
La nieve llevaba cayendo sobre la Sierra desde el anochecer, pesada e incesante, ahogando los sonidos del monte hasta dejar un silencio sepulcral.
Yo soy Daniel Cruz. A mis 36 años, y después de tanto tiempo sirviendo en la Marina, mi cuerpo había aprendido demasiado bien a estar siempre listo, incluso cuando se suponía que estaba descansando. Estaba solo en mi cabaña rentada, escuchando el crujir de la madera por el viento, tratando de encontrar esa paz que a veces se siente como una tregua temporal.
A mi lado estaba Rex. Mi viejo compañero, un Pastor Alemán con el hocico ya gris por los años de servicio y lealtad. Él me siguió al retiro no por costumbre, sino por confianza absoluta.
De repente, Rex levantó la cabeza. No ladró, ni siquiera gruñó. Simplemente se levantó y se movió hacia la puerta, con las orejas hacia adelante y el cuerpo tenso como un resorte. Sentí el cambio en el aire al instante. Mi mano bajó instintivamente, rozando el borde de la mesa.
Un segundo después, llegó el sonido. Un golpe seco.
Era corto, desigual, desesperado. Nadie toca puertas en medio de una tormenta en la sierra a menos que algo ande muy m*l.
Crucé la habitación y abrí. El aire helado me golpeó la cara, trayendo nieve al interior. Pero el frío no fue lo que me detuvo.
Ahí parada, en el porche, había una niña pequeña. No tendría más de siete años. Estaba envuelta en nada más que una camiseta delgada y unos jeans gastados, completamente empapados. Temblaba violentamente, con sus bracitos cruzados y sus tenis llenos de nieve.
Sus ojos estaban muy abiertos, agotados, ya sin lágrimas, como si el miedo hubiera quemado todo lo que tenía.
Rex dio un paso al frente. La niña se estremeció y se quedó paralizada viéndolo.
Me arrodillé de inmediato. —Está bien —le dije con calma—. Él no te hará daño.
La niña tragó saliva, le costaba hablar. —Ellos… ellos l*stimaron a mi mamá —susurró con una voz que parecía lija—. Ella no se puede levantar. Está enferma.
Sentí una presión en el pecho. No había tiempo para dudar. A veces lo que parece casualidad es Dios poniéndonos una prueba enfrente. Sabía que abrir esa puerta significaba involucrarme, significaba consecuencias, pero cerrar los ojos no era una opción.
La miré a los ojos, notando sus manos rojas y agrietadas por el frío. —¿Alguien le hizo daño? —pregunté. Ella asintió una vez, firme.
Eso fue todo lo que necesité. Me puse de pie, tomé mi chamarra y miré a mi perro. —Rex —dije. Él ya estaba listo.
Esa noche, la tormenta no era lo único peligroso en la montaña. Y yo no iba a dejar que ganara el miedo.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL PELIGRO LLAMA A TU PUERTA EN MEDIO DE LA NADA?
PARTE 2 – LA CACERÍA EN LA NIEBLA BLANCA
La camioneta vieja, mi fiel “Lobo” del 98, rugió cuando giré la llave, un sonido gutural que rompió por un segundo el silbido constante del viento allá afuera. El motor tosió una vez, dos veces, y luego se estabilizó en un ronroneo bajo y potente. No había tiempo para dejarla calentar como se debe, los segundos contaban más que los fierros.
Miré a la niña sentada en el asiento del copiloto. Se había subido sin decir una palabra, con esa obediencia automática que solo tienen los niños que han aprendido a tener miedo. Le había puesto una de mis chamarras de lana gruesa; le quedaba enorme, como una carpa, y sus manos desaparecían completamente dentro de las mangas. Rex saltó al asiento trasero, sus uñas rasguñando el cuero viejo, y soltó un resoplido corto, pegando la nariz al vidrio empañado. Él sabía. Los perros siempre saben cuándo la salida no es un paseo, sino una misión.
—¿Por dónde? —le pregunté, poniendo la mano sobre la palanca de velocidades.
La niña, que me dijo llamarse Camila mientras caminábamos hacia la troca, señaló con un dedo tembloroso hacia el norte, hacia la parte más cerrada del bosque, donde los caminos de terracería se convierten en trampas de lodo y piedra, y que ahora, con la nevada, serían prácticamente invisibles.
—Por el camino viejo a la mina —susurró—. Ahí nos llevaron. A la cabaña del capataz.
Sentí un nudo en el estómago. Conozco esa zona. Es terreno traicionero, lleno de barrancos y curvas ciegas. Si alguien quería esconderse o hacer cosas sin que nadie se enterara, ese era el lugar perfecto.
Metí primera y la camioneta avanzó, crujiendo sobre la nieve fresca. Los limpiaparabrisas luchaban contra los copos gordos y pesados que caían como pedradas blancas contra el vidrio. No se veía nada más allá de tres metros frente al cofre. Era como conducir dentro de una botella de leche.
Mientras avanzábamos, el silencio dentro de la cabina era pesado. Yo intentaba mantener la calma, respirando hondo, repasando mentalmente lo que podría encontrarme. Mi entrenamiento en la Marina me había enseñado a compartimentar: el miedo en una caja, la emoción en otra, y dejar libre solo la lógica y la reacción. Pero esto era diferente. No tenía un pelotón, no tenía apoyo aéreo, ni siquiera tenía comunicaciones confiables porque la señal de celular en esta parte de la Sierra es un mito. Solo tenía a un perro viejo, una niña traumatizada y una pistola escuadra en la guantera con dos cargadores extra.
—¿Cuántos eran, Camila? —pregunté suavemente, sin quitar la vista del camino blanco.
Ella se encogió en el asiento, abrazándose las rodillas. —Tres —dijo con voz apenas audible—. Uno grande con una cicatriz en la ceja… ese fue el que le pgó a mi mamá. Los otros dos se reían. Tenían amas largas, señor. Como las de los policías, pero ellos no eran policías.
“Sicarios”, pensé. O tal vez solo matones locales jugando a ser narcos, lo cual a veces es peor porque son impredecibles y estúpidos. Gente que aprieta el gatillo por nervios y no por orden.
—No te preocupes —le dije, tratando de sonar más seguro de lo que me sentía—. Vamos a sacar a tu mamá de ahí.
El camino comenzó a empinarse. Las llantas traseras patinaron un par de veces, buscando tracción en el suelo congelado debajo de la nieve. Tuve que meter la doble tracción y rezar para que la transmisión aguantara. El bosque a nuestro alrededor era una boca negra que se tragaba la luz de los faros. Los pinos, cargados de nieve, parecían gigantes encorvados mirándonos pasar.
De pronto, Rex soltó un gruñido bajo desde el asiento trasero. No era un gruñido de ataque, sino de advertencia. Sus orejas estaban pegadas al cráneo.
—Quieto, chico —murmuré.
Unos quinientos metros más adelante, vi por qué. Un árbol enorme había caído cruzando el camino, bloqueando el paso por completo. Frené con cuidado para no derrapar.
—Hasta aquí llega la Lobo —dije, golpeando el volante con frustración.
Apagué el motor y el silencio de la montaña nos envolvió de nuevo, solo roto por el aullido del viento. Miré a Camila. —Vamos a tener que caminar. ¿Puedes hacerlo?
Ella asintió frenéticamente. La desesperación en sus ojos era un combustible poderoso. —Sí. Está cerca. Solo hay que subir la loma.
Bajé de la camioneta y el frío me mordió la cara como si fueran navajas. Saqué una lámpara táctica y la pistola, asegurándome de tener tiro en la recámara antes de enfundarla en la cintura, bajo mi chamarra. Le hice una señal a Rex y él bajó de un salto, hundiéndose hasta el pecho en la nieve, pero sin detenerse.
Comenzamos a subir. La nieve nos llegaba casi a las rodillas en algunos tramos. Yo iba abriendo camino, rompiendo la capa blanca para que Camila pudiera pisar mis huellas. El viento aquí arriba era brutal; sentía cómo se colaba por las costuras de la ropa, entumeciendo los dedos y la nariz.
Mi mente empezó a viajar al pasado, a una operación en Tamaulipas hace cinco años. También llovía, aunque no nevaba. Recordé el olor a pólvora mojada y el caos de no saber quién era amigo y quién enemigo. Esa noche perdí a un compañero, un hermano. Me prometí que nunca más entraría a una situación “a ciegas”. Y aquí estaba, años después, caminando hacia una boca de lobo con información limitada y una civil bajo mi responsabilidad. “Maldita sea mi suerte”, pensé, pero no me detuve. No podía. La imagen de una mujer h*rida y sola en manos de esos tipos me empujaba hacia adelante con más fuerza que el viento.
Caminamos por lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo veinte minutos. Mis pulmones ardían por el aire helado. De repente, Rex se detuvo en seco. Levantó una pata delantera y olfateó el aire, con la cola rígida y horizontal.
Me agaché de inmediato y jalé a Camila hacia abajo, detrás de unos matorrales cubiertos de hielo. —Shhh —le indiqué con un dedo en los labios.
A través de la cortina de nieve, vi una luz tenue. Amarilla, oscilante. Venía de una estructura de madera a unos cien metros de distancia. La cabaña del capataz. Era una construcción vieja, de esas que hacían antes con troncos gruesos, pero se veía descuidada, con el techo remendado con láminas.
Había una camioneta moderna estacionada frente a la entrada, una de esas 4×4 de lujo que no encajaban con la pobreza del lugar. El motor estaba apagado, pero las luces de posición estaban encendidas, proyectando dos ojos rojos siniestros en la nieve.
—Es ahí —susurró Camila, las lágrimas comenzando a congelarse en sus mejillas—. Mi mamá está adentro.
—Escúchame bien, Camila —le dije, tomándola por los hombros y mirándola fijamente—. Te vas a quedar aquí con Rex. Él te va a cuidar. Si escuchas d*sparos, no te muevas. Si yo no regreso en diez minutos… quiero que corras hacia abajo, siguiendo nuestras huellas, y te escondas en mi camioneta. Cierra los seguros y no le abras a nadie que no sea yo. ¿Entendiste?
—Pero… —intentó protestar.
—¿Entendiste? —insistí, con voz de mando.
Ella asintió, tragando sus sollozos. —Sí, señor.
Miré a Rex y le hice la señal de “guardia”. El perro se sentó junto a la niña, pegando su cuerpo caliente al de ella. Me miró con esos ojos ámbar inteligentes, entendiendo que esta vez él era la retaguardia.
Me separé de ellos y comencé a flanquear la cabaña, moviéndome en semicírculo para acercarme desde el lado ciego, donde no había ventanas. La nieve crujía bajo mis botas, cada paso era un riesgo. El corazón me latía en los oídos, un tambor rápido y constante: pum-pum, pum-pum.
Al llegar a la pared de madera, me pegué a ella, sintiendo la vibración del interior. Se escuchaban voces. Risas. Música de banda sonando bajito en alguna radio.
Me deslicé hasta la esquina y me asomé con precaución. Había una ventana lateral, sucia y con un cartón tapando un vidrio roto, pero dejaba una rendija suficiente para ver.
Lo que vi me heló la s*ngre más que la tormenta.
La habitación principal estaba iluminada por una chimenea y un par de lámparas de batería. En el centro, atada a una silla de madera, estaba una mujer. Tenía la cabeza baja, el cabello negro cubriéndole el rostro. Su ropa estaba rasgada y vi manchas oscuras en su blusa. Sngre*. No se movía.
Alrededor de una mesa, tres hombres. Tal como dijo Camila. Uno era enorme, una montaña de grasa y músculo, con una cicatriz fea que le cruzaba la frente. Estaban tomando tequila directamente de la botella, riéndose de algo que uno de ellos decía mientras limpiaba un cuerno de chivo (AK-47) con un trapo aceitoso.
—La morra no va a llegar lejos con este frío —decía el de la cicatriz, su voz retumbando como un trueno—. Se va a morir congelada antes de llegar a la carretera. Y la doña… bueno, la doña ya casi no cuenta el cuento.
—Deberíamos ir a buscar a la niña, jefe —dijo otro, un tipo flaco con cara de rata—. El Patrón se va a enojar si se nos pierde la mercancía.
—¡Cállate el hocico! —rugió el grandulón—. Nadie sale con esta tormenta. Mañana temprano recogemos el cuerpo de la escuincla. Ahora sírveme más.
Sentí una ira fría y calculadora invadirme. “Mercancía”. Así llamaban a una niña de siete años. Estos tipos no eran solo matones; eran tratantes, o secuestradores. La escoria más baja de la humanidad.
Evalué la situación. Tres objetivos. Dos a*mas visibles: el rifle en la mesa y una pistola en la cintura del gordo. El tercero, el que no hablaba, estaba sentado en un rincón, afilando un cuchillo de caza. Distancia: cinco metros desde la puerta. Sorpresa: total.
No podía entrar disparando a lo loco. Podría darle a la mujer. Tenía que ser quirúrgico. O hacer que salieran.
Miré alrededor. Había un generador de gasolina viejo pegado a la pared trasera, conectado con un cable chapucero hacia adentro. Si cortaba la luz, tal vez saldrían a revisar. Pero tenían lámparas de batería adentro. No serviría de mucho.
Tenía que atraerlos.
Regresé a la esquina y busqué en el suelo. Encontré una piedra del tamaño de una naranja. Respiré hondo, calculando la trayectoria. Lancé la piedra con fuerza hacia la camioneta de ellos.
CLANG.
El sonido metálico resonó seco en la noche.
Adentro, las risas cesaron de golpe. —¿Qué fue eso? —preguntó el flaco. —Seguro una rama, pendejo —dijo el gordo. —No sonó a rama, jefe. Sonó a golpe. Voy a checar.
Escuché pasos acercándose a la puerta. Me pegué a la pared, desenfundando mi ama. Quité el seguro. Mi respiración se volvió imperceptible. Era el momento. La diferencia entre vivir y mrir se mide en fracciones de segundo.
La puerta se abrió con un chirrido. El tipo flaco asomó la cabeza, con una linterna en una mano y una pistola en la otra. —¿Quién anda ahí? —gritó al viento.
Dio un paso afuera, bajando los escalones del porche. Error.
Me moví rápido. Salí de la sombras y, antes de que pudiera girarse, le di un golpe seco con la cacha de mi pistola en la base del cráneo. Hizo un sonido ahogado y se desplomó como un costal de papas en la nieve. Lo arrastré hacia la oscuridad en silencio. Uno menos.
Quedaban dos. Y el grandulón tenía el rifle.
El viento aulló más fuerte, dándome cobertura auditiva. Me acerqué a la puerta entreabierta. Desde mi ángulo, veía al de la cicatriz sirviéndose otro trago. El del cuchillo se había levantado y miraba hacia la entrada, sospechando.
—¡Oye, Tlacuache! ¿Qué pedo? —gritó el del cuchillo—. ¡Cierra la p*nche puerta que se mete el frío!
Nadie respondió.
—Ve a ver —ordenó el gordo, agarrando el rifle de la mesa, pero sin levantarse. Se notaba confiado, arrogante.
El del cuchillo caminó hacia la puerta, con el a*rma blanca en la mano, listo para atacar. Yo sabía que si entraba ahora, estaría en desventaja en el espacio cerrado. Tenía que esperar a que cruzara el umbral.
Me agazapé al lado de la escalera. Vi la bota del tipo salir. Luego la otra.
Me abalancé sobre él. Le agarré la muñeca del cuchillo con una mano y con la otra le tapé la boca, empujándolo contra la barandilla del porche. Forcejeamos. Era fuerte, más de lo que parecía. Me tiró un rodillazo a las costillas que me sacó el aire, pero la adrenalina bloqueó el dolor. Giré mi cadera y le hice una llave al brazo, escuchando un crujido desagradable. El cuchillo cayó. Le di un cabezazo en la nariz y se quedó aturdido lo suficiente para que pudiera noquearlo con un golpe cruzado a la mandíbula.
Dos abajo.
Pero el ruido del forcejeo había sido demasiado.
—¡¿Qué chingados pasa?! —bramó el gordo desde adentro.
Escuché el sonido inconfundible del cerrojo de un AK-47 cargándose. Clack-clack.
Ya no había sigilo. Ahora era velocidad.
Me tiré al suelo justo cuando una ráfaga de blas atravesó la pared de madera donde yo había estado parado un segundo antes. Las astillas volaron como confeti mortal. El estruendo de los dsparos rompió la paz de la montaña, retumbando en el valle.
—¡Sé que estás ahí! —gritó el hombre—. ¡Sal o mato a la vieja!
Me quedé congelado en la nieve, pegado al suelo bajo el porche. Maldición. Tenía a un rehén. Situación de barricada. Lo peor que podía pasar.
—¡Te doy tres segundos! —gritó—. ¡Uno!
Mi mente trabajaba a mil por hora. No podía entrar por la puerta; él la tenía encañonada. Las ventanas eran muy altas.
—¡Dos!
Miré hacia arriba. El piso de la cabaña era de madera vieja, levantado sobre pilotes. Yo estaba debajo. Había grietas entre las tablas. Podía ver la luz filtrándose desde arriba. Podía escuchar sus pasos pesados moviéndose. Estaba cerca de la mujer.
—¡Tres!
No lo pensé. Fue instinto puro. Apunté mi a*ma hacia arriba, calculando dónde estarían sus piernas por el sonido de sus botas, y disparé dos veces a través de la madera del piso.
BAM. BAM.
—¡AHHHH, HIJO DE TU…! —El grito de dolor fue seguido por el sonido pesado del cuerpo cayendo al suelo y el rifle golpeando la madera.
Salí de debajo del porche, subí las escaleras de dos en dos y entré a la cabaña con el a*ma por delante, barriendo la habitación.
El grandulón estaba en el suelo, agarrándose el muslo que sangraba profusamente. Intentaba alcanzar el rifle que había caído a un metro de él.
—¡Ni lo intentes! —le grité, apuntándole a la cabeza.
Se detuvo, mirándome con ojos llenos de odio y dolor. —¿Quién eres tú? —gruñó, escupiendo saliva y s*ngre—. ¿Te mandaron los contras?
—Soy tu peor pesadilla, cabrón —dije, pateando el rifle lejos de su alcance.
Me acerqué a él y le di una patada en la cara, dejándolo inconsciente. Aseguré el perímetro. Nadie más. Solo el sonido del viento y el gemido suave de la mujer.
Corrí hacia ella. —Señora, señora, ¿me escucha?
Levantó la cabeza con dificultad. Su rostro estaba golpeado, un ojo cerrado por la hinchazón. —Mi hija… —susurró, con los labios partidos—. ¿Dónde está mi hija?
Saqué mi navaja y corté las cuerdas que le ataban las manos y los pies. —Ella está bien. Está segura. Vengo a sacarla de aquí.
Ella intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. —No puedo… me duele todo…
—Yo la cargo. Agárrese fuerte.
La cargué en brazos, sintiendo lo ligera que estaba. Parecía un pajarito herido. Salí de la cabaña, pasando por encima de los cuerpos de los hombres que había derribado. El frío afuera pareció golpearnos con más fuerza ahora, como si la montaña estuviera enojada por el ruido.
Bajé las escaleras y silbé. Un silbido corto y agudo.
A lo lejos, entre los árboles, vi a Rex salir corriendo, con Camila detrás de él. —¡Mamá! —gritó la niña, corriendo hacia nosotros a pesar de la nieve.
El reencuentro fue breve y desgarrador. Camila se abrazó a las piernas de su madre mientras yo la sostenía. La mujer lloraba en silencio, acariciando el cabello de su hija con sus manos temblorosas.
—No hay tiempo —les dije—. Tenemos que irnos. Esos d*sparos se debieron escuchar a kilómetros. Si hay más de ellos cerca, vendrán.
Comenzamos el descenso. Fue un infierno. Cargar a un adulto en la nieve profunda es agotador, incluso para alguien con mi condición física. Mis botas resbalaban. Cada músculo de mi espalda gritaba. Camila iba agarrada de mi cinturón, y Rex iba adelante, abriendo paso.
La tormenta arreciaba. La visibilidad era nula. Solo podía guiarme por instinto y por la pendiente del terreno.
De repente, Rex se detuvo de nuevo y ladró. Un ladrido fuerte, de amenaza.
Miré hacia abajo, hacia donde habíamos dejado la camioneta.
A través de los árboles, vi luces. No las de mi Lobo. Eran luces nuevas. Fuertes. Barras de LED que cortaban la oscuridad. Y se movían hacia arriba, hacia nosotros.
—Mierda —susurré.
Eran refuerzos. Habían escuchado el tiroteo o los que estaban en la cabaña tenían radio. Estaban barriendo el camino.
Estábamos atrapados. Arriba, la cabaña con los criminales (aunque inconscientes, no era seguro volver). Abajo, un convoy subiendo. A los lados, barrancos y bosque denso impenetrable de noche.
La mujer, que había estado medio desmayada en mi hombro, se tensó. —Son ellos… es el Patrón —murmuró con terror puro—. No nos van a dejar ir. Nos van a m*tar a todos.
Miré a Camila, sus ojos fijos en mí esperando una solución. Miré a Rex, que estaba erizado, listo para m*rir peleando si se lo pedía.
Me quedaban dos cargadores. Tenía una mujer herida y una niña. Y un ejército de sicarios venía subiendo la montaña.
Sabía que mi camioneta estaba bloqueada por el árbol caído. Ellos tendrían que detenerse ahí también. Eso me daba una pequeña ventaja. Pero éramos presa fácil en la nieve. Dejamos huellas. Nos rastrearían en minutos.
Miré a mi alrededor, buscando una opción, cualquier cosa. Mis ojos se posaron en una vieja entrada de mina clausurada a unos veinte metros, apenas visible entre la maleza. Era un agujero negro en la tierra. Peligroso. Inestable. Quizás lleno de gas.
Pero era eso o las b*las.
—Escúchenme —dije, bajando a la mujer y apoyándola contra un árbol—. Vamos a entrar ahí.
—¿A la mina? —preguntó Camila, aterrada—. Mi abuelo decía que ahí vive el Diablo.
Acaricié su cabeza, quitándole la nieve del pelo. —Pues hoy el Diablo va a tener que hacernos un favor, porque los que vienen ahí abajo son peores.
Tomé a la mujer de nuevo. Rex nos siguió, gruñendo hacia las luces que se acercaban cada vez más. Nos metimos en la boca oscura de la tierra justo cuando los faros de los vehículos iluminaron los árboles donde habíamos estado parados segundos antes.
Nos tragó la oscuridad. El olor a humedad y tierra vieja reemplazó al aire fresco. Nos adentramos unos metros y nos escondimos tras unas rocas derrumbadas.
Afuera, escuché voces. Muchas voces. Puertas cerrándose. Perros ladrando. Perros de caza.
—¡Busquen las huellas! —gritó alguien—. ¡No pudieron ir lejos! ¡Quiero sus cabezas!
Me pegué a la pared de roca, con la pistola en la mano, abrazando a la niña y a la madre. Rex estaba en silencio total a mi lado, respirando despacio.
Estábamos en las entrañas de la montaña, rodeados. Sin salida. Con el enemigo en la puerta y la oscuridad infinita a nuestras espaldas.
Fue entonces cuando sentí una vibración. No venía de afuera. Venía de adentro de la mina. Un sonido profundo, rítmico. Como si algo enorme se estuviera moviendo en las profundidades.
Miré a la oscuridad del túnel. Dos puntos brillantes, amarillos y lejanos, se encendieron en el fondo. No eran lámparas. Eran ojos.
Y no eran humanos.
Me di cuenta de que tal vez el abuelo de Camila tenía razón. Tal vez no estábamos solos en esa mina. Y tal vez, solo tal vez, habíamos pasado de la sartén directo al fuego.
Apreté el mango de mi pistola. Esta noche iba a ser muy, muy larga.
PARTE 3 – EL DIABLO EN LA OSCURIDAD
Esos dos puntos amarillos brillando en la profundidad del túnel no parpadearon. Ni una sola vez.
Mi respiración se detuvo, atorada en algún lugar entre la garganta y el pecho, ahí donde el miedo se hace nudo. Afuera, el caos de los motores, los gritos de los sicarios y los ladridos frenéticos de sus perros de caza pintaban un panorama de muerte segura. Adentro, en las entrañas frías de la tierra, ese sonido rítmico, esa vibración pesada que sentí en las suelas de mis botas, me decía que no estábamos solos. Y lo que fuera que nos miraba desde la oscuridad absoluta no tenía nada de humano.
—Señor… —susurró Camila, aferrándose a mi pierna con una fuerza que no correspondía a sus bracitos delgados. Su voz era un hilo de terror puro. Ella también los había visto.
—Shhh. No te muevas. Ni un centímetro —le ordené, mi voz apenas un siseo que se perdió en el eco húmedo de la mina.
Apagué mi linterna de golpe. La oscuridad nos tragó por completo, densa, pesada, casi líquida. Era esa clase de oscuridad que te hace perder el sentido de dónde empieza tu cuerpo y dónde termina el aire. Solo me quedaba el tacto: la mano fría de la niña, el pelaje erizado de Rex contra mi muslo , y el peso inerte de la madre, a la que había recostado contra la pared de roca.
Mi mente de militar, entrenada para buscar lógica en el caos, empezó a trabajar a mil por hora, descartando lo sobrenatural. El abuelo de Camila hablaba del Diablo, pero yo sabía que en la Sierra el diablo suele tener dos patas y llevar armas largas. Sin embargo, esos ojos… esos ojos estaban demasiado separados, demasiado bajos para ser de un hombre, y el sonido… ese jadeo profundo y cavernoso que empezó a escucharse, como un fuelle gigante, no era de este mundo. O al menos, no del mundo civilizado.
—¡Entren! ¡Quiero que rastreen cada maldito rincón! —la voz del líder de los sicarios retumbó desde la boca de la mina, rebotando en las paredes de piedra y llegando hasta nosotros distorsionada, pero cargada de una violencia prometida.
Las luces de sus linternas empezaron a bailar en la entrada, proyectando sombras largas y deformes que se estiraban hacia nosotros como dedos fantasmas. Estábamos atrapados en el peor escenario posible: el yunque y el martillo. Atrás, una bestia desconocida; adelante, un escuadrón de ejecución.
Tomé una decisión. La única posible.
—Rex, fuss —le susurré al perro en alemán, el comando para que se pegara a mi pierna y no se separara. Rex emitió un gemido bajo, casi inaudible, una mezcla de instinto de protección y un miedo primitivo que yo nunca le había sentido antes. Él olía lo que había en el fondo. Y si mi perro, que se había enfrentado a balaceras y granadas, tenía miedo, yo debería estar aterrorizado.
Levanté a la madre de nuevo. Dios, pesaba más ahora. Su cuerpo estaba flácido, la fiebre o el shock la estaban consumiendo.
—Camila, agárrate de mi cinturón. No te sueltes. Vamos a caminar hacia atrás, muy despacio. Hacia lo oscuro.
—Pero los ojos… —sollozó ella.
—Prefiero enfrentarme a lo que sea que tenga esos ojos que a los hombres de afuera. Muévete.
Dimos un paso. Luego otro. Mis botas raspaban la grava suelta del suelo. Cada sonido me parecía un estruendo. Avanzábamos hacia la bestia.
A medida que nos adentrábamos, el aire se volvía más frío y denso, con un olor penetrante. No olía a azufre, como dirían los cuentos de terror. Olía a almizcle. A orina rancia, a pelo mojado y a sangre vieja. Era el olor de una guarida.
Los haces de luz de los sicarios ya barrían los primeros veinte metros del túnel.
—¡Jefe! ¡Aquí hay sangre fresca! —gritó uno de ellos. Habían encontrado el rastro de la madre.
—¡Suelten a los perros! —ordenó la voz de mando.
El sonido de cadenas cayendo y patas arañando la piedra me heló la sangre. Eran perros de presa. Pitbulls o Dogos, entrenados para despedazar, no solo para encontrar.
—Acelera —le dije a Camila, jalándola.
Ya no importaba el sigilo. Teníamos que ganar distancia. Nos movimos más rápido, tropezando en la oscuridad, guiándome solo por la pared de roca a mi izquierda y por la ubicación de aquellos dos puntos amarillos que, extrañamente, habían desaparecido.
De repente, el túnel se ensanchó. El eco cambió. Estábamos en una cámara grande, probablemente una antigua zona de extracción. El olor a almizcle aquí era insoportable, te golpeaba en la cara como un puño.
—¡Allá están! ¡Veo movimiento! —gritó alguien a mis espaldas. Una linterna potente cortó la oscuridad y nos iluminó por un segundo.
Me giré, levantando la pistola, y disparé dos veces hacia la luz. Bang. Bang. El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado. La luz se apagó o se cayó, y escuché gritos de confusión.
—¡Cúbranse! ¡Nos tiran plomo!
Aproveché la confusión para arrastrar a la mujer y a la niña detrás de un viejo vagón de mina volcado y oxidado que yacía en medio de la cámara. Era una cobertura miserable, llena de agujeros de óxido, pero era lo único que había.
—Quédate abajo —le dije a Camila, empujándola contra el metal frío.
Rex se paró frente a nosotros, mirando hacia la oscuridad profunda de la cueva, dándole la espalda a los sicarios. Eso me confundió por un segundo. ¿Por qué le daba la espalda a los hombres armados?
Entonces lo escuché. Y entendí el error garrafal que acabábamos de cometer todos. Nosotros al entrar, y los sicarios al seguirnos.
Un rugido.
No fue un ladrido, ni un grito humano. Fue un sonido que vibró en el esternón, profundo, gutural, cargado de siglos de evolución depredadora. Un sonido que hizo que el polvo del techo cayera sobre nosotros como nieve gris.
Los sicarios callaron de golpe. Los perros de caza, que venían corriendo frenéticos por el túnel, derraparon. Escuché sus ladridos transformarse en chillidos de pánico. Los animales saben. Los animales entienden la jerarquía de la naturaleza mucho antes que los humanos.
Encendí mi linterna táctica por un segundo, apuntando hacia donde Rex miraba, hacia el fondo de la caverna.
El haz de luz reveló una pesadilla.
No era el Diablo. Era un Oso Negro. Pero no cualquier oso. Era un macho gigantesco, una bestia que debía pesar más de trescientos kilos, de pie sobre sus patas traseras. Su pelaje era una maraña de nudos negros y cicatrices grises. Le faltaba media oreja y tenía el hocico deformado por una vieja herida de bala o de trampa. Era el rey de esa montaña, el verdadero dueño de la Sierra, y habíamos entrado en su dormitorio en pleno invierno, interrumpiendo su letargo.
Se alzó cuan alto era, rozando casi el techo de la caverna, y dejó caer sus patas delanteras con un golpe que hizo temblar el suelo.
—¡¿Qué chingados es eso?! —gritó uno de los sicarios, su voz quebrándose en una octava muy aguda.
El oso no esperó explicaciones. Cargó.
No cargó contra nosotros, que estábamos quietos y escondidos tras el vagón, oliendo a miedo pero estáticos. Cargó contra el ruido. Contra las luces. Contra la invasión agresiva de los hombres armados y sus perros.
Pasó a nuestro lado como un tren de carga hecho de músculo y furia. El viento de su paso me golpeó la cara. Rex se quedó petrificado, sabiendo que moverse era morir.
Lo que siguió fue una cacofonía de horror.
El oso embistió al primer grupo de perros en la angostura del túnel. Escuché el crujido húmedo de huesos rompiéndose y los aullidos de dolor que se cortaron en seco. Luego, los disparos.
Los sicarios abrieron fuego con todo lo que tenían. Los fogonazos de los AK-47 iluminaban la caverna como luces estroboscópicas en una discoteca del infierno.
Rat-tat-tat-tat-tat.
—¡Mátalo! ¡Mátalo, pendejo! —gritaba el líder.
Pero un oso de ese tamaño, lleno de adrenalina y grasa protectora, es un tanque biológico. Las balas de calibre medio lo herían, sí, pero también lo enfurecían más. Vi, entre los destellos, cómo la bestia alcanzaba a uno de los hombres. El sicario ni siquiera tuvo tiempo de gritar cuando una garra del tamaño de unos rastrillos de jardín lo lanzó contra la pared de roca como si fuera un muñeco de trapo. El sonido del impacto fue seco y final.
—¡Vámonos! —le grité a Camila al oído, aprovechando que el infierno se había desatado a diez metros de nosotros.
—¡Mamá! —gritó ella.
Cargué a la madre de nuevo. La adrenalina había borrado mi cansancio, reemplazándolo por una urgencia eléctrica. Teníamos que salir de esa cámara antes de que el oso terminara con ellos y recordara que nosotros estábamos ahí, o antes de que una bala perdida nos encontrara, o peor, antes de que el techo, debilitado por los disparos y los años, se nos viniera encima.
Corrí hacia el fondo de la cueva, rezando para que hubiera una salida. Las minas viejas suelen tener pozos de ventilación o salidas secundarias para los mineros.
La cámara terminaba en dos bifurcaciones. Izquierda o derecha.
—¡Rex! —llamé. El perro vino a mi lado, cojeando ligeramente, pero entero. —¡Busca salida! ¡Salida!
Rex olfateó el aire viciado. Dudo un segundo y luego se metió por el túnel de la derecha. Lo seguí ciegamente. Confiaba más en la nariz de ese perro que en cualquier mapa.
El túnel de la derecha era más estrecho, apuntalado con vigas de madera podridas que gemían con cada detonación que ocurría a nuestras espaldas. El sonido de la batalla entre el hombre y la bestia se iba quedando atrás, pero no disminuía en intensidad. Escuché una explosión sorda. Una granada. Esos malditos habían traído granadas.
La onda expansiva nos empujó hacia adelante, y una nube de polvo y piedras nos alcanzó. Tosí, cubriendo la cabeza de Camila con mi cuerpo.
—¿Estás bien? —le pregunté, limpiándome la tierra de los ojos.
—Tengo miedo… quiero irme a mi casa —lloraba ella, temblando incontrolablemente.
—Ya falta poco, mija. Ya falta poco. Mira, Rex sigue avanzando.
Seguimos caminando. El túnel empezó a ascender. Eso era buena señal. El aire caliente sube, y si había una salida arriba, el aire fresco bajaría.
Después de unos cien metros, el sonido de los disparos cesó. Un silencio pesado, zumbante, cayó sobre la mina. No sabía quién había ganado, si el oso o los narcos, y no pensaba quedarme a averiguarlo. Si el oso había ganado, vendría a terminar el trabajo. Si los narcos habían ganado, estarían furiosos y sedientos de sangre.
—Daniel… —la voz de la madre fue un susurro apenas audible en mi oreja. Era la primera vez que decía mi nombre. Lo debía haber escuchado cuando hablaba con la niña.
Me detuve un segundo, apoyándola contra la pared para recuperar el aliento. —Aquí estoy. No hable, guarde fuerzas.
—Déjeme… —dijo ella, con los ojos vidriosos buscando los míos en la penumbra de la linterna—. Soy… soy un lastre. Sálvela a ella. Usted puede correr si no me lleva.
Sentí una punzada de rabia y tristeza. Era la lógica del sacrificio materno. Ella sabía que sus probabilidades eran bajas. Tenía una hemorragia interna, podía verlo en la palidez de su piel y en cómo sus labios se estaban poniendo azules.
—Nadie se queda atrás —le dije, duro, con el tono que usaba con mis reclutas—. En mi guardia nadie se queda. Usted va a ver crecer a esta niña, ¿me oyó? No me haga cargarla de balde.
Ella esbozó una sonrisa débil, dolorosa. —Es usted… muy terco, soldado.
—Soy marino, señora. Y sí, soy muy terco.
Volví a cargarla. Mis piernas ardían. Mi espalda gritaba. Pero la voluntad es un músculo que se entrena, y el mío estaba hecho de acero templado en la adversidad.
Seguimos subiendo. El aire empezó a cambiar. Se sentía una corriente tenue, helada, que olía a pino y a nieve, no a muerte y encierro.
—¡Aire! —dijo Camila, señalando hacia arriba.
Llegamos a un final abrupto. El túnel terminaba en un derrumbe, pero arriba, a unos cuatro metros de altura, había un agujero irregular en la roca. Un tiro de chimenea. Podía ver el cielo nocturno, un parche de gris oscuro entre la negrura, y unos copos de nieve cayendo suavemente hacia nosotros.
La libertad estaba ahí. A cuatro metros.
Pero cuatro metros verticales con una mujer herida y una niña de siete años es como pedirme que salte a la luna.
Miré las paredes. Roca viva, resbalosa por la humedad. Había algunos viejos travesaños de madera incrustados, restos de una escalera que se pudrió hace décadas.
—Mierda —susurré.
—¿No podemos salir? —preguntó Camila, su esperanza rompiéndose en su voz.
—Sí podemos. Solo necesito pensar cómo.
Busqué en mi cinturón. Tenía una cuerda de paracord de 15 metros, siempre la llevaba. Fuerte, resistente, pero delgada. No tenía arnés.
—Camila, escúchame. Eres ligera. Te voy a subir primero. Tienes que trepar por esas maderas. Yo te voy a empujar y luego te voy a sostener con la cuerda por si resbalas. Cuando llegues arriba, amarras la cuerda al árbol más fuerte que veas. ¿Puedes hacerlo?
Ella miró hacia arriba, hacia el agujero negro, y luego me miró a mí. Asintió, tragando saliva. La valentía de esa niña era más grande que la de muchos hombres que conocí en servicio.
Le hice un nudo improvisado alrededor del pecho. La levanté sobre mis hombros. —Arriba. Busca dónde poner los pies y las manos. No mires abajo.
Ella empezó a escalar. La madera crujía peligrosamente bajo su peso pluma. Yo la iluminaba con la linterna, con el corazón en la boca. Un resbalón, una madera podrida, y se caería.
—¡Ya casi! —gritó desde arriba.
La vi desaparecer por el borde del agujero. —¡Ya estoy! —gritó, su voz sonando clara, sin el eco de la cueva. Estaba afuera.
—¡Busca un árbol! ¡Amárralo fuerte!
Esperé unos segundos eternos. —¡Ya!
Probé la cuerda. Se tensó. Parecía firme.
Ahora venía lo imposible. La madre.
No podía subirla a ella jalando la cuerda, el paracord le cortaría la piel y Camila no tenía la fuerza para anclarlo si yo ponía todo el peso de un adulto muerto.
Tendría que cargarla. Escalar con ella a la espalda. Una sola mano para escalar, la otra para sostenerla. Una locura.
—Señora, esto va a doler —le dije.
Usé mi cinturón y el suyo para atarla a mi espalda, estilo mochila. Ella gimió de dolor cuando apreté, pero no se quejó.
—Rex, sube —le ordené al perro.
El pastor alemán miró la pared, retrocedió unos pasos, tomó impulso y saltó, clavando las uñas en la roca y las maderas, trepando con una agilidad sorprendente para su edad. Resbaló, pataleó, y logró engancharse al borde, desapareciendo arriba también.
Solo quedábamos nosotros. Y el tiempo se acababa.
Desde abajo, desde la profundidad del túnel por donde habíamos venido, escuché voces.
—¡Por aquí! ¡Veo huellas de botas! ¡El oso se fue por el otro lado! —era la voz del flaco, el que tenía cara de rata. Había sobrevivido. Y venía con refuerzos.
—¡Súbanle! —gritaron.
Dispararon un tiro al aire que rebotó en las paredes, silbando cerca de nosotros.
Empecé a trepar.
Mis dedos se clavaban en las grietas de la roca fría. Mis botas resbalaban. El peso de la mujer me tiraba hacia atrás, tratando de arrancarme de la pared. Cada centímetro era una batalla. Mis bíceps ardían como si tuviera fuego en las venas.
—¡Ahí están! —gritó una voz abajo.
Una luz me iluminó desde el túnel.
—¡Tírenle!
Las balas empezaron a picar la piedra alrededor de mis pies. Poc. Poc. Poc.
No miré abajo. Solo miré arriba, a la mano de Camila que se asomaba, y al cielo nevado.
—¡Vamos, Daniel, vamos! —me grité a mí mismo.
Una bala rozó mi pantorrilla. Un ardor caliente, agudo. Gruñí, pero no me solté. La adrenalina bloqueó el dolor.
Con un último esfuerzo sobrehumano, lancé mi mano derecha al borde del agujero. Mis dedos encontraron una raíz congelada. Tiré. Tiré con todo el odio, con toda la esperanza, con toda la fuerza que me quedaba.
Sentí los dientes de Rex agarrando mi chamarra desde arriba, jalando también.
Pasé el borde. Rodé sobre la nieve fría y húmeda del exterior. El aire puro llenó mis pulmones.
—¡Corten la cuerda! —grité, sacando mi navaja.
Camila me miró confundida. No había tiempo. Corté el paracord de un tajo justo cuando sentí que alguien empezaba a trepar desde abajo.
Escuché un grito y un golpe sordo en el fondo del pozo.
Estábamos afuera. Pero no estábamos a salvo.
Estábamos en medio del bosque, en la ladera de la montaña, a unos kilómetros de donde habíamos dejado la camioneta. La tormenta seguía, implacable. La nieve nos cubría en segundos.
Me levanté, cojeando. La herida en la pantorrilla sangraba, manchando la nieve inmaculada de rojo brillante. La madre estaba inconsciente en mi espalda.
—¿Se murieron? —preguntó Camila, sus dientes castañeteando.
—No todos. Pero ganamos tiempo.
Miré a mi alrededor, tratando de orientarme. Conocía estos cerros. Si mis cálculos no fallaban, estábamos cerca de “La Quebrada”, un paso estrecho que bajaba hacia la carretera federal. Pero con la mujer así, y yo herido, no llegaríamos lejos a pie.
Necesitábamos un refugio. O un milagro.
Y entonces, a lo lejos, vi luces de nuevo. Pero no eran linternas tácticas. Eran faros amarillos, viejos. Y el sonido… era el sonido inconfundible de un motor diésel viejo batallando en la subida.
Un camión maderero. De esos que bajan de noche para evitar a la federal.
—Vamos —dije, ajustando la carga en mi espalda—. Tenemos que llegar a ese camino antes de que pase el camión.
Corrimos. O más bien, nos arrastramos a través de la nieve profunda. El frío era un enemigo tan mortal como las balas. Sentía cómo mis dedos se entumecían, perdiendo sensibilidad. Si parábamos, nos congelaríamos en quince minutos.
Llegamos al borde del camino de terracería justo cuando el camión, un monstruo cargado de troncos enormes, aparecía en la curva, rugiendo y patinando en el hielo.
Me paré en medio del camino, agitando mi lámpara táctica, rezando para que el chofer no estuviera dormido o drogado, y para que tuviera frenos.
El camión tocó el claxon, un bocinazo grave que resonó en el valle. Las luces me cegaron. Los frenos de aire chirriaron y silbaron. El camión se deslizó, la cola coleando peligrosamente hacia nosotros.
Me quedé quieto. No me moví. Si nos atropellaba, al menos se acababa el frío.
El camión se detuvo a dos metros de mí. El calor del radiador me golpeó la cara, derritiendo la nieve en mis pestañas.
La puerta del conductor se abrió. Un hombre mayor, con bigote canoso y sombrero, se asomó con una escopeta en la mano. —¡¿Qué chingados haces, loco?! ¡Casi te llevo de corbata!
—¡Ayuda! —grité, mi voz ronca—. ¡Tengo una mujer herida y una niña! ¡Nos vienen siguiendo!
El hombre bajó la escopeta al ver a Camila y a la mujer en mi espalda. Su expresión cambió de enojo a preocupación. En la Sierra, la gente sabe cuándo hay problemas de verdad.
—Súbanse. ¡Rápido! —gritó, abriendo la puerta del copiloto.
Subí a Camila primero, luego empujé a la madre con mis últimas fuerzas. Rex saltó a la cabina, acomodándose a los pies del asiento. Yo me trepé al final, cerrando la puerta pesada justo cuando vi, saliendo del bosque de donde habíamos venido, tres luces de linternas corriendo hacia el camino.
—¡Arránquese, jefe! ¡Písele! —le grité al chofer.
El viejo no preguntó. Metió velocidad y el camión rugió, escupiendo humo negro y ganando tracción.
Escuché el pam-pam-pam de disparos golpeando los troncos de la carga trasera, pero ya estábamos en movimiento. El camión tomó velocidad bajada abajo, alejándonos de la mina, del oso, y de la muerte.
Me dejé caer en el asiento, el calor de la cabina envolviéndome. Miré a Camila. Estaba abrazada a su mamá, llorando bajito. La mujer respiraba, débil pero constante. Rex me lamió la mano ensangrentada.
El chofer nos miraba de reojo, con el ceño fruncido. —¿En qué lío se metieron, compa?
Miré por el retrovisor, hacia la oscuridad blanca que dejábamos atrás. —En uno del que acabamos de salir de milagro, viejo. Solo llévenos a un hospital. O a un cuartel. Lo que esté más cerca.
—Hay una clínica rural en San Mateo, a cuarenta minutos. Mi cuñada es enfermera ahí. Es discreto.
—San Mateo está bien.
Cerré los ojos por un segundo. El dolor de la pierna empezó a despertar con fuerza, punzante y caliente. Pero estábamos vivos.
Sin embargo, algo en mi mente no me dejaba descansar. Esos hombres… El Patrón. No eran raterillos comunes. Tenían equipo, tenían disciplina, tenían perros de caza. Y habían mencionado “la mercancía”.
Esto no se había acabado. Solo habíamos ganado el primer round. El Patrón no dejaría que alguien que le robó lo suyo y mató a sus hombres viviera para contarlo. Nos buscarían. En el hospital, en el pueblo, donde fuera.
Abrí los ojos y miré al viejo chofer. —¿Tiene teléfono satelital o radio de onda corta?
—Tengo un radio CB. Pero con esta tormenta apenas y se oye.
—Présteme el micro.
Tenía que llamar a alguien. A los únicos en los que podía confiar. A mi vieja unidad. Porque si la guerra venía hacia mí, yo tenía que estar listo para recibirla.
La noche en la Sierra es larga, oscura y llena de secretos. Pero yo soy Daniel Cruz, y mientras tenga aire en los pulmones, nadie va a tocar a esta niña. Nadie.
La camioneta Lobo se había quedado atrás, enterrada en la nieve. Mi vida tranquila también. Lo que venía ahora era fuego y sangre. Y yo estaba listo para quemarme.
Aquí tienes la continuación y conclusión de la historia, escrita en primera persona, utilizando modismos y contexto mexicano, y cumpliendo con la extensión y el nivel de detalle solicitados.
PARTE FINAL – SANGRE EN LA NIEVE Y EL RENACER DEL GUERRERO
El micrófono del radio CB se sentía frío y pesado en mi mano, como si estuviera sosteniendo una piedra sacada de un río congelado. El viejo camión maderero rugía, peleando contra la pendiente y la nieve que intentaba tragarse las llantas traseras. El sonido del motor diésel era un lamento constante, pero para mí, en ese momento, era la única música que importaba.
Apreté el botón lateral del micrófono, sintiendo cómo la estática llenaba la cabina, ese siseo blanco y caótico que precede a la conexión o al silencio absoluto.
—Breaker, breaker… Aquí Sierra-Delta-Uno solicitando enlace urgente —dije, mi voz sonando más ronca y gastada de lo que recordaba. —Repito, Sierra-Delta-Uno en frecuencia de emergencia. ¿Alguien copia? Cambio.
Solo hubo estática. El viejo chofer, que mantenía la vista clavada en el camino apenas visible, me miró de reojo. Sus manos, nudosas y curtidas por años de manejar troncos en la Sierra, apretaban el volante con fuerza. —Nadie usa esos canales por aquí, compa —dijo, escupiendo por la ventana entreabierta—. Aquí la señal se muere o te la interceptan los mañosos. Si el Patrón tiene antenas en los cerros, ya nos escuchó.
—No busco a los locales, jefe —le contesté, ajustando el dial con dedos que apenas sentía por el frío y la pérdida de sangre—. Busco fantasmas.
La herida en mi pantorrilla palpitaba con un ritmo propio, caliente y venenoso. Podía sentir la humedad de la sangre empapando la tela de mi pantalón y escurriendo hacia la bota. Sabía que tenía que hacer un torniquete pronto o la debilidad me iba a ganar, pero necesitaba hacer esa llamada. Mi vida, y más importante, la de Camila y su madre, dependía de que alguien, en algún lugar de la base naval o en un puesto de avanzada olvidado, estuviera monitoreando las frecuencias viejas.
—Sierra-Delta-Uno transmitiendo en ciego. Código: Lázaro-Nueve-Resurgir. Coordenadas aproximadas… —miré por la ventana, tratando de reconocer algún hito en la oscuridad—. Sector Norte de la Sierra Madre, cerca del paso de La Quebrada. Tengo civiles bajo fuego. Situación crítica. Necesito extracción y apoyo pesado. Clave de autentificación: “Semper Fidelis, aunque el cielo se caiga”. Cambio.
Solté el botón. Silencio. Un segundo. Dos segundos. El camión dio un bandazo al golpear un bache oculto bajo la nieve, y el dolor me atravesó la pierna como un rayo, haciéndome soltar un gruñido entre dientes. Rex, que iba hecho bola a mis pies, levantó la cabeza y me lamió la mano otra vez, sus ojos ámbar llenos de esa preocupación infinita que solo los perros pueden transmitir.
De repente, la estática se cortó. Una voz, limpia y clara, como si estuviera en el asiento de atrás, rompió el aire. —…Sierra-Delta-Uno, aquí Nido de Águilas. Autentificación confirmada, Capitán Cruz. Pensamos que estaba muerto hace tres años. ¿Cuál es su estado?
Un suspiro de alivio se me escapó del pecho, tan fuerte que casi me mareo. Era el Teniente “Chavo” Méndez. Reconocería esa voz norteña y rasposa en cualquier lado. —Casi, Chavo, casi. Estoy herido. Tengo dos civiles. Una mujer en estado crítico y una menor. La maña nos pisa los talones. Un tal “Patrón”. Tienen gente, tienen perros y tienen sed de sangre. Vamos en un maderero rumbo a San Mateo.
—Entendido, Capitán. San Mateo está a veinte clics de nuestra posición de maniobras actual. Estamos en ejercicio nocturno, pero para usted, acabamos de cambiar a fuego real. Mantenga su posición al llegar. No se deje matar antes de que lleguemos, ¿copiado?
—Copiado, Nido. No tarden. Cruz fuera.
Colgué el micrófono y me dejé caer contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos un momento. La adrenalina empezaba a bajar y el dolor subía. —¿Quiénes son esos? —preguntó el chofer, mirándome ahora con un respeto nuevo, mezclado con miedo. —La caballería, viejo. La pinche caballería.
Atrás, Camila dormitaba abrazada a su madre. La mujer estaba pálida como la cera, su respiración era superficial. Necesitábamos esa clínica ya.
—¿Cómo se llama usted, amigo? —le pregunté al conductor. —Don Chuy. Jesús para los cuates. —Bien, Don Chuy. Si nos saca de esta, le prometo que nunca más va a tener que preocuparse por bajar troncos de noche para evitar a la federal. Písele a fondo.
El camión devoró los kilómetros de terracería. La tormenta empezaba a amainar, dejando un paisaje espectral de pinos cargados de blanco y sombras azules. Cuando las luces del pueblo de San Mateo aparecieron a lo lejos, sentí una mezcla de esperanza y pavor. Un pueblo pequeño es una trampa mortal si te acorralan. Calles estrechas, pocas salidas.
Llegamos a la entrada del pueblo. Estaba desierto. Las casas de adobe y ladrillo estaban cerradas a piedra y lodo, con las luces apagadas. La gente de la Sierra sabe cuándo esconderse. —La clínica está junto a la iglesia —dijo Don Chuy, maniobrando el camión con pericia por las calles angostas.
Frenó frente a un edificio bajo, pintado de blanco, con una cruz roja despintada en la fachada. Salté del camión antes de que se detuviera por completo. Mi pierna falló al tocar el suelo y casi caigo, pero me sostuve del espejo lateral. —¡Ayúdeme con ellas! —le grité a Don Chuy.
Bajamos a la madre con cuidado. Estaba ardiendo en fiebre. Camila bajó detrás, frotándose los ojos, con Rex pegado a ella como una sombra. Golpeé la puerta de metal de la clínica con el puño cerrado. —¡Abran! ¡Es una emergencia!
Nadie contestó. Volví a golpear, esta vez con la cacha de mi pistola. —¡Abran o tiro la puerta!
Una luz se encendió adentro. Se escucharon cerrojos descorriéndose y la puerta se abrió. Una mujer bajita, de unos cincuenta años, con cara de pocos amigos y una bata puesta sobre la pijama, nos miró. —¿Qué es este escándalo? Aquí no es cantina para que vengan a… —se calló al ver la sangre en mi ropa y a la mujer desmayada en los brazos de Don Chuy—. ¡Virgen Santísima! ¡Pásenle, rápido!
Entramos a la sala de espera, que olía a cloro y alcohol, un olor que para mí siempre ha sido sinónimo de dolor, pero también de salvación. —Soy enfermera, no doctora —dijo la mujer, señalando una camilla—. El doctor viene hasta el lunes. —Usted servirá —dije, cerrando la puerta y pasando el cerrojo—. Necesito que la estabilice. Tiene golpes severos, posible hemorragia interna y deshidratación. Y la niña necesita calor y algo de comer.
—¿Y tú? —preguntó ella, mirando el charco de sangre que se formaba bajo mi bota izquierda. —Yo aguanto. Atienda a la madre primero.
Don Chuy depositó a la mujer en la camilla y la enfermera, que dijo llamarse Elena, se puso a trabajar con una eficiencia admirable. Cortó la ropa sucia, limpió las heridas, puso una vía intravenosa. Yo me senté en una silla de plástico, con la pistola sobre las piernas, vigilando la entrada. Rex se echó junto a la puerta, con las orejas en modo radar.
—Camila —la llamé suavemente. La niña se acercó. Le quité mi chamarra, que estaba empapada y pesada, y busqué una cobija en un estante. Se la puse sobre los hombros. —¿Mi mamá se va a morir? —preguntó, con esa franqueza brutal de los niños. —No hoy, mija. No hoy. Elena sabe lo que hace.
Don Chuy se acercó a mí con dos tazas de café humeante que había sacado de una cafetera en el rincón. —Tómese esto, compa. Lo necesita. —Gracias, Don Chuy. Usted debería irse. Lo que viene no va a estar bonito. Si el Patrón llega antes que mis amigos… —Mi camión está ahí afuera. Ya vieron la matrícula seguro —me interrumpió el viejo, tomando un sorbo ruidoso—. Ya estoy metido en el baile. Además, tengo esta —sacó de su cinturón una pistola vieja, un revólver .38 que se veía más antiguo que él—. No tira muy lejos, pero truena fuerte.
Sonreí a medias. La valentía mexicana nunca deja de sorprenderme. A veces es estúpida, a veces es heroica, pero siempre está ahí. —Bien. Necesito que vigile la parte de atrás. Si ve luces, si oye algo que no sea el viento, grite.
El tiempo en la sala de espera se estiró como un chicle. Cada minuto era una eternidad. Elena cosió mi pierna sin anestesia porque le dije que no la desperdiciara en mí. Sentí cada puntada de la aguja curvada atravesando la piel y el músculo, un recordatorio agudo de que seguía vivo. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula, pero no grité. No enfrente de la niña.
—La bala solo rozó el músculo, pero es profundo —dijo Elena, cortando el hilo—. Vas a cojear un buen rato, muchacho. —Con que pueda caminar y disparar, me basta.
De repente, Rex se levantó. Su pelo se erizó desde el cuello hasta la cola. Un gruñido profundo, como el del oso en la cueva, salió de su garganta. —Ya están aquí —dije, poniéndome de pie e ignorando el latigazo de dolor en la pierna.
Apagué las luces de la clínica. —¡Elena, al suelo con la niña! ¡Don Chuy, a la parte de atrás, ahora!
Me pegué a la ventana, levantando una persiana apenas un milímetro. La calle principal, antes oscura, ahora estaba iluminada por los faros de tres camionetas Suburban negras que avanzaban despacio, como tiburones en aguas bajas. Se detuvieron frente a la clínica, bloqueando la salida.
Del vehículo del centro bajó un hombre. Vestía un abrigo de piel caro, botas de avestruz y un sombrero tejano inmaculado. No parecía un sicario, parecía un político o un empresario. Pero la forma en que los otros hombres, armados hasta los dientes con rifles de asalto, se desplegaron a su alrededor, dejaba claro quién era. El Patrón.
Tomó un megáfono de manos de uno de sus guardaespaldas. —¡Sabemos que están ahí! —su voz, amplificada, rompió el silencio del pueblo. Era una voz tranquila, educada, lo cual la hacía mil veces más aterradora—. Señor Cruz, o como se llame. Ha causado usted muchos problemas esta noche. Me ha costado hombres, me ha costado vehículos y me ha costado la paciencia.
Miré a Camila. Estaba bajo la mesa de recepción, tapándose los oídos. Elena la abrazaba. —¡No tengo pleito con usted, soldado! —continuó El Patrón—. Solo quiero lo que es mío. Entrégueme a la mujer y a la niña. Usted puede irse. Le doy mi palabra de caballero.
—¡Tu palabra vale menos que la mierda de mi perro! —grité desde adentro, sin asomarme.
Escuché una risa seca a través del megáfono. —Qué vulgaridad. Bueno, lo intentamos por las buenas. ¡Muchachos, quémenlos!
El sonido de cristales rotos fue inmediato. No dispararon balas. Lanzaron cócteles molotov. Botellas con gasolina y trapos encendidos volaron hacia la fachada. Una rompió la ventana de la sala de espera y el fuego líquido se esparció por el suelo, lamiendo las sillas de plástico y las cortinas.
—¡Fuego! —gritó Elena. —¡Atrás! ¡Llévenlas al consultorio del fondo! —ordené.
El humo negro empezó a llenar el lugar. Tosí, cubriéndome la boca. Esto cambiaba todo. Nos querían sacar como ratas. No iban a entrar, iban a esperar a que saliéramos para acribillarnos.
—Don Chuy, ¿hay salida trasera? —grité hacia el pasillo. —¡Hay una puerta al patio, pero la barda es muy alta! —¡No importa, ábrala!
Corrí hacia el consultorio del fondo. Elena y Don Chuy intentaban mover un archivero para bloquear la puerta, pero el humo ya entraba por debajo. —Tienen que salir —les dije—. Rex, attack.
El perro me miró, confundido. —No, tú no vienes, amigo. Tú las cuidas a ellas. ¡Guard! —señalé a Camila. Rex entendió. Se pegó a la niña.
—Voy a salir por el frente —dije, revisando mi cargador. Me quedaban siete balas. Siete balas contra un ejército—. Voy a distraerlos. Ustedes salgan por atrás, brinquen la barda como puedan y corran hacia la iglesia. El cura debe ayudarles.
—¡No! —gritó Camila, saliendo de abajo de la mesa—. ¡No te vayas!
Me agaché frente a ella, ignorando el fuego que ya consumía la recepción. —Escúchame, guerrera. Hiciste lo más difícil. Subiste esa cuerda. Ahora te toca ser valiente un poquito más. Rex va contigo. Él es tu soldado ahora.
Le di un beso en la frente, manchada de hollín. Miré a Don Chuy. —Cuídelas con su vida, viejo. —Con mi vida, compa.
Me di la vuelta y caminé hacia la entrada en llamas. El calor era infernal. Sentía la piel de la cara estirarse. Pateé la puerta principal, que se abrió de golpe, escupiendo chispas.
Salí a la calle, con la pistola en alto, gritando como un demonio poseído. —¡AQUÍ ESTOY, HIJOS DE LA CHINGADA!
Los sicarios, sorprendidos de que saliera directo al matadero, tardaron un segundo en reaccionar. Ese segundo fue mío. Disparé dos veces. El de la derecha cayó. El de la izquierda se dobló agarrándose el estómago.
El Patrón, que estaba recargado en su camioneta, ni se inmutó. Solo hizo una seña con la mano. El sonido de veinte armas automáticas cargándose al mismo tiempo es algo que nunca olvidas. Me tiré detrás de una maceta de concreto justo cuando el aire se llenó de plomo. Las balas picaban el cemento, haciéndolo polvo. Estaba inmovilizado. Era cuestión de segundos para que me flanquearan.
Miré al cielo, extrañamente despejado ahora. —Bueno, Chavo… llegaste tarde —murmuré, cerrando los ojos y preparándome para el final.
Y entonces, el cielo se rompió.
No fue un trueno. Fue el sonido característico, rítmico y poderoso de las aspas cortando el aire. Wop-wop-wop-wop. Dos helicópteros Black Hawk, negros y sin luces, surgieron de detrás de la iglesia, pasando tan bajo que el viento de sus rotores levantó una nube de polvo y nieve que cegó a todos.
De los costados de los helicópteros, destellaron las luces de las miniguns. BRRRRRRRRRRRTTTTT.
El sonido fue como una sierra eléctrica gigante rasgando el cielo. Las camionetas de los sicarios se convirtieron en queso gruyere en cuestión de segundos. El metal se retorcía, los cristales explotaban, las llantas estallaban.
Los sicarios, que segundos antes se sentían dioses intocables, ahora corrían como cucarachas cuando se prende la luz. Pero no puedes correr de una minigun. No puedes esconderte de la visión térmica.
Unos cables bajaron de los helicópteros y vi figuras vestidas de negro táctico deslizarse por ellos con una precisión coreográfica. Tocaban el suelo y se movían, fluidos, letales. Mis fantasmas.
Uno de ellos aterrizó a dos metros de mí, se hincó y levantó su rifle, escaneando el perímetro. Llevaba un parche en el hombro: un cráneo sonriendo con una boina de marina. Se giró hacia mí y levantó el visor de su casco. —Se ve usted de la chingada, Capitán —dijo el Teniente Méndez, sonriendo.
—Me he visto peor, Chavo. Me he visto peor.
La batalla duró menos de tres minutos. Fue una masacre unilateral. El Patrón intentó huir en su camioneta blindada, pero un cohete bien colocado en el motor detuvo su escape. Lo sacaron a rastras, chillando como un cerdo, perdiendo toda su compostura de caballero.
Me puse de pie, apoyándome en Méndez. El dolor de la pierna era insoportable, pero la satisfacción lo superaba. —La clínica… —dije, señalando el edificio en llamas—. Están atrás.
Corrimos hacia el callejón trasero. Ahí estaban. Don Chuy ayudando a Elena a bajar de la barda, y Camila abrazada a Rex, mirando el espectáculo de luces y sonido con los ojos como platos.
Cuando Camila me vio, soltó al perro y corrió hacia mí. Casi me tira, pero la atrapé. —¡Vinieron! —gritó—. ¡Tus amigos vinieron! —Te dije que no te iba a dejar sola.
Los médicos de combate atendieron a la madre de inmediato. La subieron a uno de los helicópteros. —Ella va a estar bien —me dijo uno de los paramédicos—. La llevaremos al Hospital Naval de Alta Especialidad. Nadie la va a tocar ahí.
Miré a Don Chuy. El viejo estaba temblando, bajando su revólver. —¿Y usted, Don Chuy? —Yo me quedo, compa. Alguien tiene que explicarle a la policía local qué pasó aquí antes de que se inventen cuentos. Además… creo que mi camión ya no va a arrancar. —Méndez —llamé al Teniente—. Este hombre necesita un camión nuevo. Y protección. —Considéalo hecho, Cap.
Subí al helicóptero cojeando. Rex subió de un salto y se sentó a mi lado, poniendo su cabeza en mi regazo. Camila se sentó al otro lado, agarrando mi mano. Mientras el Black Hawk se elevaba, dejando atrás el pueblo de San Mateo, el humo y los restos humeantes de las camionetas, miré por la ventanilla hacia la inmensidad de la Sierra Madre.
Ahí abajo, en la oscuridad, quedaba la mina, quedaba el oso, quedaba la sangre y el miedo. Había pensado que mi guerra había terminado hacía años, que podía esconderme en una cabaña y dejar que el mundo se pudriera solo. Pero la guerra no te deja. La guerra te espera. Y a veces, la guerra toca a tu puerta en forma de una niña helada para recordarte quién eres.
Miré a Camila, que se había quedado dormida con el zumbido del helicóptero. Miré a mi perro, viejo y cansado, pero leal hasta la muerte.
—¿Qué va a hacer ahora, Capitán? —me preguntó Méndez a través de los auriculares—. ¿Lo llevamos a su cabaña?
Miré mis manos, manchadas de pólvora y sangre seca. Pensé en la cabaña solitaria, en el silencio, en los fantasmas del pasado que me visitaban cada noche. Y luego pensé en esta noche, en la claridad de propósito que había sentido al jalar el gatillo, al salvar una vida.
—No, Chavo. La cabaña ya no existe. Se quedó atrás. —¿Entonces?
Acaricié la cabeza de Rex. Sentí el metal frío de mi placa de identificación contra mi pecho. —Llevamos mucho tiempo descansando, Rex y yo. Creo que es hora de volver al trabajo. ¿Tienen espacio en la unidad para un viejo lobo y su perro?
Méndez sonrió. —Siempre hay espacio para la leyenda, Capitán. Siempre.
El helicóptero viró hacia el este, hacia el amanecer que empezaba a pintar de naranja el horizonte. Cerré los ojos, y por primera vez en años, no vi las caras de los muertos. Vi la cara de la niña subiendo la cuerda. Vi esperanza.
Soy Daniel Cruz. Soy Marino. Y estoy de vuelta.
FIN