
El eco seco de la carne contra la carne silenció la pequeña fonda en un instante. Todo se detuvo. Incluso el llanto aterrorizado de mi pequeña Sofi, que perforó el silencio repentino, parecía lejano.
Me llamo Miguel Ángel. Tengo 42 años y, si me vieras, solo verías a un hombre con manos curtidas y mirada cansada, aferrado a una taza de café de olla. Desde que mi esposa Elena falleció de cáncer hace tres años, traer a Sofi a desayunar aquí los sábados es nuestro ritual sagrado. Ella coloreaba feliz, preguntándome si su mamá podía ver su dibujo desde el cielo. Yo solo quería paz.
Pero la paz se rompió cuando tres tipos entraron haciendo escándalo. El más grande, un sujeto rapado y lleno de tatuajes mal hechos, empezó a gritarle a la mesera, una chica jovencita que apenas podía sostener la charola del miedo.
—¡Oye! Llevamos diez minutos esperando. ¿Qué clase de servicio es este? —bramó, g*lpeando la barra.
Mi cuerpo seguía relajado en la silla, pero mis ojos cambiaron. Años de entrenamiento en operaciones especiales me enseñaron a evaluar amenazas en milisegundos. Eran solo bravucones de barrio que nunca habían enfrentado consecuencias reales.
—Papi, ¿por qué ese señor es tan malo? —me susurró Sofi. —Solo enfócate en tu dibujo, mi amor —le dije suavemente.
Entonces ocurrió el desastre. La mesera, nerviosa, tropezó y derramó un poco de café cerca de los pies del tipo.
—¿Me estás jodiendo? —rugió él, saltando de su asiento—. ¡Mira lo que le hiciste a mis tenis nuevos! ¡Valen más que tu vida!.
Un señor mayor en la mesa de al lado intentó defenderla: “Déjala en paz, fue un accidente”. El bravucón solo se burló: “Métete en tus asuntos, abuelo, antes de que te rompa la cadera”.
No pude más. Me levanté despacio. —Sofi, quédate aquí —le pedí.
Me acerqué con las manos abiertas, tranquilo. —El señor tiene razón. Fue un accidente. Deja que la chica limpie y todos desayunamos tranquilos —le dije con calma, pero con autoridad.
Él me miró de arriba abajo. Vio mi camisa de franela desgastada y mis jeans viejos. Asumió que yo no era nadie. —¿Otro héroe? —se rio, invadiendo mi espacio personal—. No recibo consejos de un papá fracasado que debería callarse la boca.
—Última oportunidad —le advertí, sintiendo ese viejo interruptor encendiéndose en mi cerebro—. Siéntate y disfruta tu comida.
Su cara se contorsionó de rabia. Sin previo aviso, lanzó su mano abierta y me soltó una b*fetada cruzada en plena cara. El sonido fue como un disparo. Mi cabeza apenas se movió. No parpadeé. No retrocedí.
Durante tres latidos del corazón, me quedé ahí parado, inmóvil. Lo que este tipo no sabía es que yo había soportado tortura durante 72 horas en misiones fallidas y había cargado compañeros heridos bajo fuego enemigo. Una cachetada de un civil no era nada.
Pero había cometido un error fatal. Me había tocado frente a mi hija.
Lo miré a los ojos, y por primera vez, vi el miedo nacer en los suyos.
—No debiste hacer eso… —susurré.
LO QUE SUCEDIÓ EN LOS SIGUIENTES 10 SEGUNDOS CAMBIÓ LA VIDA DE TODOS EN ESE LUGAR… ¿QUIERES VER CÓMO TERMINÓ ESTO?
PARTE 2: LA BESTIA QUE DORMÍA EN LA SOMBRA
Ese susurro, “No debiste hacer eso”, salió de mi garganta no como la voz de Miguel, el padre viudo que compra el mandado los domingos y ayuda con la tarea de matemáticas. No. Salió con el tono metálico y gélido del “Fantasma”, el nombre clave que me dieron hace una vida en la unidad de inteligencia, cuando mi única familia eran un rifle de asalto y cinco cabrones dispuestos a morir en la selva.
El tiempo, como solía pasar en las zonas de combate, se ralentizó. Es un efecto curioso de la adrenalina cuando tu cerebro ha sido recableado para la guerra. Podía ver las partículas de polvo flotando en los rayos de luz que entraban por la ventana de la fonda. Podía oler el sudor rancio del tipo, mezclado con una loción barata y el aroma metálico de su propia soberbia. Vi la sonrisa de sus dos compinches en la mesa, esos dos “lamebotas” que esperaban ver cómo el grandulón me molía a golpes. Todavía tenían las risas congeladas en sus rostros, ignorantes de que en los próximos segundos, sus vidas iban a cambiar drásticamente.
El tipo, al que llamaremos “El Gorila” por su falta de modales y exceso de masa muscular mal trabajada, intentó retirar su mano después de la cachetada. Ese fue su segundo error. El primero fue tocarme.
Mi mano izquierda, que parecía relajada a mi costado, se disparó con la velocidad de una serpiente. Mis dedos se cerraron alrededor de su muñeca. No fue un agarre de pelea de bar; fue una tenaza hidráulica. Sentí sus tendones bajo mi pulgar y presioné un punto de presión específico, justo donde el nervio se conecta.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El dolor no es inmediato en estos casos; primero viene la confusión, luego el shock eléctrico que recorre el brazo hasta la columna.
—¿Qué pedo…? —intentó decir, pero su voz se quebró.
No le di tiempo de procesarlo. Giré mi cadera, un movimiento sutil, casi invisible, y tiré de su brazo hacia abajo mientras impulsaba mi hombro derecho hacia su pecho. No quería matarlo. Si hubiera querido, le habría aplastado la tráquea en ese instante. Pero estábamos en un lugar público, mi hija estaba a tres metros. Solo quería neutralizar.
Se escuchó un crujido seco, desagradable, como cuando pisas una rama seca en el bosque. Su codo se hiperextendió. El grito que soltó no fue humano; fue el chillido agudo de un animal atrapado.
—¡Ahhhh! ¡Me rompiste el brazo, hijo de tu…! —aulló, cayendo de rodillas.
La fonda, que ya estaba en silencio, entró en un estado de vacío absoluto. Nadie respiraba.
Los dos amigos del Gorila reaccionaron tarde. Eran lentos, torpes, acostumbrados a intimidar a gente que se encoge de miedo, no a alguien que corre hacia el fuego. El primero, un tipo flaco con una gorra de béisbol hacia atrás, se lanzó hacia mí con una botella de cerveza en la mano.
—¡Suéltalo, cabrón! —gritó.
Solté al Gorila, dejándolo caer como un costal de papas lloriqueante, y di un paso lateral. El flaco pasó de largo, impulsado por su propia inercia. Aproveché su movimiento. Le puse el pie, una zancadilla infantil pero efectiva, y mientras caía, le di un empujón en la espalda. Se estrelló de cara contra la mesa donde estaba el señor mayor, quien, bendito sea, tuvo la lucidez de apartarse justo a tiempo. La botella se rompió, pero el flaco ya no se levantó; el golpe contra la madera lo había dejado viendo estrellas.
El tercero era el más peligroso. No porque fuera hábil, sino porque entró en pánico. Metió la mano en su mariconera cruzada al pecho. Conocía ese movimiento. Iba por un fierro. Una pistola.
Eso cambiaba las reglas. Ya no era una pelea de cantina; era una situación de tirador activo potencial.
Mi visión de túnel se cerró sobre él. No podía permitir que sacara el arma. Sofi estaba en la línea de fuego.
En dos zancadas estuve sobre él. Antes de que sus dedos pudieran siquiera rozar el metal frío de su arma, le conecté un golpe con la palma abierta en el plexo solar. El aire salió de sus pulmones en una explosión violenta. Se dobló sobre sí mismo, boqueando como un pez fuera del agua.
Lo tomé del cuello de la camisa y lo estampé contra la pared, levantándolo unos centímetros del suelo. Mi rostro estaba a milímetros del suyo.
—Si sacas eso —le susurré, con una voz tan baja que solo él pudo oírme—, te juro por lo más sagrado que te la haré tragar cargada. ¿Me entiendes?
El tipo asintió frenéticamente, con los ojos llenos de lágrimas y la cara roja por la falta de oxígeno. Le quité la mariconera, sentí el peso de la pistola dentro —una 9mm barata, probablemente sin seguro— y la arrojé lejos, detrás de la barra, donde cayó con un golpe sordo junto a la mesera aterrorizada.
—Guarda eso y llama a la policía —le dije a la chica sin mirarla.
Solté al tipo y cayó al suelo, tosiendo y arrastrándose lejos de mí.
Todo había durado menos de quince segundos.
Me quedé de pie en medio del caos. Mi respiración era controlada, rítmica: inhalar en cuatro tiempos, exhalar en cuatro. Mi corazón latía fuerte, pero no desbocado. Era el ritmo de la batalla, un ritmo que no había sentido en años y que, para mi horror, me resultaba tan familiar y reconfortante como una vieja canción de cuna.
Miré mis manos. No temblaban. Estaban firmes. Eso me asustó más que los tres delincuentes. La Bestia había despertado y tenía hambre.
Entonces, el sonido del mundo real regresó de golpe. El llanto del Gorila, que seguía en el suelo agarrándose el brazo inútil. Los murmullos de los comensales. Y luego, el sonido que me partió el alma.
—¿Papi?
Giré lentamente. Sofi estaba de pie junto a nuestra mesa. Sus colores estaban tirados en el suelo. No estaba llorando, pero sus ojos grandes y oscuros, tan parecidos a los de su madre, me miraban con una mezcla de confusión y terror absoluto. No miraba a los tipos en el suelo. Me miraba a mí.
Como si no reconociera al hombre que tenía enfrente.
—Sofi… —di un paso hacia ella, bajando las manos, tratando de suavizar mi postura, de volver a ser Miguel, el papá torpe.
Ella retrocedió un paso.
Ese pequeño movimiento, ese retroceso instintivo de mi propia hija, me dolió más que cualquier tortura que hubiera sufrido en el campo. Me dolió más que la bala que me rozó el hombro en Tamaulipas hace una década. Me dolió más que la quimioterapia de Elena.
Me había visto. Había visto lo que soy capaz de hacer. Había visto al monstruo que mantuve encadenado en el sótano de mi alma todos estos años.
—Vámonos, mi amor —dije, mi voz temblaba ligeramente ahora. No por miedo a los tipos, sino por miedo a perderla—. Recoge tu mochila. Nos vamos. Ahora.
Agarré su mano. Estaba fría. No se resistió, pero tampoco me apretó la mano de vuelta como solía hacerlo.
Caminé hacia la salida, arrastrándola suavemente. Pasamos junto al Gorila, que me miró con una mezcla de odio venenoso y dolor.
—Esto no se queda así, pendejo —escupió entre dientes, con el sudor perlando su frente—. No sabes quién es mi papá. Estás muerto. Tú y tu pinche escuincla están muertos.
Me detuve en seco. La puerta de la fonda estaba a dos metros. El sol de la calle se veía brillante y acogedor, pero las palabras del tipo trajeron una nube negra sobre mi cabeza.
Solté la mano de Sofi un segundo. —Espérame un segundo, mi vida. Tápate los oídos.
Me agaché junto al Gorila. Acerqué mi boca a su oído, ignorando el olor a miedo que emanaba.
—Escúchame bien, basura —le dije, y esta vez dejé que todo el peso de mis años en las fuerzas especiales, todas las muertes que cargaba en mi conciencia, fluyeran en mis palabras—. Si vuelves a mencionar a mi hija, si veo una sola sombra tuya cerca de ella, no voy a romperte un brazo. Voy a ir a tu casa, voy a entrar en tu cuarto mientras duermes, y vas a desaparecer. Y nadie, ni tu papá, ni la policía, ni el mismísimo diablo, te va a encontrar. ¿Entendiste?
El color desapareció de su rostro. No respondió. Solo tragó saliva.
Me levanté, tomé a Sofi y salimos a la calle.
El aire fresco de la mañana me golpeó la cara, pero no logró limpiar la sensación de suciedad que sentía por dentro. Caminamos rápido hacia mi vieja camioneta, una Ford Lobo del 2010 que había visto mejores días. Abrí la puerta del copiloto y subí a Sofi. Le abroché el cinturón de seguridad con manos que, ahora sí, empezaban a sentir el temblor de la adrenalina bajando.
—Papi… —susurró ella, mirando hacia el frente—. ¿Eres un superhéroe?
Me congelé. La inocencia de la pregunta era devastadora. —No, mi amor —le contesté, cerrando su puerta y corriendo hacia el lado del conductor—. Solo… solo soy tu papá. Y a veces los papás tienen que hacer cosas feas para cuidar a sus princesas.
Arranqué el motor. Rugió con ese sonido familiar que siempre me tranquilizaba, pero hoy sonaba como una cuenta regresiva.
Mientras conducía alejándome del barrio, mis ojos no dejaban de escanear los espejos retrovisores. Izquierda, derecha, central. Izquierda, derecha, central. Un patrón obsesivo. Buscaba motocicletas siguiendo, camionetas negras, cualquier señal de “cola”.
—Tengo hambre, papi. No desayunamos —dijo Sofi, rompiendo el silencio tenso dentro de la cabina.
—En la casa te hago unos huevitos, mi cielo. Con jamón, como te gustan. Pero tenemos que llegar rápido.
Mi mente trabajaba a mil por hora. “No sabes quién es mi papá”, había dicho el tipo. En México, esa frase es la moneda de cambio más peligrosa. Podía ser el hijo de un político corrupto, de un jefe de plaza local, o simplemente de un comerciante con dinero y pistoleros a sueldo. En cualquiera de los casos, yo ya no era anónimo. Había humillado a un “junior” en su territorio.
El código de honor de esa gente es torcido pero estricto: la sangre se paga con sangre. Y la humillación pública se paga con la muerte.
Llegamos a nuestra pequeña casa en las afueras. Es un lugar modesto, con un pequeño jardín que Elena amaba y que yo intentaba mantener vivo a duras penas. Metí la camioneta en la cochera y bajé el portón metálico. Solo cuando escuché el clack del seguro cerrándose, solté el aire que había estado conteniendo.
—Ve a lavarte las manos, Sofi. Pon la tele un rato.
Ella corrió a su cuarto, feliz de estar en su refugio, olvidando rápidamente la violencia, como solo los niños pueden hacerlo. Yo me quedé en la cocina, apoyado en la barra, mirando mis manos.
Estaban manchadas. No de sangre, pero sentía la grasa del tipo, su suciedad. Fui al fregadero y me las lavé con fuerza, frotando con el estropajo hasta que la piel se puso roja.
—Elena… —murmuré al vacío—. Perdóname. Te prometí que esto se había acabado. Te prometí que Sofi nunca vería este lado de mí.
Miré la foto de nuestra boda que colgaba en la sala. Elena sonreía, radiante, ajena al futuro, ajena al cáncer, ajena a que se casaba con una máquina de matar retirada.
“Cuídala, Miguel. Sé gentil. El mundo ya es demasiado duro, no necesita que tú seas duro también”, me había dicho en sus últimas semanas, cuando la morfina apenas le dejaba momentos de lucidez.
Había fallado. En menos de diez minutos, había tirado por la borda tres años de paz.
El teléfono de la casa sonó.
El sonido me hizo saltar. Nadie llamaba al teléfono fijo. Solo los vendedores de tarjetas de crédito o…
Lo dejé sonar tres veces. Cuatro.
Levanté el auricular lentamente, sin decir nada. Solo escuché.
Al otro lado, había silencio. Pero no un silencio vacío. Se escuchaba una respiración pesada, y de fondo, música de banda a bajo volumen.
—Bonita casa la de la calle Robles —dijo una voz rasposa. No era el Gorila. Era una voz más vieja, más tranquila. Una voz de mando—. Lástima que se vaya a quedar sola tan pronto.
Se me heló la sangre. Sabían dónde vivía. ¿Cómo? La placa de la camioneta. Alguien en la fonda debió anotarla o tomar una foto. O tal vez el Gorila ya me tenía ubicado de antes y yo, en mi estupidez de civil confiado, no me di cuenta.
—No sé de qué me hablas —dije, tratando de sonar como un ciudadano asustado.
—No te hagas el pendejo, “soldado”. Sí, ya sabemos quién eres. O quién eras. Miguel Ángel Rivas. Ex GAFE. Baja por deshonra… o eso dicen los papeles, aunque sabemos que fue para proteger a tus superiores, ¿verdad?
Mi historial. Tenían acceso a información. Esto no era un simple berrinche de barrio. Esto era crimen organizado con conexiones.
—Escúchame —dije, mi voz endureciéndose de nuevo—. Lo de hoy fue un malentendido. Tu muchacho agredió a mi hija. Cualquier padre hubiera…
—Mi muchacho es un idiota —interrumpió la voz—. Pero es mi idiota. Y tú lo dejaste como un perro lisiado frente a todo el pueblo. Eso tiene un costo, Miguel.
—¿Qué quieres? —pregunté, calculando mentalmente cuánto tiempo me tomaría empacar lo esencial.
—Quiero tu cabeza. Literalmente. La quiero en una hielera para ponerla en la mesa de mi patio. Tienes hasta que caiga el sol. Después de eso, soltamos a los perros. Y Miguel… si intentas correr, la niña paga el boleto.
Colgaron.
El tono de “tu-tu-tu” sonaba como un martillo en mi cabeza.
Miré el reloj de pared. Eran las 11:30 de la mañana. “Hasta que caiga el sol”. Tenía unas siete horas. Quizás menos si decidían no cumplir su propia palabra, lo cual era lo más probable.
Fui al cuarto de Sofi. Estaba viendo caricaturas, riéndose.
—Papi, ¿ya están los huevos?
La miré y sentí una oleada de amor tan fuerte que me dolió el pecho. Y luego, una oleada de determinación fría, absoluta.
No íbamos a correr. Si corría, nos cazarían en la carretera. Nos interceptarían en medio de la nada, y ahí no tendría dónde cubrir a Sofi. Aquí, en mi casa, conocía cada ángulo, cada tabla que crujía, cada punto ciego.
—Sofi, mi amor, cambio de planes —le dije, forzando una sonrisa—. Vamos a jugar a “El Fuerte”. ¿Te acuerdas?
Sus ojos se iluminaron. Era un juego que inventamos cuando había tormentas eléctricas y ella tenía miedo. —¡Sí! ¿Con colchas y almohadas en el sótano?
—Exacto. Pero esta vez es el Fuerte Supremo. Tienes que llevar tu tablet, tus audífonos y tus galletas favoritas. Y la regla más importante: no puedes salir ni quitarte los audífonos hasta que papá te dé la clave secreta. ¿Trato?
—¡Trato! —gritó, saltando de la cama.
La llevé al pequeño sótano que usábamos como bodega. Acomodé un espacio confortable entre cajas de decoraciones navideñas y herramientas viejas. Le puse una película, le ajusté los audífonos con cancelación de ruido —una inversión que hice pensando en sus problemas sensoriales, pero que ahora servía para algo mucho más siniestro— y le di un beso en la frente.
—Te amo, princesa. Eres lo más importante del universo.
—Yo también te amo, papi. ¿Tú vas a jugar?
—Yo voy a estar arriba cuidando el fuerte de los dragones —le dije.
Cerré la puerta del sótano. Le pasé el cerrojo pesado que había instalado yo mismo.
Subí las escaleras. Con cada escalón, Miguel el padre se iba quedando atrás, y el Fantasma tomaba el control total.
Fui a mi habitación. Me paré frente al armario y empujé la ropa de Elena, que aún guardaba porque no tenía el corazón para donarla. Al fondo, había un panel falso en la pared de madera. Lo quité con una ventosa que tenía escondida.
Ahí estaba. Mi pasado.
Una caja fuerte negra, digital. Marqué el código: la fecha de nacimiento de Elena, invertida.
El mecanismo hizo un zumbido y la puerta se abrió.
El olor a aceite de armas llenó la habitación. Era el perfume de la muerte.
Saqué mi vieja Sig Sauer P226. Pesada, confiable. Revisé el cargador: lleno. Balas de punta hueca. Saqué la escopeta táctica Mossberg 590. El sonido al cargarla —chack-chack— fue la declaración final de guerra. Y al fondo, envuelto en un paño de aceite, estaba mi cuchillo de combate. La hoja estaba desgastada, con marcas de uso que contaban historias que nadie debería escuchar.
Me quité la camisa de franela. Me quité los jeans viejos. Me puse mis pantalones cargo negros, mis botas tácticas que no había usado en tres años, y una camiseta térmica ajustada. Me coloqué el chaleco antibalas ligero que había “tomado prestado” al retirarme. Me ajusté la pistolera en el muslo y colgué el cuchillo en el pecho, con el mango hacia abajo para un desenfunde rápido.
Me miré en el espejo. El hombre que me devolvía la mirada no era el que desayunaba café de olla. Sus ojos estaban vacíos de compasión. Su mandíbula estaba tensa. Era un hombre diseñado para una sola cosa: erradicar amenazas.
—Querían al soldado —le dije a mi reflejo—. Pues aquí está.
Bajé a la sala. Empecé a preparar el terreno. Moví el sofá para crear cobertura. Rompí las bombillas de la entrada para que tuvieran que acercarse a oscuras si llegaban de noche. Esparcí vidrios rotos bajo las ventanas traseras.
Pasaron las horas. El sol empezó a bajar, pintando el cielo de un naranja sangriento, típico de los atardeceres mexicanos.
A las 6:45 PM, escuché el sonido.
Motores. Varios. No era el sonido de autos normales. Eran motores V8 potentes. Camionetas.
Me asomé por una rendija de la cortina.
Tres Suburbans negras bloquearon la calle. Se detuvieron frente a mi casa. Las puertas se abrieron al unísono.
Bajaron hombres. Muchos hombres. Conté ocho. No eran pandilleros de barrio con navajas. Estos traían chalecos, radios y armas largas. Cuernos de chivo. AR-15s.
El líder, un tipo canoso con sombrero y botas de piel de avestruz, se bajó de la camioneta central. Se paró en medio de la calle, con una arrogancia que solo da la impunidad.
—¡Rivas! —gritó el viejo—. ¡Sal como hombre y a lo mejor le perdonamos la vida a la niña!
Apreté el guardamanos de mi escopeta hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
“Perdonar”. Esa gente no conocía esa palabra. Si salía, nos mataban a los dos. Si me quedaba, nos mataban a los dos… a menos que yo los matara a todos primero.
Eran ocho contra uno. Ellos tenían rifles automáticos. Yo tenía una escopeta, una pistola y la ventaja del terreno. Ellos peleaban por dinero o miedo a su jefe. Yo peleaba por mi hija.
No era una pelea justa. Pobre de ellos.
Me alejé de la ventana y me posicioné en la sombra del pasillo.
—Ven por mí, cabrón —susurré.
El primer disparo rompió la ventana de la sala, esparciendo cristales por todos lados. El ruido fue ensordecedor.
La guerra había llegado a la calle Robles. Y yo estaba listo para convertir mi casa en un cementerio.
Pero entonces, algo pasó que no estaba en mis cálculos.
Mi celular vibró en mi bolsillo. No el de la casa, mi celular personal. Lo saqué rápido, sin quitar la vista de la puerta principal. Un número desconocido.
Contesté, sin hablar.
—Teniente Rivas —dijo una voz femenina, distorsionada, digitalizada—. Sabemos que está en una situación comprometida. Tiene ocho hostiles en su perímetro. El Cártel de los Rojos.
—¿Quién habla? —pregunté, confundido.
—Alguien que no ha olvidado lo que hizo en la Operación Serpiente Negra en 2018. Usted nos salvó. Ahora nos toca a nosotros. Resista tres minutos. El apoyo está en camino. Y Teniente… agache la cabeza.
¿Apoyo? ¿Después de tres años? ¿Quién demonios…?
Antes de que pudiera procesarlo, el frente de mi casa explotó. No por las armas de los narcos, sino porque ellos habían lanzado una granada aturdidora por la ventana rota.
El destello me cegó. El sonido me dejó sordo.
Caí al suelo, aturdido. Sentí la puerta principal ser derribada de una patada. Pasos pesados entraron corriendo.
—¡Búsquenlo! ¡Maten al perro! ¡Traigan a la niña!
Me arrastré hacia atrás, parpadeando para recuperar la visión. Veía sombras moviéndose. Levanté la escopeta. Disparé a la primera sombra. Un grito. Cayó.
Quedaban siete.
Pero mi visión estaba borrosa. Mi equilibrio fallaba. —Sofi… —gemí, tratando de ponerme de pie.
Una bota me golpeó en las costillas, sacándome el aire. Alguien me arrancó la escopeta de las manos. Sentí el cañón frío de un rifle presionando mi frente.
—Se acabó el juego, Fantasma —dijo la voz del viejo, riendo—. Saluda a San Pedro.
Cerré los ojos, esperando el final. Fallé. Le fallé a Elena. Le fallé a Sofi.
Pero el disparo nunca llegó.
En su lugar, escuché un zumbido extraño afuera. Creciente. Como un enjambre de avispas gigantes. Y luego, una luz roja, un láser, cruzó la sala llena de humo y se posó en el pecho del viejo.
—¿Qué chingad…? —empezó a decir él.
La pared detrás de él estalló hacia adentro.
No eran policías. No era el ejército. Lo que entró por esa pared se movía con una velocidad que no era humana.
La batalla por mi vida acababa de terminar. La batalla por mi alma apenas comenzaba.
PARTE 3: LA DEUDA DE SANGRE Y EL DIABLO VESTIDO DE NEGRO
El tiempo no se detuvo, como suele decirse en las películas baratas. Al contrario, el tiempo se aceleró, se comprimió y estalló en mil pedazos de escombros y ruido blanco. La pared, esa estructura sólida que yo mismo había resanado hace dos veranos, dejó de existir en una fracción de segundo.
El polvo de yeso y concreto llenó el aire como una neblina densa y asfixiante, picando en la garganta y cegando los ojos. Pero no fue el polvo lo que me hizo encogerme en el suelo, protegiéndome la cabeza con los brazos, ignorando el dolor punzante en mis costillas rotas. Fue la onda expansiva, una bofetada de presión que sacudió los cimientos de la casa y, muy probablemente, los del infierno mismo.
El viejo del sombrero, ese cacique arrogante que segundos antes se reía de mi inminente muerte, ya no se reía. De hecho, ya no hacía nada. A través del zumbido ensordecedor que me había dejado la explosión —un tinnitus agudo que perforaba mi cerebro—, alcancé a ver su silueta. O lo que quedaba de ella. El láser rojo que había marcado su pecho no era una advertencia; era una sentencia ejecutada por Dios sabe qué tecnología. Había caído hacia atrás, como un títere al que le cortan las cuerdas, sepultado bajo los restos de mi sala.
Entonces, el zumbido cambió. Ya no era el pitido en mis oídos. Era un sonido externo, mecánico, vibrante. Zzzzzzt. Zzzzzzt.
Levanté la vista, con los ojos llorosos por el polvo y la cal.
Lo que entró por el boquete de la pared no eran hombres. Al menos, no parecían hombres a primera vista. Eran sombras. Tres figuras vestidas con un equipo táctico que hacía que mi viejo chaleco antibalas pareciera un babero de bebé. Negro mate, polímero reforzado, cascos integrales que cubrían cada centímetro de piel, con visores que brillaban con una luz azul pálida, fría y calculadora.
No caminaban; se deslizaban.
Los sicarios que quedaban vivos, esos siete matones que habían estado a punto de ejecutarme, intentaron reaccionar. El instinto de supervivencia de la “maña” es fuerte, como el de las cucarachas, pero ante esto, eran lentos. Patéticamente lentos.
Uno de los tipos, el que me había quitado la escopeta, levantó el arma, gritando algo que no pude escuchar. Antes de que su dedo pudiera siquiera tensar el gatillo, dos cosas sucedieron simultáneamente. Primero, un zumbido agudo cruzó el aire sobre mi cabeza. Vi, por una fracción de segundo, un objeto pequeño, del tamaño de un colibrí pero hecho de metal oscuro y rotores silenciosos. Un dron. El aparato se estrelló contra la cara del sicario y detonó. Una explosión pequeña, contenida, quirúrgica. La cabeza del hombre se sacudió violentamente hacia atrás en una nube roja y cayó fulminado.
Los otros dos operadores —si es que podía llamarlos así— avanzaron. Se movían en perfecta sincronía, cubriendo ángulos que yo apenas podía procesar en mi estado. Pam-pam. Pam-pam. Disparos silenciados. No sonaban como disparos, sonaban como estornudos metálicos.
Vi a uno de los hombres del cártel intentar correr hacia la cocina. Uno de los “espectros” negros simplemente levantó una mano, apuntó con una pistola que parecía sacada de una película de ciencia ficción, y disparó una sola vez. El sicario se desplomó a mitad de la carrera, con un agujero limpio en la nuca.
Fue una masacre. No, fue una limpieza. Eficiente, desapasionada, brutal.
En menos de diez segundos, los siete hombres armados que habían invadido mi santuario estaban muertos. No había heridos gimiendo, no había súplicas. Solo cadáveres enfriándose sobre el piso de loseta que Elena había escogido con tanta ilusión.
El silencio regresó, más pesado que antes. El polvo comenzó a asentarse, cubriendo los cuerpos y los muebles rotos con una capa gris fantasmal.
Yo seguía en el suelo, con la respiración entrecortada. El dolor en las costillas era un fuego vivo cada vez que inhalaba, pero mi mente, esa vieja computadora militar, estaba tratando de reiniciar el sistema. ¿Quiénes eran? ¿Por qué?
Una de las figuras, la que parecía liderar la formación, se acercó a mí. Sus botas pesadas crujieron sobre los vidrios rotos. Se detuvo a un metro. Me sentí pequeño, vulnerable, una sensación que detesto con cada fibra de mi ser. Intenté levantarme, apoyándome en un codo, pero el dolor me hizo gruñir.
La figura se llevó la mano al casco y presionó un botón lateral. El visor se retrajo con un siseo hidráulico, revelando el rostro de una mujer.
Tendría unos treinta y cinco años. Piel morena clara, ojos de un color ámbar intenso que parecían ver a través de mi alma, y una cicatriz fina que cruzaba su labio inferior hasta la barbilla. Su cabello estaba recogido en una trenza apretada, pegada al cráneo.
La reconocí. No por la cara, sino por la mirada. Esa mirada de quien ha visto el infierno y ha decidido comprarse una casa de verano allí.
—Teniente Rivas —dijo. Su voz era la misma del teléfono, pero ahora sin la distorsión digital. Era firme, autoritaria—. Se ve usted de la chingada, con todo respeto.
Tosí, y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca. —¿Quién…?
—Comandante Isabela Vargas. Clave: Víbora —respondió, extendiéndome una mano enguantada. No era un gesto de amabilidad, era una orden implícita de levantarme—. Operación Serpiente Negra. Sierra Madre Occidental, 2018. Usted me sacó de un agujero lleno de ratas cuando mi unidad fue emboscada. Me cargó tres kilómetros con una pierna rota.
La memoria me golpeó. La selva, la humedad, el olor a carne quemada. Una joven cabo de inteligencia, atrapada bajo fuego de mortero. Sí. La recordaba. Pero la chica que recordaba estaba aterrorizada. La mujer que tenía enfrente era acero puro.
—Vargas… —murmuré, aceptando su mano. Me jaló hacia arriba con una fuerza sorprendente. Me tambaleé, y ella me sostuvo del brazo sin titubear—. Pensé que habías dejado el servicio.
—Y lo hice —dijo, mirando alrededor de la sala destruida con ojo crítico—. Todos lo hicimos. Ahora trabajamos para alguien que paga mejor y hace menos preguntas. Se llama “Grupo Égida”. Contratistas privados de seguridad e inteligencia.
—Mercenarios —corregí, escupiendo sangre al suelo.
—Especialistas en resolución de conflictos asimétricos —replicó ella con una media sonrisa cínica—. Llámelo como quiera, Teniente. Acabamos de salvarle el pellejo.
—La niña… —la realidad me golpeó como un mazo. Sofi. El sótano.
Me solté de su agarre, ignorando el vértigo que amenazaba con tirarme de nuevo. —¡Sofi! —grité, aunque mi voz salió rasposa y débil.
—Tranquilo —Vargas se interpuso en mi camino—. Mis hombres ya aseguraron el perímetro. Nadie va a entrar ni salir. Pero tenemos que movernos. Los Rojos tienen halcones en toda la colonia. Saben que hubo disparos. La policía local, que está en su nómina, tardará cinco minutos en llegar. Si nos encuentran aquí, será una guerra que no podemos ganar en zona urbana.
—No me voy sin mi hija —gruñí, empujándola levemente. Fue como empujar una pared de ladrillos.
—Nadie dijo que la dejáramos. Pero escúcheme bien, Rivas —su tono se endureció—. Mire su sala. Mire esos cuerpos. ¿Quiere que su hija vea esto? ¿Quiere que camine sobre la sangre de estos cabrones?
Miré a mi alrededor. Tenía razón. La escena era dantesca. Sangre, sesos, destrucción. Si Sofi veía esto, la cicatriz en su mente sería imborrable. Ya era bastante malo que supiera que “papá hace cosas feas”. Ver la carnicería era otro nivel.
—¿Qué propones? —pregunté, sintiendo la impotencia quemarme más que las heridas.
—Tenemos una salida trasera. Mis hombres prepararán un corredor visual. La sacaremos con una manta térmica, estilo “juego de escondidas”. Usted la carga. Nosotros lo cubrimos. Pero tiene que ser ya.
Asentí. La adrenalina estaba bajando, dejando paso a un dolor sordo y constante en todo el cuerpo, pero tenía que aguantar. Por Sofi.
Caminé hacia la puerta del sótano, pasando por encima del cuerpo del viejo del sombrero. Sentí una satisfacción oscura al pisar su mano inerte. Que te pudras, pensé.
Quité el cerrojo con manos temblorosas. Abrí la puerta.
El aire fresco y húmedo del sótano subió a recibirme. La luz de la tablet de Sofi iluminaba su pequeño rostro en la oscuridad. Tenía los audífonos puestos, esos grandes audífonos morados con cancelación de ruido. Estaba comiendo una galleta, totalmente absorta en su película.
Bajé los escalones despacio, tratando de no hacer muecas de dolor.
—¿Papi? —ella se quitó un auricular al verme. Me miró extrañada—. ¿Por qué estás tan sucio? ¿Y qué fue ese ruido? Sonó como un trueno muy fuerte.
Me arrodillé frente a ella. Mi cara estaba cubierta de polvo y sangre seca, pero intenté sonreír. Debí parecer un payaso de pesadilla.
—El fuerte de los dragones se cayó, mi amor —le dije, inventando sobre la marcha—. Tuvimos que… tuvimos que romper algunas paredes para sacar a los dragones malos. Pero ganamos.
—¿Ganamos? —sus ojos brillaron con inocencia. Dios, cómo dolía esa inocencia.
—Sí. Pero ahora tenemos que ir a una base secreta nueva. El Fuerte ya no es seguro. Y tenemos que hacerlo en modo “ninja invisible”.
Sofi asintió solemnemente. Le encantaban nuestros juegos de espías.
—¿Tengo que ponerme la manta de invisibilidad?
—Exacto.
Saqué una manta vieja que teníamos guardada allí. En ese momento, Vargas bajó las escaleras. Sofi se tensó al ver a la mujer desconocida con el traje negro y las armas enfundadas.
—¿Quién es ella? —preguntó Sofi, agarrando mi brazo con fuerza.
—Ella es… una amiga. La Capitana Marvel, pero en versión secreta —dije.
Vargas, para mi sorpresa, se agachó y se quitó el casco por completo, dejándolo en el suelo. Su rostro duro se suavizó un poco. —Hola, Sofi. Tu papá me llamó para ayudarnos a mudarnos. Soy Isa. ¿Lista para la misión?
Sofi la evaluó con la seriedad de un juez de la suprema corte. Finalmente, asintió.
Envolví a Sofi en la manta, asegurándome de cubrir su cabeza de tal manera que solo pudiera ver mi pecho. La cargué en brazos. El peso extra hizo que mis costillas gritaran, un alarido de agonía interna que me mordí en la lengua hasta sangrar.
—Vámonos —le dije a Vargas.
Subimos. Al llegar a la planta baja, vi que los otros dos operadores habían hecho algo impresionante. Habían movido un mueble grande y usado unas sábanas para bloquear la vista directa de los cadáveres más cercanos a la salida trasera. Era un gesto de humanidad que no esperaba de asesinos profesionales.
Salimos al patio trasero. La noche ya había caído por completo. El aire estaba frío.
Allí, estacionado en el callejón de servicio, había un vehículo que parecía una bestia. Una camioneta blindada, negra mate, sin placas, con el motor en marcha emitiendo un ronroneo bajo y poderoso.
—Adentro, rápido —ordenó Vargas.
Uno de los operadores abrió la puerta trasera deslizante. Me subí con Sofi en brazos, protegiendo su cabeza al entrar. El interior olía a cuero nuevo y electrónica. Había pantallas, equipos de comunicación y un kit médico desplegado.
Vargas subió detrás de mí. Los otros dos hombres se quedaron afuera unos segundos más, escaneando el perímetro con sus visores nocturnos, antes de subir y cerrar la puerta blindada con un golpe seco que nos aisló del mundo.
—¡Muévanse! —ordenó Vargas al conductor, un cuarto hombre que no había visto.
La camioneta arrancó, no con un rechinido de llantas, sino con una aceleración suave y contundente. Sentí cómo nos alejábamos de mi casa, de mi vida, de los recuerdos de Elena, de todo lo que había intentado construir sobre las cenizas de mi pasado. Todo se quedaba atrás, manchado de sangre y pólvora.
Sofi se removió en mis brazos. —Papi, ¿ya puedo ver?
—Todavía no, cielo. Espera un poquito más.
Vargas me miró desde el asiento de enfrente. Abrió un maletín médico y sacó unas tijeras. —Tengo que revisar esas costillas, Rivas. Y tienes un corte en la ceja que necesita sutura.
—Estoy bien —mentí por costumbre.
—No, no lo estás. Estás en shock y lleno de adrenalina. Cuando eso baje, vas a desear estar muerto. Déjame trabajar.
Con cuidado, sin soltar a Sofi del todo, dejé que Vargas cortara mi camiseta térmica. Sus manos eran rápidas y profesionales. Me aplicó un gel frío en el costado y vendó mi torso con fuerza. El alivio fue inmediato, aunque el dolor seguía ahí, latente.
—¿A dónde vamos? —pregunté, mirando por la ventanilla tintada. La ciudad pasaba como borrones de luz. No íbamos hacia el centro, íbamos hacia la carretera federal.
—A un lugar seguro. Una casa de seguridad de la empresa en la sierra. Inaccesible por tierra si no sabes el camino, protegida por sistemas antiaéreos y vigilancia satelital. Ahí nadie los va a tocar.
—¿Por qué? —insistí, mirándola a los ojos—. Me salvaste la vida en el 2018, está bien. Deuda pagada. Pero esto… —señalé el equipo, la camioneta, los hombres armados— esto cuesta una fortuna. Grupo Égida no es una caridad. ¿Qué quieren de mí?
Vargas suspiró y sacó una botella de agua, dándole un trago largo antes de ofrecérmela. Bebí con avidez.
—Tienes razón, Miguel. Nada es gratis. La operación de extracción fue autorizada por el Directorio porque te necesitamos. Pero no te engañes, yo empujé la autorización. El algoritmo de la empresa te tenía marcado como “activo inactivo de alto valor”. Cuando las comunicaciones del cártel interceptadas indicaron que iban por ti, se activó una alerta.
—¿Activo de alto valor? —solté una risa amarga—. Soy un viudo que vende seguros y repara muebles.
—Eres el Fantasma —dijo ella, y el uso de mi viejo nombre clave hizo que la temperatura en la camioneta bajara unos grados—. Eres el único especialista en infiltración profunda que ha sobrevivido a tres tours en la zona roja de Michoacán y Guerrero sin perder la cabeza… del todo. Y tienes algo que nosotros no tenemos.
—¿Qué?
—Conocimiento. No de tácticas, sino de personas. Conoces a “El Carnicero”.
El nombre me golpeó más fuerte que la patada en las costillas. El Carnicero. Nemesio Salgado. El hombre que había convertido el norte del país en un cementerio personal hace una década. El hombre que yo había jurado cazar y que se me escapó entre los dedos en una operación fallida que costó la vida de mi mejor amigo. Se suponía que estaba muerto. Se suponía que murió en un bombardeo en 2019.
—Está muerto —dije, sintiendo un frío en el estómago.
—Eso creíamos todos —Vargas sacó una tablet y me mostró una foto granulada, tomada desde mucha distancia, probablemente por un dron de gran altitud—. Esta foto es de hace tres días. En una finca cerca de Culiacán.
Miré la imagen. Era él. Más viejo, con más peso, pero esos ojos… esos ojos de reptil eran inconfundibles. Estaba sentado en una terraza, bebiendo algo, rodeado de guardias.
—El Cártel de los Rojos, los idiotas que atacaron tu casa hoy, son solo una franquicia. El Carnicero está unificando las plazas. Está construyendo un ejército, Miguel. Y no un ejército de narcos con cuernos de chivo. Está contratando ex-militares, mercenarios extranjeros. Se está preparando para algo grande. Un golpe de estado al crimen organizado nacional.
—¿Y qué tengo que ver yo? —pregunté, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
—Tú conoces sus rutinas. Conoces cómo piensa. Estuviste infiltrado en su anillo de seguridad seis meses en 2015. Sabes dónde esconde su dinero, sabes sus paranoias. La empresa ha sido contratada por… digamos, “intereses internacionales” para neutralizarlo antes de que desestabilice toda la región.
Cerré los ojos, recargando la cabeza en el asiento. Sofi se había quedado dormida en mi regazo, ajena a que su padre estaba siendo reclutado de nuevo para la guerra.
—No —dije—. Tengo una hija. Lo de hoy… fue defensa propia. Pero no voy a volver a cazar. No voy a dejarla sola.
Vargas me miró con una mezcla de lástima y dureza. —Miguel, despierta. Ya no tienes opción. Los Rojos saben quién eres. El Carnicero, cuando se entere de que masacraron a una de sus células en tu casa, sabrá quién eres. Tu cara va a estar en cada grupo de WhatsApp de sicarios desde Tijuana hasta Tapachula. Ya no hay “vida normal” para ti. Esa casa en la calle Robles ya no existe. Tu trabajo ya no existe.
Sus palabras eran crueles, pero verdaderas. La verdad siempre es la primera baja en la guerra, pero aquí estaba, desnuda y fea frente a mí. Había cruzado una línea. Al romperle el brazo a ese bravucón en la fonda, había tirado la primera ficha de un dominó que no pararía hasta aplastarnos.
—Si nos ayudas —continuó Vargas, suavizando la voz—, Grupo Égida te ofrece protección total. Nueva identidad para ti y para Sofi. Reubicación en Canadá o Europa. Una vida real, Miguel. Una donde ella pueda crecer sin miedo a que un día papá no regrese. Pero tienes que darnos a El Carnicero.
Miré a Sofi. Su respiración era tranquila, rítmica. Su mano pequeña aferraba mi camisa manchada de sangre. Lo haría por ella. Mataría a todo el mundo si fuera necesario para que ella estuviera a salvo. Si la única forma de garantizar su futuro era sumergirme una última vez en el fango, lo haría.
—Si algo le pasa a ella… —empecé a decir, mi voz vibrando con una amenaza letal.
—Te doy mi palabra. Y sabes que mi palabra vale más que mi vida —dijo Vargas.
El viaje continuó en silencio. Salimos de la ciudad y entramos en la oscuridad de la carretera. Vi las luces de los pueblos pasar, pequeñas islas de humanidad en un mar de negrura.
Pensé en Elena. Pensé en su súplica de ser gentil. “Lo intenté, amor”, le dije en mi mente. “Lo intenté con todas mis fuerzas. Pero el mundo no quiere gentileza. El mundo quiere sangre”.
Después de dos horas, la camioneta salió de la carretera principal y tomó un camino de terracería. El vehículo se sacudía, pero la suspensión absorbía lo peor. Subimos por la ladera de una montaña. De pronto, unos portones enormes de acero aparecieron de la nada, camuflados entre la vegetación. Se abrieron automáticamente al detectar el transponder de la camioneta.
Entramos en un complejo amurallado. Había luces potentes, torres de vigilancia, perros pastores belgas patrullando con sus entrenadores. Parecía una fortaleza medieval con tecnología del siglo XXI.
La camioneta se detuvo frente a una casa principal estilo hacienda, grande y elegante.
—Llegamos —anunció el conductor.
La puerta se abrió. Vargas bajó primero. Yo la seguí, cargando a Sofi que apenas se despertó, aturdida.
—¿Ya llegamos al fuerte nuevo? —preguntó ella, frotándose los ojos.
—Sí, princesa. Mira. Es un castillo —le dije, señalando la casa.
—¡Wow! —exclamó ella, olvidando el sueño—. ¿Tienen alberca?
—Seguro que sí —dijo Vargas, sonriéndole—. Ven, Sofi. Hay chocolate caliente y galletas adentro.
Entramos. El interior era lujoso, con muebles de piel y obras de arte. Pero yo notaba los detalles: ventanas con vidrio blindado de dos pulgadas, cámaras en cada esquina, sensores de movimiento. Era una jaula de oro.
Una mujer mayor, con uniforme de empleada doméstica pero con la mirada atenta de quien también ha recibido entrenamiento, se acercó. —Llevaré a la niña a su habitación. Ya está preparada. Ropa limpia, juguetes. Estará bien, señor.
Dudé. No quería soltarla. Sentía que si la soltaba, desaparecería.
—Ve, Miguel —dijo Vargas—. Necesitas una ducha, comida y que un médico de verdad te revise eso. Ella estará segura aquí. Es el lugar más seguro de México esta noche.
Me agaché y abracé a Sofi. —Ve con la señora, mi amor. Descansa. Mañana exploramos el castillo.
—Buenas noches, papi superhéroe —me susurró ella al oído.
La vi subir las escaleras, pequeña y frágil en ese entorno tan grande y peligroso. Cuando desapareció en el pasillo, sentí que me quitaban el aire.
Me giré hacia Vargas. La máscara de padre cayó. El Fantasma estaba de vuelta, completo.
—Bien —dije, y mi voz sonó como grava triturada—. ¿Dónde está el equipo? Quiero ver la inteligencia que tienen sobre Salgado.
Vargas asintió, satisfecha. —Primero, te curamos. Luego, planeamos la guerra. Sígueme.
Me llevó a un ala médica en la planta baja. Un doctor me atendió. Me limpiaron las heridas, me suturaron la ceja (seis puntos), y me vendaron las costillas adecuadamente. Me dieron analgésicos fuertes, pero mi mente estaba demasiado acelerada para que hicieran efecto completo.
Luego, una ducha caliente. El agua se llevó el polvo, la cal y la sangre seca de los demás. Vi el agua roja arremolinarse en el desagüe. Me miré en el espejo del baño. Mi cuerpo estaba lleno de cicatrices. Mapa de una vida violenta. Ahora tenía unas cuantas más.
Me vistieron con ropa limpia: pantalones tácticos, una camiseta gris. Me sentía extraño sin mi propia ropa, como si fuera un prisionero, pero al mismo tiempo, me sentía listo.
Fui a la sala de operaciones, un cuarto lleno de pantallas y mapas digitales. Vargas estaba allí, junto con otros dos hombres que no conocía.
—Él es Rivas —presentó Vargas.
Los hombres asintieron con respeto. Sabían quién era. Las leyendas corren rápido en este submundo.
—Tenemos un problema, Teniente —dijo Vargas, señalando un mapa de la región—. Hace veinte minutos interceptamos una llamada. Alguien sobrevivió en tu casa.
Me tensé. Imposible. Los vi caer a todos. —¿Quién?
—El chofer de una de las camionetas. Se quedó atrás, vio llegar a mi equipo y huyó a pie antes de que aseguráramos el perímetro. Ya reportó a sus superiores.
—¿Qué reportó?
—Que un comando negro aniquiló a su gente. Y que tú te fuiste con ellos.
Maldición.
—Eso confirma que no estás solo —continuó Vargas—. Pero también acelera las cosas. El Carnicero no es tonto. Sabrá que Grupo Égida está involucrado. Sabe que vamos por él.
—Entonces perdimos el factor sorpresa —dije, analizando el mapa.
—No del todo. Él cree que te rescatamos para esconderte. No cree que seas tan estúpido como para venir a buscarlo a su propia guarida.
Me acerqué a la mesa. Vi la ubicación de la finca de Salgado. Estaba en una zona montañosa, rodeada de selva baja. Difícil acceso.
—No soy estúpido —dije, trazando una línea imaginaria con mi dedo en el mapa—. Soy vengativo.
Vargas sonrió. Una sonrisa depredadora. —Ese es el espíritu. Tenemos 48 horas antes de que él mueva su campamento. Tenemos que golpear rápido y duro. ¿Estás dentro, Miguel?
Pensé en la bofetada en la fonda. Pensé en la amenaza al oído de Sofi. Pensé en el miedo en los ojos de mi hija. Y pensé en todos los años que pasé tratando de ser un hombre bueno, solo para que el mal viniera a tocar a mi puerta de todos modos.
Quizás Elena estaba equivocada. Quizás el mundo no necesita hombres gentiles. Quizás el mundo necesita monstruos que devoren a otros monstruos para que los inocentes puedan dormir.
—Dame un rifle y un mapa detallado —dije, sintiendo cómo el último vestigio de Miguel Ángel Rivas, el vendedor de seguros, se desvanecía en la oscuridad—. Vamos a cazar.
Vargas asintió y sacó una botella de tequila de un cajón. Sirvió dos vasos. —Por los viejos tiempos. Y por la sangre nueva.
Tomé el vaso. El líquido ámbar quemó al bajar, un fuego que igualaba el que sentía en el pecho.
Miré por la ventana hacia la oscuridad de la sierra. Allá afuera, en algún lugar, El Carnicero estaba respirando. Disfruta tus últimos tragos de aire, viejo amigo, pensé. Porque el Fantasma ya no está encadenado. Y esta vez, no voy a fallar.
La noche era profunda y silenciosa, pero para mí, sonaba a tambores de guerra.
PARTE FINAL: EL JUICIO DEL FANTASMA Y EL AMANECER DE SANGRE
El zumbido de las aspas del helicóptero Black Hawk modificado cortaba el aire denso de la madrugada como una navaja gigante. Estábamos volando bajo, rozando las copas de los árboles de la Sierra Madre Occidental, en esa zona nebulosa donde Sinaloa se funde con Durango y donde la ley de Dios deja de existir para dar paso a la ley del plomo.
Miré mis manos enguantadas. Aferraban un rifle de asalto HK416 con supresor integrado y mira térmica, una belleza de ingeniería alemana que costaba más que mi camioneta y mi casa juntas. Pero no eran las armas lo que me preocupaba. Era el silencio.
Isabela Vargas, “Víbora”, estaba sentada frente a mí. La luz roja del interior de la cabina iluminaba su rostro estoico. A su lado, los dos operadores que habían limpiado mi sala, a los que ahora conocía por sus indicativos: “Cuervo” y “Mazo”. Hombres de pocas palabras y mucha violencia.
—Tres minutos para la zona de aterrizaje —anunció el piloto por el intercomunicador. Su voz sonaba metálica y distante.
—Repasemos una última vez —dijo Vargas, su voz compitiendo con el rugido del motor—. La inteligencia de drones confirma movimiento pesado en el perímetro norte. El Carnicero sabe que alguien viene, pero no sabe por dónde. El escape del chofer en tu casa lo puso paranoico, y un narco paranoico comete errores.
Asentí, ajustándome el chaleco táctico sobre las costillas vendadas. El dolor seguía ahí, un latido sordo y constante, pero los analgésicos militares que me habían inyectado en la base mantenían a raya lo peor. Mi mente estaba clara, fría, enfocada. El “Fantasma” había tomado el control absoluto del cuerpo de Miguel Ángel Rivas.
—El objetivo principal es la neutralización de Nemesio Salgado —continuó Vargas—. Objetivos secundarios: asegurar sus servidores de datos y salir con vida. Reglas de enfrentamiento: Si lleva arma, se muere. Si se interpone en el camino, se muere. Sin prisioneros.
—Entendido —dijeron Cuervo y Mazo al unísono.
Yo no dije nada. Solo cerré los ojos un segundo y vi la cara de Sofi durmiendo en esa habitación segura, ajena a que su padre estaba a punto de descender al noveno círculo del infierno. “Papi superhéroe”, me había dicho. La ironía me quemaba la garganta más que el tequila que había bebido antes. Los superhéroes no degüellan gente en la oscuridad. Los monstruos sí.
El helicóptero se detuvo en el aire, oscilando suavemente. —¡Sogas fuera! ¡Vamos, vamos, vamos! —gritó el jefe de salto.
Me deslicé por la cuerda gruesa hacia la oscuridad, sintiendo la fricción en mis guantes y el golpe de adrenalina en el estómago. Mis botas tocaron el suelo húmedo y cubierto de vegetación podrida. El olor de la selva me golpeó: tierra mojada, resina de pino y algo más… el olor a peligro.
Nos movimos rápido, en formación de diamante, tragados por la espesura. La finca de El Carnicero estaba a dos kilómetros cuesta arriba. Una fortaleza escondida entre barrancos, construida con dinero manchado de sangre y defendida por un ejército privado.
Avanzamos como sombras. El entrenamiento de Grupo Égida era impecable, tenía que admitirlo. Se movían sin romper ramas, sin hacer ruido, comunicándose con gestos de mano y clics por la radio. Yo me sentía oxidado los primeros cien metros, pero luego, la memoria muscular despertó. Mis pies recordaron cómo pisar, mis ojos recordaron cómo escanear sectores, mi respiración se sincronizó con mis pasos.
Llegamos al primer anillo de seguridad. Dos guardias patrullaban un sendero, iluminando el monte con linternas baratas. Iban fumando y platicando, confiados.
—Objetivos a las doce. Cincuenta metros, —susurró Vargas por el canal seguro.
—Míos, —respondí. Necesitaba probarme a mí mismo que todavía podía hacerlo. Que la Bestia no estaba vieja.
Le pasé mi rifle a Mazo y saqué el cuchillo de combate que llevaba en el pecho. El mismo cuchillo que había limpiado y aceitado en mi habitación horas antes. Me deslicé por el flanco derecho, aprovechando el ruido del viento en los árboles.
Me acerqué por detrás del primero. Olía a tabaco barato y sudor rancio. Le tapé la boca con la mano izquierda y hundí la hoja en la base de su cráneo, cortando el tronco encefálico. Murió antes de que su cerebro registrara el dolor. Lo bajé suavemente al suelo.
El segundo guardia se giró al escuchar un leve crujido. —¿Güey? —preguntó a la oscuridad.
No le di tiempo de levantar su AK-47. Me lancé sobre él, clavando el cuchillo en su costado, buscando el pulmón para evitar que gritara, y luego rajando su garganta en un movimiento fluido y brutal. La sangre caliente me salpicó los brazos, manchando la tela gris de mi camiseta prestada.
Limpié la hoja en su ropa y me levanté. Vargas y los otros aparecieron de la nada a mi lado. —Nada mal para un vendedor de seguros —dijo ella. Pude sentir su sonrisa depredadora a través de la oscuridad, la misma que me había mostrado en la sala de guerra.
—Sigamos —gruñí. No había placer en esto. Solo necesidad.
Llegamos al muro perimetral de la finca. Era alto, de concreto, coronado con alambre de púas y cámaras. —Cuervo, encárgate de los ojos —ordenó Vargas.
El operador sacó un dispositivo electrónico, un inhibidor de señal portátil, y lo activó. Las luces rojas de las cámaras en nuestra sección parpadearon y se apagaron. Mazo colocó una carga explosiva lineal en el muro. Una detonación controlada, apenas un thump sordo, y el concreto se desmoronó abriendo un boquete lo suficientemente grande para pasar.
Entramos. Y entonces, el infierno se desató.
No fue un error nuestro. Fue el azar. Un perro, un maldito perro de pelea que no aparecía en la inteligencia térmica, comenzó a ladrar frenéticamente desde una perrera cercana. —¡Intrusos! ¡Sector Norte! —gritó alguien.
Las luces de la finca se encendieron de golpe, inundando el jardín con reflectores halógenos cegadores. —¡Contacto frente! —gritó Mazo, abriendo fuego con su ametralladora ligera.
El jardín, bellamente decorado con fuentes y estatuas de mal gusto, se convirtió en un campo de tiro. Las balas zumbaban a nuestro alrededor como avispones furiosos, arrancando pedazos de corteza de los árboles y haciendo estallar las macetas de barro.
Me cubrí detrás de una fuente de cantera. El agua me salpicaba la cara. Me asomé y vi a los mercenarios de Salgado. Vargas tenía razón; estos no eran pandilleros. Se movían tácticamente, flanqueando, usando fuego de supresión. Eran exmilitares, colombianos o kaibiles por la forma de moverse.
—¡Están flanqueando por la izquierda! —alertó Vargas, disparando ráfagas cortas y precisas. Vi caer a uno de los mercenarios, pero dos más ocuparon su lugar.
—¡Necesitamos abrirnos paso a la casa principal! —grité. El edificio estaba a cien metros, una mansión blanca de estilo neoclásico que parecía un pastel de bodas grotesco en medio de la carnicería.
—¡Mazo, fuego de cobertura! ¡Rivas, conmigo! —ordenó Vargas.
Corrimos. Fue la carrera más larga de mi vida. Las balas levantaban géiseres de tierra a mis pies. Sentí el paso de un proyectil rozando mi oreja, el chasquido sónico tan cerca que me dolió el tímpano. Disparé mientras corría. Mi mira térmica captaba las figuras de calor de los enemigos. Blanco. Disparo. Cae. Blanco. Disparo. Cae. Era automático. No eran personas, eran siluetas rojas en un visor digital.
Llegamos a la terraza principal. Mazo recibió un impacto en el hombro y cayó gruñendo, pero siguió disparando desde el suelo con una sola mano. Cuervo se quedó con él, lanzando granadas de fragmentación que convirtieron los setos ornamentales en cráteres humeantes.
—¡Entra! —me gritó Vargas—. ¡Yo te cubro la espalda!
Pateé la puerta doble de caoba tallada. Se abrió de par en par. El interior era un insulto a la pobreza de México. Pisos de mármol italiano, candelabros de cristal, muebles con incrustaciones de oro. Y en medio de ese lujo obsceno, cinco guardias de élite me esperaban formando un semicírculo.
No me detuve. No podía. Si me detenía, moría. Me deslicé por el suelo pulido de mármol, pasando por debajo de la primera ráfaga de disparos. Desde el suelo, disparé hacia arriba. Tres disparos a la ingle y al fémur. Los guardias cayeron gritando. El chaleco detiene las balas al pecho, pero nadie blinda sus piernas.
Me levanté en un movimiento fluido, ignorando el dolor agónico de mis costillas, que sentía como si tuviera vidrios rotos dentro del pecho. Rematé a los caídos y busqué cobertura detrás de una columna gruesa.
Quedaban dos. Estaban parapetados detrás de una barra de bar al fondo del salón. —¡Sal, cobarde! —gritó uno.
Saqué una granada aturdidora de mi cinturón, quité el seguro con los dientes y la lancé rodando por el suelo. —¡Granada! —chillaron.
¡BOOM! El destello llenó la sala. Salí de mi cobertura antes de que el sonido se disipara. Los dos hombres estaban aturdidos, tambaleándose. Dos disparos a la cabeza. Pam. Pam. Asunto arreglado.
El silencio volvió al interior de la casa, aunque afuera la guerra continuaba rugiendo. Subí las escaleras de caracol, pisando alfombras persas que costaban más de lo que yo ganaría en diez vidas. Sabía dónde estaba. La inteligencia decía que su oficina estaba en el segundo piso, con vista al valle.
Llegué a la puerta. Era de madera pesada, reforzada. No la pateé. Disparé a las bisagras y la empujé con el hombro.
Ahí estaba. Nemesio Salgado. El Carnicero.
No estaba escondido debajo del escritorio. Estaba sentado en un sillón de piel, frente a un ventanal blindado que daba al caos del jardín. Tenía una copa de coñac en una mano y una pistola dorada sobre la mesa, al alcance de la otra.
Se veía más viejo que en la foto del dron. Su cabello estaba teñido de un negro antinatural y su cara estaba hinchada por años de excesos y buena vida. Pero los ojos… esos ojos de reptil seguían ahí, fríos y muertos.
Me apunté con el rifle a su pecho. —Se acabó, Nemesio.
Él giró el sillón lentamente y me miró. Sonrió, mostrando unos dientes demasiado blancos y perfectos (carillas dentales caras). —Miguel Ángel Rivas —dijo, como si estuviera saludando a un viejo amigo—. El famoso Fantasma. Me dijeron que habías muerto de tristeza o de alcoholismo. Veo que los rumores eran exagerados.
—Levántate. Manos donde pueda verlas —ordené, acercándome despacio. Cada fibra de mi cuerpo quería apretar el gatillo y vaciar el cargador en su cara, pero recordé la misión: asegurar los datos. Y una parte de mí, la parte más oscura, quería que sintiera miedo antes de morir.
Salgado tomó un sorbo de su coñac, ignorando mi orden. —¿Sabes? Siempre te respeté, Rivas. Eras el único de esos federales de mierda que tenía huevos. Por eso me dolió cuando maté a tu compañero en el 2015. ¿Cómo se llamaba? ¿Beto? Chillaba como puerco cuando lo desollamos.
La rabia me golpeó como un puñetazo físico. Mi visión se tiñó de rojo en los bordes. Quería provocarme. Quería que cometiera un error. —Cállate —dije, acortando la distancia.
—Y ahora vienes a mi casa, rompes mis cosas, matas a mi gente… ¿y para qué? —Salgado dejó la copa y sus dedos rozaron la pistola dorada—. ¿Por la niña? ¿Por esa tal Sofi?
Ese fue su error final. Mencionar su nombre. —Te advertí —susurré, recordando lo que le dije al bravucón en la fonda, esa amenaza que parecía de otra vida pero que era la misma promesa—. Dije que quien la tocara o la mencionara, desaparecería.
Salgado agarró la pistola dorada con una velocidad sorprendente para un hombre de su edad. Pero yo ya estaba en movimiento. Disparé mi rifle. Click. Maldición. Cargador vacío. No había contado los disparos en la escalera.
Salgado disparó. La bala me golpeó en el hombro izquierdo, atravesando la carne justo donde el chaleco no cubría. El impacto me hizo girar, soltando el rifle inútil. Caí al suelo, el dolor explotando en mi brazo como hierro fundido.
Salgado se levantó, riendo, y apuntó de nuevo para rematarme. —Saluda a tu esposa de mi parte, cabrón.
Rodé por el suelo justo cuando el segundo disparo astillaba la madera donde había estado mi cabeza. Impulsándome con las piernas, me lancé hacia él en una tacleada desesperada. Chocamos contra el escritorio de caoba y ambos caímos al suelo. La pistola dorada salió volando lejos.
Ahora era personal. Mano a mano. Carne contra carne. Salgado era pesado y fuerte, y yo estaba herido, desangrándome y con las costillas rotas. Me lanzó un puñetazo a la cara que me aturdió. Me agarró del cuello con ambas manos y empezó a apretar.
Veía puntos negros en mi visión. Su cara estaba sobre la mía, sudorosa, con aliento a alcohol y muerte. —Vas a morir aquí, y luego voy a buscar a tu niña —gruñó, sus pulgares hundiéndose en mi tráquea—. Voy a hacer que mis muchachos se diviertan con ella antes de…
La mención de Sofi no me debilitó. Al contrario. Desató algo primitivo. Una fuerza que no venía de mis músculos, sino de mi alma. Mi mano derecha buscó a tientas en mi cinturón. Encontré lo que buscaba. No el cuchillo, que se había caído en el forcejeo, sino una pluma táctica de acero endurecido que siempre llevaba.
Con un rugido que salió de lo más profundo de mis pulmones, clavé la punta de acero en su ojo izquierdo.
Salgado aulló y me soltó, llevándose las manos a la cara. La sangre brotó entre sus dedos. Me quité de encima de él, tosiendo, buscando aire desesperadamente. Me puse de pie, tambaleándome. Salgado se arrastraba por el suelo, ciego de un lado, gritando maldiciones.
Caminé hacia la pistola dorada. La recogí. Pesaba. Caminé de vuelta hacia él.
—¡Espera! —gritó, sintiendo mi presencia—. ¡Te doy dinero! ¡Tengo millones en Suiza! ¡Te doy lo que quieras! ¡Piedad!
Lo miré desde arriba. Pensé en Elena. Pensé en los años de miedo. Pensé en la bofetada en la fonda que inició todo esto. Pensé en Sofi durmiendo con su manta de invisibilidad. El mundo no quiere gentileza.
—No quiero tu dinero —dije con voz ronca—. Quiero que dejes de respirar.
Apunté a su cabeza. —Esto es por Beto. Y esto es por mi familia.
BANG.
El cuerpo de Nemesio Salgado se sacudió una vez y quedó inmóvil. El silencio en la habitación fue absoluto. El monstruo estaba muerto. El Carnicero ya no era más que un montón de carne y huesos sobre una alfombra cara.
Me dejé caer de rodillas, agotado. Mi hombro sangraba profusamente. Mis costillas ardían. La puerta se abrió de golpe. Me giré, levantando la pistola dorada con manos temblorosas.
Era Vargas. Estaba cubierta de polvo y hollín, pero viva. Bajó su arma al ver la escena. Miró el cuerpo de Salgado y luego me miró a mí. —Objetivo neutralizado —dijo por la radio—. Asegurando el paquete de datos.
Se acercó a mí y se arrodilló, examinando mi herida. —Te dieron duro, Rivas. Pero vas a vivir.
—¿Sofi? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Está segura. La fortaleza sigue en pie. Vargas sacó un vendaje de compresión y presionó sobre mi herida. Grité de dolor. —Aguanta. Ya viene la extracción. Los datos están en esa computadora, ¿verdad?
Señale el servidor en la esquina. Ella conectó un dispositivo y empezó la descarga. —Hiciste lo que nadie pudo hacer en diez años, Miguel. Mataste al Diablo en su propia casa.
—No soy un héroe —murmuré, sintiendo que la oscuridad de la inconsciencia me rondaba.
—No —dijo ella, mirándome con un respeto nuevo, profundo—. Eres algo más útil. Eres un superviviente.
La extracción fue borrosa. Recuerdo el ruido del helicóptero aterrizando en el jardín destrozado. Recuerdo a Mazo y Cuervo cargándome. Recuerdo ver la mansión ardiendo mientras nos elevábamos hacia el cielo amaneciendo. El sol salía por el este, tiñendo las montañas de oro y rojo. Un nuevo día.
Desperté dos días después. Estaba en una cama de hospital, pero no en un hospital normal. Era la clínica privada dentro del complejo de Grupo Égida. Las sábanas eran suaves. Las máquinas pitaban rítmicamente.
Intenté sentarme, pero mi cuerpo protestó. Estaba vendado casi por completo. —No te muevas —dijo una voz familiar.
Vargas estaba sentada en una silla junto a la cama. Ya no llevaba su armadura negra. Vestía ropa civil, jeans y una blusa sencilla. Se veía humana. —¿Cuánto tiempo…?
—48 horas. Perdiste mucha sangre. Tuvimos que reponerte dos litros. Me pasó un vaso de agua con popote. Bebí agradecido. —¿Y Salgado?
—Muerto y enterrado. O bueno, lo que quedó de él. La noticia oficial es que fue un ajuste de cuentas entre cárteles rivales. Nadie sabe que estuvimos ahí. Nadie sabe que fuiste tú. Tu nombre no aparece en ningún lado.
Suspiré aliviado. —¿Dónde está ella?
Vargas sonrió y señaló hacia la puerta de vidrio que daba a un pequeño jardín privado. Ahí estaba Sofi. Estaba sentada en el pasto, jugando con un perro grande, un pastor belga que parecía manso como un cordero a su lado. Se veía feliz. Se veía segura.
—Sabe que estás descansando. Le dijimos que te caíste reparando el castillo —dijo Vargas.
Miré a mi hija. Se veía tan llena de luz. Y yo me sentía tan lleno de sombras. —¿Qué pasa ahora? —pregunté, temiendo la respuesta—. ¿Tengo que volver a mi casa quemada? ¿Tengo que seguir huyendo?
Vargas se inclinó hacia adelante. Su expresión se volvió seria, de negocios. —Te lo dije en la camioneta. Grupo Égida cumple sus promesas. Tienes dos opciones, Miguel. Opción A: Te damos identidades nuevas. Pasaportes canadienses. Una cuenta con fondos suficientes para empezar de cero en Vancouver. Nadie los encontrará jamás. Podrás ser un papá normal otra vez.
Sonaba perfecto. El sueño de Elena. Paz. Frío. Seguridad.
—¿Y la Opción B? —pregunté, casi sin querer saberlo.
—Opción B: Te quedas. La miré sorprendido. —¿Quedarme?
—No como operativo de campo —aclaró rápidamente—. Ya estás viejo para andar saltando de helicópteros cada fin de semana, y tienes una hija que te necesita entero. Pero necesitamos instructores. Necesitamos analistas. Gente que entienda cómo piensan los monstruos porque ha mirado a los ojos a uno y ha sobrevivido. Vargas hizo una pausa y miró hacia el jardín donde jugaba Sofi. —Si te vas a Canadá, estarás seguro, sí. Pero el mundo seguirá estando lleno de tipos como Salgado. Y algún día, el mal puede encontrarte de nuevo. Si te quedas con nosotros… tendrás el poder para asegurarte de que eso no pase. Tendrás recursos. Tendrás protección activa las 24 horas. Y podrás ayudar a limpiar este país para que niñas como Sofi no tengan que vivir con miedo.
Miré mis manos. Estaban limpias, fregadas con jabón quirúrgico, pero yo aún podía sentir la sangre pegajosa de Nemesio Salgado. Aún sentía el crujido de su cráneo bajo mi pluma táctica. La Bestia había despertado. Y aunque ahora estaba saciada, sabía que nunca volvería a dormirse del todo.
Miguel Ángel Rivas, el vendedor de seguros, murió en esa fonda cuando le dieron una bofetada. El hombre que estaba en esta cama era una mezcla de padre y guerrero.
Miré a Sofi. Ella levantó la vista, me vio a través del vidrio y su cara se iluminó con una sonrisa radiante. Corrió hacia la ventana y puso su manita en el cristal. Yo puse la mía, vendada, del otro lado.
Quería paz para ella. Pero la paz no se pide por favor. La paz se impone. La paz se defiende.
Volteé hacia Vargas. —Canadá es muy frío —dije lentamente—. Y a Sofi le gustan los tacos de verdad.
Vargas sonrió. No la sonrisa depredadora de antes, sino una sonrisa de camaradería genuina. —Bienvenido a Grupo Égida, Instructor Rivas.
—Una condición —dije.
—Dime.
—Nadie se acerca a mi hija. Nadie. Y mis fines de semana son sagrados. Los sábados son de desayuno con ella. Sin excepciones, sin misiones, sin llamadas de emergencia.
—Trato hecho —dijo Vargas, extendiendo la mano.
La estreché. Su agarre era firme. —Y otra cosa —añadí, recostándome en la almohada y sintiendo cómo el dolor de las heridas se convertía en un recordatorio de que estaba vivo—. Consígueme unos tenis nuevos. Los míos se llenaron de sangre.
Vargas soltó una carcajada breve. —Te conseguiré los mejores tenis del mercado.
Sofi entró corriendo en la habitación en ese momento, ignorando las reglas de “no correr en el hospital”. Se lanzó sobre la cama, con cuidado, y me abrazó el brazo sano. —¡Papi! ¡Despertaste! ¡El perro se llama Bruno y sabe dar la pata!
Le besé la cabeza, oliendo su shampoo de fresa, ese olor que borraba el hedor de la muerte y la pólvora. —Eso es genial, mi amor. Bruno es un buen chico.
—¿Ya estamos a salvo, papi? —preguntó ella, mirándome con esos ojos grandes que veían demasiado.
La abracé fuerte, sabiendo que afuera del muro había lobos, hienas y serpientes. Pero aquí adentro, había un león viejo y cansado que acababa de afilar sus garras. —Sí, mi amor —le dije, y por primera vez en años, supe que era verdad—. Estamos a salvo. Y nadie nos va a volver a molestar. Jamás.
Cerré los ojos, sintiendo el calor del sol entrando por la ventana. La guerra había terminado por ahora. Pero yo estaría listo. Siempre estaría listo. Porque un padre hace lo que sea por su princesa. Incluso convertirse en el rey de las pesadillas de los hombres malos.
FIN