
El calor en la central de autobuses de Hermosillo no perdonaba a nadie ese martes. Eran las dos de la tarde y el termómetro marcaba cuarenta y cinco grados a la sombra. Yo estaba ahí, parado cerca de la ventanilla, esperando a mi hermana y secándome el sudor.
El aire acondicionado se había descompuesto y el olor a multitud, mezclado con garnachas y diésel, era una bofetada en la cara. Pero entre toda esa gente sofocada, había alguien que desentonaba violentamente.
Era un muchacho de unos veintitantos años. Estaba sentado, encorvado, abrazando una mochila desgastada. Pero lo que atraía las miradas era que, en pleno infierno sonorense, traía puesto un gorro de lana gris, grueso, calado hasta las cejas. De esos que usas en la sierra en diciembre.
Las burlas no tardaron. La gente susurraba que seguro era un drogadicto o que traía piojos. Pero algo no cuadraba: no se veía agresivo, se veía aterrado. Sus manos temblaban y estaba pálido, casi ceroso, como si le hubieran drenado la vida.
De pronto, el ambiente cambió. Entró una patrulla de la Guardia Nacional con un perro K9, un imponente Pastor Belga llamado Titán. El muchacho del gorro se tensó y se quedó completamente inmóvil.
Titán se detuvo en seco frente a él. No ladró buscando drgs. Hizo algo que me heló el cuerpo: empezó a gemir. Fue un aullido bajo, lastimero.
El oficial, extrañado, le ordenó al joven que se quitara el gorro. “O te lo quitas tú, o te lo quito yo”, lo amenazó. En ese momento, una brisa leve movió el aroma que venía del chico. No era sudor; olía a algo dulce, metálico y pdrido. Olía a crn* mert.
El muchacho levantó la cara con los ojos inyectados y lágrimas rodando. Me miró directamente con una vergüenza tan profunda que me dolió el pecho. “Por favor… no quiero que vean”, suplicó llorando.
Sus dedos temblorosos tocaron el borde de la lana gris. La tela estaba pegada a la piel. Dio un tirón doloroso y lento. Se escuchó un sonido seco, como un vendaje viejo arrancándose.
Lo que vi debajo no era humano. Había una cicatriz circular con bordes ngrs de ncrosis , y unos bultos extraños que se movían con su pulso. Había cables conectados a su cráneo. Se desplomó en mis brazos, ardiendo en fiebre, y justo antes de desmayarse, metió algo en mi mano que me convertiría en el hombre más buscado del país.
PARTE 2: El papel arrugado y la huida hacia el infierno
El peso del muchacho se sintió como plomo cuando se desplomó en mis brazos, ardiendo en fiebre, y justo antes de desmayarse, metió algo en mi mano. En ese instante, el tiempo en la central de autobuses de Hermosillo, que de por sí ya era asfixiante, pareció detenerse por completo. Mis ojos bajaron instintivamente hacia mi palma derecha, donde mis dedos apretaban por inercia lo que aquel extraño me había entregado. Era un pedazo de papel estraza, mugriento, manchado de un líquido oscuro y reseco que se asemejaba a la s*ngre vieja, doblado en cuatro partes irregulares.
Con el corazón latiéndome en la garganta, lo desdoblé con una sola mano mientras con la otra sostenía el cuerpo inerte del joven. La letra era un garabato tembloroso, escrito a lápiz, casi ilegible por la humedad del sudor y la desesperación de quien lo redactó. Pero las letras saltaron a mi vista como si estuvieran hechas de fuego. Ahí estaba. Escrito en mayúsculas, subrayado dos veces. El nombre de mi hermano mayor: “MATEO FLORES”. El mismo hermano que llevaba tres años, dos meses y catorce días desaparecido. ¿Por qué aparecía el nombre de mi hermano desaparecido en ese papel?
Un zumbido agudo se instaló en mis oídos. El aire a mi alrededor parecía haberse evaporado. De pronto, el grito del oficial de la Guardia Nacional me devolvió de golpe a la realidad.
—¡No lo toque, cabrón! ¡Hágase para atrás! —bramó el uniformado, desenfundando su radio con una mano mientras con la otra mantenía a raya a Titán, el pastor belga que no dejaba de llorar y dar tirones a la correa.
El oficial, al ver de cerca lo que se ocultaba bajo ese gorro, había perdido todo el color del rostro. Su expresión de autoridad se desmoronó, reemplazada por un asco y un terror primitivos. Y es que lo que vi debajo no era humano. En el cráneo del chico, expuesto a la luz fluorescente del lugar, había una cicatriz circular con bordes ngros de ncrosis, y unos bultos extraños que se movían rítmicamente con su pulso, como si algo respirara debajo de su piel. Peor aún, había pequeños cables oscuros conectados directamente a su cráneo, incrustados en la c*rne viva.
—¡Dije que lo suelte, a la ching*da! —repitió el guardia, dando un paso atrás por puro instinto de conservación.
La gente alrededor estalló en un caos. Los murmullos se convirtieron en gritos de pánico. Unas señoras empezaron a rezar en voz alta, otras corrieron hacia la salida, empujándose. Los teléfonos celulares de los curiosos se alzaron como un bosque de pantallas, grabando la escena macabra. Yo sabía que si dejaba al muchacho en manos de las autoridades, nunca obtendría respuestas. Él era el único hilo que me conectaba con Mateo. El único en años.
“Piensa, cabrón, piensa”, me dije a mí mismo.
Recordé de golpe por qué estaba en ese lugar; yo estaba ahí, parado cerca de la ventanilla, esperando a mi hermana. Elena debía llegar de un momento a otro. Agarré al muchacho por las axilas y, aprovechando que el guardia seguía paralizado por la repulsión y tratando de controlar al perro, di un tirón hacia atrás.
—¡Ayúdenme, es mi primo, le está dando un ataque de epilepsia! —grité a todo pulmón, mintiendo con la mayor convicción que pude sacar de mi pecho apretado.
Nadie se acercó, por supuesto. El olor que emanaba del chico era insoportable. Pero mi grito sirvió para confundir al oficial un segundo más. Cargué al joven sobre mi hombro derecho. A pesar de los cuarenta y cinco grados que marcaba el termómetro y de estar a la sombra, el cuerpo del muchacho irradiaba un calor aún más intenso, un calor de infección grave.
Corrí hacia las puertas de cristal de la entrada principal. Cada paso era una agonía. Mis rodillas temblaban por el peso extra y la adrenalina me nublaba la vista. Al cruzar las puertas, el golpe de calor de las dos de la tarde en Hermosillo me golpeó con la fuerza de un mazo. El asfalto parecía derretirse.
Justo en ese instante, una camioneta pick-up blanca, la Chevrolet vieja de mi hermana Elena, frenó rechinando las llantas frente a la zona de ascenso y descenso. La ventana del copiloto estaba abajo.
—¡Qué trampa, hermanito! Ya lleg… —Elena empezó a saludar con su típica sonrisa, pero la frase se le m*rió en la boca al ver la escena—. ¡A la madre! ¿Qué traes ahí? ¿Qué le pasó a ese güey?
—¡Abre la puerta de atrás, rápido! ¡No preguntes, solo abre la maldita puerta! —le grité, mirando de reojo hacia la terminal. El oficial de la Guardia Nacional ya venía corriendo hacia las puertas de cristal, hablando desesperado por su radio.
Elena, bendita sea su agilidad mental, no dudó. Quitó el seguro y se estiró para empujar la puerta trasera. Aventé al muchacho en los asientos de tela desteñida, me subí de un salto al asiento del copiloto y cerré la puerta de un portazo.
—¡Písale, Elena! ¡Sácanos de aquí ya! —le rugí.
Los neumáticos chillaron contra el pavimento hirviente y la camioneta salió disparada hacia el Boulevard Luis Encinas. Miré por el retrovisor lateral; el oficial salió de la terminal justo cuando dábamos la vuelta a la esquina, perdiéndonos en el tráfico caótico de la ciudad.
El silencio dentro de la cabina de la camioneta solo era interrumpido por el rugido del motor viejo y la respiración pesada y silbante del muchacho inconsciente en el asiento trasero. Elena manejaba con las dos manos aferradas al volante, mirando nerviosa por el espejo retrovisor interior.
—Dime que no acabas de asaltar a alguien, dime que no mtaste a nadie, porque te juro por la jefa que te bajo a patadas en el siguiente semáforo —dijo Elena, con la voz temblando pero sin aflojar el acelerador—. ¿Quién es este cabrón y por qué huele a animal merto?
Me pasé las manos por la cara, empapado en sudor. El aire acondicionado de la camioneta luchaba en vano contra el infierno exterior.
—No lo conozco, Elena. Estaba en la terminal… y se desplomó frente a mí.
—¿Y por qué diablos lo subes a mi camioneta en lugar de llamar a la Cruz Roja? ¡Mira nada más cómo viene vestido! ¿Trae un gorro de lana en pleno agosto? ¡Ese güey está loco!
Tomé una gran bocanada de aire. Mi mano derecha, que aún temblaba, se cerró en un puño. Lentamente, abrí los dedos y le mostré a mi hermana el pedazo de papel estraza manchado de s*ngre oscura.
—Por esto, Elena —susurré, con un nudo en la garganta que apenas me dejaba articular las palabras—. Mira el nombre.
Elena desvió la mirada del camino un segundo para observar el papel. Sus ojos se abrieron de par en par. La camioneta dio un pequeño frenazo instintivo antes de que ella recuperara el control.
—No… no mames —murmuró, palideciendo—. Es… es una broma, ¿verdad? Alguien te está jugando una broma muy p*ndeja.
—No es una broma. Él me lo dio justo antes de caerse. Elena… este cabrón sabe algo de Mateo. Tiene que saberlo. Tres años, Elena. Tres malditos años sin saber si mi hermano estaba vivo o tirado en una fosa, y hoy, un cabrón que parece sacado de una película de terror me entrega su nombre en la mano. No podía dejarlo ahí con los militares.
Elena soltó un sollozo ahogado. La pérdida de Mateo había destruido a nuestra familia. Nuestra madre enfermó de la tristeza, mi padre se refugió en el alcohol, y nosotros dos aprendimos a vivir con un fantasma sentado en la mesa todos los días.
—¿Pero qué le pasa en la cabeza? —preguntó ella, mirando por el espejo con horror—. Se le cayó el gorro… ¡Dios mío, qué es eso! Tiene… ¿tiene cables?
—No lo sé. La tela estaba pegada a su piel y al quitárselo vi todo eso. Tiene bordes de n*crosis, Elena. Es como si le hubieran hecho un experimento casero. Tenemos que llevarlo a algún lado seguro. No podemos ir a un hospital, si la Guardia Nacional ya reportó lo que vio, van a empezar a buscar en las salas de urgencias.
—¿A dónde ching*dos quieres que vayamos? ¡No soy doctora!
—Al taller del viejo Don Chuy. Está cerrado por remodelación y tiene las cortinas abajo. Él nos debe un favor gigante desde lo del choque de su hijo. Vamos para allá, por la salida a Nogales.
Elena asintió sin decir más, tragándose las lágrimas y concentrándose en tomar las calles secundarias para evadir cualquier patrulla. El trayecto duró unos veinte minutos que se sintieron como horas. El calor dentro de la cabina era sofocante, y el olor metálico y p*drido que emanaba de la cabeza del chico llenaba cada rincón del vehículo.
Llegamos al taller mecánico, ubicado en una zona industrial abandonada a las afueras de la ciudad. El sol castigaba sin piedad el techo de lámina del lugar. Nos bajamos rápidamente. Elena abrió el candado de la puerta lateral y corrimos la pesada cortina metálica lo suficiente para meter la camioneta al interior oscuro y grasiento.
Una vez a salvo, bajamos al muchacho. Lo recostamos sobre un viejo sillón de piel rasgada que Don Chuy usaba para dormir sus siestas. Al iluminarlo con la linterna de mi celular, la realidad de su estado nos golpeó con toda su crudeza.
Su rostro estaba demacrado, los pómulos marcados como si llevara semanas sin comer. Pero lo verdaderamente escalofriante era su cabeza. La cicatriz circular parecía el resultado de una sierra quirúrgica, pero mal utilizada. Los cables finos, casi del grosor de un cable de audífonos, se perdían debajo del tejido inflamado y palpitante. Supuraba un líquido amarillento mezclado con s*ngre oscura.
—Trae el botiquín de la camioneta, y busca alcohol, gasas, agua oxigenada, lo que sea —le pedí a mi hermana.
Mientras Elena corría a buscar los suministros, me arrodillé junto al joven. Su respiración era agitada. Toqué su frente; estaba hirviendo.
—Despierta, cabrón, por favor despierta —le susurré, dándole unas palmaditas suaves en la mejilla sana—. Dime dónde está mi hermano.
Pasaron casi dos horas. Limpiamos alrededor de las heridas con el mayor cuidado posible, evitando tocar los cables. Le pusimos trapos húmedos en el cuello y las axilas para intentar bajarle la fiebre. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el desierto de Sonora de un naranja cobrizo y s*ngriento.
De repente, el cuerpo del muchacho sufrió un espasmo violento. Tosió débilmente, escupiendo un poco de saliva seca, y abrió los ojos. Estaban desorientados, nublados por el dolor.
Me acerqué rápidamente, poniéndome a su nivel.
—Tranquilo. Estás a salvo. Nadie te va a hacer daño aquí —le dije, intentando usar el tono más calmado que pude, aunque por dentro me consumía la desesperación.
Sus ojos revolotearon por el taller oscuro hasta fijarse en mí. Tardó unos segundos en reconocerme. Su respiración se aceleró.
—Tú… tú estabas ahí… —susurró con una voz ronca, como si tuviera la garganta llena de arena.
—Sí. Yo te saqué de la terminal. Los militares no te tienen.
El muchacho cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que sonó a puro alivio, seguido de una mueca de dolor atroz al mover la cabeza.
—Gracias… —balbuceó.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué el pedazo de papel estraza. Se lo puse justo frente a los ojos.
—Me diste esto antes de desmayarte. ¿De dónde lo sacaste? ¿Por qué tienes este nombre?
El joven tragó saliva con dificultad. Miró el papel y luego a mí.
—Ese papel… me lo dio él. Me dijo que si alguna vez lograba escapar… que buscara a su familia. Que les dijera que… que él no los abandonó.
Sintiendo que las piernas me fallaban, me apoyé en el reposabrazos del sillón. Elena, que estaba detrás de mí, dejó caer una botella de agua al suelo.
—¿Conoces a Mateo? ¿Mi hermano está vivo? —exigí saber, agarrándolo por los hombros de su camisa vieja, quizás con demasiada fuerza—. ¡Dime dónde ching*dos está!
—¡Suéltalo, lo estás lastimando! —me reclamó Elena, apartando mis manos.
El chico tosió de nuevo.
—No… no sé si sigue vivo —dijo, y cada palabra parecía costarle la vida—. Nos separaron hace dos semanas. Cuando… cuando me llevaron al quirófano a mí.
—¿Qué quirófano? ¿De qué estás hablando? ¿Quiénes los tienen? —pregunté, sintiendo que un abismo oscuro se abría bajo mis pies.
El joven intentó levantarse, pero no tenía fuerzas. Señaló débilmente su propia cabeza mutilada.
—Ellos… los “Ingenieros”. Así se hacen llamar. Nos tienen en el desierto. Muy adentro. Cerca de la reserva del Pinacate. Hay unas instalaciones subterráneas. No es el C*rtel, o bueno, no solo ellos. Es gente de fuera. Gringos, europeos… y militares de aquí. Están probando cosas. Cosas en la cabeza.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó Elena, horrorizada.
—Interfaces… —respondió el chico, y un escalofrío le recorrió el cuerpo—. Quieren conectar el cerebro directamente a sus sistemas de drones, a sus redes. Dicen que el cuerpo humano es muy lento para procesar la información de la guerra moderna. Usan a los migrantes, a los desaparecidos… a gente como tu hermano y como yo, que nadie va a buscar.
La revelación me cayó como un balde de agua helada. Durante tres años, habíamos pensado que Mateo había sido víctima de un asalto, o que lo habían levantado los narcos por error en la carretera a Nogales. Nunca, ni en nuestras peores pesadillas, imaginamos algo como esto.
—Mi nombre es Lalo —continuó el joven, cerrando los ojos por el agotamiento—. Tu hermano, Mateo… él me cuidó. Cuando llegué a las jaulas, yo estaba aterrado. Él era de los más viejos ahí. Me dijo que llevaba años resistiendo. Que su mente era fuerte. Los “Ingenieros” lo usaban para las pruebas de tolerancia al dolor y sobrecarga neuronal.
Sentí náuseas. La imagen de mi hermano, un hombre alegre, ingeniero civil, amarrado a una mesa mientras le hacían perforaciones en el cráneo como a este pobre muchacho, era demasiado para soportar. Me di la vuelta y vomité bilis en un rincón del taller.
Elena lloraba en silencio, abrazándose a sí misma.
—¿Cómo escapaste? —le pregunté a Lalo, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
—Hubo un error en el sistema. Una sobrecarga eléctrica apagó los servidores principales por unos minutos. Las puertas magnéticas se abrieron. Mateo… él causó la sobrecarga. Estaba conectado a la red y de alguna forma logró enviar un pulso. Me gritó que corriera por el ducto de ventilación que daban a las minas abandonadas. Él no podía venir. Estaba atado a la silla principal. Me dio ese papel que llevaba escondido en el zapato y me hizo prometer que lo entregaría.
—¿Por qué traías ese gorro? —preguntó Elena, señalando la prenda ensangrentada que había quedado en la camioneta.
—Para esconder esto —Lalo señaló su cabeza—. Caminé dos días por el desierto. Encontré ropa en un tendedero de un rancho abandonado. Robé el gorro para que nadie viera los cables. Pero el dolor… el dolor es insoportable. Los cables están conectados a mi corteza motora. A veces mi cuerpo se mueve solo. Siento voces estáticas en mi cabeza todo el tiempo.
Me acerqué a él de nuevo, con una resolución fría naciendo en mi pecho. El miedo había desaparecido, reemplazado por una ira volcánica, pura y destructiva.
—Lalo. Necesito que me dibujes un mapa. Necesito que me digas exactamente dónde está esa instalación en el Pinacate.
El joven me miró con ojos llenos de pánico.
—¡Estás loco! ¡No puedes ir allá! ¡Te van a m*tar a ti también, o peor, te van a conectar! Está lleno de guardias armados hasta los dientes. Tienen tecnología que ni te imaginas. Drones térmicos, sensores de movimiento en la arena.
—No me importa —le respondí, mi voz sonando extrañamente tranquila—. Mi hermano lleva tres años en ese infierno. Si sigue vivo, lo voy a sacar. Y si no… le voy a prender fuego a ese lugar con todos los “Ingenieros” adentro.
—Yo voy contigo —dijo Elena, dando un paso al frente. Sus ojos estaban rojos por el llanto, pero su mirada era dura como el acero—. Es mi hermano también. No vas a ir solo a que te maten, p*ndejo.
—No, Elena. Tú te vas a quedar aquí y vas a cuidar a Lalo. Tienes que contactar a un doctor de confianza, alguien del barrio que no haga preguntas. Alguien que pueda quitarle esas porquerías de la cabeza sin matarlo.
Lalo negó con la cabeza débilmente.
—Nadie puede quitarlos. Si tiran de los cables, se lleva un pedazo de cerebro. Estoy… estoy sentenciado. Solo necesito antibióticos para el dolor antes de… antes de apagarme.
La crudeza de sus palabras pesó en el aire viciado del taller. Era un c*dáver en vida, un testimonio andante de las atrocidades que ocurrían en el desierto de Sonora bajo las narices de todo el mundo.
—Buscaremos la forma, Lalo. Pero primero, el mapa —insistí, acercándole una libreta vieja llena de grasa de motor y un bolígrafo que encontré en la mesa de herramientas de Don Chuy.
Lalo tomó la pluma con manos temblorosas. Con trazos erráticos, empezó a dibujar. Trazó la carretera a Puerto Peñasco, desvíos en caminos de terracería, puntos de referencia: una piedra en forma de cráneo, un cactus sahuaro partido por un rayo, y finalmente, una grieta natural en la tierra que servía de entrada camuflada al complejo subterráneo.
—Aquí es —dijo, marcando una ‘X’ con fuerza—. Hay cambios de guardia cada doce horas. A las tres de la mañana es el momento más vulnerable. Pero tienes que tener cuidado con los perros. Tienen perros mecánicos, no sé cómo llamarlos. Son… monstruos.
Tomé la libreta y me la guardé en el pantalón.
—Voy a necesitar armas. Y un vehículo que aguante el terreno del Pinacate. La camioneta no va a servir para las dunas.
Elena asintió.
—El compadre de papá, el “Gallo”, tiene un rancho cerca de Caborca. Él siempre tiene armas de grueso calibre guardadas y camionetas 4×4 modificadas. Si le decimos la verdad sobre Mateo, nos va a ayudar. Él siempre quiso a nuestro hermano como a un hijo.
—Bien. Vamos para allá en cuanto oscurezca por completo.
La noche cayó sobre Hermosillo como una manta pesada. El calor no cedía mucho, pero al menos la oscuridad nos daba cobertura. Dejamos a Lalo acomodado en el sillón con suficiente agua, comida y unos analgésicos fuertes que Elena había comprado en una farmacia de la esquina, a riesgo de ser reconocida.
Mientras nos preparábamos para salir hacia Caborca, el celular de Elena vibró en la mesa. Ella lo tomó y su rostro se descompuso al ver la pantalla.
—¿Qué pasa? —le pregunté, acercándome.
—Es… es un número desconocido. Pero mira el mensaje.
Tomé el teléfono. El mensaje de texto era breve, frío y calculador:
“Sabemos que tienen al Sujeto 47. Tienen exactamente 24 horas para entregarlo en las coordenadas adjuntas. Si contactan a la policía o a los medios, las grabaciones de las cámaras de la central de autobuses llegarán a los cárteles locales, acusándolos de robarles mercancía. Y, como incentivo adicional… enviaremos el lóbulo frontal de Mateo Flores por paquetería a la casa de su madre.”
Debajo del texto, había un archivo adjunto. Era una fotografía de alta resolución. En ella, aparecía mi hermano Mateo. Estaba irreconocible, demacrado, con el cabello rapado a cero y una red de cicatrices surcándole el cráneo. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora miraban a la cámara con una vacuidad aterradora, como si su alma estuviera atrapada detrás de un muro de cristal. Y de su nuca, salía un grueso manojo de cables de fibra óptica.
Un grito de furia pura escapó de mis labios, resonando en las paredes de lámina del taller. Arrojé una llave inglesa contra la pared, abollándola.
Ya no era solo una misión de rescate. Ahora era una guerra. Y estaba a punto de llevar el infierno mismo a las puertas del desierto del Pinacate.
PARTE 3: La tormenta de arena y los perros de hierro
El eco metálico de la llave inglesa golpeando la lámina del taller se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un silencio que asfixiaba. Mis pulmones ardían, no por el calor sofocante que aún flotaba en el ambiente, sino por la rabia pura y destilada que me corría por las venas. La imagen en la pantalla del celular de Elena se había quedado grabada a fuego en mis retinas. Era mi hermano Mateo. O al menos, lo que quedaba de él. Ese cráneo rapado, surcado de cicatrices, y ese manojo de cables de fibra óptica saliéndole de la nuca me decían que el tiempo se había acabado. Esos malditos bastardos lo habían convertido en un monstruo, en una máquina de carne. Y la mirada vacía de Mateo, atrapada detrás de ese muro de cristal invisible, era un grito de auxilio que me desgarraba el alma.
Me quedé mirando la abolladura en la pared durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron unos segundos. Elena recogió su teléfono del suelo con las manos temblando de forma incontrolable. Su rostro, iluminado por la pálida luz de la pantalla, era una máscara de terror absoluto. Ya no éramos los hermanos buscando respuestas en la central de autobuses; ahora éramos objetivos. Habíamos provocado a algo mucho más grande y oscuro de lo que podíamos comprender. La guerra había comenzado y el campo de batalla sería el desierto del Pinacate.
—Veinticuatro horas… —murmuró Elena, con la voz quebrada—. Nos están dando veinticuatro horas, cabrón. Si no entregamos a Lalo… van a mandar un pedazo del cerebro de nuestro hermano a la casa de mi amá. ¿Qué chingados vamos a hacer? ¿Y si llamamos a la policía?
Me giré hacia ella, mis ojos inyectados en sangre.
—¿A la policía? ¿Leíste bien el mensaje, Elena? Tienen a los cárteles locales en la nómina, o al menos saben cómo manipularlos para que hagan el trabajo sucio. Si la policía se entera, los primeros en llegar a la casa de nuestra madre serán unos sicarios buscando “mercancía robada”. No. Esto lo resolvemos nosotros. Hoy. Esta misma noche.
Lalo, que había estado escuchando desde el viejo sillón de piel rasgada, dejó escapar un quejido lastimero. El líquido amarillento y sanguinolento seguía supurando de su cabeza mutilada , manchando los trapos húmedos que Elena le había puesto. El muchacho estaba en las últimas, apenas aferrándose a la vida gracias a los analgésicos fuertes que habíamos conseguido. Él era un cadáver en vida, una prueba andante de las atrocidades de los “Ingenieros”.
—Tienen… tienen que dejarme ir —susurró Lalo, su voz apenas un roce contra el aire—. Llámenlos. Díganles dónde estoy. Entréguenme. Yo ya estoy muerto. Si me entregan, tal vez dejen a Mateo en paz…
Me acerqué al sillón, pisando charcos de aceite viejo y grasa de motor. Me arrodillé frente a él y lo miré fijamente. Su respiración era superficial y errática.
—Escúchame bien, muchacho —le dije, mi voz sonando ronca, cargada de una determinación que no sabía que tenía—. Tú no vas a volver a ese infierno. Mateo arriesgó lo poco que le quedaba de humanidad para provocar esa sobrecarga eléctrica y abrirte las puertas. Él estaba atado a la silla principal , conectado a su maldita red , y lo hizo para que tú pudieras escapar por el ducto de ventilación. Te confió ese pedazo de papel estraza con su nombre porque sabía que nosotros iríamos. No voy a escupir sobre su sacrificio entregándote como un cordero al matadero.
—Pero te van a matar —insistió Lalo, lágrimas mezcladas con fiebre rodando por sus mejillas demacradas. Sus cables se movieron ligeramente, un espasmo grotesco causado por la conexión a su corteza motora —. Tienen drones térmicos, sensores en la arena … perros mecánicos que te destrozan antes de que puedas pestañear. Es una fortaleza.
—Las fortalezas caen, Lalo —le respondí, poniéndome de pie y guardando en mi bolsillo la libreta vieja donde él había trazado erráticamente el mapa hacia las instalaciones —. Elena, escúchame bien. El plan cambia. No te vas a quedar aquí con él.
Elena frunció el ceño, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿De qué hablas? Hace media hora me dijiste que me quedara a buscar un pinche doctor del barrio que no hiciera preguntas. Alguien que pudiera quitarle esas porquerías.
—Eso era antes de saber que nos tienen ubicados y con un reloj en contra. Ya saben que Lalo está con nosotros. El mensaje decía “Sabemos que tienen al Sujeto 47”. Si nos rastrearon a través de las cámaras de la central de autobuses, es solo cuestión de tiempo para que triangular nuestra posición o encuentren la camioneta. Este taller de Don Chuy ya no es seguro. Si te quedas aquí, te van a encontrar. Y te van a conectar también
La palidez en el rostro de mi hermana se intensificó. Sabía que yo tenía razón.
—¿Entonces qué propones? ¿Lo subimos de nuevo a la camioneta? Se nos va a morir en el camino.
—No tenemos otra opción. Lo vamos a llevar con nosotros a Caborca. El rancho del “Gallo” es un puto búnker. Él sabrá qué hacer con Lalo. Tiene contactos, tiene un sótano seguro. Y lo más importante, tiene las armas que necesitamos.
Me giré hacia la pesada cortina metálica. Afuera, la oscuridad de la noche sonorense nos ofrecía una falsa sensación de seguridad. Ayudé a Elena a levantar a Lalo. El chico pesaba sorprendentemente poco, como si los “Ingenieros” hubieran consumido no solo su mente, sino también su masa muscular en sus horribles pruebas de tolerancia. Lo acomodamos de nuevo en el asiento trasero de la vieja Chevrolet blanca , intentando que los cables incrustados en su cráneo no se engancharan con la tela.
Elena tomó el volante. Yo me subí de copiloto. El calor dentro de la cabina seguía siendo infernal , pero esta vez el silencio no era interrumpido solo por la respiración silbante del muchacho, sino por el latido desbocado de mi propio corazón.
—Písale, Elena. Sal por los caminos de terracería, evita la carretera principal todo lo que puedas. No sabemos si ya tienen a la Guardia Nacional buscándonos.
Los neumáticos de la camioneta rechinaron suavemente cuando salimos del taller, perdiéndonos rápidamente en las sombras de las calles secundarias. El trayecto hacia Caborca normalmente tomaba un par de horas largas, pero por los caminos de tierra que Elena eligió, sabíamos que nos tomaría mucho más. El desierto se abría ante nosotros como un océano negro, iluminado solo por la tenue luz de los faros de la Chevrolet.
Durante la primera hora de camino, nadie dijo una palabra. El miedo era palpable, espeso. Cada parpadeo de una luz a lo lejos nos hacía tensarnos, pensando que era una patrulla o algo peor.
—¿Tú crees que Mateo se acuerde de nosotros? —preguntó Elena de repente, rompiendo el silencio. Su voz sonaba pequeña, frágil, como la de una niña asustada.
Me tragué el nudo en la garganta. La fotografía de Mateo con los ojos vacíos volvió a asaltar mi mente.
—No lo sé, flaca. Lalo dijo que Mateo lo cuidó , que llevaba años resistiendo y que su mente era fuerte. Si tuvo la voluntad para provocar esa sobrecarga eléctrica y salvar a este muchacho, significa que sigue ahí adentro. Mi hermano mayor, el ingeniero civil al que le encantaba armar carne asada los domingos y poner música norteña a todo volumen. Él sigue ahí. Y lo voy a sacar, aunque tenga que arrancarles la cabeza a esos gringos y europeos con mis propias manos.
El viaje continuó en un agobiante letargo. Atrás, Lalo alternaba entre desmayos profundos y momentos de delirio febril donde murmuraba cosas ininteligibles sobre “interfaces” y “redes” y el “cuerpo humano siendo muy lento”. A veces, su cuerpo se sacudía violentamente y sus manos intentaban arañar el gorro invisible en su cabeza, obligándome a estirarme hacia atrás para sujetarle las muñecas y evitar que se arrancara los cables, lo que según él, le llevaría un pedazo de cerebro.
Cerca de la medianoche, llegamos a los límites de Caborca. El rancho de Don Ernesto, alias el “Gallo”, estaba situado a varios kilómetros del pueblo, escondido detrás de hectáreas de cultivos de espárragos y matorrales densos. El “Gallo” era el compadre de mi papá, un hombre de la vieja escuela que siempre había querido a Mateo como a un hijo. Tenía un rancho equipado con camionetas 4×4 modificadas y armas de grueso calibre guardadas para “protegerse de las lacras”, como él solía decir.
Al acercarnos al enorme portón de hierro de la propiedad, tres perros enormes, cruza de mastín con rottweiler, comenzaron a ladrar furiosamente, lanzándose contra la reja. Elena apagó el motor y las luces, dejando la camioneta en la oscuridad.
—Espero que el viejo no nos reciba a plomazos —murmuró ella, bajando el cristal a medias.
Casi de inmediato, un reflector cegador se encendió desde una torre de vigilancia improvisada cerca de la casa principal, apuntando directamente a nuestro parabrisas.
—¡Apaguen el motor y bajen las manos donde pueda verlas, cabrones! —resonó una voz ronca y amplificada por un megáfono.
—¡Compadre Gallo! ¡Soy yo, Elena! ¡La hija de don Arturo! ¡Vengo con mi hermano! —gritó Elena por la ventana, agitando los brazos.
Hubo un silencio tenso de varios segundos. Luego, el reflector se apagó de golpe. El portón de hierro chirrió pesadamente mientras se abría de forma automática. Encendimos el motor y entramos al patio del rancho.
El Gallo nos estaba esperando en el porche de su casa de ladrillo, sosteniendo una escopeta calibre 12 apoyada casualmente en el hombro. Era un hombre corpulento, de unos sesenta años, con un espeso bigote canoso y una mirada que había visto demasiada violencia a lo largo de su vida. Vestía botas vaqueras, pantalones de mezclilla polvorientos y una camisa a cuadros desabotonada en el cuello.
—¿Qué chingaderas hacen llegando a mi rancho a la medianoche con las luces apagadas, muchachitos? —preguntó, bajando de los escalones de madera mientras los perros reales se acercaban a olfatear la camioneta gruñendo—. Casi les vacío el cartucho en el cofre. Su padre se volvería a morir si les hago un agujero.
Apagué la camioneta y bajé rápidamente, acercándome a él.
—Don Ernesto, perdone la hora y las formas. Pero estamos en un problema gigante. Cuestión de vida o muerte. Y se trata de Mateo.
El rostro del Gallo, normalmente duro e inexpresivo, se suavizó al escuchar el nombre. Bajó la escopeta y dio un paso hacia mí.
—¿Mateo? ¿Mi ahijado? ¿Saben algo de él? Han pasado tres años, mijo. Pensé que ya le habían hecho un funeral sin cuerpo.
—No está muerto. Pero desearía a Dios que lo estuviera, comparado con lo que le están haciendo.
Le hice una seña para que se acercara a la camioneta. Elena abrió la puerta trasera. La luz amarillenta del porche iluminó el interior de la cabina, revelando a Lalo tirado en el asiento, temblando, con la cabeza destrozada y los cables supurando ese líquido asqueroso. El olor a carne podrida y a infección salió como un golpe invisible, haciendo que el Gallo retrocediera un paso, arrugando la nariz.
—¡Virgen de Guadalupe purísima! ¿Qué le pasó a este cabrón? ¿Qué es esa chingadera que trae en la cabeza? —exclamó el viejo, llevándose la mano libre a la boca.
—Es un sobreviviente. Un chico llamado Lalo. Escapó de unas instalaciones en el desierto del Pinacate. Lo tenían encerrado los “Ingenieros”, un grupo de sádicos que están usando a la gente como ratas de laboratorio para conectar sus cerebros a sistemas de drones y cosas militares. Lalo dice que Mateo lo ayudó a escapar. Y él me entregó esto.
Saqué mi celular y le mostré al Gallo la fotografía que nos habían enviado por mensaje. El viejo tomó el teléfono con sus manos grandes y callosas. Sus ojos, rodeados de arrugas, se entrecerraron al enfocar la imagen. Vi cómo su respiración se atascaba en su garganta. La escopeta que sostenía resbaló ligeramente de su agarre.
Al ver la cabeza rapada de su ahijado, llena de cicatrices, y los gruesos cables saliendo de su nuca, la cara del Gallo se transformó. Pasó de la conmoción a una furia fría, silenciosa y aterradora. Le devolvió el teléfono a Elena sin decir una palabra, se dio la vuelta y escupió en el polvo del patio.
—Metan a ese muchacho a la casa. En el cuarto de huéspedes del fondo. Mi esposa está dormida, no hagan ruido. Voy a buscar a mi botiquín grande de la ganadería, a ver si podemos estabilizarlo un poco. Y luego… luego bajamos al sótano. Me van a contar absolutamente todo.
Tardamos una hora en acomodar a Lalo. El Gallo, que tenía conocimientos básicos de veterinaria y primeros auxilios de campo, le inyectó una dosis masiva de antibióticos de amplio espectro y un sedante fuerte para calmar los espasmos provocados por los cables en su corteza motora. El muchacho finalmente dejó de temblar y cayó en un sueño profundo y antinatural. Elena se quedó a su lado, limpiando la sangre oscura y reponiendo los trapos.
El Gallo y yo bajamos al sótano de la casa. El lugar olía a humedad, a pólvora y a aceite de armas. Encendió una bombilla desnuda que colgaba del techo, revelando su arsenal secreto. No eran simples rifles de cacería. Las paredes estaban forradas con rifles de asalto AR-15, escopetas tácticas de combate, chalecos antibalas de nivel militar, cajas de municiones apiladas hasta el techo e incluso algunos explosivos caseros (C4 y granadas de fragmentación) guardados en cajas fuertes verdes del ejército.
—Si estos pendejos piensan que pueden secuestrar a mi ahijado, cortarle la cabeza como si fuera un pedazo de carne en una carnicería e intentar extorsionar a su familia, es que no saben en qué puto país se metieron —gruñó el Gallo, abriendo una caja de cargadores—. Ustedes dicen que esta chingadera está en el Pinacate, ¿no?
—Así es. Lalo me dibujó un mapa en una libreta de Don Chuy. —Desplegué el papel arrugado sobre una mesa de trabajo metálica—. Habló de una entrada camuflada en una grieta natural de la tierra. Dijo que hay cambios de guardia cada doce horas y que las tres de la mañana es nuestro mejor momento para intentar algo.
El Gallo se puso unas gafas de lectura y estudió el mapa errático. Pasó un dedo grueso por las líneas temblorosas que Lalo había trazado desde la carretera a Puerto Peñasco hasta los caminos de terracería y los puntos de referencia: la piedra en forma de cráneo, el sahuaro partido por un rayo.
—Conozco esta zona. Es terreno maldito. Pura piedra volcánica, arena suelta y cráteres gigantes. Tu vieja Chevrolet no va a aguantar ni dos kilómetros en las dunas, se va a hundir hasta los ejes. Vamos a usar mi Raptor. Está levantada, tiene llantas para lodo y arena, faros antiniebla infrarrojos y un cabrestante que puede sacar un tanque de un pantano.
Comenzó a bajar armas de los estantes y a ponerlas sobre la mesa.
—Me voy a llevar este AR-15 modificado con mira térmica. Si esos hijos de la chingada tienen tecnología avanzada y drones térmicos como dice tu amigo, nosotros no podemos ir a oscuras. Toma esto.
Me lanzó un rifle compacto de color negro mate, un M4 carabina, y varios cargadores pesados. Luego me tendió un chaleco táctico de placas de cerámica.
—Póntelo y ajústalo bien. Esto va a detener el plomo, pero si te disparan con algo más pesado, te va a romper las costillas de todos modos. ¿Sabes disparar, muchacho?
—Sé lo básico. Papá me llevaba a cazar venados cuando era adolescente. Nunca he disparado a una persona.
—Bueno, esta noche no vamos a cazar venados. Y esos cabrones que le hicieron esto a Mateo, ya no son personas. Son bestias. Y a las bestias se les sacrifica sin dudar.
Me ajusté el chaleco. El peso del equipo me hizo sentir la cruda realidad de lo que estábamos a punto de hacer. Estábamos a punto de infiltrarnos en una instalación paramilitar subterránea secreta operada por extranjeros y militares corruptos. Era una misión suicida. Las palabras de Lalo resonaron en mi cabeza: “¡Te van a matar a ti también, o peor, te van a conectar!”. Pero la alternativa era esperar 24 horas y recibir el lóbulo frontal de mi hermano por correo. No había retroceso.
Elena bajó por las escaleras de madera del sótano. Sus ojos estaban rojos, pero su expresión se había endurecido de una manera que me sorprendió. Había dejado de ser la hermana asustada que manejaba a ciegas por la ciudad; ahora estaba lista para la guerra.
—Lalo está estable por ahora —informó, acercándose a la mesa y tomando una pistola Glock 19 de 9 milímetros, revisando el cargador con una naturalidad que no le conocía—. Don Ernesto, necesito que me preste este fierro y un chaleco de mi talla.
—Ni madres, Elena. Tú no vas —intervine de inmediato, cruzando los brazos—. Ya te lo dije en Hermosillo. Tú te quedas aquí cuidando al muchacho.
—No, hermanito. Las reglas cambiaron —me desafió ella, acercándose a mí a menos de un palmo de distancia—. Dijiste que si nos quedábamos en Hermosillo nos iban a encontrar. Bueno, si ustedes dos no regresan del Pinacate, ¿qué crees que va a pasar? Van a rastrear este rancho y me van a encontrar a mí y a la esposa del Gallo. Si voy a morir, quiero hacerlo llevándome a un par de esos cabrones por delante. Es mi hermano también. No vas a ir solo a que te maten, pendejo.
Miré al Gallo buscando apoyo, pero el viejo solo se encogió de hombros, asintiendo lentamente.
—La chamaca tiene huevos, muchacho. Y tiene razón. Allá adentro, en ese laberinto subterráneo, vamos a necesitar a alguien que cuide la retaguardia mientras intentamos sacar a Mateo. Cuatro ojos ven más que dos, y seis ven más que cuatro. Ponte este chaleco ligero, mija. Y no separes el dedo del gatillo a menos que vayas a jalarle.
Cargamos la Ford Raptor modificada del Gallo con el arsenal, botiquines adicionales, cuerdas, cortadores de pernos, y explosivos plásticos. El reloj marcaba la 1:30 de la mañana. Teníamos una hora y media para cruzar el desierto, ubicar la piedra en forma de cráneo, encontrar la grieta camuflada y ejecutar el asalto antes de que cambiara la guardia a las tres de la mañana.
El Gallo se puso al volante. El motor V8 de la camioneta rugió con una potencia intimidante, despertando a la noche. Elena y yo nos subimos en la parte trasera. Dejamos el rancho atrás, adentrándonos en la negrura absoluta del desierto de Altar.
El paisaje cambió rápidamente. Dejamos atrás las llanuras polvorientas de Caborca y entramos en la zona de la reserva de la biosfera de El Pinacate y el Gran Desierto de Altar. La carretera pavimentada desapareció, dando paso a caminos de terracería traicioneros y, eventualmente, a la nada misma. Conducíamos con las luces apagadas, guiándonos únicamente por un sistema de visión nocturna que el Gallo había instalado en el tablero y por la luz de la luna menguante que apenas se filtraba entre nubes pasajeras.
El Pinacate no perdona. Es un mar de ceniza volcánica, cráteres colosales que parecen impactos de meteoritos, y dunas gigantes de arena fina como talco que amenazaban con tragarse la camioneta en cualquier momento. La suspensión de la Raptor trabajaba al máximo, rebotando brutalmente contra las rocas afiladas. El silencio del desierto era sepulcral, roto solo por el rugido sordo del motor y nuestra respiración entrecortada.
—Allá adelante —susurró el Gallo, señalando una formación rocosa imponente que se alzaba contra el horizonte estrellado.
Alcé mis binoculares infrarrojos. En efecto, la erosión del viento había tallado la roca oscura dándole la forma macabra de una calavera humana gigantesca. Lalo no había delirado. El mapa era preciso.
—El cactus sahuaro partido por un rayo debe estar a un par de kilómetros al oeste —dije, revisando la libreta—. Y después de eso, la grieta en la tierra.
—Vamos a dejar la troca escondida en ese cañón seco de ahí —indicó el viejo, girando bruscamente el volante hacia un desnivel natural que nos ocultaría de cualquier patrulla terrestre o dron aéreo.
Aparcamos la camioneta, cubriéndola rápidamente con una red de camuflaje color arena que el Gallo había traído. Bajamos en silencio, cargando nuestras armas. El calor de la noche todavía rondaba los treinta grados, y el sudor ya empapaba mi camiseta debajo del pesado chaleco antibalas. El aire seco del desierto irritaba mi garganta.
Avanzamos a pie. El terreno era un campo de minas natural. Las rocas volcánicas, afiladas como navajas de obsidiana, rasgaban nuestras botas si no pisábamos con cuidado. Caminamos durante cuarenta minutos, siguiendo las coordenadas rudimentarias. A las 2:45 de la mañana, divisamos el sahuaro chamuscado, un gigante de cactus de casi seis metros de altura, con la mitad superior calcinada y doblada en un ángulo grotesco por un rayo antiguo.
Justo a cincuenta metros detrás del sahuaro, el suelo del desierto parecía abrirse. No era un cráter, sino una falla geológica estrecha, una grieta irregular que descendía hacia la oscuridad, lo suficientemente ancha para que pasara un camión pequeño, pero casi invisible desde la superficie a menos que estuvieras parado al borde.
Nos tiramos al suelo, arrastrándonos pecho tierra hasta el borde de la cornisa. El Gallo asomó su mira térmica.
—Mierda —susurró, con un tono que heló la sangre en mis venas—. El muchacho Lalo tenía razón. Esto no es una pinche cueva de narcos. Es una instalación de primer nivel.
Miré a través de mis propios binoculares. En el fondo de la grieta, iluminadas por luces rojas de baja intensidad, se veían pesadas puertas de acero integradas directamente en la pared de roca sólida. Había cámaras de vigilancia giratorias en las esquinas, sensores de movimiento en las paredes y una serie de antenas satelitales camufladas pintadas del color de la arena.
Pero lo que verdaderamente hizo que se me formara un nudo en el estómago no fueron las puertas metálicas, ni las cámaras. Fueron las patrullas que custodiaban la entrada.
No eran humanos.
Eran tres máquinas cuadrúpedas del tamaño de un lobo adulto, construidas con un metal negro mate que no reflejaba la luz. Caminaban de un lado a otro frente a las puertas con movimientos inquietantemente fluidos, casi orgánicos. El zumbido constante de sus servomotores llegaba hasta nosotros como el enjambre de un millón de avispas. Sus cabezas carecían de ojos; en su lugar, tenían un domo liso de cristal oscuro que ocultaba sus sensores térmicos, escáneres láser y cámaras de visión nocturna. En sus espaldas, llevaban montados lo que parecían ametralladoras ligeras automatizadas.
De pronto, recordé la advertencia temblorosa de Lalo en el taller: “Tienes que tener cuidado con los perros. Tienen perros mecánicos… Son… monstruos.”.
—¿Qué diablos son esas cosas? —susurró Elena, apretando la empuñadura de su Glock con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Drones terrestres de combate. Tecnología militar de última generación —respondió el Gallo, ajustando el selector de fuego de su AR-15 a ráfaga corta—. Solo había visto estas madres en videos filtrados del ejército de los gringos o en ferias de armamento internacional. Si uno de esos bichos nos detecta, su procesador calculará nuestra trayectoria, velocidad y punto débil en una fracción de segundo. Nos van a rebanar antes de que podamos gritar.
—A las tres en punto de la mañana hay un cambio de guardia, eso dijo Lalo —le recordé, mirando el reloj de mi muñeca, que marcaba las 2:51 a.m..— Tal vez abran las puertas magnéticas. Tenemos que aprovechar ese momento para colar una de tus granadas EMP o un explosivo y desactivarlos de golpe.
—Es arriesgado. Si volamos a los chuchos robóticos, la base entrará en alerta máxima. Adiós al factor sorpresa —dijo el Gallo.
—Ya no tenemos factor sorpresa —repliqué, sintiendo el mango frío de mi rifle—. Tienen a Mateo. Lo están torturando. Lo están convirtiendo en una puta antena humana. Y no me voy a ir de este desierto sin él, o sin dejar este lugar reducido a cenizas volcánicas.
De repente, una de las máquinas cuadrúpedas detuvo su marcha de patrullaje de manera abrupta. Su cabeza sin rostro se giró, con un movimiento rápido y robótico, apuntando exactamente hacia nuestra posición en lo alto de la grieta. Un rayo láser de color rojo escarlata salió de su domo oscuro, barriendo la arena y las rocas justo a centímetros de donde estábamos escondidos.
Un zumbido agudo y electrónico comenzó a emanar de la bestia de metal. Había captado nuestro calor corporal. El cazador nos había encontrado.
Elena contuvo el aliento. El Gallo levantó su rifle lentamente.
La guerra había llegado a las puertas del infierno, y los perros de hierro ya estaban ladrando.
PARTE FINAL: El vientre de la bestia y el despertar de los caídos
El rayo láser escarlata bailó sobre la roca volcánica a escasos centímetros de mi rostro, proyectando un brillo s*ngriento sobre la arena. El zumbido electrónico del perro mecánico subió de tono, pasando de un murmullo de avispas a un chillido agudo y penetrante, como el de una turbina a punto de estallar. La bestia de metal negro había fijado su escáner térmico directamente en nosotros. Ya no éramos cazadores acechando en la oscuridad; nos habíamos convertido en la presa. El tiempo pareció congelarse en el árido abismo del Pinacate. Podía escuchar los latidos de mi propio corazón retumbando en mis sienes, ahogando por un segundo el ruido de los servomotores de la máquina.
—¡Nos vio! ¡Nos vio la ching*dera esa! —siseó Elena, su voz vibrando con una mezcla de terror y pura adrenalina. A mi lado, escuché el roce metálico de su pistola Glock 19 mientras quitaba el seguro con un pulgar tembloroso, pero decidido.
—¡Al suelo, los dos, no levanten la cabeza por nada del mundo! —rugió el Gallo, perdiendo cualquier intento de sigilo. Su voz, forjada en años de lidiar con lo peor del desierto, sonó como un trueno.
No había terminado de pronunciar la advertencia cuando la noche se hizo pedazos. La ametralladora ligera montada en el lomo del perro robótico escupió fuego. El sonido no era el estruendo tradicional de un arma de fuego, sino un traqueteo mecanizado, increíblemente rápido, a más de mil revoluciones por minuto. Una lluvia de balas trazadoras de grueso calibre impactó contra la cornisa de roca donde estábamos escondidos. Los proyectiles destrozaron la piedra volcánica, enviando esquirlas de obsidiana afiladas como navajas volando en todas direcciones. Una de esas esquirlas me cortó la mejilla derecha; sentí el ardor inmediato y el hilo caliente de s*ngre escurriendo por mi cuello, empapando el cuello del chaleco táctico.
Me aplasté contra el suelo arenoso, tragando polvo y ceniza. El ruido era ensordecedor. Las otras dos máquinas cuadrúpedas que custodiaban la entrada reaccionaron en microsegundos, girando sus cabezas sin rostro hacia nuestra posición y sumando el fuego de sus propias armas al infierno que se desataba sobre nosotros. La roca que nos servía de escudo natural comenzó a desmoronarse bajo el castigo incesante. Estábamos inmovilizados, a punto de ser convertidos en carne molida por inteligencia artificial.
—¡Cúbranme los oídos y cierren los ojos! —gritó el viejo, rodando sobre su espalda para quedar frente a la grieta. Metió una de sus manos callosas en uno de los bolsillos frontales de su chaleco táctico. Cuando sacó la mano, sostenía un cilindro metálico oscuro con una franja azul neón en el centro. Una granada de pulso electromagnético, una EMP militar. No tenía idea de cómo un ranchero de Caborca había conseguido semejante tecnología, pero en ese momento, era nuestra única salvación.
El Gallo arrancó el seguro con los dientes en un movimiento fluido, casi salvaje. Se incorporó sobre una rodilla, desafiando la lluvia de balas que pasaban silbando a milímetros de su cabeza, y lanzó el cilindro con todas sus fuerzas hacia el fondo de la falla geológica, justo en el centro del triángulo que formaban las tres bestias mecánicas.
—¡Uno, dos, tres… abajo! —contó el viejo, aplastándose de nuevo contra la tierra.
No hubo una explosión de fuego, ni una onda expansiva que levantara la arena. Lo que ocurrió fue un chasquido sordo, profundo, como si el propio tejido del aire se hubiera rasgado. Un destello de luz azulada y blanca iluminó el interior de la grieta por una fracción de segundo, seguido de un sonido parecido al de un rayo cayendo en seco. Y luego… el silencio. Un silencio absoluto y pesado que nos dejó los oídos zumbando.
Levanté la cabeza lentamente, sacudiéndome la tierra de los ojos, sin soltar mi rifle M4. Miré hacia abajo. Las tres máquinas estaban paralizadas. El domo liso de cristal oscuro de sus cabezas, que antes emitía luces rojas y láseres, ahora estaba completamente apagado. Humo blanco y espeso, con olor a ozono y circuitos quemados, salía de las juntas de sus patas mecánicas y de las carcasas de las ametralladoras. Los perros de hierro habían sido castrados.
—¡Están fritos! ¡Bien hecho, don Ernesto! —exclamó Elena, soltando el aire contenido en un suspiro tembloroso, mientras se asomaba con cuidado.
—No canten victoria todavía, chamacos —gruñó el Gallo, poniéndose de pie con agilidad sorprendente para su edad y revisando el cargador de su AR-15 modificado—. Ese pulso electromagnético acaba de freír a los perros, sí, pero también apagó las luces exteriores y seguro activó las alarmas internas de esa base. El sistema de las puertas está aislado, apostaría mi rancho a ello. En menos de un minuto vamos a tener a toda la guardia humana aquí afuera preguntándose qué diablos pasó. Tenemos que bajar. ¡Ya!
Eran las 2:58 a.m. El cambio de guardia estaba a punto de ocurrir. Sin perder un segundo, sacamos las cuerdas de escalada que habíamos traído de la Raptor. Las aseguramos rápidamente a un peñasco sólido y nos deslizamos por la pared casi vertical de la grieta. Mis manos, cubiertas por guantes tácticos, ardían por la fricción. La s*ngre en mi mejilla se había mezclado con el sudor, picando horriblemente, pero la adrenalina me adormecía el dolor. Pensar en la foto de Mateo, en su cráneo mutilado, era el único combustible que necesitaba.
Tocamos el fondo de la grieta, un pasillo natural de piedra volcánica flanqueado por las pesadas puertas de acero que ahora yacían a oscuras. El olor a metal quemado de los drones abatidos era nauseabundo. Caminamos entre los cuerpos inertes de las máquinas, cuidando de no hacer ruido. Me acerqué a la puerta principal, buscando algún panel de acceso o una forma de usar los explosivos plásticos.
De repente, una luz de emergencia roja parpadeó en el marco de la puerta. Se escuchó un zumbido hidráulico grave, y el suelo bajo nuestros pies vibró levemente.
—Están abriendo —susurró el Gallo, empujándonos hacia las sombras en los laterales de las puertas, pegándonos a la roca sólida—. Preparen las armas. Fuego a discreción a lo que no sea nosotros. Recuerden, traen blindaje pesado. Apunten a la cabeza o a las articulaciones.
El centro de la puerta de acero se dividió en dos, deslizándose hacia los lados con un siseo de aire a presión. Una luz blanca y clínica, dolorosamente brillante, se derramó desde el interior hacia la oscuridad de la grieta. El aire que salió de adentro era frío, acondicionado a una temperatura glacial que contrastaba brutalmente con el calor del desierto. Olía a antiséptico, a químicos puros y a algo más… algo dulce y putrefacto. El mismo olor que emanaba de la cabeza de Lalo.
Cuatro hombres emergieron. No vestían uniformes de la Guardia Nacional ni la ropa táctica barata que suelen usar los sicarios de los cárteles locales. Estos tipos parecían sacados de una película de ciencia ficción distópica. Llevaban armaduras corporales de polímero negro que cubrían sus torsos, hombros y espinillas, y cascos cerrados con visores polarizados que ocultaban sus rostros por completo. Empuñaban subfusiles de asalto de cañón corto, con miras holográficas y silenciadores integrados. Eran mercenarios de élite, los verdaderos “Ingenieros” de seguridad.
No les dimos tiempo de evaluar la situación de los drones quemados.
—¡Ahora, cabrones! —rugió el Gallo, saliendo de su cobertura y levantando su AR-15.
El estruendo de nuestro fuego cruzado destrozó la tranquilidad artificial del pasillo. El Gallo disparó ráfagas cortas y precisas. Tres balas de su rifle impactaron en el visor del primer mercenario, destrozando el cristal reforzado y derribándolo hacia atrás con un crujido espantoso. Elena, desde su posición, vació medio cargador de su Glock apuntando a las piernas del segundo guardia. Las balas de 9 milímetros no penetraron el blindaje, pero el impacto en las articulaciones traseras de las rodillas lo hizo caer de bruces. Antes de que el tipo pudiera levantar su arma desde el suelo, yo salí de las sombras y le metí una ráfaga de mi M4 directamente en la unión entre el casco y el cuello. La s*ngre brotó negra bajo la luz roja de emergencia, manchando el suelo inmaculado de la entrada.
Los otros dos guardias reaccionaron con un entrenamiento letal. Rodaron hacia el interior del complejo buscando cobertura detrás de unos pilares metálicos y devolvieron el fuego. El sonido de sus subfusiles era un silbido suprimido y letal. Los proyectiles impactaron contra la pared de roca justo al lado de la cabeza de Elena, enviando una lluvia de polvo sobre su cabello oscuro.
—¡Me tienen inmovilizada! —gritó mi hermana, encogiéndose y tapándose los oídos.
—¡Cúbreme, chamaco! —ordenó el viejo.
Asentí, asomando mi rifle y disparando a ciegas hacia los pilares para mantener a los mercenarios agachados. El Gallo, demostrando una velocidad impropia de sus años, corrió en zigzag hacia la apertura de las puertas, sacó una escopeta recortada que llevaba colgada a la espalda y se deslizó por el suelo inmaculado como un jugador de béisbol robando una base. Al pasar el ángulo del pilar, disparó a quemarropa contra el tercer guardia. La fuerza del cartucho de postas a tan corta distancia levantó al hombre del suelo y lo estrelló contra la pared contraria.
El último guardia, al ver a sus compañeros caídos, entró en pánico. Trató de correr hacia un panel rojo en la pared, seguramente para activar el botón de pánico que sellaría las compuertas internas. No lo logró. Respiré hondo, contuve el aliento como me había enseñado mi padre hace años, apunté a través de la mira de punto rojo de mi M4 y apreté el gatillo. La bala atravesó el espacio libre y se incrustó en la nuca del mercenario, atravesando el polímero del casco. Se desplomó como un títere al que le cortan los hilos, a escasos centímetros del panel.
El combate duró apenas quince segundos, pero pareció una eternidad. El pasillo quedó en un silencio fantasmal, roto únicamente por nuestra respiración agitada y el goteo de la s*ngre sobre el suelo metálico.
—Muévanse, hacia adentro, no sabemos si las cámaras de este pasillo sobrevivieron al pulso —urgió el Gallo, recargando su rifle con movimientos mecánicos y expertos.
Cruzamos el umbral. Dejamos el desierto mexicano a nuestras espaldas y entramos en el vientre de la bestia. El lugar era un laberinto de pasillos blancos y estériles, iluminados por luces fluorescentes que parpadeaban levemente debido a la inestabilidad energética que el EMP había causado en los niveles superiores. Había cables gruesos, como arterias negras, corriendo por las paredes y el techo, guiándonos hacia el interior.
—Lalo dijo que a Mateo lo tenían en la sala del servidor principal. Busquen letreros, cables grandes de fibra óptica, lo que sea que parezca el centro neurálgico —susurré, caminando con el rifle pegado al hombro, barriendo las esquinas.
Avanzamos por el complejo durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron unos diez minutos. El nivel de seguridad parecía haberse concentrado en la entrada. Al interior, encontramos oficinas acristaladas vacías, llenas de monitores mostrando líneas de código verde y mapas topográficos de la frontera con Estados Unidos. Había diagramas de cerebros humanos con puntos de conexión marcados en rojo. Era evidente que no se trataba de una operación improvisada; había millones de dólares invertidos en esta carnicería científica.
De pronto, un olor nauseabundo nos golpeó con la fuerza de un muro físico. Elena se tapó la boca y la nariz con el brazo, ahogando una arcada. Era el olor de Lalo, multiplicado por cien. Olía a m*erte, a heces, a químicos industriales y a carne quemada.
Doblamos una esquina y nos topamos con una puerta de cristal de doble hoja. El letrero en inglés decía: “Sujetos de Prueba – Nivel de Tolerancia B”.
Me acerqué lentamente. Lo que vi a través del cristal me revolvió el estómago y me hizo sentir un odio tan profundo y oscuro que casi me hizo perder el equilibrio.
Era una gran sala clínica. A lo largo de las paredes, había docenas de cápsulas cilíndricas de vidrio llenas de un líquido viscoso y amarillento. Dentro de esas cápsulas flotaban cuerpos humanos. Hombres y mujeres, la mayoría con rasgos latinos, indígenas, migrantes que nadie echaría de menos. Estaban desnudos, demacrados, con la piel arrugada por el líquido. Y todos, sin excepción, tenían la parte superior del cráneo seccionada, con gruesos cables insertados en sus cerebros expuestos. Parpadeaban débilmente, mantenidos en un estado de coma inducido, sirviendo como baterías de procesamiento vivientes para quienquiera que dirigiera este infierno.
—Dios todopoderoso… perdona a estas pobres almas —murmuró el Gallo, persignándose con la mano que no sostenía el arma, con lágrimas de rabia asomando en sus ojos viejos.
Elena lloraba en silencio, sin poder apartar la vista del horror.
—No los podemos salvar a todos —dije, sintiendo que mi propia voz se quebraba, odiándome por la fría realidad de mis palabras—. Si intentamos sacarlos, nos m*tarán aquí mismo. Tenemos que encontrar el servidor principal. Tenemos que encontrar a mi hermano.
El Gallo asintió lentamente, apretando la mandíbula.
—Sigamos el manojo principal de cables. Mira ahí arriba —señaló el techo del pasillo—. Todos esos ductos de fibra óptica se unen y van hacia el final de este corredor. Allá es donde está el cerebro de la operación.
Corrimos por el pasillo principal, guiados por la oscura autopista de cables. Llegamos a una enorme puerta circular de acero pesado, parecida a la de una bóveda bancaria. Sobre ella, un panel digital parpadeaba con el texto: “MAIN FRAME – ACCESO RESTRINGIDO”. La puerta estaba semiabierta, seguramente debido al fallo del sistema que Mateo había provocado para salvar a Lalo, y que nosotros acabábamos de empeorar.
Nos pegamos a los lados de la entrada. El zumbido de los servidores en el interior era ensordecedor, como el rugido de una cascada. Me asomé con cuidado, apuntando con el M4.
La sala era gigantesca, de forma circular, con docenas de racks de servidores negros parpadeando con luces azules y rojas, formando un anillo alrededor del centro. Y allí, en el medio exacto de la habitación, sobre una plataforma elevada iluminada por focos quirúrgicos, estaba él.
Mateo.
Estaba sentado en una silla metálica similar a las de los dentistas, pero llena de correas de cuero y grilletes de acero que lo mantenían inmovilizado. Estaba vivo, pero apenas. Su piel estaba grisácea. Tal y como en la foto, su cabeza estaba rapada y surcada de horribles cicatrices moradas y rojas. Un domo metálico con forma de araña cubría la parte superior de su cráneo, y de ese domo surgía un grueso pilar de cables de fibra óptica que subía hasta conectarse con el techo de la sala. Sus ojos estaban abiertos, mirando al vacío, iluminados de forma antinatural por el reflejo de las pantallas que lo rodeaban. Estaba respirando en un ritmo errático y poco profundo.
Alrededor de la silla había tres personas. Dos de ellos vestían batas blancas manchadas de sangre y tecleaban furiosamente en unas consolas; eran científicos, hombres pálidos y ojerosos. El tercero, sin embargo, era diferente. Era un hombre alto, vestido con un traje táctico impecable sin casco. Tenía el cabello rubio cenizo, cortado al ras, y una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo. Sostenía una tablet y hablaba en inglés con un acento europeo marcado, gritándoles a los científicos.
—¡Estabilicen la red neuronal, idiotas! ¡El pulso electromagnético del exterior está creando una cascada de retroalimentación en el Sujeto Principal! ¡Si su cerebro se fríe, el sistema de drones del sector fronterizo colapsará! —bramaba el líder.
La sangre me hirvió. No hubo más sigilo. No hubo más táctica. Di un paso adelante, cruzando el umbral de la bóveda, y levanté mi rifle.
—¡Aléjense de él, hijos de su p*ta madre! —grité a todo pulmón.
Los científicos se congelaron, levantando las manos temblorosas de los teclados. El líder europeo se giró hacia mí, su rostro pasando de la sorpresa a una fría arrogancia. En un abrir y cerrar de ojos, demostró por qué era el jefe. Dejó caer la tablet, sacó una pistola de un calibre enorme de su funda en la pierna y disparó antes de que yo pudiera apretar el gatillo.
El impacto en mi chaleco me robó el aire de los pulmones. Sentí como si me hubieran golpeado en el pecho con un mazo de demolición. Caí de espaldas, tosiendo y luchando por respirar, mientras el mundo daba vueltas. El chaleco de cerámica aguantó, pero el dolor me paralizó por unos segundos críticos.
El europeo apuntó su arma hacia mí para darme el tiro de gracia en la cabeza.
Pero Elena no estaba inmovilizada. Mi hermana entró corriendo a la sala soltando un grito de pura ira, un grito que venía desde lo más profundo de nuestra sangre compartida. Levantó su Glock con ambas manos y disparó tres veces seguidas.
Las balas impactaron en el costado del líder, justo debajo de la axila donde su armadura no cubría. El hombre dejó escapar un gruñido ahogado, tambaleándose y dejando caer su pistola mientras se agarraba la herida sangrante.
El Gallo entró justo detrás de Elena, apuntando su escopeta a los científicos aterrorizados.
—¡Si alguien mueve un puto dedo, los pinto en la pared! ¡Al suelo, los dos! —rugió el viejo. Los hombres de bata blanca se tiraron al suelo de inmediato, cubriéndose la cabeza y sollozando en un español roto.
Luché por ponerme de pie, apoyándome en mi rifle. Cada respiración era una agonía por las costillas magulladas. Caminé hacia el líder europeo, que estaba arrodillado en el suelo, tosiendo sangre en el piso estéril. Lo miré con desprecio, apoyé la bota sobre su pecho y lo empujé hacia atrás, pateando su arma lejos. Estaba acabado.
No perdí más tiempo con él. Corrí hacia la plataforma elevada. Subí los tres escalones de metal y me arrodillé frente a la silla donde estaba mi hermano.
—¡Mateo! ¡Mateo, mírame! —le grité, tomando su rostro entre mis manos. Su piel estaba helada, húmeda por el sudor artificial de los químicos.
Sus ojos parpadearon lentamente. La mirada vacía pareció enfocarse por un instante. Sus labios secos y agrietados se movieron, pero no salió ningún sonido. Las máquinas a su alrededor empezaron a pitar frenéticamente.
—Hermanito… —susurró Mateo, una voz que sonaba como el viento rozando el papel de lija.
Las lágrimas finalmente rompieron la barrera de mis ojos. Lloré. Lloré por el tiempo perdido, por el dolor inimaginable que había soportado, por el estado monstruoso en el que lo habían convertido.
—Aquí estoy, hermano. Aquí estamos. Elena y yo vinimos por ti. Nos vamos a casa —le dije, acariciando su mejilla y tratando de no mirar el horrible armazón de metal que le perforaba el cráneo.
Elena subió corriendo a la plataforma, arrojando su arma a un lado para abrazar a Mateo. Lloraba desconsoladamente, escondiendo su rostro en el pecho del hermano mayor que pensaba muerto.
—¡No lloren todavía, chingao! —nos gritó el Gallo desde abajo, vigilando la puerta—. Tenemos que sacarlo de ahí. ¿Cómo apagamos esta chingadera sin m*tarlo?
Miré el complejo sistema de cables conectados a la cabeza de Mateo. No podíamos simplemente arrancar el domo metálico; si lo hacíamos, arrancaríamos parte de su cerebro, tal como nos había advertido Lalo.
Me volví hacia los dos científicos que estaban temblando en el suelo, con el Gallo apuntándoles.
—¡Tú, el de las gafas! —le grité, bajando de la plataforma de un salto y agarrándolo por el cuello de la bata, levantándolo a la fuerza—. ¡Dime cómo desconectarlo de forma segura! ¡Si se muere, les vacío un cargador a los dos en las rodillas y los dejo desangrarse!
El hombre tartamudeó, el terror dilatando sus pupilas.
—N-no se puede… el protocolo de desconexión toma horas. L-la sinapsis está entrelazada con el mainframe. S-si se extrae el pilar principal, el shock neuronal lo paralizará, sus pulmones colapsarán.
—¡Mientes, cabrón! Lalo me dijo que Mateo provocó un pulso y causó una sobrecarga. Si pudo hacer eso, puede soportar que lo desenchufemos —le apreté el cuello, sacudiéndolo con violencia.
El líder europeo, tirado en el suelo sobre un charco creciente de su propia sangre, soltó una carcajada débil y gutural.
—El… el muchacho tiene razón, imbécil… —dijo el mercenario con su acento marcado, escupiendo un coágulo rojo—. El Sujeto 47, su querido Lalo, solo tenía interfaces superficiales… motrices. El hermano de ustedes… él es el núcleo. El router humano. Los cables bajan hasta su tronco encefálico. Si tiran… merirá de forma instantánea. Llegaron hasta aquí… solo para verlo mrir.
Sentí que el mundo se me venía abajo. La impotencia era un veneno espeso corriendo por mis venas. Miré a Elena, que negaba con la cabeza, aferrándose a las correas de cuero de la silla de Mateo.
—¡No, no, no! Tiene que haber una forma. ¡Díganme cómo! —grité a los científicos, desesperado.
De pronto, un sonido metálico llamó nuestra atención. Arriba en la plataforma, Mateo había logrado levantar su mano derecha. Sus dedos, temblorosos y débiles, rozaron el panel de control táctil incrustado en el reposabrazos de su silla.
Sus ojos ya no estaban vacíos. Brillaban con una lucidez repentina y feroz, la misma mirada testaruda que tenía cuando éramos niños y él decidía que no iba a perder una pelea. El ingeniero civil, el hombre brillante atrapado dentro de la máquina de carne, había tomado el control de sí mismo una última vez.
—No… no los escuches… —susurró Mateo, su voz ganando una fuerza sorprendente. Cada palabra parecía costarle un pedazo de alma—. Yo… soy el sistema. Yo soy el muro.
Se giró lentamente hacia Elena. Intentó sonreír, una mueca torcida por el dolor y las cicatrices.
—Flaca… no llores. Estás preciosa. Diles a mis papás… diles que los amo. Que yo… que yo siempre fui fuerte.
—¡Mateo, no hables, te vamos a sacar! —sollozó Elena, intentando detener su mano, pero él la apartó con una suavidad dolorosa.
Me miró a mí. Sus ojos oscuros transmitían una orden silenciosa y absoluta.
—Tienes que hacerlo tú, hermano. Sácalo todo de golpe. Y… llévense los discos duros. El rack rojo… ahí están las pruebas. Destruye este lugar. Quémalo todo. No dejes… no dejes que hagan esto a nadie más.
Las pantallas alrededor de la sala comenzaron a ponerse en rojo. Alarmas estridentes empezaron a sonar en todas direcciones. Una voz femenina robótica anunció por los altavoces: “ADVERTENCIA: PURGA DEL NÚCLEO INICIADA. SOBRECARGA DEL SISTEMA EN 60 SEGUNDOS”.
—¡El maldito bastardo está sobrecargando el sistema central! —gritó el científico de las gafas, empujándome y tratando de correr hacia la consola, pero el Gallo le dio un culatazo en la cabeza con la escopeta, dejándolo inconsciente en el suelo.
Mateo estaba forzando a la red a autodestruirse desde adentro. El pilar de cables en su cabeza comenzó a chisporrotear, la fibra óptica brillando con una luz cegadora. Su cuerpo se tensó brutalmente, arqueándose contra las correas de cuero, mientras sus ojos se ponían en blanco. Estaba absorbiendo el colapso de toda la base en su propio sistema nervioso para darnos la oportunidad de escapar y destruir el proyecto.
—¡Házlo! ¡Desconéctalo ya o se va a freír vivo! —me gritó el Gallo, arrancando los cables del rack de servidores rojos que Mateo había señalado, metiendo los gruesos discos duros en su mochila táctica.
El dolor en mi pecho desapareció, reemplazado por la claridad fría y horrible de lo que tenía que hacer. Subí a la plataforma de un salto. Me paré detrás de mi hermano mayor. Agarré con ambas manos el grueso pilar de cables que se conectaba al domo de metal en su cabeza. Sentí la electricidad latiendo a través del material sintético, quemándome las palmas de los guantes.
Cerré los ojos. Pensé en Lalo, muriendo en un taller en Hermosillo. Pensé en las almas atrapadas en esos tanques de líquido amarillo que habíamos visto antes. Pensé en mis padres, llorando frente a un altar vacío durante tres años. Y pensé en el amor infinito que le tenía a este hombre, mi hermano, que estaba sacrificando su vida para destruir una maquinaria de guerra inhumana.
—Te amo, Mateo. Nos vemos del otro lado, cabrón —susurré al oído de mi hermano.
Y jalé.
Tiré con toda la fuerza de mi cuerpo, apoyando mi bota contra el respaldo de metal de la silla para hacer palanca. Hubo un sonido espeluznante, un crujido de hueso, metal y tendones rompiéndose a la vez. El grueso mazo de cables se separó de la nuca de Mateo junto con el domo metálico, rociando un líquido cefalorraquídeo oscuro y sangre arterial sobre la pared de monitores.
El cuerpo de Mateo tuvo un último espasmo violento que rompió las correas de cuero desgastadas de la silla. Luego, colapsó hacia adelante, cayendo en los brazos de Elena. Las luces de los servidores en toda la sala se apagaron de golpe, sumergiéndonos en la oscuridad, iluminada únicamente por las parpadeantes luces rojas de emergencia.
—¡Se fue! ¡Está muerto! —gritó Elena, abrazando el cuerpo inerte de nuestro hermano, manchándose de s*ngre el chaleco y la ropa.
No hubo tiempo para el duelo. El zumbido constante de la base había sido reemplazado por el aullido agudo de sirenas de evacuación y el sonido de compuertas de seguridad cerrándose en los pasillos exteriores.
—¡Salgamos de aquí, el lugar entero va a entrar en modo de cuarentena o se va a hundir bajo la arena! —ordenó el Gallo, colgándose la mochila pesada y sacando bloques de explosivo plástico C4 de su chaleco. Empezó a pegar los bloques en los pilares principales de la sala del servidor, insertando detonadores de tiempo rápido.
Corrí hacia Elena.
—Ayúdame a cargarlo. No lo vamos a dejar aquí. Mi madre necesita un cuerpo que enterrar. Merece descansar en casa —le dije, pasando el brazo izquierdo de Mateo sobre mi hombro, mientras Elena tomaba el derecho. El peso muerto era aplastante, pero la adrenalina fluía como fuego puro en nuestras venas.
Salimos de la bóveda del servidor justo cuando el Gallo ajustaba el último detonador.
—¡Tenemos tres minutos antes de que el sótano de este rancho infernal vuele por los aires! ¡Corran, chamacos, corran como si el Diablo los viniera persiguiendo! —gritó el viejo, poniéndose en la retaguardia con su rifle listo para cubrirnos.
El camino de regreso fue un caos absoluto. La sobrecarga que Mateo había provocado antes de morir había vuelto locos los sistemas. Las luces estroboscópicas nos cegaban. Tuvimos que disparar a dos mercenarios de seguridad adicionales que intentaban detenernos en el pasillo de los laboratorios, cruzando bajo el fuego con el cuerpo de Mateo a rastras. El Gallo, demostrando una furia espartana, vació su AR-15 contra ellos y luego los remató con su escopeta, abriéndonos el paso a la fuerza.
Al pasar por la sala médica donde estaban las cápsulas cilíndricas, noté que el líquido de los tanques se estaba drenando. El sistema de soporte vital de las docenas de víctimas atrapadas ahí estaba apagándose. Mi corazón se encogió. Sabía que morirían ahí dentro, ahogados o por fallo multiorgánico en pocos minutos, antes incluso de que explotaran las cargas. Era un final misericordioso comparado con la tortura a la que estaban sometidos. Dios los estaba llamando a casa.
Llegamos a la pesada puerta de acero de la entrada. Estaba cerrada a cal y canto, bloqueada por el sistema de seguridad secundario.
—¡Está sellada! —gritó Elena, presa del pánico, soltando a Mateo por un segundo para golpear inútilmente el metal grueso.
—¡A un lado! —gruñó el Gallo. Sacó el último bloque de C4 que le quedaba, lo pegó directamente en la cerradura electrónica de la puerta, le clavó un detonador manual y nos empujó detrás de los cuerpos destrozados de los primeros guardias que habíamos abatido.
—¡Fuego en el hoyo!
La explosión fue devastadora dentro de ese espacio cerrado. La onda de choque nos hizo sangrar los oídos y levantó una nube de polvo espeso. La puerta no se abrió, sino que fue arrancada de sus bisagras y salió volando hacia la grieta exterior, estrellándose contra la roca.
Tosiento y casi sordos, levantamos a Mateo y corrimos hacia el aire frío del desierto. Los perros robóticos seguían apagados donde los habíamos dejado. Nos aferramos a las cuerdas y, con un esfuerzo sobrehumano impulsado por la histeria y el terror a la inminente explosión principal, izamos el cuerpo de nuestro hermano por la pared de piedra. El Gallo trepó el último, maldiciendo y escupiendo sangre por el esfuerzo.
Apenas pusimos los pies en la arena de la superficie, corrimos hacia el cañón natural donde habíamos escondido la Ford Raptor modificada. Arrojé el cuerpo de Mateo en la batea trasera de la camioneta. Elena saltó al asiento del copiloto y el Gallo se puso al volante, girando la llave de encendido. El motor V8 rugió como una fiera despertando.
Pisé el acelerador de mi lado y subí de un salto. La camioneta salió disparada, levantando una estela de arena fina hacia el cielo estrellado.
—¡Agárrense, esto se va a poner feo! —advirtió el viejo por la ventana.
Nos alejamos unos dos kilómetros de la zona, derrapando en las dunas, cuando el contador de los detonadores del Gallo llegó a cero.
Miré hacia atrás. Al principio, no se vio fuego. Solo sentimos cómo la tierra bajo nuestros neumáticos retumbaba y se sacudía violentamente, como si el desierto mismo estuviera teniendo una convulsión. Las dunas de arena comenzaron a hundirse sobre sí mismas, devoradas por un gigantesco cráter subterráneo. Un segundo después, una columna de polvo, fuego y humo negro erupcionó desde la grieta oculta, elevándose cientos de metros en la noche oscura de Sonora. El estruendo llegó después, un golpe sordo y profundo que nos sacudió hasta los huesos.
Las instalaciones de los “Ingenieros”. Las máquinas monstruosas. Las salas de tortura. Todo quedó enterrado bajo millones de toneladas de ceniza y piedra volcánica. La bestia había muerto en su propia madriguera.
Me dejé caer en el asiento trasero, exhausto física, mental y espiritualmente. Miré a través del cristal hacia la batea. Bajo la pálida luz de la luna, el rostro demacrado y marcado de Mateo ya no reflejaba dolor, ni terror, ni vacío. En la muerte, las arrugas de tensión se habían alisado. Parecía estar durmiendo plácidamente después de una jornada laboral interminable. Por fin, estaba libre. Libre de las conexiones, libre de los cables, libre del infierno.
El viaje de regreso a Caborca transcurrió en un silencio sepulcral, opresivo y reverente. El sol comenzaba a asomarse tímidamente por el horizonte oriental, pintando el Gran Desierto de Altar con tonos violáceos, naranjas y rosas. Un amanecer hermoso, cruelmente indiferente a la tragedia humana que se había desarrollado bajo sus arenas. La brisa fresca de la mañana entró por las ventanas, llevándose el olor a ozono y a m*erte.
Llegamos al rancho del Gallo un par de horas después. Abrió el portón manualmente y detuvo la camioneta en el patio trasero, lejos de las miradas curiosas del camino.
Bajamos en silencio. Elena y yo cargamos el cuerpo de nuestro hermano hacia una bodega refrigerada que el Gallo usaba para guardar la carne de sus cacerías. Lo colocamos sobre una mesa limpia de acero inoxidable y lo cubrimos con una manta blanca impoluta. Mi hermana le besó la frente fría y le cerró los párpados suavemente. Ya habría tiempo para un funeral adecuado. Por primera vez en tres años, sabíamos exactamente dónde estaba nuestro hermano, y la agonía de la incertidumbre había desaparecido, aunque el precio pagado fuera insoportable.
Cuando salimos de la bodega, el Gallo estaba en el porche, bebiendo café negro de un termo metálico, con los discos duros robados sobre la mesa de madera.
—¿Y el muchacho? —pregunté, acercándome y sintiendo el peso de mis heridas bajo el chaleco antibalas destrozado.
El viejo negó lentamente con la cabeza, mirando el horizonte.
—Fui al cuarto de huéspedes mientras ustedes estaban allá atrás. Lalo dejó de respirar hace una hora. La infección, la fiebre… su cerebro ya no aguantó la separación. Mur*ó tranquilo, en una cama limpia y sin dolor. Fue lo mejor, muchacho. Su cuerpo ya no era de él.
Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro entrecortado. Lalo. El joven del gorro de lana gris en plena central de autobuses de Hermosillo. El mensajero. El catalizador que nos llevó a la verdad. Otra víctima más de la codicia y la perversidad de hombres que se creían dioses jugando con tecnología impía.
—¿Qué vamos a hacer con esto, don Ernesto? —preguntó Elena, saliendo al porche y señalando los pesados discos rojos apilados sobre la mesa—. Ahí están las pruebas de lo que hacían. Los nombres, las coordenadas, los implicados. Gobiernos, mercenarios… no sé con quién estamos tratando, pero sabemos que tienen comprados a los cárteles locales y a la policía. Si vamos a la Fiscalía General de la República, nos van a desaparecer antes de que firmemos la declaración.
El Gallo tomó un sorbo largo de su café, su rostro marcado por sombras profundas bajo el sol de la mañana. Su expresión era de una dureza pétrea, una determinación inquebrantable forjada en la m*erte de su ahijado.
—No vamos a ir a la policía, chamaca. Eso se acabó. Esos bastardos europeos y gringos jugaron con nosotros porque pensaron que éramos unos ignorantes, unos campesinos a los que podían pisotear y robar para sus experimentos de ciencia ficción. Creen que matar a la bestia en el Pinacate resuelve el problema, pero esos desgraciados tienen raíces profundas.
Puso su mano callosa sobre los discos duros.
—Tengo amigos. Gente de la vieja guardia. Periodistas de investigación que no se dejan comprar, militares retirados que aún tienen honor, contactos al otro lado de la frontera que odian a esta clase de escoria corporativa. Vamos a desencriptar estos discos. Vamos a sacar todos los malditos nombres, desde el científico que diseñó esos perros de hojalata hasta el general mexicano que les dio permiso de instalarse en el desierto.
Me miró fijamente, con el orgullo de un padre adoptivo brillando en sus viejos ojos.
—Ustedes dos bajaron al infierno y le arrancaron las entrañas al Diablo. Salvaron a su hermano de una eternidad de tortura. Pero la guerra no se ha acabado, mijo. Apenas acaba de empezar. Vamos a quemarlos a todos. Vamos a filtrar todo esto a la luz del día y dejaremos que el mundo vea los monstruos que realmente son.
Asentí lentamente. El dolor en mis costillas, la sngre seca en mi mejilla, la tristeza paralizante en mi corazón… todo eso se transformó en combustible puro. Habíamos perdido a Mateo. Habíamos perdido a Lalo. Pero sus mertes no serían en vano. Nos habíamos convertido en el veneno que circulaba por las venas de esa organización secreta. Y no nos detendríamos hasta que la última de sus sombras quedara erradicada.
Miré a Elena. Estaba de pie, erguida, con la mirada endurecida, manchada de sangre pero con una dignidad feroz. Le tomé la mano, apretándola con fuerza, transmitiéndole la misma promesa silenciosa.
Las fortalezas caen. Las máquinas se rompen. Pero la furia de una familia a la que le han arrebatado lo que más ama, es una tormenta que ni la tecnología más avanzada del mundo podrá detener jamás. El desierto de Sonora sería el testigo mudo de nuestra venganza.
FIN.