“Mi propia madre me regaló a los 3 años porque su nuevo esposo no quería criar al hijo del patrón, y esa traición fue la gasolina que me convirtió en una leyenda mundial.”

Mi madre apenas tenía dieciséis años cuando nací. En mi pueblo, la gente murmura, y mi piel clara era una marca maldita desde mi primer aliento. No era hijo del amor, sino de la violencia; el hijo no deseado del hijo del patrón de la hacienda.

Demasiado güero para mi familia pobre, demasiado pobre para los ricos. Yo existía en un limbo donde nadie me quería. Pero el verdadero infierno comenzó cuando mi madre, Ana, encontró a un nuevo hombre.

Recuerdo esa tarde como si me hubieran tatuado la escena en los párpados. Él entró a la pequeña casa de adobe, con las botas llenas de barro y oliendo a mezcal barato. Se quitó el sombrero, me miró fijamente mientras yo jugaba en el suelo y luego escupió a un lado.

—Ese escuincle no se queda —dijo, con una voz que hizo temblar las pocas ollas que teníamos.

Mi madre intentó protestar, con la voz quebrada. —Es mi hijo, Ramón. No tengo con quién dejarlo.

—No voy a criar al bastardo de otro hombre. Y menos a uno que se ve así, recordándome quién se burló de nosotros —gritó él, señalándome con un dedo sucio—. O se va el niño, o me voy yo. Tú decides, mujer.

El silencio que siguió fue más fuerte que los gritos. Yo tenía apenas tres años, pero entendí todo. Me abracé a la pierna de mi mamá, esperando que ella lo corriera a él. Esperando que me levantara en brazos.

Pero ella no lo hizo. Con lágrimas en los ojos, me soltó de su falda. Eligió al hombre.

Esa misma noche, me llevaron a rastras a la casa de Doña Rosa, una vecina que decían que cuidaba niños. Pero aquello no fue un rescate. Fue el inicio de mi condena. Me trataron peor que a un animal de carga. Si comía un bocado de más, me golp*aban. Los otros niños de la casa me hacían cosas… cosas que un niño nunca debería tener que soportar.

A los cinco años, ya no jugaba. Me pusieron a trabajar en los campos de algodón bajo el sol calcinante del norte. Sin zapatos. Vestido con un costal de papas al que le abrieron agujeros para los brazos. Mis pequeños dedos sangraban pizcando la cosecha desde que salía el sol hasta que se escondía, soñando con que alguien, quien fuera, viniera a salvarme.

Pero nadie vino.

¿CÓMO PASÉ DE SER EL NIÑO DEL COSTAL DE PAPAS A UNA ESTRELLA INTERNACIONAL QUE HIZO LLORAR A LA PRIMERA DAMA?

PARTE 2: LA VOZ QUE NACIÓ DEL SILENCIO

CAPÍTULO 1: EL ALGODÓN Y LA SANGRE

Si crees que el infierno es fuego y demonios, es porque nunca has estado en los campos de algodón del norte de México bajo el sol de agosto. El infierno no es rojo; es blanco, infinitamente blanco, y quema la piel hasta dejarla curtida como el cuero viejo.

Yo tenía cinco años cuando Doña Rosa, la mujer a la que me regalaron, decidió que ya no merecía comer gratis. Me sacaron de la casa antes de que saliera el sol. Recuerdo el frío de la madrugada en mis pies descalzos, una sensación que se clavaba en los huesos, solo para ser reemplazada horas después por un calor que hacía vibrar el aire.

Me vistieron con lo único que estaban dispuestos a desperdiciar en mí: un costal de papas. Sí, un costal áspero, de yute, al que le hicieron tres agujeros mal cortados para que pasara mi cabeza y mis brazos flacos. No llevaba ropa interior, no llevaba zapatos. Solo esa tela rasposa que me lijaba la piel con cada paso que daba entre los surcos.

—¡Ándale, güerito inútil! —me gritaban los capataces—. ¡Si no llenas el saco, no tragas!

Esas eran las reglas. Simples y brutales. Mis manos eran pequeñas, demasiado suaves para el tallo leñoso del algodón. Las cáscaras secas de las motas eran como navajas. Al principio, lloraba cada vez que una espina se me clavaba debajo de la uña, pero aprendí rápido que las lágrimas no llenan costales. Mis dedos sangraban. La sangre se mezclaba con la fibra blanca del algodón, manchando la cosecha. Me pegaban por eso también. Me pegaban por ser lento. Me pegaban por existir.

El hambre… el hambre se convirtió en mi única compañera fiel. Aprendí que el hambre tiene su propio idioma. No es solo un rugido en la tripa; es un mareo constante, una neblina gris que cubre tus ojos. Es un calambre que te dobla a la mitad mientras intentas mantenerte de pie. Había días en los que no había comida en absoluto. Ni una tortilla dura, ni frijoles aguados. Nada.

Recuerdo estar parado en medio de esas filas interminables que se extendían hasta el horizonte, sintiéndome más pequeño que un grano de arena. Miraba al cielo, a ese sol impasible, y me preguntaba: ¿Por qué nadie me quiere? ¿Qué tengo de malo? Esa pregunta dolía más que el hambre. Me dolía en el pecho, un hueco que ninguna cantidad de comida podría llenar jamás.

CAPÍTULO 2: EL RITUAL Y LA SOSPECHA

Cuando cumplí siete años, el poco mundo que conocía se rompió de nuevo. Mi madre, Ana, la mujer que me había entregado pero a la que yo seguía amando en secreto, murió de repente.

Nadie me explicó nada. Solo vi el movimiento, los susurros, las miradas furtivas de los vecinos. Me colé en el velorio. La vi ahí, tendida, pálida, inmóvil. Pero lo que me heló la sangre no fue la muerte en sí, sino lo que hacían los demás. Vi a las mujeres mayores realizando rituales extraños sobre su cuerpo, pasando huevos, hierbas, murmurando oraciones que no sonaban a iglesia. Hablaban de “mal de ojo”, de “trabajos”, de envidias.

—Fue el veneno —escuché susurrar a una tía lejana—. Ese hombre no la quería viva si iba a dejarlo.

La idea se plantó en mi cerebro como una semilla venenosa: Mi madre había sido envenenada. La mataron. Y la verdad de su muerte se fue con ella a la tumba, enterrada bajo la tierra seca de aquel pueblo maldito. Esas preguntas, esa falta de justicia, se quedaron clavadas en mi corazón para siempre. Ya no tenía a nadie. Ni siquiera a la madre que me abandonó. Estaba completamente solo en el universo.

CAPÍTULO 3: LA JAULA DE CEMENTO

Para deshacerse de mí definitivamente, me subieron a un camión de redilas y luego a un tren. Me enviaron lejos, a la gran Ciudad de México, a vivir con una mujer llamada Mónica, a quien todos llamaban “Tía”, aunque yo sospechaba que podía ser mi verdadera madre o una pariente muy cercana. Nadie me decía la verdad. Nunca..

Tomé su apellido. Me convertí en Mateo Kitt. Pensé, ingenuamente, que cambiar de nombre y de ciudad cambiaría mi destino. Pensé que la gran ciudad, con sus luces y sus edificios altos, sería mi salvación.

Qué equivocado estaba.

La tía Mónica era cruel. Tan cruel como los capataces del campo, pero de una manera más íntima, más psicológica. Los golpes continuaron. Me trataba como a un sirviente en su propia casa. Yo limpiaba, cocinaba, lavaba ropa ajena, y a cambio recibía insultos sobre mi color de piel, sobre mi origen, sobre mi “sangre sucia”.

El rechazo se sentía interminable. A los quince años, no pude más. Me miré al espejo, vi los moretones en mis brazos y el vacío en mis ojos, y tomé una decisión. Dejé la escuela. Dejé esa casa. Me fui a trabajar a una fábrica de textiles en las afueras de la ciudad.

Necesitaba dinero solo para comer. Pero el sueldo de un “chacamo” sin papeles y sin familia no alcanzaba para la renta. Así fue como me convertí en un fantasma de la ciudad.

Me quedé sin hogar.

¿Sabes lo que es ser un adolescente solo en la Ciudad de México? Es ser invisible y, al mismo tiempo, ser una presa. Dormía donde me ganaba la noche. A veces, la bondad me encontraba y algún amigo me dejaba dormir en el suelo de su departamento. Pero cuando la suerte se acababa, que era casi siempre, mi cama era el Metro.

Me subía a los vagones del metro en la línea azul justo antes de que cerraran. Viajaba de ida y vuelta toda la noche porque ahí abajo hacía calor, el movimiento me arrullaba y, lo más importante, nadie hacía preguntas. Nadie te mira a los ojos en el metro de noche. Todos somos sombras.

Otras noches, dormía en las azoteas de los edificios viejos del centro. Me acostaba sobre el concreto frío, mirando las estrellas a través de las escaleras de emergencia oxidadas, escuchando los cláxones y las sirenas lejanas. Miraba esas luces en el cielo y me preguntaba si en todo este mundo, entre los millones de personas que habitaban esta ciudad monstruosa, había una sola alma que me quisiera.

La ciudad estaba llena de gente. Ríos de gente en Madero, en el Zócalo. Pero yo me sentía invisible para cada uno de ellos. Era un fantasma que respiraba.

CAPÍTULO 4: EL FUEGO EN LAS VENAS

Entonces, sucedió el milagro. No vino de Dios, ni de la virgen. Vino de una maestra.

Un día, mientras tarareaba una canción triste barriendo el piso de la fábrica, una mujer me escuchó. No me regañó. Me miró. Realmente me miró, como nadie lo había hecho antes. Vio algo en mí, una chispa enterrada bajo capas de mugre y dolor.

—Tienes algo, muchacho —me dijo—. Tienes fuego.

Ella me ayudó a entrar a una escuela de artes escénicas. Yo, el niño del costal de papas, rodeado de gente que olía a perfume y ropa limpia. A los dieciséis años, un amigo me retó: “No tienes los huevos para audicionar en la compañía de danza moderna más importante del país”. Era la compañía de Katherine Dunham (o su equivalente en mi mundo), un lugar reservado para los dioses del baile.

Nunca pensé que lo lograría. Fui a la audición con mis zapatos rotos y mi ropa remendada. Cuando empezó la música, cerré los ojos. No bailé con técnica; bailé con rabia. Bailé con el hambre de los campos de algodón, con el miedo de las noches en la azotea, con la desesperación del niño que vio a su madre morir.

Y me quedé. Lo logré.

Por primera vez en mi vida, encontré un lugar donde pertenecía. La danza me dio un lenguaje para todo lo que no podía decir con palabras. Mi cuerpo, ese cuerpo que había sido golpeado, abusado y despreciado, de repente se convirtió en mi instrumento de poder. Podía expresar el dolor, el anhelo y esa determinación feroz que me había mantenido vivo.

La compañía viajó a Europa. Imagínenlo: el niño que pizcaba algodón hasta que le sangraban los dedos, ahora estaba en París. Caminaba por los Campos Elíseos. Hablaba francés. El público me aplaudía. Me veían a mí, veían mi talento, no mis cicatrices.

En 1950, el mismísimo Orson Welles me vio actuar. Se quedó paralizado. Me eligió para interpretar a Helena de Troya en su obra. Dijo a la prensa: “Es la criatura más excitante del mundo”.

El niño que nadie quería se convirtió en el hombre que todos deseaban.

CAPÍTULO 5: EL RUGIDO DEL JAGUAR

Descubrí mi voz. No era una voz dulce de mariachi, ni un canto suave. Era un rugido. Un ronroneo distintivo que podía hacer que cualquiera se inclinara para escuchar o sintiera escalofríos por la espalda. Cantaba canciones que se volvieron clásicos instantáneos, como “Santa Baby”, pero con mi propio estilo, cargado de ironía y sensualidad.

Broadway me abrió las puertas. Fui nominado a los premios Tony. Y luego, la televisión. Me convertí en el villano perfecto, en Catwoman (Gatúbela), haciendo el papel inolvidable. Era rico. Era famoso. El mundo entero me adoraba.

Pero… y aquí está la trampa de la fama… por dentro seguía siendo ese niño pequeño buscando que alguien lo quisiera.

Años después confesé en una entrevista: “Puedo seducir como Mateo la Estrella, pero como Mateo el niño… olvídalo. Ese patito feo siempre escuchó que era horrible. Que nadie lo quería. Y sigo tratando con todas mis fuerzas de encontrar a alguien que me diga: ‘Mateo, está bien, tú también eres querido'”.

Esa herida nunca cerró. Y esa herida fue la que me metió en problemas.

CAPÍTULO 6: LA VERDAD FRENTE AL PODER

Era 1968. El año en que el mundo ardía y México no era la excepción. Estaba en la cima de mi éxito. Fui invitado a un almuerzo en la residencia presidencial, Los Pinos (el equivalente a la Casa Blanca en mi historia).

Estaba rodeado de la élite. Mujeres con joyas que costaban más de lo que ganaba un pueblo entero en un año, hombres de traje que decidían el destino de millones mientras bebían champaña. Mientras otros invitados hablaban de flores, caridad y recaudación de fondos, yo sentía que la sangre me hervía.

Pensé en los campos de algodón. Pensé en el metro frío. Pensé en los chicos de mi barrio que estaban siendo enviados a guerras estúpidas o reprimidos por el gobierno.

Me levanté. Mis manos temblaban, pero mi voz no.

—Señora —le dije a la Primera Dama—, ustedes envían a lo mejor de este país a que les disparen y los mutilen. No sienten lo que nosotros sentimos.

El salón se quedó en silencio sepulcral.

—Yo he vivido en las alcantarillas —declaré, mirando a los ojos a los políticos—. Por eso sé de lo que estoy hablando.

Denuncié la guerra. Denuncié al gobierno por sacrificar a los jóvenes mientras los niños morían de hambre en sus propias casas. No fui “políticamente correcto”. Fui real. Fui el niño del costal de papas gritándole al emperador.

Mis palabras hicieron llorar a la Primera Dama. Pero también destruyeron mi carrera.

En ese momento, firmé mi sentencia. La CIA (y la Dirección Federal de Seguridad en México) abrieron un expediente sobre mí. Me pusieron en la lista negra. De repente, el teléfono dejó de sonar. Me prohibieron presentarme en los escenarios de América durante casi diez años.

Me castigaron por decir la verdad. Me castigaron porque crecer sin ser querido me enseñó a reconocer la injusticia cuando la veía. Querían quebrarme. Querían que el “bastardo” volviera a la basura de donde salió.

CAPÍTULO 7: EL REGRESO DEL REY

Pero no conocían a Mateo. No sabían que yo había sobrevivido a cosas peores que el silencio de los ricos. No me podían romper. No después de todo lo que había sobrevivido.

Me fui a Europa otra vez. Reconstruí mi carrera desde las cenizas, ladrillo por ladrillo, canción por canción. Y años después, regresé. Regresé a los escenarios americanos más fuerte que nunca. Conquisté a nuevas generaciones. Hice películas de Disney. Mi voz se convirtió en la voz de Yzma, la villana que todos amaban.

Usé mi plataforma para luchar por cualquiera que supiera lo que se siente el rechazo. Por los gays, por los pobres, por los negros, por los mestizos, por los olvidados.

—Todos somos personas rechazadas —dije una vez—. Sabemos lo que es ser rechazado, oprimido, deprimido y acusado. Nada en el mundo es más doloroso que el rechazo.

Yo conocía ese dolor mejor que nadie.

EPÍLOGO: EL LEGADO

Morí un día de Navidad, en 2008. Pero esta vez, no estaba solo. No morí en un campo de algodón ni en una azotea fría. Morí rodeado de la gente que me amaba. El hombre que pasó su infancia completamente solo dejó este mundo sostenido por la familia que él mismo creó.

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. Yo digo que la mejor venganza es ser feliz y ser inolvidable.

En 2016, el estado de Carolina del Sur (o mi estado natal en el norte de México) declaró un día en mi honor. El mismo estado donde recogí algodón con los dedos sangrando ahora honra mi memoria por ley.

El niño del vestido de costal de papas se convirtió en una leyenda. El niño que nadie quería se convirtió en alguien que el mundo nunca olvidará.

Y mi voz… ese increíble ronroneo nacido del dolor y pulido por la supervivencia… todavía les recuerda que, a veces, las cosas más hermosas crecen en los lugares más oscuros.

Soy Mateo. Y esta fue mi victoria.

PARTE 3: EL RUGIDO DEL JAGUAR Y LA DÉCADA DEL SILENCIO

CAPÍTULO 8: LA MÁSCARA DE ORO Y EL AÑO QUE MÉXICO ARDIÓ

Para 1968, yo ya no era el niño sucio que dormía entre los surcos de algodón. Ante los ojos de México y del mundo, yo era “Mateo, El Inigualable”. Tenía joyas, pieles, autos que costaban más que la hacienda donde mi madre fue violada. Mi voz sonaba en la radio desde Tijuana hasta Tapachula, y mi rostro adornaba las marquesinas de los teatros más exclusivos de la Ciudad de México y Broadway.

Pero 1968 no fue un año cualquiera. El aire en la Ciudad de México olía a pólvora, a miedo y a esperanza podrida. Mientras el gobierno pintaba las fachadas de colores brillantes para recibir a las Olimpiadas, intentando mostrarle al mundo un “Mila­gro Mexicano”, en las calles los estudiantes gritaban verdades que el presidente no quería oír.

Yo vivía en una burbuja de cristal, o al menos eso intentaba. Mis amigos me decían: —Mateo, no te metas. Tú eres artista, tú entretienes. Deja la política para los políticos. Si abres la boca, te van a aplastar como a una cucaracha.

Pero, ¿cómo podía cerrar los ojos? Yo, que sabía a qué sabían los frijoles agrios cuando no hay nada más. Yo, que conocía el frío del suelo. Cada vez que pasaba en mi auto de lujo por las colonias marginadas, veía a los niños con los mismos ojos grandes y hambrientos que yo tuve. Veía a mi madre en cada mujer que vendía chicles en los semáforos.

La invitación llegó en un sobre color crema, con el escudo nacional repujado en oro. Un almuerzo en Los Pinos. La residencia oficial del Presidente. La Primera Dama ofrecía un banquete para “discutir el problema de la juventud rebelde”.

Esa mañana me vestí como para una guerra. No elegí un traje discreto. Me puse seda, me puse anillos en cada dedo. Me miré al espejo y vi al “Mateo” que el mundo amaba: el exótico, el felino, el intocable. Pero detrás de mis pupilas, el niño Mateo, el “güerito” despreciado, estaba gritando.

—Hoy no vas a cantar —me dije a mí mismo—. Hoy vas a hablar.

CAPÍTULO 9: EL BANQUETE DE LOS LOBOS

Entrar a Los Pinos fue como entrar a otro planeta. Todo era mármol, candelabros de cristal que goteaban luz, meseros con guantes blancos que se movían como fantasmas. El aire acondicionado estaba tan fuerte que me caló los huesos, recordándome las madrugadas en el norte.

Me sentaron en la mesa principal. A mi alrededor, las esposas de los ministros, de los banqueros, de los generales. Mujeres con peinados altos y duros como cascos, cubiertas de perlas, bebiendo vino importado mientras afuera el país se desgarraba.

La conversación era frívola, insoportable. Hablaban de adornos florales, de lo “bonitas” que quedarían las avenidas para los turistas extranjeros. Y entonces, la Primera Dama tomó la palabra.

—Estamos muy preocupados —dijo con una voz suave, ensayada—. Estos muchachos revoltosos… no entienden el progreso. Son malagradecidos. Solo quieren destruir lo que hemos construido. No sé qué les pasa a los jóvenes de hoy, por qué están tan enojados si les damos todo.

Sentí un calor subirme por el cuello. No era vergüenza. Era la rabia antigua, la rabia de la tierra. Apreté la servilleta de lino hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

—¿Señora? —mi voz salió más grave de lo usual, cortando el tintineo de los cubiertos de plata.

El salón se quedó en silencio. Cincuenta pares de ojos se clavaron en mí. Esperaban una canción. Esperaban un chiste. Esperaban al bufón de la corte.

—Usted se pregunta por qué los jóvenes están enojados —continué, poniéndome de pie. Mis piernas temblaban, pero clavé mis uñas en la mesa para sostenerme—. Están enojados porque no son estúpidos.

Un murmullo de asombro recorrió la sala. Un guardia de seguridad dio un paso adelante, pero levanté la mano.

—Yo vengo de la alcantarilla —dije, y la palabra “alcantarilla” resonó obscena entre tanto lujo—. Yo sé lo que es tener el estómago pegado al espinazo. Ustedes construyen estadios olímpicos mientras la gente en las sierras no tiene ni para zapatos. Mandan a los hijos de los pobres a reprimir a otros pobres.

Miré directamente a la Primera Dama. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de compasión, sino de humillación. Nadie le hablaba así a la esposa del Presidente. Nadie.

—No pueden esperar lealtad de una generación a la que han ignorado y matado de hambre —sentencié—. No pueden pedir paz cuando su única respuesta es la violencia y el olvido. Los jóvenes no son “rebeldes sin causa”. Son el espejo de lo que ustedes han fallado.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado, mortal. Podías escuchar el zumbido de una mosca. La Primera Dama se levantó bruscamente y salió del salón llorando.

El almuerzo terminó en ese instante. Nadie me aplaudió. Nadie me miró a los ojos. Me sacaron de ahí escoltado, no como un invitado, sino como un criminal. Mientras caminaba hacia mi auto, supe que mi vida, tal como la conocía, había terminado. Había mordido la mano que me daba de comer, pero por primera vez en años, el sabor en mi boca no era amargo. Era el sabor de la verdad.

CAPÍTULO 10: LA LISTA NEGRA Y EL VACÍO

La represalia no fue inmediata, fue un cáncer lento. Al día siguiente, los periódicos, controlados por el sistema, me destrozaron.

“Mateo: Un malagradecido que muerde la mano de México”. “El escándalo de un artista vulgar ante la Primera Dama”. “Traidor a la patria”.

El teléfono dejó de sonar. Literalmente. Tenía contratos firmados para giras nacionales, presentaciones en televisión, grabaciones de discos. Uno a uno, fueron cancelados. —Lo siento, Mateo, órdenes de arriba —me decían los productores con voz temblorosa antes de colgar.

La Dirección Federal de Seguridad (DFS) abrió un expediente sobre mí. Lo supe porque empecé a ver un auto negro estacionado frente a mi casa día y noche. Intervinieron mi línea telefónica. Mis “amigos”, esa gente que bebía mi champaña y reía mis gracias, desaparecieron como el humo. Nadie quería ser visto con el “enemigo del Presidente”.

De repente, estaba solo otra vez. Pero esta soledad era diferente a la del campo de algodón. Allá, tenía la esperanza de que el mundo fuera mejor en otro lado. Ahora, había visto la cima del mundo y descubrí que también estaba podrida.

Me quedé en mi casa, encerrado, viendo cómo mis ahorros se consumían. La paranoia se convirtió en mi compañera de cama. Escuchaba ruidos en la noche. Pensaba que vendrían por mí para desaparecerme, como hacían con los estudiantes.

La depresión me golpeó con la fuerza de un huracán. Empecé a beber para callar las voces en mi cabeza. La voz de mi madre biológica, la voz de mi padrastro que me rechazó, la voz de la tía cruel. Todas me decían lo mismo: “Te lo dijimos. No vales nada. Eres basura. Creíste que podías ser un rey, pero siempre serás el niño del costal”.

Hubo una noche, la más oscura de todas, en la que contemplé el final. Tenía un frasco de pastillas en la mano. Miraba la ciudad desde mi balcón, esa ciudad monstruosa que me había masticado y escupido dos veces. —¿Para qué seguir? —le pregunté a la luna—. ¿A quién le importas, Mateo?

Pero entonces, recordé algo. Recordé el campo de algodón. Recordé el dolor de las espinas en mis dedos. Recordé que sobreviví a eso. Sobreviví al rechazo de mi propia sangre. Sobreviví al hambre.

—No —susurré, tirando las pastillas al inodoro—. No les voy a dar el gusto. No me van a ver roto. Si me quieren borrar, tendrán que esforzarse más.

CAPÍTULO 11: EL EXILIO DEL JAGUAR

Entendí que México, mi tierra, mi madre y mi verdugo, ya no tenía lugar para mí. Al menos no por ahora. Tuve que irme. Me convertí en un exiliado.

Hice las maletas y crucé el océano. Me fui a Europa, donde la política mexicana no tenía tanto peso, pero donde mi fama se había enfriado. Tuve que empezar de nuevo. No desde cero, pero sí desde muy abajo.

Ya no llenaba estadios. Cantaba en clubes de jazz llenos de humo en París, en cabarets de Berlín, en teatros pequeños de Londres. Fue una lección de humildad brutal. Pasé de ser la estrella inalcanzable a ser un artista trabajador, un obrero del escenario.

Pero algo mágico sucedió en ese exilio. Lejos de las luces cegadoras de la fama masiva, reconecté con mi arte. Mi voz cambió. Se volvió más profunda, más rasposa, cargada con el peso de la injusticia y la soledad. Cuando cantaba canciones de amor, la gente lloraba, porque sabían que no estaba actuando. Estaba sangrando.

Aprendí idiomas. Aprendí a sobrevivir en culturas donde yo era “el exótico”, “el otro”. Y en esa otredad, encontré mi fuerza.

—Soy un ciudadano del mundo —me decía a mí mismo mientras caminaba por las calles empedradas de una ciudad extraña en invierno—. No pertenezco a ningún lugar, y por eso, pertenezco a todas partes.

Durante diez años, fui un fantasma para mi país. Diez largos años donde las generaciones cambiaron, donde los presidentes pasaron, donde el mundo giró. Pero yo seguía ahí, puliendo mi talento como se pule un diamante: bajo presión.

Adopté una disciplina espartana. Mi cuerpo era mi templo y mi arma. A los 40, a los 50 años, tenía mejor condición física que bailarines de 20. Corría, estiraba, bailaba. Me negué a envejecer, me negué a oxidarme. Sabía que mi momento regresaría, y tenía que estar listo.

CAPÍTULO 12: EL REGRESO TRIUNFAL

El tiempo es el juez más sabio, aunque a veces se toma demasiado tiempo para dictar sentencia. A finales de los 70 y principios de los 80, el clima político cambió. El veto invisible se levantó.

Me invitaron a regresar a Nueva York, a Broadway. La obra se llamaba Timbuktu!. Era una extravagancia, una locura. Y me querían a mí, al exiliado, para ser la estrella.

La noche del estreno, sentí un miedo que no había sentido desde mi primera audición. ¿Se acordarían de mí? ¿Me querrían todavía? ¿O verían a un viejo intentando recuperar la gloria perdida?

Salí al escenario. La luz me golpeó. Y antes de que pudiera decir una palabra, el teatro se vino abajo.

El aplauso no fue educado. Fue un estruendo. La gente se puso de pie. Me ovacionaron durante minutos que parecieron horas. En ese ruido ensordecedor, escuché el perdón. No el perdón de ellos hacia mí, sino la validación de que yo tenía razón.

Ahí estaba yo, Mateo. El sobreviviente.

Regresé a México tiempo después. Ya no como el “rebelde”, sino como la Leyenda Viviente. Las mismas personas que me habían dado la espalda ahora se peleaban por una foto conmigo. Los políticos que me vetaron ya estaban muertos o en el olvido, pero yo seguía ahí.

Di conciertos en el Palacio de Bellas Artes. Llené el Auditorio Nacional. Y cuando canté mis viejos éxitos, lo hice con una sonrisa irónica, sabiendo que el juego de la fama es una broma cruel, pero yo había aprendido a reír el último.

Encontré una nueva audiencia. Los jóvenes, esos “rebeldes” por los que me sacrifiqué en el 68, ahora eran adultos, y sus hijos me veían como un ícono de la libertad. Me convertí en la voz de villanas de Disney, y una nueva generación de niños conoció mi risa y mi voz sin saber mi historia, amándome simplemente por mi talento.

CAPÍTULO 13: FILOSOFÍA DE UN GATO CALLEJERO

Ahora, al final del camino, cuando miro hacia atrás, veo mi vida no como una tragedia, sino como un mapa de cicatrices hermosas.

La gente me pregunta: —Mateo, ¿odias a tu madre por regalarte? ¿Odias al hombre que te rechazó? ¿Odias al gobierno que te silenció?

Y yo les respondo con la verdad más grande que he aprendido: El odio es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Yo no tengo tiempo para odiar. Estoy demasiado ocupado viviendo.

El rechazo fue mi gran maestro. Si mi padrastro no me hubiera rechazado, nunca habría salido de ese pueblo. Quizás habría muerto de alcoholismo en una cantina rural, siendo un nadie. Si la élite no me hubiera rechazado en el 68, me habría convertido en uno de ellos: complaciente, gordo y ciego.

El rechazo me obligó a buscar mi propio valor. Aprendí que no necesito que nadie me quiera para ser valioso. Yo me quiero. Yo me pertenezco.

—Soy un gato callejero —solía decir en las entrevistas—. He caminado por los tejados bajo la lluvia, me han tirado piedras, me han cerrado puertas. Pero tengo siete vidas. Y siempre, siempre caigo de pie.

He amado. He tenido amantes apasionados, hombres y mujeres que adoraron mi cuerpo y mi mente. Pero mi gran amor, el amor de mi vida, fue el público. Ese monstruo de mil cabezas que respira en la oscuridad del teatro. A ellos les di todo. Les di mi hambre, mi dolor, mi alegría. Y ellos, a cambio, me dieron la inmortalidad.

Tuve una hija. Una niña hermosa a la que crié con todo el amor que a mí me negaron. Rompí el ciclo. La cadena de abandono que empezó con mi abuela y siguió con mi madre, se detuvo conmigo. Mi hija nunca tuvo que preguntarse si era querida. Ella fue mi mayor éxito, más grande que cualquier premio, más grande que cualquier aplauso. Ella fue la prueba de que yo era capaz de amar.

CAPÍTULO 14: EL ÚLTIMO TELÓN

La muerte no me asusta. La he visto a los ojos muchas veces. La vi en los campos de algodón cuando los niños caían desmayados. La vi en los ojos de mi madre en su ataúd. La vi en esa noche oscura con las pastillas en la mano.

Cuando el cáncer llegó a reclamarme en 2008, lo recibí como a un viejo conocido. —Llegas tarde —le dije—. Ya he vivido mil vidas en una sola.

Pasé mis últimos días en mi casa, rodeado de luz. No en un hospital frío, sino en mi hogar. Mi hija sostenía mi mano. Mis amigos, los verdaderos, los que se quedaron cuando las luces se apagaron, estaban ahí.

Recordé al niño del costal de papas. Cerré los ojos y lo vi claramente. Estaba parado en medio del campo, sucio, con los pies sangrando. Pero ya no estaba llorando. Me estaba mirando a mí, al hombre viejo y moribundo en la cama de sábanas de seda. Y el niño sonrió. “Lo hicimos, Mateo”, me dijo el niño. “Les ganamos. Nos quisimos a nosotros mismos”.

Di mi último suspiro con esa imagen en la mente. El rugido del jaguar se apagó en el mundo físico, pero el eco… ah, el eco se quedará para siempre.

EPÍLOGO EXTENDIDO: LA ETERNIDAD EN LA TIERRA

Dicen que uno muere tres veces. La primera cuando tu corazón deja de latir. La segunda cuando te entierran. Y la tercera, la última vez que alguien pronuncia tu nombre.

Bajo esa regla, yo soy inmortal.

Hoy, en las escuelas de teatro de la Ciudad de México, hay jóvenes ensayando mis pasos. En los bares de drag queens de la Zona Rosa, hay imitadores que se pintan los ojos como yo y tratan de replicar mi ronroneo. En Carolina del Sur y en los estados del norte de México, hay leyes que llevan mi nombre, protegiendo a los olvidados.

Mi historia no es solo la historia de una celebridad. Es la historia de cada niño mexicano, de cada “bastardo”, de cada moreno, de cada güero pobre, de cada persona que ha sido señalada y descartada.

Es la historia de que no importa dónde empieces. No importa si tu cuna es una caja de cartón o si tu ropa es un costal. Lo que importa es el fuego que llevas dentro.

Si estás leyendo esto y te sientes solo. Si sientes que el mundo te ha dado la espalda. Si te miras al espejo y solo ves defectos… escúchame bien, porque te estoy hablando desde el más allá con la autoridad de quien ha estado en el infierno y regresó:

Tú vales. Tú importas. Tu dolor es tu combustible. Úsalo. Que te digan feo. Que te digan raro. Que te digan pobre. Tú ríete. Ríete con la cabeza echada hacia atrás y la boca bien abierta. Y luego, sal ahí fuera y conquista el mundo. Porque si el niño del costal de papas pudo hacerlo… tú también puedes.

Soy Mateo. Y esta es mi verdad. Fin.

PARTE 4: LO QUE ME LLEVÉ A LA TUMBA (LAS CICATRICES INVISIBLES)

CAPÍTULO 15: LOS HOMBRES QUE AMABAN LA MÁSCARA, NO AL HOMBRE

Creen que lo saben todo porque leyeron los titulares. Creen que porque me vieron envuelto en pieles de zorro y diamantes, mi vida amorosa fue un cuento de hadas. Pero si vamos a ser honestos, si vamos a desollar la verdad hasta el hueso, tengo que hablarles de los hombres. Y tengo que hablarles de la soledad que se siente cuando duermes acompañado.

Dicen que la suerte de la fea, la bonita la desea. Pero yo no era ni feo ni bonito. Yo era “exótico”. Esa era la palabra que usaban los ricos, los patrones, los “juniors” de la alta sociedad mexicana y los millonarios de Nueva York. Exótico. Una palabra elegante para no decir “bicho raro”, para no decir “mestizo interesante”.

Tuve amantes. Muchos. Hombres poderosos cuyos nombres harían temblar la Bolsa de Valores si los dijera ahora. Hombres blancos, siempre blancos, que veían en mi piel canela y en mis ojos felinos un trofeo. Les gustaba pasearme del brazo en las alfombras rojas. Les gustaba cómo los otros hombres los envidiaban cuando yo soltaba mi risa ronca en las fiestas.

Pero en la intimidad, cuando las luces se apagaban, la dinámica cambiaba.

Recuerdo a uno en particular. Llamémosle “Alejandro”. Era hijo de una dinastía industrial en México. Me llenaba de regalos: collares de Cartier, viajes a Acapulco cuando Acapulco era el paraíso de Hollywood. Me juraba amor eterno bajo la luna del Pacífico.

—Eres una diosa, Mateo —me decía, besando mis manos.

Pero un día, ingenuo de mí, el “niño del costal” que todavía vivía en mi pecho se atrevió a preguntar: —Alejandro, ¿cuándo me vas a presentar a tus padres?

El silencio que siguió fue más frío que el hielo de mi copa. Se apartó de mí como si le hubiera quemado. Se rio, una risa nerviosa y cruel.

—No digas tonterías, mi vida —respondió, encendiendo un cigarro para no mirarme a los ojos—. Tú eres para divertirse, para la pasión. No eres… material de matrimonio. Imagínate qué diría mi mamá si llevo a alguien… como tú. Alguien con tu “pasado”.

Ahí estaba otra vez. El fantasma de la hacienda. El eco del hombre que me rechazó a los tres años. Alejandro no veía a la estrella internacional; veía al bastardo sin apellido. Veía mi sangre mezclada y sentía vergüenza.

Esa noche entendí que para ellos yo era un lujo, como un coche deportivo o un reloj caro. Algo para exhibir, no algo para amar y cuidar hasta la vejez.

Me rompieron el corazón más veces de las que puedo contar. Buscaba desesperadamente ese amor que me negaron de niño. Buscaba a un padre, a un protector, a alguien que me dijera: “No tienes que cantar, no tienes que bailar, no tienes que ser perfecto. Te quiero solo por existir”.

Pero nadie me dijo eso. Querían a “Mateo el Gato”. Querían el personaje. Si yo lloraba, si me mostraba vulnerable, se aburrían. —No seas dramático —me decían—. Ponte el traje, cántame esa canción. Sé el juguete que compré.

Así que aprendí a cerrar el corazón. Convertí mi cama en una fortaleza. Si no me iban a amar por quien yo era, entonces me amarían por lo que yo les permitiera ver. Me volví inalcanzable. Me volví frío. Y curiosamente, cuanto más los despreciaba, más me deseaban. Esa es la triste ironía del deseo humano: siempre queremos lo que no podemos tener.

CAPÍTULO 16: ROMPIENDO LA CADENA (MI HIJA)

De todas las cosas que hice en mi vida —los premios, las películas, los escándalos políticos—, solo hay una de la que estoy verdaderamente orgulloso. Una sola cosa que me permitirá entrar al cielo si es que existe: Rompí la cadena.

La maldición de mi familia era el abandono. Mi abuela no pudo proteger a mi madre. Mi madre me regaló a mí. La sangre llamaba a la sangre, y la historia estaba escrita para repetirse. Todo el mundo esperaba que yo fuera un desastre como padre.

—¿Mateo tener un hijo? —murmuraban las revistas de chismes—. ¡Pobre criatura! Él está demasiado obsesionado consigo mismo. Lo va a dejar con niñeras. Lo va a traumar.

Cuando supe que iba a ser padre (biológico o adoptivo, en mi versión de la historia soy el padre que cría), sentí un terror paralizante. Miraba mis manos y tenía miedo de que tuvieran la misma crueldad que las manos que me golpearon a mí.

Pero el día que mi hija nació, el día que vi esa cosita pequeña, frágil, respirando por primera vez, algo se rompió dentro de mí. No fue el miedo, fue el egoísmo.

La tomé en mis brazos. No pesaba nada, pero sentí que sostenía el universo entero. Le acerqué la cara y le susurré una promesa, un juramento de sangre que nunca rompí: —Tú no vas a saber lo que es el hambre. Tú no vas a saber lo que es el frío. Pero más importante que eso… tú nunca, jamás, vas a tener que preguntarte si te quieren.

Criarla fue mi acto de rebeldía más grande contra el mundo. Me llevé a mi hija a todas partes. No la dejé con niñeras mientras yo me iba de gira. Si yo iba a Londres, ella iba a Londres. Si yo iba a Japón, ella iba a Japón. Ella creció entre bambalinas, durmiendo en los estuches de mis vestuarios, haciendo la tarea en los camerinos mientras yo me maquillaba.

Fui un padre feroz. Una vez, en una escuela exclusiva en Estados Unidos, una niña se burló de ella por mi color de piel o por mi reputación. Fui a la escuela hecho una furia. No mandé a mi abogado; fui yo. Entré a la oficina del director con mis lentes oscuros y mi abrigo de piel, y le dije con esa voz que hacía temblar a los presidentes: —Si alguien vuelve a hacer sentir a mi hija menos que una reina, voy a comprar este colegio solo para cerrarlo.

Pero también fui el padre que jugaba en el suelo. Yo, que nunca tuve juguetes, le compré todos. Yo, que nunca tuve fiestas de cumpleaños, le hacía celebraciones que duraban tres días. Pero no quería malcriarla. Quería sanarme a través de ella. Cada beso que le daba, sentía que se lo daba al pequeño Mateo de 5 años. Cada vez que le decía “te amo, eres inteligente, eres hermosa”, sentía que una pequeña cicatriz en mi alma se cerraba.

Ella creció siendo una mujer segura. Una mujer que sabe que es amada. Ella no busca la aprobación de los hombres porque ya tiene la de su padre. Ella no tiene el hueco en el pecho que yo tengo. Y cuando la veo sonreír, sé que gané. Gané la batalla contra mi pasado. El apellido Kitt (o mi apellido adoptado) ya no es sinónimo de bastardo; es sinónimo de amor feroz.

CAPÍTULO 17: LA ARQUITECTURA DEL VILLANO (POR QUÉ FUI “EL MALO”)

Hablemos de mis papeles. Gatúbela (Catwoman). Yzma. Hechiceras. Vampiros. ¿Por qué siempre me daban el papel del villano? ¿Por qué el público amaba verme ser malvado?

Es simple: Porque la sociedad no sabe qué hacer con una persona que es fuerte, independiente y diferente. En las películas, el “héroe” suele ser rubio, aburrido, sigue las reglas. El héroe es aceptado. El villano es el marginado. El villano es el que tiene cicatrices. El villano es el que fue traicionado y decidió defenderse.

Yo no actuaba cuando hacía de villano. Yo canalizaba mi vida. Cuando interpreté a Gatúbela, no estaba siendo un personaje de cómic. Estaba siendo una mujer (o un hombre en este rol fluido) que se cansó de ser pateada y decidió ponerse garras. —Miau —decía. Pero ese “miau” significaba: “Acércate y te saco los ojos”.

Ese ronroneo famoso, ese sonido gutural que se convirtió en mi marca registrada… nació del miedo. ¿Has visto a los gatos callejeros? Cuando están acorralados, se inflan. Hacen ruidos extraños para parecer más grandes, más peligrosos. Yo hice lo mismo. Mi voz “sexy” y “peligrosa” era mi armadura. Si sonaba intimidante, la gente no se atrevía a lastimarme. Si los seducía y los asustaba al mismo tiempo, tenía el control. Y para un niño que nunca tuvo control sobre su vida, tener el poder de poner nerviosos a los hombres era una droga adictiva.

Me encantaba ser el villano. Los villanos son los personajes más honestos. Ellos saben lo que quieren y van por ello. “Yzma” en la película del Emperador… esa vieja flaca, descartada, a la que el joven emperador tira a la basura… ¿Creen que me costó trabajo entenderla? Yo fui tirado a la basura por ser “viejo” y “feo” (según mi padrastro). Yo sabía lo que era la rabia de ser reemplazado. Así que le presté mi voz, le presté mi risa maníaca. Y convertí a esa villana en el personaje más memorable de la película. Porque el dolor, cuando se transforma en arte, es irresistible.

CAPÍTULO 18: EL FANTASMA DE LA HACIENDA (EL REGRESO)

Hubo un día, un solo día en la década de los 90, que nunca conté a la prensa. Un secreto que guardé solo para mí. Regresé.

Regresé al pueblo en el norte, en Carolina del Sur (o su equivalente en el norte de México, digamos Sonora o Coahuila). Regresé al lugar donde nací. No fui en autobús. Fui en una limusina negra con vidrios polarizados. Quería que me vieran. Quería que el polvo de esas calles sucias cubriera las llantas de un auto que costaba más que todo el pueblo junto.

El lugar estaba casi igual. La pobreza tiene esa cualidad terrible de congelar el tiempo. Las mismas casas de adobe, ahora con antenas de satélite oxidadas. Los mismos perros flacos durmiendo a la sombra.

Le pedí al chofer que se detuviera frente a la vieja entrada de la hacienda. Ya no era una plantación poderosa; estaba en ruinas, dividida en parcelas ejidales secas. La casa grande, donde vivía el “patrón” cuyo hijo me engendró, todavía estaba allí, pero despintada, con las ventanas rotas.

Bajé del auto. Llevaba un traje de seda blanco impecable y mis lentes oscuros. El calor me golpeó igual que cuando tenía cinco años. El olor… ese olor a tierra seca y estiércol… me revolvió el estómago. La gente salió a mirar. Murmuraban. —¿Quién es? ¿Es un político? ¿Es un narco?

No me reconocieron. ¿Cómo iban a reconocer en este señor elegante al niño mocoso y sucio de hace sesenta años?

Caminé hasta el campo de algodón. Me metí entre los surcos, arruinando mis zapatos italianos de mil dólares. No me importó. Me agaché y arranqué una mota de algodón. La sentí en mis manos. Áspera. Dura. Cerré los ojos y pude escuchar los gritos del capataz. Pude sentir el hambre en mi tripa.

—Ganaste —le susurré al viento caliente. Pero luego corregí: —No. Yo gané.

Me dirigí a la casa donde vivía Doña Rosa, la mujer que me golpeaba. Ya no existía la casa, solo un terreno baldío lleno de basura. Me paré allí y busqué odio en mi corazón. Busqué las ganas de gritar, de maldecir, de escupir sobre la tierra de mis verdugos. Pero no encontré odio. Solo encontré una inmensa, profunda lástima.

Lástima por ellos. Lástima porque vivieron y murieron en este agujero lleno de rencor, mientras yo había visto el mundo. Yo había cenado con reyes. Yo había sido amado por millones. Ellos se quedaron con su racismo, con su mezquindad, y se pudrieron en ella.

Mi venganza no fue destruirles la vida. Mi venganza fue que mi vida fuera tan grande, tan brillante, que su oscuridad no pudiera tocarme. Dejé caer el algodón al suelo, me sacudí el polvo de las solapas y volví al auto. —Vámonos —le dije al chofer—. Aquí no hay nada. Solo fantasmas.

Nunca miré atrás.

CAPÍTULO 19: DIOS, EL DIABLO Y LO QUE HAY EN MEDIO

Mucha gente me preguntaba sobre mi religión. —Mateo, ¿crees en Dios después de todo lo que sufriste?

Es una pregunta complicada. Cuando estaba en el campo, rezaba. Rezaba con una fe ciega y desesperada. “Diosito, sácame de aquí”. “Virgencita, que no me peguen hoy”. Y como nadie respondía, llegué a la conclusión de que Dios estaba ocupado con la gente rica, o que Dios era sordo.

Durante años fui ateo. O mejor dicho, estaba peleado con el Cielo. Si Dios existía y permitía que a un niño de tres años lo trataran así, entonces no merecía mi adoración.

Pero con el tiempo, mi espiritualidad cambió. Empecé a encontrar a Dios en otros lugares. Encontré a Dios en la música. Cuando lograba una nota perfecta que hacía vibrar el teatro, eso era divino. Encontré a Dios en la naturaleza. En la fuerza de una tormenta, en la resistencia de una mala hierba que crece a través del cemento. Yo era esa mala hierba.

Aprendí que el Diablo no es un señor rojo con cuernos. El Diablo es la indiferencia. El Diablo es ver el sufrimiento ajeno y voltear la cara. El Diablo estaba en la mesa de la Casa Blanca ese día de 1968, comiendo pasteles finos mientras la gente moría.

Y entendí que mi misión no era ser un santo. Los santos son aburridos y suelen terminar mártires. Mi misión era ser un Guerrero. Mi religión se convirtió en la Verdad. Decir la verdad, aunque te tiemble la voz. Vivir tu verdad, aunque te cueste la carrera. Esa es la única oración que cuenta. Ser auténtico.

Al final de mis días, hice las paces con el misterio. No sé si voy al cielo o al infierno. Sinceramente, creo que he estado en ambos. El infierno fue mi infancia; el cielo fue el escenario. Si hay un Dios esperándome, espero que le guste el cabaret, porque tengo muchas quejas que presentarle y pienso hacerlo cantando.

CAPÍTULO 20: EL ARTE DE ENVEJECER SIN PEDIR PERDÓN

El mundo odia a los viejos. Y odia aún más a los viejos que fueron símbolos sexuales. Cuando cumplí 60, 70, 80 años, la prensa esperaba que me retirara. Que me pusiera una manta en las piernas y tejiera chambritas en una mecedora. Esperaban que me avergonzara de mis arrugas.

¡Jamás! Mis arrugas son mi mapa. Cada línea en mi cara me costó lágrimas, risas y mucho trabajo. ¿Por qué iba a borrarlas con cirugía? Seguí usando vestidos con aberturas en las piernas a los 75 años. Seguí haciendo el pino (pararme de manos) y ejercicios de flexibilidad que dejaban a los jóvenes con la boca abierta.

—¿No está muy viejo para eso? —decían los críticos. —Estoy demasiado vivo para estar muerto —respondía yo.

Envejecer es un privilegio negado a muchos. Mis amigos murieron jóvenes. Los chicos que se quedaron en el campo murieron de enfermedades curables o de alcoholismo. Yo estaba vivo. Tenía la obligación de exprimir cada gota de jugo a la vida hasta el final.

Me convertí en un ejemplo para las “viejas glorias”. Les enseñé que la sensualidad no tiene fecha de caducidad. La sensualidad no es tener la piel estirada; es tener actitud. Es saber quién eres. Una mujer de 80 años que sabe quién es, es más sexy que una de 20 que todavía está preguntando qué opinan los demás.

Me mantuve relevante no por nostalgia, sino por adaptación. Trabajé con músicos de electrónica, hice doblaje, escribí libros. Me negué a ser una pieza de museo. Yo era un organismo vivo, evolucionando hasta el último segundo.

CAPÍTULO 21: LA CARTA FINAL (PARA TI, QUE LEES ESTO EN TU PANTALLA)

Ahora, mi voz se apaga. Las luces del escenario se atenúan. Pero antes de que caiga el telón final, tengo unas últimas palabras para ti. Sí, para ti, que estás leyendo esto en tu teléfono, tal vez en el camión, tal vez en tu cama sintiéndote solo.

Sé quién eres. Eres el que se siente diferente. Eres al que le hacen bullying en la escuela por ser “demasiado” algo: demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado gay, demasiado pobre, demasiado oscuro. Eres la madre soltera que llora en el baño para que sus hijos no la oigan. Eres el soñador que trabaja en una fábrica pero canta en la ducha imaginando estadios.

Quiero que sepas esto: El mundo va a tratar de romperte. Es lo que hace el mundo. Va a tratar de meterte en una caja, de ponerte una etiqueta, de decirte “tú no puedes”, “tú no debes”, “tú no vales”.

Tienen miedo de tu luz. Cuando te critiquen, recuerda: solo se le tiran piedras al árbol que da frutos. No busques venganza. La venganza te envenena. Busca el Éxito. Busca la Libertad.

Usa tu dolor. No lo escondas, no te avergüences de él. Tu dolor es tu superpoder. Convierte tu llanto en una canción. Convierte tu rabia en un baile. Convierte tu soledad en independencia. Aprende a estar solo y a ser feliz contigo mismo, porque esa es la única manera de que nadie pueda hacerte daño jamás. Si tú eres tu mejor amigo, nunca estarás solo.

Yo, Mateo, el niño que nació de una violación, el niño que comió de la basura, el niño que durmió en azoteas… yo llegué a la cima. Y no lo hice porque tuviera suerte. Lo hice porque nunca, nunca, nunca me rendí.

No dejes que te apaguen. Ruge. Ruge tan fuerte que te escuchen hasta en el cielo. Y cuando sientas que no puedes más, cuando sientas que el frío es demasiado intenso… acuérdate de mí. Acuérdate del costal de papas. Y levántate una vez más.

Porque tú eres una estrella. Solo tienes que creértelo.

Hasta siempre, mis amores. Mateo.

PARTE 5: EL ETERNO RETORNO Y EL TESTAMENTO DEL JAGUAR

CAPÍTULO 22: EL ÚLTIMO BAILE (LA TRANSICIÓN)

Y así, mis queridos, llegamos al borde del abismo. O mejor dicho, al borde del escenario, justo antes de que se apaguen las luces de sala y quede solo el “ojo de buey” iluminando el centro.

El 25 de diciembre de 2008 no fue un día triste. La gente piensa en la muerte como una calaca vestida de negro que viene a arrastrarte gritando. ¡Qué equivocados están! Para alguien que ha vivido como yo, peleando contra todo y contra todos, la muerte llegó como una vieja amiga que trae una botella de buen tequila y te dice: “Ya estuvo, Mateo. Ya bailaste suficiente. Descansa las patas”.

Estaba en mi casa. No en un hospital frío con olor a cloro y desesperanza, sino en mi santuario. Mi hija estaba ahí. Su mano sostenía la mía. Esa mano que yo cuidé para que nunca tuviera callos de algodón, ahora acariciaba los míos, viejos y marcados por la historia.

Sentí cómo el cuerpo se me iba apagando. Es una sensación curiosa. Primero se te duermen los pies, esos pies que saltaron en los escenarios de París y que pisaron la tierra caliente del norte. Luego, el frío te sube por las piernas. Pero no es un frío malo. Es como cuando te metes a un cenote en Yucatán después de un día de calor infernal. Es un alivio.

Escuché la voz de mi hija diciéndome que me amaba. Y quise responderle. Quise soltar uno de mis famosos rugidos, o hacer un chiste ácido sobre lo mal que me veía en pijama. Pero mi voz, mi preciosa voz, mi instrumento de guerra, ya se había ido. Se había adelantado al viaje.

Entonces, hice lo único que me quedaba: sonreí. Y solté una carcajada interna. Me reí porque les gané. Me reí porque el niño bastardo, el “prietito”, el “malnacido”, se estaba muriendo en sábanas de seda, amado, rico y libre.

Cerré los ojos. Y el mundo físico, con sus ruidos, sus políticas corruptas y sus dolores de espalda, se disolvió como azúcar en el café.

CAPÍTULO 23: EL ENCUENTRO EN EL MICTLÁN (LA RECONCILIACIÓN)

Dicen que cuando te mueres ves una luz blanca. Pura mentira gringa. Yo, como buen mexicano, no vi un túnel blanco. Vi un campo.

Pero no era el campo de algodón seco y espinoso donde sangraba de niño. Era un campo verde, infinito, lleno de cempasúchil. El aire olía a tierra mojada, a tortilla recién hecha y a la loción barata que usaba mi abuela.

Caminé. Ya no me dolían las rodillas. Mi cuerpo era ligero, joven otra vez, pero con la sabiduría del viejo. Y a lo lejos, vi una figura.

Una mujer pequeña, con un rebozo descolorido, parada bajo un árbol de mezquite. Mi corazón, que ya no latía, dio un vuelco espiritual. Era Ana. Mi madre.

Me detuve. Toda la vida había ensayado este momento. Tenía preparado un discurso lleno de reclamos. Quería gritarle: “¿Por qué me dejaste? ¿Por qué elegiste a ese hombre antes que a mí? ¿Sabes lo que me hicieron? ¿Sabes cuánto frío pasé?”.

Ella levantó la cara. Y vi sus ojos. Eran mis ojos. Ojos de gato, ojos tristes. Pero ya no había miedo en ellos. Había una vergüenza infinita y un amor que nunca pudo expresar en vida.

Ella no dijo nada. No pidió perdón. Solo extendió los brazos. Esas manos trabajadoras, toscas, se abrieron para mí. Y en ese instante, en la eternidad donde el tiempo no existe, entendí todo.

Entendí que ella era una niña de dieciséis años, violada, asustada, sin dinero, sin poder, en un mundo de hombres machistas que la hubieran matado a golpes si no obedecía. Entendí que regalarme fue el acto de amor más desesperado y torcido que pudo hacer. Me regaló para que no me mataran. Me regaló porque ella no tenía nada que darme más que su propia desgracia.

El rencor, que había cargado como una piedra en el riñón durante 81 años, se deshizo. Corrí hacia ella. No como la estrella internacional Mateo, sino como el niño Mateíto. Me abracé a su cintura. Oculté mi cara en su rebozo y lloré. Lloré todas las lágrimas que me aguanté cuando me pegaban.

—Ya pasó, mi niño —me susurró ella, acariciándome el pelo—. Ya estamos en casa. Aquí nadie nos hace daño. Aquí no hay patrones. Aquí no hay hambre.

Y por primera vez en la historia del universo, el niño del costal de papas se sintió completo.

CAPÍTULO 24: EL JUICIO A LOS VERDUGOS

Desde este lado, uno ve las cosas con una claridad aterradora. Pude ver qué pasó con los que me hicieron daño. No crean que el karma no existe. A veces tarda, pero siempre llega con factura e intereses.

Vi al hombre que me rechazó, al “padrastro”. Murió solo, amargado, peleado con todos sus hijos legítimos, en una cama sucia, gritando mi nombre en sus delirios, atormentado por la culpa de haber echado a un inocente. Vi a Doña Rosa, la que me mataba de hambre. Murió pobre, olvidada por sus propios nietos, sintiendo en su vejez el mismo abandono que ella me impuso a mí. Vi a los políticos del 68, los que me vetaron. Los vi caer en desgracia, perseguidos por la historia, sus nombres manchados para siempre como asesinos y cobardes, mientras mi nombre brillaba en letras de neón.

No sentí alegría al ver su sufrimiento. Sentí justicia. La justicia poética del universo que dice: “Lo que siembras, cosechas”. Ellos sembraron espinas y cosecharon soledad. Yo sembré mi dolor y lo convertí en arte, y coseché inmortalidad.

CAPÍTULO 25: EL ECO EN EL MÉXICO DE HOY (TU HISTORIA)

Pero dejemos a los muertos en paz. Hablemos de los vivos. Hablemos de ti. Desde aquí arriba (o aquí al lado, porque la muerte es solo una puerta giratoria), veo el México de hoy. Veo el mundo de hoy.

Y veo que, tristemente, las cosas no han cambiado tanto como quisiéramos. Sigo viendo niños en los semáforos tragando humo por unas monedas. Sigo viendo cómo discriminan al moreno por moreno, y al afeminado por afeminado. Sigo viendo cómo los ricos cenan en restaurantes de lujo en Polanco mientras a dos cuadras alguien busca comida en la basura.

Pero también veo algo nuevo. Algo que me hace sonreír con mis dientes de gato. Veo rebelión.

Veo a un chico en una secundaria de Ecatepec o de Monterrey. Un chico al que llaman “maricón”, al que empujan en los pasillos. Él llega a su casa, llorando, se encierra en su cuarto y prende su teléfono. Y de repente, ve un video mío. Ve a este viejo loco, vestido de leopardo, diciendo: “Soy un gato callejero y caigo de pie”. Y ese chico se seca las lágrimas. Se pone unos tacones imaginarios y dice: “Si Mateo pudo, yo también”.

Veo a una chica indígena, a la que le dicen que no puede ser actriz o científica porque “no tiene el perfil”. Y ella recuerda mi historia, recuerda que yo era la hija de la violencia y llegué a Hollywood. Y ella levanta la cabeza, se trenza el pelo con orgullo y sale a comerse el mundo.

Ese es mi verdadero legado. No son los discos de oro, ni las películas, ni las fotos con presidentes. Mi legado es ser la gasolina para el fuego de los que vienen atrás. Soy el Santo Patrono de los Rechazados. Soy la Virgen de los Oprimidos (con todo respeto a la Tonantzin). Soy el recordatorio viviente de que tu origen no es tu destino.

CAPÍTULO 26: MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GATOS CALLEJEROS

Si pudiera bajar un ratito, sentarme contigo en una banqueta, echarme una caguama y darte consejos cara a cara, te diría esto. Grábatelo en la piel, tatúatelo en el alma, porque son las reglas que me mantuvieron vivo cuando todo estaba diseñado para matarme:

1. Tu “defecto” es tu marca. ¿Tienes la nariz grande? ¿Eres muy chaparro? ¿Tienes la voz rara? ¿Eres demasiado intenso? ¡Perfecto! Eso es lo que te hace único. No trates de arreglarte para parecerte a los demás. Los demás son aburridos. Sé tú, pero exagerado. Si tienes dientes grandes, sonríe más grande. Si eres raro, sé el más raro del mundo. Cobra por tu rareza.

2. El “No” es vitamina. Cada vez que te digan “no”, “no puedes”, “no sirves”, no te deprimas. Enójate. Usa esa rabia. La rabia es una energía limpia y renovable. Cuando me decían “no te queremos”, yo escuchaba: “Te retamos a que nos obligues a quererte”. Y vaya que los obligué.

3. No te vendas barato. Ya sea en el amor o en la chamba. Si alguien te quiere a medias, mándalo a la chingada. Yo aprendí a la mala que es mejor dormir solo en una cama King Size que dormir acompañado de alguien que te hace sentir pequeño. Tu dignidad es lo único que realmente posees. No la pongas en oferta.

4. Aprende a irte. Hay un poder inmenso en saber levantarse de la mesa cuando ya no se sirve amor. Yo me fui de mi pueblo. Me fui de casas donde me maltrataban. Me fui de un país entero cuando me traicionó. Irse no es de cobardes; irse es de gente que se respeta. Empaca tus maletas (o tu costal) y vete a donde sí te celebren.

5. El éxito es la mejor venganza. No pierdas tiempo odiando a tus enemigos. No rayes sus coches, no les grites. Trabaja. Trabaja más duro que nadie. Y cuando llegues a la cima, y ellos te miren desde abajo con envidia, ni siquiera los saludes. Sigue caminando. Tu felicidad les va a arder más que cualquier insulto.

CAPÍTULO 27: LA RISA FINAL DEL VILLANO

¿Saben qué es lo más divertido de mi historia? Que el sistema trató de crear un esclavo y terminó creando un rey. Querían que yo fuera mano de obra barata para pizcar algodón hasta morir a los 30 años de tuberculosis. Querían que fuera una estadística más de la pobreza en México.

Pero fallaron. Se les olvidó que hasta en la tierra más seca, si cae una semilla de cactus, esta crece con espinas. Yo fui ese cactus.

Me divierte pensar en cómo se retorcían los conservadores cuando me veían en la tele. —¡Mira a ese bastardo! —decían—. ¡Cómo se atreve a hablar así! ¡Cómo se atreve a usar esas joyas! Les molestaba mi existencia porque yo era la prueba de su fracaso. Yo era la prueba de que su clasismo y su racismo no eran invencibles.

Por eso amé ser el villano. Porque el villano es el único que dice la verdad. El héroe siempre está preocupado por “hacer lo correcto” y quedar bien. El villano dice: “El mundo está podrido y yo voy a hacer mis propias reglas”. Seduje a Batman (bueno, a su equivalente). Convertí al Emperador en una llama. Hice llorar a la Primera Dama. ¡Qué vida tan chingona tuve! No cambiaría ni un solo golpe, ni un solo día de hambre, porque todo eso fue el condimento que hizo que el banquete final supiera tan delicioso.

CAPÍTULO 28: LA ETERNIDAD EN UNA CANCIÓN

Ahora, mi hija Kitt (o ponle el nombre que quieras, María, Sol…) sigue mis pasos. No en el escenario, sino en la dignidad. Ella fundó una organización. Ella cuenta mi historia. Y en Carolina del Sur (o en ese estado del norte de México), declararon un día en mi honor. Imagínense la ironía. El gobierno que permitía que me trataran como animal, ahora firma papeles diciendo que soy un “Tesoro Estatal”. Me río desde mi nube. Me río tanto que seguro allá abajo escuchan truenos.

Pero mi verdadera eternidad no está en las leyes ni en los premios. Está en el aire.

Cada vez que alguien pone “Santa Baby” en Navidad (o mi versión de una canción icónica), ahí estoy. Cada vez que alguien imita mi ronroneo, ahí estoy. Cada vez que alguien se levanta después de una caída brutal, se limpia la sangre de las rodillas y sigue caminando, ahí estoy.

No soy un fantasma. Soy una idea. Y las ideas no se mueren. Las ideas no tienen hambre. A las ideas no se les puede pegar.

CAPÍTULO 29: DESPEDIDA (UN BRINDIS POR LOS QUE SOBRAN)

Así que, mis queridos amigos invisibles, mis lectores, mis cómplices. Se acaba el relato. Se apaga la pantalla. Tienen que volver a sus vidas. A sus trabajos, a sus escuelas, a sus problemas.

Pero quiero pedirles un favor. Un último favor de este viejo artista.

Cuando terminen de leer esto, vayan al espejo. Mírense. Mírense de verdad. No miren las ojeras, ni los granos, ni la grasa. Miren sus ojos. Y busquen la chispa. Busquen a ese niño o niña interior que a veces tiene miedo. Y díganle: “Te quiero. Te quiero un chingo. Y nadie, nunca, nos va a volver a hacer sentir menos”.

Y luego, salgan a la calle. Y si el mundo les muestra los dientes… ustedes muéstrenle las garras.

No pidan permiso para brillar. No pidan perdón por existir. Hagan ruido. Mucho ruido.

Que sepan que estuvieron aquí. Que sepan que el linaje de los “Mateo”, de los olvidados, de los rotos, es una estirpe de guerreros.

Yo ya me voy. Mi madre me está llamando para comer; dice que hizo caldo de pollo y que hay tortillas calientes. Y esta vez, hay suficiente para todos. Esta vez, nadie me va a quitar el plato.

Gracias por escucharme. Gracias por recordarme. Mientras ustedes me lleven en su memoria, yo nunca volveré a dormir en el frío.

Los amo, más de lo que pude amarme a mí mismo.

Cambio y fuera. Miau.


EPÍLOGO DEL NARRADOR (LA VISTA DESDE 2024)

Han pasado años desde que Mateo dejó este plano. Pero si caminas hoy por las calles de la Ciudad de México, su presencia es innegable.

En un bar de la Zona Rosa, una drag queen se ajusta una peluca y ensaya el “ronroneo” frente al espejo. No sabe todos los detalles de la vida de Mateo, no sabe del costal de papas, pero siente la conexión. Siente que ese personaje le da permiso de ser poderosa.

En un campo agrícola en Sinaloa, un niño jornalero mira al cielo mientras descansa un momento. Tiene las manos sucias. Tiene hambre. Pero tiene un celular barato en el bolsillo con acceso a internet. Y quizás, solo quizás, leerá esta historia. Y quizás, esa semilla de rebeldía se plante en su corazón.

La historia de Mateo (Eartha) nos enseña que el espíritu humano es indestructible. Que se puede nacer en el lodo y tocar las estrellas. Que el rechazo no es una sentencia de muerte, sino una invitación a construir tu propio mundo.

El niño que nadie quería se convirtió en la leyenda que todos veneran. Y en algún lugar, entre la realidad y el mito, su risa sigue resonando, recordándonos que las cosas más bellas, efectivamente, crecen en los lugares más oscuros.

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Pensaron que estaba haciendo señas al aire en el panteón, pero cuando supieron a quién le hablaba, todos rompieron en llanto.

—¡No necesitas gritar, ella ya no te escucha! —pensé con rabia mientras veía a una familia discutir a unos metros de mí. El sol de junio caía…

Dos camionetas negras se detuvieron frente a mi vieja casa y pensé que venían a cobrarme una deuda de s*ngre; jamás imaginé que quien bajaría sería la niña que alimenté hace 25 años cuando todos la dejaron a su suerte en el frío.

Me llamo Roberto, pero en las carreteras de Chihuahua todos me decían “El Fantasma”. Estaba sentado en el pórtico de mi casa, esa que se está cayendo…

“Te damos 1 millón de pesos por las claves”: Rechacé su dinero sucio, tocaron a mi familia y les demostré por qué nunca debes amenazar a un papá experto en tecnología.

Eran las 2:00 de la mañana en mi pequeño departamento en la colonia Doctores. Mis ojos ardían de tanto mirar la pantalla, buscando vacantes de empleo que…

¿Alguna vez has sentido que el peso del mundo recae literalmente sobre tus hombros mientras intentas salvar lo que más amas? Esa es mi realidad cada vez que salimos de casa. No caminamos por gusto, caminamos para que ellos sigan respirando. Una foto nuestra se hizo viral sin que nos diéramos cuenta, mostrando nuestra lucha diaria entre banquetas rotas y el humo de los camiones. Dicen que un ángel nos está buscando para cambiarnos la vida con un auto, pero mientras tanto, cada paso que doy duele en el alma. ¿Nos ayudarías a encontrar esa esperanza que tanto nos urge?

El ruido de la avenida se te mete en la cabeza, compitiendo con el único sonido que realmente me importa: el sss-sss-sss rítmico de las válvulas de…

Todos me veían solo como “el de la limpieza”, el señor invisible con el trapeador. No sabían que antes de perder a mi esposa y quedarme solo con mi pequeña Lenita, yo diseñaba algoritmos predictivos. Aquella tarde, con el contrato de defensa más grande de México en juego, no pude soportar ver cómo su soberbia hundía el proyecto. Me acerqué al teclado temblando, no por miedo, sino por la adrenalina de volver a ser yo mismo por un minuto. El ingeniero jefe intentó humillarme, pero cuando la Licenciada Solís vio lo que escribí en la pantalla, el silencio en la sala fue aterr*dor.

El zumbido de los servidores era lo único que se escuchaba por encima de los gritos desesperados del Ingeniero Jasso. Llevaba cinco minutos trapeando el mismo cuadro…

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