
Nunca pensé que viviría lo suficiente para contar esto con honestidad. Soy un hombre viejo ahora, sentado en mi pórtico viendo cómo el sol pinta de rojo el desierto, pero mi mente sigue regresando a ese día.
Al día en que ella llegó.
Me llamo Joaquín Méndez, pero hace 30 años la gente en estos pueblos solo susurraba mi nombre con miedo: “El Prieto”. Mi gente controlaba la sierra, asaltábamos camiones de carga y ni los federales se atrevían a entrar en nuestros cañones.
Yo era despiadado. O eso creía.
Estaba limpiando mi revólver junto a la fogata, planeando el siguiente golpe, cuando “El Tuerto”, uno de mis vigías, bajó corriendo por el sendero, pálido como un fantasma.
—Patrón, patrón… no me lo va a creer. —¿Qué pasa? —gruñí, llevándome la mano al cinto—. ¿Son los azules? —No, jefe. Es una niña. Viene caminando sola por la vereda como si fuera la dueña del lugar.
Me levanté de golpe. ¿Una niña sola en medio de la nada? Hice una seña a mis hombres. Todos cortaron cartucho y se escondieron detrás de las rocas. Pensé que era una trampa, un cebo para sacarnos.
—Déjenla pasar —ordené en voz baja—, pero mantengan los ojos abiertos.
Y entonces la vi.
Era la cosita más pequeña que había visto en mi vida. Traía un vestidito de manta descolorido, lleno de polvo y espinas. Sus trencitas estaban deshechas y su cara quemada por el sol implacable del norte. Pero lo que me golpeó fueron sus ojos: grandes, oscuros y con una determinación que no cabía en ese cuerpecito.
Caminó entre seis hombres ar*ados hasta pararse frente a mí. Me llegaba apenas a la hebilla del cinturón. Tuvo que echar la cabeza muy hacia atrás para mirarme a los ojos.
—¿Usted es el señor Prieto? —preguntó. Su voz temblaba, pero no retrocedió.
Me agaché para quedar a su altura. De cerca, vi que estaba temblando de puro terror. —Soy yo —dije, con la voz rasposa—. ¿Cómo te llamas, escuincla? —Sarita. Sarita Mendoza. —Bueno, Sarita Mendoza, este no es lugar para niñas. ¿Cómo nos encontraste?
—Seguí las huellas de sus caballos desde ayer —respondió.
Sentí un escalofrío. Esa niña había rastreado a la banda más peligrosa de México a través del desierto, sola, sin agua. —¿Dónde están tus padres? —exigí. —Mi papá murió hace dos años. Y mi mamá… mi mamá se está muriendo, señor. Tiene la fiebre mala.
Mis hombres miraban incómodos. Yo me endurecí. —Sarita, soy un bandido. Un hombre malo. No soy doctor ni santo. No puedo ayudarte. —Sí, sí puede.
Con sus manitas llenas de mugre y rasguños, sacó un pañuelo viejo de su bolsillo. Lo desató lentamente y reveló dos monedas de oro, brillando a la luz de la fogata.
—Puedo pagarle —dijo, alzando las monedas como si fuera una ofrenda a la Virgen—. Es todo lo que tenemos en el mundo. Mamá dijo que nunca las gastara a menos que fuera vida o murte. Y esto es vida o murte, señor. El doctor del pueblo no quiere ir al rancho si no le pagamos antes.
Me quedé mirando esas dos monedas. Sabía que habíamos robado miles de pesos el día anterior. Y ella me ofrecía dos pesos para salvar su mundo entero. —No es suficiente, Sarita —dije, intentando que se fuera.
Entonces se rompió. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sucias. —¡Ya sé! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Ya sé que no es suficiente! Pero pensé… pensé que como usted tiene tanto, y nosotros tan poco… tal vez dos pesos bastarían. Mamá es lo único que me queda. Si ella se muere, me quedo solita.
Extendió los brazos lo más alto que pudo, ofreciéndome las monedas, temblando, esperando que el monstruo tuviera piedad.
Algo dentro de mi pecho, algo que creí m*erto hacía años, crujió y se rompió.
MIRÉ A MIS HOMBRES, MIRÉ SUS MANOS SANGRANTES Y TOMÉ UNA DECISIÓN QUE NADIE ESPERABA…
PARTE 2: EL PRECIO DE LA REDENCIÓN
Cerré mi puño alrededor de esas dos monedas. Sentí el metal caliente contra mi palma, pero no era por el fuego de la fogata, era por el calor de la esperanza de esa niña. Esas monedas pesaban más que todos los sacos de plata que habíamos robado de la diligencia de Durango la semana pasada. Pesaban porque cargaban con un alma.
Me puse de pie, y el sonido de mis espuelas rompió el silencio sepulcral que había caído sobre el campamento. Mis hombres me miraban como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Tuerto —dije, y mi voz sonó extraña, incluso para mí. Menos ronca, menos muerta—. Ensilla al “Cuervo”. Y trae la yegua baya para la niña. No, espera… está muy cansada. Ensilla solo al Cuervo. Irá conmigo.
El Tuerto parpadeó, confundido, rascándose la cicatriz que le cruzaba la mejilla. —Jefe… ¿está hablando en serio? —murmuró, acercándose un paso, con esa desconfianza nata de los que viven huyendo—. Mire que bajar al llano ahorita es un suicidio. Los rurales andan peinando la zona desde lo del asalto a la mina. Si nos movemos por una escuincla y su madre enferma… nos van a cazar como a conejos.
—¿Te pedí tu opinión, Tuerto? —Mi mano descansó casualmente sobre la culata de mi revólver. No lo desenfundé, no hizo falta. El aire se volvió pesado, eléctrico.
—No, patrón. Solo decía… —Pues no digas. Haz.
El “Chato” Martínez, que estaba afilando su cuchillo contra una piedra, escupió al suelo con desprecio. —Te estás ablandando, Prieto. Nos arriesgas por nada. Esa mujer ya debe estar muerta y la niña es solo un estorbo. Deberíamos dejarla aquí o…
No lo dejé terminar. En dos zancadas estuve frente a él. Lo agarré de la pechera de su camisa mugrosa y lo levanté hasta que sus pies casi dejaron de tocar la tierra. —Escúchame bien, infeliz —le siseé en la cara—. Esa niña tuvo más huevos para entrar aquí sola que tú en toda tu miserable vida. Ella pagó. Y cuando alguien le paga a Joaquín Méndez, Joaquín Méndez cumple el trabajo. ¿Entendido?
Lo solté de golpe y cayó sentado en el polvo. Nadie más dijo una palabra.
Me giré hacia Sarita. Seguía ahí parada, temblando, pero sus ojos no se habían apartado de los míos. Me agaché de nuevo y le devolví las monedas.
—Guárdalas, chamaca —le dije suavemente. —Pero… usted dijo… —empezó a protestar, con el pánico asomando en su voz. —Dije que las guardes. Yo no cobro por adelantado —mentí. La verdad es que no podía tomar ese dinero. Sentía que si me quedaba con esas monedas, me condenaría al infierno más rápido de lo que ya estaba predestinado—. Ahora ven, tienes que comer algo antes de irnos.
Le di un pedazo de carne seca y un jarro de agua. La pobre criatura comió con una desesperación que me revolvió el estómago. No había probado bocado en dos días. Mientras comía, noté sus botas. Estaban destrozadas, las suelas abiertas como bocas hambrientas, y podía ver la sangre seca en sus tobillos. Había caminado sobre piedras y espinas por kilómetros.
—Vámonos —dije cuando terminó.
La subí al “Cuervo”, mi semental negro, adelante de la silla. Ella era tan liviana que el caballo apenas notó su peso. Yo monté detrás, rodeándola con mis brazos para tomar las riendas. Olía a polvo, a sudor de niña y a desierto, pero debajo de eso, olía a inocencia. Un olor que yo había olvidado.
—Sujétate bien, Sarita. El Cuervo corre rápido.
Salimos del cañón bajo la mirada atónita de mi banda. No les dije cuándo volvería. No sabía si volvería.
El viaje hacia el rancho de los Mendoza fue una travesía silenciosa bajo la luna. El desierto de noche es traicionero; las sombras juegan con tu mente y cada cactus parece un guardia rural esperando para disparar. Pero yo conocía esta tierra mejor que las líneas de mi mano. Sabía dónde pisar para que no sonaran los cascos, sabía qué veredas tomaban los coyotes y cuáles evitaban los hombres.
Al principio, Sarita intentó mantenerse despierta, señalándome el camino, pero el agotamiento la venció. Su cabecita empezó a cabecear hasta que finalmente se recargó contra mi pecho. Sentí su respiración tranquila, rítmica, contra mi chaleco de cuero.
Y ahí, en medio de la soledad de la sierra, los recuerdos me asaltaron. Recuerdos que mantenía encerrados bajo siete llaves, ahogados en tequila y sangre.
Recordé a mi propia hija, Mariana.
Mariana tenía la misma edad que Sarita cuando la fiebre se la llevó. Eso fue hace diez años, antes de que yo fuera “El Prieto”. En aquel entonces yo era solo Joaquín, un granjero que trabajaba de sol a sol. Cuando Mariana enfermó, corrí al pueblo. Supliqué al doctor. Pero no tenía dinero. La cosecha había sido mala y el patrón de la hacienda no me quiso adelantar ni un centavo. El doctor me cerró la puerta en la cara.
Mariana murió en mis brazos una noche de lluvia. Mi esposa, Elena, murió de tristeza dos meses después. Y ese día, el Joaquín granjero murió también. Tomé un rifle, maté al capataz que me negó el dinero, robé su caballo y me fui a la sierra. Así nació “El Prieto”. El odio había sido mi combustible durante una década. Odiaba a los ricos, odiaba a los doctores, odiaba al mundo.
Pero ahora, con esta niña dormida en mis brazos, el odio no me servía de nada. Sentí una punzada en el corazón, un dolor agudo y viejo. Sarita no era mi hija, pero por esta noche, lo sería. No permitiría que la historia se repitiera. No mientras me quedara una bala en el cinto y aliento en los pulmones.
—Aguanta, mi niña —susurré al viento—. Ya casi llegamos.
Llegamos al rancho poco antes del amanecer. Llamarle “rancho” era un cumplido. Era una choza de adobe y madera que se caía a pedazos, con un techo de lámina remendado y un corral vacío. La pobreza se respiraba en el aire, rancia y desesperada.
Bajé del caballo con Sarita en brazos, que despertó sobresaltada. —¿Llegamos? ¿Mamá? —preguntó, frotándose los ojos. —Sí, aquí estamos.
Entramos en la choza. El calor adentro era sofocante, olía a enfermedad y a encierro. En un catre en el rincón yacía la madre. Estaba pálida como la cera, empapada en sudor, temblando violentamente bajo unas mantas raídas.
Me acerqué y puse mi mano en su frente. Estaba ardiendo. Fiebre alta, muy alta. —Mamá, mamá, ya vine —dijo Sarita, arrodillándose junto a ella y tomando su mano—. Traje ayuda. Traje al señor Prieto.
La mujer abrió los ojos, pero no nos veía. Sus pupilas estaban dilatadas, perdidas en el delirio. —Agua… río… las flores… —balbuceaba cosas sin sentido.
Revisé su brazo. Tenía un corte feo, profundo, mal vendado con un trapo sucio. La infección había avanzado; se veían líneas rojas subiendo por su piel. Gangrena. Si no actuábamos rápido, perdería el brazo, y luego la vida.
—Necesita un doctor, Sarita. Y medicina de verdad. Limpiar esto no va a ser suficiente —dije, sintiendo la impotencia crecer en mi garganta. Yo sabía sacar balas y coser heridas de cuchillo, pero esto requería manos expertas y antibióticos.
Sarita me miró con terror absoluto. —Pero el doctor no quiso venir…
Me enderecé y me ajusté el sombrero. —Va a venir —dije con una voz que prometía violencia—. Quédate aquí. Ponle paños húmedos en la frente. Dale agua poco a poco, que no se ahogue. Voy al pueblo.
—¿A San Isidro? —Sarita abrió mucho los ojos—. Pero… ahí hay carteles con su cara, señor. Dicen que dan cinco mil pesos por usted. Si va, lo van a matar.
Me hinqué frente a ella y le tomé los hombros. Eran tan frágiles. —Mira, chamaca. A la gente mala como yo no la matan tan fácil. Voy a traer a ese matasanos aunque tenga que arrastrarlo de las greñas. Tú cuida a tu mamá. ¿Me lo prometes?
Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas. —Se lo prometo.
Salí de la choza, monté al Cuervo y le clavé las espuelas. Galopamos hacia San Isidro como si el mismo Diablo nos persiguiera. Y tal vez así era.
San Isidro estaba despertando cuando llegué. El sol empezaba a iluminar las calles polvorientas. Me detuve en las afueras, desmonté y me cubrí la cara con un pañuelo, dejando solo mis ojos visibles. Bajé el ala de mi sombrero. Parecía un vaquero más, o un bandido cualquiera, pero esperaba que nadie reconociera los ojos de “El Prieto” tan temprano.
Dejé el caballo escondido detrás de la iglesia vieja y caminé rápido hacia la casa del doctor Echeverría. Sabía dónde vivía; habíamos planeado secuestrarlo hace un año, pero el plan se canceló. Qué ironía.
La calle principal estaba tranquila, solo un par de borrachos saliendo de la cantina y el panadero abriendo su negocio. Caminé pegado a las paredes, con la mano en el revólver debajo del poncho. Mi corazón latía fuerte, no por miedo, sino por la urgencia. Cada minuto que pasaba era un minuto menos de vida para la madre de Sarita.
Llegué a la casa del doctor. Una casa bonita, pintada de blanco, con rejas de hierro. Toqué la puerta con fuerza. Nada. Toqué de nuevo, esta vez golpeando con la culata del revólver.
—¡Ya va, ya va! ¡Qué maneras son esas! —gritó una voz desde adentro.
La puerta se abrió y apareció el doctor Echeverría, un hombre gordo, con bigote de morsa y cara de pocos amigos, todavía en bata de dormir. —¿Qué quiere? Son las seis de la mañana, el consultorio no abre hasta…
Empujé la puerta, lo metí de un empujón hacia adentro y cerré de una patada. Antes de que pudiera gritar, lo tenía agarrado del cuello de la bata, estampado contra la pared del pasillo.
—Buenos días, doctor —dije con calma fría. —¿Quién… quién es usted? ¡Voy a llamar al alguacil! ¡Tengo dinero en la caja fuerte, lléveselo pero no me haga daño! —chilló, temblando como un flan.
Me bajé el pañuelo. El doctor se quedó petrificado. Sus ojos casi se salen de sus órbitas y su color pasó de rojo a blanco papel en un segundo. —Méndez… —susurró—. El Prieto.
—El mismo. Y no vengo por tu dinero, matasanos. Vengo por tus servicios. —No… no entiendo. Por favor, no me mate. Tengo familia. —Entonces entenderás por qué estoy aquí. Hay una mujer muriéndose en el rancho viejo de los Mendoza. Tiene gangrena. Vas a venir conmigo, vas a curarla y vas a salvarle la vida. Si ella muere, doctor, te juro por lo más sagrado que regresaré y tú serás el siguiente.
El doctor tragó saliva. —Pero… los Mendoza… la viuda… ella vino, la niña vino, pero no tenían dinero… yo… son las reglas, no puedo ir tan lejos sin pago…
La furia me cegó por un instante. Recordé a mi Mariana. Recordé a este mismo tipo de hombre negándome ayuda. Saqué mi bolsa de dinero. No las dos monedas de Sarita, esas seguían en mi bolsillo junto a mi corazón. Saqué mi propio dinero, el fruto de mis robos. Saqué un puñado de monedas de oro y plata, mucho más de lo que costaba una visita, y se las tiré a la cara. Las monedas golpearon su rostro y cayeron al suelo con un tintineo metálico.
—¡Ahí tienes tu maldito pago! —ruguí—. ¡Hay suficiente ahí para comprar tu consultorio y tu miserable conciencia! ¡Ahora agarra tu maletín y muévete!
El doctor, temblando y recogiendo algunas monedas del suelo con avaricia instintiva, asintió frenéticamente. —Sí… sí, señor Méndez. Ahorita mismo. Solo déjeme vestirme. —Tienes dos minutos. Y si intentas alguna estupidez, o si veo que haces una señal a alguien… te meto un plomo entre ceja y ceja.
Mientras se vestía torpemente, yo vigilaba la ventana. La gente empezaba a salir. Teníamos que irnos ya.
Salimos por la puerta trasera. Lo obligué a subir a su calesa, pero le dije que desenganchara el caballo. —Iremos a caballo. La calesa es muy lenta para el terreno. —Pero yo no soy buen jinete… —Aprenderás hoy. Sube.
Montamos. Yo iba en el Cuervo, él en su caballo tordillo, conmigo llevando las riendas de su bestia. Salimos del pueblo por callejones traseros, pero al cruzar la última calle antes del campo abierto, sucedió.
El alguacil y dos diputados estaban parados en la esquina, tomando café. Nos vieron. El alguacil entrecerró los ojos. Yo bajé la cabeza, pero el doctor, en su pánico, hizo un movimiento brusco. —¡Eh, Doc! ¿A dónde va con tanta prisa? —gritó el alguacil.
Me tensé. Mi mano fue al revólver. Si hablaba, tendría que matarlos a los tres. Y entonces empezaría la balacera y no llegaríamos a tiempo con la madre de Sarita. El doctor me miró. Vio la muerte en mis ojos. Luego miró al alguacil. —¡Urgencia, Martínez! —gritó el doctor con voz quebrada pero fuerte—. ¡Un parto complicado en la hacienda de Los Pinos! ¡No me detengan!
El alguacil asintió y levantó la taza a modo de saludo. —¡Vaya con Dios, Doc!
Solté el aire que tenía contenido. El doctor estaba sudando frío. —Hizo bien, doctor —le dije—. Hizo muy bien. Eso le acaba de comprar un seguro de vida.
Galopamos de regreso. El sol ya estaba alto y el calor era insoportable. Al pasar por el cruce del camino real, vi la tienda de abarrotes del viejo Don Chema. Frené en seco. —Espere aquí —le ordené al doctor. —¿Qué? ¡Dijo que era urgente! —Y lo es. Pero no se cura a la gente solo con medicinas.
Entré a la tienda como un torbellino. Don Chema, un anciano chino que llevaba años en el pueblo, ni se inmutó. Había visto de todo. —Necesito todo —dije, tirando otro saco de monedas en el mostrador—. Harina, frijol, azúcar, café, leche en lata, carne seca, jabón, mantas nuevas. Y ropa. Ropa para una niña de siete años y para una mujer. Botas. Botas buenas, del número pequeño.
Don Chema me miró, miró el oro, y empezó a moverse con una velocidad sorprendente para su edad. —¿Entrega a domicilio? —preguntó con su acento marcado. —No. Me lo llevo yo. Deme costales.
Cargamos el caballo del doctor y el mío con los suministros hasta que parecían mulas de carga. Parecíamos una caravana extraña: un bandido buscado y un doctor aterrorizado, cargando despensa como para un ejército.
Llegamos al rancho al mediodía. Sarita estaba en la puerta, con la cara bañada en lágrimas. —¡No despierta! —gritó al verme—. ¡Mamá no despierta!
Salté del caballo antes de que se detuviera por completo. Bajé al doctor de un tirón y lo empujé hacia la casa. —¡Adentro! ¡Y haga su magia!
El doctor Echeverría, al ver la gravedad de la situación, o tal vez al ver mi mano en el arma, entró en modo profesional. Se olvidó del miedo y se concentró en la paciente. —¡Necesito agua hirviendo! ¡Luz, abran esas ventanas! ¡Niña, trae trapos limpios!
Durante las siguientes tres horas, el doctor trabajó. Limpió la herida, cortó el tejido muerto (un proceso que me hizo apartar la vista, pero Sarita no se movió ni un centímetro), aplicó ungüentos que olían fuerte y le inyectó medicina. La madre gemía en su inconsciencia, gritos ahogados de dolor que me erizaban la piel.
Yo me quedé en la puerta, vigilando el horizonte, con el rifle en la mano, y vigilando al doctor con el rabillo del ojo. Finalmente, el doctor salió al pórtico, limpiándose las manos manchadas de sangre en un trapo. Se veía agotado.
—¿Y bien? —pregunté. —Está estable —dijo, suspirando—. La fiebre debería bajar esta noche. Llegamos justo a tiempo. Unas horas más y la infección habría llegado a la sangre. Va a necesitar reposo absoluto y buena alimentación, pero… vivirá.
Sentí que un peso enorme se levantaba de mis hombros, un peso que no sabía que cargaba. —Vivirá —repetí.
Sarita salió corriendo y se abrazó a mis piernas. Lloraba, pero esta vez no era de miedo, era de alivio. —Gracias, señor Prieto. Gracias, gracias, gracias.
Me quedé rígido por un momento. Nadie me había abrazado en diez años. Nadie me había dado las gracias sin ironía. Lentamente, torpemente, puse mi mano grande y callosa sobre su cabeza. —No me des las gracias, chamaca. Tu mamá es fuerte.
Entré a la casa y empecé a descargar los costales. —Aquí hay comida —le dije a Sarita, que me miraba con los ojos abiertos como platos—. Para meses. Hay ropa, hay botas nuevas para ti. Tira esas que traes. Hay semillas para cuando tu mamá se levante.
El doctor nos miraba desde la puerta, confundido. —Méndez… usted… usted es un asesino. Todo el mundo lo dice. Lo miré fijamente. —Tal vez. Pero hoy no.
Me acerqué al doctor. —Escúcheme bien. Usted va a regresar al pueblo y no va a decir ni una palabra de que me vio. Va a decir que la viuda Mendoza le mandó llamar y que le pagó con una herencia que recibió. Y va a venir a revisarla cada semana hasta que esté bien. Ya le pagué por adelantado. —Sí… sí, está bien. No diré nada. —Más le vale. Porque tengo oídos en todas partes.
Le di su caballo (ahora vacío de carga) y lo vi alejarse por el camino. No creía que fuera a hablar; el miedo es un gran motivador, y el oro también.
Me quedé en el rancho hasta que cayó la noche. Ayudé a Sarita a preparar una sopa con la carne y las verduras que trajimos. La vi comer hasta saciarse, con sus botas nuevas puestas, aunque estábamos dentro de la casa. No se las quería quitar.
La madre despertó cuando la luna ya estaba alta. Estaba débil, pero sus ojos tenían claridad. —¿Sarita? —susurró. —Aquí estoy, mami. Estoy bien. Comí sopa. Y mira… —Señaló los costales de comida apilados en el rincón.
La mujer giró la cabeza y me vio sentado en una silla de paja, en la penumbra. Se asustó e intentó levantarse. —Tranquila, señora —dije, sin moverme—. Soy… un amigo. El doctor ya vino. Se va a poner bien.
Ella me miró largo rato. Tal vez reconoció mi cara de los carteles, o tal vez solo vio a un hombre armado en su casa. Pero luego vio a su hija sana, limpia y alimentada. Vio la comida. Y su expresión se suavizó. —Gracias —dijo con un hilo de voz—. Dios se lo pague, señor. —No meta a Dios en esto, señora. Él no tiene nada que ver conmigo.
Me levanté. Era hora de irme. Mis hombres estarían inquietos, o tal vez ya se habrían ido. No me importaba. Si tenía que empezar de cero, lo haría.
—Sarita —la llamé. Ella vino corriendo. —¿Ya se va? —Sí. Tengo que volver a mi mundo. —¿Volverá?
Dudé. Quería decir que sí. Quería venir a verlas, ver cómo crecía, enseñarle a montar bien. Pero sabía que mi presencia solo traería peligro a su puerta. Los federales me buscaban. Si me veían aquí, este refugio se convertiría en un campo de batalla.
—No lo sé, mi niña. Pero tú vas a estar bien. Eres valiente. Más valiente que cualquier hombre que conozco. Saqué las dos monedas de oro de mi bolsillo. Las mismas que ella me dio. —Toma. —No, señor Prieto. Ese fue el pago. —El pago ya está hecho. El doctor cobró, la comida está aquí. Esto… esto es un regalo. Guárdalas. Para cuando seas maestra o lo que quieras ser.
Ella tomó las monedas y luego, hizo algo que me marcaría para siempre. Se quitó una pulserita tejida de hilo rojo que traía en la muñeca, algo sin valor, deshilachado. —Entonces usted tenga esto. Para que le cuide. Mi mamá dice que el hilo rojo protege del mal de ojo y de la mala suerte.
Me agaché y dejé que atara el hilo en mi muñeca, junto a mis cicatrices y mi reloj robado. —Gracias, Sarita.
Salí a la noche fresca. El Cuervo relinchó al verme. Monté y miré hacia atrás una última vez. Sarita estaba en el marco de la puerta, una silueta pequeña contra la luz amarilla de la lámpara de aceite, levantando la mano para despedirse.
Alcé mi mano en respuesta, un gesto que no había hecho en años. Galopé de regreso a la sierra. El viento me golpeaba la cara, pero ya no se sentía igual. Algo había cambiado. El “Prieto” que bajó de la montaña esa mañana era un hombre muerto por dentro. El hombre que subía ahora… sentía. Dolía, sí. La culpa, la tristeza, la soledad, todo dolía como una herida abierta. Pero estaba vivo.
Llegué al campamento al amanecer. La fogata estaba apagada. Pensé que se habrían ido. Pero ahí estaban. El Tuerto, el Chato, todos. Estaban despiertos, esperándome con las armas en la mano. El Chato dio un paso adelante. Pensé que sería un motín. Que me matarían ahí mismo por haber mostrado debilidad.
—¿Y bien? —preguntó el Chato, con voz desafiante—. ¿La niña? —La madre vive —dije, bajando del caballo y mirándolo a los ojos—. Y la niña está bien.
Hubo un silencio tenso. Luego, el Chato escupió al suelo, enfundó su cuchillo y soltó una risa nerviosa. —Pos qué bueno, chingao. Ya me estaba dando hambre. Pensé que no volverías y te habías largado con la feria.
El Tuerto se acercó y vio el hilo rojo en mi muñeca. No dijo nada, pero asintió levemente. Esa mañana, nadie habló de robos. Nadie habló de muertes. Nos sentamos a comer en silencio, pero era un silencio diferente. Había un respeto nuevo en el aire. No el respeto nacido del miedo a mi crueldad, sino algo más. Habían visto que incluso un demonio podía hacer un milagro.
Me senté apartado, tocando el hilo rojo en mi muñeca. Sabía que mis días como bandido estaban contados. No podía seguir siendo el monstruo de las pesadillas de los niños cuando una niña me había visto como su ángel guardián.
Miré hacia el valle, donde a lo lejos, en una casita miserable, una mujer respiraba tranquila y una niña dormía segura. —Dos pesos —murmuré para mí mismo—. Dos pesos de oro para comprar mi alma de regreso.
Y por primera vez en diez años, vi salir el sol y no me pareció que fuera rojo sangre. Me pareció que era dorado. Dorado como esas monedas. Dorado como el perdón.
Pero la vida de un forajido no termina con un cuento de hadas. El pasado siempre cobra sus deudas, y la mía era muy grande. Sabía que los federales venían. Sabía que el final se acercaba. Pero ahora, tenía algo por lo que valía la pena pelear. No por el dinero. No por el poder. Sino por la promesa de que, al menos una vez en mi miserable vida, hice lo correcto.
PARTE 3: LA SOMBRA DEL PASADO Y EL JUICIO DE FUEGO
Los días que siguieron a mi regreso del rancho de los Mendoza pasaron lentos, pesados como el plomo derretido bajo el sol de agosto. El campamento, ese agujero de ratas escondido entre las paredes rojas del cañón, se sentía diferente. O tal vez el lugar era el mismo, con su olor a estiércol de caballo, tabaco rancio y frijoles quemados, y el que había cambiado era yo.
Me pasaba las horas sentado en una roca alta, vigilando la entrada del desfiladero, frotando con el pulgar el hilo rojo que Sarita me había atado a la muñeca. Ese pedazo de lana deshilachada se había convertido en mi rosario, en mi confesión y en mi condena. Los hombres me miraban de reojo. El respeto seguía ahí, sí, pero mezclado con una duda venenosa que se arrastraba por el suelo como una víbora de cascabel.
El “Chato” Martínez no dejaba de cuchichear. Lo veía juntarse con los nuevos, con los más jóvenes y estúpidos, esos que habían llegado a la sierra buscando gloria y sangre, no supervivencia. Les llenaba la cabeza de veneno. Yo lo sabía. Podía sentir su mirada clavada en mi nuca como un puñal oxidado. Decía que el “Prieto” se había vuelto viejo, que la niña me había brujeado, que ya no tenía las agallas para liderar. Y en parte, tenía razón. Las agallas para matar a sangre fría se me habían secado esa noche en la choza de Sarita.
—Patrón —se me acercó el Tuerto una tarde, mientras yo limpiaba el rifle Winchester. El Tuerto era leal, quizás el único que me quedaba de la vieja guardia, de cuando esto se trataba de vengarse de los hacendados y no de robar por vicio—. El agua se está acabando. Y la comida también. Los muchachos están inquietos. Necesitamos bajar.
Suspiré y dejé el rifle sobre mis piernas. Miré hacia el horizonte, donde las nubes de tormenta se amontonaban sobre la sierra, negras y moradas. —Lo sé, Tuerto. Lo sé. —Hay un rumor —continuó, bajando la voz—. Dicen que la nómina de la mina “La Esperanza” va a pasar por el Paso del Coyote mañana al mediodía. Son tres carretas. Mucha plata, patrón. Suficiente para que nos larguemos al sur y nos perdamos un buen rato.
Miré al Tuerto. Su ojo bueno me miraba con súplica. Él también estaba cansado. Todos lo estábamos. —Está bien —dije, poniéndome de pie—. Diles que preparen los caballos. Bajaremos al amanecer. Pero esta vez… esta vez las cosas se harán a mi modo.
La noticia corrió como pólvora. El ánimo en el campamento cambió al instante. Los hombres limpiaron sus armas, revisaron las cinchas de los caballos y afilaron los machetes. Había risas, apuestas sobre cuánto tocaría por cabeza. El Chato Martínez pasó a mi lado, escupiendo un gargajo negro al suelo, con una sonrisa torcida que no me gustó nada. —Ya era hora, jefe —masculló—. Pensé que nos íbamos a morir de hambre rezándole a tu pulserita.
Lo ignoré. No valía la pena gastar balas en él todavía.
La emboscada en el Paso del Coyote fue de libro. Conocíamos el terreno, conocíamos los horarios y conocíamos el miedo. Cuando las tres carretas aparecieron, levantando una nube de polvo que asfixiaba el aire, mis hombres ya estaban posicionados entre las rocas.
—¡Ahora! —grité, y disparé al aire.
El estruendo de los disparos retumbó en las paredes del cañón. No tiramos a matar, o al menos esa fue mi orden. Disparamos a las ruedas, al suelo, al aire. Los conductores, gente de paga, frenaron en seco, pálidos del susto. Los guardias, unos cuantos rurales mal pagados, soltaron las armas en cuanto vieron que los superábamos tres a uno.
Bajamos de las rocas como una avalancha. El Chato iba al frente, gritando como un demonio, con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra. Llegó hasta el conductor de la primera carreta, un viejo con bigote canoso que temblaba con las manos en alto.
—¡Bájate de ahí, viejo inútil! —gritó el Chato, y le soltó un culatazo en la cara que lo tiró al suelo. La sangre brotó de la nariz del viejo. El Chato levantó el cuchillo, listo para rebanarle el cuello ahí mismo, por puro placer, por pura maldad.
—¡No! —Mi grito fue más fuerte que el relincho de los caballos asustados.
El Cuervo saltó una roca y aterricé entre el Chato y el viejo. Apunté mi revólver directamente al pecho de Martínez. —Dije que nadie salía herido si no se resistían —gruñí, con el dedo blanco de la presión sobre el gatillo.
El Chato se detuvo, con el cuchillo en el aire. Sus ojos inyectados en sangre me miraron con un odio puro, sin diluir. Alrededor, los demás bandidos se detuvieron, observando la escena. El silencio volvió a caer, pesado y peligroso. —Es un testigo, Prieto —dijo el Chato, babeando de rabia—. Siempre matamos a los testigos. Esas son las reglas. Tus reglas. —Mis reglas cambiaron —respondí, sin bajar el arma—. Agarramos la plata y nos vamos. Al que toque a este hombre o a cualquiera de los choferes, le meto una bala en la cabeza. ¿Me oíste, Martínez?
El Chato sostuvo mi mirada por un segundo eterno. Luego, lentamente, bajó el cuchillo. Pero no lo enfundó. Sonrió, una sonrisa que me heló la sangre más que cualquier amenaza. —Como digas, patrón. Tú mandas… por ahora.
Saqueamos las carretas. Había sacos de plata, sí, pero también había correspondencia, comida y medicinas destinadas al pueblo minero. —La comida y las medicinas se quedan —ordené—. Solo lleven la plata de la compañía.
Los hombres refunfuñaron. —Pero jefe, ese tocino se ve bueno… —¡Dije que se queda! —bramé—. Esa comida es para las familias de los mineros. Nosotros no robamos a los pobres. Ya no.
Cargamos los caballos con la plata y nos retiramos. Mientras cabalgábamos de regreso a la sierra, sentí un peso en el estómago. No era remordimiento por el robo, era la certeza de que acababa de firmar mi sentencia. Había humillado al Chato frente a todos. Había cambiado la naturaleza de la banda. Un lobo no puede obligar a los coyotes a volverse perros pastores sin que alguno intente morderle la yugular.
Esa noche, de regreso en el campamento, no pude dormir. El instinto me mantenía despierto. Me senté junto a las brasas moribundas de la fogata, escuchando los ronquidos de los hombres y el aullido lejano de los lobos. Miré el hilo rojo en mi muñeca. Estaba sucio de polvo y pólvora, pero seguía ahí, intacto.
—Sarita… —susurré a la oscuridad—. Espero que estés durmiendo calientita. Espero que tu mamá esté bien.
Recordé la promesa que me hice a mí mismo. Ser mejor. Pero, ¿cómo se es “mejor” cuando se vive de robar? ¿Cómo se limpia uno la sangre de las manos cuando la única forma de sobrevivir es derramando más? Me sentí atrapado. Atrapado entre el hombre que fui y el hombre que esa niña vio en mí.
De repente, una sombra se movió cerca de los caballos. Me puse de pie en silencio, con el revólver en la mano. Me acerqué sigilosamente, fundiéndome con la oscuridad. Era el Chato. Estaba ensillando su caballo. —¿A dónde vas tan tarde, Martínez? —pregunté, saliendo de las sombras.
El Chato dio un respingo y giró, llevando la mano a su cintura. Pero yo ya tenía el cañón de mi Colt apuntando a su barriga. —A mear, Prieto. ¿O también necesitas supervisar eso? —Nadie mea con el caballo ensillado y las alforjas llenas —dije, señalando el bulto en su montura.
El Chato soltó una risa seca. —Me largo, Joaquín. Me largo de este circo. Te has vuelto una vieja llorona. Ya no eres el “Prieto”. Eres un chiste. Me voy a buscar mi propia suerte. —Vete —dije, bajando el arma—. Pero la plata de la banda se queda. —La plata es mía. Mi parte y la de los muchachos que están hartos de ti. —No te vas a llevar nada que no te hayas ganado con lealtad, y tú de eso no tienes nada. Bájate del caballo.
El Chato me miró con desprecio. —No tienes los huevos para dispararme, Prieto. Ya no. Y entonces, hizo lo impensable. Montó de un salto y clavó las espuelas. El caballo relinchó y salió disparado hacia la salida del cañón.
Tuve el tiro limpio. Podría haberle dado en la espalda. Podría haber acabado con él ahí mismo. Mi dedo acarició el gatillo. “Mátalo”, susurró mi vieja voz interior. “Si lo dejas ir, te traerá la muerte”. Pero la imagen de Sarita, de sus ojos confiados, se cruzó en mi mente. “Ser bueno significa elegir ser mejor que ayer”.
Bajé el arma. Dejé que el sonido de los cascos se perdiera en la noche. El Tuerto apareció a mi lado, frotándose los ojos. —¿Jefe? ¿Qué pasó? ¿Ese era el Chato? —Se fue, Tuerto. Déjalo que se vaya. —Se llevó su parte del botín, supongo. —Que se atragante con ella.
Pero en el fondo, sabía que el Chato no se había ido solo por el dinero. El Chato era rencoroso. El Chato quería verme caer. Y sabía exactamente a dónde iría: al cuartel de los Rurales en San Isidro.
Los siguientes dos días fueron una espera agónica. Sabía que debíamos movernos, abandonar el cañón, pero teníamos hombres heridos de escaramuzas anteriores y los caballos estaban agotados. Además, una parte de mí, una parte suicida y cansada, quería que terminara. Estaba harto de correr.
Al tercer día, al amanecer, los vi. No eran un par de patrullas. Era un ejército. Desde mi puesto de vigilancia, vi el brillo del sol reflejado en docenas de fusiles y botones de latón. Los Rurales. Y no venían solos; traían soldados federales con ellos. Eran más de cincuenta hombres, subiendo por la ladera, guiados por un jinete que conocía bien el camino. El Chato Martínez.
—¡Nos cayeron! —grité, corriendo hacia el campamento—. ¡Federales! ¡Todo el mundo arriba!
El pánico estalló. Los hombres, que minutos antes dormían o preparaban café, corrieron a tomar sus posiciones. Pero esta vez no había bravuconería. Había miedo. El miedo real de saber que estábamos rodeados y superados.
—¡Tuerto! —grité entre el caos—. ¡Lleva a los más jóvenes a la grieta del norte! ¡Intenten salir por el paso de las cabras! —¡No lo voy a dejar, patrón! —gritó el Tuerto, cargando dos cananas de balas cruzadas en el pecho—. ¡Aquí nacimos y aquí nos morimos!
El primer disparo sonó como un trueno seco, y una roca junto a mi cabeza estalló en mil pedazos, bañándome de polvo y astillas. Empezó el infierno.
El tiroteo fue brutal. Las balas zumbaban como avispas furiosas, rebotando en las paredes del cañón, levantando géiseres de tierra. Nosotros teníamos la ventaja de la altura, pero ellos tenían el número y la potencia de fuego. Traían un cañón de montaña, una pieza pequeña pero mortal que empezaron a armar en la planicie de abajo.
—¡Cúbranse! —ordené, disparando mi Winchester hasta que el cañón estuvo tan caliente que quemaba mis manos.
Vi caer a “El Mudo”, un muchacho que apenas había cumplido dieciocho años, con el pecho destrozado por una bala de máuser. Vi a mis hombres, esos criminales endurecidos, rezar mientras recargaban.
El Chato Martínez gritaba desde abajo, escondido detrás de una roca grande. —¡Entrégate, Prieto! ¡Sal con las manos en alto y tal vez te dejen vivir para ver la horca! ¡Ya no eres el rey de la sierra!
Apreté los dientes. Apunté hacia su voz, calculando el viento, y solté un disparo. Escuché un grito y risas. Fallé. La batalla duró horas. El sol subió al cenit, castigándonos con su calor, y luego empezó a bajar, tiñendo el cielo de rojo sangre, igual que el día que conocí a Sarita. Pero esta vez, el rojo estaba en el suelo, empapando la tierra seca.
Quedábamos pocos. El Tuerto estaba herido en una pierna, sangrando profusamente, pero seguía disparando con una mueca salvaje en el rostro. La munición se acababa. El agua se había terminado hacía horas.
Me arrastré hasta el Tuerto. —Se acabó, compadre —le dije, jadeando. El polvo me había secado la garganta hasta dejarla como lija—. No vamos a salir de esta a plomazos. —Entonces saldremos con los pies por delante, jefe. Como hombres.
Miré a mi alrededor. Vi los cuerpos de mis compañeros. Vi a los pocos que quedaban vivos, con la mirada perdida, esperando el final. Y pensé en Sarita. Pensé en su madre. Pensé en la vida que ellas tenían ahora gracias a esas dos monedas. Si moría aquí, hoy, peleando como un animal acorralado, mi historia terminaría en sangre. Sería solo otro bandido muerto. Pero si hacía algo diferente… tal vez, solo tal vez, podría comprarles una oportunidad a estos idiotas que me seguían.
—No —dije, poniéndome de pie, ignorando el zumbido de una bala que pasó cerca—. No vamos a morir todos hoy. —¿Qué vas a hacer? —preguntó el Tuerto, agarrándome del pantalón. —Voy a negociar.
Me quité el pañuelo del cuello, ese pañuelo rojo que había usado en tantos asaltos, y lo amarré a la punta de mi rifle. —¡Alto el fuego! —grité con toda la fuerza de mis pulmones, poniéndome en un lugar visible—. ¡Alto el fuego!
El tiroteo cesó poco a poco, hasta que el silencio volvió a caer sobre el cañón, un silencio más aterrador que el ruido. Solo se escuchaban los quejidos de los heridos y el viento silbando entre las rocas.
—¡Soy Joaquín Méndez! —grité hacia abajo—. ¡El Prieto! ¡Quiero hablar con el capitán!
Una voz respondió desde abajo, una voz autoritaria y firme. —¡Salga con las manos en alto, Méndez! ¡Sin armas!
Miré al Tuerto. —Escúchame bien. Cuando yo baje, ellos se van a distraer. Toman a los que puedan caminar y se van por la grieta del norte. No miren atrás. Desaparezcan. Váyanse a sus pueblos, cámbiense el nombre, sean granjeros, sean lo que sea, pero dejen esta vida. —Jefe, no… te van a matar. —Tal vez. Pero es la única forma.
Me quité el cinturón con los revólveres y lo dejé caer al suelo. Solté el rifle. Me quité el sombrero y lo dejé sobre una roca. Solo me dejé una cosa: el hilo rojo en mi muñeca. Levanté las manos. Empecé a caminar cuesta abajo, hacia la línea de soldados que me apuntaban con suficientes armas para matar a un batallón entero.
Cada paso era pesado. Mis botas crujían en la grava. Sentía el sol en la nuca. Veía las caras de los soldados: jóvenes, asustados, sudorosos. Y vi al Chato Martínez, de pie junto al capitán de los Federales, con una sonrisa triunfal que se le iba borrando al ver que me entregaba voluntariamente. No había miedo en mis ojos, y eso lo confundía. Él quería verme suplicar, quería verme roto. Pero yo no estaba roto. Estaba en paz.
Llegué al fondo del cañón. El capitán, un hombre alto con uniforme azul impecable a pesar del polvo, se adelantó. —Joaquín Méndez —dijo, mirándome de arriba abajo—. Te hemos buscado mucho tiempo. —Aquí estoy, Capitán. Se acabó.
El Chato se adelantó, escupiéndome a los pies. —Mírenlo. El gran Prieto. Rindiéndose como una nena. Deberíamos fusilarlo aquí mismo, Capitán. Ahórrese el viaje y la comida de la prisión.
El Capitán miró al Chato con asco. —Cállese, Martínez. Usted es un traidor a los suyos. Un hombre sin honor. Este hombre, criminal o no, ha tenido el valor de dar la cara. Llévenselo.
Dos soldados me agarraron los brazos y me los torcieron a la espalda. Sentí el frío del metal de las esposas cerrándose sobre mis muñecas. Click. Ese sonido marcó el final de mi vida. O al menos, el final de la vida que conocía.
Mientras me empujaban hacia una de las carretas de prisioneros, escuché un ruido arriba, en el cañón. Rocas cayendo. Miré de reojo y vi sombras moviéndose hacia la grieta del norte. Se iban. El Tuerto y los demás se iban. El Capitán también lo escuchó, pero cuando iba a dar la orden de perseguirlos, yo hablé.
—Fui yo, Capitán —dije fuerte—. Yo maté a los guardias de la mina. Yo asalté la diligencia. Yo lo hice todo. Esos hombres arriba solo son peones obligados. Déjelos ir y tendrá al diablo mayor en su jaula. La cabeza que todos quieren es la mía, ¿no? Los periódicos no van a pagar por “Pepe el Tuerto”, pagarán por la captura de “El Prieto”.
El Capitán me miró un momento, sopesando la gloria política contra el deber militar. Sabía que llevarme a mí era el boleto a un ascenso. Perseguir a los otros por terreno difícil le costaría más hombres. —Vámonos —ordenó a sus tropas—. Ya tenemos lo que venimos a buscar. Quemen el campamento.
Me subieron a la carreta. Tenía cadenas en los pies y en las manos. Me senté en el suelo de madera, con la espalda contra los barrotes. Mientras la caravana se ponía en marcha, vi cómo el humo negro empezaba a subir desde mi antiguo refugio. Mi pasado estaba ardiendo.
El viaje al pueblo fue largo. La gente salía de sus casas para ver pasar al famoso bandido. Me gritaban cosas, me tiraban piedras. “Asesino”, “Ladrón”, “Maldito”. Yo mantenía la vista al frente, estoico. Me lo merecía. Me merecía cada insulto, cada piedra.
Pero entonces, al cruzar por la plaza principal de San Isidro rumbo a la estación de tren que me llevaría a la prisión federal, sucedió algo que no esperaba.
Entre la multitud que se agolpaba, vi una figura conocida. El doctor Echeverría. Estaba parado junto a la botica, pálido, sosteniendo su sombrero contra el pecho. Me vio a los ojos. Y en lugar de gritar o escupir, inclinó levemente la cabeza. Un saludo. Un reconocimiento. Y un poco más allá, en la esquina, vi a Don Chema, el tendero chino, fumando su pipa, observando todo con sus ojos sabios. Él no gritaba. Solo me miraba.
Ellos sabían. Sabían que dentro del monstruo había algo más.
Llegamos a la estación. El tren silbó, un sonido melancólico y largo. Me bajaron a empujones. El Chato Martínez estaba ahí, cobrando su recompensa de manos de un funcionario. Me vio pasar. —Adiós, Prieto —se burló—. Que disfrutes el infierno.
Me detuve un segundo, haciendo sonar las cadenas. —Ya estuve en el infierno, Chato —le dije con voz tranquila—. Y salí de él por dos pesos. Tú te acabas de vender por un puñado de plata manchada. A ver quién duerme mejor esta noche.
Lo dejé con la palabra en la boca y subí al vagón de carga, que olía a ganado y óxido. Las puertas se cerraron, dejándome en la penumbra. El tren se sacudió y empezó a moverse.
Me acomodé en un rincón, sobre la paja sucia. Estaba solo. Iba camino a una celda oscura donde pasaría los próximos veinte años, si es que no me fusilaban antes. Iba a perder mi libertad, mi caballo, mi cielo abierto. Pero mientras el tren ganaba velocidad, alejándome de la sierra, levanté mis manos esposadas hacia el rayo de luz que entraba por una rendija. Ahí, en mi muñeca, el hilo rojo brillaba débilmente.
Cerré los ojos y, por primera vez en años, no vi las caras de los hombres que maté. Vi la cara de Sarita. Vi su sonrisa cuando le entregué las monedas. —Lo lograste, Joaquín —me dije a mí mismo—. La salvaste. Y al salvarla… te salvaste tú.
El tren rugía hacia el sur, hacia mi castigo. Pero mi corazón, extrañamente, se quedó en el norte, libre, en una casita donde una niña soñaba con ser maestra. Y eso, eso valía más que todo el oro del mundo. Me recosté en la paja y, arrullado por el traqueteo de las ruedas sobre los rieles, me dejé llevar por un sueño profundo y sin pesadillas. La redención no es un destino, es un camino lleno de piedras. Y yo acababa de dar el primer paso.
PARTE FINAL: DEL CAMINO Y LAS MONEDAS DEL ALMA
El rechinar de las ruedas de acero contra los rieles se convirtió en la única canción que escuché durante tres días y tres noches. El vagón de carga olía a orines viejos, a ganado y a la desesperación de los hombres que, como yo, viajaban encadenados hacia un destino del que pocos regresaban. Íbamos rumbo a la capital, y de ahí, a la temida prisión de San Juan de Ulúa, esa tumba de piedra en medio del mar donde la humedad te pudre los huesos antes de que la muerte tenga la decencia de llevarte.
Mis compañeros de viaje lloraban, rezaban o maldecían. Yo no hacía ninguna de las tres cosas. Me mantenía sentado en la paja húmeda, con la espalda recargada contra la madera vibrante, cerrando los ojos para evocar la imagen de ese rancho en el norte. No pensaba en la horca, ni en los trabajos forzados. Pensaba en si habría llovido en la sierra, en si las semillas que le compré a Don Chema ya habrían germinado. Pensaba en si Sarita estaría estrenando sus botas.
Cuando llegamos, el juicio fue una farsa rápida, un teatro montado para los periódicos. El juez, un hombre con peluca empolvada y cara de bulldog que olía a tabaco caro, ni siquiera me miró a los ojos. —Joaquín Méndez, alias “El Prieto” —leyó el secretario con voz gangosa—. Acusado de robo a mano armada, asalto a diligencias, secuestro, y sedición contra el gobierno federal. El fiscal pedía la pena de muerte. “Un ejemplo”, gritaba, golpeando la mesa. “¡Hay que cortar la cabeza de la serpiente para que el cuerpo muera!”.
Yo permanecí en silencio. ¿Para qué hablar? Mis crímenes eran ciertos. Mis manos estaban manchadas. No iba a pedir clemencia. La clemencia es para los que se arrepienten por miedo, y mi arrepentimiento no era por miedo al castigo, sino por haber tardado tanto en encontrar la luz.
Esperaba la sentencia de muerte. Ya sentía la soga en el cuello. Pero entonces, sucedió lo inesperado. Un abogado joven, pagado por quién sabe quién —tal vez el doctor Echeverría cumplió su palabra de una forma que nunca esperé, o tal vez el destino tiene un sentido del humor retorcido—, se levantó. Argumentó que mi rendición voluntaria había evitado una masacre. Habló de cómo detuve a mis hombres de matar a los testigos en el último asalto. Presentó una carta del doctor del pueblo (sí, ese cobarde había tenido un momento de valentía) que atestiguaba que yo había salvado a una mujer moribunda.
El juez, aburrido y queriendo irse a comer, golpeó el mazo. —Veinte años de trabajos forzados en las canteras del sur. Que Dios se apiade de su alma, porque el Estado no lo hará.
Veinte años. Veinte años picando piedra bajo el sol, con grilletes en los tobillos y guardias que disfrutaban golpearte si respirabas mal. Los primeros cinco años fueron un infierno. El “Prieto” tuvo que morir para que Joaquín pudiera sobrevivir. En la prisión, la jerarquía de la sierra no valía nada. Aquí mandaban los guardias y los capos de las celdas. Tuve que pelear, sí. Tuve que romperme los nudillos más de una vez para que no me robaran la ración de comida podrida que nos daban. Pero algo había cambiado en mí. Ya no peleaba con odio. Peleaba para sobrevivir, para mantener una promesa silenciosa.
Cada noche, en la oscuridad asfixiante de la celda que compartía con otros seis desgraciados, tocaba mi muñeca. El hilo rojo que Sarita me dio se rompió al primer año, podrido por el sudor y la mugre. Pero guardé los pedazos. Los envolví en un trozo de papel y los metí en una grieta de la pared, mi tesoro más preciado. Cuando sentía que la locura me iba a tragar, cuando el deseo de matar a un guardia se volvía insoportable, tocaba ese papel. Y recordaba. “Eres un hombre bueno. Solo se te olvidó por un rato”.
Pasaron diez años. Mi pelo se puso gris. Mi piel se curtió hasta parecer cuero viejo. Mis músculos se volvieron duros como la roca que picaba, pero mis articulaciones empezaron a doler con la humedad. Me volví el viejo de la prisión. Los jóvenes llegaban, llenos de furia, gritando que eran inocentes o presumiendo sus crímenes. Yo los miraba con lástima. Les enseñé a algunos a leer con periódicos viejos que robábamos de la basura. Les enseñé a limpiar sus heridas para que no se gangrenaran. —¿Por qué nos ayudas, viejo? —me preguntó una vez un muchacho al que le decían “El Gato”, un ratero de poca monta—. Tú eras “El Prieto”. Dicen que eras el diablo. —El diablo se cansó del infierno, hijo —le respondí, mirando las rejas—. Y descubrió que el cielo no se gana rezando, se gana haciendo.
A los quince años, hubo una amnistía. El gobierno cambió, como siempre cambia en este país, con sangre y promesas nuevas. Dijeron que los presos viejos y de buena conducta podían salir. No me lo creí hasta que el alcaide me llamó a su oficina. —Méndez. Estás libre. Lárgate antes de que me arrepienta.
Me dieron mi ropa vieja, que olía a naftalina y tiempo perdido. Me dieron mis botas, resecas y agrietadas. Y me dieron un billete de tren de tercera clase. Salí de la prisión una mañana de abril. La luz del sol me golpeó tan fuerte que tuve que cerrar los ojos. El aire olía a sal y a libertad, pero también a miedo. ¿Qué hace un bandido de cincuenta años en un mundo que ya no conoce? Caminé hacia la estación. Los coches de caballos habían sido reemplazados por algunos de esos carruajes de motor que hacían un ruido infernal. La gente vestía diferente. El mundo había avanzado sin mí.
Subí al tren. Esta vez no iba encadenado, pero me sentía igual de pesado. El viaje al norte duró días. Cada kilómetro me acercaba a mi pasado y a mi única esperanza de futuro. Pero la duda me carcomía. ¿Seguirían ahí? ¿Estaría viva la madre? ¿Sarita se acordaría de mí? Han pasado quince años. Ella tendría veintidós ahora. Sería una mujer. Tal vez se había casado, tal vez se había ido. “Tal vez debería seguir de largo”, pensé. “Irme a Estados Unidos, perderme en el otro lado”. Pero mi mano fue al bolsillo, donde guardaba los restos del hilo rojo. No. Tenía que saber.
Llegué al pueblo de San Isidro al atardecer. El pueblo había crecido. Había luz eléctrica en la calle principal. La tienda de Don Chema ya no estaba; ahora era un almacén grande con un letrero pintado. Nadie me reconoció. Para ellos, yo era solo un viejo vagabundo con ropa pasada de moda y cara de pocos amigos. Compré un caballo viejo con el poco dinero que me dieron al salir. Un animal cansado, nada que ver con mi “Cuervo”, pero servía.
Tomé el camino hacia el rancho. El desierto seguía igual. Los cactus, las rocas, el polvo. Eso no cambia. La tierra no tiene memoria ni perdona, simplemente es. Cuando vi la entrada del rancho, detuve el caballo. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas como si fuera un tambor de guerra. No era el jacal miserable que yo recordaba. Había una cerca bien pintada. Había ganado pastando, vacas gordas y sanas. Había un granero nuevo, rojo y grande. Y la casa… la casa era de ladrillo, con un pórtico amplio y flores en las ventanas. “Me equivoqué de lugar”, pensé. “Seguro vendieron y se fueron”.
Estaba a punto de dar la vuelta cuando se abrió la puerta de la casa. Salió una mujer joven. Alta, fuerte, con el pelo castaño recogido en una trenza larga que le caía sobre la espalda. Llevaba un vestido sencillo de algodón y estaba sacudiendo un mantel. Se detuvo al verme en el camino. Se llevó la mano a la frente para protegerse del sol y mirar mejor. Yo me quedé inmóvil. Era ella. Tenía los mismos ojos. Esos ojos grandes y decididos que me habían desafiado hacía tanto tiempo.
Ella dejó el mantel sobre el barandal y caminó despacio hacia la cerca. No tenía miedo. Caminaba con la seguridad de quien es dueña de su tierra. —Buenas tardes —dijo. Su voz era firme, ya no la voz de pajarito asustado—. ¿Busca a alguien, señor? ¿Necesita agua para su caballo? Me quité el sombrero. Mis manos temblaban un poco. Me sentía desnudo frente a ella. —Buenas tardes, señorita —dije, y mi voz sonó rasposa por el desuso—. No… no busco nada. Solo pasaba. El lugar ha cambiado mucho.
Ella me miró fijamente. Entrecerró los ojos. Dio un paso más hacia la cerca. —¿Quién es usted? Respiré hondo. —Me llamo Joaquín. Joaquín Méndez.
El silencio que siguió fue eterno. Vi cómo sus ojos se abrían de par en par. Vi cómo se llevaba las manos a la boca. Pensé que iba a gritar, que iba a llamar a los peones para que me echaran. Pero entonces, corrió. Corrió hacia la puerta de la cerca, la abrió de golpe y salió al camino. —¡Mamá! —gritó hacia la casa, con una voz que se quebraba de emoción—. ¡Mamá, ven rápido!
Yo bajé del caballo, torpemente. Mis piernas viejas ya no respondían igual. Ella se detuvo frente a mí. Me miró hacia arriba, ya no tanto como cuando era niña, pero yo seguía siendo alto y ella tuvo que alzar la vista. —Volvió —susurró—. De verdad volvió. —Te dije que no sabía si podría —murmuré—. Pero los caminos dan muchas vueltas, Sarita. —Señor Prieto… —dijo, y luego se corrigió—. Señor Méndez.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó a mis brazos. Me abrazó con la fuerza de un adulto, con el cariño retenido de años. Yo me quedé rígido un segundo, desacostumbrado al contacto humano que no fuera un golpe, pero luego, poco a poco, le devolví el abrazo. Olía a jabón limpio y a flores de campo. —Pensamos que había muerto —dijo contra mi pecho—. Leímos en los periódicos que lo habían llevado a San Juan de Ulúa. Rezamos por usted todos los días.
La madre salió de la casa. Doña Elena. Había envejecido, su pelo era blanco como la nieve, pero se veía fuerte, sana. Caminaba con un bastón, pero su paso era seguro. Al verme, se detuvo en el pórtico. Se llevó la mano al pecho. —Virgen Santísima… —dijo. Bajó los escalones y se acercó a nosotros. Sarita se apartó para dejarla pasar. —Señor Méndez —dijo la mujer, tomándome las manos con las suyas, que estaban calientes y suaves—. Bienvenido a casa.
Esa noche cenamos en la mesa grande de la cocina. Había carne asada, frijoles, tortillas recién hechas y café de olla. Comí como no había comido en quince años. Me contaron todo. Me contaron cómo el dinero que dejé y la comida fueron la semilla. Cómo Doña Elena se recuperó y empezó a cultivar. Cómo contrataron a un peón, luego a dos. Cómo Sarita fue a la escuela en el pueblo, cómo estudió para ser maestra, tal como soñaba. —Usted nos salvó —dijo Doña Elena, sirviéndome más café—. No solo esa noche. Todo lo que ve aquí… cada ladrillo, cada vaca… es gracias a usted.
Yo negué con la cabeza, mirando mi plato. —No, señora. Yo solo devolví un poco de lo que robé. No tiene mérito. —Tiene todo el mérito —interrumpió Sarita con firmeza—. Porque usted eligió ayudarnos cuando nadie más lo hizo. Cuando el mundo nos dio la espalda, el hombre “malo” fue el único bueno.
Me quedé en silencio, tragándome el nudo en la garganta. —Tengo algo para usted —dije. Metí la mano en mi bolsillo y saqué las dos monedas de oro. Las mismas dos monedas que Sarita me había dado aquella noche. Las había recuperado de mis pertenencias al salir de la prisión; milagrosamente, los guardias no se las habían robado, o tal vez pensaron que eran de latón por lo viejas que se veían. Las puse sobre la mesa. Brillaban a la luz de la lámpara, pulidas por mis dedos durante años de encierro. —Nunca las gasté —dije—. Me acompañaron en el infierno. Fueron mi luz. Ahora… ahora deben volver a su dueña.
Sarita miró las monedas y luego me miró a mí, con los ojos llenos de lágrimas. —No —dijo suavemente—. Esas monedas compraron su vida, Joaquín. Ya no son mías. Son suyas. Son su medalla.
Me quedé a vivir allí. No en la casa grande, no quise. Me arreglaron una pequeña cabaña que usaban para guardar herramientas, cerca de los corrales. Era perfecta para mí. Sencilla, limpia, con un pórtico donde podía ver el atardecer. Me convertí en el “tío Joaquín” para el pueblo. Nadie hablaba de mi pasado, aunque los viejos sabían quién era. Pero al verme trabajar la tierra, al verme herrar los caballos con paciencia infinita, al verme cargar los costales de maíz, el miedo se transformó en un respeto silencioso.
Trabajé en el rancho no como un peón, sino como parte de la familia. Enseñé a los caballos a confiar en los hombres, algo que yo mismo estaba aprendiendo a hacer. Tres años después de mi regreso, Sarita se casó. Su esposo era un buen hombre, un agrónomo que había llegado al pueblo para enseñar nuevas técnicas de cultivo. Un hombre de manos suaves pero corazón firme. El día de la boda, el padre de Sarita no estaba, claro. Doña Elena estaba demasiado vieja para caminar por el pasillo largo de la iglesia. Sarita vino a mi cabaña vestida de blanco. Parecía un ángel. —Joaquín —me dijo—. ¿Me haría el honor? —¿De qué, mi niña? —De entregarme. No hay nadie más en este mundo a quien quisiera pedírselo. Usted es mi padre en todo lo que cuenta.
Me temblaron las piernas más que cuando me enfrenté a los federales. Me puse mi mejor traje, uno negro que me habían comprado, me peiné el pelo gris y le ofrecí mi brazo. Caminar con ella hacia el altar fue el momento más orgulloso de mi vida. Más que cualquier botín, más que cualquier victoria. Sentí las miradas de la gente, pero no me importó. Yo llevaba del brazo a la prueba viviente de que mi vida no había sido un desperdicio total.
Los años siguieron pasando, rápidos ahora, como el agua que corre por el río después de la tormenta. Doña Elena falleció en paz, durmiendo en su cama. La enterramos bajo el gran roble detrás de la casa. Yo tallé la cruz de madera para su tumba. Sarita tuvo hijos. Dos niños y una niña. A la niña le puso Mariana. Cuando me lo dijo, lloré. Lloré como un niño, abrazado a ella. Mariana. El nombre de mi hija perdida. —Para que su nombre siga vivo, abuelo Joaquín —me dijo.
Abuelo. Esa palabra borraba todas las veces que me llamaron “asesino”.
Y así llegamos al día de hoy. Soy un hombre viejo. Mis manos, que antes empuñaban revólveres con rapidez mortal, ahora tiemblan un poco cuando sostengo la taza de café. Mis piernas duelen con el frío. Pero mi corazón… mi corazón está tranquilo.
Estoy sentado en mi pórtico. El sol se está poniendo, pintando el desierto de rojo y oro, igual que en mis recuerdos. Veo a los hijos de Sarita jugando en el patio. Corren, ríen, se persiguen. No saben de violencia, no saben de hambre, no saben de miedo. Viven en un mundo que ayudé a comprar con dos monedas y una decisión.
Saco las monedas de mi bolsillo. Están calientes por el sol. Las hago girar entre mis dedos. La gente me pregunta a veces, los que saben la historia, si me arrepiento de haber perdido mi imperio de la sierra, de haber pasado quince años en una celda oscura. Miro a esos niños. Miro la casa grande. Miro los campos verdes. —No —les digo—. No perdí nada. Lo cambié. Cambié una vida de muerte por una muerte en vida que me llevó a la resurrección.
Sarita sale al pórtico de la casa grande. Me saluda con la mano. —¡Abuelo! ¡A cenar! —grita. Sonrío. Me levanto despacio, apoyándome en el barandal. Guardo las monedas en mi bolsillo, junto al corazón. Mi nombre fue “El Prieto”, el azote de la sierra. Hoy soy Joaquín, el abuelo. Y esa es la única leyenda que quiero que quede grabada en mi lápida.
Camino hacia la luz de la casa, dejando atrás las sombras largas del desierto. El pasado es una sombra, sí, pero el presente… el presente es oro puro. Y mientras camino, escucho el susurro del viento en los mezquites, y ya no escucho gritos ni disparos. Escucho la voz de una niña de siete años diciendo: “Usted es un hombre bueno. Solo se le olvidó por un rato”. Ya no se me olvida, Sarita. Nunca más se me va a olvidar.
FIN.