Fui la viuda “loca” del pueblo por salvar a un desconocido de los lobos, pero nadie sabía que él traía un secreto que cambiaría mi destino para siempre.

Me llamo Elena. Escuché los gritos antes de ver la s*ngre.

Mi rutina en la sierra de Chihuahua siempre era igual: revisar las trampas, aguantar el frío y, sobre todo, aguantar la soledad. Pero ese sonido rompió el viento helado. Era terror humano mezclado con una furia animal que te helaba los huesos.

Corrí con mi viejo rifle en la mano. Lo que encontré parecía una pesadilla.

Cuatro lobos enormes rodeaban a un hombre caído. Su caballo ya era historia, humeando en la nieve. Disparé dos veces al aire. El estruendo retumbó en el cañón y la manada se dispersó, pero se quedaron en la orilla del bosque, mirándonos con ojos que brillaban como carbón encendido. Sabían esperar.

El hombre, un vaquero que no pasaba de los treinta años, estaba en un charco carmesí. Su pierna izquierda estaba desgarrada, una h*rida fea, profunda.

—Déjame —susurró con voz rasposa—. No vale la pena.

Lo ignoré. Si algo me había enseñado la vida en el rancho, es que no se deja a nadie atrás. Me quité la bufanda y le hice un torniquete improvisado. Él gritó de dolor y luego se desmayó.

“Mantente despierto”, le ordené, aunque no me escuchaba. Lo arrastré hacia mi trineo de carga. Pesaba como un m*uerto. Los lobos nos seguían a cincuenta metros, pacientes como la parca.

Al llegar a mi cabaña, la luz de la lámpara en la ventana se sintió como una promesa divina. Lo metí a rastras, pasé el cerrojo y solo entonces me permití temblar.

Durante tres días, la fiebre lo consumió. Mientras le cambiaba los vendajes empapados de s*ngre, lo escuché confesar sus pecados a fantasmas que solo él veía. Hablaba de una tal “Emma”, de un hijo perdido, de una culpa que lo estaba comiendo vivo.

—Yo no estaba ahí… Dios, perdóname… —repetía.

Yo lo entendía. La culpa es un idioma que las viudas hablamos con fluidez.

Cuando por fin despertó, me miró con una mezcla de miedo y gratitud. Pero nuestra paz duró poco. Un golpe seco en la puerta nos interrumpió.

Era Don Pancho, el que trae las provisiones y lleva los chismes al pueblo. Al abrir, su mirada pasó por encima de mi hombro y se clavó en el extraño acostado en mi sala.

—Solo checando, Doña Elena… Veo que tiene compañía —dijo con esa sonrisa falsa que no le llegaba a los ojos—. Un hombre. Solo. Aquí con usted.

Sentí el juicio en su voz. En este pueblo, una mujer sola es presa fácil, pero una viuda con un extraño en casa… eso es un escándalo.

—Es un viajero h*rido —dije firme—. Es mi deber cristiano.

—Claro… le diré a la gente que se las está arreglando bien. Muy bien.

Cerré la puerta, pero sabía que el daño estaba hecho. Los lobos estaban afuera, sí, pero los verdaderos depredadores estaban en el pueblo y acababan de olfatear s*ngre.

¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL PUEBLO ENTERO SE PONE EN TU CONTRA POR SALVAR UNA VIDA?

PARTE 2: EL ASEDIO DEL SILENCIO Y LOS LOBOS DE DOS PATAS

El sonido de los pasos de Don Pancho alejándose por la nieve crujiente se sintió más pesado que el mismo silencio de la sierra. Me quedé parada frente a la puerta cerrada, con la mano todavía apoyada en la madera fría y áspera, sintiendo cómo mi corazón latía con una fuerza que me dolía en el pecho. No era miedo a los lobos lo que sentía ahora; esos animales, al menos, son honestos en su hambre. Lo que sentía era ese terror antiguo y pegajoso que conocemos bien las mujeres que vivimos solas en los pueblos olvidados de Dios: el miedo al “qué dirán”, que en estos lugares m*ta más rápido que una bala.

Me di la vuelta lentamente. La cabaña, que hasta hace unos días era mi refugio, mi cueva solitaria donde lamía mis propias hridas tras la merte de mi esposo Rogelio, ahora se sentía pequeña, cargada de una presencia ajena.

El hombre seguía allí, en el catre improvisado cerca del fogón. La luz anaranjada de las brasas danzaba sobre su rostro pálido, cubierto de sudor y barba de tres días. Se veía inofensivo dormido, frágil incluso, pero yo sabía que los hombres traen problemas como las nubes traen tormenta.

Me acerqué a él. Su respiración era irregular, un silbido rasposo que denotaba que la fiebre aún no cedía terreno. Me senté en el viejo banco de madera y lo observé. ¿Quién eras tú, vaquero desconocido? ¿Qué demonios hiciste para que cuatro bestias quisieran devorarte con tanta saña? Y más importante aún: ¿Por qué sentía yo que, al salvarte, me había puesto una soga al cuello?

Le cambié los trapos húmedos de la frente. Al tocar su piel, él se estremeció y murmuró algo ininteligible. —Emma… no dejes que se lo lleven… —gimió, apretando los puños sobre la cobija de lana.

—Ya pasó —le susurré, más para calmarme a mí que a él—. Estás a salvo. Por ahora.

Esa noche no dormí. Me senté en mi mecedora con el rifle Winchester 30-30 sobre el regazo, vigilando la puerta y la ventana. Afuera, el viento aullaba como si los espíritus de la sierra estuvieran enojados conmigo por interferir en el destino. Sabía que Don Pancho no tardaría en llegar a la cantina o a la tienda de abarrotes. Sabía que, entre trago y trago de tequila barato, mi nombre empezaría a rodar de boca en boca, ensuciándose con cada repetición. “La viuda Elena tiene un hombre”. “La loca del monte metió a un vagabundo”.

Al amanecer, el cielo estaba de un gris plomizo que prometía más nieve. Me levanté con el cuerpo adolorido por la mala postura y puse café en la estufa. El olor amargo y fuerte llenó la pequeña habitación, y pareció despertar a mi huésped.

Escuché el crujido del catre. Me giré rápido, mano al rifle por instinto. Él estaba intentando incorporarse, pero el dolor en su pierna destrozada lo hizo caer de nuevo con un gruñido ahogado. Sus ojos se abrieron de golpe, desorientados, buscando frenéticamente dónde estaba. Eran ojos oscuros, profundos, llenos de un pánico que tardó unos segundos en disiparse al encontrarse con los míos.

—Quieto —ordené, con mi voz de mando, esa que usaba para espantar a los coyotes—. Si te mueves, se te van a saltar los puntos. No soy costurera fina, así que no quieras que te vuelva a coser.

Él parpadeó, tratando de enfocar. Se llevó una mano a la cabeza. —¿Dónde…? —Su voz era lija pura. —En el Rancho Las Ánimas. Mi casa. Te saqué de la boca de los lobos hace tres días.

Me miró fijamente, procesando la información. Luego, bajó la vista hacia su pierna vendada y abultada. Levantó la sábana con cuidado y vio la mancha de s*ngre seca y fresca. Hizo una mueca, pero no se quejó.

—Gracias —dijo finalmente, mirándome de nuevo. Había sinceridad ahí, pero también cautela—. Soy Mateo. Mateo Valenzuela. —Elena —respondí secamente, sirviendo una taza de café en un jarro de peltre despostillado—. Tómate esto. Necesitas fuerza.

Se bebió el café como si fuera agua bendita. Mientras lo hacía, aproveché para interrogarlo. No tenía tiempo para cortesías. —¿Qué hacías solo en el paso del Diablo? Nadie con dos dedos de frente cruza por ahí en invierno. Y menos sin un arma a la mano.

Mateo bajó la taza. Su mirada se endureció, viajando hacia un punto invisible en la pared. —Me emboscaron —dijo, y la palabra pesó en el aire—. No eran lobos al principio. Eran hombres. Me quitaron el rifle, el dinero… y me dejaron ahí para que el frío hiciera el resto. Los lobos solo llegaron a limpiar el desastre.

Sentí un escalofrío. Hombres. Eso era peor. Los lobos atacan por hambre; los hombres atacan por maldad, por avaricia o por venganza. —¿Quiénes? —pregunté. —Gente con la que no debí meterme —respondió, evasivo—. Gente que tiene mucha influencia en el valle.

—¿El valle? —pregunté, sintiendo que el piso se me movía—. ¿Hablas de San Pedro? ¿Del pueblo de abajo?

Él asintió levemente. —Escuche, señora Elena. Le agradezco la vida. Pero en cuanto pueda ponerme de pie, me largo. Si me encuentran aquí, le van a traer problemas. Problemas serios.

Solté una risa amarga, sin humor. —Llegas tarde para eso, vaquero. Don Pancho, el chismoso oficial del pueblo, ya te vio ayer. A estas alturas, todo San Pedro debe pensar que eres mi amante, mi cómplice o el diablo en persona. El daño ya está hecho.

Mateo cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada. —M*ldita sea… —susurró—. Lo siento. No quería arrastrarla a esto.

—Nadie me arrastra a nada —le corté, molesta por su presunción de que yo era una víctima indefensa—. Yo decido a quién meto en mi casa. Pero ahora necesito saber la verdad completa. No voy a defender a un criminal si la ley viene a tocar mi puerta. ¿Eres un bandido?

Me sostuvo la mirada. Había dolor en su rostro, un dolor antiguo. —No soy un bandido. Soy un padre. Y todo lo que hice, lo hice para intentar recuperar a mi hijo.

Esa confesión me desarmó. La mención de un hijo siempre toca fibras sensibles, incluso en una mujer que nunca pudo tenerlos. Bajé el rifle y me acerqué a echar más leña al fuego. —Descansa —dije, suavizando un poco el tono—. Ya hablaremos de eso cuando la fiebre baje del todo. Por ahora, estás atrapado aquí. La tormenta que viene no va a dejar salir ni entrar a nadie por unos días.

Y así fue. La nieve cayó durante dos días seguidos, sepultando el mundo exterior bajo un manto blanco y silencioso. Fueron días extraños. Días de una intimidad forzada y tensa.

Yo seguía con mis rutinas dentro de la casa: limpiaba, cocinaba frijoles con carne seca, remendaba ropa vieja. Mateo, desde su catre, intentaba ser útil. Limpiaba frijoles, afilaba mis cuchillos con una piedra que le pasé, e incluso intentó tallar madera para pasar el tiempo.

Hablamos poco al principio, pero el encierro ablanda las lenguas. Me contó de Emma, su esposa, que había m*erto hace dos años por una enfermedad que los médicos del pueblo no quisieron tratar porque no tenían dinero. Me contó de su hijo, Luisito, de seis años, y de cómo los abuelos maternos, gente rica y poderosa de la capital del estado, se lo habían quitado usando abogados y mentiras, alegando que un vaquero pobre no podía criarlo.

—Fui a buscarlos —me dijo una noche, mientras el viento golpeaba las ventanas—. Fui a exigir ver a mi hijo. Me dijeron que si quería verlo, tenía que pagar “los gastos” que ellos habían hecho. Una extorsión. Junté lo que pude, vendí mi ganado, mi tierra… y cuando llegué con el dinero, me asaltaron en el camino. No fue casualidad, Elena. Ellos sabían que yo iba.

Su historia me hervía la sngre. Conocía ese tipo de injusticia. Cuando Rogelio mrió, el banco intentó quitarme el rancho diciendo que una mujer sola no podía administrarlo. Tuve que pelear con uñas y dientes, amenazando con quemar la tierra antes que entregarla.

—Aquí nadie te va a quitar nada mientras yo tenga balas —le dije esa noche. Fue una promesa peligrosa, pero me salió del alma.

Al cuarto día, la nieve paró. El sol salió, brillante y engañoso, reflejándose en la blancura con una intensidad que lastimaba los ojos. Sabía que tenía que bajar al pueblo. Necesitábamos provisiones. Harina, café, azúcar, y sobre todo, alcohol y vendas limpias para la pierna de Mateo, que aunque sanaba, seguía teniendo mal aspecto.

—No vayas —me dijo Mateo cuando me vio ponerme el abrigo de piel de borrego—. Es peligroso. —Se nos acaba la comida. Y tú necesitas medicina. No tengo opción. Además, quiero verles la cara a esos hipócritas. No me voy a esconder como si hubiera cometido un pecado.

Ensillé a “Moro”, mi caballo más resistente, y bajé por el sendero. El viaje, que usualmente me tomaba dos horas, me tomó tres por la nieve acumulada. Al llegar a las primeras casas de San Pedro, sentí el cambio en el aire.

Normalmente, la gente me saludaba. “Buenos días, Doña Elena”, “¿Cómo está el frío arriba?”. Hoy, no. Al pasar frente a la plaza, dos hombres que barrían la entrada de la iglesia se detuvieron y se voltearon para no mirarme. Un grupo de mujeres que cuchicheaban cerca de la fuente callaron de golpe al verme pasar, siguiéndome con la mirada llena de veneno y curiosidad morbosa.

Llegué a la tienda de abarrotes de Don Anselmo. Amarré al Moro y entré. La campanilla de la puerta sonó, anunciando mi llegada, pero el silencio que siguió fue sepulcral.

Don Anselmo estaba tras el mostrador. Don Pancho estaba ahí también, recargado en un barril, con una sonrisa torcida en la cara. Había otros dos hombres, rancheros locales que conocía de vista, gente ruda y de pocas luces.

—Buenos días —dije, tratando de sonar normal. Saqué mi lista—. Necesito un costal de harina, dos kilos de café, azúcar, y una botella de alcohol del 96.

Don Anselmo, un hombre que conocía a mi padre y que siempre me había tratado con respeto, no me miró a los ojos. Se puso a limpiar el mostrador con un trapo sucio. —No hay harina, Elena —dijo en voz baja. —¿Cómo que no hay? Veo los costales ahí atrás —señalé. —Están apartados. Todo está apartado. —¿Y el café? ¿El alcohol? —Tampoco. Se acabó todo.

Entendí el juego. No era desabasto. Era un bloqueo. —Anselmo, por favor. Sabes que tengo dinero. —Tu dinero no sirve aquí hoy, Elena —intervino Don Pancho, dando un paso al frente. Apestaba a mezcal—. Al menos no el dinero de una mujer que comparte cama con desconocidos.

Sentí que la cara me ardía. Apreté los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. —Cierra la boca, Pancho. Lo que pasa en mi rancho no es asunto tuyo. Es un hombre hrido, nada más. —¿Hrido? —se rió uno de los rancheros—. Dicen que es un pistolero. Que viene huyendo de la justicia. Y tú le das asilo. Eso te convierte en cómplice, Elena. Y en este pueblo somos gente decente. No queremos problemas con la ley ni con los carteles.

—Gente decente… —repetí con asco—. “Gente decente” que deja m*rir a un cristiano en la nieve. Son una bola de cobardes.

Don Pancho se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Su aliento rancio me golpeó la cara. —Mira, viudita. Mejor te regresas a tu cerro. Y saca a ese perro de tu casa antes de que nosotros subamos a sacarlo. Y cuando subamos… no vamos a ser tan amables.

Fue una amenaza directa. Mi mano bajó instintivamente hacia el cuchillo de monte que llevaba en el cinto, debajo del abrigo. Pancho vio el movimiento y retrocedió un paso, levantando las manos burlonamente. —¡Uy, qué miedo! La gata tiene garras.

—No soy una gata —dije con voz gélida—. Soy una mujer que no tiene nada que perder. Y si alguno de ustedes se atreve a pisar mi tierra sin invitación, se va a encontrar con el mismo plomo que uso para los lobos.

Di media vuelta y salí de la tienda, temblando de rabia y de impotencia. Subí al caballo de un salto. Mientras cabalgaba fuera del pueblo, sentí una piedra golpearme en la espalda. No me dolió tanto el golpe físico como el significado. El pueblo me había declarado la guerra.

El camino de regreso fue un calvario. Mi mente trabajaba a mil por hora. No tenía comida suficiente para dos personas para más de una semana. No tenía medicinas. Y ahora sabía que tenía un grupo de hombres armados y borrachos planeando subir a “hacernos justicia”.

Cuando llegué a la cabaña, ya estaba anocheciendo. Mateo me esperaba en la puerta, apoyado en un palo que usaba como muleta. Debió escuchar al caballo. Al ver mi cara y mis manos vacías, entendió todo.

—No te vendieron nada —afirmó. —Peor —dije, bajando del caballo y metiéndolo al establo—. Nos amenazaron. Saben que estás aquí. Dicen que eres un pistolero. Pancho está azuzando a la gente. Van a venir, Mateo.

Entramos a la casa. Mateo se dejó caer en una silla, frustrado. —Tengo que irme. Esta misma noche. Si me voy, te dejarán en paz. —¡No seas estúpido! —exploté, tirando mi sombrero a la mesa—. No puedes ni caminar bien. Si sales ahí fuera, los lobos te comerán o te congelarás antes de llegar al cruce. Y si llegas al pueblo, esos hombres te van a linchar.

—¿Y qué quieres que haga? —gritó él también, por primera vez perdiendo la calma—. ¿Que me quede aquí y deje que te maten por mi culpa? ¡No eres mi madre ni mi mujer, Elena! ¡No me debes nada!

—¡Es mi casa! —grité más fuerte, golpeando la mesa—. ¡Es mi rancho! Y nadie, ni tú ni esos infelices del pueblo, me va a decir qué hacer en mi propia casa. Si te vas a m*rir, que no sea en mi puerta. Y si te vas a quedar, vas a pelear.

Nos quedamos en silencio, respirando agitadamente, mirándonos a los ojos. La tensión entre nosotros cambió. Ya no era solo la tensión del peligro, era algo más. Una conexión forjada en la desesperación. Éramos dos náufragos en una balsa rodeada de tiburones.

—¿Cuántas balas tenemos? —preguntó él, bajando la voz, aceptando su destino. —Dos cajas para el 30-30. Unas cuantas para la escopeta. Y mi revólver viejo con seis tiros. —No es mucho. —Será suficiente si apuntamos bien.

Esa noche, convertimos la cabaña en una fortaleza. Atrancamos las ventanas con maderas gruesas. Preparamos jarras con agua por si intentaban prender fuego. Limpiamos las armas a la luz de la lámpara.

Mateo me enseñó a hacer trampas caseras con cuerda y clavos para ponerlas en el perímetro. A pesar de su h*rida, se movía con una destreza que confirmaba que no era un simple vaquero. Sabía de defensa, sabía de guerra. —Aprendí en el norte —me dijo cuando notó que lo observaba—. La vida te enseña a ser duro o a ser cadáver.

Pasaron dos días más de tensa calma. Comimos racionado. El hambre empezaba a pellizcar el estómago, pero el miedo nos mantenía alertas.

La tercera noche, los perros del rancho (dos mestizos que vivían en el granero) empezaron a ladrar furiosamente. Luego, un aullido de dolor y silencio. Mateo y yo nos miramos. Apagamos la lámpara de inmediato. La oscuridad nos envolvió, solo rota por la luz de la luna que se filtraba por las rendijas.

—Están aquí —susurró Mateo, arrastrándose hacia la ventana del frente con el rifle en la mano. —¿Cuántos ves? —pregunté, tomando la escopeta y cubriendo la parte trasera. —Veo tres sombras cerca del establo. Pero seguro hay más. Se mueven bien. No son borrachos comunes.

De repente, una voz gritó desde afuera. Era la voz de Pancho, pero sonaba diferente, más envalentonada, respaldada por la fuerza del grupo. —¡Elena! ¡Salga, Doña Elena! No queremos lastimarla. Solo entréguenos al hombre. Sabemos que está ahí. ¡Entréguelo y nos vamos!

Miré a Mateo. Su perfil estaba tenso, el dedo en el gatillo. —No le creas —susurró—. Si salimos, nos m*tan a los dos para no dejar testigos.

—¡Elena! —gritó otra voz, más grave, desconocida—. Tienes cinco minutos. Si no sale, quemamos el jacal con ustedes adentro.

El corazón me martillaba en los oídos. Quemar la casa. Mi hogar. Todo lo que me quedaba de Rogelio. La furia me subió por la garganta, caliente y ácida.

—¡Váyanse al diablo! —grité desde la oscuridad—. ¡Este es propiedad privada! ¡El primero que se acerque se lleva un tiro!

La respuesta fue un disparo. La bala atravesó la madera de la puerta y se incrustó en la pared opuesta, levantando una nube de astillas. Me agaché instintivamente. —¡Abajo! —gritó Mateo.

Se desató el infierno. Empezaron a disparar contra la casa. Las balas zumbaban, rompiendo los vidrios que quedaban, golpeando las ollas, destrozando mis recuerdos. Mateo respondió al fuego. Disparó dos veces por la ventana. Escuché un grito de dolor afuera. —¡Le diste a uno! —dije.

—Quedan muchos —respondió él, recargando con manos rápidas—. Elena, vigila la parte de atrás. Van a intentar rodearnos.

Me arrastré hacia la cocina, hacia la puerta trasera. Miré por la rendija. Vi una sombra corriendo hacia el depósito de leña con una antorcha encendida. Iban a cumplir su amenaza. Iban a quemarnos vivos.

No lo pensé. Abrí la puerta trasera de una patada, levanté la escopeta y disparé hacia la sombra. El retroceso del arma me golpeó el hombro, pero vi al hombre caer, soltando la antorcha en la nieve, donde se apagó con un siseo. —¡Atrás! —grité, cerrando la puerta y poniendo el cerrojo de nuevo.

—¡Están locos! —le grité a Mateo—. ¡Son asesinos! —Son hombres con miedo y poder —dijo él—. Mala combinación.

El tiroteo cesó de repente. El silencio volvió, pero era más aterrador que el ruido. Olía a pólvora y a polvo. —¿Se fueron? —pregunté, con la esperanza temblando en mi voz. —No —dijo Mateo sombríamente—. Están reagrupándose. O preparando algo peor.

Entonces lo escuchamos. Un sonido lejano, pero que se acercaba rápido. Un sonido que no venía de los hombres. Aullidos. Pero no eran uno o dos. Eran muchos. La manada había vuelto. Y esta vez, el olor a sngre fresca en la nieve, la sngre de los hombres que habíamos herido, los había atraído como moscas a la miel.

Escuchamos gritos afuera. Pero ya no eran gritos de amenaza hacia nosotros. Eran gritos de terror. —¡LOBOS! ¡SON LOBOS! ¡AYUDA!

Los disparos empezaron de nuevo, pero ahora sonaban desordenados, frenéticos, alejándose de la casa. Mateo se asomó con cuidado. —Dios santo… —murmuró.

Me asomé junto a él. A la luz de la luna, la escena era dantesca. Sombras grises y enormes saltaban sobre las sombras humanas. Los caballos de los atacantes relinchaban y corcoveaban, rompiendo las riendas y huyendo despavoridos. Los hombres corrían hacia el bosque, disparando a la nada, perseguidos por la furia de la naturaleza que ellos mismos habían despertado.

Vimos caer a uno. No supe quién era, y en ese momento, Dios me perdone, no me importó. Los lobos no intentaron entrar a la casa. Tenían presas más fáciles afuera.

Estuvimos vigilando hasta el amanecer. Nadie volvió a disparar contra nosotros. Cuando el sol salió, iluminando la nieve teñida de rojo en varios puntos del patio, salimos con las armas en alto. No había nadie. Solo huellas. Huellas de botas corriendo, huellas de patas persiguiendo. Y un cuerpo cerca de la entrada del camino.

Me acerqué con el estómago revuelto. Era uno de los rancheros que había visto en la tienda. Estaba m*uerto. Pero no por una bala. Mateo se acercó cojeando a mi lado. Miró el cuerpo y luego miró hacia el bosque denso.

—Se acabó —dijo—. Por ahora. —No —respondí, sintiendo un peso enorme caer sobre mis hombros—. Esto apenas empieza. Ahora nos culparán de esto también. Dirán que les echamos a los animales. Dirán que somos brujos.

Mateo me miró. Sus ojos estaban cansados, pero había una determinación nueva en ellos. Me tomó la mano. Su tacto era áspero, caliente. —Entonces no nos quedaremos a esperar el juicio. Elena, tenemos que irnos. Tenemos que ir por mi hijo y desaparecer.

Miré mi casa, mi rancho, mi vida. Luego miré hacia el pueblo invisible abajo en el valle, ese pueblo que me había dado la espalda. Y finalmente miré a este hombre extraño, con el que había compartido sngre y fuego. Sabía que si me quedaba, estaba muerta. Socialmente muerta, o literalmente muerta.

—Tienes razón —dije, apretando su mano—. Pero no nos vamos a ir huyendo como ratas. Nos vamos a ir después de recuperar lo que es tuyo. Y si el pueblo quiere guerra… les daremos una guerra que recordarán por generaciones.

—¿Estás segura? —preguntó él. —Segura —afirmé. Fui al establo y empecé a preparar las alforjas—. Prepara tus cosas, vaquero. Nos vamos al infierno a buscar a tu hijo.

PARTE 3: LA CARRETERA DE LOS HUESOS Y LA CIUDAD DE CRISTAL

Cerrar la puerta de mi casa no fue solo girar una llave; fue clausurar una vida. Mientras aseguraba el candado oxidado, sentí que estaba encerrando ahí dentro a la Elena que fui: la viuda respetable, la mujer que aguantaba el frío y la soledad con la cabeza gacha. La mujer que se iba no era esa. La que montaba al “Moro” ahora era una fugitiva, una cómplice, una mujer que le había prometido una guerra al mundo.

El aire de la mañana calaba hasta los huesos, pero no era el frío lo que me hacía temblar, sino la vista del patio. La nieve, que días antes había sido un manto blanco y puro, ahora estaba sucia, pisoteada por la violencia de la noche anterior. Había casquillos de bala brillando como monedas malditas y manchas oscuras donde la sangre de los hombres se había mezclado con la tierra. Y allí, cerca de la entrada, seguía el cuerpo del ranchero. No lo enterramos. No había tiempo, ni tampoco piedad. Que sus propios compadres vinieran por él, si es que les quedaba algo de valor después de huir de los lobos.

Mateo ya estaba montado en su caballo, un animal que habíamos recuperado de los que dejaron los atacantes en su huida. Se mantenía erguido, pero yo veía cómo apretaba la mandíbula cada vez que el animal se movía. Su pierna, esa masa de carne desgarrada y cosida a la mala, debía estar ardiendo. Sin embargo, no se quejó. Sus ojos oscuros y profundos ya no miraban al suelo ni buscaban perdón; miraban hacia el horizonte, hacia el sur, hacia donde tenían a su hijo.

—¿Estás lista? —preguntó. Su voz ya no era el susurro de un moribundo, sino el tono seco de alguien que ha aceptado su condena.

—Nunca se está lista para dejar lo único que se tiene —respondí, acariciando la crin del Moro—. Pero si me quedo, me matan. Y si me voy, al menos elijo dónde morir. Vámonos.

Bajamos por la vereda trasera, un camino de cabras que Rogelio, mi difunto esposo, me había enseñado años atrás para evitar las crecidas del río. Sabíamos que no podíamos usar el camino principal. Don Pancho y su “gente decente” estarían vigilando, lamiéndose las heridas y buscando venganza. Ellos pensaban que tenían el poder, que podían amenazarme con quemar mi jacal, pero no sabían que ya no me importaba el jacal. Me importaba la sangre.

El descenso fue brutal. El sol, brillante y engañoso, derretía la nieve, convirtiendo el sendero en un lodazal traicionero. Los caballos resbalaban, y cada tropiezo era una puñalada de dolor para Mateo. En un recodo del camino, tuvimos que desmontar para guiar a los animales por un paso estrecho entre rocas afiladas.

Vi a Mateo bajar con dificultad, apoyando todo su peso en su pierna buena y usando el rifle como bastón. El sudor le perlaba la frente a pesar del frío.

—Déjame ayudarte —dije, acercándome. —Puedo solo —gruñó, rechazando mi brazo con un gesto brusco. —No te hagas el macho conmigo, Mateo Valenzuela —le espeté, agarrándolo del hombro con fuerza—. Ya te saqué de la boca de los lobos una vez. No voy a dejar que te rompas el cuello en un barranco solo por tu orgullo. Si tú caes, yo caigo. Así que cállate y apóyate.

Me miró con esa mezcla de sorpresa y respeto que había visto antes. Asintió levemente y pasó su brazo por mis hombros. Sentí su peso, su calor, y el olor a fiebre y pólvora que emanaba de su ropa vieja. Caminamos así, pegados, dos extraños unidos por la desgracia, bajando paso a paso hacia el valle que nos odiaba.

Al mediodía, llegamos al límite del bosque. Desde ahí podíamos ver el pueblo de San Pedro extendido como una mancha gris en el valle. Se veía tan pacífico desde arriba, con el humo saliendo de las chimeneas y la torre de la iglesia brillando al sol. Quién diría que ahí abajo vivían los monstruos que nos habían cazado, esos hombres que atacan por maldad y avaricia.

—Ahí están —murmuró Mateo, señalando con la barbilla hacia la carretera principal que salía del pueblo.

Entorné los ojos. A lo lejos, se veía una camioneta cruzada en el camino y dos figuras armadas de pie junto a ella. Un retén. —Nos están esperando —dije, sintiendo un hueco en el estómago—. Don Pancho no perdió el tiempo. Seguro le dijo a medio pueblo que somos peligrosos.

—Tenemos que rodear —dijo Mateo, analizando el terreno con esa mirada táctica que había aprendido en el norte —. No podemos pasar por ahí. Ni con los caballos. Necesitamos un vehículo, Elena. En cuanto lleguemos a la carretera federal, estos animales no nos servirán de nada para pasar desapercibidos. Un vaquero y una mujer a caballo llaman mucho la atención.

—¿Y qué sugieres? ¿Robar? —pregunté, aunque en el fondo sabía la respuesta. —Sobrevivir —corrigió él—. Vamos a bajar hasta el cruce de “Las Cruces”. Ahí paran los camiones de carga a revisar frenos. Es nuestra mejor oportunidad.

Dejamos los caballos en libertad en un potrero abandonado, lejos del camino. Me dolió en el alma soltar al Moro. Le quité la silla y el freno, le acaricié el hocico y le susurré una despedida. —Vete al monte, viejo. Búscate una yegua y olvídate de los humanos. Somos mala compañía.

Caminar sin los caballos nos hizo sentir desnudos, vulnerables. Mateo cojeaba visiblemente. Yo llevaba las alforjas con la poca comida que nos quedaba y las armas envueltas en cobijas. Parecíamos pordioseros, o peor, desplazados por la guerra, que en cierto modo, lo éramos.

Llegamos al paradero de camiones al atardecer. Nos escondimos entre unos matorrales secos, esperando. El tráfico era escaso. Pasaron un par de autos particulares y una patrulla de la estatal que nos hizo contener el aliento. Finalmente, un tráiler viejo, cargado de madera, se detuvo rechinando los frenos. El conductor, un hombre gordo con gorra de béisbol, bajó a orinar a la orilla de la carretera.

—Es ahora —dijo Mateo. —¿Lo vamos a asaltar? —pregunté, tocando el mango de mi revólver. —No. Vamos a negociar. Pero mantén la mano cerca del fierro por si acaso.

Salimos de los arbustos. El camionero se sobresaltó y casi se orina en los zapatos. Nos miró con ojos desorbitados: a Mateo, sucio, barbudo y herido; y a mí, una mujer con la mirada dura y un bulto que claramente escondía un rifle.

—¡Tranquilo, pariente! —dijo Mateo, levantando las manos vacías—. No queremos problemas. Solo un aventón. —No… no llevo dinero —balbuceó el hombre. —No queremos tu dinero —intervine yo, dando un paso al frente—. Vamos a la capital. Te pagamos el viaje si nos llevas en la cabina y no haces preguntas.

Saqué un billete de quinientos pesos, uno de los pocos que tenía guardados en el imperdible de mi sostén. Era mucho dinero para un aventón, pero poco para comprar silencio. El hombre miró el billete, luego nuestras caras, y finalmente asintió, tragando saliva. —Súbanse rápido. No quiero líos con la federal.

El viaje en la cabina del tráiler fue un infierno silencioso. El olor a tabaco rancio y sudor llenaba el espacio. El conductor no nos miraba, mantenía la vista fija en la carretera, nervioso. Mateo iba en el asiento del copiloto, con la pierna estirada, apretando los dientes en cada bache. Yo iba en el camarote de atrás, con el 30-30 abrazado contra mi pecho.

Vi a Mateo mirar por el retrovisor constantemente. No se fiaba. Y hacía bien. Me había contado que los abuelos de su hijo eran gente poderosa, gente que podía comprar leyes y conciencias. Si Don Pancho tenía influencia en el valle, esa gente tenía influencia en todo el estado.

—¿Cómo se llaman? —le pregunté de repente, rompiendo el silencio, aunque sabía que el camionero escuchaba. —¿Quiénes? —Ellos. Los que tienen a Luisito. —Los Montemayor —dijo el apellido como si escupiera veneno—. Viven en el fraccionamiento San Felipe. Casas grandes, bardas altas, seguridad privada. Un castillo para un niño preso.

—Los castillos también caen —murmuré.

La noche cayó sobre el desierto. Las luces de la ciudad de Chihuahua aparecieron en el horizonte como un mar de brasas ardientes. Para una mujer de rancho como yo, que había pasado los últimos años viendo solo pinos y nieve, la ciudad se sentía como una bestia enorme y ruidosa.

El camionero nos dejó en la entrada sur, cerca de una gasolinera. —Aquí se bajan —dijo, sin detenerse del todo—. Suerte. La van a necesitar.

Nos quedamos parados en el asfalto, rodeados por el rugido de los motores y el olor a gasolina. Mateo se tambaleó. La fiebre estaba volviendo. Le toqué la frente; ardía. —Necesitamos un lugar —dije—. No aguantarás la noche en la calle.

Caminamos por las calles traseras, evitando las avenidas iluminadas. Encontramos un motel de paso, de esos con letreros de neón parpadeantes que prometen discreción por horas. El encargado, un joven con audífonos que apenas levantó la vista del celular, no pidió identificaciones. Le pagué con mis últimas reservas de efectivo.

La habitación olía a desinfectante barato y a cigarro. Dejé las armas sobre la cama y ayudé a Mateo a sentarse. —Hay que revisar esa pierna —dije.

Cuando le quité los vendajes sucios, contuve una arcada. La herida, que en el frío de la sierra parecía estar controlada, aquí en el calor de la ciudad y tras el esfuerzo del viaje, se veía roja e inflamada. Algunos puntos se habían saltado, tal como le había advertido. —Se está infectando —dije con franqueza—. Necesitamos antibióticos de verdad, Mateo. El alcohol no va a bastar.

—Mañana… —susurró él, con los ojos vidriosos—. Mañana buscamos. Ahora solo quiero dormir. Elena… gracias.

Se quedó dormido casi al instante. Yo me quedé despierta, mirando las luces de la ciudad a través de la cortina raída. Me sentía más sola que en mi cabaña. Allá arriba, mi soledad era mi elección; aquí, rodeada de miles de personas, mi soledad era una condena. Pensé en Rogelio. ¿Qué pensaría él de verme aquí, en un motel de mala muerte, cuidando a un hombre que apenas conocía y planeando una guerra contra una familia rica? Probablemente se reiría y me diría que siempre fui más terca que una mula. O tal vez estaría orgulloso de que no me dejé pisotear.

“Aquí nadie te va a quitar nada mientras yo tenga balas”. Esa promesa me resonaba en la cabeza. Ya no era solo por Mateo o por el niño. Era por mí. Por todas las veces que agaché la cabeza ante Don Pancho, ante el banco, ante la “gente decente”. Esta vez, no.

A la mañana siguiente, salí temprano. Dejé a Mateo durmiendo y fui a una farmacia. Compré antibióticos, gasas, agua oxigenada y algo de comida rápida. Tuve que contar las monedas. Nos quedaba muy poco dinero. Si íbamos a recuperar al niño, íbamos a necesitar recursos.

Cuando regresé, Mateo estaba despierto, limpiando el revólver. Se veía mejor, la fiebre había bajado un poco con el descanso, pero su cara seguía pálida. —Tenemos que movernos —dijo al verme—. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si los Montemayor saben que escapé de la emboscada, estarán buscándome en hospitales y hoteles.

—Nadie sabe que estás aquí —le aseguré, lanzándole la bolsa con las medicinas—. Tómate eso. Y come algo. No sirves de nada si te desmayas. Hoy vamos a ir a ver la casa.

—¿Hoy? Es arriesgado. —Más arriesgado es esperar a que se te pudra la pierna o a que se nos acabe el dinero. Necesitamos saber a qué nos enfrentamos.

Tomamos un camión urbano hacia la zona rica de la ciudad. La diferencia era insultante. Dejamos atrás las calles polvorientas y los baches para entrar en avenidas anchas, con jardines verdes y casas que parecían fortalezas. Nos bajamos unas cuadras antes. Caminamos despacio, como si fuéramos una pareja de trabajadores buscando empleo. Mateo cojeaba menos, haciendo un esfuerzo sobrehumano por disimular.

—Es esa —dijo en voz baja, deteniéndose frente a una reja enorme de hierro forjado.

La casa de los Montemayor era imponente. Muros altos de piedra, cámaras de seguridad en las esquinas, y una caseta de vigilancia con un guardia uniformado. Dentro, se veía un jardín inmenso y una casa de estilo colonial moderno. —Ahí está mi hijo —dijo Mateo, y su voz se quebró por primera vez desde que lo conocí—. Ahí tienen a Luisito.

Nos sentamos en una banca del parque que estaba cruzando la calle, fingiendo descansar. Observamos. Durante dos horas, vimos entrar y salir autos de lujo. Vimos al guardia hablar por radio. Vimos a una empleada doméstica salir a barrer la banqueta. Pero no vimos al niño.

—¿Seguro que está aquí? —pregunté. —Seguro. Emma me lo dijo antes de morir. Sus padres se lo trajeron aquí. Dicen que es por su bien, que aquí tiene futuro. Pero lo tienen como un trofeo, Elena. Para ellos, Luisito es la única forma de mantener viva a su hija, pero borrando todo rastro de mí. Me odian porque soy pobre, porque soy de rancho.

De pronto, el portón eléctrico se abrió. Una camioneta blindada, negra y brillante como un escarabajo, salió despacio. Los vidrios eran oscuros, pero al pasar frente a nosotros, bajaron un poco la ventana trasera. Ahí lo vi. Un niño pequeño, de unos seis años, con el pelo oscuro igual al de Mateo. Iba sentado atrás, mirando hacia afuera con una expresión triste, aburrida. A su lado iba una mujer mayor, elegante, con joyas que costaban más que todo mi rancho.

—¡Luis! —gritó Mateo, impulsándose hacia adelante antes de que pudiera detenerlo. El niño giró la cabeza. Sus ojos se abrieron al ver a Mateo. —¡Papá! —gritó el niño, pegando las manos al cristal.

La mujer mayor jaló al niño hacia adentro y la ventana se subió de golpe. El guardia de la caseta salió corriendo, llevándose la mano a la pistola que portaba en el cinto. —¡Eh, tú! ¡Aléjate!

Mateo intentó correr tras la camioneta, pero su pierna le falló y cayó al suelo. —¡Mateo! —grité, corriendo hacia él. Lo levanté a tirones—. ¡Vámonos! ¡Ya nos vieron!

El guardia venía hacia nosotros, hablando por su radio. La camioneta aceleró y se perdió en la avenida. —¡Tenemos que irnos, carajo! —le grité a Mateo, que miraba la camioneta alejarse con desesperación. Lo arrastré hacia una calle lateral. El corazón me latía en la garganta. Ya sabían que estábamos aquí. El elemento sorpresa, si es que alguna vez lo tuvimos, se había esfumado.

Corrimos (o más bien, yo corrí y Mateo cojeó rápido) hasta perdernos en el laberinto de calles residenciales. Nos metimos en un callejón detrás de un centro comercial para recuperar el aliento. Mateo golpeó la pared con el puño, una y otra vez, hasta que sus nudillos sangraron. —Lo vi… estaba ahí… me reconoció… —Sí, te vio. Y la vieja también. Y el guardia. Ahora saben que estás vivo y que estás en la ciudad. Van a soltar a los perros, Mateo. Y estos perros no son lobos; tienen placas de policía y armas automáticas.

Mateo se giró hacia mí. Sus ojos ardían con una intensidad que daba miedo. —No me importa. Ya sé dónde está. Sé que sale a esta hora. Seguramente iba a alguna clase o al médico. Elena, voy a entrar. Esta noche.

—¿Estás loco? Tienen cámaras, guardias, muros. Es un suicidio. —Es mi hijo. No voy a regresar a la sierra sin él. Si tengo que quemar esa casa hasta los cimientos, lo haré.

Lo miré y entendí que no había forma de disuadirlo. Y, maldita sea, entendí que yo tampoco quería disuadirlo. Había visto la cara del niño. Había visto la tristeza en esos ojos, la misma soledad que yo sentía en mi casa vacía. Ese niño era prisionero de una jaula de oro, secuestrado por gente que creía que el dinero compraba derechos sobre la sangre.

—No vas a entrar esta noche —dije, poniendo orden en el caos de su mente—. Si entras hoy, te matan. Están alertados. Van a doblar la seguridad. Tenemos que ser más listos. —¿Qué propones? —Guerra de guerrillas, vaquero. Es lo que hicimos en el rancho, ¿no?. No atacamos de frente a la manada; usamos el terreno, usamos trampas. Aquí la selva es de concreto, pero las reglas son las mismas. Necesitamos vigilar, encontrar sus rutinas, sus debilidades. Y necesitamos armas mejores que ese revólver viejo.

—No tenemos dinero para armas. —No. Pero tenemos algo que ellos no tienen. Tenemos hambre. Y tenemos rabia. Y yo tengo una idea.

Esa noche, no regresamos al motel. Era demasiado peligroso. Nos refugiamos en una construcción abandonada en las afueras de la ciudad, encendiendo una pequeña fogata con maderas viejas para calentarnos. Mientras comíamos unos tacos fríos que habíamos comprado, Mateo me miró a través del fuego.

—¿Por qué sigues aquí, Elena? —preguntó suavemente—. Podrías haberte regresado al rancho después de dejarme en la ciudad. Podrías haberte ido a otro lado. Esto no es tu pelea.

Suspiré, mirando las llamas. —Mi rancho ya no es mi hogar. Es un cementerio. Y el pueblo… el pueblo me declaró la guerra. Ya no tengo a dónde volver, Mateo. Me llamaron “loca”, “perdida”, “cómplice”. Pues bien, si eso es lo que soy, voy a ser la mejor cómplice que hayas visto. Además… —hice una pausa, buscando las palabras exactas—. Cuando vi a esos hombres huir de los lobos, cuando sentí el retroceso de la escopeta… me sentí viva. Por primera vez desde que Rogelio murió, sentí que mi vida me pertenecía de nuevo. No voy a dejar que unos ricos de ciudad decidan el destino de un padre y un hijo. No es justo. Y estoy harta de las injusticias.

Mateo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina. Estiró la mano y, por primera vez, me tocó la cara con suavidad. Su mano era rasposa, callosa, una mano de trabajo. —Eres una mujer brava, Elena. La mujer más brava que he conocido.

Sentí un calor subirme por el cuello que no tenía nada que ver con el fuego. Me aparté un poco, incomoda pero no disgustada. —Guárdate los halagos para cuando tengamos al niño y estemos lejos de aquí —dije, tratando de sonar severa—. Ahora duerme. Mañana empezamos la cacería.

Al día siguiente, pusimos en marcha el plan. Sabíamos que no podíamos atacar la casa. Pero podíamos atacar sus movimientos. Recordé que la camioneta había salido a una hora específica. Si era una rutina, se repetiría. Pero con la alerta de ayer, seguramente cambiarían la ruta o el vehículo. Necesitábamos información.

Mateo conocía a alguien. Un antiguo compañero de los rodeos que ahora trabajaba de mecánico en un taller del centro. Fuimos a verlo. Era un hombre bajo, lleno de grasa, que recibió a Mateo con un abrazo y luego con un golpe en el hombro. —¡Pensé que te habían matado los narcos, cabrón! —le dijo. —Casi, Chuy. Casi. Necesito un favor. Y es grande.

Le contamos una versión resumida. Chuy escuchó, limpiándose las manos con una estopa. Al escuchar el apellido “Montemayor”, silbó. —Te quieres meter a las patadas con Sansón, Mateo. Esa gente es dueña de media ciudad. Pero… tienen enemigos. Muchos. El viejo Montemayor le debe dinero a gente pesada. Y sus escoltas… son mercenarios. Se venden al mejor postor.

—No tengo dinero para comprarlos —dijo Mateo. —No, pero tienes información. Sé dónde se juntan a beber los escoltas cuando salen de turno. En una cantina cerca de la zona industrial. Si vas ahí, y tienes orejas grandes, a lo mejor escuchas algo. O a lo mejor consigues algo más.

Esa noche, Elena la viuda se quedó guardada, y salió otra mujer. Me solté el pelo, me pinté los labios con un labial barato que compré en un tianguis y me puse una blusa un poco más ajustada que llevaba en la alforja. Me sentía ridícula, disfrazada, pero era necesario. Mateo no podía entrar; lo reconocerían. Yo era una cara nueva.

Entré a la cantina “El Dólar”. El ambiente era pesado, humo de cigarro y música norteña a todo volumen. Identifiqué a los guardias por sus cortes de pelo tipo militar y las pistolas abultando bajo las chamarras. Estaban en una mesa del fondo, ruidosos, bebiendo cubetas de cerveza. Me senté en la barra, cerca de ellos, pedí un tequila y esperé.

Hablaban de mujeres, de fútbol, de dinero. Y entonces, uno de ellos, el más borracho, soltó la lengua. —El viejo está paranoico. Quiere mover al escuincle al rancho de Valle de Bravo mañana mismo. Dice que aquí ya no es seguro porque el papá anduvo rondando. —¿Mañana? —preguntó otro—. ¿A qué hora? —A las cinco de la mañana. Quieren salir antes de que salga el sol. Van a usar la Suburban blindada y dos escoltas. Pura exageración para un pinche vaquero cojo.

Mi corazón dio un vuelco. Mañana. A las cinco. Se lo llevaban lejos, a otro estado. Si salían de Chihuahua, perderíamos el rastro para siempre. Me terminé el tequila de un trago, sintiendo cómo me quemaba la garganta, y salí de allí sin mirar atrás.

Mateo me esperaba en la esquina, en las sombras. —¿Y bien? —preguntó, ansioso. —Se lo llevan mañana —dije, recuperando el aliento—. A las cinco de la mañana. Lo mueven fuera del estado. Mateo, es nuestra única oportunidad. En la carretera.

Él me miró, y vi el miedo en sus ojos, pero también la resolución. —En la carretera… como ellos me hicieron a mí. —Sí. Pero esta vez, nosotros seremos los lobos.

Regresamos a nuestro escondite. Teníamos pocas horas. Teníamos pocas balas. Y teníamos un plan desesperado. Íbamos a emboscar un convoy blindado con un rifle de caza, una escopeta y un revólver viejo. Era una locura. Era imposible. Pero mientras limpiaba el Winchester 30-30 a la luz de la luna que se colaba por el techo roto, pensé en los ojos tristes de Luisito. Pensé en la tumba de Rogelio. Pensé en el cuerpo del hombre en mi patio. Ya no había vuelta atrás. Habíamos cruzado la línea.

—Elena —dijo Mateo en la oscuridad—. Si esto sale mal… si me matan… no intentes ser una heroína. Huye. Regresa a la sierra, escóndete donde nadie te encuentre. Prométemelo.

Lo miré fijamente, cargando el último cartucho en la recámara. El sonido metálico del cerrojo fue la única respuesta que necesitaba. —No prometo cosas que no puedo cumplir, Mateo. Mañana salimos los tres. O no sale ninguno.

El silencio de la noche nos envolvió, denso y pesado, cargado con la promesa de la violencia que traería el amanecer. La ciudad dormía, ajena al drama de dos almas rotas que afilaban sus colmillos en la oscuridad. La cacería estaba por comenzar.

PARTE FINAL: LA SANGRE AL AMANECER Y EL CAMINO SIN RETORNO

El horizonte de Chihuahua empezaba a teñirse de un violeta amoratado, como la piel golpeada de un boxeador que se niega a caer. Eran las cuatro y cuarenta de la madrugada. El frío del desierto no era como el de la sierra; el de la sierra te congela por fuera, te entumece, pero este frío seco de la planicie se te metía por la nariz y te secaba la garganta, dejándote un sabor a polvo y a miedo.

Estábamos agazapados detrás de un muro de contención de concreto, en un tramo de la carretera que salía hacia el sur, justo donde el asfalto nuevo se convertía en una pesadilla de baches y reparaciones olvidadas. Habíamos elegido este lugar porque obligaba a los vehículos a frenar casi por completo. Era nuestro cuello de botella. Nuestra trampa para lobos.

Miré a Mateo. A la luz de la luna menguante que se filtraba entre las nubes sucias, se veía más espectro que hombre. Su pierna herida estaba estirada en una posición incómoda, y aunque había intentado disimularlo caminando desde nuestro refugio en la construcción abandonada, sabía que el dolor lo estaba partiendo en dos. Pero sus ojos… sus ojos eran dos carbones encendidos fijos en el norte, esperando las luces que traerían su destino.

—¿Te queda fuerza en la mano? —le susurré, rompiendo el silencio sepulcral que solo interrumpía el silbido del viento.

Mateo asintió, apretando el mango de la escopeta recortada que habíamos rescatado del rancho. —Tengo fuerza para lo que hace falta, Elena. Si esos malnacidos creen que van a sacar a mi hijo del estado sin pelear, no saben con quién se metieron. —Su voz era rasposa, cargada con la misma determinación que mostró cuando me dijo que quemaría la casa de los Montemayor hasta los cimientos.

Revisé por décima vez el cargador de mi Winchester 30-30. Teníamos pocas balas. No podíamos darnos el lujo de fallar. Esto no era el rancho, donde si fallas el tiro el venado corre y tienes otra oportunidad mañana. Aquí, si fallábamos, moríamos. O peor, Luisito desaparecía para siempre en alguna mansión de Valle de Bravo , convertido en un trofeo para sus abuelos.

—Recuerda el plan —dije, tratando de que mi voz sonara firme, como la de la mujer brava que él decía que yo era —. Primero las llantas. Si es blindada, el motor. Tienen que detenerse. No dispares a los vidrios a menos que bajen. No queremos darle al niño.

—No le daré al niño —respondió él, ofendido por la sola sugerencia—. Pero al chofer le voy a volar la cabeza si hace un movimiento en falso.

El tiempo se estiró como un chicle. Cada minuto era una eternidad. Pensé en mi casa, en ese jacal que había abandonado con la puerta cerrada y el candado oxidado. Pensé en el cuerpo del ranchero tirado en mi patio , en la sangre en la nieve. Ya no había vuelta atrás. Había cruzado la línea. Ya no era la viuda respetable; era una mujer esperando en una carretera oscura para asaltar un convoy. Y, extrañamente, sentí una paz helada. La paz del que ya no tiene nada que perder.

De pronto, dos luces blancas, potentes como ojos de dragón, cortaron la oscuridad a lo lejos. —Ahí vienen —dijo Mateo. Se tensó como un resorte, olvidando el dolor de la pierna.

El convoy se acercaba rápido. Primero, un sedán gris, el coche “liebre” que va adelante revisando el camino. Detrás, la mole negra: la Suburban blindada que habíamos visto salir de la mansión.

—Deja pasar al primero —ordené—. Nos interesa la bestia grande.

El sedán pasó frente a nosotros, levantando una nube de polvo. Los ocupantes ni siquiera miraron hacia el montón de escombros donde nos escondíamos. Iban confiados. Se creían intocables. Entonces, la Suburban llegó al tramo de baches. Las luces de freno se encendieron, pintando el asfalto de rojo s*ngre. Disminuyeron la velocidad para pasar el vado.

—¡Ahora! —grité.

Me levanté por encima del muro de concreto, apoyé el rifle en el hombro y busqué la llanta delantera. El retroceso del 30-30 me golpeó con esa familiaridad brutal que me hizo sentir viva. El estruendo rompió la madrugada. La bala impactó, pero la llanta no reventó. Eran run-flat, reforzadas. M*ldita sea el dinero de los ricos. Pero el impacto asustó al conductor. Dio un volantazo brusco. La camioneta, pesada por el blindaje, se coleó en la grava suelta y golpeó contra el muro de contención con un chirrido de metal desgarrado que me puso los dientes de punta.

—¡Están parados! —gritó Mateo.

Se desató el caos. Del sedán que iba adelante, frenaron en seco y se bajaron dos hombres armados. Eran los escoltas, los mercenarios que se vendían al mejor postor. Empezaron a disparar hacia nuestra posición. Las balas picaban el concreto cerca de mi cabeza, soltando polvillo y esquirlas.

—¡Cúbreme! —le grité a Mateo.

Mateo se asomó con la escopeta y soltó un disparo tronador hacia el sedán. No le dio a nadie, pero el ruido y la lluvia de perdigones los obligó a agacharse detrás de las puertas del auto. —¡Salgan! —gritó Mateo con una furia que venía de las entrañas—. ¡Salgan o los matamos a todos!

La puerta de la Suburban no se abría. Estaban sellados adentro, seguros en su jaula de acero. Sabían que no podíamos entrar. Solo tenían que esperar a que se nos acabaran las balas o llegara la policía. Pero no contaban con la desesperación de un padre.

Mateo salió de la cobertura. Cojeando, arrastrando su pierna herida y mal cosida, corrió hacia la camioneta expuesto al fuego enemigo. —¡Mateo, no! —grité, disparando frenéticamente hacia el sedán para que no levantaran la cabeza.

Vi cómo una bala rozaba el brazo de Mateo, rompiendo la tela de su camisa vieja, pero él ni se inmutó. Llegó hasta la ventana del conductor de la Suburban y golpeó el vidrio blindado con la culata de su arma. —¡Abre la p*ta puerta! —rugió—. ¡Dame a mi hijo!

Desde adentro, vi el rostro pálido del chofer. Y detrás, en la oscuridad de la cabina, vi los ojos de la mujer elegante, la abuela, abiertos con terror. Ella sabía quién era él. Sabía que el “vaquero cojo” había venido a cobrar la deuda.

Los escoltas del sedán volvieron a disparar. Sentí un ardor repentino en el costado, como si me hubiera picado una avispa gigante. Me toqué y sentí humedad caliente. Una bala me había rozado las costillas. —¡Hijos de perra! —gruñí. Cargué otra bala. Apunté con cuidado, respirando entre el dolor. Uno de los escoltas asomó la cabeza. Disparé. El hombre cayó hacia atrás, soltando el arma. El otro escolta, al ver caer a su compañero, dudó. Esos hombres pelean por dinero, no por amor ni por convicción. Cuando la paga no vale la vida, corren. Y eso hizo. Se metió al sedán, dio la vuelta en “U” quemando llanta y huyó hacia la ciudad, abandonando a sus patrones.

El silencio volvió de golpe, pesado y humeante. Mateo seguía golpeando el vidrio. —¡Abre!

La mujer mayor debió dar la orden, o quizás el chofer entendió que ya no tenían protección. Los seguros botaron con un clac sonoro. Mateo abrió la puerta del conductor, sacó al hombre a tirones y lo tiró al suelo. El chofer, un tipo corpulento, levantó las manos. —¡No me mates, compa! ¡Solo hago mi jale! —¡Lárgate! —le gritó Mateo, apuntándole a la cara—. ¡Piérdete en el desierto!

El hombre no esperó segunda invitación. Salió corriendo hacia la oscuridad. Mateo se giró hacia el interior de la camioneta. La puerta trasera se abrió despacio. Ahí estaba. Luisito. El niño de seis años con el pelo oscuro. Estaba abrazado a una mochila de superhéroes, temblando. La abuela estaba a su lado, rígida, con esa soberbia de clase alta que ni el miedo podía borrar del todo.

—Te vas a arrepentir de esto, Valenzuela —siseó la mujer—. No vas a llegar lejos. Mi esposo te cazará hasta el fin del mundo.

Mateo ni la miró. Se agachó a la altura del niño. —Luis… —su voz se quebró, suave ahora, irreconocible—. Mijo… soy papá. El niño lo miró, confundido al principio, reconociendo la barba, los ojos, la voz que quizás recordaba de sueños o de antes de que se lo llevaran. —¿Papá? —susurró el niño—. ¿Viniste por mí? —Siempre, mijo. Siempre voy a venir por ti. Vámonos.

El niño soltó la mano de su abuela y se lanzó a los brazos de Mateo. Mateo lo cargó, enterrando la cara en el cuello de su hijo, sollozando sin vergüenza. Yo me acerqué, presionando mi herida con la mano. —Mateo, tenemos que irnos. Ya. La policía viene.

Él asintió. Bajó al niño, pero no lo soltó de la mano. —Sube adelante con él, Elena. Yo manejo. —¿Y la vieja? —pregunté, señalando a la señora Montemayor. Mateo la miró con una frialdad absoluta. —Bájese —dijo. —¿Qué? Estamos en medio de la nada. —Bájese. O la bajo yo.

La mujer, indignada, bajó de la camioneta, alisándose el abrigo caro. —Esto es un secuestro. —No —dijo Mateo, cerrando la puerta—. Esto es justicia. Usted se robó a mi hijo primero.

Subimos a la Suburban. El interior olía a cuero nuevo y a perfume caro, un contraste violento con nuestro olor a sudor, pólvora y sangre seca. Mateo pisó el acelerador y la camioneta rugió, alejándose del lugar, dejando atrás a la mujer rica y al cadáver del escolta en la carretera.

Conducimos en silencio durante una hora, alejándonos de la carretera principal en cuanto pudimos, tomando brechas de terracería que Mateo recordaba de sus tiempos de vaquero. El sol ya había salido por completo, iluminando el desierto con una luz dorada y cruel.

Miré a Luisito por el espejo retrovisor. Estaba dormido en el asiento trasero, agotado por el miedo. Se veía tan frágil, tan inocente en medio de esta guerra que habíamos desatado. Luego miré a Mateo. Tenía la camisa manchada de sangre nueva y vieja, la cara sucia, pero había una paz en su expresión que no había visto antes. —¿Estás bien? —le pregunté, notando cómo le temblaban las manos en el volante. —Mejor que nunca —dijo, y me sonrió. Una sonrisa de verdad—. ¿Y tú? Te vi agarrarte el costado. —Solo un rasguño. He tenido peores cortadas con el alambre de púas en el rancho.

Pero me dolía. Me dolía mucho. Y más me dolía saber que ya no había vuelta atrás. No podía volver a mi vida de antes. Mi nombre estaría en las noticias. “La viuda y el vaquero”, “Los secuestradores”. Don Pancho se llenaría la boca de razón en la tienda de abarrotes.

—¿A dónde vamos? —pregunté. Mateo miró el horizonte, hacia el oeste, donde la Sierra Madre se alzaba majestuosa y azul. —A donde los mapas no llegan, Elena. Al corazón de la Tarahumara. Conozco gente allá, comunidades que no hablan español y que no le abren la puerta a la policía ni a los ricos. Allá nos perderemos.

—¿Nos? —repetí la palabra, sintiendo su peso. Él me miró fugazmente, quitando la vista del camino un segundo. —Tú eres parte de esto, Elena. Eres parte de la manada ahora. Salvaste mi vida dos veces. Me ayudaste a recuperar a mi sangre. No te voy a dejar tirada.

Asentí, mirando por la ventana. El paisaje pasaba rápido, borroso. “Manada”. Me gustó la palabra. Siempre había sido una loba solitaria, aullando su dolor en una cabaña vacía. Ahora, tenía una manada. Extraña, rota, perseguida, pero una manada al fin.

Paramos al mediodía en un arroyo seco para descansar y revisar las heridas. La mía era superficial, la bala solo había surcado la piel sobre las costillas, pero la pierna de Mateo estaba mal. Muy mal. La infección avanzaba. —Tenemos que limpiarte eso bien o te la van a cortar —le dije, sacando el botiquín que habíamos comprado en la farmacia.

Mientras le curaba, Luisito se despertó. Se quedó mirando, con los ojos grandes. —¿Le duele? —preguntó el niño. —Un poco, mijo —dijo Mateo, apretando los dientes mientras yo vertía agua oxigenada—. Pero vale la pena. —¿Tú eres la señora que dispara? —me preguntó el niño. Me detuve un momento. “La señora que dispara”. Vaya título. —Soy Elena —le dije, suavizando la voz—. Soy amiga de tu papá.

El niño se acercó y, con una naturalidad que me rompió el corazón, puso su manita sobre el hombro de su padre. —Mi abuela dijo que estabas muerto. Que eras malo. Mateo tomó la mano de su hijo y la besó. —Los adultos dicen muchas mentiras, Luis. Pero yo nunca te dejé. Y nunca te voy a dejar.

Seguimos el viaje. Tardamos tres días en llegar a lo profundo de la sierra. Abandonamos la camioneta en un barranco, cubriéndola con ramas, y seguimos a pie los últimos kilómetros. Fue un calvario. Mateo se apoyaba en mí, y yo cargaba al niño cuando se cansaba. Comimos raíces, bebimos agua de manantial, dormimos bajo las estrellas abrazados para no morir de frío.

Finalmente, llegamos a un pequeño asentamiento rarámuri. Unas cuantas casas de madera y piedra colgadas en la ladera de una montaña que parecía tocar el cielo. Un hombre mayor salió a recibirnos. Mateo le habló en su lengua, algo que yo no sabía que él podía hacer. El hombre nos miró, vio al niño, vio nuestras heridas, y simplemente asintió.

Nos dieron una cabaña pequeña. Nos dieron maíz y frijoles. Y nos dieron lo más valioso: silencio y olvido.

Han pasado seis meses desde entonces. A veces, bajo al pueblo más cercano, a tres días de camino, para intercambiar artesanías por café y sal. Escucho las noticias. Dicen que buscan a una pareja de criminales peligrosos. Dicen que el empresario Montemayor ofrece una recompensa millonaria. Dicen que la viuda Elena se volvió loca y se unió a un cartel.

Que digan lo que quieran. Aquí arriba, el aire es limpio. Mateo ya camina sin bastón, aunque siempre cojeará un poco. Trabaja la tierra con los locales. Luisito corre por el monte con los niños rarámuris, hablando una mezcla de español y tarahumara, con las rodillas raspadas y una sonrisa que ya no se le borra. Ya no es el niño triste de la camioneta blindada.

Y yo… yo ya no soy la viuda que esperaba la muerte sentada en su mecedora. Ayer, Mateo me encontró limpiando el Winchester en el porche. Se sentó a mi lado, mirando el atardecer que teñía de rojo las barrancas. —¿Te arrepientes? —me preguntó. No era la primera vez que lo hacía. Miré mis manos. Manos ásperas, manos que habían curado, que habían matado, que habían acariciado. —Perdí mi casa —dije—. Perdí mi nombre. Perdí mi “decencia” ante los ojos del mundo. —Perdiste mucho —asintió él. —Pero gané —dije, mirándolo a los ojos, y luego mirando al niño que jugaba a lo lejos—. Gané saber quién soy. Y gané una familia.

Mateo me tomó la mano. Ya no sentí incomodidad. Sentí que encajaba. —Gracias, Elena. —Cállate, vaquero —le dije, sonriendo—. Mejor ve a traer leña. Se viene el frío.

Entré a la cabaña y dejé el rifle colgado cerca de la puerta. Está listo. Siempre está listo. Porque sé que algún día pueden venir. Los Montemayor, la policía, o los fantasmas del pasado. Pero esta vez, no me encontrarán sola. Esta vez, la manada peleará junta. Y si vienen por nosotros, descubrirán que en esta sierra, los lobos de dos patas somos más peligrosos que los de cuatro.

FIN

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