
—Disculpen —dije, con la voz más afilada de lo que pretendía, tratando de que no se notara cómo me temblaban las manos debajo de la mesa.
El aire en la sala se sentía pesado, asfixiante. Mi tío Tomás me miró con esa sonrisa condescendiente, esa que te hace sentir pequeña, como si estuviera viendo a un insecto insignificante que acababa de aplastar. Estaba parado justo en medio de la sala de nuestra casa en Coyoacán, esa que papá había remodelado con tanto orgullo el año pasado, plantando sus zapatos sucios sin ninguna vergüenza sobre la alfombra que mi mamá Ángela cuidaba tanto.
—¿Nuestra casa? ¿Amanda? Cariño, ubícate. Solo eres una niña —soltó con una risa seca—. No puedes pensar seriamente que puedes mantener este lugar, en una zona así, con tres niños y sin un peso en la bolsa. Los prediales, el mantenimiento… te van a comer viva.
Sentí un fuego subirme por el cuello. Di un paso al frente, poniéndome como barrera entre ellos y la entrada a la cocina, donde sabía que Mateo, Jorge y Camilo estaban escuchando todo, aterrorizados.
—Esta es nuestra casa familiar. Mi papá nos la dejó. Es todo lo que tenemos.
—¿Ah, sí? —intervino la tía Luisa. Estaba sentada en el sofá, paseando sus dedos llenos de anillos de oro por la tela, con esa voz empalagosa de dulzura falsa que me revolvía el estómago.— Porque hemos estado revisando sus papeles en el despacho y, qué pena, pero no vemos ningún testamento. Lo que vemos son deudas. Muchas deudas.
Mi corazón se me fue a los pies. En todo el caos del funeral, de las noches sin dormir consolando a Camilo que lloraba por su mamá, nunca pensé que mi propia sangre pudiera ser tan despiadada. ¿Intentar echarnos de la casa de nuestro padre en el momento más vulnerable?.
—Tres días —dijo Tomás, mirando su reloj caro como si le urgiera irse a comer, como si destruir nuestra vida fuera un trámite más .— Les damos tres días para empacar sus tiliches personales y salir. Nosotros liquidaremos los activos para pagar lo que tu padre debía.
—¿Tres días? ¡Es imposible! —se me quebró la voz—. Mis hermanos tienen escuela, esta es su vida. ¿A dónde vamos a ir?.
Tomás hizo una pausa dramática, intercambiando una mirada cómplice con su esposa y su hija Isabela, que nos miraba con burla desde la esquina.
—Eso ya no es asunto nuestro, aunque… —soltó la bomba—. La familia ha decidido que lo mejor es que los niños vengan con nosotros. Tú tienes 19 años, Amanda. Eres legalmente una adulta, pero no tienes oficio ni beneficio. No puedes cuidarlos.
Sentí el frío recorrerme la espalda. ¿Separarnos? ¿Llevarse a mis hermanos?
—¡De ninguna manera! —Grité, y el miedo se me volvió furia—. ¡No se los van a llevar! ¡Nos quedamos juntos!.
Tomás perdió la paciencia, su máscara de tío preocupado se cayó y dejó ver al tipo calculador que realmente era. —Sé razonable. No tienes trabajo, dejaste la universidad, no tienes ahorros. ¿Cómo vas a pagar la luz, el agua, la comida?.
Retrocedí instintivamente hacia la cocina, donde mis hermanos ya habían salido y se agrupaban detrás de mí, temblando. En ese momento, entró el tío Mauricio con una carpeta bajo el brazo y una mirada que helaba la sangre.
—No hay testamento —anunció con voz monótona—. Tu padre estaba en la ruina, Amanda.
Yo sabía que era mentira. Papá era meticuloso. Me había mostrado una carpeta azul el año pasado y me dijo: “Si algo me pasa, todo está aquí”. Pero esa carpeta… esa carpeta había desaparecido.
¿QUÉ HABÍAN HECHO CON EL TESTAMENTO DE MI PADRE Y POR QUÉ ESTABAN TAN NERVIOSOS POR SACARNOS DE AHÍ TAN RÁPIDO? LO QUE DESCUBRÍ DESPUÉS PUSO NUESTRAS VIDAS EN PELIGRO…
PARTE 2: EL DESALOJO, LA CAÍDA Y EL SECRETO EN LA SUELA
La puerta de caoba se cerró tras ellos con un golpe seco que resonó en mis huesos. El eco se quedó flotando en la sala, mezclándose con el olor a cera de las veladoras y a flores que empezaban a marchitarse. Me quedé ahí, parada en medio de la alfombra, con la vista clavada en la madera barnizada, sintiendo cómo el silencio se nos venía encima como una losa de concreto.
No era un silencio de paz. Era el silencio del pánico.
Me giré lentamente hacia la cocina. Mis hermanos estaban ahí, agazapados como cachorros asustados. Mateo, de 15 años, tenía los puños apretados, blancos los nudillos, tratando de hacerse el fuerte, pero vi cómo le temblaba la mandíbula. Jorge, de 14, miraba al suelo, pateando una pelusa invisible, con esa expresión de rabia contenida que había heredado de papá. Y Camilo… mi pequeño Camilo de 8 años, estaba abrazado a la pierna de Mateo, con los ojos inmensos y húmedos, sin entender por qué los tíos que antes le traían dulces ahora nos miraban con tanto asco.
—¿Es verdad? —preguntó Jorge, rompiendo el silencio. Su voz sonó rasposa, como si tuviera arena en la garganta—. ¿De verdad nos van a correr? ¿Esta casa no es nuestra?
Tragué saliva. Sentía la boca seca, con un sabor metálico, como si hubiera estado masticando monedas viejas. Tenía que ser la adulta. Tenía 19 años, por Dios. Hacía dos semanas mi mayor preocupación era si pasaba el examen de Contabilidad o qué me iba a poner para la fiesta del sábado. Ahora, el peso del mundo se me había caído encima.
—No les hagan caso —mentí, tratando de que mi voz sonara firme, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Están enojados. Están… confundidos. Papá nunca nos dejaría en la calle. Ustedes saben cómo era él.
—Pero el tío Mauricio traía papeles —dijo Mateo, levantando la vista. Había miedo en sus ojos, un miedo adulto que no le correspondía—. Dijo que hay deudas. Millones, Amanda. Escuché que dijo “hipoteca vencida”.
Camilo soltó un sollozo ahogado. Me acerqué rápido y me arrodillé frente a ellos, envolviéndolos en un abrazo colectivo. Olían a jabón y a sudor frío.
—Escúchenme bien —les dije, mirándolos a los ojos, uno por uno—. Nadie nos va a separar. Eso que dijo Tomás de llevarse a los niños… eso no va a pasar. Primero me muer* antes de que los toque. ¿Entendido? Somos nosotros cuatro contra el mundo. Siempre ha sido así desde que mamá se fue, y ahora con papá… no va a cambiar.
Esa noche nadie durmió. Nos encerramos todos en la recámara principal, la de papá. Sentíamos que si nos separábamos, las paredes se nos vendrían encima. Arrastramos los colchones al suelo y hicimos un fuerte, como cuando éramos chiquitos y jugábamos a acampar. Pero esta vez no había risas. Solo el sonido de la respiración agitada de Camilo y el viento golpeando las ventanas de esa casa en Coyoacán que, de repente, ya no se sentía como un hogar, sino como una cuenta regresiva.
Me pasé la noche en vela, sentada en el borde de la cama vacía de papá, mirando la oscuridad. Mi mente repasaba una y otra vez la escena con los tíos. La carpeta azul. La maldita carpeta azul.
Papá era contador. Era el hombre más ordenado del mundo. Tenía una carpeta para todo: facturas, actas de nacimiento, garantías de electrodomésticos de hace diez años. Meses antes de enfermarse de gravedad, me había llamado a su despacho. Recuerdo el olor a tabaco y café que siempre impregnaba esa habitación.
“Mandy,” me había dicho, usando ese apodo que solo él usaba. “Si algún día falto, no te pelees con tus tíos. Ellos… ellos tienen mucha ambición y poco corazón. Todo lo que necesitas para proteger a tus hermanos está en la carpeta azul, en el tercer cajón, detrás del fondo falso.”
En cuanto salió el primer rayo de sol, pálido y gris como mi esperanza, me levanté. Dejé a los niños durmiendo y corrí al despacho.
Estaba todo revuelto.
No me había dado cuenta el día anterior con el caos del funeral, pero ahora, con la luz de la mañana, era evidente. Los cajones no estaban cerrados del todo. Había papeles tirados detrás del escritorio. Los libros en los estantes estaban desalineados. Alguien había estado buscando. Alguien había entrado a la casa mientras nosotros estábamos en la funeraria velando a papá.
Sentí una náusea violenta. Mi propia sangre. Mis tíos, mis primos. Habían aprovechado que estábamos llorando frente al ataúd para venir a saquear la casa y buscar el testamento.
Abrí el tercer cajón con desesperación. Saqué todo. Las plumas, las libretas viejas, las grapadoras. Tantee el fondo. Sí, ahí estaba el doble fondo que papá me había enseñado. Metí la uña en la ranura y jalé.
Vacío.
Solo había polvo y una foto vieja de mamá. La carpeta azul no estaba.
Me dejé caer en la silla giratoria de piel, esa que ahora me quedaba enorme, y sentí cómo las lágrimas de impotencia me quemaban las mejillas. Se lo habían llevado. Lo tenían ellos. Por eso estaban tan seguros. Por eso nos daban tres días. Porque habían borrado la única prueba de que esta casa y el dinero de los seguros eran nuestros.
—Malditos —susurré, apretando los puños hasta clavarme las uñas en las palmas—. Malditos sean.
Los tres días pasaron como una neblina borrosa y dolorosa. Fue una tortura psicológica. El teléfono de la casa no dejaba de sonar, pero cuando contestaba, nadie hablaba; solo se escuchaba una respiración y colgaban. Sabía que era la tía Luisa, jugando con mis nervios.
Tuvimos que empacar una vida entera en cajas de cartón que conseguí rogando en la bodega de la esquina. ¿Cómo eliges qué quedarte cuando te quitan todo? Mateo quería llevarse su colección de cómics, pero ocupaban mucho espacio. Jorge quería su guitarra y su amplificador, pero pesaban demasiado y no teníamos coche. Camilo lloraba porque no encontraba a su dinosaurio favorito.
—Solo lo esencial —les repetía yo, sintiéndome la peor hermana del mundo—. Ropa, zapatos, documentos. Lo demás… lo demás se queda.
—¿Y las fotos de mamá? —preguntó Camilo, abrazando un álbum pesado.
—Esas sí. Esas van conmigo en la mochila —le aseguré.
El tercer día, a las nueve de la mañana en punto, llegaron.
No llegaron solos. Tomás y Mauricio llegaron en una camioneta negra, acompañados de dos tipos que parecían sacados de una película de terror: grandes, con cara de pocos amigos y uniformes de una empresa de seguridad privada. Y detrás de ellos, el coche deportivo rojo de mi prima Isabela.
Isabela se bajó ajustándose las gafas de sol, aunque estaba nublado. Tenía esa sonrisa de suficiencia que me hacía hervir la sangre. Mientras los tíos daban órdenes a los guardias para que “supervisaran” nuestra salida, ella se paseó por el jardín, arrancando una flor que mi mamá había plantado hace años.
—Ay, Amanda —dijo, acercándose a mí mientras yo cargaba una caja con la ropa de los niños—. Qué feo ha de ser. De verdad, me da una lástima… Pero bueno, mi papá dice que es una lección de vida para ustedes. Ya sabes, aprender a ganarse las cosas.
—Cállate, Isabela —le dije entre dientes—. No tienes ni idea de lo que estás hablando. Ustedes nos están robando.
Ella soltó una carcajada cristalina. —¿Robando? Por favor. Solo estamos recuperando lo que el inútil de tu padre perdió. Además… —Se acercó más y bajó la voz, su aliento olía a chicle de menta—. Esa recámara, la tuya, la que da al balcón… siempre me gustó. Creo que la voy a pintar de lavanda.
Quise soltar la caja y arrastrarla por el pasto. Quise gritarle todas las verdades que sabía. Pero vi a Mateo detrás de mí, mirándome, esperando a ver si yo perdía el control. Si yo me quebraba, ellos se quebraban.
—Vámonos —dije, dándome la vuelta.
La salida fue humillante. Los vecinos se asomaron por las ventanas y salieron a sus pórticos. Doña Martita, la vecina de enfrente que me conocía desde que nací, me miró con lástima y se persignó. Quise morirme de vergüenza. Nos estaban echando como si fuéramos delincuentes, como si hubiéramos hecho algo malo, cuando las únicas víctimas éramos nosotros.
Tomás se paró en la puerta, revisando su reloj. —Las llaves —exigió, extendiendo la mano.
Saqué el llavero. El llavero de papá. Tenía un pequeño balón de fútbol de metal. Lo apreté una última vez y se lo dejé caer en la mano. Ni siquiera me miró a los ojos.
—Tienen suerte de que somos familia —dijo Mauricio, encendiendo un cigarro—. Les conseguimos un lugar. No es un palacio, pero para gente en su… situación, es suficiente. Está pagado por un mes. Después, se las arreglan solos.
Nos dio un papelito con una dirección en la Colonia Doctores.
Nos subimos a un taxi con nuestras pocas cajas y bolsas de basura llenas de ropa. Mientras el coche se alejaba, vi por el retrovisor cómo Isabela entraba a la casa, MI casa, como si fuera la dueña del mundo.
El viaje hacia la Doctores fue silencioso. A medida que nos alejábamos de Coyoacán, las calles cambiaban. Los árboles y las fachadas coloniales daban paso a edificios grises, cables colgando peligrosamente y banquetas rotas.
El taxi se detuvo frente a un edificio viejo, de esos que parece que se mantienen en pie de puro milagro. La pintura estaba descascarada y la entrada olía a humedad y a algo rancio.
—Es aquí —dijo el taxista, mirándonos por el espejo con cara de “pobres chavos”.
Subimos cuatro pisos por una escalera estrecha y oscura hasta llegar a la azotea. Mauricio no había mentido, no era un palacio. Era un cuarto de servicio adaptado. Un solo cuarto de cuatro por cuatro metros, con un baño minúsculo en una esquina separado por una cortina de plástico, y una cocineta que consistía en una parrilla eléctrica oxidada y un fregadero manchado.
El techo era de lámina en una parte y se veía que, cuando lloviera, íbamos a tener goteras. Había dos colchones viejos tirados en el suelo y una mesa de plástico coja.
—¿Aquí vamos a vivir? —preguntó Camilo, su voz temblando.
—Solo por un tiempo, chaparro —le dije, tratando de sonar animada, aunque quería ponerme a llorar ahí mismo—. Va a ser como una aventura.
Esa primera noche en la azotea fue el infierno. Hacía frío. Mucho frío. El viento se colaba por las rendijas de la ventana que no cerraba bien. Cenamos sándwiches de jamón que compramos en la tienda de abajo porque no teníamos gas ni ollas para cocinar.
Me acosté en medio de mis hermanos, tapándonos con todas las cobijas que habíamos traído. Escuchaba las sirenas de las patrullas pasar cerca y los gritos de alguna pelea en la calle. Estábamos solos. Completamente solos. Y yo tenía 600 pesos en la cartera. Eso era todo nuestro capital.
Los días siguientes fueron una caída libre.
Tuve que dejar la universidad. Fui a la oficina de control escolar y me di de baja temporal, aunque sabía que esa “temporalidad” podía durar años. Me dolió el alma entregar mi credencial de estudiante. Era mi boleto a una vida mejor, y lo estaba entregando para poder sobrevivir.
Empecé a buscar trabajo. Caminé kilómetros para no gastar en pasajes. Fui a cafeterías, tiendas de ropa, zapaterías. “No tenemos vacantes”, “Te llamamos”, “Necesitas experiencia”.
La realidad me golpeó duro. Sin título, sin experiencia, con 19 años… para el mundo laboral yo no valía nada.
Finalmente, conseguí trabajo en una fonda cerca del Mercado Hidalgo. La dueña, Doña Chole, era una mujer dura pero justa. Me ofreció el salario mínimo y las propinas, a cambio de lavar platos, servir mesas y limpiar los baños.
—Es un trabajo sucio, mija —me advirtió—. Aquí se viene a sudar.
—No le tengo miedo al trabajo —le contesté. Y era verdad. El miedo se me había quitado cuando vi que a mis hermanos les rugían las tripas.
Llegaba a casa oliendo a grasa y cloro, con las manos rojas y agrietadas. Pero llevaba comida. Las sobras que Doña Chole me dejaba llevarme: arroz, frijoles, a veces un poco de guisado. Mis hermanos me esperaban como pajaritos en el nido.
Mateo y Jorge intentaron dejar la escuela para trabajar, pero me negué rotundamente. —Ustedes estudian. Punto. Yo me encargo del dinero —les grité una noche que Jorge llegó con unos pesos que había ganado limpiando parabrisas. Me sentí terrible por gritarle, pero no iba a permitir que perdieran su futuro también.
Pero el dinero no alcanzaba. La renta se acercaba y los ahorros se habían esfumado.
Una tarde, dos semanas después del desalojo, estaba organizando las pocas cosas que nos quedaban, tratando de ver qué podíamos vender. Había una caja que no habíamos abierto. Era una caja de cartón vieja, manchada de humedad, que había sacado del fondo del clóset de papá justo antes de irnos.
Mis tíos se habían burlado de ella. “Llévate tu basura,” me había dicho Tomás al verla. “Son las botas viejas de tu padre, esas horribles que usaba para ir a la obra. Apestan.”
Abrí la caja. En efecto, ahí estaban. Sus botas de trabajo. Unas botas industriales, gastadas, llenas de rasguños y manchas de pintura y cemento. Papá, aunque era contador, le encantaba involucrarse en las obras de sus clientes, decía que “el dinero se cuenta en la oficina, pero se gana en el campo”.
El olor a cuero viejo me golpeó y, por un segundo, sentí que él estaba ahí. Acaricié la piel rugosa de las botas. Estaban pesadas.
—Voy a limpiarlas —pensé en voz alta—. A lo mejor en el mercado de pulgas me dan unos 50 pesos por ellas.
Agarré un trapo y empecé a tallar. Mientras frotaba la suela de la bota derecha, noté algo extraño. El tacón se sentía… flojo. No, no flojo. Hueco.
Al golpear el tacón contra el suelo, sonó diferente a la bota izquierda. Un sonido seco, pero con un ligero eco.
Mi corazón empezó a latir rápido. Recordé las historias de espías que a papá le encantaban. Recordé su paranoia de los últimos meses. “No confíes en Tomás”.
Busqué un cuchillo en la cocineta. Con las manos temblorosas, empecé a forzar la tapa del tacón de goma. Estaba pegado con fuerza, pero el pegamento ya estaba viejo. Hice palanca, sudando frío.
—Vamos, vamos… —susurré.
Con un crujido, la tapa del tacón cedió.
No había dinero. No había joyas.
Había una memoria USB pequeña, plateada, envuelta en un pedazo de plástico para protegerla, y una nota doblada en cuatro partes, escrita con la letra apretada y angulosa de papá.
Sentí que el aire se me iba. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae la nota.
Desdoblé el papel.
“Amanda, mi niña valiente.
Si estás leyendo esto, es porque lo peor ha pasado. Tomás y Mauricio son capaces de todo por dinero, incluso de traicionar a su propia sangre. Sabía que buscarían el testamento y los papeles del banco. Sabía que encontrarían la carpeta azul (dejé una copia falsa para entretenerlos).
Pero no saben de esto.
En esta memoria está todo. No solo el testamento real escaneado y certificado digitalmente, sino la contabilidad real de la empresa familiar. Durante años, tus tíos han estado desviando fondos a cuentas en el extranjero, robándome y lavando dinero. Aquí están las pruebas. Nombres, fechas, cuentas en Islas Caimán, transferencias ilegales.
Ellos creen que estoy en la ruina porque yo moví mi capital personal a un fideicomiso secreto para ustedes, a nombre de una sociedad que ellos no conocen: ‘Los Tres Mosqueteros S.A.’.
Tienes 60 millones de pesos esperándote, mi amor. Pero no puedes ir al banco todavía. Primero tienes que destruir su mentira.
No confíes en el abogado Pérez, él trabaja para ellos. Busca al Licenciado Castellanos, mi viejo profesor. Él tiene la llave maestra.
Sé fuerte. Cuida a tus hermanos. Y dales su merecido.
Te ama, Papá.”
Me quedé paralizada. Las lágrimas caían sobre el papel, corriendo la tinta de la firma de papá.
Sesenta millones. Robo. Lavado de dinero.
Mis tíos no solo nos habían echado por crueldad; nos habían echado por miedo. Nos habían echado para cubrir sus crímenes. Mientras nosotros dormíamos en el suelo y comíamos sobras, ellos estaban gastando nuestro dinero y ocultando un fraude millonario.
La rabia que sentí en ese momento no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era una rabia caliente y explosiva. Era una rabia fría, calculadora. Una rabia que te endereza la espalda y te seca las lágrimas.
Miré a mis hermanos. Mateo estaba haciendo la tarea en el suelo. Jorge dormitaba. Camilo jugaba con un cochecito sin llantas.
Se acabó. Se acabó el miedo. Se acabó la víctima.
Me levanté y guardé la USB en mi sostén, pegada a mi piel, donde nadie pudiera encontrarla. Guardé la nota en mi zapato.
Esa noche, cuando mis hermanos se durmieron, salí a la pequeña terraza de la azotea. Desde ahí se veían las luces de la ciudad, una ciudad inmensa que nos había devorado y escupido. A lo lejos, hacia el sur, estaba Coyoacán. Mi casa.
Saqué mi celular, que tenía la pantalla estrellada. Entré a Facebook.
Ahí estaba. Una foto que acababa de subir mi prima Isabela. Estaba en nuestra sala. En mi sala. Habían hecho una fiesta. Se veía gente bebiendo champán, riendo. En la descripción decía: “New beginnings. Renovando las energías del hogar. ✨ #Blessed #NewHome”.
Y en el fondo de la foto, en una esquina, vi a mi tío Tomás brindando con el abogado Pérez. Reían. Se veían tan seguros, tan intocables.
Le di “Me gusta” a la foto.
Fue un acto impulsivo, casi suicida. Quería que supieran que los estaba viendo. Quería que sintieran, aunque fuera por un segundo, un escalofrío.
Minutos después, mi teléfono vibró. Un mensaje directo de Isabela.
“¿Qué quieres, muerta de hambre? Deja de stalkear. Supéralo.”
Sonreí. Una sonrisa que me asustó a mí misma al reflejarse en el vidrio oscuro de la ventana.
Respondí: “Disfruta la casa, prima. Cuídala bien. Porque lo que viene no lo vas a poder limpiar con dinero.”
Bloqueé la pantalla.
Mañana no iría a trabajar a la fonda. Mañana iría a buscar al Licenciado Castellanos. Tenía unos zapatos viejos, una USB y sed de venganza.
La guerra había empezado. Y ellos no tenían ni idea de contra quién se habían metido.
El camino no iba a ser fácil. Sabía que mis tíos eran poderosos y peligrosos. Si se enteraban de que tenía las pruebas, no dudarían en hacernos daño de verdad. Ya no se trataría solo de desalojos, sino de “accidentes”. Tenía que ser más lista que ellos. Tenía que moverme en las sombras.
A la mañana siguiente, les dije a mis hermanos que tenía que hacer un trámite importante. Me puse mi mejor ropa, que ahora me quedaba un poco floja porque había bajado de peso por la mala alimentación, y salí.
El despacho del Licenciado Castellanos estaba en el centro histórico, en un edificio antiguo de esos con elevadores de reja. Cuando llegué, la secretaria me miró de arriba a abajo. Mis zapatos estaban desgastados y mi cabello no tenía el brillo de antes, pero levanté la barbilla.
—Vengo a ver al Licenciado Castellanos. Soy Amanda, hija de Roberto.
La mujer cambió su expresión al oír el nombre de papá. —El Licenciado lo sentió mucho… Pase, por favor.
Castellanos era un hombre mayor, con cabello blanco y mirada bondadosa. Cuando le enseñé la USB y la nota, se puso pálido.
—Sabía que Roberto tenía sospechas —murmuró, conectando la memoria a su computadora—. Pero nunca imaginé la magnitud… Amanda, esto es dinamita pura.
Revisó los archivos en silencio durante unos minutos que parecieron horas. Sus ojos se movían rápido por la pantalla. De repente, se detuvo y me miró por encima de sus lentes.
—Aquí hay evidencia para meterlos a la cárcel por veinte años —dijo con voz grave—. Pero hay un problema.
—¿Cuál? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—El fideicomiso. ‘Los Tres Mosqueteros S.A.’. Para desbloquear los fondos y tener recursos para pelear el juicio, necesitamos dos firmas. La mía… y la de un testigo que tu padre designó.
—¿Quién es el testigo?
Castellanos suspiró. —Ese es el problema. El testigo es tu tío Mauricio.
Me quedé helada. —¿Mauricio? ¿El que me echó a la calle?
—Tu padre confiaba en él antes de que todo se pudriera. Mauricio era el hermano débil, el que seguía a Tomás. Roberto pensó que si algo pasaba, Mauricio tendría la decencia de protegerlos. Evidentemente, se equivocó.
Golpeé el escritorio con frustración. —Entonces, ¿de qué sirve todo esto? Si necesito a Mauricio para sacar el dinero para demandar a Mauricio… es un círculo vicioso.
—No necesariamente —dijo el abogado, cruzando las manos—. Mauricio es débil. Es un cobarde. Si logramos separarlo de Tomás… si logramos asustarlo lo suficiente con lo que hay en esta USB, tal vez firme a cambio de inmunidad. Pero es arriesgado. Si le dice a Tomás, vendrán por ti antes de que podamos presentar la denuncia.
Tenía que tomar una decisión. Podía ir a la policía con la USB, pero el proceso sería lento y mis tíos podrían sobornar a medio mundo antes de que procediera. O podía jugar el juego peligroso: enfrentar al eslabón más débil.
Pensé en mis hermanos comiendo sándwiches en el suelo. Pensé en Isabela en mi cuarto.
—Lo haré —dije—. Voy a quebrar a Mauricio.
El plan era simple pero aterrador. Sabía que Mauricio iba todos los jueves a un café en la colonia Roma a jugar dominó con unos amigos. Era su rutina sagrada. Hoy era jueves.
Le pedí prestados 200 pesos al Licenciado Castellanos para el taxi (prometiendo pagarle 200 mil en cuanto recuperara la herencia) y me dirigí al café.
Llegué y me senté en una mesa del fondo, escondida detrás de un periódico. Ahí estaba él. Se veía nervioso, fumando un cigarro tras otro, mirando su teléfono. Se veía, irónicamente, miserable, a pesar de tener nuestro dinero.
Esperé a que sus amigos se fueran al baño o a la barra. Me levanté y me deslicé hasta su silla.
—Hola, tío —susurré en su oído.
Mauricio dio un salto tan grande que tiró su café sobre la mesa. Se puso pálido como un papel al verme.
—Amanda… ¿qué…? ¿Qué haces aquí? Tomás dijo que no podías…
—Tomás dice muchas cosas —lo interrumpí, sentándome frente a él con una calma que no sentía—. Pero Tomás no sabe lo que había en las botas de papá.
Los ojos de Mauricio se abrieron desmesuradamente. La mención de las botas lo golpeó. Él sabía. Él sabía que esas botas eran importantes, pero no sabía por qué.
—No sé de qué hablas. Vete o llamo a seguridad.
Saqué una copia impresa de una de las hojas de excel que venían en la USB. Una hoja donde aparecía su nombre vinculado a una transferencia ilegal de 5 millones de pesos a una cuenta en Panamá.
La deslicé sobre la mesa mojada de café.
—Página 42 de la contabilidad B —dije suavemente—. Lavado de dinero, fraude fiscal y robo de identidad. Son como… ¿qué? ¿Quince años de cárcel? Quizás veinte si consideramos que dejaron a cuatro huérfanos en la calle.
Mauricio tomó el papel. Le temblaban las manos tanto que el papel vibraba.
—Esto… esto es mentira —tartamudeó, pero el sudor en su frente decía lo contrario.
—Tengo todo, tío. Todo. Nombres, fechas, cuentas. Y tengo el testamento real. Ahora mismo, mi abogado tiene copias de seguridad listas para ser enviadas a la Fiscalía y a Hacienda.
Mauricio se aflojó la corbata, como si se estuviera asfixiando. —Tomás me obligó… Yo no quería… Él dijo que la empresa estaba quebrada, que necesitábamos recuperar…
—No me interesan tus excusas —le corté—. Me interesa mi casa. Y el dinero de mis hermanos.
Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal. —Tienes una oportunidad, Mauricio. Una sola. Tomás va a caer. Eso es un hecho. La pregunta es: ¿quieres caer con él, o quieres ser el testigo que ayudó a la pobre huerfanita a recuperar lo suyo?
—Tomás me va a matar —susurró, con lágrimas en los ojos. Era patético.
—Y la cárcel te va a matar más lento —repliqué—. Mañana a las 10 am en el despacho de Castellanos. Si no llegas, a las 10:05 libero la información. Y créeme, Isabela no va a subir fotos bonitas a Instagram cuando te estén poniendo las esposas.
Me levanté y me fui sin mirar atrás, dejándolo temblando en su silla, con la mancha de café expandiéndose sobre la mesa como la culpa en su conciencia.
Salí a la calle y el aire fresco me golpeó la cara. El corazón me latía a mil por hora. Lo había hecho. Había amenazado a uno de los hombres que arruinó mi vida y lo había visto doblarse.
Pero la victoria duró poco.
Al llegar a la esquina, un coche negro con vidrios polarizados se detuvo bruscamente frente a mí, cortándome el paso. La puerta trasera se abrió.
No era Tomás.
Era el chofer de Tomás, un tipo enorme al que llamaban “El Gorila”.
—Señorita Amanda —dijo con una voz gruesa—. Su tío Tomás quiere hablar con usted. Ahora.
Antes de que pudiera correr, sentí una mano en mi brazo. Otro tipo había bajado por el otro lado.
Me metieron al coche a la fuerza.
Mientras el auto arrancaba a toda velocidad, mi mente corrió hacia mis hermanos. Estaban solos en la azotea. Nadie sabía dónde estaba yo, excepto Castellanos, y él no sabía que me habían atrapado.
—¿A dónde me llevan? —grité, forcejeando.
El Gorila me miró por el retrovisor. —A casa, señorita. A su antigua casa. Parece que al patrón no le gustó que anduviera enseñando papelitos por ahí.
Mauricio. El cobarde de Mauricio le había avisado a Tomás en el momento en que salí del café. Había subestimado su miedo a su hermano.
El pánico me invadió. Iba directa a la boca del lobo, con la USB pegada a mi pecho. Si me revisaban, si encontraban la memoria… todo se acabaría. Y mis hermanos se quedarían solos para siempre.
Cerré los ojos y apreté los dientes. Tenía que pensar rápido. Tenía que sobrevivir. Porque ahora, ya no era solo por dinero. Ahora era una guerra a muerte.
El coche giró hacia Coyoacán. Regresaba a casa, pero no como dueña. Regresaba como prisionera.
PARTE 3: EL REGRESO A LA BOCA DEL LOBO, UNA FUGA IMPOSIBLE Y LA TRANSMISIÓN QUE DERRUMBÓ EL IMPERIO
El cuero de los asientos del coche olía a una mezcla costosa de acondicionador de vestiduras y tabaco rancio, ese olor que se te mete en la nariz y te revuelve el estómago cuando tienes el miedo atorado en la garganta. Iba apretada contra la puerta, mirando por la ventana polarizada cómo la ciudad se desdibujaba en manchas de colores grises y neón. El Gorila manejaba con una calma que me aterraba más que si me hubiera estado gritando; sus ojos me vigilaban por el espejo retrovisor cada tres segundos, como un depredador que se asegura de que su presa siga respirando antes de comérsela.
Mis manos sudaban frío. Sentía el plástico de la memoria USB quemándome la piel dentro del sostén, justo contra mi pecho, latiendo al mismo ritmo desenfrenado de mi corazón. Era lo único que tenía. Ese pedacito de tecnología era mi escudo, mi espada y, al mismo tiempo, mi sentencia de muerte si lo encontraban.
—¿Sabe qué es lo chistoso, señorita Amanda? —dijo El Gorila de repente, rompiendo el silencio con su voz aguardentosa. No me giré a verlo. Seguí mirando cómo pasábamos el Viaducto—. Que su tío Tomás decía que usted era la más tranquila. La que no daba problemas. Y mírese ahora, armando panchos y jugando a la detective.
No le contesté. No valía la pena. Mi mente estaba en otro lado, calculando, repasando el plano de la casa de Coyoacán. Había vivido ahí diecinueve años. Conocía cada crujido de la madera, cada ventana que se atoraba, cada escondite que mis hermanos y yo usábamos cuando jugábamos a las escondidas. Pero ahora, esa casa no era mi hogar; era una fortaleza enemiga. Y me llevaban directo al calabozo.
El coche disminuyó la velocidad al entrar a las calles empedradas de Coyoacán. El sonido de las llantas cambió, un traqueteo rítmico que antes significaba “ya llegué, ya estoy a salvo”, y que ahora sonaba como los tambores de una ejecución.
Cuando el portón eléctrico negro se abrió, sentí una punzada de dolor físico. El jardín estaba cambiado. Las rosas de mi mamá habían desaparecido, reemplazadas por unas esculturas modernas de metal oxidado que parecían alambres de púas artísticos. Isabela. Tenía que ser obra de Isabela y su gusto pretencioso.
El coche se detuvo frente a la entrada principal. El otro tipo, el que se había subido conmigo, me abrió la puerta y me jaló del brazo con fuerza innecesaria.
—Camine, y rapidito —gruñó.
Entrar a la casa fue como recibir una bofetada. Todo estaba diferente. Los muebles de madera rústica y cálida que papá amaba ya no estaban. En su lugar, había sofás de piel blanca, mesas de cristal y cuadros abstractos que no decían nada. Olía a incienso caro, tratando de tapar el alma de la casa que ellos habían asesinado.
En la sala, sentados como si fueran la realeza de un reino robado, estaban mis tíos. Tomás estaba en el sillón principal, con una copa de whisky en la mano, a pesar de que apenas era mediodía. Mauricio estaba en una silla lateral, con la cabeza baja, sin atreverse a mirarme; se veía más pequeño, más gris que nunca. Y, por supuesto, Isabela estaba ahí, revisando su celular con aburrimiento, como si el secuestro de su prima fuera solo un inconveniente en su agenda social.
—Vaya, vaya —dijo Tomás, dejando la copa sobre la mesa de cristal con un tintineo agudo—. Miren a quién trajo el gato. O mejor dicho, el Gorila.
Me solté del agarre del guardia y me alisé la ropa, tratando de recuperar un poco de dignidad. Me paré derecha, con la barbilla en alto, canalizando toda la furia que sentía para no ponerme a llorar.
—Esto es secuestro, Tomás —dije, mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Mi abogado sabe que estoy aquí. Si no me reporto en una hora, la policía va a venir a tirar esa puerta.
Tomás soltó una carcajada seca, sin alegría. Se puso de pie y caminó hacia mí lentamente. Era un hombre imponente, alto, con el cabello perfectamente peinado hacia atrás y un traje que costaba más de lo que yo ganaría en diez años trabajando en la fonda. Pero sus ojos… sus ojos estaban vacíos.
—¿Tu abogado? —se burló—. ¿Te refieres al viejo Castellanos? Por favor, Amanda. Ese hombre es un dinosaurio. No tiene poder, no tiene influencias. Y en cuanto a la policía… —Se acercó tanto que pude oler el alcohol en su aliento—. En este país, mi niña, la policía llega cuando yo quiero que llegue. Y cobra lo que yo le pago.
Se detuvo frente a mí y su sonrisa desapareció. Su rostro se transformó en una máscara de ira contenida.
—Mauricio me contó un chiste muy bueno —susurró, y su voz bajó de tono, volviéndose peligrosa—. Me dijo que fuiste a verlo con unos papelitos. Que tienes una memoria USB. Que crees que puedes chantajearme.
Miré a Mauricio. El cobarde seguía mirando sus zapatos lustrados, temblando ligeramente.
—No es un chiste —respondí, sosteniéndole la mirada a Tomás—. Es la verdad. Sé lo de las cuentas en Panamá. Sé lo de ‘Los Tres Mosqueteros S.A.’. Sé que le robaron a mi papá mientras él se moría. Y tengo las pruebas.
Tomás me miró unos segundos, evaluándome. Luego, extendió la mano.
—Dámela.
—No la tengo aquí —mentí. Mi corazón se detuvo un segundo. Si me revisaban, estaba muerta. Tenía que ser convincente—. ¿Crees que soy estúpida? Se la dejé a Castellanos. Si algo me pasa, él suelta todo. A Hacienda, a la prensa, a tus socios… a todos.
Tomás me miró con escepticismo. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, buscando algún bulto sospechoso. Instintivamente crucé los brazos sobre mi pecho, protegiendo la USB. Fue un movimiento sutil, pero Isabela, que había estado callada, lo notó.
—Papá —dijo Isabela con su voz chillona, levantándose del sofá—. Mírala. Está cruzando los brazos. Está nerviosa. Apuesto a que la trae encima. Esta gata no tiene cerebro para planear nada con anticipación. Seguro la trae escondida en la ropa interior, como la naca que es.
Sentí que la sangre se me helaba. Maldita Isabela. Siempre tan observadora para hacer el mal.
Tomás sonrió de nuevo, una sonrisa cruel.
—¿Será? —dijo, dando un paso más hacia mí—. Gorila, revísala.
El Gorila dio un paso al frente, tronándose los nudillos.
—¡No me toquen! —grité, retrocediendo hasta chocar con una mesa—. ¡Si me tocan, juro que los mato!
—Ay, qué dramática —dijo Isabela, rodando los ojos—. Solo queremos la memoria, prima. No te hagas la difícil.
El Gorila me agarró del brazo y me inmovilizó. Sentí sus manos enormes y toscas empezando a palmear mis costados. El pánico se apoderó de mí. Iba a encontrarla. Iban a quitármela y luego… ¿qué harían conmigo? ¿Y con mis hermanos? Si perdía esa USB, perdía sus vidas.
—¡Suéltame! —pataleé, clavándole el tacón de mi zapato viejo en su espinilla.
El Gorila gruñó de dolor pero no me soltó. Al contrario, apretó más fuerte.
—¡Espera! —gritó Tomás de repente.
El Gorila se detuvo. Todos miramos a Tomás. Él estaba mirando hacia la ventana que daba a la calle. Un coche de la policía acababa de pasar despacio, con la sirena apagada pero las luces girando. Tomás, paranoico como todos los criminales, se tensó.
—No aquí —dijo Tomás, pasándose la mano por el cabello—. No quiero gritos en la sala. Los vecinos son unos chismosos y ya han estado preguntando mucho desde el desalojo. Llévenla al sótano. A la bodega de vinos vieja. Ahí nadie la va a escuchar. Enciérrenla hasta que se le baje lo valiente y nos diga dónde está la copia original, o hasta que decidamos qué hacer con ella. Y quítenle el celular.
El Gorila me arrancó el celular de la bolsa del pantalón y se lo dio a Tomás. Luego, me empujó hacia la puerta que llevaba a la cocina y, de ahí, a las escaleras del sótano.
Me arrastraron por la cocina. Pasé junto a la estufa donde mi mamá solía hacer mole los domingos. Ahora había una cafetera espresso de lujo que parecía una nave espacial. Me empujaron escaleras abajo. El olor a humedad y polvo me golpeó. Era el único lugar de la casa que no habían remodelado.
Me aventaron dentro de la bodega y cerraron la puerta de metal pesado. Escuché el sonido del cerrojo deslizándose y luego, el silencio.
Estaba oscuro. Solo entraba un hilo de luz por una ventanita rectangular que estaba a ras del suelo del jardín, cubierta por una rejilla tupida.
Me dejé caer al suelo, temblando. Me abracé las rodillas y dejé que salieran un par de lágrimas, pero solo un par. No tenía tiempo para llorar. Me toqué el pecho. La USB seguía ahí. No me habían revisado a fondo gracias a la paranoia de Tomás y a la patrulla que pasó.
Tenía la evidencia. Pero estaba encerrada. Y mis hermanos estaban solos en la Doctores, esperando a que yo llegara con comida o con noticias. Mateo seguramente ya estaría preocupado. Jorge estaría enojado. Y Camilo… Camilo estaría asustado.
“Piensa, Amanda, piensa”, me dije a mí misma en voz alta. Mi voz rebotó en las paredes de concreto.
Conocía este sótano. Papá guardaba aquí sus herramientas y las cajas de Navidad. De niña me daba miedo bajar, pero papá siempre me decía: “Los miedos se vencen conociéndolos, Mandy. Si sabes dónde está el interruptor de la luz, la oscuridad no te puede hacer nada”.
Me levanté y empecé a tantear las paredes. Mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Había estantes viejos llenos de botellas de vino polvorientas que Tomás seguramente ni sabía que existían. Había cajas de azulejos sobrantes de la remodelación anterior.
Llegué a la pared del fondo. La pared que daba al jardín trasero.
Recordé algo. Hace años, cuando tenía unos doce, Jorge y yo habíamos encontrado un ladrillo suelto detrás de un estante viejo. Lo habíamos quitado y nos dimos cuenta de que detrás había un hueco que conectaba con el registro del desagüe pluvial del jardín. Era un hueco pequeño, sucio, lleno de telarañas, pero lo suficientemente grande para que pasara un gato… o una niña delgada.
¿Seguiría ahí?
Con desesperación, empecé a mover las cajas pesadas que bloqueaban la pared. Mis brazos, flacos por la mala alimentación de las últimas semanas, me dolían, pero la adrenalina me daba una fuerza que no sabía que tenía. Empujé un mueble viejo de metal, rechinando contra el concreto. Me detuve en seco, esperando que nadie arriba hubiera oído el ruido.
Silencio. Seguramente tenían la música puesta o estaban discutiendo.
Busqué el ladrillo. Palpé la pared húmeda y rugosa. Uno, dos, tres… ahí estaba. El mortero alrededor de un bloque de concreto se sentía arenoso y desprendido.
Lo jalé. Se movió.
—Gracias, papá —susurré, sintiendo una oleada de esperanza.
Empecé a rascar el cemento viejo con un clavo que encontré en el suelo. Mis uñas se rompieron, mis dedos sangraron, pero no me importó. Poco a poco, fui quitando los ladrillos sueltos. El hueco se reveló, oscuro y estrecho. Olía a tierra mojada y a podredumbre.
Me asomé. Al final del túnel, a un metro y medio de distancia, se veía un destello de luz verde. El jardín. La salida del desagüe estaba cubierta por una rejilla de metal, pero recordaba que esa rejilla siempre estaba suelta porque las raíces del árbol de jacaranda la habían levantado.
Me quité el suéter para no atorarme. Me quedé en camiseta. Me metí de cabeza en el agujero.
El espacio era claustrofóbico. Sentía las paredes oprimiéndome los hombros. Había insectos caminando por mis brazos, y el olor era insoportable. Tuve que arrastrarme usando los codos, raspándome la piel. “Por mis hermanos, por mis hermanos, por mis hermanos”, repetía como un mantra.
Llegué a la rejilla. Empujé con la cabeza. Estaba dura. Las raíces habían crecido más en estos años.
—No, no, no… muévete, por favor —gimí, empujando con todas mis fuerzas, sintiendo que el cuello se me iba a romper.
Con un gruñido de esfuerzo, logré desplazarla unos centímetros. Lo suficiente para sacar una mano y luego la otra. Me impulsé hacia afuera y salí al aire libre, cayendo sobre el pasto húmedo, cubierta de tierra, telarañas y sangre.
Estaba en el jardín trasero, detrás de los arbustos que Isabela aún no había mandado cortar.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire fresco. Estaba fuera de la jaula, pero todavía estaba dentro de la propiedad.
Me arrastré entre los arbustos hasta llegar a la barda perimetral. Era alta, de piedra volcánica, con vidrios rotos en la parte de arriba para evitar que se metieran los ladrones. Irónico. Los ladrones estaban adentro, bebiendo whisky.
Miré hacia la casa. A través de los ventanales de la sala, podía verlos. Tomás estaba hablando por teléfono, manoteando furioso. Mauricio estaba sentado con la cabeza entre las manos. Isabela se estaba retocando el maquillaje en un espejo de mano.
Y entonces, vi algo que me hizo hervir la sangre.
Isabela dejó el espejo y tomó algo de la mesa. Era el álbum de fotos de mi mamá. El que Camilo no había querido soltar el día del desalojo y que, en la confusión de mi secuestro, se me había caído de la bolsa (o me lo habían quitado sin darme cuenta).
Isabela abrió el álbum, arrancó una página y se rio. Luego, hizo un gesto como si fuera a tirar la foto a la basura.
Ese fue el momento. El momento en que el miedo desapareció por completo y fue reemplazado por una determinación fría y absoluta. No solo iba a escapar. Iba a destruirlos. Y lo iba a hacer ahora.
Pero no podía volver a entrar peleando a puñetazos. El Gorila me mataría. Necesitaba un arma. Y mi arma estaba en mi sostén, pero necesitaba un cañón para dispararla.
Necesitaba llegar a Castellanos. Pero no tenía teléfono.
Miré la barda. Había un árbol viejo, un fresno, cuyas ramas colgaban hacia la calle lateral. Trepé. Mis zapatos resbalaban en la corteza, pero logré subir a la rama más baja. Desde ahí, salté hacia la calle.
Caí mal. Me torcí el tobillo y el dolor me subió por toda la pierna como un latigazo eléctrico. Me mordí el labio para no gritar. Me levanté cojeando.
Estaba libre.
Empecé a correr, o más bien a cojear rápido, alejándome de la casa. La gente me miraba raro. Una chica sucia, despeinada, sangrando y cojeando por las calles elegantes de Coyoacán. Me importaba un bledo.
Llegué a una tienda de conveniencia, un OXXO, a tres cuadras. Entré jadeando. El cajero, un chico joven con acné, me miró asustado.
—Por favor —dije, apoyándome en el mostrador—. Necesito hacer una llamada. Es una emergencia. Me acaban de asaltar.
El chico dudó, pero al ver mi estado, asintió y me pasó el teléfono fijo de la tienda.
Marqué el número del despacho de Castellanos. Me lo sabía de memoria. Uno, dos, tres timbres.
—Despacho Castellanos, buenas tardes.
—¡Licenciado! Soy Amanda.
—¡Amanda! ¡Dios mío! —La voz del abogado sonaba angustiada—. ¿Dónde estás? Te estuve esperando. Mauricio no llegó. Temía lo peor.
—Me tenían secuestrada. En la casa de Coyoacán. Escapé.
—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? Voy para allá con la policía ahora mismo.
—No —dije, interrumpiéndolo. Una idea loca, peligrosa y perfecta se estaba formando en mi mente—. No vaya con la policía todavía, Licenciado. Si llega la policía, Tomás va a sobornarlos o va a esconder todo. Van a decir que soy una loca que se metió a su casa. Necesitamos que sea público. Necesitamos que no puedan esconderse.
—¿De qué hablas, Amanda?
—Isabela va a tener una fiesta hoy en la noche. Vi a los proveedores llegando cuando me traían. Catering, música… va a ser grande. Va a estar llena de gente de sociedad, amigos de mis tíos, socios…
—¿Y?
—Y vamos a ir a la fiesta, Licenciado. Pero no vamos a ir a bailar. Usted traiga los documentos impresos, traiga a un notario si puede, y traiga a la policía federal o a alguien que no se deje comprar. Yo voy a encargarme del espectáculo.
—Amanda, es muy peligroso.
—Ya me quitaron mi casa, mi dinero y mi dignidad. Ya no tengo nada que perder, Licenciado. Nos vemos en el parque de los Viveros en una hora. Traiga una laptop.
Colgué.
El chico del OXXO me miraba con la boca abierta. —¿Estás bien, amiga?
—Mejor que nunca —le dije. Saqué de mi bolsa del pantalón un billete de cincuenta pesos arrugado que, milagrosamente, no me habían quitado—. ¿Me vendes una botella de agua y unas toallitas húmedas? Ah, y préstame tu cargador de celular un momento, aunque no tenga el mío, necesito cargar… algo.
No iba a cargar un celular. Iba a conectar la USB a la computadora de la tienda para verificar que siguiera funcionando. Le pedí al chico que me dejara usar la máquina de cobro que a veces usan para imprimir cosas personales.
Conecté la USB. La luz roja parpadeó. Los archivos aparecieron en la pantalla. “Contabilidad Real”. “Testamento”. “Transferencias Caimán”.
Estaba todo ahí.
Me limpié la cara y las heridas con las toallitas en el baño de la tienda. Me quité la tierra lo mejor que pude. Me arreglé el cabello. No me veía perfecta, me veía como una guerrera que acaba de salir de la trinchera. Y eso era perfecto.
Una hora después, me encontré con Castellanos en el parque. Llegó en su coche viejo, acompañado de dos hombres de traje que se veían serios y profesionales.
—Son agentes de la Unidad de Inteligencia Financiera —me explicó Castellanos en voz baja—. Les mostré una muestra de lo que me enviaste antes. Están muy interesados en tu tío Tomás.
—Perfecto —dije.
—El plan es esperar a que tengan la orden de cateo…
—No hay tiempo para órdenes —dije—. Vamos a entrar ahora. La fiesta ya debe haber empezado.
Eran las siete de la noche. El cielo de la Ciudad de México estaba teñido de ese tono violeta y contaminado que es tan característico. Nos dirigimos a la casa.
Desde la calle se escuchaba la música. Un DJ estaba tocando reguetón a todo volumen. Había coches de lujo estacionados en doble fila. Valet parkings corrían de un lado a otro.
El portón estaba abierto para recibir a los invitados.
—¿Lista? —preguntó Castellanos.
—Lista.
Caminé hacia la entrada. Los de seguridad me vieron. Eran los mismos tipos de antes, pero ahora había más gente.
—¡Oye, tú! —gritó El Gorila, que estaba en la puerta con una lista en la mano—. ¿Cómo demonios…?
No le di tiempo de reaccionar. Los dos agentes federales se le pusieron enfrente, mostrando sus placas.
—Policía Federal Ministerial. Hágase a un lado o queda detenido por obstrucción de la justicia.
El Gorila se quedó pasmado. Aproveché el momento y entré corriendo.
La casa estaba llena. Había gente bebiendo, riendo, bailando sobre la alfombra nueva. Vi caras conocidas: vecinos que nos habían dado la espalda, antiguos socios de papá que ahora le lambían las botas a Tomás.
Nadie notó mi presencia al principio. Era una sombra moviéndose entre las luces estroboscópicas.
Busqué el centro de control. El equipo de sonido. Estaba en una esquina de la sala. El DJ, un chavo con audífonos enormes, estaba concentrado en su mezcla.
Me acerqué a él, saqué la USB de mi sostén (por segunda vez en el día) y le di un empujón que lo sacó de balance.
—¡¿Qué te pasa?! —gritó.
—¡Cállate! —le grité de vuelta.
Tomé el micrófono. El sonido del feedback (ese chillido agudo) cortó la música y el aire. Todos se taparon los oídos. La música se detuvo.
Silencio total en la sala. Cien pares de ojos se voltearon hacia mí.
Ahí estaba yo. Amanda, la sobrina desheredada, la chica de la limpieza, parada frente a la alta sociedad de Coyoacán, sucia, con la ropa rota, pero con el micrófono en la mano y la mirada incendiaria.
Vi a Tomás al otro lado de la sala. Su copa se le cayó de la mano y se rompió en el suelo. Isabela se quedó con la boca abierta, pálida bajo su maquillaje. Mauricio parecía que se iba a desmayar.
—Buenas noches a todos —dije. Mi voz retumbó en las bocinas gigantes—. Lamento interrumpir su fiesta. Sé que están celebrando los “nuevos comienzos” de mi tío Tomás y mi prima Isabela. Pero creo que olvidaron invitar a los verdaderos dueños de esta casa.
Murmullos. La gente empezó a sacar sus celulares.
—¡Sáquenla! —gritó Tomás, rojo de ira, avanzando hacia mí—. ¡Está loca! ¡Es una drogadicta!
—¡Ni un paso más, tío! —grité—. ¡Porque si te mueves, le doy play a esto!
Levanté la USB en el aire.
—¿Saben qué hay aquí? —pregunté a la multitud, mirando a la cámara de un celular que me estaba grabando en primera fila—. Aquí están las pruebas de cómo Tomás y Mauricio robaron sesenta millones de pesos de la empresa de mi padre mientras él moría de cáncer. Aquí están las transferencias a Panamá. Aquí está el fraude fiscal.
Un grito colectivo de asombro recorrió la sala.
—¡Mientes! —chilló Isabela—. ¡Eres una envidiosa!
—¿Ah, sí? —Me giré hacia la laptop del DJ. Conecté la USB. En la pantalla gigante que habían puesto para proyectar videos musicales psicodélicos, abrí el primer archivo.
Apareció un estado de cuenta bancario. Enorme. Claro. “Beneficiario: Tomás R. Cuenta: Cayman Islands Holding. Monto: $5,000,000 USD. Origen: Fondos de Pensiones Empleados.”
La gente jadeó. Los murmullos se convirtieron en gritos.
—¡Eso no es todo! —continué, sintiendo una fuerza imparable—. ¡Me echaron a la calle con mis tres hermanos menores! ¡Nos dejaron sin comer! ¡Secuestraron a una niña de 19 años hoy mismo para tratar de quitarle esto!
Tomás se lanzó hacia mí, desesperado, perdiendo los estribos. —¡Apaga eso! ¡Te voy a matar, maldita perra!
Pero antes de que pudiera tocarme, dos agentes federales lo interceptaron y lo placaron contra el suelo. El sonido de su cuerpo golpeando el piso fue más dulce que cualquier música.
—¡Tomás R., queda usted detenido por presunto lavado de dinero, fraude y privación ilegal de la libertad! —gritó uno de los agentes.
La sala estalló en caos. La gente corría hacia las salidas. Isabela gritaba histéricamente mientras trataba de huir, pero otro agente la detuvo.
—Señorita, usted también tiene que acompañarnos. Aparece como co-titular en las cuentas fantasmas.
—¡Yo no sabía nada! ¡Soy una influencer! ¡Suéltame! —gritaba Isabela, pataleando mientras le ponían las esposas. Sus seguidores de Instagram hubieran pagado por ver eso.
Mauricio, en un rincón, simplemente se sentó en el suelo y se puso a llorar, levantando las manos en señal de rendición.
Yo me quedé ahí, parada junto a la cabina del DJ, respirando agitadamente. Vi cómo se llevaban a Tomás, que me miraba con un odio que prometía venganza eterna. Vi cómo se llevaban a Isabela, humillada.
El Licenciado Castellanos se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. —Se acabó, Amanda. Lo hiciste.
Pero yo no sentía euforia. Sentía un cansancio infinito.
Me acerqué a la mesa donde Isabela había dejado el álbum de fotos. Ahí estaba. La página arrancada estaba tirada en el suelo, pisoteada por la gente que había huido. La recogí. Era una foto de mi papá cargándome en hombros cuando cumplí cinco años. Tenía la huella de un zapato de tacón encima, pero sus sonrisas seguían ahí, debajo de la suciedad.
La abracé contra mi pecho y empecé a llorar. No lloré por el dinero. No lloré por la casa. Lloré porque, por primera vez en semanas, podía permitirme ser la niña que extrañaba a su papá, y no la guerrera que tenía que defender a su familia.
Saqué el celular prestado del Licenciado Castellanos y marqué el número de la vecina de la Doctores, a quien le había encargado echarle un ojo a los niños si yo tardaba.
—¿Doña Lupe? Soy Amanda… Póngame a Mateo, por favor…
—¿Bueno? —la voz de Mateo sonaba aterrorizada—. ¿Amanda? ¿Dónde estás? Vimos un video en Facebook… dicen que… dicen que arrestaron al tío Tomás en la casa.
Sonreí entre lágrimas, dejándome caer en el sofá blanco que ahora, finalmente, volvía a ser mío.
—Sí, Mati. Es verdad. Empaquen sus cosas, chaparro. Y despierta a Camilo.
—¿Por qué? ¿A dónde vamos? —preguntó, confundido.
Miré alrededor. La casa estaba hecha un desastre, llena de policías y vasos rotos, pero se sentía ligera. El aire pesado se había ido con Tomás.
—A casa, Mateo —susurré—. Vamos a volver a casa.
Pero mientras colgaba el teléfono y veía las luces azules de las patrullas iluminando las paredes, sabía que esto no era el final feliz de cuento de hadas. Tomás tenía abogados caros. El dinero estaba en cuentas difíciles de rastrear. Y yo… yo me había hecho enemigos muy poderosos.
La batalla por la casa había terminado, pero la guerra por recuperar nuestra vida y los 60 millones apenas comenzaba. Y había algo más… en los archivos que se proyectaron en la pantalla, vi un nombre que no reconocí. Un socio silencioso. Alguien a quien Tomás le enviaba más dinero que a nadie. Alguien apodado “El Patrón”.
Y tenía la terrible sensación de que “El Patrón” no iba a estar muy contento de que una niña de 19 años hubiera tirado su negocio.
Me levanté del sofá. Tenía que limpiar este chiquero antes de que llegaran mis hermanos. La matriarca había regresado.
—¿Licenciado? —llamé a Castellanos—. Necesito que cambie las cerraduras. Ahora. Y contrate seguridad. De la buena.
Porque esta noche dormíamos aquí. Y nadie, nunca más, nos iba a sacar.
PARTE FINAL: LA LIMPIEZA, LA Sombra DEL PATRÓN Y EL RENACER DE LOS MOSQUETEROS
El silencio que siguió a la tormenta fue lo más extraño de todo. Después de que las sirenas se apagaron, después de que los agentes de la Unidad de Inteligencia Financiera terminaron de embalar las computadoras y las cajas de documentos, y después de que el último invitado de la fiesta de Isabela salió corriendo por el portón como rata asustada, la casa se quedó muda.
Era un silencio denso, pesado, que olía a alcohol derramado, a perfume barato y a la electricidad estática del miedo que se había respirado horas antes.
Me quedé parada en medio de la sala, con los pies descalzos porque mis zapatos viejos me habían sacado ampollas. El suelo estaba pegajoso por el champán que se había caído cuando arrestaron a Tomás. Miré a mi alrededor. Mi casa. Nuestra casa. Pero se sentía ajena, violada. Los muebles blancos de piel que Tomás había comprado parecían fantasmas burlones en la penumbra.
El Licenciado Castellanos se había quedado en la puerta, coordinando con los dos guardias de seguridad privada que había contratado de emergencia. —Amanda —me llamó suavemente—. Ya vienen en camino. El taxi con tus hermanos está a dos cuadras.
Asentí, pero no pude hablar. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba pasar ni saliva. Me fui al baño de visitas, ese que estaba bajo la escalera, y me miré en el espejo. Lo que vi me asustó. No era la Amanda de 19 años que se preocupaba por los exámenes de la universidad. Tenía ojeras moradas bajo los ojos, un corte en la mejilla con sangre seca de cuando me arrastré por el desagüe, y tierra en el cabello. Parecía una sobreviviente de guerra. Y supongo que lo era.
Escuché el timbre. No el timbre eléctrico, sino los golpes ansiosos en la madera del portón.
Corrí. El dolor del tobillo torcido desapareció por pura adrenalina. Abrí la puerta principal y ahí estaban.
Mateo traía una mochila al hombro y cargaba una bolsa de plástico negra con ropa. Jorge traía la guitarra —milagrosamente no la había vendido— y cargaba a Camilo, que venía medio dormido.
—¿Mandy? —preguntó Mateo, con la voz temblorosa.
Me tiré sobre ellos. Nos fundimos en un abrazo en el umbral de la puerta, una masa de brazos, lágrimas y sollozos. Lloramos. Lloramos como no habíamos podido llorar en la azotea de la Doctores. Lloramos por el miedo, por el hambre, por la humillación, y por el alivio inmenso de estar pisando suelo seguro.
—Entren —les dije, limpiándome los mocos con el dorso de la mano sucia—. Entren a su casa.
La primera noche fue surrealista. No teníamos luz en las recámaras porque Tomás había cambiado el sistema eléctrico a uno “inteligente” y no sabíamos la contraseña del panel de control. Tuvimos que acampar en la sala, sobre esos sofás blancos de diseñador que costaban una fortuna.
—¿Podemos comer lo que sea? —preguntó Camilo, abriendo los ojos como platos al ver la cocina.
La cocina estaba llena de la comida del catering de la fiesta. Había charolas de canapés finos, quesos importados, carnes frías y postres que se veían deliciosos pero que ya empezaban a secarse. —Coman todo —les dije con rabia y alegría—. Cómanse hasta la última migaja. Es nuestro dinero, a fin de cuentas.
Ver a mis hermanos devorar jamón serrano y pastelitos de chocolate con las manos sucias, sentados en el piso de mármol, fue la imagen más hermosa y triste que había visto en mi vida. Estaban hambrientos. Realmente hambrientos. Y yo juré, por la memoria de mi padre, que nunca, jamás en la vida, volverían a sentir ese vacío en el estómago.
Pero recuperar la casa era solo el principio. La verdadera pesadilla administrativa comenzó al día siguiente.
Amaneció gris, con esa lluvia finita y molesta típica de la Ciudad de México que te cala los huesos. Me desperté sobresaltada por un ruido, pensando que era el Gorila viniendo por mí, pero solo era Jorge tratando de prender la televisión gigante.
El Licenciado Castellanos llegó a las nueve con café y pan dulce, y con una cara de preocupación que me bajó los ánimos al suelo. Nos sentamos en el comedor, apartando unas copas sucias que nadie había recogido.
—La situación es compleja, Amanda —empezó, sacando legajos de papeles—. Tomás está detenido, sí. El juez dictó prisión preventiva oficiosa por el riesgo de fuga y la magnitud del fraude. Isabela salió bajo fianza en la madrugada; alega ignorancia, y sus abogados son buenos. Mauricio… bueno, Mauricio está cooperando como testigo protegido.
—¿Y el dinero? —pregunté, yendo al grano. Teníamos una casa de veinte millones de pesos, pero yo tenía cincuenta pesos en la bolsa.
Castellanos suspiró. —Las cuentas están congeladas. La Unidad de Inteligencia Financiera bloqueó todo: las cuentas de la empresa, las personales de Tomás, e incluso las cuentas donde estaba el desvío.
—¿Eso qué significa?
—Significa que el dinero está ahí, pero no podemos tocarlo. Hasta que se demuestre qué parte es lícita y qué parte es producto del lavado de dinero, nadie cobra. Ni tú, ni los empleados, ni los proveedores. Va a ser un proceso largo, Amanda. Meses. Tal vez años.
Sentí que el mundo se me venía encima otra vez. —¿Y de qué vamos a vivir, Licenciado? Tengo a tres niños. Tengo que pagar luz, agua, predial… Esta casa traga dinero solo por existir.
—Lo sé. Por eso, mi prioridad fue desbloquear el fideicomiso ‘Los Tres Mosqueteros’. Como Mauricio firmó ayer en la noche presionado por la fiscalía para reducir su sentencia, logramos acceder a una parte.
Me pasó un cheque. Lo tomé con manos temblorosas. No eran los sesenta millones. Eran doscientos mil pesos. —Es un fondo de emergencia que tu padre dejó estipulado para manutención inmediata. Es lo único que pude liberar por ahora. Úsalo con sabiduría.
Doscientos mil pesos. Hace un mes me hubiera parecido una fortuna inagotable. Ahora, sabía que era apenas un salvavidas para no ahogarnos mientras llegaba el barco grande.
—Hay algo más —dijo Castellanos, bajando la voz y mirando hacia las ventanas, como si las paredes oyeran—. En los archivos de la USB… encontramos algo que me preocupa.
—El Patrón —dije.
Castellanos asintió gravemente. —Sí. Tomás no trabajaba solo. Lavaba dinero para alguien más. Alguien pesado. En los correos encriptados se refieren a él como ‘El Patrón’ o ‘J.G.’. No sabemos quién es, pero las sumas que movían hacia sus cuentas offshore son astronómicas. Tomás era solo un peón, un contador creativo. Este tipo… este tipo es peligroso.
—¿Cree que venga por nosotros?
—No lo sé. Pero Tomás le falló. Perdió su dinero y expuso su operación. Esa gente no perdona errores. He solicitado protección policial para la casa, pero ya sabes cómo es esto. A veces los policías son los mismos que trabajan para ellos.
Me quedé helada. La victoria de anoche se sentía ahora como haber pateado un nido de avispas gigantes.
—No voy a correr —dije, apretando el cheque—. Ya corrí una vez. Me escondí en la Doctores. Me metí en un desagüe. Ya no más. Si ese tal Patrón quiere algo, que venga y toque el timbre.
Los días siguientes fueron una mezcla de limpieza frenética y paranoia. Decidimos que no queríamos nada de ellos en la casa. Nada. Hicimos una “limpia”. Literal y metafórica.
Mateo y Jorge me ayudaron a sacar toda la ropa de Isabela de los clósets. Vestidos de marca, bolsas de diseñador, zapatos italianos. Todo lo metimos en bolsas de basura negras. —¿Lo vendemos? —sugirió Jorge—. Sacaríamos una buena lana.
Lo pensé. El dinero nos hacía falta. Pero esos objetos tenían una energía podrida. Eran el fruto del robo a mi padre. —No —dije—. Se dona. A un albergue de mujeres. Que alguien que lo necesite le dé un uso digno. Nosotros no queremos dinero sucio.
Limpiar el despacho de papá fue lo más difícil. Tomás lo había convertido en una especie de santuario a su propio ego. Había quitado los diplomas de papá y puesto fotos suyas con políticos y empresarios. Había cambiado el escritorio de caoba por uno de vidrio frío.
Mientras sacábamos las cosas de Tomás para tirarlas a la basura, encontré algo detrás de un librero empotrado. Era una caja de madera pequeña, sencilla, que debió haberse caído y quedado atorada cuando Tomás remodeló. La abrí. Adentro no había dinero. Había cartas. Cartas que mi mamá le escribía a papá cuando eran novios. Y un reloj viejo, un Casio barato que papá usaba cuando empezó a trabajar. Me senté en el suelo, abrazando esa caja, y sentí que, por fin, papá regresaba a la casa.
Pero la tranquilidad duró poco. Una semana después de la fiesta, llegó la amenaza.
No fue una cabeza de caballo en la cama ni una balacera. Fue mucho más sutil y aterrador. Era un martes por la tarde. Yo estaba en la cocina, tratando de entender cómo funcionaba el horno industrial que habían instalado, cuando sonó el interfón.
—¿Sí? —Paquetería para la señorita Amanda —dijo una voz distorsionada.
No esperaba nada, pero pensé que podía ser algo legal de Castellanos. Salí al portón, pero no abrí la reja. Había un motociclista con casco cerrado. Me extendió un sobre manila a través de los barrotes. —Firme aquí.
Firmé con un garabato. El tipo arrancó la moto y se fue quemando llanta.
Abrí el sobre ahí mismo, en el jardín. Adentro había una sola hoja de papel y una foto. La foto era de mis hermanos. De esa misma mañana, saliendo de la escuela en la que los acababa de reinscribir. Estaban cruzando la calle, riendo. Un círculo rojo marcado con plumón rodeaba la cabeza de Camilo.
La nota decía, en letras impresas de computadora: “Bonita familia. Sería una pena que tuvieran un accidente. Tienes 48 horas para retirar la denuncia y declarar que la USB fue fabricada por ti. Di que estabas celosa. Di que mentiste. Si Tomás no sale libre, la próxima foto no será a color, será en blanco y negro en la sección de obituarios. Atte: La Gerencia.”
El mundo se me detuvo. El aire se me escapó de los pulmones. “La Gerencia”. El Patrón.
Entré a la casa corriendo, cerré con doble llave, puse la alarma y bajé todas las persianas. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Querían que me retractara. Querían que dijera que yo era la mentirosa, la loca. Si lo hacía, Tomás saldría libre, recuperaría la casa y el dinero, y nosotros… nosotros quedaríamos en la calle otra vez, o peor, en la cárcel por falsedad de declaraciones. Pero si no lo hacía… Camilo.
Esa noche senté a mis hermanos en la sala. Tenía que decirles la verdad. Ya no eran niños a los que podía proteger con mentiras piadosas. —Nos están amenazando —les dije, mostrándoles la nota pero ocultando la foto para no traumarlos—. Quieren que retiremos los cargos.
—¡Ni madres! —gritó Mateo, poniéndose de pie—. ¡Después de lo que nos hicieron! ¡Nos robaron, te secuestraron!
—Si no lo hago, dicen que nos van a lastimar —dije, tratando de mantener la voz firme—. Chicos, esto es serio. Esta gente mata.
Jorge, que siempre había sido el más callado, el más sensible, se levantó y fue a su cuarto. Regresó un minuto después con el bate de béisbol de aluminio que usaba papá. —Que vengan —dijo, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. No vamos a correr, Amanda. Tú dijiste que esta era nuestra casa. Si nos vamos ahora, nunca vamos a dejar de huir.
Ver a mi hermano de 14 años dispuesto a pelear contra narcos con un bate de béisbol me rompió el corazón, pero también me dio la respuesta. No podíamos ceder. Si cedíamos ahora, seríamos esclavos del miedo para siempre. Tomás sabría que podía aplastarnos cuando quisiera.
—No vamos a usar bates —dije—. Vamos a usar lo que más les duele. La luz.
Llamé a Castellanos. —Licenciado, me amenazaron. —Voy para allá con la policía. —No —le dije—. Si viene la policía, ellos sabrán que los acusé. Y cumplirán su amenaza antes de que nos pongan custodia. Necesito otra cosa. —¿Qué necesitas? —Necesito un periodista. Pero no uno de chismes. Uno de los de verdad. De esos que salen en las noticias internacionales y que tienen chaleco antibalas. Quiero una entrevista en vivo. Mañana.
—Amanda, eso es suicida. Estás retando al crimen organizado en televisión nacional. —Es mi seguro de vida, Licenciado. Si soy famosa, si mi cara y la de mis hermanos están en todos lados, si todo el país sabe la historia… ‘El Patrón’ no podrá tocarnos sin que se arme un escándalo mundial. A esta gente le gusta la oscuridad. Yo voy a prender un reflector gigante.
Al día siguiente, a las ocho de la noche, la sala de mi casa se convirtió en un set de televisión. Vino Carmen, una periodista reconocida por sus reportajes sobre corrupción. Su equipo instaló cámaras y luces.
—¿Estás segura de esto, niña? —me preguntó Carmen mientras me ponían el micrófono. Me vio temblar las manos. —Tengo miedo —admití—. Mucho miedo. Pero tengo más miedo de lo que pasará si me quedo callada.
La entrevista fue en vivo. Me senté frente a la cámara. Sin maquillaje, con mi ropa sencilla. Mis hermanos estaban sentados detrás de mí, en el sofá, serios, dignos.
—Mi nombre es Amanda —empecé, mirando directo al lente—. Hace un mes, mi tío Tomás me echó de esta casa y me robó la herencia de mi padre. Pero descubrí que no solo nos robaba a nosotros. Robaba al país. Lavaba dinero para una organización criminal.
Conté todo. Conté sobre las botas viejas. Sobre el sótano. Sobre la USB. Y luego, saqué la nota de amenaza que había recibido ayer. La mostré a la cámara.
—Ayer recibí esto —dije, con la voz quebrándose pero firme—. Me dicen que si no libero a Tomás, matarán a mis hermanos. Hice una pausa dramática. Sentí el peso de millones de ojos viéndome a través de la pantalla.
—Así que quiero mandarle un mensaje al ‘Patrón’, o a ‘La Gerencia’, o como se llame el cobarde que amenaza a niños —me acerqué a la cámara—. Tomás te robó a ti también. En la USB que entregué a las autoridades, hay pruebas de que Tomás se quedaba con una comisión del 15% de TU dinero sin decírtelo. Él te estaba robando a ti, Patrón. Yo te hice un favor al exponerlo.
Era un blofeo enorme. No estaba segura de esa cifra, pero en los excels había discrepancias que sugerían que Tomás “ordeñaba” las cuentas. Era mi apuesta final. Poner a los lobos a pelear entre ellos.
—Si algo nos pasa a mí o a mis hermanos —continué—, hay tres copias más de esa información listas para ser enviadas a la DEA en Estados Unidos, con nombres, rutas y números de cuenta que todavía no han salido a la luz. Déjanos en paz, y la información se queda con la fiscalía mexicana. Tócanos, y te conviertes en el hombre más buscado del mundo mañana mismo.
Corte. Carmen me miró con los ojos abiertos como platos. —Tienes unos ovarios de acero, niña. Acabas de firmar tu sentencia de muerte o tu liberación.
Esa noche nadie durmió. Los guardias de seguridad patrullaban el jardín con armas largas. Nosotros estábamos en la sala, esperando.
A las tres de la mañana, sonó el teléfono de la casa. Salté. Contesté. —¿Bueno?
Hubo un silencio largo. Luego, una voz distorsionada, diferente a la del interfón. Más calmada. Más fría. —El Contador era un ambicioso. Nadie le roba a la empresa. Gracias por el dato, Amanda. Disfruta tu casa. Olvídate de nosotros, y nosotros nos olvidaremos de ti. Ah, y dile a tu hermano Jorge que toca bien la guitarra.
Colgaron.
Me dejé caer al suelo, llorando histéricamente. Había funcionado. Al exponer que Tomás le robaba al narco, había convertido a Tomás en el enemigo de su propio jefe. El Patrón no vendría por mí; se encargaría de Tomás en la cárcel. Mi tío acababa de entrar al infierno.
Pasaron seis meses. La vida, poco a poco, dejó de ser una película de acción y se convirtió en… vida.
El proceso legal avanzó. Con la “ayuda” indirecta de que los abogados de Tomás renunciaron misteriosamente (seguramente amenazados por El Patrón), la fiscalía ganó el caso rápidamente. Tomás fue sentenciado a 25 años por lavado de dinero y fraude. Isabela, al final, negoció. Entregó joyas y propiedades compradas con el dinero robado a cambio de libertad condicional y servicio comunitario. La última vez que supe de ella, estaba trabajando de recepcionista en un gimnasio en la colonia Del Valle, y sus redes sociales habían sido borradas.
El dinero de la herencia tardó en llegar. No fueron los 60 millones completos; gran parte se fue en multas, impuestos y pagos a acreedores legítimos que mi papá tenía. Pero recuperamos cerca de 35 millones. Más que suficiente.
Invertimos. Arreglamos la casa, pero no para dejarla como museo. Quitamos los mármoles fríos y pusimos madera otra vez. Llenamos el jardín de flores, muchas flores, como le gustaban a mamá. Mateo regresó a la escuela de fútbol. Jorge se metió al conservatorio de música. Y Camilo… Camilo volvió a ser un niño que ríe y corre, aunque a veces, en las noches de tormenta, se pasa a mi cama buscando seguridad.
Yo no volví a la universidad a estudiar Contabilidad. Después de todo lo que pasó, los números fríos ya no me llamaban. Me inscribí en Derecho. Quería entender las leyes. Quería saber cómo defender a los que no tienen una USB mágica en un zapato viejo.
Una tarde de domingo, estábamos todos en el jardín. Hacía sol. Habíamos organizado una carne asada, solo nosotros y el Licenciado Castellanos, que se había convertido en el abuelo postizo de los niños. Estaba volteando la carne en el asador, sintiendo el calor del carbón en la cara, cuando me di cuenta de algo. Mis manos. Ya no estaban rojas y agrietadas por el cloro de la fonda. Ya no temblaban. Tenían cicatrices, sí. La cortada de la rejilla del desagüe se había convertido en una línea blanca en mi brazo. Pero eran manos fuertes. Manos que habían sostenido a una familia cuando el mundo se derrumbaba.
Jorge estaba tocando una canción de los Beatles en la guitarra. Mateo y Camilo jugaban con el perro que acabábamos de adoptar, un chucho callejero al que le pusimos “Botas”, en honor al escondite de papá.
Castellanos se acercó con una cerveza en la mano. —Tu padre estaría muy orgulloso, Amanda —me dijo, mirando la escena.
Sonreí, mirando al cielo azul intenso de Coyoacán. —Creo que sí. Aunque me regañaría por haber arriesgado tanto.
—Tal vez. Pero él sabía lo que hacía. Por algo te dejó a ti a cargo. Sabía que tú eras la única capaz de descifrar el acertijo y tener el coraje para ejecutarlo.
Fui al despacho, que ahora era mi lugar de estudio. Saqué la memoria USB del cajón. Ya no tenía información sensible; la había formateado después del juicio. Ahora solo tenía fotos nuestras. Y saqué las botas viejas de papá. Las había mandado a arreglar, pero pedí que no les quitaran las manchas de pintura. Estaban en una repisa, como un trofeo.
Me senté en la silla giratoria. Había ganado. Pero la victoria no era el dinero. Ni la casa enorme. La victoria era saber que, cuando la vida nos tiró al suelo y nos puso el pie en el cuello, no nos dejamos pisar.
Recordé el mensaje que le mandé a Isabela aquella noche desde la azotea: “Lo que viene no lo vas a poder limpiar con dinero”. Tenía razón. La dignidad no se compra. La lealtad de la sangre no se compra.
Miré por la ventana a mis hermanos riendo. Éramos los Tres Mosqueteros y D’Artagnan. Golpeados, con cicatrices, con una historia que contar que nadie creería si no fuera porque salió en las noticias.
Tomé una pluma y una libreta nueva. Empecé a escribir. No una demanda. No una lista de gastos. Empecé a escribir nuestra historia. “Todo empezó el día que mis tíos llegaron al funeral con los zapatos sucios…”
Sonreí. Soy Amanda. Tengo 20 años. Soy la hermana mayor, la estudiante de derecho, la heredera recuperada. Y soy la Patrona de mi propio destino.
FIN.