
La puerta de lámina del taller se abrió de golpe, golpeando contra la pared con un estruendo metálico.
Jadeaba. Lloraba. Era una niña, no mayor de 14 años, con el uniforme de la secundaria desalineado y el terror pintado en los ojos.
Yo estaba limpiando un carburador, con las manos llenas de grasa y Ranger dormitando en una llanta vieja. El taller estaba oscuro, oliendo a aceite quemado y tabaco; un lugar donde la gente decente no suele entrar sin invitación. Me vio a mí —un tipo con cicatrices, tatuajes viejos y cara de pocos amigos— y se congeló. Por un segundo, pensó que había saltado de la sartén al fuego.
Pero entonces, una sombra oscureció la entrada.
Un hombre se paró en el marco de la puerta. No parecía un monstruo. Vestía pantalones de vestir, una camisa polo limpia y tenía ese aire de “ciudadano respetable” o gerente de banco. Excepto por los ojos. Tenía ojos de tiburón, fríos y hambrientos.
—Ahí estás, mi amor —dijo él, con una calma que me heló la sangre—. No deberías correr así de papá. Me asustaste.
La niña, Sofía, se puso pálida. El tipo estaba jugando un papel, apostando a que yo, un simple mecánico de barrio, no me metería en un “problema familiar”. Ella abrió la boca para gritar, pero el miedo le había robado la voz.
Me limpié las manos con un trapo sucio y caminé despacio hacia el mostrador, interponiendo mi cuerpo entre ella y él. Ranger se levantó, el pelo del lomo erizado, y soltó un gruñido bajo.
Me incliné hacia la niña, fingiendo acomodarle el cabello, y le susurré cinco palabras que le salvaron la vida: —Sígueme la corriente. Soy tu papá.
Me enderecé y miré al tipo con una sonrisa torcida. —Disculpa, compadre. Creo que te confundes. Esta es mi hija, Sofía. Acaba de llegar de casa de su mamá. ¿Verdad, mija?.
El tipo parpadeó. Su sonrisa perfecta vaciló. —Debe haber un error. Esa es mi hija. Tiene… tiene episodios. Está confundida.
Me crucé de brazos, bloqueando su visión de la niña. —Ah, ¿sí? —pregunté tranquilo—. ¿Cuándo es su cumpleaños?.
Silencio.
—¿En qué escuela va? Más silencio.
—¿Cuál es su segundo nombre?.
La máscara del tipo se cayó. Su cara se contorsionó de ira. —Mira, imb*cil, no tengo que explicarte nada. Dame a la niña y nadie sale herido.
Solté una risa seca. —Hijo, acabas de entrar a mi taller y amenazaste a una niña bajo mi techo. ¿Tienes idea de lo que eso significa?.
Saqué la escopeta recortada que guardo bajo la caja registradora. El sonido de cortar cartucho retumbó como un trueno en el local pequeño.
—Significa que tienes cinco segundos para largarte antes de que decore esa pared con tus sesos.
Él miró el arma. Miró a Ranger enseñando los dientes. Miró mis ojos y se dio cuenta de que yo no estaba jugando. Dio media vuelta y corrió hacia una camioneta blanca sin placas.
Cuando el motor se alejó chillando llantas, bajé el arma. Sofía se soltó a llorar, temblando incontrolablemente.
—Tranquila, mija —le dije, pasándole un trapo limpio—. Ya pasó. Soy Mateo. Estás segura.
Pero mientras ella me contaba entre sollozos cómo la habían estado cazando, cómo sabían sus rutas y horarios, me di cuenta de algo terrible. Ese tipo no era un loco solitario. “El cliente los prefiere jóvenes”, le había dicho antes de que ella escapara.
Esto no era un s*cuestro al azar. Era un pedido. Y si sabían dónde estaba…
EL RUGIDO DE DOS CAMIONETAS NEGRAS ACERCÁNDOSE AL TALLER ME CONFIRMÓ LO PEOR. ¡LA CACERÍA APENAS COMENZABA!.
PARTE 2: EL ASEDIO DE HIERRO Y ACEITE
El rugido de los motores afuera no era el sonido del tráfico habitual de la colonia. Quien ha vivido suficiente tiempo en el “barrio bravo” o ha patrullado zonas calientes, aprende a distinguir las frecuencias. Un motor normal suena a rutina; un motor acelerado con prepotencia suena a amenaza. Y esos dos motores V8 que acababan de frenar en seco frente a mi cortina de acero sonaban a sentencia de muerte.
No había tiempo para el pánico. El pánico es un lujo que los muertos se permiten justo antes de dejar de respirar. Yo no tenía ese lujo.
—¡Al suelo! —le ladré a Sofía, más fuerte de lo que pretendía.
La chica seguía temblando, paralizada junto al mostrador, con los ojos clavados en la puerta de lámina que vibraba por la resonancia de los vehículos afuera. Ranger, mi malinois, ya no estaba dormitando. Estaba en posición de esfinge, con los músculos de los cuartos traseros cargados como resortes industriales y un gruñido gutural que parecía venir de las placas tectónicas de la tierra.
Me moví con esa velocidad automática que te deja la memoria muscular. Agarré a Sofía del brazo —su piel estaba helada, sudorosa— y la arrastré hacia la parte trasera del taller, donde tengo la fosa de cambio de aceite.
—Escúchame bien, niña —le dije, mirándola a los ojos, tratando de transmitirle en un segundo toda la gravedad de la situación sin quebrarla por completo—. Esas personas no vienen a hablar. Ese tipo de traje no se fue, solo fue por sus perros de presa.
—¿Nos van a matar? —preguntó ella. Su voz era un hilo de vidrio a punto de romperse.
—A mí, probablemente lo intenten. A ti, te quieren viva. Y eso es peor. —No tenía caso mentirle. La esperanza falsa es peligrosa en situaciones tácticas—. Métete ahí.
Señalé la fosa. Era un hueco rectangular en el concreto, de metro y medio de profundidad, sucio, oliendo a aceite quemado rancio y grasa de litio. Había un viejo Chevy Nova montado sobre los rieles, cubriendo la mayor parte de la apertura.
—Huele horrible…
—Huele a vida —le corté—. Métete, agáchate en la esquina más oscura y no salgas, aunque escuches que el mundo se acaba allá arriba. Aunque escuches gritos. Aunque me escuches a mí dejar de gritar. ¿Entendiste?
Sofía asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas manchadas de polvo, y bajó a la oscuridad. Le pasé una llave inglesa pesada, de esas de 24 pulgadas que usas para soltar tuercas de camión oxidadas.
—Si alguien que no soy yo o Ranger asoma la cabeza ahí abajo… le rompes las rodillas. Sin dudar.
Cubrí el pequeño hueco de acceso con unas tablas viejas y trapos llenos de grasa, dejándole apenas una rendija para respirar. Me incorporé. Mi taller, mi santuario de chatarra y soledad, estaba a punto de convertirse en una zona de guerra.
Regresé al mostrador. Mis manos, manchadas de grasa negra, apretaron la madera de la culata de mi escopeta recortada. Era una Winchester vieja, modificada ilegalmente, una reliquia de tiempos más violentos que guardaba para días como este. Dos cartuchos del calibre 12 en la recámara. Una caja con diez más en el estante de abajo. No era suficiente para una guerra, pero tendría que bastar para el primer asalto.
Afuera, se escucharon portazos. Pesados. Sólidos. Blindaje.
—¡Abran esa madre! —gritó una voz ronca desde la calle. No era la voz del “licenciado” de ojos muertos. Era la voz de un sicario operativo, alguien acostumbrado a que las puertas se abran por miedo o por impacto.
Me pegué a la pared lateral, lejos de la línea de fuego de la entrada principal. Ranger se colocó a mi lado, pegando su flanco a mi pierna. Sentí su calor. En ese momento, él era mi único aliado en un mundo que había decidido aplastarnos.
—¡Policía Ministerial! —gritaron.
Casi me río. En México, los secuestradores usan placas y los policías usan pasamontañas. La línea es tan borrosa que ya no existe.
—¡Aquí no entra nadie sin orden judicial! —grité de vuelta, solo para ganar tiempo, para medir sus posiciones por el sonido de sus voces.
La respuesta fue una ráfaga de fuego automático.
¡TA-TA-TA-TA-TA-TA!
Las balas perforaron la lámina de la puerta como si fuera papel de arroz. Los agujeros dejaron pasar rayos de luz del sol de la tarde, iluminando el polvo que bailaba en el aire del taller oscuro. Los proyectiles impactaron contra los estantes de herramientas, haciendo volar llaves, dados y botes de líquido de frenos. Un espejo retrovisor colgado en la pared estalló en mil pedazos.
Me agaché, cubriéndome la cabeza. Ranger ni se inmutó; estaba entrenado para el fuego, no para los cohetes.
El silencio volvió tras la ráfaga. Estaban recargando o esperando ver si yo gritaba de dolor.
—Mira, cabrón —dijo la voz del tipo del traje, ahora amplificada, quizás estaba más cerca o gritando con más confianza—. Sabemos quién eres. Mateo “El Tuercas”, ¿no? Ex-militar. Desertor, dicen algunos. Héroe, dicen otros pendejos. No nos interesa tu historia. Danos a la mercancía y te dejamos seguir arreglando carcachas.
Me heló la sangre que supieran mi nombre. Esto confirmaba que no era casualidad. Me tenían en el radar o habían investigado rápido. “Mercancía”. Así llamaban a Sofía. Una niña de secundaria con uniforme desalineado reducida a un objeto de inventario.
—¡Aquí solo hay fierros viejos y un perro con rabia! —les respondí.
—¡Tumba la puerta, Chuy!
Escuché el motor de una de las camionetas acelerar. Iban a usar el vehículo como ariete.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, analizando el entorno como si fuera un tablero de ajedrez tridimensional. Mi taller estaba lleno de peligros: tanques de acetileno para soldar, tambos de aceite usado, compresores de aire a alta presión. Si ellos querían jugar rudo, yo iba a jugar sucio.
Corrí agachado hacia la zona de soldadura. Había un tanque de oxígeno y uno de acetileno en un carrito portátil. Abrí las válvulas al máximo, pero no encendí el soplete. Dejé que el gas empezara a silbar, llenando esa esquina del taller con una mezcla invisible y volátil.
El golpe llegó dos segundos después.
¡CRAAAAACK!
La defensa de acero reforzado de una Chevrolet Suburban negra impactó la cortina metálica del taller. La lámina se dobló hacia adentro con un chillido agónico de metal torturado, los rieles saltaron de la pared soltando chispas y polvo de concreto. La camioneta retrocedió para tomar impulso otra vez. La luz del día inundó la entrada, revelando la silueta del vehículo y, detrás de él, tres figuras tácticas moviéndose para entrar por los huecos.
—¡Ranger, Fass! —grité la orden de ataque, señalando no a los hombres, sino al flanco derecho, para que no corriera directo a las balas.
El perro salió disparado como un misil negro y fuego. Saltó sobre un banco de trabajo, usándolo de trampolín para ganar altura y caer sobre el primer hombre que intentaba cruzar el umbral destrozado.
El sicario, un tipo con chaleco antibalas y un fusil AR-15 corto, no vio venir a la bestia. Ranger impactó en su hombro y cuello con cuarenta kilos de pura fuerza cinética. El hombre cayó hacia atrás, gritando mientras las mandíbulas del perro buscaban la unión blanda entre el casco y el chaleco. El rifle se disparó hacia el techo, soltando trazadoras que rebotaron en las vigas de acero.
Aproveché el caos. Me asomé por detrás de una columna de concreto y levanté la Winchester.
El segundo hombre estaba tratando de apuntar a Ranger para salvar a su compañero. No le di oportunidad.
Apreté el gatillo.
¡BOOM!
El sonido de la escopeta en un espacio cerrado es algo físico. Te golpea el pecho. La perdigonada impactó al sicario en las piernas, justo debajo del borde del chaleco táctico. Cayó como un árbol talado, aullando, soltando su arma.
Recargué. Clack-clack. El sonido mecánico de la corredera expulsando el cartucho humeante y cargando uno fresco.
El tercer hombre, más listo, se cubrió detrás del marco de la puerta y empezó a disparar a ciegas hacia el interior. Las balas picaban el suelo de concreto cerca de mis pies, levantando esquirlas afiladas.
—¡Ranger, aquí! —llamé.
El perro soltó a su presa —que ya no se movía mucho— y corrió de regreso hacia la oscuridad de las llantas apiladas, moviéndose en zig-zag con una inteligencia que salvaba vidas. Tenía el hocico manchado de rojo, pero no cojeaba. Buen chico.
La camioneta volvió a golpear la entrada, terminando de derribar la cortina. Ahora la entrada estaba completamente abierta. Podía ver la calle. Había dos camionetas bloqueando el paso. Vecinos asomándose y escondiéndose inmediatamente al ver las armas largas. Nadie llamaría a la policía. En este barrio, llamar a la policía es invocar al diablo para que negocie con demonios.
El “licenciado” bajó de la segunda camioneta. Se veía incongruente, impoluto con su camisa polo en medio de la carnicería, protegido por otros dos guardaespaldas armados.
—¡Quemen el lugar! —ordenó, con esa frialdad burocrática de quien ordena triturar documentos—. Si no sale, que se cocine ahí adentro con la niña.
Maldición. Fuego.
Si tiraban bombas molotov o granadas incendiarias, el gas que yo había liberado convertiría el taller en una bomba termobárica. Moriríamos todos, ellos incluidos si estaban demasiado cerca, pero eso no me servía si mi objetivo era salvar a Sofía.
Tenía que cambiar la dinámica. Tenía que salir.
Miré hacia atrás, hacia donde estaba el viejo Chevy Nova sobre la fosa. Detrás de ese coche, en la pared del fondo, había un estante de metal pesado lleno de latas de pintura vieja y solventes. Detrás del estante, había un agujero cubierto con triplay que daba al callejón trasero. Lo había hecho hace años para sacar piezas robadas o meter cosas sin que los inspectores del ayuntamiento vieran, pero llevaba tiempo bloqueado.
—¡Plan B, Ranger! —gruñí.
Corrí hacia la mesa de trabajo donde había dejado un trapo empapado en gasolina dentro de una botella de vidrio. Un clásico. Saqué mi encendedor Zippo.
Esperé a ver el movimiento de brazo de uno de los sicarios afuera, preparándose para lanzar algo hacia adentro.
—¡Ahora!
Encendí el trapo y lancé mi propia botella con todas mis fuerzas hacia la camioneta que bloqueaba la entrada.
Mi puntería, forjada en años de lanzar granadas de práctica y piedras a perros callejeros, fue certera. La botella se estrelló contra el parabrisas de la Suburban. El líquido en llamas se esparció por el cofre y las tomas de aire. El fuego prendió inmediatamente los residuos de aceite del motor caliente.
El conductor de la Suburban, preso del pánico, dio marcha atrás, chocando contra la otra camioneta. Los sicarios a pie se dispersaron para evitar las llamas.
Ese era mi momento.
—¡Sofía! ¡Arriba! —grité, corriendo hacia la fosa.
Quité las tablas y los trapos de un manotazo. La niña salió, tosiendo, negra de grasa, con los ojos desorbitados por el terror y el ruido ensordecedor de la batalla.
—¡Corre hacia el estante gris! ¡Muévelo!
Ella dudó un segundo, paralizada por el sonido de más disparos impactando el coche que nos servía de escudo.
—¡Muévete o te mueres! —la empujé.
Entre los dos, con la adrenalina dándonos fuerza sobrehumana, empujamos el estante de metal. Los botes de pintura cayeron al suelo, derramando colores brillantes sobre el piso negro de grasa. Detrás apareció el hueco en la pared.
—¡Pasa! —le ordené.
Sofía se escurrió por el agujero como un gato asustado. Ranger fue detrás de ella sin que yo tuviera que decírselo.
Yo me quedé un segundo más. Tomé un bote de tiner de cinco litros y lo destapé. Lo arrojé cerca de los tanques de acetileno que seguían silbando.
Si entraban, si disparaban una sola vez más hacia esa esquina… boom.
Me metí por el agujero justo cuando escuché las botas de los sicarios crujiendo sobre los cristales rotos dentro del taller.
—¡Entren! ¡Busquen en la fosa! —gritaba el licenciado.
Salí al callejón trasero. El aire estaba un poco más fresco, aunque seguía oliendo a basura y drenaje. Era un pasillo estrecho entre las partes traseras de las casas y talleres de la cuadra, lleno de escombros, grafitis de la Santa Muerte y hierba mala.
—¿A dónde vamos? —sollozó Sofía, agarrándose de mi chaleco sucio.
—Lejos. Sígueme y no hagas ruido.
Avanzamos pegados a la pared. A nuestras espaldas, dentro del taller, escuché un grito de confusión. —¡Jefe, huele a gas!
Y luego, la detonación.
No fue una explosión de película nuclear, pero fue suficiente. La mezcla de acetileno y tiner encontró una chispa. Una bola de fuego sopló hacia afuera, reventando lo que quedaba del techo de lámina del taller. La onda expansiva nos empujó hacia adelante en el callejón. Sentí el calor en la nuca.
—¡Corre! —le grité a Sofía, levantándola del suelo cuando tropezó.
Corrimos por el laberinto de callejones de la colonia “La Esperanza”, un nombre irónico para un lugar donde la esperanza muere joven. Conocía estos pasillos como la palma de mi mano. Sabía qué perros ladraban y cuáles mordían, qué vecinos vendían droga y cuáles eran solo viejos chismosos.
El humo negro se alzaba detrás de nosotros, marcando mi antigua vida. Mi taller. Mis herramientas. Mi refugio. Todo ardía. Ya no había vuelta atrás. Ahora yo era un fantasma, y Sofía era mi carga.
Llegamos a una intersección de callejones. Me detuve para escuchar. A lo lejos, sirenas. Pero también el sonido inconfundible de neumáticos chirriando en las calles paralelas. Nos estaban cercando. Tienen gente, tienen radios, tienen drones. La “maña” moderna no son pandilleros; son paramilitares.
—Me duele el pecho… —jadeó Sofía, doblándose. No estaba acostumbrada a correr, mucho menos bajo estrés de combate.
—Respira por la nariz. Hondo. —La revisé rápido. No tenía sangre visible, solo grasa y polvo. Estaba en shock—. Escúchame, Sofía. Necesito que seas fuerte cinco minutos más. Vamos a cruzar la avenida.
—No puedo… están ahí…
La tomé de los hombros y la sacudí suavemente. —Mírame. Ese hombre, el de los ojos muertos… ¿sabes quién es?
Ella negó con la cabeza, llorando. —No… solo sé que se hace llamar “El Coleccionista”. Me lo dijo… me lo dijo cuando me subió al coche la primera vez, antes de que escapara y llegara a tu taller. Dijo que yo era especial.
“El Coleccionista”. El apodo me revolvió el estómago. Sonaba a psicópata con recursos ilimitados.
—Bien. El Coleccionista cree que estás atrapada en el incendio o corriendo ciegamente. Pero vamos a desaparecer.
Cruzamos la avenida aprovechando el paso de un camión de carga ruidoso para cubrir nuestra carrera. Nos metimos en el estacionamiento de una unidad habitacional vieja, de esos edificios multifamiliares de los años 70, despintados y llenos de ropa tendida en las ventanas.
Tenía un “piso franco” aquí. No era mío, era de “El Chato”, un viejo colega del ejército que había perdido las piernas por una mina en la sierra y ahora vivía de reparar electrodomésticos y vender piratería. El Chato me debía la vida, y yo estaba a punto de cobrar la deuda.
Subimos las escaleras de concreto orinado hasta el cuarto piso. Ranger iba adelante, husmeando cada esquina, asegurando el perímetro.
Toqué la puerta del departamento 402. Tres golpes rápidos, pausa, dos golpes fuertes.
La mirilla se oscureció. Se escucharon cerrojos, muchos cerrojos. La puerta se abrió y apareció El Chato en su silla de ruedas, con una pistola .38 en el regazo y una camiseta de tirantes manchada de salsa.
—Mateo… te ves como la mierda, carnal —dijo, mirándonos de arriba abajo. Vio la escopeta en mi mano, a la niña aterrorizada y al perro en alerta—. Y traes fiesta.
—Necesito un hoyo, Chato. Por unas horas.
Él miró hacia el humo que se veía a lo lejos, elevándose sobre los techos de lámina del barrio. —¿Esa fogata es tuya?
—Fue un accidente laboral.
El Chato suspiró, se hizo a un lado y nos dejó pasar. —Pásale. Pero si traes a la Santa Muerte pegada en la suela, te la limpias antes de entrar a la alfombra.
El departamento era pequeño, abarrotado de televisiones viejas, consolas de videojuegos abiertas y cables por todos lados. Olía a encierro y a sopa instantánea. Pero era seguro. Tenía barras de acero en las ventanas y una puerta reforzada.
—Siéntate ahí —le dije a Sofía, señalando un sofá hundido. Ranger se echó a sus pies inmediatamente, lamiéndose una pata donde se había cortado con un vidrio.
Me acerqué a la ventana, manteniéndome en la sombra, y miré hacia la calle a través de las persianas rotas. Abajo, dos camionetas negras pasaron despacio. Eran ellos. Estaban “peinando” la zona. Buscando. Cazando.
—¿Quiénes son, Mateo? —preguntó El Chato, limpiando su pistola con un trapo—. Porque para que tú quemes tu taller, debe ser gente pesada.
—No sé el nombre del grupo. Pero el jefe se hace llamar “El Coleccionista”. Trata de blancas. Nivel alto.
El Chato escupió al suelo, olvidando su regla de la alfombra. —Esos hijos de perra. He oído rumores. Levantan chavitas de las secundarias, pero no cualquiera. Buscan… específicas. Sobre pedido.
Me giré hacia Sofía. Estaba abrazando sus rodillas, mirando a la nada. Parecía tan pequeña, tan frágil. Recordé las preguntas que le hice al tipo en el taller para desenmascararlo: cumpleaños, escuela, segundo nombre. Cosas simples que definen una identidad, una vida que esos monstruos querían borrar para convertirla en un producto.
—Sofía —la llamé suavemente.
Ella levantó la vista. —¿Tú tienes familia? ¿Alguien a quien podamos llamar?
Ella negó con la cabeza lentamente, y lo que dijo me rompió el corazón más que cualquier bala. —Mi mamá se fue al norte hace dos años. Vivo con mi abuela… pero mi abuela está en silla de ruedas, apenas puede hablar. Si voy con ella… si voy con ella, ellos la van a lastimar, ¿verdad?
Asentí. Sí, la lastimarían. La usarían para obligar a Sofía a entregarse. Ir a su casa era lo primero que ellos esperarían.
—No podemos ir con tu abuela. Es el primer lugar que van a vigilar.
—Entonces… ¿entonces qué hago? —Su voz se quebró—. No tengo a nadie. Ese señor… él sabía todo de mí. Sabía a qué hora salía, sabía qué camión tomaba.
Me agaché frente a ella. Ranger puso su cabeza en su regazo y ella hundió los dedos en el pelaje del perro, buscando anclarse a la realidad.
—Me tienes a mí —le dije. Y al decirlo, sentí el peso de la promesa. No era una promesa ligera. Era una condena. Al decir eso, estaba aceptando que mi vida anterior había terminado. Ya no era el mecánico huraño que solo quería que lo dejaran en paz. Ahora era un guardián.
El Chato carraspeó desde su rincón. —Mateo, no quiero ser el ave de mal agüero, pero si es El Coleccionista… ese güey tiene comprada a la mitad de la municipal y a un cuarto de la estatal. No puedes quedarte aquí. Van a empezar a patear puertas. Y yo no puedo correr.
Tenía razón. Quedarnos ponía en peligro al Chato y nos convertía en ratas en una trampa. Necesitábamos movernos. Salir de la ciudad. Desaparecer en la geografía de un país que se traga a la gente.
—Necesito un coche, Chato. Uno que no esté caliente. Y placas “chocolate”.
—Tengo un Tsuru afuera. El dueño me lo dejó para arreglarle la marcha y nunca volvió. Está feo, despintado, pero el motor jala.
—Me sirve.
—Las llaves están en el frutero. Y Mateo… —El Chato abrió un cajón de su mesa de trabajo y sacó una caja de munición calibre 12—. Llévate esto. Son postas de venado. Para que no falles.
Tomé la caja. Pesaba. Pesaba como la culpa.
—Gracias, hermano.
—Vete por la libre. Evita los peajes. Tienen cámaras con reconocimiento facial ahora, dicen.
Levanté a Sofía. —Vámonos. No hay tiempo para descansar.
Bajamos al estacionamiento trasero. El Tsuru era una chatarra gris con una puerta de otro color, pero arrancó al primer intento. Ranger saltó al asiento de atrás. Sofía se sentó de copiloto, encogiéndose para no ser vista.
Salimos de la unidad habitacional justo cuando el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre que parecía un presagio.
Manejé hacia las afueras, evitando las avenidas principales. Mi mente trazaba rutas de escape, puntos ciegos, lugares seguros en la sierra. Pero una duda me carcomía.
Ese tipo, El Coleccionista, no se había asustado cuando le apunté con la escopeta. Se había retirado tácticamente, sí, pero no había miedo real en sus ojos de tiburón. Había cálculo. Había paciencia.
Mientras tomaba la carretera vieja hacia el sur, miré por el retrovisor. No veía camionetas negras. Aún no.
Pero sabía que estaban ahí, en alguna parte, rastreando, oliendo, coordinando.
—Mateo… —susurró Sofía.
—Dime.
—Gracias por… por decir que eras mi papá.
Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. —No fue mentira, Sofía. —La miré de reojo—. Desde hoy, para todo el mundo que pregunte, eres mi hija. Es la única forma de mantenerte viva. Tienes que creértelo. Tienes que aprender a mentir, a mirar a la gente a los ojos y sostener la mentira hasta que sea verdad.
—¿Y si nos atrapan?
Toqué la escopeta que descansaba entre mi asiento y la puerta. —No nos van a atrapar vivos. Esa es la única garantía que te puedo dar.
El Tsuru devoró kilómetros de asfalto roto. La noche cayó sobre nosotros. Y en la oscuridad de la carretera, me di cuenta de que el asedio al taller había sido solo el primer disparo de una guerra larga.
Había salvado a la niña de los lobos, sí. Pero ahora tenía que enseñarle a caminar entre ellos.
Y mientras nos alejábamos de la ciudad, una notificación brilló en el teléfono desechable que le había quitado a un cliente y que traía en el bolsillo. Un mensaje de un número desconocido.
Decía solo tres palabras: “YA TE VI”.
Miré al cielo negro. No había estrellas. Solo la oscuridad y el camino por delante.
—Bienvenido al infierno —susurré para mí mismo.
Pisé el acelerador. El motor rugió, y nos perdimos en la noche mexicana, dos almas y un perro contra el mundo.
PARTE 3: LA CARRETERA DE LOS HUESOS
El mensaje brillaba en la pantalla del celular barato con una luz azulada y fantasmal: “YA TE VI”. Tres palabras. Siete letras. Un abismo de significado.
Mi primera reacción no fue el miedo, sino la rabia fría, esa que se asienta en el estómago como un bloque de hielo seco. El miedo paraliza, la rabia enfoca. Miré el teléfono en mi mano como si fuera una granada sin anilla. Era un modelo viejo, de teclas, un “cacahuate” que le había quitado a un cliente moroso hace meses. No tenía GPS, no tenía internet. ¿Cómo demonios sabían que lo tenía? ¿Cómo sabían el número?
La respuesta me golpeó con la fuerza de un culatazo: la triangulación de las torres de señal es rápida si tienes amigos en la compañía telefónica o en la fiscalía. Y “El Coleccionista”, por lo que había visto en sus ojos y en su equipo táctico, tenía amigos en todos los infiernos.
—¿Qué dice? —preguntó Sofía. Su voz temblaba, rebotando en el interior austero del Tsuru. Se frotaba los brazos como si tuviera frío, aunque el aire de la noche era bochornoso.
—Nada —mentí. No necesitaba que entrara en pánico ahora que estábamos a ciento veinte kilómetros por hora en una carretera federal sin luces—. Spam.
Bajé la ventanilla. El viento entró rugiendo, oliendo a asfalto caliente y a campo quemado. Saqué el brazo y lancé el teléfono con fuerza hacia la oscuridad de la cuneta. Lo vi dar un par de vueltas en el aire antes de perderse en la maleza. Un rastro digital menos.
—¿Por qué hiciste eso? —gritó ella, girándose en el asiento.
—Porque los fantasmas no usan teléfono, Sofía. Y si queremos seguir vivos, tenemos que ser fantasmas.
El Tsuru gris, esa máquina de batalla de la ingeniería japonesa que ha movido a medio México, vibraba bajo mis manos. El volante tenía juego, la suspensión rechinaba en cada bache, pero el motor 1.6 litros zumbaba con fidelidad. El Chato me había hecho un favor; el coche estaba feo, despintado, con una puerta roja y el resto gris, perfecto para perderse entre los miles de taxis piratas y coches obreros que circulan por el Estado.
Pero la paranoia es un copiloto insistente.
Miré por el retrovisor. La carretera estaba oscura, una cinta de brea negra que cortaba los cerros. A lo lejos, dos puntos de luz amarilla nos seguían. Mantenían la distancia. Quinientos metros. Demasiado constantes para ser un conductor borracho, demasiado lejos para querer rebasar.
—Ranger —murmuré.
El perro, que iba echado en el asiento trasero, levantó la cabeza. Sus orejas giraron hacia atrás, captando el sonido del vehículo que nos seguía. Soltó un gemido bajo.
—Lo sé, chico. Lo sé.
—¿Nos siguen? —Sofía se pegó al respaldo, tratando de hacerse pequeña.
—No mires atrás —ordené—. Si te ven voltear, confirman que sabemos que están ahí. Actúa normal. ¿Sabes manejar?
Sofía me miró con los ojos abiertos como platos. —Tengo catorce años, Mateo.
—No te pregunté tu edad, te pregunté si sabes manejar. En el rancho, en los videojuegos, lo que sea.
—Mi tío… mi tío me dejaba mover su camioneta en el patio a veces. Pero es estándar…
—Bien. Este también es estándar. Observa mis pies. —Señalé los pedales en la oscuridad—. Embrague a la izquierda, freno en medio, acelerador a la derecha. La palanca se mueve en H. Si me disparan, si me desmayo, si me bajo… tú tomas el volante. No importa si rechinas la caja, no importa si se apaga. Lo prendes y te largas. ¿Entendiste?
Ella asintió, tragando saliva. Estaba pálida, pero vi algo en su mandíbula. Un endurecimiento. La niña asustada se estaba rompiendo, sí, pero debajo de las grietas empezaba a asomar algo más duro.
Las luces detrás de nosotros se acercaron. Luego, encendieron una barra LED. La luz blanca, cegadora, inundó la cabina del Tsuru. No eran policías. Los policías usan luces azules y rojas. La luz blanca pura es la firma de los convoyes de la “maña”. Querían cegarnos, desorientarnos, obligarnos a orillarnos.
—Agárrate —dije.
Metí tercera y pisé el acelerador a fondo. El Tsuru rugió, protestando, pero ganó velocidad. Ciento treinta. Ciento cuarenta. El volante vibraba tanto que sentía que se me iban a dormir las manos.
—¡Nos van a alcanzar! —gritó Sofía, cubriéndose los ojos del resplandor.
Delante de nosotros, la carretera se curvaba hacia la derecha, entrando en una zona de barrancas. Conocía este tramo. “La Curva del Diablo”, le dicen los traileros. Peralte negativo, asfalto resbaloso. Si entrabas muy rápido, salías volando.
—Voy a apagar las luces —anuncié.
—¡¿Qué?! ¡Nos vamos a matar!
—Confía en mí. O confía en mi miedo, que es lo mismo.
Esperé hasta el último segundo, justo antes de entrar a la curva. Apagué los faros.
La oscuridad total nos tragó. Fue como saltar al vacío con los ojos vendados. Mi memoria muscular y la poca luz de la luna fueron mi única guía. Sentí las llantas morder el asfalto, el chasis inclinarse peligrosamente. Escuché a Sofía contener la respiración.
Giré el volante suavemente, dejando que la inercia hiciera el trabajo. Detrás de nosotros, la camioneta perseguidora no esperaba la maniobra. Venían confiados por sus luces potentes y su motor superior.
Escuché el rechinido de llantas. Un chillido agudo, largo, seguido del sonido inconfundible de metal rompiendo la barrera de contención y luego… silencio. Y un golpe seco, lejano, allá abajo en la barranca.
Encendí las luces de nuevo. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.
—¿Se… se cayeron? —preguntó Sofía, mirando hacia atrás.
—Se salieron. No sé si se cayeron al fondo, pero ya no nos siguen esos.
Bajé la velocidad. El motor olía a caliente. No podíamos seguir así mucho tiempo. Necesitábamos salir de la carretera principal. Si el Coleccionista tenía gente vigilando esta ruta, pronto sabrían que su unidad de persecución había fallado. Y mandarían a los profesionales.
Vi un letrero oxidado, lleno de agujeros de bala: “San Pedro de las Tunas – 15 km”. Era una brecha de terracería. Un camino de pueblo olvidado por Dios y por el gobierno. Perfecto.
Giré el volante y metí el coche en la tierra. El polvo se levantó como una cortina detrás de nosotros. Ranger se sacudió en el asiento trasero, como si celebrara el cambio de terreno.
El camino era brutal. Piedras, zanjas, vados secos. Avanzamos despacio, con las luces apagadas de nuevo, usando solo los cuartos para no delatar nuestra posición.
—Mateo —dijo Sofía después de un rato de silencio tenso—. ¿Qué quería decir con que “yo era especial”?
La pregunta flotó en el aire viciado del coche. No quería responder. No quería ensuciar su mente con la porquería que yo había visto en mis años de servicio y luego en las calles. Pero la ignorancia mata.
—No eres especial por quién eres, Sofía —dije, eligiendo mis palabras con cuidado—. Eres especial por lo que representas para un cliente. Hay gente… gente con mucho dinero y el alma podrida… que paga por especificaciones. Color de piel, edad, tipo de cabello, incluso el acento. El Coleccionista es un sastre del infierno. Busca piezas a la medida.
Ella se abrazó a sí misma. —Me siento sucia.
—No. —Frené el coche un momento. Me giré para verla. La luz tenue del tablero iluminaba su rostro sucio de grasa y lágrimas secas—. Tú no estás sucia. Ellos son la suciedad. Tú eres la sobreviviente. Y mientras sigas respirando y peleando, ellos pierden. ¿Me entiendes? Ellos te quieren como un objeto. Tú te rebelas siendo una persona.
Ella asintió, limpiándose la nariz con la manga del suéter. —Enséñame —dijo.
—¿A qué?
—A usar eso. —Señaló la escopeta que descansaba a mi lado.
Sonreí, una sonrisa triste y torcida. —Es una Winchester calibre 12. Patea como una mula. Si no la apoyas bien en el hombro, te lo disloca. Pero a esa distancia… —palmeé el tablero—… no tienes que apuntar mucho. Solo tienes que querer darle.
—Enséñame. Por favor. No quiero volver a esconderme en una fosa.
Reanudé la marcha. —Mañana. Cuando tengamos luz y estemos seguros. Ahora necesito que seas mis ojos. Busca luces. Busca sombras que no deberían estar ahí.
Llegamos a San Pedro de las Tunas a las tres de la mañana. Era un pueblo fantasma, de esos que abundan en México. Casas de adobe con los techos caídos, una iglesia con la puerta cerrada con cadenas, y una plaza donde solo los perros flacos paseaban bajo la luz de una sola farola parpadeante. La migración y la violencia habían vaciado el lugar.
Busqué una estructura sólida. Una vieja bodega de granos a las afueras parecía lo suficientemente robusta. Metí el Tsuru dentro, rompiendo los maderos podridos que cerraban la entrada.
Apagué el motor. El silencio nos envolvió. Ranger saltó del coche y corrió a orinar en una esquina, marcando territorio. Para él, esto era solo otro lugar nuevo. Bendita inocencia animal.
—Dormiremos aquí unas horas —dije, sacando una manta vieja de la cajuela—. El coche se enfriará. Nosotros también.
Nos acomodamos en el suelo de tierra apisonada, usando los asientos del coche como respaldo. Ranger se acostó entre nosotros y la entrada, una barrera viva de dientes y lealtad.
No dormí. Cerré los ojos, pero mi mente seguía repasando el mapa, las rutas, las caras de los sicarios en mi taller. Y ese mensaje. “YA TE VI”.
Al amanecer, la luz gris se coló por las rendijas del techo de lámina. Sofía dormía hecha un ovillo, con la cabeza sobre el flanco de Ranger. Se veía tranquila, por fin.
Me levanté sin hacer ruido y salí a inspeccionar el coche. Necesitaba ver si tenía daños por el salto en la brecha.
Abrí el cofre. El motor estaba sucio, lleno de polvo, pero las mangueras se veían bien. Revisé el aceite. Bajo, pero aceptable.
Luego, me agaché para revisar los bajos del chasis.
Y entonces lo vi.
Pegado con imanes industriales al interior de la salpicadera trasera, cubierto de lodo pero parpadeando con una luz roja minúscula.
Un rastreador GPS.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El Chato. No, el Chato no. El Chato era leal hasta la médula. Pero el coche… el coche no era del Chato. “El dueño me lo dejó para arreglar y nunca volvió”, había dicho.
Nunca volvió porque tal vez estaba muerto. O tal vez… tal vez el coche era un cebo. Una trampa dejada a propósito en el taller de un mecánico conocido por ayudar a gente en problemas.
El Coleccionista no nos había encontrado por mi teléfono. Nos había estado rastreando desde que salimos del estacionamiento del Chato. Nos había dejado correr, como un gato que juega con el ratón antes de romperle el cuello. Nos había dejado alejarnos de la ciudad, llevarnos a un lugar aislado donde nadie escucharía los gritos.
—¡Sofía! —grité, corriendo hacia el interior de la bodega.
Demasiado tarde.
El zumbido llegó primero. Un sonido agudo, como de avispas gigantes.
Drones.
Miré hacia arriba. A través de los huecos del techo, vi dos drones negros suspendidos en el aire, con sus cámaras apuntando hacia nosotros. Y luego, el sonido más aterrador de todos: el crujido de llantas sobre la grava afuera de la bodega. No era una camioneta. Eran muchas.
Nos habían rodeado mientras dormíamos.
Ranger empezó a ladrar, un ladrido frenético, de guerra. Sofía despertó de golpe, gritando.
—¡Al suelo! —me lancé sobre ella justo cuando la pared de madera de la bodega explotaba hacia adentro.
No usaron balas esta vez. Usaron una granada aturdidora. ¡BANG!
El mundo se volvió blanco y un pitido agudo anuló todos los demás sonidos. Sentí la onda expansiva golpearme las costillas. Me arrastré, ciego y sordo, buscando la escopeta. Mis dedos rozaron la madera de la culata.
La agarré y rodé sobre mi espalda, apuntando hacia la luz que entraba por el hueco.
Vi siluetas. Sombras tácticas entrando con precisión militar.
Disparé. El retroceso me golpeó el hombro herido, pero vi caer a una de las sombras.
—¡Ranger, Fass! —grité, aunque no podía escuchar mi propia voz.
Sentí al perro pasar por encima de mí, una furia de pelo y músculo. Vi cómo se abalanzaba sobre otro de los atacantes.
Pero eran demasiados.
Sentí una bota pesada pisarme la muñeca, obligándome a soltar la escopeta. Luego, un golpe seco en la cabeza con la culata de un rifle.
La oscuridad empezó a cerrarse sobre mí. Lo último que vi antes de perder la consciencia fue a Ranger siendo inmovilizado por dos hombres con redes y barras eléctricas, y a Sofía siendo arrastrada hacia la luz, gritando mi nombre.
Desperté con el sabor metálico de la sangre en la boca y un dolor punzante en la nuca. Estaba atado. Sentado en una silla de metal, con las manos esposadas a la espalda y los pies encadenados a las patas de la silla.
Abrí los ojos con dificultad. Uno de ellos estaba hinchado, casi cerrado.
Estaba en una habitación limpia. Demasiado limpia. Paredes blancas, piso de azulejo blanco. Parecía un quirófano o una carnicería industrial. Había una mesa de acero inoxidable en el centro.
Y frente a mí, sentado en otra silla, mirándome con curiosidad clínica, estaba él. El Coleccionista.
Ya no llevaba la camisa polo. Ahora vestía un traje gris impecable, hecho a la medida. Se limpiaba una mancha invisible de la manga.
—Mateo, Mateo, Mateo —dijo, negando con la cabeza suavemente—. Qué decepción. Esperaba más de un comando retirado. Caíste en la trampa del coche como un novato.
Traté de hablar, pero tenía la garganta seca como lija. Escupí sangre al suelo inmaculado. —¿Dónde… dónde está ella?
El Coleccionista sonrió. —Sofía está siendo preparada. No te preocupes, no la hemos dañado. La mercancía no se maltrata. De hecho, tiene un comprador muy impaciente en Europa. Sale en un vuelo privado en tres horas.
La rabia me dio un golpe de adrenalina. Tiré de las cadenas, pero estaban bien aseguradas. —Te voy a matar —gruñí—. Te voy a arrancar los ojos.
Él se rió. Una risa suave, culta. —Qué vulgar. Pero entiendo tu frustración. Te creíste el héroe de la película. “El papá protector”. Fue conmovedor, de verdad. Pero la realidad, Mateo, es que tú eres obsoleto. Eres un perro viejo ladrándole al tren del progreso.
Se levantó y caminó hacia mí. Se inclinó hasta que su cara quedó a centímetros de la mía. Olía a loción cara y a tabaco mentolado.
—¿Sabes por qué te dejé vivo? Podría haberte metido una bala en la cabeza en la bodega.
—Porque te gusta escuchar tu propia voz —respondí.
Me dio una bofetada. No muy fuerte, solo humillante. —No. Te dejé vivo porque quiero ver si la leyenda es cierta. Dicen que en la sierra, hace años, sobreviviste a una tortura que mató a tres de tus compañeros. Dicen que no te quiebras.
Sacó un cuchillo pequeño, quirúrgico, del bolsillo interior de su saco. —Quiero ver cuánto aguantas antes de suplicarme que deje ir a la niña. Quiero ver cómo se apaga esa luz desafiante en tus ojos.
En ese momento, escuché algo.
Un sonido lejano, amortiguado por las paredes gruesas, pero inconfundible para mis oídos.
Un aullido.
No era un aullido de dolor. Era un aullido de llamada. Ranger. Estaba vivo. Y estaba cerca.
El Coleccionista se enderezó, molesto por el ruido. —Maldito perro. Debería haberlo disecado ya.
—Ese perro —dije, sonriendo con los dientes manchados de sangre—, ha matado a hombres más peligrosos que tú mientras dormía.
—Ya veremos. —El Coleccionista se giró hacia la puerta—. ¡Traigan las herramientas!
Mientras él se distraía dando órdenes a sus esbirros afuera, yo empecé a trabajar. No en las cadenas, esas eran sólidas. Sino en mi pulgar izquierdo.
Es una técnica vieja, dolorosa y desesperada. Dislocar el pulgar para poder deslizar la mano a través de la esposa. Requiere una voluntad de hierro y una tolerancia al dolor que roza la locura.
Cerré los ojos. Me concentré en la imagen de Sofía. En su cara sucia en el coche. En su voz pidiendo que le enseñara a disparar.
Apreté los dientes. Tiré.
CRACK.
El dolor fue cegador, blanco y puro. Casi vomito. Pero mi pulgar estaba fuera de la articulación. Con lágrimas en los ojos y sudor frío bañándome la espalda, empecé a jalar la mano izquierda a través del aro de acero. La piel se rasgaba, la sangre lubricaba el metal.
Centímetro a centímetro.
El Coleccionista regresó con una bandeja de instrumentos. Bisturís, pinzas, sierras. —Empecemos con los dedos de los pies —dijo, dándome la espalda para acomodar sus juguetes.
Fue su último error.
Mi mano izquierda se liberó. Colgaba inútil, palpitando, pero estaba libre. Con la mano derecha aún esposada a la silla, pero con un rango de movimiento nuevo, busqué en mi cinturón, en la parte trasera, un pequeño compartimento secreto que la mayoría de los registros superficiales pasan por alto. Una hoja de afeitar pegada con cinta adhesiva al interior del cuero.
La saqué.
—Oye —dije.
El Coleccionista se giró. —¿Ya quieres suplicar?
—No. Quiero que veas esto.
Levanté mi mano izquierda, con el pulgar deforme y sangrando, mostrándole el dedo medio.
Su cara de sorpresa fue impagable. Dio un paso atrás, chocando con la bandeja. Los instrumentos cayeron al suelo con estruendo.
Aproveché el segundo. Me incliné hacia adelante y usé la hoja de afeitar para abrir el seguro de la esposa derecha. Era un modelo estándar Smith & Wesson. Fácil si sabes cómo y tienes el pulso firme, incluso con una mano destrozada.
Click.
Estaba libre de manos.
Me levanté, arrastrando la silla que seguía encadenada a mis pies. Levanté la silla con mis brazos y la usé como un arma medieval.
El Coleccionista sacó una pistola de su sobaquera. Demasiado lento.
Estrellé la silla de metal contra su pecho y su cara. Cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la mesa de acero. La pistola resbaló por el suelo.
Caí sobre él. Mis manos buscaron su cuello. Mi pulgar roto gritaba de dolor, pero la adrenalina lo ahogaba todo.
—¡Las llaves! —le grité, apretando su tráquea—. ¡Las llaves de los grilletes!
Él manoteaba, sus ojos de tiburón ahora llenos de pánico de pez. Señaló su bolsillo. Saqué un llavero. Probé una, dos llaves. La tercera abrió los candados de mis tobillos.
Estaba libre.
Tomé su pistola. Una Beretta 9mm. Bonita. Cargada.
Lo levanté del cuello de la camisa y le di un culatazo en la nariz para asegurarme de que no se levantara pronto. Lo arrastré y lo esposé a la pata de la mesa con sus propias esposas de diseñador.
—Vas a esperar aquí —le susurré—. Voy por mi hija. Y voy por mi perro. Y luego voy a regresar para terminar nuestra conversación.
Salí al pasillo. Estaba en una especie de hacienda o rancho de lujo reconvertido. Pasillos largos, arte caro en las paredes.
Escuché voces al final del pasillo. Dos guardias. Caminé hacia ellos, con la pistola pegada al muslo para que no la vieran de inmediato.
—¿Qué pasó? Escuchamos ruido —dijo uno.
Levanté el arma. Dos disparos rápidos. Pop. Pop. Silenciador. El Coleccionista pensaba en todo. Cayeron.
Avancé siguiendo el rastro del aullido de Ranger. Venía del sótano.
Bajé las escaleras de piedra. Había una puerta de madera pesada. La pateé.
Ahí estaba. Una jaula grande en el centro. Ranger estaba dentro, sangrando por la boca, mordiendo los barrotes como un poseso. Al verme, soltó un ladrido que casi me tira al suelo de la emoción.
Rompí el candado con un disparo.
Ranger salió y saltó sobre mí, lamiéndome la cara, manchándome de su propia sangre y saliva. —Tranquilo, chico. Tranquilo. Vamos por ella.
—¿Mateo?
La voz vino de una esquina oscura de la habitación. Ahí, atada a una tubería, estaba Sofía. Tenía un vestido blanco, ridículamente elegante, puesto sobre su ropa sucia. La habían bañado y peinado a la fuerza. Parecía una muñeca rota.
Corrí hacia ella y corté las cuerdas con la navaja de uno de los guardias muertos. Ella se abrazó a mí, temblando violentamente.
—Pensé que estabas muerto. Los vi golpearte…
—Hierba mala nunca muere, mija. —Le pasé la mano por el pelo—. Vámonos. Tenemos que salir de aquí.
Subimos las escaleras, un extraño trío: un hombre cojo y golpeado, una niña vestida de fiesta y un perro furioso.
Al llegar a la planta baja, sonaron las alarmas. Alguien había encontrado a los guardias o al Coleccionista.
—¡Intrusos! ¡Sector 4!
Las puertas principales se abrieron y entraron cinco hombres armados con fusiles. Estábamos en el vestíbulo, sin cobertura.
—¡Atrás del pilar! —empujé a Sofía.
Empecé a disparar, pero una 9mm no compite contra cinco AR-15. Las balas picaban el mármol a mi alrededor. Me quedaban ocho tiros.
—Mateo… —dijo Sofía.
Me giré. Ella tenía algo en la mano. Una granada. La había tomado del cinturón de uno de los guardias caídos en el pasillo y yo no me había dado cuenta.
—¿Sabes usar eso? —pregunté, mirándola con una mezcla de horror y orgullo.
—Me dijiste que solo tenía que querer darle.
Quitó la anilla con los dientes, como en las películas, aunque casi se rompe un incisivo. —¡Cúbrete! —gritó ella.
Lanzó la granada hacia el grupo de sicarios en la puerta. No fue un lanzamiento perfecto, rodó por el suelo como una bola de boliche.
Los sicarios la vieron. Sus ojos se abrieron. —¡Granada!
¡BOOM!
La explosión sacudió los cimientos de la casa. El vestíbulo se llenó de humo, polvo y gritos.
—¡Ahora! —grité.
Salimos corriendo a través del humo, saltando sobre los cuerpos aturdidos o muertos. Afuera, en el patio, había una fila de coches de lujo. Mercedes, BMW, Ferrari. Y al final, una camioneta Ford Raptor blindada, con el motor encendido, probablemente lista para llevar a Sofía al aeropuerto.
—¡A la camioneta!
Subimos. Ranger atrás, Sofía de copiloto, yo al volante. Arranqué. Los guardias del perímetro empezaron a disparar, pero las balas rebotaban en el blindaje nivel 5 como granizo.
Aceleré hacia el portón principal de hierro forjado. No se abría. —¡Agárrense!
La Raptor, con sus 450 caballos de fuerza y tres toneladas de peso, impactó el portón a cien kilómetros por hora. El hierro cedió. Volamos a través de la entrada, aterrizando en el camino de tierra exterior.
Miré por el retrovisor. La hacienda se hacía pequeña. El humo salía de la entrada principal.
Sofía se arrancó la parte de arriba del vestido blanco, quedándose con la camiseta sucia que traía abajo. Tiró la tela de seda por la ventana. —Odio el blanco —dijo.
Me miró. Tenía la cara manchada de pólvora, pero sus ojos… sus ojos ya no eran los de una niña asustada. Eran los ojos de alguien que ha mirado al abismo y le ha escupido en la cara.
—Lo hiciste bien, hija —le dije. Y esta vez, la palabra “hija” no se sintió como una mentira táctica. Se sintió real.
—¿Y ahora? —preguntó, acariciando a Ranger, que jadeaba feliz en el asiento trasero.
Miré hacia el horizonte. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de rojo otra vez. —Ahora desaparecemos de verdad. Nada de teléfonos, nada de carreteras. Nos vamos al monte. Conozco un lugar en la Sierra Madre donde ni los satélites nos encuentran.
—¿Vamos a estar seguros?
Miré mi mano izquierda, mi pulgar roto, mi pistola robada. Miré a la niña que acababa de lanzar una granada para salvarme. —No. Seguros nunca vamos a estar. Pero vamos a estar libres. Y vamos a estar juntos.
Pisé el acelerador. La camioneta blindada devoró el camino, levantando una nube de polvo que borraba nuestras huellas, dirigiéndonos hacia las montañas azules donde la ley de los hombres no llega, y donde solo sobreviven los lobos.
El Coleccionista seguía vivo atrás, lo sabía. Y vendría. Con más hombres, con más odio. Pero nosotros estaríamos listos.
Esta ya no era una huida. Esto era una guerra. Y acabábamos de ganar la primera batalla.
PARTE FINAL: LA LEY DE LA SANGRE Y EL VIENTO
El silencio dentro de la cabina blindada de la Ford Raptor era un ente vivo, pesado y sofocante, solo roto por el zumbido de los neumáticos todoterreno devorando el asfalto y la respiración entrecortada de Ranger en el asiento trasero.
Manejé por instinto. Mi mente racional, esa parte entrenada para calcular coordenadas y logística, estaba sumergida bajo una marea de dolor blanco y punzante. Mi pulgar izquierdo, esa masa deforme de carne morada y hueso dislocado, palpitaba al ritmo de los cilindros del motor. Cada bache de la carretera enviaba un relámpago de agonía hasta mi hombro, pero no solté el volante. No podía. Si soltaba, nos moríamos.
Miré de reojo a Sofía. La niña que hacía unas horas temblaba ante la voz de su captor, ahora miraba por la ventana con una intensidad aterradora. Se había arrancado la seda blanca del vestido maldito, quedándose con la camiseta sucia que era su armadura. En sus manos, todavía apretaba la anilla de la granada, como si fuera un rosario de acero.
—¿Te duele mucho? —preguntó, sin dejar de mirar la oscuridad que se tragaba los faros.
—Solo cuando respiro —intenté bromear, pero me salió un gruñido—. Busca en la guantera. Debe haber un botiquín. El Coleccionista es un hombre precavido.
Ella abrió el compartimento. Efectivamente, había un kit de trauma de grado militar. Vendajes hemostáticos, morfina, torniquetes. Irónico. Las mismas herramientas que usarían para mantenerme vivo durante una tortura, ahora me servirían para huir.
—Saca la cinta adhesiva y una venda —ordené—. Y busca si hay analgésicos.
—Hay unas jeringas…
—No. Nada que me duerma. Necesito estar alerta. Solo pastillas.
Manejé dos horas más, alejándonos de la hacienda, zigzagueando por carreteras estatales olvidadas, evitando las autopistas de cuota donde las cámaras del gobierno (y las del cártel) nos detectarían en segundos. El tanque de la Raptor estaba lleno, una bendición de la logística criminal.
Cuando vi el letrero de “Desviación a San Nicolás de los Altos”, supe que era el momento. Giré el volante bruscamente hacia una brecha de tierra que apenas aparecía en los mapas. Era el inicio de la “Zona del Silencio” de la Sierra, un laberinto de cañones y bosques donde la señal de celular muere y los hombres también.
—¿A dónde vamos? —preguntó Sofía mientras la camioneta saltaba violentamente sobre las rocas.
—Al final del mundo, mija. A donde los satélites solo ven árboles.
Subimos durante tres horas. La vegetación cambió de matorral desértico a bosque de pino y encino. El aire se volvió frío, cortante. Ranger se incorporó, oliendo el cambio de altura. Para él, el bosque era hogar; la ciudad y las jaulas eran la aberración.
Llegamos a un punto donde el camino simplemente desapareció, comido por un deslave de hace años. Detuve la camioneta.
—Bájense —dije, apagando el motor. El silencio de la montaña nos golpeó de golpe. Grillos, viento en las ramas, el aullido lejano de un coyote. Paz. Y peligro.
—¿Aquí nos quedamos? —Sofía miró alrededor, abrazándose por el frío.
—No. El coche se queda aquí. Nosotros seguimos a pie.
—Pero… es blindada. Es segura.
—Es un ataúd de tres toneladas con GPS —la corregí, bajando con dificultad—. El Coleccionista sabrá dónde está esta camioneta en cuanto sus técnicos despierten y rastreen la computadora de viaje. Tenemos que deshacernos de ella.
Saqué todo lo útil: el botiquín, las armas que había en los compartimentos secretos (un rifle de asalto HK y dos cargadores extra para mi Beretta robada), mantas, agua y unas barras energéticas.
Luego, hice lo que tenía que hacer. Puse la camioneta en neutral. La empujamos entre los dos hasta el borde del barranco. Ranger ladró, animándonos.
—A la cuenta de tres. Una, dos… ¡tres!
La Raptor, una máquina de dos millones de pesos, rodó lentamente hacia el vacío. Cayó cincuenta metros, chocando contra las rocas con un estruendo que espantó a los búhos, hasta terminar en el lecho seco del río, invisible desde arriba.
—Ahora somos fantasmas de verdad —dije—. Vamos.
Caminamos durante lo que pareció una eternidad. Mi pierna herida ardía, mi pulgar era una masa de dolor, pero la voluntad es un combustible más potente que la gasolina. Llevé a Sofía y a Ranger a una vieja cabaña de talamontes que conocía de mis tiempos operativos. “El Nido del Águila”, le decíamos. Tres paredes de piedra, un techo de lámina oxidada y un suelo de tierra. Pero tenía una chimenea y una posición estratégica: desde ahí se veía cualquiera que subiera por la única vereda accesible.
Entramos. Ranger colapsó en una esquina, agotado. Sofía se dejó caer contra la pared, con los ojos cerrados.
—Mateo… —susurró—. ¿Crees que venga?
Me senté frente a ella, sacando la Beretta y poniéndola en el suelo entre nosotros. —El Coleccionista es un hombre de ego, Sofía. Le robamos su mercancía. Le robamos su orgullo. Le rompimos la nariz en su propia casa. No va a mandar a alguien más. Va a venir él.
—¿Cuándo?
—Cuando sanen sus heridas. Y para entonces, nosotros estaremos listos.
Los días siguientes fueron una mezcla borrosa de dolor y supervivencia. La fiebre me golpeó la segunda noche. La infección en el pulgar y en la herida de la pierna amenazaba con terminar lo que las balas no pudieron.
Sofía, la niña que había sido secuestrada saliendo de la secundaria, se convirtió en mi enfermera. Con manos temblorosas pero firmes, limpió el pus de mis heridas, me obligó a beber agua cuando yo deliraba y mantenía el fuego bajo para que no se viera el humo.
—No te mueras, Mateo —me decía en la oscuridad, poniéndome paños fríos en la frente—. No te atrevas a dejarme sola con el perro.
Al quinto día, la fiebre bajó. Desperté con un hambre voraz y la mente clara. Ranger estaba a mi lado, lamiéndome la mano sana.
Me incorporé. Sofía estaba en la entrada de la cabaña, con el rifle de asalto HK apoyado en una roca, vigilando la vereda. La postura era incorrecta, tensa, pero la intención estaba ahí.
—Baja el codo —le dije, mi voz rasposa por la falta de uso.
Ella saltó del susto, pero sonrió al verme despierto. —Pensé que ya no ibas a despertar. Ranger no ha querido comer.
—Hierba mala… —empecé a decir.
—…nunca muere. Ya sé —completó ella.
Ese día empezó el entrenamiento.
No teníamos tiempo para manuales ni para suavidad. Si El Coleccionista venía, traería a ex-militares, mercenarios, gente que mata por oficio. Sofía tenía que dejar de ser una niña y convertirse en un activo táctico.
—Esto no es una película —le dije, mientras le enseñaba a desarmar y limpiar la Beretta—. No hay segundas oportunidades. Si dudas, te mueres. Si te da miedo, te mueres. Si cierras los ojos al disparar, te mueres.
Le enseñé a caminar por el bosque sin romper ramas secas. Le enseñé a leer el viento mirando las copas de los pinos. Le enseñé a usar a Ranger como una extensión de sus sentidos.
—Ranger no es una mascota —le expliqué mientras el perro destrozaba un saco de yute que habíamos colgado como señuelo—. Ranger es un sistema de armas biológico. Él huele el miedo, huele la pólvora y huele la intención. Si Ranger se eriza, tú te tiras al suelo.
Pasaron tres semanas. Mi pulgar sanó mal, quedó chueco y rígido, pero funcional para sostener el guardamanos del rifle. Mi cojera disminuyó. Nos alimentábamos de conejos que cazaba Ranger y de raíces y piñones que yo conocía. Nos volvimos salvajes. La ropa de Sofía estaba hecha jirones, su piel estaba curtida por el sol y la tierra, y sus ojos… sus ojos habían cambiado. Ya no había rastro de la víctima. Había una cazadora.
Una tarde, mientras el sol se ponía pintando de sangre las cumbres de la Sierra Madre, Ranger se detuvo en seco en medio del claro.
No ladró. Solo levantó el hocico hacia el viento del norte y soltó un bufido casi imperceptible. El pelo de su lomo se levantó como una cresta de dinosaurio.
Sofía me miró. No preguntó. Solo quitó el seguro del rifle.
—Llegaron —dije.
No se escuchaban motores. El Coleccionista había aprendido. Venían a pie. Venían cazando.
—A las posiciones —ordené en voz baja.
Sofía corrió hacia la zona alta, una formación de rocas que dominaba la entrada al claro. Yo me quedé abajo, en la cabaña, el cebo visible.
La noche cayó. Una noche sin luna, oscura como la boca de un lobo.
Esperamos. Una hora. Dos. El frío calaba los huesos, pero la adrenalina mantenía la sangre caliente.
Entonces, lo vi. Una sombra moviéndose antinaturalmente entre los árboles. El brillo tenue de un visor nocturno. Traían tecnología. Nosotros traíamos terreno.
—¡Ahora, Ranger! —susurré.
El perro salió disparado por la puerta trasera de la cabaña, haciendo un círculo amplio para flanquearlos.
El primer disparo rompió el silencio de la sierra. No fue mío. Fue de ellos. Una bala trazadora impactó en la madera de la puerta, a centímetros de mi cabeza.
—¡Sal, Mateo! —gritó la voz amplificada del Coleccionista. Usaba un megáfono—. ¡Sabemos que estás ahí! ¡Entréganos a la niña y te prometo una muerte rápida!
—¡Ven por ella, cobarde! —grité, disparando una ráfaga corta hacia donde había visto el brillo.
Se desató el infierno.
Eran seis. Profesionales. Se movían en binomios, cubriendo ángulos, cerrando el cerco. Granadas aturdidoras volaron hacia la cabaña. El estruendo me dejó sordo por unos segundos, el polvo llenó mis pulmones.
Salí rodando por la ventana lateral justo cuando una granada de fragmentación convertía la entrada en astillas.
—¡Sofía! —grité mentalmente. No podía delatar su posición.
Un mercenario apareció frente a mí, saliendo de la maleza. Levantó su arma. Antes de que pudiera apretar el gatillo, una sombra negra cayó sobre él desde la rama de un encino.
Ranger.
El mercenario gritó mientras el perro buscaba la garganta. El sonido húmedo y bestial paralizó a los otros por un segundo.
Desde las rocas de arriba, sonó el crack-thump seco del HK.
Uno de los atacantes cayó, con un agujero en el pecho. Sofía no había cerrado los ojos.
—¡Están arriba! ¡Fuego de supresión a las rocas! —gritó El Coleccionista.
Vi su silueta. Estaba detrás de un tronco grueso, dirigiendo la orquesta. Llevaba un chaleco táctico pesado y un casco balístico. Venía a la guerra.
Me arrastré por el lodo, ignorando el dolor de mis viejas heridas. Tenía que llegar a él. Tenía que cortar la cabeza de la serpiente.
Dos mercenarios avanzaron hacia la posición de Sofía, disparando fuego automático para mantenerla agachada.
—¡Ranger, Fass! —señalé a los que subían.
El perro dejó el cuerpo inerte del primer hombre y se lanzó colina arriba, una mancha de oscuridad letal.
Yo me levanté y corrí hacia El Coleccionista.
Me vio. Giró su arma hacia mí. Nos disparamos al mismo tiempo.
Sentí un golpe de martillo en el costado derecho. El chaleco antibalas que le había quitado a uno de sus guardias en la hacienda detuvo la penetración, pero el impacto me rompió una costilla. Me quedé sin aire.
Pero mi bala encontró su objetivo. Le di en la pierna, justo debajo del blindaje táctico.
El Coleccionista cayó, gritando de furia. Soltó su rifle.
Me lancé sobre él antes de que pudiera sacar su arma secundaria. Rodamos por la pendiente, golpeándonos contra raíces y piedras. Él era fuerte, pero peleaba con técnica de gimnasio. Yo peleaba con la desesperación de quien no tiene nada que perder.
Le di un cabezazo en la nariz. La sangre brotó caliente. Él me clavó los dedos en la herida de mi costado.
—¡Te voy a matar, perro callejero! —bramó, escupiéndome.
—¡Yo soy el perro! —grité, sacando mi navaja táctica con la mano del pulgar roto.
Clavé la hoja en su hombro, clavándola contra la tierra. Él aulló.
Arriba, los disparos cesaron. Solo se escuchaba el jadeo de Ranger y un último gemido de alguien muriendo.
El Coleccionista me miró. Sus ojos de tiburón estaban abiertos de par en par, reflejando por primera vez un terror absoluto. Se dio cuenta de que su dinero, sus influencias y sus trajes a la medida no valían nada en el lodo de la Sierra Madre.
—Espera… espera… —jadeó—. Tengo dinero. Mucho dinero. Cuentas en Suiza. Te puedo dar diez millones de dólares. A ti y a la niña. Se pueden ir a Europa.
Me detuve. La navaja estaba a centímetros de su garganta. Diez millones. Una vida nueva. Paz.
Miré hacia arriba. Sofía bajaba por la pendiente, con el rifle al hombro y Ranger caminando a su lado, cojeando pero orgulloso. Se veían salvajes, magníficos y terribles bajo la luz de las estrellas.
Miré de nuevo al hombre bajo mi bota. —Te equivocaste de precio —le dije—. La inocencia no se compra.
—¡No, por favor! ¡Soy un hombre de negocios! ¡Soy necesario!
—No. Eres una enfermedad. Y yo soy la cura.
No hubo gloria en lo que hice. No hubo música heroica. Solo hubo un movimiento rápido, brutal y definitivo. El silencio regresó al bosque, más pesado que antes.
Me levanté, respirando con dificultad, sosteniéndome las costillas. Sofía llegó a mi lado. Miró el cuerpo del hombre que había convertido su vida en una pesadilla. No apartó la mirada.
—¿Se acabó? —preguntó. Su voz era firme, sin temblor.
—Se acabó la cacería —respondí, limpiando la hoja de mi navaja en el pantalón del muerto—. Pero la guerra… la guerra nunca se acaba, mija. Solo cambia de lugar.
Ranger se acercó al cuerpo, lo olfateó con desdén y luego vino a sentarse sobre mis botas, recargando su peso en mis piernas.
—Tenemos que irnos —dijo Sofía—. Van a venir a buscarlos cuando no reporten.
—Sí. Pero ya no vamos a huir.
Me agaché y tomé el rifle del Coleccionista. Era un arma excelente. —¿A dónde vamos?
Miré al norte, hacia donde la sierra se vuelve infinita y cruza fronteras invisibles. —Hay muchos pueblos olvidados en estas montañas, Sofía. Muchos “Robles”, muchas “Esperanzas”. Mucha gente que necesita quien pinte una raya en el suelo y diga “no más”.
—¿Nosotros vamos a pintar esas rayas?
Sonreí, a pesar del dolor, a pesar de la sangre, a pesar de todo. —Alguien tiene que hacerlo. Y parece que se nos da bien.
Recogimos lo que pudimos de los caídos: munición, botiquines, raciones. Dejamos los cuerpos para la montaña. Los coyotes y los buitres tienen que comer, y la tierra reclama lo que es suyo.
Caminamos hacia la oscuridad del bosque, dejando atrás la cabaña quemada y la vida que pudimos haber tenido.
Ya no éramos Mateo el mecánico y Sofía la estudiante. Éramos una leyenda que empezaba a susurrarse en las fogatas de la sierra. El hombre roto, la niña de acero y el perro demonio.
EPÍLOGO: LA SOMBRA EN EL VIENTO
(Seis meses después)
El pueblo de San Bartolo estaba tranquilo, demasiado tranquilo para ser viernes por la noche. Los narcos locales habían impuesto un toque de queda no oficial. Nadie salía después de las diez.
En la cantina del centro, tres hombres armados bebían cerveza y se reían, contando fajos de billetes manchados de sangre. Eran los nuevos jefes de plaza. Se sentían intocables. Se sentían dioses.
La puerta de la cantina se abrió con un rechinido suave. El viento frío de la noche entró, apagando una de las velas.
Los hombres se giraron, molestos. —¡Está cerrado, larguen…! —empezó a decir uno, llevándose la mano a la cintura.
Se calló de golpe.
En el umbral, recortada contra la luz de la luna, había una figura. Un hombre alto, con una leve cojera y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Llevaba un poncho viejo y sucio.
Y a su lado, una joven con ojos que brillaban como obsidiana pulida, sosteniendo algo bajo su capa.
Y delante de ellos, un perro. Un Pastor Belga Malinois, negro como la consciencia de un pecador, que no ladraba. Solo miraba. Y sonreía con todos los dientes.
—Buenas noches, caballeros —dijo el hombre. Su voz sonó como piedras rodando en el fondo de un río—. Escuché que andan molestando a la gente de bien.
—¿Y tú quién chingados eres? —gritó el líder de los sicarios, sacando su pistola.
El hombre del poncho no se movió. La chica a su lado dio un paso al frente. —Él es Mateo —dijo ella con una voz que heló la habitación—. Yo soy Sofía. Y él es Ranger.
El perro soltó un gruñido que vibró en las botellas de tequila de la estantería.
—¿Y qué quieren? —preguntó el sicario, sintiendo por primera vez en su vida el verdadero miedo, ese que te dice que estás frente a algo que no puedes matar.
Mateo sonrió. Una sonrisa triste, terrible y justa. —Venimos a cobrar la renta. Y la moneda de cambio… es el miedo.
La luz se apagó. Se escuchó el sonido inconfundible de un perro atacando. Se escuchó el crack de huesos rompiéndose. Y luego, el silencio.
Cuando la policía llegó a la mañana siguiente, no encontraron a los narcos. Solo encontraron sus armas, dobladas e inútiles, y una nota clavada en la barra con un cuchillo táctico.
La nota no tenía palabras. Solo tenía un dibujo infantil, hecho con crayón, de un perro, un hombre y una niña bajo un sol amarillo.
Y abajo, escrito con letra firme: “AQUÍ NO SE TOCA A NADIE MÁS.”
Dicen que si vas a la Sierra Madre y escuchas el viento aullar entre los pinos, no es el viento. Son ellos. Vigilando. Cazando. Viviendo.
FIN