Me puse la peor ropa de “la paca” y ni me peiné para espantar a mi cita a ciegas, pero el destino me tenía preparada una lección de humildad que me cambió la vida y me enseñó que el amor verdadero no se fija en las apariencias ni en los calcetines disparejos.

Me miré en el espejo del baño y sonreí con una satisfacción amarga. El suéter tenía una mancha vieja de café justo en el pecho, mis calcetines eran de dos pares diferentes y mi cabello parecía un nido de pájaros que no había visto agua en tres días.

—Perfecto —susurré, alisando las arrugas de mi pantalón, que me quedaba corto—. Absolutamente perfecto para asegurarme de que esta cita a ciegas termine antes de empezar.

Mi nombre es Fernanda. Hace ocho meses, mi vida personal explotó. Mi ex me dejó el mismo día que me ascendieron a editora senior, diciendo que era “demasiado intensa” y que mi éxito lo hacía sentir pequeño. Desde entonces, mi corazón estaba cerrado por remodelación indefinida. Pero Claudia, mi mejor amiga, no aceptaba un “no” por respuesta e insistió en presentarme a un tal “Jaime”, un abogado amigo de su esposo.

—Te va a encantar, lee libros —me dijo.

—Voy a hacer que me o*ie —pensé yo.

Llegué al restaurante en la colonia Roma deliberadamente diez minutos tarde. Caminé hacia la mesa junto a la ventana, arrastrando los pies, sintiendo las miradas de juicio de los meseros sobre mi atuendo de vagabunda. Me senté, lista para ser aburrida, grosera y largarme en quince minutos alegando dolor de cabeza.

Pasaron diez minutos más. Nadie llegaba.

“Me dejaron plantada”, pensé, sintiendo un alivio inmenso. “Mejor así”.

Justo cuando tomaba mi bolsa para irme, un hombre entró corriendo. No se veía como el abogado estirado que imaginé. Estaba despeinado, con ojeras marcadas y respiraba agitado, como si hubiera corrido un maratón. Llevaba una camisa arrugada y… ¿eso en su cuello era una huella de mano pequeña y pegajosa?

—¿Fernanda? —preguntó, casi sin aliento.

Parpadeé, confundida.

—Sí… pero tú no pareces un Jaime.

Su cara se transformó en una mueca de disculpa.

—Soy Mateo. Hubo una confusión con los nombres… y con la hora. Mi hermano me dijo que era un café rápido a las 6:30, no una cena. Lo siento muchísimo, tuve problemas con la niñera.

Se dejó caer en la silla frente a mí, pasándose una mano por el cabello oscuro. Se veía agotado, con un cansancio que le llegaba hasta los huesos.

—¿Niñera? —repetí, sintiéndome repentinamente ridícula con mi disfraz de “mujer desastre”.

—Sí, mi hija Sofía… —se detuvo, y sus ojos se nublaron por un segundo—. No quería que me fuera. Desde que su mamá fa*leció hace dos años, le da miedo que yo no regrese.

El aire se me atoró en la garganta. Yo estaba ahí, jugando a la adolescente rebelde con mi ropa sucia por un berrinche de ego, y frente a mí tenía a un hombre que estaba luchando batallas reales, con el corazón en la mano y una mancha de dulce en la camisa.

Bajé la mirada a mis calcetines disparejos. Nunca me había sentido tan pequeña.

—Mateo… —empecé, sin saber cómo disculparme por mi existencia en ese momento.

Él me miró, realmente me miró, ignorando el suéter manchado, y sonrió con una tristeza dulce que me desarmó.

—Al menos tú eres honesta —dijo suavemente—. Se nota que tampoco querías estar aquí.

¿CÓMO LE DICES A ALGUIEN QUE TE VISTISTE ASÍ PARA REPELERLO SIN SONAR COMO LA PEOR PERSONA DEL MUNDO?

PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA MANCHA DE MERMELADA

La pregunta de Mateo flotó en el aire, pesada y suave al mismo tiempo: “Se nota que tampoco querías estar aquí”.

Sentí cómo la sangre se me subía a las mejillas, y no era ese rubor coqueto que una espera en una primera cita; era una mezcla volcánica de vergüenza, culpa y una extraña sensación de alivio. Me quedé mirándolo. Ahí estaba él, con sus ojeras de mapache, su camisa arrugada testigo de una batalla doméstica, y esa mirada que no tenía ni una pizca de juicio, solo un cansancio infinito y una curiosidad genuina.

—¿Tan obvia soy? —respondí, intentando soltar una risita que salió más como un graznido nervioso. Jugué con el borde deshilachado de mi suéter, ese que había rescatado del fondo de mi clóset precisamente porque sabía que tenía un agujero cerca del puño.

Mateo se recargó en el respaldo de la silla, y la madera crujió bajo su peso. Suspiró, y en ese suspiro pareció que se le escapaba el alma.

—Bueno —dijo, señalando discretamente mis pies con un movimiento de cabeza—, digamos que los calcetines de rombos y rayas no gritan precisamente “quiero impresionarte”. Y la mancha de café… —entornó los ojos, analizando mi pecho con una precisión casi clínica, pero sin malicia— parece seca. De la mañana, calcularía yo. O quizás de ayer.

—De ayer —admití, sintiendo que el calor de mi cara aumentaba. Ya no tenía caso mentir. La farsa se había desmoronado ante la honestidad brutal de su propia presencia desaliñada—. Me vestí así a propósito. Quería que salieras corriendo. Quería ser la peor cita de tu vida para que le dijeras a quien te haya enviado que soy un desastre y me dejaran en paz.

Esperé que se ofendiera. Esperé que se levantara, tirara la servilleta sobre la mesa y se marchara indignado, dejándome allí con mi atuendo de vagabunda y mi ego magullado. Era lo que un “licenciado” normal haría. Pero Mateo no hizo eso.

En su lugar, soltó una carcajada. Fue una risa ronca, oxidada, como si llevara mucho tiempo guardada en el fondo de su garganta y no supiera muy bien cómo salir.

—¿En serio? —preguntó, limpiándose una lágrima que se le escapó por el rabillo del ojo—. Dios, eso es… eso es brillante. De verdad. Yo ni siquiera tuve tiempo de planear algo así. Yo simplemente… soy así ahora. Este desastre que ves es mi estado natural actual.

La tensión que tenía en los hombros, esa que llevaba cargando desde que entré al restaurante arrastrando los pies, se rompió de golpe. Me encontré sonriendo, una sonrisa real, no la mueca cínica que había ensayado frente al espejo.

—Entonces, ¿no eres un abogado exitoso que juzga a la gente por sus zapatos? —pregunté, relajándome un poco en la silla.

—Soy arquitecto, no abogado —corrigió él, tomando el menú con manos que temblaban ligeramente—. Y solía ser exitoso, creo. O al menos, solía dormir más de cuatro horas seguidas y usar camisas sin huellas de dulce. Ahora, mi mayor éxito es lograr que Sofía se coma dos brócolis sin declarar la tercera guerra mundial en la cocina.

El mesero se acercó en ese momento. Era un chico joven con un peinado impecable y una actitud que gritaba “este lugar es demasiado cool para ustedes”. Nos miró de arriba abajo. Su mirada pasó de mi cabello enmarañado a la camisa manchada de Mateo, y pude ver el cálculo mental que estaba haciendo: “¿Tendrán para pagar o llamo a seguridad?”.

—¿Desean ordenar o esperan a alguien… más presentable? —preguntó el mesero, con ese tono pasivo-agresivo que solo los meseros de la Roma saben perfeccionar.

Sentí el impulso de responderle algo mordaz, de sacar mi tarjeta de crédito platino (que estaba escondida en mi bolsa vieja) y restregársela en la cara. Pero Mateo se me adelantó. Ni siquiera miró al chico. Siguió estudiando el menú con una calma zen.

—Queremos dos tequilas dobles. Herradura, si tienen. Y una orden de tacos de pato para compartir. Ah, y trae agua. Mucha agua. —Luego, levantó la vista y le dedicó al mesero una sonrisa cansada pero firme—. Y si tienes crayolas, tráelas también. A veces me gusta dibujar en los manteles cuando la conversación se pone aburrida.

El mesero parpadeó, confundido por la falta de vergüenza de Mateo, y se retiró con un asentimiento rígido.

—No creo que nos traiga crayolas —le dije, sintiendo una repentina oleada de simpatía por este extraño.

—Nunca se sabe —respondió él, frotándose la cara con ambas manos—. A veces el mundo te sorprende. Como hoy. Yo esperaba a una “Fernanda corporativa y aburrida” que me hablaría de sus inversiones en la bolsa, y en su lugar tengo a… —me señaló con el dedo índice— la reina del estilo “paca chic”.

Me reí. Realmente me reí.

—Me llamo Fernanda, pero mis amigos me dicen Fer… cuando no están tratando de emparejarme con extraños a la fuerza.

—Mucho gusto, Fer. Yo soy Mateo. El viudo, padre soltero y desastre andante que llegó tarde.

La palabra “viudo” cayó entre nosotros como una piedra en un estanque tranquilo, pero él la dijo con tanta naturalidad que le quitó el filo trágico inmediato. Sin embargo, ahí estaba. La realidad de su vida.

—Háblame de Sofía —dije, sintiendo que necesitaba desviar la atención de mi propia estupidez—. Dijiste que tenía miedo de que no regresaras.

El rostro de Mateo se suavizó, y por primera vez noté el color de sus ojos. Eran de un café profundo, como el café de olla, llenos de matices. Sacó su celular y, sin dudarlo, me mostró el fondo de pantalla. Una niña de unos cinco años, con rizos desordenados y una sonrisa chimuela, estaba trepada en un árbol.

—Tiene cinco años —dijo, y su voz se llenó de un amor tan palpable que casi dolía verlo—. Y tiene la memoria de un elefante y la terquedad de su madre. —Sonrió con melancolía—. Su mamá, Elena… ella murió en un accidente de coche hace dos años. Fue un martes. Un martes cualquiera. Yo me fui a trabajar, Elena se fue a hacer mandados… y nunca volvió.

Me quedé helada. Mi drama personal, mi ruptura con el “innombrable” porque yo trabajaba mucho, de repente me pareció tan insignificante, tan trivial.

—Desde entonces —continuó Mateo, guardando el teléfono como si fuera un tesoro sagrado—, Sofía tiene esta ansiedad. Si salgo de noche, si me tardo más de lo normal… ella entra en pánico. Cree que el “monstruo de los martes” me va a llevar también.

—Mateo, lo siento tanto… —murmuré. Las palabras se sentían vacías, insuficientes.

—No te lo cuento para que me tengas lástima —se apresuró a decir, tomando un sorbo del agua que el mesero acababa de dejar bruscamente sobre la mesa—. Te lo cuento porque… bueno, porque esa es la razón de la mancha. —Se tocó el cuello de la camisa—. Antes de salir, tuvo una crisis. Se aferró a mí llorando. Estaba comiendo un pan con mermelada. No me importó la camisa. Me senté con ella en el piso de la entrada hasta que se calmó. Le prometí que volvería antes de que se durmiera, pero… —miró su reloj y hizo una mueca— creo que ya fallé en esa parte. Mi hermana está con ella, pero la culpa… la culpa es cabrona, Fer.

Asentí lentamente. No tenía hijos, pero conocía la culpa. Conocía esa voz insidiosa que te dice que nunca estás haciendo lo suficiente.

—La culpa es mi compañera de cuarto —dije, tomando mi tequila que acababa de llegar. Le di un trago largo, sintiendo cómo el líquido quemaba mi garganta y aterrizaba caliente en el estómago—. Por eso me vestí así.

Mateo me miró, esperando. Ya no había barreras. Éramos dos náufragos en una mesa de restaurante elegante, rodeados de gente “perfecta” que hablaba de viajes a Tulum y dietas keto, mientras nosotros hablábamos de manchas y heridas.iera.

—Hace ocho meses —empecé, girando el vaso sobre la mesa—, me ascendieron. Era el puesto de mis sueños. Editora senior en una de las editoriales más grandes del país. Había trabajado como burro por cinco años para conseguirlo. Noches sin dormir, fines de semana perdidos, cumpleaños olvidados.

—Suena a que te costó caro —observó Mateo.

—Me costó todo. —Suspiré—. Ese mismo día, mi novio de tres años, Rodrigo, me llevó a cenar. Pensé que íbamos a celebrar. En lugar de eso, me dejó. Me dijo que me había convertido en una máquina. Que mi ambición me hacía “poco amable”. Que ya no era la mujer dulce de la que se enamoró, sino una ejecutiva agresiva que lo hacía sentir… pequeño.

Mateo frunció el ceño.

—¿Pequeño? Eso suena a problema de él, no tuyo.

—Quizás —admití—. Pero se me quedó grabado. Desde entonces, he estado saboteando todo. Me siento culpable por querer tener éxito, y al mismo tiempo me siento furiosa por haber perdido mi relación por ello. Así que cuando Claudia me insistió con esta cita… pensé: “Bien, si ser exitosa y arreglada no funciona, voy a ser lo opuesto. Voy a ser un desastre. A ver si así alguien se queda”. O mejor aún, a ver si así logro que nadie se me acerque y no me vuelvan a lastimar.

Hubo un silencio. No un silencio incómodo, sino uno de comprensión. Mateo levantó su vaso de tequila.

—Por los desastres —brindó.

—Por las manchas de mermelada —respondí, chocando mi vaso con el suyo.

Bebimos. Y por primera vez en ocho meses, sentí que algo dentro de mí se aflojaba. No era el alcohol; era la validación.

Comimos los tacos con las manos, sin importarnos que la salsa se nos escurriera un poco por los dedos. Hablamos de todo y de nada. Me contó que odiaba la arquitectura moderna porque “carece de alma” y prefiere las casas viejas que crujen. Le conté que mi placer culposo era ver telenovelas de los 90 y comer palomitas con salsa Valentina hasta que me ardiera la lengua.

Nos reímos de lo absurdo de nuestra situación.

—¿Te imaginas si nos hubieran visto nuestros amigos? —dijo Mateo, limpiándose la boca con la servilleta—. Tú pareces que te escapaste de un anexo y yo parezco un zombie que acaba de salir de la tumba.

—Haríamos una pareja espantosa en Instagram —bromeé—. Nadie le daría like a nuestra foto.

—Mejor —dijo él, mirándome fijamente—. Los likes están sobrevalorados. La realidad… la realidad es lo que importa. Y tú, Fer, aunque te hayas disfrazado de espantapájaros, eres muy real.

Sentí un vuelco en el estómago. No estaba acostumbrada a los cumplidos, y mucho menos a uno que me hiciera sentir vista a pesar de mi disfraz.

—Tú también eres real, Mateo. Y eres un buen papá. Se nota.

De repente, su teléfono vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó con el nombre “Casa – Hermana”. La cara de Mateo palideció instantáneamente. La relajación que habíamos logrado se evaporó en un segundo.

—Tengo que contestar —dijo, y su voz temblaba.

Lo vi contestar, vi cómo sus nudillos se ponían blancos al sujetar el teléfono.

—¿Bueno? ¿Andrea? ¿Qué pasa? ¿Está bien Sofi?

Me quedé conteniendo la respiración. Podía escuchar el zumbido de una voz acelerada al otro lado de la línea, pero no distinguía las palabras. Solo veía las reacciones de Mateo: el miedo en sus ojos, la mandíbula tensa.

—Voy para allá. Sí, ya mismo. No, no le des eso. Espérame. Llego en quince minutos.

Colgó y se levantó de un salto, casi tirando la silla.

—Fer, perdóname. Tengo que irme. Es Sofía. Se despertó gritando y no pueden calmarla. Está vomitando por la ansiedad. Tengo que…

—Vete —dije inmediatamente, levantándome también—. No expliques nada. Corre.

Mateo sacó su cartera y tiró un billete de quinientos pesos sobre la mesa sin siquiera mirar la cuenta.

—Esto cubre lo mío y… perdóname, de verdad. Me la pasé increíble, pero…

—¡Mateo, vete! —le grité, empujándolo suavemente hacia la salida—. ¡Tu hija te necesita!

Él me miró una última vez, con una mezcla de gratitud y desesperación, y salió corriendo del restaurante, ignorando las miradas de los demás comensales que se voltearon a ver el escándalo.

Me quedé ahí, de pie, viendo cómo desaparecía por la puerta giratoria. El mesero se acercó, mirando el billete en la mesa y luego a mí.

—¿Todo bien, señorita? —preguntó, con un tono ligeramente más amable, quizás al ver que la cita había terminado en un aparente desastre.

—Sí —dije, recogiendo mi bolsa—. Todo excelente.

Pagué la diferencia de la cuenta, dejé una propina generosa (para confundir más al mesero) y salí a la calle. El aire de la noche en la Ciudad de México estaba fresco. Olía a tacos al pastor de un puesto cercano y a gasolina.

Caminé hacia la esquina para pedir un Uber. Mi reflejo en un escaparate me devolvió la imagen: pelos parados, suéter manchado, pantalones cortos. Pero por primera vez en mucho tiempo, no vi a una mujer fracasada. Vi a una mujer que acababa de tener la mejor cita de su vida con un hombre que tenía mermelada en el cuello.

Mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.

“Llegué. Ya la abracé. Se está calmando. Gracias por entender. Y por cierto… me gustaron tus calcetines. — Mateo”

Sonreí como una idiota en medio de la calle Álvaro Obregón.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, apenas estaba comenzando, y lo que vendría los siguientes días pondría a prueba no solo mi paciencia, sino mi capacidad de perdonarme a mí misma y de aceptar que, a veces, el amor viene envuelto en caos y ropa sucia.

Al día siguiente, decidí que no podía quedarme con esa imagen final de mí misma en su cabeza. Si Mateo iba a conocerme, tenía que conocerme de verdad. Pero también sabía que su vida era complicada. No podía simplemente aparecer y decir “hola, aquí estoy, ámame”. Él tenía una niña herida y un duelo no resuelto. Y yo… yo tenía mucho miedo.

Pasaron dos días sin noticias. Yo miraba el teléfono cada cinco minutos. ¿Le escribo? ¿No le escribo? “No seas intensa”, me decía la voz de mi ex en mi cabeza. “Dale espacio”.

El tercer día, Claudia me llamó.

—¡Fernanda! ¿Qué diablos pasó en la cita? Jaime me dijo que nunca llegaste.

—¿Jaime? —pregunté, confundida—. Ah, cierto. Jaime. No, no llegué. Hubo… un imprevisto.

—¿Cómo que un imprevisto? ¡Me hiciste quedar fatal! Jaime estuvo esperándote media hora. Dice que eres una maleducada.

—Dile a Jaime que lo siento —dije, sin sentirlo en absoluto—. Pero conocí a alguien más. O mejor dicho, el destino me sentó frente a alguien más.

—¿Qué? ¿Quién? —Claudia estaba al borde del infarto—. Fernanda, no me digas que te ligaste al mesero.

—No, Claudia. Me ligué a un arquitecto con una hija y un corazón roto. Y creo… creo que me gusta en serio.

Le colgué antes de que pudiera regañarme. Tenía una misión.

Recordé que Mateo había mencionado que trabajaba en una firma cerca del Ángel de la Independencia, en una de esas torres viejas que estaban remodelando. “Me gustan los edificios que crujen”, había dicho. Busqué en Google: “Despachos de arquitectura, Ángel, remodelación”. Encontré tres. Llamé al primero. Nada. Llamé al segundo.

—¿Despacho Ramírez y Asociados?

—Busco al arquitecto Mateo… —me detuve. ¡No sabía su apellido! Maldita sea. ¿Cómo pude pasar dos horas hablando con él y no preguntarle su apellido?

—¿Mateo qué, señorita? Tenemos dos Mateos aquí. Mateo González y Mateo Rivas.

—El que tiene una hija llamada Sofía —solté, desesperada.

La recepcionista guardó silencio un momento.

—Ah, el Arqui Mateo Rivas. Sí, pero hoy no vino. Su hija está enferma.

Mi corazón se apretó.

—Gracias —dije y colgué.

Estaba enferma. La crisis de la otra noche no había sido solo un berrinche.

Sentí una urgencia que no había sentido en años. No era ambición profesional, era instinto humano. Fui al supermercado. Compré una canasta. No, no una de esas canastas fresas con vinos caros. Compré cosas para una niña de cinco años: gelatinas, galletas de animalitos, un libro de colorear y… crayolas. Muchas crayolas. Y para Mateo, compré un café de grano decente, porque recordé sus ojeras.

El problema era: ¿dónde vivía?

Revisé el mensaje de texto que me había enviado. “Llegué”.

Decidí arriesgarme. Escribí:

“Hola, Mateo. Soy Fer, la chica de los calcetines disparejos. Me quedé preocupada por Sofi. ¿Está todo bien? No quiero molestar, solo… saber.”

La respuesta llegó diez minutos después. Diez minutos eternos.

“Hola, Fer. Gracias por escribir. Ha sido difícil. Le dio fiebre después del susto. No he dormido nada. Perdón por no escribir antes, mi cabeza está en otro lado.”

“¿Necesitas algo? ¿Café? ¿Ayuda? Soy buena contando cuentos. O al menos, soy buena inventando excusas, así que puedo inventar historias fantásticas.”

Vi los tres puntos suspensivos aparecer y desaparecer varias veces. Él estaba dudando. Estaba luchando entre su necesidad de ayuda y su miedo a dejar entrar a alguien en su búnker de duelo.

“No quiero abusar. Apenas nos conocemos.”

“Mateo, me viste con un suéter manchado de café viejo y no saliste corriendo. Creo que ya pasamos la etapa de las formalidades. Dime dónde estás.”

Me mandó la ubicación. Colonia Narvarte. Un edificio de los años 50, de esos con azulejos en la fachada.

Llegué en veinte minutos. Me había bañado, peinado y puesto ropa limpia (jeans y una camiseta blanca simple), pero nada ostentoso. Quería ser yo, pero la versión accesible de mí.

Toqué el timbre del departamento 302.

La puerta se abrió y allí estaba él. Se veía peor que en el restaurante. Tenía barba de tres días, la misma ropa (creo) y los ojos inyectados en sangre. Pero cuando me vio, sus hombros bajaron.

—Viniste —dijo, como si no pudiera creerlo.

—Te traje provisiones —levanté la bolsa del súper—. Y crayolas. Prometí que si la conversación se ponía aburrida, dibujaríamos.

Mateo se hizo a un lado para dejarme pasar. El departamento era un caos. Juguetes por todas partes, platos sucios en la mesa, ropa amontonada en el sofá. Era el escenario de un hombre que estaba sobreviviendo, no viviendo.

—Perdón por el desorden —empezó a decir, pateando un carrito de juguete.

—Mateo, cállate —le dije con una sonrisa suave—. Tienes una hija enferma y un trabajo demandante. Si tu casa estuviera impecable, me daría miedo.

Escuché una tosecita proveniente de una habitación al fondo.

—¿Es ella? —pregunté.

—Sí. Está viendo la tele, pero está muy decaída.

Caminé hacia la habitación, con Mateo siguiéndome de cerca. Sofía estaba hecha un ovillo en la cama, rodeada de peluches. Era la niña de la foto, pero pálida y con los ojos tristes.

—Hola, Sofi —dije suavemente desde la puerta.

Ella me miró con desconfianza.

—¿Quién eres? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Eres doctora? No quiero inyecciones.

—No, no soy doctora —me acerqué despacio, como quien se acerca a un gatito asustado—. Soy amiga de tu papá. Me llamo Fer. Y escuché que te gustan las historias y la mermelada.

Sofía miró a su papá, buscando aprobación. Mateo asintió, recargado en el marco de la puerta, mirándonos con una intensidad que me puso la piel de gallina.

—Te traje algo —saqué la caja de crayolas nuevas de 64 colores, esa que trae el sacapuntas atrás—. ¿Sabías que con estas se pueden dibujar sueños para que se hagan realidad?

Los ojos de Sofía se abrieron un poco más.

—¿En serio?

—Claro. Pero tienes que enseñarme cómo. Yo soy muy mala dibujando. Mira —saqué una hoja de papel de mi bolsa y dibujé un monigote chueco—. ¿Ves? Un desastre.

Sofía soltó una risita débil.

—Eso no parece una persona. Parece una papa con patas.

—¡Exacto! —exclamé—. Por eso necesito una maestra.

Pasé las siguientes dos horas sentada en el suelo, al lado de su cama, dibujando papas con patas y castillos de colores. Mateo nos trajo agua y se sentó en un sillón en la esquina, observando. Vi cómo sus párpados se cerraban. Se estaba quedando dormido sentado.

—Mateo —susurré—. Ve a dormir un rato. Yo me quedo aquí. No me voy a mover.

—No puedo, Fer… tengo que…

—Tienes que descansar para que puedas cuidarla mejor cuando despierte. Ve. Solo una hora. Te prometo que si pasa una mosca, te grito.

Me miró, y vi en sus ojos una rendición. Estaba tan agotado que ya no podía pelear.

—Gracias —murmuró—. Solo media hora.

Se fue a su cuarto. A los cinco minutos, escuché ronquidos suaves.

Sofía y yo seguimos dibujando hasta que ella también se quedó dormida, con una crayola azul en la mano.

Me quedé allí, en el silencio de ese departamento desconocido, rodeada de extraños que de repente me importaban más que mi carrera, más que mi orgullo, más que mi miedo. Miré las fotos en la pared. Mateo y Elena (su esposa) riendo en una playa. Elena embarazada. Mateo cargando a Sofía bebé.

Sentí una punzada de dolor por él, por lo que había perdido. Pero también sentí una calidez en el pecho. Yo había llegado ahí vestida de payaso el primer día, tratando de huir del amor, y la vida me había estrellado de frente con la realidad más cruda y hermosa posible.

Mateo durmió tres horas seguidas. Cuando salió de su cuarto, se veía un poco más humano. Se frotó la cara y vino directo a la habitación de Sofía. Me encontró leyendo un libro en mi celular, sentada en el suelo.

—¿Sigue dormida? —susurró.

—Como una piedra. Le bajó la fiebre.

Mateo se sentó en el suelo a mi lado, estirando las piernas largas. Estábamos hombro con hombro, en la penumbra.

—No sé cómo agradecerte esto, Fer. De verdad. No tenías por qué venir. Apenas me conoces. La última vez que nos vimos, parecías querer asesinar a tu cita.

—Y tú parecías querer huir del país —respondí sonriendo.

Hubo un silencio cómodo. Él giró la cabeza y me miró.

—¿Por qué viniste? —preguntó, esta vez en serio.

Pensé en la respuesta. Podría haberle dicho que por lástima, o por curiosidad. Pero decidí ser tan honesta como él lo había sido con su mancha de mermelada.

—Porque cuando te fuiste corriendo del restaurante… sentí envidia.

—¿Envidia? —Mateo frunció el ceño—. ¿De mi vida caótica y triste?

—Envidia de que tenías algo por lo que valía la pena correr. Algo que amabas tanto que no te importaba dejar una cena, quedar mal o tener la camisa sucia. Yo… yo perdí a mi pareja porque mi “algo” era el trabajo. Y el trabajo no te abraza cuando tienes fiebre. El trabajo no te deja huellas de manos en el cuello. Me di cuenta de que mi vida estaba muy limpia, muy ordenada… y muy vacía. Y cuando vi tu desastre… quise ser parte de él. Aunque fuera un ratito.

Mateo no dijo nada. Estiró su mano y tomó la mía. Su mano era grande, callosa, tibia.

—Mi desastre tiene vacantes —dijo suavemente—. Pero el pago es malo. Hay muchos gritos, lloramos los martes y a veces comemos cereal para cenar.

—Me gusta el cereal —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba de emoción.

—Y… —Mateo apretó mi mano— creo que a Sofía le caíste bien. Dijo que dibujas papas graciosas.

—Es mi especialidad artística.

Nos quedamos así un rato más, tomados de la mano en el suelo de madera, mientras la ciudad rugía afuera. No hubo beso de película. No hubo declaraciones de amor eterno. Apenas era nuestra segunda “cita”, si es que se le podía llamar así a cuidar a una niña enferma. Pero había algo real sembrándose ahí.

De repente, Mateo se puso serio.

—Fer, hay algo que debes saber. Yo… todavía la amo. A Elena. Eso no se va. No sé si estoy listo para “reemplazarla”. No quiero que pienses que busco una mamá nueva para Sofi o una enfermera.

—Lo sé —le aseguré, mirándolo a los ojos—. Y no quiero reemplazarla. Nadie puede. Y no quiero ser enfermera. Solo quiero… conocerte. Conocer al Mateo que dibuja en los manteles y que corre maratones por su hija. Vamos despacio. Paso a pasito. Como si lleváramos calcetines resbalosos en piso encerado.

Él sonrió, esa sonrisa dulce y triste que me había desarmado en el restaurante.

—Calcetines disparejos —corrigió.

—Calcetines disparejos —confirmé.

En ese momento, Sofía se movió en la cama y abrió los ojos. Nos vio ahí, sentados en el suelo, tomados de la mano.

—Papá… —llamó con voz soñolienta.

Mateo soltó mi mano suavemente y se levantó de inmediato para ir con ella.

—Aquí estoy, princesa. Aquí está papá.

—Tengo hambre —dijo ella.

—Eso es buena señal —dijo Mateo, volteando a verme con alivio—. ¿Qué quieres comer?

—¿Tacos? —sugirió Sofía.

Mateo y yo nos reímos al mismo tiempo.

—Creo que los tacos son nuestra nueva tradición —dijo él.

Esa noche, terminamos comiendo quesadillas hechas en casa porque Sofía aún no estaba para tacos de la calle. Ayudé a lavar los platos. Me sentí extrañamente doméstica, una sensación que siempre había rechazado, pero que ahora, con ellos, se sentía como un refugio.

Cuando me fui, Mateo me acompañó a la puerta.

—Gracias, Fer —dijo, recargándose en el marco de la puerta—. En serio. Me salvaste hoy.

—Tú me salvaste el otro día —respondí—. De convertirme en una amargada cínica.

—¿Te veo… pronto? —preguntó, con un toque de inseguridad adolescente que me pareció adorable.

—Solo si prometes llevar una camisa limpia. O no. La verdad, ya no me importa.

—Haré mi mejor esfuerzo. Pero no prometo nada sobre la mermelada.

Bajé las escaleras del edificio con el corazón latiendo fuerte. No sabía qué iba a pasar. No sabía si esto funcionaría. Él tenía un pasado pesado, yo tenía mis propios traumas de abandono y autoexigencia. Éramos un rompecabezas de piezas que no encajaban a la primera.

Pero mientras caminaba hacia mi coche, me di cuenta de algo: por primera vez en ocho meses, no estaba pensando en mi ex. No estaba pensando en mi ascenso. No estaba pensando en si era “demasiado intensa”. Estaba pensando en comprar un libro para aprender a dibujar mejor.

Y quizás, solo quizás, eso era todo lo que necesitaba para empezar de nuevo.

Me subí al coche, me miré en el retrovisor y me guiñé un ojo.

—Bien hecho, Fernanda —me dije—. Bien hecho.

Arrancé el motor, lista para enfrentar el tráfico de la CDMX, sabiendo que en algún lugar de la Narvarte, un arquitecto y una niña estaban comiendo quesadillas y, tal vez, hablando de la chica de las papas con patas. Y eso, por ahora, era suficiente.

PARTE 3: EL FANTASMA DEL EX Y LA BATALLA POR UN LUGAR EN LA MESA

Dicen que en la Ciudad de México el tiempo es relativo. Cinco minutos pueden ser una eternidad si estás atrapado en el tráfico del Viaducto a las seis de la tarde, o un suspiro si estás besando a la persona correcta bajo la lluvia. Para mí, las tres semanas que siguieron a la noche de las quesadillas en la Narvarte fueron una mezcla extraña de ambas cosas: una eternidad de dudas y un suspiro de felicidad que me daba miedo admitir.

Mi vida se había convertido en una extraña dicotomía. De nueve a seis, seguía siendo Fernanda la editora, la mujer que revisaba manuscritos con lupa, que peleaba presupuestos y que hacía temblar a los pasantes si el café no estaba hirviendo. Pero a partir de las seis y media, cuando mi celular vibraba con un mensaje que decía “Sofi pregunta si hoy tocan papas con patas o castillos”, me transformaba. Me quitaba los tacones en el coche, me soltaba el chongo apretado que me provocaba migraña y manejaba hacia ese departamento lleno de caos, juguetes y un arquitecto que siempre parecía necesitar una siesta.

No éramos novios. No oficialmente. La palabra “novios” se sentía demasiado pequeña, demasiado adolescente para lo que estábamos construyendo, y al mismo tiempo, demasiado grande y aterradora para dos personas con el equipaje emocional que cargábamos. Éramos… “compañeros de caos”. Él lidiaba con mis neurosis de control y yo lidiaba con sus fantasmas.

Y vaya que había fantasmas.

El primero apareció un martes, irónicamente. El día que Sofía odiaba.

Estaba en mi oficina, revisando la portada de la nueva novela negra que íbamos a lanzar, cuando mi asistente, una chica llamada Lucía que siempre parecía asustada de su propia sombra, asomó la cabeza por la puerta.

—Licenciada Fernanda… hay alguien buscándola en la recepción. No tiene cita.

—Si no tiene cita, que mande un correo, Lucía. Ya te sabes el protocolo —respondí sin levantar la vista del papel. La tipografía del título estaba mal, demasiado “comic sans” para un thriller de asesinatos.

—Sí, licenciada, pero… insiste. Dice que es personal. Dice que es el señor Rodrigo.

Mi pluma se detuvo en seco, dejando un borrón de tinta roja sobre el papel. El aire acondicionado de la oficina pareció bajar diez grados de golpe.

Rodrigo. El innombrable. El hombre que me había dejado el día de mi ascenso por ser “demasiado intensa”. El hombre cuya voz había resonado en mi cabeza cada vez que intentaba relajarme.

—Dile que pase —dije, cerrando la carpeta con fuerza.

Me levanté y me alisé la falda lápiz. Fui al pequeño espejo que tenía detrás de la puerta y me revisé. Labios rojos, delineado perfecto, ni un cabello fuera de lugar. La armadura estaba puesta. Pero por dentro, sentí esa vieja ansiedad, esa sensación de que estaba siendo evaluada y de que iba a reprobar el examen.

La puerta se abrió y entró él. Rodrigo siempre había sido guapo de una manera muy “de catálogo”. Traje azul marino a la medida, reloj caro, sonrisa de comercial de pasta de dientes. Olía a su loción de siempre, una mezcla de sándalo y ego.

—Hola, Fer —dijo, quedándose en el marco de la puerta con esa actitud de dueño del mundo que antes me parecía seguridad y ahora me parecía arrogancia.

—Rodrigo —asentí, indicándole la silla frente a mi escritorio—. A qué debo el… honor. Pensé que habíamos dejado claro que no teníamos nada más que decirnos.

Él se sentó, cruzando las piernas con elegancia. Paseó la mirada por mi oficina, deteniéndose en los premios en la estantería.

—Sigues igual de eficiente —comentó, con ese tono condescendiente que solía confundir con admiración—. He visto los números de la editorial. Te está yendo increíble. Sabía que lo lograrías. Siempre fuiste una máquina.

La palabra “máquina” me golpeó como una cachetada. Hace un mes, me habría sentido orgullosa. Hoy, me dio náuseas. Pensé en Mateo, en cómo me había dicho que yo era “real” mientras tenía un suéter manchado de café.

—Soy buena en mi trabajo, Rodrigo. Eso no me hace una máquina. ¿A qué viniste? Tengo una junta en diez minutos. —Era mentira, pero necesitaba poner un límite de tiempo a esta tortura.

Rodrigo se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un tono confidencial.

—Vine porque te extraño, Fer.

Solté una risa seca, incrédula.

—¿Me extrañas? —repetí—. Me dejaste en un restaurante. Me dijiste que era poco amable. Que te hacía sentir pequeño.

—Lo sé, fui un idiota. Me sentí amenazado. —Suspiró, un suspiro ensayado, de telenovela barata—. Pero he estado saliendo con otras personas y… nadie es como tú. Nadie tiene tu impulso, tu inteligencia. Me di cuenta de que necesito a alguien que esté a mi nivel. Una “power couple”, ¿sabes? Imaginé lo que podríamos lograr juntos ahora que los dos estamos en la cima.

Lo miré fijamente. Ahí estaba. La oferta. Volver a la vida “perfecta”. Las cenas en restaurantes caros donde la gente nos miraba con envidia. Las vacaciones en hoteles de lujo donde no hacíamos nada más que tomarnos fotos para Instagram. La validación de que no era “demasiado”, sino que simplemente necesitaba a alguien igual de ambicioso.

Pero entonces, mi mente viajó a la sala desordenada de Mateo. Recordé el olor a crayolas. Recordé la sensación de la mano callosa de Mateo sosteniendo la mía. Recordé las quesadillas quemadas y las risas genuinas porque a Sofía se le había caído un diente y parecía una pirata.

Esa vida no era “perfecta”. Era un desastre. Pero era mi desastre favorito.

—No busco ser parte de una “power couple”, Rodrigo —dije con una calma que me sorprendió—. No soy una fusión empresarial.

Rodrigo parpadeó, confundido.

—¿De qué hablas? Fer, somos lógicos juntos. Entendemos nuestros horarios. No te voy a pedir que seas una ama de casa ni que me cocines. Te estoy ofreciendo la libertad de ser tú misma, esa mujer exitosa que eres.

—Esa es la cosa —me levanté de la silla—. Tú crees que “yo misma” es solo esta oficina y este traje sastre. Crees que mi éxito define quién soy. Y honestamente, yo también lo creía. Pero ya no.

—¿Hay alguien más? —Su tono cambió instantáneamente, de seductor a inquisidor. El ego herido asomando la cabeza.

—Sí —dije, sintiendo una satisfacción inmensa—. Hay alguien más.

—¿Quién es? ¿El director de marketing de la competencia? ¿Algún socio del bufete?

Sonreí. La imagen de Mateo con su camisa manchada de mermelada y sus ojeras de mapache vino a mi mente.

—Es un arquitecto que dibuja en los manteles y que no sabe combinar su ropa. Y tiene una hija de cinco años que cree que las papas tienen patas.

Rodrigo se echó a reír. Una risa burlona y desagradable.

—Por favor, Fernanda. Tú odias a los niños. Te dan alergia los desastres. ¿Me vas a decir que estás jugando a la madrastra con un tipo divorciado y jodido? Eso no eres tú. Es una fase. Es… una crisis de los treinta.

—Puede que tengas razón —admití, caminando hacia la puerta para abrirla—. Puede que sea una crisis. Pero es la crisis más feliz que he tenido. Vete, Rodrigo. Y no vuelvas. No encajas en mi nueva agenda.

Él se levantó, ajustándose el saco con furia. Me miró con desdén.

—Te vas a aburrir, Fer. En un mes vas a extrañar las pláticas intelectuales y el vino de tres mil pesos. Vas a extrañar no tener que limpiar mocos ajenos. Y cuando eso pase, no me busques.

—Descuida. No lo haré.

Cerré la puerta tras él y me recargué en la madera, temblando. No por duda, sino por la adrenalina. Acababa de rechazar mi antigua vida. Acababa de quemar el barco de la “perfección”.

Tomé mi celular y le escribí a Mateo:

“Hoy necesito tacos. De los de verdad. Con mucha salsa. Y necesito un abrazo.”

Su respuesta llegó al instante:

“Paso por ti a las 7. Sofi hizo un dibujo nuevo. Dice que eres tú peleando con un dragón. Creo que el dragón se parece a tu jefe.”

Sonreí. Si supiera que el dragón era mi ex.

Pero si Rodrigo fue el fantasma del pasado que pude exorcizar, el verdadero reto estaba por venir. El fin de semana, Mateo me invitó a algo mucho más aterrador que una junta de consejo: el cumpleaños de su sobrino.

—Es algo tranquilo —me dijo mientras manejábamos hacia Coyoacán el sábado al mediodía. Sofía iba en el asiento de atrás, cantando a todo pulmón una canción de Disney—. Solo mi hermana Andrea, su esposo, sus hijos y mis papás.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Tus papás? Mateo, no me dijiste que irían tus papás.

—Tranquila. Son buena onda. Mi mamá te va a querer alimentar hasta que explotes y mi papá te va a contar la misma historia de la mili tres veces. Lo normal.

Lo normal. Para él era normal. Para mí, era entrar en territorio minado. Yo era “la nueva”. La primera mujer que Mateo llevaba a casa desde… desde Elena.

Llegamos a una casa grande y antigua en una calle empedrada. Se olía el carbón encendido desde la entrada. Al bajar del coche, Sofía corrió hacia la puerta gritando “¡Tía Andrea!”.

Mateo me tomó la mano. Noté que él también estaba nervioso; su palma estaba ligeramente sudada.

—Pase lo que pase —me susurró—, recuerda que estás conmigo. Y que si mi tía Lupe te ofrece pozole, tienes que decir que sí, aunque estés llena.

Entramos al jardín trasero. Había unas veinte personas. Música de Juan Gabriel sonaba en una bocina. El ambiente era festivo, ruidoso, innegablemente mexicano y familiar. Pero en cuanto cruzamos el umbral, la música pareció bajar de volumen y las conversaciones se detuvieron por un microsegundo. Todas las miradas se clavaron en nosotros. O más bien, en mí.

Me sentí examinada. Llevaba un vestido sencillo de flores y sandalias, tratando de verme accesible, pero sentí que llevaba un letrero de neón que decía “INTRUSA”.

Una mujer alta, con el mismo cabello oscuro que Mateo y una mirada afilada, se acercó secándose las manos en un delantal. Era Andrea. La hermana. La que había llamado la noche de nuestra primera cita. La guardiana de Sofía y, sospechaba, de la memoria de Elena.

—Llegaron —dijo, dándole un beso rápido a Mateo y luego volviéndose hacia mí. No sonrió—. Tú debes ser Fernanda.

—Mucho gusto, Andrea —extendí la mano. Ella la tomó brevemente, con frialdad.

—Mateo nos ha contado… poco. Pero Sofía habla mucho de ti. Dice que le compras dulces.

—Crayolas, más bien —corregí, tratando de mantener la sonrisa.

—Espero que sean lavables. La última vez me rayó toda la pared de la sala. —Andrea se giró hacia Mateo—. Papá está en el asador, ve a ayudarle. Yo le presento a Fernanda a los demás.

Mateo me lanzó una mirada de “lo siento” y “resiste”, y se fue hacia el humo de la carne asada. Me quedé sola con Andrea y los leones.

La tarde fue una prueba de resistencia. Me presentaron a tíos, primos y sobrinos. Todos eran amables, pero había una barrera invisible. Una reserva. Escuché murmullos.

—Se ve muy joven, ¿no? —Dicen que es jefa en una editorial. Seguro no tiene tiempo para nada. —Elena era más… sencilla.

El nombre de Elena flotaba en el ambiente como el humo del carbón. Estaba presente en las anécdotas (“¿Te acuerdas cuando Elena tiró el pastel el año pasado?”), en las fotos que adornaban la sala de la casa (que tuve que cruzar para ir al baño), y sobre todo, en la mirada de la madre de Mateo, Doña Carmen.

Doña Carmen era una señora bajita, de cabello blanco y ojos tristes pero dulces. Se acercó a mí con un plato de arroz rojo y mole.

—Come, mija. Estás muy flaca.

—Gracias, señora. Se ve delicioso.

Se sentó a mi lado en una banca del jardín.

—Mateo se ve mejor —dijo de pronto, mirando a su hijo que reía con su papá cerca de la parrilla—. Hacía mucho que no lo veía reír así. Desde… bueno, tú sabes.

—Es un gran hombre, señora. Y un papá increíble.

—Lo es. —Doña Carmen suspiró—. Pero ha sufrido mucho. Y Sofía también. Elena era… era la luz de esta casa. Cuando se fue, se apagaron todos los focos.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo se compite con una luz apagada? ¿Cómo se llena un espacio sagrado?

—No pretendo ocupar su lugar, señora —dije, con la voz temblorosa pero firme—. Sé que eso es imposible. Solo quiero… quiero ayudar a que vuelvan a prenderse algunos focos. Aunque sean chiquitos.

Doña Carmen me miró, sorprendida por mi franqueza. Por primera vez, su expresión se suavizó. Me puso una mano en la rodilla.

—Paciencia, mija. Las heridas aquí todavía están en carne viva, aunque parezca que ya cicatrizaron. Andrea… Andrea era la mejor amiga de Elena desde la prepa. Para ella es más difícil ver a Mateo con alguien más. Siente que es una traición.

Eso explicaba todo. La hostilidad de la hermana no era solo protección fraternal; era lealtad a su amiga fallecida. Entendí entonces que no estaba luchando solo contra el recuerdo de una esposa perfecta, sino contra toda una estructura de lealtades y dolores compartidos en la que yo era la pieza que no encajaba.

La tarde avanzó. Comí mole hasta reventar. Jugué un poco con los niños, aunque me sentía torpe. Sofía corría de un lado a otro con sus primos, ignorándome un poco, lo cual era normal porque estaba en su ambiente, pero me hacía sentir más ajena.

Entonces, ocurrió el desastre.

Estaban partiendo la piñata. Era una estrella enorme de siete picos. Los niños gritaban emocionados. Sofía estaba en la fila, esperando su turno para pegarle.

—¡Dale, dale, dale! —cantaban todos.

Cuando le tocó a Sofía, le vendaron los ojos. Ella empezó a girar, desorientada. Dio un golpe al aire, luego otro. Los niños mayores empezaron a gritarle instrucciones contradictorias: “¡Arriba!”, “¡Abajo!”, “¡Atrás!”.

Vi que Sofía se ponía tensa. Bajó el palo. Se quitó la venda. Estaba roja, al borde del llanto. El ruido la estaba abrumando.

Instintivamente, corrí hacia ella. Mi “modo resolutivo” de editora se activó. Quería salvarla de la angustia.

—Sofi, tranquila —llegué a su lado y me agaché—. No pasa nada. Mira, yo te ayudo. Vamos a pegarle juntas.

Intenté tomar el palo de sus manos para guiarla. Fue un error. Un error terrible.

Sofía me arrebató el palo con una fuerza que no creí que tuviera y me empujó.

—¡NO! —gritó. El jardín entero se quedó en silencio. La música se detuvo.

—Sofi, solo quería… —intenté calmarla.

—¡Tú no sabes! —sus ojos se llenaron de lágrimas furiosas—. ¡Mi mamá sí sabía! ¡Mi mamá me cargaba para pegarle! ¡Tú no eres mi mamá! ¡Deja de hacerte la que eres mi mamá!

El grito resonó en el patio como un disparo.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. La sangre se me fue a los talones. Todos miraban. Andrea, con los brazos cruzados y una expresión de “te lo dije”. Doña Carmen, con lástima. Mateo, que venía corriendo desde el asador con cara de espanto.

—¡Sofía! —reprendió Mateo, llegando a nuestro lado—. No le hables así a Fer.

—¡Es que ella no es mi mamá! —sollozó Sofía, tirando el palo al suelo y corriendo hacia los brazos de su tía Andrea, quien la recibió y la envolvió en un abrazo protector, lanzándome una mirada que confirmaba mi derrota.

Me quedé ahí, agachada en el pasto, con las manos vacías y el corazón hecho puré. Quería llorar. Quería desaparecer. Quería que Rodrigo tuviera razón y que esto fuera solo una fase estúpida de la que debía huir.

Me levanté, sacudiéndome la tierra de las rodillas. Mateo intentó tocarme el brazo.

—Fer, ella no… es que está cansada, el azúcar…

—No, Mateo —me aparté suavemente—. Tiene razón. No soy su mamá. Y creo… creo que me estoy metiendo donde no me llaman.

—No digas eso. Vamos a hablar.

—Ahora no. Por favor. Necesito irme.

Salí del jardín casi corriendo, cruzando la sala llena de fotos de la familia feliz que yo había roto con mi presencia. Escuché a Mateo llamarme, pero no me detuve. Llegué a mi coche, me subí y arranqué.

Manejé sin rumbo por las calles de Coyoacán, con las lágrimas nublándome la vista. Me estacioné en una calle tranquila y lloré. Lloré por la humillación, sí, pero más que nada, lloré porque Sofía tenía razón. Yo era una impostora. Estaba jugando a la casita en una casa que ya tenía fantasmas viviendo en ella.

Mi celular empezó a sonar. Era Mateo. Lo dejé sonar. Una, dos, tres veces.

Luego entró un mensaje:

“Estoy afuera de tu edificio. No me voy a mover hasta que hablemos. Y traje tacos. (Y sí, mi camisa está sucia de carbón).”

Miré el mensaje. Una parte de mí quería apagar el teléfono y volver a mi vida segura, fría y solitaria. Pero otra parte, la parte que había aprendido a dibujar papas con patas, sabía que huir era lo que hacía la vieja Fernanda.

Respiré hondo. Me limpié el rímel corrido en el retrovisor.

Manejé hacia mi departamento en la Condesa. Y efectivamente, ahí estaba él. Sentado en la banqueta, junto a su coche viejo, con una bolsa de plástico en las rodillas y cara de angustia.

Me bajé del coche. Él se levantó de un salto.

—Lo siento —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Lo siento muchísimo. Sofía tuvo un colapso. Andrea la alteró con los comentarios sobre Elena y… tú pagaste los platos rotos. No es justo.

—Ella dijo la verdad, Mateo. No soy su mamá. Y Andrea me odia. Y tu familia me ve como un bicho raro.

—A mi familia le cuesta el cambio. Andrea está en duelo todavía. Y Sofía… Sofía tiene cinco años y extraña a su madre. Pero eso no significa que no te quiera.

—Me gritó frente a todos.

—Porque le importas —Mateo se acercó y me tomó por los hombros—. Fer, escúchame. Sofía nunca le había gritado así a nadie. Solo le grita a la gente con la que se siente segura para sacar su rabia. Contigo se siente segura. Eres la primera persona que entra en nuestro círculo de seguridad. Eso asusta. A ella y a mí.

—A mí también me asusta —admití, sintiendo que las lágrimas volvían—. Me asusta no ser suficiente. Me asusta ser siempre “la otra”, la que vino después. La sombra de Elena es enorme, Mateo.

—Lo es —asintió él—. Y siempre estará ahí. No te voy a mentir. Elena es parte de nuestra historia. Pero tú… tú eres parte de nuestro presente. Y quiero que seas parte de nuestro futuro.

Me miró a los ojos con esa intensidad café profundo.

—No busco a alguien que llene el hueco de Elena. Ese hueco se queda así. Busco a alguien que construya una habitación nueva junto a ese hueco. Una habitación con crayolas, con calcetines disparejos y con una editora brillante que a veces se pone intensa.

Solté una risita entre el llanto.

—¿Incluso si la editora no sabe romper piñatas?

—Especialmente si no sabe romper piñatas.

Me abrazó. Fue un abrazo fuerte, con olor a humo y a sudor, pero se sintió como llegar a casa. Me permití recargarme en su pecho y soltar el aire que había estado conteniendo toda la tarde.

—Andrea va a ser un problema —murmuré contra su camisa.

—Andrea es un pitbull. Pero ladra más de lo que muerde. Ya hablaré con ella. Le diré que si sigue así, le voy a contar a todos que ella era fan de Timbiriche en secreto.

Me reí. Realmente me reí.

—Está bien. Acepto los tacos. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que la próxima vez que vaya a tu casa, no haya fiesta. Solo nosotros. Y tal vez… tal vez podamos hablar con Sofía juntas. Sin público.

—Hecho.

Nos sentamos en la banqueta a comer tacos tibios. La noche estaba fresca. La ciudad seguía su ritmo frenético a nuestro alrededor, indiferente a nuestros dramas minúsculos.

—Por cierto —dijo Mateo con la boca llena—, mi mamá me dio un tupper con mole para ti. Dijo que “la muchacha necesita comer más”. Así que creo que ya te ganaste a la matriarca. Y eso, querida Fer, es el 90% de la batalla.

Sonreí, mordiendo mi taco de suadero.

Había sobrevivido al regreso del ex. Había sobrevivido al escarnio público en una fiesta familiar mexicana. Y había sobrevivido al rechazo de una niña de cinco años.

Sabía que no sería fácil. Sabía que habría más martes difíciles, más comparaciones y más momentos de duda. Pero mientras veía a Mateo luchar con la salsa verde que se le escurría por la mano, supe que valía la pena.

Sin embargo, la tregua duró poco. Porque la vida, como las buenas novelas que yo editaba, siempre tiene un giro de tuerca inesperado.

Dos semanas después, recibí una llamada en la oficina. Era un número desconocido.

—¿Bueno?

—¿Fernanda? Soy Andrea, la hermana de Mateo.

Me tensé en mi silla.

—Hola, Andrea. ¿Pasó algo?

—Sí. Es Mateo. —Su voz sonaba diferente. Ya no había hostilidad, había miedo. Puro y duro miedo—. Tuvo un accidente en la obra. Se cayó de un andamio. Estamos en el hospital de Xoco. Tienes que venir.

El teléfono se me resbaló de la mano y cayó sobre el escritorio con un golpe seco. El mundo se detuvo. Los correos, las portadas, Rodrigo, los fantasmas… todo desapareció.

Solo quedó una verdad aterradora: la fragilidad de este desastre hermoso que apenas empezaba a llamar “mi vida”.

Agarré mi bolsa y corrí. Corrí como nunca había corrido por ningún trabajo. Porque esta vez, no era envidia lo que sentía por Mateo. Era pánico de perderlo antes de haberle dicho que sí, que yo también quería construir esa habitación nueva con él, ladrillo por ladrillo, mancha por mancha.

PARTE FINAL: LA BELLEZA DEL CAOS Y LOS CASTILLOS DE SÁBANAS

El miedo tiene un sabor metálico, como si te hubieras mordido la lengua y la sangre inundara tu boca, pero sin dolor, solo con una frialdad que te paraliza las extremidades. Mientras el taxi zigzagueaba por el Eje Central, esquivando microbuses y motociclistas suicidas, yo no podía dejar de mirar por la ventana, pero no veía nada. La Ciudad de México, esa bestia de concreto que usualmente me fascinaba, se había convertido en un borrón de luces rojas y grises.

Mi mente era una repetición constante de la voz de Andrea: “Se cayó. Hospital de Xoco”.

Xoco. Cualquiera que viva en esta ciudad sabe lo que significa Xoco. Es el hospital de trauma, el lugar a donde llegan los rotos, los accidentados, los golpes de realidad más duros de la capital. No es el hospital privado con habitaciones que huelen a lavanda donde Rodrigo me habría llevado si me rompía una uña. Es un lugar de guerra.

Llegué y aventé los billetes al taxista sin esperar el cambio. Corrí hacia la entrada de urgencias. El olor me golpeó primero: una mezcla de antiséptico barato, sudor rancio y angustia humana. Había familias acampando en la sala de espera, gente durmiendo en el suelo sobre cartones, señoras con rosarios en las manos murmurando plegarias ininteligibles.

Busqué desesperadamente una cara conocida entre el mar de gente. Y entonces la vi.

Andrea estaba recargada contra una pared despintada, cerca de las máquinas expendedoras. Se veía pequeña, desinflada. Ya no era la “pitbull” que me había ladrado en la fiesta; era una hermana menor asustada.

—¡Andrea! —grité, ignorando el letrero de “Silencio” que colgaba chueco sobre su cabeza.

Ella levantó la vista. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Cuando me vio, no hubo hostilidad. No hubo barreras. Solo hubo alivio. Corrió hacia mí y, para mi absoluta sorpresa, me abrazó. Fue un abrazo torpe, desesperado, de esos que te das cuando sientes que el piso se desmorona y necesitas agarrarte de lo que sea.

—Fer… pensé que no llegarías —sollozó contra mi hombro.

—Vine lo más rápido que pude. ¿Cómo está? ¿Qué te dijeron? —pregunté, sintiendo cómo mi propio corazón martilleaba contra mis costillas.

Andrea se separó, limpiándose la nariz con el dorso de la mano.

—Está estable. Fue… fue horrible, Fer. Se rompió un andamio en la obra de la Roma. Cayó de un segundo piso. Tiene la pierna derecha destrozada, tres costillas rotas y… —se le quebró la voz— un golpe fuerte en la cabeza. Estuvo inconsciente unos minutos. Los doctores dicen que hay que esperar a ver si no hay inflamación cerebral.

Me recargué en la pared, sintiendo que las piernas me fallaban. Segundo piso. Podría haber sido mucho peor. Podría haber sido fatal.

—¿Sabe quién es? ¿Ya despertó?

—Sí, despertó en la ambulancia. Estaba muy confundido. Preguntaba por Sofía… y por ti.

Esa frase me atravesó el pecho. En medio del dolor y la confusión, había preguntado por mí. Yo, la chica de los calcetines disparejos que apenas llevaba un mes en su vida.

—¿Dónde está Sofía? —pregunté, activando mi modo logístico para no ponerme a llorar ahí mismo.

—Está con mis papás. No quisimos traerla. No… no queríamos que viera esto.

—Hicieron bien. Este lugar da miedo hasta para los adultos.

Nos sentamos en las sillas de plástico duro, hombro con hombro. La tensión de las semanas anteriores, los celos, la protección territorial de Andrea… todo eso se había evaporado ante la magnitud de la tragedia. La muerte, o la posibilidad de ella, tiene esa extraña cualidad de poner las estupideces en perspectiva.

Pasaron tres horas eternas. Vi pasar camillas, vi doctores correr, vi a una señora recibir una mala noticia y caer de rodillas. Y yo ahí, sosteniendo la mano de la mujer que me odiaba hace dos días, compartiendo un café aguado de máquina que sabía a tierra.

—Perdón por lo de la fiesta —dijo Andrea de repente, mirando su vaso de unicel—. Fui una bruja.

—Estabas protegiendo a tu sobrina —respondí suavemente—. Y a la memoria de Elena. Lo entiendo.

Andrea suspiró, un sonido largo y tembloroso.

—Elena me hizo prometer que cuidaría a Mateo. Que no dejaría que se hundiera. Cuando te vi… tan diferente a ella, tan “ejecutiva”, tan perfecta… pensé que lo lastimarías. Que eras una turista en su dolor.

—Soy muchas cosas, Andrea. Soy neurótica, soy adicta al trabajo y no sé cocinar. Pero no soy una turista. Me enamoré de su desastre. Y del tuyo. Y del de Sofía.

Andrea me miró y esbozó una media sonrisa cansada.

—Bueno, ahora sí que vas a tener desastre. Con la pierna rota, Mateo va a ser insoportable. Es el peor paciente del mundo. Cuando le da gripa, siente que se muere. Imagínate ahora.

—Lo manejaremos —dije con una seguridad que no sentía del todo, pero que necesitaba proyectar—. Entre las dos.

Finalmente, un médico joven con cara de no haber dormido en 48 horas salió y gritó: “¿Familiares de Mateo Rivas?”.

Nos levantamos de un salto.

—Pueden pasar a verlo. Solo cinco minutos. Está muy sedado, pero consciente. Cama 4.

Entrar a esa sala fue como entrar a otro mundo. El sonido de los monitores cardíacos marcaba el ritmo de la vida y la muerte. Caminamos hasta la cama 4.

Ahí estaba él. Mi arquitecto. Mi caos.

Tenía la pierna derecha enyesada y elevada, vendajes alrededor del tórax y un moretón enorme que le cubría la mitad de la frente, dándole un aspecto violáceo y terrible. Tenía los ojos cerrados, pero cuando sintió nuestra presencia, los abrió lentamente.

Me miró. Intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.

—Hola, chicas —susurró con voz rasposa—. ¿Vienen a rematarme?

Andrea soltó una risita llorosa y le besó la mano.

—Cállate, idiota. Nos diste un susto de muerte.

Mateo giró la cabeza un poco y sus ojos se clavaron en los míos.

—Fer… —dijo, y vi cómo hacía un esfuerzo por enfocar—. Traes… traes la blusa al revés.

Bajé la mirada. Efectivamente, en mi prisa por vestirme y salir, me había puesto la blusa con las costuras hacia afuera.

—Es la nueva moda en París —dije, sintiendo que las lágrimas se me escapaban—. Es estilo “paca chic de emergencia”.

—Te ves hermosa —murmuró, y luego sus ojos se llenaron de lágrimas—. Pensé… cuando caía, pensé que no te iba a volver a ver. A ti ni a Sofi.

Me acerqué y le toqué la mejilla con cuidado, evitando los raspones.

—No te vas a librar de mí tan fácil, Rivas. Todavía me debes muchos tacos. Y tienes que enseñarme a dibujar algo que no sean papas.

—Te amo —soltó. Así, sin preámbulos, sin música de fondo, en medio de una sala de urgencias que olía a cloro.

El mundo se detuvo por segunda vez esa noche.

—Yo también te amo —respondí, y al decirlo, sentí que una pieza final de mi propio rompecabezas encajaba en su lugar. No era el amor de película romántica perfecta. Era un amor de hospital público, de miedo y de alivio. Un amor real.

Los días siguientes fueron una prueba de fuego. No, no de fuego. De logística, paciencia y resistencia física.

Cuando dieron de alta a Mateo, cuatro días después, la realidad nos golpeó en la cara. Él vivía en un tercer piso sin elevador. Era imposible que subiera con la pierna así y las costillas rotas.

—Se puede quedar en casa de mis papás —sugirió Andrea.

—Ahí no cabemos todos —dijo Mateo, terco incluso bajo los efectos de los analgésicos—. Y quiero estar con Sofía. La extraño.

—Mi departamento tiene elevador —dije yo. Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera procesarlas.

Todos se me quedaron viendo. Estábamos en la banqueta del hospital. Mateo en silla de ruedas, Andrea sosteniendo la bolsa con su ropa sucia.

—Fer… —empezó Mateo—, no podemos invadir tu espacio. Tu departamento es… es un museo. Es blanco. Es perfecto. Sofía y yo somos…

—Sofía y tú son mi familia ahora —interrumpí—. Y los museos son aburridos. Además, tengo un cuarto de visitas que nunca uso. Y tengo Netflix. Y puedo pedir comida a domicilio.

Andrea me miró con una mezcla de respeto y advertencia.

—¿Estás segura? Vas a tener a un inválido gruñón y a una niña de cinco años con exceso de energía en tu espacio zen.

—Segura. Vamos.

Y así fue como mi inmaculado departamento en la Condesa, ese que había decorado siguiendo las tendencias minimalistas de las revistas de diseño, fue invadido.

La primera noche fue un desastre. Mateo no encontraba una postura cómoda para dormir. Sofía estaba extrañada por el nuevo entorno y lloró pidiendo su almohada vieja (que tuvimos que ir a buscar a las dos de la mañana a la Narvarte). Yo no dormí nada, corriendo de un cuarto a otro, llevando agua, pastillas y peluches.

A las siete de la mañana, tenía que conectarme a una junta con los directivos de España.

Me senté frente a mi computadora, con ojeras que competían con las de Mateo, y puse mi mejor cara de “todo está bajo control”.

—Fernanda, los números del trimestre son excelentes —decía el Director General desde Madrid—. Pero necesitamos que viajes a la feria del libro en Guadalajara la próxima semana. Es imperativo que estés ahí para el lanzamiento.

Mi estómago se hizo un nudo. Guadalajara. Tres días fuera. En este momento.

Escuché un estruendo en la cocina. Luego, el llanto de Sofía.

—¡Papá! ¡Se cayó la leche!

—¡Voy, voy! —gritó Mateo desde el cuarto, seguido de un gemido de dolor al intentar moverse.

—Perdón, un momento —dije a la cámara, silenciando el micrófono y apagando el video.

Corrí a la cocina. Sofía había intentado servirse cereal y había tirado el galón de leche entero sobre mi piso de madera importada. Estaba parada en medio del charco blanco, llorando, asustada.

—¡Lo siento, Fer! ¡No te enojes! —gritaba.

Respiré hondo. Miré el piso. Miré la computadora en la sala donde mi carrera me esperaba. Miré a la niña aterrorizada que pensaba que yo iba a gritarle como seguramente alguna vez lo hice con algún empleado torpe.

Me quité los zapatos caros. Me metí al charco de leche en calcetines.

—Sofi, tranquila —dije, agachándome para quedar a su altura, sintiendo la leche fría empaparme los pies—. Es solo leche. Las vacas hacen más todos los días. No pasa nada.

—¿No estás enojada? —preguntó ella, hipando.

—No. Pero ahora tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Que tenemos un lago de leche y necesitamos barcos. Ve por tus muñecos. Vamos a salvarlos del naufragio antes de limpiar.

Sofía me miró con los ojos muy abiertos y luego sonrió. Corrió por sus juguetes.

Regresé a la computadora. Encendí el micrófono, pero no la cámara.

—Señores —dije con voz firme—. No puedo ir a Guadalajara.

Hubo un silencio sepulcral en la línea.

—¿Cómo dices, Fernanda? Es el evento más importante del año.

—Lo sé. Pero tengo una emergencia familiar. Mi pareja tuvo un accidente y estoy a cargo de su cuidado y el de su hija. Mandaré a Claudia, ella está preparada. Yo coordinaré todo desde aquí.

—Fernanda, esto va a afectar tu evaluación anual —advirtió el director.

—Lo entiendo. Y asumo las consecuencias. Pero mi prioridad hoy está aquí. Buenos días.

Cerré la laptop. Me quedé viendo la pantalla negra. Acababa de poner en jaque mi carrera. Acababa de hacer lo impensable para la “Fernanda Máquina”.

Y me sentí… libre.

Fui a la cocina, donde Sofía ya estaba navegando con un dinosaurio de plástico en el charco de leche. Me reí. Me senté en el piso mojado y jugamos a los náufragos durante media hora antes de limpiar.

Cuando Mateo logró llegar a la cocina en sus muletas, nos encontró a las dos trapeando y cantando canciones de Frozen a todo pulmón.

Se quedó parado en el marco de la puerta, apoyado en las muletas, viéndonos.

—¿Interrumpo el concierto? —preguntó.

—Llegas tarde al rescate, marinero —le dijo Sofía—. Fer salvó al T-Rex.

Mateo me miró con una intensidad que casi me derrite más que el lago de leche. Sabía que había escuchado mi llamada. Las paredes eran delgadas.

—Gracias —dijo en silencio, solo moviendo los labios.

Le guiñé un ojo.

Pero la verdadera prueba con Sofía aún no terminaba. La convivencia diaria saca a relucir los demonios, y Sofía tenía el suyo muy arraigado: el miedo al olvido.

Una noche, unas dos semanas después del accidente, me desperté con un grito desgarrador.

—¡MAMÁ! ¡MAMÁ!

Salté de la cama. Mateo intentó levantarse, pero se enredó con las sábanas y su yeso.

—Yo voy, quédate —le dije, y corrí al cuarto de visitas donde dormía Sofi.

Entré y la encontré sentada en la cama, temblando, empapada en sudor frío. Tenía los ojos desorbitados.

—¡Mami! —gritó, mirando hacia la puerta, como si esperara ver a Elena entrar.

Cuando me vio a mí, su cara se descompuso.

—Tú no… —sollozó—. Tú no eres ella. Quiero a mi mamá. Quiero que venga mi mamá.

Me acerqué despacio y me senté en el borde de la cama. No intenté abrazarla de inmediato. Sabía que el contacto físico podía ser invasivo en pleno ataque de pánico.

—Sofi, mi amor, tuviste una pesadilla —dije suavemente.

—Soñé que se me olvidaba su cara —lloró, llevándose las manos a los ojos—. Soñé que veía fotos y estaban borrosas. Y tú estabas ahí y tapabas las fotos. ¡Vete! ¡Vete, no quiero que la tapes!

El rechazo dolió, claro que dolió. Pero esta vez entendí de dónde venía. No era odio hacia mí. Era terror a perder lo poco que le quedaba de su madre.

—No me voy a ir, Sofi —dije con firmeza, pero con dulzura—. Y no voy a tapar a tu mamá. Nunca.

Me levanté y fui a la sala. Busqué en la bolsa que Mateo había traído. Saqué el portarretratos que él siempre tenía en su buró: la foto de Elena riendo. Regresé al cuarto.

—Mira —le puse la foto en las manos—. Aquí está. Ella no se va a ir. Nadie la va a borrar.

Sofía agarró la foto y la apretó contra su pecho, llorando más suavemente.

—Tengo miedo de que si te quiero a ti, ella se enoje —confesó en un susurro, tan bajito que casi no la escucho.

Ahí estaba. El núcleo de todo. La culpa infantil. La lealtad inquebrantable.

Me senté en el suelo, recargando la cabeza en el colchón, cerca de ella.

—Te voy a contar un secreto, Sofi. El corazón no es como una caja de crayolas donde solo caben poquitas. El corazón es como… como una casa mágica. Cuando llega alguien nuevo a quien querer, la casa no se llena. La casa crece. Le sale un cuarto nuevo.

Sofía dejó de llorar y me miró, sorbiendo la nariz.

—¿Crece?

—Sí. Tu mamá tiene el cuarto más bonito y grande de tu corazón. Ese cuarto es suyo para siempre. Nadie puede entrar ahí. Yo no quiero entrar ahí. Yo solo estoy construyendo un cuartito pequeño al lado, tal vez en el jardín, para estar cerca y cuidarte. Pero el cuarto de tu mamá siempre va a ser el más importante. Y ella no se enoja si dejas entrar a más gente a la casa. Al contrario, creo que a ella le gustaría saber que la casa está llena de gente que te quiere.

Sofía se quedó pensativa, acariciando el vidrio del portarretratos.

—¿Tú crees que ella te mandó? —preguntó con esa lógica mística de los niños.

—No lo sé. Pero me gusta pensar que tal vez ella le sopló al destino para que tu papá llegara tarde a esa cena y me encontrara. Porque ella sabía que yo necesitaba mucho amor y que ustedes tenían mucho para dar.

Sofía bajó la foto y me miró. Luego, extendió su manita y me tocó el cabello.

—Tu cuarto en mi corazón todavía está en obra negra —dijo muy seria—. Le falta pintura.

Solté una carcajada, limpiándome una lágrima.

—Me parece justo. Acepto el reto de la obra negra. ¿Puedo pintarlo de morado?

—No. Tiene que ser amarillo. Como los girasoles que le gustaban a mi mamá.

—Amarillo será.

Esa noche, Sofía no quiso dormir sola. Me pidió que me quedara. Terminé dormida en una posición imposible a los pies de su cama, con dolor de espalda, pero con el corazón más lleno que nunca.

La recuperación de Mateo fue lenta. Fueron tres meses de yeso, terapias dolorosas y mucho mal humor. Pero también fueron tres meses de transformación.

Mi departamento dejó de ser un museo. Ahora había dibujos pegados en el refrigerador de acero inoxidable. Había manchas de salsa en los manteles individuales. Había un olor permanente a café y a loción de hombre.

Andrea venía seguido. Al principio, con la excusa de ayudar con Sofía, pero pronto me di cuenta de que venía a vigilarme, y luego, simplemente a convivir.

Un sábado, mientras Mateo dormía la siesta y Sofía veía la tele, Andrea y yo estábamos en la cocina preparando tinga.

—Oye, Fer —dijo Andrea, picando cebolla—. El otro día fui al panteón. A ver a Elena.

Me detuve con el cuchillo en la mano.

—¿Ah, sí?

—Sí. Le conté de ti.

Sentí un escalofrío.

—¿Y… qué le dijiste?

Andrea sonrió, una sonrisa genuina que le llegaba a los ojos.

—Le dije que finalmente encontré a alguien que es tan terca como ella. Y que Sofía está volviendo a reír. Le dije que gracias.

Dejé el cuchillo y abracé a Andrea. Lloramos sobre la cebolla picada, culpando a los vapores, aunque las dos sabíamos la verdad.

—Bienvenida a la familia, cuñada —susurró Andrea.

La palabra “cuñada” sonó como un título nobiliario. Más valioso que “Editora Senior”.

Seis meses después.

El restaurante estaba lleno. Era el mismo lugar en la colonia Roma donde nos conocimos. La misma mesa junto a la ventana.

Mateo ya caminaba bien, aunque le había quedado una leve cojera que, según yo, lo hacía ver más interesante. Llevaba una camisa azul, impecablemente planchada… por mí. (Sí, aprendí a planchar, o al menos a intentarlo).

Yo llevaba un vestido bonito, el cabello arreglado y, por supuesto, calcetines del mismo color.

—Brindo —dijo Mateo, alzando su copa de vino— por el aniversario más extraño del mundo.

—Técnicamente no es un aniversario —corregí, chocando mi copa—. Es el aniversario de “El Día del Desastre”.

—El mejor desastre de mi vida.

De repente, Mateo se puso serio. Metió la mano en el bolsillo de su saco. Mi corazón se detuvo. ¿Iba a hacerlo? ¿Aquí? ¿Ahora?

Sacó una caja pequeña.

—Fer, sé que todo ha sido rápido. Sé que somos un caos. Sé que vienes con un paquete completo que incluye a una niña que exige cuartos amarillos y una cuñada que parece agente de la KGB. Pero no quiero vivir este caos con nadie más.

Abrió la caja.

No había un anillo de diamantes.

Había un dije de plata, pequeño y delicado. Tenía la forma de una mancha. Una mancha irregular, como de café o de mermelada.

Me eché a reír y a llorar al mismo tiempo.

—¿Es… es una mancha?

—Es nuestra mancha —dijo él sonriendo—. Para que nunca se te olvide que lo perfecto es aburrido. Y que lo que realmente vale la pena es lo que se ensucia, lo que se vive, lo que deja marca. Fernanda, ¿quieres seguir manchándote la vida conmigo?

—Sí —respondí, extendiendo la mano para que me pusiera el collar—. Sí, quiero todas las manchas.

Nos besamos. Un beso largo, profundo, sin importarnos que la gente nos mirara.

Y entonces, sucedió.

Al separarnos, con un movimiento torpe de su codo, Mateo golpeó la copa de vino tinto que estaba sobre la mesa. La copa se volcó en cámara lenta. El líquido oscuro se derramó sobre el mantel blanco inmaculado, sobre su camisa azul y sobre mi vestido nuevo.

El mesero (el mismo chico cool de la primera vez, increíblemente) corrió hacia nosotros con cara de horror.

—¡Oh, no! ¡Qué desastre! ¡Traeré trapos!

Mateo y yo miramos la mancha enorme que crecía y crecía, roja como la sangre, roja como la vida.

Nos miramos el uno al otro. Y estallamos en carcajadas. Nos reímos hasta que nos dolió el estómago, hasta que se nos salieron las lágrimas, hasta que todo el restaurante se volteó a ver a la pareja de locos manchados de vino que celebraban su imperfección.

—Perfecto —dijo Mateo, limpiándose una lágrima—. Absolutamente perfecto.

—Ni lo digas —respondí, tomando su mano manchada—. Es mejor que perfecto. Es nuestro.

Y así, con la ropa sucia y el corazón limpio, supe que había llegado a casa. Porque el amor no se trata de evitar las caídas ni las manchas. Se trata de tener a alguien que se ría contigo mientras limpian el desastre, y que te ayude a dibujar papas con patas en las paredes de tu alma.

FIN.

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