Me llamaron “El Rey de los Murciélagos” y me humillaron frente al notario por heredar un pedazo de tierra seca y una cueva oscura; pensaron que me habían dejado en la miseria, pero el destino tenía un plan brillante para mí.

Septiembre, y el calor en la sala de la casa grande se sentía más pesado que de costumbre. Ahí estábamos los cinco, rodeando el escritorio del licenciado como zopilotes esperando a que la presa dejara de moverse.

Yo soy Mateo, el menor. El callado. El que siempre prefirió los libros a arrear vacas bajo el sol. Me senté en el rincón más oscuro, sabiendo que, si me tocaba algo, serían puras sobras.

El licenciado Suárez, un hombre flaco que sudaba a mares, se ajustó los lentes y empezó a leer la última voluntad de mi padre.

—Al hijo mayor, Rogelio, le corresponde la casa grande y las 200 hectáreas de siembra de riego —leyó con voz monótona.

Rogelio asintió, con esa arrogancia de quien cree que se lo merece todo. Luego siguieron mis otros hermanos: a uno la tienda de abarrotes del pueblo, al otro el aserradero, y a Samuel todo el ganado y los pastizales. Ya estaban haciendo cuentas de cuánto dinero iban a sacar.

—Y para el hijo menor, Mateo… —El licenciado hizo una pausa, entrecerrando los ojos como si no pudiera creer lo que estaba escrito en el papel—. Le dejo la propiedad del cerro este, que comprende 12 hectáreas de terreno rocoso y la cueva que ahí se encuentra, incluyendo los derechos del subsuelo.

Un silencio sepulcral llenó la sala. Y entonces, Rogelio soltó una carcajada que retumbó en las paredes.

—¿Una cueva? —dijo, ahogándose de risa—. ¡Papá le dejó a Mateo un agujero en la tierra!

Mis otros hermanos se unieron a las burlas. Sus risas se me clavaron como espinas; era un sonido que juré recordar por el resto de mi vida.

—Pues, Mateo —dijo Samuel, limpiándose las lágrimas de la risa—, al menos ya tienes dónde vivir. Dicen que la cueva es fresca en verano. ¡Cuidado no te vayan a picar los alacranes!

Me levanté sin decir una palabra. Sentía la cara ardiendo de vergüenza y coraje. No tenía a dónde ir, y mis hermanos me dejaron claro con sus miradas que ya no era bienvenido en la casa que ahora era suya.

Esa noche caminé hasta el cerro con una lámpara vieja y el corazón roto. La entrada de la cueva era una boca oscura esperándome. No tenía nada, solo ese pedazo de roca fría.

Me paré frente a la oscuridad y, con la voz quebrada, le hablé a la nada: “Muy bien… veamos qué podemos hacer contigo”.

Levanté el pico para limpiar un rincón donde dormir, golpeé la pared de piedra y entonces… el sonido fue diferente. No sonó a roca seca. Sonó como una campana, algo musical, algo agudo.

Acerqué la luz de mi lámpara a la grieta que acababa de abrir y lo que vi me detuvo el corazón. Algo brillaba ahí dentro con un fuego violeta que nunca había visto en mi vida.

¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÉ QUE CAMBIARÍA MI SUERTE PARA SIEMPRE?

PARTE 2: EL SECRETO DE SANGRE Y CRISTAL

Me quedé ahí, paralizado, con el pico colgando de mi mano como si de repente pesara una tonelada. El polvo que había levantado con el golpe flotaba a mi alrededor, bailando en el haz de luz de mi vieja linterna, pero mis ojos no podían apartarse de esa grieta. No era un brillo normal. No era el brillo del cuarzo blanco que a veces te encuentras en los arroyos secos cuando vas a lavar ropa, ni el destello opaco de la pirita que engaña a los tontos. Esto era otra cosa. Era un violeta profundo, casi líquido, como si alguien hubiera encerrado un relámpago de tormenta dentro de la piedra.

El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, un tamborileo seco y doloroso. “Mateo, no te hagas ilusiones”, me dije a mí mismo en voz baja, mi voz rebotando en las paredes frías de la cueva. “Seguro es vidrio de alguna botella vieja que alguien tiró aquí hace años”. Pero mi instinto, ese que mi papá decía que yo tenía para leer los libros, me gritaba que no. El sonido al golpear no había sido de vidrio rompiéndose. Había sido un tañido, una nota musical, cling, como cuando golpeas una copa de cristal fino en una cena de Navidad a la que no fuiste invitado.

Acerqué la mano, temblando como un perro bajo la lluvia. Mis dedos, llenos de tierra y mugre, rozaron el borde de la grieta. Estaba frío, mucho más frío que la roca caliza que lo rodeaba. Metí el cincel con cuidado, conteniendo la respiración, tratando de no dañar lo que fuera que estaba ahí. Hice palanca. La roca crujió, una queja seca de la tierra, y un pedazo del muro cedió, cayendo al suelo con un golpe sordo.

Lo que quedó expuesto me hizo caer de rodillas.

No era solo un pedazo. Era una geoda. Pero no una de esas chiquitas que venden a los turistas en el mercado de artesanías por cincuenta pesos. Esto era una vena. Una arteria de la tierra abierta en canal. Cristales hexagonales, perfectos, del tamaño de mi puño, se amontonaban unos sobre otros, brillando con una intensidad que casi lastimaba la vista. La luz de mi linterna se multiplicaba en mil facetas, pintando las paredes sucias de mi “agujero” con un tono púrpura fantasmal.

Amatista. Y no cualquier amatista. Había leído suficiente en la biblioteca del pueblo, en esos libros viejos que nadie más tocaba, para saber lo que tenía enfrente. Por el color, esa oscuridad saturada que se desvanecía en puntas casi transparentes, esto parecía amatista de calidad gema, tal vez siberiana o uruguaya, pero aquí, en medio de la nada, en el cerro seco que mis hermanos despreciaron.

Me senté sobre la tierra fría, con la espalda contra la pared opuesta, y empecé a reír. Pero no fue una risa de alegría. Fue una risa histérica, entrecortada, que se mezclaba con el llanto. Las lágrimas me lavaron la cara sucia. Pensé en Rogelio, en su carcajada en la oficina del notario. Pensé en Samuel y sus vacas gordas. Pensé en mi padre.

—¿Lo sabías, viejo? —le pregunté a la oscuridad, imaginando su rostro serio—. ¿Sabías que me estabas dejando una mina o solo fue tu última broma macabra y te salió el tiro por la culata?

La noche avanzó lenta, pesada. No pude dormir. ¿Cómo vas a pegar el ojo cuando estás sentado sobre una fortuna, pero tienes el estómago rugiendo de hambre? El frío de la madrugada se metió en mis huesos, calándome hasta el tuétano. No tenía cobijas, solo mi chamarra de mezclilla vieja y el orgullo hecho pedazos. Cada ruido del cerro, cada coyote aullando a lo lejos, cada crujido de las ramas secas afuera, me hacía saltar. Ya no era solo el miedo a los alacranes o a la soledad; ahora tenía miedo de que alguien viniera. Si mis hermanos supieran… Dios, si ellos supieran, me sacarían de aquí a patadas antes de que pudiera sacar una sola piedra. Dirían que hubo un error en el testamento, sobornarían al licenciado Suárez, harían lo que fuera. Ellos tenían el dinero y el poder; yo solo tenía un pico y una cueva.

Cuando los primeros rayos de sol, pálidos y grises, empezaron a entrar por la boca de la cueva, me di cuenta de mi realidad inmediata. Era rico, sí, en teoría. Pero en la práctica, seguía siendo el hermano desheredado, el “loco del cerro”. No tenía agua, no tenía comida, y no tenía cómo sacar esas piedras sin llamar la atención.

Me levanté, sacudiéndome el polvo. Mis articulaciones tronaron. Tenía que ser inteligente. Si cambiaba mi comportamiento, si de repente empezaba a saltar de alegría o a comprar cosas en el pueblo, levantarían sospechas. Tenía que seguir siendo el Mateo miserable, el derrotado. Tenía que tragarme mi secreto y dejar que me quemara por dentro.

Salí de la cueva entrecerrando los ojos ante la luz de la mañana. El paisaje era desolador: matorrales secos, piedras afiladas y polvo. Abajo, en el valle, se veía la casa grande, la chimenea humeante. Seguramente Rogelio ya estaba desayunando huevos con machaca y café caliente, servido por la señora Lupe. Mi estómago gruñó con furia.

Decidí bajar al pueblo. Necesitaba suministros básicos y, sobre todo, necesitaba información. Caminé los cinco kilómetros bajo el sol que ya empezaba a picar. Al llegar a la plaza, sentí las miradas. En un pueblo chico, el chisme corre más rápido que el agua. Todos sabían ya que me habían dejado en la calle.

—Miren, ahí va el Conde de la Cueva —escuché que susurraba Don Beto, el dueño de la ferretería, mientras barría la entrada de su local. Un par de señoras se taparon la boca para reírse.

Agaché la cabeza, adoptando mi papel. Entré a la tienda de abarrotes que ahora era de mi hermano Luis. Por suerte, él no estaba; solo estaba Marisol, la empleada, una muchacha con la que fui a la primaria.

—Hola, Mateo —dijo ella, con un tono de lástima que me revolvió el estómago—. ¿Cómo… cómo pasaste la noche?

—Bien, Marisol. Fresca —respondí secamente. Saqué las pocas monedas que me quedaban en el bolsillo. Eran los ahorros de meses de hacer mandados—. Dame dos latas de atún, un paquete de galletas saladas y… y una garrafa de agua, por favor.

Ella me miró con tristeza mientras cobraba. —Tu hermano Luis dijo que si venías, no te fiáramos nada. Que son órdenes nuevas de la gerencia. Perdón, Mateo.

Sentí el calor subirme a las orejas. Mi propio hermano. Ni siquiera un kilo de frijoles me iba a fiar. —No te preocupes, traigo con qué pagar —dije, poniendo las monedas sobre el mostrador. Sonaron patéticas, poco dinero para un hombre adulto.

Salí de ahí con mi bolsa de plástico, sintiéndome humillado pero con una brasa de furia ardiendo en el pecho. “Ríanse ahora”, pensé. “Disfruten sus tiendas y sus ranchos. Yo tengo el tesoro de un rey bajo mi cama de piedra”.

De regreso, pasé por la ferretería de Don Beto. Necesitaba herramientas mejores, pero no tenía dinero. Me quedé mirando un cincel de punta fina y un marro pequeño en el escaparate. —¿Se te ofrece algo, muchacho? —preguntó Don Beto, mirándome con desconfianza, como si fuera a robarle.

—Solo estoy viendo, Don Beto. Oiga… ¿no tendrá trabajo? Necesito sacar unas piedras para… para acomodar el piso de la cueva.

Él soltó una risita burlona. —No, hijo. Ahorita la cosa está floja. Pero si quieres, barre la banqueta y te doy cincuenta pesos.

Lo miré a los ojos. Hace dos días, yo era el hijo de un hacendado respetado. Hoy me ofrecían barrer banquetas por propinas. Me tragué el orgullo, ese sabor amargo a bilis. —Está bien. Deme la escoba.

Barrí. Barrí con rabia, levantando polvo, mientras la gente pasaba y me veía. Cada escobazo era una promesa de venganza. Cuando terminé, Don Beto me tiró un billete de cincuenta pesos como quien le tira un hueso a un perro. —Ten. Cómprate algo, que te ves muy flaco.

Con esos cincuenta pesos compré el cincel más barato que tenía y me fui. El camino de subida al cerro fue un calvario. El sol estaba en su cenit, quemándome la nuca. Pero mi mente ya estaba trabajando. No podía vender las piedras aquí. Si llevaba una amatista a la joyería del pueblo, en dos horas Rogelio estaría en mi cueva con una escopeta reclamando que el subsuelo era parte de la herencia familiar original o cualquier mentira legal. Tenía que ir a la ciudad, a la capital del estado, o mejor aún, a Guadalajara. Pero para eso necesitaba dinero para el pasaje. Mucho más que cincuenta pesos.

Llegué a la cueva sudando y jadeando. Me tiré al suelo y comí una lata de atún con los dedos, saboreando cada bocado como si fuera caviar. Luego, me puse a trabajar.

Pasé los siguientes tres días en una fiebre de actividad. Durante el día, tapaba la entrada de la cueva con ramas y piedras para que nadie viera la luz adentro. Trabajaba en la penumbra, solo con la luz del día que se filtraba. Por la noche, encendía la linterna y excavaba con cuidado quirúrgico.

La veta era inmensa. Mientras más quitaba roca, más cristales aparecían. Algunos eran del tamaño de un balón de fútbol, geodas cerradas que al moverlas sonaban como maracas pesadas. Aprendí rápido a sacarlas sin romperlas. Mis manos se llenaron de cortes y ampollas. Mis uñas estaban negras, rotas. Me dolía la espalda, los hombros, las piernas. Pero cada vez que sacaba una pieza y la limpiaba con un trapo viejo, el cansancio desaparecía. Eran hermosas. Eran poder puro cristalizado.

Al cuarto día, tuve mi primera visita indeseada.

Estaba afuera, tratando de hacer una fogata pequeña para calentar agua en una lata vieja, cuando escuché el motor de una camioneta subiendo por la brecha. El corazón se me paró. Reconocí el rugido del motor. Era la Ford Lobo del año de Rogelio.

Corrí a la entrada de la cueva. Había puesto una lona vieja que encontré tirada para cubrir la entrada, pero no era suficiente. Entré rápido, agarré las geodas que había extraído y las metí frenéticamente bajo un montón de ropa sucia y mantas viejas en el rincón más oscuro. Salí justo cuando la camioneta se estacionaba levantando una nube de polvo.

Rogelio bajó, ajustándose el sombrero vaquero. Llevaba botas de piel de avestruz que valían más que todo lo que yo había comido en mi vida. Detrás de él bajó Samuel.

—¡Quihubo, hermano! —gritó Rogelio, con esa sonrisa falsa que mostraba todos los dientes—. Venimos a ver tu mansión. ¿No nos invitas a pasar?

Me paré frente a la entrada, cruzando los brazos, tratando de que no se me notara el temblor en las piernas. —No hay mucho que ver. Y estoy ocupado.

Samuel se rio, pateando una piedra. —¿Ocupado en qué? ¿En contar moscas? No mames, Mateo. Venimos en buen plan. Mira, te trajimos algo.

Rogelio sacó una bolsa de papel de la camioneta y me la aventó. Cayó a mis pies. Olía a comida, pero a comida vieja. —Son las sobras de la barbacoa de ayer. A los perros ya no les cabía más, así que pensamos en ti.

Sentí la sangre hervir en mis venas, caliente como lava. Quería agarrar una piedra y romperle los dientes. Quería gritarles que yo era más rico que ellos dos juntos. Pero me mordí la lengua hasta que sentí el sabor metálico de la sangre.

—Gracias —dije, sin moverme.

—Oye, Mateo —dijo Rogelio, acercándose un paso. Su tono cambió, se volvió más serio, más calculador. Sus ojos de depredador escanearon el terreno—. Fíjate que estuve pensando. Este cerro… pues estorba la vista desde la casa grande. Y la verdad, me da pena que la gente diga que mi hermano vive como un animal.

—¿Y? —pregunté.

—Te doy diez mil pesos por el terreno. Te vas a la ciudad, rentas un cuartito, te buscas un trabajo decente. Te quitas de problemas. ¿Qué dices?

Diez mil pesos. Una miseria. Una ofensa. Pero lo que me asustó no fue la oferta, sino la intención. ¿Por qué quería este pedazo de tierra inútil? ¿Sospechaba algo?

—No —respondí tajante.

Rogelio frunció el ceño. —No seas pendejo, Mateo. Son puras piedras. No valen nada. Te estoy haciendo un favor.

—Es lo que me dejó papá. Es lo único que tengo. No se vende.

Samuel se adelantó, poniéndose agresivo. —Mira, pinche malagradecido. Rogelio te quiere ayudar y tú te pones tus moños. A lo mejor deberíamos sacarte a chingadazos para que entiendas.

—Déjalo, Samuel —dijo Rogelio, deteniéndolo con la mano, pero sin dejar de mirarme a los ojos—. Déjalo que se pudra en su cueva. Cuando llegue el invierno y se esté congelando, va a venir a rogarme que le compre el cerro por quinientos pesos. Y ahí nos vamos a reír.

Se dieron la vuelta, subieron a la camioneta y se fueron, dejándome envuelto en polvo y olor a gasolina. Me quedé ahí parado hasta que el ruido del motor desapareció. Abrí la bolsa que me aventaron. Huesos pelados, tortillas duras y salsa seca. La comida de los perros.

Esa noche no comí. Tiré la bolsa al barranco. Esa noche hice un juramento. No solo iba a sobrevivir. Iba a comprarlos. Iba a comprar la casa grande, el aserradero, la tienda y las vacas. Iba a ver a Rogelio y a Samuel pedirme trabajo.

Pero necesitaba capital. Necesitaba mover la primera pieza.

Seleccioné la geoda más pequeña pero más perfecta que tenía. Era del tamaño de una naranja, pero al partirla a la mita, los cristales adentro eran de un violeta tan oscuro que parecía negro hasta que le daba la luz. La envolví en mis calcetines más limpios (que no estaban muy limpios) y la metí en el fondo de mi mochila.

A la mañana siguiente, bajé al pueblo antes del amanecer. No quería que nadie me viera. Caminé hasta la carretera federal y esperé el camión de segunda clase que iba a la capital. El boleto me costó casi todo lo que me quedaba. Me subí con el estómago vacío y el miedo en la garganta.

El viaje fue de cuatro horas. Cuatro horas abrazando mi mochila como si fuera un bebé, mirando por la ventana pasar los campos de agave y los pueblos polvorientos. Llegué a la ciudad aturdido por el ruido y el tráfico. Yo era un hombre de campo; la ciudad me asustaba, pero el hambre me daba valor.

Busqué en el directorio de mi teléfono (que tenía la pantalla estrellada y apenas 10% de batería) “compradores de minerales y gemas”. Encontré una dirección en el centro joyero.

Caminé. Caminé mucho. Mis botas viejas resonaban en el pavimento caliente. Llegué a un edificio viejo pero elegante. “Joyería y Minerales La Esmeralda”. Entré. El aire acondicionado me golpeó como una bendición. El lugar olía a perfume caro y a dinero. Había vitrinas con collares de oro, anillos de diamantes.

Un guardia de seguridad me miró de arriba abajo. Yo, con mi ropa llena de polvo de cueva, mi cabello desordenado y mi mochila sucia, desentonaba totalmente. —¿Qué se le ofrece, joven? —preguntó, poniéndose la mano en el cinturón.

—Vengo a vender… una piedra —dije, tratando de sonar seguro.

—Aquí no compramos piedras de río, mijo. Vete al mercado.

—No es de río. Quiero hablar con el dueño. O con el valuador.

El guardia iba a echarme, pero un hombre mayor, calvo y con lentes de joyero colgados al cuello, salió de la trastienda. —¿Qué pasa aquí?

—Este muchacho dice que trae algo para vender, Don Ernesto. Pero se ve que…

—Déjame ver —dijo el hombre, mirándome con curiosidad. Quizás vio la desesperación en mis ojos, o quizás la determinación—. Pásale al mostrador, muchacho. Pero rápido, que tengo clientes.

Me acerqué al mostrador de cristal. Me temblaban las manos. Saqué el bulto de calcetines sucios. El guardia hizo una mueca de asco. Desenrollé la tela lentamente.

Y ahí, bajo las luces halógenas de la joyería, la amatista brilló con una gloria que hizo que Don Ernesto contuviera el aliento.

El silencio en la tienda fue absoluto. El hombre tomó su lupa y se acercó, casi pegando la nariz a la piedra. La giró, la miró a contraluz, murmuró cosas que no entendí.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó finalmente, mirándome por encima de sus lentes. Sus ojos ya no tenían burla, tenían codicia.

—Es de una herencia —mentí a medias—. De mi abuelo.

—Es… es una pieza extraordinaria. La saturación del color es perfecta. No tiene inclusiones visibles a simple vista. Esto no es amatista común, muchacho. Esto tiene calidad de museo.

Mi corazón volvió a latir. —¿Cuánto vale?

Don Ernesto se rascó la barbilla. Sabía que yo estaba desesperado. Lo veía en mi ropa, en mi flacura. —Mira… el mercado está difícil. Es una pieza cruda, hay que cortarla, pulirla, y eso cuesta. Además, no tienes certificado de origen. Es un riesgo para mí.

El clásico juego. Quería bajarme el precio. —Si no le interesa, voy a la joyería de enfrente —dije, envolviendo la piedra de nuevo. Hice el amago de irme.

—¡Espera! —dijo rápido—. No te ofendas. Te ofrezco… cinco mil pesos.

Me detuve. Cinco mil pesos era lo que Rogelio me ofrecía por todo el cerro. Pero sabía que esto valía más. Mucho más. Recordé las burlas. Recordé la comida de perro. —Dame quince mil y es suya. En efectivo. Ahora.

El hombre dudó. Miró la piedra otra vez. Sabía que incluso con quince mil, él ganaría diez veces más. —Diez mil. Y no subo un peso más.

—Doce mil —dije firme—. Y le prometo que si encuentro más, se las traigo a usted primero.

Don Ernesto sonrió levemente. Extendió la mano. —Trato hecho, muchacho. Doce mil pesos.

Salí de la joyería media hora después con doce mil pesos en billetes de quinientos en mi bolsillo. Sentía que flotaba. Para un rico, eso no es nada. Para mí, era la diferencia entre la vida y la muerte.

Lo primero que hice fue ir a un restaurante. Pedí un corte de carne, sopa azteca y una coca-cola bien fría. Lloré mientras comía. Lloré de gratitud y de alivio. La gente me miraba, el loco llorando sobre su bistec, pero no me importó.

Luego, fui a una tienda de suministros industriales. No compré ropa nueva; no quería que mis hermanos vieran el cambio todavía. Compré una barra de acero de buena calidad, un marro profesional, cinceles de tungsteno, una linterna recargable potente y baterías. Compré comida enlatada, pero de la buena. Carne seca, frutas en almíbar, agua, barras de proteína. Compré un candado de alta seguridad y una cadena gruesa.

Regresé al pueblo ya de noche. El camión me dejó en la carretera y tuve que caminar cargando todo el peso. Pero este peso no me molestaba. Era peso de progreso.

Al llegar a la cueva, instalé el candado en una reja de metal vieja que había encontrado tirada en el cerro días atrás y que había adaptado a la entrada. Ahora mi “agujero” tenía puerta. Me senté adentro, con mi linterna nueva iluminando las paredes violetas.

—Esto apenas empieza —susurré.

Pasaron dos semanas. Mi rutina cambió. Trabajaba de noche, dormía de día por ratos. Comía bien. Mi cuerpo empezó a cambiar; mis brazos se pusieron duros de tanto picar piedra. La veta no se acababa. Al contrario, se ensanchaba. Encontré una “bolsa” en la pared, una cavidad hueca. Cuando metí la cámara de mi celular para ver, la pantalla me mostró algo que parecía una catedral alienígena. Puntas de cristal de medio metro de largo. Eso no valía miles. Eso valía millones.

Pero con el éxito vino el descuido.

Un martes por la tarde, bajé al pueblo a comprar saldo para mi celular. Me sentía confiado. Tal vez demasiado. Entré a la tienda y ahí estaba Samuel, comprando cervezas con sus peones.

—Miren quién bajó del Olimpo —dijo Samuel, ya medio borracho—. ¿Cómo van las piedras, Mateo? ¿Ya encontraste oro? —Todos se rieron.

—Todo bien, Samuel —dije tranquilo, pagando mi saldo.

Samuel me miró fijamente. Entrecerró los ojos. —Te ves… repuesto. Ya no te ves tan muerto de hambre. Y esas botas… —Miró mis botas. Había cometido el error de comprar unas botas de trabajo nuevas, de segunda mano pero buenas, porque las viejas se me deshicieron.

—Me las encontré —dije rápido.

—¿Te las encontraste? —Samuel se acercó, invadiendo mi espacio personal. Olía a sudor y cerveza—. ¿Sabes qué creo, carnalito? Creo que estás robando. ¿Te estás metiendo a mi rancho a robar gallinas? ¿O estás robando maíz de las bodegas de Rogelio?

—Yo no soy ningún ladrón —le espeté, empujándolo levemente.

El aire se tensó. Los peones de Samuel dejaron de reír. —Me empujaste… —dijo Samuel, incrédulo. Luego sonrió con malicia—. Nadie toca al patrón.

Me soltó un puñetazo en el estómago que me sacó el aire. Caí de rodillas, tosiendo. —Revisen sus bolsillos —ordenó Samuel.

Dos de sus hombres me sujetaron. Yo pataleaba, pero eran más fuertes. Samuel metió la mano en mi bolsillo y sacó el fajo de billetes que me quedaba. Eran como cuatro mil pesos.

—¡Ah, cabrón! —exclamó Samuel, mostrando el dinero a todos—. ¿De dónde saca cuatro mil pesos un vagabundo que vive en una cueva? ¡Esto es robado! ¡Seguro se lo robaste a Rogelio de la casa grande!

—¡Es mío! —grité, tratando de levantarme—. ¡Me lo gané trabajando!

—¿Trabajando en qué? ¿En el cerro? No me hagas reír. —Samuel se guardó mi dinero en su bolsa—. Voy a confiscar esto para dárselo a Rogelio. Vamos a investigar qué te robaste. Y más te vale que no te aparezcas por aquí hasta que sepamos la verdad, o te va a ir peor.

Me dejaron tirado en el piso de la tienda, adolorido y sin un centavo otra vez. La humillación era peor que el golpe físico. Me habían robado mi propio dinero, mi esperanza. Pero hubo algo peor. Vi la mirada de Samuel antes de irse. No era solo prepotencia. Era curiosidad.

“¿De dónde saca dinero?”, se estaba preguntando. Y esa pregunta era peligrosa.

Regresé a la cueva cojeando, con el odio alimentándome. Sabía que no tardarían en ir a investigar. Tenía que sacar lo más valioso y esconderlo, o irme. Pero no podía llevarme las geodas gigantes. Eran demasiado pesadas.

Esa noche, se desató una tormenta. El cielo se cayó a pedazos. Truenos, relámpagos, lluvia torrencial. El agua empezó a entrar a la cueva. Tuve que trabajar como loco haciendo zanjas para desviar el agua y que no inundara la veta de cristales. Estaba empapado, helado, tiritando.

En medio de la tormenta, mientras movía unas rocas del fondo para hacer un drenaje, mi pico golpeó algo que no era piedra ni cristal. Sonó a madera hueca.

Me detuve. El agua me escurría por la cara. Apunté la linterna. Había una parte del muro que parecía haber sido tapada artificialmente hace mucho tiempo. La mezcla de barro y piedra se había ablandado con la humedad.

Quité las piedras con las manos, rompiéndome las uñas. Detrás del muro falso, había un hueco pequeño, seco. Y en el hueco, había una caja de madera vieja, podrida por el tiempo, y envuelto en cuero, un libro.

Mi corazón se detuvo. Reconocí la letra en la portada del cuaderno de piel. Era la letra de mi padre.

“Bitácora de la Mina La Esperanza – 1985”.

Abrí el libro con manos temblorosas. Las hojas estaban amarillas, quebradizas. Leí la primera página a la luz de la linterna, mientras los truenos hacían retumbar la tierra sobre mi cabeza.

“Si estás leyendo esto, es porque encontraste la entrada. Perdóname, hijos míos, por no decirles la verdad en vida. Pero la codicia es una enfermedad que pudre el alma. Vi lo que el dinero le hizo a mi hermano, y no quise eso para ustedes. Cerré la mina hace veinte años. Tapé la entrada. Juré que nadie sabría de la Veta Madre hasta que yo muriera.”

Pasé las páginas frenéticamente. Había mapas. Dibujos. Cálculos. Mi padre sabía todo. Sabía que aquí había millones de dólares en amatista.

Llegué a la última página, fechada días antes de su muerte. La tinta estaba corrida, como si hubiera llorado al escribir.

“He tomado una decisión. Rogelio, Samuel, Luis… son hombres de negocios, pero tienen el corazón duro. Aman el dinero más que a la tierra. Si les doy la mina, se destruirán entre ellos peleando por la riqueza. Se matarán. Pero Mateo… Mateo es diferente. Mateo mira las estrellas. Mateo tiene paciencia. A Mateo le dejo el cerro. Si él es digno, si él trabaja la tierra con sus manos y sufre la piedra, la tierra lo recompensará. Si solo vende el terreno, nunca sabrá lo que perdió. Esta es mi prueba final para ti, hijo. Si encontraste esto, ya eres rico. Pero ten cuidado. Tus hermanos vendrán por ti cuando vean el brillo. No confíes en nadie. Y una cosa más… la veta de amatista es solo el principio. Sigue el túnel hacia el norte, donde la brújula se vuelve loca. Lo que hay ahí abajo no es de este mundo…”

Cerré el libro de golpe. Un escalofrío me recorrió la espalda que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia. “Donde la brújula se vuelve loca”.

Miré hacia el fondo de la cueva, hacia la oscuridad absoluta del túnel norte que yo ni siquiera había empezado a explorar.

De repente, escuché un ruido afuera, sobre el estruendo de la lluvia. No era un trueno. Era un disparo. Y luego gritos.

—¡Mateo! ¡Sabemos que estás ahí dentro, rata de alcantarilla! —Era la voz de Rogelio, distorsionada por el viento—. ¡Samuel me dijo lo del dinero! ¡Sal ahorita mismo! ¡Queremos ver qué escondes!

Me asomé por una grieta. Abajo, en la brecha, había tres camionetas con las luces altas apuntando hacia la boca de la cueva. Veía siluetas de hombres armados. Mis hermanos habían venido con su “ejército” de peones. Y venían armados.

Ya no era una burla familiar. Ahora era un asedio.

Miré mis cristales violetas, brillando inocentes en la oscuridad. Miré el libro de mi padre. Miré el túnel norte. No tenía salida. Si salía, me quitarían todo, tal vez me golpearían hasta dejarme inconsciente y luego “encontrarían” la mina. Dirían que yo se las robé. El licenciado Suárez arreglaría los papeles. Yo terminaría en la cárcel o en una zanja.

Solo había un camino. Hacia adentro. Hacia donde la brújula se vuelve loca.

Agarré mi mochila, metí el libro, las latas de comida que me quedaban, mi botella de agua y el marro. Apagué la linterna para no ser un blanco fácil.

—¿No vas a salir? —gritó Rogelio. Otro disparo pegó en la roca, justo arriba de la entrada. Polvo de piedra me cayó en la cara—. ¡Vamos a entrar por ti!

Escuché sus botas resbalando en las piedras mojadas, subiendo la cuesta. Estaban cerca. Me di la vuelta y me adentré en la garganta de la tierra, dejando atrás la poca luz que conocía, caminando hacia un secreto que mi padre guardó por miedo, hacia un destino que podría ser mi salvación o mi tumba.

La cueva se estrechaba. El aire se volvió denso, metálico. Y entonces, mientras avanzaba a tientas, escuché algo. No venía de atrás, de mis hermanos. Venía de adelante. Un zumbido. Y una luz tenue, pulsante, que no era violeta. Era azul eléctrico.

Mis hermanos entraron a la antecámara de la cueva gritando mi nombre. —¡Aquí no hay nadie, patrón! —gritó uno de los peones. —¡Busquen! ¡Tiene que estar aquí! ¡Miren estas piedras! ¡Dios mío, Rogelio, mira esto! —Esa fue la voz de Samuel, quebrándose por la codicia al ver la amatista.

Pero yo ya estaba lejos. Había cruzado un umbral del que no sabía si podría regresar.

PARTE 3: EL CORAZÓN MAGNÉTICO DE LA MONTAÑA

El zumbido no estaba solo en mis oídos; estaba en mis dientes, en mis muelas, vibrando dentro de mi cráneo como si un enjambre de avispas invisibles hubiera decidido anidar en mi cerebro. Dejé atrás los gritos de Rogelio y la avaricia histérica de Samuel. Sus voces, antes tan aterradoras y dominantes en mi vida, se fueron convirtiendo en ecos lejanos, distorsionados por la acústica caprichosa de la cueva, hasta que fueron devorados por el sonido grave y constante que emanaba de las profundidades.

Avancé a trompicones, con la mochila pesando como una cruz de penitencia sobre mi espalda. El túnel, que al principio parecía una simple galería minera, comenzó a cambiar drásticamente. La roca caliza, porosa y seca que conocía, dio paso a una piedra negra, lisa y resbaladiza, parecida a la obsidiana pero con una textura grasa al tacto. El aire ya no olía a tierra mojada por la lluvia de afuera; ahora tenía un olor penetrante a ozono, a tormenta eléctrica encerrada, a ese aroma metálico que sientes en la lengua cuando muerdes un pedazo de papel aluminio por accidente.

—Sigue adelante, Mateo. No te detengas, cabrón —me susurré a mí mismo, tratando de que mi propia voz me sirviera de ancla en medio de esa oscuridad que parecía tener vida propia.

La luz azul que había visto antes se hacía más intensa con cada paso. No era una luz natural, ni siquiera se parecía al brillo de las luciérnagas o los hongos bioluminiscentes que a veces veía en el campo. Era una luz fría, eléctrica, que pulsaba rítmicamente, como el latido de un corazón moribundo.

El pasaje se estrechó tanto que tuve que quitarme la mochila y empujarla frente a mí. Me arrastré sobre mi estómago, sintiendo la roca fría chupándome el calor del cuerpo. Mis codos y rodillas, ya maltrechos por días de trabajo, protestaron con un dolor agudo, pero el miedo a lo que dejaba atrás —a mis hermanos armados y furiosos— era un combustible más potente que el dolor.

De repente, el suelo desapareció bajo mis manos.

Me detuve en seco, con medio cuerpo colgando sobre un vacío. Mi linterna, que había vuelto a encender al alejarme lo suficiente de la entrada, iluminó la nada. Estaba al borde de un precipicio subterráneo. Tomé una piedra suelta y la dejé caer.

Uno, dos, tres, cuatro segundos… Plop.

El sonido del agua. Un agua profunda y lejana.

Levanté la vista y lo que vi me robó el aliento de golpe, dejándome mareado. No estaba en un simple túnel. Había salido a una caverna colosal, una bóveda tan inmensa que la luz de mi linterna no alcanzaba a tocar el techo. Pero no necesitaba mi linterna.

Toda la caverna estaba iluminada por esa luz azul espectral. Provenía de las paredes, del techo, y sobre todo, de unas formaciones cristalinas gigantescas que brotaban del abismo como colmillos de un dios antiguo. No eran amatistas. Eran columnas translúcidas, algunas del grosor de un roble centenario, que brillaban con una energía interna, pulsando en sintonía con ese zumbido grave que me hacía vibrar los huesos.

—Dios mío… —susurré, y mi voz resonó en la inmensidad, multiplicándose en un eco fantasmal—. Jefecito, ¿qué es este lugar?

Me senté en el borde del precipicio, con las piernas colgando hacia la oscuridad azulada, y saqué el diario de mi padre. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae al vacío. Busqué la página donde había dejado la lectura, protegiendo el papel viejo de la humedad del ambiente.

“3 de octubre de 1985.

La brújula no sirve aquí abajo. El norte ya no es el norte. He encontrado la Cámara Azul. Los indios huicholes hablaban de lugares donde la tierra respira fuego frío, pero nunca creí que fuera literal. No es solo cristal, es energía. Pura y bruta. Cuando me acerco a los Pilares de Luz, siento que mis pensamientos se vuelven claros, pero también siento un miedo primitivo. Esto no es oro, no es plata. Es algo más antiguo. He traído un contador Geiger que conseguí con un ingeniero en la capital. La aguja se vuelve loca, pero no es radiación nuclear como la de las bombas. Es magnetismo. Un campo magnético tan fuerte que podría detener un reloj o, si mis sospechas son ciertas, curar o matar dependiendo del tiempo que pases aquí. No puedo dejar que Rogelio sepa de esto. Él traería maquinaria pesada. Rompería los pilares para venderlos por kilo. Si rompen estos cristales, temo que la montaña entera colapse o libere algo que no podemos controlar. Esta cueva es una arteria del mundo. Y yo soy su guardián.”

Cerré el libro, sintiendo un nudo en la garganta. Mi padre no estaba loco. Era un protector. Y ahora, esa carga recaía sobre mis hombros flacos y cansados.

Miré hacia atrás, hacia el túnel estrecho por donde había llegado. No se escuchaba nada. Tal vez mis hermanos se habían quedado embobados con la amatista de la entrada. La codicia es un narcótico poderoso; seguramente estaban llenando costales, calculando millones, sin importarles que su hermano menor hubiera desaparecido en las entrañas de la tierra. Pero sabía que eso no duraría para siempre. Eventualmente, la curiosidad o el deseo de asegurarse de que yo no reclamara nada, los haría seguir mis huellas.

Tenía que encontrar una manera de bajar. O de cruzar.

Observé el entorno con ojos de “ingeniero de rancho”, como me decía mi abuelo. Vi una cornisa estrecha que descendía en espiral por la pared izquierda de la caverna. Era peligrosa, resbaladiza por la humedad constante, pero era mi única opción.

Me colgué la mochila, ajusté las correas hasta que me cortaron la circulación de los hombros, y empecé el descenso. Cada paso era una apuesta. La roca estaba cubierta de un musgo extraño, pálido y baboso, que parecía alimentarse de la luz azul.

—Virgencita, no me sueltes —recé entre dientes mientras mi bota resbalaba, enviando una lluvia de piedritas al agua oscura de abajo.

Tardé lo que parecieron horas en llegar al nivel del agua. Mis piernas temblaban de agotamiento. Al llegar abajo, me di cuenta de la magnitud real de los cristales. Eran torres de diez, quince metros de altura. Me acerqué a uno de ellos. Al tocarlo, sentí una descarga estática, un chispazo que me erizó los vellos del brazo, seguido de una sensación de calor agradable que subió por mi mano hasta mi pecho.

El zumbido aquí abajo era más fuerte, casi hipnótico. Me sentía extrañamente despierto, como si me hubiera bebido diez tazas de café cargado. El cansancio físico seguía ahí, pero mi mente estaba acelerada, lúcida.

Me acerqué a la orilla del lago subterráneo. El agua era negra como el petróleo, pero reflejaba perfectamente la luz azul de los cristales, creando la ilusión de un cielo estrellado invertido. Me agaché para tomar un poco de agua con la mano, pero me detuve.

“Cuidado con el agua”, recordé una frase suelta en el diario que había ojeado rápidamente.

Saqué mi botella de agua. Me quedaba menos de la mitad. Tenía que racionarla. Comí un poco de carne seca, masticando despacio, obligándome a tragar a pesar de tener la boca seca por el miedo.

Fue entonces cuando escuché el ruido.

No venía del túnel por donde yo bajé. Venía del otro lado del lago.

Splash. Splash.

Alguien, o algo, se movía en el agua.

Apagué mi linterna de inmediato. La luz azul ambiente era suficiente para ver siluetas, pero no detalles. Me escondí detrás de uno de los cristales gigantes, con el marro apretado en la mano, mi corazón golpeando contra mis costillas como un pájaro enjaulado.

¿Mis hermanos habían encontrado otro camino? Imposible. Yo conocía este cerro mejor que nadie, o eso creía.

El sonido se acercó. Splash… arrastrarse… splash.

Entrecerré los ojos. Una figura emergió del agua a unos cincuenta metros de mi posición. Era pequeña, cuadrúpeda. Un animal. Solté el aire que estaba conteniendo. Era un tejón. Un simple tejón mojado y confundido que seguramente había caído por algún respiradero natural.

Pero la presencia del tejón significaba algo vital: había otra salida. Si un animal terrestre había llegado hasta aquí, tenía que haber una conexión con la superficie que no fuera la entrada principal.

La esperanza me inyectó nuevas fuerzas. Si encontraba esa salida, podría escapar, llegar a la ciudad, registrar la propiedad a mi nombre con el dinero que me quedaba (aunque Samuel me había robado, todavía tenía la tarjeta de débito donde deposité la mayor parte de los doce mil pesos; solo me habían quitado el efectivo). Podía buscar un abogado de verdad, no un vendido como Suárez.

Pero primero, tenía que rodear el lago.

Empecé a caminar por la orilla, ocultándome entre las sombras de los cristales. El terreno era irregular, lleno de grietas y formaciones rocosas afiladas. Mientras caminaba, mi mente regresó a mis hermanos. La rabia, que había sido sustituida por el miedo a morir, volvió a encenderse.

Recordé la infancia. Recordé cómo Rogelio siempre me quitaba mis juguetes. “Tú no sabes usarlos, Mateo”, decía. Y Samuel, siempre siguiendo a Rogelio, riéndose de mis desgracias. “El llorón”, me decían. Mi padre nunca intervenía. Él solo observaba, con esa mirada triste y distante. Ahora entendía esa mirada. Él sabía que estaba criando a dos cuervos y a una oveja. Pero la oveja había resultado ser un lobo disfrazado. O al menos, eso intentaba ser.

De repente, un estruendo sacudió la caverna.

¡BOOM!

Polvo y piedras cayeron del techo. El agua del lago se agitó violentamente. Me tiré al suelo, cubriéndome la cabeza. El sonido había venido de arriba, de la entrada del túnel por donde yo había llegado.

Dinamita.

Esos idiotas estaban usando explosivos.

—¡Están locos! —grité, aunque nadie podía oírme—. ¡Van a derrumbar todo!

El diario de mi padre lo advertía: “Si rompen estos cristales, la montaña colapsará”. La estructura de esta cueva era inestable, sostenida por una tensión milenaria que no soportaría la brutalidad de la minería moderna.

Me puse de pie y miré hacia arriba. Una nube de polvo salía de la boca del túnel en la altura. Y luego, vi las luces. Haces de luz potentes, de lámparas tácticas, cortando la oscuridad azulada.

—¡Mira eso, Rogelio! —La voz de Samuel llegó rebotando por las paredes, amplificada por la acústica de la cueva—. ¡No mames! ¡Es un puto palacio!

—¡Cállate y alumbra bien! —Esa era la voz de Rogelio. Se escuchaba agitado, pero eufórico—. ¡Mateo! ¡Mateo, sabemos que estás abajo!

Me pegué contra la roca fría, haciéndome lo más pequeño posible. Me habían encontrado. No sabía cómo habían bajado tan rápido o si simplemente estaban gritando desde el borde, pero sabían que estaba ahí.

—¡Hermanito! —gritó Rogelio, su tono cambiando a esa falsa amabilidad que me daba más miedo que sus insultos—. ¡Ya vimos lo que encontraste! ¡Esto es impresionante! ¡Perdónanos por lo de la tienda, estábamos borrachos! ¡Sube y hablemos como hombres de negocios! ¡Nos vamos a hacer millonarios los tres!

“Mentira”, pensé. “Si subo, me tiran al agujero”.

—¡Mateo! —insistió—. ¡Trajimos cuerdas! ¡No seas rencoroso! ¡Somos sangre!

—¡Sangre es lo que me van a sacar si me dejo! —murmuré.

Decidí no contestar. El silencio era mi mejor arma. Si no sabían dónde estaba exactamente, tendrían miedo de bajar. Ellos no conocían el terreno. No sabían de las rocas resbaladizas ni de los abismos ocultos.

Vi cómo empezaban a preparar un rapel. Eran torpes, ruidosos. Tiraban piedras con cada movimiento. Eran intrusos en un templo sagrado, profanando el silencio con su avaricia.

Tenía que moverme rápido. Olvidé el sigilo y empecé a correr por la orilla del lago, buscando por dónde había venido el tejón. Mis botas chapoteaban en el lodo, pero el ruido de mis pasos quedaba oculto por los ecos de sus propias voces y el zumbido de los cristales.

Llegué al otro extremo de la caverna. Aquí, la arquitectura natural cambiaba. Los cristales gigantes daban paso a un bosque de estalactitas y estalagmitas que formaban un laberinto de piedra.

Me metí entre las columnas de roca, buscando una corriente de aire, una grieta, algo. Y entonces, lo sentí. Una brisa. Una caricia de aire fresco que olía a pino y a noche.

¡La salida!

Seguí la corriente de aire. Me llevó a una grieta estrecha en la pared del fondo, medio oculta por un derrumbe antiguo. Me asomé. El pasaje subía de manera pronunciada, casi vertical, pero había raíces… raíces gruesas de árboles que habían penetrado la roca desde la superficie.

Era una chimenea natural.

Estaba a punto de empezar a escalar cuando algo me detuvo. Una sensación física, como una mano helada agarrándome del tobillo. No era un fantasma. Era el instinto. Miré hacia atrás, hacia el lago y los cristales azules.

Si yo me iba, ellos se quedarían con todo. Si yo huía, Rogelio y Samuel destruirían este lugar. Meterían taladros, dinamita, camiones. Destrozarían la “Cámara Azul” y, según mi padre, eso podría ser catastrófico.

Recordé las palabras del diario: “Si él es digno… la tierra lo recompensará”.

Huir no era digno. Huir era lo que el viejo Mateo hubiera hecho. El Mateo que barría banquetas por cincuenta pesos. Pero el hombre que estaba parado ahí, con un marro en la mano y el secreto de la montaña en su mochila, ya no era ese niño asustado.

Me detuve. Miré la grieta de salida. Era mi libertad. Luego miré hacia los cristales, donde las luces de mis hermanos ya estaban descendiendo por las cuerdas, como arañas luminosas invadiendo mi hogar.

No podía enfrentarlos cuerpo a cuerpo. Eran dos, más sus peones armados arriba. Yo estaba solo. Pero yo tenía una ventaja. Yo tenía el libro. Yo sabía lo que hacía este lugar.

Me senté en el suelo, encendí mi linterna y busqué frenéticamente en el diario. Recordaba haber visto un mapa, un diagrama de la caverna con unas marcas rojas.

Lo encontré. Página 42.

“El punto de resonancia. Hay un cristal en particular, el ‘Cristal Maestro’, ubicado en el centro del lago, en la pequeña isla de piedra. Si se golpea con la frecuencia correcta (un golpe seco y fuerte en la base), la vibración se amplifica a través de toda la red de cristales. El sonido resultante es ensordecedor. Puede desorientar, causar vértigo e incluso alucinaciones temporales debido a la alteración del campo magnético. Lo descubrí por accidente y casi me desmayo. Es el mecanismo de defensa de la montaña.”

Levanté la vista. En medio del lago negro, efectivamente, había una isla pequeña, y en ella, un cristal que no era azul, sino de un blanco puro, lechoso, rodeado de los otros gigantes azules.

Era una locura. Tenía que nadar hasta ahí, golpear el cristal y esperar que el “mecanismo de defensa” no me matara a mí también. Pero si funcionaba, los aturdiría lo suficiente para… ¿para qué? No para matarlos. No soy Caín. Pero sí para aterrarlos. Para hacerles creer que la mina estaba maldita. Para sacarlos de aquí corriendo y que nunca quisieran volver.

En México, somos supersticiosos. Hasta el narco más sanguinario le teme al diablo y a la Santa Muerte. Mis hermanos se reían de mí, pero se persignaban cada vez que pasaban frente a una iglesia. Si lograba convencerlos de que este lugar estaba habitado por algo maligno, el miedo haría lo que mis puños no podían.

Me quité la mochila y la escondí entre las raíces de la chimenea de salida. Solo me quedé con el marro. Me metí al agua.

Estaba helada. Un frío que cortaba la respiración como cuchillos de hielo. Mis músculos se tensaron, queriendo acalambrarse. —Vamos, Mateo. No seas chillón —me dije, temblando.

Empecé a nadar hacia la isla. Traté de no chapotear. Nadé de muertito, estilo pecho, deslizando mis brazos bajo la superficie. A lo lejos, vi que Rogelio y Samuel ya habían tocado suelo firme.

—¡Qué pinche frío hace aquí! —se quejó Samuel, su voz retumbando—. ¡Mateo! ¡Sal ya! ¡Sabemos que no tienes a dónde ir!

—Revisen el perímetro —ordenó Rogelio—. Y cuidado con esos cristales, se ven frágiles. No quiero que rompan nada hasta que sepamos cuánto valen.

Estaban a unos cien metros de mí. La oscuridad del lago me protegía, pero si alguno apuntaba su linterna hacia el agua, me verían como un pato en cacería.

Llegué a la isla. Me arrastré fuera del agua, tiritando incontrolablemente. Mis dientes castañeteaban tan fuerte que temí que me escucharan. Me abracé a mí mismo unos segundos para recuperar algo de calor.

El Cristal Maestro se alzaba ante mí. Era hermoso y aterrador. Medía unos tres metros de alto. Pulsaba con una luz blanca tenue, rítmica. Me puse de pie, empuñando el marro con las dos manos. Mis manos estaban entumecidas, resbalosas por el agua.

—Oigan… —grité con todas mis fuerzas.

Las luces de las linternas de mis hermanos se giraron violentamente hacia mí, cegándome por un segundo.

—¡Ahí está! —gritó Samuel—. ¡En medio del agua!

—¡Mateo! —bramó Rogelio—. ¿Qué demonios haces ahí? ¡No te muevas!

—¡Este lugar no es suyo! —grité, mi voz quebrándose por el frío y la emoción—. ¡Este lugar no le pertenece a nadie! ¡Lárguense!

—¡No digas estupideces! —Rogelio avanzó hacia la orilla del lago, sacando una pistola que traía fajada en la cintura. El metal brilló bajo la luz azul—. ¡Sal del agua o voy a empezar a disparar! No te voy a dar, pero te voy a asustar tanto que te vas a cagar ahí mismo.

—¡Es la herencia de papá! —respondí—. ¡Y él dijo que ustedes no eran dignos!

—¡Papá estaba senil! —intervino Samuel—. ¡Ese viejo loco nos ocultó una fortuna! ¡Nos traicionó a todos!

—¡Él los protegió de su propia codicia!

—¡Basta de charla! —Rogelio levantó el arma y disparó al aire. ¡BANG! El disparo fue ensordecedor. El eco rebotó mil veces, lastimando los oídos.

Fue la señal.

Levanté el marro sobre mi cabeza. —¡Se los advertí!

—¿Qué vas a hacer? —gritó Samuel, confundido—. ¡No rompas eso, idiota! ¡Vale una fortuna!

Dejé caer el marro con toda la fuerza que me quedaba, impulsado por el odio, por la injusticia, por el hambre de tres días, por los zapatos viejos y las risas en la notaría. El acero golpeó la base del Cristal Maestro.

No hubo sonido de impacto. O al menos, no uno normal. Hubo un TAÑIDO.

Un sonido puro, absoluto, que no solo se escuchó, se sintió. Fue como si alguien hubiera golpeado una campana del tamaño del mundo. GOOOOONG…

La vibración me tiró al suelo de inmediato. El cristal blanco se encendió con una luz cegadora, tan brillante como un flash de magnesio. Y luego, los otros cristales, los gigantes azules, respondieron.

Empezaron a cantar.

Un coro de frecuencias agudas y graves se desató en la caverna. El sonido era físico. Sentí cómo mis dientes vibraban, cómo mis ojos desenfocaban. Miré hacia la orilla.

Rogelio y Samuel habían soltado las linternas y se tapaban los oídos, gritando. Pero no podía escuchar sus gritos sobre el estruendo de los cristales. El campo magnético se volvió loco. Vi cómo la pistola de Rogelio salía volando de su mano, atraída hacia uno de los pilares azules como si fuera un imán gigante. Las hebillas de sus cinturones, los botones metálicos de sus camisas, todo tiraba de ellos.

Pero lo peor —o lo mejor— fueron las luces. La vibración sónica empezó a afectar la percepción visual. El aire se llenó de fractales, de colores que no existían. Vi a Samuel caer de rodillas, manoteando al aire como si lo atacaran insectos invisibles. Rogelio corría en círculos, tropezando, completamente desorientado.

—¡El Diablo! —alcancé a leer en los labios de Samuel—. ¡Es el Diablo!

El miedo primordial se apoderó de ellos. No entendían lo que pasaba. Solo sabían que la cueva estaba gritando y que sus cuerpos no les respondían. Olvidaron el dinero. Olvidaron la amatista. El instinto de supervivencia anuló la codicia en un segundo.

Corrieron hacia las cuerdas. Se peleaban por subir. Samuel empujó a Rogelio. Rogelio pateó a Samuel. Eran ratas en un barco hundiéndose. Yo me quedé pegado al suelo de la isla, abrazando la roca, esperando que mi cerebro no se licuara. Sentía náuseas, vértigo. Sangre caliente empezó a salirme por la nariz.

El sonido duró quizás un minuto, pero pareció una eternidad. Poco a poco, la resonancia bajó de intensidad. La luz blanca del cristal central se atenuó.

Levanté la cabeza, mareado, escupiendo bilis. La orilla estaba desierta. Las cuerdas seguían ahí, balanceándose. Habían huido. Habían dejado todo.

El silencio volvió a la caverna, pero ahora era un silencio diferente. Un silencio atento. La cueva sabía que yo estaba ahí. Y me había dejado vivir.

Me tiré al agua nuevamente y nadé de regreso, con movimientos lentos y dolorosos. Llegué a la orilla y vomité agua y bilis. Me sentía como si me hubiera atropellado un camión. Pero estaba vivo. Y estaba solo.

Caminé tambaleándome hacia donde había escondido mi mochila. Mis hermanos no volverían pronto. No después de esto. Dirían que el cerro está embrujado, que hay demonios. El miedo los mantendría a raya… por un tiempo.

Llegué a la chimenea natural. Miré hacia arriba. Se veía una estrella. Una sola estrella real, en el cielo de afuera. Pero antes de empezar a subir, recordé algo. Samuel había dejado caer algo cuando empezó el caos.

Regresé unos pasos hacia donde habían estado parados. En el suelo, brillando bajo la luz azul, estaba la cartera de Rogelio. Se le había caído en la pelea por subir a la cuerda.

La levanté. Era de piel fina. La abrí. Había dinero. Mucho dinero. Tarjetas de crédito. Y una foto. Una foto vieja, en blanco y negro. Éramos nosotros tres, de niños, con papá. Rogelio y Samuel sonreían. Yo estaba en brazos de papá, mirándolo a él en lugar de a la cámara.

Guardé el dinero en mi bolsillo. Eran por lo menos veinte mil pesos. “Intereses”, pensé. Dejé la cartera tirada y regresé a la chimenea.

Empecé a escalar por las raíces. El ascenso fue brutal. Mis brazos gritaban, mis uñas se rompieron. Tardé casi una hora en salir.

Cuando por fin saqué la cabeza a la superficie, el aire fresco de la noche me golpeó la cara. Olía a pino, a tierra seca, a libertad. Salí rodando sobre la hierba, lejos de la entrada principal de la cueva, en la ladera norte del cerro, una zona tupida de matorrales donde nadie venía nunca.

Me quedé tirado mirando el cielo inmenso de México. Las estrellas brillaban, indiferentes a mi drama. Había sobrevivido. Tenía el libro. Tenía algunas geodas en mi mochila. Tenía veinte mil pesos “recuperados”.

Pero sabía que esto no había terminado. Rogelio y Samuel regresarían. Tal vez no mañana, tal vez no a la cueva, pero vendrían por mí. El miedo se pasa, pero la codicia es una enfermedad crónica. Y ahora sabían que yo era peligroso.

Me senté y saqué el diario de mi padre una vez más a la luz de la luna. Había una última nota en la contraportada que no había visto antes.

“Si lograste salir, Mateo, entonces has pasado la prueba del miedo. Pero ahora viene la prueba del poder. Lo que hay ahí abajo puede cambiar el mundo, o destruirlo. No confíes en la ley. La ley se compra. Busca al Ingeniero Cárdenas en Guadalajara. Él me ayudó con el contador Geiger. Él es el único que sabe la verdad. Dile que ‘el cielo se cayó en el cerro’. Él entenderá.”

Cerré el libro. Me puse de pie. Mis piernas estaban firmes. Ya no era el hermano menor. Ya no era el desheredado. Era el Guardián de la Cámara Azul.

Y tenía que llegar a Guadalajara antes de que mis hermanos se dieran cuenta de que sus demonios tenían nombre y apellido.

Bajé por la ladera norte, evitando el pueblo, caminando hacia la carretera en la oscuridad, guiado solo por las estrellas y por el peso de las piedras violetas en mi espalda.

PARTE FINAL: LA JUSTICIA DE LA TIERRA Y EL ÚLTIMO JUEGO

Caminar por la carretera federal en la madrugada es una experiencia que te cambia la piel. No eres una persona, eres una sombra más entre los coyotes y los tráileres que pasan rugiendo, levantando polvo y dejando un olor a diésel quemado que se te mete hasta en los pensamientos. Yo, Mateo, el “hermano tonto”, el que heredó un agujero en el cerro, caminaba con veinte mil pesos en la bolsa y el secreto más grande del mundo en la mochila.

Cada vez que veía las luces de un coche acercándose, me tiraba a la cuneta, abrazando la tierra seca y los matorrales espinosos. Mi corazón no dejaba de martillear. Sabía que Rogelio y Samuel estaban asustados, sí, la “Cámara Azul” les había dado el susto de su vida, pero también sabía que el miedo, cuando se mezcla con la avaricia, se convierte en rabia pura. No tardarían en darse cuenta de que no había diablos, solo física. Y cuando se dieran cuenta de que yo tenía la cartera con sus tarjetas y su dinero, la cacería no iba a ser por el cerro, iba a ser por mi cabeza.

Llegué a la primera parada de camiones cuando el sol apenas pintaba de rosa el horizonte. Era una fonda de carretera, de esas donde los traileros paran por café de olla y huevos rancheros. Entré con la cabeza gacha, tratando de que mi aspecto —ropa sucia, botas llenas de lodo seco, cara de no haber dormido en tres días— no llamara mucho la atención. Pero en México, la gente de campo sabe respetar el silencio. La señora que atendía, una doña robusta con delantal de flores, solo me sirvió un café hirviendo y me puso un pan dulce en la mesa sin preguntar nada.

—El camión a Guadalajara pasa en veinte minutos, mijo —me dijo, como si me hubiera leído la mente. O tal vez, la desesperación tiene una ruta fija.

Pagué con uno de los billetes de Rogelio. Sentí una satisfacción perversa al gastar su dinero. Me subí al camión, uno de segunda clase que olía a aromatizante de pino barato y sudor rancio, y me fui al asiento de hasta atrás. Abracé mi mochila como si fuera un hijo. Ahí llevaba el diario, las geodas y mi futuro.

El viaje fue una tortura psicológica. Cada vez que el camión frenaba, pensaba que era un retén, o peor, que mis hermanos habían mandado a alguien a interceptarme. Miraba por la ventana los campos de agave azul pasar volando, interminables filas de plantas picudas que son el orgullo de Jalisco, y pensaba en lo irónico que era. Arriba, agave para hacer tequila y emborrachar al mundo; abajo, en mi cueva, cristales para despertar la conciencia o destruir el planeta.

Llegar a Guadalajara fue como recibir una bofetada de realidad. El ruido, el tráfico de la entrada por López Mateos, los cláxones, la gente corriendo. Yo venía del silencio absoluto de la cueva y del zumbido hipnótico de los cristales. El caos urbano me mareó. Me bajé en la Antigua Central Camionera, cerca del centro, porque el diario de mi padre tenía una dirección vieja en el Barrio de Analco.

“Calle Gante, número 402. Taller de Relojería El Cronos”.

Tomé un taxi. El taxista, un señor platicador como todos los taxistas tapatíos, me iba contando sobre las Chivas y el Atlas, pero yo solo asentía, mirando por el retrovisor, paranoico.

—Oiga joven, ¿anda en problemas? —me preguntó de repente, mirándome por el espejo—. Trae cara de que lo viene siguiendo el chamuco.

—Algo así, jefe. Digamos que la familia a veces es peor que el diablo —le contesté.

Me dejó en la esquina. El barrio era viejo, con fachadas coloniales desgastadas y grafitis artísticos. Busqué el 402. Mi corazón se hundió. El local estaba cerrado, con una cortina de metal oxidada y un letrero de “SE RENTA” que parecía llevar ahí una década.

Me recargué en la pared, sintiendo que las piernas se me doblaban. ¿Y ahora qué? ¿Todo esto para nada? Si el Ingeniero Cárdenas estaba muerto o se había ido, yo estaba solo contra el mundo. No tenía a quién acudir. La policía era corrupta; si iba con ellos y les mostraba los cristales, terminaría “desaparecido” y las piedras en la mansión de algún político.

—¿Buscas a Don Fausto? —escuché una voz rasposa.

Me giré. Un indigente estaba sentado en la banqueta de enfrente, acomodando unas latas de aluminio en una bolsa negra. —¿Don Fausto Cárdenas? —pregunté, acercándome con cautela.

—El ingeniero. El loco de los relojes. Ya no vive ahí. Se lo llevaron hace años cuando le subieron la renta.

—¿Sabe dónde está? Le doy doscientos pesos si me dice.

Los ojos del hombre brillaron más que mis amatistas. —Doscientos varos son buenos. Vive en una vecindad por la calle Constitución. Es un edificio azul, cayéndose a pedazos. Pregunta por el “Mago”. Así le dicen los chavos del barrio porque arregla cualquier cosa electrónica.

Corrí. No caminé, corrí. Mis botas pesadas golpeaban el pavimento caliente. Encontré la vecindad. Era un lugar humilde, con un patio central lleno de ropa tendida y niños jugando fútbol con una botella de plástico. Pregunté por el Ingeniero. Una señora señalando una puerta de madera al fondo, en la planta baja.

Toqué. Tres golpes secos. Nadie abrió. Volví a tocar. —¡Ya voy, ya voy! ¡No soy sordo, carajo! —gritó una voz desde adentro.

La puerta se abrió y apareció un hombre anciano, encorvado, con el cabello blanco alborotado y unos lentes gruesos pegados con cinta adhesiva. Llevaba una bata de trabajo llena de manchas de aceite y quemaduras de soldadura. —¿Qué vendes? No quiero galletas, no quiero religión y no tengo dinero para rifas —dijo, intentando cerrar la puerta.

—Ingeniero Cárdenas —dije rápido, poniendo el pie en el marco—. Vengo de parte de Rodolfo. Rodolfo, el dueño del Cerro de la Víbora.

El anciano se congeló. Sus ojos, aumentados por los lentes, se clavaron en los míos. Hubo un silencio largo, tenso. —Rodolfo murió hace meses. Lo leí en el periódico —dijo con voz temblorosa.

—Soy su hijo. Mateo. Y vengo a decirle que… que el cielo se cayó en el cerro.

La frase clave. La contraseña que mi padre había escrito en el diario. El Ingeniero Cárdenas abrió la puerta de par en par, su expresión cambiando de la molestia al asombro absoluto. —Pásale, muchacho. Rápido. Antes de que nos vean.

Su “taller” era un caos maravilloso. Había relojes desarmados por todas partes, radios de bulbos, computadoras viejas, osciloscopios y montañas de libros. Olía a soldadura y a café viejo. Me senté en un banco cojo mientras él cerraba con tres cerrojos.

—¿Traes el libro? —preguntó, dándose la vuelta.

Saqué el diario envuelto en cuero de mi mochila y se lo entregué. Él lo tomó con una reverencia casi religiosa. Lo acarició con sus dedos manchados de grasa. —Tu padre… tu padre era un hombre bueno, Mateo. Un visionario atrapado en un mundo de ciegos. Me dijo que sellaría la entrada. Que nadie entraría hasta que los tiempos fueran correctos.

—Mis hermanos la abrieron. Bueno, yo la abrí, pero ellos me obligaron a huir hacia adentro. Llegué a la Cámara Azul, Ingeniero. Vi el Cristal Maestro. Y lo hice sonar.

Cárdenas soltó el diario sobre la mesa y me agarró de los hombros con una fuerza sorprendente para su edad. —¿Lo hiciste resonar? ¿Y estás vivo? ¡Es un milagro! La frecuencia de ese lugar… podría haberte frito el cerebro. ¿Qué pasó?

Le conté todo. La persecución, el lago negro, cómo mis hermanos perdieron la razón temporalmente, cómo las armas volaron. Él escuchaba fascinado, asintiendo, murmurando fórmulas físicas que yo no entendía.

—Piezoelectricidad cuántica… resonancia magnética de baja frecuencia… —decía para sí mismo—. Mateo, escúchame bien. Lo que tienes ahí no es solo amatista bonita. Esos cristales son superconductores naturales. Crecieron en una falla geológica única, alimentados por minerales raros del manto terrestre. Si esa energía se libera de golpe, podría alimentar a todo México por un año… o borrar a Guadalajara del mapa si se maneja mal. Tu padre tenía razón en tener miedo.

—¿Qué hago, Ingeniero? Mis hermanos no se van a detener. Tienen dinero, tienen abogados. Si regresan con maquinaria pesada y rompen los pilares…

—La montaña se viene abajo —completó él—. Y no solo eso. La liberación de energía podría causar terremotos en cadena. Tenemos que detenerlos. Pero no con fuerza bruta. Ellos tienen las armas, nosotros tenemos la ciencia… y la ley, si sabemos cómo torcerla.

Pasamos las siguientes 48 horas encerrados en ese taller. No dormimos. Comimos pizza fría y bebimos café cargado. El Ingeniero Cárdenas no era solo un reparador de relojes; había sido catedrático de la UNAM y asesor de geología del gobierno antes de que la corrupción lo asqueara y se retirara. Tenía contactos. Viejos alumnos que ahora estaban en puestos clave, pero que le debían favores.

—Vamos a redactar un informe técnico —me dijo, tecleando furiosamente en una computadora que parecía del año 2000 pero que corría programas complejos—. Vamos a declarar tu cerro como zona de inestabilidad geológica extrema y patrimonio mineral estratégico. Pero necesitamos una prueba. Necesito ver una muestra de la roca madre.

Saqué la geoda que había traído. La que envolví en mis calcetines. Cuando la puse bajo su microscopio electrónico, la pantalla se llenó de estructuras geométricas imposibles. —Es perfecto… —susurró—. Con esto, Mateo, vamos a blindarte.

Pero el destino, como siempre, tenía que jugar su carta dramática.

Al tercer día, salí a la tienda de la esquina a comprar refrescos. Me sentía más seguro. Habíamos enviado los correos, habíamos hecho las llamadas. Estábamos preparando el terreno legal. Estaba pagando en la caja cuando sentí una mano pesada en mi hombro.

—¿Te creíste muy listo, verdad, pendejo?

La sangre se me heló. Conocía esa voz. Era la voz de mi pesadilla. Giré lentamente. Era Samuel. Pero no venía solo. Detrás de él había dos tipos que parecían gorilas, vestidos de negro, con esa pinta inconfundible de judiciales o sicarios. Samuel se veía terrible; tenía un ojo morado (seguro de la pelea con Rogelio en la cueva) y se veía más flaco, consumido por el odio.

—Samuel… —dije, tratando de mantener la calma.

—Rogelio está en el hospital, ¿sabes? —me escupió las palabras—. Dice que escucha zumbidos todo el tiempo. Que no puede dormir. Tú le hiciste eso. Tú y tus brujerías de indio.

—Yo no hice nada. Fue la cueva. Les advertí que no entraran.

—Cállate. —Me empujó hacia afuera de la tienda. Los dos gorilas me flanquearon—. Nos vas a llevar con el viejo ese con el que te escondes. Sabemos que estás con Cárdenas. Rastreamos la llamada que hiciste desde su teléfono fijo. Eres tan idiota que no pensaste en eso, ¿verdad?

Me subieron a una camioneta negra blindada. Me sentaron en medio de los dos tipos armados. Samuel iba de copiloto. —Vamos a ir por el viejo, nos vas a dar el libro, y luego vas a firmar la cesión de derechos del cerro ante un notario que nos está esperando. Y después… bueno, después vamos a ver si vuelas tan bien como nadas.

Me llevaron de regreso a la vecindad. Mi mente iba a mil por hora. Si entraban, matarían a Cárdenas. Quemarían el informe. Todo se perdería. Tenía que hacer algo. Y rápido.

Recordé lo que Cárdenas me había explicado sobre la resonancia. “Los cristales están vinculados, Mateo. Si tienes una pieza contigo, y la estimulas correctamente, sigue conectada a la red madre. Es entrelazamiento cuántico a escala macro”.

Metí la mano en mi bolsillo. Tenía un trozo pequeño de cristal, una punta que se había roto de la geoda. Samuel bajó de la camioneta y le hizo señas a los gorilas para que me bajaran. —Tumben la puerta si no abre —ordenó.

Caminamos por el pasillo de la vecindad. La gente se escondía al ver las armas disimuladas bajo los sacos. Llegamos a la puerta del taller.

—¡Cárdenas! —gritó Samuel—. ¡Abre o quemamos esta pocilga!

Desde adentro, silencio. —¡Tírenla! —gritó Samuel.

Uno de los gorilas se preparó para patear la puerta. En ese momento, saqué el cristal de mi bolsillo. Lo apreté con fuerza en mi puño. Cerré los ojos y me concentré en el sonido que había escuchado en la cueva. Ese GONG profundo. Traté de recordar la vibración, la electricidad. “Ayúdame, papá. Ayúdame, montaña”, pensé.

No sé si fue mi imaginación, la adrenalina, o si realmente la ciencia de Cárdenas era cierta. Pero el cristal en mi mano se calentó al rojo vivo en un segundo. Grité de dolor, pero no lo solté.

Y entonces, sucedió. No hubo un estruendo sónico como en la cueva. Fue algo más sutil, pero más efectivo en la ciudad. Todos los aparatos electrónicos de la vecindad estallaron a la vez.

Las televisiones de los vecinos explotaron. Los focos del pasillo reventaron en una lluvia de vidrio. Y lo más importante: los celulares de los sicarios y de Samuel comenzaron a echar humo en sus bolsillos, y la alarma de la camioneta blindada afuera se disparó como loca. Pero el efecto principal fue en el sistema nervioso de los atacantes.

Los dos gorilas se llevaron las manos a la cabeza, cayendo de rodillas, mareados, vomitando. El campo magnético local se había distorsionado violentamente por un micro-segundo. Samuel, que estaba más cerca de mí, cayó hacia atrás como si lo hubieran golpeado con un bate invisible.

La puerta del taller se abrió de golpe. Cárdenas salió con una máscara de soldador puesta y un extintor en la mano. Sin preguntar, roció a los gorilas con una nube blanca de polvo químico, cegándolos por completo.

—¡Corre, muchacho! —gritó, jalándome hacia adentro.

Entramos y trabó la puerta. Pero no nos quedamos ahí. —¡Por atrás! ¡Tengo una salida al callejón!

Salimos por una ventana trasera que daba a un patio de servicio y de ahí a la calle paralela. Corrimos entre la basura y los gatos callejeros hasta llegar a una avenida principal. Cárdenas detuvo un taxi. —¡Al Aeropuerto! —gritó.

—¿Al aeropuerto? —pregunté, jadeando, con la mano quemada palpitando—. No tengo pasaporte, Ingeniero.

—No vamos a viajar, Mateo. Vamos a la única zona federal donde tus hermanos no pueden disparar sin que el Ejército intervenga. Además, ahí tengo mi cita.

—¿Cita con quién?

Cárdenas sonrió, con esa sonrisa de loco genial. —Con la prensa internacional. Y con el Director del Servicio Geológico Nacional.

Llegamos al aeropuerto. Cárdenas, con sus viejos contactos, había armado un revuelo. En el lobby del hotel del aeropuerto, había cámaras. No muchas, pero las suficientes. Estaba un corresponsal de la BBC, uno de CNN en Español y reporteros locales.

Cuando entramos, sucios, sudados y yo con la mano quemada, las cámaras se giraron. —¡Es él! —dijo Cárdenas, empujándome frente a los micrófonos—. ¡Él es el hombre que descubrió la reserva de energía limpia más grande de América!

No tuve que mentir. No tuve que inventar. Solo conté mi verdad. Conté cómo mi padre protegió el cerro. Conté cómo mis hermanos intentaron matarme por codicia. Mostré el diario. Y Cárdenas mostró los datos científicos, las proyecciones, el peligro de que esa cueva cayera en manos irresponsables.

—Si esa cueva se explota con minería tradicional —dijo Cárdenas a las cámaras, con voz de profeta—, no solo perderemos una maravilla natural. Causaremos una catástrofe. Ese lugar debe ser declarado Santuario Intocable de la Humanidad.

La noticia corrió como pólvora. En la era de las redes sociales, la historia del “hermano desheredado que encontró una cueva de energía alienígena” se hizo viral en minutos. El video de mi cara sucia y honesta, pidiendo protección para la montaña, estaba en todos los teléfonos de México.

Samuel y Rogelio estaban acabados. No puedes matar a alguien que está en vivo en la televisión nacional. No puedes robar algo que todo el mundo está mirando. Esa misma tarde, el Gobierno Federal, presionado por el escándalo mediático, envió a la Guardia Nacional a cercar el Cerro. Nadie entraba, nadie salía. Ni mis hermanos, ni yo.

Meses después.

Estoy sentado en la terraza de una pequeña casa que renté en las afueras del pueblo, pero lejos de la hacienda familiar. Desde aquí veo el cerro. La batalla legal fue dura. Rogelio y Samuel gastaron millones tratando de anular el testamento, alegando que papá estaba loco, que yo los había manipulado. Pero el diario de 1985 era una prueba contundente de la lucidez de mi padre y de sus intenciones.

Además, el escándalo destapó otros negocios sucios de mis hermanos. Lavado de dinero en el aserradero, robo de agua en los ranchos. La Unidad de Inteligencia Financiera les congeló las cuentas. Rogelio sigue con problemas nerviosos; dice que escucha el zumbido en sus sueños. Samuel está enfrentando un proceso por intento de homicidio (los videos de seguridad de la tienda donde me golpeó aparecieron misteriosamente, cortesía de los amigos hackers del Ingeniero Cárdenas).

Perdieron la casa grande. Perdieron el ganado. Y yo… yo no soy millonario en efectivo. El gobierno expropió el subsuelo, como era de esperarse, pero debido a la naturaleza única del hallazgo, se llegó a un acuerdo especial. Se creó una fundación para la investigación y protección de la “Reserva Cárdenas-Mateos”. Recibo una renta vitalicia. No es una fortuna obscena, pero es suficiente para vivir tranquilo, para comprar libros, para comer carne cuando se me antoja y para tener unas botas que no me lastimen los pies.

El Ingeniero Cárdenas es el director científico del proyecto. Están estudiando los cristales sin dañarlos, usando sensores remotos. Dicen que la resonancia de la cueva ayuda a predecir terremotos con semanas de anticipación. Mi “agujero inútil” está salvando vidas.

A veces bajo al pueblo. La gente ya no se ríe. Me saludan con respeto. “Don Mateo”, me dicen. Don Beto, el de la ferretería, me ofreció disculpas y me regaló un juego de herramientas nuevo, “por las molestias”. Acepté, porque el rencor es un veneno que te tomas tú esperando que se muera el otro.

Ayer fui a ver la entrada de la cueva. Ahora hay una reja de alta seguridad y soldados vigilando. Me acerqué a la reja. El soldado me reconoció y me dejó pasar hasta la boca del túnel. Me quedé ahí, escuchando. Ya no había zumbido fuerte. Solo un susurro suave, como el ronroneo de un gato gigante dormido.

Saqué el diario de mi padre, que ahora guardo en una caja fuerte, pero que traje para despedirme. —Lo logramos, viejo —le dije a la oscuridad—. Nadie la va a romper. Nadie la va a vender.

Sentí una brisa fría salir de la cueva, una caricia de aire con olor a ozono y amatista. Sentí paz. Ya no soy el hermano menor a la sombra de los grandes. Ya no soy el tonto del pueblo. Soy Mateo, el que escuchó a la tierra cuando todos los demás solo querían escuchar el sonido de las monedas.

Me di la vuelta y caminé de regreso a mi casa, bajo el sol de la tarde que bañaba el valle de oro. A lo lejos, vi a Samuel trabajando en un taller mecánico, engrasado y sucio, arreglando una llanta. Me vio pasar. Bajó la mirada. Yo no me detuve. No había nada que decir. La vida, como la geoda, ya se había partido y había mostrado de qué estábamos hechos cada uno por dentro. Él era roca bruta. Yo, afortunadamente y gracias a los golpes de la vida, había resultado ser cristal.

Y así, con las manos limpias y la conciencia tranquila, seguí caminando. Porque la verdadera riqueza no es lo que tienes en el banco, sino lo que tienes en la cabeza y en el corazón. Y mi corazón, ahora lo sé, late al mismo ritmo que la montaña.

FIN.

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