
Parte 1
El calor del asfalto se sentía más fuerte que nunca, o tal vez eran mis nervios los que me hacían sudar frío mientras agarraba el volante. Mis manos temblaban, no de miedo esta vez, sino de una adrenalina que llevaba años reprimida, atorada en el pecho como un grito que no puedes soltar. Miré por el espejo retrovisor. Ahí estaba él, mi hijo, pálido y agotado, pero con esa chispa en los ojos que creí haber perdido para siempre.
Acabábamos de salir de esa puerta gris del hospital por última vez. Sí, la última.
—Vieja, no me aguanto —le dije a mi esposa, que iba en el asiento del copiloto limpiándose las lágrimas con un pañuelo arrugado.
—¿Qué traes, Carlos? ¿Te sientes mal? —me preguntó asustada. El miedo se nos había vuelto una costumbre.
—No, no es eso. Es que… no puedo esperar a llegar a la casa. Siento que si no lo saco ahorita, voy a explotar. La gente tiene que saber. El mundo tiene que saber que ya no tenemos miedo.
Frené el coche en una orilla, ignorando los cláxones de los que llevaban prisa. Me bajé como impulsado por un resorte. Busqué en la cajuela lo que fuera: cintas, plumones, lo que tuviéramos a la mano. Mi esposa me siguió, entendiendo todo sin decir una palabra. Fue una decisión impulsiva: celebrar ahí mismo, en plena calle, porque mi hijo había superado el cáncer.
No era un desfile organizado, éramos nosotros, una familia rota pero remendada con hilos de oro, avanzando en un auto adornado improvisadamente, cargando esa mezcla tan particular de agotamiento y alivio que solo te deja una lucha tan larga como esta.
Con un plumón blanco para vidrios que traía en la guantera, escribí en una de las puertas el mensaje más poderoso que he escrito en mi vida, un mensaje claro y contundente: “Mi hijo venció el cáncer”.
Me subí al auto, respiré hondo y arranqué. Veníamos saliendo de la última sesión de quimioterapia y, la neta, no quisimos esperar a llegar a casa para festejar. Quería que cada persona en el semáforo, cada extraño en la banqueta, fuera testigo de que los milagros existen.
Pero entonces, vi que un camión se nos emparejó. El chofer me miró fijamente. Se le veía la cara dura, cansada. Bajó su vidrio lentamente. Me tensé. Pensé que me iba a gritar por ir lento o por el escándalo visual que traíamos.
Sentí un hueco en el estómago. Mi hijo se asomó por la ventanilla, inocente, esperando ver qué pasaba.
El camionero estiró el brazo, cerró el puño y…
¿QUÉ CREEN QUE HIZO EL CHOFER CUANDO VIO EL MENSAJE EN MI VENTANA?!
Parte 2: El Desfile de los Milagros en el Periférico
El camionero estiró el brazo, cerró el puño y, por un segundo que se sintió eterno, pensé que me iba a mentar la madre o a gritarme que me moviera. Ya ven cómo es la raza en el tráfico, nadie tiene paciencia, todos viven a las carreras, y un coche parado pintando vidrios no suele caer bien. Me preparé para el insulto, tensé la mandíbula y hasta bajé la mirada, listo para pedir perdón y arrancar.
Pero entonces, sucedió.
El hombre, un tipo con bigote de esos que imponen respeto y brazos quemados por el sol de tantas horas al volante, levantó el pulgar. Un gesto simple. Un dedo hacia arriba. Y luego, hizo sonar su claxon. No fue un pitido de “muévete”, no. Fue un sonido largo, grave, potente, como el bramido de un animal gigante anunciando la llegada de la primavera.
—¡Eso es todo, jefe! ¡Dale con todo! —gritó el hombre, con una sonrisa que le arrugó los ojos, asintiendo con la cabeza hacia el asiento de atrás donde iba mi hijo.
Sentí que las rodillas se me doblaban. Me recargué en la puerta de mi coche, ese Tsuru viejo que nos ha aguantado más batallas que un tanque de guerra, y solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Le devolví el gesto, me toqué el corazón y me subí al auto.
—¿Qué te dijo, papá? —preguntó Santi desde atrás. Su voz todavía sonaba bajita, un poco rasposa por los medicamentos, pero tenía ese tono de curiosidad que había perdido en los meses malos.
—Nada, campeón. Nos felicitó. Dijo que eres un chingón —le contesté, mirándolo por el retrovisor. Ver su cabecita sin pelo, pero con esa gorra de superhéroe que le quedaba un poco grande, me hizo tragar grueso.
Arranqué el coche. Mi esposa, Lupe, me agarró la mano derecha y la apretó fuerte. Su mano estaba fría, pero su agarre era de hierro. Ella ha sido la roca en todo esto. Yo me quebré mil veces en los baños del hospital, lloré en el estacionamiento, le grité a Dios y golpeé paredes. Pero ella… ella siempre se mantuvo firme frente a Santi, tragándose el miedo para que él no viera ni una sola grieta.
Avanzamos lento. El tráfico de la ciudad estaba como siempre: desquiciante. Un mar de lámina, smog y calor. Normalmente, estar atorado ahí sería un infierno. Pero hoy, con el mensaje “Mi hijo venció el cáncer” escrito en letras blancas y chuecas en la ventana, todo se sentía diferente.
Al principio, nadie más reaccionaba. La gente iba en su onda, mirando sus celulares en los altos, maquillándose, o simplemente con la mirada perdida pensando en las deudas. Pero poco a poco, la magia empezó a suceder. Fue como una chispa en un pajar seco.
Un vochito amarillo se nos pegó atrás. Vi por el retrovisor a una pareja joven. La chava señaló nuestro vidrio. Le dijo algo al novio. Él leyó, entrecerrando los ojos, y de repente, vi cómo se le iluminaba la cara. Empezaron a aplaudir dentro de su coche. Los veíamos clarito. Y luego, el claxon. Pi-pi-pi. Un ritmo festivo.
—Mira, Lupe, nos están saludando —le dije, sintiendo un calorcito en el pecho.
—Ay, Carlos, qué vergüenza, van a pensar que estamos locos —dijo ella, pero se estaba riendo. Se estaba riendo de verdad, con esa risa que hacía años no escuchaba, esa que le hace arruguitas en la nariz.
Seguimos avanzando y la cosa se puso seria, pero de la buena forma. En el video de mi memoria, que nunca se me va a borrar, se observa cómo recorremos la vía mientras otros conductores se suman espontáneamente. No era uno, ni dos. De repente, parecía que todo el carril derecho sabía lo que estaba pasando.
Una camioneta familiar, de esas grandotas donde caben como diez escuincles, se nos emparejó. Bajaron todos los vidrios. Iba una señora manejando y un montón de niños atrás.
—¡Bravo! ¡Sí se pudo! —nos gritaron. Entre aplausos y gritos de “¡bravo!”, avanzaban a nuestro lado. Los niños sacaban las manos y saludaban a Santi.
Santi, que al principio estaba tímido, bajó su ventana. El aire le pegó en la cara. Sonrió. Levantó su manita flaca y saludó de vuelta.
En ese momento, mi mente viajó al pasado. No pude evitarlo. Mientras manejaba entre los cláxones festivos, me acordé del Día Uno. El día que el mundo se nos vino encima. Recuerdo el olor del consultorio, a desinfectante barato y café viejo. El doctor, un tipo serio, que no nos miraba a los ojos cuando soltó la bomba. “Leucemia”. Esa palabra que suena a sentencia, a oscuridad. Recuerdo cómo se sintió el piso abrirse bajo mis pies. Recuerdo mirar a Santi, que en ese entonces jugaba con un carrito en el suelo, ajeno a que su vida estaba a punto de convertirse en una zona de guerra.
Me acordé de las noches en vela. De contar las monedas para el pasaje porque el tratamiento se comía todo el dinero. Vendimos la tele, vendimos la sala, pedimos prestado a la familia, a los compadres, al banco. Hubo días que Lupe y yo comíamos puras tortillas con sal para que a Santi no le faltara su Ensure o sus medicinas especiales que el seguro no cubría. Me acordé de la rabia, de preguntar “¿por qué a él?”. Es un niño. No ha hecho nada malo. ¿Por qué la vida se ensaña así?
Pero hoy… hoy el sol brillaba diferente.
Un motociclista, de esos repartidores de aplicación que siempre van hechos la mocha, se frenó junto a mi ventana. Pensé que me iba a pedir paso. Se levantó la visera del casco. Era un chavo, no tendría más de veinte años.
—Carnal —me gritó para que lo escuchara sobre el ruido del motor—, mi jefa se me fue de eso hace un año. No lo logró. —Se le quebró la voz, ahí, en medio del tráfico, de coche a moto—. Pero ver a tu chavito ahí atrás… neta que me da vida. ¡Que Dios los bendiga, cabrones! ¡Son unos guerreros!
Y arrancó haciendo rugir la moto, levantando la rueda delantera un poquito, como un homenaje.
Se me salieron las lágrimas. No pude aguantarme. Cargando esa mezcla tan particular de agotamiento y alivio que solo deja una lucha larga, sentí que el dolor de ese muchacho se mezclaba con mi alegría. Porque eso es el cáncer, una lotería maldita. A veces te toca la de perder, y duele hasta el alma. Pero cuando ganas… cuando ganas, ganas por todos los que no pudieron. Sentí que mi Santi no solo estaba vivo por él, sino que llevaba la bandera de todos los guerreros que se nos adelantaron.
El tráfico se detuvo por completo más adelante. Un semáforo eterno. Pero en lugar de enojarse, la gente aprovechó. Algunos incluso les gritaban palabras bonitas desde sus autos, como si supieran exactamente lo que representa alcanzar ese día tan esperado.
—¡Felicidades, campeones! —¡Dios es grande! —¡A celebrar, carajo!
Un señor que vendía dulces en el camellón, de esos señores mayores que se parten el lomo bajo el sol, se acercó al coche. Yo busqué monedas en el portavasos, por inercia.
—No, patrón, guarde su lana —me dijo el señor, con la piel curtida y los ojos nobles—. Tenga. —Y le pasó a Santi a través de la ventana una bolsa de cacahuates y unos chicles—. Es pa’l muchacho. Pa’ que festeje. Yo tuve un nieto que también se puso malito. Ustedes ya ganaron la lotería hoy.
Santi agarró los dulces como si fueran oro. —Gracias, abuelo —le dijo.
El señor sonrió, una sonrisa chimuela pero hermosa, y nos dio la bendición. Lupe estaba hecha un mar de lágrimas. —Ya, vieja, que se te va a correr el rímel y vas a asustar a la gente —bromeé, tratando de tragarme mi propio nudo en la garganta. —Cállate, tonto —me dijo, dándome un pellizco suave en el brazo—. Es que… es que no puedo creer que haya tanta gente buena. A veces uno piensa que el mundo está podrido, Carlos. Que a nadie le importa nadie. Y mira esto.
Tenía razón. En una ciudad famosa por su violencia, por su prisa, por su indiferencia, de repente éramos el centro de una fiesta rodante. Tocaban la bocina, bajaban los vidrios y levantaban la mano en señal de apoyo. Era una sinfonía de solidaridad. No importaba si traían un Mercedes o una carcacha, si eran fresas o de barrio, todos entendían el lenguaje del dolor superado. Todos entendían lo que significaba ese “Mi hijo venció el cáncer”.
Seguimos avanzando hacia la colonia. Cada metro que recorríamos me sentía más ligero. Como si estuviera dejando costales de cemento en cada esquina. Me acordé de la última quimio. De esa mañana. Contaron que acababan de salir de la última sesión de quimioterapia y la sensación de entrar a la sala de infusiones sabiendo que, si Dios quería, no volveríamos a ver esas bolsas de líquido veneno. La enfermera, Betty, una santa mujer que nos cuidó todos estos meses, abrazó a Santi y lloraron juntos. Tocó la “campana de la victoria”, esa campanita de latón que cuelga en la pared del hospital. El sonido fue bonito, sí, pero nada comparado con este concierto de cláxones en la avenida.
De repente, una patrulla se puso atrás. Las luces azules y rojas empezaron a girar. —Chin… ya nos cayó la ley —dije instintivamente. —¿Crees que nos multen por pintar el vidrio? —preguntó Lupe, nerviosa. —No creo, pero tú tranquila.
El oficial encendió el altavoz. Yo ya estaba buscando la licencia y la tarjeta de circulación, sudando frío.
—¡Conductor del vehículo blanco! —sonó la voz distorsionada por el megáfono.
Miré por el retrovisor. El policía no se bajó. Solo sacó la mano por la ventana y nos hizo una señal de saludo militar. Y luego, activó la sirena. Whoop-whoop. Pero no la sirena de “oríllese”, sino toques cortos, rítmicos. La patrulla nos escoltó unas cuadras, abriéndonos paso como si fuéramos el mismísimo presidente o la selección nacional llegando al Ángel de la Independencia.
Santi estaba alucinado. —¡Papá, la policía es mi amiga! —gritó emocionado. —Hoy todo el mundo es tu amigo, mijo. Hoy eres el rey del mundo.
Cuando la patrulla dio vuelta en otra calle, nos quedamos con esa sensación de irrealidad. ¿Esto estaba pasando? ¿De verdad habíamos salido del hoyo? Miré mis manos en el volante. Las mismas manos que firmaron consentimientos para cirugías riesgosas, las mismas manos que sobaron la espalda de mi hijo cuando vomitaba por los químicos, las mismas manos que trabajaron turnos dobles de albañilería y de uber para pagar las cuentas. Esas manos hoy manejaban hacia la libertad.
Entramos a nuestra colonia. Las calles cambiaron. El asfalto liso de la avenida dio paso a los baches familiares, a las banquetas rotas, a los puestos de tacos de la esquina que ya estaban poniendo sus lonas. Aquí la gente nos conoce. Aquí saben por lo que hemos pasado.
Al dar la vuelta en nuestra calle, vi a Doña Chuy barriendo su entrada. Se quedó mirando el coche. Leyó el mensaje. Soltó la escoba. Se llevó las manos a la boca.
—¡Lupe! ¡Carlos! —gritó, y corrió hacia el coche.
Me estacioné frente a la casa. Esa casita de interés social que casi perdemos por las deudas, pero que seguía ahí, esperándonos. Antes de que pudiera apagar el motor, ya habían salido los vecinos. El chisme vuela rápido, o tal vez fue el ruido que veníamos haciendo.
Se acercó Don Pepe, el de la tiendita, con unos refrescos en la mano. Salió la señora Mari con sus hijas. Se acercó el compadre Toño.
Bajamos del coche. Mis piernas temblaban, ahora sí, de puro agotamiento. Avanzábamos cargando esa mezcla tan particular de agotamiento y alivio, y al poner un pie en la banqueta, sentí que llegaba a la meta de un maratón de mil kilómetros.
Santi bajó. Se quitó la gorra. El sol de la tarde le iluminaba la cabecita pelona. —¡Ya llegamos! —dijo.
Y ahí, en la banqueta de mi barrio, se armó la segunda fiesta. No hubo cláxones, hubo abrazos. Abrazos de esos que te truenan los huesos, abrazos que huelen a jabón de ropa y a cariño sincero. Doña Chuy abrazó a Lupe y se pusieron a llorar las dos como Magdalenas. Don Pepe me dio una palmada en la espalda que casi me tira.
—Lo lograron, cabrón. Lo lograron —me repetía.
Yo miraba mi casa. Miraba el coche con el mensaje escrito. “Mi hijo venció el cáncer”. Esas cinco palabras pesaban más que todo el universo.
Entendí entonces que no habíamos estado solos. A veces, en la oscuridad del hospital, te sientes la persona más solitaria del planeta. Sientes que el mundo te olvidó. Pero hoy, la calle me enseñó que no. Que la gente, a pesar de sus propias broncas, de sus propias crisis, tiene un reservorio de amor listo para usarse cuando ven algo que vale la pena celebrar.
La celebración en plena calle, esa decisión impulsiva de no esperar a llegar a casa, fue la mejor medicina que pudimos recibir. Mejor que cualquier pastilla. Nos curó el alma. Nos recordó que estamos vivos y que la vida, con todo y sus golpes bajos, es hermosa.
Miré a Santi rodeado de los hijos de los vecinos, que le preguntaban cosas y le tocaban la cabeza con curiosidad pero sin malicia. Él se reía. Ya no era “el niño enfermo”. Era Santi. Simplemente Santi.
—Bueno, ¿y qué? —dijo mi compadre Toño—. ¿Se va a armar la carnita asada o qué? Porque esto no se puede quedar así.
Me eché a reír. Me sequé las lágrimas con la manga de la camisa y miré al cielo. —Se arma, compadre. Se arma porque hoy… hoy volvimos a nacer.
Entramos a la casa. Olía a encierro, a polvo de días de ausencia. Pero abrimos las ventanas y dejamos que entrara el aire, el ruido de la calle, la vida. Me senté en el sillón viejo, ese que tiene un resorte saltado, y me pareció el trono más cómodo del mundo.
Cerré los ojos un momento y volví a ver la imagen del camionero, de la señora de la camioneta, del chavo de la moto, del policía. Ese video mental donde recorremos la vía mientras otros conductores se suman espontáneamente se iba a quedar guardado en mi corazón para siempre.
Porque el cáncer te quita muchas cosas. Te quita el pelo, te quita la energía, te quita el dinero, te quita la paz. Pero no te puede quitar esto. No te puede quitar el amor de la gente. No te puede quitar la esperanza. Y hoy, mi hijo, mi pequeño gigante, le había ganado la partida a la muerte.
Así que si un día van por la calle y ven un coche pintarrajeado con un mensaje de victoria, no se enojen. Toquen el claxon. Griten. Celebren. Porque no saben el infierno que esa familia tuvo que cruzar para poder escribir esas palabras. No saben lo mucho que su aplauso nos ayuda a sanar.
Hoy, nosotros fuimos esa familia. Y gracias a ustedes, gracias a México, llegamos a casa con el corazón lleno.
Parte 3: De la Calle al Corazón (La Gran Carnita Asada y el Eco Digital)
I. El Humo que Llama a la Raza
Dicen que el humo del carbón en México funciona mejor que cualquier señal de celular o invitación por WhatsApp. Apenas el compadre Toño prendió el fuego en el anafre que sacamos a la banqueta, la colonia entera pareció despertar de un letargo. No era solo el olor a mesquite o a ocote quemándose; era el olor a victoria.
Mi casa, que por meses había estado cerrada, con las cortinas abajo como si estuviéramos guardando luto antes de tiempo, se transformó en cuestión de minutos. Lupe, mi esposa, que apenas unas horas antes lloraba de nervios en el asiento del copiloto, ahora era un general de cinco estrellas dirigiendo la operación.
—¡Carlos, no te hagas menso y ve por los hielos al Oxxo! —me gritó desde la cocina, pero con una sonrisa que le iluminaba toda la cara—. Y tráete unas cocas de las grandes, que ya llegó la tía Meche y sabes que ella no perdona el refresco.
Salí disparado. Caminar por mi barrio esa tarde se sentía diferente. Las banquetas rotas donde tantas veces tropecé arrastrando los pies de cansancio después de venir del hospital, ahora parecían alfombras rojas. El señor de los elotes me pitó al pasar. —¡Ese mi Carlos! ¿Qué se celebra o qué? —¡La vida, don Chuy! ¡Santi ya la libró! —le contesté gritando. —¡No me digas! ¡Bendito sea el Señor! Al rato paso a dejarles unos esquites pa’l muchacho.
Llegué a la tienda y sentí que flotaba. Compré tres bolsas de hielo, refrescos y, la verdad, unas caguamas, porque el cuerpo me pedía a gritos bajar la adrenalina con algo helado. Al regresar, la fiesta ya no era una idea, era una realidad palpable.
Toño, que se cree el “MasterChef” de la colonia pero siempre se le queman las cebollitas, ya tenía la parrilla llena. Había arrachera, chorizo, nopales y hasta unas salchichas para asar que trajo el vecino de enfrente. En México la fiesta es de “traje”: yo traje esto, tú traes lo otro. Nadie llega con las manos vacías cuando se trata de celebrar un milagro.
Ver a Santi sentado en una silla de plástico, con su gorrita puesta y un vaso de agua de jamaica en la mano, rodeado de sus primos y amiguitos, fue la imagen que me quebró por segunda vez en el día. Los niños no preguntaban por qué no tenía pelo, o por qué estaba tan flaco. Solo le preguntaban: “¿Quieres jugar tazos?” o “¿Viste la nueva película?”. Esa inocencia, esa capacidad de normalizar lo que a los adultos nos aterra, es lo que hace que los niños sean maestros de vida.
Me acerqué a la parrilla, destapé una cerveza y le di el primer trago. Estaba helada, perfecta. El líquido bajó por mi garganta lavando el sabor a medicina y miedo que traía en la boca desde hacía dos años.
—Salud, compadre —me dijo Toño, volteando la carne con unas pinzas oxidadas que son las que le dan el sabor bueno—. Te lo dije, cabrón. Te dije que el Santi es duro de matar. Salió a su padre.
—Salió a su madre, compadre —le corregí, mirando a Lupe que venía saliendo con una olla gigante de frijoles charros—. Yo me doblé muchas veces. Ella nunca.
La música empezó a sonar. Alguien sacó una bocina Bluetooth y, como es ley en cualquier reunión mexicana, empezó a sonar Vicente Fernández. “El Rey”. Y sí, en ese momento, con mis deudas, mi coche viejo pintarrajeado y mi casa despintada, me sentía el maldito Rey del universo. Porque mi hijo estaba ahí, respirando el mismo aire ahumado que yo, riéndose de un chiste del tío Beto. No necesitaba tronos ni palacios. Tenía esto.
II. Flashbacks: Los Fantasmas del Piso 4
Mientras la fiesta agarraba ritmo y más vecinos llegaban con sillas plegables y tuppers con salsa, me alejé un poquito. Me recargué en el poste de luz de la esquina, observando la escena desde fuera. Necesitaba ese momento de soledad en medio del ruido. Es raro, pero cuando pasas tanto tiempo en alerta máxima, la paz te da miedo. Sientes que es una trampa. Que si te relajas, algo malo va a pasar.
Cerré los ojos y, sin querer, el olor a carne asada se mezcló en mi memoria con el olor a desinfectante del piso 4 del hospital de oncología pediátrica. Ese olor que se te mete en los poros y no sale ni con tres baños.
Recordé a “El Rorras”. Un niño de la sierra de Oaxaca que compartía cuarto con Santi al principio. Su papá, un señor que apenas hablaba español, dormía en el suelo, bajo la cuna, sobre un cartón. Nos hicimos compas sin hablar mucho. Nos pasábamos la mitad de mi torta o él me daba de sus tlayudas cuando su esposa venía. El Rorras no lo logró. Se nos fue un martes de lluvia. Recuerdo ver al señor guardando las cositas de su hijo en una bolsa de plástico negra: un carrito sin llantas, una cobija raída y un dibujo. Ese día, Santi me preguntó: “¿Papá, el Rorras ya se curó?”. Y yo tuve que mentirle. Le dije que sí, que se había ido a su casa. ¿Cuántas mentiras piadosas tenemos que decir los padres para proteger el corazón de nuestros hijos?
Miré mis manos recargadas en el poste. Estaban callosas por el trabajo, pero me temblaban un poco. Me acordé de las noches en la sala de espera. Esa sala maldita con sillas de metal frías, donde intentas dormir hecho bolita tapándote con una chamarra. Ahí es donde conoces la verdadera hermandad. Ahí no importa si eres rico, pobre, chairo, fifí, norteño o chilango. Ahí todos somos papás con el corazón en un hilo.
Nos rotábamos para ir al baño, para cuidar las cosas, para ir a la farmacia a buscar ese medicamento que el seguro “ahorita no tiene, joven, dese una vuelta la otra semana”. ¡Cómo si el cáncer supiera de semanas! ¡Cómo si la enfermedad dijera “ah, no hay bronca, aquí me espero”! Recordé la impotencia, esa rabia caliente que te sube por el cuello cuando ves que la burocracia pesa más que la vida de tu hijo. Recordé haber empeñado el anillo de compromiso de Lupe para comprar tres cajas de ampolletas. Ella se lo quitó sin dudarlo. “Es metal, Carlos. Santi es carne y alma”, me dijo. Y tenía razón.
Abrí los ojos y vi a Lupe riéndose a carcajadas con doña Chuy, la vecina chismosa pero de buen corazón. Lupe llevaba años sin reírse así. Su risa me sacó del flashback. Esos fantasmas del piso 4 siempre van a estar ahí, caminando por los pasillos de mi mente, pero hoy no los iba a dejar sentarse a la mesa. Hoy no.
III. La Viralidad Inesperada
De repente, mi sobrino Kevin, ese que se la pasa pegado al celular y que a veces me dan ganas de darle un zape para que conviva, vino corriendo hacia mí con los ojos como platos.
—¡Tío! ¡Tío, no manches! ¡Checa esto! —me gritó, poniéndome la pantalla de su teléfono en la cara.
—Quita eso, mijo, estoy platicando con mis demonios —bromeé a medias, empujando el celular.
—¡No, neta, tío! ¡Mira! ¡Son ustedes!
Agarré el teléfono. Era Facebook. Un video. Le di play. La imagen se movía mucho, grabada desde otro coche. Se veía mi Tsuru blanco, con el letrero “Mi hijo venció el cáncer” en la ventana trasera. Se veía mi mano saliendo por la ventana saludando. Pero lo impresionante no era el video, era el audio. Se escuchaban los cláxones, los gritos de la gente, esa sinfonía de apoyo que vivimos hace unas horas.
Bajé la vista al texto de la publicación. La había subido una página de noticias locales, de esas que siguen millones de personas. El título decía: “EL DESFILE MÁS HERMOSO DE MÉXICO: Familia celebra victoria contra el cáncer en pleno Periférico y conmueve a miles”.
Miré los números. 24 mil reacciones. 5 mil comentarios. 18 mil compartidas.
Y el video se había subido hace apenas dos horas.
—Lee los comentarios, tío —me insistió Kevin.
Empecé a deslizar el dedo.
“Lloré en mi oficina. Felicidades a ese guerrero.” “Yo los vi pasar por Viaducto, les toqué el claxon hasta que me dolió la mano. ¡Dios los bendiga!” “Soy oncólogo y esto es por lo que trabajamos. ¡Bravo!”
Y entonces, vi uno que me detuvo el corazón. Un comentario con una foto adjunta. Era una foto tomada desde la cabina de un tráiler. Se veía mi coche adelante. El comentario decía: “Yo fui el que les pitó primero con el tráiler. Iba con un día de la fregada, pensando en puras broncas, y ver ese letrero me reinició la vida. Gracias por alegrarme el camino, jefe. Si leen esto, un abrazo al campeón”.
Sentí que se me erizaba la piel. El camionero. Ese señor rudo nos había encontrado en el mar de internet.
—¡Lupe! ¡Ven! —grité.
Lupe se acercó limpiándose las manos llenas de salsa en el delantal. —¿Qué pasó? ¿Ya se acabó el hielo?
—No, mira esto. —Le enseñé el teléfono.
Lupe leyó en silencio. Vi cómo sus labios se movían leyendo los comentarios. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, cayendo sobre la pantalla del celular. —¿Tanta gente, Carlos? —preguntó con un hilo de voz—. ¿A tanta gente le importamos?
—Parece que sí, vieja. Parece que sí.
En ese momento, el teléfono de Kevin empezó a sonar. Y luego el mío. Y luego el de Lupe. Mensajes de familiares lejanos, de amigos de la prepa que no veíamos hace años, hasta de gente que no conocíamos. “Los vi en el feis”, “Son famosos”, “Qué orgullo”.
La fama viral es una cosa rara. De repente, tu momento más íntimo, tu dolor y tu alegría más profundos, son propiedad pública. Pero en este caso, no se sentía invasivo. Se sentía como un abrazo colectivo. Como si todo México, con sus heridas y sus problemas, necesitara una buena noticia tanto como nosotros. Mi hijo no solo había vencido su cáncer; le había dado una dosis de esperanza a miles de desconocidos scrolleando en sus pantallas.
IV. El Brindis y la Sal de la Vida
La noche cayó sobre el barrio. Las luces amarillas de las lámparas de la calle parpadeaban. Ya éramos como treinta personas en la banqueta. Habíamos invadido un poco la calle, pero los coches que pasaban, al ver el ambiente y reconocer (quizás) el coche del video, bajaban la velocidad y saludaban.
Llegó el momento de los tacos. Tortillas de maíz calientitas, carne jugosa, salsa de esa que pica rico, limón y sal. Me preparé un taco con devoción. El primer bocado me supo a gloria. No era la mejor carne del mundo, seguro estaba un poco dura, pero me supo a banquete de reyes.
Toño golpeó su caguama con una cuchara para llamar la atención. —¡A ver, raza! ¡Bájenle a la música un tantito! —gritó.
Se hizo un silencio respetuoso, solo interrumpido por los ladridos de los perros callejeros que olían la carne.
—Compadre Carlos, Comadre Lupe… y mi ahijado Santi —empezó Toño, que ya traía unas copas encima y se pone sentimental—. Yo solo quiero decir unas palabras. La neta, hemos visto cómo se la han rifado. Hemos visto cómo llegaban en la madrugada del hospital, con las caras largas. Hemos visto a Carlos vender su herramienta, a la Lupe haciendo postres para vender… y la neta, nos sentíamos inútiles. Porque uno quiere ayudar, pero a veces no sabe cómo. Pero hoy… hoy ver al Santi aquí, comiéndose un taco… no tiene madre. Eso es todo. ¡Salud por el Santi!
—¡Salud! —gritaron todos, alzando botellas, vasos de plástico y latas.
Me tocó hablar a mí. No soy bueno para los discursos. Soy hombre de pocas palabras, de los que prefieren demostrar con hechos. Pero sentí que debía decir algo.
Abracé a Santi por los hombros. Él seguía comiendo su taco, con las mejillas llenas, mirándome hacia arriba. —Gracias —dije, y se me quebró la voz. Carraspeé—. Gracias a todos. A los que nos prestaron lana y nunca nos cobraron. A los que nos cuidaron la casa cuando nos internábamos semanas. A los que rezaron, a los que prendieron veladoras. Dicen que para criar a un niño se necesita una villa, pero para salvar a un niño del cáncer, se necesita un ejército. Y ustedes fueron nuestro ejército. Este taco… —levanté mi plato—, este taco sabe a libertad. Y quiero que sepan que, pase lo que pase, nunca vamos a olvidar este día. ¡Viva la vida, cabrones!
—¡Viva! —respondieron los vecinos.
La música volvió a sonar, ahora una cumbia para mover el esqueleto. Lupe me sacó a bailar. Bailamos ahí, en el cemento disparejo de la banqueta, entre el humo y las risas. La abracé fuerte. Sentí su cuerpo relajado contra el mío por primera vez en años. Ya no había tensión en sus hombros. Solo ritmo y calor humano.
V. Cuando se Apaga la Música
Como todo en la vida, la fiesta tuvo que terminar. Poco a poco, los vecinos se fueron yendo, llevándose sus sillas y sus platos sucios. “Ahí mañana te traigo el tupper, Lupe”, “Descansen, se lo merecen”.
Nos quedamos solos. El silencio regresó a la calle, pero ya no era un silencio pesado. Era un silencio tranquilo. Ayudé a Lupe a meter las cosas. Barri las corcholatas y las servilletas de la banqueta. Metí el anafre, que ya solo tenía cenizas grises, como los restos de una batalla ganada.
Entramos a la casa. Se sentía vacía, pero llena a la vez. Santi ya se estaba quedando dormido en el sofá. Lo cargué. Pesaba un poco más que hace unos meses. Eso era buena señal. Subí las escaleras hacia su cuarto. Su habitación seguía igual: pósters de superhéroes, juguetes en la repisa. Lo acosté en su cama. Le quité los tenis.
—Papá… —murmuró medio dormido. —¿Qué pasó, campeón? —¿Mañana tengo que ir al doctor? Sentí un piquete en el corazón. La costumbre del dolor. —No, mijo. Mañana no. Ni pasado. Ya no vamos a ir en un buen rato. —Qué chido… —susurró, y se dio la vuelta, abrazando su almohada.
Me quedé ahí parado en la oscuridad, escuchando su respiración. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. El ritmo más hermoso del mundo. Los papás de niños sanos a veces se quejan de que sus hijos gritan, corren o rompen cosas. Nosotros, los papás oncológicos, daríamos lo que fuera por verlos romper un jarrón, con tal de que tengan energía. Me prometí a mí mismo que nunca le regañaría por jugar demasiado fuerte.
Bajé a la sala. Lupe estaba sentada en el sillón, con una taza de té en las manos. Tenía la mirada perdida. Me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros.
—Tengo miedo, Carlos —me confesó en voz baja. —¿Miedo de qué, vieja? Ya ganamos. —Miedo de despertar y que sea un sueño. O miedo de que… tú sabes. De que regrese. El doctor dijo que hay remisión, pero… siempre está ese fantasma, ¿no?
Sabía a qué se refería. El estrés postraumático de esto es real. Cada fiebre, cada moretón, cada dolor de cabeza, te hace pensar lo peor. —Lo sé, amor. Yo también tengo miedo. Creo que siempre vamos a tener un poquito de miedo. Pero no podemos dejar que el miedo nos robe esto. Hoy ganamos. Mañana, quién sabe. Pero hoy, el cáncer se la peló. Y si regresa… —apreté el puño—, si se le ocurre regresar al maldito, aquí lo vamos a estar esperando. Con el mismo ejército. Con la misma fuerza. No nos va a agarrar bajados.
Lupe recargó su cabeza en mi pecho. —¿Viste lo que escribió la gente en el video? —me preguntó. —Sí. —Dicen que les dimos esperanza. Qué chistoso, ¿no? Nosotros solo queríamos festejar y terminamos dándole ánimos a medio México. —Es que a la gente le hace falta creer en finales felices, Lupe. Hay demasiadas noticias malas. Muertos, asaltos, política corrupta… La gente tiene hambre de milagros. Y Santi es un milagro con patas.
Nos quedamos en silencio un rato más, disfrutando de la compañía mutua, de saber que esa noche dormiríamos los tres bajo el mismo techo, sin máquinas pitando, sin enfermeras entrando cada hora.
VI. El Amanecer del Día Uno (La Nueva Vida)
Me desperté temprano, por costumbre. El sol entraba por la ventana, filtrándose por las cortinas viejas. Me estiré. No sonó la alarma para las medicinas de las 7:00 AM. Ese silencio del despertador fue glorioso.
Bajé a la cocina. Hice café de olla. El olor a canela y piloncillo inundó la casa, borrando los últimos rastros del olor a encierro. Salí al patio trasero. Estaba descuidado, lleno de hierba mala. Antes me hubiera frustrado ver mi casa así, pero ahora lo veía como un proyecto. “Voy a limpiar esto”, pensé. “Voy a poner pasto. Voy a poner una portería para que Santi juegue”.
Tenía planes. Por primera vez en dos años, tenía planes a futuro. Antes vivíamos al día, hora por hora. Ahora podía pensar en “el próximo mes”, en “el próximo verano”. Recuperar el futuro es el regalo más grande de la curación.
Salí a la calle a ver el coche. Ahí estaba, mi fiel corcel de batalla. El letrero blanco en la ventana trasera ya estaba un poco borroso por el rocío de la mañana, pero seguía legible: “Mi hijo venció el cáncer”. Un vecino pasaba caminando rumbo al trabajo. —¡Buenos días, vecino! —me saludó con una energía diferente. —¡Buenos días!
Me quedé mirando el letrero. Sabía que tenía que borrarlo eventualmente para poder ver bien por el retrovisor, pero decidí que lo dejaría unos días más. Quería que lo viera más gente. Quería presumirlo.
Entré a la casa y escuché ruidos en la cocina. Santi estaba despierto, en pijama, comiéndose un cereal. Lupe estaba haciéndole unos huevos revueltos. —¡Papá! —me dijo Santi con la boca llena—. Soñé que volaba. —¿Ah sí? ¿Y a dónde ibas? —Iba al mar. Nunca he ido al mar, papá. Miré a Lupe. Ella me miró a mí. Sabíamos que estábamos quebrados económicamente. Que las tarjetas de crédito estaban topadas. Que debíamos hasta la camisa. Pero en ese momento, tomé una decisión. —Pues prepárate, chamaco —le dije, despeinándole lo poco que tenía de pelo (o más bien, sobándole la cabecita)—. Porque en cuanto juntemos una lanita, nos vamos a ir a conocer el mar. Te lo prometo.
Santi sonrió, y esa sonrisa valía más que todo el oro del Banco de México.
Me senté a la mesa con ellos. Café, huevos con jamón, tortillas y familia. La trinidad sagrada. Agarré mi celular para ver la hora y vi que las notificaciones seguían llegando. El video seguía creciendo. Alguien incluso había creado un hashtag: #SantiElGuerrero. Sonreí y dejé el teléfono boca abajo en la mesa. El mundo digital podía esperar. La viralidad es efímera, dura lo que dura un trend de TikTok. Pero esto… desayunar con mi hijo vivo, sano y hambriento… esto es eterno.
Pensé en cómo empezamos esta historia: huyendo del hospital, desesperados por gritar nuestra alegría, pintando un vidrio con plumón. Y pensé en cómo terminaba (o más bien, cómo empezaba este nuevo capítulo): en la calma de mi cocina, planeando un viaje al mar.
México es un país de contrastes. Somos capaces de la violencia más cruel, pero también de la solidaridad más tierna. Somos el claxon que te mienta la madre y el claxon que celebra tu vida. Somos el vecino que pone música a todo volumen y el vecino que te trae un plato de comida cuando te ve jodido. Y en medio de todo ese caos, de todo ese ruido, hay historias como la nuestra. Historias que te recuerdan que, a pesar de todo, vale la pena echarle ganas.
Le di un trago a mi café. Estaba hirviendo, me quemó la lengua, pero no me importó. Me supo a vida. —Bueno —dije, levantándome de la silla—, a darle, que la vida no se paga sola y hay que recuperar el tiempo perdido.
Santi siguió comiendo su cereal, ajeno a que se había convertido en un símbolo de esperanza para miles. Para él, solo era un miércoles de cereal. Y eso, amigos míos, es la victoria más grande de todas: la bendita normalidad.
Parte 4: La Autopista del Sol y la Promesa de Sal
I. La Cruda Realidad (y no de la que se cura con chilaquiles)
Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero nadie te dice que después de la fiesta viene la “cruda” de la realidad. Y no hablo de la resaca por las caguamas del festejo, que esa con un buen caldito de camarón se arregla. Hablo de la cruda financiera, la emocional, la de despertar y darte cuenta de que el mundo sigue girando y que las deudas no perdonan ni a los milagros.
Pasaron tres días desde que pintamos el coche y nos volvimos virales. Tres días de locura. Vinieron unos reporteros de un canal local a entrevistarnos. Nos pusieron el micrófono en la cara ahí en la banqueta. Yo me trabé todo, me puse rojo como tomate, pero Lupe habló bonito. Santi salió saludando y eso bastó para que el video se compartiera otra vez. Pero la fama no paga la luz, ni el agua, ni las tarjetas de crédito que teníamos reventadas hasta el tope por los medicamentos.
Era martes. Me levanté a las 5:00 AM para ir a trabajar. Soy chofer de aplicación en el mismo Tsuru que ahora era famoso, pero también le hago a la albañilería o a la pintura cuando sale chamba. Ese día tenía que ir a la obra, a colar un techo en una colonia fifí.
Mientras me ponía las botas llenas de cal, sonó mi celular. Número desconocido. —¿Bueno? —contesté con esa desconfianza que ya traemos todos los mexicanos integrada. —¿Hablo con el señor Carlos, titular de la tarjeta tal…? —dijo una voz de mujer, de esas voces robóticas de call center. —Sí, soy yo. Oiga, señorita, ya sé que debo, pero aguánteme tantito, apenas voy a… —Señor, tiene tres meses de atraso. Si no regulariza su situación, vamos a tener que proceder a…
Le colgué. No por grosero, sino por vergüenza. Me senté en la orilla de la cama con una bota puesta y la otra en la mano. Sentí ese peso en los hombros, ese “pípila” invisible que cargamos los que vivimos al día. Mi hijo estaba sano, sí, y eso era lo único que importaba, pero ¿cómo le iba a cumplir la promesa del mar? ¿Con qué ojos? Si apenas tenía para la gasolina de la semana.
Me fui a la chamba arrastrando los pies. En el camino, el Tsuru empezó a hacer un ruidito nuevo. Trac-trac-trac cada vez que metía segunda. —No me falles ahorita, chiquitito —le rogué al tablero, dándole palmaditas—. Aguanta vara.
Llegué a la obra. El “Maestro” Beto, el jefe de albañiles, me vio llegar. —¡Ese mi famoso! —gritó—. ¡Ya te vi en el Feis! ¡Puro influencer, cabrón! Los otros chalanes se rieron y me empezaron a echar carrilla. —¿Qué pasó, Carlos? ¿Ya no nos vas a saludar o qué? ¿Ya vas a salir en la tele? —Cállense, güeyes —les dije riendo, pero con la risa a medias—. La fama no da para comer. A darle, que hay que sacar para la papa.
Trabajé duro ese día. Cargar botes de mezcla ayuda a no pensar. El sudor te limpia las preocupaciones, o al menos eso dicen. Pero mi cabeza estaba en otro lado. Estaba en la promesa que le hice a Santi. “Te voy a llevar al mar”. Los niños no olvidan. Tú le puedes decir a un adulto “luego vemos” y se le olvida, pero a un niño… a un niño esa promesa se le tatúa en el alma. Y yo no quería ser el papá que falla. Ya le había fallado muchas veces cuando no pude comprarle juguetes porque todo se iba en quimios. Esta vez tenía que cumplir.
A la hora de la comida, sentados en unos botes de pintura volteados, comiendo tacos de chicharrón prensado y tomando Coca-Cola tibia, el Maestro Beto se me acercó. —Oye, Carlos, ya fuera de coto. ¿Sí está bien el chavito? —Sí, Maestro. Está en remisión. Ya la libró, gracias a Dios. —Qué bueno, carnal. Neta. Oye… —se rascó la cabeza, quitándose la gorra llena de polvo—. La raza hizo una “vaca”.
Me quedé helado. —¿Una qué? —Una coperacha, güey. Ya sabes. Aquí entre los de la obra, el arquitecto también le entró, y hasta la señora de las gorditas de la esquina puso.
Me extendió un sobre amarillo, de esos de nómina, manchado de grasa. —No es mucho, Carlos. Pero vimos el video. Vimos tu coche. Y neta, se nos arrugó el corazón. Tómalo pa’ que le compres algo al niño. O pa’ que pagues lo que debas.
Me temblaron las manos al agarrar el sobre. Lo abrí. Había billetes de a quinientos, de a doscientos, de a cincuenta, monedas… Estaba arrugado, olía a trabajo, a esfuerzo. —Maestro, no puedo… —se me hizo un nudo en la garganta. Estos hombres también viven al día. También tienen hijos, deudas, broncas. —¡Acéptalo y no estés chingando! —me dijo dándome un zape amistoso en la nuca—. Es de cuates. Hoy por ti, mañana por mí. Además, si no lo agarras, se van a ofender los muchachos.
Me guardé el sobre en la bolsa del pantalón, cerca del corazón. —Gracias —alcancé a decir—. Gracias, cabrones.
Ese día regresé a casa con el cuerpo molido pero con el alma recargada. No conté el dinero ahí, esperé a llegar con Lupe. Cuando lo contamos en la mesa de la cocina, eran casi cinco mil pesos. —Carlos… —me dijo Lupe con los ojos llorosos—. Con esto completamos para la gasolina y las casetas. —Y para un hotelito barato, vieja. Nos vamos. Nos vamos al mar.
II. La Máquina del Tiempo (y de los ruidos raros)
Pero faltaba un detalle: el Tsuru. Mi coche es un guerrero, modelo 2005, con más kilómetros que una nave espacial. Ha sido taxi, uber, transporte de carga y ambulancia. Pero el trac-trac-trac de la caja de velocidades me tenía preocupado. Ir a la costa no es cualquier cosa. Es la Autopista del Sol. Subidas, bajadas, calor infernal. Quedarse tirado ahí con un niño en recuperación era mi peor pesadilla.
Fui con Don Rigo, el mecánico de confianza del barrio. Un señor que tiene las manos permanentemente negras de grasa y que diagnostica coches solo con escucharlos, como si fuera doctor de fierros. —¿Qué trae la nave, Charlie? —me preguntó, limpiándose con una estopa sucia. —Trae un ruidito, Don Rigo. Y quiero llevármelo a Acapulco. Le prometí al Santi.
Don Rigo se quedó serio. Me miró a los ojos. Él también había visto el video. En el barrio todo se sabe. —Abre el cofre —ordenó.
Revisó niveles, movió mangueras, escuchó el motor como quien escucha una sinfonía. Se metió abajo del coche. Escuché golpes metálicos. Salió lleno de tierra. —Traes los soportes del motor bien jodidos, Carlos. Y la banda de distribución ya está pidiendo esquina. Si te lo llevas así, te vas a quedar tirado en Cuernavaca.
Sentí que me caía un balde de agua fría. —¿En cuánto me sale el chistecito, Don Rigo? —pregunté, tocando el sobre con el dinero de la coperacha en mi bolsillo. Sabía que las refacciones me iban a comer medio presupuesto del viaje. —Mmm… —Don Rigo hizo cuentas mentales, mirando al techo—. De piezas son como dos mil varos. Más la mano de obra…
Hice una mueca. Adiós hotel, tendríamos que dormir en el coche. O comer puro atún. —Házlo, Don Rigo. Ni modo. La seguridad es primero.
Don Rigo se rió. Una risa rasposa de fumador. —Vete a tu casa, Charlie. Déjame el coche. Ven mañana temprano. —¿Y de la lana? ¿Le voy dejando para las piezas? —Tú vete. Luego nos arreglamos.
Al día siguiente, fui por el coche. El motor se escuchaba parejito. Una seda. —Quedó al centavo —me dijo Don Rigo—. Le cambié los soportes, la banda, le hice la afinación y te rellené el aire acondicionado porque allá hace un calor de la fregada y el niño no puede ir sudando.
Saqué el dinero. —¿Cuánto es? —Nada —dijo Don Rigo, dándose la vuelta para seguir trabajando en otro coche. —¿Cómo que nada? No manche, Don Rigo, las piezas cuestan… —Dije que nada, cabrón. —Se volteó, con el ceño fruncido pero los ojos nobles—. Mira, Carlos. Yo perdí a mi esposa hace diez años. Cáncer de mama. No pudimos hacer nada. Se fue rápido. —Hizo una pausa, escupió al suelo—. Ver a tu chavo ganar… es como si ella hubiera ganado un poquito también. Así que llévatelo. Que conozca el mar. Y tráeme un llavero de allá o unos dulces de coco, con eso me doy por bien servido.
Me quedé sin palabras otra vez. En México, la corrupción está en todos lados, sí, pero la solidaridad… la solidaridad está en el ADN. Es lo que nos mantiene de pie cuando el gobierno, la economía o la salud fallan. Le di un abrazo a Don Rigo, manchándome la camisa de grasa. Fue un abrazo de hombres, con palmadas fuertes en la espalda, sin decirnos “te quiero” pero diciéndolo todo.
III. La Ruta de la Esperanza
Llegó el viernes. Salimos a las 4:00 AM para ganarle al tráfico y al calor. Cargar el Tsuru fue todo un ritual. Lupe preparó tortas de jamón con queso de puerco, aguacate y rajas. Llevábamos hielera con aguas, cobijas (porque Santi a veces siente frío de repente), bloqueador solar del barato, gorras y, por supuesto, una llanta de refacción y un garrafón de agua por si el radiador se ponía necio.
Santi iba atrás, en su silla especial, con su almohada y su tablet (que nos prestó mi cuñado). —¿Ya vamos a llegar? —preguntó apenas cruzamos la caseta de Tlalpan. —Mijo, apenas vamos saliendo de la Ciudad de México —le dije riendo—. Échate un sueñito.
Manejar de madrugada por la carretera tiene su magia. Ver cómo el cielo va cambiando de negro a azul oscuro, y luego a naranja. Pasamos la zona de curvas de “La Pera” con cuidado. El Tsuru iba jalando hermoso, gracias a Don Rigo.
La primera parada obligatoria: Tres Marías. Aunque llevábamos tortas, el olor a quesadillas y café de olla nos llamó. Hacía frío ahí arriba en la montaña. Bajamos. Le puse a Santi una chamarra gruesa. Comernos una quesadilla de flor de calabaza ahí, viendo la neblina, se sintió como un lujo. Santi se comió una de queso asado. Verlo comer con apetito… ¡Ay, Dios! Durante las quimios, a veces pasaba días sin probar bocado, vomitando todo. Verlo ahora, mordiendo la tortilla azul, manchándose los cachetes de salsa verde (que no picaba), era ver la vida entrando en su cuerpo.
Seguimos el camino. El paisaje cambió. De los pinos y el frío pasamos al valle de Morelos, y luego a la tierra caliente de Guerrero. El sol empezó a pegar duro. El asfalto brillaba. Puse música. Luis Miguel, Maná, Los Ángeles Azules. Cantábamos los tres. “El listón de tu pelo…” Santi tarareaba. Lupe iba con la mano sacada por la ventana, sintiendo el aire caliente.
Pasamos el Puente Mezcala. Esa estructura gigante que cruza un cañón impresionante. —¡Mira, Santi, qué alto! —le señaló Lupe. Santi pegó la cara al vidrio. —¡Parece que volamos, papá!
Pero no todo fue color de rosa. Cerca de Chilpancingo, nos topamos con un bloqueo. Ya saben, cosas que pasan en México. Un grupo de manifestantes tenía cerrada la autopista. Filas kilométricas de coches y tráilers parados. El calor era sofocante, marcaba 38 grados. Apagué el coche para no gastar gasolina. El aire acondicionado dejó de funcionar, claro. Santi empezó a ponerse inquieto. —Tengo calor, papá. Me duele la cabeza. El miedo se me activó en un segundo. Flashback al hospital. ¿Y si le da fiebre? ¿Y si se deshidrata? Lupe sacó una toalla, la mojó con agua fría de la hielera y se la puso en la frente. —Tranquilo, mi amor. Ahorita avanzamos.
Pasó una hora. Nada. La gente se bajaba de los coches. Me bajé yo también. Caminé hacia adelante a ver qué onda. Hablé con un camionero. —¿Cómo ves, compa? ¿Va para largo? —Dicen que quieren hablar con el gobernador. Esto va pa’ rato.
Regresé al coche preocupado. Santi se veía pálido. Entonces, recordé el letrero. Todavía traíamos escrito “Mi hijo venció el cáncer” en el vidrio de atrás. No lo habíamos borrado. Un señor que vendía aguas y refrescos entre los coches parados se acercó a ofrecer. Leyó el letrero. Se asomó y vio a Santi con la toalla en la cabeza. —¿Es él? —me preguntó el vendedor, un señor moreno, bajito, con sombrero de palma. —Sí, es él. Pero ya le está pegando el calor.
El vendedor no dijo nada. Se fue corriendo hacia el frente, donde estaba el bloqueo, donde estaban los líderes de la manifestación con palos y machetes. Yo pensé: “¿Qué hace este loco?”. A los diez minutos, regresó el vendedor acompañado de dos tipos con paliacates en la cara. Me tensé. Lupe agarró a Santi. —Buenas tardes, jefe —me dijo uno de los encapuchados. Su tono no era agresivo, era… respetuoso—. El don de las aguas nos dijo que traen a un niño delicado. ¿Es el del letrero? —Sí, señores. Vamos a que conozca el mar. Es su regalo por salir del hospital.
Los tipos se miraron entre ellos. —No, pues está cabrón. La lucha es la lucha, jefe, pero con la salud no se juega. Prenda su nave. —¿Cómo? —Que prenda su nave. Lo vamos a dejar pasar. Véngase por el acotamiento.
No lo podía creer. En medio de un conflicto social, de la rabia política, la empatía mexicana se abría paso. Arranqué el Tsuru. Los tipos fueron caminando adelante, abriéndome paso entre la gente, moviendo piedras. —¡Abran paso! ¡Emergencia médica! ¡Va un guerrero! —gritaban. La gente se quitaba. Al pasar junto a la barrera humana, vi rostros de campesinos cansados, de mujeres enojadas, pero al ver al niño en el asiento de atrás, sus expresiones cambiaban. Algunos se quitaban el sombrero. Otros hacían la señal de la cruz.
—Gracias —les dije al pasar. —Que llegue con bien, compa. Que Dios lo cuide —me dijo el líder.
Avanzamos solos por la autopista vacía del otro lado del bloqueo. Lupe lloraba en silencio. —México es increíble, Carlos. No lo entiendo, pero es increíble. —Es el corazón, Lupe. Está golpeado, pero sigue latiendo.
IV. El Primer Vistazo
Después de horas de manejo, llegamos a la zona urbana de Acapulco. El tráfico, el ruido de los taxis azules y blancos (los famosos “bochos” que todavía circulan ahí), el olor a humedad y sal. Bajamos por la Avenida Escénica. Y ahí fue. De repente, entre los hoteles y las palmeras, apareció la bahía. Un inmenso plato azul que brillaba con el sol de la tarde.
—¡Santi! ¡Santi, mira! —gritó Lupe. Santi se despertó de un sueñito. Se talló los ojos. Miró por la ventana. Sus ojos se abrieron como platos. Se quedó mudo. —¿Eso es el mar? —preguntó en un susurro. —Eso es el mar, hijo. Todo eso.
Llegamos al hotel. Un lugar modesto en la zona del Acapulco Tradicional, cerca de Caleta. Nada de lujos, pero tenía una alberca limpia y aire acondicionado. El recepcionista, un chavo joven, vio nuestro registro. —¿Carlos…? Oiga, ¿ustedes no son los del video del Tsuru? Me reí. Ya me estaba acostumbrando. —Los mismos, culpable. —¡No manches! ¡Bienvenidos! Oiga, el gerente no está, pero… les voy a dar una habitación con vista al mar. Cuesta más cara, pero yo lo arreglo. No digan nada.
Nos dieron una habitación en el cuarto piso. Al abrir la cortina, se veía el mar y la isla de La Roqueta. Santi se pegó al barandal del balcón. El viento le voló la gorra, pero no le importó. Dejó que el aire salado le acariciara la calva. —Huele a pescado, papá —dijo arrugando la nariz. —Así huele la libertad, mijo —le contesté, abrazándolo por la espalda.
V. El Encuentro con el Gigante Azul
No quisimos esperar. Dejamos las maletas y nos pusimos los trajes de baño. Santi estaba flaquito, se le notaban las costillas y las cicatrices del catéter en el pecho. Por un momento vi que Lupe dudó, tratando de ponerle una camiseta para cubrirlo. —No, Lupe —le detuve la mano—. Que se asolee. Son sus heridas de guerra. Que las luzca.
Bajamos a la playa. Eran las 6:00 de la tarde. El sol ya no quemaba tanto, el cielo empezaba a pintarse de rosa y violeta. La hora mágica. La arena estaba tibia. Santi se quitó las chanclas. Dio el primer paso. Sintió la textura. Hizo una mueca extraña y luego se rió. —¡Hace cosquillas!
Caminamos hacia la orilla. El mar rugía suavemente. Whossssh… Whossshh… Santi se detuvo a dos metros del agua. Tenía miedo. Es imponente ver esa masa de agua moviéndose cuando eres tan chiquito. Me agaché a su altura. —No pasa nada, campeón. Yo te agarro. Yo nunca te voy a soltar. ¿Confías en mí? Me miró. Sus ojos oscuros, profundos, que habían visto tanto dolor, ahora buscaban seguridad. —Sí, papá.
Le di la mano. Lupe le dio la otra. Los tres, agarrados de la mano, caminamos hacia el agua. La primera ola llegó. Mojó nuestros pies. El agua estaba deliciosa, fresca. Santi pegó un brinquito por la sorpresa y soltó una carcajada nerviosa. —¡Está fría!
Esperamos otra ola. Esta vino un poco más fuerte, nos llegó a las rodillas. El agua empujó y luego jaló la arena bajo nuestros pies al retirarse. —¡Me quiere llevar! —gritó Santi, emocionado y asustado a la vez. —El mar juega así, hijo. Te saluda y se va.
Nos metimos un poco más, hasta la cintura. Yo cargué a Santi para que una ola no lo fuera a tirar. Lo sostuve ahí, flotando sobre el vaivén del océano Pacífico. Santi extendió los brazos. Cerró los ojos. —¡Soy Aquaman! —gritó.
Y ahí, en medio del mar, Lupe y yo nos miramos. Teníamos el agua hasta el pecho, el pelo mojado, la sal en los labios. Y empezamos a llorar. Pero no era el llanto contenido del coche, ni el llanto desesperado del hospital. Era un llanto de limpieza. Sentí que el agua salada se estaba llevando todo. Se llevaba el miedo a los diagnósticos, el terror a las agujas, la angustia de las facturas. El mar, con su inmensidad, nos hacía sentir pequeños, y al sentirnos pequeños, nuestros problemas también se hacían pequeños.
—Gracias, Dios mío. Gracias —repetía Lupe, echándose agua en la cara, mezclando lágrimas con mar.
Santi chapoteaba, feliz. —¡Papá, mira, un pececito! ¡Mamá, mira esa nube!
Nos quedamos ahí hasta que el sol se metió por completo y el cielo se puso oscuro. Salimos temblando de frío, pero con el corazón ardiendo. Nos sentamos en la arena, envueltos en toallas. Compramos unos mangos con chile a un vendedor que pasaba. Santi mordió el mango, con el jugo escurriéndole por la barbilla. —Papá… —¿Qué pasó? —Este es el mejor día de mi vida.
Se me hizo un nudo en la garganta del tamaño de un coco. —El mío también, hijo. El mío también.
VI. La Cena de los Reyes (y la llamada inesperada)
Esa noche, cenamos en un lugarcito de la playa. Pescado a la talla, camarones al mojo de ajo y una cerveza bien fría para mí y para Lupe. Santi se comió un coctel de camarón y un flan. Estábamos relajados, cansados por el viaje y el mar, pero en paz. Mi celular vibró en la mesa. Era un mensaje de WhatsApp. Era de mi hermana. “Carlos, ¿ya vieron el internet? Alguien les está buscando.”
Abrí el enlace que me mandó. Era un video de un influencer famoso, de esos que regalan dinero y hacen obras caritativas. En el video decía: “Raza, estoy buscando al papá del Tsuru, al señor Carlos y al pequeño Santi. Me enteré de su historia, vi cómo la gente los apoyó en la carretera. Quiero pagar las deudas del hospital. Quiero que ese niño empiece su nueva vida sin que sus papás deban un solo peso. Si los conocen, etiquétenlos”.
Casi se me cae el teléfono al guacamole. Le enseñé el video a Lupe. Se quedó muda. Se tapó la boca. —¿Es broma, verdad? —No parece broma, vieja. Ese cuate es famoso.
No sabíamos qué hacer. ¿Contestar? ¿Era real? En eso, el mesero se acercó. —Disculpen, ¿todo bien? Se pusieron pálidos. —Sí, todo bien… creo que nos acaban de dar otra buena noticia.
Esa noche, en el cuarto de hotel, con Santi roncando profundamente, agotado por el mar, Lupe y yo nos sentamos en el balcón escuchando las olas. —Carlos, si nos pagan las deudas… podríamos empezar de cero. Podríamos arreglar la casa. Podría volver a estudiar mi curso de repostería. —Podríamos vivir, Lupe. Vivir de verdad. Sin la soga al cuello.
Miré al cielo estrellado de Acapulco. Pensé en el camino que nos trajo aquí. El diagnóstico. El dolor. La quimio. La desesperación. El día de la victoria. La pintada del coche. El camionero. El desfile. La fiesta en el barrio. La coperacha de los albañiles. El mecánico. El bloqueo en la carretera. El mar. Y ahora esto.
Todo estaba conectado. Una cadena de favores, de empatía, de amor mexicano. Me di cuenta de que mi historia no era solo mía. Era la historia de un país que, cuando quiere, se levanta y se da la mano. Era la prueba de que los buenos somos más.
—¿Sabes qué, Carlos? —me dijo Lupe, agarrando mi mano—. El cáncer quiso matarnos. Pero nos hizo inmortales. —¿Por qué dices eso? —Porque gracias a eso, conocimos la mejor versión de la gente. Y eso nadie nos lo quita.
VII. Epílogo: El Tsuru Volador
Al día siguiente, antes de regresar (y antes de contactar al influencer para ver si era cierto), bajamos una vez más a la playa. Santi escribió su nombre en la arena con un palito. SANTI. Luego vino una ola y lo borró. Santi se rió. —Lo borró, papá. —Sí, mijo. El mar borra todo. Borra lo malo. Ahora tu vida es una página en blanco, como la arena limpia. Puedes escribir lo que quieras.
Subimos al Tsuru para regresar a la ciudad. Al encenderlo, el motor rugió parejito. Miré por el retrovisor. El letrero “Mi hijo venció el cáncer” seguía ahí. Pensé en borrarlo antes de entrar a la carretera, por aquello de la visibilidad. Busqué un trapo. Pero Santi me detuvo. —No lo borres, papá. —¿Por qué no, hijo? Ya no se ve bien pa’ atrás. —Porque a lo mejor alguien más lo ve y se pone feliz. Como el señor del camión.
Guardé el trapo. Tenía razón. Ese mensaje ya no era nuestro. Era un faro. —Está bien, campeón. Se queda.
Arrancamos. La carretera de regreso siempre se siente más corta, pero esta vez se sentía diferente. No regresábamos a la misma vida. Regresábamos cambiados. Regresábamos con sal en la piel, con el corazón remendado y con la certeza de que, pasara lo que pasara, nunca más estaríamos solos.
Aceleré. El Tsuru viejo y valiente agarró la curva. Y por un momento, juro que sentí que no estábamos rodando sobre el asfalto. Sentí que volábamos. Volábamos alto, muy alto, por encima del dolor, por encima de las deudas, por encima del miedo.
Éramos libres. Y esta… esta sí es una historia con final feliz.
Parte 5 (Final): El Eco de la Campana y la Cicatriz de Oro
I. El Regreso y la “Fama” de Barrio
Regresar a la Ciudad de México después de probar la libertad del mar fue un golpe de realidad, pero uno de esos golpes que te despiertan, no de los que te noquean. Entrar de nuevo al tráfico, ver la nata de smog gris sobre los edificios y esquivar los baches de siempre se sintió extrañamente reconfortante. Era nuestra jungla. Y en esa jungla, nosotros ya no éramos presas; éramos sobrevivientes.
El Tsuru, con sus llantas llenas de arena y el letrero de “Mi hijo venció el cáncer” ya medio descarapelado por el viento de la autopista, se había convertido en una celebridad. No les miento, parientes: en el camino de regreso, cada que parábamos en una gasolinera o en un Oxxo, alguien se acercaba. —¿Ustedes son los del video? —preguntaban con timidez. Y cuando decíamos que sí, no faltaba quien le regalara un chocolate a Santi, o quien simplemente nos quisiera estrechar la mano. Me di cuenta de que la gente no quería dinero ni autógrafos; la gente quería tocar el milagro. Querían asegurarse de que las cosas buenas sí pasan, de que no todo en las noticias es sangre y tranza. Éramos su confirmación de fe.
Llegamos a la casa. Doña Chuy ya había barrido nuestra banqueta (esa señora es un ángel disfrazado de vecina chismosa). Al abrir la puerta, el olor a encierro ya no me dio tristeza. Me dio ganas de abrir las ventanas de par en par.
Pero lo bueno, lo mero bueno, vino al día siguiente.
¿Se acuerdan del influencer? Pues resultó que no era puro cuento. Me contactó su asistente. Nos citaron en un restaurante fresa en Polanco. Yo iba con mi mejor camisa (la de los domingos, que ya me queda un poco apretada) y Lupe se puso un vestido de flores que tenía guardado hace años. Santi iba con su gorra de siempre, porque él es auténtico y no le importan las etiquetas.
El chavo, el influencer, llegó. Un morro joven, con tenis que cuestan lo que gano en tres meses y un relojzote. Al principio me puse a la defensiva. “Este güey nomás quiere likes a nuestra costa”, pensé. Es el instinto de barrio, uno siempre piensa que le van a ver la cara.
Pero cuando se sentó y se quitó los lentes oscuros, vi que tenía los ojos rojos. —Señor Carlos, señora Lupe —nos dijo—, no voy a grabar esto. No hay cámaras hoy. Solo quiero que sepan que mi hermano menor tuvo lo mismo que Santi. Él no la libró. —Se le quebró la voz—. Cuando vi su coche, cuando vi su alegría… sentí que mi carnal estaba festejando con ustedes.
Sacó una carpeta. —Aquí están los comprobantes. Las deudas del hospital están liquidadas. La tarjeta de crédito está en ceros. Y les deposité un extra para que Santi regrese a la escuela con todo nuevo.
Lupe se soltó a llorar ahí mismo, sobre el mantel blanco y fino. Yo… yo me aguanté como los machos, mordiéndome el labio hasta que me supo a sangre, pero por dentro estaba gritando. Sentí que me quitaban un edificio de encima. ¿Saben lo que es dormir sabiendo que no le debes nada a nadie? Es la paz más parecida al cielo que existe en la tierra.
No le di las gracias por el dinero. Le di un abrazo. Un abrazo de esos que rompen costillas. —Gracias por darle a mi hijo un futuro limpio —le dije al oído.
II. La Vida Después del “Corte”
Los meses pasaron. La viralidad, como todo en internet, se fue apagando. Salieron nuevos videos de perritos, de caídas graciosas, de políticos haciendo el ridículo, y la gente poco a poco dejó de hablar de “La Familia del Tsuru”. Y la verdad, fue un alivio.
Porque la fama cansa, pero la normalidad… la normalidad es bendita.
Lo más hermoso fue ver a Santi recuperar su niñez. Al principio, le costó. Estaba débil, se cansaba rápido al correr. Los otros niños en la escuela a veces eran crueles, preguntaban por qué no tenía cejas o por qué usaba gorra. Pero Santi, con esa sabiduría que te da el dolor, los ignoraba. —Mis cejas se fueron de vacaciones, pero ya van a regresar —les decía riendo.
Y regresaron. Un día, mientras lo bañaba, sentí una pelusita en su cabeza. —¡Vieja! ¡Ven corre! —le grité a Lupe. Ella llegó asustada pensando que había pasado algo malo. —Mira. Tócalo. Pasó su mano suavemente. —Es pelo, Carlos. Le está saliendo pelo.
Lloramos por un pelo. Literal. Parece estúpido, ¿no? Pero ver salir ese cabello negro y necio, típico de nosotros los mexicanos, fue la señal definitiva de que la tierra yerma estaba volviendo a florecer.
Lupe usó el dinero que sobró y sus habilidades para abrir un puestecito de postres formal en la cochera. “Dulces Santi”, le puso. Y le va rebién. Los vecinos le compran, y a veces viene gente de otras colonias que se acuerdan de la historia. El negocio huele a vainilla y a éxito.
Yo seguí en el taxi y en la obra. El dinero del influencer nos salvó, sí, pero no nos retiró. Y qué bueno. El trabajo dignifica. Pero ahora trabajo con otra actitud. Ya no manejo enojado con el tráfico. Ahora, cuando veo a alguien estresado pitando como loco, me río y pienso: “Carnal, si supieras que nada de eso importa. Llegar cinco minutos tarde no es el fin del mundo; no llegar nunca, eso sí es bronca”.
El Tsuru sigue con nosotros. Don Rigo me dijo que debería venderlo y comprar algo más nuevo, pero no pude. Le borramos el letrero con mucho dolor, porque ya no se veía nada, pero mandé a hacer una calcomanía chiquita, discreta, que pegué en el vidrio trasero: “Guerrero a bordo. Gracias a la vida”. Es mi amuleto. Ese coche es parte de la familia.
III. Un Año Después: El Ritual del Regreso
Llegó el aniversario. Un año exacto desde aquel día que salimos gritando y pintando vidrios. Un año de remisión completa.
Ese día, despertamos temprano. No había cita médica, gracias a Dios, las revisiones ahora eran cada seis meses. Pero sentíamos la necesidad de hacer algo. No podíamos dejar pasar el día como si fuera un martes cualquiera.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lupe mientras servía el café—. ¿Otra carne asada? —No —dije yo—. Hoy toca dar.
Cocinamos toda la mañana. Hicimos tortas. Unas cien tortas. De jamón, de queso, de milanesa. Preparamos dos garrafones de agua de jamaica. Compramos juguetes sencillos: pelotas, carritos, muñecas, libros de colorear.
Cargamos el Tsuru hasta el tope y manejamos hacia el hospital. Hacia ese hospital.
Al ver el edificio gris de Oncología Pediátrica, sentí el mismo escalofrío de siempre en la espina dorsal. Ese miedo nunca se va del todo, es como una cicatriz que pica cuando cambia el clima. Pero esta vez, no íbamos a entrar a consultorios.
Nos instalamos afuera, en la banqueta donde tantas veces yo dormí o lloré de impotencia. Empezamos a repartir. —Tenga, señora, coma algo. —Tenga, jefe, un agüita para el calor. —Mire, campeón, un carrito para que juegue mientras espera.
Ver las caras de esos papás fue como verse en un espejo del pasado. Vi la misma ojera morada, la misma ropa desgastada, la misma mirada de “ya no puedo más”. Una señora joven, con un bebé en brazos conectado a un tanque de oxígeno portátil, se acercó por una torta. Le temblaban las manos. —Gracias —me dijo—. No he comido desde ayer.
Santi estaba ahí, repartiendo los juguetes. Él ya tenía su cabello un poco largo, se veía cachetón y sano. —Toma —le dijo a un niño peloncito que estaba en silla de ruedas—. Este coche es veloz. Te va a ayudar a salir rápido de aquí.
El papá del niño me miró. —¿Su hijo…? —preguntó, sin atreverse a terminar la frase. —Sí —le contesté sonriendo—. Estuvo ahí adentro. Hace un año estábamos igual que usted. Mírelo ahora.
Vi cómo se le iluminaban los ojos al señor. Era la esperanza. No la esperanza de un libro de autoayuda, sino la esperanza de carne y hueso. —¿Sí se puede? —me preguntó con un hilo de voz. —Sí se puede, carnal. Es una friega, es un infierno, pero sí se puede. No se rinda. Su chavo es un guerrero.
Nos quedamos ahí hasta que se acabaron las tortas. No hubo aplausos, no hubo viralidad, no hubo influencers. Solo hubo “gracias” silenciosos y miradas de complicidad. Y les juro por mi madre santa que esa tarde me sentí más lleno que el día de la carne asada.
IV. Reflexión Final: La Cicatriz de Oro (Kintsugi a la Mexicana)
De regreso a casa, con las ollas vacías en la cajuela, me puse a pensar en una cosa que leí alguna vez. Los japoneses tienen una técnica llamada Kintsugi, donde reparan la cerámica rota con oro. Dicen que el objeto roto se vuelve más hermoso y valioso por haber sido roto.
Creo que eso somos nosotros. Eso somos los mexicanos. Estamos rotos por muchas cosas. Rotos por la economía, por la inseguridad, por las enfermedades, por las injusticias. Tenemos grietas por todos lados. Pero esas grietas las rellenamos con oro. ¿Y cuál es ese oro? El oro es la señora que te regala un taco. El oro es el camionero que te pita para animarte. El oro es el mecánico que no te cobra. El oro es la familia que se junta a echar montón cuando uno se cae.
Santi tiene cicatrices. Tiene la marca del catéter en el pecho. Tiene marcas en sus bracitos de tanto piquete. Pero esas marcas son su oro. Son la prueba de que se rompió, pero no se deshizo. De que la vida lo retó a un tiro y él le ganó.
Llegamos a la casa al atardecer. El cielo de la Ciudad de México nos regaló uno de esos atardeceres espectaculares, morados y naranjas, que solo se ven aquí, entre el smog y los volcanes.
Me senté en la banqueta con Santi. —Papá —me dijo, recargando su cabeza en mi hombro. —¿Qué pasó, mijo? —¿Ya se acabó la historia? —¿Cuál historia? —La de nosotros. La del cáncer. Lo abracé fuerte, oliendo su cabello nuevo que olía a champú de manzanilla. —Sí, mijo. Esa historia ya se acabó. Ese libro ya lo cerramos y lo guardamos en el librero más alto, donde no se pueda volver a abrir fácil. —¿Y ahora qué sigue? —preguntó, mirando la calle donde jugaban sus amigos fútbol.
Sonreí. Vi a Lupe saludándonos desde la ventana de la cocina. Vi a mi Tsuru descansando. Vi a mis vecinos. —Ahora sigue lo más difícil y lo más bonito, Santi. —¿Qué es? —Vivir. Simplemente vivir. Ir a la escuela, rasparte las rodillas jugando, enamorarte de una niña, reprobar matemáticas, comer helado, ir al mar otra vez… Sigue la vida normal, campeón. La maravillosa, aburrida y hermosa vida normal.
Santi se levantó de un brinco. —¡Bueno! ¡Entonces voy a jugar fut! ¡Ya me voy! Y salió corriendo hacia donde estaba la pelota, gritando “¡Pido portero!”.
Me quedé ahí sentado, solo, viendo cómo la tarde caía sobre mi barrio. Saqué mi celular. Busqué la foto de aquel día, la del letrero en el coche. La miré una última vez y luego bloqueé la pantalla.
Ya no necesitaba la foto. Lo tenía a él corriendo tras el balón.
Así que, a ti que leíste todo este choro mareador, te digo una última cosa: No esperes a que pase una tragedia para pintar tu coche, para abrazar a tu gente o para armar la fiesta. La vida es un ratito. Celebra los lunes, celebra que hay frijoles en la olla, celebra que te despertaste. Y si un día te toca la mala, si te toca la oscuridad, acuérdate del Tsuru blanco, acuérdate del claxon del camionero y acuérdate de que, en este México lindo y querido, nunca, nunca vas a estar solo.
¡Ánimo, raza! Que la vida sigue y está bien bonita.