“Están más muertas que vivas”, me gritaron los ganaderos. Yo solo vi unos ojos que pedían ayuda y un milagro que estaba a punto de suceder en mi viejo granero.

Dicen en el pueblo que tengo más corazón que dinero, y quizás tengan razón. Aquella tarde en el mercado de ganado, el calor era tan insoportable que sentías que el sol estaba enojado con la tierra. El aire sabía a tierra seca y amargura.

Yo estaba ahí, con mis botas gastadas y mi sombrero viejo, tratando de no hacer ruido en un lugar donde los gritos y los tratos rápidos lo eran todo. No buscaba problemas, pero los problemas me encontraron en un rincón olvidado del corral.

Ahí estaban. Tres potrancas que daban lástima nomás de verlas.

No parecían caballos; parecían fantasmas. Se les notaban las costillas a través de la piel, y las patas les temblaban como si la tierra las rechazara. La gente pasaba de largo, soltando risas burlonas. “No durarán ni una semana”, decían unos. “Pagaría por no llevármelas”, decían otros.

El vendedor, harto y con los hombros caídos, gritó una última oferta, casi una súplica: “¡Las tres por unas cuantas monedas! ¡O se las llevan o aquí quedan!”.

Hubo silencio. Luego, escupitajos al suelo. Nadie quería cargar con esa m*uerte.

Pero yo di un paso al frente. No grité. Solo dije: “Yo las quiero”.

Sentí las miradas de todos clavadas en mi nuca. Algunos con lástima, otros pensando que el sol me había tostado el juicio. Saqué de mi bolsillo lo poco que había ganado reparando cercas ajenas y se lo puse en la mano.

Cuando me acerqué, la más pequeña, la que apenas podía sostenerse, levantó la cabeza. Sus ojos eran grandes, oscuros y estaban llenos de cansancio, pero había algo más ahí. No era miedo. Era algo vivo.

“Vamos a casa, pequeña”, le susurré mientras le ataba un trapo suave alrededor del pecho para que no cayera.

Caminamos bajo el sol abrasador hasta mi rancho. Ellas tropezaban, y yo les hablaba bajito, prometiéndoles que todo estaría bien. Pero al llegar al granero, la realidad me golpeó.

La más chiquita se desplomó en la paja. Su respiración era tan superficial que apenas movía el polvo. Me quedé ahí, de rodillas, con la mano en su pecho, sintiendo cómo su vida parpadeaba como una vela en el viento. Parecía que había cometido el error más grande de mi vida.

¿PODRÁ SOBREVIVIR A LA NOCHE O ACABO DE GASTAR LO ÚNICO QUE TENÍA EN UNA DESPEDIDA?

PARTE 2: LA LARGA NOCHE DEL MILAGRO, CUANDO LA FE PESA MÁS QUE EL BOLSILLO

Me quedé ahí, arrodillado en la tierra sucia de mi granero, con el olor a paja vieja y desesperación llenándome los pulmones. La potranca, esa cosita de huesos forrados de piel que acababa de comprar, no se movía. Su respiración era un silbido ronco, como si cada bocanada de aire le costara la vida entera. Mis manos, callosas y torpes por años de trabajo duro, temblaban sobre su cuello. Sentía su pulso débil, un tum-tum lejano y asustado que parecía querer apagarse en cualquier segundo.

“No te me vayas, canija, no te me vayas”, le susurré, casi como una oración, casi como una orden. Pero mis palabras sonaban huecas en la inmensidad de aquel granero oscuro.

Las otras dos potrancas, sus hermanas de desgracia, se habían quedado paradas cerca de la entrada, con las cabezas gachas, demasiado débiles incluso para espantar las moscas que zumbaban en el calor de la tarde que empezaba a morir. Ellas me miraban de reojo, con esa mirada triste y resignada que tienen los animales que ya han visto demasiado sufrimiento para su corta edad. Pero la chiquita, la que estaba en el suelo, esa era la que me preocupaba. Esa era la que llevaba mi última esperanza y mis últimos centavos pegados a su piel.

Me levanté de golpe, sacudiéndome el miedo. El miedo no sirve de nada en el rancho; el miedo paraliza, y aquí, si te paras, te lleva la corriente. Corrí hacia la vieja pila de agua. Estaba tibia por el sol, pero limpia. No tenía cubetas a la mano, así que agarré un viejo bote de leche que usaba para las herramientas, lo enjuagué rápido y lo llené.

Mientras corría de regreso, mi mente me jugaba malas pasadas. Escuchaba las risas de los hombres en el mercado. “¡Estás loco, Pancho!”, me habían dicho. “Esas bestias son carne de zopilote”. Y por un momento, solo por un momento, pensé que tenían razón. ¿Qué demonios había hecho? En casa no sobraba el dinero. Mi mujer, la María, hacía milagros con los frijoles y las tortillas para que rindiéramos la semana. Y yo, en un arranque de corazón de pollo, había gastado lo que era para las semillas en tres animales desahuciados.

Pero al llegar junto a la potranca y ver ese ojo entreabierto, ese ojo negro y profundo que me buscaba entre las sombras, la duda se esfumó. Me senté en el suelo, levanté su cabeza con cuidado y la apoyé en mis piernas. Pesaba tan poco que me dio escalofríos. Era como cargar a un niño, no a un caballo.

“Ándale, mi niña, toma un poquito”, le dije, acercando el bote a su hocico.

Nada. Ni siquiera intentó oler el agua. Tenía los labios secos, agrietados, pegados por la deshidratación. La desesperación me subió por la garganta como un nudo. Si no bebía, se moría. Así de simple, así de cruel.

Recordé lo que hacía mi abuelo cuando traíamos becerros guachos, esos que las madres rechazaban. Corrí a la cocina de la casa. María no estaba, había ido al pueblo a visitar a su hermana. Mejor así. No quería que viera mi locura todavía. Busqué en la alacena y encontré un poco de piloncillo y un trapo limpio.

Regresé al granero volando. Deshice el piloncillo en el agua tibia, haciendo una melaza dulce y energética. Mojé el trapo y, con una paciencia que no sabía que tenía, empecé a exprimir gotas en la comisura de sus labios. Una gota. Dos gotas. Tres.

Al principio, el agua se escurría por fuera, manchando la paja. Pero entonces, sentí un movimiento leve. Una lengua rasposa y pálida salió tímidamente y lamió el dulce.

—¡Eso es! —grité en voz baja, con una alegría absurda—. ¡Eso es, mi valiente!

Pasé las siguientes tres horas así. Gota a gota. Charlando con ella. Le conté de mi vida, de cómo el campo se ha puesto duro, de cómo a veces uno se siente tan flaco y cansado como ella. Le conté que no tenía nombre todavía, pero que si salía de esta, le pondría el nombre más bonito que se me ocurriera. Le hablé como si me entendiera, y yo creo que, a su manera, lo hacía. Los animales saben cuándo alguien les habla con el corazón y no con el látigo.

Cayó la noche. Y con la noche en el rancho, llega el frío y el silencio que te hace pensar en todo lo que no quieres pensar. El granero se convirtió en una boca de lobo, solo iluminada por la luz pálida de la luna que se colaba por las rendijas de la madera vieja.

Las otras dos potrancas se habían echado cerca de nosotros, buscando calor. Se había formado un pequeño círculo de miseria y esperanza en medio de la nada. Yo no me movía. Tenía las piernas entumidas de estar sentado en la misma posición, sosteniendo la cabeza de la pequeña, pero no me atrevía a soltarla. Sentía que si la soltaba, la corriente invisible de la muerte se la llevaría arrastrando.

El frío empezó a calar. Ellas no tenían grasa en el cuerpo para protegerse. Empezaron a temblar. Un temblor feo, constante, que hacía sonar la paja. Me quité mi chaqueta de mezclilla, esa vieja que tiene más parches que tela original, y se la eché encima a la que estaba en el suelo. No era suficiente.

Me levanté despacio, cuidando de no asustarlas, y fui a buscar los costales de alimento vacíos que guardaba en la esquina. Eran rasposos y olían a maíz, pero guardaban el calor. Cubrí a las otras dos y volví con la pequeña. Me acomodé de nuevo, pegando mi espalda contra un poste de madera, y volví a poner su cabeza en mi regazo.

Fue entonces cuando la duda regresó, más fuerte y oscura que antes.

¿Y si solo estoy alargando su sufrimiento? ¿Y si lo más humano hubiera sido dejar que el veterinario del pueblo le diera la inyección para dormir? Me toqué el bolsillo vacío. No tenía ni para el veterinario, ni para medicinas caras. Lo único que tenía era tiempo, mis manos y esta terquedad mexicana de no dejarse vencer ni aunque te estén lloviendo piedras.

Miré sus costillas, marcadas como las teclas de un piano desafinado. ¿Cuánto tiempo llevaban sin comer bien? ¿Meses? ¿Desde que nacieron? Me dio coraje. Un coraje caliente que me subió a la cara. ¿Cómo puede haber gente que tenga animales para dejarlos llegar a este estado? Esos ganaderos que solo ven números, que ven kilos de carne y no vidas. Para ellos, estas tres eran basura. Pérdida. Merma.

Para mí, en esa noche larga y fría, eran lo único que importaba en el mundo.

De repente, la potranca se sacudió violentamente. Sus patas rasparon el suelo y estiró el cuello hacia atrás, con los ojos en blanco. Me asusté. Pensé que era el final, los estertores de la muerte.

—¡No, no, no! —la abracé fuerte, pegando mi pecho a su lomo huesudo—. ¡Aquí te quedas! ¡Aquí te quedas, carajo!

Empecé a frotarla con fuerza, tratando de generar calor, de reactivar su circulación. Mis manos iban y venían por su cuello, por sus patas heladas. Le soplé en el hocico, le hablé fuerte.

—¡No me hagas esto! ¡No gasté lo de la comida para enterrarte mañana! ¡Tienes que luchar, flaca! ¡Tienes que echarle ganas!

Fueron minutos eternos. Minutos donde peleé con la muerte a estirones. Y poco a poco, el espasmo pasó. Su respiración se calmó de nuevo, aunque seguía siendo débil. Se quedó quieta, agotada, pero viva.

Me dejé caer hacia atrás, sudando a pesar del frío. El corazón me latía a mil por hora. Me di cuenta de que estaba llorando. Unas lágrimas silenciosas que se mezclaban con el polvo de mi cara. Lloraba de miedo, sí, pero también de impotencia. De sentirme tan chiquito ante la vida y la muerte.

“Diosito”, susurré mirando al techo oscuro del granero. “Yo sé que no te hablo muy seguido, y que cuando te hablo es pa’ pedirte cosas. Pero échame la mano con esta. No por mí, sino por ella. No tiene la culpa de la maldad de los hombres. Dale una chance. Nomás una”.

No hubo respuesta, claro. Solo el canto lejano de un grillo y el viento moviendo las láminas del techo. Pero algo en mí se calmó. Había hecho lo que podía. Ahora dependía de ella y de lo que estuviera escrito allá arriba.

El cansancio me venció. Me quedé dormido ahí mismo, sentado, con la cabeza caída sobre el pecho y la mano enredada en la crin sucia de la potranca.

Me despertó el ruido de la puerta del granero abriéndose. La luz de la mañana entró de golpe, lastimándome los ojos. Era María. Se quedó parada en el marco de la puerta, con la bolsa del mandado en la mano y la boca abierta.

Miró la escena: yo tirado en la paja, sucio, con ojeras, abrazado a un caballo que parecía un cadáver, y otras dos sombras esqueléticas mirándola desde la esquina.

—Pancho… —dijo ella, con esa voz suave que pone cuando no sabe si regañarme o llorar—. ¿Qué hiciste, viejo?

Me desperté del todo, con el cuerpo adolorido. Lo primero que hice fue mirar a mi regazo. La potranca seguía ahí. Y respiraba. Respiraba mejor. Su pecho subía y bajaba con un ritmo más constante.

—Compré esperanza, vieja —le contesté con la voz ronca—, compré esperanza barata.

María se acercó despacio, dejando la bolsa en una mesa de trabajo. Se arrodilló a mi lado y miró al animal. Ella es de campo, como yo. Sabe ver la vida y la muerte en los ojos de las bestias. Pasó su mano por la frente de la potranca.

—Está ardiendo en fiebre —dijo, pero no con tono de regaño, sino de preocupación—. Y está en los huesos. Pancho, ¿tú crees que se salve?

—Si pasó la noche, se salva —dije yo, tratando de creérmelo—, es terca, como su dueño.

María suspiró, negó con la cabeza y se levantó. Pensé que se iría, que me dejaría solo con mi locura. Pero María es mucha mujer.

—Voy a preparar atole de masa. Aguado, para que lo pueda pasar. Y tráete agua limpia. Esas otras dos también necesitan beber antes de que les dé un cólico.

Sentí un alivio tan grande que casi me vuelvo a soltar a llorar. No estaba solo. María estaba conmigo. Y si María estaba conmigo, podíamos contra el mundo entero.

El día fue una batalla campal. No hubo descanso. María y yo nos turnamos. Mientras uno atendía a la pequeña, el otro cuidaba a las otras dos, que por suerte, tenían un poco más de fuerza y aceptaron comer un poco de alfalfa remojada que tenía guardada.

Pero la chiquita… ah, la chiquita era un caso aparte. No tenía fuerza para levantar la cabeza. Tuvimos que improvisar un biberón con una botella de refresco lavada y un dedo de guante de hule. Le dábamos el atole poco a poco, masajeando su garganta para que tragara.

A mediodía, llegó Don Chucho, mi vecino. Un viejo metiche que sabe todo lo que pasa en el pueblo antes de que suceda. Se asomó al granero con su sombrero de lado y una sonrisa burlona.

—¡Quihubo, Pancho! —gritó—. Me contaron en el mercado que te volviste beneficencia de caballos. Vine a ver si era cierto.

Me levanté, limpiándome las manos en el pantalón. No tenía ganas de aguantar burlas.

—Aquí andamos, Chucho, trabajando. ¿Se le ofrece algo?

Don Chucho entró y silbó al ver a los animales.

—¡Híjole! Pues no te mintieron. Están para el arrastre. Oye, Pancho, en buena onda… no gastes pólvora en infiernitos. Esa de ahí —señaló a la pequeña— ya tiene una pata en el otro lado. Mejor pégale un tiro y ahórrate el sufrimiento. Y la peste, porque cuando se muera va a apestar sabroso con este calor.

Sentí que la sangre me hervía. Apreté los puños.

—Nadie va a pegarle un tiro a nadie aquí, Chucho. Si vino a ayudar, agarre una cubeta. Si vino a echar sal, ahí está la puerta muy ancha.

Don Chucho levantó las manos, ofendido.

—Uy, qué genio. Nomás decía la verdad. Pero bueno, es tu dinero y tu tiempo. Allá tú si quieres jugar al santo.

Se dio la media vuelta y se fue, murmurando cosas sobre “gente necia” y “dinero tirado”. Que diga misa. La gente habla porque tiene boca, pero pocos saben lo que es mirar a un ser vivo a los ojos y prometerle que no lo vas a dejar caer.

La tarde cayó pesada, calurosa y llena de moscas. La fiebre de la potranca subió. Estaba hirviendo. Respiraba agitada y sudaba, aunque no se movía. María me trajo trapos mojados con agua fresca y vinagre para bajarle la temperatura. Se los poníamos en la panza, en el cuello.

—No mejora, Pancho —me dijo María en un susurro, cuando el sol empezaba a ponerse naranja—. No tiene fuerzas.

Yo no quería escucharlo. Me negaba.

—Va a mejorar. Tiene que mejorar.

Me senté otra vez junto a ella. Le agarré la cabeza.

—Escúchame bien, canija —le dije al oído—. No me hagas quedar mal con el Chucho. No me hagas quedar mal con la María. Pero sobre todo, no te falles a ti misma. Ya pasaste lo peor. Ya saliste del infierno de ese mercado. Aquí hay comida, aquí hay sombra, aquí hay cariño. ¿Qué más quieres? ¡Ponte las pilas!

Y entonces, pasó.

No fue un gran milagro de película, con luces y truenos. Fue algo chiquito. Casi invisible.

La potranca hizo un ruido. Un resoplido. Y luego, dobló las patas delanteras. Intentó levantarse.

—¡María! —grité—. ¡Mira!

La pobre bestia temblaba como una hoja. Hizo fuerza, empujó contra el suelo. Se le marcaban todos los huesos del esfuerzo. Cayó de nuevo. Pero no se rindió. Volvió a empujar.

Yo quería ayudarla, quería levantarla en peso, pero sabía que tenía que hacerlo ella. Tenía que probarse a sí misma que podía.

—¡Vamos! ¡Tú puedes! —la animaba yo, golpeando el suelo con la mano.

Con un último esfuerzo, soltando un gemido que me partió el alma, la potranca logró enderezar el tercio delantero. Se quedó ahí, sentada como un perro, balanceándose, mareada. Pero estaba arriba.

Sus ojos se encontraron con los míos. Ya no estaban velados por la muerte. Había una chispa. Una chispa de orgullo. De vida.

Me acerqué despacio y le ofrecí el bote con el resto del atole. Esta vez no tuve que usar la botella ni el trapo. Ella metió el hocico en el bote y bebió. Bebió con desesperación, con hambre, con ganas de vivir. Tragaba ruidosamente, salpicando todo, y para mí, ese fue el sonido más hermoso que había escuchado en años. Mejor que cualquier música.

Cuando terminó, lamió el fondo del bote y me empujó la mano con el hocico, buscando más.

Me eché a reír. Una risa que me salió de la panza, liberadora, que se mezcló con las lágrimas que volvían a salir.

—¡Tiene hambre, María! ¡La condenada tiene hambre!

María lloraba también, sonriendo, tapándose la boca con el delantal.

Esa noche, la segunda noche, no dormí tampoco. Pero fue diferente. Ya no era una vigilia de muerte. Era una guardia de honor. Me quedé sentado viéndola dormir, ahora sí, con un sueño tranquilo y reparador.

Pensé en los 500 pesos que me había gastado. Pensé en las botas nuevas que necesitaba y que ya no iba a comprar. Pensé en el techo de la casa que goteaba y que tendría que esperar otra temporada. Y ¿saben qué? No me importó un carajo.

Miré a las tres potrancas. Flacas, feas, sucias. Pero mías. Y vivas.

Dicen que los caballos no agradecen, que son bestias sin entendimiento. Pero yo sé lo que vi en esos ojos oscuros cuando se levantó. Vi un pacto. Un pacto de sangre y tierra. Yo no la dejé morir, y ella, estoy seguro, algún día me devolvería el favor. No sabía cómo, ni cuándo, pero lo sabía.

Amaneció el tercer día. El sol salió brillante, lavando el cielo de nubes. Me levanté, tronándome la espalda, y salí del granero para estirarme. El aire fresco de la mañana me pegó en la cara. Me sentía invencible. Cansado como un perro, sin un peso en la bolsa, pero invencible.

Don Chucho pasó otra vez en su camioneta, camino a sus tierras. Bajó la velocidad al verme afuera.

—¿Qué pasó, Pancho? —gritó desde la ventana—. ¿Ya cavaste el hoyo?

Sonreí. Una sonrisa amplia, llena de dientes y satisfacción.

—No, Chucho. Hoy no se cava nada. Hoy se celebra.

—¿Pues qué? ¿Siguen vivas?

—Más vivas que usted y que yo, viejo —le contesté.

Chucho negó con la cabeza y aceleró, levantando polvo. Que piense lo que quiera.

Entré de nuevo al granero. La pequeña estaba de pie. Tambaleante, sí, apoyada contra la pared, pero de pie. Al verme entrar, soltó un relincho bajito, casi un susurro.

Me acerqué y le acaricié la nariz, suave como el terciopelo.

—Buenos días, “Milagros” —le dije.

Ya tenía nombre. No podía ser otro.

Pero la historia no acaba aquí. Porque salvarla de la muerte fue solo el principio. Lo difícil no es sobrevivir a la tormenta, lo difícil es reconstruir lo que el viento se llevó. Teníamos por delante meses de curaciones, de comida especial que no sabía cómo iba a pagar, de vitaminas, de ejercicio. Teníamos que convertir esos esqueletos en caballos.

Y el pueblo… el pueblo no perdona al que se sale del huacal. Las burlas siguieron. “El rancho de los huesos”, le empezaron a decir a mi terreno. Me cerraron créditos en la forrajera porque “para qué le fío si va a desperdiciar el alimento en animales muertos”. Tuve que trabajar el doble, haciendo chambitas de albañil, de velador, de lo que saliera, para mantener a mis tres niñas.

Hubo días en que María y yo comimos tortilla con sal para que ellas comieran avena. Hubo días en que me dolía tanto el cuerpo que no me quería levantar, pero el recuerdo de esa noche, de ese esfuerzo por levantarse, me sacaba de la cama.

Pasaron tres meses. Tres meses duros, de sequía y polvo. Pero algo estaba cambiando en el granero. Las costillas empezaban a desaparecer bajo una capa de carne y pelo nuevo. El brillo volvía a los ojos. Y Milagros… Milagros empezó a mostrar quién era realmente.

No era solo una potranca corriente. Tenía un porte, una forma de mover las patas, una inteligencia que me dejaba helado. Me seguía por el rancho como un perro faldero. Aprendió a abrir la puerta del corral con el hocico. Y cuando corría, aunque todavía torpe, se le veía una elegancia que no se compra ni con todo el oro del mundo.

Un día, estaba yo cepillándola, quitándole el polvo y la paja, cuando vi algo en su pata trasera izquierda. Una marca. Una marca de hierro que estaba oculta bajo la mugre y las cicatrices de su mala vida anterior. No era una marca cualquiera. Era un símbolo raro, como una corona con una letra.

Me quedé helado. Había visto ese fierro antes, en las revistas de charrería que a veces ojeaba en la peluquería del pueblo. Era el fierro de una de las haciendas más famosas del norte, conocida por criar campeones. Caballos que valían más que mi casa y mi vida juntas.

¿Cómo había llegado un animal de esa casta a un mercado de mala muerte, moribundo y vendido por centavos? ¿Era robada? ¿Era un descarte por algún defecto? ¿O era simplemente un error del destino?

El corazón me empezó a latir rápido otra vez, pero no por miedo a la muerte, sino por miedo a la verdad. Si esa potranca era quien yo creía que era, tenía un tesoro en las manos. Un tesoro que muchos matarían por tener. O por quitarme.

Miré a Milagros. Ella me devolvió la mirada, masticando tranquila su heno, ajena a mi descubrimiento.

—¿Quién eres tú en realidad, chiquita? —le pregunté.

Ella solo resopló y me empujó con la cabeza, pidiéndome que siguiera cepillando.

Guardé el secreto. No le dije ni a María. En un pueblo chico, las paredes oyen y la envidia tiene el sueño ligero. Si se corría la voz de que el loco Pancho tenía una potranca de sangre real, los problemas iban a llegar en camionetas grandes y con pistolas en el cinto.

Pero el destino es caprichoso y le gusta jugar con las cartas marcadas.

Unas semanas después, se organizó la feria ganadera regional. Venía gente de todos lados. Compradores, criadores, charros. Yo no tenía nada que hacer ahí, pero necesitaba comprar una herramienta y aproveché la vuelta.

Dejé a las potrancas encerradas bajo llave y con cadena, encargándole a María que no le abriera a nadie.

Al caminar entre los corrales de la feria, viendo caballos hermosos, gordos y brillantes, no pude evitar sentir un orgullo secreto. Mis niñas, allá en mi rancho pobre, se estaban poniendo igual de bonitas.

De repente, escuché una voz que me heló la sangre.

—…y les digo que se las robaron hace seis meses. Eran tres. Las mejores de la camada. El patrón está furioso. Ofrece una recompensa, pero también ofrece plomo al que las tenga.

Me escondí detrás de un poste. Eran dos hombres vestidos de vaqueros, pero de esos que no trabajan la tierra, sino que cuidan a los que mandan. Llevaban pistolas al cinto y miradas turbias.

—Dicen que las vieron en un mercado hacia el sur, pero que estaban muy mal —dijo el otro—. Seguro ya se murieron.

—Más les vale. Porque si el patrón encuentra a sus animales en manos de un pelado cualquiera, va a arder Troya.

Me quedé sin aire. Eran ellas. Tenían que ser ellas. Tres potrancas. Robadas. Y ahora yo las tenía. Yo, que las había salvado, que las había amado, que les había dado la vida de nuevo.

Ahora resultaba que, por hacer el bien, me había metido en la boca del lobo. Si esos hombres sabían que yo las tenía, no iban a preguntar si las compré o las robé. Primero disparan y luego averiguan.

Salí de la feria caminando rápido, con la cabeza gacha, sintiendo que cada persona que me miraba sabía mi secreto. Subí a mi vieja camioneta y manejé de regreso al rancho como alma que lleva el diablo.

Al llegar, corrí al granero. Ahí estaban. Tranquilas. Hermosas. Milagros relinchó al verme.

Me abracé a su cuello, sintiendo su calor, su fuerza.

—Nos metimos en un lío grande, mi niña —le dije—. Un lío muy grande.

Pero al sentir su corazón latiendo fuerte junto al mío, supe una cosa: no me las iban a quitar. No después de esa noche de fiebre. No después de verla levantarse cuando todo decía que debía morir. Eran mis hijas. Y un padre defiende a sus hijas con uñas y dientes.

Fui a la casa y saqué la vieja escopeta de mi abuelo de debajo del colchón. La limpié, la aceité y busqué los cartuchos.

María me vio, pálida.

—¿Qué pasa, Pancho?

—Nada, vieja. Nomás que andan rondando coyotes. Coyotes de dos patas. Y no voy a dejar que se lleven lo que es nuestro.

Esa noche, me senté afuera del granero, con la escopeta en las piernas y la mirada fija en el camino de entrada. La luna brillaba alto, igual que aquella noche en que la compré. Pero ahora no pedía un milagro. Ahora pedía puntería y valor.

Porque el verdadero reto no fue salvarla de la muerte. El verdadero reto iba a ser salvarla de los vivos. Y yo, Pancho, el loco del pueblo, el que tiene más corazón que dinero, estaba listo para la guerra.

Nadie iba a tocar a Milagros. Nadie. Sobre mi cadáver.

PARTE 3: LA SOMBRA DEL COYOTE Y EL SECRETO DE SANGRE

La noche se estiró como chicle, pegajosa y oscura. No sé cuántas horas pasé sentado en ese banco de madera, con la escopeta atravesada en las piernas y los ojos clavados en la oscuridad que se tragaba el camino de tierra. El canto de los grillos, que otras veces me arrullaba, ahora me parecía una alarma constante, un chirrido nervioso que me taladraba el cerebro. Cada crujido de las ramas secas, cada roce del viento contra las láminas sueltas del techo, me hacía apretar la culata del arma hasta que los nudillos se me ponían blancos.

No era miedo lo que sentía, o al menos eso quería creer. Era esa ansiedad vieja y conocida del que tiene poco y sabe que vienen a quitárselo. En México, el pobre no duerme tranquilo cuando tiene algo bueno entre manos; duerme con un ojo abierto y el machete bajo la almohada, porque la envidia tiene el sueño ligero y las patas largas.

Milagros y sus dos hermanas —a las que María había bautizado como “Canela” y “Gitana”— dormían ajenas a mi tormento dentro del granero. Escuchaba sus respiraciones pausadas, pesadas, el sonido tranquilo de la paja moviéndose cuando cambiaban de postura. Ellas confiaban en mí. Después de aquel infierno en el mercado, después de la fiebre y el hambre, me habían entregado su confianza absoluta. Y eso, compadres, pesa más que un costal de cemento en la espalda.

Cuando el cielo empezó a pintarse de ese morado suave que anuncia el amanecer, sentí que el cuerpo me pesaba una tonelada. El frío de la madrugada me había calado hasta los huesos, entumiéndome las rodillas viejas. Me levanté despacio, crujiendo como una puerta sin aceitar, y entré al granero para echarles un ojo antes de que el sol terminara de salir.

Ahí estaban. Ya no eran los esqueletos que traje arrastrando. Tres meses de cuidados, de privaciones mías para darles a ellas, habían obrado el milagro. Canela, la más alta, ya tenía el cuello fuerte y el pelo rojizo brillaba aunque hubiera poca luz. Gitana, la negra, tenía una mirada viva y curiosa. Pero Milagros… Milagros era otra cosa. Incluso dormida, tenía una presencia que llenaba el espacio. Esa marca en su pata, esa corona que delataba su origen de realeza, me quemaba la vista cada vez que la miraba.

—¿Sigues ahí, viejo terco? —la voz de María me sobresaltó.

Estaba parada en la entrada, envuelta en su rebozo gris, con dos tazas de café humeante en las manos. Su cara estaba lavada, pero sus ojos tenían esa sombra de preocupación que no se quita ni con agua ni con jabón.

—Aquí sigo, vieja —le contesté, tomando la taza que me ofrecía. El calor de la cerámica me revivió los dedos—. Y aquí seguiré hasta que sepa qué terreno pisamos.

María se sentó en una paca de paja y me miró fijamente. Ella me conoce más que yo mismo. Sabe cuándo miento, cuándo tengo hambre y cuándo tengo miedo.

—Pancho, ya guarda esa escopeta. Me pones nerviosa. Si van a venir, no van a venir a estas horas. Los malandros duermen de día, como los murciélagos.

Le di un sorbo largo al café. Sabía a canela y a tierra, el sabor de mi casa.

—María, tenemos que hablar. De verdad.

Ella asintió, seria. Sabía que lo de anoche, mi regreso intempestivo de la feria y mi guardia armada, no eran locuras de viejo.

—Te escucho, Pancho. Pero antes dime una cosa… ¿Es por la marca? ¿La marca que tiene la chiquita en la pata?

Me quedé helado. Casi se me cae el café.

—¿Tú… tú sabías?

María soltó una risita triste, negando con la cabeza.

—Ay, viejo. Tú crees que soy ciega. Yo las cepillo cuando tú te vas a trabajar. Yo les limpio los cascos. Claro que vi la marca. Esa corona no es de por aquí. He visto fierros parecidos en la tele, en los reportajes de los charros millonarios del norte.

Suspiré, derrotado pero aliviado. No hay carga que no se aligere cuando se comparte con la mujer correcta.

—Sí, María. Es de allá. Ayer en la feria escuché a unos hombres. Son robadas. Son de una hacienda grande, de esas donde los caballos tienen aire acondicionado y comen mejor que nosotros. Los están buscando. Y los que los buscan no son policías, María. Son matones. Gente que cobra por pieza recuperada y por boca callada.

María se persignó instintivamente.

—Virgen Santísima. Pancho, nos van a matar. Si nos encuentran con ellas… van a pensar que fuimos nosotros los que las robamos.

—Por eso mismo —la interrumpí, poniendo la taza en el suelo y tomando sus manos entre las mías—, por eso mismo no podemos dejar que las vean. No todavía.

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Esconder tres caballos debajo de la cama? Pancho, el Chucho ya las vio. Todo el pueblo sabe que trajiste tres animales moribundos. Si esos hombres preguntan en el pueblo, alguien va a soltar la sopa. Y va a ser el Chucho, ese viejo no se aguanta la lengua.

Tenía razón. Don Chucho era nuestro talón de Aquiles. El vecino chismoso, envidioso, que disfrutaba viendo cómo los demás tropezaban.

—Tengo un plan —mentí. No tenía un plan, tenía una corazonada y mucha desesperación—. Pero necesitamos tiempo. Hoy voy a trabajar aquí todo el día. No voy a salir. Y tú tampoco. Si alguien viene, no abrimos.

—¿Y si es el cura? —preguntó ella, tratando de poner un poco de humor negro.

—Si es el Papa, que se espere —dije yo, sin reírme.

El día avanzó con una lentitud tortuosa. El sol de mediodía caía a plomo sobre el techo de lámina, convirtiendo el granero en un horno. Las potrancas sudaban y nosotros también. Me dediqué a hacer algo que me dolía en el alma, pero era necesario.

Preparé una mezcla de barro, ceniza y un poco de grasa de coche. Una pasta negra y pegajosa.

—Perdóname, mi niña —le susurré a Milagros mientras me arrodillaba junto a su pata trasera.

Unté la mezcla sobre la marca de la corona. Tapé el fierro real con la mugre de mi pobreza. Luego, hice lo mismo con las patas de las otras dos, y les manché los lomos y las ancas. Quería que parecieran caballos corrientes, sucios, descuidados. Quería borrarles el brillo que tanto nos había costado sacarles.

—Se ven horribles —dijo María, mirando mi obra con tristeza.

—Esa es la idea —contesté, limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo—. Si vienen, tienen que ver pencos viejos, no campeones. Tienen que ver lo que ellos creen que somos: unos pobres diablos con animales que no valen la bala para matarlos.

A eso de las cuatro de la tarde, el perro empezó a ladrar. No era el ladrido de saludo, era el ladrido de alerta. Ese que se le sale de la garganta cuando huele algo que no pertenece al rancho.

Corrí a la ventana de la casa, agazapándome para no ser visto.

Una camioneta negra, una de esas pick-up doble cabina, vidrios polarizados y llantas que valen más que mi terreno entero, se detuvo frente a la cerca de alambre de púas que sirve de entrada. El motor rugía bajo, un sonido potente y amenazador.

El corazón se me subió a la garganta. Eran ellos. No había duda. En este pueblo nadie tiene camionetas así, salvo los narcos o los políticos, y esos no visitan ranchos como el mío.

Vi bajar el vidrio del conductor. Un brazo gordo, con un reloj dorado que brillaba al sol, salió y señaló hacia mi casa. Luego, vi otra cosa que me heló la sangre.

Ahí, en el asiento del copiloto, señalando con su dedo chueco, estaba Don Chucho.

—Hijo de la gran… —mascullé entre dientes.

El maldito nos había vendido. Seguro por unos cuantos pesos para sus vicios, o simplemente por el placer de sentirse importante un rato con los “señores de la ciudad”.

La camioneta avanzó despacio, aplastando los matorrales, y se estacionó justo en el patio de tierra, levantando una nube de polvo que tardó un rato en asentarse.

—María, vete al cuarto de atrás —le ordené, agarrando la escopeta que tenía recargada en la puerta—. Y no salgas por nada del mundo. Si escuchas tiros, corres por el monte hacia la casa de tu hermana. No mires atrás.

—¡Estás loco! ¡No te voy a dejar solo! —me gritó ella, agarrándome del brazo.

—¡Hazme caso, mujer! —le grité yo, con una voz que no reconocí, una voz de mando y miedo—. ¡Vete!

María me miró con los ojos llenos de lágrimas, me dio un beso rápido en la mejilla que me supo a despedida, y corrió hacia el fondo de la casa.

Respiré hondo. Me acomodé el sombrero. Revisé que la escopeta tuviera los cartuchos. Y salí al patio.

De la camioneta bajaron tres hombres. El conductor era una montaña de carne, moreno, con gafas oscuras y una pistola escuadra fajada al cinto que ni se molestaba en ocultar. Del asiento trasero bajó otro, más flaco, con cara de comadreja y un rifle colgado al hombro. Y del lado del copiloto, bajó Don Chucho, sonriendo nerviosamente, tratando de no mirarme a los ojos.

El gordo se adelantó, escupiendo al suelo y mirando mi casa con asco.

—Buenas tardes —dijo, con una voz rasposa que sonaba a grava—. ¿Usted es el tal Pancho?

Me quedé parado en el escalón de la entrada, con la escopeta apuntando al suelo, pero lista.

—Francisco para los desconocidos —dije seco—. ¿Qué se les ofrece en mi propiedad?

El gordo se rió. Una risa fea, sin alegría.

—Propiedad… bonita palabra para este chiquero. Mire, don Francisco, vamos al grano. Su vecino aquí presente —señaló a Chucho con la cabeza— nos dice que usted compró unos caballos hace unos meses. Unos caballos que coinciden con una descripción que nos interesa.

Miré a Chucho. El viejo se encogió en sus hombros, mirando sus botas.

—Yo compré tres matungos moribundos en el mercado —dije, manteniendo la voz firme aunque las piernas me temblaban—. Pura carne de zopilote. Si eso es lo que buscan, perdieron el viaje.

—Eso lo decidiremos nosotros —intervino el flaco de cara de comadreja, dando un paso adelante—. El patrón quiere recuperar lo suyo. Y si esos animales tienen el fierro de “La Herradura”, nos los llevamos. Y a usted le damos una propina por el “cuidado”. O una paliza por ratero. Depende de cómo se porte.

Sentí la ira subirme por el pecho.

—Yo no soy ratero. Yo pagué por ellos. Tengo el papel del mercado.

—Ese papel vale lo mismo que papel de baño —dijo el gordo, acercándose más—. Esos animales fueron robados en el norte. El que se los vendió era un ladrón. Y comprar robado… bueno, eso lo hace a usted cómplice, mi amigo. Así que, ¿dónde están?

Sabía que no podía detenerlos por la fuerza. Eran tres, armados y jóvenes. Yo era uno, viejo y con una escopeta que a veces se encasquillaba.

—Están en el granero —dije, señalando con la cabeza—. Pero les advierto, están enfermos. Tienen tiña y moquillo. Por eso están flacos. Si se quieren contagiar, pasen.

El gordo hizo una mueca de asco, pero hizo una seña a sus hombres.

—Vamos a ver. Tú, Chucho, quédate aquí y vigila al abuelo. Si levanta la escopeta, gritas.

Chucho asintió, pálido. Sabía que se había metido en algo más grande de lo que pensaba.

El gordo y el flaco caminaron hacia el granero. Yo me quedé ahí, rezando para que el barro y la grasa hicieran su trabajo. Rezando para que Milagros no hiciera nada estúpido, como mostrar su casta.

Escuché la puerta del granero abrirse. Escuché murmullos. Luego, silencio. Un silencio largo y tenso.

De repente, un relincho. Fuerte, potente. Era Milagros.

—¡Eh! ¡Quieta, bestia! —gritó el flaco desde adentro.

Se oyó un golpe seco, como de una patada, y luego un ruido de algo cayendo.

No aguanté más. Olvidé el plan, olvidé la prudencia. Corrí hacia el granero con la escopeta en alto.

—¡No las toquen! —grité al entrar.

La escena que vi me detuvo en seco.

El flaco estaba en el suelo, sobándose la pierna. Milagros estaba arrinconada contra la pared del fondo, con las orejas pegadas al cráneo, los dientes pelados y una pata delantera levantada, lista para atacar de nuevo. Se veía fiera, enorme, protegiendo a sus hermanas que se escondían detrás de ella.

A pesar de la mugre, a pesar del barro que le había untado, en ese momento, con la luz del sol entrando por la puerta abierta, su postura la delataba. El arco de su cuello, la fuerza de sus cuartos traseros… era una reina guerrera.

El gordo me miró, y luego miró a la yegua. Se quitó las gafas oscuras. Sus ojos brillaron con codicia.

—Vaya, vaya… —murmuró—. Con que tiña y moquillo, ¿eh? Este animal tiene más clase que toda tu familia junta, viejo mentiroso.

Se acercó a Milagros, sacando una cuerda de su cinturón.

—Mira nada más cómo se para. Aunque esté pintada de lodo, esa estampa no se esconde. Esta es la potranca del patrón. La “Reina del Norte”.

—¡Aléjese! —grité, cargando la escopeta. El sonido metálico resonó en el granero.

El gordo se giró despacio, sin miedo. Sonreía.

—Baja eso, abuelo. No tienes las agallas. Y si disparas, mi compadre te llena de plomo antes de que toques el suelo.

El flaco ya se había levantado y me apuntaba con su rifle. Estaba atrapado.

—No se las van a llevar —dije, sintiendo que las lágrimas de impotencia me picaban los ojos—. Yo las salvé. Se morían. Nadie daba un peso por ellas. Son mías por derecho de vida.

—El derecho de vida no existe en los negocios, Francisco —dijo el gordo, avanzando hacia Milagros otra vez—. Esto es dinero. Mucho dinero.

Lanzó el lazo intentando atrapar el cuello de Milagros. Pero ella fue más rápida. Hizo un quiebre, movió la cabeza y el lazo golpeó la pared. Luego, se lanzó hacia adelante. No para huir, sino para atacar.

Fue un caos de segundos. Milagros embistió al gordo, golpeándolo con el pecho. El hombre, sorprendido por la fuerza del animal, cayó de espaldas sobre la paja. El flaco disparó, pero el tiro pegó en el techo, asustado por el movimiento repentino.

—¡Corre, Pancho! —gritó María.

No sé de dónde salió, pero ahí estaba, en la puerta del granero, con una horquilla de levantar paja en las manos y una furia de leona en la cara.

El caos nos dio una oportunidad. Las tres potrancas, asustadas por el disparo, vieron la puerta abierta y no lo dudaron. Salieron en estampida, pasando por encima del gordo que gritaba maldiciones en el suelo. Casi atropellan a María, pero se abrieron en el último segundo.

Salieron al patio, galopando hacia el monte, hacia la libertad del cerro.

—¡Se escapan! ¡Imbéciles, se escapan! —gritó el gordo, tratando de levantarse.

El flaco salió corriendo tras ellas, intentando apuntar, pero yo disparé al aire. Un estruendo ensordecedor que hizo volar a las palomas del techo.

—¡El próximo va al cuerpo! —grité, recargando con manos temblorosas—. ¡Lárguense de mi rancho!

El gordo se levantó, sacudiéndose la paja, rojo de ira. Me miró con odio puro.

—Esto no se queda así, viejo piojoso. Te acabas de meter en una tumba. Esos caballos no van a llegar lejos en el cerro. Y nosotros vamos a volver. Con más gente. Y no vamos a preguntar.

Hizo una seña al flaco y a Chucho, que estaba temblando junto a la camioneta.

—¡Vámonos! Vamos a traer a los perros y a las cuatrimotos. Hoy cenamos carne de caballo o velamos a un ranchero.

Subieron a la camioneta y arrancaron, dejando marcas profundas en la tierra y una promesa de muerte en el aire.

Me quedé ahí, viendo cómo se alejaban, con el corazón a punto de estallar. María soltó la horquilla y me abrazó. Lloraba.

—Se fueron, Pancho. Se fueron al cerro.

—Es mejor así, vieja —dije, acariciándole el pelo—. En el cerro tienen una oportunidad. Aquí eran prisioneras.

Pero sabía que no era el final. Apenas empezaba la cacería. El cerro es grande, pero esos hombres tenían recursos. Tenían drones, tenían perros, tenían gente. Y mis niñas… mis niñas apenas estaban recuperadas. No conocían el terreno salvaje.

—Prepara una mochila, María —dije de pronto, sintiendo una claridad fría invadirme—. Agua, tortillas, queso, cobijas. Lo que quepa.

—¿A dónde vamos?

—Yo voy por ellas. No las voy a dejar solas allá arriba. Conozco “La Quebrada” mejor que nadie. Sé dónde hay cuevas donde no entran los drones ni las motos.

—¿Y yo?

—Tú te vas con tu hermana al pueblo. Si preguntan, no sabes nada. Diles que me volví loco y me fui al monte. No estarás mintiendo del todo.

María me miró, y por primera vez en años, me desobedeció.

—Ni madres, Pancho. Yo voy contigo. Tú tienes las rodillas malas y te da la tos con el frío. Esas yeguas también son mías. Yo las curé. Yo les di de comer en la boca. Si vamos a pelear, peleamos parejo.

La miré. Vi las arrugas en su cara, las manos trabajadas, la fuerza en su mirada. Me enamoré de ella otra vez, ahí mismo, en medio del desastre.

—Está bien, vieja. Pero apúrate. Tenemos una hora de luz. Y ellos van a volver antes de que salga la luna.

Cerramos la casa. Soltamos a las gallinas y al perro para que se buscaran la vida por unos días. Cargamos las mochilas con lo poco que teníamos: una botella de aguardiente para el frío, frijoles en bolsa, cerillos, una linterna vieja y todos los cartuchos que me quedaban. Veinte. Veinte oportunidades para defender nuestra vida.

Salimos por la parte de atrás, siguiendo las huellas de los cascos en la tierra blanda. Las huellas iban directo hacia “El Espinazo”, la parte más empinada y rocosa de la sierra. Milagros las guiaba. Esa yegua tenía instinto. Sabía que en lo plano era presa fácil. Buscaba la altura.

Caminamos en silencio, subiendo la cuesta mientras el sol se desangraba en el horizonte. Mis pulmones ardían, pero no me detuve. Cada paso nos alejaba de la “civilización” que nos quería aplastar y nos acercaba a la ley del monte, donde el dinero no vale nada y lo único que cuenta es quién aguanta más.

Cuando la noche cayó por completo, estábamos a medio camino de la primera cueva. Hacía frío. El viento soplaba fuerte entre los ocotes.

De repente, escuchamos un ruido adelante. Ramas rompiéndose.

Me detuve, levantando la escopeta. María se pegó a mi espalda.

—¿Quién vive? —pregunté a la oscuridad.

Un resoplido nos contestó.

Ahí estaban. Las tres. Paradas en un claro pequeño, iluminadas apenas por las estrellas. Nos estaban esperando. No habían huido a lo loco. Nos habían esperado.

Milagros se acercó a mí. Ya no tenía miedo. Se veía enorme en la oscuridad. Me empujó suavemente con el hocico en el pecho, manchándome la camisa con el barro que todavía tenía en la cara.

—Listas, muchachas —les dije, con la voz quebrada—. Ahora somos manada. Y a la manada no se le toca.

Esa noche no dormimos. Seguimos subiendo. Teníamos que llegar a las cuevas altas antes de que los “coyotes” volvieran con sus jaurías mecánicas.

Mientras caminaba, pensaba en lo irónico de la vida. Toda mi vida quise tener dinero, tener un buen ganado, ser alguien respetado. Y ahora, que tenía los caballos más valiosos de la región, era un fugitivo. Un viejo loco subiendo un cerro con su mujer y tres bestias, perseguido por la mafia.

Pero al ver a Milagros trepar las piedras con esa agilidad que parecía sobrenatural, al ver cómo ayudaba a las otras dos a subir los pasos difíciles, entendí algo.

Esa marca en su pata, esa corona, no significaba que perteneciera a un rico. Significaba que era una reina. Y una reina no se inclina ante nadie.

Y yo, Pancho, iba a ser su caballero, aunque mi armadura fuera una camisa de franela y mi espada una escopeta oxidada.

Llegamos a la cueva de “La Leona” a las tres de la mañana. Era un hueco natural en la roca, protegido por zarzales espinosos, con una entrada estrecha pero un interior amplio. Desde ahí se dominaba todo el valle.

Al amanecer, vi las luces.

Abajo, en el camino que llevaba a mi rancho, se veía una fila de luces de faros. Cuatro, cinco, seis camionetas. Y remolques.

Habían traído un ejército.

María se acercó al borde conmigo y miró hacia abajo.

—Son muchos, Pancho.

—Son muchos —asentí—, pero son hombres de ciudad. No saben caminar entre las piedras. No saben leer el viento. Aquí arriba, el terreno es nuestro.

Miré a Milagros. Estaba parada en la entrada de la cueva, mirando también hacia abajo, con las orejas atentas. No relinchó. No se movió. Solo observaba. Estaba calculando, igual que yo.

Me senté en una piedra y saqué un pedazo de tortilla dura. La partí en dos y le di la mitad a María.

—Desayuna, vieja. Hoy va a ser un día largo.

Lo que no sabía era que no solo iba a ser un día largo. Iba a ser el inicio de una leyenda. Porque lo que pasó en la Sierra de las Ánimas en los días siguientes, no fue una cacería. Fue una guerra. Y el pueblo, ese pueblo que se burlaba de mí, pronto iba a tener otra historia que contar en las cantinas. La historia de cómo un viejo, una vieja y tres caballos fantasmas, desafiaron al poder y le enseñaron al diablo que en México, hasta los muertos muerden si les tocas lo que aman.

Pero había algo más. Algo que descubrí cuando el sol iluminó el fondo de la cueva.

En las paredes de piedra, había pinturas antiguas. Pinturas de indios, de venados… y de caballos. Caballos corriendo libres.

Milagros se acercó a la pared y olfateó la pintura roja y ocre. Parecía reconocerla.

—Estamos en tierra sagrada, Pancho —dijo María, tocando la piedra.

—Mejor —dije yo, cerrando el puño—. Porque vamos a necesitar toda la ayuda posible. Hasta la de los espíritus.

Abajo, el primer disparo rompió el silencio de la mañana. Habían encontrado nuestro rastro.

—Que suban —dije, cargando la escopeta—. Que suban si son hombres. Aquí los espero.

La batalla por Milagros había comenzado. Y yo sabía, con esa certeza fría de los que ya no tienen nada que perder, que no bajaría de esa montaña sin ella. O bajábamos todos vivos, o nos quedábamos todos a formar parte de las piedras.

Así empezó la resistencia del Rancho de los Huesos, allá arriba, donde el aire es poco y la esperanza es mucha.

PARTE FINAL: LA LEYENDA DE LA SIERRA DE LAS ÁNIMAS: EL ÚLTIMO GALOPE HACIA LA ETERNIDAD

El primer disparo no nos alcanzó, pero su eco rebotó en las paredes del cañón como un aviso del infierno. María se encogió a mi lado, apretando el rebozo contra su pecho, mientras Milagros y sus hermanas alzaban las cabezas, venteando el olor a pólvora que empezaba a subir con la brisa de la mañana. Desde nuestra posición en la Cueva de la Leona, veíamos cómo las camionetas se habían detenido donde el camino se volvía imposible para las llantas, y un grupo de hombres comenzaba a subir a pie, como hormigas negras infestando el cerro.

—Ya vienen, Pancho —susurró María, con la voz temblorosa pero los ojos secos—. ¿Cuántos cuentas?

Entrecerré los ojos, protegidos por la sombra de mi sombrero. El sol apenas despuntaba, pintando de sangre las rocas grises de la Sierra de las Ánimas.

—Cuento diez, tal vez doce —respondí, calculando mentalmente mis veinte cartuchos —. Y traen perros. Escúchalos.

Los ladridos lejanos de los sabuesos nos llegaban claros. Eran perros de caza, entrenados para no soltar presa. Mi viejo perro ranchero, al que habíamos soltado ayer, no tendría nada que hacer contra esos animales. Pero aquí arriba, la ventaja era nuestra. Conocía cada grieta, cada desfiladero y cada trampa natural de “La Quebrada”.

—María, escucha bien —dije, volteándome hacia ella y tomándola por los hombros—. No podemos quedarnos aquí parados. Si nos acorralan en la cueva, estamos muertos. Tenemos que movernos. Vamos a llevarlos hacia “El Paso del Diablo”.

María abrió los ojos desmesuradamente.

—¡Pancho! ¡El Paso del Diablo es un suicidio! El sendero no tiene ni medio metro de ancho y abajo hay puro abismo. Los caballos no van a pasar.

Miré a Milagros. La yegua estaba tranquila, masticando un poco de musgo que crecía en la entrada de la cueva. Me miró con esos ojos profundos e inteligentes, y juro que asintió.

—Ellas pasarán —dije con una fe que no sabía de dónde sacaba—. Son cabras con piel de caballo. Y Milagros… Milagros nació para esto. Además, ellos no conocen el camino. Se van a atorar o se van a caer. Es nuestra única chance de cruzar al otro lado de la sierra, hacia los terrenos comunales donde no tienen jurisdicción.

Empacamos rápido lo poco que habíamos sacado. Antes de salir, toqué las pinturas rupestres de la pared. Esos caballos rojos dibujados hace siglos parecían correr a nuestro lado. “Ayúdennos, ancestros”, murmuré. “Protejan a estas bestias que son de su misma sangre”.

Salimos de la cueva agachados, pegados a la pared de roca. El sol ya calentaba, pero el viento de la altura cortaba la cara. Iniciamos el ascenso hacia la cresta, guiando a los animales. Canela y Gitana iban nerviosas, resbalando a veces en la grava suelta, pero Milagros iba al frente, segura, eligiendo dónde poner cada casco.

Abajo, los gritos de los hombres se hacían más fuertes.

—¡Ahí están! ¡Arriba! ¡Veo movimiento! —gritó uno.

Una bala silbó cerca de mi cabeza y sacó lascas de piedra a un metro de distancia.

—¡Sigan! ¡No se detengan! —le grité a María, empujando a Gitana que se había paralizado del susto.

Me di la vuelta y disparé una vez hacia abajo, sin apuntar realmente, solo para que supieran que no éramos conejos asustados, sino coyotes acorralados. El estruendo de la escopeta frenó su avance momentáneamente.

Llegamos a la entrada del Paso del Diablo. Era tal como lo recordaba: una cornisa estrecha bordeando un precipicio de más de cien metros de caída libre. El viento aquí arriba aullaba, tratando de empujarte al vacío.

María se detuvo, pálida como un papel.

—No puedo, Pancho. Tengo vértigo.

—Mírame a mí, vieja. No mires abajo. Agárrate de la cola de Canela. Si ella pasa, tú pasas.

Milagros, sin dudarlo, puso un casco en la cornisa. Era increíble verla. Su cuerpo grande y musculoso parecía encogerse, pegarse a la roca. Avanzaba con una delicadeza de bailarina. Canela la siguió, temblando, y María iba detrás, con los ojos cerrados, dejándose guiar. Yo me quedé al final con Gitana y la escopeta, cubriendo la retaguardia.

Estábamos a mitad del paso cuando los primeros perseguidores llegaron a la entrada del sendero. Eran el flaco de cara de comadreja y otro tipo con aspecto militar. Se detuvieron en seco al ver el abismo.

—¡Están locos! —gritó el flaco—. ¡Se van a matar!

—¡Dispárale al viejo! —ordenó el militar—. ¡Si caen los caballos, mejor!

El flaco levantó su rifle. No tenía tiempo de pensar. Apunté con mi vieja escopeta y disparé. La perdigonada no le dio, pero pegó en la roca justo encima de su cabeza, provocando una lluvia de piedras afiladas que le cayeron en la cara. El hombre gritó y soltó el rifle, llevándose las manos a los ojos.

—¡Avanza, Gitana! ¡Ándale! —le arree a la potranca, que estaba paralizada por el ruido.

Con un empujón y una plegaria, logramos cruzar el último tramo y llegamos al otro lado, una meseta pedregosa cubierta de matorrales. Estábamos a salvo, por ahora. El paso era demasiado estrecho y peligroso; ellos no se atreverían a cruzarlo rápido, y menos con el miedo de que yo los esperara al otro lado con el dedo en el gatillo.

Corrimos por la meseta durante horas. El sol estaba en su cenit y el calor era sofocante, pero no podíamos parar. Teníamos que llegar a “El Ojo de Agua”, un manantial escondido donde podríamos beber y descansar.

Cuando llegamos, los animales se lanzaron al agua desesperados. María se dejó caer en la hierba, respirando con dificultad. Yo me mantuve de pie, vigilando el horizonte con mis binoculares viejos.

A lo lejos, vi algo que me heló la sangre. No venían por el Paso del Diablo. Habían dado la vuelta con las cuatrimotos por el camino largo, el que rodea el cerro. Y venían rápido. El polvo los delataba.

—Nos van a alcanzar, Pancho —dijo María, leyendo mi expresión—. No podemos correr más rápido que los motores.

Miré a Milagros. Había bebido y ahora estaba parada, mirando hacia donde venía el peligro. No se veía cansada. Se veía… furiosa. Pateaba el suelo con impaciencia.

—No vamos a correr más —dije, sintiendo una calma extraña—. Ya me cansé de correr. Esta es mi tierra. Y aquí se acaba el camino para ellos.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó María, asustada.

—María, toma a Canela y a Gitana. Vete hacia el pueblo de San Mateo, del otro lado de la loma. Ahí el comisario es primo lejano mío. Diles lo que pasa.

—¡No te voy a dejar!

—¡No es para que me dejes! —le grité, sujetándola fuerte—. ¡Es para salvarlas a ellas! Canela y Gitana no pueden pelear. Milagros y yo sí. Nosotros vamos a distraerlos. Vamos a hacer que nos sigan hacia el “Cajón de los Muertos”.

El Cajón de los Muertos es un cañón ciego, sin salida, lleno de piedras grandes y cuevas. Un lugar perfecto para una emboscada, o para una última batalla.

María entendió. Llorando, abrazó a Milagros por el cuello, besó su frente marcada por la estrella blanca, y luego me besó a mí en la boca, un beso que sabía a sal y a despedida eterna.

—Si no vuelves, Pancho… te juro que los voy a buscar hasta en el infierno.

—Vete ya.

Vi cómo María se alejaba con las dos potrancas, perdiéndose entre los árboles. Me quedé solo con Milagros.

Me subí a una piedra para quedar a su altura. Nunca la había montado. Estaba apenas domada, recuperada de la muerte hacía unos meses. No tenía silla, ni riendas, ni freno. Solo tenía un pedazo de cuerda vieja que le puse alrededor del cuello como un bozal improvisado.

—Bueno, mi reina —le dije, acariciando su crin negra y revuelta—. Llegó la hora de la verdad. ¿Me dejas subir?

Ella se quedó quieta, sólida como una estatua de bronce. Con un esfuerzo de mis viejas articulaciones, me impulsé y monté a pelo. Sentí su calor, la potencia de sus músculos bajo mis piernas flacas. No corcoveó. No se movió. Aceptó mi peso como si hubiéramos nacido para estar juntos.

—Vamos a enseñarles quién manda aquí.

Tal como lo planeé, salimos al descubierto para que nos vieran. En cuanto las camionetas y las cuatrimotos aparecieron en la loma, hice que Milagros relinchara y corrimos en dirección opuesta a María, hacia el Cajón de los Muertos.

—¡Allá va! ¡Es el viejo con la yegua fina! —escuché que gritaban.

El rugido de los motores se intensificó. La persecución comenzó.

Nunca en mi vida había sentido algo así. Milagros no corría; volaba. Sus cascos apenas tocaban el suelo. Saltaba matorrales, esquivaba piedras, tomaba las curvas con una inclinación que desafiaba la gravedad. Yo iba pegado a su cuello, sintiendo el viento en la cara, gritando de pura adrenalina. Éramos un centauro mexicano, mitad viejo loco, mitad bestia real.

Entramos al Cajón de los Muertos levantando una nube de polvo. El lugar era una trampa mortal: paredes altas de roca a los lados y un muro final al fondo. Me detuve en el centro, giré a Milagros y esperé.

Las camionetas llegaron derrapando, bloqueando la salida. Bajaron hombres por todos lados. Eran más de quince ahora. El gordo bajó de la camioneta principal, con la cara roja de furia y triunfo.

—¡Se acabó el corrido, Pancho! —gritó, sacando su pistola—. ¡Ya no tienes a dónde ir!

Don Chucho también estaba ahí, escondido detrás de una puerta, mirando con terror la escena.

Acaricié el cuello de Milagros. Ella resoplaba, bailando en su lugar, con los ojos inyectados en sangre pero fija en sus enemigos.

—¡Vengan por ella si se creen muy hombres! —grité, levantando mi escopeta con la mano derecha mientras con la izquierda me agarraba de la crin.

El gordo se rió.

—¡No le disparen al caballo! ¡Al caballo lo quiero vivo! ¡Maten al viejo!

Tres hombres levantaron sus armas.

En ese segundo, el tiempo se detuvo. Pensé en María. Pensé en mi rancho pobre. Pensé en la primera vez que vi a Milagros tirada en la paja, muriéndose. Y supe que no iba a morir ahí parado como un perro.

—¡Ahora, Milagros! ¡AHORA!

Tal vez fue instinto, tal vez fue magia, o tal vez fue que ella entendió mis palabras. La yegua se levantó en dos patas, soltando un relincho que retumbó en las paredes del cañón como un trueno. Y en lugar de retroceder, cargó.

Cargó contra ellos. Contra las armas, contra las camionetas, contra la muerte.

Los hombres, sorprendidos por la locura de un caballo atacando de frente, dudaron un segundo. Ese segundo fue su error.

Yo disparé mi escopeta. El primer tiro le voló el sombrero al gordo y le hizo soltar la pistola del susto. Milagros chocó contra el primer hombre, lanzándolo por los aires como si fuera un muñeco de trapo. No se detuvo. Saltó sobre el cofre de una cuatrimoto, aplastándola bajo sus cascos ferrados.

Era un torbellino de furia. Mordía, pateaba, empujaba. Yo disparaba y recargaba, disparaba y recargaba. El caos era total. El polvo, los gritos, los disparos al aire… los caballos no suelen atacar así, y el miedo ancestral a una bestia desatada se apoderó de los matones.

—¡Está endemoniada! —gritó uno, corriendo hacia las rocas.

Pero eran demasiados. Una bala me rozó el hombro, quemándome la piel. Otra le pegó a Milagros en el anca, haciéndola trastabillar.

—¡Ya basta! —rugió el gordo, que había recuperado su arma y apuntaba al pecho de Milagros—. ¡Mátala!

Cerré los ojos y me incliné para cubrirla con mi cuerpo.

Entonces, sucedió.

Un sonido grave, profundo, empezó a sonar desde arriba. No era un motor. No era un trueno. Era… ¿un cuerno?

Todos miramos hacia arriba, a las crestas del cañón.

Ahí, recortados contra el sol de la tarde, había siluetas. Muchas siluetas. Hombres a caballo. Hombres con sombreros anchos y rifles cruzados al pecho.

—¡Alto al fuego! —gritó una voz potente que bajó desde las alturas.

El gordo miró hacia arriba, pálido.

—¿Quiénes son? —preguntó temblando.

—Somos la gente de la sierra —respondió la voz—. Y ese hombre y ese caballo están bajo nuestra protección.

Eran los comuneros de San Mateo, el pueblo al que había mandado a María. Y al frente de ellos, montada en Canela, venía mi vieja. Con el pelo suelto, llorando y riendo a la vez.

—¡Pancho! ¡Aguanta!

Los comuneros empezaron a bajar por las laderas, con sus armas viejas pero bien cuidadas. Eran cincuenta, tal vez más. Gente de campo, gente dura que no tolera que extraños vengan a matar a los suyos en su tierra.

El gordo vio la situación. Vio que estaba rodeado por gente que conocía el terreno y que no tenía miedo a morir.

—Esto es un malentendido… —empezó a decir, bajando la pistola.

—El único malentendido aquí es que pensaste que podías venir a mi tierra a robar y matar —dije yo, desde arriba de Milagros, sangrando pero vivo—. ¡Lárguense! ¡Y llévense a ese traidor con ustedes! —señalé a Don Chucho.

Los matones no esperaron segunda orden. Subieron a sus camionetas, arrastrando a sus heridos, y dieron la vuelta. La camioneta negra del gordo fue la última en irse. Él me miró con odio una última vez.

—Esto no se olvida, viejo —me amenazó.

—Tampoco se perdona —le contesté.

Cuando el polvo se asentó, María corrió hacia mí. Me bajé de Milagros y caí de rodillas, agotado. Nos abrazamos en el suelo, mezclando nuestra sangre y nuestro sudor.

Milagros se acercó a nosotros y nos sopló en la cara. Estaba herida, tenía un rozón de bala en la pierna y varios cortes, pero estaba de pie. Orgullosa.

—Lo hicimos, vieja —lloré—. Lo hicimos.

Los comuneros nos rodearon. El líder, un hombre viejo llamado Don Anselmo, se quitó el sombrero ante Milagros.

—Nunca había visto un animal pelear así, Pancho. Dicen las leyendas que los caballos de los antiguos dioses bajaban a pelear junto a los hombres. Creo que hoy vi uno.

Nos llevaron al pueblo de San Mateo. Ahí curaron nuestras heridas y las de Milagros. La noticia corrió como pólvora. La historia del “Viejo Pancho y la Yegua Guerrera” se contó en cada rancho, en cada fonda.

Pero la historia no terminó con la huida de los matones. Porque en México, el que tiene el oro hace las reglas, y el dueño de la hacienda del norte no iba a dejar ir a su campeona tan fácil.

Una semana después, llegó un abogado al pueblo. Traía papeles, sellos oficiales y una orden judicial. Venía acompañado por la policía estatal.

—Francisco Pérez —dijo el abogado, un tipo flaco con traje caro que se veía ridículo en medio del polvo de la plaza—. Tengo una orden para confiscar el animal conocido como “Reina del Norte” y devolverlo a su legítimo dueño. Y una orden de arresto para usted por robo de ganado mayor.

El pueblo entero salió a la plaza. Hombres, mujeres, niños. Todos rodeando a los policías.

—Aquí no se roba nada —dijo Don Anselmo—. Pancho compró esos animales legalmente, aunque fuera basura cuando llegaron. Él los salvó. La ley de la sierra dice que la vida pertenece al que la cuida.

—La ley es la ley —insistió el abogado—. Entréguenla o habrá problemas.

Yo salí de la casa del comisario, caminando despacio con mi bastón (el balazo en la pierna me dolía con el frío). Fui hasta el corral donde estaba Milagros.

Ella me vio. Ya estaba limpia, brillante, hermosa. La herida cicatrizaba bien.

Abrí la puerta del corral. Le quité el bozal.

—Vete, mi niña —le susurré—. Vete al monte. Allá no te alcanzan los papeles ni los abogados. Sé libre.

Ella me miró, confundida.

—¡Vete! —le grité, dándole una palmada en el anca.

Milagros salió al trote hacia la plaza. La gente se apartó. Los policías pusieron las manos en sus armas, nerviosos. El abogado retrocedió.

La yegua se detuvo en medio de la plaza. Miró al abogado, miró a los policías, miró a las montañas azules a lo lejos. Y luego, me miró a mí.

No corrió hacia el monte. Caminó hacia el abogado. Se plantó frente a él, resoplando en su cara perfumada, y golpeó el suelo con su pata delantera, justo donde antes tenía la marca cubierta de barro, ahora visible y brillante.

—¿Quiere llevársela? —preguntó Don Anselmo, cruzándose de brazos—. Pues agárrela. A ver si se deja.

El abogado miró a la bestia de quinientos kilos que lo miraba con desprecio. Miró a los cien campesinos con machetes y palos que lo rodeaban. Miró a los policías que negaban con la cabeza, dejando claro que no iban a iniciar una masacre por un caballo.

—Esto… esto es obstrucción de la justicia —tartamudeó el abogado.

—Esto es justicia divina, licenciado —dijo María, poniéndose a mi lado—. Y en este pueblo, es la única que vale.

El abogado se fue. Los policías se fueron.

Sabíamos que volverían. O tal vez no. Tal vez la historia se había vuelto demasiado grande, demasiado “caliente” para tocarla. Tal vez el dueño prefirió cobrar el seguro y olvidar el asunto antes que enfrentarse a la vergüenza de que un viejo ranchero le ganara la partida.

Pasaron los años. Mi rancho nunca volvió a ser el mismo. Se convirtió en un santuario. La gente venía de lejos solo para verla. Para ver a “Milagros”, la yegua que derrotó a los sicarios.

Nunca la vendí. Me ofrecieron costales de billetes. Me ofrecieron camionetas nuevas. “No se vende”, les decía yo. “La lealtad no tiene precio”.

Milagros nos dio potrillos. Hermosos, fuertes, con esa chispa de inteligencia en los ojos. Vendí algunos para arreglar la casa, para vivir tranquilos con María en nuestra vejez. Pero siempre me aseguré de que fueran con gente buena, gente que los tratara como familia, no como máquinas.

Don Chucho nunca volvió al pueblo. Dicen que se fue al norte y que acabó mal, solo y triste. El karma, dicen. Yo digo que la vida cobra todo.

Hoy, soy un viejo que apenas puede caminar. María se me adelantó hace dos años, se fue tranquila, durmiendo, soñando seguramente con aquellos días en la cueva. La extraño cada minuto.

Milagros también envejeció. Su pelo negro se llenó de canas, igual que el mío. Ya no corremos. Nos sentamos juntos bajo el árbol grande del patio, viendo el atardecer.

A veces, cuando el viento sopla desde la sierra, ella levanta la cabeza y ventea el aire. Y yo sé lo que recuerda. Recuerda la pólvora. Recuerda el miedo. Pero sobre todo, recuerda la libertad.

Me acerco a su oreja y le susurro, como aquella primera noche en el granero:

—Gracias, mi niña. Gracias por salvarme tú a mí.

Porque al final, yo no la rescaté a ella. Ella me rescató a mí. Me rescató de ser un viejo amargado y vencido. Me dio un propósito. Me dio una guerra que valía la pena pelear. Y me dio la certeza de que, en este mundo podrido, todavía existen milagros de cuatro patas.

Cierro los ojos y veo de nuevo esa carga en el cañón. Veo a María sonriendo con el rifle en la mano. Veo el polvo, la sangre y la gloria.

Y sé que cuando me toque irme, cuando la Muerte venga a tocar mi puerta, no vendrá en un caballo pálido. Vendrá montada en una yegua negra con una estrella en la frente. Y nos iremos galopando juntos hacia la Sierra de las Ánimas, donde los caballos nunca se cansan y los viejos vuelven a ser jóvenes guerreros.

Ahí nos veremos, compadres. En el eterno galope.

FIN.

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