
El ruido de la avenida se te mete en la cabeza, compitiendo con el único sonido que realmente me importa: el sss-sss-sss rítmico de las válvulas de oxígeno pegadas a mi pecho.
—Mateo, cuidado con el borde —me gritó Karla, su voz quebrada por el cansancio, mientras esquivaba un puesto de lámina mal puesto sobre la banqueta.
Me detuve en seco. Sentí cómo las correas de los dos tanques se me clavaban un poco más en los hombros, cortándome la circulación. No son solo cilindros de metal; son los pulmones de mis hijos.
Llevaba a Santi atado a mi pecho, su cabecita descansando justo entre las mangueras. Karla cargaba a Leo. Cuatro vidas entrelazadas en una caminata que para cualquiera sería un trámite, pero que para nosotros es una misión de supervivencia.
—Ya no puedo más con el sol, Mateo —susurró ella, limpiándose el sudor que le caía sobre los ojos—. Leo está muy inquieto. ¿Falta mucho?
Miré hacia adelante. El tráfico estaba parado, una serpiente de metal y humo gris que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Un microbús nos pasó rozando, soltando una nube negra que nos hizo toser a los cuatro. Me entró el pánico. «Si tosen demasiado, se agitan. Si se agitan, consumen más oxígeno. Si consumen más, los tanques no duran».
—No mires el medidor, amor. Solo camina —le respondí, tratando de sonar firme, aunque mis piernas temblaban—. Ya casi llegamos. No podemos parar.
No era un paseo dominical. Cada paso era una negociación con la gravedad y con el tiempo. La gente pasaba a nuestro lado, algunos nos miraban con lástima, otros con curiosidad, y la mayoría simplemente nos ignoraba, perdidos en sus pantallas.
Nadie sabía que en esa mochila no llevaba ropa, ni comida. Llevaba la vida.
Sentí un tirón en la espalda. El peso muerto de los cilindros me obligó a encorvarme.
—Mateo, la manguera de Santi… se atoró con tu brazo —advirtió Karla con pánico en los ojos.
Me congelé. Un movimiento brusco y podría desconectarlo. En medio de la banqueta rota, con el claxon de los taxistas taladrándome el cerebro, sentí una soledad inmensa. ¿Cómo es posible que algo tan simple como respirar nos cueste tanto trabajo?
De repente, sentí que alguien nos observaba. No era una mirada de juicio, sino alguien con un teléfono en la mano, a lo lejos. No le di importancia. Mi única prioridad era llegar.
Pero no sabía que ese instante, esa imagen de nosotros cruzando el infierno de asfalto, estaba a punto de cambiar nuestro destino para siempre.
LO QUE VINO DESPUÉS FUE ALGO QUE JAMÁS IMAGINÉ, ¿PUEDE LA BONDAD DE UN EXTRAÑO SALVARNOS DE ESTA PESADILLA?
PARTE 2: EL PESO DE LA ESPERANZA Y EL RUIDO DE LA CIUDAD
Capítulo 1: La Jungla de Concreto
No sé si alguna vez han intentado caminar derecho cuando traes treinta kilos de metal colgando de la espalda y el amor de tu vida colgando del pecho. El equilibrio es una mentira. Es una lucha constante contra la gravedad que parece odiarte.
Seguíamos avanzando por esa avenida interminable. El sol de la tarde en la Ciudad de México no acaricia, golpea. Sentía los rayos quemándome la nuca, justo donde las correas de los tanques ya me habían rozado la piel hasta dejarla en carne viva. Pero no me podía quejar. Si yo me quejaba, Karla se quebraba. Y si Karla se quebraba, nos caíamos todos.
—¿Cómo va el manómetro, Mateo? —preguntó ella sin voltear, con la vista fija en las grietas de la banqueta para no tropezar. Llevaba a Leo pegado a su cuerpo como si quisiera fundirse con él.
Me detuve un segundo, fingiendo que me acomodaba el zapato para poder echar un ojo al reloj del tanque derecho. La aguja estaba bajando más rápido de lo que habíamos calculado. El tráfico, el calor, el esfuerzo… todo hace que los bebés respiren más rápido, y cada respiración extra es oxígeno que se nos va.
—Estamos bien, flaca. Todavía aguantan hasta llegar a la base de taxis —mentí. Nos quedaba menos de un cuarto en el tanque principal.
Mentirle a tu esposa sobre la vida de tus hijos es el pecado más amargo que existe, pero a veces, la esperanza es lo único que mantiene las piernas en movimiento. Si le decía la verdad, el pánico la haría hiperventilar, y ella también necesitaba estar fuerte.
La gente pasaba a nuestro lado como si fuéramos invisibles o, peor aún, como si fuéramos un estorbo. Un señor de traje me empujó con el hombro al pasar, murmurando algo sobre “estorbar el paso”. Quise gritarle. Quise decirle: “¡Cabrón, no llevo muebles, llevo los pulmones de mi hijo!”, pero me tragué la rabia. La rabia consume energía, y yo ya no tenía reservas.
El ruido de la CDMX es una bestia. El claxon de los microbuses, el grito del vendedor de merengues, el rugido de las motos. Todo ese caos acústico, que antes amaba de mi ciudad, ahora me parecía una amenaza. Cada sonido fuerte sobresaltaba a Santi, que dormitaba en mi pecho. Sentí su pequeño cuerpecito tensarse contra el mío.
—Shh, shh, papá está aquí, mi campeón. Aguanta, aguanta un poquito más —le susurré al oído, besando su cabecita que olía a talco y sudor agrio.
Llegamos a la esquina. El semáforo estaba en rojo para los peatones, pero los coches no se detenían ni con el verde. Es la ley de la selva. Tienes que aventar el cuerpo para que te respeten. Pero, ¿cómo avientas el cuerpo cuando llevas cristal en las manos?
—Agárrame del brazo, Karla. A la de tres.
Uno. Dos. Tres.
Cruzamos. Sentí el viento caliente de un camión que nos pasó rozando. El miedo me recorrió la espina dorsal como un toque eléctrico. Si me caía… si me resbalaba con el aceite del pavimento… los tanques podrían golpear a Santi. La imagen de ese desastre me hizo apretar los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
Capítulo 2: Puertas Cerradas
Llegamos a la base de taxis. Mis hombros gritaban de dolor. Sentía que los dedos de las manos se me estaban entumiendo por la mala circulación.
—Jefe, ¿nos lleva a la colonia Doctores? —le pregunté al primer taxista de la fila. Un tipo con bigote y lentes oscuros que masticaba chicle con la boca abierta.
El hombre nos escaneó de arriba a abajo. Vio los bebés. Vio los tanques. Vio nuestras caras de agotamiento que gritaban “no tenemos mucho dinero”.
—Huy, joven. No me caben esas cosas en la cajuela, traigo mi llanta de refacción y mis herramientas. Además, no vaya a ser que se me mareen los niños o pase algo ahí atrás. Mejor agarren otro.
Arrancó y se fue.
El segundo taxista ni siquiera bajó el vidrio. Simplemente nos hizo una seña con la mano de “no” y siguió mirando su celular.
El tercero nos dijo que sí, pero nos quería cobrar tarifa triple por “carga especial”.
—Es oxígeno médico, señor, no son muebles —le reclamó Karla, con lágrimas de impotencia en los ojos—. Son para que respiren.
—Pues sí, seño, pero el tanque raya los asientos. Son 200 pesos o bájenle.
Revisé mis bolsillos. Tenía 80 pesos y la tarjeta del Metro, que en ese momento no nos servía de nada porque las escaleras de la estación eran imposibles con este cargamento.
—Vámonos caminando, Karla —dije, sintiendo cómo se me rompía el corazón al ver su cara de desesperación—. Ya falta poco. Cortamos por la calle de atrás.
Ella asintió, derrotada. No dijo nada, pero vi cómo acomodaba a Leo, besándole la frente con una ternura que contrastaba con la brutalidad de nuestra situación.
Fue en ese tramo, en esa calle secundaria llena de baches y puestos de comida, donde creo que nos tomaron la foto. Yo no vi a nadie. Estaba demasiado ocupado tratando de no desmayarme. Mi mundo se había reducido a: pie izquierdo, pie derecho, inhalar, exhalar.
Recuerdo que paramos un segundo a descansar recargados en una pared pintada con propaganda política vieja.
—Mateo —me dijo Karla, mirándome a los ojos con una intensidad que me asustó—, ¿y si no lo logramos? ¿Y si los tanques no alcanzan para llegar a la casa?
—No digas eso. Nunca digas eso. Mientras yo tenga piernas, ellos van a llegar. Si se acaba el tanque, te juro que les soplo yo mismo el aire en la boca hasta que lleguemos.
Ella sonrió tristemente y me acarició la mejilla. Su mano estaba áspera, reseca. Éramos dos jóvenes envejecidos veinte años en seis meses.
Capítulo 3: El Santuario de Mangueras
Llegar a casa no fue un alivio inmediato; fue cambiar un tipo de estrés por otro. Vivimos en un segundo piso sin elevador. Subir las escaleras con los tanques y los bebés es la prueba final de cada salida. Es el momento en que las piernas te tiemblan tanto que temes que las rodillas se te doblen hacia atrás.
Abrí la puerta y nos recibió el olor a alcohol médico y leche de fórmula. Nuestro departamento ya no parece una casa; parece una clínica de campo improvisada. No hay sala, hay cajas de suministros. No hay comedor, hay una mesa llena de bitácoras de medicamentos y horarios de nebulizaciones.
—Rápido, conecta a Santi al concentrador fijo —ordenó Karla, entrando en modo automático. La fatiga desapareció de su rostro, reemplazada por la eficiencia de una enfermera veterana.
Bajé los tanques con un estruendo metálico que resonó en el piso de loseta. Me quité el arnés y sentí cómo mi espalda crujía al liberarse del peso. Pero no había tiempo para sobarse.
Conectamos a los niños a las máquinas grandes que tenemos en la casa. El zumbido constante del concentrador eléctrico llenó el silencio. Es un ruido blanco con el que hemos aprendido a dormir, un recordatorio constante de que hay electricidad y, por lo tanto, hay vida.
Me dejé caer en el sofá viejo que tenemos en la esquina. Mis manos temblaban incontrolablemente. Miré el reloj. Habíamos tardado tres horas en ir y venir a la clínica para una revisión de rutina que duró quince minutos. Tres horas de infierno por quince minutos de “todo sigue igual, sigan con el tratamiento”.
—¿Tienen hambre? —preguntó Karla desde la pequeña cocina.
—No. Solo quiero dormir tres días seguidos.
Pero no dormiríamos. Los bebés necesitan atención cada dos horas. Limpiar cánulas, checar saturación, dar medicamento. Es una guardia eterna.
Esa noche, mientras Karla le daba el biberón a Leo, me quedé mirando los tanques vacíos en la entrada. Eran monstruos silenciosos. Mañana tendría que ir a rellenarlos. Otra caminata. Otro gasto. Otra lucha.
—¿Te imaginas si tuviéramos coche? —dije al aire, sin pensarlo.
Karla se detuvo. Sus ojos se llenaron de brillo, no de lágrimas, sino de esa fantasía lejana.
—Podríamos ir a las consultas sin salir tres horas antes. Podríamos llevar los tanques de repuesto sin que te lastimes la espalda. Podríamos… salir al parque, tal vez.
—Algún día, flaca. Te lo juro. Voy a trabajar doble turno en el taller. Voy a juntar.
Ella no contestó. Sabía que el dinero del taller apenas alcanzaba para la renta y el oxígeno. El “algún día” sonaba a “nunca”.
Capítulo 4: El Eco Digital
Al día siguiente, el mundo seguía igual, o eso creía yo. Me levanté temprano para ir al taller mecánico donde trabajo por destajo. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza entre diez personas.
Estaba debajo de un Chevy 2005, lleno de grasa, cuando mi celular empezó a vibrar en la bolsa del pantalón. Lo ignoré. Siguió vibrando. Una, dos, tres veces.
Me limpié las manos con una estopa sucia y contesté. Era mi cuñada, Sofía.
—¿Bueno?
—¡Mateo! ¡No manches, Mateo! ¡Métete al Facebook ahorita mismo! —gritaba como loca.
—¿Qué traes? Estoy chambeando, Sofía. No puedo estar en el feis.
—¡Es en serio! ¡Están en todos lados! ¡Tú y Karla! ¡Con los bebés y los tanques!
Sentí un hueco en el estómago. ¿Qué habíamos hecho? ¿Alguien nos denunció por maltrato? ¿Nos grabaron cruzando mal la calle? El miedo en México es automático; cuando te haces viral, rara vez es por algo bueno.
—¿De qué hablas? Explícame bien.
—Una foto, Mateo. Alguien les tomó una foto ayer caminando por la avenida. La gente está vuelta loca. Dicen que son unos héroes, que qué fuerza… ¡Y hay un señor! ¡Un empresario que los está buscando!
Colgué sin decir adiós. Me metí a la red social con los dedos temblorosos, manchando la pantalla de grasa negra.
Y ahí estábamos.
Era una foto tomada desde atrás, un poco borrosa. Se veía mi espalda encorvada con los dos tanques verdes cruzados como una X de penitencia. Se veía a Karla de perfil, protegiendo a Leo del sol con su mano. Se veían los cables, las mangueras, el caos de la calle rodeándonos.
El texto de la publicación decía: “Si alguien conoce a esta pareja, avísenme. No sé quiénes son, pero ver a ese padre cargando el peso del mundo y a esa madre no rendirse me rompió y me armó el corazón al mismo tiempo. México necesita saber quiénes son.”
Tenía miles de compartidos. Miles de comentarios.
Empecé a leer, sintiendo que el aire me faltaba más a mí que a mis hijos.
“Dios los bendiga”. “Eso es ser padre, carajo”. “Qué vergüenza que tengan que caminar así, ¿dónde está el gobierno?”. “Yo los he visto por la Doctores, son bien luchones”.
Y luego, vi la captura de pantalla que alguien había puesto en los comentarios. Un tal Heriberto Vargas, un empresario. Su mensaje era corto, directo y golpeaba como un mazo:
“Búsquenlos. Quiero regalarles un auto. No para que paseen, sino para que esos niños lleguen seguros a sus consultas. Es una herramienta, no un lujo. Si saben quiénes son, díganles que Heriberto los busca.”
Se me cayó el teléfono.
Mis compañeros del taller me miraban raro. —¿Qué pasó, Mateo? ¿Malas noticias de los niños? —preguntó el maestro mecánico, preocupado.
—No, maestro… —tartamudee, recogiendo el celular del suelo sucio—. Creo que… creo que nos van a regalar un coche.
—¡Ay, ajá! Ya te afectaron los solventes, mijo. Ponte a jalar.
No podía explicarlo. Ni yo mismo lo creía. ¿Cómo podía ser verdad? En este país nadie te regala nada. Seguro era una estafa. Seguro querían nuestros datos para algo malo. O para burlarse.
Marqué a Karla.
—¿Ya viste? —fue lo primero que dijo ella, su voz temblando entre el llanto y la risa histérica.
—Ya vi. ¿Crees que sea cierto, flaca?
—No sé, Mateo. Tengo miedo. ¿Y si es mentira? Pero… ¿y si es verdad? Imagínate, Mateo. Imagínate no tener que cargar los tanques en la espalda. Imagínate que llueva y no tengamos que mojarnos.
El silencio en la línea telefónica pesaba más que los cilindros de oxígeno. Era el peso de la esperanza, que a veces asusta más que la desgracia, porque la desgracia ya la conoces, pero la esperanza te puede decepcionar.
Capítulo 5: El Encuentro con la Realidad
Esa tarde no pude trabajar. Mi cabeza estaba en otro lado. Pedí permiso para salir temprano y corrí a la casa.
Cuando llegué, Karla tenía los ojos rojos de tanto leer mensajes. Vecinos que nunca nos saludaban habían ido a tocar la puerta para decirnos: “Oigan, ¿ya vieron que salen en el internet?”.
Nos sentamos en la mesa, con los bebés durmiendo conectados a sus máquinas. El zumbido del concentrador era nuestro testigo.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella.
—Hay un número. En el perfil del señor Heriberto pusieron un número de contacto para su asistente.
—¿Vas a llamar?
Tomé el teléfono. Mis manos sudaban frío. Marqué el número. Uno, dos, tres tonos.
—¿Bueno? —contestó una voz femenina, profesional, amable.
—Buenas tardes… eh… disculpe. Hablo por lo de… lo de la foto. Yo soy el de la foto. El de los tanques.
Hubo un silencio breve al otro lado. Luego, la voz cambió. Se volvió cálida, emocionada.
—¡Señor! ¡Qué bueno que llama! El señor Vargas ha estado preguntando cada hora si ya sabíamos algo de ustedes. Por favor, no cuelgue.
Me pasaron con él.
—¿Bueno? ¿Hablo con el papá de los guerreros? —dijo una voz grave, norteña, franca.
—Sí, señor. Me llamo Mateo. Y mi esposa es Karla.
—Mateo, mucho gusto. Mira, voy al grano porque sé que tu tiempo es oro y oxígeno. Vi su foto. Vi sus ganas. Y vi que les hace falta una mano. Yo tengo agencias de autos, Dios me ha dado mucho y creo que es para compartirlo cuando se necesita de verdad. Tengo una camioneta, no es del año, pero es segura, amplia y cajueluda para que quepan todos los aparatos. Es suya. Solo díganme dónde están.
Me quedé mudo. Sentí un nudo en la garganta tan grande que no me dejaba hablar. Miré a Karla, que escuchaba pegada al auricular, tapándose la boca con las manos mientras las lágrimas le corrían libres por la cara.
—Señor… no sé qué decir. No tenemos con qué pagarle.
—Ya pagaron, hijo. Con cada paso que dieron cargando a esos niños, ya pagaron la entrada, las mensualidades y el seguro. No me debes nada. Mañana mismo quiero entregártela. ¿Se puede?
—Sí… sí, claro que sí.
—Hecho. Mándame tu ubicación. Mañana nos vemos. Y Mateo… descansa la espalda hoy, que mañana manejan.
Colgué.
Karla y yo nos abrazamos en medio de esa pequeña sala llena de aparatos médicos. Lloramos. Lloramos no de tristeza, sino de liberación. Lloramos por todas las veces que nos negaron el taxi. Por todas las veces que la lluvia nos empapó esperando el camión. Por el dolor de espalda. Por el miedo.
Esa noche, por primera vez en meses, el sonido de los tanques de oxígeno no me pareció una cuenta regresiva, sino el motor de un futuro que acababa de arrancar.
Epílogo de la Parte 2: La Entrega
Al día siguiente, la calle de nuestra vecindad estaba irreconocible. Había gente. Había cámaras (que intentamos evitar). Y ahí estaba. Una camioneta blanca, brillante, estacionada frente a nuestro portón despintado.
Heriberto era un hombre alto, sencillo, que nos saludó con un abrazo fuerte, de esos que te acomodan los huesos. No hubo discursos largos, ni poses para la política.
—Tengan —dijo, poniéndome las llaves en la mano—. Cuídenlos mucho. Que estos niños crezcan sanos.
Cuando subí los tanques a la cajuela, por primera vez, no sentí su peso. Entraron fácil. Había espacio de sobra. Senté a Karla en el copiloto. Acomodamos a Santi y a Leo en sus sillas de seguridad nuevas que venían de regalo.
Encendí el motor. El tablero se iluminó. El aire acondicionado empezó a enfriar, un lujo que mis hijos jamás habían sentido en un traslado.
Miré por el retrovisor. Heriberto se despedía con la mano desde la banqueta.
Arranqué.
No íbamos a ningún lado en particular, pero al mismo tiempo, íbamos hacia la libertad. Mis hijos seguían dependiendo del oxígeno, sí. La enfermedad seguía ahí, sí. Pero la batalla ya no sería a pie. Ya no seríamos mulas de carga en una ciudad indiferente. Ahora teníamos un escudo de metal y ruedas.
Aceleré suavemente, y mientras la Ciudad de México pasaba por la ventana, ya no me pareció un monstruo. Me pareció, por primera vez, un lugar donde los milagros, a veces, viajan en cuatro ruedas gracias a que alguien, un día, decidió no ignorar una foto en su celular.
Ese día entendí que México es eso: es la banqueta rota que te tira, pero también es la mano desconocida que te levanta y te da un aventón.
PARTE 3: KILÓMETROS DE VIDA Y LA BATALLA QUE SIGUE
Capítulo 1: El Olor a Nuevo y el Miedo a Despertar
La primera noche con la camioneta no dormí. Y no fue porque los bebés lloraran o porque las alarmas de los concentradores sonaran. Fue por el silencio. Y por el miedo.
Estaba acostado en nuestra cama, mirando las manchas de humedad en el techo que ya me sabía de memoria, formando mapas imaginarios de países que nunca visitaría. Pero mi mente no estaba en la habitación; estaba afuera, en la calle, tres pisos abajo, donde la camioneta blanca brillaba bajo la luz amarillenta y parpadeante del poste de luz.
Me levanté cuatro veces entre las dos y las cinco de la mañana. Me asomaba por la ventana con sigilo, moviendo la cortina apenas un centímetro, como si fuera un francotirador cuidando su posición. Ahí estaba. Imponente. Real. No era un sueño provocado por los vapores del taller o el cansancio crónico. Teníamos coche. O más bien, teníamos una “nave”.
El barrio donde vivimos no es precisamente Polanco. Aquí, dejar un coche nuevo en la calle es como dejar un bistec en la jaula de los leones. Cada ruido de la calle —un perro ladrando, una botella rodando, el escape ruidoso de una moto— me hacía saltar del colchón con el corazón en la garganta, pensando: “Ya le dieron cristalazo. Ya se llevaron los espejos. Ya se la llevaron toda”.
—Mateo, acuéstate ya —susurró Karla en la oscuridad, con esa voz pastosa de quien ha dormido a ratos—. Si te sigues levantando vas a despertar a Leo.
—No puedo, flaca. Siento que si dejo de mirarla va a desaparecer. Siento que mañana voy a bajar y solo va a estar el hueco en la banqueta, y voy a tener que ponerme los tanques en la espalda otra vez.
Karla se sentó en la cama. A la luz de la luna que entraba, vi sus ojeras, esas marcas moradas que compartimos como un tatuaje de pareja.
—Esa camioneta es un milagro, Mateo. Y los milagros no se los roban así nomás. Tiene seguro, tiene alarma, y tiene la bendición de medio México. Ven a dormir. Mañana tienes que manejarla, y si te duermes al volante, de nada nos va a servir el regalo de don Heriberto.
Tenía razón, como siempre. Me acosté, pero mi mano se quedó colgando fuera de la cama, como intentando tocar el pavimento, conectándome con esa máquina que ahora era nuestra salvavidas.
A la mañana siguiente, la rutina cambió. Ya no hubo que calcular tiempos de traslado con tres horas de anticipación. Ya no hubo que revisar si mis zapatos tenían suela suficiente para la caminata.
Bajamos. Los vecinos nos miraban. Doña Chonita, la de la tienda, salió a barrer justo cuando abríamos la cajuela, estirando el cuello para ver el chisme. El “Beto”, el malandro de la esquina que siempre me pedía cinco pesos, esta vez me saludó con un respeto extraño, levantando la barbilla.
—Órale, carnal, ya te alivianaste. Está chida la nave.
—Es para los niños, Beto. Es una herramienta —le contesté, marcando mi territorio, dejándole claro que no era lujo, era necesidad.
Subir los tanques a la cajuela fue una experiencia religiosa. Antes, cada movimiento era dolor. Ahora, abrí la compuerta hidráulica, levanté los cilindros (que seguían pesando un demonio, pero ya no me importaba) y los acomodé en la alfombra limpia. Clac, clac. Seguros puestos. Sillas de bebé ajustadas. Aire acondicionado encendido.
Cuando cerré mi puerta y el ruido de la colonia Doctores se quedó afuera, amortiguado por los cristales, sentí que estaba en una cápsula espacial. Olía a plástico nuevo, a aromatizante de pino y a esperanza.
Giré la llave. El motor ronroneó suavemente. No tosió como los microbuses, no vibró como el metro.
—¿Lista, copiloto? —le dije a Karla.
Ella sonrió, y por primera vez en meses, vi que sus hombros bajaban, relajándose.
—Dale, chofer. Vámonos al hospital. Y esta vez, pon música.
Capítulo 2: La Jungla de Asfalto (Desde el otro lado)
Manejar en la Ciudad de México es un deporte extremo, pero manejar cuando llevas a dos bebés oxigeno-dependientes es desactivar una bomba a 60 kilómetros por hora.
Me di cuenta de que mi perspectiva había cambiado. Antes, yo era el peatón que odiaba a los coches. Odiaba cómo me aventaban la lámina, cómo no respetaban el paso de cebra, cómo pitaban si tardaba un segundo más en cruzar con mi carga. Ahora, yo era el del volante. Y entendí el otro lado de la moneda, aunque prometí no convertirme en uno de esos cafres.
Íbamos por Viaducto. El tráfico estaba pesado, esa masa roja de luces de freno que parece un río de lava estancada. Pero esta vez, no me importaba.
—Mira, Mateo —dijo Karla, señalando por la ventana—. Mira a ese señor.
En la lateral, un hombre mayor empujaba un diablito cargado de cajas de cartón que le doblaban la estatura. Sudaba. Se le veía el esfuerzo en las venas del cuello.
Sentí una punzada en el pecho. Ayer, yo era él. Bueno, no con cartón, sino con oxígeno, pero la esencia era la misma: la tracción a sangre.
—Qué gacha es la vida a veces, ¿no? —murmuré, apretando el volante—. Uno piensa que porque ya va en coche, el mundo se arregló. Pero el mundo sigue roto allá afuera.
—Nosotros no podemos arreglar el mundo, Mateo —respondió Karla, acariciando la mano de Santi que iba en el asiento de atrás—. Pero alguien nos arregló el nuestro. Y tal vez, algún día, nosotros podamos hacer lo mismo por alguien.
Llegamos al hospital en veinte minutos. Veinte. Minutos.
La vez pasada nos tomó dos horas y media.
Al entrar al estacionamiento, el guardia me detuvo.
—Joven, aquí es solo para doctores o urgencias. El estacionamiento general está a tres cuadras.
Bajé el vidrio.
—Jefe, traigo a dos pacientes pediátricos con oxígeno suplementario y equipo de soporte vital. No puedo caminar tres cuadras cargando todo.
El guardia miró hacia atrás. Vio los tanques. Vio las mangueras. Y luego vio la camioneta nueva. Dudó un segundo.
—Pásale, hermano. Pero rápido, que no me vea el supervisor. Déjala ahí junto a la rampa de ambulancias, pero pegadito a la pared.
—Gracias, jefe. Dios se lo pague.
Nos bajamos. Karla cargó a Leo, yo a Santi y una mochila pequeña con lo indispensable. Los tanques grandes se quedaron en el coche; usamos los portátiles pequeños solo para el tramo al consultorio. Me sentía ligero. Me sentía… normal.
En la sala de espera, las otras mamás y papás nos miraban. Ya nos conocían. Éramos “los de los gemelos de los tanques”.
—¿Y ahora? —preguntó una señora que siempre tejía chambritas mientras esperaba—. Los vi llegar muy frescos. ¿Ya no se vinieron caminando?
—No, doña Marce —dijo Karla, con una sonrisa tímida—. Nos prestaron un coche. Bueno, nos lo regalaron. Un ángel.
La noticia corrió por la sala de espera como pólvora. En esos lugares, donde el dolor es la moneda corriente, una buena noticia se celebra como propia.
Capítulo 3: La Prueba de Fuego (3:00 AM)
Todo iba demasiado bien. Y la vida, la vida chilanga y caprichosa, no te deja disfrutar tanto tiempo sin cobrarte factura.
Pasaron dos semanas. Yo ya me sentía el rey del volante. Había conseguido unas chambitas extra reparando coches a domicilio, ya que ahora podía moverme con mis herramientas (cuando no usaba la camioneta para los niños). Parecía que empezábamos a salir del agujero.
Pero una noche de martes, la realidad nos golpeó la puerta. O mejor dicho, los pulmones de Leo.
Eran las 3:15 de la mañana. Me despertó el sonido de la alarma del oxímetro. Un bip-bip-bip rápido y agudo que se te clava en el cerebro.
Salté de la cama como un resorte. Karla ya estaba junto a la cuna.
—¡Mateo, está bajando! ¡Está en 75! ¡No sube!
Leo estaba morado. Sus costillas se hundían con cada intento desesperado de jalar aire. El “tiraje intercostal”, le llaman los médicos. Yo le llamo “ver a tu hijo ahogarse en tierra firme”.
—Súbele al flujo —grité, revisando la manguera por si estaba doblada.
—¡Ya le subí! ¡Está a tope! ¡No responde, Mateo! ¡Está muy frío!
Lo toqué. Estaba ardiendo en fiebre, pero con las manos heladas. Choque séptico o una neumonía fulminante. No importaba el nombre, importaba el tiempo.
En otra vida, en la vida de hace dos semanas, este momento hubiera sido el inicio de la tragedia. Hubiera tenido que salir corriendo a la calle vacía y oscura a rogarle a un taxista que se detuviera, o esperar una ambulancia que tarda dos horas en llegar a nuestra colonia. Hubiera tenido que cargar los tanques pesados mientras corría, perdiendo segundos vitales.
Pero esta era nuestra nueva vida.
—¡Agarra al niño, agarra el portátil! —ordené, agarrando las llaves de la mesa—. ¡Vámonos!
Bajamos las escaleras volando. Karla lloraba, pero no dejaba de hablarle a Leo.
—¡Quédate conmigo, mi amor! ¡Respira, bebé, respira!
Llegamos a la camioneta. Abrí los seguros a distancia mientras corría. Nada de negociar con taxistas. Nada de explicar que traemos oxígeno. Nada de “no voy para allá”.
Abrí la puerta trasera, Karla se metió de un salto. Arranqué el motor antes de cerrar mi puerta.
La camioneta rugió. Salí quemando llanta sobre el pavimento húmedo de la madrugada.
Manejar con tu hijo muriéndose en el asiento de atrás es una experiencia que te cambia la química del cerebro. El mundo se vuelve lento y rápido a la vez.
Me pasé el primer alto. No venía nadie. Me pasé el segundo.
Karla gritaba desde atrás: —¡Sigue bajando, Mateo! ¡68! ¡Está perdiendo el conocimiento!
—¡Ya vamos a llegar, carajo! ¡No dejes que se duerma! —le grité, golpeando el volante.
Viaducto estaba casi vacío, pero había un tramo de obras. Carriles reducidos.
Metí el acelerador. La camioneta respondió con potencia. Esquivé trafitambos naranjas como si fuera piloto de carreras. No pensaba en multas, no pensaba en choques. Solo pensaba en la línea azul del mapa en mi cabeza que llevaba a Urgencias Pediátricas.
—¡Aguanta, Leo! —gritaba yo, con las lágrimas nublándome la vista. Me las limpié de un manotazo.
Llegamos al hospital en nueve minutos. Nueve minutos que se sintieron como nueve años.
Frené en seco en la entrada de urgencias, subiéndome a la banqueta. No me importó. Me bajé gritando.
—¡Ayuda! ¡Insuficiencia respiratoria! ¡Niño de un año!
Los camilleros salieron corriendo. Karla bajó con Leo en brazos, lánguido, como un muñeco de trapo. Se lo arrancaron de las manos y corrieron hacia adentro.
Yo me quedé ahí, parado junto a la camioneta con la puerta abierta, el motor encendido y las luces iluminando la fachada gris del hospital.
Me temblaban las piernas tanto que tuve que sentarme en el estribo del coche.
Miré la camioneta. Estaba sucia por los charcos, las llantas calientes.
Si no hubiéramos tenido el coche… pensé. Si hubiéramos tenido que caminar a la avenida… Si hubiéramos tenido que esperar al taxi…
Leo estaría muerto.
Esa certeza me golpeó el estómago más fuerte que cualquier puñetazo. El regalo de Heriberto no era un lujo. No era comodidad. Era vida. Literalmente, era la vida de mi hijo.
Puse la frente sobre el volante frío y lloré. Lloré como no había llorado en meses. Lloré de miedo, pero también de una gratitud inmensa, visceral. Ese pedazo de metal nos acababa de comprar tiempo.
Capítulo 4: El Costo de la Gasolina y el Corazón
Leo pasó tres días en terapia intensiva. Neumonía bacteriana. Pero la libró. El doctor nos dijo claro: “Llegaron justo a tiempo. Diez minutos más y el daño cerebral por falta de oxígeno hubiera sido irreversible, o peor”.
Diez minutos. La diferencia entre la vida y la muerte era un motor V6 y cuatro llantas.
Esos días vivimos prácticamente en la camioneta. El hospital no dejaba que los dos estuviéramos adentro todo el tiempo, así que nos turnábamos. La camioneta se convirtió en nuestra segunda casa, nuestro refugio.
Bajé las sillas traseras y puse una cobija. Ahí dormíamos a ratos. Comíamos tortas de tamal recargados en el cofre.
Ahí, en ese estacionamiento frío, tuve una plática con Karla que teníamos pendiente.
Era de noche. Lloviznaba, esa lluvia finita de la CDMX que moja poco pero cala los huesos. Estábamos adentro, con la calefacción puesta bajito para no gastar tanta gasolina.
—¿Cómo le vamos a hacer, Mateo? —preguntó ella, mirando las gotas resbalar por el cristal.
—¿Con qué?
—Con la gasolina. El seguro. La tenencia. El coche nos salvó, sí. Pero… gasta. Y tú perdiste tres días de chamba por estar aquí.
Esa era la otra realidad. Tener coche en México es caro. Y nuestra economía seguía siendo de “al día”.
—No sé, flaca. Me pondré a ruletear si es necesario. Uber, Didi, lo que sea. O vendo tamales en la cajuela los domingos. Pero esta camioneta no se vende. Esta camioneta es parte de la familia.
Ella se rio suavemente. Me agarró la mano.
—No digo que la vendamos. Solo digo que… tenemos que echarle más ganas.
—Lo sé. Oye, Karla…
—¿Mmm?
—¿Te acuerdas cuando caminábamos con los tanques? ¿Te acuerdas lo que sentíamos cuando la gente nos miraba?
—Sentía vergüenza —confesó ella, bajando la voz—. Sentía que éramos unos pordioseros. Que fallamos como papás por no poder darles algo mejor.
—Yo sentía rabia —admití—. Odiaba a todos los que iban en sus coches con aire acondicionado escuchando la radio. Y ahora… ahora soy uno de ellos.
—No, Mateo. Tú nunca vas a ser uno de ellos. Tú sabes lo que pesa el tanque. Ellos no. Eso no se olvida.
Nos quedamos en silencio. Karla tenía razón. El cuero de los asientos no borraba las cicatrices de las correas en mis hombros.
Al día siguiente dieron de alta a Leo. Salimos del hospital como triunfadores. Subimos a los dos niños. Arranqué.
De regreso a casa, pasamos por un semáforo en Insurgentes. Había un chico, muy joven, haciendo malabares con unos machetes oxidados por unas monedas. Tenía los zapatos rotos.
El semáforo se puso en rojo. El chico se acercó, sonriendo a pesar de la miseria, extendiendo la gorra.
Bajé el vidrio. Busqué en la guantera. Tenía un billete de cincuenta pesos que guardaba para “emergencias menores”. Se lo di.
El chico se sorprendió. Normalmente le dan monedas de a peso.
—¡Gracias, jefe! ¡Dios lo bendiga, carnal! ¡Qué chula nave trae!
—Échale ganas, hermano —le dije.
Subí el vidrio.
—Eran los de los tacos de la cena —me recordó Karla, pero sin regañarme.
—Ya veremos qué cenamos. Hay frijoles en la casa. Hoy tocaba compartir.
Era la “Cadena de Favores” de la que hablaba la película, pero versión mexa. A mí me ayudó un empresario rico; yo ayudo al malabarista; tal vez el malabarista ayude a un perro callejero. Y así, poco a poco, tejemos una red que impida que nos caigamos al vacío.
Capítulo 5: La Envidia del Barrio
Regresar a la vecindad con el niño sano fue un alivio, pero también trajo un nuevo reto: la mirada ajena.
En México, el éxito (o lo que parece éxito) a veces despierta demonios.
Unos días después, encontré un rayón en la puerta del copiloto. Una línea larga, hecha con una llave o un clavo, que atravesaba la pintura blanca inmaculada.
Sentí que me rayaban la piel. La sangre me hirvió.
—¡Quién fue! —grité en medio del patio de la vecindad—. ¡Salgan, cobardes!
Nadie salió. Solo se movieron algunas cortinas.
—Mateo, métete —me jaló Karla—. No ganes pleitos. Es envidia.
—¡Es que no saben! ¡Creen que soy rico ahora! ¡No saben que sigo debiendo la luz! ¡No saben que esta camioneta es una ambulancia, no un lujo!
—No tienen por qué saberlo. Tú sabes. Nosotros sabemos. Déjalo así.
Me costó trabajo, pero le hice caso. Esa noche, con pasta de pulir que tenía de mi trabajo, intenté borrar el rayón. No se quitó del todo, quedó una cicatriz en la lámina.
La miré y pensé: «Está bien. Ahora se parece más a nosotros. Ya no es perfecta. Tiene heridas. Como nosotros».
Al día siguiente, le puse una calcomanía sobre el rayón. Una calcomanía de “Bebé a bordo” y otra que decía: “Gracias a Dios y a un Ángel”.
Fue mi manera de contestarle al barrio. No con violencia, sino con gratitud. Curiosamente, después de eso, nadie volvió a tocar la camioneta. Incluso el Beto, el malandro, se paró un día frente a ella y le dijo a unos niños que jugaban pelota cerca:
—¡Aguas con la nave del Mateo! ¡Al que le pegue le doy unos zapes! Esa nave se respeta.
Entendí que en el barrio, el respeto se gana de formas raras. La calcomanía y mi actitud de seguir trabajando duro, de seguir llegando sucio de grasa y saludando a todos, les recordó que yo seguía siendo el Mateo de siempre. Solo que ahora tenía ruedas.
Capítulo 6: La Ruta de la Vida
Han pasado tres meses desde que la foto se hizo viral.
La vida no es perfecta. Santi y Leo siguen necesitando el oxígeno. Los médicos dicen que sus pulmones van madurando, que tal vez en un año puedan dejar los tanques durante el día. Tal vez.
El dinero sigue faltando. La gasolina sube. Las refacciones son caras.
Pero algo fundamental ha cambiado. Ha cambiado la “calidad de la lucha”.
Ya no llegamos a las citas médicas derrotados antes de empezar. Llegamos con dignidad. Mis hijos ya no respiran el humo directo de los escapes en la banqueta. Van en su burbuja, escuchando canciones infantiles que ponemos en el estéreo.
Heriberto nos llamó hace poco. No para pedirnos nada, solo para saber cómo estábamos.
—¿Cómo jala la máquina, Mateo? —preguntó.
—Jala parejo, don Heriberto. Como el corazón de un caballo. Nos salvó la vida la otra noche con Leo.
—Eso quería escuchar. Cuídense mucho. Y si un día ya no la necesitan, pásenla a alguien más.
—Se lo prometo.
Hoy es domingo. Decidimos hacer algo que nunca habíamos hecho. No vamos al hospital. No vamos a la farmacia.
Subimos los tanques. Subimos la pañalera. Subimos unos sándwiches de jamón y un termo con agua de limón.
—¿A dónde vamos? —pregunta Karla, abrochándose el cinturón.
—A donde tope —le contesto, sonriendo—. Vamos a ver árboles. Vamos a La Marquesa o al Desierto de los Leones. A donde el aire sea limpio y los niños puedan ver el color verde.
Arranco. La camioneta avanza suave.
Manejo por Constituyentes hacia la salida a Toluca. Los edificios se van quedando atrás. El gris del concreto empieza a mezclarse con el verde de los pinos.
Miro por el retrovisor. Santi y Leo van despiertos, con los ojos muy abiertos, mirando pasar el paisaje a velocidad. No lloran. Solo observan.
Karla me pone una mano en la pierna y aprieta suavemente.
—Gracias, Mateo.
—Gracias a ti, flaca.
—No. Gracias por no rendirte. Por cargarlos cuando no había ruedas. Por buscar ayuda.
Siento que se me hace un nudo en la garganta, pero me lo trago. Soy el conductor. Tengo que mantener la vista en el camino.
El camino es largo. La enfermedad de mis hijos es una carretera con muchas curvas y baches. Seguramente habrá más noches de hospital, más sustos, más escasez. Pero ya no tengo miedo de que se me doblen las piernas.
Tengo un motor. Tengo a mi familia. Y tengo a todo un país que, por un momento, dejó de mirar su celular para mirar a un padre desesperado y decirle: “No estás solo, cabrón. Súbete, que te damos un aventón”.
Piso el acelerador. El camino se abre frente a nosotros. Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se ve borroso. Se ve claro, nítido y brillante, como el sol que se refleja en el cofre de nuestra camioneta blanca.
Esto es México. Aquí sufrimos, sí. Aquí duele, sí. Pero aquí, cuando nos damos la mano, somos invencibles.
FIN.
PARTE FINAL: EL LEGADO DE LOS PASOS Y EL MOTOR DEL CORAZÓN
Capítulo 1: La Resaca de la Fama y la Realidad del Tanque Lleno
Dicen que la fama en internet dura quince minutos, pero las deudas duran toda la vida. Pasaron seis meses desde aquel día en que Heriberto nos entregó las llaves de la camioneta. La euforia inicial, esa adrenalina que te hace sentir que tocas el cielo, se fue asentando como el polvo en los muebles viejos de nuestra vecindad.
La camioneta seguía ahí, fiel, una bestia blanca aparcada que contrastaba con las paredes despintadas de nuestra calle. Pero la realidad económica tiene una forma muy cruel de recordarte quién eres.
Una noche, sentado en la mesa de la cocina con una calculadora y un montón de tickets arrugados, sentí que el aire me faltaba a mí, no a los niños.
—¿Qué pasa, gordo? —preguntó Karla, sirviéndome un café de olla que olía a canela y piloncillo, ese olor que te abraza el alma.
—Es la gasolina, flaca —suspiré, frotándome los ojos—. Y el seguro que ya va a vencer. Y la verificación. Tener coche es como tener otro hijo, pero uno que bebe magna en lugar de leche.
Había estado usando la camioneta para todo. Para las citas médicas, claro, pero también para ir al súper, para ir a ver a mi mamá hasta Ecatepec, para sentirnos libres. Y la libertad, en este país, cuesta. El litro de gasolina subía cada semana, burlándose de mi sueldo de mecánico.
—¿Y si la vendemos? —dijo Karla. Lo dijo bajito, con miedo, como quien sugiere un sacrilegio.
La miré a los ojos. Había terror en su mirada, pero también pragmatismo. Karla es la que lleva las cuentas; yo soy el soñador que arregla fierros.
—Ni de chiste —respondí tajante—. Antes vendo un riñón. Esa camioneta no es un lujo, Karla. ¿Te acuerdas de la neumonía de Leo? ¿Te acuerdas de los nueve minutos al hospital? Si vendemos la camioneta y pasa otra emergencia… no me lo perdonaría nunca.
—Pero no nos alcanza, Mateo. Estamos comiendo frijoles y huevo toda la semana para poder llenarle el tanque.
—Pues comeremos frijoles con gorgojo si es necesario. Voy a sacar más chamba. El maestro del taller me dijo que podía ir los sábados también.
Me levanté y salí al pequeño balcón. Miré hacia abajo. Ahí estaba la “Nave”, como ya le decíamos de cariño. Tenía una capa fina de polvo gris, ese hollín característico de la CDMX que se te pega en los pulmones y en la pintura.
Me prometí a mí mismo que no iba a fallar. Heriberto no me dio un problema; me dio una solución. Si yo no podía mantener esa solución, el fracaso era mío, no del destino.
Esa semana, empecé a trabajar doble turno. Salía del taller a las 6 de la tarde, me lavaba las manos (aunque la grasa ya era parte de mi ADN) y me subía a la camioneta para hacer viajes “por fuera”. No era Uber ni Didi, porque la camioneta era modelo anterior y no pasaba los requisitos de la app, pero en el barrio, la necesidad crea sus propias redes.
“Servicio de transporte seguro. Se llevan muebles chicos, despensas o personas. Pregunte por Mateo”.
Puse carteles en la tortillería, en la farmacia, en la base de taxis (con el permiso de los taxistas, a quienes ya me había ganado invitándoles unas cocas).
Y así, la camioneta que salvaba a mis hijos empezó a salvar a otros.
Capítulo 2: El Flete de la Esperanza
Un martes lluvioso, de esos en los que el cielo de la ciudad parece que se va a caer a pedazos, recibí una llamada.
—¿Bueno? ¿Joven Mateo? —era la voz de doña Remedios, una señora mayor que vendía tamales en la esquina.
—Dígame, Doña Reme. ¿Qué se le ofrece?
—Mijo, fíjate que se me enfermó mi viejo. No puede caminar, le dio la gota bien feo. Necesito llevarlo a la clínica del IMSS, pero los taxis no quieren entrar hasta mi callejón porque está bien feo y lleno de lodo. ¿Tú crees que tu camioneta entre?
Sentí un escalofrío. La camioneta la cuidaba como a mis ojos. Meterla al callejón de Doña Reme era arriesgar la suspensión. Pero luego recordé la cara de Heriberto cuando me dio las llaves. “Es una herramienta, no un lujo”.
—Claro que sí, Doña Reme. Llego en diez minutos.
El callejón era un desastre. Baches que parecían cráteres lunares llenos de agua sucia. La camioneta se balanceaba, los amortiguadores rechinaban protestando. Crack, pum. Sentía cada golpe en mis muelas.
Llegué a su puerta. Don Jacinto, su esposo, gemía de dolor. Entre los dos, y con ayuda de un vecino, lo subimos al asiento trasero, donde tantas veces habían viajado mis hijos con sus tanques.
—Ay, mijo, perdón por ensuciarte la alfombra con el lodo —decía Doña Reme, apenada.
—La alfombra se lava, Doña Reme. La salud no espera. Vámonos.
Manejé con cuidado, esquivando lo peor del tráfico, usando los atajos que había aprendido en mis caminatas eternas. Llegamos a la clínica. Ayudé a bajar a Don Jacinto, lo puse en una silla de ruedas y esperé hasta que los atendieron.
Cuando salieron, Doña Reme quiso pagarme. Sacó un pañuelo anudado donde guardaba las monedas de la venta del día.
—Ten, mijo. Es lo que junté hoy.
Miré sus manos, arrugadas, trabajadas, honestas. Eran las manos de México.
—Guárdece eso, Doña Reme. Cómprele las medicinas al Don.
—Pero la gasolina, Mateo…
—Hoy la paga Dios. O el karma. Usted nomás récele a la Virgen por mis gemelos, con eso quedamos a mano.
Ese día regresé a casa con los bolsillos vacíos pero con el corazón lleno. Entendí que la camioneta no era mía. Era un préstamo del universo para equilibrar un poco la balanza de la injusticia.
Y curiosamente, esa semana, el “karma” pagó. Un cliente del taller me dio una propina inusualmente grande por arreglarle un BMW rápido. Con eso llené el tanque. La vida, a veces, cuadra sus propias cuentas.
Capítulo 3: La Batalla Mecánica
Pero no todo fue poesía y altruismo. Al octavo mes, la camioneta falló.
Iba con Karla y los niños rumbo al Hospital Infantil Federico Gómez para la revisión mensual. Íbamos sobre el Viaducto, en el carril de alta, cuando de repente: ¡PUM!
El motor tosió. La potencia se murió. El volante se puso duro como piedra. Las luces del tablero se encendieron como árbol de navidad.
—¿Qué pasó? —gritó Karla, asustada.
—¡Se apagó! —respondí, luchando con el volante para no perder el control.
El tráfico venía rápido detrás de nosotros. Los cláxons empezaron a sonar, agresivos, violentos.
—¡Muévete, imbécil! —me gritó un taxista al pasarme rozando.
Logré orillarme a duras penas en una bahía de emergencia, justo antes de una salida. El corazón me latía en las orejas.
Intenté arrancar. Clic-clic-clic. Nada. Muerta.
—¿Son los niños? ¿Están bien? —fue mi primera pregunta.
Karla revisó los manómetros de los tanques portátiles. —Sí, tienen oxígeno. Pero hace un calor insoportable aquí adentro sin el aire, Mateo. Se van a deshidratar.
Me bajé. Abrí el cofre. Salía humo blanco. Olía a anticongelante quemado y a aceite.
Mi mente de mecánico empezó a diagnosticar: Bomba de agua. Banda de distribución rota. O peor, cabeza del motor fisurada.
Estábamos varados en medio de la nada urbana. El sol caía a plomo. No tenía dinero para una grúa. No tenía dinero para una reparación mayor.
Me senté en la banqueta, con la cabeza entre las manos. Sentí ganas de llorar, pero de pura rabia.
—¿Por qué? —le pregunté al asfalto—. ¿Por qué cuando vamos bien nos metes el pie?
Karla bajó con Santi en brazos. Se sentó a mi lado.
—Mateo, levántate.
—No puedo, Karla. Se rompió. Se rompió la banda. Eso sale carísimo. Ya valió madre. Vamos a tener que volver a caminar.
—¡Mateo, mírame! —me agarró la cara con fuerza—. Tú eres el mejor mecánico que conozco. Tú levantas carcachas que otros dan por muertas. ¿Vas a dejar que un pedazo de hule nos gane? Tienes herramienta en la cajuela. Tienes agua. Arréglalo.
—No tengo la refacción.
—Pues invéntala. O ve a buscarla. Yo me quedo aquí cuidando la camioneta y a los niños.
Miré a mi mujer. Estaba sudando, despeinada, con un bebé enfermo en brazos, en medio de una avenida peligrosa. Y se veía invencible. Ella era el verdadero motor de esta familia.
Me levanté.
—Cierra los seguros. No le abras a nadie. Voy a buscar una refaccionaria.
Corrí. Corrí seis cuadras hasta encontrar una refaccionaria de barrio. Compré una banda genérica y un bote de silicón con los últimos billetes que traía.
Regresé corriendo. El sol me quemaba la espalda.
Desarmé medio motor ahí mismo, en la lateral del Viaducto. Me quemé los dedos con el metal caliente. Me corté los nudillos. La sangre se mezcló con la grasa.
La gente pasaba y nos miraba. Unos con lástima, otros con indiferencia. Pero un camionero se paró.
—¿Qué te falta, carnal?
—Agua. Me falta agua para el radiador.
El camionero bajó un garrafón de 20 litros. —Ten. Quédatelo. Échale ganas.
Dos horas después, con las manos temblando y la cara negra de suciedad, giré la llave.
Rrrrr-run-run-run.
El motor rugió. Inestable al principio, luego se emparejó.
Grité. Grité como un loco. Karla lloraba dentro del coche y aplaudía.
Nos subimos. La camioneta avanzó. Llegamos tarde a la cita, pero llegamos. El doctor nos regañó por el retraso, pero cuando vio mis manos sangrando y llenas de grasa, no dijo nada más.
Ese día entendí que el regalo no era solo el coche. El regalo era la oportunidad de demostrarme a mí mismo que podía resolver las broncas, que ya no era una víctima de las circunstancias, sino un protagonista de mi destino.
Capítulo 4: El Silencio que Tanto Esperábamos
El año pasó volando. Doce meses de gasolina, de desvelos, de reparaciones improvisadas, de “carreras” vecinales para sacar el día.
Llegó noviembre. El mes de los muertos, pero para nosotros, el mes de la vida.
Teníamos cita con el neumólogo especialista. Era la “cita grande”. La que definiría el siguiente paso.
Los gemelos ya tenían casi dos años. Gateaban arrastrando sus mangueras como si fueran colas de ratón. Ya intentaban pararse, aunque el peso de las cánulas a veces los desbalanceaba.
Entramos al consultorio. El doctor revisó las radiografías. Hubo un silencio largo. Ese silencio médico que te congela la sangre. Karla me apretaba la mano tan fuerte que sentía que me iba a romper los dedos.os.
—Bueno —dijo el doctor, quitándose los lentes y frotándose el puente de la nariz—. Tengo que decirles algo.
Tragué saliva. «Ya valió. Nos va a decir que necesitan cirugía. O que empeoraron».
—Estas radiografías son increíbles. El tejido pulmonar se ha regenerado mucho más rápido de lo que esperaba. La displasia broncopulmonar está cediendo.
—¿Qué… qué significa eso, doctor? —preguntó Karla, con un hilo de voz.
—Significa que vamos a hacer una prueba. Hoy, se van a casa sin los tanques.
El mundo se detuvo.
—¿Sin… sin oxígeno? —pregunté, incrédulo—. ¿Así nomás? ¿De golpe?
—Solo por el día. Para dormir, todavía se los ponen por seguridad un mes más. Pero durante el día, quiero que esos niños corran, griten y lloren sin estar atados a una máquina. Sus pulmones están listos. La pregunta es: ¿están listos ustedes?
Salimos del consultorio temblando.
Llegamos a la camioneta. Abrí la puerta trasera. Miré a Santi y a Leo. Me miraron con sus grandes ojos negros, esperando la rutina de siempre: conectar el tanque portátil, checar el flujo, acomodar la manguera.
—No, mis amores —les dije, con la voz quebrada—. Hoy no.
Con manos temblorosas, acerqué mis dedos a la carita de Santi. Despegué la cinta micropore de sus mejillas, con cuidado de no lastimar su piel sensible que siempre había estado cubierta. Saqué suavemente las puntas nasales de su nariz.
Santi respiró hondo. Hizo una mueca extraña, como si le faltara algo, y luego soltó una risa.
Hice lo mismo con Leo.
Ahí estaban. Libres. Sin cables. Sin tubos. Solo dos niños.
Karla soltó el llanto. Se metió al asiento trasero y los abrazó a los dos, llenándolos de besos en esas mejillas que por primera vez podíamos besar completas, sin estorbos de plástico.
Yo cerré la puerta y me recargué en la lámina fría de la camioneta. Miré al cielo gris de la CDMX y, te lo juro, lo vi azul.
Ese viaje de regreso fue el más silencioso de la historia. No se escuchaba el sss-sss-sss del oxígeno. Solo se escuchaba la respiración suave y rítmica de mis hijos durmiendo. Era la música más hermosa que había escuchado en mi vida.
Capítulo 5: El Cierre del Círculo
Pasaron dos meses más. Los niños ya no usaban oxígeno ni de día ni de noche. Los tanques, esos gigantes verdes que habían gobernado nuestra vida, ahora estaban arrumbados en una esquina de la sala, cubiertos con una sábana, como fantasmas de una guerra pasada.
Era hora de la promesa.
—¿Estás seguro? —me preguntó Karla.
—Sí. Don Heriberto dijo: “Cuando ya no la necesiten, pásenla”. Bueno, la camioneta la necesitamos, es nuestra herramienta de trabajo ahora. Pero los tanques… los tanques le urgen a alguien más.
Busqué en Facebook. No me costó mucho trabajo. En los grupos de “Donación de Medicamentos CDMX” siempre hay urgencia.
Encontré un post: “Urge tanque de oxígeno para mi mamá. Covid. No tenemos dinero para rentar y su saturación está bajando. Por favor, Iztapalapa”.
Contacté a la chica. Se llamaba Brenda.
Cargué los dos tanques grandes y el concentrador eléctrico en la cajuela de la camioneta. Pesaban lo mismo que antes, pero yo me sentía más fuerte. Ya no me doblaban la espalda.
Manejé hasta Iztapalapa. Era una zona humilde, calles sin pavimentar, perros en las azoteas.
Brenda salió llorando cuando vio la camioneta.
—¿Es en serio? ¿De verdad me los presta?
—No te los presto, Brenda. Te los paso. Úsalos. Que tu jefa se cure. Y cuando ya no los ocupes, no los vendas. Se los das a otro que se esté ahogando. Esa es la condición.
—Se lo juro por mi vida, joven. Gracias. Dios se lo pague.
Bajé los tanques. Al dejarlos en su sala, sentí una ligereza final. No solo física, sino espiritual. Estaba soltando el lastre del miedo. Estaba confiando en que mis hijos ya no los necesitarían. Era un acto de fe.
De regreso, manejando solo por Periférico, me puse a pensar en todo lo que había pasado en este año y medio.
Recordé la primera caminata, el dolor de hombros, la desesperación. Recordé la foto viral. Recordé la llamada de Heriberto. Recordé la primera vez que arranqué el motor. Recordé la noche de la neumonía. Recordé la cara de Doña Reme. Recordé la sonrisa de mis hijos sin cánulas.
Todo estaba conectado. Cada bache, cada lágrima, cada litro de gasolina quemado.
Epílogo: Kilómetro Cero
Hoy es domingo otra vez. Estamos en el Parque de los Venados.
Estoy sentado en una banca con Karla. Comemos unos helados.
Frente a nosotros, en el pasto, Santi y Leo corren. Bueno, tambalean rápido, persiguiendo una pelota. Se caen, se ríen, se levantan. No hay mangueras que los frenen. No hay tanques que los anclen al suelo.
Están respirando el aire del mundo, por sus propios medios.
La camioneta está estacionada cerca. Se ve vieja ya. Tiene el rayón en la puerta, tiene una abolladura en la defensa trasera de cuando me di un “llegue” con un poste, y la pintura ya no brilla tanto. Pero para mí, es la carroza más hermosa del mundo.
Se acerca un señor que vende globos.
—¿Un globito para los niños, jefe?
Compro dos.
Miro a Karla. Se ve más joven. El color ha vuelto a sus mejillas. Ya no tiene esa sombra de angustia permanente en los ojos.
—Lo logramos, flaca —le digo, tomándole la mano.
—Lo logramos, gordo. Pero no solos.
—No. Nunca solos.
Saco mi celular. Busco la foto. Esa foto borrosa, mal encuadrada, donde salimos de espaldas cargando los tanques. La foto que inició todo.
La miro y ya no siento dolor. Siento orgullo. Ese hombre de la foto, ese Mateo encorvado, no sabía que iba a lograrlo. No sabía que iba a mover el corazón de un empresario, que iba a manejar una camioneta, que iba a salvar a su hijo en una carrera contra la muerte.
Pero lo hizo. Paso a paso.
Guardo el celular.
—¡Papá! ¡Papá! —grita Leo, corriendo hacia mí con la pelota.
Me levanto y lo cargo. Lo lanzo al aire. Él ríe.
Respiro profundo. El aire de México huele a smog, a tacos, a tierra mojada y a jacarandas. Pero hoy, sobre todo, huele a victoria.
Esta historia no se trató de un coche. Se trató de no detenerse. Se trató de entender que cuando las piernas ya no dan, el corazón empuja. Y que cuando el corazón flaquea, siempre, siempre hay un mexicano dispuesto a echarte la mano.
Arranco el coche. Ponemos música. Los Tigres del Norte o tal vez algo de rock urbano.
—¿A dónde, jefe? —pregunta Karla sonriendo.
—A casa, jefa. A vivir. Que ya nos toca.
FIN DE LA HISTORIA.