Todos en la estación se burlaron cuando bajó del tren: una mujer sola buscando a un marido que no la esperaba. Yo era ese hombre, y mi corazón estaba más seco que la tierra de este rancho. Le dije que era un error, que se fuera. Pero entonces, ella sacó un papel arrugado con mi nombre y, antes de que pudiera negar todo, la verdad salió de la boca de quien menos imaginaba. ¿Cómo le explicas a una extraña que tu hijo te eligió esposa sin decirte?

El sol de Chihuahua caía a plomo esa tarde, pesado, de ese calor que te dobla la espalda y te seca hasta los pensamientos. Yo estaba recargado en los tablones viejos de la estación, con el sombrero calado hasta los ojos, esperando unos sacos de semilla que nunca llegaban a tiempo.

El tren chilló al frenar, metal contra metal, levantando una nube de tierra roja que se te metía en la garganta. De los vagones bajaron los mismos de siempre: jornaleros cansados y algún comerciante perdido. Pero entonces, del último vagón, bajó ella.

Rebeca.

Su vestido, que alguna vez debió ser azul cielo, ahora era gris por el humo del carbón y el polvo del camino. Traía las botas gastadas y un velo descolorido en la mano, pero caminaba con la barbilla en alto, como si fuera la dueña del mundo y no una forastera sola en tierra de nadie.

El aire cambió. Los hombres dejaron de reírse y empezaron a murmurar. Escuché al capataz de la hacienda vecina soltar una risotada sucia y decir algo sobre “mujeres desesperadas que vienen a buscar problemas”. Sentí cómo la vergüenza ajena me quemaba la nuca, pero ella ni parpadeó.

Sus ojos barrieron el andén buscándome. No porque me conociera, sino porque buscaba al hombre que supuestamente le había prometido una vida. Cuando su mirada topó con la mía, sentí un golpe en el pecho. Me acerqué lento, con mis botas pesadas resonando en la madera podrida.

—Yo no mandé por ninguna esposa —solté, con la voz ronca por el tabaco y los años de silencio.

Las palabras cayeron como piedras. Ella no tembló. Metió la mano en su bolsillo y sacó una carta doblada, manoseada de tanto leerla. No me la aventó a la cara. Solo la sostuvo ahí, para que todos vieran mi nombre mal escrito al final de la hoja.

—Puede enviarme de regreso entonces —dijo ella. Su voz era firme, pero vi cómo le temblaban los dedos.

La gente empezó a chiflar. “¿A poco te vas a echar para atrás, Mateo?”, gritó uno. La humillación estaba a punto de estallar, el ambiente era una liga estirada a punto de romperse. Yo estaba listo para darme la media vuelta y dejarla ahí, cuando escuché unos pasos pequeños detrás de mí y una voz que conocía mejor que la mía.

—Señorita Rebeca…

Mi hijo Tomás, de apenas cuatro años, salió de detrás de las cajas de carga. Tenía la cara sucia de tierra y la gorra chueca. Caminó hasta ponerse frente a ella, abriendo sus bracitos como si pudiera protegerla de mí, de los chismes, de todo el maldito pueblo.

Me quedé helado viendo a mi propio hijo retarme con la mirada.

¿QUÉ HABÍA HECHO ESTE NIÑO A MIS ESPALDAS?

PARTE 2: LA PROMESA INOCENTE Y EL PESO DEL PASADO

Me quedé ahí, clavado en el suelo como un poste de alambrada, mientras el viento caliente de la tarde nos azotaba la cara a los tres. Mi hijo, mi pequeño Tomás, ese pedazo de gente que apenas me llegaba a la rodilla, sostenía la mirada de Rebeca con una valentía que yo había perdido hacía años. Sus bracitos seguían extendidos, formando una barrera ridícula y heroica entre ella y yo, entre ella y el juicio de todo el pueblo que nos miraba como si fuéramos un espectáculo de feria.

—Tomás… —susurré, y mi voz salió rota, como si tuviera grava en la garganta—. ¿Qué estás diciendo, mijo?

El niño no bajó los brazos. Se sorbió los mocos, se limpió la cara con el hombro de su camisa sucia y, sin dejar de mirar a la mujer desconocida, soltó la bomba que terminaría de destruir la poca reputación que me quedaba en aquel lugar olvidado de la mano de Dios.

—Yo le escribí, papá —dijo, con esa voz chillona pero firme que tienen los niños cuando saben que están haciendo lo correcto, aunque el mundo diga lo contrario—. La señora Lupe de la tienda me ayudó con las letras porque yo todavía no sé escribir todas las palabras, pero yo le dije qué poner. Yo le dije que viniera.

Sentí que la sangre se me iba a los talones. La gente en el andén guardó un silencio sepulcral, de esos que calan más que los gritos. Hasta los grillos parecieron callarse. Rebeca, que hasta ese momento había mantenido la postura de una estatua de mármol, parpadeó. Sus ojos oscuros, grandes y llenos de una tristeza antigua, bajaron hacia el niño. La carta en su mano tembló, y por primera vez, vi una grieta en su armadura.

—¿Tú? —preguntó ella, con un hilo de voz apenas audible.

Tomás asintió vigorosamente, haciendo que su gorra chueca casi se le cayera.

—Sí. Es que… —El niño titubeó, mirándome de reojo con miedo, no a que le pegara, porque nunca le he puesto una mano encima, sino a decepcionarme—. Es que ya no quiero que comamos tortillas quemadas, papá. Y tú siempre estás triste. Y la abuela dice que te hace falta una mujer, y yo… yo quería una mamá.

La palabra “mamá” flotó en el aire caliente, cargada de un dolor tan puro que sentí como si me hubieran dado un machetazo en el estómago. La gente empezó a murmurar de nuevo, pero esta vez no eran burlas. Eran susurros de lástima, ese “pobrecito el huerco” que tanto odiaba escuchar.

Me pasé la mano por la cara, frustrado, avergonzado y, sobre todo, acorralado. No podía dejarla ahí. No después de eso. Pero tampoco podía llevarla a mi casa. Mi rancho era un desastre, una tumba donde yo enterraba mis días desde que Helena se fue. No había lugar para una mujer, mucho menos para una extraña que venía con esperanzas falsas sembradas por la inocencia de un niño y la intromisión de la vieja Lupe.

Miré a Rebeca. Ella estaba mirando a Tomás con una expresión que no supe descifrar al principio. No era lástima. Era reconocimiento. Como si ella también supiera lo que era estar sola y necesitar a alguien desesperadamente. Se agachó despacio, sin importarle que el dobladillo de su vestido tocara el suelo sucio del andén, lleno de escupitajos de tabaco y aceite de motor. Quedó a la altura de mi hijo.

—¿Tú me escribiste la carta donde decías que en este rancho había un jardín de flores amarillas? —preguntó ella suavemente.

Tomás asintió, con los ojos brillantes.

—Sí. Porque a mi mamá le gustaban. Pero se secaron.

Rebeca extendió una mano, dudando un segundo, y le acarició la mejilla mugrosa a mi hijo. Fue un gesto tan maternal, tan instintivo, que me dolió verlo.

—Yo me llamo Rebeca —le dijo.

—Yo soy Tomás —respondió él, bajando por fin los brazos de defensa y regalándole una sonrisa chimuela que me partió el alma.

Me aclaré la garganta, rompiendo el momento. Tenía que tomar el control. El capataz de la hacienda vecina seguía ahí, mirándonos con sorna, esperando a ver qué hacía “el viudo loco”.

—Levántese, oiga —le dije a ella, más brusco de lo que pretendía—. No puede quedarse ahí en el suelo.

Ella se puso de pie, sacudiéndose el polvo con dignidad. Me miró a los ojos, y vi que el miedo seguía ahí, pero había algo más: determinación. No tenía a dónde ir. Si la subía a ese tren de regreso, ¿a qué regresaría? Su maleta era pequeña, demasiado pequeña para contener una vida entera. Lo que sea que hubiera dejado atrás, era peor que la incertidumbre de este pueblo polvoriento.

—Mire —dije, bajando la voz para que los chismosos no escucharan—, esto es un error. Un error de un niño que no sabe lo que hace y de una vieja metiche que no tiene nada mejor que hacer. Yo no tengo nada que ofrecerle. Mi rancho se está cayendo a pedazos, no tengo dinero y, créame, no soy un hombre fácil.

Ella apretó los labios y sostuvo mi mirada.

—No tengo dinero para el boleto de regreso, señor Mateo —confesó, y la vergüenza le tiñó las mejillas de rojo—. Gasté lo último que tenía para llegar aquí. Vendí… vendí mis aretes.

Maldición. Maldita sea mi suerte y maldita sea la pobreza que nos obliga a hacer estupideces. Me quité el sombrero y me pasé el antebrazo por la frente sudada. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de un naranja violento, típico del desierto.

—Súbase a la camioneta —gruñí, señalando mi vieja pick-up destartalada estacionada afuera de la estación—. No la puedo dejar aquí a que se la coman los coyotes o los borrachos. La llevaré al rancho, le daremos de cenar y mañana… mañana veremos cómo diablos la regreso a donde sea que pertenezca.

Sus hombros se relajaron, solo un poco.

—Gracias —dijo.

—No me agradezca —le espeté, dándome la vuelta—. Todavía no ha visto dónde vivo. Capaz que prefiere dormir en la calle.

Caminamos hacia la camioneta. Tomás iba saltando al lado de ella, feliz, como si acabara de ganarse la lotería. Yo iba cargando su maleta, que pesaba menos que un saco de frijoles. ¿Qué clase de vida cabe en una caja de cartón amarrada con mecate? Al pasar junto a los hombres del pueblo, les eché una mirada de “al que diga algo lo mato”, y se apartaron. Pero sentía sus ojos en mi espalda, juzgando, calculando cuánto tiempo pasaría antes de que todo se fuera al diablo.

El viaje al rancho fue un suplicio de silencio y polvo. La camioneta brincaba en cada bache del camino de terracería, haciendo sonar los amortiguadores vencidos. Tomás iba en medio, sentado sobre la transmisión, parloteando sobre sus gallinas, sobre el perro que se nos murió el año pasado y sobre cómo él sabía hacer figuras de barro. Ella lo escuchaba atenta, asintiendo, sonriendo a veces, pero con la mirada perdida en el paisaje árido que pasaba por la ventana.

Yo manejaba con los nudillos blancos sobre el volante, intentando no mirar sus manos, que descansaban sobre su regazo, entrelazadas con fuerza. Eran manos de trabajo, noté. Tenían callos y las uñas cortas. No eran manos de señorita de ciudad. Eso me dio curiosidad, pero la enterré rápido. No quería saber nada de ella. Saber es encariñarse, y encariñarse es perder. Ya había perdido suficiente.

El paisaje de Chihuahua es duro, pero hermoso a su manera cruel. Los cactus se alzaban como centinelas negros contra el crepúsculo, y el olor a gobernadora mojada por el sereno empezaba a subir.

—¿Es muy lejos? —preguntó ella de repente, su voz sobresaltándome.

—Ya casi llegamos —dije secamente—. Pasando aquel cerro.

—Es bonito —murmuró, mirando el horizonte—. Triste, pero bonito.

La miré de reojo.

—Es tierra dura. Aquí nada se da fácil. Ni las plantas, ni la gente.

—Lo sé —respondió ella, y en esas dos palabras sentí un peso de experiencia que no me esperaba—. Vengo de un lugar parecido. Donde la tierra te cobra cada gota de agua que te da.

—¿Y por qué vino entonces? —No pude contenerme—. Si sabe cómo es esto, ¿por qué venir a meterse en la boca del lobo con un desconocido?

Ella suspiró y miró a Tomás, que se había quedado dormido con la cabeza recargada en su brazo.

—Porque a veces, señor Mateo, el miedo a quedarse donde uno está es más grande que el miedo a lo que pueda pasar en otro lado. Y porque… porque la carta decía que usted era un hombre bueno. Que estaba triste, pero que era bueno.

Apreté los dientes. La imagen que mi hijo tenía de mí distaba mucho de la realidad. Yo no era bueno. Era un hombre cansado, amargado y lleno de rabia contra la vida por haberme quitado a Helena.

Llegamos al rancho ya de noche. Los faros de la camioneta iluminaron la fachada de la casa: adobe descarapelado, un techo de lámina que necesitaba reparaciones urgentes y un patio lleno de herramientas oxidadas y llantas viejas. No había flores amarillas. Solo hierba seca y el esqueleto de lo que alguna vez fue el jardín de Helena.

Apagué el motor y el silencio del campo nos envolvió. Solo se oía el aullido lejano de un coyote y el viento moviendo las láminas sueltas.

—Bienvenida a mi palacio —dije con sarcasmo, abriendo la puerta.

Ella bajó con cuidado para no despertar a Tomás, pero el niño se removió y abrió los ojos.

—¿Ya llegamos? —preguntó adormilado.

—Sí, mijo. Bájate y abre la puerta de la casa —le ordené.

Tomás corrió hacia la entrada, tropezando en la oscuridad. Yo bajé la maleta de ella y nos quedamos parados un momento junto al cofre caliente de la camioneta.

—No espere lujos —le advertí—. Aquí dormimos donde podemos y comemos lo que hay.

—No busco lujos —dijo ella, tomando su maleta de mi mano. Nuestros dedos se rozaron por un segundo y sentí una corriente eléctrica, un chispazo que me hizo retirar la mano como si me hubiera quemado. Ella no dijo nada, pero bajó la vista.

Entramos a la casa. La luz amarilla de un foco pelón iluminó la sala, revelando el desorden de dos hombres viviendo solos. Ropa amontonada en una silla, platos sucios en la mesa desde la mañana, polvo sobre los muebles viejos. Y en la pared, presidiendo todo aquel caos, el retrato de Helena. Era una foto de nuestra boda, con un marco de madera que yo mismo había tallado. Ella sonreía, joven y llena de vida, ajena al cáncer que se la llevaría tres años después.

Vi que Rebeca se quedó mirando la foto. Se quedó muy quieta, respetuosa, como quien entra a una iglesia.

—Era muy hermosa —dijo suavemente.

—Lo era —corté, sintiendo ese nudo familiar en la garganta—. Tomás, enséñale dónde está el baño. Yo voy a ver si hay algo de cenar.

Me refugié en la cocina, huyendo de su presencia y de los ojos de mi esposa muerta. La cocina era otro desastre. El fregadero estaba lleno de trastes. Busqué en la alacena: frijoles secos, un poco de arroz, unas tortillas duras y un pedazo de queso seco. No era comida para visitas.

Empecé a calentar los frijoles en la estufa vieja, haciendo todo el ruido posible para no pensar. Oí sus pasos acercándose.

—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó desde el umbral.

Me giré. Se había quitado el velo y se había arremangado las mangas del vestido. A la luz de la cocina, vi que tenía moretones en los brazos, marcas viejas que el polvo había ocultado antes. Sentí un escalofrío. ¿Quién le había hecho eso? ¿De qué infierno venía huyendo esta mujer?

—No —dije, más suave esta vez—. Usted es la visita. Siéntese.

—No soy visita, señor Mateo. Y no me gusta estar de oquis. —Se acercó al fregadero y empezó a lavar los platos con una naturalidad pasmosa, como si llevara años haciéndolo en esa misma cocina—. Además, si voy a comer, quiero ganármelo.

No discutí. Estaba demasiado cansado para discutir. Me senté en la mesa de madera y la observé. Se movía con eficiencia, encontrando el jabón y el estropajo sin preguntar. En pocos minutos, tenía los platos limpios y estaba ayudándome a calentar las tortillas directo en el fuego, sin quemarse los dedos, como lo hacen las mujeres de rancho.

Cenamos en silencio. Tomás era el único que hablaba, contándole a Rebeca sobre sus aventuras imaginarias. Ella le seguía la corriente, sonriendo, y vi cómo mi hijo florecía bajo esa atención femenina que tanto le había faltado. Comió con hambre, pero con educación, partiendo la tortilla en pedacitos pequeños.

Cuando terminamos, Tomás ya se estaba cayendo de sueño.

—Vamos a dormir, chamaco —le dije, levantándolo en brazos.

—¿Rebeca me puede contar un cuento? —pidió él, frotándose los ojos.

Miré a la mujer. Ella asintió antes de que yo pudiera negarme.

—Claro que sí, Tomás.

La llevé al cuarto de huéspedes, que en realidad era un cuarto lleno de tiliches y cajas, con una cama individual pegada a la pared. Olía a encierro y a polvo, pero era lo único que tenía.

—Aquí dormirá usted —le dije—. Tomás duerme conmigo en el otro cuarto.

Ella miró el cuarto y asintió.

—Está bien. Gracias.

Se sentó en la orilla de la cama y Tomás se acurrucó a su lado. Me quedé en la puerta, vigilando, desconfiado. Pero entonces, ella empezó a cantar. No era un cuento, era una canción de cuna, una de esas viejas que cantaban las abuelas. Su voz era dulce, un poco ronca por el cansancio, pero afinada.

“A la roro niño, a la roro ya…”

Me recargué en el marco de la puerta y cerré los ojos. Hacía tanto tiempo que no escuchaba música en esta casa. La voz de Rebeca llenaba los vacíos, se metía en las grietas de las paredes y en las grietas de mi alma. Por un momento, solo por un momento, la casa no se sintió tan fría.

Cuando Tomás se durmió, lo cargué y lo llevé a mi cama. Regresé al cuarto donde estaba ella. Ya se había levantado y estaba deshaciendo su maleta. Sacó una foto pequeña y la puso en la mesita de noche.

—Mañana la llevo al pueblo para ver lo del tren —dije, rompiendo el silencio incómodo.

Ella se giró.

—Señor Mateo, sé que no me quiere aquí. Sé que soy un estorbo. Pero… —Se mordió el labio y sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez—. No puedo regresar. Si regreso, me matan.

La frase quedó colgando en el aire denso de la habitación.

—¿Quién? —pregunté, sintiendo que los músculos se me tensaban.

—Mi cuñado —susurró, bajando la vista—. Después de que mi esposo murió en el norte… él dijo que yo le pertenecía. Que la casa, la tierra y yo éramos suyos. Me escapé la noche que intentó… intentó forzar la puerta de mi cuarto.

Cerré los puños con tanta fuerza que los nudillos me tronaron. La rabia me subió por el pecho, caliente y oscura. Odiaba a los abusadores. Odiaba a los hombres que se creían dueños de las mujeres.

—Aquí nadie la va a tocar —dije, y mi voz sonó peligrosa, incluso para mí—. Pero eso no significa que se pueda quedar.

—Solo pido unos días —suplicó ella, dando un paso hacia mí—. Déjeme trabajar. Sé cocinar, sé lavar, sé sembrar. Puedo cuidar a Tomás. Solo déjeme juntar para irme a otro lado, más al norte, donde no me encuentren. Por favor.

La miré. Vi la desesperación real en sus ojos, el terror de ser una presa cazada. Y vi también la dignidad de quien no pide limosna, sino una oportunidad. Pensé en Tomás y en cómo había sonreído hoy. Pensé en la carta inocente de mi hijo.

—Tiene una semana —sentencié, dándome la vuelta para irme—. En una semana vemos qué hacemos. Pero no se haga ilusiones. Este no es lugar para empezar de nuevo. Aquí las cosas vienen a morir.

—A veces —dijo ella a mi espalda, deteniéndome en el umbral—, las cosas muertas reviven con un poco de agua, señor Mateo.

No contesté. Me fui a mi cuarto, me quité las botas y me acosté al lado de mi hijo, vestido y todo. Miré el techo oscuro, escuchando los ruidos de la casa. Escuché a Rebeca moverse en el otro cuarto, el rechinar de los resortes viejos de la cama.

No pude dormir. Mi mente era un torbellino. La carta. Tomás. Los moretones en los brazos de Rebeca. La foto de Helena en la sala. Sentía que había abierto una puerta que ya no podría cerrar. Había dejado entrar a una desconocida en mi vida, y tenía el presentimiento, el maldito presentimiento, de que esa mujer con ojos tristes y manos de trabajadora iba a poner mi mundo de cabeza.

A la mañana siguiente, me despertó el olor. No olía a humedad ni a polvo como siempre. Olía a café recién hecho, a café de olla con canela. Y olía a tortillas calientes, a masa de maíz nixtamalizado cociéndose en el comal.

Me levanté de un salto, desorientado. Por un segundo, el corazón me dio un vuelco pensando que era Helena. Que todo había sido una pesadilla y que ella estaba ahí, en la cocina, preparándome el desayuno antes de salir al campo.

—¿Helena? —murmuré, todavía medio dormido.

Pero no. La realidad me golpeó cuando llegué a la cocina y vi la espalda de Rebeca. Llevaba el mismo vestido gris, pero se había puesto un delantal viejo que era de mi esposa. El verla con esa prenda me dio una punzada de celos, de invasión, pero me la tragué.

Estaba torteando. Sus manos golpeaban la masa con ritmo, plas, plas, plas, un sonido que es música para cualquier mexicano. Las tortillas se inflaban en el comal perfectamente.

—Buenos días —dijo sin voltear, como si sintiera mi presencia—. El café está listo.

—Ese delantal… —empecé a decir, áspero.

Ella se giró despacio, con una tortilla caliente en la mano.

—Estaba colgado detrás de la puerta. Me lo puse para no ensuciar mi vestido. Si le molesta, me lo quito.

Me quedé mirándola. Con el pelo recogido en una trenza y la cara lavada, se veía más joven, pero también más fuerte.

—Déjeselo —gruñí, sirviéndome una taza de café—. Pero no se acostumbre a usar las cosas de ella.

—No pretendo ser ella, Mateo —dijo, usando mi nombre por primera vez sin el “señor”—. Sé que ese lugar está ocupado y que nadie lo va a llenar. Solo quiero ser útil mientras esté aquí.

Tomás entró corriendo a la cocina, con el pelo revuelto.

—¡Huele rico! —gritó, trepándose a la silla—. ¿Hiciste tortillas, Rebeca?

—Sí, mi amor. Y hay frijoles refritos con el queso que encontré.

Nos sentamos a desayunar. Tengo que admitirlo, aunque me costara el orgullo: las tortillas estaban buenas. Suaves, calientes, con ese sabor a hogar que no se puede comprar en la tienda. Comí en silencio, observando cómo ella atendía a Tomás, limpiándole la boca, sirviéndole más leche. Parecían conocerse de siempre.

De repente, escuchamos el motor de un carro acercándose a la casa. Me tensé. Conocía ese motor. Era la camioneta de Don Gregorio, el suegro de mi hermano, el chismoso más grande de la región.

—Quédese aquí —le ordené a Rebeca, poniéndome de pie—. No salga.

Salí al porche justo cuando Don Gregorio se bajaba de su troca, con esa sonrisa falsa que enseñaba sus dientes de oro.

—¡Buenos días, Mateo! —gritó, ajustándose el sombrero—. Vengo a ver si es cierto lo que dicen en el pueblo. Que te trajiste una “novia” por correo. ¡Vaya, vaya! Quién te viera, tan calladito.

—Lárguese de aquí, Gregorio —dije, cruzándome de brazos—. No tengo tiempo para sus estupideces.

—¡Ay, qué genio! —Se rio, acercándose al barandal—. Solo quiero conocerla, hombre. Dicen que está de buen ver, aunque un poco correteada. ¿Es cierto que el huerco fue el que la pidió? Eso sí que es historia.

Sentí la sangre hervir. Di un paso adelante, bajando las escaleras del porche, listo para sacarlo a empujones de mi propiedad.

—Le dije que se largara. Aquí no hay nada que ver.

—¡Mateo! —La voz de Rebeca sonó detrás de mí.

Me giré furioso. Le había dicho que no saliera. Ella estaba parada en la puerta, con el delantal puesto y una mirada de acero.

—Buenos días, señor —le dijo a Gregorio con una educación exquisita—. Soy Rebeca. Y sí, estoy aquí como invitada del señor Mateo y de su hijo. ¿Se le ofrece algo más o vino solo a contar chismes como las viejas lavanderas?

Gregorio se quedó con la boca abierta. No se esperaba que la mujer le contestara, y menos con esa autoridad. Yo tampoco.

—Eh… bueno, yo… —balbuceó el viejo.

—Porque si no tiene nada importante que hacer, le agradeceríamos que nos deje desayunar en paz. Es de mala educación interrumpir los alimentos ajenos, ¿no cree?

Gregorio se puso rojo hasta las orejas. Me miró a mí, luego a ella, soltó un bufido y se dio la media vuelta.

—¡Vaya carácter! —masculló mientras se subía a su camioneta—. Tal para cual.

Lo vimos alejarse levantando polvo. Cuando se perdió de vista, me volví hacia Rebeca. Estaba temblando ligeramente, pero mantenía la barbilla en alto.

—Le dije que no saliera —le recriminé, aunque por dentro, una parte de mí estaba impresionada. Nadie callaba a Gregorio así.

—No voy a dejar que nadie le falte al respeto en su propia casa, Mateo. Ni a usted, ni a mí, ni al niño. Si me voy a quedar una semana, van a saber que no soy ninguna dejada.

La miré fijamente. El sol de la mañana le daba en la cara, iluminando sus ojos color miel. Había fuego en esa mujer. Fuego bajo las cenizas de su tragedia. Y por primera vez en años, sentí algo que no era dolor ni rabia. Sentí respeto.

—Vuelva a la cocina —dije, tratando de mantener mi tono duro, pero fallando un poco—. Se le van a enfriar las tortillas.

Ella asintió y entró. Yo me quedé un momento afuera, mirando el horizonte. El día pintaba para ser largo y caliente. Pero el aire… el aire se sentía diferente. Ya no olía solo a polvo y soledad. Olía a café, a leña quemada y a la extraña, peligrosa y frágil posibilidad de que la vida, a pesar de todo, pudiera volver a empezar.

Entré a la casa. No sabía qué pasaría en esa semana. No sabía si mi cuñado la buscaría, si el pueblo nos dejaría en paz o si yo sería capaz de soportar tener a otra mujer bajo mi techo sin sentir que traicionaba a Helena. Pero mientras veía a Tomás reírse con ella en la mesa, supe una cosa: Rebeca no se iría tan fácil. Y tal vez, solo tal vez, yo tampoco quería que se fuera.

Pero el destino es tramposo, y en México, las tragedias nunca vienen solas. Lo que no sabíamos era que la carta de Tomás no era lo único que había llegado al pueblo. Alguien más había bajado del tren esa mañana, alguien que no buscaba una familia, sino venganza. Y estaba preguntando por la mujer del vestido gris.

PARTE 3: LAS HUELLAS DEL CAZADOR Y EL RENACER DEL RANCHO

Los días en el desierto de Chihuahua no pasan, se arrastran. El sol no sale para calentar, sale para juzgar, para ver quién aguanta un día más sin quebrarse. Pero esa semana, la semana que yo le había dado de plazo a Rebeca, el tiempo pareció volverse líquido, escurriéndose entre mis dedos como el agua que tanto nos faltaba en la presa.

Después del incidente con Don Gregorio, algo cambió en la dinámica de la casa. No es que nos volviéramos una familia feliz de la noche a la mañana; la vida real no es una telenovela. Yo seguía siendo un hombre hosco, herido, que se levantaba antes del amanecer para evitar conversaciones incómodas. Pero la casa… la casa empezó a respirar de nuevo.

Era extraño regresar del campo al mediodía, con la camisa pegada a la espalda por el sudor y las botas pesadas de lodo seco, y no encontrar el silencio sepulcral que había habitado esas paredes durante tres años. Ahora, al acercarme al porche, escuchaba ruidos. El sonido de una escoba raspando el suelo de cemento, el agua cayendo en la pila del lavadero, y sobre todo, la risa de Tomás. Esa risa que yo creía haber olvidado, ese sonido cristalino que se había apagado con la muerte de su madre, ahora resonaba rebotando en las paredes de adobe, alimentado por la presencia de esa mujer que había llegado con una maleta de cartón y un secreto a cuestas.

Al tercer día, encontré a Rebeca en el patio trasero. El sol estaba en su punto más alto, cayendo a plomo sobre la tierra agrietada. Ella tenía el pelo recogido en un chongo alto, con mechones pegados a la frente y al cuello por el esfuerzo. Estaba peleándose con la maleza que había invadido el pequeño huerto que Helena cuidaba con tanto esmero.

Me detuve en la sombra del mezquite, observándola sin que ella me viera. Sus manos, esas manos que yo había notado callosas y fuertes, arrancaban la hierba mala con una determinación feroz. No usaba guantes. No le importaban las espinas ni la tierra que se le metía bajo las uñas. Tomás estaba a su lado, con una regadera de plástico, echándole agua a los surcos que ella iba limpiando.

—Papá dice que aquí ya no crece nada —le decía el niño, repitiendo mis propias palabras amargas.

Rebeca se detuvo, se pasó el dorso de la mano por la frente y clavó la pala en la tierra.

—La tierra escucha, Tomás —le contestó, y su voz me llegó clara, transportada por el viento caliente—. Si le dices que está muerta, se muere de tristeza. Pero si le hablas bonito, si le das de beber y le quitas lo que le estorba, la tierra agradece. Es como las personas.

Sentí un piquete en el pecho. ¿Estaba hablando de la tierra o estaba hablando de mí? Me aclaré la garganta ruidosamente para anunciar mi presencia. Ella se giró de golpe, asustada, pero al verme, sus hombros se relajaron.

—No debería estar haciendo eso con este calor —le reproché, acercándome—. Le va a dar una insolación.

—El calor no mata, don Mateo, lo que mata es la quietud —respondió ella, retomando su tarea—. Además, encontré unos bulbos debajo de la maleza seca. Creo que son dalias. Si las cuidamos, para el mes que entra van a florecer.

Miré el suelo removido. Efectivamente, ahí estaban los bulbos que Helena había plantado hacía años. Yo los había dado por perdidos, enterrados bajo mi propia negligencia.

—Haga lo que quiera —murmuré, sintiéndome repentinamente avergonzado de mi propia desidia—. Pero si se desmaya, no la voy a cargar hasta la casa.

Ella me dedicó una media sonrisa, una que no llegaba a los ojos pero que suavizaba sus facciones duras.

—No se preocupe. Soy de buena madera. No me quiebro fácil.

Esa tarde, la comida fue un guiso de papas con chorizo. No sé de dónde sacó el chorizo, supuse que lo había encontrado en el fondo del congelador, una reliquia que yo había olvidado. Pero sabía a gloria. Comí más de lo que había comido en meses, y por primera vez, no sentí la necesidad de huir de la mesa en cuanto terminé. Me quedé ahí, viendo cómo Tomás le enseñaba a Rebeca un dibujo que había hecho en una hoja de cuaderno vieja.

—Es el caballo de mi papá —explicaba el niño, señalando una mancha café con cuatro palitos—. Se llama “Relámpago”.

—Es muy bonito —dijo ella, acariciándole el pelo—. ¿Y tú sabes montar, Tomás?

El niño negó con la cabeza, triste.

—Papá dice que estoy muy chiquito. Y que es peligroso.

Rebeca me miró. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo: El miedo se contagia, Mateo.

—Mañana… —dije, y mi propia voz me sorprendió—. Mañana, si terminas tus deberes temprano, te subo un rato a “Relámpago”. Pero solo una vuelta al corral.

Los ojos de Tomás se abrieron como platos.

—¿De verdad, papá?

—Sí, hombre. Pero acaba de comer.

La mirada de agradecimiento que me lanzó Rebeca valía más que cualquier palabra. Y en ese momento, me di cuenta de lo peligroso que era esto. Me estaba acostumbrando. Me estaba acostumbrando al olor a café, a la ropa limpia y doblada, a la voz suave en las noches cantando canciones de cuna. Me estaba acostumbrando a tener una compañera en esta soledad inmensa. Y eso me aterraba más que cualquier sequía.

Mientras tanto, en el pueblo, las cosas empezaban a moverse. Yo no lo sabía entonces, pero el destino ya estaba tejiendo su red.

El pueblo de San Jacinto es un lugar donde el polvo se asienta en todo, hasta en las conciencias. Es un pueblo de paso, con una estación de tren, una iglesia que se cae a pedazos, dos cantinas y una tienda de raya que ahora es un supermercado mal surtido. Las noticias vuelan más rápido que el viento, y la llegada de una mujer desconocida al rancho del “Viudo Mateo” era la comidilla de la semana.

Pero ese miércoles, la atención cambió de foco.

Dicen que llegó en el tren de las once, el que viene del sur. No bajó como Rebeca, con miedo y esperanza. Bajó como quien llega a cobrar una deuda. Era un hombre alto, macizo, con esa gordura de los que comen bien y beben mucho, pero que todavía tienen fuerza para partirte la cara. Llevaba botas de piel de avestruz, un cinturón con una hebilla de plata grande como un plato, y un sombrero tejano negro que le daba sombra a unos ojos pequeños y perversos.

Se dirigió directo a la cantina “El Último Trago”. Entró empujando las puertas batientes, haciendo que el rechinar de las bisagras callara a los pocos borrachos que mataban el tiempo a esa hora. Pidió un tequila, pero no de los baratos. Y empezó a preguntar.

No preguntaba por nombres. Preguntaba por descripciones.

—Busco a una mujer —dijo, con una voz rasposa que sonaba a grava moliéndose—. Pelo negro, largo. Bonita, pero con cara de mosca muerta. Se llevó algo que es mío.

El cantinero, un viejo llamado Chuy que había visto pasar a todo tipo de gente, limpió la barra con un trapo sucio.

—Aquí pasan muchas mujeres, compa. Unas vienen, otras van.

El hombre, al que luego conoceríamos como Rogelio, sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un coyote viendo a una gallina coja. Puso un billete de quinientos pesos sobre la barra.

—Esta no es cualquier mujer. Es una ladrona. Y una puta. Se escapó de mi casa en Durango. Traía un vestido gris cuando se subió al tren. Alguien debió verla.

En la esquina de la cantina, estaba sentado uno de los peones de Don Gregorio. El mismo Gregorio que Rebeca había corrido de mi casa días antes. El peón, un tipo flaco y malicioso, aguzó el oído. Vio el billete, vio la oportunidad de quedar bien con su patrón o de ganar algo extra, y se levantó.

—Yo vi a una mujer así —dijo el peón, acercándose—. Bajó del tren hace unos días. Se fue con el Mateo, el del rancho “La Esperanza”.

Rogelio se giró despacio, haciendo tintinear las espuelas de plata que llevaba en las botas.

—¿”La Esperanza”? —repitió, saboreando el nombre como si fuera un chiste malo—. ¿Y dónde queda eso?

—Saliendo del pueblo, pal’ norte. Unos diez kilómetros de terracería. No tiene pierde.

Rogelio se terminó su tequila de un trago, golpeó el vaso contra la madera y soltó una carcajada seca.

—Gracias, amigo. Te acabas de ganar una copa.

Salió de la cantina bajo el sol abrasador, ajustándose el cinturón donde, bajo la camisa a cuadros, se notaba el bulto inconfundible de una pistola escuadra.

En el rancho, ajenos a la tormenta que se avecinaba, nosotros enfrentábamos nuestra propia crisis.

Era jueves por la tarde cuando sucedió. Yo estaba en el granero, revisando el motor de la vieja bomba de agua que se negaba a arrancar, cuando escuché a Rebeca gritar. No fue un grito de miedo, sino de urgencia.

—¡Mateo! ¡Venga rápido! ¡Es “Relámpago”!

Solté la llave inglesa y corrí hacia los corrales. El corazón me latía en la garganta. “Relámpago” no era solo un caballo; era el último regalo que Helena me había hecho antes de enfermar. Era un cuarto de milla hermoso, de pelaje alazán, pero ya viejo y mañoso.

Cuando llegué, vi la escena. El caballo estaba tirado en el suelo, revolcándose con violencia, pateando el aire y la madera del corral. Estaba cubierto de espuma y sus ojos estaban desorbitados, blancos de pánico.

—¡Es un cólico! —gritó Rebeca, que estaba dentro del corral, tratando de acercarse al animal enloquecido.

—¡Sal de ahí, mujer! —le grité, saltando la valla—. ¡Te va a matar de una patada!

—¡No podemos dejarlo así! —me respondió ella, sin retroceder—. ¡Se le va a torcer el intestino si sigue revolcándose! ¡Hay que levantarlo!

Yo sabía que tenía razón. Un cólico en un caballo es sentencia de muerte si no se trata rápido. El dolor los vuelve locos, se tiran al suelo, se revuelcan, y eso hace que los intestinos se anuden. Si eso pasa, no hay nada que hacer.

Me acerqué al caballo, esquivando una coz que pasó zumbando cerca de mi cabeza. Agarré la rienda cerca del freno y tiré con todas mis fuerzas.

—¡Arriba, “Relámpago”! ¡Vamos, caballo estúpido, levántate!

El animal resoplaba, gimiendo de dolor, pesando media tonelada de músculo inerte. No podía solo. Mis botas resbalaban en el lodo y el estiércol.

—¡Yo le ayudo! —Rebeca se puso a mi lado.

—¡No! ¡Estás loca!

—¡Cállese y jale! —me gritó ella con una furia que me dejó helado. Agarró la cabezada del otro lado. Sus manos se clavaron en el cuero.

—A la de tres —dijo ella, tomando el mando—. ¡Una, dos, tres!

Jalamos. Jalamos con la desesperación de quien no quiere perder otra cosa más en la vida. Sentí cómo se me desgarraban los músculos de la espalda. Rebeca gruñía de esfuerzo, con la cara roja y las venas del cuello saltadas.

El caballo, sintiendo nuestra urgencia, hizo un esfuerzo supremo. Sus patas delanteras rascaron la tierra, buscando apoyo.

—¡Eso es! ¡Vamos, chulo, vamos! —le animaba Rebeca, con una voz que mezclaba la orden y la súplica.

Con un relincho agónico, “Relámpago” se puso de pie. Temblaba de pies a cabeza, bañado en sudor frío.

—¡No deje que se eche! —ordenó Rebeca, sin soltarlo—. Hay que caminarlo. Tiene que caminar para que se le mueva la tripa.

—Lo sé —dije, jadeando, tratando de recuperar el aliento.

—Yo lo camino —dijo ella—. Usted vaya por aceite. Aceite comestible y una manguera, o una botella de vidrio de cuello largo. Y agua tibia con jabón.

La miré, atónito.

—¿Sabes sondear a un caballo?

—Mi padre era caporal en un rancho de Durango. Crecí entre patas de caballos. ¡Vaya, Mateo! ¡No tenemos tiempo!

Corrí a la casa como alma que lleva el diablo. Saqué el aceite de la cocina, busqué una botella de cerveza vacía y regresé. Durante las siguientes tres horas, Rebeca y yo libramos una batalla silenciosa contra la muerte. Ella sabía exactamente qué hacer. Me enseñó a masajearle el vientre al caballo, a obligarlo a caminar cuando quería derrumbarse, a hablarle para calmarlo.

Vi cómo sus manos, que horas antes cuidaban flores, ahora se metían en la boca del animal para administrarle el aceite, sin miedo a ser mordida. Vi cómo su vestido gris se manchaba de baba, de tierra y de aceite, y no le importaba.

Cuando cayó la noche, “Relámpago” soltó un gas sonoro y largo, seguido de un montón de estiércol.

Rebeca soltó una risa nerviosa y se dejó caer sentada en la paca de paja, agotada.

—Ya está —susurró—. Ya pasó lo peor.

El caballo, visiblemente aliviado, empezó a buscar agua.

Me quedé de pie, mirándola. Estaba sucia, despeinada, olía a caballo y a sudor. Y les juro por la memoria de mi madre que nunca había visto a una mujer tan impresionante.

Me senté a su lado en la paja. El silencio del corral era diferente ahora. Era un silencio de victoria, de complicidad.

—Gracias —le dije. Y esta vez no fue un gruñido. Fue sincero.

Ella se quitó un mechón de pelo de la cara.

—No me agradezca. Ese caballo es importante para Tomás. Y… para usted.

—Era de Helena —confesé, soltando el nombre que tanto me dolía pronunciar—. Fue lo último que compramos juntos antes del diagnóstico.

Rebeca asintió despacio, respetando mi dolor, pero sin tenerle miedo.

—Las cosas que amamos dejan huella, Mateo. No se van del todo. Cuidar a este caballo es cuidarla a ella también.

Nos quedamos callados un buen rato, escuchando la respiración rítmica del animal. La luna llena iluminaba el corral, bañando todo de una luz plateada.

—¿Por qué dijiste que si regresabas te mataban? —pregunté de repente. Necesitaba saber. Después de verla pelear así por un animal, no podía imaginarla huyendo sin una razón de peso.

Ella bajó la mirada a sus manos entrelazadas.

—Rogelio… mi cuñado. Él siempre me tuvo envidia. Envidia de que su hermano, mi esposo, fuera feliz conmigo. Cuando mi esposo murió en un accidente en la mina, Rogelio se metió el diablo. Dijo que yo era la culpable. Que yo traía mala suerte. Pero en el fondo… en el fondo él quería lo que tenía su hermano.

Se le quebró la voz, pero no lloró.

—Empezó a beber más. A entrar a mi casa sin permiso. A decirme cosas… cosas sucias. Y una noche, hace una semana, llegó borracho. Rompió la puerta. Traía una pistola. Me dijo que iba a ser suya por las buenas o por las malas. Le di un golpe con el molcajete en la cabeza y corrí. Corrí hasta la estación y me subí al primer tren que pasó. No sabía a dónde iba. Solo sabía que tenía que alejarme.

Sentí una oleada de furia fría. Imaginé a ese hombre, a ese cobarde, y mis manos se cerraron en puños.

—No va a volver a tocarte —le prometí. Y me asusté de la vehemencia de mi promesa. No era solo proteger a una invitada. Era algo personal.

Ella me miró, y en sus ojos vi una mezcla de gratitud y miedo.

—Es un hombre malo, Mateo. Tiene amigos, tiene dinero. Si me encuentra…

—Este es mi rancho —la interrumpí—. Y aquí mando yo. En Chihuahua no nos asustan los bravucones.

Esa noche, la cena fue silenciosa pero cálida. Tomás, ajeno al drama del caballo, dormía ya en mi cama. Rebeca y yo nos quedamos en la cocina, tomando una última taza de café. Había una tensión nueva entre nosotros. No era la tensión hostil de los primeros días. Era una tensión eléctrica, una consciencia aguda de la presencia del otro.

—Mañana tengo que ir al pueblo —dije, rompiendo el silencio—. Se acabó el grano para las gallinas y necesito comprar medicina para “Relámpago”, por si acaso le vuelve el dolor.

—¿Quiere que vaya con usted?

—No. Es mejor que se quede aquí con Tomás. No quiero que la vean mucho. La gente habla.

Ella asintió.

—Tenga cuidado, Mateo.

—Siempre lo tengo.

A la mañana siguiente, me levanté antes del alba. Dejé a Rebeca dormida en el cuarto de huéspedes y le di un beso en la frente a Tomás. Subí a la camioneta y tomé el camino hacia San Jacinto.

El pueblo estaba despertando. Los comerciantes abrían sus cortinas metálicas y el olor a pan dulce salía de la panadería. Fui directo a la forrajera. Don Chon, el dueño, me saludó con su habitual lentitud.

—Buenos días, Mateo. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?

—Grano, Chon. Y antibiótico para caballo.

Mientras Chon pesaba los costales, noté que me miraba de reojo, nervioso.

—Oye, Mateo… —empezó, bajando la voz—. Anda un hombre preguntando por ti. O bueno, preguntando por la mujer que tienes en el rancho.

Me quedé helado. Sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca.

—¿Qué hombre?

—Un fuereño. Norteño, por el acento. Anda armado, Mateo. Y no se ve que venga a hacer amigos. Estuvo anoche en la cantina de Chuy. Dicen que el peón de Gregorio le soltó la sopa. Le dijo dónde vives.

Maldita sea. Maldito Gregorio y maldita su gente.

—¿Dónde está ese hombre ahora? —pregunté, tratando de mantener la calma, aunque por dentro me estaba quemando la urgencia.

—No sé. Se quedó en el hotel de paso. Pero Mateo… ten cuidado. Ese tipo tiene ojos de asesino.

Pagué el grano sin contar el cambio y salí de la tienda. Mi primer impulso fue ir al hotel y enfrentarlo ahí mismo. Sacarlo a golpes y meterlo en el tren de regreso. Pero luego pensé en Tomás. Pensé en Rebeca sola en el rancho. Si me pasaba algo a mí aquí, ellos quedarían desprotegidos.

Me subí a la camioneta y arranqué, haciendo chillar las llantas. Tenía que llegar al rancho antes que él. Tenía que sacar a Rebeca y a Tomás de ahí.

Conducía como un loco por el camino de terracería, levantando una nube de polvo que ocultaba el retrovisor. Mi mente iba a mil por hora. ¿A dónde podía llevarlos? ¿Con mi hermana en la capital? ¿Esconderlos en la sierra?

Estaba a mitad del camino, en una curva cerrada rodeada de cactus gigantes, cuando vi algo que me heló la sangre.

Había huellas de neumáticos frescos en el camino. Neumáticos anchos, de camioneta nueva. Iban en dirección a mi rancho.

Aceleré a fondo. La vieja pick-up rugió, protestando, pero le exigí todo lo que tenía.

—Aguanta, Rebeca. Aguanta —murmuraba, golpeando el volante.

Cuando llegué a la entrada del rancho, vi que la cadena del portón estaba rota. El candado había sido volado de un balazo.

Entré al patio derrapando. Había una camioneta negra, una Ford Lobo del año, estacionada frente a la casa. La puerta del conductor estaba abierta.

El silencio era absoluto. No ladraba el perro. No se oían las gallinas.

—¡Rebeca! —grité, saltando de la camioneta con mi rifle Winchester en la mano. Lo había sacado de debajo del asiento.

Nadie contestó.

Corrí hacia la casa. La puerta principal estaba abierta de par en par. Entré con el rifle en alto, barriendo la sala con la mirada. Los muebles estaban tirados. La foto de Helena estaba en el suelo, con el vidrio roto.

—¡Tomás! —grité, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.

Entonces escuché un ruido. Venía de la cocina.

Caminé despacio, tratando de que mis botas no hicieran ruido, aunque el corazón me latía tan fuerte que sentía que retumbaba en toda la casa. Llegué al marco de la puerta de la cocina.

La escena que vi se me grabó a fuego en la memoria.

Rebeca estaba arrinconada contra la estufa. Tenía el labio partido y sangre escurriéndole por la barbilla. Delante de ella, dándome la espalda, estaba el hombre. Rogelio. Tenía a Tomás agarrado del brazo, levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo. El niño lloraba en silencio, aterrorizado, con las piernitas colgando.

Rogelio tenía una pistola plateada en la otra mano, apuntando a la cabeza de Rebeca.

—Te dije que te iba a encontrar, zorra —gruñía él—. Y te dije que ibas a pagar. ¿Creíste que podías esconderte en este basurero con este granjero de cuarta?

—Suéltalo, Rogelio —suplicaba Rebeca, con la voz rota—. El niño no tiene la culpa. Déjalo ir y me voy contigo. Te lo juro. Me voy contigo sin pelear.

—Oh, te vas a venir conmigo, eso es seguro. Pero primero le voy a enseñar a este escuincle lo que pasa cuando se meten con lo que es mío.

Levanté el rifle. Mis manos no temblaban. Todo el miedo se había convertido en una claridad fría y mortal. Apunté a la espalda ancha de Rogelio, justo entre los omóplatos.

—Suelta a mi hijo —dije, con una voz que parecía venir de ultratumba.

Rogelio se tensó. Tomás dejó de llorar y me miró con unos ojos llenos de esperanza.

—¡Papá!

El hombre se giró lentamente, usando a Tomás como escudo humano, poniendo al niño entre mi rifle y su cuerpo. Sonrió, mostrando unos dientes amarillos.

—Vaya, vaya. Llegó el novio. Llegas tarde a la fiesta, compadre.

—No soy tu compadre. Y te voy a dar tres segundos para que sueltes al niño antes de que te vuele la cabeza.

Rogelio se rio.

—¿Con el niño aquí? No tienes los huevos. Si disparas, le puedes dar a él. Baja el rifle, granjero. O le vuelo la tapa de los sesos a tu novia.

La situación era crítica. Un movimiento en falso y Tomás o Rebeca morirían. Mi dedo acarició el gatillo. Calculé el ángulo. Era un tiro difícil. Rogelio era alto, pero se cubría bien.

Miré a Rebeca. Sus ojos se encontraron con los míos. Y en ese instante, vi algo en su mirada. No era miedo. Era una señal.

Ella movió imperceptiblemente la mano hacia atrás, hacia la estufa donde todavía estaba la olla de frijoles hirviendo que había puesto para la comida.

—Uno… —conté.

Rogelio apretó el agarre sobre Tomás. El niño gimió de dolor.

—Dos…

Rebeca agarró el asa de la olla de barro con la mano desnuda, ignorando el calor abrasador.

—¡Tres!

Todo sucedió en un segundo. Rebeca, con un grito de guerra que me heló la sangre, lanzó la olla de frijoles hirviendo directo a la cara de Rogelio.

El hombre aulló de dolor cuando el líquido caliente le quemó la piel y los ojos. Por reflejo, soltó a Tomás y se llevó las manos a la cara, disparando su arma al techo.

—¡Al suelo, Tomás! —grité.

El niño se tiró al piso y rodó lejos.

Rogelio, ciego y furioso, empezó a disparar a ciegas. Bang, bang, bang. Las balas mordían la madera de las paredes, hacían volar los platos.

Yo no podía disparar. Rebeca estaba demasiado cerca de él.

—¡Sal de ahí, Rebeca! —rugí.

Pero ella no salió. En lugar de correr, se abalanzó sobre él. Se le echó encima como una leona defendiendo a sus cachorros, clavándole las uñas en la cara quemada, golpeándolo, sacando toda la rabia contenida de años de abuso.

Ambos cayeron al suelo en una maraña de golpes y gritos. El arma de Rogelio salió patinando por el suelo hasta mis pies.

Le di una patada al arma, alejándola, y me lancé sobre ellos. Agarré a Rogelio por el cuello de la camisa y lo arranqué de encima de Rebeca. Lo levanté y le metí un derechazo en la mandíbula con toda la fuerza de mi odio, de mi miedo, de mi amor por mi hijo. Sentí cómo se le rompía la nariz bajo mis nudillos.

Cayó como un costal de papas, inconsciente, sangrando y gimiendo.

El silencio volvió a la cocina, roto solo por los sollozos de Tomás y la respiración agitada de Rebeca.

Me acerqué a ella. Estaba en el suelo, temblando, con el vestido desgarrado y las manos quemadas por la olla.

—Rebeca… —me arrodillé a su lado.

Ella levantó la vista. Tenía la cara manchada de sangre que no era suya y los ojos brillantes de lágrimas. Pero estaba viva. Estaba entera.

Se lanzó a mis brazos. Me abrazó con una fuerza desesperada, escondiendo la cara en mi cuello. Yo la envolví, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío. Olía a frijoles quemados, a pólvora y a mujer valiente.

—Gracias… gracias… —repetía ella.

Tomás corrió hacia nosotros y se unió al abrazo. Los tres nos quedamos ahí, en el suelo sucio de la cocina, entre los restos de la batalla, unidos por el lazo invisible que se forja cuando se sobrevive juntos al infierno.

Miré al hombre tirado en el suelo. Sabía que esto no se acababa aquí. Tendría que llamar a la policía rural, tendría que explicar muchas cosas. Pero mientras acariciaba el pelo de Rebeca y sentía el corazoncito de Tomás latiendo contra mi pecho, supe que ya no estaba solo.

El “Viudo Mateo” había muerto esa tarde. Y algo nuevo, algo más fuerte y peligroso, había nacido en su lugar.

Levanté la vista hacia la ventana. Afuera, las nubes negras de una tormenta de verano se acumulaban sobre la sierra. Iba a llover. Por fin, iba a llover sobre esta tierra seca.

—Todo va a estar bien —les dije, y por primera vez en tres años, me lo creí.

Pero mientras miraba la pistola plateada en el suelo, una pregunta me rondaba la cabeza: ¿Cuántos más como Rogelio vendrían? ¿Y estaríamos listos para cuando la verdadera guerra comenzara? Porque el pasado nunca se queda enterrado, y las deudas de sangre siempre se cobran con intereses.

PARTE FINAL: LA COSECHA DE LA TORMENTA Y EL JUICIO DE LA TIERRA

La lluvia en el desierto no pide permiso; llega arrebatando, cobrando las deudas de sequía con una furia que asusta a los que no son de aquí. Mientras el cielo se caía a pedazos sobre el techo de lámina de mi rancho, el ruido del agua golpeando contra la tierra sedienta era ensordecedor, casi tan fuerte como el zumbido de adrenalina que todavía me retumbaba en los oídos.

Me quedé de pie en la cocina, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto. A mis pies, Rogelio yacía inconsciente, un bulto de carne y maldad desparramado sobre los mosaicos viejos. La sangre de su nariz rota se mezclaba con los frijoles esparcidos y el agua que empezaba a colarse por debajo de la puerta trasera. Era un cuadro grotesco, una pintura de violencia doméstica que jamás pensé ver en la casa que construí con Helena.

Rebeca seguía en el suelo, abrazada a Tomás. El niño había dejado de llorar a gritos y ahora solo hipaba, ese sonido chiquito y doloroso que hacen los niños cuando ya no les queda aire. Me agaché junto a ellos, ignorando el dolor en mis propios nudillos.

—Tenemos que movernos —dije, y mi voz sonó extraña, ajena, como si saliera de una radio vieja—. No podemos dejarlo así. Si despierta…

—No va a despertar pronto —murmuró Rebeca, levantando la vista. Tenía las manos rojas, ampolladas por el calor de la olla, y temblaba violentamente—. Le pegaste muy fuerte, Mateo.

—No lo suficiente —gruñí, sintiendo una punzada de arrepentimiento por no haber apretado el gatillo cuando tuve la oportunidad. Pero luego miré a mi hijo y supe que había hecho lo correcto. No podía convertirme en un asesino delante de sus ojos.

Busqué en la alacena y saqué un rollo de mecate grueso, del que usaba para amarrar las pacas de alfalfa. Con movimientos rápidos y precisos, le até las manos y los pies a Rogelio a la espalda, como si fuera un marrano listo para el sacrificio. Lo arrastré hasta la despensa y cerré la puerta con el pasador por fuera.

Solo entonces me permití respirar.

—Déjame ver tus manos —le pedí a Rebeca, arrodillándome frente a ella.

Ella intentó esconderlas, avergonzada o adolorida, no lo sé.

—Estoy bien. Solo arde un poco.

—No estás bien, mujer. Tienes quemaduras de segundo grado. Necesitamos ir al pueblo, al dispensario.

—No —se negó ella rotundamente, con el pánico volviendo a sus ojos color miel—. Si vamos al pueblo, la policía… me van a culpar. Dirán que yo lo provoqué. Él tiene dinero, Mateo. Los de su clase siempre ganan.

Le tomé la cara entre mis manos, obligándola a mirarme. Sus mejillas estaban manchadas de hollín y lágrimas.

—Mírame, Rebeca. Aquí no gana el dinero. Aquí gana el que tiene la razón y los pantalones bien puestos. Ese infeliz rompió mi puerta, amenazó a mi hijo y te atacó. Se va a ir a la cárcel, o se va a ir al infierno, pero no te va a volver a tocar. Te doy mi palabra.

La tormenta afuera arreció, un trueno hizo vibrar los vidrios de la ventana. Se fue la luz. La oscuridad nos envolvió de golpe, dejándonos solo con los relámpagos intermitentes que iluminaban la cocina como flallazos de una cámara fotográfica macabra.

Busqué la linterna de mano que siempre guardaba encima del refrigerador. El haz de luz blanca cortó las tinieblas y nos dio un poco de seguridad.

—Tomás —le dije a mi hijo, que no se había soltado de la falda de Rebeca—, necesito que seas muy valiente, mijo. Vamos a subir a la camioneta. Vamos a ir con el doctor y luego a la comandancia.

—No quiero salir, papá —lloriquió él—. Tengo miedo del hombre malo.

—El hombre malo está amarrado y encerrado. Y yo tengo el rifle. Nadie te va a hacer nada.

Salimos a la intemperie. El agua caía con tal fuerza que dolía en la piel. El viento nos empujaba, tratando de regresarnos a la casa, pero avanzamos. Subí a Rebeca y a Tomás a la cabina de la camioneta. Yo me subí al lado del conductor, empapado hasta los huesos en cuestión de segundos.

El camino de regreso al pueblo fue una pesadilla. El lodo se había convertido en un jabón resbaladizo. La camioneta patinaba, la cola se iba de lado a lado, amenazando con sacarnos del camino y tirarnos a la zanja. Manejé con los nervios de punta, con las manos aferradas al volante, rezando oraciones que creía olvidadas.

—Va a estar bien —repetía Rebeca en voz baja, más para ella misma que para nosotros—. Va a estar bien.

Llegamos a San Jacinto bajo un diluvio bíblico. Las calles estaban desiertas, convertidas en ríos de agua chocolatosa. Solo la luz roja de la cruz en el dispensario médico brillaba en la oscuridad.

El doctor Ramírez, un hombre viejo y cansado que había traído al mundo a la mitad del pueblo, nos abrió la puerta en pijama, con los ojos lagañosos. Pero en cuanto vio el estado de Rebeca y la sangre en mi camisa, se despertó de golpe.

—¡Por Dios santo, Mateo! ¿Qué pasó? ¿Se volcaron?

—No, doc. Fue… un problema en el rancho. Atiéndala a ella, por favor. Se quemó las manos con agua hirviendo.

Mientras el doctor curaba a Rebeca, yo llamé a la policía rural desde el teléfono de la clínica. El comandante, un tipo llamado Valdés que me conocía desde la escuela primaria, contestó con voz de fastidio.

—¿Qué chingados quieres a esta hora, Mateo? Se está cayendo el cielo.

—Tengo a un hombre amarrado en mi despensa, Valdés. Entró armado a mi casa, intentó matar a la mujer que vive conmigo y amenazó a mi hijo. Quiero que muevas el culo y vayas por él antes de que se desate.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Un hombre armado? ¿Quién es?

—Se llama Rogelio. Es… un pariente político. Viene de Durango. Y Valdés… ten cuidado. Es peligroso.

Colgué el teléfono y me senté en la sala de espera. Tomás se había quedado dormido en una de las sillas de plástico duro, agotado por el trauma. Lo miré y sentí que el corazón se me hacía chiquito. Un niño de cuatro años no debería ver lo que él vio hoy. No debería saber que los adultos pueden ser monstruos.

Rebeca salió del consultorio media hora después. Tenía las dos manos vendadas hasta las muñecas, como si fueran guantes de boxeo blancos. Tenía la cara lavada y le habían puesto un poco de antiséptico en el labio partido. Se veía frágil, pero se mantenía erguida.

—¿Cómo estás? —le pregunté, levantándome.

—Me dolió —admitió ella con una sonrisa triste—. El doctor dice que no podré usar las manos en dos semanas. No podré cocinar, ni lavar, ni…

—No te preocupes por eso —la corté—. Tienes quien te cuide.

Ella me miró largo rato, buscando algo en mis ojos.

—¿Por qué, Mateo? ¿Por qué te metiste en esto? Podrías haberme entregado. Te hubieras ahorrado todo este problema.

—Porque un hombre que entrega a una mujer que pide ayuda no es un hombre —le dije, y sentí que la voz de mi padre hablaba a través de mí—. Y porque… porque Tomás te quiere. Y yo no voy a dejar que le quiten nada más a mi hijo.

Ella bajó la vista, y vi una lágrima caer sobre sus vendas.

La policía llegó al rancho esa misma noche. Valdés y dos oficiales más se llevaron a Rogelio, que había despertado y estaba gritando maldiciones y amenazas de muerte contra todos nosotros. Lo sacaron a empujones bajo la lluvia, esposado y cojeando. Resultó que el tipo tenía una orden de aprehensión en Durango por fraude y lesiones. La suerte, por una vez, estaba de nuestro lado. O tal vez no era suerte. Tal vez era justicia divina.

Los días siguientes fueron extraños. El pueblo, como siempre, hervía en chismes. La historia de la pelea en el rancho se exageró hasta convertirse en una leyenda. Decían que yo había matado a tres hombres, que Rebeca era una bruja que me había embrujado, que Rogelio era un narco buscando un tesoro enterrado.

Don Gregorio, por supuesto, era el principal altavoz de estas mentiras. Me lo topé tres días después en la gasolinera. Yo estaba llenando el tanque de la camioneta y él se paró en la bomba de al lado.

—Dicen que te vas a quedar con la “viuda negra”, Mateo —soltó, con esa risita burlona que me daban ganas de borrarle de un golpe—. Ten cuidado. Si traicionó a su familia, te va a traicionar a ti.

Cerré la tapa del tanque despacio. Me giré y lo miré a los ojos. Ya no sentía la rabia caliente de antes. Ahora sentía una calma fría, una certeza absoluta de quién era yo y quiénes eran los míos.

—Mire, Gregorio —le dije, acercándome un paso, invadiendo su espacio personal—. Usted tiene la lengua muy larga y la memoria muy corta. Esa mujer defendió a mi hijo con su propia vida. Se quemó las manos para que a Tomás no le pasara nada. Si vuelvo a escuchar que usted o cualquiera de sus peones habla mal de ella, no voy a ir a la policía. Voy a venir a buscarlo a usted. Y créame, no va a querer que eso pase.

Gregorio tragó saliva. Vio algo en mi mirada que lo hizo retroceder. Tal vez vio al hombre que había derribado a un gigante en su propia cocina. Se subió a su camioneta sin decir palabra y se fue.

Esa tarde, regresé al rancho con una sensación de triunfo. Pero el verdadero reto no estaba en el pueblo, estaba en la casa.

Con las manos vendadas, Rebeca estaba inútil para las tareas domésticas. Eso significaba que yo tenía que hacerlo todo. Y cuando digo todo, me refiero a cosas que jamás había hecho por otra persona adulta.

Tuve que aprender a peinarla.

Esa primera mañana, la encontré frente al espejo, frustrada, tratando de agarrarse el pelo con las muñecas.

—Déjame ayudarte —le dije, parándome detrás de ella.

Ella se puso rígida.

—No sé si sepas hacer trenzas, vaquero.

—Sé trenzar crines de caballo —respondí, tomando su pelo negro y suave entre mis dedos callosos—. El principio es el mismo.

Y así, cada mañana, yo me paraba detrás de ella y le cepillaba el cabello. Era un acto de una intimidad abrumadora. Sentir el calor de su espalda, el olor de su champú barato, la suavidad de su nuca. Mis manos, acostumbradas a la rudeza del campo, al alambre de púas y a las herramientas pesadas, tenían que volverse torpes y delicadas.

—Me estás jalando —se quejaba ella suavemente.

—Cállate y no te muevas —le contestaba yo, pero sin brusquedad.

También tenía que darle de comer. Nos sentábamos a la mesa y yo le acercaba la cuchara a la boca, como si fuera un pajarito. Tomás se reía al principio, pero luego lo vio como algo normal.

—Abre la boca, Rebeca —decía el niño—. Viene el avioncito.

Y ella reía, y yo sentía que algo se me desmoronaba por dentro, alguna pared que había construido alrededor de mi corazón para que no me volvieran a lastimar.

Esas semanas de convalecencia fueron, irónicamente, las más felices que había tenido en años. La lluvia había hecho su trabajo. El campo reverdeció con una velocidad milagrosa. El desierto, cuando bebe, agradece con flores. Las dalias que Rebeca había descubierto brotaron. Eran rojas, amarillas y naranjas, manchas de color vibrante contra el adobe gris de la casa.

Una tarde, salimos al porche a ver el atardecer. Rebeca ya no tenía las vendas, pero la piel de sus manos estaba roja y sensible, marcada con cicatrices que probablemente llevaría siempre.

—Ya puedo mover los dedos —dijo ella, abriendo y cerrando las manos—. Mañana podré hacer las tortillas.

Sentí un vacío en el estómago.

—No hay prisa —dije rápido—. Las tortillas de la tienda no están tan malas.

Ella me miró, y la luz naranja del sol poniente le iluminó la cara.

—Mateo… la semana se acabó hace mucho. Y mis manos ya casi sanan. Rogelio está en la cárcel. Ya no tengo excusa para quedarme.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de todas las palabras que no nos habíamos dicho.

—¿Y a dónde vas a ir? —pregunté, mirando hacia el horizonte para no verla a ella.

—No lo sé. Tal vez al norte, a la frontera. Dicen que en las maquiladoras siempre hay trabajo.

—¿Y vas a dejar el jardín? —insistí, buscando cualquier pretexto—. Las dalias apenas están abriendo. Si te vas, se van a secar. Yo no sé cuidarlas.

—Aprenderás. Eres bueno aprendiendo. Aprendiste a hacer trenzas.

Me giré hacia ella, desesperado.

—No quiero aprender, Rebeca. No quiero volver a comer solo. Y Tomás… Tomás te necesita.

—¿Y tú, Mateo? —preguntó ella, dando un paso hacia mí, valiente como siempre—. ¿Tú me necesitas? ¿O solo necesitas a alguien que te planche las camisas y cuide al niño?

Esa era la pregunta, ¿verdad? La pregunta que me había estado evitando hacer durante todas esas noches en vela. ¿Era soledad o era amor? Miré la foto de Helena, que había vuelto a colgar en la pared, ahora con un vidrio nuevo. Ella seguía sonriendo, congelada en el tiempo. Pero ya no dolía mirarla. Ya no sentía que la traicionaba por estar vivo. Helena se había ido, pero yo seguía aquí. Y mi corazón, ese músculo terco y estúpido, había empezado a latir por la mujer de las manos quemadas y el vestido gris.

—No necesito a una sirvienta —dije, y mi voz salió ronca—. Necesito a la mujer que se le enfrentó a un pistolero con una olla de frijoles. Necesito a la mujer que canta canciones de cuna desafinadas. Te necesito a ti, Rebeca.

Ella soltó el aire que estaba conteniendo.

—Soy una mujer complicada, Mateo. Vengo rota. Tengo un pasado feo.

—Yo soy un viudo amargado con un rancho que apenas se sostiene y un hijo que miente en cartas para conseguir mamá —repliqué, dando un paso hacia ella—. Creo que estamos a mano.

Ella sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos, iluminándolos por completo.

—Entonces… ¿me estás pidiendo que me quede?

—No. Te estoy pidiendo que no te vayas nunca.

La besé. Fue un beso torpe, tentativo al principio, con sabor a café y a miedo, pero que pronto se volvió urgente, desesperado, como la lluvia cayendo sobre la tierra seca. Sentí sus manos cicatrizadas acariciarme la nuca, y supe que esas cicatrices eran el mapa de nuestra historia, la prueba de que habíamos sobrevivido al fuego para encontrarnos.

Nos casamos dos meses después. No fue una boda grande. No había dinero para fiestas y, honestamente, no queríamos verle la cara a medio pueblo hipócrita. Fue en la pequeña iglesia de San Jacinto, con el padre Anselmo, que estaba medio sordo y confundió mi nombre con el de mi padre dos veces.

Rebeca no llevó un vestido blanco. Se hizo uno color crema, sencillo, con bordados de flores en las mangas que ella misma cosió, aunque le dolían los dedos al hacerlo. Tomás llevó los anillos, caminando con una seriedad solemne, peinado con tanta gomina que el pelo le brillaba como charol.

A la salida de la iglesia, no hubo arroz. Hubo pétalos de dalias. Tomás los había arrancado del jardín esa mañana, destrozando la mitad de las flores, pero a Rebeca no le importó. Se rio bajo la lluvia de pétalos rojos y amarillos, agarrada de mi brazo.

Al regresar al rancho, hicimos una comida pequeña. Solo nosotros, el doctor Ramírez y el viejo Chuy de la cantina, que resultó ser un buen hombre después de todo. Comimos mole, bebimos tequila y escuchamos música en la radio vieja.

Cuando cayó la noche y Tomás se quedó dormido (esta vez en su propia cama, en el cuarto que habíamos arreglado para él), Rebeca y yo nos sentamos en el porche. La noche estaba fresca, limpia. El cielo del desierto estaba tupido de estrellas, tantas que parecía que no cabía ni una más.

Rebeca sacó algo de su bolsillo. Era la carta. La famosa carta que Tomás y la señora Lupe habían escrito. Estaba arrugada, manchada de aceite y casi ilegible, pero ella la había guardado como un tesoro.

—Léela —me pidió.

La desdoblé con cuidado bajo la luz de la luna.

—”Querida señora” —leí en voz alta—. “Me llamo Mateo (mentira de Tomás). Tengo un rancho con vacas y un caballo. Soy muy guapo (otra mentira). Necesito una esposa porque mi papá está triste y se le queman las tortillas. Aquí hay flores amarillas. Si viene, yo la voy a cuidar. Atentamente, Mateo”.

Nos reímos. Una risa suave, compartida.

—El niño tenía razón en casi todo —dijo Rebeca, recargando la cabeza en mi hombro—. Las tortillas sí se te quemaban. Y sí había flores amarillas, solo había que esperar a que lloviera.

—Y lo de que te iba a cuidar… —añadí, pasándole el brazo por los hombros—. Eso también resultó cierto.

—¿Sabes qué es lo más curioso? —murmuró ella, mirando las estrellas—. Que yo nunca creí en el destino. Pensaba que la vida era solo aguantar golpes. Pero esa carta… esa carta viajó kilómetros, pasó por manos de extraños, llegó a un pueblo perdido en Durango y terminó en mis manos justo el día que yo pensaba que ya no había salida.

—A veces Dios escribe chueco con renglones torcidos —dije, citando a mi abuela.

—O a veces —corrigió ella—, Dios usa las manos sucias de un niño de cuatro años para salvarnos a los dos.

Me quedé pensando en eso. En cómo una mentira inocente se había convertido en nuestra verdad más grande. En cómo el dolor de perder a Helena me había preparado para valorar a Rebeca. En cómo la violencia de Rogelio nos había obligado a ser valientes.

Miré hacia el campo oscuro. El maíz estaba creciendo alto y fuerte. “Relámpago” relinchó suavemente en el corral, sano y salvo. Mi hijo dormía tranquilo adentro. Y a mi lado, la mujer que había llegado del tren con nada más que dignidad, ahora era la dueña de todo esto, y sobre todo, dueña de mi voluntad.

—Te quiero, Rebeca —le dije. Era la primera vez que lo decía en voz alta.

Ella me apretó la mano con sus dedos marcados.

—Y yo a ti, Mateo. Y a este rancho polvoriento. Y a ese niño mentiroso.

El futuro no iba a ser fácil. El campo nunca lo es. Habría sequías, habría heladas, habría años malos donde la cosecha no pagaría ni las semillas. Pero ya no me daba miedo. Porque ahora sabía que, pasara lo que pasara, no enfrentaría la tormenta solo.

Me levanté y le tendí la mano.

—Vamos adentro, señora de la casa. Mañana hay que madrugar.

—Vamos, vaquero —respondió ella, aceptando mi mano.

Antes de entrar, eché una última mirada al camino de tierra que llevaba a la estación de tren. Ese camino que trajo desgracia y esperanza, que trajo a un demonio y a un ángel. Ya no esperaba nada de ese camino. Todo lo que necesitaba, todo lo que importaba, estaba justo aquí, bajo este techo de lámina que cantaba cuando llovía.

Cerré la puerta, echando el pasador con fuerza. Esta vez, no para dejar a nadie afuera, sino para mantener a mi familia adentro, segura, cálida y viva.

Y así, en medio del desierto de Chihuahua, donde dicen que nada crece, echamos raíces tan profundas que ni el viento más fuerte podría arrancarnos jamás.

FIN.

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