Salí de la oficina del caporal con la cabeza baja y los bolsillos casi vacíos, sintiendo las miradas de lástima de mis compañeros, sin imaginar que en menos de tres días pasaría de ser un peón desempleado a dueño de un imperio ganadero que dejaría al rancho que me corrió en la completa ruina y desesperación.

Jamás pensé que un simple viernes de septiembre partiría mi vida en dos. El polvo del corral todavía flotaba en el aire caliente de la tarde cuando don Jacinto, el caporal, me mandó llamar a la oficina principal.

Su cara, curtida por el sol y llena de arrugas, tenía esa expresión dura que yo ya conocía bien. Era la mirada de un hombre que disfruta dar malas noticias. Ni siquiera tuvo la decencia de mirarme a los ojos cuando soltó el golpe.

—Escucha, muchacho —dijo, revisando unos papeles sin importancia—. Vamos a hacer cambios. Ya no requerimos tus servicios aquí.

Sentí como si un toro me hubiera pateado en el pecho. Llevaba tres años dejándome la piel en ese rancho, aguantando veranos infernales y fríos que calaban los huesos. Conocía cada rincón de esa tierra, el temperamento de cada animal.

—¿Es por lo del incidente de la tormenta? —pregunté, con la voz temblorosa pero firme, recordando cuando cuestioné su necedad de mover al ganado en pleno aguacero.

Jacinto por fin levantó la vista. Su mandíbula estaba tensa. —Es por tu actitud, chamaco. ¿Crees que sabes más que gente que ha estado ranchando desde antes que nacieras?.

Sentí el calor subiendo por mi cuello, la rabia atorada en la garganta. —Solo intentaba proteger al ganado, patrón.

—Pues ahora puedes ir a proteger el ganado de otro —me interrumpió fríamente, deslizando un sobre amarillo sobre el escritorio—. Ahí está tu liquidación. Quiero tu catre limpio y tus cosas fuera para el domingo.

Salí de esa oficina sintiendo que el sol de la tarde quemaba más de lo normal, como si el mundo se hubiera vuelto más hostil de golpe. Mis compañeros desviaban la mirada; unos con lástima, otros aliviados de que la guadaña no les hubiera caído a ellos.

Tenía 48 horas para largarme y ni la más mínima idea de a dónde ir. Me senté en mi camastro, viendo mis pocas pertenencias, pensando que todo estaba perdido.

Pero el sábado por la mañana, un golpe seco en la puerta lo cambiaría todo. El cartero estaba ahí, con una carta certificada y cara de disculpa por despertar a alguien tan temprano. El remitente hizo que el corazón se me detuviera: “Bufete de Abogados Witmore y Asociados”.

Mis manos temblaban mientras rasgaba el papel. Leí las primeras líneas y sentí que el piso se movía bajo mis pies:

“Estimado Sr. Mateo Ramírez, con respecto a la herencia de su tío abuelo, Ezra…”.

¿Tío Ezra? El pariente lejano, la “oveja negra” que había desaparecido en las montañas hacía décadas…. Según el papel, yo era su único heredero. Y lo que me dejaba no era una deuda, ni un problema…

Me dejaba un rancho entero. Tierras, ganado, todo. El abogado decía que tenía que presentarme el lunes a primera hora.

LEÍ LA CARTA TRES VECES, ¿PODRÍA SER ESTO REAL O UNA BROMA CRUEL DEL DESTINO?

PARTE 2: EL LEGADO DEL FANTASMA Y EL ADIÓS AL INFIERNO

Me quedé ahí parado, en medio de ese cuarto de cuatro por cuatro que olía a humedad y a sudor viejo, con la carta temblando entre mis dedos callosos. El papel se sentía pesado, no por el gramaje, sino por lo que cargaba: una promesa que sonaba demasiado buena para ser verdad, y al mismo tiempo, demasiado cruel si resultaba ser una mentira.

“Ezra”. El nombre resonaba en mi cabeza como un eco lejano, rebotando contra las paredes despintadas de la barraca. Mi madre, que en paz descanse, rara vez hablaba de él. Para la familia, el tío Ezra era una sombra, un borrón en las fotos viejas, el hombre que un día agarró su sombrero, montó un caballo flaco y se perdió en la sierra para nunca más volver. Decían que estaba loco, que el sol le había tostado el juicio, o que simplemente era un ermitaño que odiaba a la gente. “La oveja negra”, susurraban mis tías cuando creían que yo no escuchaba. Y ahora, esa oveja negra, ese fantasma familiar, me estaba extendiendo la mano desde la tumba justo cuando el mundo se me venía encima.

Leí la carta una cuarta vez. Y una quinta. Buscaba la trampa. Buscaba las letras chiquitas que dijeran que todo era una broma de mal gusto, o que la herencia consistía en una montaña de deudas impagables. Pero no. El lenguaje era formal, seco, legal. “Heredero universal”. Esas dos palabras brillaban como oro molido en la hoja blanca.

Me senté en el borde de mi catre, ese colchón hundido que me había dejado la espalda hecha girones durante tres años. Afuera, la vida del rancho seguía como si nada. Escuchaba los mugidos del ganado, el relinchar de los caballos, las voces de los otros peones gritándose órdenes. El sonido de las espuelas contra la tierra seca. Ese sonido que hasta hace unas horas era mi vida entera, ahora me parecía ajeno, lejano. Como si yo ya fuera un espectro vagando entre ellos, invisible, ya no parte de la manada.

Tenía que irme. Jacinto me había dado hasta el domingo, pero la carta decía que debía presentarme en la ciudad, en el despacho de esos abogados de nombre rimbombante, el lunes a primera hora. Mi mente era un torbellino. ¿Qué hacía? ¿Le gritaba al mundo mi suerte? No. Algo dentro de mí, un instinto de supervivencia que había aprendido a golpes, me dijo que cerrara la boca. El silencio es el mejor amigo del hombre cuando la envidia ronda cerca, y en ese rancho, la envidia crecía más rápido que la mala hierba.

Me levanté y busqué mi vieja maleta de lona debajo de la cama. Estaba llena de polvo y tenía el cierre medio atorado, pero servía. Comencé a empacar mis cosas, y fue ahí donde la tristeza me pegó un golpe bajo. Es curioso cómo la vida de un hombre cabe en tan poco espacio cuando eres pobre. Tres camisas de trabajo, dos pantalones de mezclilla desgastados hasta el hilo en las rodillas, un par de botas viejas que usaba para descansar, una navaja que fue de mi papá, y una foto arrugada de mi madre. Eso era todo. Tres años de trabajo, de levantarme a las cuatro de la mañana, de tragar tierra y aguantar gritos, resumidos en un bulto que no pesaba ni diez kilos.

Mientras doblaba mi única camisa “de vestir” —una prenda a cuadros que guardaba para ir al pueblo los domingos—, la puerta de la barraca se abrió de golpe. Era Pancho, uno de los pocos compañeros que a veces me compartía de su taco. Entró limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo, dejando un rastro de mugre en su piel morena. Se detuvo en seco al ver la maleta abierta sobre el catre.

—¿Ya te vas, Mateo? —preguntó, bajando la voz, como si hablar conmigo fuera contagioso.

Asentí sin mirarlo, concentrado en alisar una arruga de la camisa. No quería que viera mis ojos. No quería que viera la mezcla de miedo y esa extraña esperanza que me quemaba el pecho.

—El patrón no estaba jugando, ¿verdad? —insistió Pancho, acercándose un poco, pero manteniendo la distancia. Se recargó en el marco de la puerta, mirando hacia afuera para asegurarse de que nadie viniera—. Es una c*brona injusticia, mano. Tú eres el que más le sabe a esto de los animales. El Jacinto ese no distingue una vaca de una mula si no le ponen letrero.

Solté una risa seca, sin humor. —Ya ves cómo es esto, Pancho. No importa lo que sepas, importa a quién le lames las botas. Y yo nunca tuve buen sabor de boca para eso.

Pancho suspiró y negó con la cabeza, pateando un poco de tierra del suelo. —¿Y pa’ dónde vas a jalar? ¿Tienes a dónde caer?

Ahí estaba la pregunta del millón. Sentí el peso de la carta en el bolsillo trasero de mi pantalón. Quemaba contra mi piel. Podría haberle dicho. Podría haberle dicho que tal vez, solo tal vez, mi suerte había cambiado para siempre. Pero miré a Pancho, con su ropa remendada y sus manos destrozadas por el trabajo duro, y me dio vergüenza. Vergüenza de tener una salida cuando él se quedaba en el infierno.

—Voy a buscarle al norte —mentí, cerrando la maleta con fuerza—. Tengo un primo en Sonora que dice que hay jale en la pizca. A ver qué sale.

—Pues que Dios te bendiga, Mateo —dijo él, extendiéndome la mano. Se la estreché. Su agarre era fuerte, honesto—. Te vamos a extrañar. Bueno, los que no somos unos lambiscones, claro.

Cuando Pancho se fue, terminé de limpiar mi rincón. Jacinto había dicho que quería el catre limpio, y por mi madre que se lo iba a dejar más limpio que su propia conciencia. Barrí el suelo, sacudí el colchón, quité las telarañas del techo. Quería irme con la frente en alto. Que no dijeran que Mateo Ramírez era un puerco, aunque me hubieran tratado como tal.

La tarde cayó pesada y naranja sobre el rancho. El calor no daba tregua. Agarré mi maleta y me eché la mochila al hombro. Salí de la barraca y el sol me golpeó la cara por última vez en ese lugar. Caminé hacia la salida, cruzando el patio central. Sentía las miradas. Sentía los ojos de los otros peones clavados en mi espalda, algunos murmurando, otros simplemente observando en silencio, agradecidos de no ser yo.

Y entonces lo vi.

Jacinto estaba en el porche de la casa grande, sentado en su mecedora, con una cerveza fría en la mano. Me vio venir. No se movió. No dejó de mecerse. Solo me siguió con la mirada, con esa sonrisa burlona torcida en la comisura de los labios. Esa sonrisa que decía: “Te gané, piojoso. Te aplasté”.

Me detuve a unos diez metros de él. El polvo se levantaba alrededor de mis botas. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en las sienes. Tenía ganas de gritarle. Ganas de sacar la carta y restregársela en la cara. Ganas de decirle: “¡Ríete ahora, viejo m*ldito! ¡Voy a ser patrón! ¡Más patrón que tú!”. La rabia me hervía en la sangre, caliente y espesa. Imaginé por un segundo subir las escaleras, tirarle la cerveza de un manotazo y ver cómo su cara de soberbia se transformaba en miedo.

Pero me contuve. Apreté los puños tan fuerte que las uñas se me clavaron en las palmas. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire caliente y seco del rancho que me había robado tres años de vida.

—Que le aproveche la cerveza, don Jacinto —dije, con voz tranquila, lo suficientemente fuerte para que me oyera—. Cuidado no se le vaya a atorar.

Él soltó una carcajada corta, como un ladrido. —Lárgate ya, muerto de hambre. Y cierra el portón cuando salgas, no se nos vaya a meter la basura de nuevo.

No dije más. Giré sobre mis talones y caminé hacia el portón grande de madera y alambre. Cada paso que daba me sentía más ligero. Al cruzar el umbral, al escuchar el chirrido de las bisagras oxidadas y el golpe seco del cerrojo al cerrar, sentí que me quitaba una losa de encima. Estaba desempleado, con poco dinero en la bolsa y sin casa, pero por primera vez en mucho tiempo, era libre.

Caminé hasta la carretera, esa tira de asfalto gris que cortaba el desierto en dos. Tuve que esperar dos horas bajo el sol hasta que pasó el camión guajolotero que iba hacia la ciudad. Me subí, pagué mi pasaje contando las monedas con cuidado, y me fui al asiento de hasta atrás. El motor rugía y el camión olía a diesel y a gallinas, pero para mí era el carruaje hacia mi destino.

Llegué a la ciudad ya de noche. Las luces de los espectaculares y el tráfico me aturdieron un poco después de tanto tiempo en el silencio del campo. Busqué una pensión barata cerca del centro, un lugar de mala muerte donde las paredes eran de papel y se escuchaba todo lo que hacían los vecinos. Me encerré en el cuartucho, puse una silla atrancando la puerta por si las dudas, y saqué la carta otra vez.

Esa noche no dormí. Me la pasé mirando el techo manchado, con la carta sobre el pecho. Mi mente creaba escenarios. ¿Y si el tío Ezra solo me dejó un pedazo de tierra estéril donde no crecen ni los nopales? ¿Y si el rancho está embargado hasta el cuello? ¿Y si es una trampa de alguien para cobrarme alguna deuda vieja de la familia? El miedo es canijo, se te mete en los huesos cuando estás solo y a oscuras. Pero cada vez que el miedo me quería ganar, recordaba la cara de Jacinto. Recordaba su risa. Y eso me daba fuerzas. Fuera lo que fuera que me hubiera dejado el tío Ezra, iba a hacer que valiera la pena. Aunque fuera un corral de dos por dos, lo iba a trabajar hasta que fuera el mejor de todo México.

El lunes amaneció nublado. Me bañé con agua fría, me rasuré con cuidado usando la navaja de mi padre y me puse mi camisa de cuadros y mis pantalones menos rotos. Boleé mis botas con un poco de grasa que traía hasta que brillaron decentemente, aunque no podían ocultar lo viejas que eran. Me miré en el espejo roto del baño de la pensión. Veía a un chamaco asustado, flaco, con la piel quemada por el sol, tratando de parecer un hombre de negocios.

—Tú puedes, Mateo. Tú puedes —me dije a mí mismo.

Salí a la calle y pregunté cómo llegar a la dirección del bufete. Resultó estar en la zona más “fifi” de la ciudad, donde los edificios eran de cristal y la gente caminaba con trajes que costaban más de lo que yo ganaba en un año. La gente se me quedaba viendo. Un vaquero con ropa de trabajo y una maleta vieja en medio de ejecutivos con maletines de cuero. Sentía sus miradas de desprecio, igual que las de Jacinto, pero esta vez no bajé la cabeza. Apreté el paso.

El edificio “Torre Platinum” era imponente. El guardia de la entrada me detuvo, mirándome de arriba abajo con desconfianza.

—¿A dónde va, joven? La entrada de proveedores es por atrás —dijo, bloqueándome el paso con el brazo.

Sentí el calor en la cara. Otra vez lo mismo. —No soy proveedor. Tengo una cita —dije, sacando la carta arrugada de mi bolsillo—. Con el Licenciado Witmore. A las nueve.

El guardia miró la carta, luego me miró a mí, y soltó una risita burlona. —¿Tú? ¿Con el licenciado Witmore? No me hagas perder el tiempo, vete a pedir limosna a otra pa…

En ese momento, un hombre de traje gris impecable salió de los elevadores y caminó hacia nosotros. —¿Algún problema, Ramírez? —preguntó el hombre al guardia, pero mirándome a mí.

—Este… este sujeto dice que tiene cita con el Licenciado Witmore, señor —tartamudeó el guardia.

El hombre de traje me miró fijamente. Tenía ojos claros y una expresión indescifrable. Extendió la mano. —¿Usted es Mateo Ramírez?

—Sí, señor. A sus órdenes.

—Soy el Licenciado Roberto Witmore hijo. Lo estamos esperando. Pase, por favor.

La cara del guardia se desencajó. Se puso pálido y se hizo a un lado rápidamente, murmurando una disculpa que ni escuché. Entré al edificio caminando sobre pisos de mármol tan brillantes que podía ver el reflejo de mis botas gastadas. Subimos en un elevador que se sentía como una nave espacial, silencioso y rápido. Piso 20.

La oficina del abogado era más grande que la casa principal del rancho donde trabajaba. Ventanales enormes que daban a toda la ciudad, muebles de madera oscura que olían a cera y a dinero, alfombras tan gruesas que mis botas se hundían. Me sentí pequeño, insignificante. Me senté en una silla de cuero frente a un escritorio inmenso.

El Licenciado Witmore padre, un hombre mayor de pelo blanco y lentes gruesos, estaba sentado ahí. Me miró con curiosidad, sin el desprecio al que estaba acostumbrado.

—Mateo Ramírez —dijo, con voz grave y pausada—. Tienes los ojos de tu abuela. Ezra siempre hablaba de los ojos de su madre.

—Yo… no conocí a mi tío Ezra, señor —dije, colocando las manos sobre mis rodillas para que no vieran que me temblaban.

—Lo sé. Ezra era un hombre… particular. Solitario. Difícil —El abogado abrió una carpeta de piel sobre el escritorio—. Pero también era un hombre de palabra y de mucha visión. Hace seis meses vino a verme. Sabía que estaba enfermo y que no le quedaba mucho tiempo. Me dio instrucciones muy precisas. Me dijo: “Busca a mi sobrino nieto, al hijo de Elena. Investiga si es buen hombre, si es trabajador. Si es un vago, dona todo a la beneficencia. Pero si tiene callos en las manos y fuego en el corazón, dáselo todo”.

Tragué saliva. —¿Y qué… qué es “todo”, licenciado?

El abogado sonrió levemente y empujó un documento hacia mí. —Ezra no solo se fue a la sierra a esconderse, Mateo. Se fue a trabajar. Compró tierras cuando nadie daba un peso por ellas. Tierras que resultaron tener los mejores mantos acuíferos de la región. Tierras que colindan con la nueva carretera federal.

Mis ojos recorrían el papel, pero las cifras me bailaban. —No entiendo…

—Mateo, tu tío Ezra te dejó la Hacienda “La Soledad”. Son tres mil hectáreas de tierra de pastoreo y cultivo, quinientas cabezas de ganado Brangus de registro, maquinaria, y una cuenta bancaria con fondos suficientes para operar el rancho por cinco años sin preocuparte por las ventas.

El mundo se detuvo. El sonido del aire acondicionado desapareció. Tres mil hectáreas. El rancho donde me acababan de correr tenía apenas quinientas. Ganado de registro. Eso valía una fortuna.

—¿Es… es en serio? —mi voz salió como un hilo.

—Es muy en serio. Pero hay una condición —dijo el abogado, su tono se volvió más serio.

Mi corazón se saltó un latido. Ahí estaba el truco. —¿Cuál condición?

—Ezra quería que el rancho se trabajara. No quiere que lo vendas. El testamento estipula que debes vivir ahí y operarlo personalmente durante al menos un año antes de poder tomar cualquier decisión de venta. Si fallas, si abandonas, la propiedad pasa al Estado. ¿Aceptas el reto?

Pensé en Jacinto. Pensé en el catre sucio. Pensé en mis manos callosas y en el hambre que había pasado. Pensé en la injusticia de ser tratado como basura solo por ser pobre.

—No voy a vender, licenciado —dije, levantando la vista, sintiendo una fuerza nueva nacer en mi pecho—. Voy a hacer de esa hacienda la mejor del estado. Se lo juro por mi madre.

—Excelente —El abogado sacó un juego de llaves pesadas y antiguas—. Firme aquí, aquí y aquí.

Firmé. Mi firma, que siempre había sido garabatos en nóminas de miseria, ahora valía millones.

—Hay algo más —dijo el abogado mientras guardaba los documentos—. La Hacienda “La Soledad” está ubicada en el municipio de San Pedro.

Me quedé helado. San Pedro. Eso estaba a solo veinte kilómetros del rancho de Jacinto. Éramos vecinos. O mejor dicho… ahora yo era la competencia.

—El chofer lo llevará. Su nueva camioneta está en el estacionamiento. Es parte de la herencia. Ezra insistió en que necesitaría un buen vehículo para el terreno.

Bajé al estacionamiento como en un sueño. Cuando el chofer me señaló una camioneta 4×4 del año, color negro, robusta como un tanque, sentí que las piernas se me doblaban. Me subí al asiento del conductor. Olía a nuevo. Puse las manos en el volante forrado de piel.

Arranqué el motor y el rugido de la máquina me hizo vibrar el alma. Salí de la ciudad manejando con precaución, pero a medida que tomaba la carretera, la confianza empezó a llegar. Veía el paisaje pasar, el mismo desierto de siempre, pero ahora se veía diferente. Ya no era un lugar hostil que me quería matar de sed; ahora era mi tierra. Mi reino.

Manejé durante dos horas. Cuando vi el letrero de “San Pedro”, el corazón se me aceleró. Seguí las indicaciones del GPS que traía la camioneta. Me desvié por un camino de terracería en mucho mejor estado que el del rancho de Jacinto.

Y entonces, tras subir una loma, la vi.

La entrada era un arco de piedra enorme, con letras de hierro forjado que decían: “HACIENDA LA SOLEDAD”. Pero lo que me quitó el aliento no fue el letrero, sino lo que había detrás. No era una casucha vieja. Era una casa grande, estilo colonial, pintada de blanco y rojo, con tejas impecables. Había corrales bien pintados, graneros enormes, y a lo lejos, pastizales verdes que parecían alfombras, gracias a sistemas de riego que se veían funcionando a todo vapor.

Detuve la camioneta en la entrada. Me bajé. El viento me golpeó la cara, pero esta vez no traía polvo, traía olor a alfalfa fresca y a tierra mojada.

Un hombre mayor, montado a caballo, se acercó al portón desde adentro. Llevaba un rifle colgado al hombro, pero lo bajó al ver la camioneta nueva.

—¡Buenas tardes! —gritó—. ¿Qué se le ofrece? ¡Esta es propiedad privada!

Me acerqué a la reja. Mis botas viejas pisaron firme la tierra de la entrada. Me quité el sombrero.

—Buenas tardes —respondí, con una voz que yo mismo desconocía, llena de autoridad—. Soy Mateo Ramírez. Soy el sobrino de Don Ezra. Y soy el nuevo dueño.

El hombre abrió los ojos como platos. Se bajó del caballo rápidamente y se quitó el sombrero. —¡Patrón! Disculpe usted, el licenciado nos avisó, pero no lo esperábamos tan pronto. ¡Ábranle al patrón! —gritó hacia atrás.

Dos muchachos corrieron a abrir el portón pesado. Entré caminando, dejando la camioneta atrás por un momento. Quería entrar a pie. Quería sentir que entraba por mi propio pie a mi nueva vida.

Mientras caminaba hacia la casa principal, el caporal (el hombre que me había recibido) caminaba a mi lado, explicándome cosas, pero yo solo escuchaba a medias. Mi mente estaba maquinando.

—Oiga, patrón —dijo el caporal, cuyo nombre supe después era Don Anselmo—, estamos un poco cortos de personal para la temporada que viene. Necesitamos contratar gente de confianza.

Me detuve en seco. Miré hacia el horizonte, hacia donde se ocultaba el sol. Hacia el oeste, donde sabía que estaba el rancho de Jacinto. Una idea se formó en mi cabeza. Una idea peligrosa, dulce y justa.

—No se preocupe por eso, Don Anselmo —dije, dibujando una media sonrisa—. Yo sé dónde encontrar a los mejores hombres. Y sé exactamente a quiénes vamos a traernos.

—¿Ah sí? ¿De dónde, patrón?

—Del rancho vecino. Del rancho “El Mezquite”.

Don Anselmo me miró confundido. —Pero… dicen que Don Jacinto es muy celoso con su gente. No los va a querer soltar.

—No se preocupe —dije, reanudando la marcha hacia la casa grande—. No les voy a pedir permiso. Les voy a ofrecer dignidad. Y créame, Don Anselmo… vamos a vaciarle el rancho a ese viejo, peón por peón.

Entré a la casa grande. El recibidor era fresco. Había fotos de Tío Ezra en las paredes. Un hombre con cara dura, pero ojos tristes. “Gracias, tío”, susurré.

Esa noche, dormí en una cama King Size con sábanas de hilo. Pero antes de cerrar los ojos, hice una lista mental. La lista de mis excompañeros. Pancho, el Gordo, Luis… todos los que aguantaban las humillaciones de Jacinto por necesidad. Mañana empezaría mi plan. No solo se trataba de disfrutar mi herencia. Se trataba de hacer justicia.

El martes por la mañana, me subí a mi camioneta nueva. Pero no iba a supervisar mis tierras. Iba de regreso al rancho “El Mezquite”. No iba a entrar, claro. No todavía. Me estacioné en el camino vecinal, justo por donde pasaban los peones cuando salían a arrear el ganado a los pastizales lejanos.

Esperé. Como a las diez de la mañana, vi la polvareda. Eran ellos. Venían a caballo, sudando, con Jacinto gritándoles desde atrás como siempre.

Bajé el vidrio de la camioneta polarizada. Esperé a que pasara Pancho. Él iba cabizbajo, en un caballo flaco.

—¡Pancho! —grité.

Él volteó, buscando quién le hablaba desde esa camioneta de lujo. Cuando me vio, casi se cae del caballo. Frenó en seco. —¿Mateo? ¿Eres tú? ¿Qué haces en esa nave? ¿La robaste?

—No, hermano. Es mía. —Sonreí—. Y vengo a hacerte una oferta que no vas a poder rechazar. ¿Cuánto te paga Jacinto a la semana?

—Pues… ya sabes. Mil quinientos pesotes. Y la comida aparte.

—Te pago tres mil. Casa digna. Comida incluida. Y seguro médico.

Pancho se quedó mudo. Los otros peones se empezaron a detener, curiosos. Jacinto, al ver el alboroto, espoleó su caballo y se vino hacia nosotros hecho una furia.

—¡Hey! ¿Qué está pasando aquí? ¡A trabajar, bola de huevones! —gritó Jacinto, agitando el fuete. Luego vio la camioneta. Me vio a mí. Se quedó petrificado. Su cara pasó de roja a blanca en un segundo.

—¿Mateo? —preguntó, con la voz quebrada por la incredulidad.

Me bajé de la camioneta. Mis botas nuevas brillaban. Me ajusté el sombrero. Me paré frente a él, pero esta vez, yo no era el peón que bajaba la mirada.

—Buenas tardes, Don Jacinto —dije, disfrutando cada sílaba—. Vengo a robarle un poco de su tiempo. Y de paso… a su mejor gente.

Jacinto temblaba de rabia, pero también de miedo. No entendía qué pasaba. No entendía cómo el “basura” que corrió el viernes estaba ahí parado, desafiándolo, oliendo a éxito.

—Tú no puedes estar aquí… lárgate de mi propiedad —mascuñó, pero sin fuerza.

—Estoy en la vía pública, Jacinto. Y estos hombres son libres. —Me dirigí al grupo de peones que nos miraba con la boca abierta—. Señores, soy el nuevo dueño de la Hacienda La Soledad. Necesito caporales, vaqueros y gente de campo. Pago el doble que aquí, doy prestaciones y trato de gente, no de animales. El que quiera, que me siga ahorita mismo.

Hubo un silencio tenso. Jacinto miró a sus hombres, amenazante. —El que se vaya, no vuelve. Se los advierto.

Pancho miró a Jacinto. Luego me miró a mí. Luego miró al horizonte. Escupió al suelo, justo a los pies del caballo de Jacinto. —Pues entonces ch*ngue a su madre su rancho, patrón —dijo Pancho—. Yo me voy con Mateo.

Pancho espoleó su caballo hacia mí. Y detrás de él, uno por uno, comenzaron a moverse. —Yo también voy. —Y yo. —Ya estuvo bueno de hambre.

En cuestión de minutos, Jacinto se quedó solo en medio del camino. Rojo de ira, gritando maldiciones al viento. Yo me subí a mi camioneta. Pancho y los otros diez hombres me seguían a caballo, como una pequeña armada de la libertad.

Lo vi por el retrovisor. Jacinto, pequeño, solo, derrotado en medio de su propio polvo.

—Esto apenas empieza, viejo —murmuré para mí mismo.

Regresamos a La Soledad en caravana. La sensación de victoria era embriagadora, pero sabía que Jacinto no se iba a quedar de brazos cruzados. Era un hombre vengativo, conectado con gente peligrosa en el pueblo. Sabía que al llevarme a sus hombres le había declarado la guerra. Y una guerra en el rancho no se pelea con papeles, se pelea con fuego y sangre si es necesario.

Esa noche, mientras organizaba el alojamiento para mi nueva cuadrilla, escuché un ruido en el límite norte de la propiedad. Un estruendo seco. Luego, vi humo.

Corrí al balcón de la casa grande. A lo lejos, uno de mis graneros de pastura estaba ardiendo. Las llamas iluminaban la noche como un aviso del infierno.

—¡Patrón! —gritó Don Anselmo subiendo las escaleras—. ¡Le prendieron fuego al granero del norte! ¡Dicen que vieron una camioneta con las placas tapadas salir quemando llanta hacia el lado de El Mezquite!

Apreté la barandilla del balcón hasta que mis nudillos se pusieron blancos. El fuego se reflejaba en mis ojos. Jacinto había tirado la primera piedra. Quería asustarme. Quería que el “chamaco” saliera corriendo.

No sabía con quién se había metido. El Mateo sumiso había muerto el viernes pasado.

—Que nadie se acerque al fuego sin equipo —ordené con frialdad—. Dejen que se queme ese granero. Pero preparen los caballos y las armas para mañana.

—¿Qué vamos a hacer, patrón? ¿Llamar a la policía? —preguntó Anselmo, asustado.

Me di la vuelta y lo miré a los ojos. —No, Anselmo. La policía tarda mucho y resuelve poco. Mañana vamos a hacerle una visita de cortesía a mi vecino. Vamos a enseñarle que con la Hacienda La Soledad nadie se mete.

Entré a la oficina de Tío Ezra y abrí el viejo armario de armas. Saqué un rifle Winchester que brillaba bajo la luz de la lámpara. Lo cargué. El sonido metálico del cartucho entrando en la recámara fue la única música que necesitaba.

La guerra había comenzado. Y yo no pensaba perderla.

PARTE 3: SANGRE EN LA ALAMBRADA Y LA SOMBRA DEL NARCO

El olor a madera quemada no se fue con el amanecer. Se quedó pegado en el aire de la Hacienda La Soledad como una advertencia silenciosa, pesada y gris. Me levanté antes de que el sol terminara de despuntar sobre la Sierra Madre, con los ojos ardiendo por la falta de sueño y la rabia todavía hirviendo en el estómago. Bajé a la cocina de la casa grande, donde la señora Lucha, la cocinera que había trabajado para mi tío Ezra por veinte años, ya tenía el café de olla listo y unas tortillas de harina recién hechas sobre el comal.

—Buenos días, patrón —dijo ella, sirviéndome una taza de peltre humeante—. Se ve que no pegó el ojo.

—No hay descanso cuando tienes al diablo de vecino, Doña Lucha —respondí, tomando un sorbo del café dulce y especiado—. ¿Los muchachos ya desayunaron?

—Ya, patrón. Don Anselmo los tiene en el corral principal. Están nerviosos, Mateo. No están acostumbrados a esto. Ellos son gente de campo, no pistoleros.

Doña Lucha tenía razón. Pancho y los demás habían dejado “El Mezquite” buscando dignidad y mejores sueldos, no una guerra civil. Sabía que tenía que manejar esto con cuidado. Si les exigía demasiado, si los ponía en la línea de fuego sin razón, me quedaría solo otra vez. Y un patrón solo en estas tierras es hombre muerto.

Salí al porche. El aire fresco de la mañana me golpeó la cara. Me ajusté el cinturón, sentí el peso de la pistola escuadra .45 que había encontrado en la caja fuerte de mi tío, junto a una nota que decía: “Para las alimañas de dos patas”. Caminé hacia los corrales. Mis hombres, mi nueva “familia”, estaban reunidos alrededor de Don Anselmo. Al verme llegar, se hizo un silencio respetuoso, pero tenso. Pancho se adelantó un paso.

—Mateo… digo, patrón —corrigió Pancho, aunque le hice un gesto para que no se preocupara por las formalidades—. Vimos lo del granero. Quedó hecho cenizas. Esa fue obra de Jacinto, no hay duda.

—Lo sé, Pancho —dije con voz firme, mirando a cada uno a los ojos—. Y por eso mismo no vamos a quedarnos de brazos cruzados. Jacinto cree que porque soy joven me voy a asustar. Cree que voy a agarrar mis maletas y regresar a la ciudad a esconderme bajo la cama. Pero se le olvida que yo comí la misma tierra que ustedes.

—Pero él tiene gente pesada, Mateo —intervino “El Gordo” Luis, un vaquero robusto que siempre había sido el más miedoso del grupo—. Dicen que su patrón, el dueño real de El Mezquite, no es ganadero… dicen que anda en “la maña”.

Ese era el rumor que siempre había circulado. Jacinto era solo el caporal, el perro guardián. El verdadero dueño era un tal Don Salustiano, un hombre que rara vez se dejaba ver, pero cuyo nombre se pronunciaba en susurros en las cantinas del pueblo. Si Jacinto había ido a llorarle a Salustiano, la cosa se iba a poner fea de verdad.

—No me importa si es el mismo diablo, Luis —respondí, subiendo el tono—. Esta es mi tierra. Y nadie, escúchenme bien, nadie va a venir a quemar mi patrimonio sin pagar las consecuencias. Ahora, escuchen el plan. No vamos a ir a matarnos a lo tonto. Vamos a pegarles donde más les duele: en el orgullo y en la bolsa.

Expliqué mi estrategia. No íbamos a atacar la casa de Jacinto de frente; eso sería un suicidio. Íbamos a cortarles el acceso al agua. El arroyo “Las Víboras” nacía en los altos de La Soledad y bajaba hacia El Mezquite. Según los papeles que leí anoche en el despacho de mi tío, teníamos el derecho legal de represar el agua para “mantenimiento” por 48 horas. Sin agua, el ganado de Jacinto empezaría a bramar en menos de un día. Era una jugada legal, pero agresiva.

—Anselmo, lleva a cuatro hombres a la compuerta norte. Cierren el paso. Quiero guardias armados ahí día y noche. Si ven a alguien de Jacinto acercarse, tiran al aire. Si siguen avanzando, tiran a dar a las piernas. ¿Entendido?

—Entendido, patrón —dijo el viejo caporal, con un brillo de emoción en los ojos. Al parecer, él también tenía cuentas pendientes con los vecinos.

—Pancho, tú y yo vamos a ir al pueblo. Vamos a poner la denuncia por el incendio. Quiero que quede constancia legal. No porque crea que la policía va a hacer algo, sino para que cuando Jacinto intente alguna cochinada legal, tengamos con qué defendernos.

Nos subimos a la camioneta negra. Pancho iba de copiloto, acariciando el tablero de lujo con incredulidad.

—Quién lo diría, mano —dijo mientras salíamos por el arco de piedra de la hacienda—. Hace tres días estábamos paleando estiércol y ahora andamos en nave del año y declarando guerras. ¿No te da miedo?

—Me da pavor, Pancho —confesé, sin quitar la vista del camino de terracería—. Pero me da más miedo volver a ser el de antes. Prefiero morir defendiendo esto que vivir agachando la cabeza.

Llegamos al pueblo de San Pedro cerca del mediodía. Era un pueblo típico del norte: una plaza seca con un kiosco despintado, una iglesia que parecía que se iba a caer, y un calor que derretía el asfalto. Estacioné la camioneta frente a la comandancia municipal. Al bajarnos, sentí las miradas. En un pueblo chico, las noticias vuelan más rápido que las moscas a la miel. Ya todos sabían quién era yo. “El nuevo patrón”. “El heredero”.

Entramos a la comandancia. El comandante, un tipo gordo con la camisa desabotonada y manchas de salsa en la corbata, nos recibió con desgano.

—¿Qué se le ofrece, joven? —preguntó, sin levantar la vista de su celular.

—Vengo a levantar un acta por daño en propiedad ajena e incendio provocado en la Hacienda La Soledad —dije, poniendo mis manos sobre su escritorio.

El comandante levantó la vista lentamente. Me miró, luego miró a Pancho. Soltó una risita nerviosa. —Ah, usted es el famoso Mateo Ramírez. Mire, joven… aquí entre nos, mejor déjelo así. Esos son pleitos de rancheros. El fuego pudo ser un accidente, un rayo, qué sé yo.

—No hubo nubes anoche, comandante —repliqué secamente—. Y encontramos huellas de llantas que van directo al rancho El Mezquite.

El gordo se puso serio. Se inclinó hacia adelante y bajó la voz. —Mire, muchacho. Le voy a dar un consejo de compas. No le mueva. La gente de El Mezquite… tiene amigos. Amigos que no le convienen. Si levanto el acta, mañana va a desaparecer el papel. Y pasado mañana, a lo mejor desaparece usted.

Sentí la sangre subirme a la cabeza. La corrupción apestaba más que el drenaje. —Levante el acta, comandante —exigí, sacando mi celular—. O ahorita mismo hago una transmisión en vivo y le cuento a todo el estado que usted se niega a hacer su trabajo. Y créame, tengo abogados en la capital que se van a comer vivo su puestecito.

El comandante palideció. Sabía que ahora yo tenía dinero. Y el dinero compra abogados. A regañadientes, sacó un formulario y empezó a escribir. —Está bien, está bien. Pero conste que se lo advertí.

Salimos de ahí con la copia de la denuncia en la mano. Pancho estaba pálido. —Mateo, ese gordo tiene razón. Nos estamos metiendo en la boca del lobo.

—Si no nos metemos, el lobo nos come en nuestra propia casa, Pancho.

Antes de regresar al rancho, pasamos a la ferretería a comprar candados, cadenas y alambre de púas. Mientras cargábamos las cosas en la caja de la camioneta, una Lobo blanca con vidrios polarizados se detuvo lentamente junto a nosotros. El vidrio del copiloto bajó.

Ahí estaba Jacinto. Pero no venía solo. Manejando iba un tipo que no conocía, un sujeto calvo con tatuajes en el cuello y lentes oscuros. No parecía vaquero. Parecía sicario.

—Bonita camioneta, Ramírez —dijo Jacinto, con esa sonrisa burlona que tanto odiaba —. Lástima que se vaya a echar a perder tan pronto.

—Más lástima me da tu ganado, Jacinto —respondí, recargándome en mi camioneta con una calma que no sentía—. Escuché que el arroyo Las Víboras se secó de repente. Qué tragedia, ¿no? Con este calor…

La sonrisa de Jacinto se borró de golpe. —¿Qué hiciste, imbécil?

—Mantenimiento de la presa. Es mi derecho legal. Y va a durar lo que tenga que durar. Tal vez dos días, tal vez una semana. ¿Cuánta agua tienes en tus tanques? ¿Para un día? ¿Dos?

Jacinto se puso rojo como un tomate. Hizo ademán de abrir la puerta, pero el tipo de los tatuajes le puso una mano en el pecho y lo detuvo. El calvo se inclinó y me miró por encima de sus lentes. Sus ojos eran fríos, muertos.

—Disfruta tu juego mientras puedas, niño —dijo el calvo con una voz rasposa—. El agua busca su cauce. Y la sangre también.

La Lobo arrancó quemando llanta, dejándonos en una nube de polvo. Pancho estaba temblando. —Ese era “El Tuercas”, Mateo. Es gente de los Beltrán. Sicarios. Ya valimos madre.

—Súbete, Pancho —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Vamos al rancho. Tenemos que prepararnos.

El regreso fue silencioso. Mi mente trabajaba a mil por hora. Había provocado a la bestia. Cerrarles el agua fue una declaración de guerra total. Sabía que esa noche atacarían. No iban a esperar a que el ganado muriera de sed.

Al llegar a La Soledad, el ambiente era frenético. Don Anselmo había organizado a los muchachos. Habían sacado armas viejas de las bodegas: escopetas de caza, rifles .22, machetes. Parecíamos un ejército de revolucionarios pobres.

—Cerraron la compuerta como ordenó, patrón —informó Anselmo—. El arroyo ya es un hilo de agua. En El Mezquite deben estar secos para la tarde.

—Bien. Ahora escuchen todos —grité para que me oyeran—. Esta noche van a venir. No sé cómo, pero vendrán. Quiero guardias en el perímetro. Nadie duerme hoy. Si ven luces, avisan por radio. No disparen a menos que les disparen. No quiero muertos si podemos evitarlo, pero defiendan su vida.

La tarde cayó lentamente, pintando el cielo de morado y rojo sangre. Me encerré en la oficina de mi tío Ezra. Necesitaba pensar. Empecé a revisar los cajones del escritorio, buscando algo, lo que fuera, que me ayudara a entender por qué mi tío había sobrevivido tanto tiempo solo en medio de tiburones.

En el fondo de un cajón falso, encontré un diario. Era de cuero viejo. Lo abrí al azar. La letra de mi tío era picuda y fuerte.

“15 de Octubre de 2015. Salustiano vino otra vez. Quiere comprar la parte norte para sus pistas clandestinas. Le dije que se fuera al diablo. Me amenazó con quemarme vivo. Le mostré que tengo copias de sus transacciones con el alcalde. El miedo cambió de bando. Mientras yo tenga esas copias, soy intocable”.

¡Eso era! Mi tío no solo era valiente, era astuto. Tenía información. “Seguro de vida”, le llaman. Busqué frenéticamente en el cajón. Papeles, recibos, mapas… nada. ¿Dónde estarían esas copias?

Entonces recordé algo que el Licenciado Witmore dijo: “Ezra era un hombre de palabra… pero también muy desconfiado”. Si yo fuera un viejo paranoico, ¿dónde escondería lo más valioso que tengo?

Miré alrededor de la oficina. Cuadros de caballos, trofeos de caza, libros viejos. Mi vista se detuvo en una foto enmarcada sobre la chimenea. Era una foto de mi tío Ezra joven, abrazando a mi madre cuando era niña. Era la única foto personal en todo el cuarto.

Me acerqué. Quité el marco. Deslicé la tapa trasera. Ahí estaba. Un sobre manila delgado pegado con cinta adhesiva al reverso de la foto.

Mis manos temblaban al abrirlo. Eran fotos. Fotos borrosas pero claras: camiones de carga descargando paquetes en la noche, reuniones entre Jacinto y el alcalde, números de cuentas bancarias. Esto era dinamita pura. Con esto podía hundir a Jacinto, al Comandante gordo y a medio pueblo. Pero también era mi sentencia de muerte si sabían que lo tenía.

Guardé el sobre en mi chamarra. Ahora tenía un as bajo la manga.

La noche llegó cerrada, sin luna. El silencio del campo era tan profundo que lastimaba los oídos. Estaba en el porche, con el rifle sobre las piernas, esperando. De repente, la radio de onda corta crepitó.

—¡Patrón! ¡Patrón! —era la voz de Luis, que estaba en la entrada sur—. ¡Se ven luces! ¡Son muchas camionetas! ¡Vienen por la brecha vieja!

—¡No disparen todavía! —ordené—. ¡Déjenlos entrar al callejón de los nogales! ¡Ahí los embotellamos!

El callejón de los nogales era un camino estrecho flanqueado por árboles enormes. Si entraban ahí, no podrían dar vuelta ni maniobrar.

Corrí hacia allá, seguido por Pancho y Anselmo. Nos escondimos detrás de los troncos gruesos. El rugido de motores se acercaba. Eran motores potentes, V8. Vi los faros cortando la oscuridad. Una, dos, tres camionetas. Venían rápido.

La primera camioneta, una Cheyenne blindada artesanalmente, entró al callejón. —¡Ahora! —grité.

Don Anselmo jaló una cuerda que habíamos preparado. Un tronco enorme, que habíamos cortado y dejado en equilibrio sobre las ramas altas, cayó con estruendo justo frente a la primera camioneta, bloqueando el camino.

El conductor frenó de golpe, derrapando. Las camionetas de atrás chocaron levemente entre sí. —¡Luces! —ordené.

Mis hombres encendieron los reflectores de los tractores que habíamos escondido a los lados. La luz cegadora iluminó a los invasores. Eran unos quince hombres, armados hasta los dientes, bajando de las camionetas confundidos.

Disparé un tiro al aire con mi Winchester. El estruendo retumbó en la noche.

—¡Están rodeados! —grité con toda la fuerza de mis pulmones—. ¡Tiren las armas o los barremos!

Hubo un momento de duda. Los sicarios miraban a todos lados, tratando de ver cuántos éramos. La luz de los reflectores no los dejaba ver que solo éramos diez vaqueros asustados con escopetas viejas.

De la segunda camioneta bajó “El Tuercas”. No soltó su cuerno de chivo. Miró hacia la oscuridad donde estaba mi voz.

—¡Ramírez! —bramó—. ¡Deja de jugar a los soldaditos! ¡Entréganos el agua o te juro que no amanece ninguno de tus peones!

—¡El agua es mía! —respondí—. ¡Y esta tierra también! ¡Lárguense o llamo a la Marina!

El Tuercas soltó una carcajada. —¡La Marina no entra aquí, estúpido! ¡Aquí mandamos nosotros!

Levantó su rifle y soltó una ráfaga hacia los árboles. Las balas zumbaron sobre mi cabeza, arrancando corteza y hojas.

—¡Fuego! —gritó Anselmo.

El infierno se desató. Mis hombres dispararon. Escopetazos, tiros de .22, el caos total. Vi caer a uno de los sicarios, agarrándose la pierna. No éramos soldados, pero conocíamos el terreno. Estábamos protegidos por los árboles y la oscuridad, mientras ellos eran patos de feria bajo los reflectores.

La balacera duró apenas un minuto, pero pareció una eternidad. Los vidrios de las camionetas estallaron. Los sicarios se cubrían detrás de las puertas blindadas.

—¡Alto el fuego! —grité de nuevo.

El silencio volvió, interrumpido solo por los quejidos del herido y el sonido de casquillos calientes cayendo al suelo.

—¡Escúchame bien, Tuercas! —grité—. ¡Tengo el sobre! ¡Tengo el sobre de mi tío Ezra! ¡Sé lo de las pistas! ¡Sé lo del alcalde!

Eso detuvo todo. El Tuercas se congeló. Hizo una señal con la mano y sus hombres bajaron las armas. —¿De qué estás hablando? —preguntó, con voz más cauta.

—Las fotos. Las cuentas. Todo lo que mi tío guardó por años. Si algo me pasa a mí o a mi gente, ese sobre llega mañana a la Fiscalía General en la Ciudad de México. Y no a la estatal, a la federal. Y también a la prensa.

Era un blofeo a medias. Tenía el sobre, pero no sabía si llegaría a tiempo. Sin embargo, en el mundo del narco, la información es más peligrosa que las balas.

El Tuercas dudó. Sabía que si eso salía a la luz, su jefe, el verdadero patrón, le cortaría la cabeza. —Mientes —dijo, pero sin convicción.

—Pruébame —dije—. Vete ahorita. Dile a Jacinto y a tu patrón que la Hacienda La Soledad es zona neutral. Yo no me meto en sus negocios, ustedes no se meten en mi rancho. Abriré la compuerta del agua mañana al mediodía si se van ahora. Si no, quemen todo si quieren, pero ustedes caen conmigo.

El Tuercas escupió al suelo. Miró a sus hombres, miró el tronco bloqueando el camino. Sabía que estaban en una mala posición táctica y que el riesgo de la información era demasiado alto.

—Tienes agallas, vaquero —gruñó—. Abre esa m*ldita agua mañana. Si no, voy a regresar y no voy a hablar, voy a entrar cortando cabezas. ¡Vámonos!

Los sicarios subieron a los heridos a las camionetas. Dieron marcha atrás con dificultad, maniobrando en el camino estrecho, y salieron de ahí levantando polvo.

Cuando las luces rojas de las calaveras desaparecieron en la distancia, mis piernas cedieron. Me dejé caer sentado junto al nogal, temblando incontrolablemente. Pancho llegó corriendo y me abrazó.

—¡Lo logramos, c*brón! ¡Se fueron! —gritaba, llorando y riendo a la vez.

Don Anselmo se acercó, revisando su escopeta. —No cante victoria, muchacho. Esto fue solo el primer round. Pero les dimos un susto que no van a olvidar.

Esa noche, nadie durmió. Reforzamos las guardias. Yo me quedé en el porche, con el sobre de mi tío apretado contra el pecho. Había ganado una batalla, pero la guerra apenas empezaba. Sabía que “El Tuercas” no perdonaría la humillación. Y sabía que Jacinto estaría planeando algo más sucio.

Al día siguiente, cumplí mi palabra. Abrí la compuerta del agua al mediodía. Vi cómo el caudal volvía a correr hacia El Mezquite. No quería que murieran los animales; ellos no tenían la culpa de la maldad de sus dueños.

Pasaron dos días en una calma tensa. Mis hombres trabajaban con el rifle al hombro. Yo me dediqué a aprender a administrar el rancho. Los números eran buenos, pero necesitábamos vender ganado pronto para tener flujo de efectivo y pagar los sueldos prometidos y las mejoras de seguridad.

El jueves, recibí una llamada. Era el Licenciado Witmore.

—Mateo, tengo noticias —su voz sonaba preocupada—. Ha habido movimientos extraños. Un sindicato agrario acaba de meter una demanda reclamando la titularidad de las tierras de La Soledad. Dicen que eran ejidales y que tu tío se las apropió ilegalmente hace treinta años.

Sentí un frío en el estómago. —Eso es mentira, licenciado. Tengo las escrituras.

—Lo sé, pero este sindicato es poderoso. Y adivina quién está detrás de ellos.

—Jacinto —dije, apretando el teléfono.

—Peor. El líder sindical es compadre del tal Salustiano. Quieren quitarte el rancho por la vía “legal”. Han convocado a una asamblea para el sábado. Quieren tomar posesión de las tierras a la fuerza, apoyados por gente del pueblo a la que han acarreado con mentiras.

Colgué el teléfono. Así que esa era la jugada. Ya no balas, sino política sucia. Iban a usar a la gente pobre del pueblo, a los mismos que yo quería ayudar dando trabajo, para quitarme mi herencia.

Salí al patio. Miré mis tierras. Tres mil hectáreas de esperanza que ahora estaban a punto de ser invadidas por una turba manipulada.

—Pancho, junta a los muchachos —dije con voz cansada pero decidida.

—¿Otra balacera, patrón? —preguntó él, preocupado.

—No. Esta vez vamos a pelear con la verdad. Vamos a hacer una carne asada.

—¿Una qué?

—Una carne asada. Grande. Para todo el pueblo. Vamos a invitar a todos los que Jacinto está acarreando para la invasión.

—Estás loco, Mateo. Te van a linchar.

—O me van a escuchar. Jacinto los controla con miedo y hambre. Yo les voy a dar comida y respeto. Vamos a matar tres novillos. Quiero música, quiero cerveza, quiero fiesta. Si van a venir a quitarme mi tierra, que primero coman de ella.

El viernes fue una locura. Matamos tres novillos Brangus. Doña Lucha y las mujeres de mis peones prepararon salsas, frijoles charros y arroz para un regimiento. Mandé a poner letreros en el camino y en el pueblo: “GRAN COMIDA EN HACIENDA LA SOLEDAD. TODOS INVITADOS. TRABAJO Y COMIDA PARA EL PUEBLO. ATTE: MATEO RAMÍREZ”.

El sábado por la mañana, la tensión se cortaba con cuchillo. Veíamos desde la loma cómo se acercaban camiones y camionetas. Eran cientos de personas. Gente humilde, gente con hambre, pero también gente azuzada por los agitadores del sindicato.

Llegaron al portón principal. Al frente venía un tipo gordo con megáfono, gritando consignas: “¡Muerte al latifundio!”, “¡La tierra es de quien la trabaja!”.

Yo estaba parado en la entrada, solo, sin armas visibles. Detrás de mí, mesas largas con comida humeante, el olor a carne asada inundando el aire.

—¡Buenos días! —grité, interrumpiendo al del megáfono—. ¡Bienvenidos a su casa!

La multitud se detuvo, confundida. Esperaban guardias armados, no un banquete.

—¡No lo escuchen! —gritó el líder sindical—. ¡Nos quiere comprar con tacos! ¡Esas tierras son de ustedes!

—¡Estas tierras son de quien las ama! —respondí, caminando hacia la reja y abriéndola yo mismo—. Señores, soy Mateo Ramírez. Fui peón como ustedes hasta hace una semana. Sé lo que es tener hambre. Sé lo que es que te traten como basura. Jacinto y este señor les dicen que roben esta tierra. Yo les digo: vengan a trabajarla conmigo.

Hubo murmullos. El olor a carne asada era irresistible.

—¡Les ofrezco sueldos justos! ¡Seguro social! ¡Y un trato digno! —continué—. Pero primero, coman. Nadie puede pensar con la panza vacía.

Un niño se soltó de la mano de su madre y corrió hacia las mesas. Nadie lo detuvo. Doña Lucha le dio un taco enorme. El niño mordió y sonrió. Eso rompió el dique. La gente empezó a entrar, tímida al principio, luego en masa.

El líder sindical gritaba, furioso, tratando de detenerlos, pero el hambre y el olor a hospitalidad eran más fuertes que su retórica política. En media hora, la “invasión” se había convertido en una fiesta.

Me mezclé entre la gente, sirviendo cervezas, saludando manos callosas, escuchando historias. Les conté quién era, les hablé de mi tío Ezra, les prometí que La Soledad sería un motor para el pueblo, no una fortaleza cerrada.

Entre la multitud, vi a Jacinto. Estaba en una camioneta a lo lejos, observando con binoculares. Pude sentir su odio. Su plan de usar al pueblo como arma se le había volteado. Ahora el pueblo estaba de mi lado.

Cerca del atardecer, cuando la gente ya estaba llena y feliz, alguien me tocó el hombro. Era un viejo campesino, con sombrero de paja deshilachado.

—Oiga, patrón… digo, Mateo —dijo el viejo—. Yo conocí a su tío. Era bravo, pero justo. Usted se parece a él. Oiga, tenga cuidado.

—¿Por qué lo dice, abuelo?

—Porque vi a unos hombres… hombres que no son de aquí. Se metieron a las caballerizas mientras todos comían. Llevaban bidones.

Mi sangre se heló. Bidones. Gasolina.

Corrí hacia las caballerizas, ubicadas detrás de la casa grande. Pancho me vio correr y me siguió. —¡Anselmo! ¡A las caballerizas! —grité por el radio.

Al llegar, el olor a gasolina era penetrante. Tres hombres estaban rociando el combustible sobre la paja seca, justo donde estaban mis caballos pura sangre.

—¡Hey! —grité, sacando mi pistola.

Uno de ellos se giró y disparó sin apuntar. La bala pegó en un poste de madera a centímetros de mi cara. Me tiré al suelo. Pancho llegó y disparó su escopeta al aire.

—¡Prende el cerillo, idiota! —gritó uno de los intrusos.

Vi caer el fósforo en cámara lenta. La paja se encendió con un “woosh” aterrador. El fuego trepó por las paredes de madera en segundos. Los caballos empezaron a relinchar de terror, pateando las puertas de sus cubículos.

—¡Los caballos! ¡Saquen a los caballos! —grité desesperado, olvidándome de los sicarios que escapaban por la parte trasera.

Me metí al infierno. El humo era negro y denso. El calor era insoportable. Pancho y yo abríamos las trancas, golpeando a los animales para que salieran.

—¡Falta “Relámpago”! —gritó Anselmo, refiriéndose al semental más valioso del rancho, el caballo favorito de mi tío.

Estaba al fondo. Las llamas ya bloqueaban el pasillo. Me cubrí la boca con mi pañuelo y corrí a través del fuego. Sentí el calor chamuscarme las cejas. Llegué al cubículo de “Relámpago”. El animal estaba loco de miedo, parándose en dos patas.

—¡Tranquilo, chico! —le grité, tratando de cubrirle los ojos con mi chamarra.

Logré abrir la puerta. Me monté en él a pelo, agarrándome de las crines. —¡Vámonos! —le clavé los talones.

El caballo saltó a través de las llamas, derribando una viga que caía. Salimos disparados hacia el aire fresco de la tarde, justo cuando el techo de las caballerizas se venía abajo con un estruendo brutal.

Caí del caballo al pasto, tosiendo humo negro, con los pulmones ardiendo. Pancho estaba a mi lado, echándome agua en la cara.

—¡Estás loco, Mateo! ¡Estás loco! —me decía, con lágrimas en los ojos.

Me incorporé a medias. Miré las caballerizas convertidas en una hoguera. La gente del pueblo, los mismos que habían venido a invadir, ahora hacían cadenas humanas con cubetas de agua, ayudando a mis hombres a controlar el fuego para que no llegara a la casa.

Ahí estaba mi respuesta. Había perdido un granero y las caballerizas, pero había ganado algo más importante: la lealtad de la gente.

Jacinto había cometido un error fatal. Atacar durante una fiesta familiar, poner en peligro a gente inocente… eso no se perdona en México.

Me puse de pie, tambaleándome. Don Anselmo se acercó.

—Agarramos a uno, patrón. La gente lo agarró cuando trataba de brincar la cerca. Le dieron una paliza que no va a olvidar.

—Tráiganmelo.

Arrastraron a uno de los incendiarios hasta mis pies. Estaba golpeado, sangrando. —¿Quién te mandó? —le pregunté, con voz ronca por el humo.

—Fue… fue Jacinto. Dijo que si no podíamos quitarte la tierra, te la quemáramos toda.

Miré a la multitud. Cientos de caras enojadas miraban al prisionero. Ya no me veían como el “rico”. Me veían como la víctima. Como uno de los suyos siendo atacado por el cacique abusador.

—Súbanlo a la camioneta —ordené—. Vamos a llevarlo al pueblo. Pero no a la policía. Lo vamos a llevar a la plaza principal. Y él va a confesar delante de todos, con micrófono abierto.

Esa noche, San Pedro cambió para siempre. La confesión pública del sicario, transmitida en redes sociales por los jóvenes del pueblo, se hizo viral en minutos. #JusticiaParaMateo se volvió tendencia.

Jacinto estaba acabado socialmente, pero yo sabía que una bestia herida es más peligrosa antes de morir.

Al regresar al rancho, exhausto, cubierto de hollín, encontré algo en la puerta de la casa grande. No era una amenaza. Era una caja de regalo pequeña, elegante.

La abrí con cuidado. Adentro había una bala de plata con mi nombre grabado y una nota escrita con letra cursiva elegante:

“Me gusta tu estilo, muchacho. Tienes los pantalones que a Jacinto le faltan. Pero te estás metiendo en ligas mayores. Hablemos. Mañana, solo, en la capilla abandonada del cerro. – Salustiano”.

El verdadero patrón quería negociar. O matarme. Miré la bala de plata. Brillaba bajo la luz de la luna.

—Prepara mi caballo para mañana temprano, Pancho —dije, cerrando la caja con un golpe seco—. Voy a ir a misa.

—¿Vas a ir solo? Es una trampa segura.

—No, Pancho. No voy solo. —Me toqué el pecho, donde guardaba el sobre de mi tío—. Voy con el fantasma de Ezra cuidándome la espalda.

La guerra por la tierra había terminado. La guerra por el poder apenas comenzaba. Y yo, Mateo Ramírez, el peón que se convirtió en patrón, estaba listo para verle la cara al diablo.

PARTE FINAL: EL PACTO DE SANGRE Y EL NUEVO AMANECER

El sol de la mañana pegaba diferente ese domingo. No era el sol picante y trabajador que te quema la nuca cuando andas en la pizca o arreando vacas; era un sol frío, pálido, como si el mismo cielo tuviera miedo de lo que iba a pasar. Me levanté de la cama sintiendo que los huesos me pesaban una tonelada. La bala de plata que Salustiano me había dejado en la puerta la noche anterior descansaba sobre mi mesa de noche, brillando con una ironía macabra. No era solo una amenaza, era una invitación al infierno, y yo tenía boleto de primera fila.

Me vestí despacio. No me puse la ropa de patrón, ni la camisa de lino que me había comprado en la ciudad. Me puse mis jeans viejos, los que tenían la marca de la montura en la entrepierna, y la camisa de franela que usaba cuando llegué, aunque ya me apretaba un poco en los hombros. Quería que Salustiano viera a Mateo Ramírez, el hombre de campo, no al heredero disfrazado. Me calcé las botas, sentí el cuero rígido abrazarme los tobillos y, por último, tomé el sobre manila que había encontrado detrás de la foto de mi tío Ezra. Ese sobre pesaba más que la pistola .45 que me fajé en la cintura. Ahí iba mi vida, o mi muerte.

Bajé las escaleras de la casa grande. El silencio en la hacienda era sepulcral. No se oían los gallos, ni el tintineo de las cucharas en la cocina de Doña Lucha. Todos sabían a dónde iba. Todos sabían que quizás no volviera.

En el porche me esperaban Pancho y Don Anselmo. Pancho tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando o fumando toda la noche, y Anselmo masticaba una rama seca con nerviosismo, con la escopeta recargada en el hombro.

—El “Relámpago” está listo, patrón —dijo Anselmo, señalando al caballo que habíamos salvado del fuego apenas unas horas antes. El animal tenía algunas chamuscadas en el pelo y se veía inquieto, resoplando vapor por la nariz, pero estaba fuerte. Era un sobreviviente, igual que nosotros.

—Gracias, Anselmo —respondí, acariciando el cuello del animal para calmarlo. Sentí su pulso fuerte bajo la piel caliente.

—Mateo, por la virgencita, no vayas —suplicó Pancho, agarrándome del brazo. Su agarre era desesperado—. Es una trampa. Salustiano no juega limpio. Te van a venadear antes de que llegues a la capilla. Deja que le hablemos a los federales, o vámonos de aquí. Tienes lana, vamonos pal norte de verdad, a Estados Unidos.

Le quité la mano suavemente, mirándolo con una tristeza que me calaba hondo. Pancho había sido mi hermano en la desgracia, mi compañero de hambre y ahora mi teniente en la guerra.

—Si me voy, Pancho, Jacinto gana. Si me voy, le estamos diciendo a todos los caciques de México que pueden pisotearnos nada más porque tienen dinero y armas. Mi tío Ezra no se fue. Él aguantó treinta años solo. Yo no voy a ser el que entregue la plaza. Además, Pancho… —bajé la voz—, si no arreglo esto hoy, nos van a cazar uno por uno. A ti, al Gordo, a Lucha. Salustiano no deja cabos sueltos.

Pancho bajó la cabeza, derrotado por la lógica brutal de nuestra realidad. —Entonces déjanos ir contigo. Vamos a rodear el cerro. Si se oye un tiro, entramos con todo.

—No —fui tajante—. La nota decía “solo”. Si ven gente, no van a hablar, van a disparar. Y yo necesito hablar. Necesito que entiendan que las reglas del juego cambiaron. Cuida el rancho, Pancho. Si para el mediodía no he vuelto… abre el sobre que le dejé a Doña Lucha y mándalo a la prensa. Y luego, corran. Corran lejos.

Me subí a “Relámpago” de un salto. El caballo caracoleó, ansioso. Ajusté mi sombrero, eché una última mirada a la Hacienda La Soledad, que se veía majestuosa y herida con las cicatrices del incendio en las caballerizas, y clavé las espuelas.

El camino hacia la capilla abandonada del cerro era una brecha de cabras, empinada y llena de piedras sueltas. El paisaje se volvía más árido conforme subía. Los huizaches y los mezquites daban paso a rocas peladas y cactus que parecían dedos acusadores apuntando al cielo. El viento soplaba fuerte allá arriba, un viento seco que te resecaba la garganta y te llenaba los ojos de polvo.

Mientras subía, mi mente repasaba el plan. No tenía plan. Solo tenía la verdad y un sobre con fotos viejas. ¿Sería suficiente? Salustiano era una leyenda urbana, un fantasma. Decían que controlaba alcaldes, jueces y policías. ¿Qué le iba a importar a él un puñado de fotos de hace años? Pero mi tío Ezra había escrito: “Mientras yo tenga esas copias, soy intocable”. Tenía que confiar en el viejo. Tenía que confiar en que el honor todavía valía algo, o al menos, que el miedo a ser expuesto era universal.

Llegué a la cima del cerro a las diez en punto. La capilla era una ruina de piedra cantera, sin techo, con las paredes carcomidas por el tiempo y el abandono. En el centro, donde alguna vez estuvo el altar, había una mesa plegable de plástico y dos sillas. Sentado en una de ellas, dándome la espalda y mirando hacia el valle que se extendía abajo, estaba un hombre.

No había guardias visibles, pero yo sabía que estaban ahí. Sentía las miras de los rifles en mi nuca, escondidos entre los matorrales y las rocas. El silencio era absoluto, solo roto por el chiflido del viento entre las piedras.

Me bajé del caballo y amarré a “Relámpago” a un árbol seco. Caminé despacio hacia la capilla, con las manos bien visibles, lejos de la pistola. El sonido de mis botas contra el suelo de piedra resonaba como tambores de guerra.

—Puntual. Eso es una virtud rara hoy en día —dijo el hombre sin voltear. Su voz era grave, educada, sin el acento golpeado de la gente del campo.

—Me enseñaron que el tiempo de los demás se respeta —respondí, deteniéndome a tres pasos de la mesa.

El hombre se giró lentamente. Don Salustiano no se veía como un monstruo. Era un hombre de unos sesenta años, delgado, bien afeitado, vestido con una guayabera blanca impecable y un sombrero panamá fino. Parecía un abuelo rico de vacaciones, si no fuera por los ojos. Tenía los ojos de un tiburón: negros, sin brillo, sin alma. Me examinó de arriba abajo con una curiosidad clínica.

—Siéntate, Mateo. ¿Te puedo decir Mateo? —señaló la silla vacía frente a él.

—Dígame como quiera, pero vamos al grano —dije, permaneciendo de pie. No iba a sentarme a su mesa como si fuéramos compadres.

Salustiano sonrió, una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Sacó una pitillera de plata, extrajo un cigarro y lo encendió con calma parsimoniosa. —Bravo. Tienes el mismo fuego que tenía Ezra. Ese viejo tozudo… fue el único hombre en esta región al que nunca pude comprar ni matar. Y mira que lo intenté.

—Lo sé. Él me lo contó todo —mentí, tocando el sobre en mi pecho.

—¿Ah, sí? —Salustiano soltó una bocanada de humo azul—. Entonces sabes que esto no es personal, muchacho. Son negocios. Tu tío tenía unas tierras que yo necesito para mis… operaciones logísticas. Rutas, pistas, bodegas. El progreso requiere sacrificio.

—El progreso no se construye quemando el patrimonio de la gente honesta —repliqué, sintiendo la bilis subirme a la boca al recordar los caballos aterrorizados —. Usted mandó a Jacinto a quemar mis caballerizas. Casi matan a gente inocente. Gente del pueblo. Su pueblo.

Salustiano hizo un gesto de desdén con la mano. —Jacinto… Jacinto es una herramienta desafilada. Le pedí que te presionara, no que hiciera un espectáculo. Es un hombre resentido, envidioso. Odia que un “muerto de hambre” como tú ahora tenga lo que él nunca pudo tener. La envidia es mala consejera, Mateo. Por eso quería hablar contigo. Tú no eres como Jacinto. Tú eres inteligente. Tú convertiste una invasión hostil en una fiesta patronal. Eso… eso fue brillante.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. —Te tengo una oferta, Mateo. Olvida las guerras. Olvida a los abogados. Véndeme la mitad norte de la hacienda. Te pago el triple de su valor comercial. En dólares. En efectivo. Mañana mismo. Te quedas con la casa, con el ganado, con el sur del rancho. Y además, te doy mi protección. Nadie, nunca más, te va a molestar. Ni sindicatos, ni policías, ni malandros. Serás el rey de San Pedro.

La oferta flotó en el aire. Era tentadora. Mucho dinero. Paz. Seguridad. Podría darle a Pancho y a los muchachos una vida de reyes. Podría arreglar la casa, comprar más ganado, vivir tranquilo. Solo tenía que ceder un pedazo de tierra. Un pedazo de tierra por donde pasarían drogas y muerte hacia el norte.

Miré hacia el valle. Desde ahí arriba se veía todo. Se veía la Hacienda La Soledad, verde y viva. Se veía el pueblo de San Pedro. Se veía el rancho El Mezquite, seco y triste.

—Mi tío Ezra dejó una cláusula en el testamento —dije suavemente—. Si vendo un solo metro de tierra, pierdo todo. Pero no es por eso que le voy a decir que no.

Salustiano arqueó una ceja, la sonrisa desapareciendo lentamente. —¿Entonces por qué? No me digas que por “moral”. La moral es un lujo de los pobres, Mateo.

—No. Es por memoria. —Metí la mano en mi chamarra. Vi por el rabillo del ojo cómo un movimiento en los matorrales delataba a un tirador preparándose. Salustiano levantó una mano para detenerlos—. No voy a sacar un arma, Don Salustiano. Voy a sacar esto.

Puse el sobre manila sobre la mesa. —Ábralo.

Salustiano me miró fijamente unos segundos, midiendo mis intenciones. Luego, con dos dedos, tomó el sobre y sacó el contenido. Sus ojos recorrieron la primera foto. Luego la segunda. Luego un estado de cuenta bancario. Su expresión no cambió drásticamente, pero vi cómo se le tensaba la mandíbula. El cigarro que sostenía dejó de moverse.

—Estas son copias —dijo finalmente, con voz helada—. ¿Dónde están los originales?

—En un lugar seguro. Y no están solos. Hay una carta notariada, videos y una lista de distribución programada. Si yo no regreso al rancho a las doce, o si algo me pasa en los próximos años… esa información llega a la DEA, a la Marina, y a los noticieros nacionales.

Salustiano soltó una risa seca, sin humor. —Información vieja. El alcalde de las fotos ya ni siquiera vive. Estas cuentas están cerradas.

—Puede ser —admití, jugando mi última carta—. Pero las rutas no han cambiado, ¿verdad? Y los socios tampoco. Ahí hay nombres de gente que está muy arriba, Salustiano. Gente a la que no le gustaría saber que usted permitió que un ranchero guardara registro de sus operaciones por treinta años. Si esto sale, usted no va a ir a la cárcel. Sus propios socios lo van a cazar por incompetente. Por descuidado.

Silencio. Un silencio pesado, denso. El viento pareció detenerse. Salustiano miraba las fotos, calculando probabilidades. Era un hombre de negocios, y yo le estaba presentando un balance de pérdidas y ganancias inaceptable. Matarme era fácil, pero el costo de limpiar el desastre posterior era demasiado alto.

Finalmente, suspiró y volvió a meter las fotos en el sobre. —Ezra… viejo zorro del demonio. Incluso muerto me sigue jodiendo. —Me miró, y por primera vez, vi algo parecido al respeto en sus ojos de tiburón—. Tienes razón, Mateo. El riesgo es inaceptable. Está bien. Tú ganas.

—Quiero garantías —exigí.

—Tienes mi palabra. Y tienes el sobre. Mientras ese sobre siga cerrado, La Soledad es territorio neutral. Nadie de mi gente pisará tu tierra. Retiraré al sindicato. El agua es tuya.

—¿Y Jacinto? —pregunté.

La cara de Salustiano se oscureció. —Jacinto se ha vuelto… inestable. Un buen empleado sabe cuándo obedecer y cuándo improvisar. Jacinto ya no distingue la diferencia. Me ha causado demasiados problemas con su obsesión por ti. No te preocupes por Jacinto. Yo me encargo de limpiar mi propia casa.

Se puso de pie, ajustándose el saco. —Vete, Mateo. Regresa a tus vacas. Pero te advierto una cosa: el mundo da muchas vueltas. Hoy tienes la mano ganadora, pero la baraja nunca se acaba. No te cruces en mi camino otra vez.

—No tengo intención de hacerlo, patrón —dije, usando la palabra con ironía.

Tomé el sobre de la mesa. No iba a dejárselo, obviamente. Me di la media vuelta y caminé hacia “Relámpago”. Sentía un sudor frío bajándome por la espalda. Cada paso que daba alejándome de él esperaba sentir el impacto de una bala. Pero no llegó.

Monté a caballo y comencé el descenso. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener las riendas. Lo había logrado. Había mirado al diablo a los ojos y le había ganado una partida de póker.

Pero la bajada del cerro no iba a ser tan tranquila.

A mitad del camino, donde la brecha se hacía estrecha entre dos paredes de roca, “Relámpago” relinchó y se encabritó de golpe. Una piedra rodó desde arriba.

—¡Así que te crees muy hombre, m*ldito peón!

La voz retumbó en el cañón. Alcé la vista. Arriba, en el borde del barranco, estaba Jacinto. Se veía terrible. La ropa sucia, los ojos desorbitados, una botella de tequila en una mano y una pistola en la otra. No estaba ahí por órdenes de Salustiano. Estaba ahí porque la locura y el odio se lo habían comido vivo.

—¡Jacinto! —grité, tratando de controlar al caballo—. ¡Se acabó! ¡Tu jefe ya pactó! ¡Déjalo ir!

—¡A mí no me manda nadie! —bramó él, tambaleándose—. ¡Tú me quitaste todo! ¡Mi gente, mi respeto, mi rancho! ¡Yo soy el caporal de esta tierra! ¡Yo debería ser el dueño!

—¡Tú nunca fuiste dueño de nada porque no tienes honor! —le respondí, sabiendo que las palabras no iban a servir de mucho, pero necesitaba ganar tiempo.

Jacinto levantó la pistola. —¡Vete al infierno, Ramírez!

Disparó. La bala pegó en la roca a medio metro de mí, llenándome la cara de esquirlas de piedra. “Relámpago” se asustó y salió disparado hacia adelante, galopando desbocado por el sendero pedregoso.

—¡Párate, cobarde! —gritaba Jacinto desde arriba, corriendo paralelo a mí por la cresta del barranco, disparando a lo loco.

Era una cacería. Yo iba abajo, expuesto. Él iba arriba, con ventaja. Otra bala zumbó cerca de mi oído. Saqué mi .45, pero disparar a caballo y hacia arriba era casi imposible. Solo podía correr.

—¡Corre, Relámpago, corre! —le gritaba al caballo.

Pero el camino terminaba en una curva cerrada. Jacinto lo sabía. Se adelantó, cortando camino por entre los matorrales, y apareció justo frente a mí, arriba de una roca grande que dominaba la curva.

Me tenía. Frené el caballo de golpe. “Relámpago” derrapó, levantando una nube de polvo. Jacinto estaba ahí, a diez metros de altura, apuntándome directamente al pecho con una sonrisa demente.

—Salúdame a tu tío Ezra —dijo, amartillando el arma.

Cerré los ojos, esperando el final. Mi mano apretó la pistola, pero sabía que no sería lo suficientemente rápido.

¡BAM!

El disparo sonó como un cañón. Pero yo no sentí nada. Abrí los ojos. Jacinto tenía una expresión de sorpresa absoluta. Soltó la pistola, que cayó rebotando por las piedras hasta mis pies. Luego, se llevó las manos al pecho. Una mancha roja floreció en su camisa sucia. Se tambaleó, dio un paso al vacío y cayó. Cayó como un fardo pesado, golpeando las rocas con un sonido sordo y terrible, hasta quedar inmóvil en medio del camino, a unos metros de mi caballo.

Miré hacia arriba, buscando quién había disparado. En la cresta del cerro, recortada contra el sol, vi la silueta del “Tuercas”, el sicario calvo. Tenía un rifle de francotirador en las manos. Me miró un segundo, hizo un gesto vago de despedida con la mano, y desapareció.

Salustiano había cumplido su palabra. Había limpiado su propia casa.

Me bajé del caballo, con las piernas de gelatina. Me acerqué a Jacinto. Estaba boca arriba, con los ojos abiertos mirando al cielo, esos ojos que tantas veces me habían mirado con desprecio, ahora estaban vidriosos y vacíos. No sentí alegría. No sentí victoria. Sentí una pena profunda. Pena por un hombre que dejó que el veneno de la amargura lo consumiera hasta no dejar nada humano en él.

—Que Dios te perdone, Jacinto —murmuré. Me quité el sombrero por respeto a la muerte, no al hombre.

El regreso al rancho fue lento. Cuando crucé el arco de entrada de La Soledad, me pareció que habían pasado diez años desde que salí esa mañana. Pancho, Anselmo y todos los muchachos estaban en la reja. Al verme aparecer vivo, soltaron un grito que debió escucharse hasta el pueblo.

Pancho corrió y casi me tira del caballo de un abrazo. —¡Estás vivo, cabrón! ¡Estás vivo! —lloraba sin pena.

—Estamos vivos, Pancho. Todos —dije, bajándome y abrazando a mi gente.

Les conté lo que había pasado. Les dije que Jacinto ya no volvería a molestar a nadie. Hubo un silencio sombrío al saber su final, pero luego, una sensación de alivio inmenso inundó el aire. La nube negra que colgaba sobre nosotros se había disipado.

Los días siguientes fueron de reconstrucción. Sin el boicot de Jacinto y con el sindicato retirando la demanda “misteriosamente”, pudimos trabajar. Vendí parte del ganado (la parte que estaba lista, no por necesidad desesperada) y con ese dinero pagué sueldos, compré materiales y empecé a arreglar las caballerizas.

Pero algo había cambiado en mí. Ya no era solo el muchacho que quería probar que valía algo. Ahora entendía el peso de la tierra. Entendía por qué mi tío Ezra vivía solo y amargado; el poder aísla. La responsabilidad endurece.

Un mes después, hice una última cosa para cerrar el ciclo. Fui al cementerio del pueblo. Busqué la tumba de mi tío Ezra. Era una tumba sencilla, de piedra, casi olvidada en una esquina. Limpié la maleza con mis propias manos. Puse un ramo de flores frescas que corté del jardín de la casa grande.

—Tío —dije, hablando con la piedra fría—, tenías razón. La tierra es de quien la defiende. Pero te equivocaste en una cosa. No se puede defender solo. Yo no voy a terminar como tú, viejo y solo en una casa vacía. Yo voy a llenar La Soledad de vida.

Saqué el sobre manila de mi chamarra. Saqué un encendedor. Salustiano había cumplido. Yo también cumpliría mi parte del trato no escrito, pero a mi manera. Quemé las fotos, una por una, viendo cómo los secretos y los pecados se convertían en humo negro y se los llevaba el viento. Ya no necesitaba ese seguro. Mi seguro era mi gente. Mi seguro era el respeto que me había ganado, no el miedo que podía infundir.

Al salir del cementerio, vi que una camioneta nueva entraba al pueblo. Era Pancho. Venía manejando la troca del rancho, y atrás venían Doña Lucha y Anselmo, riéndose. Iban al mercado a comprar provisiones para la fiesta de inauguración de las nuevas caballerizas.

Me sonrieron al verme. —¡Súbale, patrón! —gritó Pancho—. ¡Que hoy hay mole!

Me subí a la camioneta. No en el asiento de atrás como un jefe distante, sino de copiloto, junto a mi amigo. —Dale, Pancho. Vamos a casa.

El sol se ponía sobre San Pedro, pintando todo de dorado. Ya no era un sol pálido de miedo. Era el sol cálido de México, el sol que madura el maíz y curte la piel. Yo era Mateo Ramírez. Ex peón. Ex “muerto de hambre”. Ahora era el Patrón de La Soledad. Y por primera vez en mi vida, sabía exactamente quién era y a dónde pertenecía.

El camino fue largo y lleno de espinas, pero la vista desde aquí… la vista es a toda madre.

FIN. 

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