Era una joven viuda indígena a punto de m*rir en la sierra, hasta que un ranchero millonario me encontró y me dijo esto…

El viento bajaba de los cerros como un lamento, rozando el pasto seco y los pinos retorcidos de la Sierra Madre. Traía ese olor a helada, aunque apenas empezaba el otoño, y con él, la certeza silenciosa de que cualquiera que se quedara allá afuera esa noche, amanecería m*erto.

Yo lo sabía. Lo supe en el momento en que mis piernas fallaron y caí entre las piedras.

Me llamo Yara. Apenas tengo 21 años, pero siento que he vivido cien. Ya soy viuda, y cargo un cansancio que pesa más que los huesos. Mi esposo se fue el invierno pasado; la fiebre se lo llevó porque en nuestro pueblo la medicina nunca llega y las promesas del gobierno se rompen como ramas secas. Él era bueno, un hombre tranquilo que remendaba huaraches y creía que si no hacíamos ruido, el mundo nos dejaría en paz. Pero el mundo no perdona.

Hace dos días caí tratando de cruzar la barranca. Mi tobillo estaba morado, hinchado como un melón bajo mis naguas rasgadas. El orgullo me hizo arrastrarme por kilómetros, el hambre me empujaba, pero el dolor terminó ganando. Pegué la frente a la tierra fría y le recé a la Virgencita, no para que me salvara, sino para que no me dejara sola en la oscuridad.

Fue entonces cuando escuché los cascos.

Al principio pensé que era el delirio. Pero el sonido era real, pesado. Un caballo resopló cerca. Levanté la vista, con los ojos borrosos, y lo vi. Un hombre alto, ancho de hombros, montado en un animal que valía más que todo mi pueblo junto. Llevaba una chamarra de lana fina y botas que brillaban a pesar del polvo.

Se notaba que era un patrón. De esos que tienen la vida resuelta. El caballo se detuvo en seco. El hombre me vio.

Traté de levantarme, de huir, pero mi cuerpo era de plomo. El miedo me invadió. ¿Qué hace un hombre así con una mujer sola en el monte? Esperé un grito, un insulto, o esa mirada de asco que nos echan a veces en la ciudad.

Pero él bajó del caballo de un salto. Sus botas golpearon la tierra con fuerza.

—Tranquila… —su voz era grave, pero no sonaba a amenaza.

Se arrodilló a mi lado. Olía a tabaco, a jabón caro y a cuero. Me vio temblar, vio mis labios azules y mi tobillo destrozado. Sin dudarlo un segundo, se quitó su abrigo pesado y me envolvió con él. El calor de la lana me golpeó como un abrazo.

—Estás helada, muchacha —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Me escuchas? Parpadea si puedes.

Parpadeé. Una lágrima se me escapó. Él vio el hambre en mis pómulos, esa marca que deja la pobreza cuando te ha quitado todo. Me tomó en sus brazos como si yo no pesara nada, como si fuera una pluma rota.

—No te voy a dejar aquí —dijo, y sonó más a juramento que a promesa—. No hoy.

Me subió a su caballo. Mientras la oscuridad me empezaba a tragar, escuché su voz firme contra el viento:

—ESTÁS A SALVO AHORA, NIÑA. ¡TE TENGO!

PARTE 2: EL DESPERTAR EN LA HACIENDA DE LAS NUBES, UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD QUE NO PEDÍ

La oscuridad no se fue de golpe. Se aferraba a mí como el lodo seco en las botas, pesada y rasposa. Entre la negrura, había momentos de luz que no tenían sentido. Recuerdo el vaivén. No el vaivén de mis propias piernas fallando, sino un movimiento rítmico, poderoso, bajo mi cuerpo. El olor a animal sudado, a cuero curtido y a ese aroma tan particular que tienen los hombres que no conocen el miedo: tabaco y pino.

Hubo voces. Voces graves que retumbaban en el pecho de quien me cargaba. “Aguanta, chamaca. Ya casi llegamos”. Y luego, el ladrido lejano de perros, el rechinido de un portón de hierro pesado abriéndose, y un calor repentino que me golpeó la cara, no el calor del sol, sino el de un fuego de leña encerrado entre cuatro paredes.

Después, nada. El vacío.

Cuando volví a abrir los ojos, pensé que había m*erto. De verdad lo creí. Porque en mi mundo, en mi jacal de adobe con techo de lámina donde el viento silbaba burlándose de nuestra pobreza, no existían techos como este. Mis ojos recorrieron vigas de madera oscura, gruesas como troncos de árboles centenarios, cruzando un techo alto, impecable. No había goteras. No había manchas de humedad.

Intenté moverme y el dolor me recordó que seguía viva. Un gemido se me escapó de la garganta, seco y rasposo, como si hubiera tragado arena.

—Quieta —dijo una voz de mujer. No era la voz del hombre del cerro. Era una voz seca, firme, acostumbrada a dar órdenes y a que se obedecieran sin chistar.

Giró mi cabeza hacia la izquierda, sintiendo cómo el cuello me tronaba. Allí, sentada en una silla de mimbre junto a la cama, había una mujer mayor. Tenía el cabello gris recogido en un chongo apretado, un delantal blanco inmaculado sobre un vestido negro y manos que no paraban de moverse, desgranando chícharos en un tazón de barro.

—¿Dón… dónde…? —mi voz no era más que un susurro patético.

La mujer dejó el tazón a un lado y se acercó. Sus ojos eran oscuros, escrutadores. Me miró como quien mira una pieza de fruta en el mercado, buscando el golpe o la pudrición. Me puso una mano en la frente. Su palma estaba fresca y olía a jabón de lavandería.

—La fiebre ya bajó —dijo, más para ella que para mí—. Estás en la Hacienda Las Nubes. Y tienes suerte de que el patrón tenga el corazón blando, muchacha. Porque cualquier otro te hubiera dejado para que te comieran los coyotes.

Hacienda Las Nubes. El nombre me sonaba lejano, como un cuento de fantasmas que se cuenta en el pueblo. Decían que el dueño era un hombre solo, inmensamente rico, dueño de todo lo que la vista alcanzaba a ver desde el pico más alto de la sierra. Y yo estaba ahí. En sus sábanas.

Miré hacia abajo. Estaba limpia. Alguien me había quitado mis naguas rotas y sucias de lodo y sangre. Llevaba puesto un camisón de algodón blanco, suave, que olía a flores secas. El pánico me subió por la garganta como bilis.

—¿Mi ropa? —pregunté, tratando de incorporarme, pero el mareo me empujó de nuevo contra las almohadas. Almohadas de plumas. Dios mío, nunca había sentido algo así.

—Esa garra ya no servía ni para trapos —respondió la mujer, regresando a su silla—. La quemamos. Estabas llena de piojos y mugre del monte.

La vergüenza me quemó las mejillas más fuerte que la fiebre. Era verdad. Yo era una mujer de la sierra, una viuda sin nada, que había pasado días arrastrándose por la tierra. Pero era mi ropa. Lo único que me quedaba de mi vida anterior, de cuando mi esposo Mateo aún vivía y me decía que me veía bonita cuando me trenzaba el pelo. Ahora, desnuda de mi pasado, envuelta en la caridad de extraños, me sentí más pequeña que nunca.

—¿Quién… quién me trajo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. La imagen del hombre en el caballo, con su abrigo de lana, estaba grabada a fuego en mi memoria.

—El patrón. Don Tomás —dijo ella, pronunciando el nombre con un respeto que rayaba en el temor—. Te encontró allá arriba, donde el diablo perdió el poncho. Dice que estabas ya casi del otro lado.

Me quedé callada, mirando el techo. ¿Por qué? Esa era la pregunta que me taladraba la mente. En mi experiencia, los ricos no ayudan a los pobres sin esperar algo a cambio. O querían mano de obra barata, o querían la tierra, o querían… cerré los ojos con fuerza. ¿Qué podía querer un hombre como ese de una mujer rota como yo?

—Bebe esto —la mujer me acercó una taza de peltre a los labios. Era un té de hierbas, amargo pero caliente. Me obligó a beberlo todo—. Ahora duerme. El doctor vendrá mañana a revisar ese tobillo. Si tienes suerte, no te lo tendrán que cortar.

Esa frase me dejó helada, pero el cansancio era más fuerte que el miedo. Me hundí en la oscuridad de nuevo, pero esta vez, soñé con un abrigo de lana y una voz que decía: “Te tengo”.

Los días siguientes se volvieron borrosos, una mezcla de dolor, sueño y vergüenza. Me enteré de que la mujer se llamaba Doña Matilde. Era el ama de llaves, la cocinera y, al parecer, la dueña de la voluntad de todos en la casa, excepto del patrón.

Doña Matilde no era mala, pero era dura. Era de esa gente de campo que cree que la enfermedad entra por la flojera y sale con trabajo duro. Me cambiaba los vendajes con eficiencia, sin hacerme cariños, pero tampoco me lastimaba a propósito. Me traía caldos de pollo que sabían a gloria, con tortillas recién hechas a mano que me recordaban a mi madre.

Pero a Don Tomás no lo vi.

Escuchaba sus botas en el pasillo. Pasos pesados, seguros. A veces escuchaba su voz dando órdenes en el patio, hablando de ganado, de cercas, de la tormenta que se avecinaba. Pero nunca entraba al cuarto. Y eso, extrañamente, me ponía más nerviosa. ¿Me estaba guardando? ¿Estaba esperando a que me curara para cobrarme el favor?

La incertidumbre es peor que el hambre. El hambre te duele en la panza, pero la incertidumbre te carcome el alma.

Fue una tarde, creo que la cuarta o quinta desde que llegué, cuando finalmente lo vi. Yo estaba intentando sentarme en el borde de la cama. Mi tobillo ya no palpitaba tanto y el color morado estaba bajando a un amarillo verdoso. Quería probar si podía ponerme de pie. Odiaba usar el bacinica; quería caminar al baño real que Doña Matilde me había dicho que estaba al final del pasillo.

Puse el pie sano en el suelo de madera pulida. Estaba frío. Luego, con mucho cuidado, bajé el pie malo. Apenas rocé el suelo, una punzada eléctrica me recorrió la pierna hasta la cadera. Solté un jadeo y me tambaleé, buscando de dónde agarrarme.

La puerta se abrió de golpe.

No fue Doña Matilde. Fue él.

Llenó el marco de la puerta. Era más alto de lo que recordaba, o tal vez era que yo me sentía muy pequeña en camisón. Llevaba ropa de trabajo: una camisa de mezclilla arremangada hasta los codos, mostrando brazos fuertes y quemados por el sol, y pantalones de lona manchados de tierra. No traía sombrero, y pude ver que su cabello era oscuro, con hilos de plata en las sienes, despeinado por el viento.

Me miró y sus ojos, de un café profundo como la tierra mojada, se abrieron con alarma.

—¿Qué estás haciendo? —su voz tronó en la habitación pequeña.

Di un salto del susto y perdí el equilibrio. Me fui de lado. Esperé el golpe contra el suelo, cerré los ojos y me preparé para el dolor. Pero el golpe nunca llegó.

Unos brazos fuertes me atraparon en el aire. Sentí su pecho duro contra mi hombro, el olor a campo y sudor limpio me envolvió otra vez. Me levantó como si fuera una muñeca de trapo y me depositó con suavidad en la cama.

—Estás loca, muchacha —dijo, pero ya no gritaba. Estaba jadeando un poco, y su rostro estaba a centímetros del mío. Pude ver las arrugas alrededor de sus ojos, marcas de quien ha pasado mucho tiempo mirando al sol—. El doctor dijo reposo absoluto. ¿Quieres quedar coja para siempre?

Me aparté de él, jalando la cobija hasta mi barbilla. El corazón me latía tan fuerte que pensé que él podía escucharlo.

—Quería… quería ir al baño —susurré, bajando la vista. La vergüenza me ardía en la cara.

Él se enderezó y dio un paso atrás, dándose cuenta quizás de lo cerca que estábamos. Se pasó una mano por el cabello, un gesto nervioso que no encajaba con su apariencia de hombre de hierro.

—Para eso está Matilde. Tienes que llamarla.

—No quiero ser una molestia —dije, y la voz se me quebró—. Ya he causado suficientes problemas. Usted… usted me salvó, gastó medicinas en mí, me tiene en esta cama… no tengo con qué pagarle, patrón.

La palabra “patrón” pareció molestarle. Frunció el ceño y cruzó los brazos sobre su pecho ancho.

—Nadie te está pasando la cuenta, Yara.

Se sabía mi nombre. Me sorprendió tanto que levanté la vista de golpe.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Hablaste en la fiebre —dijo él, encogiéndose de hombros, recargándose en el marco de la puerta como si de repente no tuviera prisa por irse—. Llamabas a un tal Mateo. Y decías que te llamabas Yara.

Sentí una punzada en el pecho al oír el nombre de mi esposo en sus labios.

—Mateo era mi esposo.

—Era —repitió él, no como pregunta, sino confirmando lo que ya sospechaba—. Eres muy joven para decir “era”.

—La m*erte no pide identificación, patrón. Se lleva al que se tiene que llevar.

Hubo un silencio largo. El viento soplaba afuera, haciendo rechinar las ventanas. Por primera vez, me di cuenta de que afuera estaba lloviendo. Una lluvia fría de sierra.

—Me llamo Thomas Hail —dijo de repente—. Pero todos me dicen Don Tomás. Tú puedes decirme Tomás, si quieres.

—No podría, patrón. Sería una falta de respeto.

Él soltó una risa corta, seca, sin humor.

—El respeto no se gana con títulos, muchacha. Se gana con acciones. Y tú… —me miró de arriba abajo, pero no con lujuria, sino con una especie de curiosidad triste—… tú tienes agallas. Arrastrarse por ese cerro con el tobillo así… hay hombres que trabajan para mí que se hubieran tirado a llorar a la primera hora.

—No quería m*rir —dije simplemente.

—Nadie quiere. Pero pocos pelean tan duro para evitarlo cuando ya lo han perdido todo.

Sus palabras me golpearon. ¿Cómo sabía él que yo lo había perdido todo? ¿Se me notaba tanto en la cara? ¿La pobreza y la soledad dejan una marca visible, como una cicatriz en la frente?

—Descansa —dijo, dándose la vuelta para irse—. Le diré a Matilde que venga a ayudarte. Y no te levantes, Yara. Es una orden.

Salió y cerró la puerta con suavidad. Me quedé mirando la madera, sintiendo una mezcla extraña de alivio y confusión. No me había gritado. No me había pedido nada. Me había mirado como a una persona, no como a una cosa. Y eso, de alguna manera, me daba más miedo que cualquier otra cosa. Porque cuando alguien te trata con bondad cuando estás acostumbrada a los golpes, empiezas a tener esperanza. Y la esperanza, como aprendí cuando Mateo enfermó, es lo que más duele cuando se rompe.

Pasaron dos semanas más. Mi tobillo sanaba lento pero seguro. El doctor, un hombre viejo con olor a alcohol y manos temblorosas pero sabias, me dio permiso de usar muletas. Esas muletas, descubrí después, las había tallado uno de los peones por orden de Don Tomás. Eran de madera de pino, lijadas perfectamente para que no me astillaran las axilas, con trapos suaves amarrados en la parte superior.

Con las muletas, mi mundo se expandió. Ya no era solo el cuarto y la cama. Pude salir al pasillo. Pude llegar a la cocina.

La cocina de la Hacienda Las Nubes era enorme. Tenía un fogón de leña que siempre estaba encendido, ollas de cobre colgadas en las paredes que brillaban como soles, y una mesa larga de madera donde comían los peones.

Empecé a tratar de ayudar. No podía quedarme sentada sin hacer nada; mis manos estaban acostumbradas al trabajo desde que tenía cinco años. Sentirme inútil me hacía sentir una ladrona, robando comida y techo.

—Deja eso ahí, chamaca —me regañó Doña Matilde el primer día que intenté lavar los platos—. Te vas a caer y el patrón me va a colgar de un pino.

—Por favor, Doña Matilde —le supliqué—. Déjeme hacer algo. Aunque sea desgranar el maíz o limpiar los frijoles. Si no hago nada, me voy a volver loca. Mis manos necesitan ocuparse.

Ella me miró, con el cucharón en la mano, y suspiró. Vio la desesperación en mis ojos, esa necesidad de ganarme mi lugar en la tierra.

—Está bien. Siéntate ahí —señaló una silla baja junto al fuego—. Pela estos ajos. Pero sentada. Y si te duele la pata, lo dejas.

Así empezó mi rutina. Por las mañanas, después de que el doctor revisaba mi pie, iba a la cocina. Ayudaba a Matilde. Al principio, ella apenas me hablaba, pero poco a poco, entre el olor a comino y a cebolla frita, empezamos a platicar.

Me contó de la hacienda. Me dijo que Don Tomás había llegado hacía diez años, comprando la tierra cuando nadie daba un peso por ella. Que había trabajado de sol a sol, hombro con hombro con los peones, levantando cercas, curando ganado, peleando contra la sequía y los bandidos.

—Es un hombre bueno, pero triste —me confesó Matilde un día, mientras hacíamos tortillas. Ella palmeaba la masa con un ritmo hipnótico—. Tuvo familia, dicen. Allá en el norte. Pero algo pasó. Nunca habla de eso. Y nadie se atreve a preguntar. Vive para esta tierra. Es su esposa y su hija.

—¿Y por qué me ayudó a mí? —pregunté, aplastando una bolita de masa en la prensa.

Matilde se detuvo un momento y me miró con una suavidad que rara vez mostraba.

—Porque él sabe lo que es estar solo en el frío, niña. Hay fríos que no se quitan con cobijas. Y él vio ese frío en ti.

Esa noche, durante la cena, observé a Don Tomás con otros ojos. Él comía en el comedor principal, solo, en una mesa larga diseñada para doce personas. Matilde le servía y luego se retiraba. Me parecía una existencia terrible. Tener tanto espacio y nadie con quien compartirlo.

Yo comía en la cocina con Matilde, pero esa noche, ella me dijo:

—El patrón dice que hoy cenas con él.

Casi se me cae el vaso de agua.

—¿Yo? ¿Por qué? No tengo ropa decente, Matilde. Sigo usando la ropa que me prestaron de tu sobrina.

—No le importa la ropa. Dice que quiere hablar. Anda, ve. Ya te serví el plato allá.

Caminé por el pasillo con mis muletas, el sonido toc-toc-paso resonando en la casa silenciosa. Llegué al comedor. Había velas encendidas, aunque había luz eléctrica. La luz de las velas suavizaba las sombras de su cara.

—Siéntate, Yara —dijo sin levantar la vista de su plato. Estaba comiendo asado de puerco con chile rojo.

Me senté en la silla a su derecha, sintiéndome pequeña e intrusa.

—Gracias por la comida, patrón —dije en voz baja.

—Tomás —corrigió él. Levantó la copa de vino y tomó un trago—. ¿Cómo va el pie?

—Mejor. Ya casi puedo apoyar el talón.

—Bien. El doctor dice que en una semana podrás caminar sin las muletas. Quizás cojees un poco al principio, pero se te quitará con el tiempo.

Asentí, sin saber qué decir. Comí en silencio unos minutos. La comida estaba deliciosa, pero tenía un nudo en el estómago que no me dejaba tragar bien.

—¿Qué vas a hacer, Yara? —la pregunta cayó sobre la mesa como una piedra.

Dejé el tenedor. Ahí estaba. El momento que había estado temiendo. Me estaba corriendo. Y tenía todo el derecho. Ya estaba sana. Ya no había razón para que siguiera gastando en mí.

—Yo… —me aclaré la garganta—. No sé. Pensaba que tal vez podría ir al pueblo de San Jacinto. Dicen que ahí hay una maquiladora. Podría buscar trabajo. O tal vez lavar ropa ajena. Soy buena lavando.

—¿Tienes familia en San Jacinto?

—No, señor. No tengo familia en ningún lado. Mis padres murieron cuando era niña. Mateo era todo lo que tenía.

Él me miró fijamente. Sus ojos oscuros parecían leer mis pensamientos, mis miedos.

—San Jacinto es un lugar duro para una mujer sola. Hay mucha gente mala aprovechándose de la necesidad.

—Lo sé. Pero no tengo opción. No puedo quedarme aquí para siempre, viviendo de su caridad. Ya he abusado mucho de su bondad.

Tomás dejó los cubiertos con un tintineo fuerte. Se limpió la boca con la servilleta y se recargó en la silla, mirándome con una intensidad que me hizo temblar.

—¿Y si no fuera caridad?

Lo miré sin entender.

—¿Qué quiere decir?

—Matilde me dice que ayudas en la cocina. Que tienes buena mano para la masa y que no le tienes miedo al trabajo. Dice que dejaste los trastes más limpios de lo que los ha visto en años.

Sentí que me sonrojaba.

—Solo quería ayudar. Pagar un poco lo que he comido.

—Necesito ayuda aquí, Yara. Matilde ya está grande. Le duelen las manos con el frío. Necesita a alguien joven que le ayude con la casa, con la huerta, con las gallinas. No es un trabajo fácil. Aquí se trabaja duro.

Mi corazón empezó a latir desbocado. ¿Me estaba ofreciendo trabajo?

—¿Me está ofreciendo empleo, patrón?

—Te estoy ofreciendo un lugar —dijo él, y su voz se suavizó—. Un sueldo justo. Techo. Comida. No como invitada, ni como caridad. Como trabajadora de la Hacienda Las Nubes. Te ganarías tu pan.

Las lágrimas me picaron en los ojos. No era lástima. Era dignidad. Me estaba ofreciendo una forma de vivir sin tener que mendigar, sin tener que ponerme en peligro en un pueblo desconocido.

—¿Por qué? —pregunté de nuevo, la voz temblorosa.

Él suspiró y miró hacia la ventana, hacia la oscuridad de la noche donde los coyotes aullaban.

—Porque esta casa es muy grande, Yara. Y el silencio a veces pesa más que las piedras. Matilde te ha tomado cariño. Y… —hizo una pausa, como si le costara admitirlo—… y me gusta ver que hay vida en la casa. Ver que alguien peleó contra la m*erte y ganó. Me recuerda que se puede sobrevivir a los inviernos.

Me quedé mirándolo. Vi a un hombre solitario, rodeado de riqueza pero vacío por dentro, tendiéndole la mano a una mujer que no tenía nada más que su vida.

—Acepto —dije, y por primera vez en meses, sentí que el aire entraba limpio en mis pulmones—. Acepto el trabajo, Don Tomás. Y le prometo que no se va a arrepentir. Voy a dejar esta casa brillante.

Él sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas una curva en sus labios, pero iluminó su rostro cansado.

—No lo dudo, Yara. No lo dudo.

Las semanas se convirtieron en meses. El otoño dio paso al invierno. La nieve cubrió la sierra, pintando todo de blanco. Pero yo ya no tenía frío. Tenía un cuarto caliente. Tenía trabajo. Y tenía una extraña nueva familia.

Matilde se convirtió en una especie de tía regañona pero cariñosa. Me enseñó los secretos de la cocina de la hacienda, a sazonar el mole, a curar la carne seca.

Y Tomás… Tomás seguía siendo el patrón, pero algo había cambiado.

A veces, por las tardes, cuando regresaba del campo congelado, se sentaba en la cocina mientras nosotras terminábamos de recoger. Se tomaba un café y nos contaba cosas del día. Que si una vaca había parido, que si el río estaba creciendo. Yo lo escuchaba, y a veces me atrevía a opinar.

—Esa vaca necesita más grano, patrón. Está muy flaca —le dije una vez.

Él me miró sorprendido y luego soltó una carcajada.

—¿Ahora eres experta en ganado, Yara?

—Mi esposo tenía una chiva. Sé cuando un animal tiene hambre.

—Tienes razón —admitió, todavía sonriendo—. Le daré más grano.

Esos momentos eran pequeños tesoros. Sentía que pertenecía a algo.

Pero no todo era perfecto. Había noches en que la culpa me despertaba. Soñaba con Mateo. Soñaba que él me miraba desde el frío, preguntándome cómo podía yo estar tan calientita y bien comida mientras él estaba bajo tierra. Me despertaba llorando, ahogada en la pena.

Una de esas noches, no pude volver a dormir. Me levanté, me puse una bata gruesa y salí al porche. El aire estaba helado, cortante. La luna iluminaba los campos de nieve, haciéndolos brillar como plata.

Me senté en la mecedora, abrazándome las rodillas, dejando que el frío me entumiera un poco para calmar el dolor de mi pecho.

Escuché la puerta abrirse. Tomás salió. Llevaba una chamarra de piel de borrego y un cigarro en la mano.

—Hace mucho frío para estar aquí afuera, Yara —dijo, recargándose en el barandal.

—No podía dormir. Los recuerdos hacen ruido.

Él asintió y exhaló el humo hacia la noche.

—Lo sé. Los fantasmas no respetan los horarios de sueño.

Se quedó en silencio un rato, acompañándome. No me dijo que me metiera. No me dijo que dejara de llorar. Solo estuvo ahí, una presencia sólida contra el vacío.

—Un día —dijo él bajito, mirando las estrellas—, el dolor cambia. No desaparece, nunca desaparece. Pero deja de ser un cuchillo que te corta y se convierte en una piedra que llevas en el bolsillo. Pesa, la sientes ahí siempre, pero puedes seguir caminando.

Lo miré. Su perfil era duro, pero sus ojos reflejaban la luna.

—¿A usted le pasó eso? —me atreví a preguntar.

—Perdí a mi esposa y a mi hija hace quince años —dijo. Su voz era plana, sin emoción, lo que lo hacía más terrible—. Un accidente en la carretera. Un conductor borracho. En un segundo, mi vida se apagó. Me vine aquí, a la sierra, para alejarme de todo. Para enojarme con Dios a solas.

Me llevé la mano a la boca.

—Lo siento mucho, Don Tomás. No sabía.

—No tienes por qué saberlo. No hablo de eso. Pero te lo digo para que sepas que te entiendo. Sé lo que es sentir que no mereces estar vivo cuando ellos se fueron. Sé lo que es la culpa de respirar.

Sus palabras eran exactamente lo que yo sentía.

—¿Y cómo se quita? —pregunté, desesperada—. ¿Cómo se quita la culpa?

Él giró la cabeza y me miró.

—Viviendo —dijo con firmeza—. Viviendo lo mejor que puedas. Honrando su memoria no con lágrimas, sino haciendo algo bueno con el tiempo que a ellos se les negó. Si te dejas mrir de tristeza, entonces la merte gana doble. Y no podemos dejar que gane.

Se acercó a mí y, por primera vez, me puso una mano en el hombro. Su mano era pesada, cálida.

—Tú tienes una vida por delante, Yara. Eres fuerte. Eres inteligente. Tienes un fuego adentro que ni la nieve pudo apagar. No dejes que el pasado te ahogue.

Esa noche, bajo las estrellas de la sierra, algo se rompió dentro de mí y algo nuevo empezó a nacer. Entendí que quedarme en la hacienda no era traicionar a Mateo. Era sobrevivir. Y Mateo, que siempre quiso que yo fuera feliz, no hubiera querido verme m*rir de pena.

El invierno pasó y llegó la primavera. Los campos se pusieron verdes. Las flores silvestres estallaron en colores amarillos y morados.

Yo cambié también. Gané peso. Mi piel perdió el tono grisáceo y recuperó su color moreno brillante. Mi cabello, ahora limpio y bien cuidado, me llegaba a la cintura. Ya no usaba muletas, aunque mi tobillo me dolía cuando iba a llover, como un viejo amigo que te recuerda que sigue ahí.

Trabajaba duro. La casa brillaba. Ayudaba a Matilde, cuidaba el jardín que había estado abandonado por años, e incluso empecé a aprender a leer. Tomás tenía una biblioteca enorme y, cuando se dio cuenta de que yo miraba los libros con anhelo, empezó a enseñarme por las noches.

—La “A” es como una montaña —me decía, dibujando la letra en un papel—. Y la “M” es como las olas del mar.

Era paciente. Nunca se burlaba de mi ignorancia. Y yo aprendía rápido, devorando el conocimiento como antes había devorado el pan.

Pero la paz es frágil en México. Y la envidia tiene el sueño ligero.

Un día, bajé al pueblo con uno de los peones, Jacinto, para comprar provisiones. Era la primera vez que salía de la hacienda en meses. Me sentía nerviosa, pero también orgullosa. Llevaba un vestido sencillo pero bonito que me había comprado con mi sueldo, y zapatos de verdad.

En el mercado, sentí las miradas. La gente murmuraba.

—Esa es la viuda que recogió el gringo de la sierra —escuché decir a una mujer que vendía chiles—. Mírala, qué “fufurufa” se cree ahora.

—Seguro es su querida —respondió otra, soltando una risa venenosa—. Esas indias tienen suerte, se consiguen un patrón y se olvidan de dónde vienen.

Las palabras me dolieron como latigazos. Bajé la cabeza, sintiendo que la vergüenza volvía. “Querida”. “Mantenida”. Eso es lo que pensaban de mí. Que me había vendido por un plato de comida y vestidos limpios.

Regresé a la camioneta con las manos temblorosas. Jacinto, un hombre mayor y callado, me vio y escupió al suelo.

—No les haga caso, niña Yara. Son víboras porque quisieran tener la mitad de su suerte. El patrón la respeta. Y nosotros también. Usted trabaja más duro que cualquiera de esas chismosas.

Agradecí sus palabras, pero el veneno ya estaba dentro.

Esa noche, estaba callada durante la lección de lectura. Tomás lo notó.

—¿Qué pasa? Estás distraída. Confundiste “casa” con “caza” tres veces.

Cerré el libro con frustración.

—No sirvo para esto. Y no debería estar aquí.

Tomás se quitó los lentes de lectura y me miró con seriedad.

—¿Qué pasó en el pueblo?

Le conté. Le conté lo que decían. Que era su querida. Que era una aprovechada.

Tomás apretó la mandíbula. Vi una ira fría en sus ojos que me asustó.

—La gente tiene la lengua larga y el cerebro corto. ¿A ti te importa lo que piensen? ¿Es verdad lo que dicen?

—¡No! —exclamé indignada—. Usted nunca me ha faltado al respeto. Nunca me ha tocado.

—Entonces que se vayan al diablo. Tú sabes quién eres, Yara. Yo sé quién eres. ¿Vas a dejar que los chismes de un pueblo olvidado te saquen de tu hogar?

—¿Hogar? —repetí la palabra, sintiéndola extraña en mi boca—. ¿Esto es mi hogar?

Él se levantó y caminó hacia la ventana, mirando sus tierras.

—Te dije una vez que podías quedarte. No como caridad. Como familia, si querías.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—¿Familia? Pero… somos de mundos distintos, Tomás. Usted es el patrón. Yo soy… yo soy nadie.

Él se giró y me miró con una intensidad que me quitó el aliento.

—Tú eres la mujer que trajo la luz de vuelta a esta casa tumba. Eres la hija que la vida me devolvió de otra forma. O tal vez… —se detuvo, y vi una duda en sus ojos, algo que nunca había visto antes—. Tal vez eres más. Pero eso no lo deciden ellos. Lo decidimos nosotros.

—¿Qué quiere decir con “más”? —pregunté, con un hilo de voz.

Él negó con la cabeza, como espantando un pensamiento peligroso.

—Quiero decir que eres vital aquí. No te vayas por el qué dirán. Quédate porque aquí estás segura. Porque aquí eres libre.

Me quedé pensando en eso toda la noche. “Familia”. “Luz”. “Más”.

No sabía qué nos deparaba el futuro. No sabía si los chismes empeorarían. Pero esa noche, mientras escuchaba la lluvia golpear contra el techo seguro y sólido de la Hacienda Las Nubes, supe que no me iría. Había sobrevivido al frío de la m*erte. Podía sobrevivir al frío de las malas lenguas.

Porque cuando Tomás me miraba, no veía a una viuda pobre. Veía a Yara. Y por primera vez en mi vida, yo también empezaba a verla.

Pero la vida en la hacienda no sería tan tranquila como pensábamos. Porque el pasado de Tomás, ese del que nunca hablaba, estaba a punto de tocar a la puerta. Y esta vez, yo tendría que ser la que lo salvara a él.

PARTE 3: LAS SOMBRAS DEL PASADO TIENEN PERFUME CARO

Dicen los viejos de la sierra que la felicidad es como la neblina de la mañana: hermosa, fresca, pero se disipa en cuanto el sol calienta demasiado. Yo quería aferrarme a esa neblina. Quería atraparla entre mis manos y guardarla en un frasco para que nunca se me escapara.

Después de aquella noche en que Tomás me dijo que yo era “más”, que era vital para la hacienda, los días tomaron un ritmo distinto. Ya no era solo la viuda que ayudaba en la cocina. Algo invisible se había tejido entre nosotros, un hilo resistente que nos unía aunque estuviéramos en habitaciones separadas.

La biblioteca se convirtió en mi santuario y en mi confesionario. Todas las noches, después de que los peones se iban a sus casitas y Doña Matilde se retiraba a rezar su rosario, yo iba al estudio. Al principio, era solo para aprender las letras, para que la “A” dejara de ser una montaña y se convirtiera en el inicio de “Amor”, o de “Alma”. Pero pronto, las lecciones se transformaron en conversaciones.

Tomás leía en voz alta. Le gustaba la poesía. Recuerdo una noche en particular, la lluvia golpeaba los cristales grandes del estudio, creando una música de fondo que nos aislaba del mundo. Él leía un poema de Jaime Sabines. Su voz grave, rasposa por el tabaco, llenaba el espacio, y yo sentía que cada palabra me acariciaba la piel.

—”No es que muera de amor, muero de ti” —leyó, y luego levantó la vista.

Me quedé congelada. Yo estaba sentada en la alfombra, rodeada de libros, y él en su sillón de cuero. Sus ojos se encontraron con los míos y, por un segundo, el aire se volvió denso, eléctrico. No era la mirada de un patrón a su empleada. Era la mirada de un hombre que lleva demasiado tiempo con sed, viendo un vaso de agua que no se atreve a beber.

—¿Entiendes lo que dice, Yara? —preguntó, cerrando el libro suavemente.

—Entiendo que le duele —respondí, con la voz apenas audible—. Entiendo que extraña a alguien tanto que le falta el aire.

Él asintió lentamente.

—A veces, Yara, el pasado es un perro rabioso que te muerde los talones. Crees que lo has dejado atrás, que has cerrado el portón, pero siempre encuentra un agujero por donde colarse.

No sabía cuánto profetizaban sus palabras lo que estaba por venir. En ese momento, solo quería levantarme, cruzar la distancia que nos separaba y poner mi mano sobre la suya, decirle que yo podía espantar a ese perro. Pero no lo hice. El miedo al rechazo, la conciencia de quién era yo —una indígena sin apellido, una “nadie” para el mundo— me mantuvo clavada en el suelo.

La primavera estaba en su apogeo cuando el destino decidió cobrarse la paz que nos había prestado.

Fue un martes. Lo recuerdo porque los martes Doña Matilde hacía mole de olla y el aroma a epazote y chile ancho inundaba toda la casa. Era un día luminoso, de esos cielos azules de México que duelen de lo bonitos que son. Yo estaba en el jardín delantero, podando los rosales que, con mis cuidados, habían vuelto a florecer después de años de abandono.

El sonido rompió la calma.

No era el motor de la camioneta vieja de la hacienda, ni el tractor, ni el relincho de los caballos. Era el rugido suave y potente de un motor caro. Levanté la vista, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Una camioneta negra, enorme y brillante, subía por el camino de tierra. El polvo se levantaba detrás de ella como una estela de humo. No era un vehículo de la sierra. Era un vehículo de ciudad, de esos que solo veíamos en las revistas o cuando algún político perdido pasaba por el pueblo.

Mi corazón dio un vuelco. Instinto, supongo. El instinto de la presa que huele al depredador antes de verlo.

Dejé las tijeras de podar en el suelo y me limpié las manos en el delantal. La camioneta se detuvo frente a la entrada principal, justo donde yo estaba. El motor se apagó y el silencio regresó, pero ahora era un silencio tenso, cargado.

La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre de traje oscuro y lentes negros. Un chofer. Rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera.

Primero vi un zapato. Un tacón de aguja, rojo, inmaculado. Me pregunté cómo alguien podía usar esos zapatos en un rancho lleno de tierra y piedras. Luego bajó ella.

Era una mujer hermosa, no podía negarlo. Alta, delgada, con el cabello rubio peinado en ondas perfectas que ni el viento de la sierra parecía desordenar. Llevaba un vestido de seda color crema y un abrigo ligero sobre los hombros, como si el aire fresco de la montaña fuera un insulto para su piel.

Se quitó los lentes de sol con un gesto teatral y barrió el lugar con la mirada. Sus ojos, azules y fríos como el hielo seco, se detuvieron en mí.

No me vio. Me escaneó. Vio mis trenzas, mi piel morena, mis manos con tierra, mi ropa sencilla. Y en un segundo, me descartó. Para ella, yo era parte del paisaje, como una maceta o un perro callejero.

—Oye, tú —me llamó. Ni siquiera “buenos días”. Ni siquiera “¿cómo te llamas?”. Solo “tú”—. Ve y dile al Señor Hail que tiene visitas. Y trae a alguien que baje mi equipaje. Y ten cuidado, son Louis Vuitton, si las rayas te las cobro y no te alcanzaría la vida para pagarlas.

Sentí la sangre subirme a la cara. La humillación fue instantánea, caliente. Quise responderle, decirle que tenía nombre, que esta era mi casa también… pero las palabras se atoraron. El viejo hábito de agachar la cabeza ante los ricos, ese que nos enseñan desde niños, intentó doblarme las rodillas.

Pero entonces recordé a Tomás. Recordé sus palabras: “El respeto se gana con acciones”. Recordé que yo había sobrevivido al frío de la m*rte.

Me enderecé. No bajé la mirada.

—El patrón está en los corrales del norte —dije, con voz firme, aunque por dentro temblaba—. Y aquí no hay botones, señora. Si quiere que bajen sus maletas, dígale a su chofer. Yo estoy ocupada con los rosales.

La mujer parpadeó, sorprendida. Seguramente no estaba acostumbrada a que la “servidumbre” le contestara. Sus ojos se entrecerraron, y su boca, pintada de un rojo perfecto, se curvó en una sonrisa cruel.

—Vaya. Veo que Tomás ha relajado la disciplina con los gatos. ¿Quién te crees que eres, india igualada?

La palabra “india” salió de su boca como un escupitajo. Antes, esa palabra me hubiera hecho llorar. Ahora, me hizo hervir la sangre.

—Soy Yara —dije—. Y trabajo aquí.

—Trabajas… —soltó una risa seca—. Ya veremos cuánto te dura.

En ese momento, escuché los cascos de un caballo acercándose al galope. Tomás llegaba. Había visto la camioneta desde lejos.

Frenó a Sultán, su caballo negro, justo a unos metros de nosotras. El animal resopló y bailó un poco, nervioso por la presencia extraña. Tomás llevaba el sombrero calado y el rostro cubierto de polvo. Se veía imponente, fuerte, parte de esa tierra.

Pero cuando vio a la mujer, algo en él se rompió. Lo vi. Vi cómo sus hombros se tensaban, cómo el color abandonaba su cara bajo el bronceado, dejándolo pálido como la cera.

—Elena —dijo. Su voz no tenía fuerza. Sonó como un hombre que acaba de ver un fantasma.

La mujer, Elena, sonrió. Pero no era una sonrisa de alegría. Era la sonrisa del dueño que viene a reclamar el ganado perdido.

—Hola, cuñado —dijo ella, con una dulzura empalagosa que escondía veneno—. ¿No vas a bajar a saludarme? Han pasado cinco años. ¿O es que ya te olvidaste de la familia de tu esposa?

Cuñado.

La palabra resonó en mi cabeza. Ella era la hermana de su esposa m*erta. El vínculo vivo con la tragedia que lo había destrozado.

Tomás bajó del caballo lentamente, como si le pesaran los años. Se quitó el sombrero.

—¿Qué haces aquí, Elena? —preguntó, sin acercarse a ella.

—¿Así recibes a tu única familia? —ella dio un paso hacia él, ignorando el polvo que ensuciaba sus zapatos—. Vengo a verte, Tomás. Vengo a ver qué has hecho con tu vida… y con el patrimonio de mi hermana.

Su mirada se desvió hacia mí de nuevo, y luego volvió a Tomás con una ceja alzada.

—Aunque veo que no has estado tan solo como pensábamos. ¿Es esta tu nueva caridad? ¿O has caído tan bajo que ahora te consuelas con las sirvientas del pueblo?

—¡Cállate! —el grito de Tomás fue tan fuerte que hasta el chofer dio un salto.

Tomás dio dos pasos largos y se plantó frente a ella. Estaba temblando de rabia, pero también de algo más… vergüenza. Y eso fue lo que más me dolió. Ver que ante ella, ante su juicio, él sentía vergüenza.

—No hables así de ella —dijo Tomás, pero su voz ya no sonaba tan firme—. Yara trabaja aquí. Es… es la encargada de la casa.

—¿Encargada? —Elena soltó una carcajada cristalina—. Por favor, Tomás. Mírala. Y mírate a ti. Vives como un salvaje. Papá tenía razón. Nunca debimos dejarte venir a este agujero a “vivir tu duelo”. Se te ha ido de las manos.

—Vete, Elena. No tienes nada que hacer aquí.

—Oh, tengo mucho que hacer aquí, querido —su tono cambió, se volvió frío y profesional—. No vine de visita social. Vine porque los abogados dicen que ya es suficiente. La herencia de mi hermana… esta tierra… hay asuntos que arreglar. Y viendo el estado en el que estás, y la compañía que frecuentas, creo que tengo un caso muy sólido para declarar tu incompetencia.

El mundo pareció detenerse. ¿Incompetencia? ¿Quitarle la tierra?

Tomás la miró con horror.

—Esta es mi tierra. Yo la compré.

—Con el dinero de mi hermana —replicó ella rápido—. Dinero que, técnicamente, debería haber regresado a la familia si tú no estabas en condiciones mentales de administrarlo. Y claramente… —hizo un gesto vago hacia la casa, hacia mí, hacia el monte—… no lo estás.

Tomás no respondió. Se quedó allí, parado, derrotado por palabras que yo apenas entendía del todo pero que sentía como cuchillos.

—Prepara una habitación —ordenó Elena, girándose hacia mí sin mirarme—. La mejor que tengas. Y asegúrate de que las sábanas no huelan a humedad. Me quedaré hasta que resolvamos esto.

Caminó hacia la casa, sus tacones repiqueteando en las losas de piedra, dueña y señora de todo lo que pisaba.

Yo miré a Tomás. Esperaba que me dijera algo. Que me dijera que no le hiciera caso, que la corriera. Pero él estaba mirando el suelo, con la mirada perdida en algún punto del pasado donde yo no podía entrar.

—Tomás… —susurré.

Él levantó la mano, deteniéndome.

—Haz lo que dice, Yara —dijo con voz ronca—. Prepara el cuarto de huéspedes.

—Pero…

—¡Haz lo que dice! —rugió, y luego se dio la vuelta, montó a Sultán de nuevo y salió al galope hacia los cerros, huyendo como un animal herido.

Me quedé sola en la entrada, con el polvo en la cara y el corazón roto. La neblina de felicidad se había disipado. El sol quemaba, y la tormenta acababa de entrar por la puerta principal.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso.

La Hacienda Las Nubes, que había empezado a llenarse de luz y risas, se convirtió en un mausoleo. Elena se instaló como una reina. Criticaba todo: la comida, la limpieza, los muebles rústicos.

—Este lugar es deprimente —decía mientras desayunaba en el comedor, usando su propia vajilla que había traído en una maleta especial—. No entiendo cómo mi hermana pudo alguna vez pensar que serías un buen esposo si tu idea de vida es esto.

Yo servía el café con las manos apretadas, conteniendo las ganas de vaciarle la jarra hirviendo en el regazo.

Tomás había desaparecido. Bueno, no físicamente. Estaba en la casa, pero era un espectro. Se encerró en su estudio. Dejó de comer con nosotras. Dejó de salir al campo.

Y lo peor: empezó a beber.

Doña Matilde estaba destrozada.

—Es como hace cinco años, Yara —me dijo llorando en la cocina, mientras pelaba papas con rabia—. Cuando llegaron aquí después del funeral, él estaba así. Se quería mrir. Yo pensé que ya había sanado, que tú le habías ayudado… pero esa mujer es el diablo. Ha traído a los mertos con ella para atormentarlo.

—No voy a dejar que se hunda —dije, limpiando la mesa con furia—. No después de todo lo que ha costado levantarlo.

—No te metas, mija —me advirtió Matilde—. Esos son pleitos de ricos. De familia. Tú y yo solo somos las criadas para esa señora. Si te metes, te va a aplastar como a una cucaracha.

—No soy una cucaracha —dije, y por primera vez sentí que era verdad—. Y él no es solo mi patrón. Él me salvó la vida. Ahora me toca a mí.

Esa noche, la situación estalló.

Elena había estado todo el día al teléfono, hablando con abogados, hablando fuerte para que todos la escucháramos. Decía cosas como “venta”, “liquidación”, “demencia”. Quería vender Las Nubes. Quería deshacerse de todo, convertir el esfuerzo de Tomás en billetes y largarse.

Esperé a que ella se fuera a dormir. Su cuarto estaba en el ala este. El estudio de Tomás estaba en el oeste.

Caminé por el pasillo oscuro. No llevaba mi uniforme de trabajo. Me había puesto el vestido blanco que usaba los domingos, el pelo suelto. Me sentía como un soldado yendo a la guerra sin armas.

La puerta del estudio estaba entreabierta. Salía una luz tenue, amarilla y enferma.

Empujé la puerta.

El aire adentro estaba viciado. Olía a humo de cigarro rancio y a tequila. Tomás estaba sentado en su sillón, pero no estaba leyendo. Estaba mirando una fotografía enmarcada en plata que tenía sobre el escritorio. Una botella de tequila estaba medio vacía a su lado.

Tenía la camisa desabotonada, la barba de tres días y los ojos rojos e hinchados. Parecía que había envejecido diez años en tres días.

—Vete, Matilde —dijo sin levantar la vista, arrastrando las palabras—. No quiero cenar.

—No soy Matilde —dije.

Él levantó la cabeza lentamente. Trató de enfocarme.

—Yara… —su voz se quebró—. Vete. No deberías verme así.

—Ya lo he visto peor —dije, entrando y cerrando la puerta detrás de mí—. Lo vi cargándome cuando yo olía a m*erte. Lo vi curándome cuando nadie daba un peso por mí. Esto… esto es solo un hombre triste. Y la tristeza se cura.

Caminé hacia él. Él intentó cubrir la foto, como si quisiera protegerla de mi mirada.

—Ella tiene razón —murmuró—. Elena tiene razón. Soy un desastre. Maté a mi familia, Yara. Iba manejando yo. El borracho me chocó, sí, pero yo iba manejando. Si hubiera salido un minuto después… si hubiera tomado otra ruta…

Se cubrió la cara con las manos y sollozó. Un sonido desgarrador, profundo, que venía desde las entrañas.

—No las protegí. Y ahora… ahora no puedo proteger esto. Elena dice que va a vender. Que soy inestable. Y lo soy. Mírame. Estoy borracho hablándole a una muchacha a la que recogí del monte.

Me acerqué más. Rodeé el escritorio. Me paré junto a su silla.

—Usted no las mató —dije con firmeza, aunque mi corazón se rompía por él—. Fue un accidente. La culpa es una trampa, Tomás. Usted me lo dijo. Es una piedra en el bolsillo. Pero usted ha decidido sacar la piedra y golpearse la cabeza con ella.

—Tú no entiendes…

—Entiendo más de lo que cree. Yo perdí a Mateo. Perdí mi casa. Perdí mi vida. Y me quería m*rir en ese cerro. Pero usted no me dejó. Usted me dijo: “No te voy a dejar aquí. No hoy”.

Le quité la botella de la mano. Él no opuso resistencia.

—Ahora yo le digo lo mismo, Tomás. No lo voy a dejar aquí. No en este pozo. Esa mujer quiere su tierra, quiere su dinero. Pero lo que más quiere es verlo destruido porque ella también está llena de dolor y necesita culpar a alguien. No le dé el gusto.

Me arrodillé junto a su silla para quedar a su altura. Le tomé las manos. Estaban frías.

—Míreme —le ordené.

Él me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Usted es Thomas Hail. El hombre que domó esta tierra cuando nadie la quería. El hombre que me enseñó a leer. El hombre que me dio un hogar cuando el mundo me escupió. No deje que ella le quite eso. No deje que ella me quite mi hogar.

—Yara… —susurró mi nombre como una plegaria.

Llevó una de sus manos a mi rostro. Su pulgar rozó mi mejilla con una ternura infinita. En ese momento, no existía Elena, ni el alcohol, ni el pasado. Solo estábamos él y yo, dos náufragos aferrándose el uno al otro en medio de la tormenta.

—Eres tan fuerte… —murmuró—. ¿Por qué eres tan fuerte?

—Porque usted me enseñó a serlo.

Se inclinó hacia mí. Sentí su aliento, mezclado con el licor, pero no me importó. Nuestros frentes se tocaron. Cerré los ojos, sintiendo una paz inmensa en medio del caos. Iba a besarme. Lo sentí. Y yo quería que lo hiciera. Quería borrar sus fantasmas con mis labios.

—¡Qué escena tan conmovedora!

La voz de Elena cortó el aire como un disparo.

Nos separamos de golpe. Tomás se puso de pie, tambaleándose un poco. Yo me levanté rápido, enfrentando la puerta.

Elena estaba allí, parada en el marco, envuelta en una bata de seda roja. Nos miraba con una expresión de triunfo y asco absoluto.

—Sabía que encontraría esto si esperaba lo suficiente —dijo, aplaudiendo lentamente—. El patrón borracho y la sirvienta consolándolo. Es de manual, Tomás. Patético.

—Lárgate de mi estudio —gruñó Tomás, pero la vergüenza había vuelto a sus ojos.

—No, querido. Creo que esto facilita mucho las cosas. —Elena sacó un teléfono celular del bolsillo de su bata—. Grabé suficiente. “Pruebas de conducta inapropiada y estado mental alterado”. Los jueces en la ciudad van a devorar esto. Un hombre que se gasta la fortuna familiar emborrachándose con una… indígena analfabeta mientras la hacienda se cae a pedazos.

Me adelanté un paso. La rabia me quemaba, pero era una rabia fría, lúcida.

—No soy analfabeta —dije, con voz clara—. Y esta hacienda no se cae a pedazos. Está más viva que nunca. La única cosa podrida aquí es su corazón, señora.

Elena me miró, y por primera vez, vi una chispa de sorpresa en sus ojos. No esperaba que la “gata” hablara.

—¿Te atreves a hablarme así? Mañana mismo te largas de aquí. Voy a llamar a la policía. Te acusaré de robo, de abuso, de lo que se me ocurra. Te voy a hundir en la cárcel, niña estúpida.

—¡A ella no la tocas! —gritó Tomás, golpeando el escritorio.

—Tú no estás en posición de defender a nadie, borracho —escupió Elena—. Mañana llegan mis abogados. Y tú, —me señaló con un dedo manicurado—, más te vale que cuando amanezca ya no estés aquí. Porque si te encuentro, te juro que haré que te arrepientas de haber nacido.

Elena dio media vuelta y se fue, dejando un rastro de perfume caro y amenaza mortal.

El silencio volvió al estudio, pero ahora era un silencio aterrador.

Tomás se dejó caer en la silla, tapándose la cara.

—Lo arruiné —gimió—. Lo arruiné todo. Ella tiene dinero, tiene poder. Nos va a destruir, Yara. Tienes que irte. Tienes que huir antes de que ella cumpla su amenaza.

Me acerqué a él. Mi miedo había desaparecido. Lo que quedaba era una determinación de acero, la misma que me había hecho cruzar la sierra con el tobillo roto.

Le tomé la cara entre mis manos y lo obligué a mirarme.

—No me voy a ir —dije—. Y usted tampoco se va a rendir. Ella tiene abogados. Ella tiene dinero. Pero nosotros tenemos la verdad. Y tenemos esta tierra.

—¿Cómo vamos a pelear contra ella? —preguntó él, desesperado.

—A la manera de la sierra —respondí—. Usted me dijo que aquí se sobrevive peleando. Pues vamos a pelear. Mañana, que vengan sus abogados. Que venga quien quiera. Pero esta es nuestra casa. Y nadie saca a Yara de su casa sin pelear.

Tomás me miró, y vi cómo una pequeña chispa se encendía en el fondo de su oscuridad.

—¿Nuestra casa? —repitió.

—Nuestra —confirmé.

No sabía cómo íbamos a hacerlo. No tenía dinero, no tenía influencias. Pero tenía algo que Elena no tenía: no tenía nada que perder. Y no hay nadie más peligroso que una mujer que ya lo perdió todo y encontró una razón para volver a vivir.

La guerra por la Hacienda Las Nubes acababa de empezar. Y yo, Yara, la viuda de la sierra, estaba lista para ser la generala de esta batalla.

Pero no imaginaba que Elena tenía un as bajo la manga mucho más sucio que unos abogados. Algo que involucraba mi pasado, ese pasado que yo creía enterrado con Mateo, y que estaba a punto de ser usado como arma para destruirnos a los dos.

PARTE FINAL: LA BATALLA POR LAS NUBES: DONDE EL AMOR ECHA RAÍCES

La puerta se cerró tras Elena, pero su perfume, esa mezcla dulzona y artificial que olía a dinero viejo y malas intenciones, se quedó flotando en el aire viciado del estudio. Tomás seguía con la cabeza entre las manos, respirando con dificultad, como si el aire de la sierra de repente fuera insuficiente para llenar sus pulmones.

Yo no me moví. Mis pies parecían haber echado raíces en la alfombra persa. El miedo, ese viejo conocido que me había acompañado desde que salí de mi pueblo con Mateo, intentó trepar por mi espalda, susurrándome que corriera, que agarrara mis pocas cosas y me perdiera en la noche antes de que llegaran los lobos. Pero miré a Tomás. Miré sus hombros vencidos, su camisa arrugada, la botella de tequila que había sido su única compañera antes de que yo llegara.

Si yo me iba, él moría. No de un balazo, ni de un accidente. Moriría de soledad y de derrota. Y Elena, esa mujer con el corazón de hielo, convertiría la Hacienda Las Nubes en un fraccionamiento de lujo o en dinero para gastárselo en viajes, borrando el sudor y la sangre que Tomás había derramado en esta tierra.

—Levántese —dije. Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

Tomás negó con la cabeza sin mirarme.

—No tiene caso, Yara. Tiene el video. Tiene a los abogados. Y tiene razón… soy un desastre. Te puse en peligro.

—Me puso a salvo —corregí, acercándome y tomándolo del brazo con fuerza—. Usted me sacó de la nieve. Ahora me toca a mí sacarlo del lodo. Pero necesito que se levante. Un general no recibe al enemigo sentado y oliendo a alcohol.

Él levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados de sangre, pero vi algo en ellos. Una brasa. Pequeña, casi apagada, pero viva.

—¿Por qué? —preguntó con voz ronca—. ¿Por qué pelear por un hombre roto?

—Porque los pedazos rotos también sirven para construir mosaicos, patrón —respondí, usando el título no por sumisión, sino para recordarle quién era—. Y porque esta es mi casa. Usted dijo que era “nuestra”. Y yo defiendo lo mío.

Lo ayudé a levantarse. Pesaba, pesaba como un m*erto, pero logré llevarlo hasta su habitación.

—Báñese —le ordené—. Con agua fría. Afeítese. Póngase su mejor traje de charro, ese que usa para las fiestas del pueblo. Yo voy a preparar café. Café negro y cargado, de ese que levanta a los m*ertos.

—Yara… —intentó detenerme en la puerta del baño.

—Hágalo, Tomás. Mañana no quiero ver al viudo triste. Quiero ver al dueño de Las Nubes.

Cerré la puerta y me recargué en ella un segundo, permitiéndome temblar. Solo un segundo. Luego, corrí a la cocina.

La noche fue larga. No dormí. Me pasé las horas limpiando la sala principal, puliendo la madera hasta que brillara como un espejo, arreglando las flores, preparando el desayuno. Quería que cuando esos abogados de ciudad entraran, vieran una fortaleza, no una ruina. Doña Matilde se despertó a las cuatro de la mañana y me encontró tallando el piso de rodillas.

—¿Qué haces, muchacha? —preguntó, asustada por mi frenesí.

—Preparar el campo de batalla, Matilde —le dije sin dejar de tallar—. Hoy vienen por nosotros. Y nos van a encontrar listos.

Matilde no hizo preguntas. Vio la determinación en mis ojos y, en silencio, se puso el delantal y empezó a amasar pan. Esa madrugada, la cocina de la hacienda se convirtió en nuestro cuartel. Jacinto y los otros peones llegaron temprano. Les serví café y les expliqué lo que pasaba, omitiendo lo del video, pero contándoles que Elena quería vender la tierra y declararlo incompetente.

El rostro de Jacinto, curtido por setenta años de sol, se oscureció.

—Esta tierra nos da de comer a veinte familias, niña Yara —dijo, apretando su sombrero entre las manos callosas—. El patrón ha sido bueno. Nos dio seguro médico cuando nadie lo hacía. Si esa mujer vende…

—No va a vender —interrumpí—. Pero necesitamos que ustedes estén aquí. No trabajando en el campo. Aquí, en el patio. Que vean que el patrón no está solo. Que tiene gente.

—Ahí estaremos —dijo Jacinto, y escupió al suelo como para sellar un pacto—. Que vengan esos licenciados de traje. Aquí los esperamos.

A las nueve de la mañana, el sol ya estaba alto y el cielo era de un azul insultante. Tomás bajó las escaleras.

Se me cortó el aliento al verlo.

Se había afeitado. Llevaba una camisa blanca impecable, un chaleco de gamuza, pantalones de faena limpios y botas boleadas. No parecía el hombre que lloraba sobre una foto la noche anterior. Parecía una montaña. Pero sus manos… sus manos temblaban ligeramente.

Me acerqué a él con una taza de café hirviendo.

—Tómelo —le dije—. Y no tiemble. El miedo es para adentro, Don Tomás. Para afuera, solo dientes.

Él tomó la taza y me miró. Había gratitud en sus ojos, y algo más profundo, algo que hizo que mis rodillas se sintieran líquidas.

—Gracias, Yara. Pase lo que pase hoy… gracias.

No tuvimos tiempo de más. El sonido de motores anunció la llegada de los buitres.

No era una camioneta. Eran tres. La negra de Elena y dos vehículos suburbanos grises. De ellos bajaron cuatro hombres con trajes que costaban más de lo que yo ganaría en diez años, cargando maletines de piel. Y detrás de ellos… una patrulla de la policía estatal.

Sentí un frío repentino en el estómago. ¿Policía? Elena había dicho que me acusaría, pero no pensé que fuera tan rápido.

Salimos al porche. Tomás se paró al frente, con las piernas separadas, en esa postura de ranchero que dice “de aquí no me mueves”. Yo me paré a su derecha, un paso atrás. Matilde a su izquierda. Y abajo, en el patio, Jacinto y quince peones más, con sus machetes enfundados pero visibles, formaron una media luna silenciosa.

Elena bajó de su camioneta. Llevaba gafas oscuras y un vestido negro, como si fuera a un funeral. Al ver a los peones, se detuvo un momento, nerviosa, pero recuperó la compostura rápido.

—Qué recepción tan… pintoresca —dijo, subiendo los escalones—. Buenos días, Tomás. Veo que te has bañado. Es un avance.

—Déjate de juegos, Elena —la voz de Tomás fue un trueno controlado—. Di lo que tengas que decir y lárgate de mi propiedad.

Uno de los abogados, un hombre calvo con cara de comadreja, dio un paso adelante.

—Señor Hail, soy el licenciado Valenzuela. Represento a la señora Elena Montemayor y a los intereses del fideicomiso familiar. Tenemos una orden judicial precautoria para evaluar su estado mental y congelar los activos de la hacienda, basada en evidencia de conducta errática y dilapidación de bienes.

—¿Dilapidación? —Tomás soltó una risa seca—. Esta hacienda produce más ahora que cuando la compré.

—Eso lo decidirá el juez —dijo Valenzuela con una sonrisa babosa—. Por ahora, tenemos evidencia en video de que usted no está en control de sus facultades y mantiene relaciones inapropiadas con el personal, lo cual pone en riesgo el patrimonio.

Elena sonrió, triunfante. Sacó su teléfono.

—¿Quieres que se lo muestre a tus peones, Tomás? —preguntó suavemente—. ¿Quieres que vean cómo su “gran patrón” llora borracho y se deja manosear por la sirvienta?

Los peones murmuraron. Sentí la vergüenza quemándome, pero levanté la barbilla. No había hecho nada malo. Consolar a un hombre no es un pecado, aunque ella quisiera pintarlo así.

—Ese video no prueba nada más que tu crueldad —dijo Tomás.

—Tal vez —concedió Elena—. Pero tengo algo más. Algo que sí va a limpiar esta casa de la basura.

Hizo una señal a los policías. Dos oficiales gordos y sudados subieron los escalones, con las manos en las fornituras.

—Oficiales —dijo Elena, señalándome con un dedo que parecía una garra—. Esa es la mujer. Yara… —hizo una pausa dramática—… bueno, no tiene apellidos registrados, ¿verdad? Yara, viuda de Mateo Cruz.

—¿De qué habla? —preguntó Tomás, poniéndose delante de mí para protegerme.

—Hablo de justicia, querido. —Elena sacó un papel doblado de su bolso—. Hice mi tarea anoche. Un par de llamadas a mis amigos en la fiscalía. Resulta que tu “protegida” no es una pobre viuda inocente. Su marido, Mateo Cruz, tenía una orden de aprehensión vigente por robo calificado en la ciudad de Puebla antes de morir. Robó joyería de la casa donde trabajaba. Y ella… ella huyó con él. Eso la convierte en cómplice. Encubrimiento. Y posesión de bienes robados, si es que todavía tienen las joyas.

El mundo se me cayó encima.

Era mentira. Mateo nunca robó nada. Mateo había sido jardinero en una casa rica, sí. Y lo habían corrido porque el hijo del dueño perdió un reloj y culparon al indio. Tuvimos que huir porque amenazaron con meterlo a la cárcel si no “devolvía” lo que no se había robado. El miedo nos llevó a la sierra. El miedo nos mató.

—¡Eso es mentira! —grité, y mi voz se quebró—. Mateo era inocente. Nos fuimos porque nos iban a matar a golpes. ¡Nunca robamos nada!

—Eso díselo al juez, querida —dijo Elena, mirándose las uñas—. Oficiales, llévensela.

Los policías avanzaron. Tomás los empujó.

—¡Nadie la toca! —rugió.

—Señor Hail, no obstruya la justicia o se va usted también —advirtió uno de los policías, sacando las esposas.

—¡Tomás, no! —supliqué. Si lo arrestaban a él, todo estaba perdido. Elena ganaría—. Está bien. Está bien.

Di un paso al frente, extendiendo las manos. Las lágrimas me nublaban la vista. Iba a ir a la cárcel por un crimen que no cometí, igual que Mateo había m*erto por una pobreza que no eligió. Era el destino de los pobres, pensaba. Siempre aplastados por la bota del rico.

—¡Alto! —la voz de Tomás detuvo a los policías justo cuando el metal frío de las esposas rozaba mi piel.

No fue un grito de desesperación. Fue una orden.

Tomás metió la mano en su chaleco y sacó su propio teléfono.

—Antes de que se lleven a nadie, Valenzuela, y tú, Elena… deberían escuchar esto.

Elena rodó los ojos.

—Por favor, Tomás, deja el drama. Estás acabado.

—¿Lo estoy? —Tomás marcó un número y puso el altavoz. El tono de llamada sonó tres veces en el silencio tenso del porche.

—¿Bueno? —contestó una voz masculina al otro lado—. ¿Señor Hail?

—Licenciado Mendoza —dijo Tomás, sin dejar de mirar a Elena a los ojos—. ¿Ya tiene la información que le pedí sobre las finanzas de mi cuñada?

Elena palideció. Su sonrisa se borró como si alguien le hubiera pasado un trapo húmedo.

—Sí, señor —respondió la voz en el teléfono—. Es… bastante grave. La señora Montemayor tiene hipotecas vencidas sobre la casa de la ciudad, deudas de juego en tres casinos y una demanda por fraude fiscal en proceso. Básicamente, está en bancarrota. Su liquidez es nula.

Un murmullo recorrió a los presentes. Los abogados de Elena se miraron entre ellos, nerviosos.

—Gracias, Mendoza. Ah, y sobre la orden de aprehensión de Mateo Cruz…

—Ya está arreglado, señor. Hablé con el fiscal regional esta mañana. El caso prescribió hace dos años, y además, encontramos la declaración del verdadero culpable, el hijo del dueño, que confesó cuando lo detuvieron por otro delito. Mateo Cruz fue exonerado póstumamente hoy a las 8:00 AM. La señora Yara está limpia. No hay orden, no hay delito. Esos oficiales están actuando sin base legal.

Tomás colgó el teléfono. El silencio que siguió fue absoluto, pesado, mortal.

Los policías soltaron mis manos como si quemaran y dieron un paso atrás, mirando a Elena con acusación.

—¿Nos trajo aquí con una orden falsa, señora? —gruñó el oficial—. Eso es un delito federal.

Elena estaba temblando. Ya no se veía alta ni imponente. Se veía pequeña, vieja y desesperada.

—Yo… yo no sabía… era una orden vieja… —balbuceó.

Tomás bajó los escalones lentamente, hasta quedar cara a cara con ella.

—Viniste aquí a quitarme mi tierra porque te gastaste la herencia de tu hermana en lujos —dijo Tomás, con una voz tranquila que daba más miedo que sus gritos—. Viniste a decir que yo estaba loco para poder vender y tapar tus agujeros. Y trataste de destruir la vida de una mujer inocente solo para lastimarme.

—Tomás, por favor… somos familia… —Elena intentó tocarle el brazo, pero él se apartó con asco.

—No. Mi familia murió en esa carretera hace cinco años. Y mi familia ahora… —se giró y me miró, y luego miró a Matilde y a Jacinto—… son ellos. La gente que estuvo conmigo cuando no tenía nada.

Tomás se volvió hacia los abogados.

—Lárguense de mi tierra. Y si vuelven a poner un pie aquí, los saco a balazos. Y esta vez no será una amenaza.

—Vámonos —dijo el licenciado Valenzuela, cerrando su maletín y corriendo hacia la camioneta.

Elena se quedó sola en el escalón. Miró a su alrededor, buscando un aliado, pero solo encontró las miradas duras de los peones, el desprecio de Matilde y la lástima en mis ojos. Porque sí, sentí lástima. Tanta maldad solo podía venir de un dolor muy grande y mal curado.

—Esto no se ha acabado, Tomás —susurró, pero ya no había veneno, solo derrota.

—Se acabó, Elena. Vete. Y no vuelvas.

Se subió a su camioneta negra. El chofer arrancó y se fueron, levantando polvo, desapareciendo por el camino por donde habían llegado. Los policías se disculparon con un gesto vago y se marcharon también.

Cuando el último vehículo desapareció de la vista, Jacinto lanzó un grito de júbilo y aventó su sombrero al aire. Los peones vitorearon. Matilde se persignó y se puso a llorar.

Yo no podía moverme. Mis piernas temblaban. Mateo… Mateo era inocente. El mundo finalmente lo sabía.

Sentí una mano en mi hombro. Tomás.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Me giré y lo abracé. No me importó quién nos viera. Me aferré a él llorando, sacando todo el miedo, toda la rabia, toda la tensión de días y años. Él me rodeó con sus brazos fuertes, hundiendo su cara en mi cabello.

—Gracias —sollocé—. Gracias por limpiar su nombre. Gracias.

—No tienes nada que agradecer, Yara. Era la verdad. Solo había que sacarla a la luz.

Nos quedamos así un largo rato, mientras los peones regresaban a sus labores, respetuosos de nuestro momento. El sol de mediodía nos bañaba, pero ya no quemaba. Calentaba.

Pasaron los meses. La Hacienda Las Nubes floreció como nunca antes.

Tomás cumplió su palabra. Trabajamos. Trabajamos hombro con hombro. Él dejó la botella. No voy a decir que fue fácil; hubo días malos, días en que la ansiedad lo hacía caminar como león enjaulado, pero nunca volvió a caer. Yo estaba ahí. Matilde estaba ahí.

La relación entre nosotros cambió. Ya no era patrón y empleada, aunque yo seguía encargándome de la casa porque me gustaba. Éramos socios. Compañeros.

Y una tarde de octubre, justo un año después de que él me encontrara en el cerro, subimos a caballo hasta ese mismo lugar.

El viento soplaba igual que aquella vez, trayendo el olor a nieve temprana. Pero yo ya no tenía frío. Llevaba un abrigo nuevo, botas buenas y montaba una yegua alazana que Tomás me había regalado.

Llegamos al punto exacto donde yo había caído. Las piedras seguían ahí, indiferentes al tiempo.

Nos bajamos de los caballos. Tomás se paró junto a mí, mirando el horizonte infinito de la sierra.

—Aquí empezó todo —dijo.

—Aquí volví a nacer —respondí.

Tomás se quitó el sombrero y lo sostuvo contra su pecho.

—Yara… he pensado mucho en lo que dijiste aquel día. Que los pedazos rotos sirven para hacer mosaicos.

—Sí.

—Creo que mi mosaico está casi completo. Pero le falta la pieza más importante.

Se giró hacia mí. Sus ojos brillaban con esa intensidad que me había asustado al principio y que ahora era mi refugio.

—Te amo, Yara. No porque me salvaste, ni porque me cuidas. Te amo porque eres la mujer más valiente que he conocido. Porque me enseñaste que el corazón puede volver a latir después de estar m*erto. Sé que soy mayor que tú, que tengo cicatrices que nunca se van a borrar… pero si tú me aceptas…

No lo dejé terminar. Me acerqué a él y lo besé.

Fue un beso suave al principio, con sabor a viento y a promesa, que luego se volvió profundo, hambriento. Fue el beso de dos supervivientes que celebran la vida.

—Yo también lo amo, Tomás —le susurré contra sus labios—. Con cicatrices y todo. Porque las cicatrices solo significan que fuimos más fuertes que lo que intentó lastimarnos.

Él sonrió, una sonrisa plena, abierta, que le llegó a los ojos y borró diez años de su rostro.

—¿Te casarías conmigo, Yara? ¿Aquí, en esta tierra, con Jacinto y Matilde de testigos?

—Me casaría con usted aquí, en la luna o en el infierno, Don Tomás.

—Tomás —corrigió él, besándome la frente—. Solo Tomás.

Nos casamos un mes después. Fue una boda sencilla en el patio de la hacienda. Matilde hizo mole para todo el pueblo. Jacinto tocó la guitarra. Yo usé un vestido blanco bordado con flores de colores, honrando a mi gente, y Tomás usó su traje de charro.

No vinieron parientes ricos de la ciudad. No vino Elena. Vinieron los peones, la gente del pueblo que antes me criticaba y que ahora bajaba la cabeza con respeto al verme pasar del brazo de mi esposo.

Esa noche, durante la fiesta, me escapé un momento al jardín. Miré hacia los cerros oscuros.

“Gracias, Mateo”, susurré al viento. “Gracias por cuidarme desde allá. Ahora puedo ser feliz sin culpa. Tú eres libre, y yo también”.

Sentí una brisa suave acariciarme la cara, como una despedida.

Regresé a la fiesta. Tomás me estaba buscando con la mirada. Cuando me vio, su rostro se iluminó. Caminé hacia él, hacia mi hogar, hacia mi hombre.

Dicen los viejos de la sierra que la felicidad es como la neblina, que se disipa. Se equivocan. La felicidad, la verdadera, la que se gana con lágrimas y se defiende con uñas y dientes, es como la montaña: dura, eterna y capaz de aguantar cualquier tormenta.

Yo soy Yara, la señora de Las Nubes. Fui una viuda moribunda, fui una sirvienta, fui una sospechosa. Ahora soy la dueña de mi destino. Y cada mañana, cuando despierto entre los brazos de Tomás y veo el sol salir sobre nuestras tierras, sé que valió la pena cada paso, cada caída y cada dolor para llegar hasta aquí.

Porque al final, el amor no es lo que te salva de caer. El amor es lo que te da la mano para levantarte y te dice: “Caminemos juntos, que el camino es largo, pero ya no vas sola”.

FIN.

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