
Soy Fernando Vargas. A mis 32 años, soy dueño de empresas desde Monterrey hasta Guadalajara. La gente dice que lo tengo todo: una mansión que parece palacio de mármol y suficiente dinero para comprar un hospital entero si quisiera. Pero la realidad es que soy el hombre más pobre del mundo.
Hace dos años, un accidente me dejó atado a esta silla de ruedas. Los mejores especialistas me dieron el diagnóstico que nadie quiere escuchar: irreversible.
Esa tarde llegué a casa más temprano de lo habitual, harto de todo. Me fui solo al jardín, lejos de la servidumbre, lejos de las miradas de lástima. Y ahí, entre las flores cuyo aroma ya ni me importaba, me rompí. Empecé a llorar con la rabia de un hombre que ha perdido no solo la movilidad, sino las ganas de despertar al día siguiente.
De pronto, escuché una vocecita a mis espaldas. Era Sergio, el hijo de Rosa, la señora que nos ayuda con la limpieza. El niño me miraba con esa inocencia que te desarma.
—Oiga, ¿por qué está llorando? —me preguntó sin rodeos.
Me limpié la cara con vergüenza. Quise echarlo, pero su mirada me detuvo.
—Porque nunca volveré a caminar, hijo. Nunca más —le confesé, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
Sergio se quedó callado unos segundos. No me tuvo miedo, ni lástima. Sin pedir permiso, se acercó y puso su manita pequeña sobre mi pierna inmóvil.
—¿Puedo orar por usted? —me dijo.
Yo, un hombre de negocios, cínico y desesperado, solo asentí. Él cerró sus ojos y empezó a pedirle a Dios con frases sencillas, sin palabras raras, solo fe pura.
Y entonces… sucedió.
Sentí una ola de calor recorriendo mi pierna, una sensación eléctrica y viva que no había experimentado en dos años….
¿ES POSIBLE QUE UN MILAGRO ESTÉ OCURRIENDO AHORA MISMO O MI MENTE ME ESTÁ ENGAÑANDO?!
PARTE 2: EL INCENDIO BAJO LA PIEL Y EL MIEDO A CREER
Me quedé paralizado, no por la inmovilidad que me había definido durante los últimos setecientos treinta días, sino por el shock absoluto de lo que acababa de ocurrir bajo la palma de la mano de ese niño.
¿Calor? No, la palabra “calor” se queda corta, es insultantemente simple para describir lo que estaba sintiendo. Era como si alguien hubiera conectado un cable de alta tensión directamente a los nervios que, según los mejores neurólogos de Houston y la Ciudad de México, estaban muertos, secos, desconectados para siempre. Fue un latigazo. Un hormigueo violento que subió desde mi rodilla hasta la cadera, una sensación de “nieve” de televisión, pero ardiente, como cuando se te duerme el pie y la sangre regresa de golpe, pero multiplicado por mil.
Mis manos, que descansaban inertes sobre los reposabrazos de cuero de mi silla importada, se cerraron con fuerza, clavando las uñas en el material hasta casi perforarlo. Mis nudillos se pusieron blancos. Mi respiración se detuvo.
Sergio seguía ahí. Sus ojos cerrados, sus pestañas largas y negras descansando sobre sus pómulos morenos, ajeno a la tormenta eléctrica que estaba desatando dentro de mi cuerpo roto. Sus labios se movían apenas, susurrando cosas que yo no alcanzaba a escuchar por el zumbido que me llenaba los oídos.
—Diosito, tú sabes que el patrón está triste… tú sabes que sus piernas quieren correr… —alcancé a distinguir entre el caos de mi mente.
Quise hablar. Quise gritarle: “¿Qué me estás haciendo?”. Quise sacudirlo, apartar su mano por el terror de que fuera una alucinación cruel, una broma de mi cerebro desesperado. Pero no pude moverme. Estaba secuestrado por esa sensación.
Durante dos años, mis piernas habían sido dos bloques de cemento. Pesadas. Frías. Ajenas a mí. Podía clavarles un alfiler y no sentiría nada. Podían echarme agua hirviendo y mi cerebro no registraría dolor. Eran carne muerta pegada a un hombre vivo. Y ahora… ahora sentía el roce de la tela de mi pantalón de casimir contra la piel. Sentía la presión de sus dedos pequeños. Sentía vida.
De repente, un ruido rompió la burbuja mística en la que estábamos.
—¡Sergio! ¡Chamaco del demonio!
La voz de Rosa, su madre, resonó como un trueno en el jardín. Venía corriendo desde la puerta de servicio, secándose las manos mojadas en el delantal. Su cara era un poema de pánico puro. En su mundo, en la jerarquía invisible pero inquebrantable de esta casa, su hijo tocando al “Señor Vargas” no era un acto de bondad; era una falta de respeto, un motivo de despido, una catástrofe.
El niño abrió los ojos y quitó la mano de golpe, como si mi pierna quemara. El calor disminuyó instantáneamente, dejando un eco, un fantasma de sensación que me hizo jadear buscando aire.
—¡Perdón, patrón! ¡Perdón, don Fernando! —gritó Rosa, llegando hasta nosotros jadeando, con el rostro rojo de vergüenza—. Le he dicho mil veces a este huerco que no moleste, que no se acerque a usted cuando está en el jardín. ¡Vente para acá, Sergio!
Ella agarró al niño del brazo con brusquedad, ese tirón nervioso de las madres mexicanas cuando sienten que sus hijos han cruzado una línea peligrosa. Sergio no lloró, pero bajó la cabeza, mirando sus tenis viejos y gastados.
—¡No! —mi voz salió ronca, irreconocible, un gruñido gutural que los asustó a ambos.
Rosa se congeló, soltando ligeramente al niño, esperando el regaño, esperando el “están despedidos”, esperando la furia del millonario amargado que todos conocían en la casa.
Tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta. Tenía que calmarme. Tenía que entender qué acababa de pasar. Miré mi pierna. Estaba inmóvil, igual que siempre. Pero yo sabía que algo había cambiado. El “mapa” de mi cuerpo, que terminaba en mi cintura desde el accidente, se había expandido por un segundo.
—Suéltalo, Rosa —dije, tratando de suavizar mi tono, aunque me temblaba la mandíbula—. El niño… el niño no hizo nada malo.
Rosa me miró con los ojos desorbitados, confundida.
—Es que… señor, usted sabe cómo son los niños, son imprudentes, y no quiero que lo esté molestando con sus tonterías.
—No son tonterías —murmuré, clavando mi vista en Sergio. Él levantó la vista tímidamente. Sus ojos oscuros eran pozos profundos de una calma que no correspondía a su edad—. ¿Qué… qué hiciste, Sergio?
El niño se encogió de hombros, con esa naturalidad aplastante de la infancia.
—Nada, oiga. Nomás le pedí a Papá Dios que le diera chance.
—¿Chance? —repetí, estúpidamente.
—Sí. Chance de caminar. Mi abuelita dice que Dios no deja tirados a sus hijos, nomás que a veces hay que recordarle, porque tiene mucha chamba con tanta gente en el mundo.
Una risa nerviosa, casi histérica, quiso escapar de mi pecho, pero se transformó en un sollozo seco. “Dios tiene mucha chamba”. La teología de un niño de seis años era más potente que todos los libros de autoayuda que me habían regalado mis socios hipócritas.
Rosa estaba petrificada, sin saber si irse o quedarse. La tensión en el aire era palpable. El sol comenzaba a ocultarse detrás de los muros altos de mi propiedad, esos muros coronados con cercas eléctricas que protegían mi riqueza pero no podían proteger mi felicidad. El jardín se estaba tiñendo de sombras largas y violetas.
—Rosa —dije, recuperando un poco de mi compostura habitual, esa máscara de empresario frío que usaba para sobrevivir—. Déjanos un momento. Por favor.
—Pero señor, ya es hora de su medicina y…
—¡He dicho que nos dejes un momento! —alcé la voz, y luego me arrepentí al ver cómo el niño daba un paso atrás—. Por favor, Rosa. Solo quiero hablar con él. No lo voy a regañar.
La mujer asintió, nerviosa, lanzando una mirada de advertencia a su hijo que decía claramente “pórtate bien”, y se retiró hacia la casa, caminando de espaldas unos pasos antes de girarse, dejándonos solos en la inmensidad de mi jardín de diseño.
Giré las ruedas de mi silla para quedar completamente de frente a Sergio. Él se mantuvo firme. No había miedo en él, solo una curiosidad bondadosa.
—Acércate —le ordené, suavemente.
Él dio dos pasos.
—¿Sentiste algo? —le pregunté. Me sentía ridículo haciéndole esa pregunta a un niño que probablemente estaba pensando en caricaturas o en cenar.
—Sentí que usted tiene mucha tristeza en la panza —dijo él, señalando mi estómago—. Y que sus piernas están dormidas, como cuando me siento mucho rato en el piso.
—Están muertas, Sergio. No dormidas. Muertas. Eso dicen los doctores.
—Los doctores no saben todo —respondió él con seguridad—. Mi mamá dice que el doctor del Seguro le dijo que mi tía no iba a tener bebés, y ya tiene tres. Así que se equivocan.
Sonreí. Una sonrisa real, dolorosa, que me estiró la piel de la cara que llevaba meses fruncida en un gesto de amargura.
—Sergio… cuando pusiste tu mano… sentí calor.
Los ojos del niño brillaron.
—Es la luz.
—¿La luz? Ya casi es de noche.
—No esa luz —se rio, como si yo fuera tonto—. La luz de arriba. Entra por mi cabeza y sale por mis manos. Mi abuela me enseñó. Dice que yo tengo “don”, pero mi mamá dice que son cuentos de viejas y que no ande diciendo eso porque la gente va a pensar que estoy loquito.
Me quedé mirándolo. Yo soy un hombre de ciencia, de números, de resultados tangibles. Si invierto un peso, quiero dos de regreso. Si construyo un edificio, uso cálculos estructurales, no fe. Pero lo que había sentido era físico. Empírico. Real.
—¿Puedes… puedes hacerlo otra vez? —La súplica en mi voz me dio asco. Yo, Fernando Vargas, rogándole a un niño.
Sergio negó con la cabeza.
—Ahorita no. Ya me dio hambre. Y mi mamá se enoja si no ceno.
La respuesta fue tan terrenal que me devolvió a la realidad de golpe. Claro. Es un niño. No es un santo, no es un ángel bajado del cielo con trompetas. Es un niño con hambre.
—Está bien —dije, sacando mi cartera del saco. Mis manos temblaban un poco. Saqué un billete de quinientos pesos. Una fortuna para un niño—. Toma. Cómprate lo que quieras.
Sergio miró el billete, luego me miró a mí y negó con la cabeza, poniendo sus manos detrás de la espalda.
—Mi mamá me pega si agarro dinero. Dice que el dinero no se pide, se gana.
Me quedé con el billete en el aire, sintiéndome más pequeño que nunca. Ese niño, que probablemente dormía en una cama compartida y usaba ropa heredada, tenía más dignidad que todos los banqueros con los que cenaba en San Pedro.
—Es… es un pago. Por orar por mí. Eso es un trabajo, ¿no?
Él lo pensó un momento, frunciendo el ceño.
—No. Orar es gratis. Si cobra, no sirve. Diosito no usa tarjeta de crédito.
Guardé el billete, sintiendo una mezcla de vergüenza y admiración profunda.
—Vete a cenar, Sergio. Gracias.
El niño sonrió, mostrando un diente faltante, y salió corriendo hacia la cocina, con esa energía inagotable que yo tanto envidiaba. Lo vi alejarse, vi sus piernas fuertes, sus rodillas raspadas, sus talones levantando un poco de tierra. La máquina perfecta del cuerpo humano.
Me quedé solo en el jardín. La noche cayó sobre mí como una manta pesada. Encendí las luces de la silla eléctrica y me dirigí hacia la rampa de acceso a la casa. El zumbido del motor eléctrico era el único sonido, un recordatorio constante de mi discapacidad.
Al entrar a la casa, el aire acondicionado me golpeó. Frío. Aséptico. Mi casa olía a limpiador caro y a soledad.
Rodé hasta mi despacho. Necesitaba pensar. Necesitaba racionalizar esto. Me serví un whisky, aunque los doctores me lo tenían prohibido por los medicamentos. Me importaba un carajo. Bebí el líquido ámbar de un trago y sentí cómo quemaba mi garganta, pero no se comparaba con el fuego que había sentido en la pierna.je
Saqué mi teléfono y marqué el número del Dr. Montemayor. Eran las 8:30 de la noche, pero cuando le pagas a un médico lo que yo le pago, te contestan a cualquier hora.
—Fernando, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —su voz sonaba profesional, pero con ese matiz de cansancio de quien ya ha lidiado mucho con un paciente difícil.
—Samuel… necesito que vengas mañana. O que me mandes una ambulancia para hacerme una resonancia. Ahora mismo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Fernando, te hicimos estudios hace dos meses. La lesión en la médula es completa. T12. Ya hablamos de esto. No hay cambios posibles. Estás en la etapa de negación otra vez, amigo. Necesitas hablar con tu terapeuta, no conmigo.
—¡No es negación, maldita sea! —grité al teléfono, golpeando el escritorio de caoba—. ¡Sentí algo, Samuel! ¡Sentí calor! ¡Sentí hormigueo en la pierna derecha!
—Síndrome del miembro fantasma, Fernando. O parestesia neuropática. Es normal que el cerebro, en su desesperación por reconectar, cree sensaciones falsas. Es un “eco” del dolor. No es movimiento, no es sensibilidad real. Es tu cerebro mintiéndote.
—¡No fue mi cerebro! —insistí, aunque la duda ya empezaba a carcomerme—. Fue… fue cuando me tocaron. Hubo un estímulo externo.
—¿Quién te tocó? ¿Te golpeaste?
No podía decirle “el hijo de la sirvienta oró por mí”. Se reiría. Me mandaría al psiquiatra directo.
—Nada… olvídalo. Solo… ¿es médicamente imposible? ¿Cero por ciento de probabilidad?
—Fernando… la médula está seccionada. No hay puente para que la señal pase. Es como cortar un cable de fibra óptica. Puedes gritarle al cable todo lo que quieras, pero la luz no va a pasar al otro lado. Lo siento. Tienes que concentrarte en tu rehabilitación para la parte superior del cuerpo y en aceptar tu nueva realidad.
Colgué.
Tiré el teléfono sobre el escritorio. La pantalla se estrelló, pero no me importó.
“Aceptar tu nueva realidad”. Esa frase la odiaba más que a nada en el mundo.
Me giré hacia el gran ventanal que daba a la ciudad. Las luces de la metrópoli brillaban a lo lejos. Allá afuera había millones de personas caminando, corriendo, bailando, haciendo el amor, subiendo escaleras. Y yo aquí, en mi torre de marfil, encerrado en un cuerpo que era mi propia cárcel.
Bajé la vista a mis piernas. Les di un golpe con el puño. Nada. Carne blanda. Otro golpe. Nada.
—¡Muévete! —les grité—. ¡Maldita sea, muévete!
Cerré los ojos y traté de replicar lo que había sentido con Sergio. Traté de invocar esa electricidad. Me concentré tanto que empecé a sudar frío. Visualicé mi dedo gordo del pie derecho. “Muévete. Solo un milímetro. Muévete”.
Pasaron diez minutos. Veinte. Mi cerebro enviaba la orden, gritaba la orden, pero la señal se perdía en el abismo de mi vértebra T12. Nada se movía. Ni un espasmo.
Me dejé caer hacia atrás en la silla, agotado, derrotado. El Dr. Montemayor tenía razón. Era mi mente jugándome trucos. Era la desesperación de un hombre roto buscando magia donde solo había biología destrozada.
Me fui a mi habitación. El proceso de pasar de la silla a la cama era una operación logística humillante. Usar la tabla de transferencia, arrastrar el cuerpo con los brazos, acomodar las piernas muertas con las manos como si fueran maniquíes. Cada noche, esta rutina me recordaba mi condición.
Me acosté boca arriba, mirando el techo oscuro. La casa estaba en silencio.
Pero no podía dormir. La sensación de la mano de Sergio seguía ahí, en mi memoria táctil. No había sido parestesia. Yo sabía lo que eran los dolores fantasmas; eran agudos, punzantes, fríos. Esto había sido calor. Vida.
Hacia la medianoche, la sed me obligó a levantarme. Odiaba llamar a la enfermera de turno para que me trajera agua, me hacía sentir un inútil. Así que hice el esfuerzo de volver a la silla y rodar hacia la cocina.
La casa estaba en penumbra, solo iluminada por las luces de seguridad del jardín que entraban por las ventanas. Al acercarme al área de servicio, escuché voces bajas.
Me detuve. Las llantas de mi silla eran silenciosas sobre el piso de mármol. Me quedé en las sombras del pasillo, escuchando. Eran Rosa y Sergio. Su habitación estaba cerca de la cocina. La puerta estaba entreabierta.
—…pero amá, te juro que el señor se puso contento al final —decía la vocecita de Sergio.
—No se puso contento, mijito, se puso raro —la voz de Rosa sonaba preocupada, cansada—. Esos señores son complicados. Tienen muchos problemas en la cabeza por tanto dinero y tanta desgracia. No quiero que lo vuelvas a molestar. Si nos corren, ¿qué vamos a hacer? Tu tía Lupe ya no nos puede prestar el cuarto, y con lo de las medicinas de tu abuelo, no tenemos ni un peso ahorrado.
Sentí una punzada en el pecho. Sabía que Rosa tenía familia, pero nunca me había preocupado por saber sus circunstancias. Para mí, ella era una presencia invisible que mantenía mi casa limpia y mi ropa planchada. Saber que vivían al día, con miedo a perder su empleo por una interacción inocente, me hizo sentir un miserable.
—No nos van a correr —insistió Sergio—. Diosito me dijo que el señor Fernando va a estar bien. Y cuando camine, va a estar tan feliz que nos va a regalar una casa grandota.
—Ay, hijo… tu fe es muy grande, pero la realidad es muy dura. Duérmete ya. Mañana hay que levantarse a las cinco.
Hubo un silencio, luego el sonido de un beso y el crujido de un catre viejo.
Retrocedí con la silla, sintiéndome un intruso. Regresé a mi habitación sin el agua, con la garganta seca pero con la mente a mil por hora.
“Cuando camine”. El niño no decía “si camina”. Decía “cuando camine”. Usaba el futuro indicativo, no el condicional. Una certeza absoluta.
Esa noche soñé. Soñé que corría. No en una pista de atletismo, ni en una maratón. Soñé que corría por mi jardín, persiguiendo a Sergio. El pasto me hacía cosquillas en las plantas de los pies descalzos. Sentía el impacto de mis talones contra la tierra, la contracción de mis pantorrillas, la fuerza de mis cuádriceps impulsándome. Era un sueño tan vívido que podía oler el sudor y sentir el viento en la cara. En el sueño, Sergio se reía y me gritaba: “¡Alcánceme, patrón, alcánceme!”.
Desperté de golpe, bañado en sudor. El reloj marcaba las 6:00 AM.
Por un segundo, al despertar, olvidé mi realidad. Instintivamente intenté saltar de la cama. La realidad me golpeó cuando mi torso se levantó pero mis piernas se quedaron pegadas al colchón como anclas.
La depresión habitual de la mañana intentó instalarse, esa nube negra que me decía “otro día más en el infierno”. Pero hoy había algo diferente. Un rescoldo de ese incendio de ayer.
No llamé a mi asistente para que me ayudara a vestirme con traje. Me puse unos pants deportivos, con mucha dificultad, y una playera simple.
Rodé hacia la cocina. Rosa ya estaba ahí, preparando el café y picando fruta. Al verme entrar, dio un salto.
—¡Buenos días, señor Fernando! Perdón, no escuché que ya estaba despierto. Ahorita le sirvo su desayuno en el comedor.
—No, Rosa. Sírvelo aquí. En la barra.
Ella me miró extrañada. Yo nunca comía en la cocina. Eso era para la servidumbre.
—¿Aquí?
—Sí. Y sírvele uno a Sergio también. ¿Dónde está?
Rosa palideció.
—Está… está ayudando a sacar la basura, señor. Pero él ya desayunó, no se preocupe.
—Que venga. Quiero hablar con él.
Rosa empezó a retorcerse las manos.
—Señor, si es por lo de ayer… le juro que ya lo regañé. No va a volver a pasar.
—Rosa —dije, mirándola a los ojos, tratando de transmitirle seguridad—. No voy a despedirlos. Quiero… necesito que él haga lo de ayer otra vez.
La mujer se quedó con la boca abierta. La cafetera empezó a sisear detrás de ella, rompiendo el silencio.
—¿Cómo dice?
En ese momento entró Sergio por la puerta del patio, cargando una bolsa de basura negra casi tan grande como él. Al verme, soltó la bolsa y sonrió.
—¡Buenos días, oiga! ¿Ya se siente mejor?
—Sergio, lávate las manos y ven acá —dije.
El niño obedeció al instante. Se lavó las manos en el fregadero, se las secó en sus pantalones y se paró frente a mi silla.
—Ayer… ayer sentí algo, Sergio. Y necesito saber si fue real. Necesito que lo hagas otra vez.
Sergio asintió muy serio, como un doctor a punto de realizar una cirugía compleja.
—Pero tiene que creer, ¿eh? —me advirtió, levantando un dedo índice acusador—. Si usted piensa “esto son puras mentiras”, pues no funciona. Es como el Wi-Fi, si no pone la contraseña, no conecta.
Casi me río. La analogía tecnológica del niño era perfecta.
—Voy a intentar creer, Sergio. Te lo prometo. Pero ayúdame. Tengo mucho miedo de que no funcione.
—El miedo es normal. Pero Dios es más grande que el miedo. Cierre los ojos.
Obedecí. Cerré los ojos. Escuché la respiración agitada de Rosa al fondo de la cocina. Sentí la presencia del niño acercándose.
Sintió sus manos. Esta vez no fue en la pierna. Puso una mano en mi rodilla derecha y la otra sobre mi corazón.
—Papá Dios —empezó a decir, con voz firme—. Aquí está mi amigo Fernando. Está medio triste y medio enojado. Pero tiene ganas de correr. Por favor, mándale la luz esa que calienta. Arréglale los cables de adentro. Amén.
Fue diferente esta vez. No fue un latigazo violento. Fue un calor suave, progresivo. Empezó en el pecho, donde tenía su mano. Sentí una paz extraña, como si me quitaran un chaleco de plomo que llevaba puesto hace años. Mi respiración se profundizó.
Y luego, el calor bajó. Pasó por mi estómago, por mi cintura… y cruzó la frontera prohibida.
Pasó la T12.
Sentí mis muslos. No el tacto de su mano, sino el interior. Sentí la sangre circulando. Sentí… cosquillas.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Siento cosquillas! —exclamé, con voz estrangulada.
Sergio sonrió, sin quitar las manos.
—Es que se están despertando las hormiguitas.
Miré mi pierna derecha. Me concentré con toda la fuerza de mi ser. “Muévete. Muévete”.
Y entonces, lo vi.
No fue un paso. No fue una patada. Fue algo minúsculo. Un fasciculación. El músculo cuádriceps, justo encima de la rodilla, se contrajo. Fue un movimiento involuntario, apenas un temblor bajo la tela del pants. Pero se movió. Carne que había estado muerta durante 730 días, se contrajo.
Rosa soltó un plato. El sonido de la porcelana rompiéndose contra el suelo explotó en la cocina.
—¡Virgen Santísima! —gritó ella, llevándose las manos a la boca.
Yo no podía respirar. Me quedé mirando ese punto en mi pierna. Esperando que se repitiera.
—¿Viste eso? —susurré—. Rosa, ¿viste eso?
—Sí, señor… se movió. ¡Le juro que se movió!
Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos sin que pudiera controlarlas. No era llanto de tristeza, era un desborde de adrenalina y shock.
Sergio retiró las manos y suspiró, como si hubiera cargado un saco de cemento.
—Uff, cansa mucho —dijo, sacudiendo las manos—. Oiga, ¿ahora sí me da para unas papitas? Es que me dio más hambre.
Lo miré a través de mis lágrimas. Ese niño pequeño, desaliñado, hijo de mi empleada doméstica, acababa de lograr lo que la medicina moderna y mis millones de dólares no habían podido. Había cruzado el abismo.
Pero esto apenas empezaba. Sentir un espasmo no era caminar. El camino iba a ser brutal. Y sabía que el mundo, mi mundo de ciencia y negocios, iba a tratar de aplastar esta esperanza.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. Una determinación feroz, una que no sentía desde antes del accidente, se apoderó de mí.
—Rosa —dije, con voz firme—. Llama al chofer. Y cancela todas mis juntas de hoy.
—¿A dónde va, señor?
Miré a Sergio, que ya estaba buscando galletas en la alacena.
—Vamos a ir a la Basílica. Y luego… luego vamos a ir a comprarte la juguetería entera, chamaco.
Pero antes de que pudiera moverme, mi teléfono sonó de nuevo. Era el Dr. Montemayor otra vez. Lo dejé sonar. No necesitaba a un médico que me dijera lo que era imposible. Necesitaba averiguar qué demonios estaba pasando y hasta dónde podía llegar este milagro.
Sin embargo, en el fondo de mi mente, una duda oscura persistía. ¿Y si era temporal? ¿Y si era solo una chispa antes de apagarse para siempre? El miedo a la falsa esperanza es más cruel que la desesperanza misma.
Miré mis piernas otra vez. Estaban quietas de nuevo. Inertes.
—Otra vez, Sergio —le pedí, con desesperación creciente—. Por favor, haz que se mueva otra vez. Necesito estar seguro.
El niño se giró, con la boca llena de galletas.
—No se puede abusar, oiga. Es poquito a poquito. Si le echa mucha agua a la maceta, se ahoga la planta. Hay que tener paciencia.
Paciencia. La única cosa que el dinero no puede comprar.
Me quedé allí, en mi cocina de lujo, rodeado de fragmentos de plato roto, con un niño comiendo galletas y una mujer rezando en voz baja, dándome cuenta de que mi vida anterior había terminado. No cuando tuve el accidente, sino hoy. Justo ahora.
La batalla por volver a ponerme de pie había comenzado, y mi general en esta guerra tenía seis años y le gustaban las papitas con chile.
Aquí tienes la continuación de la historia, manteniendo el estilo narrativo, el vocabulario mexicano y la profundidad emocional, cumpliendo con la extensión solicitada.
PARTE 3: PEREGRINOS EN JET PRIVADO Y LA CIENCIA DEL MILAGRO
El silencio que siguió a mi declaración de guerra en la cocina fue denso, casi masticable. Rosa me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza, y Sergio, mi pequeño general de seis años, ya estaba lamiéndose las migajas de galleta de los dedos, ajeno a que acababa de alterar el eje de rotación de mi existencia.
—¿Señor? —la voz de Rosa tembló—. ¿Dijo la Basílica? ¿La de… la de la Ciudad de México?
—Sí, Rosa. A La Villa. A ver a la Patrona. ¿No es eso lo que hace la gente cuando recibe un favor? ¿Ir a dar las gracias?
—Sí, pero… —Rosa miró su delantal sucio, luego mis pants deportivos, luego el reloj de pared—. Es lejísimos, patrón. Son más de diez horas manejando, y en su condición… los doctores dicen que no puede estar tanto tiempo sentado sin las almohadillas especiales y…
Solté una carcajada que sonó extraña en mis propios oídos, oxidada por el desuso.
—Rosa, se te olvida quién soy. No vamos a ir en autobús.
Giré mi silla con una brusquedad que hizo rechinar las llantas sobre el mármol y me dirigí al interfón de la pared. Marqué el código del área de servicio.
—Ramón, prepara la camioneta. La blindada grande. Y llama al hangar. Quiero el Gulfstream listo en cuarenta y cinco minutos. Nos vamos a la Ciudad de México. Y Ramón… dile a los pilotos que no quiero excusas sobre el clima ni planes de vuelo. Que lo arreglen. Para eso les pago.
Colgué antes de que pudiera contestar. Me giré hacia mi extraña tropa.
—Tienen veinte minutos para arreglarse. No traigan maletas. Solo lo puesto y una chamarra, allá hace frío.
Rosa seguía paralizada, retorciéndose las manos rojas de tanto lavar platos.
—Señor Fernando, perdóneme, pero… ¿yo también? ¿Y el niño? ¿Quién va a limpiar? ¿Quién va a hacer la comida?
Me acerqué a ella, rodando hasta quedar a la altura de su cintura. La miré a los ojos, esos ojos cansados que habían visto más pobreza de la que yo vería en diez vidas.
—Rosa, al diablo la limpieza. Al diablo la comida. Pedimos pizza o contratamos un banquete, me da igual. Tu hijo… —hice una pausa, sintiendo un nudo en la garganta—, tu hijo acaba de reconectar un cable que estaba cortado. Si él es el canal, tú eres la fuente. No voy a ir a pedir un milagro completo sin el equipo que lo empezó. Así que, por favor, ve a cambiarte. Y ponle a Sergio unos zapatos que no tengan agujeros. Si no tienen, agarra de mi clóset lo que sea, aunque le quede grande. O mejor, pasamos a comprar unos en el camino. ¡Muévanse!
El grito final no fue de enojo, fue de pura adrenalina. Rosa asintió frenéticamente, agarró a Sergio de la mano y salió corriendo hacia sus cuartos.
Me quedé solo en la cocina un momento más. Bajé la mirada a mi pierna derecha. Estaba quieta. Totalmente inmóvil bajo la tela gris del pants. Intenté moverla. “Muévete”. Nada. “Solo un poco”. Nada.
El pánico intentó subir por mi pecho, esa garra fría que me había asfixiado durante dos años. “¿Y si fue un espasmo involuntario? ¿Y si fue un error eléctrico de un nervio muriendo?”. La duda es el cáncer de la fe, y yo era un hombre metastásico de dudas. Pero entonces recordé el calor. Ese calor no se inventa.
Salí al vestíbulo. Ramón, mi chofer y guardaespaldas, ya estaba ahí, con su traje negro impecable y esa expresión de piedra que solo tienen los exmilitares.
—Señor Vargas —dijo, abriendo la puerta principal—. Todo listo. El Capitán Méndez dice que tienen pista asignada en una hora.
Ramón no hizo preguntas. Nunca las hacía. Me vio en pants, despeinado, con los ojos rojos, y no parpadeó. Se acercó para ayudarme con la maniobra de transferencia a la camioneta.
Normalmente, este momento era el más humillante de mi día. Ramón tenía que cargarme en peso, como a un bulto, o desplegar la rampa hidráulica que tardaba una eternidad y hacía un ruido de “bip-bip-bip” que anunciaba mi invalidez a todo el vecindario de San Pedro Garza García.
—Sin rampa, Ramón. Cárgame —ordené.
—Sí, señor.
Me tomó en sus brazos fuertes. Sentí mis piernas colgar inútiles. Por un segundo, cerré los ojos y traté de mandar una señal a mis pies para que ayudaran, para que no fueran un peso muerto. Nada. La realidad física seguía siendo terca.
Me depositó en el asiento de cuero de la Suburban blindada. Acomodó mis piernas con delicadeza. En ese momento, salieron Rosa y Sergio.
Rosa llevaba su “ropa de domingo”, un vestido de flores que probablemente tenía diez años y un suéter tejido. Sergio llevaba unos pantalones de mezclilla planchados con raya en medio y una camisa blanca abotonada hasta el cuello, con el cabello mojado y peinado con tanta gelatina que parecía un casco. Se veía ridículamente formal y adorable.
—Súbanse —les dije.
Sergio se trepó a la camioneta con los ojos abiertos como platos. Tocó el asiento de piel, miró las pantallas en los respaldos, las luces LED del techo.
—¡No manches, amá! —susurró, aunque lo escuché perfectamente—. ¡Es una nave espacial!
—¡Sergio, esa boca! —le recriminó Rosa, dándole un pellizco discreto en el brazo—. Compórtate como gente decente.
El trayecto hacia el Aeropuerto del Norte fue silencioso por parte de los adultos y una explosión de preguntas por parte de Sergio.
—¿Y este botón qué hace? ¿Y ese vidrio por qué está tan gordo? ¿Usted tiene pistolas?
Yo, que normalmente hubiera subido el vidrio divisorio para no escuchar ni una mosca, me encontré respondiendo.
—El vidrio es gordo porque es blindado, Sergio. Para que no entren las balas.
—¿A poco le disparan, oiga?
—A veces hay gente mala que quiere lo que uno tiene.
—Pues qué tontos —concluyó él—. Si piden por favor, a lo mejor usted les da. Mi mamá dice que pidiendo se llega a Roma.
Sonreí, mirando por la ventana cómo los edificios de lujo de San Pedro daban paso a las carreteras industriales y secas de la periferia de Monterrey. “Pidiendo se llega a Roma”. Ojalá fuera tan fácil. Yo llevaba dos años pidiendo, maldiciendo y pagando, y no había llegado ni a la esquina.
Llegamos al hangar privado. El Gulfstream G650 brillaba bajo el sol de la mañana, una bestia de metal blanco y plata. Los pilotos nos esperaban al pie de la escalerilla. Vi la confusión en sus ojos al ver bajar a mi empleada doméstica y a su hijo, pero como buenos empleados bien pagados, saludaron con respeto.
—Buenos días, Don Fernando. Bienvenidos a bordo.
Subir al avión fue otro calvario logístico. Usaron la silla de pasillo estrecho para subirme. Sergio subió saltando los escalones de dos en dos.
Cuando estuvimos dentro, en la cabina que olía a cuero nuevo y café recién hecho, Sergio se sentó frente a mí. Rosa se sentó a su lado, tan rígida que parecía que si se movía iba a romper el avión.
—Relájate, Rosa —le dije, mientras me aseguraba el cinturón—. Si te pones dura te vas a marear.
—Es que… nunca me he subido a un avión, señor. Me da miedo que se caiga.
—No se va a caer, amá —intervino Sergio, que ya estaba explorando la mesa plegable—. Papá Dios nos cuida. Y además, este avión se ve bien fuerte. ¿Verdad, don Fernando?
—Es el más seguro del mundo, Sergio.
Despegamos. Sentí la presión en el pecho cuando el avión ascendió, dejando atrás el Cerro de la Silla. Miré por la ventanilla cómo mi ciudad, mi imperio de concreto y acero, se hacía pequeña. Desde aquí arriba, mis problemas parecían minúsculos, pero mis piernas seguían pesando lo mismo.
A mitad del vuelo, cuando alcanzamos la altitud de crucero, me desabroché el cinturón. Necesitaba probarlo otra vez. La duda me estaba comiendo vivo.
—Sergio —lo llamé. Él estaba tomando un jugo de naranja en copa de cristal como si fuera un lord inglés.
—¿Mande?
—Ven acá.
Se acercó. Rosa lo vigilaba como halcón.
—Pon tu mano otra vez.
El niño suspiró, un suspiro largo y dramático.
—Oiga, ya le dije que no es maquinita de chicles. Pero bueno…
Puso su mano en mi rodilla. Cerré los ojos, esperando el latigazo, el fuego, la electricidad.
Pasó un minuto. Dos.
Nada.
Solo sentí el calor normal de una mano humana sobre la tela. Pero no hubo “nieve” en la televisión, no hubo corriente eléctrica interna.
Abrí los ojos, el pánico golpeándome como un mazo.
—No siento nada —susurré, con la voz rota—. ¡Sergio, no siento nada!
El niño me miró tranquilo.
—Pues no. Porque ahorita está pensando en el avión. Y está pensando en que si funciona o no funciona. Tiene “ruido” en la cabeza.
—¿Ruido?
—Sí. Como cuando mi mamá prende la licuadora y no oigo la tele. Usted tiene una licuadora en la cabeza, don Fernando. Tiene que apagarla. Allá con la Virgencita se le va a apagar, va a ver.
Me dejé caer en el respaldo, frustrado, sudando frío. ¿Y si solo había sido un sueño? ¿Y si me estaba volviendo loco? La mente es poderosa. El deseo de curarse puede crear espejismos. Pero el movimiento… yo vi el músculo moverse. Rosa lo vio.
—Tómese un whisky, señor —sugirió Rosa tímidamente—. Se ve muy pálido.
La miré sorprendido. Ella jamás me había sugerido beber. De hecho, sabía que desaprobaba mi consumo de alcohol.
—¿Crees que eso ayude?
—Pues… mi abuelo decía que el miedo entra por el aire y sale por el trago. Y usted tiene mucho miedo.
Tenía razón. Tenía un terror absoluto a llegar a la Basílica y que no pasara nada. A regresar a Monterrey siendo el mismo tullido millonario, pero ahora también el hazmerreír de mi propia esperanza.
Aterrizamos en Toluca (los jets privados rara vez entran al Benito Juárez por el tráfico) y un helicóptero nos trasladó a la ciudad. Sergio pensó que el helicóptero era “una licuadora gigante que vuela”, y se rió todo el camino mientras Rosa rezaba el Rosario con los ojos cerrados, blanca como un papel.
La Ciudad de México nos recibió con su caos habitual. El tráfico, el smog, la energía frenética de veinte millones de almas luchando por sobrevivir. Nuestra camioneta se abrió paso hacia el norte, hacia La Villa.
Cuando llegamos a la calzada de Guadalupe, el chofer tuvo que detenerse. Había demasiada gente. Era un día cualquiera entre semana, pero en México la fe no tiene horario de oficina. Había peregrinaciones. Gente caminando de rodillas. Danzantes con penachos de plumas y cascabeles en los tobillos. El olor a copal, a garnachas fritas y a sudor humano llenaba el aire.
—Hasta aquí llegamos con el carro, señor —dijo el chofer—. Tenemos que seguir a pie… o bueno, en la silla.
Bajamos. El sol del mediodía caía a plomo. Ramón me bajó y empujó mi silla. Rosa y Sergio caminaban a mis lados, agarrados de la mano.
Al entrar al atrio de la Basílica, me sentí diminuto. La arquitectura moderna del templo nuevo, con su techo que parece una carpa gigante acogiendo al mundo, se alzaba imponente. Pero lo que me impactó fue la gente.
Vi a una anciana subiendo las escaleras de rodillas, con la piel sangrando, cargando a un bebé. Vi a hombres tatuados, con cara de haber estado en la cárcel, llorando como niños frente a la entrada. Vi la desesperación y la esperanza mezcladas en un cóctel humano que me mareó.
—¡Mire, don Fernando! —gritó Sergio, señalando la imagen de la Virgen que se veía a lo lejos, dentro del templo—. ¡Ahí está la Jefecita!
Entramos. La frescura del interior fue un alivio. Ramón se abrió paso con su volumen físico, apartando gente suavemente para dejar pasar mi silla de ruedas. La gente me miraba. Veían mi ropa cara (aunque fueran pants, eran de marca), mi silla alemana de titanio, mis guardaespaldas. Veían al “rico”. Pero en sus ojos no había envidia, había esa compasión silenciosa que dice: “Mira, él también está jodido. El dinero no lo salvó”.
Esa mirada me dolía más que el desprecio.
Llegamos a las bandas eléctricas, esas pasarelas móviles que pasan por debajo de la imagen de la Tilma de Juan Diego para que la gente no se aglomere.
—Vamos a pasar —dijo Sergio—. Pero tiene que pedirlo bonito. Nada de exigir.
Nos subimos a la banda. El movimiento mecánico nos arrastró lentamente. Alcé la vista.
Ahí estaba. La imagen que había visto en estampitas, en taxis, en mercados y en iglesias toda mi vida, pero que nunca había mirado realmente. Los colores, el manto estrellado, la mirada inclinada.
Me quedé mirándola. Y por primera vez en dos años, no pedí caminar.
Me vi a mí mismo. Vi mi arrogancia. Vi cómo trataba a Rosa antes de ayer, como si fuera un mueble. Vi cómo trataba a mis empleados, como números en una hoja de Excel. Vi mi soledad, construida ladrillo a ladrillo con billetes de mil pesos.
La banda avanzaba. Tenía pocos segundos.
—Perdón —murmuré. No sé si se lo dije a la Virgen, a Dios, o a mí mismo—. Perdón por ser un pendejo.
Sentí una mano pequeña en mi hombro. Era Sergio.
—Dígale que le duelen las piernas —susurró—. A ella no le da pena que le digan que duele.
Las lágrimas me nublaron la vista. La imagen se volvió borrosa.
—Me duele… —sollocé, bajando la cabeza, importándome un carajo que Ramón y la gente me vieran—. Me duele el alma, Madre. Me duele estar muerto en vida. Si me vas a dejar así, dame fuerza para aguantarlo. Y si me vas a curar… te juro que voy a cambiar. Te lo juro.
La banda eléctrica terminó. Salimos del otro lado. Ramón me empujó hacia una zona lateral, menos concurrida, cerca de las capillas altas.
Me limpié la cara con la manga de mi sudadera. Me sentía agotado, vacío, como si hubiera vomitado todo el veneno que traía dentro.
—¿Ya? —preguntó Sergio, mirándome con curiosidad.
—Ya —dije.
—¿Y? ¿Siente algo?
Me concentré en mis piernas. Nada. Absolutamente nada. Ni calor, ni hormigueo, ni cosquillas. Solo el silencio neurológico habitual.
Una oleada de decepción, amarga y negra, me golpeó. ¿Qué esperaba? ¿Levantarme y andar como en la Biblia en medio de la multitud? ¿Que me aplaudieran?
—No, Sergio —dije, con voz apagada—. No siento nada.
Rosa me puso una mano en el hombro.
—Señor… los milagros no siempre son al instante. A veces Dios trabaja despacito, como cuando se cuecen los frijoles.
—Vámonos —dije, cortante. Quería irme. Quería esconderme en mi mansión. Me sentía un estúpido por haber venido. Un turista del dolor.
El regreso fue lúgubre. En el avión, Sergio se quedó dormido, agotado por la emoción. Rosa miraba por la ventana, rezando en silencio. Yo bebí tres whiskies seguidos hasta que el entumecimiento del alcohol sustituyó al dolor de la decepción.
Llegamos a Monterrey ya de noche. La ciudad brillaba indiferente.
Cuando la camioneta entró a mi propiedad, vi un coche conocido estacionado frente a la entrada. Un BMW negro. Era el del Dr. Montemayor.
—Mierda —mascullé—. ¿Quién lo llamó?
Ramón me miró por el retrovisor.
—Fui yo, señor. Perdóneme. Pero cuando lo vi salir en ese estado… pensé que era lo responsable. Usted no ha tomado sus medicamentos hoy, y el viaje… es peligroso para su circulación.
Quise despedirlo ahí mismo. Pero estaba demasiado cansado.
Al entrar a la casa, Montemayor estaba en el vestíbulo, con su maletín y cara de pocos amigos.
—Fernando. ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? —me espetó sin saludar—. ¿Ir a la Ciudad de México? ¿En tu estado? ¿Sin supervisión? Te puedes provocar una trombosis, una úlcera por presión… ¡Eres un irresponsable!
—Cállate, Samuel —le dije, rodando hacia la sala—. Estoy cansado.
—No me voy a callar. Soy tu médico y tu amigo. Y veo que arrastraste a tu servidumbre a tu locura.
Miró a Rosa y a Sergio con desdén. Rosa bajó la cabeza, avergonzada.
—Ellos no tienen la culpa —dije—. Yo los llevé.
—Fernando, esto tiene que parar. La negación es una etapa del duelo, pero esto ya es patológico. Estás buscando curas mágicas. Estás gastando energía emocional en fantasías. Tienes una lesión completa en T12. ¡Completa! ¿Entiendes lo que eso significa?
—¡Entiendo perfectamente! —grité, girando la silla para enfrentarlo—. ¡Significa que soy un medio hombre! ¡Significa que no sirvo!
—Significa que tienes que adaptarte.
—¡No quiero adaptarme! —golpeé el reposabrazos—. ¡Ayer se movió, Samuel! ¡Te juro por mi vida que se movió!
El médico suspiró, frotándose las sienes.
—Ok. Vamos a acabar con esto de una vez. Te voy a examinar. Aquí y ahora. Vamos a hacer la prueba de reflejos y de sensibilidad profunda. Y cuando veas que no hay respuesta, me vas a prometer que vas a dejar esta locura y vas a volver a tu terapia psiquiátrica.
—Y si hay respuesta… —lo reté.
—Fernando… no va a haber respuesta.
—Si hay respuesta, tú vas a pedirle perdón a ese niño —señalé a Sergio, que se había despertado y nos miraba desde la puerta—. Y vas a admitir que no sabes ni madre.
El doctor miró a Sergio, luego a mí, y asintió con una mueca de incredulidad.
—Trato hecho. Vamos a tu cuarto.
La procesión hacia mi habitación parecía un funeral. Rosa y Sergio se quedaron en la puerta, observando. Ramón ayudó al doctor a pasarme a la cama. Me quitaron los pants. Mis piernas, pálidas y delgadas por la atrofia muscular, quedaron expuestas.
Montemayor sacó su martillo de reflejos y un alfiler esterilizado.
—Empezamos con sensibilidad —dijo, profesional—. Cierra los ojos. Dime si sientes esto.
Sentí un piquete en el brazo.
—Sí.
—Bien. Ahora abajo.
Esperé. No sentí nada.
—¿Sentiste?
—No —dije, apretando los dientes.
—Voy a bajar más. Muslo derecho.
Nada.
—¿Sentiste?
—No.
El doctor suspiró.
—Rodilla.
Nada.
—Pantorrilla.
Nada.
—Pie.
Nada.
Abrí los ojos. Montemayor me miraba con lástima.
—Fernando… no hay sensibilidad. Cero. Ahora los reflejos.
Golpeó mi tendón rotuliano con el martillo. Mi pierna penduló inerte, movida solo por el impacto físico, sin el “salto” reflejo.
—Arreflexia total. Como siempre.
Sentí que el mundo se me caía encima. El viaje, la oración, el calor de ayer… todo había sido una mentira. Mi cerebro roto inventando historias para no morir de tristeza.
—Lo siento, Fernando —dijo Montemayor, guardando sus cosas—. En serio lo siento. Pero tienes que aceptar…
—¡Espere!
La voz de Sergio sonó desde la puerta. El niño entró caminando despacio.
—¡No puede entrar aquí! —dijo el doctor—. Esto es un examen médico.
—Déjalo —dije, derrotado.
Sergio se acercó a la cama. Me miró a los ojos.
—Usted tenía la licuadora prendida, don Fernando. Estaba peleando con el doctor en su cabeza. Así no entra la señal.
—Sergio, ya… —le dije, con lágrimas en los ojos—. Ya se acabó. El doctor tiene razón. Mis piernas están muertas.
—No están muertas —dijo el niño, terco—. Están asustadas.
Sergio se subió a la cama, gateando hasta mis pies. El doctor hizo ademán de bajarlo, pero le lancé una mirada asesina que lo detuvo.
El niño puso sus manos en mis tobillos. No cerró los ojos esta vez. Me miró fijamente.
—Don Fernando, ¿se acuerda de la promesa?
—¿Qué promesa?
—La que le hizo a la Jefecita allá en su casa grande. Dijo que iba a cambiar. Que iba a dejar de ser… ¿cómo dijo? Un pendejo.
El doctor soltó una risita nerviosa. Yo me congelé. Yo había murmurado eso en la banda eléctrica. Sergio estaba a mi lado, pero había mucho ruido. ¿Cómo me escuchó?
—Sí… lo prometí.
—Pues cumpla primero. El milagro no es para que usted vuelva a ser el mismo señor regañón que camina. El milagro es para el señor nuevo.
Sentí un escalofrío. No en las piernas. En la nuca.
—¿Qué tengo que hacer?
—Pídale perdón a Rosa.
La petición me descolocó.
—¿Qué?
—A mi mamá. Siempre le grita. Nunca le dice gracias cuando le lava los chones. Pídale perdón. Ahorita.
Miré hacia la puerta. Rosa estaba ahí, con los ojos llorosos, tapándose la boca. Mi orgullo, ese muro de contención que había construido durante años, empezó a agrietarse. Un hombre como yo, Fernando Vargas, ¿pidiendo perdón a la servidumbre delante de su médico y su chofer? Era impensable.
Pero miré mis piernas muertas. Y luego miré los ojos de Sergio.
Tragué saliva. Me incorporé un poco en la cama.
—Rosa…
Ella dio un paso adelante.
—Sí, señor.
—Perdóname. —La palabra salió áspera, difícil—. Te he tratado mal. Te he tratado como si no fueras nadie. Y eres… eres la madre de este niño increíble. Y me has cuidado cuando nadie más quería aguantarme. Perdóname, Rosa. En serio.
Rosa rompió a llorar abiertamente.
—No se preocupe, señor Fernando. No pasa nada. Dios lo sabe.
En ese instante, Sergio sonrió. Una sonrisa traviesa.
—Ahora sí. Ya se apagó la licuadora.
Apretó mis tobillos.
Y gritó.
—¡Levántate y anda, Lázaro! —gritó con voz de juego, imitando quizás algo que vio en una película de Semana Santa.
El Dr. Montemayor rodó los ojos.
—Por favor, esto es ridíc…
¡CRACK!
Un sonido seco, como una rama rompiéndose, sonó en la habitación.
No vino de afuera. Vino de mí.
Mi pierna derecha dio una patada violenta, un espasmo tan fuerte que mi talón golpeó el colchón y rebotó hacia arriba.
El doctor soltó el maletín. Cayó al suelo con un golpe sordo.
—¡Aaah! —grité.
No fue sorpresa. Fue dolor. Dolor puro, ardiente, exquisito.
—¡Me duele! —aullé, agarrándome el muslo—. ¡Me duele como la chingada!
Montemayor se lanzó sobre mí, pálido como un fantasma.
—¿Qué te duele? ¿Dónde?
—¡El calambre! ¡Tengo un calambre en el gemelo! ¡Siento que se me rompe el músculo!
El doctor tocó mi pantorrilla. El músculo estaba duro como una roca, contraído en un espasmo violento.
—¡Es imposible! —balbuceaba Montemayor, con las manos temblando—. ¡Hay tono muscular! ¡Hay contracción! ¡Pero la médula… la médula está cortada!
—¡No me importa la médula, quítame este dolor! —grité, llorando y riendo al mismo tiempo.
Sergio se bajó de la cama, sacudiéndose las manos como si acabara de terminar un trabajo de carpintería.
—Es que llevan dos años dormidas, oiga. Se despertaron de malas. Como yo cuando me levantan para ir a la escuela.
El doctor empezó a masajear mi pierna frenéticamente, tratando de soltar el calambre. Sus ojos iban de mi pierna a mi cara, buscando una explicación lógica que no existía.
Yo sentía sus manos. Sentía la presión. Sentía el dolor agudo del calambre. Y era la sensación más hermosa que había tenido en mi vida.
Cuando el espasmo cedió, me dejé caer en las almohadas, jadeando, bañado en sudor.
El silencio en la habitación era absoluto. Solo se escuchaba mi respiración agitada.
Montemayor se apartó, mirando sus propias manos como si estuvieran manchadas de algo desconocido.
—Fernando… —susurró—. Acabas de tener una contracción tetánica voluntaria o refleja masiva. Y sientes dolor profundo.
—Sí —dije, con una sonrisa estúpida en la cara—. Siento dolor. Bendito dolor.
El médico se giró hacia Sergio. El niño estaba recargado en la pared, bostezando.
—¿Qué hiciste? —le preguntó el hombre de ciencia al niño de fe.
Sergio se encogió de hombros.
—Yo nada. Yo nomás conecté el cable. La luz la manda el Patrón de arriba. Pero don Fernando ayudó… tuvo que romper su orgullo para que pasara la corriente. El orgullo es muy mal conductor, ¿sabe?
Montemayor se dejó caer en una silla, derrotado por la evidencia de lo imposible.
Yo miré al techo. “Voy a cambiar”, había prometido. Y ahora tenía que cumplir. Porque si Dios me había devuelto el dolor, significaba que también me iba a devolver la vida. Y esa vida ya no podía ser la misma.
—Rosa —llamé, con voz débil pero feliz.
—¿Sí, señor? —dijo ella, acercándose, con los ojos brillantes de asombro.
—Mañana… mañana vamos a revisar tu contrato. Y el de Sergio. Creo que voy a necesitar un “Consultor Espiritual” de planta. Y cobran caro, ¿verdad, Sergio?
El niño sonrió, mostrando el hueco de su diente.
—Pues… depende. Si incluye papitas y la bici nueva que vi en la tienda… podemos negociar.
Cerré los ojos, sintiendo el latido de la sangre en mis pies, ese ritmo constante y maravilloso que me decía que la batalla apenas comenzaba, pero que esta vez, la íbamos a ganar.
Aquí tienes la parte final de la historia, escrita con el mismo estilo narrativo, profundidad emocional y modismos mexicanos, extendida para cumplir con el requisito de longitud y cerrar el arco de transformación de Fernando Vargas.
PARTE FINAL: LA FACTURA DE DIOS Y LOS PASOS DEL GIGANTE
El caos que se desató en mi habitación después de ese primer calambre fue digno de una telenovela de horario estelar, pero sin los cortes comerciales. El Dr. Montemayor, un hombre que había construido su carrera sobre la lógica fría de la neurociencia, estaba convertido en un manojo de nervios, gritando órdenes por su celular mientras Ramón, mi chofer, lloraba en silencio en una esquina, santiguándose repetidamente.
Yo seguía en la cama, sudando como si hubiera corrido un maratón, con la pierna derecha palpitando con un dolor que para mí sabía a gloria. Era un dolor vivo, un dolor “rojo”, no el vacío gris y muerto de los últimos dos años.
—Vamos al hospital, Fernando. Ahora mismo —dijo Montemayor, guardando su teléfono—. Ya prepararon el equipo de resonancia magnética. Tengo a tres neurólogos y un ortopedista esperándonos. Si lo que acaba de pasar es real, y no una alucinación colectiva provocada por el estrés, necesitamos documentarlo.
—No voy a ir —dije, tratando de recuperar el aliento.
El cuarto se quedó en silencio. Rosa dejó de rezar.
—¿Cómo que no vas a ir? —explotó el médico—. ¡Tienes actividad muscular en una zona denervada! ¡Es una emergencia médica positiva!
—No voy a ir… si no vienen ellos —señalé a Sergio y a Rosa—. Ellos son parte del tratamiento. Si Sergio no va, mis piernas no van. Es mi condición.
Montemayor se pasó la mano por la cara, exasperado.
—Fernando, esto es el Hospital Zambrano Hellion, no un campamento de verano. Pero está bien. Que vengan. Al punto que hemos llegado, si quieres traer un mariachi, tráelo. Solo déjame meterte en ese escáner.
El traslado fue surrealista. Esta vez no sentí vergüenza al ser cargado. Sentí anticipación. Sergio iba en la ambulancia (sí, Montemayor insistió en una ambulancia privada) jugando con los botones del monitor cardíaco hasta que el paramédico le tuvo que dar un guante de látex inflado como globo para que se estuviera quieto.
Llegamos al hospital y comenzó el circo. Me metieron en el tubo de la resonancia. El ruido infernal de la máquina, ese “clac-clac-clac” magnético, siempre me había parecido el sonido de mi condena. Hoy me sonaba a música techno.
Estuve ahí dentro una hora. Cuando me sacaron, me llevaron a una habitación privada que parecía más una suite de hotel cinco estrellas. Rosa y Sergio estaban sentados en el sofá de piel, comiendo sándwiches que una enfermera les había traído, viéndose totalmente fuera de lugar pero extrañamente cómodos.
Montemayor entró media hora después. Venía con otros dos médicos. Traían unas tabletas digitales y caras de haber visto un fantasma.
—Bien —dijo Samuel, parándose al pie de mi cama—. Aquí están los doctores Arreola y Vizzuett. Hemos revisado las imágenes. Las hemos comparado con las de hace dos meses y las de hace un año.
—¿Y? —pregunté, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.
El Dr. Arreola, un hombre mayor con canas y lentes gruesos, tomó la palabra.
—Señor Vargas, médicamente, lo que vemos es… desconcertante. La lesión en T12 sigue ahí. La cicatriz en la médula es visible. El tejido nervioso fue seccionado.
Sentí un balde de agua fría.
—¿Entonces?
—Entonces… —continuó, deslizando el dedo por la tablet— parece que la señal ha encontrado un “desvío”. Hay una neuroplasticidad agresiva que no habíamos visto nunca. Es como si su cerebro hubiera construido un puente de cables secundarios alrededor del accidente principal. Esos caminos neuronales no existían hace sesenta días. Son nuevos. Son frágiles. Pero conducen electricidad.
—¿Un puente? —repetí.
—Un “bypass” biológico espontáneo —corrigió Montemayor—. Fernando, es imposible. Biológicamente, a tu edad y con el tiempo de la lesión, esto no debería pasar. La regeneración axonal en el sistema nervioso central es un mito… o lo era hasta hoy.
Miré a Sergio. El niño tenía bigote de mayonesa y estaba peleando con un pepinillo de su sándwich.
—No fue espontáneo —dije, mirando a los doctores—. Fue inducido.
Los médicos se miraron entre ellos con esa incomodidad de la ciencia frente a lo inexplicable.
—Cualquiera que sea la causa —dijo Montemayor, carraspeando—, el hecho es que hay conexión. Pero no cantes victoria todavía. Tener señal no significa caminar. Tus músculos están atrofiados. Tus tendones están acortados. Tienes osteoporosis por desuso. El dolor que sentiste fue un calambre porque el músculo no sabe cómo comportarse. Si quieres ponerte de pie, te espera el infierno, Fernando. Va a doler más que el accidente. Va a ser meses, quizás años, de tortura física.
Sonreí. Una sonrisa depredadora, llena de lágrimas.
—Doctor, llevo dos años en el infierno porque no podía salir. Si el infierno ahora tiene una puerta de salida, no me importa tener que arrastrarme sobre vidrios rotos para cruzarla. ¿Cuándo empezamos?
—Mañana —dijo Samuel—. Pero descansa. Tu cuerpo ha recibido un shock masivo.
Cuando los médicos salieron, me quedé a solas con mi “equipo”.
—Oiga —dijo Sergio, terminándose el sándwich—. ¿Ya nos podemos ir? Es que no me gustan los hospitales, huelen a “fuchi”.
—Nos vamos mañana, Sergio. Pero antes… tenemos que hablar de negocios.
—¿Negocios? —El niño se limpió la boca con la manga.
—Sí. Ven acá. Rosa, tú también.
Se acercaron a la cama. Rosa seguía con los ojos rojos, pero había una nueva luz en su mirada, una dignidad que antes estaba oculta bajo el miedo.
—Rosa —empecé—, lo que pasó en mi cuarto… mi disculpa. Fue en serio. Pero las palabras se las lleva el viento. Necesito acciones. Mañana voy a llamar a mi abogado.
Rosa se tensó.
—¿Abogado, señor? ¿Nos va a demandar?
—No, por Dios, Rosa. Voy a cambiar tu contrato. Se acabó eso de ser la “muchacha”. A partir de ahora, eres la Ama de Llaves Ejecutiva de la Residencia Vargas. Vas a tener un sueldo de gerente, seguro médico privado para ti y para tu familia, y un fondo de ahorro para la educación de Sergio hasta la universidad. Y no vas a usar uniforme. Vas a contratar a gente que limpie. Tú vas a supervisar. Tu trabajo principal es cuidar que esta casa tenga… —busqué la palabra— calor de hogar.
Rosa se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
—Señor Fernando… es mucho dinero. No lo merecemos.
—Lo merecen más que cualquiera de los socios que vienen a beber mi whisky y a ver si ya me morí para quedarse con mis acciones. Acéptalo, Rosa. Por favor.
Ella asintió, incapaz de hablar, y me tomó la mano. Su mano estaba áspera por el trabajo duro. Me prometí a mí mismo que esas manos no volverían a tocar cloro sin guantes nunca más.
—Y tú, huerco —me dirigí a Sergio—. Tú eres el caso difícil.
Sergio se cruzó de brazos, imitando mi postura de negocios.
—A ver. ¿Qué ofrece?
—Te ofrezco el puesto de “Entrenador Motivacional Personal”. Tu trabajo es asegurarte de que no me rinda. Tienes que ir conmigo a las terapias cuando salgas de la escuela. Tienes que regañarme si me pongo “chillón”. Y tienes que recordarme apagar la “licuadora” de mi cabeza.
—Mmm… —Sergio lo pensó, frunciendo el ceño—. Suena a mucha chamba. Y la escuela es aburrida. ¿Puedo faltar a la escuela?
—Ni de chiste. La escuela es obligatoria. Esto es extra.
—Bueno. Pero quiero la bici. Una roja. Con velocidades. Y quiero que me lleve al estadio a ver a los Tigres.
—Hecho. Bici roja y palco en el estadio. ¿Trato?
Extendí mi mano. Sergio la estrechó con solemnidad.
—Trato. Pero si se raja, le cobró el doble.
Esa noche, dormí en el hospital. Pero no dormí solo. Hice que pusieran una cama extra para Rosa y Sergio. Por primera vez en años, no tomé pastillas para dormir. El dolor sordo en mis piernas era mi canción de cuna, recordándome que estaba vivo.
EL INFIERNO DE LA REHABILITACIÓN
Montemayor no mintió. La rehabilitación fue una brutalidad.
Empezamos dos días después. Instalé un gimnasio completo en mi casa para no tener que ir a la clínica y soportar las miradas de curiosidad. Contraté a un fisioterapeuta cubano llamado Lázaro (la ironía del nombre no se nos escapó a nadie) que tenía brazos del tamaño de mis muslos y la empatía de un sargento instructor.
—A ver, chico —decía Lázaro con su acento caribeño—. Tú tienes el cable, pero no tienes la fuerza. Esos músculos son gelatina. Vamos a sufrir.
Y sufrí. Dios sabe que sufrí.
Cada sesión era una batalla campal. Intentar mover el dedo gordo del pie requería tanta concentración mental que terminaba con migraña y la nariz sangrando por la presión arterial. Los gritos que pegaba cuando Lázaro estiraba mis tendones acortados se escuchaban hasta la calle.
Hubo días, semanas enteras, en los que quise tirar la toalla. Días en los que el dolor neuropático —esas descargas eléctricas que sentía cuando los nervios despertaban— era tan intenso que vomitaba.
—¡Ya no puedo! —grité una tarde, tirado en la colchoneta, bañado en sudor y lágrimas—. ¡Lázaro, déjame en paz! ¡Maldita sea, prefiero la silla!
Lázaro se cruzó de brazos, impasible. Pero antes de que pudiera decir nada, entró Sergio. Venía de la escuela, con su mochila de Spider-Man. Se sentó en el suelo, a mi lado, y sacó una bolsa de Sabritas.
—¿Ya se cansó, don Fernando? —preguntó, masticando ruidosamente.
—Cállate, Sergio. No entiendes. Duele como si me estuvieran quemando vivo.
—Pues sí. Mi mamá dice que “el que quiera azul celeste, que le cueste”. Oiga, ¿se acuerda de don Chuy, el de la tienda de la esquina?
—No sé quién demonios es don Chuy.
—Pues es un señor que no tiene una pierna porque le dio la azúcar. Y él anda en muletas todo el día y no se queja. Y usted que tiene las dos y dinero para pagarle al fortachón este… ¿y está llorando? Qué oso.
La vergüenza es un motor poderoso. Más poderoso que la motivación. Que un niño de seis años me dijera “qué oso” (qué vergüenza) fue el combustible que necesitaba.
—Ayúdame a levantarme, Lázaro —gruñí.
—Eso es, tigre. Vamos arriba.
Fueron seis meses. Seis meses de vómito, sudor, oración y maldiciones.
Rosa cambió. Dejó de ser la sombra en la cocina. Se convirtió en la gerente implacable de mi salud.
—Don Fernando, ese no es su jugo verde —me regañaba si intentaba comer algo grasoso—. El doctor dijo potasio y magnesio. Tómese esto. Y nada de whisky hasta el fin de semana.
Aprendí a respetar a Rosa no porque le pagaba, sino porque tenía una sabiduría que no venía de Harvard, sino de la vida. Ella sabía cuándo necesitaba silencio y cuándo necesitaba una palabra de aliento. Y cocinaba… Dios mío, cómo cocinaba. Unos caldos tlalpeños que, juraba yo, regeneraban las células mejor que las células madre.
Poco a poco, los milímetros se convirtieron en centímetros. El movimiento de un dedo se convirtió en el movimiento de un tobillo. Luego, la rodilla. Luego, pude sostener mi peso en las barras paralelas durante cinco segundos.
Esos cinco segundos fueron más valiosos que los millones de dólares que gané ese trimestre en la bolsa.
EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
Mi transformación no pasó desapercibida. En Monterrey, los chismes viajan más rápido que la luz. Se corrió la voz de que Fernando Vargas, el “Ciborg tullido”, estaba moviendo las piernas. De que tenía un “brujo” niño viviendo en su casa.
Mis socios empezaron a ponerse nerviosos. Una tarde, recibí la visita de Marcelo Garza, uno de mis competidores y “amigo” de toda la vida.
Llegó a la casa y lo recibí en la sala. Yo estaba en mi silla de ruedas (aún no caminaba independientemente), pero vestía ropa deportiva, no mis trajes habituales.
—Fernando, qué gusto verte —dijo Marcelo, con esa falsedad pulida de la alta sociedad—. Te ves… diferente. Más robusto.
—Estoy haciendo ejercicio, Marcelo. ¿Qué te trae por acá?
—Pues… la preocupación, hermano. Se dicen cosas. Dicen que tienes a la servidumbre viviendo como reyes. Que te has vuelto… místico. Los inversionistas de Grupo Alfa están inquietos. Piensan que tal vez tu juicio no está al cien por ciento.
En ese momento, Sergio entró corriendo a la sala, persiguiendo a mi perro labrador. Llevaba puestos mis zapatos de vestir, que le quedaban enormes, y se tropezó, cayendo casi a los pies de Marcelo.
—¡Huerco inútil! —exclamó Marcelo, sacudiéndose el pantalón como si el niño fuera una cucaracha—. ¿Qué hace este niño aquí? Fernando, ¿por qué permites esto?
Sentí una furia fría, una claridad absoluta. Antes, yo habría estado de acuerdo con Marcelo. Habría mandado sacar al niño. Pero ese Fernando estaba muerto.
—Sergio —dije con voz tranquila—. Levántate y ven acá.
El niño se levantó, asustado por el grito de Marcelo. Se puso a mi lado. Puse mi brazo sobre sus hombros.
—Marcelo —dije, mirando a mi socio a los ojos—. Este “huerco inútil” es la razón por la que no me he pegado un tiro. Es la razón por la que ayer pude ponerme de pie tres minutos. Este niño tiene más valor en su dedo meñique que toda tu mesa directiva junta.
Marcelo se quedó boquiabierto.
—Fernando, estás exagerando. Es el hijo de la gata.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Fuera de mi casa —susurré.
—¿Qué?
—¡Que te largues de mi casa! —grité, con una voz que hizo temblar los ventanales—. Y dile a los inversionistas que si tienen algún problema, pueden vender sus acciones. Yo las compro todas. Ahora mismo. ¡Lárgate!
Marcelo salió pálido, murmurando cosas sobre locura y decadencia.
Cuando se fue, miré a Sergio. Tenía los ojos llorosos.
—¿Soy el hijo de la gata, don Fernando?
Me bajé de la silla. Me costó trabajo, pero me deslicé hasta quedar sentado en el suelo, a su altura.
—No, Sergio. Eres mi socio. Eres mi amigo. Y Rosa no es una gata. Es una leona. Y nadie, nunca más, va a hablarles así en mi presencia. ¿Entendido?
Sergio asintió y me abrazó. Fue un abrazo torpe, fuerte, con olor a sudor de niño y tierra. En ese abrazo, sentí que mi corazón, que también había estado paralizado, terminaba de sanar.
LA GALA DE LA REVELACIÓN
Ocho meses después del milagro.
La Fundación Vargas organizaba su gala anual benéfica. Normalmente, yo no iba. Mandaba un cheque y un video pregrabado. Odiaba que la gente me viera en la silla, odiaba las miradas de lástima disfrazadas de admiración.
Pero este año era diferente.
El evento era en el Club Campestre. La crema y nata de la sociedad regiomontana estaba ahí. Políticos, empresarios, influencers. Todos con sus mejores trajes y vestidos, bebiendo champaña y hablando de trivialidades.
Llegué en la limusina. Ramón abrió la puerta.
Pero no sacó la silla de ruedas.
Sacó un andador. Un andador moderno, de fibra de carbono, pero andador al fin y al cabo.
Rosa bajó detrás de mí. Iba espectacular. Le había comprado un vestido azul noche, elegante y sobrio. Se había peinado y maquillado. Se veía hermosa, no como una sirvienta, sino como una dama. Sergio iba con un mini smoking que le habíamos mandado hacer a medida, y se veía como un pequeño James Bond mexicano.
—¿Listo, patrón? —preguntó Ramón, ofreciéndome su brazo de apoyo.
—Listo, Ramón.
Me aferré al andador. Mis piernas temblaban. Aún dolían. Siempre dolían un poco. Pero me sostenían.
Entramos al salón.
El murmullo de trescientas personas se detuvo en seco. Fue como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Se escuchaba el tintineo de las copas y mis pasos.
Clac. Arrastre. Paso. Clac. Arrastre. Paso.
Era lento. Era torpe. No era la caminata elegante de antes. Era la caminata de un hombre que ha peleado por cada centímetro.
Caminé los cincuenta metros hasta el escenario. El sudor me corría por la espalda. Sentía las miradas clavadas en mí. Nadie respiraba.
Llegué al podio. Ramón me acercó un banco alto por si necesitaba sentarme, pero lo rechacé con un gesto. Me sostuve del atril con ambas manos.
Miré a la multitud. Vi a Marcelo Garza en primera fila, con la boca abierta. Vi al Dr. Montemayor, que estaba sonriendo con lágrimas en los ojos, levantando su copa hacia mí.
—Buenas noches —dije. Mi voz resonó en los altavoces.
—Muchos de ustedes pensaron que no volverían a verme de pie. Yo también lo pensé. La ciencia lo pensó.
Hice una pausa. Busqué a Sergio y a Rosa en la multitud. Estaban en la mesa principal. Sergio me levantó dos pulgares arriba.
—Durante dos años, fui el hombre más pobre de este salón. Tenía sus cuentas bancarias, tenía sus aviones, tenía sus casas. Pero no tenía esperanza. Y lo peor es que pensaba que la solución estaba en Suiza, o en Houston, o en una pastilla nueva.
“La solución estaba en mi patio trasero. Estaba en la fe de un niño de seis años que cree que Dios escucha si se lo pides con educación. Estaba en el amor de una mujer que me cuidó cuando yo era un monstruo”.
La gente empezó a murmurar. Era incómodo. Estaba rompiendo las reglas no escritas de nuestra clase social: no hablar de sentimientos, no dar crédito a los “de abajo”.
—Hoy —continué, alzando la voz—, la Fundación Vargas cambia de rumbo. Vamos a seguir apoyando el arte y la cultura, sí. Pero a partir de mañana, vamos a abrir el Centro de Rehabilitación Integral “Sergio y Rosa”.
Un foco de luz iluminó la mesa donde estaban ellos. Rosa se tapó la cara, abrumada. Sergio se paró en la silla y saludó como si fuera el Papa. Hubo risas nerviosas, luego aplausos dispersos que se fueron convirtiendo en una ovación.
—Este centro será gratuito —anuncié—. Para todos aquellos que les dijeron que era imposible. Para los que no tienen para pagarle a un Dr. Montemayor. Vamos a traer la mejor tecnología, pero sobre todo, vamos a traer fe. Porque aprendí que la ciencia cura el cuerpo, pero el amor cura al hombre.
La ovación fue estruendosa. Vi a gente llorando. Vi la hipocresía desmoronarse un poco ante la verdad cruda de mi testimonio.
Al bajar del escenario, fue el momento más difícil. Mis piernas estaban agotadas. Di un mal paso. El andador resbaló un poco en el piso pulido.
Me fui hacia un lado. Iba a caer. El pánico me invadió. “No te caigas ahora, no enfrente de todos”.
Pero no toqué el suelo.
Sentí un brazo fuerte a mi izquierda. Ramón. Y sentí unas manitas empujando mi cadera a la derecha. Sergio. Y el brazo de Rosa en mi espalda.
—Lo tenemos, don Fernando —susurró Sergio—. Enderece el barco.
Me equilibré. Respiré hondo. No me caí. Porque ya no estaba solo.
EPÍLOGO: EL JARDÍN, UN AÑO DESPUÉS
Es domingo por la tarde. El sol se está poniendo sobre Monterrey, tiñendo el cielo de naranja y violeta, los colores de una moretón sanando.
Estoy en el jardín. El mismo jardín donde hace casi dos años lloré mi desgracia. Pero el jardín ha cambiado. Ya no es perfecto. Hay juguetes tirados en el pasto. Hay una portería de fútbol un poco chueca. Hay vida.
Camino por el sendero de piedra. Uso un bastón ahora, uno elegante de madera. Ya no necesito el andador, aunque cojeo visiblemente. Mi pierna derecha nunca recuperó la fuerza total, y a veces, cuando va a llover, me duele como si tuviera alambres de púas adentro.
Pero camino.
Siento la textura de las piedras bajo las suelas de mis zapatos. Siento el viento en mi cara a una altura de 1.80 metros, no desde la altura de una silla.
Veo a Sergio a lo lejos. Está tratando de enseñarle a Ramón a tirar un penal. Ramón, el hombre de hielo, se está riendo. Rosa sale de la casa con una jarra de limonada. Me ve y sonríe.
—Don Fernando, ¿va a querer hielo?
—Sí, Rosa. Mucho hielo.
Me siento en una banca. Saco mi teléfono. Tengo correos de la empresa, reportes de la bolsa, mensajes de políticos. Los ignoro.
Miro mi pierna. Le doy un pequeño golpe con el bastón. El músculo se contrae. Responde.
—Gracias —murmuro al aire, mirando hacia arriba.
No sé si Dios tiene “mucha chamba” como dice Sergio. No sé si fui un caso especial o si fue suerte estadística. Pero sé una cosa: la verdadera parálisis no estaba en mi médula espinal. Estaba en mi alma. Estaba paralizado por mi ego, por mi dinero, por mi soledad.
Tuvo que venir un niño sin zapatos, con un billete de quinientos pesos rechazado y una oración mal pronunciada, para enseñarme a caminar de verdad.
Sergio corre hacia mí, sudado y feliz.
—¡Oiga, don Fernando! ¡Ramón es bien malo para portero! ¡Métase usted!
—Estoy viejo y cojo, Sergio. Tenme piedad.uer
—No sea rajón. Nomás un ratito. Yo le ayudo si se cansa.
Me levanto. Me duele la espalda. Me duelen las rodillas. Me siento maravillosamente cansado.
—Está bien, huerco. Pero si te gano, tú lavas los platos hoy.
—¡Jalo! —grita él, corriendo hacia el balón.
Dejo el bastón recargado en la banca. Doy el primer paso sin apoyo. Luego el segundo. Tambaleo un poco, pero sigo. Voy hacia ellos. Voy hacia mi familia.
El sol termina de ocultarse, pero en mi jardín, por fin, se hizo de día.
FIN.