“Me llaman coda por contar cada peso, pero nadie ve el terror que siento cuando abro mi cartera y pienso en el futuro de mi hijo.”

Hola, soy Valeria. Y esta es mi confesión.

Son las 2:00 de la mañana en mi departamento en la colonia Narvarte. Todo está en silencio, menos el zumbido de mi refrigerador y el clic-clic-clic frenético de mi calculadora sobre la mesa del comedor.

Llevo quince años siendo contadora . Me pagan por encontrar hasta el último centavo perdido en balances de empresas enormes. Me he acostumbrado a ser fría con los números, a ver solo “ingresos” y “egresos” . Pero lo que nadie te dice es que esa maldita costumbre te persigue hasta la casa .

Ayer, mi hermana me dijo medio en broma, medio en serio: “Ay, vale, ya suéltale, cómprate esos zapatos, no seas coda”.

Me reí para no llorar. Ella no entiende.

No es que sea coda. No es que no quiera darle gustos a mi hijo o a mí misma . Es que tengo miedo . Un miedo que me hiela la sangre cada vez que sube el precio del huevo o de la leche .

Me sé de memoria cuánto cuesta el litro de leche en el Oxxo versus el súper. Sé exactamente cuántos días nos dura el gas . No porque quiera, sino porque no tengo margen de error .

Si yo me equivoco, si yo gasto de más y pasa una emergencia… no hay nadie atrás para cacharme. Si me enfermo, ¿quién paga la renta? Si me corren, ¿qué come mi hijo?

Ese es el peso que cargo en la espalda y que no se ve en las fotos de Facebook. La gente ve a la “mujer fuerte”, a la “luchona”. Yo solo veo a una mujer aterrorizada que no se permite parpadear .

Mi hijo duerme en el cuarto de junto. Él cree que soy invencible. No sabe que su mamá cuenta las monedas no por avaricia, sino porque él es mi único proyecto, mi única inversión que no puede fallar .

Soy su único punto de apoyo. Y eso, amigos, pesa más que cualquier costal de cemento .

Hoy, mirando los números en rojo de mi libreta, sentí que el aire me faltaba. La colegiatura subió. La renta subió. Y mi sueldo… mi sueldo sigue igual.

Cerré la libreta de golpe. Mis manos temblaban. ¿Hasta cuándo voy a aguantar este ritmo sin quebrarme?

¿ES ESTO VIDA O SOLO ESTOY SOBREVIVIENDO POR MIEDO A FALLARLE A ÉL?

PARTE 2: La Contabilidad del Alma

Capítulo 1: La Máscara de la Licenciada

El despertador suena a las 5:30 de la mañana. No necesito abrir los ojos para saber que ya estoy cansada. Es ese cansancio que no se quita durmiendo, ese que se te mete en los huesos y pesa más que una cobija mojada. Me levanto en automático, como un robot programado para sobrevivir un día más en esta jungla de asfalto que es la Ciudad de México.

Mientras me lavo la cara con agua fría para espantar el sueño, repaso mentalmente la lista del día. No la lista de pendientes de la oficina, no. Esa es fácil. Esa la manejo con los ojos cerrados. Repaso la otra lista, la que llevo tatuada en la corteza cerebral: Pasaje del metrobus: 6 pesos. Pasaje del metro: 5 pesos. Desayuno de Santi: ya está listo, solo calentar. Mi desayuno: un café soluble en la oficina para no gastar. Comida: tupper con lo que sobró de ayer. Cena: hay que comprar pan y jamón. Total estimado de gasto diario: 65 pesos, si no pasa nada raro.

Tiền chợ hôm nay bao nhiêu (¿Cuánto es el dinero del mercado hoy?), esa pregunta retumba en mi cabeza antes siquiera de salir de la regadera. Es una obsesión. Una enfermedad silenciosa.

Salgo de la ducha y despierto a Santi. Tiene siete años y duerme con esa paz que yo perdí hace mucho. Lo sacudo suavemente. —Arriba, mi amor. Se nos hace tarde para la escuela. Él refunfuña, se talla los ojos y me sonríe. Esa sonrisa es mi motor, pero también es mi mayor fuente de terror. Porque esa sonrisa depende de mí. Completamente de mí .

Salimos del departamento. Es un lugar chiquito, en un edificio viejo de la colonia Doctores que tiembla cada vez que pasa un camión pesado. La renta se lleva casi el 40% de mi sueldo, pero está cerca del transporte y es “seguro” dentro de lo que cabe. Caminamos hacia la parada del camión. Le acomodo el suéter, reviso que lleve la tarea. —¿Llevas el lunch, mijo? —Sí, mamá. Oye, mamá… Se detiene un momento y mi corazón da un vuelco. Odio cuando se detiene así, porque usualmente viene una petición. —¿Qué pasó? —Es que… la maestra dijo que hay que llevar material para el festival de primavera. Papel china, pegamento, y unas cartulinas de colores. Siento el golpe en el estómago. Rápido, mi mente hace el cálculo. Papelería. Papel china: 5 pesos. Pegamento: 25 pesos. Cartulinas: 10 pesos. Son 40 o 50 pesos que no tenía presupuestados hoy. Tháng này có khoản nào phát sinh không (¿Hay algún gasto imprevisto este mes?)… siempre los hay.

—Está bien, amor. A la salida pasamos. Lo dejo en la puerta de la escuela, le doy un beso en la frente y lo veo entrar. Suspiro. Ya empecé el día con -50 pesos en el balance imaginario. Sợ chỉ cần hụt một chút thôi (Miedo de que falte aunque sea un poco)… ese miedo es mi sombra.

El trayecto a la oficina es una guerra. El Metrobus va a reventar. Me subo a empujones, protegiendo mi bolsa contra el pecho como si llevara lingotes de oro, aunque lo único de valor ahí es el celular (que todavía estoy pagando a meses sin intereses) y la quincena que acabo de retirar. Miro a las otras mujeres en el vagón exclusivo. Veo las mismas ojeras, las mismas manos ásperas de lavar trastes y teclear computadoras, las mismas miradas perdidas. Todas vamos cargando mundos invisibles.

Llego a la oficina en Reforma. Un edificio de cristal, aire acondicionado y pisos brillantes. Aquí soy “La Licenciada Valeria”. Aquí soy la experta. Mình làm kế toán đã nhiều năm (He trabajado como contadora muchos años). Aquí manejo cuentas de empresas que facturan millones de pesos al mes. Veo cifras con seis, siete, ocho ceros. Ingresos por ventas: $4,500,000. Gastos operativos: $2,100,000. Utilidad neta…

Es una ironía cruel. Muevo millones con el mouse de mi computadora, autorizo transferencias que podrían comprarme una casa entera, pero a la hora de la comida, cuento las monedas en mi monedero para ver si me alcanza para una coca-cola o mejor relleno mi botella con agua del garrafón de la oficina. Quen với những con số chi li (Acostumbrada a los números detallados)… sí, soy experta en números, pero los números de mi vida son mucho más crueles que los de mis clientes.

—Valeria, ¿vas a pedir comida con nosotros? Vamos a pedir sushi —dice Karen, la de Recursos Humanos. El sushi cuesta 180 pesos el rollo más barato. Eso es lo que gasto en dos días de comida para Santi y para mí. —No, gracias, Karen. Traje comida. Estoy a dieta —miento. Siempre miento. Có những áp lực không thể kể cùng ai (Hay presiones que no se pueden contar a nadie). No les puedo decir que no tengo dinero. No les puedo decir que mi “dieta” es arroz con huevo que cociné a las 11 de la noche ayer. La pobreza, o mejor dicho, la precariedad de la clase media baja, se vive con vergüenza en estos entornos corporativos. Aquí todos fingen que les va bien. Yo finjo mejor que nadie.

Me siento en mi cubículo, abro mi tupper y como rápido mientras reviso una hoja de cálculo. Ingresos: Sueldo neto quincenal $7,500. Renta: -$3,000 (la mitad, la otra mitad la siguiente quincena). Luz: -$350. Gas: -$400. Transporte: -$400. Comida y súper: -$2,000. Fondo de emergencia (imposible este mes).

Me sobran 1,350 pesos para dos semanas. Para imprevistos. Para vivir. Para ser humana. Y ya me gasté 50 en la papelería mental de Santi. Quedan 1,300. Dần dần, thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Poco a poco, ese hábito me siguió hasta mi pequeña cocina). La contadora no se queda en la oficina. La contadora vive en mi cabeza, gritándome que tenga cuidado, que no gaste, que guarde.

Capítulo 2: El Fantasma de la Escasez

A veces me pregunto cuándo me volví así. No siempre fui esta mujer calculadora y temerosa. Antes de que naciera Santi, cuando estaba casada, era más… ligera. No es que fuéramos ricos, pero éramos dos. Dos sueldos. Dos espaldas para cargar el techo. Pero él se fue. No voy a entrar en detalles dramáticos, simplemente decidió que la responsabilidad de una familia era “demasiado estrés” para su alma libre. Se fue a “encontrarse a sí mismo” y me dejó a mí encontrando la manera de pagar los pañales.

Recuerdo el día exacto en que el miedo se instaló en mi pecho para no irse jamás. Santi tenía seis meses. Le dio una fiebre altísima en la madrugada. Yo no tenía coche. No tenía seguro de gastos médicos mayores. Tenía 200 pesos en la cartera y la tarjeta de nómina en ceros porque acababa de pagar la renta y la leche. Corrí al hospital general. La espera fue eterna. Mientras tenía a mi bebé ardiendo en fiebre en mis brazos, sentí la soledad más absoluta y aterradora que un ser humano puede sentir. Nadie iba a venir. Nadie iba a pagar la cuenta si me pedían medicamentos. Nadie me iba a rescatar.

En ese pasillo frío, con olor a cloro y enfermedad, hice un juramento silencioso. Juré que nunca, nunca más me permitiría estar totalmente indefensa. Juré que, aunque tuviera que dejarme la piel trabajando, a mi hijo no le faltaría lo básico. Có những người phụ nữ không cho phép mình sai (Hay mujeres que no se permiten equivocarse). Desde esa noche, me prohibí el error. Me prohibí la debilidad. Me prohibí ser “despilfarradora”.

Ese trauma es el que me hace contar los chiles en el mercado. La gente me dice “coda”. Me dicen “tacaña”. Mi propia madre a veces me dice: “Ay hija, cómprate un labial, te ves muy demacrada”. No entienden. Không phải vì mình keo kiệt với con. Mà vì mình sợ (No es porque sea tacaña con mi hijo. Es porque tengo miedo). Tengo miedo de que esa noche del hospital se repita. Tengo miedo de perder mi empleo y no tener ese colchón de seguridad. Sợ chỉ cần hụt một chút thôi, người lo lắng đầu tiên – và cũng là người duy nhất – chính là mình (Miedo de que falte un poco, la primera persona preocupada, y la única, soy yo).

Si yo me caigo, todo se cae. Soy la columna, la viga maestra y los cimientos de esta pequeña familia de dos. Y las vigas maestras no pueden darse el lujo de doblarse.

Capítulo 3: La Batalla del Supermercado

Salgo de la oficina a las 6:30 PM. Ya es de noche. La ciudad es un caos de luces rojas y cláxones. Camino hacia el supermercado “de los pobres”, el que está cerca del metro, no el City Market bonito cerca de la oficina.

Entrar al súper es entrar a mi campo de batalla personal. Tomo un carrito que tiene una llanta chueca y empieza la danza de los precios. Saco mi lista. Está escrita en un post-it amarillo, con mi letra pequeña y apretada de contadora. Leche. Huevo. Frijol. Arroz. Jabón de trastes. Papel de baño.

Voy al pasillo de lácteos. Me paro frente a los refrigeradores. Hay una marca “premium” que cuesta 28 pesos el litro. La marca de la tienda cuesta 19.50. Mi mano duda. Sé que la de 28 sabe mejor. Sé que a Santi le gusta más. Miro el precio: $8.50 de diferencia por litro. Compramos 4 litros a la semana. Son 34 pesos a la semana. 136 pesos al mes. 1,632 pesos al año. Con 1,600 pesos pago el uniforme escolar del próximo ciclo. Agarro la leche de marca propia. —Perdón, mi amor —susurro para mí misma. Dần dần, thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Poco a poco, el hábito me siguió hasta la cocina). Todo se traduce en anualidades, en proyecciones a futuro. No puedo ver un litro de leche como leche; lo veo como una fracción de la colegiatura o una fracción de la renta.

Paso al área de frutas y verduras. Aquí es donde aplico mis conocimientos de “auditoría”. Reviso los jitomates uno por uno. No me puedo permitir que uno salga podrido. Un jitomate podrido es dinero tirado a la basura. quen với việc thu bao nhiêu – chi bao nhiêu, cuối tháng còn lại được bao nhiêu đồng (acostumbrada a cuánto entra, cuánto sale, cuánto queda a fin de mes). Una señora a mi lado llena bolsas sin mirar el precio. Echa aguacates como si fueran piedras. El aguacate está a 80 el kilo. Siento una punzada de envidia tan fuerte que me quema la garganta. Envidia de su despreocupación. Envidia de su libertad financiera. Yo peso dos aguacates. Son 45 pesos. Los devuelvo. Hoy no hay aguacate.

Llego a la caja. Este es el momento de la verdad. Pongo mis cosas en la banda. El cajero pasa los productos. Beep. Beep. Beep. Miro la pantalla con el corazón acelerado. Total: $687.50. Tengo un billete de 500 y uno de 200 en la cartera. Me alcanza. Respiro. El aire vuelve a mis pulmones. —¿Redondeamos sus centavos? —pregunta el cajero. Dudo. Esos 50 centavos no son nada para él. Para mí, 50 centavos más 50 centavos suman un peso. Y peso a peso se hace el pasaje. —No, gracias —digo, sintiendo la mirada de juicio de la persona formada detrás de mí. “Pinche vieja coda”, deben pensar. No me importa. O trato de que no me importe. Esa moneda de 50 centavos regresa a mi monedero. Es mi victoria.

Capítulo 4: El Golpe Imprevisto

Llego a casa cargando las bolsas. Me duelen los brazos. Subo los tres pisos por las escaleras porque el elevador lleva descompuesto seis meses y los vecinos no se ponen de acuerdo para pagar la reparación (y honestamente, yo tampoco quiero soltar los 2,000 pesos de cuota extraordinaria).

Abro la puerta. —¡Mamá! Santi corre a abrazarme. Huele a niño, a sudor y a tierra. Ese olor me resetea. Dejo las bolsas en el piso y lo abrazo fuerte. Por un segundo, dejo de ser la calculadora humana y soy solo mamá. —Hola, mi vida. ¿Hiciste la tarea? —Sí. Oye mamá… Otra vez ese tono. El tono de “tengo una mala noticia”. Me separo un poco y lo miro a la cara. Tiene la mejilla un poco hinchada. —¿Qué te pasó? —Me duele la muela. Mucho. El mundo se detiene. Le abro la boca. Tiene una muela picada, se ve mal. —Ay, Santi… ¿desde cuándo te duele? —Desde ayer, pero no te dije porque estabas enojada con la licuadora que se rompió.

Se me rompe el corazón en mil pedazos. Mi hijo, mi niño de siete años, me ocultó dolor físico para no causarme dolor financiero. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa. Vì phía sau mình là một đứa trẻ (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más. Porque detrás de mí hay un niño). Él también siente mi estrés. Él también vive bajo la tiranía de mi presupuesto. Me siento la peor madre del mundo. —Mi amor, nunca, nunca te calles si te duele algo. El dinero no importa cuando te duele algo, ¿entendiste? Lo abrazo y empiezo a llorar en silencio, cuidando que él no me vea. El dinero sí importa. Importa muchísimo. Dentista. Una consulta de emergencia. Una curación. Tal vez una extracción o una resina. Mínimo 800 pesos. Tal vez 1,500. Miro hacia la cocina. Miro las bolsas del súper. Miro mi bolsa. Tengo los 1,300 que me quedaban. Menos los 687 del súper. Me quedan 600 pesos. No me alcanza.

El pánico empieza a subir por mi garganta como bilis. ¿Qué hago? ¿Pido prestado? ¿A quién? Mi hermana está igual o peor. Mis papás viven al día con su pensión. ¿La tarjeta de crédito? Está topada. Solo pago el mínimo para que no me la cancelen.

Entonces recuerdo la alcancía. Es un cochinito de barro que tenemos en la repisa. “Para Disney”, le dijimos a Santi hace dos años. “Para ir a ver a Mickey Mouse”. Ahí echamos las monedas de 10 pesos que sobran. Miro el cochinito. Miro la cara hinchada de mi hijo. No va a haber Disney. No va a haber magia. Tomo el cochinito. Pesa. —Santi, trae un martillo. —¿Vamos a romper a Puerquín? —pregunta con los ojos abiertos. —Sí, mi amor. Puerquín nos va a ayudar a curar tu muela. Rompemos el cochinito. Las monedas ruedan por la mesa del comedor. Contamos. 10, 20, 30… 500… 800… 1,200 pesos. Hay 1,200 pesos en monedas. Suspiro. Es suficiente para el dentista. Pero Disney se esfumó. Dos años de ahorro se irán en una hora en el consultorio dental.

Vamos al dentista de la colonia. Mientras el doctor atiende a Santi, yo estoy sentada en la sala de espera, contando las monedas de nuevo para asegurarme. Siento una mezcla de alivio y derrota. Alivio porque puedo pagar. Derrota porque estoy de vuelta en cero. Mi colchón de seguridad, mi pequeña ilusión de vacaciones, ha desaparecido. Không phải vì giỏi, mà vì mình không có quyền yếu đuối (No es porque sea buena, sino porque no tengo derecho a ser débil). No tengo derecho a llorar por un viaje a Disney que nunca iba a suceder. Tengo que estar agradecida de que pude pagar la muela.

Capítulo 5: La Cocina a Medianoche

Regresamos a casa. Santi ya no tiene dolor, viene adormilado por la anestesia. Le doy un licuado (con la leche de marca propia) y lo acuesto. —Descansa, mi amor. —Gracias, mami. Eres la mejor.

Cierro la puerta de su cuarto. Voy a la cocina. Son las 10 de la noche. Ahora sí. Estoy sola. Me siento en la silla de plástico. Saco mi libreta de cuentas de nuevo. Tacho “Fondo Disney”. Escribo “Gastos Médicos: -1,200”. Miro los números. Me quedan 600 pesos en efectivo para terminar la quincena (10 días). 600 entre 10 son 60 pesos diarios. Para pasajes y comida de los dos. Es imposible. Matemáticamente es imposible.

Apoyo la frente sobre la mesa fría. Mình không mạnh mẽ bẩm sinh. Mình chỉ không cho phép mình gục ngã (No soy fuerte por naturaleza. Simplemente no me permito colapsar). Siento las lágrimas calientes salir por fin. Lloro sin hacer ruido, un llanto seco, ahogado, que me sacude los hombros. Lloro por la leche barata. Lloro por el cochinito roto. Lloro por la mirada de preocupación de mi hijo. Lloro por mí, por la Valeria que soñaba con viajar, con comprarse ropa bonita, con ir al cine sin sentir culpa. Esa Valeria está muerta, enterrada bajo facturas y responsabilidades.

Pero entonces, en medio del llanto, escucho la respiración de Santi desde el cuarto. Respirar tranquilo. Sin dolor. Está seguro. Tiene un techo. Tiene comida en la panza. Tiene una madre que movería cielo, mar y tierra, que rompería mil cochinitos y trabajaría mil horas extra para que él esté bien.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano. Abro el refrigerador. Saco dos huevos, un poco de harina, lo que queda de jamón. Voy a preparar el lunch de mañana. Empiezo a batir los huevos. El sonido rítmico del tenedor contra el plato me calma. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más). Tengo que llegar a la quincena. Voy a vender los catálogos de zapatos en la oficina con más ganas. Voy a caminar un tramo para ahorrarme un pasaje del metrobus. Voy a hacer que rinda.

Porque soy mexicana. Y las mujeres mexicanas hacemos milagros con el dinero. Multiplicamos los panes y los peces todos los días en nuestras cocinas. Nếu bạn cũng là một người phụ nữ giống mình, đang âm thầm gánh vác vì con (Si tú también eres una mujer como yo, cargando silenciosamente la carga por tu hijo)… sabes de lo que hablo.

Esa soy yo. La “coda”. La que cuenta los centavos. Pero cada centavo que guardo es un ladrillo en el muro que protege a mi hijo de la intemperie. Y si el precio de su seguridad es mi ansiedad, lo pago. Lo pago mil veces. Sin regatear.

Termino de cocinar. Guardo los tuppers. Apago la luz de la cocina. La oscuridad ya no me da tanto miedo. Mañana será otro día. Mañana habrá otros gastos. Pero mañana, también, veré a mi hijo despertar. Y mientras él tenga futuro, yo tengo fuerza. Con cần sự ổn định. Và trong thế giới của con, mình là điểm tựa duy nhất (El niño necesita estabilidad. Y en su mundo, yo soy el único punto de apoyo).

Me voy a dormir. Pongo el despertador a las 5:30. Buenas noches, Ciudad de México. Buenas noches, mamá luchona. Mañana seguimos contando.

PARTE 3: La Quincena Eterna y el Peso del Centavo

Capítulo 6: La Matemática del Hambre

Amanece otra vez. Son las 5:30 AM del día 1 después del “desastre dental”. Me despierto antes de que suene la alarma, no por disciplina, sino por esa ansiedad que te pica el estómago como si tuvieras hormigas adentro. Abro los ojos y lo primero que veo en el techo despintado de mi cuarto es una hoja de cálculo gigante.

Saldo disponible: $600 pesos. Días para la quincena: 10. Promedio diario: $60 pesos.

Me levanto. El piso está frío. No tengo pantuflas porque las mías se rompieron hace tres meses y decidí que usar calcetines viejos era suficiente. “Gasto innecesario”, lo clasifiqué en mi mente. Quen với những con số chi li (Acostumbrada a los números detallados)… mi mente ya no distingue entre comodidad y contabilidad.

Voy a la cocina. El refrigerador hace ese ruido de motor cansado. Lo abro. La luz ilumina mi inventario de guerra:

  • Media cartera de huevos (aproximadamente 15 piezas).

  • Un paquete de salchichas de pavo (de las económicas, esas que se inflan raro cuando las fríes).

  • Frijoles que cocí el domingo (benditos frijoles, salvadores de la patria).

  • Tortillas frías de hace dos días (sirven para chilaquiles o quesadillas doradas).

  • Un poco de arroz.

Hoy toca estrategia. Para Santi: Huevo con salchicha y un licuado de plátano. Él tiene que ir bien desayunado. La escuela exige energía y yo no voy a permitir que mi hijo sea el niño que se duerme en clase por falta de nutrientes. Có những người phụ nữ không cho phép mình sai (Hay mujeres que no se permiten equivocarse), y menos en la nutrición de sus hijos. Para mí: Café negro. Y ya.

Preparo el desayuno. El olor del huevo revuelto me abre el apetito, pero me tomo un vaso de agua grande para engañar al estómago. Es un truco viejo. Si llenas el tanque con agua, el cerebro se confunde un rato.

Santi sale de su cuarto, todavía con la cara de sueño y el cabello parado. —Buenos días, ma. ¿Cómo amaneció mi diente? —pregunta tocándose la mejilla. —Amaneció muy bien, mi amor. ¿Te duele? —Nop. Ya no siento nada. Eres mágica, mamá. Me abraza las piernas. Siento un nudo en la garganta. Soy mágica, piensa él. No sabe que la magia costó 1,200 pesos y nuestra tranquilidad financiera de dos semanas. —Anda, siéntate a desayunar. Cómetelo todo, eh.

Mientras él come, preparo mi tupper. Arroz y dos salchichas picadas. Ese será mi almuerzo en la oficina. Mis compañeros seguramente pedirán comida de la fonda de la esquina, el menú ejecutivo de 90 pesos. Yo comeré mi arroz frío de 15 pesos (costo real calculado por porción). La diferencia son 75 pesos. 75 pesos pagan el transporte de tres días. Todo es matemáticas. Todo es supervivencia.

Capítulo 7: La Jungla de Asfalto y la Tanda

Salimos a la calle. El aire de la Ciudad de México a las 7 de la mañana tiene ese olor particular: una mezcla de gases de escape, coladeras y tamales dulces. Pasamos junto al puesto de tamales de Doña Pelos en la esquina. El vapor sale de la olla gigante y huele a gloria. Huele a tamal verde, a rajas con queso. Santi olfatea. —Mmm, qué rico huele, mamá. ¿Me compras una torta de tamal? Se me hiela la sangre. Una guajolota cuesta 20 pesos. 20 pesos es un tercio de mi presupuesto diario. —Hoy no, mi amor. Acuérdate que comiste mucho huevo. Te va a doler la panza —miento. Otra vez miento. Mình không than vãn, không trách móc (No me quejo, no reprocho). No le digo: “No tengo dinero”. Le digo: “Te va a hacer daño”. Protejo su inocencia con mis mentiras piadosas.

Lo dejo en la escuela. —Estudia mucho. Te amo. —Bye, ma.

Camino hacia el Metrobus. Hoy no hay suerte. Va llenísimo. Me toca ir aplastada contra la puerta de cristal. Siento el codo de un señor en mis costillas y la mochila de un estudiante en mi cara. Cierro los ojos y trato de desconectar. Pero mi cerebro no para. Si llego tarde, me descuentan el bono de puntualidad. El bono son 300 pesos al mes. No puedo perder 300 pesos. Necesito esos 300 pesos. Miro el reloj. 7:45 AM. Voy bien. Pero el Metrobus se detiene. Tráfico. Manifestación en Insurgentes. El pánico empieza a subir. Sợ chỉ cần hụt một chút thôi (Miedo de que falte aunque sea un poco)… Si falto, si llego tarde, el sistema me castiga. El sistema no perdona a las madres solteras. No le importa si hubo manifestación o si se enfermó el niño.

Bajo del Metrobus dos estaciones antes para correr y cortar camino. Llego a la oficina sudando, con el cabello alborotado, a las 8:58 AM. Checo mi entrada. Salvada. Voy al baño, me arreglo un poco, respiro hondo y me pongo mi máscara. La máscara de la Contadora Valeria. La mujer eficiente. La que no tiene problemas.

A media mañana, se acerca Susy, la recepcionista. Trae una lista en la mano y una sonrisita que me da miedo. —Hola, Vale. Oye, fíjate que estamos organizando la tanda de la oficina. Van a ser números de 1,000 pesos quincenales. Te toca el número 4 si quieres. ¿Le entras? La tanda. Ese sistema de ahorro informal tan mexicano que nos salva la vida a tantos. Mi cerebro hace el cálculo rápido. Mil pesos menos a la quincena. Imposible. Apenas sobrevivo con lo que gano completo. Si le quito mil pesos, no comemos. Pero, por otro lado… si agarro el número 1, recibo 10,000 pesos de golpe. Podría reponer el fondo de emergencia. Podría comprarle zapatos a Santi. —¿Cuándo empieza? —pregunto, tentada. —Esta quincena que viene. Pero el número 1 ya lo tiene el jefe. El 4 te tocaría en dos meses. Dos meses. Tengo que sobrevivir dos meses con mil pesos menos para recibir el dinero después. No puedo. El riesgo de flujo de efectivo es demasiado alto. —Híjole, Susy. Esta vez paso. Ando un poco gastada con lo del dentista de Santi. —Ay, Vale, siempre dices que no. Bueno, tú te lo pierdes. Es para que ahorres, mujer. Se va negando con la cabeza. “Es para que ahorres”. Como si yo no supiera lo que es ahorrar. Yo ahorro centavos. Ellos ahorran billetes. Es diferente. Dần dần, thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Poco a poco, ese hábito me siguió hasta mi pequeña cocina). Mi hábito de austeridad no es opcional, es mi chaleco salvavidas. Entrar a una tanda que no puedo pagar sería como ponerme piedras en los bolsillos antes de nadar.

Capítulo 8: La Llamada del Pasado

A la hora de la comida, me quedo en mi lugar calentando mi tupper en el microondas de la cocineta. Huele a salchicha caliente. Entra el Gerente de Finanzas, un tipo joven que gana el triple que yo. —Provecho, Valeria. ¿Qué, no saliste? —No, licenciado. Mucha chamba. Y además… me gusta mi sazón —digo con una sonrisa forzada. —Qué bueno, qué bueno. Oye, necesito el reporte de gastos de viaje de los vendedores para las 4. —Seguro, licenciado.

Regreso a mi escritorio y suena mi celular personal. Miro la pantalla. “Roberto”. Mi ex. El padre de Santi. Siento una punzada en el estómago, diferente al hambre. Es coraje. Es decepción añeja. Contesto. —¿Bueno? —Hola, Vale. ¿Cómo estás? —Trabajando, Roberto. ¿Qué pasó? —Oye, nada más para avisarte que este mes se me va a complicar lo de la pensión. Es que fíjate que cambié de chamba y me retuvieron el pago y… ya sabes cómo es esto. Cierro los ojos. Aprieto el teléfono tan fuerte que mis nudillos se ponen blancos. La “pensión” que me da son 1,500 pesos al mes. Una burla. Pero 1,500 pesos son el súper de una semana y media. —Roberto… Santi tuvo dentista ayer. Me gasté 1,200 pesos. Necesito ese dinero. —¡Uy, no me digas! Pobre chavo. Pero pues, ¿qué quieres que haga? No tengo. No puedo parir dinero, Valeria. Tú eres la que sabe administrar, ¿no? Tú eres la contadora. Haz tu magia. Ahí te lo deposito en cuanto pueda. Cuelga.

Me quedo mirando el teléfono, temblando de rabia. “Haz tu magia”. Mình không mạnh mẽ bẩm sinh (No soy fuerte por nacimiento). Nadie nace sabiendo cómo estirar un sueldo miserable mientras el otro progenitor se lava las manos. “Tú eres la que sabe administrar”. Sí, maldita sea. Soy yo. Người lo lắng đầu tiên – và cũng là người duy nhất – chính là mình (La primera persona en preocuparse, y la única, soy yo). Él puede decir “no tengo” y seguir con su vida. Él puede fallar. Yo no. Không phải vì giỏi, mà vì mình không có quyền yếu đuối (No es porque sea capaz, sino porque no tengo derecho a ser débil). Si yo le digo a Santi “no tengo para comer”, Santi no come. Si Roberto dice “no tengo”, solo es una excusa más.

Tengo ganas de gritar. Tengo ganas de aventar la computadora contra la ventana de cristal y verla caer hacia Paseo de la Reforma. Pero no lo hago. Respiro. Uno, dos, tres. Abro el excel. Borro la entrada: Ingreso estimado Pensión: $1,500. El saldo final del mes se pone en rojo brillante. Tengo que recortar más. ¿De dónde? Ya no hay de dónde. Tal vez si dejo de pagar el internet de la casa… pero Santi lo necesita para la tarea. Tal vez si no pago la luz este mes y espero al aviso de corte… ganaría tiempo. Esa es la vida de la pobreza oculta: malabarear deudas. Tapar un hoyo destapando otro.

Capítulo 9: El Valor de un Peso

Salgo del trabajo. Estoy agotada emocionalmente. Reviso mi cartera. Me quedan mis monedas. Decido caminar. Desde Reforma hasta la estación del metro Balderas es un tramo largo, pero me ahorro los 6 pesos del Metrobus. 6 pesos. La gente dirá: “¿Caminar 30 minutos por 6 pesos? Qué ridículo”. Para mí, 6 pesos son dos bolillos y medio. 6 pesos son tres viajes en el metro (con boleto subsidiado). 6 pesos suman.

Camino por las calles. Veo los escaparates. Veo gente cenando en restaurantes bonitos, tomando copas de vino que cuestan lo que yo gano en un día. No los odio. Solo siento que vivimos en dimensiones paralelas. Ellos están en la dimensión donde el dinero es una herramienta para el placer. Yo estoy en la dimensión donde el dinero es oxígeno, y me estoy asfixiando.

Paso por un puesto de revistas. Veo un juguete barato, un carrito de plástico de 15 pesos. Pienso en Santi. Pienso en su muela. Pienso en Puerquín roto. Sigo caminando. No puedo gastar 15 pesos. Không phải vì mình keo kiệt với con. Mà vì mình sợ (No es porque sea tacaña con mi hijo. Es porque tengo miedo). Tengo miedo de llegar a casa y que se acabe el gas. El gas cuesta 400 pesos el cilindro. Si compro el carrito y mañana se acaba el gas, me voy a odiar.

Llego al metro. Está a reventar. Hora pico. Me meto a empujones en el vagón de mujeres. “¡Dejen bajar para que suban!”, grita una señora. “¡No empujen, animales!”, grita otra. Es un ambiente hostil. Todas estamos cansadas. Todas queremos llegar a casa. Me agarro del tubo grasiento. Una chica joven, estudiante universitaria seguramente, va leyendo un libro a mi lado. La observo. Se ve tranquila. Su ropa es de marca, sus audífonos son caros. Probablemente sus papás le pagan todo. Disfruta, niña. Disfruta esa libertad de no saber cuánto cuesta el kilo de huevo. Disfruta mientras puedas. Porque un día, la vida te pasa la factura.

Capítulo 10: La Cena de los Campeones

Llego a casa. Subo las escaleras. Mis piernas pesan toneladas. Abro la puerta. Todo está oscuro. —¿Santi? —¡Aquí estoy, ma! —grita desde la sala. Está haciendo la tarea con la luz de la lámpara pequeña para no gastar el foco grande. Él también ha aprendido. Thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Ese hábito me siguió hasta la cocina)… y hasta a mi hijo. Me duele verlo así. Un niño de 7 años preocupado por el consumo eléctrico. —Prende la luz, mi amor. No te vayas a lastimar los ojos. Los ojos son más caros que la luz —le digo, intentando bromear.

Voy a la cocina. Revisión de inventario nocturno. Quedan tortillas. Quedan frijoles. Queda un poco de queso panela. Menú de hoy: Enfrijoladas. Simple. Barato. Llenador. Empiezo a cocinar. Santi llega a la cocina con su cuaderno. —Mamá, ¿me ayudas con matemáticas? Sonrío. Ironías de la vida. —A ver. —Es que no entiendo las restas de pedir prestado. Me siento con él. —Mira, hijo. Si tienes 35 y le quitas 18… al 5 no le puedes quitar 8, ¿verdad? —No. —Entonces el 5 tiene que pedirle prestado al 3. El 3 se vuelve generoso y le presta uno, y se convierte en 2. Y el 5 se convierte en 15. —Ah… ¿y el 3 no se enoja porque se quedó con menos? —pregunta Santi con esa inocencia brutal. Me quedo helada. —No, mi amor. El 3 no se enoja. El 3 sabe que tiene que ayudar al 5 porque son parte del mismo número. Son un equipo. Como nosotros. Yo soy el 3. Me quedo con menos para que él sea un 15. Me quito pedazos de mí misma para que él esté completo. Và trong thế giới của con, mình là điểm tựa duy nhất (Y en su mundo, soy el único punto de apoyo).

Cenamos las enfrijoladas. Santi se chupa los dedos. —Te quedaron buenísimas, ma. —Gracias, cielo.

Cuando terminamos, él se va a lavar los dientes (con mucho cuidado en su muela curada). Yo lavo los platos. Cierro la llave mientras enjabono. Gota a gota el agua se agota. Y el recibo sube.

Capítulo 11: La Crisis de Media Noche

Santi se duerme. Yo me siento otra vez en mi “oficina” (la mesa del comedor). Saco el dinero de mi bolsa. Cuento las monedas y los billetes arrugados. Me quedan $545 pesos. Gasté en pasajes. Gasté en nada más. Faltan 9 días. $545 entre 9 = $60.55 pesos diarios. Sigo en el límite.

De repente, escucho un ruido. Goteo. Viene del baño. Voy a ver. La llave del lavabo está goteando. Ploc. Ploc. Ploc. Trato de cerrarla. Aprieto fuerte. Ploc. Ploc. No cierra. El empaque ya se venció. Maldita sea. Una fuga de agua es dinero tirado. Trato de arreglarla. Busco una llave inglesa en la caja de herramientas (que en realidad es una caja de zapatos vieja). Le muevo. Hago fuerza. ¡CRAK! Algo se rompe. Ahora no es un goteo. Es un chorrito constante. El agua sale disparada. —¡No, no, no! —susurro desesperada. Cierro la llave de paso general del departamento. El agua se detiene. Pero ahora no tenemos agua en todo el departamento. Ni para el baño, ni para lavar trastes, ni para bañarnos mañana. Necesito un plomero. Un plomero me va a cobrar mínimo 300 o 400 pesos por venir y cambiar la pieza. Si gasto 400 pesos, me quedan 145 pesos para 9 días. 145 entre 9 = 16 pesos diarios. Eso es imposible. Eso es hambre. Eso es no ir a trabajar.

Me siento en el piso del baño, junto al lavabo roto. Siento que el mundo se me viene encima. Es una estupidez. Es solo un empaque. Es solo metal y agua. Pero para mí, es la catástrofe. Có những áp lực không thể kể cùng ai (Hay presiones que no se pueden contar a nadie). ¿Quién va a entender que estoy llorando por un empaque de 50 pesos que no sé poner? Lloro de impotencia. Lloro porque estoy cansada de ser el hombre y la mujer de la casa. Lloro porque quiero que alguien venga y me diga: “Tranquila, Vale, yo lo arreglo. Tú vete a dormir”. Pero no hay nadie. Roberto no va a venir. Mi papá ya no tiene fuerza en las manos. Soy yo. Solo yo.

Me limpio las lágrimas con la manga de mi pijama vieja. No puedo llamar a un plomero. Tengo que arreglarlo yo. Saco mi celular. No tengo muchos datos, pero es una emergencia. Busco en YouTube: “Cómo cambiar empaque llave lavabo”. Veo un video. Se ve difícil. Necesito una pieza. Mañana tendré que ir a la tlapalería. La pieza costará unos 30 o 50 pesos. Puedo gastar 50 pesos. Pero tengo que hacerlo yo.

Me levanto. Me miro al espejo. Tengo los ojos rojos. Tengo arrugas nuevas. —Tú puedes, chingada madre. Tú puedes —me digo a mí misma en voz baja. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más).

Dejo la llave de paso cerrada. Lleno una cubeta con el agua que quedó en el tinaco para echarle al baño si Santi se levanta. Me voy a la cama. No puedo dormir. Pienso en la pieza. Pienso en el agua. Pienso en los 16 pesos diarios si llamara al plomero. El miedo es mi compañero de cama. Me abraza más fuerte que cualquier amante. Tiền chợ hôm nay bao nhiêu (Cuánto dinero para el mercado hoy)… esa pregunta se transforma en pesadilla.

Pero entonces, pienso en Santi restando números. El 3 prestándole al 5. Yo soy el 3. Mañana seré plomero. Mañana seré contadora. Mañana seré mamá. Me convertiré en lo que sea necesario. Porque phía sau là cả tương lai của con (detrás está todo el futuro de mi hijo). Y el futuro no se construye con lágrimas, se construye con manos sucias y cuentas claras.

Capítulo 12: La Humildad del Aprendizaje

Al día siguiente (Día 2, faltan 8 días). Salimos de casa sin bañarnos. Calentamos agua en la estufa para lavarnos la cara y las partes importantes “a jicarazos”. Dejo a Santi. En lugar de ir directo a la oficina, paso a una tlapalería que abre temprano. —Jefe, ¿tiene este empaque? —le muestro la foto que tomé. El señor, un viejito amable, me mira. —Uy, seño, ese es de los viejitos. Sí lo tengo. Cuesta 12 pesos. ¿12 pesos? Siento que me gané la lotería. —Deme dos, por favor. Por si acaso. Son 24 pesos. —Oiga, ¿y es difícil ponerlo? —No, mire. Nada más le desatornilla aquí, saca el vástago, quita la gomita vieja y pone esta. Apriete pero no tanto para no barrer la cuerda. Me da una clase express de plomería en 3 minutos. Salgo de la tienda sintiéndome poderosa. Gasté 24 pesos. Ahorré 376 pesos de mano de obra. Esa es mi ganancia del día.

Llego a la oficina. Me siento en mi silla ergonómica. Me siento rara. Hace unas horas estaba cargando cubetas de agua. Ahora estoy analizando el EBITDA de una empresa transnacional. quen với việc thu bao nhiêu – chi bao nhiêu (acostumbrada a cuánto entra, cuánto sale). Aplico la misma lógica. La empresa tuvo una fuga de capital en el Q3. Yo tuve una fuga de agua. La solución es la misma: detectar el problema, detener el flujo, reparar el daño con el menor costo posible. Soy una CEO de mi propia miseria. Y soy buena en ello.

A la hora de la comida, saco mi tupper de arroz con salchicha. Mis compañeros hablan de sus planes para el fin de semana. —Vamos a ir a Valle de Bravo. —Yo voy a ir al cine y luego a cenar. Yo me quedo callada. Mi plan de fin de semana es: Arreglar el lavabo, lavar ropa a mano para no gastar tanta luz en la lavadora, y ver películas piratas en la tele con Santi. Y ¿saben qué? No me importa. Mientras tenga mis 12 pesos de empaque en la bolsa y a mi hijo sano, Valle de Bravo puede esperar.

Capítulo 13: El Pequeño Milagro

Regreso a casa por la tarde. Santi me ve llegar con las herramientas. —¿Vas a arreglarlo tú, ma? —Sí, mi amor. Vamos a jugar al plomero. Pásame el desarmador. Nos tardamos una hora. Sudo. Me machuco un dedo. Digo una grosería que Santi finge no escuchar. Pero al final, ponemos la pieza. Abro la llave de paso. Regreso al baño. Abro la llave del lavabo. Sale agua. La cierro. Silencio. No hay ploc, ploc. ¡Lo logré! Grito de emoción. —¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo! Santi brinca conmigo. Nos abrazamos en el baño pequeño. Para el mundo, cambiar un empaque es una tontería. Para mí, es la confirmación de que puedo sobrevivir. De que no necesito a un hombre para que mi casa funcione. De que mi hijo tiene una madre que resuelve. Nếu bạn cũng là một người phụ nữ giống mình… hãy tin rằng: sự kiên trì hôm nay đang xây cho con một tương lai vững chắc (Si eres una mujer como yo… cree que: la perseverancia de hoy está construyendo un futuro sólido para tu hijo). Mi perseverancia hoy arregló una fuga. Mañana arreglará algo más grande.

Esa noche, nos bañamos con agua caliente. Se siente como el lujo más grande del mundo. Ceno quesadillas con Santi. Me quedan $521 pesos. Faltan 8 días. Sigo en la cuerda floja. Pero hoy, la cuerda se siente un poquito más firme. Miro a Santi dormir. No sabe que estuvimos al borde del colapso financiero por una gota de agua. Duerme tranquilo. Y yo, por primera vez en dos días, apago la calculadora en mi cabeza y duermo también. Mañana será otro día de lucha. Pero hoy, hoy ganamos.

PARTE 4: La Resistencia Silenciosa y el Arte de Remendar la Vida

Capítulo 14: La Cruda Moral de la Supervivencia

El despertar del tercer día después de la crisis del lavabo no se siente como una victoria. Se siente como una resaca, aunque no he probado una gota de alcohol en meses. Es una “cruda” de adrenalina. Mi cuerpo, que ayer estaba tenso y listo para la batalla de la plomería, hoy me cobra la factura. Me duelen los brazos de haber hecho fuerza con la llave inglesa, me duele la espalda de haber dormido chueca por la preocupación, y me duele el alma de saber que apenas es miércoles.

Faltan 7 días para la quincena. Saldo en la cartera: $521 pesos. Saldo emocional: En reserva.

Me levanto y repito el ritual. El baño, ahora funcional gracias a mi ingeniería casera y a los empaques de 12 pesos, me recibe con frialdad. Mientras me lavo los dientes, miro mi reflejo. Veo una cana nueva. Justo ahí, en la sien izquierda. Brilla como un alambre de plata burlándose de mí. No tengo dinero para el tinte. El tinte cuesta 60 pesos la cajita en el súper, más el peróxido. 80 pesos en total. 80 pesos son dos kilos de huevo. La cana se queda. Se va a quedar ahí como un monumento a esta semana infernal.

Voy a la cocina. Abro el refrigerador y siento ese frío vacío que te congela las esperanzas. Quedan tres salchichas. Queda medio kilo de tortillas. Queda el arroz. Hoy toca ser creativa. Corto las tortillas de ayer en triángulos. Pongo un poco de aceite en el sartén (apenas un hilo, porque el aceite está caro y tiene que durar hasta el día 15). Frío los triángulos. Hago una salsa con dos jitomates que ya se estaban poniendo aguados y un chile serrano que encontré al fondo del cajón de las verduras. Chilaquiles pobres. Sin pollo. Sin crema. Solo tortilla, salsa y un poco de cebolla picada. Les rallo un poquito de queso panela que queda, casi como si fuera polvo de oro.

Santi entra a la cocina. —¡Huele a chilaquiles! —dice emocionado. Bendita inocencia. Él huele un banquete; yo huelo mis últimos recursos quemándose en el sartén. —Siéntate, mi amor. Están picositos para que despiertes.

Mientras él come, yo me tomo mi café. Negro. Sin azúcar, porque se acabó y no pienso comprar hasta la quincena. El amargo me ayuda a despertar. Repaso la estrategia del día en mi mente:

  1. No gastar en nada que no sea transporte.

  2. Evitar a toda costa las “cooperachas” de la oficina.

  3. Llegar temprano para que no me vean la cara de cansancio.

Có những người phụ nữ không cho phép mình sai (Hay mujeres que no se permiten equivocarse). Hoy tampoco me puedo equivocar. Si gasto 10 pesos de más, se desajusta el plan de los 7 días restantes.

Capítulo 15: El Territorio Hostil del Transporte Público

Salir de casa es entrar en la zona de guerra. Camino hacia el Metrobus. Hoy el sol pega fuerte desde temprano. Siento el calor en la nuca. Mis zapatos, unos flats negros que compré en oferta hace dos años, tienen la suela muy delgada. Siento cada piedra, cada grieta de la banqueta. Al llegar a la estación, veo la fila. Es inmensa. La Ciudad de México no perdona. Aquí somos millones luchando por el mismo centímetro cuadrado de espacio. Llega el autobús. La gente empuja. —¡Recorranse hacia atrás! —grita el policía. Me logro subir. Quedo aplastada entre una señora que lleva bolsas de mandado y un señor que huele a loción barata y sudor. No puedo mover los brazos. Mi bolsa está pegada a mi pecho, mi escudo protector.

En este encierro forzado, mi mente viaja. Veo a la chica de enfrente. Lleva un café de Starbucks en la mano. Un venti. Cuesta como 80 o 90 pesos. Miro el vaso. Veo el logo de la sirena verde. Para ella, es solo un café. Es “lo normal” para empezar el día. Para mí, ese vaso representa la comida de dos días de mi hijo. Es absurdo. Vivimos en la misma ciudad, respiramos el mismo smog, viajamos en el mismo tubo de metal, pero nuestros mundos están a años luz de distancia. Siento una punzada de envidia. No es envidia mala, o tal vez sí. Es envidia de la ligereza. Envidia de poder decir: “se me antojó” y simplemente comprarlo sin tener que hacer una ecuación diferencial mental para ver si te alcanza.

Dần dần, thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Poco a poco, ese hábito me siguió hasta mi pequeña cocina)… y hasta el transporte público. Todo lo convierto en equivalencias. Un café = 1 kilo de frijol + 1 kilo de arroz. Un Uber = La luz del mes. Unos zapatos nuevos = La inscripción de la escuela.

Llego a mi estación. Me bajo a empujones. —¡Con permiso! ¡Voy a bajar! Alguien me pisa. Me duele, pero no me detengo. No tengo tiempo para sobarme. Camino hacia la oficina. Veo los puestos de comida en la calle. Huele a guisado. Huele a tacos de canasta. Mi estómago ruge. Los chilaquiles “fantasmas” que no me comí (le di casi todo a Santi) ya desaparecieron de mi sistema. Tengo hambre. Hambre real. Pero tengo mi tupper en la bolsa. Arroz y salchicha. Otra vez. Sigo caminando. La disciplina es mi única amiga.

Capítulo 16: La Trampa de la Convivencia Godinez

Llego a la oficina a las 8:55 AM. Checo tarjeta. Me siento en mi lugar. Prendo la computadora. Bienvenida, Valeria. Empiezo a trabajar. Conciliaciones bancarias. Revisión de facturas. Los números fluyen. Me gustan los números porque son exactos. Quen với những con số chi li (Acostumbrada a los números detallados). En la contabilidad, si falta un peso, lo buscas y lo encuentras. En la vida, si falta un peso, te jodes.

A las 11:00 AM, sucede lo que temía. Se acerca Mariana, la chica nueva de Marketing. Trae un sobre amarillo en la mano. —Hola, Vale. Oye, es el cumpleaños del Licenciado Torres. Estamos juntando para comprarle un pastel y una botella de vino. Son 100 pesos por persona. Se me hiela la sangre. El Licenciado Torres gana, bajita la mano, unos 60 mil pesos al mes. Y nosotros, la prole, tenemos que cooperar para regalarle vino. Es el feudalismo corporativo en su máxima expresión.

Miro el sobre. Miro a Mariana que espera con una sonrisa. Tengo 521 pesos. Si doy 100, me quedo con 421 para 7 días. Eso baja mi promedio diario a $60 pesos. Es arriesgado. Muy arriesgado. Pero si digo que no, soy la “coda”. Soy la antisocial. Y en las oficinas mexicanas, ser antisocial es peligroso. Si no le caes bien a la manada, eres el primero en la lista de recortes. Es una extorsión social.

—Híjole, Marianita… —empiezo, buscando una excusa—. ¿Sabes qué? Ahorita no traigo efectivo. ¿Te los puedo dar en la quincena? Es mi táctica de siempre. Patear el problema hacia el futuro. Mariana borra la sonrisa un poco. —Ay, Vale, es que vamos a ir a comprarlo ahorita a la hora de la comida. ¿No tendrás aunque sea 50? Ya luego me das lo demás. Me tiene acorralada. Si digo que no tengo 50 pesos, es admitir mi derrota. Es admitir que soy pobre. Y aquí, la pobreza se esconde como un pecado vergonzoso. Mình không than vãn (No me quejo). No puedo decirle: “No tengo para comer”. Saco mi monedero. Me duelen los dedos al abrirlo. Saco un billete de 50. El billete rosa de Morelos. Lo veo despedirse de mí. —Ten. Ahí están 50. Luego te doy lo demás. —¡Gracias, Vale! Eres un amor. Se va con mi dinero. Con mi desayuno de tres días. Con la leche de Santi.

Me quedo mirando la pantalla de excel. Las lágrimas me pican en los ojos, pero no salen. Không phải vì giỏi, mà vì mình không có quyền yếu đuối (No es porque sea buena, sino porque no tengo derecho a ser débil). Maldigo al Licenciado Torres y a su botella de vino. Espero que le sepa a vinagre. Anoto en mi libreta mental: Saldo: $471. Faltan 7 días. El cinturón se aprieta un agujero más.

Capítulo 17: El Sabor del Arroz Frío

Hora de la comida. 2:00 PM. Todos se organizan. —¡Vamos a las hamburguesas! —¡Vamos por tacos! Yo me quedo. —Tengo mucho trabajo, adelántense —miento por milésima vez. Me voy a la cocineta. Está vacía. Mejor. Saco mi tupper. Arroz blanco (ya un poco seco) y las salchichas fritas. Lo meto al microondas. El olor a salchicha barata inunda la cocineta pequeña. Me da un poco de vergüenza. Me gustaría que oliera a lasaña o a arrachera, como los tuppers de los gerentes. Pero huele a crisis.

Me siento sola en una mesa redonda. Como despacio. Mastico mucho cada bocado para sentir que como más. Saco el celular para distraerme. Error. Entro a Facebook. La primera foto que me sale es de Roberto. Está en una terraza. Tiene una cerveza oscura en la mano y unos lentes de sol puestos. Al fondo se ve una playa. El texto dice: “A veces hay que desconectar para reconectar. #Relax #PuertoVallarta”.

Siento que me trago una piedra. Él está en Vallarta. Desconectando. Yo estoy en una cocineta sin ventanas, comiendo salchichas, contando monedas para el pasaje. Y él me dijo: “No tengo para la pensión”. La rabia me sube por el esófago, más ácida que el reflujo que ya traigo por no comer bien. ¿Cómo puede ser tan cínico? ¿Cómo puede dormir tranquilo sabiendo que su hijo está comiendo lo justo? Người lo lắng đầu tiên – và cũng là người duy nhất – chính là mình (La primera persona en preocuparse, y la única, soy yo). Esa frase retumba en mi cabeza. Él no se preocupa. Él “desconecta”. Su libertad se paga con mi esclavitud. Su bronceado se paga con mis ojeras.

Tengo ganas de escribirle un comentario. “Ojalá te atragantes con la cerveza, desgraciado. Tu hijo necesita zapatos”. Escribo el comentario. Lo leo. Respiro. Lo borro. ¿De qué sirve? Solo va a decir que soy una histérica, una loca, una ardida. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más). No voy a gastar mi energía en odiarlo. La energía la necesito para sobrevivir. Apago el celular. Termino mi arroz. Me prometo a mí misma que un día, no sé cuándo, pero un día, yo voy a estar en una playa. Y Santi va a estar conmigo. Y no vamos a deberle nada a nadie.

Capítulo 18: El Zapato de la Cenicienta Pobre

Jueves. Faltan 6 días. Saldo: $450 (gasté en pasajes ayer). Voy caminando rápido hacia el metro porque se me hizo tarde. De repente, siento algo raro en el pie derecho. Flap. Flap. Miro hacia abajo. La suela de mi zapato derecho se despegó. Se abrió como una boca hambrienta. Me detengo en medio de la banqueta. La gente me pasa por los lados, esquivándome como a un bulto. —No, por favor. Ahora no. Levanto el pie. La suela está colgando de un hilo en el talón. No puedo caminar así. Parezco una indigente. Y en la oficina exigen “buena presentación”. ¿Qué hago?

Miro alrededor. Veo un puesto de periódicos. —Señor, ¿tiene Kola Loka? —Sí, güerita. Cuesta 35 pesos. 35 pesos. Es otro golpe. Pero no tengo opción. No puedo llegar descalza. Compro el pegamento. Me siento en una banca de metal fría. Me quito el zapato. Me siento humillada. Una contadora, una profesional, sentada en la calle pegando sus zapatos viejos con pegamento instantáneo para poder ir a trabajar. La gente me mira. Algunos con lástima, otros con indiferencia. Me pego los dedos un poco. El olor químico me marea. Presiono la suela con todas mis fuerzas. Pega, por favor, pega. Espero dos minutos. Parece que aguantó. Me pongo el zapato. Se siente duro, rígido. Pero camina. Me levanto. Mình không mạnh mẽ bẩm sinh (No soy fuerte por nacimiento). La fuerza se me está acabando. Me siento frágil, como ese zapato. Pegada con saliva y esperanza. Pero sigo caminando. 35 pesos menos. Saldo: $415.

Capítulo 19: El Viernes de la Tentación

Llega el viernes. Gracias a Dios es viernes, dicen todos. Para mí, el viernes significa que sobreviví la semana laboral, pero empieza el reto del fin de semana: entretener a un niño sin dinero. Salgo de la oficina. Mis compañeros se van “de after”. —Vamos por unas alitas, Vale. Ándale, es quincena para algunos. —No puedo, tengo que ir por Santi. Siempre tengo que ir por Santi. Es mi escudo y mi prisión al mismo tiempo.

Llego a casa. Santi está viendo la tele. —Mami, tengo hambre. ¿Podemos pedir pizza? La palabra prohibida. Pizza. Una pizza cuesta 150 pesos la más barata. No puedo. Simplemente no puedo. —Hoy no, mi amor. ¿Qué te parece si hacemos… pizza mexicana? —¿Cuál es esa? —Tortillas de harina con queso y jamón, y salsa de tomate. Las ponemos en el comal y quedan crujientes. Santi me mira dudoso. —Bueno… Lo intento animar. —Y vamos a ver una película. Vamos a hacer cine en la casa. —¿Con palomitas? Palomitas. El maíz palomero es barato. Tengo una bolsa en la alacena desde hace meses. —¡Sí! ¡Con muchas palomitas!

Preparo las “pizzas” (sincronizadas glorificadas). Hago las palomitas en la olla, cuidando que no se quemen porque no puedo desperdiciar ni un grano. Ponemos una película en la tele abierta. Santi se acurruca junto a mí. Come sus palomitas feliz. Yo lo miro. Con cần sự ổn định (El niño necesita estabilidad). Él no sabe que su mamá tiene 400 pesos en la bolsa para vivir 5 días más. Él está feliz con sus palomitas caseras. Esa es mi mayor obra de contabilidad: hacer que la pobreza parezca una aventura, o al menos, que no parezca miseria. Le acaricio el pelo. —Te quiero mucho, Santi. —Yo más, mami. Las pizzas quedaron ricas. Suspiro. Me comí una yo también. Sabía a tortilla quemada y a derrota, pero me supo a gloria porque él sonrió.

Capítulo 20: El Tianguis y la Marchanta

Sábado. Día de abastecimiento estratégico. No voy al Walmart. No voy al Soriana. Voy al tianguis sobre ruedas que se pone a tres cuadras. Ahí el dinero rinde más si sabes comprar. Llevo mi bolsa de mandado de tela (para no gastar en bolsas). Llevo 150 pesos asignados para comida de la semana. Tengo que comprar: Huevo, jitomate, cebolla, alguna fruta barata, y si alcanza, un pedacito de pollo.

Empieza el recorrido. —¡Pásele, güerita! ¡Qué le damos! ¡Bara, bara! El ruido, los colores, los olores. Me gusta el tianguis. Se siente vivo. Voy al puesto de las verduras. Busco los montoncitos de “segunda”. Esos jitomates que están un poquito golpeados pero sirven para salsa. —¿A cómo el montoncito, jefe? —A 10 pesos, madre. Lléveselo. —Deme dos. 20 pesos de jitomate. Voy por la cebolla. 10 pesos. Voy por el huevo. Compro medio kilo. 22 pesos. Voy por la fruta. Plátanos. Están maduros, con manchitas negras. Son los más dulces y los más baratos. 15 pesos el kilo.

Me quedan 83 pesos. Paso por el puesto del pollo. El pollo está carísimo. La pechuga es un lujo de reyes. —Deme… deme un retazo con hueso. Para caldo. El pollero me mira. —¿Cuánto quiere? —Deme 30 pesos. Me da unos huesos con un poco de carne pegada, un pescuezo y unas alas flacas. Con esto hago un caldazo. Con muchas verduras y arroz, comemos dos días. Me quedan 53 pesos. Compro un kilo de tortillas (22 pesos). Me quedan 31 pesos. Esos son sagrados. Regresan al monedero.

Regreso a casa cargando mi botín. Me siento victoriosa. quen với việc thu bao nhiêu – chi bao nhiêu (acostumbrada a cuánto entra, cuánto sale). Con 120 pesos armé el menú de tres o cuatro días. Llego a la cocina. Lavo todo. Desinfecto con cloro. Pongo el caldo a hervir. El olor a pollo, aunque sea hueso, llena la casa. Huele a hogar. Huele a que no nos vamos a morir de hambre esta semana.

Không phải vì mình keo kiệt với con (No es porque sea tacaña con mi hijo). Es porque soy una maga. Le sirvo el caldo a Santi. Le pongo mucho arroz para que llene. —Mmm, caldito de pollo. ¡Qué rico, ma! Lo veo comer y siento que recupero un poco de la fuerza que perdí en la semana. Mientras él tenga la panza llena, yo puedo aguantar el hambre.

Capítulo 21: El Domingo de la Ansiedad

Domingo. Faltan 3 días para la quincena. Saldo: $280 pesos (aprox). Hoy es día de encierro. Salir es gastar. “El que no sale, no gasta”, es mi lema de los domingos de fin de quincena. Me dedico a lavar ropa. A mano. Tengo lavadora, pero gasta mucha agua y mucha luz. Y jabón. Así que lleno el lavadero de piedra. Tallar me sirve de terapia. Tallo con fuerza las camisas del uniforme de Santi. Tallo mis blusas de la oficina. Mis manos se ponen rojas y se resecan por el detergente en polvo barato. No me importa. Có những áp lực không thể kể cùng ai (Hay presiones que no se pueden contar a nadie). Nadie sabe que la Contadora Valeria lava a mano los domingos para ahorrar 50 pesos de luz y agua.

Mientras lavo, mi mente hace cuentas. Lunes: Pasajes ($20). Comida (tupper). Martes: Pasajes ($20). Comida (tupper). Miércoles: ¡Día de pago! Tengo que sobrevivir lunes y martes. Me quedan 280 pesos. Menos 40 de pasajes = 240. Estoy del otro lado. Siento un alivio inmenso. Lo voy a lograr. Voy a llegar a la orilla sin ahogarme.

Pero entonces, Santi viene corriendo. —¡Mamá, mamá! ¡Se me rompieron los tenis! Dejo de tallar. —¿Qué? —Estaba jugando fut en el pasillo y se abrió. Voy a ver. Efectivamente. Su tenis escolar, el único par negro que tiene, se abrió de la punta. Se le ven los dedos. Y estos no se arreglan con Kola Loka. Están destrozados. No puede ir a la escuela así mañana. Necesita zapatos. Urgente. ¿Cuánto cuestan unos zapatos escolares baratos? En el mercado, tal vez 200 o 250 pesos. Tengo 280. Si compro los zapatos… me quedo con 30 pesos. 30 pesos para pasajes de dos días. El pasaje diario son 20 pesos (ida y vuelta mía y de él en combi y metro). 2 días x 20 = 40 pesos. Me faltan 10 pesos.

Me siento en el borde del lavadero. El universo tiene un sentido del humor muy negro. Justo cuando creí que ya la había librado. Miro los tenis rotos. Miro la cara de preocupación de Santi. —No te preocupes, mi amor. Ahorita vamos al mercado a comprar unos nuevos. —¿En serio? ¿Sí te alcanza? —pregunta él. Esa pregunta me mata. Un niño de 7 años no debería preguntar eso. —Claro que me alcanza. Soy rica, ¿no te acuerdas? —le hago cosquillas para que se ría. Se ríe. Yo me muero por dentro.

Vamos al mercado. Encuentro unos zapatos de plástico, imitación piel, en 230 pesos. Regateo. —Jefe, déjemelos en 200. Es lo único que traigo. —Híjole, seño, ya están muy baratos. Deme 220. —210 y me los llevo ya. —Órale pues. 210. Pago. Me quedan 70 pesos. Tenía mal la cuenta en mi cabeza o perdí dinero. A ver: 280 – 210 = 70. Ok, 70 pesos. Tengo que pagar pasajes lunes y martes. 40 pesos. Me sobran 30 pesos. Estoy a salvo. Por los pelos. Por un margen de error de 30 pesos.

Regresamos a casa con los zapatos nuevos (que huelen a plástico fuerte). Santi se los prueba y los lustra feliz. Yo me siento a ver el atardecer desde la ventanita de la cocina. El cielo de la Ciudad de México se pone naranja y morado. Es hermoso. A veces se nos olvida ver el cielo por estar viendo el suelo buscando monedas. Respiro. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más). Ya casi. Ya casi.

Capítulo 22: La Víspera de la Batalla Final

Lunes. Día 14 de la quincena. Todo sale según el plan. Desayuno huevo. Lunch caldo de pollo (tupper). Cena sincronizadas. Gasto de pasaje: 20 pesos. Me quedan 50 pesos en la cartera. Una sola moneda de 10 y dos billetes de 20. Ese es todo mi capital líquido.

Martes. Día 15. Día de pago… pero pagan hasta después de las 4 PM. Me levanto con una energía diferente. Hoy se acaba la tortura. Hoy cae el depósito. Pero tengo que llegar a la oficina primero. Salimos. Dejo a Santi. —Hoy estrenas zapatos, campeón. Échale ganas. —Sí, ma.

Me subo al transporte. Pago mis 6 pesos del Metrobus. Llego a la oficina. Me siento. Abro la aplicación del banco en el celular. Saldo: $4.50. Todavía no cae la nómina. Sé que cae en la tarde. La mañana se me hace eterna. Cada hora reviso la app. 10:00 AM. Nada. 12:00 PM. Nada. 2:00 PM. Nada.

A la hora de la comida, ya no me queda nada en el refri para traer tupper. Me acabé todo el fin de semana. No tengo comida. Tengo 44 pesos en la bolsa (50 menos 6 del pasaje). Podría comprarme unas gorditas de chicharrón en la esquina. Cuestan 15 pesos cada una. Dos gorditas y un refresco. Serían 45 pesos. Me faltaría un peso. Agua. Tomaré agua del garrafón de la oficina. Bajo por las gorditas. Tengo tanta hambre que me saben a gloria. La masa frita, la salsa verde, el queso. Es el mejor banquete de mi vida. Me gasto 30 pesos en dos gorditas. Me quedan 14 pesos. Suficiente para el pasaje de regreso (6 pesos). Me sobran 8 pesos.

Regreso a la oficina. 3:00 PM. Reviso la app. Saldo: $4.50. El pánico empieza a susurrarme. “¿Y si no pagan hoy? ¿Y si hubo un error en el sistema? ¿Y si la empresa quebró?” Es el trauma hablando. Mà vì mình sợ (Sino porque tengo miedo). El miedo irracional de que la salvación no llegue.

4:30 PM. Suena un mensaje en el celular de mi compañera de al lado. —¡Ya depositaron, chicas! El sonido más hermoso del mundo. Abro mi app con dedos temblorosos. Refresco la pantalla. Gira el circulito de carga. Gira. Gira. Aparece. Saldo: $7,504.50. Siete mil quinientos pesos. Mis pulmones se llenan de aire. Mi corazón baja su ritmo. Soy rica otra vez. Bueno, “rica”. Ya debo la renta ($3,000). Ya debo apartar lo de la luz ($350). Ya debo hacer el súper ($2,000). Ya debo pagar el internet ($400). El dinero ya tiene dueño antes de que yo lo toque. Pero está ahí.

Salgo de la oficina a las 6:00 PM. Camino hacia el metrobus con otra actitud. Ya no soy la mujer que cuenta centavos (bueno, sí soy, pero hoy no tanto). Paso por el Oxxo. Entro. Voy al pasillo de dulces. Agarro un Kinder Sorpresa. Cuesta 28 pesos. Es un robo. Pero hoy… hoy sí. Lo compro.

Llego a casa. Santi corre a abrazarme. —¡Hola ma! ¿Cómo te fue? —Bien, mi amor. Muy bien. Ten. Le doy el huevo de chocolate. Sus ojos se abren como platos. —¡Wow! ¡Gracias mamá! ¡Eres la mejor! Lo abre emocionado para ver el juguete. Me siento en la silla, agotada pero feliz. Và trong thế giới của con, mình là điểm tựa duy nhất (Y en su mundo, soy el único punto de apoyo). Hoy el punto de apoyo es firme. Hoy el punto de apoyo tiene chocolate.

Saco mi libreta. Empiezo la lista de la nueva quincena. Ingresos: $7,500. Egresos fijos… La rueda sigue girando. Mañana volveré a preocuparme. Mañana volveré a decir “no tengo”. Pero esta noche… esta noche vamos a cenar con aguacate. Y esa, mis amigos, es la verdadera victoria de la clase trabajadora mexicana.

Epílogo: La Contabilidad del Amor

Si alguien viera mis libros contables, diría que soy una pésima financiera. Vivo al día. No tengo ahorros sustanciales. Mi patrimonio es nulo. Pero si vieran la contabilidad de mi vida… sự kiên trì hôm nay đang xây cho con một tương lai vững chắc (la perseverancia de hoy está construyendo un futuro sólido para el niño). Cada peso ahorrado es un día más de escuela para Santi. Cada antojo reprimido es un zapato nuevo. Cada lágrima tragada es una sonrisa en su rostro.

Soy Valeria. Soy contadora. Soy madre. Soy mexicana. Y no, no permito que me falte nada. Aunque me falte todo, a él no le falta nada. Y mientras yo respire, así será. Porque phía sau là cả tương lai của con (detrás está todo el futuro de mi hijo). Y el futuro vale cada maldito centavo.


PARTE 5: El Balance Final y la Riqueza Invisible

Capítulo 23: La Efímera Danza de la Riqueza

Los días posteriores a la quincena tienen un sabor agridulce. Es como cuando te tomas un refresco muy frío en un día de mucho calor: el alivio es inmediato, glorioso, te recorre el cuerpo, pero sabes que en cinco minutos volverás a tener sed.

Me levanto el miércoles, día 16. Mi cuenta bancaria todavía tiene cuatro cifras. Me siento, por un instante, una ciudadana funcional. Me siento en la mesa con mi laptop y empieza el ritual sagrado del “reparto”. Abro la banca en línea.Transferencia a Renta: $3,000. (Clic. Adiós, techo seguro).Pago de Servicio CFE: $380. (Clic. Adiós, oscuridad).Pago de Tarjeta de Crédito (Mínimo para no generar intereses moratorios): $800. (Clic. Adiós, deudas del pasado).Apartado para transporte: $500 (en efectivo, al sobre del cajón).

En menos de quince minutos, mis $7,500 pesos se han convertido en $2,820. Y todavía falta el súper fuerte. Y falta guardar para el gas. Y falta vivir. La ilusión de riqueza duró lo que dura un suspiro en el metro Pantitlán a las 7 de la mañana.

Pero hay una diferencia. Hoy respiro. Hoy voy al supermercado con otra postura. No voy con la cabeza baja, esquivando miradas. Voy empujando el carrito con decisión. Compro leche. Compro cereal (de caja, no a granel). Compro un kilo de carne molida de buena calidad, sin tanta grasa. Me permito un lujo: suavizante para la ropa. Ese olor a “brisa de primavera” es mi aromaterapia. Es mi promesa de que, aunque seamos pobres, olemos a dignidad. Có những người phụ nữ không cho phép mình sai (Hay mujeres que no se permiten equivocarse), y mi manera de no equivocarme es mantener la dignidad intacta, aunque la cuenta esté en ceros.

Regreso a casa y lleno la alacena. Ver los frascos llenos, ver el refrigerador con comida, me da una paz que ningún spa de lujo podría darme. Es la paz de la supervivencia asegurada. Al menos por 10 días más.

Capítulo 24: La Auditoría del Alma

El sábado por la tarde, mientras Santi juega con su Kinder Sorpresa (que cuida como si fuera una joya), me siento en el pequeño balcón de nuestro departamento. Miro hacia la calle. Veo pasar a la gente. Veo a una chica joven, muy arreglada, subiéndose a un Uber. Probablemente va a una fiesta. Veo a una pareja discutiendo por dinero en la esquina. Veo a una señora mayor vendiendo dulces en un banquito.

Y entonces, la Contadora Valeria hace una auditoría, pero no de dinero. Una auditoría de vida. Quen với những con số chi li (Acostumbrada a los números detallados)… me pregunto: ¿Vale la pena? ¿Vale la pena este estrés crónico? ¿Vale la pena que se me caiga el pelo a puños en la regadera? ¿Vale la pena comer arroz frío para que él coma pollo caliente?

Miro a Santi. Está concentrado armando un muñequito de plástico. Tiene el ceño fruncido, igualito a mí cuando hago balances. Pero luego sonríe cuando la pieza encaja. Esa sonrisa. Ese es mi “Retorno de Inversión”. No hay tasa de interés en el mundo, no hay fondo de ahorro, no hay criptomoneda que pague los dividendos que paga esa sonrisa tranquila.

La gente me juzga. Lo sé. En la oficina dicen: “Ay, la Valeria es bien codo”. Mi ex dice: “Eres una exagerada”. Pero ellos no ven la hoja de balance completa. Ellos solo ven los gastos, no ven los activos. Mi activo es la seguridad de mi hijo. Mi activo es que él no sabe lo que es irse a dormir con hambre. Él no sabe que su mamá remendó sus zapatos con pegamento. Él solo sabe que tiene zapatos. Y esa ignorancia… esa bendita ignorancia es mi regalo más caro. Không phải vì mình keo kiệt với con. Mà vì mình sợ (No es porque sea tacaña con mi hijo. Es porque tengo miedo). El miedo es el muro que construyo para que él pueda jugar en el jardín sin ver a los monstruos que hay afuera.

Capítulo 25: La Charla que lo Cambió Todo

El domingo por la noche, mientras lo arropo, Santi me hace una pregunta que me desarma. —Mamá, ¿somos pobres? El corazón se me detiene un segundo. —¿Por qué preguntas eso, mi amor? —Es que Luis, el de la escuela, dice que su papá tiene un coche nuevo y que van a ir a Disney. Y nosotros no tenemos coche y rompimos a Puerquín para mi muela. Los niños son crueles en su honestidad. Y observadores. Me siento en la orilla de su cama. Respiro hondo. Tengo que elegir mis palabras con la precisión de un cirujano.

—Santi, escúchame bien. Le tomo las manitas. Sus manos son pequeñas, suaves, sin callos todavía. —Ser pobre no es no tener coche. Ser pobre no es no ir a Disney. —¿Entonces qué es? —Pobre es el que no tiene a nadie que lo cuide. Pobre es el que tiene miedo y no tiene quién le dé un abrazo. Pobre es el que no tiene sueños. Lo miro a los ojos. —Nosotros no tenemos coche, es verdad. Y a veces tenemos que cuidar mucho el dinero. Pero, ¿te ha faltado comida alguna vez? —No. —¿Te ha faltado un uniforme limpio? —No. —¿Te ha faltado una mamá que te ayude con la tarea aunque llegue cansada? —No, mami. —Entonces no somos pobres, Santi. Somos luchadores. Estamos construyendo nuestro castillo, ladrillo por ladrillo. Y a veces, para comprar ladrillos, no podemos comprar coches. Pero el castillo va a quedar bien fuerte. ¿Entiendes?

Él se queda pensando. Procesa la información con su lógica de 7 años. —¿Tú eres la jefa de la construcción? —pregunta. Sonrío, con lágrimas en los ojos. —Sí, mi amor. Yo soy la arquitecta, la ingeniera y la albañil. Y tú… tú eres el rey que va a vivir en el castillo. Santi sonríe. Se acomoda en la almohada. —Buenas noches, jefa albañil. —Buenas noches, mi rey.

Salgo del cuarto y me recargo en la pared del pasillo. Lloro. Pero no de tristeza, sino de alivio. Entendió. O al menos, le di una herramienta para defenderse del mundo. No le heredé una cuenta bancaria abultada, pero le estoy heredando una narrativa de fortaleza. Con cần sự ổn định (El niño necesita estabilidad), y esa estabilidad también es mental. Saber quiénes somos y cuánto valemos, más allá de lo que diga la etiqueta de nuestros tenis.

Capítulo 26: El Futuro es una Hipótesis, el Presente es Trabajo

Pasan los meses. La rutina sigue. Quincena, pagos, crisis, resolución, quincena. Es un ciclo infinito. A veces me canso. A veces tengo ganas de tirar la toalla, de gastarme todo en un viaje y que pase lo que tenga que pasar. Pero luego recuerdo el Sợ chỉ cần hụt một chút thôi (Miedo de que falte aunque sea un poco). Ese miedo es mi brújula. No me deja perderme en la irresponsabilidad.

He aprendido a encontrar belleza en la austeridad. He aprendido que un café hecho en casa sabe mejor si se toma con tranquilidad. He aprendido que caminar no es solo ahorrar pasaje, es tiempo para pensar. He aprendido que mis manos, aunque ásperas y con uñas cortas y sin pintar, son manos que sostienen un universo.

En la oficina me dieron un pequeño aumento. 500 pesos más al mes. No es mucho. Para el Licenciado Torres es una propina. Para mí, son 500 pesos que van directo a una nueva alcancía. Esta vez no es de barro. Es una cuenta de ahorro real, en el banco. “Fondo Universidad Santiago”. Tiene 500 pesos. Es ridículo, dirán algunos. Una carrera cuesta millones. Pero Dần dần, thói quen đó theo mình về tận căn bếp nhỏ (Poco a poco, el hábito me siguió hasta la cocina). El hábito de la hormiga. Grano a grano. En 10 años, esos 500 pesos mensuales, más los intereses, más lo que pueda sumar… serán algo. Serán la inscripción. Serán los libros. sự kiên trì hôm nay đang xây cho con một tương lai vững chắc (la perseverancia de hoy está construyendo un futuro sólido para el niño).

Capítulo 27: Carta a las Otras Valerias

Si estás leyendo esto, y eres como yo. Si tú también te sabes de memoria el precio del kilo de huevo. Si tú también has fingido que “no tienes hambre” para que tus hijos repitan plato. Si tú también has llorado en el baño mordiendo una toalla para que no te escuchen sollozar. Quiero decirte algo:No estás loca. No eres tacaña. No eres una amargada.

Eres una estratega de alto nivel. Eres la directora financiera de la empresa más importante del mundo: Tu familia. Lo que haces tiene nombre. Se llama Amor. Un amor que no se escribe en poemas, se escribe en recibos de luz pagados a tiempo. Un amor que no regala rosas, regala certidumbre.

Có những áp lực không thể kể cùng ai (Hay presiones que no se pueden contar a nadie). Yo lo sé. Sé cómo pesa el silencio. Sé cómo pesa ser la única adulta en la habitación. Chỉ lặng lẽ tự nhủ: cố thêm chút nữa (Solo me digo silenciosamente: esfuérzate un poco más). Y te esfuerzas. Y lo logras.

No permitas que nadie te haga sentir menos por cuidar tus centavos. Esos centavos son el sudor de tu frente y la sangre de tu sacrificio. Que te digan coda. Que te digan intensa. Tú sabes la verdad. Tú sabes que phía sau là cả tương lai của con (detrás está todo el futuro de tu hijo). Y el futuro no se improvisa. Se financia. Se cuida. Se defiende.

Capítulo Final: La Promesa Cumplida

Hoy por la mañana, antes de irme a trabajar, vi a Santi atándose los zapatos nuevos (esos que compramos en el mercado). Ya lo hace solo. Hace el nudo fuerte, doble, para que no se desate. Se levanta, toma su mochila y me mira. —Vamos, mamá. Se nos hace tarde para conquistar el mundo. Me río. —¿Conquistar el mundo? —Sí. Tú dijiste que somos guerreros. Le acomodo el cuello de la camisa. —Sí, mi amor. Lo somos.

Salimos a la calle. El sol de la Ciudad de México nos pega en la cara. Los cláxones suenan. El metrobus ruge. La ciudad intenta devorarnos como siempre. Pero no tengo miedo. Toco mi bolsa. Siento mi monedero. Tengo lo justo para hoy. Tengo mi tupper con comida. Tengo mi plan. Y tengo su mano en la mía.

Mình không mạnh mẽ bẩm sinh (No soy fuerte por nacimiento). La vida me hizo fuerte a golpes de necesidad. Không phải vì giỏi, mà vì mình không có quyền yếu đuối (No es porque sea capaz, sino porque no tengo derecho a ser débil).

Soy Valeria. Soy la que cuenta. Cuento pesos. Cuento días. Cuento bendiciones. Pero sobre todo, cuento con que él va a estar bien. Y mientras esa cuenta cuadre, mi balance final siempre será positivo.

Fin

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