Me dijeron que un policía de ciudad no duraría ni un día en la sierra conmigo, y tenían razón: cuando la noche cayó y el peligro nos rodeó, tuvo que decidir si confiar en su placa o en mis ojos.

Me llamo Elena. Para la mayoría en el pueblo de San Pedro, el suelo es solo tierra donde se pisan las botas o pasan las vacas flacas bajo el sol. Pero para mí, el suelo grita cosas que la gente calla.

Estaba agachada en la orilla del camino, con mis dedos rozando el polvo caliente, cuando sentí una sombra sobre mí.

—Estás mirando la tierra como si te fuera a confesar un pecado —dijo una voz burlona a mis espaldas.

No necesité voltear para saber quién era. El nuevo teniente, Ramírez. Botas nuevas, uniforme impecable y esa arrogancia de quien cree que las leyes de la ciudad sirven en el monte. Había escuchado los rumores sobre mí: la mujer que leía huellas, la que veía caminos donde otros solo veían matorrales. Él no creía en cuentos de viejas.

—Ya confesó —le contesté sin mirarlo.

Me levanté, sacudiéndome la tierra de las palmas. Él me miró con duda; esperaba a alguien mayor, no a una mujer con la mirada cansada pero firme.

—Pasaron dos hombres por aquí anoche. Uno cojea, el otro miraba hacia atrás con miedo. Llevan algo pesado, o a alguien.

Ramírez arqueó una ceja, incrédulo.

—Esa es mucha historia para unos simples rasguños en el suelo, señora.

—Entonces no me siga —le solté, y vi cómo le molestó mi respuesta.

El comisario lo había mandado a buscarme porque el hijo de un ranchero había desaparecido. Habían encontrado manchas de s*ngre cerca del arroyo seco, pero ningún rastro claro. La desesperación hace que la gente confíe en lo que sea, incluso en mí, aunque al teniente le doliera en el orgullo depender de una civil.

Salimos al mediodía. El sol pegaba fuerte y el terreno se abría, implacable. Yo iba adelante, escaneando cada piedra. Él iba atrás, esperando que me equivocara, esperando probar que yo era un fraude.

De repente, me detuve en seco.

—Aquí —señalé—. El hombre que cojea tropezó. La tierra se hundió hacia adentro. Cayó de rodillas.

Ramírez se bajó de la patrulla, se hincó y frunció el ceño. Pasó su dedo por la marca. Era exactamente como yo dije. Por primera vez, vi que su certeza se tambaleaba. No era fe todavía, pero ya no era duda absoluta.

Seguimos el rastro hacia la zona de las peñas, donde el silencio pesa más que el calor.

—¿Cómo aprendiste esto? —preguntó finalmente.

—Mi padre me enseñó —le dije sin detenerme—. La tierra recuerda todo, teniente. La gente es la que olvida cómo escuchar.

Al atardecer, encontramos las cenizas frías de una fogata y tela rasgada con s*ngre. Prueba real. Ramírez soltó el aire despacio.

—Parece que no vamos a regresar hoy —dijo.

—No. Estamos cerca —le aseguré.

Pero entonces, el viento cambió. Me detuve. No era solo el viento. Eran caballos. Y venían rápido.

Miré al teniente a los ojos. El miedo real no deja marcas en el suelo, las deja en la cara.

—NO ESTAMOS SOLOS. ¿CONFÍA EN MÍ O NOS VAMOS A M*RIR AQUÍ MISMO?

PARTE 2: EL SUSURRO DEL DIABLO EN LA SIERRA

—¡Abajo! —siseé, no con la boca, sino con el instinto, jalando a Ramírez por la pechera de su uniforme inmaculado hacia la sombra de un mezquite viejo.

La tierra nos recibió con dureza. Las piedras se clavaron en mis costillas y sentí cómo el teniente se ponía rígido, su mano yendo instintivamente a la funda de su arma. Le aplasté la mano contra el suelo con la mía, sucia y áspera. Sus ojos se abrieron como platos, llenos de esa indignación de quien está acostumbrado a dar órdenes, no a recibirlas en el polvo.

—Ni. Respires. —Le articulé sin voz, clavándole la mirada.

El sonido de los cascos retumbó en el suelo antes de llegar a nuestros oídos. La tierra vibraba contra mi pecho. No eran caballos de paseo. Eran bestias pesadas, montadas por hombres que no tenían prisa porque sabían que eran dueños del monte. Eran tres. Los vi pasar a través de las ramas espinosas del matorral, recortados contra la última luz violácea del atardecer.

Sombreros bajos, armas largas cruzadas en la espalda —cuernos de chivo que brillaban con un aceite siniestro— y esa postura relajada, casi aburrida, de los que trabajan para la maña. El olor a tabaco barato y sudor agrio flotó hacia nosotros, mezclado con el hedor animal de las bestias.

Ramírez contenía el aliento, pero su corazón latía tan fuerte que temí que el sonido rebotara en las piedras. Uno de los jinetes, el que iba en un caballo pinto, jaló las riendas justo frente a nuestra posición. El caballo resopló, sacudiendo la cabeza, y una espuma blanca cayó a menos de un metro de mis botas.

—¿Oíste eso? —dijo el jinete. Su voz era ronca, como si hubiera tragado grava.

Mi sangre se heló, pero mi cuerpo se mantuvo inmóvil, convertido en una piedra más del desierto. Ramírez empezó a desenfundar despacio, milímetro a milímetro. Idiota, pensé. Si sacas ese fierro, nos matan antes de que puedas quitarle el seguro. Apreté mi agarre en su muñeca hasta que sentí sus huesos crujir bajo mis dedos. Él me miró con dolor, pero se detuvo.

—Fue un conejo, güey. O un coyote hambriento. Vámonos, el Patrón quiere al morro listo para cuando baje la camioneta —respondió otro jinete, más adelantado.

—Se siente… pesado el aire aquí —insistió el primero, escupiendo al suelo. El gargajo cayó sobre una piedra caliza, brillando húmedo en la penumbra.

Estuvo ahí, detenido, cinco segundos que parecieron cinco años. Sus ojos barrieron el matorral donde estábamos. Sé que no nos vio, pero nos sintió. Esa gente tiene el instinto del depredador. Sin embargo, la impaciencia de sus compañeros lo salvó… y nos salvó a nosotros.

—¡Ándale, cabrón! Que se nos va la luz.

El jinete taloneó al caballo y siguieron su camino, perdiéndose garganta arriba, hacia donde la sierra se vuelve traicionera y llena de cuevas que no aparecen en los mapas del gobierno.

Esperé hasta que el sonido de los cascos fue solo un eco fantasma. Solo entonces solté a Ramírez. Él se apartó de golpe, respirando bocanadas de aire como si hubiera estado bajo el agua.

—¡Pudimos haberlos detenido! —me reclamó en un susurro furioso, limpiándose el polvo de la camisa—. Eran tres. Yo tengo entrenamiento táctico. Usted me impidió actuar. Eso es obstrucción de la justicia.

Me senté despacio, acomodándome el cabello que se me había pegado a la frente por el sudor frío. Lo miré con una mezcla de lástima y rabia.

—Usted tiene entrenamiento para disparar a siluetas de papel en un campo de tiro con aire acondicionado, teniente —le dije, sacando mi cantimplora—. Esos hombres nacieron con un rifle en la mano. Si usted hubiera disparado, habría bajado uno, tal vez dos. El tercero nos habría cazado como a venados ciegos. Y lo más importante: si disparaba, nunca sabríamos dónde tienen al muchacho. Los muertos no hablan, y los casquillos no dan direcciones.

Ramírez se quedó callado, masticando su orgullo. Sabía que yo tenía razón, y eso le dolía más que las piedras en las rodillas.

—¿Qué escuchó? —preguntó después de un trago largo de agua, su voz ya más controlada.

—Dijeron que el “Patrón” quiere al “morro” listo. Esperan una camioneta. Eso significa que lo van a mover. Probablemente a la frontera o a una casa de seguridad en la capital. Si lo suben a un vehículo, teniente, perdemos el rastro para siempre. El asfalto no guarda secretos como la tierra.

Me puse de pie. La noche ya había caído sobre nosotros como un manto pesado y negro. En el desierto, la oscuridad no es simplemente la ausencia de luz; es una presencia física. El frío empezó a morder inmediatamente, ese frío seco del norte que se mete en los huesos y te hace dudar si alguna vez volverás a sentir calor.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, mirando hacia la negrura absoluta de la sierra—. No podemos rastrear de noche. Es imposible ver las huellas.

Sonreí, una mueca triste que él no pudo ver.

—Usted necesita ver para creer, Ramírez. Yo no. Además, ya no estamos rastreando huellas de pies. Estamos rastreando el miedo. Y el rastro fresco de tres caballos es una autopista si sabes cómo olerla. Vamos.

Empezamos a caminar. El terreno se volvió hostil. Ya no era el sendero de tierra compacta; ahora eran rocas sueltas, lechos de arroyos secos llenos de espinas y subidas empinadas. Yo iba adelante, mis ojos acostumbrándose a la penumbra, guiándome por las siluetas de los cerros contra las estrellas y por el olor a estiércol fresco que dejaban las bestias.

Ramírez tropezaba cada diez metros. Escuchaba el crujir de sus botas, sus maldiciones ahogadas, el sonido metálico de su equipo golpeando contra las piedras. Era ruidoso, torpe. Un elefante en una cristalería.

—Pise donde yo piso —le ordené sin voltear—. Levante los pies, no los arrastre. Si patea una piedra y rueda cerro abajo, el sonido viajará kilómetros.

—Es fácil decirlo para usted —rezongó—. Parece que ve en la oscuridad.

—No veo. Siento.

Caminamos durante dos horas en silencio. El frío era cada vez más intenso. Mis manos estaban entumecidas, pero no me detuve. Sabía que si parábamos, el cansancio nos ganaría. La adrenalina del encuentro con los sicarios se estaba disipando, dejando paso al agotamiento físico.

De repente, Ramírez me alcanzó y me agarró del hombro.

—Alto. Necesito… necesito un minuto.

Se dobló, apoyando las manos en las rodillas. Estaba jadeando. Para un hombre joven y en forma, la sierra lo estaba devorando. No es solo el esfuerzo físico; es la altitud, el aire seco, y la presión psicológica de saberte diminuto en medio de la nada.

—No tenemos un minuto —le dije, aunque me detuve. Aproveché para mirar el cielo. La Osa Mayor brillaba clara. Estábamos yendo al noroeste. Hacia “La Garganta del Diablo”, una formación rocosa que los locales evitan.

—¿Por qué hace esto? —preguntó Ramírez de repente, rompiendo el protocolo—. No es policía. No le pagan por esto. El comisario me dijo que usted vive sola, que apenas sale al pueblo. ¿Por qué arriesgar el pellejo por el hijo de un ranchero que ni siquiera la saluda en la calle?

Me quedé quieta, mirando la silueta negra de un cactus gigante que parecía un hombre con los brazos levantados pidiendo piedad. Esa pregunta. Siempre esa maldita pregunta.

—Porque nadie debería quedarse en el monte —susurré, y mi voz sonó más fuerte de lo que quería—. Porque la tierra es para sembrar vida, no para esconder muerte.

—Eso es poesía, Elena. Quiero la verdad.

Me giré hacia él. Aunque estaba oscuro, sentí su mirada inquisidora.

—¿Quiere la verdad, teniente? —Di un paso hacia él—. La verdad es que hace seis años, mi hijo salió a comprar refacciones para su camioneta. Tenía veintidós años. Se llamaba Paco. Era buen muchacho, estudiaba agronomía. Nunca volvió.

Ramírez se enderezó un poco, el silencio entre nosotros se volvió denso.

—Lo busqué —continué, sintiendo ese nudo familiar en la garganta que nunca se deshace—. Fui a la policía. Me pidieron dinero para la gasolina de las patrullas. Se los di. Me pidieron dinero para “agilizar los trámites”. Se los di. Luego me dijeron que seguro andaba “en malos pasos”, que se había ido con alguna mujer, o que se había cruzado al otro lado. Me cerraron la puerta en la cara.

Tomé aire, el aire helado quemándome los pulmones.

—Así que compré unas botas, agarré un palo y salí a buscarlo yo misma. Aprendí a leer la tierra porque nadie más iba a hacerlo por mí. Encontré a muchos, teniente. Encontré huesos, encontré ropa, encontré fosas que harían vomitar a sus generales de escritorio. Le regresé hijos a sus madres, hermanos a sus hermanas. Pero a Paco… —mi voz se quebró por un milisegundo, pero me recompuse—… a Paco todavía no lo encuentro. Cada vez que busco a alguien, estoy buscando a mi hijo. Cada muchacho que saco de este infierno, es un pedacito de esperanza de que alguien, en algún lugar, esté haciendo lo mismo por el mío.

Ramírez no dijo nada. El silencio se alargó, pero esta vez no era incómodo. Era respetuoso. Escuché cómo tragaba saliva. Tal vez, por primera vez, veía a la mujer detrás de la “bruja” que leía la tierra.

—Lo siento —dijo finalmente. Fue un susurro honesto.

—No necesito su lástima, teniente. Necesito que mantenga el ritmo. Si esos hombres llegan a la camioneta antes que nosotros, ese muchacho será otro fantasma más en mi lista. Y yo ya tengo demasiados fantasmas.

Me di la vuelta y seguí caminando. Pero sentí un cambio. Los pasos de Ramírez detrás de mí se volvieron más ligeros, más cuidadosos. Ya no se quejaba. Había entendido que esto no era una misión policial; era una cruzada.

Media hora después, el olor cambió.

Me detuve en seco y levanté la mano. Ramírez imitó mi gesto instantáneamente, agachándose.

—¿Qué es? —susurró muy cerca de mi oído.

—Humo. Pero no de leña. Tabaco. Y… gasolina.

Nos arrastramos hasta la cresta de una loma baja. Abajo, en una hondonada protegida por paredes de roca vertical, había luz. No era una fogata grande, sino la luz de linternas y el resplandor de un vehículo.

Ahí estaba. “La Garganta del Diablo”. Había una construcción vieja, ruinas de lo que alguna vez fue un puesto minero. Paredes de adobe desmoronadas y techos de lámina oxidada.

Había dos camionetas pick-up estacionadas. Hombres armados caminaban de un lado a otro. Conté cinco. Más los tres jinetes que habían llegado… ocho hombres.

—Mierda —susurró Ramírez—. Es un campamento base.

—Mire allá —señalé con el dedo hacia una estructura pequeña, separada de las demás, que parecía una bodega de herramientas.

Frente a la puerta de esa bodega, había un hombre sentado en una silla de plástico, con un rifle sobre las piernas, cabeceando. Pero lo que me heló la sangre fue lo que vi en el suelo, cerca de la entrada.

Un zapato deportivo. Blanco. De marca. Justo como los que describió el padre del muchacho desaparecido.

—Está ahí dentro —dijo Ramírez, su voz tensa pero profesional—. Tenemos confirmación visual de actividad delictiva y posible ubicación de la víctima. Tengo que pedir refuerzos.

Sacó su radio. Solo se escuchó estática. Probó con su celular. Nada. “Sin Servicio”.

—Estamos en zona de silencio, teniente. Aquí las ondas no entran ni salen. Estamos solos.

Ramírez miró su arma, luego a los ocho hombres abajo, luego a mí.

—No podemos enfrentarlos. Son ocho contra dos. Mi cargador tiene quince balas. Tengo dos cargadores extra. Usted tiene… una navaja y un palo.

—No necesitamos matarlos a todos —dije, mi mente trabajando a mil por hora, analizando el terreno—. Solo necesitamos sacar al muchacho y desaparecer antes de que se den cuenta.

—¿Y cómo planea hacer eso, Elena? ¿Volviéndonos invisibles?

—Mire los caballos —señalé hacia un corral improvisado hecho con cuerdas y estacas, alejado de las camionetas—. Están nerviosos. No les gusta el olor de la gasolina ni el ruido de la planta de luz que tienen encendida.

—¿Y?

—Si soltamos a los caballos, correrán hacia la salida del cañón, que es por donde entramos. Harán ruido, levantarán polvo. Los hombres se distraerán. Pensarán que se escapan sus bestias o que alguien viene. La mayoría correrá a tratar de agarrarlos.

—Es una distracción —asintió Ramírez, empezando a ver el plan—. Mientras ellos van por los caballos, nosotros vamos por el chico.

—Exacto. Pero hay un problema. El guardia de la puerta. Él no se va a mover por unos caballos. Su trabajo es vigilar la puerta.

Ramírez miró al guardia. Estaba a unos cincuenta metros de nuestra posición, cuesta abajo.

—Yo me encargo del guardia —dijo Ramírez. Su tono había cambiado. Ya no era el teniente arrogante, era un hombre a punto de entrar en combate—. Pero necesito acercarme mucho. Si fallo…

—Si falla, morimos. Así de simple.

El plan era una locura. Una misión suicida. Pero no teníamos opción. Vi movimiento cerca de las camionetas. Un hombre salió de la casa principal hablando por un radio satelital.

—…Sí, patrón. En una hora salimos. Ya está listo el paquete.

Nos miramos. Una hora. No teníamos una hora. Teníamos minutos.

—Escúcheme bien, Ramírez —le dije, agarrándolo del brazo—. Usted es la ley en la ciudad. Pero aquí, en este momento, usted es mis manos y yo soy sus ojos. Muévase por la sombra de la pared derecha. El suelo ahí es de arena suelta, amortiguará sus pasos. No pise la grava. Cuando llegue a los barriles oxidados, espere mi señal.

—¿Cuál señal?

—El chillido de un halcón.

—Es de noche, Elena. Los halcones duermen.

—Exacto. Si un halcón chilla de noche, es porque algo lo asustó. Ellos mirarán hacia arriba. Ese es su momento.

Ramírez asintió. Vi el sudor perlado en su frente a pesar del frío.

—Elena… —dudó un momento—. Si esto sale mal… dígale a mi esposa que no fui un cobarde.

—Nadie le va a decir nada a nadie porque vamos a salir de esta —le corté—. Ahora vaya.

Lo vi descender. Para mi sorpresa, se movía mejor de lo que esperaba. Tal vez el miedo es un buen maestro, o tal vez finalmente estaba respetando el terreno. Se deslizó entre las sombras, pegado a las rocas, convirtiéndose en una mancha oscura más.

Yo me moví hacia el corral de los caballos. Tenía que rodear el campamento. Me arrastré sobre mi estómago, ignorando las espinas de las chollas que se me clavaban en los codos y las rodillas. El dolor me mantenía alerta.

Llegué cerca de los caballos. Eran tres animales hermosos y maltratados. Me olieron antes de verme. Uno relinchó bajo.

—Shhh, tranquilos —susurré, acercándome despacio. Saqué mi navaja. La cuerda que sostenía la tranca del corral era vieja.

Miré hacia la bodega. Ramírez estaba en posición, agazapado detrás de unos tambos de metal oxidados, a cinco metros del guardia. El guardia seguía cabeceando, con el rifle resbalando ligeramente de su regazo.

Era el momento.

Tomé aire, llenando mis pulmones con el polvo y la noche. Y solté el chillido. Un sonido agudo, rasgado, que rompió el silencio del cañón. No sonaba exactamente como un halcón, sonaba como algo que moría.

El efecto fue inmediato.

El guardia se sobresaltó, poniéndose de pie y mirando hacia la oscuridad de arriba, buscando el origen del sonido. Los hombres que estaban cerca de las camionetas también voltearon, con las manos en las armas.

—¿Qué chingados fue eso? —gritó uno.

En ese instante, corté la cuerda. Golpeé el anca del caballo más cercano con la palma abierta.

—¡Vámonos!

Los caballos, asustados por el grito y el golpe, salieron en estampida. El ruido fue atronador. Cascos golpeando tierra, relinchos de pánico. Corrieron directo hacia el centro del campamento, derribando una mesa y pasando peligrosamente cerca de los hombres armados.

—¡Los caballos! ¡Se escapan las bestias! —gritaron.

El caos estalló. Cuatro hombres corrieron tras los animales. Otros dos se quedaron gritando órdenes.

Miré hacia la bodega. Ramírez ya no estaba detrás de los tambos.

El guardia, distraído por el estruendo de los caballos, había dado un paso hacia adelante. No vio la sombra que se le vino encima. Ramírez emergió de la oscuridad como un espectro. No usó su arma. Le dio un culatazo seco en la sien. El sonido fue sordo, brutal. El guardia se desplomó como un costal de papas sin soltar un solo gemido.

Ramírez lo arrastró hacia las sombras y le quitó las llaves que colgaban de su cinturón. Me hizo una seña rápida.

Yo bajé corriendo, deslizando mis botas por la ladera, rezando para no resbalar y hacer ruido. Llegué a su lado con el corazón en la garganta.

—Cúbrame —dijo él, pasándome el rifle del guardia inconsciente.

—No sé usar esto —le dije, sintiendo el peso frío del metal.

—Apunte y apriete el gatillo. Es todo.

Ramírez intentó abrir el candado. Sus manos temblaban ligeramente.

—Maldita sea… —murmuró. La llave no giraba.

—Calma —le susurré, vigilando a los hombres que seguían persiguiendo a los caballos. Estaban lejos, pero regresarían pronto.

Click. El candado se abrió.

Ramírez empujó la puerta de metal. Chirrió horriblemente. Nos congelamos. Nadie miró. El ruido de los caballos seguía siendo nuestra cobertura.

Entramos.

El olor adentro era insoportable. Orina, miedo y sangre vieja. En una esquina, sobre un colchón sucio, había un bulto.

Ramírez encendió una pequeña linterna táctica, tapando la luz con sus dedos para que fuera solo un hilo rojo.

Iluminó el bulto.

Era el muchacho. Estaba atado de pies y manos, con cinta gris en la boca. Tenía un ojo cerrado por la hinchazón y la camisa rota. Cuando vio la luz, intentó gritar, pero solo salió un gemido ahogado de pánico.

—Tranquilo, hijo, tranquilo —susurró Ramírez, acercándose—. Soy la policía. Te vamos a sacar de aquí.

El chico lloraba en silencio, temblando incontrolablemente. Ramírez sacó su navaja para cortar las ataduras de las manos.

—Elena, vigila la puerta —me ordenó.

Me acerqué a la entrada, mirando por una rendija. Los hombres estaban regresando. Habían logrado acorralar a uno de los caballos, pero los otros dos se habían perdido en la noche.

—Patrón, se fueron dos —dijo uno de los sicarios, jadeando—. Pero se me hace muy raro. La cuerda estaba cortada.

Mi corazón se detuvo.

—¿Cortada? —La voz que respondió era helada. Era el hombre que había estado hablando por el radio satelital. Se acercó a donde estaban revisando la cuerda—. Alguien los soltó. ¡ESTÁN AQUÍ!

—¡Ramírez, ya saben! —siseé hacia adentro—. ¡Apúrate!

—¡Ya está! —Ramírez levantó al muchacho. El chico apenas podía caminar, tenía una pierna lastimada.

—¡Revisen la bodega! ¡Chequen al guardia! —gritó el líder afuera.

Escuchamos pasos corriendo hacia nosotros. Botas pesadas sobre la grava.

—No vamos a salir por la puerta —dijo Ramírez, mirando desesperado las paredes de lámina.

—Ahí —señalé una parte de la pared trasera donde el adobe estaba desmoronado y la lámina levantada—. Por ahí cabemos.

Ramírez empujó al muchacho hacia el agujero.

—¡Pasa, rápido!

El chico se arrastró, gimiendo de dolor. Ramírez lo empujó.

—¡Vaya usted, Elena!

—¡No! Usted primero, necesita jalarlo del otro lado. Yo los cubro.

—¡No la voy a dejar!

—¡Vaya! —le grité, empujándolo.

En ese momento, la puerta principal de la bodega se abrió de una patada. La luz de las linternas de los sicarios inundó el pequeño espacio.

Me tiré al suelo detrás de unas cajas de madera vieja justo cuando el aire se llenó de plomo. El sonido de los disparos fue ensordecedor en el espacio cerrado. Rat-tat-tat-tat. Las astillas de madera volaron sobre mi cabeza.

Tenía el rifle del guardia en mis manos. Nunca había disparado uno, pero había visto suficientes películas y había visto a los soldados en el pueblo. Puse el cañón sobre la caja, cerré los ojos un segundo pensando en Paco, y apreté el gatillo.

El arma coceó contra mi hombro como una mula, lastimándome, pero escupió fuego. No apunté a nada en particular, solo hacia la puerta. Escuché un grito de dolor y maldiciones.

—¡Tienen fierros! ¡Traigan la granada!

¿Granada?

Miré hacia atrás. Ramírez ya había sacado al chico y me extendía la mano desde el hueco.

—¡ELENA! ¡AHORA!

Me levanté y corrí. Sentí el viento de una bala pasar rozando mi oreja, un zumbido caliente y mortal. Me lancé hacia el hueco como si fuera la base en un juego de béisbol. Las manos de Ramírez me agarraron de la chamarra y me jalaron con una fuerza brutal hacia la oscuridad exterior.

Caímos en la tierra del otro lado justo cuando una explosión sacudió la bodega.

BOOM.

El techo de lámina voló por los aires. El calor de la explosión nos golpeó la espalda, y una lluvia de tierra y escombros cayó sobre nosotros.

—¡Corran! —gritó Ramírez, levantando al muchacho en vilo sobre su hombro derecho.

Corrimos hacia el monte, alejándonos del resplandor del fuego. Mis oídos zumbaban. No oía nada, solo un pito agudo. Pero mis piernas se movían por instinto.

Subimos por una ladera empinada, raspándonos contra las piedras, cayendo y levantándonos.

Cuando mi audición regresó, escuché los gritos a nuestras espaldas.

—¡SE FUERON POR ATRÁS! ¡SUELTEN A LOS PERROS! ¡QUE NO QUEDE NI UNO VIVO!

Perros. No solo tenían rastreadores humanos. Tenían perros de caza.

Llegamos a la cima de la primera loma y nos dejamos caer un segundo detrás de unas rocas grandes para recuperar el aliento. El muchacho estaba casi inconsciente por el dolor y el shock.

Ramírez me miró. Tenía la cara negra por el humo, sangre en la frente y los ojos desorbitados por la adrenalina.

—¿Estás bien? —me preguntó, tuteándome por primera vez.

Me toqué la oreja. Sangraba un poco donde la bala había rozado, pero estaba viva.

—Sí. Pero nos van a cazar. Con los perros nos encontrarán en diez minutos.

Miré el terreno. Estábamos en desventaja. Ellos tenían vehículos, armas, radios y perros. Nosotros teníamos un herido, una pistola con pocas balas, un rifle robado que no sabía si tenía munición y nuestras piernas cansadas.

Pero entonces, miré el cielo. Las nubes estaban cubriendo las estrellas. El viento estaba cambiando de nuevo, trayendo un olor a humedad eléctrica.

—Va a llover —dije, y una sonrisa salvaje cruzó mi rostro—. Va a llover fuerte.

Ramírez miró al cielo, confundido.

—¿Y eso qué importa? Nos vamos a congelar.

—No, teniente. La lluvia borra el olor. La lluvia borra las huellas. Si llueve, los perros no sirven. Si llueve, la tierra nos esconde.

Un relámpago iluminó la sierra, seguido de un trueno que hizo temblar el suelo. Las primeras gotas, gordas y frías, empezaron a caer, golpeando el polvo como balas de plata.

—Dios es grande —murmuró Ramírez.

—Dios está ocupado —le dije, ayudando a levantar al muchacho—. Pero la tormenta está de nuestro lado. Vámonos. Tenemos que llegar al río antes de que crezca. Si cruzamos el río, perdemos a los perros para siempre.

—¿El río? —Ramírez palideció—. El río está crecido. Es un suicidio cruzarlo de noche y con tormenta.

—Quedarnos aquí es muerte segura. Cruzar el río es una oportunidad. Usted elija, teniente: ¿quiere morir con una bala en la nuca o peleando contra el agua?

Ramírez miró al muchacho, que lo miraba con ojos de terror absoluto. Apretó la mandíbula.

—Vamos al río.

Empezamos a descender hacia el cañón profundo donde el río rugía, alimentado por las lluvias de la sierra alta. Detrás de nosotros, las luces de las linternas barrían la loma donde habíamos estado segundos antes. Los ladridos de los perros se acercaban, furiosos y hambrientos.

La carrera contra la muerte había empezado, y esta vez, el terreno era el juez, el jurado y el verdugo.

Mientras corríamos, sentí algo en mi bolsillo. Metí la mano. Era una pequeña medalla que había encontrado en el suelo de la bodega cuando me tiré. La saqué y, con la luz de un relámpago, la vi.

Era una San Judas Tadeo. El patrón de las causas difíciles.

Me la guardé en el pecho, junto a mi corazón.

Aguanta, Paco, pensé. Mamá sigue peleando.

El sonido del agua rugiendo se hizo más fuerte, compitiendo con los truenos. Estábamos a punto de entrar en la boca del lobo, o en la salvación. Solo la corriente lo decidiría.

PARTE 3: EL BAUTISMO DE AGUA NEGRA

El cielo se rompió encima de nosotros, no como una lluvia bendita, sino como un castigo bíblico. En el norte, cuando la sequía termina, no pide permiso; arrebata. Las gotas eran pesadas, casi sólidas, y golpeaban la tierra reseca levantando un olor a polvo mojado y ozono que, en otras circunstancias, hubiera sido el perfume de la vida. Pero esa noche olía a miedo.

—¡No se detenga, carajo! —le grité a Ramírez, mi voz apenas audible sobre el estruendo de los truenos y el jadeo agónico del muchacho que cargaba.

El terreno se había convertido en una trampa de jabón. La arcilla, tan dura como el concreto hacía diez minutos, ahora era una pasta resbaladiza que nos chupaba las botas. Cada paso era una negociación con la gravedad. Ramírez resbaló, cayendo sobre una rodilla, y el chico soltó un alarido que el viento se encargó de devorar.

—¡Me duele! ¡Por favor, ya no! —lloraba el morro, con la cara bañada en una mezcla de lágrimas, moco y lluvia.

Me acerqué a ellos, agarrando a Ramírez por el chaleco táctico para izarlo.

—Si se queda aquí, el dolor se le va a acabar pronto, mijo, pero de un plomazo —le dije, dura, porque la compasión en ese momento era un lujo que nos mataría—. ¡Arriba, teniente! Los perros ya no ladran. ¿Sabe qué significa eso?

Ramírez me miró, los ojos blancos resaltando en su cara tiznada.

—Que perdieron el rastro.

—No, pendejo. Significa que ya lo encontraron y los soltaron de las correas. Vienen corriendo. Ya no necesitan ladrar para avisar, vienen a morder.

El miedo es el mejor combustible, más potente que la gasolina. Ramírez volvió a echarse al muchacho al hombro, gruñendo como un animal de carga, y seguimos bajando hacia la garganta del cañón.

A nuestras espaldas, en la cresta de la loma, vi los haces de luz de las linternas cortando la cortina de lluvia. Eran como ojos de cíclopes buscando su cena. Eran rápidos. Demasiado rápidos. Conocían estas veredas mejor que el teniente, y traían equipo de verdad, no nuestras suelas gastadas.

Llegamos a la orilla del río y el corazón se me cayó a los pies.

Yo había prometido el río como salvación, pero lo que teníamos enfrente era un monstruo de agua negra. La corriente bajaba con una furia demencial, arrastrando troncos, ramas enteras y quién sabe qué más cosas muertas. El “río crecido” era un eufemismo; esto era una avalancha líquida. El ruido era ensordecedor, un rugido constante que hacía vibrar el suelo bajo nuestras botas.

—¡Está loco ese río! —gritó Ramírez, retrocediendo un paso instintivamente—. ¡No podemos cruzar esto, Elena! ¡Nos va a matar!

Miré hacia atrás. Las luces ya estaban a medio camino de la bajada. Escuché, por primera vez con claridad, el jadeo frenético de los perros acercándose entre la maleza. Eran pastores belgas o pitbulls, entrenados para destrozar carne sin preguntar.

—El río nos da una oportunidad, teniente —le dije, agarrándolo de la camisa y acercando mi cara a la suya para que me oyera—. Los perros son una sentencia de muerte. Usted elija: ¿quiere ahogarse peleando o quiere que lo destripen como a un conejo?

Ramírez miró el agua turbulenta, luego miró al muchacho que colgaba de su hombro, semiinconsciente. Vi la duda, la lógica policial peleando contra el instinto de supervivencia.

—La cuerda —dijo de pronto—. ¿Trae cuerda?

Me toqué la cintura. Traía mi reata de ixtle, la que usaba para bajar a los pozos a buscar huesos. Vieja, pero resistente.

—Sí.

—Amárrenos. A los tres. Si uno se va, nos vamos todos, o nos jalamos todos.

No hubo tiempo para discutir la estupidez o la valentía de esa idea. Saqué la reata con manos temblorosas por el frío. Hice un nudo as de guía alrededor de mi cintura, dejé tres metros, amarré al muchacho por el torso, debajo de los brazos, y le lancé el otro extremo a Ramírez.

—¡Átese fuerte! —le ordené—. Y escúcheme bien: no pelee contra la corriente. Si lo intenta, el río le rompe la espalda. Déjese llevar en diagonal. Apunte hacia aquella piedra grande en la otra orilla, ¿la ve?

Ramírez asintió, apretando el nudo.

—¡Al agua!

Saltamos.

El impacto fue brutal. No fue como entrar en agua, fue como si nos golpeara un camión de hielo. El aire se me escapó de los pulmones en un grito ahogado. El frío era tan intenso que sentí cómo mis músculos se contraían violentamente, como si quisieran esconderse dentro de mis huesos.

La corriente nos agarró de inmediato. Mis pies perdieron contacto con el fondo en cuestión de segundos. El río no solo te empujaba; te golpeaba, te giraba, te desorientaba. Era un caos de burbujas, lodo y oscuridad.

—¡Naden! —grité, pero me tragué un buche de agua sucia que sabía a tierra y a podredumbre.

Ramírez pataleaba con fuerza, tratando de mantener la cabeza del muchacho fuera del agua. El chico era un peso muerto, un ancla que amenazaba con hundirnos a los tres. La cuerda se tensó violentamente, cortándome la respiración. Sentí el tirón en mi cintura como si me estuvieran partiendo en dos.

Vi pasar un tronco enorme a mi lado, rozando mi hombro. Si me hubiera pegado en la cabeza, ahí terminaba la historia de Elena, la buscadora.

—¡Elena! —escuché el grito de Ramírez.

Me giré en el agua, luchando contra un remolino. Ramírez se había atorado. Su bota se había enganchado en alguna raíz o roca del fondo. La corriente lo estaba sumergiendo. El muchacho, atado a él, se hundía también, sus brazos flacos agitándose en la superficie como aspas rotas.

No lo pensé. El pensamiento es lento; el amor y la desesperación son rápidos. Y aunque ese chico no era mi Paco, en ese momento, bajo el agua negra, era todos los hijos perdidos de México.

Me sumergí.

Abrí los ojos bajo el agua, pero no se veía nada más que un infierno marrón y turbio. Me guié por la tensión de la cuerda. Llegué hasta Ramírez. Estaba manoteando, con los ojos desorbitados, tragando agua. Toqué su pierna, bajando con mis manos hasta el tobillo.

Sentí la rama. Era una horqueta de madera sumergida que le había atrapado el pie. Tiré con todas mis fuerzas, pero la bota no salía. Mis pulmones empezaron a arder. El instinto me gritaba “sube, respira”, pero mi corazón me decía “no lo sueltes”.

Saqué mi navaja del bolsillo. No podía cortar la rama, era muy gruesa. Tenía que cortar la bota.

Con movimientos torpes por el frío, clavé la hoja en el cuero de la bota táctica del teniente. Rasgué hacia abajo. Una vez. Dos veces. Ramírez se sacudía, en pánico. Le di un golpe en el muslo para que se estuviera quieto. Rajé el costado de la bota y tiré de su talón.

El pie salió.

Salimos a la superficie boqueando, tosiendo, aspirando el aire y la lluvia como si fuera el néctar de los dioses. Pero la corriente nos había arrastrado lejos de la orilla que queríamos. Estábamos en medio del cauce, y enfrente venían los rápidos. Rocas afiladas que rompían el agua en espuma blanca.

—¡Pies adelante! —grité con lo poco que me quedaba de voz—. ¡Pies adelante, protéjanse la cabeza!

Nos convertimos en muñecos de trapo. El río nos lanzó contra las piedras. Sentí un golpe seco en mi cadera, luego otro en el hombro. El dolor era lejano, amortiguado por la adrenalina congelada. La cuerda nos mantenía juntos, pero también nos hacía chocar entre nosotros.

De repente, el río se ensanchó y la furia del agua disminuyó un poco. Sentí lodo bajo mis pies. Lodo suave.

—¡Tierra! —graznó Ramírez.

Gateamos hacia la orilla opuesta. Literalmente gateamos, clavando los dedos en el barro, arrastrándonos como criaturas primigenias saliendo del mar por primera vez.

Cuando mi cuerpo salió del agua por completo, colapsé sobre la hierba mojada. No podía moverme. Estaba temblando tan violentamente que mis dientes castañeaban con un ritmo doloroso.

Ramírez arrastró al muchacho hasta ponerlo a salvo. El chico no se movía.

El terror me inyectó una última dosis de energía. Me arrastré hacia ellos.

—¿Respira? —pregunté.

Ramírez puso su oreja en el pecho del chico.

—Débil… muy débil. Tragó mucha agua.

Lo giramos de lado y Ramírez le dio palmadas fuertes en la espalda.

—¡Sácalo, muchacho! ¡Sácalo!

El chico tuvo una convulsión y vomitó un torrente de agua y bilis. Tosió, un sonido rasposo y horrible, pero el sonido más hermoso que había escuchado esa noche. Empezó a llorar de nuevo, un llanto quedito, de niño chiquito.

—Estamos vivos —susurró Ramírez, dejándose caer de espaldas, mirando la lluvia que seguía cayendo—. No mames, estamos vivos.

Miré hacia la otra orilla, a unos cincuenta metros de distancia a través del infierno de agua. Las luces de las linternas se acumulaban en la orilla que habíamos dejado. Escuché los ladridos, frenéticos, frustrados. Los perros corrían de un lado a otro, pero no se atrevían a entrar al agua. Ni siquiera ellos eran tan locos.

Vi una silueta parada en la orilla. El líder. Aunque estaba lejos y oscuro, sentí su rabia. Levantó su arma y disparó una ráfaga hacia nosotros. Las balas pegaron en el agua, muy cortas, perdidas en la lluvia y la distancia. El ruido de los disparos apenas se oyó sobre el río.

—No pueden cruzar —dije, escupiendo un hilo de sangre por haberme mordido la lengua—. No por aquí.

—Tenemos que movernos —dijo Ramírez, intentando levantarse, pero sus piernas le fallaron y volvió a caer. Le faltaba una bota.

—No. Si nos movemos ahora, nos morimos de hipotermia —le corregí. Mi experiencia en la sierra hablaba. El frío mata más rápido que las balas—. Necesitamos refugio. Calor. Ahora.

Recordé que, cerca de esta zona, los antiguos mineros hacían catas de prueba en las paredes del cañón. Pequeños agujeros buscando plata que luego abandonaban.

—Busque en la pared de roca —le dije—. Huecos. Cuevas. Lo que sea.

Tuvimos suerte, o tal vez San Judas seguía trabajando horas extra. A unos veinte metros, semioculta por unos matorrales espinosos, encontramos una hendidura en la roca caliza. No era una cueva profunda, apenas un abrigo rocoso de unos tres metros de profundidad, pero estaba seco.

Nos metimos ahí, arrastrando al muchacho. El alivio de no sentir la lluvia golpeando la piel fue inmenso, pero el frío seguía ahí, metido en la ropa mojada.

—Desnúdese —le dije a Ramírez.

Él me miró, pasmado, abrazándose a sí mismo.

—¿Qué?

—Quítese la ropa mojada. Toda. Y quítesele la ropa al muchacho. Si se quedan con eso puesto, se mueren. Es la regla del monte.

—Pero… no tenemos ropa seca, Elena.

—Tenemos calor corporal. Es lo único que tenemos.

Me quité la chamarra pesada y empapada, luego la camisa de franela. Exprimí todo con fuerza bruta, sacando litros de agua. Hice lo mismo con mis jeans. Me quedé en ropa interior, mi piel morena llena de moretones y rasguños, temblando. Ramírez, venciendo su pudor de ciudad, hizo lo mismo. Dejamos al muchacho en calzoncillos.

Nos sentamos los tres juntos, en un abrazo apretado, con el muchacho en medio. Usamos la ropa exprimida, aunque húmeda, para hacer una especie de barrera contra el viento en la entrada del hueco.

Al principio, el silencio era incómodo. Dos extraños y un víctima, casi desnudos, en un agujero en la tierra. Pero poco a poco, el calor de nuestros cuerpos empezó a crear un microclima. El temblor disminuyó.

Ramírez revisó su cabeza. Tenía un corte feo en la frente donde se había golpeado, la sangre ya seca mezclada con lodo.

—¿Cómo está el chico? —preguntó en voz baja.

—Durmiendo. O desmayado. Es la mejor defensa de la mente —contesté, acariciando el cabello sucio del muchacho. Se parecía tanto a los amigos de Paco. La misma edad, la misma piel, los mismos cortes de pelo modernos que a mí no me gustaban pero que ahora extrañaba ver.

—Usted… usted se lanzó por mí —dijo Ramírez de repente. Su voz sonaba diferente en la oscuridad de la cueva. Vulnerable.

—Me lancé por la cuerda. La cuerda es cara.

Ramírez soltó una risita nerviosa, que se convirtió en una tos seca.

—Gracias. En serio. En la academia… en la academia te enseñan a salvar vidas, pero nadie te enseña quién te va a salvar a ti cuando la cagues.

—En el monte nadie se salva solo, teniente. Eso es lo que la gente de la ciudad no entiende. Creen que con sus bardas y sus alarmas están seguros. Pero aquí, si no tienes a quien te tienda la mano, eres comida de coyote.

Hubo un silencio largo. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero parecía algo lejano, ajeno a nuestro pequeño refugio.

—Esa medalla… —dijo él, señalando mi pecho. La medalla de San Judas brillaba tenue con el reflejo de algún relámpago lejano—. Dijo que la encontró en la bodega.

—Sí.

—¿Cree que es de él? —señaló al chico.

—No. Es vieja. La cadena está rota. Alguien la perdió ahí hace tiempo. Tal vez otro muchacho que estuvo ahí antes que este.

La realidad de mis palabras pesó en el aire. Antes que este. Cuántos habrían pasado por esa bodega. Cuántos gritos habrían absorbido esas paredes de adobe.

—Elena… —Ramírez dudó—. ¿Cree que alguna vez encuentre a Paco?

Me tensé. Era la pregunta prohibida. La pregunta que yo misma me hacía cada noche antes de cerrar los ojos y cada mañana al abrirlos.

—No lo sé —admití, y decirlo en voz alta dolió más que el golpe en mi cadera—. Pero si está muerto, su huesos me llaman. Yo lo siento, teniente. Una madre sabe. Hay un hilo invisible, como un cordón umbilical que no se corta ni con la muerte. Mientras yo no vea sus restos, ese hilo sigue vibrando. A veces… a veces siento que él me está buscando a mí también. Que está esperando que yo llegue para poder descansar.

Ramírez asintió en la penumbra.

—Yo tengo una hija. Sofía. Tiene tres años.

—Cuídela. Cuídela mucho. El mundo es un lugar con dientes.

De repente, el muchacho en medio de nosotros se movió. Gimió y abrió los ojos. Estaban vidriosos, llenos de fiebre y terror. Se intentó apartar de golpe, gritando.

—¡No! ¡No me toquen! ¡No sé nada! ¡Se los juro que no sé nada!

—¡Hey, hey! Tranquilo, chavo. Soy yo, el policía. Estás a salvo. Ya cruzamos el río.

El chico parpadeó, tratando de enfocar. Nos miró, luego miró las paredes de roca. Su respiración se fue calmando poco a poco.

—¿Agua? —pidió con voz rasposa.

Le acerqué mi cantimplora. Le quedaba un trago. Bebió con desesperación.

—¿Cómo te llamas, hijo? —le pregunté suavemente, usando ese tono que usaba con Paco cuando llegaba tarde de la fiesta.

—Lalo. Eduardo.

—Muy bien, Lalo. Soy Elena. Él es el Teniente Ramírez. Ya te sacamos de ahí. Mañana te llevamos con tu papá.

Lalo se estremeció y negó con la cabeza frenéticamente.

—No… no puedo volver.

Ramírez y yo intercambiamos una mirada rápida.

—¿Por qué no? Tu papá te está buscando. Pagó rescate, movió cielo y tierra.

—No fue un secuestro —soltó Lalo, y las palabras cayeron como piedras—. O sea, sí me levantaron, pero no fue por dinero. Mi papá… mi papá les debe.

—¿Les debe dinero? —preguntó Ramírez, su tono volviéndose interrogatorio profesional.

—No. Les debe el rancho. Quieren las tierras. Es la ruta. Quieren el rancho para pasar las camionetas sin que nadie los vea. Mi papá dijo que no. Por eso me llevaron. Para convencerlo.

Cerré los ojos. Tierras. Siempre era por tierras o por rutas.

—Pero eso no es todo —siguió Lalo, temblando más fuerte—. En la bodega… escuché cosas. Estaban hablando. El Patrón, el que hablaba por radio… no hablaba con otro narco.

—¿Con quién hablaba?

—Hablaba con alguien a quien le decía “Comandante”. Le decía que la ruta estaba limpia, que los soldados no iban a pasar por ahí el martes.

Ramírez se puso rígido a mi lado.

—¿”Comandante”? —repitió—. Eso es rango militar o policial.

—Sí —dijo Lalo, empezando a llorar otra vez—. Y dijeron un nombre. Dijeron que el dinero ya estaba en la cuenta de “El Licenciado”.

—¿Qué Licenciado? —presionó Ramírez.

—Barraza.

Sentí cómo Ramírez dejaba de respirar por un segundo.

—¿Quién es Barraza? —pregunté yo, aunque ya me imaginaba la respuesta por la cara del teniente.

—El Director de Seguridad Pública del Estado —susurró Ramírez, con la voz llena de horror—. Mi jefe. El jefe de mi jefe. El hombre que firmó mi traslado a este pueblo de mierda.

El silencio que siguió fue más pesado que la tormenta.

—Entonces no podemos pedir refuerzos —dije, entendiendo la magnitud de la trampa en la que estábamos metidos—. Si llamas por radio…

—…estoy llamando a los mismos que mandaron a secuestrar a este niño —completó Ramírez. Se pasó las manos por la cara, desesperado—. Estamos solos, Elena. Completamente solos. Si salimos de aquí y vamos a la policía estatal, nos entregan. Si vamos a los federales, tal vez también. No hay a quién llamar.

—Me tienen a mí —dije, firme.

—Elena, con todo respeto, usted es una rastreadora, no un ejército.

—Soy mejor que un ejército. Conozco cada piedra de esta sierra. Sé dónde escondernos donde ni los satélites nos ven. Sé llegar a pueblos donde la gente odia tanto al narco y al gobierno que nos protegerán solo por llevar la contra.

—¿Y luego qué?

—Luego hacemos lo que mejor sé hacer. Sacamos la verdad a la luz. Pero primero, tenemos que sobrevivir a la noche.

El cansancio finalmente nos venció. Hicimos turnos para vigilar, aunque con el río crecido era imposible que cruzaran hasta que bajara el nivel. Cuando me tocó dormir, soñé con Paco. Soñé que él estaba del otro lado del río, saludándome con la mano, pero cuando intentaba cruzar, el agua se convertía en tierra y me enterraba viva. Desperté de golpe, sudando frío.

Ya era de día.

La tormenta se había ido tan rápido como llegó, dejando un cielo de un azul insultante, limpio y brillante. El sol empezaba a calentar las piedras. Los pájaros cantaban como si la noche anterior no hubiera sido un infierno.

Ramírez estaba despierto, mirando hacia afuera. Lalo seguía dormido, ovillado en posición fetal.

—Buenos días —dijo Ramírez sin voltear.

—¿Cómo está el río?

—Bajó un poco. Pero sigue bravo.

Me acerqué a la entrada. El paisaje era espectacular. Cañones rojos y verdes, brillando por la humedad. Pero mi vista se enfocó en el otro lado del río.

No había nadie. Ni camionetas, ni hombres.

—Se fueron —dijo Ramírez con esperanza.

—No —negué, sintiendo esa picazón en la nuca que me da cuando me observan—. No se van. Nunca se van. Solo cambiaron de táctica.

Busqué con la vista. Escaneé la línea del horizonte. Y entonces lo vi.

A unos tres kilómetros río abajo, había un punto donde el cañón se estrechaba. Ahí colgaba un viejo puente de cables y madera, usado por los ganaderos hace décadas. Era peligroso, podrido, pero transitable a pie.

Y sobre el puente, vi puntos diminutos moviéndose. Uno, dos, tres… seis puntos. Y algo más. Algo que brillaba al sol.

—Teniente —dije muy despacio—. Tienen motos.

Ramírez miró hacia donde yo señalaba.

—Motos de cross. Enduro.

—Sí. Cruzaron el puente. Están de este lado. Y con esas motos, pueden subir por las veredas de cabras que las camionetas no pueden usar. Van a peinar esta orilla en cuestión de minutos.

Ramírez maldijo y golpeó la pared de roca con el puño.

—Tenemos que irnos. ¡Ya!

Despertamos a Lalo. El pobre muchacho apenas podía apoyar la pierna. Estaba hinchada y morada.

Nos vestimos con la ropa húmeda y fría, una sensación miserable que te cala hasta el alma. Ramírez se puso su bota rota, amarrándola con lo que quedaba de la cuerda para que no se le saliera.

Salimos de la cueva. El sol nos golpeó, pero no había tiempo para disfrutarlo.

—¿Hacia dónde? —preguntó Ramírez.

Miré la sierra. Hacia arriba era roca pelada, seríamos blancos fáciles. Hacia abajo era el río, una trampa.

—Hacia el “Espinazo del Diablo” —señalé una cresta de rocas afiladas y torcidas hacia el oeste—. Es terreno quebrado. Las motos no pueden entrar ahí, tendrán que bajarse y caminar. Eso nos iguala la ventaja.

—Pero eso nos aleja del pueblo.

—El pueblo es muerte, teniente. Ahí lo esperan sus “compañeros”. Tenemos que cruzar la sierra y bajar hacia la carretera federal, donde pasan los traileros. Ahí podemos pedir aventón y desaparecer.

—Son como treinta kilómetros de marcha forzada. Con un herido.

—Entonces empiece a caminar.

Apenas habíamos avanzado quinientos metros cuando escuchamos el zumbido.

Bzzzzzzzz.

No eran insectos. Eran motores de dos tiempos. El sonido rebotaba en las paredes del cañón, haciendo imposible saber exactamente de dónde venían. Era un sonido enojado, mecánico, que rompía la paz del desierto.

—¡Corran! —ordené.

Apoyamos a Lalo entre los dos y tratamos de acelerar el paso. Pero el terreno era cruel. Piedras sueltas, cactus, subidas empinadas. Lalo gritaba de dolor con cada paso.

—¡Déjenme! —nos gritó—. ¡Me van a matar a mí, ustedes sálvense!

—¡Cállate la boca! —le gritó Ramírez, más enojado que nunca—. ¡Nadie se queda atrás!

El zumbido se hizo más fuerte. Más cercano.

Llegamos a una zona de pedregal. Y ahí, a unos doscientos metros arriba de nosotros, en una cresta, apareció el primer motociclista.

Llevaba casco integral negro, chaleco táctico y un rifle terciado a la espalda. Aceleró la moto, haciendo girar la llanta trasera y levantando una nube de polvo. Nos vio.

Levantó la mano y señaló.

Otros dos motociclistas aparecieron a su lado.

Estaban arriba de nosotros. Tenían la altura. Tenían la velocidad.

El primero desmontó el rifle sin bajarse de la moto.

—¡CUBIERTA! —gritó Ramírez, empujándonos detrás de una roca grande.

Las balas empezaron a picar la piedra a nuestro alrededor. Pif, pif, pif. El sonido de los impactos era seco, seguido por el estruendo de los disparos segundos después. Estaban usando silenciadores, o el viento se llevaba el ruido.

—¡Están jugando con nosotros! —dijo Ramírez, sacando su arma. Revisó el cargador. —Me quedan siete balas, Elena. Siete.

Miré a mi alrededor. Estábamos atrapados. La roca nos protegía por el frente, pero si se flanqueaban con las motos, nos tendrían a tiro cruzado en dos minutos.

Pero entonces vi algo.

Detrás de los motociclistas, la ladera de la montaña no era sólida. Había una cicatriz en la tierra. Una vieja deslave. Las piedras ahí estaban en equilibrio precario. Toneladas de roca esperando una excusa para caer.

Miré el rifle que yo todavía cargaba. El rifle del guardia. No sabía cuántas balas tenía. No lo había revisado.

—Teniente —dije, mi voz extrañamente calmada—. ¿Qué tan buena es su puntería a doscientos metros con una pistola?

—Mala. Imposible.

—¿Y con un rifle?

Ramírez miró el arma en mis manos.

—Dame eso.

Le pasé el rifle. Él revisó la recámara.

—Tiene tres balas.

—Suficiente.

—Elena, son tres hombres. Si fallo un tiro…

—No les tire a los hombres —le dije, señalando la cicatriz en la montaña, justo encima de donde estaban parados los sicarios—. Tírele a la “piedra llave”. Esa blanca, la que parece una calavera. Si rompe eso, la gravedad hace el resto.

Ramírez miró hacia arriba. Entendió mi plan. Era una locura. Provocar un derrumbe sobre nosotros mismos y rezar para que las rocas cayeran sobre ellos y no nos alcanzaran a nosotros.

—Estás loca, mujer. Estás completamente loca.

—Hazlo. O nos mueren aquí.

Los motociclistas empezaron a avanzar, bajando la ladera.

Ramírez apoyó el rifle sobre la roca. Respiró hondo. Exhaló. Todo el mundo se redujo a ese instante. El zumbido de las motos, el dolor en mis huesos, el llanto quedo de Lalo.

Ramírez apretó el gatillo.

¡BANG!

La piedra blanca estalló en polvo.

Hubo un segundo de silencio absoluto. Y luego, la montaña rugió.

Primero fueron piedritas. Luego rocas del tamaño de balones. Y luego, una cortina entera de tierra y peñascos se desprendió de la ladera, cayendo como una ola sólida directamente sobre los motociclistas.

Escuché los gritos de sorpresa, el rugido de los motores intentando escapar, y luego el sonido terrible de metal y carne siendo triturados por la piedra.

La nube de polvo nos envolvió. Nos hicimos bolita, cubriéndonos la cabeza, mientras piedras más pequeñas nos llovían encima.

Cuando el polvo se asentó, miré hacia arriba.

La ladera había cambiado de forma. Donde estaban los motociclistas, ahora solo había un montón de escombros frescos. Una rueda de moto giraba lentamente en el aire, sobresaliendo de entre las rocas. Nada más se movía.

—Madre santísima… —susurró Ramírez, bajando el rifle.

Nos levantamos, tosiendo polvo blanco.

—Vámonos —dije, sin querer mirar mucho tiempo la tumba que acabábamos de cavar—. El ruido se va a oír hasta el pueblo. Van a mandar más.

Retomamos el camino, cojeando, sangrando, pero vivos.

Horas después, cuando el sol estaba en su punto más alto y nuestras lenguas eran de lija, llegamos a la cima del “Espinazo”. Desde ahí, se veía el valle del otro lado. Y a lo lejos, una línea gris: la carretera.

Pero entre nosotros y la carretera, había algo más.

Una casa solitaria, en medio de un claro. Tenía una antena satelital grande. Y afuera, estacionada, una camioneta negra blindada. No era de sicarios. Tenía logotipos oficiales.

—¿Policía? —preguntó Lalo con esperanza.

Ramírez entrecerró los ojos.

—No. Esos logos… son de la Fiscalía Especializada. Gente de la capital.

—¿Son los buenos? —preguntó Lalo.

Ramírez me miró. En sus ojos vi que ya no existían “los buenos” y “los malos”. Solo existían los que te querían matar y los que no.

—Vamos a averiguarlo —dijo él—. Pero Elena, tú te quedas atrás con el rifle. Si ves que nos saludan con plomo…

—…tiro a matar —completé.

Bajamos hacia la casa, hacia el destino final, sin saber si caminábamos hacia la libertad o hacia la boca del verdadero monstruo.

PARTE FINAL: LA SANGRE JAMÁS SE OLVIDA

El calor del mediodía en la sierra no es temperatura; es peso. Se siente como si alguien te pusiera una plancha de acero caliente en la espalda y te obligara a besar el suelo. Yo estaba tirada pecho tierra entre las choyas y las piedras filosas, con el rifle del guardia muerto apoyado en mi hombro. El metal quemaba mi piel a través de la tela delgada de mi ropa interior, esa que tuve que dejarme porque la decencia es lo primero que se pierde en la guerra, pero el pudor regresa cuando el peligro da una tregua.

A través de la mira telescópica, el mundo se reducía a un círculo de vidrio rayado. Veía la espalda de Ramírez y la figura encorvada de Lalo alejándose de mí, cojeando hacia la casa de seguridad . Se veían tan pequeños, tan frágiles contra la inmensidad del desierto y la promesa de esa camioneta blindada con logotipos oficiales .

—No se confíe, teniente —susurré para mí misma, aunque él ya no podía oírme. Mi dedo acariciaba el guardamonte del gatillo. Me quedaba una bala en la recámara y dos en el cargador. Tres oportunidades para cambiar el destino o para terminar de condenarnos.

La casa estaba en silencio. Era una construcción moderna, fuera de lugar en medio de la nada, con paredes blancas que lastimaban la vista bajo el sol. La antena satelital zumbaba suavemente, girando unos milímetros buscando señal. Eso significaba que había electricidad, aire acondicionado, agua fría. El paraíso estaba a trescientos metros, pero yo sabía que el diablo siempre vive en la casa más bonita.

Ramírez levantó las manos cuando estuvo a cincuenta metros de la puerta. Vi cómo le gritaba algo a la casa. Lalo se colgaba de su brazo, casi desmayado por el dolor de su pierna hinchada .

La puerta de caoba tallada se abrió.

No salieron disparando. Eso hubiera sido fácil. Hubiera sido honesto. En lugar de eso, salió un hombre. Alto, vestido con una camisa polo azul marino impecable, pantalones caqui y zapatos que costaban más que mi casa. Llevaba gafas de sol de aviador y un radio en la cintura. No parecía sicario. Parecía lo que era: autoridad.

Ramírez bajó las manos un poco, señalando su placa, su uniforme destrozado. Vi sus labios moverse: “Soy el Teniente Ramírez, tengo un herido”.

El hombre de la camisa polo asintió. No parecía sorprendido. Sacó una cajetilla de cigarros, encendió uno con una calma insultante y luego hizo un gesto con la mano. Pásenle.

Ramírez volteó hacia atrás, hacia mi posición en el cerro. Yo sabía que no podía verme, yo era una sombra más entre las piedras, pero buscaba mi aprobación. Dudó.

—¡No entres, pendejo! —mascullé, apretando los dientes—. Algo no cuadra.

Pero la sed y la desesperación de Lalo pesaron más. El muchacho se soltó de Ramírez y trató de correr hacia la sombra del porche. Ramírez no tuvo opción y lo siguió.

Justo cuando cruzaron el umbral, el hombre de la polo tiró el cigarro al suelo y lo pisó. Y entonces, lo vi. Fue un destello en la ventana del segundo piso. Un reflejo del sol en un lente.

—¡Trampa!

El grito se quedó en mi garganta. A esa distancia, el sonido no viaja más rápido que la desgracia.

Dos hombres con armas largas salieron de los costados de la casa, rodeando a Ramírez por la espalda. El Teniente intentó girar, llevar su mano a su funda vacía, pero un culatazo en la nuca lo mandó al suelo. Lalo gritó, un sonido que imaginé pero no escuché, y fue arrastrado hacia adentro del pelo.

La puerta se cerró.

El silencio volvió a caer sobre el valle.

Me quedé sola. Otra vez.

Podría haberme ido. Tenía el rifle. Podía bajar hacia la carretera federal que estaba a kilómetros , parar un tráiler y huir. Podía regresar a mi casa, a mis búsquedas de huesos viejos, y tratar de olvidar a Ramírez y a Lalo como se olvida una pesadilla al despertar. Nadie me juzgaría. Soy una madre buscadora, no un soldado . Ya había hecho más de lo que me tocaba.

Pero entonces toqué la medalla de San Judas en mi pecho . Sentí el calor del metal contra mi piel. Recordé lo que le dije a Ramírez en la cueva: En el monte nadie se salva solo .

—Maldita sea mi suerte —dije, escupiendo tierra.

Me levanté, agachada, y empecé a moverme. No hacia la carretera. Hacia la casa.

Me tomó una hora acercarme. No podía ir en línea recta. Tuve que rodear, usando los cauces secos de los arroyos para ocultarme. El sol me castigaba sin piedad. Mi piel, ya llena de moretones y rasguños , ardía. La sed era un animal vivo arañándome la garganta.

Llegué a la parte trasera de la propiedad. Había una barda perimetral de malla ciclónica, pero en una esquina, la tierra se había lavado por las lluvias recientes, dejando un hueco por debajo. Me arrastré por ahí, sintiendo cómo el alambre me rasgaba la espalda, sumando nuevas cicatrices a la colección.

Ya estaba adentro.

Me pegué a la pared trasera de la casa, justo debajo de una ventana de la cocina. Olía a comida. Carne asada. El olor me provocó una náusea violenta. Ellos comían mientras nosotros habíamos estado bebiendo lodo y masticando miedo.

Escuché voces.

—…ya le avisé al Licenciado Barraza . Dice que viene en camino en el helicóptero. Quiere verlo él mismo.

—¿Y qué hacemos con el policía? —preguntó otra voz, más joven.

—Nada todavía. Que se desangre un rato. El Licenciado quiere saber cuánto sabe. Y el morro… el morro ya no sirve. Su papá no quiso cooperar ni viendo el video. Vamos a tener que mandarles pedazos.

Sentí un frío helado que no tenía nada que ver con la temperatura. Iban a matar a Lalo. Y Ramírez, mi compañero de desgracias, estaba siendo torturado.

—Tres balas —me recordé a mí misma.

Tenía tres balas para un ejército desconocido. Pero tenía algo que ellos no. Yo era invisible. Ellos esperaban a una mujer asustada, a una “vieja loca” que busca huesos. No esperaban a la muerte descalza.

Me deslicé hacia una puerta de servicio que estaba entreabierta. Entré.

El aire acondicionado me golpeó como una bofetada de hielo. Estaba en un cuarto de lavado. Avancé hacia el pasillo. La casa era lujosa, pisos de mármol, cuadros de caballos purasangre en las paredes. El dinero del narco siempre trata de comprar clase, pero solo compra cosas caras.

Al final del pasillo, vi la sala principal. Ahí estaban.

Ramírez estaba atado a una silla, bañado en sangre. Su cara era una máscara roja irreconocible. Lalo estaba tirado en el suelo a su lado, inmóvil.

Había cuatro hombres. El de la camisa polo —el jefe— estaba sentado en un sofá de piel, revisando su celular. Dos sicarios con rifles cuidaban la entrada principal. Y un cuarto hombre, con bata blanca —probablemente un médico o alguien que sabía cómo mantener viva a la gente para que sufriera más— estaba limpiando unos instrumentos en una mesa.

—¿Seguro que venían solos? —preguntó el Jefe de la polo sin levantar la vista.

Ramírez escupió sangre al suelo.

—Ya le dije que sí… nos encontramos en el río… el chico se escapó… yo lo encontré.

—Mientes, teniente. Mis hombres en las motos no se cayeron de la montaña por obra del espíritu santo . Alguien disparó. ¿Quién fue?

—Fui yo… —jadeó Ramírez—. Tengo buena puntería.

Sonreí con tristeza desde las sombras. Gracias por protegerme, teniente.

—No te creo.

El Jefe se levantó y caminó hacia Lalo. Le dio una patada en las costillas. El chico gimió débilmente.

—Si no me dices quién te ayudó, voy a empezar a cortarle los dedos al niño. Uno por uno.

Levanté el rifle. Mis manos ya no temblaban. El miedo se había ido, reemplazado por una claridad absoluta, fría y terrible. Era la misma sensación que tenía cuando encontraba una fosa: el final de la duda, el comienzo de la verdad.

Apunté a la cabeza del Jefe. Pero dudé. Si disparaba, los otros tres me acribillarían antes de que pudiera recargar el cerrojo del rifle viejo.

Necesitaba una distracción. Algo más grande que un disparo.

Miré a mi alrededor. En la cocina, que se conectaba con la sala por una barra abierta, había una estufa industrial de gas. Y junto a ella, un tanque de propano de repuesto para la parrilla exterior.

Me moví hacia atrás, en silencio, hacia la cocina.

Giré la perilla de la estufa. El siseo del gas fue leve, cubierto por el sonido de la televisión que tenían prendida con un partido de fútbol. Sssssss. Dejé que el gas llenara el aire.

Busqué en mis bolsillos. Mi encendedor. El que usaba para prenderle veladoras a las ánimas en el monte.

Me asomé al pasillo.

—¡Hey! —grité con todas mis fuerzas.

Los cuatro hombres voltearon de golpe.

—¡Aquí estoy, cabrones!

El Jefe de la polo frunció el ceño, sorprendido de ver a una mujer en ropa interior sucia y botas rotas, parada en su cocina de mármol.

—¿Quién chingados eres tú?

—Soy la madre de todos los que enterraron —dije.

Encendí el encendedor y lo lancé hacia la estufa.

Me tiré hacia atrás, hacia el cuarto de lavado, y cerré la puerta justo cuando el mundo se volvió naranja.

¡BOOM!

La explosión no fue tan grande como para tirar la casa, pero fue suficiente para reventar los vidrios, tirar los muebles y lanzar a los hombres por el aire. La onda expansiva me golpeó contra la lavadora, sacándome el aire, pero la puerta me protegió del fuego directo.

Salí tosiendo entre el humo negro.

La sala era un caos. Las cortinas estaban ardiendo. Los dos sicarios de la puerta estaban en el suelo, aturdidos, tratando de levantarse. El médico había desaparecido detrás de un sofá volcado.

El Jefe de la polo estaba de rodillas, con la cara quemada y la ropa humeante, buscando su pistola en el suelo.

Caminé hacia él. El rifle en mis manos se sentía ligero ahora.

Él levantó la vista. Sus ojos, antes arrogantes, ahora tenían el terror de quien ve al diablo venir a cobrar.

—Espera… te puedo pagar… —balbuceó.

—Mi hijo no tiene precio —le contesté.

Apreté el gatillo.

El disparo resonó seco. El Jefe cayó hacia atrás.

Recargué el cerrojo. Clack-clack. Bala dos.

Uno de los sicarios estaba levantando su cuerno de chivo. Giré y disparé sin apuntar, guiada por puro instinto. La bala le pegó en el hombro, haciéndolo soltar el arma y gritar.

Recargué. Clack-clack. Bala tres. La última.

El otro sicario ya estaba de pie, apuntándome.

—¡Elena, abajo! —el grito vino del suelo.

Ramírez.

El teniente, atado a la silla que ahora estaba rota por la explosión, se había lanzado con todo y cuerpo contra las piernas del sicario. El hombre tropezó, su ráfaga de disparos se fue al techo, haciendo llover yeso sobre nosotros.

Aproveché el segundo. Apunté al pecho del sicario y disparé.

Cayó.

El silencio regresó, solo roto por el crepitar del fuego y la alarma de humo que chillaba como un pájaro herido.

Me acerqué a Ramírez. Saqué mi navaja y corté las cuerdas. Él cayó en mis brazos, pesado, oliendo a sangre y pólvora.

—Lo hiciste… —susurró, mirándome con un ojo cerrado por la hinchazón—. Pinche Elena… estás loca.

—Cállese y ayúdeme con Lalo.

Lalo estaba inconsciente, pero vivo. Lo arrastramos hacia la salida trasera, lejos del fuego que empezaba a consumir los muebles caros y los cuadros de caballos.

Salimos al patio. El aire caliente del desierto se sentía fresco comparado con el infierno de adentro.

—No hemos terminado —dijo Ramírez, señalando el cielo—. Escucha.

A lo lejos, el sonido rítmico de aspas cortando el aire. Tuc-tuc-tuc-tuc.

—El helicóptero —dije—. Barraza.

—Viene a limpiar —dijo Ramírez, tratando de ponerse de pie, pero cayendo de nuevo—. Si aterriza y ve esto, nos caza desde el aire. No tenemos armas, Elena. Tu rifle está vacío. Mi pistola no está.

Miré la camioneta blindada de la Fiscalía . Estaba intacta. Las llaves… las llaves debían estar adentro o con el Jefe muerto.

—Revisa al Jefe —le dije a Ramírez—. Yo voy por Lalo.

Ramírez se arrastró de vuelta hacia la casa humeante. Yo cargué a Lalo como pude, mis fuerzas al límite. Sentía que mis músculos se iban a romper en cualquier momento.

Ramírez salió segundos después, cojeando, con un juego de llaves en la mano y una subametralladora que le quitó a uno de los guardias.

—¡A la camioneta!

Subimos a Lalo al asiento trasero. Yo me subí al del piloto. Nunca había manejado un monstruo de estos, pero una Ford es una Ford. Ramírez se subió al copiloto, con el arma en las piernas.

—¡Dale!

Arranqué el motor. El rugido del diésel fue poderoso.

El helicóptero apareció sobre la loma. Era negro, sin matrícula. Bajó rápido, levantando una tormenta de polvo. Vimos a un hombre asomarse por la puerta lateral con un rifle de francotirador.

—¡Nos vieron! —gritó Ramírez—. ¡Písale!

Aceleré. La camioneta pesada salió disparada, rompiendo la malla ciclónica como si fuera papel.

Salimos al camino de terracería. El helicóptero nos seguía, volando bajo.

¡PANG!

Una bala golpeó el techo blindado. Sonó como un martillazo.

—¡Es blindaje nivel 5! —gritó Ramírez, revisando los vidrios—. ¡Aguanta, pero no para siempre!

—¿A dónde vamos? —grité, luchando con el volante que vibraba violentamente por las piedras del camino.

—¡A la antena! —dijo Ramírez, señalando hacia un cerro alto donde se veían unas torres de microondas—. ¡Necesitamos señal! ¡Si Barraza nos mata aquí, nadie sabrá nada! ¡Necesito subir el video!

—¿Cuál video?

—¡Grabé! —Ramírez sacó un celular del bolsillo de su pantalón táctico—. Cuando estábamos en la cueva… grabé la declaración de Lalo. Grabé todo lo que nos dijo sobre Barraza y la ruta . Si logro enviar esto a mis contactos en la prensa y a la Marina, se le acaba el corrido a ese bastardo.

El helicóptero se nos emparejó. El tirador apuntaba a las llantas.

—¡Sujétense!

Di un volantazo brusco hacia la izquierda, metiéndome entre unos mezquites. La camioneta rebotó, casi volcándose. Escuché el metal rechinar contra las ramas.

El helicóptero tuvo que elevarse para no chocar con los árboles.

—¡No puedo manejar y esquivar balas! —le grité a Ramírez—. ¡Haz algo!

Ramírez bajó un poco la ventana blindada, solo una rendija.

—Voy a tratar de darle al rotor de cola.

—¡Con una subametralladora y en movimiento! ¡Eso es imposible!

—Pues rézale a tu San Judas, Elena, porque es lo único que nos queda.

El helicóptero volvió a bajar, esta vez de frente, tratando de bloquearnos el paso. Barraza quería asegurarse de que no saliéramos de esa brecha.

Ramírez sacó el cañón del arma.

Rat-tat-tat-tat-tat.

Los casquillos calientes cayeron sobre mis piernas.

El helicóptero ni se inmutó. Las balas rebotaron en su fuselaje blindado.

—¡Mierda!

—¡Ya llegamos a la carretera! —vi el asfalto gris adelante. Si llegábamos al asfalto, podíamos ir más rápido, pero también seríamos un blanco más fácil.

Entré a la carretera sin frenar. Las llantas chillaron.

El helicóptero se posicionó detrás de nosotros, listo para soltar la lluvia de plomo final.

Y entonces, sucedió.

De frente, por la carretera, venía un convoy.

No eran policías. No eran sicarios.

Eran camiones verde olivo, grandes, cuadrados. Con ametralladoras montadas en el techo.

—¡LA MARINA! —gritó Ramírez, con una voz que se quebró en llanto—. ¡SON LOS MARINOS!

Empecé a tocar el claxon como loca, prendiendo y apagando las luces.

El helicóptero vio el convoy. Dudó un segundo. Sabían que la Marina no juega. La Marina no negocia con policías estatales corruptos.

El piloto del helicóptero tomó una decisión rápida. Giró bruscamente hacia la derecha, elevándose hacia la sierra, huyendo como la rata que era.

Frené la camioneta justo enfrente del primer camión militar.

Me dejé caer sobre el volante, temblando. El silencio dentro de la cabina blindada era absoluto, solo roto por la respiración agitada de Ramírez y los quejidos de Lalo atrás.

Ramírez me miró. Tenía lágrimas surcando la sangre seca de su cara. Me tomó la mano. Su mano estaba fría, pero su agarre era firme.

—Estamos vivos, Elena.

Abrí la puerta y me bajé. Mis piernas fallaron y caí de rodillas al asfalto caliente.

Los marinos nos rodearon, armas en alto, gritando órdenes.

—¡MANOS ARRIBA! ¡IDENTIFÍQUENSE!

Ramírez salió con las manos en alto, gritando:

—¡SOY EL TENIENTE RAMÍREZ, POLICÍA ESTATAL! ¡TENGO UN SECUESTRADO! ¡NECESITAMOS MÉDICO! ¡EL DIRECTOR BARRAZA NOS ATACÓ!

Me quedé ahí, de rodillas, mirando el cielo azul insultante . No sentía alivio. No sentía alegría. Solo sentía un cansancio infinito, un peso de siglos en los hombros.

Un marino joven se me acercó, bajando su arma al verme.

—Señora… ¿está usted bien?

Lo miré. Tenía los ojos de Paco.

—Estoy buscando a mi hijo —le dije, y mi voz sonó rota, como si viniera de otra vida—. Solo estoy buscando a mi hijo.

EPÍLOGO: TRES MESES DESPUÉS

El video de Ramírez se hizo viral. No solo en México, en todo el mundo. La declaración de Lalo, grabada en la oscuridad de una cueva con el sonido de la lluvia de fondo, tumbó al gobierno del estado. “El Licenciado” Barraza fue detenido intentando cruzar la frontera en la cajuela de un coche. El “Comandante” y la red de la “ruta” fueron desmantelados por la Marina.

A Ramírez lo hicieron héroe. Le dieron una medalla, lo ascendieron, lo llevaron a la capital a dar entrevistas. Me invitó a ir.

Le dije que no.

El asfalto de la ciudad no es para mí.

Hoy es martes. Estoy de vuelta en el monte. El sol sigue quemando igual. Las choyas siguen picando igual.

Lalo regresó con su papá. El rancho se salvó, aunque dicen que el señor ya nunca volvió a dormir tranquilo y tiene guardias armados hasta en el baño. Pero su hijo está vivo. Lalo me mandó una carta. Decía: “Gracias por ser mi mamá por una noche”. Guardé la carta en mi caja de tesoros, junto con el primer diente de Paco y su credencial de la escuela.

Ramírez vino a verme ayer. Llegó en una patrulla nueva, pero esta vez venía solo. Se bajó sin ese uniforme impecable de antes. Traía botas gastadas y jeans.

—Pensé que te habías quedado en el escritorio, Comandante —le dije, sin dejar de picar la tierra con mi varilla.

—Renuncié —me dijo.

Me detuve y me sequé el sudor.

—¿Por qué? Eras el héroe.

—Porque allá en la oficina huele a aire acondicionado y mentiras. Y porque… —se rascó la cabeza, incómodo—… porque usted tenía razón. La tierra recuerda. Y yo no puedo olvidar lo que vi.

Se agachó a mi lado y tomó un puño de tierra.

—Quiero ayudar, Elena. Quiero aprender a rastrear. Hay muchas madres buscando. Faltan manos.

Lo miré a los ojos. Ya no eran los ojos del teniente arrogante que se burlaba de mí por “hablar con la tierra” . Eran ojos que habían visto el infierno y habían cruzado el río de agua negra.

—No hay paga —le advertí.

—Lo sé.

—No hay medallas.

—No las quiero.

—Y lo más probable es que nunca encontremos lo que buscamos.

Ramírez miró hacia el horizonte, hacia la sierra infinita y cruel.

—Pero alguien tiene que buscarlos.

Asentí. Saqué mi botella de agua y le di un trago.

—Bienvenido a la brigada, Ramírez. Agarra una pala.

Seguimos cavando. El sol caía a plomo. Mis manos dolían, mi espalda dolía, mi corazón dolía. Pero mientras hundía la varilla en la tierra, sentí esa vibración familiar. Ese hilo invisible .

—¿Paco? —susurré al viento.

El viento no contestó. Pero movió las ramas de un mezquite, como un saludo.

No lo encontré hoy. Tal vez no lo encuentre mañana. Pero mientras yo tenga fuerza en los brazos y Ramírez tenga voluntad en las botas, ningún hijo se quedará olvidado en el monte. Porque nosotros somos la memoria de la tierra. Y la tierra, al final, siempre dice la verdad.

FIN.

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