
Parte 1
—Sostén el labio así, por favor… Dios mío —susurré, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
El olor era lo primero que te golpeaba. No era solo mal aliento; era el olor rancio de una infección que se estaba comiendo a esta leona por dentro. Estábamos en medio de la nada, con recursos limitados y una misión que sonaba a locura: salvar a 1,000 animales antes de que fuera demasiado tarde. Pero en ese segundo, todo mi mundo se reducía a una sola cosa: ese colmillo podrido.
El Dr. Alex, mi compañero de batalla, metió las pinzas. Mis manos temblaban, no lo voy a negar. Estaba literalmente sacando una masa viscosa y oscura de las encías de la reina de la selva.
—Si no sacamos esto ya, esa porquería va a llegar a las válvulas de su corazón —dijo Alex sin levantar la vista, con la voz tensa—. Y si eso pasa, se m*ere.
Miré el monitor de signos vitales. El pitido era lo único que rompía el silencio sepulcral de la sabana. La anestesia era un cálculo delicado, un juego de azar contra la naturaleza.
—¿Qué pasa si se despierta ahora mismo? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
Alex me miró con una seriedad que me heló la sangre. —Si despierta… me arranca el dedo. Y probablemente tú pierdas la mano.
El tiempo parecía detenerse. Cada segundo que esa infección seguía ahí, la vida se le escapaba. Habíamos rescatado a esta leona de un zoológico que fue literalmente bombardeado en una zona de guerra, solo para verla luchar contra algo tan pequeño pero tan letal como un diente podrido.
De repente, la leona soltó un espasmo. La mandíbula se tensó bajo mis dedos.
—¡Se está moviendo! —grité en voz baja, tratando de no entrar en pánico.
Alex se detuvo en seco. Nos miramos. Sabíamos que esto era solo el principio. Si no podíamos salvar a la primera, ¿cómo íbamos a salvar a los otros 999 que nos esperaban? Rinocerontes en peligro, jirafas heridas, perros abandonados… todo dependía de que esta leona abriera los ojos de nuevo.
¿LOGRAREMOS TERMINAR LA CIRUGÍA ANTES DE QUE EL EFECTO PASE?!
Parte 2: Gigantes de Acero y Fantasmas en la Sabana
Todavía me temblaban las manos. No era por miedo, era esa descarga de adrenalina que te queda cuando sabes que acabas de ganarle un round a la Muerte. La leona, nuestra primera paciente, ya estaba recuperándose. Ver cómo ese animal majestuoso volvía a respirar tranquila después de sacarle toda esa porquería de los dientes fue un momento casi religioso. “Quedó increíble, el procedimiento terminó. ¡A liberarla!”, gritó alguien del equipo, y verla correr hacia la libertad fue la mejor paga que podíamos recibir.
Pero no había tiempo para celebrar con chelas y tacos. Apenas habíamos salvado a uno. Uno de mil. El número resonaba en mi cabeza como un martillo: 999 animales restantes. La misión apenas comenzaba y el sol africano ya estaba pegando con todo, de ese calor seco que te parte los labios y te hace entrecerrar los ojos.
—¿Estás listo para lo que sigue, Carlos? —me preguntó Chandler, limpiándose el sudor de la frente. —Nací listo, carnal. ¿Cuál es la siguiente bronca?
Nuestra próxima misión era de peso pesado, literalmente. Teníamos que salvar rinocerontes. Y no es como ir al parque a buscar a tu perro; estamos hablando de una reserva masiva, hectáreas y hectáreas de terreno salvaje donde estos tanques blindados de la naturaleza se esconden.
La logística era una locura. Mientras una parte del equipo iba en las camionetas 4×4, rebotando en los caminos de tierra y tragando polvo, Chandler se subió al cielo. “Literalmente estoy volando en un helicóptero buscando a estos rinocerontes que estamos tratando de rescatar”, nos dijo por la radio. El ruido de las aspas cortando el aire era ensordecedor, pero necesario. Desde arriba, la sabana parece un tapete infinito de colores ocres y verdes, pero encontrar a un rinoceronte ahí abajo es como buscar una aguja en un pajar… una aguja de dos toneladas que puede embestir tu camioneta si se siente amenazada.
Quizás te preguntes, ¿por qué demonios necesitamos capturar a un rinoceronte para salvarlo? La respuesta es tan triste como necesaria. En la naturaleza, la ley del más fuerte es brutal. Típicamente, los rinocerontes dominantes, los “jefes” del barrio, simplemente asustarían a los más débiles y los obligarían a irse a otro lado. Pero aquí está el problema: esta reserva está rodeada de cercas anti-caza furtiva. Es una jaula de oro. Los rinocerontes más débiles, los jóvenes o los menos agresivos, no tienen a dónde huir. Están atrapados.
—Entonces terminan matándose entre ellos —comentó uno de los guías locales con la mirada baja. —Exacto —confirmé, sintiendo un nudo en el estómago—. Por eso vamos a dormirlos y transportarlos a una parcela de tierra que pueda ser su propio territorio. Un lugar donde no los estén molestando ni quitándoles la comida y el agua, donde realmente puedan crecer grandes y fuertes.
Era una misión de reubicación forzosa, pero era eso o dejar que se mataran en una guerra territorial sin salida.
La radio crepitó de repente, rompiendo la monotonía del motor. —¡Jimmy, entra! ¡Encontramos a los rinocerontes! ¡Encontramos a los rinocerontes! —La voz de Chandler sonaba distorsionada por la estática pero cargada de urgencia.
El corazón se me aceleró a mil por hora. —¡Vamos a rescatarlos, bebé! —grité, golpeando el tablero del jeep. El conductor pisó el acelerador a fondo y salimos disparados levantando una nube de polvo rojo detrás de nosotros.
En el aire, la situación era de película de acción. —¡Dale, dale, dale! —se escuchaba por la radio—. ¡Tengo la pistola tranquilizante! —anunció Chandler desde el helicóptero—. Voy a dispararles y ponerlos a dormir para que podamos reubicarlos de manera segura.
Imagínate la escena: el helicóptero volando bajo, rozando las copas de las acacias, el viento golpeando la cara, y abajo, una bestia prehistórica corriendo a toda velocidad. No es fácil atinarle a un blanco en movimiento desde una plataforma que vibra como licuadora. Se necesita un pulso de cirujano y unos nervios de acero.
Se escuchó el disparo seco del rifle de aire comprimido. Hubo un silencio tenso de unos segundos. —¡Lo logramos! ¡Chandler le dio al rinoceronte! —gritó Jimmy, y todos en el jeep soltamos un grito de júbilo. —¡Vámonos! ¡Un rinoceronte menos! ¡Hora de reubicar!.
Llegamos al lugar minutos después. El rinoceronte ya estaba en el suelo, respirando pesadamente bajo los efectos del sedante. Era inmenso. Ponerle la mano encima a un animal así te cambia la perspectiva de la vida; sientes su poder incluso cuando está dormido. Pero no había tiempo para sentimentalismos, teníamos chamba que hacer.
—¡Buen tiro, Chandler! —le dije mientras bajábamos el equipo—. Lo primero es lo primero: vamos a ponerle el collar anti-caza furtiva.
Este no es un collar cualquiera como el que le compras al Firulais. Es tecnología de punta para una guerra real. —Aquí está lo que hace —expliqué a la cámara, sosteniendo el dispositivo pesado—. Este collar rastrea la velocidad del rinoceronte y su proximidad a la vida silvestre cercana. Si el rinoceronte de repente empieza a correr en un área abierta sin otros animales alrededor, sabremos que probablemente los cazadores furtivos están tratando de matarlo.
Es horrible tener que pensar así, tener que blindar a la naturaleza contra la avaricia humana. Pero no hay muchas opciones. —Estamos haciendo todo lo posible para asegurarnos de que estos rinocerontes vivan vidas largas, porque no quedan muchos en el planeta.
Mientras ajustábamos el collar, otro miembro del equipo preparaba un taladro. Sí, un taladro. Sé que suena bárbaro, pero es indoloro para ellos, como cortarse las uñas. —Esto es un microchip que estamos insertando en un pequeño agujero en su cuerno, y luego lo sellamos con pegamento —expliqué mientras el zumbido del taladro llenaba el aire.
El olor a queratina quemada me picó en la nariz. Era un olor peculiar, pero significaba seguridad. —Así que ahora, si un cazador furtivo mata a este rinoceronte ilegalmente, podremos rastrear sus cuernos hasta el mercado negro y, ya sabes, ayudar a atraparlos.
Era una medida desesperada para tiempos desesperados. Marcar al animal para salvarlo, o al menos, para vengar su muerte si lo peor sucedía.
Una vez que el “paciente” estuvo equipado con su armadura tecnológica, llegó la parte más pesada: moverlo. —Llevémoslo a su propio espacio para que los otros rinocerontes grandes aquí no lo maten —ordenó el jefe de la operación.
Tuvimos que usar grúas y camiones reforzados. Ver a un animal de ese tamaño suspendido en el aire es surrealista. —Sé que todo esto parece un poco raro —dije, jadeando por el esfuerzo de empujar su inmensa grupa—, pero esto podría agregar muchos años a la vida de este rinoceronte.
El viaje fue tenso. Cada bache en el camino era una preocupación. ¿Se despertaría antes de tiempo? ¿Estaría bien? Finalmente, llegamos a la “Tierra Prometida”. —Metámoslo. Es por tu propio bien. Entra —le susurré mientras lo bajábamos con cuidado.
El área segura era un paraíso comparado con la zona de guerra de donde venía. Pasto alto, agua fresca, y lo más importante: paz. —Ahora estamos en el área segura para el rinoceronte, donde no va a ser intimidado ni asesinado lentamente —dije, sintiendo que podía respirar tranquilo por primera vez en horas.
Mientras esperábamos a que el antídoto hiciera efecto y despertara, Chandler soltó una de sus ocurrencias. —Digo que le pongamos Hippo. —¿Hippo? —lo miré incrédulo—. Es un rinoceronte, güey. —Pues sí, pero su nombre es Hippo —insistió con esa terquedad gringa que a veces da risa. —Lo voy a llamar Hippo el Rinoceronte —dijo, decidido. Me eché a reír. —¡Está bien! ¡Está bien, Hippo el Rinoceronte, disfruta tu vida!.
Vimos cómo “Hippo” se ponía de pie, sacudía la cabeza confundido y luego trotaba hacia los arbustos. Habíamos salvado a uno más. Pero la lista seguía siendo larga. Muy larga.
—Todavía tenemos cientos de animales más que salvar —le recordé al equipo mientras subíamos de nuevo a los vehículos.
Después de que mis amigos salvaron a otros dos rinocerontes más pequeños en el safari, pusimos nuestra mira en algo un poco más alto… literalmente. —Jirafas —dije, señalando el horizonte donde se veían esos cuellos largos moverse como periscopios sobre los árboles.
Esta misión era diferente. No íbamos a reubicarlas, íbamos a protegerlas de enfermedades invisibles. —¡Tengan una vacuna! —gritó Chandler, apuntando con un rifle de aire. —¡Al dispararles con vacunas! —celebró el equipo.
A diferencia de cuando tranquilizamos a los rinocerontes, que necesitaban caer dormidos, estos rifles de aire de alta potencia en realidad entregan un dardo masivo lleno de medicamento que salva vidas. El dardo impacta, inyecta y cae. El animal solo siente un piquete, como cuando vas al IMSS por tu vacuna de la influenza, pero con menos burocracia.
—Disfruten sus vacunas. Tengan un gran día —les gritaba yo desde la camioneta. Pero las jirafas, siendo jirafas, no entendían que éramos los “buenos”. —¿Por qué están corriendo? ¡Estamos tratando de salvar sus vidas! —me quejé, viendo cómo sus patas largas zancadillas se alejaban a una velocidad sorprendente.
Era una comedia de errores. Nosotros persiguiéndolas por la sabana, gritándoles que se dejaran curar, y ellas huyendo como si fuéramos depredadores. —A lo largo de este video, vamos a salvar a más de 1,000 animales —dije a la cámara, tratando de mantener la compostura mientras rebotaba en el asiento—, pero supongo que nadie les dijo a las jirafas porque lo estaban haciendo un poco difícil.
—¡Señor, estoy tratando de vacunarlo! ¡Es bueno para usted! —le grité a un macho enorme que nos miraba con desconfianza—. ¡Lo prometo, jirafas! ¡Vengan por una vacuna!.
Nada. Se alejaban más. —Bro, está muy lejos —dijo Chandler, frustrado. Nos miramos y supimos que teníamos que cambiar de estrategia. Perseguirlas en coche no estaba funcionando. El terreno era demasiado irregular y ellas demasiado rápidas. —Necesitamos elevar nuestras tácticas —dije, señalando al cielo.
De vuelta al helicóptero. —Debido a que el territorio de la jirafa es tan grande, esta es la forma más fácil de llevarles el medicamento que necesitan —explicó el piloto mientras nos elevábamos de nuevo.
La gravedad del asunto me golpeó cuando pregunté sobre la enfermedad. —Si una jirafa contrae una de estas enfermedades, ¿cuáles son sus probabilidades de morir? —le pregunté al veterinario experto a mi lado. Me miró fijamente. —100%. Está muerta. —¿En serio? —No podía creerlo. —Sí —confirmó secamente.
Eso cambió todo. Ya no era un juego de persecución divertido; era una carrera contra una plaga mortal. —Dios mío. ¡Salvemos algunas vidas de jirafas! —grité, cargando el rifle.
Desde el aire, la perspectiva era mejor, pero la dificultad de tiro seguía siendo alta. El viento del rotor, el movimiento del animal, el ángulo… todo jugaba en contra. —¡Sí! Espera, vamos por esa otra —señalé a un grupo que corría junto a un río seco.
Nos pusimos tercos. Terquedad mexicana, diría mi abuela. —¡Y no nos vamos a ir hasta que todas las jirafas estén vacunadas! —juré, ajustando la mira. Incluso con la superioridad aérea, era un desafío. —Disfruta tu medicina —susurré al apretar el gatillo. ¡Pum! Impacto directo en el flanco. El dardo saltó, la medicina entró. Una vida salvada.
—¡Cuídate! —le grité mientras se alejaba.
Pero eran demasiadas. El sol empezaba a bajar y todavía nos faltaban muchas. —Traje ayuda extra para salvar tantos animales como sea posible —dije, mientras otro helicóptero se unía a la formación.
La coordinación era clave. Parecíamos un escuadrón militar, pero nuestras balas daban vida, no muerte. —¡Veo cinco jirafas no vacunadas! —gritó el observador. Empezamos el conteo regresivo, como si fuera un videojuego, pero con apuestas reales. —¡Cuatro jirafas no vacunadas! ¡Tres jirafas no vacunadas! —Mi dedo no dejaba de moverse, recargando y disparando.
La última jirafa corría al frente, liderando la manada. Era rápida. —¡La última es la que está al frente! —grité. Apunté, contuve la respiración un segundo… ¡Pum! —¡Sí! ¡Mira eso! —El dardo impactó perfectamente.
Estábamos en racha. —Cinco seguidas. ¡Estamos en una racha de bajas! —bromeó Chandler, usando términos de videojuegos—. Aunque, no las estamos matando. ¡Estamos salvando sus vidas! ¡Justo en el trasero!. Sí, puede sonar gracioso darle un piquete en las pompas a una jirafa desde un helicóptero, pero ese piquete era la diferencia entre vivir y morir.
El atardecer en África es algo que no se puede describir con palabras, tienes que verlo. El cielo se pinta de violeta y naranja, y las siluetas de los animales se recortan contra el horizonte. —¡Sí! Para cuando nos fuimos, vacunamos un total de 70 jirafas —dije, revisando mis notas, agotado pero feliz—, lo que nos lleva a 74 animales salvados hasta ahora.
Mientras volábamos de regreso a la base, el piloto hizo un giro suave. —Incluso pudimos ver cómo nuestro arduo trabajo de antes valía la pena. Ahí está el rinoceronte que dejamos —señaló hacia abajo.
Ahí estaba Hippo. Pastando tranquilamente, sin miedo, sin competencia desleal. —¡Oh, lo es! ¡Está tan feliz! —Sonreí como un niño—. Bro, ¿quién hubiera pensado que darle una vacuna a las jirafas sería tan divertido?.
Había sido un día largo, lleno de polvo, ruido y estrés, pero ver a esos animales a salvo hacía que cada gota de sudor valiera la pena. Sin embargo, la misión estaba lejos de terminar. Apenas habíamos rasguñado la superficie. —Pero todavía teníamos muchos más animales que salvar —dije, mirando el mapa. La siguiente parada no estaba en África. Estaba a miles de kilómetros de distancia, en un lugar donde las bombas caían más seguido que la lluvia.
—Así que estamos viajando desde Sudáfrica todo el camino hasta Ucrania —anuncié, sintiendo el cambio de tono en el equipo. De la sabana caliente al frío de la guerra—. Donde años de guerra han destruido los zoológicos, dejando a leones rescatados para sobrevivir en refugios improvisados.
El contraste era brutal. Aquí luchábamos contra la naturaleza y los furtivos; allá íbamos a luchar contra las consecuencias de la locura humana. —Pero debido a que todavía están amenazados por la guerra en curso, vamos a sacarlos de allí volando —prometí.
Y no íbamos a usar cualquier avioneta. —Es por eso que tenemos este avión de carga gigante solo para transportar a estos tres leones fuera de Ucrania —dije, parándome frente a una bestia de metal gris en la pista de aterrizaje. Entramos a la bodega del avión. Estaba vacía, inmensa. —Desmantelaron este avión, literalmente no hay asientos. Los tres leones tienen cada uno boletos de primera clase —bromeé, aunque la tensión era evidente.
El plan era ambicioso: sacarlos del infierno y traerlos al paraíso. —Y con la ayuda del conservacionista de vida silvestre Anthony Peniston, los volaremos más de 7,000 millas hasta Sudáfrica, a su santuario de animales, Lion Watch, donde estos leones tendrán más de 14 acres de tierra abierta para vagar libres.
El viaje fue largo. Cruzar continentes con depredadores alfa en la parte de atrás no es algo que hagas todos los días. Al llegar al santuario en Sudáfrica, la emoción era palpable. —Hay un tigre legítimo justo ahí —dijo Majd, uno de los chicos del equipo, señalando una jaula. —En realidad, Majd, eso es un león —le corregí riendo. El león rugió, un sonido profundo que te vibra en el pecho. —¡Oh, ok! Um… Cierra esa puerta —dijo Majd, visiblemente nervioso, lo que nos hizo reír a todos.
Llegó el momento de la verdad. Anthony, el experto, liberó al primer león. Verlo salir de la jaula de transporte y pisar la hierba africana por primera vez después de vivir entre escombros y bombas fue… indescriptible. Pero Anthony no iba a hacer todo el trabajo. —Y después de que Anthony liberó al primer león, le tocó a Majd ayudar a liberar a los otros dos —dije, dándole una palmada en la espalda a mi amigo.
Majd abrió los ojos como platos. —¿Qué? ¿Tengo que hacer eso también? —Sí —le dije, disfrutando su pánico momentáneo. —¿Estás listo? —le preguntó Anthony. Majd respiró hondo, sacando el valor de quién sabe dónde. —Estoy listo. —Hagámoslo. —Vamos. Tiró de la palanca. La puerta se abrió. —Se fue —susurró Majd, viendo cómo la leona salía disparada hacia su nueva vida.
—Los leones ahora son libres de los peligros de la guerra y libres para correr a través de sus tierras nativas africanas —narré mientras los veíamos alejarse, dueños y señores de su destino nuevamente.
Ya llevábamos una buena cuenta. Rinocerontes, jirafas, leones de guerra. Pero, siendo honestos, faltaba algo. Algo más cercano al corazón de la gente común. —Y aunque salvar animales exóticos es importante, no sería un video de salvar animales si no salváramos a 100 perros —dije, mirando a la cámara con una sonrisa cómplice.
Cambiamos el escenario de la sabana salvaje a algo mucho más urbano, pero igual de trágico. Un refugio de perros. —Muchos refugios para perros están superpoblados. Y si un perro pasa demasiado tiempo sin encontrar un hogar, los matan para hacer espacio para nuevos perros —expliqué, y se me rompió la voz un poco al decirlo. Es una realidad que duele.
La estadística es aterradora. —Cada cinco minutos, un perro en un refugio de animales como este es asesinado —dije, chasqueando los dedos. Cinco minutos. El tiempo que te toma echarte un taco. —Así que necesitamos que estos 100 perros sean adoptados ahora mismo —sentencié. Era un reto contra el reloj.
Entramos al refugio con toda la energía del mundo. —¿Cómo va todo? —saludé a los voluntarios y a las familias que empezaban a llegar. —¡Bien! Vi a un perro enorme y peludo. —¡Bestia! ¡Oh, hola! —El perro me lamió la cara.
Me acerqué a una familia que miraba las jaulas con indecisión. —Gusto en conocerlos. ¿Están emocionados de conseguir un perro? ¿Qué tipo de perro están buscando? —les pregunté. La madre miró a su hija pequeña. —Estamos buscando uno pequeño, chiquito. —¿Oh, uno pequeño chiquito? —repetí, buscando con la mirada.
De repente, un ladrido agudo nos llamó la atención. Un cachorrito saltaba contra la reja, moviendo la cola como si fuera un helicóptero. —[Ladridos] ¡Miren, él quiere ir con ustedes! —les dije—. ¿Les gusta? La niña se derritió. —Aww. —Di hola, perrito —le dijo la mamá. Se notaba la conexión instantánea. —¿Qué pensamos sobre adoptarla? —pregunté, cerrando el trato. —Sí —dijo la niña con los ojos brillantes. —¿Vas a jugar con ese perro todos los días? —¡Sí!. —¿Y darle toneladas de amor? —¡Mhm! —Trato hecho —les dije, estrechando su manita—. Muy bien. Uno menos… Noventa y nueve perros por recorrer.
Pero había un problema oculto en todo esto. El dinero. —Y puede que no sepan esto, pero cuidar la salud de un perro en realidad cuesta un montón de dinero —expliqué. —Y algunas personas, desafortunadamente, no pueden pagarlo —dije, viendo a una pareja joven que miraba con tristeza a un perro que les encantaba pero que sabían que no podían costear. —¡Lo amamos! ¡Hola! —decían, acariciándolo a través de la reja.
Ahí es donde entrábamos nosotros. No solo se trataba de conectar perros con personas, sino de eliminar las barreras. —Es por eso que quería compartir las buenas noticias —les dije, acercándome a ellos. Me miraron confundidos. —Y como todos los otros perros aquí, todas las facturas médicas están cubiertas y él es gratis —solté la bomba. —Estamos cubriendo todas las tarifas de adopción —agregué. La cara de la chica cambió de tristeza a incredulidad pura. —Oh, wow. ¡Genial! —Así que ustedes pueden llevarlo a casa por $0 —les confirmé con una sonrisa. —¡Oh, Dios mío! ¡Gracias! —casi gritaron. —No hay problema —respondí, sintiéndome como Santa Claus pero con croquetas.
Fue increíble ver a tantos perros encontrar sus hogares definitivos. El ambiente en el refugio cambió de uno de desesperación silenciosa a una fiesta de ladridos y risas. —¿Cómo puedes decir no a esos ojos de perrito? —le pregunté a un señor que sostenía a un cachorro que lo miraba con adoración. —Wow. —¿Cuánto tiempo han estado buscando un perro? —le pregunté a otra pareja. —2-3 meses ya —respondió él. Ella cargaba a una perrita mezcla de terrier. —Ella es perfecta. —Aw, realmente lo es. ¿Creen que se la van a llevar a casa? —Sí —dijeron al unísono. —Eso es lo que nos gusta escuchar. ¡Brianna ha sido adoptada! —anuncié a todo pulmón—. ¿Van a cuidar bien de él? —Sí.
Las jaulas se vaciaban, pero surgió otro desafío. —Más y más perros estaban siendo salvados. Pero dado que los cachorros tienen una tasa de adopción más alta, los perros mayores tienen menos probabilidades de sobrevivir —expliqué a la cámara, bajando el tono de voz.
Me acerqué a una jaula donde un perro con el hocico canoso nos miraba con ojos sabios y cansados. —Como Blue, este perro que tiene 10 años, todavía esperando encontrar su pareja humana perfecta. Nadie lo miraba. Todos querían al cachorro juguetón. Hasta que llegó una pareja de ancianos encantadores. —Estamos buscando algo un poco mayor. Solo porque tenemos poca energía —dijo la señora con una sonrisa dulce. Mis ojos se iluminaron. —¿Qué tal Blue? —les sugerí, llevándolos a su jaula. El señor se agachó con dificultad para saludarlo. Blue se acercó despacio y le lamió la mano con delicadeza. —¿Qué piensan? —pregunté, cruzando los dedos. —¡Hola, gusto en conocerte! —le dijo el señor al perro. —Creo que es genial. Simplemente se ve tan gentil —dijo la señora. —¡Qué lindo! —exclamé—. Él va a ser tan feliz con ustedes. —Muchas gracias —dijeron ellos, y creo que Blue sonrió a su manera.
Pero no habíamos terminado todavía. La meta eran 100. —A medida que avanzaba el día, vimos perro tras perro ser adoptado en un hogar amoroso —narré. Era un maratón de felicidad. —¿Estamos listos para adoptar? —le pregunté al último chico que quedaba en la fila. —Sí, lo estoy. —¡Vámonos! —grité.
Al final del día, el silencio en el refugio era diferente. Ya no era un silencio de soledad, sino de misión cumplida. —Y antes de que nos diéramos cuenta, salvamos 100 perros, todos yendo a familias devotas a darles la mejor vida posible —dije, exhausto pero con el corazón lleno.
Podríamos haber parado ahí. Ya habíamos hecho mucho. Pero yo soy mexicano, y cuando nos encarreramos, no hay quien nos pare. —A continuación, estamos salvando caballos miniatura exóticos —anuncié, cambiando completamente de marcha.
La historia de estos pequeños era desgarradora de una manera diferente. —Porque estos pequeños caballos estaban siendo vendidos en una subasta para ser asesinados por comida —dije con asco. Imagínate comerse a un caballito del tamaño de un perro grande. —Y lo siento, pero no voy a dejar que nadie coma nada tan lindo —dije firmemente—. Así que los compré todos.
Sí, todos. Me convertí en el dueño de una manada de ponis de golpe. —Y vamos a encontrarles un hogar a todos estos caballos —prometí. Llegamos al lugar donde los teníamos temporalmente. —Ups. Disculpen. Los caballitos están por aquí —guié a las familias interesadas.
Se escucharon arrullos por todos lados. —[Arrullos] —¡Oh, conozco al bayo! —gritó una niña experta en caballos. —¡Ella parece querer este! —dijo su mamá. —¿Ustedes tienen otros caballos? —les pregunté, para asegurarme de que sabían en qué se metían. —Tengo uno de tamaño completo en casa. Así que el caballo que estás adoptando es para ella —señaló a su hija. —Oh, sí. ¿Oh, en serio? —Me sorprendió. —Para que pueda crecer montando un caballo —explicó la madre. —¡Aww! —La escena era de postal—. ¿Te besó? —le pregunté a la niña cuando el pony le rozó la mejilla.
Pero había un pony terco que no quería subir al remolque. —Espera, ¿cómo no consigues ese? —bromeé con la familia—. Quieres que tus caballos piensen que es “su” decisión subirse al remolque. Intentaron empujarlo, jalarlo, rogarle. Nada. —Déjenme intentar algo —intervine—. Les daré 10,000 si se suben al remolque —les grité a los caballos, bromeando. Increíblemente, el caballo subió. —¡Oh! ¡Oh, lo hicieron, funcionó! —Nos reímos todos. El poder del dinero, o pura coincidencia.
Una señora se acercó, dudosa. —Ustedes vinieron aquí queriendo uno, ¿y ahora se van con dos? —le pregunté, viendo que cargaban doble. —Creo que los minis son como papas fritas —me contestó riendo—. ¡No puedes tener suficiente!. —Técnicamente, no se supone que deba llevar otro a casa, ¡pero la respuesta no fue “no”! —se justificó. —¿Quieres un tercero, entonces? —la reté. —Sí —dijo sin dudar. —Exactamente. ¡Carguen todo el remolque! —grité. ¡Vámonos recio!.
Miré a las familias felices y a los caballos a salvo. —Hace dos semanas, iban a ser sacrificados, y ahora están recibiendo hogares amorosos, y ustedes los van a malcriar, ¿verdad? —les pregunté. —¡Oh, diablos, sí! —respondió la dueña. —Sí. —Oh mira, esto es increíble. Ese es el punto de este video —dije, sintiendo que la misión cobraba sentido una vez más.
—Y después de dar en adopción nuestros últimos 3 caballos… —vi al último irse—. ¡Qué dulce caballito!. —También salvamos 4 burros que pudieron quedarse todos juntos —agregué. Porque los burros también merecen amor, caray.
La lista seguía creciendo, y el viaje continuaba. —Y ahora nos vamos a ayudar a una de las aves más grandes del planeta —anuncié. De caballos miniatura a dinosaurios con plumas.
Llegamos a un lugar muy especial. —Ahora estamos en el Santuario de Animales de Maya, que en realidad creo que es bastante fascinante porque ella ayuda a financiarlo a través de una transmisión en vivo de Twitch 24/7 —expliqué. Tecnología moderna al servicio de la naturaleza vieja. —Donde puedes donar para darles a los animales golosinas y otras cositas geniales —añadí. Es un concepto loco. —Y el dinero donado en la transmisión en vivo da a los animales golosinas y ayuda a financiar este enorme santuario de animales, que está lleno de toneladas de animales exóticos, que Maya ha estado rehabilitando durante toda su vida.
Maya nos dio el tour. —Muy bien, entonces, recinto de los titíes. Ese es Momo allá arriba —señaló a un monito pequeño. —¡Momo! —saludé. —Momo es tan lindo —dijo Maya. —Realmente le gustan las pantallas, así que si tienes un teléfono y quieres mostrarle algo… —sugirió ella. Saqué mi celular y le puse uno de nuestros videos. El mono se quedó pegado a la pantalla. —¡Aw! No solo les gustan nuestros videos a ustedes, sino que aparentemente también a los monos —dije a la cámara, riendo. De repente, el mono hizo un gesto raro. —¿Qué? —pregunté. —Es una cosa de dominancia —explicó Maya riéndose. —¡Ah, órale! —me eché para atrás. Pequeño pero bravo.
Seguimos caminando y nos encontramos con una vaca. Pero no cualquier vaca. —Esta es Winnie-the-Moo —presentó Maya. El nombre era genial. —Para ayudar a recaudar dinero para este santuario, que es propiedad de una organización sin fines de lucro, Winnie-the-Moo aquí….
Me detuve un momento. Miré a mi alrededor. Habíamos pasado de sacar pus de un león en África a vacunar jirafas desde un helicóptero, rescatar leones de una guerra, salvar 100 perros de la inyección letal, comprar una manada de caballos destinados al matadero y ahora estaba frente a una vaca influencer en un santuario financiado por Twitch.
El viaje había sido una locura absoluta. Mis botas estaban llenas de polvo de tres continentes, mi ropa olía a una mezcla de antiséptico, animal de granja y combustible de avión. Pero al mirar a Winnie-the-Moo, y recordar la cara de la niña con su nuevo perrito, o a Hippo pastando libre, supe que lo haría todo de nuevo. Mil veces más.
Porque salvar 1,000 animales no es solo un número. Son 1,000 historias que no terminaron en tragedia. Son 1,000 pequeñas victorias contra la oscuridad del mundo. Y mientras me preparaba para el siguiente rescate, solo podía pensar en una cosa: ¿Qué sigue? Porque sea lo que sea, México está en la casa, y no nos vamos a rajar.
Parte 3: De Burros, Dinosaurios y una Vaca Famosa
Todavía tenía el sabor dulce de la victoria en la boca después de ver a esos caballos miniatura irse con sus nuevas familias. Era esa sensación cálida en el pecho, como cuando te tomas un atole caliente en una mañana fría de diciembre. Habíamos evitado que esos pequeños fueran convertidos en comida, y eso, carnal, es algo que te alimenta el alma más que cualquier banquete. Pero la lista seguía ahí. Ese número en mi cabeza no dejaba de parpadear: todavía faltaban animales. Y cuando uno se compromete a salvar a mil, el descanso es un lujo que no te puedes dar.
El sol empezaba a cambiar de tono, bañando el paisaje con esa luz dorada de la tarde que hace que todo parezca una película. Mientras el equipo recogía las últimas cosas del sitio de subasta de caballos, me quedé mirando hacia el horizonte. La adrenalina de las adopciones estaba bajando, y es en esos momentos de silencio cuando la realidad te golpea.
—¿Qué sigue, Carlos? —me preguntó uno de los camarógrafos, ajustando su lente. —Siguen los olvidados —respondí, sacudiéndome el polvo de los jeans—. Siguen los que nadie pela porque no son tan “glamurosos” como un león o tan tiernos como un pony.
La Hermandad de los Orejones
Nuestra siguiente parada no estaba muy lejos, pero emocionalmente era otro mundo. Habíamos recibido el aviso de cuatro burros que necesitaban ayuda urgente.
—También salvamos a 4 burros que pudieron quedarse todos juntos.
Esa frase suena simple, ¿verdad? “Salvamos 4 burros”. Pero déjame decirte qué hay detrás de eso. Los burros son animales increíbles. Aquí en México los conocemos bien; son trabajadores, tercos, pero leales a morir. Son los obreros silenciosos de la historia. Y estos cuatro en particular tenían una historia que te arrugaba el corazón. Habían vivido juntos toda su vida, trabajando de sol a sol, cargando cosas que doblarían a un hombre. Y ahora, cuando ya no servían, el destino que les esperaba era separarlos o algo peor.
Cuando llegamos a verlos, estaban ahí, parados en un corral polvoriento, pegados el uno al otro. Sus orejas largas se movían como antenas parabólicas captando nuestra presencia. Había un vínculo entre ellos que era palpable. Si intentabas mover a uno, los otros tres se inquietaban, rebuznaban, se empujaban para no perder el contacto físico.
—No podemos separarlos, güey —le dije a Chandler, viendo cómo se acicalaban el uno al otro—. Si separamos a esta banda, se mueren de tristeza. Te lo juro.
El plan original quizás era encontrarles hogares individuales, como hicimos con los perros, pero al ver esa lealtad, esa hermandad inquebrantable, supimos que la misión había cambiado. No solo se trataba de salvar sus vidas, se trataba de salvar su familia.
—Se quedan juntos —decidimos.
Gestionar el traslado de cuatro burros tercos no es tarea fácil. Imagínate tratar de convencer a cuatro compadres necios de que se suban a una camioneta después de una fiesta. Hubo empujones, hubo zanahorias, hubo súplicas y, no te voy a mentir, un poco de frustración. Pero cuando finalmente subieron al transporte, todos juntos, apretados pero tranquilos porque sentían el calor del otro, sentí un alivio inmenso.
Verlos asomar las cabezas por las rendijas del camión mientras nos alejábamos, con esas miradas profundas y pestañas largas, fue un recordatorio de que la amistad no es exclusiva de los humanos. A veces, los animales nos enseñan más de lealtad que cualquier telenovela. Saber que pasarían el resto de sus días pastando juntos, rascándose las espaldas y rebuznando a la luna sin tener que cargar un solo bulto más, fue una victoria silenciosa pero poderosa.
En Busca del Gigante Emplumado
Pero no podíamos quedarnos ahí contemplando la belleza de la amistad asnal. El mapa nos indicaba la siguiente misión, y esta prometía ser… grande. Literalmente.
—Y ahora nos vamos a ayudar a una de las aves más grandes del planeta.
El avestruz.
Si nunca has estado cerca de un avestruz, déjame pintarte la imagen. No son pájaros bonitos tipo Piolín. Son dinosaurios. Te lo digo en serio. Mírales las patas: escamosas, con garras que parecen dagas prehistóricas capaces de abrirte el estómago de una patada si los haces enojar. Tienen esos ojos enormes que te miran con una mezcla de curiosidad y desprecio, y un pico que no duda en picotearte si te descuidas.
El viaje hacia el lugar donde estaba este avestruz fue tenso. Íbamos en la camioneta, discutiendo la estrategia.
—¿Cómo se rescata a un avestruz, Carlos? —preguntó alguien del equipo de producción, con un tono de nerviosismo genuino. —Con mucho cuidado y corriendo muy rápido si la cosa se pone fea —respondí medio en broma, medio en serio.
La situación con este avestruz era crítica. Al igual que los rinocerontes y los leones, este animal estaba en una situación vulnerable. No voy a entrar en detalles gráficos, pero digamos que su tamaño, que debería ser su defensa, a veces lo convierte en un blanco fácil en espacios confinados donde no puede usar su velocidad.
Al llegar, la magnificencia del animal nos dejó callados. Era inmenso. Su cuello se alzaba como una torre de vigilancia. Estaba agitado, caminando de un lado a otro, levantando polvo con cada zancada.
—Tranquilo, grandulón —murmuré, acercándome despacio con el equipo.
La operación requirió una coordinación casi militar. Tuvimos que crear un corredor seguro, usando barreras visuales para guiarlo sin que entrara en pánico. Un avestruz asustado es un tanque de carne y plumas fuera de control. Hubo un momento, un segundo eterno, en el que el animal se giró bruscamente hacia nosotros, inflando las plumas. Sus ojos negros se clavaron en mí. Sentí el instinto primitivo de “lucha o huida” activarse en mi cerebro.
“No te muevas”, me dije a mí mismo. “Si corres, te alcanza”.
Afortunadamente, la experiencia del equipo y un poco de suerte jugaron a nuestro favor. Logramos guiarlo hacia el transporte especializado. Ver cerrar esa puerta fue como desactivar una bomba. Otro más a la lista. Otro gigante a salvo.
El Santuario de la Era Digital
Después de lidiar con la fuerza bruta de los rinocerontes y la velocidad de las jirafas, nuestra siguiente parada era algo completamente diferente. Algo que mezclaba la conservación de la vieja escuela con el mundo moderno de internet.
Nos dirigimos a un lugar del que había escuchado rumores, pero que necesitaba ver con mis propios ojos para creerlo.
—Ahora estamos en el Santuario de Animales de Maya.
Al bajar del vehículo, el ambiente era distinto. No se sentía como un zoológico, ni siquiera como una reserva tradicional. Se sentía como un hogar. Había un aire de paz, pero también de tecnología. Veías cámaras instaladas en lugares estratégicos, cables bien organizados, y un equipo de gente joven moviéndose con iPads y teléfonos.
Maya, la fundadora, salió a recibirnos. Una chava con una vibra increíble, de esas personas que te transmiten pasión con solo saludarte.
—Lo que hace Maya aquí es fascinante —le comenté a la cámara mientras caminábamos hacia la entrada principal—. De verdad creo que es bastante fascinante porque ella ayuda a financiarlo a través de una transmisión en vivo de Twitch 24/7.
Piénsalo un momento. En mis tiempos, para salvar animales tenías que salir a la calle con una alcancía o hacer cenas de gala aburridísimas con gente rica. Pero Maya le dio la vuelta al sistema.
—Donde puedes donar para darles a los animales golosinas y otras cositas geniales —expliqué, señalando una de las cámaras que transmitía en vivo.
Es una locura genial. Imagina que estás en tu casa en Ciudad de México, o en Monterrey, aburrido un martes por la noche. Entras a Twitch, ves a un animal rescatado en tiempo real, donas unos pesos, y pum: ves cómo una máquina o un cuidador le da un premio al animal gracias a ti. Es conexión instantánea. Es gamificar la bondad.
Mientras caminábamos por los senderos del santuario, Maya nos contaba cómo funcionaba todo.
—El dinero donado en la transmisión en vivo da a los animales golosinas y ayuda a financiar este enorme santuario de animales —nos dijo, señalando las vastas hectáreas verdes a nuestro alrededor.
Y no era un lugar pequeño. —Está lleno de toneladas de animales exóticos, que Maya ha estado rehabilitando durante toda su vida.
Ver la dedicación en sus ojos me hizo respetar aún más a esta nueva generación. No se quedan de brazos cruzados esperando a que el gobierno o las grandes corporaciones arreglen el mundo. Lo hacen ellos mismos, usando las herramientas que tienen.
—Aquí tenemos de todo —dijo Maya con orgullo—. Desde aves rescatadas hasta reptiles, y por supuesto, algunos personajes muy especiales que tienen su propio club de fans en internet.
Momo: El Pequeño Emperador
Llegamos a una sección más tranquila, llena de árboles y estructuras para escalar.
—Muy bien, entonces, recinto de los titíes —anunció Maya, bajando la voz para no asustarlos.
Miré hacia arriba, entre las ramas y las cuerdas. —Ese es Momo allá arriba —señaló.
Ahí estaba. Una bolita de pelo con una cara que parecía tener mil años de sabiduría y travesura concentrados. —¡Momo! —lo saludé, agitando la mano. —Momo es tan lindo —dijo Maya, con esa voz que uno pone cuando habla de su mascota consentida.
Pero no te dejes engañar por la ternura. Los titíes son inteligentes y, como descubriríamos, tienen gustos muy específicos.
—Él realmente ama las pantallas —me advirtió Maya—. Así que si tienes un teléfono y quieres mostrarle algo….
“¿En serio?”, pensé. “¿Un mono adicto al celular?”. Saqué mi teléfono con curiosidad. Tenía curiosidad de ver si reaccionaba. Busqué uno de nuestros videos, uno con mucho color y movimiento, y acerqué el teléfono al cristal del recinto.
La reacción fue instantánea. Momo bajó de su percha como un rayo. Sus ojitos se clavaron en la pantalla luminosa. Se pegó al vidrio, fascinado.
—¡Aw! —exclamamos todos al unísono.
Era surrealista. Estábamos en medio de un santuario natural y el animal estaba más interesado en la tecnología humana que en la fruta que tenía al lado. —No solo les gustan nuestros videos a ustedes, sino que aparentemente también a los monos —dije a la cámara, riéndome de la ironía.
De repente, Momo hizo algo extraño. Abrió la boca enseñando los dientes y sacudió la cabeza de una manera rápida y agresiva hacia el teléfono. —¿Qué? —pregunté, quitando el teléfono por instinto.
Maya soltó una carcajada. —[Risitas] Es una cosa de dominancia.
—¿Dominancia? —repetí, mirando al pequeño mono que ahora me veía desafiante desde el otro lado del cristal—. ¿Me está diciendo que el teléfono es suyo o que él manda aquí?
—Ambas cosas, probablemente —dijo Maya—. Él cree que ha conquistado ese objeto brillante.
Me eché a reír. Ahí estaba yo, un veterinario que había lidiado con leones y rinocerontes, siendo intimidado por un tití del tamaño de mi mano por un iPhone. —Vale, vale, tú ganas, Momo. Tú eres el jefe —le dije, guardando el teléfono. El pequeño pareció satisfecho con su victoria y volvió a trepar hacia su trono en las alturas.
La Vaca que Conquistó Internet
Dejamos a Momo con su ego inflado y seguimos el recorrido. El santuario era un laberinto de historias de éxito, pero Maya tenía una joya más que mostrarnos. Una que, según ella, era la verdadera estrella financiera del lugar.
Llegamos a un prado verde, cercado con madera blanca, muy estilo granja feliz. Y ahí, pastando con una tranquilidad envidiable, estaba ella.
—Esta es Winnie-the-Moo —presentó Maya, haciendo un juego de palabras que me sacó una sonrisa.
Winnie era una vaca preciosa, con manchas negras y blancas que parecían pintadas a mano. Al vernos, levantó la cabeza y masticó con calma, mirándonos con esos ojos grandes y húmedos que tienen las vacas, que siempre parecen estar en paz con el universo.
—Para ayudar a recaudar dinero para este santuario, que es propiedad de una organización sin fines de lucro, Winnie-the-Moo aquí… —Maya empezó a explicar, pero se detuvo para acariciar el hocico húmedo de Winnie.
Me acerqué a ella. Winnie no se inmutó. De hecho, empujó su cabeza contra mi mano buscando cariño. Su piel era cálida y olía a heno y a campo limpio.
—¿Así que esta vaquita paga las cuentas? —pregunté, rascándole detrás de las orejas.
—Básicamente —respondió Maya—. A la gente le encanta verla en el stream. Es relajante. Es terapia. En un mundo donde todo va rápido y todo es estrés, entrar a internet y ver a Winnie comer pasto y ser feliz… la gente paga por eso. Pagan por sentir un poco de esa paz.
Me quedé pensando en eso mientras acariciaba a Winnie. Era una locura, pero tenía todo el sentido del mundo. Habíamos recorrido medio planeta, desde la brutalidad de la sabana africana donde la supervivencia es una guerra diaria, pasando por la devastación de Ucrania donde la crueldad humana no tiene límites, hasta llegar aquí, a este rincón de paz financiado por la buena voluntad de extraños en internet que solo quieren ver a una vaca ser feliz.
Winnie soltó un mugido suave, un “Moo” profundo que resonó en mi pecho. —Es una buena chica —dije en voz baja.
Reflexión bajo el cielo del santuario
El recorrido por el santuario de Maya me dejó con la cabeza dando vueltas. Ya habíamos superado la marca. Entre los perros, los gatos, los caballos, los burros, las vacas, los animales exóticos, los leones y los rinocerontes… habíamos cumplido.
Mil animales. 1,000 vidas.
Me senté en una banca de madera rústica, mirando cómo el sol comenzaba a bajar, pintando el cielo de colores naranjas y púrpuras, muy parecidos a los de África, pero con un aire distinto. Aquí no había polvo rojo, había pasto verde y el zumbido lejano de la civilización.
Saqué mi libreta, esa donde había estado tachando números y nombres durante todo este viaje loco. La página estaba llena de garabatos, de manchas de sudor y alguna que otra lágrima seca. —Lo hicimos —murmuré para mí mismo.
Chandler se sentó a mi lado, pasándome una botella de agua. —¿Cansado? —preguntó. —Destrozado, carnal. Pero feliz.
Pensé en el primer león, en esa muela podrida. En cómo la vida pende de un hilo tan fino. Pensé en los rinocerontes corriendo libres en su nuevo hogar, protegidos por tecnología y por gente armada dispuesta a dar la vida por ellos. Pensé en los perros del refugio, en cómo sus colas pasaron de estar entre las patas a agitarse con alegría al ver a sus nuevas familias. Pensé en los caballos miniatura, salvados del matadero por un capricho del destino y una tarjeta de crédito.
Y pensé en Winnie-the-Moo y en Momo, embajadores digitales de un mundo que está cambiando.
Salvar a 1,000 animales no cambia el mundo entero. Lo sé. Hay millones más sufriendo ahí fuera. Hay guerras, hay hambre, hay crueldad. A veces, viendo las noticias, uno siente que es inútil, que es como tratar de vaciar el mar con una cuchara.
Pero luego miras a los ojos de uno solo de esos animales. Miras a Hippo el rinoceronte. Miras a Blue, el perro viejo que consiguió un hogar. Miras a Winnie. Y te das cuenta de que para ese animal, el mundo sí cambió. Para ellos, el mundo pasó de ser un infierno a ser un hogar. Y eso vale todo el esfuerzo.
—Sabes —le dije a Chandler, rompiendo el silencio—, mucha gente va a ver este video y va a pensar que estamos locos. Que gastamos demasiado dinero, que nos arriesgamos a lo tonto. —Que piensen lo que quieran —respondió él, sonriendo—. Nosotros sabemos la verdad.
La verdad es que la compasión es contagiosa. Al igual que la crueldad se esparce, la bondad también lo hace. Si un video de un tití enojado con un teléfono puede hacer que alguien en el otro lado del mundo done cinco dólares para comprar fruta, entonces hay esperanza. Si ver a unos locos vacunando jirafas desde un helicóptero inspira a un niño a querer ser veterinario o conservacionista, entonces ya ganamos.
Me levanté, sintiendo el cansancio en los huesos pero con el espíritu ligero. —Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Chandler, poniéndose de pie también. —Ahora a dormir por una semana —bromeé—. Y luego… bueno, seguro hay más animales que necesitan ayuda. Esto nunca se acaba, güey.
Nos despedimos de Maya, de Momo (que seguía vigilando su territorio desde arriba) y de Winnie. Al salir del santuario, sentí que dejaba un pedazo de mi corazón ahí, pero me llevaba algo mucho más grande a cambio.
Este viaje, desde las llanuras de África hasta este santuario tecnológico, me enseñó que no importa quién seas: un millonario youtuber, un veterinario mexicano, una chica con una cuenta de Twitch o una familia buscando una mascota. Todos tenemos el poder de cambiar una vida. Solo se necesita voluntad, un poco de locura y, a veces, un helicóptero.
Miré a la cámara por última vez, sabiendo que este era el cierre de una etapa monumental. —Gracias por acompañarnos en esta locura —dije, y lo sentía de verdad—. Salvamos a 1,000 animales. Pero no lo hicimos solos. Lo hicimos porque a ustedes les importa. Y mientras les siga importando, nosotros seguiremos aquí, en la línea de fuego, cuidando a los que no tienen voz.
Cortamos la grabación. —¡Corte! ¡Quedó chingón! —gritó el director.
El equipo estalló en aplausos. Abrazos, palmadas en la espalda, risas de alivio. Habíamos sobrevivido. Habíamos triunfado.
Me alejé un poco del grupo, buscando un momento de soledad. Saqué mi teléfono y miré una foto que había tomado al principio del viaje: la leona despertando de la anestesia. Sus ojos ámbar brillaban con vida.
Guardé el teléfono y miré al cielo. —Misión cumplida —susurré.
Y con esa certeza, caminé hacia el horizonte, listo para la siguiente aventura, porque en el mundo de “Carlos”, el veterinario que no sabe rendirse, siempre hay una pata, una aleta o una pezuña que necesita una mano amiga. Y ahí estaré yo, con mi maletín, mis botas sucias y el corazón listo para romperse y volverse a armar una vez más.
¡Viva México y vivan los animales, cabrones!
Parte 4: Mil Latidos, Un Solo Corazón (El Desenlace)
El sol finalmente se ocultó detrás de las colinas del santuario de Maya, llevándose consigo la última luz de uno de los días más largos de mi vida. Pero no era oscuridad lo que sentía; era esa calma extraña y pesada que te cae encima cuando el cuerpo se da cuenta de que la guerra ha terminado. Estábamos sentados en el pasto, cerca del recinto de Winnie-the-Moo, la vaca que básicamente es una celebridad de internet . Es curioso, ¿no? Cómo el mundo moderno funciona. Una vaca comiendo pasto en una pantalla puede generar los fondos para salvar vidas, mientras nosotros tuvimos que colgar nuestras vidas de un helicóptero en África para hacer lo mismo.
Miré mis botas. Estaban hechas un desastre. Tenían polvo rojo de la sabana africana, manchas de lodo de Ucrania y seguramente algún resto de paja de los establos de caballos miniatura. Esas botas contaban la historia mejor que yo. Cada mancha era un recuerdo, cada rasguño en el cuero era una batalla ganada contra la muerte.
—¿En qué piensas, carnal? —me preguntó Chandler, rompiendo mi trance. Tenía una cerveza en la mano y una sonrisa de satisfacción que no le cabía en la cara. —En que estamos locos, güey. Rematadamente locos —le contesté, aceptando la botella que me ofrecía—. Pero es una locura chingona.
El Eco de los Rugidos: Recordando el Inicio
Cerré los ojos un momento y dejé que la mente volara hacia atrás, al principio de todo. Parecía que habían pasado años, pero solo eran días. Recordé el olor. Ese olor metálico y podrido de la boca de la leona . Todavía podía sentir la vibración de su respiración bajo mis manos enguantadas.
La gente ve el video y dice “¡Wow, qué valientes!”, pero no saben lo que se siente estar ahí, con el corazón en la garganta, sabiendo que un error milimétrico no solo le cuesta la vida al animal, sino que te puede costar la mano. Recordé al Dr. Alex sacando esa porquería infectada de sus dientes . Fue el primer dominó. Si esa leona no hubiera despertado bien, si su corazón se hubiera detenido, quizás nos hubiéramos derrumbado ahí mismo. Pero despertó. Y ese primer rugido de vida fue la gasolina que nos impulsó a seguir.
—¿Te acuerdas de la leona? —le pregunté a Chandler. —¿Cómo olvidarla? —se rió—. Pensé que te iba a arrancar el dedo . —Yo también, hermano. Yo también.
Ese momento definió todo. Nos enseñó que salvar vidas es sucio, es peligroso y huele mal, pero es lo único que importa. Y luego… luego vino el avión.
Fantasmas en el Avión de Carga
Ese vuelo desde Ucrania me va a perseguir en mis sueños, pero de una buena manera. Estar en un avión de carga, sin asientos, vacío, desmantelado para que cupieran las jaulas de los reyes de la selva , fue una experiencia surrealista.
Imagina el sonido de los motores del avión mezclado con los gruñidos bajos de tres leones que han visto la guerra. Estábamos sacándolos de un lugar donde las bombas caían, donde el ser humano estaba mostrando su peor cara, para llevarlos a un lugar de paz .
Recuerdo haber caminado por el fuselaje del avión en medio de la noche, con una linterna, revisando las jaulas. Los ojos de los leones brillaban en la oscuridad, reflejando la luz como dos lunas ámbar. No había odio en esos ojos, solo confusión y, quiero creer, un poco de esperanza. Estábamos volando a 30,000 pies de altura, cruzando fronteras, cruzando culturas, solo para que esos tres animales pudieran sentir el pasto bajo sus patas en lugar del concreto frío de un refugio bombardeado .
—Ese tigre legítimo… —murmuró Majd, uniéndose a la conversación, refiriéndose a su confusión cuando vio al león por primera vez . Nos reímos todos. La risa es el mejor remedio para el estrés postraumático de un rescate así. —Era un león, Majd. Un león —le recordé, dándole un empujón amistoso. —Bueno, rugía como un tigre —se defendió, y las carcajadas resonaron en el santuario de Maya.
La Danza Aérea y los Gigantes Acorazados
Pero la nostalgia dio paso a la adrenalina cuando recordamos África. La sabana. Ese calor seco que te quema la piel y el polvo que se te mete hasta en los pensamientos.
La operación con los rinocerontes fue, sin duda, la logística más pesada. “Hippo”. Me reí solo de pensar en el nombre. Ponerle “Hippo” a un rinoceronte es el tipo de humor absurdo que necesitas cuando estás taladrando el cuerno de un animal prehistórico para ponerle un microchip .
Ese sonido… el zumbido del taladro. Sé que a la gente le da cosa verlo, piensan que les duele. Pero nosotros sabemos la verdad. Es como cortarse las uñas. Y ese pequeño chip, ese pedacito de tecnología oculto en su cuerno, es su seguro de vida. Es la diferencia entre que termine como un adorno en la sala de algún millonario sin escrúpulos o que viva sus días corriendo libre, protegido por satélites y guardabosques .
Y las jirafas… ¡Ah, las jirafas! Esas damas elegantes y tercas. Correr detrás de ellas en jeep fue inútil, una comedia de errores. “¡Señor, estoy tratando de vacunarlo!”, les gritaba yo . Me sentía como un vendedor ambulante persiguiendo a un cliente difícil. Pero cuando subimos al helicóptero, la cosa cambió.
Ver el mundo desde arriba, con las piernas colgando del patín del helicóptero, el viento golpeándote la cara y el rifle de vacunas en la mano… te sientes como un vaquero del siglo XXI. Pero no disparas balas para matar; disparas vida . Cada “pum” del rifle de aire era una promesa cumplida: “Tú no vas a morir de esa enfermedad. Tú vas a vivir”.
Contar las vacunas como si fueran rachas de un videojuego —”¡Cinco seguidas! ¡Estamos en una racha!” — puede sonar infantil, pero era nuestra forma de procesar la magnitud de lo que hacíamos. Eran 70 jirafas . Setenta gigantes que seguirían caminando por la Tierra gracias a un equipo de locos que no aceptó un “no” por respuesta.
Las Pequeñas Grandes Victorias
Sin embargo, mientras la noche caía más profundo sobre el santuario, mis pensamientos se fueron a los más pequeños. A los que no salen en las portadas de National Geographic.
Los 100 perros.
Ese refugio olía a cloro y tristeza cuando llegamos. El ladrido incesante de cien almas pidiendo una oportunidad. “Sácame de aquí”, “Mírame”, “Soy buen chico”. Te rompe el corazón en mil pedazos.
Recordé a Blue, el viejo Blue de 10 años . Nadie lo miraba. Todos pasaban de largo buscando al cachorro saltarín. Ver a esa pareja de ancianos detenerse, mirarlo a los ojos y decir “Creo que es genial” … eso, amigos míos, vale más que todo el oro del mundo. En ese momento, Blue dejó de ser un número, una estadística de sacrificio inminente, y se convirtió en familia.
Y el dinero… maldita sea, el dinero siempre es el problema. Ver la cara de la gente cuando les decíamos que cubríamos todos los gastos, que era gratis, que las facturas médicas estaban pagadas . No era solo alivio financiero; era dignidad. Les estábamos dando la dignidad de poder amar a un animal sin tener que elegir entre comprar comida o pagar al veterinario. “¡Oh, Dios mío! ¡Gracias!”, nos decían con lágrimas en los ojos . Esas lágrimas limpian el alma.
Y luego, los caballos miniatura. Esos pequeños ponis que iban directos al matadero . Pensar que alguien podía ver a esos animales tan nobles y pensar en “comida” me revolvía el estómago. Comprarlos todos fue un acto impulsivo, sí. “Técnicamente, no se supone que deba llevar otro a casa”, dijo la señora que ya tenía un caballo . Pero, ¿quién puede resistirse?
Verlos subir a los remolques, sabiendo que iban a casas donde los niñas los peinarían y les darían zanahorias en lugar de terminar en un plato, fue la confirmación de que todavía hay bondad en el mundo. Y los burros… los cuatro compadres inseparables . Mantenerlos juntos fue nuestra pequeña rebelión contra la eficiencia cruel del mundo. La amistad importa. La lealtad importa. Incluso si eres un burro.
El Significado de los Mil
Me levanté y caminé un poco hacia la cerca, donde Momo, el mono tití, probablemente ya estaba dormido soñando con teléfonos inteligentes .
Mil animales. 1,000.
Es un número grande. Difícil de visualizar. Si los pusieras a todos en fila, la línea se extendería por kilómetros. Leones, tigres, rinocerontes, jirafas, perros, gatos, caballos, burros, avestruces… un arca de Noé moderna, rescatada no de un diluvio de agua, sino del diluvio de la indiferencia humana.
Pero lo que me golpeó en ese momento, bajo las estrellas de México (porque, aunque estábamos lejos, el cielo se sentía como en casa), fue que no se trataba del número.
Podríamos haber salvado a uno solo. A ese primer león. Y hubiera valido la pena. Podríamos haber salvado solo a Hippo. Y hubiera valido la pena. Podríamos haber salvado solo a Brianna, la perrita del refugio . Y hubiera valido la pena.
El número 1,000 es para los titulares. Es para YouTube. Es para llamar la atención. Pero la realidad, la neta del planeta, es que salvamos 1,000 universos individuales. Para cada uno de esos animales, nosotros fuimos el punto de inflexión. Fuimos la mano que detuvo el dolor, la puerta que se abrió a la libertad, la medicina que mató a la enfermedad.
—Oye, Carlos —gritó Jimmy desde atrás—. ¿Ya te pusiste sentimental? Me limpié una lágrima traicionera que se me había escapado. —Es el polvo, güey. Hay mucho polvo aquí —mentí, con la voz quebrada. Se acercaron todos. El equipo completo. Éramos una banda de inadaptados, sucios, cansados, oliendo a zoológico, pero en ese momento, éramos invencibles.
—Lo logramos —dijo alguien. —Lo logramos —repetí.
Brindamos con nuestras botellas al aire. Un brindis silencioso por los que no pudimos salvar, y un brindis ruidoso por los que sí.
El Futuro: No Nos Rajamos
La gente me pregunta: “¿Y ahora qué, Carlos? ¿Te vas a retirar? ¿Ya hiciste suficiente?”. Me río. En México no nos retiramos de la chamba mientras haya chamba que hacer. Y desgraciadamente, el negocio de salvar vidas nunca quiebra por falta de clientes.
Mientras exista un perro encadenado bajo el sol, mientras exista un cazador furtivo apuntando a un rinoceronte, mientras exista un león en una jaula de concreto, ahí estaremos. Quizás no siempre con helicópteros y aviones de carga. A veces será solo con nuestras manos y un botiquín. A veces será educando a un niño para que no le tire piedras a un gato.
Este viaje me enseñó que la tecnología ayuda (¡gracias, Twitch y rifles de vacunas!), pero lo que realmente mueve montañas es la voluntad. Es decidir que no vas a mirar hacia otro lado.
Miré a Winnie-the-Moo una última vez. Ella seguía masticando, imperturbable, ajena a que era una heroína de la conservación . Me dio una lección de humildad. No necesitamos aplausos. Solo necesitamos hacer lo correcto.
Me ajusté la gorra. Mañana tomaría un avión de regreso a casa. A los tacos al pastor, al tráfico de la ciudad, a mi vida normal. Pero una parte de mí se quedaría siempre en esa avioneta sobre Ucrania, en ese helicóptero sobre la sabana y en ese refugio de perros.
Saqué mi teléfono para grabar una última historia para las redes. Tenía que cerrar esto bien.
“¿Qué onda, raza? Aquí Carlos. Solo quiero decirles una cosa. Hoy llegamos a los 1,000. Pero esto no es el final. Es solo el comienzo. Si nosotros, un grupo de locos con una cámara, pudimos hacer esto, imagínense lo que pueden hacer ustedes. No necesitan un avión. Adopten, no compren. Donen a su refugio local. O simplemente, sean amables con el perro callejero de su cuadra. Todo cuenta. México está en la casa, y los animales también. ¡Cambio y fuera!”.
Guardé el teléfono. El silencio volvió al santuario, solo roto por los sonidos nocturnos de la naturaleza. Me sentí ligero. Me sentí humano.
La misión estaba cumplida. Los 1,000 estaban a salvo. Y yo, Carlos, el veterinario mexicano, estaba listo para lo que el destino me lanzara después. Porque como decimos en mi tierra: “Al mal tiempo, buena cara, y al buen animal, buena vida”.
¡Vámonos recio!