Crónicas del Monte: De Paria a Rey de la Sierra (Parte 2)
Capítulo 1: El Duelo con la Bestia
Ahí estaba yo, con el corazón queriéndoseme salir por la boca, mirando hacia el fondo del pozo que había cavado con mis propias manos y un trozo de madera afilada. Abajo, la oscuridad gruñía. No era un gruñido cualquiera; era el sonido de la furia primitiva, una mezcla de dolor y rabia que hacía vibrar la tierra bajo mis botas de hule rotas.
Era el jabalí. Esa bestia que había estado acechando mis sueños y mi hambre.
Mi trampa había funcionado, pero a medias. El animal había caído, sí, pero seguía vivo y estaba más enojado que un judicial en quincena sin bono. Sus ojos brillaban en la penumbra del agujero como dos brasas del infierno. Se revolvía, intentando trepar las paredes de tierra suelta, y cada vez que sus pezuñas resbalaban, soltaba un chillido que helaba la sangre.
—Tranquilo, Pancho, tranquilo —me dije a mí mismo, aunque mis manos temblaban aferrando la lanza de bambú que había improvisado.
Sabía que no tenía opción. Si lo dejaba ahí, podía escapar o sufrir innecesariamente, y en la ley del monte, uno no hace sufrir a lo que te va a dar vida. Además, el hambre es canija y mi estómago rugió más fuerte que el animal. Tomé aire, ese aire húmedo y pesado de la sierra, y con un movimiento rápido, casi instintivo, clavé la lanza. El animal gritó. No fue suficiente. La piel de estos bichos es dura como suela de zapato viejo.
La adrenalina me nubló la vista. No podía bajar a pelear cuerpo a cuerpo; me destriparía en segundos. Miré a mi alrededor desesperado. Ahí, junto al sendero, había una roca. Una piedra de río, pesada, sólida, fría. La cargué con un esfuerzo que me tensó hasta el último tendón de la espalda. Me asomé al borde del pozo.
—Perdóname, hermano —susurré. Y la dejé caer.
El golpe fue seco. Definitivo. El silencio que siguió fue lo más ruidoso que he escuchado en mi vida.
Me dejé caer sentado en el borde, respirando como si hubiera corrido un maratón. Lo había logrado. Tenía carne. Tenía vida. Pero entonces, la realidad me golpeó con otro problema: ese animal pesaba, fácil, unos cien kilos. Yo, un tipo que hace unos meses se cansaba subiendo las escaleras del metro, ¿cómo demonios iba a sacar una bestia de ese tamaño de un pozo profundo?
La desesperación casi me hace llorar, pero me acordé de mi abuelo, que era albañil. “Más vale maña que fuerza, mijo”, decía. Miré los árboles altos que rodeaban la trampa. Corté unos bejucos gruesos, esas lianas que son más fuertes que cualquier cuerda de nailon que vendan en la ferretería. Trepé al árbol más cercano, arriesgándome a un resbalón, y pasé la liana por una rama alta, improvisando una polea rústica.
Bajé al pozo. El olor a sangre y almizcle era intenso. Amarré al jabalí lo mejor que pude y volví a subir. Tiré de la cuerda. Tiré hasta que sentí que los brazos se me iban a desprender, usando mi propio peso y la gravedad como aliados. Poco a poco, centímetro a centímetro, la bestia emergió de la tierra. Cuando por fin logré arrastrarlo a tierra firme, me sentí el hombre más rico del mundo. No tenía ni un peso en la bolsa, pero tenía comida para meses.
Capítulo 2: El Festín y el Sacrificio
El camino de regreso a mi refugio fue un calvario glorioso. Arrastrar cien kilos por el suelo irregular de la selva, entre raíces traicioneras y piedras, no es enchílame otra. Pero la promesa de un taco de carnitas auténticas me daba fuerzas de donde no las tenía.
Al llegar, “Solovino”, mi perro, casi se vuelve loco. Ladraba y saltaba alrededor del jabalí, pero sin acercarse demasiado, respetando la jerarquía. Sabía que el patrón comía primero.
No perdí tiempo. En la sierra, la carne se echa a perder rápido y las moscas no perdonan. Puse agua a hervir en mi olla abollada sobre una fogata que alimenté con leña seca hasta que rugió. Bañé al animal con el agua hirviendo y empecé a raspar. Con mi cuchillo, que afilaba obsesivamente en las piedras del río, fui quitando el pelo grueso hasta dejar la piel blanca y limpia.
Luego vino lo bueno: el chamuscado. Arrastré el cuerpo sobre las brasas para dorar la piel, ese olor a chicharrón quemado inundó el claro y les juro que se me hizo agua la boca como nunca. Lo llevé al arroyo para lavarlo, el agua cristalina llevándose la ceniza y la sangre, revelando la carne rosada y prometedora.
Ahí, arrodillado en la orilla del río, me sentí un cirujano. O mejor dicho, un carnicero de mercado, de esos maestros que saben exactamente dónde meter el cuchillo. Despiecé al animal con un respeto casi religioso. Separé las piernas, el lomo, las costillas. Cada corte era una victoria contra la muerte, contra el hambre, contra todos los que me dijeron que no valía nada.
Pero era demasiada carne. Si no hacía algo, se pudriría en dos días.
—A chambear se ha dicho —murmuré.
Decidí construir un ahumador. Me fui al cañaveral y corté bambú fresco. Clavé cuatro postes en la tierra, formando un cuadrado, y construí un techo de dos aguas cubierto con hojas de plátano y palma, bien tupido para que el humo no se escapara. Era una estructura rústica, pero ingeniosa; una pequeña casita dedicada exclusivamente a conservar mi tesoro.
Colgué las tiras de carne en varas de bambú dentro de la estructura. Abajo, encendí un fuego lento, no de llamas vivas, sino de brasas y leña verde para que produjera mucho humo. Cerré las paredes con más hojas de plátano, sellando la cámara.
Pronto, el humo empezó a hacer su magia. La carne pasaba de un rosa pálido a un rojo intenso, y luego a un marrón oscuro, brillante y aromático. Me senté frente al ahumador, vigilando el fuego, con un pedazo de hígado asado en una mano y una sonrisa de oreja a oreja.
Esa noche, Solovino y yo nos dimos un atracón. Le aventé huesos con carne y yo me comí las partes que no se podían ahumar. No hubo tortillas, ni salsa, ni limón. Pero les juro por mi jefecita que fue la mejor cena de mi vida.
Capítulo 3: La Rutina del Ermitaño
Los días siguientes se convirtieron en una rutina extrañamente pacífica. Ya no era solo sobrevivir; empezaba a vivir.
La carne ahumada me dio seguridad. Ya no me despertaba con el pánico de “¿qué voy a comer hoy?”. Eso me dio tiempo para mejorar mi jacal.
El suelo de tierra me tenía harto; cuando llovía se hacía un lodazal. Así que me puse a acarrear piedras del río. Busqué las más planas, las más lisas, y pavimenté la entrada y el área de la fogata. Me sentía como un albañil haciendo el patio de una casa Infonavit, pero con vista al paraíso.
Luego, me enfoqué en el mobiliario. Dormir en el suelo ya me estaba jodiendo la espalda. Corté troncos de plátano secos, les quité las capas exteriores y trencé las fibras para hacer una especie de colchoneta. Luego, armé una base elevada con bambú. Cuando me acosté esa noche, separado del suelo frío y húmedo, sentí que dormía en un hotel cinco estrellas.
También mejoré mi sistema de agua. Encontré un manantial un poco más arriba en la ladera. Usando cañas de bambú partidas por la mitad y unidas como canaletas, logré desviar un chorrito de agua limpia directamente hasta la entrada de mi choza. Ya no tenía que bajar al río cada vez que tenía sed o quería lavar algo. Abrir una “llave” de bambú y ver caer agua fresca fue un lujo que nunca valoré en la ciudad.
Mis días empezaron a tener orden. Me levantaba con el sol, hacía mis ejercicios de estiramiento para que el cuerpo no se oxidara. Luego, revisaba las trampas de peces en el río. Esas canastas tejidas que había puesto bajo las piedras casi siempre tenían algo: cangrejos, peces pequeños, a veces algún caracol despistado.
Solovino me seguía a todas partes. Ese perro se convirtió en mi sombra. Si yo iba al río, él iba al río. Si yo cagaba en el monte, él hacía guardia mirando hacia la selva, cuidándome las espaldas. Hablábamos mucho. Bueno, yo hablaba y él movía la cola o inclinaba la cabeza. Le conté de mi ex, de cómo me corrieron de la casa, de mis sueños frustrados. Él nunca me juzgó. Solo pedía que le rascara detrás de las orejas y le diera su parte del pescado asado.
Capítulo 4: El Agricultor de la Selva
No podía vivir solo de carne. El cuerpo te pide verde. Mis “cultivos”, si se les puede llamar así, empezaron a prosperar.
Había limpiado un claro cerca del arroyo, quemando la maleza y usando la ceniza como abono. Ahí planté de todo un poco. Los frijoles que encontré silvestres crecían rápido, trepando por las guías de bambú que les construí. También encontré yuca (mandioca) silvestre. Esas raíces son una bendición; te llenan la panza y te dan energía.
Desenterrar la yuca era una chinga. Tenía que cavar profundo, con cuidado de no romper la raíz, cargar esos camotes gigantes de regreso al arroyo, lavarlos, pelarlos y ponerlos a hervir junto con los huesos del jabalí que había guardado. El caldo espeso que resultaba de eso, con el sabor ahumado de la carne y la dulzura de la yuca, era un manjar que levantaba a un muerto.
Pero no todo era fácil. La selva siempre intenta recuperar lo que es suyo. Un día salí a revisar mis hortalizas y vi que los gusanos se habían dado un festín antes que yo. Me dio un coraje… pero entendí que aquí no hay plaguicidas. Tuve que ponerme a quitar bichos a mano, uno por uno, bajo el sol abrasador.
Y luego estaba el miedo constante. Aunque ya me sentía más confiado, la selva no perdona descuidos. Una tarde, mientras recogía leña, vi una sombra deslizarse entre las hojas secas. Era otra serpiente, grande, gruesa como mi brazo. Me quedé petrificado. El recuerdo de la mordida anterior me palpitó en la mano cicatrizada. Esta vez no me arriesgué. Retrocedí despacio, sin darle la espalda, y la dejé seguir su camino. Aprendí que en el monte, el valiente no es el que mata todo lo que ve, sino el que sabe cuándo hacerse a un lado.
Capítulo 5: La Idea Millonaria (versión rústica)
Pasaron las semanas y mi reserva de carne ahumada seguía siendo enorme. Demasiada para un hombre y un perro. Empecé a preocuparme. Aunque el ahumado conserva bien, la humedad de la selva es traicionera. Si se echaba a perder, sería un desperdicio imperdonable.
Estaba sentado frente a mi fogata, masticando un trozo de jabalí seco, duro pero sabroso, cuando se me prendió el foco. —¿Y si vendo esto? —le pregunté a Solovino. Él bostezó.
La idea sonaba loca. Yo, el ermitaño, el desterrado, bajando al pueblo a vender. Pero ¿por qué no? La carne estaba deliciosa. Tenía ese sabor a leña, a selva, a esfuerzo, que no encuentras en ninguna carnicería de la ciudad. Era un producto “gourmet”, artesanal, orgánico, libre de gluten y todas esas cosas que a los fresas les encantan.
Me pasé dos días preparando el viaje. Tejí unas canastas nuevas, más bonitas, usando tiras de bambú verde y seco para hacer patrones. Seleccioné las mejores piezas de carne, las que tenían el color más dorado y el aroma más intenso. Las envolví en hojas de plátano limpias y las acomodé en las canastas.
Me bañé en el río, me rasuré como pude con mi cuchillo (quedé medio trasquilado, pero decente) y me puse mi ropa menos sucia.
—Cuida la casa, Solovino —le dije. Él me miró con tristeza, pero se quedó echado junto al fogón apagado.
El camino hacia las faldas de la sierra fue largo. Caminé horas, bajando por senderos que solo yo conocía, cargando mis canastas llenas de esperanza y carne seca. Cuando empecé a escuchar el ruido de motores y a ver techos de lámina a lo lejos, sentí un nudo en el estómago. Llevaba meses sin ver a otra persona. ¿Me verían como un loco? ¿Como un vagabundo?
Llegué al tianguis del pueblo que está al pie de la montaña. La gente iba y venía, el ruido de la música de banda, los gritos de los vendedores de fruta… todo me aturdió un poco. Busqué un huequito cerca de una señora que vendía tamales y pedí permiso.
—¿Qué vende, joven? —me preguntó la doña, mirándome con curiosidad. —Carne ahumada de jabalí, jefa. Recién bajada del monte.
La señora me prestó un pedacito de su mesa. Saqué una muestra y corté unas rebanadas finas. El olor a humo atrajo a los primeros curiosos. —A ver, dame la prueba —dijo un señor con sombrero. Se la metió a la boca, masticó despacio y abrió los ojos como platos. —¡Ay, cabrón! Esto está buenísimo. ¿A cuánto el kilo?
No tenía idea de precios, así que dije una cifra que me pareció justa. El señor sacó su cartera sin regatear. En cuestión de horas, mis canastas estaban vacías. La gente se peleaba por los últimos trozos. “Carne de monte”, decían, “sabor auténtico”. Me sentí… útil. Me sentí valioso. No era el parásito que mi familia decía. Era un proveedor. Un superviviente.
Conté el dinero. No era una fortuna, pero para mí era oro puro. Con esa lana podía comprar cosas que en la selva no existen.
Capítulo 6: El Regreso Triunfal
Lo primero que hice fue comprarme unos tacos de verdad. Con tortilla de maíz, salsa verde y una Coca-Cola bien fría. Lloré con el primer trago de refresco, no les miento. El azúcar me pegó directo en el cerebro.
Luego, fui a la ferretería. Compré una red de pesca buena, de esas verdes resistentes. Compré sal, mucha sal, porque es vital para conservar. Compré anzuelos. Y luego, pasé por una veterinaria y compré desparasitante para Solovino.
Pero mi mejor inversión fue en el mercado de animales. Vi unas gallinas ponedoras y un gallo que se veía bastante bravo. —Me los llevo —dije. Metí las gallinas en una jaula improvisada y me las eché al hombro junto con la red y las provisiones.
El regreso fue pesado, subiendo la montaña con carga extra y gallinas cacareando en mi oreja, pero mi corazón iba ligero. Ya no subía para esconderme. Subía para construir.
Cuando llegué al campamento, ya era de noche. Solovino me recibió con aullidos de alegría, moviendo la cola tan fuerte que le pegaba a las paredes de bambú. —Mira lo que te traje, compadre —le dije, dándole un pedazo de longaniza que compré en el pueblo.
Solté las gallinas en un corralito que armé rápido con la red nueva. Ellas empezaron a picotear el suelo de inmediato. Ahora tendría huevos. Carne, pescado, huevos, verduras… Mi pequeña granja en medio de la nada estaba tomando forma.
Esa noche, acostado en mi cama de bambú, escuchando los sonidos de la selva mezclados con el suave cacareo de mis nuevas inquilinas y la respiración tranquila de mi perro, me puse a pensar en mi vida anterior.
Allá abajo, en la ciudad, yo era un “ni-ni”. Un solterón de treinta y tantos sin oficio ni beneficio. Aquí arriba, soy el arquitecto, el cazador, el agricultor, el comerciante y el jefe de mi propia manada. La soledad que al principio me aterraba, ahora es mi maestra. El silencio que me volvía loco, ahora es mi paz.
Claro, la vida aquí es dura. Un error te mata. Una víbora, una infección, una caída. Pero prefiero mil veces esta dureza honesta de la naturaleza que la dureza hipócrita de la sociedad. Aquí, si trabajas, comes. Si eres flojo, mueres. Es simple. Es justo.
Mañana tengo planes nuevos. Quiero cavar un estanque más grande para criar tilapias. Quiero mejorar el techo para que aguante mejor los huracanes. Y quién sabe, tal vez la próxima vez que baje al pueblo, no solo venda carne… tal vez invite a alguien a ver mi paraíso. O tal vez no. Tal vez este reino sea solo para Solovino y para mí.
Por ahora, cierro los ojos. Mañana sale el sol y hay mucha chamba que hacer. Y por primera vez en mi vida, no me da flojera despertar. Me da emoción.
Porque esto… esto es vivir, cabrones.
(Continuación y Expansión: Los Detalles de la Supervivencia Diaria)
Para que entiendan bien cómo es que un “inútil” logra todo esto, tengo que contarles los detalles sucios. Esos que no salen en las fotos bonitas.
El arte de cagar en el monte: Al principio, iba donde fuera. Mala idea. Las moscas te siguen. Aprendí a cavar letrinas lejos del agua y del campamento, y a tapar todo con ceniza del fogón. La ceniza es mágica, mata olores y bichos. Mantuve mi casa limpia porque si no, te enfermas. Y aquí no hay Seguro Social.
La batalla contra la humedad: En la selva, todo se enmohece. Tu ropa, tus botas, tu comida. Tuve que aprender a mantener el fuego siempre vivo, aunque sea bajito, para secar el aire dentro de la choza. Mis botas las colgaba boca abajo sobre estacas cerca del calor. Mi ropa la lavaba en el río y la tendía al sol más fuerte del mediodía. Si te dejas, los hongos te comen vivo, empezando por los pies.
La cocina de autor (versión náufrago): Hablemos de gastronomía. Ya les conté del jabalí, pero la creatividad nace de la necesidad. ¿Saben cómo se cocina cuando no tienes ollas? Usas bambú. Cortas un trozo de bambú verde, grueso, dejando un nudo en el fondo. Eso es tu olla. Metes ahí el pescado, los caracoles, las verduras, un poco de agua y chile silvestre. Tapas la boca con hojas y lo pones directo al fuego. El bambú verde no se quema de inmediato porque tiene agua dentro. El vapor cocina todo en su jugo. Cuando abres esa madre, el olor es otra cosa. Sabe a madera, a limpio. Me hice experto en “Bambú a la leña”. Hasta me inventé platos. “Rata en salsa de hierbas santas”, “Caldo de piedra con pescado”. Sí, caldo de piedra. Calientas piedras en el fuego hasta que están al rojo vivo y las echas dentro del agua con los ingredientes. Hierve al instante. Es un show.
La soledad mental: No todo es físico. La cabeza te juega trucos. Había días que escuchaba la voz de mi mamá llamándome. “¡Panchito, a comer!”. Y me despertaba llorando. Había días que la tristeza me pegaba tan fuerte que no quería levantarme de la hamaca. En esos momentos, Solovino fue mi salvación. Ese perro parecía entender cuando me entraba la “depre”. Venía y me ponía el hocico frío en la mano, obligándome a acariciarlo. Me obligaba a levantarme. “Órale, huevón, vamos a caminar”, parecía decirme. Y caminábamos. Ver la selva, ver cómo la vida sigue sin importarle tus problemas, te cura. Te das cuenta de que eres una parte minúscula de algo gigante. Y eso te quita peso de encima.
El futuro: Ahora que tengo las gallinas, estoy pensando en grande. Quiero hacer un cercado bien hecho para que no se las coman los tigrillos o los tlacuaches. Si logro criar pollitos, tendré carne tierna y huevos siempre. También quiero sembrar maíz. El maíz es sagrado. Si logro cosechar mis propias mazorcas, podré hacer tortillas. Y si hago tortillas… ¡uf! Ya me vi. Tacos de jabalí ahumado con tortilla recién hecha a mano. Ese día, me voy a coronar como el Rey del Monte.
Pero vamos paso a paso. La selva me enseñó paciencia. Aquí las cosas no son “para ayer” como en la oficina. Aquí las cosas son cuando la naturaleza dice. Si llueve, descansas y arreglas herramientas. Si hay sol, siembras y cazas. Si hay luna llena, pescas. Te sincronizas con el ritmo del mundo, no con el reloj del celular (que por cierto, se le acabó la pila hace meses y lo uso de espejo para rasurarme).
Esta es mi vida ahora. No tengo Netflix, pero tengo el cielo estrellado más increíble que han visto. No tengo aire acondicionado, pero tengo la brisa fresca de la montaña. No tengo amigos en Facebook, pero tengo a Solovino y a mis gallinas. Y, sobre todo, tengo algo que nunca tuve en la ciudad: orgullo de mí mismo.
Así que, si algún día andan por la sierra y ven humo saliendo de entre los árboles, no se asusten. Soy yo, Pancho, preparando la cena. Si traen unas caguamas frías, son bienvenidos. Si no, sigan su camino, que aquí el que no trabaja, no come.
Crónicas del Monte: El Rey de la Milpa Salvaje (Parte 3)
Capítulo 1: La Anarquía de las Plumas
Llegar a mi campamento con dos jaulas llenas de gallinas y un gallo que parecía tener problemas de ira fue más difícil que lidiar con mi ex suegra en Navidad. La subida por el monte, con la red verde y los animales cacareando a todo pulmón, rompió la paz sagrada de mi selva. Solovino, mi perro, las miraba con una mezcla de curiosidad y apetito que me preocupaba bastante.
—A ver, Solovino, ni se te ocurra —le advertí, señalándolo con el dedo mientras bajaba las jaulas al suelo—. Estas no son comida, son socias. Ellas ponen los huevos, nosotros las cuidamos. ¿Entendido?
El perro ladró y movió la cola. Quise creer que era un “sí”, pero por si las dudas, decidí que la construcción del gallinero era prioridad nacional. No podía dejar a mis nuevas inversiones a la intemperie. En el monte, todo lo que se mueve es comida para alguien más grande. Ocelotes, tlacuaches, zorros, incluso serpientes; todos estarían encantados con un buffet de pollo estilo Kentucky gratis.
Esa tarde trabajé como poseído. Busqué bambúes viejos, de esos que son duros como el acero, para los postes principales. Usé la red verde que compré en el pueblo para cercar un área de unos cuatro metros cuadrados. No era mucho, pero era seguro. Para el techo, tuve que improvisar. No quería que se mojaran, porque gallina mojada es gallina enferma, y gallina enferma es caldo.
Corté hojas de palma real, esas que son anchas y cerosas. Las tejí con paciencia, una sobre otra, creando un techito tupido que amarré con bejucos sobre la estructura de bambú. Mientras trabajaba, el gallo, al que bauticé “El General”, no dejaba de vigilarme con sus ojos redondos y desconfiados.
—Bájale dos rayitas a tu intensidad, mi General —le dije mientras aseguraba la puerta con un nudo marinero que aprendí en YouTube antes de que me cortaran el internet—. Aquí el patrón soy yo.
Cuando cayó la noche, metí a las aves en su nuevo hogar. Se subieron a las perchas de madera que les instalé, acomodándose entre ruidos guturales. Me senté frente al gallinero, agotado, cubierto de sudor y tierra, pero con una satisfacción que no me cabía en el pecho. Tenía ganado. Era un ganadero. Bueno, un micro-ganadero de subsistencia, pero ganadero al fin.
Cené un poco de pescado ahumado que me quedaba y me fui a dormir. Pero el sueño fue ligero. Mi oído, ya entrenado por meses de vivir en la naturaleza, estaba alerta a cualquier crujido que no perteneciera al viento.
Capítulo 2: La Noche del Tlacuache
No pasaron ni tres noches cuando llegó la primera prueba de fuego.
Eran como las tres de la mañana. La luna estaba tapada por nubes densas y la oscuridad era absoluta. De repente, el escándalo. El General empezó a cantar, no su canto de “buenos días”, sino un grito de guerra, un quiquiriquí ronco y desesperado. Las gallinas aleteaban golpeando la red.
Salté de mi cama de bambú como si tuviera resortes, agarrando mi machete y la linterna de pilas que racionaba como oro. Solovino ya estaba afuera, ladrando furioso hacia la parte trasera del gallinero.
Corrí descalzo, sintiendo las piedras y las ramas picándome los pies, pero la adrenalina anestesia todo. Al alumbrar la red, vi dos ojos brillantes que reflejaban la luz como canicas demoníacas.
Era un tlacuache. Pero no uno de esos tiernos que salen en los memes pidiendo comida. Este era un veterano del monte, grande, con el pelo erizado y unos colmillos que goteaban saliva. Estaba intentando roer la red plástica para entrar al festín.
—¡Lárgate, hijo de la chingada! —grité, golpeando el bambú con el plano del machete para hacer ruido.
El animal ni se inmutó. Me miró, siseó como gato encabronado y tiró otra mordida a la red. El General, dentro de la jaula, estaba esponjado, listo para pelear, pero no tenía oportunidad contra los dientes de ese bicho.
Solovino entró en acción. No esperó mi orden. Se lanzó contra el tlacuache, soltando una mordida al aire que hizo retroceder al intruso. El tlacuache se giró, olvidando las gallinas, y enfrentó al perro. Fue un baile rápido y violento de gruñidos y chillidos en la oscuridad.
—¡Solovino, atrás! —grité, temiendo que el tlacuache lo lastimara. Esos animales tienen bacterias feas en la boca.
Pero mi perro no retrocedió. Con un empujón de pecho, desestabilizó al invasor y le ladró directo a la cara, a centímetros de su nariz. El tlacuache, dándose cuenta de que la ecuación “Hombre + Machete + Perro” no le favorecía, decidió que el huevo no valía la pena. Siseó una última vez, dio media vuelta y desapareció entre los matorrales con una agilidad sorprendente.
Me quedé ahí, temblando por el frío de la madrugada y el susto. Revisé la red. Tenía un par de agujeros pequeños, pero había aguantado.
—Buen chico, Solovino. Eres un chingón —le dije, acariciando su cabeza. Él jadeaba, orgulloso, vigilando todavía la oscuridad.
Esa noche ya no dormí. Me quedé sentado junto al gallinero, machete en mano, escuchando la respiración de la selva. Entendí que tener propiedades en el monte te convierte en un blanco. Ya no era solo yo sobreviviendo; ahora tenía dependientes. La responsabilidad pesa más que un costal de cemento.
Capítulo 3: Ingeniero de la Selva
Al día siguiente, con ojeras pero decidido, reforcé la seguridad. “Si van a querer mis gallinas, les va a costar”, pensé.
Busqué piedras de río grandes y pesadas. Pasé toda la mañana cargándolas desde el arroyo hasta el campamento. Hice una base de piedra alrededor de todo el perímetro del gallinero, enterrándolas parcialmente para que ningún animal pudiera escarbar por debajo de la red. Fue un trabajo brutal. Mis manos, ya llenas de callos, se abrieron de nuevo, y la espalda me punzaba, pero cada piedra puesta era una noche de sueño tranquilo.
Luego, se me ocurrió algo mejor. Necesitaba un sistema de alarma. Recordé las películas de guerra. Corté tiras finas de bejuco y las amarré alrededor del perímetro, a unos veinte centímetros del suelo. A esas cuerdas les colgué latas viejas que había encontrado tiradas en el río (basura de turistas que baja con la corriente, tristemente, pero tesoro para mí) y conchas de caracol vacías. Si algo tropezaba con el hilo, el ruido de las latas y conchas chocando me despertaría.
Probé el sistema yo mismo, tropezando a propósito. Clanc-clanc-clanc. Sonaba como la campana del camión de la basura. Perfecto.
Con la seguridad resuelta, me enfoqué en la alimentación. Las gallinas no pueden vivir solo de aire. Escarbaban y comían insectos, sí, pero necesitaban más para poner huevos. Decidí expandir mi agricultura. Tenía que sembrar maíz. El maíz es la base de todo. Sin maíz no hay país, y sin maíz no hay huevos.
Limpié otro pedazo de terreno, un poco más arriba, donde pegaba el sol de la mañana. Usando mi palo de cavar, que ya estaba pulido por el uso, hice hileras ordenadas. Tenía unas pocas semillas que había guardado de una mazorca seca que encontré olvidada en mi mochila vieja, de esas que usaba cuando iba al mercado en la ciudad. Las traté como diamantes. —Crezcan, por favor, crezcan —les susurraba mientras las cubría con tierra negra y húmeda.
Capítulo 4: El Primer Milagro Ovalado
Pasaron dos semanas. La rutina se asentó. Pescar, revisar trampas, buscar leña, cuidar la huerta, vigilar. Y entonces, sucedió. Una mañana, al entrar al gallinero para cambiar el agua, vi algo blanco brillando sobre el nido de paja seca que les había hecho en una esquina.
Me acerqué despacio, conteniendo la respiración. Ahí estaba. Un huevo. No era uno de esos huevos blancos y perfectos de supermercado, todos iguales y sin alma. Este era un poco más pequeño, de un color crema irregular, con algunas pecas marrones y una plumita pegada. Estaba tibio.
Lo tomé en mi mano con una delicadeza que no sabía que tenía. Sentí su calor, su peso. Para muchos, es solo un huevo. Para mí, era la prueba de que la vida funciona. De que mi esfuerzo, mis desvelos, mis peleas con tlacuaches, todo valía la pena.
—¡Solovino, mira! —le grité al perro—. ¡Desayunamos como reyes hoy!
Ese desayuno fue un ritual. Puse agua a hervir. Eché el huevo con cuidado. Esperé exactamente cuatro minutos, contándolos en mi cabeza. Lo saqué, lo pelé quemándome los dedos. La clara estaba firme, la yema cremosa. Le puse una pizca de la sal que compré en el pueblo. Al morderlo, cerré los ojos. Sabía a gloria. Sabía a victoria. Le di la mitad a Solovino, que se lo tragó de un bocado, sin apreciar la poesía del momento, pero feliz.
A partir de ese día, las gallinas empezaron a poner con regularidad. A veces dos, a veces tres huevos al día. Empecé a acumularlos. Ya no solo comía carne seca y pescado; ahora tenía proteína fresca. Mi cuerpo lo notó. Me sentía más fuerte, mi piel se veía mejor, las heridas sanaban más rápido. La dieta de la selva me estaba convirtiendo en una versión mejorada de mí mismo.
Capítulo 5: La Tormenta y la Fiebre del Lodo
Pero el monte es bipolar. Te da y te quita. Llegó septiembre y con él, las lluvias de verdad. No esas lloviznas románticas de la ciudad donde te tomas un café viendo por la ventana. No. Aquí arriba, cuando llueve, el cielo se cae a pedazos.
Empezó una tarde con un viento que doblaba las palmeras como si fueran de goma. El cielo se puso negro, de un color moratón, como un golpe. Y luego, el agua. Llovió durante tres días seguidos sin parar. Tres días. Mi techo de hojas, que tanto orgullo me daba, empezó a gotear. Primero una gotera, luego dos, luego era una regadera. Tuve que mover mi cama tres veces. Todo estaba húmedo. La leña estaba mojada, así que prender fuego para cocinar o calentarme se convirtió en una misión imposible. Comí carne seca fría y mastiqué caña de azúcar para engañar al estómago.
Pero lo peor fue el barro. El suelo alrededor de mi choza se convirtió en un pantano chicloso que te chupaba las botas. Solovino estaba miserable, hecho una bola en la esquina más seca, temblando. Las gallinas estaban calladas, apelotonadas en su percha, viendo cómo su corral se convertía en lodo.
Al segundo día, me di cuenta de un peligro mayor: el arroyo. El dulce arroyito donde me bañaba y pescaba se había transformado en un río furioso de agua color chocolate que rugía montaña abajo. Y estaba subiendo de nivel. Peligrosamente cerca de mi huerta.
—¡Mis frijoles! —grité, y salí corriendo bajo la tormenta.
El agua ya estaba lamiendo las raíces de mis plantas. Agarré mi pala de madera y empecé a cavar zanjas de desviación como un loco. La lluvia me golpeaba la espalda como latigazos de agua helada. El lodo me salpicaba la cara, entraba en mi boca, en mis ojos. —¡No te vas a llevar mi comida, maldita sea! —le gritaba al cielo.
Cavé durante horas, empapado hasta los huesos, tiritando incontrolablemente. Logré desviar parte del flujo, salvando la mitad de la cosecha, pero perdí las yucas que estaban más cerca de la orilla. Vi cómo la corriente se las llevaba, arrancadas de tajo. Me dolió como si me arrancaran un diente.
Esa noche me dio fiebre. No sé si fue el agotamiento, el frío o alguna bacteria del lodo. Me acosté en mi cama húmeda, tapado con todo lo que tenía, temblando y delirando. Soñé con mi casa en la ciudad. Soñé con mi cama seca, con mi mamá trayéndome sopa de fideos, con la televisión encendida. En mi delirio, estuve a punto de rendirme. “¿Qué haces aquí, Pancho?”, me decía una voz en mi cabeza. “Vas a morir aquí solo, como un perro, y nadie te va a encontrar hasta que seas puros huesos”.
Pero entonces sentí algo caliente en mi pecho. Abrí los ojos pesados. Era Solovino. Se había subido a la cama y se había acostado sobre mí, dándome su calor corporal. Me lamía la cara, quitándome el sudor frío y las lágrimas. Abracé a ese perro sarnoso y lloré. Lloré todo lo que no había llorado en meses. El miedo, la soledad, el dolor. Y en ese abrazo, la fiebre empezó a bajar. No estaba solo. Tenía a mi manada. Y mi manada no se rendía.
Capítulo 6: El Renacimiento y la Ingeniería Civil
Cuando salió el sol, al cuarto día, el mundo brillaba. La selva olía a tierra mojada, a vida, a descomposición y crecimiento. Me sentía débil, como trapo viejo, pero vivo. Me levanté y vi el desastre. Ramas caídas, lodo por todas partes, mi huerta medio destruida. Pero el gallinero seguía en pie (gracias a las piedras), y mi choza, aunque goteaba, no se había caído.
Decidí que no podía volver a pasar por eso. Tenía que mejorar mi infraestructura. “Si voy a ser el Rey del Monte, necesito un castillo, no una choza”, pensé.
Me dediqué a la ingeniería civil rústica. Primero, el techo. Necesitaba inclinación. Desarmé la estructura vieja y la rehice con una pendiente mucho más pronunciada, estilo “A”, para que el agua resbalara rápido. Busqué hojas de palma más jóvenes y las “curé” pasándolas por el fuego rápidamente para que soltaran su aceite natural y fueran más impermeables. Puse capa tras capa, triple grosor.
Luego, el drenaje. Cavé un sistema de canales alrededor de mi claro, todos conectados y dirigidos hacia abajo, lejos de la zona de vivienda y cultivo. Pavimenté esos canales con piedras de río para que no se erosionaran. Me sentía como los aztecas construyendo Tenochtitlán, pero en chiquito y con más hambre.
También expandí el estanque de peces. El río había bajado, pero había dejado pozas llenas de agua estancada con peces atrapados. Con mi red, los rescaté y los llevé a mi estanque artificial. Era una fosa que había cavado en la arcilla, alimentada por el manantial. Tenía tilapias y unos bagres bigotudos que se comían todo lo que caía al fondo. Eran mi reserva estratégica. Si el río se ponía bravo o si me torcía un pie y no podía cazar, podía simplemente meter la mano y sacar la cena.
Capítulo 7: El Encuentro Inesperado
Pasaron los meses. Mi cuerpo cambió. La barriga chelera desapareció, reemplazada por abdominales de piedra (bueno, de piedra volcánica, un poco irregulares pero duros). Mi barba era larga y espesa. Mi piel, color bronce.
Un día, decidí bajar al pueblo otra vez. Necesitaba velas, sal y quizás, solo quizás, un par de zapatos nuevos porque mis botas ya pedían clemencia; las tenía amarradas con alambre. Llevaba mis canastas llenas: huevos de rancho (que valen oro para la gente de ciudad), carne ahumada y unos manojos de hierbas medicinales que aprendí a identificar. El “Doctor Pancho” ya sabía qué servía para el dolor de panza y qué para los nervios.
Al llegar al mercado, la gente ya me reconocía. “Ahí viene el hombre del monte”, murmuraban. Ya no me veían con lástima, sino con respeto. Incluso con un poco de envidia. Vendí todo rápido. Con el dinero en la bolsa, me dirigí a la zapatería.
Y ahí fue donde me topé con el pasado. Saliendo de la tienda, casi choco con alguien. —¿Pancho? ¿Eres tú?
Me congelé. Era Beto, mi primo. El que siempre presumía su trabajo en el banco, su coche del año y su novia modelo. Me miró de arriba abajo. Yo vestía ropa limpia pero remendada, mi pelo largo atado en una coleta, mis botas nuevas. Él llevaba un traje que se veía caro, pero su cara… su cara se veía gris. Tenía ojeras profundas y se notaba que había subido de peso, pero de ese peso fofo del estrés y la comida rápida.
—No mames, güey… pensamos que estabas muerto —dijo Beto, con los ojos abiertos—. Tu mamá… bueno, la tía dice que te fuiste de mojado o que te mataron los narcos. —Estoy vivo, Beto. Más vivo que nunca —le respondí, con una voz que me salió grave, tranquila. —Pero… ¿mírate? Vives en la calle, ¿o qué? —preguntó, con ese tono de superioridad que siempre me cagaba. —Vivo en el monte. Tengo mi casa. Mi granja. Beto soltó una risita nerviosa. —¿En el monte? No mames, Pancho. Ya regrésate. Mira, en la oficina están contratando archivistas. Pagan poco, pero tienes seguro. Yo te hago el paro. Te ves… salvaje.
Lo miré. Miré su corbata que parecía ahorcarlo. Miré su teléfono que no dejaba de vibrar en su mano. Miré su ansiedad. Y luego me miré a mí. Mis manos fuertes. Mi libertad. Mi falta de jefe, de horario, de tráfico.
—Gracias, primo —le dije, poniendo una mano en su hombro. Sentí su traje sintético bajo mis dedos—. Pero estoy bien. De hecho, estoy mejor que tú. Beto se ofendió. —¿Mejor que yo? Güey, hueles a humo. Yo tengo un Audi. —Tú tienes un Audi y úlceras, Beto. Se te nota en la piel. Yo tengo aire puro y como carne que cacé yo mismo. Quédate con tu oficina.
Di media vuelta y me fui. —¡Dile a mi jefa que estoy bien! —le grité sin voltear—. ¡Y que no me espere para Navidad!
Subí la montaña con una sonrisa. Ese encuentro fue la prueba final. Ya no pertenecía a ese mundo de plástico y prisas. Mi mundo era verde, brutal y honesto.
Capítulo 8: La Fiesta de la Cosecha
El clímax de mi año llegó con la cosecha del maíz. Aquellas semillas que cuidé tanto se convirtieron en tallos altos y fuertes, susurrando con el viento. Cuando arranqué las primeras mazorcas y les quité las hojas, vi los granos: algunos amarillos, otros rojos, otros morados. Maíz criollo. Maíz real.
Hice un proceso que recordaba haber visto hacer a mi abuela: nixtamalización. Puse el maíz a cocer con cal (que conseguí raspando unas piedras blancas calizas y quemándolas). Dejé reposar el maíz toda la noche. Al día siguiente, lo molí. No tenía molino, así que usé dos piedras planas, frotando y frotando hasta hacer una masa. Mis brazos ardían, pero la masa olía a historia. Olía a México.
Hice tortillas a mano. Chuecas, gordas, irregulares. Las puse sobre una piedra plana calentada al fuego (mi comal prehistórico). Se inflaron. Ese momento, ver la tortilla inflarse, es magia pura.
Esa tarde, organicé un banquete. Maté una de las gallinas (la que menos ponía, perdón “Chonita”, pero así es el ciclo). Hice un caldo con hierbas. Asé carne de jabalí. Y tenía mis tortillas. Me senté en mi “porche” recién remodelado, con vista al valle. Solovino a mi lado, comiendo su parte. Mordí el taco. La mezcla del maíz fresco, la carne ahumada, el picante de los chiles silvestres que encontré… les juro que ningún restaurante Michelin, ni el Pujol, ni ninguno de esos lugares carísimos, tiene un sabor así. Era el sabor de la libertad absoluta.
Mientras el sol se ponía, pintando el cielo de naranja y violeta, hice un balance. Llegué aquí siendo un niño grande, berrinchudo y asustado, expulsado de su nido. Ahora soy un hombre. Tengo una casa que construí, comida que cultivé y cacé, un amigo leal que me defendería con su vida, y una paz mental que no se compra con Bitcoin.
Miré mis manos otra vez. Ya no me avergonzaban. Eran las herramientas del creador de mi propio destino. Escuché un ruido en la maleza. Solovino levantó las orejas. Quizás es otro jabalí. Quizás es un venado. O quizás es el jaguar que he visto en huellas y que sé que me está vigilando. Sonreí. Agarré mi lanza. —Que venga lo que quiera —le dije a la noche—. Aquí lo esperamos.
Porque este es mi monte. Y yo soy Pancho, el sobreviviente. Y esta historia… esta historia apenas está empezando.
¿QUIEREN SABER CÓMO ME ENFRENTÉ AL JAGUAR O CÓMO CONSTRUÍ UN HORNO DE BARRO PARA HACER PAN? Eso, mis amigos, se los cuento en la próxima.
Crónicas del Monte: El Legado del Jaguar y el Retorno del Hijo Pródigo (Parte Final)
Capítulo 1: La Sombra que Respira
Decir que el miedo no existe en el monte es mentir. El miedo aquí es una herramienta, tan vital como el machete o el fuego. Si pierdes el miedo, pierdes la vida. Y esa semana, el miedo se instaló en mi campamento como una niebla espesa que no se iba ni con el sol del mediodía.
Después de encontrar aquella huella enorme cerca del arroyo, el ambiente cambió. La selva, que usualmente era un concierto de grillos, ranas y aves, se quedaba en silencios repentinos y pesados. Solovino lo sentía. Dejó de correr alegremente detrás de las mariposas. Se mantenía pegado a mi pierna, con el pelo del lomo erizado y gruñendo bajito hacia la espesura.
Sabía que no era un perro cualquiera, ni un coyote. Era el Señor de la Selva. El Jaguar. O como le dicen los viejos de por acá: el Tepeyollotl, el corazón del monte.
La primera noche de “asedio” fue psicológica. No vi nada, pero escuché el crujir de ramas secas alrededor de mi perímetro. Era un andar pesado pero sigiloso. Sabía que me estaba estudiando. Me estaba midiendo. Yo avivé la fogata hasta que las llamas alcanzaron un metro de altura. Me senté con la espalda contra la pared de bambú de mi choza, con la lanza en una mano y el machete en la otra. No dormí. Cada vez que el fuego bajaba, sentía que la oscuridad se cerraba sobre mi garganta como una garra.
Al amanecer, fui al gallinero. El General, mi gallo, estaba alterado, cacareando sin parar. Conté las gallinas. Estaban todas. Pero alrededor de la cerca de piedra que tanto me había costado construir, vi las marcas. Arañazos en la tierra. Había intentado escarbar. Mi ingeniería rústica había aguantado el primer round, pero el jaguar no es un animal que se rinda fácil. Es la persistencia hecha carne.
Me di cuenta de que mi pequeña granja, mi paraíso, era para él un buffet de “todo lo que pueda comer”. Y yo era el gerente que estorbaba.
Capítulo 2: La Guerra de Ingenio
Entendí que no podía cazarlo como al jabalí. Un jabalí es fuerza bruta; un jaguar es astucia letal. Si salía a buscarlo, él me encontraría primero, y probablemente me atacaría desde arriba o por la espalda. Tenía que jugar a la defensiva.
Decidí convertir mi campamento en una fortaleza. Pasé los siguientes tres días trabajando sin descanso, con una obsesión que rayaba en la locura. Reforcé el perímetro no solo del gallinero, sino de mi propia zona de vivienda. Corté bambúes y les saqué punta, creando una empalizada de estacas afiladas apuntando hacia afuera, estilo medieval. Me sentía como Robinson Crusoe, pero versión mexicana y con más picante.
Pero sabía que las barreras físicas no bastaban. Necesitaba fuego. El fuego es lo único que estas bestias respetan de verdad. Construí antorchas de larga duración. Usé cañas huecas rellenas de resina de pino (ocote) mezclada con grasa animal que había guardado del jabalí. Coloqué cuatro de estas antorchas en los puntos cardinales de mi campamento. Cuando cayó la noche y las encendí, mi hogar parecía un templo antiguo iluminado en medio de la negrura absoluta.
Sin embargo, la naturaleza tiene un sentido del humor cruel. La cuarta noche, se soltó una tormenta. No una lluvia normal, sino un diluvio bíblico que apagó mis antorchas en cuestión de minutos. El viento aullaba, apagando el sonido de cualquier pisada. Estaba ciego y sordo.
—Solovino, adentro —ordené. Metí al perro a la choza y tranqué la puerta con un tronco grueso. Me quedé sentado en la oscuridad, escuchando la lluvia golpear el techo de palma. Y entonces, lo escuché. Un crack violento. Madera rompiéndose. Venía del gallinero.
El corazón se me detuvo. Mis gallinas. Mi sustento. Mi esfuerzo. La rabia superó al miedo. Agarré mi lanza, me puse la linterna en la boca (ya la había amarrado con un trapo para tener las manos libres) y salí bajo la tormenta.
El haz de luz cortó la lluvia y reveló la escena. Una parte de la red estaba desgarrada. Y ahí, dentro del corral, estaba él. Era magnífico y aterrador. Un jaguar macho, enorme, con el pelaje mojado pegado a los músculos tensos. Tenía una gallina en el hocico. Al verme, no huyó. Soltó la gallina (que ya estaba muerta) y se giró hacia mí. Sus ojos reflejaron la luz de mi linterna con un brillo verde amarillento que me heló la sangre. Gruñó, un sonido profundo que sentí en el esternón más que en los oídos.
Estábamos a cinco metros de distancia. Él, el depredador perfecto. Yo, el oficinista convertido en salvaje, temblando de frío y adrenalina. Solovino salió disparado de la choza, desobedeciendo mi orden, ladrando con una furia suicida. —¡No! —grité.
El jaguar se agazapó, listo para saltar sobre el perro. En ese segundo, el tiempo se detuvo. No pensé. Actué. Tenía en mi mano una “bomba molotov” rústica que había preparado por si acaso: un guaje (calabaza seca) lleno de brasas y resina, tapado con hojas. Lo destapé para que el aire avivara la brasa y se lo lancé justo a las patas.
El guaje estalló en una llamarada repentina y chispas. No lo quemó, pero la explosión de luz y calor frente a su cara lo sorprendió. El jaguar dio un salto hacia atrás, bufando. Aproveché su confusión. Golpeé mi machete contra un poste de metal que usaba de soporte y grité con toda mi alma, un grito primitivo, gutural, sacando toda la frustración de mi vida, todo el coraje de haber sido rechazado, humillado y olvidado.
—¡¡AQUÍ MANDO YO, CABRÓN!! ¡¡LARGO DE MI CASA!!
El jaguar me miró una última vez. Hubo un momento de conexión. Entendió que yo no era una presa fácil. Entendió que este animal de dos patas estaba tan loco y desesperado como él. Con un movimiento fluido y elegante, saltó la cerca de piedra y desapareció en la lluvia.
Caí de rodillas en el lodo, abrazando a Solovino, llorando y riendo al mismo tiempo. Había perdido una gallina, sí. Pero había ganado mi lugar en la cadena alimenticia.
Capítulo 3: El Pan del Perdón
Después de la noche del jaguar, algo cambió en mí. Ya no me sentía un intruso en el monte. Me sentía el dueño. Pero un dueño responsable. Entendí que no podía estar en guerra eterna. Necesitaba consolidar mi civilización.
La carne asada cansa. Los huevos cocidos cansan. Mi cuerpo me pedía algo que es la base de la alegría mexicana: el pan. Recordé los hornos de adobe de mi abuela en el pueblo. “Si pude construir una casa, puedo hacer un horno”, me dije.
El proceso fue terapéutico. Fui a la orilla del río donde la tierra es arcillosa, de ese barro rojo y pegajoso. Pasé días pisando lodo mezclado con pasto seco y estiércol de caballo (que encontré en los senderos que usan los arrieros kilómetros abajo), haciendo la mezcla perfecta para el adobe. Construí una base de piedras y luego fui levantando la cúpula, ladrillo a ladrillo de barro fresco, alisándolo con mis manos mojadas.
Dejarlo secar fue una prueba de paciencia. Si le metía fuego antes de tiempo, se agrietaría. Esperé una semana bajo el sol, vigilándolo como si fuera un bebé. Cuando por fin estuvo seco, hice la primera quema para curarlo. El horno tiraba perfecto. El humo salía por la chimenea rústica y el calor se mantenía adentro como un infierno controlado.
Pero, ¿cómo hacer pan sin harina de trigo? Ahí entró mi maíz. Lo molí más fino que nunca, cerniéndolo con una tela de mi camisa vieja para sacar un polvo suave. Conseguí manteca en mi siguiente viaje al pueblo y un poco de azúcar. Hice “pan de elote” y “gorditas de horno”. Cuando el aroma a pan horneado empezó a salir de mi campamento y se mezcló con el olor a pino y tierra mojada, sentí una paz que no puedo describir. Era el olor del hogar.
Ese día, me senté a comer pan caliente con café de olla (sí, ya me daba el lujo de comprar café en grano y piloncillo). Solovino me miraba expectante. —Ten, compadre —le di un pedazo—. Esto es civilización.
Capítulo 4: La Fama del Ermitaño
Mis bajadas al pueblo se volvieron eventos. Ya no era el loco del monte. Era “Don Pancho, el de los Ahumados”. Mi carne de jabalí y mis panes de maíz cocidos en horno de leña se hicieron famosos. La gente me apartaba pedidos. —Oiga, Don Pancho, ¿es cierto que vive usted solo allá arriba? —me preguntaban las señoras en el mercado. —Con mi perro y mis gallinas, señora. Y con Dios, que allá arriba se escucha más fuerte.
Empecé a tener dinero. No para ser rico, pero sí para estar tranquilo. Me compré ropa de trabajo buena, herramientas de acero, una lámpara solar. Pero lo más curioso fue que la gente empezó a pedirme algo más que comida. Empezaron a pedirme consejos. —Oiga, mi hijo anda muy rebelde, no quiere trabajar… —Mándelo un fin de semana conmigo —bromeaba yo—. Allá el monte lo endereza o se lo comen los mosquitos.
Y así, sin quererlo, me volví una especie de leyenda local. El hombre que domó la soledad.
Capítulo 5: La Visita Inesperada
Un martes cualquiera, mientras estaba descamando unas tilapias en mi estanque, escuché voces. No eran voces de campesinos. Eran voces de ciudad. Quejándose. —Ay, qué camino tan horrible, me voy a romper el tacón. —Ya cállate, mamá, Beto dijo que era por aquí.
Me quedé helado. Esa voz. Era mi madre. Solovino ladró, pero le hice una señal para que se callara. Me limpié las manos en el pantalón y caminé hacia la entrada de mi claro.
Ahí estaban. Mi madre, con ropa deportiva de marca (inapropiada para el cerro), mi padre, con su cara de eterno fastidio, y mi primo Beto, guiándolos como un tour operador nervioso. Venían sudando, rojos por el esfuerzo de la subida.
Cuando me vieron, se hizo un silencio total. Yo estaba parado frente a mi cabaña mejorada, con mi horno de barro humeando atrás, mis gallinas cacareando y mi perro guardián al lado. Me veía fuerte. Barbudo, moreno, fibroso. Nada que ver con el gordito pálido que corrieron de casa.
—¿Pancho? —preguntó mi mamá, con la voz temblorosa. —Hola, jefa. Hola, papá.
Mi padre miró alrededor. Miró el ahumador lleno de carne, el estanque con peces, la huerta de maíz, el horno. Sus ojos, siempre críticos, esta vez mostraban confusión. Buscaba la miseria, pero encontró abundancia.
—Beto nos dijo… nos dijo que tenías un negocio —dijo mi papá, carraspeando. —Tengo una vida, papá. Que es diferente. —Hijo, ¿cómo puedes vivir así? —mi mamá hizo un gesto de asco al ver un poco de lodo en su tenis—. Sin baño, sin luz… —Tengo baño, jefa. Ecológico. Y tengo luz solar. Y tengo paz.
Los invité a sentarse en mi “porche”. Les serví agua fresca de manantial con limón y miel silvestre. Les puse enfrente un plato de carne ahumada, tortillas recién hechas y salsa de molcajete. Al principio, comieron con desconfianza. Pero el hambre de la caminata y el sabor de la comida real los venció. —Esto… esto está bueno —admitió mi padre, masticando un pedazo de costilla. —Es jabalí. Lo cacé yo. Lo destacé yo. Lo ahumé yo.
Hablamos. Por primera vez en años, hablamos de verdad. No sobre cuándo me iba a casar, ni sobre por qué no tenía un puesto de gerente. Hablamos sobre el clima, sobre los animales, sobre cómo se construye un techo. Les conté del jaguar (omitiendo la parte donde casi me orino del miedo). Mi mamá me escuchaba con los ojos abiertos, aterrada pero fascinada. Mi papá asentía, callado.
Al final de la tarde, cuando tenían que bajar para que no les ganara la noche, mi padre se levantó. Se acercó a mí y me miró a los ojos. —Pensé que te ibas a morir de hambre, Francisco. Pensé que eras un inútil. Sentí un nudo en la garganta. Esperé el golpe, la crítica. —Me equivoqué —dijo, extendiéndome la mano. Su mano, suave de oficina, estrechó la mía, dura y callosa—. Tienes manos de hombre de trabajo.
Ese apretón de manos cerró una herida que llevaba abierta diez años. No me pidió que volviera. Entendió que yo ya no cabía en su mundo, ni él en el mío. —Cuídate, mijo —dijo mi mamá, abrazándome rápido pero fuerte—. Y… bájame unos kilos de esa carne para la tía Lucha, que no me va a creer.
Los vi bajar la montaña. Me quedé solo otra vez. Pero esta vez, la soledad no se sentía vacía. Se sentía completa.
Capítulo 6: El Santuario “El Renacido”
La visita de mi familia encendió otra chispa. Si ellos, que son lo más “ciudad” que existe, pudieron disfrutar de una tarde aquí y comer con gusto, otros también podrían. Se me ocurrió una idea de negocio. No quería turismo masivo. No quería gente tirando basura en mi arroyo. Pero ¿qué tal algo exclusivo?
Construí una segunda cabaña. Esta la hice con más detalles: piso de piedra pulida, una cama grande con colchón de hojas de maíz cubierto con telas bonitas que compré, una ventanota orientada hacia el amanecer. Construí una ducha al aire libre, cercada con bambú para privacidad, donde el agua del manantial caía sobre piedras de río.
La llamé “La Suite del Jaguar”. Le dije a Beto (que se convirtió en mi socio de marketing, ya que para eso sí servía) que corriera la voz con sus amigos estresados. “Desconexión total. Comida orgánica. Experiencia de supervivencia light“.
El primer cliente fue un arquitecto de la Ciudad de México que estaba al borde del colapso nervioso. Llegó pálido, pegado a su celular (que aquí no tiene señal). —¿Cuál es la clave del Wi-Fi? —fue lo primero que preguntó. —La clave es respirar, compadre. Aquí te conectas con la tierra.
Pasó tres días aquí. Lo puse a ayudarme a recoger huevos, a desyerbar la milpa, a amasar pan. Al principio se quejó. Al segundo día, se quedó callado mirando el atardecer. Al tercer día, lloró dándome las gracias. Se fue siendo otra persona. Y me pagó muy bien.
Así nació mi modelo de vida. Recibo un huésped a la semana. Solo uno. Les cobro caro, porque la paz cuesta. Les doy de comer lo que hay: si hay pescado, pescado; si hay conejo, conejo. Les enseño a prender fuego, a escuchar el monte. Con eso gano suficiente para comprar lo que no produzco y para ahorrar. Incluso instalé un panel solar más grande y ahora tengo un pequeño refrigerador para las medicinas y las chelas (porque un rey también merece una cerveza fría de vez en cuando).
Capítulo 7: Reflexiones de un Hombre Libre
Han pasado ya dos años desde que llegué aquí arrastrando mi vergüenza. Miro hacia atrás y no reconozco a ese Pancho. Ese Pancho vivía preocupado por el “qué dirán”, por tener el tenis de moda, por la validación de gente a la que no le importaba.
Hoy, estoy sentado en la piedra más alta de mi terreno. El sol se está poniendo, tiñendo el cielo de sangre y oro. Abajo, muy lejos, veo las luces del pueblo encendiéndose. Se ven bonitas desde aquí, pero no las extraño. Ahí abajo hay ruido, hay tráfico, hay deudas, hay envidia.
Aquí arriba hay verdad. La verdad es dura, sí. La verdad es que si me enfermo gravemente, estoy jodido. La verdad es que un huracán puede borrar mi casa mañana. La verdad es que el jaguar sigue rondando (a veces veo sus huellas y le dejo un pescado en la orilla del bosque como ofrenda de paz). Pero prefiero esta incertidumbre salvaje que la seguridad aburrida de una vida que no elegí.
Solovino se sienta a mi lado y recarga su cabeza en mi rodilla. Ya está más viejo, tiene canas en el hocico, pero sigue siendo el guardián leal. El General sigue cantando, aunque ya le traje un gallo joven para que aprenda el oficio. Mis cultivos prosperan.
He aprendido que la riqueza no es lo que tienes en el banco. Riqueza es poder beber agua del arroyo sin miedo. Riqueza es ver nacer un pollito. Riqueza es dormir profundamente porque tu cuerpo está cansado de trabajar para ti mismo, no para un jefe.
Soy Pancho. El desterrado. El náufrago de la montaña. El amigo del perro. El que pactó con el jaguar. Y soy, por fin, un hombre feliz.
Si alguna vez sientes que la ciudad te asfixia, que tu vida no tiene sentido, que eres un “inútil” porque no encajas en el molde… voltea al monte. Quizás no tengas que irte a vivir a una cueva como yo, pero recuerda que dentro de ti hay un animal capaz de sobrevivir, de construir y de renacer.
Solo necesitas un poco de hambre, un poco de soledad y un par de huevos (de gallina o de los otros) para atreverte a ser libre.
Aquí los espero, donde termina el asfalto y empieza la vida.
