
La llave inglesa se me resbaló de las manos en cuanto escuché el grito. Fue un sonido agudo, roto, que cortó el aire tranquilo de la tarde.
—¡Señor! ¡Señor, por favor! ¡Mamá no despierta!
Me congelé junto a mi vieja Ford oxidada. El aceite goteaba de mis dedos, pero mi corazón empezó a latir como un tambor de guerra. Me di la vuelta y ahí estaban: dos pequeñas gemelas, Lili y Eli, con las pijamas sucias y los pies descalzos sobre la tierra y grava del camino.
Una abrazaba un conejo de peluche al que le faltaba una oreja. La otra apenas podía respirar entre los sollozos.
Me limpié las manos en el pantalón de mezclilla y corrí hacia ellas, arrodillándome a su altura. —Ei, ei, tranquila, mija. ¿Dónde está su mamá?
La mayor señaló hacia la casita de lámina y madera al final del lote baldío, esa que siempre parecía a punto de caerse con el viento. —Ella… ella no se mueve. La sacudimos, pero está muy fría —dijo temblando.
Esa mirada. La había visto antes. Pánico puro. Ese tipo de miedo que hace que los niños crezcan diez años en un segundo. Recordé los ojos de mi propio hijo, Mateo, cuando mi esposa nos dejó. No lo pensé dos veces.
Agarré mi chamarra y salí disparado, mis botas crujiendo contra la grava mientras corría hacia su casa. Al entrar, el aire olía a humedad, a encierro y a algo agrio.
Ahí estaba ella. Sara. Desplomada en el sofá viejo, pálida como la luna, con los labios ligeramente azules.
Me tiré al suelo junto a ella y presioné dos dedos en su cuello. Un pulso débil. Muy débil, pero estaba ahí.
—¿Cómo se llama? —le pregunté a la gemela que estaba en el marco de la puerta, temblando. —Mamá… Sara —susurró.
Saqué mi celular con manos temblorosas y marqué al 911. —Necesito una ambulancia, rápido. Tengo una mujer inconsciente. Respiración superficial. Carretera 14, cerca del deshuesadero viejo. ¡Apúrense!
Cuando colgué, miré a las niñas de nuevo. Se veían tan frágiles. —¿Tienen hambre, pequeñas? Me miraron confundidas. —No… no hemos comido desde ayer.
Tragué saliva. Mi propia alacena estaba casi vacía, apenas tenía para Mateo y para mí, pero forcé una sonrisa. —Está bien. Arreglaremos eso.
Minutos después, las luces rojas y azules iluminaron el campo polvoriento. Los paramédicos entraron corriendo. Cargaron a Sara en la camilla y las niñas se aferraron a sus manos, llorando, hasta que tuve que separarlas suavemente.
—Ella necesita que sean valientes ahora, ¿sí? Yo iré detrás de la ambulancia. No están solas.
Una paramédico se volteó hacia mí antes de cerrar las puertas traseras. —¿Es usted familia?
Negué con la cabeza, sintiendo el peso de la mentira piadosa que mi corazón quería gritar. —No. Solo soy el vecino.
Pero mientras veía a esas dos niñas subirse a mi vieja camioneta, agarradas de la mano como si fueran a romperse si se soltaban, algo cambió dentro de mí. Sabía que no podía simplemente dejarlas en el hospital y volver a casa a fingir que no era mi problema.
Porque la bondad no se trata de lo que debes. Se trata de a quién te niegas a dejar atrás.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL DESTINO PUSIERA DOS VIDAS EN TUS MANOS LLENAS DE GRASA?
PARTE 2: LA ESPERA INTERMINABLE, CUANDO EL CORAZÓN PESA MÁS QUE EL BOLSILLO
La vieja Ford tosió un poco al arrancar, ese sonido carrasposo que ya me sabía de memoria, como si la camioneta también sintiera el peso de lo que estábamos cargando. Miré por el retrovisor. Las luces de la ambulancia ya se veían lejos, perdiéndose en la curva de la carretera 14, rumbo al Hospital General. A mi lado, en el asiento del copiloto, Lili y Eli parecían dos muñequitas de trapo olvidadas en un rincón. Estaban tan calladas que el silencio me zumbaba en los oídos más fuerte que el motor.
—Agárrense bien, mijas —les dije, tratando de que mi voz no temblara, aunque por dentro yo estaba hecho un manojo de nervios—. Ahorita alcanzamos a su mamá. La “Mamalona” es vieja, pero no se raja.
Lili, la que traía el conejo sin oreja, apretó el peluche contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Eli solo miraba por la ventana, viendo pasar los postes de luz como si fueran fantasmas. Me fijé en sus pies descalzos colgando del asiento. “¡Qué estúpido eres, Javier!”, me regañé mentalmente. Con las prisas, ni siquiera me fijé en buscarles unos zapatos. El piso de la camioneta estaba frío y lleno de esa tierra fina que nunca se acaba de barrer. Me quité mi chaleco de trabajo, ese que huele a aceite y a sudor de todo el día, y se los eché encima de las piernas.
—Para que no les dé el aire colado —murmuré.
Ellas no dijeron nada, pero vi cómo se acurrucaron bajo la tela pesada. Sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento mi vida se había convertido en esto? Hace una hora mi mayor preocupación era si me iba a alcanzar para la refacción de la transmisión del Tsuru que tenía en el taller. Ahora, tenía a dos niñas ajenas en mi camioneta, persiguiendo una ambulancia con una mujer que apenas conocía de vista, una tal Sara que siempre pasaba rápido, con la cabeza gacha, como pidiendo perdón por existir.
El camino al hospital se me hizo eterno. Cada bache se sentía como un golpe en las costillas. Mi mente no dejaba de dar vueltas. Pensaba en Mateo, mi hijo. Él estaba seguro con Doña Chuy, la vecina que me ayuda a cuidarlo cuando me toca chambear hasta tarde, pero la culpa de padre soltero siempre está ahí, mordiéndote los talones. ¿Qué pensaría él si me viera ahorita? Probablemente me diría: “Papá, eres un superhéroe”. Pero yo no me sentía así. Me sentía un impostor. Un mecánico con las uñas negras que no tenía ni idea de qué hacer con dos niñas aterradas.
Llegamos a la zona de Urgencias. El lugar era un caos, como siempre. Gente amontonada en la entrada, algunos fumando con ansiedad, otros llorando en silencio. El olor a cloro barato y a enfermedad te golpeaba en cuanto bajabas del carro. Estacioné la camioneta donde pude, medio chueca, rogando que no me la llevara la grúa, y bajé a las niñas.
Cargué a Eli en un brazo porque la vi muy débil, y le di la mano a Lili. Entramos. La luz blanca de los tubos fluorescentes parpadeaba, dándole a todo un aspecto irreal, como de película triste.
—Busco a la señora que acaban de traer en la ambulancia —le dije a la recepcionista, una mujer con cara de pocos amigos que tecleaba en una computadora vieja sin mirarnos—. Sara… no sé sus apellidos. La trajeron de la Carretera 14.
—Tienen que esperar —dijo ella, sin levantar la vista—. Ahorita no hay informes. Siéntense y esperen a que salga el doctor.
—Oiga, pero son sus hijas —insistí, sintiendo cómo se me calentaba la sangre. Odio la burocracia cuando la gente se está muriendo—. Están asustadas. Necesitamos saber si está bien.
La mujer alzó la vista por fin. Sus ojos recorrieron mi ropa sucia de grasa, las pijamas mugrosas de las niñas, el conejo roto. Hizo una mueca que no supe descifrar si era de lástima o de asco.
—Señor, aquí todos tienen urgencia. Si no es familiar directo con identificación, no puedo darle datos. ¿Usted qué es de ella?
Me quedé helado. Esa pregunta otra vez. La verdad era “soy el vecino que apenas la saluda”. Pero si decía eso, capaz y llamaban al DIF ahí mismo y se llevaban a las niñas a quién sabe dónde. Miré a Lili, que me apretaba la mano con sus deditos fríos.
—Soy su cuñado —mentí. La palabra salió rasposa—. Su marido… él no está. Yo me hago cargo.
La recepcionista suspiró y me señaló las sillas de plástico duro al fondo. —Siéntese. Cuando salga el médico de guardia lo voceamos.
Nos fuimos al rincón. Las sillas estaban heladas. Me senté en medio, con una gemela a cada lado. El reloj de pared marcaba las 9:30 de la noche, pero ahí dentro el tiempo parecía no existir.
Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora. El estómago de Eli rugió tan fuerte que un señor que estaba enfrente, con una venda en la cabeza, nos volteó a ver. Me acordé de lo que me habían dicho afuera de su casa: “No hemos comido desde ayer”.
Maldita sea. La pobreza en este país no es solo no tener dinero; es este hueco en la panza que no te deja pensar, es la vergüenza de que te suenen las tripas en público. Me toqué el bolsillo del pantalón. Sentí los billetes arrugados que me había pagado el taxista esa mañana por un cambio de aceite. No era mucho, se suponía que era para la luz y para comprarle unos tenis nuevos a Mateo, pero ni modo. Las prioridades cambian en un segundo.
—Vengan, chaparritas —les dije, poniéndome de pie—. Vamos a buscar algo de comer. Aquí no nos van a decir nada todavía.
Salimos de la sala de espera. El aire de la noche se sentía un poco más fresco afuera. Había un puesto de tacos de canasta en la esquina, de esos que salvan vidas a los que velan enfermos. El vapor que salía de la olla olía a chicharrón y adobo, el mejor olor del mundo en ese momento.
—¿De qué quieren? —les pregunté.
Ellas miraron la comida con unos ojos tan grandes que se me rompió el corazón otra vez. No había duda, no había melindre. Era hambre de verdad. —De frijolitos —dijo Lili, tímidamente. —Yo quiero de papa —susurró Eli.
Pedí seis tacos y dos jugos de esos de cartón. Nos sentamos en la banqueta, porque ni mesas había. Yo no tenía hambre, tenía el estómago cerrado del susto, pero las vi devorar esos tacos como si fuera el manjar más caro del mundo. La salsa se les escurría un poco por las comisuras de los labios y, por primera vez en toda la noche, vi un poco de color volver a sus mejillas pálidas.
—Está rico, ¿verdad? —les dije, tratando de sonreír, limpiándole la boca a Eli con una servilleta de papel corriente.
—Sí, gracias tío… digo, señor Javier —corrigió Lili.
—Díganme Javier, o Javi, como quieran. Tío está bien si hay gente metiche escuchando —les guiñé un ojo. Ellas esbozaron una sonrisita tímida. Fue un triunfo pequeño, pero para mí valió oro.
Mientras comían, me atreví a preguntar un poco más, con cuidado, como quien camina sobre vidrios rotos. —Oigan… ¿y su papá? ¿Saben dónde anda?
Lili dejó de masticar y bajó la mirada al conejo. Eli se encogió de hombros. —Se fue hace mucho. Mamá dice que se fue al norte, pero nunca llamó. —Mamá trabaja mucho —añadió Eli, defendiéndola—. Cose ropa y a veces limpia casas. Pero últimamente… estaba muy cansada. Dormía mucho. Y lloraba.
Asentí, tragándome la rabia. La historia de siempre. Un cabrón que se larga y deja el paquete completo, y una mujer que se parte el lomo hasta que se rompe. Y en medio, estas criaturas pagando los platos rotos. La “enfermedad” de Sara, esa palidez, esa delgadez extrema… empezaba a sospechar que no era solo cansancio. En el barrio se ve de todo. La desesperación a veces te lleva a buscar salidas falsas, a pastillas que te prometen dormir y olvidar, a cosas peores. Pero no iba a juzgarla. Nadie sabe lo que pesa el costal hasta que lo carga.
Terminaron de comer y regresamos a la sala de espera. El ambiente estaba más pesado. Había llegado una ambulancia nueva con un accidente de moto y los gritos de dolor llenaban el pasillo. Tapé los oídos de las niñas instintivamente y las abracé contra mí.
—No escuchen, no pasa nada. Cierren los ojitos.
Se acomodaron en mi regazo y en mis costados. Eran tan chiquitas. El cansancio y la panza llena hicieron efecto rápido. En cuestión de minutos, sus respiraciones se volvieron lentas y profundas. Se durmieron ahí, en medio del infierno de Urgencias, confiando ciegamente en el mecánico grasiento que las había rescatado.
Y ahí me quedé yo. Despierto. Vigilando. Miré mis manos. Todavía tenían grasa negra incrustada en las huellas dactilares y debajo de las uñas. Manos de obrero. Manos que arreglan fierros. ¿Podían estas manos arreglar una vida?
Saqué el celular con cuidado para no despertarlas. Tenía cinco llamadas perdidas de Doña Chuy. —Bueno, ¿Chuyita? —contesté en voz muy baja. —¡Muchacho! ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde te metiste? Mateo ya se durmió, pero estaba preguntando por ti. ¿Estás bien? —Sí, Chuy, perdóname. Surgió… una emergencia con una vecina. Estoy en el hospital. —¿Tú? ¿Te pasó algo? —No, a mí no. A la mamá de las gemelas del fondo. Está grave. Me tuve que traer a las niñas. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Doña Chuy es chismosa, como toda buena vecina, pero tiene un corazón de oro. —Ay, Dios mío. Esas criaturas… Pobrecitas. ¿Y tú qué haces ahí? —Pues no las podía dejar solas, Chuy. No tienen a nadie. —Eres un buen hombre, Javier. Tonto, pero bueno —suspiró—. No te preocupes por Mateo. Aquí le doy desayuno mañana y lo mando a la escuela con mi nieto. Tú encárgate de lo que tengas que hacer. Pero avísame. —Gracias, Chuy. Te debo una grande.
Colgué y sentí un alivio inmenso. Al menos un frente estaba cubierto. Las horas pasaron lentas, arrastrándose. La 1, las 2, las 3 de la mañana. El frío del hospital se te mete hasta los huesos, traspasa la ropa y te congela el alma. Me quité mi otra camisa de franela que traía debajo (siempre uso capas para el trabajo) y se la puse a Lili como almohada. Yo me quedé en camiseta, temblando un poco, pero aguantando vara. El mexicano aguanta, nos dicen. Pero a veces uno se cansa de aguantar.
Empecé a cabecear. Entre sueños, vi a mi esposa, Elena. La vi sana, riéndose como cuando éramos novios y íbamos a la feria. Me decía algo que no alcanzaba a escuchar, pero me señalaba a las niñas. Me desperté de golpe cuando sentí que alguien me tocaba el hombro.
Era un doctor. Joven, con ojeras profundas y la bata arrugada. —¿Familiares de Sara Méndez? Me levanté de un salto, con cuidado de no tirar a las niñas que seguían dormidas como troncos. —Sí, aquí. Soy yo. ¿Cómo está?
El doctor me hizo una seña para que me alejara un poco de las niñas. Caminamos unos metros hacia la máquina de refrescos que zumbaba ruidosamente. —Mire… la situación es delicada —empezó, frotándose la nuca—. Llegó con un cuadro severo de desnutrición y deshidratación. Además… encontramos rastros de sedantes en su sistema. Al parecer tomó más de la cuenta. No sabemos si fue intencional o accidental.
Sentí un escalofrío. Intencional… ¿intentó quitarse la vida dejando a estas dos niñas solas? O tal vez solo quería dormir un rato y se le pasó la mano porque el cuerpo ya no le daba para más. —¿Pero se va a poner bien? —pregunté, ansioso. —Le hicimos un lavado gástrico y la estamos estabilizando con suero y electrolitos. Está inconsciente todavía, pero sus signos vitales están mejorando. Lo que me preocupa es el daño renal por la deshidratación. Va a necesitar quedarse internada al menos unos días, tal vez una semana si hay complicaciones.
El doctor me miró fijamente. —Y luego está el asunto de las niñas. Trabajo Social va a venir en la mañana. Tienen que evaluar la situación. Si la madre tiene problemas de abuso de sustancias o si el entorno no es seguro… bueno, usted sabe cómo es el protocolo.
El protocolo. Esa palabra fría que significa separar familias. —Doctor, ella… ella es una buena madre —mentí, o tal vez no. No lo sabía. Pero sabía que esas niñas adoraban a su mamá—. Solo está pasando una mala racha. Se le juntó todo. No le hable al DIF todavía, por favor. Deme chance. Yo me estoy haciendo cargo de las niñas. Están bien cuidadas.
El médico me miró. Vio mis manos sucias, mi ropa de trabajo, pero luego volteó a ver a las gemelas durmiendo plácidamente en las sillas, tapadas con mi chaleco y mi camisa, con el estómago lleno. Suspiró y bajó la tabla con los papeles. —Mire, mi turno acaba a las 7 de la mañana. La trabajadora social llega a las 9. Yo… voy a poner en el reporte que la paciente está acompañada y que las menores están bajo custodia de un familiar responsable. Pero cuando ella despierte, o cuando llegue Trabajo Social, usted tiene que tener una historia sólida o papeles. No puedo cubrir esto por mucho tiempo.
—Gracias, doc. De verdad. Gracias. —Cómprele los medicamentos que le voy a anotar. En la farmacia del hospital a veces no hay todo. Y consiga algo de ropa para esas niñas, por favor.
Me dio una receta. La miré. Eran nombres raros y seguramente caros. Asentí y me la guardé. Cuando el doctor se fue, me volví a sentar. El alivio se mezclaba con el pánico. Sara estaba viva, eso era lo bueno. Lo malo es que esto apenas empezaba. “Unas semanas internada”. ¿Y qué iba a hacer yo con Lili y Eli una semana? ¿Llevármelas a mi casa? ¿A mi cuarto de soltero donde apenas cabemos Mateo y yo? ¿Y cómo iba a trabajar en el taller si tenía que cuidarlas? ¿Y con qué dinero iba a pagar estas medicinas?
Me llevé las manos a la cabeza. Quería gritar. Quería salir corriendo, subirme a mi camioneta y manejar hasta que se acabara la gasolina. Pero entonces, Eli se movió en sueños. —Papi… —murmuró. No me hablaba a mí, claro. Soñaba con ese fantasma que las abandonó. Pero la palabra me pegó en el pecho como un mazo.
Nadie debería tener que soñar con un padre que no está. Me acordé de cuando murió Elena. Mateo tenía dos años. Yo me quedé solo, perdido, sin saber cómo cambiar un pañal sin que se me cayera el mundo encima. Si no hubiera sido por Doña Chuy, por mis compadres del taller, por la gente que me echó la mano sin pedir nada a cambio, yo no lo hubiera logrado. Ahora me tocaba a mí. Era la rueda de la fortuna. Hoy por ti, mañana por mí.
Amaneció. El sol empezó a entrar por los ventanales sucios del hospital, pintando el suelo de un color grisáceo. La gente empezaba a despertar, a estirarse en las sillas incómodas. Las niñas abrieron los ojos casi al mismo tiempo. Se veían desorientadas, asustadas por un segundo, hasta que me vieron. —Buenos días, bellas durmientes —les dije, con la voz ronca de no haber dormido—. ¿Cómo amanecieron?
—Me duele el cuello —se quejó Lili, sobándose. —Tengo sed —dijo Eli.
Me levanté, sintiendo cómo me tronaban todas las articulaciones. —Vamos al baño a lavarnos la cara. Luego vemos qué desayunamos. Su mamá sigue dormida, los doctores la están curando para que se ponga fuerte. Así que hoy… hoy van a tener que aguantarme a mí un rato más. ¿Se animan?
Ellas se miraron entre sí y luego asintieron. Lili me tendió la mano. Eli agarró su conejo y me tomó la otra. Caminamos hacia los baños. Me vi en un espejo que había en el pasillo. Tenía ojeras, la barba crecida, el pelo revuelto y grasa en la frente. Parecía un loco. Pero ellas me miraban como si fuera el capitán de un barco en medio de la tormenta.
Entré al baño de hombres con ellas (ni modo, no las iba a dejar solas afuera) y les ayudé a lavarse las manitas y la cara con el jabón rosa que olía a chicle. Me lavé yo también, tallándome fuerte para quitarme el cansancio y la grasa, aunque la grasa de mecánico nunca se quita del todo, se vuelve parte de la piel.
—Bueno —les dije al salir, secándonos con toallas de papel—. Tengo una misión para ustedes. Se pusieron firmes, expectantes. —Necesito que sean mis ayudantes hoy. Tengo que ir a trabajar un rato porque si no, el dueño del taller me cuelga. Pero primero, tenemos que conseguir las medicinas de su mamá. Así que vamos a hacer un trato: ustedes se portan bien, no se separan de mí ni un metro, y yo les invito un atole de chocolate. ¿Trato?
—¡Trato! —dijeron al unísono, y por primera vez vi una sonrisa real, de esas que muestran los dientes chimuelos.
Salimos del hospital hacia la camioneta. El sol de la mañana pegaba fuerte. Sentí el peso de la receta médica en mi bolsillo. Sabía que las medicinas me iban a costar lo de la semana. Sabía que iba a tener que pedir prestado o empeñar alguna herramienta. Sabía que meter a dos niñas en un taller mecánico lleno de peligros no era lo ideal. Sabía que estaba caminando en la cuerda floja y que si me caía, nos caíamos todos.
Pero cuando abrí la puerta de la vieja Ford y ellas subieron brincando, listas para la aventura, supe que ya no había vuelta atrás. Ya no era solo el vecino. Me había convertido en su guardián.
Arranqué la camioneta. —Vámonos, equipo. Hoy va a ser un día largo.
Mientras manejaba de regreso al barrio, pasé frente a una casa de empeño. Frené un poco, dudando. Miré mi reloj de muñeca, el único recuerdo bueno que me quedaba de mi padre. “En caso de emergencia”, me había dicho él antes de morir. Miré a las niñas por el retrovisor. Iban cantando una canción que sonaba en la radio, ajenas a la tormenta que estábamos navegando.
Di el volantazo y me estacioné frente a la casa de empeño. —Espérenme aquí tantito, no tardo nada —les dije. Bajé del carro, desabrochándome el reloj. Me dolió, sí. Sentí un piquete en el orgullo. Pero el orgullo no cura riñones ni alimenta niñas.
Entré, salí con el dinero en la mano y la muñeca desnuda, sintiéndome más ligero y más pesado a la vez. —¿Qué fue a hacer, Javier? —preguntó Eli cuando subí. —A cambiar tiempo por vida, mija —le contesté, metiendo primera—. A cambiar tiempo por vida.
Aceleré rumbo a la farmacia, sin saber que lo más difícil no era el dinero, ni la enfermedad de Sara. Lo más difícil estaba por venir, cuando el pasado de ellas decidiera tocar a la puerta, y yo tuviera que decidir hasta dónde estaba dispuesto a llegar para proteger lo que el destino me había prestado.
PARTE 3: ENTRE TUERCAS, PAÑALES Y LA SOMBRA DEL PASADO
Salí de la casa de empeño sintiendo la muñeca desnuda, una sensación extraña, como si me faltara una extremidad. Ese reloj no era solo una máquina para medir el tiempo; era el peso de la mano de mi viejo sobre mi hombro, recordándome que hay que ser hombrecito para lo duro y suave para lo tierno. Pero ya estaba hecho. Los billetes en mi bolsillo ardían, no por lo que valían, sino por lo que costaron.
Lili y Eli me miraban desde el asiento del copiloto de la “Mamalona”. Lili seguía abrazada a ese conejo tuerto que ya pedía a gritos una lavada, y Eli, con sus ojos grandes y oscuros, parecía escanearme el alma.
—¿Ya nos vamos, Javier? —preguntó la más pequeña, con esa impaciencia que solo tienen los niños que han esperado demasiado. —Simón, mijas. Vámonos. Primero la medicina, luego la “chamba”.
La farmacia estaba a unas cuadras. Bajé con la receta arrugada en la mano. El aire acondicionado del local me golpeó el sudor de la frente. La encargada, una muchacha joven que masticaba chicle con desgano, agarró el papel y empezó a teclear. —Uy, joven. El antibiótico sí lo tenemos, pero el suplemento renal es sobre pedido. O bueno, tengo el de patente, pero sale en mil quinientos. Sentí el golpe en la boca del estómago. Mil quinientos. Casi todo lo que me habían dado por el reloj. Pero me acordé de la cara pálida de Sara, de cómo se veía en esa camilla, como un pajarito al que se le acabó el alpiste. —Dámelo —dije, sacando el fajo de billetes—. Y dame también unas vitaminas… de esas que son gomitas de osito. La muchacha me miró raro, pero no dijo nada. Pagué. Me sobró lo suficiente para gasolina y, si Dios quería, para unos tacos más tarde. Al salir, les di el bote de vitaminas a las niñas. —Tengan. Un osito para cada una. Pero solo uno, ¿eh? Que luego se ponen a brincar como chapulines y no hay quién las pare.
Sus caritas se iluminaron. Era increíble lo barato que salía comprar una sonrisa infantil: un dulce, un chiste bobo, un poco de atención. Lo caro, lo verdaderamente caro, era mantener esa sonrisa cuando el mundo se empeñaba en borrarla.
Antes de ir al taller, tuve que hacer una parada técnica en el tianguis de los martes que se pone por la avenida. No podía llevarlas así, en pijama y descalzas. La gente habla, y lo que menos necesitábamos era que alguien llamara a la patrulla pensando que me las había robado. —A ver, escojan —les dije frente a un puesto de “ropa de paca”. El letrero de cartón fosforescente decía “Todo a 10 y 20 pesos”. Lili agarró un vestidito rosa con flores que ya había visto mejores días, pero que no tenía agujeros. Eli, más práctica, jaló unos pantalones de mezclilla de niño y una camiseta de superhéroes. —¿Te gusta ese? —le pregunté a Eli. —Es que este aguanta más para correr —me contestó muy seria. Me quedé helado. Una niña de siete años no debería preocuparse por qué ropa sirve para correr. Compré todo, más unos tenis de lona que les quedaban un poco grandes, pero con doble calceta armaban. —Ahora sí, parecen princesas… bueno, princesas guerreras —les dije mientras se cambiaban en el asiento trasero de la camioneta, cubriéndose con mi chaleco.
Llegamos al taller “El Tuercas” pasadas las diez. Don Beto, el dueño, ya estaba ahí, con su overol que alguna vez fue azul y ahora era una paleta de colores de grasa, aceite y anticongelante. Estaba peleándose con el motor de un Vocho. —¡Milagro que vienes, Javier! —gritó sin sacar la cabeza del cofre—. Pensé que ya te habías sacado la lotería y nos habías mandado a volar. —¡Ya quisiera, Don Beto! —contesté, bajando de la camioneta—. Tuve… un asunto familiar. En ese momento, las puertas de la Ford se abrieron y bajaron las gemelas, estrenando sus tenis de lona y mirando todo con curiosidad. El taller no es lugar para niños; hay herramientas filosas, fosas abiertas, gatos hidráulicos y un lenguaje que haría sonrojar a un marinero. Don Beto se limpió las manos en un trapo y se subió los lentes. —Ah caray. ¿Y estas chiquillas? No me digas que te salieron hijas regadas por ahí y apenas te enteraste. —No, jefe. Son… sobrinas. Mi cuñada se puso mala y no tengo con quién dejarlas. Se van a portar bien, se lo juro. No van a dar lata. Don Beto me miró por encima de los lentes, luego a las niñas, luego a mí. Suspiró. —Pues más te vale, Javier. Aquí no es guardería. Si se rompe algo o se lastiman, es tu bronca. Y apúrate con la transmisión del Tsuru, que el cliente ya me tiene el teléfono caliente de tanto marcar.
Acomodé a las niñas en la oficinita del taller, un cuarto de dos por dos con un ventilador que hacía más ruido del que echaba aire y un calendario de refaccionarias con mujeres en bikini que, discretamente, volteé hacia la pared. —Aquí se quedan —les advertí, dándoles unas hojas de papel de factura viejas y una pluma—. Dibujen, jueguen a la escuelita, cuéntenle cuentos al conejo. Pero no salgan de aquí a menos que se esté quemando algo o tengan ganas de ir al baño. Y si salen, gritan “¡Javier!” fuerte. ¿Entendido? —Sí, capitán —dijo Lili, haciendo un saludo militar chueco.
Me puse el overol y me metí debajo del Tsuru. El olor a aceite quemado y metal frío me tranquilizó un poco. Era mi elemento. Aquí las cosas tenían lógica: si algo sonaba mal, lo apretabas, lo cambiabas o lo engrasabas. La vida humana no era así; no había manual de usuario para lo que me estaba pasando. Mientras bajaba la caja de velocidades, mi mente viajaba al hospital. ¿Habría despertado Sara? ¿Estaría asustada? ¿Sabría que sus hijas estaban con el vecino mecánico? Y peor aún, ¿qué pasaría cuando le diera la cuenta de las medicinas? No lo hacía por cobrarle, pero la realidad es que yo vivía al día. Esa lana del reloj era mi colchón de seguridad.
—¡Javier! —escuché una vocecita. Salí arrastrándome en el carrito. Era Eli. Estaba parada en la puerta de la oficina, con las manos en la cintura. —¿Qué pasó? ¿Baño? —No. Tengo hambre otra vez. Y Lili dice que el conejo también. Miré el reloj de la pared. La una de la tarde. El tiempo se me había ido volando. —Aguanten vara. Ahorita pido unas tortas. —¿Qué es “aguanten vara”? —preguntó, ladeando la cabeza. Me reí. Se me olvidaba que eran niñas. —Significa que esperen tantito, que sean fuertes. —Ah. Como mamá. Ella aguanta mucha vara.
Esa frase me borró la risa. Me levanté, me limpié las manos y fui a la tiendita de la esquina. Compré jamón, pan, mayonesa y refrescos. Improvisé un picnic sobre el cofre de un coche que teníamos para desguace (poniendo cartones limpios, claro). Comimos ahí, entre fierros y olor a gasolina. Ellas devoraban el pan como si no hubiera un mañana. Me di cuenta de que la desnutrición no era solo de Sara; estas niñas traían hambre atrasada, de esa que no se quita con una sola comida. —Oye, Javi —dijo Lili con la boca llena—. ¿Tú tienes hijos? —Simón. Tengo uno. Se llama Mateo. Es un poco más grande que ustedes. Tiene ocho. —¿Y dónde está? —preguntó Eli. —En la escuela. Y luego lo cuida una vecina, Doña Chuy. —¿Y su mamá? El silencio se hizo espeso. Don Beto, que estaba comiendo su torta al otro lado del taller, bajó la mirada. —Su mamá… ella se fue al cielo hace mucho. Cuando Mateo era bebé. —Ah —dijo Lili, y abrazó a su conejo—. Como mi abuelita. —Sí, igualito. —¿Y estás triste? —insistió Eli. —A veces. Pero Mateo me pone contento. Y ahora ustedes me están haciendo compañía, así que no estoy triste ahorita.
La tarde cayó pesada, con ese calor seco del norte de la ciudad que te pone de malas. Terminé el Tsuru justo a tiempo. El cliente llegó, pagó (gracias a Dios en efectivo) y Don Beto me dio mi parte del día. No era mucho, pero ya recuperaba algo de lo gastado. Estaba recogiendo la herramienta cuando vi entrar un coche negro al patio del taller. Un Sentra polarizado, de esos que gritan “problemas”. Bajó un tipo. No se veía como malandro de película, no. Se veía peor. Camisa de vestir, pantalón de pinzas, pero con esa mirada de tiburón que tienen los cobradores de Coppel o los prestamistas de barrio, esos que te rompen las piernas si no pagas el rédito semanal.
El tipo miró alrededor con asco, como si la grasa del piso le fuera a manchar los zapatos italianos. —Buenas tardes —dijo, con una voz que sonaba a lija fina—. Busco a un tal Javier. Se me heló la sangre. ¿Cómo sabía mi nombre? Don Beto se adelantó, protegiéndome instintivamente. —Depende de quién lo busque y para qué. —Soy… un conocido de la señora Sara Méndez. Me dijeron en el vecindario que el mecánico de la Ford vieja se llevó a sus hijas ayer en la noche.
Sentí que el corazón se me salía por la boca. Las niñas estaban en la oficinita. Si salían ahora… Me acerqué, limpiándome las manos con una estopa para ganar tiempo y esconder el temblor. —Soy yo. ¿Qué se le ofrece? El tipo sonrió, pero sus ojos seguían fríos. —Ah, qué tal. Mi nombre es Rogelio. Soy… socio del marido de Sara. Estamos muy preocupados por ella y por las niñas. Fuimos a la casa y no había nadie. Los vecinos, que son muy comunicativos, me dijeron que hubo una ambulancia y todo un show. —Sara está en el hospital —dije, cortante—. Se puso mala. —¿Y las niñas? —Rogelio dio un paso hacia mí. Olía a loción cara y tabaco—. Esas niñas son responsabilidad de su padre. Yo vengo a recogerlas para llevarlas con él.
Mi cerebro trabajaba a mil por hora. “Su padre se fue al norte y nunca llamó”, habían dicho ellas. “Mamá lloraba y tenía miedo”. Este tipo no era amigo. Este tipo era el pasado que venía a cobrar. —Pues fíjese que no se va a poder —dije, plantándome firme, aunque por dentro me temblaban las rodillas—. Las niñas están bajo custodia temporal del DIF. Yo solo ayudé al traslado. Si quiere verlas, vaya al Ministerio Público.
Rogelio soltó una carcajada breve y seca. —No me quieras ver la cara de pendejo, mecánico. Sé que no llamaste a la policía. Sé que están contigo. Mira, no queremos problemas. El padre quiere a sus hijas. Sara… bueno, Sara tiene deudas pendientes con nosotros. Deudas morales y de las otras. Entrégame a las chiquillas y aquí no pasó nada. Hasta te puedo dar una propina por las molestias. Metió la mano en el saco. Por un segundo pensé que iba a sacar una pistola, pero sacó una cartera gruesa de piel.
En ese momento, la puerta de la oficinita se abrió. —¡Javier! ¡El conejo se hizo pipí… ah, no, se le tiró el agua! —gritó Lili saliendo corriendo. Se frenó en seco al ver al hombre. Su carita cambió de la risa al terror absoluto en un segundo. —¡El hombre malo! —susurró, y corrió a esconderse detrás de mis piernas. Rogelio sonrió, guardando la cartera. —Vaya, vaya. Conque el DIF, ¿eh? Lili, preciosa, ven con el tío Rogelio. Tu papá te está esperando.
Don Beto agarró una llave inglesa, una Stillson enorme de esas para tubería industrial. Se puso a mi lado. —Creo que ya escuchó al joven, amigo. Las niñas no se van. Y aquí es propiedad privada. Así que o se sube a su chingadera de coche y se larga, o vamos a ver si su cabeza es más dura que el acero templado. Otros dos mecánicos del taller de al lado, al ver el alboroto, se acercaron con barras de metal en las manos. La solidaridad del barrio. Nadie se mete con uno de nosotros sin meterse con todos.
Rogelio miró la llave Stillson, luego a los otros mecánicos, y calculó las probabilidades. Chasqueó la lengua. —Muy valientes. Muy de barrio. Está bien. Me voy. Pero dile a Sara, cuando despierte, que el tiempo se acabó. Y que lo que es de nosotros, regresa a nosotros. Me apuntó con el dedo índice. —Y tú, Javier… cuídate la espalda. Jugar a la casita con familia ajena sale caro.
Se subió al Sentra y salió quemando llanta, levantando una nube de polvo que nos hizo toser a todos. Me agaché y abracé a Lili, que temblaba como una hoja. Eli salió de la oficina y se unió al abrazo sin decir nada. —Gracias, Don Beto —le dije al jefe, con la voz quebrada. —Ni lo menciones, muchacho. Pero esto ya se puso color de hormiga. Esos tipos no son cobradores de Coppel. Esos andan en pasos feos. —Lo sé. Tengo que sacarlas de aquí. No puedo llevarlas a mi casa, ahí es lo primero donde van a buscar. —Llévalas con Doña Chuy —sugirió Beto—. Esa vieja es una tumba y vive en la vecindad de atrás, donde es un laberinto entrar. Nadie las va a encontrar ahí hoy. Y tú… tú necesitas pensar qué vas a hacer.
La tarde se volvió noche mientras manejaba hacia la casa de Doña Chuy. Mi cabeza era un torbellino. ¿En qué me había metido? Amenazas, tipos raros, deudas oscuras. Pero sentía los bracitos de las niñas aferrados a mi cintura (se habían sentado adelante conmigo porque tenían miedo) y sabía que no podía soltarlas. No ahora.
Llegamos con Doña Chuy. El olor a café de olla y tortillas recién hechas me recibió como un abrazo. —¡Ave María Purísima! —exclamó la señora cuando vio entrar a la tropa—. Javier, te ves fatal, mijo. Y estas deben ser las angelitas. Mateo estaba ahí, haciendo la tarea en la mesa de la cocina. Se levantó de un salto al verme. —¡Papá! Me abrazó fuerte. Sentí la culpa lavarse un poco. —Mijo, te presento a Lili y a Eli. Se van a quedar con nosotros un ratito. Su mamá está enfermita. Mateo las miró. Ellas lo miraron. —¿Tienen hambre? —preguntó Mateo—. Abue Chuy hizo entomatadas. —Siempre tenemos hambre —dijo Eli, rompiendo el hielo.
Dejé a las niñas cenando y jugando con Mateo (que les prestó sus carritos sin chistar, buen muchacho), y me llevé a Doña Chuy a la cocina aparte. —Chuy, la cosa está fea —le conté todo. Lo del hospital, lo del dinero, lo del tipo del coche negro. Doña Chuy se persignó tres veces. —Virgen Santísima. Javier, ese tipo de gente no perdona. ¿Qué vas a hacer? —No sé, Chuy. Pero no puedo devolvérselas a ese tal “padre” que las manda a buscar con matones. Sara estaba huyendo de ellos, estoy seguro. Por eso vivían en ese remolque cayéndose a pedazos, para no ser vistas. —Tienes que hablar con Sara. Tienes que saber la verdad. —Voy para el hospital ahorita. A dejar las medicinas y a ver si ya despertó. Te encargo a los tres, ¿sí? Por lo que más quieras, no le abras a nadie. —Aquí nadie entra si no es por encima de mi cadáver y de mi perro, y el “Killer” muerde duro —dijo, señalando al chucho corriente que dormía bajo la mesa.
Manejé de vuelta al hospital. La ciudad de noche se veía diferente, amenazante. Cada coche que se me pegaba atrás me hacía sudar frío. Llegué a Urgencias con la bolsa de medicinas apretada contra el pecho. Entré. La misma recepcionista de ayer ya no estaba, había un guardia de seguridad dormitando. Pasé directo a la sala de espera y busqué al doctor del turno de la noche. —Vengo a dejar esto para la paciente Sara Méndez —le dije a una enfermera. —Ah, sí. La de la cama 4. Justo acaba de despertar hace un rato. Está muy débil, pero insistió tanto en preguntar por sus hijas que el doctor le dio un calmante suave. ¿Usted es el familiar? —Soy… quien cuida a las niñas. ¿Puedo verla? Cinco minutos. Por favor. La enfermera dudó, pero vio mi cara de desesperación y la bolsa de medicinas caras que traía. —Cinco minutos. Y no la altere.
Entré al área de internamiento. El olor a alcohol y enfermedad era más fuerte aquí. Cortinas azules separaban las camas. Busqué la 4. Ahí estaba. Se veía minúscula en esa cama de hospital. Los tubos de suero conectados a sus brazos flacos, la piel casi transparente. Abrió los ojos cuando me acerqué. Eran del mismo color que los de Eli. —¿Dónde…? —su voz era un susurro, como hojas secas arrastrándose. —Están bien —me apresuré a decir, acercándome—. Lili y Eli están bien. Comieron, tienen ropa limpia y están jugando con mi hijo. Están seguras. Sara cerró los ojos y una lágrima se escurrió por su sien hasta la almohada. —Gracias… gracias… —susurró—. Pensé que… que él las tenía. Me incliné más, bajando la voz. —Sara, escúchame. Fue un tipo al taller hoy. Un tal Rogelio. Dijo que iba de parte del marido. Quería llevarse a las niñas. Los ojos de Sara se abrieron de golpe, llenos de un terror absoluto. El monitor cardíaco empezó a pitar más rápido. —¡No! —intentó levantarse, pero estaba muy débil—. ¡No se las des! ¡Javier, júralo! ¡Me las va a matar! O peor… las va a vender. —¿Qué? —sentí un hueco en el estómago—. ¿De qué hablas? —Rogelio… Rogelio es su hermano. Mi esposo… él las “vendió” para pagar una deuda de juego hace un año. Por eso huimos. Por eso nos escondimos. Si las encuentran… Javier, por favor… Me agarró la mano con una fuerza sorprendente para alguien tan débil. Sus uñas se clavaron en mi piel. —No tengo a nadie más. Eres un ángel que Dios me mandó. No dejes que se las lleven. Llévatelas lejos. Sácame de aquí.
—Sara, no puedes salir. Estás grave. Tus riñones… —¡Prefiero morirme aquí afuera que dejar que se las lleven! —sollozó, ahogándose con su propia tos—. Escucha… en el conejo de Lili… en la costura de la panza… ahí hay algo. Una llave. Es de un locker en la terminal de autobuses. Ahí guardé… papeles. Pruebas. Si le das eso a la policía… tal vez… Se le fue el aire. La máquina empezó a pitar como loca. —¡Enfermera! —grité. Dos enfermeras entraron corriendo y me empujaron fuera de la cortina. —¡Salga! ¡Tiene que salir ahora!
Me quedé en el pasillo, temblando, viendo cómo corrían de un lado a otro. “Las vendió”. La frase retumbaba en mi cabeza. No era un pleito de custodia. Era trata. Era el infierno mismo tocando a la puerta de mi taller mecánico. Salí del hospital tambaleándome. El aire de la noche no me refrescó. Me sentía observado. Miré hacia el estacionamiento. Ahí estaba. El Sentra negro. Y no estaba solo. Había una camioneta Suburban gris detrás, con las luces apagadas pero el motor encendido.
Me agaché detrás de un pilar de concreto. Me habían seguido. Sabían que vendría a verla. Y probablemente, ahora sabían que yo sabía. Mi celular vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de un número desconocido. “Bonito niño el que tienes, Javier. Sería una lástima que le pasara algo a él también. Entrega la mercancía.”
Se me cayó el teléfono de las manos. La pantalla se estrelló contra el pavimento, pero el mensaje seguía brillando ahí, en medio de las grietas. Ya no era solo Lili y Eli. Ahora era Mateo. Ahora era mi sangre. El miedo se convirtió en algo frío y duro en mi estómago. Algo metálico. Me acordé de la llave Stillson de Don Beto. Me acordé de mi padre diciéndome que un hombre defiende lo que ama.
Recogí el teléfono. No contesté. Corrí hacia mi camioneta, pero no me subí. Sabía que si encendía el motor, me seguirían. Tenía que ser más listo. Tenía que ser mecánico. Tenía que arreglar esto, pero no con herramientas. Miré mi vieja Ford. “Perdóname, gorda”, susurré. Abrí el cofre, desconecté un cable de la batería y aflojé la manguera de la gasolina un poco, lo suficiente para que goteara sobre el motor caliente si se encendía. Luego, me fui arrastrando entre los coches estacionados, alejándome de la entrada principal, buscando la salida de proveedores por la parte de atrás del hospital.
Tenía que llegar con Doña Chuy. Tenía que sacar a los niños. Tenía que buscar esa llave en el conejo. La noche apenas comenzaba, y yo, Javier el mecánico, acababa de declarar una guerra que no sabía si podía ganar, pero que estaba dispuesto a pelear hasta el último tornillo.
Corrí por las calles oscuras, sintiendo que cada sombra era un enemigo, mientras en mi mente solo repetía una cosa: “Nadie toca a mi familia. Y hoy, esas niñas son mi familia”.
La carrera contra el tiempo había empezado, y esta vez, no tenía reloj para medirla.
PARTE FINAL: LA ÚLTIMA LLAVE Y EL MOTOR DE LA VIDA
Mis botas golpeaban el pavimento húmedo de las callejuelas traseras del hospital con un ritmo frenético, un eco que se mezclaba con el latido desbocado de mi corazón. No había corrido así desde mis tiempos de cascarita en el barrio, pero ahora no perseguía un balón; perseguía la vida de tres niños y el alma de una madre rota. Atrás dejaba el hospital, esa mole de concreto llena de dolor y esperanza, y en el estacionamiento, mi querida “Mamalona”, preparada como una bomba de tiempo silenciosa.
Me dolió, claro que me dolió. Esa Ford vieja había sido mi compañera fiel, la que me ayudaba a traer el pan a la mesa, la que nunca se rajaba. Pero como me dijo mi viejo: “Los fierros no tienen alma, mijo; la gente sí”. Y si sacrificar un montón de metal oxidado servía para distraer a los buitres que querían devorar a Lili, Eli y Mateo, entonces que ardiera hasta los cimientos.
Apenas había cruzado dos cuadras, internándome en la oscuridad de la colonia, cuando escuché el estruendo. No fue una explosión de película, no hubo bolas de fuego gigantes, pero sí un “¡BUM!” sordo y seco, seguido del sonido de cristales rotos y alarmas de coches disparándose al unísono. Me detuve un segundo, jadeando, recargado en una barda llena de grafitis. Imaginé la escena: Rogelio o alguno de sus gorilas intentando arrancar la camioneta, la chispa de la batería desconectada encontrándose con los vapores de la gasolina que dejé goteando. Tal vez solo fue un susto, tal vez se quemó el motor, pero ese humo negro que empezaba a subir hacia el cielo nocturno era mi señal de humo, mi cortina de distracción.
—Adiós, gorda —susurré, limpiándome el sudor frío de la frente con el dorso de la mano—. Gracias por todo.
No podía perder tiempo. El mensaje en mi celular, con la pantalla estrellada, seguía quemándome la pierna a través del pantalón: “Bonito niño el que tienes… Entrega la mercancía”. La amenaza contra Mateo me había inyectado una dosis de adrenalina y furia que no sabía que tenía. El miedo se había transformado, se había vuelto ese metal frío en el estómago del que tanto hablaban los viejos del barrio.
Corrí hacia la vecindad de Doña Chuy. El camino se me hizo eterno, cada sombra parecía un sicario, cada perro que ladraba me hacía saltar. Mi mente repasaba las palabras de Sara en su lecho de dolor: “En el conejo de Lili… en la costura de la panza… ahí hay algo”. Una llave. Papeles. Pruebas. Sara no era solo una víctima; era una madre leona que había robado la evidencia de su propia jaula para salvar a sus cachorros. Rogelio, ese tipo con traje de cobrador y alma de demonio, no buscaba a las niñas por amor fraternal; las buscaba porque eran el cabo suelto de un negocio podrido. “Las vendió”, había dicho ella. La bilis me subió a la garganta.
Llegué a la vecindad jadeando, con los pulmones ardiendo. La reja estaba cerrada. “Aquí nadie entra si no es por encima de mi cadáver”, había dicho Doña Chuy. Toqué la clave que tenemos los vecinos: tres golpes rápidos, uno lento. El “Killer” ladró desde adentro, ese ladrido ronco de perro corriente que ha visto demasiadas peleas callejeras. —¿Quién? —preguntó la voz temblorosa pero firme de Chuy. —Soy yo, Chuy. Javier. ¡Ábreme, rápido!
El cerrojo se corrió y entré casi cayéndome. Doña Chuy me recibió con un rodillo en la mano, vestida con su bata de dormir de franela. —¡Muchacho del demonio! ¿Qué fue ese ruido allá por el hospital? Se oyó hasta acá. Y mira nomás cómo vienes, todo sudado y con cara de loco. —No hay tiempo, Chuy. ¿Dónde están los niños? —Dormidos, bendito sea Dios. Los tres en la cama de mi cuarto. Mateo les leyó un cuento hasta que cayeron rendidos.
Entré a la habitación de puntitas, tratando de no hacer ruido con mis botas pesadas. La escena me rompió y me reconstruyó en el mismo segundo. Mateo estaba en medio, con los brazos extendidos, y a cada lado, Lili y Eli dormían profundamente. Lili tenía aferrado contra su pecho ese conejo tuerto y sucio. Se veían tan tranquilos, tan ajenos a la tormenta de mierda que se cernía sobre ellos. Eran ángeles en medio del infierno.
Me acerqué a Lili con la delicadeza de quien desactiva una bomba. Necesitaba ese conejo. —Perdóname, chiquita —susurró—. Prestamelo tantito. Con movimientos suaves, fui deslizando el peluche de entre sus bracitos. Ella refunfuñó en sueños y frunció el ceño, pero no despertó. Cuando tuve el conejo en mis manos, salí a la cocina donde Chuy me esperaba con un vaso de agua y una cara de angustia que me partía el alma.
—¿Qué pasa, Javier? Me estás asustando. —Necesito unas tijeras, Chuy. Y necesito que apagues todas las luces. Que parezca que no hay nadie. Ella no preguntó más. Me dio sus tijeras de costura y corrió a bajar el switch de la luz. Nos quedamos en la penumbra, iluminados solo por la luz de la luna que entraba por la ventanita de la cocina.
Puse al conejo sobre la mesa de hule. “Operación Conejo”, pensé con una ironía amarga. Busqué la costura de la panza que me había dicho Sara. Ahí estaba, un remiendo hecho a mano, con hilo de diferente color. Con las manos temblorosas, corté el hilo. Metí los dedos entre el relleno sintético viejo y apelmazado. Mis yemas tocaron algo frío y duro. Saqué una llave pequeña, de esas plateadas y sencillas, con un número grabado: 402. Y junto a ella, un papelito doblado mil veces.
Desdoblé el papel. Era un ticket de paquetería de la Central de Autobuses del Norte, con fecha de hace tres meses. —¿Qué es eso? —susurró Chuy, persignándose al ver mi cara. —Es el seguro de vida de estas niñas, Chuy. Y tal vez nuestra sentencia de muerte si no lo uso bien.
En ese momento, el celular de Chuy, que estaba sobre la mesa, empezó a sonar. No era una llamada. Era un mensaje de texto. Miré la pantalla. Era un número desconocido. “Sabemos que estás en la vecindad, mecánico. Tu camioneta hizo un buen show, pero no somos bomberos. Sal y entrega lo que Sara se robó, o entramos por las malas. Tienes 10 minutos.”
Se me heló la sangre. Nos habían encontrado. Claro que nos habían encontrado. Tipos como Rogelio, con camionetas Suburban y trajes caros, tienen ojos en todos lados. Quizás me vieron entrar, o rastrearon el celular de Chuy. —¿Qué dice? —preguntó ella, viendo mi palidez. —Dicen que están afuera. Doña Chuy agarró su rodillo con más fuerza y sus ojos se entrecerraron. —Pues que entren. Aquí tengo el gas pimienta que me regaló mi nieto y el Killer no ha cenado. —No, Chuy. Esto no es una pelea de borrachos. Tienen armas. Y no voy a arriesgar a Mateo ni a las gemelas.
Mi cerebro de mecánico empezó a trabajar a mil por hora. Cuando un motor se calienta, tienes que buscar por dónde liberar la presión. Si están aquí por mí y por la llave, tengo que sacar el problema de aquí. —Escúchame bien, Chuy. Voy a salir. —¡Estás loco! ¡Te van a matar! —No me van a matar porque yo tengo lo que quieren. Voy a salir por la parte de atrás, por las azoteas, como cuando se me olvidaban las llaves de chavo. Voy a hacer ruido para que me sigan. Me los voy a llevar lejos de aquí, a la Central Camionera. —¿Y los niños? —Tú cuídalos. Tranca la puerta. No le abras ni a la policía a menos que sea Don Beto. Voy a llamarlo ahorita. —Javier… —Chuy me agarró el brazo, con los ojos llenos de lágrimas—. Cuídate, hijo. Eres un buen hombre. Tonto, pero bueno. Sonreí tristemente. Esa era la misma frase que me había dicho por teléfono cuando todo esto empezó. —Gracias, abuela.
Marqué el número de Don Beto. Contestó al segundo timbre, con la voz ronca de quien acaba de despertar. —¿Javier? ¿Qué horas son estas? —Jefe, necesito un paro. El más grande de mi vida. Estoy en problemas serios. La gente que busca a las niñas está afuera de la casa de Chuy. Voy a llevarlos a la Central del Norte. Necesito que le hables a ese compadre tuyo, el comandante que te debe favores. Dile que tengo pruebas de una red de trata. Que los voy a esperar en los lockers de la terminal en 30 minutos. —¡No mames, Javier! —gritó Beto, y escuché el sonido de una cama rechinando al levantarse—. ¿Te quieres morir? —Quiero que Mateo crezca con padre, Beto. Y quiero que esas niñas tengan futuro. Haz la llamada. Y si puedes… date una vuelta por la vecindad con los muchachos del taller. Solo para que hagan bulto y cuiden a Chuy. —Voy para allá. Y Javier… no te hagas el héroe. Corre.
Colgué. Guardé la llave y el ticket en mi calcetín, bien pegados al tobillo. Le di un beso en la frente a Chuy, miré por última vez hacia el cuarto donde dormía mi razón de vivir, y salí al patio trasero. Trepé por los lavaderos de cemento hacia la azotea. La noche estaba fresca, pero yo sudaba a mares. Desde arriba, pude ver la calle. Efectivamente, la Suburban gris estaba estacionada en doble fila, con el motor encendido, como un tiburón acechando en aguas tranquilas. Y el Sentra negro de Rogelio estaba en la esquina.
Agarré una maceta vieja de barro que estaba en la orilla del techo. —¡Ey! ¡Culeros! —grité con todas mis fuerzas. Lancé la maceta hacia el Sentra. Se estrelló en el parabrisas con un estruendo magnífico. Rogelio salió del coche, mirando hacia arriba, con una pistola en la mano que brilló bajo la luz del poste. —¡Ahí está! —gritó. —¡Si quieren la llave, vengan por ella! —les grité, y eché a correr por las azoteas, saltando de techo en techo, esquivando tinacos y antenas parabólicas.
Escuché portazos y gritos abajo. El motor de la Suburban rugió. Mordieron el anzuelo. Bajé por un poste de luz tres casas más adelante, raspándome las manos y rompiéndome la camisa. Caí en un callejón oscuro y corrí hacia la avenida principal. Pasó un taxi libre, un Tsuru blanco y verde destartalado. Me le atravesé casi suicida. —¡A la Central del Norte! ¡Rápido, jefe, es una emergencia médica! —le mentí al taxista, un señor bigotón que me miró con desconfianza. —Huy, joven, no traigo cambio de a quinientos… —¡Quédese con el cambio, pero písele! —le aventé un billete de doscientos que me quedaba del empeño del reloj.
El taxi arrancó. Miré por el medallón trasero. A lo lejos, vi las luces de la Suburban dando la vuelta en U, quemando llanta. Me habían visto subir. La carrera había comenzado.
El trayecto a la terminal fue una tortura. Cada semáforo en rojo se sentía como una condena. Yo iba mirando el reloj del tablero del taxi, contando los segundos. Rogelio venía detrás, lo sabía. Esos tipos no pierden la presa. Mi única ventaja era que el tráfico de la ciudad es una jungla impredecible y el taxista conocía las mañas. —Métase por la lateral, jefe, córtale por ahí —le indicaba yo.
Llegamos a la Central. El lugar nunca duerme. Gente con maletas, autobuses entrando y saliendo, olor a diésel y garnachas. Bajé del taxi antes de que se detuviera por completo y corrí hacia la entrada. Busqué el área de paquetería y lockers. Mi corazón bombeaba tan fuerte que sentía los latidos en las sienes. Locker 402. Ahí estaba. Una caja metálica despintada en una fila interminable. Me agaché, saqué la llave de mi calcetín. Mis manos temblaban tanto que se me cayó la llave una vez. “Cálmate, Javier, cálmate. Esto es como ajustar un carburador. Precisión”.
Metí la llave. Giró. El clic del mecanismo sonó como música celestial. Abrí la puertecita. Adentro había una mochila escolar pequeña, de esas de princesas, pero abultada. La saqué. Pesaba. La abrí un poco. Había una libreta negra y una memoria USB. Abrí la libreta al azar. Nombres. Fechas. Cantidades. Y fotos… fotos impresas en papel normal de niñas y mujeres. Reconocí a Sara en una. Se me revolvió el estómago. Esto no era solo una deuda de juego; era un catálogo. Rogelio y su cuñado eran monstruos.
—Bonita mochila para un mecánico tan rudo —dijo una voz a mis espaldas. Me giré lentamente. Rogelio estaba ahí, a cinco metros. No estaba solo. Dos tipos enormes, con chamarras de cuero que apenas disimulaban los bultos en sus costados, lo flanqueaban. La gente alrededor pasaba rápido, sin querer ver, con esa ceguera selectiva que desarrollamos los mexicanos para sobrevivir.
—Se acabó el juego, Javier —dijo Rogelio, sonriendo con esa calma psicópata—. Dame la mochila. Y tal vez, solo tal vez, te deje ir a casa a ver a tu hijo. Apreté la mochila contra mi pecho. —Sabes que si te la doy, me matas aquí mismo —le dije, midiendo la distancia. Estaba acorralado contra los lockers. —Eres listo. Me caes bien. Pero sí, te vas a morir de todos modos. Sabes demasiado. Pero si me la das por las buenas, será rápido. Si no… bueno, mis amigos aquí son muy creativos con las herramientas. Y tú sabes de herramientas, ¿no?
Rogelio hizo una seña. Los dos gorilas dieron un paso adelante. Cerré los ojos un segundo. Pensé en Mateo. Pensé en Lili y Eli comiendo tacos. Pensé en mi viejo reloj empeñado. “Aguanta vara, Javier”, me dije. —¡Ahora! —grité, tirándome al suelo.
No pasó nada. Rogelio soltó una carcajada. —¿Qué fue eso? ¿Una plegaria? Pero su risa se cortó en seco cuando una sirena ensordecedora llenó el vestíbulo de la terminal. No era una patrulla normal. Eran varias. De las puertas laterales, y de la entrada principal, entraron corriendo media docena de policías federales y, detrás de ellos, un hombre con overol sucio y una llave Stillson en la mano. —¡Ahí está el hijo de la chingada! —gritó Don Beto, señalando a Rogelio.
Rogelio intentó sacar su arma, pero un oficial fue más rápido. —¡Policía Federal! ¡Tire el arma! ¡Al suelo! El caos se desató. La gente gritaba y corría. Los gorilas de Rogelio intentaron huir, pero fueron tacleados por los oficiales. Rogelio, viéndose perdido, me miró con odio puro. —¡Esto no se acaba aquí, mecánico! —gritó mientras lo esposaban contra el piso frío—. ¡Somos muchos!
Me levanté, temblando, con la mochila en la mano. Un comandante alto, con bigote canoso, se acercó a mí. Don Beto venía con él, respirando con dificultad. —¿Estás bien, muchacho? —preguntó Beto, dándome una palmada en la espalda que casi me tira. —Sí, jefe. Gracias. Le entregué la mochila al comandante. —Aquí está todo, oficial. Nombres, cuentas, fotos. Sara… la mamá de las niñas, me dijo que esto los hundiría. El comandante abrió la mochila, vio el contenido y asintió gravemente. —Con esto tenemos para desmantelar toda la operación en el estado, joven. Usted acaba de hacer el trabajo que nosotros llevamos meses intentando. Se le va a ofrecer protección a usted y a la familia.
Me dejé caer sentado en el suelo, recargado en los lockers. La adrenalina se esfumó de golpe, dejándome vacío y agotado. Me miré las manos. Seguían sucias de grasa, ahora mezcladas con polvo de azotea y sudor. Pero ya no temblaban.
Dos semanas después.
El taller “El Tuercas” estaba a reventar de trabajo. El escándalo en las noticias había sido enorme. “Mecánico desmantela red de trata”, decían los titulares. Yo trataba de no verlos. La fama no arregla transmisiones.
Estaba terminando de afinar un Chevy cuando vi llegar un taxi. Se bajó Sara. Todavía se veía delgada, caminaba despacio, apoyada en un bastón, pero ya tenía color en las mejillas. Sus ojos ya no tenían esa sombra de muerte. Y detrás de ella, bajaron Lili y Eli. Lili traía su conejo, ahora limpio y cosido (Doña Chuy hizo un buen trabajo). Eli traía unos zapatos nuevos que le habíamos comprado con una “coperacha” del taller.
—¡Javier! —gritaron las dos, corriendo hacia mí. Me agaché y las recibí en un abrazo que me llenó de grasa la camisa limpia, pero no me importó. —¡Cuidado, que las ensucio! —reí. Sara se acercó. Me miró a los ojos. No dijo nada al principio. Solo me tomó las manos, esas manos mías llenas de callos y cicatrices, y se las llevó a la frente. —Gracias —susurró, con la voz quebrada—. Me devolviste la vida.
Me puse rojo como un tomate. —No fue nada, Sara. Solo… hice lo que cualquiera hubiera hecho. —No —dijo ella, negando con la cabeza—. Cualquiera hubiera cerrado la puerta. Tú la abriste. Tú nos diste un hogar cuando solo teníamos miedo.
Don Beto salió de la oficina, limpiándose los lentes. —Bueno, bueno, mucha plática y poca chamba. Sara, ¿ya fuiste a ver lo del trabajo en la fonda de mi comadre? —Sí, Don Beto. Empiezo el lunes. —Eso es todo. Y ustedes, chamacas, dejen de distraer a mi mecánico estrella o le voy a descontar el día.
Todos reímos. Era una risa ligera, limpia, sin miedo. Esa noche, en casa de Doña Chuy, hicimos una cena para celebrar. Estábamos todos: Mateo, las gemelas, Sara, Don Beto, Chuy y yo. Comimos pozole. Miré a mi alrededor. La mesa estaba llena. Mi vida, que hace unas semanas se sentía solitaria y rutinaria, ahora era un caos ruidoso y maravilloso.
Sara me sonrió desde el otro lado de la mesa. Mateo le estaba enseñando a Eli cómo usar la cuchara correctamente. Lili le daba de probar pozole a su conejo. Me toqué la muñeca. Ya no tenía el reloj de mi padre. Pero no me hacía falta. Había entendido, por fin, lo que él trataba de enseñarme. Ser hombre no es aguantar los golpes en silencio. Ser hombre, ser humano, es tener el valor de ensuciarse las manos para limpiar el camino de los que vienen detrás.
La vida es como un motor viejo: a veces se desbiela, a veces tira aceite, y a veces te deja tirado a media carretera. Pero mientras tengas la herramienta correcta —y la herramienta correcta casi siempre es el amor y un par de huevos—, siempre, siempre se puede volver a arrancar.
FIN.