Ella pensó que iba a morir de frío esa noche porque nadie le abría, sin saber que detrás de la puerta más vieja del valle vivía un hombre que ya no tenía nada que perder y que estaba dispuesto a todo por defenderlas.

El viento aullaba esa noche en la sierra como un animal herido, arrastrando el polvo y el frío que cala hasta los huesos. Yo estaba sentado en mi mesa, con las manos llenas de cicatrices rodeando una taza de café que ya no calentaba, mirando las sillas vacías de una casa que alguna vez tuvo risas y familia.

De repente, escuché un golpe en la puerta.

Me congelé. En estos rumbos, y a esas horas, que te toquen la puerta nunca es buena señal. Por aquí, las visitas nocturnas suelen traer dsgracias, cobros de cuentas o sngre. Mi mano se fue instintivamente hacia el viejo revólver que guardo bajo la mesa, pero algo en ese sonido me detuvo.

No era el golpe fuerte de un hombre, ni la patada de un cobarde. Era un sonido suave, casi pidiendo perdón por existir.

Me levanté, con las rodillas tronando por los años, y quité la tranca de madera. Cuando abrí, el aire helado me golpeó la cara, pero lo que vi me robó el aliento. No eran ladrones, ni nar*os, ni gente buscando pleito.

Era una anciana, con la piel curtida como el cuero y un rebozo delgado que apenas la cubría. A sus lados, dos niñas se aferraban a sus faldas como pajaritos asustados, con los ojos hundidos por el hambre y ese terror que ningún niño debería conocer jamás.

Nos miramos en silencio. El viento silbaba entre nosotros.

Ella bajó la cabeza, con una dignidad que me partió el alma, y murmuró en un español difícil:

—”Nadie nos quiere abrir, patrón… Nadie nos deja entrar”.

Esas palabras me golpearon más fuerte que cualquier puñetazo que recibí en mi juventud. Porque yo conocía esa mirada. Yo sabía lo que era caminar solo, sintiendo que el mundo te escupe y que a nadie le importa si amaneces vivo o mu*rto. Sabía lo que decían en el pueblo de la gente de la sierra, las historias llenas de odio y racismo que circulaban en la cantina.

Si las dejaba entrar, me convertiría en un paria. Los vecinos me darían la espalda. Quizás hasta vendrían a buscar problemas a mi cerca.

Miré las manos de las niñas, rojas y agrietadas por el frío. Una de ellas me miró, esperando que le gritara, esperando el portazo que ya habían recibido diez veces ese día.

Sentí cómo se me rompía algo en el pecho que llevaba años cerrado. ¿Iba a ser yo otro cobarde más? ¿Iba a dejar que el miedo decidiera quién vive y quién muere en mi puerta?

Di un paso atrás, con el corazón martillando en mis costillas, y dije las palabras que sellarían nuestro destino esa noche.

¿QUÉ HARÍAS TÚ SI ABRIR ESA PUERTA SIGNIFICARA PONER A TODO EL PUEBLO EN TU CONTRA?

PARTE 2: LA NOCHE EN QUE MI SILENCIO SE ROMPIÓ

—Pásenle —dije, y mi voz sonó ronca, como si las cuerdas vocales estuvieran oxidadas por la falta de uso y el exceso de tabaco barato—. Pásenle rápido, que se mete el diablo con este aire.

Me hice a un lado, pegando la espalda a la pared de adobe para dejarles el paso libre. Ellas no entraron caminando; entraron deslizándose, como sombras asustadas que temen que la luz las queme. Primero la abuela, con ese paso lento que no es lentitud, sino el peso de los años y de la carga invisible que llevaba en la espalda. Después las niñas, pegadas a ella como si fueran una extensión de su propia falda, con los ojos desorbitados recorriendo cada rincón de mi cocina, buscando amenazas, buscando el palo o el grito que seguramente habían recibido en las últimas diez casas.

Cerré la puerta de un empujón. El golpe seco de la madera contra el marco retumbó en la habitación y vi cómo las tres daban un respingo.

—Tranquilas —aclaré rápido, levantando las manos abiertas para que vieran que no había armas, ni cinturones, ni malas intenciones—. Es solo el viento. Aquí adentro el viento no manda.

Puse la tranca de seguridad. Ese madero grueso de mezquite que ha protegido esta casa desde los tiempos de mi abuelo. Al caer la tranca en su sitio, el aullido de la tormenta se apagó un poco, convirtiéndose en un lamento lejano, como si la noche estuviera decepcionada de no haber podido devorar a estas tres almas.

Me quedé ahí parado un momento, mirándolas. Ellas se habían quedado estáticas en medio de la cocina, goteando agua sucia sobre el piso de cemento pulido que mi difunta esposa solía trapear con tanto esmero. En otro tiempo, yo habría renegado por el lodo. Hoy, ver esos charcos oscuros formándose bajo sus huaraches rotos me provocó una punzada de vergüenza tan aguda que tuve que desviar la mirada.

—Siéntense —les señalé la mesa de madera—. No se queden ahí paradas. El frío entra por los pies y mata por el pecho.

La anciana me miró. Tenía los ojos oscuros, profundos como pozos de agua en una cueva, rodeados de una red infinita de arrugas que contaban historias de sol, de sequía y de resistencia. No había sumisión en su mirada, aunque sí cautela. Era la mirada de quien ha visto lo peor del ser humano y ya no espera nada, pero agradece lo poco que llega.

Con un leve asentimiento de cabeza, empujó suavemente a las niñas hacia las sillas. Ellas se treparon con dificultad, sus piernitas colgando, sin tocar el suelo. Temblaban. No era un temblor normal; era el castañeteo violento de los huesos cuando el cuerpo ya no tiene energía para generar calor. Sus labios estaban morados, casi negros.

—Voy a avivar el fuego —murmuré, más para mí que para ellas. Sentía la necesidad de justificar mis movimientos, de no parecer una amenaza.

Me acerqué a la estufa de leña, esa vieja “Lorena” que llevaba años ahumando las paredes. Agarré un par de leños de encino seco y los metí al fondo, removiendo las brasas moribundas con el atizador. Soplé. Las cenizas volaron, manchándome la camisa, pero una llama naranja y viva brotó de repente, iluminando la cocina con una luz cálida y danzante.

El crujido de la madera quemándose fue el único sonido en la habitación por un largo rato. Puse la cafetera de peltre azul sobre la hornilla más caliente. Afortunadamente, todavía quedaba un poco de café de olla de la mañana, espeso y dulce, con ese toque de canela y piloncillo que es lo único dulce que me queda en la vida.

Mientras el café se calentaba, las observé de reojo. La abuela estaba sacando algo de entre los pliegues de su rebozo empapado. Era un trapo seco, o al menos menos mojado que el resto de su ropa. Con una delicadeza infinita, empezó a secar la cara de la niña más pequeña. Le limpió los mocos, le secó las lágrimas secas en las mejillas sucias y le acomodó el cabello negro y lacio detrás de las orejas.

La escena me golpeó el estómago. Me recordó a Elena.

Elena, mi mujer, haciendo exactamente lo mismo con nuestra hija hace cuarenta años. La misma ternura, la misma preocupación silenciosa. La diferencia era que Elena lo hacía en la seguridad de un hogar próspero, con la despensa llena y un marido joven y fuerte que trabajaba la tierra. Esta mujer lo hacía en la casa de un extraño, huyendo de quién sabe qué demonios, con el estómago vacío y el miedo respirándole en la nuca.

—¿De dónde vienen, madre? —pregunté, rompiendo el silencio. Mi voz sonó demasiado fuerte y me arrepentí al instante.

La anciana detuvo su mano sobre la cabeza de la niña. Se giró lentamente hacia mí.

—De arriba, patrón —dijo. Su voz era un susurro rasposo, como hojas secas arrastradas por el suelo—. De la comunidad de San Isidro.

San Isidro. Eso estaba a más de seis horas caminando por la vereda, y eso en un buen día y con buen paso. Con esta tormenta y con dos niñas pequeñas, debieron haber salido al amanecer. O quizás llevaban días caminando.

—¿San Isidro? —repetí, incrédulo—. Eso está lejísimos. ¿Y qué hacen tan lejos de su tierra?

Ella bajó la vista hacia sus manos, nudosas y deformes por el trabajo duro.

—Nos quemaron, patrón.

La frase quedó flotando en el aire, pesada y tóxica.

—¿Cómo que las quemaron? —pregunté, sintiendo que la sangre se me calentaba en las venas.

—Los hombres malos —dijo, sin levantar la vista—. Querían las tierras. Dijeron que ya no eran nuestras. Llegaron de noche, igual que esta noche. Con lumbre y con fierros. Quemaron el jacal. Mis hijos… —hizo una pausa larga, tragando saliva, y vi cómo su garganta flaca se contraía—… mis hijos se quedaron defendiendo. Nos dijeron que corriéramos. Que salváramos a las crías.

Me quedé mudo. No era la primera vez que escuchaba esa historia. En la sierra, la ley es del que tiene el arma más grande y la conciencia más negra. Grupos armados, terratenientes corruptos, mineras sin escrúpulos; a veces no importa quién sea, el resultado siempre es el mismo: los pobres corriendo, los ricos engordando y la tierra bebiendo s*ngre inocente.

Pero una cosa es escucharlo en las noticias o en los chismes de la cantina, entre trago y trago de tequila, y otra muy distinta es tener la evidencia sentada en tu cocina, temblando de frío.

El café empezó a hervir, borboteando ruidosamente. Agradecí la distracción. Busqué tres tazas en la alacena. Solo encontré dos en buen estado; la tercera tenía el asa rota. Me serví a mí en esa y les di las buenas a ellas.

—Tomen —les dije, poniendo las tazas humeantes frente a ellas. El vapor les llegó a la cara y vi cómo las niñas cerraban los ojos, inhalando el aroma como si fuera oxígeno puro—. Está caliente. Tengan cuidado.

La abuela tomó la taza con ambas manos, no para beber, sino para calentar sus dedos entumecidos. Las niñas la imitaron.

—Dios se lo pague, patrón —murmuró ella.

—No me diga patrón —gruñí, sentándome al otro lado de la mesa—. No soy patrón de nadie. Ni de mis propios perros, que se murieron hace años. Me llamo Manuel.

—Don Manuel —corrigió ella con respeto.

—Solo Manuel. ¿Y usted?

—María. María de la Luz.

Luz. Qué ironía. Una mujer llamada Luz viviendo en la oscuridad más absoluta que este país puede ofrecer.

Me levanté de nuevo. El café no iba a ser suficiente. Fui a la despensa, aunque sabía perfectamente lo que había. Unos huevos, medio kilo de frijoles negros que había cocido ayer, unas tortillas duras y un pedazo de queso seco. No era un banquete, pero para ellas sería un manjar.

Puse el sartén de hierro fundido al fuego. Eché un poco de manteca y, cuando chillo, tiré los huevos. El olor a comida frita despertó a los estómagos de las niñas. Escuché un gruñido gutural proveniente de la panza de la más grande. Ella se llevó las manos al estómago, avergonzada.

—No tengas pena, chamaca —le dije, intentando suavizar mi tono—. El hambre no es pecado. Pecado es tener comida y no compartirla.

Mientras cocinaba, mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Si lo que decía Doña María era cierto, si venían huyendo de gente que quema casas y mata familias, entonces el peligro no era solo el frío. Esos hombres no suelen dejar cabos sueltos. Y si alguien en el pueblo las había visto…

El pueblo.

Mi rancho está a las afueras, en el límite donde termina la “civilización” y empieza el monte cerrado. Para llegar aquí, tuvieron que cruzar por las calles principales. Tuvieron que tocar puertas.

—Doña María —pregunté sin voltear, mientras volteaba las tortillas en el comal—, me dijo hace rato que nadie les quiso abrir. ¿Tocaron en muchas casas?

—En todas las que tenían luz, Don Manuel. En la tienda grande, en la casa del doctor, en la del cura…

—¿En la del cura? —solté una risa amarga—. ¿Y qué les dijo el padre?

—No salió el padre. Salió la señora que le ayuda. Nos dijo que el padre estaba descansando y que no tenía caridad para fuereños. Que nos fuéramos al albergue municipal.

—Pero el albergue está cerrado desde hace dos años —mascullé con rabia.

—Sí… fuimos. Estaba cerrado con candado y cadena. Por eso seguimos caminando. Una señora en la calle nos gritó. Nos dijo que nos largáramos, que traíamos piojos y enfermedades. Que gente como nosotras solo viene a robar.

Apreté el mango del sartén con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. “Gente como nosotras”. Esa frase resumía todo el veneno que corre por las venas de México. El racismo silencioso, el que no sale en las telenovelas pero que te cierra las puertas en la cara cuando más lo necesitas.

Les serví los huevos con frijoles y tortillas calientes. Puse los platos en la mesa. Las niñas no esperaron. Comieron con una voracidad desesperada, usando las tortillas como cucharas, manchándose la boca, sin respirar casi. La abuela, sin embargo, esperó. Tomó un pedazo de tortilla, hizo una pequeña cruz en el aire sobre el plato, murmuró algo en su lengua —probablemente Rarámuri o Náhuatl, no supe distinguir— y solo entonces probó bocado. Comía despacio, con una educación que ya quisieran tener muchos de los “licenciados” del pueblo que comen como cerdos.

Me senté con mi café, observándolas. Y fue ahí, en el silencio de esa cena improvisada, cuando la realidad de lo que había hecho me cayó encima como una losa de concreto.

Las había dejado entrar. Ya no había vuelta atrás.

Si los del pueblo se enteraban —y se iban a enterar, porque en este infierno chiquito todo se sabe—, yo estaría marcado. Dirían que el viejo Manuel se volvió loco. Que está metiendo “indios” a su casa. Que es un traidor a su clase, aunque mi “clase” sea la de un viejo granjero arruinado.

Pero eso no era lo que más me preocupaba. Lo que me preocupaba eran los que venían detrás de ellas. Si quemaron un pueblo entero, ¿qué les impediría quemar mi rancho? Tengo una escopeta vieja del doce y el revólver .38 que mi papá me dejó. Tengo un par de cajas de cartuchos. Y tengo setenta años de dolores de espalda y vista cansada.

No soy un héroe de película. Soy un viejo que espera la mu*rte sentado.

Pero al ver a la niña más pequeña, que ya se estaba quedando dormida sobre la mesa con un pedazo de tortilla en la mano, sentí algo que creí mu*rto y enterrado junto a mi esposa: Propósito.

Me levanté y fui al cuarto de atrás. Saqué unas cobijas viejas, de esas de lana gruesa que pican pero calientan como el infierno. Las traje a la cocina.

—No tengo camas suficientes —dije bruscamente—. Pero aquí junto al fogón se está mejor que en los cuartos fríos. Pueden dormir en el suelo, sobre estos petates.

Doña María se levantó. Sus ojos brillaban. No lloraba, pero estaba a punto de hacerlo. Se acercó a mí, tomó mi mano derecha entre las suyas —esas manos rasposas y calientes— y la besó antes de que yo pudiera retirarla.

—Dios lo bendiga, Don Manuel. Usted nos salvó la vida.

Retiré la mano con brusquedad, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas.

—Nadie ha salvado a nadie todavía —gruñí—. Duerman. Yo haré la guardia un rato.

Acomodaron los petates y las cobijas. Las niñas cayeron rendidas en cuestión de segundos, abrazadas la una a la otra, formando un bulto pequeño bajo la lana gris. La abuela se acostó junto a ellas, de cara a la puerta, protegiéndolas incluso en sueños.

Yo me senté en mi mecedora, con el revólver en el regazo y la botella de tequila en el suelo. Apagué la lámpara de aceite para ahorrar combustible y para que nadie viera hacia adentro. Solo quedó el resplandor rojizo de las brasas del fogón, dibujando sombras largas y fantasmales en las paredes.

El viento seguía golpeando afuera, pero ahora me parecía escuchar otras cosas. ¿Eran pasos? ¿Era el motor de una camioneta acercándose por el camino de terracería?

Mi mente viajó al pasado. A la noche en que Elena murió.

Fue una noche parecida a esta, hace quince años. Ella tenía una fiebre que la quemaba por dentro. El dolor en el pecho no la dejaba respirar. Yo salí en la camioneta, bajé al pueblo a buscar al doctor. Toqué su puerta como loco.

—Doctor, abra, es Elena, se está muriendo.

El doctor salió al balcón, en pijama.

—No son horas, Manuel —me dijo—. Y además, ya te dije que no voy a subir hasta allá si no me pagas lo que me debes de la consulta pasada.

—Le pago mañana, le doy una vaca, lo que quiera, pero venga.

—Mañana vienes. Ahora déjame dormir.

Y me cerró la ventana.

Regresé al rancho, manejando como un demonio, llorando de rabia. Cuando llegué, Elena ya estaba fría. Murió sola, mientras yo le rogaba a un hombre sin alma.

Desde ese día, juré que odiaba al pueblo. Odiaba a su gente, a su hipocresía, a su falsa moral. Me encerré aquí arriba, dejando que el rancho se cayera a pedazos, dejando que mi vida se consumiera. Me convertí en el “Viejo Loco del Cerro”.

Y hoy, la historia se repetía. Pero al revés. Hoy, alguien tocó a mi puerta pidiendo vida. Y yo, que no pude salvar a mi mujer, tenía la oportunidad de salvar a estas desconocidas.

Miré a las niñas durmiendo. La más pequeña suspiró en sueños, un sonido suave y confiado.

—No les va a pasar nada —susurré en la oscuridad, apretando la empuñadura fría del revólver—. No mientras yo respire. Que venga el pueblo entero. Que vengan los que quemaron su casa. Aquí se van a topar con pared.

Tomé un trago largo de tequila. El líquido me quemó la garganta, pero me aclaró la mente.

La noche iba a ser larga.

De repente, los perros de mi vecino más cercano, Don Chuy, que vive a medio kilómetro colina abajo, empezaron a ladrar frenéticamente. No eran ladridos de “le ladro al viento”. Eran ladridos de alerta. De intruso.

Me tensé en la silla. El corazón me dio un vuelco.

Me puse de pie, ignorando el dolor en las rodillas. Caminé de puntitas hacia la ventana que da al camino. Con mucho cuidado, deslicé la cortina apenas unos milímetros.

Allá abajo, en la curva del camino que sube hacia mi casa, vi unas luces. Dos haces de luz blanca, potentes, cortando la oscuridad y la lluvia. Un vehículo. Una camioneta grande.

Iban despacio, barriendo las orillas del camino con un reflector busca-huellas.

Estaban cazando.

Y las huellas de Doña María y las niñas estaban frescas en el lodo, marcando una flecha directa hacia mi puerta.

Sentí el miedo, sí. Ese miedo helado y viscoso. Pero también sentí otra cosa. Una calma extraña. La calma del que ya no tiene nada que perder.

Regresé a la mesa. Saqué la caja de balas de la alacena y me llené los bolsillos. Fui hacia la puerta trasera, la que da al corral, y la entreabrí para tener una ruta de escape por si las cosas se ponían feas.

Luego, regresé a la mecedora, frente a la puerta principal. Amartillé el revólver. El “clic” metálico sonó demasiado fuerte en el silencio de la cocina.

Doña María se movió en su petate. Abrió un ojo. Me vio ahí sentado, con el arma en la mano, mirando fijamente hacia la puerta.

Ella entendió al instante. Se incorporó a medias, con el terror pintado en el rostro.

—Shhh —le hice un gesto con el dedo en los labios—. No haga ruido. Abracen a las niñas. Si yo disparo, ustedes corren por la puerta de atrás hacia el monte. No miren atrás. ¿Entendió?

Ella asintió, con lágrimas en los ojos, y se cubrió la boca para no sollozar.

Las luces de la camioneta barrieron la fachada de mi casa. La luz entró por las rendijas de la madera, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Escuché el motor detenerse justo enfrente de mi cerca.

Se apagó el motor. Se abrieron puertas. Escuché voces. Voces de hombres. Voces borrachas de poder.

—Aquí se acaban las huellas, compadre —dijo una voz que reconocí vagamente. Era la voz del capataz de los hacendados de la región. Un tipo al que le dicen “El Alacrán”.

—Pues vamos a ver si el viejo Manuel sabe algo —respondió otra voz.

Pasos pesados en el porche. Botas con espuelas.

Un golpe brutal en la puerta. Mucho más fuerte que el de Doña María. Este era un golpe de autoridad.

—¡Manuel! ¡Abre la puerta! —gritaron.

No contesté. Mi dedo acarició el gatillo.

—¡Sabemos que estás ahí, viejo inútil! ¡Vimos la luz hace rato! ¡Abre o tiramos la puerta!

Miré a Doña María. Estaba rezando en silencio, apretando a sus nietas contra su pecho con tanta fuerza que parecía querer fundirlas con ella.

—¡Manuel! —otro golpe, esta vez con la culata de un rifle, supuse.

Tomé aire. Todo el aire que mis pulmones viejos pudieron aguantar.

—¡Lárguense de mi propiedad! —grité, con una voz que no reconocí como mía. Una voz de trueno—. ¡Aquí no hay nada para ustedes!

—¡No te hagas pendej*, Manuel! —respondió El Alacrán—. Buscamos a unas indias roñosas que se escaparon. Sabemos que subieron para acá. Entréganoslas y nos vamos sin hacer pedos.

—Aquí no hay nadie más que yo y mi escopeta —mentí—. Y a los dos nos gusta dormir tranquilos. ¡Así que den la vuelta y lárguense antes de que empiece a tirar plomo!

Hubo un silencio afuera. Un murmullo bajo. Se estaban poniendo de acuerdo.

—Mira, Manuel —dijo la voz, ahora más suave, más peligrosa—. No te busques problemas. Tú eres gente de razón, aunque seas un amargado. Esas viejas son invasoras. Son delincuentes. Si las proteges, te conviertes en cómplice. Y ya sabes lo que le pasa a los cómplices en este pueblo.

—¡Me importa una mi*rda lo que pase en el pueblo! —respondí—. ¡En mi casa mando yo! ¡Tienen tres segundos para largarse!

—¡Uno!

Apunté el revólver a la altura del pecho, calculando dónde estarían a través de la madera.

—¡Dos!

Escuché cómo cerrojan armas afuera.

—¡Tres!

El primer disparo no vino de mi arma. Vino de afuera. Una bala atravesó la madera de la puerta, astillándola, y pasó zumbando a centímetros de mi cabeza, incrustándose en la pared del fondo, justo encima de donde dormían las niñas.

Las niñas despertaron gritando.

El infierno se desató.

Respondí al fuego. Disparé dos veces a través de la puerta, a ciegas. Escuché un grito de dolor afuera y una maldición.

—¡Me dio! ¡El viejo hijo de p*ta me dio!

—¡Mátenlo! ¡Quémenle el jacal!

Me tiré al suelo, arrastrándome hacia donde estaba Doña María.

—¡Váyanse! —le grité—. ¡Por la puerta de atrás! ¡Corran hacia la barranca!

—¡No lo voy a dejar solo! —lloró ella.

—¡Si se quedan, nos matan a todos! —la agarré del brazo y la sacudí—. ¡Tiene que salvar a las niñas! ¡Váyase! ¡Yo los detengo!

La empujé hacia la cocina trasera. Ella se levantó, cargó a la niña más pequeña y jaló a la otra. Antes de salir a la oscuridad del patio trasero, se giró una última vez.

—¡Dios lo proteja, Manuel!

Y desaparecieron en la noche.

Me quedé solo. Otra vez solo. Pero esta vez era diferente. Esta vez, mi soledad tenía un propósito.

Escuché el sonido inconfundible de vidrio rompiéndose. Una botella. Luego, el olor a gasolina.

—¡Ahí te va un regalito, viejo cabr*n!

Una botella en llamas entró por la ventana rota. Cayó sobre la mesa de madera, donde minutos antes habíamos cenado. El fuego se extendió rápido, lamiendo el mantel, subiendo hacia las cortinas.

El calor empezó a subir. El humo empezó a llenar la habitación.

Me arrastré hacia la ventana opuesta, tosiendo. Tenía que salir, pero no podía salir por atrás porque los guiaría hacia ellas. Tenía que salir por el frente. Tenía que atraer su atención. Tenía que ser el señuelo.

Me levanté, con los ojos llorosos por el humo, y miré mi casa. Mi refugio de tantos años. Las fotos de Elena en la pared, ahora curvándose por el calor. La silla donde me sentaba a ver pasar el tiempo. Todo se iba a ir. Todo se iba a convertir en ceniza.

Y, extrañamente, sentí un alivio inmenso. Que se queme todo. Que se queme el pasado.

Patié la puerta principal con todas mis fuerzas, abriéndola de golpe.

Ahí estaban. Tres hombres. Uno se agarraba el hombro sangrando. Los otros dos me apuntaron con sus rifles. El fuego detrás de mí me recortaba como una silueta perfecta.

Levanté las manos, pero no solté el revólver.

—¡Aquí estoy, cobardes! —grité, riéndome como un loco en medio de las llamas—. ¡Vengan por mí!

El Alacrán sonrió, sus dientes brillando a la luz del incendio.

—Te vas a arrepentir, viejo.

Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, un sonido nuevo llenó la noche. No eran disparos. No eran gritos.

Era el sonido de campanas.

Las campanas de la iglesia del pueblo, allá abajo en el valle, empezaron a repicar. Pero no era el toque de misa. Era el toque de arrebato. El toque de emergencia.

Y luego, vi luces. No las luces de una camioneta. Vi cientos de luces. Antorchas. Linternas.

Subiendo por el camino. Una serpiente de luz que venía desde el pueblo hacia mi rancho.

Me quedé paralizado, y los hombres armados también. Se giraron para ver qué pasaba.

—¿Qué chingad*s es eso? —preguntó uno de ellos.

La serpiente de luz se acercaba rápido. Y se escuchaba un rumor. Un rugido de voces.

¿Venían a lincharme? ¿Venían a ayudar a estos asesinos?

Entonces, el viento trajo el sonido de un grito. Un grito colectivo que subía por la ladera.

—¡YA BASTA!

No sabía qué estaba pasando. No sabía si esa multitud venía a matarme o a salvarme. Solo sabía que mi casa ardía a mis espaldas, que tres asesinos me apuntaban al frente, y que en algún lugar del monte, una abuela y dos niñas corrían por sus vidas gracias a que un viejo amargado decidió, por una sola noche, volver a ser humano.

Apreté el revólver. Me quedaban cuatro balas.

—Parece que tenemos compañía, muchachos —les dije, con una sonrisa salvaje—. Y parece que la fiesta apenas empieza.

PARTE 3: EL RUGIDO DE LA MONTAÑA

—Parece que tenemos compañía, muchachos —les había dicho yo, con esa sonrisa salvaje que solo te sale cuando ya diste por perdida tu vida. Y era verdad, la fiesta apenas empezaba, pero no la fiesta que ellos esperaban, ni tampoco la que yo imaginaba.

El Alacrán se quedó pasmado un segundo, con el rifle a medio levantar. Sus ojos iban de mi silueta, recortada contra el infierno que ya se estaba tragando mi sala, a esa serpiente de luces que subía por la ladera como un río de lava inversa.

—¿Qué brujería es esta, viejo? —masculló, escupiendo al suelo—. ¿Llamaste a tus nahuales o qué chingados?

—Yo no llamé a nadie —respondí, tosiendo por el humo negro que salía a borbotones por la puerta detrás de mí—. Pero parece que la conciencia del pueblo tiene el sueño ligero esta noche.

—¡Vámonos, jefe! —gritó el que estaba sangrando del hombro, el que se había llevado mi plomo—. ¡Es mucha gente! ¡Nos van a cerrar el paso!

El Alacrán dudó. Lo vi en su cara, iluminada por el resplandor de mi casa ardiendo. Era el orgullo peleando con el instinto de supervivencia. Matarme a mí era fácil; era solo jalar el gatillo y ver caer a un viejo. Pero enfrentarse a esa multitud que venía subiendo, con el ruido de un terremoto humano, eso era harina de otro costal.

—Esto no se queda así, Manuel —me amenazó, apuntándome con el dedo índice como si fuera una pistola—. Te acabaste tu suerte. Si no te mata el fuego, te mato yo mañana.

—¡Mañana es otro día, cabrón! —le grité—. ¡Ahora lárgate antes de que te linchen!

Dieron la vuelta y corrieron hacia su camioneta. El motor rugió, las llantas patinaron en el lodo, lanzando piedras y suciedad hacia donde yo estaba. Vi las luces traseras rojas alejarse a toda velocidad, bajando por el camino, tratando de ganarles la carrera a las antorchas que subían.

Me quedé solo frente al fuego.

El calor era insoportable. Las vigas del techo crujían, tronando como huesos rotos. Mi casa. La casa donde nací, donde crecí, donde amé a Elena, donde vi morir mis sueños uno por uno. Se estaba yendo. Se estaba convirtiendo en humo y recuerdos.

Di un paso hacia atrás, tropezando. El cansancio me golpeó de repente, más fuerte que cualquier bala. Las rodillas me fallaron y caí sentado en la tierra húmeda del patio.

—Manuel… —susurré, viendo cómo las llamas devoraban el marco de la puerta que mi padre talló a mano—. ¿Qué hiciste, viejo tonto? ¿Qué hiciste?

Pero entonces, en medio del crepitar del fuego, recordé a Doña María. Recordé a las niñas. Recordé sus ojos llenos de ese terror antiguo y sus manos heladas agarrando la taza de café. Ellas estaban vivas. Estaban corriendo hacia la barranca, hacia la seguridad de la noche profunda, lejos de las garras del Alacrán.

Mi casa valía madre comparada con eso. Que se queme. Que se queme todo si eso sirve para comprarles tiempo.

El ruido de la multitud se hizo más fuerte. Ya no era un rumor lejano; era un estruendo. Voces, gritos, ladridos de perros. Y esa luz… esa luz de las antorchas y linternas que ya estaba casi en la entrada de mi cerca.

Me levanté con esfuerzo, limpiándome el hollín de la cara. Tenía que ver quiénes eran. Tenía que saber si venían a rematarme o a ver el espectáculo.

El primero en cruzar la tranquera fue Don Chuy, mi vecino. Venía jadeando, con un machete en la mano y una lámpara de minero en la frente. Detrás de él, venía la dueña de la tienda de abarrotes, Doña Lupe. Y el carnicero. Y el maestro de la escuela rural. Y un montón de chamacos y señores que yo había visto mil veces en la plaza, pero con los que no había cruzado palabra en años.

Se detuvieron en seco al ver la casa ardiendo. El silencio cayó sobre ellos por un segundo, roto solo por el rugido de las llamas.

—¡Manuel! —gritó Don Chuy, corriendo hacia mí—. ¡Manuel! ¿Estás bien? ¡Pensamos que te habían matado!

Me agarró de los hombros, sacudiéndome. Tenía los ojos desorbitados.

—Estoy vivo, Chuy —le dije, con la voz rota—. Estoy vivo de milagro.

—¡Traigan agua! ¡Hagan una cadena! —gritó el maestro de escuela, tomando el mando—. ¡El pozo de atrás! ¡Rápido, carajo, que se nos va el monte también!

La gente reaccionó como un solo organismo. Hombres y mujeres corrieron hacia la parte trasera, esquivando el humo. Empezaron a pasarse cubetas. Otros agarraron palas y empezaron a echar tierra sobre las llamas que amenazaban con saltar a los árboles cercanos.

Yo me quedé ahí parado, como un espantapájaros inútil, viendo cómo el pueblo que yo despreciaba, el pueblo que me había dado la espalda cuando Elena murió, ahora luchaba contra el fuego para salvar lo poco que quedaba de mi vida.

Doña Lupe se acercó a mí. Traía una cobija en la mano. Me la echó encima, cubriéndome los hombros.

—Siéntese, Don Manuel —me dijo con una suavidad que no le conocía—. Está temblando.

—No es frío, Lupe —le contesté—. Es rabia.

—Lo vimos todo —dijo ella, mirando el fuego—. Vimos la camioneta del Alacrán subir. Escuchamos los tiros. Y luego… luego sonaron las campanas.

—¿Quién las tocó? —pregunté.

—Fue el Padre Anselmo —dijo ella—. El mismo cura que… bueno, ya sabe. El padre se subió al campanario como loco y empezó a tocar a rebato. Dijo que había tenido una visión. O que la conciencia no lo dejaba dormir. No sé. Pero bajó gritando que estaban matando a un inocente en el cerro.

Solté una risa seca, sin humor. El cura. El mismo que le cerró la puerta a Doña María. La ironía era tan grande que casi me atraganto.

—¿Y ellas? —pregunté, agarrando a Lupe del brazo—. ¿Las vieron?

—¿Quiénes, Don Manuel?

—La mujer… la anciana y las niñas. Las que vinieron huyendo.

Lupe me miró con extrañeza, y luego bajó la vista.

—Nadie las vio bajar, Manuel. Todos subimos por el camino principal. Si se fueron… se fueron por el monte.

Por el monte. Hacia la barranca. Era un terreno difícil, lleno de espinos y piedras sueltas, y con esta oscuridad… Pero Doña María era de la sierra. Tenía la resistencia en la sangre. Confiaba en que supiera moverse mejor que esos matones en camioneta.

—Se escaparon —dije—. Se escaparon mientras yo entretenía a esos perros.

El fuego de la casa empezó a ceder, no porque lo apagaran, sino porque ya no tenía qué comer. El techo se vino abajo con un estruendo final, levantando una nube de chispas que subió al cielo como luciérnagas suicidas. La gente retrocedió. Ya no había casa. Solo quedaban las paredes de adobe ahumado, resistiendo como tercos monumentos a mi desgracia.

Don Chuy regresó a mi lado, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Ya no se puede hacer más por la casa, Manuel. Lo siento mucho.

—Son cosas materiales, Chuy —dije, aunque por dentro me dolía el alma—. Lo importante es que esos cabrones no se salieron con la suya.

—¿Qué querían, Manuel? —preguntó el carnicero, un hombre grandote que traía un hacha en la mano—. ¿Por qué se metieron contigo? Tú nunca te metes con nadie.

Miré a la multitud. Había expectación en sus caras. Miedo, también. Todos sabían quién era el Alacrán. Todos sabían quiénes eran sus patrones. Meterse con ellos era firmar una sentencia. Y sin embargo, ahí estaban.

—Querían a las niñas —dije, alzando la voz para que todos me escucharan—. Querían a una abuela y a dos niñas que vinieron a pedirme ayuda porque les quemaron su pueblo. Porque querían sus tierras. Y vinieron aquí porque en todo el maldito pueblo nadie les quiso abrir la puerta.

Se hizo un silencio sepulcral. Vi a varios bajar la cabeza. Vi la vergüenza pintada en sus rostros iluminados por las brasas.

—Sí —continué, sintiendo que la rabia me daba fuerzas—. Tocaron en sus casas. En la tuya, Lupe. En la del doctor. En la del cura. Y las corrieron como si fueran pestes. “Gente como nosotras”, les dijeron. Pues esa gente vale más que todos nosotros juntos.

—No sabíamos, Manuel… —empezó a decir alguien.

—¡Claro que no sabían! —interrumpí—. ¡Porque es más fácil cerrar los ojos y echar la tranca! ¡Es más fácil pensar que son ladrones a pensar que son seres humanos muriéndose de frío!

Nadie dijo nada. El único sonido era el crepitar de las vigas caídas y el viento que empezaba a soplar de nuevo.

—¿Y dónde están ahora? —preguntó una voz joven. Era una muchacha, tal vez de la edad que tendría mi nieta si viviera.

—En el monte —señalé hacia la oscuridad de la barranca—. Huyeron cuando empezaron los balazos. Están solas. Tienen hambre. Tienen frío. Y esos hombres… el Alacrán dijo que esto no se quedaba así. Van a volver. O las van a buscar.

Don Chuy apretó el mango de su machete.

—No si nosotros las encontramos primero —dijo.

Me giré para verlo. Hablaba en serio.

—¿Estás loco, Chuy? Es el Alacrán. Son sicarios. Traen armas largas. Ustedes traen palos y piedras.

—Somos más, Manuel —dijo el maestro—. Somos todo el pueblo. Ya estamos hartos. Llevamos años agachando la cabeza, dejando que hagan lo que quieran. Que cobren piso, que se lleven a los muchachos, que nos quiten el agua. Hoy… hoy tocaron las campanas. Y algo despertó.

—¡Sí! —gritó el carnicero—. ¡Ya estuvo suave! ¡Si se meten con uno, se meten con todos!

Un murmullo de aprobación recorrió la multitud. Era peligroso. Era esa energía volátil de la gente cansada de tener miedo. Podía terminar en una masacre o en una revolución. Pero en ese momento, era la única esperanza que tenían Doña María y sus niñas.

—Entonces no perdamos tiempo —dije, sintiendo una chispa de adrenalina—. Chuy, tú conoces la barranca mejor que nadie. Junta a los hombres que puedan caminar rápido. Necesitamos rastreadores. Lupe, junta a las mujeres, preparen comida, agua caliente, ropa seca. Vamos a necesitar un lugar seguro cuando las traigamos.

—La escuela —dijo el maestro—. La escuela es segura. Tiene muros altos.

—A la escuela entonces. ¡Vamos!

La organización fue caótica pero rápida. En cuestión de minutos, se formaron tres grupos de búsqueda. Yo quería ir, mi cuerpo me pedía ir, pero mis piernas dijeron que no. Cuando intenté dar un paso hacia el monte, me fui de boca.

Don Chuy me atrapó antes de que cayera.

—Tú no vas a ningún lado, Manuel. Estás herido, o por lo menos muy traqueteado. Te vas con las mujeres a la escuela.

—¡Tengo que ir! —protesté débilmente—. Yo les prometí…

—Tú ya hiciste tu parte, viejo terco —me dijo Chuy con una sonrisa triste—. Nos diste tiempo. Nos diste vergüenza para despertar. Ahora déjanos hacer la nuestra.

Me subieron a la batea de una camioneta vieja. Mientras bajábamos hacia el pueblo, miré hacia atrás. Mi rancho era una mancha negra con un corazón rojo latiendo en medio. Todo lo que fui se había ido. Pero mientras la camioneta daba tumbos por el camino de terracería, me di cuenta de que no me sentía vacío. Me sentía extrañamente lleno.

Llegamos al pueblo. Las calles estaban desiertas, pero había luces encendidas en todas las casas. El miedo se había convertido en vigilia. En la escuela, el ajetreo era inmenso. Habían abierto el salón de actos. Había colchonetas en el suelo, ollas de café, gente entrando y saliendo.

Me sentaron en una silla plegable y alguien me puso una taza de té de canela en las manos. Me temblaban tanto que derramé la mitad.

—Tómese esto, Don Manuel —dijo una voz conocida.

Levanté la vista. Era la señora que ayuda al cura. La misma que les había cerrado la puerta. Tenía los ojos rojos de llorar.

—Perdóneme… —susurró—. Yo no sabía… el padre me dijo…

—Ya no importa —le dije, y me sorprendí al ver que lo decía en serio—. Lo hecho, hecho está. Ahora rece para que las encuentren vivas.

Pasaron las horas. La madrugada se estiraba como un chicle interminable. Cada vez que ladraba un perro o se escuchaba un motor, todos saltábamos.

Yo repasaba mentalmente el mapa de la barranca. Si Doña María siguió mis instrucciones, habría bajado hacia el arroyo seco. Ahí hay cuevas. Pequeños refugios naturales que los pastores usamos para guarecernos de las tormentas. Si era lista —y vaya que lo era—, se habría metido en una de esas.

Pero el frío… El frío de la madrugada en la sierra no perdona. Las niñas venían mal vestidas, débiles por el hambre.

—Tienen que aguantar —murmuraba yo, apretando la taza vacía—. Tienen que aguantar un poco más.

A eso de las cinco de la mañana, cuando el cielo empezaba a ponerse de ese color gris rata que anuncia el amanecer, se escuchó un alboroto afuera.

—¡Ya vienen! —gritó alguien desde la puerta—. ¡Vienen bajando!

Me levanté de un salto, ignorando el dolor en la espalda. Salí al patio de la escuela.

Una camioneta entró derrapando. Era la de Don Chuy.

Corrí hacia ella. La gente se amontonó alrededor.

Chuy bajó del lado del conductor. Su cara era una máscara de cansancio y preocupación.

—¿Las encontraron? —le grité.

Chuy negó con la cabeza y sentí que el mundo se me caía encima.

—Encontramos rastros, Manuel. Encontramos el rebozo de la abuela atorado en unos huizaches cerca del arroyo. Y huellas. Muchas huellas.

—¿De ellas?

—De ellas… y de botas. Botas militares o tácticas.

Se me heló la sangre. El Alacrán. No se había ido al pueblo. Había dado la vuelta y se había metido al monte por el otro lado, por el camino viejo de la mina. Nos había ganado la partida.

—¿Se las llevaron? —pregunté, sintiendo náuseas.

—No lo sabemos —dijo Chuy—. Las huellas se pierden en la piedra pelada subiendo hacia “La Garganta del Diablo”. Ya no pudimos seguir. Es muy peligroso de noche y sin equipo.

“La Garganta del Diablo”. Un desfiladero estrecho y profundo, lleno de cuevas y caídas mortales. Si estaban ahí… o estaban acorraladas, o estaban muertas.

—Tenemos que ir —dije—. Ahora que va a amanecer.

—Manuel, escucha —dijo Chuy, poniéndome una mano en el hombro—. Encontramos algo más.

Fue a la parte trasera de la camioneta y sacó algo envuelto en un trapo. Lo desenvolvió con cuidado.

Era una muñeca. Una muñeca de trapo, sucia, vieja, le faltaba un brazo.

—Estaba tirada donde se cruzaban las huellas —dijo Chuy—. Y había… había casquillos, Manuel. Casquillos percutidos.

Sentí que las rodillas se me doblaban. Me recargué en el cofre de la camioneta. La muñeca de la niña. La que seguramente traía escondida bajo la ropa.

—No puede ser… —murmuré—. Dios no puede ser tan hijo de p*ta.

Pero entonces, el sonido de un motor potente rompió el luto prematuro. No era una camioneta vieja. Era el rugido de motores grandes, diésel, poderosos.

Todos volteamos hacia la entrada del pueblo.

Tres camionetas negras, blindadas, con vidrios polarizados, entraron lentamente por la calle principal. No traían placas. Traían antenas largas y hombres en las bateas con pasamontañas y armas que hacían ver a mi escopeta como un juguete.

No eran la policía. No era el ejército. Era “La Compañía”. El grupo criminal para el que trabajaba el Alacrán. Habían llegado los refuerzos.

La gente del pueblo, que minutos antes se sentía valiente, retrocedió instintivamente. El miedo es un animal que se aprende rápido.

Las camionetas se detuvieron frente a la escuela. El silencio era absoluto, solo roto por el ralentí de los motores.

Se bajó el vidrio del copiloto de la primera camioneta. Un hombre con lentes oscuros, a pesar de que apenas estaba amaneciendo, nos miró.

—Buenos días —dijo, con una voz tranquila, educada, que daba más miedo que los gritos del Alacrán—. Buscamos a un tal Manuel. Y a unas personas que se perdieron.

Nadie contestó.

—Vamos, no sean tímidos —siguió el hombre—. Sabemos que están aquí. El Alacrán nos contó que hubo un… malentendido anoche. Queremos arreglarlo.

Di un paso al frente. Chuy trató de detenerme, pero me solté.

—Yo soy Manuel —dije.

El hombre se quitó los lentes. Tenía ojos fríos, de reptil.

—Ah, Don Manuel. El héroe de la noche. Mire, vamos a hacerlo fácil. Entréguenos a la vieja y a las niñas, y nosotros nos olvidamos de que usted quemó su propia casa y le disparó a mi gente. Hasta le podemos ayudar a reconstruir. ¿Qué dice?

—Ellas no están aquí —dije, sosteniéndole la mirada—. Y si estuvieran, preferiría morirme antes que dárselas a ustedes.

El hombre sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Mala elección de palabras, Don Manuel. Muy mala.

Hizo una señal con la mano. Los hombres de las bateas cortaron cartucho al mismo tiempo. El sonido fue como un latigazo metálico que nos golpeó a todos.

—Tienen cinco minutos para entregarlas —dijo el hombre, mirando su reloj—. Si en cinco minutos no aparecen, vamos a entrar a la escuela. Y no vamos a preguntar quién es quién.

—¡Hay niños aquí adentro! —gritó el maestro—. ¡No pueden hacer eso!

—Cinco minutos —repitió el hombre, y subió el vidrio.

El pánico estalló. Las madres corrieron a abrazar a sus hijos. Los hombres miraban desesperados buscando con qué defenderse, pero sabían que era inútil. Piedras contra cuernos de chivo. Estábamos muertos.

Yo me quedé paralizado. Todo era mi culpa. Por mi culpa iban a masacrar al pueblo. Había querido ser un salvador y había terminado siendo un verdugo.

—Chuy… —le dije—. Tienen que sacarlos por atrás. Por la barda que da al río.

—No hay tiempo, Manuel. Nos van a ver. Estamos rodeados.

Miré hacia la montaña, hacia “La Garganta del Diablo”. Allá arriba estaban ellas. O sus cuerpos. Y aquí abajo, el infierno estaba a punto de abrirse.

Fue entonces cuando lo escuchamos.

No fue un disparo. No fue un grito. Fue un sonido grave, profundo, que venía de la tierra misma.

Boooooom.

Las ventanas de la escuela vibraron. El suelo tembló bajo nuestros pies.

Los sicarios en las camionetas se sobresaltaron, mirando hacia todos lados.

—¿Qué fue eso? —preguntó alguien.

Boooooom.

Otra vez. Más fuerte. Y luego, un silbido. Un silbido agudo y penetrante que bajaba desde la montaña.

Miramos hacia arriba. Desde la dirección de “La Garganta del Diablo”, una columna de humo blanco se elevaba hacia el cielo.

Y entonces, vimos bajar a alguien. No era Doña María. No eran las niñas.

Era un grupo de hombres. Pero no caminaban como los del pueblo. Caminaban en fila india, rápidos, ágiles, mimetizándose con el terreno. Traían ropa de manta, huaraches y… ¿eran rifles antiguos?

—Son los comuneros —susurró Don Chuy, con la boca abierta—. Son los de San Isidro.

—¡Pero si quemaron su pueblo! —dije yo—. ¡Dijeron que los habían dispersado!

—Pues parece que no a todos —dijo Chuy.

El silbido se repitió. Y de repente, las laderas de los cerros que rodean el pueblo parecieron cobrar vida. No eran diez, ni veinte. Eran cientos. Gente de la sierra, bajando como hormigas bravas. Hombres, mujeres, armados con machetes, con viejos Mausers de la revolución, con hondas, con piedras.

Los sicarios de las camionetas se dieron cuenta de que su ventaja táctica se estaba evaporando. Estaban en el fondo del valle, rodeados por terreno alto. La peor posición posible.

El hombre de los lentes oscuros bajó el vidrio de nuevo, gritando órdenes por un radio. Pero el radio solo escupía estática.

—¡Vámonos! —gritó—. ¡Repliegue!

Pero era tarde. La primera camioneta intentó dar la vuelta y una lluvia de piedras y molotovs cayó sobre ella desde los techos de las casas cercanas. Los chamacos del pueblo, envalentonados por la aparición de los serranos, se habían subido a las azoteas.

Una botella con gasolina explotó en el cofre de la blindada. El fuego cegó al conductor, que se estrelló contra un poste de luz.

—¡Al suelo todos! —grité, empujando a Lupe y a los niños al piso.

Se desató el caos. Los sicarios disparaban al aire, a los techos, a la montaña. Pero no tenían blancos claros. Los comuneros de San Isidro no disparaban a lo loco. Disparaban poco, pero disparaban bien. Cazadores.

Una bala reventó el neumático de la segunda camioneta. Otra le dio al conductor de la tercera.

En medio de la balacera, vi bajar a un grupo pequeño de la montaña, directo hacia la escuela. Iban protegidos por hombres armados.

Corrí hacia ellos, agachado.

Y ahí la vi. Doña María.

Venía caminando, cojeando visiblemente, apoyada en el hombro de un hombre joven y fuerte que tenía la cara tiznada y una venda sangrienta en la cabeza. Las niñas iban en brazos de otros dos hombres.

Estaban vivas.

Llegaron hasta el muro de la escuela. El hombre joven me miró. Tenía los mismos ojos oscuros que María.

—¿Usted es Manuel? —pregunté.

—Soy su hijo —dijo él, con voz firme—. El que creían muerto.

—¿Cómo…? —balbuceé.

—Nadie conoce la sierra como nosotros, viejo —dijo él—. Cuando quemaron las casas, nos dispersamos. Pero siempre nos volvemos a juntar. Seguimos las huellas de mi madre. Vimos el fuego de su rancho. Y escuchamos las campanas.

Doña María se soltó de su hijo y se acercó a mí. Me tomó las manos otra vez. Estaba helada, temblando, pero viva.

—Se lo dije, Don Manuel —susurró, con una sonrisa desdentada—. Dios no nos deja solos.

Afuera, la batalla había terminado tan rápido como empezó. Los sicarios, viendo que estaban superados en número y posición, y que sus vehículos estaban inutilizados, habían huido a pie hacia la carretera, abandonando sus armas y su orgullo. El pueblo y los comuneros los perseguían a pedradas y gritos.

El silencio volvió poco a poco, pero era un silencio distinto. Un silencio eléctrico.

El sol terminó de salir, iluminando el valle. Iluminando las camionetas humeantes, la escuela llena de agujeros, y a dos pueblos —el mestizo y el indígena— que por primera vez en la historia se miraban a los ojos no como enemigos, ni como patrón y peón, sino como aliados.

Me senté en el suelo, recargado en la pared de la escuela. Me dolía hasta el pelo. Había perdido mi casa. Había perdido mis muebles, mi ropa, las fotos de Elena.

Pero miré a la niña más pequeña. Estaba sentada en las piernas de su abuela, comiendo un pan dulce que alguien le había dado. Alzó la vista y me vio. Y por primera vez desde que llegó a mi puerta, sonrió.

Una sonrisa chimuela y sucia.

Valió la pena. Valió la maldita pena cada segundo.

Don Chuy se acercó, se sentó a mi lado y me pasó un cigarro.

—¿Y ahora qué, Manuel? —preguntó, mirando el desastre—. Te quedaste sin techo.

Prendí el cigarro y le di una calada profunda. El humo me supo a gloria.

—No sé, Chuy —dije, mirando a los hombres de San Isidro saludando a los hombres del pueblo, compartiendo agua y tortillas—. La casa se levanta de nuevo. El adobe es barato y la tierra es gratis. Pero esto… —señalé a la gente—… esto no se compra con nada.

—Dicen que se van a quedar —dijo Chuy—. Los de San Isidro. Dicen que no van a regresar a sus tierras hasta que sea seguro. Y el maestro propuso que se queden en el salón ejidal. Y la gente… la gente está de acuerdo.

Asentí. El mundo había cambiado en una noche. Mi mundo había cambiado.

—Oye, Manuel —dijo Chuy después de un rato—. Esa maniobra de anoche… la de prenderle fuego a la botella y salir a enfrentarlos… Estuviste bien loco.

—No fue locura, compadre —le dije, cerrando los ojos y sintiendo el sol en la cara—. Fue que me acordé de algo que se me había olvidado.

—¿De qué?

—De que uno no se muere cuando deja de respirar, Chuy. Uno se muere cuando deja de importarle el dolor ajeno. Y yo llevaba años muerto. Anoche… anoche simplemente resucité.

Me levanté con dificultad. Tenía que ir a ver a Doña María. Tenía que ver qué necesitaban. Tenía trabajo que hacer.

Yo, Manuel, el viejo amargado del cerro, ya no existía. El fuego se lo había llevado. Ahora quedaba solo Manuel. El hombre. Y tenía un chingo de cosas que reconstruir.

PARTE FINAL: LA TIERRA QUE RENACE DE LA CENIZA

El silencio que sigue a una balacera es el sonido más pesado del mundo. No es paz, es un vacío que te zumba en los oídos, lleno de preguntas que nadie se atreve a decir en voz alta. Me quedé ahí sentado, con la espalda recargada en la pared agujereada de la escuela, viendo cómo el polvo se asentaba sobre las camionetas abandonadas y humeantes de los sicarios. El sol ya estaba alto, quemando la bruma de la mañana, y con la luz venía la cruda realidad de lo que acabábamos de hacer.

No solo habíamos repelido un ataque. Habíamos cruzado una línea de la que no hay retorno. Un pueblo de gente mansa, de comerciantes y campesinos que agachaban la cabeza cuando pasaban las “trocas” blindadas, se había levantado. Y lo habíamos hecho de la mano de los que siempre despreciamos: los comuneros de San Isidro, esa gente de la sierra a la que llamábamos “los de arriba” con un tono que olía a racismo barato.

Me dolía el cuerpo entero. Mis rodillas, que ya de por sí eran un desastre antes de todo esto, palpitaban como si tuviera clavos oxidados metidos en los huesos. Pero el dolor físico era lo de menos. Lo que sentía en el pecho era una mezcla extraña de orgullo y terror. Habíamos ganado la noche, sí. ¿Pero qué pasaría cuando llegara el día siguiente? ¿Y el siguiente? El Alacrán había huido, pero el veneno seguía ahí afuera.

Don Chuy se acercó con una jarra de café de olla y dos vasos de plástico. Se sentó a mi lado con un gemido, limpiándose el hollín de la cara con un pañuelo que alguna vez fue blanco.

—Tómale, Manuel —me dijo, pasándome el vaso—. Tiene un piquete de aguardiente. Lo vas a necesitar para que no se te enfríe el alma.

Tomé el vaso. El calor del líquido me reconfortó las manos temblorosas. Le di un trago largo. El alcohol quemó al bajar, pero despertó mis sentidos adormilados.

—¿Cuántos heridos tenemos, Chuy? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Menos de los que deberían ser, gracias a Dios y a la puntería de los serranos —respondió Chuy, mirando hacia el grupo de hombres de San Isidro que montaban guardia en las esquinas—. El carnicero tiene un rozón en la pierna, nada grave. Dos chamacos descalabrados por el retroceso de las escopetas viejas. Y bueno… el hijo de Doña María trae esa herida en la cabeza, pero dice que es de hace días, de cuando les quemaron el pueblo.

Asentí, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—¿Y los otros? —pregunté, señalando con la barbilla hacia las camionetas destrozadas.

—Se llevaron a sus heridos cuando corrieron —dijo Chuy con desprecio—. Dejaron un charquero de sangre, eso sí. Pero no quedó ningún cuerpo. Esa gente no deja evidencia, ni siquiera de sus muertos.

En ese momento, vi al Padre Anselmo cruzar el patio. Venía caminando despacio, con la sotana manchada de tierra y aceite. Ya no tenía esa postura altiva de siempre, esa forma de caminar como si el suelo no fuera digno de sus sandalias. Caminaba encorvado, como si cargara la torre del campanario en la espalda.

Se detuvo frente a nosotros. Chuy hizo ademán de levantarse por respeto, pero yo me quedé sentado. No por grosería, sino porque mis piernas no daban para más, y porque, sinceramente, todavía tenía atravesado el coraje de que le hubiera cerrado la puerta a las niñas.

—Don Manuel… Don Jesús —saludó el cura, con la voz quebrada.

—Padre —respondió Chuy.

Yo solo lo miré a los ojos. Esperaba un sermón. Esperaba que nos regañara por la violencia, que nos citara algún pasaje de la Biblia sobre poner la otra mejilla. Pero lo que vi en sus ojos fue vergüenza. Una vergüenza profunda y humana.

—Vengo a pedir perdón —dijo el Padre Anselmo, y sus palabras cayeron como piedras en el silencio del patio—. No a Dios, porque con Él tengo cuentas muy largas que arreglar. Vengo a pedirles perdón a ustedes. Y sobre todo, a ellas.

Señaló hacia donde estaba Doña María, que en ese momento le estaba trenzando el cabello a una de sus nietas, ajena a la conversación.

—Anoche, cuando tocaron a mi puerta… —continuó el cura, tragando saliva— tuve miedo. Miedo de perder lo poco que tengo. Miedo de que me hicieran daño. Y por ese miedo, casi condeno a esas inocentes.

—El miedo es cabrón, Padre —le dije, suavizando un poco el tono—. A todos nos pega. La cosa es qué hace uno con él.

—Usted lo convirtió en valor, Manuel —dijo él, negando con la cabeza—. Usted quemó su propia casa para salvarlas. Yo me escondí detrás de mis cortinas hasta que la conciencia me reventó por dentro y subí a tocar las campanas.

—Pues benditas campanas, Padre —intervino Chuy—. Si no hubiera tocado a rebato, ahorita estaríamos todos muertos. Ese ruido fue lo que nos despertó.

—Tal vez —suspiró el cura—. Pero de ahora en adelante, la iglesia está abierta. No solo para misa. El atrio, la casa parroquial, todo. He hablado con el hijo de Doña María. Vamos a usar la bodega de la iglesia para guardar los víveres que están llegando.

—¿Víveres? —pregunté.

—La gente está trayendo cosas, Manuel —dijo Chuy, sonriendo por primera vez en horas—. No solo los de aquí. Han llegado camionetas de los ranchos vecinos. De El Sauz, de La Palmita. Se corrió la voz. Dicen que si San Isidro y el pueblo se unieron, ellos no se van a quedar atrás.

Me costó procesar aquello. Durante años, esta región había estado dividida por el miedo. Cada quien rascándose con sus propias uñas, mirando con desconfianza al vecino. “No te metas en problemas”, era el lema de todos. Y ahora, de repente, la desgracia nos había cosido a todos con el mismo hilo.

—Bueno —dije, tratando de levantarme. Chuy me ayudó a ponerme de pie, aunque solté un quejido—. Pues si hay víveres, hay que organizarlos. No vaya a ser que se echen a perder.

Caminé cojeando hacia el centro del patio. La actividad era frenética pero ordenada. Las mujeres del pueblo, encabezadas por Doña Lupe, habían montado una cocina improvisada con anafres y comales prestados. El olor a tortilla recién hecha, a frijoles negros con epazote y a chile tostado llenaba el aire, borrando poco a poco el olor a pólvora y gasolina.

Me acerqué a donde estaba Doña María. Ella levantó la vista y, al verme, dejó lo que estaba haciendo y se puso de pie. A la luz del día, se veía aún más pequeña y frágil de lo que me había parecido en la noche, pero había una fuerza en su mirada que podía doblar acero.

—Don Manuel —dijo en su español pausado—. ¿Cómo está su cuerpo?

—Viejo y cansado, María —respondí con media sonrisa—. Pero vivo, que es ganancia.

—Su casa… —empezó a decir, y vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. Todo fue por nuestra culpa. Usted tenía su techo, sus cosas…

—No diga eso —la interrumpí con firmeza, poniendo mi mano sobre su hombro huesudo—. Las casas son de tierra y la tierra regresa a la tierra. Ustedes son de carne y hueso, y espíritu. Eso no tiene precio. Además… esa casa ya estaba llena de fantasmas. Tal vez le hacía falta una limpia con fuego.

El hijo de María, el muchacho de la venda en la cabeza, se acercó. Se llamaba Pedro. Tenía las manos grandes y callosas, manos de quien sabe trabajar el campo y, si es necesario, empuñar un rifle.

—Don Manuel —dijo, extendiéndome la mano. Se la estreché. Su agarre era firme, honesto—. Mis hombres y yo hemos estado hablando. No nos vamos a ir.

—¿No? —pregunté.

—No. San Isidro está quemado. Allá arriba no hay nada más que ceniza y peligro. Si subimos ahora, nos van a cazar como venados. Pero aquí… aquí somos fuertes. Ustedes tienen los muros, nosotros tenemos los ojos y los oídos del monte.

—¿Proponen quedarse aquí? —pregunté, mirando alrededor—. El pueblo es chico, Pedro. La gente es… complicada.

—La gente cambia cuando el hambre y el miedo aprietan parejo —dijo Pedro—. Mire allá.

Señaló hacia los portones de la escuela. Un grupo de hombres del pueblo estaba descargando costales de maíz de una camioneta. Junto a ellos, dos hombres de San Isidro cargaban los costales en sus espaldas, riéndose de algo que les había dicho el carnicero. Mestizos e indígenas trabajando hombro con hombro. Hace dos días, eso hubiera sido impensable.

—Tiene razón —murmuré—. Pero hay algo que me preocupa. La policía. El gobierno. No han venido. Y cuando vengan, no van a venir a darnos medallas. Van a venir a preguntar por qué hay tres camionetas blindadas quemadas y por qué hay gente armada en una escuela.

—Que vengan —dijo Pedro, tocando el rifle viejo que llevaba colgado al hombro—. Ya no somos los indios que corren. Y ustedes ya no son los pueblerinos que se esconden. Si vienen a hablar, hablamos. Si vienen a chingar… pues ya vieron lo que pasa.

La tarde cayó lenta y pesada. Tal como lo predije, poco antes del anochecer, vimos las luces azules y rojas en la carretera. No eran una ni dos patrullas. Era un convoy de la Policía Estatal y la Guardia Nacional. Llegaron tarde, como siempre llegan a la muerte, para administrar los papeles y levantar las actas.

El convoy se detuvo frente a la escuela. Se bajó un comandante, un tipo gordo con uniforme impecable que contrastaba con nuestra ropa sucia y sudada. Venía rodeado de agentes con armas largas, apuntando hacia nosotros.

—¡Quién es el responsable aquí! —gritó el comandante, con esa prepotencia que les enseñan en la academia.

Se hizo un silencio tenso. Vi a Chuy apretar el machete. Vi a Pedro hacer una señal discreta a sus hombres, que se dispersaron sutilmente hacia los puntos ciegos.

Yo di un paso al frente. No tenía armas. Solo tenía mis años y mi voz.

—Aquí no hay responsables, oficial —dije—. Aquí hay víctimas que se cansaron de serlo.

El comandante me miró de arriba abajo con desdén.

—¿Usted quién es? ¿El alcalde?

—Soy Manuel. Un ciudadano al que le quemaron su casa anoche mientras ustedes dormían calientitos en sus cuarteles.

El comandante se puso rojo.

—Cuidado con su tono, viejo. Tenemos reportes de enfrentamiento armado, disturbios, destrucción de propiedad privada y posesión de armas de uso exclusivo del ejército. Alguien tiene que responder por esto. Esas camionetas quemadas…

—Esas camionetas eran de sicarios que vinieron a secuestrar niñas —interrumpió Doña Lupe, saliendo de entre la multitud. Y detrás de ella, salieron otras cinco mujeres—. Si quiere llevarse a alguien, llévenos a todas. Nosotras pusimos la gasolina.

—Y nosotros prendimos los cerillos —dijo el maestro, dando un paso al frente.

—Y nosotros tiramos las piedras —dijo el carnicero.

Uno por uno, el pueblo entero fue dando pasos al frente. Era una muralla humana. El comandante retrocedió un paso, desconcertado. Estaba acostumbrado a que la gente tuviera miedo, a que se delataran unos a otros. No estaba preparado para esto.

—Mire, oficial —le dije, bajando la voz para que solo él me escuchara—. Usted sabe cómo funciona esto. Usted sabe quién es el Alacrán y sabe para quién trabaja. Seguramente hasta cobran de la misma nómina. Pero hoy, aquí, las cosas cambiaron. Si intenta detener a alguien, va a tener que detener a quinientas personas. Y le aseguro que las noticias van a volar. “Pueblo se defiende del narco y el gobierno los ataca”. ¿Quiere ese titular mañana en los periódicos?

El comandante me sostuvo la mirada unos segundos. Vi el cálculo en sus ojos. No le pagaban lo suficiente para iniciar una guerra civil en un pueblo olvidado de Dios.

—Vamos a levantar el reporte —dijo finalmente, bajando el tono—. Diremos que encontramos los vehículos abandonados tras un enfrentamiento entre grupos rivales. Y que la población civil está… resguardada.

—Eso suena muy bien —dije—. Y llévese esa chatarra de ahí afuera, que estorba.

Los federales se fueron una hora después, remolcando los restos de las blindadas. No sin antes tomar fotos y hacernos preguntas estúpidas que respondimos con monosílabos. Cuando se fueron, el alivio fue distinto. No era euforia. Era la certeza de que ahora estábamos solos, pero éramos libres.

Esa noche, dormí en una colchoneta en el salón ejidal, rodeado de ronquidos y murmullos. No pude pegar el ojo mucho tiempo. Mi mente estaba en mi terreno, allá arriba en la loma.

Al día siguiente, muy temprano, antes de que saliera el sol, sentí una mano en mi hombro. Era Chuy.

—Levántate, Manuel. Vamos.

—¿A dónde? —pregunté, adolorido.

—A tu casa. O a lo que queda de ella.

—No quiero ir, Chuy. No quiero ver las ruinas.

—No vas a ir a ver ruinas. Vas a ir a trabajar. Arriba, órale.

Me llevó en su camioneta. Cuando llegamos a la curva del camino, se me hizo un nudo en la garganta. Esperaba ver el esqueleto negro de mi hogar, la soledad absoluta.

Pero lo que vi me dejó sin aliento.

Había gente. Mucha gente.

Había hombres de San Isidro limpiando los escombros carbonizados con palas y carretillas. Había muchachos del pueblo acarreando piedras de río. Había mujeres preparando mezcla de adobe y cal.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceé, bajándome de la camioneta como pude.

Pedro, el hijo de María, se acercó con una carretilla llena de tierra.

—Se llama “Mano Vuelta”, Don Manuel —me explicó, secándose el sudor—. En mi pueblo, cuando alguien pierde su casa, la comunidad se la levanta. Usted nos dio refugio cuando no teníamos nada. Ahora nosotros le damos techo.

—Pero… yo no tengo dinero para pagar materiales, ni para darles de comer a tantos…

—Nadie está cobrando, Manuel —dijo Doña Lupe, apareciendo con una canasta de tacos—. Y comida sobra. La ferretería donó los sacos de cemento. El maderero trajo vigas nuevas.

Caminé entre los restos de lo que fue mi vida. El olor a quemado seguía ahí, pero estaba siendo sepultado por el olor a tierra mojada, a mezcla fresca.

Vi a Doña María sentada en una piedra, supervisando a las niñas que jugaban con unos perros callejeros. Me acerqué a ella.

—María… esto es demasiado. No me lo merezco.

Ella me miró con esa sabiduría milenaria.

—Nadie se merece la desgracia, Don Manuel. Pero todos nos merecemos la ayuda. Usted abrió la puerta. Ese fue el primer ladrillo de esta casa nueva.

La construcción duró semanas. No fue una obra de arquitectos ni de ingenieros. Fue una obra de amor y de rabia. Las paredes no quedaron perfectamente rectas, y el piso tenía desniveles, pero era la estructura más sólida que yo había visto en mi vida. Porque cada adobe llevaba el sudor de un mestizo y de un indígena. Cada viga estaba clavada con la voluntad de no dejarse vencer.

Durante esas semanas, aprendí más que en mis setenta años de vida. Aprendí palabras en rarámuri. Aprendí que el miedo se quita trabajando. Aprendí que la soledad es una elección, no una condena.

Y aprendí a perdonarme.

Una tarde, mientras poníamos las tejas del techo, me quedé mirando hacia el horizonte, hacia donde se pone el sol. Pensé en Elena. Pensé en cómo murió sola porque yo no pude traer al doctor, porque el pueblo me cerró la puerta. Durante quince años odié a este pueblo por eso.

Pero ahora, viendo al doctor (el nuevo, un muchacho joven que acababa de llegar) atendiendo a los niños de San Isidro en el patio, entendí que el odio es un veneno que uno se toma esperando que se muera el otro.

Elena no hubiera querido que yo viviera amargado. Ella hubiera estado ahí, batiendo mezcla, sirviendo agua, riéndose con Doña María.

—¿En qué piensa, compadre? —me preguntó Chuy, sacándome de mis pensamientos. Ya me decía compadre con naturalidad.

—En que la vista es diferente desde aquí arriba, Chuy.

—Es la misma vista de siempre, Manuel.

—No. Antes veía un pueblo de m*erda lleno de gente hipócrita. Ahora veo… veo a mi familia.

La casa se terminó un domingo. No hicimos fiesta con música de banda ni cohetes, porque el luto por la inocencia perdida todavía estaba fresco, y porque no queríamos llamar mucho la atención. Pero hicimos una comida.

Matamos un puerco que donó el carnicero. Las mujeres hicieron mole. Nos sentamos todos en el patio nuevo, bajo el techo que olía a pino fresco.

Yo me paré para dar las gracias. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba hablar. Miré las caras. Caras morenas, caras blancas, caras arrugadas, caras jóvenes. Todos mezclados. Ya no había “los de arriba” y “los de abajo”. Éramos “los de aquí”.

—No tengo palabras —dije, con la voz temblorosa—. Solo tengo esta casa. Y quiero que sepan que esta puerta… —señalé la puerta nueva, una madera robusta de encino que Pedro había tallado—… esta puerta nunca más va a tener tranca para quien venga con necesidad. Esta casa ya no es mía. Es de todos.

Hubo aplausos suaves, asentimientos de cabeza.

Doña María se levantó y me entregó algo. Era pequeño, envuelto en un pañuelo bordado.

Lo abrí. Era una cruz pequeña, hecha de palmas tejidas y semillas.

—Es para que cuide la entrada —dijo—. Para que los malos espíritus se confundan y no puedan pasar.

La colgué en el marco de la puerta.

Esa noche, me quedé solo por primera vez en mi casa nueva. Bueno, no tan solo. Doña María y su familia se habían instalado en el salón ejidal, pero Pedro y dos de sus primos se quedaron a dormir en mi granero, haciendo guardia. Habíamos acordado establecer turnos de vigilancia permanentes. “La Guardia Comunitaria”, le llamamos.

Me senté en mi mecedora nueva (regalo del carpintero) y me serví un tequila. El viento soplaba afuera, ese mismo viento que trajo a María a mi puerta aquella noche fatídica. Pero ya no sonaba como un lamento. Sonaba como un canto.

Saqué mi viejo revólver de la funda. Lo miré un largo rato. El metal estaba desgastado, el mango de madera suave por el uso. Había disparado con rabia. Había estado dispuesto a matar y a morir.

Abrí el tambor, saqué las balas y las puse sobre la mesa. Guardé el arma vacía en el cajón.

—Descansa, vieja amiga —susurré—. Ojalá no te tenga que volver a usar nunca. Pero si te necesito… sé que no voy a estar solo jalando el gatillo.

Me asomé por la ventana. Allá abajo, en el pueblo, se veían las luces de las casas. Y más allá, en la entrada del valle, se veía una fogata. Era el puesto de control que habían puesto los muchachos. Nadie entraba ni salía sin que el pueblo lo supiera.

El Alacrán no había vuelto. Se decían rumores. Que sus jefes lo habían castigado por el fracaso, que lo habían mandado a otra zona, o que lo habían “dado de baja” por incompetente. No me importaba. Si volvía, se toparía con pared. No con la pared de un viejo loco, sino con la muralla de mil corazones latiendo al mismo ritmo.

Miré mis manos. Estaban llenas de callos nuevos, de cicatrices recientes por el trabajo de albañilería. Ya no eran las manos de un hombre que espera la muerte. Eran las manos de un hombre que está construyendo vida.

Recordé la pregunta que me hice cuando vi mi casa arder: “¿Qué hiciste, viejo tonto?”.

Ahora tenía la respuesta.

Hice lo único que importa en esta vida perra. Abrí la puerta.

Y al abrirla, dejé entrar al mundo entero.

Me terminé el tequila de un trago, sintiendo cómo me calentaba el pecho, no de alcohol, sino de una paz que no conocía desde hacía quince años.

—Buenas noches, Elena —dije al aire—. Ya puedes descansar tranquila. Aquí abajo todo está bien.

Apagué la luz, pero la oscuridad ya no me daba miedo. Porque ahora sabía que, incluso en la noche más negra de México, si buscas bien, siempre vas a encontrar a alguien dispuesto a prender una luz contigo. Y eso… eso es lo que nos salva.

FIN.

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