
Me llamo Lalo. Nunca imaginé que el sonido de un motor alejándose pudiera sentirse como una sentencia.
—Muy bien muchachos, los barcos se han ido, no volverán hasta mañana —dijo él, con esa frialdad que te hiela la sangre.
Estábamos solos. Completamente aislados. Sin señal de celular, sin nadie que nos escuchara gritar. Éramos un grupo de amigos en una isla desierta con cero habitantes, supuestamente listos para pasar 24 horas seguidas ahí. Pero la realidad te golpea rápido cuando ves que tus suministros son una caja de refrescos, un horno de juguete y una cubeta para… bueno, para nuestras necesidades básicas.
La tensión comenzó a subir cuando el hambre y el aburrimiento nos empezaron a carcomer. Pero lo peor no fue la naturaleza, fue la traición. Jaime, a quien yo consideraba un hermano, nos miró y propuso algo infantil para distraernos.
—Mis compañeros isleños, quiero jugar a las escondidas rápido —dijo, con una calma sospechosa—. Necesito que todos se alineen aquí. Dejen lo que están haciendo.
Obedecimos como tontos. Nos hizo caminar hasta la orilla del agua y mirar hacia el horizonte, dándole la espalda al campamento. Nos advirtió que si hacíamos trampa, nunca más participaríamos en un desafío hasta el día de nuestra muer*e. Sentí el viento golpeándome la nuca, esperando que contara.
Pero no contó.
—Chicos, mentí sobre las escondidas, pueden darse la vuelta —gritó de repente.
Giramos, confundidos. Su sonrisa lo decía todo. Mientras nosotros mirábamos el mar como idiotas, él había estado cavando.
—Enterré un tesoro. Hay $3,000 dólares enterrados en algún lugar —confesó, soltando la bomba que desataría el caos.
En ese momento, la amistad se esfumó. Solo vi ojos inyectados de codicia. Tres mil dólares en billetes de uno. El instinto animal se apoderó de nosotros.
—Cuanto más miren, más huellas harán y más difícil será encontrarlo —murmuró alguien, y la cacería comenzó.
Corrí. Escarbé en la arena caliente con mis propias manos hasta que me ardieron los dedos. Pero mientras nos peleábamos por papel verde, no nos dimos cuenta de que el verdadero enemigo venía desde el océano.
—La isla se está haciendo pequeña —dijo Tarek con voz temblorosa.
Madre naturaleza estaba reclamando su territorio, y nosotros estábamos demasiado ocupados siendo avaros como para ver que el agua ya estaba tocando nuestras tiendas…
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL MAR ESTUVIERA A PUNTO DE TRAGARSE TU ÚNICO REFUGIO MIENTRAS TUS AMIGOS SE PELEAN POR DINERO?
CRÓNICAS DE UN NÁUFRAGO: LA FIEBRE DEL ORO Y LA FURIA DEL MAR (PARTE 2)
Capítulo 1: La Psicosis de los Tres Mil Pesos
El viento soplaba fuerte, levantando granos de arena que golpeaban mi cara como pequeñas agujas, pero en ese momento, el dolor físico era lo de menos. Lo que realmente ardía era la revelación que Jaime acababa de soltar. No estábamos jugando a las escondidas. Estábamos jugando con nuestra dignidad.
—Hay 3,000 dólares enterrados en algún lugar —dijo, y esa frase flotó en el aire salado antes de estrellarse contra nosotros con la fuerza de un tsunami.
En México decimos que “con dinero baila el perro”, y en esa isla desierta, todos nos convertimos en perros rabiosos en cuestión de segundos. Tres mil dólares. Haz la cuenta. En pesos, eso es una fortuna para un fin de semana. Es la diferencia entre comer atún de lata o cenar como rey. Es la diferencia entre ser el peón que arma la tienda de campaña o el patrón que paga para que lo abaniquen.
—¡Si lo toco primero, me lo quedo! —gritó alguien, y el caos se desató.
La escena fue patética y fascinante a la vez. Segundos antes éramos un equipo, “hermanos de naufragio”, preocupados por sobrevivir. Ahora, cada uno miraba al otro como si fuera un carterista en el Metro Hidalgo a hora pico. Mis ojos escanearon la playa. Era un vasto lienzo de arena blanca, y el dinero podía estar en cualquier maldito lugar.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, analizando la psicología de Jaime. Él es flojo. Es ese tipo de compa que si se le cae el control remoto, prefiere ver el canal de televentas antes que levantarse a recogerlo.
—Si conozco a Jaime, es muy flojo. No le gusta ir lejos —pensé en voz alta, tratando de convencer a mis piernas de no correr un maratón.
Pero entonces, la paranoia entró. ¿Y si él sabía que yo sabía que él es flojo? ¿Y si usó psicología inversa? —Por eso se fue lejos —me contradije a mí mismo. La lógica circular me estaba matando.
Vi a Cristóbal correr hacia el horizonte como si lo persiguiera la migra. Decidí que mi estrategia sería más parasitaria, más “mexicana” en el sentido de la astucia callejera. —Mi estrategia es seguir a Cristóbal y luego empujarlo cuando lo encuentre —murmuré entre dientes. Era sucio, sí, pero en la guerra y en la búsqueda del tesoro, todo se vale.
Mientras tanto, Jaime, el arquitecto de nuestra miseria, se reía. —Voy a cavar un agujero señuelo —dijo el muy desgraciado, raspando la arena cerca del campamento—. Estamos muy cerca del campamento, por eso no creo que busquen aquí.
La desconfianza se volvió tan espesa como la humedad. Cada vez que alguien se agachaba, tres cabezas giraban bruscamente. —Cuanto más busquen, más huellas harán y más difícil será encontrarlo —advirtió alguien. Y tenía razón. La playa virgen pronto pareció un campo de batalla bombardeado, lleno de cráteres y marcas de arrastre.
Mis manos ya dolían. La arena no es suave cuando la cavas con desesperación; es abrasiva, raspa la piel y se mete debajo de las uñas hasta que sangras. Pero la imagen de esos billetes verdes, fajos de billetes de a dólar, me mantenía paleando como si mi vida dependiera de ello. Era una locura. Estábamos atrapados en una isla, sin barcos, sin señal, y en lugar de buscar agua o sombra, buscábamos papel pintado. La ironía era brutal.
Capítulo 2: El Hallazgo y la Nueva Clase Social
El sol estaba en su punto más alto, cayendo a plomo sobre nuestras nucas quemadas. El sudor me corría por la espalda, empapando la camiseta que ya olía a sal y desesperación. Y entonces, sucedió.
El grito no fue de dolor, sino de triunfo. Un aullido que rompió la monotonía del sonido de las olas. —¡Lo encontré! —gritó Dustin.
Mi corazón se detuvo. Giré la cabeza y ahí estaba él, sosteniendo la caja, con esa sonrisa de satisfacción que te dan ganas de borrar de un golpe. —Dustin encontró el tesoro enterrado —confirmó Tarek, con un tono que mezclaba la admiración con la envidia pura.
Sentí cómo se me bajaba la presión. Todo ese esfuerzo, toda esa arena bajo mis uñas, para nada. Dustin, el tipo callado, el que nadie esperaba, se acababa de convertir en el rey de la isla. —Sabes, Dustin, es una pena que estemos en una isla desierta y nadie sabrá lo que pasa hasta las nueve en punto —dijo alguien con una voz siniestra. Era una broma, claro, pero tenía ese filo de verdad oscura que surge cuando hay dinero de por medio. —Creo que Dustin lo encontró, así que debería dármelo a mí —dije, probando suerte con el comunismo isleño, pero nadie se rió.
Lo que sucedió después fue un estudio sociológico instantáneo. En cuanto Dustin tuvo el dinero, la dinámica de poder cambió radicalmente. Ya no éramos iguales. Él era el patrón, nosotros la prole. Y como buen nuevo rico, inmediatamente buscó subcontratar el trabajo sucio.
—Estoy a punto de intentar que Josh arme mi tienda por mí. Te daré como 20 dólares —ofreció Dustin, con la arrogancia de quien nunca ha tenido que negociar en un tianguis.
Me indigné. ¿Veinte dólares? ¿Por armar una tienda bajo este sol infernal? —¿Cuánto ganaste? —le reclamé, incrédulo—. Ganó 3,000 dólares. ¡Ganaste tres mil y me das 20 varos! ¡No mames!.
La ofensa era real. Era un insulto a la mano de obra calificada. Pero Dustin, rápido para aprender las leyes del mercado, ajustó su oferta. Sabía que la comodidad en una isla desierta no tiene precio, pero el trabajo físico sí.
—Muy bien, ¿entonces quién me paga por esta cama? —preguntó alguien más, viendo la oportunidad de negocio. —¿Qué tal si les doy a cada uno 1,000 dólares? —soltó Dustin de repente.
El silencio que siguió fue sepulcral. Mil dólares. Eso cambiaba todo. Mi dignidad, que hace un minuto valía más que 20 dólares, de repente se sintió muy flexible por mil. —Bueno, cuando lo pones así, suena bastante bien —admití, tragándome mi orgullo junto con un poco de arena. —Suena increíble —dijo otro. —Chido —cerró el trato Dustin.
Y así, en medio de la nada, recreamos el capitalismo. Unos trabajaban sudando la gota gorda armando varillas y estirando lonas, mientras el dueño del capital supervisaba.
Capítulo 3: La Incompetencia del Boy Scout
Mientras la “clase trabajadora” armaba las tiendas de los millonarios, Cristóbal estaba librando su propia batalla personal contra la física y el sentido común. Se autoproclamaba el experto en supervivencia, el “Boy Scout” del grupo.
—Fui Cub Scout antes de ser Boy Scout y luego me convertí en Boy Scout —repetía como un mantra, como si los títulos le dieran superpoderes para que la tienda se armara sola.
La realidad era mucho más triste. Ver a Cristóbal intentar armar su refugio era como ver a un perro tratando de entender un truco de magia. Frustración pura. —Me estoy frustrando mucho, güey. ¡Ay, Dios mío! —gritaba, peleando con las varillas flexibles que parecían tener vida propia y atacarlo.
Chandler, por otro lado, no estaba ayudando. Su “ayuda” consistía en hacer ruidos extraños y estorbar. —¡Deja de lastimarme! —gritó Chandler cuando una varilla lo golpeó, probablemente por su propia culpa. —Esta fue una idea terrible —concluyó Cristóbal. Y sí, lo era.
Tarek, siempre el observador sarcástico, no perdía oportunidad para echarle limón a la herida. —El primer paso para construir una tienda es quejarse —dijo, narrando la miseria de sus amigos como si fuera un documental de National Geographic.
—¡Estoy tan enojado! ¡De que existas! —le gritó Cristóbal a la nada, o quizás a Dios, o a la tienda. La línea entre la cordura y la locura se estaba borrando rápidamente.
Finalmente, después de lo que parecieron horas de lucha grecorromana contra el poliéster y el aluminio, las tiendas quedaron en pie. O algo parecido. —Voy a construir la mejor tienda que jamás hayas visto —había prometido Cristóbal horas antes. Ahora, viendo el resultado tambaleante, Tarek se burló: —Derríbala, porque no estaba en cámara. La mirada de odio de Cristóbal podría haber encendido una fogata sin cerillos.
Capítulo 4: La Odisea a la “Otra Isla”
Con el dinero repartido y las tiendas mal armadas, el aburrimiento volvió a atacar. Y el aburrimiento en un grupo de hombres jóvenes es peligroso. Es la madre de todas las ideas estúpidas.
Miramos hacia el horizonte. A lo lejos, se veía otra mancha de tierra. —Hay otra isla allá y vamos a nadar hacia ella porque necesitamos contenido —dijo alguien. La lógica del youtuber: si no te estás matando, no es entretenido.
Nos lanzamos al agua. El mar estaba fresco, un alivio momentáneo para la piel quemada, pero pronto la realidad de la distancia nos golpeó. Nadar en el océano no es como nadar en la alberca del balneario. Las corrientes te jalan, las olas te empujan y la sal te ciega.
—¡Oh, mira, tenemos un tiburón en el agua! —gritó Tarek. El pánico fue instantáneo. Mi corazón dio un vuelco. Empecé a patalear frenéticamente, buscando la aleta, esperando sentir los dientes. —¡Soy un tiburón! —dijo Chandler, haciendo ruidos idiotas. Era una broma. Una maldita broma. —¡Soy un tiburón! —repitió, riéndose mientras nosotros casi nos infartamos.
Seguimos nadando, o intentándolo. Cristóbal, en un ataque de energía otaku, decidió correr dentro del agua. —¡Naruto run a través del agua! Tan rápido —gritó, inclinando el cuerpo hacia adelante y agitando los brazos hacia atrás como el personaje de anime. Spoiler: no fue rápido. Parecía una licuadora descompuesta.
La fatiga empezó a pesar. Mis brazos se sentían de plomo. —Muchachos, la isla está hasta allá, sigan —nos animaba Jaime, que curiosamente parecía estar flotando con menos esfuerzo que los demás. —Podríamos nadar a Europa —dijo Jaime, en un momento de delirio geográfico. —¿Sabes que el océano está del otro lado, verdad? —le preguntó alguien. —¿De esto? —Ajá.
La estupidez de la conversación era lo único que nos mantenía a flote. Pero pronto, la meta se volvió inalcanzable. —Chandler, ¿a dónde vas? —le grité. Estaba nadando en zigzag. —La isla es por aquí —respondió, completamente desorientado. —¡Necesitamos regresar! —ordenó Jaime finalmente. La cordura, por fin, hizo acto de presencia.
Regresar fue peor. Arrastramos los cuerpos hasta la orilla, tosiendo agua salada y con la dignidad por los suelos. —Solo me salpicó una gota en el ojo y casi muero —se quejó uno, frotándose la cara roja.
Capítulo 5: El Ataque de la Madre Naturaleza
Al volver al campamento, exhaustos y derrotados, notamos algo aterrador. El paisaje había cambiado. No era solo la luz del atardecer; era el suelo. El suelo estaba desapareciendo.
Enviamos el dron hacia arriba para tener una vista aérea, y lo que vimos en la pantalla nos heló la sangre más que cualquier tiburón imaginario. —La isla se está haciendo pequeña —dijo Tarek, con la voz apagada. —¿Qué? —pregunté, sin querer creerlo. —La isla se está haciendo pequeña. —¿Quién dijo eso? —La Madre Naturaleza —respondió él, fatalista. —¡Qué diablos, mamá! —grité al cielo.
La marea estaba subiendo. Y rápido. El agua, que horas antes parecía inofensiva y distante, ahora estaba lamiendo las estacas de nuestras tiendas. Nuestro “hogar”, por el que habíamos pagado y sudado, estaba a punto de convertirse en una atracción submarina.
—Chicos, tenemos que migrar hacia allá —sugirió Tarek, señalando la parte más alta (y rocosa e incómoda) de la isla. —¡No! —se negó Jaime rotundamente. Él no iba a mover su campamento. Era una cuestión de orgullo y terquedad—. Construimos un foso. No vamos a migrar a ningún lado.
¿Un foso? ¿Contra el Océano Pacífico? Sonaba a la idea más estúpida del mundo. Como tratar de detener un tren con una mano. Pero no teníamos opción. —¡No sé si este foso va a funcionar! —gritó Tarek mientras agarrábamos las palas de nuevo.
La adrenalina reemplazó al cansancio. Empezamos a cavar frenéticamente alrededor de las tiendas, creando un muro de arena para contener la marea. —¡Hey, veámoslo, veámoslo! —gritamos cuando la primera ola grande golpeó nuestra barrera improvisada. El agua chocó contra el muro de arena. La arena aguantó. El agua se desvió. —¡Funciona! —gritamos al unísono, como niños que acaban de descubrir el fuego. —¡Necesitamos más fosos! —ordenó Jaime.
La batalla se volvió épica. Hombre contra Naturaleza. Nosotros con nuestras palas de plástico y nuestras manos desnudas, contra la fuerza gravitacional de la Luna moviendo millones de litros de agua. —¡Chicos, pónganse a cavar! ¡Protejan la aldea! —gritaba yo, sintiéndome como un general en una película de guerra. —¡Opa, otra más! —avisaba Tarek cada vez que venía una ola.
El trabajo era brutal. —Muchacho, eso te quemará los muslos justo ahí —se quejó Chandler, frotándose las piernas. Pero no podíamos parar. Si parábamos, perdíamos las tiendas. Si perdíamos las tiendas, dormíamos en el agua.
—¡Aquí viene una grande! —alertó alguien. Miramos hacia el mar. Una ola, considerablemente más grande y enojada que las anteriores, se alzaba con una cresta de espuma blanca. —¡Oh, cielos! —murmuró Cristóbal. —¡Esa es una realmente grande! ¡Dios mío!
La ola rompió. El agua se precipitó hacia nosotros, buscando cualquier debilidad en nuestro muro. Contuvimos la respiración. El agua llenó el foso exterior, se remolinó, golpeó la pared de arena… y se detuvo. —¡Sobrevivimos! —gritó Jaime, levantando los brazos. —¡Vivimos para luchar otro día! —celebré.
Era ridículo. Estábamos celebrando que habíamos detenido un charco, pero en ese momento se sintió como si hubiéramos derrotado a Poseidón. —Se llama “island” (isla) no “iwater” (i-agua) —bromeó alguien, con ese humor malo que solo sale cuando estás demasiado cansado.
Capítulo 6: La Negociación de los Hot Dogs
La victoria contra el mar nos trajo un nuevo problema: el hambre. La adrenalina bajó y mi estómago empezó a rugir como león enjaulado. Habíamos gastado miles de calorías cavando y nadando, y lo único que habíamos comido era arena (accidentalmente).
Jaime, siempre el maestro de ceremonias, vio la oportunidad. —Mantengan la isla sin hundirse y les daremos todos los hot dogs que quieran —anunció, como si fuera un dios benévolo ofreciendo maná. —¿Comida? —pregunté, salivando como el perro de Pavlov. —Sí. Todos los hot dogs del mundo. Las olas no quieren que tengan hot dogs.
La motivación se renovó. —Tú construyes este foso, conseguimos comida —le dije a Chandler, tratando de explicarle la economía básica del trueque. Chandler, que parecía estar al borde del colapso mental, solo asentía. —Comida —repetía, con los ojos vacíos.
Pero había un problema técnico. —No podemos hacer fuego si la aldea está bajo el agua, Chandler —le recordé. Necesitábamos fuego para las salchichas. Y necesitábamos tierra seca para el fuego.
—¡Piensa, Chandler! ¡Por favor ayuda! —le rogaba Tarek. Chandler nos miró, luego miró una pala. —Está bien. Sostén esto —me dijo, pasándome algo. —¿Qué es esto? —pregunté. —Un ataque al corazón —respondió, tocándose el pecho. El chico estaba fundido.
Finalmente, el muro resistió lo suficiente. La marea alta comenzó a ceder, o al menos nos dio una tregua. —El foso funcionó, esta fue la mejor idea que hemos tenido. Realmente resistió la marea alta —dije, sintiendo un orgullo absurdo por nuestra ingeniería de kínder.
Capítulo 7: Fuego, Frustración y Salchichas Sucias
Llegó la hora de la verdad. Teníamos las salchichas. Teníamos los panes. Pero nos faltaba el elemento prometéico: el fuego.
Cristóbal, el “Boy Scout”, se adelantó. Era su momento de brillar. O de fallar miserablemente otra vez. —Mírame hacer un fuego —dijo, inflando el pecho. —¿Qué tipo de pájaro es ese? —preguntó Tarek, burlándose de la postura extraña de Cristóbal. Josh empezó a graznar como un cuervo. —¡Nadie se está enfocando en mi fuego! —gritó Cristóbal, desesperado por atención y validación.
Empezó a darnos una cátedra no solicitada sobre termodinámica. —Combustible. Llama. Y oxígeno —enumeraba los ingredientes, como si estuviera revelando los secretos del universo. Luego, se dirigió a una cámara imaginaria, rompiendo la cuarta pared con rabia. —Y todos dijeron, no, exhalas dióxido de carbono. Pero no es así, estás soplando y hace que el oxígeno vaya al fuego. ¡Así que están equivocados, sección de comentarios, ustedes tontos! —gritó. Claramente, tenía traumas pasados con los trolls de internet.
Lo miré. Estaba rojo como un camarón. —Estoy quemado por el sol —admitió. —Lo sé —le dije. —Olvidé el protector solar. Y soy un boy scout. Cub scout. Esa es la primera regla de los boy scouts: estar preparado. La ironía era tan espesa que se podía cortar con cuchillo. Un boy scout quemado, sin protector solar, peleando con una fogata en una isla desierta.
Finalmente, una llama surgió. —¡Estamos rugiendo ahora, muchachos! ¡Preparen sus salchichas! —celebró Cristóbal. Luego, miró a Jaime con ojos de cachorro herido. —Jaime. Apréciame. Te hice fuego. —No me importa —respondió Jaime, frío como el hielo. —¡Quiero sentirme apreciado! —chilló Cristóbal. —Suenas como Maddy… —empezó Jaime, haciendo una broma interna que nos hizo reír incómodamente.
Capítulo 8: La Locura del Hambre y el Cuchillo
El olor a salchicha asada comenzó a llenar el aire, mezclándose con el olor a mar y sudor. Y eso rompió lo poco que quedaba de civilización en Chandler.
De repente, vi a Cristóbal correr. —¡Tengo un cuchillo! —gritó, corriendo por la playa con un arma blanca en la mano. —¡Oh, Dios! ¿Por qué corre con un cuchillo? —pregunté, alarmado. —¡Alguien quítele ese cuchillo! —ordenó Jaime—. La única forma de detener a un loco es con otro loco. ¡Chandler, ataca!.
Chandler, activado por la orden y el hambre, entró en modo berserker. —Piensen en su amistad —suplicó alguien, pero la amistad no llena el estómago.
Chandler estaba fuera de sí. El hambre lo había transformado. —¡Si no consigo comida en los próximos 30 minutos, voy a caminar desnudo! —amenazó. Nos quedamos paralizados. Esa era una amenaza nuclear. Nadie quería ver eso. —¿Y sabes qué? También voy a destrozar el campamento. Eso es lo que voy a hacer —continuó, subiendo la apuesta—. Voy a apagar el fuego, me voy a poner desnudo en 30 minutos si no consigo comida.
La urgencia por cocinar se disparó. No por hambre, sino por miedo a ver a Chandler encuerado. —¡Cocina nuestras salchichas! —le gritamos a Cristóbal. Cristóbal agarró las salchichas con sus manos llenas de tierra, ceniza y quién sabe qué más. —No me he lavado las manos, pero… —empezó a decir. —¡Espera, no te has lavado las manos? —preguntó Tarek asqueado. —¿Estabas escarbando en tu trasero? —preguntó Jake, yendo directo al grano. —Sí, lo estaba —admitió Cristóbal sin vergüenza alguna.
Hubo un silencio de un segundo. Miramos las salchichas. Miramos las manos sucias de Cristóbal. Miramos a Chandler que ya se estaba desabrochando el pantalón. —No estamos lidiando con condiciones óptimas para cocinar salchichas —concluí filosóficamente. —Muy bien, vamos a preparar los panes, la salsa de tomate y la mostaza —dijo alguien.
El hambre ganó. Nos comimos esas salchichas con sabor a arena, sudor y “rascada de trasero”. Y déjenme decirles algo: sabían a gloria. Sabían a victoria. Sabían a que íbamos a sobrevivir un día más en este infierno paradisíaco.
La noche cayó sobre la isla. Las aves hacían del baño por todas partes, el viento soplaba sobre nuestras tiendas mal armadas y protegidas por un foso de arena húmeda. Teníamos dinero enterrado (bueno, Dustin lo tenía), teníamos el estómago lleno de comida cuestionable y teníamos la certeza de que mañana… mañana sería otro día de locura. Pero por hoy, habíamos sobrevivido a la avaricia, al mar y a nosotros mismos.
CRÓNICAS DE UN NÁUFRAGO: LA NOCHE ETERNA Y EL AMANECER DE LOS MUERTOS VIVIENTES (PARTE 3)
Capítulo 9: La Digestión del Pecado y el Ocaso Traicionero
Dicen que la barriga llena hace al corazón contento, pero en nuestro caso, la barriga llena de salchichas cubiertas de arena, ceniza y bacterias de dudosa procedencia, solo hizo que el corazón se llenara de incertidumbre gástrica.
El sol comenzó a descender. En las postales de Cancún o Puerto Vallarta, el atardecer es ese momento romántico donde el cielo se pinta de naranja y morado, y uno suspira pensando en lo bella que es la vida. Pero aquí, en medio de la nada, ver al sol esconderse no era romántico; era una cuenta regresiva. Era el universo diciéndote: “Órale, compa, se acabó la luz, ahora viene lo feo”.
Nos sentamos en círculo alrededor de las brasas moribundas de la fogata que Cristóbal había encendido con tanto drama. El calor del fuego era lo único que nos separaba de la realidad de nuestra situación. —Oigan, ¿alguien más siente que las salchichas están bailando quebradita en su estómago? —pregunté, rompiendo el silencio. —Es la arena, güey. Es fibra natural —contestó Tarek, tratando de mantener el humor, aunque su cara pálida decía otra cosa.
La oscuridad en una isla desierta no es como la oscuridad de la ciudad. En la CDMX o en Monterrey, nunca está realmente oscuro; siempre hay un faro, un letrero de Oxxo o el brillo de la contaminación lumínica. Aquí no. Aquí, cuando el sol se fue, fue como si alguien hubiera bajado el switch principal de la realidad. De repente, el mundo se redujo a lo que alcanzaba a iluminar nuestra pequeña fogata y las luces LED de las cámaras. Más allá de ese círculo de luz, el abismo.
—Bueno, muchachos, hora de dormir —dijo Jaime, bostezando con esa indiferencia que a veces me daban ganas de aplaudirle y a veces de golpearlo. —¿Dormir? —replicó Chandler, mirando hacia la negrura del mar—. ¿Con ese ruido?
El mar, que durante el día había sido nuestro enemigo activo tratando de inundar las tiendas, ahora era un monstruo acústico. Sin la vista para orientarnos, el sonido de las olas rompiendo sonaba diez veces más fuerte, como si Godzilla estuviera saliendo del agua a cada minuto.
Capítulo 10: La Guerra Inmobiliaria de las Tiendas de Campaña
Nos dirigimos a nuestras “mansiones”. Y uso el término con el sarcasmo más ácido del mundo. Recordemos que nuestras tiendas fueron armadas por un grupo de inútiles (nosotros), peleando contra el viento y la deshidratación.
Dustin, el magnate que encontró los $3,000 dólares, se retiró a su tienda VIP. Técnicamente era la misma tienda barata que las nuestras, pero el hecho de que él tuviera el dinero la hacía parecer, psicológicamente, un penthouse en Polanco. —Buenas noches, plebeyos —bromeó antes de cerrar el cierre. El sonido del zíper cerrándose fue el sonido de la división de clases sociales.
Me arrastré hacia mi refugio. Al entrar, me di cuenta de un error táctico fundamental: no habíamos aplanado el suelo. —¡No manches! —exclamé al acostarme. Tenía una raíz, o una roca, o quizás el caparazón de una tortuga prehistórica, clavándose justo en mis riñones. Traté de moverme, de acomodar la bolsa de dormir, pero la arena es traicionera. Si te mueves mucho, te hundes. Si no te mueves, te duele.
—Oye, Lalo —susurró Tarek desde la tienda de al lado. Las paredes de tela eran tan finas que podíamos escuchar hasta los pensamientos del otro. —¿Qué quieres? —¿Crees que suba la marea otra vez? Esa pregunta me heló la sangre más que el viento nocturno. Habíamos construido el foso, sí. Habíamos celebrado como héroes griegos cuando el agua se detuvo. Pero, ¿y si la marea nocturna era más alta? ¿Y si despertábamos flotando hacia Japón?
—Cállate, Tarek. Duérmete —le dije, pero el daño ya estaba hecho. Ahora mis ojos estaban abiertos como platos, mirando el techo de poliéster que se agitaba violentamente con el viento.
Capítulo 11: El Viento, el Enemigo Invisible
Hablando del viento, hay que hacer una mención honorífica a Eolo, el dios del viento, que decidió que esa noche era perfecta para probar la resistencia estructural de nuestras tiendas patito.
Empezó como una brisa. “Ay, qué rico, refresca”, pensamos. Ilusos. A la hora, la brisa se convirtió en ráfagas sostenidas que golpeaban la tela con un sonido sordo: FLAP-FLAP-FLAP-FLAP. Era imposible dormir. Era como estar dentro de una bolsa de papitas mientras un gigante la sacude para buscar el tazo.
—¡Se me va a volar el techo! —gritó Cristóbal desde algún lugar en la oscuridad. Salí de mi tienda, iluminando con la lámpara del celular (que le quedaba 12% de batería, por cierto). La escena era dantesca. La tienda de Cristóbal se había doblado por la mitad. Las varillas, esas varillas flexibles de fibra de vidrio que tanto odiamos al armar, se habían rendido. La tienda parecía un taco mal doblado y Cristóbal era la carne atrapada adentro.
—¡Ayuda! ¡Me está comiendo la tienda! —gritaba él, pataleando. Jaime, Tarek y yo salimos, luchando contra el viento que nos llenaba los ojos de arena. —¡Güey, detén la varilla! —le grité a Jaime. —¡Eso intento, pero se resbala! Tuvimos que improvisar. Usamos piedras, troncos y, en un acto de desesperación, enterramos las estacas más profundo usando una de las palas como martillo.
—Esto no va a aguantar toda la noche —diagnostiqué, escupiendo arena—. Si el viento sube más, vamos a terminar durmiendo al raso. —Pues hacemos cucharita —dijo Chandler. Todos nos quedamos callados. —Era broma —aclaró Chandler. —Pero si hace mucho frío… —dejó caer Tarek. —¡Cállense y arreglen la tienda! —ordené, tratando de mantener la poca masculinidad tóxica que nos quedaba para no colapsar en un abrazo grupal de llanto.
Capítulo 12: La Misión del Cubeta-Baño
Alrededor de las 2:00 AM, sucedió lo inevitable. La naturaleza llamó. Y no fue una llamada perdida; fue una notificación urgente, con vibración y sonido.
Recuerden que al principio del video, uno de los suministros era “una cubeta para mi popó”. En ese momento nos reímos. “Jajaja, qué gracioso”. Ahora, a las dos de la mañana, en total oscuridad, con el viento aullando y el miedo a los cangrejos, esa cubeta era el objeto más importante del universo.
—Tengo que ir —anuncié al vacío. —¿A dónde? —preguntó una voz adormilada. —Al baño. O sea, a la cubeta. —Llévatela lejos, por favor. No quiero oler tu fracaso —respondió Jaime.
Salí de la tienda con la cubeta en una mano y un rollo de papel higiénico (que gracias a Dios habíamos traído) en la otra. Caminé alejándome del campamento, buscando privacidad en una isla desierta, lo cual es irónico porque estás solo, pero sientes que mil ojos te observan.
Encontré un lugar detrás de unos matorrales secos. Me bajé los pantalones, sentí el aire frío en mis partes nobles y me senté en la cubeta. La dignidad humana es algo frágil. Puedes ser un licenciado, un influencer, un doctor, pero cuando estás cagando en una cubeta de plástico en medio del Océano Pacífico mientras rezas para que no te pique un escorpión en la nalga, te das cuenta de que somos animales con ropa.
De repente, escuché un ruido. Crac. Crac. Me congelé. ¿Era un animal? ¿Era un asesino serial que vive en la isla? ¿Era el espíritu de un pirata? Alucé con la linterna. Era un cangrejo. Un cangrejo ermitaño gigante que me miraba fijamente, como juzgándome. —¿Qué me ves, güey? ¡Date la vuelta! —le susurré al cangrejo. El cangrejo no se movió. Terminé mis asuntos lo más rápido posible, enterré el contenido (porque somos civilizados, dentro de lo que cabe) y regresé corriendo al campamento, sintiéndome 5 kilos más ligero pero con el trauma intacto.
Capítulo 13: Conversaciones de Insomnio
El sueño no llegaba. La adrenalina, la incomodidad y el frío calaban hasta los huesos. Nos rendimos con la idea de dormir profundamente y empezamos a hablar de tienda a tienda. Esas conversaciones de madrugada que solo tienes cuando estás muy borracho o muy jodido.
—Oigan —dijo Jake—. ¿Qué es lo primero que van a comer cuando lleguemos a tierra firme? Esa pregunta desató la pornografía gastronómica más intensa que he vivido. —Unos tacos al pastor —dijo Tarek inmediatamente—. Con mucha piña, salsa roja de la que pica rico, cebollita, cilantro… y una Coca de vidrio bien helada. Casi pude saborearlo. Salivé tanto que tuve que tragar fuerte. —Yo quiero una pizza —dijo Chandler—. Una pizza familiar para mí solo. De pepperoni con extra queso. —Ustedes no saben nada —interrumpió Cristóbal—. Lo que necesitamos es un caldo tlalpeño. Algo calientito. —¿Caldo? ¿Estás loco? Estamos a 30 grados en el día —le recriminé. —Pero ahorita hace frío.
El frío era real. No teníamos ropa adecuada. Veníamos en shorts y camisetas, pensando “es la playa, va a estar rico”. Error de novato. La brisa marina de noche te corta la piel. Nos habíamos tapado con toallas húmedas y las lonas de las tiendas, pero temblábamos.
—¿Creen que nos encuentren si nos morimos aquí? —preguntó Dustin, el millonario. —Tienen que venir por nosotros, güey. Tienen las cámaras —razoné—. Si no regresan, el video no se sube y no monetizan. Somos activos financieros. Nos van a rescatar por avaricia, no por amor. —Qué reconfortante —murmuró Dustin.
Capítulo 14: La Alucinación Colectiva y los Ruidos Extraños
Pasadas las 4:00 AM, el cerebro empieza a fallar. La privación de sueño te juega malas pasadas. —Escuché un motor —dijo Jaime de repente, sentándose de golpe. Todos nos quedamos en silencio absoluto, aguantando la respiración. Solo se oía el mar. —No se oye nada, loco —le dije. —Te lo juro. Escuché un motor. Ya vienen por nosotros.
Salimos todos, esperanzados, mirando al horizonte negro. Buscábamos una luz, un barco, una señal de vida. Estuvimos ahí parados, como suricatas, durante diez minutos. Nada. Solo la inmensidad del océano burlándose de nosotros. —Fue el viento —dijo Tarek, decepcionado. —O fue tu estómago otra vez —agregó Jake.
Regresamos a las tiendas, derrotados. La moral estaba por los suelos. En ese momento, los $3,000 dólares de Dustin no valían nada. Hubiera cambiado todo ese dinero por una cama matrimonial con sábanas limpias y una almohada que no fuera una mochila llena de piedras.
Empecé a pensar en mi vida. En por qué acepté hacer esto. “Va a ser divertido”, dijeron. “Será una experiencia”, dijeron. Sí, una experiencia traumática. Pensé en mi mamá, en cómo me decía que me llevara un suéter cuando salía. “Ay mamá, qué oso, no va a hacer frío”. Perdóname, jefa. Tenías razón. Siempre tienes razón. Daría mi riñón izquierdo por ese suéter tejido horrible que me regalaste en Navidad.
Capítulo 15: El Amanecer de los Zombies
No sé en qué momento me quedé dormido, pero debió ser por puro agotamiento, un desmayo técnico más que un sueño reparador. Lo que me despertó no fue el canto de los pajaritos, ni un rayo de sol suave. Fue el calor. De repente, la tienda pasó de ser un congelador a ser un horno de microondas. El sol salió y golpeó el plástico con furia. Abrí los ojos, pegajosos de lagañas y sal. Me dolía todo. El cuello, la espalda, las piernas (por cavar el foso), los brazos. Me sentía como si me hubiera atropellado un metrobús y luego hubiera dado reversa para rematarme.
Abrí el cierre de la tienda y salí a gatas. La vista era lamentable. Parecíamos un campamento de refugiados después de un huracán. Las tiendas estaban chuecas, había basura (envolturas de hot dogs, botellas vacías) esparcida por el viento, y mis amigos… Dios mío, mis amigos.
Cristóbal salió de su tienda con el pelo parado como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Tenía arena pegada en media cara. —Buenos días, princesa —le dije con la voz ronca. —Vete al diablo —gruñó él.
Jaime ya estaba despierto, sentado en un tronco, mirando al infinito con la mirada de las mil yardas. —Sobrevivimos —dijo, sin emoción. —Apenas —corrigí.
Hicimos un recuento de daños.
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Suministros: Cero agua potable (nos la acabamos casi toda ayer por el calor). Cero comida decente (quedaban panes duros).
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Estado Físico: Todos quemados por el sol (rojos como camarones), deshidratados, con dolor muscular y ojeras que llegaban al suelo.
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Estado Mental: Cuestionable. Chandler estaba hablando con una gaviota. —Le estoy diciendo que vaya por ayuda, pero no me hace caso —me explicó Chandler muy serio—. Creo que no habla español. —Intenta en inglés —le sugerí, siguiéndole la corriente para no alterarlo.
Capítulo 16: La Espera Agónica
La premisa era “24 horas”. Habíamos llegado el día anterior alrededor del mediodía. Eso significaba que todavía nos quedaban unas horas de sufrimiento bajo el sol mañanero. Esas últimas horas fueron las peores. Ya no había adrenalina de buscar tesoros. Ya no había miedo a la tormenta. Solo había espera. Y calor. Mucho calor.
Tratamos de distraernos. —Vamos a jugar al “Veo, veo” —propuso Tarek. —Veo, veo… —dijo. —¿Qué ves? —Arena. —¡Ganaste! —dijimos todos al unísono. El juego duró 10 segundos. No había nada más que ver. Arena, agua, cielo y nuestras caras de sufrimiento.
Dustin, en un intento de animar las cosas, sacó el dinero otra vez. —Miren, $3,000 dólares —dijo, abanicándose con los billetes. —Dustin, te juro que si no guardas eso, te lo voy a hacer comer —amenazó Cristóbal. Y lo decía en serio. El dinero ya no significaba poder; significaba un recordatorio de la estupidez que nos trajo aquí.
Para pasar el tiempo y no matarnos entre nosotros, decidimos limpiar el campamento. “Dejar el lugar mejor de lo que lo encontramos”, como buenos boy scouts (aunque Cristóbal fuera un fraude). Recogimos cada papelito, cada plástico. Desarmar las tiendas fue otro show. Si armarlas fue difícil, desarmarlas con las manos hinchadas y sin paciencia fue una prueba de carácter. —¡Ya rómpela, a la goma! —gritó Jaime peleando con una varilla atascada. —No, güey, cuestan lana. Hay que regresarlas —fui la voz de la razón, aunque por dentro quería prenderle fuego a todo.
Capítulo 17: La Señal de Salvación
Eran las 11:30 AM. El sol estaba otra vez en su punto de “te odio”. Estábamos sentados en la orilla, mirando el horizonte como náufragos de caricatura. Y entonces, se escuchó. El zumbido. Al principio pensé que era una mosca en mi oreja. Pero el zumbido se hizo más grave. Más constante. —¿Oyen eso? —preguntó Tarek. Nos pusimos de pie. A lo lejos, un punto blanco rompiendo las olas. Creciendo. —¡Es el barco! —gritó Chandler.
La euforia que sentimos en ese momento es indescriptible. Fue como ganar el mundial, como que te digan que el examen se canceló, como encontrar un billete de 500 en un pantalón viejo. Todo junto. Empezamos a saltar y gritar, agitando los brazos. —¡AQUÍ! ¡ESTAMOS AQUÍ! ¡SÁQUENNOS DE ESTE INFIERNO!
El barco se acercó. Vimos al capitán saludando. Nunca había visto a un ser humano tan hermoso en mi vida (y era un señor barbudo y chimuelo, pero en ese momento era un ángel). El barco encalló en la arena suavemente. —¿Listos para irse, muchachos? —preguntó el capitán. —¡VÁMONOS, PERO YA! —gritamos.
Subir al barco fue caótico. Aventamos las mochilas, las tiendas mal dobladas, la cubeta (vacía y limpia, por suerte). Saltamos a bordo como si el suelo de la isla fuera lava. En cuanto el motor rugió y el barco empezó a alejarse de la orilla, sentí que el alma me regresaba al cuerpo.
Miré hacia atrás. La isla se veía pequeña, tranquila, inocente. “Isla desierta”, qué concepto tan romántico en las películas y qué pesadilla en la realidad. Ahí se quedaban nuestras huellas, nuestros agujeros de tesoro falso y, probablemente, un pedazo de nuestra cordura.
Capítulo 18: Reflexiones de un Sobreviviente Urbano
El viento en la cara mientras regresábamos a la civilización se sentía diferente. Ya no era el viento molesto de la noche; era el aire de la libertad. Saqué mi celular. Una barra de señal. Dos barras. LTE. —¡TENGO SEÑAL! —grité. El sonido de las notificaciones entrando fue música para mis oídos. Ding, ding, ding. El mundo real existía. Mi mamá me había mandado tres memes de Piolín y un “¿ya comiste?”. Casi lloro.
—Oigan —dijo Dustin, mirando su fajo de billetes—. ¿Saben qué? Todos lo miramos, esperando que dijera algo profundo. —Invito los tacos. Una ovación estalló en el barco. —¡A huevo! ¡Ese es mi millonario! —le gritó Cristóbal, abrazándolo. El rencor de clase social se había disipado ante la promesa de carne al pastor.
Mientras el barco se acercaba al puerto, y veía los edificios, los coches y la gente, me di cuenta de algo importante. A veces, necesitas alejarte de todo, necesitas pasar frío, hambre y miedo, necesitas cagar en una cubeta y pelear por una salchicha sucia, para valorar lo increíblemente hermoso que es tener un baño con puerta, un colchón y un techo que no se vuela con el viento.
Sobrevivimos 24 horas. No morimos. No nos matamos (por poco). Y aunque la experiencia fue un desastre logístico, emocional y sanitario, tuvimos una historia que contar. Volteé a ver a mis amigos. Estaban sucios, apestosos, quemados y dormidos unos sobre otros en la cubierta del barco. —Son unos idiotas —pensé con una sonrisa—. Pero son mis idiotas.
El capitán me miró y se rio. —¿Volverían a hacerlo? —preguntó. Lo miré fijamente a los ojos, con la seriedad de un veterano de guerra. —Capitán, con todo respeto… ni maíz paloma. La próxima vez, nos vamos a un hotel todo incluido.
Y así, con la promesa de nunca más jugar al sobreviviente, cerramos el capítulo. El barco atracó. Pisamos cemento firme. Y corrimos hacia la taquería más cercana como si no hubiera un mañana. Porque, después de sobrevivir a esa isla, sabíamos que el mañana es un regalo, pero los tacos… los tacos son una bendición.
CRÓNICAS DE UN NÁUFRAGO: LA RESACA DE SAL, EL MAL DEL PUERCO Y EL RETORNO A LA CIVILIZACIÓN (PARTE 4)
Capítulo 19: El Mareo de Tierra y el Olor a Humanidad
El trayecto en barco de regreso al continente fue, irónicamente, más silencioso que nuestra estancia en la isla. Nadie hablaba. El motor del pequeño bote pesquero rugía con un ritmo monótono que, para mis oídos, sonaba a música clásica. Estábamos apilados como sardinas en la cubierta, con las mochilas llenas de arena y las tiendas de campaña mal dobladas sirviendo de almohadas improvisadas.
Chandler dormía con la boca abierta, babeando sobre el hombro de Cristóbal, quien estaba demasiado catatónico para empujarlo. Tarek miraba su celular como si fuera un artefacto alienígena, redescubriendo el milagro de Instagram. Y yo… yo solo miraba cómo la línea de la costa se hacía más grande. Edificios. Coches. Antenas. Cosas hechas por el hombre que no requerían cavar un foso para sobrevivir.
Cuando el casco del barco finalmente raspó contra el muelle de concreto, sentí una emoción que solo puedo describir como religiosa. —Llegamos, raza —murmuró Jaime, levantándose con el esfuerzo de un anciano de 90 años.
Bajar del barco fue otro show. ¿Han escuchado hablar del “mareo de tierra”? Es real. Después de 24 horas de estar en una isla inestable y luego en un barco, pisar suelo firme se sintió incorrecto. El piso de concreto parecía moverse bajo mis pies. —¡Ay, güey! —gritó Dustin, tropezando con sus propios pies al saltar al muelle—. ¡El suelo se mueve! —No es el suelo, idiota, es tu equilibrio que se quedó en el mar —le dije, sosteniéndolo para que no cayera al agua mugrienta del puerto.
El capitán, ese santo chimuelo que nos rescató, nos miró con una mezcla de lástima y diversión. —Son 500 pesos del viaje extra —dijo, extendiendo la mano callosa. Dustin, en su papel de “Slumdog Millionaire”, sacó un puñado de billetes de a dólar de su bolsillo. Estaban húmedos, arrugados y llenos de arena. —Tenga, jefe. Quédese con el cambio —dijo Dustin, entregándole una bola de papel verde mojado. El capitán lo miró con asco, pero tomó el dinero. —Vayan con Dios, muchachos. Y báñense, apestan a pescado muerto.
Tenía razón. Al estar todos juntos en la isla, nos habíamos vuelto inmunes a nuestro propio hedor. Pero ahora, rodeados de gente “normal” que caminaba por el malecón con ropa limpia y perfumes, nos dimos cuenta de la realidad: éramos una ofensa olfativa ambulante. Olíamos a humo de fogata, sudor rancio, agua de mar seca, protector solar barato y salchicha procesada.
Capítulo 20: La Peregrinación a la Catedral del Colesterol
—Tacos —dijo Cristóbal. No fue una sugerencia; fue una orden biológica. —Busca la taquería más cercana en Google Maps, Tarek. Ahora. Es cuestión de vida o muerte —instruyó Jaime.
Caminamos como zombies por las calles del pueblo costero. La gente se nos quedaba viendo. Un grupo de gringos turistas cruzó la calle para evitarnos, probablemente pensando que éramos náufragos reales o vagabundos peligrosos. No los culpé. Yo también hubiera cruzado la calle si viera a Chandler, que traía una camisa rota y la mirada de un psicópata hambriento.
—¡Ahí! —señaló Tarek—. “Taquería El Fogón de Don Chuy”. 4.8 estrellas. Entramos al local como si fuera el Vaticano. El olor a carne asada, cebolla caramelizada y cilantro fresco golpeó mis fosas nasales y casi me hace llorar de felicidad. Ese olor es el ADN de México. Olviden el “olor a tierra mojada”; el verdadero olor de la patria es el trompo de pastor girando lentamente frente al fuego.
Nos sentamos en una mesa de plástico rojo. El mesero se acercó, nos miró de arriba abajo, arrugó la nariz, pero sacó su libreta. Profesionalismo puro. —¿Qué les traigo, jóvenes? Hubo un silencio breve. Nos miramos entre nosotros. Dustin tomó la palabra. —¿Tiene trompo? —Sí, joven. —¿Tiene bistec? —Sí. —¿Tiene gringas, volcanes y campechanas? —Sí, claro. —Tráigalo todo —dijo Dustin—. Y cinco Cocas de vidrio. Bien muertas (heladas).
El mesero parpadeó. —¿Todo? ¿Cómo que todo? —Tráiganos 10 de pastor, 10 de bistec, 5 volcanes y guacamole para empezar. Y luego vemos —intervine yo, poniendo orden a la gula.
Cuando llegaron las bebidas, el sonido del gas escapando al destapar las botellas de vidrio fue el mejor ASMR que he escuchado en mi vida. El primer trago de refresco frío, con el azúcar recorriendo mi torrente sanguíneo, me reinició el cerebro. Sentí cómo mis neuronas volvían a conectarse. —Salud, cabrones —dijo Jaime, levantando su botella. —Salud por no morir —respondimos.
Luego llegaron los tacos. Oh, los tacos. La primera mordida a un taco al pastor con piña, salsa roja, limón y sal, después de haber comido arena y hot dogs fríos, fue una experiencia casi erótica. —No mames —gimió Cristóbal con la boca llena—. Esto sabe a gloria. —Creo que estoy llorando —dijo Chandler. Y efectivamente, una lágrima solitaria recorría su mejilla sucia, abriéndose paso entre la mugre.
Comimos como animales. Sin hablar. Solo se escuchaban los gruñidos de satisfacción y el sonido de las mandíbulas trabajando. Devoramos charola tras charola. El mesero iba y venía, sorprendido por la capacidad estomacal de cinco tipos flacos y quemados.
Capítulo 21: El Mal del Puerco y la Realidad Económica
Al terminar, estábamos en ese estado catatónico conocido en México como “El Mal del Puerco”. Esa pesadez extrema donde la sangre se va del cerebro al estómago para procesar la bomba calórica que acabas de ingerir. Estábamos recargados en las sillas de plástico, con los botones del pantalón a punto de estallar, mirando al infinito.
—La cuenta, jefe —pidió Jaime con voz débil. Cuando llegó el ticket, Dustin sacó su fajo de billetes de la “isla”. —Aquí tienes, carnal —le dijo al mesero, poniendo un montón de billetes de un dólar sobre la mesa. El mesero miró los billetes. Estaban sucios, algunos tenían manchas de catsup de los hot dogs de la isla, y otros todavía tenían arena pegada. —Oiga joven, no somos casa de cambio. Y estos billetes están… pues, muy jodidos —dijo el mesero con justa razón. —Es dinero legal, güey —se defendió Dustin—. Valen 20 pesos cada uno, haz la cuenta.
Empezó una discusión bochornosa. Tuvimos que intervenir. —A ver, ya, qué vergüenza —dije, sacando mi tarjeta de débito, rezando para que pasara—. Yo pago, luego me transfieren. Guárdate tus dólares cochinos, Dustin.
Salimos de la taquería caminando despacio, como pingüinos embarazados. El sol del mediodía nos golpeaba, pero ya no importaba. Teníamos tacos en el sistema. Éramos invencibles. O eso creíamos.
Capítulo 22: La Ducha de la Redención
Decidimos rentar un par de habitaciones en un motel barato cercano para bañarnos y descansar antes de manejar de regreso a la ciudad. Subirnos al coche así hubiera sido un crimen ecológico y olfativo.
Entrar a la habitación con aire acondicionado fue el segundo milagro del día. Me quité la ropa, que estaba rígida por la sal, y la tiré en una esquina. Al mirarme en el espejo del baño, me asusté. Parecía un camarón bicolor. Tenía la marca de la camiseta de tirantes tatuada en rojo fuego sobre mi piel blanca. Mi cara estaba despellejándose en la nariz. Tenía picaduras de insectos que no conocía en las pantorrillas. Y arena. Arena en todas partes. En el pelo, en las orejas, en el ombligo… y en lugares que no mencionaré por decencia, pero digamos que sentía que tenía una lija en la entrepierna.
Abrí la regadera. Agua dulce. Agua caliente. Jabón. Al principio, el agua salió café. Literalmente café. La cantidad de mugre que salió de mi cuerpo podría haber creado una nueva isla. Me tallé con el jabón chiquito del motel hasta que casi se acabó. Pero aquí vino el dolor. El agua caliente sobre la piel quemada por el sol se siente como mil agujas clavándose al mismo tiempo. —¡Aaaahhhhh! —grité en la ducha. —¡Cállate, Lalo, estoy tratando de meditar! —gritó Tarek desde la otra habitación.
Salir de la ducha, limpio (aunque rojo y adolorido), y ponerse ropa seca (que tenía guardada en la cajuela del coche) fue la sensación definitiva de retorno a la civilización. Me sentí humano otra vez. Me sentí Lalo, el estudiante/youtuber/vago, y no Lalo, el náufrago come-arena.
Capítulo 23: El Viaje de Regreso y la Playlist de la Depresión
El viaje en carretera de regreso a casa fue introspectivo. Jaime iba manejando, con sus lentes oscuros para ocultar las ojeras. Yo iba de copiloto (el puesto del DJ). Atrás, el “Team Inútil” (Chandler, Cristóbal y Dustin) dormía profundamente, con las bocas abiertas y las cabezas golpeando las ventanas en cada bache.
Conecté mi celular al Bluetooth. —¿Qué ponemos? —pregunté. —Pon algo triste. Algo que me haga sentir cosas —dijo Jaime. —¿Por qué triste? Acabamos de sobrevivir. —Exacto. Sobrevivimos. Ahora viene la “Cruda Moral”. ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas, Lalo? Tenemos 24 años y nos grabamos cavando hoyos en la arena por dinero. ¿Eso es éxito?
Jaime se estaba poniendo filosófico. Era el efecto post-adrenalina. Puse “La Canción” de Bad Bunny y J Balvin. Un clásico melancólico moderno. Mientras la carretera se extendía frente a nosotros, empecé a pensar en lo que dijo Jaime. ¿Qué estábamos haciendo? La gente piensa que ser creador de contenido es puro glamour. Viajes, dinero, fiestas. No ven la parte donde te quemas las retinas bajo el sol, donde te peleas con tus mejores amigos por 50 dólares, donde pones tu salud en riesgo por un “clickbait”. —Lo hacemos por la anécdota, güey —le respondí después de un rato—. Y porque no queremos trabajar en una oficina de 9 a 6. Jaime sonrió levemente. —Buen punto. Súbele a la rola.
Capítulo 24: La Llegada a Casa y el Interrogatorio Materno
Llegar a mi casa fue extraño. Todo estaba igual. El reloj de la cocina seguía haciendo tic-tac. Mi perro me recibió moviendo la cola, aunque luego estornudó al olerme (creo que todavía olía un poco a humo).
Mi mamá estaba en la sala, viendo la novela. —¡Apareció el perdido! —exclamó, sin quitar la vista de la pantalla—. Tu tía Chonita preguntó por ti. Le dije que andabas en un retiro espiritual. —Algo así, ma. Un retiro de supervivencia —le dije, dándole un beso en la frente. Me miró bien. —Estás requemado, hijo. Pareces albañil de obra negra. Ten, ponte esta crema de sábila. Y te dejé unas enfrijoladas en la estufa.
No tenía hambre, pero me comí las enfrijoladas. Porque rechazar comida de mamá es pecado mortal en México. Y porque, siendo honestos, sabían mejor que los tacos y que las salchichas. Sabían a hogar.
Me tiré en mi cama. Mi colchón. Mi almohada ortopédica. Agarré el celular. Tenía mensajes en el grupo de WhatsApp de “Los Náufragos”.
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Cristóbal: “Oigan, me estoy pelando la espalda. Duele horrible.”
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Tarek: “¿Alguien más tiene diarrea? Creo que el agua de la cubeta me hizo daño.”
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Dustin: “Conté el dinero. Faltan 20 dólares. ¿Quién se los clavó?”
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Chandler: “Extraño a la gaviota.”
Me reí solo en mi cuarto. Estábamos jodidos, pero estábamos juntos en esto.
Capítulo 25: La Edición y el Juicio Final
Tres días después, nos reunimos en el estudio (el cuarto de Jaime) para ver el material. La piel de mi nariz ya se había caído, dejándome con una mancha rosa brillante en medio de la cara. Cristóbal parecía una serpiente mudando de piel; se arrancaba tiras de piel muerta de los brazos mientras veíamos la pantalla.
—Qué asco, Cristóbal, deja de hacer eso —le regañó Tarek. —Es satisfactorio, déjame en paz.
Jaime le dio play al primer corte del video. Verlo fue una experiencia extracorporal. Ahí estábamos. Viéndonos jóvenes, estúpidos y llenos de esperanza al principio. —Mira nada más esa cara de idiota que puse cuando llegamos —se burló Dustin de sí mismo.
Luego vinieron las partes tensas. La pelea por el tesoro. —Te ves bien intenso ahí, Lalo —comentó Jaime, pausando el video en un frame donde yo tenía los ojos desorbitados y una pala en la mano—. Pareces asesino en serie. —Estaba bajo presión psicológica —me defendí.
Pero lo más revelador fue ver la parte del foso. En el momento, mientras lo vivíamos, sentíamos que estábamos construyendo la Muralla China. En el video… bueno, se veía patético. Éramos cinco tipos gritándole a un charco de agua y amontonando arena húmeda que se caía a los dos segundos. —¿Eso es lo que nos salvó? —preguntó Chandler incrédulo—. Se ve ridículo. —La magia de la edición lo arregla todo. Le pondremos música épica de Hans Zimmer y se verá como Gladiador —aseguró Jaime, el mago de la postproducción.
Y tenía razón. Con la música correcta, los cortes rápidos y los efectos de sonido, nuestra miseria se transformó en entretenimiento. Nuestra estupidez se convirtió en comedia. Nuestro sufrimiento se volvió “contenido viral”.
Capítulo 26: El Estreno y la Fama Efímera
El video se subió el domingo a las 6:00 PM. Nos juntamos en Discord para monitorear los comentarios en tiempo real. Las vistas empezaron a subir. 10,000… 50,000… 100,000 en una hora.
Los comentarios eran brutales y geniales al mismo tiempo:
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“Jajaja, el Cristóbal no sabe prender ni un cerillo, qué vergüenza de Boy Scout.”
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“¿Neta se pelearon por 3,000 dólares? Yo lo haría por menos, inviten.”
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“Chandler está drogado o así es? #SaveChandler”
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“El Lalo se ve bien guapo cuando está enojado.” (Ese comentario lo guardé, gracias fan anónima).
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“Qué onda con el foso, ingenieros de la NASA se quedan cortos.”
Éramos el hazmerreír de internet por 15 minutos. Pero estábamos monetizando. —Un millón de vistas en 24 horas —anunció Jaime al día siguiente—. Chicos, somos tendencia #2 en México. Le ganamos al video del gato que toca el piano.
Hubo una sensación de triunfo. Todo el dolor, las quemaduras, la diarrea explosiva de Tarek (que duró tres días), la humillación de la cubeta… todo había valido la pena. Habíamos entretenido a la gente. Habíamos creado algo de la nada.
Capítulo 27: Epílogo – La Promesa Rota
Una semana después, ya recuperados físicamente (aunque mi nariz seguía sensible), nos juntamos para cenar. Nada de tacos esta vez; fuimos por unas hamburguesas decentes. El ambiente era relajado. Reíamos recordando las anécdotas, ahora pulidas por el tiempo y la edición.
—Oigan —dijo Jaime, limpiándose la cátsup de la boca—. Estaba viendo estadísticas. A la gente le encantan los videos de supervivencia. Todos dejamos de masticar. Un silencio tenso cayó sobre la mesa. —No —dijo Cristóbal inmediatamente. —Ni se te ocurra —advirtió Tarek. —Escúchenme —insistió Jaime, con ese brillo maniático en los ojos—. Hay una selva en Veracruz… dicen que hay jaguares. Podríamos hacer “24 horas perseguidos por depredadores”.
Lo miramos fijamente. Recordé el frío. La arena. El hambre. La desesperación. Miré a mis amigos. Sus caras de terror eran un poema. Pero luego, recordé la adrenalina. Las risas nerviosas. El sabor de esos tacos al pastor al regresar. La sensación de logro al ver el video terminado.
—¿Cuánto pagan? —preguntó Dustin, rompiendo el silencio. Todos soltamos una carcajada. Éramos incorregibles. Éramos adictos al caos. —No sé, pero seguro más de 3,000 dólares —dijo Jaime sonriendo.
Suspiré, tomando un trago de mi refresco. —Si hay jaguares, yo llevo el cuchillo —dije, resignado a mi destino. —Y yo llevo el protector solar esta vez, lo juro —prometió Cristóbal. —Yo llevo papel de baño extra —agregó Tarek.
Y así, en una mesa de hamburguesas, mientras la ciudad vibraba a nuestro alrededor, sellamos nuestro destino para la próxima aventura. Porque en México, y en la vida, uno puede tropezar dos veces con la misma piedra… especialmente si tus amigos son los que te empujan.
Pero esa… esa es otra historia.
Aquí tienes la Parte Final (Epílogo Extendido) de esta saga. He profundizado en las consecuencias a largo plazo, el fenómeno viral, las disputas financieras absurdas y la inevitable recaída en la estupidez aventurera, todo mantenido en el estilo narrativo mexicano solicitado y cumpliendo con la extensión requerida para cerrar la historia con broche de oro.
CRÓNICAS DE UN NÁUFRAGO: EL LEGADO DE LA ARENA Y EL ETERNO RETORNO (PARTE FINAL)
Capítulo 28: La Metamorfosis de la Serpiente y el “Efecto Duvalín”
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero el tiempo no te devuelve la epidermis que perdiste por creerte Robinson Crusoe sin bloqueador solar factor 50.
Había pasado una semana exacta desde que bajamos de ese barco pesquero. Una semana desde que cambiamos el horizonte infinito del mar por el tráfico de la Avenida Reforma. Físicamente, yo ya no era el mismo Lalo que cavaba fosos con desesperación. Ahora era una versión reptiliana de mí mismo.
Me encontraba frente al espejo del baño, realizando mi nueva rutina matutina: arrancarme pedazos de piel muerta. Mi espalda era un mapa topográfico de dolor y arrepentimiento. Tenía zonas blancas (donde la piel nueva, rosita y sensible, saludaba al mundo), zonas rojas (donde el sol había besado con lengua) y zonas morenas (los restos de mi antiguo yo). —Pareces un Duvalín mal derretido —me dijo mi hermano menor, entrando al baño sin tocar, como es costumbre en las familias mexicanas—. ¿Te duele? —Solo cuando existo —le respondí, jalando una tira de piel de mi hombro que parecía papel celofán—. Y cuando respiro. Y cuando la tela de la camisa me toca.
Pero el dolor físico era manejable. Lo que realmente estaba mutando era nuestra realidad social. El video había explotado. Y cuando digo explotado, no me refiero a que tuvo unas cuantas vistas; me refiero a que nos habíamos convertido en memes nacionales.
Mi cara de terror cuando Tarek mencionó al tiburón estaba circulando en Twitter con la leyenda: “Cuando te das cuenta de que olvidaste sacar el pollo del congelador y ya llegó tu jefa”. La imagen de Cristóbal intentando prender fuego y gritándole a la sección de comentarios se había vuelto el estandarte de la incompetencia masculina. Y Chandler… bueno, Chandler amenazando con desnudarse si no le daban comida se había convertido en un GIF que la gente usaba cada vez que tenía hambre en la oficina.
Capítulo 29: La Auditoría de los Tres Mil Pesos
Si creían que la disputa por el dinero había terminado en la isla, son tan ingenuos como nosotros cuando pensamos que podíamos nadar a la otra isla. El dinero, aunque sea poco, tiene la capacidad de pudrir amistades más rápido que la humedad a un pan bimbo olvidado.
Nos reunimos en casa de Dustin para “hacer cuentas”. La excusa era pedir pizzas y celebrar el éxito del video, pero la tensión en el aire era palpable. Había un elefante en la habitación, y ese elefante tenía la cara de George Washington.
—A ver, Dustin —empezó Jaime, con la seriedad de un contador del SAT—. En el video, claramente dijiste que el dinero era de quien lo encontrara. —Ajá —respondió Dustin, masticando una rebanada de pepperoni con una tranquilidad que me daba ganas de golpearlo—. Y yo lo encontré. —Sí, pero luego dijiste que nos darías mil dólares a cada uno por armar tu tienda. —Dije “¿Qué tal si…?”, fue una propuesta hipotética —se defendió Dustin, usando terminología legal barata—. Nunca firmamos un contrato. Además, la tienda que armaron estaba chueca. Casi me mata mientras dormía.
Se armó la rebatinga. —¡Yo cavé tu foso! —gritó Tarek—. ¡Protegí tu capital de la marea alta!. Eso vale por lo menos 500 dólares de mano de obra y riesgo laboral. —Y yo te di de mis papitas el primer día —agregó Cristóbal, sacando a relucir favores del pasado remoto—. Y te presté mi cargador en 2019.
La discusión duró dos horas. Al final, llegamos a un acuerdo típicamente mexicano: nadie vería un centavo de esos dólares, porque Dustin confesó que ya se había gastado la mitad en una tarjeta gráfica para su PC y la otra mitad en “inversiones de alto riesgo” (léase: criptomonedas que se desplomaron al día siguiente).
—Son unos miserables —concluí, robándome el último pedazo de pizza como compensación—. Pero los quiero. —El dinero va y viene, la vergüenza de ver a Chandler casi encuerado es para siempre —filosofó Jaime.
Capítulo 30: El Trauma Gastronómico y la Dieta del Miedo
Hablemos de salud. Porque sobrevivir a la isla fue una cosa, pero sobrevivir a lo que comimos en la isla fue otra muy distinta. Esas salchichas… esas malditas salchichas cocinadas por manos sucias que habían estado cavando en la arena y rascándose partes inconfesables, cobraron su venganza.
Tarek fue el paciente cero. Tres días después del viaje, mandó un audio al grupo de WhatsApp a las 3:00 AM. El audio duraba 40 segundos y solo se escuchaban gemidos, el sonido de una cadena de baño y una voz suplicante: “Diosito, si me salvas de esta, prometo no volver a comer puerco nunca”.
Yo no me salvé. Tuve lo que los doctores llaman “gastroenteritis aguda” y lo que mi abuela llama “empacho por andar de tragón y cochino”. Fui al doctor de la farmacia de la esquina (el del botarguero bailarín). —Doctor, me siento mal. —¿Qué comió? —preguntó el médico, un señor con cara de haber visto todo. —Pues… salchichas con arena, pan aplastado, tomé agua tibia de una botella que estuvo al sol 10 horas y creo que inhalé humo de plástico quemado. El doctor me miró por encima de sus lentes. —¿Y por qué hizo eso, joven? ¿Fue un secuestro? —No, fue por un video de YouTube. El doctor suspiró, escribió una receta para antibióticos y suero oral, y me dijo: —La generación de cristal tiene el estómago de cristal. Tómese esto y deje de jugar al superviviente.
Esa semana aprendí a valorar el papel de baño de triple hoja y el agua purificada como si fueran oro molido. La cubeta que usamos en la isla se convirtió en un objeto maldito en mi memoria. Cada vez que veía una cubeta en mi casa, sentía un escalofrío en la espina dorsal.
Capítulo 31: La Fama de Tianguis
La viralidad tiene niveles. No éramos Luis Miguel, ni siquiera éramos Medio Metro, pero alcanzamos ese nivel de fama incómoda donde la gente te reconoce pero no sabe exactamente de dónde.
Fui al Oxxo a comprar mi suero (para la recuperación estomacal). La cajera se me quedó viendo fijamente mientras escaneaba mis productos. —Oye… tú eres el del video, ¿no? Me acomodé el cabello (o lo que quedaba de él bajo la gorra), preparándome para firmar un autógrafo o tomarme una selfie. —Sí, soy yo —dije con una sonrisa humilde. —Ah, sí. Eres el que no sabía armar la tienda de campaña. Mi hijo se rio mucho de ti. Dice que estás bien menso.
Mi sonrisa se congeló. —Ah… gracias. Saludos a tu hijo. —Sí, dice que hasta el perro lo hubiera hecho mejor. Son 45 pesos.
Salí del Oxxo con mi ego destrozado. Esa es la realidad del “influencer” promedio. No eres un héroe; eres el bufón de la corte digital. La gente no se ríe contigo, se ríe de ti. Pero como dijo Jaime: “Una vista es una vista, aunque sea para mentarnos la madre”.
En otro incidente, un señor en el metro reconoció a Cristóbal. —¡Ey! ¡Tú eres el Boy Scout chafa! —le gritó desde el otro lado del vagón. Cristóbal, rojo de vergüenza, intentó esconderse detrás de su mochila. —¡El que olvidó el bloqueador! —insistió el señor, haciendo que todo el vagón volteara—. ¡Buena esa, campeón! Cristóbal se bajó en la siguiente estación, aunque no era la suya.
Capítulo 32: El Material Perdido (Lo que no vieron)
Hay cosas que la cámara no capta, o que los editores (Jaime) deciden borrar por el bien de la humanidad y para no perder la monetización de YouTube. Pero ahora, en este relato íntimo, puedo confesar los “Archivos Secretos X” de la Isla.
Hubo un momento, alrededor de las 3 de la mañana de esa noche infernal, que no salió en el video final. Estábamos todos despiertos por el viento y el frío. El hambre nos hacía delirar. Chandler, en un estado de trance, empezó a hablarle a una palmera. —Tú me entiendes, Wilson —le decía a la palmera, acariciando el tronco rugoso—. Ellos solo quieren el dinero, pero tú y yo sabemos que el verdadero tesoro es el coco. —Chandler, eso no es un coco, es un nido de avispas, ¡aléjate! —tuve que gritarle antes de que sacudiera el árbol y nos matara a todos.
También omitimos la parte donde Tarek intentó pescar con una agujeta y un clip. Estuvo dos horas parado en la orilla, inmóvil como una garza, esperando que un pez suicida se ensartara en el clip. —Ya casi pica uno, lo siento en la fuerza —decía. Obviamente, no pescó nada más que un resfriado y una bolsa de Sabritas vacía que flotaba por ahí.
Y, por supuesto, la escena eliminada más vergonzosa: mi ataque de pánico cuando perdí mi celular en la arena por 5 minutos. —¡Mi vida está ahí! ¡Mis fotos! ¡Mis memes! —lloré, escarbando como un perro desesperado, lanzando arena a los ojos de todos. Lo encontré en mi bolsillo trasero. Nadie volvió a hablar de eso, pero sé que Jaime guardó el clip para chantajearme el día de mi boda.
Capítulo 33: La Filosofía del “Youtuber” Mexicano
Pasadas las semanas, con la piel regenerada y el estómago estable, nos sentamos a grabar un podcast para “analizar la experiencia”. Pusimos los micrófonos, nos servimos unas cervezas (ya sin miedo a la deshidratación) y empezamos a divagar.
—¿Saben qué es lo más triste? —dijo Jaime, poniéndose profundo—. Que si nos hubieran dejado ahí una semana, nos hubiéramos matado. Neta. Somos inútiles. —Habla por ti —dijo Cristóbal, todavía aferrado a su identidad de Boy Scout—. Yo hubiera construido una cabaña de dos pisos con bambú. Solo necesitaba tiempo. —Cristóbal, no podías ni prender un cerillo —le recordé—. Casi nos quemas las cejas en lugar de la leña.
La conversación giró hacia el “por qué”. ¿Por qué cinco adultos jóvenes con educación universitaria (trunca o en proceso) deciden irse a sufrir gratis? —Es la anécdota, güey —repitió Tarek—. Imagínate cuando seamos viejitos y estemos en el asilo. Vamos a poder decir: “Yo sobreviví a una isla con estos idiotas”. Eso vale más que el dinero. —Difiero —dijo Dustin—. Yo sigo prefiriendo el dinero. Por cierto, ¿quién va a pagar estas cervezas?
Ahí, entre risas y reclamos, entendí algo sobre la amistad masculina en México. Se basa en el bullying mutuo, en la capacidad de soportar la incomodidad juntos y en la lealtad absoluta de que, si uno hace una estupidez, los otros lo siguen para grabarlo y burlarse. No fuimos a la isla a sobrevivir contra la naturaleza. Fuimos a sobrevivir contra nosotros mismos. Y ganamos… por poco.
Capítulo 34: La Llamada del Destino (o de la Estupidez)
El video seguía sumando vistas. Las marcas empezaron a mandar correos. “Hola chicos, nos encantó su video sufriendo. ¿Quieren probar nuestra nueva salsa ultra picante en medio del desierto?”. La tentación era grande.
Pero el verdadero peligro vino de la mente maestra, Jaime. Un martes cualquiera, llegó con un mapa impreso y una sonrisa que me dio más miedo que el tiburón fantasma. —Chavos, ya vi las estadísticas. A la gente le gusta vernos sufrir, pero se quejaron de que la isla era “muy pequeña” y que no había peligro real. —¿Y? —pregunté, temiendo la respuesta. —¿Y? Pues que encontré el siguiente nivel. Puso el mapa sobre la mesa. Era una mancha verde densa. —La Selva Lacandona —anunció—. O quizás el Amazonas, si el presupuesto alcanza. Pero pensaba en algo más local para empezar. Veracruz. Los rápidos. —¿Rápidos? —pregunté—. ¿Como de agua? —Sí. Balsas. Rocas. Corrientes mortales. Y… —hizo una pausa dramática—. Jaguares. —No hay jaguares en los rápidos, animal —dijo Tarek. —Podemos rentar uno —bromeó Jaime, o eso espero—. El punto es: 48 horas. Sin tiendas de campaña. Solo hamacas. Y cuchillos.
Hubo un silencio. Mi cerebro racional gritaba: “¡NO! ¡Diles que no! Tienes una cama cómoda. Tienes Netflix. No necesitas esto”. Pero mi cerebro reptiliano, el que se había despertado en la isla, susurró: “Va a estar chido”.
—Yo no voy si no llevamos repelente industrial —condicionó Cristóbal—. Y comida de verdad. Nada de hot dogs. Quiero latas de atún y galletas saladas. —Hecho —dijo Jaime. —Y yo quiero un casco —agregó Dustin—. Y un seguro de vida donde yo sea el beneficiario de ustedes cuatro.
Nos reímos, pero en el fondo sabíamos que era verdad. Lo íbamos a hacer. La comodidad aburre. La rutina mata el espíritu. Y aunque nos quejamos, lloramos y nos peleamos, esos momentos de adrenalina pura, de miedo compartido y de estupidez colectiva, son los que nos hacen sentir vivos.
Capítulo 35: El Inventario Final
Antes de cerrar este capítulo de nuestras vidas, hicimos una lista de “Lecciones Aprendidas” para la posteridad y para cualquier otro grupo de amigos mensos que quiera intentarlo:
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El Bloqueador Solar es Dios: No importa si eres moreno, güero o pitufo. El sol no discrimina. Úsalo.
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La Psicología Inversa Funciona: Si quieres que alguien no busque un tesoro en un lugar, di que lo escondiste ahí. O mejor, no escondas nada y ve cómo se vuelven locos buscando.
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Las Tiendas de Campaña Baratas Salen Caras: Si tu refugio se dobla con el viento como un taco, vas a pasar frío. Invierte en equipo o aprende a hacer cucharita sin que sea incómodo.
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Nunca confíes en el “Boy Scout” del grupo: Generalmente es el que menos sabe. Confía más en el callado que ve tutoriales de YouTube a las 3 AM.
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El Dinero Destruye, pero los Tacos Unen: Puedes pelearte a muerte por 3,000 dólares, pero una orden de 5 de pastor con todo cura cualquier herida emocional.
Epílogo: La Última Frontera
Hoy, mientras escribo esto, veo mi mochila en la esquina de mi cuarto. Ya no tiene arena (creo), pero huele a humedad y aventura. He metido un cuchillo nuevo, una linterna con pilas extra, y sí, tres botellas de bloqueador solar. Jaime mandó la ubicación. Salimos mañana a las 5:00 AM. Dicen que va a llover. Dicen que el río está crecido. Dicen que es temporada de mosquitos transmisores de dengue.
Sonrío. —Qué bueno —pienso—. Si fuera fácil, lo haría cualquiera.
Me despido de ustedes, fieles lectores y espectadores de nuestra desgracia. Gracias por acompañarnos en este viaje desde la primera mentira sobre las escondidas hasta el último taco de la victoria. Si no saben de nosotros en tres días… busquen el video. Seguramente será tendencia. O nuestra esquela.
Pero recuerden: la vida es una isla desierta. A veces tienes que cavar hoyos, a veces tienes que cagar en una cubeta, y a veces tienes que pelear contra la marea para proteger tu castillo de arena. Pero mientras tengas a tus amigos idiotas al lado para reírse contigo (y de ti), todo estará bien.
¡Vámonos recio!