Una Tormenta le Arrebató Su Casa a los 83 Años: Lo que Construí para Ella en la Sierra Dejó a Todo el Pueblo en Shock y con la Boca Abierta. Nadie Creía que Podríamos Sobrevivir.

Me llamo Rosario. En la Sierra Norte, cuando el cielo se pone negro y el viento empieza a chiflar entre los ocotes, uno sabe que hay que esconderse. Pero aquel noviembre, mientras todo el pueblo atrancaba puertas y rezaba el rosario, yo hice lo único que me dictó el corazón: salir directo hacia la tormenta.

—¡Rosario, estás demente! —me gritó Don Beto desde su ventana entreabierta, apenas visible por la cortina de agua—. ¡El viento te va a llevar, mujer! ¡Regrésate!

No le contesté. Apreté mi rebozo contra el pecho, agarré fuerte la lámpara de petróleo y seguí subiendo la vereda de lodo. Mi casa estaba segura en la hondonada, pero mi pensamiento estaba allá arriba, en el filo del cerro, donde vivía Doña Chole.

Ochenta y tres años tenía la vieja. Terca como una mula, se había negado a bajar al pueblo durante años. “Aquí enterré a mi viejo y aquí me han de enterrar a mí”, me decía siempre que le subía frijoles o maíz. Pero esa noche, el viento no respetaba terquedades ni memorias.

Cuando llegué, el techo de lámina y madera de su jacal ya no existía. Había volado como si fuera papel. Encontré a Doña Chole hecha bolita en un rincón de lo que quedaba de su cocina, empapada, temblando como una hoja, pero con los ojos secos.

La bajé a mi casa como pude. Al día siguiente, cuando subimos a ver, no quedaba nada. Solo astillas y lodo.

Los vecinos llegaron pronto. No a ayudar a reconstruir, sino a opinar.

—Ya no hay nada que hacer, Rosario —dijo la de la tienda, cruzándose de brazos—. Es hora de que Chole se vaya al asilo de la ciudad. Ahí la cuidarán. Aquí ya no tiene nada.

Chole, sentada junto a mi fogón, ni siquiera levantó la mirada, pero vi cómo se le apretaba la mandíbula. Para una mujer de la sierra, irse a un asilo es como aceptar que ya estás muerta en vida. Es perder tu tierra, tu olor a leña, tu libertad.

—Prefiero que me trague la tierra antes que ir a que me limpien unos desconocidos —murmuró Chole con un hilo de voz.

Los vecinos me miraron con lástima, como diciendo “pobre vieja loca”. Pero en ese momento, recordando las historias de mi difunto esposo Tomás sobre las entrañas de la montaña, se me ocurrió una idea. Una idea tan descabellada que, si la decía en voz alta, me encerrarían a mí también.

Miré a Chole y luego miré hacia la ladera rocosa donde el sol pegaba en las mañanas.

—Nadie te va a llevar a ningún asilo, Chole —dije firmemente.

—¿Y dónde va a vivir, Rosario? ¿En el aire? —se burló Don Beto.

—No —respondí, sintiendo cómo me ardía la cara por la osadía—. Va a vivir adentro de la montaña.

EL PUEBLO ENTERO DIJO QUE ERA UNA SENTENCIA DE M*ERTE. ¿CÓMO SE NOS OCURRÍA VIVIR COMO ANIMALES? ¡PERO NADIE SABÍA LO QUE YO HABÍA VISTO EN ESA GRUTA!

PARTE 2: EL DESAFÍO DE LA PIEDRA Y LOS MURMULLOS DEL PUEBLO

La risa de Don Beto no fue una carcajada limpia; fue un sonido seco, rasposo, como cuando arrastras una lámina oxidada por el suelo. Se clavó en mis oídos más fuerte que el trueno que retumbaba a lo lejos. Me quedé parada ahí, con las botas hundidas en el lodo chicloso del camino, sintiendo cómo la mano huesuda de Doña Chole me apretaba el antebrazo. No me apretaba por miedo, me di cuenta después, sino para darme fuerza. Ella, que apenas podía sostenerse en pie, me estaba sosteniendo a mí el orgullo.

—Vámonos, Rosario —me susurró la vieja, con esa voz que sonaba a hojas secas—. A palabras necias, oídos sordos. Déjalos que ladren.

No volteé a ver a los demás. Sentía sus miradas en la nuca, pesadas como piedras. Sabía lo que estaban pensando. “Ahí va la viuda loca y la vieja terca”. En un pueblo chico, el juicio de los vecinos es más rápido que la justicia de Dios y a veces castiga más duro. Pero yo ya había soltado la palabra, y en la Sierra, la palabra es lo único que uno tiene cuando se le acaban los centavos. Había dicho que viviríamos en la montaña, y ahora tenía que cumplirlo, aunque por dentro me estuviera temblando hasta el alma.

Cargué de nuevo la bolsa con las pocas garras que habíamos rescatado y le ofrecí mi brazo a Chole. Empezamos a caminar, no hacia abajo, hacia la seguridad del pueblo donde estaban la tienda y la iglesia, sino hacia arriba, hacia la ladera norte del cerro del Gavilán. El camino ya no era camino; era una vereda de cabras, llena de raíces traicioneras y piedras resbalosas por el aguacero de la noche anterior.

—Hija… —dijo Chole cuando ya llevábamos unos veinte minutos subiendo y el aliento se nos escapaba en vapor blanco—. ¿Tú hablas en serio? ¿Lo de la cueva? Yo pensé que nomás lo decías para callarle la boca al viejo Beto.

Me detuve un momento para acomodarme el rebozo y limpiarme el sudor frío de la frente. Miré hacia arriba. Entre la maleza y los encinos torcidos, se veía la mancha oscura en la pared de roca.

—Hablo en serio, Chole. Tomás, que en paz descanse, siempre me dijo que esa grieta no era nomás un agujero. Me decía: “Chayo, ahí adentro el aire corre tibio en invierno y fresco en verano. Si algún día se cae el mundo, ahí nos metemos”. Pues el mundo se nos cayó anoche, Chole. Así que vamos a ver si Tomás tenía razón.

Llegar hasta la boca de la cueva fue un calvario. Doña Chole tiene las rodillas acabadas de tanto moler maíz y fregar pisos ajenos en sus años mozos. Cada paso era un dolor que ella se tragaba con un gemido sordo. Yo tenía que jalarla, casi cargarla en los tramos más empinados. El lodo se nos pegaba en las piernas como si la tierra misma no quisiera que subiéramos, como si nos quisiera tragar.

Cuando por fin llegamos a la entrada, el corazón se me cayó a los pies.

No era una casa. No era un refugio. Era una boca negra y sucia en la mitad de la nada. La entrada estaba medio tapada por zarzales llenos de espinas y un nopal viejo que había crecido chueco. Olía a humedad encerrada, a guano de murciélago y a tierra mojada.

—Válgame Dios —susurró Chole, persignándose con la mano temblorosa—. ¿Aquí, Rosario? ¿Aquí vamos a dormir? Esto parece la entrada al infierno, no una casa.

—Espérame aquí, siéntate en esta piedra —le dije, tratando de que no se me notara el pánico en la voz.

Saqué el machete que siempre cargaba en el morral —herramienta indispensable para cualquier mujer que ande sola en el monte— y empecé a tirar machetazos a la maleza. El filo chocaba contra las ramas duras, sacando chispas cuando pegaba en la piedra. Corté, arranqué y limpié hasta que la entrada quedó despejada.

Prendí la lámpara de petróleo, aunque era de día, porque la oscuridad allá adentro se tragaba la luz del sol a los dos pasos. Entré.

El techo era alto, mucho más alto de lo que parecía desde afuera. La roca era sólida, caliza gris, veteada de blanco. El suelo era irregular, lleno de piedras sueltas y basura de animales, pero estaba seco. Eso fue lo primero que noté y lo que me devolvió el alma al cuerpo: estaba seco. Afuera, la llovizna seguía cayendo terca y fría, pero adentro, apenas crucé el umbral, el sonido de la lluvia se apagó y el frío cortante desapareció.

Avancé unos metros más. Algo voló cerca de mi cabeza, chillando. Murciélagos. Me agaché por instinto, pero no me salí. Al fondo, la cueva se hacía más ancha, como una panza de ballena. Y ahí, en el rincón más alejado, sentí una corriente de aire. No era viento helado del norte. Era una brisa suave. Tomás no me había mentido. La cueva “respiraba”.

Salí a buscar a Chole. La pobre estaba sentada en la piedra, hecha un ovillo, con la mirada perdida en el valle allá abajo, donde se veían los techos de las casas que sí tenían paredes y ventanas.

—Vamos a entrar, Chole. Adentro no llueve.

Esa primera noche fue la prueba más dura de mi vida. No teníamos camas, ni petates, ni siquiera cartones. Junté un montón de hojas secas de encino que estaban resguardadas bajo un peñasco y con eso hicimos un colchón improvisado. Extendí una lona de plástico que traía en la bolsa y nos acostamos ahí, pegadas la una a la otra para darnos calor.

La oscuridad era total. No era como la oscuridad de mi casa en el pueblo, donde siempre entra un rayito de luz de la calle o de la luna. Aquí era una oscuridad que pesaba, que se te metía por los ojos y te llenaba la cabeza de fantasmas. Cada ruidito se magnificaba: el goteo de agua en alguna parte profunda de la cueva, el aleteo de los murciélagos, el crujir de las ramas afuera.

—Rosario… —escuché la voz de Chole en la tiniebla.

—Dígame, Chole. ¿Tiene frío?

—No, hija. Tengo vergüenza.

Me incorporé un poco, apoyándome en el codo.

—¿Vergüenza? ¿De qué?

—De tenerte aquí, durmiendo como animal en una cueva, nomás por no querer irme al asilo. Soy una vieja egoísta. Debería haberme ido, dejarte en paz en tu casa. Mira dónde te traje.

Le busqué la mano en la oscuridad y se la apreté fuerte. Sus dedos estaban rasposos y fríos.

—Usted no me trajo, Chole. Yo la traje. Y escúcheme bien lo que le voy a decir: mi casa allá abajo está muy sola desde que se fue Tomás. Las paredes se me vienen encima de puro silencio. Aquí, por lo menos, tengo con quién platicar. Y no somos animales. Somos serranas. Y las serranas aguantamos lo que sea. Mañana va a ver. Mañana esto va a empezar a cambiar.

Pero el “mañana” trajo dolores que yo no conocía. Cuando amaneció, el cuerpo me dolía como si me hubieran dado una paliza. La humedad del suelo, a pesar del plástico, se me había metido en los huesos. Chole apenas podía moverse; la artritis con el frío de la mañana la había dejado tiesa. Tuve que ayudarla a estirar las piernas, masajeándole las rodillas con un poco de alcohol con marihuana que siempre cargo para las reumas.

Bajé al pueblo sola. Necesitaba herramientas, cal y, sobre todo, necesitaba ver qué podíamos rescatar de las ruinas de su casa.

El camino de bajada fue peor que el de subida porque ahora iba cargando con la rabia. Al pasar por la tienda de abarrotes, vi a un grupo de mujeres platicando. En cuanto me vieron, se callaron. Ese silencio cortó más que un cuchillo.

—Buenos días —dije, sin detenerme, con la cabeza alta.

—Rosario, mujer, espera —me llamó Doña Lupe, la dueña de la tienda—. Ven acá, no seas orgullosa.

Me detuve, pero no me acerqué.

—¿Qué se le ofrece, Lupe?

—Mira… —Lupe se secó las manos en el delantal—. Aquí juntamos unos pesos entre los vecinos. Para el pasaje.

—¿El pasaje para dónde?

—Pues para llevar a Chole a la ciudad, mujer. Entiende, no pueden tenerla allá arriba en el cerro. Don Beto dice que anoche vio una luz allá en la “Cueva del Diablo”. ¿Ahí se metieron? ¿Estás loca? Dicen que ahí espantan, que ahí se escondían los bandidos en la revolución. Aparte, con este frío, la vieja se te va a morir en dos días y vas a cargar con esa culpa.

Miré las monedas que Lupe tenía en la mano. Eran pocas, pero la intención era lo que me ofendía. Querían pagar para deshacerse del “problema”, para no tener que ver la miseria de frente. Querían limpiar su conciencia mandando a Chole lejos, donde no estorbara.

—Guarde su dinero, Lupe. Mejor véndame dos kilos de clavos, un rollo de alambre recocido y si tiene, unos costales de cal.

Lupe me miró como si le hubiera pedido veneno.

—No seas necia, Rosario.

—¿Me va a vender o no? Porque si no, me voy a la ferretería del otro pueblo, aunque me quede a dos horas caminando.

Me despachó de mala gana, aventando las cosas sobre el mostrador.

—Luego no vengas a llorar cuando pase una desgracia —me sentenció.

Cargué las cosas en la espalda, me eché el morral al hombro y subí de nuevo. Pero no me fui directo a la cueva. Me desvié hacia donde había estado el jacal de Chole.

Lo que vi me partió el alma otra vez. No quedaba nada en pie. Pero entre los escombros, empecé a ver “tesoros”. Las láminas de zinc estaban dobladas, pero servían. Los polines de madera, aunque mojados, estaban fuertes. Encontré la puerta de la entrada, milagrosamente entera, tirada entre unos matorrales a cincuenta metros.

Durante los siguientes tres días, me convertí en mula de carga. Subía y bajaba el cerro diez, quince veces al día. Cargaba tablones en la espalda que me llagaban la piel. Arrastraba láminas que me cortaban las manos. Mis uñas se llenaron de tierra negra que no salía ni restregando con piedra pómez.

Chole, desde su rincón en la cueva, quería ayudar.

—Déjame hacer algo, hija, me siento inútil —me decía, con los ojos llorosos.

—Usted tiene la chamba más importante, Chole —le dije—. Usted limpie las piedras. Necesitamos muchas piedras chicas para rellenar los huecos.

Y así lo hizo. Sentada en su piedra, con una paciencia de santa, Chole escogía las piedras, les quitaba el lodo y las iba apilando por tamaños. Verla trabajar me daba fuerzas cuando sentía que las piernas ya no me respondían.

La primera semana fue de pura limpieza y acarreo. Sacamos carretillas de basura de la cueva (bueno, cubetas, porque la carretilla no subía por la vereda). Tuvimos que pelear con una familia de tlacuaches que había hecho nido al fondo; tercos los animales, pero más tercas nosotras. Quemamos ruda y romero para sacar el mal olor y espantar a los bichos. El humo se quedaba un rato y luego, mágicamente, se iba por una grieta en el techo que descubrí al tercer día. Una chimenea natural.

—Mira nomás, Chole —le dije emocionada, señalando cómo el humo subía recto—. Aquí vamos a poner la estufa. El humo se va solito. Dios aprieta pero no ahorca.

La construcción de verdad empezó el octavo día. Yo no soy albañil, pero vi a Tomás levantar nuestra casa y algo se me pegó. Además, la necesidad es la mejor maestra.

Decidí que no íbamos a vivir “en la cueva” así nomás a lo salvaje. Íbamos a cerrar la boca de la cueva con una pared. Usaríamos la misma roca del cerro para que la casa no se viera, para que se camuflara.

Me puse a mezclar lodo con zacate y un poco de la cal que compré, haciendo una mezcla como la de los adobes de antes. Empecé a levantar un muro bajito en la entrada, dejando espacio para la puerta que rescatamos.

Fue entonces cuando Don Beto subió.

Lo vi venir resoplando, apoyándose en su bastón, con la cara roja del esfuerzo. Yo estaba batida de mezcla hasta los codos, con el pelo alborotado y la ropa sucia.

—¡Rosario! —gritó cuando recuperó el aliento—. ¡Esto es el colmo!

—Buenas tardes, Don Beto. ¿A qué viene? ¿A ayudarnos a cargar piedra?

—¡Vengo a decirte que esto es ilegal! No puedes construir aquí. Esto es terreno ejidal, es zona federal, es… ¡es una locura!

—Este terreno es comunal, Don Beto. Y usted sabe bien que el abuelo de Chole tenía permiso de pastoreo en este cerro desde antes de la Revolución. Nadie ha reclamado este pedazo de piedra en cien años.

—Es peligroso. Si se cae una piedra y las aplasta, el pueblo va a tener problemas. Voy a hablar con el comisariado ejidal. Te van a desalojar.

Sentí que la sangre me hervía. Solté la pala y me acerqué a él. Él dio un paso atrás.

—Mire, Don Beto. Usted tiene su casa de ladrillo con techo de losa. Usted duerme calientito. ¿Y qué hace? Viene a fregar a dos mujeres que no tienen dónde caerse muertas. ¿Quiere hablar con el comisariado? Hable. Pero dígale que si vienen a sacarnos, me van a tener que sacar con los pies por delante. Yo no estoy construyendo una mansión. Estoy tapando un agujero para que una anciana de ochenta y tres años no se muera de frío. Si eso le molesta tanto, pues vaya y rece para que Dios le perdone la falta de corazón.

Don Beto abrió la boca y la cerró varias veces, como pez fuera del agua. Miró hacia adentro de la cueva, donde Chole estaba barriendo con una escoba de ramas, tarareando una canción vieja. Vio que la cueva estaba limpia, que ya no olía mal, que habíamos puesto una virgencita de Guadalupe en una repisa natural de la roca con una veladora encendida.

Algo en su cara cambió. No sé si fue lástima o respeto, o simplemente se dio cuenta de que yo estaba dispuesta a pelear con dientes y uñas.

—Estás loca, Rosario. Requeteloca —masculló.

Se dio la media vuelta y empezó a bajar. Pero antes de perderse en la curva, gritó sin voltear:

—¡Si van a hacer mezcla, usen arena de río, no de la barranca! La de la barranca tiene mucha salitre y se les va a caer la pared.

Sonreí. Era su manera de decir que nos dejaba en paz. Por ahora.

Los días se convirtieron en semanas. Mis manos se llenaron de callos duros como piedra. Mi espalda se ensanchó. Perdí peso, la ropa me bailaba, pero me sentía fuerte como nunca. Y Chole… Chole revivió.

Lejos de enfermarse, el aire de la montaña le sentó bien. Dejó de toser. Se movía con más agilidad. Se encargaba de cocinar en un fogón improvisado que armamos con piedras. El olor a tortillas hechas a mano y café de olla empezó a llenar la cueva, y ese olor convirtió la roca fría en un hogar.

La gente del pueblo, que al principio nos miraba con burla, empezó a subir. Primero, los niños, impulsados por la curiosidad de ver a la “Bruja de la Cueva”. Se asomaban tímidos entre los matorrales.

—¡Pásenle, chamacos! —les gritaba yo—. No comemos gente, nomás gorditas de frijol.

Y entraban, con los ojos como platos, maravillados de ver cómo habíamos acomodado todo. Les encantaba el eco de la cueva.

Luego subieron algunas mujeres, con el pretexto de traernos “un taquito”. Pero yo sabía que venían a chismear, a ver si era cierto que vivíamos entre la inmundicia. Se quedaban con la boca abierta.

La cueva tenía su propia magia. Por las mañanas, el sol entraba en un ángulo perfecto que iluminaba todo de dorado. La temperatura era constante: siempre agradable. No necesitábamos cobijas gruesas ni ventiladores.

Pero el verdadero milagro ocurrió cuando encontramos el agua.

Llevábamos un mes acarreando agua en garrafones desde el manantial que quedaba a medio camino. Era la tarea más pesada. Un día, explorando un rincón oscuro al fondo de la cueva que habíamos usado para guardar herramientas, noté que la pared “lloraba”. Había humedad constante.

Agarré un cincel y un martillo y empecé a picar la roca, siguiendo la veta húmeda. Estuve dos días dale y dale, hasta que Chole me regañó.

—Deja eso, Rosario, vas a tirar el cerro encima de nosotras.

—Hay agua aquí, Chole. La huelo.

Y de repente, ¡pum! Se desprendió un pedazo grande de caliza y un chorrito de agua cristalina, fría y pura, empezó a brotar. No era mucha, apenas un hilo, pero era constante.

Grité de alegría. ¡Teníamos agua adentro de la casa! Hice una pequeña canaleta con tejas rotas y la dirigí hacia una pila que escarbamos en el suelo. Ahora teníamos nuestra propia fuente.

Esa noche, celebramos con un chocolate caliente. Chole miraba el chorrito de agua caer en la pila y lloraba en silencio.

—¿Por qué llora, Chole? —le pregunté, preocupada.

—Porque viví ochenta años allá abajo, sufriendo por goteras, sufriendo por calor, sufriendo por ruido. Y tuve que perderlo todo para encontrar este paraíso. Gracias, hija. Gracias por no hacerme caso, gracias por ser tan terca como yo.

Pero la prueba de fuego faltaba. La temporada de lluvias fuertes no había terminado.

Una tarde, el cielo se puso color panza de burro, de ese gris verdoso que anuncia granizo. El aire se detuvo por completo. Los pájaros dejaron de cantar.

—Viene una gorda —dijo Chole, mirando el horizonte desde nuestra “puerta”.

Nos encerramos. Trancamos la puerta de madera reforzada con barrotes. Prendimos las lámparas.

La tormenta golpeó con una furia que no había visto en años. Afuera, el viento aullaba como un animal herido. Se escuchaban ramas tronando, piedras rodando cerro abajo. El ruido era ensordecedor.

Pero adentro… adentro era otro mundo.

Las paredes de roca sólida ni se inmutaban. No había láminas vibrando, no había madera crujiendo, no había goteras. La cueva nos abrazaba, nos protegía. Estábamos en el vientre de la madre tierra. Mientras el pueblo allá abajo seguro estaba sufriendo con techos volando y calles inundadas, nosotras estábamos seguras, secas y tranquilas.

Fue entonces cuando escuchamos los golpes en la puerta.

Eran golpes desesperados, frenéticos.

Miré a Chole. Agarré el machete por si acaso y me acerqué a la puerta.

—¿Quién es? —grité para hacerme oír sobre el estruendo.

—¡Ábrannos, por favor! ¡Se nos llevó el techo! ¡Rosario, por el amor de Dios!

Reconocí la voz. Era Lupe, la de la tienda. Y se oía el llanto de niños.

Quité la tranca y abrí. El viento casi me arranca la puerta de las manos. Ahí afuera, empapados, con el lodo hasta las rodillas y las caras desencajadas de terror, estaban Lupe, su hija y sus dos nietos. Su casa, esa casa de material que tanto presumían, había perdido las ventanas y parte del techo por la caída de un árbol.

—¡Pásenle! ¡Rápido! —les grité, jalándolos hacia adentro.

Entraron temblando, chorreando agua, con los ojos desorbitados.

Cuando cerré la puerta y el silencio de la cueva los envolvió, se quedaron quietos. Miraron alrededor. Vieron el fogón encendido, el café humeante, las camas secas con cobijas limpias, la virgencita iluminada, el chorrito de agua cantando en el fondo. Vieron a Doña Chole, tranquila, tejiendo sentada en su silla.

Lupe cayó de rodillas y se soltó a llorar. No de miedo, sino de vergüenza y de alivio.

—Perdóname, Rosario —sollozó—. Perdóname por todo lo que dije.

Esa noche, mi “cueva de locas” refugió a siete personas. Les dimos ropa seca (la mía y la de Chole), les dimos café y gorditas. Los niños se durmieron rápido, arrullados por la seguridad de la roca.

Lupe y yo nos quedamos despiertas, sentadas frente al fogón.

—¿Cómo le hiciste? —me preguntó, mirando las paredes alisadas y encaladas que yo había trabajado con tanto esmero.

—Con las manos, Lupe. Y con mucho coraje.

Al día siguiente, cuando la tormenta pasó, salimos. El pueblo estaba hecho un desastre. Árboles caídos, cables de luz en el suelo, láminas por todos lados. Pero cuando la gente volteó hacia arriba, hacia el cerro del Gavilán, vieron algo que no esperaban.

De nuestra chimenea natural salía una columna de humo blanco, recta y orgullosa hacia el cielo azul lavado por la lluvia. Y en la entrada, que antes era un agujero negro y miedoso, ahora se veía una fachada blanca, limpia, con macetas de geranios floreando a los lados de la puerta.

Ya no éramos las locas del cerro.

Bajamos al pueblo a ayudar, porque eso es lo que se hace en México, nos ayudamos aunque nos hayamos peleado. Pero esta vez, cuando caminábamos por la calle principal, nadie murmuró. Don Beto, que estaba recogiendo ramas de su patio, se quitó el sombrero cuando pasamos.

—Buenos días, Doña Rosario. Buenos días, Doña Chole —dijo.

—Buenos días, Don Beto —respondí.

Pero la historia no terminó ahí. Lo que hicimos despertó algo en la gente. No pasó ni una semana cuando vi subir a tres muchachos jóvenes con picos y palas.

—Oiga, Doña Chole —dijo uno de ellos, un tal Pancho, hijo del panadero—. Dice mi papá que si necesitan ayuda para hacer una escalera de piedra. Que está muy feo el camino para sus rodillas.

Y así, sin que yo lo pidiera, el pueblo empezó a subir. No a criticar, sino a construir. Hicieron escalones en la vereda. Me ayudaron a instalar una manguera mejor para el desagüe. Alguien trajo un panel solar viejo pero funcional para que tuviéramos un foco en la noche.

Mi cueva, nuestra cueva, se convirtió en el orgullo del lugar. Le empezaron a decir “La Casa de Piedra”. Venía gente de otros pueblos nomás a verla. “Mira”, decían, “aquí vive la señora que le ganó a la tormenta”.

Pero lo más bonito no fue la fama, ni la comodidad. Lo más bonito fue ver a Chole.

Un atardecer, estábamos sentadas afuera, en una terracita de piedra que habíamos acomodado para ver la puesta de sol. El cielo estaba pintado de naranja y morado, esos colores que solo se ven en la Sierra.

Chole suspiró, un suspiro largo y profundo.

—¿En qué piensa, Chole?

Ella sonrió, mostrando sus encías sin dientes pero con una felicidad que le iluminaba la cara más que el sol.

—Pienso en que todos me decían que ya estaba viviendo mis últimos días, que ya no servía para nada. Y mira, Rosario. A mis ochenta y tantos, estoy estrenando casa. Estoy estrenando vida. Nunca es tarde, ¿verdad, hija?

—Nunca es tarde, Chole.

Me quedé mirando el valle. Pensé en Tomás. Pensé en que, de alguna manera, él nos había guiado hasta aquí. Pensé en que la verdadera casa no son cuatro paredes, sino el lugar donde uno se siente seguro y querido. Y pensé en que a veces, hay que estar un poco loco para encontrar la cordura en este mundo.

La gente dice que hice un milagro. Yo digo que nomás hice lo que había que hacer. Porque en México, cuando la vida te tira la casa, no te quedas llorando sobre los escombros. Agarras las piedras que te cayeron encima y con ellas construyes un castillo.

Y si no me creen, ahí está la cueva en el cerro del Gavilán. La puerta siempre está abierta y el café siempre está caliente. Pasen a visitarnos cuando quieran, que aquí, adentro de la montaña, el corazón de la tierra late fuerte y parejo.

PARTE 3: LA SOMBRA DEL DINERO Y EL MANANTIAL DEL OLVIDO

La paz, aprendí a la mala, es un animalito muy asustadizo; apenas uno se descuida, sale corriendo al monte. Pensé que después de la tormenta, después de ganarnos el respeto de Don Beto y de que el pueblo entero nos ayudara a poner la escalera de piedra, la vida en la cueva sería puro tejer chambritas y ver atardeceres. Pero estaba muy equivocada. Porque si el viento y el agua calaron fuerte, la ambición humana cala más hondo y deja cicatrices más feas que cualquier granizada.

Pasaron seis meses desde aquella noche en que la cueva sirvió de refugio. En ese tiempo, la “Casa de Piedra” dejó de ser un secreto de locas para volverse, como dicen los muchachos de ahora, una “atracción”. Al principio era bonito. La gente subía, nos saludaba con respeto, a veces nos compraban las servilletas bordadas que Doña Chole hacía con una rapidez que desmentía la artritis de sus manos. Con eso nos manteníamos, y con los huevos que ponían las gallinas que ya habíamos subido y acomodado en un corralito natural protegido por una saliente de roca.

Pero luego llegaron los de afuera.

Primero fueron unos muchachos con cámaras grandotas y mochilas que costaban más que todo lo que yo traía puesto. “Youtubers”, les decían. Se metían sin pedir permiso, grababan nuestros tendidos, grababan a Chole comiendo como si fuera un animalito de zoológico. “¡Señora, señora! ¿Es cierto que aquí se aparecen fantasmas?”, me gritaban con una falta de respeto que me hacía rechinar los dientes. Yo los corría amablemente, pero siempre llegaban más.

Sin embargo, esos eran mosquitos molestos. El verdadero depredador llegó en una camioneta blanca, de esas camionetas de lujo, cerradas, con aire acondicionado, que suben por los caminos de terracería levantando polvo como si fueran dueñas del camino.

Era un martes. Me acuerdo bien porque estaba yo desgranando maíz para las tortillas. Chole estaba dormitando en su mecedora, con el gato pardo que adoptamos —el “Tigre”— en las piernas. Escuché el motor forzado subiendo la cuesta, más allá de donde llegan los carros normales. Me asomé y vi a tres hombres bajarse. Dos traían trajes, a pesar del calorón de mayo, y zapatos lustrados que se veían ridículos llenos de tierra. El tercero era un topógrafo, cargando su aparato de tres patas.

Me limpié las manos en el delantal y salí a toparlos antes de que llegaran a la escalinata.

—Buenas tardes —dije, seca, plantándome en medio de la vereda.

El más alto de los de traje, un hombre con cara de comadreja y lentes oscuros, se quitó las gafas y me sonrió. Una sonrisa de esas que no llegan a los ojos, pura mueca de dientes blanqueados.

—Buenas tardes, señora… ¿Rosario, verdad? —dijo, consultando una carpeta—. Mucho gusto. Soy el Licenciado Valderrama, representante de “Desarrollos Ecoturísticos Vista Verde”.

Sentí un frío en la panza que no tenía nada que ver con la temperatura de la cueva.

—¿Y qué se les ofrece por acá? —pregunté sin devolverle el saludo.

—Venimos a ver la propiedad. Tenemos un proyecto maravilloso, señora Rosario. Algo que va a traer mucho progreso al pueblo. Un hotel boutique, experiencia cavernícola de lujo. Imagínese. Y traemos una oferta muy generosa para usted y la señora Soledad.

—Doña Chole —corregí—. Y la propiedad no está en venta. Esto es tierra comunal.

El licenciado soltó una risita condescendiente, como quien le explica a un niño que Santa Claus no existe.

—Ay, doña Rosario. Esas son tecnicismos. Ya hablamos con el Comisariado Ejidal. Y resulta que la situación legal de este pedazo de cerro es… flexible. Además, seamos honestos. Ustedes no tienen escrituras. Están, técnicamente, invadiendo zona federal. Nosotros venimos a ofrecerles una salida digna. Dinero en mano. Suficiente para que se compren una casita en la capital del estado, con todos los servicios. Lejos de este… agujero.

Miré hacia atrás, hacia la fachada blanca que mis manos habían levantado, hacia las macetas de geranios que Chole regaba con tanto amor. “Agujero”, le dijo. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza, caliente y zumbando.

—Mire, licenciado —dije, bajando la voz para no despertar a Chole—. Usted puede tener muchos papeles y mucho dinero. Pero aquí, la ley es otra. Aquí la tierra es de quien la trabaja y de quien la cuida. Nosotros no estamos invadiendo. Estamos viviendo. Y no nos vamos a ir. Así que agarre su carpeta, a sus chalanes y a su camioneta, y regrésese por donde vino.

El hombre borró la sonrisa. Dio un paso adelante, invadiendo mi espacio.

—No se ponga difícil, señora. El progreso viene, quiera o no. Si no es por las buenas, con el dinero en la mesa, será por las malas, con la ley en la mano. Y créame, la ley siempre le da la razón al que tiene con qué pagarla. Tienen una semana para pensarlo.

Se dieron la media vuelta y se fueron. Pero dejaron el aire envenenado. Ese día, el maíz me supo amargo.

No le dije nada a Chole esa noche. ¿Para qué preocuparla? Pero me quedé despierta, mirando las sombras que hacía la veladora contra el techo de roca. Pensé en Tomás. “¿Qué harías tú, viejo?”, le pregunté al silencio. Y el silencio, o tal vez el viento colándose por las grietas, me respondió: “Pelear, Chayo. Siempre pelear”.

A la mañana siguiente, bajé al pueblo. Necesitaba aliados. Fui directo a la casa de Don Beto. El viejo estaba en su patio, remendando una silla de montar. Cuando me vio entrar con la cara larga, dejó la aguja y me señaló un banco.

—Esa cara no es de buenos días, Rosario. ¿Qué pasó? ¿Se cayó la pared?

—Peor, Don Beto. Cayeron los buitres.

Le conté todo. Lo de la camioneta, lo del hotel de lujo, lo de las amenazas. Don Beto escuchó en silencio, masticando un palillo de madera. Cuando terminé, escupió el palillo con coraje.

—Hijos de la tiznada… —masculló—. Ya había oído rumores en la cantina. Dicen que el nuevo Comisariado anda estrenando camioneta. Ahí está el peine. Se vendieron, Rosario. Vendieron el cerro.

—Pero no pueden, ¿verdad? Es comunal.

—El dinero hace que lo comunal se vuelva privado en un parpadeo, hija. Pero no estás sola. Ese cerro es el pulmón del pueblo. Si ponen un hotel ahí, van a cercar todo. Ya no van a dejar subir a la gente a leñar, ni a pastorear. Y eso sí calienta.

Don Beto se levantó, agarró su sombrero y se lo caló hasta las cejas.

—Vamos a ver al cura y a la maestra. Necesitamos armar revuelo. Si esos catrines creen que pueden venir a pisotearnos nomás porque traen corbata, están muy equivocados.

La semana que siguió fue una guerra de nervios. El Licenciado Valderrama cumplió su amenaza. El miércoles llegaron unos inspectores de “Protección Civil” del estado. Hombres serios con chalecos naranjas que ni siquiera nos saludaron. Empezaron a medir, a tomar fotos, a golpear las paredes con martillos.

—Esto es inestable —dijo uno, anotando en una tabla—. Riesgo de derrumbe inminente. No es habitable. Ventilación inadecuada. Foco de infección por fauna nociva (señalando a nuestros murciélagos).

—¡Mentira! —les grité—. ¡Esta cueva aguantó el huracán que tiró las casas de material! ¡Tiene mejor ventilación que sus oficinas!

—Señora, por favor, no obstruya la labor oficial —me dijo, entregándome un papel lleno de sellos—. Tienen orden de desalojo preventivo. Por su propia seguridad. Tienen 72 horas.

Me dejaron el papel temblando en las manos. Doña Chole salió de la cueva en ese momento. Vio a los hombres alejarse y vio mi cara.

—¿Nos van a correr, verdad hija? —preguntó con una calma que me asustó.

—Dicen que es peligroso, Chole. Que se va a caer.

Chole soltó una carcajada seca.

—¿Caerse? Esta piedra lleva aquí desde que Dios hizo el mundo. Antes se caen ellos de viejos que esta montaña. No les creas, Rosario. Quieren lo que tenemos. La paz se cotiza caro hoy en día.

Esa tarde, convoqué a una asamblea en la plaza del pueblo. Don Beto me ayudó a correr la voz. Pensé que irían cinco o diez personas. Pero cuando llegué al atrio de la iglesia, estaba medio pueblo. Las mujeres que antes me criticaban, los hombres que subieron a poner la escalera, los niños que iban a comer gorditas.

Me subí al kiosco. Me temblaban las piernas, no lo voy a negar. Yo soy buena para trabajar, no para discursear. Pero vi a Chole sentada en primera fila, tan chiquita y tan digna, y agarré fuerzas.

—Vecinos —empecé, y mi voz retumbó en el micrófono que prestó el cura—. Ustedes saben quién soy. Saben que me decían loca. Saben que decían que iba a matar a Doña Chole de frío. Pero también saben que cuando el huracán nos pegó, la Casa de Piedra estuvo abierta para todos.

Hubo un murmullo de asentimiento. Vi a Lupe, la de la tienda, asentir vigorosamente.

—Ahora, gente de la ciudad quiere quitarnos el cerro. Dicen que es por seguridad, pero es mentira. Quieren hacer un hotel para ricos. Quieren poner rejas donde siempre ha habido caminos. Si nos sacan a nosotras hoy, mañana van a querer el manantial de abajo. Pasado mañana van a querer sus parcelas para hacer campos de golf.

—¡Que se larguen! —gritó alguien desde atrás.

—¡El cerro es del pueblo! —gritó otro.

La asamblea se puso caliente. Acordamos hacer guardias. Nadie iba a subir a sacarnos sin pasar por encima del pueblo. Sentí un alivio momentáneo. Teníamos respaldo.

Pero el enemigo no solo era humano. La naturaleza, que a veces parece tener un sentido del humor muy negro, decidió ponerse del lado de los empresarios. O tal vez, nos estaba poniendo la prueba final.

Empezó la sequía.

No fue una sequía cualquiera. Fue de esas que resecan la tierra hasta que se abre en grietas como bocas sedientas. El cielo estaba de un azul insultante, sin una sola nube. El calor era insoportable. En el pueblo, el agua empezó a escasear. El sistema de bombeo municipal fallaba. La gente tenía que comprar pipas, y las pipas subieron de precio.

En la cueva, sin embargo, teníamos nuestro milagro. El “ojo de agua” que habíamos encontrado al picar la piedra seguía fluyendo. No era un río, pero era constante. Fresco, cristalino.

El Licenciado Valderrama regresó justo cuando la crisis del agua estaba en su punto más alto. Esta vez no subió. Mandó llamar al pueblo a una reunión en la cancha municipal.

Fui, por supuesto. Tenía que saber qué veneno iba a escupir.

Se paró en el centro, fresco como una lechuga, con un micrófono en la mano.

—Habitantes de San Isidro —dijo con voz melosa—. Sabemos que están pasando por un momento difícil con el agua. Mi empresa, Desarrollo Vista Verde, quiere ayudar. Si permitimos que el proyecto avance, nos comprometemos a construir un pozo profundo nuevo para todo el pueblo. Inversión millonaria. Agua gratis para todos. Lo único que pedimos es… la reubicación de las dos personas que ocupan ilegalmente el sitio del proyecto.

El pueblo se quedó callado. El agua es vida. Y la sed es mala consejera. Vi a varios vecinos mirarse entre sí. Vi la duda en los ojos de Lupe. Vi la desesperación en las madres que llevaban días lavando ropa con agua reciclada.

—¿Lo ven? —susurró el diablo al oído del pueblo—. Es un intercambio justo. El progreso trae beneficios. Esas dos mujeres están estorbando el bienestar de mil familias.

Sentí que el suelo se me movía. Ya no era una lucha por la tierra; ahora me estaban poniendo como la enemiga del pueblo, la egoísta que prefería su cueva a que los niños tuvieran agua.

Levanté la mano.

—¡Eso es chantaje! —grité—. ¡Si de verdad quisieran ayudar, harían el pozo sin pedir nada a cambio!

—Negocios son negocios, doña Rosario —respondió él, sonriendo—. Usted decide. ¿Se va por las buenas y el pueblo tiene agua? ¿O se queda en su capricho y condena a sus vecinos a la sequía?

La gente empezó a murmurar. Ya no eran gritos de apoyo. Eran susurros de duda. “Pues sí hace falta el agua…”, “La Rosario ya vivió ahí un rato, igual y sí le conviene irse…”, “Es por los niños…”.

Regresé a la cueva con el corazón hecho pedazos. Chole me esperaba con un vaso de nuestra agua fresca.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Me solté a llorar. Le conté la trampa. Le dije que estábamos perdiendo, que no podíamos luchar contra la sed de la gente.

Chole se quedó callada un largo rato, mirando el hilito de agua que caía en nuestra pila. Luego, se levantó con dificultad y caminó hacia la pared del fondo, hacia donde brotaba el manantial. Puso su mano sobre la roca húmeda.

—Rosario —dijo con voz firme—. Ven acá.

Me acerqué, limpiándome las lágrimas.

—¿Te acuerdas lo que decía mi abuelo? Que este cerro está hueco. Que es como un panal.

—Sí, Chole, pero ¿eso de qué nos sirve?

—Este agüita no viene de la nada, hija. Si sale aquí, tan arriba, es porque viene de un corazón de agua muy grande. La presión la empuja. Los ingenieros esos quieren hacer un pozo abajo, en el valle. Pero van a tardar meses, si es que encuentran algo. Nosotros tenemos la llave aquí.

—¿De qué habla?

—Vamos a romper más la pared.

—¡Chole! ¡Si rompemos más, se nos inunda la cueva!

—O salvamos al pueblo, o nos ahogamos. Pero no les vamos a dar el gusto a esos buitres de que nos ganen con mentiras. Pásame el marro grande.

La miré. Sus ojos brillaban con una lucidez que daba miedo. Tenía razón. Si demostrábamos que la cueva misma era la solución, que el agua era del cerro y no de la empresa, se les acababa el argumento.

Era una apuesta suicida.

Bajé corriendo a buscar a Pancho y a sus hermanos. Les dije que era una emergencia. Subieron con barretas y picos, pensando que nos estaban desalojando. Cuando les expliqué el plan, me miraron como si estuviera loca de remate, otra vez.

—Doña Rosario, si le pegamos a la veta principal, esto puede reventar como una presa —dijo Pancho, nervioso.

—Hazlo, muchacho —ordenó Doña Chole, sentada en su silla como una generala—. Hazlo con fe. La montaña sabe lo que hace.

Pancho escupió en sus manos, agarró el marro y le dio el primer golpe a la grieta.

Estuvimos horas. Turnándose. Picando. El agua empezó a salir con más fuerza, mojándonos los pies. Ya no era un hilo, era un chorro como de manguera abierta.

—¡Ya párenle! —gritó uno de los hermanos—. ¡Es mucha agua!

—¡Más! —gritó Chole—. ¡Tiene que oírse hasta la plaza!

Dieron un golpe más. Un estruendo sordo sacudió el suelo. Y entonces, la pared se abrió. No fue una explosión, fue como un suspiro gigante de la tierra. Un torrente de agua cristalina salió disparado, golpeando la pared contraria.

El nivel del agua en la cueva empezó a subir rapidísimo.

—¡Canalicen! —grité—. ¡Abran la zanja hacia afuera!

Habíamos preparado una zanja improvisada que salía por la puerta y bajaba por la ladera rocosa hacia el camino natural del desagüe pluvial. Trabajamos como desesperados, guiando el agua.

El torrente salió de la cueva, bajó por la escalinata de piedra creando una cascada improvisada, blanca y espumosa, que brillaba bajo la luz de la luna. El ruido era impresionante. Parecía que el cerro estaba rugiendo.

Abajo, en el pueblo, la gente salió de sus casas asustada por el estruendo. Lo que vieron los dejó mudos.

Del “agujero de las locas”, allá arriba en la oscuridad, caía un río de plata. El agua bajaba saltando entre las peñas, limpiando el polvo, reviviendo los matorrales, y corría directa hacia la cañada seca que cruzaba el pueblo.

La gente corrió con cubetas, con ollas, con lo que tuviera. El agua llegó al pueblo en cuestión de minutos. Agua limpia, fría, regalo del Cerro del Gavilán.

Me paré en la entrada de la cueva, empapada hasta los huesos, viendo cómo la vida bajaba hacia mis vecinos. Chole estaba a mi lado, rezando.

Al día siguiente, el Licenciado Valderrama subió. Pero no pudo llegar ni a la mitad del camino.

El pueblo entero le bloqueó el paso.

Vi la escena desde arriba, con mis binoculares viejos. Vi a las mujeres formando una barrera humana. Vi a los hombres con machetes (envainados, pero visibles). Y vi a Don Beto al frente, hablando con el licenciado.

No sé qué le dijo. Pero vi al licenciado manotear, señalar hacia nuestra cascada, ponerse rojo. Y luego, vi cómo la gente empezaba a avanzar hacia él, paso a paso, sin violencia pero con una firmeza de montaña.

El licenciado se subió a su camioneta y se fue.

Esa tarde, subió una comisión del pueblo. Venía el Presidente Municipal (que había estado muy calladito todo este tiempo), el cura y Don Beto.

Entraron a la cueva, que ahora tenía un arroyo permanente cruzando por un costado (tuvimos que hacer un puente de madera para pasar del área de dormir a la cocina). El ambiente era fresco, húmedo y lleno de vida.

—Doña Rosario, Doña Chole —dijo el Presidente, quitándose el sombrero—. Vengo a… vengo a ver lo del permiso.

—¿Qué permiso? —pregunté, con la escoba en la mano.

—Pues… hemos decidido declarar este lugar como “Reserva Natural y Patrimonio del Pueblo”. Resulta que encontramos unos papeles viejos en el archivo… —el Presidente miró nervioso a Don Beto, quien le lanzó una mirada fulminante—. Unos papeles que dicen que este cerro es intocable. Y que ustedes son las… ah… las guardianas designadas.

Casi me río. Sabía que Don Beto había movido cielo, mar y tierra, y probablemente había amenazado con un levantamiento si no arreglaban los papeles.

—¿Guardianas? —preguntó Chole.

—Sí, señora. Nadie las puede sacar. Y nadie puede construir hoteles ni nada. El agua es del pueblo, y ustedes la cuidan.

Firmamos los papeles ahí mismo, sobre la mesa de madera que Pancho nos había fabricado.

La victoria no fue solo quedarnos. Fue lo que pasó después. La “Casa de Piedra” cambió. Ya no era solo mi refugio y el de Chole. Se volvió el corazón del pueblo.

Con la ayuda de la universidad estatal (que se interesó en el sistema hídrico de la cueva), instalamos un sistema de tuberías adecuado para que el agua bajara al pueblo sin desperdiciarse, pero dejando siempre correr el arroyo natural que embellecía la ladera.

La cueva se volvió escuela. Los fines de semana, yo les enseñaba a las niñas a bordar y a identificar hierbas medicinales. Doña Chole, que se convirtió en la abuela de todos, les contaba historias de la Revolución y de los tiempos de antes a los niños que se sentaban a su alrededor en petates.

El turismo siguió llegando, pero ahora era diferente. Ya no eran invasores. Eran visitantes respetuosos. Don Beto organizó a los muchachos del pueblo para que fueran guías oficiales. Cobraban una cuota pequeña por subir, y ese dinero se usaba para mantener el camino y para un fondo de emergencias del pueblo. “El Fondo Doña Chole”, le pusieron.

Pero lo más importante pasó adentro de mí.

Una tarde, meses después de todo el alboroto, me encontré sola en la cueva. Chole había bajado al pueblo (sí, ahora bajaba, en una silla especial que le hicieron los muchachos para transportarla por la vereda) para una fiesta de cumpleaños.

Me senté frente al manantial. El sonido del agua era una música constante que ya no notaba hasta que le ponía atención.

Miré mis manos. Estaban más viejas, más maltratadas que cuando llegué. Tenía cicatrices de los cortes con las láminas, quemaduras del fogón, callos del pico. Pero nunca las había visto tan bonitas. Eran manos que habían construido una vida desde la nada.

Pensé en la Rosario que subió esa noche de tormenta, asustada, cargando a una vieja moribunda. Esa mujer ya no existía. Se había muerto con el miedo. Ahora había una Rosario nueva, hecha de piedra y agua.

Escuché un ruido en la entrada. Era Chole, que regresaba cargada por Pancho y otro muchacho. Traía una corona de flores de papel en la cabeza y venía riendo como muchachita.

—¡Rosario! —gritó—. ¡Te perdiste el mole! ¡Estaba rebueno! Y el mariachi me tocó “El Rey”.

La ayudé a sentarse en su sillón. Los muchachos se despidieron con respeto y bajaron.

—¿Se divirtió, Chole?

—Mucho, hija. Pero ya quería llegar. Ya extrañaba mi casa.

Miró alrededor, a las paredes de roca iluminadas por los focos solares, a las plantas colgantes, al agua corriendo, a los gatos durmiendo en las repisas altas.

—¿Sabes qué me dijo el cura hoy? —me preguntó Chole, poniéndose seria de repente.

—¿Qué le dijo?

—Me preguntó que si no me daba miedo morirme aquí arriba, lejos del panteón. Que si no quería que me apartara un lugar allá abajo, junto a mi viejo.

Sentí un nudo en la garganta. La edad de Chole era una realidad que siempre tratábamos de ignorar.

—¿Y qué le contestó?

—Le dije que ni se le ocurra. Le dije: “Padre, cuando yo me muera, no me bajen. Quemen mi cuerpo y echen mis cenizas en el manantial de la cueva. Quiero bajar al pueblo, sí, pero convertida en agua. Quiero que cuando los niños abran la llave y tomen un vaso de agua, ahí vaya yo, quitándoles la sed. Quiero correr por el arroyo y regar las milpas. Quiero ser parte de la vida, no de la muerte”.

Me acerqué y le abracé las rodillas, recargando mi cabeza en su regazo. Ella me acarició el pelo con sus manos temblorosas.

—Y tú, Rosario… —siguió diciendo—. Tú te tienes que quedar. Eres la guardiana. Esta cueva te esperó miles de años. No la dejes sola. Y no te quedes sola tú. Enséñale a alguien más. Que la cadena no se rompa.

—No se va a romper, Chole. Se lo prometo.

Esa noche soñé con Tomás. Pero no fue el sueño triste de siempre, donde lo veo alejarse en la niebla. Esta vez, lo vi parado en la entrada de la cueva, junto a los geranios. Estaba sonriendo, con esa sonrisa chimuela que tanto me gustaba. Me guiñó un ojo, señaló el agua y luego señaló el cielo. “Lo hiciste bien, Chayo”, me dijo sin hablar. “Hiciste un hogar donde nadie más podía”.

Desperté con el primer rayo de sol entrando por la puerta, ese rayo dorado que Doña Chole llamaba “el dedo de Dios”. El olor a café ya estaba en el aire; la vieja se me había adelantado y estaba cantando bajito mientras torteaba la masa.

Salí a la terraza de piedra. El aire de la sierra, frío y limpio, me llenó los pulmones. Abajo, el pueblo despertaba. Veía el humo de las cocinas, escuchaba el repicar lejano de las campanas y, si ponía mucha atención, podía oír el rumor del agua que bajaba desde nuestra casa hasta sus hogares.

Ya no éramos las locas, ni las brujas, ni las pobres. Éramos las señoras de la montaña. Y mientras el agua siguiera corriendo y el corazón siguiera latiendo, aquí estaríamos. Firmes como la roca, libres como el viento.

Porque aprendí que un hogar no se hace con ladrillos, se hace con agallas. Y que a veces, para encontrar tu lugar en el mundo, tienes que salirte del mapa y meterte en las entrañas de la tierra.

—¡Rosario! ¡El café se enfría! —gritó Chole desde adentro.

Sonreí, me sequé una lágrima de pura gratitud que se me había escapado, y entré.

Aquí termina mi historia, o al menos esta parte. Pero si algún día andan por la Sierra Norte y ven un cerro con una cicatriz blanca de donde brota el agua, suban. No cobramos la entrada, nomás pedimos que saluden con respeto y que, si traen pena en el alma, se laven la cara en el manantial. Dicen que el agua de Doña Chole cura todo, hasta el miedo. Y yo, Rosario, la viuda que se volvió guardiana, les digo que es la pura verdad.

PARTE FINAL: EL ECO ETERNO Y LA HERENCIA DEL AGUA

Dicen que el tiempo en la sierra no camina, vuela con las alas de los gavilanes que vigilan desde lo alto. A veces, cuando uno está ocupado sobreviviendo, no se da cuenta de cómo cambian las estaciones hasta que el frío te cala distinto en los huesos o el sol te pinta manchas nuevas en las manos. Después de que ganamos la batalla contra los de la constructora y firmamos los papeles con el Presidente Municipal, pensé que la vida se iba a estancar en una calma chicha, de esas que aburren. Pero la montaña, esa que Doña Chole decía que estaba viva, tenía otros planes para nosotras. La paz no fue el final del camino, fue apenas el comienzo de la verdadera faena: aprender a ser lo que el papel decía que éramos, las “guardianas”.

Los primeros años después del “milagro del agua” fueron de mucho ajetreo. La fama de la Casa de Piedra corrió más rápido que el arroyo que bajaba al pueblo. Al principio me molestaba. Yo, que había subido al cerro buscando silencio y escondite, de repente me vi convertida en guía de turistas, en administradora de un santuario y en enfermera de tiempo completo. Pero Chole, con esa sabiduría que le daban sus más de ochenta años, me calmaba.

—Déjalos que vengan, Rosario —me decía mientras desgranaba maíz con paciencia santa—. La gente viene porque tiene sed. Y no nomás sed de agua, hija. Tienen sed de ver que todavía existen milagros en este mundo tan fregado. Si nuestra casa les da esperanza, ¿quiénes somos nosotras para cerrar la puerta?

Y así, la cueva se fue transformando. Ya no era aquel agujero húmedo y oscuro que limpié a machetazos. Con el dinero del “Fondo Doña Chole”, los muchachos del pueblo nos ayudaron a empedrar bien la entrada, pusieron barandales de madera de ocote curada para que los viejitos no resbalaran y hasta nos construyeron un sistema de filtros naturales con arena y grava para que el agua que bajaba al pueblo fuera la más pura de la región.

Pero lo que más cambió no fue la cueva, fui yo. Mis manos, esas que yo veía viejas y maltratadas, aprendieron oficios que nunca imaginé. Aprendí a curar con las hierbas que crecían en las grietas húmedas: el árnica para los golpes, el gordolobo para la tos, la valeriana para los nervios. Me volví, sin quererlo, la curandera del cerro. Y Chole, mi maestra, mi segunda madre, se dedicó a la tarea más difícil de todas: preparar su despedida.

No fue de un día para otro. Fue como cuando se acaba la leña del fogón: la llama se va haciendo chiquita, el calor se vuelve más suave, hasta que solo quedan las brasas brillando en la oscuridad. Chole empezó a dormir más. Sus pasos se hicieron más cortos. Ya no bajaba al pueblo ni en la silla especial. Se pasaba las horas sentada frente al manantial, platicando con el agua en voz baja, como si rezara.

Fue en ese tiempo cuando llegó Marisol.

Yo no había olvidado la promesa que le hice a Chole de “enseñarle a alguien más” para que la cadena no se rompiera, pero la verdad es que no veía a nadie con el temple para aguantar la vida allá arriba. Las muchachas del pueblo querían irse a la ciudad, estudiar, trabajar en oficinas con aire acondicionado. Nadie quería vivir entre piedras y humedad. Hasta que apareció ella.

Marisol no llegó por gusto. Llegó arrastrando los pies y una maleta rosa llena de coraje. Era sobrina nieta de Lupe, la de la tienda. Una chamaca de dieciséis años, flaca como espiga, con el pelo pintado de azul eléctrico y una mirada que retaba al mundo. Sus papás la habían mandado desde la capital porque “ya no podían con ella”. Rebelde, decían. Problematica.

—Te la encargo, Rosario —me suplicó Lupe con lágrimas en los ojos—. Nomás un verano. A ver si el aire del cerro le acomoda las ideas. Allá en la ciudad anda con malas compañías, y tengo miedo de que se me pierda.

Yo no quería. ¿Qué iba a hacer yo con una adolescente berrinchuda en mi santuario? Pero Chole, que casi no hablaba ya, abrió los ojos y miró a la muchacha.

—Que se quede —dijo con voz rasposa—. Tiene fuego en los ojos. Esa lumbre sirve, si se sabe usar.

El primer mes fue un infierno. Marisol odiaba la cueva. Odiaba que no hubiera señal para su celular. Odiaba tener que ir al baño en la letrina ecológica. Se quejaba del frío, de los grillos, del olor a leña.

—¡Esto es una cárcel de piedra! —me gritó una tarde, aventando la escoba con la que yo la había puesto a barrer la terraza—. ¿Cómo pueden vivir así? ¡Están locas las dos!

Yo sentí que la sangre me hervía, igual que cuando el Licenciado Valderrama nos quiso correr. Estuve a punto de decirle que agarrara sus tiliches y se largara. Pero entonces me acordé de mí misma, subiendo esa vereda bajo la lluvia, huyendo de mi propia soledad y de la tormenta. Yo también había llegado rota. Yo también había llegado buscando algo que no sabía nombrar.

—Si quieres irte, vete —le dije tranquila, señalando el camino—. Nadie te tiene amarrada. Pero si te vas, te vas a llevar tu coraje contigo. Aquí arriba, el coraje no sirve de nada si no lo usas para construir. Mira esa pared. La levanté con puro coraje. Mira ese arroyo. Salió porque Chole tuvo el coraje de creer que había agua cuando todo estaba seco.

Marisol se quedó callada, mirando el agua correr. No se fue.

Poco a poco, el cerro empezó a trabajar en ella. Le enseñé a escuchar. No a oír, a escuchar. A diferenciar el canto del cenzontle del de la calandria. A saber cuándo va a llover por el olor del viento. A respetar el silencio. Chole, en sus momentos de lucidez, la llamaba y le enseñaba a tejer. Ver a esa muchacha de pelo azul y piercing en la nariz, sentada junto a la anciana de trenzas blancas, tejiendo en silencio, era una imagen que se me grabó en el alma.

El cambio verdadero vino una noche de tormenta, muy parecida a la que nos trajo a Lupe y a su familia años atrás. Un rayo cayó cerca, en un ocote viejo, y el estruendo hizo temblar la montaña. Marisol, asustada, corrió a esconderse entre mis faldas como niña chiquita.

—No tengas miedo, chamaca —le dije, abrazándola—. La montaña no está enojada, nomás se está acomodando. Aquí adentro estamos en la panza de la tierra. Nada nos pasa.

Al día siguiente, Marisol me pidió que le enseñara a curar.

—Quiero saber qué plantita sirve para el susto —me dijo, muy seria.

Y así, sin darme cuenta, la aprendiz apareció. Marisol tenía buena mano. Tenía “don”, como dicen las abuelas. Las plantas no se le secaban, y tenía una paciencia infinita para escuchar las historias repetidas de Chole. El azul de su pelo se fue deslavando, pero el brillo de sus ojos se hizo más fuerte.

Pasaron tres años. Doña Chole cumplió los noventa y tantos, ya ni sabíamos bien. Una mañana de noviembre, cuando el frío empezaba a calar y la neblina cubría todo el valle como un manto de algodón, Chole me llamó.

—Hija —susurró. Tuve que pegar mi oreja a su boca para oírla—. Ya es hora.

—No diga eso, Chole. Tómese su atole.

—No, Rosario. Ya vino Tomás por mí. Lo vi clarito, parado ahí en la entrada. Dice que ya tiene lista la casa allá en el otro lado, y que no gotea.

Se rió bajito, una risa que sonó como hojas secas arrastradas por el viento.

—Acuérdate de la promesa, Chayo. Al agua. Quiero ser agua.

Llamé a Marisol, que estaba en la huerta. Bajamos corriendo al pueblo por el cura y por Don Beto, que ya caminaba muy despacio pero seguía siendo el roble del pueblo.

Esa tarde, la Cueva del Gavilán se llenó de gente, pero no había tristeza. En la Sierra, la muerte de alguien que vivió tanto y tan bien no es tragedia, es graduación. Vinieron los músicos. Trajeron tamales de frijol y café de olla con piquete. Rezaron el rosario, sí, pero también contaron chistes y anécdotas de cuando Chole era joven y la más brava del ejido.

Chole se fue apagando mientras el sol se metía. Tenía la mano de Marisol en la izquierda y la mía en la derecha. Se fue suspirando, sin dolor, con la misma paz con la que el agua brota de la piedra.

Cuando dejó de respirar, un silencio profundo cayó sobre la cueva. Pero no duró mucho. Afuera, los grillos empezaron a cantar más fuerte, y el arroyo pareció subir de volumen, como si le diera la bienvenida.

Cumplimos su voluntad al pie de la letra. No hubo entierro en el panteón municipal. Como era “Guardiana” y la cueva era zona de usos y costumbres reconocida, conseguimos el permiso para cremarla. Fue una ceremonia íntima, solo nosotras, Don Beto, Lupe y el cura.

Cuando me entregaron la urna, sentí que pesaba menos que un suspiro. ¿Cómo puede caber una vida tan grande en una cajita tan chica?

Al amanecer del tercer día, Marisol y yo nos paramos frente al manantial, en el punto exacto donde Chole había ordenado dar el marrazo aquella vez.

—Tú échala, Rosario —me dijo Marisol—. Tú la trajiste aquí.

Abrí la urna. Las cenizas eran grises y blancas, como la piedra caliza de nuestra casa. Con las manos temblorosas, las fui vertiendo en el chorro de agua cristalina.

—Váyase, Chole —murmuré, con las lágrimas rodándome por la cara—. Váyase a correr por el arroyo. Váyase a regar las milpas. Váyase a quitarle la sed a los niños. Ya es libre, abuela. Ya es eterna.

El agua se llevó las cenizas en un remolino brillante, mezclándolas con la corriente. Y juro, por lo más sagrado, que en ese momento el agua cambió de color. Se puso de un azul profundo, brillante, y luego volvió a ser transparente. Sentí una brisa fresca que me acarició la cara, y olí a ruda y a leña quemada, el olor de Chole.

Después de eso, la vida siguió, pero todo era distinto. El pueblo, fiel a su costumbre de hacer leyenda de todo, empezó a decir que el agua del Gavilán sabía diferente.

—Sabe dulce —decían las señoras en el mercado—. Y cura los reumas. Es que ahí va el espíritu de Doña Chole.

Y yo no los desmentía. Porque era verdad.

Los años se me vinieron encima a mí también. Mis trenzas, antes negras como ala de cuervo, se pusieron blancas igualitas a las de Chole. Mis rodillas empezaron a protestar con la humedad. Pero no estaba sola. Marisol se había convertido en una mujer hecha y derecha. Una mujer de la sierra.

Se casó con uno de los nietos de Don Beto, un muchacho trabajador que entendía que el lugar de Marisol estaba arriba, en la cueva. Tuvieron dos hijos, unos chamacos latosos que crecieron gateando entre las piedras y aprendiendo a nadar en la poza del manantial. La cueva se llenó de risas nuevas.

Hubo tiempos difíciles, claro. Una vez, el gobierno estatal quiso revocar el permiso de la reserva para meter una carretera. Decían que el progreso no se podía detener. Pero esta vez no tuve que bajar yo a pelear.

Fue Marisol.

La vi bajar la escalinata de piedra, firme, con la cabeza alta, cargando una carpeta llena de documentos y estudios ambientales que ella misma había gestionado con la universidad. Hablaba con palabras grandes, sabía de leyes, sabía de derechos humanos y de ecología. Pero, sobre todo, tenía el mismo fuego en los ojos que yo tuve frente al Licenciado Valderrama.

Regresó tres días después, triunfante.

—No tocan ni una piedra, Rosario —me dijo, aventando la carpeta en la mesa—. Les dije que si metían una máquina, iban a tener que pasar sobre mí y sobre todo el pueblo. Y como ahora todo lo subo al internet, pues les dio miedo el escándalo.

Sonreí. La cadena no se había roto. Se había hecho de acero.

Ahora, mientras escribo esto (bueno, se lo dicto a Marisol para que lo ponga en la computadora esa que trajo), tengo setenta y ocho años. Paso mis días sentada en la misma mecedora donde se sentaba Chole, viendo el valle. Veo cómo el pueblo ha crecido. Hay más casas, más luces en la noche. Pero el cerro sigue igual. Verde, imponente, vivo.

A veces, cuando los turistas se van y cae la tarde, me pongo a platicar con Tomás y con Chole. Ya no los extraño con dolor. Los siento aquí, cerquita. Tomás está en el viento que mueve los encinos. Chole está en el agua que nunca deja de correr. Y yo… yo soy la piedra que sostiene la memoria.

He pensado mucho en qué va a pasar cuando yo falte. Antes me daba miedo dejar a Marisol sola con tanta responsabilidad. Ser guardiana no es fácil. Es aguantar fríos, es pelear con la gente necia, es vivir con la mitad del corazón en la tierra y la otra mitad en el cielo. Pero ayer, viendo a mi bisnieta —la hija más chica de Marisol— jugar con el gato (que es tataranieto del “Tigre” original ), entendí que todo va a estar bien.

La niña, de apenas cinco años, estaba regañando a un turista que había tirado una envoltura de dulce en el camino.

—Oiga, señor —le dijo la chamaca con las manos en la cintura, igualita a mí—. Levante eso. Aquí no es basurero. Aquí es la casa del agua y si la ensucia, la abuela Chole se va a enojar y no le va a dar de beber.

El turista, apenado, levantó el papel. La niña sonrió y corrió hacia mí.

—¿Verdad que sí, Mamá Chayo? ¿Verdad que hay que cuidar?

—Sí, mi vida. Hay que cuidar.

Ahí supe que mi trabajo estaba hecho. La semilla había caído en buena tierra.

No sé cuánto tiempo me quede. Puede ser un invierno más, o diez. Pero ya no tengo prisa. He vivido una vida que nadie creyó posible. Me dijeron loca, me dijeron viuda pobre, me dijeron invasora. Y miren ahora. Soy la dueña de la vista más hermosa del mundo, tengo una familia que no es de sangre pero es de alma, y tengo la certeza de que hice lo correcto aquella noche de tormenta.

Si estás leyendo esto, allá en tu casa de ladrillo, o en tu oficina, o en tu teléfono mientras vas en el camión, quiero decirte una cosa: no le tengas miedo a las tormentas. A veces, la tormenta no viene a destruirte la vida, viene a limpiarte el camino para que encuentres tu verdadera casa.

Y si sientes que el mundo se te cierra, que ya no hay salida, acuérdate de nosotras. Acuérdate de la Casa de Piedra en el Cerro del Gavilán. Acuérdate de que, incluso en la roca más dura, si le picas con suficiente fe, puede brotar agua.

Vengan a visitarnos. Suban la escalera de piedra. Tómense un café con nosotras. El agua fresca nunca se cobra, y la plática tampoco. Aquí estaremos, Marisol, los niños y yo, cuidando el corazón de la montaña. Y cuando yo ya no esté, búsquenme en el arroyo. Ahí andaré, junto con Chole, bajando al pueblo convertida en vida, corriendo libre, para siempre.

Porque, como decía mi viejo Tomás: “Uno no se muere de verdad mientras haya quien cuente su historia y quien cuide su tierra”. Y esta tierra, nuestra tierra, tiene guardianas para rato.

Así que, con el permiso de ustedes y de Dios, aquí me quedo. Sentada en mi piedra, viendo llover, esperando tranquila a que el ciclo se cierre, sabiendo que el eco de lo que hicimos aquí no se va a apagar nunca.

Esa es la herencia del agua. Esa es mi herencia.

FIN.

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