
Nadie entendía por qué esa niña caminaba hacia mí. Yo era el niño del que todos huían en el pueblo, el “pobrecito”, el m*nstruo.
Aquella tarde de verano en la Hacienda Santa Clara debía ser perfecta. Los jardines estaban impecables, las señoras lucían sus mejores vestidos y los hombres hablaban de negocios y dinero mientras bebían tequila. Los niños jugaban en grupos, riendo, pero yo no pertenecía a su mundo.
Yo estaba sentado solo, bajo la sombra del viejo árbol de pirul, tratando de hacerme invisible contra la piedra. Las vendas cubrían gran parte de mi cabeza y cuello. Mi piel, marcada por el fue*o, se veía roja y en carne viva. Mis manos, rígidas y brillantes por las cicatrices, dolían al moverse.
Sentía las miradas. Escuchaba los susurros crueles de los adultos: “Tragedia”, “Pobre niño”, “Nunca será normal”. No había compasión, solo distancia y asco.
Pero entonces, ella se acercó.
No miró al suelo ni salió corriendo. Se sentó a mi lado con esa calma que solo tienen los que no conocen la maldad. Me miró como quien mira a un pajarito herido: sin juicio, solo con curiosidad.
—¿Te duele? —preguntó. Su voz era dulce.
No contesté. Solo bajé la mirada, apretando la mandíbula para no llorar. Ella metió la mano en la bolsa de su vestido y sacó un listón de seda azul, suave y brillante.
—Mi mamá dice que las cosas bonitas ayudan cuando estás triste —me dijo, extendiendo la mano—. Ten. Es para ti.
Tomé el listón con mis dedos torpes y deformes, con miedo de ensuciarlo. Ella sonrió.
—Cuando sea grande, me voy a casar contigo —dijo con una seguridad absoluta—. Es una promesa.
Por un segundo, el d*lor desapareció. Por un segundo, fui solo Sebastián.
Pero el encanto se rompió con un grito agudo.
—¡Elisa!
Su madre venía corriendo, con la cara descompuesta por la vergüenza y el enojo. La agarró del brazo con tanta fuerza que casi la l*stima y la jaló lejos de mí.
—¡Aléjate de él! —gritó la señora, mirándome con horror—. ¡No toques eso! ¿En qué estabas pensando?
Elisa lloraba, estirando su manita hacia mí mientras se la llevaban a rastras, sin entender qué había hecho mal. Yo me quedé ahí, apretando el listón azul hasta que mis nudillos se pusieron blancos, viendo cómo la única luz de mi vida se apagaba entre los árboles.
Ese día aprendí que la bondad es rara y que el miedo es poder. Me juré que nadie me volvería a mirar así.
Pasaron 18 años. Me convertí en “El Patrón”. Dueño de las tierras, temido por todos, amado por nadie. Hasta que una mañana, mi capataz entró nervioso a mi despacho.
—Patrón… hay una pintora en la entrada. Dice que viene a hacerle el retrato que encargó la sociedad histórica.
Iba a correrla. Odiaba que me miraran. Pero algo me impulsó a bajar. Y cuando entré a la galería y vi a esa mujer de espaldas, con el cabello oscuro y un aire de desafío, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
Ella se giró. No se asustó. Me miró directo a las cicatrices y sonrió.
—¿SIGUE SIENDO UNA PROMESA O YA ME OLVIDASTE?—
PARTE 2: EL RETRATO DE LA BESTIA Y LA PROMESA OLVIDADA
Me quedé helado. Mis pulmones parecían haber olvidado cómo jalar aire. El tiempo, que en la Hacienda Santa Clara solía arrastrarse lento y pesado bajo el sol de plomo, de repente se detuvo por completo. Esas palabras… esas malditas palabras retumbaron en las paredes de caoba de mi despacho, rebotando contra los libros viejos y las cortinas de terciopelo que mantenían la luz a raya.
«¿Sigue siendo una promesa o ya me olvidaste?»
La pregunta flotaba en el aire, cargada de una inocencia que no correspondía a la mujer parada frente a mí, pero que pertenecía enteramente a la niña del recuerdo. Apreté los puños sobre el escritorio, sintiendo cómo mis uñas se clavaban en la madera, o quizás en mis propias palmas insensibles. El cuero de mis guantes crujió, un sonido seco que rompió el silencio sepulcral.
—¿Quién te crees que eres para entrar así? —gruñí. Mi voz salió rasposa, más grave de lo habitual, cargada con ese veneno que había perfeccionado durante dieciocho años para alejar a cualquiera que se atreviera a mirarme más de dos segundos.
Ella no retrocedió. Elisa. Tenía que ser Elisa. Aunque la niña del vestido de olanes había desaparecido, sus ojos seguían teniendo ese mismo color imposible, una mezcla entre miel y la tierra mojada después de la lluvia en la sierra. Estaba más alta, por supuesto. Su figura era la de una mujer hecha y derecha, vestida con unos pantalones de mezclilla manchados de pintura y una blusa blanca sencilla, arremangada hasta los codos. No había joyas, no había lujos. Solo ella y esa maldita sonrisa que parecía desafiar al infierno mismo.
—Soy la pintora, Sebastián —dijo, pronunciando mi nombre con una naturalidad que me quemó las entrañas. Nadie me llamaba Sebastián. Para el mundo yo era “El Patrón”, “Don Martínez”, o a mis espaldas, “El Monstruo”. Escuchar mi nombre en sus labios fue como si me arrancaran una costra vieja—. Y tú sigues siendo el niño que se escondía bajo el pirul, aunque ahora te escondas detrás de este escritorio enorme y de esa fama de ogro que te has construido.
—¡Calla! —golpeé la mesa y me puse de pie. Mi silla cayó hacia atrás con un estruendo. Me giré hacia la ventana, dándole la espalda. No quería que me viera. No quería que viera cómo el lado derecho de mi rostro se contraía por el tic nervioso que siempre me daba cuando la ira o el miedo me dominaban—. No sabes nada de mí. Esa niña murió hace mucho, y ese niño también. Sal de mi casa.
Escuché sus pasos. No se alejaban. Se acercaban. El sonido de sus botas sobre la duela de madera era firme, rítmico.
—No me voy a ir, Sebastián. Tengo un contrato firmado por la Sociedad Histórica del Estado. Me pagaron por adelantado para pintar al último descendiente de los Martínez, al gran benefactor de la región. Y honestamente… necesito el dinero.
Me giré bruscamente, esperando asustarla con mi rostro. Era mi mejor arma. La mitad izquierda era la de un hombre “normal”, quizás incluso atractivo según decían algunas criadas antes de ver el otro lado. Pero la mitad derecha… eso era un mapa del dolor. La piel derretida y vuelta a soldar, el párpado caído, la falta de ceja, la oreja deformada. Era el rostro de una pesadilla.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal, imponiendo mi altura y mi corpulencia. Quería ver el miedo en sus ojos. Quería verla temblar, quería que gritara y saliera corriendo como lo hizo su madre aquel día. Eso facilitaría las cosas. Si ella huía, yo podría volver a mi oscuridad, a mi botella de tequila y a mi soledad segura.
Pero Elisa no parpadeó. Alzó la barbilla, sosteniendo mi mirada con una valentía que me desarmó. Sus pupilas recorrieron mis cicatrices, no con morbo, sino con la precisión analítica de un artista que estudia una textura.
—Has cambiado —susurró, y por un momento, su voz vaciló. No por asco, sino por tristeza—. Te han dejado muy solo, ¿verdad?
La rabia se me atoró en la garganta. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a venir aquí, después de casi dos décadas, a tenernos lástima?
—Lárgate —siseé, bajando la voz a un tono peligroso—. El contrato se cancela. Te daré el triple de lo que te pagaron. Ve con mi capataz, que te dé un cheque y desaparece.
—No quiero tu dinero, Sebastián. Quiero cumplir mi trabajo. Y quiero saber si todavía tienes el listón.
Sentí como si me hubiera dado una bofetada. Mi mano, por instinto, voló hacia el bolsillo interior de mi chaleco, donde descansaba, doblado en cuatro y protegido por un pañuelo de lino, aquel pedazo de seda azul, ahora deshilachado y opaco por el paso de los años. Me detuve a medio camino. No le daría esa satisfacción.
—Ese listón se quemó, igual que todo lo demás —mentí. La mentira me supo a ceniza en la boca—. Igual que mi infancia. Igual que tú promesa estúpida.
Ella suspiró, un sonido largo y cansado. Dejó su maletín de pinturas sobre una de las sillas de cuero y cruzó los brazos.
—Bien. Si dices que se quemó, te creeré por ahora. Pero no me iré. Mi coche se averió en la entrada, no hay señal de celular en este agujero olvidado de Dios y ya es tarde. A menos que el gran Patrón quiera echar a una mujer a la carretera en plena noche, me temo que tendrás que aguantarme hasta mañana.
Apreté la mandíbula tan fuerte que me dolieron los dientes. Sabía que tenía razón. La carretera hacia el pueblo era peligrosa de noche; los asaltos y los accidentes eran moneda corriente en la sierra. Por más monstruo que yo fuera, el código de honor de los Martínez, inculcado por mi padre antes de que el fuego se lo llevara, me impedía dejar a una mujer desamparada.
—Una noche —dije, dándome la vuelta para servirme un trago. Mis manos temblaban y necesitaba ocultarlo—. Solo una noche. Mañana, Ramírez te llevará al pueblo y no quiero volver a verte nunca.
—Trato hecho —dijo ella. Sentí su sonrisa en mi espalda, aunque no la vi.
Esa noche, la Hacienda Santa Clara pareció cobrar vida de una manera que no lo hacía desde hacía años. Usualmente, el silencio era mi único compañero. Los sirvientes se movían como fantasmas, temerosos de hacer ruido, temerosos de llamar mi atención. Cenaba solo en el comedor principal, una mesa para doce personas donde yo ocupaba la cabecera, rodeado de sombras.
Pero hoy, había un cubierto extra.
Bajé a cenar tarde, esperando que ella ya se hubiera retirado o que hubiera preferido comer en su habitación. Pero ahí estaba. Sentada a mi derecha, conversando animadamente con Doña Lupe, la cocinera más vieja de la casa, la única que no me tenía miedo porque me había limpiado los pañales.
Doña Lupe se reía. Hacía años que no escuchaba reír a nadie en esa casa. Al verme entrar, la risa se cortó de golpe. El silencio cayó como una losa de concreto.
—Patrón —murmuró Lupe, bajando la cabeza y retirándose apresuradamente hacia la cocina.
Me senté sin mirar a Elisa. Serví vino en mi copa y comencé a cortar la carne con movimientos mecánicos.
—Tienes una casa hermosa, Sebastián —dijo ella, ignorando mi hostilidad—. Un poco lúgubre, le falta luz, muchas cortinas cerradas… pero la arquitectura es impresionante. Los arcos del patio interior son del siglo XIX, ¿verdad?
—Come —ordené, sin levantar la vista del plato.
—¿Siempre eres así de conversador? —insistió ella, tomando un sorbo de vino—. Recuerdo que cuando éramos niños no hablabas mucho, pero al menos sonreías.
Solté el cuchillo sobre el plato. El ruido de la plata contra la porcelana resonó en el comedor vacío.
—Cuando éramos niños, yo no era esto —me señalé la cara con un gesto violento—. Y tú no eras una extraña entrometida. ¿Por qué volviste, Elisa? ¿La verdad? No me vengas con el cuento del retrato. Hay cientos de pintores en la ciudad. ¿Por qué tú? ¿Por qué aquí?
Ella dejó su tenedor suavemente. Su expresión se tornó seria.
—Porque mi madre murió hace seis meses.
La noticia me tomó por sorpresa, pero no dije nada. Mantuve mi máscara de indiferencia.
—Lo siento —dije, por pura formalidad.
—No lo sientas. Sé que no te caía bien. Ella… ella fue la que nos separó. La que me arrastró lejos de ti. Pasó años diciéndome que debía buscar un marido rico, guapo, “completo”. Que debía olvidar esa tarde en la hacienda. Pero ¿sabes qué es lo curioso, Sebastián? —se inclinó hacia adelante, y la luz de las velas bailó en sus ojos—. Que entre más intentaba borrarte de mi cabeza, más te pintaba.
—¿Me pintabas? —pregunté, incrédulo.
—Sí. Tengo cuadernos llenos de bocetos. De un niño triste bajo un árbol. De un hombre imaginario con cicatrices de fuego pero con ojos nobles. Mi carrera se construyó sobre la base de intentar capturar el dolor que vi en tus ojos ese día. Así que cuando la Sociedad Histórica lanzó la convocatoria para tu retrato, supe que era el destino. No vine por el dinero, aunque lo necesito. Vine porque te debo algo.
—No me debes nada —respondí, sintiendo un nudo en el pecho—. Fue un juego de niños. Un listón barato y una promesa vacía.
—Para ti quizás fue vacío. Para mí, fue el momento en que entendí qué es el amor incondicional. Tú eras el único que no trataba de impresionarme. Eras real. Y yo… yo necesito saber si queda algo de ese niño real debajo de todas estas capas de amargura.
Me levanté bruscamente. No podía soportarlo más. Su sinceridad era como ácido sobre mi piel. Estaba acostumbrado al miedo, al interés, a la hipocresía. Pero no a esto. No a alguien que me viera y no quisiera salir corriendo.
—Mañana te vas —dije, y salí del comedor sin terminar mi cena.
Me encerré en mi despacho. Saqué la botella de tequila, esa compañera fiel que quemaba la garganta lo suficiente para hacerme olvidar el ardor de la piel. Bebí un trago largo, directo de la botella. Luego otro.
Me acerqué a la chimenea apagada. La luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando el retrato de mis padres colgado sobre la repisa. Ellos habían muerto en el incendio. Yo había sobrevivido. A veces, me preguntaba si eso había sido una bendición o un castigo. “El niño milagro”, me llamaron los periódicos. “El heredero maldito”, me llamaron después.
Metí la mano en el bolsillo y saqué el listón azul. Lo desdoblé con cuidado. Estaba tan frágil que parecía que se iba a desintegrar con el aire. Lo pasé entre mis dedos callosos.
«Cuando sea grande, me voy a casar contigo.»
—Maldita sea —susurré. Una lágrima solitaria, traicionera, rodó por mi mejilla sana. Por la otra, el conducto lagrimal estaba sellado hace años.
No pude dormir. Daba vueltas en la cama enorme y fría, escuchando los ruidos de la casa vieja. Crujidos, el viento golpeando las ventanas. Y en mi mente, la imagen de Elisa sentada a mi mesa, sin miedo.
A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer. Iba a ir a los establos, montar mi caballo negro, “Sultán”, y perderme en los campos de agave hasta que ella se hubiera ido. No quería despedidas.
Pero cuando bajé las escaleras, con mis botas resonando en el vestíbulo, la vi. Estaba en el patio central, donde la luz del amanecer comenzaba a bañar la fuente de piedra. Había montado un caballete. Tenía una paleta de colores en la mano y mezclaba óleos con una concentración absoluta.
Me detuve en seco. La luz de la mañana le daba en el perfil, iluminando los cabellos sueltos que se le escapaban de la coleta. Se veía… hermosa. Dolorosamente hermosa.
Me vio.
—Buenos días, Patrón —dijo, sin dejar de mezclar colores—. Llegas justo a tiempo para la luz perfecta. Siéntate ahí, en el borde de la fuente.
—Te dije que te irías hoy —repliqué, aunque mis pies no se movían hacia la salida, sino hacia ella. Era como una fuerza gravitacional.
—Y yo te dije que el coche está descompuesto. Ramírez lo revisó hace un rato, dice que es la bomba de gasolina. Tendrá que ir al pueblo a buscar la refacción. Tardará horas. Así que, mientras tanto, trabajaremos.
Suspiré, derrotado. No podía echarla si el coche no servía. Caminé hacia la fuente y me senté, rígido, incómodo.
—No me mires así —me regañó ella suavemente—. Relaja los hombros. No te voy a disparar, solo te voy a pintar.
—Es lo mismo —murmuró yo—. Para mí, es lo mismo.
Ella se detuvo. Bajó el pincel y me miró con una intensidad que me hizo querer cubrirme la cara con las manos.
—¿Por qué? ¿Por qué te odias tanto, Sebastián?
—Porque soy un monstruo, Elisa. ¿No tienes espejos en tu casa? Mírame. Los niños lloran cuando me ven. Las mujeres cruzan la calle. Soy la advertencia viviente de lo que pasa cuando juegas con fuego.
—Yo no veo un monstruo —dijo ella, acercándose a mí. Se paró a escasos centímetros. Podía oler su perfume, algo floral, suave, mezclado con el olor químico del aguarrás—. Veo a un hombre que ha sobrevivido al infierno y ha salido caminando. Veo texturas, veo historia. Tus cicatrices no son feas, Sebastián. Son… mapas. Son la prueba de que eres fuerte.
Alzó la mano. Por un segundo, pensé que me iba a golpear. Me tensé. Pero sus dedos, suaves y cálidos, tocaron mi mejilla derecha. La mejilla quemada.
Nadie me había tocado ahí en años, excepto los médicos. El contacto fue eléctrico. Sentí una descarga que me recorrió la columna vertebral. Mi piel, que pensaba muerta e insensible en esa zona, reaccionó al calor de su tacto. Cerré los ojos, incapaz de sostener su mirada.
—Tu piel tiene memoria —susurró ella, trazando el borde de una cicatriz que bajaba por mi mandíbula—. Y tu corazón también. ¿Por qué guardaste el listón, Sebastián? Sé que lo tienes. Vi cómo te tocabas el pecho ayer cuando te lo pregunté.
Abrí el ojo sano. Ella estaba tan cerca que podía contar sus pestañas.
—Porque era lo único que tenía —confesé, mi voz rompiéndose—. Porque en este infierno de soledad, ese pedazo de tela era la única prueba de que alguna vez, alguien me quiso, aunque fuera por lástima, aunque fuera por cinco minutos.
—No fue lástima —dijo ella con firmeza—. Fue amor. El tipo de amor inocente que te salva la vida. Y vine a averiguar si ese amor puede madurar, si puede sobrevivir al tiempo y a las heridas.
—Elisa… —comencé, sin saber qué decir, sin saber si empujarla o atraerla hacia mí.
En ese momento, el sonido de un motor interrumpió la escena. Un coche negro, lujoso, entró al patio de la hacienda levantando polvo. Elisa se separó de mí, sobresaltada. Yo me puse de pie de un salto, mi instinto protector activándose de inmediato.
La puerta del coche se abrió y bajó un hombre. Alto, vestido con un traje impecable que desentonaba totalmente con el entorno rural. Llevaba gafas de sol y una sonrisa arrogante.
—¡Elisa, mi amor! —exclamó el hombre, abriendo los brazos—. Vaya, qué difícil es encontrar este lugar. Deberían pavimentar mejor esos caminos de cabras.
Sentí cómo la sangre se me helaba y luego comenzaba a hervir. Miré a Elisa. Su rostro había perdido todo el color. La valentía, la calidez, todo se había esfumado, reemplazado por un miedo palpable.
—¿Ricardo? —tartamudeó ella—. ¿Qué… qué haces aquí?
El hombre se acercó, ignorándome por completo, y la tomó del brazo con una posesividad que me revolvió el estómago.
—Vine a buscarte, querida. Me tenías preocupado. Te fuiste sin decir nada, y tenemos una boda que planear, ¿recuerdas? Además… —se quitó las gafas y me miró por primera vez, con una mueca de disgusto mal disimulada al ver mi rostro—, veo que ya conociste a la Bestia local. Espero que haya firmado el cheque. Necesitamos cubrir esa deuda de tu madre antes de que el banco nos quite la galería.
El mundo se detuvo de nuevo. Pero esta vez no fue por una promesa de amor. Fue por el sonido de algo rompiéndose dentro de mí.
Miré a Elisa. Ella me miraba con ojos suplicantes, negando con la cabeza levemente.
—Sebastián, no es lo que piensas… —empezó a decir.
Pero yo ya no escuchaba. El muro había vuelto a subir. El hormigón y el acero recubrieron mi corazón en un instante.
—Así que eso era —dije, mi voz volviéndose fría como el hielo, tan afilada como un cuchillo—. Deudas. Una boda. Y yo soy el cajero automático.
—¡No! —gritó Elisa, tratando de soltarse del agarre de Ricardo—. ¡Sebastián, escúchame!
—Sultán —le di la espalda y me dirigí hacia las caballerizas, ignorando sus gritos—. ¡Ramírez! —bramé con toda la fuerza de mis pulmones—. ¡Saca a estas personas de mi propiedad! ¡AHORA!
—¡Pero el retrato! —gritó el tal Ricardo, confundido—. ¡Tenemos un contrato!
Me giré una última vez. Mis ojos inyectados en furia se clavaron en Elisa.
—Quédate con el adelanto. Considéralo el pago por el listón. Ahora estamos a mano. No vuelvas nunca.
Caminé hacia la oscuridad de las caballerizas, sintiendo cómo el fuego volvía a quemarme, pero esta vez, por dentro. La había dejado entrar. Por un segundo, la había dejado entrar. Y había dolido más que el incendio que me desfiguró la cara.
Me subí a mi caballo y galopé hacia el cerro, huyendo de ella, huyendo de la mentira, huyendo de la esperanza. Pero mientras el viento me golpeaba la cara, sabía que esta historia no había terminado. No podía terminar así. Porque en mi bolsillo, el listón azul seguía quemándome contra el pecho, y aunque mi mente gritaba odio, mi corazón, ese traidor estúpido, latía con una fuerza que no sentía hacía dieciocho años.
Galopé hasta llegar al mirador, desde donde se veía toda la hacienda y el camino polvoriento que llevaba a la salida. Desde ahí, oculto entre los matorrales, vi cómo el auto negro daba la vuelta y se alejaba, llevándose a Elisa.
Me llevé la mano al pecho, apretando la tela sobre el corazón.
—No te vas a librar de mí tan fácil, Elisa —murmuré al viento—. Si viniste a despertar a la bestia, ahora vas a tener que lidiar con ella.
Saqué el celular, un aparato que rara vez usaba. Marqué un número.
—¿Bueno? ¿Licenciado Vargas? —dije, con voz de mando—. Sí, soy yo. Quiero que investigue a un tal Ricardo… y quiero que compre la deuda de la galería de arte de la familia de Elisa. Sí. Toda la deuda. No me importa cuánto cueste. Quiero ser el dueño de todo lo que ella tiene.
Colgué. Si no me quería por amor, me querría por obligación. O eso me decía a mí mismo para tapar el dolor. Pero en el fondo, sabía que lo que acababa de hacer era el primer paso de una danza peligrosa que nos destruiría a los dos o nos salvaría para siempre.
Miré el horizonte, donde las nubes de tormenta comenzaban a acumularse. Iba a llover. Y en la Hacienda Santa Clara, cuando llovía, el barro lo atrapaba todo. Elisa creía que se había ido, pero yo me encargaría de traerla de vuelta. Y esta vez, no habría madre ni prometido que la alejara de mí.
Porque yo era El Patrón. Y El Patrón siempre obtiene lo que quiere. Aunque tenga que quemar el mundo entero otra vez para conseguirlo.
Aquí tienes la continuación de la historia, narrada con el estilo intenso y emocional solicitado, extendiendo los detalles y la atmósfera para cumplir con la profundidad requerida.
PARTE 3: LA JAULA DE ORO Y EL CONTRATO DEL ALMA
La lluvia no tardó en llegar, tal como lo habían predicho mis huesos y el ardor en mi piel cicatrizada. Pero no fue una lluvia mansa, de esas que nutren la tierra; fue una tormenta furiosa, un diluvio que parecía querer borrar a la Hacienda Santa Clara de la faz del mapa. El cielo se cerró con un color gris plomo, casi negro, y los truenos retumbaron contra los muros de cantera con tal violencia que los cristales de las ventanas vibraban como si tuvieran miedo.
Yo permanecí en el mirador mucho más tiempo del prudente, dejando que el agua helada me empapara hasta la médula. Necesitaba ese frío. Necesitaba que el aguacero lavara el rastro del perfume de Elisa que se había quedado impregnado en mi nariz, y el calor fantasma de sus dedos sobre mi mejilla quemada. Ricardo se la había llevado. Ese hombrecito de traje impecable y sonrisa de plástico la había metido en su auto y la había arrancado de mi mundo.
—Vete, Sebastián. Entra a la casa —me dije a mí mismo, pero mis botas parecían echar raíces en el lodo.
Desde allí arriba, vi cómo las luces traseras del auto desaparecían en la curva del camino, tragadas por la cortina de agua y la distancia. Se habían ido. Pero mi llamada al licenciado Vargas ya estaba hecha. La maquinaria se había puesto en marcha. Si el destino me había jugado la broma cruel de traerla de vuelta solo para mostrarme lo que nunca podría tener, yo le respondería al destino con la única moneda que me sobraba: el poder.
Regresé a la casona empapado, con la ropa pesada pegada al cuerpo y el cabello escurriendo agua sobre mi cuello. Al entrar al vestíbulo, el silencio me recibió como un golpe físico. La casa estaba vacía de ella. Su caballete seguía en el patio central, cubierto ahora por una lona que Ramírez había tenido la precaución de colocar antes de que se desatara el aguacero. Me detuve frente a él. Levanté una esquina de la lona y vi el lienzo a medio terminar.
Ahí estaba yo. O al menos, lo que ella veía.
No eran trazos de un monstruo. Eran líneas fuertes, colores ocres y sombras profundas que sugerían soledad, sí, pero también una dignidad que yo no sentía desde hacía dieciocho años. ¿Cómo era posible que ella viera eso? ¿Cómo podía mirar este amasijo de carne y hueso y ver a un ser humano?.
—Maldita sea —gruñí, soltando la lona con brusquedad.
Subí a mi despacho y me serví otro tequila, ignorando el temblor de mis manos. Me senté frente al teléfono, esperando. Sabía que Vargas era eficiente. Era un tiburón con corbata, el tipo de abogado que no hace preguntas morales mientras el cheque tenga fondos.
Pasaron tres días. Tres días interminables en los que la tormenta no cesó, convirtiendo los caminos de la sierra en ríos de lodo intransitables. Me encerré en la biblioteca, rodeado de libros que no leía y cuentas que no me importaban. La ausencia de Elisa pesaba más que su presencia. Cada rincón de la casa parecía gritar su nombre. Miraba la silla donde se había sentado a cenar, el lugar en la fuente donde me había tocado. Me estaba volviendo loco.
Finalmente, el teléfono sonó. Su timbre metálico cortó el aire viciado de la habitación.
—Dígame —contesté al primer timbrazo, mi voz ronca por el desuso.
—Está hecho, Patrón —la voz de Vargas sonaba satisfecha, con ese tono untuoso que usaba cuando había cerrado un buen trato—. Fue más fácil de lo que pensamos. La galería estaba hipotecada hasta el cuello. Los bancos ya estaban preparando el embargo. Compré la deuda principal y dos pagarés vencidos que tenían con prestamistas privados. Básicamente, señor Martínez, usted es dueño del aire que respiran.
Cerré los ojos y recargué la cabeza en el respaldo de cuero de mi sillón. Una mezcla de triunfo y náusea me revolvió el estómago. Lo había logrado. La tenía.
—¿Saben quién es el nuevo acreedor? —pregunté.
—Todavía no. Solo saben que una firma de inversiones absorbió la deuda y que exige el pago inmediato o la ejecución de garantías. Están desesperados, Patrón. El tal Ricardo me ha llamado cinco veces en la última hora pidiendo una prórroga. Dice que su prometida está trabajando en un encargo muy importante que les dará liquidez.
Solté una risa seca, sin humor.
—Diles que el acreedor quiere una reunión presencial. Mañana mismo. Aquí, en la Hacienda Santa Clara.
—¿Aquí, señor? El camino está…
—Sé cómo está el camino, Vargas. Que se vengan en una camioneta 4×4. Si quieren salvar su patético negocio, vendrán aunque tengan que cruzar el infierno a gatas. Y Vargas… asegúrate de que venga ella. La reunión es con los titulares de la deuda.
—Entendido, Patrón.
Colgué el teléfono y me quedé mirando el aparato como si fuera un arma humeante. Me sentía sucio. Me sentía como el villano de una de esas telenovelas que veían las criadas en la cocina. Pero luego, recordé la forma en que Ricardo la había agarrado del brazo. Recordé su mirada de asco al ver mi cara. Recordé que se la quería llevar para casarse con ella y usarla para pagar sus propias deudas.
—No soy el villano —me dije, tocando el bulto del listón azul en mi bolsillo, que nunca me quitaba —. Soy el mal necesario.
Llegaron al día siguiente, poco después del mediodía. La lluvia había amainado un poco, convirtiéndose en una llovizna persistente y molesta que calaba los huesos. Escuché el motor forzado de un vehículo subiendo la cuesta de entrada. Me asomé por la ventana, oculto tras la cortina de terciopelo. Era una camioneta de alquiler, salpicada de barro hasta el techo.
Ramírez les abrió el portón principal. Vi bajar a Ricardo primero. Ya no se veía tan arrogante como la última vez. Su traje estaba arrugado, sus zapatos de diseñador manchados de lodo, y su postura era la de un animal acorralado. Luego bajó ella.
El corazón me dio un vuelco doloroso contra las costillas. Elisa se veía pálida, con ojeras profundas bajo esos ojos color miel que me habían robado el sueño. Llevaba un abrigo largo y abrazaba su propio cuerpo como si tuviera frío, o miedo. No quería que tuviera miedo de mí, pero si el miedo era lo único que la mantendría a mi lado, entonces tendría que aprender a vivir con ello.
Bajé las escaleras despacio, haciendo sonar mis botas con deliberación. Quería que supieran quién mandaba aquí. Vargas ya los esperaba en la sala principal, con una pila de documentos sobre la mesa de centro.
Cuando entré en la sala, el aire cambió. Ricardo se puso de pie de un salto, nervioso. Elisa se quedó sentada, mirando sus manos entrelazadas en su regazo. No levantó la vista.
—Buenas tardes —dije. Mi voz resonó en el salón de techos altos.
Ricardo se giró, y al verme, sus ojos se abrieron desmesuradamente tras sus gafas.
—¿Usted? —balbuceó, mirando de mí a Vargas y de vuelta a mí—. Pero… el abogado dijo que nos reuniríamos con el inversor.
—Yo soy el inversor —respondí, caminando hasta situarme frente a la chimenea encendida. El fuego proyectaba sombras danzantes sobre mi lado deforme, acentuando mi aspecto siniestro. Lo sabía y lo usaba a mi favor—. Yo compré su deuda. Cada centavo.
Ricardo palideció tanto que pensé que se desmayaría. Se dejó caer en el sofá junto a Elisa. Ella, finalmente, alzó la mirada. No había sorpresa en sus ojos, solo una profunda decepción que me dolió más que cualquier insulto.
—Sabía que eras tú —dijo ella en voz baja—. Desde que el licenciado llamó. Sabía que esto era obra tuya, Sebastián.
—Negocios son negocios —dije, endureciendo mi expresión—. Su galería está en quiebra. Su madre dejó deudas que ustedes no pueden pagar. Iban a perderlo todo. La casa, el local, las obras. Yo simplemente… intervine.
—¡Intervino para arruinarnos! —exclamó Ricardo, recuperando un poco de su bravuconería—. Esto es ilegal. Es acoso. ¡Usted lo planeó todo porque es un rencoroso!
Di un paso hacia él y el valor de Ricardo se evaporó al instante.
—Cuidado con lo que dices en mi casa —advertí, señalándolo con mi dedo índice, cuya piel estaba tensa y brillante por la quemadura—. Tengo los pagarés. Tengo las hipotecas. Legalmente, soy dueño de todo lo que creen poseer. Podría echarlos a la calle mañana mismo. Podría asegurarme de que nunca vuelvan a vender un cuadro en este país.
Ricardo tragó saliva ruidosamente.
—¿Qué… qué es lo que quiere? —preguntó, con la voz temblorosa—. No tenemos el dinero ahora. Pero si nos da tiempo… Elisa es muy talentosa. Su obra se está revalorizando.
—Lo sé —interrumpí, clavando mis ojos en ella—. Por eso tengo una propuesta.
Vargas, siguiendo mi señal, deslizó un contrato sobre la mesa hacia ellos.
—Una dación en pago —explicó el abogado con tono profesional—. El señor Martínez está dispuesto a perdonar la totalidad de la deuda, incluyendo los intereses moratorios, a cambio de una sola cosa.
Ricardo tomó el papel y lo leyó ávidamente. Sus ojos se movían rápidos, calculando, buscando la trampa.
—¿El retrato? —preguntó Ricardo, confundido—. ¿Solo quiere que termine el retrato?
—Con condiciones —aclaré yo—. Elisa se quedará en la Hacienda Santa Clara hasta que la obra esté terminada a mi entera satisfacción. Vivirá aquí. Trabajará aquí. Sin distracciones. Y tú… —miré a Ricardo con todo el desprecio que pude reunir— tú te irás. Y no volverás hasta que yo te avise que ella ha terminado.
—¡Eso es absurdo! —saltó Ricardo—. ¡No voy a dejar a mi prometida sola con… con usted!
—Entonces paguen —dije simplemente, cruzándome de brazos—. Son cuatro millones de pesos. Tienen 24 horas.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el crepitar de la leña en la chimenea y el golpeteo de la lluvia contra los cristales. Ricardo miró a Elisa. Vi en sus ojos el cálculo frío. Cuatro millones contra dejar a su novia unas semanas en una hacienda de lujo. No le tomó ni diez segundos decidir.
—Elisa, amor… —empezó Ricardo, tomándole la mano. Ella se la retiró suavemente—. Piénsalo. Es nuestra oportunidad de empezar de cero. Sin deudas. Solo tienes que pintar. Tú querías hacerlo de todos modos, ¿no? Dijiste que tenías que terminarlo.
Elisa lo miró, y en esa mirada vi cómo se rompía el último hilo de respeto que podía tener por él. Luego, giró la cabeza y me miró a mí. Sus ojos eran dos pozos de tristeza infinita, pero también de una extraña resignación.
—¿Ese es el precio, Sebastián? —preguntó. Su voz no temblaba—. ¿Mantenerme prisionera para que pinte tu cara?
—No eres una prisionera —mentí, aunque se sentía como una verdad a medias—. Eres una invitada con una obligación contractual. Tendrás todo lo que necesites. Materiales, luz, comida. Solo pido tu tiempo. Y tu talento.
—Y que él se vaya —añadió ella, señalando a Ricardo sin mirarlo.
—Exacto.
Elisa se puso de pie. Caminó hacia la mesa, tomó la pluma que Vargas le ofrecía y firmó el documento sin leerlo. El rasgueo de la pluma sobre el papel sonó como una sentencia.
—Lárgate, Ricardo —dijo ella, todavía de espaldas a él.
—Eli, espera, yo vendré a visitarte, te llamaré…
—Dije que te largues —repitió ella, girándose con una furia contenida que nos sorprendió a todos—. Ya vendiste lo que tenías que vender. Ya te salvaste. Ahora vete antes de que me arrepienta y deje que Sebastián te quite hasta la camisa.
Ricardo no esperó más. Murmuró una despedida cobarde, tomó su copia del contrato y salió de la sala casi corriendo. Escuchamos el motor de la camioneta alejarse unos minutos después.
Vargas recogió sus papeles, hizo una reverencia leve y también se retiró, dejándonos solos.
Elisa y yo nos quedamos en la enorme sala, separados por cinco metros de alfombra persa y un abismo de rencor y secretos.
—Felicidades, Patrón —dijo ella con amargura, usando el título como un insulto—. Compraste mi compañía. Espero que valga la pena la inversión.
—No lo hice por eso —intenté decir, pero las palabras se me atoraron. ¿Por qué lo había hecho entonces?
—No te atrevas a mentirme —me cortó—. Lo hiciste porque no soportas que alguien se aleje de ti. Porque tu ego es tan grande como tus cicatrices. ¿Querías que me quedara? Bien. Aquí estoy. Pero no esperes que la niña del listón azul aparezca. Ella se acaba de ir por esa puerta, decepcionada de ver en qué te convertiste.
Sus palabras dolieron más que el fuego. Pero no dejé que se notara. Asentí, rígido.
—Tu habitación está lista. Es la misma que ocupaste la otra noche. Empezamos mañana al amanecer.
—Como ordene, Patrón.
Ella subió las escaleras sin mirar atrás. Yo me quedé solo frente al fuego, tocando el bolsillo donde guardaba el listón. Lo saqué y lo miré. Parecía más viejo, más deshilachado que nunca.
—Todavía estás aquí —le susurré al recuerdo de la niña—. Y te voy a encontrar, aunque tenga que romper a la mujer en la que te convertiste para hallarte de nuevo.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina extraña y silenciosa. La Hacienda Santa Clara, que siempre había sido mi fortaleza de soledad, se transformó en una jaula de oro donde dos almas orbitaban sin tocarse.
Elisa cumplía su parte del trato con una disciplina militar. Se levantaba antes que el sol, preparaba sus materiales en el patio central y esperaba a que yo bajara. Pintaba durante horas, con el ceño fruncido en concentración absoluta, apenas deteniéndose para beber agua o limpiar sus pinceles.
Yo me sentaba en el borde de la fuente, posando para ella. Al principio, intentaba leer o revisar documentos para evitar mirarla, pero era inútil. Mis ojos siempre terminaban buscándola. Observaba la forma en que se mordía el labio inferior cuando mezclaba un color difícil. Observaba cómo se manchaba la punta de la nariz de pintura blanca sin darse cuenta. Observaba sus manos, fuertes y delicadas a la vez, dando vida a mi rostro en el lienzo.
Pero no hablábamos. El silencio entre nosotros era denso, cargado de todo lo que no decíamos. En las comidas, el único sonido era el de los cubiertos. Doña Lupe intentaba romper la tensión ofreciendo más tortillas o comentando sobre el clima, pero al ver nuestras caras largas, terminaba por retirarse a la cocina rezongando por lo bajo.
Sin embargo, a pesar de su frialdad, el cuadro avanzaba. Y lo que emergía en la tela me aterraba.
Una tarde, me acerqué a mirar mientras ella limpiaba sus pinceles. En el lienzo, mi rostro estaba casi completo. Pero no era solo una copia de mis facciones. Elisa había capturado algo más. En el ojo sano, había pintado una tristeza tan profunda que me costaba reconocerla como mía. Y en el lado quemado, donde la piel era un mapa de dolor, ella había usado colores cálidos, dorados y rojizos, que extrañamente no inspiraban repulsión, sino una especie de belleza trágica. Parecía fuego, sí, pero también parecía amanecer.
—¿Por qué me pintas así? —pregunté, rompiendo el silencio de tres días.
Ella no se sobresaltó. Siguió limpiando el pincel con un trapo lleno de aguarrás.
—¿Así cómo?
—Como si… como si valiera la pena mirarme.
Elisa dejó el trapo y se giró hacia mí. Sus ojos estaban cansados, pero la chispa desafiante seguía ahí.
—Porque el arte no se trata de ocultar la verdad, Sebastián. Se trata de encontrar la belleza en la verdad. Y tu verdad es complicada. Eres un hombre que ha sufrido mucho, y que ahora se dedica a causar sufrimiento a otros para no sentirse tan solo. Eso está ahí, en el cuadro. El dolor y la crueldad. Pero también está el niño que aceptó un regalo de una extraña.
—Ese niño está muerto —repetí mi mantra de siempre.
—No —dijo ella, dando un paso hacia mí—. No está muerto. Está enterrado bajo capas de orgullo, miedo y dinero. Lo vi el día que llegué. Lo sentí cuando te toqué. Y lo veo cada vez que crees que no te estoy mirando y acaricias ese bolsillo de tu chaleco.
Instintivamente, llevé mi mano al pecho. Ella sonrió, una sonrisa triste y triunfante.
—¿Ves? Ahí está.
—Basta —gruñí, retrocediendo—. Mañana terminamos. Quiero que acabes esto y te vayas.
—No puedo terminar mañana. El óleo necesita secar para las veladuras finales. Necesito al menos una semana más.
—¡Pues haz que seque más rápido! —grité, perdiendo la paciencia. Me sentía expuesto, vulnerable, y eso me ponía furioso.
Esa noche, la tormenta regresó con una venganza. El viento aullaba como un animal herido, golpeando las puertas y ventanas. Cerca de la medianoche, un rayo cayó muy cerca de la casa, probablemente en uno de los viejos fresnos del jardín. La luz se fue al instante, sumiendo a la hacienda en una oscuridad absoluta.
Me quedé quieto en mi cama, escuchando los truenos. De repente, escuché un grito ahogado. Venía del pasillo.
Me levanté de un salto, olvidando mi orgullo y mi enojo. Conocía esa casa como la palma de mi mano, incluso en la oscuridad. Salí al pasillo y vi una figura pequeña al fondo, iluminada apenas por los relámpagos que entraban por el ventanal.
—¿Elisa? —llamé.
—Sebastián… —su voz sonaba aterrorizada.
Corrí hacia ella. Estaba acurrucada contra la pared, temblando violentamente.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—La oscuridad… —susurró—. No me gusta la oscuridad total. Cuando era niña… mi padre me encerraba en el armario oscuro cuando se enojaba. No puedo… no puedo respirar.
Me agaché a su lado. No lo pensé. No calculé. Simplemente actué. La envolví con mis brazos. Ella estaba helada, temblando como una hoja. Al sentir mi contacto, no me rechazó. Se aferró a mi camisa, escondiendo la cara en mi pecho.
—Tranquila —le dije, mi voz suavizándose involuntariamente—. Estoy aquí. No estás sola.
Nos quedamos así un rato, sentados en el suelo del pasillo oscuro, mientras la tormenta rugía afuera. Yo acariciaba torpemente su cabello, sintiendo su respiración agitada contra mis costillas. Era la primera vez que tenía a una mujer así entre mis brazos en toda mi vida adulta. Y no era cualquier mujer. Era ella.
Poco a poco, su respiración se calmó. Pero no se separó de mí.
—¿Por qué eres tan cruel, Sebastián? —preguntó en un susurro, sin levantar la cabeza de mi pecho.
—Porque el mundo fue cruel conmigo primero —respondí, la verdad saliendo de mis labios antes de que pudiera detenerla—. Porque aprendí que si no muerdes primero, te comen vivo. Porque mirarme al espejo cada mañana es un recordatorio de que perdí todo lo que amaba en una sola noche.
Ella levantó la cara. En la penumbra, sus ojos brillaban.
—No perdiste todo —dijo suavemente—. Sobreviviste. Y yo volví. Volví por ti, Sebastián. No por el dinero. No por el retrato. Volví porque nunca pude olvidar al niño que me miró con tanta dulzura aquel día. Ricardo… Ricardo fue un error. Un intento desesperado de complacer a mi madre, de ser “normal”. Pero contigo… contigo siempre fue real.
—No digas eso —supliqué, sintiendo que mis defensas se desmoronaban—. No juegues conmigo. Soy un monstruo, Elisa. Mírame. Ni siquiera hay luz para verme bien, y es mejor así.
—No necesito luz para verte —dijo ella. Y entonces, hizo lo impensable.
Llevó sus manos a mi rostro. Pero esta vez, no solo tocó las cicatrices. Sus dedos recorrieron mis labios, mi nariz, y subieron hasta la zona quemada alrededor de mi ojo derecho. No había asco en su tacto. Había adoración.
—Eres hermoso, Sebastián —susurró, acercando su rostro al mío—. Tu alma es hermosa. Solo está herida.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que explotaría. El aroma de su piel, su calor, sus palabras… era demasiado. Era todo lo que siempre había soñado y todo lo que creía que nunca merecería.
Me incliné hacia ella. Nuestros alientos se mezclaron. Estaba a punto de besarla. A punto de cruzar la línea de la que no habría retorno.
Pero entonces, el rostro de Ricardo apareció en mi mente. Y la voz de su madre gritando “¡Aléjate de él!”. Y los susurros del pueblo llamándome “El Monstruo de la Hacienda”.
El miedo me paralizó. Miedo a que, una vez que encendieran la luz, ella se diera cuenta de lo que estaba haciendo y sintiera repulsión. Miedo a que fuera una trampa, una forma de manipularme para perdonar la deuda y dejarla ir. Miedo a ser amado y luego abandonado de nuevo.
Me separé de ella bruscamente, poniéndome de pie.
—No —dije, mi voz sonando dura y fría para ocultar mi pánico—. No hagas esto. No soy tu proyecto de caridad, Elisa. No intentes “salvar a la bestia” para sentirte bien contigo misma.
—¡Sebastián! —ella se levantó también, tratando de alcanzarme.
—¡Vete a tu cuarto! —ordené—. Cierra la puerta y no salgas hasta que vuelva la luz. Mañana terminas el cuadro y te vas. No me importa si está seco o no. Te vas.
La dejé allí, parada en la oscuridad, y huí a mi habitación como el cobarde que era. Cerré la puerta con llave y me dejé caer contra ella, deslizándome hasta el suelo.
Saqué el listón azul. Lo apreté tan fuerte que sentí que se rompía.
—Te amo —sollocé en la oscuridad, confesándoselo al vacío—. Te amo tanto que prefiero que me odies a que sientas lástima por mí.
A la mañana siguiente, el sol salió radiante, como si la tormenta nunca hubiera existido. El cielo estaba de un azul insultante. Bajé al patio central con el estómago hecho un nudo, preparado para echarla, preparado para volver a mi soledad.
Pero el caballete estaba vacío.
El cuadro estaba ahí, terminado. Era magnífico. En la luz de la mañana, los colores vibraban con vida propia. Era yo, pero era una versión de mí que yo no conocía: un hombre con cicatrices, sí, pero con una mirada llena de fuerza y esperanza.
Sobre la repisa del caballete, había una nota.
Me acerqué, sintiendo un frío repentino a pesar del sol. Tomé el papel.
“El cuadro es tuyo. La deuda está pagada. Pero te equivocaste en algo, Patrón. No vine a salvar a la bestia. Vine a amar al hombre. Lástima que el hombre estuviera demasiado ocupado siendo la bestia para darse cuenta. Adiós, Sebastián. Esta vez, no prometo volver.”
—¡Ramírez! —grité, corriendo hacia la entrada.
El capataz apareció, sombrero en mano, con cara de preocupación.
—¿Patrón?
—¿Dónde está? —pregunté, desesperado—. ¿Dónde está la señorita Elisa?
—Se fue, Patrón. Hace una hora. Caminó hasta la carretera principal. Dijo que tomaría el autobús al pueblo. Intenté detenerla, pero…
—¡Prepara la camioneta! —ordené, sintiendo que el mundo se me venía encima—. ¡Ahora mismo!
—Patrón… hay algo más —dijo Ramírez, dudando.
—¿Qué? ¡Habla!
—Cuando ella se fue… llegó un hombre. No el novio. Otro. Un tipo de la ciudad. Preguntó por usted. Dijo que tenía información sobre el incendio. Sobre sus padres.
Me detuve en seco. Todo a mi alrededor pareció congelarse.
—¿De qué estás hablando?
—Dijo que el incendio no fue un accidente, Patrón. Y que la persona que lo provocó… está más cerca de lo que usted cree.
Miré hacia la carretera vacía por donde se había ido Elisa, y luego hacia el desconocido que esperaba en la puerta del zaguán. Mi corazón se partió en dos direcciones. Ir tras la mujer que amaba, o descubrir la verdad que había marcado mi vida con fuego y dolor.
El Patrón siempre obtiene lo que quiere, me había dicho a mí mismo. Pero ahora, por primera vez, no sabía qué era lo que quería más: ¿El amor que podía salvarme, o la venganza que podía terminar de destruirme?
Apreté el listón azul en mi bolsillo una última vez.
—Dile al hombre que pase —dije, con la voz muerta—. Y manda a alguien a seguir a Elisa. Que no la pierdan de vista. Pero que no se acerquen.
La partida había cambiado. Y yo ya no estaba seguro de ser el jugador que movía las piezas.
Aquí tienes la parte final de la historia. He mantenido el tono intenso, emocional y descriptivo, extendiendo la narrativa para cumplir con el requisito de longitud y profundidad, utilizando el español de México y el estilo reflexivo del personaje.
PARTE FINAL: LA REDENCIÓN DE LA BESTIA Y EL FUEGO DEL AMOR ETERNO
El hombre que estaba parado en el umbral de mi despacho no parecía un portador de verdades, sino más bien un espectro escupido por la misma tormenta que acababa de azotar la hacienda. Era viejo, con la piel curtida por el sol de la sierra y las manos temblorosas aferradas a un sombrero de paja deshilachado. Olía a tabaco rancio y a miedo.
—Pase —dije, y mi voz sonó hueca, como si viniera de otro cuerpo.
Ramírez cerró la puerta detrás de él, pero se quedó dentro, con la mano cerca de la funda de su machete, desconfiado. Yo camine hasta mi escritorio, no para sentarme, sino para usarlo de barrera. Necesitaba algo sólido entre mi furia y el mundo.
—Habla —ordené—. Dijiste que sabías sobre el incendio. Tienes dos minutos antes de que pierda la paciencia y te saque a patadas. Mi tiempo es… escaso.
El viejo tosió, un sonido seco y doloroso.
—Me llamo Jacinto, Patrón. Trabajé treinta años en la Hacienda Los Encinos. La propiedad colindante.
Los Encinos. La propiedad de la familia de Ricardo. El padre de Ricardo, Don Anselmo, había sido el rival de mi padre durante décadas. Pero Anselmo había muerto hacía años, dejando a su hijo y a su viuda en la ruina, o eso creía yo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté, sintiendo un zumbido en los oídos. La imagen de Elisa caminando por la carretera me quemaba la mente, urgiéndome a correr tras ella, pero algo en los ojos de este hombre me mantenía clavado al suelo.
—Don Anselmo… él siempre quiso el agua de Santa Clara —dijo Jacinto, bajando la voz—. La noche del incendio… yo era el velador. Él me pagó para que hiciera la vista gorda. Me dio dinero para irme al pueblo a emborracharme y dejar la puerta trasera del granero abierta. Dijo que solo quería darles un susto. Que quería q*emar la cosecha para obligar a su padre a vender.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Dieciocho años. Dieciocho años creyendo que había sido un accidente, un cableado viejo, una vela mal puesta. Dieciocho años culpando a Dios, al destino, o a mi propia mala suerte. Y ahora resultaba que mi infierno tenía nombre y apellido.
—¿Un susto? —repetí, y mi voz era un gruñido bajo y peligroso—. Mis padres murieron gritando, Jacinto. Yo perdí mi rostro. ¿Eso fue un susto?
—Se le fue de las manos, Patrón —el viejo empezó a llorar, lágrimas sucias rodando por sus mejillas arrugadas—. El viento cambió. El fuego agarró la casa grande. Don Anselmo nunca quiso m*tar a nadie, pero cuando vio lo que pasó… calló. Y me amenazó a mí y a mi familia si decíamos algo.
—¿Por qué vienes ahora? —di un paso hacia él, y vi cómo temblaba—. ¿Por qué ahora, cuando ya no sirve de nada?
—Porque me estoy muriendo, Patrón. El doctor dice que tengo los pulmones negros. No quiero irme al otro lado con este peso en el alma. Y porque… porque vi al hijo de Don Anselmo, al joven Ricardo, rondando por aquí. Supe que la historia se estaba repitiendo. Ellos siempre quisieron lo que usted tiene.
La ira que sentí en ese momento no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. No era el fuego caliente de la vergüenza; era un frío glacial, absoluto. Ricardo. Ese parásito no solo quería usar a Elisa para pagar sus deudas; él era el hijo del asesino de mis padres. Y probablemente lo sabía. Todo encajaba. La insistencia en el retrato, la deuda comprada, la cercanía.
Miré a Ramírez. Mi capataz estaba pálido, con la boca abierta.
—Ramírez —dije, con una calma aterradora—. Llama al Licenciado Vargas. Quiero que prepare una demanda penal. Quiero que desentierre hasta el último hueso de Don Anselmo y que meta a Ricardo en la cárcel por complicidad o por lo que sea que invente. Quiero destruir a esa familia. Quiero que no les quede ni una piedra donde recargar la cabeza.
—Sí, Patrón —dijo Ramírez, dándose la vuelta para salir.
—¡Espera!
Mi grito lo detuvo en seco.
Metí la mano en mi bolsillo y mis dedos rozaron la seda del listón azul.
«No vine a salvar a la bestia. Vine a amar al hombre.»
Las palabras de la nota de Elisa resonaron en mi cabeza más fuerte que la confesión de Jacinto. Si me quedaba aquí, consumiendo mi venganza, destruyendo a Ricardo, haciendo justicia por mis padres… ¿en qué me convertiría? Sería, finalmente y para siempre, el Monstruo de la Hacienda. Ganaría la guerra, pero perdería mi alma. Y la perdería a ella.
Elisa se había ido en un autobús. Se alejaba de mí con cada segundo que yo desperdiciaba odiando el pasado.
Miré al viejo Jacinto. Era un hombre roto, patético. M*tarlo o meterlo a la cárcel no me devolvería mi cara. Arruinar a Ricardo no me devolvería a mis padres.
Pero correr tras Elisa… eso podía devolverme la vida.
—Ramírez —dije de nuevo, esta vez con una urgencia diferente—. Olvida a Vargas. Dale a este hombre algo de dinero para sus medicinas y que se largue de mi vista. Si lo vuelvo a ver, lo m*to.
—¿Patrón? —Ramírez me miró confundido—. ¿Va a dejar que se vayan sin pagar?
—No —respondí, caminando hacia la salida y arrancando las llaves de la camioneta del tablero de la entrada—. Voy a cobrar la única deuda que me importa.
Salí corriendo de la casa, bajo el sol brillante que se burlaba de mi oscuridad interna. La camioneta rugió al encenderse. Pisé el acelerador a fondo, haciendo que las llantas traseras patinaran en la grava mojada antes de agarrar tracción.
El camino hacia el pueblo era una serpiente de lodo y baches. Manejé como un poseído. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos de mi mano quemada crujían. El paisaje pasaba borroso a mi alrededor: los campos de agave azul, los cerros verdes por la lluvia, las cruces en las curvas peligrosas.
Mi mente era un caos. ¿Y si ya era tarde? ¿Y si había tomado el primer autobús a la Ciudad de México y se perdía entre millones de personas? No tenía su número de celular. No sabía dónde vivía exactamente, solo que la galería estaba perdida. Si la dejaba ir ahora, sería el final.
—No te vayas, Elisa —susurraba, golpeando el volante—. Por favor, no te vayas. Espérame, niña tonta. Espérame.
Llegué a la carretera federal. Había una parada de autobuses en el entronque, una pequeña caseta de concreto pintada con anuncios de refrescos despintados. Estaba vacía.
Sentí un golpe en el estómago. Llegué tarde.
Pero entonces, vi algo a lo lejos. Un autobús de segunda clase, de esos guajoloteros que paran en cada pueblo, se alejaba lentamente, echando humo negro por el escape. Apenas había salido de la parada.
Aceleré. El motor de la camioneta gimió, forzado al límite. Me pegué al claxon, un sonido largo y desesperado que asustó a unos perros callejeros. El autobús no se detenía. Iba ganando velocidad en la recta.
—¡Párate, maldita sea! —grité, aunque el conductor no podía oírme.
Hice una maniobra estúpida, peligrosa. Me metí al carril contrario, rebasando al autobús en una curva ciega. Vi la cara de terror del conductor del autobús por el retrovisor cuando me le cerré enfrente, obligándolo a frenar de golpe. Los frenos de aire chillaron, las llantas derraparon en el asfalto mojado. La camioneta y el autobús quedaron a centímetros de chocar.
Apagué el motor y bajé de un salto, ignorando los cláxones de los coches que venían en sentido contrario y que tenían que esquivarnos.
El conductor del autobús abrió la puerta neumática, rojo de furia, con una llave de cruz en la mano.
—¡Hijo de la chngada! ¿Estás loco o qué te pasa? ¡Casi nos mtas! —gritó el chofer, un hombre gordo con bigote de morsa.
No le presté atención. Lo empujé a un lado con mi brazo bueno, con una fuerza que no sabía que tenía, y subí los escalones del autobús.
El interior olía a humanidad, a sudor, a comida frita y a diesel. Había unas veinte personas a bordo. Campesinos con gallinas, estudiantes dormidos, señoras con bolsas de mandado. Todos se quedaron callados al verme.
Y no los culpaba. Debía verme aterrador. Un hombre alto, vestido con ropa fina pero manchada de lodo, con el cabello revuelto y la mitad de la cara derretida por el fuego, respirando agitadamente como un animal salvaje.
Mis ojos escanearon los asientos. Fila por fila.
Y allí estaba.
En la penúltima fila, junto a la ventana. Elisa.
Se había puesto unos audífonos y miraba hacia afuera, ajena al drama, o quizás tratando de ignorarlo. Pero cuando el autobús se detuvo y el silencio cayó, se giró.
Al verme, se quitó los audífonos lentamente. Su rostro estaba bañado en lágrimas. No había miedo en su expresión, solo una inmensa tristeza.
Caminé por el pasillo estrecho. Mis botas resonaban en el piso de metal. Sentía las miradas de todos los pasajeros clavadas en mi espalda, en mis cicatrices. «Miren al monstruo», solía pensar. Pero hoy no me importaba. Hoy solo existía ella.
Llegué hasta su asiento. Ella no se movió.
—Sebastián —dijo, con voz quebrada—. ¿Qué estás haciendo? ¿Viniste a gritarme otra vez? ¿A decirme que soy una tonta por creer en cuentos de hadas?
Me dejé caer de rodillas. Allí mismo, en el pasillo sucio del autobús, entre cáscaras de cacahuate y boletos tirados. El gran Patrón de la Hacienda Santa Clara, el hombre ante el cual temblaban los peones y los licenciados, se arrodilló frente a una mujer.
—Vine a pedirte perdón —dije, y mi voz se quebró frente a todos—. Vine a decirte que tenías razón.
Elisa me miró, incrédula.
—¿Razón en qué?
—En que soy un cobarde —continué, ignorando los susurros de las señoras en los asientos delanteros—. Fui un cobarde por esconderme detrás de mi dinero. Fui un cobarde por usar mi dolor como un escudo para no dejar que nadie me tocara. Y fui el cobarde más grande del mundo por dejarte ir esta mañana.
Metí la mano en el bolsillo. Mis dedos temblaban tanto que me costó sacar el objeto.
El listón azul.
Lo levanté hacia ella. La seda vieja brillaba bajo la luz pálida de las lámparas del autobús.
—Hace dieciocho años, me diste esto para calmar mi dolor —dije, con lágrimas quemándome los ojos—. Me prometiste que te casarías conmigo. Y yo… yo guardé esa promesa en este pedazo de tela porque era lo único limpio que tenía en mi vida.
Elisa se cubrió la boca con las manos. Empezó a sollozar.
—Sebastián… está viejo y feo —dijo, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Como yo —contesté con una sonrisa torcida—. Está roto, deshilachado y quemado por el tiempo. Pero sigue siendo azul. Sigue siendo suave. Y sigue siendo tuyo.
Tomé su mano y puse el listón en su palma.
—Acabo de enterarme de quién causó el incendio —confesé, mirándola a los ojos—. Fue el padre de Ricardo. Podría haber ido a destruirlos. Podría haber usado mi poder para aplastarlos. Pero elegí venir aquí. Elegí perseguirte a ti en lugar de perseguir a mis fantasmas. Porque la venganza me mantendrá caliente por una noche, Elisa, pero tú… tú eres el sol que necesito para amanecer todos los días.
El autobús estaba en silencio absoluto. Incluso el chofer, que había subido detrás de mí con la llave de cruz, se había quedado quieto en la entrada, mirando la escena con la boca abierta.
—No te ofrezco una cara bonita —le dije, señalando mis cicatrices—. No te ofrezco una vida normal. La gente nos va a mirar. Van a susurrar. Te van a decir que te casaste con la Bestia por interés.
—Que se vayan al diablo —dijo ella, con esa chispa de fuego que tanto amaba.
—Te ofrezco mi hacienda, que ya no será una jaula, sino tu casa. Te ofrezco mis muros para que cuelgues tus cuadros. Y te ofrezco este corazón remendado que no ha sabido hacer otra cosa que amarte desde el día en que me miraste bajo el pirul y no saliste corriendo.
Hice una pausa, tomando aire.
—Elisa… ¿todavía sigue en pie la promesa? ¿O ya es muy tarde para el monstruo?
Elisa no contestó con palabras. Se levantó de su asiento, se agachó frente a mí y me tomó la cara con ambas manos. Besó mi mejilla izquierda, la sana. Y luego, con una ternura infinita, besó mi mejilla derecha, la quemada, la deforme, la que yo había ocultado del mundo.
—Nunca fuiste un monstruo, Sebastián —susurró contra mi piel—. Solo eras un niño herido esperando que alguien le cambiara las vendas por besos. Sí. La promesa sigue en pie.
Me abrazó, y en ese abrazo sentí que las cadenas de dieciocho años se rompían y caían al suelo con un estruendo que solo yo podía oír.
Los pasajeros del autobús estallaron en aplausos. Fue algo surrealista. El chofer gritó: “¡Vivan los novios, cabrones!”. Una señora se persignó. Un señor me dio una palmada en la espalda cuando me puse de pie, ayudando a Elisa.
Bajamos del autobús de la mano. El chofer, ya de mejor humor (y quizás conmovido, o quizás porque le di un billete de quinientos pesos al pasar), tocó el claxon a modo de despedida mientras arrancaba.
Nos quedamos parados al borde de la carretera, junto a mi camioneta y el campo abierto. La llovizna había parado. El cielo se estaba abriendo, dejando pasar rayos de luz dorada entre las nubes negras.
—¿Y ahora qué, Patrón? —preguntó Elisa, apretando mi mano.
—Ahora vamos a casa —dije—. Y tengo un cuadro que colgar.
(Epílogo: Tres años después)
La Hacienda Santa Clara ya no es el lugar silencioso y lúgubre que era. Si pasas por la carretera, verás que las ventanas ya no tienen cortinas pesadas de terciopelo. Ahora están abiertas, y cortinas blancas de manta vuelan con el viento.
Los jardines están llenos de flores. Elisa mandó plantar buganvillas, rosas y lavanda. El olor a flores ha reemplazado al olor a humedad y encierro. Y hay ruido. Mucho ruido.
—¡Papá! ¡Papá, mírame!
Dejé los papeles sobre el escritorio (ahora trabajo en una mesa en el patio, bajo la luz del sol) y miré hacia el jardín.
Un niño pequeño, de apenas dos años, corría tambaleándose por el pasto, persiguiendo a un perro. Tenía el cabello negro y revuelto, igual al mío, pero los ojos color miel de su madre.
—Cuidado, Mateo, no te vayas a caer en la fuente —grité, sonriendo.
Elisa salió de su estudio, que antes era el antiguo granero (irónicamente, el lugar donde empezó el fuego, ahora convertido en un lugar de creación). Llevaba un mandil manchado de pintura azul y traía una limonada en la mano.
Se acercó a mí y me dio un beso rápido en los labios.
—¿Terminaste con las cuentas?
—Casi —dije, pasándome el brazo por su cintura—. Vargas sigue intentando explicarme por qué ganamos menos este mes, pero no le entiendo. Creo que voy a despedirlo y contratar a alguien honesto de una vez por todas.
—Deberías —dijo ella—. Oye, llegó correo. Una invitación.
—¿De quién?
—De Ricardo. Se casa.
Solté una carcajada. Después de aquel día, Ricardo y su madre huyeron del pueblo, temerosos de mi represalia. No los perseguí legalmente, pero me aseguré de que todos los bancos y socios de la región supieran quiénes eran. Tuvieron que vender lo poco que les quedaba e irse al norte. Al parecer, había encontrado a otra heredera incauta.
—Que sean muy felices —dije, tirando la invitación a la basura sin abrirla—. No me interesa.
Me levanté y caminé con Elisa hacia el interior de la casa. Al pasar por el vestíbulo principal, nos detuvimos frente a la chimenea.
Ahí estaba. El cuadro.
El marco era de oro viejo, imponente. Y en el centro, mi rostro. La pintura había capturado ese momento exacto entre el dolor y la esperanza. Los visitantes que venían a la hacienda (porque ahora recibíamos visitas, organizábamos fiestas y ayudábamos a la comunidad) siempre se detenían a mirarlo. Algunos se incomodaban al principio, pero luego, al ver la luz en los ojos pintados, entendían.
—Sigue siendo mi mejor obra —dijo Elisa, recargando su cabeza en mi hombro.
—No —corregí yo, mirando hacia el jardín donde nuestro hijo intentaba atrapar una mariposa—. Esa es tu mejor obra.
Ella rio y me apretó la mano.
Mi rostro sigue marcado. La piel quemada no desapareció mágicamente. Todavía hay días en que me duele cuando cambia el clima. Todavía hay gente que se me queda viendo en la calle cuando vamos al pueblo a misa o al mercado.
Pero ya no bajo la cabeza. Ya no me escondo en las sombras. Camino con la frente en alto, agarrado de la mano de la mujer más hermosa del mundo y cargando a mi hijo en los hombros.
Aprendí que las cicatrices no son feas. Son la prueba de que la vida intentó romperte y no pudo. Son el testimonio de que sobreviviste al fuego.
Y sobre todo, aprendí que no importa qué tan quemado estés por fuera; si tienes a alguien que te mire con amor, por dentro siempre puedes volver a nacer.
Saqué el viejo listón azul de mi bolsillo. Ahora lo llevaba en una pequeña cajita de cristal que Elisa me había regalado, para que no se terminara de deshacer.
—¿En qué piensas? —preguntó ella.
—En que las promesas de los niños son las únicas que valen la pena —respondí.
Miré el listón, miré a mi esposa, y miré mi reflejo en el espejo del pasillo.
Ahí estaba Sebastián Martínez. No “El Patrón”. No “El Monstruo”. Solo Sebastián. Un hombre con la cara quemada y el corazón completo.
Y eso, mis amigos, es suficiente. Es más que suficiente.
FIN.