Todos me cerraron la puerta por ser una mujer sola y marcada por un pasado v*olento, hasta que un viudo silencioso probó mi sazón y decidió que mi lugar no era solo en la cocina, sino en su corazón.

—No hablo mucho, patrón… pero sé cocinar.

Fue lo único que pude decir. Mi voz se quebró al final, pero mantuve la mirada fija, aunque por dentro mis piernas temblaban como hojas secas en el viento.

Estaba parada en el porche de su rancho, en medio de la nada, con el sol cayendo sobre la tierra roja de Chihuahua. Mis botas ya no tenían suela, y el chal que me cubría estaba tan desgastado que parecía telaraña. En mis manos, apretaba contra mi pecho una vieja olla de peltre descarapelada como si fuera un lingote de oro. Era lo único que me quedaba de mi madre.

Don Otilio me miró desde arriba. Un hombre de campo, recio, con la piel curtida por el sol y los años. No dijo nada al principio. Solo se quedó observando mis manos ampolladas y mis labios partidos por la sed.

Yo no era nadie. Solo Elena, una muchacha de 20 años que venía huyendo de un infierno. Había escapado de un patrón que intentó absar de mí y de un pueblo que me juzgaba por estar sola. Me habían glpeado, me habían humillado y llevaba tres días durmiendo bajo carretas y detrás de talleres mecánicos, esquivando b*rrachos y piedras.

—¿Nombre? —preguntó él, seco, sin dejar de mirar el horizonte.

—Elena —respondí, suave como un rezo.

Miró el camino detrás de mí. No había carreta, ni mula, ni familia. Solo polvo.

—¿No traes gente?

Negué con la cabeza. El hambre me estaba haciendo ver borroso. Sentí que el mundo se ladeaba. “No quiero su lástima”, pensé, “solo quiero su fuego”.

Él vio el hollín pegado en mi olla. Vio que esa cazuela había visto más fogatas a la intemperie que cocinas decentes. El silencio entre nosotros pesaba más que el calor de la tarde. Pensé que me echaría, como todos los demás. Que me soltaría los perros o simplemente cerraría la puerta en mi cara.

Pero entonces, Don Otilio se hizo a un lado. La madera del piso crujió.

—Estás contratada —dijo con una voz que sonaba a rendición—. Y estás en casa.

Sentí que el alma me regresaba al cuerpo. No entré caminando, entré como quien pisa un templo sagrado. La casa estaba limpia pero fría, triste. No había flores, ni olor a comida. Solo el eco de una soledad que llevaba años instalada ahí.

Esa noche, no hablamos. Él solo señaló un catre limpio en el cuarto de atrás y me dijo: “Mañana hablamos de la chamba. Hoy comes”.

No sabía que ese hombre, que parecía hecho de piedra, tenía el corazón más noble que jamás conocería. No sabía que mi guisado de papas y mis gorditas de nata iban a despertar a un hombre que creía estar m*erto en vida.

PERO EL PASADO SIEMPRE TE ALCANZA, Y CUANDO EL HOMBRE QUE ME HIZO DAÑO APARECIÓ EN LA TRANQUERA, OTILIO HIZO ALGO QUE NADIE HABÍA HECHO POR MÍ… ¿ESTABA DISPUESTA A HUIR DE NUEVO?

PARTE 2: El sabor del silencio y las cicatrices que se curan a fuego lento

Esa primera noche en el rancho “Las Ánimas” no dormí. Mi cuerpo gritaba por descanso, mis huesos se sentían como varas secas a punto de quebrarse y los pies me ardían con cada latido de sangre, pero la mente no me daba tregua. El catre que Don Otilio me había señalado era sencillo, con una cobija de lana áspera que olía a naftalina y a encierro, pero para mí, que venía de dormir con una oreja pegada al suelo y la otra atenta a los pasos de los borrachos, aquello era un lujo que no terminaba de creerme.

Me quedé acostada boca arriba, mirando las vigas de madera del techo, apenas iluminadas por la luna llena que entraba por la ventana sin cortinas. El silencio del desierto es engañoso; uno piensa que no hay ruido, pero si pones atención, escuchas cómo respira la tierra. Escuchaba a los coyotes aullar a lo lejos, un lamento largo y triste que me recordaba a mi propia soledad. Escuchaba el crujir de la casa, como si la madera se quejara del frío de la madrugada. Y escuchaba, al otro lado de la pared, la respiración pesada de Don Otilio. Un hombre que me había abierto la puerta sin pedirme más que mi nombre.

¿Por qué lo hizo? Me preguntaba una y otra vez mientras apretaba mi vieja olla de peltre contra el pecho. Esa olla era mi ancla. Mi madre me la dio antes de morir, diciéndome: “Mija, mientras tengas dónde cocinar, nunca te va a faltar un lugar en el mundo. La comida entra por la boca, pero se queda en el corazón”. Yo había cocinado para hombres malos, para patrones que me veían como un pedazo de carne, y la comida nunca los ablandó. Pero con Don Otilio sentí algo distinto. No hubo lujuria en sus ojos, solo un cansancio infinito.

Cuando el sol empezó a pintar de morado el horizonte, me levanté. No quería que él me encontrara dormida. Quería demostrarle que valía la pena el techo que me prestaba. Me lavé la cara con el agua helada de una palangana y me trencé el cabello lo mejor que pude. Me dolía todo el cuerpo, los moretones en mis costillas —recuerdos del infierno del que huí— palpitaban, pero me amarré el chal a la cintura como si fuera un delantal de batalla y salí a la cocina.

La cocina era grande, con un fogón de leña inmenso que abarcaba casi toda una pared. Pero estaba triste. Se notaba que ahí no se había cocinado con amor en mucho tiempo. Había polvo sobre los frascos de vidrio, y las sartenes colgadas tenían esa grasa vieja y pegajosa que se hace cuando nadie las usa. Era una cocina de soltero, de supervivencia. De calentar café y comer frijoles directo de la lata.

Busqué leña. Prendí el fuego. El olor del ocote quemándose fue el primer saludo de bienvenida real que me di a mí misma. “Aquí estoy”, susurré, “y aquí me quedo”.

Encontré café de grano en una lata oxidada, canela y piloncillo. Puse el agua a hervir en mi olla de peltre, porque sentía que usar las suyas era una falta de respeto todavía. Mientras el agua borboteaba, empecé a curiosear en la alacena. Harina de trigo. Manteca de puerco. Sal. No necesitaba más.

Mis manos, aunque llenas de callos y cicatrices, sabían de memoria lo que tenían que hacer. Hacer tortillas de harina en el norte es un ritual. Cerní la harina sobre la mesa de madera, hice el volcán, eché la manteca y empecé a amasar con agua tibia. El movimiento de amasar me calmaba. Era como si con cada empujón de la masa estuviera sacando el miedo de mi sistema. Golpe, vuelta, golpe, vuelta. La masa se puso suave, elástica, “bonita”, como decía mi abuela.

Hice los testales, esas bolitas perfectas, y las dejé reposar un rato mientras el café soltaba su aroma. Un aroma fuerte, dulce, que empezó a invadir la casa fría, metiéndose por las rendijas de las puertas, peleando contra el olor a viejo y a soledad.

Escuché las botas de Don Otilio en el pasillo. Toc, toc, toc. El sonido de las espuelas tintineando suavemente. Mi corazón se aceleró. ¿Y si se arrepentía? ¿Y si de día, sin la oscuridad para esconder mis fachas, le daba asco?

Él entró a la cocina. Se detuvo en el marco de la puerta. Llevaba la misma ropa de ayer, o una muy parecida. Se quitó el sombrero por costumbre al entrar bajo techo. Me miró, luego miró el comal donde la primera tortilla de harina se estaba inflando, creando esas burbujas doradas que prometen gloria.

—Buenos días, patrón —dije, bajando la mirada.

Él no contestó de inmediato. Olfateó el aire. Sus ojos, que ayer me parecieron de piedra, brillaron un instante.

—Huele a mi madre —dijo, con una voz ronca, de quien no ha hablado en horas.

Se sentó en la cabecera de la mesa. Yo le serví una taza de café hirviendo en un jarro de barro. Le puse tres tortillas recién hechas en un tortillero de trapo que encontré en un cajón, y le acerqué un plato con unos huevos revueltos que había preparado con lo poco que hallé: un poco de cebolla vieja y unos chiles secos que colguaban de una viga.

Me quedé de pie, esperando. Él partió un pedazo de tortilla, la hizo “cuchara” y tomó huevo. Masticó despacio. Cerró los ojos. Yo aguanté la respiración.

—Siéntate, muchacha —ordenó, sin abrir los ojos.

—No, patrón, yo como luego…

—Dije que te sientes. En esta casa no hay servidumbre de librea. Si cocinas, comes.

Me senté en la orilla de la silla más lejana. Comí en silencio, sintiendo cómo el calor de la comida me bajaba hasta el estómago y me quitaba el frío que traía en los huesos desde hacía años.

—¿De dónde eres? —preguntó de repente, limpiando el plato con el último pedazo de tortilla.

—Del sur del estado, cerca de Parral —mentí a medias. No quería dar pistas. El miedo es un animal que te muerde los talones y no te deja confiar.

—Haces las tortillas igual que las de aquí. Tienen buena mano.

—Mi madre me enseñó antes de que… antes de que se fuera.

Don Otilio asintió y se levantó. Se puso el sombrero, ajustándoselo hasta que le tapó la mirada.

—Voy a ver el ganado. En la bodega de atrás hay papas, frijol y carne seca. Si necesitas algo del pueblo, haz una lista. Yo voy el sábado.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir. No volteó, pero dijo:

—Elena.

—¿Mande, patrón?

—Nadie te va a molestar aquí. Los perros son bravos y yo tengo buena puntería. Descansa si quieres. Te ves jodida.

Y salió. Me quedé sola en la cocina, con el sol entrando por la ventana, iluminando las partículas de harina que flotaban en el aire. Por primera vez en mucho tiempo, lloré. No de tristeza, sino porque alguien había notado que estaba cansada y no había intentado aprovecharse de eso.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina silenciosa. Yo me levantaba antes del sol, prendía el fogón y preparaba el desayuno. Él comía, me dejaba algunas instrucciones cortas sobre la casa y se iba al campo todo el día. Yo me quedaba a cargo de “domar” la casa.

Limpié cada rincón. Tallé los pisos de madera hasta que brillaron. Lavé las cortinas que estaban grises de polvo y descubrí que eran de un color crema bonito con bordados de flores. Mientras limpiaba, fui conociendo a la familia que ya no estaba. Encontré fotos en blanco y negro en un pasillo. Una mujer hermosa, de trenzas largas y sonrisa tímida. Un niño pequeño en sus brazos.

Don Otilio no era solo un hombre solo; era un hombre vaciado. La viudez se le notaba en la forma en que dejaba sus botas en la entrada, con cuidado, como para no despertar a nadie, aunque no hubiera nadie a quien despertar.

Un martes, decidí que era hora de hacer el guisado de papas del que me sentía orgullosa. Encontré carne de res en el congelador, dura como piedra, pero la corté en trozos pequeños. Piqué las papas, la cebolla, el tomate, los chiles jalapeños. Puse todo en mi vieja olla de peltre. Esa olla tenía magia, yo lo juraba. Todo lo que se cocinaba ahí sabía a hogar.

Dejé que el guisado hirviera a fuego lento durante horas. El “chup-chup” de la salsa espesándose era mi música. Hice arroz rojo, con sus chícharos y zanahorias, esponjadito, separadito.

Cuando Don Otilio llegó esa tarde, venía más cansado de lo normal. Traía la camisa pegada al cuerpo por el sudor y polvo en las pestañas. Se lavó las manos en la pileta de afuera y entró.

El olor del guisado lo golpeó de lleno. Se quedó parado a medio pasillo. Lo vi tragar saliva.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Guisado de res con papas, patrón. Y arroz.

Se sentó. Le serví un plato generoso. Cuando probó el primer bocado, vi algo increíble: sus hombros, que siempre estaban tensos y arriba, bajaron. Soltó un suspiro largo.

—Hacía diez años… —murmuró, casi para sí mismo.

—¿Mande?

Me miró a los ojos, y esta vez la barrera de piedra se había agrietado un poco más.

—Hacía diez años que no comía algo que supiera a comida de verdad. No a restaurante, no a fonda. A casa. Mi mujer… Adela… ella cocinaba este guisado.

Era la primera vez que mencionaba su nombre. Adela. El nombre flotó en el aire entre el vapor de las papas.

—Debe haber sido una gran mujer, patrón —dije con respeto.

—Lo era. Se la llevó una fiebre mala, y al niño también. Me dejaron aquí, cuidando vacas y tragando polvo.

El dolor en su voz era tan agudo que me dolió a mí también. Yo sabía lo que era perder. Sabía lo que era que la vida te arrancar lo que más amas.

—La comida cura, Don Otilio —me atreví a decir, acercándole más tortillas—. A lo mejor no cura la muerte, pero cura las ganas de vivir. Coma.

Esa noche, después de cenar, no se fue directo a su cuarto a encerrarse. Se quedó un rato en el porche, fumando un cigarro de hoja. Yo salí a recoger la ropa del tendedero. La luna estaba inmensa sobre el desierto de Chihuahua.

—Oye, Elena —me llamó desde la oscuridad del porche.

—Dígame.

—Ese hombre… del que huías. ¿Sabe que estás por estos rumbos?

El frío me recorrió la espalda. Dejé caer una camisa sin querer.

—No lo sé, patrón. Es un hombre… terco. Y malo. Es el capataz de la hacienda “Los Girasoles”, allá por Jiménez. Se llama Rogelio. Dice que soy suya porque mi padre le debía dinero antes de morir.

Don Otilio tiró la colilla del cigarro y la pisó con su bota, con fuerza, como si estuviera aplastando una alimaña.

—Pues aquí en “Las Ánimas”, las deudas de otros no valen. Y las mujeres no son propiedad de nadie. Si ese tal Rogelio asoma la nariz por mi cerca, va a conocer a mi 30-30.

Me sentí protegida. Por primera vez en mi vida adulta, un hombre ofrecía violencia para defenderme, no para someterme. Pero el miedo es traicionero. Esa noche soñé con Rogelio. Soñé que entraba a la cocina, que tiraba mi olla de peltre al suelo y la pisoteaba hasta dejarla plana. Soñé que me agarraba del pelo y me arrastraba de nuevo a la oscuridad.

Desperté gritando.

—¡No! ¡Déjame! ¡No!

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Don Otilio estaba ahí, con una lámpara de petróleo en una mano y un revólver en la otra. Estaba en camiseta y calzoncillos largos, con el pelo revuelto.

—¿Qué pasa? ¿Quién entró? —gritó, barriendo el cuarto con la mirada.

Yo estaba encogida en la esquina de la cama, temblando, sudando frío, con las lágrimas corriendo por mi cara.

—Nadie… nadie… fue un sueño… perdón, patrón, perdóneme…

Él bajó el arma. Vio mi terror. Dejó la lámpara en la mesita de noche y se acercó despacio, como se le acerca uno a un potrillo asustado. Se sentó en la orilla de la cama, guardando una distancia prudente.

—Ya pasó, muchacha. Ya pasó. Aquí no hay nadie. Solo nosotros y los grillos.

—Tengo miedo de que venga —sollocé—. Él siempre encuentra lo que quiere.

—Tú no eres una cosa, Elena. Eres una persona. Y ahora trabajas para mí. En el norte la palabra se respeta. Yo te di mi palabra de que estabas segura.

Se quedó ahí, sentado en silencio, vigilando mi sueño hasta que mi respiración se calmó. No me tocó, no intentó consolarme con abrazos falsos. Su presencia, sólida y firme como un mezquite viejo, fue suficiente.

Pasaron dos meses. El rancho empezó a cambiar. O mejor dicho, yo empecé a cambiarlo. Planté geranios en latas viejas de aceite y las puse en el porche. Limpié las ventanas para que entrara la luz. Y la cocina… la cocina se convirtió en el corazón de la casa. Siempre había una olla con frijoles calientes, siempre había café recién hecho, siempre había olor a pan o a guisado.

Don Otilio también cambió. Empezó a rasurarse más seguido. Su ropa estaba siempre limpia y planchada porque yo me encargaba de eso. Empezamos a platicar más. Él me contaba historias del rancho, de cómo su abuelo había peleado en la Revolución, de cómo la sequía del 94 casi los acaba. Yo le contaba de las hierbas que mi madre usaba para curar, de cómo saber si va a llover mirando a las hormigas.

Una tarde, me pidió que lo acompañara al pueblo.

—Necesito que escojas las provisiones. Tú sabes mejor qué falta en la cocina —dijo, aunque yo sabía que lo que quería era que yo saliera, que perdiera el miedo a cruzar la cerca.

Subí a su camioneta vieja, una Ford del 79 que rugía como bestia. Me puse mi mejor vestido, uno sencillo de algodón azul que había comprado con mi primer sueldo, y me trencé el cabello con un listón.

El pueblo estaba lleno de gente. Era día de mercado. Sentí las miradas de algunos hombres, y mi instinto fue agachar la cabeza y hacerme chiquita. Pero Don Otilio caminaba a mi lado, alto, orgulloso, saludando a la gente con un movimiento de cabeza.

—Buenas tardes, Don Otilio —decían los tenderos con respeto.

—Buenas tardes. Ella es Elena, mi ama de llaves. Lo que ella pida, se lo apuntan a mi cuenta.

“Ama de llaves”. No “la sirvienta”, no “la cocinera”. Me dio un lugar. Me dio un título. Sentí que el pecho se me inflaba.

Compramos costales de harina, azúcar, latas, verduras frescas. Compramos tela para cortinas nuevas. Y, en un puesto de artesanías, él se detuvo.

—Esa olla —señaló una olla de barro negro preciosa, grande, brillante.

—¿La quiere para el rancho, patrón?

—La quiero para ti. Esa de peltre que traes ya pide esquina. No te digo que la tires, porque sé que es recuerdo de tu madre, pero necesitas herramientas buenas.

Me compró la olla. Y un juego de cucharas de madera. Y un molcajete nuevo de piedra volcánica. Íbamos cargando las cosas de regreso a la camioneta cuando lo vi.

O creí verlo.

Una camioneta negra, con vidrios polarizados, pasó despacio por la plaza principal. En el vidrio del copiloto, vi un brazo apoyado, con un tatuaje de una serpiente en la muñeca. Se me heló la sangre. Rogelio tenía ese tatuaje.

Me quedé paralizada en medio de la calle, abrazando mi olla nueva.

—¿Qué pasa? —preguntó Otilio, notando mi palidez.

—Creo… creo que vi su camioneta.

Otilio miró hacia donde yo veía, pero el vehículo ya había dado vuelta en la esquina. Su mandíbula se tensó. Me tomó del codo, con firmeza pero sin lastimarme.

—Sube a la camioneta. Vámonos.

El camino de regreso fue silencioso. Otilio manejaba rápido, levantando una nube de polvo detrás de nosotros. Llegando al rancho, cerró el portón grande con cadena y candado, algo que nunca hacía.

—Elena, escúchame bien —me dijo ya en la cocina, mientras yo guardaba las cosas con las manos temblorosas—. Si ese cabrón te encontró, va a venir. No hoy, tal vez no mañana. Pero los coyotes siempre rondan antes de atacar.

—Me tengo que ir, patrón. No quiero traerle problemas. Usted ha sido muy bueno, no merece que le quemen el rancho o le hagan daño por culpa de una arrimada.

Don Otilio golpeó la mesa con la palma de la mano. El sonido me hizo brincar.

—¡No eres una arrimada! —gritó, y su voz retumbó en las paredes—. Eres parte de esta casa. Has traído vida a este cementerio. Me has dado de comer, me has cuidado la ropa, me has escuchado. ¿Crees que te voy a dejar ir para que te cacen como a un conejo?

Se acercó a mí. Por primera vez, me tomó de los hombros y me obligó a mirarlo a los ojos. Había fuego en su mirada, pero también había algo más. Algo que se parecía mucho al cariño.

—Tú te quedas. Y si Rogelio quiere llevarte, va a tener que pasar por encima de mí. Pero necesito saber una cosa, Elena. Y necesito que me digas la verdad.

—¿Qué cosa, patrón?

—¿Qué fue lo que realmente pasó la noche que huiste? Porque un hombre no persigue a una mujer hasta el fin del mundo solo por una deuda de dinero. Hay algo más. ¿Qué te sabes? ¿Qué viste?

Tragué saliva. Era mi secreto más peligroso. La razón por la que Rogelio no solo quería mi cuerpo, sino mi silencio.

—Yo… yo lo vi, patrón. Lo vi en la bodega con el alcalde del pueblo. Estaban descargando cajas. Cajas que no eran de verduras. Tenían armas. Y… y vi cómo mataron a un muchacho que se les cayó una caja. Rogelio me vio mirando por la rendija. Por eso me quiere. No para cobrarme. Me quiere para callarme.

El rostro de Don Otilio se ensombreció. Ahora entendía la gravedad. No era un pleito de faldas ni de dinero. Era crimen. Era muerte segura.

—Entonces la cosa es más fea de lo que pensaba —dijo, soltándome y caminando hacia la ventana para mirar el camino oscuro—. Estamos solos en esto, Elena. La policía del pueblo seguro come de la mano de ese tipo.

—Por eso me tengo que ir… —insistí, llorando.

—No. Ahora menos. Si te vas, te matan en la carretera. Aquí tenemos ventaja. Conozco este terreno mejor que la palma de mi mano. Sé dónde esconderte si hace falta.

Esa noche, Otilio sacó una caja de madera vieja de debajo de su cama. La puso sobre la mesa de la cocina y la abrió. Había dos pistolas viejas pero bien aceitadas, cajas de municiones y un rifle de caza.

—¿Sabes disparar? —me preguntó.

—No, señor. Solo sé usar el cuchillo para picar cebolla.

—Pues mañana aprendes. La cocina puede esperar. Tu vida no.

La semana siguiente fue extraña. Entre hacer la comida y limpiar, Don Otilio me enseñaba a cargar el revólver, a apuntar, a no tenerle miedo al culatazo. Practicamos detrás del granero, disparándole a latas vacías. Al principio cerraba los ojos y fallaba por metros. Pero Otilio, con una paciencia infinita, me corregía la postura.

—Ponte firme, como si fueras a amasar pan duro. Separa las piernas. Respira. No jales el gatillo, exprímelo suave, como si fuera un limón.

Cuando logré darle a la primera lata, él sonrió. Una sonrisa de lado, pequeña, pero real.

—Eso es, chamaca. Ya tienes defensa.

Pero la paz es frágil como una tortilla tostada. Se rompe con cualquier presión.

Era un jueves por la tarde. Estaba preparando un asado de puerco con chile colorado, el favorito de Otilio. El olor a chile ancho y comino llenaba la cocina. Otilio estaba en el corral, revisando una vaca que estaba por parir.

Escuché el motor. No era el ruido de la camioneta vieja de Otilio. Era un motor nuevo, potente. Un motor como el que escuché en el pueblo.

Miré por la ventana de la cocina. El portón estaba abierto. La cadena estaba cortada y tirada en el suelo.

La camioneta negra entró despacio al patio, levantando polvo. Detrás de ella, otra camioneta blanca. Se detuvieron frente al porche.

El corazón se me detuvo. Mis manos, llenas de masa roja por el chile, empezaron a temblar.

Vi a Don Otilio salir del corral. Caminaba tranquilo, con las manos vacías, pero yo sabía que llevaba el revólver fajado en la espalda, debajo de la camisa.

De la camioneta negra bajó un hombre. Botas de piel de avestruz, camisa de seda negra, sombrero texano inmaculado. Y el tatuaje de serpiente en la muñeca.

Rogelio.

Sonreía. Esa sonrisa que me provocaba pesadillas.

—¡Buenas tardes, amigo! —gritó Rogelio con falsa amabilidad—. Bonito rancho tiene usted.

—Es propiedad privada —respondió Otilio, deteniéndose a unos diez metros de ellos—. ¿Se les perdió algo o no saben leer el letrero de “No Pasar”?

—No se enoje, viejo. Solo andamos buscando algo que se nos perdió. Una perrita. Una corriente, flaca, pero que es propiedad mía. Me dijeron que la vieron por aquí. Responde al nombre de Elena.

Me agaché debajo de la ventana, tapándome la boca para no gritar.

—Aquí no hay perras —dijo Otilio, su voz firme como el acero—. Aquí solo vive gente decente. Así que den la vuelta y váyanse por donde vinieron.

Rogelio soltó una carcajada. Hizo una seña y de la camioneta blanca bajaron cuatro hombres armados con rifles largos.

—Mire, don… no quiero ponerme rudo. Entrégueme a la muchacha y nos vamos. Le dejo una lana por las molestias. Quédese con la cocinera un rato si quiere, pero luego me la da. Ella tiene cuentas pendientes conmigo.

Otilio no se movió. Ni un milímetro.

—Le dije que se largue. Si da un paso más, lo tomo como una agresión.

—Uy, qué miedo. El abuelo quiere jugar a los vaqueros —se burló Rogelio. Sacó una pistola plateada con cachas de oro—. Última oportunidad, viejo. O me das a la Elena, o quemamos este jacal contigo adentro.

Desde mi escondite en la cocina, vi mi vieja olla de peltre sobre la mesa. Vi el guisado hirviendo. Vi mi vida, la pequeña vida feliz que había construido en estos meses, a punto de ser destruida.

No. Ya no.

Ya no era la niña asustada que dormía bajo las carretas. Otilio me había dado un hogar. Me había dado dignidad. Y ahora estaba allá afuera, arriesgando su vida por mí contra cinco asesinos.

Recordé sus palabras: “Ponte firme. Respira. Exprímelo como un limón”.

Busqué en el cajón de los cubiertos. Ahí estaba el revólver que él me había dado para “la defensa de la casa”. Lo tomé. Pesaba. Pesaba muchísimo. Pero mis manos ya no temblaban tanto.

Me sequé las manos en el delantal. Respiré hondo, oliendo el chile colorado, el olor de mi cocina, de mi territorio.

Salí por la puerta trasera de la cocina, la que daba a la sombra del granero, flanqueando a los hombres sin que me vieran. Otilio estaba de frente a ellos, siendo el blanco. Ellos no esperaban a nadie más.

Caminé pegada a la pared, sintiendo el adobe rasposo en mi espalda. Llegué a la esquina de la casa. Desde ahí los veía de perfil. Rogelio estaba apuntando a Otilio.

—A la cuenta de tres, viejo. Uno…

Otilio me vio por el rabillo del ojo. Me vio asomar el cañón del revólver. Sus ojos se abrieron un poco, pero no me delató. Mantuvo la mirada fija en Rogelio.

—Dos…

—¡Rogelio! —grité con todas mis fuerzas.

Rogelio giró la cabeza sorprendido. No esperaba que la “perrita asustada” le hablara.

—¿Elena? —dijo, sonriendo—. Vaya, saliste de tu agujero. Ven con papá.

—No soy tuya —dije, levantando el arma con las dos manos, separando las piernas, firme en la tierra—. Y este es mi rancho.

El tiempo se detuvo. El viento sopló levantando remolinos de polvo.

Rogelio empezó a levantar su arma hacia mí.

—Baja eso, estúpida, te vas a lastim…

¡BANG!

El disparo no fue mío. Fue de Otilio. Aprovechando la distracción, Otilio desenfundó con una velocidad que desmentía su edad y disparó al hombre que estaba más cerca de él con el rifle. El hombre cayó.

El infierno se desató.

—¡Cúbrete, Elena! —gritó Otilio mientras se lanzaba detrás del bebedero de piedra.

Las balas empezaron a volar, arrancando astillas de la madera del porche, rompiendo las macetas de mis geranios. Yo disparé. No sé si le di a alguien, pero los obligué a agacharse detrás de las camionetas.

El ruido era ensordecedor. El olor a pólvora se mezcló con el olor del guisado que seguramente se estaba quemando adentro.

Estábamos atrapados. Ellos eran cuatro ahora, con armas largas. Nosotros éramos un viejo y una cocinera con revólveres de seis tiros.

De pronto, una bala atravesó la ventana de la cocina y escuché el sonido inconfundible del gas escapando. El tanque de gas de la estufa.

—¡Otilio! —grité—. ¡El gas!

Si una chispa tocaba ese gas, la casa entera, mi refugio, mi templo, volaría en pedazos.

Rogelio se reía desde detrás de su camioneta.

—¡Salgan o los rostizamos!

Miré a Otilio. Tenía sangre en el brazo izquierdo. Una bala lo había rozado. Me miró con una intensidad desesperada.

—Vete al monte, Elena. Corre hacia el cañón. Yo los detengo.

—¡No lo voy a dejar! —grité, llorando de rabia.

—¡Hazme caso, maldita sea! ¡Vete!

En ese momento, escuchamos sirenas. No una, sino muchas. Y el sonido pesado de un helicóptero acercándose.

La cara de Rogelio cambió de la burla al pánico.

—¡Vámonos! ¡Es la Federal! —gritó uno de sus sicarios.

Al parecer, Otilio no solo había ido al pueblo a comprar comida aquella vez. Había hecho algunas llamadas a viejos amigos del ejército.

Las camionetas arrancaron derrapando, disparando a ciegas mientras huían. Rogelio me lanzó una última mirada de odio puro antes de subir.

—¡Esto no se acaba, perra! —gritó.

Cuando el polvo se asentó, el silencio regresó, pero ya no era el mismo silencio pacífico. Era un silencio herido.

Corrí hacia Otilio. Él estaba sentado en el suelo, apretándose el brazo sangrante.

—¡Patrón! ¡Patrón! —Me arrodillé a su lado, rompiendo mi delantal para hacerle un torniquete.

Él me miró, pálido pero vivo. Y entonces, soltó una risa. Una risa ronca, dolorosa.

—¿Viste eso? —dijo jadeando—. Les diste un susto de muerte.

—Usted está herido… cállese, no hable.

—Elena… —me tomó la mano con su mano sana. Su agarre era fuerte—. Me defendiste. Nadie… nadie me había defendido nunca así.

—Usted me dio un hogar, patrón. Yo defiendo lo que es mío.

Nos quedamos ahí, sentados en la tierra roja manchada de sangre y casquillos, mientras el sonido del helicóptero se hacía más fuerte y el olor a gas salía de la casa. La casa estaba herida, nosotros estábamos heridos, pero estábamos juntos. Y por primera vez, supe que la historia de Elena, la cocinera, y Don Otilio, el ranchero, apenas estaba empezando. Porque la sangre une más que la familia, y el fuego cruzado forja lazos que ni la muerte puede romper.

Pero mientras curaba su herida, vi algo en el bolsillo de su camisa desgarrada. Una foto. No era la de su esposa. Era una foto vieja, arrugada… de una niña pequeña que se parecía mucho a mí.

¿Qué significaba eso?

Me quedé helada, con el torniquete a medio amarrar. Otilio vio que yo miraba la foto. Su expresión cambió de dolor a una culpa profunda.

—Tenemos que hablar, Elena —susurró, cerrando los ojos—. Hay cosas del pasado… cosas de tu madre… que no te he dicho.

El helicóptero aterrizó levantando un vendaval, pero yo ya no escuchaba nada. Solo el eco de mi corazón rompiéndose de nuevo. ¿Quién era realmente este hombre? ¿Y por qué tenía una foto de mi infancia en su bolsillo?

El peligro de afuera se había ido, pero el peligro de adentro acababa de nacer.

PARTE 3: La sangre no miente, pero el corazón guarda secretos que matan más que las balas

El estruendo del helicóptero al aterrizar fue como si el cielo mismo se estuviera desgarrando sobre el rancho “Las Ánimas”. El viento que levantaban las aspas golpeaba mi cara, mezclando el polvo del desierto con el olor metálico de la sangre de Don Otilio y el gas que seguía siseando desde la cocina, una serpiente invisible lista para morder.

Me quedé ahí, clavada en la tierra roja, sosteniendo la mano de ese hombre que minutos antes había sido mi salvador y que ahora, con una simple fotografía arrugada, se había convertido en mi mayor misterio. Los federales bajaron de la aeronave como hormigas negras, armados hasta los dientes, gritando órdenes que yo apenas escuchaba. Mis oídos zumbaban, no por los disparos, sino por el eco de esa imagen: yo, de niña, con un vestido de domingo que apenas recordaba, sonriendo en un parque que ya no existía.

—¡Necesitamos un médico aquí! —grité, o creo que grité, porque mi voz se sentía lejana, ajena.

Dos uniformados corrieron hacia nosotros. Uno apartó mi mano del torniquete improvisado y empezó a trabajar con vendas de verdad. El otro, un comandante alto con gafas oscuras a pesar de que el sol ya estaba muriendo, miró los cuerpos de los sicarios abatidos y luego a nosotros.

—¿Usted es la señora del rancho? —preguntó, gritando para vencer el ruido del motor.

—Soy… soy la que cocina —respondí, aturdida.

Don Otilio gimió cuando lo levantaron en una camilla. Sus ojos buscaron los míos con una desesperación que me heló la sangre. No era dolor físico lo que veía en su mirada; era miedo. Miedo a que yo me fuera, o peor aún, miedo a que me quedara y le exigiera la verdad.

—Elena… —susurró, intentando agarrar mi manga—. No te vayas… no te alejes…

—Voy con él —le dije al comandante, con una firmeza que me sorprendió. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano sucia de pólvora y masa—. No lo voy a dejar solo.

Nos subieron al pájaro de acero. Nunca había volado. Sentí que el estómago se me iba a los pies cuando nos elevamos, viendo cómo mi cocina, mi porche con los geranios rotos y la tierra que había aprendido a amar se hacían chiquitos, como juguetes olvidados en la inmensidad del desierto de Chihuahua.

El viaje al hospital en la capital fue un borrón de luces y ruidos. Otilio iba sedado, con una mascarilla de oxígeno, pero su mano no soltó la mía ni un segundo. Yo aprovechaba esos momentos para estudiarlo. Las arrugas profundas alrededor de sus ojos, la cicatriz vieja en su barbilla, las manos callosas que sabían domar caballos y disparar rifles. ¿Quién era este hombre? ¿Cómo tenía esa foto? Mi madre nunca mencionó a un Otilio. Mi madre, que Dios la tenga en su gloria, vivió y murió bajo el yugo de mi padre, un hombre que solo sabía de botellas y cinturonazos. ¿Dónde encajaba este ranchero solitario en la triste historia de mi familia?

Llegamos al Hospital Central. El olor a desinfectante y a enfermedad me golpeó tan fuerte como el olor a pólvora. Se lo llevaron a quirófano para sacarle la bala y limpiar la herida. Me quedé sola en la sala de espera, una mujer con el vestido manchado de sangre ajena, con las botas rotas y el alma en un hilo.

Las horas en un hospital no pasan, se arrastran. Cada minuto es un siglo. La gente pasaba y me miraba con lástima o con asco, no sé. Una enfermera vieja, con cara de haber visto todo lo malo del mundo, se acercó y me dio un café aguado en un vaso de unicel.

—Tómeselo, mija. Le va a asentar el cuerpo. Su patrón es fuerte, es de madera buena. Va a salir de esta.

—No es mi patrón —murmuré, mirando el vapor del café—. No sé qué es.

Saqué la foto de mi bolsillo. Se la había quitado antes de que los enfermeros le cortaran la camisa. La alisé sobre mis rodillas. Al reverso, con una letra temblorosa que reconocí al instante, decía: “Cuídala si yo falto. Es lo único bueno que hice en esta vida. – Lupe”.

Lupe. Mi madre. Guadalupe.

El llanto me subió por la garganta como un vómito amargo. Mi madre le había escrito a este hombre. Le había confiado mi vida. ¿Y dónde estaba él cuando mi padre nos golpeaba? ¿Dónde estaba cuando mi madre murió tosiendo sangre en un catre sin medicinas? ¿Dónde estaba cuando tuve que huir y dormir en la calle?

La rabia empezó a reemplazar al miedo. Me sentí traicionada. Había pensado que la vida me había regalado un milagro al encontrar el rancho “Las Ánimas”, pero ahora resultaba que no era casualidad. ¿Me estaba buscando? ¿O fue pura suerte que yo tropezara en su puerta? Y si sabía quién era yo, ¿por qué no me lo dijo desde el primer día?

Pasaron tres horas más hasta que el cirujano salió.

—¿Familiares del señor Otilio Vargas?

Me levanté de un salto, tirando el vaso de café vacío.

—Yo. Soy… soy su ahijada —mentí. En los hospitales no le dan informes a “la cocinera”.

—La operación fue un éxito. La bala no tocó hueso ni arteria importante, pero perdió mucha sangre y el señor ya no es un jovencito. Necesita reposo absoluto. Está despertando de la anestesia. Puede pasar a verlo cinco minutos.

Entré a la habitación. Estaba en penumbras, solo iluminada por las luces de la calle que entraban por la persiana y el bip-bip rítmico del monitor. Don Otilio se veía más pequeño en esa cama blanca, sin su sombrero y sus botas. Se veía vulnerable.

Me acerqué a la cama. Él abrió los ojos despacio. Estaban vidriosos, pero me reconoció.

—Elena… —su voz era un rasguño.

No le sonreí. Saqué la foto y la puse sobre su pecho, justo encima de las sábanas blancas.

—Me va a decir la verdad, Don Otilio. Y me la va a decir ahorita. Porque si me miente, aunque sea un poquito, me voy de aquí y no me vuelve a ver nunca. Ni Rogelio ni nadie me va a encontrar.

Él cerró los ojos un momento, como si le doliera más mi tono que la herida de bala. Suspiró, y el sonido fue como el de un fuelle viejo.

—Siéntate —pidió débilmente.

Me senté en la orilla de la cama, rígida como una tabla.

—Tu madre… Lupe… fue el amor de mi vida —empezó, y cada palabra parecía costarle un mundo—. Nos conocimos en la feria de Santa Bárbara, hace más de veinticinco años. Yo era un peón sin tierra y ella era la hija del capataz. Nos queríamos, Elena. Nos queríamos como se quiere en esta tierra: con locura y sin esperanza.

Hizo una pausa para tragar saliva. Yo no dije nada. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me dolían las costillas.

—Pero tu abuelo no me quería. Decía que yo no tenía futuro. La casó a la fuerza con tu padre, con ese… con ese animal. Yo intenté robármela. Te lo juro por la Virgen que intenté. La noche antes de la boda, fui a su ventana con dos caballos ensillados. Le dije que nos fuéramos al norte, al otro lado si hacía falta.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla curtida de Otilio y se perdió en su almohada.

—¿Y qué pasó? —pregunté, con la voz quebrada.

—Ella no quiso. Me dijo que ya estaba embarazada. De ti. Que no podía arriesgarse a vivir huyendo con un bebé en la panza. Me pidió que me fuera, que hiciera mi vida y que la olvidara. Me rompió el corazón, muchacha, pero le hice caso. Me fui a Estados Unidos, trabajé como burro, junté dinero, regresé y compré “Las Ánimas”. Me casé con Adela, una buena mujer que me quiso bien, y traté de ser feliz. Pero nunca, ni un solo día, dejé de pensar en Lupe.

—¿Y la foto? —señalé el papel arrugado.

—Hace cinco años… poco antes de que ella muriera… me llegó esa carta. No tenía remitente, solo la foto y esa nota. Investigué. Supe que tu padre seguía vivo y que eran pobres. Fui a buscarlas. Fui a ese pueblo maldito. Pero llegué tarde. Tu madre ya estaba enterrada y tú… tú habías desaparecido. Los vecinos me dijeron que te habías ido al norte, huyendo de tu padre.

Otilio intentó incorporarse, pero hizo una mueca de dolor y volvió a caer.

—Te busqué, Elena. Contraté gente, pregunté en estaciones de autobuses, en comedores comunitarios. Pero la tierra se te había tragado. Me di por vencido. Pensé que habías cruzado la frontera o que… que estabas muerta. Cuando te vi parada en mi porche ese día, con esa olla vieja… casi me da un infarto. Tienes sus ojos. Tienes su misma mirada orgullosa.

—¿Por qué no me dijo nada? —reclamé, sintiendo que la rabia se diluía en una tristeza inmensa—. Me dejó creer que era una extraña. Me dejó dormir en el cuarto de atrás como una sirvienta.

—Porque tenía miedo —confesó, mirándome a los ojos—. Tenía miedo de que si te decía quién era yo, me odiaras por no haber salvado a tu madre. O que pensaras que quería comprar tu cariño. Quería que me conocieras por quien soy ahora, no por el fantasma del pasado. Quería ganarme tu confianza, no heredarla. Y luego… luego vi que estabas herida, que venías huyendo. No quería asustarte más.

Me cubrí la cara con las manos. Era demasiado. Toda mi vida había pensado que estábamos solas, mi madre y yo, contra el mundo. Y resulta que había un ángel guardián manco y cobarde que nos miraba de lejos.

—Usted la amaba —dije bajito.

—Más que a mi vida. Y te quiero a ti, Elena. No como a una hija, porque no tengo derecho a eso. Ni como a una sirvienta. Te quiero porque eres lo único que queda de ella y porque… porque eres valiente. Eres más valiente que yo y que tu madre juntos.

El silencio volvió a la habitación, pero ya no era un silencio tenso. Era un silencio pesado, cargado de verdades que duelen pero que curan.

—Rogelio va a volver —dije, cambiando el tema bruscamente. No podía procesar tanto amor y dolor de golpe. Necesitaba enfocarme en la supervivencia.

Otilio asintió, su rostro endureciéndose de nuevo.

—Lo sé. Ese hombre no es de los que olvidan una humillación. Y ahora sabe que estamos solos.

—No estamos solos —dije, levantando la cabeza—. Me tiene a mí. Y yo ya no corro, Don Otilio. Yo ya no corro de nadie.

Pasamos tres días en el hospital. Tres días en los que dormí en una silla incómoda, comí sándwiches de máquina y vi cómo Otilio recuperaba fuerzas con una rapidez asombrosa. Esos rancheros viejos están hechos de cuero y terquedad.

Cuando nos dieron el alta, el comandante de la Federal nos ofreció escolta hasta el rancho.

—Sería mejor que se quedaran en la ciudad un tiempo —sugirió el oficial—. Ese tal Rogelio tiene conexiones pesadas.

—Mi rancho no se queda solo —gruñó Otilio mientras yo le ayudaba a abrocharse la camisa—. Las vacas no se ordeñan solas y la tierra no espera. Nos vamos a casa.

El regreso fue distinto. Otilio ya no manejaba; iba de copiloto, con el brazo en cabestrillo, mirando el paisaje con desconfianza. Yo iba al volante de la vieja Ford. Había aprendido a manejar tractores de niña, así que la camioneta no fue problema. Sentir el volante vibrando en mis manos me dio una sensación de poder. Ya no era la pasajera de mi destino.

Al llegar a “Las Ánimas”, el panorama era desolador. Los vidrios rotos brillaban en el suelo como diamantes malditos. La puerta principal tenía agujeros de bala. Mis macetas de geranios eran polvo rojo. Pero la casa seguía en pie.

—Lo primero es arreglar el portón —dijo Otilio apenas bajamos—. Y poner tablas en las ventanas.

—Lo primero es que usted se siente y se tome su medicina —le ordené—. Yo me encargo de lo demás.

—Elena, no puedes…

—Sí puedo. Y lo voy a hacer. Usted cocinó su propia soledad por años, déjeme cocinar ahora nuestra defensa.

Esa tarde, el rancho se transformó en una fortaleza. Con ayuda de dos peones de un rancho vecino que eran leales a Otilio, reforzamos las puertas. Limpié la sangre del porche con cubetas de agua y jabón, tallando hasta que me dolieron los brazos, como si quisiera borrar la memoria de la violencia.

Pero la violencia deja manchas que no se quitan con jabón.

Esa noche, preparé cenar. No había gas, así que prendí el fogón de leña afuera, en el patio trasero. Hice café de olla con canela y unas quesadillas en el comal sobre las brasas. El fuego iluminaba nuestras caras en la oscuridad de la noche.

Otilio comía con dificultad usando una sola mano.

—Elena —dijo, mirando las llamas—. Mañana voy a ir al pueblo a ver al notario.

—¿Para qué?

—Voy a poner el rancho a tu nombre.

Solté la taza de café. El líquido caliente me salpicó las botas, pero ni lo sentí.

—¿Qué? ¡No! Usted está loco. Yo no quiero su rancho.

—Escúchame —me interrumpió, serio—. Si Rogelio vuelve y me mata, el rancho se queda intestado. El gobierno se lo queda o aparecen parientes buitres que nunca he visto. Quiero que sea tuyo. Es tu herencia. Es lo que tu madre hubiera querido.

—Usted no se va a morir —dije con rabia.

—Todos nos vamos a morir, chamaca. La cosa es cuándo y cómo. Yo ya viví. Tú apenas empiezas. Además… —sonrió levemente—, necesito una socia. Alguien que mande en la cocina y que tenga buena puntería.

No pude discutir. Había una lógica aplastante en sus palabras, y una resignación que me dolía. Acepté con un asentimiento brusco, prometiéndome a mí misma que ese papel notarial nunca sería necesario porque yo no dejaría que lo mataran.

Los días siguientes fueron una calma tensa, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Sabíamos que Rogelio estaba allá afuera, lamiéndose las heridas, planeando. Los federales daban rondines de vez en cuando, pero no podían estar ahí siempre.

Yo empecé a practicar tiro de nuevo. Gasté cajas enteras de munición disparándole a melones y botellas. Mi puntería mejoró. Ya no cerraba los ojos. Imaginaba la cara de Rogelio en cada blanco y apretaba el gatillo con frialdad. Pum. Pum. Pum.

Otilio me observaba desde el porche, asintiendo con aprobación, pero con una sombra de tristeza. No quería convertirme en una asesina, lo sabía. Quería que yo fuera feliz, que hiciera guisados y plantara flores. Pero el mundo no nos daba opción.

Una semana después, llegó el mensaje.

No fue una carta, ni una llamada. Fue un animal.

Encontramos a “Canelo”, el perro pastor más viejo del rancho, colgado en la entrada del portón. Tenía una nota clavada en el collar: “La próxima es la cocinera. Tienen 24 horas para entregarla o quemamos todo el cerro.”

Bajé al perro llorando, abrazando su cuerpo peludo y frío. Otilio estaba pálido de furia. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de ganas de matar.

—Hijos de perra… —masculló—. Con los animales no.

Enterramos a Canelo detrás del granero, bajo un mezquite. Fue un funeral corto y silencioso. Cuando terminamos, Otilio se limpió el sudor de la frente y me miró.

—No vamos a esperar a que vengan, Elena.

—¿Qué quiere decir?

—Rogelio cree que estamos aquí, acorralados, temblando de miedo. Cree que tiene la ventaja. Pero se le olvida una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que yo conozco dónde duerme. Sé dónde está la hacienda “Los Girasoles”. Y sé que le gusta la fiesta. Mañana es día de Santa Rosa, la patrona de su pueblo. Va a haber baile, va a haber alcohol. Va a estar descuidado.

Me quedé helada.

—¿Quiere ir a buscarlo? ¿Nosotros dos solos? Eso es un suicidio.

—No es suicidio si los sorprendemos. Tengo dinamita en la bodega, de cuando abríamos pozos. Si volamos su bodega de armas, se quedan sin dientes. Y en la confusión…

—En la confusión le metemos un tiro —terminé la frase por él.

Era una locura. Era el plan más estúpido y peligroso del mundo. Pero al mirar a Otilio, con su brazo herido y sus ojos ardiendo de determinación, supe que no había otra salida. Si nos quedábamos en el rancho, nos cazarían como ratas. Si íbamos por él, al menos moriríamos peleando, de pie, como los hombres y mujeres del norte.

—Está bien —dije, sintiendo una calma extraña, fría—. Pero yo manejo. Y yo pongo la dinamita. Usted no puede correr con ese brazo.

Otilio sonrió. Fue una sonrisa feroz, de lobo viejo.

—Trato hecho, socia.

Esa noche no cociné. Esa noche preparamos otro tipo de recetas. Llenamos botellas con gasolina y aceite quemado. Preparamos mechas. Limpiamos las armas. Otilio me enseñó cómo armar los cartuchos de dinamita con cuidado, con la misma paciencia con la que me enseñaba a escoger los frijoles limpios.

—Cortas la mecha así, en diagonal. No la dejes muy larga, pero tampoco muy corta o te explota en la mano. Tienes cuatro segundos. Uno, dos, tres, corre.

Repasamos el plan mil veces. Llegaríamos por la parte trasera de la hacienda, por el arroyo seco. Yo me infiltraría hasta la bodega de armas mientras Otilio creaba una distracción con las Molotov en los corrales (lejos de los animales, me prometió).

Me fui a dormir temprano, pero no pude cerrar los ojos. Me levanté y fui a la cocina. Acaricié mi vieja olla de peltre. Me vi reflejada en el metal abollado. Ya no era la misma Elena que había llegado con los zapatos rotos. Esa Elena había muerto el día del tiroteo. Ahora era una mujer que iba a la guerra.

Tomé un pedazo de papel y escribí una nota, por si no regresaba. No tenía a nadie a quien dejársela, así que la dejé dentro de la olla.

“Aquí vivió Elena. Amó, cocinó y peleó. No me arrepiento de nada.”

A las 3:00 de la mañana, subimos a la Ford. El cielo estaba negro, tachonado de estrellas indiferentes. El motor rugió, rompiendo el silencio del desierto.

Don Otilio me miró antes de arrancar.

—Pase lo que pase, Elena… gracias.

—No se despida, patrón. Todavía me debe mi sueldo de la semana.

Él soltó una carcajada corta.

—Vámonos pues. A cobrar deudas.

La camioneta se perdió en la oscuridad, levantando una estela de polvo que brillaba bajo la luna. Íbamos hacia la boca del lobo, armados con dinamita, un revólver viejo y la furia de dos generaciones.

La batalla por “Las Ánimas” había terminado. La guerra por nuestras vidas apenas comenzaba. Y esta vez, el fuego no sería para cocinar. Sería para purificar.

PARTE FINAL: Donde el fuego purifica y la ceniza se vuelve tierra fértil

El camino hacia la hacienda “Los Girasoles” se sentía eterno, como si la carretera fuera una serpiente negra que no tenía fin y que nos quería tragar enteros. La vieja Ford de Don Otilio rugía, tragándose las líneas blancas del asfalto, y cada vibración del volante se me metía en los huesos, recordándome que lo que llevábamos en la caja no eran costales de maíz ni pacas de alfalfa, sino la muerte embotellada y empaquetada en cartuchos rojos.

Miré de reojo a Otilio. Iba con la cabeza recargada en el vidrio frío, con los ojos cerrados, pero sabía que no dormía. Su mano sana apretaba la empuñadura del revólver sobre su regazo con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Se veía viejo, más viejo que nunca bajo la luz verdosa del tablero, pero también se veía como esos mezquites del desierto que han aguantado rayos y sequías y siguen de pie, tercos, aferrados a la vida.

—¿En qué piensa, Elena? —preguntó de repente, sin abrir los ojos, como si me hubiera leído el pensamiento.

—En mi madre —confesé, bajando la velocidad para no levantar sospechas al acercarnos al entronque—. Pienso en si ella me perdonaría lo que vamos a hacer. Ella era mujer de rezos, de poner la otra mejilla. Yo voy a poner dinamita.

Otilio abrió los ojos y miró la oscuridad del desierto pasar.

—Tu madre era santa, sí. Pero las santas también tienen uñas cuando les tocan a las crías. Si Lupe estuviera aquí, ella misma prendía la mecha. No se confunda, mija. Esto no es venganza, es justicia. Y la justicia en esta tierra a veces tiene que oler a pólvora porque la ley es sorda.

Sus palabras me calmaron un poco, pero el nudo en la boca del estómago seguía ahí, duro y frío como una piedra de río.

A lo lejos, el cielo nocturno se veía manchado de luz artificial. Un resplandor anaranjado y violeta subía desde el valle donde estaba la hacienda de Rogelio. Y con la luz, llegó el sonido. Primero fue un zumbido grave, como de abejas enojadas, y luego, conforme nos acercábamos apagando las luces de la camioneta para entrar por la brecha vieja, se convirtió en música. Banda. Tuba, trompetas, tambora. Retumbaba en el aire quieto de la madrugada.

—Están de fiesta grande —murmuró Otilio, incorporándose y haciendo una mueca de dolor por su brazo herido—. Eso es bueno. El ruido es nuestro amigo. Los borrachos no miran pa’l monte.

Escondimos la camioneta en una cañada seca, a casi un kilómetro de la entrada principal, cubierta por matorrales espinosos y sombras. El silencio ahí era sepulcral, roto solo por el escándalo que venía de la hacienda. Bajamos con cuidado. Yo me colgué la mochila con la dinamita. Pesaba como si cargara mis propios pecados. Otilio cargó las botellas con la mezcla de gasolina y aceite.

—Acuérdate del plan, Elena —me dijo, tomándome por los hombros con su mano buena. Su mirada era intensa, clavada en la mía—. Tú vas por el arroyo seco hasta la bodega trasera. Yo me voy por los corrales del norte. Tienes diez minutos desde que nos separemos. Cuando veas el primer fuego en los corrales, cuentas hasta veinte y prendes la mecha. Ni antes, ni después.

—¿Y si algo sale mal? —pregunté, sintiendo que la voz me temblaba.

—Si algo sale mal, corres. No miras atrás. No me buscas. Corres hacia la camioneta y te largas de aquí hasta que se te acabe la gasolina. ¿Me entendiste?

No le contesté. No le prometí que lo dejaría, porque sabía que no lo haría. Pero asentí para que me soltara.

Nos separamos. Verlo alejarse cojeando hacia la oscuridad, un viejo herido yendo a enfrentar a un ejército de narcos por mí, me rompió algo por dentro y me armó de nuevo con una fuerza que no sabía que tenía.

Bajé al arroyo seco. Las piedras rodaban bajo mis botas, pero el ruido de la banda era tan fuerte que nadie podía escucharme. “La vida es prestada, y hay que disfrutarla…” cantaba el vocalista a todo pulmón a lo lejos. Qué ironía. Ellos celebraban la vida mientras nosotros traíamos la muerte en los bolsillos.

Avancé agachada, raspándome los brazos con las ramas secas, sintiendo el olor a estiércol y a carne asada que venía de la hacienda. Llegué a la barda perimetral. Era alta, de piedra, pero tenía huecos. Escalé como gato, rezando para que no hubiera halcones vigilando esa zona. Al asomarme, vi el patio trasero.

Era un mundo aparte. Había camionetas del año brillando bajo reflectores, mesas llenas de botellas de whisky caro, mujeres con vestidos brillantes y hombres con sombreros finos y armas fajadas al cinto. Se reían, gritaban, disparaban al aire. Era el reino de Rogelio. Un reino construido sobre el miedo de gente como yo.

Localicé la bodega. Estaba apartada de la casa principal, un galerón de ladrillo con techo de lámina. Ahí guardaban “la mercancía” y las armas. No había guardias en la puerta; todos estaban en la fiesta, confiados, borrachos de poder.

Crucé el espacio abierto pegada a las sombras, conteniendo la respiración. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que retumbaba más que la tambora. Llegué a la puerta de metal de la bodega. Estaba cerrada con candado, pero Otilio me había dado unas cizallas oxidadas. Con un esfuerzo que me hizo rechinar los dientes, corté el arco del candado. Clac. El sonido se perdió en un grito de júbilo de la fiesta.

Entré. El olor a grasa de armas y a hierba empaquetada me mareó. Encendí mi pequeña linterna tapando la luz con los dedos. Cajas y cajas. Fusiles de asalto, municiones, y paquetes encintados. Era suficiente arsenal para una guerra pequeña. Rogelio no era solo un capataz malo; era un monstruo bien alimentado.

Busqué el pilar central, el que sostenía las vigas del techo. Ahí, como me enseñó Otilio, pegué los cartuchos de dinamita con cinta de aislar. Mis manos sudaban frío. Tranquila, Elena. Tranquila. Es como amasar. Suave, firme.

Terminé de colocar la carga. Saqué el encendedor.

Miré mi reloj. Habían pasado ocho minutos. Faltaban dos.

Me acerqué a la puerta para vigilar. Desde mi posición, podía ver los corrales del norte, allá a lo lejos, al otro lado del complejo. Todo estaba oscuro allá.

—Ándele, patrón… ándele… —susurré.

El tiempo se estiró. Los segundos caían lentos como gotas de miel fría.

Y entonces, sucedió.

Una llamarada naranja rompió la negrura en la zona norte. Luego otra. Y otra más. El fuego subió rápido, lamiendo la madera seca de las cercas. Escuché gritos a lo lejos.

—¡Fuego! ¡Los corrales! ¡Se queman los caballos!

La música se detuvo de golpe. El caos empezó. Vi correr a los hombres armados hacia allá, dejando la zona de la bodega desprotegida. Otilio lo había logrado.

Conté. Uno, dos, tres…

Mis dedos rasparon la rueda del encendedor. La llama azul brotó. Acerqué el fuego a la mecha. El chisporroteo fue el sonido más hermoso y aterrador que había escuchado.

Corre.

Salí de la bodega y cerré la puerta. Tenía que volver al arroyo. Tenía que salir de ahí antes de que el mundo explotara.

Pero el destino tiene un sentido del humor macabro.

Al dar la vuelta en la esquina del edificio, choqué de frente con alguien. Un cuerpo sólido, oliendo a loción cara y a tequila.

Reboté hacia atrás y caí sentada en la tierra.

—¡Fíjate por dónde caminas, pendeja! —gruñó la voz.

Levanté la vista. La luz de un reflector lejano le daba en la cara.

Era Rogelio.

Estaba tambaleándose, con una botella en la mano y la camisa desabotonada. Me miró, tratando de enfocar la vista. Al principio no me reconoció por el polvo en mi cara y la ropa oscura. Pero luego, sus ojos de serpiente se abrieron con sorpresa.

—¿Elena? —soltó una carcajada incrédula—. ¡No mames! ¿Viniste a la fiesta? ¿Te arrepentiste?

No tenía tiempo. La mecha se estaba consumiendo adentro. Faltaban segundos.

—Déjame pasar, Rogelio —dije, levantándome despacio, con la mano cerca de mi cintura donde tenía el revólver.

—¿Pasar? Tú no vas a ningún lado, mi reina. Tú vienes conmigo. ¡Muchachos! —empezó a gritar, pero el ruido del incendio al otro lado ahogaba su voz.

Se abalanzó sobre mí. Me agarró del cabello. Sentí su aliento rancio en mi cara.

—Te voy a enseñar a respetarme, gata mugrosa…

En ese instante, el suelo bajo nuestros pies saltó.

¡BOOM!

No fue un sonido, fue un golpe físico. La bodega detrás de nosotros estalló. La onda expansiva nos lanzó por el aire como muñecos de trapo. Sentí que volaba, envuelta en calor y polvo, hasta que mi espalda golpeó contra algo duro.

Todo se volvió negro por un segundo. Un pitido agudo, insoportable, llenó mi cabeza.

Abrí los ojos. Estaba tirada en la tierra, aturdida. Llovían pedazos de madera y metal ardiendo a mi alrededor. La bodega ya no existía; en su lugar había una columna de fuego y humo que subía hacia el cielo.

Me toqué la cara. Sangre. Pero podía moverme.

Busqué a Rogelio.

Estaba a unos metros de mí, tirado boca abajo. Se movía, gimiendo. La explosión lo había aventado más lejos.

Me levanté tambaleándome. Saqué el revólver. Me pesaba toneladas.

Rogelio se giró sobre su espalda. Tenía la cara llena de tierra y sangre, y la mirada perdida. Cuando me vio parada sobre él, con el fuego del infierno a mis espaldas, el miedo finalmente apareció en sus ojos. Ya no había arrogancia. Ya no había poder. Solo un hombre patético revolcándose en el suelo.

—Ayúdame… —gimió—. Elena… ayúdame…

—Yo no soy Elena la víctima —dije, y mi voz sonó extraña, metálica, a través del zumbido en mis oídos—. Soy Elena la de “Las Ánimas”.

Levanté el arma. Apunté a su pecho.

Pero no disparé.

No porque le tuviera lástima. Sino porque vi algo detrás de él. Entre el humo y el caos, apareció una figura cojeando, con la ropa chamuscada y un rifle en la mano.

Otilio.

Estaba vivo. Había cruzado el infierno para buscarme.

Rogelio vio que yo miraba hacia atrás y aprovechó. Su mano fue hacia su bota, sacando una pistola pequeña que tenía escondida.

—¡Te mueres conmigo, perra! —gritó.

—¡NO! —rugió Otilio.

Sonó un disparo. Seco. Definitivo.

No fui yo. Ni fue Otilio.

Rogelio se quedó quieto, con la pistola a medio levantar. Un agujero rojo apareció en su frente, justo entre los ojos. Su cabeza cayó hacia atrás, golpeando la tierra con un sonido sordo.

Me giré sorprendida.

En la barda perimetral, iluminada por el incendio, había una figura pequeña, ágil. Un muchacho joven, casi un niño, con un rifle de caza humeante. Era uno de los peones que Rogelio trataba peor. El mismo que había visto cómo mataban a su compañero aquel día en la bodega.

El muchacho me miró, asintió una sola vez y desapareció en la oscuridad. La justicia, a veces, viene de muchas manos.

—¡Elena! ¡Vámonos! —Otilio me agarró del brazo, sacándome del trance—. ¡Vienen los demás!

Corrimos. Corrimos como nunca habíamos corrido. Saltamos la barda, bajamos al arroyo y nos arrastramos entre las espinas mientras las balas empezaban a zumbar sobre nuestras cabezas. Los sicarios de Rogelio disparaban a ciegas, furiosos, pero sin líder y con su arsenal volado en pedazos, eran gallinas sin cabeza.

Llegamos a la camioneta. Otilio se dejó caer en el asiento del copiloto, jadeando como si se le fuera a salir el corazón. Yo arranqué la Ford, y las llantas patinaron en la tierra suelta antes de agarrar tracción.

Salimos disparados hacia el desierto, dejando atrás la columna de humo negro que manchaba las estrellas.

Manejé durante horas. No hablamos. Solo escuchábamos el motor y nuestras propias respiraciones agitadas. La adrenalina bajaba poco a poco, dejando paso al dolor. Me dolía cada golpe, cada raspón. A Otilio le sangraba de nuevo el brazo.

Cuando el sol empezó a salir, pintando el horizonte de rosa y naranja, detuve la camioneta a la orilla de la carretera. Estábamos lejos. A salvo.

Me volví hacia Otilio. Él me miraba con una mezcla de orgullo y alivio infinito.

—Se acabó —dijo, con voz ronca.

—Se acabó —repetí. Y entonces, me eché a llorar. Lloré todo lo que no había llorado en años. Lloré por mi madre, por mi inocencia perdida, por el miedo, por la sangre en mis manos, aunque no fuera yo quien apretó el gatillo final.

Otilio, con torpeza, extendió su mano buena y me acarició el cabello, igual que un padre.

—Llore, mija. Llore que eso limpia el alma. Pero no se me quiebre. Porque ahora… ahora es cuando empieza la vida de verdad.

SEIS MESES DESPUÉS

El olor a pan recién horneado inundaba la cocina de “Las Ánimas”. Pero ya no era esa cocina triste y fría que encontré cuando llegué. Ahora las paredes estaban pintadas de un amarillo alegre, había cortinas nuevas con girasoles bordados (una pequeña burla mía al pasado) y la mesa siempre tenía flores frescas.

Saqué las teleras del horno de leña. Estaban doraditas, crujientes.

—¡Ya está el café! —grité hacia el porche.

Escuché el bastón de Otilio golpeando la madera. Toc, toc, toc. Entró caminando despacio, pero derecho. Su brazo había sanado, aunque le quedó un poco rígido, y ya no podía cargar cosas pesadas. Pero para eso estaba yo. Y para eso estaban los dos mozos que habíamos contratado legalmente, con buen sueldo y seguro.

—Huele a gloria, Elena —dijo, sentándose en su lugar de siempre.

Le serví su café en el jarrito de barro.

—Hoy viene el licenciado —comentó él, soplando el vapor.

—¿Otra vez con eso, Otilio? —le reproché cariñosamente, poniendo un plato de huevos con machaca frente a él.

—No es necedad. Ya llegaron los papeles de la adopción. Bueno… adopción de adultos, como le dicen. Quiero que lleves mi apellido. Elena Vargas. Suena bien, ¿no?

Me detuve con la cafetera en la mano. Elena Vargas. Dejé de ser Elena la de nadie, Elena la fugitiva.

—Suena a que me va a dar más trabajo —bromeé para no llorar.

—El trabajo es el mismo, la paga es mejor: ser dueña de la mitad de todo esto.

Me senté frente a él. Miré mis manos. Ya no tenían ampollas de miedo, solo cicatrices de trabajo honesto. Miré la estufa. Ahí estaba mi vieja olla de peltre, abollada, negra por el hollín, pero ocupando el lugar de honor en la repisa central. La había limpiado, pero no quise arreglarle los golpes. Esos golpes eran su historia. Eran mi historia.

Rogelio estaba muerto y enterrado. La policía lo clasificó como un “ajuste de cuentas entre cárteles” y cerró el caso rápido. Nadie buscó a un viejo ranchero y a su cocinera. El muchacho que disparó nunca apareció, pero yo le dejaba una veladora encendida en la capilla del pueblo cada domingo.

—¿Sabes qué, papá? —dije la palabra por primera vez. Se sintió extraña en mi lengua, pero dulce.

Los ojos de Otilio se llenaron de agua. Dejó el pan en el plato.

—¿Qué pasó, hija?

—Que sí. Elena Vargas suena bien. Pero con una condición.

—La que quieras.

—Que me enseñe a disparar el rifle bien. Con el revólver me defiendo, pero dicen que los coyotes andan bravos este año y no quiero que se coman mis gallinas.

Otilio soltó una carcajada que retumbó en la cocina, espantando a los fantasmas que quedaban.

—Trato hecho. Pero primero, sírveme más de ese guisado. Que la paz da mucha hambre.

Me levanté a servirle. Mientras revolvía la olla, sentí una presencia cálida a mi lado. No había nadie, claro. Pero podía jurar que olía a rosas y a tierra mojada.

“Cocina con amor, mija”, escuché en mi mente. “Que el amor es lo único que no se acaba si lo compartes”.

Sonreí. Serví el plato. Y me senté a comer con mi padre, en mi casa, en mi tierra.

Había llegado con los zapatos rotos y una olla vieja. Ahora tenía raíces. Y las raíces, cuando se riegan con lealtad y valentía, crecen tan profundas que ninguna tormenta las arranca.

FIN.

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