
El frío en la sierra no perdona, se te mete hasta los huesos como si fueran agujas de hielo. Me llamo Mateo, y esa tarde, mi hermana Lucía y yo sentíamos que el viento nos iba a arrancar la piel.
Estábamos parados en medio de la Tienda de Abarrotes de Don Ramiro, con las manos entumecidas y la vergüenza quemándonos la cara. Solo pedíamos un poco de fiado. Unos clavos, una lona, quizás un costal de avena.
Don Ramiro nos miró como si fuéramos basura que el viento había arrastrado hasta su puerta.
—¿Dicen que se van a meter al pozo del viejo tío Chente? —preguntó, soltando una carcajada seca que hizo que los otros hombres en la tienda voltearan—. ¿Con las vacas?
—Es la única forma —dijo Lucía, con la voz temblorosa pero la mirada firme—. El granero se está cayendo. Si no bajamos, las vacas se m*ren, y nosotros también.
El herrero del pueblo, un tipo enorme que siempre olía a carbón y mezcal, escupió al suelo.
—Eso es lo más estúpido que he oído, chamacos. Se van a asfixiar con el olor a estiércol o se van a congelar ahí abajo. La tierra es una tumba. Lárguense al orfanato antes de que tengamos que sacar sus cuerpos duros en primavera.
Nadie nos defendió. Al contrario, las risas llenaron el local. Nos decían “topos”, “sucios”, “locos”. Don Ramiro se cruzó de brazos sobre el mostrador.
—Aquí no hay caridad para ideas p*ndejas. Si quieren algo, es con dinero en mano. Si no, lárguense a su agujero.
Lucía no lloró. Me apretó la mano tan fuerte que me dolió. Salimos de ahí con las manos vacías, empujando la puerta contra el viento que ya aullaba anunciando la tormenta.
Caminamos de regreso a las ruinas que nos dejó el tío abuelo, en silencio. Sabíamos que la nevada venía. Sabíamos que nadie nos ayudaría.
Al llegar, levantamos la pesada puerta trampa de madera podrida. Abajo, en la oscuridad, se escuchaba la respiración de las tres vacas que ya habíamos logrado bajar a duras penas. Olía a tierra húmeda y a desesperación.
—No vamos a m*rir aquí, Mateo —me susurró Lucía mientras bajábamos la escalera crujiente—. Les vamos a demostrar que se equivocan.
Cerramos la puerta sobre nuestras cabezas justo cuando los primeros copos, gruesos y pesados, empezaron a caer como piedras. No sabíamos que esa noche el mundo de arriba desaparecería bajo el blanco, y que el destino nos tenía preparada una prueba de fuego…
¿QUÉ HARÍAS SI LOS QUE TE HUMILLARON TOCARAN A TU PUERTA PARA NO M*RIR?
PARTE 2: EL INFIERNO BLANCO Y LA VENGANZA DEL POZO
El sonido de la puerta trampa al cerrarse no fue un simple golpe de madera contra madera; fue el sonido de una lápida cayendo sobre nuestras vidas anteriores. En ese instante, cuando la oscuridad nos tragó y el único ruido que quedó fue el de nuestra propia respiración agitada y el resoplido nervioso de las tres vacas, supe que ya no éramos Mateo y Lucía, los huérfanos del pueblo. Ahora éramos criaturas del subsuelo, habitantes de una realidad que los de arriba, con sus casas de ladrillo y sus estufas de gas, no podrían ni imaginar en sus peores pesadillas.
Lucía encendió la vieja lámpara de aceite con manos que temblaban, no por el frío, que todavía no calaba tanto aquí abajo, sino por la adrenalina. La llama parpadeó un momento, como dudando si valía la pena luchar contra tanta negrura, hasta que se estabilizó en un brillo anaranjado y tenue. Esa luz reveló nuestro nuevo mundo: paredes de tierra compactada donde asomaban raíces retorcidas como dedos de muertos intentando entrar, vigas de madera vieja que gemían bajo el peso de la tierra y un suelo cubierto de paja que habíamos robado de la podredumbre del granero superior.
—¿Estás bien? —me preguntó mi hermana. Su voz sonó extraña, amortiguada por la tierra, como si estuviéramos dentro del estómago de una bestia gigante.
—Sí —mentí. No estaba bien. Sentía que el techo se me venía encima. La claustrofobia me golpeó el pecho como un mazo. Quería salir corriendo, abrir esa puerta y enfrentar la nieve, pero sabía que eso era una sentencia de m*erte. Afuera, el viento ya no silbaba; rugía. Era un aullido constante, un lamento furioso que hacía vibrar la tierra sobre nuestras cabezas.
Las vacas, nuestras tres salvadoras flacas —la “Prieta”, la “Manchas” y la vieja “Canela”—, estaban inquietas. Sus ojos grandes y húmedos reflejaban la luz de la lámpara con un miedo instintivo. Ellas sabían, mejor que nosotros, que algo antinatural estaba pasando allá arriba. Nos acomodamos entre ellas. Esa era la estrategia, la locura que nos había ganado las burlas de todo el pueblo: usar el calor corporal de los animales para no congelarnos.
Durante las primeras horas, el olor fue insoportable. Una mezcla densa de estiércol, orina, tierra mojada y sudor rancio. Me dieron ganas de vomitar un par de veces, pero me aguanté. No podíamos darnos el lujo de perder líquidos ni energía. Lucía, más fuerte que yo como siempre, empezó a acomodar nuestras pocas pertenencias en un rincón. Teníamos un par de cobijas roídas, una olla de peltre despostillada, un saco con frijoles crudos, un poco de leña seca que habíamos bajado a escondidas durante semanas y un garrafón de agua a la mitad. Eso era todo nuestro capital. Eso y nuestra dignidad, que allá arriba habían pisoteado hasta cansarse.
Me senté en el suelo, recargando la espalda contra el flanco caliente de la “Prieta”. El calor que emanaba el animal era increíble. Era una estufa viviente. Poco a poco, el asco por el olor dio paso a una gratitud inmensa. Ese olor a mierda era olor a vida. Si olía, es que estábamos calientes. Si olía, es que la sangre seguía corriendo.
—Mateo —dijo Lucía, rompiendo el silencio denso—. ¿Crees que el techo aguante?
Miré hacia arriba. Las vigas eran gruesas, de encino viejo, puestas ahí por nuestro tío abuelo Chente hacía más de cuarenta años. Él había construido este “pozo” como bodega para quesos y refugio contra los bandidos de la época, no para vivir. Pero la madera estaba negra de humedad en algunas partes.
—Aguantará —dije, tratando de convencerme a mí mismo—. El tío Chente sabía lo que hacía. Además, la nieve aísla. Hará de iglú.
Pero la duda se instaló en mi garganta. Si la nevada era tan fuerte como decían, el peso de metros de nieve, sumado a los escombros del granero que seguramente colapsaría encima, podría ser demasiado. Podríamos quedar enterrados vivos. Convertirnos en fósiles abrazados a tres vacas esqueléticas.
Pasaron las horas y perdimos la noción del tiempo. Abajo no hay día ni noche, solo la duración del aceite en la lámpara y el rugido de las tripas. El frío comenzó a filtrarse, no por el aire, sino por el suelo. La tierra chupa el calor. Tuvimos que levantarnos cada cierto tiempo para movernos, para hacer sentadillas, para golpear nuestros brazos.
—Tengo hambre —murmuré, sintiendo un calambre en el estómago.
Lucía sacó un pedazo de tortilla dura que traía en la bolsa de su delantal. La partió exactamente a la mitad.
—Come. Mañana veremos si podemos encender la leñita para calentar los frijoles. Hoy no quiero gastar oxígeno.
Ese era otro miedo: el aire. El pozo tenía un tubo de ventilación, un viejo ducto de metal que salía disimulado entre unos arbustos allá arriba. Pero si la nieve lo tapaba, nos asfixiaríamos lentamente. El dióxido de carbono se acumularía, nos daría sueño, y simplemente no despertaríamos. Me obsesioné con la llama de la lámpara. Si empezaba a achicarse sola, significaba que el oxígeno se acababa.
—Voy a revisar el tubo —dije, poniéndome de pie.
—No seas necio, Mateo. No puedes hacer nada desde aquí. Si sales, el frío te m*ta en dos minutos. Si el tubo se tapa, lo sabremos porque nos dolerá la cabeza. Duérmete.
Me acurruqué contra la vaca otra vez. El sueño me venció, no por cansancio, sino por evasión. Soñé con la tienda de Don Ramiro. Soñé que él nos lanzaba latas de comida, pero al caer al suelo se convertían en piedras. Soñé que el herrero se reía, y su risa era el viento que soplaba afuera. Soñé con mis padres, con el accidente en la carretera que nos dejó solos en este mundo hace tres años, dejándonos a merced de un pueblo que desprecia la pobreza ajena.
Desperté sobresaltado. La lámpara se había apagado. Estábamos en una oscuridad absoluta, tan densa que pesaba sobre los ojos.
—¿Lucía? —grité, con el pánico arañándome la garganta.
—Estoy aquí, tranquilo —respondió ella desde la oscuridad. Su voz sonaba cerca—. Ahorré aceite. No te muevas mucho.
—¿Qué hora es?
—No sé. Arriba debe ser de día, o eso creo. Pero escucha.
Guardé silencio. El rugido del viento había cambiado. Ya no era un aullido constante. Ahora se escuchaban golpes secos, crujidos violentos.
—Se está cayendo el granero —susurró Lucía.
Y entonces sucedió. Un estruendo brutal sacudió nuestro refugio. Tierra y polvo cayeron sobre nosotros desde el techo de madera. Las vacas bramaron, aterrorizadas, y empezaron a patear.
—¡Cálmalas, Mateo! ¡Si golpean una viga nos m*tamos! —gritó Lucía encendiendo un cerillo.
La luz repentina mostró una nube de polvo flotando en el aire. Me abalancé sobre la “Canela”, que era la más nerviosa, abrazándole el cuello y hablándole al oído, aunque yo estaba más asustado que ella.
—Shhh, tranquila, nena, tranquila… solo es ruido, solo es ruido…
Arriba, el mundo se estaba desmoronando. Escuchábamos cómo las viejas paredes del granero de madera cedían ante el peso de la nieve y el viento. Vigas enormes caían sobre la tierra que nos cubría. Cada golpe era una apuesta contra la m*erte. Si una de esas vigas caía de punta y perforaba nuestro techo, sería el fin.
Estuvimos abrazados a los animales durante lo que parecieron horas, rezando oraciones que ni sabíamos que recordábamos. “Dios te salve, María…”, “Padre nuestro…”. No éramos muy religiosos, pero el miedo te hace creyente a la fuerza.
Finalmente, el ruido cesó. Quedó un silencio sepulcral. Un silencio pesado, blanco.
—¿Terminó? —pregunté.
—Creo que el granero ya se cayó por completo —dijo Lucía, limpiándose el polvo de la cara—. Ahora tenemos toneladas de escombros y nieve encima.
—Estamos atrapados.
—Estamos protegidos —corrigió ella, siempre buscando el lado útil a la desgracia—. Con toda esa madera y nieve arriba, el frío no entrará. Ahora somos un búnker de verdad.
Tenía razón. La temperatura en el pozo subió un par de grados. El aislamiento era total. Pero eso también significaba que estábamos completamente aislados del mundo. Si alguien nos buscaba (cosa que dudaba), no nos encontrarían bajo la montaña de ruinas.
Pasamos los siguientes dos días en esa rutina de penumbra. Comíamos frijoles fríos porque el humo de la leña nos hacía toser demasiado. Bebíamos agua a sorbos pequeños. Dormíamos pegados a las vacas. Hablábamos poco para no gastar aire.
En esos momentos de silencio, la mente se te va a lugares oscuros. Empecé a odiarlos. A todos. A Don Ramiro por negarnos crédito. Al herrero por sus burlas. A la señora de la farmacia que nos miraba con asco cuando entrábamos. Odiaba su arrogancia. Ellos, con sus casas “bien hechas”, con sus chimeneas, con sus televisiones. Seguro estaban ahora tomando chocolate caliente, riéndose de los “topos” que seguramente ya estaban congelados.
—Ojalá se les congelen las tuberías —dije en voz alta, con rencor.
Lucía me miró desde la penumbra.
—No gastes energía en odiar, Mateo. El odio no calienta.
—Es que no es justo, Lu. Trabajamos como burros. No le hacemos daño a nadie. ¿Por qué nos tratan así? ¿Solo por ser pobres? ¿Por qué somos “los sucios”?
—Porque les damos miedo —dijo ella, con una sabiduría que no correspondía a sus 18 años—. Les recordamos que la desgracia está a un paso. Que cualquiera puede caer. Y prefieren pisarnos para sentirse más altos.
Al tercer día, el aire empezó a sentirse viciado. Pesado. Me dolía la cabeza constantemente, un latido sordo en las sienes. Las vacas estaban aletargadas, respirando lento.
—El tubo —dije—. Se está tapando.
Lucía no me contradijo esta vez. Ella también se frotaba la frente.
—Tenemos que abrir la puerta trampa. Solo un poco. Para que entre aire.
—Pero están los escombros encima.
—Tenemos que intentarlo.
Subimos la escalera crujiente. Me dolían las piernas por la inactividad. Llegué hasta la puerta de madera y empujé con el hombro. Nada. Era como empujar una montaña.
—¡Ayúdame! —gruñí.
Lucía subió dos escalones y empujó con su espalda, haciendo palanca. Apretamos los dientes, gruñendo del esfuerzo. Sentí que se me iba a reventar una vena del cuello.
—¡Una, dos, tres!
Empujamos con todo lo que nos quedaba de fuerza. La madera crujió. Algo se movió arriba. Cayó un poco de tierra sobre mi cara, cegándome momentáneamente. Pero entonces, una grieta de luz.
Una luz blanca, cegadora, hiriente. Y con ella, una bocanada de aire helado, purísimo, que nos llenó los pulmones como agua fría en el desierto. Tosimos, pero reímos. Habíamos logrado abrir una rendija de apenas cinco centímetros, suficiente para ver que encima de nosotros había vigas cruzadas que habían creado una especie de cámara de aire bajo la nieve.
Nos quedamos ahí, respirando ese aire bendito, cuando escuché algo que me heló la sangre más que la nieve.
No era el viento. Eran voces.
Voces humanas. Gritos ahogados, desesperados. Y venían de cerca.
—¡…ayuda…! ¡…por favor…!
Miré a Lucía. Ella también lo había escuchado. Sus ojos se abrieron como platos.
—Hay gente afuera —susurró.
—Deben ser los rescatistas —dije, sintiendo un alivio repentino—. ¡Vinieron por nosotros! ¡Hey! ¡Aquí! —grité hacia la rendija—. ¡Estamos aquí abajo!
Pero la respuesta no fue la que esperaba.
—¡Cállate y busca! —era una voz ronca, quebrada, pero inconfundible. Era la voz del herrero. Pero no sonaba prepotente como en la tienda. Sonaba aterrorizado. Lloraba.
—¡No se ve nada, todo es blanco! ¡Mis manos, ya no siento mis manos! —esa era otra voz. Don Ramiro.
Me quedé paralizado. No nos estaban buscando a nosotros. Estaban vagando. Estaban perdidos.
Me asomé por la rendija. Mi vista tardó en ajustarse al resplandor blanco. Lo que vi me dejó sin aliento.
No quedaba nada.
El paisaje que conocía había desaparecido. No había caminos, no había cercas, no había árboles. Solo un desierto blanco e infinito bajo un cielo gris plomo. Y a unos veinte metros de donde estaba nuestra “cueva”, vi tres bultos oscuros moviéndose con dificultad en la nieve que les llegaba hasta la cintura.
Eran Don Ramiro, el herrero y la señora Marta, la de la farmacia.
Se veían patéticos. Don Ramiro había perdido su sombrero y tenía el cabello cubierto de escarcha. El herrero, ese gigante que parecía indestructible, caminaba encorvado, arrastrando una pierna, apoyándose en Marta, que parecía un fantasma envuelto en trapos.
Sus casas… ¿Dónde estaban sus casas? Miré hacia el valle. Solo se veían montículos blancos. Los techos. La tormenta había sido bíblica. Sus techos de lámina y teja barata no habían aguantado el peso de la nevada histórica. O el viento se los había llevado.
Estaban a la intemperie. Y a esa temperatura, sin refugio, les quedaban minutos, tal vez una hora de vida.
Bajé la mirada hacia Lucía. Ella no podía ver hacia afuera, pero vio mi expresión.
—¿Quiénes son?
—Son ellos —dije, con la voz dura—. Ramiro, el herrero y Marta.
—¿Qué hacen aquí?
—Se quedaron sin casa. Están caminando en círculos. Se están m*riendo, Lucía.
Un silencio denso llenó el hueco de la escalera. El dilema moral cayó sobre nosotros con más peso que la nieve.
—Tenemos que llamarlos —dijo Lucía, dando un paso para subir.
Le puse la mano en el pecho, deteniéndola.
—No.
Ella me miró, sorprendida.
—¿Cómo que no, Mateo? Se van a m*rir.
—¡Que se meran! —exploté, en un susurro furioso—. ¡Nos dijeron que éramos basura! ¡Nos desearon la merte! “La tierra es una tumba”, eso dijo el herrero. Pues que se busque su propia tumba. Nos negaron comida, Lucía. Nos humillaron frente a todos. Si abrimos esa puerta, se van a acabar nuestra comida, nuestro aire, nuestro espacio. No cabemos todos aquí.
—Mateo…
—¡No! Escúchame. Tenemos tres vacas y frijoles para una semana si racionamos. Si metemos a tres adultos congelados, se acaba todo en dos días. Nos vamos a m*rir todos por su culpa. Es justicia divina, Lu. El karma. Ellos nos escupieron, y ahora el cielo los escupió a ellos. Cierra la boca y deja que pasen de largo.
Mi corazón latía con una mezcla de furia y culpa. Una parte de mí disfrutaba verlos así, reducidos a nada, temblando como perros. Era una venganza dulce, perfecta. Yo estaba caliente, seguro, con mis hermanas (incluyo a las vacas) y ellos, los poderosos del pueblo, eran mendigos.
Lucía me quitó la mano del pecho con suavidad pero con firmeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no de miedo, sino de una compasión que yo no entendía y que, francamente, me enojaba.
—Mateo, mírame. Si los dejamos m*rir, entonces sí somos lo que ellos dicen. Somos animales. Somos “sucios”. Pero si abrimos esa puerta… les demostramos que somos mejores. Que aunque vivimos en un agujero, tenemos más humanidad que todos ellos juntos en sus mansiones de ladrillo.
—No quiero ser mejor —gruñí, llorando de rabia—. Quiero sobrevivir.
—No voy a poder vivir sabiendo que los escuché m*rir a dos metros de mí. Papá no hubiera querido eso. Mamá nos enseñó a compartir el taco, aunque fuera de sal.
Me quedé callado. La mención de mamá me desarmó. Ella siempre le daba agua a los peregrinos, aunque nosotros no tuviéramos para el refresco.
Lucía subió y empujó la trampa con más fuerza.
—¡AYUDA! ¡AQUÍ! —gritó con todas sus fuerzas.
Vi cómo los tres bultos allá afuera se detenían. Giraron las cabezas lentamente, como zombies.
—¡POR AQUÍ! ¡HAY UN REFUGIO!
Don Ramiro cayó de rodillas al escucharla. El herrero empezó a arrastrarse hacia nosotros.
Maldije por lo bajo. “Pinche Lucía. Pinche corazón de pollo”. Pero subí junto a ella y empujé la madera podrida y los escombros hasta que logramos abrir un hueco por donde cupiera una persona.
El aire helado entró de golpe, cortante como cuchillo.
El primero en llegar fue el herrero. Su cara estaba morada, los labios partidos y sangrando. Sus cejas eran bloques de hielo. Me miró desde arriba del agujero. Me reconoció. Vi en sus ojos la confusión, la vergüenza y el terror puro.
—¿Mateo? —preguntó, con voz que era un graznido.
—Entra antes de que me arrepienta, c*brón —le dije, extendiéndole la mano.
El hombre, que pesaba cien kilos, se dejó caer por el hueco como un costal de papas. Cayó sobre la paja, temblando incontrolablemente. Luego ayudamos a Marta, que lloraba sin sonido, en estado de shock. Y al final, Don Ramiro.
El viejo tendero, el hombre más rico del pueblo, tuvo que ser empujado por el agujero. Al caer, se quedó tirado en el suelo de tierra, mirando el techo de vigas, mirando a las vacas, mirando nuestra lámpara de aceite.
Cerré la puerta trampa de nuevo, bloqueando el viento y la luz. Volvimos a la penumbra cálida y apestosa.
La escena era surrealista. Tres de las personas que más nos despreciaban estaban ahora tiradas en nuestro suelo, cubiertas de nieve que empezaba a derretirse con el calor de las vacas, formando charcos de lodo.
Lucía se movió rápido.
—¡Cobijas! Mateo, dales las cobijas.
—Son NUESTRAS cobijas —protesté, pero se las aventé de mala gana.
El herrero se envolvió en una manta roída que olía a perro mojado y suspiró como si le hubieran dado un manto real. Marta se abrazó a la “Manchas”, hundiendo la cara en el pelaje de la vaca sin importarle el estiércol.
Don Ramiro se sentó, tiritando. Sus dientes castañeaban tanto que pensé que se le romperían. Me miró fijamente. Yo estaba de pie, con los brazos cruzados, mirándolo desde arriba. Por primera vez en mi vida, yo era el que tenía el poder. Yo era el dueño de la tienda. Yo tenía lo que él necesitaba para vivir.
—Ustedes… —balbuceó Ramiro—. Ustedes… los locos del pozo.
—Sí, los locos —dije secamente—. Bienvenidos a nuestra tumba. Espero que les guste el olor, porque aquí es donde van a vivir si quieren ver el sol otra vez.
—Gracias… —susurró Marta, sin soltar a la vaca—. Gracias, mijo. Dios se los pague.
Nadie dijo nada por un largo rato. Solo se escuchaba el castañeo de dientes y la respiración pesada de las vacas.
Saqué la olla de frijoles. Estaban fríos y pastosos.
—Es todo lo que hay —anuncié, levantando la olla—. Y no hay cucharas para todos. Vamos a tener que turnarnos. Y van a comer de mi mano si es necesario, porque no voy a dejar que desperdicien ni un grano.
El herrero, ese hombre que me había dicho que me largara al orfanato, me miró con ojos llorosos.
—Perdón —dijo, y se echó a llorar como un niño chiquito. Un llanto feo, ruidoso, de hombre roto—. Perdón por lo que les dije. Perdón. Pensé que me moría. Pensé que mis hijos se quedaban sin padre.
Ver a ese gigante llorar me quitó un poco del enojo, pero no todo. La herida estaba fresca.
—Guárdese las lágrimas para cuando tenga sed —le dije, aunque mi voz ya no sonaba tan dura—. Tenga, coma.
Le pasé la olla. Él comió con los dedos, desesperado, chupándose la pasta de frijol como si fuera caviar. Luego se la pasó a Marta, y ella a Ramiro.
Cuando terminaron, el calor del pozo empezó a hacer efecto. Dejaron de temblar violentamente. El color les regresó un poco a las caras.
Don Ramiro se limpió la boca con la manga de su camisa de marca, ahora sucia y mojada. Miró alrededor, analizando la construcción del pozo, las vigas, la ventilación, las vacas acomodadas estratégicamente.
—Esto… —dijo, con voz ronca—. Esto es ingenioso. Muy ingenioso. ¿Quién les enseñó a hacer esto?
—La necesidad —contestó Lucía, sentándose junto a mí—. Y el tío Chente.
—Chente siempre fue un viejo loco —dijo Ramiro, y luego se detuvo, dándose cuenta de su error—. Digo… era… peculiar. Pero veo que no estaba tan loco.
—No —dije yo—. Los locos eran los que creían que podían ganarle a la sierra con casas de papel.
Ramiro bajó la cabeza. La humillación era palpable. Estaba en nuestro territorio, bajo nuestras reglas, viviendo de nuestra caridad.
—¿Qué pasó afuera? —preguntó Lucía.
—Todo —respondió el herrero, sorbiendo los mocos—. La tormenta rompió los postes de luz. Luego el viento arrancó los techos. Mi taller… mi taller se dobló como si fuera de aluminio. Salimos corriendo buscando el refugio de la iglesia, pero la nieve era tanta… nos perdimos. No se veía nada a dos metros.
—Vimos humo salir de aquí —dijo Marta—. Del tubo. Apenas un hilito. Fue lo único que vimos en kilómetros.
—Casi nos pasamos —admitió Ramiro—. Si no gritan… hubiéramos caminado sobre su techo hasta caer m*ertos cien metros más allá.
Me recargué en la pared de tierra. La ironía era brutal. Nuestro “agujero de ratas” era ahora el arca de Noé del pueblo.
Pero la realidad pronto nos golpeó. Éramos cinco personas y tres vacas en un espacio de cuatro por cuatro metros. El aire se sentía cada vez más pesado. El calor era bueno, pero el oxígeno se consumía más rápido.
—Tenemos un problema —dije, mirando la lámpara que de nuevo empezaba a parpadear—. Somos demasiados pulmones.
Todos miraron la llama. El miedo regresó a sus ojos. Habían escapado del frío, pero ahora la asfixia era la amenaza.
—Hay que abrir la trampa más tiempo —sugirió el herrero.
—Si la abrimos, entra el frío y mtan a las vacas. Y si mren las vacas, nos m*rimos de hipotermia nosotros —expliqué la ecuación de nuestra supervivencia con frialdad—. Ellas son nuestra calefacción.
—¿Entonces? —preguntó Ramiro.
—Entonces tenemos que apagar la luz —dije, soplando la lámpara.
La oscuridad total regresó. Y con ella, una intimidad forzada e incómoda. Estábamos codo con codo con nuestros enemigos. Podía oír cómo tragaban saliva. Podía oler su miedo y su sudor, mezclado con el nuestro.
—¿Cuánto creen que dure esto? —preguntó la voz de Marta en la negrura.
—Días —dijo Lucía—. Tal vez una semana.
Un gemido de desesperación se escuchó.
—No vamos a aguantar —dijo Ramiro.
—Nosotros aguantamos tres días solos —ataqué—. Ustedes aguantarán si hacen lo que les decimos. Aquí abajo no hay Don Ramiro, ni dueño de la tienda. Aquí todos somos topos. Y los topos saben esperar.
Pasaron las horas en esa oscuridad. Para mantener la cordura y distraernos del hambre, empezamos a hablar. Al principio eran cosas triviales, pero la oscuridad tiene una forma de sacar verdades.
El herrero nos contó que su esposa lo había dejado hacía meses y que por eso estaba siempre de mal humor y bebiendo. Marta confesó que su hijo estaba enfermo en la ciudad y que todo el dinero de la farmacia se iba en tratamientos, y que tenía miedo de no volver a verlo.
Y Don Ramiro… el orgulloso Don Ramiro, en un momento de vulnerabilidad, susurró algo que me dejó helado.
—Yo conocía a sus padres bien —dijo en la oscuridad.
—Cállese —le dije—. No hable de ellos.
—Tu padre… él me pidió ayuda una semana antes del accidente. Quería un préstamo para arreglar la camioneta. Los frenos andaban mal.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Y?
—Y le dije que no. Que ya debía mucho. Que no era banco de beneficencia.
El silencio que siguió fue más pesado que las toneladas de nieve sobre nosotros. Mis manos se cerraron en puños en la oscuridad. Quería buscarlo a tientas y golpearlo hasta cansarme. Mis padres m*rieron porque fallaron los frenos. Frenos que no pudieron arreglar porque este hombre les negó el dinero.
—¡Hijo de p*ta! —grité, lanzándome hacia donde venía su voz.
Lucía me agarró del brazo.
—¡Mateo! ¡No!
—¡Él los m*tó! —grité, forcejeando—. ¡Si les hubiera prestado el dinero, estarían vivos! ¡Y ahora está aquí, comiéndose mis frijoles y respirando mi aire!
Hubo un revuelo en la oscuridad. Las vacas se asustaron y una me dio un golpe con el costado, tirándome al suelo.
—¡Perdón! —gritaba Ramiro—. ¡Perdón! ¡Me he arrepentido cada día de mi vida! ¡Por eso soy así! ¡Por eso los trato mal! ¡Porque cada vez que los veo a ustedes, veo mi pecado! ¡No puedo verlos a la cara sin recordar que por mi avaricia mis amigos se m*rieron!
Me quedé tirado en la paja, respirando agitadamente. La confesión flotaba en el aire viciado. No nos odiaba por pobres. Nos odiaba porque éramos su culpa viviente.
—Vas a tener que vivir con eso —dijo Lucía, con una voz de hielo que nunca le había escuchado—. Y vas a tener que vivir con nosotros aquí, oliendo nuestra mierda y sintiendo nuestro calor, hasta que la nieve se derrita. Ese va a ser tu castigo, Ramiro. Que te debas la vida a los hijos de los que dejaste m*rir.
Nadie volvió a hablar. El odio y la culpa llenaban el pozo, pero también una extraña conexión. Estábamos unidos por la tragedia, por el pasado y por el instinto desesperado de ver un amanecer más.
Dormimos, o intentamos dormir, con esa tensión vibrando entre nosotros.
Me despertó un sonido nuevo. No era viento. No eran voces.
Era un goteo.
Plic. Plic. Plic.
Encendí un cerillo, ignorando la regla del oxígeno.
Una gota de agua cayó sobre mi frente. Miré hacia arriba. Una de las vigas principales, la que sostenía la mayor parte del peso del centro, estaba curvada peligrosamente. Y por una grieta en la madera, el agua se filtraba.
La nieve se estaba derritiendo por el calor de cinco personas y tres vacas.
—Despierten —susurré, y mi voz sonó a terror puro—. Despierten todos.
—¿Qué pasa? —preguntó el herrero, adormilado.
—El techo —señalé con el cerillo—. Se está pandeando. El calor está derritiendo la nieve de abajo y la madera se mojó. Va a ceder.
Un crujido siniestro, como el de un hueso al romperse, confirmó mis palabras. Polvo y astillas llovieron sobre nosotros.
—¡Tenemos que salir! —gritó Marta.
—¡Si salimos morimos congelados! —replicó Ramiro.
—¡Si nos quedamos morimos aplastados! —contesté yo.
—¡Hay que apuntalarlo! —gritó el herrero, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza con una viga baja—. ¡Necesitamos madera! ¡Algo para sostener esa viga!
Miré alrededor. No había nada. Solo nosotros, las vacas y…
Miré la escalera. La vieja escalera de mano, hecha de troncos robustos.
—La escalera —dije—. Podemos usar la escalera como columna.
—Pero si usamos la escalera… ¿cómo salimos después? —preguntó Lucía.
Nos miramos todos. Era una decisión imposible. Usar nuestra única salida para sostener el techo y quedarnos enterrados hasta que alguien nos sacara desde arriba, o arriesgarnos a que el techo nos aplastara en cualquier segundo.
—¡CRACK!
La viga central bajó cinco centímetros de golpe.
—¡LA ESCALERA! ¡AHORA! —rugió el herrero.
Entre él, Ramiro y yo, agarramos la pesada escalera. La arrancamos de su posición bajo la trampa. Ahora no había salida. Estábamos sellados.
—¡Empujen!
Colocamos la escalera verticalmente justo debajo de la viga que cedía. El herrero, haciendo gala de su fuerza bruta, la empujó hacia arriba, encajándola a presión entre el suelo y el techo que se venía abajo.
—¡MÁS FUERTE! —grité.
Con un último esfuerzo y un gemido colectivo, la escalera quedó trabada, sosteniendo las toneladas de escombros y nieve que querían matarnos. El techo dejó de crujir.
Nos dejamos caer al suelo, exhaustos, bañados en sudor frío.
Miré hacia arriba. La trampa estaba allá, a tres metros de altura, inalcanzable sin la escalera. Estábamos vivos, pero estábamos más atrapados que nunca. Enterrados con nuestros demonios, con nuestros enemigos y con una verdad que acababa de salir a la luz.
—Bueno —dijo Don Ramiro, jadeando, mirando la escalera que ahora era nuestro pilar—. Parece que nos vamos a quedar aquí un buen rato, muchachos.
Le sostuve la mirada.
—Sí. Y usted me va a contar cada detalle de esa tarde con mi padre. Y después, si salimos de esta… usted va a pagar.
La vela se apagó de nuevo. En la oscuridad, la respiración de las vacas y de los cinco humanos se sincronizó. Afuera, la tormenta seguía. Adentro, la guerra apenas comenzaba, pero era una guerra silenciosa, una guerra de espera.
Y yo, Mateo, el topo, el huérfano, el sucio… estaba listo para ganarla.
LA SENTENCIA DEL SUBSUELO Y EL JUICIO DE LOS TOPOS
El tiempo es una cosa curiosa. Arriba, en el mundo de los vivos, el tiempo se mide en relojes, en la posición del sol, en el horario de apertura y cierre de la tienda de Don Ramiro. Pero abajo, en las entrañas de la tierra, el tiempo se disuelve. Se convierte en una masa pegajosa y oscura que te asfixia lentamente. Después de que colocamos la escalera como pilar para sostener la viga quebrada, el tiempo dejó de existir. Solo existía el antes de la escalera y el después. El antes tenía una salida; el después era una caja sellada.
Me recargué contra la pared de tierra fría, sintiendo cómo la humedad me empapaba la camisa. Mi corazón seguía martillando contra mis costillas, no por el esfuerzo físico de haber levantado ese tronco pesado, sino por la finalidad de lo que acabábamos de hacer. Al mirar hacia arriba, hacia esa trampa de madera que ahora era inalcanzable a tres metros de altura, sentí un vértigo inverso. No era miedo a caer, era miedo a no poder subir nunca más. La escalera, nuestro puente hacia la vida, se había convertido en los barrotes de nuestra celda.
La oscuridad era casi total. Habíamos decidido apagar la lámpara definitivamente para ahorrar el poco oxígeno que quedaba y el último residuo de aceite. Solo encendíamos un cerillo cada vez que alguien necesitaba moverse para hacer sus necesidades en el rincón más alejado, un acto que había perdido toda privacidad y dignidad, convirtiéndose en una transacción puramente biológica y humillante que todos fingíamos ignorar.
—¿Están todos bien? —preguntó Lucía. Su voz salió temblorosa de la negrura.
Nadie contestó de inmediato. Solo se escuchaba la respiración agitada del Herrero, que sonaba como un fuelle roto, y el rumiar constante de la “Prieta”.
—Estamos vivos —gruñó el Herrero finalmente—. Que ya es ganancia, supongo. Aunque no sé por cuánto tiempo. Esa viga sigue gimiendo.
—Va a aguantar —dije yo, tratando de proyectar una seguridad que no sentía. Mi voz sonó más grave, más rasposa. Asumir el mando me había envejecido diez años en tres días—. La escalera es de encino, igual que las vigas. Es madera dura. El tío Chente no usaba porquerías.
—Tu tío Chente era un borracho paranoico —murmuró Don Ramiro. Se escuchó el roce de tela sintética; se estaba acomodando en la paja—. Pero bendita sea su paranoia.
—Cierre la boca, Ramiro —le solté. No grité, no tenía fuerzas para gritar, pero inyecté en mis palabras todo el veneno que tenía acumulado en la garganta—. No crea que porque estamos a oscuras se me olvidó lo que me dijo antes de que el techo crujiera. Usted tiene una deuda pendiente. Una confesión.
Hubo un silencio tenso. Podía sentir la incomodidad de los demás, casi podía tocarla en el aire viciado. Marta sollozó bajito.
—Mijo, por favor… —suplicó ella—. No es momento para rencores. Estamos enterrados. Dios nos está probando.
—A ustedes los está probando, Marta —repliqué—. A mi hermana y a mí nos está castigando por pecados ajenos. Así que, si vamos a morir aquí, quiero saber exactamente por qué m*rieron mis padres. Quiero saber el precio de sus vidas.
Ramiro suspiró. Fue un sonido largo, un silbido de aire que salía de un globo desinflado. El hombre arrogante, el cacique del pueblo, estaba reducido a una voz en la sombra.
—Fue un martes —empezó Ramiro. Su voz sonaba lejana, como si hablara desde otro tiempo—. Hacía calor. Tu padre, Antonio… él entró a la tienda. Se veía preocupado. Se quitó el sombrero, lo amasaba con las manos. Siempre fue un hombre orgulloso, tu padre. Le costaba pedir.
Cerré los ojos. Podía verlo. Podía ver a mi papá, con sus manos callosas y su sonrisa tímida, parado frente al mostrador alto de madera barnizada donde Ramiro despachaba como un rey.
—Me dijo que la camioneta no frenaba bien —continuó Ramiro—. Que el mecánico le cobraba tres mil pesos por las balatas y el líquido, y la mano de obra. Ustedes tenían que ir a la ciudad el fin de semana para vender la cosecha de frijol. Sin la camioneta, no había viaje. Sin viaje, no había venta.
—¿Y usted qué le dijo? —pregunté. Sentí que las uñas se me clavaban en las palmas de las manos hasta hacerme sangre.
—Le dije que su cuenta ya estaba en números rojos. Que me debía dos bultos de fertilizante y la despensa del mes pasado. Le dije… —Ramiro hizo una pausa, y escuché cómo tragaba saliva—. Le dije: “Toño, si no tienes para mantener la camioneta, véndela. O vende una vaca. Pero yo no soy banco”.
—Teníamos cuatro vacas entonces —intervino Lucía. Su voz era un hilo de dolor—. Una estaba preñada. No podíamos venderlas. Eran todo lo que teníamos para la leche y el queso.
—Lo sé —dijo Ramiro—. Lo sabía entonces y lo sé ahora. Pero estaba enojado ese día. Había perdido dinero en una inversión en la capital. Me desquité con él. Le dije que se largara si no traía dinero. Le dije que los pobres siempre tienen excusas.
El aire en el pozo se volvió eléctrico. Imaginé la escena: mi padre bajando la cabeza, poniéndose el sombrero, dando la media vuelta humillado frente a los clientes. Saliendo al sol abrasador con la sentencia de m*erte en el bolsillo.
—Se fueron el sábado —dije, con la voz quebrada—. Se llevaron la camioneta así. Mi papá dijo: “Voy despacito, mijo, pureando la máquina. No va a pasar nada”. Nos dejó con la vecina. Nos dio un beso en la frente. A mi mamá le brillaban los ojos de miedo, pero se subió porque ella nunca dejaba solo a mi papá.
—Y en la bajada de la “Curva del Diablo”… —susurró el Herrero. Todos conocíamos esa curva.
—Se quedaron sin frenos —terminé yo—. La camioneta se fue al barranco. Cayeron ochenta metros. Tardaron dos días en sacar los cuerpos.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni las vacas se movieron. Era como si el mismo pozo estuviera guardando luto.
—Tres mil pesos —dije, sintiendo una lágrima caliente y solitaria bajar por mi mejilla sucia—. Eso valían sus vidas para usted, Ramiro. Tres mil mugrosos pesos. Usted se gasta eso en una botella de tequila cuando viene el diputado a visitarlo.
—Lo siento —gimió Ramiro. Y esta vez, sonó real. Sonó roto—. Te juro por mi vida, Mateo, que cuando me enteré… quise m*rirme yo. Fui al velorio, ¿te acuerdas? Llevé flores.
—Sí, llevó una corona enorme que decía “Familia Ramírez” —recordé con amargura—. La corona más grande. Para tapar la culpa. Para que el pueblo viera qué bueno era Don Ramiro. Pero nunca nos ofreció ayuda después. Nunca nos preguntó si comíamos. Nos dejó solos.
—La vergüenza, muchacho… la vergüenza es un perro rabioso. No podía verlos a los ojos. Preferí odiarlos, preferí creer que eran unos vagos, para no tener que enfrentar que yo los hice huérfanos. Es más fácil despreciar a la víctima que admitir al verdugo en el espejo.
—Eres una merda, Ramiro —dijo el Herrero. Su voz era grave, cargada de desprecio—. Una verdadera merda. Y yo soy otra por seguirte el juego, por reírme de tus chistes sobre estos chamacos.
—Basta —dijo Lucía.
—No, no basta —grité, poniéndome de pie en la oscuridad. Me golpeé la cabeza con una viga baja, pero el dolor físico no era nada comparado con la furia—. ¡No basta! ¡Quiero m*tarlo! ¡Aquí mismo! ¡Nadie se va a enterar! ¡Diré que el frío se lo llevó!
Avancé a ciegas hacia donde estaba su voz. Mis manos buscaban su cuello. Quería apretar. Quería que sintiera la asfixia que yo sentía desde hacía tres años.
—¡Mateo! —Lucía me agarró de la cintura. Era fuerte, mi hermana, endurecida por el trabajo de campo—. ¡No! ¡Si lo m*tas, te conviertes en él! ¡Peor que él!
—¡Suéltame! ¡Se lo merece!
—¡Sí, se lo merece! —gritó ella, y su grito retumbó en las paredes de tierra—. ¡Pero tú no te mereces ser un asesino! ¡Mamá y papá no criaron a un asesino!
Me detuve. Respiraba como un animal acorralado. Sentía el calor del cuerpo de Ramiro cerca de mí. Estaba encogido, esperando el golpe. Podía oler su miedo, una mezcla de sudor agrio y orina. Se había orinado encima. El gran Don Ramiro se había orinado de miedo ante el “topo”.
Retrocedí, temblando. Me dejé caer contra la panza de la “Manchas”. La vaca mugió bajito y me lamió la oreja con su lengua rasposa. Ese gesto, tan simple, tan animal, me rompió. Empecé a llorar. No un llanto silencioso, sino un aullido de dolor que me desgarró la garganta. Lloré por mis padres, por mi infancia perdida, por el frío, por el hambre, por la injusticia de tener que salvar al hombre que destruyó mi vida.
Marta se acercó a gatas y me puso una mano en el hombro. No dijo nada, solo me sobó la espalda como lo hacía mi madre cuando tenía fiebre.
Pasaron horas hasta que el ambiente se calmó. El agotamiento emocional nos dejó a todos vacíos. Pero algo había cambiado. La tensión venenosa se había roto. La verdad estaba dicha. Ahora solo quedaba la supervivencia pura y dura.
El siguiente enemigo no fue el pasado, sino el aire.
Hacia lo que calculé que sería la tarde del cuarto día, el aire se volvió denso, casi masticable. Cada respiración requería un esfuerzo consciente. Sentía un cinturón de acero apretándome el pecho. Me dolía la cabeza con un palpitar constante detrás de los ojos.
—Tengo sueño… —balbuceó Marta. Su voz arrastraba las sílabas.
—No se duerma, Marta —le ordenó Lucía, sacudiéndola—. Si se duerme profundo, a lo mejor no despierta. Respire hondo.
—El dióxido de carbono —dijo el Herrero, jadeando—. Se está acumulando abajo. El gas pesado baja. Estamos sentados en veneno.
—Hay que mover el aire —dije, luchando contra mi propio mareo—. Tenemos que abanicar.
Me quité la chamarra de mezclilla.
—¡Todos! ¡Quítense algo y abaniquen hacia arriba! ¡Hay que hacer que el aire circule hacia la rendija de la trampa!
Fue un espectáculo patético en la oscuridad. Cinco personas agitando trapos y ropa vieja con desesperación, tratando de empujar el aire viciado hacia las grietas del techo colapsado. Lo hicimos durante diez minutos, hasta que los brazos se nos entumecieron y el corazón nos galopaba por el esfuerzo.
Pareció funcionar un poco. Sentí una leve brisa fresca que bajó de algún lado.
—Tengo hambre —dijo el Herrero después de un rato—. En serio, Mateo. Siento que el estómago se me está comiendo a sí mismo.
—Quedan frijoles —dije—. Pero están congelados. Y no podemos prender fuego. El fuego consume oxígeno.
—Dámelos así —dijo él—. Me vale madres. Como si son piedras.
Repartí la ración. Era una masa fría y pastosa. Comimos en silencio, chupando cada dedo. Sabía a tierra y a humo viejo, pero me supo a gloria.
—El agua se acaba —anunció Lucía. Esa era la sentencia final. Sin comida aguantas semanas. Sin agua, en este frío que deshidrata, duraríamos días.
—Hay condensación —dijo Ramiro—. En las vigas. Donde gotea.
—Es agua sucia —dijo Marta—. Agua con óxido y tierra.
—Es agua —sentenció Ramiro—. Y la vamos a beber.
Fue entonces cuando la realidad de nuestra situación nos golpeó con una nueva crueldad. La vaca vieja, “Canela”, empezó a hacer ruidos extraños. Tosía. Un sonido húmedo y profundo.
—¿Qué le pasa? —preguntó el Herrero.
—Está enferma —dijo Lucía, revisándola en la oscuridad—. Tiene los pulmones congestionados. El cambio de temperatura, la humedad… es una vaca vieja.
—Si se muere… —empecé a decir, pero no quise terminar la frase.
Si “Canela” moría, tendríamos cuatrocientos kilos de carne pudriéndose en un espacio de cuatro por cuatro metros sin ventilación. El olor nos mataría antes que el hambre. Las bacterias llenarían el aire. Sería una bomba biológica.
—No se puede m*rir —dijo el Herrero, poniéndose de pie—. ¡Levántala! ¡Hay que hacer que camine!
—¡No hay espacio para caminar! —le grité—. ¡Si se mueve tira la escalera!
—¡Pues que se mueva en su lugar! —El Herrero, presa del pánico, empezó a empujar a la vaca—. ¡Vamos, p*nche vaca! ¡No te mueras! ¡Arre!
La vaca, asustada y débil, intentó levantarse, pero sus patas resbalaron en el lodo y el excremento. Cayó pesadamente sobre su costado. El golpe hizo vibrar el suelo.
—¡Cuidado con la escalera! —gritó Ramiro.
La vaca pataleaba. En la oscuridad, una pezuña me golpeó la espinilla. Grité de dolor.
—¡Sujétenla! —ordenó Lucía—. ¡Marta, háblale bonito! ¡Tú tienes buena mano!
Marta se arrastró hasta la cabeza del animal. Empezó a tararear una canción de cuna, acariciando el morro húmedo de la bestia.
—Duérmete niña, duérmete ya…
Era surrealista. Estábamos en el infierno, cantándole a una vaca moribunda para que no nos mtara con su merte. Poco a poco, el animal se calmó. Su respiración seguía siendo ronca, pero dejó de patalear.
Me sobé la pierna. Dolía como el demonio, pero no estaba rota.
—Si se muere… —susurró Ramiro—… tenemos que sacarla.
—¿Por dónde, genio? —le espeté—. ¿Por el techo que se nos cae encima?
—La destazamos —dijo el Herrero con frialdad—. La cortamos en pedazos y los pasamos por el hueco de la trampa. O nos la comemos.
Sentí náuseas. “Canela” era parte de la familia. Había nacido en este rancho.
—Nadie va a tocar a la vaca —dijo Lucía—. Ella nos está dando calor. Si ella muere, la temperatura aquí baja diez grados. Nos congelamos todos. Vamos a rezar para que aguante.
El tiempo siguió arrastrándose. Creo que pasamos al quinto día. La sed se volvió tortura. Empezamos a lamer las vigas donde goteaba el deshielo. Sabía a madera podrida, pero mojaba la lengua. Don Ramiro, el hombre que solo bebía agua embotellada, lamía la madera con desesperación.
Las alucinaciones empezaron poco después.
Primero fue Marta. Empezó a hablar con su hijo.
—Sí, mijo, ya voy… deja que termine el turno… sí, te llevo las galletas…
Luego el Herrero. Gritaba que las paredes se movían. Que se cerraban. Tuve que abrazarlo, sujetando sus brazos enormes, mientras él lloraba diciendo que lo iban a aplastar.
—¡No se cierran! ¡Están quietas! —le gritaba yo al oído—. ¡Mírame! ¡Soy Mateo! ¡Estamos bien!
Y luego me tocó a mí.
Estaba mirando hacia un rincón oscuro cuando vi una silueta. No era ninguno de los presentes. Era una figura alta, con sombrero.
—¿Papá? —susurré.
La figura no contestó. Solo me miraba. Tenía los ojos tristes.
—Perdóname, papá —le dije—. Perdóname por no poder salvar la casa. Por vivir como un topo.
—Mateo, estás alucinando —me dijo Lucía, sacudiéndome—. No hay nadie. Toma, bebe esto.
Me puso un trapo mojado en los labios. Lo chupé con avidez.
—¿De dónde sacaste agua? —pregunté.
Lucía dudó un segundo.
—Ordeñé a la “Prieta”. Apenas salieron unas gotas. Es leche con sangre, Mateo. Tiene mastitis. Pero es líquido.
Bebí la leche rosada, tibia y salada. Me dio asco, pero me dio vida.
—Dale a Marta —dije—. Se escucha muy mal.
Marta estaba ardiendo en fiebre. No por la vaca, sino por el frío y la debilidad. Deliraba.
En medio de esa pesadilla febril, Don Ramiro se arrastró hacia mí.
—Mateo —susurró. Su voz era un silbido—. Escúchame bien.
—No quiero oírlo, Ramiro.
—Tienes que oírme. Creo que no voy a salir de esta. Mi corazón… tengo arritmia. Me tomé mis últimas pastillas ayer. Siento que el pecho me va a estallar.
—Nadie se mere aquí sin mi permiso —dije, aunque yo también sentía que la merte nos rondaba.
—Si salimos… o si tú sales… —Ramiro me buscó la mano en la oscuridad y me puso algo frío y metálico en la palma. Era un reloj. Un reloj pesado, de oro—. Esto vale más que mi camioneta. Y en la caja fuerte de la tienda… la combinación es 15-22-09.
—¿Para qué me dice esto?
—Hay papeles ahí. Las escrituras de unos terrenos en el valle. Son tuyos.
Me quedé helado.
—¿Qué?
—Haz un documento… o si salimos, yo lo firmo. Te voy a traspasar las tierras de “Las Almas”. Son veinte hectáreas de riego.
—¿Está tratando de comprar mi perdón, Ramiro? —le pregunté con asco.
—No —dijo él, tosiendo—. Estoy tratando de equilibrar la balanza. No puedo devolverte a tus padres. Pero puedo asegurarme de que tú y tu hermana no vuelvan a pasar hambre. Que no tengan que vivir en un pozo. Es lo único que puedo hacer. Aceptalo, por favor. No me dejes m*rir con esta deuda tan grande.
Apreté el reloj en mi mano. Pesaba. Pesaba como la culpa.
—Si salimos —le dije, devolviéndole el reloj—, vamos a ir con el notario y usted va a hacer las cosas bien. No quiero su reloj de merto. Quiero que usted viva para firmar ese papel mirándome a los ojos. ¿Me oyó? Usted no se mere. Es una orden.
Ramiro soltó una risa seca que terminó en tos.
—Eres duro, chamaco. Más duro que el pedernal. Tu padre estaría orgulloso.
—Mi padre hubiera sido más amable. Yo soy lo que usted y este pueblo hicieron de mí.
De repente, un sonido sordo nos interrumpió. No venía de arriba, venía de abajo. O de un lado.
Scratch. Scratch. Scratch.
Todos nos callamos.
—¿Oyeron eso? —preguntó el Herrero.
—Son ratas —dijo Marta.
—No —dijo Lucía—. Suena… metálico.
Pegué la oreja a la pared de tierra del fondo, la que daba hacia la ladera de la montaña.
Golpe. Golpe.
Eran golpes rítmicos. Lejanos, amortiguados por metros de tierra, pero inconfundibles.
—¡Alguien está cavando! —grité—. ¡Están cavando hacia nosotros!
La esperanza nos inyectó una adrenalina violenta. Olvidamos el hambre, la sed y el rencor.
—¡GRITEN! —ordenó el Herrero—. ¡HAGAN RUIDO!
Empezamos a gritar como locos. Golpeamos la olla de peltre contra la viga. Las vacas, contagiadas por nuestra histeria, empezaron a bramar.
—¡AQUÍ! ¡ESTAMOS AQUÍ! ¡AYUDA!
El sonido se detuvo. Esperamos, conteniendo el aliento.
Luego, tres golpes secos. Toc. Toc. Toc.
—¡Nos oyeron! —Lucía abrazó a Marta y las dos empezaron a llorar.
—No canten victoria —dije, aunque el corazón se me salía del pecho—. Pueden tardar horas en llegar. O días. No sabemos qué tan lejos están.
—Pero saben que estamos vivos —dijo Ramiro—. Eso basta. Saben que estamos aquí.
La idea del rescate cambió la dinámica del pozo instantáneamente. Ya no éramos condenados esperando la ejecución. Éramos náufragos viendo un barco en el horizonte.
—Tenemos que ayudarles —dijo el Herrero—. Si ellos cavan por allá, nosotros tenemos que cavar por aquí. Encontrarnos a mitad de camino.
—¿Con qué? —pregunté—. No tenemos palas.
—Con las manos. Con la olla. Con los cuernos de las vacas si es necesario —dijo el Herrero, poseído por una energía renovada.
Nos organizamos. El Herrero y yo nos pusimos en la pared del fondo. La tierra estaba compacta, dura como piedra. Empezamos a rascar. Mis uñas se rompieron en los primeros cinco minutos. Los dedos me sangraban, pero no sentía dolor. Solo la urgencia.
Ramiro usaba la tapa de la olla para raspar. Lucía iba quitando la tierra suelta y echándola hacia atrás, bajo las patas de las vacas.
Trabajamos por turnos. Rascando, jadeando, tosiendo. Avanzábamos milímetros por hora. Era una labor titánica y absurda, pero nos daba un propósito. Nos mantenía cuerdos.
Mientras cavaba, hombro con hombro con Don Ramiro, me di cuenta de algo extraño. Ya no sentía ese odio ardiente. El cansancio y la convivencia forzada lo habían diluido. No lo había perdonado, no. Pero ya no lo veía como un monstruo. Lo veía como a un viejo asustado y patético que intentaba sobrevivir igual que yo. El pozo nos había igualado. Aquí abajo, su dinero no valía nada. Su reloj de oro era solo metal frío. Aquí, el valor se medía en quién podía aguantar más tiempo sin respirar, quién podía rascar más tierra, quién compartía su ración de agua.
Y en esa nueva economía, Lucía y yo éramos los millonarios.
—Mateo —dijo el Herrero, deteniéndose—. Toca aquí.
Puse mi mano en el pequeño agujero que habíamos logrado hacer, de apenas unos treinta centímetros de profundidad.
La tierra se sentía diferente. Más suelta. Y había una corriente de aire. Minúscula, pero real.
—Es una grieta natural —dijo—. O un túnel viejo.
—El tío Chente —dijo Lucía—. Él siempre hablaba de los túneles de la revolución. Decía que esta sierra estaba hueca como un queso gruyere.
—Si conectamos con un túnel… —empezó a decir Ramiro.
—…Podemos salir —completé—. O al menos tener aire.
Redoblamos esfuerzos. El Herrero usaba una piedra afilada que encontró en el suelo. Golpeaba con furia.
De pronto, la piedra atravesó la pared. Se fue al vacío.
Un agujero negro, del tamaño de un puño, se abrió frente a nosotros.
Y del otro lado, no vimos luz. Vimos oscuridad. Pero una oscuridad diferente. Una oscuridad que olía a viejo, a humedad rancia, pero también a corriente.
—¿Hola? —grité por el agujero.
Nadie contestó. Los golpes que habíamos oído antes habían cesado.
—¿Y los rescatistas? —preguntó Marta.
—A lo mejor no eran rescatistas —dije, sintiendo un escalofrío—. A lo mejor era el eco. O…
—O algún animal —dijo el Herrero.
Pero el aire entraba. Aire fresco. Nos amontonamos frente al agujero, respirando con la boca abierta, tragando ese oxígeno bendito. Fue como volver a nacer. El dolor de cabeza disminuyó. La mente se aclaró.
—Hay que agrandarlo —dijo Ramiro—. Yo quepo por ahí si lo hacemos más grande.
Pasamos las siguientes seis horas agrandando el agujero hasta que tuvo el tamaño de una ventana pequeña. Aluzamos con el último cerillo que nos quedaba.
La llama iluminó una galería estrecha, excavada en la roca viva, que se perdía en la oscuridad. No había nadie. Ni rescatistas, ni animales.
—¿Qué es esto? —preguntó Lucía.
—Es la ruta de escape de Chente —dije, maravillado—. El viejo loco tenía una puerta trasera.
—¿A dónde lleva? —preguntó Marta.
—Quién sabe —dijo el Herrero—. Pero cualquier lugar es mejor que este.
El dilema ahora era otro. ¿Dejábamos la seguridad relativa del pozo, con su calor y sus vacas, para meternos en un túnel desconocido que podría colapsar o llevarnos al centro de la tierra?
—Las vacas no caben —dijo Lucía de inmediato. Se paró frente al agujero como protegiendo a los animales—. No las voy a dejar.
—Lucía, por Dios —dijo Ramiro—. Son animales. Nosotros somos personas. Tenemos que salir.
—¡Ellas nos salvaron! —gritó ella—. ¡Sin su calor ya estaríamos m*ertos! ¡No voy a abandonarlas para que se mueran de hambre aquí encerradas!
—Si encontramos la salida, podemos volver por ellas —razoné yo, aunque sabía que era una mentira piadosa. Si salíamos, nadie iba a querer volver a entrar a este infierno. Y sacar vacas por un túnel era imposible.
—Yo me quedo con ella —dije, tomando una decisión—. Ustedes vayan. Ramiro, Herrero, Marta. Váyanse. Busquen la salida. Si la encuentran, traigan ayuda y palas de verdad para sacar a las vacas por arriba.
—No te voy a dejar aquí, chamaco —dijo el Herrero—. O todos coludos o todos rabones.
—No cabemos todos en el túnel arrastrándonos —dije—. Alguien tiene que cuidar la entrada por si los rescatistas reales llegan por arriba.
En realidad, tenía miedo. Miedo de dejar mi refugio. Miedo de lo desconocido. Y una lealtad estúpida hacia esos animales que eran nuestra única herencia.
—Mire, vamos a hacer esto —propuso Ramiro, asumiendo un liderazgo práctico—. Yo voy. Soy el más viejo, si me m*ero en el túnel, se pierde menos. Y el Herrero viene conmigo para abrir paso. Marta se queda aquí con los muchachos. Ella no puede arrastrarse tanto, está muy débil.
Era un plan sensato.
El Herrero dudó, pero asintió. Se quitó su cinturón de cuero grueso.
—Tengan. Por si tienen que amarrar algo. O por si el hambre aprieta… el cuero hervido alimenta.
Fue una despedida solemne en la oscuridad. Don Ramiro se acercó a mí antes de meterse al agujero.
—Mateo. La combinación. 15-22-09. No se te olvide. Y si no vuelvo… dile a mi mujer que… dile que no fui tan cobarde al final.
—Dígaselo usted mismo —le contesté, apretándole el brazo. Fue el primer contacto humano no violento que tuve con él en años.
Vimos cómo sus piernas desaparecían en el agujero negro. El Herrero fue detrás, bufando y maldiciendo por lo estrecho del paso.
Nos quedamos Lucía, Marta y yo. Y las tres vacas.
El silencio volvió, pero ahora era diferente. Era un silencio de espera. Teníamos un cordón umbilical de aire fresco conectado a la nada.
Marta tosía mucho. Su frente quemaba. Lucía se acurrucó con ella.
—Cuéntame una historia, Lucía —pidió Marta—. Para no pensar.
Y Lucía, con su voz dulce y firme, empezó a contar historias de cuando éramos niños. De cuando mamá hacía tamales y papá nos llevaba al río. Historias de un tiempo donde el sol brillaba y no había odio.
Yo me quedé vigilando el agujero, con una piedra en la mano, por si lo que salía de ahí no eran nuestros amigos, sino algo más. La mente te juega trucos en la oscuridad. Empecé a pensar en las leyendas de la sierra. Los nahuales, los chaneques.
De pronto, un grito.
Venía del túnel. Un grito desgarrador, lleno de eco.
—¡MATEO!
Era la voz del Herrero.
—¡AYUDA! ¡SE CAYÓ!
Se me heló la sangre.
—¡Quédate con Marta! —le grité a Lucía y me lancé de cabeza al agujero.
Me arrastré por la tierra, raspándome los codos y las rodillas. El túnel era claustrofóbico, una garganta de piedra que amenazaba con tragarme. Avancé unos veinte metros en la oscuridad total guiándome por los gritos.
—¡Aquí! ¡Aquí!
Llegué a un punto donde el túnel se ensanchaba un poco. Sentí el cuerpo del Herrero bloqueando el paso.
—¿Qué pasó?
—El piso… se abrió. Ramiro… se fue para abajo.
Me asomé por encima del hombro del Herrero. Tanteé el suelo. Había un borde. Un pozo dentro del túnel.
—¿Ramiro? —grité hacia el abismo.
—¡Estoy… estoy vivo! —contestó una voz lejana, dolorida—. ¡Caí en agua! ¡Hay agua aquí abajo!
—¿Estás herido?
—¡Creo que me rompí la pierna! ¡Pero hay corriente! ¡El agua se mueve! ¡Es un río subterráneo!
Un río. Eso significaba salida. Los ríos siempre salen a la superficie.
—¿Puedes nadar? —pregunté.
—¡Apenas! ¡Está helada!
—¡Agárrate de algo! —le gritó el Herrero—. ¡Voy a bajar!
—¡No! —lo detuve—. Si bajas, no subes. Y con la pierna rota de él, menos. Necesitamos una cuerda.
—¡El cinturón! —dijo el Herrero.
—No alcanza. Necesitamos las cobijas. Las riendas de las vacas.
—Voy por ellas —dije.
Di la vuelta, arrastrándome hacia atrás como un cangrejo, con el corazón en la boca. Teníamos una oportunidad. Una oportunidad loca, peligrosa y desesperada. Pero era mejor que esperar la m*erte sentados.
Regresé al pozo.
—¡Lucía! ¡Damed las cobijas, las cuerdas, todo! ¡Ramiro encontró un río!
Fue un frenesí de nudos y tirones. Amarramos las cobijas viejas con los trozos de mecate que usábamos para las vacas. Hicimos una línea de vida de unos diez metros.
Regresé al túnel. El Herrero ya estaba inclinado sobre el borde.
—¡Ramiro! ¡Ahí va la cuerda!
Lanzamos el extremo.
—¡La tengo! —gritó desde abajo.
—¡Átala a tu cintura! ¡Te vamos a subir!
El Herrero era fuerte, pero el espacio era incómodo. Yo tiraba detrás de él, agarrándolo de la cintura para hacer contrapeso.
—¡Uno, dos, tres! —jalábamos.
Sentimos el peso m*erto de Ramiro. Escuchábamos sus quejidos de dolor cada vez que se golpeaba contra las rocas al subir.
—¡Ya casi! ¡Veo su mano!
Con un último esfuerzo brutal, el Herrero agarró a Ramiro de la camisa y lo izó hasta el suelo del túnel. Ramiro estaba empapado, temblando violentamente, con la pierna doblada en un ángulo antinatural. Pero estaba vivo. Y en su mano, apretaba algo.
—Miren… —dijo, tosiendo agua.
Abrió el puño. Era una lata de refresco. Vieja, oxidada, pero una lata.
—Estaba… en la orilla… del río… —jadeó—. Flotó… desde afuera…
Una lata de basura moderna. Eso significaba que el río conectaba con el exterior, y cerca.
—La salida está cerca —dije, sintiendo una esperanza tan grande que dolía—. Corriente abajo.
Pero ahora teníamos un hombre con la pierna rota, una mujer enferma y tres vacas atrapadas.
—No podemos llevarlo por el río —dijo el Herrero—. Se ahoga. Y Marta tampoco aguanta el agua helada.
El destino nos daba una salida y nos la cerraba en la cara al mismo tiempo.
—Mateo —dijo Ramiro, con los dientes castañeando—. Tienes que ir tú. Tú eres joven. Tú eres flaco. Nada por el río. Sal. Busca ayuda. Y regresa por nosotros.
Me quedé mirándolo en la oscuridad. Él me estaba dando el boleto de salida. A mí. Al topo.
—¿Y si no llego? —pregunté.
—Llegas —dijo él—. Porque eres terco como una mula. Ve. Sálvanos, muchacho.
Miré al Herrero. Él asintió.
—Ve, Mateo. Yo cuido a estos viejos y a tu hermana.
No hubo abrazos. No hubo discursos. Solo un apretón de manos rápido.
Me amarré la cuerda a la cintura por si acaso. Me acerqué al borde del pozo interior. Escuché el rugido del agua negra abajo.
—Dile a Lucía que vuelvo —dije.
—Se lo digo —prometió el Herrero.
Respiré hondo. Pensé en mis padres. Pensé en la tienda. Pensé en el sol.
Y salté a la oscuridad.
El agua me golpeó como mil agujas de hielo, sacándome el aire de los pulmones. La corriente me arrastró de inmediato, golpeándome contra las paredes de roca. No sabía a dónde iba, pero sabía que iba hacia afuera. O hacia la muerte. Pero ya no estaba quieto. Ya no estaba enterrado.
Estaba luchando. Y los topos, cuando salen a la superficie, muerden.
PARTE FINAL: EL RENACER DEL TOPO: DE LAS AGUAS NEGRAS A LA TIERRA PROMETIDA
El agua no estaba fría; estaba muerta. Era una entidad líquida que no conocía la luz del sol ni el calor de la vida. En el momento en que mi cuerpo rompió la superficie del río subterráneo, el impacto fue como estrellarse contra un muro de concreto helado. El aire huyó de mis pulmones en un grito ahogado que se convirtió en burbujas plateadas bailando en la oscuridad absoluta.
La corriente me agarró con la fuerza de un dios enojado. No había arriba ni abajo, solo un torbellino de violencia negra. Giré, golpeé, tragué agua que sabía a minerales antiguos y a tierra podrida. Intenté nadar, pero era inútil; el río tenía su propia agenda y yo era solo un pedazo de basura arrastrado por sus entrañas.
“Vas a m*rir aquí, Mateo”, pensé. Fue un pensamiento claro, tranquilo, que contrastaba con el caos de mi cuerpo luchando por no ahogarse. “Vas a quedar atorado en una grieta y te encontrarán dentro de mil años”.
Pero entonces, la imagen de Lucía vino a mi mente. Lucía en la oscuridad, rodeada de las vacas flacas y tres personas que dependían de mi terquedad. Si yo mría, ellos mrían. Ramiro con su pierna rota, Marta con su fiebre, el Herrero con su hambre. No podía darme el lujo de m*rir. No todavía.
Pataleé con furia. Mis manos rasguñaron la roca lisa del lecho del río. El dolor de los golpes me mantuvo consciente. La cuerda que llevaba atada a la cintura se había roto o soltado en los primeros segundos de la caída, así que estaba completamente solo.
La negrura era tan densa que mis ojos abiertos no servían de nada. Todo era tacto y sonido. El rugido del agua retumbaba en mis oídos como un tren de carga. De repente, el techo del túnel bajó. Sentí la roca rozarme la cabeza.
¡Sifón!
El pánico me inyectó una dosis de adrenalina pura. El túnel se estaba llenando por completo. No había aire. Tomé una última bocanada de oxígeno mezclado con espuma y me sumergí, dejándome llevar por la velocidad del agua, rezando para que el pasaje sumergido fuera corto.
Fueron los segundos más largos de mi existencia. Mis pulmones ardían como si tuviera brasas dentro. El instinto me gritaba que abriera la boca, que respirara, pero sabía que si lo hacía, el agua negra entraría y sería el fin. Veía luces de colores detrás de mis párpados. Veía a mis padres sonriendo. Veía la camioneta cayendo por el barranco.
“No te rindas, p*nche topo”, me dije.
Y entonces, cuando estaba a punto de abrir la boca y dejarme ir, la presión desapareció. Mi cabeza salió a la superficie. Tosí, vomité agua, aspiré aire helado.
Pero algo había cambiado.
Allá arriba, muy lejos, había una mancha gris. No era luz de sol, era apenas una dilución de la oscuridad. Una salida.
La corriente se volvió más turbulenta, más rápida. Escuché un estruendo nuevo. Una cascada.
—¡No, no, no! —grité, intentando agarrarme de las paredes resbalosas.
El río me escupió. Salí disparado hacia el vacío. Caí unos cinco metros y aterricé en una poza profunda. El agua aquí estaba un poco menos helada, o tal vez mi cuerpo ya estaba tan entumecido que no sentía la diferencia.
Nadé hacia la orilla, guiándome por esa luz grisácea. Mis dedos tocaron lodo, raíces, nieve sucia. Me arrastré fuera del agua como una criatura primitiva, tosiendo, temblando violentamente.
Me quedé tirado en la nieve un momento, incapaz de moverme. Me dolía cada centímetro de piel. Pero estaba afuera.
Levanté la vista. Estaba en el fondo de una barranca profunda. Las paredes de roca subían verticalmente hacia un cielo gris plomo que amenazaba con seguir nevando. Conocía este lugar. Era la “Barranca de los Suspiros”, a unos tres kilómetros del pueblo, río abajo.
Estaba vivo.
Me puse de pie, tambaleándome. Mis piernas parecían de gelatina. No tenía zapatos; los había perdido en la corriente. Mis pies descalzos, morados y cortados, pisaron la nieve dura. No sentía dolor, solo un hormigueo lejano. Eso era malo. Hipotermia.
“Tienes que moverte. Si te paras, te congelas”.
Empecé a caminar. O más bien, a cojear. Tenía que subir la ladera de la barranca para llegar a la carretera vieja. Cada paso era una batalla. Me caí diez veces. Me levanté diez veces. Lloraba de frustración, de frío, de miedo.
—Por Lucía… por Lucía… —repetía como un mantra.
Llegué a la carretera después de lo que parecieron horas. Estaba desierta, cubierta por medio metro de nieve. No había coches. No había postes de luz en pie. El mundo parecía haber terminado.
¿Y si todos estaban m*ertos? ¿Y si el rescate nunca llegaba porque no había nadie para rescatar?
Entonces, escuché un ruido. Un motor. Un rugido mecánico.
A lo lejos, vi unas luces amarillas parpadeando. Una máquina quitanieves. Un monstruo naranja abriéndose paso entre la blancura.
Me paré en medio del camino y agité los brazos. No tenía voz para gritar.
El conductor debió pensar que era una aparición. Un fantasma flaco, empapado, con la ropa hecha jirones y la piel azul, saliendo de la nada.
La máquina se detuvo con un chirrido de frenos. Un hombre bajó de la cabina, envuelto en chamarras gruesas.
—¡Hey! ¡Hey! ¿Quién eres? —gritó el hombre, corriendo hacia mí.
Me desplomé en sus brazos. Sentí el calor de su chamarra y fue lo más glorioso que había sentido en mi vida.
—Están… atrapados… —susurré. Mis dientes castañeaban tanto que apenas se me entendía—. El pozo… Don Ramiro… mi hermana…
—¿Qué dices, muchacho? ¿Don Ramiro? ¿El de la tienda? ¡Lo han estado buscando por días! ¡Lo dieron por m*erto!
—Está vivo… —dije, agarrando la solapa de su chamarra con mis dedos engarrotados—. Están vivos. Bajo el granero del tío Chente. Tienen aire… pero poco… se mueren…
El hombre me miró con los ojos muy abiertos. Entendió la urgencia. Me cargó en vilo y me subió a la cabina de la quitanieves. Estaba hirviendo allí dentro. Me puso una manta térmica encima. Agarró la radio.
—¡Central! ¡Central! ¡Aquí unidad 4! ¡Tengo a un sobreviviente! ¡Repito, tengo a un sobreviviente! ¡Dice que Ramiro y otros tres están vivos en las ruinas del Rancho de Chente! ¡Necesitamos helicóptero y equipo de excavación! ¡Cambio!
Escuchar esa radio, escuchar la respuesta crepitante del otro lado, fue el momento en que supe que habíamos ganado la primera batalla. Me dejé caer en el asiento, y la oscuridad me llevó, pero esta vez no fue la oscuridad del pozo, fue la del agotamiento absoluto.
Desperté con un dolor punzante en todo el cuerpo. Alguien me estaba frotando los pies con fuerza. Abrí los ojos. Estaba en una ambulancia, o en una carpa médica. Había luces blancas, olor a alcohol y yodo.
—¡Despertó! —dijo una voz de mujer. Una paramédico me miraba con preocupación—. No te muevas, cielo. Tienes hipotermia severa y múltiples contusiones.
Me intenté sentar de golpe.
—¡Mis amigos! ¡Mi hermana!
Un hombre alto, con uniforme de Protección Civil y casco rojo, se acercó.
—Tranquilo, hijo. Ya mandamos los equipos. Tú nos diste las coordenadas. Pero necesito que me digas detalles. ¿Cómo están? ¿Cuántos son? ¿Están heridos?
—Son cuatro personas y tres vacas —dije, y vi cómo el capitán fruncía el ceño al mencionar las vacas—. Don Ramiro tiene la pierna rota. Marta está enferma, delirando. El Herrero está bien, pero débil. Mi hermana Lucía está bien. Tienen poco aire. El techo se está cayendo. Tienen que sacarlos ya.
—¿Vacas? —preguntó el capitán—. ¿Están con animales ahí abajo?
—Las vacas nos mantuvieron calientes —dije con fiereza—. Son parte del grupo. Tienen que sacarlas también.
El capitán suspiró y miró a sus hombres.
—La prioridad son los humanos, muchacho. Pero veremos qué se puede hacer. Vamos para allá. ¿Puedes guiarnos o te llevamos al hospital?
—Yo voy —dije, quitándome la manta—. No me voy a ningún hospital sin ellos.
Me dieron ropa seca, un chocolate caliente que me quemó la lengua y me devolvió el alma al cuerpo, y unas botas que me quedaban grandes. Me subieron a un vehículo todo terreno con orugas.
El viaje de regreso al rancho fue surrealista. Ver el paisaje devastado por la nieve desde la seguridad de un vehículo potente me hizo darme cuenta de la magnitud del milagro. Habíamos sobrevivido al apocalipsis blanco en una madriguera.
Al llegar a las ruinas del granero, el lugar parecía una zona de guerra. Había luces potentes iluminando la nieve, hombres corriendo con palas, perros de rescate ladrando. El ruido de los generadores era ensordecedor.
Me bajé del vehículo cojeando. El capitán me llevó hasta donde un grupo de ingenieros discutía sobre los escombros.
—Aquí es —señalé el lugar donde estaba la trampa enterrada—. Pero no pueden entrar por ahí. El techo está colapsado y sostenido por una escalera. Si mueven los escombros de arriba, los aplastan.
Los ingenieros palidecieron.
—Mierda —dijo uno—. Si quitamos peso, descompensamos la estructura. Si ponemos peso, se cae.
—Tienen que taladrar —dije—. Un agujero pequeño primero. Meter una cámara y un micrófono. Decirles que estamos aquí.
Empezaron a trabajar. El sonido del taladro perforando la madera y la tierra fue agonizante. Yo estaba parado allí, temblando, no de frío, sino de terror. ¿Y si ya era tarde? ¿Y si el techo había cedido en las horas que tardé en salir?
—¡Atravesamos! —gritó el operario del taladro—. ¡Estamos adentro!
Metieron una sonda con cámara. Todos nos amontonamos alrededor del monitor pequeño.
La imagen era granulosa, en blanco y negro, iluminada por la luz infrarroja de la cámara. Se veía polvo. Vigas rotas.
Y entonces, una cara.
Era Lucía. Estaba mirando directamente a la cámara, con los ojos entrecerrados por la luz repentina.
—¡Lucía! —grité, aunque sabía que no me oía por la pantalla—. ¡Lucía!
El técnico activó el micrófono.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
La voz de Lucía sonó en el altavoz, distorsionada pero clara.
—¿Mateo? ¿Eres tú?
Me solté a llorar. Me importó un carajo que estuvieran viéndome veinte hombres rudos de rescate. Lloré como un niño.
—¡Sí, Lu! ¡Soy yo! ¡Estoy arriba! ¡Traje a la caballería!
—¡Están aquí! —gritó Lucía hacia atrás—. ¡Mateo volvió!
Escuché el grito de júbilo del Herrero y el llanto de Marta.
—¿Cómo está Ramiro? —preguntó el capitán por el micro.
—Mal —dijo Lucía—. Está inconsciente. La fiebre le subió mucho. Tienen que sacarnos rápido. El aire se acaba.
El rescate duró seis horas. Seis horas de angustia quirúrgica. Tuvieron que estabilizar el techo inyectando una espuma expansiva especial para evitar derrumbes. Luego, abrieron un boquete lo suficientemente grande para meter una canastilla.
El primero en salir fue Ramiro. Lo subieron atado a la camilla, pálido como la cera, murmurando cosas ininteligibles. Cuando la camilla tocó la nieve, los paramédicos corrieron hacia él. Me acerqué un segundo.
Abrió los ojos. Me vio.
—Llegaste… —susurró—. P*nche topo terco… llegaste…
—Le dije que no se iba a m*rir sin firmar esos papeles —le dije, intentando sonreír.
Me apretó la mano con una fuerza sorprendente para un moribundo y luego se lo llevaron a la ambulancia.
Luego salió Marta. Lloraba y besaba las manos de los bomberos. Me abrazó tan fuerte que casi me tira.
—Eres un ángel, Mateo. Un ángel con cara sucia.
Luego el Herrero. Cuando salió ese gigante, cubierto de tierra y hollín, se veía más pequeño. Me buscó con la mirada.
—Te debo la vida, cabrón —me dijo, y me dio un abrazo que me hizo crujir las costillas lastimadas—. Te debo la vida y te debo una disculpa de rodillas.
—Con que me ayude a arreglar el techo del granero estamos a mano —le contesté.
Y finalmente, Lucía.
Cuando vi su cabeza salir del agujero, sentí que el corazón me volvía a latir al ritmo correcto. Corrí hacia ella. Nos abrazamos en la nieve, ignorando a los médicos que querían revisarla. Nos abrazamos hasta que nos fundimos en una sola persona.
—Lo hiciste —me dijo al oído—. Sabía que lo harías.
—No te iba a dejar sola. Nunca.
El capitán se acercó, limpiándose el sudor de la frente a pesar del frío.
—Bueno, muchachos. Misión cumplida. Vámonos al hospital.
—Espera —dijo Lucía, separándose de mí—. Faltan ellas.
Señaló el agujero.
—Señorita —dijo el capitán, exasperado—. Son vacas. No podemos arriesgar personal para sacar ganado. El techo es inestable.
—Esas vacas nos salvaron —dijo Lucía con esa terquedad de acero que tiene—. Si no las sacan, yo me quedo aquí hasta que traigan una grúa.
—Capitán —intervine yo—. No son solo vacas. Son nuestra familia. Y si algo he aprendido de Don Ramiro y del pueblo, es que si uno tiene los medios, uno ayuda. Ustedes tienen la grúa. Ellas están vivas. Sáquenlas.
El capitán nos miró. Miró a sus hombres. Los bomberos, contagiados por la locura de la situación, asintieron.
—¡Traigan las eslingas de carga pesada! —ordenó el capitán, negando con la cabeza y sonriendo—. ¡Vamos a sacar a las p*nches vacas!
Ver salir a la “Prieta”, a la “Manchas” y a la “Canela” volando por los aires, colgadas de una grúa bajo los reflectores en medio de la noche nevada, fue la imagen más hermosa y absurda que he visto en mi vida. La “Canela” mugía aterrorizada mientras volaba, y juro que el Herrero se reía y lloraba al mismo tiempo viéndola aterrizar en la nieve.
Los días siguientes fueron una borrosidad de camas blancas, enfermeras regañonas y sopa caliente. El hospital del pueblo vecino estaba saturado, pero nosotros éramos las celebridades. La prensa había llegado. “Los Sobrevivientes del Pozo”, nos llamaban. O “El Milagro de la Sierra”.
Pero lo que más me impactó no fueron las cámaras, sino la gente del pueblo.
El mismo pueblo que se había burlado, que nos había cerrado las puertas, ahora llenaba la sala de espera. Traían tamales, atole, ropa, cobijas. Se sentían culpables. Colectivamente culpables. Saber que Ramiro, su líder, había sobrevivido gracias a “los sucios”, les había dado una lección de humildad que ninguna homilía del domingo podría igualar.
Don Ramiro estuvo en terapia intensiva dos días. La infección en la pierna fue grave, pero sobrevivió.
Una semana después, cuando me dieron el alta (aunque todavía cojeaba), fui a verlo a su habitación privada. Estaba sentado, con la pierna en alto y rodeado de flores. Su esposa estaba ahí, una señora elegante que siempre me había mirado por encima del hombro. Esta vez, se levantó y me ofreció la silla.
—Pásale, Mateo —dijo ella con voz suave—. Los dejo solos un momento.
Me senté. Ramiro se veía más viejo, más frágil. Ya no tenía el bigote perfecto; estaba canoso y despeinado.
—¿Cómo están las vacas? —fue lo primero que preguntó.
—Bien. El veterinario dice que la “Canela” tiene neumonía, pero la va a librar. Están en el corral del Herrero. Él se ofreció a cuidarlas mientras arreglamos… bueno, mientras vemos dónde vivir.
Ramiro metió la mano en el cajón de su mesita de noche. Sacó un sobre manila.
—No tienen que ver dónde vivir. Tienen que ver qué sembrar.
Me extendió el sobre.
Lo abrí. Eran las escrituras. El traspaso legal de las veinte hectáreas de “Las Almas”, con derechos de agua y una cabaña pequeña que había en el terreno. Todo a nombre de Mateo y Lucía García. Firmado ante notario esa misma mañana.
—No puedo aceptar esto solo así, Ramiro —dije, aunque mis manos temblaban al sostener el papel. Eso era el futuro. Era la seguridad que mis padres siempre quisieron.
—No es un regalo, Mateo. Es un pago. —Ramiro me miró a los ojos, y por primera vez, vi paz en ellos—. Es el pago por la camioneta. Es el pago por los frenos. Es el pago por tres años de llamarlos “ratas”. Y es el pago por sacarme del infierno. Estamos a mano.
—No me va a devolver a mis papás —dije, sintiendo el nudo en la garganta.
—No. Y cargaré con eso hasta el día que me muera. Pero tú… tú no tienes que cargar con mi deuda. Tú tienes que vivir. Tienes que ser el hombre que tu padre quería que fueras. Un hombre con tierra. Un hombre libre.
Guardé el sobre en mi chamarra.
—Gracias, Don Ramiro.
—Y Mateo… —me detuvo cuando me iba—. La cuenta en la tienda está borrada. Y tienen crédito abierto. De por vida.
Salí del hospital y el sol me golpeó la cara. La nieve se estaba derritiendo. Las calles eran ríos de lodo, pero el aire olía a limpio.
El Herrero me esperaba afuera en su camioneta.
—¿Listo, topo? —me gritó, sonriendo. Ya no había burla en ese apodo. Ahora sonaba a respeto. Sonaba a título de guerra.
—Listo —dije, subiéndome.
Fuimos al terreno. A “Las Almas”. Era una extensión hermosa de tierra fértil, ahora cubierta de blanco, pero pronto sería verde. Lucía estaba ahí, acariciando a la “Prieta” que pastaba hierba seca que sobresalía de la nieve.
Marta también estaba, envuelta en cobijas, sentada en una silla al sol.
—¿Es nuestro? —preguntó Lucía cuando le enseñé los papeles.
—Es nuestro —dije.
Nos abrazamos. Miré hacia la sierra, hacia el lugar donde estaba el granero colapsado, nuestra tumba que se convirtió en útero.
La experiencia nos había cambiado. Me miré las manos. Todavía tenían cicatrices de la excavación. Uñas rotas, piel curtida. Nunca volverían a ser manos suaves. Eran manos de topo. Manos que sabían escarbar en la oscuridad para encontrar la luz.
Meses después, cuando llegó la primavera, el pueblo cambió. Ya no éramos los huérfanos invisibles. Éramos parte de la comunidad. El Herrero venía los domingos a comer con nosotros. Marta nos traía medicinas para las vacas. Y Ramiro… Ramiro pasaba a veces en su camioneta nueva, bajaba la ventanilla y saludaba con un gesto de cabeza. No éramos amigos, quizás nunca lo seríamos del todo; había demasiada historia, demasiada sangre bajo el puente. Pero había respeto. Un respeto forjado en el hierro frío del miedo compartido.
Una tarde, mientras araba la tierra nueva para sembrar maíz, mi pala golpeó una piedra. Me agaché a sacarla. Al sentir la tierra húmeda y oscura en mis dedos, sonreí.
El herrero tenía razón. La tierra puede ser una tumba. Pero si sabes luchar, si sabes aguantar, si tienes a quién amar… la tierra también es vida.
Me levanté, me limpié el sudor de la frente y miré al horizonte. El sol se ponía, pintando el cielo de rojo sangre y oro.
—Soy Mateo —dije al viento—. Soy un topo. Y esta es mi tierra.
Lucía me llamó desde la cabaña para cenar. Frijoles calientes y tortillas recién hechas. El mejor banquete del mundo.
Caminé hacia ella, dejando atrás mi sombra larga en el suelo. El invierno había terminado. Nosotros habíamos sobrevivido. Y por primera vez en tres años, no tenía miedo del mañana.
EPÍLOGO: LA LEYENDA DEL POZO
Dicen que en el pueblo, cuando los niños se quejan del frío o de la comida, los viejos les cuentan la historia. La historia de los dos hermanos que se fueron a vivir bajo la tierra con tres vacas. La historia del rico que tuvo que aprender a pedir perdón en la oscuridad. La historia del río negro y el niño que mordió al destino para no ahogarse.
El granero del tío Chente nunca se reconstruyó. Se quedó ahí, como un monumento de madera podrida y vigas caídas. Nadie se atreve a tocarlo. Dicen que si pegas la oreja a la tierra cerca de la entrada sellada, todavía se pueden oír los rezos de Marta, los lamentos de Ramiro y el sonido de una pala rascando contra la piedra, buscando la libertad.
Pero nosotros sabemos la verdad. La libertad no se encuentra rascando hacia afuera. Se encuentra rascando hacia adentro, hacia lo que uno es capaz de hacer por los suyos.
Y cada vez que cae una nevada fuerte, Lucía y yo encendemos una lámpara de aceite, nos sentamos junto a la estufa, y brindamos con un vaso de leche tibia. Por los topos. Por los que aguantan. Y por el bendito silencio de estar vivos.
FIN.