
Me llamo Beto, y si estás leyendo esto, es porque logramos salir. Pero te juro que una parte de mí se quedó allá adentro, en la oscuridad de ese pasillo helado.
—¿No van a entrar conmigo? —pregunté, tratando de que no me temblara la voz.
El Chema negó con la cabeza, pálido como una hoja de papel. —Nel, wey. Esa es tu bronca. Tú dijiste que lo harías.
—Vamos, cabrón. Dijiste que tenías los h*evos —me presionó Dani, apuntándome con la linterna directo a la cara—. ¿O ya te rajaste?
Estábamos frente a la antigua Penitenciaría, un monstruo de concreto abandonado donde dicen que se concentra la mayor cantidad de almas en pena del país. Más de 100 celdas. Miles de historias de dolor. Y nosotros, un grupo de idiotas, íbamos a pasar 24 horas ahí por unos cuantos likes y una apuesta de dinero que, en ese momento, me parecía mucha lana.
Traíamos de todo: linternas, walkie-talkies, y un medidor de EMF que supuestamente detecta fantasmas.
—Si esa cosa roja se prende —dijo Dani, señalando el aparato—, es que hay algo contigo.
Entramos. El olor a humedad y a viejo te golpeaba en la nariz de inmediato. Era inmenso. Podríamos caminar toda la noche y no ver ni la mitad.
De repente, el medidor en mi mano empezó a zumbar. —¡Wey, se prendió! —grité, sintiendo un frío que me calaba los huesos.
—No mames, ¿es neta? —El Chema retrocedió.
—Si hay alguien aquí, toca el aparato negro que tengo en la mano —dije al aire, sintiéndome ridículo y aterrorizado a la vez.
El silencio fue sepulcral. Hasta que Dani tuvo la brillante idea. —Te doy 500 varos si te metes en ese agujero oscuro por 10 segundos.
Miré el hueco en la pared. Era la entrada a una celda de aislamiento. Se sentía una vibra pesada, como si alguien te estuviera respirando en la nuca.
—No, no puedo —dijo El Chema. —500 varos, wey. Diez segundos.
La necesidad tiene cara de perro, dicen. Y esa noche, la avaricia nos hizo cometer errores que no se pagan con dinero. Decidimos separarnos para jugar a las escondidas. El que me encontrara primero se llevaba $2,000 pesos.
Me fui a esconder a la zona donde un reo se prendió f*ego a sí mismo hace años. Apagué mi radio. Me quedé solo en la oscuridad total.
Y entonces, escuché unos pasos arrastrándose justo a mi lado. Pero mis amigos estaban al otro lado del edificio…
LO QUE PASÓ CUANDO ENCENDÍ LA LINTERNA TODAVÍA ME QUITA EL SUEÑO… ¿FUE UN ERROR O UNA ADVERTENCIA DEL MÁS ALLÁ? 😨🔦
PARTE 2: LA NOCHE ETERNA EN EL PALACIO NEGRO
CAPÍTULO 1: EL FRÍO QUE NO SE QUITA CON CHAMARRA
Me quedé ahí, pasmado, con la linterna parpadeando como si la batería estuviera a punto de morir, aunque las habíamos comprado nuevas en el Oxxo antes de venir. Juro por mi jefa que lo que escuché no fue el viento. Fue un arrastre. Ssshhhk. Ssshhhk. Como cuando arrastras una bolsa de basura pesada, o… un cuerpo.
—¿Beto? —la voz de Dani sonó por el walkie-talkie, rompiendo el silencio y casi haciéndome soltar el aparato del susto. La estática sonaba horrible en esos pasillos de concreto—. ¿Estás ahí, wey? Regresa al punto medio. Vamos a armar el campamento base. Ya deja de jugar al valiente.
Tragué saliva. Sentía la garganta seca, rasposa, como si hubiera tragado polvo de ladrillo. —Cámara, ya voy —respondí, tratando de sonar entero, pero la voz me salió chillona.
No quise volver a alumbrar hacia esa celda oscura. Di la media vuelta y caminé rápido, casi trotando, hacia el centro del pabellón donde se cruzaban los pasillos principales. Mis pasos retumbaban en el eco metálico de la prisión. Tac, tac, tac. Pero sentía que había otro par de pasos, unos segundos detrás de los míos, fuera de ritmo. No volteé. En el barrio aprendes que si sientes que te siguen, aprietas el paso y no miras atrás.
Cuando llegué al “lobby” central, la luz de las linternas de los demás me dio un poco de paz. Éramos cuatro: Dani (el de la lana y las ideas locas), el Chema (mi compa de toda la vida), Tareq (el camarógrafo que siempre está nervioso) y yo.
—No mames, te tardaste un chingo —me reclamó el Chema, que ya estaba acomodando las cosas en el suelo sucio—. ¿Viste algo o te hiciste wey?
—Escuché algo —dije, sentándome en una cubeta vieja que usamos de silla—. Neta. Como pasos.
Dani se rió, ese tipo de risa nerviosa que usas cuando quieres demostrar que eres el alfa pero te estás cagando de miedo por dentro. —Ya vas a empezar. Apenas llevamos una hora, cabrón. Todavía nos faltan como veinte para amanecer.
Empezamos a montar el “campamento”. La idea era tener un lugar seguro, iluminado, donde pudiéramos regresar si las cosas se ponían feas. Dani sacó una lámpara de esas recargables potentes que iluminó el área como si fuera de día, revelando la mugre de años en las paredes: grafitis de pandillas viejas, manchas de humedad que parecían caras gritando y basura de ratas.
—A ver, plebes —dijo Dani, sacando unos Sleeping Bags—. Vamos a organizar dónde duerme cada quién, aunque dudo que alguien pueda pegar el ojo en este lugar olvidado por Dios.
Ahí empezó el primer pleito de la noche, y créanme, la tensión no era solo por los fantasmas. Era por el cansancio y el miedo acumulado.
—Yo pido este rincón —dijo Dani, aventando su mochila en la zona más limpia—. Ustedes arréglense como puedan.
—¡Ni madres! —saltó el Chema—. Tú dijiste que traías bolsas para todos y nomás veo tres. Somos cuatro.
—Pues Jake se apañó la mía en la camioneta, así que alguien va a tener que compartir o dormir en el suelo pelón —dijo Dani encogiéndose de hombros. Era típico de él. Siempre planeaba el contenido, pero le valía madre la logística humana.
—No voy a dormir en el suelo, wey. ¿Viste el tamaño de las cucarachas que hay en la entrada? Parecen conejos —reclamé.
Tareq, el camarógrafo, suspiró y miró a Chema. —Wey, los camarógrafos deberíamos dormir juntos para cuidar el equipo. Si se chinga una cámara, Dani nos la cobra.
—Nadie va a dormir —interrumpí, sintiendo esa vibra pesada otra vez. El aire se sentía denso, como cuando va a llover, pero estábamos bajo techo—. ¿Sienten eso?
—¿Qué? —preguntó Tareq, ajustando el lente.
—Como estática. Se me pararon los pelos del brazo.
En ese momento, el medidor de EMF (esa cajita negra con luces que compramos en internet) que había dejado sobre una caja de madera, empezó a pitar. No fue un pitido constante, fue un bip… bip… biiip.
Todos nos callamos. El sonido era lo único en ese inmenso mausoleo de concreto.
—¿Quién lo movió? —preguntó Dani, ya sin reírse.
—Nadie lo tocó, pendejo. Está ahí solo —dijo el Chema, retrocediendo un paso.
El medidor saltó de verde a amarillo, y luego un parpadeo a rojo. —Si hay alguien aquí con nosotros… —empezó a decir Dani, usando su voz de presentador de YouTube—, toca este aparato. Haz que la luz se ponga roja.
Esperamos. Cinco segundos. Diez segundos. Nada. —Puro pedo —dijo el Chema, relajándose—. Seguro es la interferencia de los walkies.
—Ojalá —murmuré. Pero yo sabía que mis radios estaban apagados.
CAPÍTULO 2: LA DIVISIÓN DE LOS EQUIPOS
Después de comer unas papitas y tomar un poco de refresco caliente (porque nadie trajo hielera), Dani se puso de pie. —Bueno, ya estuvo bueno de hacerse patos. Necesitamos contenido. Vamos a dividirnos.
Esa es la regla número uno de las películas de terror: nunca te separes. Pero ahí estábamos, rompiendo la regla por unos cuantos likes.
—Chema y yo vamos al ala del Hospital —ordenó Dani—. Dicen que ahí hacían lobotomías y experimentos con los reos psiquiátricos en los 70s.
—¿Y nosotros? —pregunté, señalando a Tareq.
—Ustedes van a “El Agujero”. Aislamiento. Donde metían a los que se portaban mal para quebrarlos mentalmente.
Sentí un nudo en el estómago. Aislamiento era la zona más baja, el sótano. Donde no entra ni un rayo de sol.
—No, ni madres. Yo no voy allá abajo —dijo Tareq—. Se siente una vibra bien culera desde aquí.
—Tienes que ir, wey. Es tu chamba —le recordó Dani—. Además, Beto necesita la lana, ¿verdad, Beto?
Ahí estaba el gancho. Dani sabía que yo andaba corto. Mi jefa necesitaba una operación de la vista y el seguro social nos traía dando vueltas desde hacía meses. Yo necesitaba la lana de la apuesta.
—Simón. Yo voy —dije, haciéndome el fuerte—. Vamos, Tareq. No pasa nada. Son puros cuentos de viejas.
Nos separamos. Ver las luces de Dani y Chema alejarse hacia las escaleras superiores fue como ver un barco irse mientras tú te quedas en una isla desierta. Tareq y yo bajamos hacia la oscuridad.
El sótano olía distinto. Olía a humedad vieja, a orina seca y a metal oxidado. El silencio ahí abajo era… pesado. No era ausencia de ruido, era como si el ruido tuviera miedo de entrar.
—No me gusta esto, Beto —susurró Tareq, iluminando con la cámara en modo visión nocturna—. Mira las paredes.
Las celdas de aislamiento no tenían rejas. Tenían puertas de acero sólido con una ventanita diminuta. Alumbramos dentro de una. Las paredes estaban rasguñadas. Literalmente rasguñadas, como si alguien hubiera intentado cavar a través del concreto con las uñas.
—”Dios no vive aquí” —leí en voz alta un grafiti apenas visible en la esquina de una celda.
—Cállate, wey. No leas esas cosas —me regañó Tareq.
Caminamos por el pasillo. Eran como veinte celdas de cada lado. De repente, mi medidor EMF, que llevaba en la mano, se volvió loco. Bipbipbipbipbipbip.
—¡A la madre! —Tareq saltó hacia atrás y chocó conmigo.
El medidor estaba en rojo fijo. Rojo intenso. —Está aquí —susurré—. Lo que sea que es, está parado justo enfrente de nosotros.
Apunté la linterna. Nada. Solo polvo flotando en el haz de luz. Pero el frío… el frío bajó de golpe. Podía ver mi propio aliento.
—Tareq… ¿sientes eso en las piernas?
—Sí, wey. Como si me estuvieran tocando con hielo. Vámonos, Beto. Vámonos a la verga de aquí.
—Espera —dije, recordando el reto—. Dani dijo que había un bono si entrábamos a una de estas celdas y cerrábamos la puerta.
—¿Estás loco? Ni por todo el oro del mundo.
—Son 500 varos extra, wey. 500 varos por 10 segundos.
Tareq me miró con ojos de pánico. —Tú hazlo si quieres. Yo te grabo desde afuera. Si esa puerta se traba, yo la pateo. Pero yo no entro.
Me paré frente a la celda número 13. La puerta estaba entreabierta. La oscuridad adentro era absoluta. —Voy a entrar —dije, más para convencerme a mí mismo que a él.
Entré. El espacio era diminuto. Apenas cabía de pie. Olía a podrido. —Cierra la puerta, Tareq. Cuenta hasta diez.
—¿Seguro? —¡Hazlo rápido antes de que me arrepienta!
Tareq empujó la pesada puerta de metal. El rechinido fue espantoso. Gneeeeeek… CLANG.
Oscuridad total. Silencio absoluto. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Pum, pum, pum.
—Uno… —escuché a Tareq gritar desde afuera.
Sentí que el aire se acababa. —Dos…
Algo rozó mi oreja. Juro que sentí un cabello o una tela rozando mi oreja izquierda. Me quedé paralizado.
—Tres… Cuatro…
—¿Quién eres? —susurré, temblando.
No debiste venir…
No lo escuché con los oídos. Lo escuché dentro de mi cabeza. Una voz rasposa, llena de odio.
—¡Cinco! —gritó Tareq.
—¡ABRE! ¡ABRE LA PUERTA! —grité, golpeando el metal con los puños. Me valió madre el dinero. Sentía que algo estaba detrás de mí, respirando, preparándose para agarrarme.
La puerta no se movía. —¡Tareq, abre, no mames!
—¡Se atoró, wey! ¡No abre! —Tareq sonaba histérico afuera.
Fueron los segundos más largos de mi vida. Sentí una mano fría, helada, posarse en mi hombro. Grité como nunca había gritado. Le di una patada a la puerta con toda la fuerza de mi adrenalina.
La puerta cedió y se abrió de golpe. Caí al pasillo, jadeando, casi llorando. —¡Vámonos! ¡Corre!
Tareq no preguntó. Corrimos escaleras arriba como si el diablo nos persiguiera. Y tal vez sí lo hacía.
CAPÍTULO 3: LA APUESTA MAYOR ($2,000 PESOS)
Llegamos al campamento base sin aliento. Dani y Chema ya estaban ahí. Se veían pálidos también.
—¿Qué pedo? ¿Qué les pasó? Parecen que vieron un muerto —dijo Chema.
—La puerta… se cerró… algo me tocó —balbuceé, tratando de recuperar el aire.
Dani nos miró con seriedad. —Nosotros también vimos cosas arriba. En el quirófano… se cayó una bandeja de metal sola. Y escuchamos llantos.
Hubo un silencio incómodo. Estábamos a la mitad de la noche. Las 2:00 AM. La hora muerta. —Bueno —dijo Dani, rompiendo la tensión—, esto se está poniendo bueno para el video. Pero necesitamos subir la apuesta. Ya vimos que sí asustan. Ahora vamos a ver quién tiene más huevos.
Sacó un fajo de billetes de su mochila. —Dos mil pesos. Al que se esconda solo, sin camarógrafo, durante 20 minutos. Los demás tienen que buscarlo. Si te encuentran antes de los 20, pierdes. Si aguantas los 20 sin que te encuentren y sin salir corriendo… la lana es tuya.
Miré los billetes. Dos mil pesos. Más los 500 del reto de la celda (que técnicamente no cumplí los 10 segundos, pero casi muero). Con eso pagaba la consulta del especialista para mi jefa.
—Yo le entro —dije. Mi voz sonó firme, aunque mis piernas temblaban.
—¿Seguro, Beto? —me preguntó el Chema—. Te acabas de paniquear abajo.
—Simón. El miedo no paga la renta.
—Va —dijo Dani—. Tienes 5 minutos para esconderte. Nadie va a ver dónde vas. Te llevas un walkie. Nosotros contaremos aquí. Corre.
Agarré el radio y salí disparado. Sabía dónde esconderme. Había un lugar del que Dani habló al principio, un lugar que nadie quería revisar: La zona de “Los Quemados”. Un pabellón antiguo que se incendió en los 80s durante un motín y nunca lo remodelaron. Estaba al fondo del ala este.
Corrí por los pasillos oscuros. Mi linterna creaba sombras que bailaban y se estiraban como espectros. Llegué a la sección quemada. El olor a hollín todavía estaba impregnado en las paredes después de tantos años. El techo estaba negro. Las celdas aquí no tenían puertas, eran bocas negras abiertas.
Me metí en la última celda del pasillo. Me agazapé detrás de lo que quedaba de una cama de concreto. Apagué mi linterna para que no vieran la luz si se acercaban.
Oscuridad total otra vez. Encendí el radio y bajé el volumen al mínimo.
—Beto… ¿ya estás? —sonó la voz de Dani. —Ya. Empiecen a contar.
CAPÍTULO 4: VEINTE MINUTOS EN EL INFIERNO
Minuto 1 al 5: Todo estaba tranquilo. Solo escuchaba mi propia respiración y el latido de mi corazón en mis oídos. Trataba de pensar en cosas bonitas. En unos tacos al pastor, en el fútbol, en mi perro. Pero la mente es traicionera. En la oscuridad, tus ojos empiezan a ver cosas que no existen. Manchas de luz, formas geométricas.
Minuto 6: Escuché pasos. Lejanos. —¿Beto? ¿Dónde estás, ratita? —era la voz de Dani gritando a lo lejos. Estaban buscándome en el ala norte. Estaba seguro. Sonreí. No me iban a encontrar. Esos dos mil varos eran míos.
Minuto 10: El frío volvió. Pero esta vez fue diferente. Empezó a oler a… carne quemada. Un olor dulce y penetrante que me revolvió el estómago. Me tapé la nariz con la manga de mi sudadera. ¿Qué es ese olor?, pensé.
Minuto 12: —Chst… Un sonido dentro de la celda. Conmigo. Me congelé. No podía ser Dani, ni Chema. Los escuchaba gritando muy lejos. —Chst… ayúdame…
Era una voz. No en mi cabeza esta vez. Una voz física, débil, que venía del rincón de la celda, justo a un metro de mí.
Lentamente, muy lentamente, estiré la mano hacia mi linterna. Tenía miedo de prenderla. Tenía miedo de ver qué carajos estaba compartiendo la celda conmigo.
—Ayúdame… quema… —gimió la voz.
Prendí la luz. El haz de luz iluminó la esquina. No había nada. Solo pared negra y tiznada. Pero el medidor EMF que traía en el bolsillo empezó a chillar como loco. Todas las luces rojas encendidas.
—Beto, quedan cinco minutos —dijo el radio—. Ya vamos para el ala este. Prepárate.
—¡Hey! —grité por el radio, olvidando el juego—. ¡Hay alguien aquí!
—Cállate, wey, no nos quieras asustar para que no entremos. Ya te ubicamos por el grito.
—¡No es pedo! —me levanté.
En ese momento, algo me empujó. Fue un empujón fuerte, físico, en el pecho. Me tiró hacia atrás y caí sobre los escombros. La linterna salió volando y rodó por el suelo, apuntando hacia la pared contraria.
Y ahí la vi. Una sombra. Pero no una sombra plana. Tenía volumen. Era una figura humana, negra, más negra que la oscuridad, parada en la entrada de la celda, bloqueando mi salida.
—¡DANI! ¡CHEMA! —grité con toda mi alma.
La sombra avanzó hacia mí. El olor a carne quemada se hizo insoportable, me daban ganas de vomitar. Sentí un calor intenso, como si hubiera abierto un horno.
—¿Por qué no me sacaron? —rugió la figura.
Me arrastré hacia atrás hasta pegar con la pared. —¡Padre Nuestro que estás en el cielo…! —empecé a rezar a gritos, cerrando los ojos.
Escuché pasos corriendo en el pasillo. Pasos reales. —¡Beto! ¡Beto! —era la voz del Chema.
Abrí los ojos. La sombra ya no estaba. La linterna parpadeaba en el suelo. Chema y Dani entraron derrapando en la celda, con Tareq detrás grabando todo.
—¡Lo encontramos! ¡Ganamos! —gritó Dani.
Pero su sonrisa se borró cuando me vieron. Yo estaba en el suelo, llorando, temblando incontrolablemente, agarrándome el pecho.
—Wey, ¿qué tienes? —Chema se agachó a mi lado—. No mames, estás ardiendo en fiebre.
Me tocaron la frente. Estaba hirviendo. —Me empujó… estaba aquí… olía a quemado… —balbuceé.
Tareq bajó la cámara. —Miren su pecho.
Me bajé el cierre de la sudadera. En mi playera blanca, justo en el centro del pecho, había una marca negra. Como una mano tiznada. Una huella de mano perfecta, hecha de ceniza y hollín.
Dani se quedó callado por primera vez en la noche. —Vámonos —dijo seco—. Vámonos a la base. Esto ya no es un juego.
CAPÍTULO 5: LA SALIDA Y LO QUE SE VINO DESPUÉS
Regresamos al campamento base recogiendo todo a la velocidad de la luz. Ya nadie hablaba de retos, ni de dinero, ni de fantasmas. Solo queríamos salir. Eran las 4:30 AM. Todavía faltaba para que amaneciera y para que el guardia del turno de la mañana nos abriera la reja principal (porque el muy imbécil nos dejó encerrados por fuera según el acuerdo).
Nos sentamos en círculo, pegados los unos a los otros, con todas las luces encendidas. —Toma —Dani me extendió los billetes. Los 2,000 pesos—. Te los ganaste. Aguantaste los 20 minutos. Técnicamente llegamos al minuto 21.
Agarré el dinero sin ganas. Me quemaba las manos, irónicamente. —Esa marca… —dijo Chema, señalando mi pecho—. ¿Te duele?
—Arde. Como si me hubiera puesto una plancha encima.
Nos quedamos en silencio hasta que los primeros rayos de sol entraron por las ventanas altas y rotas de la prisión. El ambiente cambió. Con la luz, los monstruos se esconden. La prisión volvió a ser solo un edificio viejo y sucio.
Cuando el guardia nos abrió a las 7:00 AM, salimos disparados. El aire fresco de la calle nunca me había sabido tan bien.
—¿Qué vamos a hacer con el video? —preguntó Tareq mientras subíamos el equipo a la camioneta.
—Lo subimos —dijo Dani, aunque se le notaba dudoso—. Es oro puro. Esa huella en el pecho de Beto se va a hacer viral.
—Si lo subes, censura mis gritos de nena, por fa —dije, tratando de bromear para calmar los nervios, pero nadie se rió.
EPÍLOGO: DÍAS DESPUÉS
Han pasado tres días desde que salimos de ahí. La marca en mi pecho no se quita. Me la he lavado con jabón, con alcohol, con agua bendita que me dio mi abuela. Sigue ahí, como un tatuaje tenue de ceniza.
Pero eso no es lo peor. Lo peor es que anoche, mientras estaba en mi cuarto tratando de dormir, mi perro empezó a ladrarle a la esquina vacía de mi habitación. Se le pararon los pelos y chilló, metiéndose debajo de mi cama.
Luego, mi celular, que estaba en la mesa de noche, se encendió solo. No tenía notificaciones. Solo se encendió la pantalla. Y el medidor de EMF, que me traje por accidente en la mochila… estaba en mi escritorio. Empezó a pitar. Bip… bip… bip…
Me levanté y lo toqué. Estaba caliente. Y entonces, percibí el olor. Ese olor dulce y asqueroso a carne quemada.
Me di cuenta de algo aterrador: Gané la apuesta de los 2,000 pesos. Pude pagar las medicinas de mi jefa. Pero creo que el precio que pagué fue mucho más alto. Creo que algo se vino conmigo. Algo que no pertenece a este mundo y que está enojado.
Dani subió el video hoy. Ya tiene millones de vistas. Todos comentan que la huella es maquillaje, que es “fake”. Ojalá fuera fake. Ojalá todo fuera un show.
Pero ahora, mientras escribo esto en mi laptop, siento el frío en mis piernas otra vez. Y escucho ese sonido arrastrado detrás de mi silla. Ssshhhk. Ssshhhk.
No voy a voltear. Si volteo, sé que lo veré. Si estás leyendo esto, por favor, no busquen lugares así. Los muertos quieren estar solos. Y si los molestas… a veces deciden acompañarte a casa.
PARTE 3: LA CENIZA EN EL ALMA Y EL PRECIO DE LA SANGRE
CAPÍTULO 1: LA MANCHA QUE NO SE BORRA
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero esa es una mentira que nos contamos para poder dormir por las noches. Han pasado siete días desde que salimos de esa maldita prisión. Siete días desde que gané esos dos mil pesos que ahora siento que están malditos. Siete días desde que una mano de humo y odio me marcó el pecho en la zona de los quemados.
La primera noche pensé que era sugestión. La segunda noche, mi perro “Rocky” se escondió y no quiso salir. Pero para el cuarto día, la realidad me golpeó con la fuerza de un tren de carga.
Me desperté a las 3:33 de la mañana. No por un ruido, sino por el calor. Sentía que el pecho me ardía, como si me hubieran dejado caer una brasa de carbón directo en la piel. Me levanté de la cama empapado en sudor frío, con las sábanas pegadas al cuerpo. El olor en mi cuarto era insoportable. Ya no era solo ese olorcillo a carne quemada que percibí en la celda; ahora olía a azufre, a huevos podridos y a algo más… algo dulce y ferroso, como sangre vieja coagulada.
Corrí al baño y encendí la luz. El foco parpadeó antes de estabilizarse con un zumbido molesto. Me quité la playera frente al espejo y ahogué un grito.
La marca de la mano en mi pecho había cambiado. Ya no era solo una mancha de hollín superficial. La piel se estaba necrosando. Tenía un color violáceo, casi negro, y los bordes estaban rojos e inflamados. Lo más aterrador era la forma: los dedos de esa mano espectral parecían haberse alargado, estirándose hacia mi corazón y mi garganta, como si la entidad estuviera tratando de cavar hacia adentro de mí, buscando un refugio en mis entrañas.
—Virgencita de Guadalupe, ayúdame —susurré, temblando.
Abrí la llave del agua fría y mojé una toalla. Al intentar limpiar la herida, el dolor fue tan agudo que se me doblaron las rodillas y caí al piso de loseta fría. No era dolor físico normal; era un dolor que te nubla la vista, que te hace escuchar zumbidos.
Mientras estaba ahí tirado, jadeando, escuché de nuevo ese sonido. El mismo que escuchamos en los pasillos de la penitenciaría cuando la sirena o el detector EMF se volvían locos. Bip… Bip… Bip…
Provenía de la sala. Me levanté como pude, agarrándome del lavabo. Caminé por el pasillo oscuro de mi casa. Mi jefa, gracias a Dios, tiene el sueño pesado debido a las pastillas que toma para su dolor de espalda, así que sus ronquidos eran lo único “normal” en la casa.
Llegué a la sala. Mi mochila estaba en el sofá. El medidor EMF estaba adentro, apagado. O al menos eso creía yo. La luz roja del aparato iluminaba la tela de la mochila desde adentro, pulsando como un corazón enfermo.
Me acerqué. No quería tocarlo, pero tenía que saber. Abrí el cierre. El aparato estaba al máximo. Rojo fijo. Pero no estaba solo. Junto a la mochila, en la mesita de centro donde mi mamá pone sus figuras de porcelana y sus carpetitas tejidas, había algo escrito.
Estaba escrito en el polvo acumulado de la mesa (aunque mi jefa limpia diario). Decía una sola palabra, trazada con un dedo huesudo: “JAMES”
Sentí que se me helaba la sangre. James. James Lockhart. El recluso que se prendió fuego a sí mismo en esa celda porque no aguantaba la sentencia.
—¿Qué quieres? —pregunté a la oscuridad de mi propia sala. Mi voz sonó patética, quebrada.
La televisión se encendió de golpe. Volumen máximo. Era pura estática, ruido blanco a todo volumen. ¡SSSSSSHHHHHH!
Me lancé sobre el control remoto para apagarla antes de que mi mamá despertara, pero el control no servía. Corrí a desconectar el cable de la corriente. La tele siguió encendida por tres segundos más, mostrando una imagen distorsionada de un rostro gritando entre las llamas, antes de apagarse.
El silencio volvió. Pero ya no estaba solo. Lo sentía en la nuca. Esa presión. Esa mirada. James Lockhart no se había quedado en la prisión. Se había venido conmigo. Yo fui el idiota que se metió en su tumba por dinero, y ahora él quería cobrar.
CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE CONFIRMÓ EL INFIERNO
A la mañana siguiente, mi aspecto era deplorable. Tenía ojeras moradas que me llegaban a los pómulos y la piel pálida/amarillenta. Me puse una sudadera de cuello alto para tapar la marca, aunque el roce de la tela me hacía ver estrellas del dolor.
Mi jefa estaba en la cocina haciendo chilaquiles. El olor a salsa verde y tortilla frita debería haberme dado hambre, pero me dio náuseas. —Mijo, te ves re mal —me dijo, dejando el cucharón—. ¿Te sientes bien? ¿Fue por lo de la apuesta esa? Ya te dije que no andes haciendo tonterías por dinero, Beto. Dios provee.
—Estoy bien, jefa. Nomás dormí chueco. —No me mientas, Roberto. Tienes esa mirada. La misma mirada que tenía tu tío Pancho cuando decía que se le subía el muerto. A ver, ven pa’ca.
Antes de que pudiera evadirla, sonó mi celular. Era Dani. No había hablado con él desde que subió el video. El video que ya tenía millones de vistas y comentarios burlándose de nosotros.
—Bueno —contesté, saliendo al patio para que mi mamá no escuchara. —Beto… wey… tienes que venir —la voz de Dani sonaba irreconocible. No era el influencer arrogante y energético. Sonaba como un niño chiquito que acaba de ver cómo atropellan a su perro. Estaba llorando.
—¿Qué pasa, Dani? ¿Es por los comentarios del video? Que les valga madre, ya cobraste, ¿no? —No es el video, pendejo. Es Tareq.
Se me hizo un nudo en el estómago. —¿Qué le pasó a Tareq? —Está en el hospital, wey. En urgencias. Dice… dice que se intentó sacar los ojos.
El teléfono casi se me cae de la mano. —¿Qué? —Anoche. Me llamó a las 4 de la mañana gritando que “ellos” no dejaban de mirarlo. Que veía sombras en las esquinas de su cuarto, que veía caras en el techo. Y luego… su rommie lo encontró en el baño con unas tijeras. Beto, esto es real. Lo que trajimos de ahí es real.
—James —susurré. —¿Qué dijiste? —El nombre del reo. El que se quemó. Me escribió su nombre en la mesa de mi sala anoche. Dani, esa cosa está aquí. En mi casa. Y si Tareq está así… significa que nos está cazando a todos.
—Te veo en una hora en los tacos de “El Borrego”, los que están por el metro. No tardes. Y Beto… trae el medidor.
Colgué. Miré al cielo gris de la Ciudad de México. Parecía que iba a llover, una de esas lluvias pesadas que inundan las coladeras tapadas de basura. Mi perro, Rocky, estaba en la esquina del patio, gimiendo. Me acerqué a él. —¿Qué traes, compadre?
Rocky me miró y me enseñó los dientes. Nunca, en sus seis años de vida, me había gruñido. Sus ojos estaban dilatados, fijos en algo que estaba justo detrás de mi hombro izquierdo. —Rocky, soy yo…
El perro soltó un ladrido agudo, de pánico puro, y salió corriendo hacia el interior de la casa, tirando una maceta en el camino. Me giré lentamente. En el muro del patio, donde la humedad había creado manchas verdosas, una nueva mancha se estaba formando. La humedad se secaba rápidamente, como si un soplete invisible estuviera pasando por la pared. El vapor salía del ladrillo. Se formó una flecha. Una flecha apuntando hacia la puerta de la calle. “SAL”.
No tuve que pensarlo dos veces. Agarré mi mochila y salí a la calle sin despedirme de mi jefa. Sentía que si me quedaba un minuto más en esa casa, la iba a poner en peligro a ella. Y eso sí que no. Con mi jefa nadie se mete, ni los vivos ni los muertos.
CAPÍTULO 3: LA REUNIÓN DE LOS CONDENADOS
Llegué a la taquería. Dani estaba sentado en una mesa de plástico al fondo, con una gorra calada hasta los ojos y lentes oscuros, aunque estaba nublado. El Chema también estaba ahí, moviendo la pierna nerviosamente, fumando un cigarro tras otro, aunque él había dejado de fumar hacía años.
Me senté. Nadie pidió tacos. Solo había tres refrescos de vidrio en la mesa, sudando condensación. —Enséñense lo que tengan —dijo Dani, sin preámbulos. Se quitó los lentes. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiera parpadeado en días. Se levantó la manga de su chamarra de marca. En su antebrazo, tenía quemaduras. Tres marcas circulares, como si alguien le hubiera apagado cigarros en la piel.
—Aparecieron hoy —dijo Dani—. No fumo. Y no me quemé con nada. Me desperté y ahí estaban. Ardiendo.
El Chema suspiró y sacó su celular. —Miren esto. Es el audio original de la cámara de Tareq. El que no subimos al video porque se escuchaba muy distorsionado. Lo limpié con un programa de edición anoche.
Le dio play. Escuchamos nuestras voces en la prisión: “Tengo miedo”, “No mames”, los ruidos típicos. Pero luego, en el momento exacto donde yo estaba en la celda de los quemados y gritaba que me ayudaran, se escuchaba algo más. Debajo de mis gritos, en una frecuencia muy baja, había una voz gutural.
Se escuchaba claro, en español, pero con un acento extraño, antiguo: …cuerpo… joven… carne… fresca… mío…
—Verga —exclamó Dani—. Dijo “Mío”.
—Quiere un cuerpo —dijo el Chema, con la voz temblorosa—. Lockhart no quiere asustarnos, wey. Quiere salir. Quiere vivir otra vez. Se mató porque odiaba estar encerrado. Y ahora está encerrado en la muerte. Busca un envase.
—Y yo soy el envase —dije, sintiendo el peso de la condena—. Yo fui el que se metió en su celda. Yo fui el que aceptó el reto. Yo tengo la marca en el pecho.
Me alcé la sudadera y les mostré la mancha negra. El taquero, que estaba cortando carne a unos metros, se detuvo y nos miró con asco y miedo, persignándose discretamente. La mancha había crecido en la última hora. Ahora tenía venas negras que subían hacia mi cuello.
—No mames, Beto… eso parece gangrena —dijo Chema, tapándose la boca. —No es gangrena. Es posesión. Me está consumiendo, cabrones. Me está comiendo por dentro. Siento… siento sus recuerdos a veces. Siento el fuego. Siento el olor a gasolina.
Dani golpeó la mesa. —Tenemos que ir con alguien. Un doctor no va a curar esto. Necesitamos… no sé, un cura, un chamán.
—Yo conozco a alguien —dijo el Chema—. Mi tía vive en la colonia Morelos, cerca de Tepito. Conoce a una Doña, Doña Chuy. Dicen que es muy vergas para estas cosas. Que saca trabajos negros y entierros. Si alguien puede sacarte esa madre, es ella.
—Pues vamos —dije, poniéndome de pie—. Antes de que sea tarde. Siento que cada hora que pasa, soy menos yo y más él.
CAPÍTULO 4: EL MERCADO DE LAS BRUJAS
El viaje hacia el centro fue tenso. Íbamos en la camioneta de Dani, pero se sentía como una carroza fúnebre. El tráfico de la CDMX estaba imposible, como siempre. Cada minuto atascados en el periférico era una tortura.
De repente, el estéreo de la camioneta, que estaba apagado, soltó un estruendo. No era música. Era el sonido de la sirena de la prisión. WUUUUUUUUUUUU…
Dani frenó de golpe, casi chocando con el taxi de enfrente. —¡Apágalo! —gritó Chema. Dani golpeaba la pantalla táctil del tablero, pero no respondía. La sirena sonaba tan fuerte que nos dolían los oídos. —¡James, déjanos en paz! —grité yo, golpeando el tablero.
En cuanto dije su nombre, el sonido paró en seco. Silencio. Luego, una voz salió de las bocinas. Era la voz de Dani, pero distorsionada, como si saliera de una grabadora vieja y lenta.
“…24 horas… pesadilla… combustible… pesadilla…”.
—Esa es mi voz del intro del video —susurró Dani, pálido—. Pero yo no dije “combustible”.
—Vámonos —ordené—. Maneja, Dani. Písale. Le vale madres el tráfico.
Llegamos a la zona del mercado. El ambiente ahí es denso por naturaleza. Olores a hierbas, incienso, basura y comida callejera se mezclan en una bruma pesada. Caminamos entre los pasillos llenos de figuras de la Santa Muerte, velas de formas fálicas, polvos para “amarrar” al ser amado y animales en jaulas.
Chema nos guio hasta un local al fondo, medio oculto tras unas cortinas de terciopelo rojo sucio. Una anciana estaba sentada en un banco de madera, deshojando unas ramas de pirul. Tenía la piel curtida como cuero viejo y unos ojos lechosos, casi ciegos, pero que parecían ver más que los nuestros.
—Vienen cargados —dijo la Doña sin levantar la vista—. Apestan a muerto quemado.
—Doña Chuy, somos amigos de su sobrina —empezó Chema.
Ella levantó la mano para callarlo. Se levantó con dificultad y se acercó a mí. Me olfateó el cuello como si fuera un sabueso. —Tú… tú eres la puerta —me dijo, señalando mi pecho con un dedo chueco—. Lo traes pegado al hueso, muchacho. ¿Qué hiciste? ¿Profanaste una tumba?
—Entré a una celda… en la penitenciaría vieja —balbuceé. —Ay, pendejo —dijo la anciana con una mezcla de lástima y regaño—. Entraste a la boca del lobo y le diste la mano. Siéntate ahí.
Me senté en un banco. Dani y Chema se quedaron en la entrada, asustados. La Doña empezó a sacar cosas: un huevo de gallina negra, un manojo de ruda, loción de “Siete Machos” y una botella de mezcal.
—Esto va a doler —advirtió—. Él no se va a querer ir. Ya probó tu energía. Le gustaste. Eres joven, fuerte. Un buen traje para él.
Empezó a rezar en una mezcla de latín mal pronunciado y náhuatl. Me empezó a golpear con el ramo de ruda por todo el cuerpo. —¡Sal, espíritu inmundo! ¡Sal, alma en pena! ¡No perteneces a este cuerpo!
Al principio, solo sentí los golpes de las ramas. Pero cuando pasó el huevo por mi pecho, justo sobre la marca, sentí que me arrancaban la piel. Grité. —¡Aguanta! —ordenó ella.
El huevo en su mano empezó a vibrar. Escuchamos un crujido. El huevo estalló en su mano. Pero no salió clara ni yema. Salió un líquido negro, espeso como chapopote, y humo. Humo gris con olor a carne asada.
La Doña soltó el huevo y retrocedió, asustada. —¡Madre mía! —exclamó, limpiándose la mano en su delantal—. Esto no es un alma en pena cualquiera. Esto es un demonio, muchacho. O algo que se le parece mucho. El reo que murió… su dolor y su odio llamaron a algo más oscuro. Y eso oscuro es lo que traes.
—¿Puede sacarlo? —preguntó Dani, desesperado.
La anciana negó con la cabeza lentamente. —Con una limpia no. Esto necesita un exorcismo mayor. O… un intercambio. —¿Intercambio? —pregunté, sintiendo que me desmayaba.
—Una vida por una vida. O lo encierras de nuevo donde lo encontraste, o te va a consumir hasta que seas tú quien se queme vivo para que él pueda renacer en tus cenizas. Tienes que volver.
—¿Volver a la prisión? —Chema casi gritó—. ¡Ni locos! ¡Ahí es su terreno!
—Es el único lugar donde pueden cerrar la puerta —dijo la Doña—. Tienen que ir a la celda. A la misma hora que lo encontraste. Tienes que llevar algo que lo ate y dejarlo ahí.
—¿Algo como qué? —preguntó Dani. —Algo de valor. Algo vivo. O mucha, mucha fe.
La anciana me miró a los ojos. —Te queda poco tiempo, mijo. La marca ya tocó tu corazón. Lo veo latir negro. Tienen hasta el amanecer. Si sale el sol y sigues con eso adentro, ya no habrá Roberto. Solo habrá James.
Salimos del mercado en silencio. La tarde estaba cayendo. Teníamos que tomar una decisión.
CAPÍTULO 5: EL REGRESO AL MATADERO
—No podemos volver —decía Chema mientras manejábamos de regreso—. Es un suicidio. Vieron lo que pasó la primera vez.
—No tenemos opción, wey —dije. Me sentía débil, mareado. Cada vez que cerraba los ojos, veía fuego. Veía barrotes derritiéndose—. Si no voy, voy a matar a mi jefa. O a ustedes. Siento… siento ganas de hacer cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Dani. —Ganas de ver cómo arden las cosas. Veo tu cabello, Dani, y pienso en cómo se vería prendido en fuego.
Dani frenó en un semáforo y me miró con terror. —Ok. Vamos a volver. Pero esta vez no vamos a llevar cámaras, ni equipo de caza fantasmas, ni pendejadas. Vamos a llevar gasolina y cerillos.
—¿Qué? —preguntó Chema. —Si esa madre quiere fuego, le vamos a dar fuego. Vamos a quemar esa celda. Vamos a purificarla con fuego real.
Era una idea estúpida. Una idea ilegal y peligrosa. Pero la desesperación nos hace estúpidos. Pasamos a una gasolinera. Llenamos un bidón de 5 litros. Compramos un encendedor nuevo. Eran las 10:00 PM. Teníamos que entrar de noche otra vez.
Llegar a la penitenciaría fue más difícil esta vez. Ya sabíamos lo que nos esperaba. El edificio se alzaba contra el cielo nocturno como una bestia dormida. Saltamos la barda trasera, la misma por donde nos colamos la primera vez.
—No se separen —dije. Mi voz sonaba doble. Como si yo hablara y alguien más hiciera eco en mi garganta—. Nadie se queda solo. Ni por dinero, ni por nada.
Entramos. El edificio parecía estar esperándonos. No había ruidos de ratas, ni viento. Estaba en silencio total. Como si estuviera conteniendo la respiración.
Caminamos hacia el bloque de los quemados. Mis piernas pesaban toneladas. Cada paso hacia esa celda hacía que la marca en mi pecho ardiera más. Sentía que la piel se me estaba abriendo.
—Es aquí —dije, señalando el pasillo oscuro.
Alumbramos con las linternas. Al fondo del pasillo, en la puerta de la celda donde me escondí, había alguien parado. No era una sombra. Era Tareq.
—¿Tareq? —gritó Dani—. ¡Wey! ¿Qué haces aquí? ¡Nos dijiste que estabas en el hospital!
Tareq no se movió. Estaba de espaldas a nosotros, mirando hacia adentro de la celda. —Tareq, contesta —Chema dio un paso adelante.
Tareq se giró lentamente. Tenía vendas en los ojos. Vendas manchadas de sangre fresca. Y sonreía. Una sonrisa demasiado ancha, inhumana. —Él los estaba esperando —dijo Tareq. Pero no era su voz. Era la voz de la grabación. La voz gutural.
—¿Cómo llegaste aquí, cabrón? —Dani estaba temblando. —El llamado es fuerte. Todos somos parte de la colección ahora.
Tareq levantó la mano. Tenía un encendedor en la mano. —James quiere terminar lo que empezó. El fuego purifica. El fuego libera.
—¡No lo hagas! —grité.
Tareq encendió la llama. Y se dejó caer hacia atrás, hacia la oscuridad de la celda. —¡NO!
Corrimos hacia allá. Cuando llegamos a la puerta de la celda, no había nadie. Tareq no estaba. No había cuerpo. No había fuego. Solo estaba el olor. Ese maldito olor a carne quemada, ahora más fuerte que nunca.
Y entonces, la puerta de la celda, que ni siquiera tenía puerta física porque se había podrido hace años, se cerró. No se cerró una puerta de metal. Se cerró la oscuridad. Fue como si una pared de sombra sólida cayera frente a nosotros, atrapándonos en el pasillo.
—¡Es una trampa! —gritó Chema.
Desde las paredes del pasillo, empezaron a salir manos. Manos negras, carbonizadas, que intentaban agarrarnos la ropa. —¡El bidón! —le grité a Dani—. ¡Tira la gasolina!
—¿Qué? ¡Nos vamos a quemar nosotros! —¡Tírala! ¡Es lo que quiere, pero lo vamos a hacer a nuestra manera!
Dani destapó el bidón y empezó a rociar la gasolina por el suelo y las paredes, gritando como loco. —¡Toma tu maldita gasolina, hijo de tu perra madre!
El olor a combustible se mezcló con el olor a podrido. Me arranqué la sudadera. El dolor en mi pecho era insoportable. Sentía que mi corazón iba a explotar. —¡Ven por mí! —grité a la oscuridad—. ¡Sal de mi cuerpo y pelea aquí afuera, cobarde!
La sombra negra se materializó frente a mí. Era enorme, de dos metros, con la piel burbujeante y ojos de fuego rojo. Se abalanzó sobre mí. Sentí sus manos frías y calientes a la vez alrededor de mi cuello. Me levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
—Tú… eres… mío… —rugió en mi cara. Su aliento olía a muerte.
—¡Ahora, Chema! —grité con el poco aire que me quedaba.
Chema encendió el Zippo que traía y lo aventó al charco de gasolina a los pies del demonio. FOOOOSH.
El fuego rugió. Una pared de llamas naranjas y azules se levantó en segundos. El demonio soltó un alarido que no era de este mundo. Me soltó y retrocedió, tratando de cubrirse del fuego real. Resulta que el fuego espiritual y el fuego físico no se llevan bien. El calor intenso pareció desestabilizar su forma de sombra.
—¡Corre, Beto! —Dani me jaló del brazo.
Corrimos a través de las llamas. Sentí el calor chamuscándome las cejas y el pelo. Saltamos sobre el fuego, cruzando la barrera que habíamos creado. Detrás de nosotros, en medio del infierno que habíamos desatado en el pasillo, se escuchaban gritos. No de dolor, sino de furia.
Salimos al patio central. La alarma de incendios (que no debería funcionar porque el lugar no tiene electricidad desde hace décadas) empezó a sonar. RIIIIIIIING… RIIIIIIIING…
Corrimos hacia la salida. Saltamos la barda sin mirar atrás. Vimos cómo el humo negro empezaba a salir por las ventanas rotas del ala este.
CAPÍTULO 6: CENIZAS AL VIENTO
Nos alejamos tres cuadras antes de colapsar en la banqueta, tosiendo humo y bilis. Las sirenas de verdad, las de los bomberos y la policía, se escuchaban a lo lejos acercándose. Habíamos incendiado la penitenciaría estatal.
—¿Creen que se murió? —preguntó Chema, llorando. —No se puede matar a lo que ya está muerto —dije, tocándome el pecho.
Miré hacia abajo. La marca. Seguía ahí. Pero ya no era negra ni violácea. Era una cicatriz. Una cicatriz blanca, brillante, como una quemadura antigua que sanó hace años. Ya no dolía. Ya no ardía. Pero estaba ahí. Marcado para siempre.
Dani miró su teléfono. —Tareq me acaba de mandar un mensaje.
Nos congelamos. —¿Qué dice? —Dice: “Estoy en el hospital. Los doctores dicen que voy a recuperar la vista en un ojo. ¿Dónde están ustedes?”.
Suspiramos al unísono. Tareq nunca estuvo en la celda. Fue una ilusión. Una trampa mental para hacernos entrar. Si no hubiéramos llevado la gasolina… tal vez nunca hubiéramos salido.
CAPÍTULO 7: EL EPÍLOGO (¿O EL COMIENZO?)
Ha pasado un mes. La policía dijo que el incendio fue provocado por “vándalos desconocidos”. Se quemó toda el ala este. Dicen que encontraron restos óseos antiguos, pero nada reciente. Nos libramos de la cárcel, pero no de la culpa.
Dani no volvió a hacer videos de terror. Vendió su canal y se mudó a Monterrey. Dice que quiere empezar de cero haciendo vlogs de comida. Chema va a terapia dos veces por semana. No puede dormir con la luz apagada.
¿Y yo? Yo sigo viviendo con mi jefa. La cicatriz en mi pecho me recuerda todos los días que hay puertas que no se deben abrir. A veces, cuando hace mucho frío, la cicatriz me pica. Y a veces, cuando estoy solo en la ducha y cierro los ojos para enjuagarme el shampoo, huelo humo.
Pero lo más cabrón es lo que pasó ayer. Fui al Oxxo a comprar una coca. Al pagar, el cajero me dio el cambio. Sus dedos rozaron mi mano. El cajero se quedó paralizado, con los ojos en blanco. —James te manda saludos —dijo con una voz que no era la suya.
Luego parpadeó y me miró confundido. —¿Qué pasó, joven? ¿Todo bien?
Agarré mi refresco y salí corriendo. No se ha ido. Solo está esperando. El fuego no lo mató. Solo lo hizo enojar. Y ahora sé que la apuesta de los 24 horas no terminó cuando salimos de la prisión. Esa apuesta es de por vida.
Si ven este texto compartido en Facebook, no vayan a ese lugar. No busquen a los fantasmas. Y por lo que más quieran, si escuchan que alguien los llama por su nombre en la oscuridad… NO CONTESTEN.
PARTE 4: EL PACTO DE CENIZA Y LA ETERNIDAD EN UN SEGUNDO
CAPÍTULO 1: LA GANGRENA DEL ALMA
Pensé que el miedo tenía un límite. Pensé que el cuerpo humano, por pura supervivencia, llegaba a un punto donde decía “basta” y se desconectaba, te desmayabas o te volvías loco para no tener que procesar el terror. Pero me equivoqué. El miedo es un pozo sin fondo. Y yo estaba cayendo en él, golpeándome con cada piedra mientras bajaba.
La semana siguiente al incidente del Oxxo fue una tortura lenta, diseñada milimétricamente para romperme. La cicatriz blanca en mi pecho, esa que pensé que era una señal de curación, comenzó a cambiar de nuevo. No se puso negra esta vez. Se puso transparente.
Sí, transparente. La piel sobre mi esternón se adelgazó tanto que, si me paraba frente al espejo con la luz del baño encendida, podía ver el latido de mi propio corazón. Pero no era un corazón normal. Estaba envuelto en una especie de red grisácea, como telarañas sucias que palpitaban al mismo ritmo que mi sangre. Cada latido dolía. No era un dolor agudo, era un dolor sordo, profundo, como si tuviera un clavo oxidado incrustado en el centro de mi ser.
Dejé de comer. Todo me sabía a ceniza. Un taco, un vaso de agua, una manzana; en cuanto tocaba mi lengua, el sabor se transformaba en carbón molido y carne podrida. Vomitaba bilis negra todas las mañanas. Perdí cinco kilos en cuatro días. Me veía en el espejo y no reconocía al “Beto” que me devolvía la mirada. Veía a un calavera con piel, con los ojos hundidos en cuencas moradas, temblando de frío aunque estuviéramos a 28 grados en la ciudad.
Mi jefa, mi santa madre, estaba desesperada. —Beto, mijo, vamos al Seguro. Tienes algo malo. Es el hígado, seguro es el hígado —decía, llorando mientras me intentaba dar cucharadas de caldo de pollo que yo rechazaba.
—No es el hígado, jefa. Es estrés. Nomás necesito dormir —le mentía. ¿Cómo le iba a decir que su hijo traía un demonio pegado a las costillas? ¿Cómo le explicaba que si íbamos al hospital, los doctores no encontrarían un virus, sino un vacío en las radiografías?
Pero lo peor no era mi deterioro. Lo peor era que la casa estaba cambiando. Las sombras en las esquinas ya no se iban cuando prendías la luz. Se quedaban ahí, densas, aceitosas. Mi perro, el Rocky, ya no entraba a la casa. Dormía en el patio, llueva o truene, aullando bajito hacia mi ventana. Y el olor… ese maldito olor a azufre y quemado se había impregnado en los muebles, en las cortinas, en mi ropa.
CAPÍTULO 2: LA CONTAGIO DE SANGRE
El martes por la noche, todo se fue al carajo. Estaba intentando dormir (o lo que sea que hacía, que era más bien quedarme paralizado en la cama esperando que amaneciera) cuando escuché a mi mamá toser. No era su tos normal de fumadora pasiva. Era una tos húmeda, desgarradora, como si se estuviera ahogando.
Corrí a su cuarto. —¡Jefa! ¿Qué trae?
La encontré sentada en el borde de la cama, agarrándose el pecho. Cuando quitó la mano de su boca, vi la sangre. Sangre negra. Espesa. Mezclada con partículas grises que parecían… hollín.
—Me quema, Beto… me quema adentro —gimió ella, con los ojos desorbitados por el pánico.
La abracé. Su piel estaba ardiendo. No tenía fiebre normal; estaba literalmente caliente al tacto, como si tuviera brasas bajo la piel. —Vamos al hospital, ahorita mismo —dije, cargándola. Ella pesaba menos de lo que recordaba. Se estaba consumiendo.
En el taxi rumbo a urgencias, mientras ella semi-inconsciente murmuraba oraciones, me di cuenta de la terrible verdad. El ente, James, o lo que fuera esa cosa, ya no se conformaba conmigo. Yo ya estaba “marcado”, yo ya era suyo. Ahora estaba buscando más combustible. Estaba consumiendo a lo que yo más amaba para acelerar el proceso. Se estaba alimentando de mi desesperación a través del dolor de mi madre.
Llegamos a urgencias. El caos de siempre. Gente gritando, camillas en los pasillos, olor a alcohol y enfermedad. Se la llevaron rápido porque empezó a convulsionar. Me quedé en la sala de espera, con las manos manchadas de esa sangre negra y ceniza. Me miré las manos. La sangre no se secaba. Parecía moverse sobre mi piel, buscando poros por donde entrar.
Saqué mi celular. Tenía que acabar con esto. Ya no era por los 2,000 pesos, ni por los likes, ni por el ego. Era por ella. Marqué el número de Dani. —Buzón de voz. Marqué el de Chema. —¿Bueno? —contestó Chema, con la voz pastosa, dormida. —Chema, mi jefa se está muriendo. Esa madre la agarró a ella. —No mames, Beto… ¿qué dices? —Necesito que vengas. Y necesito que traigas a Dani. Sé dónde está Tareq. Vamos a ir a verlo. —¿A Tareq? Wey, Tareq está en el psiquiátrico. Nadie puede entrar. —Me vale madre. Vamos a entrar. Porque él sabe algo. Él vio algo en esa celda antes de que “James” nos engañara con la ilusión. Tareq vio la verdad. Y necesito que me la diga antes de que mi madre deje de respirar.
CAPÍTULO 3: EL ORÁCULO CIEGO
Chema pasó por mí al hospital. Dani llegó quince minutos después, en un Uber, pálido y ojeroso. Ya no era el “influencer”. Era un chavo asustado que cargaba con la culpa de haber destruido la vida de sus amigos. —¿Cómo está tu jefa? —preguntó Dani, sin mirarme a los ojos. —Estable, pero los doctores no saben qué tiene. Dicen que sus pulmones parecen los de un minero que trabajó 40 años bajo tierra. Llenos de carbón. En una noche, Dani. En una pinche noche.
Nos fuimos al psiquiátrico donde tenían a Tareq. Era una clínica privada barata en las afueras. Dani tuvo que sobornar al guardia de la entrada con 500 pesos y su reloj “inteligente” para que nos dejara pasar fuera de horario de visitas.
El lugar olía a cloro y tristeza. Caminamos por pasillos blancos hasta la habitación 304. Tareq estaba sentado en una silla, mirando hacia la pared. Bueno, “mirando” es un decir. Tenía parches en los ojos. Se los había dañado severamente esa noche en su baño. Estaba atado de manos a la silla para que no se hiciera más daño.
—¿Tareq? —susurró Chema.
Tareq no se movió. Pero sonrió. Una sonrisa torcida, rota. —Huelen a humo —dijo con su propia voz, pero muy bajita—. Vinieron los cerillos.
—Tareq, soy Beto. Necesito saber qué viste. Qué viste realmente en la celda de los quemados antes de que se apagara tu mente. Tareq empezó a mecerse. Adelante y atrás. —No es James… No es James… —¿Qué dices? —me acerqué más. —James Lockhart era solo la carnada. El gusano en el anzuelo. James quería salir, sí. Pero “El Otro”… El Otro quería entrar. —¿Quién es “El Otro”? —El que vive en el concreto. El que se alimenta del dolor. La prisión no está embrujada, Beto. La prisión es una boca. Y nosotros nos metimos entre los dientes.
Tareq giró la cabeza bruscamente hacia mí, como si pudiera verme a través de las vendas. —El contrato. Tienes que romper el contrato. —¿Cuál contrato? —preguntó Dani—. ¿La apuesta? ¡Ya le pagué! —No el dinero, idiota —escupió Tareq—. La grabación. La evidencia. El momento en que le dijiste “Sí”. El momento en que aceptaste ser el huésped. Está en el video. Pero no en el que subiste. En el crudo. En el minuto 13 de la grabación de audio de Beto.
Tareq empezó a reírse histéricamente. —Borra la cara. Borra la voz. Mientras exista el registro, existe la puerta. ¡Quemen la memoria!
Los enfermeros entraron corriendo al escuchar los gritos. Nos sacaron a empujones. —¡Ya váyanse! ¡Está alterando al paciente!
Salimos al estacionamiento. El aire frío de la madrugada me golpeó la cara, pero yo seguía hirviendo por dentro. —El video —dije, mirando a Dani—. Tienes los archivos originales, ¿verdad? —Sí, en el disco duro externo. En mi depa. —Vamos. Ahora.
CAPÍTULO 4: EL FOTOGRAMA MALDITO
El departamento de Dani era un desastre. Cajas de pizza, ropa sucia, equipo de grabación tirado. Se notaba que él también estaba perdiendo la batalla contra la cordura. Conectó el disco duro a su laptop. Sus manos temblaban tanto que le costó tres intentos atinarle al puerto USB.
Buscamos el archivo. “Audio_Beto_Solo_Celda.wav” y el video correspondiente de la cámara de seguridad que habíamos dejado en el pasillo (la que captó cuando entré).
—Tareq dijo minuto 13 —dijo Chema.
Adelantamos el video. Minuto 12:50. Se ve oscuridad. Se escucha mi respiración agitada. Minuto 13:00. En el video, la imagen se distorsiona. Un glitch digital. Pixeles verdes y morados. Pero en el audio… en el audio se escucha clarísimo.
Yo (en la grabación): “¿Quién está ahí?” Voz (susurro): “¿Me das permiso?” Yo (en la grabación): “Sí… solo quiero salir.”
Me quedé helado. —Yo no dije eso —susurré, retrocediendo de la pantalla—. ¡Yo no dije eso! Yo dije “¡Déjame salir!” o “¡Ayuda!”. ¡Nunca dije “Sí”!
—El micrófono lo captó, wey —dijo Dani, con los ojos llenos de lágrimas—. Tal vez lo pensaste. O tal vez… manipuló tu mente para que lo dijeras sin darte cuenta. Diste permiso. Es un contrato verbal. Le diste permiso de entrar.
—¿Y cómo rompes un contrato con un demonio? —preguntó Chema.
Dani empezó a teclear frenéticamente. —Tareq dijo “Quemen la memoria”. Tenemos que borrar todo. El video de YouTube, los respaldos, la nube. Todo. Si borramos la evidencia de su existencia, tal vez cortamos el vínculo.
—¡Hazlo! —grité.
Dani entró a su canal. El video tenía 4.5 millones de vistas. Clic en “Eliminar”. Confirmar. El video desapareció. Luego formateó el disco duro. Luego sacó el disco duro físico, lo tiró al suelo y lo empezó a golpear con un martillo hasta que quedó hecho pedazos de plástico y metal.
—Ya está —dijo Dani, jadeando—. No queda nada. Ni una copia.
Esperamos. Un minuto de silencio. Miré mi pecho. La transparencia de la piel… seguía ahí. El latido negro seguía ahí. Y entonces, mi celular sonó. Era una notificación de Facebook. Una notificación de una página que yo no seguía. Una página llamada “24 Horas con Beto”.
Abrí la notificación. Alguien había resubido el video. Pero no era el video que editó Dani. Era un video nuevo. Desde mi perspectiva. Pero con cosas que yo no grabé. En el video, se veía mi casa. Se veía mi cuarto mientras yo dormía. Se veía a mi mamá tosiendo sangre. El video estaba transmitiéndose en vivo.
—¡No mames! —gritó Chema—. ¡Está transmitiendo desde tu casa! ¡Ahora mismo!
—¡Mi jefa no está en la casa, está en el hospital! —grité. Pero en el video, la cámara se movió. Bajó las escaleras. Entró a la cocina. Y ahí estaba ella. Mi mamá. Sentada en la mesa de la cocina, de espaldas, con su bata de hospital. —¿Cómo chingados llegó ahí? —Chema estaba en shock.
La figura de mi mamá se giró lentamente hacia la cámara (que nadie estaba sosteniendo, flotaba sola). Su cara… su cara no era la de mi madre. Tenía los ojos negros, completamente negros. Y la boca cosida con alambre de púas. Y habló. No con la boca, sino con la mente, directo a través de los parlantes del celular. “El contrato no está en el disco, Roberto. El contrato está en la sangre. Ven a casa. Terminemos esto.”
CAPÍTULO 5: EL ÚLTIMO REGRESO AL CANTÓN
Manejamos como locos. Me pasé cinco semáforos en rojo. No me importaba morir en un choque. Me importaba llegar antes de que esa cosa le hiciera algo irreversible a mi jefa (si es que eso que vi en el video era realmente ella y no una ilusión).
Llegamos a mi casa. La puerta de la calle estaba abierta de par en par. La oscuridad adentro era absoluta. No como una casa sin luz, sino como si la casa se hubiera tragado la luz de la calle.
—Quédense aquí —les dije a Dani y Chema. —Ni madres —dijo Chema, sacando una cruz de metal que traía en el cuello—. Entramos juntos, salimos juntos. O nos morimos juntos. Ya valió verga todo.
Entramos. El olor a quemado era tan fuerte que nos lloraban los ojos. El aire estaba caliente, sofocante, como el interior de un horno. —¿Jefa? —grité.
—En la sala… —respondió su voz. Pero sonaba múltiple. Como si cien personas hablaran al mismo tiempo con su voz.
Caminamos hacia la sala. Las paredes “sangraban”. Un líquido negro escurría por el papel tapiz. Las fotos familiares estaban todas volteadas o rotas. En el centro de la sala, las sillas y mesas estaban apiladas formando una especie de trono grotesco, lleno de basura y ceniza. Y sentada ahí, en la cima, estaba mi madre. Levitaba unos centímetros sobre la pila de muebles.
Tenía los ojos abiertos, blancos, sin pupilas. Su piel estaba gris. —Bienvenido a casa, Beto —dijo. Su boca no se movía. La voz salía de su pecho.
—Suéltala —dije, sacando el encendedor que aún tenía en el bolsillo. No sabía qué iba a hacer con él, pero era mi única arma—. Suéltala y tómame a mí. Eso es lo que quieres, ¿no? Un cuerpo joven.
La cosa dentro de mi madre se rió. Una risa seca, como hojas crujiendo. —¿Tú? Tú ya eres mío, Roberto. Ya te tengo. Mira tu pecho.
Me miré. La cicatriz se abrió. No salió sangre. Salió fuego. Una llamarada pequeña, azul, brotó de mi esternón. No me quemaba la ropa, me quemaba el alma. Caí de rodillas.
—El trato fue por 24 horas —dijo la entidad—. Pero en mi tiempo, 24 horas pueden ser una eternidad. Y tú aceptaste quedarte. —¡No! —Chema se lanzó hacia adelante con la cruz—. ¡En el nombre de Dios, déjala!
La entidad giró la cabeza hacia Chema. Con un simple movimiento de ojos, Chema salió volando por el aire y se estrelló contra la pared opuesta. Cayó inconsciente. —¡Chema! —gritó Dani.
Dani, temblando, sacó su celular. —¡Estoy grabando! —gritó Dani, histérico—. ¡Te estoy grabando, maldito! ¡Todo el mundo te va a ver!
La entidad sonrió. —Eso es lo que quiero, Daniel. Difusión. Miedo. Cada persona que vea esto, me da un poco de energía. Gracias.
El celular de Dani estalló en su mano. La batería explotó. Dani gritó y se agarró la mano quemada. Estábamos derrotados. Chema noqueado, Dani herido, y yo ardiendo vivo desde adentro.
Me arrastré hacia el trono de basura. —Tómame —susurré—. Deja a mi madre. Deja a mis amigos. Entra en mí completamente y déjalos ir. Te doy mi cuerpo. Te doy mi vida. Pero sálvalos a ellos.
La entidad inclinó la cabeza de mi madre, considerándolo. —Un sacrificio voluntario… eso es… delicioso. —Jura —dije, escupiendo ceniza—. Júralo.
—Hecho.
La entidad abrió la boca de mi madre. Una columna de humo negro y denso salió de su garganta. Mi madre cayó sobre los muebles, desmayada, volviendo a ser solo un cuerpo humano pequeño y frágil.
El humo se formó en el aire, una tormenta negra en mi sala, y se abalanzó sobre mí. Entró por mi boca, por mi nariz, por mis ojos. Sentí cómo me desgarraba por dentro. Sentí cómo mis recuerdos eran borrados y reemplazados por gritos, por fuego, por odio de siglos. Sentí el dolor de James Lockhart quemándose. Sentí el dolor de otros cien presos. Y luego… silencio.
CAPÍTULO 6: EL DESPUÉS (O EL NUNCA JAMÁS)
(Narración cambia. Ya no es Beto. Es una perspectiva tercera, fría, distante).
La policía encontró la casa en silencio tres horas después. Los vecinos reportaron gritos y un olor insoportable. Encontraron a una mujer mayor inconsciente sobre una pila de muebles rotos. Estaba viva, pero en estado de shock. Sus pulmones, milagrosamente, estaban limpios. Encontraron a dos jóvenes heridos. Uno con contusiones severas y otro con quemaduras en la mano. Pero no encontraron a Roberto “Beto” Sánchez.
Beto no estaba. No había cuerpo. Solo había una mancha de hollín en el piso, en el centro de la sala. Una mancha con la forma perfecta de una silueta humana, como las sombras que quedaron en Hiroshima. Y en el centro de la silueta, intacto, estaba el billete de 500 pesos que Dani le había dado para el primer reto.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
Dani nunca recuperó la movilidad completa de su mano derecha. Vive en un pueblo de la costa, lejos de internet y de las cámaras. Chema se volvió muy religioso. Va a misa todos los días. Dice que reza por el alma de Beto. La mamá de Beto vive en una residencia. Perdió la memoria esa noche. No recuerda tener un hijo. Tal vez es una bendición de Dios para que no sufra.
Pero la historia no termina ahí. En la antigua penitenciaría de Ohio, los guardias de seguridad nocturna han reportado algo nuevo. Dicen que en el pabellón de los quemados, ya no se siente la presencia de James Lockhart. James se fue. Pero ahora hay algo nuevo. Algo más triste. Dicen que si vas a la celda 13 a las 3:00 AM, puedes ver a un joven mexicano, con una sudadera gris, sentado en el rincón, llorando. Y si te acercas mucho, no te ataca. Solo te susurra, con una voz llena de angustia infinita: “No lo hagas por los likes… vete a casa… cuida a tu jefa…”
Y en Facebook, de vez en cuando, aparece una página nueva. Sube videos de lugares abandonados. El administrador es anónimo. Pero cada video termina con una frase en español, escrita con letras que parecen hechas de humo: ¿CUÁNTO VALE TU ALMA? LINK EN COMENTARIOS 👇