
La gente en San Isidro empezó a murmurar el mismo día que Rogelio se fue al monte con su r*fle al hombro y nunca regresó.
Me había besado en la frente esa mañana, prometiendo traer venado antes del anochecer. Pero cayó la noche, luego pasaron los días, y solo regresó el silencio. Sin rastro, sin sangre, sin cuerpo. Solo el viento de la Sierra aullando entre los pinos.
Tres años después, yo seguía despertando esperando oír sus botas en la entrada. Pero lo único que escuchaba era el traqueteo de las tablas sueltas de nuestro cuarto alquilado y la tos seca de Carlitos, mi hijo de cuatro años, luchando contra el frío que se colaba por los huesos.
Vivíamos en un cuartucho detrás de la fonda de Doña Martita, pagado con lo poco que sacaba lavando sábanas ajenas hasta que mis manos quedaban rojas y agrietadas.
Doña Martita era buena gente, pero su bondad no paraba los chismes. En el mercado, las señoras bajaban la voz cuando yo pasaba:
—Pobre Elena —decían, fingiendo lástima—, sola y con ese niño tan delicado. ¿Qué chance tienen? Dicen que Rogelio se largó con otra. Una mujer sola no sirve para nada aquí.
Lo único que Rogelio me dejó fue un terreno extraño que ganó en una partida de baraja seis meses antes de desaparecer. Era apenas un pedazo de tierra, partido justo a la mitad por un arroyo que bajaba del cerro.
“Es tierra mala”, decían los viejos del pueblo. “Muy estrecha para sembrar, muy húmeda para fincar. No sirve ni para que pasten las cabras”.
Una mañana helada, llevé a Carlitos a ver el terreno. Él pateó una piedra al agua.
—¿Es tierra de papá? —preguntó, sorbiendo los mocos por el frío.
—Sí, mijo. Tierra de papá.
Me arrodillé junto al arroyo y metí la mano. Esperaba sentir el agua helada, como cuchillos de hielo, pero no.
Estaba tibia.
No caliente, pero sí tibia, como el aliento de alguien vivo. Vaporcito salía de la superficie, un milagro en medio de la escarcha. Recordé las historias de los viejos sobre las aguas termales que corren profundo bajo la Sierra.
Ahí, con Carlitos jalándome el rebozo y el frío calándome la espalda, una idea loca se me metió en la cabeza.
¿Y si el arroyo no es el problema? ¿Y si es la solución?
Esa noche, a la luz de una vela, dibujé con manos temblorosas una casa que no estaba al lado del arroyo, sino encima de él. Postes clavados en ambas orillas. Un piso de madera flotando sobre el agua tibia. Calor subiendo desde abajo en invierno.
Sonaba estúpido. Una mujer sola, sin marido, sin ahorros, queriendo construir un puente para vivir.
Pero dos días después, me puse mi único vestido bueno, remendado de los codos, y entré al banco del pueblo. El gerente, Don Anselmo, ni siquiera me ofreció asiento.
—Quiero un préstamo —dije, tratando de que no me temblara la voz.
—¿Para qué, Doña Elena? —preguntó él, mirándome por encima de sus lentes.
—Para construir una casa. En mi terreno.
Él soltó una risita burlona.
—Señora, ese arroyo hace que esa tierra sea inútil.
Lo miré a los ojos, apretando los puños para no llorar.
—La hace inusual, Don Anselmo. No inútil.
¿LOGRARÁ ELENA CONVENCER AL PUEBLO O EL INVIERNO ACABARÁ CON ELLOS?
PARTE 2: LA ARQUITECTURA DE LA DESESPERACIÓN Y EL MILAGRO DEL VAPOR
La risa de Don Anselmo no fue lo que me rompió; fue el silencio que siguió. Ese silencio pesado, de oficina con aire acondicionado y muebles de caoba, donde una mujer con zapatos polvorientos y manos enrojecidas por el jabón no tiene lugar. Me quedé parada ahí, frente a su escritorio, sintiendo cómo la sangre me subía a la cara, caliente y punzante, contrastando con el frío que llevaba incrustado en los huesos desde hacía semanas.
—”Inusual”, repitió él, arrastrando las sílabas como si estuviera saboreando un dulce amargo. Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo de seda, sin dignarse a mirarme. —Doña Elena, por favor. No estamos aquí para financiar fantasías de viudas desesperadas. Ese terreno es un pantano glorificado. Si quiere un consejo de amigo, aunque no me lo haya pedido: venda esa tierra al municipio por lo que le den, compre un boleto de autobús y váyase a la ciudad a servir en alguna casa rica. Aquí no hay nada para usted.
Salí del banco con la cabeza agachada, no por sumisión, sino para esconder las lágrimas de rabia que amenazaban con traicionarme. El sol de mediodía en San Isidro pegaba fuerte, pero no calentaba. Era esa luz blanca y cruda del invierno serrano que solo sirve para iluminar la miseria. Al cruzar la plaza, sentí las miradas. En un pueblo chico, las noticias vuelan más rápido que el viento del norte. Seguramente, antes de que yo llegara a la esquina, ya todos sabían que la “loca del río” había ido a pedir dinero y la habían sacado con cajas destempladas.
Pasé por la ferretería de Don Paco. Me detuve frente al escaparate, mirando los rollos de papel alquitranado, los clavos de acero, las sierras relucientes. Todo lo que necesitaba estaba ahí, detrás de un cristal sucio, tan inalcanzable como la luna. Metí la mano en la bolsa de mi delantal y toqué las únicas monedas que traía: lo suficiente para medio kilo de tortillas y un huevo para Carlitos. Nada más.
Al llegar al cuartucho detrás de la fonda, el sonido de la tos de mi hijo me recibió como una bofetada. Era una tos perruna, profunda, de esas que hacen que el pechito les suene como una matraca vieja. Entré corriendo. Carlitos estaba hecho bolita bajo las tres cobijas raídas que teníamos. Su carita estaba pálida, con ojeras moradas que parecían moretones, pero sus mejillas ardían.
—Mamá… —susurró, y su voz era un hilito quebradizo—. Tengo frío, pero sudo.
Le puse la mano en la frente y sentí el terror puro, ese miedo helado que solo una madre conoce. Estaba ardiendo en fiebre. La humedad de ese cuarto alquilado, con sus paredes de adobe que lloraban salitre, lo estaba matando lentamente. Si nos quedábamos ahí otro invierno, Rogelio no sería el único al que tendría que llorar.
Esa noche no dormí. Me senté en el suelo, junto a la cama de mi niño, escuchando su respiración laboriosa. Miré mis manos. Eran manos fuertes, manos que sabían tallar ropa en el río, que sabían desgranar maíz hasta que las yemas sangraban, manos que habían cargado leña. ¿Por qué no podían construir una casa? Don Anselmo había dicho que era imposible. El pueblo decía que era una locura. Pero mientras cambiaba los paños húmedos en la frente de mi hijo, tomé una decisión que venía desde las tripas, desde ese lugar oscuro y primitivo donde habita el instinto de supervivencia.
No necesitaba su dinero. No necesitaba sus permisos. Tenía el terreno. Tenía el arroyo. Y tenía dos brazos que todavía funcionaban.
A la mañana siguiente, empecé mi cruzada. No fui a la ferretería. Fui al “yonke”, el deshuesadero de autos y chatarra que estaba a la salida del pueblo, rumbo a la carretera federal. El dueño, un viejo huraño al que todos llamaban “El Tuercas”, me vio llegar y escupió al suelo.
—No tengo limosnas, doña —gruñó, limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo negro.
—No vengo a pedir, vengo a negociar —le dije, plantándome firme, aunque las rodillas me temblaban—. Necesito láminas. Necesito madera vieja, aunque tenga clavos, yo se los saco. Necesito tubos.
El viejo me miró de arriba abajo, con esa mirada burlona que ya me tenía harta.
—¿Y con qué vas a pagar? ¿Con piedras del río?
—Con trabajo —respondí rápido—. Sé que su mujer se fue a los Estados Unidos y que nadie le limpia el chiquero que tiene allá atrás en la oficina. Sé que tiene cerros de ropa sucia y que come puros atunes porque le da flojera cocinar. Yo le limpio, le lavo y le cocino un mes entero. A cambio, déjeme llevarme lo que a usted le sobre. Lo que ya no venda.
El Tuercas se quedó callado, masticando un palillo. Me miró los brazos, calculando si aguantaría la friega. Luego miró hacia la oficina, que en efecto, era un asco visible desde afuera.
—Dos meses —dijo secamente—. Y te llevas lo que puedas cargar en la espalda. No te presto la camioneta.
—Trato hecho.
Durante las siguientes semanas, mi vida se convirtió en un infierno de agotamiento físico. Me levantaba a las cuatro de la mañana, dejaba a Carlitos dormido (encargado con Doña Martita, a quien le prometí lavar los manteles de la fonda gratis a cambio de que le echara un ojo), y me iba al terreno.
El primer desafío fue limpiar. El lugar estaba lleno de maleza espinosa y basura que la gente tiraba al arroyo creyendo que el agua se lo llevaría todo. Saqué llantas viejas, botellas rotas, hasta un colchón podrido. El agua, esa agua bendita y tibia, seguía fluyendo, ignorante de la suciedad, lanzando su vaporcito constante hacia el aire gélido.
Lo más difícil no fue limpiar, fue empezar los cimientos. Yo no era albañil, ni carpintero, ni arquitecto. Solo recordaba lo que había visto hacer a mi padre y a Rogelio. Sabía que necesitaba clavar postes profundos, muy profundos, para que la corriente, por mansa que fuera, no se llevara mi casa.
Conseguí una barra de acero en el yonke del Tuercas. Pesaba horrores. Me pasaba horas golpeando la tierra pedregosa de la orilla, haciendo agujeros. Clang, clang, clang. El sonido metálico rebotaba en el silencio del cerro. Mis manos se llenaron de ampollas el primer día. Al tercero, las ampollas reventaron y sangraron. Me vendé las manos con tiras de una camisa vieja de Rogelio y seguí golpeando.
La gente pasaba por el camino de terracería que bordeaba mi terreno. Algunos se detenían a mirar.
—¡Hey, Elena! —gritó un día Pancho, el borracho del pueblo—. ¿Estás buscando petróleo o qué?
Un grupo de señoras que venían de misa se detuvieron a cuchichear, señalándome. Yo estaba metida hasta las rodillas en el barro, sudando a pesar de estar a cinco grados, con el cabello pegado a la cara y lodo hasta en las pestañas.
—Mírala, ha perdido el juicio completamente —escuché decir a una—. Deberían quitarle al niño. No está en condiciones.
Esa frase me congeló más que el viento. “Quitarle al niño”. El miedo se convirtió en gasolina. No podía detenerme. Tenía que demostrarles que no estaba loca, que estaba construyendo un santuario.
El problema técnico más grande era cómo cruzar el arroyo. No tenía vigas largas de una sola pieza. Lo que El Tuercas me dejaba llevar eran pedazos de madera de construcciones demolidas, polines mordidos por termitas, y tarimas de carga.
Una tarde, mientras arrastraba una tarima pesadísima por el camino (porque, como dijo el viejo maldito, no me prestó la camioneta y tuve que cargar todo los tres kilómetros desde el yonke hasta el terreno), sentí que el cuerpo me fallaba. Las piernas se me doblaron y caí de rodillas en la grava. La tarima me raspó el hombro, abriéndome la piel.
Me quedé ahí, tirada en el suelo, mirando el cielo gris plomo que prometía nieve. Empecé a llorar. No un llanto suave, sino un aullido ronco, seco.
—¿Por qué, Rogelio? —grité al cielo vacío—. ¿Por qué te fuiste y me dejaste con este paquete? ¡No puedo! ¡Soy una mujer, no una mula de carga!
—Pues para no ser mula, cargas bastante bien.
La voz me sobresaltó. Me limpié los ojos rápidamente y vi a Don Jacinto parado frente a mí. Era el carpintero más viejo del pueblo, un hombre de pocas palabras y manos que parecían raíces de árbol. Todos le tenían respeto, y algo de miedo, porque decían que tenía mal genio.
Me puse de pie como pude, avergonzada de que me viera derrotada.
—Buenas tardes, Don Jacinto. No necesito ayuda.
—No te ofrecí ayuda, mujer. Solo hice una observación —dijo, apoyándose en su bastón. Miró la tarima y luego miró hacia mi terreno, donde se veían los cuatro postes chuecos que había logrado plantar—. Ese “puente” que quieres hacer se te va a caer encima la primera noche.
Sentí la ira subirme de nuevo.
—Pues que se caiga conmigo adentro. Al menos estaré en mi casa y no de arrimada.
Don Jacinto soltó un gruñido. Se acercó a la tarima, la pateó suavemente para probar su resistencia.
—Estás usando madera de pino sin curar para los soportes. La humedad del vapor se la va a comer en dos meses. Se va a pudrir desde adentro. Necesitas encino, o al menos tratar esa madera con aceite quemado.
Me quedé callada. Aceite quemado. De eso había montones en el taller del Tuercas. ¿Por qué no se me había ocurrido?
—Y la estructura está mal —siguió el viejo, señalando con su bastón hacia el arroyo—. Estás tratando de poner el piso plano. Si llueve o nieva, el peso se va a acumular en el centro. Tienes que darle una ligera pendiente, como un techo a dos aguas, pero invertido por debajo para que respire, y sellar las juntas con brea.
Lo miré, confundida y esperanzada al mismo tiempo.
—¿Por qué me dice esto?
Don Jacinto suspiró y se acomodó el sombrero.
—Tu padre me hizo un favor hace treinta años. Nunca se lo pagué. Además… —hizo una pausa y miró hacia el pueblo con desprecio—, me revienta ver cómo todos esos hipócritas rezan el domingo y te escupen el lunes. No te voy a construir la casa, Elena. Ya no tengo fuerza para eso. Pero te voy a decir cómo hacer para que no mates a tu chamaco cuando se te venga el techo encima.
Desde ese día, Don Jacinto se convirtió en mi capataz silencioso. Iba por las tardes, se sentaba en una piedra grande, encendía un cigarro de hoja y me daba instrucciones.
—¡Más profundo ese hoyo! ¡Métele piedras grandes al fondo para el drenaje! ¡No claves así, vas a rajar la madera, usa el taladro manual!
Aprendí a mezclar el barro con paja y estiércol de caballo para hacer una mezcla que sellara las paredes de madera reciclada. Aprendí que las láminas oxidadas del Tuercas servían si las lijaba y las pintaba con una mezcla de cal y nopal para protegerlas. Aprendí a “coser” la madera, uniendo pedazos cortos para hacer vigas largas que aguantaran el peso.
Pero el tiempo era mi enemigo. Noviembre se estaba acabando y el frío se volvía cada día más agresivo. Carlitos ya no salía de la cama en el cuarto de la fonda. Doña Martita me miraba con lástima y preocupación cada vez que iba a recogerlo.
—Elena, el niño está mal —me dijo una noche, poniéndome una mano en el hombro—. El doctor dice que sus pulmones están llenos de flema. Necesita calor constante, Elena. No ratitos de sol. Calor de verdad. Si le da una neumonía…
No terminó la frase, pero no hacía falta.
Esa noche, trabajé bajo la luz de la luna llena hasta que mis dedos se entumecieron tanto que no podía sostener el martillo. Ya tenía el piso. Era una plataforma de madera, parchada y de mil colores, suspendida metro y medio sobre el arroyo humeante. Me tiré al suelo de la plataforma, agotada.
Y entonces lo sentí.
A través de las rendijas de la madera, subía un calorcito delicioso. El vapor del agua chocaba contra la parte inferior de mi piso y calentaba la madera. No era un calor sofocante, era un abrazo tibio, constante, húmedo y sanador. Me quité el rebozo y pegué la mejilla a las tablas rugosas. Era como estar acostada sobre el lomo de un animal gigante y bondadoso.
Funcionaba. ¡Dios mío, funcionaba!
Lloré de nuevo, pero esta vez de alivio. Me imaginé a Carlitos acostado ahí, respirando ese aire tibio que le abriría los bronquios, lejos de las corrientes heladas de la fonda.
Pero faltaban las paredes y el techo. Y el dinero se había acabado. El Tuercas ya no me daba más material porque se me había acabado el mes de trabajo y me exigía otro mes por adelantado, pero yo no podía perder tiempo limpiando su taller; necesitaba construir.
Fue entonces cuando la desesperación me hizo creativa. Recordé las botellas de vidrio que había sacado del arroyo. Cientos de ellas. Botellas de refresco, de cerveza, de tequila, que la gente había tirado durante años.
—¿Qué vas a hacer con esa basura? —preguntó Don Jacinto cuando me vio lavando las botellas en el mismo arroyo.
—Paredes —dije, con una sonrisa que me dolía en los labios partidos por el frío—. Voy a hacer paredes de luz.
Me miró como si estuviera loca, y luego soltó una carcajada ronca.
—Maldita sea, Elena. Eres terca como una mula.
Usé el barro mezclado con paja como mortero y empecé a apilar las botellas acostadas, cuello con fondo, creando muros gruesos que dejaban pasar la luz pero atrapaban el aire caliente. Era una técnica que había visto una vez en una revista vieja que alguien dejó olvidada en la plaza. Era lento, terriblemente lento, pero era gratis.
El pueblo, por supuesto, no tardó en reaccionar.
—¡Ahora está haciendo una casa de basura! —se reían en el mercado—. ¡La casa de los borrachos!
Un martes por la mañana, llegaron dos hombres con camisas planchadas y carpetas bajo el brazo. Eran del Ayuntamiento.
—Señora Elena —dijo uno de ellos, un tipo con bigote recortado que miraba mis botas llenas de lodo con asco—, hemos recibido quejas de los vecinos. Esta… estructura… no cumple con los códigos de construcción. Representa un peligro de salubridad y seguridad. Tiene que detener la obra inmediatamente.
Sentí que el mundo se me caía encima. Me puse de pie frente a mi casa a medio terminar, con mis muros de botellas brillando al sol de la mañana como joyas de pobre.
—¿Qué vecinos? —pregunté, con la voz temblando de furia—. ¡Mi vecino más cercano está a un kilómetro! ¡Aquí solo hay pinos y coyotes!
—Es un decir —respondió el funcionario, impaciente—. El punto es que no tiene permisos. No tiene planos firmados por un arquitecto. Está construyendo sobre un cauce federal. Tiene 24 horas para demoler esto o vendremos con maquinaria a hacerlo nosotros y le cobraremos la multa.
Me acerqué a él, con el martillo todavía en la mano. Los dos hombres dieron un paso atrás, asustados por la mirada de una madre acorralada.
—Mire, señor. Mi hijo se está muriendo de frío en el pueblo. Esta es mi tierra. Este es mi arroyo. Y esta es mi única oportunidad. Si quieren tirar mi casa, van a tener que tirarla conmigo y con mi hijo adentro.
—No se ponga difícil, señora…
—¡Lárguense! —grité, levantando el martillo—. ¡Lárguense de mi tierra!
Se fueron, murmurando amenazas sobre la policía y el DIF. Sabía que volverían. Tenía poco tiempo. Quizás días. Quizás horas.
Esa tarde, el cielo se puso negro. No gris, negro. El viento cambió, trayendo un olor a hielo picado. Las campanas de la iglesia en el pueblo empezaron a repicar frenéticamente. Era el aviso de tormenta. La radio local anunciaba la llegada de un frente polar histórico. “La helada negra”, le decían. Se esperaba que las temperaturas bajaran a quince grados bajo cero esa misma noche.
Corrí a la fonda por Carlitos. Lo encontré peor que nunca. Respiraba con un silbido agudo y tenía los labios azules.
—Doña Martita, me lo llevo —dije, envolviéndolo en las cobijas.
—¡Elena, estás loca! —me gritó ella, tratando de detenerme—. ¡Viene la tormenta! ¡Ese jacal que hiciste no va a aguantar! ¡Se van a congelar allá afuera! ¡Déjalo aquí, por el amor de Dios!
—Aquí se muere, Martita. Aquí el frío entra por todos lados. Allá… allá hay calor.
—¡Es un suicidio!
No la escuché. Cargué a mi hijo de cuatro años, que pesaba tan poco que me rompió el corazón, y salí a la calle. El viento casi me tira. La nieve empezaba a caer, no como copos suaves, sino como perdigones de hielo que golpeaban la cara.
El camino hacia el terreno fue un calvario. Cada paso era una lucha contra el viento que intentaba empujarnos hacia atrás. Carlitos lloraba bajito, escondido en mi pecho.
—Ya casi llegamos, mi amor. Ya casi. Vamos a la casa del agua calientita.
Cuando llegué al arroyo, mis manos estaban tan entumecidas que casi se me cae el niño. La estructura estaba ahí. Le faltaba una parte del techo. Había cubierto el hueco con una lona de plástico grueso que me robé (Dios me perdone) de un camión estacionado. Las paredes de botellas no estaban terminadas hasta arriba, había huecos que tapé con barro fresco y ramas.
Subí la pequeña rampa de madera y entré.
El contraste fue inmediato. Afuera, el mundo era un aullido de hielo. Adentro, a pesar de las rendijas, a pesar del techo de lona que gualdrapezaba con el viento, se sentía… diferente.
El vapor subía con fuerza. Al haber cerrado el espacio con las paredes y el piso, el calor del agua termal se acumulaba. Puse a Carlitos sobre el colchón viejo que había rescatado y secado al sol durante semanas, colocado justo en el centro de la habitación, donde la madera estaba más caliente.
Encendí una vela. La luz se reflejó en las cientos de botellas de vidrio de las paredes, creando un caleidoscopio de colores ambarinos y verdes. Parecía una catedral mágica.
Pero la tormenta apenas empezaba.
Durante las siguientes seis horas, viví el terror absoluto. El viento rugía como una bestia tratando de arrancar mi casa de sus cimientos. Los postes crujían. La lona del techo se sacudía violentamente, amenazando con rasgarse y dejar entrar la muerte blanca.
Yo estaba sentada en el suelo, abrazando a Carlitos, rezando todo lo que sabía. Cada vez que la estructura gemía bajo una racha de viento, yo apretaba los ojos esperando el colapso.
—Mamá… —dijo Carlitos en la oscuridad.
—Aquí estoy, mi vida. No tengas miedo.
—No tengo miedo… —susurró—. Mamá, está calientito.
Me quité el guante y le toqué la mano. Ya no estaba helada. Su respiración, aunque seguía agitada, ya no silbaba tanto. El aire que respirábamos dentro de esa cabaña improvisada era húmedo y tibio, cargado de minerales, como un baño de vapor suave. El “invento inútil”, la “locura de la viuda”, estaba manteniendo la temperatura a unos agradables veinte grados, mientras afuera el mundo se congelaba a menos diez.
De repente, escuché un crujido fuerte, diferente a los de la madera. Era afuera. Un golpe seco.
Salí con la lámpara de mano, temiendo que el arroyo se hubiera desbordado. Lo que vi me dejó helada.
Una rama enorme de un pino viejo se había desgajado por el peso de la nieve y había caído justo sobre el camino de entrada, bloqueando el paso. Pero eso no era todo. A lo lejos, vi luces. Luces de faros de camionetas.
Eran ellos. La gente del Ayuntamiento o quizás la policía, viniendo a sacarnos antes de que la tormenta empeorara, convencidos de que estábamos muriendo. O quizás venían a cumplir su amenaza de demoler.
Las luces se detuvieron ante la rama caída. Vi siluetas bajarse. Escuché gritos que el viento se llevaba.
Regresé adentro y tranqué la puerta con un barrote.
—Nadie entra aquí, Carlitos —dije, más para mí que para él—. Esta es nuestra fortaleza.
Pasaron las horas. La tormenta arreció. Sabía que nadie podría cruzar el camino bloqueado y el bosque nevado en esa oscuridad. Estábamos sitiados por la nieve, pero protegidos por el agua.
Me quedé dormida con el niño en brazos, arrullada por el sonido del agua corriendo bajo nosotros y el calor subiendo, desafiando a la lógica y a la ciencia de los banqueros.
Desperté con una luz cegadora.
Era de mañana. La tormenta había pasado. El silencio era total, ese silencio algodonoso que deja la nieve. Abrí la puerta de madera hinchada y miré hacia afuera.
El mundo era blanco y brillante. Todo estaba congelado. Los árboles parecían estatuas de cristal. Pero mi casa… mi casa estaba viva.
El vapor salía por las rendijas del techo y de las paredes, creando una columna de niebla que subía hacia el cielo azul. El calor del interior había derretido la nieve que cayó sobre el techo, y el agua goteaba alegremente. Alrededor de la casa, en un radio de dos metros, no había nieve; el calor del suelo radiante la había derretido, dejando ver la tierra negra y húmeda, e incluso, increíblemente, un pequeño brote verde de hierba que había sobrevivido al cataclismo.
Miré hacia el camino. Ahí estaban las camionetas del Ayuntamiento, atascadas en la nieve. Y detrás de ellas, venía gente del pueblo. Muchos. Envueltos en cobijas, caminando con dificultad.
¿Venían a ver los cadáveres? ¿Venían a ver cómo la “loca” había muerto congelada junto a su hijo?
Tomé a Carlitos de la mano. Él caminaba mejor. Sus mejillas tenían color, color de vida, no de fiebre.
Salimos a la pequeña terraza que daba al frente.
Cuando la gente nos vio salir, vivos, de pie, sin abrigos pesados (porque adentro hacía calor), se detuvieron en seco.
El Jefe de Manzana, el banquero Don Anselmo (que había venido a supervisar, seguramente), y Doña Martita estaban al frente.
Doña Martita se llevó las manos a la boca y empezó a llorar.
Don Anselmo se quedó con la boca abierta, mirando cómo el vapor nos envolvía como un aura celestial. Miró la nieve derretida alrededor de mi casa, el único punto de calor en todo el valle congelado.
Entonces, sucedió algo que no esperaba.
Un hombre que venía atrás, uno de los peones del rancho de los López, gritó:
—¡Miren! ¡No hay humo! ¡No quemó leña!
—Es el agua… —murmuró alguien más—. Vive sobre el agua caliente.
Don Jacinto, el viejo carpintero, salió de entre la multitud. Se apoyó en su bastón y soltó una carcajada que resonó en todo el valle.
—¡Se los dije, bola de pendejos! —gritó, señalándolos a todos con su dedo nudoso—. ¡La mujer les ganó! ¡Mientras a ustedes se les congelaron las tuberías y se les acabó el gas anoche, ella durmió calientita!
Carlitos me apretó la mano.
—Mamá, ¿están enojados?
Miré a la multitud. No veía enojo. Veía asombro. Y en los ojos de Don Anselmo, veía algo más: cálculo. Veía cómo su cerebro de banquero empezaba a entender el valor de lo “inusual”.
Pero entonces, vi a una mujer joven, con un bebé en brazos, temblando de frío. Se acercó tímidamente, ignorando a las autoridades.
—Doña Elena… —dijo, con los dientes castañeando—. Mi bebé… mi casa está helada, se nos rompió la ventana con el viento. ¿Podría…? ¿Podría dejarnos entrar un ratito a calentarnos?
Miré mi casa de botellas y madera vieja. Miré a los funcionarios que habían venido a echarme. Y luego miré a la madre joven.
—Pásale —dije en voz alta, para que todos escucharan—. Aquí hay calor para todos los que no tengan el corazón de piedra.
Uno por uno, los vecinos empezaron a acercarse. Olvidaron las burlas, olvidaron los chismes. El frío es un gran nivelador, y el calor, el bien más preciado.
Esa mañana, mi pequeña casa sobre el puente no solo salvó a mi hijo. Se convirtió en el refugio de medio pueblo. Y mientras servía tazas de té hecho con agua caliente del mismo arroyo (hervida, por supuesto), vi a Don Anselmo subirse a su camioneta y marcharse, derrotado por la física y la dignidad de una madre.
Pero la historia no terminó ahí. Porque cuando la nieve se derritió y llegó la primavera, la fama de la “Casa del Vapor” ya había cruzado la Sierra. Y lo que vino después… eso sí que nadie, ni siquiera yo en mis sueños más locos, lo hubiera imaginado. Porque resulta que el agua no solo calentaba; el agua curaba. Y Don Anselmo no era el único que quería mi tierra ahora.
Ahora tenía que luchar contra tiburones más grandes. Pero ya no estaba sola. Tenía a Carlitos sano, tenía a Don Jacinto, y tenía a un pueblo que había aprendido que sobre el “terreno inútil” se había construido el corazón caliente de San Isidro.
PARTE 3: LA FIEBRE DEL ORO LÍQUIDO Y LOS BUITRES DE CORBATA
Dicen que en México las noticias malas llegan en avión y las buenas caminan cojas, pero en mi caso, el chisme voló más rápido que una calandria en primavera.
Cuando la nieve finalmente se retiró de la Sierra, dejando al descubierto la tierra negra y lodosa que tanto habíamos extrañado, yo pensé que mi vida volvería a esa calma silenciosa y pobre a la que estaba acostumbrada. Imaginé que los vecinos regresarían a sus casas, que las gracias se darían con una canasta de huevos o un costal de frijol, y que mi “Casa del Vapor” se quedaría solo como una anécdota curiosa de aquel invierno en que el diablo sopló hielo sobre San Isidro.
Qué equivocada estaba.
La primavera trajo flores, sí, pero también trajo algo que nunca calculé: la verdad sobre el agua.
Todo empezó con Doña Martita. Después de pasar aquellas noches de tormenta refugiada en mi piso de madera, durmiendo sobre tapetes justo encima de las rendijas por donde subía el vapor, notó algo extraño. Ella llevaba diez años con las manos engarrotadas por la artritis; sus dedos parecían raíces de jengibre retorcidas, incapaces de cerrar un puño sin llorar de dolor. Pero una mañana de marzo, mientras me ayudaba a desgranar unas mazorcas que nos había regalado Don Jacinto, se quedó mirando sus manos bajo la luz del sol.
—Elena… —murmuró, soltando la mazorca—. Mira esto.
Cerró la mano. La abrió. La volvió a cerrar. Hizo un puño fuerte, apretado. No hubo mueca de dolor. No hubo crujido de huesos.
—Se me quitó el frío de los huesos, hija —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. Ese vapor… no es solo agua caliente. Es medicina.
No le di mucha importancia al principio. Pensé que era el calor, simplemente. Pero luego fue Pancho, el que trabajaba en el aserradero y que tenía una tos crónica por respirar aserrín durante veinte años. Después de venir a “tomar los vapores” (como empezaron a decirle) durante una semana, dejó de toser. Y luego fue mi propio Carlitos.
Mi niño, que siempre había sido un pajarito frágil, de piel transparente y costillas marcadas, empezó a crecer. No solo a crecer, a embarnecer. Sus mejillas, antes pálidas, ahora tenían ese color chapeteado de manzana sana. Las erupciones que le salían en la piel con el frío desaparecieron, dejando una piel suave y fuerte.
—Es azufre —dijo un día el boticario del pueblo, Don Eusebio, quien vino a husmear con sus frascos de vidrio—. Y magnesio. Y quién sabe qué tanta madre más trae esa agua desde las tripas del volcán dormido. Elena, tienes una farmacia brotando del suelo.
Si el invierno fue la batalla contra la naturaleza, la primavera fue el inicio de la guerra contra la codicia.
Al principio, era bonito. La gente del pueblo venía por las tardes. Los hombres se quitaban los sombreros y se sentaban en la orilla de la plataforma, dejando que el vapor les aliviara las espaldas cansadas de la jornada en el campo. Las mujeres traían a los niños con asma o con gripes mal curadas. Yo no cobraba. ¿Cómo iba a cobrar por algo que la tierra regalaba? Aceptaba lo que me traían: un pollo, kilos de harina, manteca, a veces ropa para Carlitos que ya le quedaba chica a sus primos.
Convertí la “Casa del Vapor” en una especie de centro comunitario accidental. Con la ayuda de Don Jacinto, ampliamos la plataforma. Quitamos algunas paredes de botellas para hacer cuartos separados, “privados”, para que las señoras pudieran tomar sus baños de vapor con decencia, usando sábanas blancas como cortinas.
Pero el secreto de un pueblo chico nunca se queda en el pueblo chico.
Un domingo de mayo, vi una camioneta que no pertenecía a San Isidro. Era una de esas camionetas negras, grandotas, brillantes, de esas que parecen naves espaciales y que nunca han tocado el lodo de un rancho. Tenía placas de la Ciudad de México.
Se estacionó justo en la entrada de mi terreno, aplastando sin miramientos los agaves jóvenes que yo había plantado para delimitar la entrada.
Bajaron tres hombres. Uno era Don Anselmo, el banquero. Pero se veía chiquito, encogido, al lado de los otros dos. Los acompañantes vestían trajes grises impecables, a pesar del calor que ya empezaba a sentirse, y zapatos que costaban más de lo que yo ganaría en diez vidas lavando ajeno.
Yo estaba en el arroyo, lavando las toallas que usábamos para los enfermos. Me sequé las manos en el delantal, me alisé el cabello y subí a recibirlos. Carlitos estaba jugando con un barquito de madera en la orilla; le hice una seña para que se fuera adentro de la casa. Mi instinto de loba me decía que había peligro.os
—Buenas tardes, Doña Elena —dijo Don Anselmo. Su voz sonaba diferente, nerviosa, como si quisiera estar en cualquier otro lado menos ahí—. Le presento al Licenciado Montemayor y al Ingeniero Kraus. Vienen de la capital.
El tal Montemayor era un hombre de unos cincuenta años, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes y unos ojos fríos, de tiburón. El Ingeniero Kraus era alto, güero, con una carpeta bajo el brazo y una mirada que no veía personas, sino números y medidas.
—Un placer, señora —dijo Montemayor, extendiendo una mano suave que no apreté—. Qué lugar tan… pintoresco ha construido usted aquí. Muy ingenioso. Don Anselmo nos contó su hazaña del invierno. Conmovedora.
—¿A qué vienen? —pregunté, sin rodeos. No tenía tiempo para hipocresías de ciudad.
Montemayor soltó una risita seca.
—Me gusta la gente directa. Mire, Elena, seré breve. Representamos a un consorcio internacional, “Aguas y Minerales del Norte”. Nos dedicamos al desarrollo de complejos turísticos y de salud.
—Spas —interrumpió el tal Kraus, mirando mi casa de botellas con una mezcla de curiosidad y desprecio—, resorts de bienestar.
—Exacto —continuó Montemayor—. Hemos estado analizando la geología de la zona. Las muestras de agua que Don Anselmo amablemente nos envió…
Me giré para mirar a Don Anselmo. El muy desgraciado había venido a escondidas a robar agua para mandarla analizar. Él bajó la mirada, fingiendo sacudirse polvo del pantalón.
—…son prometedoras —siguió el licenciado—. Muy prometedoras. Alta concentración de litio, sílice y sulfatos. Ideal para tratamientos terapéuticos de alto nivel.
Hizo una pausa dramática, como si esperara que yo me desmayara de la emoción.
—Elena, queremos comprarle su terreno.
—No está en venta —dije.
—Espere a escuchar la oferta. —Montemayor sacó un cheque de la bolsa interior de su saco. Lo desdobló con elegancia y me lo mostró.
La cifra tenía tantos ceros que me mareé. Eran dos millones de pesos.
Dos millones.
Con ese dinero podía irme de San Isidro. Podía llevar a Carlitos a la ciudad, comprar una casa de ladrillo con calefacción de verdad, pagarle los mejores médicos, meterlo a una escuela privada donde no se burlaran de sus zapatos rotos. Podía dejar de lavar ropa ajena. Podía dejar de oler a humedad y leña quemada.
Por un segundo, solo por un segundo, mi mano quiso tomar ese papel. Sentí el hambre de años rugiendo en mi estómago.
Pero entonces escuché la risa de Carlitos dentro de la casa. Y miré hacia el arroyo. Vi a Doña Lupe, la viuda del panadero, que venía bajando por el camino con su pierna mala, apoyada en su bastón, sonriendo porque sabía que en media hora el dolor se le iría.
Si yo vendía, ellos pondrían una cerca. Pondrían guardias. Cobrarían entradas en dólares. Doña Lupe no volvería a entrar. Pancho seguiría tosiendo. El pueblo, mi pueblo, se quedaría fuera, mirando desde la reja cómo los ricos venían a sanarse en el agua que Rogelio me dejó.
—Es mucho dinero —dije, mirando el cheque.
—Es una fortuna para alguien en su… situación —dijo Kraus, mirando mis botas viejas.
—Sí, lo es. Pero fíjese que tengo un problema, Licenciado.
—¿Cuál? —preguntó Montemayor, ya sacando una pluma de oro para que yo firmara.
—Que este terreno no es mío.
Los tres se quedaron helados. Don Anselmo levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo que no es suyo, Elena? Los papeles están a nombre de Rogelio, y usted es la única heredera. Yo mismo revisé el catastro.
—En papel, sí —respondí, cruzando los brazos—. Pero en la realidad, este arroyo salvó al pueblo. Y el pueblo salvó esta casa. Si yo vendo, vendo la salud de mis vecinos. Y eso, Licenciado, no tiene precio. Así que guárdese su papelito y váyanse por donde vinieron. Y dígale a Don Anselmo que si lo vuelvo a ver robando agua de mi arroyo, le voy a soltar a los perros, aunque no tenga perros, los consigo.
La sonrisa de Montemayor desapareció. Sus ojos de tiburón se oscurecieron. Guardó el cheque lentamente.
—Doña Elena, creo que no está entendiendo. Esta no es una oferta que se rechaza. Es una cortesía. Si no acepta el dinero, hay otras formas.
—¿Me está amenazando?
—La estoy asesorando. Usted está ocupando una zona federal de forma irregular. Esa construcción es ilegal. No tiene permisos de impacto ambiental, ni de salubridad, ni de uso de suelo comercial. Podemos clausurarla mañana mismo. Podemos expropiar. Y entonces, usted se quedará sin tierra y sin dinero. Piénselo. Volveremos en tres días.
Se dieron la media vuelta y subieron a su camioneta. Mientras se alejaban, levantando una nube de polvo que cubrió mis sábanas limpias, supe que la paz se había acabado.
Corrí a buscar a Don Jacinto. Lo encontré en su taller, cepillando una puerta. Le conté todo, palabra por palabra. El viejo escuchó sin interrumpir, chupando su cigarro apagado.
—Se armó la gorda, Elena —dijo finalmente, escupiendo una brizna de tabaco—. Esos de la capital son mañosos. No juegan limpio. Si dijeron tres días, es porque ya tienen los papeles listos para joderte.
—¿Qué hago, Don Jacinto? No quiero vender. No puedo vender.
—Pues entonces hay que atrincherarse. Pero no con armas, hija. Con gente. Tienes que hacerles ver que si te tocan a ti, tocan al avispero entero.
Esa misma tarde, convoqué a una junta. No fue difícil. Solo tuve que decirle a Doña Martita y ella se encargó de que el chisme corriera. “Quieren quitarnos el agua”, fue el mensaje.
A las seis de la tarde, mi terreno estaba lleno. Había más de cincuenta personas. Estaba el cura, estaba el maestro de la escuela, estaban los jornaleros, las amas de casa.
Me subí a una caja de madera para hablarles. Les expliqué la oferta. Les dije de los dos millones. Hubo un silencio tenso. Muchos ahí jamás habían visto ni diez mil pesos juntos. Vi codicia en algunos ojos, duda en otros.
—Podría agarrar el dinero e irme —les dije, con la voz quebrada—. Y nadie podría culparme. He pasado hambre, igual que ustedes. Pero si vendo, “Aguas y Minerales del Norte” va a poner un muro aquí. Y esta agua, que curó las manos de Martita y los pulmones de mi Carlitos, va a ser para turistas gringos. Ustedes no van a volver a tocarla.
—¡Que se vayan al diablo! —gritó Pancho desde atrás—. ¡El agua es del pueblo!
—¡Es tierra de Dios, no de los licenciados! —gritó una señora.
El ambiente se caldeó. Pero yo sabía que con gritos no se paraba a una corporación.
—Necesitamos más que gritos —dije—. Necesitamos papeles. Necesitamos legalidad.
—Mi sobrina estudia leyes en la capital del estado —dijo de pronto Doña Martita—. Se llama Sofía. Está por graduarse. Siempre fue muy lista, muy peleonera. Le voy a llamar.
Los tres días pasaron volando. El pueblo se organizó de una manera que me puso la piel chinita. Los hombres hicieron turnos de guardia en la entrada del terreno, armados con machetes y palos, “por si a los coyotes se les ocurría entrar de noche”. Las mujeres organizaron una cocina comunitaria para alimentar a los guardias.
Sofía, la sobrina de Martita, llegó al segundo día en un autobús polvoriento. Era una muchacha joven, menudita, con lentes gruesos y una mochila llena de libros. No parecía gran cosa contra los tiburones de la capital, pero cuando abrió la boca, me di cuenta de que era dinamita pura.
—Tía, Elena, esto está complicado —dijo, revisando los pocos papeles que yo tenía sobre la mesa de mi cocina improvisada—. Tienen razón en lo de la zona federal. El arroyo es propiedad de la Nación. Pero… —y aquí sus ojos brillaron detrás de los cristales— hay un hueco legal. La concesión. Si demostramos que esta agua ha sido de uso comunitario tradicional y que existe una labor social, podemos pelear una figura de “resguardo comunitario”. Pero necesitamos tiempo. Y necesitamos hacer ruido.
El tercer día llegó. Y no vinieron solos.
A las diez de la mañana, el camino se llenó de vehículos. No solo la camioneta negra. Venían patrullas de la policía estatal (no la del pueblo, que estaba de nuestro lado, sino la estatal, que todos sabían que se vendía al mejor postor). Venían dos camiones de volteo y una retroexcavadora en una plataforma.
Montemayor bajó, esta vez sin sonrisas. Traía un papel en la mano.
—Elena —dijo, gritando desde la entrada porque la barrera humana de vecinos no lo dejaba pasar—. Traigo una orden de desalojo y clausura por riesgo inminente de protección civil. Tiene usted una hora para sacar sus cosas. Vamos a proceder a la demolición de la estructura ilegal.
Sentí que las piernas se me doblaban. Demolición. Iban a destruir mi casa. Mi esfuerzo.
—¡Aquí no entra nadie! —gritó Don Jacinto, poniéndose al frente con su bastón en alto.
—Señor, quítese o lo arrestamos por obstrucción de la justicia —dijo un oficial de policía, poniendo la mano en su funda.
La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Los policías empezaron a empujar a la gente. Hubo gritos. Un niño lloró.
—¡Esperen!
La voz de Sofía sonó aguda pero firme. Salió de entre la gente con una carpeta en la mano y el teléfono celular en la otra, grabando todo.
—Soy la representante legal de la Señora Elena y de la Cooperativa de Salud Comunitaria de San Isidro —mintió, o tal vez no, porque anoche habíamos firmado unos papeles a la carrera—. Esa orden que usted trae, Licenciado, está basada en un peritaje falso. Nadie de Protección Civil ha entrado a inspeccionar la estructura. Si tocan una sola tabla sin un debido proceso, voy a interponer un amparo federal y voy a subir este video en vivo ahora mismo a todas las redes sociales denunciando abuso de autoridad y corrupción. Y créame, tengo contactos en la prensa de la capital.
Montemayor la miró con asco, pero dudó. Sabía que un escándalo en redes sociales era veneno para esas empresas “ecológicas”.
—Esa estructura es peligrosa, niña. Es por seguridad.
—Eso lo decidirá un perito neutral, no uno pagado por su empresa —respondió Sofía, sin bajar el teléfono.
—Jefe —susurró el Ingeniero Kraus al oído de Montemayor—, hay mucha gente. Si metemos las máquinas y alguien sale lastimado, se nos cae el proyecto. La prensa nos va a comer vivos.
Montemayor apretó la mandíbula. Miró a la gente. Eran cien personas. Hombres con manos callosas, mujeres con rebozos, ancianos. No eran criminales. Eran un muro de dignidad.
—Muy bien —dijo Montemayor, guardando el papel—. Tienen una semana para regularizar esto o nos veremos en los tribunales. Y les aviso: nosotros tenemos los mejores abogados del país. Ustedes tienen… a una estudiante.
—Y tenemos la razón —le contesté yo, dando un paso al frente.
Se fueron, pero no muy lejos.
Esa noche, cortaron la luz.
Todo el sector donde estaba mi terreno se quedó a oscuras. Sabíamos que no era una falla casual. Era un aviso. “Si no te vas por las buenas, te haremos la vida imposible”.
Pero se les olvidó un detalle. Yo había vivido todo el invierno sin luz eléctrica. Mi casa estaba diseñada para aprovechar la luz del sol y el calor del agua.
Encendimos velas. Cientos de velas. Las colocamos dentro de las botellas de las paredes.
La escena fue mágica. Desde la carretera, mi casa parecía una linterna gigante de colores, brillando en la oscuridad del bosque. Verde, ámbar, transparente. Una joya de luz desafiando a las sombras de la corrupción.
—Mamá —me dijo Carlitos, mirando las paredes iluminadas—, parece un castillo de hadas.
—Es un castillo de valientes, mijo.
Pero la guerra apenas empezaba. A la mañana siguiente, descubrimos que habían cerrado el paso del camino vecinal con una cerca de alambre de púas y un letrero de “Propiedad Privada – Aguas y Minerales del Norte”. Resulta que habían comprado los terrenos aledaños durante la noche, rodeándonos. Nos habían sitiado.
Ya no podían entrar los coches. La gente tenía que caminar dos kilómetros entre el monte para llegar a mi casa. Y lo peor: no podíamos meter comida ni materiales.
—Nos quieren matar de hambre —dijo Doña Martita, furiosa.
—O de sed —dije yo, mirando el arroyo. Si eran dueños de la tierra de arriba, podían desviar el cauce. Podían secarnos.
El miedo volvió, pero esta vez era un miedo diferente. No era el miedo a la naturaleza, que es brutal pero honesta. Era miedo a la maldad humana, que es calculadora y cruel.
Pasaron dos semanas de asedio. La gente seguía viniendo, cruzando alambradas, rompiendo cercos. “Vamos a la casa de Elena”, decían. Se convirtió en un acto de rebeldía ir a bañarse en las aguas termales.
Pero entonces, llegó el golpe más bajo.
Carlitos regresó de la escuela llorando. Tenía la camisa rota y un golpe en la cara.
—¿Qué pasó, mi amor? —le grité, revisándolo.
—Unos niños grandes… —sollozó—. Me dijeron que mi mamá es una bruja. Que mi casa es del diablo y que por mi culpa sus papás perdieron el trabajo en el aserradero.
Me quedé helada. ¿El aserradero?
Fui a ver a Pancho. Él no me quiso mirar a los ojos.
—Elena… el dueño del aserradero es socio de los de la capital. Nos dijo hoy que si seguimos yendo a tu casa a apoyarte… nos corre a todos. Dicen que tú eres el problema. Que estás frenando el “progreso” y los empleos que traería el hotel ese.
La estrategia había cambiado. Ya no era fuerza bruta. Era veneno social. Estaban poniendo al pueblo en mi contra. “Divide y vencerás”.
Esa noche, hubo menos gente en mi casa. Solo los más leales. Doña Martita, Don Jacinto, Sofía y un par más. El silencio se sentía pesado.
—Tal vez debería vender —dije, sintiendo el peso del mundo en mis hombros—. Están lastimando a Carlitos. Están quitándole el trabajo a la gente. Soy una sola mujer contra un monstruo.
Don Jacinto golpeó la mesa con su puño.
—¡Ni madres! Perdón por la palabra. Pero si te rindes ahora, Elena, les das la razón. Ellos quieren que te sientas culpable. Es manipulación psicológica.
—Pero, Don Jacinto…
—Escucha, Elena. Sofía encontró algo.
Miré a la muchacha. Estaba ojerosa, rodeada de papeles viejos y mapas que olían a humedad.
—Fui al archivo histórico del municipio vecino —dijo Sofía, ajustándose los lentes—. Buscando los linderos originales de este terreno. Elena… tu terreno no era de un particular antes de que Rogelio lo ganara en la baraja.
—¿Entonces?
—Era parte de un ejido que se disolvió mal en los años setenta. Hubo un fraude. El título que Rogelio tenía era válido porque nadie reclamó, pero la historia de esta tierra es más antigua. Y encontré esto.
Sacó una fotocopia borrosa de un periódico de 1950. El titular decía: “Extraños fenómenos curativos en el manantial de San Isidro”.
—Esto prueba que el uso medicinal es histórico —dijo Sofía—. Pero lo más importante es esto otro.
Puso un mapa viejo sobre la mesa. Señaló una línea roja que cruzaba justo por debajo de mi casa.
—No es solo un manantial, Elena. Estás sentada sobre la veta principal de un sistema acuífero que alimenta a tres estados. Si ellos construyen su hotel aquí y perforan como dice su proyecto para hacer sus “piscinas de lujo”, corren el riesgo de contaminar el agua potable de cincuenta mil personas valle abajo con los minerales pesados que hay en el fondo.
Me quedé mirando el mapa.
—¿Estás diciendo que… si ellos ganan, envenenan a todos?
—Exacto. El ingeniero Kraus lo sabe. Por eso quieren comprarte rápido y calladito. Por eso no han pedido el estudio de impacto ambiental. Porque saben que si se hace un estudio real, nunca les darían el permiso.
Sentí una oleada de calor subirme por el cuerpo. Ya no era miedo. Ya no era duda. Era una furia justa.
—Entonces no solo estoy defendiendo mi casa —dije, poniéndome de pie—. Estoy defendiendo el agua de todos.
—Así es —dijo Sofía sonriendo—. Y tengo una idea. Una idea muy loca. Pero tú eres experta en ideas locas, ¿no?
—¿Qué plan?
—Ellos tienen dinero. Ellos tienen poder. Pero tienen un punto débil: su imagen. Quieren vender salud, pureza, naturaleza. ¿Qué pasaría si el mundo entero viera que para vender “salud” están dispuestos a golpear a un pueblo y envenenar un río?
—¿Qué propones?
—Mañana es el festival del Santo Patrono del pueblo vecino. Viene el Gobernador. Viene la prensa estatal. Vamos a hacer que el Gobernador venga aquí.
—¿Al Gobernador? —Don Jacinto se rió—. Ese viejo no se baja de su camioneta blindada ni para ir al baño. ¿Cómo vas a traerlo a este barrizal?
Sofía me miró a los ojos.
—No lo vamos a invitar a él. Vamos a invitar a su esposa. La Primera Dama estatal tiene fama de ser muy… “espiritual”. Le encantan los temazcales y las energías. Si le decimos que descubriste un “vórtice de sanación ancestral” y que una corporación extranjera quiere destruirlo… ella vendrá. Y donde va ella, van las cámaras.
Era una apuesta arriesgada. Era usar su propia vanidad en su contra.
—Hagámoslo —dije.
Preparamos todo en tiempo récord. Limpiamos la casa como nunca. Llenamos el camino de flores silvestres para tapar el lodo. Quitamos la cerca de alambre de los invasores durante la noche (Don Jacinto y sus amigos se encargaron de eso con unas cizallas y mucho silencio).
Sofía redactó una carta, escrita a mano, en papel bonito. “Invitación exclusiva para un baño de sanación en las Aguas Sagradas de San Isidro”. Se la entregó en mano a la secretaria de la señora durante el evento del pueblo vecino, haciéndose pasar por una admiradora.
Esperamos.
A las dos de la tarde, el convoy oficial se desvió de la carretera principal. Las camionetas blancas del gobierno, seguidas por una nube de periodistas.
Vi la cara de los guardias de “Aguas y Minerales del Norte” que estaban vigilando desde la colina. Estaban hablando frenéticamente por radio, pero no podían detener a la esposa del Gobernador.
La señora bajó. Era elegante, con un sombrero de ala ancha. Olía a perfume caro.
—¿Es aquí el lugar del milagro? —preguntó.
—Es aquí, señora —le dije, recibiéndola con mi mejor rebozo—. Pase usted. La tierra la recibe.
La metí a la casa. Le di un baño de vapor privado. Le puse barro del arroyo en la cara. Le conté la historia de mi hijo. Le conté, llorando un poquito (porque también hay que saber ser actriz cuando la vida lo pide), cómo los “hombres malos” querían quitarme mi hogar y contaminar el agua sagrada.
Cuando salió, una hora después, tenía la piel brillante y los ojos encendidos de indignación (y de relajación). Las cámaras la esperaban afuera.
—¡Esto es un tesoro nacional! —declaró a los micrófonos, con el vapor saliendo detrás de ella como un efecto especial de película—. ¡Es inaceptable que intereses oscuros quieran dañar a esta mujer valiente y a este santuario natural! ¡Voy a hablar con mi esposo ahora mismo para que se decrete zona protegida!
Vi a Don Anselmo, que se había colado entre la multitud, ponerse pálido como un muerto. Vi al Licenciado Montemayor observando desde lejos, golpeando el volante de su camioneta con rabia.
Habíamos ganado una batalla enorme. La más importante.
Esa noche, celebramos con tamales y atole. El pueblo, al ver que el gobierno estaba de mi lado (o al menos la esposa del Gobernador), perdió el miedo al dueño del aserradero. Regresaron a mi lado.
Pero mientras todos reían y festejaban, yo salí a la terraza a mirar las estrellas. Sofía se acercó.
—Lo logramos, Elena. Con esa declaración en las noticias, no se atreverán a tocarte en meses.
—Lo sé —dije, sintiendo el calor del agua bajo mis pies—. Pero ellos no se van a ir, Sofía. El litio sigue ahí abajo. El dinero sigue ahí. Solo van a cambiar de estrategia. Van a esperar a que la señora se olvide, a que la prensa se vaya.
—Entonces nos prepararemos mejor. Haremos la cooperativa oficial. Registraremos la marca. Haremos que este lugar sea intocable.
Miré hacia la oscuridad del bosque. Sabía que ahí afuera, los tiburones seguían nadando en círculos. Pero ahora yo no era una viuda asustada en una balsa. Ahora era la capitana de un barco de vapor y piedra.
—Que vengan —susurré al viento—. Aquí los espero.
De pronto, un ruido extraño me sacó de mis pensamientos. No venía del camino, ni del bosque. Venía de abajo.
El suelo vibró. El agua del arroyo empezó a burbujear con fuerza, más que nunca. Y el color del vapor cambió. Ya no era blanco.
Tenía un tono ligeramente rojizo.
Miré a Sofía con alarma.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—No lo sé.
El agua empezó a subir de nivel rápidamente. Mucho más rápido que en la tormenta.
La naturaleza, esa aliada caprichosa, estaba a punto de recordarnos que ella no tiene dueños, ni bandos, y que su poder es mucho más grande que cualquier decreto de gobernador o ambición de empresario. Algo se había despertado allá abajo.
PARTE FINAL: LA FURIA DEL VOLCÁN Y EL RENACER DE SAN ISIDRO
El agua no avisa cuando decide reclamar lo suyo, y esa noche, el arroyo que había sido nuestra salvación decidió recordarnos que, en la Sierra, nadie es dueño de nada, solo somos inquilinos temporales de una tierra viva y caprichosa.
Aquel vapor rojizo que vi salir de las grietas del piso no era una señal de santidad, como quiso creer Doña Martita al principio; era una advertencia geológica. El suelo vibró bajo mis pies, un zumbido grave que se sentía más en el estómago que en los oídos. Carlitos, que dormía en su camita improvisada, se despertó llorando, tapándose las orejas.
—¡Mamá! ¡El suelo ruge! —gritó, con los ojos desorbitados por el miedo.
Sofía, pálida como un papel, miraba el agua que subía rápidamente, lamiendo ya las vigas maestras de la plataforma.
—Elena, esto no es normal —dijo, gritando para hacerse oír sobre el estruendo del agua burbujeante—. El nivel freático está subiendo demasiado rápido. ¡Tenemos que salir!
Corrí a la terraza. Abajo, el arroyo manso se había transformado en un torrente furioso de color óxido. El olor a azufre era tan fuerte que picaba la garganta y hacía llorar los ojos. No era el olor agradable y curativo de antes; esto olía a infierno, a entrañas de la tierra abiertas de golpe.
—¡Todo el mundo afuera! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Despierten! ¡Vámonos!
Los pocos vecinos que se habían quedado a dormir tras la celebración salieron tropezando, confundidos por el sueño y el pánico. Don Jacinto, con su bastón, miraba el agua con una expresión de terror absoluto.
—Es el Ojo del Diablo… —murmuró, persignándose—. Los viejos decían que cada cien años, el volcán dormido se estira y escupe sangre.
No había tiempo para leyendas. El agua estaba tocando las tablas del piso. El calor ya no era agradable; era sofocante. Las botellas de vidrio de las paredes empezaron a tronar, una por una, estallando por la presión térmica y el movimiento del suelo. Cling, crash, cling. Parecía que la casa estaba gritando.
Agarré a Carlitos en brazos, envolviéndolo en una cobija mojada para protegerlo del calor, y empujé a Sofía hacia la salida.
—¡Corran hacia el cerro! —les ordené—. ¡No paren hasta llegar a las peñas altas!
Salimos en estampida. El lodo del camino, ahora caliente y resbaloso, nos hacía caer una y otra vez. Miré hacia atrás solo un segundo. Mi casa, mi hermosa casa de luz y esperanza, se estaba inclinando. Los postes de madera crujían como huesos rompiéndose bajo la fuerza de la corriente.
Y entonces, sucedió lo impensable.
Desde la carretera, vimos luces. Eran los camiones de “Aguas y Minerales del Norte”. No se habían ido. Habían estado esperando, agazapados como buitres, y al ver el caos, decidieron que era su momento. Pero no venían a ayudar.
El Ingeniero Kraus bajó de una camioneta, iluminando con un reflector potente hacia el arroyo desbordado. Lo vi gesticular frenéticamente, hablando por un radio.
—¡Están locos! —gritó Sofía, limpiándose el lodo de los lentes—. ¡Van a intentar contenerlo!
En su arrogancia de ciudad, pensaron que podían pelear contra un fenómeno geológico con maquinaria. Vi cómo la retroexcavadora avanzaba hacia la orilla, intentando crear un dique de tierra para desviar el flujo y “salvar” el manantial que tanto codiciaban.
—¡No! —grité, aunque sabía que no me escucharían—. ¡Es demasiada presión!
La naturaleza les dio una lección de humildad instantánea. Un géiser de agua hirviendo y lodo estalló justo debajo de la retroexcavadora. La máquina de toneladas de acero fue lanzada al aire como si fuera un juguete de plástico, cayendo de costado con un estruendo metálico que se mezcló con el rugido del agua.
El Ingeniero Kraus y sus hombres corrieron despavoridos, olvidando sus trajes caros y sus órdenes de desalojo, huyendo de la misma fuerza que querían embotellar.
Nosotros llegamos a las peñas altas, jadeando, raspados, pero vivos. Desde ahí arriba, vimos el final de mi sueño.
La corriente socavó los cimientos. Mi casa se estremeció una última vez, como despidiéndose, y se desplomó. El techo de lona colapsó, las paredes de botellas se deshicieron en mil pedazos brillantes que fueron tragados por el torrente rojo. En cuestión de minutos, no quedó nada. Solo el agua furiosa corriendo libre, recuperando su cauce, llevándose mis ahorros, mi esfuerzo y el refugio de mi hijo.
Caí de rodillas sobre la piedra fría del cerro. Abracé a Carlitos y lloré. Lloré no solo por la casa, sino por la injusticia de todo. Había ganado a los banqueros, había ganado al gobierno, pero no pude ganar a la tierra.
—Se acabó —sollozó Doña Martita a mi lado—. Todo se acabó, Elena.
Pero mientras veía los restos de mi vida flotando río abajo, sentí una mano pequeña en mi cara. Era Carlitos.
—No llores, mamá —me dijo, con esa sabiduría extraña que tienen los niños que han sufrido—. La casa se fue, pero el calor se quedó aquí. —Y puso su mano en mi pecho.
Esa noche, dormimos a la intemperie, calentados por hogueras que encendieron los hombres. Nadie durmió de verdad. Todos mirábamos el valle inundado, preguntándonos qué sería de nosotros al amanecer.
Cuando salió el sol, el panorama era desolador. El arroyo había vuelto a su cauce normal, pero había dejado una cicatriz de lodo rojo de cincuenta metros de ancho. Donde estaba mi casa, ahora solo había un cráter humeante.
Sin embargo, algo brillaba en el lodo.
Bajé con cuidado, seguida por Sofía y Don Jacinto. El suelo todavía estaba tibio. Al llegar al borde del cráter, nos quedamos mudos.
La explosión de agua no solo había destruido; había revelado.
El torrente había arrancado la capa superficial de tierra y piedra caliza, dejando al descubierto una formación rocosa que antes estaba oculta. Eran terrazas naturales. Pozas de piedra escalonadas, esculpidas por siglos de actividad subterránea, que ahora, libres de sedimentos, se estaban llenando de agua cristalina y humeante.
El agua ya no era roja. El óxido se había lavado. Ahora era azul turquesa, limpia, pura.
—Santo Dios… —susurró Don Jacinto—. Elena, no construiste sobre un arroyo. Construiste sobre el techo de unas termas reales.
El terremoto hidráulico había destapado el verdadero tesoro de San Isidro. Ya no era un chorrito de agua tibia; era un complejo natural de piscinas termales, más hermoso que cualquier cosa que un arquitecto pudiera diseñar.
Pero la belleza duró poco ante la realidad. Al otro lado del río de lodo, vimos llegar de nuevo las camionetas negras. Esta vez, venía el mismísimo dueño del consorcio, un hombre canoso que bajó de un helicóptero que aterrizó en la carretera bloqueada.
El Licenciado Montemayor corrió a recibirlo, señalando las nuevas pozas con avaricia evidente. Podía leerles los labios desde lejos: “Mire eso, jefe. Vale diez veces más ahora”.
Sofía me agarró del brazo.
—Elena, esto cambia todo. Ahora van a venir con todo el peso de la ley y del dinero. Van a decir que el desastre natural invalidó cualquier derecho previo. Van a decir que es zona de riesgo y que solo ellos tienen la tecnología para “estabilizarlo”.
Tenía razón. Estábamos sucios, cansados, sin casa y sin dinero. Ellos tenían helicópteros y abogados.
Pero entonces, escuché un ruido de motores diferente. No eran camionetas de lujo. Eran tractores. Eran camiones de redilas viejos. Eran motocicletas.
Miré hacia el camino del pueblo.
Venían todos. Y cuando digo todos, es todos.
No solo la gente de San Isidro. Venía gente del pueblo vecino, donde habíamos ido al festival. Venían los primos de Don Jacinto que vivían en la capital. Venían los estudiantes compañeros de Sofía. Venían, increíblemente, hasta los trabajadores del aserradero que habían sido amenazados, marchando con sus cascos puestos.
Al frente de la columna, venía el cura del pueblo, sosteniendo un estandarte de la Virgen de Guadalupe, y a su lado, Pancho, cargando una pala como si fuera un fusil.
—¡No están solos! —gritó alguien.
La multitud cruzó el lodo, ignorando las cintas amarillas que la gente de la empresa había puesto. Se formaron detrás de mí, una marea humana de sombreros, rebozos y gorras de béisbol.
El dueño del consorcio se detuvo. Se quitó los lentes oscuros y miró a las trescientas personas que lo desafiaban en silencio.
Sofía dio un paso al frente, con su teléfono en alto, transmitiendo en vivo de nuevo. Pero esta vez, no estaba sola. Varios jóvenes estudiantes traían cámaras y drones.
—Señor —dijo Sofía con voz potente—, le informo que, según la Ley de Aguas Nacionales y el Artículo 27 Constitucional, este hallazgo geológico, al ser un afloramiento natural de aguas del subsuelo, es propiedad inalienable de la Nación. Y la comunidad de San Isidro ha presentado esta mañana, a primera hora, ante la Comisión Nacional del Agua, una solicitud formal de concesión comunitaria con el respaldo de tres organizaciones no gubernamentales y… —hizo una pausa dramática— la firma de la Primera Dama del Estado, quien, por cierto, está muy preocupada por el “accidente” que sufrieron sus máquinas anoche.
El dueño miró a Montemayor, luego a Kraus, y finalmente a la multitud. Era un hombre de negocios, no un estúpido. Sabía calcular riesgos. Una viuda sola era un blanco fácil. Un pueblo unido, con respaldo mediático y legal, y un desastre natural reciente que atraía la atención nacional, era un pantano político.
Hizo un gesto con la mano, un movimiento despectivo y cansado.
—Vámonos —dijo simplemente.
—Pero señor, el litio… —intentó protestar Montemayor.
—¡Dije que vámonos! —rugió el dueño—. ¿No ves? Ya perdimos. El costo político es más alto que el beneficio económico. Sáquenme de este chiquero.
Subió a su helicóptero. El viento de las aspas nos golpeó la cara, pero nadie se movió hasta que el pájaro de metal desapareció en el cielo. Y luego, las camionetas negras dieron la vuelta y se fueron, esta vez para siempre.
El grito de júbilo que soltó el pueblo de San Isidro debió escucharse hasta la costa. La gente se abrazaba, lloraba, tiraba los sombreros al aire. Doña Martita me estrujó tan fuerte que casi me saca el aire. Carlitos saltaba en los charcos de lodo, riendo.
Pero la victoria no significaba el final del trabajo. Significaba el principio.
Teníamos las pozas, sí. Pero no tenía casa. No tenía ropa. No tenía nada más que lo que traía puesto.
—Bueno, Elena —dijo Don Jacinto, mirando las pozas humeantes—. Parece que tenemos trabajo. Esas termas no se van a administrar solas.
Lo que siguió en los siguientes dos años fue la transformación más grande que ha visto la Sierra. No construimos un hotel de lujo. No pusimos muros de cristal ni cobramos en dólares.
Creamos la “Cooperativa Ecoturística Manantiales de Elena”.
El pueblo entero se convirtió en socio. Los hombres del aserradero, cansados de enfermarse los pulmones, se volvieron los constructores de las cabañas rústicas que levantamos alrededor de las pozas, respetando la piedra y los árboles. Las mujeres organizaron un restaurante comunitario donde se vendía la mejor comida de la región.
Sofía se graduó y se convirtió en nuestra gerente legal y administrativa, asegurándose de que cada centavo se repartiera justamente y de que ningún político metiera la mano en la caja.
Y yo… yo reconstruí mi casa.
Esta vez no la hice sobre el agua. Aprendí la lección. La construí en la orilla, firme sobre la roca, pero con un canal de piedra que desviaba un hilo de agua termal para que pasara por debajo de mi piso, manteniendo mi hogar siempre calientito, siempre vivo.
Carlitos sanó completamente. El aire de la montaña, la buena comida y los baños diarios en las aguas azufradas lo convirtieron en un muchacho fuerte. Ahora, a sus diez años, es el guía turístico más joven y experto de la zona. Le cuenta a los visitantes la historia de la “Helada Negra” y de cómo su mamá peleó contra el hielo y contra los tiburones.
A veces, por las noches, cuando los turistas se han ido a dormir a sus cabañas y el silencio vuelve a adueñarse del valle, bajo a la poza principal. Me meto en el agua caliente, miro las estrellas y pienso en Rogelio. Pienso en aquel terreno “inútil” que me dejó.
Él sabía. Estoy segura de que él sabía que había algo especial aquí. O tal vez no, tal vez fue pura suerte. Pero me gusta pensar que, desde donde esté, movió los hilos para que yo encontrara la fuerza que no sabía que tenía.
Un día, recibí una carta del banco. Era de Don Anselmo. Me ofrecía una disculpa formal y solicitaba, muy humildemente, si la cooperativa consideraría abrir una cuenta con ellos.
Fui al banco personalmente. Entré con mis botas limpias, mi ropa nueva (bordada por Doña Martita) y la cabeza bien alta.
Don Anselmo me recibió de pie, nervioso.
—Doña Elena, qué honor.
—Vengo a abrir la cuenta, Don Anselmo —le dije, poniendo un maletín sobre su escritorio—. Pero con una condición.
—Lo que usted diga.
—Quiero que el banco financie un programa de becas para los hijos de las madres solteras del pueblo. Quiero que ninguna mujer tenga que construir una casa con basura para que sus hijos no se mueran de frío.
Don Anselmo tragó saliva, miró el maletín (que contenía las ganancias de la primera temporada vacacional) y asintió.
—Trato hecho, Doña Elena.
Salí del banco y caminé por la plaza. La gente me saludaba con respeto. “Buenos días, Doña Elena”, “Dios la bendiga, patrona”. No me gustaba que me dijeran patrona, yo seguía siendo Elena, la lavandera, solo que ahora lavaba almas con agua caliente.
Llegué al mirador que da hacia el valle. Desde ahí se veían las columnas de vapor subiendo entre los pinos. Se veía la vida floreciendo donde antes solo había miseria.
Recordé la frase que me dijeron al principio: “Una mujer sola no sirve para nada aquí”.
Sonreí. Tenían razón. Una mujer sola no sirve para nada. Pero una mujer con una causa, con un hijo que salvar y con un pueblo que la respalda… esa mujer puede mover montañas, o al menos, hacer que el agua hierva bajo los pies de quienes intentan pisarla.
Respiré hondo el aire frío de la Sierra, que ya no me lastimaba, y susurré para mí misma:
—Bienvenido a San Isidro, donde el agua tiene memoria y la gente tiene fuego.
Esta es mi historia. No la de una víctima, ni la de una mártir. Es la historia de cómo el frío me enseñó a encontrar mi propio calor. Y si alguna vez pasan por aquí, pregunten por Elena. La casa siempre está abierta, el café está caliente, y el agua… el agua es de todos.
FIN.