Mi vida se detuvo el día que prdí a mi familia, y pensé que terminaría mis días como una vieja loca en el monte. Pero el destino tiene formas extrañas de tocarnos la puerta. Un cachorro de lobo, una cinta deshilachada y unas huellas de pies descalzos en la nieve me llevaron a descubrir que no todos los que están prdidos quieren ser encontrados, y que a veces, el amor regresa con otra cara.

Soy Carmen. Vivo en lo que queda de una vieja cabaña de madera en la parte alta de la Sierra, donde el viento chifla tan fuerte que a veces parece que te grita nombres de gente que ya no está. Desde que enterré a mi Ramiro bajo la cruz de ocote en el cerro, no había escuchado otra voz que no fuera la mía rezando.

Hasta esa mañana.

Era apenas el amanecer, esa hora azul cuando el frío te cala hasta los huesos. Escuché un gemido. No era un perro, ni un coyote. Era algo más… triste. Un sonido finito, como una pregunta que se queda colgada en el aire helado.

Agarré el viejo rifle que Ramiro dejó colgado, más por costumbre que por valentía, y abrí la puerta. El aire helado me golpeó la cara, pero lo que vi me dejó helada el alma.

Ahí, en las tablas podridas de mi porche, había un cachorro. Un lobezno, no más grande que una hogaza de pan. Sus patitas le temblaban, se veía que estaba agotado, con el lodo pegado a su pelaje gris humo. Pero no fue el animal lo que hizo que se me parara el corazón.

Fue lo que traía en el hocico.

Una cobijita de bebé. Amarilla, deslavada por el sol y el tiempo, con un listón deshilachado en la esquina.

El lobito dio un paso, soltó la cobija a mis pies y se sentó sobre sus ancas, mirándome fijo con esos ojos grises, esperando.

Solté el rifle. Mis manos empezaron a temblar tanto que apenas las sentía mías. Me arrodillé en la madera fría. Yo conocía esa clase de cobija. No había tocado una así desde el invierno en que mi propio bebé m*rió al nacer, un dolor que me dejó hueca mucho antes de que mi esposo se fuera.

—¿De dónde saliste? —le pregunté, con la voz quebrada.

El cachorro no se movió. Solo me miró, y luego volteó hacia el bosque.

Lo metí a la casa, lo puse junto al fogón y estiré la cobija en la mesa. Mi pecho dolía. Sentía que me faltaba el aire. Esa noche no pude pegar el ojo. Cada ruido del monte me ponía en alerta. Sabía que ese animal no había llegado por casualidad.

Al amanecer, salí de nuevo. La nieve fresca cubría todo como una sábana blanca. Y entonces las vi.

No eran huellas de patas. Ni de botas.

Eran pies descalzos. Pequeñitos. De un niño.

Salían del bosque, llegaban hasta mi porche y luego regresaban a perderse entre los pinos. Alguien había venido. Alguien había traído al lobo. Alguien que estaba allá afuera, en el frío m*rtal, sin zapatos.

Sentí una punzada en el estómago, mezcla de miedo y una urgencia que no sentía hace años. Me calcé las botas y salí corriendo hacia los árboles.

PARTE 2: EL ECO DE LOS PIES DESCALZOS

Mis botas viejas, esas que Ramiro había recauchutado dos veces antes de que el cáncer se lo llevara, golpeaban la nieve crujiente con una violencia que mis rodillas ya no deberían soportar. Pero no sentía el dolor. No sentía el reuma que cada mañana me recordaba que tenía setenta años, ni el aire helado que, a esa altura de la Sierra, se sentía como tragar vidrio molido. Solo sentía el latido desesperado de mi propio corazón retumbando en mis oídos: dum-dum, dum-dum, al ritmo de una sola palabra que mi mente gritaba: ¡Corre!

El cachorro de lobo iba adelante. Era increíble cómo un animalito tan pequeño, que minutos antes parecía a punto de rendirse en mi porche, ahora sacaba fuerzas de quién sabe dónde para guiarme. Iba con el hocico pegado al suelo, soltando pequeños gemidos cada vez que el viento borraba un poco el rastro.

—¡Espérame! —jadeé, sintiendo que el pecho me ardía.

El lobito se detuvo un segundo, giró su cabecita gris y me miró con una intensidad que me puso la piel de gallina. No eran ojos de animal. Eran ojos de alguien que sabe que el tiempo se acaba. Ladró, un sonido agudo y urgente, y se metió entre los matorrales de huizache espinoso.

Me metí tras él, sin importarme que las ramas secas me rasgaran la falda o me chicotearan la cara. Tenía que ver esas huellas. Tenía que asegurarme de que mi vieja cabeza no me estaba jugando una broma cruel.

Y ahí estaban.

Al cruzar la línea de árboles, donde la nieve estaba más profunda y virgen porque las copas de los pinos tapaban el sol, las vi con claridad. Huellas. Pequeñas. Diminutas.

Me agaché, temblando, y puse mi mano enguantada junto a una de ellas. Mi mano era gigante a su lado. Eran pies desnudos. Los dedos estaban marcados con tal claridad que podía ver la forma del dedo gordo, hundido con fuerza en la nieve, como si el niño hubiera estado corriendo o tropezando.

—Dios mío, padre santo… —susurré, y el vaho de mi aliento se mezcló con la niebla de la mañana—. ¿Quién te hizo esto, criatura? ¿Quién te dejó salir así?

La lógica me decía que era imposible. Estábamos a tres horas del pueblo más cercano, San Juan de las Manzanas, y eso era en camioneta por el camino de terracería. A pie, cruzando el monte, eran días. No había vecinos. Los Ortega se habían ido al norte hacía cinco años, y la casa de los Benítez estaba en ruinas. Estaba sola. Estábamos solos.

¿Entonces de dónde venía este niño?

El lobezno aulló de nuevo, esta vez más lejos, hacia la Barranca del Diablo.

El nombre me hizo persignarme automáticamente. Ramiro siempre me prohibió acercarme a la barranca. “Ahí la tierra es traicionera, Carmen”, me decía con su voz grave, mientras afilaba el machete. “La piedra se desmorona y si te caes, ni los zopilotes te encuentran”.

Pero las huellas iban para allá.

Me enderecé, ajustándome el rebozo cruzado sobre el pecho como si fuera una armadura, y seguí.

El terreno se volvió más difícil. La nieve ocultaba raíces y piedras sueltas. Dos veces estuve a punto de irme de boca, salvándome solo por agarrarme de los troncos de los ocotes que lloraban resina. Mi respiración era un silbido ronco. Empecé a hablar con Ramiro, como hacía siempre que el miedo me quería paralizar.

—No me dejes sola ahora, viejo —mascullé entre dientes—. Tú conocías este monte mejor que nadie. Ayúdame a no romperme una pierna, porque si me caigo, ese niño se m*ere. Y yo también.

Pareció que el viento me contestaba, moviendo las copas de los árboles con un shhhhh tranquilizador.

De pronto, el lobito se detuvo en seco frente a un arbusto de zarzamora silvestre, totalmente congelado. Empezó a escarbar frenéticamente en la base.

Llegué hasta él, con el corazón en la garganta.

—¿Qué es? —pregunté, como si pudiera contestarme.

Entre las espinas, atorado en una rama baja, había algo que rompió el blanco monótono de la nieve. Un pedazo de tela.

Me quité el guante con los dientes para tocarlo. Era algodón barato. Tela de camiseta. Estaba manchada. Acerqué la tela a mi nariz y el olor metálico, inconfundible y terrible, me golpeó.

S*ngre.

Era sngre seca, oscura, pero sngre al fin.

Me tuve que recargar en un árbol porque el mundo me dio vueltas. La imagen de mi propio bebé, mi Angelito, vino a mi mente como un relámpago doloroso. Recordé lo frágil que se sentía en mis brazos antes de que dejara de respirar, lo indefenso que se ve un ser humano cuando apenas llega al mundo. La idea de que un niño, un inocente, estuviera her*do, sangrando y caminando descalzo por este infierno helado, me llenó de una rabia que no sabía que tenía.

Ya no era miedo. Era furia. Furia contra quien fuera responsable de esto. Furia contra el destino. Furia contra la misma Sierra si se atrevía a quitarme a otro niño.

—¡Busca! —le grité al lobo, señalando hacia adelante con el dedo tembloroso—. ¡Búscalo!

El animal pareció entender mi cambio de tono. Dejó de gemir y se puso serio, bajando la cabeza y arrancando a correr con más determinación.

Seguimos avanzando. El sol empezaba a subir, pero no calentaba. Al contrario, la luz brillante sobre la nieve lastimaba los ojos, cegándome. “Ceguera de nieve”, le dicen los viejos. Tuve que entrecerrar los ojos y confiar en la mancha gris que se movía delante de mí.

Llegamos al borde de la Barranca del Diablo. El mundo parecía acabarse ahí. El suelo se cortaba de tajo y caía cientos de metros hacia un abismo de rocas afiladas y neblina. El viento aquí golpeaba con una fuerza brutal, queriendo empujarnos al vacío.

Las huellas llegaban hasta el borde… y desaparecían.

—No… —el grito se me ahogó en la garganta—. ¡No, por favor, Virgencita, no!

Me arrastré hasta la orilla, pecho tierra para que el viento no me llevara, y me asomé al abismo, esperando ver un cuerpo pequeño destrozado en las rocas de abajo. Mis lágrimas se congelaban en mis pestañas.

Pero no había nada abajo. Solo piedra y soledad.

Entonces, el lobito ladró. No ladraba al vacío. Ladraba hacia la derecha, hacia una saliente de roca que formaba un pequeño sendero natural, apenas visible, que bajaba bordeando el precipicio. Era un camino de cabras, peligroso hasta para un hombre ágil, m*rtal para un niño.

Pero ahí, en una piedra cubierta de musgo helado, vi otra mancha roja.

Había bajado por ahí.

Me levanté, sacudiéndome la nieve de la falda. Miré al cielo, gris y pesado. Se venía una tormenta. Si no lo encontraba en la próxima hora, la nieve cubriría el rastro y el frío de la tarde lo mataría.

—Si me mato, Ramiro, te juro que te voy a jalar las orejas en el cielo por no cuidarme —dije en voz alta, tratando de darme valor.

Puse un pie en el sendero de roca. La piedra estaba resbalosa. Me abracé a la pared de la montaña, clavando las uñas en la tierra y las raíces que sobresalían. Cada paso era una apuesta. Abajo, el vacío esperaba.

Avancé metro a metro. El lobezno iba delante, con una agilidad envidiable, pero se detenía cada dos pasos para mirar atrás y asegurarse de que la vieja lenta todavía lo seguía.

Fue entonces cuando escuché algo que no era el viento.

No era un llanto. Era… ¿un canto?

Era una vocecita, tan suave y débil que pensé que la estaba imaginando. Tarareaba. Una melodía rota, sin letra, solo un mm-mm-mmm tembloroso.

—¡Aquí! —grité, aunque mi voz salió como un graznido—. ¡Aquí estoy!

El tarareo se detuvo.

Apresuré el paso, casi resbalando. Doblé una curva en la pared de roca y vi una pequeña cueva, poco más que una grieta ancha en la montaña, protegida por un arbusto seco. El lobo ya estaba ahí, con la mitad del cuerpo adentro, moviendo la cola frenéticamente.

Me dejé caer de rodillas en la entrada de la cueva, sin aliento, con el corazón martillando tan fuerte que me dolían las costillas.

—¿Hola? —dije, asomándome a la penumbra.

Al principio, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Olía a tierra húmeda, a animal… y a orina.

Y entonces, lo vi.

En el fondo de la cueva, hecho un ovillo sobre un montón de hojas secas y basura que seguramente algún animal había juntado, había un bulto. Llevaba una camiseta blanca sucia y rota, demasiado grande para él, que le llegaba a las rodillas. Sus piernas eran dos varitas moradas por el frío. Sus pies… Dios, sus pies eran una masa de cortes y sangre seca.

Era un niño. No tendría más de cinco años.

Tenía el pelo negro, largo y enmarañado, lleno de ramitas. Su piel, que debía ser morena, estaba pálida, con ese tono azulado que precede a la m*erte por hipotermia.

Estaba abrazado a algo. Me acerqué arrastrándome. El lobito estaba lamiéndole la cara con desesperación, tratando de darle calor, de despertarlo.

El niño abrió los ojos. Eran grandes, oscuros, inmensos. No había miedo en ellos. Había una resignación que ningún niño de esa edad debería conocer. Me miró, y luego miró al lobo.

—Perrito… —susurró. Su voz era como papel de lija.

—No es un perrito, mi amor —dije, quitándome el rebozo grueso de lana a toda prisa—. Pero es un buen amigo.

Me acerqué a él. Estaba ardiendo en fiebre, pero su piel se sentía helada al tacto. Era esa fiebre traicionera del cuerpo que ya no puede regularse. Lo envolví con mi rebozo, frotando sus brazos, sus piernas, tratando de pasarle mi calor.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, mientras lo levantaba. Pesaba tan poco… menos que un costal de frijoles. Estaba en los huesos.

El niño no contestó. Su cabeza cayó pesadamente sobre mi hombro. Se estaba desvaneciendo.

—¡No te duermas! —le ordené, sacudiéndolo suavemente—. ¡Escúchame, chamaco! ¡No te puedes dormir!

Miré lo que había estado abrazando. Era una figura de madera tallada, tosca, vieja. Un caballito. Y junto a él, en el suelo de la cueva, había restos de comida. Cáscaras de nueces, raíces mordisqueadas… y huesos de pequeños roedores.

Se me heló la sangre al entender. Este niño no acababa de llegar.

Este niño llevaba tiempo viviendo aquí. Sobreviviendo. Como un animalito salvaje.

¿Cómo era posible? ¿Cómo había sobrevivido a las heladas de la semana pasada? Miré al lobo. El cachorro se acurrucó contra la pierna del niño ahora que yo lo tenía en brazos.

Ellos se conocían. El lobo no lo había encontrado hoy. El lobo lo había estado cuidando.

—Tenemos que irnos —dije, más para mí que para él.

Pero salir de ahí iba a ser mucho más difícil que entrar. Tenía que subir el sendero de la muerte cargando a un niño, con mis setenta años a cuestas y una tormenta respirándome en la nuca.

Me acomodé al niño en la espalda, amarrándolo con el rebozo como hacían las abuelas de antes, pegado a mi cuerpo.

—Agárrate fuerte, mi cielo —le dije—. Agárrate como si fueras una garrapata.

El niño no respondió, pero sentí sus manitas frías aferrarse débilmente a mi cuello.

—Vámonos, Milagro —le dije al lobo. Ya tenía nombre. Se lo había ganado.

El regreso fue una pesadilla borrosa. Recuerdo el dolor en mis pulmones, agudo y constante. Recuerdo resbalar en la piedra y despellejarme las rodillas, protegiendo al niño con mi cuerpo contra la pared de roca para que no cayera. Recuerdo rezar el Rosario completo, misterio por misterio, gritando las Ave Marías al viento para no escuchar el rugido de la tormenta que comenzaba a soltar los primeros copos gruesos de nieve.

Cada paso era una batalla ganada a la m*erte.

—Ya casi, ya casi… —repetía, aunque ni yo misma sabía cuánto faltaba.

Cuando por fin mis botas tocaron la tierra plana del bosque, sentí ganas de llorar de alivio, pero no tenía energía para eso. La nieve caía con fuerza ahora, borrando nuestras huellas en segundos. El mundo se había vuelto blanco y gris.

No sé cómo llegué a la cabaña. Creo que Ramiro me empujó los últimos quinientos metros. Sentía sus manos en mi espalda, dándome esa fuerza que él siempre tuvo y yo siempre necesité.

Cuando vi la chimenea de mi casa soltando humo (gracias a Dios había dejado leña puesta), mis piernas cedieron. Caí de rodillas en la nieve del patio, justo frente a la puerta.

El lobo empezó a ladrar, rascando la puerta, desesperado.

Me arrastré hacia adentro. Cerré la puerta con el pie y el cerrojo cayó con un clac que sonó a gloria.

El silencio de la cabaña me envolvió. El calor del fogón todavía se sentía.

Desaté al niño con manos torpes y entumecidas. Estaba inconsciente. Lo puse sobre la mesa, sobre la misma cobija amarilla que el lobo me había traído.

—Agua caliente… necesito agua caliente… —balbuceaba yo sola, moviéndome por la cocina como una autómata.

Puse agua al fuego. Busqué el frasco de alcohol y las hierbas para la fiebre. Empecé a quitarle esa ropa asquerosa y mojada.

Cuando le quité la camiseta rota, me llevé las manos a la boca para ahogar un grito.

Su espalda. Su pequeña espalda estaba marcada. No eran rasguños de ramas. No eran golpes de caídas.

Eran cicatrices. Viejas y nuevas. Líneas rectas y crueles que cruzaban su piel morena. Marcas de cinturón. Quemaduras de cigarro.

Este niño no se había perdido. Este niño había escapado.

Las lágrimas, que había contenido durante toda la caminata, brotaron por fin. Lloré de rabia, lloré de dolor, lloré por la crueldad infinita del mundo que permite que a un ángel le hagan estas cosas.

Limpié sus herdas con agua tibia y trapos limpios, llorando en silencio. El lobo, Milagro, estaba sentado en una silla, con las patas delanteras sobre la mesa, vigilando cada movimiento que yo hacía, gruñendo bajito si me acercaba demasiado a las herdas, como advirtiéndome que no le hiciera más daño.

—Lo estoy curando, tonto —le dije al lobo, sorbiendo los mocos—. Lo estoy ayudando.

Le puse una de las camisas de franela viejas de Ramiro. Le quedaba como un vestido gigante, pero era caliente y olía a hombre bueno. Lo envolví en tres cobijas de lana y lo senté en la mecedora frente al fuego.

Le preparé un caldo de pollo aguado, lo único que mi despensa pobre podía ofrecer. Se lo di a cucharadas, soplándole para que no se quemara. Al principio el caldo se le escurría por la comisura de los labios, pero poco a poco empezó a tragar.

El color volvió a sus mejillas. Muy leve, pero ahí estaba.

Pasaron horas. La noche cayó sobre la Sierra como una manta negra. El viento afuera aullaba como una bestia herida, golpeando las ventanas, pero adentro, el fuego crepitaba.

Yo estaba sentada en el suelo, agotada, con el rifle sobre las piernas. No pensaba dormir. Si alguien le había hecho eso a este niño, y si ese alguien lo estaba buscando… yo iba a estar lista.

De repente, el niño se movió.

Milagro levantó las orejas.

El niño giró la cabeza y me miró. Ya no había esa neblina en sus ojos. Me veía con claridad.

—Señora… —su voz era un hilo.

Me acerqué de inmediato, tomando su manita caliente.

—Aquí estoy, mi vida. Soy Carmen. Estás seguro aquí. Nadie te va a hacer daño.

El niño apretó mi mano. Tenía más fuerza de la que parecía.

—El hombre malo… —susurró, y sus ojos se llenaron de un terror absoluto—. El hombre malo viene.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de afuera.

—¿Quién es el hombre malo? —le pregunté suavemente.

—El que nos tenía en el sótano —dijo.

Me quedé helada. —¿Nos? ¿Había alguien más?

El niño asintió, y una lágrima rodó por su mejilla sucia.

—Mi hermanita. Él se quedó con mi hermanita.

El mundo se detuvo.

Miré la cobija amarilla sobre la mesa. La cobija de bebé. La cobija que el lobo me había traído.

—La cobija… —dije, sintiendo que me faltaba el aire—. ¿La cobija es de tu hermanita?

El niño asintió.

—Ella me la dio. Dijo: “Dásela al lobito para que busque ayuda”. Ella no podía correr. Le dolía la pierna.

Me puse de pie, tambaleándome.

No había terminado. Dios mío, esto no había terminado. Había una niña. Una bebé, quizás. Allá afuera. O peor, en manos de “el hombre malo”.

El niño me miró con una súplica que me partió el alma en dos.

—¿Va a ir por ella? —preguntó—. Usted es valiente. El lobito me dijo que usted era valiente.

Miré al lobo. Milagro me miraba fijamente, como si entendiera cada palabra.

Miré por la ventana. La tormenta estaba en su peor momento. Salir ahora era un suicidio. Pero dejar a una niña en manos de un monstruo… eso era una condena peor que la m*erte.

Fui al armario de Ramiro. Saqué su caja de cartuchos. Quedaban doce balas para el rifle.

—¿Dónde están? —le pregunté al niño, cargando el arma con manos que ya no temblaban. La furia había quemado el miedo.

—En la casa de piedra —dijo él—. Donde el camino se acaba y empieza el cielo.

Sabía dónde era eso. La vieja mina abandonada, en la cima del Pico del Águila. El lugar más solitario y alto de la región.

Miré el reloj de pared. Eran las diez de la noche.

—Descansa —le dije al niño, besándole la frente—. Cierra los ojos. Cuando los abras, voy a traer a tu hermana.

El niño cerró los ojos, confiando en mí. Confiando en una vieja que apenas podía caminar.

Me puse mi abrigo más grueso. Me eché el morral al hombro con linterna, cuchillo y cuerda.

Abrí la puerta. El viento casi me tira. La nieve me golpeó la cara con furia.

—¡Milagro! —llamé.

El lobo se levantó de un salto, listo.

—Vamos a cazar —le dije.

Pero justo cuando iba a dar el primer paso hacia la oscuridad, vi algo en la nieve, iluminado por la luz que salía de mi puerta.

No eran huellas de niño.

Eran huellas de botas. Grandes. Pesadas. Recientes. Estaban rodeando la cabaña.

Y junto a las huellas, clavado en el tronco del viejo pino frente a mi entrada, había algo brillando.

Me acerqué, con el rifle levantado.

Era un cuchillo de caza, clavado profundo en la madera. Y clavada con el cuchillo, había una nota de papel, agitándose violentamente con el viento.

La arranqué. Tenía una letra garabateada, furiosa.

Decía tres palabras que hicieron que mi sangre se convirtiera en hielo:

“DEVUÉLVEME MI MERCANCÍA”

El sonido del cerrojo de un arma, a mis espaldas, cortó el sonido del viento.

Me giré lentamente.

Entre las sombras de los árboles, a solo unos metros de mí, una silueta alta y oscura se recortaba contra la nieve. Un punto rojo, la brasa de un cigarro, brillaba en la oscuridad.

—Buenas noches, abuela —dijo una voz rasposa, burlona—. Creo que tienes algo que me pertenece.

El lobo gruñó, mostrando los dientes, poniéndose entre el hombre y yo.

Levanté el rifle de Ramiro, apuntando directo a donde brillaba el cigarro.

—Aquí lo único que vas a encontrar —dije, con una calma que me sorprendió— es tu propia tumba.

El hombre rió. Una risa seca, fea.

—Somos tres, abuela. Y tú tienes una sola bala en la recámara. ¿Sabes contar?

Oí pasos crujiendo en la nieve a mi izquierda. Y a mi derecha.

Me estaban rodeando.

Retrocedí un paso hacia la puerta abierta, donde el niño dormía ajeno a que el diablo había llegado a tocar.

—Entren —susurré, para que solo el lobo me escuchara—. Si quieren entrar, van a tener que pasar sobre mí.

El hombre del cigarro dio un paso hacia la luz. Vi su cara. Tenía tatuajes en el cuello y una sonrisa de depredador.

—Vamos a hacerlo fácil —dijo él, sacando una pistola—. Entrégame al escuincle y te dejamos vivir para que sigas rezándole a tus santos. Si no… te quemamos con todo y cabaña.

Apreté el gatillo de mi mente antes de apretar el del rifle. Pensé en Ramiro. Pensé en mi bebé muerto. Pensé en el niño adentro, con sus cicatrices en la espalda.

—Milagro —dije en voz baja.

El lobo tensó los músculos.

—¡ATACA! —grité.

Y el infierno se desató en la montaña.

El lobo saltó directo a la garganta del hombre del cigarro justo cuando yo disparaba hacia la sombra de la izquierda. El estruendo del disparo sacudió la nieve de las ramas.

No sé si le di. No esperé a ver. Me lancé hacia adentro de la cabaña y cerré la puerta de golpe, justo cuando una bala astillaba la madera a centímetros de mi cabeza.

Pasé el cerrojo. Arrastré la mesa pesada contra la puerta.

El niño se había despertado y gritaba.

—¡Al sótano! —le grité—. ¡Métete debajo de la cama, rápido!

Afuera se oían gritos de dolor. El lobo estaba haciendo su trabajo. Pero luego oí un disparo seco. Y un aullido de dolor que me rompió el corazón.

—¡Milagro! —grité.

Silencio.

Luego, la voz del hombre, jadeante y furiosa:

—¡Maldita perra! ¡Me rompiste la nariz! ¡Ahora sí te vas a m*rir! ¡Traigan la gasolina!

Oí el sonido inconfundible de líquido salpicando contra las paredes de madera de mi casa.

Olía a gasolina.

Iban a quemarnos vivos.

Miré a mi alrededor, desesperada. Mi cabaña, mi refugio, mi vida entera estaba a punto de convertirse en una pira funeraria.

Pero mis ojos se posaron en la vieja estufa de leña. Y recordé algo que Ramiro había hecho hace años, “por si acaso venían los federales o los narcos”, decía él en broma. O no tan en broma.

Debajo de la alfombra de la sala, había una trampilla. Un túnel de escape que salía al viejo pozo seco, cincuenta metros atrás, en el bosque.

Nunca lo habíamos usado. Estaba lleno de telarañas y quién sabe qué alimañas.

Pero era eso o el fuego.

—¡Ven! —agarré al niño y levanté la alfombra.

El humo ya empezaba a colarse por debajo de la puerta. Las llamas empezaron a lamer las ventanas. El calor era insoportable.

Levanté la trampilla de madera pesada. El hueco negro nos miraba.

—¿A dónde vamos? —lloraba el niño.

—Al inframundo, mijo —le dije, empujándolo hacia el agujero—. Para salir por el otro lado.

Me metí tras él y cerré la trampilla sobre mi cabeza justo cuando el cristal de la ventana estallaba y una botella con fuego entraba a la sala.

Estábamos en la oscuridad total. Arrastrándonos por un túnel de tierra húmeda y ratas, mientras arriba mi casa, mi historia y mis recuerdos ardían.

Pero yo tenía una misión.

Tenía que salir. Tenía que volver al bosque. Tenía que saber si mi lobo estaba vivo.

Y tenía que subir al Pico del Águila.

Porque había una niña esperando. Y porque Doña Carmen, la viuda loca de la montaña, acababa de declararle la guerra al diablo. Y yo no pienso perder.

Me detuve a mitad del túnel para recuperar el aliento. El niño sollozaba bajito delante de mí.

—Shhh —le acaricié el tobillo en la oscuridad—. Ya casi salimos.

Mi mente trabajaba a mil por hora. Eran tres hombres. Uno her*do de la nariz (probablemente por el lobo), otro al que le disparé (no sé si le di), y un tercero. Tenían armas. Tenían vehículos.

Yo tenía un rifle con once balas, un cuchillo, una linterna, y un conocimiento del terreno que ellos no tenían. Ellos eran de ciudad. Se les notaba en la ropa, en el acento, en la forma estúpida de rodear una casa en terreno abierto.

Ellos creían que el fuego acabaría con nosotros. No esperarían que saliéramos por atrás.

Llegamos al final del túnel. La salida daba al interior del pozo seco. Había una escalera de mano de hierro oxidado incrustada en la pared.

—Sube con cuidado —le susurré al niño—. No saques la cabeza hasta que yo te diga.

Subí yo primero, despacio, empujando la tapa de madera podrida que cubría el pozo.

El aire fresco de la noche me golpeó. Y el resplandor naranja.

Me asomé con precaución. Mi cabaña era una antorcha gigante. Las llamas subían alto, iluminando la nieve de rojo s*ngre. Era un espectáculo hermoso y terrible ver arder tu vida.

Los tres hombres estaban frente a la casa, riendo, viendo el fuego.

—Ya estuvo —dijo uno—. Ahí quedaron como ratas asadas.

—Lástima del niño —dijo otro—. El patrón va a estar furioso. Valía mucho dinero.

—Le diremos que se murió en el frío antes de que llegáramos. Vámonos, hace un frío de la chingada.

Se dieron la vuelta para caminar hacia donde debían tener su camioneta, en el camino principal.

Pero uno de ellos se detuvo.

—Oigan… ¿y el lobo?

Miraron alrededor. En la nieve, cerca de la puerta, había una mancha de s*ngre grande, pero no había cuerpo.

—Se habrá ido a morir al monte. Le metí un plomazo en el costado —dijo el líder.

Sentí una punzada de esperanza y dolor. Milagro estaba her*do, pero vivo. Había escapado.

Esperé a que se alejaran un poco más.

Salí del pozo, ayudando al niño.

—Escúchame bien —le dije al oído, tomándolo por los hombros—. ¿Ves aquel árbol grande, el que parece un tenedor?

El niño asintió.

—Vas a correr hacia allá y te vas a esconder detrás. No salgas por nada del mundo hasta que yo vaya por ti. ¿Entendido?

—¿Y usted?

—Yo voy a hacer algo que debí hacer hace mucho tiempo —dije, acariciando la culata de madera del rifle—. Voy a limpiar mi casa.

El niño corrió hacia el árbol. Era una sombra pequeña y veloz.

Yo me quedé ahí, agazapada en la nieve, viendo cómo las siluetas de los hombres se alejaban. Podría dejarlos ir. Podría agarrar al niño y huir en la otra dirección. Sería lo sensato.

Pero entonces pensé en la niña. En la “mercancía”. Pensé en las cicatrices en la espalda del niño. Pensé en mi casa ardiendo.

Y pensé en Milagro sangrando en algún lugar del bosque.

No. No se iban a ir. Si los dejaba ir, volverían con más gente. Si los dejaba ir, alertarían al “patrón”.

Tenía que acabar con esto aquí y ahora. La cacería no había terminado. Apenas empezaba.

Me moví entre los árboles, flanqueándolos. Yo conocía cada raíz, cada piedra. Ellos tropezaban en la nieve profunda.

Me adelanté a su camino. Me coloqué detrás de una roca grande, donde el camino hacía una curva obligada antes de llegar a donde dejaban los carros.

Apoyé el rifle en la roca. Respiré hondo. El aire helado llenó mis pulmones, limpiando el humo.

Uno… dos… tres.

Los vi venir. Iban confiados, con las armas bajas, encendiendo cigarros.

—Oye, ¿escuchaste eso? —dijo el de atrás.

—Es el viento, marica. Camina.

Dejé que se acercaran. Veinte metros. Diez metros.

Podía verles las caras iluminadas por la luna llena que acababa de salir entre las nubes de tormenta.

—Buenas noches, caballeros —dije en voz alta, saliendo de mi escondite con el rifle apuntando al pecho del líder.

Se quedaron petrificados. Parecían ver un fantasma. Y tal vez lo era. Era el fantasma de la justicia de la Sierra.

—¿Pero qué…? —el líder intentó levantar su arma.

BANG.

El disparo resonó en el valle. El arma del líder voló de su mano, junto con dos dedos. Cayó al suelo gritando, agarrándose la mano destrozada.

Los otros dos intentaron reaccionar, pero el pánico los hizo torpes.

—¡Tiren las armas o los siguientes tiros van a la cabeza! —grité con una voz que no sabía que tenía. Una voz de trueno.

Dudaron.

—¡AHORA!

Tiraron las pistolas a la nieve.

—De rodillas. Manos en la nuca.

Obedecieron, temblando. El líder lloraba en la nieve.

Me acerqué despacio, sin dejar de apuntarles. Pateé las armas lejos.

—Ahora —dije, sintiendo la adrenalina correr por mis venas como fuego líquido—. Vamos a tener una plática muy seria. Me van a decir exactamente dónde está la niña. Me van a decir quién es el patrón. Y me van a decir cómo se arranca una camioneta sin llaves, porque vamos a ir de paseo.

Uno de ellos, el más joven, me miró con terror puro.

—Señora… usted no sabe con quién se mete.

Sonreí. Una sonrisa fría y terrible.

—No, mijo. Ustedes no saben con quién se metieron. Soy Carmen. Y esta es mi montaña.

De repente, un aullido rompió la noche. No era un gemido de dolor. Era un aullido largo, fuerte, desafiante.

Venía del bosque, a mi derecha.

Milagro.

Estaba vivo. Y me estaba diciendo que estaba listo para seguir peleando.

Miré hacia arriba, hacia el Pico del Águila, donde la mina abandonada esperaba. Donde una niña rezaba por un milagro.

—Levántense —les ordené a los hombres—. Vamos a ir por la niña. Y ustedes van a ir delante, por si hay trampas. Y si alguno hace un movimiento en falso… bueno, los lobos tienen hambre esta noche.

Los empujé hacia el camino, hacia la oscuridad de la montaña alta. Atrás, mi casa terminaba de consumirse, enviando chispas al cielo como estrellas fugaces.

No tenía casa. No tenía nada más que un rifle, un niño rescatado, un lobo her*do y una furia inmensa.

Pero esa noche, bajo la luna de la Sierra, supe que nunca había estado más viva.

La verdadera historia apenas comenzaba.

PARTE 3: LA GARGANTA DEL LOBO

El aire de la Sierra a esa hora de la madrugada no se respira; se mastica. Es un bloque de hielo sólido que te entra por la nariz y te congela los pulmones antes de que siquiera puedas exhalar. Pero esa noche, mientras empujaba a aquellos tres desgraciados montaña arriba, el frío era lo único que mantenía mi cabeza despejada. El olor a pino quemado se había quedado pegado en mi ropa, un recordatorio constante de que atrás, en el valle, mi vida entera se había convertido en ceniza y humo.

—Caminen —ordené, clavándole el cañón del rifle en las costillas al que había perdido los dedos. El tipo sollozó, un sonido patético que el viento se tragó al instante. Se agarraba la mano destrozada contra el pecho, manchando de s*ngre negra su chamarra de marca.

—Señora, por favor… necesito un médico —gimoteó, tropezando con una raíz.

—Y yo necesitaba mi casa —respondí con una voz tan seca que me raspó la garganta—. Y ese niño necesitaba a su madre. Y mi lobo necesitaba no tener un plomazo en el costado. Así que camina, o te juro por la memoria de mi Ramiro que te dejo aquí para que los coyotes terminen el trabajo.

El miedo es un motor poderoso. Los tres hombres avanzaron. Iban atados de manos con la cuerda que llevaba en mi morral, una fila de penitentes del infierno marchando hacia su juicio. El niño, mi pequeño valiente, iba unos pasos detrás de mí. No decía nada. Sus ojos, enormes en la oscuridad, saltaban de un lado a otro, escaneando el bosque como si esperara que los árboles cobraran vida.

—¿Estás bien, mijo? —le pregunté sin voltear, sin dejar de apuntar a los hombres.

—Sí —susurró. Su voz temblaba, pero no de frío—. Milagro viene ahí.

Miré hacia la derecha, hacia la espesura de los ocotes. Ahí estaba. Una sombra gris cojeando entre la maleza. Milagro. Mi salvador de cuatro patas. Llevaba el costado derecho apelmazado de s*ngre, y cada paso le costaba un mundo, pero no se separaba de nosotros. Sus ojos amarillos brillaban en la oscuridad, fijos en los hombres, con un odio primitivo que me hacía sentir acompañada.

—Aguanta, amigo —le dije suavemente—. En cuanto terminemos esto, te curo. Te lo prometo.

Subir al Pico del Águila no es cosa fácil ni para una cabra montés, mucho menos para una vieja de setenta años con las rodillas oxidadas y tres criminales de ciudad que se ahogaban con la altura. El sendero desapareció hace años, borrado por los deslaves y el abandono. Ahora era solo una cicatriz de piedra suelta y abismos traicioneros.

A medida que ganábamos altura, la tormenta arreciaba. La nieve ya no caía suave; golpeaba horizontalmente, como agujas. Mis manos, aferradas al rifle, empezaban a perder sensibilidad, pero la rabia me mantenía caliente. Pensaba en las cicatrices en la espalda del niño. Pensaba en la “mercancía”. ¿Cuántos más habría allá arriba? ¿Qué clase de monstruosidad habíamos permitido que creciera en nuestras narices, aquí, en el silencio de la montaña?

—Falta poco —dijo el más joven de los tres, el que tenía cara de no haber terminado la secundaria todavía. Estaba llorando en silencio, moco y lágrima congelados en la cara—. Señora, si nos deja ir… yo le juro que no vuelvo. Yo solo manejaba la camioneta.

Me detuve un segundo para recuperar el aliento, apoyándome en un tronco. El corazón me martillaba en los oídos, dum-dum, dum-dum, advirtiéndome que mi cuerpo estaba al límite.

—Tú sabías lo que llevabas —le solté, mirándolo a los ojos. Él bajó la mirada—. Tú sabías que eran niños. No me vengas con cuentos de inocencia ahora. En la Sierra, el que carga la leña también es responsable del incendio.

—El Patrón… —balbuceó el líder, el de la mano herida, con los dientes castañeteando—. El Patrón nos va a m*tar a todos. A usted también, vieja bruja. No sabe lo que tiene allá arriba. Es una fortaleza.

—Pues espero que tenga un buen cementerio también —le contesté, empujándolo para que siguiera caminando—, porque esta noche se va a llenar.

Llegamos a la cima una hora después. Mis piernas eran de plomo, pero la vista de lo que había allí arriba me inyectó una nueva dosis de adrenalina helada.

La vieja mina “La Esperanza”, cerrada desde los años ochenta por un derrumbe que m*tó a veinte mineros, ya no estaba abandonada.

Escondida en una hondonada natural, protegida por muros de roca, la entrada de la mina brillaba con luz eléctrica. Habían instalado generadores. Había dos camionetas 4×4 estacionadas afuera, con los motores encendidos para mantener la calefacción. Hombres armados patrullaban el perímetro, sus siluetas recortadas contra la luz de los reflectores halógenos que rompían la oscuridad de la montaña.

Nos tiramos al suelo, ocultos tras una cresta de roca. La nieve nos cubría casi por completo.

—Madre santísima… —susurré.

No era un simple escondite. Era una base de operaciones. Habían levantado una estructura de lámina y madera junto a la boca de la mina. Se oía música de banda a lo lejos, mezclada con el rugido del viento. Estaban cómodos. Estaban seguros. Se sentían intocables.

El niño se arrastró hasta mi lado, temblando violentamente.

—Ahí es —dijo, señalando la boca negra de la tierra—. Ahí nos tienen. En el fondo. Donde hace calor pero huele a azufre.

Le puse la mano en el hombro, apretando fuerte.

—¿Dónde está tu hermana? ¿Sabes en qué parte?

—En las jaulas —respondió, y esa palabra, “jaulas”, me golpeó como un puñetazo en el estómago—. Al fondo del túnel principal, hay unas rejas. Ahí nos meten cuando no nos… cuando no nos necesitan.

Cerré los ojos un segundo, pidiéndole fuerza a la Virgencita y perdón por lo que estaba a punto de hacer. Ya no era Doña Carmen, la viuda que vendía quesos y bordaba servilletas. Esa mujer se había quemado con su casa. Ahora era algo más antiguo, algo más duro. Era la montaña defendiendo a sus cachorros.

Miré a mis tres prisioneros. Estaban aterrados, no de mí, sino de lo que había abajo. Sabían que si sus jefes los veían así, capturados por una anciana, su destino sería peor que la cárcel.

—Escúchenme bien, pedazos de estiércol —les susurré, acercando mi cara a la del líder—. Tienen dos opciones. Opción A: Grito ahora mismo y dejo que sus amigos los balaceen en el fuego cruzado, porque créanme, a ellos no les importa si viven o mueren. Opción B: Hacen exactamente lo que yo les diga, y tal vez, solo tal vez, los entregue a la policía con vida cuando esto termine.

El líder asintió frenéticamente. El dolor de su mano y el frío le habían quitado toda la arrogancia.

—¿Qué… qué quiere que hagamos?

—Vas a caminar hacia allá —dije, señalando la entrada—. Vas a decirles que tuvieron un accidente. Que la camioneta se volcó y que tus compañeros están heridos. Vas a hacer que salgan a ayudarlos. Necesito que despejen la entrada.

—Se van a dar cuenta… —empezó a decir el joven.

—Más te vale que no —corté, amartillando el rifle—. Porque si veo que haces una seña, o gritas algo que no debes, la primera bala no va para ellos. Va para tu columna vertebral. ¿Entendido?

Los desaté, pero dejé las cuerdas colgando de sus muñecas para que pareciera que se habían soltado ellos mismos tras un accidente.

—Vayan —ordené.

Los vi bajar la pendiente nevada, tropezando, hacia la luz. Yo me quedé arriba, con el rifle apoyado en la roca, respirando despacio, controlando el temblor de mis manos. El niño se quedó pegado a mí, y Milagro, mi leal lobo herido, se echó a mi otro lado, con las orejas atentas.

Abajo, la farsa comenzó.

El líder empezó a gritar, agitando su mano sangrante.

—¡Ayuda! ¡Compadres! ¡Nos volteamos!

Dos guardias salieron de la caseta de lámina, con rifles de asalto colgados al hombro. Se veían relajados, aburridos. Uno de ellos tiró el cigarro y se acercó, riendo.

—¡Qué pendejos son! ¿Ya chocaron la Cheyenne del Patrón? Los va a desollar vivos, cabrones.

—¡Se nos fue en el hielo! —gritó el líder, improvisando mejor de lo que esperaba—. ¡El Chato se rompió la pierna, está allá abajo! ¡Ayúdenme a subirlo!

Los guardias dudaron un segundo, mirando hacia la oscuridad del camino. La codicia y la estupidez son malas consejeras. Si la camioneta estaba volcada, tal vez podían robar algo antes de reportarlo. O tal vez simplemente querían ver el desastre.

—Vamos a ver —dijo uno, haciendo una seña al otro.

Salieron de la zona iluminada, alejándose de la entrada de la mina.

Era mi oportunidad.

—Quédate aquí —le dije al niño, dándole mi cuchillo de monte. Era casi tan grande como su antebrazo—. Si alguien se acerca que no sea yo o el lobo, te escondes. Si te encuentran… ataca a los ojos. Siempre a los ojos.

El niño asintió, tomando el cuchillo con sus dos manos. Ver a un niño armado así me rompió el corazón un poco más, pero no había tiempo para la compasión.

Me deslicé por la ladera opuesta, aprovechando las sombras. Milagro me siguió, cojeando pero silencioso como un espectro. El dolor en mis articulaciones era un grito constante, pero lo ignoré. Me moví entre la chatarra vieja de la mina, oxidada y cubierta de nieve, hasta llegar al lado ciego de la caseta de entrada.

Solo quedaba un guardia en la puerta. Estaba de espaldas a mí, mirando hacia donde sus compañeros habían ido a “ayudar”.

Miré a Milagro y señalé al guardia. El lobo entendió. A pesar de su herida, el instinto de caza estaba intacto.

Milagro gruñó. Un sonido bajo, gutural.

El guardia se giró, sorprendido.

—¿Qué chingad…?

No terminó la frase. Milagro se le lanzó encima, mordiendo su pierna buena. El hombre gritó y cayó al suelo, soltando el rifle.

Yo salí de las sombras. No le di tiempo de levantarse. Le di un culatazo en la sien con toda la fuerza que me quedaba. El sonido fue seco, desagradable. El hombre quedó tendido en la nieve, inmóvil.

—Buen chico —jadeé, acariciando la cabeza del lobo—. Buen chico.

Tomé el rifle automático del guardia. Pesaba mucho más que mi viejo rifle de caza, y tenía demasiados botones y palancas, pero sabía dónde estaba el gatillo. Me colgué el mío a la espalda y entré en la mina.

El cambio de temperatura fue brutal. Dejamos atrás el frío cortante para entrar en un ambiente húmedo, pesado y tibio. Olía a diesel, a humedad rancia y a algo más… olor a humanidad hacinada.

El túnel principal estaba iluminado por focos amarillentos que colgaban de cables improvisados. Las paredes de roca lloraban agua sucia. Caminé pegada a la pared, con el corazón en la boca.

—¡Sofi! —susurró una voz en mi cabeza. Tenía que encontrarla.

Avancé unos cincuenta metros. El túnel se abría en una caverna grande, lo que antiguamente debió ser una zona de carga.

Lo que vi allí me detuvo en seco.

No eran jaulas. Eran contenedores.

Había tres contenedores de carga oxidados, de esos que llevan los tráileres, metidos ahí dentro. Tenían puertas de rejas soldadas.

Y dentro…

Me acerqué al primero, y las lágrimas me nublaron la vista.

Había niños. Decenas de ellos. Sentados en el suelo sucio, sobre colchonetas inmundas. Algunos dormían, otros lloraban en silencio, otros simplemente miraban al vacío con esos ojos de ancianos en caras de ángeles. Había niños de todas las edades, desde adolescentes hasta bebés que apenas gateaban.

—¡Virgencita de Guadalupe! —gimió mi alma.

Esto no era un secuestro. Esto era un mercado. Un maldito mercado de carne humana en el corazón de mi tierra.

Uno de los niños, una niña con el pelo trenzado, se acercó a los barrotes al verme. No gritó. Solo me miró con curiosidad.

—¿Es usted la abuela del lobo? —preguntó en un susurro.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Mateo dijo que vendría la abuela del lobo. Dijo que ella nos sacaría.

Mateo. El niño que rescaté. Les había dado esperanza incluso antes de escapar.

—Sí, mi vida —dije, tratando de deshacer el nudo en mi garganta—. Soy yo. Vengo por ustedes. ¿Dónde está Sofi? ¿La hermanita de Mateo?

La niña señaló hacia el fondo de la caverna, donde había una puerta de metal más pequeña, separada de los contenedores.

—Allá. El Patrón se la llevó hace rato. Dijo que era “especial”.

Sentí que la sangre se me iba a los pies. “Especial”. Esa palabra en la boca de esos demonios solo podía significar horror.

—Voy por ella. No hagan ruido —les supliqué—. Por favor, ni un ruido.

Avancé hacia la puerta metálica. Milagro se adelantó, olfateando la rendija inferior. El pelo de su lomo se erizó por completo y soltó un gruñido que retumbó en las paredes de piedra.

Probé la manija. Cerrada.

Retrocedí un paso y apunté a la cerradura con el rifle que le quité al guardia.

BAM-BAM.

Dos disparos ensordecedores en el espacio cerrado. La puerta se abrió de golpe.

Entré con el arma por delante, lista para disparar a lo que se moviera.

Era una oficina improvisada. Había una mesa, una computadora, botellas de licor caro… y una cama.

En la esquina, arrinconada, estaba una niña pequeña, abrazada a sus rodillas. No tendría más de cuatro años. Llevaba un vestido rosa sucio.

Pero no estaba sola.

Sentado en la silla giratoria, mirándome con una calma que me heló la sangre, había un hombre.

No era como los matones de afuera. Este hombre vestía un traje impecable, aunque sin corbata. Tenía el cabello canoso, bien cortado, y unos lentes finos. Parecía un banquero, o un político. Uno de esos hombres que salen en las noticias inaugurando escuelas.

Tenía una pistola plateada sobre el escritorio, pero no hizo ademán de tomarla.

—Doña Carmen —dijo, con una voz suave y educada—. Me preguntaba cuánto tardaría en llegar. Mis hombres son unos incompetentes, pero usted… usted es una sorpresa interesante.

—¡Suelte a la niña! —grité, apuntándole a la cabeza. Mis manos temblaban de furia, no de miedo.

El hombre sonrió.

—Nadie la tiene agarrada, señora. Ella sabe que no puede irse. ¿Verdad, Sofía?

La niña sollozó y escondió la cara entre las rodillas.

—Usted es un cerdo —escupí—. Un demonio.

—Soy un hombre de negocios —respondió él, cruzando las piernas—. Y usted acaba de interrumpir una transacción muy lucrativa. Esa niña tiene un comprador en el extranjero que paga muy bien por… la exclusividad.

—Cállese el hocico —rugí, dando un paso adelante—. Levántese despacio. Si toca esa pistola, le vuelo la tapa de los sesos y le juro que dormiré como un bebé esta noche.

El hombre me miró, evaluando la situación. Vio la determinación en mis ojos. Vio al lobo a mi lado, babeando s*ngre y rabia.

—Está bien, está bien —dijo, levantando las manos lentamente—. No hay necesidad de violencia innecesaria. Usted gana. Llévese a la niña. Llévese a su hermano. Déjeme el resto y olvide que vio este lugar. Le daré dinero. Mucho dinero. Podrá reconstruir su casa, comprarse un rancho en otro lado…

—¿Dinero? —La risa me salió como un ladrido amargo—. ¿Usted cree que esto se arregla con dinero? Usted quemó mi casa. Usted marcó la espalda de ese niño. Usted tiene a cientos de inocentes en jaulas.

—Es el mundo en el que vivimos, Carmen. Oferta y demanda. Si yo no lo hago, otro lo hará.

—Pues que lo haga otro —dije—. Porque usted se termina hoy.

Apreté el gatillo.

Click.

El arma del guardia. Se había encasquillado. O estaba vacía. No lo sé.

El hombre del traje lo notó al instante. Su sonrisa volvió, más cruel que antes. Se lanzó hacia la pistola plateada en el escritorio.

—¡Milagro! —grité.

El lobo saltó. Fue un borrón gris en el aire.

El hombre disparó. BANG.

Milagro aulló en el aire, golpeado, pero su impulso fue suficiente. Cayó sobre el hombre, cerrando las mandíbulas en su brazo armado. El hombre gritó, un alarido agudo y terrible mientras caían al suelo en una maraña de traje caro, pelaje y sangre.

Solté el rifle inútil y saqué mi viejo rifle de caza de la espalda. Era de cerrojo. Un tiro a la vez. Lento. Seguro.

Pero no podía disparar. Estaban rodando por el suelo. Si disparaba, podía darle al lobo.

—¡Sofía, corre! —le grité a la niña—. ¡Sal de aquí!

La niña se quedó paralizada.

El hombre logró golpear a Milagro en la cabeza con la culata de su pistola. El lobo soltó el brazo, aturdido, y cayó de lado.

El “Patrón” se puso de pie, jadeando, con el traje desgarrado y el brazo manando s*ngre a borbotones. Levantó su pistola plateada, apuntando a Milagro, que intentaba levantarse inútilmente.

—Maldito animal sarnoso —gruñó.

—¡Oiga! —grité.

El hombre giró la cabeza hacia mí.

Yo ya tenía a mi viejo amigo, mi rifle de madera y acero, apoyado en el hombro. El ojo en la mira. La respiración contenida.

No dudé. No pensé. Solo sentí el retroceso familiar en mi hombro, ese golpe seco que me había acompañado tantas veces cazando venados con Ramiro.

BOOM.

La bala le dio justo en el pecho, un poco a la izquierda. En el corazón negro que debía tener.

El hombre salió despedido hacia atrás, chocando contra el escritorio, tirando las botellas y la computadora. Cayó sentado, con los ojos muy abiertos, mirando la mancha roja que se expandía en su camisa blanca.

Intentó decir algo. Tal vez una maldición. Tal vez una súplica. Solo salió una burbuja de s*ngre por su boca. Y luego, su cabeza cayó hacia adelante.

Silencio.

Bajé el rifle. El olor a pólvora llenaba el cuarto pequeño.

Corrí hacia Milagro. El lobo respiraba con dificultad. Tenía una herida de bala nueva en el muslo, además de la del costado.

—Ay, mi chiquito, mi valiente… —lloré, acariciando su cabeza. Me lamió la mano, débilmente.

Me giré hacia la niña. Sofía me miraba con ojos inmensos.

—Ya pasó, mi cielo —le dije, extendiéndole la mano—. El hombre malo ya no está. Tu hermano Mateo está afuera esperándote.

La niña corrió hacia mí y se aferró a mi pierna, sollozando.

La cargué con un brazo, aunque mi espalda gritaba de dolor, y ayudé a Milagro a levantarse.

—Tenemos que salir —dije—. Tenemos que sacar a todos.

Salimos a la caverna principal. Los niños en los contenedores habían escuchado los disparos y estaban aterrorizados.

Busqué las llaves en el cuerpo del hombre m*erto. Las encontré en su bolsillo. Un manojo grande.

Empecé a abrir los candados, uno por uno. Mis manos temblaban tanto que me costaba atinarle a la cerradura, pero la adrenalina me mantenía en pie.

—¡Salgan! —les decía—. ¡Vamos, rápido!

Las puertas de rejas se abrieron. Los niños empezaron a salir, tímidos al principio, luego corriendo.

—¡Por la entrada! —les indiqué—. ¡Sigan el camino hacia abajo! ¡No paren hasta llegar al pueblo!

Era un caos. Cincuenta, sesenta niños corriendo hacia la libertad.

Pero entonces, sonó una alarma. Una sirena estridente que llenó la mina y taladró mis oídos. Luces rojas empezaron a girar en el techo.

Y escuché voces. Muchas voces. Viniendo de afuera.

—¡Están saliendo! —gritó alguien en la entrada—. ¡Cierren el perímetro! ¡Que no escape nadie!

El corazón se me detuvo.

Los hombres que mandé a buscar la camioneta volcada. Habían regresado. Y no venían solos. Habían llamado refuerzos.

Corrí hacia la entrada del túnel. Los niños que iban adelante regresaron corriendo, gritando.

—¡Están disparando! ¡Están disparando!

Se oyeron ráfagas de armas automáticas rebotando en la entrada de piedra.

Nos habían atrapado.

Estábamos encerrados en la mina. Con el Patrón m*erto, sí, pero con un ejército de sicarios afuera que no iba a dejar testigos.

Miré a los niños, apiñados en la caverna, llorando de nuevo. Miré a Sofía en mis brazos. Miré a Milagro, que sangraba en el suelo pero seguía mostrando los dientes hacia la entrada.

No podía sacarlos por la puerta principal. Nos masacrarían.

—Piensa, Carmen, piensa —me golpeé la frente—. Ramiro, ayúdame por favor.

Y entonces recordé algo. La mina “La Esperanza”. Ramiro trabajó aquí un tiempo, de joven, antes del derrumbe.

“La mina tiene pulmones, Carmen”, me había dicho una vez, borracho de pulque. “Tiene túneles de ventilación que suben hasta la cima del pico, chimeneas verticales para que salga el gas. Por ahí se metían los chiquillos a jugar”.

Chimeneas de ventilación.

Miré hacia el techo de la caverna. Allá arriba, entre las sombras y las vigas podridas, se veía una abertura negra, cuadrada. Un tiro vertical.

Estaba a diez metros de altura. Y nosotros éramos una vieja, un lobo herido y sesenta niños aterrorizados.

Pero era la única salida.

Las balas empezaron a picar la piedra cerca de la entrada de la caverna. Estaban avanzando. Estaban entrando.

—¡Atrás! —les grité a los niños—. ¡Todos al fondo, detrás de los contenedores!

Arrastré el escritorio del Patrón y lo volqué para usarlo de trinchera frente a la puerta de la oficina.

—¡Mateo! —grité hacia la oscuridad, esperando que mi niño valiente hubiera logrado entrar en el caos.

—¡Aquí! —respondió una vocecita. Mateo apareció entre los niños, con el cuchillo todavía en la mano. Cuando vio a Sofía, soltó el arma y corrió a abrazarla. Los dos lloraron, fundidos en un abrazo que me recordó por qué estaba luchando.

—Escúchenme —les dije a los mayores, unos adolescentes de catorce o quince años—. Hay una salida arriba. Necesito que me ayuden a subir.

—¿Cómo vamos a subir ahí, señora? —dijo uno, desesperado—. ¡Está altísimo!

Señalé las cadenas que colgaban del techo, antiguas cadenas de las grúas mineras.

—Vamos a hacer una escalera humana. Vamos a apilar cajas, muebles, lo que sea. Pero vamos a salir.

—¡Ya vienen! —gritó alguien.

Las sombras de los sicarios se alargaban en las paredes del túnel de entrada. Oía sus botas chapoteando en el agua.

Me acomodé detrás del escritorio volteado, cargando mi rifle con manos firmes. Me quedaban ocho balas.

—Ustedes construyan esa salida —les dije a los muchachos, mirándolos con fiera intensidad—. Yo los voy a detener.

—Pero señora… —empezó Mateo.

—¡Hazlo! —le grité—. ¡Salva a tu hermana!

Me giré hacia la entrada. Puse la mira en la primera sombra que apareció.

Milagro se arrastró hasta mi lado. No podía caminar, pero se negaba a dejarme sola. Puso su cabeza sobre mi bota, dándome calor.

—Bueno, viejo —le susurré al lobo—. Parece que esta es nuestra última parada.

Respiré hondo. El aire olía a m*erte y a esperanza.

El primer sicario asomó la cabeza.

BANG.

Cayó.

—¡Vengan por mí, hijos de la chingada! —grité, recargando el cerrojo—. ¡Vengan a conocer a la abuela!

La balacera se desató con furia ensordecedora. Las balas zumbaban sobre mi cabeza, mordiendo la madera del escritorio, sacando chispas de las rocas. Yo disparaba, recargaba, disparaba. Cada tiro contaba. Cada segundo ganado era un niño más que podía subir esa cadena hacia la noche.

No sabía si íbamos a salir vivos. Pero sabía una cosa: si la m*erte venía por mí hoy, me iba a encontrar de pie, disparando, y defendiendo lo que es correcto.

Y mientras disparaba, sentí una extraña paz. Sentí que Ramiro estaba ahí, a mi lado, sosteniendo el cañón para que no temblara. Sentí que por fin, después de tantos años de soledad, mi vida tenía un propósito.

La batalla por la mina había comenzado. Y yo iba a vender mi piel muy cara.

PARTE FINAL: EL AMANECER DE LOS OLVIDADOS

El sonido de una bala impactando contra la madera maciza no es como en las películas. No hay música de fondo, ni cámara lenta. Es un estallido seco, feo, que te llena la boca de aserrín y el alma de espanto. El escritorio del “Patrón”, esa mesa de caoba que seguramente costó más de lo que yo gané en toda mi vida vendiendo quesos, se estaba deshaciendo pedazo a pedazo frente a mis narices. Cada astilla que volaba era un segundo menos de vida, pero también un segundo ganado para los ángeles que tenía a mis espaldas.

—¡Súbanlos! ¡Más rápido! —grité sin voltear, recargando mi viejo rifle con dedos que se sentían como salchichas congeladas.

El cerrojo hizo clac-clac. Un sonido mecánico, tranquilizador en medio del caos. Asomé apenas un ojo por encima de la trinchera improvisada. Las sombras en el túnel se movían como cucarachas cuando prendes la luz de la cocina. Eran muchos. Veía los fogonazos de sus armas automáticas iluminando la humedad de las paredes de roca.

Bang.

Disparé. Una sombra cayó al agua sucia del piso del túnel.

—¡Cuatro! —mascullé. Me quedaban siete balas. Siete oportunidades para detener a un ejército.

Atrás de mí, el caos organizado por los adolescentes era un milagro en sí mismo. Habían arrastrado cajas de archivo, sillas, y hasta el frigobar del Patrón para armar una pirámide inestable bajo el tiro de ventilación. Las cadenas oxidadas colgaban como lianas de hierro.

—¡No alcanzo! —lloraba una niña pequeña, una cosita de unos seis años con un vestido de flores lleno de grasa.

—¡Súbete a mis hombros! —le ordenó un muchacho alto, flaco como una escoba, que tenía la cara llena de moretones.

El chico la impulsó. La niña se agarró de la cadena con manitas temblorosas. Arriba, otro adolescente, encaramado en una viga podrida, la jaló hacia la oscuridad del ducto.

—¡Uno fuera! —gritó el muchacho de la viga.

Faltaban cincuenta y tantos.

—¡Carmen! —la voz de Mateo me llegó entre el estruendo de los disparos.

Me arriesgué a girar la cabeza un segundo. Mateo estaba al pie de la estructura, abrazando a Sofía, su hermanita. No subía. Me estaba mirando.

—¡Vete, huerco necio! —le rugí, sintiendo que una bala pasaba tan cerca de mi oreja que me quemó el aire—. ¡Saca a tu hermana de aquí!

—¡No la voy a dejar sola! —gritó él, con esa valentía estúpida y hermosa que solo tienen los niños que han visto demasiado dolor—. ¡Usted prometió que saldríamos todos!

—¡Yo prometí que ustedes saldrían! —Disparé otra vez hacia el túnel sin apuntar bien, solo para mantenerlos a raya. Clac-clac. Seis balas—. ¡Obedece, carajo! ¡Si te quedas aquí, todo lo que hizo el lobo no sirve de nada!

Al mencionar al lobo, Milagro, que yacía a mi lado jadeando, levantó la cabeza. Tenía el hocico manchado de su propia sangre y la del Patrón. Sus ojos amarillos estaban vidriosos, pero cuando escuchó la voz de Mateo, soltó un gemido bajo. Era como si él también le estuviera diciendo: corre.

Mateo apretó los labios, asintió con lágrimas en los ojos y empujó a Sofía hacia la cadena.

—¡Sube, Sofi! ¡Como jugábamos en el árbol! ¡Sube!

Volví mi atención al frente. Los sicarios se habían dado cuenta de que yo no era un comando armado. Se habían dado cuenta de que el ritmo de mis disparos era lento.

—¡Es una sola arma! —gritó una voz ronca desde el túnel—. ¡Se les acabaron las automáticas! ¡Avancen!

El miedo me recorrió la espalda como una gota de agua helada. Sabían que estaba sola.

—¡Vengan pues! —les grité, tratando de que mi voz sonara más grande que mi cuerpo de setenta años—. ¡Vengan a ver cómo se muere una mujer de la Sierra!

Disparé de nuevo. Le di a uno en la pierna. Cayó gritando, pero otros dos pasaron por encima de él. Estaban a treinta metros. Veinte.

Me quedaban cinco balas.

La barricada de muebles crujió cuando una ráfaga de ametralladora la barrió de lado a lado. Me agaché, cubriéndome la cabeza con los brazos. Sentí el piquete caliente de las astillas clavándose en mis brazos. El polvo de la roca caía del techo como nieve gris.

—¡Abuela! —gritó alguien desde arriba.

Miré hacia atrás. La mitad de los niños ya habían subido. Pero faltaban muchos. Y el tiempo se escurría como agua entre los dedos.

—¡Sigan subiendo! —les ordené—. ¡No miren abajo!

Milagro intentó levantarse. Sus patas traseras le fallaron, resbalando en su propia sangre. Pero se arrastró con las delanteras, poniéndose delante de mí, enseñando los dientes hacia la entrada de la oficina. Iba a morir protegiéndome. Ese animal, ese “salvaje” que había aparecido en mi puerta esa mañana, tenía más nobleza en una garra que todos los humanos que nos estaban atacando.

—No, mi niño —le susurré, acariciando su oreja—. Tú descansa. Yo me encargo.

Cuatro balas.

Los pasos chapoteando en el agua estaban ya muy cerca. Podía oír sus respiraciones, sus maldiciones, el tintineo de sus chalecos tácticos.

Me levanté y disparé. Bang. Cayó otro. Tres balas.

Recargué. Bang. Le volé el hombro a uno que intentaba flanquearme por la izquierda. Dos balas.

Recargué. Mis manos ya no temblaban. Estaba en ese estado extraño de calma absoluta que te da la certeza del final. Pensé en Ramiro. Pensé en mi bebé, mi Angelito. Pronto los vería. Ya no tendría que pasar las noches hablándole a una cruz de madera.

—¡Granada! —gritó uno de ellos.

Me lancé sobre Milagro, cubriéndolo con mi cuerpo, esperando el fin.

Pero no hubo explosión. Solo el sonido metálico de algo rodando por el piso y deteniéndose contra el escritorio.

Esperé. Uno, dos, tres segundos. Nada.

Levanté la cabeza. Era una granada de humo.

Un silbido agudo y luego… fsssshhhh. Una nube densa, blanca y picante llenó la pequeña oficina en segundos. No podía ver nada. Ni la entrada, ni a los niños, ni mis propias manos.

Empecé a toser, los ojos me ardían como si me hubieran echado chile en polvo.

—¡Ahora! —gritaron desde el humo.

Disparé mi penúltima bala hacia donde creí escuchar la voz. Bang.

El retroceso me golpeó el hombro dolorido.

Y entonces, sentí el impacto.

No fue dolor al principio. Fue como si alguien me hubiera dado un empujón fuerte con un martillo en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. Me quedé sin aire. Mis piernas se doblaron y caí sentada contra la pared de roca.

El rifle se me resbaló de las manos.

—¡Le dimos! —gritó alguien, riendo.

Me llevé la mano al costado. Estaba caliente y mojado. Mucha sangre. Demasiada.

—Carmen… —me dije a mí misma, y mi voz sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua—. Levántate, vieja tonta. Todavía no.

Intenté alcanzar el rifle. Mis dedos rozaron la madera, pero no tenía fuerza para levantarlo.

El humo se disipaba un poco. Vi siluetas entrando en la oficina. Eran tres. Cuatro. Caminaban despacio, asegurando el perímetro.

Miré hacia atrás. La cadena.

Quedaban cinco niños abajo. Los más grandes. Los que se habían quedado ayudando a los pequeños. Estaban paralizados, mirándome con horror.

—¡Suban! —intenté gritar, pero solo salió un gorgoteo sanguinolento—. ¡Váyanse!

Uno de los sicarios, un hombre gigantesco con pasamontañas, se paró frente a mí. Pateó mi rifle lejos. Me miró desde arriba, como quien mira a un perro atropellado.

—Tanta bronca por una vieja —dijo, negando con la cabeza—. Deberías haberte quedado en tu cocina, abuela.

Levantó su pistola. El cañón negro parecía un ojo sin párpado mirándome.

Cerré los ojos. Acaricié el pelaje de Milagro, que yacía inmóvil a mi lado.

—Ahí voy, Ramiro —pensé—. Prepara el café.

Esperé el disparo.

Pero lo que escuché fue otra cosa.

Fue un rugido. Pero no de un animal.

Fue un estruendo que vino de arriba, del ducto de ventilación, pero también de afuera, de la entrada de la mina. Un sonido grave, profundo, que hizo temblar el suelo bajo nuestros pies.

El sicario bajó el arma, confundido.

—¿Qué fue eso? ¿Dinamita?

Y entonces, el sonido cambió. Se convirtió en gritos. Gritos de guerra.

—¡VIVA MÉXICO, CABRONES!

La voz retumbó por el túnel principal como un trueno de tormenta.

Ráfagas de disparos. Pero no venían de los sicarios. Venían hacia los sicarios.

El gigante se giró hacia la puerta.

—¡Nos atacan por la retaguardia! —gritó alguien en el túnel—. ¡Son un chingo!

¿Quiénes? ¿La policía? ¿El ejército?

El gigante dudó. Me miró a mí, luego a la puerta. Decidió que yo ya estaba muerta y corrió hacia la salida de la oficina para unirse a la pelea.

Me quedé ahí, desangrándome, escuchando la batalla más extraña del mundo. Escuchaba rifles de alto poder, sí, pero también escuchaba escopetas viejas. Escuchaba pistolas .22. Escuchaba machetes chocando contra metal.

Y escuchaba voces que conocía.

—¡Por Doña Carmen! —Esa era la voz de Don Goyo, el panadero del pueblo.

—¡No dejen uno vivo! —Esa voz… ¿era la maestra Lucía?

Abrí los ojos, luchando contra la oscuridad que quería tragarme.

Milagro levantó la cabeza. Lamió mi mejilla. Su lengua rasposa me trajo de vuelta.

—¿Oyes eso, amigo? —susurré—. No estamos solos.

Unos minutos después, que parecieron siglos, el tiroteo cesó. El silencio que siguió fue pesado, lleno de olor a pólvora y humo.

Pasos rápidos se acercaron a la oficina.

Me encogí, esperando el tiro de gracia.

Pero quien entró no llevaba pasamontañas. Llevaba un sombrero de paja y una escopeta de doble cañón que parecía de la Revolución.

Era Don Chuy, el mecánico de San Juan de las Manzanas.

Cuando me vio, tiró la escopeta y corrió hacia mí, arrodillándose en la sangre y el lodo.

—¡Doña Carmen! ¡Dios santo! ¡Médico! ¡Traigan al doctor Felipe, rápido!

Detrás de él entraron más. Hombres y mujeres del pueblo. Gente con la que yo había convivido toda la vida, gente que pensaba que me había olvidado. Llevaban de todo: palos, piedras, rifles de cacería.

—¿Cómo…? —pregunté, sintiendo que me desvanecía.

Don Chuy me sostuvo la cabeza, con lágrimas en los ojos.

—Vimos el fuego en su cabaña, Doña Carmen. Se veía desde el valle. Pensamos que se le había quemado la casa y subimos a ayudar. En el camino encontramos al muchacho de la camioneta… al que usted dejó ir. Él nos lo dijo todo. Nos dijo lo de los niños.

El muchacho. El chofer joven. La Opción B. Había funcionado.

—Los niños… —susurré, señalando el ducto de ventilación.

—Ya los vimos, Carmen. Ya están bajando a los que salieron por arriba. Están a salvo. Todos están a salvo.

Sentí una paz inmensa. Una calidez que no venía de la fiebre, sino del corazón.

—Y el lobo… —dije, señalando a Milagro—. Cuiden a mi lobo.

—Lo cuidaremos, Carmen. Resista. No se nos vaya.

El doctor Felipe, un hombre joven que hacía su servicio social en el pueblo, llegó corriendo con su maletín. Empezó a cortarme la ropa, a presionar la herida. Dolía como el demonio, pero el dolor significaba vida.

—La bala no tocó órganos vitales, creo —dijo el doctor, con voz tensa—. Pero ha perdido mucha sangre. Tenemos que bajarla ya.

Me subieron a una camilla improvisada con lonas. Me sacaron de ese infierno subterráneo.

Mientras me llevaban por el túnel, vi los cuerpos de los sicarios. Y vi a mis vecinos, a mi gente, asegurando a los niños, cubriéndolos con sus propias chamarras, abrazándolos como si fueran suyos.

Salí a la noche fría de la Sierra. La tormenta había pasado. El cielo estaba limpio, lleno de estrellas brillantes y frías. La luna iluminaba la nieve, haciéndola brillar como plata.

Ahí, afuera de la mina, había decenas de camionetas viejas, tractores y motos. El pueblo entero había subido a la montaña.

Cuando me vieron salir, se hizo un silencio respetuoso. Y luego, alguien empezó a aplaudir. Y otro. Y otro. Hasta que el aplauso resonó más fuerte que los balazos, rebotando en los riscos del Pico del Águila.

Me desmayé con ese sonido en los oídos. El sonido de la esperanza.

Desperté tres días después.

No estaba en el cielo con Ramiro. Estaba en una habitación blanca que olía a cloro y medicina. Había un aparato haciendo bip-bip a mi lado.

Intenté moverme y un dolor agudo me atravesó el costado.

—Quieta, quieta —dijo una voz suave.

Una enfermera se acercó. Pero no estaba sola.

Sentada en una silla incómoda, dormida con la boca abierta, estaba Mateo. Y en sus piernas, acurrucada, estaba Sofía.

Al escuchar mi movimiento, Mateo abrió los ojos de golpe.

—¡Despertó! —gritó, despertando a su hermana y casi tirándola al suelo.

Los dos se lanzaron hacia la cama. La enfermera intentó detenerlos, pero yo levanté la mano.

—Déjelos —dije, con voz ronca.

Mateo me agarró la mano y se la puso en la mejilla, llorando.

—Pensé que se había muerto, abuela. Pensé que nos había dejado.

—Hierba mala nunca muere, mijo —le sonreí, limpiándole las lágrimas—. Y yo soy puro huizache de la sierra.

—¿Y Milagro? —fue lo primero que pregunté después de abrazarlos.

La puerta se abrió. El doctor Felipe entró sonriendo.

—Ese perro suyo es más duro que usted, Doña Carmen.

—Es un lobo —corregimos Mateo y yo al mismo tiempo.

El doctor rió. —Bueno, lo que sea. El veterinario del pueblo le sacó dos balas. Está en la perrera municipal, porque aquí en el hospital no dejan entrar animales, aunque él insistió mucho. Se comió tres pollos enteros ayer.

Suspiré aliviada.

—¿Y los otros niños?

La cara del doctor se puso seria, pero sus ojos brillaban.

—Es una noticia nacional, Carmen. Encontraron a sesenta y tres niños. Ya han identificado a la mayoría. Sus familias están llegando de todo el país. Lo que usted destapó… es grande. Cayó una red entera. Hay detenidos en la capital, en la frontera… Ese hombre, el “Patrón”, era buscado por la Interpol.

Me importaba un comino la Interpol. Me importaba que esas madres tendrían a sus hijos de vuelta. Me importaba que esa cobija amarilla había cumplido su misión.

—¿Y mi casa? —pregunté, sabiendo la respuesta.

Mateo bajó la mirada.

—Se quemó toda, abuela. No quedó nada. Solo la chimenea de piedra.

Sentí una punzada de tristeza, pero fue breve. Una casa son tablas y clavos. Lo que importaba estaba aquí, respirando y apretando mi mano.

—No importa —dije—. Ya construiremos otra.

Pasaron seis meses.

La primavera llegó a la Sierra con una explosión de flores silvestres que cubrió las cicatrices del incendio. El verde volvió a brotar entre lo negro, porque así es la naturaleza y así somos nosotros: tercos para vivir.

No volví a vivir sola.

El pueblo de San Juan de las Manzanas no me dejó. Con donaciones, con manos voluntarias y con mucha madera, levantaron una casa nueva en el mismo lugar donde estaba la vieja. Es más grande. Tiene tres cuartos extra.

¿Para qué quiero tantos cuartos una vieja sola?

Pues es que no estoy sola.

Mateo y Sofía no tenían a nadie. Sus papás… bueno, esa es otra historia triste de este país, desaparecidos hace años. El sistema quería llevarse a los niños a un orfanato en la ciudad.

Pero el pueblo se levantó otra vez. Firmaron papeles, el juez (que también es primo de Don Goyo) movió influencias, y bueno… ahora soy madre otra vez a los setenta y tantos.

Y no solo de ellos.

Mi casa se ha vuelto una especie de… no sé, de refugio. Los fines de semana, suben los niños del pueblo a escuchar historias. Les cuento de la mina, les cuento de Ramiro, les cuento de las estrellas.

Y Milagro…

Milagro es el rey de la montaña. Ya no es un cachorro. Es un lobo joven, enorme, con una cicatriz en el costado donde el pelo creció blanco. No es una mascota. Va y viene cuando quiere. A veces desaparece tres días en el bosque, cazando, viviendo su vida salvaje. Pero siempre regresa.

Siempre regresa a echarse frente a la chimenea, a poner su cabeza en mis rodillas y a mirar a Mateo y Sofía hacer la tarea.

A veces, por las noches, cuando el viento sopla fuerte y la madera de la casa nueva cruje, salgo al porche. Me siento en mi mecedora con una taza de café.

Miro hacia el Pico del Águila. La mina está clausurada para siempre, sellada con toneladas de concreto. Ya nadie sufrirá ahí.

Miro las estrellas y hablo con Ramiro.

—Tenías razón, viejo —le digo—. La vida no se acaba hasta que uno deja de amar. Y mira… tengo mucho trabajo todavía.

Siento una nariz húmeda en mi mano. Milagro está ahí, vigilando la noche junto a mí.

Me agacho y lo abrazo. Huele a bosque, a tierra y a libertad.

—Gracias —le susurro—. Gracias por tocar mi puerta.

Él me lame la cara, da una vuelta y se echa a mis pies.

Dicen en el pueblo que soy una heroína. Dicen que soy la “Guardiana de la Sierra”. A mí me da risa. Yo solo soy Carmen. Soy la mujer que tuvo frío, que tuvo miedo, pero que tuvo la suerte de encontrar un milagro envuelto en una cobija amarilla.

Y si alguien, quien sea, se atreve a volver a tocar a un niño en estas montañas… bueno, ya saben que aquí la abuela tiene buena puntería. Y que el lobo siempre tiene hambre de justicia.

FIN.

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