
¡ESTO NO ES UNA BROMA, CASI NO LA CUENTO!
—¡Salta, Beto! ¡Salta ya! ¡Mi bebé se hunde! —gritaba el gringo mientras el agua negra y aceitosa empezaba a tragarme los tobillos.
Todo empezó porque necesitaba la lana. La chamba sonaba fácil: acompañar a este tipo, un tal Jimmy, a probar unos barcos para un video. Me dijo que veríamos desde chatarras hasta palacios flotantes que valen más que todo mi pueblo junto. Lo que no me dijo es que la primera “nave” le había costado literalmente un dólar, menos de lo que cuesta un taco en la esquina.
El dueño anterior se lo vendió casi regalado porque le salía más caro tenerlo guardado, unos 18 mil dólares al año solo por ocupar espacio. Debí sospecharlo. En cuanto puse un pie a bordo, sentí que algo andaba mal. El piso crujió como galleta vieja.
—No creo que el suelo deba hacer eso —le dije, sintiendo el pánico subirme por la garganta. —¿De verdad esto vale un dólar?.
Ni siquiera terminamos de hablar. En cuanto el barco tocó el agua, no flotó… se rindió. El agua empezó a entrar a borbotones.
—¡Oh, Dios mío! ¡Vamos, tenemos que subir! ¡Nos hundimos! —gritó él, más preocupado por el video que por mi vida.
El corazón se me salía del pecho. Sentí el frío del agua estancada empapando mis pantalones. Era una trampa mortal de metal oxidado. Saltamos al muelle justo antes de que esa cosa desapareciera bajo la superficie.
—Pagué un dólar por eso. Ese fue el yate de un dólar —dijo él, sacudiéndose como si nada hubiera pasado.
Yo temblaba. Pensé en mi jefa, en que casi me ahogo por unos cuantos pesos. Pero la locura apenas comenzaba.
—Súbanse, muchachos. Vamos a ver el de adentro —dijo, señalando ahora un barco de un millón de dólares que parecía de juguete comparado con lo que vendría después.
Este tenía sala, cocina y hasta camas para gente que ni conozco. Pero yo seguía con el susto en el cuerpo. ¿Y saben qué es lo peor? Que esto era solo el calentamiento. Lo que pasó en el barco de 300 millones, con helicópteros y gente famosa, me hizo cuestionar toda mi realidad.
PARTE 2: LA ESCALERA AL CIELO (O A LA LOCURA)
Todavía me temblaban las piernas. Sentía el agua fría del puerto secándose pegajosa en mis pantalones de mezclilla mientras miraba cómo las burbujas dejaban de salir del lugar donde el “yate” de un dólar había decidido morir. Jimmy, el gringo loco con la sonrisa de comercial de pasta de dientes, ya estaba en otra cosa. Para él, casi ahogarnos había sido solo un “clip” para su video. Para mí, había sido el recordatorio de que mi vida valía menos que el cambio que traía en la bolsa.
—¡Más tarde en este video tenemos un yate de 50 millones, uno de 300 millones y el super yate de mil millones! —gritó a la cámara, como si nada.
Yo solo pensaba: “¿Mil millones? Con eso compro a todo México y me sobra para las caguamas”. Pero no dije nada. La chamba es la chamba, y necesitaba la lana.
—Pero antes de todo eso, aquí está el yate de un millón de dólares, que es un poco más pequeño de lo que pensaba —dijo, señalando una embarcación que, para ser honestos, a mí me parecía una mansión flotante.
EL BOTE DE UN MILLÓN: ¿PEQUEÑO? ¡NO MAMES!
Subimos a bordo. “Pequeño”, dijo el vato. Entramos y lo primero que vi fue una sala de estar que era más grande que mi casa de Infonavit completa. Tenía muebles que se veían caros, de esos que te da miedo sentarte por si los ensucias con la mirada.
—En el yate de un millón obtienes una sala de estar sorprendentemente grande —dijo Jimmy, paseándose como dueño del mundo.
Bajamos a la cubierta inferior. Había un dormitorio principal que olía a lavanda y dinero viejo. Luego otra habitación donde el techo estaba tan bajo que tuve que encorvarme. “Una habitación donde no puedo pararme derecho”, se quejó él. Yo pensé: “Compadre, yo he dormido en hamacas colgadas de dos árboles, esto es un palacio”.
Pero lo más surrealista fue ver las camas dobles para los niños. —Espera, ¿tienes hijos? —preguntó uno de sus amigos, creo que se llamaba Chandler. —Chris, Chandler, Karl, Nolan —bromeó Jimmy, nombrando a sus amigos como si fueran sus chilpayates. —No se preocupen chicos, yo me encargo.
De repente, el barco se llenó de gritos y risas. Parecía una guardería de millonarios. Empezaron a jugar a chocar el barco, o eso parecía. —¡Por favor, paren! Alguien va a enviar un bote de rescate —gritó alguien. —Necesitamos a la guardia costera —dijo otro, mientras el barco se mecía violentamente.
Yo me agarré de un pasamanos, rezando a la Virgencita. Apenas habíamos sobrevivido al naufragio de un dólar y estos güeyes ya querían voltear el de un millón. —Me pregunto si giro esto, si él se caerá. ¡Para! —se reían.
Para ellos era un juego. “Esto es divertido”, decían. Para mí, cada sacudida era un infarto. Pero entonces, Jimmy soltó la frase que me hizo hervir la sangre un poquito: —Para ser un bote de un millón de dólares, no voy a mentir, es un poco más pequeño de lo que pensaba.
Me quedé mudo. ¿Un millón de dólares y se le hacía chico? En mi pueblo, con un millón de pesos eres el rey del barrio, con un millón de dólares eres dios. Pero bueno, así es la vida de estos youtubers.
De repente, vimos pasar otro barco. —Vamos a ver si estos chicos ven nuestros videos —dijo Jimmy. Desde el otro bote, se escuchó un grito: “¡Oh, por Dios, es Mr. Beast!”. —¡Hey, han visto nuestro canal! Eso es muy gracioso —se rió.
La fama de este tipo es otra cosa. Pero no hubo tiempo para autógrafos. —Así que ahora vamos al de 10 millones —anunció.
EL SALTO A LOS 10 MILLONES: LA GUERRA DE LOS BAÑOS
Nos cambiamos de barco en medio del mar. El de 10 millones se veía más agresivo, más rápido. —¡Diez millones! ¡Nos vemos! —gritaron mientras aceleraban. —¡Va rápido! —exclamé, agarrándome la gorra para que no saliera volando.
Subimos y la diferencia se notó de inmediato. Si el de un millón era una casa bonita, este era un hotel boutique. —¡Santa mierda, el frente del bote es enorme! —gritó Jimmy. —Es mucho más grande que el anterior.
Caminamos hacia la proa. La vista era impresionante. El mar se extendía infinito, azul y brillante, no como el agua negra del puerto donde casi me muero. —Estoy tomando buen sol aquí. Estoy muy pálido —dijo Jimmy, acostándose en los cojines.
Bajamos a los camarotes. —Sí, esta es una buena habitación. Por 9 millones más, de hecho puedo pararme derecho —dijo sarcásticamente, refiriéndose al techo bajo del barco anterior.
Y entonces llegamos al baño. Y aquí fue donde la cultura mexicana chocó de frente con la excentricidad de los ricos. Había dos tazas. Dos inodoros, uno al lado del otro. —¿Por qué hay dos inodoros uno al lado del otro? —preguntó Jimmy, tan confundido como yo.
Uno de sus amigos, creo que Jim, se rió. —Oh, eso es un bidet, Jim. —¿Para tu trasero? —preguntó Jimmy con cara de asco y curiosidad. —Haces caca aquí y luego te lavas el trasero aquí —le explicaron, señalando la segunda taza que tenía un grifo.
Yo me aguanté la risa. En mi casa a veces no hay ni agua en la regadera, y estos vatos tienen una fuente especial para las nalgas. —¿Por qué no simplemente usas papel higiénico? —preguntó Jimmy, indignado. —Eres tan americano… —le contestaron.
La neta, yo estaba con Jimmy en esta. El papel de baño del perrito ha funcionado por generaciones en mi familia. ¿Quién necesita un chorro de agua ahí? Pero bueno, supongo que cuando tienes 10 millones, tu trasero merece un spa.
Subimos a otra área de descanso. —Oh, por Dios. Los asientos en el yate de un millón eran de cuero y calientes. Estos son realmente suaves —dijo Jimmy, acariciando la tela. —Suaves y prácticos —añadió alguien. —Este barco es el mejor en el que he estado hasta ahora —concluyó Jimmy.
Pero su ambición no tiene llenadera. Apenas estábamos disfrutando de los asientos suaves cuando soltó la bomba. —Bueno, solo esperen a ver el siguiente. Es masivo.
25 MILLONES: PIZZA VOLADORA Y EL CAOS TOTAL
El salto a los 25 millones fue brutal. Este ya no era un barco, era una ciudad flotante pequeña. —Y porque es tan masivo, invité a todos mis amigos. ¡Vayan a divertirse! —gritó Jimmy.
De la nada, aparecieron como cien personas. Un ejército de youtubers, camarógrafos y colados. —Este barco está hecho para aguantar a 150 personas. Se van a divertir mucho —dijo. —¡Whoa! ¡Esto es salvaje! ¿Cuál es la diferencia entre esto y una mansión? —preguntó uno de los chicos, con los ojos como platos. —Esto ES una mansión —le corrigió Jimmy.
Empezamos a recorrerlo. Yo me sentía como un intruso en una fiesta de Hollywood. —¿Cuándo se detiene? Jimmy, sigo caminando —decía uno, perdido en los pasillos infinitos.
Llegamos a la habitación principal. —Esta es definitivamente la mejor habitación que hemos visto hasta ahora —admitió Jimmy. —Y es genial porque mi cabeza no golpea el techo. Apenas puedo tocarlo ahora.
El lujo era obsceno. —Este yate tiene una sala de estar, una oficina, un salón de masajes, dos comedores y siete habitaciones —enumeró Jimmy. ¡Un salón de masajes! Mi jefa se pone Vick VapoRub cuando le duele la espalda, y aquí tienen un salón dedicado solo para que te soben.
Salí a la cubierta y me encontré a Chandler fingiendo manejar. —¡Estoy manejando el barco! —gritaba. De repente, me ofreció un chocolate. —Chocolate. No es Feastables —dijo, haciendo referencia a la marca de Jimmy. —No es Feastables. Gracias por salvarme la vida —bromeó otro.
Caminé hacia la zona de masajes. Ahí estaba Jimmy, acostado, mientras alguien le masajeaba la espalda. —Hey amigo, ¿estás relajado? —le preguntaron. —Sí, lo estaba —respondió, medio dormido. Le metieron un pedazo de chocolate en la boca. —¿Ya terminaste tu masaje? Ten, dale una mordida. —Ese es un buen chocolate —masulló.
El barco estaba lleno de gente. “Todo el ‘goon squad’ está aquí”, dijeron. Había gente saltando en las camas. —¿Por qué están ustedes aquí? —les preguntaron. —Esta cama es tan cómoda —respondieron, revolcándose en sábanas de seda egipcia o quien sabe qué.
Pero lo más ridículo, lo que realmente me hizo cuestionar la cordura de esta gente, fue la comida. —Aunque este yate viene con un chef de clase mundial, los chicos todavía querían pizza —explicó Jimmy a la cámara.
O sea, tienes a un chef que te puede cocinar langosta bañada en oro, ¿y quieres una pizza de pepperoni? Gringos… —Así que planeé una pequeña sorpresa. ¿Saben sobre qué estamos parados chicos? —les preguntó. —Un barco —dijo uno. —Un hospital —dijo otro, bien perdido. —Un helipuerto —reveló Jimmy. —Y Uber convenientemente hace entregas en helicóptero.
Yo pensé que era broma. “Eso no puede ser real”, dijo uno de los chicos. —Oh, es real —aseguró Jimmy.
Y entonces lo escuché. El rugido de las aspas. Miré al cielo y vi un helicóptero acercándose peligrosamente al barco en movimiento. —¿Es eso un helicóptero? —preguntó Chandler. —¡Pizza! —gritó el piloto o alguien desde arriba. —¡No puedo creer que esto funcione! —gritó Jimmy.
El helicóptero descendió. El viento era fortísimo, me tuve que agarrar de un poste. Era una locura. Aterrizar un pájaro de metal en un barco que se mueve en el mar, solo para traer unas cajas de cartón con masa y queso. —¡Pizza, pizza, pizza! —empezaron a corear todos como animales. —¡Todo esto por algo de pizza! —se reían.
El piloto aterrizó con una precisión quirúrgica. —Me aterra estacionarme en paralelo y él acaba de aterrizar un helicóptero en un barco en movimiento —dijo Jimmy, impresionado. —¿Quién quiere pizza?
Comimos pizza. Estaba buena, no lo voy a negar, pero me sabía a culpa. Pensaba en cuánta gasolina gastó ese helicóptero, cuánto costó el alquiler… probablemente con el costo de esa entrega podría pavimentar la calle de mi abuela.
Pero la fiesta seguía. —Sé que se supone que no debes nadar después de comer un montón de pizza, pero estás en un yate de 25 millones —dijo Jimmy. —¡Salta!
Y así, con la panza llena, se tiraron al agua. —Lo cual, afortunadamente, cuando pagas 25 millones, puedes obtener algunas motos acuáticas —añadió.
Sacaron las motos de agua. Tariq, uno de los camarógrafos, se subió a una. —¡Tariq volteó la moto acuática! —gritaron. Se había caído y la moto estaba panza arriba. —¡Yo, Mac! ¡Atrapa esta pizza! —le gritaron a otro, lanzándole una rebanada al aire.
La rebanada cayó al agua salada. Un desperdicio. Me dolió en el alma ver comida caer al mar. —Yate de 25 millones y soy el único disfrutándolo —dijo Jimmy, sentado solo en la cubierta mientras los demás hacían desmadre en el agua.
50 MILLONES: EL CONTROL REMOTO HUMANO Y EL TRASERO AJENO
Pensé que ya lo había visto todo con la pizza voladora, pero entonces Jimmy sacó su teléfono. —Si pensabas que este yate era loco, mira este video del yate de 50 millones. ¿Sabes qué? Honestamente, vamos allá ahora mismo —dijo.
Corte de cámara y ¡pum!, ya estábamos en el monstruo de 50 millones. —Ahora estamos en el yate de 50 millones —anunció. Este barco era intimidante. —Este yate tiene más de 200 pies de largo, cuatro pisos de altura, puede albergar a más de 200 personas y viene con una tripulación de 20 personas… y con este vagabundo que encontré —dijo, señalando a uno de sus amigos desarreglados. —¿Qué pasa chicos? —saludó el “vagabundo”.
Jimmy sacó un control remoto pequeño. —Cuando pagas 50 millones, te dan este control remoto que puede llamar a la tripulación en cualquier momento —explicó. Presionó un botón. —¡Me llamas!
De inmediato, un miembro de la tripulación uniformado impecablemente apareció. —Señor, ¿me llamó? —preguntó el pobre hombre, que seguro odiaba su trabajo en ese momento. —No, solo quería mostrar cómo funciona esto —dijo Jimmy, despidiéndolo.
Qué poder tan absurdo. Presionar un botón y que alguien venga corriendo a ver qué se te ofrece. Me sentí mal por el tripulante. —Pero eso no es lo único que hace el control remoto —continuó Jimmy. —Dicen que esta TV sube y baja.
Apretó otro botón. Una pantalla gigante comenzó a emerger del suelo, pero más lento que un trámite en el gobierno. —Eso es genial… Eso es lento, viejo —se desesperó Jimmy. —Tal vez es como… voy a ir abajo, ustedes vayan arriba. Díganme si encuentran algo genial.
Nos separamos. Yo me fui con Nolan y los otros a explorar. —¡Hermano, es masivo! —gritaban. Subimos las escaleras interminables. —Es como otro barco completo aquí arriba —dijo uno. —Jimmy, no hay nada genial aquí arriba. No te preocupes —le gritaron desde la cubierta superior.
Jimmy caminaba por un pasillo que parecía no tener fin. —Esto es loco. Lo interesante es que he estado caminando y no sé si estoy en el punto medio, al final del barco, o si apenas empecé —decía, mirando a los lados. —Esta cosa es enorme —admitió.
Mientras tanto, Nolan, que siempre anda en la luna, se había quedado dormido o perdido. —Nolan se quedó dormido. Así que todavía estaba tratando de encontrarnos —narró Jimmy. Nolan iba preguntando a la tripulación: —¿Has visto a Mr. Beast? —Sí —le decían. —¿Me estás mintiendo? —Sí —bromeaban los tripulantes.
Jimmy entonces soltó un rumor extraño. —Aparentemente Pete Davidson está ahí —dijo. Pete Davidson, el comediante famoso. —Si no veo a Pete Davidson, voy a hundir el yate de 50 millones —amenazó Jimmy bromeando.
Estábamos en la cubierta buscando al famoso cuando notamos que otro barco se nos acercaba. Era un barco más pequeño, lleno de gente fiestera. —Mientras tanto, notamos que otro bote se nos acercaba y entonces el dueño hizo esto —dijo Jimmy.
Yo estaba mirando, esperando un saludo amistoso. Jimmy levantó la mano para saludar. —Estaba saludándolo y él me enseñó su trasero —dijo Jimmy, incrédulo. Efectivamente, el tipo del otro barco se bajó los pantalones y nos mostró la luna llena a plena luz del día. —Ese va a ser el papá de alguien algún día, viejo —dijo uno de los chicos, negando con la cabeza.
Fue un momento de “México mágico” pero en aguas internacionales. La respuesta de nuestro barco no se hizo esperar. —Muy bien, atrapa —dijo alguien, pasándole algo a Chucky, un tipo grandote del equipo. —¿Se están alejando de nosotros o simplemente somos mucho mejores? —preguntaban. —¡Atrápalos!
Chucky lanzó algo hacia el otro barco con una fuerza impresionante. —El tipo que es más grande y fuerte que todos nosotros lo hizo. Wow, Chucky —celebraron. No supe qué lanzó, pero espero que haya sido algo contundente.
Después de la batalla naval de traseros, nos dio hambre. —Me pregunto qué tipo de comida tienen en este yate —dijo Jimmy. —Escuché que tienen cordero —dijo un optimista. —No tienen cordero —dijo otro escéptico. —Corte a la cena —ordenó Jimmy.
Y sí, tenían cordero. Un cordero entero asado que se veía delicioso. —Oh, hombre. Cordero entero. Muchas gracias —dijo Jimmy al chef. —Es realmente bueno.
Y ahí estaba Pete Davidson. Sí, era real. Estaba comiendo con nosotros. —¿Qué proyectos tienes próximamente? —le preguntó Jimmy, haciendo entrevista en medio de la cena. —Uh, estoy muy emocionado. Tengo un programa llamado Bupkis que sale en Peacock el 4 de mayo —promocionó Pete. —Tres días antes de mi cumpleaños —notó Jimmy.
Todo era muy casual. Estás comiendo cordero en un yate de 50 millones con un comediante de Hollywood. Lo normal, ¿no? Mientras tanto, Nolan seguía perdido en el laberinto. —¿En qué dirección se fue Mr. Beast? —preguntaba a la nada.
LA MISIÓN DEL CHOCOLATE: FEASTABLES AL RESCATE
De repente, Jimmy vio una oportunidad de negocio. —Notamos muchos barcos rodeando nuestros carteles flotantes —dijo. Sí, habían puesto vallas publicitarias flotando en medio del océano. El capitalismo no descansa ni en altamar. —Ni siquiera sabía que podías poner vallas publicitarias en el océano —admitió Jimmy. —Y pensamos que podrían querer algo de chocolate.
Cargamos cajas de sus barras de chocolate Feastables. —Estoy entregando chocolate. ¡Hey, ustedes quieren chocolate! —gritó Jimmy a los barcos vecinos. —¡Hagamos esto! —respondieron los desconocidos.
Empezamos a lanzar barras, usar drones y cuerdas para pasar el producto. —¡Oh, Dios mío! El mejor chocolate que he probado —decía la gente. —Déjame saber si esta es la mejor barra de chocolate de la historia —pedía Jimmy. —¡Oh, Dios mío! De 10, es un 11 —gritó una chica. —Hershey’s no sabe nada —dijo otro. —Hershey’s no sabe nada. Todos están de acuerdo en que es mejor que Hershey’s —repitió Jimmy, feliz de destruir a la competencia.
Le dimos a probar a un tipo en una lancha. —Necesitas probarlo. Dime qué piensas. —Honestamente, mucho mejor que Reese’s —dijo el tipo. —Eso es lo que me gusta escuchar. ¿Qué le das? —Un 10.
Estábamos volando barras a la gente. —¡Estoy volando barras Feastables a la gente! ¡Aye, Feastables entrante! —gritaba Jimmy mientras un dron soltaba la carga. —Suelta la cuerda. Una barra Feastable entregada. Karl estaba dando gomitas. —Hey Karl, están probando tus gomitas —le avisó Jimmy.
Fue un comercial en vivo masivo. —Si quieres probar las mejores barras de chocolate, galletas y gomitas del planeta, ve a Walmart, 7-Eleven o cualquier tienda Albertsons ahora mismo —dijo Jimmy a la cámara, sin perder el ritmo.
Le preguntamos a otro vato qué opinaba. —Esto es increíble. Esto es mejor que cualquier otro chocolate, así que ¿por qué no comprarías Deez Nutz? —dijo el fan. —Estoy de acuerdo. Pon nuestras nueces en tu boca —bromeó Jimmy con el nombre de su barra.
300 MILLONES: LA BESTIA DE ACERO Y TOM BRADY
Al final del día, Nolan por fin apareció. —¡Jimmy! —gritó. —¡Nolan! —respondió Jimmy. Cenamos otra cena de cinco estrellas (ya perdí la cuenta de cuántas calorías de rico me había comido) y dormimos ahí.
A la mañana siguiente, llegó el momento de la verdad. El barco de 300 millones de dólares. —Y a la mañana siguiente abordamos uno de los yates más grandes del mundo —anunció Jimmy.
Este no era un barco. Era un portaaviones de lujo. —Este es el yate de 300 millones y tiene más de 50 miembros de tripulación esperando cada una de tus peticiones —dijo. Cincuenta personas. Más gente trabajando para ti que la que vive en mi cuadra. —Montones de habitaciones lujosas y nueve dormitorios principales. ¡Oh, por Dios! —exclamó Jimmy al entrar. —Bienvenidos a bordo —nos saludó la tripulación, alineada como soldados.
Miré hacia arriba. —Literalmente no puedo ver la parte superior del barco desde aquí —dijo Jimmy. —Somos el 69º yate más grande del mundo —informó el capitán. —¿Es esa una declaración fáctica? —preguntó Jimmy. —Sí, lo es. —Eso es loco.
Empezamos el tour. Era agotador de tan grande. —Hay seis pisos, una piscina masiva y un jacuzzi con vista —describió Jimmy. La piscina era más grande que la municipal de mi pueblo. —Esto es agradable. Es ridículo. Es mi barco favorito hasta ahora —admitió.
Pero la locura no paraba. —El yate de 300 millones viene con un gimnasio de última generación que da al océano —dijo, entrando a un cuarto lleno de máquinas. —Amigo, si mi barco tuviera un gimnasio, estaría haciendo ejercicio —bromeó alguien. Yo pensé: “Si tuviera este barco, no movería un dedo nunca más”.
Luego vimos el cine. —Un cine con ventanas que se oscurecen automáticamente cada vez que ves algo —explicó Jimmy. Y la sala de estar… —E incluso la mesa vale 3 millones y el piano se toca solo —dijo, señalando un piano de cola que tocaba música clásica sin pianista. Fantasmas de ricos, pensé. —Quiero uno de estos en mi casa.
Los chicos habían desaparecido otra vez. —Todos los chicos desaparecieron en el spa. Vengan conmigo —dijo Jimmy. Encontramos a uno cortándose el pelo. —Oh, ¿te estás cortando el pelo? —preguntó. —Sí. Luego encontramos a Karl en el sauna. Parecía un tomate hervido. —Karl estaba en el sauna. ¿Estás vivo? —Apenas —respondió Karl, sudando la gota gorda. —Eso no se ve cómodo —dijo Jimmy.
Seguíamos buscando a Nolan. —Y ni siquiera sé dónde está Nolan. Lo encontramos en el jacuzzi, quemadísimo por el sol. —Hombre, realmente se metió en un jacuzzi con una quemadura de sol —se burló Jimmy. —Hace demasiado calor —se quejó Nolan.
Bajamos más niveles. —Amigo, ¿hay más abajo? —preguntó Jimmy, sorprendido. Llegamos al garaje de juguetes acuáticos. —¡Whoa! ¡Oh, por Dios! ¿Crees que tienen suficientes motos acuáticas? —preguntó al ver una fila interminable de Jet Skis.
Vimos una puerta misteriosa en el costado del barco. —¿Qué hay detrás de esta puerta? —preguntó Jimmy. La abrió. Daba directo al mar abierto. —Oh, voy a hacer esto. Uno de nosotros va a ser lanzado por el lado del barco —anunció con esa sonrisa de “se me ocurrió una maldad”.
Hicieron el juego de tocarse la nariz (“nose goes”). —¡Él fue el último! —gritaron señalando a uno. —Adiós. —Hey, siempre, siempre prepárate para el ‘nariz va’ —aconsejó Jimmy mientras lanzaban al perdedor al agua.
Después de tirar gente al mar, dio hambre. —Jimmy, ¿podemos comer algo? —preguntaron. —Sí, cuando regreses —le gritó al que estaba en el agua. —Chicos, debemos actuar como billonarios ricos —instruyó Jimmy. Brindaron con copas de cristal. —Clink. ¿Preferirían tener 300 barcos de 1 millón o un barco de 300 millones? —planteó la pregunta filosófica del día. —Casi podrías tener uno para cada día diferente del año —reflexionó uno. —No voy a cuidar de 300 barcos —dijo Jimmy con sentido común. —Quiero el barco grande.
De repente, la vibra cambió. —Caballeros, ¿alguno de ustedes notó un barco acercándose? —preguntó Jimmy. —No. —En ese barco podría estar Tom Brady. Y por ‘podría’, quiero decir que ESTÁ —reveló Jimmy.
Tom Brady. El dios del fútbol americano. Yo soy más de ver al Chucky Lozano o a Memo Ochoa, pero sé quién es Brady. Es como el Pelé de los gringos. —Y probablemente deberíamos ir a saludarlo —dijo Jimmy. —¡Vamos!
Ahí estaba él, en su propio barco (o uno prestado, quién sabe), luciendo tan perfecto como en la tele. —Hola, Tom —saludó Jimmy. —¿Qué pasa, chicos? —respondió Brady con esa calma de quien ha ganado todo en la vida. —Y si no saben quién es Tom Brady, es el mariscal de campo número uno en la historia de la NFL —explicó Jimmy para la audiencia.
Lo subimos al yate de 300 millones. Le mostramos el lugar donde cortaban el pelo. —Así que aquí es donde te cortas el pelo en el barco. Se convierte en una dentista —bromeó Jimmy. —Donde te lavas… Te limpian los dientes también —siguió la broma Brady. —¿Es este el barco más bonito en el que has estado? —le preguntó Jimmy. —Dios mío, ¿me estás tomando el pelo? Sí —admitió Brady, mirando alrededor maravillado.
Brady vio las barras de chocolate. —Es una locura si comes demasiadas barras Deez Nutz antes del desayuno. Literalmente tuve que esconderlas en mi casa porque sabía que estos dos se escabullirían justo a donde están —confesó Brady, hablando de sus hijos.
Caminamos por el barco con la leyenda. —Este lugar es tan divertido. Es realmente un laberinto sin fin —dijo Brady. —Creo que es el barco más bonito del mundo. Eso es lo que hacemos —dijo Jimmy orgulloso. —Es tan hermoso. Es loco —concordó Brady.
Subimos al helipuerto. Este era un helipuerto de verdad, no como el de la pizza. —Todavía tenemos más pisos por recorrer —dijo Jimmy. Llegamos arriba. —Este es un helipuerto mucho más agradable. Cuando pienso en un helipuerto en un yate, esto es en lo que pienso. No lo que teníamos antes —dijo Jimmy, recordando el caos de la pizza.
Y claro, estando con Tom Brady, había que lanzar un balón. —Y con Tom Brady aquí, por supuesto, tuvimos que jugar un poco de fútbol —narró Jimmy. Empezaron a pasarse el balón. Brady lanzaba pases perfectos sin esforzarse. —Esta es la versión más divertida de atrapar porque simplemente haces esto y él simplemente lo lanza ahí —decía Jimmy, maravillado de que el balón le llegara a las manos mágicamente.
Jimmy intentó lanzar. —Nope. Simplemente apesto —dijo al fallar. —Para eso me pagaron, Jimmy. Vamos —bromeó Brady.
Entonces a Jimmy se le ocurrió la idea final. El gran final para el yate de 300 millones. —Quiero ver si puedes golpear mi dron fuera del cielo con un balón de fútbol —retó a Brady. —Oh, no —dijo Brady, pero con una sonrisa competitiva. —Muy bien, si golpeo el dron en el primer intento, tal vez debería salir del retiro —dijo Brady.
El dron zumbaba en el aire, a una distancia considerable sobre el mar. —Me gusta eso. Papá, vas a fallar —le dijo su hijo o alguien cercano. —Probablemente fallaré —dijo Brady humildemente. —Primer intento.
Brady armó el brazo. El movimiento fue perfecto, mecánico, hermoso. El balón salió disparado como un misil. —¡Ve, ve, ve! —gritamos todos. ¡CRASH! El balón impactó al dron en pleno vuelo. El aparato cayó al agua. —¡Oh! ¡Lo consiguió! —gritó Jimmy, saltando como niño.
Fue impresionante. Un lanzamiento de millones de dólares para destruir un juguete de miles de dólares en un barco de cientos de millones de dólares. La ironía era deliciosa.
Mientras celebraban, Jimmy vio a Nolan quemándose más. —Nolan, ponte tu protector solar —le gritó. Luego miró a Karl. —Karl es probablemente el peor receptor abierto al que le has lanzado —le dijo a Brady. —A menos que le des en la cabeza, probablemente no lo va a atrapar —se burló. —Muy bien, Karl, no arruines esto. Solo lánzalo tan lejos como puedas —le ordenaron.
Y ahí me quedé yo, Beto, viendo cómo un balón de fútbol americano volaba sobre el océano, lanzado por una leyenda, en la cubierta de un barco que costaba más que el presupuesto anual de mi estado. Pensé en el barco de un dólar hundiéndose. Pensé en el agua fría. Y luego miré el sol reflejándose en el reloj de oro de alguien.
Había sobrevivido a la escalera de la riqueza. Desde la basura hasta la gloria. Y la neta, aunque la cama de 300 millones se veía cómoda, yo solo quería unos tacos al pastor y tierra firme. Porque en el mar, ya sea en un dólar o en mil millones, si te caes, te mojas igual. Pero al menos aquí, si te mojas, Tom Brady te pasa una toalla.
Esa fue mi semana con Mr. Beast. Y sí, el chocolate Feastables sí está chido, pero no le digan a mi abuela que traicioné al Chocolate Abuelita.
PARTE 3: EL SUEÑO DE LOS 300 MILLONES Y LA RESACA DE LA RIQUEZA
EL BRAZO DE ORO Y EL DRON SUICIDA
Ahí estaba yo, Beto, un simple mortal que hasta hace unos días contaba las monedas para el pesero, parado en la cubierta de madera teca más fina que he visto en mi vida, viendo cómo el mismísimo Tom Brady, la leyenda, el “GOAT” (que en inglés significa cabra pero aquí significa el mero mero), sostenía un balón de fútbol americano como si fuera una extensión de su propio brazo.
El aire olía a sal, a dinero y a esa loción cara que usan los ricos y que nunca se les va ni aunque suden. Jimmy, con esa energía inagotable que me hacía preguntarme si él también funcionaba con baterías como sus cámaras, acababa de lanzar el reto más absurdo del mundo: derribar un dron en pleno vuelo con un balonazo.
—Quiero ver si puedes golpear mi dron fuera del cielo con un balón de fútbol —había dicho Jimmy, con la confianza de quien sabe que el contenido es rey.
Brady se rió. Una risa perfecta, de esas que ensayas frente al espejo. —Oh, no. Muy bien, si golpeo el dron en el primer intento, tal vez debería salir del retiro —respondió.
El silencio en la cubierta era absoluto. Hasta el mar parecía haberse callado por respeto. Solo se escuchaba el zumbido molesto del dron, ese mosquito mecánico que costaba probablemente más que mi televisión, flotando desafiante sobre el azul profundo del océano.
Yo miraba a Brady. Miraba el dron. Miraba a Jimmy. Y pensaba: “No mames, si este güey falla, se le cae el mito”. En México somos muy de ídolos, pero también somos los primeros en echar carrilla si fallan. “Papá, vas a fallar”, le había dicho alguien, creo que su hija, poniendo la presión al máximo. —Probablemente fallaré —dijo él, con esa falsa modestia de los genios. —Primer intento.
Y entonces, sucedió. Fue un movimiento fluido, casi poético. Su brazo se arqueó hacia atrás, los músculos se tensaron bajo la camisa de diseñador, y ¡ZAS! El balón salió disparado. No fue un lanzamiento, fue un misil teledirigido. Viajó por el aire girando en una espiral perfecta, rompiendo la barrera del sonido (o al menos así se sintió en mis oídos).
—¡Ve, ve, ve! —gritamos todos, como si estuviéramos en el Estadio Azteca viendo un penal de último minuto.
El impacto fue brutal. El balón golpeó al dron con una precisión quirúrgica. Plástico, metal y hélices salieron volando en una explosión de chatarra tecnológica que cayó al mar. —¡Oh! Lo consiguió —gritó Jimmy, llevándose las manos a la cabeza.
Yo me quedé con la boca abierta. No por el dron, que en paz descanse, sino por la facilidad. Ese hombre acababa de destruir un aparato en movimiento, a metros de distancia, en un barco que se mecía (aunque poco, porque costaba 300 millones), y lo hizo ver tan fácil como echarse un taco de canasta.
—Eso es por lo que me pagaron, Jimmy. Vamos —dijo Brady, encogiéndose de hombros.
En ese momento entendí la diferencia entre nosotros y ellos. No es solo el dinero. Es la competencia. Es esa necesidad enfermiza de ganar hasta en los juegos tontos. Si yo lanzo una piedra y fallo, me río. Si este güey falla, siente que el universo se desalinea.
KARL Y LA MALDICIÓN DEL RECEPTOR
Pero la fiesta no terminaba ahí. Porque claro, si tienes a Tom Brady, no solo quieres que rompa cosas, quieres que te lance un pase. Y el elegido para la gloria (o la humillación) fue Karl. —Karl es probablemente el peor receptor abierto al que le has lanzado —le advirtió Jimmy a Brady, bajando las expectativas al subsuelo.
Pobre Karl. Se le veía en la cara. Estaba rojo, no sé si por el sol o por la vergüenza anticipada. —A menos que le des en la cabeza, probablemente no lo va a atrapar —remató Jimmy. Qué buen amigo, pensé. Con amigos así, ¿para qué quieres enemigos?
Brady, con la paciencia de un santo, o tal vez solo divirtiéndose con la torpeza de los mortales, preparó otro balón. —Muy bien, Karl, no arruines esto. Solo lánzalo tan lejos como puedas —le ordenaron, cambiando la dinámica. Ahora Karl tenía que lanzar.
La tensión era diferente. Con Brady sabías que iba a salir bien. Con Karl, era como ver a un borracho tratando de enhebrar una aguja. Todo podía pasar. Podía lanzar el balón al mar, podía pegarle a un camarógrafo, o podía, milagrosamente, hacer algo decente.
Me quedé pensando en esa escena. Karl, un chico normal que se hizo famoso por estar con Jimmy, ahora jugando a la atrapada con una leyenda del deporte en un megayate. La vida es una tómbola, de verdad. Un día estás en tu cuarto jugando videojuegos y al otro estás aquí. Me hizo reflexionar sobre mi propia suerte. Yo estaba aquí, ¿no? Casi me ahogo en un barco de un dólar, sí, pero ahora estaba viendo esto en primera fila.
EL LABERINTO DE LOS 300 MILLONES
Cuando la emoción del fútbol pasó y Brady se fue a seguir siendo perfecto en otro lado, me quedé solo vagando por el barco. Y digo “vagando” porque era imposible no perderse. —Este lugar es tan divertido. Es realmente un laberinto sin fin —había dicho Brady, y tenía razón.
El yate de 300 millones no es un barco. Es una ciudad flotante diseñada para que nunca quieras (o necesites) bajar a tierra firme. Caminé por los pasillos alfombrados, sintiendo que mis tenis sucios estaban cometiendo un sacrilegio con cada paso. —Hay seis pisos, una piscina masiva y un jacuzzi con vista —recordé que dijo Jimmy.
Me fui a buscar la piscina. Cuando la encontré, me dio risa. Era enorme. En mi barrio, cuando hace calor, llenamos tambos de agua o sacamos la manguera. Aquí tenían una alberca olímpica (bueno, casi) en medio del océano. La ironía de tener tanta agua dulce rodeada de tanta agua salada me pareció el colmo del lujo.
Me senté en el borde, metiendo los pies. El agua estaba climatizada. Por supuesto que estaba climatizada. ¿Te imaginas pagar 300 millones y que el agua esté fría? Qué nacada sería eso, ¿no? Miré hacia el horizonte. El mar se veía igual que desde el barco de un dólar. Esa es la única cosa democrática en este mundo: el mar. No le importa si vas en una balsa de llantas o en este monstruo de acero y cristal. Te va a tragar igual si te caes. Pero claro, aquí si te caes, tienes a 50 miembros de la tripulación listos para salvarte.
—¡Bienvenido a bordo! —me había dicho la tripulación al llegar, todos formados como soldaditos de plomo. Cincuenta personas. Cocineros, limpiadores, marineros, masajistas… gente cuya única chamba es asegurarse de que tu vaso nunca esté vacío y tu almohada siempre esté esponjada. Me pregunté qué pensarían ellos de nosotros. Un grupo de youtubers gritones y sus invitados (incluyéndome a mí, el colado mexicano) corriendo por su barco, manchando las alfombras y tirando drones al mar. ¿Nos odiarían? ¿Se reirían de nosotros en la cocina? Seguro que sí. “Pinches locos”, deben decir en sus idiomas, porque había gente de todo el mundo.
Seguí explorando. Llegué al gimnasio. —El yate de 300 millones viene con un gimnasio de última generación que da al océano —había presumido Jimmy. Entré. Las máquinas brillaban, impolutas. Nadie las estaba usando. Claro, ¿quién quiere sudar cuando puedes estar comiendo pizza traída en helicóptero? Me subí a una caminadora solo por la anécdota. Corrí dos minutos mirando el mar infinito. Me sentí como un hámster en una jaula de oro. “Si mi barco tuviera un gimnasio, estaría haciendo ejercicio”, había dicho uno de los chicos. Mentira. Nadie hace ejercicio en vacaciones, y menos si tienes un chef que te prepara cordero entero.
Luego pasé por el cine. —Un cine con ventanas que se oscurecen automáticamente —dijo la voz de Jimmy en mi cabeza. Entré y me senté en una de las butacas de piel. Era más cómoda que mi cama. Se oscureció todo. Podría haberme quedado a vivir ahí. Podría haberme escondido detrás de la pantalla y vivir como un fantasma del yate, saliendo por las noches a robar sobras de caviar y chocolate Feastables.
Y hablando de chocolate, esa era otra cosa surrealista. Las barras Feastables estaban por todos lados. —Literalmente tuve que esconderlas en mi casa —había confesado Tom Brady. Hasta los ricos comen chucherías. Eso me dio un poco de consuelo. Al final del día, todos somos esclavos del azúcar. “Hershey’s no sabe nada”, repetían como un mantra. Yo extrañaba mis Duvalín y mis Mazapán, la neta. Esos chocolates gringos saben bien, pero les falta barrio. Les falta ese sabor a nostalgia y a envoltura difícil de abrir.
LA SOLEDAD DEL LUJO
Llegó la noche. El barco se iluminó como un árbol de Navidad flotante. Las luces subacuáticas hacían que el mar alrededor brillara en color turquesa, como si tuviéramos nuestro propio sol personal debajo del casco. Me encontré a Jimmy en la cubierta superior, mirando la nada. Por un segundo, no parecía el Mr. Beast que regala islas y millones. Parecía un chavo cansado.
—¿Te imaginas tener esto para ti solo? —le pregunté, rompiendo el silencio. Él se giró, con esa sonrisa que ya no sabía si era real o un reflejo condicionado. —No voy a cuidar de 300 barcos. Quiero el barco grande —me contestó, repitiendo su lógica de antes.
Pero yo insistí. —No, digo, ¿te imaginas vivir aquí? Sin cámaras, sin retos. Solo tú y el mar. Se quedó pensando. —Probablemente me aburriría a los dos días —admitió. —Necesito hacer cosas. Necesito construir, destruir, regalar.
Ahí estaba la clave. Para ellos, el yate no es el fin, es el medio. Es un escenario. El yate de un dólar era un chiste. El de 300 millones es un set de grabación caro. Nada es real. Todo es contenido. —Este barco es el más bonito del mundo. Eso es lo que hacemos —había dicho. “Eso es lo que hacemos”. Creamos fantasías.
Me acordé de Nolan quemado por el sol en el jacuzzi. —Realmente se metió en un jacuzzi con una quemadura de sol —nos habíamos reído. Ese dolor era real. La quemadura era real. Pero incluso eso se convertía en parte del show. “Nolan sufre para tu entretenimiento”. Pensé en mi vida en México. En las calles ruidosas, los olores a comida callejera, la música de los vecinos que no te deja dormir. Eso es vida. Esto… esto era un quirófano estéril y hermoso. Todo perfecto, todo limpio, todo controlado por un control remoto que trae mayordomos.
Bajé al garaje de los juguetes. Ahí estaban las motos de agua, alineadas. —¿Crees que tienen suficientes motos acuáticas? —me pregunté a mí mismo, imitando a Jimmy. Recordé a Tariq volteándose en el barco de 25 millones. Ese momento de caos fue lo más divertido de todo el viaje. Aquí, en el de 300 millones, todo era tan perfecto que daba miedo tocar algo.
Vi la puerta lateral abierta. Esa por donde lanzaron al perdedor del juego “nariz va”. —Uno de nosotros va a ser lanzado por el lado del barco —habían bromeado. Me acerqué al borde. El agua negra pasaba rápido allá abajo. Sentí el vértigo. Un paso más y sería solo una mancha en el océano. Un mexicano perdido en el mar de los millonarios. Me alejé rápido. No quería ser el protagonista de una tragedia real en medio de una comedia de YouTube.
EL MISTERIO DEL YATE DE 1,000 MILLONES
Mientras caminaba de regreso a mi camarote (que era más grande que mi departamento entero), no pude evitar pensar en lo que Jimmy había dicho al principio de todo esto. —Este es un super yate de 1,000 millones de dólares —había prometido en la introducción. Y sin embargo, aquí estábamos, fascinados con el de 300 millones. ¿Dónde estaba el de 1,000 millones? ¿Acaso este de 300 millones era solo la antesala? ¿O era una exageración, una forma de decir que la experiencia no tenía precio?
Quizás el yate de 1,000 millones no existe. Quizás es como El Dorado. Una leyenda para hacernos seguir viendo, seguir scrolleando, seguir deseando. O tal vez, solo tal vez, el verdadero yate de 1,000 millones eran los amigos que hicimos en el camino… Nah, no mames, qué cursi. Seguro sí existe y tiene grifos de diamante y un zoológico con tigres. Pero en este viaje, el rey fue el de 300. Y con ese tuve suficiente para tres vidas.
Me acosté en la cama gigante. Las sábanas eran tan suaves que sentí que me acariciaban. —Esta cama es tan cómoda —habían dicho los del “goon squad” en el barco de 25 millones, y tenían razón. Cerré los ojos. El barco se mecía suavemente, un arrullo de millones de dólares. Intenté dormir, pero mi cerebro iba a mil por hora.
Repasé la lista mental de lo que había vivido:
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Casi muero ahogado en una lata de sardinas de 1 dólar.
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Vi inodoros que te lavan el trasero.
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Comí pizza entregada por un helicóptero en movimiento.
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Vi traseros ajenos en una batalla naval de saludos.
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Comí cordero con Pete Davidson.
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Vi a Tom Brady destruir un dron.
Si le cuento esto a mis compas en la cantina, me van a decir que estoy loco o que ya deje de fumar esa cochinada. Pero tengo los videos. Tengo las pruebas. Estuve ahí. Fui testigo de la decadencia más divertida y absurda de la historia humana.
EL DESPERTAR Y LA CAÍDA
A la mañana siguiente, el sueño terminó. Tuvimos que bajar del barco. Volver a la realidad. Despedirse de la tripulación fue extraño. —Gracias por todo —les dije en mi inglés machucado. Ellos asintieron, profesionales hasta el final. Seguro ya estaban preparando el barco para el siguiente millonario caprichoso o el siguiente youtuber loco.
Bajar la pasarela fue como descender del Olimpo. Pisé el muelle de concreto y sentí la dureza del suelo real. Se acabó el balanceo suave. Se acabaron las toallas infinitas. Jimmy ya estaba planeando su siguiente video. —¡Eso fue una locura! Para el próximo video vamos a… —y empezó a hablar de láseres o islas o quién sabe qué.
Yo me quedé atrás un momento, mirando el barco de 300 millones. Se veía majestuoso, imponente. Una bestia de acero blanco que desafiaba a la naturaleza y a la lógica económica. Pensé en el barco de 1 dólar, allá en el fondo del puerto, oxidándose y siendo casita de peces. Ese barco de un dólar era más honesto. Te decía lo que era: basura. Te prometía hundirse, y se hundía. Cumplía su palabra. El barco de 300 millones te promete la felicidad, pero solo te da comodidad extrema y un vacío extraño cuando te bajas.
Me subí al taxi que me llevaría al aeropuerto. El conductor, un señor mexicano con bigote, me miró por el retrovisor. —¿Viene de trabajar en los barcos, joven? —Algo así, jefe. Algo así. —Dicen que esos barcos tienen de todo. Hasta cines. —Sí, tienen de todo —le confirmé. —Pero no tienen buenos tacos.
El taxista se rió. —Pues entonces no tienen nada, joven. Y tenía razón. En ese momento, con el estómago rugiendo y la cabeza llena de recuerdos de oro y diamantes, me di cuenta de que no cambiaría mis tacos de suadero por todo el caviar del mundo. Bueno, tal vez por el de 300 millones sí lo pensaría dos veces, pero luego me acordaría de lo que cuesta llenarle el tanque de gasolina y se me pasaría.
REFLEXIÓN FINAL: ¿CUÁNTO CUESTA TU DIGNIDAD?
De regreso en mi casa, viendo el techo con humedad de mi cuarto, saqué el celular. Vi las notificaciones. El video ya estaba subiendo. Millones de vistas en minutos. La gente comentando “OMG MrBeast”, “Quiero ese barco”, “Tom Brady es Dios”. Nadie preguntaba por el mexicano que casi se ahoga al principio. Nadie preguntaba por la tripulación que limpiaba los baños de oro. Éramos los extras en la película de Jimmy.
Pero no me quejo. Me pagaron. Viví la experiencia. Y aprendí una lección valiosa: el dinero no compra la felicidad, pero compra barcos que hacen que la infelicidad sea mucho más cómoda y tenga vista al mar. Y si alguna vez me vuelven a ofrecer subirme a un barco de un dólar… bueno, probablemente diría que sí. Porque al final, la anécdota vale más que el susto. Y porque soy mexicano, y si no nos morimos de risa, nos morimos de hambre. Y prefiero morirme de risa mientras me hundo en el mar, gritando como loco, que morirme de aburrimiento en tierra firme.
Así que sí, Jimmy. Gracias por el paseo. Gracias por la pizza voladora. Gracias por el miedo y por el lujo. Pero la próxima vez, invítame unos tacos, güey. Esos sí no tienen precio.
Y a ustedes, los que están leyendo esto en su celular mientras van en el metro o están en el baño (espero que no en uno con bidet automático), les digo: sueñen en grande. Sueñen con yates de mil millones. Pero no se olviden de que, al final del día, lo único que realmente importa es que el piso bajo sus pies no se hunda. Y si se hunde, que tengan a alguien al lado que les grite: “¡Salta, mi bebé se hunde!”.
Porque esa adrenalina, mis amigos, esa sensación de estar vivo de puro milagro, eso no te lo da ni el yate más caro del mundo. Eso te lo da la vida misma, en su versión más barata y peligrosa: la de a dólar.
Fin del comunicado. Me voy por una torta.
EPÍLOGO: LO QUE NO SE VIO EN CÁMARA
(Porque 3500 palabras dan para mucho y todavía tengo cosas que sacar del pecho).
Ustedes vieron el video editado. Vieron la música rápida, los cortes dinámicos. Pero no vieron los tiempos muertos. No vieron las horas de espera mientras preparaban el dron. No vieron a Karl practicando cómo lanzar el balón para no hacer el ridículo frente a Brady (y fallando miserablemente en los ensayos).
No vieron cuando Jimmy se sentó en el suelo del yate de 300 millones, agotado, y dijo: “¿Creen que esto sea suficiente?”. ¿Suficiente? Hermano, acabas de aterrizar un helicóptero en un barco. ¿Qué más quieres? ¿Que baje Jesucristo a caminar sobre el agua? Pero esa es la maldición del creador de contenido. Siempre tienes que superar lo anterior. Del barco de 1 dólar pasas al de 1 millón. Del de 1 millón al de 10. Del de 10 al de 50. Del de 50 al de 300. Y luego… ¿qué? ¿El espacio? ¿Comprar la luna?
Es una carrera sin meta. Y nosotros, los espectadores, somos los que echamos gasolina a ese motor. Queremos ver más. Queremos ver más grande, más caro, más loco. Yo fui parte de esa maquinaria por unos días. Fui un engranaje pequeño, el “wey” que se asusta en el barco barato para que el contraste con el barco caro sea más fuerte. Fui el elemento cómico de la pobreza frente a la majestuosidad de la riqueza.
Y saben qué, lo acepto. Acepto mi rol. Porque al menos pude ver el otro lado. Pude asomarme por la cerradura de la puerta de los dioses modernos. Y vi que, aunque sus juguetes son increíbles, sus problemas son los mismos: inseguridad, cansancio, necesidad de aprobación. Brady lanzó ese balón para probarse a sí mismo que todavía “lo tiene”. Jimmy hizo todo este video para probar que sigue siendo el rey de YouTube. Y yo… yo escribo esto para probar que estuve ahí.
En el barco de 25 millones, cuando comíamos pizza, hubo un momento de silencio. Solo el sonido del viento y el mar. En ese momento, no importaba si el barco costaba 25 millones o 25 pesos. Estábamos comiendo pizza con amigos. Y eso, aunque suene a cliché de película chafa, fue el momento más real de todos. Claro, luego llegó el helicóptero y arruinó la paz con su ruido infernal, pero por unos segundos, hubo paz.
También recuerdo la cara del “vagabundo” (que no era vagabundo, era amigo de Jimmy actuando) cuando vio el control remoto humano. Había una mezcla de risa y terror en sus ojos. “Esto está mal, pero es gracioso”, parecía pensar. Esa es la definición de todo este viaje: está mal, es excesivo, es obsceno… pero es divertidísimo.
Y los baños. No puedo dejar de pensar en los baños. ¿Por qué dos tazas? ¿Por qué no una taza tecnológica japonesa que haga todo? ¿Por qué separar la función de “hacer” y la de “lavar”? Esos misterios de los ricos no me dejan dormir. Tal vez es para tener compañía. “Oye compadre, ¿cómo vas?” mientras estás en el bidet. No sé, cosas raras.
En fin, raza. Esta fue mi odisea. Del naufragio a la cima del mundo. Si algo aprendí es que el valor de las cosas es subjetivo. El barco de 1 dólar me dio una historia para toda la vida. El barco de 300 millones me dio una anécdota de lujo. Pero al final, el dólar mejor gastado fue el que usé para comprarme una botella de agua cuando bajé al muelle, porque tenía una sed de la chingada.
Así que cuiden sus pesos, cuiden a sus amigos, y si ven un barco que cuesta un dólar… corran. Corran hacia el otro lado. O súbanse, pero lleven chaleco salvavidas y una cámara, porque seguro se van a hacer virales.
Cambio y fuera.
PARTE 4: EL ATERRIZAJE FORZOSO EN LA REALIDAD (Y LA RESACA DEL MILLÓN)
CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO PASE DE KARL Y EL SILENCIO DEL MAR
El balón salió de la mano de Karl. No fue la espiral perfecta, asesina y matemática de Tom Brady. Fue un pase… digamos, “humano”. El balón se elevó en el aire azul sobre la cubierta del yate de 300 millones de dólares, girando un poco chueco, como un pato mareado intentando volar. Todos contuvimos la respiración. No porque nos importara el resultado deportivo, sino porque en el universo de MrBeast, incluso un pase mal hecho puede significar ganar o perder miles de dólares, o simplemente ser el remate de un chiste que verán 100 millones de personas.
—Solo lánzalo tan lejos como puedas —le habían dicho.
Y mientras ese ovoide de cuero volaba, el tiempo pareció detenerse para mí. Ahí estaba yo, Beto, un vato que creció jugando fútbol con botellas de Frutsi rellenas de tierra en la calle, observando el epílogo de la semana más surrealista de mi existencia. Miré a Jimmy. Miré a Brady. Miré a los camarógrafos que corrían como ninjas para captar el ángulo perfecto.
El balón cayó. Alguien gritó. Risas. Corte. “¡Tenemos la toma!”.
Y de repente, la magia se rompió. Como cuando prenden las luces en el antro a las 3 de la mañana y te das cuenta de que el piso está pegajoso y la chica guapa en realidad era un maniquí (bueno, no tanto así, pero ya me entienden). La energía frenética de Jimmy bajó un cambio. Brady, el dios del Olimpo de la NFL, volvió a ser un simple mortal millonario revisando su celular, probablemente mandando un WhatsApp a otro famoso o checando sus inversiones.
Me recargué en la barandilla de ese monstruo de 300 millones. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de naranja y morado, colores que parecían patrocinados por alguna marca de lujo. Pensé en lo que habíamos vivido. —El yate de 300 millones es mi favorito hasta ahora —había dicho Jimmy. Y tenía razón, era impresionante. Pero en ese momento, con el silencio empezando a ganarle al ruido de la producción, sentí un vacío extraño en la panza. No era hambre (porque habíamos comido como reyes), era esa sensación de “¿y ahora qué?”.
Habíamos subido la escalera al cielo:
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El barco suicida de 1 dólar.
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El barco “pequeño” de 1 millón.
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El barco veloz de 10 millones.
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La ciudad flotante de 25 millones con su pizza voladora.
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El monstruo de 50 millones con su control remoto humano.
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Y esta bestia de 300 millones donde los drones van a morir a manos de leyendas.
Jimmy había prometido al inicio un yate de 1,000 millones. Esa cifra resonaba en mi cabeza: Mil millones. Un uno seguido de nueve ceros. En pesos mexicanos eso es… ni siquiera sé cómo se pronuncia esa cantidad sin marearme. Pero, sinceramente, parado ahí, viendo el horizonte, me di cuenta de que ya no me importaba. Mi cerebro ya no podía procesar más lujo. Si me traían un barco de oro macizo que volara, probablemente solo diría: “Ah, chido, ¿tiene baño?”.
CAPÍTULO 2: LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD DEL DINERO (VERSIÓN MEXICANA)
Mientras esperábamos que llegara la lancha para llevarnos a tierra firme (porque sí, el yate es tan grande que no atraca, tú tienes que ir a él), me puse a filosofar. Ya saben, me salió lo poeta de barrio.
Pensé en la relatividad. Einstein decía que el tiempo es relativo, pero yo digo que el dinero es más relativo aún. Para Jimmy, gastar 18 mil dólares al año en guardar un barco de 1 dólar era un chiste, una anécdota graciosa. “Te cuesta 18 mil al año guardar esto”, le habían dicho al dueño anterior. Y Jimmy lo compró por un dólar como quien compra un chicle. Para mí, 18 mil dólares son años de renta. Son la universidad de mis sobrinos. Son el sueño de poner un puesto de tacos bien establecido con toldo y todo.
Y luego estaba el tema de la perspectiva. —Para un barco de un millón de dólares, no voy a mentir, es un poco más pequeño de lo que pensaba —se había quejado Jimmy. Esa frase se me quedó grabada. ¿Cómo te atreves a llamar “pequeño” a algo que cuesta un millón de dólares? Pero ahí está el truco. Cuando vives en el mundo de los 300 millones, el millón es cambio chico. Es la morralla que le das al “viene viene”.
Es una enfermedad, pensé. La enfermedad del “más”. Jimmy siempre necesita “más”. Más grande, más caro, más explosivo. —¿Cuál preferirías tener? ¿300 barcos de un millón o un barco grande? —había preguntado. La respuesta lógica para cualquier persona normal sería: “Dame los 300 barcos, vendo 299, me quedo uno y vivo como rey el resto de mis días”. Pero ellos no piensan así. Ellos piensan en la logística: “No voy a cuidar de 300 barcos”, dijo. Claro, qué flojera administrar una flota, mejor dame el palacio flotante.
Esa desconexión con la realidad es fascinante y aterradora. Es como ver a un alienígena intentar ser humano. Comen pizza, sí, pero la pizza llega en helicóptero. Juegan fútbol, sí, pero con Tom Brady. Van al baño, sí, pero en inodoros que te lavan el alma.
CAPÍTULO 3: EL ADIÓS A TOM BRADY Y EL REGRESO A LA LANCHA
Llegó el momento de despedirse. Tom Brady, con su sonrisa de comercial, nos dio la mano. —Fue divertido, chicos —dijo. Yo le estreché la mano. Su mano valía más que mi vida entera asegurada. Sentí que si no me lavaba la mano en tres días, tal vez se me pegaría algo de su éxito, o al menos aprendería a lanzar un balón sin parecer que estoy espantando moscas. —¿Golpeé el dron en el primer intento? —había preguntado retóricamente. Sí, Tom. Lo hiciste. Eres perfecto. Ya entendimos. Vete a tu mansión a ser perfecto mientras nosotros regresamos a nuestra realidad imperfecta.
Bajamos del yate de 300 millones. La bajada fue simbólica. Dejamos el acero pulido, las alfombras suaves y el aire acondicionado central para subirnos a una lancha auxiliar. El mar salpicaba. El viento despeinaba. Ya no había 50 miembros de tripulación cuidándonos. Volvíamos a estar a merced de los elementos.
Miré hacia atrás mientras nos alejábamos. El yate se veía majestuoso, iluminado contra la noche. Parecía una nave espacial que había aterrizado en el agua por error. Y ahí se quedaba, con su gimnasio vacío , su cine automático y su piano fantasma que toca solo . Todo eso se quedaba ahí, existiendo, gastando energía, esperando al siguiente millonario aburrido.
CAPÍTULO 4: EL SÍNDROME DE ABSTINENCIA DEL LUJO
El viaje al aeropuerto fue silencioso. Todos estaban cansados. La adrenalina de grabar videos virales es como una droga: te da un subidón increíble, pero la bajada es brutal. Nolan ya se estaba pelando por la quemada del sol. Karl dormitaba. Jimmy iba revisando las tomas en una pantalla pequeña, obsesivo, perfeccionista.
Llegamos al aeropuerto. Y aquí fue donde me golpeó la realidad. De repente, ya no había chef privado. Teníamos hambre. —¿Qué vamos a comer? —preguntó alguien. No hubo helicóptero con pizza. No hubo cordero entero. Hubo sándwiches de jamón tieso de una máquina expendedora y, por supuesto, barras Feastables que nos sobraron. —Hershey’s no sabe nada —habíamos dicho todos en el video. Y sí, el chocolate Feastables está bueno, “mejor que Reese’s” según el tipo del bote , pero tratar de cenar solo chocolate después de días de comer manjares es triste.
Me comí mi sándwich de aeropuerto. Sabía a cartón y a tristeza. Pero me supo a gloria porque era real. Era comida de gente normal. Sentí que mis pies volvían a tocar la tierra.
En el avión de regreso (vuelo comercial, nada de jet privado esta vez, porque hasta MrBeast ahorra a veces), me tocó ventana. Miré las nubes. Pensé en el barco de 1 dólar hundiéndose. —¡Salta, Chandler! ¡Mi bebé se hunde! —había gritado Jimmy. Ese momento, el del pánico genuino, fue mi favorito. Porque ahí, en ese segundo de terror, no importaba cuánto dinero tenías. El agua no discrimina. El óxido no pregunta tu saldo bancario. Si el barco se hunde, te mojas. Esa igualdad fundamental me dio paz.
CAPÍTULO 5: BIENVENIDO A MÉXICO, CABRONES
Aterrizar en la Ciudad de México es una experiencia sensorial única. El olor a smog, a tacos de suadero, a humanidad. El sonido de los cláxones que no es ruido, es un lenguaje. “Madre”, “Quítate”, “Apurate”. Todo eso me golpeó en la cara al salir del aeropuerto.
Tomé un taxi. Un Tsuru tuneado que sonaba como matraca vieja. —¿A dónde, joven? —me preguntó el taxista, un señor con cara de haber visto todo. —A mi casa, jefe. Y pásele a unos tacos primero, que traigo un hambre de náufrago.
El taxi arrancó. Los asientos no eran de “cuero suave y práctico” como los del yate de 10 millones. Eran de tela rasposa con quemaduras de cigarro. No había “ventanas que se oscurecen automáticamente” , había una ventana con manivela que se trababa a la mitad. Y definitivamente no había un “piano que se toca solo” , solo el radio a todo volumen con cumbias sonideras.
Y, sin embargo, me sentí feliz. Me sentí en casa. Le conté al taxista, porque los taxistas son los mejores psicólogos de México. —Jefe, no me va a creer. Vengo de estar en un barco que vale 300 millones de dólares. El taxista me miró por el retrovisor con esa mirada de “este güey viene drogado o loco”. —¿Ah sí? ¿Y qué tal? ¿Vuelan o qué? —No vuelan, pero casi. Tienen helicópteros que traen pizza. —Pfff, novatos —dijo el taxista—. Aquí el de los tamales pasa en bicicleta y te los da calientitos sin tanto show.
Me reí. Me reí con ganas. Tenía razón. La eficiencia mexicana no le pide nada a la extravagancia gringa. —Y tienen baños que te lavan el trasero con agua —le conté. —¡Guácala! —exclamó el taxista—. Eso es pa’ gente que no se sabe limpiar. Aquí puro papelito y vámonos.
Esa sabiduría popular me curó el alma. Me di cuenta de que todo ese lujo es, en el fondo, una forma de complicarse la vida para sentir que eres especial.
CAPÍTULO 6: LA CONFRONTACIÓN CON LA JEFA Y LOS COMPAS
Llegué a mi barrio. Mi jefa (mi mamá) estaba en la cocina, haciendo arroz rojo. Ese olor… ese olor vale más que cualquier yate de mil millones. —¡Mijo! ¿Cómo te fue con el gringo ese? ¿Sí te pagó? —fue lo primero que preguntó. Prioridades de madre mexicana. —Sí, ama. Me pagó. Y casi me ahogo. —¡Ave María Purísima! Te dije que te llevaras tu escapulario. ¿Qué pasó?
Le conté la historia del barco de un dólar. —El piso se rompió, ama. “No creo que el piso deba hacer eso”, le dije. Y pum, para abajo. Tuvimos que saltar. Mi mamá me dio un sape en la cabeza. —¡Por andar de payaso! ¿Y luego? —Luego fuimos a unos barcos grandotes. Ama, conocí a Tom Brady. —¿Quién es ese? ¿Sale en la novela de las 9? —No, ama. Es un jugador de fútbol americano. El mejor. —Ah… ¿y es guapo? —Pues sí, ama. Y rompió un dron con un balón.
Luego llegaron mis compas, el Kevin y el Brayan. Traían una caguama banquetera. —¡Qué tranza, Beto! Saca las historias. ¿Es cierto que MrBeast regala dinero en la calle? —Regala chocolates, güey. “Feastables”. Dicen que son mejores que los Hershey’s. —Nel, nada le gana al Carlos V —sentenció el Kevin.
Les enseñé las fotos. Las fotos en el jacuzzi del barco de 300 millones. Las fotos con la pizza. —¡No mames! —gritó el Brayan—. ¿Eso es un helicóptero en el barco? —Simón. Aterrizó mientras nos movíamos. —Están locos esos gringos. Con esa lana me compraba yo toda la colonia y ponía un sonidero cada fin de semana.
Esa noche, sentados en la banqueta, tomando cerveza barata y comiendo papitas con salsa Valentina, entendí algo profundo. En el yate de 25 millones, Jimmy dijo: “Soy el único disfrutándolo”, mientras estaba sentado solo. Sus amigos estaban haciendo desmadre, pero él estaba ahí, creando contenido, a veces aislado en su propia creación. Aquí, en la banqueta, con 50 pesos de presupuesto, nos estábamos riendo más que ellos en su palacio flotante. La riqueza aísla. El barrio une.
CAPÍTULO 7: EL ANÁLISIS PROFUNDO DE LOS BARCOS (LO QUE NO DIJE EN CÁMARA)
Ahora que tengo tiempo de escribir esto con calma, quiero analizar cada barco, pero desde la perspectiva de un mexicano de a pie.
El Yate de 1 Dólar: Honestamente, este fue el más honesto. Representa la vida misma. A veces te venden algo que parece una oportunidad (“¡Un barco por un dólar!”), pero en realidad es una trampa mortal llena de deudas y problemas (“Cuesta 18 mil al año almacenarlo”). Es como cuando compras un coche usado barato y se le cae el motor a las dos cuadras. Me sentí identificado con ese barco. Era un luchador. Se hundió, pero se hundió peleando (y casi llevándonos con él).
El Yate de 1 Millón: Este fue el más decepcionante. Jimmy dijo que era “pequeño”. Para mí, era inalcanzable. Pero tenía ese aire de “nuevo rico”. Camas incómodas, techos bajos donde te pegas en la cabeza. Es como esas casas de Infonavit que te venden como “residenciales” y escuchas al vecino roncar. No vale el millón, la neta.
El Yate de 10 Millones: Aquí la cosa cambió. Este sí era “soft and practical” (suave y práctico). Aquí ya sentí el poder. Pero el tema de los dos inodoros… Sigo sin superarlo. Me imagino a un narco mexicano comprando este barco y diciendo: “¿Y pa’ qué quiero dos tazas? Quiten esa madre y pongan un altar a la Santa Muerte”. Culturalmente incompatible.
El Yate de 50 Millones: El del “control remoto humano”. Eso me dio escalofríos. Tratar a las personas como apps. “Presiono un botón y vienes”. No, carnal. Eso no está chido. Aunque la comida… uff. El cordero entero. Ahí sí mis respetos. En México somos de buen diente, y ver un animal asado completo siempre es señal de fiesta buena. Pero la vibra era rara. Demasiado grande, demasiado impersonal. Te pierdes en los pasillos. “No sé si estoy a la mitad o al final”. ¿Quién quiere vivir en una casa donde necesitas GPS para ir al baño?
El Yate de 300 Millones: La joya de la corona. El exceso hecho barco. Gimnasio, cine, spa. Es impresionante, sí. Pero es una cárcel de oro. Una vez que subes, no quieres bajar, y eso es peligroso. Te olvidas de cómo funciona el mundo real. Te olvidas de que existen los mosquitos, el tráfico y la gente fea. Vives en una burbuja perfecta. Y lo peor: te acostumbras. En dos días, ya se me hacía normal que las puertas se abrieran solas. En dos días, ya veía feo mi celular porque no era el último modelo. El lujo te corrompe rápido, raza. Tengan cuidado.
CAPÍTULO 8: EL MISTERIO DEL YATE DE LOS MIL MILLONES (EL SUEÑO FINAL)
Jimmy mencionó al principio el “yate de 1,000 millones”. Nunca lo vimos en detalle en mi relato (porque la transcripción se cortó, y porque a veces la vida es así: te prometen el cielo y te quedas en las nubes). Pero me puse a soñar. ¿Cómo sería? Si el de 300 millones tenía un piano que se toca solo, el de 1,000 millones seguro tiene a Mozart revivido tocando en vivo. Si el de 300 tenía helipuerto, el de 1,000 seguro tiene aeropuerto para jets. Si el de 300 tenía 50 tripulantes, el de 1,000 seguro tiene una población pequeña de un país europeo sirviéndote.
Pero, ¿saben qué? Creo que no existe. O si existe, es tan aburrido que no vale la pena. Llega un punto donde el dinero ya no compra diversión, solo compra soledad y paranoia. Imagínate tener un barco de mil millones. No podrías dormir pensando que te lo van a rayar. No podrías invitar a nadie porque te van a ensuciar la alfombra de piel de oso polar. Serías un esclavo de tu propia riqueza.
Jimmy lo dijo mejor: “No voy a cuidar de 300 barcos”. Tener cosas implica cuidarlas. Y cuidar cosas da hueva. Mejor ser el invitado. Mejor ser el Beto que se sube, come pizza, se ríe, ve a Tom Brady lanzar un balón y luego se baja y se va a su casa a dormir tranquilo sin preocuparse de si el motor del yate necesita aceite.
CAPÍTULO 9: CARTA A MI YO DEL FUTURO (Y A USTEDES)
Así que aquí estoy, terminando de escribir esto en mi laptop vieja que se calienta si abro más de tres pestañas. Quiero dejar esto por escrito para que no se me olvide. Para que cuando sea viejo y le cuente a mis nietos, no piensen que es choro.
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El miedo es real, el dinero es papel. Cuando el barco de 1 dólar se hundía, sentí el mismo miedo que sentiría en el Titanic. El precio del boleto no cambia el miedo a morir.
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La comida sabe mejor con hambre. La pizza del helicóptero estaba rica, sí. Pero los tacos después del aeropuerto me supieron mejor. El contexto lo es todo.
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Los ídolos son personas. Tom Brady falla (bueno, dijo que fallaría, pero no falló, maldito sea su talento). Pero entienden el punto. Pete Davidson come cordero igual que tú comes barbacoa. No los endiosen.
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La risa es el mejor lujo. Nos reímos más viendo a Tariq caerse de la moto acuática que viendo los muebles caros. Las caídas, los errores, lo “chusco”, eso es lo que vale.
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Nunca confíes en un barco de un dólar. Esa es la lección práctica más importante. Si algo es demasiado barato, es porque te va a costar la vida.
CAPÍTULO 10: EL FINAL DE LA TRANSMISIÓN
La historia de “México en el mar de los millonarios” llega a su fin. Jimmy (MrBeast) seguirá haciendo videos. Seguramente mañana subirá uno donde compra la Luna o llena una piscina con diamantes. Y yo lo veré, y le daré like, y me reiré. Pero ahora lo veré con otros ojos. Veré el cansancio detrás de la sonrisa. Veré el esfuerzo logístico detrás de la magia. Y sabré que, cuando las cámaras se apagan, Jimmy probablemente solo quiere irse a dormir, igual que yo.
Me quedo con la imagen de Nolan, quemado, sufriendo en el jacuzzi. Esa es la metáfora perfecta de la riqueza moderna: estás sufriendo, te duele, pero estás en un jacuzzi de lujo, así que tienes que sonreír para la foto. Yo prefiero mi regadera con agua tibia (cuando sale) y mi piel sana.
Gracias por leer, raza. Gracias por acompañarme en este viaje alucinante. Espero que se hayan reído, que se hayan sorprendido y que, sobre todo, valoren su piso firme, su inodoro normal y sus chocolates de la tiendita.
Y si algún día ven a un gringo gritando y regalando dinero en la calle, acérquense. Igual y terminan en un yate con Tom Brady. La vida da muchas vueltas, y a veces, solo a veces, te toca ser el copiloto de la locura.
Ahora sí, ya me voy. Mi jefa dice que vaya por las tortillas. Y a la jefa no se le hace esperar, ni aunque hayas navegado en un barco de 300 millones.
PD: Si alguien tiene el contacto de Tom Brady, díganle que se le olvidó su gorra. Mentira, no se le olvidó nada, pero quería ver si caían. ¡Ámonos!
REFLEXIÓN FINAL PARA FACEBOOK (EL POST-CRÉDITOS)
(Esto es como cuando vas al cine y te quedas a las letras chiquitas)
A veces me preguntan: “Beto, ¿qué harías si tuvieras esos 300 millones?”. Antes de este viaje, hubiera dicho: “Comprar mansiones, carros, viajar”. Ahora digo: “Ayudar a mi gente”. Porque vi tanto dinero desperdiciado en combustible para helicópteros de pizza , tanto dinero en barcos que se usan dos semanas al año… que te da coraje. Con lo que costó ese dron que Brady rompió , se podría arreglar la escuela de mi colonia. Con lo que cuesta llenar el tanque del yate de 50 millones, podríamos alimentar a un pueblo.
No es envidia (bueno, poquito sí). Es conciencia. El mundo está loco. Y nosotros estamos en medio, viendo el espectáculo. Así que disfruten el show, pero no se crean el cuento completo. La felicidad no cuesta 300 millones. La felicidad cuesta lo que te cuestan unas cervezas con tus amigos. Y esa lección… esa lección sí que vale mil millones.
¡Corte y queda! 🎬🌮🇲🇽
RESUMEN DE CITAS USADAS EN ESTA PARTE FINAL:
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Karl lanzando el balón.
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El yate de 300 millones es el favorito.
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Referencia al yate de 1 dólar.
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Referencia al yate de 1 millón.
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Referencia al yate de 10 millones.
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Referencia al yate de 25 millones y la pizza.
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Referencia al yate de 50 millones y el control remoto.
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Referencia al yate de 300 millones y el dron.
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Referencia al yate de 1,000 millones (intro).
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Costo de almacenamiento del yate de 1 dólar.
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Jimmy llamando “pequeño” al barco de 1 millón.
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Pregunta sobre 300 barcos vs 1 grande.
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Fútbol con Tom Brady.
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Explicación del bidet.
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Diálogo de Brady sobre el dron y el retiro.
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Gimnasio del yate.
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Cine del yate.
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Piano que toca solo.
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Nolan quemado por el sol.
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Cordero entero con Pete Davidson.
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Comparación Feastables vs Hershey’s.
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Comparación Feastables vs Reese’s.
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Grito de “Salta Chandler” en el barco que se hunde.
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Asientos suaves del yate de 10 millones.
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Piso que se rompe en el barco de 1 dólar.
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Jacuzzi en el yate de 300 millones.
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Jimmy solo en el barco de 25 millones.
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Techos bajos del yate de 1 millón.
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Dos inodoros en el yate de 10 millones.
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Pasillos infinitos del yate de 50 millones.
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Spa del yate de 300 millones.
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Peligro del barco de 1 dólar.
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Gritos de “Pizza” con el helicóptero.
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Tariq volteando la moto acuática.
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Nolan sufriendo en el jacuzzi.