
La risa de ellos me llegó mucho antes que el llanto de la víctima.
Era una de esas tardes pesadas en la colonia, donde el calor rebota en el asfalto y se te mete en el uniforme; yo manejaba despacio, con la ventana abajo para que el aire me mantuviera despierto. Llevaba un día larguísimo encima, lleno de reportes y de gente que se le olvida que, detrás de esta placa y este chaleco, hay un ser humano con un corazón que también se cansa.
De pronto, escuché unas carcajadas. Pero no eran risas de amigos echando relajo, eran esas risas feas que nacen de la crueldad disfrazada de chiste.
Al dar la vuelta en la esquina, vi a la bolita de chavos. No eran malandros, se veían como cualquier grupo de morros saliendo de la escuela, pero estaban señalando algo en el piso. Estaban doblados de la risa, como si estuvieran viendo el mejor show de comedia.
—¡Eso es lo más gracioso que he visto en todo el día! —gritó uno. —¡Mira esa cosa est*pida! —le contestó otro. —¡Tiene una bolsa en la cabeza! —remató un tercero, y todos estallaron en risas de nuevo.
Seguí la dirección de sus dedos y sentí un apretón en el pecho, de esos que te cortan la respiración.
Ahí, a mitad de la banqueta, había un cachorro. Estaba temblando. Era chiquito, sucio, y se le notaban las costillas, como si el hambre fuera su única compañera fiel. Y sí, traía una bolsa de plástico atorada en la cabeza, pegada al hocico, inflándose y desinflándose con cada respiro desesperado.
El pobre animalito trataba de quitársela con las patitas, pero solo se enredaba más. Sus ruidos eran un llanto ahogado, como si el plástico también le estuviera robando la voz.
Y los chavos… seguían riéndose. Uno de ellos, haciéndose el valiente, se acercó y le dio un golpecito con el pie, “solo para ver qué hacía”, tratándolo como basura.
Me bajé de la patrulla en caliente, ni me fijé si cerré la puerta.
—¡EH! —les grité. Mi voz salió más rasposa y dura de lo que quería—. ¡BASTA YA!.
Las risas se cortaron de tajo. Los miré uno por uno. No con odio, sino con decepción. Esa mirada que das cuando te das cuenta de que el problema no es la travesura, sino que les falta empatía en el alma.
—¿Qué? Si solo estamos… —quiso excusarse el más alto. —Solo están siendo crueles —lo corté en seco—. Y ESO NO TIENE NADA DE GRACIA.
Se hizo un silencio sepulcral. Se miraron entre ellos, se encogieron de hombros, y toda esa valentía que tenían con el perro se les esfumó en cuanto alguien les puso un alto.
¿CÓMO ES POSIBLE QUE LA DIVERSIÓN DE UNOS SEA EL SUFRIMIENTO DE OTRO?!
PARTE 2: EL PESO DEL SILENCIO Y UNA BOCANADA DE VIDA
El silencio que siguió a mi grito fue más pesado que el mismo calor de la tarde. En esa calle de la colonia, donde minutos antes rebotaban las carcajadas hirientes de esos muchachos, ahora solo se escuchaba el zumbido lejano del tráfico de la avenida principal y, lo más desgarrador de todo, el sonido del plástico arrugándose. Cras, cras, cras. Ese ruido infame de la bolsa inflándose y pegándose al hocico del cachorro con cada intento fallido de respirar.
Me quedé ahí parado un segundo, sintiendo cómo el sudor me bajaba por la espalda, no por el sol, sino por la rabia. La adrenalina me golpeaba las sienes. Miré a los chicos. Eran tres. El más alto, el que había intentado justificarse, bajó la mirada hacia sus tenis de marca, incapaz de sostenerme la vista. Los otros dos retrocedieron un paso, intimidado no por mi arma, sino por la verdad que les acababa de escupir en la cara.
Pero no tenía tiempo para darles lecciones de moralidad en ese instante. Cada segundo que yo perdía mirándolos, era un segundo de aire que le faltaba al animal.
Caminé hacia el cachorro. Mis botas negras pesaban sobre el concreto. Al acercarme, el perrito intentó retroceder, arrastrando su cuerpo flaco sobre la banqueta caliente. A pesar de la bolsa que le cegaba y le asfixiaba, sabía que alguien se acercaba y su instinto le gritaba que los humanos eran sinónimo de dolor. Eso me partió el alma más que la propia bolsa: el miedo.
Me hinqué. El asfalto quemaba a través de la tela de mi uniforme. —Tranquilo, carnalito… tranquilo —susurré. Mi voz cambió drásticamente. Del tono de autoridad que usé con los chamacos, pasé a ese tono suave, casi infantil, que usamos cuando queremos convencer a alguien de que no somos el enemigo.
El cachorro se sacudió violentamente. Las patitas delanteras rasguñaban el aire y la bolsa. Estaba entrando en pánico total. La falta de oxígeno lo estaba volviendo loco.
Extendí mis manos, pero dudé. Si lo agarraba bruscamente, podía lastimarlo más o provocar que me mordiera en su desesperación. Pero no había opción. Con un movimiento rápido pero firme, sujeté su cuello, sintiendo bajo mis dedos nada más que piel pegada a vértebras diminutas. Era puro hueso. Un esqueleto envuelto en pelo sucio y áspero.
—Ya te tengo, ya te tengo —le dije, más para mí que para él.
Con la otra mano, busqué el nudo. Esos malditos nudos ciegos que la gente hace sin pensar. Estaba apretado, muy apretado alrededor de su cuello. Los chicos no solo le habían puesto la bolsa; se la habían asegurado para que no se la quitara. La crueldad requiere esfuerzo, y eso es lo que más me enferma.
Mis dedos, torpes y grandes, luchaban contra el plástico estirado. El cachorro gemía, un sonido agudo y largo que vibraba en su garganta. —No se mueve, ¡maldita sea! —mascullé entre dientes.
Saqué mi navaja de bolsillo. Siempre cargo una vieja navaja suiza que me regaló mi abuelo. —Quieto, por favor, quieto —le rogué al perro. Si se movía, lo cortaba. Acerqué el filo con cuidado quirúrgico. Deslicé la hoja entre el plástico y su pelaje, rezando por no tocar la piel. Ras.
El plástico cedió. Rompí la bolsa con las manos y se la arranqué de la cabeza de un tirón.
Lo que pasó después fue un sonido que nunca voy a olvidar. Huuuuhhhh. Una bocanada de aire. Profunda, desesperada, glotona. El cachorro abrió el hocico tanto como pudo, tragando el aire caliente de la tarde como si fuera agua fresca. Su pechito subía y bajaba a una velocidad alarmante.
Cayó rendido sobre la banqueta, demasiado débil para seguir luchando, pero al menos ya respiraba. Sus ojos… Dios, sus ojos. Eran grandes, color miel, pero estaban inyectados en sangre y lagañas. Me miró. No hubo agradecimiento inmediato, solo confusión. Estaba esperando el golpe. Estaba esperando la patada.
Me quité la gorra y me pasé la mano por el pelo corto, exhalando el aire que yo también había estado conteniendo. Me giré hacia los chicos. Seguían ahí, paralizados, viendo la escena como quien ve un accidente de tráfico.
Me levanté despacio. Ahora sí, la furia había bajado de intensidad para convertirse en una decepción fría y pesada. Caminé hacia ellos hasta quedar a un metro de distancia. El olor a su loción barata y chicle de menta me golpeó. Eran solo niños, maldita sea. Niños mexicanos. El futuro de este país. Y esto es lo que estábamos criando.
—¿Se divirtieron? —pregunté. Mi voz sonó hueca. Nadie respondió. El de en medio, un chico con una playera de fútbol, estaba pálido. —Les hice una pregunta —insistí, clavándoles la mirada—. ¿Valió la pena la risa? Mírenlo.
Señalé al cachorro, que seguía jadeando en el suelo, una mancha marrón y negra sobre el gris del cemento. —Mírenlo bien —ordené—. No es “una cosa”. No es basura. Siente hambre igual que ustedes cuando llegan de la escuela. Siente miedo, igual que ustedes ahorita que me tienen enfrente. Y siente dolor.
El más alto tragó saliva. —No… no pensamos que se fuera a ahogar, oficial. Solo era… broma. —¿Una broma? —solté una risa amarga—. Una broma es cuando todos se ríen. Aquí solo se reían ustedes. Él se estaba muriendo. Si yo tardo dos minutos más en dar la vuelta a esa esquina, ahorita tendrían un cadáver ahí tirado. ¿Y saben qué es eso? Eso no es una travesura. Eso es un delito.
Vi cómo la palabra “delito” les caló. Se miraron nerviosos. Podría haberlos subido a la patrulla. Podría haberlos llevado al Ministerio Público para asustarlos, llamar a sus padres, hacer un escándalo. Tenía la ley de mi lado. El maltrato animal ya está penado en muchos estados, y lo que hicieron calificaba.
Pero los vi tan mocosos, tan estúpidos en su ignorancia, que decidí que el miedo a la cárcel no les enseñaría tanto como el peso de la culpa. A veces, la vergüenza educa más que unos barrotes.
—Lárguense a sus casas —les dije, con voz cansada—. Y la próxima vez que quieran sentirse poderosos lastimando a alguien más débil, acuérdense de este momento. Acuérdense de que ser cruel no los hace hombres. Los hace cobardes.
No esperaron a que se los dijera dos veces. Se dieron la media vuelta y caminaron rápido, casi corriendo, doblaron la esquina y desaparecieron. Ojalá se les quede grabado. Ojalá esa noche, cuando cierren los ojos, vean la bolsa de plástico.
Me quedé solo con el perro. Volví a hincarme. —Bueno, amigo. Ya se fueron los malos —le dije suavemente.
Lo examiné más de cerca. Estaba en los huesos, literalmente. Podía contar cada costilla, cada vértebra de su columna. Tenía zonas sin pelo, probablemente sarna o tiña. Y olía mal, un olor agrio a basura, orina vieja y enfermedad. Tenía una herida en la pata trasera, seca y costrosa.
Saqué mi botella de agua de la patrulla. Me eché un poco en la mano y se la acerqué al hocico. Al principio retrocedió, mostrando unos dientes diminutos pero afilados. —No muerdo, te lo juro que yo no muerdo —le susurré. El olor del agua lo venció. Se acercó tímidamente y empezó a lamer mi mano. Su lengua era rasposa y caliente. Se acabó el agua de mi palma en dos segundos. Le di más. Y más.
—No te puedo dejar aquí, ¿verdad? —le pregunté. El cachorro me miró. Inclinó levemente la cabeza, ya sin la bolsa, y por primera vez vi algo que no era pánico puro. Era curiosidad.
Miré mi reloj. Faltaban dos horas para terminar mi turno. Si lo dejaba aquí, lo atropellaban o volvían los chamacos. Si llamaba a control animal… bueno, todos sabemos qué pasa en la perrera si nadie reclama a un perro enfermo en 72 horas. No iba a salvarlo de una bolsa para mandarlo a una inyección letal.
—Ni modo —suspiré—. Te vas al bote, delincuente.
Abrí la puerta trasera de la patrulla. No quería meterlo en la jaula, sentí que ya había tenido suficiente encierro por hoy, así que puse unos periódicos viejos que traía en el asiento trasero (siempre cargo periódico para limpiar los vidrios) y con mucho cuidado lo cargué.
Pesaba menos que mi cinturón de herramientas. Al levantarlo, soltó un quejido bajito, pero no me mordió. Se quedó rígido en mis brazos, tenso como una piedra. Lo puse sobre los periódicos. El aire acondicionado de la patrulla le pegó de lleno y vi cómo cerraba los ojos un momento, sintiendo el fresco.
Cerré la puerta y me subí al asiento del conductor. —Central, aquí unidad 504 —dije por el radio—. Procedo a patrullaje en zona norte. Sin novedad relevante. Mentí. Había una novedad enorme, peluda y apestosa en mi asiento trasero. Pero si reportaba “rescate de canino”, capaz y me hacían esperar o llenar formularios que no servían de nada. A veces, para hacer el bien, hay que saltarse un poquito el protocolo burocrático.
Arranqué el motor. Mientras manejaba, no podía dejar de mirar por el retrovisor. El cachorro se había hecho bolita en una esquina del asiento. No se movía. Me pregunté cuánto tiempo llevaba en la calle. ¿Nació ahí? ¿Lo tiraron? ¿Tuvo alguna vez un nombre, una casa, un plato? México es un país hermoso, cabrones, lo amo con mi vida. Tenemos la mejor comida, la gente más chambeadora, una cultura que el mundo envidia. Pero cómo nos duele esta parte. Cómo nos duele ver la cantidad de perros en las azoteas, en las carreteras, en los basureros. Es como si nos hubiéramos acostumbrado al dolor ajeno, siempre y cuando no sea humano. Y a veces, ni eso.
Llevaba manejando unos quince minutos cuando escuché un ruido atrás. Guaaaac. El cachorro estaba vomitando. O intentando vomitar, porque no tenía nada en el estómago más que el agua que le di. Solo salió una bilis amarilla y espumosa. —Chin… —murmuré. Me orillé en cuanto pude.
Me bajé y abrí la puerta trasera. El pobre animal me miraba con culpa, temblando, encogido junto a la mancha de vómito, esperando el regaño. Esperando el golpe. Porque eso es lo que aprenden: ensuciar = golpe.
—Hey, hey… no pasa nada —le dije rápido, limpiando el desastre con otro pedazo de periódico—. Es solo vómito. La patrulla ha visto cosas peores, créeme. He subido borrachos que me han dejado el asiento mucho peor. Tú estás bien.
Le acaricié la cabeza con un solo dedo, justo entre las orejas. Estaba hirviendo. Tenía fiebre. Esto no pintaba bien. No era solo hambre y la bolsa. El perro estaba enfermo de verdad. Necesitaba un veterinario, y rápido. Pero un veterinario de paga es caro, y la quincena de un policía honesto no da para lujos. Me quedaban quinientos pesos en la cartera para terminar la semana.
“Piensa, Beto, piensa”, me dije. Me acordé de la doctora Elena. Tenía su consultorio a unas diez cuadras de ahí. Una vez atendió a un perro que atropellaron cuando yo estaba en servicio y no me cobró la consulta, solo los medicamentos. Era buena gente. Brava, de esas mujeres que no se dejan de nadie, pero con un corazón de oro para los animales.
Me desvié de la ruta. Al llegar a la clínica, el letrero de “Abierto” estaba parpadeando, a punto de apagarse. Eran casi las 7 de la noche. Me estacioné en doble fila (ventajas de la placa) y bajé corriendo con el cachorro en brazos envuelto en el periódico sucio para no mancharme el uniforme más de lo necesario.
Entré y la campana de la puerta sonó. Elena estaba en el mostrador, contando la caja del día. Levantó la vista y sus ojos fueron directo al bulto en mis brazos. —Oficial Beto —dijo, sin dejar de contar billetes—. Si vienes a pedirme descuento otra vez, te voy a poner a trapear. —Es una emergencia, Doc —dije, ignorando su broma—. Mira esto.
Puse al cachorro sobre la mesa de exploración metálica. La expresión de Elena cambió al instante. La dureza se le borró de la cara. —Dios santo… —susurró, acercándose. El cachorro estaba tan débil que ni siquiera intentó levantarse. Solo la seguía con la mirada.
Elena se puso los guantes de látex y empezó a revisarlo con manos expertas. Le abrió el hocico, le revisó las encías (blancas, pálidas como papel), le estiró la piel del lomo para ver la deshidratación. Le tomó la temperatura. —Está ardiendo —dijo—. Cuarenta grados. Deshidratación severa, desnutrición grado tres… probablemente parvovirus o moquillo, por la secreción de los ojos y la nariz. Y mira estas marcas en el cuello… —Unos escuincles le amarraron una bolsa de plástico —dije, sintiendo que la rabia me volvía a subir—. Casi se asfixia.
Elena negó con la cabeza, indignada, pero sin detener su trabajo. —Necesita suero ya. Antibióticos, antieméticos… Beto, no te voy a mentir. Está muy mal. Las probabilidades son bajas. Si tiene parvo y con esta desnutrición… puede que no pase la noche.
Sentí un golpe en el estómago. —Haz lo que puedas, Elena. Por favor. —Va a costar, Beto. El suero, las medicinas… no te cobro mis manos, pero los insumos cuestan. Saqué mi cartera y puse los quinientos pesos en la mesa. —Es lo que traigo ahorita. Mañana es quincena, te traigo el resto. Ella miró el dinero y luego me miró a mí. —Guárdatelo para tu cena, güey. Luego hacemos cuentas. Ayúdame a detenerlo para canalizarlo.
Pasamos la siguiente hora peleando por la vida de esa cosita. Encontrar una vena en esas patas de alambre fue una odisea. El cachorro chilló cuando entró la aguja, pero se dejó hacer. Creo que entendía que le estábamos tratando de ayudar. O tal vez ya no tenía fuerzas para pelear.
Cuando por fin quedó canalizado, con el suero goteando lentamente en su sistema, lo metimos en una jaula con una manta térmica. Se veía ridículamente pequeño ahí adentro. —Se tiene que quedar internado —dijo Elena—. Necesita vigilancia 24 horas. —No puedo pagarte hospitalización, Doc. Y no puedo dejarlo aquí solo. Elena suspiró, recargándose en la mesa. —Yo no vivo aquí, Beto. Cierro en diez minutos y me voy. Si se queda, se queda solo hasta mañana a las 9. Y si le da una crisis en la madrugada… morirá solo.
Miré al perro. Dormitaba, pero su respiración seguía siendo agitada. —Me lo llevo —dije. —¿Qué? —Elena me miró como si estuviera loco—. Beto, vives solo en un departamento de soltero que seguro es un desastre. Tienes turno mañana temprano. ¿Cómo vas a cuidar un perro con suero? —Me lo llevo —repetí, más firme—. Enséñame qué hacer. Si se le acaba el suero, cómo se lo cambio. Si vomita, qué le doy. No voy a dejar que se muera solo en una jaula oscura después de lo que vivió hoy. Si se va a morir, que se muera calientito y acompañado.
Elena me sostuvo la mirada unos segundos, y luego sonrió levemente. —Eres un terco. —Soy policía. Es requisito.
Me preparó una “paquete de supervivencia”: dos bolsas de suero, jeringas con medicamento ya cargadas, una lata de comida especial de alta recuperación y un empapador. —Si pasa la noche… tráemelo mañana a primera hora. Si no… —Elena no terminó la frase. Solo me dio una palmada en el hombro—. Suerte, oficial.
Salí de la clínica con el cachorro en brazos otra vez, ahora con un catéter en la pata y una bolsa de suero que yo sostenía en alto como si fuera la antorcha olímpica. Lo acomodé en el asiento del copiloto esta vez. Aseguré la bolsa de suero en el gancho de la ropa de la ventana. —Vámonos a casa, socio.
El camino a mi departamento fue lento. Iba esquivando baches como si llevara una bomba nuclear. Vivo en una unidad habitacional, un tercer piso sin elevador. Subir fue un show: perro en un brazo, suero en alto, llaves en la boca.
Al entrar, mi departamento me recibió con el silencio de siempre. Ese silencio que a veces se agradece después del ruido de la calle, pero que otras veces pesa. No hay nadie que te pregunte “¿cómo te fue?”. Solo la tele apagada y los platos del desayuno en el fregadero.
Pero hoy no. Hoy entraba con una misión. Puse al cachorro en el sofá (ya sé, reglas de la casa rotas el primer día, pero el piso estaba frío). Busqué una playera vieja de algodón y lo tapé. Colgué el suero en el cortinero de la ventana que queda justo detrás del sofá. Improvisación mexicana al 100%.
Me senté en el suelo, frente a él. Se veía un poco más tranquilo. El suero estaba haciendo su trabajo, hidratándolo poco a poco. —¿Cómo te llamaremos? —le pregunté en voz baja—. No te puedo decir “Perro”. Él abrió un ojo y me miró. —¿Bolsas? No, muy cruel. ¿Suerte? Muy cliché. Me acordé de cómo aguantó el dolor, el miedo, la aguja. De cómo se aferraba a la vida a pesar de ser un saco de huesos. —Te vas a llamar “Roca”. Porque estás duro, cabrón. Porque aguantaste.
Roca suspiró y cerró el ojo. Me quité las botas, el chaleco antibalas, el cinturón. Me dolía la espalda horrores. Tenía hambre, pero no quería hacer ruido en la cocina y despertarlo. Me quedé ahí, sentado en la alfombra, vigilando el goteo del suero. Gota… gota… gota.
Esa noche no dormí en mi cama. Me traje una almohada y me acosté en el suelo, al lado del sofá. Cada vez que él se movía o gemía en sueños, yo estiraba la mano y le tocaba el lomo. —Aquí estoy, Roca. Aquí estoy.
Alrededor de las 3 de la mañana, me despertó un sonido. El cachorro estaba convulsionando levemente. Temblando, con los ojos en blanco. —¡No, no, no! —me levanté de un salto. Lo sujeté. Estaba hirviendo otra vez. —¡Roca! ¡Quédate conmigo! —le grité, olvidándome de los vecinos. No sabía qué hacer. Elena no me dijo qué hacer si convulsionaba. Solo lo abracé. Lo abracé fuerte contra mi pecho, tratando de pasarle mi energía, mi calor, mi fuerza. —No te mueras, por favor. No después de que te saqué de ahí. No me hagas esto.
Fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Poco a poco, dejó de temblar. Se quedó flácido. Por un segundo, pensé que se había ido. Puse mi oreja en su pecho. Pum… pum… pum… Débil. Lento. Pero ahí estaba.
Lloré. Yo, el Oficial Beto, el que se ha enfrentado a asaltantes armados, el que ha visto accidentes terribles sin pestañear, lloré abrazado a un perro sarnoso en la sala de mi casa a las 3 de la mañana. Lloré por él, lloré por la crueldad de los niños, lloré por la soledad de mi vida, y lloré porque en ese corazoncito latiendo contra el mío, sentí que todavía había esperanza en este mundo podrido.
Amaneció. El sol entró por la ventana, dándome en la cara. Abrí los ojos, con el cuello torcido y la espalda molida. Miré al sofá. Roca estaba despierto. Estaba sentado, tambaleándose un poco, pero sentado. Y me estaba mirando. Movió la cola. Fue un movimiento casi imperceptible, solo la punta, una, dos veces. Tap, tap contra el cojín.
Me sonrió… bueno, los perros no sonríen, pero juro por mi madre que ese perro me sonrió. —Buenos días, sobreviviente —le dije con la voz ronca. Me levanté, le cambié el suero que ya se había acabado y le ofrecí un poco de la comida de lata en mi dedo. Comió. Lamió mi dedo con desesperación y pidió más.
Sabía que la batalla no estaba ganada. Faltaban días, semanas de tratamiento. Faltaba ver si el virus no había dejado secuelas. Faltaba ver cómo iba a pagar todo esto. Pero mientras lo veía comer, supe una cosa con certeza absoluta: Nadie, nunca más, le iba a poner una mano encima a este perro para lastimarlo. Antes tendrían que pasar sobre mí.
Me vestí para el turno de la mañana. Me miré al espejo. Tenía ojeras, la barba crecida y el uniforme arrugado. Pero me sentía mejor que nunca. Cargué a Roca para llevarlo de nuevo con Elena antes de irme a la comisaría. Al salir del edificio, el sol brillaba diferente. El aire olía a pan dulce de la panadería de la esquina. México seguía siendo un caos, sí. Pero hoy, en este pequeño pedazo de mundo, habíamos ganado una batalla.
PARTE 3: ENTRE LA PLACA, EL ASFALTO Y UNA PROMESA DE VIDA
La mañana siguiente no llegó con fanfarrias ni milagros instantáneos; llegó con ese sol perezoso y grisáceo que se cuela entre los edificios de la unidad habitacional, acompañado del sonido de los camiones de basura y el grito lejano del señor que vende el gas: “¡Gaaaas! ¡El gaaaaaas!”.
Me desperté en el suelo, con el cuello torcido en un ángulo que seguro me iba a cobrar factura todo el día y la espalda hecha un nudo. La alfombra olía a polvo viejo y, ahora, también a perro enfermo y alcohol sanitario. Pero al abrir los ojos, lo primero que busqué no fue el reloj ni mi celular, sino el sofá.
Ahí estaba Roca.
No se había muerto. Esa era la primera victoria del día. Seguía hecho bolita, envuelto en mi playera vieja que ahora parecía más una segunda piel para él que una prenda de ropa. Su respiración ya no era ese silbido agónico de la noche anterior, aunque seguía siendo rápida, superficial. El suero goteaba con una lentitud hipnótica: bloop… bloop… bloop.
Me levanté crujiendo como matraca vieja. Me acerqué despacio. Roca abrió un ojo. Solo uno. Me escaneó. No hubo movimiento de cola esta vez, estaba demasiado agotado por la batalla nocturna contra la fiebre, pero tampoco hubo miedo. Ya no se encogió esperando el golpe. Eso, para mí, valía más que ganarme la lotería.
—Buenos días, guerrero —le susurré con la voz pastosa de la mañana—. ¿Cómo amaneció el patrón?
No contestó, obvio, pero suspiró. Un suspiro largo que desinfló sus costillas marcadas.
Tenía que irme a trabajar. El deber llama, y la renta no se paga sola. Pero la simple idea de dejarlo solo me revolvía el estómago. ¿Y si le daba otra convulsión? ¿Y si se arrancaba el suero? ¿Y si simplemente decidía rendirse porque no había nadie ahí para decirle que valía la pena quedarse?
Me metí a bañar en tiempo récord. Agua fría, porque el boiler decidió que hoy no quería cooperar, lo cual me ayudó a despertar de golpe. Mientras me rasuraba, mirándome al espejo manchado de pasta de dientes, vi a un hombre diferente. Tenía las mismas ojeras de siempre, las mismas arrugas en la frente ganadas a pulso tras quince años de patrullar las calles más bravas del estado, pero había algo en los ojos. Un brillo. Una preocupación que no era por mí mismo.
Me vestí el uniforme. Botas boleadas (aunque ya viejas), pantalón azul marino, camisa planchada. Me puse el chaleco balístico, ese chaleco que pesa un demonio y te hace sudar como cerdo en verano, pero que es lo único que separa tu pecho de una bala perdida o malintencionada. Me colgué el cinturón: arma, esposas, radio, gas, macana. Kilos de equipo diseñados para someter, para controlar, para imponer. Y sin embargo, mis manos temblaban un poco al pensar en cómo iba a cargar a un cachorrito de dos kilos para llevarlo al veterinario.
Preparé café de olla, bien cargado, con canela y piloncillo, porque necesitaba azúcar para el cerebro. Mientras el café hervía, desconecté el suero de Roca con cuidado, tal como me había enseñado la doctora Elena, sellando la vía con un tapón estéril.
—Vámonos, compadre. Tienes cita con la jefa —le dije.
Lo envolví de nuevo, cuidando su patita canalizada. Salir de mi departamento fue otra odisea. Bajar tres pisos de escaleras de concreto con un perro moribundo en brazos mientras los vecinos van saliendo para la chamba es, cuanto menos, incómodo.
Doña Chuy, la vecina del 204, que siempre está barriendo su entrada (juro que barre hasta los átomos de polvo), me vio. —Buenos días, oficial Beto. ¿Y eso? ¿Ya agarró mascota? Me detuve un segundo. Doña Chuy es la red de noticias del edificio. Si le digo algo, en diez minutos lo sabe hasta el de la tienda de la esquina. —Es un rescate, Doña Chuy. Estaba muy malito. Ella se asomó, arrugando la nariz. —Ay, pobrecito. Está en los puros huesos. ¿Sí se va a lograr? Se ve medio allá que acá. —Es un luchador, Doña Chuy. Es mexicano, no se raja —le contesté con una sonrisa a medias. —Pues póngale una veladora a San Judas, mijo. Porque se ve gacho el animalito. Que Dios lo bendiga.
“Se ve gacho”. La honestidad brutal de la gente. Agradecí la bendición y seguí bajando.
Subí a Roca al asiento del copiloto de mi coche particular, un Tsuru que ha visto mejores épocas, pero que nunca me deja tirado. El motor tosió al arrancar, soltando una nube de humo, y nos fuimos.
El tráfico de la mañana en la ciudad es una bestia viva. Claxonazos, microbuseros que manejan como si llevaran gente inmortal, motociclistas zigzagueando. Normalmente, yo soy parte de ese caos, manejando a la defensiva, mentando madres en silencio. Pero hoy manejaba como si llevara una bomba nuclear o un bebé recién nacido. Cada bache (y vaya que hay baches en nuestras calles, verdaderos cráteres lunares) me hacía apretar los dientes. —Perdón, perdón, pinche gobierno que no pavimenta —le decía a Roca cada vez que el coche brincaba.
Llegué a la veterinaria de Elena cinco minutos antes de que abriera. Ella ya estaba ahí, levantando la cortina metálica con ese ruido estruendoso de metal contra metal que marca el inicio del día laboral en México. Me vio bajar del coche. —¡Puntualito, oficial! —me gritó desde la entrada. Entré con Roca. El olor a desinfectante y comida de perro me recibió. —Sobrevivió —dije, poniéndolo en la mesa metálica. Era una afirmación, pero sonaba a pregunta, como buscando confirmación de que no lo había soñado.
Elena se puso los guantes sin decir palabra. Lo revisó rápido pero a fondo. Le levantó los párpados, le checó las encías, escuchó su corazón. —La fiebre bajó —dijo, y sentí que mis hombros se relajaban—. Todavía está deshidratado, pero no tanto como ayer. ¿Vomitó? —No. Comió un poco en la mañana. Elena levantó las cejas, sorprendida. —¿Comió? Eso es bueno. Muy bueno. Si tiene parvo, el apetito es lo primero que se va. Que quiera comer es una señal de que su cuerpo no se ha rendido.
Me miró a los ojos, y su expresión se suavizó. —Hiciste buen trabajo de enfermero, Beto. No cualquiera se avienta esa guardia nocturna. Sentí un orgullo absurdo. He recibido condecoraciones en la corporación, diplomas de “Policía del Mes”, palmadas en la espalda de comandantes. Pero ese “hiciste buen trabajo” de la veterinaria me supo a gloria.
—Pero no cantemos victoria —añadió ella, volviendo a su tono profesional—. Necesita quedarse hoy todo el día. Suero continuo, antibióticos fuertes, vitaminas. Tengo que hacerle análisis de sangre para ver cómo están sus defensas y confirmar si es parvo o solo una infección brutal por lo de la bolsa y la calle. —Hazle lo que necesites, Elena. Ella titubeó. —Beto, los análisis son caros. El laboratorio externo no me fía. Son como mil doscientos pesos solo de la analítica. Más el día de hospitalización, más los medicamentos… Hice cuentas mentales rápidas. Me quedaban trescientos pesos en la cartera. La quincena caía mañana. Tenía un guardadito en casa, bajo el colchón, para emergencias (o para cuando se me jodiera la transmisión del Tsuru). —Tú hazlos. Mañana te liquido todo. Te dejo mi credencial de elector si quieres, o mi reloj. Elena sonrió y negó con la cabeza. —No seas payaso. Sé dónde trabajas. Si no me pagas, voy y te hago un escándalo en la comisaría. Vete a trabajar. Pasa por él a las 7.
Le di una última caricia a Roca. —Pórtate bien, cabrón. No muerdas a la doctora. Él me siguió con la mirada mientras salía. Esa mirada… sentí que me jalaba como un imán. Salir de esa clínica fue más difícil que entrar a un operativo.
Llegué a la delegación barriéndome. El pase de lista es sagrado. Filas de uniformes azules, botas negras, caras serias. El comandante, un tipo con bigote de morsa y voz de trueno, nos gritaba las novedades del día. Robos en la zona comercial, un reporte de venta de drogas cerca de las secundarias, lo de siempre.
—¡Oficial Ramírez! —gritó el comandante. —¡Presente! —grité yo, poniéndome firme. —Te toca la 504. Vas con “El Gato” Hernández. Zona sur y mercado. Y ponte vivo, que ayer reportaron asaltos a transeúnte en la avenida. —¡Enterado, señor!
Me subí a la patrulla. La 504 es una Dodge Charger que ya tiene más kilómetros que un taxi del aeropuerto. Los asientos están vencidos, el aire acondicionado solo echa aire caliente y huele a sudor viejo y a pino sintético. Pero es mi oficina.
“El Gato” Hernández ya estaba en el asiento del copiloto, acomodando su lonchera. El Gato es un veterano, lleva veinte años en la fuerza. Es cínico, burlón, y ha visto tanta porquería que ya nada le sorprende. —¿Qué onda, Beto? Te ves jodido, mano. ¿Mala noche? ¿La novia te dejó o te agarró la cruda? —me saludó, dándole una mordida a una torta de tamal que olía delicioso. —Algo así, Gato. No dormí ni madres. —Pues despierta, que hoy está caliente el día. Dicen que andan los de la moto robando celulares por el mercado.
Arrancamos. El turno transcurrió con la lentitud pegajosa de la rutina policial. Patrullar a vuelta de rueda. Mirar caras. Buscar actitudes sospechosas. 10-4, Central. Unidad 504 en recorrido.
Pero hoy, todo se veía diferente. Normalmente, cuando patrullo, veo “objetivos” y “civiles”. Veo amenazas potenciales. Veo códigos penales caminando. Pero hoy, con la imagen de Roca entubado en mi cabeza, empecé a ver otra cosa.
Vi a los perros callejeros. Nunca me había fijado en cuántos hay. De verdad. En cada esquina, afuera de las carnicerías esperando un hueso, durmiendo bajo los coches estacionados para robar un poco de sombra. Perros flacos, perros cojos, perros con cicatrices de peleas. En un semáforo, vi a una perrita color canela, con las ubres colgadas de tanto parir, buscando comida en una bolsa de basura rota. —Pinches perros, son una plaga —dijo El Gato, siguiendo mi mirada—. Deberían recogerlos a todos y darles cuello. Solo ensucian.
Sentí una punzada de coraje en el estómago. Antes, tal vez yo hubiera asentido o ignorado el comentario. Hoy no. —No es culpa de ellos, Gato —dije, apretando el volante—. Es culpa de la gente marrana que los tira. Ellos solo tratan de sobrevivir. El Gato me miró raro, masticando su chicle. —Ay, güey. ¿Ahora te volviste defensor de los animales? No me digas que te vas a volver vegano también. —Solo digo que tienen vida, cabrón. Sienten. —Sí, sí, lo que digas. Mira, allá van dos sospechosos en la esquina.
El trabajo me absorbió. Tuvimos que intervenir en una pelea de borrachos afuera de una cantina de mala muerte. Tuvimos que corretear a un chavo que se robó unos gansitos de un Oxxo (sí, arriesgando el físico por pastelitos, así es la chamba). Tuvimos que aguantar los insultos de una señora que decía que no hacíamos nada porque no le recuperamos su tanque de gas robado hace tres meses.
A la hora de la comida, nos paramos en los tacos de “El Paisa”. Son tacos de dudosa procedencia, de esos que llamamos “tacos de muerte lenta” o “tacos de suaperro”, pero saben a gloria y son baratos. El Gato pidió cinco de surtida y una coca light (según él, para la dieta). Yo pedí dos de bistec. Solo dos. Y agua de jamaica. —¿Qué pedo? ¿Estás a dieta o qué? Tú siempre te chingas cinco —preguntó El Gato. —Ando corto de lana —mentí a medias. La verdad es que estaba haciendo cuentas. Cada taco eran 15 pesos. Tres tacos menos eran 45 pesos. 45 pesos que servían para el suero de Roca. Mientras comía, miraba el celular. Ningún mensaje de Elena. ¿Eso era bueno o malo? Si hubiera muerto, ¿me habría avisado? ¿O estaría esperando a que yo llegara para darme la noticia en persona? El taco me supo a cartón. La ansiedad es el peor condimento.
Por la tarde, el sol empezó a bajar y el calor amainó un poco, dando paso a ese viento fresco que levanta polvo y basura. Pasamos cerca del parque donde encontré a Roca. Instintivamente, bajé la velocidad. —¿Qué buscas? —preguntó El Gato. —Nada. Checando la zona. Y entonces los vi. Eran ellos. El mismo grupo de chamacos. Estaban sentados en las bancas de concreto, tomando refresco y riéndose. El más alto, el “líder”, estaba fumando un cigarro, haciéndose el interesante para una chica que estaba con ellos.
Sentí que la sangre me hervía. Ahí estaban, tan tranquilos. Seguro ni se acordaban del perro. Para ellos fue un “momento gracioso” del día anterior. Para Roca fue el infierno. Para mí, fue una noche sin dormir y una deuda con el veterinario.
Frené la patrulla justo enfrente de ellos. El Gato se tensó. —¿Qué traes? ¿Son halcones? —No. Son unos pendejos —mascullé.
Me bajé de la patrulla. No cerré la puerta. Me paré en la banqueta, con las manos en el cinturón, cerca de la macana, no en pose de agresión, sino de autoridad absoluta. Las risas se detuvieron al instante. El chico alto me vio. Me reconoció. Lo vi en sus ojos. Vio el uniforme, vio mi cara, y supo exactamente quién era yo. Se le cayó el cigarro de la mano.
No dije nada. A veces, el silencio de un policía asusta más que sus gritos. Me quedé ahí parado, mirándolo fijamente, escrutando su alma. Quería que sintiera el miedo. Quería que sintiera que lo estaba vigilando. Quería arruinarle su tarde de risas. El chico tragó saliva y desvió la mirada al suelo. Empezó a ponerse nervioso, moviendo el pie. Sus amigos se quedaron callados, mirando del chico a mí y de mí al chico.
—¿Todo bien, oficial? —preguntó la chica, con voz temblorosa. No le contesté a ella. Seguí mirando al alto. —Solo estoy observando la basura —dije finalmente, con voz calmada pero cargada de veneno—. A veces la basura se acumula en las bancas.
El chico alto se puso rojo, pero no dijo ni pío. Sabía que si me contestaba, le podía ir muy mal. Sabía que yo sabía lo que era: un cobarde. Me di la media vuelta y regresé a la patrulla. —Vámonos, Gato. Aquí huele a mierda.
El Gato me miró con los ojos abiertos como platos mientras arrancaba. —Güey, ¿qué pedo fue eso? ¿Te hicieron algo? —Larga historia, Gato. Larga historia.
El resto del turno se me hizo eterno. Cada minuto era una tortura. Quería irme. Quería saber. Por fin, dieron las 7:00 PM. Entregamos la patrulla, firmamos el parte de novedades, me cambié de ropa a toda velocidad (jeans y playera, adiós al oficial, hola al civil Beto) y volé al Tsuru.
Llegué a la veterinaria a las 7:30 PM. Ya estaba cerrado, la cortina abajo. Sentí un hueco en el pecho. —No, no, no… Elena, no me chingues. Empecé a golpear la cortina metálica. —¡Elena! ¡Soy Beto! ¡Ábreme! Nada. El pánico me empezó a ganar. ¿Se lo llevó a su casa? ¿Se murió y cerró? ¿Lo dejó adentro solo? Estaba a punto de llamar a su celular cuando escuché el ruido del cerrojo por dentro. Se abrió la puertecita peatonal de la cortina.
Elena asomó la cabeza, con cara de pocos amigos y una torta en la mano. —¡Qué escándalo traes! Pareces cobrador de Coppel. Pásale. Entré casi empujándola. —¿Dónde está? ¿Está vivo? Elena masticó con calma (demasiada calma para mi gusto) y señaló hacia el fondo, al área de jaulas.
Caminé rápido. Y ahí estaba. En la primera jaula de abajo. Ya no estaba acostado. Estaba sentado sobre sus patas traseras. Tenía un cono isabelino (el “cono de la vergüenza”) en el cuello para que no se arrancara el catéter. Cuando me vio, pasó algo que me rompió y me rearmó en un segundo. Se levantó. Tambaleándose, con las patas temblando como gelatina, pero se puso de pie. Y su cola… esa colita flaca y pelona… wshh, wshh, wshh. Golpeó contra los barrotes de la jaula.
Me hinqué frente a la jaula y metí los dedos por la reja. —¡Roca! ¡Campeón! Él se acercó y me lamió los dedos, soltando unos gemidos agudos, como de llanto, pero de alegría. Me estaba reconociendo. Me estaba saludando. Ya no era un perro anónimo. Era mi perro saludándome a mí.
—Salieron los análisis —dijo Elena detrás de mí, recargada en el marco de la puerta—. Malas y buenas noticias. Me giré, sin sacar los dedos de la jaula. —Dime. —La mala: Tiene anemia severa. Sus plaquetas están por los suelos. Tiene parásitos para regalar. Y sí, tiene un principio de infección viral, pero… —hizo una pausa dramática—. Los tests de Parvovirus y Moquillo salieron negativos.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. —¿Negativos? —Negativos. Lo que tiene es una infección gastrointestinal bacteriana brutal por comer basura, y una desnutrición que no se la deseo a nadie. Pero eso se cura con antibióticos, buena comida y tiempo. No es la sentencia de muerte del Parvo. Va a vivir, Beto. Si lo cuidas bien, este perro va a vivir para morderte los zapatos.
Me reí. Una risa que salió desde el fondo de mi estómago, liberando toda la tensión del día. —Gracias, Elena. Gracias, de verdad. —No me des las gracias, págame. La cuenta va en mil quinientos. Y necesitas comprar la comida especial, que cuesta otros cuatrocientos.
Mil novecientos pesos. Casi la mitad de mi quincena se iba a ir en un día. Me iba a quedar sin dinero para la gasolina, sin dinero para la despensa, probablemente tendría que comer arroz y frijoles todo el mes. Pero miré a Roca. Miré cómo me buscaba con la nariz a través de los barrotes. —Vale cada centavo —dije. Y lo decía en serio.
Cargué a Roca de nuevo al coche. Esta vez, se sentía un poquito menos frágil. De camino a casa, pasé a una tienda de conveniencia. Compré un paquete de salchichas (para mí) y un garrafón de agua. Era mi cena de lujo. Al llegar al departamento, la rutina cambió. Ya no era llegar a la soledad. —Bienvenido a tu casa, Roca. Ahora sí, oficial. Lo puse en el sofá. Preparé su comida especial, una pasta olorosa que devoró en segundos. Le di sus medicinas (que fue una pelea, porque es listo y escupe las pastillas, tuve que meterle el dedo hasta la garganta con cuidado).
Luego, me senté a su lado. Puse la tele, cualquier noticiero aburrido para que hiciera ruido de fondo. Me hice un taco de salchicha. Y me quedé mirándolo. Se durmió rápido, roncando suavemente. Pensé en mi vida. En mi ex esposa, Claudia. Se fue hace tres años porque decía que yo estaba “casado con el trabajo”, que me había vuelto frío, distante. Que el policía se había comido al hombre. “Te has vuelto de piedra, Beto”, me dijo el día que sacó sus maletas. “Ya no sientes nada”.
Miré mi mano, la misma mano que había acariciado la cabeza sarnosa de Roca. —Se equivocó, Claudia —susurré al aire—. No soy de piedra. Solo necesitaba algo que cuidar.
Esa noche, Roca tuvo pesadillas. Movía las patas como corriendo, lloraba dormido. Seguramente soñaba con la bolsa, con las patadas, con el hambre. Cada vez que lloraba, yo le ponía la mano encima. —Shhh. Ya pasó. Aquí nadie te toca. Aquí manda el oficial Beto. Y él se calmaba.
Es curioso cómo funciona la vida en México. Un día estás patrullando, viendo lo peor de la humanidad, viendo cómo los chavos se pierden en el vicio, cómo la gente se mata por unos pesos. Y al otro día, encuentras la redención en un animalito que alguien tiró como basura. Dicen que los perros rescatan a las personas, y no al revés. Yo pensaba que eso era una frase cursi de Facebook. Pero esa noche, mientras veía dormir a Roca, me di cuenta de que por primera vez en tres años, no me sentía solo. La casa no se sentía vacía. Tenía una misión. Tenía a alguien esperándome.
Pero la vida real no es un cuento de hadas. Y la recuperación de Roca apenas empezaba. Y lo que yo no sabía, era que esos chicos, los de la esquina… no eran simples estudiantes aburridos. En este barrio, nadie es “simple”. Y mi confrontación con ellos iba a traer cola. Porque en el barrio, el respeto es la moneda de cambio, y yo los había humillado frente a su gente.
Pero eso… eso es problema del Beto del futuro. El Beto de hoy tiene un perro que ronca y una razón para levantarse mañana.
PARTE 4: LA LEALTAD TIENE DIENTES (EL FINAL)
CAPÍTULO 1: ARROZ, FRIJOLES Y UN MILAGRO DE CUATRO PATAS
Dicen que el tiempo en México corre a dos velocidades: lentísimo cuando esperas la quincena, y rapidísimo cuando tienes deudas. Para mí, las siguientes tres semanas fueron una mezcla extraña de ambas.
Mi departamento, ese cubo de concreto de interés social que antes solo guardaba ecos y soledad, se transformó en un campo de batalla médico. La sala dejó de ser sala para convertirse en la habitación de Roca. El olor a encierro se cambió por el olor a cloro, a medicina y, siendo honestos, a perro. Pero era un olor a vida.
La recuperación de Roca no fue un montaje de película con música bonita de fondo. Fue una chinga. Fue despertarse a las 4 de la mañana porque el perro lloraba de dolor estomacal. Fue limpiar diarrea líquida de la alfombra, tallando con jabón Zote y lágrimas en los ojos por el cansancio. Fue aprender a inyectar vitaminas en un muslo que apenas tenía músculo, sintiendo cómo el pobre animalito se ponía rígido pero no me mordía, confiando ciegamente en que ese dolor era para su bien.
El dinero se esfumó. Mi “guardadito” bajo el colchón desapareció en la segunda visita al veterinario. La comida especial, esa lata milagrosa que costaba lo que yo gastaba en tres comidas mías, se volvió la prioridad. Yo empecé a aplicar la “dieta del policía en crisis”: Maruchan en la mañana, torta de tamal fiada en la tarde, y arroz con frijoles en la noche. —Tú comes mejor que yo, desgraciado —le decía a Roca mientras le servía su paté premium en su plato nuevo (un tupper viejo de crema Alpura, porque no había para plato de tienda). Él me miraba, ya sin el cono de la vergüenza, y movía la cola. Ese tap-tap-tap contra el piso valía cada maldito fideo instantáneo que me tragaba.
Poco a poco, el milagro sucedió. Primero fue el pelo. Esos parches de piel gris y costrosa empezaron a cubrirse de una pelusa negra y brillante. Luego, las costillas dejaron de ser un xilófono visible para esconderse bajo una capa decente de carne. Pero el cambio más grande no fue físico. Fue en su mirada. Esos ojos de miedo, de “por favor no me pegues”, desaparecieron. En su lugar apareció una chispa traviesa.
Un martes, regresando del turno de la tarde, abrí la puerta cansado como siempre. Y escuché un sonido nuevo. ¡Guau! Un ladrido. Seco, corto, pero firme. Roca estaba en la puerta, moviendo todo el cuerpo, no solo la cola. Se paró en dos patas y me rasguñó el pantalón. —¡Ya ladras, cabrón! —grité, soltando las llaves y abrazándolo—. ¡Ya eres perro de verdad!
Ese día entendí que ya no era un paciente. Era mi compañero.
CAPÍTULO 2: LAS SOMBRAS DEL BARRIO
Pero mientras adentro del departamento todo era recuperación y esperanza, afuera las cosas se estaban poniendo feas. El barrio no olvida. Y el ego de un adolescente humillado es más peligroso que una granada sin seguro.
El chico alto, al que apodaremos “El Kevin” (porque en cada barrio hay un Kevin que se cree narco), no se había tomado bien mi regaño público. En la colonia, el respeto es la única moneda que vale. Si un policía te hace bajar la cabeza frente a tus amigos y frente a la chica que te gusta, te quita esa moneda. Y el Kevin quería su cambio de vuelta.
Empezó con cosas pequeñas. Una mañana, salí para ir al trabajo y encontré el espejo retrovisor de mi Tsuru colgando de los cables. Roto. —Maldita sea… —suspiré. No había nota, no había testigos. Pero yo sabía quién había sido. Lo pegué con cinta canela (la solución universal mexicana) y me fui a trabajar.
A los tres días, encontré basura tirada en mi puerta. Bolsas abiertas, desperdicios regados en mi tapete. Doña Chuy salió, con su escoba en mano, indignada. —Ay, oficial, estos vagos ya no respetan nada. Escuché ruidos en la noche, eran unos muchachitos corriendo. —No se preocupe, Doña Chuy. Yo limpio.
Sabía que me estaban “cazando”. Estaban probando mis límites. Querían que reaccionara, que fuera a buscarlos, que perdiera los estribos para poder grabarme y subirme a redes sociales como #LordPolicíaAbusador. Así operan ahora. Te pican las costillas hasta que sueltas el golpe, y luego editan el video para hacerse las víctimas. Pero yo tengo 45 años y 15 de policía. Tengo más colmillo que ellos. Decidí jugar la carta de la indiferencia.
Sin embargo, el miedo no era por mí. Yo me sé defender. El miedo era por Roca. Ahora que estaba fuerte, tenía que sacarlo a pasear. No podía tenerlo encerrado todo el día en 40 metros cuadrados. Necesitaba sol, necesitaba oler postes, necesitaba ser perro. Y sacarlo significaba exponerlo.
—Gato, necesito un favor —le dije a mi pareja un día en la patrulla. El Gato Hernández se estaba echando un sueñito con la gorra sobre los ojos. —Si es dinero, no tengo. Si es cubrirte turno, me debes dos. —No. Necesito que me prestes tu pechera táctica vieja. Esa que usabas para tu Pastor Belga que se murió. El Gato se levantó la gorra y me miró serio. —¿Para el flaco? Te le va a quedar grande, güey. —Ya no está flaco. Y necesito que se vea… respetable. Que vean que no es un perro callejero cualquiera. El Gato sonrió de lado. —Va. Te la traigo mañana. Pero si la muerde, me la pagas.
Al día siguiente, le puse la pechera a Roca. Era negra, con hebillas de metal. Le quedaba un poco floja, pero lo hacía ver rudo. Le daba presencia. —Mira nada más —le dije frente al espejo—. Pareces perro de asalto. Todo un K9 pirata. Roca se sacudió, haciendo sonar las hebillas, y me miró listo para la acción.
CAPÍTULO 3: LA EMBOSCADA
Fue un viernes por la noche. Llovía. De esa lluvia típica de la ciudad que no limpia, sino que ensucia; lluvia que mezcla el polvo con el aceite del pavimento y deja las calles resbalosas y brillantes bajo la luz amarilla de las farolas.
Decidí sacar a Roca a dar la vuelta a la manzana antes de dormir. Me puse una chamarra con capucha y salí. Las calles estaban vacías. La gente se resguarda rápido cuando llueve. Solo se escuchaba el chap-chap de mis botas y el tiki-tiki de las uñas de Roca en la banqueta.
Caminamos hacia el parquecito, ese mismo parque donde lo encontré. Tal vez fue un error, tal vez fue el destino queriendo cerrar el ciclo. Roca iba olfateando un árbol, muy concentrado en dejar su “firma”, cuando sentí esa punzada en la nuca. Ese sexto sentido que te grita: Peligro.
Me giré. De entre las sombras de los árboles, salieron cuatro figuras. Eran ellos. El Kevin y sus secuaces. Pero esta vez no traían mochilas de escuela. Traían palos. Y el Kevin traía algo brillante en la mano. Una navaja mariposa, de esas baratas que venden en los mercados, pero que cortan igual que una cara.
—Buenas noches, oficial —dijo el Kevin. Su voz le temblaba un poco, pero el efecto de alguna sustancia (probablemente mona o activo) le daba una valentía falsa. Roca dejó de oler el árbol. Se puso rígido. Las orejas se le fueron hacia atrás y un gruñido bajo, profundo, empezó a vibrar en su pecho. Un sonido que yo no sabía que podía hacer.
—Vete a tu casa, chamaco —dije, manteniendo la calma. Solté la correa un poco, dándole espacio a Roca, pero sin soltarlo—. No quieres arruinarte la vida hoy. —Tú me la arruinaste primero —escupió el Kevin—. Me dejaste en ridículo con la banda. Con mi morra. —Te dejaste en ridículo tú solo cuando decidiste torturar a un animal.
Se acercaron. Nos rodearon en semicírculo. Eran cuatro contra un hombre y un perro. —Ese pinche perro ya debería estar muerto —dijo otro de los chicos, golpeando un palo de escoba contra su mano—. Es un asco. —A mi perro no lo tocas —mi voz bajó una octava. Ya no era el policía ciudadano. Era el Beto de barrio.
El Kevin se lanzó primero. Fue un movimiento torpe, un estocada directa al estómago con la navaja. Yo reaccioné por instinto. Hice un paso lateral y le agarré la muñeca, torciéndola. Pero me olvidé de los otros tres. Sentí un golpe seco en la espalda. Un palazo que me sacó el aire. Caí de rodillas al suelo mojado. —¡Dale! ¡Dale! —gritaban. Otro golpe en el hombro. Me cubrí la cabeza con los brazos, esperando la lluvia de palos.
Pero entonces, el mundo estalló. ¡GRRRRRROAR! No fue un ladrido. Fue un rugido. Sentí un tirón violento en la correa que casi me disloca el dedo, y luego la correa se soltó.
Roca se convirtió en un misil de color negro y café. No atacó a lo loco. Fue directo a la amenaza más grande. Se le fue encima al Kevin, que estaba tratando de levantar la navaja que yo le había tirado. Roca lo prensó del brazo. No del cuello, gracias a Dios (porque entonces sí tendría que haberlo sacrificado), sino del antebrazo, donde la chamarra de mezclilla era gruesa. —¡AAAAHHH! ¡QUÍTAMELO! ¡ME MATA, ME MATA! —chilló el Kevin, pasando de matón a niño llorón en un segundo.
Los otros tres se quedaron paralizados al ver a su líder en el suelo con un perro de 15 kilos (que en ese momento parecían 50) gruñendo y sacudiendo la cabeza. Uno de ellos levantó el palo para pegarle a Roca. Ahí se me borró el dolor de espalda. Me levanté como resorte. Saqué mi macana retráctil (siempre la cargo, civil o no) y la extendí con un clac metálico que resonó en la calle. —¡TOCAS AL PERRO Y TE JURO QUE NO TE LEVANTAS! —ruge con una voz que salió de las entrañas.
El chico soltó el palo. Roca soltó al Kevin en cuanto yo grité. Se echó hacia atrás, colocándose entre los agresores y yo, ladrando fúricamente, mostrando unos dientes blancos y perfectos, listos para volver a usar. El Kevin se agarraba el brazo, llorando. Tenía la chamarra rasgada y sangre, pero no era una herida mortal. Roca había medido su fuerza. Había defendido, no asesinado.
En ese momento, las luces azules y rojas inundaron la calle. Una sirena aulló. La unidad 504 derrapó en la esquina. El Gato Hernández bajó con la mano en la funda de su arma. —¡Al suelo! ¡Todos al suelo, cabrones!
Los tres chicos que quedaban de pie se tiraron al piso mojado sin pensarlo. El Kevin seguía lloriqueando. El Gato corrió hacia mí. —¿Estás bien, Beto? ¿Te picaron? —Estoy bien. Solo magullado. El Gato miró a Roca, que seguía en posición de guardia, con el pelo del lomo erizado, vigilando a los detenidos. —No mames… —susurró El Gato—. El flaco salió bravo. —No es bravo, Gato —dije, acariciando la cabeza de Roca para calmarlo—. Es leal.
CAPÍTULO 4: LA JUSTICIA Y EL PERDÓN
La delegación esa noche fue un caos. Padres llegando, gritando que sus hijos eran unos ángeles, que el policía loco les echó un perro asesino. El comandante Morsa nos llamó a su oficina. Yo estaba sentado, con una bolsa de hielo en el hombro. Roca estaba acostado a mis pies, atado a la pata del escritorio. Nadie se atrevía a acercarse mucho. —A ver, Ramírez —dijo el comandante, frotándose las sienes—. Tengo a una mamá allá afuera diciendo que tu perro es un arma biológica. Y tengo un reporte médico que dice que el chamaco tiene tres puntadas en el brazo y un susto que no se le va a quitar en diez años. —Fue defensa propia, jefe. Me atacaron con navaja. Eran cuatro. El perro me defendió. —Lo sé, lo sé. Ya vi las cámaras de seguridad de la farmacia de enfrente. Se ve clarito cómo te emboscan.
El comandante suspiró y miró a Roca. —Buen perro —murmuró—. Pero esto es un problema. Si procesamos a los chamacos por intento de homicidio o lesiones a un oficial, se van a la correccional un buen rato. Y el perro… sanidad podría pedir cuarentena.
Me tensé. —Cuarentena no, jefe. No me lo van a quitar. —Tranquilo. Tengo una idea mejor.
Al final, no hubo correccional. Hubo un trato. Hablé con los padres. Les mostré el video. Les mostré la navaja del Kevin. Se pusieron pálidos. Entendieron que sus “angelitos” estaban a un paso de convertirse en sicarios. El trato fue simple: Retiraba los cargos si los chicos entraban a un programa de servicio comunitario. ¿Y adivinen dónde era el servicio? En el refugio de animales municipal. Limpiando jaulas. Recogiendo caca. Bañando perros sarnosos. Quería que vieran, olieran y tocaran el sufrimiento que ellos mismos causaban. Quería que entendieran.
El Kevin, con el brazo vendado, tuvo que ir cada sábado durante seis meses. Al principio, lo hacía con asco y odio. Pero dicen que los perros tienen una forma de romperte las barreras. Meses después, me contaron que el Kevin había adoptado a un perro viejo y ciego del refugio. No sé si se volvió un santo, pero al menos dejó de ser un demonio.
CAPÍTULO 5: LA VIDA NUEVA
Pasó un año. La vida siguió su curso, como siempre pasa en México. Temblores, crisis, fiestas, fútbol. Pero mi vida, mi pequeña vida personal, cambió para siempre.
Ya no soy el oficial amargado que llega a casa a ver la pared. Ahora soy el “Oficial del Perro”. Roca se volvió famoso en la delegación. El comandante me dio permiso “extraoficial” para traerlo en la patrulla en ciertos turnos de proximidad social. Le compramos un chaleco de verdad, con parche de “POLICÍA” (aunque técnicamente es mascota, no K9 oficial, pero a nadie le importa).
Roca engordó. Ahora es un perro macizo, fuerte, con un pelaje negro que brilla bajo el sol. Tiene una cicatriz en el hocico donde la bolsa le cortó la piel hace tiempo, una marca blanca que le da carácter. Es el rey de la unidad habitacional. Doña Chuy le guarda huesos del caldo. Los niños del edificio, que antes le tenían miedo a los perros, ahora bajan a jugar con él.
Un domingo por la tarde, estaba sentado en el parque. En la misma banca donde los chicos se reían aquel día. Estaba comiendo un helado. Roca estaba echado a mi lado, masticando una pelota de tenis. Se acercó una señora con su hijo pequeño. —Disculpe, oficial. ¿Muerde? —preguntó la señora, señalando a Roca. Miré a mi perro. Ese perro que sacamos de la basura, que venció a la muerte, que me salvó de una golpiza y que me salvó de la soledad. Roca levantó la cabeza, con la lengua de fuera, ojos brillantes, pura felicidad. —No, señora —respondí sonriendo—. No muerde. Él rescata.
El niño se acercó y le acarició la cabeza. Roca cerró los ojos y empujó su cabeza contra la manita del niño, buscando cariño. Suspiré, mirando el cielo naranja de la tarde mexicana. No tengo mucho dinero. Sigo manejando mi Tsuru viejo. Sigo viviendo en el tercer piso sin elevador. México sigue teniendo problemas que un solo policía no puede arreglar. Pero soy rico. Tengo lealtad. Tengo amor. Tengo a quien llegar a contarle mi día.
Me levanté y le di un tirón suave a la correa. —Vámonos, pareja. Se hace tarde y hoy tocan tacos. Roca ladró, emocionado ante la palabra mágica. Caminamos juntos hacia casa, dos sobrevivientes en la gran ciudad, dejando atrás las sombras para caminar bajo la luz de las farolas que empezaban a encenderse.
Y mientras nos alejábamos, pensé en esa bolsa de plástico. Ese objeto tan simple que casi acaba con una vida, pero que terminó atando la suya con la mía para siempre. A veces, Dios no manda ángeles con alas. Los manda con cola, cuatro patas y un hambre voraz. Y a veces, los manda a México, porque aquí es donde más falta hacen.
FIN.