¿Qué harías si encuentras a la doctora que tu batallón buscó por semanas entre los cerros? Ella fingió su mu*rte para escapar de un pasado imposible. Lo que tuvo que hacer para sobrevivir no te dejará dormir.

El olor a antiséptico barato y el zumbido de las lámparas fluorescentes de la sala de urgencias siempre me ponen los nervios de punta. Era martes, el lugar estaba a reventar, típico del Seguro Social. Yo solo estaba ahí porque me abrí el brazo reparando la camioneta; nada grave, pero necesitaba costura.

La enfermera de triaje ni me miró, solo me mandó a una camilla al fondo. Veinte minutos después, llegó ella. Se movía rápido, con esa eficiencia silenciosa de quien lleva años en la “guerra” de un hospital público. Pelo negro recogido, mirada clavada en mi expediente.

Pero cuando levantó la vista para revisar mi herida, sentí que el piso se me abría.

Esos ojos. Los había visto antes. No aquí, sino en otra vida. En una foto arrugada que cargué en mi chaleco táctico durante semanas mientras peinábamos la Sierra Madre buscando un rastro, una pista, un cuerpo.

—Hoy voy a encargarme de usted —dijo suavemente. Su gafete decía “Sofía Ramírez”, pero yo sabía que esa era una mentira del tamaño del mundo.

Mi mente viajó seis años atrás. Los noticieros, las fotos de la “Dra. Elena”, la heroína que subió a vacunar niños a las comunidades tomadas por los ma*osos y nunca bajó. Mi unidad encontró la casa de seguridad semanas después. Vacía. Sangre. Asumimos lo peor. Todo México le lloró.

Tragué saliva, ignorando el dolor del brazo.

—Dra. Elena… —susurré, lo suficientemente bajo para que solo ella escuchara entre el caos de la sala—. ¿O prefiere que le diga Sofía ahora?.

El color se le fue de la cara en un segundo. Sus manos, que hace un momento eran firmes, empezaron a temblar tanto que tuvo que soltar las gasas sobre la mesa metálica. El ruido hizo que una señora en la camilla de al lado volteara, pero Elena… o Sofía, corrió la cortina de plástico con violencia, aislándonos.

Miró a todos lados, con el pánico de un animal acorralado.

—No sé de qué me habla —dijo, pero su voz era un hilo roto.

—Hace seis años. La Sierra. Usted curaba gente en los pueblos cuando se la llevaron esos hombres. Mi pelotón lo buscó hasta debajo de las piedras. Encontramos el campamento, pero usted ya no estaba. Hay una escuela con su nombre en su pueblo natal, doctora. ¿Por qué?

Ella se dejó caer en el banco del doctor, como si las piernas ya no le sostuvieran el peso de su propia historia. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza, eran de un miedo profundo, antiguo.

—Usted no tiene idea de lo que me está pidiendo —susurró—. Si saben que estoy viva… si saben lo que hice…

—¿Lo que hizo? —pregunté, confundido. Era una víctima, una heroína.

Ella levantó la vista, y vi una vergüenza tan profunda que me dolió el pecho.

—Ellos no solo me retuvieron. Tenían heridos. Tenían niños… niños del pueblo que ellos mismos habían lastimado para obligarme a trabajar. Me dijeron: “Cúranos, o los niños se mu*ren”. Y lo hice. Los salvé. A los monstruos..

El silencio entre nosotros pesaba más que el plomo.

¿ES UNA TRAIDORA O UNA VÍCTIMA? ¿JUZGARÍAS A ALGUIEN POR ELEGIR ENTRE EL HONOR Y LA VIDA DE UN NIÑO?!

Parte 2: El Juramento de Sangre y la Sombra del Pasado

El zumbido de las lámparas fluorescentes parecía haberse vuelto ensordecedor, como si el universo entero se hubiera reducido a ese pequeño cubículo separado por una cortina de plástico azul celeste. Mi brazo seguía sangrando, una línea carmesí, caliente y pegajosa, que bajaba hasta mi muñeca, pero el dolor físico era una broma comparado con el golpe que acababa de recibir en el pecho.

Tenía frente a mí a un fantasma. No, peor que eso. Tenía frente a mí a una mártir que había decidido bajarse del pedestal para esconderse en el infierno de la burocracia del IMSS.

Elena —o Sofía, como insistía su gafete de plástico barato— respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba con un ritmo errático, el pánico le salía por los poros. Se llevó las manos a la cara, frotándose la piel con fuerza, como si quisiera arrancarse la identidad, como si quisiera borrarse las facciones para que yo dejara de reconocerla.

—Cálmese, doctora —dije, mi voz sonando mucho más firme de lo que me sentía por dentro. Instintivamente, mi mano sana se movió hacia mi cintura, buscando un arma que ya no portaba. La costumbre de los años en el batallón no se quita, ni siquiera cuando eres un civil reparando camionetas.

Ella negó con la cabeza, el cabello negro soltándose un poco del chongo apretado que llevaba.

—Usted no entiende —repitió, y sus ojos, esos ojos oscuros que me habían perseguido en pesadillas y en vigilia, se clavaron en los míos con una intensidad que daba miedo—. Si usted habla… si usted dice una sola palabra de que estoy aquí, ellos van a volver. Y esta vez no van a dejar a nadie vivo. Ni a mí, ni a los pacientes… ni a usted.

El aire acondicionado de la sala de urgencias estaba a todo lo que daba, pero yo empecé a sudar frío.

—¿Ellos? —pregunté, bajando aún más la voz, inclinándome hacia ella—. ¿El crtel? Doctora, la dimos por murta. Encontramos la casa de seguridad en La Rumorosa. Había casquillos, había… restos. El reporte oficial dijo que la habían ejecutado por negarse a cooperar. Hubo una ceremonia. Su madre recibió la bandera.

Al mencionar a su madre, Elena soltó un sollozo ahogado, un sonido tan doloroso que sentí que algo se me rompía por dentro. Se tapó la boca con la mano, mordiéndose los nudillos para no gritar.

—Mi mamá… —susurró, y las lágrimas finalmente rodaron, limpias y brillantes sobre la piel cansada de su rostro—. Dios mío, mi viejita. ¿Sigue viva?

Asentí lentamente.

—Sigue viva. Va a misa todos los domingos a rezar por su alma. Lleva flores a una tumba vacía cada día de muertos.

Elena cerró los ojos y se recargó contra la pared fría de azulejos blancos, deslizándose hasta quedar en cuclillas, abrazando sus propias rodillas. La imagen era devastadora. La gran Dra. Elena, la promesa de la medicina rural, la mujer que había desafiado a los capos para llevar vacunas a la sierra, estaba ahí, reducida a un manojo de nervios y culpa en el piso sucio de un hospital público.

Me bajé de la camilla, ignorando el mareo por la pérdida de sangre, y me arrodillé frente a ella. No la toqué. Sabía, por experiencia con víctimas de s*cuestro, que el contacto físico podía ser eléctrico, peligroso.

—Cuénteme, doctora —le pedí, suave pero imperativo—. Necesito saber. Mi pelotón cargó con su muerte como una cruz. Yo cargué con su muerte. Pensamos que llegamos tarde. Pensamos que le fallamos. Necesito saber por qué hay una tumba con su nombre mientras usted pone inyecciones a borrachos en la ciudad.

Ella levantó la vista. Había una mezcla de terror y resignación en su mirada. Respiró hondo, el olor a alcohol y yodo llenando el espacio entre nosotros, y comenzó a hablar. Y mientras lo hacía, las paredes del hospital desaparecieron, y de pronto, ambos estábamos de vuelta en el infierno.

—No fue como dijeron en las noticias —empezó, su voz temblando al principio, pero ganando fuerza a medida que el recuerdo la poseía—. No me ejecutaron. Ojalá lo hubieran hecho. Hubiera sido más fácil, más limpio.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Ese día, cuando interceptaron la camioneta de salud, no buscaban dinero, ni robarse los medicamentos. Me buscaban a mí. Específicamente a mí. El líder de la plaza en esa zona, un tipo al que le decían “El Carnicero”… su hermano estaba herido. Un balazo en el abdomen, mal curado, infectado. Se estaba pudriendo por dentro.

Elena hizo una pausa, mirando sus manos, esas manos que ahora estaban manchadas con mi sangre seca y la suya propia por morderse los dedos.

—Me llevaron vendada. Horas de camino por terracería. Yo podía oler los pinos, la humedad de la sierra alta. Cuando me quitaron la venda, estaba en una especie de bodega, adaptada como un quirófano del terror. Había sangre seca en el piso, olor a gangrena y a pólvora. Y ahí estaba él, el hermano del jefe, gritando de dolor.

La doctora tragó saliva, sus ojos perdidos en el vacío.

—El Carnicero me puso una pístola en la cabeza. Fría. Metálica. Me dijo: “Sálvalo y te vas. Déjalo morir y te mueres tú”. Yo… yo tuve miedo, sargento. Tuve un miedo que me paralizó los intestinos. Pero soy médico. Mi instinto fue evaluar al paciente. Estaba séptico. Necesitaba cirugía mayor, antibióticos que ahí no tenían. Les dije que era imposible, que se iba a morir de todas formas.

Aquí fue donde la voz de Elena se quebró, transformándose en un susurro cargado de horror.

—Entonces El Carnicero se rio. No fue una risa de loco, fue una risa tranquila, de hombre de negocios. Chasqueó los dedos y dos de sus sicarios trajeron a alguien más. No era un soldado, ni un rival. Era una niña. Una niña del pueblo, de unos doce años. Hija de la señora que nos vendía tamales en la plaza. La reconocí por sus trenzas.

Sentí una náusea violenta subirme por la garganta. Apreté los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Me dijo… —continuó Elena, temblando violentamente—: “Tú decides, doctora. Tienes manos santas, dicen. Si mi hermano se muere, la niña se muere. Y no será rápido. Vamos a hacer que dure días. Pero si mi hermano vive… la niña se va a su casa”.

Elena me miró, buscando juicio, buscando condena en mis ojos.

—¿Qué hubiera hecho usted? —me preguntó, desafiante, desesperada—. ¿Qué dice el manual del ejército para eso? ¿El honor? ¿La patria? En ese momento no había patria, sargento. Había una niña llorando y un monstruo pudriéndose en una mesa.

—Operé —dijo, respondiéndose a sí misma—. Operé con lo que tenía. Herví el instrumental en agua con sal. Usé hilo de pescar para algunas suturas internas porque se me acabó el catgut. Fueron seis horas. Seis horas con un arma apuntándome a la nuca, seis horas escuchando los sollozos de la niña en la esquina.

—Le salvé la vida —dijo, y la frase salió con un peso de plomo—. Le salvé la vida a un hombre que había decapitado, violado y quemado pueblos enteros. Mis manos… estas manos que juraron no dañar, le devolvieron la vida al diablo.

El silencio que siguió fue denso. Podía escuchar el pitido de un monitor en algún lugar de la sala de urgencias, el llanto de un bebé a lo lejos, el murmullo de las enfermeras en el pasillo. Pero en ese cubículo, solo existía el peso de su confesión.

—¿Y la niña? —pregunté, temiendo la respuesta.

—La soltaron —dijo Elena, exhalando un aire que parecía llevar años reteniendo—. Cumplieron su palabra, curiosamente. La dejaron en la carretera, cerca del pueblo. Pero a mí… a mí no me dejaron ir.

Me miró fijamente.

—Me volví su “mascota”. Su seguro de vida. “Eres muy buena, doctora”, me dijo El Carnicero. “Te quedas”. Me tuvieron moviéndome de casa en casa, de campamento en campamento. Curé balazos, curé sobredosis, curé enfermedades venéreas de sus hombres. Vi cosas, sargento… vi cómo reclutaban niños a la fuerza. Vi cómo traían a gente inocente para sus “prácticas”.

—¿Por qué no huyó cuando llegamos nosotros? —pregunté, recordando el asalto al campamento—. Estuvimos ahí. Vimos las huellas recientes. El café todavía estaba caliente.

Elena soltó una risa amarga, sin humor.

—Porque ellos sabían que ustedes venían. Tienen “halcones” hasta en las nubes. Nos movieron diez minutos antes de que cayeran los helicópteros. Yo los escuché. Escuché las aspas, escuché los disparos. Quise gritar, quise correr hacia ustedes, pero me tenían amordazada en el piso de una camioneta blindada.

—Pasé dos años así —continuó—. Dos años siendo la doctora del c*rtel. Me convertí en parte de su maquinaria. Comía de su comida, dormía bajo su techo. Empecé a… empecé a dejar de ser yo. Ya no sabía si era prisionera o cómplice. Cuando curas a un hombre que te da las gracias y al día siguiente mata a un policía… ¿en qué te conviertes?

—Un día, hubo una guerra interna. El Cártel de Sinaloa entró a pelear la plaza. Fue una carnicería. Atacaron el rancho donde me tenían. Hubo fuego, explosiones. Mis captores cayeron muertos o huyeron. Yo me quedé escondida en un sótano, abrazada a un tanque de gas, rezando para que todo explotara y se acabara de una vez.

—Cuando salí, todo era silencio y humo. Había cuerpos por todos lados. Nadie me buscaba. Estaba libre. Caminé tres días por el monte. Sin agua, sin comida. Llegué a una carretera y un camionero me levantó. No le dije quién era. Le dije que huía de un marido golpeador.

—¿Por qué no fue a la policía? —insistí—. ¿Por qué no volvió a casa? Su madre…

—¡Porque soy una traidora! —gritó, aunque fue un grito susurrado, lleno de furia contenida—. ¿Cómo iba a volver y mirar a las madres del pueblo a los ojos? “Hola, soy yo, la Dra. Elena. ¿Recuerdan al tipo que mató a sus hijos? Yo le curé la panza para que pudiera seguir matando”. ¿Cómo le explico a mi madre que estoy viva porque fui útil para los n*rcos?

—Además —añadió, bajando la voz de nuevo—, si aparezco viva, la policía me va a interrogar. Van a querer nombres, ubicaciones. Y si hablo… ellos van a ir por mi familia. El Carnicero murió en esa balacera, pero sus hijos no. La organización sigue. Si saben que la “Doctora Milagro” está viva y suelta, vendrán a terminar el trabajo. O para matarme por saber demasiado, o para llevarme de vuelta.

—Así que Elena murió —concluyó, secándose la cara con brusquedad—. Compré papeles falsos en Tepito. Me convertí en Sofía Ramírez. Me mudé a la ciudad. Conseguí este trabajo donde nadie hace preguntas si eres eficiente y no faltas. Llevo cuatro años aquí. Escondida a plena vista. Pagando mi penitencia, curando borrachos y heridos en la madrugada, tratando de lavar la sangre de mis manos.

Se quedó callada, mirándome, esperando mi veredicto.

Yo estaba aturdido. Mi mente de militar quería clasificar la situación: Blanco o negro. Amigo o enemigo. Víctima o perpetrador. Pero la realidad de México no es así. La realidad de mi país es una escala infinita de grises, manchada de rojo.

Miré su gafete: “Sofía Ramírez”. Miré sus manos, todavía temblorosas. Y luego miré la herida en mi brazo, que ella había dejado a medio curar.

—Termine de coserme, doctora —dije finalmente, rompiendo la tensión.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—Mi brazo. Se va a infectar si no lo cierra. Y usted es la mejor doctora que conozco. Si pudo salvar a un capo con hilo de pescar, seguro puede arreglarme a mí con el equipo del Seguro Social.

Elena se quedó inmóvil un segundo, y luego, lentamente, asintió. Volvió a lavarse las manos, se puso guantes nuevos y tomó la aguja. Sus movimientos, antes temblorosos, se volvieron firmes, precisos. Era la memoria muscular de quien ha cosido carne bajo fuego, bajo presión, bajo amenaza de muerte.

Mientras sentía el tirón del hilo en mi piel, observé su perfil. Veía las ojeras profundas, las líneas de expresión prematuras que el estrés le había tallado. No era una traidora. Era una sobreviviente de una guerra que nadie pidió, una guerra que tritura a la gente buena y la escupe rota.

—¿Qué va a hacer? —me preguntó sin levantar la vista de la herida, su voz apenas audible sobre el ruido de la sala.

—Yo vine a que me curaran una herida, Sofía —dije, enfatizando el nombre falso—. No he visto a ninguna Dra. Elena. La Dra. Elena es una heroína que descansa en paz en su pueblo. Usted es solo una enfermera con muy buena mano.

Ella detuvo la sutura por un microsegundo. Levantó la vista y sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero esta vez, había algo diferente. Gratitud. Alivio.

—Gracias —susurró.

—Pero… —añadí, y el tono de advertencia hizo que se tensara de nuevo—. No puede seguir así para siempre. Alguien más la va a reconocer. El mundo es un pañuelo, y México es un pañuelo lleno de agujeros.

—Lo sé —dijo ella, cortando el hilo y haciendo el nudo final—. Vivo cada día pensando que es el último. Cada vez que entra un paciente tatuado, cada vez que veo una noticia de ejecuciones… tiemblo.

En ese momento, la cortina de plástico se abrió de golpe.

Ambos saltamos. Elena dio un paso atrás, casi tirando la bandeja de nuevo. Mi mano voló otra vez a mi cintura imaginaria.

Era un residente, un médico joven con cara de cansancio y un café en la mano.

—Ramírez, te necesitan en el cubículo 4. Llegó un baleado. La policía viene en camino.

El corazón de Elena pareció detenerse. Lo vi en su cuello, en la vena que latía furiosamente. “Baleado”. “Policía”. Las dos palabras que podían destruir su frágil existencia.

—Voy… voy enseguida —dijo, tratando de sonar normal.

El residente se fue, dejando la cortina entreabierta. A través del hueco, pude ver el movimiento en el pasillo. Camilleros corriendo, policías estatales con armas largas entrando por la puerta de ambulancias. El ambiente cambió en un segundo. La tensión subió de nivel.

Elena me miró con pánico absoluto.

—Tengo que irme —dijo, quitándose los guantes frenéticamente—. No puedo… si es alguien del ambiente, si me reconocen…

—Espere —la detuve, sujetándola del brazo con mi mano sana—. No salga corriendo. Eso es lo que hace un culpable. Usted es la enfermera. Haga su trabajo. Mézclese.

—No puedo… —susurró, al borde del colapso—. Tengo un mal presentimiento.

Me levanté de la camilla, probando mis piernas. Estaba un poco mareado, pero la adrenalina estaba haciendo su trabajo.

—Yo voy con usted —dije.

—No, usted es un paciente, tiene que quedarse…

—Soy exmilitar. Puedo oler el peligro antes de que llegue. Voy a salir, voy a ir a la máquina expendedora o lo que sea, y voy a echar un vistazo. Si veo algo raro, si veo a alguien que no debería estar ahí, le hago una señal y nos largamos. ¿Entendido?

Ella dudó, pero luego asintió. No tenía a nadie más. En ese hospital lleno de gente, estábamos solos ella y yo contra los fantasmas de su pasado.

Salí del cubículo, caminando despacio, sosteniendo mi brazo vendado. El pasillo era un caos. Habían traído a dos heridos. Uno gritaba improperios, esposado a la camilla. El otro estaba inconsciente, intubado. Los policías estaban nerviosos, manos en los gatillos. Eso no era un asalto común. Eso olía a ajuste de cuentas.

Me acerqué a la zona de triaje, fingiendo buscar a alguien. Observé las caras de los heridos. El que gritaba tenía tatuajes que reconocí al instante. No eran del cartel local. Eran de los “Jaliscos”. Estaban lejos de casa. Eso significaba guerra.

Y entonces lo vi.

No era el herido. Era un hombre parado en la sala de espera, fingiendo leer un periódico viejo. Llevaba una gorra de béisbol calada hasta los ojos y una chamarra demasiado gruesa para el calor que hacía. No miraba el periódico. Sus ojos escaneaban la sala, observando las entradas y salidas, observando al personal médico.

Tenía una cicatriz en el cuello, una quemadura vieja. Y un tatuaje pequeño en la mano, entre el pulgar y el índice: Una Santa Muerte estilizada.

Se me heló la sangre. Conocía ese tatuaje. Era la marca de los sicarios de élite de la organización que había secuestrado a Elena. Los remanentes del grupo de “El Carnicero”.

Estaban aquí. No por casualidad.

El tipo de la gorra levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los míos por una fracción de segundo. Vi la chispa de reconocimiento. No de mí, sino de la actitud. Reconoció a un soldado igual que yo reconocí a un lobo.

Desvió la mirada, sacó un celular y empezó a escribir rápido.

Mierda.

Me di la vuelta y regresé al cubículo de Elena lo más rápido que pude sin correr. Abrí la cortina. Ella estaba ahí, paralizada, con una jeringa en la mano que no había usado.

—Nos vamos —dije, en voz baja pero urgente—. Ahora mismo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Hay un “puntero” en la sala de espera. Gente del pasado. Creo que la están buscando, o están buscando rematar al que trajeron y usted va a quedar en medio.

—Dios mío… —Elena soltó la jeringa.

—¿Tiene coche?

—No, vengo en metro.

—Mi camioneta está afuera. Vieja, pero corre.

—No puedo dejar mi turno, me van a despedir…

—¡Doctora! —la sacudí por los hombros—. ¡La van a matar! ¡Olvidese del IMSS! ¡Vámonos!

Elena reaccionó. Se quitó la bata blanca, revelando una blusa sencilla debajo. Agarró su bolsa.

—Por la salida de personal —dijo—. Atrás, junto a la morgue.

Salimos del cubículo. El pasillo parecía más largo que nunca. Sentía la mirada del tipo de la gorra en mi nuca, aunque sabía que estaba en la sala de espera. Cruzamos la estación de enfermeras.

—¡Ramírez! ¿A dónde vas? —gritó la jefa de enfermeras.

—Tengo… tengo vómito, voy al baño —dijo Elena, improvisando mal, pero sin detenerse.

Seguimos caminando, doblando esquinas, bajando escaleras de concreto gris que olían a humedad. Llegamos a la puerta trasera. Estaba cerrada con cadena.

—¡Maldita sea! —exclamó Elena, golpeando el metal—. Siempre la dejan abierta.

—Hágase a un lado —le dije.

Busqué algo contundente. Había un extintor en la pared. Lo arranqué y golpeé el candado viejo con todas mis fuerzas. Una, dos veces. El brazo recién cosido me latía como si tuviera un corazón propio, el dolor era cegador, y sentí cómo los puntos de Elena se tensaban, tal vez rompiéndose. La sangre empezó a manchar la venda nueva.

—¡Su brazo! —gritó ella.

—¡No importa!

Al tercer golpe, el candado cedió. Empujé la puerta y el aire caliente y contaminado de la noche de la Ciudad de México nos golpeó la cara. Estábamos en el callejón de carga, donde llegaban los camiones de suministros y las carrozas fúnebres.

Corrimos hacia el estacionamiento público donde había dejado mi camioneta. Mis llaves temblaban en mi mano.

—Súbase —ordené.

El motor de mi vieja Ford tosió antes de arrancar. “Vamos, nena, no me falles ahora”, pensé. Arrancó con un rugido ronco.

Mientras salíamos del estacionamiento, pagando el boleto con manos temblorosas al guardia medio dormido, miré por el retrovisor.

La puerta de urgencias se abrió. El tipo de la gorra salió, hablando por teléfono. Miró a los lados. Vio mi camioneta alejándose. Lo vi señalar. Lo vi correr hacia un sedán negro estacionado en doble fila.

—Nos siguen —dije, pisando el acelerador.

Elena se agarró del tablero, pálida como un papel.

—¿A dónde vamos? —preguntó, con la voz rota.

Miré la carretera frente a nosotros. Las luces de la ciudad se extendían como un mar de lava. No podía llevarla a mi casa; sería el primer lugar donde buscarían si habían tomado mi matrícula. No podía llevarla a la policía; ella no confiaba en ellos y, sinceramente, yo tampoco.

Estábamos solos. Un soldado retirado y una doctora “muerta”, huyendo en una camioneta destartalada con medio tanque de gasolina.

—A un lugar seguro —mentí, porque no tenía idea de a dónde ir.

—Sargento… —dijo ella, mirándome—. Gracias por no juzgarme. Gracias por creer que no soy un monstruo.

La miré de reojo. En la penumbra de la cabina, ya no veía a la enfermera asustada. Veía a la mujer que había sobrevivido al infierno, la mujer que había tenido el coraje de elegir la vida de una niña sobre su propio honor.

—Usted no es un monstruo, Elena. Usted es la valiente que todos creíamos que era. Solo que la valentía a veces se ve fea de cerca.

El sedán negro apareció en el espejo retrovisor, acercándose rápido. Luces apagadas. Estilo depredador.

—Agárrese fuerte —le dije, cambiando de velocidad—. Esto se va a poner feo.

Giré el volante bruscamente hacia una avenida lateral, metiéndonos en el laberinto de calles estrechas de la colonia Doctores. Si querían cazarnos, iban a tener que sudar.

Mi brazo ardía, mi corazón latía a mil por hora, y por primera vez en seis años, sentía que mi vida tenía un propósito real de nuevo. No estaba buscando un cuerpo en la sierra. Estaba salvando una vida aquí y ahora.

Y mientras las llantas chirriaban sobre el asfalto y las sirenas de la ciudad aullaban a lo lejos como lobos hambrientos, supe que esta historia apenas estaba comenzando. El pasado había vuelto para cobrar su deuda, pero esta vez, la Dra. Elena no estaba sola.

—¿Sabe disparar? —le pregunté, abriendo la guantera donde guardaba una vieja .38 que, gracias a Dios, no había bajado de la camioneta.

Ella miró el arma. Sus manos temblaron, pero luego, con una determinación fría que me heló la sangre, la tomó.

—Aprendí —dijo—. En el campamento. El Carnicero decía que todos tenían que ser útiles en una balacera.

Verificó el cargador con un movimiento profesional, seco y metálico.

—No voy a dejar que me lleven de nuevo —dijo ella, y su voz ya no era la de Sofía. Era la voz de alguien que ha matado su miedo a golpes—. Antes muerta que volver a esa sierra.

Sonreí, una sonrisa torva y peligrosa.

—Pues que así sea, doctora. Que así sea.

Aceleré a fondo, perdiéndonos en la noche mexicana, listos para la guerra.

Parte 3: La Cacería en el Laberinto de Concreto y las Cicatrices que no Cierran

El impacto inicial no fue un ruido, fue una vibración que me recorrió la espina dorsal, sacudiendo los tornillos oxidados de mi vieja Ford y haciéndome apretar los dientes con tanta fuerza que creí que me los rompería. El sedán negro nos había dado el primer “beso” en la defensa trasera, un golpe calculado, seco, diseñado para desestabilizar, no para destruir. Todavía.

—¡Nos van a sacar del camino! —gritó Elena, pero su grito no era histérico; era informativo, agudo y preciso, cortando el aire viciado de la cabina.

Miré por el retrovisor. Las luces del sedán seguían apagadas, una sombra tiburonesca navegando en el asfalto gris de la colonia Doctores. Quienquiera que fuera al volante sabía lo que hacía. No era un sicario novato drogado con cristal; era un profesional. Mantenía la distancia justa para intimidar y el ángulo perfecto para golpear mi eje trasero en la próxima curva.

—Sujétese, doc. Vamos a ver si esta chatarra todavía recuerda cómo ser un tanque —gruñí, ignorando el fuego líquido que me subía por el brazo izquierdo. La herida, esa que Elena había intentado coser con manos de santa y que yo había abierto a golpes de extintor, latía con un ritmo propio, perverso y constante. Sentía la humedad pegajosa empapando la venda, escurriendo hacia el codo, manchando la tapicería desgarrada.

Giré el volante con violencia hacia la derecha, metiéndonos en sentido contrario sobre Doctor Vértiz. Las llantas chirriaron, un lamento de hule quemado que se mezcló con los cláxones furiosos de dos taxis que venían de frente. Los esquivé por milímetros, viendo las caras de terror de los choferes iluminadas por mis faros amarillentos.

—¡Está loco! —exclamó Elena, aferrada a la manija de la puerta con los nudillos blancos.

—¡Es la única forma! —respondí, la adrenalina funcionando como el mejor analgésico del mundo—. Ellos esperan que huyamos, no que ataquemos. ¡Prepare el fierro, Elena!

Ella bajó la mirada hacia la vieja .38 que descansaba en su regazo. El metal negro parecía obsceno contra la tela blanca de su pantalón de enfermera, manchado ahora con mi sangre y la suciedad del callejón. La vi dudar una fracción de segundo. Vi a la “Doctora Milagro”, la sanadora de la sierra, peleando contra la mujer que había aprendido a sobrevivir en el infierno de El Carnicero.

El sedán negro no se amedrentó. Giró detrás de nosotros, ignorando el tráfico, subiéndose a la banqueta y derribando un puesto de periódicos en una lluvia de láminas y revistas. Eran implacables.

—No nos van a dejar ir —dijo ella, y su voz se endureció. Levantó el arma. Sus manos, que minutos antes temblaban al suturarme, ahora sostenían el revólver con una firmeza que me heló la sangre. La memoria muscular es una perra; nunca olvida, ni para salvar vidas ni para quitarlas.

Llegamos al cruce con el Eje Central. El tráfico era un río de luces rojas y blancas, denso, asfixiante. No podía frenar. Si frenaba, nos alcanzaban y nos llenaban de plomo ahí mismo, frente a los trolebuses y los puestos de tacos.

—¡Voy a cruzar! —advertí.

—¡Hay coches!

—¡Me vale madre!

Pisé el acelerador a fondo. El motor V8 de la Ford rugió, un sonido gutural, agónico y poderoso. Nos lanzamos al cruce como un misil oxidado. Escuché el frenazo de un camión de carga, el sonido de cristales rotos, mentadas de madre que se perdieron en el viento. Pasamos rozando la defensa de un Metrobús. El sedán negro nos siguió, pegado como una garrapata.

Entonces vi el flashazo.

Un destello en la ventanilla del copiloto del sedán. El parabrisas trasero de mi camioneta estalló en mil pedazos, una lluvia de diamantes que nos cubrió de polvo y vidrio.

—¡Están disparando! —rugí, agachando la cabeza instintivamente.

Elena no se agachó. Giró el torso, bajó su ventanilla y, sin pedir permiso, sin cerrar los ojos, apuntó hacia atrás.

El sonido del disparo dentro de la cabina fue ensordecedor. ¡Bang! Un segundo de silencio. ¡Bang!

Vi por el espejo lateral cómo el parabrisas del sedán se estrellaba. El coche dio un bandazo violento hacia la izquierda, perdiendo el control por un segundo antes de corregir.

—¡Le di! —gritó Elena, con una mezcla de horror y triunfo en la voz. No había orgullo en sus ojos, solo una necesidad primitiva de vivir—. Creo que le di al conductor.

—¡No deje de disparar si se acercan! —ordené, aprovechando la confusión del perseguidor para dar vuelta en una calle estrecha que nos llevaría hacia el Viaducto.

Mi mente trabajaba a mil por hora, calculando rutas. No podía ir a mi departamento en la colonia Guerrero; ya debían tener la dirección. No podía ir con mis excompañeros del batallón; la mitad estaban muertos y la otra mitad trabajaban para la seguridad privada de los mismos tipos que nos perseguían o estaban comprados. Estaba solo. Estábamos solos en la ciudad más grande del mundo, rodeados de veinte millones de personas, y nadie nos iba a ayudar.

El dolor en mi brazo se agudizó, una punzada que me nubló la vista por un instante. La camioneta se fue de lado.

—¡Sargento! —Elena soltó el arma y agarró el volante, enderezando el rumbo—. ¡Se está desangrando!

—Estoy bien… solo es un mareo —mentí, sintiendo el sabor metálico de la bilis en la boca—. Necesitamos un lugar. Un lugar donde no haya cámaras, donde no haya gente curiosa.

—¿A dónde?

Pensé en las opciones. El norte de la ciudad era territorio hostil. El sur estaba demasiado vigilado. El oriente… el oriente era un caos. Iztapalapa. O más allá. Ecatepec. El Estado de México, donde la ley es una sugerencia y la noche es dueña de todo.

—Tengo… tengo un lugar —jadeé—. O lo que queda de él. Una casa en obra negra en la Sierra de Guadalupe. Era de un compadre, el Teniente Rivas. Lo mataron hace dos años en un enfrentamiento. La casa quedó abandonada. Su viuda se fue al gabacho. Nadie va ahí.

—¿Está lejos?

—A cuarenta minutos si le piso. Si no me desmayo antes.

Miré el retrovisor una vez más. El sedán negro había desaparecido, perdido en el laberinto de calles o dañado por el disparo de Elena. Pero sabía que no se rendirían. Esos tipos, los que llevan tatuada a la Santa Muerte en la mano, son sabuesos. Si perdieron el rastro visual, usarían la tecnología. Cámaras de C5, halcones en las esquinas, sobornos a la policía de tránsito. Teníamos una ventana de tiempo muy pequeña antes de que toda la ciudad se convirtiera en una ratonera.

—Tome el volante —le dije, sintiendo que las fuerzas me abandonaban—. Yo manejo los pedales y las velocidades. Usted dirija. No puedo levantar el brazo izquierdo.

Elena se deslizó hacia el centro del asiento corrido. Sus manos, pequeñas pero firmes, tomaron el control de la bestia de metal. Yo me encargué de pisar el acelerador y el clutch, coordinándonos en una danza torpe y desesperada. El contacto de su cuerpo contra el mío era extraño; olía a hospital, a sudor frío y a pólvora. Era el olor de la supervivencia.

Salimos al Viaducto, mezclándonos con el flujo constante de autos. Elena manejaba con una concentración absoluta, sus ojos barriendo los espejos cada tres segundos.

—¿Sabe una cosa, sargento? —dijo de repente, sin mirarme, con la vista clavada en el asfalto—. Cuando estaba en la sierra… soñaba con manejar. Soñaba con subirme a un coche y manejar hasta que se acabara la gasolina. Nunca pensé que sería así.

—La libertad nunca es como la pintan en las películas, doc —murmuré, sintiendo que la fiebre empezaba a subir—. A veces la libertad es solo elegir cómo te vas a morir.

Ella me miró de reojo, y en esa mirada vi el abismo que compartíamos. Ella, la doctora que cosió narcos para salvar niñas. Yo, el soldado que siguió órdenes hasta que las órdenes dejaron de tener sentido. Éramos dos piezas rotas de un rompecabezas que nadie quería armar.

El viaje hacia Ecatepec fue una pesadilla borrosa. Entramos a la zona conurbada, donde el alumbrado público es escaso y las calles parecen cráteres lunares. Pasamos por avenidas donde la gente quemaba basura en las esquinas, donde grupos de jóvenes nos miraban con desconfianza desde las sombras. Aquí no entraba la policía. Aquí la ley la dictaba el más fuerte. Irónicamente, era el lugar más seguro para nosotros en ese momento.

Subimos por las faldas del cerro, la camioneta protestando en cada pendiente. Las casas aquí eran bloques de concreto gris, varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores. Perros callejeros ladraban a nuestro paso.

—Es ahí —señalé con la cabeza hacia una estructura a medio terminar, colgada en un barranco, rodeada de maleza seca y barda de alambre de púas.

Elena maniobró para meter la camioneta en lo que sería el patio, ocultándola de la vista de la calle principal. Apagué el motor. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el tic-tac del metal enfriándose y mi propia respiración entrecortada.

—Llegamos —susurré, y dejé caer la cabeza contra el respaldo. El mundo empezó a dar vueltas.

—No se duerma —la voz de Elena sonó lejos, pero imperativa. Sintió mis pulsaciones en el cuello—. Está en shock hipovolémico. Ha perdido mucha sangre. Necesito meterlo a la casa. ¡Ayúdeme!

No sé cómo bajé de la camioneta. Recuerdo el peso de Elena bajo mi brazo derecho, sosteniéndome, jalándome. Recuerdo el olor a polvo y cemento viejo al entrar a la casa. No había puerta, solo una cortina de lona vieja. Adentro, la oscuridad era total.

Elena encendió la linterna de su celular. El haz de luz reveló un cuarto con piso de cemento pulido, algunos muebles viejos cubiertos con sábanas, y botellas de cerveza vacías en un rincón. Rivas había usado este lugar para esconderse de sus propias deudas, no del narco, pero servía igual.

—Al sofá —ordenó ella.

Me dejé caer en un sofá viejo que levantó una nube de polvo. El dolor en el brazo era ahora un latido sordo, una presencia maligna que me consumía la energía.

—Voy a tener que abrir la herida otra vez —dijo Elena, arrodillándose a mi lado y sacando de su bolsa lo poco que había logrado robar del hospital antes de huir: gasas, un frasco de alcohol, unas tijeras y, milagrosamente, un kit de sutura estéril que se había metido en el bolsillo.

—Hágalo —dije, cerrando los ojos—. Ya estoy acostumbrado.

—No tengo anestesia —advirtió ella, rompiendo mi camisa con las tijeras para exponer el desastre. La venda estaba pegada a la carne viva.

—La anestesia es para los que tienen tiempo, doc. Dele.

El primer jalón fue como si me arrancaran la piel. Grité, un sonido ronco que se ahogó en las paredes de concreto desnudo. Elena no se detuvo. Trabajaba con esa eficiencia fría y terrible que había aprendido bajo la pistola de El Carnicero. Limpió la sangre, echó alcohol directamente sobre el corte profundo —lo que me hizo arquear la espalda y ver estrellas— y empezó a coser de nuevo.

Mientras la aguja entraba y salía de mi piel, traté de enfocarme en su cara iluminada por la luz tenue del celular que había puesto sobre una mesa. Estaba pálida, sudorosa, con manchas de mi sangre en las mejillas y en la blusa. Pero sus ojos… sus ojos estaban claros. El pánico del hospital había desaparecido, reemplazado por una determinación de acero.

—Usted es buena —murmuré, tratando de distraerme del dolor—. No solo cosiendo. Con el arma. No dudó.

Ella hizo un nudo y cortó el hilo.

—Dudé —dijo en voz baja, sin dejar de trabajar—. Dudé cada segundo. Pero luego me acordé de la cara del hombre de la gorra. El de la Santa Muerte. Me acordé de lo que hacían con las mujeres que intentaban escapar y fallaban.

Se detuvo un momento, con las manos llenas de sangre suspendidas en el aire.

—Sargento, ellos no solo matan. Ellos… te rompen. Te quitan todo lo que eres hasta que solo queda un cascarón que obedece. Cuando vi que nos iban a alcanzar, algo dentro de mí se rompió, pero fue un rompimiento diferente. Me dije: “Ya no soy su mascota. Ya no soy la Dra. Elena del cartel. Soy Sofía, y Sofía no se va a dejar agarrar”.

Terminó el vendaje. Quedó apretado, profesional. Me sentía débil, pero la hemorragia se había detenido.

—Gracias, Sofía —le dije, usando su nombre elegido con respeto.

Ella se sentó en el suelo, recargando la espalda contra el sofá, exhausta. Dejó caer las manos sobre su regazo. El silencio de la noche en el cerro era pesado, lleno de los ruidos de la ciudad lejana, sirenas, perros, algún cohete o disparo lejano.

—¿Ahora qué? —preguntó, mirando hacia la negrura del techo sin terminar.

—Esperamos al amanecer —respondí, tratando de acomodarme sin gritar—. Necesitamos un plan. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Rivas está muerto, pero alguien puede venir a checar la propiedad. Además, no tenemos agua, ni comida.

—Tengo dinero —dijo ella—. He estado ahorrando todo lo que gano en el hospital. Lo tengo escondido en mi departamento, debajo del colchón. Son como cincuenta mil pesos. No es mucho, pero…

—No podemos volver a su departamento —la interrumpí—. Es el primer lugar donde van a estar esperándola. Ese dinero ya no existe. Olvídelo.

Elena suspiró, frustrada.

—Entonces, ¿cómo vamos a sobrevivir? Usted está herido. Nos buscan los sicarios más peligrosos del norte. No tenemos a dónde ir.

—Tenemos algo que ellos no saben que tenemos —dije, sintiendo cómo la fiebre me daba una claridad extraña.

—¿Qué?

—Información. Usted tiene información, Elena. Usted estuvo dos años adentro. Conoce sus caras, conoce sus rutas, conoce cómo operan. Dijo que curaba a sus hombres, que escuchaba cosas.

Ella se tensó visiblemente.

—No… no voy a ser una soplona. Si hablo, matan a mi madre. Se lo dije.

—No vamos a ir a la policía —aclaré—. La policía está podrida. Vamos a usar esa información para protegernos. Si sabemos quiénes son los jefes ahora, podemos saber qué quieren. ¿Por qué la buscan ahora, después de cuatro años? ¿Por qué enviaron a un puntero al hospital justo hoy?

Elena se quedó pensativa. Se mordió el labio inferior.

—Hoy… hoy en la mañana, atendí a un paciente. Un chico joven, sobredosis. Tenía un tatuaje. No le di importancia al principio, pero… mientras lo estabilizaba, me agarró la mano. Estaba delirando. Me dijo: “Gracias, madrina”.

—¿Madrina?

—Así me decían en el campamento. Algunos de los sicarios más jóvenes. “La Madrina”. Porque los cuidaba cuando se enfermaban. Pensé que era coincidencia, pero… ese chico murió a la hora. Y dos horas después, apareció el tipo de la gorra.

—El chico la reconoció —concluí—. O alguien que vino a reconocer el cuerpo del chico la vio. Mierda. Fue mala suerte. Pura y maldita mala suerte.

—No existe la suerte en México, sargento —dijo Elena con amargura—. Solo existen las consecuencias.

Me incorporé un poco, sintiendo el crujido de mis costillas.

—Bueno, pues la consecuencia es que ahora saben que está viva. El factor sorpresa se acabó para ellos, pero también para nosotros. Creen que somos una presa asustada. Creen que la enfermera va a correr a esconderse debajo de la cama. No esperan que la enfermera tenga una .38 y un exmilitar encabronado al lado.

Elena me miró, y por primera vez vi el esbozo de una sonrisa triste en su rostro.

—¿Por qué hace esto? —preguntó suavemente—. Podría haberme dejado en el hospital. Podría haberme entregado. Usted no me debe nada. Yo soy… yo soy una complicación en su vida. Usted solo iba por unos puntos en el brazo.

Cerré los ojos, recordando. Recordando las caras de mi pelotón. Recordando la sensación de impotencia al encontrar ese campamento vacío en La Rumorosa hace seis años. Recordando la bandera doblada entregada a una madre que lloraba sin consuelo.

—Hace seis años, yo le prometí a su madre que la encontraría —dije, la voz quebrándoseme un poco—. Le prometí que traería a su hija de vuelta. Fallé. Le llevé un ataúd vacío. He cargado con esa mentira todos los días desde entonces. Cada vez que me veo al espejo, veo al cobarde que dejó de buscar demasiado pronto.

Abrí los ojos y la miré fijamente.

—Ayudarla ahora no es por usted, Elena. Es por mí. Es la única forma que tengo de limpiar mi conciencia. Si logro que usted sobreviva a esto… tal vez, solo tal vez, pueda perdonarme por haberla dejado en ese infierno tanto tiempo.

Elena se acercó y, con una suavidad inesperada, puso su mano sobre mi mano sana. Sus dedos estaban fríos, pero su toque era humano, real.

—Usted no me dejó —susurró—. Nadie podía haberme sacado de ahí. Yo tuve que sacarme a mí misma. Pero ahora… ahora sí necesito que me saque. No quiero morir, sargento. No después de todo lo que hice para vivir.

—No se va a morir —prometí, apretando su mano—. No en mi guardia.

El momento se rompió cuando un sonido exterior nos puso en alerta máxima. Era el ruido de un motor. No el zumbido suave de un sedán moderno, sino el rugido pesado de un camión o una camioneta grande subiendo la cuesta de tierra.

Me puse de pie de un salto, ignorando el dolor que estalló en mi brazo como una granada. Elena agarró el revólver de la mesa y apagó la linterna del celular instantáneamente.

Nos quedamos en la oscuridad total, respirando el polvo, escuchando.

El motor se detuvo cerca. Demasiado cerca. Escuchamos el golpe de puertas al cerrarse. Pasos pesados sobre la grava. Voces bajas, masculinas.

—¿Cree que nos siguieron? —susurró Elena, pegada a mi espalda.

—Imposible. Hicimos tres cambios de ruta. Nadie nos vio entrar aquí.

—Entonces, ¿quién es?

Me acerqué a la ventana sin vidrios, pegándome a la pared para no ser visto. Me asomé por una grieta en los ladrillos.

Abajo, en la entrada del terreno, había una camioneta pick-up blanca, sin logotipos. Dos hombres estaban parados junto a la reja de alambre, iluminando el suelo con linternas tácticas. No eran pandilleros locales. Su postura, la forma en que sostenían las linternas, la ropa táctica discreta…

—Son federales —murmuré—. O ministeriales.

—¿La policía? —Elena sintió un alivio momentáneo—. ¿Podemos pedir ayuda?

—No sea ingenua —le tapé la boca suavemente—. Si son ministeriales y están aquí, en una casa abandonada a las tres de la mañana, no vienen a traer citatorios. Vienen a limpiar.

Observé mejor. Uno de los hombres se agachó y recogió algo del suelo. Iluminó el rastro de aceite que mi vieja Ford había ido dejando. Gotas negras sobre la tierra gris.

—Mierda. El aceite. Tengo una fuga. Nos rastrearon por la mancha de aceite desde la carretera principal.

El hombre de abajo hizo una señal con la mano. De la parte trasera de la pick-up bajaron dos hombres más. Armados. Rifles de asalto. R-15.

—Vienen pesados —dije, retrocediendo—. Saben que estamos aquí.

Elena me miró, y el terror volvió a sus ojos, pero esta vez era diferente. Ya no era el terror de la víctima, era el terror del soldado antes de la batalla. Levantó el revólver .38 con ambas manos.

—Tengo cinco balas —dijo.

—Yo tengo una llave de cruz y un brazo inútil —respondí, buscando desesperadamente una salida—. Pero conozco esta casa. Rivas era paranoico. Me dijo una vez que si alguna vez tenía que huir, había dejado un “agujero”.

—¿Un agujero?

—Una salida trasera. Hacia la barranca. Pero está difícil. Hay que bajar rapelando o rodando.

—Prefiero rodar que subirme a esa camioneta —dijo ella.

Escuchamos el crujido de la reja al ser forzada. Ya estaban adentro.

—¡Arriba! —susurré—. Al segundo piso. Vamos a hacerles creer que estamos arrinconados arriba y salimos por el techo del patio trasero.

Subimos las escaleras de concreto sin barandal, mis botas pesadas tratando de no hacer ruido, Elena moviéndose como un gato. El dolor de mi brazo me hacía ver destellos blancos en los bordes de mi visión, pero la muerte inminente es un gran motivador.

Llegamos a la planta alta. Desde ahí se veía el patio trasero, una caída de tres metros hacia un terreno baldío lleno de basura y matorrales que daba a la barranca.

—Tiene que saltar —le dije a Elena—. Salte, ruede y corra hacia los árboles. Yo los distraigo.

—¡No! —se negó ella rotundamente—. No lo voy a dejar aquí. Si usted se queda, lo matan. Y si me voy sola, me agarran en dos días. Nos vamos juntos o nos morimos juntos.

La miré. En la penumbra, sus ojos brillaban con una lealtad feroz que no me había ganado, pero que aceptaba con gratitud.

—Está bien. Juntos. Pero usted salta primero. Yo la cubro.

Abajo, escuchamos la voz de uno de los hombres.

—¡Sabemos que estás ahí, Sofía! ¡Sal por las buenas! ¡El Patrón solo quiere hablar!

Elena se estremeció al escuchar el nombre falso. Sabían todo.

—¡Sal, doctora! —gritó otra voz, más ronca—. ¡Tenemos medicina para tu amigo!

—A la de tres —le susurré—. Uno… dos…

De repente, una ráfaga de disparos rompió la noche. Las balas impactaron contra el techo de la planta baja, haciendo llover polvo y cemento. No estaban esperando a que saliéramos. Estaban ablandando el terreno.

—¡Ahora! —grité.

Elena corrió hacia el borde del muro sin terminar y saltó hacia la oscuridad. Escuché el golpe sordo de su caída, seguido de un gemido y el ruido de matorrales rompiéndose.

—¡Estoy bien! —susurró desde abajo—. ¡Salte!

Me preparé para saltar. Mi brazo palpitaba como si tuviera un corazón a punto de explotar. Me impulsé con las piernas, rezando a todos los santos que mi madre veneraba.

En el aire, mientras caía hacia la basura y la negrura de la barranca, vi por el rabillo del ojo una sombra asomarse por la escalera que acabábamos de dejar. Un fogonazo iluminó la habitación superior. Una bala zumbó cerca de mi oreja, tan cerca que sentí el calor.

Aterricé mal. Mi hombro herido golpeó contra una bolsa de escombros. El dolor fue tan intenso que mi visión se apagó por un segundo. Todo se volvió negro.

—¡Sargento! ¡Levántese!

Sentí las manos de Elena jalándome, arrastrándome. Oía gritos arriba. Linternas barriendo el patio.

—¡Se fueron por atrás! ¡Rodeen la casa!

Me puse de pie a duras penas, tambaleándome como un borracho.

—Corra… —jadeé—. Hacia la barranca. El terreno es inestable… no podrán meter los coches.

Nos lanzamos hacia la pendiente, resbalando entre piedras, basura y espinas. La oscuridad era nuestra única aliada. Detrás de nosotros, los haces de luz de las linternas cortaban la noche, buscando, cazando.

Nos adentramos en la garganta de la Sierra de Guadalupe, dos sombras heridas huyendo de los lobos. No teníamos agua, no teníamos coche, yo me estaba desangrando y a ella le quedaban cinco balas.

Pero estábamos vivos. Y mientras tuviera aire en los pulmones, iba a hacer que esos bastardos pagaran por cada gota de sangre que nos estaban haciendo derramar.

Miré a Elena, que me ayudaba a bajar una piedra grande. Ya no temblaba. Su cara estaba sucia, su uniforme roto, pero había una furia en su mirada que prometía violencia. La Dra. Elena había muerto en esa sierra hace seis años, sí. Pero algo nuevo había nacido esta noche en la ciudad. Y ese algo era mucho más peligroso.

—No vamos a huir siempre —me dijo, adivinando mis pensamientos, mientras nos ocultábamos bajo un puente de concreto viejo donde pasaba un canal de aguas negras.

—No —respondí, sacando mi cuchillo de combate que llevaba en la bota, lo único que me quedaba aparte de mi mala leche—. A partir de mañana, nosotros seremos los cazadores.

El amanecer empezaba a teñir de gris el cielo contaminado de la Ciudad de México, iluminando la inmensidad de la jungla de asfalto que se extendía a nuestros pies. La verdadera guerra acababa de empezar.

Parte Final: La Resurrección de los Muertos y el Nuevo Amanecer en el Infierno

El olor del canal de aguas negras era una bofetada húmeda y pestilente que se te metía hasta el gusto, una mezcla de podredumbre, químicos industriales y la miseria acumulada de millones de habitantes que vivían colgados de los cerros. Estábamos agazapados bajo el puente de concreto, con el agua aceitosa lamiendo las suelas de nuestras botas. Arriba, el sonido de las botas tácticas crujiendo sobre la grava suelta resonaba como truenos lejanos, pero peligrosamente cercanos.

Mi brazo izquierdo ya no era un brazo; era un peso muerto, un ancla de carne hirviendo que palpitaba con cada latido de mi corazón, enviando señales de agonía pura directamente a mi cerebro. La fiebre empezaba a jugar con mi vista, distorsionando las sombras, convirtiendo los montones de basura en cadáveres y los arbustos en sicarios.

Elena estaba a mi lado, respirando por la boca para no hacer ruido y para no oler la mierda que nos rodeaba. Su mano derecha apretaba el revólver .38 con tanta fuerza que sus nudillos parecían piedras blancas. Ya no temblaba. El miedo seguía ahí, podía olerlo en su sudor ácido, pero lo había compactado, lo había tragado y convertido en combustible.

—Pasaron —susurró, su voz apenas un hilo de aire que se perdió en el rumor del agua sucia.

Asentí, cerrando los ojos un momento para enfocarme. La pérdida de sangre me estaba cobrando factura. Sentía ese frío traicionero en las extremidades, esa somnolencia dulce que te invita a rendirte.

—No se fueron, Elena —contesté, luchando por no arrastrar las palabras—. Están barriendo el perímetro. Son profesionales. Saben que estamos heridos y a pie. Están cerrando el círculo.

Ella me miró, sus ojos brillando en la penumbra con una intensidad que me recordaba a los lobos.

—¿Qué hacemos? No podemos quedarnos aquí hasta que amanezca. En cuanto salga el sol, nos verán desde arriba.

—Exacto. Tenemos que movernos. Pero no vamos a huir. Ya no.

Saqué el cuchillo de combate de mi bota. El acero estaba opaco, sin brillo, perfecto para el trabajo sucio. Me pesaba en la mano más de lo habitual.

—Escúchame bien, doctora. —Me acerqué a su oído—. Ellos traen tecnología, traen armas largas, traen chalecos. Pero tienen una debilidad: creen que son los depredadores. Están confiados. Creen que están buscando a una enfermera asustada y a un mecánico desangrado. Vamos a usar esa arrogancia en su contra.

—¿Cómo? —preguntó ella.

—Vamos a separar a uno. Necesitamos su equipo. Necesito un arma de verdad y necesitamos saber quién los mandó.

Nos movimos arrastrándonos por la orilla del canal, usando la maleza crecida y la basura como cobertura. El dolor era mi mundo entero, pero mi entrenamiento militar, ese que creí olvidado entre cambios de aceite y afinaciones, tomó el control. Mi cuerpo recordaba cómo moverse en silencio, cómo pisar sin romper ramas, cómo respirar al ritmo del entorno.

Avanzamos unos cien metros río abajo hasta llegar a una zona donde el terreno se elevaba hacia un camino de terracería. Vimos la silueta de uno de los hombres. Estaba solo, vigilando el flanco bajo, fumando un cigarro. El punto rojo de su brasa era un faro en la oscuridad.

—Ahí está nuestro boleto —murmuré.

—Tiene un rifle —dijo Elena, evaluando la amenaza con una frialdad clínica.

—Y yo tengo un cuchillo y una distracción. Usted va a ser la distracción.

Elena me miró, alarmada.

—¿Quiere que salga?

—No. Quiero que haga ruido. Lance una piedra hacia aquel montón de láminas viejas. Lejos de mí, pero lo suficientemente cerca para que él baje a investigar. Cuando pase junto a ese arbusto grande… yo me encargo.

—¿Puede hacerlo? —me preguntó, mirando mi brazo inútil y mi palidez mortal.

—Si no puedo, nos morimos los dos. Así de simple.

Elena asintió. Respiró hondo, buscó una piedra del tamaño de una naranja y se preparó. Yo me deslicé hacia la posición, ignorando el grito de protesta de mis músculos, mordiéndome la lengua para no gemir. Me fundí con las sombras detrás del arbusto espinoso.

El sonido de la piedra golpeando las láminas oxidadas fue agudo, metálico, antinatural en la noche. El sicario se tensó de inmediato. Tiró el cigarro, levantó el R-15 y apuntó hacia el ruido.

—¿Quién anda ahí? —gritó, pero no disparó. Quería confirmar el blanco.

Comenzó a bajar la pendiente, resbalando un poco en la tierra suelta. Sus botas crujían. Pasó a un metro de donde yo estaba. Olía a tabaco y a loción barata.

Esperé a que me diera la espalda. Fue un movimiento desesperado, impulsado por la pura necesidad de sobrevivir. Me lancé sobre él. Mi brazo derecho rodeó su cuello, cerrando la tráquea, mientras mis piernas se enredaban en las suyas para tirarlo al suelo.

El tipo era fuerte. Se sacudió como un toro. Su codo impactó en mis costillas rotas y vi blanco por un segundo. El rifle salió volando. Rodamos por la tierra. Él intentó gritar, pero yo apretaba con todo lo que me quedaba de vida.

—¡Elena! —judeé, sintiendo que me fallaban las fuerzas. El hombre estaba sacando una pistola de su piernera.

Elena salió de las sombras. No dudó. No se detuvo a pensar en el juramento hipocrático ni en la moralidad de la civilización. Levantó una piedra grande con ambas manos y la dejó caer sobre la cabeza del hombre.

El sonido fue húmedo, sordo, definitivo.

El cuerpo bajo el mío se quedó flácido.

Me dejé caer a un lado, boqueando por aire, con el corazón golpeándome contra el pecho como un pájaro enjaulado. Elena estaba de pie sobre nosotros, respirando agitadamente, mirando sus manos vacías.

—¿Está muerto? —preguntó, su voz carente de emoción.

Me arrastré para checar el pulso. Nada.

—Está muerto. Bien hecho, doc.

Empezamos a despojar el cadáver con la eficiencia macabra de los carroñeros. Yo tomé el rifle R-15 y revisé el cargador. Lleno. 30 balas de la libertad. Tomé también su pistola, una Glock 9mm, y se la pasé a Elena.

—Tenga. Esto es mejor que el revólver. Tiene quince tiros. Quite el seguro así… —Le enseñé rápidamente en la penumbra—. Si tiene que usarla, apunte al pecho. No busque la cabeza, es un blanco muy pequeño. Al bulto.

Ella guardó la Glock en su cintura y se quedó con el revólver en la mano.

—Prefiero este —dijo, acariciando el metal viejo de la .38—. Ya nos conocemos.

Encontré lo que más necesitaba: el radio. Estaba enganchado en el chaleco táctico del muerto. Lo encendí y me puse el auricular.

—…Víctor Dos, reporte. Víctor Dos, ¿me copias? —La voz en la radio era impaciente, autoritaria.

—Es el jefe de ellos —susurré—. Están nerviosos. No saben dónde está su hombre.

Entonces, escuché algo más en la radio que me heló la sangre.

—Si no aparece en cinco minutos, quemamos la zona. El Licenciado quiere cenizas si no podemos llevarle a la doctora. Traigan los bidones de la camioneta. Vamos a incendiar el barranco.

Miré a Elena. Ella también había escuchado el zumbido de la voz, aunque no las palabras exactas.

—Van a prender fuego al cerro —le traduje—. Quieren hacernos salir como ratas o quemarnos vivos.

Elena miró hacia la maleza seca que nos rodeaba. En esta época del año, la Sierra de Guadalupe era un polvorín. Una chispa y todo esto se convertiría en un infierno de llamas de diez metros de altura.

—Tenemos que atacar ya —dijo ella. Y ahí estaba otra vez. La transformación completa. Ya no había rastro de la víctima que lloraba en el hospital.

—El plan es el siguiente —dije, sintiendo el peso reconfortante del rifle en mis manos—. Están estacionados arriba, cerca de la entrada de la casa de Rivas. Si van a bajar los bidones, tienen que abrir las camionetas. Ahí es donde los vamos a agarrar.

—Usted no puede subir corriendo —señaló ella mi pierna, que también había recibido un golpe en la caída.

—No voy a correr. Voy a snipear. Usted va a ser mis ojos y mis piernas.

Nos movimos hacia una posición más elevada, trepando por entre las rocas y la basura. El dolor se había convertido en un ruido de fondo constante, una estática blanca que aprendí a ignorar. Nos colocamos detrás de un muro de contención derrumbado, a unos cincuenta metros de donde estaban las camionetas.

Eran tres vehículos ahora. La pick-up blanca y dos SUV negras. Había seis hombres visibles. Estaban sacando garrafas de gasolina.

—Malditos —mascullé.

—¿Cuál es el jefe? —preguntó Elena.

Señalé a un hombre alto, con una chamarra de cuero cara y un sombrero, que daba órdenes señalando hacia el barranco. No llevaba armas largas visibles, solo una pistola con cachas doradas en el cinto. La arrogancia personificada.

—Ese. El del sombrero. Si cae él, la cadena de mando se rompe y entran en caos.

Ajusté la mira del R-15. Mis manos temblaban por la debilidad. Maldita sea. No podía estabilizar el tiro.

—No puedo… —gruñí, frustrado—. Tiemblo demasiado.

Elena se acercó a mí. Se colocó delante, ofreciéndome su hombro como apoyo.

—Apoye el cañón aquí —dijo firme—. Yo no me muevo.

Coloqué el guardamanos del rifle sobre su hombro derecho. Ella se quedó quieta como una estatua, ni siquiera respiraba. A través de la mira, la imagen se estabilizó. La cruz se posó sobre el pecho del hombre del sombrero.

—A la de tres —susurré—. Cuando yo dispare, usted empieza a tirar con el revólver hacia los que están en la caja de la camioneta. Que piensen que somos un pelotón entero.

—Uno…

El viento sopló, moviendo la basura a nuestro alrededor.

—Dos…

Sentí el latido de Elena contra mi brazo. Un corazón fuerte, vivo.

—¡Tres!

Apreté el gatillo. El R-15 rugió, escupiendo fuego.

El hombre del sombrero cayó como si le hubieran cortado los hilos. El impacto en el pecho lo lanzó hacia atrás contra la camioneta.

El caos estalló.

Elena se levantó y disparó tres veces con la .38. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Uno de los hombres que cargaba la gasolina cayó, gritando, agarrándose la pierna. La garrafa se derramó.

—¡Fuego a discreción! —grité, cambiando el selector a ráfaga corta y barriendo la zona.

Los sicarios estaban confundidos. Disparaban a ciegas hacia la oscuridad, hacia el barranco, sin saber de dónde venía la muerte. Las balas zumbaban sobre nuestras cabezas, arrancando pedazos de concreto del muro.

—¡Nos están rodeando por la izquierda! —gritó Elena, señalando una sombra que intentaba flanquearnos.

Giró y disparó sus dos últimas balas. El hombre se agachó, pero no le dio.

—¡Toma la Glock! —le grité.

Ella soltó el revólver vacío y sacó la pistola automática. El sicario se levantó para avanzar, pensando que ella estaba desarmada. Elena disparó. Una, dos, tres veces. El hombre se desplomó.

—¡A la camioneta! —ordené—. ¡Tenemos que llegar a la pick-up!

Me levanté, tambaleándome. Disparé fuego de cobertura mientras Elena corría hacia adelante. Ella se movía rápido, zigzagueando. Llegó a la pick-up y se cubrió tras la llanta delantera. Yo la seguí, sintiendo que cada paso era un clavo ardiendo en mi cuerpo.

Quedaban dos sicarios vivos. Estaban escondidos detrás de la SUV negra.

—¡Salgan con las manos arriba y no los matamos! —grité, aunque no tenía intención de dejarlos vivos. Era para saber dónde estaban por sus voces.

—¡Vete a la verga! —respondió uno, asomándose para disparar.

Mi bala lo encontró antes. Cayó con la mitad de la cara destrozada.

El último tiró el arma y levantó las manos. Era un chavo, no tendría más de veinte años. Tatuajes en la cara, ojos desorbitados de miedo.

—¡No disparen! ¡Me rindo, jefa, me rindo! —gritaba, mirando a Elena.

Elena se acercó a él, con la Glock apuntándole a la cabeza. Yo llegué cojeando detrás de ella, manteniendo el rifle alzado.

—¿Quién los mandó? —preguntó ella. Su voz era hielo puro.

El chico temblaba incontrolablemente.

—El… El Licenciado Ochoa. Dijo que usted sabía dónde estaban las libretas. Las libretas de El Carnicero.

Elena se quedó paralizada un segundo.

—¿Las libretas?

—Sí… dijo que ahí están las cuentas. Los nombres de los políticos, de los generales… todo. Que usted se las llevó cuando escapó.

Elena soltó una risa amarga, incrédula.

—Yo no me llevé nada. Me llevé mi vida y mis traumas. Eso es todo.

—Él no cree eso —lloriqueó el sicario—. Dijo que la trajéramos viva para sacarle la verdad, o muerta para que nadie más las tenga.

—¿Dónde está Ochoa? —intervine yo, presionando el cañón caliente del rifle contra su frente.

—En… en el hospital privado. En Santa Fe. Está enfermo. Necesita un trasplante. Pensó que la doctora… que ella podría…

—¿Operarlo? —Elena estaba atónita—. ¿Me quiere matar o quiere que lo salve?

—Las dos cosas —confesó el chico—. Que lo opere y luego… al pozo.

Un silencio pesado cayó sobre la escena. Los cuerpos de sus compañeros yacían alrededor como basura. El olor a gasolina derramada y sangre era sofocante.

—¿Qué hacemos con él? —me preguntó Elena, sin dejar de apuntarle.

Miré al chico. Era un niño sicario, carne de cañón. Si lo dejábamos ir, avisaría. Si lo llevábamos, era un lastre.

—Vete —dije—. Corre. Y si volteas hacia atrás, te meto un tiro en la espalda.

El chico no se lo pensó dos veces. Se echó a correr hacia la oscuridad del cerro, desapareciendo entre los matorrales.

—¿Por qué lo dejó ir? —preguntó Elena.

—Porque alguien tiene que contar la historia. Alguien tiene que decirles que el fantasma de la doctora no está solo. Que ahora tiene colmillos.

Me subí al asiento del conductor de la pick-up blanca. Las llaves estaban puestas. Bendita negligencia criminal. Elena subió al copiloto.

—¿Sabe manejar esto con un brazo? —preguntó.

—Voy a tener que aprender.

Arranqué el motor. Tenía medio tanque. Suficiente.

Salimos de la Sierra de Guadalupe justo cuando el sol empezaba a romper el horizonte gris y contaminado del Valle de México. Los primeros rayos de luz iluminaban el smog, creando un filtro naranja y tóxico sobre la ciudad infinita.

Manejé hacia la autopista México-Pachuca, alejándonos del centro. El dolor en mi brazo era insoportable, pero la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una claridad mental absoluta.

—Elena —dije, mirando la carretera—. No podemos volver. Lo sabe, ¿verdad? Sofía Ramírez murió anoche en ese hospital. Y la Dra. Elena murió hace seis años.

Ella miraba por la ventana, viendo pasar las casas de ladrillo gris, los espectaculares políticos y la vida cotidiana que empezaba a despertar ajena a nuestra guerra.

—Lo sé —respondió suavemente—. Ya no tengo nombre.

—Esas libretas… —empecé a decir.

Ella se volvió hacia mí. Metió la mano en su sostén y sacó una pequeña memoria USB, vieja y desgastada, envuelta en plástico.

Frené de golpe en el acotamiento, levantando una nube de polvo.

—¿Qué es eso? —pregunté, atónito.

—El Carnicero… antes de morir en la balacera… me la dio. Estaba delirando. Pensó que yo era su madre. Me dijo: “Guárdalo, ama. Aquí está nuestro seguro”. Yo… yo la guardé por instinto. Nunca supe qué había adentro. Nunca tuve el valor de mirarla. Supuse que eran fotos horribles o videos. Pero si son las cuentas… si son los nombres…

Me quedé mirando la pequeña pieza de plástico. Ahí, en la palma de su mano manchada de sangre y tierra, estaba la razón de todo. La razón por la que no la dejaban en paz. La razón por la que podían caer gobiernos enteros.

—Tiene una bomba nuclear en la mano, doc —le dije.

—¿Qué hacemos con ella? ¿La tiramos? ¿La destruimos?

Miré su cara. Vi las cicatrices invisibles. Vi el dolor de su madre. Vi a mis compañeros muertos en la sierra buscando un fantasma. Vi la impunidad de este país que nos escupe y nos traga.

—No —dije, y una sonrisa torva se formó en mis labios—. No la destruimos. La usamos.

—¿Cómo?

—El Licenciado Ochoa está en Santa Fe, esperando un hígado o un riñón o lo que sea, y esperando esta memoria. Vamos a ir a visitarlo. Pero no para operarlo.

—¿Vamos a ir a Santa Fe? —Elena parecía asustada, pero también intrigada.

—No hoy. Primero necesitamos curarnos. Necesitamos descansar. Conozco un lugar en Hidalgo. Un rancho viejo de un tío que no hace preguntas. Nos vamos a esconder ahí. Vamos a sanar. Usted me va a arreglar este brazo bien, con tiempo y anestesia si conseguimos tequila. Y yo… yo le voy a enseñar a disparar ese R-15 para que no falle ni una.

Elena cerró el puño sobre la USB y asintió lentamente.

—Y luego… —dijo ella, completando mi pensamiento—. Luego vamos por ellos. Por todos. Por los que dan las órdenes desde sus oficinas con aire acondicionado mientras nosotros nos matamos en el lodo.

—Exacto. Ya no somos presas, Elena. Somos la limpieza.

Volví a arrancar la camioneta. El motor rugió, fuerte, sano, listo para devorar kilómetros.

—Póngame un nombre —dijo ella de repente, mientras la ciudad quedaba atrás en el espejo retrovisor.

—¿Cómo?

—Si Elena y Sofía están muertas, necesito un nombre de guerra. Si vamos a ser cazadores, necesito un nombre.

Pensé un momento. Miré sus manos, capaces de sanar y de matar. Miré su resistencia.

Adelita —dije—. Como las mujeres de la Revolución. Las que iban a la guerra y no se rajaban.

Ella sonrió. Una sonrisa verdadera, que le llegó a los ojos por primera vez en años.

—Adelita. Me gusta. Y usted, Sargento… usted será “El Coyote”. Porque es feo, necio y difícil de matar.

Solté una carcajada que me dolió en las costillas, pero que me supo a gloria.

—Trato hecho, Adelita.

La camioneta se perdió en la bruma de la mañana, llevando a dos fantasmas armados hacia el norte. México seguía siendo un lugar peligroso, brutal y despiadado. Pero ahora, en alguna carretera perdida, había dos personas que ya no tenían nada que perder y todo por vengar.

La historia de la víctima había terminado. La leyenda de La Adelita y El Coyote acababa de comenzar. Y el miedo… el miedo acababa de cambiar de bando.

FIN.

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