24 Horas en la “Zona Prohibida”: El error que casi nos cuesta la vida en el desierto.

Parte 1

—¡Beto, agáchate! ¡Nos están viendo! —me gritó el Chino, con la voz quebrada por el miedo.

Sentí el frío del desierto calarme los huesos, a pesar de que el sol nos había castigado durante horas. Estábamos ahí, justo en el borde de lo que llamaban la instalación más secreta del país, intentando pasar 24 horas continuas para ver qué escondían. No éramos héroes, solo un grupo de amigos desesperados buscando algo… o a alguien. Pero las cosas no salieron como planeamos.

Apenas llegamos, vimos esa maldita camioneta blanca. Estaba parada a lo lejos, siniestra, con un tipo arriba observándonos a través de una mira.

—¿Lo ves, wey? —susurró el Chino, temblando—. Tiene un rifle. Nos tiene en la mira.

—Cállate y no te muevas —le respondí, tragando saliva. Sabíamos que esa línea invisible en la tierra era el límite que no podíamos cruzar. Si dábamos un paso más, no habría vuelta atrás.

La desesperación nos había llevado ahí. Queríamos respuestas antes de que llegara más gente, antes del caos. Pero el miedo es un animal pesado. Vimos algo moverse a lo lejos. Parecía un animal, tal vez un venado, pero con el calor y la sed, juro que parecía otra cosa… algo que no era de este mundo.

—Es una señal, Beto. Vámonos —rogó el Chino. —No tenemos gasolina para regresar, wey. Estamos atrapados hasta que amanezca o hasta que encontremos lo que venimos a buscar.

Decidimos rodear, buscar una entrada trasera por un camino de tierra que parecía no tener fin. Fue entonces cuando vimos las cámaras. Torres de vigilancia girando, siguiéndonos cada paso. Sabían quiénes éramos. Sabían que no éramos una amenaza real, pero tampoco nos querían ahí.

—El gobierno no quiere ma*arnos, ¿verdad? —preguntó el Chris con una risa nerviosa, la más falsa que he escuchado en mi vida.

Nos preparamos para acampar justo ahí, en la boca del lobo. “Si pasa algo, asegúrate de dormir en la cama para reaparecer ahí”, bromeamos para no llorar, como si esto fuera un videojuego y tuviéramos vidas extra. Pero cuando cayó la noche y encendieron las luces cegadoras sobre nosotros, supimos que esto no era un juego.

De repente, un coche se acercó a toda velocidad. Luces LED, sirenas….

—¡Actúen natural! ¡No corran! —grité, aunque mis piernas querían salir disparadas—. ¡NO SE MUEVAN O NOS VANA A D*SPARAR!

EL CORAZÓN SE ME SALÍA DEL PECHO Y ENTONCES BAJARON LA VENTANA… ¿QUIÉRES SABER QUÉ NOS DIJERON?

Parte 2: La Noche de los Ojos Invisibles

El corazón me latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta, como si quisiera salirse por la boca. Las luces LED de ese vehículo nos tenían completamente cegados. En el desierto, la oscuridad es absoluta, y cuando te avientan esa intensidad de luz a la cara, no ves nada más que manchas blancas y tu propia muerte inminente.

—¡Ya valió madre! —chilló el Chino a mi lado, cubriéndose la cara con el antebrazo—. ¡No disparen, somos civiles, no disparen!

—¡Cállate, wey! —le siseé, aunque yo estaba igual de aterrado—. ¡Manos arriba, todos manos arriba!

Mis rodillas temblaban. Pensé en mi jefa, en que le prometí que ya iba a dejar de hacer pendejadas, que iba a buscar un trabajo serio. Y ahí estaba yo, a la mitad de la nada, a punto de ser detenido —o peor, desaparecido— por andar buscando marcianos en una zona militar restringida. El vehículo se detuvo a unos metros. El sonido del motor era potente, pero no sonaba a los camiones diesel del ejército.

Se abrió la puerta. El silencio del desierto se hizo pesado, denso. Esperaba gritos, órdenes, el sonido de armas cortando cartucho.

—¿Qué onda, compas? —dijo una voz relajada, casi burlona.

Bajé las manos lentamente, entrecerrando los ojos para ver más allá del resplandor. No era un militar. No era la policía federal. Era un tipo en un Jeep modificado, con más luces que un árbol de navidad y cara de que también pasaba demasiado tiempo en internet.

—No mames… —soltó Chris, soltando el aire que había estado conteniendo—. Pensamos que eras la migra o los verdes, cabrón.

—¿Ustedes también vinieron a ver qué pedo? —preguntó el recién llegado, bajándose de su Jeep. Era un vato normal, con pinta de estudiante universitario que se había gastado la beca en gasolina para venir hasta acá.

—Sí, wey. Estamos… explorando —dije, tratando de recuperar algo de dignidad, aunque seguro me veía pálido del susto—. Estamos haciendo reconocimiento para el evento de septiembre.

El tipo se rio. Resulta que no éramos los únicos idiotas en el desierto esa noche. Nos contó que había estado dando vueltas, buscando puntos ciegos, pero que la seguridad estaba perra.

—Tengan cuidado —nos advirtió, señalando hacia la oscuridad profunda donde se suponía que estaba la base—. Si cruzan esa línea de allá, donde está la señal de alto, salen camionetas blindadas de la nada. Yo ya lo intenté y casi me llevan.

Nos quedamos platicando un rato con él. La tensión bajó un poco, pero el miedo seguía ahí, agazapado. Nos preguntó si creíamos que la estrategia de “correr como Naruto” iba a funcionar para esquivar las balas.

—Mira, carnal —le dije, encendiendo un cigarro para calmar los nervios—, si somos suficientes, no pueden detenernos a todos. Esa es la teoría. Pero viendo esos torretas allá arriba… la neta creo que nos van a hacer picadillo.

El vato del Jeep se despidió al poco rato. Dijo que iba a seguir patrullando y que nos avisaba si veía movimiento de “los grises”. Cuando sus luces se alejaron y el silencio volvió a caer sobre nosotros, la realidad nos golpeó de nuevo. Estábamos solos. Completamente solos frente a la instalación más secreta y peligrosa, con nada más que una casa de campaña barata y nuestras propias inseguridades.

Campamento bajo la Mira

—¿Y ahora qué? —preguntó el Chino, mirando hacia la nada.

—Pues a acampar, wey. No tenemos gasolina para regresar ahorita y no voy a manejar a oscuras por ese camino de terracería —contesté.

Decidimos armar el campamento ahí mismo, desafiando a la suerte. Era una estupidez, lo sabía. Estábamos a la vista de las cámaras, de los sensores, y de ese francotirador que habíamos visto en la camioneta blanca horas antes.

Mientras clavábamos las estacas en el suelo duro y seco, no podía dejar de sentir que nos observaban. Era esa sensación de picazón en la nuca. El desierto tiene ojos. Y en esa zona, los ojos tienen visión nocturna y permiso para matar.

—Oigan, si nos quedamos dormidos y nos despiertan a culatazos, ¿cuál es el plan? —preguntó Chris.

—Llorar —dijo el Chino—. Yo voy a llorar y a decir que tú me obligaste.

—Qué buen amigo eres, cabrón.

La noche se puso fría. Ese frío del desierto que no te esperas después del calor infernal del día. Nos sentamos afuera de la casa de campaña, mirando las estrellas. El cielo estaba impresionante, eso sí no lo puedo negar. Lejos de la contaminación de la ciudad, se veía la Vía Láctea clarita. Pero nuestra atención no estaba en el cielo, sino en las luces lejanas de la base.

De repente, las luces de la base se apagaron. Todas. De golpe.

—No mames… —susurré—. ¿Vieron eso?

—Se fue la luz —dijo Chris.

—En una base militar de alta tecnología no “se va la luz”, pendejo —le contesté—. Apagaron las luces porque saben que estamos aquí. Quieren que no veamos qué están moviendo.

—O están prendiendo los visores nocturnos para venir por nosotros —añadió el Chino, siempre optimista.

Fue entonces cuando escuchamos el ruido entre los arbustos.

Crack. Swish.

Todos nos congelamos. El silencio era tan absoluto que el ruido de una rama rompiéndose sonó como un disparo.

—¿Qué fue eso? —preguntó el Chino con un hilo de voz.

—Alguien viene. Apaguen las lámparas —ordené.

Nos quedamos a oscuras, aguantando la respiración. Mis ojos trataban de adaptarse, buscando siluetas humanas, soldados con camuflaje, o algo peor. Una figura pequeña salió de entre la maleza. Se movía rápido, erráticamente.

—Ahí está… está ahí —señaló Chris, temblando.

Encendí la linterna de golpe, esperando ver a un alienígena gris y cabezón.

El haz de luz iluminó a un conejo.

Pero no era un conejo normal. O al menos, el miedo no me dejaba verlo normal. Se quedó quieto, mirándonos con los ojos rojos reflejando la luz, y luego salió disparado hacia la cerca. Hacia la zona prohibida.

—¡Es un conejo alienígena! —gritó Chris, medio en broma, medio en serio—. ¡Míralo, va a cruzar la línea! ¡Ese wey es un espía!

—¡Conejo, no lo hagas! —le grité al animal, como si me entendiera—. ¡Si cruzas te van a meter al bote un año! ¡No vale la pena, hermano!

El conejo, por supuesto, nos ignoró y se metió en la zona restringida. Nos quedamos viéndolo, esperando que una mina explotara o que un rayo láser lo desintegrara. Nada pasó.

—Ese conejo tiene más valor que nosotros —concluyó el Chino—. O ya está mutado y va a reportarse con su líder.

Nos reímos, pero era una risa nerviosa. Estábamos perdiendo la cabeza. El aislamiento, el miedo y la falta de sueño nos estaban pegando.

El Hallazgo y la Paranoia

Para distraernos, nos pusimos a caminar un poco alrededor del campamento, sin acercarnos a la línea roja. Fue cuando pisé algo metálico.

—A ver, alumbren aquí —dije, agachándome.

Entre la tierra y las piedras había un objeto extraño. Parecía metal, pero no estaba oxidado. Era brillante, ligero. Lo levanté. Tenía una forma rara, como retorcida.

—No manches, Beto. ¿Qué es eso? —preguntó Chris, acercándose con los ojos como platos.

—No sé… pesa muy poco.

—Es parte de un OVNI —sentenció el Chino inmediatamente—. Te lo juro, wey. Mira cómo brilla. Eso no es aluminio normal.

—Cálmate, Mulder. Seguro es basura de algún campista —traté de ser racional, pero una parte de mí quería creer. Quería creer que todo este viaje, todo el dinero gastado, el riesgo, valía la pena por algo.

—A ver, aviéntalo —dijo Chris—. Si vuela raro, es tecnología antigravedad.

Lo aventé al aire. El pedazo de metal giró y cayó al suelo como… bueno, como un pedazo de basura.

—Pues si lo avientas y no sabes qué es, técnicamente es un Objeto Volador No Identificado por dos segundos, ¿no? —bromeó Chris.

Guardé el pedazo de metal en mi bolsillo. “Un recuerdo”, pensé. Aunque fuera basura, era basura de ahí. De la frontera de lo desconocido.

La noche avanzó lenta, tortuosa. Intentamos dormir, pero era imposible. Cada ruido nos hacía saltar. Escuchamos sirenas a lo lejos un par de veces. Vimos luces extrañas en el cielo que parpadeaban y se movían de formas que los aviones no hacen, o al menos eso nos queríamos convencer.

En un momento, me quedé de guardia mientras los otros intentaban descansar. Me senté en una piedra, mirando hacia la base. Pensé en mi vida en México. En la falta de oportunidades, en lo difícil que estaba la situación. Venir aquí era una fuga. Una forma de sentir que era parte de algo más grande, aunque fuera una conspiración de internet.

“Si realmente hay aliens ahí dentro”, pensé, “¿tendrán los mismos problemas que nosotros? ¿Pagarán renta? ¿Tendrán deudas?”.

La soledad del desierto te pone filósofo, o te vuelve loco. No estoy seguro de cuál de las dos me estaba pasando.

La Misión de las 4:30 AM

Miré mi reloj. Eran las 4:30 de la mañana. El cielo empezaba a cambiar, ese azul oscuro previo al amanecer. Si queríamos ver algo de verdad, teníamos que movernos.

—¡Arriba, cabrones! —le di una patada suave a la casa de campaña—. Vámonos.

—¿Qué? ¿A dónde? —refunfuñó el Chino desde adentro.

—A la montaña. Esa que vimos ayer. Si subimos ahora, llegamos a la cima justo cuando salga el sol y podremos ver hacia adentro de la base con el telescopio.

—Estás loco, Beto. Hace un frío de la chingada y no hemos dormido nada.

—Por eso mismo. Los guardias deben estar en su cambio de turno o jetones. Es nuestra oportunidad. Además, tenemos que hacerlo antes de que se cumplan las 24 horas.

A regañadientes, salieron. Nos tomamos un café frío que traíamos en un termo y recogimos lo básico. Dejamos la casa de campaña ahí y nos subimos a la camioneta para acercarnos a la base de la montaña.

El camino era horrible. Piedras, baches, arena suelta. La camioneta se sacudía como lavadora vieja.

—Si nos quedamos atascados aquí, me voy a comer tu pierna, Beto, te lo aviso —amenazó Chris.

Llegamos al pie de la montaña. Se veía mucho más alta desde abajo que desde lejos. Y empinada. Muy empinada.

—¿Es neta que vamos a subir eso? —preguntó el Chino, mirando hacia arriba con desesperación—. Mis pantorrillas van a explotar.

—El dolor es temporal, la gloria de ver un alien es para siempre —dije, tratando de motivarlos, aunque yo también estaba dudando—. Vamos a ver cosas que el gobierno no quiere que veamos. ¿No querían verdad? Pues órale, a trepar.

Empezamos a subir. Y maldita sea, fue un infierno. La tierra estaba suelta, dabas un paso y te resbalabas dos hacia atrás. Había cactus traicioneros esperando clavarse en cualquier descuido. La respiración me quemaba los pulmones por el aire frío y seco.

A mitad de camino, Chris se detuvo, jadeando como perro atropellado.

—No puedo… déjenme aquí. Díganle a mi mamá que morí como un héroe… buscando a E.T.

—Cállate y camina —lo jalé del brazo—. Ya falta poco.

La luz empezaba a clarear. El sol estaba a punto de salir y teníamos que estar arriba. Si nos veían subiendo a plena luz del día, éramos un blanco fácil.

Encontramos cosas raras en el camino. Basura antigua, latas oxidadas, incluso una envoltura de hamburguesa que parecía reciente.

—¡Miren! —señaló Chris a una envoltura de papel aluminio en el suelo—. ¡Una hamburguesa táctica! Seguro un francotirador estuvo aquí comiendo mientras nos vigilaba ayer.

La idea de que alguien hubiera estado en ese mismo punto, con un rifle, mirándonos mientras hacíamos nuestras estupideces abajo, me dio un escalofrío. Estábamos pisando terreno que ellos usaban.

Seguimos subiendo. Mis piernas ardían. El sudor se me congelaba en la frente. Pero la curiosidad era más fuerte que el cansancio. Teníamos que ver qué había del otro lado de esa cresta.

La Cima y la Decepción (o no)

Finalmente, llegamos a la cima. Nos tiramos al suelo, tratando de recuperar el aliento, con el corazón a mil.

—No se levanten de golpe —advertí—. Si hay alguien vigilando, nuestra silueta se va a ver clarita contra el cielo. Pecho tierra.

Nos arrastramos hasta el borde y sacamos el telescopio y los binoculares.

La vista era imponente. Todo el valle se extendía frente a nosotros. Y ahí estaba. El Área 51. O al menos, la parte trasera, la que nadie ve en las fotos turísticas.

Se veía… normal. Demasiado normal. Edificios blancos, hangares enormes, carreteras perfectamente pavimentadas en medio de la nada.

—Pásame los binoculares —le pedí a Chris.

Ajusté el enfoque. Buscaba platillos voladores, hombrecillos verdes, naves interdimensionales. Lo que vi fue decepcionante y aterrador a la vez.

Vi una camioneta blanca patrullando el perímetro. La misma de ayer. Vi una torre de vigilancia con cámaras y lo que parecía ser un cañón o algún tipo de arma grande apuntando hacia afuera. Y vi autobuses blancos, sin ventanas, entrando a uno de los hangares.

—¿Qué ven? —preguntó el Chino, impaciente.

—Autobuses —dije—. Están metiendo gente. O sacándola.

—¿Gente o aliens?

—No se ve, los vidrios son negros. Pero mira allá, a la derecha.

Había una estructura extraña, como una pirámide pequeña o un radar gigante. No se parecía a nada que hubiera visto en un aeropuerto normal.

—Eso es tecnología que no tenemos, wey —susurró Chris—. Mira cómo brilla esa madre.

De repente, una sirena sonó a lo lejos. Un sonido grave, lúgubre, que rebotó en las montañas.

—Nos vieron —dijo el Chino, entrando en pánico—. Saben que estamos aquí. Esos sensores de allá abajo nos detectaron.

Miré a través del telescopio hacia la torre de vigilancia más cercana. La cámara, que antes apuntaba al camino, ahora estaba girando. Lentamente. Inexorablemente. Hasta que el lente quedó apuntando directamente hacia nuestra montaña.

—Sí, nos vieron —confirmé, sintiendo un hueco en el estómago—. Esa cámara nos está mirando a los ojos.

—Vámonos, vámonos ya —insistió el Chino, guardando sus cosas atropelladamente.

—Espera —dije. Quería ver un poco más. Solo un segundo más.

Fue entonces cuando vi algo salir de uno de los hangares. No era un avión. No tenía alas. Era… triangular. Se movió por la pista a una velocidad absurda y luego, simplemente, desapareció. No despegó hacia arriba como un avión. Se desvaneció en el horizonte como si se hubiera teletransportado o vuelto invisible.

Me froté los ojos. ¿Lo había imaginado? ¿Era el sueño, la deshidratación?

—¿Vieron eso? —pregunté.

—¿Ver qué? Yo solo veo tierra y edificios aburridos —dijo Chris.

—Una nave… o algo. Se movió rapidísimo.

—Beto, ya estás alucinando. Vámonos antes de que manden el helicóptero.

Bajamos la montaña casi corriendo, resbalándonos, raspándonos las manos y las rodillas. La adrenalina nos daba energía extra. Sentíamos que en cualquier momento íbamos a escuchar el zumbido de un drone o el rotor de un Black Hawk encima de nosotros.

Cuando llegamos a la camioneta, nos subimos y arrancamos a toda velocidad, levantando una nube de polvo que seguro se veía desde el espacio.

El Regreso a la Realidad

Manejamos en silencio por un buen rato, alejándonos de esa cerca maldita, de las cámaras, de los letreros de “Uso de Fuerza Letal Autorizado”.

Cuando por fin llegamos a la carretera asfaltada, el Chino habló.

—¿Creen que valió la pena?

Lo pensé. Estábamos sucios, cansados, hambrientos y probablemente en alguna lista de vigilancia del gobierno gringo. No habíamos rescatado a ningún alienígena. No teníamos pruebas definitivas de nada. Solo una historia de un conejo raro, un pedazo de basura metálica y una sombra triangular que pude o no haber imaginado.

—No sé, wey —dije, mirando por el retrovisor una última vez—. Pero al menos tenemos la anécdota. Y estamos vivos.

—Y tenemos hambre —añadió Chris—. Unos tacos, ¿o qué?

Nos reímos. La tensión se rompió. Éramos solo tres amigos mexicanos que habían ido a buscar lo imposible y regresaron con las manos vacías, pero con el corazón lleno de adrenalina.

—¿Creen que los aliens coman tacos? —preguntó el Chino.

—Si son inteligentes, sí —respondí.

Pero mientras nos alejábamos, no podía quitarme de la cabeza esa sensación. La sensación de que allá atrás, en el desierto, algo nos había estado observando. Algo más que cámaras y soldados. Y que tal vez, solo tal vez, habíamos estado más cerca de la verdad de lo que creíamos.

Septiembre se acercaba. Y aunque dijimos que ya no haríamos pendejadas… una parte de mí sabía que si la multitud decidía correr hacia esa base, yo iba a estar ahí, viendo si ese conejo logró escapar.

Parte 3: El Eco del Desierto y lo que trajimos a casa

El camino de regreso desde Nevada hasta la frontera no fue el viaje de celebración que imaginábamos. Se suponía que íbamos a ir gritando, poniendo música a todo volumen, riéndonos de nuestra propia estupidez por haber intentado espiar al ejército más poderoso del mundo. Pero el interior de la camioneta estaba en un silencio sepulcral, solo roto por el zumbido de las llantas sobre el asfalto caliente y el aire acondicionado que apenas y enfriaba.

Nadie decía nada. Ni el Chino con sus chistes malos, ni Chris con sus teorías de conspiración. Era como si el desierto nos hubiera chupado la energía, o peor aún, como si hubiéramos dejado una parte de nuestra alma allá, atrapada entre las cercas y las cámaras de vigilancia.

Yo manejaba, apretando el volante hasta que los nudillos se me ponían blancos. Cada vez que miraba por el retrovisor, esperaba ver esa camioneta blanca siguiéndonos. O un helicóptero negro recortado contra el cielo azul. La paranoia es un veneno lento; primero te hace dudar de lo que ves, y luego te hace ver lo que más temes.

—Oye, Beto —murmuró el Chino después de tres horas de silencio, con la voz rasposa—. ¿Te sientes bien?

—Sí, wey. Solo cansado —mentí. La verdad es que me sentía fatal. Tenía un dolor de cabeza punzante, justo detrás de los ojos, y un sabor metálico en la boca que no se quitaba ni con agua.

—Yo me siento raro —confesó Chris desde el asiento de atrás. Se había quitado la gorra y se frotaba las sienes—. Como si tuviera fiebre, pero por dentro. Y me zumban los oídos.

—Es la altura, o la deshidratación —dije, tratando de racionalizar—. No comimos bien y pasamos frío en la montaña. Llegando a un OXXO o una gasolinera nos echamos unos electrolitos y ya.

Pero en el fondo, yo sabía que no era deshidratación. Era esa sensación eléctrica que sentimos cuando se apagaron las luces de la base. Esa “vibra” pesada que cayó sobre nosotros cuando vimos esa sombra triangular desaparecer.

La Escala en la Nada

Paramos en un pueblo fantasma antes de llegar a la interestatal principal. De esos pueblos gringos que parecen sacados de una película de terror, donde solo hay una gasolinera vieja y un “diner” que huele a grasa rancia.

Bajamos a estirar las piernas. El sol del mediodía caía a plomo. Mientras cargaba gasolina, saqué el objeto metálico que había encontrado en la tierra. A la luz del día se veía diferente. No parecía basura espacial, pero tampoco parecía aluminio normal. Tenía una textura casi aceitosa, aunque estaba seco, y unos grabados microscópicos que parecían arañazos, pero seguían un patrón geométrico.

—Deja de jugar con esa madre —me dijo el Chino nerviosamente, saliendo del baño—. Tíralo a la basura.

—Estás loco, es mi souvenir.

—Esa cosa me da mala espina, Beto. Neta. Desde que lo subiste a la camioneta me empezó a doler la cabeza más fuerte. ¿Y si es radioactivo? ¿Y si tiene ántrax o alguna porquería biológica?

—No digas mamadas. Es un pedazo de metal.

Lo guardé en mi bolsillo, pero sentí un calorcito en la pierna. No quemaba, pero estaba tibio, como si tuviera una batería interna. Decidí ignorarlo.

Entramos a comer algo rápido. Las meseras nos miraron como si fuéramos bichos raros. Pedimos unas hamburguesas que sabían a cartón y nos las tragamos sin hambre, solo por la necesidad mecánica de alimentarnos.

—¿Revisaron las cámaras? —preguntó Chris de repente, con la boca llena.

—¿Qué?

—Las GoPros, los celulares. ¿Revisaron si se grabó algo de lo de anoche?

Saqué mi celular. Tenía la pantalla estrellada en una esquina por la subida a la montaña, pero funcionaba. Abrí la galería.

—No mames… —susurré.

—¿Qué? ¿Qué pasó?

—Las fotos… están corruptas.

Les mostré la pantalla. Las fotos que nos tomamos en el letrero de “No Pasar”, las selfies con la cara de miedo, el video del conejo… todo aparecía como cuadros grises o con una estática digital verde y morada. Solo se salvaban algunas fotos del viaje de ida, antes de llegar a la zona restringida.

—A ver la mía —dijo Chris, sacando su cámara profesional. La encendió y empezó a pasar las imágenes. Su cara se puso pálida—. Igual. Todo lo que tomamos cerca de la cerca está velado. Blanco total o negro total.

—Inhibidores de señal —dijo el Chino, temblando—. Tienen tecnología para freír electrónicos a distancia. Se los dije. Sabían que estábamos ahí y nos borraron la evidencia.

—Pero… ¿cómo? Si no estábamos conectados a internet —pregunté, sintiendo un frío en la espalda.

—Ondas electromagnéticas, pulsos PEM… no sé, wey, son el gobierno. Tienen cosas que nosotros vamos a conocer en 50 años.

Nos quedamos en silencio, mirando los platos sucios. La realidad de la situación nos golpeó de lleno. No teníamos pruebas. Nadie nos iba a creer. Íbamos a ser solo otros tres locos contando historias de borrachera.

—Vámonos —dijo Chris, aventando unos dólares a la mesa—. Ya no quiero estar en este país. Quiero llegar a mi casa, abrazar a mi perro y olvidarme de esta mierda.

El Cruce y la Pesadilla

Cruzamos la frontera ya de noche. La fila para entrar a México estaba larguísima, como siempre, pero ver las luces de Tijuana, escuchar el español, ver los puestos de tacos y el caos familiar del tráfico me dio un alivio momentáneo. Sentí que al fin estábamos a salvo. “Aquí no llegan los Men in Black”, pensé ingenuamente. “Aquí la burocracia es tan lenta que si nos quieren buscar, se van a tardar tres años en llenar el formulario”.

Dejé al Chino en su casa y luego a Chris. Nos despedimos con un abrazo raro, largo, de esos que te das cuando sientes que sobreviviste a un accidente.

—Hablamos mañana —dijo Chris, con los ojos rojos y ojerosos—. Descansa, Beto.

—Igual, carnal. Cuidado.

Llegué a mi casa de madrugada. Mi jefa ya estaba dormida, gracias a Dios, así que no tuve que darle explicaciones de por qué llegaba con la ropa llena de tierra del desierto y cara de espanto. Me metí a mi cuarto, cerré la puerta con seguro y me tiré en la cama sin quitarme los zapatos.

El silencio de mi cuarto, que siempre me había dado paz, ahora se sentía opresivo. Miré el techo, esperando quedarme dormido al instante, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa luz cegadora del desierto. Veía el ojo del conejo rojo. Veía la silueta triangular.

Y entonces empezó el sonido.

Un zumbido agudo. Piiiiiiiiiiiii.

Me senté en la cama. Pensé que era un mosquito o que había dejado prendida la tele. Busqué el origen del sonido. Venía de mi pantalón, el que había aventado en la silla.

Me acerqué con miedo. Metí la mano al bolsillo y saqué el objeto metálico.

Estaba vibrando.

No era una vibración fuerte como la de un celular, era una vibración sutil, de altísima frecuencia, que hacía que mis dedos sintieran cosquillas. Y brillaba. Tenía una luz tenue, azulada, que pulsaba lentamente como un corazón moribundo.

—¿Qué chingados eres? —le susurré al objeto.

Por un momento, tuve el impulso de salir a la calle y aventarlo a la alcantarilla. Deshacerme de él. Pero la curiosidad morbosa me ganó. Lo puse en mi escritorio, lo tapé con una taza para no ver la luz, y me forcé a dormir.

Esa noche tuve la peor pesadilla de mi vida.

Soñé que estaba de vuelta en la montaña, pero esta vez no estaba con mis amigos. Estaba solo. Y no era de noche, el cielo era de un color violeta enfermizo. La base militar no tenía edificios, sino agujeros en la tierra, cráteres gigantes de donde salía humo. Y del cráter más grande salía una mano gigante, de dedos largos y grises, que tanteaba la montaña buscándome. Yo quería correr, pero mis piernas eran de plomo. La mano se acercaba, y en la palma tenía un ojo. El mismo ojo que me había mirado desde la camioneta del francotirador. El ojo se abría y me proyectaba una luz que me quemaba la piel…

Desperté gritando, empapado en sudor frío. Eran las 11 de la mañana. Mi mamá estaba tocando la puerta.

—¡Beto! ¿Estás bien? ¡Estás gritando como loco!

—Sí, ‘má. Todo bien. Pesadillas nada más —grité de vuelta, tratando de controlar mi respiración.

Me levanté, sintiéndome como si me hubiera atropellado un camión. Me dolía todo el cuerpo. Al mirarme en el espejo, noté algo que me heló la sangre.

Tenía una marca en el cuello. Justo debajo de la oreja. Tres puntos rojos, formando un triángulo perfecto. Parecían quemaduras de cigarro, pero no me dolían al tocarlas.

“¿Qué me pasó?”, pensé, frotándome la piel. “Yo no tenía esto ayer”.

La Conspiración en el Grupo de WhatsApp

Agarré mi celular para escribirle a los muchachos. Tenía 50 mensajes en el grupo de “Naruto Runners”.

Chino: Wey, no puedo dormir. Me siento de la chingada. Chino: Tengo vómito y diarrea. Mi jefa dice que es infección estomacal pero el vómito es… raro. Es como negro. Chris: ¿Ustedes tienen marcas? Chris: Me salió una roncha en la espalda. Como tres puntos. Chino: ¡No mames! Yo tengo eso en la pierna.

Se me cayó el teléfono de las manos. Lo recogí con manos temblorosas y escribí.

Beto: Yo tengo los puntos en el cuello. ¿Qué nos hicieron, cabrones?

Chris: Creo que nos irradiaron. O nos inyectaron algo mientras dormíamos. ¿Recuerdan ese lapso donde todos nos quedamos jetones antes de subir la montaña? Dijimos que fueron 20 minutos, pero cuando checamos el reloj ya había pasado una hora.

Beto: El tiempo perdido…

Ese concepto lo había escuchado en documentales. Abducciones. Tiempo perdido. Gente que cree que durmió 10 minutos y pasaron horas. ¿Habíamos sido nosotros? No, imposible. Estuvimos juntos todo el tiempo. ¿O no?

El miedo se convirtió en pánico.

—Tengo que verlos. Ahora —escribí.

Quedamos de vernos en los tacos de siempre, un lugar ruidoso y lleno de gente donde sentíamos que nadie nos podía hacer nada. Cuando llegué, el Chino ya estaba ahí. Se veía terrible. Ojeras moradas, piel pálida, sudando frío.

—Te ves del nabo, wey —le dije, sentándome.

—Tú no cantas mal las rancheras, Beto. Estás amarillo.

Chris llegó unos minutos después. Traía una sudadera con capucha a pesar del calor de 30 grados. Se sentó y miró a todos lados antes de hablar.

—Escuchen, esto está muy denso. Hoy en la mañana mi computadora se prendió sola.

—¿Cómo que se prendió sola? —preguntó el Chino.

—Estaba apagada, desconectada. Y de repente la pantalla se iluminó. Empezó a correr líneas de código, letras raras. Intenté grabarlo con el cel, pero mi cámara no enfocaba. Luego apareció un logo… un escudo. No era gringo.

—¿Qué escudo?

—No sé, era como un águila pero con dos cabezas, y un triángulo invertido. Duró tres segundos y la compu se murió. Ya no prende. Se quemó la tarjeta madre.

—Están hackeándonos —dije—. Están borrando huellas.

—¿Y lo de las marcas? —Chris se bajó un poco el cuello de la sudadera para mostrarnos su espalda. Ahí estaban. Los tres puntos rojos, inflamados.

—Esto no es un hackeo, esto es biológico —dije, mostrándoles mi cuello—. Tenemos que ir al doctor.

—¿Y qué le vamos a decir? —replicó el Chino—. ¿”Oiga, doctor, fui a buscar aliens al Área 51 y ahora tengo marcas satánicas y vomito negro”? Nos van a mandar al psiquiátrico, o peor, van a reportarlo y entonces sí van a venir por nosotros de verdad. Si esto es algo del gobierno, los hospitales reportan heridas extrañas.

Tenía razón. Estábamos solos en esto.

—¿Qué hiciste con la pieza de metal? —me preguntó Chris de repente, clavándome la mirada.

—La tengo en mi casa.

—Deshazte de ella. Ahora. Esa madre es el localizador. Por eso saben dónde estamos. Por eso nos sentimos mal. Es radiación, Beto, ¡es radiación!

—No creo que sea radiación, ya se nos hubiera caído el pelo o algo…

—¡Tírala! —gritó Chris, golpeando la mesa. La gente de los tacos volteó a vernos.

—Baja la voz, wey. Está bien. La voy a tirar.

Pero no quería tirarla. Una parte de mí sentía una conexión extraña con ese objeto. Era la única prueba de que no estábamos locos.

La Visita Inesperada

Regresé a mi casa con la intención de agarrar el objeto y enterrarlo en algún parque lejos de ahí. Pero cuando llegué a mi cuadra, vi algo que me hizo frenar en seco.

Había un coche estacionado frente a mi casa. Un sedán negro, vidrios polarizados, sin placas delanteras. No era un coche que se viera comúnmente en mi barrio. Parecía coche de diplomático o de narco pesado.

Mi corazón se detuvo. “¿Están aquí? ¿Ya llegaron?”.

Me escondí detrás de un árbol en la esquina, observando. Vi a mi mamá salir de la casa. Estaba hablando con un hombre de traje gris. El tipo era alto, calvo, y llevaba gafas oscuras aunque ya estaba atardeciendo.

Mi mamá manoteaba, parecía molesta. El tipo se mantenía estoico, quieto como una estatua. Le entregó una tarjeta, hizo una leve reverencia y se subió al coche. El vehículo arrancó suavemente, sin hacer ruido, y se alejó doblando la esquina.

Corrí hacia mi casa.

—¡Jefa! ¡Jefa! —entré gritando.

Mi mamá estaba en la cocina, con la tarjeta en la mano, mirándola con confusión.

—¿Quién era ese tipo? ¿Qué quería? —le pregunté, tomándola de los hombros.

—Ay, hijo, me asustaste. No sé, un tipo muy raro. Dijo que era de una encuesta, o algo así.

—¿Una encuesta de qué?

—Sobre salud pública. Preguntó si alguien en la casa había viajado recientemente al extranjero. Si teníamos síntomas de alguna enfermedad rara. Le dije que no estuviera chingando, que aquí todos estamos sanos, y que si venía a vender seguros se largara.

—¿Qué más te dijo?

—Nada. Solo me dio esta tarjeta y dijo: “Si su hijo Alberto presenta cambios de conducta o lesiones cutáneas, llame a este número inmediatamente. Es por su seguridad”.

Me arrebató la tarjeta. Era blanca, completamente lisa. Solo tenía un número de teléfono impreso en negro en el centro. Sin nombre, sin logo, sin dirección.

—No llames a este número, mamá. Nunca.

—¿Por qué, Beto? ¿En qué te metiste? —su tono cambió de molestia a preocupación—. ¿Andas en malos pasos? Ese hombre tenía cara de policía.

—No, má. No es nada. Es solo… cosas de la escuela. Tira esa tarjeta.

Subí a mi cuarto corriendo. Tenía que sacar esa cosa de metal de mi casa YA. Abrí el cajón donde la había guardado.

No estaba.

La taza estaba ahí. El escritorio estaba ahí. Pero el objeto metálico había desaparecido.

Busqué por todos lados. Debajo de la cama, en la ropa sucia, en la basura. Nada. Se había esfumado. O alguien había entrado a mi cuarto y se lo había llevado. Pero mi mamá estuvo abajo todo el tiempo…

Entonces escuché el zumbido otra vez. Piiiiiiiiiiiii.

Pero esta vez no venía del cuarto. Venía de mi propia cabeza. Y sentí que la nariz me empezaba a sangrar. Una gota espesa y oscura cayó sobre mi camiseta blanca.

La Desaparición del Chino

Pasaron dos días. Dos días de vivir en un infierno de paranoia. No salía de mi casa. Tapé la cámara de mi laptop con cinta de aislar. Apagué el GPS de mi celular. Dormía con un bate de béisbol al lado de la cama.

Las marcas en mi cuello empezaron a desvanecerse, pero ahora tenía sueños lúcidos. Soñaba con mapas estelares. Soñaba con ecuaciones matemáticas que no entendía pero que sentía que eran importantes.

El tercer día, intenté llamar al Chino. No contestaba. Le mandé WhatsApps. No le llegaban (una sola palomita gris).

Llamé a Chris.

—¿Bueno? —contestó al primer tono, su voz sonaba aterrorizada.

—Chris, soy yo. ¿Sabes algo del Chino? No me contesta.

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.

—Beto… ¿no viste las noticias?

—No, no prendo la tele. ¿Qué pasó?

—Hubo una fuga de gas en la casa del Chino anoche.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Qué? ¿Cómo que una fuga de gas?

—Explotó, wey. La cocina explotó. Dicen que fue un accidente. Se llevaron a su familia al hospital, están graves. Pero…

—¿Pero qué?

—Al Chino no lo encuentran. Dicen que no estaba en la casa cuando explotó. Está desaparecido.

—No mames, Chris… no mames…

—Fueron ellos, Beto. Fueron por él porque él fue el que más se acercó a la cerca cuando vimos al conejo. Él cruzó la mano, ¿te acuerdas? Él tocó el alambre.

Empecé a llorar. De rabia, de miedo. El Chino era mi hermano. Y ahora su casa era cenizas y él no aparecía.

—Tenemos que ir a la policía —dije.

—¡No seas estúpido! —gritó Chris—. ¿A qué policía? Si esto es internacional, la policía local no va a hacer nada. O peor, los van a entregar. Tienes que esconderte. Vete de tu casa.

—¿A dónde voy a ir?

—No sé, vete al rancho de tu abuela, vete a la sierra, piérdete un rato. Yo voy a tirar mi teléfono y me voy a ir a casa de mis tíos en Veracruz. No me busques. Si nos comunicamos, nos rastrean.

—Chris, espera…

—Beto, si ves luces afuera de tu casa… no salgas. Y por lo que más quieras, no dejes que te duerman. Si te duermes, te llevan.

Colgó.

La Huida y la Reflexión Final

Eso fue hace una semana.

Ahora estoy escribiendo esto desde un cibercafé en un pueblo que no voy a nombrar, a cientos de kilómetros de mi casa. Le dije a mi mamá que me salió un trabajo urgente en el norte y que no iba a tener señal. No quería ponerla en peligro.

No sé qué es verdad y qué es mi imaginación. No sé si el Chino está vivo o si está en uno de esos autobuses blancos sin ventanas que vimos en la base. No sé si Chris llegó a Veracruz.

Lo único que sé es que tengo miedo.

A veces, cuando camino por la calle, veo gente que me mira fijamente. Gente “normal”, pero con esa mirada vacía, sin alma. Y siento que el zumbido en mi oído regresa.

El objeto de metal… a veces creo que todavía lo tengo. No físicamente, sino dentro de mí. Como si se hubiera absorbido en mi piel. A veces, cuando toco aparatos eléctricos, hacen corto. Las lámparas parpadean cuando paso por debajo.

Lo que vimos en el Área 51 no eran marcianos bailando cumbia. No eran platillos voladores de caricatura. Era algo más oscuro. Una tecnología, una presencia, un secreto que el ser humano no debería tocar.

Y nosotros fuimos y le tocamos la puerta.

Ahora estoy pagando el precio. No sé cuánto tiempo me quede antes de que el coche negro me encuentre, o antes de que yo también “desaparezca” en un accidente misterioso.

Escribo esto para advertirles.

No vayan. No busquen. No pregunten. Las historias de internet son divertidas hasta que se vuelven reales. El Área 51 no es un meme. No es un evento de Facebook. Es una jaula. Y nosotros metimos la mano.

Si ven a un conejo en el desierto con los ojos rojos… corran. Corran hacia el otro lado y nunca miren atrás.

Si alguien lee esto… por favor, no dejen que mi historia se borre. Compártanla. Que la gente sepa que Beto, el Chino y Chris existieron. Que fuimos reales. Y que vimos la verdad.

Se me acaba el tiempo en la computadora. Hay un tipo en la entrada del cibercafé. Trae traje gris y gafas oscuras, aunque afuera está nublado. Me está mirando.

Ya vienen.

Adiós.

Parte 4: La Cosecha y el Último Mensaje desde la Oscuridad

Capítulo 1: La Huida del Cibercafé y el Laberinto de Concreto

El tipo del traje gris no entró inmediatamente. Se quedó parado en el umbral del cibercafé, escaneando el lugar con esa frialdad robótica que ya había visto antes. Yo estaba en la máquina número 7, al fondo, medio escondido tras una columna llena de posters de videojuegos viejos. Mi corazón martilleaba contra mis costillas como un pájaro atrapado. Sabía, con una certeza visceral y aterradora, que si ese hombre ponía una mano sobre mi hombro, yo dejaría de existir. No me llevarían a una cárcel, ni a un interrogatorio. Simplemente me borrarían, como se borra un archivo corrupto de un disco duro.

Me deslicé de la silla, dejando mi sesión abierta y el texto a medio terminar en la pantalla. No podía perder tiempo cerrando nada. Me agaché, fingiendo que se me había caído algo, y me arrastré hacia la puerta trasera, esa que usan los empleados para sacar la basura o echarse un cigarro. El dueño del ciber, un gordo llamado Toño que siempre estaba viendo anime, ni siquiera levantó la vista.

Salí al callejón trasero. El aire olía a orines, aceite quemado y tacos de suadero. Nunca un olor tan asqueroso me había parecido tan glorioso: era el olor de la realidad, de la vida sucia y caótica, lejos de la esterilidad mortal de esos agentes.

—¡Hey! —escuché una voz metálica a mis espaldas. No era Toño.

No volteé. Mis piernas reaccionaron antes que mi cerebro. Salí disparado por el callejón, esquivando bolsas de basura y charcos de agua negra. Mis tenis resbalaban en el pavimento grasoso. Corrí como nunca había corrido en mi vida, ni siquiera cuando jugábamos fútbol en la prepa, ni siquiera cuando nos correteaban los perros del barrio. Esta carrera era diferente; sentía un peso en la espalda, una presión física, como si el aire mismo se estuviera densificando para detenerme.

Salí a la avenida principal. El ruido del tráfico me golpeó: cláxones, motores de camiones destartalados, cumbias a todo volumen saliendo de las tiendas de ropa. Me mezclé entre la gente. Había un mercado sobre ruedas (un tianguis) instalándose. Me metí entre los puestos de lonas rosas, empujando a señoras con bolsas de mandado, ignorando sus insultos.

—¡Fíjate, pendejo! —me gritó un vendedor de frutas.

—Perdón, perdón —mascullé, sin detenerme.

Necesitaba ruido. Necesitaba caos. Sabía que “ellos” operaban mejor en el silencio, en el aislamiento. En medio de un tianguis mexicano, con el griterío de “¡Bara, bara, llévele!”, sus tecnologías de rastreo tenían que fallar. O eso quería creer.

Me subí al primer microbús que pasó. Ni siquiera vi la ruta. Solo le aventé un billete de cincuenta pesos al chofer y me fui hasta atrás, agachando la cabeza. El micro iba lleno. El olor a humanidad, a sudor y desodorante barato me mareó, pero me sentí momentáneamente seguro entre esa masa de gente cansada que regresaba de trabajar.

Miré por la ventana sucia. En la esquina, vi el sedán negro detenido. El hombre de gris estaba afuera, hablando por un radio. No me estaba siguiendo. Estaba esperando. Y lo peor de todo: estaba sonriendo. Una sonrisa leve, casi imperceptible, como la de un gato que deja ir al ratón solo para divertirse cazándolo de nuevo más tarde.

Capítulo 2: El Tumor en la Memoria y la Carretera Infinita

Pasé las siguientes 48 horas como un fantasma. Cambiaba de transporte cada dos horas. Dormía en terminales de autobuses de segunda clase, con la mochila abrazada al pecho y una navaja en el bolsillo. Comía galletas rancias y tomaba agua de la llave de los baños públicos. No me atrevía a usar tarjetas, ni a encender un celular. Me había convertido en una sombra.

Pero no podía huir de mí mismo.

El zumbido en mi oído izquierdo se había vuelto constante. Ya no era un piiii agudo, sino algo más complejo. Eran patrones. Como si alguien estuviera transmitiendo código morse directamente a mi nervio auditivo. Y con el sonido, venían las imágenes.

Fogonazos. Recuerdos que no eran míos. O eso creía.

Flashback. Estoy en una mesa fría. Metálica. No puedo moverme, pero no estoy amarrado. Simplemente mi cuerpo no responde. Arriba de mí hay luces, pero no son focos. Es una luz líquida que se mueve. Veo al Chino a mi lado. Tiene los ojos abiertos, desorbitados, mirando hacia la nada. Está llorando, pero no hace ruido. Y veo a Chris. Chris está… diferente. Le están haciendo algo en la espalda. Hay unas “cosas” alrededor de nosotros. No son los grises cabezones de las películas. Son altos. Muy altos. Y casi transparentes, como hechos de humo y vidrio. No tienen cara, solo una superficie lisa donde deberían estar los ojos. Uno de ellos se acerca a mí. No habla, pero escucho su voz en mi cabeza. No es una voz humana. Es el sonido de mil insectos frotando sus alas. “Recipiente adecuado. Capacidad neuronal compatible. Iniciando siembra.” Siento un dolor agudo en el cuello. No es una aguja. Es como si me metieran un hielo ardiendo debajo de la piel. Fin del Flashback.

Desperté en el asiento de un autobús guajolotero que iba rumbo a la sierra de San Luis Potosí. Estaba gritando. La señora que iba a mi lado, una viejecita con un rebozo y una gallina en una canasta, me miraba con terror.

—Ay, muchacho, ¿estás endemoniado? —me preguntó, persignándose.

—No, madre. Solo… pesadillas. Perdón.

Me toqué el cuello. Los tres puntos rojos habían desaparecido, pero ahora, debajo de la piel, sentía un bulto. Pequeño, duro, del tamaño de una canica. Y se movía. Si lo presionaba hacia la derecha, se deslizaba hacia la izquierda.

No era un implante de metal. Era algo orgánico. Algo vivo.

Ahí entendí por qué el detector de metales del Chino no sonó cuando regresamos. Ahí entendí por qué la pieza de metal “desapareció” de mi cuarto. No desapareció. Se integró.

Yo era la pieza de metal.

Me bajé en medio de la carretera, en un paraje desolado donde solo había nopales y polvo. No podía seguir rodeado de gente. Si esta cosa dentro de mí decidía activarse, o explotar, o mandar una señal, no quería llevarme a esa pobre viejecita y a su gallina conmigo.

Caminé hacia el desierto. El sol del norte de México es inclemente, pero ya no sentía calor. De hecho, mi temperatura corporal había bajado. Me sentía frío al tacto, como un lagarto.

Capítulo 3: El Chamán y la Verdad de la Carne

Caminé durante horas, guiado por un instinto que no era mío. Sabía a dónde tenía que ir, aunque nunca había estado ahí. Llegué a una pequeña comunidad en las faldas de un cerro sagrado. Wirikuta. Tierra de peyote y de brujos.

Encontré una choza apartada, hecha de adobe y lámina. Afuera había un anciano sentado en una silla de plástico, fumando tabaco en hoja de maíz. Tenía la piel curtida como cuero viejo y los ojos blancos por las cataratas.

—Te estaba esperando, el del ruido —dijo el anciano sin voltear a verme.

Me detuve en seco.

—¿Cómo sabe…?

—Hueles a ozono. Hueles a relámpago atrapado. Y traes una sombra muy larga pegada a los talones.

Me acerqué, casi arrastrándome. Me sentía débil. La “canica” en mi cuello estaba palpitando al ritmo de mi corazón.

—Ayúdeme, abuelo. Por favor. Creo que tengo algo adentro.

El anciano, Don Goyo (así me dijo que se llamaba después), me hizo pasar. La choza olía a copal y hierbas amargas. Me hizo sentarme en un petate y me pasó un huevo de gallina por todo el cuerpo. Murmuraba oraciones en una lengua que no entendía, mezclada con pedazos de latín y español antiguo.

Cuando pasó el huevo por mi cuello, el huevo estalló.

No se rompió. Estalló. Como si le hubieran puesto un petardo adentro. La yema salió negra, como chapopote, y apestaba a azufre y a cables quemados.

Don Goyo se echó para atrás, asustado.

—Eso no es brujería, muchacho. Eso no es un muerto, ni un mal de ojo.

—¿Qué es?

—Es algo de las estrellas. De los “hombres del cielo”. Los antiguos hablaban de ellos. Bajaban en bolas de fuego y se llevaban a la gente para “arreglarlos”. Pero a ti no te arreglaron. Te usaron.

—Sáquemelo. Córteme el cuello si es necesario, pero sáqueme esta chingadera.

Don Goyo sacó un cuchillo de obsidiana.

—Va a doler. Y no sé si te mate lo que salga de ahí.

—Hágalo.

Me acosté. Mordí un pedazo de madera que me dio. El viejo calentó la obsidiana en el fuego y acercó la hoja a mi cuello.

El dolor fue cegador. Sentí el corte, la sangre caliente bajando por mi hombro. Don Goyo metió los dedos en la herida, buscando el bulto. Lo escuché jadear.

—¡Está agarrado! ¡Tiene raíces! —gritó el viejo.

—¡Jálelo! —grité yo, escupiendo la madera.

El viejo tiró con fuerza. Sentí que me arrancaban la columna vertebral. Hubo un sonido húmedo, asqueroso, y luego un zumbido eléctrico que hizo vibrar toda la choza. Los focos colgados del techo explotaron.

Don Goyo salió volando hacia atrás, como si lo hubiera golpeado una fuerza invisible. Cayó contra la pared, inconsciente.

Me llevé la mano al cuello. Sangraba profusamente. Pero el bulto ya no estaba ahí. Me arrastré hacia donde había caído el viejo. A su lado, en el suelo de tierra, estaba la “cosa”.

No era una canica. Ahora que estaba fuera, se había desplegado. Parecía un insecto mecánico, hecho de un metal negro y brillante, con patas finas como agujas que se movían frenéticamente buscando calor. Tenía un pequeño núcleo azul que parpadeaba.

Agarré una piedra grande que servía para trancar la puerta y empecé a golpearlo.

Clang. Clang. Clang.

Lo golpeé hasta que mis brazos no dieron más. Lo golpeé hasta que se convirtió en una masa deforme de metal y fluido viscoso.

El zumbido en mi cabeza se detuvo de golpe.

Me dejé caer, exhausto, mirando el cadáver de esa… cosa. Pensé que había ganado. Pensé que era libre.

Qué estúpido fui.

Capítulo 4: La Conexión Permanente

Desperté horas después. Don Goyo seguía inconsciente, pero respiraba. Me vendé el cuello con unos trapos viejos y tomé un poco de mezcal que había en una botella.

Me sentía ligero. Vacío. Pero al mismo tiempo, sentía una claridad mental absoluta. Podía escuchar el viento golpeando las rocas afuera. Podía escuchar, a lo lejos, el motor de un coche acercándose por la terracería.

Un coche.

Salí de la choza. El sol se estaba poniendo, pintando el desierto de rojo sangre. A lo lejos, levantando una nube de polvo, venían tres camionetas negras. Suburbans blindadas.

Me habían encontrado. La extracción del implante debió haber mandado una señal de alerta. Una señal de “falla de sistema”.

No tenía a dónde correr. Estaba en medio de la nada, herido y cansado.

Pero entonces sucedió algo. Miré al cielo. Ya no veía solo las nubes. Veía… datos. Veía líneas geométricas uniendo las estrellas que empezaban a aparecer. Veía el flujo del viento como si fueran ríos de colores.

La “cosa” no era el parásito. La “cosa” era solo la batería. El verdadero cambio ya estaba en mi cerebro. Habían reescrito mi ADN. Me habían convertido en una antena.

Cerré los ojos y me concentré en las camionetas que venían. Podía “sentir” sus motores. Podía sentir la electrónica de sus sistemas de navegación.

“Apágate”, pensé con todas mis fuerzas. “Detente”.

Escuché un rechinido de llantas a un kilómetro de distancia. Luego otro. Luego el sonido de metal chocando contra metal.

Abrí los ojos. Las camionetas se habían detenido. Salía humo de sus cofres. Había logrado freír sus sistemas eléctricos solo con pensarlo.

Me asusté de mí mismo. ¿Qué soy ahora? ¿Sigo siendo Beto? ¿Sigo siendo humano?

Corrí hacia el cerro. Sabía que no podía quedarme ahí. Vendrían más. Vendrían por aire. Vendrían con tecnología que no usa electricidad.

Capítulo 5: La Verdad sobre el Chino y Chris

Me escondí en una cueva en lo alto de la montaña. Desde ahí, pasé tres días viendo cómo peinaban la zona. Helicópteros negros sin marcas sobrevolaban el área día y noche. Hombres armados con equipo táctico futurista revisaban cada piedra.

Durante esas noches de soledad, mi mente se conectó. No sé cómo explicarlo. Es como cuando te conectas al Wi-Fi, pero sin computadora. Mi cerebro accedió a una “nube”. Una red de consciencia que no es humana.

Y ahí los encontré.

Vi al Chino. No está muerto. La explosión de su casa fue una coartada. El Chino está en una instalación subterránea, en Nuevo México. Está flotando en un tanque de líquido ámbar. No sufre. Está… soñando. Lo están usando como procesador biológico. Su cerebro está resolviendo ecuaciones para viajes interestelares. Pude sentir su presencia por un segundo. Él no sabe que es humano. Cree que es parte del universo.

Y vi a Chris. Chris no tuvo tanta suerte. Su cuerpo rechazó la “siembra”. Murió en Veracruz, a las pocas horas de que hablamos. Pero no murió de causas naturales. Se convirtió en… otra cosa. Algo inestable. Y “ellos” tuvieron que incinerarlo antes de que contagiara a toda la ciudad. Lo que enterraron en su ataúd fueron bolsas de arena.

Lloré. Lloré por mis amigos. Lloré por nuestra estupidez. Fuimos a buscar un misterio divertido para YouTube y encontramos el engranaje secreto que mueve al mundo. Somos ganado. Somos piezas de repuesto.

Capítulo 6: El Último Mensaje

Ahora estoy aquí, escribiendo esto en una libreta vieja que encontré en la choza, usando un lápiz que apenas tiene punta. Sé que voy a morir pronto. O tal vez no morir, pero voy a dejar de ser yo.

Siento que mi mente se está expandiendo demasiado. Ya no me caben los recuerdos humanos. Se me olvida la cara de mi mamá. Se me olvida el sabor de los tacos al pastor. Se me olvida mi apellido. Esos recuerdos están siendo reemplazados por mapas de galaxias que no existen, por planos de máquinas que devoran soles.

Tengo que bajar al pueblo una última vez. Voy a transcribir esto en la computadora del ciber de Toño, si es que todavía existe, o en cualquier lugar donde pueda conectarme. Voy a subirlo a todos lados. Reddit, Facebook, Twitter, foros de conspiración.

Sé que la mayoría no me va a creer. Van a decir que es una “Creepypasta”. Van a decir que es un cuento de ciencia ficción mal escrito. Van a decir que estoy loco.

Mejor. Que piensen que estoy loco. Porque si me creen… si realmente entienden que esto es verdad… el pánico mundial sería peor que la invasión.

Pero necesito que alguien sepa.

El Área 51 es solo la puerta de servicio. La verdadera base está aquí, afuera. Está en el cielo que miran todas las noches. Está en los ruidos raros que escuchan en su casa cuando están solos. Está en esos momentos de déjà vu que no pueden explicar.

Ellos no vienen de Marte. Ellos siempre han estado aquí. Son los dueños de la granja. Y nosotros solo somos el cultivo.

La puerta de la cueva se está iluminando. No es el sol. Es una luz azul, fría y silenciosa.

Ya me encontraron.

No escucho rotores de helicóptero. No escucho botas militares. Solo escucho el zumbido. Y una voz, suave, casi maternal, que me dice: “Es hora de volver a casa, Unidad 7. La calibración está completa.”

No tengo miedo. El miedo es una emoción humana, y creo que ya no me queda mucha humanidad.

Solo tengo una última petición para ustedes, los que están leyendo esto en la seguridad de sus casas, en sus pantallas brillantes:

Si alguna vez ven una luz extraña en la carretera… Si ven un animal que se comporta raro… Si sienten que el tiempo salta y no recuerdan qué pasó en la última hora…

No investiguen. No graben. No busquen la verdad.

La ignorancia no es solo felicidad. La ignorancia es el único escudo que tienen. Manténganse ciegos. Manténganse sordos. Y recen, a quien sea que le recen, para que nunca se vuelvan “interesantes” para ellos.

Me levanto. La luz me llama. Mi piel está empezando a brillar.

Adiós, mamá. Perdón por no llegar a cenar. Adiós, mundo.

Aquí Beto, desconectándose. Fin de la transmisión.

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