
El cielo se estaba cayendo a pedazos esa tarde. La lluvia golpeaba el techo de lámina como si quisiera derribarlo, convirtiendo el camino de entrada en un río de lodo espeso. Yo estaba en el granero, intentando arreglar el cerrojo de la puerta vieja, cuando vi las luces.
No eran luces de una camioneta de trabajo. Eran faros azules, potentes, de una Mercedes negra que se veía ridícula y ofensiva arrastrándose por mi camino de tierra.
Mi nombre es Mateo. Tengo 28 años y este pedazo de tierra en la sierra es todo lo que tengo; mis padres me lo dejaron antes de que un accidente en la carretera se los llevara hace cinco años. Aquí la vida es silencio, trabajo y no meterse en lo que no te importa. Pero ese día, los problemas llegaron en asientos de piel y con aire acondicionado.
Un hombre de traje bajó del auto con un paraguas, cuidando no mancharse los zapatos italianos. Luego, se abrió la puerta trasera y bajó ella. Sofía.
Llevaba un abrigo que costaba más que mi tractor y unas botas que no estaban hechas para pisar mier*a de vaca. Tenía la mandíbula apretada y los ojos rojos, pero había algo más en su mirada. No era solo coraje de niña rica castigada. Era pánico.
El licenciado se acercó, con esa sonrisa falsa de quien cree que el dinero lo compra todo. Ya me había llamado antes. Me dijo que la familia Harrington quería darle una lección a su hija, que necesitaba “disciplina” y que trabajar en mi rancho le enseñaría humildad. Como si mi vida fuera un reformatorio para niñas mimadas.
—Ya le dije que no, licenciado —le solté, cruzando los brazos, sin importarme que la lluvia me empapara. —Yo trabajo solo. No soy niñera de nadie.
El tipo ni se inmutó. Miró a Sofía con desprecio, como quien mira una herramienta rota. —Si usted no la acepta, ella no tiene a dónde ir. Su familia ya se lavó las manos —dijo él.
Sofía no decía nada. Estaba ahí parada, dejando que la lluvia le arruinara el peinado perfecto, con el orgullo manteniéndola de pie. Pero cuando el abogado dio media vuelta para irse, ella por fin habló. Su voz apenas se escuchaba sobre el ruido de la tormenta.
—Si no me recibes… —dijo, y vi cómo le temblaban las manos—, tendré que regresar y casarme con él.
La miré bien. Realmente la miré. No estaba haciendo un berrinche. Estaba acorralada. Me dijo que el hombre que su padre había elegido la aterraba, que estar aquí, entre el lodo y las vacas, no era un castigo para ella. Era su única vía de escape.
El abogado ya estaba subiendo al coche. El motor rugió. Sofía se quedó mirándome, empapada, esperando a que yo decidiera si le cerraba la puerta en la cara o me compraba una guerra que no era mía.
Sentí una presión en el pecho. Sabía que si la dejaba quedarse, mi soledad se acababa. Pero si la dejaba ir…
LA MIRÉ A LOS OJOS Y LE DIJE UNA FRASE QUE SELLÓ NUESTRO DESTINO, MIENTRAS EL COCHE SE ALEJABA Y NOS DEJABA SOLOS EN LA OSCURIDAD.
¿QUÉ HABRÍAS HECHO TÚ EN MI LUGAR?
PARTE 2: LA PRUEBA DE FUEGO Y EL SECRETO BAJO LA LLUVIA
El sonido del motor de la Mercedes se fue apagando hasta que lo único que quedó fue el golpeteo incesante de la lluvia sobre el lodo y el techo de lámina. Me quedé ahí parado, con las botas hundidas en el fango, viendo cómo las luces rojas traseras desaparecían en la curva del camino, llevándose la última conexión de Sofía con su mundo de cristal.
Giré la cabeza para mirarla. Estaba temblando. No sé si era por el frío que calaba hasta los huesos en esta sierra cuando se suelta el norte, o si era por el terror de saberse sola con un extraño en medio de la nada. Su abrigo de lana fina, ese que seguramente costaba lo que yo ganaba en dos años de cosechas, estaba empapado, pesándole sobre los hombros como una losa de plomo. El maquillaje se le había corrido un poco, dándole un aspecto de muñeca rota que, extrañamente, me provocó un nudo en la garganta.
—Métete —le dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía. El viento se llevó mis palabras, así que tuve que hacerle una seña con la cabeza hacia el porche—. ¡Órale, métete o te va a dar una pulmonía!
Ella parpadeó, como saliendo de un trance, y dio un paso. Casi se va de boca cuando el tacón de esa bota ridícula resbaló en el pasto mojado. Por instinto, di un paso adelante para sostenerla, pero ella se recuperó sola, apretando la mandíbula. Orgullosa. Terca. Eso me gustó, aunque no lo admitiría en ese momento ni bajo tortura.
Caminamos hacia la casa. Mi casa. No es una mansión, ni de chiste. Es una construcción vieja de adobe y ladrillo que mis abuelos levantaron con sus propias manos. Tiene el piso de cemento pulido, las vigas de madera expuestas y ese olor constante a leña quemada y café de olla que se te impregna en la ropa. Cuando abrí la puerta de madera, que rechinó como quejándose por la visita inesperada, la luz amarilla de los focos de 60 watts iluminó la sala.
Sofía entró despacio, abrazándose a sí misma. Sus ojos recorrían todo: los muebles desgastados, la chimenea tiznada, la foto de mis padres en la pared con su marco de plata vieja, el crucifijo encima de la puerta. Era como si hubiera aterrizado en marte.
—No tengo cuarto de huéspedes —mentí a medias. Tenía el cuarto que era de mi hermana, que se fue al norte hace años y nunca volvió, pero estaba lleno de cajas y arreos de los caballos—. Vas a tener que dormir en el sofá esta noche. Mañana vemos qué hacemos.
Ella asintió, sin decir una palabra. Ni una queja. Me esperaba un “pero esto es horrible” o un “¿dónde está el servicio?”. Nada. Solo ese silencio pesado.
—El baño está al fondo a la derecha. Hay agua caliente, pero tienes que abrirle poquito a la llave o se acaba el gas —le indiqué mientras me quitaba mi sombrero empapado y lo colgaba en el perchero—. Ahí hay toallas limpias. Quítate esa ropa mojada antes de que te enfermes. No soy doctor y el pueblo está a cuarenta minutos.
Mientras ella se encerraba en el baño, me fui a la cocina. Puse agua a hervir. Mis manos temblaban un poco mientras buscaba el café y el piloncillo. ¿Qué carajos acababa de hacer? “Quédate conmigo”, le había dicho. Como si fuera un héroe de telenovela. Pero la realidad era que yo era un ranchero con deudas, un carácter de los mil demonios y un pasado que todavía me dolía. Y ahora tenía a la hija de uno de los empresarios más poderosos del estado metida en mi sala, huyendo de un matrimonio arreglado con quién sabe qué tipo de desgraciado.
Escuché el agua de la regadera. Me senté en la mesa de madera rústica y me froté la cara con las manos callosas. Si su padre la había mandado aquí para “doblarla”, para que el trabajo duro la hiciera regresar rogando perdón, se había equivocado de capataz. Yo no iba a jugar su juego. Pero tampoco iba a dejar que la trataran como mercancía.
Sofía salió del baño veinte minutos después. Llevaba puesta una de mis camisas de franela que le había dejado sobre la silla, que le quedaba como un vestido, y unos pantalones de pants que traía en su maleta. Tenía el pelo mojado pegado a la cara y se veía… niña. Se veía inofensiva.
—Toma —le extendí una taza de peltre despostillada con café caliente—. Te va a calentar el cuerpo.
Ella tomó la taza con las dos manos, como si fuera un tesoro. Sus dedos eran largos, finos, sin una sola marca de trabajo. Manos de pianista, o de alguien que nunca ha tenido que exprimir un trapeador.
—Gracias —susurró. Su voz seguía rota—. Gracias, Mateo.
El sonido de mi nombre en su boca se sintió extraño. Íntimo. —No me des las gracias todavía —respondí, recargándome en la barra de la cocina—. Aquí se trabaja, Sofía. Tu papá te mandó para que aprendieras lo que es la vida real, ¿no? Pues a partir de mañana, vas a saber lo que es ching*rle de sol a sol. Aquí no hay sirvientas, no hay choferes y no hay desayuno en la cama. Si quieres comer, tienes que ayudar.
Ella levantó la vista. Sus ojos color miel me clavaron una mirada desafiante que no esperaba. —No le tengo miedo al trabajo —dijo, y por primera vez, su voz no tembló—. Le tengo miedo a lo que dejé atrás. Cualquier cosa que me pongas a hacer aquí es mejor que esa jaula de oro.
—Ya veremos —dije, apurando mi café—. Mañana a las cuatro de la mañana. Si no estás despierta, te dejo sin almorzar.
Me fui a mi cuarto y cerré la puerta, pero no pude dormir. Escuchaba su respiración irregular desde la sala, los sollozos ahogados que trataba de esconder bajo la cobija. Esa noche, la lluvia no paró, y yo sentí que una tormenta mucho peor se estaba gestando dentro de mi casa.
DÍA 1: EL DESPERTAR
A las 4:00 AM, el despertador sonó como un taladro en mi cerebro. Afuera seguía oscuro, esa oscuridad densa del campo donde no se ve ni la palma de la mano. Me vestí en automático: jeans, camisa, botas, chamarra. Hacía un frío de los mil demonios.
Salí a la sala esperando tener que despertarla, tal vez echarle un vaso de agua en la cara para darle la bienvenida al mundo real. Pero me llevé una sorpresa. Sofía ya estaba despierta. Estaba sentada en el borde del sofá, con la misma ropa de anoche, los ojos hinchados pero abiertos.
—Vámonos —dije secamente.
Ella se puso de pie, tambaleándose un poco. Le aventé un par de botas de hule viejas que eran de mi mamá. Le quedaban grandes, pero era eso o arruinar sus pies.
—Ponte esto. Y esta chamarra. Afuera está helando.
Salimos. El aire frío de la madrugada nos golpeó la cara. El olor a tierra mojada, a estiércol y a pasto fresco llenó mis pulmones, el olor de mi vida. Para ella, debió ser un choque brutal. Caminamos hacia el establo bajo la llovizna que no cesaba.
—Primero, las vacas —le dije, señalando a La Pinta, una Holstein vieja y mañosa que no se dejaba de cualquiera—. Hay que ordeñar. Y no, no tenemos máquinas automáticas. Aquí es a mano.
Le enseñé una vez. Me senté en el banco, limpié las ubres, y con movimientos rítmicos hice sonar la leche contra el balde de metal. Ella miraba con una mezcla de asco y fascinación.
—Te toca —le dije, levantándome.
Sofía se sentó. La Pinta resopló y movió la pata, nerviosa por el extraño. —Tranquila, chica —susurró Sofía. Su voz temblaba. Intentó hacerlo. Apretó mal. La vaca soltó una patada al aire que casi le vuela la cabeza a Sofía. Ella gritó y se cayó del banco hacia atrás, aterrizando de sentón en la paja sucia y el lodo.
Esperé el llanto. Esperé el “¡No puedo hacer esto!”, el “¡Llévame a un hotel!”. Pero Sofía se quedó ahí tirada dos segundos, respirando agitada. Luego, se limpió las manos en el pantalón, se levantó, volvió a colocar el banco y se sentó de nuevo.
—No me vas a ganar, vaca estúpid* —masculló entre dientes.
Me tuve que morder la lengua para no reírme. Había fuego en ella. Un fuego chiquito, apenas una chispa, pero ahí estaba. Esa mañana fue un desastre. Tiró medio balde de leche, casi vomita cuando le tocó limpiar las caballerizas y se lastimó un dedo tratando de cargar una paca de alfalfa. Pero no paró.
A las 9:00 AM, cuando regresamos a la casa para desayunar, ella estaba cubierta de mugre de pies a cabeza. Olía a vaca, a sudor y a humedad. Se dejó caer en la silla de la cocina como un bulto.
Puse un plato de huevos con chorizo y tortillas recién calentadas frente a ella. —Come —le ordené. Ella comió como si no hubiera probado alimento en días. Con las manos, usando la tortilla como cuchara, sin importarle los modales de mesa que seguramente le habían enseñado en los mejores colegios.
—¿Por qué? —pregunté de repente, rompiendo el silencio. Ella se detuvo con la tortilla a medio camino de la boca. —¿Por qué qué? —¿Por qué tanto miedo? Tu papá es un hombre de negocios respetable, según dicen las revistas. ¿Quién es el tipo con el que te quieren casar?
Sofía bajó la mirada. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del borde de la mesa, tanto que los nudillos se le pusieron blancos. —Alejandro —dijo el nombre como si fuera una maldición—. Es… socio de mi papá. En cosas que no salen en las revistas. Levantó la vista y vi el terror puro en sus ojos. —Mateo, ese hombre no es normal. La gente que lo hace enojar… desaparece. O les pasan accidentes. Mi papá le debe mucho dinero, o favores, no lo sé bien. Yo soy el pago.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana. Así que no era solo un matrimonio por conveniencia. Era una venta. Una ofrenda de paz a un monstruo. —Dijo que si no me casaba, arruinaría a mi familia —continuó, con la voz quebrada—. Pero la semana pasada… lo escuché hablando por teléfono. Estaba describiendo… —se le cortó la voz— describiendo cómo le gustaba “educar” a sus mujeres. Mateo, si me caso con él, me va a matar. Quizás no el primer día, pero me va a matar por dentro hasta que no quede nada.
El silencio que siguió fue denso. De repente, mi rancho, mi soledad y mis problemas de dinero parecían insignificantes. Tenía a una fugitiva en mi cocina. Y si ese tal Alejandro era quien ella decía, no tardarían en venir a buscarla.
—Aquí nadie entra sin mi permiso —dije, tratando de sonar seguro, aunque por dentro estaba calculando cuántos cartuchos tenía para la escopeta vieja de mi abuelo—. En este rancho mando yo. Y mientras estés aquí, estás bajo mi protección.
Ella me miró, y por primera vez vi algo parecido a la esperanza.
LA SEMANA DEL INFIERNO
Los días siguientes fueron una tortura, tanto para ella como para mí. Sofía no sabía hacer nada. Absolutamente nada útil para el campo. Tuve que enseñarle a lavar su ropa en el lavadero de piedra, tallando hasta que le salieron ampollas en los dedos. Tuve que enseñarle a cocinar frijoles sin que se le quemaran (se le quemaron tres veces). Tuve que enseñarle a no tenerle miedo a las gallinas.
Hubo momentos en los que quise mandarla al diablo. Como cuando dejó la puerta del huerto abierta y los chivos se comieron media cosecha de tomates. O cuando usó mi jabón especial para sillas de montar para lavarse el pelo.
—¡Es grasa de caballo, Sofía! —le grité esa vez, viéndola con el pelo todo tieso y grasoso. —¡No sabía! ¡La botella no tenía etiqueta! —me gritó ella de vuelta, con lágrimas de frustración en los ojos. —¡Pues pregunta! ¡Usa la cabeza para algo más que para peinarte!
Esas peleas eran constantes. Éramos agua y aceite. Yo, tosco, impaciente, acostumbrado al silencio. Ella, delicada, hablantina cuando agarraba confianza, y torpe como un potrillo recién nacido.
Pero también hubo momentos que empezaron a cambiarlo todo.
Una tarde, me corté la mano reparando el alambrado del potrero norte. Fue un tajo feo, profundo, con un alambre oxidado. La sangre empezó a brotar a chorros. Sofía, que estaba sosteniendo las pinzas, se puso pálida. Pensé que se iba a desmayar. —¡Maldita sea! —grité, apretándome la herida. En lugar de correr o gritar, Sofía se quitó la pañoleta que traía en el cuello. Se acercó a mí, me tomó la mano con firmeza y empezó a vendarla apretando fuerte para cortar la hemorragia. —No te muevas —me ordenó. Sus manos, llenas de curitas y rasguños por el trabajo de la semana, se movían rápido y preciso. —Pensé que te dabas asco la sangre —gruñí, sintiendo el ardor. —Me da asco tu actitud, no la sangre —respondió ella sin mirarme, concentrada en el nudo—. Mi abuela era enfermera. Algo se me pegó.
Nos quedamos ahí, muy cerca el uno del otro bajo el sol de la tarde. Podía oler su perfume, que todavía persistía a pesar del olor a campo, mezclado con su sudor. Levantó la vista y nuestros ojos se encontraron. Ya no había miedo. Había camaradería. Había… algo más. Una tensión eléctrica que me recorrió la espalda y me hizo olvidar el dolor de la mano.
Me aclaré la garganta y me aparté bruscamente. —Gracias —murmuré. —De nada, patrón —dijo ella, con una media sonrisa burlona.
EL MILAGRO EN LA TORMENTA
Dos semanas después de su llegada, la verdadera prueba llegó. Era una noche cerrada, de esas sin luna y con un viento que aullaba como alma en pena. Estábamos cenando en silencio cuando escuché el bramido. Me puse de pie de un salto. —¿Qué es eso? —preguntó Sofía, alarmada. —Es Canela. La vaquilla que está preñada. Algo anda mal.
Salí corriendo bajo la lluvia, que había vuelto con furia. Sofía venía detrás de mí, cubriéndose con un plástico. Al llegar al establo, la escena era mala. Canela estaba tirada en la paja, respirando con dificultad, con los ojos desorbitados. El ternero venía mal. Estaba atascado.
—Llama al veterinario —le grité a Sofía mientras me remangaba la camisa. Ella corrió a la casa, pero regresó dos minutos después, empapada y pálida. —¡No hay señal! ¡Y el teléfono fijo está muerto, creo que el viento tiró la línea! —¡Maldición! —golpeé la pared de madera. El camino estaba intransitable con este lodo; mi camioneta vieja no pasaría, y el veterinario menos llegaría a tiempo.
Miré a la vaca. Estaba sufriendo. Si no hacíamos nada, se morían los dos. Y Canela era mi mejor vaca, perderla sería un golpe financiero que no podía permitirme. Pero más allá del dinero, era un ser vivo que dependía de mí.
—Tenemos que sacarlo nosotros —dije, girándome hacia Sofía. Ella abrió los ojos como platos. —¿Nosotros? Mateo, yo no sé… —¡No importa lo que sepas! —le grité, la desesperación ganándome—. ¡Necesito tus manos! Yo voy a tratar de acomodar al becerro por dentro, tú tienes que jalar cuando yo te diga. ¡Y tienes que jalar con todo lo que tengas, me oíste!
Sofía tragó saliva. Miró a la vaca, luego me miró a mí. Asintió. Se quitó la chamarra y se arremangó la camisa de franela. —Dime qué hago.
Las siguientes dos horas fueron el infierno en la tierra. Sangre, fluidos, mugre, gritos y esfuerzo sobrehumano. Yo estaba metido hasta el hombro, tratando de girar las patas del ternero dentro del vientre de la madre. Sofía estaba sosteniendo las cuerdas que habíamos atado a las patas del animalito, resbalándose en el lodo, llorando de esfuerzo, pero sin soltar.
—¡Jala, Sofía! ¡Jala ahora! —bramé cuando sentí que el becerro cedía un poco. Ella gritó, un grito gutural, y tiró con una fuerza que no sabía que tenía ese cuerpo delgado. Sus botas resbalaban, cayó de rodillas, pero se levantó y siguió jalando.
—¡Ya viene! ¡Ya viene! —grité. Con un último esfuerzo, y un sonido húmedo, el ternero salió disparado hacia la paja. Canela soltó un mugido largo de alivio. Caímos los dos al suelo, jadeando, cubiertos de sangre y suciedad. Hubo un silencio aterrador. El ternero no se movía. —No… —susurró Sofía, arrastrándose hacia él.
Me acerqué rápido. Limpié el hocico del animalito, le quité las flemas. Nada. —Vamos, chiquito, vamos —le di unas palmadas fuertes en el costado. Sople en su nariz. Sofía estaba a mi lado, acariciando la cabeza de la madre, llorando en silencio. —Por favor… —susurró ella.
De repente, el ternero tosió. Sacudió la cabeza y soltó un balido débil. Intentó levantar la cabeza. Sofía soltó una carcajada que sonó más a llanto. —¡Está vivo! ¡Mateo, está vivo!
Me dejé caer sentado en la paja, exhausto, y la miré. Tenía sangre en la mejilla, el pelo era un nido de pájaros, olía horrible. Y juro por mi vida que nunca había visto a una mujer más hermosa en todo el mundo. La euforia del momento nos ganó. Ella se lanzó sobre mí y me abrazó. Un abrazo fuerte, desesperado, lleno de vida. Yo la envolví en mis brazos sin pensarlo. Sentí su corazón latiendo contra mi pecho, a mil por hora, al mismo ritmo que el mío.
Nos quedamos así un momento, abrazados en medio del estiércol y la sangre, mientras la lluvia golpeaba el techo. El mundo exterior, con sus deudas, sus padres crueles y sus prometidos narcos, dejó de existir. Solo éramos nosotros dos y la vida que acabábamos de salvar.
Se separó un poco, pero no se alejó. Sus ojos buscaron los míos. Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento caliente en mi cara. —Lo hicimos —susurró, sonriendo. —Lo hiciste tú —le corregí, quitándole un mechón de pelo sucio de la frente—. Tienes agallas, niña fresa.
Ella se rio, y el sonido fue música pura. Pero el momento se rompió cuando un relámpago iluminó el establo, seguido de un trueno que hizo temblar el suelo. Y entonces, escuchamos otro sonido. Diferente al trueno. Un motor. Motores grandes, potentes, acercándose por el camino principal. No era el veterinario. Eran varias camionetas.
Sofía se tensó en mis brazos. Su sonrisa desapareció, reemplazada por ese terror helado que vi el primer día. —Mateo… —su voz era un hilo. Me puse de pie de un salto, ayudándola a levantarse. Me asomé por una rendija de la madera vieja del establo. A lo lejos, atravesando la lluvia, vi las luces. Tres camionetas grandes, tipo Suburban. No eran de aquí. Nadie en el pueblo tiene carros así, excepto los que andan en malos pasos.
Se detuvieron frente a la casa. Las luces iluminaron el porche vacío. Vi bajar a varios hombres. Iban armados. No con escopetas de caza, sino con armas largas, de uso exclusivo del ejército. Y en medio de ellos, un hombre alto, con un impermeable negro, que caminaba con la seguridad de quien es dueño del mundo.
Sofía se asomó por encima de mi hombro y soltó un gemido ahogado, tapándose la boca con las manos ensangrentadas. —Es él —susurró, temblando violentamente contra mi espalda—. Es Alejandro. Me encontró.
Sentí cómo la sangre me hervía y se me helaba al mismo tiempo. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Estábamos en el establo, a unos cincuenta metros de la casa. Ellos no sabían que estábamos aquí, todavía. Pero lo sabrían pronto. Miré a Sofía. Estaba paralizada. La tomé de los hombros y la sacudí suavemente. —Escúchame bien —le dije, mirándola fijo a los ojos—. No voy a dejar que te lleven. ¿Me oyes? No va a pasar.
—Están armados, Mateo. Te van a matar. Entrégame. Diles que me obligaste a trabajar, que… —¡Cállate! —la interrumpí—. Nadie te va a entregar. Conozco este monte mejor que nadie. Mi abuelo me enseñó caminos que no salen en los mapas. Fui hacia el fondo del establo, donde guardaba mi vieja Cheyenne ’79 debajo de una lona. Era una chatarra, pero el motor era un V8 que yo mismo había reconstruido. Era ruidosa, pero fuerte. —Vamos a salir por la brecha de atrás, la que da al cañón. Es peligroso con la lluvia, pero es la única salida.
—Mateo, es suicidio… —Quedarse aquí es suicidio. Subirse a ese coche con él es suicidio. Irnos es una oportunidad.
Los hombres empezaron a golpear la puerta de la casa. —¡BUENAS NOCHES! —gritó una voz que se escuchó claramente hasta el establo—. ¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ, SOFÍA! ¡NO HAGAMOS ESTO DIFÍCIL!
El tiempo se acababa. Subí a Sofía al asiento del copiloto de la Cheyenne. —Agárrate fuerte y no grites —le advertí. Me subí al lado del conductor. Metí la llave. Recé un Padre Nuestro rápido. Giré la llave. El motor tosió, carraspeó y… nada. —¡Maldita sea, arranca! —golpeé el volante. —¡Ya vienen hacia acá! —gritó Sofía, señalando. Dos de las siluetas se habían separado del grupo y caminaban hacia el establo, iluminando con linternas tácticas.
Giré la llave otra vez. El motor rugió con un estruendo que hizo vibrar las láminas. Los hombres de las linternas se detuvieron y apuntaron hacia nosotros. —¡Agáchate! —le grité a Sofía, empujando su cabeza hacia sus rodillas.
Pisé el acelerador a fondo y solté el embrague. La camioneta salió disparada rompiendo las puertas viejas del establo en una lluvia de astillas y madera podrida. Escuché detonaciones. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! El vidrio trasero estalló en mil pedazos, bañándonos de cristales. Sofía gritó. La camioneta derrapó en el lodo, coleando peligrosamente. Controlé el volante con fuerza bruta, metiendo segunda velocidad. Las llantas traseras buscaron tracción y la encontraron, lanzándonos hacia la oscuridad del campo, lejos de la luz de las camionetas.
—¡Síguelos! ¡Que no escapen! —escuché gritos a lo lejos. Miré por el retrovisor (o lo que quedaba de él). Las luces de las Suburban empezaron a moverse. La cacería había comenzado. Tenía ventaja de terreno, pero ellos tenían velocidad y armas. Y yo llevaba lo más valioso que había tenido en mi vida sentado a mi lado, temblando y cubierto de vidrios.
Aceleré hacia la montaña, hacia la tormenta, sabiendo que esa noche, o salíamos libres, o moríamos juntos en el intento. La “niña fresa” y el ranchero. Vaya par de locos.
—Mateo… —dijo ella, levantando la cabeza. Tenía un corte pequeño en la mejilla por un vidrio, pero sus ojos estaban fijos en los míos. —¿Qué? —pregunté, sin dejar de mirar el camino lleno de baches. —Si salimos de esta… te invito los tacos. Solté una risa nerviosa. —Trato hecho, güera. Trato hecho.
Y nos internamos en la boca del lobo, con el corazón en la mano y el destino pisándonos los talones.
PARTE 3: LA GARGANTA DEL DIABLO Y EL ECO DE LOS DISPAROS
El volante de la Cheyenne vibraba entre mis manos como si la camioneta misma estuviera temblando de miedo o de rabia, una de dos. El viejo motor V8, ese que había reconstruido pieza por pieza con mi abuelo bajo el sol de mil veranos, rugía con una ferocidad que jamás le había escuchado. No era el sonido de una máquina; era el bramido de una bestia herida defendiendo a su cría.
—¡Agáchate más! —le grité a Sofía, aunque ella ya estaba hecha un ovillo en el piso del copiloto, con las manos cubriéndose la cabeza.
El espejo retrovisor, o lo que quedaba de él colgando de un cable, me devolvió el destello de unos faros LED cegadores que cortaban la lluvia. Eran las Suburban. Esas malditas camionetas modernas, con su tracción 4×4 computarizada y sus motores silenciosos, venían devorando el camino de lodo como si fuera asfalto. Yo tenía la ventaja de conocer el terreno, sí, pero ellos tenían la tecnología y la sed de sangre.
Una bala zumbó cerca de mi oreja y se incrustó en el tablero, justo al lado del indicador de gasolina que, para mi desgracia, marcaba poco menos de un cuarto. El olor a plástico quemado y pólvora invadió la cabina, mezclándose con el perfume caro de Sofía y el olor metálico de la sangre de vaca que todavía traíamos encima.
—¡Nos van a alcanzar, Mateo! —gritó ella desde el suelo, su voz apenas audible sobre el estruendo de la tormenta y el motor.
—¡No si yo puedo evitarlo! —bramé, metiendo tercera velocidad con un movimiento brusco que hizo crujir la caja de cambios.
Giré el volante violentamente hacia la izquierda, sacando la camioneta del camino principal y metiéndola en una brecha que apenas se veía entre la maleza. Era la “Brecha del Coyote”. Mi abuelo me había enseñado este camino cuando tenía diez años; decía que era por donde bajaban los revolucionarios para emboscar a los federales. Era estrecho, lleno de piedras afiladas y raíces traicioneras, y con el lodo de la tormenta, era básicamente una trampa mortal.
La Cheyenne derrapó. Sentí cómo la cola se iba hacia el barranco que teníamos a la derecha. El vacío negro nos esperaba a solo unos centímetros de las llantas traseras. Sofía soltó un grito ahogado cuando la camioneta se inclinó peligrosamente.
—¡Contrólate, vieja mula! —le grité al vehículo, peleando con la dirección hidráulica que empezaba a fallar.
Por un milagro, las llantas mordieron tierra firme y nos impulsamos hacia adelante, rebotando violentamente. Miré hacia atrás. Las Suburban se habían detenido en la entrada de la brecha. Eran demasiado anchas para pasar por aquí sin rayar su preciosa pintura blindada o, mejor aún, sin desbarrancarse.
—¡Se detuvieron! —exclamó Sofía, asomando apenas los ojos por la ventana destrozada.
—No cantes victoria, güera —dije, limpiándome el sudor frío que me bajaba por la frente—. No van a meter los carros, pero eso no significa que dejen de seguirnos. Van a bajar a pie, o van a soltar los drones si los traen. Y créeme, esos tipos traen juguetes caros.
La lluvia seguía cayendo como si Dios estuviera enojado con nosotros, lavando la sangre del parto de Canela de mi ropa, pero no el miedo que se me había metido en los huesos. Manejé por esa brecha infernal durante lo que parecieron horas, aunque seguramente fueron solo veinte minutos. El camino subía y subía, adentrándose en la sierra, hacia la zona que llamamos “La Garganta del Diablo”.
De repente, la camioneta dio una sacudida violenta y el motor empezó a toser. —No, no, no… ahora no, por favor —supliqué, golpeando el tablero. El indicador de temperatura estaba en rojo vivo. Habíamos reventado el radiador con alguna piedra o tal vez una bala perdida le había dado. El humo blanco empezó a salir del capó, mezclándose con la lluvia.
—¿Qué pasa? —preguntó Sofía, y vi en sus ojos que el pánico regresaba. —Se acabó el viaje en primera clase —dije, frenando la camioneta detrás de un grupo de rocas grandes para esconderla lo más posible—. El motor se murió. Tenemos que seguir a pie.
Sofía me miró, luego miró sus botas de diseñador, o lo que quedaba de ellas. Estaban cubiertas de lodo, raspadas y probablemente empapadas por dentro. —¿A pie? Mateo, está helando y no se ve nada. —Es eso o esperar a que Alejandro llegue y te pida amablemente que regreses —dije con sarcasmo, aunque me dolía ser duro con ella. Sabía que estaba al límite de sus fuerzas. Había ordeñado, limpiado establos y sacado un ternero en un solo día. Su mundo se había roto en pedazos en menos de 24 horas.
Ella apretó los labios, asintió y abrió la puerta. Ese gesto, esa maldita terquedad suya, me hizo admirarla un poco más. Bajamos. El frío nos golpeó como una bofetada húmeda . Fui a la caja de la camioneta y saqué lo único que nos podía servir: un machete viejo, una linterna que parpadeaba si no la golpeabas, y una manta de lana que usaba para cubrir el motor en invierno. También saqué la escopeta del abuelo que siempre traía detrás del asiento, aunque solo me quedaban cuatro cartuchos.
—Toma —le puse la manta sobre los hombros, cubriendo su abrigo arruinado —. Vamos hacia arriba. Hay unas cuevas cerca de la cima. Si llegamos ahí, podemos escondernos hasta que amanezca y ver por dónde vienen.
Empezamos a caminar. El lodo nos chupaba los pies a cada paso. Era como caminar sobre pegamento industrial. Sofía resbalaba constantemente, pero yo la sostenía del brazo, jalándola, empujándola, no dejándola caer. —No mires abajo —le advertí cuando pasamos por un sendero de cabras que bordeaba el precipicio. —No veo nada de todos modos —respondió ella, con los dientes castañeando.
El sonido de la lluvia enmascaraba nuestros pasos, pero también cualquier sonido de persecución. Eso me ponía nervioso. Alejandro no era un tipo que aceptara un “no” por respuesta. Lo que Sofía me había contado, que la veía como una propiedad, como un pago de deuda, me daba vueltas en la cabeza. Ese tipo de hombres son cazadores. Disfrutan el miedo de la presa.
Llegamos a la entrada de la cueva casi una hora después. Mis piernas ardían y mi mano herida, la que Sofía me había vendado, palpitaba con un dolor sordo y caliente. La cueva no era gran cosa, apenas una hendidura en la roca caliza, pero estaba seca y protegida del viento. Entramos y nos dejamos caer en el suelo de tierra polvorienta.
Sofía se abrazó las rodillas, temblando violentamente. No era solo frío; era hipotermia y shock. —No… no siento los pies —murmuró. Me acerqué a ella. —Tenemos que quitarte esas botas y secarte, o vas a perder los dedos —le dije, arrodillándome frente a ella. Le quité las botas. Sus pies estaban helados, blancos como el mármol. Empecé a frotarlos con mis manos ásperas, tratando de generar fricción, de devolverles la sangre. —Duele —se quejó ella, haciendo una mueca. —Eso es bueno. Si duele es que todavía están vivos.
Me quité mi chamarra, que estaba mojada por fuera pero seca por dentro gracias al forro, y se la puse encima de la manta. Me quedé en camisa, sintiendo el frío, pero yo estaba acostumbrado. Yo era de este monte. Ella era una flor de invernadero que había sido arrancada de raíz.
—¿Por qué haces esto? —preguntó de repente, mirándome en la oscuridad. La luz tenue de la linterna rebotaba en las paredes, creando sombras largas que parecían fantasmas. Dejé de frotar sus pies y la miré. —¿Hacer qué? —Arriesgar tu vida. Tu rancho. Todo. Podrías haberme entregado. Podrías haber dicho que no sabías nada. Alejandro te hubiera pagado, seguramente.
Suspiré y me senté a su lado, recargando la espalda en la roca fría. Saqué la escopeta y la puse sobre mis piernas. —Mi abuelo decía que un hombre no es lo que tiene, sino lo que defiende —dije, mirando hacia la entrada de la cueva—. Este rancho… ha sido de mi familia por tres generaciones. Pero se ha sentido vacío desde que mis padres murieron. He estado peleando solo contra las deudas, contra el clima, contra el gobierno… solo.
La miré de reojo. —Cuando llegaste, pensé que eras un castigo. Otra prueba de Dios para ver si me rompía. Pero cuando te vi hoy, jalando a ese becerro, peleando por una vida que no era tuya… con esa rabia, con esas ganas… —negué con la cabeza—. No podía dejar que un cabrón como ese apagara esa luz. No se trata de dinero, Sofía. Se trata de que, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba defendiendo algo que valía la pena.
Sofía se quedó callada. Luego, lentamente, recargó su cabeza en mi hombro. Sentí su cuerpo relajarse un poco contra el mío. —Nunca nadie me había defendido —susurró—. Siempre he sido la “hija de Harrington”. La heredera. El trofeo. El pago de la deuda. Nadie me preguntó nunca qué quería yo. Ni siquiera qué sabor de helado me gustaba. Todo estaba decidido.
—¿Y qué quieres tú? —pregunté suavemente. Hubo una pausa larga. Solo se escuchaba el goteo del agua afuera. —Quiero… quiero aprender a hacer queso —dijo, y soltó una risita nerviosa—. Sé que suena estúpido ahora, huyendo de narcos, pero cuando vi la leche hoy… pensé: “Yo podría hacer algo con esto”. Quiero ser útil. Quiero que mis manos sirvan para algo más que para sostener copas de champán.
Sonreí en la oscuridad. —El queso de aquí es bueno. Mi abuela le ponía epazote y chile piquín. Si salimos de esta, te enseño. —¿Promesa? —preguntó ella, levantando el meñique, un gesto infantil que me rompió el corazón. Entrelacé mi meñique calloso y sucio con el suyo, fino y perfecto. —Promesa de ranchero. Y esa no se rompe.
El cansancio nos venció. Nos quedamos dormidos así, sentados, hombro con hombro, con la escopeta en mis piernas y la tormenta amainando afuera.
EL AMANECER DEL CAZADOR
Me desperté con el sonido de un pájaro. Un cenzontle. Cantaba alegremente, ignorante de que estábamos siendo cazados. La luz gris del amanecer entraba por la boca de la cueva. La lluvia había parado, dejando ese silencio cristalino que solo existe en la sierra después de una tormenta.
Sofía seguía dormida en mi hombro. Se veía tranquila, aunque tenía ojeras profundas y suciedad en la mejilla. Me moví despacio para no despertarla, pero el crujido de mis huesos la alertó. Abrió los ojos de golpe, desorientada. —¿Qué? ¿Dónde están? —preguntó con pánico. —Shhh… tranquila. No escucho nada todavía.
Me levanté y caminé hacia la entrada, agachado, con la escopeta lista. Me asomé con cuidado. Desde nuestra posición, podíamos ver el valle abajo. La niebla cubría la parte baja, como un río de algodón. Y ahí, a lo lejos, vi el humo. Humo negro. Venía de donde habíamos dejado la camioneta.
—Encontraron la Cheyenne —dije, sintiendo un dolor en el pecho. La habían quemado. Mi camioneta. El último recuerdo tangible de esos viajes con mi abuelo al mercado. —Saben que estamos a pie —dijo Sofía, poniéndose de pie a mi lado y mirando el humo—. ¿Cuánto tardarán en subir? —Si traen perros… menos de una hora. Si son solo rastreadores, tal vez dos. El lodo hace difícil seguir huellas, pero no imposible.
Teníamos que movernos. —El plan es este —le dije, girándome hacia ella—. Tenemos que cruzar la cresta y bajar hacia el otro lado, hacia San Nicolás. Es un pueblo pequeño, pero hay una estación de policía rural. No es mucho, pero hay gente. Testigos. Alejandro no puede hacer un escándalo frente a todo un pueblo. O eso espero.
—¿Y cómo cruzamos? —preguntó ella, señalando la geografía abrupta frente a nosotros. —Por el Puente de Piedra. Es un arco natural sobre el cañón. Es la única forma de pasar sin dar una vuelta de cinco horas.
Recogimos nuestras pocas cosas. Sofía se puso las botas, haciendo una mueca de dolor, pero no se quejó. Salimos de la cueva. El aire estaba fresco y limpio, olía a pino y tierra mojada. Por un segundo, el paisaje era tan hermoso que dolía: las montañas verdes, el cielo azul pálido, la niebla. México es así, un paraíso donde a veces camina el diablo.
Caminamos rápido, tratando de mantenernos bajo la línea de los árboles. Yo iba adelante, abriendo camino con el machete cuando la maleza se cerraba, y borrando nuestras huellas lo mejor que podía cuando el terreno era blando.
De repente, escuché un ladrido. Me congelé. —Perros —susurré. El ladrido se repitió, más cerca. Y luego voces. Voces de hombres gritándose órdenes. —¡Por aquí! ¡Hay rastro fresco! —gritó alguien abajo, tal vez a unos quinientos metros.
—¡Corre! —le dije a Sofía, tomándola de la mano. Ya no importaba el sigilo. Importaba la velocidad. Corrimos. El terreno era traicionero, lleno de piedras sueltas y raíces resbaladizas. Sofía jadeaba, sus pulmones de ciudad no estaban hechos para esta altitud, pero corría con una desesperación que le daba alas.
Llegamos al borde del cañón. El “Puente de Piedra” estaba ahí. Era un arco de roca natural, de apenas un metro de ancho, que cruzaba un abismo de unos sesenta metros de profundidad. Abajo, un río crecido por la lluvia rugía con fuerza, golpeando las piedras con violencia. —Dios mío —dijo Sofía, mirando el vacío. —No mires abajo. Mira mi espalda. Solo mi espalda.
Empecé a cruzar. El viento aquí arriba soplaba fuerte, tratando de empujarnos. —¡Ahí están! —gritó una voz a nuestras espaldas. Me giré. Tres hombres habían salido del bosque, a unos cien metros. Vestían ropa táctica, chalecos antibalas y traían rifles de asalto AR-15. —¡Alto o disparamos!
—¡Cruza, Sofía! ¡Corre! —le grité, empujándola hacia el arco de piedra. Ella corrió sobre la roca estrecha. Yo me quedé atrás, levantando la vieja escopeta del abuelo. Sabía que era ridículo. Una escopeta de caza de dos tiros contra fusiles automáticos. Pero tenía que ganar tiempo.
¡Bang! Una bala impactó en la roca a mis pies, lanzando esquirlas de piedra a mi cara. Disparé. El retroceso de la escopeta me golpeó el hombro. No le di a nadie, estaban demasiado lejos, pero sirvió para que se cubrieran detrás de los árboles. —¡Mateo, vamos! —gritó Sofía desde el otro lado del puente. Ya había cruzado.
Me di la vuelta y corrí sobre el puente. Sentía las balas zumbando a mi alrededor como abejas furiosas. Una me rozó el brazo izquierdo, quemándome la piel como un hierro caliente, pero la adrenalina no me dejó sentir dolor. Llegué al otro lado y me lancé detrás de una roca grande donde estaba Sofía. —¿Estás bien? —me preguntó, revisándome con ojos desorbitados. —Solo un rasguño. Vámonos.
Pero entonces, sucedió lo impensable. Escuchamos un sonido sordo, un crac profundo que vino de la tierra misma. Los disparos habían debilitado la base del arco de piedra en el lado que acabábamos de dejar, o tal vez la lluvia de anoche lo había socavado. Con un estruendo que hizo eco en todo el cañón, el Puente de Piedra se partió y se derrumbó hacia el abismo, cayendo al río en una nube de polvo y agua.
Nos quedamos paralizados, mirando el espacio vacío donde hace segundos habíamos estado parados. Estábamos a salvo de los hombres… por ahora. No podían cruzar. Pero también estábamos atrapados. El camino hacia San Nicolás estaba cortado. Estábamos en una meseta aislada, rodeada de acantilados por tres lados y con un grupo de sicarios armados al otro lado del cañón.
Los hombres se acercaron al borde del precipicio, mirando la caída. Uno de ellos sacó un radio. Vi cómo el líder, el mismo tipo del impermeable negro que habíamos visto en el rancho, aparecía entre los árboles. Alejandro. Incluso a esa distancia, sentí su mirada. Se paró al borde, mirándonos. No parecía enojado. Parecía divertido. Sacó un megáfono de una de las mochilas de sus hombres. Su voz retumbó en el cañón, distorsionada y metálica.
—¡BUENOS DÍAS, SOFÍA! —gritó, y su voz hizo que ella se encogiera detrás de mí—. ¡VEO QUE TE BUSCASTE UN NOVIO MUY VALIENTE! ¡PERO SE LES ACABÓ EL CAMINO!
Sofía temblaba. Le tomé la mano con fuerza. —¡MIRA A TU ALREDEDOR, PRINCESA! —continuó Alejandro—. ¡NO TIENEN A DÓNDE IR! ¡LES DOY DOS OPCIONES! ¡OPCIÓN UNO: ESPERAN AHÍ A QUE LLEGUE EL HELICÓPTERO! ¡SÍ, YA VIENE EN CAMINO! ¡Y CUANDO LLEGUE, VOY A MATAR AL RANCHERO LENTAMENTE FRENTE A TUS OJOS, PARA QUE APRENDAS LA LECCIÓN!
Hizo una pausa dramática. —¡OPCIÓN DOS: EL RANCHERO SE TIRA AL RÍO AHORA MISMO! ¡SI SALTA, TAL VEZ LO DEJE VIVIR! ¡PERO TÚ VIENES CONMIGO, SOFÍA! ¡TÚ SIEMPRE HAS SIDO MÍA!
Miré el río abajo. Era una caída mortal. Las rocas, la corriente… nadie sobreviviría a eso. Miré a Sofía. Estaba llorando en silencio, con la cara pálida como el papel. —No lo escuches —le dije.
Pero ella me miró con una determinación que me heló la sangre. —Tiene razón, Mateo. Van a traer un helicóptero. Te van a matar. —Prefiero morir peleando que verte regresar con él. —Yo no voy a regresar con él —dijo ella, y sacó algo de su bolsillo. Era una navaja pequeña, una que yo usaba para cortar cuerdas y que se le había quedado en el pantalón. —Sofía, ¿qué haces? —pregunté alarmado.
—No voy a dejar que te maten por mi culpa. Y no voy a dejar que él me toque nunca más. Se acercó al borde del precipicio. —¡SOFÍA, NO! —grité, lanzándome hacia ella.
Pero ella no saltó. Se giró hacia Alejandro, alzó la navaja para que la viera, y se la puso en el cuello. —¡SI TE ACERCAS, ME MATO! —gritó ella con una voz que desgarró el aire. Alejandro bajó el megáfono. Por primera vez, parecía preocupado. Ella era su “inversión”, su “pago”. Muerta no le servía.
—¡Sofía, baja eso! —le supliqué, acercándome despacio con las manos en alto. —No te acerques, Mateo —me dijo, con lágrimas en los ojos pero la mano firme—. Es la única forma. Si yo muero, tú vives. Él no te va a perseguir si yo ya no existo. —¡No digas estupideces! ¡No voy a vivir si tú mueres! —le grité, y las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas. Era verdad. En dos semanas, esta mujer imposible se había convertido en mi aire.
El zumbido de un motor se escuchó a lo lejos. El helicóptero. Alejandro sonrió al otro lado del cañón. —¡YA ES TARDE, MI AMOR! —gritó por el megáfono—. ¡BAJA EL JUGUETE!
Tenía segundos. Segundos para decidir. Sofía estaba al borde del colapso. Alejandro estaba ganando. El helicóptero se acercaba. Miré el río una vez más. Miré una saliente de roca, unos diez metros más abajo, oculta por unos arbustos. Era una posibilidad en un millón. Miré a Sofía. —¿Confías en mí? —le pregunté. Ella me miró, confundida, con la navaja todavía en el cuello. —¿Qué? —¿Confías en mí, ching*da madre? —le grité. Ella asintió, asustada. —Sí.
Me abalancé sobre ella. No para quitarle la navaja. La abracé por la cintura, atrapando sus brazos, y con todo el impulso de mi cuerpo, nos lancé al vacío. El grito de Sofía se mezcló con el mío y con el grito de furia de Alejandro mientras el aire nos golpeaba la cara y la gravedad nos reclamaba.
Caímos. El mundo se convirtió en una mancha de colores verde y gris. Esperé el golpe. Esperé el final. Pero en mi mente, solo había un pensamiento: Si nos vamos a ir, nos vamos juntos.
El agua helada del río nos tragó, oscura y violenta, silenciando el mundo de arriba. Y todo se volvió negro.
PARTE FINAL: LA RESURRECCIÓN DEL RÍO Y EL JURAMENTO DE LA TIERRA
El impacto contra el agua no fue como en las películas. No hubo una entrada limpia, ni silencio inmediato. Fue como chocar contra un muro de concreto líquido que me sacó el aire de los pulmones de un solo golpe. El frío del río, alimentado por la tormenta de la noche anterior y el deshielo de la sierra, era de esos que paralizan el corazón. Todo se volvió un caos de burbujas, oscuridad y una corriente furiosa que nos arrastraba como si fuéramos muñecos de trapo.
—¡Sofía! —intenté gritar bajo el agua, pero solo tragué lodo y agua helada.
Patalée con desesperación, mis botas pesaban como anclas arrastrándome al fondo. La corriente me golpeó contra una roca sumergida, un dolor agudo me estalló en las costillas, pero la adrenalina era una droga poderosa. Salí a la superficie, tosiendo y buscando aire desesperadamente. La luz del día se veía lejana, filtrada por las paredes del cañón que se cerraban sobre nosotros.
—¡Mateo! —escuché un grito ahogado, río abajo.
La vi. Sofía estaba luchando contra un remolino, su cabeza aparecía y desaparecía entre la espuma blanca del agua revuelta. El abrigo pesado que llevaba la estaba ahogando. Sin pensarlo, me dejé llevar por la corriente, nadando en diagonal, usando la fuerza del río para alcanzarla. Mis brazos ardían. La herida de bala en mi hombro, que el agua helada había anestesiado momentáneamente, empezó a palpitar con furia.
La alcancé justo cuando se hundía de nuevo. La agarré del cuello de la camisa, jalándola hacia arriba. —¡Te tengo! ¡No pelees con el agua, déjate llevar! —le grité al oído, escupiendo agua.
Ella se aferró a mí con una fuerza aterradora, sus uñas clavándose en mi brazo sano. Estaba en pánico total. —¡Mira allá! —le señalé la saliente de roca que había visto desde arriba. No era una cueva, era un hueco cóncavo en la pared del cañón, oculto por una cortina de enredaderas y arbustos espinosos que colgaban casi hasta tocar el agua.
Nadamos con todas nuestras fuerzas. El río no quería soltarnos, rugía y nos jalaba hacia el centro, hacia los rápidos que sabíamos que estaban más adelante. Si llegábamos a los rápidos, estábamos muertos. Era ahora o nunca. —¡Patalea, Sofía! ¡Con todo lo que tengas! —le ordené.
Con un último esfuerzo sobrehumano, logramos salir de la corriente principal y entramos en el remanso bajo la saliente. Mis manos buscaron raíces, piedras, lodo, cualquier cosa para anclarnos. Encontré una raíz gruesa de un árbol viejo y tiré de ella, arrastrando a Sofía conmigo hacia la orilla fangosa, oculta bajo la roca.
Caímos sobre el lodo, tosiendo, vomitando agua, temblando incontrolablemente. Arriba, el sonido del helicóptero se hizo ensordecedor. El viento de las aspas agitaba las enredaderas que nos servían de cortina. Nos quedamos inmóviles, abrazados en el lodo, rezando para que no tuvieran sensores térmicos o para que el frío del río hubiera bajado nuestra temperatura corporal lo suficiente para hacernos invisibles.
El helicóptero dio una vuelta. Luego otra. Se quedó suspendido justo encima del río, buscando cadáveres flotando. Sofía escondió la cara en mi pecho, tapándose los oídos. Yo miraba hacia arriba a través de las hojas, viendo la panza de metal de la bestia mecánica. Después de lo que pareció una eternidad, el helicóptero se inclinó y se alejó hacia el norte.
—Se… se fueron —tartamudeó Sofía, sus dientes castañeando tan fuerte que apenas podía hablar. —Por ahora —dije, tratando de sentarme. El dolor en mis costillas me hizo ver estrellas—. Creen que nos ahogamos. O están bajando a buscar los cuerpos río abajo.
Me quité la camisa mojada y la exprimí. Sofía estaba azul. Literalmente azul. —Tenemos que movernos —le dije, tomándola de los hombros y frotando sus brazos con fuerza—. Si nos quedamos aquí, la hipotermia nos va a matar antes que Alejandro. —No… no puedo moverme, Mateo. No siento las piernas —susurró ella, con la mirada perdida.
La abracé fuerte, compartiendo el poco calor que me quedaba. —Escúchame, “niña fresa”. No saltamos de un precipicio para morirnos de frío como pendej*s. Me prometiste quesos. Me debes unos tacos. Y yo cumplo mis promesas de ranchero, pero tú tienes que cumplir las tuyas. ¡Levántate!
La ira funcionó mejor que la compasión. Me miró con coraje, asintió y, apoyándose en mí, se puso de pie. Estábamos vivos. Rotos, congelados, cazados, pero vivos.
EL SENDERO DE LOS OLVIDADOS
Caminamos por la orilla del río, ocultándonos entre las piedras gigantes y la vegetación ribereña. Mi plan original de ir a San Nicolás seguía siendo la mejor opción, pero el camino directo, el Puente de Piedra, ya no existía. Teníamos que rodear la montaña por abajo, atravesando lo que mi abuelo llamaba “El Espinazo”, una zona de rocas afiladas y cuevas antiguas donde antes se escondían los bandidos.
Cada paso era una tortura. Mis botas de trabajo estaban llenas de agua, pesadas como plomo. Sofía había perdido una bota en la caída y caminaba cojeando, con un pie envuelto en un pedazo de su propia blusa que se había rasgado. —Deja que te cargue —le dije al verla tropezar por décima vez. —Estás herido, Mateo. Estás sangrando —señaló mi hombro. La bala solo había rozado, pero la sangre seguía manchando mi piel. —Soy un burro de carga, ¿te acuerdas? Cállate y sube.
La cargué en mi espalda durante dos kilómetros. Su cuerpo temblaba contra el mío, y su respiración caliente en mi cuello era lo único que me mantenía enfocado. Mientras caminaba, mi mente viajaba al pasado. Pensaba en mis padres, en cómo murieron en ese accidente estúpido en la carretera. Pensaba en lo solo que me había sentido en el rancho, hablando con las vacas y peleando con los bancos. Y pensaba en cómo, irónicamente, la llegada de esta mujer, que trajo al diablo a mi puerta, también me había traído de vuelta la vida.
Llegamos a una zona donde el río se ensanchaba y la corriente bajaba de intensidad. Había una vieja cabaña de pescadores, medio derrumbada, hecha de troncos podridos y techo de palma. —Descanso —jadeé, bajando a Sofía con cuidado sobre un montón de hojas secas dentro de la choza.
Revisé el lugar. Estaba abandonado hace años, pero encontré una lata oxidada y, milagrosamente, un encendedor de plástico tirado en un rincón. Probablemente de algún pescador furtivo. Lo probé. Chispeó. A la tercera, encendió una llama débil. —Gracias, Diosito —murmuré.
Hicimos una fogata pequeña, controlada, usando madera seca que había dentro de la cabaña para no hacer humo blanco. Nos sentamos frente al fuego, desnudando nuestras almas y nuestros cuerpos para secar la ropa. No hubo morbo, ni vergüenza. En ese momento, éramos solo dos animales supervivientes buscando calor.
Sofía miraba el fuego, hipnotizada. —¿Crees que él sabe que estamos vivos? —preguntó. —Alejandro no es tonto. Hasta que no vea los cuerpos, no va a parar. Pero tenemos una ventaja. —¿Cuál? —Que este es mi terreno. Él tiene camionetas blindadas, armas largas y helicópteros. Pero yo sé dónde pisa la víbora y dónde se rompe la piedra. Aquí, en el monte, el dinero no te sirve de nada si no sabes leer la tierra.
Sofía tomó mi mano. Su piel ya estaba recuperando color. —Cuando me puse la navaja en el cuello… —empezó a decir, con la voz quebrada—, no estaba blofeando, Mateo. Prefería morirme ahí mismo que dejar que te hicieran daño o que él me tocara otra vez. La miré a los ojos, esos ojos color miel que ahora tenían una profundidad nueva, una dureza nacida del dolor. —Lo sé. Y por eso salté. Porque entendí que ya no eres la misma chica que llegó en la Mercedes llorando por sus botas. Te has hecho fuerte, Sofía. Más fuerte que muchos hombres que conozco.
Se acercó a mí y me besó. Fue un beso con sabor a tierra, a sangre y a humo. Un beso desesperado, de esos que intentan decir todo lo que las palabras no alcanzan. En medio de la nada, con la muerte pisándonos los talones, sentí una paz extraña. Si moríamos hoy, al menos moríamos siendo dueños de nuestro destino.
Pero el momento se rompió. El crujido de una rama seca afuera. Me separé de ella al instante, haciéndole una seña de silencio. Apagué el fuego con un puñado de tierra. La oscuridad volvió a tragarnos. Saqué la navaja de Sofía, la única arma que nos quedaba además del machete viejo que todavía colgaba de mi cinto. La escopeta del abuelo se había perdido en el río.
Me asomé por una rendija entre los troncos. Siluetas. Tres. Se movían tácticamente, con visores nocturnos. No eran policías rurales. Eran los sicarios de Alejandro. Habían bajado al río. —Nos encontraron —susurré—. Debieron ver el rastro de lodo donde salimos.
Sofía se pegó a la pared, respirando agitada. —¿Qué hacemos? —me preguntó con los ojos muy abiertos. Miré la cabaña. Era una ratonera. Si nos quedábamos, nos acribillarían. Si salíamos corriendo, nos cazarían con los visores nocturnos. Necesitábamos igualar el terreno. —Voy a salir —dije. —¡No! —Sofía me agarró del brazo. —Escucha. Ellos tienen tecnología, pero no conocen el terreno. A cien metros de aquí hay un cenagal, un pantano de lodo movedizo. Si logro que me sigan hacia allá… —Es suicidio. —No, es cacería. Pero esta vez, yo soy el cazador. Tú quédate aquí. Cuando escuches gritos, corres hacia el sur, hacia las luces de San Nicolás. No mires atrás.
—No te voy a dejar —dijo ella, tomando el machete que yo había dejado en el suelo—. Dijiste “si nos vamos, nos vamos juntos”. Eso sigue en pie, vaquero.
Sonreí, a pesar del terror. —Está bien. Pero tú eres la carnada. ¿Puedes correr? —Puedo volar si es necesario.
LA TRAMPA DEL PANTANO
Salimos por la parte trasera de la choza, arrastrándonos como culebras. —¡Allí! —gritó una voz distorsionada. Los visores nos habían detectado. El estruendo de los rifles rompió el silencio de la noche. Las balas astillaron la madera de la choza. —¡Corre! —grité.
Echamos a correr hacia la oscuridad. Yo conocía el camino de memoria, cada raíz, cada piedra. Los sicarios venían detrás, confiados en sus aparatos y su condición física. —¡Alto! ¡Los tenemos! —gritaban, riendo. Disfrutaban esto.
Llegamos al borde del cenagal. A simple vista, parecía suelo firme cubierto de hojas, pero abajo había metros de lodo negro y pestilente que te tragaba si no sabías dónde pisar. Había un camino de piedras sumergidas que solo los locales conocíamos. —Pisa donde yo pise —le ordené a Sofía—. ¡No falles ni un centímetro!
Salté a la primera piedra, el lodo chapoteó. Sofía me siguió, ágil a pesar de su pie lastimado. Cruzamos el tramo peligroso en segundos y nos escondimos detrás de un árbol caído al otro lado. Los tres sicarios salieron de la maleza, corriendo a toda velocidad, con las armas en alto. Vieron nuestras huellas entrando en el claro y se lanzaron tras nosotros.
El primero en caer fue el puntero. Dio un paso en lo que parecía tierra firme y se hundió hasta la cintura en un segundo. —¡Ayuda! —gritó, soltando el rifle. El segundo intentó detenerse, pero el impulso lo traicionó y resbaló, cayendo de cara en el fango. El tercero, más listo, se detuvo en seco, pero el suelo bajo sus botas era inestable y empezó a succionarlo lentamente.
—¡Es una trampa! —gritó uno de ellos, disparando a ciegas hacia el bosque. Desde nuestra posición, los veíamos luchar. El lodo, cuanto más te mueves, más te atrapa. —Vámonos —le susurré a Sofía—. El lodo se encargará de ellos.
Pero entonces, una luz potente nos iluminó desde arriba. No el helicóptero. Un dron. El zumbido mecánico era como el de un mosquito gigante. Y detrás de nosotros, una voz conocida, tranquila y escalofriante.
—Muy ingenioso, Mateo. Muy ingenioso. Nos giramos. Alejandro estaba allí, a diez metros, parado sobre una roca firme, fuera del pantano. No estaba sucio. Llevaba su impermeable negro impecable y una pistola plateada en la mano. Había flanqueado el pantano mientras sus hombres caían en la trampa.
—¿Creíste que mandaría a mis perros sin asegurarme yo mismo? —Alejandro sonrió. Era una sonrisa muerta, sin emoción—. Sofía, mi amor, me has costado mucho dinero hoy. La camioneta, el helicóptero, estos idiotas en el lodo… Voy a tener que cobrarte cada centavo.
Apuntó el arma al pecho de Sofía. —No… —di un paso adelante, poniéndome entre él y ella. —Ah, el héroe —Alejandro negó con la cabeza—. ¿Sabes? Me caes bien, ranchero. Tienes agallas. Pero las agallas no detienen las balas.
—Déjala ir —dije, levantando las manos—. Tu problema es conmigo. Yo la obligué a huir. —Por favor, no insultes mi inteligencia. Ella te lavó el cerebro con sus ojos bonitos. Pero se acabó.
Alejandro amartilló el arma. El tiempo se detuvo. Miré a Sofía de reojo. Tenía el machete en la mano, oculto detrás de su pierna. Ella me miró y entendí. No había miedo en sus ojos. Había cálculo.
—Alejandro —dijo Sofía, dando un paso al frente, saliendo de mi protección—. Tienes razón. Soy tuya. Siempre he sido tuya. Me quedé helado. ¿Qué estaba haciendo? Alejandro bajó el arma un milímetro, sorprendido. —Vaya. Al fin entras en razón. —Solo déjalo ir a él —suplicó Sofía, caminando lentamente hacia Alejandro—. Él no es nadie. Es un campesino sucio. No vale la pena mancharte las manos. Llévame a casa.
Alejandro sonrió, victorioso. El ego era su talón de Aquiles. —Ven aquí, princesa. Sofía caminó hacia él. Estaba a dos metros. Un metro. Alejandro extendió la mano libre para agarrarla del brazo. En ese instante, vi la tensión en los músculos de Sofía. —¡AHORA! —gritó ella.
Sofía no atacó con el machete. Se agachó y lanzó un puñado de lodo y piedras directo a los ojos de Alejandro. Alejandro gritó, llevándose la mano a la cara, disparando el arma por reflejo. La bala pegó en el suelo. Yo me lancé como un toro. Choqué contra Alejandro con todo mi peso, derribándolo de la roca. Caímos juntos al suelo duro. La pistola salió volando.
Empezamos a rodar, golpeándonos con brutalidad. Él era fuerte, entrenado en gimnasios y clases de defensa personal, pero yo tenía la fuerza de años cargando pacas, domando caballos y levantando cercas. Y tenía algo más: tenía la rabia de quien defiende su hogar. Le metí un puñetazo en la nariz que crujió satisfactoriamente. Él me respondió con un rodillazo en el estómago que me sacó el aire. Me agarró del cuello, apretando con furia. Veía puntos negros.
—¡Te vas a morir, indio de mier*a! —gruñía Alejandro, con la cara ensangrentada. Mis manos buscaban algo, lo que fuera. Encontré una piedra. Le golpeé la cabeza. Una, dos veces. Aflojó el agarre. Lo empujé y me puse encima de él. —¡Esto es por mi rancho! —le grité, preparándome para el golpe final.
Pero escuché el clic de un arma. Me congelé. Uno de los sicarios había logrado salir del lodo, arrastrándose, y me apuntaba con su pistola llena de fango. —Suéltalo o te mato —dijo el hombre, jadeando.
Alejandro empezó a reírse debajo de mí, escupiendo sangre. —¿Lo ves, Mateo? La casa siempre gana. Levántate. Me levanté despacio, con las manos en alto. Estábamos perdidos. Habíamos peleado, habíamos sido valientes, pero al final, las armas mandan. Alejandro se puso de pie, limpiándose el traje. Recogió su pistola plateada. —Bien jugado. Pero el juego terminó.
Apuntó a mi cabeza. —Despídete, vaquero. Cerré los ojos. Pensé en Sofía. Pensé en el queso que nunca hicimos. —¡BOOM!
El disparo sonó. Pero yo no sentí nada. Abrí los ojos. Alejandro tenía una expresión de sorpresa absoluta. Soltó la pistola y se llevó la mano al hombro, que ahora tenía un agujero rojo manando sangre. El sicario que me apuntaba también cayó, con un disparo en la pierna.
—¡QUIETOS TODOS, HIJOS DE LA CHING*DA!
Giramos la cabeza hacia la loma. Ahí, recortadas contra la luz del amanecer que empezaba a romper la noche, había docenas de siluetas. Hombres a caballo. Hombres a pie. No eran policías. Eran sombreros, sarapes, rifles de caza viejos, machetes y palos. Era el pueblo. Era San Nicolás.
Al frente de ellos, montado en un caballo tordillo, estaba Don Goyo, el viejo comisario ejidal y amigo de mi abuelo, con su Winchester 30-30 humeante en la mano. —En estas tierras no queremos narcos, ni asesinos, ni cabrones que maltratan mujeres —gritó Don Goyo con su voz de trueno—. ¡Tiren las armas o los cosechamos a plomazos aquí mismo!
Alejandro miró a su alrededor. Estaba rodeado. Eran cincuenta, tal vez sesenta campesinos. Gente harta. Gente brava. Sus sicarios en el lodo levantaron las manos. El que estaba herido soltó el arma. Alejandro nos miró a Sofía y a mí, con odio puro, pero supo que había perdido. —Esto no se va a quedar así —masculló. —Cállese el hocico y camine —le dijo Don Goyo, bajando del caballo y acercándose para esposarlo con unos cinchos de plástico.
Sofía corrió hacia mí. Nos abrazamos. Lloramos. Esta vez, lloramos de verdad, soltando toda la tensión, todo el miedo de las últimas 24 horas. —¿Cómo…? —pregunté, mirando a Don Goyo. —Vimos el humo de tu camioneta, muchacho. Y luego escuchamos los disparos en el cañón. Aquí en el pueblo nos cuidamos entre todos. Nadie se mete con el nieto de Don Anselmo.
Miré a la gente. Vi al panadero, al mecánico, a los primos que vendían leña. Todos estaban ahí, defendiéndonos. Miré a Sofía. Estaba sucia, golpeada, cojeando, pero sonreía como nunca la había visto sonreír. —Creo que ganamos, Mateo —susurró. —Sí, güera. Ganamos.
EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS – QUESO Y CENIZAS
El olor a leche caliente y cuajo llenaba la pequeña sala de producción que habíamos construido junto al establo. Era un olor dulce, reconfortante. —¡Mateo! ¡La temperatura! ¡Se te va a pasar! —gritó Sofía desde la oficina, donde llevaba las cuentas en una laptop nueva.
Corrí al termómetro. 35 grados. Justo a tiempo. Corté la cuajada con la lira de acero inoxidable, viendo cómo el suero se separaba de los sólidos. Era un proceso hipnótico. Ha pasado un año desde la noche en “La Garganta del Diablo”.
Muchas cosas cambiaron. Alejandro Harrington está en una prisión federal, esperando extradición. Resulta que el “empresario” tenía muchas deudas con la DEA. Su caída arrastró al padre de Sofía, quien perdió casi todo y huyó del país, dejándola a ella “desheredada” y libre. Pero ella dice que nunca había sido tan rica como ahora.
Sofía salió de la oficina. Ya no usa botas de diseñador de suela roja. Ahora usa unas botas de trabajo de piel nacional, jeans gastados y camisas a cuadros. Se cortó el pelo más corto, práctico, pero sigue teniendo esa elegancia natural que no se quita ni con el lodo. Se acercó al tanque de leche y metió un dedo para probar el suero. —Le falta sal —dictaminó, experta. —Sí, patrona. Lo que usted diga —le respondí, dándole un beso en la frente.
Ella aprendió a hacer queso. Y no cualquier queso. Nuestro “Queso de la Sierra” ganó un premio regional el mes pasado. Es fuerte, con carácter, con un toque de epazote y chile piquín, tal como le prometí. —¿Te acuerdas qué día es hoy? —me preguntó, rodeando mi cintura con sus brazos. —Claro que me acuerdo. El aniversario de cuando casi nos matamos. —El aniversario de cuando empezamos a vivir —corrigió ella.
Salimos al porche de la casa. La lluvia caía suavemente, pero ya no daba miedo. Ya no era una tormenta, era bendición para la siembra. La vieja Cheyenne ’79 ya no existe, es chatarra quemada que dejamos en el monte como un monumento. Ahora tenemos una camioneta usada, más modesta, pero que funciona. Y Canela, la vaca, tuvo otro ternero este año, uno fuerte y sano al que Sofía llamó “Milagro”.
Nos sentamos en la mecedora doble, mirando caer la tarde sobre nuestro pedazo de tierra. —¿Te arrepientes? —le pregunté, como lo hago a veces cuando la inseguridad me gana. —¿De dejar los lujos? ¿Los viajes? ¿La vida fácil? Sofía miró sus manos. Ya no eran suaves. Tenían callos, alguna cicatriz pequeña de quemadura de suero, uñas cortas. Eran manos que trabajaban. Manos que creaban. Me tomó la cara entre ellas. —Mateo, antes tenía todo, pero no tenía nada. Era un adorno en la vida de alguien más. Aquí… aquí soy yo. Y tengo al hombre más terco y valiente de todo México. ¿Qué más puedo pedir?
Sonreí. —Tal vez que deje de llover para que no se inunde el camino. —Nah —dijo ella, recargando la cabeza en mi hombro—. Que llueva. Si se inunda el camino, nos quedamos aquí encerrados tú y yo. Y no suena nada mal.
La abracé, sintiendo el latido tranquilo de su corazón junto al mío. Esa noche, cuando llegó, no hubo monstruos, ni persecuciones, ni miedo. Solo el sonido de la lluvia, el olor a queso fresco y café de olla, y la certeza de que, a veces, perderse es la única forma de encontrarse de verdad.
Y esa es mi historia. La historia de cómo un ranchero y una niña fresa le ganaron al destino. Así que, si alguna vez andan por la sierra y ven un letrero que dice “Quesos La Promesa”, lleguen. Les invitamos unos tacos. Yo pago.
FIN.