
Soy Mateo, y esta es la historia de cómo un gato salvó mi alma cuando mi cuerpo se estaba rindiendo.
Todo empezó con una rutina sagrada, inquebrantable durante cinco años. Todos los días, a las 3:00 PM, El Güero caminaba hasta el final de la entrada de nuestra casa. Se sentaba en la barda de piedra, con la mirada fija calle abajo, esperando el camión de la escuela.
Cuando yo bajaba, él soltaba un maullido fuerte, saltaba y frotaba su cuerpo contra mis piernas. Caminábamos juntos de regreso a la puerta, hombro con hombro. Los vecinos adoraban vernos, decían que éramos inseparables. Pero la vida, a veces, golpea sin avisar.
Primero fue la fiebre. Luego, el diagnóstico que congeló la sangre de mi madre: L*ucemia.
Desaparecí. Pasé los siguientes seis meses atrapado entre cuatro paredes blancas de un hospital, lejos de mi casa, lejos del camión escolar. Pero El Güero no entendía de diagnósticos ni de tiempos médicos.
Mi mamá me contaba, con la voz quebrada, lo que pasaba en casa. —Mateo, él sigue yendo —me decía—. Llueva o truene, a las 3:00 PM está en la barda. Ve cómo se abren las puertas del camión, ve bajar a los otros niños y, cuando no te ve a ti, suelta un maullido tan triste que me parte el alma.
Me imaginaba al Güero esperando esos diez minutos de cortesía, mirando por encima de su hombro mientras regresaba solo y lento a la casa. Eso me dolía más que las agujas.
Finalmente, una tarde, los doctores nos dejaron volver. El viaje fue silencioso. Yo ya no era el mismo niño que se fue. Estaba delgado, pálido y no tenía cabello. Me sentía débil, como si mi cuerpo fuera prestado.
Entramos a la calle. El reloj del tablero marcaba las 2:55 PM. —Mira —susurró mi mamá, señalando hacia afuera.
Ahí estaba. Sentado en la barda. Esperando.
El corazón me latía con fuerza contra las costillas. Abrí la puerta del coche con manos temblorosas. El olor a medicina impregnaba mi ropa, un olor que a los animales no les gusta. Di unos pasos vacilantes hacia la barda.
—Güero —susurré, con la voz rasposa.
La cabeza del gato se levantó de golpe. Sus ojos se clavaron en mí. En ese segundo, el tiempo se detuvo. ¿Vería al niño que amaba o a un extraño enfermo?
LO QUE HIZO DESPUÉS ME DEJÓ SIN ALIENTO Y ES ALGO QUE NUNCA PODRÉ OLVIDAR…!!!
TÍTULO: LA ESPERA DE EL GÜERO (PARTE 2: EL REENCUENTRO Y LA VIDA DESPUÉS)
Ahí estaba yo, parado junto a la puerta abierta del coche de mi mamá, un sedán viejo que olía a aromatizante de pino y a la angustia acumulada de seis meses de viajes al hospital. Mis tenis, que antes solían estar sucios de jugar fútbol en el parque, ahora lucían impecables, casi ajenos a mí, porque no habían tocado el suelo en medio año. Mis piernas temblaban. No solo por la debilidad muscular de haber estado postrado en una cama clínica, sino por el miedo puro, crudo y helado que me recorría la espalda.
El sol de las tres de la tarde caía a plomo sobre nuestra colonia. Se escuchaba a lo lejos el sonido de una cumbia rebajada saliendo de alguna ventana vecina y el ladrido de los perros en las azoteas, esa sinfonía urbana que tanto había extrañado y que, en ese momento, me parecía el sonido más hermoso del mundo. Pero mi atención estaba clavada en la barda de piedra.
El Güero estaba ahí.
No se había movido. Su pelaje naranja brillaba bajo el sol como si fuera de oro viejo. Sus ojos verdes, esos que tantas veces me habían mirado con curiosidad, ahora estaban fijos en mí. El tiempo pareció estirarse, volviéndose una liga tensa a punto de romperse.
Mi mayor temor no era la enfermedad en ese instante; ya había lidiado con el diagnóstico, con el dolor, con las agujas. Mi miedo era el olvido. Me aterraba que mi compañero, mi cómplice de cinco años, viera en mí a un extraño. Yo sabía que me veía diferente. ¿Cómo no iba a notarlo? Yo era un esqueleto de lo que fui. Mi cara estaba hinchada por los corticoides, pero mi cuerpo era un alambre. No tenía ni un solo pelo en la cabeza, ni cejas, ni pestañas. Y el olor… Dios, el olor. Yo sabía que apestaba a alcohol isopropílico, a sábanas estériles, a medicamentos químicos que se te meten por los poros y no salen con jabón. Para un animal, cuyo mundo es el olfato, yo debía oler a peligro, a enfermedad, a muerte.
—Ollie… —susurré de nuevo, usando su nombre “oficial”, aunque para mí siempre fue El Güero. Mi voz salió quebrada, débil, un hilo de sonido que apenas cruzó la distancia entre el coche y la barda.
El Güero ladeó la cabeza. Hubo un segundo de silencio absoluto en la cuadra. Incluso sentí que mi mamá contenía la respiración detrás de mí, aferrada al volante, rogando al cielo que el gato no saliera corriendo asustado, porque ella sabía que eso me rompería en mil pedazos.
Entonces, sucedió el milagro.
La cabeza del gato se levantó de golpe, como si un resorte se hubiera activado dentro de él. Sus orejas giraron hacia el frente, captando mi frecuencia, esa que va más allá del sonido y conecta directamente con el alma. No analizó mi calvicie. No le importó que mi piel estuviera pálida como el papel. No le importó el olor a farmacia que me rodeaba.
Me reconoció.
Reconoció a su niño.
Y entonces, El Güero hizo algo que rara vez hacía. No soltó ese maullido exigente que usaba para pedir comida, ni el maullido largo y triste que, según mi mamá, soltaba cuando yo no bajaba del camión. No. Soltó un sonido que solo puedo describir como un “trino”. Un chirp agudo, vibrante, lleno de una alegría eléctrica, como si quisiera hablar, como si quisiera decir: “¡Por fin!”.
Lo vi tensar los músculos traseros y, en un movimiento fluido y elegante, saltó de la barda.
Mi instinto fue prepararme para que se frotara en mis tobillos, como siempre lo hacía, marcándome de nuevo como su propiedad, llenando mis pantalones de pelos naranjas. Pero esta vez fue diferente. Esta vez, la urgencia era distinta.
El Güero corrió hacia mí, pero no frenó a mis pies. Dio un salto impresionante, lleno de fe, y yo, sacando fuerzas de donde no las tenía, me agaché un poco para recibirlo. No se frotó contra mis piernas; saltó directamente a mis brazos.
El impacto de su cuerpo cálido contra mi pecho fue la mejor medicina que había recibido en seis meses. Se aferró a mí. Clavó sus garras suavemente en mi playera, lo justo para sostenerse, y enterró su cara peluda en el hueco de mi cuello, justo donde la piel es más sensible, justo donde se siente el pulso de la vida.
Y entonces, lo sentí.
Comenzó como una vibración leve en su pecho y rápidamente se transformó en un estruendo. Ronroneaba. Ronroneaba tan fuerte que sonaba como el motor de un vocho viejo, un sonido profundo, gutural y constante que resonaba en mis propios huesos. Era un sonido de paz. Un sonido de “casa”.
Mis rodillas cedieron. No pude más. Me dejé caer lentamente al suelo de la entrada, abrazando a ese gato como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Sentí el concreto caliente bajo mis piernas, pero no me importó.
—Me esperó, mamá… —logré decir entre sollozos, con la cara enterrada en su pelaje, sintiendo cómo mis lágrimas mojaban su pelo naranja—. Sabía que iba a volver.
Escuché el portazo del coche y los pasos apresurados de mi madre. Cuando llegó a mi lado, se arrodilló y nos abrazó a los dos. Lloramos ahí, los tres, en medio de la banqueta, bajo la mirada curiosa de doña Lupe, la vecina de enfrente, que había salido a barrer y se quedó quieta, con la escoba en la mano, llevándose la otra mano a la boca al comprender lo que estaba viendo.
El Güero no se movió. No intentó escapar del abrazo asfixiante de mi madre ni de mis lágrimas. Se quedó ahí, cumpliendo su misión, sanando las heridas que los doctores no podían ver. Él me había esperado cada día, llueva o truene, soportando la decepción de ver el camión irse vacío. Había aguantado su propia tristeza, sus propios diez minutos de duelo diario antes de volver a casa mirando por encima del hombro. Y ahora, su guardia había terminado. Su niño estaba en casa.
Los días siguientes fueron una neblina de recuperación lenta, pero ya no estaba solo. El Güero se autoproclamó mi enfermero de tiempo completo.
Si yo estaba en la cama, demasiado cansado para levantarme debido a las secuelas del tratamiento, él estaba ahí. Se acostaba sobre mis piernas o a un lado de mi cabeza, vigilando la puerta como un guardián leal. Si mi mamá entraba con la comida, él la supervisaba. Si yo tenía pesadillas —algo común después de tanto tiempo en el hospital— sentía su pata suave en mi mejilla o su lengua rasposa lamiendo mi mano, trayéndome de vuelta a la realidad, recordándome que estaba seguro, que estaba en mi cuarto, con mis cosas.
Poco a poco, mi cabello empezó a crecer. Primero como una pelusa extraña, luego más fuerte. El color volvió a mis mejillas. Empecé a comer mejor, a saborear los calditos de pollo y las tortillas recién hechas que tanto me habían hecho falta. Y en cada pequeño paso, en cada gramo que recuperaba, El Güero estaba presente.
La rutina cambió, por supuesto. Ya no había camión escolar por un buen tiempo. Mis clases eran en casa o, más tarde, ir y venir en el coche de mi mamá para revisiones. Pero El Güero adaptó su lealtad a las nuevas circunstancias. Si salíamos al médico, él nos acompañaba hasta el coche y se quedaba en la barda, esperando nuestro regreso, sin importar si tardábamos una hora o todo el día.
Aprendí mucho de él en ese tiempo. Los humanos nos complicamos la vida pensando en el futuro, angustiándonos por el “qué pasará”, sufriendo por diagnósticos y estadísticas. Pero El Güero me enseñó a vivir el presente. Para él, el amor no era una promesa complicada llena de palabras; el amor era presencia. El amor era estar ahí. El amor era sentarse en una barda de piedra dura y esperar, simplemente porque la persona que amas tiene que llegar en algún momento.
Me enseñó que la esperanza es una disciplina. No es algo que sientes mágicamente un día; es algo que practicas. Te levantas, vas a la barda, y esperas. Y si hoy no llega, regresas mañana. Y al día siguiente. Y al siguiente. Esa terquedad, esa insistencia silenciosa, fue lo que mantuvo mi lugar en el mundo mientras yo no estaba para ocuparlo.
Pasaron los años. La pesadilla de la leucemia se fue convirtiendo en un recuerdo lejano, una cicatriz en mi historia y en mi cuerpo, pero no en mi destino.
Regresé a la escuela, pero ya no era el niño pequeño que saltaba del camión. Crecí. La secundaria, la preparatoria. El Güero envejeció conmigo. Su hocico, antes naranja brillante, se empezó a llenar de canas blancas. Sus saltos se volvieron un poco menos ágiles, y pasaba más tiempo durmiendo al sol que cazando insectos en el jardín. Pero su devoción nunca vaciló.
Hoy, la escena es distinta, pero la esencia es la misma.
Ya estoy en la preparatoria. Ya no tomo el camión amarillo. Ahora manejo el viejo coche de mi mamá o a veces me dan “ride” mis amigos. Salgo de la casa temprano en la mañana, con la mochila al hombro y las llaves en la mano. Y ahí está él.
El Güero camina conmigo hasta el coche cada mañana. Se frota en mis piernas, que ahora son largas y fuertes, vestidas con jeans y no con pijama de hospital. Espero a que se quite para no atropellarlo, enciendo el motor y lo veo por el retrovisor. Se queda ahí, sentado en la entrada, viéndome partir, asegurándose de que me vaya bien.
Y cuando regreso por la tarde, ya sea a las 3:00 PM o más tarde si tengo entrenamiento, la imagen que me recibe es la que llevo tatuada en el alma: una silueta felina sobre la barda de piedra.
A veces me pregunto qué piensa mientras espera. ¿Recordará aquellos seis meses en los que no llegué? ¿Tendrá miedo de que vuelva a desaparecer? Quiero creer que no. Quiero creer que confía en mí tanto como yo confío en él.
El Güero es ya un gato anciano. Sé que el tiempo no perdona y que los gatos no viven para siempre. A veces, esa idea me aprieta el pecho con un miedo antiguo. Pero luego lo miro a los ojos, esos ojos verdes que han visto lo peor y lo mejor de mí, y recuerdo su lección.
No adelantes el dolor. Solo preséntate. Ama hoy. Siéntate en la barda y espera lo mejor.
Él le enseñó a todo el vecindario —a la señora de los tamales, al cartero, a los niños que ahora juegan en la calle— que el verdadero amor es simplemente “aparecer”. Que no se necesitan grandes gestos heroicos ni discursos de película. A veces, el acto más heroico que puedes hacer por alguien es estar ahí, en el mismo lugar, a la misma hora, demostrándole que siempre tendrá un lugar a donde volver.
Mi gato no solo esperó a que yo regresara del hospital. Él me esperó para que yo regresara a la vida. Y cada vez que arranco el coche y lo veo por el espejo retrovisor, me prometo a mí mismo que, mientras él esté ahí, yo siempre, siempre regresaré a casa.
Porque hay alguien esperándome en la barda.
Y esa es la promesa más sagrada que existe.
TÍTULO: EL ÚLTIMO MAULLIDO EN LA BARDA (PARTE 3: EL LEGADO DE UNA PROMESA)
CAPÍTULO 1: LA METAMORFOSIS DEL TIEMPO
Dicen que el tiempo en México no corre en línea recta, sino que da vueltas, como un perro tratando de morderse la cola. Pero para mí, el tiempo se medía en la cantidad de pelos naranjas que encontraba en mi ropa y en la lentitud progresiva de los pasos de El Güero.
Después de mi regreso del hospital, la vida intentó volver a su cauce, pero “normalidad” es una palabra tramposa. Yo ya no era el mismo. Haber mirado a la muerte a los ojos a los doce años te cambia el chip. Mientras mis amigos de la secundaria se preocupaban por si fulanita les había dado “like” en Facebook o si iban a pasar el examen de matemáticas, yo vivía con una urgencia distinta, una sed de vivir que a veces me atragantaba. Y el único que entendía ese ritmo, esa vibración subterránea de quien ha sobrevivido, era mi gato.
La secundaria pasó como un borrón de hormonas, tareas y partidos de fútbol. Y ahí, en medio de ese caos de crecimiento, la constante seguía siendo la barda de piedra a las 3:00 PM.
Recuerdo una tarde en particular, cuando tenía catorce años. Había reprobado un examen importante y, para colmo, la niña que me gustaba me había bateado olímpicamente frente a todos en el receso. Bajé del camión escolar arrastrando los pies, con la mochila pesando una tonelada y el orgullo hecho pedazos. Quería llegar, azotar la puerta de mi cuarto y no salir hasta tener treinta años.
Pero ahí estaba él.
El Güero no sabía de calificaciones ni de corazones rotos de adolescentes. Él solo sabía que yo había llegado. Me recibió con ese chirp característico, ese trino que sonaba a “bienvenido a tu refugio”. Se frotó contra mis espinillas con tal fuerza que casi me tira. Me agaché para acariciarlo y, sin previo aviso, me solté a llorar ahí mismo, en la banqueta, con la mochila tirada. No fue un llanto de dolor como los del hospital; fue un llanto de frustración, de “la vida es difícil”.
El Güero no se asustó. Se paró en dos patas, apoyando las delanteras en mi rodilla, y me dio un cabezazo suave en la barbilla. Fue su manera de decir: “No manches, Mateo. Estás vivo. Estás aquí. Lo demás es ruido”.
Ese día entendí que él no solo me esperaba físicamente; me esperaba emocionalmente. Era mi ancla. En un mundo donde todo cambiaba —mi cuerpo, mi voz, mis amigos—, él era mi punto fijo.
CAPÍTULO 2: DEL CAMIÓN AMARILLO AL COCHE USADO
El cambio más grande llegó cuando entré a la prepa. La famosa Preparatoria. Esa época donde uno se siente el dueño del mundo aunque no traiga ni cinco pesos en la bolsa.
Cumplí dieciséis años y, con los ahorros de mis abuelos y un préstamo de mi papá, me compré mi primer coche. Era un Tsuru viejo, de esos que aguantan un apocalipsis nuclear pero que suenan como matraca cuando metes segunda. Me sentía soñado. Ya no tendría que subirme al camión escolar. Ahora yo controlaba mi destino, mis horarios, mi música.
El primer día que me llevé el coche a la escuela, sentí una culpa extraña. Me levanté temprano, agarré las llaves y salí al patio. El Güero estaba dormido en su cojín cerca de la ventana. —Hoy no hay camión, compadre —le susurré.
Salí, encendí el motor (que tosió un poco antes de arrancar) y me fui. Esa tarde, de regreso, venía manejando con la ventana abajo, sintiendo el aire y escuchando rock en español a todo volumen. Al dar la vuelta en la esquina de mi calle, mi corazón dio un vuelco.
Eran las 3:15 PM. Ahí estaba.
El Güero estaba sentado en la barda de piedra. Pero no miraba hacia la parada del camión como solía hacerlo. Sus orejas giraban como radares, escaneando el sonido de los motores. Cuando vio mi Tsuru acercarse, se puso tenso. No reconocía el coche. Para él, era una máquina extraña invadiendo su territorio.
Frené frente a la casa y apagué el motor. El silencio cayó sobre la calle. Abrí la puerta del conductor. —¡Güero! —grité.
La transformación fue instantánea. Sus ojos se abrieron como platos. Maulló, un sonido de pura incredulidad mezclada con regaño. Bajó de la barda de un salto y corrió hacia mí. No importaba el vehículo. No importaba el método de transporte. Importaba el pasajero.
A partir de ese día, establecimos una nueva rutina, una que mantuvimos religiosamente durante toda mi preparatoria y el inicio de la universidad.
Por las mañanas, mientras yo cargaba mi mochila y mi termo de café, El Güero me escoltaba hasta la puerta del conductor. Caminaba con ese paso de dueño de hacienda, con la cola en alto, rozando mi pantalón de mezclilla. Yo abría la puerta, tiraba la mochila al asiento del copiloto y me agachaba para despedirme. —Cuida la casa, tigre. Regreso al rato. Él me daba un lengüetazo en la mano, rasposo y seco, y se sentaba a ver cómo maniobraba para sacar el coche. No se metía a la casa hasta que yo doblaba la esquina.
Y por las tardes, la escena se repetía a la inversa. Ya no esperaba el rechinido de los frenos del autobús; aprendió a distinguir el sonido específico de mi motor, el cascabeleo particular de mi escape viejo, entre los cientos de coches que pasaban. Los vecinos me decían que, unos dos minutos antes de que yo apareciera, El Güero ya se estaba acomodando en la barda, listo para recibirme.
Se convirtió en una leyenda local. La gente que pasaba caminando, los repartidores de Uber Eats, las señoras que iban por las tortillas… todos conocían al “Gato de la Barda”. —Buenas tardes, guardián —le decían algunos al pasar. Él apenas los miraba, con esa indiferencia regia de los gatos, porque su atención estaba reservada para una sola persona. Para mí.
CAPÍTULO 3: LAS CANAS DEL ALMA
Pero el tiempo es un cobrador implacable, y a los animales les cobra la renta mucho más rápido que a nosotros. Mientras yo pasaba de ser un adolescente flacucho a un joven universitario con barba y voz grave, El Güero empezó a desvanecerse.
Fue sutil al principio. Primero, dejó de saltar a la barda de un solo impulso. Ahora lo hacía en dos tiempos: primero a la maceta grande, luego un esfuerzo visible para subir a la piedra. Luego, su pelaje naranja, que alguna vez fue vibrante como el fuego, se volvió opaco y se llenó de hilos blancos alrededor del hocico y las cejas. Sus ojos verdes empezaron a nublarse con esa neblina azulada de las cataratas.
Hubo un invierno, un diciembre particularmente frío, en el que noté que le costaba levantarse por las mañanas. Sus caderas estaban rígidas. La artritis, ese ladrón silencioso, se estaba metiendo en sus huesos. Mi mamá y yo lo llevamos al veterinario, el Dr. Romo, un señor de bigote canoso que había atendido al Güero desde que era una bolita de pelos.
—Mateo, tu gato ya es un abuelo —me dijo el doctor mientras revisaba sus articulaciones—. Tiene el corazón fuerte, pero el chasis ya está desgastado. Necesita calor, medicinas para el dolor y mucho cariño.
Esa noche, acostado en mi cama con El Güero hecho bolita junto a mis pies (ya no subía hasta la almohada), sentí un miedo paralizante. El miedo a la pérdida. Durante mi leucemia, él había sido mi soporte. La idea de que él pudiera irse antes que yo me parecía una traición del universo. ¿Cómo iba a existir el mundo sin él en la barda?
Empecé a consentirlo de formas ridículas. Le compré una escalera de espuma para que pudiera subir a mi cama sin saltar. Le compraba sobres de comida húmeda “Gourmet” que costaban más que mis propios tacos. Y, lo más importante, empecé a pasar más tiempo con él. Si tenía que estudiar para un examen, lo hacía en la sala, en el suelo, para estar a su altura. Si salía con mis amigos, procuraba regresar temprano, con la excusa de que “tengo que darle la medicina a mi gato”. Mis amigos se burlaban un poco: —Ya déjalo, Mateo, es solo un gato. —No —respondía yo, muy serio—. No es solo un gato. Es mi hermano.
CAPÍTULO 4: LA DISCIPLINA DE LA ESPERANZA
A pesar de su vejez, de sus dolores y de su lentitud, El Güero nunca, jamás, rompió su promesa. La disciplina es hacer lo que tienes que hacer, incluso cuando no tienes ganas, incluso cuando te duele. Y El Güero era el maestro de la disciplina.
Hubo días de lluvia torrencial en los que mi mamá tenía que salir con un paraguas para intentar meterlo a la casa, pero él se resistía, maullando indignado, plantado en la barda bajo el aguacero hasta que veía las luces de mi coche. Solo entonces aceptaba entrar, empapado como una sopa, temblando, pero con la misión cumplida. —Estás loco, gato —le decía yo mientras lo secaba con una toalla tibia, frotando su cuerpo huesudo—. Te vas a enfermar. Él solo ronroneaba, un sonido que ahora era más rasposo, como un motor viejo con arena, pero igual de reconfortante.
Recuerdo una tarde terrible. Yo había tenido un accidente leve con el coche; nada grave, solo un golpe de lámina, pero me tardé horas con el seguro y la grúa. No llegué a las 3:00 PM. No llegué a las 4:00, ni a las 6:00. Llegué a casa pasadas las 8:00 de la noche, en taxi, cansado, furioso y estresado.
Estaba oscuro. La calle estaba vacía. Pero al bajar del taxi, vi dos pequeños puntos brillantes reflejando la luz del alumbrado público sobre la barda. El corazón se me estrujó. Llevaba cinco horas esperándome. Sin moverse. Sin ir a comer. Sin ir a su caja de arena. —Güero… —murmuré, corriendo hacia él.
Estaba frío al tacto. Tiritaba. Pero cuando me vio, hizo el intento de levantarse y me dio ese chirp de bienvenida, aunque esta vez sonó débil, casi un suspiro. Lo cargué en brazos, sintiendo lo ligero que estaba, puro hueso y pelo. Lo metí a la casa, casi llorando de la culpa. —Perdóname, amigo. Perdóname por tardar tanto. Él simplemente recargó su cabeza en mi hombro y cerró los ojos. No había reclamos. Solo había amor. Un amor terco, incondicional, estúpido y maravilloso.
Esa noche entendí el verdadero mensaje que él le estaba dando al mundo. La esperanza no es un sentimiento bonito que tienes cuando las cosas van bien. La esperanza es una disciplina. Es la capacidad de mantenerte firme en tu puesto, de mantener la fe en que la persona que amas va a volver, incluso cuando se hace de noche, incluso cuando hace frío, incluso cuando tarda más de lo esperado. El amor es simplemente “presentarse”. Día tras día. Sin falta.
CAPÍTULO 5: EL ÚLTIMO ATARDECER
La despedida no fue dramática. No hubo carreras a urgencias a medianoche ni gritos desesperados. Fue tranquila, como él. Fue un domingo de abril. El Güero ya casi no caminaba. Había dejado de comer dos días antes y el Dr. Romo nos había dicho que era cuestión de horas. Sus riñones habían dicho “basta”.
Decidí no llevarlo a dormir al consultorio. Odiaba ese lugar. Odiaba el olor a alcohol y las mesas frías de metal. Él merecía irse en su reino. Lo saqué al jardín delantero, envuelto en su manta favorita. El sol de la tarde estaba suave, dorando las piedras de la barda donde había pasado la mitad de su vida.
Me senté en el suelo, recargado en la barda, con él en mi regazo. —Mira, Güero —le susurré, señalando la calle—. Ahí viene el camión. No venía nada, por supuesto. Era domingo. Pero sus orejas se movieron levemente, como si escuchara un motor fantasma, el motor de aquel autobús escolar de hace diez años.
Pasamos la tarde ahí. Viendo pasar la vida. Saludando a los vecinos. —¿Cómo sigue el jefecito? —preguntó Don Beto, el de la tienda, al pasar. —Ya se está yendo, Don Beto —le dije con la voz rota. El hombre se quitó la gorra, asintió con respeto y siguió su camino en silencio.
Cuando el sol empezó a ocultarse, pintando el cielo de naranja y morado —los mismos colores de su pelaje—, sentí que su respiración cambiaba. Se volvía más lenta, más espaciada. Lo acaricié detrás de las orejas, en ese punto exacto que lo hacía mover la patita. —Está bien, Ollie —le dije, usando su nombre completo por última vez—. Ya puedes descansar. Ya llegué. Estoy aquí. No me voy a ir.
Me miró una última vez. Sus ojos ya no veían bien, pero me vieron a mí. Estoy seguro. Soltó un último suspiro largo, como si soltara todo el peso de los años de espera, todo el cansancio de la guardia, y su cuerpo se relajó por completo. El motor se apagó. El ronroneo cesó.
Me quedé ahí sentado hasta que anocheció por completo, abrazando a mi amigo, bajo la luz de la primera estrella. Lloré, sí. Lloré como un niño, como el niño enfermo que él había salvado, como el hombre que él había ayudado a formar. Pero en medio del dolor, había una paz inmensa.
CAPÍTULO 6: LA BARDA VACÍA Y ETERNA
Al día siguiente, la casa se sentía enorme y vacía. El silencio era ensordecedor. A las 3:00 PM, por pura inercia, miré el reloj. Sentí un hueco en el estómago. Salí a la entrada. La barda estaba vacía. Solo piedra fría y gris.
Me senté en el lugar donde él solía sentarse. Pasé la mano por la piedra rugosa, imaginando que todavía podía sentir el calor de su cuerpo. Un par de vecinos pasaron. Se detuvieron al ver la barda vacía y mi cara. No hizo falta decir nada. Sabían que el guardia se había ido.
Pero entonces, sucedió algo curioso. Llegó el camión escolar de la primaria local (no el mío, ya hace años que no iba en él, sino el que trae a los niños nuevos del barrio). El camión se detuvo. Las puertas se abrieron. Un niño pequeño, quizá de unos seis años, bajó con su mochila enorme. Su mamá lo esperaba. El niño miró hacia mi barda. —¿Y el gatito? —preguntó.
Me limpié los ojos y traté de sonreír. —El gatito ya se jubiló, campeón —le dije—. Ahora nos cuida desde arriba.
Con el tiempo, el dolor agudo se transformó en una melancolía dulce. Hoy, sigo viviendo en la misma casa mientras termino la universidad. Sigo manejando mi coche. Y aunque El Güero ya no está físicamente, juro que a veces, cuando llego cansado por las tardes y la luz golpea la barda de cierta manera, veo un destello naranja por el rabillo del ojo.
A veces, cuando cierro la puerta del coche, me parece escuchar un chirp suave mezclado con el viento.
No pusimos otro gato. No todavía. Ese lugar en la barda es sagrado. Pero mandé poner una pequeña placa de metal en la piedra, justo donde él se sentaba. Es discreta, casi no se nota si no la buscas. Dice:
“Aquí esperó Ollie. Nos enseñó que el amor es simplemente estar. 3:00 PM – Por siempre.”
Cada vez que tengo un día difícil, cada vez que siento que el mundo se me viene encima o que pierdo la esperanza en el futuro, salgo, toco esa piedra y recuerdo. Recuerdo al gato que esperó al niño enfermo. Recuerdo al gato que esperó al adolescente confundido. Recuerdo que, mientras haya alguien dispuesto a esperar por ti, siempre vale la pena volver a casa.
Esa es mi historia. No es una historia de magia, ni de grandes aventuras. Es la historia de un gato corriente, en una calle corriente de México, que tuvo el corazón más grande que cualquier humano que haya conocido. Y si estás leyendo esto, y tienes a alguien —persona o animal— que te espera al final del día… no los hagas esperar más. Ve con ellos. Abrázalos. Porque el amor es eso: llegar.
TÍTULO: LA ETERNIDAD EN UNA BARDA DE PIEDRA (PARTE FINAL: EL LEGADO Y EL REGRESO)
CAPÍTULO 1: LA ANATOMÍA DEL SILENCIO
Los primeros días sin El Güero no fueron tristes; fueron extraños. Una extrañeza física, casi palpable, como si alguien hubiera cambiado la gravedad de la casa.
Aprendí a las malas que el silencio no es simplemente la ausencia de ruido. El silencio tiene peso, tiene textura y, en mi casa, tenía dientes. El silencio mordía.
Me despertaba por las mañanas y, durante los primeros tres segundos, mi cerebro olvidaba la realidad. Mi mano bajaba automáticamente hacia el lado derecho de la cama, buscando el bulto caliente y peludo que solía dormir ahí. Mis dedos solo encontraban la sábana fría y arrugada. En ese instante, la realidad me caía encima como un balde de agua helada: Ya no está.
La casa se convirtió en un campo minado de recuerdos. Caminar por el pasillo era un ejercicio de dolor. Instintivamente, yo caminaba pegado a la pared para no “pisarlo”, aunque él ya no estuviera ahí para ser pisado. Abrir una lata de atún para hacerme un sándwich se sentía como un crimen; el sonido del abrelatas resonaba en la cocina y nadie venía corriendo. Nadie maullaba exigiendo su “impuesto” de atún. Me quedaba ahí, con la lata en la mano, esperando un fantasma, sintiéndome el ser más estúpido y solitario del planeta.
Mi mamá también sufría, aunque trataba de disimularlo para no preocuparme. Yo la oía hablar sola. —Ay, Güero, quítate de ahí que voy a barrer… —decía, y luego se callaba de golpe. La veía quedarse quieta, con la escoba en la mano, mirando ese rincón vacío donde al gato le gustaba tirar pelo. Sus ojos se llenaban de lágrimas, suspiraba y seguía barriendo, pero más despacio, como si barrer fuera lo único que mantuviera el mundo girando.
Pero lo peor, lo absoluto y terriblemente peor, era la barda.
Esa barda de piedra que había sido nuestro altar, nuestro punto de encuentro, se transformó en un monumento a la ausencia. Durante las primeras semanas, no podía ni mirarla. Salía de la casa con la vista clavada en el suelo, me subía al coche rápido y arrancaba sin mirar por el retrovisor. Porque sabía lo que vería —o más bien, lo que no vería— y no tenía la fuerza para soportarlo.
Los vecinos, con buena intención pero poco tacto, preguntaban. —¿Y el gato, joven? Ya no lo hemos visto. —Se murió —respondía yo, seco, cortante. —Ay, qué pena. Pero bueno, ya estaba viejito. Cómprese otro, joven, un perrito tal vez.
¿Cómprese otro? La gente que dice eso no entiende nada. No entienden que uno no “reemplaza” a un amigo. El Güero no era una licuadora que se descompuso y vas a Coppel por una nueva. El Güero era el testigo de mi vida. El Güero tenía la patente de mis secretos, de mis miedos durante la quimioterapia, de mis llantos adolescentes. ¿Cómo “compras” otro testigo de tu historia?
Decidí que nunca más tendría una mascota. El precio de entrada era demasiado alto. Te dan años de amor incondicional, sí, pero te cobran con un dolor devastador al final. Yo sentía que ya no tenía saldo en el corazón para pagar esa cuenta otra vez. Cerré la fábrica. Clausurado.
CAPÍTULO 2: EL PRIMER DÍA DE MUERTOS
Llegó noviembre. En México, noviembre no es solo un mes; es un puente. Es el momento en que la membrana entre los que estamos y los que se fueron se vuelve delgada, casi transparente.
Mi mamá, fiel a las tradiciones de mi abuela, empezó a sacar las cajas para el altar de muertos. Papel picado morado y naranja, calaveritas de azúcar, velas. —Vamos a ponerle su foto a los abuelos —dijo ella—, y este año… necesitamos una foto nueva.
Sacó un marco pequeño de madera. Adentro estaba una foto que yo le había tomado con mi celular hacía años: El Güero, joven y fuerte, sentado en la barda, con el sol dándole de lleno en la cara, luciendo majestuoso como un león de bolsillo.
—No, mamá —le dije, sintiendo un nudo en la garganta—. No lo pongas. Si lo pones, es admitir que ya no va a volver. Mi mamá me miró con esa ternura infinita que solo tienen las madres mexicanas. Se acercó y me tomó de las manos. —Mijo, ponerlo en el altar no es despedirlo. Es invitarlo a volver. Es decirle que esta sigue siendo su casa. ¿Tú crees que él se va a perder la oportunidad de venir a ver si le dejaste atún?
Esa noche, ayudé a mi mamá a montar la ofrenda. En el nivel más bajo, pusimos un plato con sus croquetas favoritas (las caras, esas que le compraba al final) y un platito con agua fresca. Esparcimos pétalos de cempasúchil desde la puerta de la entrada hasta el altar, marcando el camino.
—Para que vea el color y siga el olor —dijo mi mamá.
La noche del 1 al 2 de noviembre, me senté en la sala, frente al altar iluminado solo por las velas. Olía a copal, a flor de muerto y a chocolate caliente. Me quedé dormido ahí, en el sofá.
Y entonces, sucedió.
No sé si fue un sueño. No sé si fue mi cerebro buscando consuelo. Pero sé lo que sentí. A eso de las 3:00 de la mañana, sentí un peso en mis pies. Ese peso familiar, concentrado, de unos cuatro kilos. Sentí las patitas caminando sobre la cobija, subiendo lentamente por mis piernas, con ese ritmo cuidadoso que él tenía para no despertarme del todo. Sentí cómo se acomodaba en el hueco detrás de mis rodillas. Sentí el calor. Y escuché, claro como el agua, ese ronroneo. Ese motorcito de dos tiempos, brrr-brrr-brrr.
No abrí los ojos. Tenía miedo de que, si los abría, la magia se rompiera. Me quedé quieto, conteniendo la respiración, dejando que las lágrimas resbalaran por mis sienes hacia mis orejas. —Gracias por venir, gordo —susurré en mi mente—. Te extrañé un chingo.
A la mañana siguiente, cuando desperté, el peso ya no estaba. Pero el plato de agua en el altar tenía menos agua. Y, esto se los juro por lo más sagrado, había un rastro de huellitas de polvo naranja sobre el mantel blanco, justo al lado de su foto.
Ese día entendí que la muerte no es un final, sino un cambio de estado. El Güero ya no estaba en la barda física, pero ahora vivía en el aire, en la memoria y en cada noviembre.
CAPÍTULO 3: LOS AÑOS DE LA NEGACIÓN
Pasaron tres años. Terminé la universidad. Conseguí mi primer trabajo “de verdad” en una oficina en el centro. Me compré un coche un poco menos viejo que el Tsuru. Empecé a usar trajes y a preocuparme por cosas de adultos: impuestos, la renta, el tráfico.
Mi vida se volvió funcional, eficiente y un poco gris. Salí con varias chicas. Algunas venían a mi casa. —Oye, qué casa tan bonita, pero se siente muy sola —me dijo una vez Claudia, una novia que tuve—. Deberías tener un perro o un gato.
Yo me ponía rígido de inmediato. —No —respondía tajante—. No me gustan los animales. Era una mentira, por supuesto. Me encantaban. Pero era mi escudo. No quería encariñarme con nada que tuviera una esperanza de vida menor a la mía.
Mi mamá, que ya estaba más grande y caminaba más despacio, intentaba suavizarme. —Mateo, el corazón es como una casa. Si cierras las ventanas por mucho tiempo, el aire se vicia. Necesitas dejar entrar vida nueva. —Estoy bien así, ma. No necesito más problemas.
Me volví un experto en ignorar a los animales de la calle. Si veía un perro cojo, miraba para otro lado. Si veía un gato en un techo, aceleraba el paso. Me había construido una armadura de indiferencia para proteger la cicatriz que El Güero había dejado.
Pero el destino, o Dios, o El Güero desde donde estuviera, tenía un sentido del humor muy peculiar. Y decidió que mi luto ya había durado lo suficiente.
CAPÍTULO 4: LA TORMENTA Y EL INTRUSO
Fue en julio. Temporada de huracanes. Llovió en la ciudad como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos. Las calles eran ríos, los truenos hacían vibrar las ventanas.
Yo llegaba de trabajar, empapado a pesar del paraguas, corriendo desde el coche hasta el portón. Eran las 8:00 de la noche. Estaba oscuro y la lluvia golpeaba el asfalto con furia. Justo cuando estaba metiendo la llave en la cerradura, escuché algo.
No era un maullido normal. Era un grito. Un chillido agudo, desesperado, casi ahogado por el ruido de la lluvia. Mi primer instinto fue entrar a la casa y cerrar la puerta. “No es mi problema”, pensé. “Seguro es un gato peleando”.
Entré. Cerré. Me quité los zapatos mojados. Pero el chillido seguía. Se colaba por debajo de la puerta. Era el sonido de algo que está pidiendo ayuda porque sabe que va a morir. Maldije en voz baja. —Chingada madre —dije, volviéndome a poner los zapatos mojados.
Salí con una linterna. El sonido venía de abajo de mi coche. Me agaché, sintiendo el agua fría empaparme las rodillas. Alumbre hacia el chasis.
Ahí, trepado en el mofle, temblando como una hoja, había una cosa negra. No parecía un gato. Parecía una rata mojada y escuálida. Era un gatito, tal vez de dos meses, completamente negro, excepto por una mancha blanca en el pecho y unos ojos amarillos enormes, llenos de terror. —Vente, bájate de ahí —le dije, extendiendo la mano. El gato me bufó. Era un bufido ridículo, sin fuerza, pero lleno de valentía. —Mira, carnal, si te quedas ahí te vas a ahogar o te vas a quemar cuando prenda el coche mañana. Vente.
Lo agarré del pescuezo, como mamá gata. Me mordió el dedo. Me arañó la muñeca. Pero lo saqué. Estaba helado. Era puro hueso. Corrí hacia la casa con esa bola de furia negra y mojada en mis manos.
Entré a la cocina. Mi mamá estaba ahí, calentando leche. —¿Qué traes ahí? —preguntó. —Un problema —dije, soltando al gato sobre una toalla vieja en el suelo.
El gatito se quedó inmóvil un segundo, luego estornudó y miró a su alrededor con desconfianza. —Pobrecito, Mateo. Mira nada más cómo está. Tráele jamón. —No, mamá. Le damos de comer, que se seque y mañana lo llevo al refugio. No se queda. —Ajá, sí, lo que tú digas —respondió mi mamá con esa sonrisita de “tú no mandas aquí”.
Le dimos jamón. Se lo tragó sin masticar. Le dimos leche deslactosada. Se la bebió hasta lamer el plato. Luego, agotado por la supervivencia, se hizo bolita en la toalla y se quedó dormido instantáneamente, como si se le hubiera acabado la pila.
Lo miré. Era feo. Tenía las orejas muy grandes para su cabeza, la cola de rata y era negro como la noche. No se parecía en nada a El Güero. El Güero era dorado, solar, elegante. Este era un pequeño demonio del asfalto. —Mañana te vas —le susurré.
CAPÍTULO 5: LA BATALLA DE VOLUNTADES
Al día siguiente, el refugio estaba cerrado. “Bueno, pasado mañana”, pensé. Pero al día siguiente, el gato amaneció con lagañas en los ojos. Infección. —No puedo llevarlo así, lo van a sacrificar —me dije. —Lo curo y luego lo llevo.
Lo llevé al veterinario. No al Dr. Romo, que ya se había retirado, sino a una clínica nueva. Me dieron gotas, antibióticos y una cuenta que me dolió en el codo. —Tiene suerte —me dijo la veterinaria—. Es un luchador.
Regresé a casa con el gato y sus medicinas. Le puse las gotas. Me odió. Me arañó otra vez. —Eres un malagradecido —le dije—. Te salvé la vida, imbécil. El gato me miró fijamente con sus ojos amarillos y, por primera vez, no bufó. Se acercó a mi mano y me dio un cabezazo. Un cabezazo fuerte, seco.
Sentí una corriente eléctrica. Ese gesto. No era el mismo gesto de El Güero, pero el idioma era el mismo. Era el idioma universal de “gracias, humano”.
Pasaron dos semanas. El gato ya no tenía infección. Había engordado. Su pelo negro ahora brillaba y la mancha blanca en su pecho parecía un corbatín elegante. Ya no vivía en la cocina; había conquistado la sala. Y yo seguía diciendo que se iba a ir.
Una tarde, llegué del trabajo. Cansado, estresado. Me senté en el sofá y cerré los ojos, frotándome las sienes. Sentí un peso en mis piernas. Abrí un ojo. El gato negro estaba ahí, sentado sobre mis rodillas, mirándome. Empezó a amasar mi pantalón con sus garras. Y luego, empezó a ronronear. No era el ronroneo de motor de vocho de El Güero. Este era más agudo, más rápido, como un zumbido eléctrico.
Y entonces, lo entendí. Estaba cometiendo un error al compararlos. Estaba buscando a El Güero en este gato, y eso era injusto. El Güero fue el amor de mi infancia y mi salvación en la enfermedad. Este gato… este gato era otra cosa. Este gato no venía a reemplazar a nadie. Venía a ocupar su propio lugar. Venía a enseñarme algo nuevo.
El Güero me enseñó a esperar. Este gato me estaba enseñando a abrir. A abrir la puerta otra vez, aunque tenga miedo de que entre el dolor.
—Te vas a llamar “Sombra” —le dije. El gato parpadeó lento, aceptando el nombre. —Pero te advierto una cosa, Sombra —le dije, con la voz quebrada—. Tienes unos zapatos muy grandes que llenar. Más te vale que te portes bien.
Sombra maulló y se acostó a dormir. Ya sabía que había ganado.
CAPÍTULO 6: LA LECCIÓN DE LA BARDA (DIEZ AÑOS DESPUÉS)
El tiempo voló, como siempre lo hace. Ahora tengo treinta y dos años. Me casé con una mujer maravillosa que ama a los animales tanto como yo. Tenemos un hijo, Santiago, de cinco años.
Vivimos en la misma casa. Mi mamá ya no está con nosotros; se fue hace dos años a reunirse con los abuelos y, estoy seguro, con El Güero. La casa es mía ahora.
La barda de piedra sigue ahí. Vieja, desgastada por las lluvias y el sol, con musgo creciendo en las grietas. Sombra también sigue aquí. Es un gato viejo y gordo, dueño y señor de la casa. Pero Sombra nunca tuvo la costumbre de salir a la barda. A él le gusta el sofá. Es un gato de interiores.
Sin embargo, la barda no está vacía.
Ayer por la tarde, vi algo que me detuvo el corazón y luego lo hizo latir con una fuerza nueva. Eran las 2:55 PM. Mi hijo Santiago estaba jugando en el jardín. Escuchó un ruido a lo lejos. El camión de la escuela de sus primos (él todavía no va a esa escuela, pero conoce el sonido).
Santiago corrió hacia la barda. Es bajito, así que tuvo que trepar con esfuerzo, raspándose las rodillas de sus pantalones de mezclilla. Se sentó en la piedra, en el mismo lugar exacto donde se sentaba El Güero. Se quedó mirando calle abajo, con las manitas en las rodillas, esperando.
Salí al porche. —¿Qué haces, Santi? —le pregunté. Él volteó, con esa inocencia pura en los ojos. —Estoy esperando a los primos, papá. Quiero saludarlos cuando pasen.
Me recargué en el marco de la puerta y sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Vi a mi hijo en la barda. Pero también vi la sombra transparente de un gato naranja sentado a su lado.
Me acerqué a él. Me recargué en la barda, acariciando la piedra tibia. —¿Sabes? —le dije a Santiago—. Aquí se sentaba mi mejor amigo hace muchos años. —¿El gato abuelo? —preguntó Santi. (Le habíamos contado las historias). —Sí. El gato abuelo. El Güero. —¿Y qué hacía? —Esperaba. Me esperaba a mí. Me enseñó que cuando amas a alguien, siempre lo esperas. Y que siempre regresas.
El camión pasó. Los primos saludaron desde la ventana. Santiago gritó y agitó las manos, feliz. Cuando el camión se fue, bajó de la barda y corrió hacia la casa. —¡Vamos, papá! ¡Sombra tiene hambre!
Me quedé un momento solo en la entrada. Miré la placa de metal que había puesto hacía años. Ya estaba un poco oxidada. “Aquí esperó Ollie. 3:00 PM – Por siempre.”
Puse mi mano sobre la placa. —Gracias, compadre —susurré al viento—. Misión cumplida. Ya no tienes que esperar. Yo estoy bien. Santiago está bien. Estamos todos bien.
Sentí una brisa suave, cálida, que movió las hojas del árbol y me rozó la mejilla. Fue como un frotar de cabeza invisible. Un último chirp en el aire.
Entré a la casa y cerré la puerta. Pero esta vez, no la cerré para dejar algo afuera. La cerré para proteger todo el amor que había adentro.
EPÍLOGO: EL ENSAYO SOBRE LA ESPERANZA
Si alguna vez pasan por una calle tranquila en México y ven una barda de piedra vacía, no piensen que es solo un montón de rocas. Las bardas guardan ecos. Las banquetas guardan pasos. Y el amor, el verdadero amor, no desaparece cuando la vida se apaga. La energía no se destruye, solo se transforma.
El amor de El Güero se transformó en mi fuerza para vencer el cáncer. Se transformó en mi capacidad para cuidar a mi madre hasta el final. Se transformó en la paciencia que tengo ahora con mi hijo. Se transformó en la oportunidad que le di a Sombra, el gato callejero.
He aprendido que la vida es una serie de esperas. Esperamos el camión. Esperamos un diagnóstico. Esperamos al amor de nuestra vida. Esperamos que pase la tormenta. A veces, la espera es dolorosa. A veces, desesperante. Pero si tienes suerte, si tienes mucha suerte, tendrás a alguien dispuesto a sentarse en la barda contigo. O alguien dispuesto a esperarte del otro lado.
El Güero no era especial por ser un gato “mágico”. Era especial porque era constante en un mundo que cambia demasiado rápido. Su legado no fue heroico en el sentido de las películas. No salvó a nadie de un incendio. No peleó contra ladrones. Su heroísmo fue cotidiano. Su superpoder fue la Presencia.
Y hoy, mientras escribo esto con Sombra dormido en mis pies y mi hijo dibujando gatos naranjas en la mesa de la cocina, puedo decir con certeza que la lección más grande que aprendí no vino de la escuela, ni de los doctores, ni de los libros. Vino de un gato callejero que decidió, un día cualquiera, que yo valía la pena la espera.
Así que, por favor, si tienen a alguien esperándolos en casa, no tarden. El tiempo es prestado. La barda no siempre estará ocupada. Amen hoy. Acaricien hoy. Digan “te quiero” hoy. Y nunca, nunca subestimen el poder de simplemente estar ahí.
Porque al final del día, todos somos solo eso: alguien esperando en una barda a que llegue el camión que nos lleve a casa.
TÍTULO: EL CAPÍTULO PERDIDO: LA NOCHE QUE EL GÜERO ME SALVÓ DE MÍ MISMO (Chương thất lạc: Đêm mà El Güero cứu tôi khỏi chính bản thân mình)
CAPÍTULO ÚNICO: LA SOMBRA DETRÁS DE LA LUZ
La gente siempre habla del milagro de la curación. Les encanta la parte donde tocas la campana en el hospital, donde te sale pelo otra vez y donde la vida vuelve a ser “color de rosa”. Pero nadie te habla de lo que viene después. Nadie te habla de la culpa.
Tenía diecisiete años. Habían pasado cinco años desde que vencí a la leucemia, pero la leucemia me había dejado un regalo envenenado: la ira.
Mientras mis amigos se preocupaban por qué tenis comprar o por si los dejaban ir a la fiesta del viernes, yo sentía una rabia volcánica en el pecho. Me sentía culpable por estar vivo. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo sí regresé a casa y mi amigo Chuy, el de la cama de al lado, no? ¿Por qué yo podía correr y jugar fútbol mientras otros niños seguían conectados a esas máquinas del infierno?
Esa oscuridad me estaba comiendo por dentro. Me volví rebelde. Contestaba mal. Dejé de hablar con mi mamá. Me encerraba en mi cuarto a escuchar música estruendosa, tratando de apagar el ruido de mi propia cabeza. Y en medio de ese huracán adolescente, cometí el error de alejar a todos. Incluso a El Güero.
Fue una noche de martes. Un martes cualquiera, pero con un aire pesado, de esos que anuncian tormenta eléctrica en la Ciudad de México. Había tenido una pelea terrible con mi mamá. No recuerdo ni por qué empezó —seguramente por alguna estupidez, como no lavar los trastes o llegar tarde—, pero terminó conmigo gritando cosas horribles. —¡Ojalá no me hubiera curado nunca! —le grité.
El silencio que siguió a esa frase fue sepulcral. Vi cómo se rompía la cara de mi madre. Vi cómo se le caía el alma a los pies. Y en lugar de pedir perdón, hice lo que hacen los cobardes: huí.
Azoté la puerta de la calle y salí caminando rápido, sin rumbo, con las lágrimas de coraje nublándome la vista. No tomé el coche. Quería caminar. Quería que la lluvia, que ya empezaba a caer en goterones gordos y fríos, me borrara del mapa.
Caminé cuadras y cuadras, alejándome de la seguridad de mi casa, alejándome de la barda de piedra. Me metí por callejones que no conocía, crucé avenidas peligrosas sin mirar el semáforo. Quería desafiar a la muerte, ver si esta vez se atrevía a llevarme de verdad.
Terminé en un parque abandonado, a unos tres kilómetros de mi colonia. Me senté en una banca de metal oxidado, bajo un árbol que apenas me cubría del aguacero. Estaba empapado, temblando de frío y de rabia, sintiéndome la persona más miserable del universo.
—¿Por qué sigo aquí? —le grité al cielo negro—. ¿Para qué me dejaste vivo si me siento así?
Solo me respondió un trueno que hizo retumbar el suelo.
Y entonces, entre el sonido de la lluvia golpeando el asfalto, escuché algo que no debería estar ahí. Un maullido. No era un maullido cualquiera. No era el maullido de un gato callejero pidiendo comida. Era un maullido ronco, urgente, familiar.
Me giré, incrédulo. Ahí, a unos cinco metros de mí, parado en medio de un charco de lodo, con el pelaje naranja pegado al cuerpo y luciendo como una rata mojada y gigante, estaba El Güero.
El corazón se me detuvo. —¿Qué haces aquí? —susurré.
El Güero nunca salía de la cuadra. Su mundo terminaba en la esquina de nuestra calle. La barda era su límite. Pero esa noche, había roto su regla sagrada. Me había seguido. Me había seguido por tres kilómetros, cruzando avenidas, esquivando coches, bajo la tormenta, solo porque sintió que su humano se estaba rompiendo.
—¡Vete a la casa! —le grité, tratando de espantarlo—. ¡Lárgate, gato tonto! ¡Te va a dar neumonía!
Él no se movió. Se quedó ahí, plantado en el lodo, mirándome con esos ojos verdes que brillaban en la oscuridad. Me miraba con una mezcla de decepción y determinación. Dio un paso hacia mí y maulló otra vez. Un chirp roto por el frío.
En ese momento, vi el peligro. Tres perros callejeros, de esos flacos y agresivos que salen con la lluvia a buscar basura, aparecieron detrás de los arbustos. Habían olido al gato. Los vi tensarse. Vi los colmillos. El Güero también los vio. Se erizó, haciéndose el valiente, pero yo sabía que él no era un gato de peleas. Él era un gato de bardas y de amor. Un gato viejo y casero contra tres bestias del asfalto.
El instinto de supervivencia que yo creía haber perdido se encendió como una llamarada de gasolina. Olvidé mi depresión. Olvidé mi rabia. Olvidé mis ganas de morir. Lo único que importaba era él.
—¡NO! —rugué con una voz que no reconocí, una voz primitiva.
Me levanté de la banca como un resorte. No pensé. Solo actué. Corrí hacia él justo cuando el primer perro se lanzaba a morder. Me barrí en el lodo como si fuera portero de fútbol, interponiendo mi cuerpo entre los colmillos y mi gato. Sentí un dolor agudo en el antebrazo izquierdo —una mordida, un rasguño, no lo supe en ese momento—, pero la adrenalina era más fuerte.
Agarré una piedra del suelo y grité con toda la fuerza de mis pulmones, un grito de guerra, de loco, de monstruo. —¡LÁRGUENSE! ¡LÁRGUENSE AHORA!
Lancé la piedra. Los perros, sorprendidos por la furia de este humano loco que rugía más fuerte que el trueno, dudaron. El líder gruñó, pero al verme levantar otra piedra y avanzar hacia ellos, decidieron que no valía la pena la pelea. Se dieron la vuelta y corrieron hacia la oscuridad.
Me quedé ahí, jadeando, con el brazo sangrando y el agua escurriéndome por la cara. Miré al suelo. El Güero estaba intacto, agazapado entre mis piernas, temblando.
Me dejé caer de rodillas en el barro. Lo levanté. Estaba helado. Pesaba más por el agua en su pelaje. Lo metí dentro de mi sudadera, pegado a mi pecho, tratando de darle calor con mi propio cuerpo. Él se aferró a mi camiseta, clavando las uñas, y escondió la cabeza en mi cuello.
—Perdóname —empecé a llorar, pero esta vez era un llanto limpio, un llanto de sanación—. Perdóname, Güero. Soy un estúpido. Casi te mato.
Ahí, bajo la lluvia, sentí su ronroneo contra mi piel. Era débil, pero estaba ahí. Ese sonido me dijo lo que ningún psicólogo había podido decirme en años: “Estás vivo, Mateo. Y tu vida vale la pena porque me salvaste. Tu vida vale la pena porque te necesito. Deja de pelear contra el pasado y empieza a cuidarnos en el presente”.
El camino de regreso fue la caminata más larga de mi vida. Caminé los tres kilómetros de vuelta protegiéndolo del viento con mis brazos, hablándole bajito todo el camino. —Ya vamos a llegar, amigo. Aguanta. Ya falta poco.
Cuando doblé la esquina de mi calle, vi las luces de mi casa encendidas. La puerta estaba abierta. Mi mamá estaba en la banqueta, bajo un paraguas, llorando, mirando hacia la oscuridad, esperando. Igual que El Güero esperaba el camión, ella me esperaba a mí.
Cuando me vio aparecer, lleno de lodo, sangre y agua, corrió hacia mí. Pero antes de que pudiera regañarme o abrazarme, abrí la sudadera y le enseñé la cabeza naranja que asomaba. —Me fue a buscar, ma —le dije—. Me salvó.
Mi mamá nos metió a la casa. Nos secó a los dos con toallas calientes. Curó mi brazo (que por suerte solo fue un rasguño superficial) y le dio al Güero una lata entera de atún. Esa noche, no dormí en mi cama. Tiré un colchón en el suelo de la sala, frente a la estufa para estar calientes. Mi mamá se sentó en el sillón a velar nuestro sueño.
El Güero no se fue a su cojín. Se acostó sobre mi pecho, justo encima de mi corazón. Y mientras escuchaba su respiración acompasada con la mía, entendí algo fundamental. La lealtad de ese gato no era solo un hábito. No era solo “esperar el camión”. Su lealtad era un contrato de vida. Él había decidido que su misión en este mundo era asegurarse de que yo llegara a salvo, ya fuera del hospital, de la escuela o de mis propios demonios internos.
Al día siguiente, amaneció un sol radiante. De esos soles que lavan la ciudad y dejan el cielo azul intenso. Salí al patio. El Güero estaba ahí, en su barda de piedra, a las 3:00 PM en punto, como si nada hubiera pasado. Se veía limpio, seco y digno. Pero cuando me acerqué, me miró y me guiñó un ojo. O tal vez solo le molestó el sol. Pero yo prefiero creer que fue un guiño. Un pacto secreto entre dos sobrevivientes.
Me senté a su lado en la barda. —Gracias, compadre —le dije. Él me dio un empujoncito con la cabeza y siguió mirando la calle.
Nunca volví a sentir esa rabia destructiva. La tristeza venía a veces, sí, pero ya no me ahogaba. Porque sabía que, si alguna vez me perdía en la oscuridad, había un radar naranja rastreándome, dispuesto a cruzar el infierno bajo la lluvia para traerme de vuelta a casa.
Esa fue la noche que dejé de ser el “niño con cáncer” y empecé a ser Mateo. Y todo se lo debo al gato que rompió sus propias reglas por amor.
REFLEXIÓN FINAL DE MATEO (AÑOS DESPUÉS)
A veces pienso en esa noche cuando veo a mi hijo Santiago jugar. Pienso en cómo los animales son ángeles con bigotes que no tienen permiso para hablar, porque si hablaran, nos dirían verdades que no estamos listos para escuchar. El Güero no necesitaba palabras para decirme que mi vida era valiosa. Solo necesitó caminar tres kilómetros bajo la lluvia.
Esa cicatriz en mi brazo ya casi no se nota. Es una línea blanca muy fina. Pero cada vez que la veo, sonrío. Es mi tatuaje de guerra. Es el recordatorio de que alguien me amó lo suficiente como para arriesgar sus siete vidas por la mía, que solo es una.
Y esa única vida, te lo juro Güero, la estoy viviendo al máximo. Por los dos.
FIN DEL CAPÍTULO PERDIDO.