
El olor a “Fabuloso” de lavanda y café quemado es lo único que llena mis mañanas ahora.
A mis 68 años, mis manos ya no son firmes. La artritis se me ha metido en los huesos como el frío de aquellas noches en la sierra que preferiría olvidar. Ahora, esas manos que antes desactivaban explosivos o sostenían la vida de un compañero, apenas pueden exprimir el trapeador sin derramar agua sucia.
Me llamo Jacinto. Para la mayoría en este edificio de alta seguridad en la Ciudad de México, soy solo una sombra con uniforme gris. “El viejo de la limpieza”. Nadie me mira a los ojos. Es mejor así. La invisibilidad siempre fue mi mejor a*ma.
Pero ese martes fue diferente.
El General Valderrama entró al pasillo como si fuera dueño del piso que yo acababa de pulir. Iba rodeado de sus ayudantes, gritando por el celular, con su uniforme impecable y esas botas que valen más que mi pensión de tres meses. Me hice a un lado, pegándome a la pared, bajando la mirada. La costumbre de quien no quiere problemas.
De repente, se detuvo. Sus suelas rechinaron.
—¡Fíjate, inútil! —bramó, bajando el teléfono—. ¡Casi me mato! ¿Qué clase de cochinero es este?
Levanté la vista despacio.
—Señor, puse los letreros de piso mojado…
—No me importan tus letreros de porquería, viejo —me cortó, acercándose tanto que pude oler su colonia cara—. Me importan los resultados. ¿Qué haces aquí estorbando? ¿No deberías estar en un asilo?
Sus ayudantes se removieron incómodos. Sentí ese viejo dolor en el pecho. No era miedo. El miedo se me acabó hace décadas. Era la tristeza de saber que, para pagar las quimios de mi vieja y mis propias pastillas, tenía que aguantar esto.
—Yo serví, señor —murmuré. No sé por qué lo dije. Quizás el orgullo todavía respira.
Valderrama soltó una carcajada seca que retumbó en el pasillo.
—¿Serviste? —Se burló, mirándome de arriba abajo con asco—. ¿De qué? ¿De cocinero? ¿De chófer? Mírate. Tiemblas como una hoja. Seguro cuentas historias inventadas en la cantina para que te inviten un trago. Eres patético.
—Hice mi trabajo, señor.
—¿Tu trabajo? Yo he coordinado ataques aéreos. Yo he informado al Secretario de Defensa. Eso es un trabajo. Trapear… eso es lo que hace la gente que no vale nada.
El Teniente a su lado intentó intervenir: —Mi General, llegamos tarde a la…
—¡Cállese! —Valderrama estaba disfrutando—. Quiero saber. A ver, “héroe”. ¿Cuál fue tu unidad? ¿Cuál fue tu nombre clave? ¿O eras tan insignificante que ni apodo tenías?
Mis manos dejaron de temblar. Se quedaron quietas sobre el palo de madera. Todo el ruido del pasillo desapareció. Solo quedamos él y yo.
Lo miré directo a los ojos. Y por un segundo, vi que dudaba.
—Tenía un nombre clave, señor.
—¡Jaja! A ver, dímelo. ¿Cuál era? ¿”Don Limpio”? ¿”Escoba Veloz”?
—Lobo Silencioso.
Las palabras cayeron como plomo.
El Teniente, que hasta entonces miraba el suelo, se puso rígido como una tabla. Su rostro perdió todo el color y sacó su celular con manos torpes, tecleando frenéticamente.
—¿Qué dijiste? —preguntó el Teniente, con un hilo de voz.
—Dije… Lobo Silencioso.
El Teniente miró su pantalla y luego a mí. Sus ojos eran platos de puro terror.
—Mi General… —su voz temblaba— tiene que colgar el teléfono ahora mismo.
—¿De qué hablas?
—¡Es código rojo, señor! ¡Está en el archivo histórico de Operaciones Negras! —El Teniente me miraba como si estuviera viendo a un fantasma—. Aquí dice… Dios mío. Dice que si alguien pronuncia ese nombre, se debe notificar al Estado Mayor Presidencial de inmediato.
Valderrama borró su sonrisa. —¿De qué demonios hablas? Es un conserje.
—Señor —dijo el Teniente, bajando el celular lentamente—, aquí dice que este hombre tiene más bajas confirmadas que todo su regimiento junto.
¿CREES QUE EL GENERAL SE DISCULPÓ O INTENTÓ ARRESTARME?
PARTE 2: EL ECO DE LA JUNGLA EN EL PASILLO DE MÁRMOL
El silencio que siguió a la revelación del Teniente no fue un silencio vacío; fue un silencio pesado, denso, de esos que te aplastan los tímpanos antes de que estalle una granada. El zumbido de las lámparas fluorescentes sobre nuestras cabezas parecía amplificarse, taladrándome el cráneo.
El Teniente Ramírez —leí su apellido en la placa de identificación que le temblaba sobre el pecho— sostenía el celular como si fuera una brasa ardiendo. Sus ojos iban de la pantalla a mi cara, y de mi cara a mis manos, esas mismas manos arrugadas que seguían aferradas al palo del trapeador como si fuera mi único ancla a la realidad. Ya no veía al viejo conserje; veía al fantasma que el archivo digital describía. Veía la muerte vestida de gris.
—¿Qué estupideces estás balbuceando, Ramírez? —el General Valderrama rompió el hechizo, pero su voz había perdido esa bravuconería de acero. Ahora sonaba aguda, teñida de una histeria que intentaba disfrazar de autoridad—. Dame ese teléfono.
Valderrama le arrebató el dispositivo con un manotazo brusco. Yo no me moví. Mantuve mi postura: hombros ligeramente caídos, mirada baja pero atenta, el peso del cuerpo distribuido de tal forma que, si el General decidía lanzar un golpe, mis rodillas artríticas no fallaran. Es curioso cómo el cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar. Mi respiración se había vuelto imperceptible, lenta, rítmica. El “modo espera”. Hacía veinte años que no entraba en él.
El General miró la pantalla. Frunció el ceño, entrecerrando los ojos como si las letras estuvieran en otro idioma. Vi el momento exacto en que su cerebro procesó la información. Sus pupilas se dilataron. Su boca se abrió ligeramente, dejando escapar un suspiro que olía a café rancio y miedo.
—Esto… esto es un error —murmuró Valderrama, aunque sus manos empezaron a sudar. Lo noté porque el teléfono se le resbaló un centímetro—. “Nivel de acceso: Presidencial. Operativo: Lobo Silencioso. Estado: Inactivo/Reserva Estratégica. Bajas confirmadas…”
Se detuvo. No quiso leer el número en voz alta. Mejor así. Ni yo mismo quería recordarlo. Cada número era un rostro, una familia, una noche sin dormir. No eran medallas para mí, eran cicatrices en el alma que ni todo el tequila de Jalisco podría borrar.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó Valderrama, pero esta vez me miró a los ojos. Ya no había desprecio. Había una mezcla de incredulidad y terror primitivo. Era la mirada de una gacela que se da cuenta de que la hierba seca que pisa es en realidad el lomo de un depredador.
—Soy Jacinto, señor —respondí con mi voz de viejo, esa voz rasposa por los años y el tabaco barato—. El conserje del turno matutino. Y si me permite, el piso se está secando y van a quedar manchas si no termino.
Intenté mover el trapeador, un gesto banal para romper la tensión, para volver a mi disfraz de invisibilidad. Pero el aire ya había cambiado.
—¡Quieto! —gritó Valderrama, dando un paso atrás y llevándose la mano instintivamente a la funda de su a*ma de servicio en la cintura.
Ese fue su error.
El movimiento fue torpe, nacido del pánico. Al ver su mano ir hacia la pistola, los dos escoltas que estaban al fondo del pasillo reaccionaron. Pero yo reaccioné antes. No me moví para atacar. Simplemente, enderecé la espalda. Fue un cambio sutil, cuestión de milímetros. Mi barbilla se levantó. Mis hombros se cuadraron. La curvatura de anciano desapareció y, por una fracción de segundo, la estructura del soldado de élite que fui emergió bajo la tela barata del uniforme.
El Teniente Ramírez, pálido como un papel, se interpuso entre el General y yo.
—¡Mi General, no lo haga! —chilló Ramírez, con la voz quebrada—. ¡El protocolo Omega! ¡Si lo toca, se activa la alerta en el CNI! ¡Nos van a procesar a todos por traición si le ponemos una mano encima sin autorización del Secretario!
Valderrama se quedó congelado, con la mano a medio camino de la cintura. Respiraba agitadamente.
—Es un viejo con una cubeta, Ramírez. No me jodas con protocolos de películas. Esto es una broma de los de Sistemas, ¿verdad? —intentó racionalizar, buscando una salida lógica a su humillación—. Alguien hackeó tu cuenta.
—Señor —intervine. Mi voz sonó diferente ahora. Más grave. Más fría. Dejé de fingir el temblor en las manos—. El archivo menciona la Operación “Noche Triste” en la sierra de Guerrero, año 1996. Menciona la extracción del diplomático en San Salvador, año 1989. Y menciona lo que pasó en aquel almacén de Tijuana en el 2005.
Al mencionar Tijuana, el color abandonó definitivamente el rostro del General Valderrama. Tijuana era un rumor. Una leyenda urbana entre los altos mandos. Se decía que un solo hombre había desmantelado una célula entera de secuestradores para recuperar información sensible, sin disparar una sola bala, usando solo lo que encontró en el lugar.
—Tú… —Valderrama tartamudeó—. Se suponía que todos los de la unidad “Lobo” estaban muertos o en prisiones federales.
—Los lobos no mueren, General —dije suavemente—. Solo aprenden a caminar sin hacer ruido. Y algunos, como yo, aprendemos que el honor no paga las facturas del hospital.
En ese instante, el ascensor principal al final del pasillo emitió un ding sonoro. Las puertas de acero pulido se abrieron.
No salieron burócratas con trajes mal ajustados. Salieron cuatro hombres vestidos de negro táctico, sin insignias, con auriculares y a*mas largas pegadas al pecho. Se movían con esa fluidez líquida que solo da el entrenamiento de élite. Detrás de ellos, caminaba un hombre bajo, calvo, con un traje gris impecable y unas gafas de montura gruesa.
Lo reconocí al instante. El Licenciado Montiel. Hace veinte años era un analista junior que me traía los informes de inteligencia. Ahora, por lo visto, era quien movía los hilos.
—¡Aseguren el perímetro! —ordenó uno de los tácticos.
Valderrama, creyendo que venían a salvarlo de la “amenaza” del conserje loco, recuperó la compostura y señaló hacia mí.
—¡Oficiales! —gritó el General—. ¡Arresten a este hombre! ¡Ha falsificado identidad federal y me ha amenazado!
Los hombres de negro pasaron junto a Valderrama como si fuera un mueble. Ni siquiera lo miraron. Se desplegaron en abanico alrededor de mí, pero no me apuntaron. Se colocaron mirando hacia afuera, dándome la espalda.
Estaban formando un perímetro de protección. Me estaban protegiendo a mí.
Valderrama se quedó con la boca abierta, el dedo índice aún señalando el aire vacío.
—¿Pero qué…? ¡Soy el General de División Valderrama! ¡Les ordeno que…!
—Cierre la boca, General —dijo el Licenciado Montiel, caminando tranquilamente hasta quedar frente a mí.
Montiel me miró. Sus ojos barrieron mi uniforme sucio, mis zapatos desgastados, mi trapeador. Luego, miró mis manos.
—Jacinto —dijo Montiel. Su tono no era de jefe a empleado, sino de viejo conocido—. O debería decir, Mayor.
—Solo Jacinto, Licenciado —respondí, sintiendo cómo el cansancio de la vejez volvía a mis piernas. La adrenalina empezaba a bajar y el dolor de la artritis regresaba con venganza—. Ya no soy Mayor de nada. Solo soy el que limpia la mierda que ustedes dejan.
Montiel sonrió levemente, una sonrisa triste.
—Llevamos tres años buscándote. El sistema te dio por muerto en aquel incendio en Veracruz. Borraste tus huellas muy bien. Demasiado bien.
—No quería ser encontrado.
—Lo sé. Pero el algoritmo de reconocimiento facial que instalamos la semana pasada en la entrada… ese no perdona. Saltó una coincidencia del 99.8% esta mañana cuando checaste tarjeta.
Miré al General Valderrama. Estaba arrinconado contra la pared, pálido, sudando a mares. El Teniente Ramírez parecía a punto de desmayarse.
—¿Y qué pasa ahora? —pregunté, apoyándome en el trapeador—. ¿Me van a liquidar para cerrar el expediente? Porque si es así, les aviso que el piso está resbaloso y no quiero que se lastimen.
Montiel soltó una carcajada auténtica.
—Sigues teniendo ese sentido del humor negro. No, Jacinto. No venimos a liquidarte. Venimos a pedirte un favor.
—No hago favores. Hago limpieza.
—Sabemos lo de tu esposa —dijo Montiel.
Esas palabras fueron como un golpe en el estómago. Más fuerte que cualquier patada que hubiera recibido en mi vida. El mundo se detuvo. Clara. Mi Clara. Con sus pañuelos en la cabeza para ocultar la caída del cabello, con su sonrisa débil cuando llego a casa con los pocos pesos que gano.
—No te atrevas a nombrarla —gruñí. Fue un sonido bajo, gutural, que hizo que los operadores tácticos se tensaran.
—Tiene cáncer de páncreas, estadio tres —recitó Montiel, implacable—. El tratamiento en el Seguro Social está retrasado. Faltan medicamentos. La cirugía que necesita cuesta medio millón de pesos en un hospital privado. Dinero que no tienes. Dinero que un conserje no juntaría en diez vidas.
Apreté el palo del trapeador con tanta fuerza que la madera crujió. Sentí una astilla clavarse en mi palma, pero el dolor físico era irrelevante. La impotencia era lo que me quemaba.
—¿Me estás chantajeando, Montiel?
—Te estoy ofreciendo un trato. Una última misión. Una consultoría, si prefieres llamarlo así. No tienes que cargar un f*sil, no tienes que saltar de un avión. Necesitamos tu mente. Necesitamos al Lobo Silencioso para cazar a alguien que… bueno, alguien que se parece mucho a ti cuando eras joven.
Miré alrededor. El pasillo aséptico, el General humillado que ahora me miraba con temor reverencial, los soldados de élite protegiendo a un viejo barrendero.
—¿Y si digo que no?
—Entonces seguirás trapeando pasillos. El General Valderrama será transferido a una oficina administrativa en Tlaxcala por incompetencia y violación de protocolos de seguridad, así que no te molestará más. Pero tu esposa… ella seguirá esperando en la lista de espera del gobierno.
Era una jugada sucia. Típica de la “Inteligencia”. Sabían dónde golpear. No en el cuerpo, sino en el corazón.
Solté el trapeador. El palo de madera cayó al suelo con un estruendo seco que resonó en todo el pasillo. El sonido marcó el final de Jacinto el conserje.
—Llevo las rodillas mal —dije, mirando a Montiel—. Y necesito mis pastillas para la presión a las dos de la tarde.
Montiel asintió, con un brillo de triunfo en los ojos.
—Tendrás los mejores médicos del país para tus rodillas. Y tu esposa será trasladada al Hospital Militar Central en una hora. Suite privada. Los mejores oncólogos.
Me giré hacia el General Valderrama. El hombre estaba temblando. Me acerqué a él, arrastrando un poco los pies. Él se encogió, esperando un golpe.
Me incliné y recogí el trapeador del suelo. Lo escurrí en la cubeta amarilla con movimientos lentos y metódicos. Luego, lo recargué contra la pared, justo al lado de su bota lustrosa.
—General —le dije en voz baja—. Tenga cuidado al caminar. Le dije que el piso estaba mojado. Y en este negocio, resbalarse cuesta la vida.
Valderrama asintió frenéticamente, incapaz de hablar.
—Vámonos —le dije a Montiel.
Caminamos hacia el ascensor. Los operadores tácticos nos rodearon, formando una falange impenetrable. Mientras las puertas de metal se cerraban, vi por última vez el pasillo. La cubeta amarilla, el trapeador viejo, y el General de División mirando al suelo, derrotado por un fantasma.
El ascensor empezó a subir. Piso 10. Piso 20. Piso 45. Hacia el helipuerto.
—¿A dónde vamos? —pregunté, sintiendo cómo el ascensor me revolvía el estómago.
—Al Norte —respondió Montiel, mirando su reloj—. Sinaloa. Hay una situación en la sierra. Alguien ha estado usando tácticas de guerrilla de los años 80. Tácticas que solo se enseñaban en tu unidad.
—Mi unidad está muerta.
—Eso creíamos. Pero hace dos días, un convoy de la Marina fue emboscado. No hubo disparos. Solo trampas. Trampas de bambú y alambre. Trampas “Lobo”.
Cerré los ojos. La memoria me golpeó como un tsunami. El olor a tierra mojada, el zumbido de los mosquitos, la sensación de ser uno con la selva. Trampas Lobo. Yo las diseñé. Yo las perfeccioné. Eran mi firma. Una forma de detener al enemigo sin gastar munición, usando su propio peso y su propia prisa en su contra.
—¿Quién es? —pregunté.
—No lo sabemos. Pero dejó un mensaje.
Montiel sacó una tablet y me mostró una foto. Era una imagen granulada, tomada por un dron momentos después de la emboscada. En el suelo, marcado con piedras blancas sobre la tierra roja de la sierra, había un símbolo.
Una huella de lobo. Pero le faltaba un dedo.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—El “Cojo” —susurré.
—¿Conoces el símbolo?
—Conozco al hombre. Era mi segundo al mando. Beto. “El Coyote”. Perdió un dedo en una explosión en el 98. Yo mismo le hice el torniquete.
—El archivo dice que murió en el 2001.
—El archivo miente, Montiel. Ustedes escriben los archivos para que la gente duerma tranquila. Nosotros vivimos la verdad.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron al helipuerto. El viento de la Ciudad de México me golpeó la cara, trayendo el olor a smog y a lluvia inminente. Un helicóptero Black Hawk estaba esperando, con las hélices girando perezosamente.
—Beto era como mi hermano —dije, mirando la aeronave. Era una bestia de guerra, muy diferente a mi carrito de limpieza—. Si él está haciendo esto, tiene una razón.
—Su razón le ha costado la vida a doce marinos —dijo Montiel fríamente—. Tu misión es detenerlo. O neutralizarlo.
—No voy a m*tar a mi hermano.
—Vas a salvar a tu esposa —replicó Montiel.
Subí al helicóptero. El ruido de las turbinas ahogó mis pensamientos. Me pusieron unos auriculares. Mientras nos elevábamos sobre la inmensidad de la Ciudad de México, vi los edificios hacerse pequeños. Allá abajo, en algún lugar de esa mancha gris de concreto, estaba Clara. Probablemente estaría tosiendo, esperando que yo llegara con el pan dulce y las noticias del día.
“No voy a llegar a cenar, vieja”, pensé. “El viejo Jacinto se fue. El Lobo ha vuelto”.
Miré mis manos. Ya no temblaban. La artritis seguía ahí, el dolor era agudo, constante, un recordatorio de mi humanidad. Pero mis manos estaban firmes.
El viaje al norte fue largo. Aproveché para cerrar los ojos e intentar recordar a Beto. Beto, el que contaba los mejores chistes en las guardias nocturnas. Beto, el que cargó conmigo tres días cuando me metieron un tiro en la pierna en Guatemala. Beto, el que juró que el sistema nos había traicionado cuando nos licenciaron sin pensión y sin honores.
“Nos usaron y nos tiraron, Lobo”, me dijo la última vez que lo vi, en una cantina de mala muerte en Veracruz, antes de que el “incendio” borrara su rastro. “Somos herramientas oxidadas para ellos. Pero el óxido también m*ta”.
Yo elegí la paz. Elegí trapear pisos y amar a una mujer buena. Él eligió la venganza. Y ahora, el destino, con su ironía cruel, nos ponía frente a frente.
Aterrizamos en una base provisional en medio de la nada. El calor era sofocante, húmedo. Nada que ver con el clima seco de la ciudad. Esto era territorio hostil.
Me bajaron del helicóptero y me llevaron a una carpa de mando. Había pantallas, mapas satelitales, jóvenes oficiales corriendo de un lado a otro con laptops. Todos se detuvieron cuando entré.
Me veía ridículo. Un viejo con uniforme de conserje en medio de una sala de guerra.
—Consíganle ropa táctica —ordenó Montiel—. Y un médico. Que le inyecten algo para el dolor de las articulaciones. Lo necesito funcional al 100%.
Un capitán se me acercó con una caja.
—Señor, tenemos equipo estándar…
—No quiero su equipo moderno —lo interrumpí—. Pesa demasiado y hace mucho ruido. Quiero botas de lona, fatiga ligera, verde olivo, no camuflaje digital. Y quiero mi cuchillo.
—¿Su cuchillo? —el capitán miró a Montiel, confundido.
—En el archivo de evidencias —dijo Montiel—. La caja 404. Tráiganla.
Media hora después, estaba cambiado. La ropa vieja se sentía familiar, aunque me quedaba un poco holgada; había perdido masa muscular con los años. Me ajusté las botas. Me dolía la espalda al agacharme, pero apreté los dientes.
Entonces trajeron la caja. Una caja de metal oxidado que olía a tiempo guardado.
La abrí. Ahí estaba. Mi viejo cuchillo Bowie, con el mango de hueso desgastado por el uso. Y junto a él, algo que no esperaba ver: mi vieja pañoleta roja. La que usaba para limpiarme el sudor y para hacer torniquetes.
Tomé el cuchillo. El peso era perfecto. Era una extensión de mi brazo.
—Estamos listos —dije.
—Tenemos un dron sobre la zona —dijo un operador—. Detectamos calor corporal en una cueva a tres kilómetros al este. Terreno difícil.
—No envíen a nadie más —ordené—. Beto huele a los soldados a un kilómetro de distancia. El olor a jabón, a desodorante, al aceite de a*mas nuevas… eso lo alerta. Yo iré solo.
—Es un suicidio —dijo el capitán—. Tiene sesenta y ocho años.
—Y él tiene sesenta y cinco. Será una pelea de viejos —sonreí, pero mis ojos no reían—. Además, él no me disparará.
—¿Cómo está tan seguro?
—Porque él me está esperando. Esa huella no era una advertencia para ustedes. Era una invitación para mí.
Salí de la carpa. La noche ya había caído sobre la sierra de Sinaloa. El cielo estaba plagado de estrellas, indiferentes a nuestras miserias humanas. El canto de los grillos era ensordecedor.
Empecé a caminar hacia la espesura. Al principio, mis pasos eran pesados. Mis rodillas protestaban a cada metro. Crack, crack. Maldita vejez. Pero conforme me adentraba en la vegetación, algo cambió.
Mi respiración se acompasó con el viento. Mis pies recordaron cómo pisar para no romper las ramas secas: talón primero, rodando hacia la punta, sintiendo el terreno antes de dejar caer el peso. Me convertí en una sombra.
Caminé durante dos horas. El dolor se convirtió en un ruido de fondo, algo que podía ignorar. Mi mente estaba clara.
Llegué al perímetro que marcaba el mapa. Me detuve. Había algo raro en el aire. Un olor sutil. Tabaco. Pero no cualquier tabaco. Delicados. Los cigarros sin filtro que Beto fumaba.
Estaba cerca.
Avancé diez metros más y me detuve en seco. Frente a mí, a la altura de mis ojos, un hilo de pescar casi invisible cruzaba el sendero. Si lo hubiera tocado, una rama tensada con púas de madera se habría soltado directo a mi garganta.
Sonreí en la oscuridad.
—Sigues usando nudos ciegos, Beto —dije en voz alta, hablándole a la noche—. Te dije mil veces que esos se aflojan con la humedad.
Un silencio. Luego, una risa ronca salió de entre los arbustos, a unos veinte metros a mi izquierda.
—Y tú sigues hablando solo, Jacinto. Pensé que te habías vuelto mudo de tanto trapear.
Una figura se separó de la oscuridad de un árbol. Era él. Más viejo, más delgado, con el pelo blanco y largo, pero con esa postura inconfundible. Cojeaba visiblemente de la pierna izquierda, apoyándose en un bastón rústico que, estaba seguro, ocultaba una hoja de acero.
—Te ves fatal, hermano —dijo Beto, encendiendo un cigarro. La llama del encendedor iluminó su cara llena de cicatrices—. Ese uniforme gris no te favorece.
—Paga las cuentas —contesté, sin moverme—. Y mi mujer está enferma.
La expresión de Beto cambió. La burla desapareció.
—Clara… ¿Cómo está?
—Mal. Necesita una operación. Ellos… los de traje… prometieron pagarla si venía a hablar contigo.
Beto escupió al suelo.
—Te vendiste, Jacinto. Otra vez. ¿No aprendiste nada? Te prometen el cielo y te dan tierra. Cuando termines aquí, cuando yo esté muerto o preso, ellos no pagarán nada. Dejarán morir a Clara y te tirarán a ti en una zanja.
—No tengo opción, Beto. Es ella o nada.
—Siempre hay una opción. —Beto dio un paso hacia mí. Levantó las manos vacías—. Mira a tu alrededor, Jacinto. ¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por qué crees que hice tanto ruido? ¿Para que me mataran? No. Lo hice para traerte aquí.
—¿Para qué?
—Porque encontré algo. —Beto sacó un folder de plástico sucio de su chaqueta—. No son solo tácticas de guerrilla. He estado interceptando comunicaciones de los cárteles y del gobierno. Hay una lista, Jacinto. Una lista de cuentas bancarias en las Islas Caimán.
—¿Y eso qué me importa?
—Importa porque los nombres en esas cuentas son los mismos que firmaron nuestras órdenes de “misiones suicidas” hace treinta años. Valderrama, Montiel, todos ellos. Se hicieron ricos vendiendo nuestras operaciones al narco. Nosotros poníamos los muertos, y ellos cobraban por “seguridad fallida”.
Sentí que la sangre me hervía. ¿Toda esa sangre? ¿Todos los amigos que enterramos? ¿Fue por dinero?
—Tengo las pruebas —continuó Beto—. Pero no puedo sacarlas solo. Estoy viejo y cansado. Y tengo medio ejército pisándome los talones. Pero tú… tú eres el Lobo Silencioso. Tú puedes entrar donde sea.
—Si me llevo eso, nos m*tarán a los dos. Y a Clara.
—O… —Beto sonrió, esa sonrisa de lobo viejo—. O usamos esto para tenerlos agarrados de los huevos. No para pedir caridad, Jacinto. Sino para exigir lo que nos deben. La operación de Clara, tu pensión, mi libertad. Todo.
El sonido de un rotor rompió el momento. El helicóptero se acercaba. Habían rastreado mi posición. O tal vez, Montiel nunca confió en mí y envió al escuadrón de la muerte detrás de mí para asegurarse de que ambos muriéramos.
—Decide rápido, hermano —dijo Beto, extendiéndome el folder—. ¿Vas a ser su conserje el resto de la poca vida que te queda, o vas a ser el soldado que eras?
Miré el folder. Miré hacia el cielo, donde las luces del helicóptero empezaban a barrer la copa de los árboles. Miré mis manos.
Recordé la cara de Valderrama en el pasillo. El miedo. Recordé la arrogancia de Montiel. “Una última misión”.
Tomé el folder.
—El piso va a estar muy mojado hoy, Beto —dije.
Beto soltó una carcajada y tiró el cigarro.
—Pues vamos a trapear, cabrón.
Me quité el auricular y lo pisé contra el suelo, rompiendo la conexión con el mando. Saqué mi cuchillo.
—Conozco una ruta de escape por el cañón del norte —dije—. Pero hay que correr.
—Mis rodillas no dan para correr, Jacinto.
—Entonces caminaremos. Y si se acercan, les recordaremos por qué nos tenían miedo.
Los dos viejos lobos, espalda contra espalda, nos giramos hacia la oscuridad, listos para la última cacería. No por una bandera, ni por un gobierno. Sino por nosotros. Por Clara. Y por la dignidad de no ser olvidados.
Arriba, el helicóptero abrió fuego. Las balas trazadoras rompieron la noche. Pero nosotros ya no estábamos ahí. Éramos fantasmas. Éramos la sierra.
Y la sierra nunca perdona.
PARTE 3: LA SANGRE EN LA TIERRA ROJA
El rugido de las aspas del Black Hawk era un martillo neumático golpeando directamente contra mis sienes, pero el sonido de las balas trazadoras mordiendo la tierra a escasos centímetros de mis botas viejas era lo que realmente marcaba el ritmo de mi corazón. No había poesía en esa huida, ni heroísmo de película. Solo éramos dos viejos, jadeando como perros atropellados, arrastrando los huesos por el lodo y la hojarasca de una sierra que, aunque conocíamos de memoria, ya no nos recibía con la misma piedad que hace treinta años.
—¡Al suelo, Jacinto! ¡Al pinche suelo! —bramó Beto, jalándome de la guerrera holgada que Montiel me había dado.
Nos lanzamos de cabeza hacia una hondonada natural, justo debajo de las raíces retorcidas de un amate gigante. Mi rodilla derecha chocó contra una piedra y el dolor fue un relámpago blanco que me nubló la vista por un segundo. Apreté los dientes hasta sentir que las muelas iban a estallar. No grité. Los lobos no gritan cuando se rompen; muerden.
Arriba, la bestia de metal giró, barriendo las copas de los árboles con su reflector de búsqueda. La luz blanca cortó la oscuridad como una espada divina, buscando a los pecadores. Pero los pecadores estábamos cubiertos de barro y memoria.
—Nos perdieron… por ahora —susurró Beto, pegando la espalda al tronco húmedo. Su respiración era un silbido ronco, feo, de esos que te avisan que los pulmones están llenos de alquitrán y años de mala vida. Se agarraba la pierna mala, esa donde le faltaba el dedo en la huella, y vi una mancha oscura expandiéndose en su pantalón. No era sangre nueva, era el esfuerzo reabriendo viejas grietas.
—Tienen térmicos, Beto —le contesté, tratando de controlar el temblor de mis manos. No era miedo, era la adrenalina abandonando un cuerpo que ya no sabía cómo procesarla—. Si nos quedamos aquí, nos van a ver como dos focos de navidad en medio del bosque. Ese Black Hawk no es de la Marina regular. Esos pilotos vuelan bajo. Son mercenarios o fuerzas especiales.
Beto soltó una risa seca, tosiendo después. Sacó el folder de plástico que nos había costado la vida recuperar y lo metió dentro de su camisa, pegado a la piel.
—Pues que vengan —dijo, sacando su cuchillo, una hoja oxidada que daba más miedo por el tétanos que por el filo—. Les voy a enseñar que a los viejos se nos respeta, aunque sea a chingadazos.
—No digas mamadas. No podemos pelear contra un helicóptero con cuchillos. Tenemos que llegar al Cañón del Norte. La magnetita en las rocas de ahí siempre jodía las brújulas y los sensores en los noventa. ¿Te acuerdas?
Beto me miró, y por un instante, bajo la luz de la luna que se filtraba entre las hojas, vi al joven “Coyote” de nuevo.
—Me acuerdo que ahí casi te mueres de hipotermia en el 92, Lobo.
—Y me acuerdo que tú me cargaste. Ahora muévete, cabrón. Si nos quedamos quietos, nos entumimos. Y si nos entumimos, nos morimos.
Nos pusimos en pie. Fue una tortura. Cada articulación de mi cuerpo protestaba. Mi columna se sentía como si estuviera hecha de vidrio molido. Pero la imagen de Clara en esa cama de hospital, esperando una medicina que nunca llegaba, funcionó como la mejor morfina del mundo. Tenía que sacar ese folder de la sierra. Tenía que hacer que Montiel y Valderrama pagaran cada centavo robado, cada vida vendida.
Empezamos a descender hacia el barranco. La noche en la sierra de Sinaloa no es negra; es de un azul profundo, lleno de sombras que se mueven. El terreno era traicionero, lleno de piedras sueltas y raíces que parecían manos de muertos intentando agarrarte los tobillos. Beto iba delante, usando su bastón rústico con una agilidad sorprendente para un cojo. Conocía el camino. Él había vivido aquí estos años, convirtiéndose en parte del paisaje, mientras yo limpiaba los pisos de mármol de los traidores.
Caminamos en silencio durante una hora. El sonido del helicóptero se había alejado hacia el sur, probablemente peinando el sector equivocado. Pero yo sabía que no estábamos solos. Montiel no era estúpido. Si el apoyo aéreo fallaba, enviaría a los perros. Y no me refería a animales.
—Oigo ramas —susurró Beto, deteniéndose en seco y levantando el puño. La señal universal de alto.
Me agaché, ignorando el crujido de mis rodillas. Agudicé el oído. Al principio, solo escuché el canto de los grillos y el viento moviendo los huizaches. Pero luego lo percibí. Era un sonido rítmico, suave, pero antinatural. Crunch, crunch, crunch. Botas tácticas sobre grava. Eran ligeros, profesionales. No eran conscriptos asustados; eran cazadores.
—¿Cuántos? —le pregunté a Beto con apenas un hilo de voz.
—Tres, tal vez cuatro. Vienen en formación de diamante. Huelen a tecnología cara.
—Niños con juguetes —gruñí, sintiendo el peso de mi cuchillo Bowie en la mano. El mango de hueso se amoldaba a mi palma como si nunca lo hubiera soltado—. Creen que el GPS les va a decir dónde pisar.
—Vamos a enseñarles la lección número uno de la unidad Lobo —dijo Beto, y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro, iluminada apenas por las estrellas—. “La selva no es tu amiga, es tu tumba”.
Nos movimos rápido. La fatiga desapareció, reemplazada por una memoria muscular fría y calculadora. Ya no éramos Jacinto el conserje y Beto el ermitaño. Éramos depredadores en nuestro territorio.
Llegamos a un recodo del sendero donde el camino se estrechaba entre dos paredes de roca caliza. Era el lugar perfecto. Un cuello de botella.
—Dame tu pañoleta, Lobo —pidió Beto.
Le entregué la tela roja deshilachada que había estado en la caja de evidencias. Beto la tomó y buscó una rama flexible de encino joven. Con movimientos rápidos, casi invisibles, ató la pañoleta a la rama y la dobló hacia atrás, sujetándola con un gatillo de madera tallado en el momento. No era una trampa mortal; era una distracción.
—Tú a la izquierda, arriba en la roca. Yo tomo la derecha, abajo en la maleza —ordenó Beto.
—Estás cojo, no puedes quedarte abajo.
—Precisamente por eso. Me verán a mí primero. Soy el cebo, pendejo. Tú eres el remate.
No hubo tiempo para discutir. Trepé por la pared de roca. Mis dedos, esos que habían pasado años exprimiendo trapeadores, encontraron agarre en las grietas de la piedra. El dolor de la artritis era agudo, punzante, pero lo bloqueé. Me acomodé en una saliente, tres metros por encima del sendero, y me fundí con la sombra. Desde ahí arriba, podía ver el camino plateado por la luna.
Esperamos. Cinco minutos. Diez. El sudor me corría por la espalda, enfriándose con la brisa nocturna. Pensé en Valderrama y su uniforme impecable, en cómo se había burlado de mis manos temblorosas. Mírame ahora, General, pensé. Mis manos no tiemblan cuando sostienen la muerte.
Aparecieron.
Eran cuatro. Vestidos de negro total, con visores de visión nocturna que les daban el aspecto de insectos gigantes. Se movían bien, cubriendo sus ángulos, a*mas en alto con silenciadores. Pero cometieron el error de los novatos: confiaban demasiado en sus ojos verdes electrónicos y no en sus instintos.
El líder levantó la mano. Se detuvo justo frente a la trampa de Beto.
—Lectura de calor al frente —susurró el líder. Su voz llegó clara hasta mi posición gracias a la acústica del cañón.
Uno de ellos avanzó despacio. Vio la pañoleta roja a medio ocultar entre las hojas.
—Contacto visual. Parece una prenda de ropa.
—Cuidado, puede ser un IED (Dispositivo Explosivo Improvisado) —advirtió el otro.
Se acercaron, agrupándose. Grave error. En la escuela de las Américas te enseñan a dispersarte. En la sierra, el miedo te hace juntarte.
En ese momento, Beto cortó la cuerda tensora desde su escondite.
¡ZAS!
La rama de encino se liberó con la fuerza de un látigo. No golpeó a nadie, pero el movimiento brusco y el chasquido violento hicieron que los cuatro soldados giraran sus a*mas hacia el arbusto, abriendo fuego por puro reflejo. Pffft-pffft-pffft. El sonido de las balas impactando la madera y la tierra llenó el aire.
—¡Alto el fuego! ¡Es una trampa! —gritó el líder.
Demasiado tarde. Yo ya estaba en el aire.
Me dejé caer desde la roca, no sobre ellos, sino justo en medio de su formación. A mis 68 años, mis huesos crujieron al impactar el suelo, pero usé la inercia para rodar. Antes de que pudieran procesar que la amenaza venía de arriba y no del frente, pateé la rodilla del soldado más cercano. Sentí el crujido satisfactorio de los ligamentos cediendo. El hombre cayó gritando, pero su grito se ahogó cuando le di un golpe seco en la tráquea con el mango del cuchillo. No quería matarlo, solo apagarlo.
—¡Contacto trasero! —chilló otro.
Beto salió de la maleza como un demonio cojo. Usó su bastón para barrerle los pies al segundo hombre y, antes de que tocara el suelo, le puso la punta de su cuchillo oxidado en la garganta.
—¡Quietos o los desangro como puercos! —rugió Beto con una voz que parecía venir del infierno.
Quedaban dos de pie. El líder y uno más joven. Me apuntaron, con los láseres bailando en mi pecho. Yo estaba arrodillado, respirando con dificultad, con mi cuchillo en la mano derecha y la mano izquierda levantada, palma abierta.
—Baje el a*ma, abuelo —dijo el líder. Le temblaba la voz. Podía ver sus ojos a través del visor: estaba aterrorizado. No esperaba enfrentarse a esto. Esperaba campesinos armados, no fantasmas tácticos.
—Hijo —dije, poniéndome de pie lentamente, haciendo sonar cada hueso de mi cuerpo—. Si quisieras disparar, ya lo habrías hecho. Pero estás dudando. Y sabes por qué dudas?
—¡Cállese y al suelo!
—Dudas porque te das cuenta de que no somos el enemigo. —Di un paso hacia él. El láser apuntaba a mi frente—. Mírame. Soy un conserje. Él es un viejo lisiado. Y acabamos de derribar a la mitad de tu escuadra en tres segundos.
El líder vaciló.
—La orden es neutralizar —dijo, pero bajó el cañón un centímetro.
—La orden la dio Montiel —intervino Beto desde el suelo, sin quitarle el cuchillo del cuello a su prisionero—. ¿Les dijo por qué? ¿Les dijo que venían a matar a dos veteranos condecorados para proteger sus cuentas en Suiza?
—¡Miente! —gritó el joven soldado que quedaba de pie.
—Revisa el bolsillo de mi camisa —le dije al líder, señalando mi pecho—. Ahí no hay a*mas. Hay una foto.
El líder, confundido, mantuvo el a*ma en alto mientras con la otra mano se acercaba. Me arrancó la foto que llevaba en el bolsillo superior. Era una foto vieja, arrugada. Éramos Beto y yo, treinta años más jóvenes, sonriendo frente a un helicóptero, abrazados con… el padre del líder actual.
Lo supe en el momento en que vi sus ojos. La forma de la nariz. Era inconfundible.
—¿Reconoces al Capitán Salazar? —pregunté suavemente.
El soldado se quedó helado. Se quitó el visor nocturno. Era un muchacho de no más de veinticinco años.
—Es… es mi padre. Murió en el 2005.
—No murió en combate como te dijeron —dijo Beto, soltando a su rehén y poniéndose de pie con dificultad—. Lo dejaron solo en una extracción fallida porque el General Valderrama no quiso arriesgar su carrera enviando apoyo. Nosotros escuchamos sus últimas transmisiones por la radio. Pedía ayuda. Pedía que cuidaran a su hijo.
El muchacho bajó el a*ma completamente. Los otros soldados, viendo a su líder desmoronarse, hicieron lo mismo. El silencio volvió a la sierra, pesado y denso.
—¿Ustedes son… la unidad Lobo? —preguntó el muchacho, con la voz quebrada.
—Lo que queda de ella —respondí, envainando mi cuchillo—. Me llamo Jacinto. Él es Beto. Tu padre fue un buen hombre, teniente Salazar. Y si nos disparas ahora, estarás terminando el trabajo sucio del hombre que lo mató.
El joven Salazar miró a sus compañeros, luego a la oscuridad de la selva, y finalmente a nosotros. Tomó una decisión. Se llevó la mano al oído, activando su radio.
—Mando, aquí Líder de Escuadra Alfa. Hemos peinado el sector cuatro. Negativo en contacto visual. Repito, negativo. Solo encontramos rastros de fauna local. Nos replegamos al punto de extracción Charlie. Cambio.
Hubo una pausa llena de estática. Luego, la voz de Montiel, distorsionada y furiosa, sonó en el auricular, lo suficientemente fuerte para que la escucháramos.
—¡Inútiles! ¡Barred la zona otra vez! ¡Sé que están ahí!
Salazar apagó la radio. Me miró a los ojos y me devolvió la foto.
—Tienen dos horas antes de que envíen a los drones suicidas. Vayan al norte, hacia las cuevas de “La Ventana”. El satélite tiene un punto ciego ahí hasta el amanecer.
—Gracias, hijo —le dije.
—No lo hago por ustedes —respondió, apretando la mandíbula—. Lo hago por mi padre. Pero si me entero de que me mintieron, yo mismo los cazaré.
—Si te mentimos, no tendrás que buscarnos. Nosotros te buscaremos para pedirte perdón —dijo Beto.
La escuadra recogió a sus heridos y desapareció en la noche tan rápido como había llegado. Nos quedamos solos otra vez, dos viejos en medio de la nada, pero ahora con una ventaja: tiempo.
—Ese muchacho tiene agallas —dijo Beto, encendiendo otro cigarro. Sus manos temblaban más ahora. El esfuerzo le estaba pasando factura.
—Se parece a su padre. Demasiado honesto para este negocio —contesté, sintiendo un pinchazo agudo en el pecho. Mi corazón latía de forma irregular. Necesitaba mis pastillas, pero esas se habían quedado en el bolsillo del uniforme de conserje, tirado en algún lugar de mi mente.
—Vámonos, Jacinto. Las cuevas están a tres kilómetros. Y mis rodillas ya están pidiendo tregua.
Reanudamos la marcha. El terreno se volvió más empinado. Cada paso era una batalla personal. Mi respiración era corta y dolorosa. Pensé en rendirme. Pensé en sentarme en una piedra y esperar a que llegara el final. Sería más fácil. Dejar de luchar. Pero entonces, la imagen de Montiel sonriendo en el pasillo, ofreciéndome “un trato” con la vida de Clara, me llenó de una furia fría. No iba a morir aquí. No iba a dejar que ganaran.
Llegamos a las cuevas de “La Ventana” justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris pálido hacia el este. Nos dejamos caer en el suelo de piedra fría, exhaustos. Beto sacó una cantimplora vieja y me dio un trago. El agua estaba tibia y sabía a metal, pero me pareció el néctar de los dioses.
—¿Qué hay en el folder, Beto? —pregunté, recuperando el aliento—. ¿Qué es tan importante para que Montiel mueva cielo y tierra?
Beto sacó el plástico sucio de su camisa. Lo abrió con cuidado. Había hojas de cálculo impresas, fotos borrosas de reuniones, y una memoria USB pegada con cinta adhesiva.
—No son solo cuentas bancarias, Lobo —dijo Beto, iluminando los papeles con un pequeño encendedor—. Es la “Operación Limpieza”.
—¿Qué es eso?
—Es un plan. Un plan activo. —Beto señaló un párrafo marcado en rojo—. Mira la fecha. Es de la semana pasada.
Me acerqué, forzando la vista. Lo que leí me heló la sangre más que el frío de la sierra.
“Objetivo: Liquidación de activos pasivos. Fase 3: Eliminación de pensionados de categorías de riesgo A y B para reasignación presupuestaria a fondos reservados (Campaña Electoral 2024).”
Me quedé mudo.
—Nos están matando, Jacinto —dijo Beto, con voz grave—. No es que nos hayamos vuelto viejos y enfermos por mala suerte. Están recortando el presupuesto de salud, negando medicinas, retrasando cirugías… a propósito. Están dejando morir a los veteranos, a los maestros, a los obreros de las paraestatales, para desviar ese dinero a sus campañas políticas y a sus cuentas privadas.
Sentí náuseas. Clara. El retraso en sus medicinas. La falta de camas. No era burocracia. Era un exterminio silencioso.
—Hijos de puta —susurré. Las lágrimas me picaron en los ojos. No por tristeza, sino por una rabia tan pura que quemaba—. Clara no se está muriendo de cáncer. La están asesinando para robarse el dinero de su quimioterapia.
—Exacto. —Beto cerró el folder—. Y Valderrama y Montiel son los arquitectos. Por eso tienen tanto miedo. Si esto sale a la luz, no solo van a la cárcel. El pueblo los lincha.
Me puse de pie. El dolor de las rodillas desapareció. El cansancio se evaporó. Miré hacia la entrada de la cueva, hacia el amanecer que iluminaba las montañas de Sinaloa.
—Tenemos que volver —dije.
—¿Volver? ¿A la ciudad? Estás loco. Nos matarán antes de llegar a la caseta de peaje.
—No, Beto. No vamos a huir. Vamos a atacar.
—¿Con qué? ¿Con dos cuchillos y un folder?
—Con la única arma que ellos no pueden controlar: la verdad. —Me giré hacia él—. ¿Todavía tienes contacto con “El Tuercas”?
Beto sonrió.
—Ese loco sigue vivo. Tiene una estación de radio pirata en Culiacán.
—Vamos a llevarle esto. Y vamos a transmitirlo todo. Vamos a leer cada nombre, cada cuenta, cada cifra. Vamos a incendiar el país, Beto.
—Eso suena a misión suicida, Lobo.
—Siempre nos gustaron las misiones suicidas, Coyote.
Beto se levantó, apoyándose en su bastón. Se sacudió el polvo de los pantalones.
—Pues andando. Culiacán está a un día de camino si bajamos por el río. Pero Jacinto…
—¿Qué?
—Si salimos de esta, me vas a invitar un tequila. De los buenos. Nada de esa mierda barata que tomas.
—Trato hecho.
Salimos de la cueva justo cuando el sol rompía el horizonte. Dos viejos contra el mundo. Dos piezas oxidadas de una maquinaria que intentaba desecharlas. Pero el óxido es veneno si te cortas con él. Y nosotros éramos el filo más oxidado y peligroso de todo México.
El descenso fue brutal. El sol de mediodía en Sinaloa no perdona. El calor hacía que el aire vibrara. Mis labios estaban partidos y sentía la lengua como un trapo seco. Pero cada vez que flaqueaba, pensaba en Clara. Pensaba en su sonrisa débil y en cómo me decía “mi viejo gruñón”. No iba a dejarla sola. No iba a permitir que esos trajes caros ganaran.
A media tarde, escuchamos el zumbido de nuevo. Drones. Pequeños, rápidos, como mosquitos metálicos.
—¡Al agua! —gritó Beto.
Nos lanzamos al río que corría paralelo al sendero. El agua estaba helada, un choque térmico que casi me para el corazón, pero nos sumergimos bajo la orilla, cubriéndonos con las raíces de los manglares de río y el lodo.
El dron pasó zumbando sobre nuestras cabezas. Su cámara giraba, buscando patrones térmicos. Pero el agua fría ocultaba nuestro calor corporal. Otra lección de la vieja escuela. La tecnología falla; la naturaleza protege.
Cuando el dron se alejó, salimos tiritando, cubiertos de fango negro. Parecíamos monstruos de pantano.
—Estamos cerca de la carretera —dijo Beto, escupiendo agua lodosa—. Ahí podemos robar un coche.
—No robamos. “Expropiamos por necesidad operativa” —corregí, usando el viejo eufemismo militar.
—Lo que tú digas, moralista.
Llegamos al asfalto una hora después. Estábamos escondidos en la cuneta cuando vimos acercarse una camioneta vieja, una Ford de los noventa, cargada de jaulas con gallinas.
—Perfecto —dijo Beto.
Salimos a la carretera. El conductor, un señor mayor con sombrero, frenó al ver a dos espectros llenos de barro y armados con cuchillos.
—¡Madre santa! —gritó el señor.
—No se asuste, jefe —le dije, acercándome a la ventanilla. Traté de sonar amable, aunque con mi aspecto debía ser difícil—. Necesitamos un aventón a Culiacán. Es una emergencia nacional.
El señor nos miró, luego miró los cuchillos envainados, y luego a nuestros rostros cansados.
—¿Son narcos? —preguntó con miedo.fer
—No. Somos… conserjes —dije, y una risa histérica se me escapó—. Conserjes que van a limpiar la basura más grande de México.
El señor nos miró a los ojos. La gente de campo sabe leer la mirada. Vio que no teníamos maldad, solo desesperación.
—Súbanse atrás con las gallinas. Si nos para la Guardia Nacional, ustedes son mis primos locos que se cayeron al río.
Nos subimos a la batea, entre plumas y cacareos. La camioneta arrancó, llevándonos hacia la ciudad, hacia el destino final. Me recosté contra una jaula, cerrando los ojos. El olor a gallinaza era terrible, pero para mí olía a libertad.
Saqué el celular que le había quitado al Teniente Ramírez en el pasillo —todavía lo tenía en el bolsillo, milagrosamente seco—. Tenía una barra de señal.
Marqué el número de casa. Sabía que nadie contestaría, o quizás una enfermera. Pero necesitaba intentarlo.
—¿Bueno? —la voz de Clara sonó débil, lejana.
Sentí que se me rompía el alma.
—Vieja… soy yo. Jacinto.
—¡Jacinto! ¿Dónde estás? Vinieron unos hombres… dijeron que te habías ganado un premio, que me iban a llevar al hospital militar… estoy en una ambulancia.
Maldito Montiel. Había cumplido su parte del trato, pero no por honor, sino para tenerme controlado. Ahora ella era una rehén en una jaula de oro.
—Escúchame bien, Clara. No tengas miedo. Te van a tratar bien. Cómete todo lo que te den. Duerme en las sábanas limpias.
—Pero tú… tu voz suena rara. ¿Estás bien?
—Estoy trabajando, mi amor. Estoy haciendo el trabajo más importante de mi vida. Solo espérame. Voy a ir por ti. Y cuando llegue, vamos a tener dinero para todas tus medicinas, y para irnos a la playa, esa que te gusta en Nayarit.
—Jacinto… te quiero.
—Y yo a ti, vieja. Más que a mi vida.
Colgué antes de que rastrearan la llamada. Miré a Beto. Él me estaba mirando, y por primera vez en años, vi respeto en sus ojos, no lástima.
—¿Listo para el show, Lobo?
—Listo, Coyote.
La camioneta aceleró, devorando kilómetros de asfalto. Delante de nosotros, las luces de Culiacán empezaban a brillar bajo el crepúsculo. Allá estaban ellos. Los generales, los licenciados, los traidores. Sentados en sus oficinas con aire acondicionado, creyendo que habían ganado.
No sabían que la tormenta venía en una camioneta de gallinas. No sabían que el Lobo y el Coyote venían a aullar. Y esta vez, el aullido derribaría sus muros de mentiras.
PARTE FINAL: EL ÚLTIMO AULLIDO DEL LOBO
El olor a gallinaza se te mete en los poros, se te pega al paladar como una grasa rancia que ni el tequila más fuerte podría limpiar. Pero mientras la camioneta Ford noventera traqueteaba por la carretera federal número 15, entrando a la mancha urbana de Culiacán, ese hedor me parecía el perfume más dulce de la libertad.
Beto iba dormitando contra una jaula, con el cuchillo todavía apretado en la mano derecha, oculto bajo los faldones de su camisa sucia. Cada bache del camino le arrancaba un gemido sordo, una protesta de ese cuerpo roto que llevaba años sosteniéndose a pura fuerza de voluntad y rencor. Yo no podía dormir. La adrenalina se había transformado en una vibración constante, un zumbido eléctrico que me recorría la espina dorsal. Miraba las luces de la ciudad a través de las rejillas de la batea: los neones de los moteles de paso, los faros de los tráileres, las torretas lejanas de alguna patrulla. Culiacán. La ciudad que nunca duerme, la ciudad donde los negocios se cierran con plomo o con plata. Y nosotros, dos viejos conserjes de la historia, veníamos a cobrar una deuda impagable.
—Ya llegamos, jefes —nos gritó el conductor a través de la ventanilla trasera, frenando con un chirrido de balatas gastadas en una calle lateral, lejos de los retenes principales—. De aquí pal real se la tienen que rifar solos. No quiero broncas con la maña ni con la ley.
Saltamos de la batea. Mis rodillas crujieron como ramas secas, un recordatorio brutal de mis sesenta y ocho años. El suelo de asfalto estaba caliente todavía, a pesar de la noche. Beto aterrizó pesadamente sobre su pierna buena y se apoyó de inmediato en su bastón.
—Gracias, paisano —le dije al conductor, golpeando la lámina de la camioneta.
El hombre nos miró por el retrovisor, persignándose, y arrancó levantando una nube de polvo y humo negro. Nos quedamos solos en la banqueta, bajo la luz parpadeante de una farola que zumbaba como un insecto moribundo.
—¿Y ahora qué, Lobo? —preguntó Beto, sacudiéndose las plumas de gallina del cabello—. ¿Dónde tiene su madriguera “El Tuercas”?
—Si no se ha mudado en diez años, debe estar en la colonia 6 de Enero. Cerca del basurero municipal. Donde nadie hace preguntas.
Caminar por Culiacán de noche siendo dos desconocidos con aspecto de indigentes es, irónicamente, el mejor camuflaje. La gente te ignora. Eres parte del mobiliario urbano, como los baches o la basura. Pero yo sentía ojos en todas partes. Sabía que Montiel ya habría movilizado a la inteligencia estatal. Estarían rastreando las cámaras del C4, buscando rostros, buscando patrones. Pero buscaban a dos comandos tácticos, no a dos ancianos cojeando y oliendo a mierda de pollo.
Tardamos una hora en llegar. El taller de “El Tuercas” era un yonke, un cementerio de autos apilados como torres de vigilancia oxidadas. Un letrero despintado rezaba: “Autopartes y Reparaciones El Rayo – Se compran fierros viejos”.
Beto golpeó el portón de lámina con el mango de su cuchillo. Un ritmo específico. Tres golpes rápidos, dos lentos, uno fuerte. El código de la vieja escuela.
Silencio.
Luego, el sonido de una corredera de escopeta al otro lado.
—¿Quién vive? —preguntó una voz rasposa, amplificada por un altavoz barato.
—Dos fantasmas que buscan refacciones —contesté, usando la frase de paso que no había pronunciado en dos décadas.
Hubo una pausa larga. Podía escuchar mi propio corazón latiendo en mis oídos. Si Tuercas no nos reconocía, o si ya estaba muerto y alguien más ocupaba el lugar, ahí terminaba nuestra historia.
—¿Lobo? —la voz sonó incrédula, temblorosa—. ¿Coyote?
—Abre la puerta, Tuercas. Traemos la basura del sexenio.
El portón se abrió con un gemido metálico. Un hombre bajito, con la piel manchada de grasa y unos lentes de fondo de botella pegados con cinta aislante, nos apuntaba con una Mossberg 500. Al vernos, bajó el arma y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Hijos de la chingada! —gritó, corriendo a abrazarnos. Olía a aceite de motor y a marihuana—. ¡Los hacían muertos! ¡El archivo dice que se quemaron en Veracruz!
—Hierba mala nunca muere, Tuercas —dijo Beto, devolviéndole el abrazo—. Pero si no nos das un trago de agua y un lugar para enchufar esto, nos vamos a morir de sed antes de que nos maten los federales.
Entramos. El interior era un caos organizado. Motores desarmados, cables colgando del techo como lianas de cobre, y al fondo, en un cuarto con aire acondicionado que zumbaba furiosamente, estaba el santuario. Pantallas, consolas de radio, servidores parpadeando con luces verdes y rojas. Tuercas no era solo un mecánico; era uno de los mejores ingenieros de comunicaciones que había tenido el ejército antes de que lo dieran de baja por “inestabilidad mental”.
—¿Qué traen? —preguntó Tuercas, sirviéndonos vasos de agua fría.
Puse el folder sobre la mesa llena de circuitos.
—La lista, Tuercas. La Operación Limpieza. Las cuentas de Valderrama, de Montiel, y de medio gabinete de seguridad. Y la orden de ejecución para los pensionados.
Tuercas tomó los papeles. Mientras leía, su expresión pasó de la alegría a un horror profundo. Sus manos empezaron a temblar.
—No mames… —susurró—. Esto… esto es dinamita pura, Jacinto. Si sacamos esto, nos van a caer hasta los satélites de la NASA.
—Por eso vinimos contigo —dijo Beto, sentándose en una silla giratoria que rechinó bajo su peso—. Necesitamos que nos des voz. Una voz que no puedan apagar.
—Puedo hacerlo —dijo Tuercas, enderezándose. El miedo seguía ahí, pero el orgullo profesional era más fuerte—. Tengo un amplificador de señal que robé de una antena repetidora hace tres años. Puedo secuestrar la frecuencia de la radio estatal. Y si me apuro, puedo meter el audio en la señal de emergencia de televisión local. Pero solo tendremos unos minutos antes de que triangulen la posición.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Diez minutos. Quince si tenemos suerte y el operador del C4 está tragando moscas. Después de eso… aquí va a llover plomo.
Miré a Beto. Asintió.
—Es suficiente.
—Prepara todo, Tuercas —ordené—. Vamos a hacer un programa especial de medianoche.
Mientras Tuercas tecleaba frenéticamente, conectando cables y redirigiendo servidores a través de proxys en Rusia y Singapur para ganar tiempo, yo me senté en un rincón. Saqué mi viejo celular. Tenía que hacerlo. Tenía que escucharla una vez más.
Marqué.
—¿Sí? —la voz de Clara era más débil que antes.
—Vieja… prende la radio. O la tele. En diez minutos.
—Jacinto, tengo miedo. Hay soldados afuera de la habitación. Dicen que soy una paciente de alto riesgo.
—No les creas nada, mi amor. Tú eres la esposa del Lobo Silencioso. Y hoy, todo México va a saber quién eres y quiénes son ellos. Te prometo que esto se acaba hoy. Te amo, Clara. Nunca olvides que todo lo que hice, lo bueno y lo malo, fue para poder regresar a casa contigo.
—Jacinto… no te despidas.
—No es una despedida. Es un cambio de turno.
Colgué y apagué el teléfono. Le quité la batería y el chip, y los pisé hasta hacerlos añicos.
—Estamos listos —dijo Tuercas. Tenía un micrófono antiguo frente a él, de esos pesados de metal—. En cuanto apriete este botón, estaremos en vivo en todas las radios de Sinaloa, Sonora y Durango. Y en la señal de TV abierta local.
Me acerqué al micrófono. Beto se paró a mi lado, poniendo su mano en mi hombro.
—Hazlo —dije.
Tuercas presionó el botón rojo. Una luz de “ON AIR” se encendió.
Respiré hondo. El aire olía a ozono y a aceite.
—Buenas noches, México —empecé. Mi voz sonaba cansada, rasposa, pero firme. No era la voz de Jacinto el conserje. Era la voz de un hombre que ya no tenía nada que perder—. No cambien de canal. No apaguen la radio. Lo que van a escuchar en los próximos minutos no es una novela. Es su vida. Es su dinero. Es la sangre de sus hijos.
Hice una pausa. Imaginé a la gente en sus casas, a los taxistas en sus turnos nocturnos, a los guardias de seguridad en sus casetas.
—Me llamo Jacinto. Durante cuarenta años serví a este país. Me dieron medallas que no valen nada y palmadas en la espalda que escondían puñales. Hoy, soy un conserje. Limpio los pisos de la Secretaría de Defensa. Y mientras limpiaba, encontré la basura que sus líderes esconden bajo la alfombra.
Beto me pasó la primera hoja del folder.
—El General Valderrama, el Licenciado Montiel… nombres que ustedes ven en las noticias cortando listones. Escuchen bien lo que hacen cuando se apagan las cámaras. —Empecé a leer. Leí los números de cuenta. Leí las fechas de las transferencias. Leí los montos desviados del fondo de pensiones del ISSSTE y del Seguro Social.
—¿Su abuela murió esperando una quimioterapia? —pregunté al micrófono, sintiendo la rabia subir por mi garganta—. ¿A su padre le negaron la pensión después de treinta años de trabajo? No fue por la crisis. No fue por austeridad. Fue porque el dinero está en las Islas Caimán, en la cuenta número 78-Bravo-44, a nombre de una empresa fantasma propiedad de la esposa del General Valderrama.
Miré a Tuercas. Me hizo una señal con los dedos. Cinco minutos.
—Están matando a los viejos —continué, mi voz quebrándose un poco—. Crearon la “Operación Limpieza”. Nos ven como un gasto. Como estorbos. Yo estoy aquí, con mi hermano de armas, Beto “El Coyote”, para decirles que no somos basura. Somos la memoria de este país. Y la memoria no se borra.
De repente, un estruendo sacudió el portón del taller.
—¡Están aquí! —gritó Beto, tomando una escopeta que Tuercas tenía bajo la mesa.
—¡Sigue hablando, Lobo! —me gritó Beto—. ¡Yo los detengo!
El sonido de disparos empezó a repiquetear contra la lámina del taller. Eran armas automáticas. Montiel no había enviado a la policía; había enviado a sus sicarios privados.
—Escuchen esos disparos —dije al micrófono, sin moverme—. No son cohetes de fiesta. Son las balas que su gobierno usa para callar la verdad. Están afuera de este cuarto, intentando matarnos a dos viejos desarmados. ¿Por qué? Porque tenemos las pruebas.
Tuercas estaba pálido, tecleando para mantener la señal estable mientras las balas perforaban las paredes, haciendo saltar chispas de los servidores.
—¡Subí los documentos a la nube! —gritó Tuercas—. ¡Están en Twitter, en Facebook, en los correos de todos los periódicos del mundo!
—¡Entren al enlace! —rugí al micrófono—. ¡Descárguenlo! ¡Véanlo con sus propios ojos antes de que nos apaguen!
Beto disparó a través de una ventana rota.
—¡Vengan por nosotros, cobardes! —gritaba, riéndose como un loco—. ¡Aquí está la Unidad Lobo!
Una explosión voló el portón principal. El humo llenó el taller. Vi siluetas tácticas avanzando entre los coches viejos.
—¡Se nos acaba el tiempo, Jacinto! —gritó Tuercas.
Me aferré al micrófono con ambas manos.
—Señor Presidente —dije, sabiendo que alguien en su círculo estaría escuchando—. Sé que usted no ordenó esto. Pero sus perros están sueltos. Si mi esposa, Clara, que está en el Hospital Militar, sufre un solo rasguño… si estos documentos no son investigados… entonces la sangre de cada veterano de este país caerá sobre su conciencia. No pedimos piedad. Pedimos justicia. Soy el Sargento Primero Jacinto, nombre clave Lobo Silencioso. Y esta es mi última misión cumplida.
El sonido de la puerta del cuarto de control al ser derribada fue ensordecedor.
—¡Manos arriba! ¡Al suelo! —gritaron voces distorsionadas.
Beto se giró para enfrentar la puerta, pero no levantó el arma. Sabía que no podía ganar. Solo se interpuso entre ellos y yo, usando su cuerpo como escudo humano.
—¡No disparen! —escuché una voz familiar. Era el Teniente Salazar, el hijo del capitán traicionado.
El humo se disipó un poco. Salazar estaba ahí, con su uniforme de fuerzas especiales, pero su arma apuntaba hacia abajo. Detrás de él, hombres de negro, mercenarios de Montiel, empujaban para entrar.
—¡Hazte a un lado, Salazar! —gritó uno de los mercenarios—. ¡La orden es liquidar!
—¡La orden es ilegal! —respondió Salazar, bloqueando la entrada—. ¡Todo el país está escuchando! ¡Si disparan ahora, se acabó todo para nosotros!
Hubo un momento de tensión absoluta. El aire estaba cargado de pólvora y estática.
—La transmisión sigue activa —dije al micrófono, mi voz ahora un susurro—. Estamos aquí. Nos tienen rodeados. Pero ya no importa. Ustedes ya saben la verdad.
De repente, el sonido de sirenas inundó el exterior. No eran una o dos. Eran docenas. Sirenas de la Guardia Nacional, de la Policía Estatal, incluso ambulancias. Y algo más. Un ruido de fondo que crecía como una marea.
Gritos. Voces. Claxons.
Tuercas miró una de las pantallas que mostraba una cámara de seguridad exterior.
—Jacinto… mira esto.
Me acerqué a la pantalla. Afuera del yonke, una multitud se estaba congregando. Vecinos en pijama, taxistas que habían bajado de sus unidades, gente que había escuchado la radio. Estaban rodeando a los vehículos de los mercenarios. Grababan con sus celulares. Gritaban.
—¡Déjenlos salir! ¡No están solos! —se escuchaba el coro de voces a través de la pared.
Los mercenarios de Montiel se miraron entre ellos. Sabían que habían perdido. Matarnos en secreto era una cosa. Ejecutarnos frente a una multitud en vivo y en directo era un suicidio político y mediático.
El Teniente Salazar se volvió hacia mí. Tenía los ojos rojos.
—Sargento… apague el micrófono. Ya ganó.
Solté el micrófono. Mis manos, por fin, empezaron a temblar incontrolablemente. Me dejé caer en la silla, sintiendo cómo la fuerza abandonaba mi cuerpo.
—¿Beto? —pregunté.
Beto estaba sentado en el suelo, recargado contra la pared. Tenía una mancha roja en el costado, justo debajo de las costillas. Me sonrió, con los dientes manchados de sangre.
—Te dije que el piso estaba resbaloso, Lobo.
—¡Médico! —gritó Salazar—. ¡Necesito un médico aquí ahora!
—Tranquilo, chamaco —dijo Beto, tosiendo—. Solo es un rasguño. He tenido peores afeitadas.
Los minutos siguientes fueron borrosos. Los mercenarios fueron desarmados por la Guardia Nacional que llegó bajo el mando directo de la zona militar, alertada por el escándalo. Al parecer, la transmisión había llegado hasta el Palacio Nacional. La orden había cambiado. Ahora la prioridad era “preservar la vida de los testigos”.
Me sacaron del taller esposado, pero nadie me empujó. Al salir, el flash de las cámaras me cegó. La gente gritaba mi nombre. “¡Jacinto! ¡Jacinto!”. Vi rostros de ancianos llorando, jóvenes con el puño en alto.
Me subieron a una patrulla blindada. Salazar se sentó conmigo.
—El General Valderrama fue detenido hace diez minutos en su casa —me dijo Salazar en voz baja—. Intentaba huir al aeropuerto. Y Montiel… bueno, Montiel está negociando su entrega para no ser linchado.
—¿Y Clara? —pregunté. Fue lo único que pude decir.
—Está segura. El Director del Hospital Militar tomó control personal de su caso. La están operando en este momento. Los mejores cirujanos. Sin costo.
Cerré los ojos y recargué la cabeza contra el vidrio blindado. Lloré. Lloré como no lo había hecho desde que era un niño. Lloré por el dolor, por el miedo, por el alivio.
SEIS MESES DESPUÉS
El piso de la biblioteca del Reclusorio Norte es de linóleo barato, pero me gusta mantenerlo brillante. El olor a cera y a libros viejos es mejor que el olor a “Fabuloso” barato de las oficinas.
—Don Jacinto —me dice “El Flaco”, un muchacho tatuado que cumple condena por robo de autos—, ya deje ese trapeador. Siéntese a jugar dominó con nosotros. Usted es el jefe aquí, no tiene que limpiar.
Sonrío y exprimo el trapeador en la cubeta.
—La limpieza no es un castigo, hijo. Es una disciplina. Si mantienes limpio tu espacio, mantienes limpia tu mente.
Mi condena fue de cinco años. “Revelación de secretos de Estado” y “Robo de propiedad federal”. Fue el trato que acepté. Yo me declaraba culpable, y ellos dejaban libres a Beto y a Tuercas, y garantizaban el tratamiento vitalicio para Clara.
Valió la pena. Cada maldito segundo.
Las cartas me llegan por costales. Gente de todo México. Me mandan dibujos, oraciones, a veces dinero que dono a la enfermería del penal. Me llaman “El Lobo de la Nación”. Me da risa. Solo soy un viejo que se cansó de agachar la cabeza.
La puerta de visitas se abre. El guardia me hace una seña.
—Visita conyugal, Don Jacinto. Y traen pastel.
Dejo el trapeador recargado en la pared, perfectamente alineado. Me limpio las manos en mi uniforme beige, que está impecable. Camino hacia la sala de visitas. Mis rodillas todavía duelen cuando hay humedad, pero camino erguido.
Al entrar, la veo.
Clara está sentada en la mesa de metal. Ha ganado peso. Su cabello ha vuelto a crecer, un halo plateado y hermoso alrededor de su cara. Ya no tiene ese color grisáceo de la muerte en la piel. Sus mejillas están rosadas.
A su lado está Beto, apoyado en un bastón nuevo de caoba brillante. Se ve viejo, sí, pero fuerte. Y junto a él, el Teniente Salazar, vestido de civil.
Clara se levanta y corre hacia mí. Nos abrazamos. Siento su calor, su vida latiendo contra mi pecho. Es el mejor momento de mi existencia.
—Te traje tamales de elote, viejo necio —me susurra al oído, llorando y riendo a la vez.
—¿Cómo estás, mi amor?
—Viva. Gracias a ti.
Nos sentamos. Beto pone una botella de refresco en la mesa, pero me guiña un ojo. Sé que trae un poco de “medicina” mezclada.
—Las cosas han cambiado afuera, Lobo —dice Beto—. Limpiaron la Secretaría. Han recuperado millones de pesos de las cuentas que expusimos. Las pensiones están fluyendo. No es perfecto, sigue habiendo ratas, pero ahora tienen miedo. Saben que los estamos vigilando.
—Eso es lo único que quería —digo, tomando la mano de Clara.
—Por cierto —dice Salazar, sacando un sobre de su chaqueta—. El nuevo Secretario de la Defensa me pidió que le entregara esto. No es oficial, por supuesto. Si alguien pregunta, nunca existió.
Abro el sobre. Adentro hay una sola cosa.
Mi vieja pañoleta roja. La que usé en la sierra. La que usé para detener hemorragias y limpiar el sudor de mis hermanos. Está lavada, planchada y doblada en un triángulo perfecto.
La toco con la yema de los dedos.
—Dicen que cuando cumpla su sentencia, hay un puesto de asesor esperándolo en la academia de formación —dice Salazar—. Quieren que enseñe a los cadetes… no a disparar, sino a tener honor.
Miro la pañoleta. Miro a mi esposa sana. Miro a mi hermano de armas vivo.
—Diles que lo pensaré —respondo, guardando la pañoleta en mi bolsillo—. Pero por ahora, tengo mucho trabajo aquí. Estos pisos no se van a brillar solos.
Todos ríen. Una risa limpia, sin miedo.
La visita termina una hora después. Los veo irse. Beto cojeando pero orgulloso, Salazar escoltando a Clara como si fuera la Reina de Inglaterra.
Vuelvo a mi celda. Es pequeña, fría. Pero cuando me acuesto en el catre y miro al techo, no veo concreto. Veo las estrellas sobre la sierra de Sinaloa. Escucho el aullido del viento.
Soy Jacinto. Soy conserje. Soy presidiario.
Pero cuando cierro los ojos, sigo siendo el Lobo Silencioso. Y esta noche, y todas las noches que me quedan, dormiré con la paz de saber que mi manada está a salvo.
La limpieza ha terminado.
FIN.