Mi padre vivió escondido bajo tierra durante 40 años y ahora entiendo por qué. Al abrir esta vieja caja militar oxidada que encontré detrás de la chimenea, descubrí mapas y una carta que lo cambia todo. No estamos solos en este bosque; ellos han vuelto y mi perro es lo único que impide que entren por esa puerta.

Si estás leyendo esto, significa que ellos han regresado.

El 2026 empezó con un silencio pesado, de esos que te calan los huesos, aquí en lo profundo de la Sierra. Manejé mi vieja camioneta a través de la neblina espesa, aferrándome al volante con mis manos callosas, las manos de un hombre que ha tenido que tomar decisiones difíciles. A mis 45 años, mi cara es un mapa de cicatrices y mis ojos ya no saben quedarse quietos.

A mi lado iba Titán, mi pastor alemán de cuatro años. No es solo un perro; es una máquina de 40 kilos de músculo y lealtad, con un pelaje mezcla de plata y gris. Él no iba simplemente sentado; ocupaba el espacio con una energía vigilante, con las orejas paradas captando cada zumbido del motor.

Al llegar a la entrada de la propiedad de mi viejo, la camioneta se detuvo en seco. Un guardia de seguridad privada, con chaleco táctico negro y la cara escondida bajo una gorra, me interceptó. Tomó los papeles de la herencia con movimientos lentos, casi robóticos.

—Este lugar no es seguro —me dijo con una voz fría, sin alma—. Váyase mientras pueda.

Le arrebaté los papeles sin decir una palabra y avancé hacia la vieja casa de piedra. Al bajarme, mi bolsa de herramientas resbaló y golpeó la caja de la camioneta. ¡CLANG! El sonido metálico resonó violentamente en el valle.

Me congelé. Mi respiración se atoró y mi corazón empezó a golpear mis costillas como un pájaro atrapado. Por un segundo, el bosque desapareció y fui reemplazado por el estruendo de una expl**** lejana. Estaba de vuelta en la g****.

Titán estaba ahí antes de que yo me diera cuenta de que estaba temblando. Presionó su cuerpo caliente y firme contra mi pierna, devolviéndome a la tierra. Puse mi mano sobre su pelaje grueso, obligándome a volver al presente.

Entramos a la casa. El aire estaba viciado. Caminé hacia la cocina, pero Titán se frenó en seco.

Plantó sus enormes patas frente a la pesada puerta del sótano, con el cuerpo rígido como una piedra. Un gruñido bajo y profundo vibró en su pecho. Tenía las orejas echadas hacia atrás, mirando fijamente a la oscuridad detrás de la madera.

Intenté alcanzar la manija, pero Titán se interpuso, bloqueándome el paso. El perro sabía que había algo ahí abajo. Algo que no quería ser encontrado.

¿QUÉ SECRETOS OCULTÓ MI PADRE BAJO ESTA MONTAÑA QUE VALEN MÁS QUE NUESTRAS VIDAS?!

PARTE 2: EL ECO DE LOS MUERTOS EN EL SÓTANO

Titán no se movía. Era una estatua de carne y hueso, un monumento a la advertencia primitiva. Sus ojos, normalmente llenos de esa calidez juguetona que solo un perro puede ofrecer a su dueño, se habían transformado en dos canicas de obsidiana, fijas en la madera vieja de la puerta del sótano. El gruñido que salía de su pecho no era de agresividad, era de reconocimiento. Mi perro, mi único compañero en este mundo podrido, estaba oliendo algo que mi nariz humana, atrofiada por años de respirar pólvora y humo de escape, no podía detectar. Pero mi instinto… ah, mi instinto gritaba con la misma fuerza que él.

—Quítate, muchacho —susurré, mi voz sonando rasposa, como si hubiera tragado vidrios.

Titán me ignoró. Él, que obedecía mis comandos antes de que terminara de pronunciarlos, ahora me retaba. Dio un paso lateral, manteniendo su cuerpo entre la manija de hierro oxidado y yo. Su cola estaba baja, tensa, y los pelos de su lomo parecían agujas de acero.

Me agaché, quedando a su altura. El dolor en mis rodillas, un recuerdo constante de los saltos en paracaídas que salieron mal hace una vida, me dio una punzada, pero la ignoré. Acaricié su cabeza, sintiendo el calor febril de su piel bajo el pelaje grueso.

—Tranquilo, carnal. Estamos juntos en esto. Si hay bronca ahí abajo, la enfrentamos juntos. Como siempre.

Pareció entender. La tensión en sus hombros bajó un milímetro, lo suficiente para dejarme pasar, pero no se apartó de mi lado. Se pegó a mi pierna derecha, su posición de combate, listo para atacar a cualquier cosa que osara cruzar el umbral.

Mi mano temblaba cuando toqué el metal frío de la manija. No era miedo, me repetía a mí mismo. Era la adrenalina. Era la memoria muscular de situaciones donde abrir una puerta significaba una trampa explosiva o una emboscada. Cerré los ojos un segundo y respiré hondo, tratando de encontrar ese lugar vacío en mi mente, ese “switch” que apagaba al Joaquín humano y encendía al Joaquín soldado.

Giré el pomo. El mecanismo chilló, un lamento agudo de metal contra óxido que pareció durar una eternidad en el silencio sepulcral de la casa. La puerta cedió, no hacia adentro, sino hacia afuera, pesada, sólida. No era una puerta normal de una casa de campo mexicana; al sentir su peso, me di cuenta de que estaba reforzada con una lámina de acero por dentro. Mi padre, el viejo agricultor que supuestamente solo cultivaba maíz y frijol, había blindado la entrada a su sótano.

El olor me golpeó primero. No era el olor a humedad y ratas muertas que esperaba. Olía a aceite de armas, a papel viejo, a tabaco rancio y, debajo de todo eso, un olor metálico y cobrizo que me erizó la piel: sangre seca. Vieja, quizás de años, pero inconfundible para alguien que ha vivido entre heridos.

Saqué mi linterna táctica del cinturón. El haz de luz blanca cortó la oscuridad como un cuchillo. Las escaleras no eran de madera podrida, eran de concreto sólido, vertido con precisión.

—Juntos —le dije a Titán.

Bajamos. Cada paso resonaba con un eco hueco. Al llegar al final de la escalera, la luz de mi linterna reveló algo que me robó el aliento. No era un sótano para guardar conservas o herramientas de labranza.

Era un búnker. O mejor dicho, un centro de mando improvisado.

Las paredes de piedra estaban cubiertas con mapas topográficos de la Sierra, amarillentos por el tiempo, llenos de líneas rojas trazadas con marcador, círculos obsesivos alrededor de ciertas coordenadas y notas al margen escritas con la letra apretada y angulosa de mi padre. Había una mesa de madera pesada en el centro, cubierta de polvo, pero organizada con una disciplina militar. Una radio de onda corta antigua, de esas que usaban los radioaficionados en los noventa, presidía la mesa junto a una bitácora de cuero negro.

Me acerqué a la mesa, sintiendo que estaba profanando una tumba. Titán comenzó a olfatear las esquinas de la habitación, sus uñas haciendo clic-clic contra el piso de cemento pulido. Se detuvo frente a un archivero metálico gris y soltó un bufido.

Pasé mi dedo por la superficie de la mesa, levantando una capa de polvo gris. Mi padre había muerto hace tres meses, pero este lugar parecía no haber sido tocado en años… o quizás, había sido limpiado meticulosamente.

Mi vista se clavó en la pared frente a mí. Había fotografías pegadas con cinta adhesiva. Me acerqué, entrecerrando los ojos bajo la luz dura de la linterna. Las fotos eran borrosas, tomadas desde lejos, probablemente con una cámara con teleobjetivo. Mostraban camiones. No camiones militares, ni patrullas. Eran camiones de carga, blancos, sin logotipos, entrando en brechas de la sierra que yo conocía desde niño, caminos que supuestamente no llevaban a ninguna parte.

En otra foto, se veía a un grupo de hombres. Estaban parados en un claro del bosque, rodeados de bidones azules. Reconocí el lugar: era el “Ojo de Agua”, un manantial donde mi papá me llevaba a pescar cuando tenía siete años. Pero en la foto, el agua no se veía cristalina. Se veía negra, viscosa. Y los hombres… uno de ellos llevaba un traje impecable en medio del lodo.

El corazón me dio un vuelco. Me acerqué más a la foto. El hombre del traje estaba dándole la mano a otro sujeto, uno que vestía uniforme. No era un uniforme del ejército, ni de la policía estatal. Era un uniforme táctico negro, sin insignias, idéntico al que llevaba el guardia que me detuvo en la entrada hace una hora.

—¿En qué te metiste, papá? —susurré al aire viciado.

De repente, Titán ladró. Un ladrido seco, fuerte, que rebotó en las paredes de piedra y me hizo girar sobre mis talones, con la mano yendo instintivamente a mi cintura, buscando un arma que no traía.

El perro estaba rascando el suelo debajo del archivero. No, no el suelo. Estaba rascando una alfombra vieja y raída que apenas cubría esa esquina. Me acerqué rápido.

—¿Qué traes? Deja ahí.

Titán me miró y luego volvió a rascar con desesperación. Entendí el mensaje. No estaba jugando. Estaba señalando.

Aparté al perro y jalé la alfombra. Debajo no había cemento liso. Había una tabla de madera suelta. La levanté con la punta de mi bota.

Ahí, en un hueco excavado en la tierra, había una caja metálica verde, de esas que se usan para guardar municiones calibre .50. Estaba oxidada en las esquinas, pero el sello de goma parecía intacto. La saqué. Pesaba. Pesaba como pesan los pecados de un hombre.

La puse sobre la mesa, apartando los mapas viejos. El cierre estaba duro, pero cedió con un chasquido.

Al abrirla, lo primero que vi fue una pistola. Una Colt 1911, plateada, con cachas de nácar. La reconocí al instante. Era el “tesoro” del abuelo, el arma que supuestamente se había perdido en una apuesta hace treinta años. Estaba impecable, aceitada, lista para disparar. Junto a ella, había tres cargadores llenos y un sobre manila grueso, sellado con cera roja.

Dejé el arma a un lado —aunque la cercanía del metal frío me dio una extraña sensación de seguridad— y tomé el sobre. Tenía mi nombre escrito en el frente: “Para Joaquín. Ábrelo solo si me fui sin despedirme.”

Sentí un nudo en la garganta tan grande que me costó tragar. Mi padre nunca fue un hombre de palabras. Nuestros diálogos eran monosílabos, gruñidos y silencios incómodos. Él desaprobaba que me hubiera ido al ejército, decía que “la guerra de otros no es nuestra guerra”. Yo me fui huyendo de su silencio, y regresé roto para encontrar un silencio eterno.

Rompí el sello. Saqué un mazo de hojas escritas a mano. La fecha de la primera hoja era del 12 de octubre de 2004. Hace más de veinte años.

Empecé a leer.

“Hijo, si estás leyendo esto, fallé. O me mataron, o me obligaron a huir dejando todo atrás. Espero que sea lo primero, porque si huí, significa que ellos ganaron y que tú estás en peligro solo por tener mi apellido.”

Me detuve. El aire del sótano se sentía cada vez más frío. Titán se había echado a mis pies, pero mantenía la cabeza levantada, las orejas girando como radares.

Continué leyendo.

“Crees que soy un viejo necio que se aferró a estas tierras por orgullo. Crees que me quedé aquí viendo cómo los vecinos vendían y se iban a la ciudad porque amaba sembrar maíz en tierra seca. No, mijo. Me quedé porque descubrí lo que hay debajo. No es oro, no es petróleo. Es algo peor. Es la tumba de este valle.”

Pasé la página, mis manos temblando ligeramente.

“Empezó en el 2002. Los camiones blancos. Llegaban de noche. Al principio pensé que eran narcos moviendo mercancía. Tú sabes cómo es esto, uno aprende a ver y callar para sobrevivir. Pero no llevaban armas, llevaban científicos. Y llevaban gente… gente que entraba en esos camiones y nunca la volvía a ver salir. Compraron las tierras de los Morales, de los Garza. Pagaron en efectivo, dólares nuevos. Y luego cercaron todo. Dijeron que era una ‘reserva ecológica privada’. Mentira.”

El relato de mi padre se volvía más errático, como si lo hubiera escrito con prisa o miedo.

“Me infiltré una noche. Crucé la barranca del Diablo. Vi lo que hacen. Están perforando, Joaquín. Pero no para sacar, sino para meter. Están usando las viejas minas de plata, los túneles olvidados de la Revolución, para guardar algo que brilla en la oscuridad. Barriles con símbolos que no entendía hasta que busqué en los libros de la biblioteca del pueblo. Residuos. Veneno puro. Pero eso no es lo peor. Lo peor es lo que ‘duerme’ ahí abajo.”

¿Lo que duerme? ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Residuos radioactivos? ¿Químicos ilegales? Eso explicaría el cáncer que se llevó a la tía Rosa tan rápido, o por qué el ganado nacía deforme en los últimos años. Pero la frase “lo que duerme” me daba una mala espina, un terror supersticioso que chocaba con mi entrenamiento militar lógico.

“Me descubrieron hace una semana,” decía la última entrada, fechada apenas tres días antes de su muerte oficial por un supuesto ‘infarto’. “Saben que sé. El comandante de su seguridad privada vino a verme. Me ofreció comprar la casa por diez veces su valor. Le escupí en la cara. Fue un error. Ahora veo los drones. Escucho los ruidos en el techo por las noches. Si algo me pasa, Joaquín, no confíes en nadie. Ni en la policía municipal, ni en el alcalde. Todos comen de la mano de ‘Ellos’. Toma la Colt. Toma los mapas. Y vete al punto marcado con una X roja en el mapa grande. Ahí escondí la prueba definitiva. Si la sacas a la luz, el mundo arderá, pero quizás salves el valle.”

Dejé caer la carta. Mi mente era un torbellino. Mi padre, el viejo campesino silencioso, había estado librando una guerra de un solo hombre contra una corporación fantasma o un cártel con recursos ilimitados, todo para proteger… ¿qué? ¿Un valle olvidado por Dios? ¿A mí?

De repente, la luz de la casa se cortó.

El sótano quedó en una oscuridad absoluta, tan densa que podía sentirla presionando mis ojos. Solo el haz de mi linterna cortaba la negrura.

Titán se levantó de un salto, soltando un ladrido feroz, gutural, hacia la escalera.

—Silencio —siseé.

Apagué la linterna. Error de novato mantenerla encendida si hay hostiles. Mis ojos tardaron unos segundos en ajustarse, pero la oscuridad no era total. Un tenue resplandor grisáceo bajaba por las escaleras desde la puerta abierta del sótano. La luz de la luna, o quizás…

CRUNCH.

El sonido de vidrios rotos arriba. En la cocina.

Alguien había entrado.

Mi corazón, que hace unos momentos latía por la tristeza y el shock, cambió de ritmo. Ahora latía lento, potente, bombea sangre fría. El miedo se evaporó, reemplazado por una claridad táctica helada. Estaba en territorio hostil. Tenía un arma. Tenía un compañero.

—Titán, guardia —susurré el comando en alemán, el idioma en el que lo había entrenado para que nadie más pudiera darle órdenes.

El perro se pegó a la pared, invisible en las sombras, esperando.

Tomé la Colt 1911. Pesaba bien. Jalé la corredera suavemente para verificar que hubiera bala en la recámara. El metal estaba frío. Click. Lista.

Escuché pasos. Botas pesadas. No era un ladrón común buscando joyas. Eran pasos coordinados. Uno, dos… tres personas. Se movían tácticamente, cubriendo ángulos. El sonido se desplazaba desde la cocina hacia la sala, acercándose a la puerta del sótano que yo había dejado abierta imprudentemente.

—El perro debe estar aquí, vi la camioneta afuera —dijo una voz masculina, distorsionada, como si hablara a través de una máscara de gas o un pasamontañas grueso.

—El objetivo es el hijo. La orden es clara: nadie sale de la propiedad esta noche —respondió otra voz, más grave, con un acento que no era de la región. Parecía del norte, o quizás extranjero, hablando un español demasiado perfecto.

Me pegué a la pared junto a la escalera, conteniendo la respiración. Estaban bajando.

Miré a Titán. En la penumbra, vi el brillo de sus colmillos. Estaba listo para matar. Pero si eran tres y traían armas largas, un perro y una pistola vieja no serían suficientes en un tiroteo directo. Necesitaba ventaja. Necesitaba sorpresa.

El primer haz de luz de una linterna táctica potente barrió las escaleras, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

—Huele a encierro —dijo el primero—. Baja tú, revisa el perímetro. Yo cubro la entrada.

Un par de botas negras empezaron a descender los escalones de concreto. Clac. Clac. Clac.

Mi mente voló a Faluya, a una limpieza de casas en 2008. La misma sensación de claustrofobia. El mismo olor a peligro. Pero esta vez era mi casa. Era el legado de mi padre.

Esperé. Dejé que bajara. Tenía que dejarlo entrar en la “zona de muerte”, el punto donde no pudiera retroceder ni cubrirse.

Cuando el intruso llegó al último escalón y giró la linterna hacia la mesa, revelando su silueta envuelta en chaleco antibalas y casco, actué.

—¡Titán, Fass! —grité la orden de ataque.

Fue como soltar un resorte de acero. Titán salió de la oscuridad como un espectro gris. No ladró. Los perros de guerra no ladran cuando atacan; muerden. Impactó al hombre en el pecho con sus 40 kilos de fuerza bruta, derribándolo con un estruendo de equipo táctico golpeando el cemento.

El hombre gritó, un sonido ahogado por el pánico mientras las mandíbulas de Titán buscaban el brazo armado. El rifle de asalto que llevaba cayó al suelo, deslizándose lejos.

—¡Contacto! ¡Abajo, abajo! —gritó el de arriba.

Me asomé por la esquina de la escalera y disparé dos veces hacia la puerta superior. ¡BANG! ¡BANG! El estruendo de la .45 en el espacio cerrado fue ensordecedor. Vi chispas saltar del marco de metal de la puerta. Los hombres de arriba se replegaron.

—¡Titán, Hier! —llamé.

El perro soltó al intruso, que se retorcía en el suelo agarrándose el antebrazo destrozado, y corrió hacia mí.

—¡Granada! —gritó alguien arriba.

El tiempo se detuvo. Escuché el sonido metálico de un seguro siendo liberado y el clinc-clinc-clinc de un objeto pequeño rebotando escaleras abajo.

No lo pensé. El instinto tomó el control.

Vi el objeto cilíndrico rodar hasta detenerse cerca de la mesa de mapas. No era una granada de fragmentación. Era una granada aturdidora, una flashbang.

—¡Cúbrete! —le grité al perro, aunque sabía que no entendería el concepto de cerrar los ojos.

Me lancé sobre Titán, cubriendo su cabeza con mi pecho y cerrando los ojos con fuerza, abriendo la boca para igualar la presión.

¡BOOM!

Incluso con los ojos cerrados, el destello fue cegador, un blanco puro que quemó mis retinas. El sonido fue como un golpe físico en el cráneo, un pitido agudo que anuló todo lo demás. Sentí a Titán convulsionarse bajo mi cuerpo por el susto, pero no huyó.

Estábamos sordos y ciegos. El momento perfecto para que entraran a rematarnos.

Me levanté tambaleándome, parpadeando para quitarme las manchas púrpuras de la visión. Agarré a Titán del collar y lo arrastré hacia la parte trasera del sótano, detrás del archivero pesado.

—¡Están aturdidos! ¡Entren, entren! —escuché vagamente a través del zumbido en mis oídos.

Pasos rápidos bajando las escaleras. Varios.

Me preparé para morir. Levanté la Colt, apuntando hacia la nube de humo y polvo que llenaba la base de la escalera. Tenía cinco balas en el cargador. Tres enemigos. Uno herido. Matemáticas simples, pero brutales.

Pero entonces, algo pasó. Algo que no estaba en el guion de ninguna operación táctica.

El suelo tembló.

No fue una explosión. Fue una vibración profunda, geológica, que subió por mis botas y sacudió los dientes. Los mapas en las paredes se agitaron.

Y luego, un sonido.

No venía de arriba. No venía de los intrusos.

Venía de debajo de nosotros.

Era un rugido. Pero no de un animal. Sonaba como metal gigante rozando contra piedra, como engranes masivos que no se habían movido en siglos despertando de un sueño oxidado. Y mezclado con eso, un silbido… como de vapor a alta presión escapando.

Los intrusos se detuvieron en seco a mitad de la escalera.

—¿Qué mierda fue eso? —preguntó uno, su voz temblando.

—¿Activaste algo, idiota?

—¡Yo no toqué nada!

El suelo volvió a temblar, esta vez más fuerte. Una grieta apareció en el cemento, justo en el centro de la habitación, partiendo la mesa de mi padre en dos. De la grieta empezó a salir un humo verdoso, denso, que olía a azufre y a… electricidad estática.

Titán comenzó a aullar. Un aullido largo, lúgubre, que me heló la sangre más que las armas de los mercenarios.

Miré la grieta. Una luz pulsante, violeta y enferma, emanaba de la profundidad.

—¡Retirada! ¡Código Obsidiana! ¡Retirada! —gritó el líder de los intrusos, el pánico rompiendo su disciplina militar.

Los escuché subir atropelladamente, arrastrando a su compañero herido, olvidándose de mí, olvidándose de la misión. Lo que sea que estaba pasando aquí abajo les daba más miedo que fallar a sus jefes.

Me quedé solo con Titán en el sótano, con la pistola en la mano y la grieta abriéndose cada vez más. El humo verde empezaba a llenar la habitación a la altura de las rodillas.

—Vámonos, Titán —tosí, sintiendo el sabor metálico del humo en mi garganta.

Corrimos hacia la escalera, saltando sobre el rifle abandonado por el mercenario. Subimos a trompicones, saliendo a la cocina.

La casa estaba en silencio, pero afuera se escuchaba el motor de una camioneta alejándose a toda velocidad, derrapando en la grava.

Salí al porche, respirando el aire frío de la noche para limpiar mis pulmones. Titán estaba a mi lado, jadeando, pero ileso.

Miré hacia el valle. Lo que vi me hizo soltar la pistola.

No era solo mi casa.

A lo largo de todo el valle, en la oscuridad de la sierra, podía ver columnas de esa misma luz violeta y humo verdoso brotando de la tierra en diferentes puntos, como géiseres de otro mundo. Eran respiraderos.

Todo el maldito valle era una máquina. Y acababa de encenderse.

Regresé la vista a la carta de mi padre, que aún tenía arrugada en mi mano izquierda. “Lo que duerme ahí abajo…”

No eran residuos tóxicos. No eran drogas.

Saqué el mapa que había tomado de la mesa antes de que se partiera. Lo desplegué sobre el cofre de mi camioneta, iluminándolo con la linterna.

Había líneas que conectaban mi casa con otros puntos en la sierra: una iglesia abandonada en San Judas, una mina clausurada en el 85, y… el sótano de la alcaldía del pueblo. Todas las líneas convergían en un punto central, marcado con un símbolo que nunca había visto: una especie de serpiente emplumada, pero mecánica, cibernética.

Y debajo del símbolo, una sola palabra escrita en rojo: TEZCATLIPOCA.

El nombre del dios azteca. El espejo humeante.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Me sobresalté. Aquí no había señal. Nunca había señal.

Lo saqué. La pantalla estaba brillando, pero no era una llamada normal. No había número. Solo estática y texto apareciendo letra por letra, como si alguien lo estuviera escribiendo en ese mismo instante desde el otro lado de la línea.

“El sello se ha roto, Guardián. Tienes 48 horas antes de que la Purga comience. Corre o pelea. Pero no te escondas. Ellos pueden oler el miedo.”

Miré a Titán. El perro estaba mirando hacia el bosque, hacia la oscuridad impenetrable de los pinos. Ya no gruñía. Estaba en silencio, observando.

Y entonces, entre los árboles, vi dos puntos rojos brillantes a unos tres metros de altura. Ojos. Demasiado grandes para ser un animal. Demasiado separados.

Se encendieron dos más. Y luego dos más.

Algo gigantesco estaba ahí parado, camuflado entre los árboles, mirándonos.

—Sube a la camioneta, Titán —dije, con una calma que no sentía.

El perro saltó al asiento del copiloto sin dudarlo.

Arranqué el motor. El rugido del V8 pareció insignificante comparado con el zumbido grave que ahora emanaba de la tierra misma.

Puse primera y pisé el acelerador, alejándome de la casa, alejándome de la herencia maldita. Pero sabía que no podía huir. El mapa estaba en el asiento. La pistola en mi regazo. Y la verdad… la verdad estaba empezando a salir de la tierra.

Mi padre no era un granjero. Era un carcelero. Y yo acababa de dejar la puerta de la prisión abierta.

Ahora, la cacería había comenzado. Y yo no era el cazador. Era la presa que sabía demasiado.

Mientras la camioneta devoraba el camino de tierra, miré por el retrovisor. La casa de piedra se veía pequeña a lo lejos. Y justo antes de tomar la curva que la ocultaría de vista, vi cómo el techo de la casa colapsaba hacia adentro, tragado por la luz violeta.

Mi pasado había desaparecido. Solo quedaba sobrevivir al futuro.

Giré el volante hacia el camino que llevaba a San Judas. Si el mapa era real, la siguiente pista estaba en esa iglesia abandonada. Y si esos mercenarios iban a volver, esta vez me encontrarían preparado. Porque ahora entendía una cosa: esto no era sobre dinero. Era sobre el fin del mundo tal como lo conocíamos, empezando aquí, en el corazón de México.

—Sostente, Titán —murmuré—. La noche va a ser larga.

Y aceleré hacia la boca del lobo, con el “Espejo Humeante” despertando bajo nuestras ruedas.

PARTE 3: LA SOMBRA DE SAN JUDAS Y EL ALTAR DE LOS ENGRANES

El camino a San Judas no era un camino; era una cicatriz de tierra y grava que serpenteaba como una víbora herida a través de la sierra. Mi vieja camioneta, una Cheyenne del 98 que había visto días mejores, rugía protestando contra el ascenso, devorando la oscuridad con sus faros amarillentos. Mis manos, aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponían blancos, eran lo único que me mantenía conectado a la realidad. Todo lo demás —el cielo, el bosque, el aire mismo— parecía haberse disuelto en una pesadilla febril.

Miré por el retrovisor una vez más, aunque sabía que ya no vería la casa. Ese capítulo estaba cerrado, enterrado bajo toneladas de roca y una luz violeta que no pertenecía a este mundo. Pero la imagen de esos ojos rojos, flotando entre los árboles a tres metros del suelo, se había grabado en mi retina como una quemadura de soldadura.

—Tranquilo, muchacho —le dije a Titán, aunque el que necesitaba consuelo era yo.

El perro iba sentado en el asiento del copiloto, con la postura rígida de un centinela. No jadeaba. No buscaba caricias. Sus ojos estaban clavados en el parabrisas, escaneando la negrura que se tragaba la luz de los faros. De vez en cuando, un gruñido bajo, casi imperceptible, vibraba en su garganta, sincronizado con las extrañas sacudidas que, de tanto en tanto, hacían temblar el chasis de la camioneta. No eran baches. La tierra misma estaba palpitando, como si un corazón inmenso y mecánico hubiera despertado bajo la corteza de la Sierra Madre.

El mapa de mi padre estaba desplegado en el asiento entre nosotros, iluminado por el brillo verdoso del tablero. La línea roja trazada con marcador indeleble apuntaba a San Judas, un pueblo minero que había sido borrado de los mapas oficiales hacía décadas. “Pueblo Fantasma”, le decían los lugareños en la cantina del municipio, santiguándose antes de cambiar de tema. Decían que el diablo se había llevado a la gente. Ahora empezaba a sospechar que el “diablo” tenía nombre de corporación y usaba tecnología que no aparecía en ninguna revista científica.

El aire que entraba por la ventanilla rota olía a ozono y a pino quemado. Era un olor eléctrico, cargado, que me hacía picar la piel de los brazos. Me recordaba a las tormentas de arena en el desierto, justo antes de que estallara el infierno, pero esto era diferente. Había una malicia en el aire, una pesadez que se te metía en los pulmones.

—San Judas —murmuré, probando el nombre en mi lengua reseca—. Patrón de las causas perdidas. Qué pinche ironía, ¿no, Titán?

El perro giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda cuando pasamos junto a un viejo poste de luz caído. Frené por instinto, llevando la mano a la Colt 1911 que descansaba en mi regazo.

Ahí, en la orilla del camino, había algo.

No eran los mercenarios. Era un venado. Pero no era un venado normal. Estaba de pie, inmóvil, mirándonos pasar. Su piel parecía… equivocada. Bajo la luz de los faros, vi parches donde el pelaje faltaba, revelando no carne, sino algo gris y mate, como fibra de carbono entretejida con el músculo. Y sus ojos. No tenían el brillo reflectante de los animales nocturnos. Eran dos luces azules, fijas, sin parpadear.

El animal no huyó. Simplemente giró la cabeza siguiendo el movimiento de la camioneta, con un movimiento mecánico, suave, antinatural.

Aceleré a fondo, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda que nada tenía que ver con el frío de la sierra.

—Están cambiando todo —susurré, entendiendo de golpe la magnitud de la carta de mi padre. No solo guardaban cosas ahí abajo. Estaban experimentando. O peor, lo que sea que “dormía” abajo estaba reescribiendo la biología del valle a su imagen y semejanza.

Manejé durante cuarenta minutos que parecieron horas. El camino se volvió más traicionero, lleno de rocas caídas y grietas que amenazaban con romper la suspensión. La radio de la camioneta, que había estado emitiendo estática blanca, de repente cobró vida. Pero no era música de banda ni los avisos de la estación local.

Era una serie de números. Una voz sintética, monótona, recitando coordenadas.

“…Nueve. Dos. Sector Mictlán. Activo. Siete. Cuatro. Convergencia…”

Apagué la radio de un golpe, arrancando la perilla de plástico. El silencio que siguió fue peor.

Finalmente, las luces de la camioneta iluminaron un letrero de metal oxidado, casi devorado por la maleza: BIENVENIDOS A SAN JUDAS DE LA PEÑA. FUNDADO 1890. Alguien había pintado con aerosol rojo sobre el nombre: NO ENTRES. Y debajo, una calavera tosca.

Reduje la velocidad. Apagué los faros principales y dejé solo las luces de posición, avanzando lento, dejando que los ojos se acostumbraran a la penumbra lunar. Entrar a un pueblo hostil con las luces altas era pedir a gritos una emboscada, y mi instinto me decía que los hombres de “Código Obsidiana” no se habían rendido; solo se estaban reagrupando.

El pueblo apareció entre la niebla como un cementerio de concreto y adobe. Las casas estaban vacías, con las ventanas rotas como cuencas de ojos vacíos observando la calle principal. No había puertas; la mayoría habían sido arrancadas de sus goznes. La vegetación había reclamado las banquetas, rompiendo el cemento con raíces gruesas que parecían venas negras bajo la luz de la luna.

Estacioné la camioneta detrás de lo que parecía haber sido una tienda de abarrotes, ocultándola de la vista directa de la calle principal.

—Vamos, Titán. Silencio —ordené en voz baja.

El perro bajó de un salto, sin hacer ruido. Sus patas se movían con una delicadeza letal sobre la tierra suelta. Me ajusté la chamarra, verifiqué el cargador de la Colt —cinco balas, más dos cargadores extra en el bolsillo— y tomé la linterna, pero no la encendí.

Caminamos pegados a las paredes, moviéndonos de sombra en sombra. El silencio del pueblo era absoluto, pero no estaba vacío. Se sentía… observado. Había cámaras en los postes de luz, modelos viejos, cubiertos de polvo, pero cuando pasé por debajo de una, juraría que escuché el zumbido de un servo motor girando el lente para seguirme.

La iglesia estaba al final de la calle principal, dominando el pueblo desde una pequeña colina. Era una construcción imponente de cantera rosa, típica de la época colonial, pero con algo grotesco en su arquitectura. Las gárgolas no eran ángeles ni demonios cristianos. Eran jaguares. Águilas devorando serpientes. Y en la torre del campanario, donde debería haber una cruz, había una estructura de metal retorcido que parecía una antena parabólica primitiva, fusionada con la piedra.

—Ahí es —dije, señalando con la barbilla.

Avanzamos. Al llegar a la plaza central, frente a la iglesia, me detuve en seco.

En el centro de la plaza no había un quiosco. Había un agujero. Un cráter perfecto, circular, de unos diez metros de diámetro. Me acerqué con cautela al borde, Titán gruñendo a mi lado.

Miré hacia abajo. No tenía fondo. Era un pozo que se hundía en las entrañas de la tierra, y de él subía una corriente de aire caliente, con ese mismo olor a azufre y metal. Y sonido. Un thum-thum-thum rítmico, constante, como el latido de un corazón gigante.

—Es el sistema circulatorio —pensé en voz alta—. Todo esto… los túneles, las minas… son las venas de la máquina.

Titán ladró de repente, rompiendo mi trance. Se giró hacia una de las calles laterales, enseñando los dientes.

Me agaché y apunté con la pistola hacia la oscuridad.

—¿Quién anda ahí? —grité, mi voz rebotando en las fachadas muertas.

Silencio. Y luego, el sonido de arrastre. Shhh. Shhh. Como alguien caminando con los pies pesados, o arrastrando algo.

De la sombra de un callejón salió una figura. Era un hombre viejo, encorvado, vestido con harapos que alguna vez fueron ropa de minero. Llevaba un casco amarillo roto en la cabeza.

Bajé el arma un poco, pero no dejé de apuntar a su pecho.

—¡Alto! —ordené.

El viejo se detuvo. Levantó la cabeza y la luz de la luna le dio en la cara.

Casi disparo del susto.

No tenía ojos. En lugar de globos oculares, tenía dos implantes metálicos toscos, oxidados, incrustados en las cuencas, con lentes rojos que brillaban débilmente. Su boca estaba cosida con alambre de cobre, pero aun así, intentaba hablar.

Gua… guar… dián… —graznó el viejo, el sonido saliendo de su garganta como si raspara metal.

—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo un horror frío en el estómago.

El viejo dio un paso adelante, extendiendo una mano esquelética. En la palma, tenía un tatuaje. El mismo símbolo que estaba en el mapa de mi padre: la serpiente emplumada cibernética.

El… sello… roto… —logró decir, y luego señaló hacia la iglesia—. La… llave… sangre…

Antes de que pudiera preguntarle más, un sonido agudo, como un silbido supersónico, cortó el aire.

La cabeza del viejo estalló. No hubo sangre roja, sino un líquido negro y aceitoso que salpicó el suelo. El cuerpo cayó como un costal de papas.

—¡Al suelo! —grité, lanzándome detrás de una banca de piedra, jalando a Titán conmigo.

¡ZING! ¡ZING!

Dos proyectiles impactaron en la banca, arrancando trozos de cantera a centímetros de mi cara. No eran balas. Eran dardos de metal, largos y finos, brillantes.

Miré hacia los tejados. Ahí estaban.

Tres figuras agazapadas en el techo de la presidencia municipal, al otro lado de la plaza. No eran los mercenarios de la casa. Estos eran diferentes. Llevaban trajes ajustados, de un material negro mate que parecía absorber la luz, y visores que cubrían toda su cara. Se movían con una agilidad inhumana, saltando de un techo a otro.

—¡Cazadores! —identifiqué. No eran seguridad privada. Eran una unidad de eliminación.

—¡Titán, flanco izquierdo! —ordené, señalando hacia el callejón oscuro—. ¡Ve!

El perro entendió al instante. Salió disparado como una flecha gris, perdiéndose en las sombras para rodear la posición enemiga.

Yo me quedé clavado, respirando polvo de piedra. Tenía una pistola contra rifles de francotirador o lo que sea que estuvieran usando. Estaba en desventaja total. Necesitaba llegar a la iglesia. Las puertas de madera masiva de la entrada principal estaban a unos cincuenta metros, a través de terreno abierto. Una carrera suicida.

Pero no tenía opción.

Esperé el siguiente disparo. ¡ZING! Impactó a mi izquierda.

Me levanté y corrí. Corrí como no había corrido desde Bagdad, ignorando el dolor punzante en mis rodillas, ignorando los años y el peso de la vida.

¡ZING! ¡ZING!

Sentí el viento de uno de los proyectiles rozando mi oreja. Otro golpeó el suelo cerca de mi pie, levantando grava.

—¡Malditos bastardos! —grité, disparando dos tiros a ciegas hacia los tejados para obligarlos a cubrirse.

Llegué a las escaleras de la iglesia y me lancé contra la puerta. Estaba cerrada. Por supuesto que estaba cerrada.

Golpeé la madera con el hombro. Nada. Era roble sólido, de siglos de antigüedad.

—¡Mierda!

Miré hacia atrás. Las figuras negras estaban bajando de los techos, deslizándose por las paredes como arañas. Iban a rodearme.

De repente, un grito desgarrador resonó desde el callejón donde había mandado a Titán. Pero no era un ladrido de dolor. Era un grito humano. Un grito de terror puro.

Titán había encontrado a uno.

Aproveché la distracción. Saqué la navaja táctica de mi cinturón y la clavé en la ranura entre las dos puertas, tratando de levantar el tranco. Era inútil.

Entonces recordé la carta. “La llave… sangre”, había dicho el viejo cíborg.

Miré la puerta. No había cerradura. Pero en el centro, donde se unían las dos hojas de madera, había un relieve tallado en metal oscuro: una mano abierta, con la palma hacia afuera. Tenía una aguja pequeña en el centro.

Era una locura. Una locura de película barata. Pero todo esta noche era una locura.

Puse mi mano izquierda sobre el relieve de metal y presioné con fuerza.

Sentí el pinchazo agudo en la palma. La aguja entró profundo.

Click. Clack. Thunk.

El sonido de mecanismos pesados moviéndose dentro de la puerta resonó como truenos. Los cerrojos internos se liberaron.

Empujé. La puerta se abrió con un gemido de bisagras oxidadas.

Me colé dentro y cerré de un portazo justo cuando un dardo se clavaba en la madera exterior. Puse la espalda contra la puerta, respirando agitadamente, con el corazón queriéndome salir por la boca.

—¡Titán! —grité hacia afuera, a través de una rendija—. ¡Aquí! ¡Hier!

Esperé cinco segundos agonizantes. Diez.

Entonces lo vi. Titán venía corriendo a toda velocidad por la plaza, saltando sobre los bancos. Detrás de él, dos de los Cazadores lo perseguían, disparando.

—¡Vamos, vamos! —le animé.

Abrí la puerta lo suficiente para que pasara. El perro se deslizó por la abertura derrapando en el piso de piedra pulida de la iglesia. Cerré de nuevo y busqué algo para trancar. Había una viga de madera vieja tirada en el suelo. La levanté con un esfuerzo sobrehumano y la encajé en los soportes de hierro de la puerta.

Un segundo después, un golpe brutal sacudió la entrada. Estaban intentando entrar.

—Eso no aguantará mucho —dije, mirando a Titán.

El perro estaba jadeando, con sangre en el hocico. No era suya. Me acerqué para revisarlo. Tenía un corte superficial en el flanco, pero nada grave. Le di unas palmadas fuertes en el cuello.

—Buen chico. Eres un demonio, Titán.

Me giré para mirar dónde estábamos.

Si el sótano de mi padre era un búnker, esto era una catedral a la locura.

El interior de la iglesia de San Judas no tenía santos. Las hornacinas estaban vacías o llenas de cables y tubos que salían de las paredes de piedra. El altar mayor, al fondo de la nave, no tenía un Cristo. Tenía una estructura enorme de obsidiana negra, pulida como un espejo, rodeada de lo que parecían ser generadores eléctricos antiguos, de la época de Tesla, con bobinas de cobre del tamaño de barriles.

La luz de la luna entraba por los vitrales rotos, bañando el lugar en una luz espectral.

Caminé hacia el altar, mis botas haciendo eco en la inmensidad de la nave vacía. Titán caminaba pegado a mí, mirando nervioso hacia las sombras del techo abovedado.

En el suelo, frente al altar de obsidiana, había inscripciones. No era latín. Eran glifos. Círculos, cuadros, cabezas de animales. Y en el centro, otra vez, la serpiente emplumada mecánica.

—¿Qué es esto, papá? —susurré—. ¿Qué encontraste?

Saqué los papeles de la caja de municiones, buscando alguna pista. En la última página, había un dibujo esquemático del altar. Y una nota al margen: “El espejo no refleja la cara, refleja la verdad. Pon el código. 19-85-09-19”.

19 de septiembre de 1985. La fecha del terremoto que devastó la Ciudad de México. La fecha en que muchos dicen que “algo” cambió en el país.

Busqué dónde poner el código. No había teclado. No había paneles digitales.

Me acerqué al espejo de obsidiana. Era frío, más frío que el hielo. Mi reflejo en él se veía distorsionado, como si yo estuviera hecho de humo.

—Piensa, Joaquín. Piensa como ingeniero, no como soldado —me dije.

Observé las bobinas de cobre a los lados. Tenían palancas grandes, interruptores de cuchilla de estilo industrial antiguo. Había cuatro palancas.

Quizás no eran números para escribir. Quizás eran posiciones. O secuencias.

Titán ladró hacia la puerta principal. Los golpes se habían detenido. Eso era malo. Significaba que estaban poniendo explosivos.

—Tenemos poco tiempo —mascullé.

Examiné las palancas. Tenían muescas con números grabados en bronce. Fui a la primera. La moví hasta el 19. Estaba dura, oxidada, pero crujió y se quedó en su lugar. La segunda, al 85. La tercera, al 09.

Cuando toqué la cuarta palanca, sentí una vibración en el suelo.

—Aquí va nada —dije, y empujé la palanca al 19.

¡CLANK!

El sonido fue como un martillazo en un yunque gigante.

Las bobinas de cobre zumbaron. Una chispa azul saltó entre ellas, iluminando la iglesia con un destello cegador. El olor a ozono se volvió insoportable.

Y entonces, el espejo de obsidiana cambió.

La superficie negra se volvió líquida. Empezó a girar, formando un remolino oscuro.

Y del centro del remolino, emergió algo.

No era un monstruo. Era una caja. Una caja de piedra tallada, pequeña, del tamaño de un libro. Flotaba en el aire, sostenida por algún campo magnético invisible generado por las bobinas.

Extendí la mano, dudando.

—¡Cuidado! —me gritó mi propio instinto.

Pero tenía que saber. Agarré la caja.

En el momento en que mis dedos tocaron la piedra, una voz resonó en mi cabeza. No por los oídos, sino directamente en mi cerebro.

“Usuario identificado: Linaje Guardián. Acceso concedido. Nivel de amenaza: Extinción. Iniciando protocolo de despertar.”

La caja se abrió en mis manos. Dentro no había joyas. Había un dispositivo que parecía un reloj de bolsillo, pero hecho de cristal y luz, con engranes que giraban solos, flotando en el vacío.

Y debajo del dispositivo, una foto.

Era una foto vieja, en blanco y negro. Mostraba a mi padre, joven, vestido de militar. Y a su lado… a su lado estaba el mismo hombre del traje que vi en las fotos del sótano. Pero ambos estaban sonriendo, abrazados, con un rifle de caza cada uno y un pie puesto sobre…

Sobre una cabeza de metal gigante. La cabeza de un robot.

Le di la vuelta a la foto. Decía: “Operación Tlatelolco, 1968. Lo encontramos. Dios nos perdone.”

¡BOOM!

La puerta principal de la iglesia voló en pedazos. Una nube de polvo y astillas llenó la entrada.

A través del humo, vi entrar a los Cazadores. Eran cinco ahora. Y detrás de ellos, una figura más grande. Un hombre con una armadura pesada, caminando con el paso seguro de quien se sabe invencible. Llevaba una ametralladora rotativa en el brazo.

—Entrégame el Códice, Joaquín —dijo la voz distorsionada del líder, amplificada por un altavoz—. No tienes idea de lo que tienes en las manos. Eso no es para humanos.

Guardé el dispositivo de cristal en mi bolsillo y desenfundé la Colt.

—Mi padre murió por esto —grité, cubriéndome detrás del altar de piedra—. Si lo quieren, vengan por él.

Miré a Titán. El perro estaba agazapado, listo para morir peleando.

—Plan B, Titán —le dije—. Correr y disparar. Hacia las catacumbas.

Había visto una reja en el suelo, detrás del altar, mientras manipulaba las palancas. Estaba abierta ahora, probablemente activada por el mismo mecanismo.

—¡Fuego! —ordenó el líder.

La iglesia se llenó del estruendo de la guerra. Las balas picaban la piedra del altar, enviando esquirlas a todas partes. Yo respondí al fuego, disparando dos veces. Uno de los Cazadores cayó, agarrándose la pierna.

—¡Vamos! —le grité a Titán.

Nos lanzamos hacia la reja abierta. Salté a la oscuridad sin saber qué había abajo, con Titán pisándome los talones, mientras las balas trazadoras iluminaban el aire sobre nuestras cabezas como luciérnagas mortales.

Caímos sobre una pila de tierra blanda, rodando para amortiguar el golpe.

Arriba, escuché la voz del líder.

—¡Sellen las salidas! ¡Que suelten al Nagual!

¿Nagual?

Me puse de pie, encendiendo la linterna. Estábamos en un túnel antiguo, con paredes de ladrillo rojo.

—Corre, Titán. Corre —jadeé.

Empezamos a correr por el túnel, adentrándonos más y más bajo la tierra, mientras detrás de nosotros, en la oscuridad, se escuchaba un rugido que no era mecánico, ni humano, ni animal.

Era el sonido del hambre pura.

El “Nagual” venía por nosotros. Y yo tenía en el bolsillo la llave del apocalipsis.

46 horas restantes.

El túnel se extendía interminable, húmedo y sofocante. Mientras corría, mi mente intentaba procesar la foto. 1968. Mi padre. Un robot gigante. Todo lo que me habían enseñado sobre la historia de este país era una mentira. La “Masacre de Tlatelolco” no había sido solo política. Había sido una cortina de humo. ¿Para cubrir qué? ¿El hallazgo de esta tecnología? ¿O una guerra contra ella?

Titán se detuvo de golpe en una bifurcación del túnel, olfateando el aire frenéticamente.

—¿Por dónde? —le pregunté, confiando en su nariz más que en mis ojos.

El perro señaló el camino de la derecha, que descendía aún más. El aire que venía de ahí era más fresco, pero olía a humedad profunda, a río subterráneo.

Tomamos ese camino.

De repente, el suelo bajo mis pies cambió. Ya no era tierra ni ladrillo. Era metal. Placas de metal grabadas con los mismos glifos aztecas. Y las paredes… las paredes empezaron a brillar con una luz tenue, azulada, que pulsaba al ritmo de mi propia respiración.

Me detuve un segundo para recuperar el aliento, apoyando la mano en la pared.

La pared reaccionó. Un holograma se proyectó en el aire frente a mí.

Era un mapa. Un mapa tridimensional de todo el subsuelo de México. Y estaba lleno de puntos rojos. Miles de ellos.

—Dios mío —susurré—. No es solo este valle. Es todo el país.

Estamos parados sobre una necrópolis de máquinas.

El rugido del Nagual sonó mucho más cerca. Hizo vibrar el polvo del techo.

—No tenemos tiempo para turismo —me regañé.

Seguimos avanzando. El túnel desembocó en una caverna inmensa. Y ahí, frente a mis ojos, vi la verdad.

No era una mina. Era un hangar.

Y en el centro del hangar, sumergido a medias en un lago de agua negra, descansaba una estructura colosal. Parecía una pirámide invertida, hecha de un metal negro y dorado, conectada a cientos de cables gruesos como troncos de árbol.

Y en la cima de la pirámide, había una cabina. Una cabina vacía, esperando a un piloto.

El dispositivo en mi bolsillo vibró violentamente. Lo saqué. Los engranes de luz giraban tan rápido que parecían un disco sólido.

Apuntó hacia la pirámide.

—Quiere que vaya ahí —dije, sintiendo un terror reverencial.

Titán ladró, un ladrido de advertencia agudo.

Me giré. De la entrada del túnel por el que acabábamos de llegar, surgió la bestia.

El Nagual.

No era una leyenda. Era una abominación biológica. Un jaguar del tamaño de un toro, pero su piel estaba cubierta de placas de blindaje orgánico, y su cola era un látigo de metal flexible con una cuchilla en la punta. Sus ojos eran cuatro, brillando con una inteligencia sádica.

Me vio. Rugió, mostrando hileras de dientes de acero cromado.

Levanté la Colt, sabiendo que era inútil. Me quedaban tres balas.

—Titán, atrás —ordené.

El perro no obedeció. Se puso frente a mí, erizado, gruñendo con una ferocidad que igualaba a la del monstruo. Iba a sacrificarse por mí.

—¡No! —grité.

El Nagual saltó.

Pero antes de que pudiera alcanzarnos, una ráfaga de energía azul golpeó a la bestia en el costado, lanzándola contra la pared de roca.

Miré hacia la pirámide.

La cabina se había encendido. Y parada sobre la plataforma de la pirámide, había una figura.

Una mujer. Vestida con ropa táctica, pero con un poncho indígena sobre los hombros. Llevaba un rifle extraño, brillante.

—¡Sube, Joaquín! —me gritó la mujer. Su voz me resultaba extrañamente familiar.

Me quedé paralizado.

—¡Muévete, cabrón! —gritó de nuevo—. ¡Si quieres vivir, sube!

No lo dudé más. Corrí hacia la pasarela que conectaba con la pirámide, con Titán a mi lado, mientras el Nagual se sacudía el aturdimiento y se preparaba para atacar de nuevo.

Esto ya no era una historia de supervivencia. Era una guerra. Y yo acababa de encontrar a la resistencia.

PARTE FINAL: EL DESPERTAR DEL QUINTO SOL Y EL JURAMENTO DE SANGRE

El puente de metal que conectaba el borde del túnel con la pirámide invertida vibraba bajo mis botas, un zumbido constante que sentía hasta en los empastes de las muelas. No miré hacia abajo. Sabía que bajo esa pasarela solo había oscuridad y ese lago de agua negra y aceitosa que parecía esperar, paciente, a que diéramos un paso en falso.

—¡Corre, Joaquín, no te detengas! —la voz de la mujer resonó de nuevo, cortando el estruendo del hangar subterráneo.

Titán iba pegado a mi pierna derecha, sus garras resbalando y recuperando tracción sobre el metal húmedo. Podía escuchar su respiración entrecortada, un jadeo áspero que me dolía en el alma. Mi perro, mi hermano, estaba agotado, pero seguía avanzando.

Detrás de nosotros, el rugido del Nagual se transformó en un chillido metálico. Me arriesgué a girar la cabeza un segundo. La bestia se estaba recuperando del disparo de energía. Sacudió su cabeza masiva, haciendo tintinear las placas de blindaje orgánico que cubrían su cráneo, y clavó sus cuatro ojos brillantes en nosotros.

—¡Viene por nosotros! —grité, más para mí mismo que para la mujer.

La mujer, parada en la plataforma superior de la pirámide, no vaciló. Levantó su rifle extraño, un arma que brillaba con líneas de luz azul neón, y soltó una ráfaga de fuego de supresión. Los proyectiles no eran balas; eran orbes de plasma concentrado que impactaron en el puente, justo delante de las patas del Nagual, fundiendo el metal y creando una barrera de escoria hirviendo.

—¡Sube ya! —ordenó ella, extendiéndome una mano enguantada.

Me lancé los últimos metros, mis pulmones ardiendo por el esfuerzo y el aire viciado del subsuelo. Agarré su mano y ella tiró de mí con una fuerza sorprendente, ayudándome a subir a la plataforma. Titán saltó detrás de mí, aterrizando con un golpe sordo y girándose de inmediato para enfrentar el puente, enseñando los dientes manchados de la sangre del Cazador que había mordido arriba.

Caí de rodillas, jadeando, y levanté la vista para ver la cara de mi salvadora.

El mundo se detuvo por un segundo. El ruido, el peligro, el monstruo… todo pasó a segundo plano.

—¿Lucía? —susurré, sintiendo que la realidad se fracturaba.

La mujer se quitó las gafas tácticas. Sus ojos eran los mismos que recordaba, de un color miel intenso, pero ahora estaban rodeados de líneas de fatiga y una dureza que no tenían hace diez años. Lucía. La teniente de inteligencia que supuestamente había muerto en una emboscada en la frontera norte en 2016. La mujer que había llorado en secreto antes de que me fuera a Medio Oriente.

—Me dijeron que estabas muerta —dije, mi voz quebrándose. La ira y el alivio chocaron en mi pecho como dos trenes de carga.

—Y lo estaba, Joaquín. Para el mundo, estoy muerta —respondió ella secamente, sin dejar de vigilar el puente—. La organización me reclutó antes de que el informe oficial se escribiera. Necesitaban gente que no existiera para proteger cosas que no deberían existir.

El puente retumbó. El Nagual había saltado sobre la barrera de metal fundido. Sus garras se clavaban en el acero, acercándose con una velocidad aterradora.

—¡La reunión familiar para luego! —gritó Lucía, empujándome hacia la cabina abierta en la cima de la pirámide —. ¡Tienes el Códice! ¡Úsalo o todos morimos aquí!

Miré la cabina. No tenía asiento, ni controles, ni palancas. Era un hueco cóncavo forrado de un material suave, parecido a la piel, que pulsaba con luz dorada. En el centro, había una ranura hexagonal.

Saqué la caja de piedra de mi bolsillo. El dispositivo de cristal y engranes giraba tan rápido que emitía un zumbido agudo.

—¿Qué hago? —pregunté, sintiéndome como un niño con una granada activada.

—¡Colócalo! —Lucía cargó su rifle de nuevo—. ¡Esa cosa es el cerebro! ¡Tú eres la voluntad! ¡Conéctate!

Titán ladró furioso. El Nagual estaba a solo diez metros, preparándose para el salto final. Su cola de metal se agitaba como un escorpión, lista para empalar.

No había tiempo para dudar. No había tiempo para preguntas.

Me metí en la cabina. Olía a tormenta eléctrica y a sangre antigua. Coloqué el dispositivo en la ranura.

CLACK.

El mundo desapareció.

No hubo transición. No hubo desvanecimiento a negro. Fue instantáneo. De repente, ya no estaba en una cueva en México. No tenía cuerpo. No tenía dolor en las rodillas.

Era inmenso.

Sentí… sentí la montaña sobre mis hombros, pero no pesaba. Sentí las corrientes de agua subterránea fluyendo a kilómetros de distancia como si fuera mi propia sangre. Mis “ojos” se abrieron, pero no eran dos. Eran cientos. Veía el hangar desde todos los ángulos a la vez. Veía a Lucía disparando, pequeña como una hormiga. Veía a Titán, una mancha de calor leal y brillante.

Y veía al Nagual. Ya no era un monstruo aterrador. Era una plaga. Un virus biológico-mecánico intentando infectar mi santuario.

Una voz resonó, no en mis oídos, sino en la esencia de mi mente. Era antigua, polifónica, como si mil voces hablaran al unísono en náhuatl, español y un idioma matemático que entendí instintivamente.

“Sincronización al 40%. Piloto: Joaquín. Linaje confirmado. Bienvenido de nuevo, Guerrero Águila. Sistemas de Tezcatlipoca en línea.”

El dolor me golpeó entonces. No dolor físico, sino dolor de memoria.

FLASH.

Vi la selva virgen hace quinientos años. Vi caer una “estrella” del cielo. No era un meteorito. Era una nave. Esta nave. Vi a los aztecas encontrarla, adorarla, intentar comprenderla. Entendí que sus dioses no eran mitos; eran interpretaciones de esta tecnología. Tezcatlipoca, el Espejo Humeante, era esto: una máquina de observación y defensa planetaria.

FLASH.

Vi el 2 de octubre de 1968. Tlatelolco. Vi las bengalas caer. Pero no solo había soldados y estudiantes. Había sombras moviéndose en los edificios. Había un intento de despertar a la máquina que salió mal. La sangre derramada fue el combustible necesario para sellarla de nuevo, para evitar que la energía descontrolada consumiera la ciudad. Mi padre estaba ahí. Joven, asustado, viendo cómo sus superiores pactaban con una organización extranjera para ocultar la verdad bajo capas de concreto y mentiras.

FLASH.

Regresé al presente.

Sistema al 100%. Protocolo de Purga: DETENIDO. Iniciando Protocolo de Defensa Manual.

Sentí mi propio brazo levantarse, pero en el mundo físico, un brazo de metal negro y dorado de treinta metros de largo surgió del agua negra del hangar.

El Nagual saltó hacia la plataforma donde estaban Lucía y Titán.

—¡NO! —grité, pero mi grito fue un estruendo sónico que sacudió la caverna.

Con un pensamiento, moví la mano del gigante.

Fue un movimiento fluido, devastador. La mano mecánica atrapó al Nagual en el aire, justo antes de que sus garras tocaran a mi perro.

Sentí la resistencia de la bestia en mi “palma”. El Nagual chillaba, arañando el metal indestructible de mi nueva piel. Podía sentir sus garras, pero era como si un mosquito intentara picar a un tanque.

Amenaza detectada. Eliminación recomendada.

Apreté el puño.

El sonido del crujido fue repugnante y satisfactorio a la vez. Placas orgánicas y metal se rompieron bajo la presión hidráulica de mil toneladas. El Nagual estalló en una lluvia de ese líquido negro y aceitoso, sus componentes cibernéticos chisporroteando mientras la vida artificial se le escapaba.

Arrojé los restos al lago oscuro con desprecio.

—Joaquín… —escuché a Lucía a través de los sensores externos. Me estaba mirando, pero no a mí, sino a la “cara” de la pirámide que ahora brillaba con patrones geométricos de luz violeta.

Pero no había terminado.

El holograma del mapa que había visto en el túnel se desplegó en mi mente. Puntos rojos. Muchos puntos rojos acercándose a nuestra posición.

Los Cazadores. No eran cinco. Eran un batallón entero bajando por los elevadores de carga principales de la antigua mina. Traían explosivos de demolición, lanzacohetes y drones de asedio. Querían enterrarnos vivos o capturar la máquina.

Enemigos múltiples detectados en el Sector Norte, —dijo la voz en mi cabeza—. Integridad estructural de la bóveda: 60%. Energía disponible: Crítica.

Tenía el poder de un dios, pero me estaba quedando sin batería. La máquina había estado dormida demasiado tiempo.

—Lucía —proyecté mi voz a través de los altavoces del hangar, sonando como un trueno—. Tienen que salir de aquí. Van a derrumbar la entrada.

Lucía negó con la cabeza, recargando su arma.

—No te voy a dejar otra vez, cabrón. Si peleas, peleamos.

—No es una discusión —respondí. Sentí una punzada aguda en mi cerebro, como si me estuvieran clavando agujas calientes. La conexión neuronal estaba cobrando su precio. Mi cuerpo humano, allá dentro de la cabina, estaba empezando a sangrar por la nariz y los oídos—. Titán no sobrevivirá a lo que voy a hacer. Tienes que sacarlo. Hay un tubo de transporte neumático detrás de la pirámide. Llévalo. ¡AHORA!

Lucía miró a Titán. El perro estaba ladrando a la estructura gigante que yo era ahora, confundido, pero sin miedo. Él sabía que yo estaba ahí dentro. Lo sentía.

—¡Joaquín! —gritó ella.

—¡VETE! —grité, y golpeé el agua con el puño gigante, creando una ola que los empujó hacia la parte trasera de la plataforma, donde una compuerta circular con el símbolo de Quetzalcóatl comenzaba a abrirse.

Los primeros cohetes de los Cazadores impactaron en mi pecho blindado. BOOM. BOOM. Fuego y metralla. No sentí dolor, solo impacto.

Lucía agarró a Titán del collar. El perro se resistió, clavando las patas, mirándome.

Cuídalo, —le susurré directamente a la mente de Lucía, usando la telepatía residual de la interfaz.

Ella asintió, con lágrimas de rabia en los ojos. Arrastró a Titán hacia el tubo. La compuerta se cerró tras ellos con un siseo hermético.

Estaba solo. Solo contra un ejército.

—Muy bien, hijos de la chingada —gruñí, sintiendo cómo la adrenalina de Joaquín se mezclaba con la furia fría de Tezcatlipoca—. Vamos a bailar.

Los Cazadores desplegaron sus drones. Un enjambre de avispas mecánicas zumbó hacia mí, disparando láseres de corte.

Extendí los brazos de la máquina. No tenía armas de fuego. No necesitaba balas.

Activando Campo de Resonancia Magnética.

Las bobinas de cobre alrededor del hangar se encendieron. Un pulso de energía azul, visible como una onda expansiva, salió de mi cuerpo.

Cuando la onda golpeó a los drones, estos simplemente cayeron del aire, fritos por dentro. Los Cazadores en las pasarelas gritaron cuando sus visores electrónicos estallaron y sus armas inteligentes se bloquearon.

Pero el líder, el hombre de la armadura pesada y la ametralladora rotativa, seguía de pie. Su equipo debía estar blindado contra pulsos EMP.

—¡Es solo una máquina vieja! —gritó él a sus hombres—. ¡Disparen a las juntas! ¡Derríbenlo!

Lanzó un misil desde su hombro. Lo vi venir en cámara lenta. Calcule su trayectoria. Podía esquivarlo, pero si lo hacía, el misil golpearía la columna de soporte principal y toda la montaña colapsaría sobre nosotros.

Tenía que recibir el golpe.

Crucé los brazos de metal frente a la cabina.

¡KABOOM!

La explosión me sacudió hasta la médula. Sentí cómo se rompía una de mis costillas reales dentro de la cabina. La visión se me puso roja.

Daño crítico en el blindaje frontal. Falla en el soporte vital del piloto.

Estaba muriendo. Mi cuerpo no aguantaba la tensión.

Pero no podía caer todavía.

Avancé a través del humo. El líder de los Cazadores se quedó paralizado al ver que el gigante seguía en pie, con el pecho humeante y metal al rojo vivo goteando.

Llegué hasta la pasarela donde estaba él. Arranqué el puente entero de la pared con un solo tirón.

El líder cayó al agua negra, gritando mientras su armadura pesada lo arrastraba al fondo.

Los demás Cazadores huyeron. Sabían que habían perdido.

Niveles de energía: 5%. Colapso inminente.

La cueva estaba temblando. Rocas del tamaño de coches empezaron a caer del techo. El sello se había roto, pero la estructura no aguantaría.

Tenía que desconectarme. Pero si lo hacía ahora, moriría aplastado.

Miré hacia el tubo de escape por donde se habían ido Lucía y Titán. Ya estaban lejos. A salvo.

—Vale la pena —pensé.

Entonces, la máquina habló por última vez, pero con una voz diferente. No era la voz robótica. Era una voz suave, casi maternal.

“No es tu fin, Guardián. Es tu metamorfosis.”

La pirámide comenzó a hundirse en el agua negra. No se estaba destruyendo. Se estaba sumergiendo. Refugiándose en las profundidades de la tierra, más abajo de lo que cualquier mapa mostraba.

El líquido negro inundó la cabina.

Entré en pánico un segundo. Iba a ahogarme.

Pero el líquido no entró en mis pulmones. Se metió en mis poros. Sentí cómo reparaba mis tejidos, cómo tejía mis huesos rotos con filamentos de nanotecnología. El dolor desapareció. El miedo desapareció.

La oscuridad me envolvió. Y dormí.

EPÍLOGO: LOS OJOS DEL JAGUAR

Desperté con la sensación de arena áspera en la mejilla. El sonido de las olas rompiendo suavemente llenaba mis oídos.

Abrí los ojos. El sol del amanecer me quemaba las retinas. Cielo azul. Gaviotas.

Me incorporé, tosiendo agua salada… no, no era agua salada. Escupí un poco de flema negra que se disolvió rápidamente en la arena.

Estaba en una playa. No reconocía el lugar, pero por la vegetación seca y las dunas, parecía Baja California o Sonora. Lejos. Muy lejos de la Sierra.

—¿Joaquín?

Me giré.

Lucía estaba sentada junto a una fogata apagada, limpiando su rifle. Se veía agotada, con la ropa rasgada y sucia de hollín, pero estaba viva.

Y a su lado…

—¡Titán!

El perro levantó la cabeza. Tenía vendajes en el costado y cojeaba un poco al levantarse, pero su cola… su cola se movió. Ese tup-tup-tup contra la arena fue el sonido más hermoso que había escuchado en mi vida.

Se lanzó sobre mí, lamiéndome la cara, lloriqueando de alegría. Lo abracé, enterrando mi cara en su pelaje, oliendo a perro mojado y a mar, y lloré. Lloré como no había llorado desde que era niño.

—Pensé que te habíamos perdido —dijo Lucía suavemente, poniéndome una mano en el hombro—. El sistema de transporte nos escupió aquí hace dos días. La pirámide… desapareció de los sensores.

Me miré las manos.

Estaban diferentes.

Mis cicatrices de guerra, las viejas quemaduras, los cortes de metralla… habían desaparecido. Mi piel se veía… nueva. Y cuando me dio la luz del sol en cierto ángulo, vi un brillo tenue bajo la dermis. Una malla hexagonal, sutil como una telaraña, que aparecía y desaparecía.

—No desapareció —dije, mi voz sonando más profunda, más resonante—. Está esperando.

Me puse de pie. Me sentía fuerte. Más fuerte que a los veinte años. Mis rodillas ya no dolían. Veía con una claridad imposible; podía distinguir un cangrejo moviéndose a trescientos metros de distancia en las rocas.

—¿Qué te pasó ahí abajo? —preguntó Lucía, mirándome con una mezcla de fascinación y temor.

—Un trato —respondí, acariciando la cabeza de Titán. El perro se frotó contra mi pierna, y noté que él también había cambiado. Sus ojos ya no eran marrón oscuro. Tenían un leve destello violeta en el fondo—. Un juramento de sangre.

Saqué el dispositivo, el Códice. Todavía estaba en mi bolsillo, pero ahora la piedra estaba fría y gris, inerte. Su trabajo había terminado por ahora.

—Ellos van a seguir buscando —dijo Lucía, mirando hacia el horizonte—. La Corporación. El Gobierno. Los que despertaron al Nagual. Saben quién eres ahora. Saben lo que eres.

—Que vengan —dije, sintiendo una calma helada.

Recordé el mapa. Los miles de puntos rojos bajo la superficie de México. San Judas era solo una terminal. Había toda una red allá abajo. Una red que conectaba Teotihuacán, Palenque, Chichén Itzá, y lugares que ni siquiera tenían nombre.

Mi padre tenía razón. No estábamos solos. Nunca lo habíamos estado. Pero ahora, las máquinas tenían un piloto. Y el piloto tenía un perro.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Lucía, echándose el rifle al hombro.

Miré hacia el sur. Sentía un tirón en el pecho, una brújula interna que me llamaba.

—Hay otro sello debilitándose en Veracruz —dije, sabiéndolo con una certeza absoluta, como si me lo hubieran susurrado al oído—. Y hay gente inocente viviendo encima de él.

Caminé hacia la orilla del mar. Titán corrió a mi lado, ladrando a las olas, lleno de energía.

El México que conocía, el de los narcos y la corrupción, seguía ahí. Pero ahora había una capa más profunda, una guerra más antigua y terrible. La “Purge” había sido detenida por hoy, pero el reloj seguía corriendo.

Me agaché y tomé un puñado de arena, dejándola caer entre mis dedos que ahora eran armas letales disfrazadas de carne.

Soy Joaquín. Soy un ex soldado. Soy el hijo de un granjero que sabía demasiado.

Y ahora, soy el Guardián del Quinto Sol.

—Vámonos, Titán —le silbé—. Tenemos trabajo que hacer.

El perro ladró, un sonido que resonó con la fuerza de un trueno lejano, y juntos empezamos a caminar hacia el sur, dejando huellas en la arena que la marea no podría borrar tan fácilmente.

La cacería había terminado. La era de los Guardianes acababa de comenzar.

FIN.

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