
Me llamo Mateo. Tengo 29 años y mi vida, hasta esa noche, cabía en una caja de herramientas.
Vivo en una colonia tranquila, de esas donde los vecinos todavía barren la banqu
eta al amanecer y la señora de la tienda sabe qué pan dulce te gusta. Soy técnico de electrodoméstico
s; arreglo lo que la gente da por perdido. Lavadoras que no giran, refris que no enfrían. Me gusta mi trabajo porque el problema siempre tiene solución: encuentras la falla, cambias la pieza y listo. La vida sigue.
Mi rutina era sagrada. Café negro en la mañana, regar mis macetas de cempasúchil, trabajar, y volver a mi casa silenciosa. Sin esposa, sin hijos, sin dramas. Me sentía seguro en mi soledad.
Pero enfrente vivía Julia.
Julia tenía esa tristeza que se te mete en los huesos solo de verla. Siempre amable, siempre saludando con una sonrisa que nunca le llegaba a los ojos. A veces, al atardecer, la veía parada en su zaguán, mirando a la nada, como si esperara a alguien que nunca iba a volver.
Yo sabía su historia, o al menos lo que se rumoraba en el barrio. Un acidente en carretera. Un conductor bracho. Ella sobrevivió; su esposo y su hijita no.
Aquella noche de noviembre llovía fuerte. Yo estaba terminando de cenar unos molletes, limpiando las migajas de la mesa, cuando escuché un golpe suave en la puerta. Nadie toca a mi casa a las 10 de la noche.
Abrí y ahí estaba ella. Empapada, temblando bajo un rebozo gris, abrazándose a sí misma como si fuera lo único que la mantenía entera.
—Mateo —dijo con la voz quebrada—. ¿Puedo pasar?
Me hice a un lado instintivamente.
—Claro, Julia. Pásale. ¿Estás bien?
No contestó. Entró a mi sala y se sentó en la orilla del sofá, sin soltar su rebozo. Le preparé un té de manzanilla porque mis manos no sabían qué más hacer. El silencio en la casa pesaba toneladas. Se escuchaba solo el reloj de la pared y la lluvia golpeando el techo de lámina del patio.
Cuando por fin levantó la vista, vi un miedo y una determinación que me helaron la sangre.
—No quería estar sola hoy —susurró—. Y hay algo… hay algo que necesito preguntarte.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta. Ella tomó aire, como quien va a saltar al vacío, y me contó sobre el silencio insoportable de su casa, sobre cómo el dolor no se iba, sobre cómo extrañaba ser mamá más que nada en este mundo.
Y entonces, soltó la bomba.
—Quiero un bebé, Mateo —dijo, clavando sus ojos en los míos—. Y confío en ti. ¿Me ayudarías?
El mundo se detuvo. Mi mente daba vueltas, tratando de entender. ¿Ayudarla? ¿Cómo?
Ella vio mi pánico y se apresuró a explicar. No quería matrimonio. No quería dinero. No quería forzarme a nada. Solo quería un padre biológico en quien pudiera confiar, alguien decente, alguien trabajador. Alguien como yo.
—Si no quieres, lo entiendo —dijo rápido, levantándose del sofá con las manos temblando tanto que casi tira el té—. Perdón, esto fue un error.
Me quedé paralizado, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo. La mujer más triste y hermosa del barrio me estaba pidiendo que le diera una vida, justo cuando yo pensaba que mi vida no tenía ningún propósito especial.
LA PREGUNTA QUEDÓ FLOTANDO EN EL AIRE, Y YO SABÍA QUE CUALQUIER COSA QUE DIJERA EN ESE MOMENTO CAMBIARÍA MI DESTINO PARA SIEMPRE… ¿QUÉ SE RESPONDE ANTE ALGO ASÍ?
PARTE 2 NOMBRE DEL CONTENIDO: LA DECISIÓN, EL PACTO Y LA ESPERA QUE NOS CAMBIÓ LA VIDA
—¡Julia, espera! —mi voz salió ronca, más fuerte de lo que pretendía, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado en mi pequeña sala.
Ella se detuvo con la mano en el picaporte de metal frío. Su espalda, cubierta por ese rebozo gris que parecía cargar con toda la tristeza del mundo, se tensó. No volteó de inmediato. Pude ver cómo sus hombros subían y bajaban, intentando contener un sollozo.
Me levanté del sofá con las piernas entumecidas. No era el frío de la lluvia, era el frío del miedo. Miedo a lo que me estaba pidiendo, pero más miedo a dejarla ir así, con el corazón hecho pedazos en la mano y la dignidad arrastrando por el suelo. En mi oficio, cuando ves un cable pelado echando chispas, no te das la media vuelta; te pones los guantes y buscas cómo aislar el peligro antes de que se queme la casa. Y Julia estaba a punto de incendiarse por dentro.
—No te vayas así —le dije, acercándome despacio, como si fuera un animalito herido que podría morder o salir corriendo—. Por favor. Siéntate. El té se va a enfriar.
Ella giró lentamente. Sus ojos, esos ojos grandes y oscuros que tantas veces había visto perdidos en el horizonte desde mi ventana, ahora me miraban con una mezcla de vergüenza y súplica.
—Mateo, no tienes que… —empezó a decir, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Fue una estupidez. La soledad me hace pensar cosas que no son. Olvida lo que dije. Mañana seremos solo los vecinos de siempre. Yo saludo, tú riegas tus cempasúchiles, y aquí no pasó nada.
—No —interrumpí, y la firmeza en mi propia voz me sorprendió—. No podemos hacer como que no pasó nada. Ya lo dijiste. La bomba ya explotó, Julia. Ahora hay que ver qué hacemos con los escombros.
La guié de vuelta al sofá. Se sentó, encogida, haciéndose chiquita. Me senté frente a ella, en la silla de madera que usaba para comer. Mis manos, callosas y manchadas de grasa vieja que ni el jabón de pasta quitaba, reposaban sobre mis rodillas.
—¿Por qué yo? —pregunté. Necesitaba entenderlo. En la colonia había licenciados, maestros, incluso el hijo de Don Beto que tenía su propio negocio de autos. Yo solo era Mateo, el que arreglaba las lavadoras.
Julia suspiró, un sonido largo y tembloroso.
—Porque te he visto, Mateo. Te he visto cuando crees que nadie te ve. He visto cómo tratas a los perros callejeros que se acercan a tu puerta; nunca los pateas, siempre les sacas un poco de agua o sobras. He visto cómo ayudas a la señora Concha con sus bolsas del mandado sin que ella te lo pida. He visto que vives solo, pero no vives amargado. —Hizo una pausa y me miró directo al alma—. Y porque sé que tú entiendes lo que es estar roto. No sé qué te pasó a ti, no sé por qué no tienes familia, pero tienes la mirada de alguien que ha tenido que reconstruirse. Y yo… yo necesito a alguien que entienda que este bebé no es para reemplazar a los que perdí. Es para tener una razón para levantarme mañana.
Sus palabras me cayeron como piedras. Tenía razón. Mi soledad no era casualidad. Crecí sin padre, con una madre que se mató trabajando en maquilas para sacarme adelante y que se fue demasiado pronto por una enfermedad mal atendida en el Seguro. Sabía lo que era la ausencia. Sabía lo que era desear un papá que te enseñara a andar en bici o a rasurarte.
—Julia —dije, sintiendo la boca seca—, un hijo no es una lavadora. No hay manual de reparaciones. Si sale mal, no hay refacciones.
—Lo sé —susurró ella—. No te pido que lo mantengas. Tengo la pensión de… de mi esposo. Tengo la casa. Me las arreglo haciendo costuras. No te pido dinero, Mateo. Solo te pido la semilla. Te pido la vida. Y te pido que, si algún día el niño pregunta, no seas un desconocido. Que sepa que viene de un hombre bueno.
Mi mente era un torbellino. Pensé en mi rutina sagrada: mi café, mi trabajo, mi silencio. Todo eso estaba a punto de irse al carajo si decía que sí. Pero luego miré mi casa vacía. Las paredes color crema que solo me escuchaban respirar. ¿Realmente era feliz o solo estaba cómodo en mi resignación?
—Déjame pensarlo —le dije finalmente—. No te digo que no. Pero no te puedo decir que sí ahorita, con la cabeza caliente y la lluvia cayendo. Es una vida, Julia.
Ella asintió, y por primera vez en años, vi un destello de esperanza real en sus ojos. No era alegría, era alivio.
—Tómate el tiempo que necesites —dijo, poniéndose de pie y acomodándose el rebozo—. Gracias por no echarme a patadas.
La acompañé a la puerta. La lluvia había bajado a una llovizna ligera, ese “chipi-chipi” que empapa sin que te des cuenta. La vi cruzar la calle, esquivando los charcos donde se reflejaban las luces amarillas del alumbrado público, hasta que entró en su casa y cerró la puerta.
Esa noche no dormí.
Me quedé acostado boca arriba, mirando las vigas del techo, escuchando los ruidos de la colonia. El camión de la basura pasando a deshoras, los perros ladrando a lo lejos, alguna serenata desafinada un par de calles abajo.
Me imaginé un niño. Un niño con mis ojos y la sonrisa triste de Julia. Me imaginé enseñándole a usar el desarmador, a distinguir entre un cable de tierra y uno de corriente. Me imaginé llegando a casa y no encontrando silencio, sino ruido, llanto, risas, vida.
Pero también me imaginé el chisme. “La Chismosa” de la esquina, Doña Licha, se daría un festín con esto. “Miren a la viuda alegre y al técnico calladito”. En México, el “qué dirán” pesa más que un bulto de cemento. ¿Podría Julia soportar eso? ¿Podría soportarlo yo?
Pasaron tres días. Tres días en los que evité salir a la misma hora que ella. Me enfoqué en el trabajo como un poseído. Arreglé tres lavadoras, dos refrigeradores y hasta una licuadora vieja que no valía la pena, solo para mantener las manos ocupadas. Pero mi cabeza estaba cruzando la calle.
Al cuarto día, era sábado. Fui al mercado sobre ruedas que se pone en la avenida principal. El olor a gorditas de chicharrón, a fruta fresca y a cilantro me golpeó como siempre, pero yo caminaba como autómata. Compré mis verduras, mi queso fresco y un medio kilo de tortillas.
De regreso, cargando las bolsas de red, la vi. Estaba en el puesto de flores, comprando nardos. Los nardos huelen a iglesia, a funeral, pero también a pureza. Ella me vio y se tensó, pero no bajó la mirada.
Me acerqué. El ruido del mercado, los gritos de “¡Pásele marchanta, bara bara!”, parecieron bajar de volumen.
—Ya lo pensé —le solté, ahí mismo, entre el puesto de verduras y el de ropa usada.
Julia apretó el ramo de nardos contra su pecho.
—¿Y?
—Vamos a mi casa. Aquí hay muchos oídos.
Caminamos en silencio las tres cuadras que faltaban. Sentía las miradas de los vecinos, o tal vez era mi paranoia. Al entrar a mi casa, dejé las bolsas en la mesa y me giré hacia ella.
—Lo haré —dije. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Pero con condiciones.
Ella abrió los ojos desmesuradamente. Sus manos temblaban.
—¿Qué condiciones?
—Primero: Nada de clínicas raras ni cosas clandestinas. Si vamos a hacer esto, vamos primero al médico. Los dos. Chequeo general. Quiero saber que estás sana para un embarazo y tú tienes que saber que yo… bueno, que yo estoy limpio.
Ella asintió frenéticamente. —Por supuesto.
—Segundo: —Tragué saliva. Esta era la parte difícil—. Dijiste que querías un padre biológico, no un esposo. Pero yo no soy un banco de esperma, Julia. No puedo darte un hijo y luego fingir que no existo. Vivo enfrente. Lo voy a ver crecer. Si se cae en la banqueta, voy a correr a levantarlo. Si esto funciona, voy a ser su papá. Tal vez no vivamos juntos, tal vez no seamos pareja, pero voy a ser su papá. Reconocido. Con mi apellido.
Julia soltó el ramo de flores sobre la mesa y se cubrió la boca con las manos. Empezó a llorar, pero esta vez no era de tristeza.
—Yo… yo no quería pedirte tanto —balbuceó—. Pensé que no querrías la responsabilidad.
—Mi papá se fue por cigarros y nunca volvió —le dije, y la confesión me dolió más de lo que esperaba—. Yo no soy ese tipo de hombre. Si hay un hijo mío en este mundo, va a saber quién soy. Y va a saber que lo deseamos.
—Gracias —dijo ella, y por impulso, se abalanzó y me abrazó.
Fue un abrazo torpe, rápido. Olía a jabón Zote y a nardos. Sentí su cuerpo delgado y frágil contra el mío, que era puro músculo tenso y ropa de trabajo. Me aparté suavemente, respetuoso.
—Tercero —dije, tratando de recuperar la compostura—. ¿Cómo… cómo lo vamos a hacer?
El aire se volvió denso. Era la pregunta del millón. Ella se sonrojó hasta la raíz del pelo.
—Yo… no tengo dinero para una inseminación en clínica privada —admitió bajando la voz—. Y en el Seguro no te lo hacen si no eres pareja estéril casada…
—Entonces es a la antigua —concluí, sintiendo que las orejas me ardían.
—Solo si tú estás de acuerdo —dijo ella, mirando al suelo—. Podemos… podemos hacerlo rápido. Sin… sin complicaciones sentimentales. Solo con el fin de… ya sabes.
Asentí, aunque por dentro mi corazón latía a mil por hora.
—Está bien. Pero primero los médicos.
Las siguientes dos semanas fueron surrealistas. Fuimos a un laboratorio de análisis clínicos en el centro. La recepcionista nos preguntó si éramos esposos. “Algo así”, respondí yo, para evitar explicaciones. Julia me miró agradecida.
Cuando los resultados salieron bien, llegó el momento.
Habíamos acordado que sería en sus días fértiles. Ella llevaba el control exacto en una libretita. Me mandó un mensaje de texto un martes por la noche: “Hoy es un buen día”.
Me bañé dos veces. Me rasuré. Me puse mi mejor ropa interior, aunque me sentía ridículo. Crucé la calle como si fuera un ladrón, mirando a todos lados para que Doña Licha no me viera entrar.
Su casa era diferente a la mía. Olía a canela y a madera vieja. Tenía fotos de su vida anterior en la repisa, pero las había volteado hacia la pared. Había una veladora encendida a la Virgen de Guadalupe en la esquina.
—¿Quieres algo de tomar? —me preguntó. Estaba nerviosa, jugaba con sus dedos. Llevaba un camisón sencillo de algodón blanco.
—No, gracias. Mejor… mejor no le demos muchas vueltas, ¿no? —Dije, porque si lo pensaba demasiado, saldría corriendo.
Fuimos a su habitación. Era un cuarto sencillo, con una cama matrimonial cubierta por una colcha tejida a mano. Me sentí un intruso. Me sentí indigno de estar en el santuario de su dolor.
—Mateo —me dijo ella, sentándose en la orilla de la cama—. Gracias.
Me acerqué. Apagué la luz principal y dejé solo la lamparita de buró.
Lo que pasó esa noche no fue una escena de película romántica, ni tampoco fue algo frío y mecánico. Fue… humano. Hubo torpeza, hubo nervios, hubo silencios incómodos. Pero también hubo una ternura inesperada. Cuando la toqué, sentí que estaba tocando algo sagrado y frágil. Ella lloró un poco al principio, y yo me detuve, asustado.
—¿Paramos? —le pregunté.
—No —me susurró al oído, aferrándose a mi espalda—. Sigue. Por favor, dame vida, Mateo. Dame vida.
Y eso intenté. Puse todo mi empeño, toda mi esperanza y, sí, también un cariño que había estado guardando sin saberlo, en ese acto. No hicimos el amor como enamorados, lo hicimos como dos náufragos tratando de llegar a la orilla.
Cuando terminó, me vestí en silencio. Le di un beso en la frente. Ella ya se estaba quedando dormida, agotada por la carga emocional.
—Descansa, Julia.
Salí de su casa y crucé la calle. El aire frío de la madrugada me golpeó la cara. Me sentía diferente. Me sentía… hombre. Pero también me sentía cargado de una responsabilidad inmensa.
Repetimos el “proceso” dos veces más esa semana, por si acaso. Cada vez fue un poco menos incómodo, un poco más cercano. Empezamos a hablar después. Ella me contaba de su infancia en Michoacán, yo le contaba de las reparaciones más difíciles que había hecho. Nos hicimos amigos en la oscuridad de su recámara.
Luego vino la espera.
Ese mes fue el más largo de mi vida. Cada vez que la veía salir a la tienda, buscaba señales. ¿Caminaba diferente? ¿Estaba pálida?
Un domingo por la mañana, estaba yo lavando mi camioneta de trabajo, esa vieja Nissan que me había acompañado diez años, cuando la vi salir de su casa. Llevaba un suéter amarillo y, por primera vez en años, no llevaba el rebozo gris.
Caminó directo hacia mí, sin importarle que Doña Licha estuviera barriendo la banqueta a tres metros.
Se paró frente a mí, con las manos en la espalda. Sus ojos brillaban. Brillaban de verdad, como dos soles negros.
—Se me rompió la llave del fregadero —dijo en voz alta, para que la vecina oyera.
—Ah, caray. Pues habrá que checarla —le seguí el juego, secándome las manos en un trapo.
Ella se acercó más, invadiendo mi espacio personal, y susurró:
—No me ha bajado. Y me hice la prueba hace una hora.
Sentí que las rodillas se me doblaban. Me recargué en la camioneta para no caerme.
—¿Es…?
—Dos rayitas, Mateo. Dos rayitas.
Una sonrisa estúpida se dibujó en mi cara. No pude evitarlo. Quise gritar, quise cargarla y darle vueltas, pero me contuve. Estábamos en la calle.
—Voy a ir por mi caja de herramientas —dije en voz alta, guiñándole un ojo—. Ahorita voy a ver ese fregadero.
Entré a mi casa, cerré la puerta y solté un grito sordo contra mi almohada. ¡Iba a ser papá! ¡Yo, Mateo, el técnico solitario!
Fui a su casa. No arreglé ningún fregadero. Nos sentamos en la cocina y miramos la prueba de embarazo como si fuera un lingote de oro.
—Ahora empieza lo difícil —dijo Julia, acariciando su vientre plano—. La gente va a hablar. Van a decir que soy una cualquiera. Que no respeté la memoria de mi esposo.
—Que hablen —dije, tomando su mano sobre la mesa. Su piel estaba caliente—. Que digan misa. Tú no estás sola, Julia. Ya no.
Y así comenzó nuestra extraña nueva realidad.
Los primeros meses fueron una mezcla de dicha secreta y disimulo público. Yo iba a su casa con la excusa de “reparaciones constantes”. La gente de la colonia empezó a bromear: “Uy, Mateo, a la vecina se le descompone todo, ¿no será que tú se lo descompones para ir a cobrarle?”. Yo solo me reía y seguía mi camino.
Pero el cuerpo no sabe guardar secretos. Al cuarto mes, el vientre de Julia empezó a notarse. Ya no podía ocultarlo con suéteres holgados.
El chisme estalló como polvorín.
Una tarde, fui a la tienda a comprar unos refrescos. Doña Licha estaba ahí, con otras dos vecinas, Doña Cata y la señora de las tortillas. Cuando entré, se hizo un silencio sepulcral.
—Buenas tardes —dije, tomando una Coca-Cola del refri.
—Buenas, Mateo —dijo Doña Licha con ese tono venenoso que las chismosas profesionales perfeccionan—. Oye, qué milagro, dicen que la viudita de enfrente está esperando encargo. ¿Tú sabías algo? Digo, como pasas tanto tiempo ahí arreglando tuberías…
Sentí la sangre subirme a la cabeza. Podía ignorarlo, pagar e irme. Era lo que el viejo Mateo hubiera hecho. Evitar conflictos.
Pero pensé en Julia. Pensé en las noches que pasaba vomitando, en el miedo que tenía de que algo saliera mal, en cómo se aferraba a mi mano cuando sentía una patadita. Pensé en mi hijo, o hija, flotando ahí dentro, escuchando la voz de su madre.
Me giré lentamente y miré a Doña Licha a los ojos.
—Sí, Doña Licha. Sí sabía.
—¡Ay, qué barbaridad! —exclamó ella, haciéndose la persignada—. ¿Y se sabe quién es el sinvergüenza? Pobre mujer, tan solita y ahora con un bastardo…
—No es ningún bastardo —mi voz retumbó en la pequeña tienda, haciendo vibrar los estantes de papitas—. Y el “sinvergüenza” está aquí parado frente a usted.
El silencio fue absoluto. La señora de las tortillas abrió la boca y se le cayó una moneda de diez pesos.
—Julia y yo estamos esperando un bebé —continué, con una calma que me asustó hasta a mí—. Y le voy a pedir, con todo respeto, que si tiene algo que decir, me lo diga a mí. Pero a ella no la molesten. Porque esa mujer es una santa y ese niño es mi hijo. ¿Estamos claros?
Pagué mi refresco, dejé el cambio en el mostrador y salí.
Caminé hacia la casa de Julia con el corazón a galope. Sabía que para la hora de la cena, toda la colonia lo sabría. Sabía que las miradas cambiarían. Pero no me importaba.
Entré a casa de Julia sin tocar. Ella estaba en la sala, doblando ropita de bebé que había sacado de unas cajas viejas. Ropa que supongo era de su primer hijo. Estaba llorando bajito.
—Ya lo saben —le dije desde la puerta.
Ella levantó la vista, asustada.
—¿Qué? ¿Quién?
—Doña Licha. Y por ende, todo el barrio. Se lo dije yo.
Julia se puso pálida.
—¿Por qué hiciste eso, Mateo? Habíamos dicho que…
—Habíamos dicho que yo iba a ser el padre —la interrumpí, arrodillándome frente a ella—. Y un padre defiende a su familia. No voy a dejar que te llamen cosas feas. No voy a dejar que mi hijo crezca pensando que es un secreto vergonzoso.
Ella soltó la ropita y me tomó la cara con las manos. Sus dedos trazaron mis facciones, como si me estuviera reconociendo por primera vez.
—Eres un buen hombre, Mateo. Mejor de lo que merezco.
—No digas eso. Los dos merecemos esto. Los dos merecemos ser felices, aunque sea de esta forma rara.
Los meses pasaron. La barriga creció enorme. Era un embarazo de alto riesgo por la edad y por el historial de Julia, así que yo prácticamente me mudé a su sofá. Dormía ahí por si necesitaba algo en la noche.
Nuestra relación era extraña. No éramos novios. No nos besábamos en la boca, no dormíamos juntos en la cama. Pero había una intimidad más profunda que la de muchos matrimonios. Yo le sobaba los pies hinchados. Ella me cocinaba mole verde, mi favorito. Veíamos la televisión juntos por las noches, su cabeza recargada en mi hombro, mi mano en su panza sintiendo las patadas de “Chicharito”, como le puse de cariño porque al principio en el ultrasonido parecía un chícharo.
Todo iba “bien”, dentro de lo que cabe, hasta esa noche de tormenta en agosto.
Parecía una burla del destino. Otra vez llovía a cántaros. Otra vez era de noche. Faltaba un mes para la fecha del parto.
Estaba yo dormitando en el sofá cuando escuché un grito ahogado que venía del cuarto.
Corrí. Julia estaba sentada en la cama, pálida como un papel, agarrándose el vientre. Las sábanas estaban mojadas, pero no solo de agua de fuente. Había sangre.
—Mateo… algo está mal —gimió—. Me duele mucho. No es como las contracciones que me dijo el doctor. Algo se rompió.
El pánico me quiso paralizar. Recordé su historia. Su esposo, su hija, el accidente. La muerte rondando siempre a esta mujer.
“¡No esta vez, cabrona!”, pensé con rabia, dirigiéndome a la muerte. “Esta vez no te la llevas”.
La cargué. Pesaba más por el embarazo, pero la adrenalina me dio fuerzas de gigante. La envolví en el mismo rebozo gris de aquella primera noche.
Salí a la lluvia. Mi camioneta no quería arrancar al principio. “¡Arranca, chingadera!”, le grité golpeando el volante. El motor rugió finalmente.
Manejé hacia el hospital general como si fuera piloto de Fórmula 1. Me pasé los altos, toqué el claxon como loco. Julia iba en el asiento del copiloto, gimiendo, apretando mi mano tan fuerte que sentí que me rompía los dedos.
—No me dejes, Mateo. Si me pasa algo… salva al bebé. Júramelo.
—Cállate, Julia. No te va a pasar nada. A ninguno de los dos. Vamos a llegar.
Llegamos a urgencias derrapando. Entré cargándola, gritando por ayuda. Enfermeras y camilleros corrieron hacia nosotros. Se la llevaron en una camilla rodante a través de esas puertas dobles que siempre parecen la entrada al infierno o al cielo.
—¡Usted espere aquí! —me gritó un doctor cuando intenté seguirlos.
—¡Soy el padre! —grité yo, con lágrimas en los ojos—. ¡Soy el padre, carajo!
—¡Pues por eso mismo, déjenos trabajar si quiere que vivan!
Me quedé ahí, parado en el pasillo frío, con la ropa empapada de lluvia y manchada de la sangre de la mujer que, me di cuenta en ese instante, amaba.
Sí, la amaba. No como vecina, no como amiga, no como la madre de mi hijo. La amaba a ella. Amaba su tristeza, su fuerza, su risa tímida, su olor a vainilla. Me había enamorado de ella lavando platos, armando la cuna, sobandole los pies. Y fui tan idiota que necesité verla al borde de la muerte para aceptarlo.
Pasaron horas. Horas eternas. Vi pasar a otras familias. Vi gente llorar, vi gente reír. Yo solo rezaba. Recé todo lo que sabía. El Padre Nuestro, el Ave María, hasta le hablé a mi jefa allá arriba. “Mamá, échame la mano. No me dejes solo otra vez”.
A las 5 de la mañana, salió el doctor. Se quitó el cubrebocas. Tenía cara de cansancio infinito.
Me acerqué, temblando.
—¿Familiares de Julia Méndez?
—Soy yo. Su… su pareja. —Ya no me importaban las etiquetas.
El doctor suspiró y luego, sonrió levemente.
—Fue una desprendimiento de placenta. Muy peligroso. Perdió mucha sangre. Tuvimos que hacer una cesárea de emergencia.
Sentí que el mundo se me venía encima.
—¿Y ella? ¿Y el bebé?
—Es una niña —dijo el doctor—. Prematura, va a tener que estar en incubadora unas semanas. Pero tiene buenos pulmones, está gritando como si estuviera en el mercado. Es una luchadora.
—¿Y Julia? —insistí, sintiendo que me faltaba el aire.
—Julia está estable. Débil, muy débil, pero estable. La salvamos por poco, joven. Si hubieran llegado diez minutos tarde… bueno, no hablemos de eso. Pueden pasar a verla en un rato, cuando pase el efecto de la anestesia.
Me dejé caer en una silla de plástico y lloré. Lloré como un niño, sin vergüenza, tapándome la cara con mis manos sucias de grasa y sangre seca.
Cuando finalmente me dejaron entrar, el sol ya estaba saliendo. Entré a la habitación con miedo. Julia estaba conectada a sueros y monitores, pálida, casi transparente. Pero estaba viva.
Me acerqué a la cama. Abrió los ojos despacio.
—Mateo… —susurró.
—Aquí estoy, güera. Aquí estoy.
—¿La bebé?
—Es una niña. Una niña preciosa. Está en la incubadora, pero está bien. Es brava, igual que su mamá.
Julia sonrió débilmente y una lágrima rodó por su mejilla.
—Gracias —dijo—. Me diste vida, Mateo. Cumpliste.
Le tomé la mano y la besé.
—Julia, tenemos que hablar —le dije, con la voz quebrada—. El trato… el trato ya no me sirve.
Ella me miró con miedo.
—¿Qué? ¿Te vas a ir?
—No. Todo lo contrario. No quiero ser solo el papá biológico que vive enfrente. No quiero visitarla los domingos. No quiero ser tu amigo.
—No entiendo…
—Te amo, Julia. —Lo solté. Así, sin anestesia—. Me enamoré de ti en estos meses. Y no me imagino la vida sin despertar contigo y con esa niña. No me importa el pasado, no me importa el dolor. Quiero el paquete completo. Quiero ser tu familia. De verdad.
Julia me miró fijamente durante un minuto eterno. Luego, sollozó y apretó mi mano.
—Yo también, tonto —dijo entre lágrimas—. Yo también te amo. Tenía tanto miedo de decírtelo y que salieras corriendo. Soy una viuda loca con un pasado trágico…
—Y yo soy el técnico de lavadoras que no sabía vivir hasta que tocaste mi puerta. Hacemos buena pareja.
Me incliné y la besé. Fue nuestro primer beso real. Sabía a hospital, a lágrimas y a esperanza.
Salí del hospital al mediodía para ir a comprar pañales y avisar en el trabajo que no iría en unos días. El sol brillaba fuerte sobre la ciudad de México. El ruido del tráfico, los cláxones, los gritos de la gente, todo me parecía una sinfonía maravillosa.
Pasé por la tienda de la esquina de mi casa. Doña Licha estaba ahí.
—¿Qué pasó, Mateo? —preguntó, con genuina preocupación esta vez (o curiosidad morbosa, da igual)—. Vimos la ambulancia.
Sonreí. Una sonrisa de oreja a oreja que no me cabía en la cara.
—Ya nació, Doña Licha. Es niña. Y se parece a su madre, gracias a Dios.
—¿Y cómo están?
—Estamos bien —dije, remarcando el plural—. Estamos mejor que nunca. Y sabe qué, Doña Licha, vaya preparando el regalo para el bautizo, porque va a haber fiesta grande.
Seguí caminando hacia mi casa, esa casa que ya no se sentiría vacía nunca más. Iba a tener que tirar la pared del patio para hacer un cuarto más. Iba a tener que trabajar el doble para pagar los gastos. Iba a tener noches sin dormir, llantos, enfermedades, preocupaciones.
Pero por primera vez en mis 29 años, no me sentía como una pieza suelta en una máquina que no entiendo. Me sentía el motor.
Entré a mi casa, miré mis macetas de cempasúchil y les eché agua.
—Prepárense —les dije a las flores—, que pronto va a haber una niña corriendo por aquí y no sé si sobrevivan.
La vida sigue, sí. Pero ahora, por fin, la vida tenía sentido.
PARTE 3 NOMBRE DEL CONTENIDO: LA PRUEBA DE FUEGO, LAS NOCHES EN VELA Y EL BAUTIZO DE UNA NUEVA VIDA
Las máquinas en la unidad de cuidados intensivos neonatales no hacen ruido como las lavadoras. No tienen ese zumbido rítmico, ese chaca-chaca que te dice que la ropa está dando vueltas y que el jabón está haciendo su trabajo. No. Las máquinas de la UCIN pitan. Son pitidos agudos, fríos, digitales, que se te clavan en el cerebro como agujas. Bip. Bip. Bip. Cada uno marcando el ritmo de un corazón que apenas era del tamaño de una nuez, de unos pulmones que luchaban por entender cómo funcionaba esto de respirar aire en lugar de agua.
Durante las siguientes tres semanas, mi vida se redujo a ese sonido y al olor a desinfectante industrial.
Julia fue dada de alta a los cuatro días. Fue el día más triste y más feliz a la vez. Feliz porque ella estaba bien, aunque caminaba despacio, doblada sobre su propia herida, con esa cicatriz de cesárea que ahora marcaba la frontera entre su vida anterior y esta locura nueva. Pero triste, inmensamente triste, porque tuvimos que salir del hospital con los brazos vacíos.
Ver a una madre salir de maternidad sin su bebé es algo que te rompe. Ves a otras parejas subiéndose a los taxis, el papá cargando el portabebé con una sonrisa de oreja a oreja, la mamá con globos. Y nosotros salíamos con una bolsa de plástico con la ropa sucia de Julia y una carpeta llena de recetas médicas y horarios de visita.
—Se siente antinatural, Mateo —me dijo en el taxi, recargando su cabeza en mi hombro. Lloraba en silencio, sin hacer ruido, para no incomodar al taxista que nos miraba por el retrovisor—. Siento que me falta una pierna. Siento que la dejé abandonada.
—No la abandonaste, güera —le contesté, apretando su mano tan fuerte como me atreví—. Está en el taller. La están afinando. Ya sabes que las cosas buenas a veces necesitan ajustes antes de salir a rodar.
Ella soltó una risita floja, dolorosa.
—Eres un tonto con tus comparaciones de mecánico.
—Pero te ríes. Eso cuenta.
Llegar a casa fue extraño. Ya no la llevé a su casa, la de enfrente. La llevé a la mía… o bueno, a lo que ahora empezábamos a llamar “nuestra” casa, aunque en realidad decidimos instalarnos en la de ella porque era más grande, aunque yo pasaba el día cruzando la calle por herramientas o ropa. La dinámica cambió de golpe. Ya no era el vecino que visitaba. Ahora era el hombre que tenía que ayudarla a levantarse de la cama, que tenía que limpiar la herida, que tenía que preparar caldos de pollo y asegurarse de que se tomara los antibióticos.
Y en medio de todo eso, el trabajo. Porque el amor alimenta el alma, pero no paga la cuenta del hospital, ni los pañales para prematuros que cuestan un ojo de la cara, ni la leche especial que nos dijeron que tal vez necesitaría si Julia no podía amamantar por el estrés.
Tuve que volver a la chamba dos días después. Andaba yo como zombi. Arreglaba lavadoras en automático. Una señora en la colonia del Valle se enojó conmigo porque dejé una manguera mal conectada y se le inundó el cuarto de lavado.
—¡Oiga, fíjese! —me gritó—. ¡Parece que anda en la luna!
—Perdón, jefa —le dije, secando el agua con mi propia camisa—. Es que mi niña está en el hospital. Nació antes de tiempo.
A la señora se le cambió la cara. De la furia pasó a esa compasión maternal que tienen todas las mexicanas en el fondo.
—Ay, muchacho, hubieras dicho antes. Ten, sécate bien. ¿Y cómo está la beba?
Terminé arreglando la fuga y la señora me dio una propina de quinientos pesos “para las vitaminas”. Salí de ahí pensando en que, a pesar de todo, la gente es buena. O al menos, trata de serlo cuando el dolor es evidente.
Las visitas al hospital eran nuestra rutina sagrada. A las 11 de la mañana y a las 5 de la tarde. Julia se sacaba leche con una maquinita ruidosa que compramos de segunda mano, y yo la guardaba en hieleras como si transportara un órgano vital. Llegábamos al hospital, nos poníamos las batas azules, nos lavábamos las manos hasta que la piel se nos ponía roja y entrábamos al santuario de los pitidos.
Ahí estaba ella. Valentina.
Le pusimos Valentina porque vaya que tuvo valor para aferrarse. Era diminuta. Su piel era casi transparente, se le veían las venitas azules recorriendo su cabecita calva. Estaba llena de cables y tubos. La primera vez que me dejaron meter la mano en la incubadora para tocarla, me temblaba todo. Mi mano, esa mano callosa, llena de cicatrices de cortes con lámina, con grasa incrustada en las huellas dactilares por más que me tallara, se veía monstruosa junto a su cuerpecito.
Acaricié su dedo meñique con la yema de mi índice. Ella, en su sueño inducido por la madurez forzada, apretó mi dedo. Fue un reflejo, lo sé. Los doctores dicen que es el reflejo de prensión palmar. Pero en ese momento, para mí, fue un pacto.
“Tú no te sueltas, yo no te suelto”, le dije mentalmente. “Aguanta, mija. Aguanta que afuera hay un mundo bien bonito, aunque a veces llueva mucho”.
El día que nos dijeron que ya pesaba los dos kilos y que respiraba sola, Julia casi se desmaya.
—¿Ya nos la podemos llevar? —preguntó con los ojos iluminados.
—Mañana —dijo el pediatra—. Si pasa la noche sin incidentes, mañana se va a casa.
Esa noche no dormimos. Ni un minuto. Estábamos en la cama de Julia, tomados de la mano, mirando el techo.
—Tengo miedo, Mateo —confesó ella en la oscuridad—. En el hospital están las enfermeras, los monitores. Aquí solo estamos nosotros. ¿Y si deja de respirar y no me doy cuenta? ¿Y si le da frío? ¿Y si no sé ser mamá otra vez?
Me giré para verla. La luz de la luna entraba por la ventana y le daba un aspecto fantasmal, hermoso.
—Julia, tú ya eres mamá. Eso no se olvida. Es como andar en bicicleta, pero con más desveladas. Y no estás sola. Yo no sé nada de bebés, la neta. No sé ni cómo se pone un pañal sin que parezca tamal mal envuelto. Pero aprendo rápido. Ya me leí dos manuales en internet y vi como veinte videos en YouTube. Vamos a estar bien.
Al día siguiente, la salida del hospital fue triunfal. Bueno, para nosotros. Para el mundo solo éramos una pareja más con un bulto rosa saliendo por la puerta giratoria.
El taxista que nos tocó esta vez era un señor mayor, de esos que traen el taxi lleno de adornos y música de los temerarios a todo volumen.
—Bájale tantito a la música, jefe, traemos a una recién nacida —le pedí.
—¡Uy, felicidades, jovenazo! —dijo el señor, bajándole a la radio—. ¿Es la primera?
—Sí —dije yo, inflando el pecho—. La primera.
Julia me sonrió y me apretó el muslo. Esa complicidad, ese pequeño gesto de “somos un equipo”, valía más que todo el oro del mundo.
Llegar al barrio fue el verdadero evento. Doña Licha, por supuesto, estaba en “vigilancia activa”, barriendo la misma baldosa de la banqueta desde hacía media hora. Cuando vio bajar el taxi, estiró el cuello como tortuga.
Bajé yo primero, con la pañalera, las bolsas, los papeles. Luego ayudé a Julia a bajar con Valentina, que venía envuelta como un burrito en una cobija amarilla tejida por la misma Julia.
—¡Ay, pero si ya llegó la criatura! —gritó Doña Licha, y en cuestión de segundos, ya teníamos a tres vecinas encima.
—¡Háganse para allá, denle aire! —dije yo, poniéndome en modo guardaespaldas—. Viene del hospital, no la pueden estar respirando encima.
—Ay, Mateo, qué delicado te volviste —resopló Doña Licha, pero se alejó un paso—. A ver, déjame verle la carita nada más.
Julia, con ese orgullo que solo tienen las madres, descubrió un poquito la cobija. Valentina dormía plácidamente, ajena al alboroto de la colonia.
—Está chula —admitió Doña Licha, y por primera vez, su voz no tenía veneno—. Se parece a… bueno, tiene tus ojos, Mateo. Eso que ni qué.
—Claro que tiene mis ojos —dije, cerrando la discusión—. Con permiso, damas. La jefa y la princesa tienen que descansar.
Entramos a la casa y cerramos la puerta. El silencio de la casa nos recibió, pero esta vez se sentía diferente. Ya no era un silencio de soledad o de luto. Era un silencio expectante.
Las primeras dos semanas en casa fueron, para decirlo suavemente, una masacre física y mental.
Valentina tenía los horarios cambiados. Dormía de día como un ángel y de noche decidía que era hora de fiesta. Pero no fiesta alegre, sino fiesta de cólicos. Lloraba con una potencia que no sé de dónde sacaba un cuerpo tan chiquito. Se ponía roja, arqueaba la espalda, y nada la calmaba.
Yo aprendí lo que es el verdadero cansancio. No el cansancio de cargar lavadoras todo el día. Ese se quita con un baño y dormir ocho horas. Este cansancio era profundo, se te metía en los huesos. Era dormir a ratos de veinte minutos, despertar sobresaltado pensando que la bebé se había ahogado, correr a la cuna, ver que respiraba, volver a dormir diez minutos, y que empezara el llanto otra vez.
Una noche, a las tres de la mañana, encontré a Julia llorando en la cocina, con Valentina en brazos. La bebé lloraba, la mamá lloraba.
—No puedo, Mateo, no puedo —sollozó Julia—. No se calla. Le doy pecho y llora, la cargo y llora. Soy una inútil. Seguro tiene hambre y mi leche no sirve.
Me acerqué a ellas. Mis ojos ardían de sueño.
—A ver, dámela —le dije suavemente.
—No, tú tienes que trabajar mañana…
—Dámela, Julia. Vete a acostar un rato. Necesitas dormir aunque sea dos horas seguidas. Yo me encargo.
Julia me pasó el bulto hirviente y se fue al cuarto, arrastrando los pies.
Me quedé solo con mi hija en la cocina. La luz del refrigerador era la única iluminación.
—A ver, Valentina —le dije, paseándola de un lado a otro, dando saltitos rítmicos—. ¿Cuál es tu bronca, eh? ¿Te cae mal el vecindario? ¿No te gusta la decoración?
Ella me miró con sus ojos oscuros, desenfocados, y por un milagro, dejó de llorar un segundo para escuchar mi voz grave.
—Ah, ya vi. Quieres platicar de hombre a mujer. Mira, la cosa está así. Tu mamá es una santa, pero está cansada. Y tu papá… bueno, tu papá hace lo que puede. Pero necesito que nos tires paro, mija. Necesito que duermas. Si duermes, creces. Si creces, te compro una bicicleta. ¿Trato?
Valentina soltó un suspiro, hizo un puchero y cerró los ojos. Se quedó dormida en mi hombro, babéandome la camiseta. Me quedé ahí, parado en la cocina, sin atreverme a mover un músculo por miedo a despertarla. Pasé dos horas así, de pie, meciéndome suavemente, viendo amanecer por la ventana del patio. Me dolía la espalda, me ardían los pies, pero sentía una paz absoluta.
Ese día me fui a trabajar sin dormir. Me tomé tres cafés cargados y salí en la Nissan.
Y ahí fue cuando la realidad nos alcanzó. La realidad económica.
A media semana, la camioneta empezó a toser. Un ruido metálico feo en el motor. Clac-clac-clac. Se me paró a medio periférico. Tuve que orillarme empujándola yo solo entre mentadas de madre de los otros conductores.
Abrí el cofre. La bomba de agua. Tronada. Y la banda de distribución hecha hilachos.
Me senté en la banqueta, con las manos llenas de grasa, viendo pasar los coches. La reparación me iba a salir en unos tres mil pesos si lo hacía yo mismo, solo en piezas. Y no tenía tres mil pesos. Todo se había ido en el hospital, las medicinas, la leche, los pañales. Teníamos lo justo para la comida de la semana.
Sentí una desesperación fría en el estómago. ¿Cómo iba a trabajar si no tenía camioneta? ¿Cómo iba a llevar dinero a la casa? Julia no podía coser todavía, apenas se estaba recuperando y la bebé demandaba todo su tiempo. Yo era el único sostén.
Saqué el celular. Tenía un mensaje de Julia: una foto de Valentina durmiendo con la leyenda “Te extrañamos, papá”.
Eso me dio la fuerza. No podía rajarme.
Llamé a un compadre, el “Tuercas”, que tenía un taller mecánico cerca.
—Compadre, necesito un paro —le dije—. Se me murió la “Bestia” (así le decía a mi camioneta). No tengo lana ahorita, pero te trabajo el fin de semana. Te ayudo a sacar la chamba atrasada que tengas. Pero préstame las piezas o ayúdame a conseguir unas de yonke.
El Tuercas, bendito sea, no me la hizo de emoción.
—Tráetela como puedas, Mateo. Ahí vemos cómo nos arreglamos. Hoy por ti, mañana por mí. Y felicidades por la huerquilla, ya supe.
Pasé esa tarde y parte de la noche arreglando mi camioneta en el taller del Tuercas. Llegué a casa a las 11 de la noche, sucio, agotado, oliendo a aceite quemado y a sudor rancio.
Julia me esperaba despierta, con la cena caliente. Unos taquitos de frijol con queso. Sencillo, pero para mí fue un banquete.
—¿Qué pasó? Llegaste tardísimo —me preguntó, sirviéndome un vaso de agua de limón.
—Se descompuso la camioneta —dije, tratando de sonar casual—. Pero ya quedó. El Tuercas me echó la mano.
Julia me miró. Ella sabía leer mis silencios. Sabía que estábamos apretados de dinero.
—Mateo… tengo unos ahorros —dijo en voz baja—. Los tenía guardados para… bueno, para emergencias. Están en una lata en el ropero. Agárralos.
—No —dije tajante—. Esos son tus ahorros. Para ti o para la niña. Yo resuelvo lo de la casa.
—Mateo, deja de ser orgulloso —se enojó ella—. Somos una familia, ¿no? Dijiste que querías el paquete completo. El paquete completo incluye compartir las broncas. Si no hay dinero, no hay dinero de los dos. Si hay deudas, son de los dos.
Me quedé callado, con el taco a medio camino de la boca. Tenía razón. Mi machismo de “yo soy el proveedor y nadie me ayuda” era una estupidez en estas circunstancias.
—Está bien —cedí—. Pero te los pago. En cuanto caiga una buena chamba, te los repongo.
—Cállate y come —dijo ella, dándome un beso en la cabeza sucia de grasa—. Tienes que estar fuerte. Mañana le toca vacuna a la niña y vas a tener que sostenerla tú porque yo no aguanto ver que la piquen.
Los meses siguieron pasando, rápidos y lentos a la vez. Valentina crecía. Empezó a sonreír, luego a balbucear. Se le quitaron los cólicos y empezamos a dormir un poco más.
Pero había algo que flotaba en el aire. Un fantasma.
Una tarde, llegué temprano y encontré a Julia sentada en el suelo de la sala, rodeada de cajas de zapatos. Eran fotos. Fotos de su esposo. Fotos de su hija anterior.
Me detuve en la entrada. Sentí un piquete de celos, absurdo y doloroso. ¿Seguía amándolo? ¿Yo era solo el reemplazo, el consuelo?
Ella me vio y no guardó las fotos. Me hizo una seña para que me acercara.
Me senté a su lado. En la foto que tenía en la mano, se veía a un hombre joven, moreno, sonriente, cargando a una niña de unos tres años en una feria.
—Hoy sería el cumpleaños de Mariana —dijo Julia, señalando a la niña de la foto—. Cumpliría siete años.
Tragué saliva.
—Era muy bonita —dije, con honestidad.
—Se parece a Valentina —dijo Julia, acariciando la foto—. Tienen la misma nariz.
Hubo un silencio largo. Yo no sabía qué decir. No quería competir con un muerto, pero tampoco quería sentir que mi hija era la sombra de otra.
—Mateo —dijo Julia, mirándome a los ojos—. Necesito que sepas algo. Yo los amé mucho. Y los extraño todos los días. Eso nunca se va a ir. Pero… —tomó mi mano y la puso sobre su pecho— lo que siento por ti es diferente. No es menos, no es un premio de consolación. Tú me salvaste, Mateo. Tú y Valentina me trajeron de vuelta del infierno. A ellos los tengo en la memoria, pero a ti te tengo en la vida. Y quiero que Valentina sepa de su hermana, pero quiero que sepa que tú eres su papá. Su único papá.
Sentí que se me quitaba un peso de cien kilos de la espalda. La abracé ahí, en el suelo, entre fotos viejas y polvo.
—Gracias, Julia —le susurré—. Gracias por hacerme espacio en tu corazón.
—Bueno, ya basta de llorar —dijo ella, secándose las lágrimas y guardando las fotos en la caja—. Tenemos que hablar de algo serio.
—¿Qué pasa? ¿Falta dinero otra vez?
—No. El bautizo.
Ah, el bautizo. En México, el bautizo es más importante que la boda. Es la presentación oficial ante Dios y ante la sociedad (o sea, el barrio). Si no bautizas al niño, dicen que se lo chupan las brujas o que le da mal de ojo.
—Doña Licha me paró hoy en la mañana —dijo Julia, poniendo cara de circunstancia.
—¿Y ahora qué quiere esa vieja?
—Quiere ayudar. Dice que ella conoce al padre de la parroquia de San Judas y que nos puede conseguir fecha para el sábado que viene. Y que ella hace los tamales.
Me solté a reír.
—¿Doña Licha haciendo tamales para nosotros? ¿La misma que nos decía bastardos?
—La gente cambia, Mateo. O al menos, se adapta. Además, le encanta la niña. Cada vez que paso, le regala una paleta o un dulce, aunque Valentina no coma dulces todavía. Creo que se siente sola. Y… bueno, pensé que tal vez podríamos decirle que sí.
—¿Y los padrinos? Esa es la bronca grande.
—Había pensado en… bueno, en el Tuercas y su esposa —dijo Julia tímidamente.
—¿Al Tuercas? —me sorprendí—. Pero si el Tuercas es más mal hablado que un carretónero y no pisa una iglesia ni por error.
—Pero te prestó dinero y refacciones cuando no teníamos nada. Y su esposa me trajo caldos cuando llegué del hospital. Eso es ser padrino, ¿no? Estar ahí cuando se necesita.
Sonreí. Julia tenía una sabiduría simple que me desarmaba.
—Tienes razón. El Tuercas va a ser el compadre. Nomás hay que decirle que se bañe y que no diga groserías enfrente del cura.
La preparación del bautizo fue una locura comunitaria. Resultó que Doña Licha, en su afán de redimirse (o de ser la protagonista, quién sabe), movilizó a media cuadra. La señora de la tienda puso los refrescos. El de la carnicería nos dio descuento en la carne para el mole.
El sábado del bautizo, la casa estaba a reventar de gente. Habíamos sacado los muebles al patio para que cupieran las mesas plegables que rentamos. Había una lona azul colgada en la calle para tapar el sol.
Yo me puse mi único traje bueno, el que usé para mi graduación de la técnica hace diez años. Me apretaba un poco de la panza (culpa de la buena mano de Julia en la cocina), pero me sentía elegante.
Valentina parecía una muñequita con su roponesote blanco, lleno de encajes y listones. Julia… Julia se veía espectacular con un vestido azul cielo y el pelo suelto.
La ceremonia en la iglesia fue emotiva. Cuando el padre le echó el agua bendita a Valentina, ella no lloró. Abrió los ojos grandes y miró al padre fijamente, como retándolo.
—Esta niña tiene carácter —dijo el cura riendo.
—Sale al papá —dijo el Tuercas, que increíblemente iba de traje y peinado con gomina, aunque se veía incomodísimo.
Al salir de la iglesia, aventamos el “bolo”. Ya saben, las monedas que avientan los padrinos a los niños.
—¡Bolo, bolo, padrino! —gritaban los chamacos del barrio.
El Tuercas aventó puños de monedas de a diez pesos. Se lució el compadre.
La fiesta en la calle fue un éxito. Había música de sonido, mole con arroz, frijoles puercos y cervezas frías. Ver a mis vecinos, los mismos que murmuraban meses atrás, ahora comiendo y celebrando a mi hija, me hizo entender algo.
En México somos criticones, sí. Somos chismosos. Pero a la hora de la verdad, somos manada. Cuando hay un niño de por medio, o una desgracia, o una fiesta, las diferencias se borran un ratito.
Estaba yo recargado en el marco de la puerta, con una cerveza en la mano, viendo la escena. Doña Licha bailaba cumbia con uno de mis tíos lejanos que había venido. El Tuercas estaba contando chistes en una mesa. Julia estaba amamantando a Valentina en una silla, cubierta discretamente con un pañal de tela, platicando con la esposa del Tuercas.
Me sentí… lleno. No sé cómo explicarlo. Durante 29 años, mi vida había sido una línea recta, gris y funcional. Como un cable bien tendido pero sin corriente. Ahora, mi vida era un nudo de cables de colores, con chispas, con riesgo de corto circuito, pero con una energía que iluminaba todo.
Julia levantó la vista y me encontró mirándola. Me sonrió y levantó su vaso de agua de jamaica en un brindis silencioso.
Caminé hacia ella. Me agaché y le di un beso en los labios, delante de todos. Alguien chifló. Otros aplaudieron.
—¿Todo bien, compadre? —me gritó el Tuercas.
—Todo al cien, compadre —le contesté—. Todo al cien.
Esa noche, cuando se fue el último invitado y terminamos de barrer el confeti y los platos desechables de la calle, nos sentamos en la sala, agotados. Valentina dormía en su cuna, por fin rendida.
—¿Estás feliz, Mateo? —me preguntó Julia, recargando su cabeza en mi hombro.
Miré mis manos. Seguían siendo las manos de un técnico. Seguían teniendo grasa bajo las uñas que no saldría nunca. Pero ahora eran manos que sabían sostener a una bebé, manos que sabían acariciar a una mujer, manos que habían construido un hogar de la nada.
—Sí, Julia —le dije—. Soy feliz. Y ¿sabes qué?
—¿Qué?
—Mañana tengo que ir a ver la lavadora de Doña Licha. Dice que le hace un ruido raro.
Julia soltó una carcajada que resonó en toda la casa.
—Pues cóbrale doble, por chismosa.
—No —dije yo, sonriendo—. Se la voy a arreglar gratis. Al fin y al cabo, ella puso los tamales.
Apagué la luz de la sala. Nos fuimos al cuarto, a nuestra cama, a nuestra vida. La lluvia empezó a caer afuera, suavecita, repiqueteando en el techo de lámina. Pero ya no me daba frío, ni me daba miedo, ni me recordaba a la soledad. Ahora, la lluvia era solo música de fondo para dormir abrazado a mi familia.
El técnico solitario había reparado su propia vida. Y quedó mejor que nueva.
PARTE 4 NOMBRE DEL CONTENIDO: EL LEGADO DE UN REPARADOR: QUINCE AÑOS, UNA PROMESA Y EL ÚLTIMO ENGRANE
Dicen en mi pueblo que después de la tormenta siempre viene la calma, pero nadie te dice que la calma también requiere mantenimiento. La vida no es una lavadora que arreglas una vez y te olvidas de ella por diez años; la vida es más bien como esas camionetas viejas que necesitan que les revises el aceite cada semana, que les hables bonito para que arranquen y que, de vez en cuando, te dejan tirado solo para recordarte que no eres el dueño del camino.
El bautizo de Valentina fue, como le dije al Tuercas esa noche, el momento en que sentí que todo estaba “al cien”. Pero la resaca de la felicidad dura poco cuando la realidad te toca la puerta con recibos de luz vencidos y una niña que crece más rápido que la inflación.
Los años que siguieron a esa fiesta en la calle, donde Doña Licha bailó cumbia y se olvidó de su veneno, fueron una mezcla borrosa de cansancio y dicha. No voy a mentirles diciendo que nos volvimos ricos o que los problemas desaparecieron mágicamente como en las telenovelas que veía Julia. No. La “Bestia”, mi camioneta, finalmente murió seis meses después, justo a medio Periférico, como aquella vez que se le tronó la bomba de agua. Solo que esta vez no hubo arreglo mágico ni partes de yonke que la salvaran. Tuve que venderla como chatarra y andar en transporte público con mi caja de herramientas al hombro durante casi un año, hasta que pude juntar para una pick-up usada, modelo noventa y tantos, pero fiel.
Ese año fue duro. Llegaba a casa con los hombros molidos, oliendo a metro y sudor, pero al abrir la puerta, ahí estaba ese “silencio expectante” que había reemplazado a mi soledad. Valentina corría hacia mí con sus piernitas gordas, gritando “¡Papá, papá!”, y Julia levantaba la vista de su máquina de coser —porque sí, volvió a coser y se volvió la costurera más solicitada de la colonia— y me regalaba esa sonrisa que me había salvado del abismo.
—Lávate las manos, mugroso, que ya están las tortillas —me decía, y yo obedecía como soldado.
El Fantasma y la Memoria
A medida que Valentina crecía, el parecido con la hija que Julia perdió se hacía innegable. Tenían la misma nariz, como Julia me había señalado aquella tarde rodeada de cajas de zapatos. Al principio, yo temía que eso fuera un problema. Temía que Julia viera en Valentina un fantasma, una segunda oportunidad para corregir el pasado trágico.
Pero Julia cumplió su palabra. Aquello que me dijo de que “a ellos los tengo en la memoria, pero a ti te tengo en la vida” se convirtió en la ley de nuestra casa.
Sin embargo, hubo momentos difíciles. Recuerdo una tarde de noviembre, cuando Valentina tenía unos seis años. Estaba lloviendo, esa lluvia suavecita que repiquetea en el techo de lámina y que antes me daba miedo. Valentina estaba dibujando en la mesa de la cocina y de repente preguntó:
—Mami, ¿por qué en la ofrenda de muertos hay una foto de una niña que se parece a mí?
El aire se congeló en la cocina. Yo estaba arreglando una licuadora en la mesa de al lado, y sentí que el desarmador se me resbalaba de las manos sudorosas. Era la foto de Mariana. Siempre la poníamos en el altar, junto al esposo de Julia y a mi madre.
Julia dejó de batir el chocolate. Se limpió las manos en el delantal, se agachó a la altura de Valentina y le acarició el pelo.
—Esa es tu hermana mayor, mi amor. Se llamaba Mariana.
—¿Y dónde está? —preguntó Valentina con esa inocencia brutal de los niños.
—Está en el cielo. Se fue hace mucho tiempo, antes de que tú llegaras para alegrarnos la vida.
—¿Y por qué no está mi papá Mateo en la foto con ella?
Julia me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de dolor, sino de una ternura infinita.
—Porque papá Mateo llegó después, mi cielo. Él llegó para arreglar mi corazón cuando estaba roto. Él es tu papá. Y Mariana es tu ángel.
Valentina pareció satisfecha con la respuesta, agarró su color naranja y siguió pintando una calabaza. Yo me tuve que salir al patio a “revisar los fusibles” porque se me hizo un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Ese día entendí que no competía con nadie. Que mi lugar estaba ganado a pulso, pañal por pañal , desvelo por desvelo.
La Adolescencia: Una Tormenta Diferente
Si los cólicos de bebé fueron una “fiesta” nocturna, la adolescencia de Valentina fue un festival de rock pesado. Esa niña tenía carácter, el mismo que mostró cuando miró retadora al cura en su bautizo. Era “brava”, como su madre.
A los trece años, le dio por decir que yo era anticuado, que no la entendía, que mi trabajo de técnico era “sucio”.
—¡Ay, papá, límpiate las uñas antes de venir a la escuela por mí! —me gritó una vez frente a sus amigas.
Me dolió. Me dolió más que cuando me cortaba con las láminas de las lavadoras. Mis manos, esas manos que la habían sostenido en la incubadora cuando era del tamaño de una nuez, ahora le daban vergüenza.
Esa noche, Julia la sentó en la sala. Yo estaba en el patio, fingiendo que regaba mis cempasúchiles, que ya eran una selva para entonces, pero escuchaba todo.
—Mira, Valentina —le dijo Julia con voz firme—. Esas manos “sucias” que ves son las que pagaron tus libros. Son las que te compraron esa mochila de marca que tanto querías. Son las manos que te limpiaron cuando eras bebé y yo no tenía fuerzas. Tu papá es el hombre más digno que vas a conocer en tu vida. Y si te vuelvo a oír hablarle así, te vas a olvidar de tu celular hasta que tengas treinta años.
Valentina lloró, hizo berrinche, azotó puertas. Pero al día siguiente, cuando llegué del trabajo, encontré un bote de crema para manos industriales en mi mesa de noche con una nota mal escrita: “Perdón, pa. Te quiero”.
Guardé esa nota en mi caja de herramientas, junto a la foto del ultrasonido donde parecía un chícharo. Era mi recordatorio de que ser padre es un oficio de paciencia, de reparar lo que se rompe, incluso si lo que se rompe es el orgullo.
Los Quince Años: El Proyecto Más Grande
En México, los quince años son sagrados. No importa si no tienes para comer la semana siguiente, la fiesta se hace. Es una tradición que llevamos en el ADN, una mezcla de orgullo azteca y presunción española.
Desde que Valentina cumplió catorce, el tema se volvió central en la casa. Doña Licha, que ya caminaba con bastón pero no perdía el filo de la lengua, fue la primera en sacar el tema.
—¿Y qué, Mateo? ¿Ya estás engordando al marrano para los quince de la niña? Mira que el salón de la colonia se aparta con un año de anticipación.
Yo sudaba frío solo de pensarlo. La economía estaba estable, pero una fiesta de esas magnitudes era palabras mayores. Sin embargo, cuando vi a Valentina mirando vestidos en el celular con esa ilusión en los ojos, supe que no tenía opción.
—Vamos a armarla —le dije a Julia una noche, sacando la calculadora—. Voy a trabajar los domingos. El Tuercas dice que me presta el taller para hacer chambas extras de mecánica ligera. Tú puedes agarrar más costuras.
—Yo le hago el vestido —dijo Julia decidida—. No voy a pagar diez mil pesos por un trapo que puedo hacer mejor yo. Vamos a comprar la tela en el centro, de la buena.
Fue un año de locura. Fue como volver a los tiempos de la “Bestia” descompuesta. Trabajábamos de sol a sol. Yo reparaba lo inrreparable: estufas oxidadas, refris que parecían ataúdes, microondas de la prehistoria. Todo peso contaba.
El Tuercas, mi compadre fiel que se había lucido con el bolo en el bautizo, se ofreció a ser padrino de música.
—Yo pongo el sonido, compadre. Tengo un sobrino que es DJ, cobra barato y trae buen equipo. Eso sí, nada de reguetón sucio hasta después de las doce.
Llegó el día. Y tengo que decirles que si el bautizo fue emotivo, esto fue el cierre de un ciclo vital.
La misa fue en la misma iglesia de San Judas. Valentina entró caminando con ese vestido azul rey que Julia había cosido noche tras noche, pinchándose los dedos, dejando su alma en cada lentejuela. Se veía hermosa. Se veía mujer. Ya no era la bebé prematura llena de cables. Era una fuerza de la naturaleza.
Yo iba a su lado, con un traje nuevo (esta vez sí de mi talla), sintiendo que el corazón se me salía del pecho. Al llegar al altar, ella me apretó el brazo.
—No llores, pa, que se me corre el rímel —me susurró.
—Cállate, chamaca —le contesté con la voz quebrada—. Tengo una basurita en el ojo.
La fiesta fue en el salón ejidal, que decoramos entre todos los vecinos. Porque sí, al final, el barrio seguía siendo manada. Doña Licha, sentada en primera fila como matriarca, criticaba los centros de mesa pero se comió dos platos de barbacoa.
Llegó el momento del vals. La canción era “Tiempo de Vals” de Chayanne, un clásico inevitable. Me paré en medio de la pista, con las luces apagadas y un seguidor iluminándonos. Valentina puso su mano en mi hombro y yo puse mi mano en su cintura.
Mientras dábamos vueltas, vi pasar mi vida como una película. Vi a Julia bajo la lluvia tocando mi puerta. Vi la prueba de embarazo de dos rayitas. Vi el hospital. Vi las noches en vela en la cocina. Y vi a este hombre, a este Mateo que solo quería arreglar lavadoras para no pensar en su soledad, convertido en el padre de una princesa.
—Gracias, papá —me dijo Valentina al oído mientras girábamos—. Gracias por no irte nunca. Gracias por quedarte cuando las cosas se pusieron feas.
—Yo no me fui, mija, porque tú eras la pieza que me faltaba —le dije, y ahí sí, lloré sin importarme un carajo el qué dirán.
La Decisión Tardía
Un par de años después de los quince, cuando Valentina ya estaba en la preparatoria y empezaba a hablar de ir a la universidad (quería ser ingeniera, “para arreglar cosas como tú, pero más grandes”, decía), ocurrió algo que Julia y yo habíamos pospuesto indefinidamente.
Estábamos cenando, los tres, cuando Valentina soltó la bomba.
—Oigan, en la escuela me pidieron el acta de matrimonio de mis papás para un trámite de beca… y pues, me di cuenta de que no tienen.
Julia y yo nos miramos. Se nos había olvidado. Entre la crianza, el trabajo, los sustos y las alegrías, nunca firmamos el papel. Éramos “unión libre” ante la ley, pero esposos ante la vida.
—Pues no, no tenemos —dijo Julia, sirviendo más café—. ¿Es muy necesaria?
—Pues sí, ma. O sea, no para la beca, eso se arregla, pero… ¿por qué nunca se casaron?
—Porque no teníamos lana —dije yo, riendo—. Y luego porque no teníamos tiempo. Y luego porque… pues porque ya pa’ qué.
Valentina nos miró con esa mirada de ingeniera que analiza estructuras.
—Pues deberían. Digo, ya aguantaron lo más difícil. Ya pasaron la prueba de calidad.
Esa noche, en la cama, Julia me preguntó:
—¿Tú te quieres casar, Mateo?
—Yo estoy casado contigo desde que te preparé ese té de manzanilla la primera noche. Pero si quieres el papel, vamos por el papel.
—No quiero fiesta —advirtió ella—. Ya gastamos mucho en los quince. Algo sencillo. Solo tú, yo, la niña y los testigos.
Y así fue. Un martes por la mañana, fuimos al registro civil. Mis testigos fueron el Tuercas (obviamente) y Doña Licha, quien insistió en ir “para dar fe de que por fin van a dejar de vivir en pecado”, aunque lo dijo con una sonrisa y nos regaló una vajilla nueva.
No hubo vestido blanco, ni gran banquete. Fuimos a comer pozole al mercado después de firmar. Pero cuando el juez dijo “los declaro marido y mujer”, sentí una paz distinta. No era que el papel cambiara lo que sentía, sino que era el remache final de la estructura que habíamos construido.
El Nido Vacío y el Taller de la Vida
Ahora escribo esto sentado en mi patio. Han pasado muchos años. Mis cempasúchiles siguen ahí, floreciendo cada temporada, recordándome que la vida es cíclica.
Valentina se fue hace dos años. Se graduó de ingeniera mecatrónica, la muy lista. Consiguió trabajo en una planta automotriz en Querétaro. Lloramos como magdalenas cuando se fue, pero sabíamos que tenía que volar. Los hijos son prestados, dicen, pero el orgullo de verlos triunfar se queda con uno.
Viene a visitarnos cada quince días. Trae a su novio, un muchacho bueno que me mira con respeto y me escucha cuando le explico cómo funciona el motor de su coche.
Julia y yo nos quedamos solos otra vez en la casa. Pero ya no es la misma soledad de antes. Es una soledad acompañada. Una soledad llena de recuerdos y de ruidos familiares.
Julia sigue cosiendo, aunque ya menos, por la vista. Yo sigo arreglando lavadoras, pero ya soy “Don Mateo” en la colonia. Ya tengo un ayudante, un chavo del barrio al que le estoy enseñando el oficio para que no ande en malos pasos.
A veces, por las tardes, nos sentamos Julia y yo en el zaguán a ver llover. Ya no me da miedo la lluvia. Ya no me recuerda a esa noche en que ella tocó mi puerta temblando. Ahora me recuerda a la vida que creció gracias a esa tormenta.
El otro día, una lavadora que estaba arreglando me dio mucha lata. Tenía la transmisión pegada, los baleros deshechos. Estaba para la basura. El cliente me dijo:
—Ya tírela, Don Mateo, compre una nueva.
Pero yo me le quedé viendo. La desarme completa. Limpié pieza por pieza. Engrasé, ajusté, cambié lo que estaba roto. Me tardé tres días, pero quedó jalando como nueva.
Cuando la escuché zumbar, ese chaca-chaca rítmico y hermoso, pensé en nosotros.
Pensé en Julia, rota por el dolor de su pasado. Pensé en mí, oxidado por la soledad. Pensé en Valentina, nuestra pieza maestra que casi no arranca.
La gente piensa que cuando algo se rompe, hay que tirarlo. Que cuando una vida se descarrila, ya no tiene remedio. Pero yo soy técnico. Yo sé que si tienes paciencia, si tienes las herramientas correctas —amor, terquedad, y un poco de ayuda del barrio—, casi cualquier cosa puede volver a funcionar.
Miro a Julia, que está regando las plantas en el patio. Tiene el pelo gris ahora, y camina más despacio, pero sigue teniendo esa sonrisa que me desarma.
—¿En qué piensas, viejo? —me grita desde allá.
—En que te quiero, vieja —le contesto.
—Ay, estás loco —se ríe ella, pero sé que le gusta.
Sí, estoy loco. Loco de gratitud. Porque aquella noche lluviosa, cuando abrí la puerta esperando una reparación de rutina, terminé reparando mi propia alma. Y déjenme decirles, amigos, que ha sido la mejor chamba de mi vida. No me arrepiento de nada. Ni de los gastos, ni de los sustos, ni de las manos sucias.
Porque al final del día, cuando apago la luz y escucho la respiración tranquila de mi mujer a mi lado, sé que el motor sigue girando. Y mientras gire, hay vida.
FIN