
Me llamo María. El año era 1884 y el calor en el norte de México hacía que el aire pesara como plomo.
Cuando puse las monedas sobre el mostrador, el escribano me miró con lástima. Veinte pesos. Ese fue el precio por el Rancho Arroyo Seco. Un precio que gritaba tragedia, una tierra tan seca y olvidada que ningún ganadero la quería. Pero yo no buscaba riquezas, buscaba desaparecer. Con mis manos callosas de lavar ropa ajena, firmé los papeles. Compré mi soledad. O al menos, eso creía.
El viaje fue largo y el rancho era apenas un esqueleto de madera gris blanqueada por el sol. Todo estaba en silencio, salvo por las cigarras. Pero al empujar las puertas del viejo granero, el silencio se rompió. No fue el ruido lo que me detuvo, fue el olor. Ese aroma metálico y cobrizo que conozco demasiado bien: s*ngre seca.
Allí, en el rincón más oscuro, había un bulto bajo una manta apolillada. Mi corazón latía como un pájaro atrapado. La lógica me gritaba que corriera, que regresara al pueblo que me despreciaba, pero mis pies se clavaron en la paja.
El bulto gimió. Me acerqué.
Era un hombre. Estaba tirado en la tierra, cubierto de polvo y con una mancha oscura extendiéndose por su costado. Le habían dsparado, probablemente hacía días, y se había arrastrado hasta aquí para mrir como un lobo herido. A centímetros de su mano inerte, brillaba el metal frío de un revólver.
Podría haberlo dejado. Si mría, nadie me culparía. En estas tierras, la murte es solo una vecina más. Pero vi su mano temblar en sueños, aferrándose a la vida. Suspiré, sabiendo que ese suspiro sellaba mi destino, y aparté el ar*a de su alcance.
Cuando le puse un trapo húmedo en la frente, sus ojos se abrieron de golpe. Grises, afilados, aterradores. Buscó su a*ma. Al no encontrarla, me clavó la mirada.
—Quieto —susurré—. No fui yo quien te h*río.
Los días siguientes fueron una lucha silenciosa entre mi terquedad y su dolor. Se llamaba Mateo. Un hombre de pocas palabras y mirada de hielo. Pero la calma es engañosa en el desierto.
Una tarde, mientras colgaba las sábanas, vi a Mateo congelarse hacha en mano. Miraba hacia la loma sur. Una nube de polvo se levantaba contra el cielo azul. Jinetes.
—Entra —ordenó, con una voz que heló mi sangre más que el viento—. Tranca la puerta, María.
El pasado lo había alcanzado, y ahora estaba tocando a mi puerta.
¿QUIÉN ERAN ESOS HOMBRES Y POR QUÉ ESTABAN DISPUESTOS A QUEMAR MI CASA CON NOSOTROS DENTRO?!
PARTE 2: EL ASEDIO DE ARROYO SECO Y LA SANGRE EN EL ADOBE
El sonido de la madera cayendo sobre los soportes de hierro resonó como un disparo dentro de la casa. “Tranca la puerta”, había dicho él. Y yo, María, la lavandera que nunca había sostenido nada más pesado que un canasto de ropa mojada, sentí el peso de esa viga de roble como si fuera la tapa de mi propio ataúd. Mis manos temblaban, no con el temblor fino del frío, sino con esa vibración violenta que te sacude los huesos cuando la m*erte te respira en la nuca.
Corrí hacia las ventanas. Las contraventanas de madera, resecas y deformadas por años de abandono, se resistían a cerrar. Tuve que pelear con ellas, clavándome astillas en las palmas, mientras el sonido de los cascos de los caballos crecía afuera. Ya no eran un rumor lejano; eran un trueno rítmico, una percusión de guerra que hacía vibrar el suelo de tierra apisonada bajo mis pies descalzos. Eran cinco, tal vez seis jinetes. Lo supe no por verlos, sino por la cacofonía de relinchos y gritos que rompieron la paz de mi tarde.
—Aléjate de las rendijas —susurró Mateo.
Estaba apoyado contra la pared de adobe, con el rostro perlado de un sudor frío y aceitoso. Su camisa, esa que yo había intentado lavar en vano, volvía a teñirse de un rojo oscuro y brillante en el costado. Se había levantado por pura fuerza de voluntad, alimentado por esa adrenalina maldita que tienen los hombres que han vivido huyendo. Tenía el revólver en la mano, el cilindro giró con un clic seco cuando verificó la carga.
—¿Quiénes son? —pregunté, mi voz apenas un hilo que se perdía entre el polvo que flotaba en la sala. Me pegué a la pared, sintiendo la textura rugosa del adobe contra mi espalda, buscando un refugio imposible.
—Hombres que no piden permiso, María. Hombres de Don Eladio.
El nombre cayó entre nosotros como una piedra en un pozo profundo. Don Eladio. No necesitaba apellidos. En estas tierras del norte, decir Don Eladio era invocar al diablo vestid de hacendado. Era el dueño de todo lo que alcanzaba la vista y de lo que no, también. Decían que sus linderos se marcaban con cruces de los que se atrevían a contradecirle.
—¿Qué hiciste, Mateo? —La pregunta se me escapó antes de poder contenerla.
Él me miró, y por un segundo, la dureza de sus ojos grises se ablandó con algo parecido a la culpa. —Lo que alguien tenía que hacer. Le devolví a su hijo la misma moneda con la que pagaba a los peones.
No hubo tiempo para más. Un golpe brutal sacudió la puerta principal. La madera crujió, quejándose, pero la tranca aguantó. El polvo cayó del techo, empolvándonos como fantasmas.
—¡Abran! —La voz venía de afuera, ronca, potente, acostumbrada a dar órdenes a bestias y a hombres por igual—. Sabemos que la rata está ahí dentro. Y sabemos que no está solo.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un sollozo. Sabían que yo estaba ahí. Mi anonimato, mi preciada soledad comprada por veinte pesos, se había esfumado. Ahora era cómplice. En los ojos de esa gente, darle agua a un enemigo era lo mismo que jalar el gatillo junto a él.
—¡Váyase, señora! —gritó la misma voz, cambiando el tono a una falsa cortesía que daba más miedo que los insultos—. Entréguenos al perro y a usted no le pasará nada. Don Eladio no tiene pleito con mujeres… si se portan bien.
Miré a Mateo. Él no me miraba a mí; sus ojos estaban fijos en la puerta, calculando, midiendo. Levantó el revólver, apuntando a la altura del pecho de un hombre, directo a través de la madera. Pero entonces, giró la cabeza lentamente hacia mí.
—Tiene razón —dijo Mateo, con la voz quebrada por el dolor—. Abre la puerta, María. Diles que te obligué. Diles que te amenacé. Sal con las manos en alto. Te dejarán ir.
El tiempo se detuvo. En ese instante, el calor sofocante del rancho pareció desaparecer, reemplazado por un frío interno. Podía hacerlo. Podía quitar la tranca, salir llorando, inventar una historia de terror donde yo era la víctima y él el villano. Probablemente me creerían. Me dejarían correr hacia el pueblo, y luego escucharían los d*sparos a mis espaldas mientras acababan con él. Sería libre. Volvería a lavar ropa, a bajar la cabeza, a ser nadie.
Pero miré sus manos. Manos grandes, callosas, que temblaban no de miedo, sino de fiebre. Recordé cómo, en su delirio de los días pasados, había susurrado nombres. Ana. Joaquín. Nombres de gente que amaba, gente que quizás ya no estaba. Si lo entregaba, yo no sería mejor que el escribano que me vendió esta ruina, no sería mejor que la tierra seca que traga todo sin dar nada a cambio. Si abría esa puerta, mataba lo único que me quedaba de humanidad.
—No —dije. La palabra salió firme, sorprendiéndome incluso a mí.
—María, te van a m*tar —insistió él, apretando los dientes.
—Ya estoy muerta desde que llegué a este pueblo, Mateo. Al menos aquí decido cómo me entierran.
Caminé hacia el viejo baúl donde guardaba mis pocas pertenencias. Saqué el viejo rifle de caza que había venido con la casa, una reliquia oxidada que el anterior dueño había dejado olvidada tras una viga. No sabía si funcionaba. Apenas sabía cómo cargarlo. Pero lo tomé, sentí el peso del metal y la madera, y me coloqué junto a la ventana lateral.
—¿Tienes b*las para eso? —preguntó Mateo, una media sonrisa dolorosa curvando sus labios secos.
—Tengo tres. Más vale que no falles las tuyas.
Afuera, la paciencia se había agotado. —¡Muy bien! —rugió la voz—. ¡Si quieren infierno, infierno tendrán! ¡Fuego a discreción, muchachos!
El mundo estalló. No fue como en los cuentos. No hubo heroísmo inmediato. Fue ruido. Ruido puro y terrorífico. Las balas comenzaron a perforar el adobe y a astillar la madera. Un proyectil atravesó la contraventana a centímetros de mi cabeza, levantando una nube de astillas que me cortaron la mejilla. Me tiré al suelo, cubriéndome la cabeza, gritando, aunque no podía escuchar mi propia voz por el estruendo de los d*sparos.
Mateo se arrastró hasta una posición mejor, usando un viejo saco de maíz como parapeto. —¡No dispares a lo loco! —me gritó—. ¡Espera a ver sombra!
El tiroteo cesó tan rápido como había empezado. Estaban recargando, o probándonos. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Oíamos sus risas. Se estaban divirtiendo. Para ellos, esto era un juego de tiro al blanco; para nosotros, era el final de los tiempos.
Me arrastré hacia Mateo. Su herida sangraba más profusamente ahora. La mancha roja en su costado se había expandido hasta la cintura de su pantalón. —Necesitas presión ahí —dije, arrancando un pedazo de mi enagua con manos temblorosas.
—Necesito que vigiles la puerta trasera —jadeó él, cerrando los ojos con fuerza cuando apreté la tela sobre su carne abierta—. El corral… da al arroyo seco. Si son listos, intentarán entrar por ahí.
—¿Y si entran?
—Si entran, María… —Abrió los ojos y me miró con una intensidad que me quemó el alma—. Si entran, no dejes que te toquen. Guarda la última b*la para ti. ¿Me entiendes? Prométemelo.
Tragué saliva, sintiendo el sabor metálico del miedo en mi garganta. Asentí, incapaz de hablar.
Me moví hacia la parte trasera de la casa, hacia la cocina. Era la parte más ruinosa del rancho. Las paredes aquí eran delgadas, y el techo tenía agujeros por donde se filtraba la luz de la tarde que empezaba a morir, tiñendo el cielo de un violeta amoratado. Me agazapé junto al fogón frío. Mi vida entera pasó ante mis ojos, no como una película, sino como una serie de manchas grises. Las caras de las señoras ricas para las que lavaba, el desprecio de los tenderos, la soledad de mi cuarto alquilado. Siempre había sido invisible. Ahora, con un rifle oxidado en las manos, me sentía más real que nunca.
Escuché un crujido afuera. Pasos suaves sobre la grava. Alguien se acercaba a la puerta de la cocina. El corazón me golpeaba las costillas como un martillo. Pum, pum, pum. Levanté el rifle. Pesaba toneladas. Apoyé el cañón sobre el borde de la mesa. La puerta de la cocina no tenía tranca, solo un pestillo miserable que cedería con una patada.
La manija giró lentamente.
Contuve la respiración. Todo mi universo se redujo a esa manija de hierro oxidado girando. De repente, una bota reventó la puerta. La madera podrida cedió al instante y un hombre irrumpió, silueta oscura contra el crepúsculo. Llevaba un pañuelo en la cara y un machete en la mano.
No pensé. No apunté. Simplemente apreté el gatillo.
El rifle coceó contra mi hombro con la fuerza de una mula, lanzándome hacia atrás. El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado. El humo de la pólvora llenó la cocina instantáneamente, picante y denso. Cuando el humo se disipó un poco, vi al hombre. No estaba muerto, pero estaba en el suelo, gritando y agarrándose el muslo. La b*la le había dado en la pierna. El machete había caído lejos de él.
—¡Me dio! ¡La bruja me dio! —chillaba, arrastrándose hacia afuera como un cangrejo herido.
Escuché más disparos desde la sala principal. Mateo estaba respondiendo al fuego. Me levanté, con el hombro palpitando de dolor y los oídos zumbando. Había disparado a un hombre. Había derramado s*ngre. Me miré las manos; estaban negras de pólvora. Una extraña calma descendió sobre mí. Ya no era la lavandera. Era la defensora de Arroyo Seco.
Regresé a la sala arrastrándome. —¡Entraron por la cocina! —grité. —¡Lo escuché! —respondió Mateo. Había logrado disparar dos veces por una rendija de la ventana—. ¡Le diste! ¡Bien hecho, mujer!
Pero la alegría duró poco. —¡Sáquenlos con humo! —gritó la voz del líder desde afuera—. ¡Quemen el jacal!
El terror, que se había convertido en una fría determinación, volvió a transformarse en pánico puro. Fuego. En una casa de madera vieja y paja seca, el fuego era una sentencia absoluta. —No tenemos agua suficiente —dije, mirando el barril casi vacío en la esquina.
Mateo recargó su revólver con movimientos lentos, torpes. Estaba perdiendo demasiada s*ngre. Su rostro estaba gris, casi del color de la ceniza. —No van a quemar la casa todavía —murmuró—. Quieren el dinero. Creen que tengo el dinero del robo aquí. Si queman la casa, queman los billetes. Es un blofeo.
—¿Y si no lo es? —pregunté, sintiendo el olor a humo que empezaba a filtrarse, no de la casa, sino de una antorcha que habían lanzado al patio para asustarnos.
—Entonces moriremos calientes —dijo él, y soltó una risa seca que terminó en tos—. Escucha, María. Tienen que recargar. Tienen que organizarse. Se está haciendo de noche. La oscuridad es nuestra amiga.
La noche cayó como una manta pesada sobre el desierto. La luna apenas era una uña plateada en el cielo, ofreciendo poca luz. Dentro de la casa, la oscuridad era total. Nos quedamos en silencio, escuchando. Afuera, los hombres de Don Eladio habían hecho una fogata. Podíamos oler la carne asada y el café. Estaban cenando, celebrando nuestra inminente captura. Esa arrogancia era su error, y nuestra única esperanza.
Me acerqué a Mateo en la penumbra. Su respiración era rasposa. —Háblame —le pedí, necesitaba escuchar su voz para no volverme loca con el silencio—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué mataste al hijo de Don Eladio?
Hubo un largo silencio. Pensé que se había desmayado, pero entonces habló, su voz sonando como piedras arrastradas por el río. —Tenía una hija, María. Se llamaba Elena. Tenía catorce años. Trabajaba en la casa grande. —Hizo una pausa, tomando aire con dificultad—. El hijo del patrón… él creía que todo en la hacienda era de su propiedad. El ganado, la tierra… y las muchachas.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Entendía. Dios, cómo entendía. Había visto esa mirada en los hombres del pueblo, esa hambre depredadora que no acepta un “no” por respuesta.
—Cuando la encontré… —La voz de Mateo se quebró, y sentí su mano apretar mi brazo en la oscuridad con una fuerza desesperada—. Ya no era mi niña. Estaba rota. Se quitó la vida dos días después. Se tiró al pozo.
Las lágrimas corrieron por mi cara, calientes y silenciosas. Acaricié su mano, esa mano áspera de pistolero, con una ternura que no sabía que tenía. —Fui a la hacienda —continuó—. Entré por la puerta principal. Nadie me detuvo porque nadie se fija en un peón hasta que es demasiado tarde. Lo encontré cenando con su padre. Le metí tres b*las en el pecho antes de que cayera su tenedor.
—Hiciste justicia —susurré.
—Hice venganza, María. La justicia es para los ricos. La venganza es lo único que nos queda a los pobres. Pero ahora… ahora te arrastré a esto. Perdóname.
—No tienes nada que perdonar. —Y lo decía en serio. Por primera vez en mi vida, sentía que estaba donde tenía que estar. No lavando la ropa sucia de los pecadores, sino defendiendo a un hombre que había limpiado su honor con plomo.
De repente, un sonido diferente rompió la noche. No eran disparos. Era el sonido de algo siendo arrastrado. Pesado. Me asomé con cuidado por una grieta en el adobe. A la luz de su fogata, vi lo que hacían. Estaban empujando una carreta vieja, la mía, la que había usado para llegar aquí. La habían llenado de paja y ramas secas. La estaban convirtiendo en una bola de fuego rodante.
—Mateo —susurré, con el terror estrangulándome la voz—. Van a lanzar la carreta contra la puerta. Le van a prender fuego.
Mateo intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Cayó pesadamente. —No puedo… —gimió—. No me responden las piernas.
Estábamos solos. Él no podía moverse y yo solo tenía dos balas en el rifle y ninguna experiencia. La carreta se acercaba. Uno de los hombres se adelantó con una antorcha. —¡Última oportunidad, pendejos! —gritó el capataz—. ¡Salgan o se asan!
Miré a Mateo. Miré el rifle. Y luego miré la botella de aguardiente que Mateo había traído en su alforja, que habíamos usado para limpiar su herida. Quedaba la mitad. Una idea loca, desesperada, cruzó mi mente. Mi abuela me contaba historias de la guerra de independencia, de cómo las mujeres defendían sus hogares con aceite hirviendo y piedras. Yo no tenía aceite, pero tenía alcohol y trapos.
—María, ¿qué haces? —preguntó Mateo al verme rasgar lo que quedaba de mi enagua.
—Aritmética de la pobreza, Mateo —le respondí, metiendo el trapo en la botella—. Si ellos traen fuego, nosotros les damos fuego.
Me arrastré hacia la ventana que daba al frente. La carreta estaba a unos diez metros. Los hombres estaban agrupados detrás, empujándola, confiados en su escudo improvisado. El de la antorcha estaba a punto de encender la paja. Necesitaba encender la mecha. Busqué los cerillos en el bolsillo de Mateo. Mis manos temblaban tanto que el primero se rompió. El segundo se apagó. —¡Dios mío, ayúdame! —rogué entre dientes. El tercer cerillo prendió. Acerqué la llama al trapo empapado en aguardiente. Prendió con un fwoosh azul y naranja.
Me levanté de golpe, exponiéndome en la ventana. —¡Coman esto, malnacidos! —grité con toda la fuerza de mis pulmones y lancé la botella.
El vidrio giró en el aire, una estrella fugaz de esperanza y destrucción. No apunté a la carreta. Apunté al hombre que sostenía la antorcha. La botella se estrelló contra el suelo, justo a sus pies, salpicando el aguardiente sobre sus pantalones y sobre la paja seca de la carreta al mismo tiempo que la antorcha caía.
El mundo se volvió blanco y naranja. El grito del hombre fue inhumano. Se convirtió en una antorcha viviente, corriendo en círculos. El fuego saltó a la carreta instantáneamente, creando un muro de llamas entre ellos y nosotros. Pero también prendió la hierba seca del patio. El viento del norte soplaba hacia la casa.
—¡Funciono! —grité, riendo histéricamente mientras las lágrimas me cegaban—. ¡Retroceden!
Pero Mateo no respondió. Me giré. Estaba inconsciente, con la cabeza caída sobre el pecho. —¿Mateo? El fuego afuera crepitaba con furia, iluminando la sala con un resplandor infernal. Las llamas lamían ya el marco de la puerta principal. Había detenido el ataque, sí, pero ahora la casa, mi Rancho Arroyo Seco, empezaba a arder.
Tenía que sacarlo. Tenía que arrastrar a un hombre que pesaba el doble que yo, en medio de una balacera, con la casa quemándose alrededor. Los jinetes, recuperados de la sorpresa, empezaron a disparar ciegamente a través de las llamas. Las balas zumbaban como abejas furiosas.
Me agaché junto a Mateo, lo agarré por debajo de los brazos y tiré. Era peso muerto. —No te vas a morir aquí —le gruñí, mis músculos ardiendo por el esfuerzo—. No te vas a morir aquí, cabrón. No después de todo esto.
Avancé un metro. Dos. El humo empezaba a llenar la habitación, asfixiante. El calor era insoportable. La puerta trasera… la cocina… esa era la salida. Pero ahí estaba el hombre al que le había disparado, tal vez esperando, tal vez muerto, tal vez con amigos.
No había opción. Arrastré a Mateo hacia la cocina, pasando por encima de los escombros de mi vida. Mis veinte pesos. Mi sueño de soledad. Todo se consumía. Llegué a la cocina. El hombre herido ya no estaba, solo quedaba un charco de s*ngre oscura. La puerta estaba abierta, mostrando la noche y el campo abierto hacia el arroyo seco.
Salí al aire fresco, arrastrando a Mateo. Caímos en la tierra fresca detrás de la casa. El aire nunca había sabido tan dulce. Pero no estábamos a salvo. A la luz del incendio de mi propia casa, éramos blancos perfectos. —¡Allá van! —gritó alguien.
Vi las siluetas de tres jinetes rodeando la casa en llamas, viniendo hacia nosotros. Estábamos al descubierto. Mateo inconsciente. Yo con un rifle vacío. Miré hacia el arroyo seco, una zanja profunda llena de sombras y mezquites espinosos a unos cincuenta metros. Era imposible llegar a tiempo.
Cerré los ojos, abrazando a Mateo, esperando el final. Y entonces, un disparo sonó. Pero no vino de los jinetes. Vino de la loma. Lejano, preciso, tronador. Uno de los jinetes cayó de su caballo como un saco de papas.
Un segundo disparo. Otro jinete se agarró el hombro, su caballo encabritándose. —¡Emboscada! —gritaron—. ¡Tienen gente en los cerros!
Abrí los ojos. En la cima de la loma, recortadas contra la luna, vi sombras. No era uno, eran varios. Sombras a caballo, con sombreros anchos y carrilleras cruzadas. ¿Amigos de Mateo? ¿Revolucionarios? ¿O simplemente bandidos que odiaban a Don Eladio? No importaba. Los hombres del patrón, cobardes como todos los abusadores cuando enfrentan resistencia real, dieron la vuelta y huyeron, dejando a su compañero ardiendo y al otro muerto en la tierra.
Me quedé allí, viendo cómo mi casa se convertía en cenizas, con la cabeza de Mateo en mi regazo, mientras los jinetes misteriosos comenzaban a descender la loma hacia nosotros. No sabía si venían a salvarnos o a rematarnos. Pero mientras acariciaba el pelo sudado de Mateo y veía las chispas subir al cielo estrellado de México, supe que María, la lavandera, había muerto en ese fuego. La mujer que esperaba en la oscuridad era otra. Y estaba lista para lo que viniera.
Las figuras se acercaron. El líder detuvo su caballo frente a mí. El animal resopló, echando vapor por la nariz. El hombre se inclinó hacia adelante, el cuero de su silla crujiendo. No podía verle la cara bajo la sombra de su sombrero, solo el brillo de un diente de oro y el cañón de un rifle apoyado en su pierna.
—Buena puntería con esa botella, comadre —dijo una voz grave—. Pero parece que se quedaron sin casa.
Miré las llamas devorando el techo. —La casa no importa —dije, levantando la barbilla—. La tierra sigue aquí.
El hombre soltó una carcajada corta. —Tierra maldita, dicen. —Tierra mía —respondí.
El desconocido miró a Mateo, luego a mí. —Súbanlo —ordenó a sus hombres—. El muchacho necesita un médico y usted… usted necesita un trago de tequila.
Mientras me ayudaban a subir a Mateo a uno de los caballos, eché una última mirada al Rancho Arroyo Seco. Ya no era un refugio. Era una pira funeraria. Pero bajo mis pies, sentí la vibración de la tierra. Mi tierra. Y supe que esta historia, mi historia, apenas estaba empezando.
Aquí tienes la Parte 3 de la historia, escrita con el estilo narrativo, la extensión y el detalle solicitados, continuando directamente desde los eventos del incendio en el Rancho Arroyo Seco.
PARTE 3: EL CAÑÓN DE LOS OLVIDADOS Y EL BAUTISMO DE PÓLVORA
El olor a madera quemada se quedó pegado en mi paladar mucho después de que las llamas del Rancho Arroyo Seco desaparecieran tras las lomas. Cabalgábamos en la oscuridad, una procesión de fantasmas bajo la indiferencia de las estrellas. Yo iba montada en la grupa de un caballo alazán, aferrada a la cintura de un desconocido cuyo olor a tabaco rancio y sudor viejo era lo único que me anclaba a la realidad. Delante de nosotros, cruzado sobre la silla de otro jinete como un costal de harina, iba Mateo. Su cuerpo se sacudía con cada paso irregular del animal sobre el terreno pedregoso, y cada vez que su cabeza colgante golpeaba contra el cuero de la montura, yo sentía el golpe en mis propias entrañas.
—¿Falta mucho? —pregunté, mi voz sonando extraña, ronca por el humo y el grito.
El hombre al que iba aferrada no giró la cabeza, pero sentí la vibración de su pecho cuando habló. —Falta lo que tenga que faltar, mujer. Si nos paramos, los zopilotes de Don Eladio nos alcanzan. Y créame, usted prefiere caerse del caballo de cansancio que caer en manos de ese capataz al que le quemó las patas.
Tenía razón. La imagen del hombre ardiendo, corriendo en círculos como una antorcha humana, se repetía en mi mente una y otra vez. No sentía remordimiento. Eso era lo que más me asustaba. Había sido una lavandera, una mujer que pedía perdón por ocupar espacio, y en una sola noche había descubierto que dentro de mí habitaba una criatura capaz de lanzar fuego y mirar cómo ardía el enemigo. Mis manos, todavía negras de hollín y pólvora, se apretaron contra la camisa del desconocido. Ya no eran las manos de María la lavandera. Eran garras.
El terreno comenzó a elevarse. Dejamos atrás el llano desértico y nos adentramos en las estribaciones de la sierra. El aire se volvió más fino y frío, cortante como navaja de barbero. Los mezquites dieron paso a los encinos y pinos, sus siluetas recortadas contra la luna como gigantes que nos juzgaban. El camino desapareció, reemplazado por senderos de cabras que bordeaban precipicios insondables. En la oscuridad, solo escuchaba el resoplido de los caballos y el sonido de las herraduras resbalando en la piedra suelta.
Mateo gimió. Fue un sonido bajo, animal. —¡Se está muriendo! —grité, olvidando la cautela—. ¡Tienen que parar! ¡Se está desangrando!
El líder del grupo, el hombre del diente de oro que había ordenado subirnos, levantó una mano enguantada. La columna se detuvo en un pequeño claro rodeado de rocas. —Bájelo —ordenó el líder, desmontando con una agilidad que desmentía su corpulencia.
Corrí hacia Mateo antes de que terminaran de bajarlo. Cuando lo depositaron sobre la hierba helada, su rostro estaba tan pálido que parecía brillar bajo la luz de la luna. Toqué su frente; ardía. La fiebre había llegado, rápida y furiosa, como todo en esta tierra maldita. La venda improvisada que le había hecho con mi enagua estaba empapada, negra de sangre coagulada y fresca.
—Necesita un médico —dije, mirando a los hombres que nos rodeaban. Eran siete u ocho, rostros curtidos por el sol y el viento, ojos que habían visto demasiadas cosas y creían en muy pocas.
El líder se acercó, el metal de sus espuelas tintineando suavemente. Se quitó el sombrero, revelando una cabeza rapada cruzada por una cicatriz vieja. —Médicos no hay aquí arriba, señora. Los médicos viven en la ciudad, durmiendo en sábanas de seda. Aquí solo tenemos al “Tuerto”.
Un hombre bajo y fibroso, con un parche de cuero sobre el ojo izquierdo, se adelantó. Llevaba un morral de cuero desgastado. No dijo nada. Se arrodilló junto a Mateo y sacó un cuchillo de monte y una botella de aguardiente, hermana gemela de la que yo había usado para incendiar mi destino. —Sujétenlo —dijo el Tuerto. Su voz era como el crujido de hojas secas.
—¿Qué va a hacer? —intenté interponerme, pero el líder me tomó del brazo. Su agarre fue firme, pero no violento. —Tiene la bala adentro, señora. Si no la sacamos, la podredumbre se lo come antes del amanecer. Si la sacamos… bueno, tal vez se muera del dolor, pero tiene una oportunidad. Es la única apuesta que hay en la mesa.
Miré a Mateo. Estaba inconsciente, perdido en esa tierra de nadie entre la vida y la muerte. Asentí, tragándome las lágrimas. —Yo lo sujeto —dije.
El Tuerto me miró con su único ojo, una cuenta negra y brillante de ave rapaz. —Es feo, mujer. Los hombres gritan. Se cagan. —He lavado los calzones cagados de medio pueblo y he quemado mi propia casa hoy —le espeté, sosteniendo su mirada—. No me venga con delicadezas. Dígame qué hago.
El Tuerto soltó una risa breve, casi un ladrido. —Sosténgale la cabeza. Y póngale este palo en la boca para que no se muerda la lengua cuando el dolor lo despierte.
Lo que siguió fue una eternidad comprimida en diez minutos. El Tuerto vertió aguardiente sobre la herida y sobre el cuchillo. Luego, sin ceremonia, metió los dedos en el agujero del costado de Mateo para abrir la carne. Mateo despertó con un alarido que se ahogó en el palo de madera, su cuerpo arqueándose como un pez fuera del agua. Dos hombres le sujetaban las piernas, otro el pecho. Yo le abrazaba la cabeza, susurrándole mentiras piadosas al oído, diciéndole que todo iba a estar bien, mientras sentía sus lágrimas calientes mezclarse con el sudor en mis manos.
El Tuerto hurgó. Escuché el sonido nauseabundo del metal raspando contra el hueso. Mateo se desmayó de nuevo, gracias a Dios. Finalmente, con un movimiento seco, el Tuerto sacó el cuchillo. En la punta, brillaba una esfera de plomo deformada. —Aquí está la maldita —gruñó, lanzándola a la hierba—. Ahora, el fuego.
Calentó la hoja del cuchillo en una pequeña fogata que habían encendido ocultos tras las rocas, hasta que el metal se puso al rojo vivo. El olor a carne quemada cuando cauterizó la herida fue peor que el olor de mi casa ardiendo. Fue íntimo, violento, humano. Me obligué a no vomitar, a no desmayarme. Mateo no se movió.
—Ya está —dijo el Tuerto, limpiando el cuchillo en su pantalón—. Si pasa la noche, vive. Si no, le ahorramos el viaje.
El líder se acercó de nuevo, ofreciéndome la botella de aguardiente. —Beba. Lo necesita.
Tomé un trago largo. El líquido quemó mi garganta, un fuego líquido que competía con el frío de la sierra. Le devolví la botella y me limpié la boca con el dorso de la mano. —Gracias —dije. Luego, lo miré a los ojos—. ¿Quiénes son ustedes? ¿Y por qué nos ayudaron?
El hombre sonrió, y el diente de oro brilló a la luz de la fogata moribunda. —Me llaman Tiburcio. General Tiburcio Rojas, si le pregunta al gobierno. Bandido, si le pregunta a Don Eladio. Y los ayudamos, comadre, porque cualquiera que tenga los riñones para matar al hijo de Eladio y prenderle fuego a sus perros, es amigo mío.
—Mateo mató al hijo —dije, señalando el cuerpo inmóvil—. Yo solo… —Usted le dio tiempo —interrumpió Tiburcio—. Y usted tiró la botella. Mis muchachos lo vieron desde la loma. Una mujer que defiende lo suyo con esa rabia vale más que diez hombres con rifle.
Se puso en cuclillas frente a mí, su expresión volviéndose seria. —Pero escuche bien, María. Porque así se llama, ¿no? Lo escuché gritarlo. Asentí. —Bien, María. Lo que hicieron abajo… eso no se perdona. Don Eladio es dueño de medio estado. Tiene al gobernador en un bolsillo y a los rurales en el otro. Matar a su hijo es una declaración de guerra. Usted ya no puede bajar al pueblo. Ya no puede volver a lavar ropa. Su cara va a estar en cada poste de telégrafos desde aquí hasta la frontera.
Sus palabras cayeron sobre mí como losas de piedra. Sabía que era verdad, pero escucharlo en voz alta lo hacía real, definitivo. Mi vida anterior, con sus pequeñas miserias y sus pequeñas esperanzas, había terminado. —¿Y entonces qué? —pregunté, sintiendo un vacío en el estómago—. ¿A dónde vamos?
—Vamos a “La Garganta”. Es mi campamento. Allí estarán seguros por un tiempo. Después… después veremos si ustedes sirven para algo más que para causar problemas.
Cargaron a Mateo de nuevo en el caballo, con más cuidado esta vez. Yo volví a subirme detrás de uno de los hombres. La marcha continuó, adentrándonos más en el corazón de la sierra, hacia un destino incierto, dejando atrás las cenizas de mi pasado y cargando con el peso de un futuro escrito con sangre.
El sol nos encontró llegando a La Garganta. El nombre era apropiado. Era un cañón estrecho, invisible desde arriba, cortado a tajo en la roca viva de la montaña. Un río delgado y cristalino corría por el fondo, y pegadas a las paredes de piedra, como nidos de golondrinas, había construcciones precarias de madera y adobe. Había gente. No solo hombres armados, sino mujeres tortillando en comales improvisados, niños corriendo semidesnudos entre las patas de los caballos, ancianos remendando monturas. Era un pueblo escondido, una república de los desesperados.
Cuando entramos, el silencio se hizo pesado. Todos dejaron lo que estaban haciendo para mirarnos. Miraban a Mateo, pálido y ensangrentado. Y me miraban a mí, la mujer con el vestido azul hecho jirones, el rostro sucio y los ojos desorbitados. —¡Traemos herido! —gritó Tiburcio—. ¡Preparen un catre en la cueva grande!
Nos llevaron a una cueva natural que servía de enfermería y almacén. El olor a humedad y hierbas medicinales me golpeó. Depositaron a Mateo en un catre de lona. Una mujer mayor, con trenzas blancas y piel como corteza de árbol, se acercó con un cuenco de agua caliente. —Déjenlo conmigo —ordenó la anciana. Me miró a mí—. Tú también necesitas remiendos, niña. Tienes la cara cortada.
Me toqué la mejilla. La astilla de la contraventana me había hecho un corte profundo que yo ni siquiera había sentido hasta ahora. —Estoy bien —dije—. Solo quiero estar cerca de él.
La anciana asintió y me señaló un banco de madera. —Siéntate. Aquí nadie estorba si no molesta.
Pasaron tres días. Tres días en los que Mateo ardió en fiebre, delirando, llamando a su hija muerta, Elena, y pidiendo perdón a fantasmas que solo él veía. Yo no me aparté de su lado. Le cambiaba los trapos húmedos de la frente, le daba agua gota a gota. Durante esas largas horas de vigilia, observé la vida en el campamento. Estos hombres no eran simples bandidos. Había disciplina. Hacían guardia, limpiaban sus armas, practicaban tiro. Y hablaban de “La Causa”. Hablaban de tierras robadas, de aguas desviadas por los hacendados, de justicia. Tiburcio Rojas no era un santo, eso estaba claro; lo vi ordenar azotar a uno de sus propios hombres por robar maíz de la reserva. Pero había un código.
Al cuarto día, la fiebre de Mateo rompió. Abrió los ojos y, por primera vez, me reconoció. —María… —su voz era un susurro rasposo. —Aquí estoy, Mateo. No te moriste. —¿Dónde…? —En la sierra. Con los hombres de la loma. Estamos a salvo.
Intentó incorporarse, pero hizo una mueca de dolor y cayó de nuevo. —Eladio… no va a parar. —Lo sé. Pero nosotros tampoco. Descansa.
Esa tarde, Tiburcio me mandó llamar. Estaba sentado en una mesa plegable fuera de su tienda, limpiando un rifle Winchester reluciente. —El muchacho despertó —dijo, sin mirarme. —Sí. —Bueno. Eso significa que es fuerte. Me gustan los hombres fuertes. Pero necesito saber si es útil. Y necesito saber si usted es útil.
—Sé lavar, sé cocinar, sé coser —dije, enumerando mis habilidades de otra vida. Tiburcio soltó una carcajada. —Tengo veinte mujeres aquí que hacen eso mejor que usted. No, María. Yo no la traje aquí para que lave calzones. La traje porque usted tiene algo que nos falta a muchos: tiene odio puro.
Dejó el rifle y me miró fijamente. —Llegó un aviso de mis espías en el pueblo. Don Eladio ha puesto precio a sus cabezas. Cinco mil pesos por el hombre. Dos mil por usted. Sentí un golpe en el pecho. ¿Dos mil pesos? Nunca había visto tanto dinero junto. —¿Por qué valgo tanto? —pregunté. —Porque usted lo humilló. Porque se escapó. Y porque la gente en el pueblo está empezando a hablar. Cuentan la historia de la “Lavandera de Fuego”. Dicen que usted es una bruja que comanda las llamas. A Eladio no le gustan las leyendas que no sean la suya. Quiere apagarla.
Tiburcio se inclinó hacia adelante. —Él va a venir por ustedes. Y cuando venga, vendrá por nosotros también, porque sabe que los tenemos. Así que tengo una propuesta. Ustedes se quedan. El muchacho pelea. Usted… usted aprende a usar ese rifle que traía, en lugar de tirarlo al suelo después de disparar. Se unen a nosotros. O les doy un caballo, una cantimplora y los echo al desierto para que prueben suerte.
No lo dudé. Pensé en mi casa quemada. Pensé en el hombre que había reventado mi puerta con un machete. Pensé en los ojos de Mateo cuando me habló de su hija. —Nos quedamos —dije. —Bien. Mañana empieza su entrenamiento.
Los días siguientes fueron un infierno diferente. Mientras Mateo recuperaba fuerzas lentamente, yo fui sometida a la instrucción de Tiburcio. Me enseñó a cargar el Winchester hasta que mis dedos sangraron. Me enseñó a apuntar, a calcular el viento, a no cerrar los ojos al jalar el gatillo. —El rifle es su marido, su hijo y su padre —me gritaba mientras yo fallaba tiro tras tiro contra latas oxidadas—. ¡Cuídelo y él la cuidará!
Mateo, ya capaz de caminar apoyado en un palo, me observaba desde la sombra. Había algo nuevo en su mirada. Respeto, sí, pero también tristeza. Él sabía, mejor que nadie, que cada vez que yo acertaba a una lata, una parte de mi inocencia moría.
Una noche, sentados junto al fuego, Mateo habló. —No tenías que hacer esto, María. Podrías haberte ido. Tiburcio te habría dejado ir si se lo hubieras rogado. —¿A dónde? —pregunté, limpiando mi rifle con un trapo aceitoso—. ¿A lavar ropa a otro pueblo hasta que alguien me reconociera y me vendiera por la recompensa? —Te convertí en una fugitiva. —No, Mateo. Me convertiste en alguien que se defiende. Antes, cuando la gente me pisaba, yo pedía perdón por estar en el camino. Ahora… ahora sé que puedo morder.
Mateo miró el fuego. —Elena… mi hija. Ella era suave. Como tú eras. Si hubiera sabido defenderse… —Ella era una niña, Mateo. No fue su culpa. Y no fue la mía. Fue de ellos. De los que creen que pueden tomar lo que quieran.
Nos quedamos en silencio, un silencio cómodo, compartido. No éramos amantes. No había espacio para el romance cuando la muerte dormía en el saco de al lado. Éramos camaradas. Cómplices. Dos astillas del mismo palo roto.
La paz relativa de La Garganta se rompió dos semanas después. Estaba amaneciendo cuando los vigías en las crestas hicieron sonar los cuernos. Un sonido lúgubre, largo y grave, que rebotó en las paredes del cañón. —¡Federales! —el grito corrió como la pólvora—. ¡Vienen los rurales!
El campamento se transformó en un hormiguero pateado. Hombres corriendo, ensillando caballos, madres escondiendo a los niños en las grietas profundas de las cuevas. Tiburcio apareció, con el torso desnudo y las carrilleras cruzadas sobre el pecho, gritando órdenes. —¡Posiciones defensivas! ¡El Tuerto, lleva a diez hombres a la entrada norte! ¡Los demás, arriba a las peñas! ¡Que llueva plomo sobre esos desgraciados!
Mateo, aunque todavía débil, agarró un rifle. Yo tomé el mío. Mi corazón latía desbocado, pero mis manos, sorprendentemente, no temblaban. —¿Estás lista? —me preguntó Mateo. —Tengo tres balas —dije, repitiendo la frase que había dicho en el rancho —, y una caja entera en el bolsillo.
Subimos a las rocas altas que dominaban la entrada sur del cañón. Desde allí, el panorama era aterrador. Una columna de polvo se levantaba en el valle inferior. No eran cinco o seis jinetes como en el rancho. Eran docenas. Uniformes grises y amarillos. Los Rurales. La policía montada de Porfirio Díaz, famosos por su crueldad y su eficacia. Y al frente, en un caballo negro que parecía un demonio, venía un hombre vestido de charro rico, con plata en la montura. Aunque estaba lejos, supe quién era. La postura arrogante, la forma en que los demás se mantenían a distancia. Don Eladio.
Había venido personalmente. No iba a dejar que sus peones hicieran el trabajo esta vez. Quería ver nuestros cuerpos. —Son muchos —dijo Mateo, ajustando la mira de su rifle. —El cañón es estrecho —dije, recordando las lecciones de Tiburcio—. Solo pueden entrar de dos en dos. Es un embudo.
El primer disparo no vino de nosotros, sino de ellos. Un cañón. Habían traído un pequeño cañón de montaña. El proyectil silbó en el aire y estalló contra la pared del cañón, cincuenta metros por encima de nuestras cabezas, provocando una lluvia de rocas. —¡Quieren enterrarnos vivos! —gritó alguien.
—¡Fuego! —rugió Tiburcio desde su posición.
Abrimos fuego. El estruendo fue ensordecedor, magnificado por la acústica del cañón. Vi caer a los primeros rurales. Caballos rodando, hombres gritando. Pero seguían avanzando, disciplinados, implacables. El cañón volvió a disparar. Esta vez, la explosión fue más cerca. El polvo nos cegó.
Me limpié los ojos y busqué un blanco. Vi a un oficial agitando un sable, ordenando el avance. Respiré hondo, exhalé la mitad del aire, y apreté el gatillo. El oficial se sacudió y cayó. —¡Le diste! —gritó Mateo.
Pero no sentí triunfo. Solo una fría claridad. Esto no era una escaramuza. Era una matanza. Estaban escalando las laderas, tratando de flanquearnos. —¡Están subiendo por el lado este! —advertí a Mateo. —¡Los veo!
Nos giramos para cubrir el flanco. Tres rurales trepaban por las rocas como lagartijas. Mateo disparó y uno cayó. Yo disparé y fallé. El segundo rural levantó su mauser y apuntó a Mateo. —¡Cuidado! Me lancé sobre Mateo, empujándolo. La bala golpeó la roca donde había estado su cabeza un segundo antes, llenándome la cara de polvo de piedra. Desde el suelo, disparé sin apuntar. Tuve suerte. La bala dio en la pierna del rural, que perdió el equilibrio y cayó al vacío gritando.
La batalla duró horas. El sol subió al cenit, indiferente a la sangre que regaba sus montañas. La sed era una tortura. El hombro me dolía por el retroceso del rifle. De repente, un silencio extraño cayó sobre el campo de batalla. Los rurales se retiraron, replegándose hacia la entrada del cañón. —¿Se rinden? —preguntó un muchacho joven a mi lado, con la cara manchada de pólvora. —No —dijo Mateo, sombrío—. Están reagrupándose. O traman algo peor.
Tiburcio recorrió la línea defensiva. Estaba sangrando de un brazo, pero parecía no notarlo. —Esto no acabará hoy —dijo—. Nos tienen bloqueados. No pueden entrar, pero nosotros no podemos salir. Nos van a sitiar. Esperarán a que se nos acabe el agua o la comida.
Miró hacia abajo, hacia donde Don Eladio había establecido su puesto de mando, fuera del alcance de nuestros rifles. —Ese viejo bastardo es paciente.
Esa noche, bajo la luz de las fogatas enemigas que punteaban la oscuridad del valle, el campamento de La Garganta era un lugar lúgubre. Habíamos perdido a cuatro hombres. Había diez heridos. Me senté junto a Mateo, compartiendo una tortilla dura y un pedazo de carne seca. —Esto es por mi culpa —dijo él—. Traje la guerra a su puerta. —La guerra ya estaba aquí, Mateo —respondió Tiburcio, apareciendo de las sombras—. Don Eladio lleva años queriendo limpiar esta sierra para sus minas. Ustedes solo fueron la excusa que necesitaba para traer al ejército.
El líder se sentó con nosotros. —Pero hay una cosa que Eladio no sabe. Cree que somos ratas atrapadas en un agujero. No sabe que este agujero tiene puerta trasera. Nos miró con una chispa de astucia en los ojos. —Hay un paso antiguo. Un sendero de indios que cruza la cumbre y baja al otro lado, hacia el desierto de Sonora. Es peligroso. Los caballos apenas pasan. Pero si logramos salir por ahí, podemos rodearlos. Podemos caerles por la espalda o desaparecer para pelear otro día.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté. —Esta noche. Dejaremos las fogatas encendidas para que crean que seguimos aquí. Dejaremos a unos cuantos tiradores para hacer ruido al amanecer. Los demás… nos vamos.
La evacuación fue silenciosa y tensa. Envolvimos los cascos de los caballos con trapos para amortiguar el sonido. Las mujeres cargaron a los niños dormidos. Dejamos atrás todo lo que pesaba. Yo miré por última vez el valle donde Don Eladio dormía, seguro de su victoria. —Volveremos —susurré. —Lo juro —dijo Mateo a mi lado.
La subida fue brutal. El sendero era apenas una repisa en el abismo. El viento aullaba, tratando de arrancarnos de la montaña. En un momento, el caballo de carga que llevaba las municiones resbaló. Cayó en silencio hacia la oscuridad. Nadie gritó. Nadie se detuvo. Seguimos adelante, paso a paso, luchando contra la gravedad y el miedo.
Al amanecer, alcanzamos la cumbre. El sol salió por el este, iluminando el mar de nubes bajo nosotros. Al otro lado, hacia el oeste, se extendía el desierto inmenso, rojo y dorado. La libertad. Escuchamos, muy lejos y abajo, el sonido del cañón de los rurales disparando contra un campamento vacío. Tiburcio se rió. —Disparen, pendejos. Disparen a las piedras.
Bajamos hacia el desierto. Éramos menos, estábamos heridos, hambrientos y cansados. Pero estábamos vivos. Y teníamos una misión. Cuando llegamos al pie de la montaña, Mateo se acercó a mí. —María —dijo—. Cuando esto termine… si termina… voy a reconstruir Arroyo Seco. Lo miré. Su rostro estaba lleno de cicatrices, sucio y duro. Pero sus ojos tenían luz. —No —le dije—. Arroyo Seco ya no existe. Y María la lavandera tampoco. Vamos a construir algo nuevo, Mateo. Pero primero, tenemos que terminar de quemar lo viejo.
Ajusté el rifle en mi espalda y espoleé al caballo. El desierto se abría ante nosotros, vasto y lleno de peligros. Pero ya no tenía miedo. Había atravesado el fuego, había sobrevivido al asedio y había cruzado la montaña. Era María. La de las tres balas. La del fuego. Y Don Eladio iba a saber mi nombre.
La columna de rebeldes avanzó, levantando polvo, convirtiéndose en una parte más del paisaje salvaje de México. La historia de nuestra venganza apenas había escrito su primer capítulo, y la tinta sería roja.
PARTE FINAL: LA CENIZA, LA SANGRE Y EL RENACER DEL FÉNIX
El desierto de Sonora no perdona, pero tampoco juzga. Durante seis meses, esa inmensidad de tierra roja y cielos infinitos fue nuestra iglesia, nuestro refugio y nuestro campo de entrenamiento. El tiempo se desdibujó entre el calor que derretía la voluntad al mediodía y el frío que calaba los huesos al caer la noche. Ya no éramos los fugitivos aterrorizados que cruzaron la montaña arrastrando las penas. Nos habíamos convertido en algo más duro, más seco, como la leña de mezquite que arde lento pero cocina profundo.
Mateo sanó. La cicatriz en su costado, donde el Tuerto había extraído la bala aquella noche en la sierra, se convirtió en un mapa de su dolor y su resistencia. Pero no fue solo su cuerpo el que cambió. El hombre que lloraba a su hija en la fiebre había dejado paso a un estratega silencioso, un hombre que limpiaba su rifle con la devoción de un sacerdote limpiando el cáliz. Sus ojos grises, antes llenos de una tristeza líquida, ahora tenían el brillo metálico de la venganza paciente.
Y yo… María. A veces, cuando miraba mi reflejo en los abrevaderos turbios donde bebían los caballos, buscaba a la lavandera del vestido azul. No la encontraba. El sol me había curtido la piel hasta dejarla del color del cuero viejo. Mis manos, que antes conocían la suavidad del jabón y la textura de la ropa ajena, ahora tenían callos formados por el acero del Winchester y las riendas de cuero crudo. Había aprendido a matar. No con placer, nunca con placer, sino con la necesidad eficiente de quien mata una víbora para que no muerda a los suyos.
La leyenda creció antes que nosotros. En los pueblos fronterizos, en las cantinas de mala muerte y en los susurros de los peones, se hablaba de la “Banda de la Garganta”. Pero sobre todo, se hablaba de “La Lavandera de Fuego”. Decían que yo no disparaba balas, sino que escupía llamas. Decían que era un espíritu enviado para castigar a los ricos. Tiburcio se reía de eso, enseñando su diente de oro, y decía que la superstición era mejor armadura que el acero.
—Deja que te tengan miedo, María —me decía mientras afilaba su machete—. El miedo hace que les tiemble la mano al disparar. Y una mano temblorosa es un hombre muerto.
Pero el desierto no era nuestro destino final. Era solo el purgatorio. Nuestro infierno, y nuestro cielo, seguían estando allá abajo, en el valle verde donde Don Eladio reinaba como un dios cruel. Habíamos sobrevivido, sí. Habíamos robado trenes de suministros, habíamos emboscado patrullas de rurales, habíamos liberado peones que se unieron a nuestras filas. Éramos casi cincuenta almas ahora. Pero la cuenta estaba pendiente. La casa grande seguía en pie, mientras que mi rancho era ceniza.
Una noche, bajo un cielo tan estrellado que parecía que el universo se nos venía encima, Tiburcio convocó al consejo de guerra. Estábamos Mateo, el Tuerto, dos lugartenientes nuevos y yo. —Eladio va a dar una fiesta —dijo Tiburcio, tirando un periódico arrugado sobre la manta—. El cumpleaños del gobernador. Va a ser en la Hacienda de los Santos.
Mateo se inclinó hacia adelante, la luz de la fogata bailando en sus cicatrices. —Estará lleno de soldados. —Lleno de soldados borrachos —corrigió Tiburcio—. Y lleno de civiles. Ricos, políticos, ganaderos. Toda la podredumbre del estado en un solo plato. —Es una fortaleza —dije yo, recordando las historias de los muros altos y las torres de vigilancia—. Si atacamos de frente, nos masacran antes de llegar al portón.
Tiburcio sonrió, esa sonrisa de lobo viejo que sabía más de lo que decía. —Quién habló de atacar de frente, comadre. ¿Se acuerda de la historia de Troya? Negué con la cabeza. Yo no sabía de griegos, sabía de supervivencia. —Pues es simple. Si no puedes tirar la puerta, haces que te abran. Necesitan sirvientes. Necesitan músicos. Necesitan… lavanderas.
El plan era una locura. Una locura suicida que solo podía nacer de la desesperación o de la genialidad. Infiltraríamos a diez de nosotros dentro de los muros. El resto esperaría en las lomas cercanas, ocultos en la oscuridad, esperando la señal. La señal sería, como no podía ser de otra manera, fuego.
El día de la fiesta, el valle olía a azahar y a dinero. Desde nuestra posición en la cresta, podíamos ver los carruajes llegando, brillantes y pulidos, trayendo a las damas con vestidos de seda que costaban más de lo que un peón ganaba en diez vidas. La música de los violines flotaba en el aire, una melodía dulce que ocultaba el hedor de la explotación sobre la que se construía esa riqueza.
Yo bajé primero. Iba vestida no como la guerrillera que era, sino con ropas humildes que habíamos conseguido en un pueblo cercano. Una falda larga, un rebozo gris tapándome la cabeza y parte de la cara, y un canasto de mimbre en los brazos. Debajo de la ropa, pegado a mi muslo con tiras de trapo, llevaba un revólver Colt cargado. Y en el fondo del canasto, bajo una capa de flores, cartuchos de dinamita que habíamos robado de una mina dos meses atrás.
Caminé hacia la entrada de servicio. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro atrapado, igual que aquel día en el granero, pero esta vez el miedo estaba atado con una correa corta. —¡Tú! —gritó un capataz en la puerta trasera—. ¿A dónde vas? Bajé la cabeza, adoptando la postura sumisa que había practicado durante años. —Flores para la señora, patrón. Y ayuda para la cocina. Me dijeron que necesitaban manos.
El hombre me miró con desdén. No vio mis ojos, solo vio mi pobreza. Para ellos, los pobres somos invisibles, intercambiables. —Pasa rápido. Y límpiate las botas, no quiero lodo en el patio.
Entré. Estaba dentro. El corazón de la bestia. La Hacienda de los Santos era hermosa, y eso era lo que más rabia me daba. Patios con fuentes de azulejos, pasillos frescos llenos de helechos, salones con candelabros de cristal. Todo construido con el sudor y la sangre de gente como Mateo, como su hija Elena. Me deslicé hacia las cocinas. El caos reinaba allí. Cocineras gritando, mozos corriendo con bandejas de plata. Nadie me prestó atención. Dejé el canasto en una despensa oscura y busqué la salida al patio principal.
Allí estaban los otros. Mateo había entrado como cargador de hielo, con la espalda encorvada bajo un bloque enorme que ocultaba su rostro. El Tuerto estaba disfrazado de músico mariachi, con el parche en el ojo dándole un aire de romanticismo trágico que divertía a los invitados. Nos miramos fugazmente. Todo estaba listo.
La noche cayó y la fiesta llegó a su apogeo. El gobernador, un hombre gordo y rosado, brindaba en el centro del patio. Don Eladio estaba a su lado. Había envejecido desde la última vez que lo vi de lejos en la batalla del cañón. Se apoyaba en un bastón de ébano, pero sus ojos seguían siendo los de un halcón. Miraba a sus invitados no con afecto, sino con la satisfacción del propietario que revisa su ganado.
Me acerqué a la mesa principal, sirviendo vino con una jarra de cristal. Mis manos no temblaron. Estaba a dos metros del hombre que había puesto precio a mi cabeza. Podía sacar el revólver y matarlo ahí mismo. Pero eso no era el plan. La muerte rápida era un regalo que no se merecía. Queríamos que viera caer su imperio.
Me retiré a la sombra de los arcos. Saqué un cerillo. La misma acción simple, mundana, que había cambiado mi vida en el rancho. Encendí la mecha corta de un cartucho de dinamita que había escondido en un arreglo floral cerca de la armería de la guardia. Conté. Uno. Dos. Tres. La explosión sacudió el suelo.
Los cristales de las ventanas estallaron. Las damas gritaron. La música se detuvo en un chirrido discordante. —¡Ataque! —gritó alguien.
Esa fue la señal. Mateo sacó dos pistolas de entre los bloques de hielo derretido y abrió fuego contra los guardias de la puerta. El Tuerto sacó una escopeta recortada de la funda de su guitarrón y voló la cerradura del portón principal. Desde las lomas, el sonido de los cuernos de Tiburcio rompió la noche, seguido por el trueno de cincuenta jinetes bajando a galope tendido.
El caos fue absoluto. Los invitados corrían como gallinas sin cabeza, pisoteándose unos a otros. Los guardias, confundidos y ciegos por el humo, disparaban al aire. Yo no corrí. Me quedé quieta en medio del torbellino, buscando a mi presa. Don Eladio no había corrido. Estaba de pie junto a la mesa volcada, gritando órdenes que nadie escuchaba. Su bastón apuntaba a sus hombres, tratando de imponer orden en el infierno.
—¡Protejan la casa! —bramaba—. ¡Maten a esas ratas!
Avancé hacia él. Me quité el rebozo. Dejé que viera mi cara, la cara que según Tiburcio estaría en cada poste de telégrafos. Me vio. Sus ojos se entrecerraron, tratando de recordar dónde había visto esa cara antes. —¿Tú? —murmuró—. La lavandera.
—María —dije, mi voz tranquila en medio de los disparos—. Me llamo María.
Sacó una pistola pequeña, una derringer de bolsillo, con una velocidad sorprendente para su edad. Pero yo era más rápida. Había entrenado con latas oxidadas hasta que mis dedos sangraron. Disparé. La bala le dio en el hombro, haciéndole soltar el arma. Cayó de rodillas, agarrándose el brazo, mirando su propia sangre con incredulidad. —¡Guardias! —chilló—. ¡Ayuda!
Pero no había guardias. Tiburcio y sus hombres habían irrumpido en el patio a caballo, saltando sobre las mesas, lazarando a los rurales que intentaban resistir. Mateo estaba luchando cuerpo a cuerpo con el jefe de seguridad, usando un cuchillo con la ferocidad de un demonio.
Caminé hasta Don Eladio. Él me miró desde el suelo, y por primera vez, vi miedo en sus ojos. Miedo real. No el miedo a perder dinero, sino el miedo a dejar de existir. —Te daré lo que quieras —jadeó—. Dinero. Tierras. Oro. Tengo mucho oro en la caja fuerte. Llévatelo todo. —Tú quemaste mi casa —dije, recordando el olor a madera vieja y recuerdos —. Quemaste el único lugar donde fui libre. —Te construiré diez casas. Un palacio.
—No quiero casas, Eladio. Quiero que entiendas. —¿Entender qué? —gritó, desesperado. —Que el fuego no se puede comprar.
Mateo apareció a mi lado. Estaba cubierto de sangre, propia y ajena, respirando con dificultad. Miró a Eladio con un odio tan profundo que parecía calmar el aire a nuestro alrededor. —Por Elena —dijo Mateo, levantando su pistola. —No —le dije suavemente, poniendo mi mano sobre su arma—. Una bala es demasiado rápido.
Miré alrededor. Las cortinas de seda del salón principal ondeaban con la brisa nocturna. Tomé un candelabro de plata que había caído al suelo, con las velas todavía encendidas. —Dijiste que querías apagar la leyenda de la Lavandera de Fuego —le dije a Eladio—. Vamos a ver si tienes agua suficiente.
Lancé el candelabro hacia las cortinas. La seda prendió al instante. El fuego, mi viejo aliado y enemigo, trepó por las paredes con hambre voraz. Los tapices, las alfombras persas, los muebles de madera fina… todo era combustible.
Tiburcio se acercó con su caballo, riendo. —¡Vámonos! —gritó—. ¡Los federales estarán aquí en una hora! ¡Ya hicimos lo que venimos a hacer!
Agarré a Eladio por la solapa de su chaqueta de terciopelo y lo arrastré lejos de las llamas, hacia el centro del patio de piedra. No lo íbamos a quemar vivo. No éramos él. Lo dejamos allí, herido, humillado, viendo cómo todo lo que había acumulado en su vida de rapiña se convertía en humo negro hacia el cielo.
—Vas a vivir, Eladio —le dijo Mateo, escupiéndole a los pies—. Vas a vivir para ver cómo repartimos tus tierras. Vas a vivir para ver cómo tus peones te miran a los ojos y no bajan la cabeza. Eso es peor que la muerte para un hombre como tú.
Montamos en los caballos que nos trajeron los hombres de Tiburcio. Yo subí al mío, un animal negro y fuerte que había robado al ejército. Sentí el poder bajo mis piernas, muy lejos de aquella noche en que huí en la grupa de un extraño aferrada a su cintura. Salimos de la Hacienda de los Santos al galope, dejando atrás un infernal resplandor naranja que iluminaba todo el valle. Los peones de la hacienda habían salido de sus chozas y miraban el fuego. No intentaban apagarlo. Nos miraban pasar, y vi a algunos quitarse el sombrero. No con miedo, sino con reverencia.
Cabalgamos hasta que el amanecer nos alcanzó en lo alto de la sierra. Nos detuvimos para dejar descansar a los caballos. El valle abajo estaba cubierto de una neblina suave, pero una columna de humo negro marcaba el lugar donde había estado el poder de Don Eladio. Mateo se sentó junto a mí en una roca. —¿Y ahora? —preguntó. —Ahora empieza lo difícil —dijo Tiburcio, pasándonos una botella de tequila—. Quemar es fácil. Construir es jodido.
Bebí un trago. El líquido ya no me quemaba la garganta como la primera vez. Me sabía a victoria, pero también a despedida. —La revolución viene —dije, mirando el horizonte—. Lo siento en el aire. Tiburcio tiene razón. Lo que hicimos hoy… fue solo la primera chispa. Todo México está seco, listo para arder.
Mateo asintió. —¿Seguiremos peleando? —Hasta que no quede nadie que crea que puede ser dueño de la gente —respondí.
Miré mis manos. Estaban sucias de hollín, otra vez. Pero ya no me importaba. Sabía quién era. No era María la lavandera. No era María la fugitiva. Era María, la que cruzó el fuego y volvió.
—Vámonos —dije, poniéndome de pie—. Hay mucho trabajo.
Volvimos a montar. La banda se puso en marcha, una serpiente de hombres y mujeres armados serpenteando por la columna vertebral de México. No sabíamos si viviríamos para ver el final de esta guerra. No sabíamos si nuestros nombres serían recordados en los libros de historia o si se perderían como el polvo en el viento. Pero mientras el sol de la mañana nos daba en la cara, supe una cosa con certeza: nunca más volveríamos a agachar la cabeza.
El caballo de Mateo relinchó, y él le dio una palmada en el cuello, sonriendo por primera vez en meses sin la sombra del dolor. —Al norte —dijo Tiburcio—. Dicen que en Chihuahua hay un tal Pancho Villa que está armando lío. A lo mejor necesita gente con experiencia en incendios.
Sonreí. —Vamos a ver a ese tal Pancho —dije.
Y así, bajo el sol implacable de mi tierra, cabalgamos hacia la historia, dejando atrás las cenizas para buscar un futuro que fuera nuestro. El Rancho Arroyo Seco había muerto, pero nosotros estábamos más vivos que nunca.
FIN.