
Me llamo Marta, y esta Nochebuena no tenía más que una vela y mi propia soledad.
El viento bajaba de la sierra con una rabia que hacía rechinar las tablas de mi vieja cabaña, como si quisiera arrancarnos del suelo a mí y a mi techo cansado. Yo estaba ahí, sentada en mi silla de mimbre remendada, apretándome los brazos flacos, tratando de engañar al frío. Traía puestos dos suéteres y el rebozo, y ni así dejaban de temblarme las rodillas.
Afuera, en el pueblo, se oían los cohetes y las risas de las posadas. Pero aquí adentro, el silencio pesaba más que la nieve. Cada carcajada ajena se sentía como una pedrada, un recordatorio cruel de lo que ya no tenía: a mi hijo, Efraín.
Se fue hace años. “Nomás junto tantito dinero y vuelvo, jefa”, me prometió. Primero a Monterrey, luego pa’l Norte… y luego, nada. Se lo tragó la tierra o se lo tragó el olvido, que pa’l caso es lo mismo. Nunca llamó, nunca escribió. Me dejó aquí como quien deja una piedra en el camino.
Esa noche, el dolor de ser un mueble olvidado en una casa vacía dolía más que el hambre. Miré la llamita de la vela, temblando igual que yo, y se me salió un susurro desde el fondo del alma: “Dios… no quiero m*rirme sin que alguien me recuerde. Aunque sea una sola persona”.
Cerré los ojos, pensando en la última vez que vi a mi muchacho, preguntándome qué hice mal. ¿Lo abracé muy poco? ¿Lo asfixié de más? Una lágrima tibia rodó por mi cara, lo único caliente en esa helada oscuridad.
Y entonces… pasó.
¡TOC, TOC!
Abrí los ojos de golpe. El corazón me retumbó en el pecho. ¿Sería el viento?
¡TOC, TOC!
No. Era un golpe seco. Humano.
Nadie viene nunca a mi cabaña, menos en una noche como esta. Con miedo, arrastrando mis calcetas rotas por el suelo helado, caminé hacia la puerta. Mi mano temblaba al tocar la perilla fría. La giré despacio…
El aire helado me golpeó la cara como una bofetada. Y allí, parado bajo la tormenta, no estaba Efraín.
Había un hombre alto, con sombrero, y dos niñas pequeñas con las mejillas quemadas por el frío, sosteniendo algo que no alcancé a distinguir por las lágrimas.
El hombre me sonrió, una sonrisa cálida que no cuadraba con esta noche triste, y dijo algo que me dejó helada…
¿QUIÉN ERA ESTE HOMBRE Y QUÉ HACÍA EN MI PUERTA A MITAD DE LA NADA?!
PARTE 2: EL ECO DE UN NOMBRE OLVIDADO
El viento no dejaba de aullar, metiéndose como cuchillo entre los huecos de la puerta que el hombre aún sostenía entreabierta. Me quedé ahí, petrificada, con los ojos clavados en esa figura desconocida que parecía llenar todo el marco de la entrada. Mis manos, nudosas y temblorosas, seguían aferradas al borde de mi rebozo, como si esa tela vieja fuera el único escudo que me quedaba contra el mundo.
—¿Doña Marta? —repitió el hombre. Su voz era grave, ronca, como de alguien que ha tragado mucho polvo y mucha carretera, pero no traía la amenaza que yo esperaba. Traía algo peor: traía lástima.
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho, un golpe seco que sentí hasta en la garganta. ¿Cómo sabía mi nombre? Hace años que nadie en este pueblo me llama por mi nombre, soy nomás “la vieja del cerro” o “la señora del jacal”. Que un extraño, en medio de la peor nevada que la sierra ha visto en décadas, supiera quién soy, me hizo sentir más desnuda que el frío mismo.
Bajé la vista hacia las niñas. Eran dos angelitos con gorros de lana que les quedaban grandes, con los ojitos llorosos por el hielo. Una de ellas, la más chiquita, se chupaba un dedo y me miraba con una curiosidad que me partió el alma. Tiritaban. Sus cuerpecitos se sacudían como hojas secas. Y ahí, mi miedo de vieja solitaria se quebró ante algo más antiguo y fuerte: el instinto de madre, ese que pensé que se había secado junto con mis lágrimas hacía tanto tiempo.
—Pasen… —me salió la voz como un graznido, oxidada por falta de uso—. Pasen, que se les van a congelar las criaturas. ¡Cierren esa puerta, por el amor de Dios!
El hombre asintió con una gratitud que me desarmó. Entraron rápido, empujando el viento hacia afuera y cerrando la puerta con un golpe que hizo vibrar las pocas ollas colgadas en la pared. De repente, mi pequeña cabaña, mi cueva de silencio y polvo, se llenó de presencias. Se llenó de olor a humedad, a lana mojada, a tabaco y a vida.
Me sentí abrumada. Quise retroceder, esconderme en las sombras de mi rincón, avergonzada de mi miseria. ¿Qué iban a ver? ¿El piso de tierra que no había barrido bien porque me dolía la espalda? ¿La mesa coja calzada con un pedazo de ladrillo? ¿La única vela que luchaba por no apagarse?
—Perdonen lo oscuro —dije, tratando de alisar mi falda arrugada—. No tengo luz. Se fue hace días y no tengo con qué… no esperaba visitas.
El hombre se quitó el sombrero. Era joven, mucho más joven de lo que parecía afuera. Tenía la piel curtida por el sol, de ese color bronce que agarra uno cuando trabaja de sol a sol en la labor, y unos ojos negros, profundos, que me miraban con un respeto que yo no merecía.
—No se preocupe, madre —dijo él, y esa palabra, “madre”, me golpeó más fuerte que el viento—. Nosotros traemos luz.
Hizo una seña a las niñas y dejó la canasta en el suelo. De una mochila que traía colgada al hombro, sacó una lámpara de baterías, de esas modernas que dan una luz blanca y fuerte. El haz de luz iluminó mi jacal sin piedad, revelando las telarañas en las vigas y el hollín en el fogón apagado. Me llevé la mano a la boca, sintiendo la vergüenza quemándome las mejillas. Mi pobreza, que en la penumbra era digna, bajo esa luz se veía cruel, sucia, abandonada.
—Siéntense… si encuentran dónde —murmuré, señalando mi única silla y un banco de madera tosca junto a la ventana.
El hombre, en lugar de sentarse, se acercó a mi fogón.
—Con su permiso, Doña Marta. Vamos a calentar esto, que está haciendo un frío del demonio.
Sin esperar respuesta, como si conociera mi casa de toda la vida, se agachó frente al fogón. Sacó leña seca de un costal que traía él mismo —porque sabía que yo seguramente no tendría— y en un dos por tres, hizo prender el fuego. El crepitar de la madera y el calor que empezó a irradiar me hicieron darme cuenta de lo entumida que estaba. Me acerqué, atraída por el calor como una polilla, y me senté en el banco, sin dejar de mirar a las niñas que se habían quedado paradas junto a la puerta, agarradas de la mano.
—Vengan, m’hijas —les dije, suavizando la voz—. Vengan a la lumbre.
Ellas se acercaron tímidas. La más grande, que tendría unos siete años, traía una trenza negra, larga y brillante, idéntica a…
Sacudí la cabeza. No. No empieces, Marta. No empieces a ver fantasmas donde no los hay.
El hombre se levantó y se acercó a la canasta.
—Mi nombre es Ramiro —dijo, mirándome a los ojos—. Y ellas son Lupita y Toña. Venimos de lejos, Doña Marta. Venimos del Norte.
“El Norte”.
Esa palabra maldita. Esa palabra que se había llevado a mi Efraín. Sentí que el aire me faltaba. Mis manos empezaron a temblar de nuevo, pero esta vez no era por frío.
—¿Del Norte? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿De allá donde… donde se fue mi hijo?
Ramiro asintió lentamente. Su rostro se ensombreció un poco, pero mantuvo esa sonrisa triste y amable.
—Sí, señora. De allá mero. De Texas.
—¿Usted… usted conoce a Efraín? —La pregunta salió disparada antes de que pudiera detenerla. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir por la boca.
Ramiro suspiró y se hincó frente a mí, para quedar a mi altura. Me tomó las manos entre las suyas. Sus manos eran grandes, callosas, calientes.
—Sí, Doña Marta. Conocí a Efraín. Fuimos como hermanos. Trabajamos espalda con espalda en la construcción, allá en Houston. Comimos del mismo plato cuando no había para más. Dormimos en el mismo suelo cuando llegamos sin papeles.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Después de diez años de silencio, de diez años de rezar a un Dios que parecía sordo, aquí estaba este extraño, este ángel de barro y nieve, trayéndome noticias.
—¿Y él…? —No me atrevía a preguntar. El miedo a la respuesta me cerraba la garganta—. ¿Por qué no vino? ¿Por qué no escribió? ¿Está… está bien?
Ramiro apretó mis manos. Hubo un silencio largo, solo roto por el crujido de la leña en el fuego.
—Efraín es un hombre bueno, Doña Marta. El mejor hombre que he conocido. Y nunca, escúcheme bien, nunca se olvidó de usted. No hubo un solo día, ni una sola Navidad, que no me hablara de su jefa, de sus tamales, de cómo se reía usted cuando él le contaba chistes tontos.
—¿Entonces por qué? —sollocé, dejando que las lágrimas corrieran libremente—. ¿Por qué me dejó aquí tirada?
—La vida allá no es como la pintan en las películas, madre —dijo Ramiro con voz suave—. “El Norte” te cobra caro. Uno va con sueños y a veces termina dejando el alma en el alambre. Efraín… Efraín tuvo problemas. No porque fuera malo, sino porque quiso ayudar a quien no debía, o porque la migra se puso dura, o porque a veces la suerte nos da la espalda.
Se levantó y fue hacia la canasta. Sacó una olla envuelta en paños de cocina y la puso sobre el fogón. El olor a tamales de puerco, a chile colorado y masa de maíz, inundó la cabaña. Era un olor a pasado, a tiempos mejores, a cuando esta casa estaba llena de ruido y familia.
—Pero antes de hablar de tristezas —dijo Ramiro, cambiando el tono a uno más alegre—, hay que calentar la panza. Efraín me dijo: “Si algún día vas a ver a mi amá, no llegues con las manos vacías, porque te saca a escobazos”.
Solté una risita nerviosa entre el llanto. Sí, eso sonaba a mi Efraín.
Ramiro sirvió atole en unos jarros de barro que sacó de su mochila. Le dio uno a cada niña y luego me puso uno en las manos. El calor del barro se me metió por las palmas y me llegó hasta los huesos. Bebí un sorbo. Era champurrado, dulce, espeso, con canela y piloncillo. Sabía a gloria. Sabía a perdón.
Las niñas, Lupita y Toña, ya habían entrado en confianza con el calorcito. Se quitaron los gorros y los abrigos. Lupita, la de las trenzas, se me quedó mirando fijamente mientras mordía su tamal.
—Oiga… —dijo la niña con su vocecita aguda.
—Dime, hija —le contesté, limpiándome los ojos con el rebozo.
—¿Usted es la abuelita Marta?
El jarro casi se me cae de las manos. Me quedé helada, mirando a la niña, y luego miré a Ramiro con los ojos desorbitados.
—Ramiro… —susurré—. ¿Quiénes son estas niñas?
Ramiro dejó su jarro en el suelo y miró a las pequeñas con un cariño inmenso.
—Doña Marta… Efraín no solo trabajó allá. Efraín hizo una vida. Sé que él quería contárselo él mismo, quería traerlas él mismo y decirle: “Mire, jefa, ya no está sola, aquí está su sangre”. Pero el destino es cabrón, con el perdón de la palabra.
Se acercó a Lupita y le puso la mano en el hombro.
—Lupita, Toña… denle un abrazo a su abuela.
Sentí que el mundo giraba. ¿Abuela? ¿Yo? ¿Estas criaturas hermosas eran sangre de mi sangre? Las niñas se acercaron dudosas. Yo abrí los brazos, todavía incrédula, y cuando sus cuerpecitos chocaron contra el mío, cuando sentí sus bracitos rodearme el cuello y oler su cabello de niña, algo se rompió dentro de mí para siempre. El muro de hielo que había construido alrededor de mi corazón durante diez años se derritió en un segundo.
Lloré. Lloré como no había llorado ni cuando enterré a mi esposo. Lloré abrazada a esas niñas que no conocía pero que ya amaba más que a mi vida. Eran pedacitos de Efraín. Eran la prueba de que él había existido, de que no todo había sido en vano.
Ramiro nos miraba desde el otro lado del fogón, con los ojos brillantes, respetando el momento. Dejó que llorara, dejó que las besara, dejó que les tocara las caritas buscando los rasgos de mi hijo. Y los encontré. Ahí estaba la nariz chata de Efraín en Toña. Ahí estaban los ojos grandes y negros en Lupita.
Cuando nos calmamos un poco, las niñas se sentaron a mis pies, recargadas en mis piernas, comiendo sus tamales. Yo no podía dejar de acariciarles el pelo. Me sentía en un sueño.
—Cuénteme, Ramiro —dije, ya más tranquila, aunque con el miedo todavía rondando—. Cuénteme todo. ¿Dónde está él? ¿Por qué mandó a las niñas con usted? ¿Por qué no vino él a presentármelas?
Ramiro suspiró profundamente. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y sacó algo del bolsillo interior de su chamarra. Era un sobre grueso, maltratado, manchado de grasa y tierra. Y encima del sobre, puso un rosario de madera barato.
Reconocí ese rosario al instante. Yo se lo había comprado en la feria del pueblo el día antes de que se fuera. “Pa’ que te cuide, mijo”, le había dicho. Le faltaba una cuenta y la cruz estaba mordida, seguramente por la ansiedad.
—Efraín quería venir, Doña Marta. Lo deseaba más que nada. Juntó dinero, centavo a centavo. Trabajamos en la pizca, en la construcción, lavando platos. Él mandaba dinero, ¿nunca le llegó?
Negué con la cabeza.
—Nunca, Ramiro. Ni un peso.
El rostro de Ramiro se endureció.
—Malditos coyotes… o malditos correos. Él mandaba giros con gente que venía para acá. Se ve que se quedaron con todo. Efraín se mataba trabajando pensando que usted estaba recibiendo la ayuda, que estaba comiendo bien, que estaba arreglando la casa.
Sentí una rabia sorda. Mi hijo se había sacrificado pensando que me estaba salvando, y alguien se había robado ese esfuerzo mientras yo pasaba hambre. Pero ya no importaba. Ya no.
—Hace seis meses… —continuó Ramiro, y su voz se quebró por primera vez—. Hace seis meses, la migra hizo una redada grande en la fábrica donde estábamos. Corrimos. Efraín no corrió por él, corrió por buscar a Lupita que estaba esperándolo afuera en la camioneta.
Me llevé las manos a la boca. Las niñas dejaron de comer y miraron al suelo. Ellas ya sabían la historia.
—¿Lo agarraron? —pregunté, temiendo la respuesta.
—No, señora. Fue peor. Hubo un accidente. En la huida, cruzando un canal… el agua estaba muy fuerte. —Ramiro bajó la cabeza, incapaz de mirarme—. Efraín logró sacar a Lupita. La empujó hacia la orilla donde yo la pude agarrar. Pero él… él estaba muy cansado, Doña Marta. El cansancio de años le pesó en las piernas. La corriente… la corriente se lo llevó.
Un grito ahogado se me quedó atorado en el pecho. No fue un grito, fue un gemido de animal herido. El mundo se puso negro por un momento. Mi Efraín. Mi niño. Ahogado en un canal sucio en tierra ajena, lejos de su madre, lejos de su cielo.
—¡NO! —grité, golpeando mis rodillas—. ¡No puede ser! ¡Dios mío, no!
Lupita se volteó y me abrazó fuerte las piernas.
—No llores, abuelita —dijo, llorando ella también—. Mi papá me dijo que si algo pasaba, yo tenía que ser fuerte para cuidarte a ti.
Ramiro se acercó y me puso la mano en el hombro, apretando fuerte para sostenerme, porque sentía que me iba a desmayar.
—No encontramos el cuerpo hasta tres días después —dijo Ramiro, con lágrimas rodando por sus mejillas curtidas—. Pero él me hizo jurar algo, Doña Marta. Una noche, tomando unas cervezas, me dijo: “Compadre, si algún día yo falto, usted me promete por la Virgencita que no va a dejar a mis niñas solas allá, y que no va a dejar a mi jefa sola acá. Usted agarra a las chamacas y me las lleva a San Isidro. Que conozcan a su abuela. Que mi madre no se muera pensando que la olvidé”.
Ramiro tomó el sobre de la mesa y me lo puso en las manos.
—Aquí está todo lo que juntó, señora. Son los ahorros de diez años. Es para que arregle la casa, para que las niñas estudien, para que usted viva como reina lo que le quede de vida. Y yo… —Ramiro se quitó el sombrero y lo apretó contra su pecho—, yo no tengo a nadie, Doña Marta. Soy huérfano desde chico. Efraín era mi única familia. Si usted me permite… si usted no me corre… yo quisiera quedarme aquí. Puedo arreglar el techo, puedo trabajar la tierra, puedo cuidar de las niñas y de usted. No quiero ser una carga, yo me gano mi pan. Pero quiero cumplirle la promesa a mi hermano.
Me quedé mirando el sobre, el rosario, y luego a ese hombre que lloraba en silencio frente a mí. Miré a las niñas, que me miraban esperando mi reacción.
Afuera, la tormenta seguía rugiendo, golpeando las paredes de mi jacal. Pero adentro… adentro ya no hacía frío. El dolor estaba ahí, sí, un dolor agudo y terrible que nunca se iría del todo. Mi hijo estaba muerto. Nunca volvería a ver su sonrisa ni a escuchar su voz. Pero en su lugar, me había mandado esto. Me había mandado un hijo nuevo y dos nietas. Me había mandado una razón para vivir.
No había muerto solo para morir. Había muerto salvando lo que más amaba, y ahora me lo entregaba a mí.
Limpié mis lágrimas con el dorso de la mano, tomé el rosario y lo besé, sintiendo la madera áspera contra mis labios. Luego, extendí la mano y toqué la cara de Ramiro.
—Hijo… —le dije, y vi cómo sus ojos se iluminaban—. Levántate del suelo. En esta casa no sobran las sillas, pero sobra el cariño. Si Efraín te mandó, es porque eres de los nuestros.
Ramiro sonrió entre lágrimas y asintió.
—Gracias, madre.
—Y ahora —dije, sintiendo una fuerza que no sabía que tenía, poniéndome de pie aunque me dolieran los huesos—, vamos a cenar como Dios manda. Que es Nochebuena, y mi hijo… mi hijo ha vuelto a casa, de una forma u otra.
Miré hacia la ventana, hacia la oscuridad de la sierra.
“Descansa, mijo”, pensé. “Ya hiciste tu parte. Ya llegaron. Ya no estoy sola”.
La vela parpadeó una última vez y se apagó, pero no importaba. La lámpara de Ramiro iluminaba todo, y el fuego del fogón ardía fuerte, pintando las paredes de naranja y oro, mientras afuera, la nieve cubría el mundo, limpiando el pasado y dejando todo listo para un nuevo comienzo.
Esa noche, la Nochebuena más triste y más feliz de mi vida, aprendí que el amor de un hijo es capaz de cruzar fronteras, e incluso, capaz de burlar a la muerte.
PARTE 3: LA SANGRE LLAMA Y EL PUEBLO SUSURRA
El vapor de la olla de tamales había empañado los pocos vidrios que le quedaban a mi ventana, creando una cortina de neblina que nos separaba del mundo cruel de afuera. Adentro, el tiempo parecía haberse detenido en una burbuja de manteca, maíz y susurros.
No sé cuánto tiempo pasamos ahí, sentados alrededor del fogón. Ramiro no mentía; los tamales estaban buenos, de esos que se hacen con paciencia, con la carne deshebrada finita y la salsa roja picosa, pero no tanto como para que las niñas no pudieran comer. Ver a Lupita y a Toña comer con esa hambre atrasada, chupándose los dedos manchados de rojo, me llenaba la barriga a mí nomás de verlas. Yo, que llevaba meses engañando al estómago con té de canela y tortillas duras, sentí que el primer bocado de ese tamal me despertaba partes del cuerpo que ya creía muertas.
—Coma, Doña Marta, que se le enfría —me insistía Ramiro, con esa amabilidad que no se le quitaba ni con el cansancio.
—Estoy comiendo, hijo, estoy comiendo —le respondía yo, aunque más bien estaba tragándome las lágrimas junto con la masa.
Esa noche no dormimos mucho, pero descansamos como nunca. El problema era el espacio. Mi jacal es un solo cuarto grande, dividido por una cortina de tela percudida que separa el catre de la cocina. Ramiro, terco como una mula —y digo esto con todo el cariño del mundo—, no aceptó que yo le cediera el catre.
—Ni lo piense, jefa. Usted a su cama con las niñas. Yo aquí en el suelo, con el sarape y cerca de la lumbre, estoy más que bien. He dormido en piedras más duras.
No hubo poder humano que lo hiciera cambiar de opinión. Así que acomodé a mis nietas en mi colchón de paja, que crujía con cada movimiento, y las tapé con las cobijas que Ramiro sacó de su mochila, unas cobijas suaves, modernas, que olían a jabón extranjero. Yo me acosté en la orilla, haciéndome chiquita, con miedo de despertar y ver que todo había sido un sueño provocado por el hambre.
Sentir el calorcito de esos cuerpos infantiles junto al mío fue la medicina más fuerte que he probado. Escuchaba la respiración suave de Toña, que dormía con la boca abierta, y sentía cómo Lupita se movía inquieta, tal vez soñando con el agua, con el río, con su papá. Acaricié su espalda en la oscuridad, rezando el Rosario en silencio, cuenta por cuenta, pidiéndole a la Virgen que le quitara las pesadillas a esa criatura y me las diera a mí. Yo ya soy vieja, mi cuero aguanta más el espanto; ellas apenas empiezan.
Me quedé mirando las vigas del techo, donde las sombras bailaban por la última brasa del fogón. Pensé en Efraín. No en el hombre que murió en el canal, sino en el niño que corría por este mismo piso de tierra, el que me traía flores del campo y me decía que cuando fuera grande me iba a comprar un castillo. No me compró un castillo, pero me mandó a sus princesas y a un caballero andante con botas de obrero.
“Gracias, mijo”, susurré hacia la oscuridad. “Donde quiera que estés, perdóname si alguna vez te fallé. Y gracias por no olvidarte de esta vieja”.
El amanecer llegó distinto. Normalmente, mis mañanas son puro silencio y el dolor de mis huesos con el frío. Pero hoy, el ruido de un hacha cortando leña me despertó.
Abrí los ojos y me tardé un segundo en reconocer dónde estaba y por qué había dos bultitos calientes en mi cama. La realidad me golpeó de golpe, pero esta vez fue un golpe dulce. Me levanté despacito para no despertarlas, me eché el rebozo encima y salí al patio.
La tormenta se había ido. La sierra estaba cubierta de un manto blanco, brillante, que lastimaba los ojos de tanta luz. El aire estaba limpio, helado, de esos que te limpian los pulmones. Y ahí estaba Ramiro, en mangas de camisa a pesar del frío, dándole de hachazos a un tronco seco que yo llevaba semanas mirando sin poder partir.
—Buenos días, Doña Marta —me dijo, deteniéndose y secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Su aliento salía como vapor blanco.
—Buenos días, hijo. ¿Qué haces levantado tan temprano? Si apenas está clareando.
—La costumbre, madre. En la obra entramos a las cinco. Además… —señaló el techo de mi jacal con el hacha—, vi que tiene unas láminas sueltas y unas maderas podridas. Si vuelve a nevar, se nos mete el agua. Y no quiero que las niñas pasen frío.
Me quedé mirándolo. Este hombre, que no llevaba ni doce horas en mi casa, ya estaba remendando mis goteras.
—No tienes que hacer eso, Ramiro. Vienes cansado.
—El cansancio se quita durmiendo, el frío se quita trabajando —sonrió—. Además, encontré café en mi mochila. Puse la olla. ¿Gusta?
Entramos. El olor a café de olla, con su piloncillo y su canela, llenaba la cocina. Las niñas ya se estaban despertando, estirándose como gatitos. Toña fue la primera en verme.
—¡Abuelita! —gritó y corrió a abrazarme las piernas.
Casi me voy de espaldas. La palabra “abuelita” todavía me sonaba grande, como un traje que no me queda, pero sentí un calor en el pecho que me subió hasta las orejas.
—Buenos días, mi niña. ¿Durmieron bien?
—Sí, pero tengo hambre —dijo, con esa honestidad que solo tienen los niños y los borrachos.
Me reí. Hacía años que no me reía tan temprano.
—Pues vamos a ver qué inventamos, porque tamales ya no hay muchos y esos son para la comida.
Ramiro sacó más cosas de su mochila mágica: harina, huevos, aceite. Mientras él arreglaba el techo, yo me puse a amasar harina para hacer unas tortillas de esas gorditas, como le gustaban a Efraín. Lupita, más callada, se sentó a mi lado en el banco.
—¿Te ayudo, abuela? —me preguntó bajito.
—Claro que sí, m’hija. Mira, así se hace la bolita…
Sus manitas torpes intentaban imitar mis movimientos. Vi sus ojos tristes, esos ojos que habían visto cosas que ninguna niña debería ver.
—Tu papá… —empecé a decir, y ella se tensó—. Tu papá me ayudaba a hacer tortillas cuando tenía tu edad. Le quedaban chuecas, parecían mapas, pero sabían buenas.
Lupita sonrió, una sonrisa chiquita pero real.
—Él me contaba —dijo ella—. Me decía que tus tortillas eran las mejores del mundo. Que allá en el Norte las tortillas sabían a plástico.
—Pues ahora vas a probar las de verdad.
El problema, o más bien el reto, llegó a mediodía. En un pueblo chico como San Isidro, las noticias vuelan más rápido que el viento. Y no hay nada que le guste más a la gente de aquí que el chisme, sobre todo si tiene que ver con la “loca del cerro”, como sé que me dicen algunos.
Necesitábamos leche y algunas cosas que Ramiro no traía. Él quería bajar solo al pueblo, pero yo le dije que no.
—No, hijo. Si bajas solo, van a pensar que eres un bandido o que te metiste a robar. Aquí la gente es muy desconfiada. Voy contigo.
—Pero está la nieve alta, Doña Marta.
—Tengo dos piernas y todavía caminan. Además, quiero que conozcan a mis nietas.
Así que nos enfundamos en todo lo que teníamos. Las niñas parecían muñequitas de trapo con tanta capa de ropa. Ramiro me ofreció el brazo para bajar la vereda empinada que lleva al centro del pueblo. Al principio me dio pena agarrarlo, pero el suelo estaba resbaloso y su brazo era firme como una rama de encino.
Bajamos despacio. El sol ya calentaba un poco. Cuando llegamos a las primeras casas, sentí las miradas. Cortinas que se movían, perros que ladraban, señoras que dejaban de barrer para quedarse viendo con la boca abierta.
Imagínense la estampa: Doña Marta, la viuda sola que baja una vez al mes a comprar jabón y maíz con las monedas que le regalan, bajando ahora del brazo de un fuereño alto y bien plantado, y con dos niñas vestidas con ropa “del otro lado”.
Llegamos a la tienda de Don Anselmo. Ese viejo es un usurero, Dios me perdone. Me fía el maíz a precio de oro y siempre me mira como si me estuviera haciendo el favor de mi vida.
Entramos y la campanita de la puerta sonó. Don Anselmo estaba detrás del mostrador, contando monedas. Levantó la vista y se le cayeron los lentes a la nariz.
—Marta… —dijo, y luego miró a Ramiro de arriba abajo—. Vaya milagro verla por aquí tan pronto. Y… acompañada.
—Buenos días, Don Anselmo —dije yo, irguiéndome todo lo que mi espalda me permitía. Sentí un orgullo nuevo, una dignidad que me había prestado mi hijo desde el cielo—. Venimos a hacer el mandado.
—Ah, sí… —El viejo no dejaba de mirar a las niñas—. ¿Y estos quiénes son? ¿Parientes?
—Son mis nietas —solté la bomba—. Hijas de mi Efraín. Y él es Ramiro, un amigo de la familia.
Se hizo un silencio en la tienda. Había otras dos señoras comprando, Doña Cuca y la esposa del alcalde, que pararon la oreja descaradamente.
—¿De Efraín? —Don Anselmo soltó una risa burlona—. ¿El que se fue de mojado y nunca volvió? Pensé que ya ni se acordaba de usted.
Sentí la rabia subirme por el cuello. Iba a contestarle una grosería, pero Ramiro se adelantó. Soltó mi brazo suavemente y se acercó al mostrador. Su paso fue pesado, sus botas resonaron en la madera vieja. Se recargó en el mostrador y miró a Don Anselmo a los ojos, con esa mirada tranquila pero peligrosa que tienen los hombres que han sobrevivido al desierto.
—Efraín nunca olvidó a su madre, señor —dijo Ramiro con voz calmada, pero que llenó todo el local—. Trabajó cada día de su vida por ella. Y estas niñas son la prueba. Así que, por favor, tenga respeto por la memoria de un buen hombre.
Don Anselmo tragó saliva. Se hizo chiquito detrás de su caja registradora.
—No… no quise ofender, joven. Es que… como nunca mandó nada…
—Eso es lo que ustedes creen —interrumpió Ramiro—. Denos dos kilos de carne, de la buena. Cinco de harina, manteca, frijol, arroz, leche… y dulces para las niñas.
Don Anselmo empezó a despachar, nervioso.
—Lo anoto en su cuenta, Marta… aunque ya sabe que la deuda está grande y…
Ramiro sacó una cartera de cuero del bolsillo trasero. La abrió y sacó un billete de quinientos pesos, y luego otro, y otro.
—¿Cuánto debe Doña Marta? —preguntó.
—Eh… pues con los intereses y lo de meses pasados… son como mil doscientos pesos.
Ramiro puso tres billetes de quinientos sobre el mostrador.
—Cobrese todo. Y lo de hoy también. Y si sobra, se lo guarda a cuenta para lo que se ofrezca después.
Las señoras del fondo soltaron un “¡Ay, Dios!”. Yo me quedé muda. Jamás en mi vida había visto que alguien pagara mi deuda de un golpe. Me sentí ligera, como si me hubieran quitado un costal de piedras de la espalda.
—Ah, y otra cosa —dijo Ramiro mientras Don Anselmo contaba el dinero con manos temblorosas—. Necesitamos materiales. Cemento, láminas, pintura. ¿Quién vende eso aquí?
—En la ferretería de los González, a dos cuadras —respondió el tendero, ahora mucho más amable—. Oiga joven, ¿pues de dónde vienen? Se ve que les fue bien en el Norte.
—Nos fue como Dios quiso —cortó Ramiro—. Vámonos, madre.
Ramiro cargó las bolsas como si fueran plumas. Yo salí de la tienda con la cabeza en alto, agarrada de la mano de Lupita y Toña. Al cruzar la plaza, vi cómo la gente murmuraba. Ya no me miraban con lástima. Ahora me miraban con curiosidad, con envidia, con respeto. “La vieja del cerro” ya no estaba sola.
El camino de regreso fue más pesado por la subida, pero mi corazón iba cantando. Sin embargo, al llegar a la cabaña, la realidad de la pérdida volvió a golpearnos.
Lupita se quedó parada frente a la puerta, mirando hacia el horizonte, hacia donde el sol se empezaba a esconder detrás de los picos nevados. Se le escurrió una lágrima.
—¿Qué pasa, m’hija? —me acerqué a ella.
—Es que… mi papá decía que él quería arreglarte la casa —sollozó—. Él quería pintar las paredes de azul, porque decía que te gustaba el azul. Y ahora Ramiro va a arreglar el techo, y compramos comida… pero él no está.
Me hinqué en la nieve, sin importarme el frío en las rodillas. La abracé fuerte.
—Escúchame bien, Guadalupe —le dije por su nombre completo, para que supiera que era serio—. Tu papá está aquí. ¿No lo ves? Está en Ramiro que nos defiende, está en la comida que compramos con su esfuerzo, está en tus ojos. Él no pudo venir caminando, mi amor, pero mandó su amor por delante. Y vamos a pintar la casa de azul. Te lo juro que la vamos a pintar de azul, el azul más bonito que haya, para que él la vea desde allá arriba.
Ramiro, que venía atrás con las bolsas, se detuvo y fingió que se le metía una basurita en el ojo.
Esa tarde, nos pusimos a trabajar. No esperamos a mañana. Ramiro empezó a tapar los huecos más grandes de las paredes con cartones provisionales mientras planeaba la obra grande. Yo puse los frijoles en la lumbre. Las niñas, más animadas por el azúcar de los dulces, empezaron a limpiar.
Mientras barría, encontré debajo de mi cama una caja de zapatos vieja. La saqué y la puse sobre la mesa.
—Vengan a ver —les llamé.
Adentro había tesoros. No oro ni plata, sino la historia de Efraín. Sus boletas de la escuela (con puros dieces en conducta y cincos en matemáticas), su trompo de madera descarapelado, una foto en blanco y negro de su primera comunión, y una carta que me escribió cuando tenía doce años el Día de las Madres.
—”Mamita, cuando sea grande voy a trabajar mucho para que no laves ropa ajena” —leyó Lupita en voz alta, con la voz temblorosa.
—¿Ves? —le dije—. Siempre fue bueno. Siempre pensó en los demás.
Ramiro se acercó y tomó el trompo en sus manos grandes. Lo hizo girar en la palma de su mano con una destreza impresionante.
—Él me enseñó a bailar el trompo allá en Houston —dijo Ramiro, riendo suavemente—. En los descansos del trabajo. Los gringos se nos quedaban viendo como si estuviéramos locos. Dos hombres hechos y derechos jugando con un juguete de madera. Pero Efraín decía: “Esto me recuerda a mi tierra, compadre. Y mientras tenga esto, no se me olvida quién soy”.
Toña agarró el trompo.
—¿Me enseñas? —le pidió a Ramiro.
—Claro que sí, chaparra.
Ver a ese hombre enseñándole a jugar trompo a mi nieta, en medio de mi cocina humilde, con el olor a frijoles hirviendo y el calor del hogar, me hizo entender algo importante. La familia no es solo la sangre. La familia son los que se quedan cuando hace frío. Los que cumplen promesas. Los que comparten el pan y el llanto.
Pero la tranquilidad no dura mucho en la vida del pobre.
Al día siguiente, temprano, tocaron a la puerta. No eran golpes amables como los de Ramiro. Eran golpes de autoridad.
Abrí y me encontré con el Padre Gabriel, el cura del pueblo, y detrás de él, dos policías municipales.
El corazón se me fue a los pies. Ramiro estaba atrás, en el corral, cortando más leña.
—Buenos días, Doña Marta —dijo el cura, con esa voz melosa que nunca me ha gustado—. La paz del Señor sea en esta casa.
—Buenos días, Padre. ¿Qué se le ofrece?
—Pues… estamos preocupados, hija. Se dice en el pueblo que hay un hombre extraño viviendo aquí. Un hombre que llegó anoche, sin avisar. Y que trae a dos menores.
Los policías, con las manos en los cinturones, miraban hacia adentro de la casa, estirando el cuello.
—Usted sabe cómo son las cosas, Doña Marta —dijo uno de los policías, el oficial Gómez, un tipo panzón que siempre andaba buscando mordida—. No podemos permitir que gente desconocida se meta en las casas, menos con niños. Tenemos que ver los papeles de ese hombre y de las criaturas. A ver si no son robadas.
Sentí el miedo frío en la nuca. Ramiro no tenía papeles. Bueno, tenía los suyos, pero ¿y las niñas? ¿Y si pensaban que las había secuestrado? Ellas nacieron allá, eran gringas, pero ¿traía Ramiro los documentos?
—Son mis nietas, oficial —dije, tratando de sonar firme, aunque me temblaban las piernas—. Y el hombre es amigo de mi difunto hijo.
—Eso dice usted, Doña Marta —dijo el cura—, pero nadie conocía a esas niñas. Y el hombre… tiene facha de… bueno, usted me entiende. De gente de problema. Tenemos que investigar.
En ese momento, la puerta trasera se abrió y entró Ramiro. Traía el hacha en la mano (lo que hizo que los policías dieran un paso atrás y pusieran mano en sus armas) y estaba sudado y sucio de aserrín.
—¿Algún problema, caballeros? —preguntó Ramiro, dejando el hacha suavemente en el rincón y limpiándose las manos en un trapo.
—Identifíquese —ladró el oficial Gómez, tratando de recuperar la autoridad.
Ramiro se paró frente a mí, protegiéndome con su cuerpo.
—Soy Ramiro Sánchez. Soy el tutor legal de estas niñas por voluntad de su padre, y estoy aquí cuidando a su abuela. ¿Cuál es el delito?
—El delito es que aquí no es hotel de paso —dijo el policía—. Y tenemos reportes de un vehículo sospechoso abandonado en la carretera de abajo. ¿Es suyo?
Ramiro se tensó. Yo no sabía nada de un vehículo.
—La camioneta se descompuso por la nieve. La dejé orillada para subir con las niñas antes de que nos congelaramos.
—Pues eso es abandono de vehículo y conducta sospechosa. Y las niñas… vamos a tener que llevarlas al DIF municipal hasta que se aclare la situación del parentesco. No tienen acta de nacimiento mexicana, ¿o sí?
¡Al DIF! ¡Querían llevarse a mis niñas!
—¡No! —grité, poniéndome frente a los policías—. ¡De aquí no se llevan a nadie! ¡Son mi sangre!
—Calma, Marta, calma —dijo el cura—. Es por el bien de las pequeñas. Mírese, mujer, usted no tiene condiciones para tenerlas aquí. Vive en la miseria. ¿Qué les va a dar de comer? ¿Cómo las va a vestir? Esas niñas estarían mejor en un hogar temporal o…
—¡Cállese la boca! —rugió Ramiro. Fue un grito tan potente que el cura se quedó con la boca abierta—. Usted habla de miseria, Padre, pero nunca subió a traerle ni un pan a esta mujer en diez años. Ahora que ven que tiene familia, ¿ahora sí se preocupan?
Ramiro metió la mano en su chaqueta. Los policías desenfundaron las pistolas.
—¡Manos arriba! —gritaron.
—Tranquilos —dijo Ramiro, despacio—. Solo voy a sacar los papeles.
Sacó el sobre manila, el mismo que me había dado la noche anterior. De ahí extrajo unos documentos con sellos azules y rojos.
—Aquí están las actas de nacimiento americanas de Guadalupe y Antonia. Y aquí… —sacó un papel notariado, arrugado pero legible—, aquí está la carta poder que Efraín firmó ante notario allá en Texas, donde dice que en caso de su muerte, yo, Ramiro Sánchez, quedo a cargo de sus hijas para entregarlas a su abuela, la señora Marta López.
Les aventó los papeles al pecho al oficial Gómez.
—Léalo. Si sabe leer.
El policía revisó los papeles, frunciendo el ceño. Murmuró cosas con su compañero. El cura se acercó a ver. Parecía decepcionado de que todo estuviera en orden.
—Los papeles parecen legales… —admitió Gómez a regañadientes—. Pero gringos. Aquí en México hay que validarlos y…
—Háganle como quieran —dijo Ramiro, dando un paso adelante, haciéndose ver inmenso en la pequeña cocina—. Pero estas niñas están en casa de su abuela. Tienen comida, tienen techo y tienen quien las defienda. Si quieren llevárselas, van a tener que pasar por encima de mí. Y les aviso… crucé el desierto, crucé el río y enterré a mi hermano. Dos policías de pueblo no me van a asustar.
El silencio que siguió fue tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. Lupita y Toña estaban escondidas detrás de mis faldas, llorando en silencio.
Finalmente, el oficial Gómez guardó su arma.
—Está bien. Por ahora. Pero tiene que ir al municipio a arreglar esos papeles. Y mueva esa camioneta o se la lleva la grúa.
—Mañana mismo voy —dijo Ramiro seco.
Se dieron la media vuelta y salieron, con el cura persignándose y murmurando que “esto no se va a quedar así”.
Cuando cerré la puerta y puse el cerrojo, las piernas me fallaron y me tuve que sentar. Ramiro fue inmediatamente a abrazar a las niñas.
—Ya pasó, ya pasó. Nadie las va a llevar a ningún lado. Se los prometí a su papá.
Me miró a mí, y vi en sus ojos que la lucha apenas empezaba. Ya no era solo el frío o el hambre. Ahora era el mundo, la burocracia, la envidia de la gente. Pero también vi determinación.
—Doña Marta —me dijo, muy serio—. Tenemos que arreglar esta casa rápido. Tienen que ver que usted vive bien. Tienen que ver que no les falta nada. Mañana bajo al pueblo y traigo el material. Y voy a buscar trabajo aquí, en lo que sea. Pero a estas niñas nadie nos las quita.
Asentí, limpiándome el sudor frío.
—No nos las quitan, Ramiro. Primero muerta.
Miré el retrato de Efraín en la mesita, junto a la vela. Parecía que me sonreía. “No te rajes, jefa”, parecía decirme.
“No me rajo, mijo”, pensé. “Ahora tengo por qué pelear”.
Y así, con el susto todavía en el cuerpo pero con la sangre hirviendo de coraje y amor, empezó nuestra vida juntos. Una vida donde cada día sería una batalla, pero donde ya nunca, nunca más, habría silencio en mi cabaña.
PARTE FINAL: EL CASTILLO AZUL Y LA ETERNIDAD DE LOS RECUERDOS
El miedo no se va con un portazo, se queda viviendo en las esquinas, agazapado como un animal nocturno esperando a que se apague la luz. Cuando el Padre Gabriel y los policías se fueron, dejando tras de sí un silencio espeso y una amenaza flotando en el aire, supe que la guerra apenas comenzaba. Ramiro tenía razón: no bastaba con tener amor, había que demostrarle al mundo, con papeles y ladrillos, que esta familia de retazos era tan sólida como la roca de la sierra.
Me quedé sentada un rato más, con el corazón todavía galopando en el pecho, mirando la puerta cerrada. Las niñas, mis pequeñas Lupita y Toña, seguían pegadas a mis faldas, temblando no de frío, sino de ese pavor que sienten los niños cuando ven a los adultos asustados.
—Vengan acá, mis amores —les dije, tratando de que la voz no se me quebrara. Las subí a mi regazo, aunque mis huesos viejos protestaran por el peso. Las abracé como si quisiera meterlas de nuevo en el vientre, en un lugar donde nadie pudiera hacerles daño—. Nadie se las va a llevar. El Ramiro es un león, y su abuela es una gata vieja, y a los gatos viejos se les respeta.
Ramiro, que había estado mirando por la ventana para asegurarse de que la patrulla se hubiera ido de verdad, se volteó. Tenía la mandíbula tensa, apretada con tanta fuerza que se le marcaban los músculos de la cara.
—Doña Marta —dijo, y su voz ya no era la del muchacho amable que llegó con tamales; era la voz de un hombre con una misión—. No podemos perder tiempo. Esos buitres van a volver. Quieren ver si fallamos. Quieren ver si nos rendimos.
—Pues se van a quedar con las ganas, hijo —le contesté, sintiendo cómo el coraje le ganaba terreno al miedo—. ¿Qué hacemos?
—Primero, la casa —Ramiro señaló las paredes de madera carcomida y el techo que dejaba ver el cielo—. Dijeron que usted vive en la miseria. Vamos a taparles la boca. No con palabras, jefa, con cemento.
Ese día no hubo descanso. La tristeza por la muerte de Efraín tuvo que guardarse en un cajón para después, porque los vivos nos necesitaban urgentes. Ramiro bajó al pueblo otra vez, pero ahora no fue caminando. Arregló la camioneta que había dejado abandonada en la carretera. Era una “troca” vieja, una Ford de esas cuadradas que aguantan todo, despintada y ruidosa, pero cuando escuché el motor rugir subiendo la vereda, me sonó a música celestial.
Bajó cargada de todo: sacos de cemento, láminas galvanizadas, botes de pintura y herramientas. No sé cuánto dinero se gastó de los ahorros de mi hijo, y me dolía pensar en cada gota de sudor que esos billetes representaban, pero sabía que Efraín, desde donde estuviera, estaría empujando el carrito de compras con nosotros.
La transformación de mi jacal empezó con un ruido ensordecedor. Ramiro trabajaba como poseído. Se quitó la camisa y, a pesar del frío de la montaña, el sudor le brillaba en la espalda mientras arrancaba las maderas podridas. Yo no me quedé atrás. Con mis manos llenas de artritis, empecé a sacar todo lo que no servía. Ropa vieja, trastes rotos, muebles que ya no eran muebles sino leña. Hicimos una pira en el patio y quemamos la miseria. El humo negro se llevó el olor a viejo, a encierro, a soledad.
—Abuelita, ¿te ayudamos? —preguntó Lupita, con los ojos rojos todavía, pero con las manos inquietas.
—Claro, mis niñas. Ustedes son las arquitectas —les dijo Ramiro, guiñándoles un ojo—. A ver, Toña, pásame los clavos. Lupita, tú ayúdale a tu abuela a barrer el escombro.
Durante una semana, la cabaña fue un caos de polvo y ruido. Dormíamos amontonados en un rincón limpio, comíamos tacos de frijoles parados entre botes de mezcla, pero había una alegría extraña, eléctrica. Los vecinos, esos mismos que murmuraban y cerraban sus cortinas, empezaron a acercarse. Primero fue Doña Cuca, la más chismosa, que pasó “casualmente” a ver qué era tanto escándalo.
—Buenas tardes, Marta —dijo, estirando el cuello como tortuga para ver hacia adentro—. Oí que están remodelando.
—Así es, Cuca —le dije, sin dejar de lijar una silla—. Estamos ampliando la residencia, ya ves que la familia creció.
Ramiro salió en ese momento, lleno de polvo blanco, pareciendo un fantasma musculoso. Doña Cuca se puso roja como un tomate.
—Buenas tardes, señora —saludó él con educación—. Si gusta pasar, tenga cuidado con los clavos.
—No, no, solo pasaba… —balbuceó la mujer—. Oye, Marta… te traje unos buñuelos. Pensé que con tanto trabajo no tendrías tiempo de cocinar.
Acepté los buñuelos con una sonrisa que no me llegaba a los ojos, pero los acepté. Era la primera ofrenda de paz. El pueblo empezaba a entender que no éramos una vergüenza, éramos una novedad. Y en los pueblos, la novedad se respeta si demuestra fuerza.
Pero el verdadero desafío no era la madera, era el papel. El día que fuimos al municipio a arreglar la tutela de las niñas, sentí que me iba a dar un infarto. Nos bañamos con agua calentada en la estufa, nos pusimos la mejor ropa que teníamos —Ramiro me compró un vestido sencillo pero nuevo en el mercado— y bajamos como un ejército de cuatro.
La oficina del Registro Civil olía a papel viejo y a desidia. El licenciado a cargo, un hombre calvo con cara de pocos amigos, revisó los documentos americanos de las niñas con una lupa, como si buscara un virus.
—Están en inglés —dijo, aventando los papeles sobre el escritorio—. Necesitan traducción peritada, apostilla, validación de la Secretaría de Relaciones Exteriores… Esto va para largo. Semanas, tal vez meses. Y mientras tanto, el DIF tiene la obligación de…
Ramiro se inclinó sobre el escritorio. No gritó, no amenazó. Solo puso las manos sobre la madera, firme.
—Licenciado, estas niñas son mexicanas por sangre. Su padre era de aquí. Su abuela es de aquí. La Constitución dice que tienen derecho a la identidad y a la familia. Si usted quiere mandarlas al DIF, va a tener que explicarle al juez por qué está violando los derechos de dos menores por un trámite burocrático. Y le aviso, ya hablé con un abogado en la capital del estado. Viene mañana.
Era mentira. No había ningún abogado. Pero Ramiro lo dijo con tal seguridad, con tal aplomo de hombre de mundo, que el licenciado dudó. En México, el miedo a “alguien más arriba” mueve montañas más rápido que la ley.
—Bueno, bueno… no hay necesidad de ponerse así —refunfuñó el funcionario—. Podemos hacer un registro extemporáneo provisional mientras se tramita la doble nacionalidad. Firme aquí, Doña Marta. Usted queda como tutora solidaria.
Cuando salimos de esa oficina con un papel sellado que decía que las niñas eran mías, legalmente mías, sentí que me crecían alas en los pies. Ramiro me abrazó en medio de la plaza, levantándome del suelo como si fuera una pluma, y las niñas brincaban alrededor gritando. Compramos helados de limón y nos sentamos en la banca frente a la iglesia, mirando la torre donde el Padre Gabriel seguramente nos espiaba. “Mira bien, cuervo”, pensé. “Aquí estamos y aquí nos quedamos”.
El invierno empezó a ceder y llegó la primavera a la sierra. Y con la primavera, llegó el color.
Efraín quería la casa azul. Azul. No blanco, no café. Azul. Ramiro trajo tres cubetas grandes de pintura “Azul Rey”.
—Es muy chillante, ¿no? —le dije, mirando el color en el bote.
—Es el color del cielo cuando no hay nubes, jefa. Es el color que Efraín quería.
Pintar la casa fue una fiesta. A Lupita y Toña les dimos brochas pequeñas y les asignamos la parte baja de las paredes. Terminaron con más pintura en el pelo y en la nariz que en la madera, pero sus risas resonaban en todo el valle. Yo pintaba los marcos de las ventanas, y Ramiro, subido en una escalera precaria, pintaba lo alto.
Cuando terminamos, al atardecer del segundo día, nos alejamos unos metros para ver la obra.
Ahí estaba. Ya no era un jacal triste de madera gris que se confundía con la tierra seca. Era una casa. Una casa azul vibrante, brillante, desafiante. Con su techo de lámina nueva que brillaba con el sol poniente, con sus ventanas reparadas, con su chimenea humeando. Parecía un pedacito de mar encallado en la montaña. Un faro.
Lupita me agarró la mano.
—¿Crees que mi papá la ve? —preguntó, mirando al cielo que empezaba a pintarse de estrellas.
—La ve, mi vida —le aseguré, sintiendo un nudo en la garganta—. Y no solo la ve. Está sonriendo. Seguro le está presumiendo a San Pedro: “Mire, esa casa azul es la mía, ahí viven mis mujeres y mi hermano”.
Con la casa arreglada y los papeles en orden, la vida agarró un ritmo nuevo. Ramiro no se fue. Cumplió su palabra de quedarse. Resultó ser un hombre de mil oficios. Arreglaba cercas, reparaba motores, ayudaba en la siembra. La gente del pueblo, que al principio lo miraba con desconfianza, empezó a buscarlo. “Oye Ramiro, se me atoró el tractor”, “Oye Ramiro, mi techo gotea”. Él cobraba lo justo, a veces aceptaba gallinas o costales de maíz a cambio, y siempre volvía a casa con las manos sucias y la sonrisa limpia.
Yo, Doña Marta, la olvidada, me convertí en la matriarca de la casa más bonita de la loma. Volví a cocinar. No solo para nosotros, sino para vender. Mis tamales, esos que Ramiro alabó tanto esa primera noche, se hicieron famosos. Los domingos, la gente subía hasta la casa azul para comprar su docena. Y así, peso a peso, fuimos saliendo de la pobreza extrema. Ya no había velas, había luz eléctrica. Ya no había frío, había estufa de gas y leña de sobra.
Las niñas entraron a la escuela rural. Al principio fue difícil; se burlaban de su acento “agringado” y de que no sabían algunas palabras. Llegaban llorando porque les decían “las pochas”.
—No lloren —les decía Ramiro, sentándolas en sus rodillas—. Ser pocho no es malo. Significa que tienen dos mundos en la cabeza. Ustedes son puentes, m’hijas. Y los puentes son fuertes porque la gente camina sobre ellos para llegar al otro lado.
Con el tiempo, Lupita y Toña se ganaron su lugar. Lupita resultó ser buenísima para las matemáticas (herencia de su padre, recordé viendo sus boletas viejas ) y Toña era la más rápida corriendo en el recreo.
Pero no todo era dulzura. Había noches en que Ramiro se sentaba en el pórtico, mirando hacia el Norte, con una cerveza en la mano y los ojos llenos de agua. Yo salía y me sentaba a su lado, en silencio. Sabía que estaba hablando con Efraín. Sabía que la culpa de haber sobrevivido lo carcomía a veces.
—¿Por qué él, Doña Marta? —me preguntó una noche de tormenta, parecida a la noche en que llegó—. Él era el bueno. Él tenía las hijas. Yo no tengo a nadie. Debí ser yo el que se lo llevara el río.
Le puse la mano en el hombro, sintiendo la dureza de sus músculos tensos por el dolor.
—No digas eso, muchacho. Dios no se equivoca, aunque a veces sus renglones nos parezcan chuecos. Efraín te salvó a ti también. Te dio una familia. Tú no tenías a nadie, dijiste. Ahora nos tienes a nosotras. Y nosotras te tenemos a ti. Si tú te hubieras ido, ¿quién habría traído a las niñas? ¿Quién habría arreglado mi techo? ¿Quién me habría quitado la soledad? Efraín te dio su tesoro más grande para que lo cuidaras. Esa es tu misión, Ramiro. Y la estás cumpliendo mejor que nadie.
Él lloró esa noche en mi hombro, como un niño chiquito, y yo lo arrullé. En ese momento, Ramiro dejó de ser el amigo de mi hijo y se convirtió en mi hijo también. La sangre llama, dicen, pero el amor grita más fuerte.
Los meses pasaron volando, como hojas en el viento de otoño. Y llegó noviembre.
El Día de Muertos en San Isidro es sagrado. Pero este año, en la casa azul, iba a ser especial. Iba a ser el primer año que Efraín “venía” a visitarnos oficialmente.
Semanas antes, empezamos a preparar el altar. Tenía que ser monumental. Vaciamos la mesa principal de la sala. Compramos rollos de papel picado de colores: naranja como el sol, morado como el luto, rosa como la alegría.
—Quiero ponerle sus cigarros —dijo Ramiro, colocando una cajetilla de los que Efraín fumaba allá en el Norte.
—Y yo le voy a poner un plato de mole, que le gustaba mucho —dije yo, cocinando desde días antes.
Las niñas hicieron dibujos. Toña dibujó un trompo y Lupita escribió una carta larguísima donde le contaba que ya sabía multiplicar y que la abuela le dejaba amasar las tortillas.
El 2 de noviembre, la casa olía a copal, a flor de cempasúchil y a chocolate caliente. El altar era una montaña de luz y color. En el centro, la foto de Efraín, esa de la Primera Comunión y otra que Ramiro traía en su cartera, donde Efraín salía con casco de obrero y una sonrisa de oreja a oreja, abrazado de Ramiro frente a una construcción en Houston.
Al atardecer, abrimos las puertas y las ventanas de par en par.
—Para que entre su ánima sin batallar —dije.
Hicimos un camino de pétalos de flor de cempasúchil desde la carretera hasta la puerta de la casa, para guiar su espíritu. Las velas iluminaban todo con un resplandor dorado y cálido.
Nos sentamos frente al altar. Ramiro sacó su guitarra —una vieja que había comprado en el empeño del pueblo— y empezó a tocar. No tocó canciones tristes. Tocó corridos, tocó las canciones norteñas que escuchaban allá mientras trabajaban.
—Esta era su favorita, jefa —dijo, y empezó a cantar “El Rey”.
Cantamos. Cantamos con el nudo en la garganta pero con el corazón lleno. Toña y Lupita bailaban alrededor, riendo. Yo miraba la foto de mi hijo y, les juro por lo más sagrado, vi cómo la flama de la vela que estaba frente a su retrato creció y bailó, aunque no había viento adentro.
—Bienvenido a casa, mijo —susurré, tomándome un traguito de tequila que había servido para él y otro para mí—. Mira qué bonito te pusimos todo. Mira qué grandes están tus niñas. Mira qué buen hombre es tu compadre.
Sentí una paz absoluta. Esa paz que llega cuando uno deja de pelear con la muerte y empieza a convivir con ella. Efraín no estaba en el panteón, en una tumba fría en Texas sin nombre. Efraín estaba aquí. En el olor del mole, en la música de la guitarra, en el color azul de las paredes, en los ojos negros de Lupita.
De repente, alguien tocó a la puerta abierta.
Me sobresalté. Era de noche y no esperábamos a nadie.
Ramiro dejó la guitarra y se levantó, poniéndose alerta por instinto.
En el marco de la puerta, iluminado por la luz de las velas y la luna, estaba el Padre Gabriel. Pero no venía con policías. Venía solo, sosteniendo una veladora blanca en las manos.
Se quitó el sombrero y bajó la cabeza, humilde.
—Buenas noches, familia —dijo, con una voz suave que no le conocía—. Vi las luces desde abajo… vi el camino de flores… y pensé…
Dudó un momento, mirando a Ramiro con vergüenza, y luego a mí.
—Pensé que a Efraín le gustaría que rezáramos un Padre Nuestro por su descanso. Si… si me permiten entrar.
El silencio se hizo denso. Ramiro me miró a mí, esperando mi decisión. Él lo hubiera corrido a patadas, lo sé, por la forma en que nos trató aquel día. Pero Ramiro respetaba mi casa.
Miré al cura. Vi a un hombre viejo, tal vez arrepentido, tal vez solo, tal vez dándose cuenta de que Dios no vive en los templos de piedra sino en los hogares donde hay amor.
Me levanté despacio y extendí la mano.
—Pase, Padre. La casa de Efraín está abierta para todos. Hasta para los que dudaron.
El cura entró, encendió su veladora y la puso en el altar. Se hincó con dificultad y rezó. Nosotros rezamos con él. Y cuando terminó, aceptó un tamal y un jarro de atole.
—Tiene usted una familia muy hermosa, Doña Marta —me dijo al despedirse, dándole la mano a Ramiro, quien se la estrechó con firmeza pero sin rencor—. Dios los bendiga.
—Vaya con Dios, Padre.
Cuando se fue, cerré la puerta, pero no con llave. Ya no tenía miedo de que entrara el mal, porque adentro había demasiado bien para dejarle espacio.
Esa noche, cuando las niñas ya dormían soñando con los ángeles, y Ramiro roncaba suavemente en su catre (que finalmente le compramos), me quedé un último momento frente al altar.
Apagué las velas una por una, dejando solo la de Efraín encendida.
—Misión cumplida, mijo —le dije a la foto—. Puedes descansar en paz. Aquí todo está bien. Aquí, en tu castillo azul, nadie te olvida.
Me fui a dormir a mi cama, calientita, acompañada por la respiración de mis nietas. Afuera, el viento de la sierra soplaba, pero ya no aullaba con rabia. Ahora cantaba. Cantaba una canción de regreso, de raíces que se encuentran, de promesas cumplidas.
Y supe, mientras cerraba los ojos, que aunque me quedaran pocos o muchos años de vida, nunca, jamás, volvería a pasar una Nochebuena sola.
FIN.