
El viento a esta altura no solo te congela la cara, te empuja como si quisiera tirarte al vacío. Mis manos ya no sentían la madera astillada de esa escalera vieja, pero mis dedos seguían aferrados con una fuerza que solo te da el pánico a m*rir.
—¡Sonríe, bro! ¡Que salga la mochila en la toma! —escuché a mis espaldas, seguido de una risa hueca, de esas que no conocen la preocupación.
Me llamo Beto. Tengo 32 años y llevo tres años repartiendo comida para sobrevivir, pero nunca, en ninguna p*nche aplicación, imaginé que aceptaría un pedido como este. La ubicación marcaba un punto “ecoturístico” cerca de las faldas del Iztaccíhuatl. La nota decía: “Propina grande si llegas hasta el mirador de la peña”.
Mi mamá necesita su insulina. No lo pensé dos veces. Agarré mi moto, llegué hasta donde el camino se acababa y luego… tuve que seguir a pie.
El sendero era una pesadilla de rocas sueltas y tierra resbalosa. La luz del atardecer ya estaba cayendo, volviendo todo gris y triste, como si la montaña misma me estuviera advirtiendo. Cuando llegué a esa escalera de madera, podrida por la humedad y amarrada con alambres oxidados, me detuve.
Mis piernas me temblaban. No por el cansancio de cargar la mochila térmica cuadrada que me cortaba la circulación de los hombros, sino por el miedo. Cada escalón crujía como si fuera a romperse.
Y ahí estaban ellos. Dos chavos, no tendrían más de 20 años. Ropa de marca, botas de senderismo impecables, peinados de salón que el viento apenas despeinaba. Bajaron un poco solo para recibirme. O eso creí.
—¡No m*mes, Santi, sí subió! —gritó el que traía el celular en la mano. No me ayudó. Se puso a grabarse a sí mismo, encuadrándome a mí y a mi cara de terror en el fondo como si yo fuera un animal de circo, un accesorio para su historia de Instagram.
Sentí una náusea horrible. Ahí estaba yo, con mi chamarra desgastada que apenas me cubría del frío, arriesgando el pellejo por unos pesos, y ellos… ellos solo veían “contenido”.
Di un paso más. La madera bajo mi pie derecho tronó seco. Me quedé paralizado, pegado a la roca, respirando polvo y miedo.
—¡Cuidado con la pizza, eh! —se rió el otro.
En ese momento, mirando el abismo bajo mis pies y escuchando sus risas, algo dentro de mí se rompió más fuerte que la madera de esa escalera.
¿VALE LA PENA ARRIESGAR LA VIDA CUANDO PARA ELLOS SOLO ERES UN CHISTE EN SU PANTALLA?
CRÓNICAS DE UN REPARTIDOR: LA CIMA DE LA INDIFERENCIA (PARTE 2)
El sabor del miedo sabe a cobre y tierra seca.
Eso es lo primero que pensé cuando mi bota derecha resbaló unos milímetros sobre el tercer travesaño de esa escalera maldita. No fue un resbalón grande, apenas un suspiro de la suela de goma gastada contra la madera podrida, pero a cuatro mil metros de altura, un milímetro es la diferencia entre volver a casa a cenar frijoles con tu jefa o terminar embarrado en las rocas del fondo del barranco.
El viento soplaba con una violencia que no se siente en la ciudad. Abajo, en el asfalto, el viento te despeina; aquí arriba, el viento te golpea, te empuja, te quiere arrancar de la montaña como si fueras una costra que le molesta a la piel de la tierra. Sentí cómo la mochila térmica, esa caja cuadrada naranja que se había convertido en mi cruz, hacía de vela. Una ráfaga fuerte me jaló hacia atrás y mis nudillos se pusieron blancos de tanto apretar los rieles de la escalera.
—¡Corta, corta! —gritó la voz chillona de arriba—. ¡Güey, no mames, su cara! ¡Es oro puro! A ver, mi buen, haz esa cara otra vez, como que te vas a caer, pero mira a la cámara.
Era el de la chamarra azul. Santi. Así le había dicho el otro. Santiago, seguramente. Un nombre de santo para un diablo con iPhone.
Me quedé congelado. No solo por el frío que se me metía por las costuras abiertas de mi chamarra de tianguis, sino por la incredulidad. ¿Me estaba pidiendo que actuara mi propia muerte? ¿Me estaba pidiendo que fingiera el pánico que ya me estaba calando los huesos?
—No… no puedo moverme —dije, y mi voz salió ronca, quebrada, ridícula. El aire es tan delgado ahí arriba que te roba las palabras. Sentía los pulmones arder, como si hubiera inhalado vidrio molido.
—¡Ándale, bro! —insistió el otro, el que no grababa, el que simplemente miraba con las manos en los bolsillos de un pantalón térmico que costaba más que mi moto entera—. Te damos una propina extra si le pones emoción. Queremos que se vea extreme, ya sabes, la lucha del hombre contra la naturaleza y todo ese pedo.
Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo. Vi a mi mamá sentada en la mesa de la cocina, con su batita de franela a cuadros, contando las pastillas de la metformina. “Hijo, ya se va a acabar la caja”, me había dicho en la mañana. Su voz suave, preocupada, tratando de no ser una carga, pero siendo la única razón por la que yo me levantaba todos los días a pelearme con el tráfico, con los microbuseros, con la lluvia y ahora, con la montaña.
Por la insulina, me repetí. Por la renta. Por no deberle a nadie.
Abrí los ojos. La realidad seguía ahí: gris, rocosa y vertical. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y di el siguiente paso. La madera gimió. Era un sonido seco, como un hueso rompiéndose. La escalera estaba amarrada a la roca con alambres que ya se veían oxidados, naranjas por el tiempo y el olvido. Cada vez que subía un escalón, toda la estructura vibraba, transmitiendo esa vibración a mis brazos, a mi pecho, directo a mi corazón que latía desbocado, pum-pum-pum, contra mis costillas.
Faltaban tres metros. Diez escalones. Uno. Diosito, cuídame. Dos. El viento me aventó el cabello a la cara. No me lo podía quitar porque soltar una mano significaba morir. Tres. —¡Eso, eso! ¡Sube, Spider-man! —se burlaba Santi, haciendo zoom con su celular. Veía el lente, tres ojos de cristal negro apuntándome como el cañón de una pistola.
Cuatro. Cinco. Mis piernas ardían. El ácido láctico me quemaba los muslos. La mochila pesaba toneladas. Llevaba tres pizzas familiares, dos órdenes de alitas y refrescos de dos litros. ¿Quién pide refrescos de dos litros a la cima de una montaña? ¿Quién carga con ese peso solo por capricho? La respuesta estaba ahí arriba, riéndose con una dentadura perfecta y blanqueada.
Seis. Siete. Una piedra se desprendió bajo la escalera y cayó. No escuché cuando golpeó el fondo. Eso me dio más miedo que cualquier cosa. La altura era tanta que el sonido se perdía antes de tocar suelo.
Ocho. Nueve. Ya casi podía tocar la suela de sus botas. Eran unas botas Salomon de última generación, impolutas, sin una mancha de lodo real, probablemente compradas ayer en Santa Fe.
Diez. Llegué al borde. No me ofrecieron una mano. Repito: No me ofrecieron una mano.
Cualquier persona con sangre en las venas, al ver a otro ser humano llegar al borde de un precipicio, por instinto, extiende el brazo. Es un reflejo de supervivencia de la especie. Pero ellos no. Santi seguía grabando, cuidando el encuadre, asegurándose de que la luz del atardecer le diera un “glow” cinematográfico a mi sufrimiento. El otro, al que llamaban Kike, simplemente dio un paso atrás para no estorbar la toma.
Tuve que impulsarme con los codos, raspándome la chamarra y la piel, arrastrándome como un gusano sobre la roca fría hasta que sentí suelo firme bajo mi panza. Me quedé ahí tirado, respirando como un perro atropellado, con la cara pegada a la piedra helada, oliendo el musgo y la humedad.
—¡Corte! —gritó Santi—. ¡Quedó chingonsísimo! Güey, esto se va a ir viral en corto. “El delivery más extremo de México”. ¿Qué título le ponemos? ¿”Hambre de altura”?
—”Pizza con vista al Mictlán”, güey, suena más culto —respondió Kike, riéndose de su propio chiste.
Me giré lentamente y me senté. El mundo me daba vueltas. La falta de oxígeno me estaba mareando. Me quité la mochila con manos temblorosas. Mis dedos estaban rígidos, engarrotados por el frío y la tensión de haber estado aferrado a la escalera. Me costó trabajo manipular el cierre.
—¿Trajiste la salsa valentina? —preguntó Kike, acercándose, no para ver si yo estaba bien, sino para inspeccionar la mercancía.
—Sí… sí, joven. Aquí está todo —dije, mi voz todavía era un susurro. Me aclaré la garganta—. Son… el pedido ya está pagado en la app, pero… la nota decía…
—Sí, sí, la propina, relax —interrumpió Santi, sin dejar de mirar la pantalla de su celular, revisando el video que acababa de grabar—. Oye, pero primero hay que checar que la pizza no sea un desastre. Si llegó hecha puré, no hay trato, eh. Son las reglas del juego.
Abrí la tapa térmica. El vapor escapó, un olor a pepperoni y queso que contrastaba brutalmente con el aire puro y gélido de la montaña. Era un olor a ciudad, a grasa, a confort barato. Para mí, que no había comido nada desde las seis de la mañana más que una torta de tamal, el olor fue un golpe al estómago. Me rugieron las tripas. Qué vergüenza. Espero que no lo hayan escuchado.
Kike abrió la primera caja de cartón. Las pizzas estaban bien. Un poco frías, tal vez, porque tardé cuarenta minutos en subir desde donde dejé la moto, pero intactas. El queso se había solidificado un poco, perdiendo ese brillo de anuncio de televisión, pero ahí estaban.
—Mmm… —Kike hizo una mueca, tocando una rebanada con la punta del dedo—. Está tibia, güey. Ya no está caliente.
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. —Joven… estamos a cuatro grados bajo cero aquí arriba —dije, tratando de mantener el respeto, tratando de no gritarle que yo no controlaba la termodinámica—. Y subí caminando por… por esa escalera.
—Excusas, excusas —dijo Santi, guardando por fin el celular y acercándose—. Bueno, ya, equis. Tenemos hambre. Saca las alitas.
Saqué las alitas. Saqué los refrescos. Ellos se sentaron en unas rocas planas que parecían tronos naturales, dándome la espalda. Empezaron a comer, devorando la comida con esa ansiedad de quien nunca ha tenido que preocuparse por si habrá comida mañana.
Yo me quedé ahí, parado. El viento me cortaba la cara. Empezaba a oscurecer en serio. Las nubes bajas, esa neblina espesa que los lugareños llaman “chippi-chippi”, empezaba a subir desde el valle, envolviéndonos.
—Disculpen… —murmuré después de cinco minutos de verlos comer.
Santi se giró, con la boca llena, como si se hubiera sorprendido de que yo siguiera ahí. —¿Qué pex? ¿Sigues aquí?
—La… la propina. Y… bueno, ya me tengo que bajar. Se está poniendo feo el tiempo.
Santi se limpió las manos en una servilleta y luego la tiró al suelo. El viento se la llevó volando hacia el barranco. Otro pedazo de basura en el santuario.
—Ah, sí. La propina. —Se buscó en los bolsillos—. Híjole. Creo que no traigo cash, güey. ¿Kike, tú traes efectivo?
Kike negó con la cabeza mientras masticaba un pedazo de orilla de pizza. —Nop. Todo en tarjeta, paps.
El corazón se me detuvo. Sentí un vacío en el estómago peor que el hambre. —Pero… la nota decía… —balbuceé—. Decía “propina grande”. Yo… yo gasté toda mi gasolina para llegar a la base. Y arriesgué…
—A ver, tranquilo, no te me pongas intenso —dijo Santi, levantando las manos como si yo fuera a atacarlo. Sacó su cartera de piel, una Louis Vuitton que valía más que la casa de mi abuela. La abrió. Solo se veían tarjetas negras y doradas—. Mira, la neta se nos olvidó sacar varo. Pero te podemos hacer una transferencia. ¿Tienes cuenta?
—Sí, sí tengo —dije, sacando mi celular con la pantalla estrellada.
—Va. Pero… —Santi sonrió. Una sonrisa que no me gustó nada. Tenía malicia. Tenía aburrimiento. Era la sonrisa de un niño con una lupa sobre un hormiguero—. Ya que estamos aquí, y para que la propina valga la pena… ¿qué te parece si nos ayudas con otro videíto? Digo, ya estás aquí. Aprovecha el viaje.
—¿Qué… qué video? —pregunté, desconfiado.
—Nada grave. Solo… queremos que te comas una rebanada de pizza. Pero con estilo. —Santi sacó otra vez el celular—. Queremos hacer un challenge. El “Repartidor Hambriento”. Te comes la pizza en tres mordidas y te tomas el refresco de un jalón. Si lo haces, te transfiero… ¿qué te gusta? ¿Dos mil varos?
Dos mil pesos. Mi cerebro hizo la conversión automática. Dos mil pesos eran dos semanas de trabajo normal. Dos mil pesos eran tres cajas de insulina. Dos mil pesos eran pagar la luz que ya tenía aviso de corte.
Mi dignidad gritaba que no. Mi dignidad me decía: Mándalos al diablo, Beto. Tírales la pizza en la cara y vete. Pero la dignidad no paga en la farmacia. El orgullo no llena el refrigerador.
—¿Dos mil? —pregunté, odiándome a mí mismo.
—Dos mil, neto. En caliente a tu cuenta —dijo Santi, ya abriendo la cámara—. ¡Venga! ¡Acción en tres, dos…!
Me tendieron una rebanada fría. Una rebanada que ellos habían sobrado. Me sentí pequeño. Me sentí sucio. Tomé la pizza. Mis manos, callosas, con las uñas un poco negras de la grasa de la moto y la tierra de la escalada, contrastaban con la masa perfecta.
—¡Dale, dale! ¡Con hambre! —animaba Kike, riéndose.
Le di una mordida. Mastiqué rápido, casi sin saborear. La masa estaba chiclosa. —¡Más rápido! ¡Trágatela, bro! —gritaba Santi.
Me metí el resto en la boca. Sentí que me ahogaba. La comida seca se me atoró en la garganta. Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino del reflejo físico de tragar demasiado rápido. Tosí un poco.
—¡El refresco, el refresco! —Santi me pasó la botella de dos litros, que ya estaba abierta.
Levanté la botella. El gas me quemó la nariz. Bebí. Bebí hasta que me dolió el pecho. El líquido helado bajó por mi esófago como una cascada de dolor. Ellos se reían. Se reían a carcajadas. Chocaban las manos. “¡No mames, qué asco!”, decían. “¡Es una máquina!”.
Cuando terminé, bajé la botella, jadeando, con la cara pegajosa por algunas gotas que se me habían escurrido. Me sentía humillado. Me sentía como un bufón medieval entreteniendo a los reyes.
—¡Corte! —gritó Santi, eufórico—. ¡Buenísimo! ¡Esto va a tener millones de views! Eres un crack, mi Beto.
—El dinero… —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
—Sí, sí, pásame tu CLABE.
Le dicté los números. Él tecleó en su iPhone. —Listo, champion. Ya te debió caer. Checa.
Revisé mi celular. La señal era pésima, apenas una rayita de 3G. La aplicación del banco tardó una eternidad en abrir. El círculo de carga giraba y giraba, como burlándose de mi ansiedad. Finalmente, abrió. Saldo: $2,045.00 MXN. Ahí estaban. Los dos mil pesos.
Suspiré. Una mezcla de alivio y asco. Había vendido un pedazo de mi alma por dos mil pesos, pero mi mamá tendría su medicina.
—Gracias —dije, secamente. Guardé el celular—. Ya me voy.
—Sale, cuídate —dijo Kike, ya sin prestarme atención, volviendo a su pizza—. Cierra la puerta al salir, jaja.
Me di la vuelta. La neblina ya estaba encima de nosotros. Ya no se veía el valle. Ya no se veía el camino de abajo. Solo se veía blanco. Un blanco lechoso y denso que se comía la luz. La temperatura había bajado drásticamente en los últimos veinte minutos. Mis manos ya no sentían nada. Estaban entumidas.
Me acerqué al borde, donde estaba la escalera. Miré hacia abajo. No se veía el final de la escalera. La niebla se la tragaba a los tres metros. Era como bajar hacia la nada. Hacia un océano de nubes.
El miedo regresó, pero ahora era diferente. Ya no era el miedo a subir, que tiene una meta visible. Era el miedo a bajar, que requiere confianza ciega. Puse un pie en el primer escalón. La madera estaba húmeda ahora. La niebla la había mojado. Estaba resbalosa como jabón.
—Oigan… —dije, girándome hacia ellos—. Está… está muy resbaloso. Y no se ve nada.
—¿Y? —dijo Santi, sin mirarme—. Pues baja con cuidado, güey.
—Es que… está peligroso. ¿No… no tendrán una cuerda? O algo…
Santi soltó una risotada incrédula. —¿Cuerda? ¿Qué crees que somos, boy scouts? No traemos cuerda. Baja de nalguitas si quieres, pero ya déjanos disfrutar la vista, ¿no? Estás cortando el rollo.
Me quedé mirándolos. Sus chamarras The North Face de pluma de ganso, sus guantes térmicos, sus gorros de lana virgen. Ellos estaban equipados para el Everest. Yo traía una sudadera de algodón debajo de una chamarra de vinipiel que ya se estaba despellejando.
La indiferencia. Eso era lo que más dolía. No era odio, no era maldad pura. Era indiferencia. Para ellos, yo era un NPC, un personaje de relleno en su videojuego. Si me caía, solo sería un “glitch” en su tarde perfecta.
Respiré hondo. El aire helado me dolió. —Dios los bendiga —murmuré, más para mí que para ellos.
Empecé a bajar. Paso uno. Bien. Paso dos. La mochila, ahora vacía, era más ligera, pero el viento la golpeaba más fuerte porque ya no tenía el peso de la comida para estabilizarla. Paso tres. La madera crujió. Paso cuatro. Mis manos se resbalaban por el barandal mojado. Tenía que apretar con una fuerza sobrehumana.
Y entonces, sucedió. Fue en el paso siete. Mi pie izquierdo buscó el escalón. Lo encontró. Apoyé el peso. CRACK.
El sonido fue como un disparo. La madera, podrida por años de lluvia y sol, cedió bajo mi peso. El escalón se partió en dos. Mi pierna atravesó el hueco, cayendo al vacío. Mi cuerpo se fue hacia abajo de golpe. —¡Ahhh! —grité.
Mi barbilla golpeó contra el siguiente escalón. Me mordí la lengua. Sentí el sabor metálico de la sangre llenándome la boca. Pero mis manos… mis manos aguantaron. Mis dedos se clavaron en la madera de los rieles laterales como garras de acero. Me quedé colgando, con las piernas pataleando en el aire, buscando apoyo desesperadamente.
—¡Ayuda! —grité hacia arriba, con la voz ahogada por la sangre y el pánico—. ¡Ayúdenme! ¡Se rompió!
Escuché murmullos arriba. Pasos en la grava. Miré hacia arriba. La cara de Santi apareció en el borde. Pero no me extendió la mano. Levantó el celular.
—¡No mames! —escuché que decía—. ¡Kike, ven a ver esto! ¡Se quedó colgado!
—¡No grabes! ¡Ayúdame, cabrón! —grité, olvidando todo respeto, olvidando las clases sociales, olvidando todo. Era un hombre pidiendo vida a otro hombre—. ¡Me voy a caer!
—¡Aguanta, aguanta! —dijo Santi, pero no soltó el teléfono. Veía el flash encendido—. ¡Está hardcore! ¡A ver, trata de subir!
Sentí una furia caliente nacer en mi estómago. Una furia que me dio calor en medio del frío. Estos hijos de papi me estaban viendo morir y lo estaban transmitiendo en vivo.
Intenté hacer una dominada. Intenté subir mis brazos. Pero el frío me había robado la fuerza. Mis músculos no respondían. Estaban tiesos. Mi pierna izquierda me dolía horrores; al caer se había raspado contra la madera rota y sentía la tibieza de la sangre bajando por mi espinilla.
—¡Por favor! —supliqué, y odio recordarlo, pero empecé a llorar. Lloré de rabia, de impotencia—. ¡Tengo una hija! —mentí, o tal vez no, porque mi mamá era como mi hija ahora, yo la cuidaba—. ¡Tengo familia!
Kike se asomó también. Él parecía un poco más asustado. —Santi, güey, ya déjate de mamadas. Ayúdalo. Se va a matar.
—Espérate, espérate, deja que enfoque… —decía Santi, obsesionado, enfermo de “likes”.
—¡Que lo ayudes, pendejo! —le gritó Kike, y por primera vez vi humanidad en uno de ellos. Kike empujó a Santi y se tiró al suelo. Estiró su brazo.
—¡Dame la mano! —me gritó Kike.
Solté una mano del barandal. Fue el momento más terrorífico de mi vida. Quedar colgado de un solo brazo a cuatro mil metros. Sentí que el hombro se me dislocaba. Lancé mi mano hacia arriba, buscando la de Kike. Nuestros dedos se rozaron. Su guante era de Gore-Tex, resbaloso. Mi mano estaba desnuda, mojada y llena de sangre.
—¡Te tengo! —gritó Kike, agarrándome la muñeca.
Pero Kike no era fuerte. Era un chico de gimnasio, de músculos inflados para la foto, pero sin fuerza real, sin callo. Sentí cómo él empezaba a resbalarse hacia el borde. La grava bajo su pecho cedía.
—¡Me jala! ¡Me jala! —gritó Kike, entrando en pánico.
—¡Santi, agárralo! —gritó Kike.
Santi, por fin, soltó el celular. Vi cómo el iPhone 15 Pro Max caía por el precipicio, pasando a centímetros de mi cara, girando en el aire, una luz brillante que se tragó la niebla. Adiós evidencia. Adiós video viral.
Santi se tiró al suelo y agarró a Kike por los pies. Entre los dos, tiraron. Yo pataleé, buscando la madera sana con mis pies. Encontré un nudo firme. Empujé. Ellos jalaron. Grité de dolor cuando mi pecho raspó contra el borde de piedra afilada. Pero subí.
Rodé sobre la tierra firme, lejos del borde. Me quedé ahí, boca arriba, mirando el cielo blanco, dejando que la lluvia helada me lavara la sangre de la cara. Kike estaba a mi lado, respirando agitado. Santi estaba más allá, mirando hacia el barranco, como buscando su teléfono.
—Mi celular… —murmuraba Santi—. Mi celular…
Me senté. Me dolía todo el cuerpo. Me toqué la pierna; el pantalón estaba rasgado y sangraba, pero podía mover los dedos. No estaba rota. Miré a Kike. Estaba pálido. Me miró de vuelta. Había miedo en sus ojos. Miedo real. Ya no era un “fresa” intocable. La montaña nos había igualado por un segundo.
—Gracias —le dije a Kike.
Él asintió, sin decir nada. Le temblaban las manos.
Santi se giró hacia nosotros, furioso. Su cara estaba roja. —¡Tiraste mi teléfono! —me gritó, señalándome—. ¡Por tu culpa tiré mi teléfono!
¿Por mi culpa? Me levanté. Me costó trabajo, pero me puse de pie. Ahora yo me sentía más alto que él. A pesar de mi ropa sucia, a pesar de mi pobreza. Yo había sobrevivido a la subida y a la bajada. Él solo había perdido un juguete.
—Tu teléfono vale menos que mi vida, carnal —le dije. Mi voz salió firme, dura, como las piedras que nos rodeaban.
Santi se quedó callado, sorprendido de que el “sirviente” le contestara. —¡Me lo vas a pagar! —amenazó, pero su voz temblaba. Ya no tenía su cámara para protegerse. Ya no tenía su escudo digital. Éramos tres hombres en la nada. Y él sabía, en el fondo, que si nos íbamos a los golpes, la rabia que yo traía adentro me hacía más peligroso que él.
—Vámonos —dijo Kike, levantándose y agarrando a su amigo del brazo—. Vámonos, Santi. Ya estuvo.
—Pero…
—¡Qué vámonos! —le gritó Kike.
Empezaron a recoger sus cosas. Yo me ajusté la mochila vacía. El camino de regreso a la moto sería largo. Todavía tenía que bajar por otro sendero, uno menos empinado pero más largo, para evitar la escalera rota. Serían dos horas más de caminata en la oscuridad y la niebla.
Pero tenía los dos mil pesos. Y tenía algo más. Algo que ellos no tenían. Tenía la certeza de que, aunque el mundo estuviera diseñado para que ellos ganaran siempre, hoy, la montaña había decidido que yo no perdiera.
Me di la vuelta y empecé a caminar, cojeando, perdiéndome en la niebla antes que ellos. Quería estar solo. Quería sacar mi viejo celular y llamar a mi mamá para decirle que ya iba para allá, que pusiera el agua para el café.
Mientras caminaba, escuché a lo lejos el eco de la voz de Santi, todavía quejándose por su iPhone. Sonreí. Una sonrisa dolorosa, con el labio partido. Que se joda su iPhone. Yo voy a casa.
CRÓNICAS DE UN REPARTIDOR: EL PESO DE LA GRAVEDAD (PARTE 3)
La bajada es más cruel que la subida, porque ya no tienes esperanza, solo memoria.
Me alejé de ellos cojeando, dejando atrás las voces de Santi berrinchudo y de Kike asustado. Me tragó la niebla. Literalmente. En el Iztaccíhuatl, cuando baja la nube, no es como en la ciudad que se ve borroso; aquí arriba es como si te pusieran una venda de algodón húmedo en los ojos. El mundo desapareció. Ya no había barranco, ni escalera rota, ni fresas millonarios. Solo estaba yo, el sonido de mi respiración rasposa y el crujido de mis botas baratas contra la grava volcánica.
Caminé diez metros y me detuve. Mis piernas temblaban tanto que parecían de gelatina. Me recargué en una roca enorme, fría y negra, cubierta de ese musgo que parece terciopelo congelado. Me deslicé hasta sentarme en el suelo.
Necesitaba un minuto. Solo un minuto para convencer a mi corazón de que no se me saliera del pecho. Pum, pum, pum. Lo sentía en la garganta, en las sienes, hasta en la punta de los dedos lastimados. Me miré las manos. Estaban negras de tierra, raspadas, y la sangre seca se me había metido debajo de las uñas. Me dolía el hombro derecho, ese del que me había colgado como piñata mal amarrada. Hice un movimiento circular con el brazo y sentí un chasquido caliente. Crack. No estaba dislocado, pero mañana iba a amanecer como si me hubiera atropellado un microbús en Tlalpan.
—Pinche vida… —susurré. El vapor de mi aliento salió disparado y se mezcló con la niebla.
Cerré los ojos y, por un segundo, volví a sentir el vacío bajo mis pies. Esa sensación de ingravidez, ese instante en que la madera se rompió y la gravedad me reclamó. Es un terror que no se te quita sacudiéndote la ropa. Se te queda pegado en la espina dorsal. Si Kike no me hubiera agarrado… si su consciencia no le hubiera ganado a su estupidez por un microsegundo… ahorita yo sería una mancha roja trescientos metros más abajo. Y mi mamá…
Mi mamá. La imagen de mi jefa me golpeó más fuerte que el viento helado. Doña Carmen, esperándome con el rosario en la mano, viendo la novela de las ocho. Si yo me moría, ¿quién le iba a explicar? ¿La policía? ¿Les dirían: “Señora, su hijo se mató por entregar una pizza fría”? No. Ni siquiera encontrarían el cuerpo hasta dentro de días. Sería un desaparecido más en este país de sombras.
Me llevé la mano al bolsillo y saqué el celular. La pantalla estaba más estrellada que antes, si es que eso era posible. Tenía un golpe nuevo en la esquina, seguro de cuando me arrastré para subir. Lo desbloqueé con dedos torpes. Batería: 12%. Señal: “Sin servicio”. Por supuesto.
Abrí la galería, solo por inercia. Ahí estaba la última foto que había tomado antes de subir, una foto del paisaje, del valle lejano cubierto de bruma. Se veía bonito. Se veía pacífico. Qué mentira tan grande son las fotos. No capturan el frío, ni el miedo, ni el hambre.
Guardé el teléfono y me obligué a levantarme. —Órale, cabrón. A darle —me dije a mí mismo. Si me quedaba quieto, el frío me iba a ganar. La hipotermia aquí no avisa, te duerme. Empiezas a sentir calorcito, te da sueño y ya no despiertas. Me lo había contado un tío que fue guardabosques. “La montaña es traicionera, mijo, te arrulla antes de matarte”.
Empecé a caminar por el sendero alterno. Sabía que era más largo, daba una vuelta enorme rodeando la peña para evitar la zona de escalada, pero no tenía opción. Mis nervios no aguantarían bajar otra escalera, y mucho menos en esta oscuridad lechosa.
El camino era una vereda de cabras, llena de raíces torcidas que salían de la tierra como dedos de bruja intentando agarrarte los tobillos. Tenía que ir mirando al suelo, paso a paso. Izquierda, derecha. Izquierda, derecha. Mi rodilla raspada ardía con cada flexión. Sentía la tela del pantalón pegada a la herida por la sangre coagulada. Cada paso era un tirón, un recordatorio de mi estupidez.
Mientras bajaba, el silencio absoluto de la montaña empezó a jugar con mi mente. No se oían grillos. No se oían pájaros. A esta altura y con este frío, la vida es escasa. Solo se oía el viento silbando entre las rocas, un sonido agudo, como un lamento constante. Empecé a escuchar cosas. ¿Risas? Me detuve en seco, girando la cabeza. —¿Quién anda ahí? —pregunté a la nada. Nadie respondió. Solo el viento.
Seguro era mi imaginación, reproduciendo las risas de Santi y Kike. Esas risas huecas, de hiena. Me pregunté qué estarían haciendo. ¿Seguirían buscando el celular? ¿O ya estarían bajando, asustados, dándose cuenta de que la noche en el monte no respeta apellidos ni cuentas bancarias? Me dio un poco de satisfacción pensar en Santi llorando por su iPhone. Pero luego me sentí mal. El rencor pesa mucho para cargarlo en una bajada. “Déjalo ir, Beto”, pensé. “Ya tienes la lana. Ya la hiciste. Concéntrate en llegar”.
La niebla empezó a disiparse un poco conforme bajaba de cota, pero la luz también se había ido por completo. Ahora era noche cerrada. Saqué una linternita china que siempre cargo en el llavero de la moto. El haz de luz era débil, amarillento, apenas alumbraba dos metros adelante, pero era mejor que nada. Las sombras que proyectaban los pinos se alargaban, bailando con el movimiento de mi mano. Parecían gigantes observándome.
De repente, un ruido a mi derecha. Ramas rompiéndose. Me paralicé. El corazón se me fue a la garganta otra vez. ¿Un perro cimarrón? ¿Un coyote? ¿O peor… gente mala? En estos cerros a veces se esconden los que no quieren ser encontrados. Apunté la luz hacia los arbustos. Dos ojos brillaron. Verdes. Pequeños. Un cacomixtle. El animalito me miró un segundo, movió la cola anillada y desapareció en la maleza. Solté el aire que tenía contenido. —Pinche susto… —me reí, nervioso. Me estaba volviendo loco.
Seguí bajando. El terreno se suavizó. La roca dio paso a tierra negra, suelta. Llevaba caminando lo que me pareció una hora, pero podían haber sido veinte minutos. El tiempo se deforma cuando te duele el cuerpo. Empecé a pensar en el dinero. Dos mil cuarenta y cinco pesos. Repasé la lista mentalmente para distraerme del dolor. Insulina de mamá: 800 pesos. Gas: 450 pesos. Luz (abono): 300 pesos. Comida para la semana: 500 pesos. Me sobraban… ¿qué? ¿Cero? Prácticamente nada. Iba a salir tablas. Arriesgué el pellejo, me humillé, tragué como animal de circo, casi me mato… ¿para salir tablas? Me dio coraje. Un coraje caliente que me subió por el cuello. ¿Cuánto vale un susto de muerte? ¿Cuánto vale que te graben llorando? ¿Dos mil pesos? Para ellos, esos dos mil pesos eran una botella en el antro. Una cena leve. Unos tenis. Para mí, era la diferencia entre que mi mamá tuviera azúcar en la sangre controlada o terminara en urgencias del Seguro Social, esperando 12 horas en una silla de metal.
Esa es la pinche realidad de México. Vivimos en dos países diferentes que ocupan el mismo espacio geográfico. Ellos flotan arriba, en sus nubes de algodón, y nosotros estamos abajo, sosteniendo la escalera para que no se caigan, y cuando la escalera cruje, se quejan del ruido.
Seguí caminando, rumiando mi rabia, masticándola como si fuera chicle viejo. De pronto, vi luces abajo. Eran los faros de un coche en la zona donde se deja la maquinaria y los vehículos, en el estacionamiento improvisado al final del camino de terracería, conocido como “La Joya” o cerca de ahí. Aceleré el paso, ignorando el dolor de la rodilla. La civilización. O lo más cercano a ella.
Cuando llegué al claro donde terminaba el sendero, lo primero que vi fue mi moto. Ahí estaba. Mi fiel Italika 150, despintada, con el asiento remendado con cinta canela, recargada en su patita chueca. Se veía tan pequeña e indefensa en medio de la inmensidad de la noche. Pero para mí, era un carruaje de oro. Era mi boleto de salida. Corrí hacia ella, cojeando, y puse las manos sobre el tanque de gasolina. El metal estaba helado, casi quemaba. —Ya llegué, nena, ya llegué —le susurré. Sí, le hablo a mi moto. ¿Y qué? Es la única que no me deja tirado.
Justo cuando estaba buscando las llaves en mi pantalón rasgado, escuché voces. Y el sonido inconfundible de una alarma desactivándose. Bip-bip. Me giré. A unos cincuenta metros, bajo la luz de una lámpara solar solitaria que apenas alumbraba, vi una camioneta. Una Land Rover Defender. Gris mate. Enorme. Parecía un tanque de guerra de lujo. Y ahí estaban ellos. Santi y Kike.
Habían bajado por el sendero principal (seguro corrieron o la adrenalina los hizo bajar rápido). Estaban parados junto a la cajuela abierta. Se estaban cambiando. Se quitaban las chamarras de marca llenas de polvo y se ponían sudaderas limpias y secas que sacaban de unas maletas deportivas.
Me quedé inmóvil junto a mi moto, en la oscuridad, fuera del círculo de luz de la lámpara. Ellos no me veían. Yo era una sombra más. Podía escuchar lo que decían. El aire nocturno lleva el sonido muy lejos.
—…te lo juro, güey, mi papá me va a matar —decía Santi, con voz llorosa. Ya no tenía esa prepotencia de arriba. Ahora sonaba como un niño chiquito—. Tenía toda mi info ahí. Las fotos del viaje a Tulum, los contactos… ¡No tenía respaldo en la nube de lo de hoy!
—Ya, supera el teléfono, cabrón —le contestó Kike, azotando la puerta de la cajuela—. Casi matamos al delivery, güey. ¿Viste cómo se quedó colgado? No mames, me estaba cagando de miedo.
—Pues sí, pero… ¡el teléfono, Kike! ¡Vale treinta bolas! Y aparte, el video… ese video iba a pegar durísimo. Se veía súper real su cara de pánico.
Sentí que la sangre me hervía. Ahí estaba. La confirmación. Para Santi, mi vida valía menos que un archivo mp4. Mi “cara de pánico” era un activo digital, una mercancía. Y su luto no era por mi seguridad, ni por el trauma, era por el aparato y por los likes que nunca llegarían.
Kike se quedó callado un momento. Lo vi recargarse en la camioneta y pasarse las manos por el cabello perfecto. —Estuvo mal, güey —dijo Kike, en voz baja—. Nos pasamos de verga. —Ay, ya vas a empezar con tu moralina —replicó Santi, abriendo la puerta del conductor—. Le pagamos, ¿no? Se llevó dos mil varos por comer pizza y subir una escalera. Ganó más en una hora que lo que gana en una semana. Le hicimos un favor. Economía circular, papi. Derrame económico.
Derrame económico. Me dieron ganas de vomitar. Me dieron ganas de ir allá y romperle la nariz. De verdad. Mis manos se cerraron en puños tan fuertes que sentí que las uñas me cortaban las palmas. Imaginé la sensación de mi puño contra su cara mimada. Sería tan fácil. Estaba oscuro. Nadie vería nada. Podría sacarles el susto de su vida.
Di un paso hacia adelante. La grava crujió bajo mi bota. Santi se detuvo con la mano en la puerta. Kike volteó hacia la oscuridad. —¿Qué fue eso? —preguntó Santi, nervioso. —No sé… vámonos ya —dijo Kike, urgido.
Me detuve. ¿Qué ganaba? Si les pegaba, ¿qué pasaba? Me denunciaban. Iba al bote. Mi mamá se quedaba sola. Se acababa la medicina. Se acababa la vida. La justicia del pobre no es la venganza, es la supervivencia. La venganza es un lujo que no me puedo dar.
Respiré hondo, tragándome el veneno, tragándome el orgullo. Me di la vuelta y regresé a mi moto. Metí la llave en el contacto. Giré. El tablero se iluminó tenue. Pateé el pedal de arranque porque la batería eléctrica anda fallando. Rrr… rrr… rrr… No prendió. La moto estaba fría. —No me hagas esto ahorita, chiquita —supliqué. Volví a patear con fuerza, ignorando el dolor de la pierna. Rrr… rrr… ¡PUM! Brrrrrummmm.
El motor rugió. Un sonido tosco, ruidoso, de mofle picado. Nada que ver con el ronroneo silencioso del motor de la Land Rover. Santi y Kike saltaron del susto al escuchar el estruendo salir de la oscuridad. Encendí el faro. La luz amarilla golpeó sus siluetas. Se taparon los ojos, deslumbrados. Aceleré. Pasé junto a ellos. No los miré. Mantuve la vista al frente, fija en el camino de terracería que bajaba hacia la carretera. Escuché que Santi gritaba algo: “¡Pinche naco, asustas!”, o algo así. No me importó. Mi moto levantó una nube de polvo que los cubrió por completo. Que traguen tierra. Que traguen mi polvo.
La bajada en moto fue otra odisea. El camino de “Paso de Cortés” hacia Amecameca es traicionero. Curvas cerradas, baches que parecen cráteres lunares, y zonas de arena suelta donde la llanta trasera te baila como si estuvieras en una pista de hielo. El frío en la moto es peor que caminando. El viento te atraviesa la ropa, busca cualquier hueco, se te mete por el cuello, por las mangas, por la bastilla del pantalón. Mis dientes castañeaban. Trac-trac-trac. Sentía los dedos de las manos entumidos, casi no sentía el embrague ni el freno delantero. Tenía que frenar con cuidado, usando más el motor y el freno de pie.
Mientras bajaba, las imágenes del día se me repetían en la cabeza como una película rayada. El pedido en la app. La emoción de la “propina grande”. La subida. La escalera. La risa. La pizza fría. El reto humillante. La caída. La mano de Kike. ¿Por qué lo hice? ¿Por qué me comí esa pizza así? Me sentía sucio. Sentía que había perdido algo allá arriba que no iba a recuperar con jabón. Dignidad. Autoestima. No sé cómo llamarlo. Me sentía… vendido.
Pero luego pensaba en la cuenta del banco. $2,045. Y pensaba en la farmacia del “Ahorro” que está cerca de la casa. Mañana a primera hora iría. Compraría tres cajas. Y tal vez… tal vez un pollo rostizado para cenar. Con papas y chiles en vinagre. Esa idea, la idea del pollo rostizado caliente, fue lo único que me mantuvo cuerdo en esa hora de bajada infernal.
Llegué al asfalto. La carretera federal. El cambio fue brutal. De la soledad absoluta a las luces deslumbrantes de los tráilers que bajaban de Puebla. El ruido. El claxon. El humo negro del diésel. Bienvenido al mundo real, Beto. Tuve que concentrarme al máximo. Manejar de noche en carretera con una moto 150 es jugar a la ruleta rusa. Los coches no te ven, o no les importas. Te pasan rozando a 120 por hora, y la ráfaga de aire te avienta hacia el acotamiento. Me pegué a la orilla, rezando a la Virgencita que traigo pegada en el velocímetro, una estampa ya descolorida por el sol. “Cuídame, Morenita. Ya falta poco”.
Pasé por Amecameca. El pueblo estaba vivo. Puestos de tacos, gente caminando, música de banda saliendo de las cantinas. El olor a suadero y carbón me invadió el casco. Dios, qué hambre tenía. Mi estómago, que solo tenía una pizza mal masticada y refresco batido, se quejó. Me paré en una gasolinera a la salida del pueblo. Necesitaba estirar las piernas y checar la herida. Entré al baño del Oxxo. La luz fluorescente blanca era cruel. Me miré al espejo. Me espanté. Tenía la cara gris, cubierta de una capa fina de polvo volcánico. Mis ojos estaban rojos, inyectados de sangre por el viento y el esfuerzo. Tenía un corte en la barbilla con sangre seca. Mi cabello era un nido de pájaros. Parecía un espectro. Un muerto viviente.
Me lavé la cara con agua helada del grifo. El agua se puso café al caer al lavabo. Me tallé fuerte, queriendo arrancarme la suciedad y la memoria de las manos de Santi tocándome el hombro, de su risa. Me sequé con papel áspero de ese que raspa. Luego me bajé el pantalón con cuidado para ver la pierna. Tenía un raspón feo en la espinilla, de unos diez centímetros. La piel estaba levantada y morada alrededor. Pero ya no sangraba. Iba a doler como el demonio mañana, y seguro se me iba a infectar si no me ponía alcohol, pero no era grave. Nada roto. Soy de hule, chingao. Los pobres somos de hule. Nos doblamos, nos estiramos, nos golpean, pero no nos rompemos fácil.
Salí del baño. Compré una botella de agua y unas galletas “Marías” con las monedas que traía en la bolsa. Me senté en la banqueta, junto a mi moto, a comer. Veía pasar los coches. Familias regresando de paseo. Parejas. Camioneros. Me pregunté cuántos de ellos sabían lo que es colgar de una escalera a cuatro mil metros por una propina. Nadie. Cada quien carga su cruz, dicen. Pero algunas cruces son de madera podrida y otras son de oro.
Chequé el celular otra vez. Ya tenía señal 4G. Entraron mensajes de WhatsApp. Grupo de Repartidores de la Zona: “¿Qué onda banda? ¿Cómo está el jale hoy?” “Está muerto por el centro, no caen pedidos.” “Cuidado en la federal, hay retén.”
Y un mensaje de mi mamá: “Hijo, ¿ya vienes? Estoy preocupada. Se vino el frío fuerte.” Sentí un nudo en la garganta. Le contesté: “Sí ma, ya voy. Me salió un pedido lejos, pero pagaron bien. Ya voy de regreso. Pon agua para café.” No le dije nada más. ¿Para qué preocuparla? Las madres sufren el doble: sufren lo suyo y sufren lo tuyo. Mejor que duerma tranquila.
Me subí a la moto. El último tramo. De Amecameca a Chalco, y de ahí a mi barrio. La carretera se volvió más fea, más urbana. Más baches, topes sin pintar, perros callejeros cruzando sin mirar. Entré a mi colonia. Calles sin pavimentar, cables de luz colgando como telarañas, casas a medio construir con varillas oxidadas apuntando al cielo como pidiendo ayuda. Graffiti en las paredes. “Vota por el cambio”, decía una barda despintada. Sí, cómo no. El cambio nunca llega aquí. Aquí solo llega el recibo de la luz y la desesperanza.
Pero es mi barrio. Aquí la gente me saluda. —¡Quihubo, Beto! —me gritó el Don de la tienda de la esquina que estaba cerrando la cortina metálica—. ¿Tardecito, no? —Salió chamba, Don Pepe —le grité de vuelta, levantando la mano.
Llegué a mi casa. Un zaguán negro de lámina. Apagué la moto. El silencio regresó, pero este era un silencio diferente al de la montaña. Este silencio tenía fondo: ladridos lejanos, una sirena de patrulla, el sonido de una televisión. Es el sonido de la vida apretada, amontonada. Abrí el zaguán con cuidado para que no rechinara mucho. Metí la moto empujándola. Ahí estaba el patio, con las macetas de mi mamá hechas de botes de pintura viejos. Geranios, hierbabuena, sábila. Su pequeño jardín de resistencia.
Entré a la casa. Olía a frijoles y a tortilla quemada. El mejor olor del mundo. Mi mamá estaba en la mesa, cabeceando sobre el hule floreado. Al escuchar la puerta, se despertó de un salto. —¡Beto! —sus ojos cansados se iluminaron—. Ay, hijo, qué horas son estas. Mira nomás cómo vienes… pareces pordiosero. ¿Qué te pasó?
Se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa. Me acerqué y la abracé. La abracé fuerte, hundiendo mi cara sucia en su hombro que olía a jabón “Rosa Venus” y a Vick VapoRub. Me aguanté las ganas de llorar. Si lloraba, ella se asustaba. —Nada, jefa. Se me ponchó una llanta y me tuve que tirar al suelo a cambiarla —mentí. Otra mentira piadosa. Ya llevaba varias hoy—. Y el camino estaba lleno de polvo.
Ella me separó y me revisó la cara con sus manos arrugadas y calientes. —Estás helado, muchacho. Siéntate, te voy a calentar los frijoles. Hice salsa de molcajete.
Me senté. Mi cuerpo pesaba mil kilos. Mientras ella iba a la estufa, saqué los billetes imaginarios de mi mente. —Ma… —dije—. Mañana vamos por tu medicina. Y al súper. Me cayó una propina buena.
Ella volteó, con el cucharón en la mano. Sonrió. —Bendito sea Dios, hijo. Ves, te dije que Dios aprieta pero no ahorca.
“Sí, jefa”, pensé. “No ahorca, pero te deja colgado de una escalera un buen rato a ver cuánto aguantas”.
Comí. Devoré los frijoles con tortillas recién calentadas. Me supieron a gloria. Me supieron a vida. El sabor picante de la salsa me despertó la lengua. Después, me metí a bañar. El agua caliente salía a chorritos de la regadera eléctrica, pero fue suficiente. Vi el agua café escurrirse por la coladera. El lodo del Iztaccíhuatl, el sudor del miedo, la mugre de la carretera. Todo se fue yendo. Me tallé la herida de la pierna con jabón zote. Ardía, pero era un ardor limpio.
Salí del baño, me puse mi pijama vieja de franela. Me acosté en mi cama. El colchón está hundido en medio, pero es mi cama. Agarré el celular una última vez antes de dormir. Entré a la app del banco. Saldo: $2,045.00. No había sido un sueño. Ahí estaba el dinero. Me sentí un poco más tranquilo. Mañana sería otro día. Mañana sería un buen día para mi mamá.
Iba a bloquear el teléfono cuando me llegó una notificación de Facebook. Kike me había etiquetado. ¿Qué? ¿Cómo tenía mi Facebook? Ah, claro. En la app de reparto a veces sale tu nombre completo, o tal vez me buscó por el número de teléfono que le di para la transferencia. Los fresas son stalkers profesionales.
El corazón me dio un vuelco. ¿Subieron el video? ¿Pero si el celular se cayó? Abrí la notificación con miedo. No era un video. Era una “Historia” de texto, con fondo negro. Decía:
“Hoy aprendí una lección muy cabrona en la montaña. A veces nos preocupamos por estupideces materiales y no vemos el valor de las personas que se la rifan día a día. Gracias al repartidor (no sé su @ pero es un chingón) que nos salvó el día y nos enseñó lo que es tener huevos. Perdón por el mal rato, bro. Respect.”
Y abajo, una foto borrosa, mal tomada con el celular de Kike, de mí espalda alejándome en la niebla, cargando la mochila vacía. No se veía mi cara. Solo mi silueta cansada contra el gris de la montaña.
Me quedé mirando la pantalla. “Respect”. Respeto. Una palabra en inglés para tratar de arreglar una tarde de mierda en español. Leí los comentarios que empezaban a caer de sus amigos: “¿Qué pasó, weee?” “Qué profundo andas, Kike.” “A poco fuiste al Izta, invitaaa.”
Nadie entendía nada. Nadie sabía la historia real. Solo veían la pose de Kike haciéndose el humilde, el “iluminado”. Incluso mi sufrimiento les servía para ganar likes de “consciencia social”. Ahora Kike era el héroe sensible que aprendió una lección.
Me dio risa. Una risa seca, corta. —Pendejos —murmuré.
Bloqueé el celular y lo aventé a la mesita de noche. Se acabó. No voy a comentar. No voy a darle like. No existo para ellos en su mundo digital, y ellos no existen en mi mundo real. Mi mundo real es este cuarto, estos frijoles, esa medicina que voy a comprar mañana. Mi mundo real es que estoy vivo. Y que mañana, a las 8 AM, tengo que prender la moto otra vez.
Cerré los ojos. Y por primera vez en muchas horas, dejé de ver el abismo. Solo vi negro. Y dormí.
CRÓNICAS DE UN REPARTIDOR: LA CAÍDA DE LOS DIOSES (PARTE FINAL)
El día después de casi morir no se siente como un renacimiento. Se siente como una cruda de aquellas, pero sin haber probado ni una gota de alcohol.
Abrí los ojos a las 6:30 de la mañana, no por la alarma, sino por el dolor. Era un dolor sordo, profundo, que me recorría desde la nuca hasta el talón del pie derecho. Sentí como si durante la noche unos duendes hubieran venido a molerme a palos. La rodilla, esa que se había tragado el golpe contra la madera podrida, palpitaba al ritmo de mi corazón: pum, duele, pum, duele.
Me quedé mirando el techo de lámina de mi cuarto un buen rato. Las manchas de humedad formaban mapas de países que no existen. Escuchaba los ruidos de siempre: el camión del gas gritando su canción desafinada “¡El gaaas!”, los ladridos del “Solovino” persiguiendo bicicletas, y el sonido inconfundible de mi mamá arrastrando las pantuflas hacia la cocina. La normalidad. Eso era lo más extraño. Ayer estaba colgando de un abismo a cuatro mil metros, viendo la muerte a los ojos, y hoy el mundo seguía girando como si nada. A la señora de los tamales no le importaba mi trauma. Al chofer del microbús no le importaba mi hazaña. El mundo es una máquina indiferente que no se detiene por nadie, menos por un repartidor.
Me incorporé despacio. Solté un gemido involuntario. —Ay, cabrón… —susurré, agarrándome la espalda baja. El esfuerzo de jalarme hacia arriba en la escalera me había dejado los músculos dorsales hechos piedra.
Me miré al espejo del ropero. Tenía un moretón enorme, morado y verdoso, que me cruzaba el pecho, marca de cuando me raspé contra el borde del precipicio. Parecía un tatuaje de guerra. Me toqué la cara; el corte en la barbilla ya tenía costra. “Estás vivo, güey”, me dije. “Te ves de la chingada, pero estás vivo”.
Salí a la cocina. El olor a café de olla con canela inundaba el espacio pequeño. Mi mamá ya estaba sirviendo dos tazas de peltre despostillado. —Buenos días, hijo —dijo, sin voltear—. ¿Cómo amaneciste? Te oí quejarte en la noche. Estabas teniendo pesadillas. Gritabas algo de una escalera.
Me helé. —¿Ah, sí? —traté de sonar casual, agarrando un pan dulce de la bolsa—. No, nada ma. Es que vi una película de acción antes de dormir y se me quedó pegada. Ya sabes, puras tonterías.
Ella se giró y me puso la taza enfrente. Me miró con esos ojos que ven a través de las paredes y de las mentiras. —Mmmh. Tómate esto. Te ves pálido. ¿Vas a ir a trabajar?
—No, hoy no —dije, soplando el vapor del café—. Hoy me voy a tomar el día. Pero primero voy a salir a hacer unos mandados.
—¿Qué mandados? Si no tienes dinero, hijo.
Sonreí. Metí la mano a la bolsa de mi pantalón de pijama y saqué el celular. Le mostré la pantalla de la banca móvil, aunque ella no le entiende mucho a los números digitales. —Sí hay, jefa. Cayó la propina, ¿te acuerdas? Hoy vamos por tu insulina. Y de marca, nada de genéricos que te caen pesados.
Vi cómo se le iluminaba la cara. No era felicidad por el lujo, era alivio. El alivio puro y duro de saber que va a vivir un mes más sin miedo. Ese gesto, esa sonrisita tímida en su rostro arrugado, valió cada segundo de terror en la montaña. Valió la humillación. Valió el dolor. Si tuviera que volver a subir esa escalera podrida para ver esa sonrisa, lo haría. Carajo, lo haría sin pensarlo.
La Farmacia y el Fantasma Digital
Caminar hacia la farmacia fue un suplicio. Cojeaba visiblemente. La gente del barrio me saludaba: “¿Qué pasó, Beto? ¿Te caíste de la moto o te agarraron los cholos?”. Yo solo levantaba la mano y decía: “Gajes del oficio, ya saben”. Nadie necesita saber la verdad. En el barrio, si muestras debilidad, te comen. Si cuentas que unos fresas te humillaron, te vuelves el pendejo del cuento. Mejor que piensen que me peleé con un taxi. Eso da respeto.
Llegué a la farmacia del Ahorro. El aire acondicionado estaba a todo lo que da. —Tres cajas de insulina glargina, por favor —pedí, sintiéndome el rey del mundo. Saqué la tarjeta de débito. La cajera, una chica con cara de aburrida, pasó la tarjeta. Aprobada. El sonido de la maquinita imprimiendo el voucher fue la mejor música que había escuchado en años. Salí de ahí con la bolsa blanca bajo el brazo, sintiéndola pesada, pero no como una carga, sino como un trofeo.
Me senté en una banca del parquecito frente a la iglesia para descansar la pierna. Saqué el celular. Tenía curiosidad morbosa. Entré a Facebook. Mi dedo se deslizó hacia la lupa de búsqueda. Escribí “Iztaccíhuatl”. Filtrar por “últimas 24 horas”. Nada interesante. Fotos de paisajes, gente posando en la nieve. Busqué el perfil de Kike. Lo encontré rápido porque teníamos un amigo en común (un ex compañero de la secundaria que ahora vendía seguros). Su perfil era público. Típico. Ahí estaba la historia de texto de anoche, la que decía “Respect”. Ya tenía cientos de reacciones. Pero había algo nuevo.
Hace una hora, Kike había subido un video. El título era: “Storytime: Casi morimos en el Izta y un ángel nos salvó”. Era él, grabado desde la comodidad de su sala minimalista, con una planta bonita de fondo y luz perfecta. Le di play.
“Oigan, plebes, no saben lo que nos pasó ayer…” empezaba diciendo, con esa voz nasal y pausada que usan los influencers. “Fuimos a la montaña, Santi y yo, buscando conectar con la naturaleza, ya saben, vibrar alto. Y pedimos comida, porque qué hambre, ¿no? Y total, llega este repartidor, un tipazo, neta, un guerrero…”
Me empezó a hervir la sangre. Estaba contando la historia, pero la estaba torciendo. No mencionó que me obligaron a subir. Dijo que yo “insistí en subir para entregarlo en mano porque soy muy profesional”. No mencionó que se burlaron de mi ropa. Dijo que “nos sorprendió su humildad y su fuerza”. Y la parte de la caída… “Y en eso, la estructura colapsa, güey. Fue horrible. Santi y yo, sin pensarlo, arriesgamos la vida para jalarlo. Fue un trabajo en equipo increíble. Ahí te das cuenta de que todos somos iguales ante la montaña…”
Trabajo en equipo. Arriesgaron la vida. Mentiras. Santi estaba grabando y llorando por su teléfono. Kike fue el único que hizo algo, y ahora lo estaba vendiendo como una epopeya de hermandad donde ellos eran los héroes benevolentes que salvaron al pobre repartidor.
Bajé a los comentarios. “Eres un grande, Kike.” “Qué bueno que ayudaron al señor.” “Fe en la humanidad restaurada.” “¿Y el repartidor tiene insta? Hay que hacerle una coperacha.”
Me dieron ganas de comentar. Mis dedos temblaban sobre el teclado. “Diles la verdad, cabrón. Diles que me hiciste comer como perro. Diles que tu amigo lloró por un iPhone mientras yo sangraba.” Escribí el mensaje. Lo leí tres veces. Y lo borré.
¿Para qué? Nadie le va a creer al repartidor anónimo contra el chavo rubio con miles de seguidores. Me llamarían resentido, mentiroso, busca-fama. O peor, me harían viral. Y yo no quiero ser viral. No quiero que mi cara esté en los memes. No quiero que mi pobreza sea el entretenimiento de la semana en Twitter. La dignidad también es silencio. La dignidad es saber la verdad y no necesitar que un extraño te la valide con un like.
Guardé el teléfono. Me levanté de la banca. —Que se queden con su cuento —dije en voz alta—. Yo me quedo con la insulina.
La Llamada Inesperada
Pasaron dos días. Mi pierna mejoraba. Ya podía caminar sin cojear tanto. El miércoles decidí volver a trabajar. No podía darme el lujo de descansar más. Los $2,000 pesos ya se habían ido en la farmacia, el gas y la despensa. Estaba en ceros otra vez. Así es la economía de la supervivencia: llenas el tanque y se vacía al día siguiente.
Me puse mi chamarra, agarré la mochila térmica (que ya había lavado tres veces para quitarle el polvo del volcán) y me subí a la moto. Prendí la aplicación. Ding-ding. Primer pedido. Tacos al pastor. La rutina me calmó. El ruido del tráfico, pelearme con los taxistas, esquivar baches. Esto era lo mío. Aquí abajo, en el asfalto, yo tengo el control. Aquí no hay escaleras podridas, solo conductores idiotas, y a esos ya me los sé de memoria.
A media tarde, me entró una llamada. Número desconocido. Normalmente no contesto, pero pensé que era un cliente perdido. —¿Bueno? —dije, gritando por encima del ruido del motor. —¿Hablo con… eh… Beto? —una voz masculina, joven, nerviosa. Reconocí la voz al instante. Santi.
Me orillé en la banqueta y apagué la moto. El corazón se me aceleró. ¿Qué quería? ¿Me iba a cobrar el teléfono? —¿Quién habla? —pregunté, haciéndome el tonto. —Soy Santiago. El… el chavo de la montaña. Del otro día. Hubo un silencio incómodo. —¿Qué quieres? —mi voz salió dura, seca. —Oye, mira… estuve pensando. Lo del otro día estuvo… denso. Y pues, mi amigo Kike subió un video y se hizo medio viral y la gente está preguntando por ti. —No me interesa —dije, a punto de colgar. —¡Espera, espera! —Santi habló rápido—. Mira, la neta es que recuperé algo de la nube. Unos clips. Y… hay marcas interesadas. —¿Marcas? ¿De qué hablas? —Sí, güey. Marcas de equipo de montaña, o apps de delivery. Quieren patrocinar la historia. “El sobreviviente”. Quieren hacernos una entrevista a los tres. Juntos. El reencuentro. Hay lana de por medio, Beto. Mucha lana. Podríamos sacarnos unos cincuenta mil varos cada uno, fácil.
Cincuenta mil pesos. El mundo se detuvo. Cincuenta mil pesos. Podría arreglar la moto. Podría impermeabilizar la casa. Podría comprarle un sillón nuevo a mi mamá. Podría… dejar de repartir por unos meses y buscar un trabajo mejor.
—¿Cincuenta mil? —pregunté, y me odié por dudar. —Sí, bro. O más. Pero necesitamos que salgas. Que firmes unos papeles de uso de imagen y hagamos un video juntos. Tipo, nos damos la mano, nos abrazamos, decimos que la montaña nos unió y bla bla bla. Ya sabes, el show. Limpiamos mi imagen, tú quedas como héroe, todos ganan.
Cerré los ojos. Imaginé la escena. Yo, parado al lado de Santi y Kike, sonriendo falsamente. Ellos con su ropa nueva, yo con mi chamarra vieja (o tal vez me regalarían una nueva para el video). Santi recuperando su estatus, Kike ganando seguidores, y yo… yo siendo su mascota otra vez. Su accesorio de “inclusión”. Vender mi trauma. Vender mi miedo. Convertir el peor momento de mi vida en un comercial de tenis.
Recordé la risa de Santi cuando me grababa sufriendo. Recordé cómo me ofreció pizza fría como si fuera un perro. Recordé que no me dio la mano.
El dinero compra muchas cosas. Compra medicina, compra comida, compra techos. Pero no compra el sueño tranquilo. Si yo aceptaba eso, cada vez que me mirara al espejo, vería a un vendido. Vería a un hombre que dejó que los que lo pisotearon le dieran una sobadita en la espalda a cambio de billetes. Mi pobreza es cabrona, sí. Pero es mía. Y mi dignidad es lo único que no les pertenece a ellos.
—Santi —dije. —¿Qué onda? ¿Jalas? Te paso la dirección de mi depa y armamos la estrategia. —Escúchame bien, Santi. —Te escucho. —Métete tu dinero y tu fama por donde te quepa. —¿Qué? Güey, son cincuenta mil… —No me importa si es un millón. Yo no soy tu actor. Yo no soy tu contenido. Yo soy un hombre que trabaja. Y tú… tú eres un niño triste que necesita que extraños lo aplaudan para sentirse alguien. —Oye, pinche naco, no te pongas… —Cállate —le corté, con una autoridad que no sabía que tenía—. No me vuelvas a llamar. Y si subes un video donde salga mi cara, te demando. No tengo dinero, pero tengo un primo que es abogado de oficio y te juro que te hago un desmadre. Búrrame. Olvídame.
Colgué. Me quedé mirando el teléfono, temblando. No de miedo. De adrenalina. Acababa de rechazar cincuenta mil pesos. ¿Estaba loco? Probablemente. ¿Me iba a arrepentir cuando llegara el recibo de la luz? Seguramente. Pero en ese momento, bajo el sol de la tarde en la Ciudad de México, me sentí más rico que Carlos Slim. Me sentí dueño de mí mismo.
El Eco de la Montaña
Pasaron las semanas. El video de Kike tuvo su momento de gloria y luego, como todo en internet, murió. La gente pasó a la siguiente polémica, al siguiente gato gracioso, al siguiente escándalo político. Nadie me buscó. Nadie supo quién era el “repartidor misterioso”. Mejor así.
Yo seguí con mi vida. Repartir. Cobrar. Pagar. Repartir. Pero algo había cambiado en mí. Ya no bajaba la cabeza cuando entraba a los edificios lujosos de Santa Fe o Polanco. Cuando los porteros me miraban feo, yo les sostenía la mirada. Cuando los clientes “fresas” me hablaban golpeado, yo contestaba con educación pero con firmeza. “Aquí tiene su pedido. Buenas noches.” Sin servilismo.
La montaña me había quitado el miedo a caer, pero también me había quitado el miedo a ser quien soy. Descubrí que la altura no te hace grande. La ropa no te hace noble. La grandeza está en aguantar. En sostener la escalera cuando se rompe. En jalar aire cuando no hay.
Un martes por la tarde, me tocó un pedido especial. “Entregar en: Parque Nacional Izta-Popo. Albergue de los Guardabosques.” Me dio un escalofrío al leer la dirección. ¿Otra vez? Pero la nota decía: “Traer tortas y café para el turno de la noche. Preguntar por Don Goyo.”
Dudé. Pero la curiosidad me ganó. Y la necesidad, siempre la necesidad. Acepté el viaje.
Subí la carretera otra vez. Pasé por las mismas curvas. Sentí el mismo frío. Pero esta vez, no iba con miedo. Iba con respeto. Llegué al albergue, una cabaña de madera sólida y caliente, llena de humo de leña. Salió un señor mayor, con bigote canoso y uniforme verde desgastado. Don Goyo.
—¡Llegaron las tortas! —gritó, sonriendo—. Pásale, muchacho, que hace un frío del carajo.
Entré. Había otros tres guardabosques. Gente recia, gente de campo. Me ofrecieron un café. —Siéntate un rato, que el camino está largo —me dijo Don Goyo.
Me senté con ellos. Me comí una torta que ellos mismos me invitaron (aunque yo llevaba el pedido). Empezamos a platicar. —Oiga, Don Goyo —dije, aprovechando la confianza—. Hace como un mes… hubo unos chavos que subieron y se les rompió una escalera. ¿Supo algo?
Don Goyo soltó una carcajada ronca y le dio un trago a su café. —¡Uy, los influencers! —dijo, con sorna—. Claro que supe. Encontraron un celular tirado en la barranca días después. Estaba hecho pedazos. Y la escalera… esa escalera vieja del sendero prohibido. —¿Sendero prohibido? —pregunté. —Sí, mijo. Ese sendero lleva años cerrado. Hay letreros por todos lados que dicen “NO PASAR”. Pero a estos chamacos les vale madre. Se saltan las trancas por una foto. Tuvieron suerte de no matarse.
Don Goyo me miró fijamente. Sus ojos eran oscuros y profundos. —Dicen que iba un repartidor con ellos. Que casi se mata por salvarlos o algo así. ¿Tú sabes algo?
Sentí el calor del café en las manos. Miré el fuego de la chimenea. Podía contarle mi historia. Podía decirle: “Yo soy ese pendejo. Yo soy el héroe”. Podía recibir su admiración. Pero miré a esos hombres. Hombres que vivían ahí, que rescataban gente de verdad sin pedir likes, que apagaban incendios forestales con palas y tierra. Mi historia era pequeña comparada con sus vidas.
Sonreí. —No, Don Goyo. Ni idea. Yo solo subo a traer la cena. En la ciudad se dicen muchos chismes.
Don Goyo me sostuvo la mirada un segundo más, y luego me guiñó un ojo. Creo que él sabía. La gente de montaña sabe leer los silencios. —Así es, mijo. Puro chisme. Anda, ten. —Me puso un billete de quinientos pesos en la mano—. Esto es por la vuelta. Y por aguantar el frío.
—Es mucho, Don —dije. —Tómalo. La montaña paga sus deudas. A veces tarda, pero paga.
Epílogo: La Vista desde Abajo
Bajé del volcán esa noche con una paz que no había sentido nunca. La luna llena iluminaba los picos nevados del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. Se veían plateados, gigantes, eternos. Me detuve en un mirador, apagué la moto y me quité el casco. El viento soplaba fuerte. Miré hacia abajo, hacia el valle de México. Millones de luces parpadeaban. Un mar de luz amarilla y blanca. Ahí abajo estaba Santi, probablemente en un antro, gastando lo que yo gano en un año en una botella de champagne. Ahí abajo estaba Kike, editando su próximo video para fingir que su vida es perfecta. Y ahí abajo estaba mi mamá, durmiendo tranquila porque tenía su medicina en el refri.
Yo no soy un héroe. No soy un influencer. No soy un mártir. Soy Beto. Soy el que lleva la comida. Soy el que conecta los mundos. Soy el que sube y baja.
Me toqué la cicatriz de la barbilla. Ya no dolía. Era piel dura. Miré la montaña una última vez. —Estamos a mano —le susurré al gigante de piedra.
Me puse el casco. Arranqué la moto. Y me lancé hacia las luces de la ciudad, perdiéndome entre los millones de historias anónimas que sostienen a este país, las historias que no necesitan filtro para ser reales. Porque al final del día, cuando se apagan las pantallas y se acaban las baterías, lo único que queda es lo que hiciste cuando nadie te estaba viendo.
Y yo… yo no me solté.