O una cuenta.
No, eran una fecha y una hora. La hora de la ceremonia de graduación de hoy. Y una palabra escrita en latín, que Jacinto me había enseñado en una de esas lecciones de filosofía: Veritas (Verdad).
Entendí el mensaje. El peón había avanzado. El peón estaba a punto de coronar.
La ceremonia empezó en el auditorio principal. Cientos de personas. Mi padre estaba en primera fila, junto al Director y al Consejo. Yo estaba en el escenario, junto a los mejores promedios.
El Director tomó el micrófono. —Y ahora, queremos reconocer al alumno que ha mostrado el mayor crecimiento académico en la historia de esta institución. Un joven que nos ha sorprendido a todos. Alejandro de la Garza III.
Aplausos. Mi padre se puso de pie, radiante, aplaudiendo más fuerte que nadie. Era su triunfo. Su hijo, su marca, su legado, validado ante la sociedad.
Caminé hacia el podio. Tomé el micrófono. El metal estaba frío. Miré a la audiencia. Vi las caras de mis compañeros, de los padres ricos, de los profesores. Y vi a mi padre, sonriendo con esa arrogancia de quien cree que compró el mundo.
Toqué el sobre debajo de mi toga de graduación. Toqué el peón en mi bolsillo. Recordé el puente caído. Recordé la esposa de Jacinto. Recordé la moneda de diez pesos.
—Gracias —dije. Mi voz resonó en los altavoces—. Antes de aceptar este reconocimiento, tengo que agradecer a la persona que hizo esto posible. A mi verdadero maestro.
Mi padre asintió, pensando que me refería a él.
—No me refiero a los tutores caros —continué—. Ni a mi padre. Me refiero al hombre que limpiaba sus pasillos y recogía su basura. Al Ingeniero Jacinto Medina.
El silencio cayó sobre el auditorio como una manta pesada. La sonrisa de mi padre se congeló.
—Y hoy, no solo vengo a recibir un premio. Vengo a entregar una tarea final. Una tarea de ética y de cálculo estructural.
Saqué el sobre manila. Lo levanté alto para que todos lo vieran. —En este sobre está la prueba de por qué un puente se cayó hace diez años. Y de por qué mi padre, Alejandro de la Garza II, es el responsable.
El caos estalló. Gritos. Murmullos. Mi padre se lanzó hacia el escenario, con la cara desfigurada por la ira. Los guardias corrieron.
Pero yo no me moví. Me quedé ahí, sosteniendo la verdad en alto, mientras el mundo de papel de mi padre empezaba a arder. Había calculado todas las variables. Y el resultado era inevitable.
Jaque mate.
PARTE FINAL – LA INTEGRAL DE LA VIDA: DE ESCOMBROS Y CIMIENTOS
El caos no estalló como una explosión, sino como una ola lenta y asfixiante que lo cubrió todo. En el instante preciso en que las palabras “mi padre es el responsable” salieron de mi boca y el sobre manila quedó suspendido en el aire como una bandera de guerra, el tiempo en el auditorio del Instituto San Patricio se fracturó.
Vi a mi padre venir hacia mí. No corría con la elegancia del magnate que sale en las portadas de Forbes; corría con la desesperación torpe de un animal acorralado. Su rostro, habitualmente una máscara de bronceado perfecto y control absoluto, estaba desencajado, rojo, venoso.
—¡Cállate! ¡Cállate, malagradecido! —gritaba, pero sus gritos se ahogaban entre el murmullo atónito de trescientas personas y el feedback agudo del micrófono que cayó al suelo cuando uno de los guardias de seguridad privada —contratados por él mismo— lo interceptó antes de que pudiera ponerme una mano encima.
Fue una ironía suprema, una de esas variables que ni Don Jacinto hubiera podido predecir: los mismos gorilas pagados para proteger la imagen de los De la Garza, ahora tenían que someter al patriarca porque el protocolo ante una agresión pública así lo exigía. Y porque, crucialmente, docenas de celulares estaban grabando.
Yo no me moví. Me quedé ahí, en el centro del escenario, con la toga negra de graduación que de repente pesaba toneladas, viendo cómo mi universo colapsaba. Santiago y Rodrigo, mis “hermanos” de fiesta, me miraban desde la primera fila con la boca abierta, como si me hubiera salido un tercer ojo. Mi madre se había desmayado —o fingía hacerlo, una táctica de supervivencia que dominaba a la perfección— y estaba siendo abanicada por las esposas de los socios.
La policía tardó diez minutos en llegar. Diez minutos eternos donde nadie se atrevió a subir al escenario, donde yo fui una estatua de sal observando la destrucción de Sodoma. El Director de la escuela intentaba calmar a la multitud por el micrófono de repuesto, balbuceando excusas sobre un “brote psicótico” del alumno, pero ya era tarde. El sobre manila no estaba en mis manos; se lo había entregado al primer periodista que corrió hacia el estrado, un reportero de un medio digital independiente que se había colado en el evento. La verdad ya no era mía. Era viral.
El Descenso a los Infiernos
Me sacaron por la puerta de atrás. No como al alumno de honor, sino como a un delincuente. Me subieron a una patrulla, no a la Suburban blindada. Por primera vez en mi vida, sentí el plástico duro y frío de los asientos traseros de una unidad de la policía de la Ciudad de México. Olía a sudor viejo y a desesperanza.
No me llevaron a la casa. Me llevaron al Ministerio Público.
Las siguientes 48 horas fueron una neblina de luces fluorescentes, interrogatorios y el sonido metálico de rejas cerrándose. Mi padre estaba en una celda separada, en el área VIP, por supuesto, moviendo sus influencias. Pero yo estaba en la población general, o al menos en la antesala.
—¿Tú eres el junior que empinó a su jefe? —me preguntó un oficial gordo, mientras llenaba mi ficha con una máquina de escribir que parecía de la Revolución—. Tienes huevos, chavo. O estás muy pendejo.
—Un poco de las dos —respondí, sintiendo una calma extraña. No tenía miedo. El miedo se había quedado en el cuarto de azotea de la Doctores. Lo que sentía ahora era un vacío inmenso. Había dinamitado mi vida.
La noticia estalló en los medios nacionales como una bomba nuclear. “EL ESCÁNDALO DE LA GARZA”, “JUNIOR DESTAPA CLOACA DE CORRUPCIÓN”, “EL PUENTE DE LA MUERTE: LA VERDAD 10 AÑOS DESPUÉS”.
Los documentos que Don Jacinto había guardado con tanto celo eran irrefutables. No eran solo sospechas; eran correos, órdenes de compra, peritajes falsificados con la firma digital de mi padre. La Fiscalía General, presionada por la opinión pública y por el hecho de que era año electoral, no tuvo opción. No podían taparlo. El “carpetazo” era imposible cuando el hijo del acusado era el testigo principal.
Al tercer día, un abogado de oficio, un hombre joven con traje brillante y cansado, entró a verme. —Tu situación es rara, Alejandro. No estás detenido. Técnicamente no cometiste ningún delito, salvo quizás alterar el orden público, pero nadie presentó cargos por eso. Eres testigo protegido. Puedes irte.
—¿Irme a dónde? —pregunté.
El abogado se encogió de hombros. —A donde quieras. Pero te aviso: tus cuentas están congeladas. La Unidad de Inteligencia Financiera bloqueó todo lo relacionado con el apellido De la Garza mientras dura la investigación. Tu casa… la mansión… está asegurada por la Fiscalía. Tu madre se fue a Miami ayer en la noche.
La noticia me golpeó seco. Mi madre se había ido. Sin despedirse. Sin preguntar si yo estaba bien. Había elegido el exilio dorado antes que enfrentar la vergüenza de tener un hijo “traidor” y un esposo criminal.
—Entiendo —dije.
Salí del Ministerio Público a las seis de la tarde. Llevaba la misma ropa de la graduación: el pantalón de vestir arrugado, la camisa blanca manchada de sudor y polvo, y los zapatos italianos que ahora me lastimaban.
Metí la mano en el bolsillo. Tenía mi celular (sin señal), las llaves de un coche que ya no tenía, y la pieza de ajedrez. El peón blanco. Y una moneda de diez pesos.
Caminé. No sabía a dónde ir. No podía ir con Santiago ni con Rodrigo; me habían bloqueado de todas las redes sociales. Para la sociedad de Lomas de Chapultepec, yo era un paria. Un “sapo”. Un traidor a su clase. Había roto la regla de oro: los ricos se protegen entre ellos.
Caminé hasta que mis pies sangraron. Llegué a un parque en la colonia Roma y me senté en una banca. Tenía hambre. Un hambre feroz que nunca había sentido. Siempre había comida en la mesa, siempre había un refrigerador lleno. Ahora, el hambre era un dolor físico real.
Miré la moneda de diez pesos. Tu valor no cambia, había dicho Jacinto. Fui a una tienda de conveniencia. Compré un agua y unas galletas baratas. Me quedaron dos pesos. Esa noche, Alejandro de la Garza III, heredero de un imperio, durmió en una banca de parque, tapándose con sacos de basura para protegerse del frío.
La Escuela de la Calle
Los meses siguientes fueron la verdadera maestría. Si Don Jacinto me había enseñado la teoría, la vida me estaba enseñando la práctica con sangre.
No pude conseguir trabajo rápido. Mi nombre era radiactivo. En cuanto entregaba una solicitud y veían “Alejandro de la Garza”, los gerentes me miraban con desprecio o con burla. —¿El hijo del que tiró el puente? Aquí no queremos problemas, joven. Lléguele.
Tuve que cambiarme el nombre. Me empecé a presentar como “Álex Medina”, tomando prestado el apellido de mi maestro como un amuleto.
Conseguí trabajo como ayudante de albañil en una obra pequeña en Iztapalapa. Yo, que nunca había cargado nada más pesado que una maleta de gimnasio, ahora cargaba bultos de cemento de 50 kilos bajo el sol abrasador. Mis manos, antes suaves y cuidadas con manicura, se llenaron de callos, se cortaron, se volvieron ásperas y fuertes.
Aprendí lo que era el dolor de espalda crónico. Aprendí a comer tacos de frijol en la banqueta con mis compañeros, hombres que no sabían leer pero que sabían más de lealtad que todos mis ex amigos del San Patricio.
—Órale, güero, échale ganas que el colado no espera —me gritaba el “Maestro” Beto, el jefe de la obra. Al principio se burlaban de mí. Me decían “La Barbie”. Pero cuando vieron que no me rajaba, que llegaba temprano, que no me quejaba aunque mis músculos gritaran, me gané su respeto.
Una tarde, mientras mezclábamos la grava y la arena, Beto me vio haciendo cálculos mentales para la proporción de la mezcla. —Oye, tú le sabes a los números, ¿verdad? —me preguntó.
—Un poco —dije, limpiándome el sudor con el antebrazo.
—A ver, cálculame cuántas varillas necesitamos para esa trabe si no queremos que se pandee.
Tomé un pedazo de cartón de una caja de cemento y un lápiz de carpintero. Dibujé el esquema. Usé las fórmulas que Jacinto me había enseñado. Calculé la carga viva, la carga muerta, el momento flector. —Necesitas seis varillas de tres octavos, Maestro. Y reforzar los estribos cada quince centímetros en los extremos.
Beto me miró, sorprendido. Hizo lo que le dije. La trabe quedó perfecta. Desde ese día, dejé de ser el chalán de carga y me convertí en el “ayudante técnico”. Me pagaban un poco más. Lo suficiente para rentar un cuarto de azotea en la colonia Obrera. Un cuarto idéntico al de Jacinto.
Cada noche, al llegar a ese cuarto vacío, sacaba el tablero de ajedrez (uno barato que compré en el tianguis) y jugaba contra mí mismo. Repasaba las partidas que había jugado con él. Y cada noche, me preguntaba dónde estaba.
Había intentado buscarlo. Fui a la vecindad de la Doctores, pero la señora me dijo que no había vuelto. Fui a la escuela, pero ahí era persona non grata. El abogado de oficio me dijo que Jacinto había testificado en una audiencia preliminar contra mi padre y luego se había “esfumado”.
—Dijo que tenía cosas que reconstruir —me dijo el abogado.
El Juicio y la Sentencia
Un año después, el juicio de mi padre llegó a su fin. Yo no fui a la audiencia. Lo vi en una televisión vieja en una fonda donde comía. Alejandro de la Garza II fue sentenciado a 25 años de prisión por fraude, homicidio culposo y corrupción. La imagen de mi padre, esposado, sin corbata, con el cabello canoso y descuidado, me provocó una tristeza profunda. No por él, sino por lo que pudo haber sido. Era un hombre brillante que había decidido usar su brillo para quemar, no para iluminar.
La mansión se vendió para pagar las indemnizaciones a las familias de las víctimas del puente. Todo el imperio se desmoronó. No quedó nada.
Ese día, sentí que por fin podía respirar. La deuda estaba saldada. El peón había llegado al final del tablero. Pero, ¿en qué se convertía el peón?
Decidí que no quería ser reina. Quería ser alfil. Quería construir.
Me inscribí en la UNAM. No en una universidad privada. Hice el examen de admisión como cualquier mortal. Competí contra 100,000 aspirantes. Cuando vi mi nombre en la lista de aceptados en la Facultad de Ingeniería Civil, lloré más que cuando me dieron el premio en la prepa. Esto era mío. Nadie me lo había comprado.
Los años en la universidad fueron duros pero felices. Trabajaba en la obra por las mañanas y estudiaba por las tardes. Mis compañeros se sorprendían de que “el güero” que venía con botas de trabajo sucias fuera el mejor en Cálculo Integral.
—Es que tuve un buen maestro —les decía siempre.
El Reencuentro
Fue en mi último semestre, cinco años después de la graduación, cuando recibí una carta. No un correo electrónico, una carta de papel, escrita a mano, enviada a la dirección de la obra donde trabajaba (aún no sé cómo consiguió la dirección).
El sobre no tenía remitente. Solo tenía un sello postal de un pueblo en la Sierra Gorda de Querétaro. Adentro había una hoja de cuaderno cuadriculado con una sola frase escrita con caligrafía perfecta:
f'(x) = 0. Es momento de encontrar el máximo. Escuela Rural Benito Juárez, Pinal de Amoles.
Dejé todo. Pedí permiso en el trabajo, tomé mis ahorros y compré un boleto de autobús. El viaje fue largo, subiendo por carreteras sinuosas llenas de curvas peligrosas. Veía los precipicios y, en lugar de miedo, veía vectores y fuerzas. Veía cómo la ingeniería humana desafiaba a la gravedad.
Llegué al pueblo un martes por la tarde. Era un lugar pequeño, de casas de adobe y techos de teja roja, rodeado de montañas verdes y neblina. Pregunté por la escuela. —Siga el camino de tierra hacia arriba, joven. Donde está la bandera.
Subí la cuesta. La escuela era modesta. Tres salones, una cancha de básquetbol y un pequeño huerto. Y ahí estaba él.
Don Jacinto.
Pero no era el Don Jacinto de la bata gris y la mirada baja. Estaba de pie frente a un pizarrón al aire libre, rodeado de una docena de niños indígenas que lo miraban fascinados. Llevaba una camisa blanca limpia, pantalones de vestir sencillos y… un casco de ingeniero amarillo bajo el brazo.
Me acerqué despacio, para no interrumpir. —…y por eso, el triángulo es la figura más fuerte de la naturaleza —les explicaba, dibujando en el pizarrón—. Porque si empujas un lado, los otros dos lo sostienen. Así tenemos que ser nosotros. Como triángulos. Si uno se cae, los otros lo aguantan.
Se giró. Me vio. El tiempo se detuvo otra vez, pero ahora no había caos, ni gritos, ni dolor. Solo había el canto de los pájaros y el viento en los pinos.
Jacinto había envejecido. Su pelo era totalmente blanco ahora, y caminaba con un bastón. Pero sus ojos… sus ojos tenían una luz que iluminaba todo el valle. Sonrió. Esa sonrisa de dientes chuecos que valía más que todas las sonrisas falsas de mi antigua vida.
—Llegas tarde, Ingeniero —dijo, con esa voz rasposa que tanto extrañaba—. La clase empezó hace diez minutos.
Sentí un nudo en la garganta tan grande que no podía hablar. Caminé hacia él. Los niños nos miraban curiosos. Me paré frente a él. Ya no era el niño rico asustado. Era un hombre. Un hombre con las manos callosas, igual que las de él.
—Había tráfico en la sierra, Maestro —respondí, con la voz quebrada, siguiendo nuestro viejo juego.
Jacinto soltó una carcajada y abrió los brazos. Lo abracé. Lo abracé con todas mis fuerzas, sintiendo sus huesos frágiles pero su espíritu de acero. —Lo lograste, muchacho —me susurró al oído—. Supe lo que hiciste. Supe que trabajaste en la obra. Supe que entraste a la Nacional.
—Usted me salvó la vida —le dije, llorando sin vergüenza frente a sus alumnos—. No solo me enseñó a sumar. Me enseñó a ser hombre.
—Tú te salvaste solo, Alejandro. Yo solo te di el trapeador. Tú decidiste limpiar.
Esa tarde, nos sentamos en el pórtico de su pequeña casa, junto a la escuela. Me contó que, con el dinero que mi padre le dio para que se fuera (y que él aceptó como “pago retroactivo” por su despido injustificado), se vino a este pueblo. Aquí no había grandes puentes que construir, pero había una escuela que se estaba cayendo.
—Usé mis conocimientos para reparar el techo, para reforzar los muros —me dijo, señalando la escuela—. Y luego, como no había maestro de matemáticas, me ofrecí. Ahora soy el “Profe Jacinto”. Y soy más feliz que cuando construía rascacielos.
Sacó el viejo tablero de ajedrez. El mismo. —¿Una partida? —me retó. —Claro. Pero le advierto que he practicado.
Jugamos. Fue una partida larga, tensa, hermosa. Ya no sacrifiqué mis peones a lo tonto. Protegí mi estructura. Avancé con cautela. Esta vez, no hubo jaque mate rápido. Llegamos a un final de tablas. Empate.
Jacinto me miró y asintió, satisfecho. —Ya no tengo nada que enseñarte de ajedrez. Ahora eres tú el que tiene que enseñar.
El Legado: Cimientos Sólidos
Me quedé una semana con él. Arreglamos el sistema de riego del huerto escolar. Me enseñó a ver la ingeniería no como una forma de dominar la naturaleza, sino de convivir con ella.
Antes de irme, me llevó a un lugar especial. Un barranco profundo a las afueras del pueblo. Un río corría rugiendo en el fondo. —Aquí —dijo, señalando el vacío—. La gente del pueblo tiene que caminar tres horas para rodear esto y llegar al hospital en la cabecera municipal. En época de lluvias, se quedan aislados. Ha muerto gente por no poder cruzar.
Me miró fijamente. —Yo ya estoy viejo, Alejandro. Mis manos tiemblan. Ya no puedo dibujar planos de precisión. Pero tú… tú tienes la fuerza. Tienes el conocimiento. Y tienes algo más importante: tienes la deuda moral. Tu apellido destruyó un puente. Tu apellido tiene que construir uno.
Entendí la misión. No era una orden; era un destino.
Regresé a la ciudad con un fuego nuevo en el pecho. Terminé la carrera con mención honorífica. Mi tesis no fue sobre rascacielos inteligentes en Santa Fe. Fue: “Diseño estructural de puentes peatonales y vehiculares de bajo costo y alta resistencia para comunidades rurales marginadas”.
Busqué financiamiento. No fue fácil. Nadie quería invertir en puentes para pobres. Pero mi historia, la historia del “Mirrey que se volvió albañil”, había resonado. Encontré a una fundación internacional que se interesó en el proyecto. Y, curiosamente, encontré a un aliado inesperado: Santiago.
Sí, mi ex amigo Santiago. Me buscó un día. Había madurado. La caída de mi padre lo había asustado, le había hecho ver que su propia burbuja podía reventar. Había heredado la constructora de su abuelo y quería “limpiar el karma”.
—Pon el cerebro, Alex —me dijo—. Yo pongo la maquinaria y el capital. Pero tú mandas. Tú revisas cada maldito tornillo. No quiero que nada se caiga.
—Si encuentro una sola varilla de baja calidad, Santiago, te juro que te tiro al barranco —le advertí, muy en serio. —Trato hecho.
Volví a Pinal de Amoles un año después. Esta vez no llegué en autobús. Llegué en una camioneta de la constructora, llena de topógrafos, materiales de primera calidad y un equipo de jóvenes ingenieros que había reclutado en la UNAM, chavos que tenían hambre de cambiar el país.
Jacinto estaba ahí, supervisando todo desde su silla de ruedas (sus piernas ya no le respondían bien). Pero su mente seguía afilada como un láser. —Ese estribo está dos milímetros desviado —me gritaba desde la orilla—. ¡Corrígelo!
Construimos el puente. No fue un puente monumental tipo Golden Gate. Fue un puente funcional, sólido, de concreto y acero, diseñado para aguantar sismos, huracanes y el paso del tiempo.
El día de la inauguración, todo el pueblo estaba ahí. Hubo banda de música, mole y cohetes. El gobernador quiso ir a cortar el listón, pero le dije que no. Que este no era un evento político.
—¿Quién va a cortar el listón entonces? —preguntó el ayudante del gobernador, molesto.
Llamé a Jacinto. Dos de mis alumnos lo ayudaron a ponerse de pie. Le di las tijeras. —Este puente es suyo, Maestro —le dije.
Jacinto lloró. Sus lágrimas cayeron sobre el concreto fresco. Cortó el listón. La gente cruzó. Vi a una señora cargando a su bebé, cruzando en cinco minutos lo que antes le tomaba tres horas. Vi la seguridad en sus pasos.
Me acerqué a la placa de bronce que habíamos colocado en la entrada del puente. No decía “Gobernador Tal”. Decía:
PUENTE “LA DIGNIDAD” Diseñado por el Ing. Alejandro Medina En honor al Ing. Jacinto Medina “El valor de un hombre no se mide por lo que tiene, sino por lo que sostiene.”
Jacinto leyó la placa. Vio que me había cambiado el apellido legalmente. Ya no era De la Garza. Había matado ese apellido para que naciera uno nuevo. Me miró, y por primera vez, no vi al maestro y al alumno. Vi a dos ingenieros. Dos iguales.
—Está bien calculado, hijo —dijo, tocando el barandal—. No se va a caer.
—No —respondí, tomando su mano—. Este no se cae.
Epílogo: La Última Lección
Jacinto murió dos meses después, dormido en su cama, con el libro de Granville en la mesa de noche y el tablero de ajedrez listo para una partida que nunca jugamos. Fui a su funeral en el pueblo. Fue sencillo. Pero había cientos de personas. Todos los alumnos a los que había enseñado a leer, a sumar, a pensar.
Cuando bajaron el ataúd a la tierra, no tiré una flor. Saqué de mi bolsillo aquella moneda de diez pesos que él me había dado años atrás. La moneda que había pisado, ensuciado y limpiado. La moneda que me enseñó mi valor.
La besé y la lancé a la tumba. —Gracias, papá —susurré. Porque él había sido mi verdadero padre.
Hoy, tengo 35 años. Tengo una pequeña empresa de ingeniería. No soy millonario. Manejo una camioneta usada y vivo en un departamento normal. Pero duermo tranquilo.
A veces, cuando tengo un problema difícil, ya sea en una obra o en la vida, cierro los ojos. Me imagino que estoy en una biblioteca vacía a las 6:30 de la mañana. Huelo a limpiador de pino. Y escucho una voz rasposa que me dice:
“No corras. Observa. La ansiedad bloquea la inteligencia. Respira. Y recuerda: un peón puede ser lo que quiera ser, siempre y cuando no olvide que empezó siendo un peón.”
Y entonces, abro los ojos, tomo mi lápiz, y empiezo a calcular. Porque la vida es una ecuación compleja, llena de variables desconocidas, pero si tienes los principios correctos, siempre, siempre tiene solución.
FIN.