Un desconocido en mi cabaña: Arrastré su cuerpo inerte hacia mi casa sin saber si sobreviviría la noche. No tenía nombre, ni memoria, solo unas manos finas que no correspondían a un trabajador de campo. Lo cuidé por días, hasta que recuperó la conciencia y me confesó algo que me heló la s*ngre más que el propio invierno.

Casi lo piso. Era solo una forma oscura, apenas visible, medio enterrada bajo la nieve compactada por el viento. La tormenta rugía tan fuerte en la Sierra que se tragaba mi propia respiración, pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Caí de rodillas. “No”, susurré, incluso antes de saber qué estaba viendo. El invierno aquí no perdona; no te avisa, no le importas. Y ahora parecía haber reclamado a otro.

Sus dedos estaban rígidos y azules, curvados como si ya se hubieran rendido. Pero cuando presioné mis dedos contra su cuello… ahí estaba. Un pulso. Lento, frágil, pero terco como una mula.

—No te atrevas —murmuré, mientras la nieve empapaba mi falda—. No te muer*s ahora.

No sabía quién era. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí tirado. Pero sabía una cosa con certeza aterradora: si lo dejaba ahí, no sobreviviría ni una hora más.

Metí mis brazos bajo sus hombros y tiré. Pesaba una tonelada, peso mu*rto en el sentido más literal. Mis botas resbalaban mientras lo arrastraba centímetro a centímetro hacia mi cabaña. Mis pulmones ardían, mis brazos gritaban en protesta.

—Me vas a deber una muy grande por esto —dije entre dientes, luchando contra el viento que me empujaba la espalda—. Espero que lo sepas.

Cuando finalmente logramos entrar y la puerta se cerró de golpe, colapsé a su lado. El silencio de la cabaña era ensordecedor comparado con el caos de afuera. Le quité la ropa helada con manos temblorosas. Su piel estaba fría como piedra.

Pasaron horas. Yo alimentaba el fuego, le cambiaba los paños tibios, revisaba su respiración una y otra vez, con miedo de que cada subida de su pecho fuera la última.

Y entonces, sucedió.

Estaba acomodando sus cobertores cuando sentí una leve presión en mi muñeca. Me congelé. Sus dedos se cerraron alrededor de mi mano. Débil, pero real.

Sus ojos se abrieron de golpe. Azul grisáceo, confundidos, buscando un latido. Me miró con un pánico que me partió el alma y susurró con voz rasposa:

—¿Quién soy?

La pregunta me golpeó más fuerte que el frío.

—No hay nada —dijo, negando con la cabeza—. Solo frío.

Entonces su agarre se apretó, casi doloroso.

—Por favor —susurró con urgencia—. No le digas a nadie que estoy vivo. A nadie.

Un escalofrío me recorrió la espalda que no tenía nada que ver con el invierno. ¿Qué clase de hombre necesita que el mundo crea que está mu*rto?

Y LO QUE DESCUBRÍ DESPUÉS CAMBIARÍA TODO PARA SIEMPRE… ¡NO ESTABAMOS SEGUROS NI DENTRO DE MI PROPIA CASA!

Aquí tienes la continuación de la historia, desarrollada con gran detalle y profundidad, respetando el estilo narrativo mexicano y la extensión solicitada.

PARTE 2: EL HOMBRE SIN NOMBRE Y LA SOMBRA EN LA VENTANA

Su súplica se quedó colgada en el aire, densa como el humo del ocote que ardía en la chimenea. “No le digas a nadie que estoy vivo”. La frase no fue una petición; sonó más bien como una sentencia, o peor aún, como una maldición que acababa de echarme encima sin yo pedirla.

Me quedé ahí, parada junto al camastro, con la toalla húmeda escurriendo agua entre mis dedos, sintiendo cómo el corazón me martilleaba contra las costillas. Afuera, el viento aullaba con esa furia que solo conocemos los que vivimos en lo alto de la Sierra, ese sonido que parece el lamento de la Llorona buscando a sus hijos entre los pinos. Pero adentro, el silencio era absoluto, roto solo por el crepitar de la leña y la respiración rasposa, casi agónica, de aquel desconocido.

Sus ojos, de ese azul grisáceo que me recordaba al cielo antes de una nevada, se cerraron de nuevo. La inconsciencia se lo llevó otra vez, arrastrándolo a esa oscuridad de la que yo lo había sacado a jalones. Su mano, que me había apretado con una fuerza desesperada segundos antes, se aflojó y cayó inerte sobre la cobija de lana.

—Maldita sea mi suerte —susurré, dejándome caer en la silla de pino vieja que rechinó bajo mi peso.

Me pasé las manos por la cara, sintiendo la piel áspera por el frío y el cansancio. ¿Qué acababa de hacer? No solo había metido a un hombre moribundo en mi casa, sino que había metido un secreto. Y en los pueblos chicos, en estas rancherías donde el chisme corre más rápido que el agua del arroyo, los secretos son peligrosos. Los secretos matan.

Me levanté y fui hacia la ventana. La escarcha ya había cubierto casi todo el vidrio, dibujando helechos de hielo que me impedían ver hacia afuera. Rasqué un poco con la uña, abriendo una pequeña mirilla hacia la nada. Todo era blanco y negro. La nieve no dejaba de caer, borrando caminos, veredas y, gracias a Dios, mis huellas y las marcas de arrastre que habíamos dejado al entrar. Si alguien pasaba por ahí mañana, no vería más que un manto virgen de nieve. Eso me dio un poco de paz, pero no mucha.

Regresé al fogón y puse a calentar más agua. Tenía que bajarle la fiebre o se me iba a morir ahí mismo, y entonces sí tendría un problema más grande: explicar un cadáver. Mientras el agua hervía, me dediqué a observarlo. Realmente observarlo.

No era gente de la sierra, eso se notaba a leguas. Sus manos, aunque maltratadas por el frío y con algunos rasguños recientes, no tenían los callos duros del que trabaja la tierra o tala madera. Eran manos fuertes, sí, pero de alguien que maneja riendas o firma papeles, no de alguien que carga bultos de cemento. Su ropa, ahora secándose cerca del fuego, era de buena calidad. Lana fina, botas de cuero que costaban lo que yo ganaba en seis meses vendiendo quesos y conservas.

Me acerqué a revisar su ropa otra vez, buscando algo, una identificación, una cartera, algo que me dijera si estaba cuidando a un santo o a un diablo. Nada. Los bolsillos estaban vacíos. Ni un peso, ni una credencial de elector, ni una estampa de la Virgen. Quien lo había dejado ahí afuera se había asegurado de despojarlo de todo. Lo habían dejado como un cascarón vacío para que el invierno terminara el trabajo.

De pronto, comenzó a temblar. No era un temblor normal; eran convulsiones violentas. Los dientes le castañeteaban con tal fuerza que temí que se los rompiera.

—¡Hey! ¡Tranquilo! —grité, corriendo a su lado.

Me monté prácticamente sobre él para sostenerlo, presionando las cobijas contra su cuerpo. Estaba ardiendo en fiebre. Su piel, que hace unas horas estaba fría como mármol, ahora quemaba.

—¡No! ¡No me dejen! —gritó en medio del delirio, con los ojos cerrados pero moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Fue él! ¡Yo no sabía!

—Shhh, cállate, aquí no hay nadie —le decía yo, tratando de calmarlo, limpiándole el sudor helado que le brotaba de la frente.

—La camioneta… el barranco… —balbuceaba palabras sueltas, fragmentos de una pesadilla que seguramente era su último recuerdo—. Ana… perdóname, Ana.

El nombre de una mujer. Siempre hay una mujer o dinero de por medio cuando un hombre termina medio muerto en la nada. Sentí una punzada extraña, tal vez lástima, tal vez curiosidad. ¿Quién era Ana? ¿Su esposa? ¿Su hija? ¿Su amante?

Pasé la noche en vela. No pegué el ojo ni un minuto. Cada vez que el fuego bajaba, me levantaba a echarle más leña. Preparé un té de corteza de sauce y borraja, remedios que mi abuela me enseñó para la fiebre y el dolor. Con mucha paciencia, le abrí la boca y le fui dando de beber a cucharadas, cuidando que no se ahogara. Él tragaba por reflejo, gimiendo bajito.

Hacia la madrugada, la tormenta amainó un poco. El silencio se hizo más profundo, más pesado. Yo estaba sentada en el suelo, recargada contra el marco de la cama, con mi escopeta vieja, la “cuatrorríos”, descansando sobre mis piernas. No porque le tuviera miedo a él, sino porque su advertencia seguía resonando en mi cabeza. “No le digas a nadie”. Eso significaba que alguien podía venir a buscarlo. Y si venían a buscarlo para rematarlo, yo estaba en medio.

Mi cabaña está alejada, en un terreno que heredé de mis padres, colgado en una ladera donde el viento da la vuelta. No tengo vecinos cercanos. El más próximo, Don Anselmo, vive a tres kilómetros bajando la cañada. Eso siempre me había gustado, la soledad. Después de lo que me pasó en la ciudad, después de huir de una vida que me rompió en pedazos, el silencio de la montaña era mi medicina. Pero ahora, esa soledad se sentía como una trampa. Si algo pasaba aquí, nadie escucharía mis gritos.

Cuando el sol comenzó a salir, pintando de rosa pálido la nieve acumulada en la ventana, él dejó de temblar. Su respiración se volvió más profunda y rítmica. La fiebre había cedido.

Me levanté, con el cuerpo entumido, y me estiré. Necesitaba café. Café negro y cargado, de olla, con canela y piloncillo para revivir el alma. Mientras el aroma llenaba la pequeña cocina, escuché que las cobijas se movían.

Me giré lentamente, con la taza en la mano. Él estaba despierto. Esta vez, sus ojos estaban claros, lúcidos. Me miraba fijamente, analizando cada movimiento mío, escaneando la habitación, buscando salidas, buscando armas. Era la mirada de un animal acorralado.

—Buenos días —dije, tratando de sonar firme, que no se notara que me temblaban un poco las rodillas—. O buenas tardes, ya no sé ni qué hora es.

Él intentó incorporarse, pero hizo una mueca de dolor y se dejó caer de nuevo en la almohada. Se llevó una mano a las costillas. Probablemente tenía alguna rota.

—¿Dónde estoy? —preguntó. Su voz sonaba como si hubiera tragado vidrios.

—En mi casa. En la Sierra de Arteaga, o lo que queda de ella después de la nevada —respondí, dándole un sorbo a mi café—. Te encontré ayer. Estabas convirtiéndote en paleta de hielo allá afuera.

Él cerró los ojos un momento, procesando la información. Luego los abrió y me clavó esa mirada intensa.

—¿Quién más sabe que estoy aquí?

—Nadie —dije seca—. Vivo sola. Y con este clima, ni las ánimas salen a pasear.

Pareció relajarse un poco, pero sus hombros seguían tensos.

—Gracias —dijo, aunque la palabra sonó forzada, como si no estuviera acostumbrado a agradecer—. ¿Cómo te llamas?

—Elena.

—Elena —repitió, probando el nombre en su boca—. Yo soy…

Se detuvo. Hubo un silencio largo. Vi la lucha en su rostro, el esfuerzo por pescar un nombre en el océano vacío de su memoria. O tal vez, estaba decidiendo si mentirme.

—No me acuerdo —dijo finalmente, con un tono de frustración genuina—. Sé que tengo un nombre, lo tengo en la punta de la lengua, pero… se me escapa.

—Te diste un golpe muy fuerte en la cabeza —señalé, apuntando a la venda que le había puesto—. Es normal. A veces el cerebro se apaga para protegerse. Ya volverá.

—Ojalá no vuelva —murmuró, mirando hacia el techo de vigas de madera—. Tengo la sensación de que quien era yo antes… no era alguien muy feliz.

Me acerqué con una taza de café para él.

—Toma. Te ayudará a entrar en calor.

Él tomó la taza con manos temblorosas. Al beber, suspiró. Parecía que el líquido caliente le devolvía un poco de vida.

—Me dijiste algo anoche —solté de golpe, sin querer andar con rodeos—. Cuando despertaste por un segundo. Me pediste que no le dijera a nadie que estabas vivo.

Él se tensó de nuevo, la taza se detuvo a medio camino de sus labios.

—¿Dije eso?

—Lo dijiste como si te fuera la vida en ello. Así que, señor Desconocido, necesito que seas honesto conmigo. Yo no soy policía, ni juez, ni monja. Pero necesito saber si al tenerte aquí estoy poniendo una diana en mi puerta. ¿Vienen por ti?

Él bajó la taza y me miró con una seriedad que me heló la sangre.

—No lo sé, Elena. No recuerdo los detalles. Pero recuerdo el miedo. Recuerdo el frío del metal en mi nuca. Y recuerdo… —hizo una pausa, tragando saliva— recuerdo que alguien en quien confiaba me empujó.

—¿Te empujó?

—Al barranco. O a la nieve. No sé. Siento… siento una traición aquí —se golpeó el pecho—. Una traición que duele más que las costillas rotas. Si saben que sobreviví, vendrán a terminar el trabajo. De eso estoy seguro.

Asentí lentamente. Mi instinto me decía que decía la verdad. No parecía un delincuente huyendo de la ley, parecía una víctima huyendo de un verdugo.

—Bien. Entonces te quedarás aquí hasta que puedas caminar. Y nadie sabrá nada. Pero tienes que poner de tu parte. Tienes que comer y descansar.

Durante los siguientes dos días, establecimos una rutina extraña. Yo salía a cortar leña y a revisar que todo estuviera bien con mis pocos animales (unas gallinas que tenía en un corral techado y mi perro, “Sombra”, un mestizo de pastor que no le había ladrado al extraño, lo cual era raro). Él se quedaba adentro, intentando moverse un poco más cada día.

Descubrí que era un hombre educado. Hablaba con propiedad, aunque usaba algunas palabras fuertes cuando el dolor le ganaba. Y tenía pesadillas. Muchas. A veces gritaba nombres: “Julián”, “El Patrón”, “La Hacienda”. Yo anotaba todo mentalmente, tratando de armar el rompecabezas.

Al tercer día, el clima mejoró un poco. Salió el sol y la nieve comenzó a derretirse en los techos, goteando con un ritmo constante.

—Necesito ver qué traía puesto —me dijo esa tarde, mientras comíamos un guisado de papas con chorizo.

—Tu ropa está ahí, doblada —señalé una silla—. Ya la lavé y la remendé un poco.

Él se levantó, caminando cojeando, y tomó la chaqueta. La revisó minuciosamente. Palpó los forros, las costuras. De repente, se detuvo en la parte interior del cuello de la chaqueta.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Aquí hay algo —murmuró.

Sacó una pequeña navaja que yo le había prestado para comer y descosió con cuidado la tela. De adentro, sacó un pequeño objeto metálico, plano y diminuto. Parecía una tarjeta de memoria, una micro SD.

Nos quedamos mirándola como si fuera una bomba.

—¿Sabes qué hay ahí? —pregunté.

—No. Pero presiento que es la razón por la que estoy aquí y no en mi casa.

—¿Tienes dónde leerla? —preguntó él.

Me reí con amargura.

—Mira a tu alrededor. No tengo ni televisión. Mi celular es un ladrillo viejo que apenas agarra señal si me subo al techo del granero. Esa cosita es tecnología espacial para mí.

Él guardó la tarjeta en el bolsillo de su pantalón, apretándola con fuerza.

—Mejor. Si no sabemos qué es, no pueden obligarnos a decirlo.

Esa noche, la tensión cambió. Ya no era solo el miedo a lo desconocido, era la certeza de que él cargaba con algo valioso y peligroso. Y estábamos encerrados juntos en una caja de madera en medio de la nada.

Empezamos a hablar más de nosotros, para distraernos. Yo le conté un poco de mi vida, sin entrar en detalles dolorosos. Le dije que fui enfermera en la capital, que me cansé de ver gente morir en las salas de urgencias por balazos y ajustes de cuentas, y que me vine al rancho de mis abuelos a buscar paz. Él me escuchaba con atención, como si mi vida fuera lo más interesante del mundo.

—Tienes manos que curan, Elena —me dijo, mirando mis manos mientras yo le cambiaba el vendaje de las costillas—. Me salvaste. No solo me sacaste de la nieve, me trajiste de vuelta.

Hubo un momento, un instante breve, en que nuestras miradas se cruzaron y el aire se sintió denso, cargado. Él estaba sentado en la orilla de la cama, yo de pie frente a él. Podía oler su aroma, una mezcla de jabón neutro y hombre. Podía ver la barba de tres días que le sombreaba la cara, dándole un aspecto rudo y atractivo.

Me aclaré la garganta y di un paso atrás.

—Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho —dije, desviando la mirada.

—No cualquiera —reprochó él suavemente—. La mayoría hubiera seguido caminando. El mundo de allá afuera es egoísta, Elena. Tú no.

Estaba a punto de responderle, de decirle que no me idealizara, cuando Sombra, mi perro, empezó a ladrar afuera.

No era su ladrido de juego, ni el que le hacía a las ardillas. Era el ladrido profundo, gutural, de advertencia. El pelo de mi nuca se erizó.

—Apaga la luz —ordené en un susurro.

Él reaccionó rápido. Sopló la lámpara de petróleo que teníamos en la mesa. La cabaña quedó en penumbra, iluminada solo por las brasas agonizantes de la chimenea.

Me acerqué a la ventana, pegándome a la pared para no ser vista. Sombra seguía ladrando, corriendo hacia el camino principal que llevaba a la entrada de mi terreno.

—¿Qué ves? —susurró él detrás de mí. Sentí su calor en mi espalda.

—Nada aún. Pero Sombra no ladra por nada.

Entonces los vi. Dos faros amarillentos cortaron la oscuridad, rebotando en los árboles nevados. Un vehículo subía por la brecha. Era una camioneta grande, 4×4, de esas que no se detienen por un poco de lodo o nieve. El motor rugía, forzándose en la subida.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él, su voz tensa.

—A nadie.

La camioneta se detuvo frente a la cerca de madera, a unos cincuenta metros de la cabaña. Las luces se apagaron, pero el motor siguió encendido. Vi abrirse las puertas.

Dos siluetas bajaron. Hombres. Grandes. Llevaban sombreros vaqueros y chamarras gruesas. Uno de ellos encendió una linterna potente y barrió el frente de la casa con el haz de luz. La luz nos pasó rozando, iluminando el polvo en el aire dentro de la cabaña por un segundo.

Nos agachamos instintivamente.

—Tienen armas —susurré. Había visto el brillo del metal bajo la luz de la luna cuando se movieron. Rifles largos.

Él me agarró del brazo.

—Elena, tienes que decir que no has visto a nadie. Si entran y me encuentran…

—Si entran, no van a preguntar —le corté—. Escóndete.

—¿Dónde? Es una sola habitación.

—El sótano de las conservas. Debajo de la alfombra.

Corrimos hacia el centro de la sala. Pateé la alfombra tejida a un lado y levanté una trampilla de madera pesada que apenas se notaba en el piso.

—Es pequeño y huele a humedad, pero estarás seguro. Métete ahí y no hagas ni un ruido, aunque me escuches gritar. ¿Entendiste?

Él me miró con angustia.

—No te voy a dejar sola con ellos.

—¡Métete, carajo! —le siseé, empujándolo—. Si te ven, nos matan a los dos. Si solo me ven a mí, tengo oportunidad. Soy mujer, vivo sola, puedo hacerme la tonta. ¡Vete!

Él bajó las escalerillas de madera a regañadientes. Cerré la trampilla y volví a colocar la alfombra encima, acomodándola con el pie para que no se viera movida. Luego, respiré hondo, agarré mi escopeta y me senté en la mecedora frente al fuego, fingiendo que estaba tejiendo, aunque las manos me temblaban tanto que casi tiro las agujas.

Los pasos crujieron en la nieve del porche. Pesados. Lentos.

Toc, toc, toc.

Tres golpes secos en la puerta de madera. No preguntaron “¿hay alguien?”. Solo golpearon con la autoridad de quien se siente dueño del lugar.

—¿Quién es? —grité, tratando de que mi voz sonara vieja y cansada, no aterrorizada.

—Buenas noches, señora —respondió una voz ronca desde afuera—. Sentimos molestarla a estas horas. Se nos quedó la camioneta. ¿Podría abrirnos? Necesitamos agua.

Mentira. La camioneta estaba encendida, la escuchaba ronronear. Querían que abriera.

Me levanté, cargué la escopeta haciendo sonar el mecanismo a propósito, clack-clack, para que lo escucharan bien claro.

—No abro a desconocidos —grité—. Y menos a estas horas. Hay un grifo en el corral si quieren agua para el radiador. Tomen la que quieran y váyanse.

Hubo un silencio afuera. Escuché un murmullo.

—Mire, doña —la voz cambió, ya no era amable—. No queremos problemas. Pero andamos buscando a un amigo. Se perdió en la tormenta hace unos días. Un hombre alto, de ciudad. ¿No lo ha visto por aquí?

El corazón se me detuvo. Eran ellos. Los que lo buscaban. Los que lo querían muerto.

—Aquí no ha venido nadie —respondí firme—. Llevo tres días encerrada por la nieve. Si su amigo se perdió en el monte con este frío, búsquenlo en el cementerio, no en mi casa.

Escuché una risa seca, desagradable.

—Tiene carácter la señora. Oiga, ¿nos permite pasar solo para calentarnos un poco las manos? Hace un frío del carajo allá afuera. Y de paso echamos un ojo, no vaya a ser que el pobre hombre se haya metido en su granero sin que usted sepa.

—¡Si dan un paso más hacia la puerta, disparo! —advertí, apuntando al centro de la madera—. Tengo una calibre 12 y no tengo mal pulso.

El silencio se alargó de nuevo. Podía sentir la tensión filtrándose por las rendijas. Estaban decidiendo si valía la pena el riesgo de tirar la puerta y recibir un tiro, o si me creían.

—Está bien, está bien —dijo la voz, ahora con un tono de burla—. No se altere. Ya nos vamos. Pero si ve algo… si ve a alguien… avísenos. Nos vamos a quedar por la zona un rato más.

Escuché los pasos alejándose. No bajé el arma. Me quedé inmóvil, escuchando cómo subían a la camioneta, cómo azotaban las puertas. El motor rugió y las luces se alejaron, bajando por el camino.

Esperé diez minutos completos. Diez minutos eternos. Luego, me arrastré hasta la ventana y miré. No había nadie. Pero en la nieve, justo frente a mi puerta, habían dejado algo.

Salí con cuidado, con la escopeta por delante. El frío me golpeó la cara. En el suelo, clavado en la nieve, había un listón negro. Un listón de luto.

Era una amenaza. Sabían que mentía. O al menos, sospechaban lo suficiente como para marcar mi casa.

Entré corriendo, cerré con todos los cerrojos y moví la alfombra. Abrí la trampilla.

—¿Se fueron? —preguntó él desde la oscuridad, subiendo rápido.

—Por ahora —le di la mano para ayudarlo a salir—. Pero dejaron un recado. Saben que estás cerca. O creen que yo sé algo.

Él salió, sacudiéndose el polvo. Me miró y vi algo nuevo en sus ojos. Ya no era miedo. Era culpa. Y rabia.

—Tengo que irme, Elena. No puedo dejar que te hagan daño por mi culpa.

—No digas estupideces —le espeté, más enojada por el miedo que acababa de pasar que con él—. No vas a llegar ni a la carretera en tu estado. Y si te vas, me matan a mí por haberte ayudado. Ya estamos en esto juntos, te guste o no.

Se quedó callado, mirándome con una intensidad que me desarmó. Dio un paso hacia mí y, sin previo aviso, me tomó la cara entre sus manos. Sus manos estaban calientes ahora.

—Te juro, Elena… te juro por mi vida, o lo que queda de ella, que no voy a dejar que te toquen un pelo. Voy a recordar quién soy. Y cuando lo haga, voy a acabar con ellos.

En ese momento, vi al hombre que debía haber sido antes de la nieve. Un hombre poderoso, peligroso. Y por primera vez, no supe a quién debía temerle más: si a los hombres de afuera con rifles, o al hombre que tenía dentro de mi casa, cuya memoria estaba despertando como un volcán dormido.

De repente, un ruido sordo vino del techo. Como si alguien caminara sobre las tejas.

Ambos miramos hacia arriba.

—Dijiste que se habían ido… —susurró él.

—La camioneta se fue —dije, sintiendo cómo el terror me helaba la sangre—. Pero ellos no.

Alguien estaba en el techo. Intentando entrar por la chimenea o buscando una claraboya. Estábamos rodeados.

—La escopeta —me dijo él, extendiendo la mano—. Dámela.

Dudé un segundo. Era mi única defensa. Pero al ver sus ojos, su postura, supe que él sabría usarla mejor que yo. Se la entregué.

Él revisó la carga con movimientos expertos, rápidos, letales. Ya no le temblaban las manos. La memoria muscular estaba ahí, intacta.

—Ve al sótano —me ordenó, con una voz que no admitía réplica. Era la voz de alguien que manda, de un patrón.

—No te voy a dejar…

—¡Elena! —me cortó, agarrándome del hombro—. Esto se va a poner feo. Necesito saber que estás a salvo para poder hacer lo que tengo que hacer. Por favor.

Sus ojos me suplicaron, y al mismo tiempo me prometieron protección. Asentí, tragando mis lágrimas, y corrí hacia la trampilla. Antes de bajar, lo miré una última vez. Estaba de pie en medio de la sala, con la escopeta lista, mirando hacia el techo, esperando al lobo. Parecía un ángel vengador.

Bajé y cerré la tapa sobre mi cabeza justo cuando escuché el primer golpe fuerte en el techo, seguido del sonido de vidrios rotos.

Y entonces, el primer disparo retumbó en la cabaña, tan fuerte que sentí la vibración en los dientes.

La guerra había llegado a mi montaña. Y yo estaba enterrada bajo el suelo, rezando para que el extraño que había salvado de la nieve pudiera salvarnos ahora del infierno.

PARTE 3: LA SANGRE EN LA NIEVE Y EL DESPERTAR DEL LOBO

El estruendo del primer disparo no fue lo peor. Lo peor fue la vibración. Sentí cómo el suelo de tierra comprimida del sótano se sacudía contra mis rodillas, y el polvo acumulado durante años en las vigas del techo se desprendió, cayéndome sobre el pelo y los ojos como una lluvia gris y asfixiante. Me tapé la boca con ambas manos para ahogar un grito, cerrando los ojos tan fuerte que vi destellos de colores en la oscuridad absoluta.

Arriba, el infierno se había desatado.

No era como en las películas. No había música de fondo ni diálogos heroicos. Solo era ruido. Ruido bruto, seco y aterrador. Escuché el sonido inconfundible de botas pesadas aterrizando sobre la madera de mi sala, seguido de cristales rotos que crujían bajo el peso de hombres que no tenían intención de pedir permiso.

—¡Ahí está! —gritó una voz desconocida, ronca y cargada de adrenalina.

¡Bum!

El segundo disparo de la escopeta retumbó, más cerca esta vez. Escuché un alarido, un grito de dolor que se cortó en seco con un gorgoteo húmedo. Mi estómago se revolvió. Sabía, por mis años en la sala de urgencias, exactamente qué tipo de daño acababa de causar ese sonido. Alguien acababa de perder un pulmón, o la garganta.

—¡Hijo de la ch*ngada! —rugió otra voz—. ¡Mátenlo! ¡Mátenlo ya!

Se desató una cacofonía de disparos. Eran armas automáticas, tableteos rápidos y agudos que contrastaban con el rugido profundo de mi vieja “cuatrorríos”. Las balas atravesaban el piso de madera sobre mi cabeza. Vi astillas de luz filtrarse por los agujeros recién hechos en las tablas, rayos mortales que iluminaban el polvo flotante. Me hice un ovillo en el rincón más alejado, detrás de los estantes de frascos de duraznos y peras en almíbar, rezando a todos los santos que mi abuela me había enseñado, aunque hacía años que no creía en ellos.

—¡Sombra! —escuché que él gritaba mi nombre, o tal vez le gritaba al perro.

Un ladrido agónico. Luego, un gemido que se apagó.

El corazón se me rompió en ese instante. Sombra. Mi único compañero. Mi leal amigo que solo quería defender su casa. Las lágrimas brotaron calientes y furiosas, mezclándose con el polvo en mi cara. Quería subir. Quería salir de ese agujero y clavarles las tijeras de podar en el cuello a esos malditos. Pero el miedo me mantenía paralizada, anclada al suelo frío y húmedo.

Hubo un estruendo final, como un mueble pesado volcándose, seguido de dos disparos de escopeta casi simultáneos. ¡Bum-Bum!

Y luego, silencio.

Un silencio denso, pesado, que zumbaba en mis oídos. Olía a pólvora quemada, un olor acre y metálico que se filtraba por las rendijas del suelo. Contuve la respiración hasta que mis pulmones ardieron. ¿Quién había ganado? ¿Estaba él muerto arriba, desangrándose sobre mi alfombra tejida? ¿Bajarían ahora por mí?

Pasó un minuto. Dos. Eternos.

Luego, pasos. Lentos, arrastrados. Alguien caminaba justo encima de la trampilla. Se detuvo. Escuché el sonido de la alfombra siendo retirada. La luz tenue de la sala inundó las rendijas. La trampilla se levantó de golpe.

Me encogí, agarrando un frasco de vidrio como única arma, lista para romperlo en la cara del primero que asomara.

—Elena… —la voz era un susurro rasposo, sin aliento.

Era él.

Solté el aire que tenía atrapado y el frasco resbaló de mis dedos sudorosos, rodando por la tierra sin romperse. Me acerqué a la escalerilla, temblando incontrolablemente.

—¿Estás… estás vivo? —pregunté, mi voz sonando patética en la oscuridad.

—Sube. Rápido. No tenemos tiempo.

Su mano se extendió hacia mí. Estaba manchada de sangre, pero el agarre era firme. Me izó como si no pesara nada. Cuando salí a la superficie, la escena que vi se grabó a fuego en mi memoria para siempre.

Mi cabaña, mi santuario, estaba destrozada. La mesa estaba volcada y astillada. La ventana principal ya no existía; el viento helado y la nieve entraban libremente, arremolinándose en la sala. Y los cuerpos… Había tres hombres en el suelo. Dos cerca de la entrada, en posiciones antinaturales, y uno más cerca de la chimenea, con el pecho destrozado por la perdigonada. La sangre manchaba la madera pulida que yo enceraba cada domingo.

Pero lo que me hizo correr no fue la sangre humana.

—¡Sombra! —grité, ignorando el peligro, ignorando a los muertos.

Mi perro estaba ovillado junto al sillón. Corrí hacia él y me tiré al suelo. Tenía una herida en el flanco, la piel abierta por una bala que lo había rozado, y respiraba con dificultad, pero cuando escuchó mi voz, movió la cola débilmente y lamió mi mano.

—Está vivo —dijo él, parándose detrás de mí. Se apoyaba pesadamente en la escopeta, como si fuera un bastón. Su camisa blanca estaba empapada en rojo en el costado izquierdo—. La bala solo le rompió piel y músculo, no tocó hueso ni órganos vitales. Es un guerrero, igual que su dueña.

Me giré para mirarlo. Él tampoco estaba ileso. Una línea de sangre le bajaba por la sien, y la mancha en su costado crecía por segundos. Pero sus ojos… Dios mío, sus ojos habían cambiado. Ya no había confusión ni miedo. Había una frialdad calculadora, una intensidad depredadora. Había recuperado algo más que su memoria; había recuperado su instinto asesino.

—Tenemos que irnos, Elena —dijo, recargando la escopeta con movimientos mecánicos y precisos—. Esos eran la avanzada. Si no nos reportamos, o si no regresan en una hora, enviarán a más. Y no vendrán a tocar la puerta.

—No puedo dejar mi casa… no puedo dejar a Sombra —sollocé, acariciando la cabeza de mi perro.

Él se agachó a mi lado, haciendo una mueca de dolor. Me tomó del brazo con suavidad pero con firmeza, obligándome a mirarlo.

—Elena, escúchame bien. Esta casa ya no es segura. Es una tumba. Ellos saben dónde estamos. Si nos quedamos, morimos. Los tres. Sombra puede caminar si le vendamos la herida rápido, pero tenemos que salir ya. Ahora mismo.

Asentí, limpiándome las lágrimas con furia. Tenía razón. El pánico no me serviría de nada. La enfermera en mí tomó el control, empujando a la mujer aterrorizada a un rincón de mi mente.

—Necesito el botiquín del baño y mi mochila de excursión —dije, poniéndome de pie—. Tú vigila la puerta.

Me moví rápido. Fui al baño y arrasé con todo: gasas, alcohol, suturas, antibióticos, analgésicos. En mi cuarto, saqué la mochila grande de senderismo. Metí ropa térmica, calcetines secos, una linterna, cerillos, un cuchillo de caza y toda la comida enlatada y seca que pude cargar sin que el peso nos alentara. Regresé a la sala.

Él estaba registrando los cuerpos. Con una frialdad que me erizó la piel, revisaba sus bolsillos, sacando carteras, teléfonos y cargadores de armas.

—¿Qué haces? —pregunté, sintiendo náuseas.

—Buscando información. Y munición. Necesitamos todo lo que traigan.

Se levantó y me lanzó una pistola negra, pesada.

—¿Sabes usarla?

La atrapé torpemente. El metal estaba frío.

—Sé cómo quitar el seguro y jalar el gatillo. Nunca le he disparado a nada que no sea una lata.

—Con eso basta. Apunta al bulto y dispara hasta que deje de moverse. Espero que no tengas que usarla.

Se acercó a Sombra. Con una habilidad sorprendente, limpió la herida del perro y la vendó con presión usando una de las camisas de franela que yo había sacado. Sombra gimió, pero se dejó hacer.

—Vamos, amigo. Arriba —le susurró al perro.

Sombra se levantó, cojeando, pero se mantuvo en pie.

—Toma —dijo él, pasándome un teléfono satelital que había sacado de uno de los sicarios—. Está bloqueado, pero quizás nos sirva más adelante si conseguimos señal o desbloquearlo.

—¿Y tú? —señalé su costado—. Estás sangrando mucho.

—Es un rasguño. La bala entró y salió limpio. Me dolerá como el infierno mañana, pero puedo caminar.

Salimos de la cabaña cinco minutos después. No miré atrás. Sabía que si volteaba a ver mi hogar, con la puerta rota y los cadáveres dentro, me derrumbaría. La nieve caía suavemente ahora, piadosa, comenzando a cubrir el rastro de sangre en el porche.

El frío de la Sierra nos golpeó de frente. Era de noche cerrada, y el viento cortaba la cara como navajas de hielo.

—¿Hacia dónde? —pregunté. Yo conocía el terreno, él no.

—Hacia arriba —dijo él, mirando hacia los picos oscuros—. Esperarán que bajemos a la carretera, que busquemos ayuda en el pueblo. Es lo lógico. Por eso no lo haremos. Iremos hacia la cresta, cruzaremos al otro lado del valle.

—Eso es suicida —repliqué, ajustándome la mochila—. Hay barrancos, hielo negro, y no hay refugios en kilómetros. Además, Sombra no aguantará tanto.

—Conozco una vieja mina —dijo, sorprendiéndome—. Las minas de plata abandonadas del lado norte. Mi abuelo… mi abuelo me hablaba de ellas.

Me detuve en seco, hundiendo las botas en la nieve.

—¿Tu abuelo? ¿Ya recuerdas?

Él se detuvo también y se giró. La luz de la luna se filtró entre las nubes, iluminando su rostro pálido y duro.

—Recuerdo mi nombre —dijo, y su voz sonó diferente, cargada de una autoridad ancestral—. Soy Santiago. Santiago Montenegro.

El apellido me cayó como un balde de agua helada. Los Montenegro. Los dueños de media Coahuila. Ranchos, ganadería, transporte, política. Eran una dinastía, intocables, casi míticos en la región. Y también se decía que estaban malditos.

—¿Montenegro? —susurré—. Dijeron en las noticias… dijeron que el helicóptero de la familia se había caído hace una semana. Que no hubo sobrevivientes.

—No fue un accidente —dijo Santiago, con una mueca de odio—. Y no fue un helicóptero. Fue una emboscada en la carretera. Iba con mi hermana… con Valeria.

Su voz se quebró al mencionar el nombre. Cerró los ojos un segundo, luchando contra el dolor, físico y emocional.

—Ellos… ellos la sacaron del auto. A mí me dieron por muerto y me lanzaron al barranco para que pareciera que salí disparado en el choque. Pero Valeria… —Abrió los ojos, y vi un fuego que podría derretir la nieve a nuestro alrededor—. Tengo que encontrarla. Si esos malditos la tienen, voy a quemar el estado entero hasta encontrarla.

—Santiago… —intenté decir algo, pero no había palabras para eso.

—Pero primero, tenemos que sobrevivir a esta noche. Vámonos.

Caminamos durante horas. La nieve nos llegaba a las pantorrillas, haciendo que cada paso fuera una tortura. Sombra iba entre nosotros, cojeando valientemente, deteniéndose a veces para olfatear el aire. Yo iba guiando, buscando las veredas de venados que conocía, evitando las zonas donde la nieve podía ocultar grietas profundas.

El frío era un enemigo silencioso. Empezaba entumiendo los dedos de los pies, luego las manos, y finalmente se metía en la mente, susurrándote que te sentaras un ratito, que cerraras los ojos solo un momento. Tuve que sacudir a Santiago dos veces cuando lo vi tambalearse. Su herida estaba sangrando de nuevo, manchando la nieve de gotas rojas que brillaban negras en la oscuridad.

—No te duermas, chingao —le dije, usando su propio brazo para sostenerlo—. Eres un Montenegro, ¿no? Demuestra que aguantas más que un campesino.

Él soltó una risa débil, áspera.

—Eres dura, Elena. Más dura que cualquiera de mis capataces.

—Soy enfermera de urgencias. He visto a tipos más grandes que tú llorar por una inyección. Camina.

Cerca del amanecer, llegamos a una zona de rocas grandes, formaciones antiguas que protegían del viento. Encontré una pequeña oquedad, casi una cueva, formada por dos lajas de piedra caliza caídas.

—Aquí —señalé—. Descansamos una hora. No más.

Nos metimos en el hueco. Apretados, uno contra el otro para conservar el calor. Sombra se acurrucó sobre mis piernas, temblando. Saqué una manta térmica de emergencia y nos cubrimos los tres.

Saqué la linterna y revisé la herida de Santiago. Estaba fea. Los bordes estaban inflamados y seguía supurando.

—Tengo que cauterizar o coser —dije, analizando la situación—. Si se infecta aquí arriba, la fiebre te matará antes que ellos.

—Haz lo que tengas que hacer —dijo él, apretando la mandíbula—. ¿Tienes anestesia?

—Tengo una botella de mezcal que metí de contrabando en la mochila. Es todo.

Él tomó la botella y le dio un trago largo, sin respirar. Luego me la pasó.

—Dale un trago tú también. Te va a temblar la mano menos.

Bebí. El líquido quemó mi garganta y calentó mi estómago. Me puse manos a la obra. Limpié la herida con alcohol, lo que le hizo soltar un gruñido ahogado. Luego, preparé la aguja y el hilo de sutura.

—Háblame —le pedí mientras empezaba a coser la piel viva—. Cuéntame qué hay en la tarjeta SD. Necesito que te concentres en otra cosa que no sea la aguja entrando en tu carne.

Santiago respiraba entre dientes, con la frente perlada de sudor frío a pesar de la temperatura bajo cero.

—La tarjeta… —jadeó—. Es el seguro de vida de mi padre. Él sabía que algo iba a pasar. Son registros. Libros de contabilidad dobles. Nombres de políticos, de jefes de plaza, de militares comprados. Pruebas de lavado de dinero usando las empresas de transporte de la familia.

—¿Tu familia estaba metida en eso? —pregunté, dando otra puntada.

—Mi tío. Mi tío Rogelio. Él siempre fue la oveja negra, el ambicioso. Mi padre quería limpiar el negocio, salirse. Por eso lo mataron el año pasado, un “infarto”. Yo tomé el control e intenté seguir sus pasos, pero Rogelio ya tenía sus garras en todo.

—Así que tu propio tío te mandó matar.

—Él y sus socios. Quieren la tarjeta porque ahí está la evidencia para hundirlos a todos, o para que un cartel rival los extorsione. Vale millones, Elena. Y vale nuestras vidas.

Terminé la última puntada y corté el hilo. Le puse un parche de gasa limpia y lo aseguré con cinta.

—Ya está. Vas a sobrevivir, si no te mueves mucho.

Él se recargó en la roca, agotado.

—Gracias. Otra vez.

Nos quedamos en silencio un rato, escuchando el viento afuera. La cercanía de nuestros cuerpos era extraña. Hace tres días no lo conocía, y ahora su calor corporal era lo único que me mantenía viva. Podía sentir el ritmo de su corazón contra mi hombro.

—Elena —dijo suavemente—. Cuando esto termine… si salimos de esta… te voy a dar la vida que te mereces. No tendrás que esconderte en esta montaña nunca más.

—A mí me gusta mi montaña —repliqué, aunque sin mucha convicción—. El problema no es la montaña, son los demonios que suben a ella.

De repente, un sonido rompió la calma. Un zumbido. Lejano, pero constante. Como un mosquito gigante.

Santiago se tensó de inmediato.

—¿Escuchas eso?

—Sí. ¿Es una motosierra?

—No —dijo él, apagando la linterna de golpe—. Es un dron.

Se asomó con cuidado por la abertura de las rocas. Yo me asomé junto a él. En el cielo gris del amanecer, un punto negro se movía sobre la línea de árboles, bajando hacia donde habíamos dejado nuestras huellas hace una hora.

—Tienen tecnología —masculló Santiago—. No son simples sicarios de pueblo. Han traído a los profesionales. Nos están rastreando con térmica.

—¿Nos pueden ver aquí? —pregunté, sintiendo que el pánico volvía a trepar por mi garganta.

—La roca bloquea parte del calor, pero si se acercan lo suficiente… Sombra, el perro. Su calor corporal es más evidente.

Miró a Sombra, y por un segundo, vi un cálculo frío en sus ojos. Me interpuse de inmediato, abrazando al perro.

—Ni se te ocurra —le advertí, con la mano cerca de la pistola que él me había dado—. Sombra viene con nosotros. Si él no sale, yo no salgo.

Santiago me miró y su expresión se suavizó. Asintió.

—No iba a sugerir dejarlo. Iba a sugerir usarlo.

—¿Cómo?

—El dron busca calor y movimiento. Si nos quedamos aquí, nos encontrarán. Tenemos que separarnos. Uno tiene que ser el señuelo.

—Estás loco. Estás herido, apenas puedes caminar. Y yo no sé pelear contra un ejército.

—No vamos a pelear todavía. Vamos a tenderles una trampa. ¿Conoces el paso del ‘Espinazo del Diablo’?

Asentí. Era un sendero estrecho, bordeado por un acantilado de cien metros de caída vertical, a unos dos kilómetros de allí.

—Perfecto —dijo él—. Ahí es donde nivelaremos la balanza. Pero necesito que confíes en mí ciegamente, Elena. ¿Puedes hacerlo?

Lo miré. Miré su ropa manchada de sangre, su barba crecida, la escopeta en sus manos y la determinación asesina en su rostro. Era un hombre peligroso, un hombre marcado por la traición y la muerte. Pero en ese momento, era mi única esperanza.

—Confío en ti —mentí, o tal vez no.

—Bien. Dame tu chamarra roja.

—¿Qué? Me voy a congelar.

—Te daré la mía de lana gris. Te camuflarás con las rocas. Yo usaré la roja. Quiero que me vean. Quiero que vengan a por mí.

Intercambiamos las prendas. Su chamarra me quedaba enorme, oliendo a él y a sangre seca. Él se puso mi chamarra roja, que le quedaba ridículamente ajustada, pero cumplía su función: era un punto brillante en la inmensidad blanca y gris.

—Tú vas a rodear por el bosque, con Sombra. Sube a la parte alta del acantilado. Yo iré por el sendero bajo, haciéndome el cojo, el herido fácil. Cuando lleguen a la curva ciega… tú vas a dejar caer esto.

Metió la mano en la mochila y sacó una bengala de carretera que yo guardaba por si acaso.

—No entiendo —dije, confundida.

—La nieve en esa cornisa es inestable. Lo vi cuando subimos. Si tiras la bengala encendida sobre el banco de nieve superior cuando ellos estén abajo… el calor y el impacto provocarán un alud. Pequeño, pero suficiente para barrerlos al vacío.

Era un plan desesperado. Un plan horrible. Pero al pensar en mi casa destrozada, en Sombra sangrando, en la vida tranquila que me habían robado… sentí que algo duro y frío se asentaba en mi pecho.

—De acuerdo —dije.

Nos separamos. Verlo alejarse, vestido de rojo, cojeando exageradamente hacia la muerte, fue una de las cosas más difíciles que he hecho. Tomé a Sombra y empecé a trepar por entre los pinos, ocultándome en las sombras, moviéndome tan silenciosa como el fantasma que la gente del pueblo decía que yo era.

Llegué a la posición media hora después. Desde arriba, tenía una vista perfecta del sendero estrecho que bordeaba el precipicio. El viento soplaba fuerte allí arriba, rugiendo en mis oídos.

Esperé.

Primero vi el dron. Zumbaba sobre el sendero, deteniéndose y girando. Había localizado a Santiago.

Luego, los vi a ellos. Cuatro hombres. Iban vestidos con equipo táctico de camuflaje invernal, moviéndose con disciplina militar. No eran los matones de la noche anterior. Estos eran profesionales. Cazadores.

Santiago caminaba unos doscientos metros delante de ellos, arrastrando la pierna. Se detuvo en la curva, justo donde el sendero se hacía más angosto. Se giró y miró hacia atrás. Levantó la mano y les hizo una seña obscena.

Los hombres aceleraron el paso, levantando sus armas. Creyeron que lo tenían acorralado. Creyeron que era el final.

Encendí la bengala. El fósforo brilló con una luz roja intensa, chisporroteando furiosamente.

—Por mi casa, cabrones —susurré.

Lancé la bengala.

Vi el arco rojo brillante caer a través del aire frío, girando sobre sí mismo. Aterrizó perfectamente en el cúmulo de nieve inestable que colgaba justo encima de los hombres.

Por un segundo, no pasó nada.

Luego, un crujido grave, profundo, como el gemido de la montaña misma. La capa de nieve se fracturó. Toneladas de blanco se desprendieron en una ola imparable.

Los hombres miraron hacia arriba demasiado tarde.

La nieve los golpeó con la fuerza de un tren de carga. No hubo disparos. Solo el rugido blanco y luego… el vacío. El sendero quedó limpio, borrado, como si nunca hubiera habido nadie allí.

Miré hacia Santiago. Él se había pegado a la pared de roca, justo fuera del alcance de la avalancha. La nieve le había llegado hasta la cintura, pero estaba a salvo.

Levantó la vista hacia mi escondite y alzó el pulgar.

Bajé temblando, deslizándome casi sin control hasta llegar a él. Cuando nos reunimos, ambos estábamos jadeando, con la adrenalina quemándonos las venas.

—Lo hiciste —dijo él, con una sonrisa salvaje—. Lo hiciste perfecto.

—Maté a cuatro hombres —dije, mirando el abismo blanco donde habían desaparecido. La realidad de mis actos empezaba a golpearme.

—Salvaste nuestras vidas —me corrigió él, tomándome por los hombros—. Esos hombres no eran humanos, Elena. Eran máquinas de matar. Si no lo hacías tú, lo hacían ellos.

—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiendo que las fuerzas me abandonaban.

—Ahora tenemos una ventaja. Creen que el alud fue un accidente, o que morimos en él. Ganamos tiempo.

—¿A dónde vamos, Santiago? Ya no puedo más.

Él sacó el teléfono satelital que habíamos robado.

—Mira —me mostró la pantalla—. Tiene señal. Poca, pero tiene. Voy a hacer una llamada. Pero no a la policía.

—¿A quién?

—A la única persona que queda en este mundo que podría no querer venderme. Un viejo socio de mi padre en Monterrey. Si logramos llegar a la carretera vieja del aserradero, él puede mandar un helicóptero.

—¿El aserradero? Eso está a otro día de camino.

—Podemos hacerlo —dijo él, con una determinación inquebrantable—. Tenemos que hacerlo. Por Valeria. Por tu casa.

Estábamos a punto de emprender la marcha de nuevo cuando Sombra ladró. No hacia el barranco, sino hacia el bosque detrás de nosotros.

Nos giramos.

De entre los árboles, salió una figura solitaria. No llevaba uniforme táctico. Llevaba un abrigo de lana largo y un sombrero de ala ancha. Se apoyaba en un bastón elegante con empuñadura de plata.

Santiago se quedó helado. Su rostro perdió todo el color que le quedaba.

—No puede ser… —susurró.

El hombre sonrió. Era una sonrisa familiar, encantadora y terrible.

—Hola, sobrino —dijo el hombre, su voz resonando clara en el aire frío—. Veo que eres más difícil de matar que las cucarachas. Y veo que te has buscado una novia montañesa. Qué pintoresco.

Era el Tío Rogelio. Y no estaba solo. Detrás de él, media docena de punteros láser rojos aparecieron de la nada, bailando sobre el pecho de Santiago y sobre mi frente.

—La tarjeta, Santiago —dijo Rogelio, extendiendo una mano enguantada—. Dámela y te prometo que la muerte de tu amiguita será rápida. Si no… bueno, mis muchachos se aburren mucho en la sierra.

Santiago me miró. Vi la desesperación en sus ojos. Estábamos rodeados. Sin salida. Sin munición suficiente. Y con el diablo en persona parado frente a nosotros.

Llevé la mano a mi bolsillo, donde guardaba la pistola. Rogelio se rio.

—Ni lo intentes, chula. Estás muerta antes de que toques el metal.

Santiago dio un paso adelante, poniéndose entre los láseres y yo.

—Déjala ir, Rogelio. Esto es entre tú y yo. Deja que se vaya y te doy la tarjeta.

—¿Negociando? —Rogelio chasqueó la lengua—. Ya no estás en posición de negociar, mijo. Pero, soy un hombre de familia. Está bien. La dejo ir. Tira la tarjeta.

Santiago metió la mano en su bolsillo lentamente. Sacó la diminuta tarjeta SD. La sostuvo en alto, brillando al sol.

—¡Corre, Elena! —gritó de repente, lanzando la tarjeta no hacia Rogelio, sino hacia el precipicio, hacia el vacío blanco que habíamos creado.

El tiempo se detuvo. La tarjeta giró en el aire, un pequeño punto negro cayendo hacia la nada.

—¡NO! —gritó Rogelio, perdiendo la compostura por primera vez.

—¡MÁTENLOS! —ordenó.

Los disparos estallaron al mismo tiempo que Santiago se abalanzaba sobre mí, empujándonos a ambos por el borde del terraplén, hacia una caída de nieve y rocas que prometía dolor, pero quizás, solo quizás, una oportunidad de escapar del infierno que nos había alcanzado.

Caímos rodando, el mundo se convirtió en un torbellino de blanco, cielo y dolor, mientras las balas zumbaban sobre nuestras cabezas como avispones furiosos. Lo último que sentí fue el golpe seco de mi cabeza contra algo duro, y luego, la oscuridad me reclamó de nuevo, pero esta vez, sentí la mano de Santiago apretando la mía con fuerza mientras caíamos juntos hacia lo desconocido.

Aquí tienes el desenlace de la historia, desarrollado con la profundidad, el estilo y la extensión solicitados, manteniendo la continuidad con los eventos y el tono dramático de las partes anteriores.

PART FINAL: EL JUICIO DE LA MONTAÑA Y EL RENACER DE LOS LOBOS

La caída no fue como volar; fue una paliza brutal y prolongada propinada por la propia montaña. El mundo giró en una batidora de blanco, azul y gris roca. Sentí golpes secos en las costillas, ramas que me azotaban la cara como látigos helados y el rugido del viento en mis oídos que ahogaba incluso mis propios gritos.

El impacto final no fue contra el suelo duro, gracias a Dios y a la Virgen, sino contra un banco de nieve profunda acumulada en una grieta del barranco. La nieve me tragó entera, metiéndose por mi boca, mi nariz y mi cuello, robándome el aliento en un segundo de pánico congelado.

Todo se volvió negro por un instante. O tal vez fueron minutos. No lo sé.

Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el cielo. Un parche de azul pálido recortado entre las paredes verticales de roca que se alzaban sobre mí como lápidas gigantes. Estaba viva. Dolorida, aturdida, con el sabor a sangre y tierra en la boca, pero viva.

—¿Santiago? —mi voz salió como un graznido patético, apenas un susurro que el viento se llevó de inmediato.

Me moví y grité. Un dolor agudo me atravesó la pierna izquierda. No estaba rota, mi experiencia de enfermera me lo dijo al instante al probar el movimiento de los dedos, pero el golpe había sido severo. Me arrastré fuera del agujero que mi cuerpo había hecho en la nieve, escupiendo hielo.

A unos diez metros, vi un bulto oscuro medio enterrado. Y junto a él, una mancha negra que escarbaba frenéticamente.

—¡Sombra! —llamé.

El perro levantó la cabeza. Ladró, un sonido agudo y ansioso, y volvió a escarbar. Me obligué a ponerme de pie, ignorando las protestas de cada músculo de mi cuerpo, y cojeé hacia ellos.

Santiago estaba boca abajo. Su abrigo rojo, o mejor dicho, mi abrigo rojo que él llevaba puesto, era la única nota de color en ese mundo monocromático. Lo volteé con esfuerzo. Estaba inconsciente. La herida de su cabeza, la que se había hecho en el accidente original, sangraba de nuevo, y su rostro estaba tan pálido que se confundía con la nieve.

—No te atrevas, cabrón —le dije, dándole palmadas en la mejilla, suaves al principio, luego más fuertes—. No me hiciste saltar a un barranco para morirte aquí abajo. ¡Despierta!

Puse mi oreja en su pecho. El corazón latía. Rápido, errático, pero fuerte. “Corazón de lobo”, pensé.

—¡Arriba! —escuché un grito lejano, distorsionado por el eco del cañón.

Me pegué a la pared de roca, arrastrando a Santiago conmigo hacia la protección de un saliente de piedra. Miré hacia arriba. A más de cincuenta metros de altura, en el borde del precipicio desde donde habíamos saltado, vi siluetas diminutas. Eran los hombres de Rogelio.

—¡No los veo! —gritó uno.

—¡Tienen que estar muertos! —respondió otro—. ¡Nadie sobrevive a esa caída!

—¡El patrón quiere los cuerpos! —rugió una tercera voz, que reconocí como la del propio Rogelio—. ¡Busquen una bajada! ¡Quiero la cabeza de mi sobrino y la tarjeta, aunque tenga que bajar yo mismo a buscarlas!

El miedo me inyectó una dosis de adrenalina que me aclaró la mente de golpe. No teníamos mucho tiempo. Buscarían un camino para descender, y cuando lo hicieran, nos cazarían como a conejos en una trampa.

Santiago gimió y abrió los ojos. Estaban vidriosos, desenfocados.

—¿Elena? —murmuró.

—Aquí estoy. Estamos vivos. Pero no por mucho tiempo si no nos movemos. Rogelio está buscando cómo bajar.

Él intentó sentarse y soltó un alarido ahogado, llevándose la mano a las costillas.

—Creo que… creo que me rompí algo más —dijo, apretando los dientes hasta que le rechinaron—. La tarjeta… ¿la viste caer?

Lo miré incrédula.

—¿La tarjeta? ¡Lanzaste esa maldita cosa al vacío! ¡Probablemente está enterrada bajo tres metros de nieve en cualquier parte de este cañón!

Santiago negó con la cabeza, una sonrisa débil y dolorosa curvando sus labios secos.

—No, Elena. No la lancé.

Metió la mano en el puño de la manga de la chamarra, en un pequeño doblez oculto, y sacó el pequeño rectángulo de plástico negro.

—Prestidigitación —susurró—. Un truco que aprendí en las mesas de póker cuando era un junior irresponsable. Lancé una moneda de cinco pesos que traía en el bolsillo.

Me quedé mirándolo, boquiabierta. Sentí una mezcla de ganas de besarlo y de golpearlo con una piedra.

—Estás completamente loco —le dije—. Rogelio vio caer algo. Cree que la tarjeta está aquí abajo. Nos va a buscar con más rabia todavía.

—Exacto. Mientras busque la tarjeta, cometerá errores. Se desesperará. Y eso nos dará la ventaja que necesitamos.

—¿Ventaja? —le señalé nuestras condiciones: él apenas podía respirar, yo cojeaba, mi perro estaba herido y no teníamos munición—. Santiago, míranos. Somos el ejército de Pancho Villa pero en versión desastre. ¿Qué plan tienes?

Él guardó la tarjeta de nuevo, con cuidado reverencial.

—El aserradero. Sigue siendo la meta. El teléfono satelital… ¿lo tienes?

Me palpe los bolsillos del pantalón de cargo. Sentí el bloque duro.

—Sí. Está aquí. Y sorprendentemente, la pantalla no está rota.

—Bien. Vamos a movernos. El cauce del río seco nos ocultará. Si mis cálculos no fallan, el aserradero está a tres kilómetros siguiendo la garganta del cañón. Es terreno difícil, pero estaremos cubiertos de su vista.

Lo ayudé a levantarse. Pesaba, pesaba mucho. Santiago era un hombre grande, puro músculo y hueso denso, y ahora era peso muerto apoyado sobre mi hombro. Sombra, fiel como siempre, se puso a nuestro lado, cojeando también, pero con las orejas atentas, vigilando nuestra retaguardia.

Empezamos a caminar.

Los siguientes dos kilómetros fueron la definición del infierno en la tierra. Cada paso era una batalla contra la gravedad, contra el frío que se colaba hasta la médula y contra el dolor que gritaba en cada terminación nerviosa. La nieve en el fondo del cañón era engañosa; a veces era firme, a veces te hundías hasta la cintura en huecos ocultos entre las rocas.

Santiago iba perdiendo el conocimiento por momentos. Yo le hablaba constantemente para mantenerlo despierto.

—Cuéntame de Valeria —le pedí, mientras cruzábamos un tronco caído sobre un arroyo medio congelado—. Dijiste que ibas a quemar el estado por ella. ¿Cómo es?

Santiago parpadeó, enfocando la mirada en la nada.

—Valeria… es luz. Yo siempre fui el problemático, el oscuro. Ella es… ella estudió arte. Pinta cuadros que parecen sueños. Mi padre la adoraba. Rogelio… ese maldito siempre le tuvo envidia porque mi padre le dejó las acciones de la fundación benéfica a ella, no a él.

—La vamos a encontrar —le prometí, apretando su brazo—. Cuando salgamos de esta, vamos a ir por ella.

—Primero tengo que limpiar la casa —dijo él, con esa voz de lobo que me daba escalofríos—. Tengo que matar al perro rabioso antes de que muerda a alguien más.

Hicimos una pausa bajo un arco de piedra natural. Saqué el teléfono satelital. Extendí la antena.

—Una barra de señal —dije, conteniendo la respiración—. Es ahora o nunca.

Santiago tomó el teléfono con manos temblorosas. Marcó un número de memoria. Lo puso en altavoz para que yo pudiera escuchar y sostenerlo mientras él recuperaba el aliento.

Tuu… Tuu…

—¿Bueno? —una voz masculina, grave y autoritaria, contestó al tercer timbre.

—Don Felipe —dijo Santiago. Su voz cambió al instante, recuperando esa fuerza de mando que llevaba en la sangre—. Soy Santiago.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de incredulidad.

—Santiago… muchacho. Te enterramos simbólicamente ayer. Todo el norte dice que estás muerto.

—Los muertos no llaman, Felipe. Estoy vivo. Pero necesito ayuda. Rogelio me emboscó. Mató a mi padre. Tiene a Valeria. Y me está cazando ahora mismo en la Sierra de Arteaga.

—Ese hijo de perra… siempre supe que tenía las manos sucias. ¿Dónde estás?

—Cerca del viejo aserradero “La Esperanza”. Necesito extracción. Y necesito fuego pesado. No estoy solo. Tengo a una civil conmigo que me salvó la vida y pruebas físicas que hundirán a Rogelio y a la mitad del gobierno estatal.

—El aserradero… conozco el lugar. Está abandonado hace años. Escúchame bien, muchacho. Tengo un pájaro en Monterrey listo para volar. Un Bell 412. Puedo estar ahí en cuarenta minutos si el viento lo permite. Pero Santiago… si Rogelio está ahí, no va a ir solo.

—Lo sé. Trae un ejército, Felipe.

—Aguanta. Voy en camino. Cambio y fuera.

La llamada se cortó. Santiago dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

—Cuarenta minutos —susurró—. Cuarenta minutos para vivir o morir.

—Podemos hacerlo —dije, dándole un trago de nieve derretida que había recogido en una cantimplora—. Estamos cerca.

Continuamos la marcha. El terreno comenzó a abrirse. Las paredes del cañón se separaron, revelando un valle más amplio cubierto de pinos altos y densos. Y allí, en medio de un claro, se alzaba la estructura fantasmagórica del aserradero.

Era un edificio inmenso de madera podrida y láminas de metal oxidado que gemían con el viento. Una chimenea de ladrillo se alzaba hacia el cielo gris como un dedo acusador. Había maquinaria vieja esparcida por el patio, grandes sierras circulares y camiones de carga que se habían convertido en esqueletos de óxido bajo la nieve.

—Parece una casa de espantos —murmuré.

—Es un fuerte —corrigió Santiago—. Tiene muros gruesos, pasarelas altas. Es defendible.

Cruzamos el patio abierto corriendo, esperando que una bala nos alcanzara en cualquier momento. Pero el silencio reinaba. Entramos por una puerta lateral que colgaba de una sola bisagra.

El interior olía a aserrín viejo, grasa de motor y abandono. La luz se filtraba por los agujeros del techo, creando columnas de iluminación cenital que daban al lugar un aspecto de catedral industrial.

—Subamos —indicó Santiago, señalando unas escaleras metálicas que llevaban a una pasarela superior donde estaba la oficina de control—. Desde ahí dominamos la entrada.

Subimos. El metal rechinó bajo nuestras botas, un sonido que me pareció un disparo en el silencio. Llegamos a la oficina. Los vidrios estaban rotos, pero las paredes de madera ofrecían cobertura.

Santiago se dejó caer sentado contra la pared, con la escopeta sobre las rodillas. Revisó sus bolsillos.

—Tengo tres cartuchos —dijo, mostrando los cilindros rojos—. Tres oportunidades.

Yo saqué la pistola que me había dado.

—Tengo medio cargador. Tal vez seis o siete balas.

—Y un cuchillo —añadió él, sacando el cuchillo de caza de su cinturón—. Si se acercan, esto es lo último.

Nos sentamos juntos, hombro con hombro. Sombra se echó a nuestros pies, lamiéndose la herida. La espera comenzó.

Pasaron diez minutos. Veinte. El viento aullaba afuera, haciendo que las láminas del techo golpearan rítmicamente. Clang. Clang. Clang. Como un tambor de guerra.

—Elena —dijo Santiago de repente, sin mirarme—. ¿Por qué no te fuiste cuando pudiste? Cuando llegaron a tu cabaña la primera vez. Podrías haber dicho que no sabías nada y huir al pueblo.

Lo miré. Vi su perfil fuerte, sucio de sangre y tierra, su barba de varios días, la cicatriz en su ceja.

—Porque soy enfermera —dije—. No abandonamos a los pacientes.

Él giró la cabeza y me miró a los ojos. Había algo más ahí, algo que no necesitaba palabras.

—No fue solo eso —insistió suavemente.

—No —admití, sintiendo que mis mejillas se calentaban a pesar del frío—. No fue solo eso. Vi algo en ti, Santiago. Incluso cuando estabas medio muerto y delirando. Vi a alguien que luchaba por vivir con una fuerza que yo había perdido hace mucho tiempo. Me contagiaste tus ganas de vivir.

Él extendió su mano y tomó la mía. Sus dedos entrelazaron los míos, callosos, fuertes, cálidos.

—Si salimos de esta… —empezó a decir, acercándose a mí.

Pero el momento se rompió.

Sombra se levantó de golpe, erizando el pelo del lomo. Un gruñido bajo y profundo vibró en su garganta.

—Ya vienen —dijo Santiago, soltando mi mano y agarrando la escopeta.

Escuchamos el rugido de motores. No uno, sino varios. Camionetas acercándose rápido por el camino forestal. Frenazos bruscos sobre la grava y la nieve. Portazos.

Nos asomamos con cuidado por el borde de la ventana rota.

Tres camionetas negras habían entrado al patio. Hombres armados hasta los dientes bajaban y se desplegaban, tomando posiciones detrás de la maquinaria oxidada. Y en el centro, caminando con la calma de quien se sabe dueño de la situación, estaba el Tío Rogelio.

—¡Santiago! —gritó, su voz amplificada por el eco del aserradero—. ¡Sé que estás ahí! ¡Vi tus huellas, sobrino! ¡No eres tan listo como crees!

Santiago no respondió. Me hizo una señal para que guardara silencio.

—¡Salgan ahora! —continuó Rogelio—. ¡Entrégame la tarjeta y tal vez, solo tal vez, deje que mueran rápido! ¡Si tengo que entrar por ustedes, voy a desollarlos vivos!

—Está blofeando —susurró Santiago—. No sabe exactamente dónde estamos dentro del edificio. Quiere que hablemos para ubicarnos.

—¡Fuego de supresión! —ordenó Rogelio.

El infierno se desató de nuevo. Las balas comenzaron a llover sobre el aserradero. Atravesaban la madera podrida como si fuera papel, repiqueteando contra el metal, levantando nubes de astillas y polvo. Nos tiramos al suelo, cubriéndonos la cabeza.

El ruido era ensordecedor. Rat-ta-ta-ta. Pam-pam-pam.

—¡Están subiendo! —grité, viendo por una rendija del suelo cómo dos hombres corrían hacia las escaleras metálicas.

—¡Cúbreme la izquierda! —gritó Santiago.

Se levantó, ignorando el dolor, y se asomó por la ventana. ¡BUM!

El disparo de la escopeta alcanzó a uno de los hombres en el pecho, lanzándolo hacia atrás sobre una pila de troncos. El otro hombre se detuvo y disparó una ráfaga hacia arriba. Las balas zumbaron cerca de la cabeza de Santiago, astillando el marco de la ventana.

Yo me arrastré hacia la puerta de la oficina. Vi una sombra moverse en la pasarela. Alguien había subido por el otro lado, trepando por las vigas.

Levanté la pistola. Mis manos temblaban tanto que pensé que se me caería. “Respira, Elena. Como cuando tomas una vía en un niño que llora. Precisión.”

La figura apareció en el marco de la puerta. Un hombre con pasamontañas.

Apreté el gatillo.

El arma pateó contra mi mano con una fuerza sorprendente. El primer disparo dio en el techo. El hombre giró el arma hacia mí. Disparé de nuevo. Y de nuevo.

Una bala le dio en la pierna. Cayó gritando.

Santiago se giró, vio al hombre en el suelo intentando levantar su rifle, y lo remató con un golpe seco de la culata de la escopeta en la cabeza.

—¡Bien hecho! —me gritó—. ¡Quedan dos cartuchos!

Abajo, Rogelio estaba furioso.

—¡Inútiles! ¡Entren todos! ¡Quemen el maldito lugar si es necesario!

Vimos cómo uno de los hombres sacaba algo de la camioneta. Un lanzagranadas. O tal vez bombas molotov.

—Mierda —dijo Santiago—. Si prenden fuego, estamos muertos. La madera es vieja y seca, arderá en segundos.

Miré mi reloj. Habían pasado treinta minutos desde la llamada.

—Faltan diez minutos —dije con desesperación—. ¡Don Felipe no va a llegar!

—¡Sí va a llegar! —aseguró Santiago, aunque vi la duda en sus ojos—. Tenemos que ganar tiempo. ¡Voy a bajar!

—¿Qué? ¡No!

—Tengo la tarjeta. Si me ven con ella, no dispararán el fuego. Quieren la evidencia. Voy a negociar.

—¡Te van a matar en cuanto la tengan!

—Es eso o morir quemados aquí arriba, Elena. Quédate aquí. Si algo pasa… salta por la ventana trasera y corre al bosque.

Antes de que pudiera detenerlo, Santiago salió de la oficina. Caminó hasta el borde de la pasarela, exponiéndose a la vista de todos.

—¡ROGELIO! —rugió, con una voz que hizo temblar el polvo—. ¡ALTO AL FUEGO!

El tiroteo cesó de golpe.

—Vaya, vaya —se rió Rogelio desde abajo, protegido detrás del motor de una camioneta—. El rey de la montaña decide salir de su cueva. Baja, sobrino. Hablemos de familia.

—¡Tengo la tarjeta aquí! —Santiago levantó la mano, mostrando el plástico negro—. ¡Si disparan una sola bala más, o si veo una sola llama, la trago! ¡Y adiós a tus libros de contabilidad, adiós a tus cuentas en las Caimán, y hola a los carteles rivales que vendrán por tu cabeza cuando no tengas con qué pagarles!

Rogelio se puso tenso. Sabía que Santiago decía la verdad.

—Baja —repitió Rogelio, más serio—. Baja y entrégamela. Y te prometo que dejaré ir a la chica.

Santiago empezó a bajar las escaleras metálicas, lento, cojeando, pero con la cabeza alta. Yo lo miraba desde arriba, con el corazón en la garganta y la pistola apuntando a la cabeza de Rogelio, aunque sabía que a esa distancia jamás le daría.

Santiago llegó al suelo. Quedó a diez metros de Rogelio. Cinco hombres armados lo rodeaban en semicírculo.

—Dámela —exigió Rogelio, extendiendo la mano.

—Primero la chica —dijo Santiago—. Quiero verla salir del edificio y correr hacia el bosque.

—No estás en posición de…

—¡PRIMERO LA CHICA! —gritó Santiago, dando un paso atrás y haciendo el amago de llevarse la tarjeta a la boca.

Rogelio gruñó.

—Está bien. ¡Eh, tú! ¡Sal de ahí! ¡Lárgate!

Yo no me moví. No iba a dejarlo.

—¡Elena, vete! —me gritó Santiago sin voltear a verme—. ¡Es una orden!

Estaba a punto de gritar que no, cuando escuché algo. Un sonido rítmico, grave, que hacía vibrar el aire. Tuc-tuc-tuc-tuc.

Rogelio también lo escuchó. Miró al cielo, confundido.

—¿Qué es eso?

El sonido creció rápidamente hasta convertirse en un rugido atronador. De repente, sobre la línea de árboles, apareció una máquina de guerra. Un helicóptero negro, elegante y letal.

—¡TRAICIÓN! —gritó Rogelio, sacando una pistola dorada.

—¡AHORA! —gritó Santiago, tirándose al suelo.

Desde el helicóptero, una ametralladora lateral abrió fuego. No era fuego de advertencia. Era una lluvia de plomo caliente que barrió el patio del aserradero. Las camionetas de Rogelio estallaron en géiseres de cristales y metal. Los sicarios corrieron buscando refugio, cayendo como moscas.

Rogelio, en medio del caos, no corrió. Se quedó parado, mirando con odio puro a Santiago, que rodaba por el suelo buscando cobertura. Rogelio levantó su arma, apuntando a su sobrino.

—¡Si yo caigo, tú vienes conmigo! —aulló.

Yo no lo pensé. No dudé. Desde la altura de la pasarela, tenía una línea de tiro limpia sobre la espalda de Rogelio. Ya no me temblaban las manos. El miedo había desaparecido, reemplazado por una furia fría y protectora.

Apreté el gatillo. Una, dos veces.

Vi cómo el abrigo de lana de Rogelio se sacudía. El hombre se arqueó hacia adelante, sorprendido. Su disparo salió desviado, levantando nieve a un metro de Santiago.

Rogelio se giró lentamente hacia mí, con los ojos muy abiertos, buscando a quien lo había matado. Luego, sus rodillas cedieron. Cayó de cara en la nieve sucia del aserradero, con la pistola dorada resbalando de sus dedos muertos.

El helicóptero descendió, levantando una tormenta de nieve y aserrín. Hombres uniformados, comandos reales, bajaron por cuerdas incluso antes de que los patines tocaran el suelo, asegurando el perímetro, rematando cualquier resistencia.

Bajé las escaleras corriendo, casi volando. Sombra corría a mi lado, ladrando a los recién llegados.

Santiago estaba intentando levantarse. Corrí hacia él y me tiré de rodillas en la nieve, abrazándolo con tanta fuerza que él soltó un quejido de dolor, pero me devolvió el abrazo con igual intensidad.

—Lo hiciste —le dije, llorando y riendo al mismo tiempo—. Llegaron.

—Tú lo hiciste —murmuró él en mi oído, enterrando la cara en mi cuello—. Tú le disparaste. Me salvaste, Elena. Otra vez.

Un hombre mayor, de cabello canoso y traje impecable bajo un abrigo, bajó del helicóptero y corrió hacia nosotros, escoltado por dos guardias.

—¡Santiago! —gritó el hombre. Era Don Felipe.

—Aquí estamos —dijo Santiago, separándose un poco de mí pero sin soltarme la mano—. Rogelio está muerto. La tarjeta está aquí.

Le entregó la tarjeta a Felipe. El hombre la tomó como si fuera el Santo Grial.

—Con esto… con esto se acabó todo, hijo. Limpiaremos el nombre de tu padre. Y encontraremos a Valeria. Ya tengo equipos rastreando las casas de seguridad de Rogelio.

—Sácanos de aquí, Felipe —pidió Santiago, su voz apagándose. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se aflojó. La adrenalina finalmente había dejado de sostenerlo.

—¡Médico! —gritó Felipe—. ¡Subanlos! ¡Al perro también!

El vuelo hacia Monterrey fue borroso. Recuerdo el ruido de las aspas, el calor de la cabina, a los paramédicos trabajando sobre Santiago, poniéndole vías intravenosas, cortando su ropa ensangrentada. Yo estaba sentada a su lado, con Sombra en mi regazo, negándome a que me revisaran hasta saber que él estaba estable.

Santiago abrió los ojos una vez durante el vuelo. Me buscó con la mirada. Le tomé la mano.

—No te vayas —susurró.

—No me voy a ir a ningún lado, lobo tonto —le respondí, besando su mano sucia y herida.

EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS

El aire de la Sierra de Arteaga olía a pino y tierra mojada, igual que siempre. Pero ahora, el olor a quemado y a muerte había desaparecido, lavado por las lluvias de primavera y el sol de verano.

Estaba terminando de poner la cerca nueva en el corral. Mi cabaña había sido reconstruida. Mejorada, en realidad. Madera nueva, ventanas de doble panel, un sistema de energía solar que funcionaba de maravilla. No lo había pagado yo, por supuesto. Había intentado negarme, pero discutir con Santiago Montenegro era como discutir con una tormenta: inútil.

—¡Elena!

Me giré. Sombra, ya totalmente recuperado y un poco más gordo de lo que debería, corrió hacia la entrada moviendo la cola como un ventilador.

Una camioneta subía por el camino. No una camioneta negra y amenazante como las de aquella noche, sino una Ford bronco clásica, restaurada, de color azul cielo.

Santiago bajó del vehículo.

Ya no tenía la barba salvaje ni la ropa rota. Llevaba jeans limpios, una camisa de lino y botas de trabajo. Caminaba sin cojear, aunque sabía que las cicatrices en su cuerpo le dolerían cuando cambiara el clima. Se veía más joven, más ligero. Como si se hubiera quitado el peso del mundo de encima.

Y en el asiento del copiloto, bajó una chica joven, delgada pero sonriente, con un cuaderno de dibujo bajo el brazo. Valeria.

—¡Hola, cuñada! —gritó Valeria, saludando con la mano. Me reí. Todavía no me acostumbraba a esa etiqueta, pero a ella le encantaba usarla para avergonzar a su hermano.

Santiago caminó hacia mí. Sus ojos azul grisáceo brillaron con esa intensidad que me había cautivado desde el primer momento en que los vi, medio congelados en la nieve.

—Llegas tarde —le dije, cruzándome de brazos, fingiendo molestia—. Prometiste venir a ayudarme con las tejas del granero a las diez.

Él sonrió, esa sonrisa torcida y encantadora que ahora salía tan fácil. Me tomó por la cintura y me atrajo hacia él.

—Tuve una reunión con el gobernador —dijo, dándome un beso suave en los labios—. Estamos cerrando la fundación “La Esperanza”. Vamos a convertir el viejo aserradero en un centro de artes y oficios para la gente de la sierra. Valeria va a dirigir los talleres de pintura.

—¿Y tú? —pregunté, acariciando su nuca.

—Yo… yo tengo un trabajo más importante aquí.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Convencer a la enfermera más terca del norte de México de que se case conmigo.

Me reí, sintiendo una felicidad que nunca pensé encontrar, y menos en medio de una tragedia.

—Vas a tener que trabajar mucho para eso, Montenegro. Me gusta mi soledad.

—Ya no —dijo él, mirando alrededor, a las montañas, al cielo, a nosotros—. Ahora somos manada. Tú, yo y Sombra.

Asentí, recargando mi cabeza en su pecho, escuchando ese corazón fuerte y constante.

—Sí —susurré—. Somos manada.

Miré hacia la montaña, hacia los picos donde habíamos sangrado y luchado. Ya no me daban miedo. Ahora eran testigos de nuestra historia. La historia de cómo la nieve nos intentó matar, pero terminó uniéndonos para siempre.

FIN.

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