¿Qué harías si vieras la cara de tu hija desaparecida tatuada en el brazo de un desconocido que entra a comprar pan a tu tienda? El momento que congeló mi sangre. La gente del barrio dice que soy fuerte, pero no saben que cada vez que amaso el pan, estoy llorando por dentro. Perder a una hija es un dolor sin nombre; perder al marido por la pena, es la estocada final. Llevo años repartiendo volantes y rezándole a la Virgencita. Todo parecía inútil, una ilusión rota. Pero el destino tiene juegos macabros. Hoy, la imagen de mi Sofía apareció frente a mis ojos, no en una foto, sino en tinta sobre piel ajena.

Me llamo Elena y, aunque sigo respirando, morí hace ocho años en una playa de Puerto Vallarta. A veces pienso que el infierno no es fuego, sino el sonido de las olas del Pacífico mezclándose con risas ajenas mientras tú te desgarras por dentro.

Aquel día de julio, el malecón estaba a reventar. Solo me giré un segundo, un maldito segundo para buscar mi sombrero, y mi vida entera desapareció. Mi Sofía, mi niña de apenas 10 años, se esfumó. Recuerdo los altavoces gritando su descripción: una niña con un vestido de Huipil amarillo bordado y trencitas. Pero el mar, ese monstruo azul, no nos devolvió nada. Ni una sandalia, ni su muñeca de trapo María. Todo se evaporó en el aire húmedo de Jalisco.

La gente habló mucho. Unos decían que fue una ola; otros, susurraban sobre scuestro y trta en la frontera. Pero las cámaras no vieron nada y la policía tampoco. Regresamos a la Ciudad de México con las manos vacías y el alma rota. Mi esposo, Javier, no aguantó. El dolor se le metió en el cuerpo como una enfermedad y murió tres años después, dejándome completamente sola en nuestra casa de la Roma Norte.

Desde entonces, mi vida ha sido amasar pan y rezar. Imprimí miles de folletos con la cara de Sofía y la imagen de la Virgen de Guadalupe. Busqué con las Madres Buscadoras, viajé, grité. Pero todo fue una ilusión. Para mis vecinos, soy la señora fuerte de la panadería, pero por dentro solo soy una espera interminable.

Hasta esta mañana.

Era un día sofocante de abril. Estaba sentada en la puerta, viendo pasar la vida, cuando una camioneta pick-up vieja y ruidosa se estacionó enfrente.

Un grupo de jóvenes bajó. Se veían toscos, de esos que te hacen ponerte en guardia. Entraron pidiendo agua y conchas, riéndose entre ellos. Yo apenas los miré, solo quería que pagaran y se fueran. Les puse el pan en la bolsa y extendí la mano para cobrar.

Fue entonces cuando uno de ellos, el más alto, estiró el brazo para darme las monedas.

El tiempo se detuvo. El ruido de la calle se apagó. Sentí un frío helado recorrerme la espalda a pesar del calor.

En su brazo derecho, marcado con tinta negra y sombreado, estaba el rostro inconfundible de una niña. No era cualquier niña. Eran esos ojos. Era esa sonrisa.

¡ERA EL ROSTRO DE MI SOFÍA TATUADO EN SU PIEL!

¿QUIÉN ERA ESTE HOMBRE Y POR QUÉ LLEVABA A MI HIJA EN SU CUERPO?

LA NIÑA EN LA PIEL: PARTE 2

El tiempo no es una línea recta; a veces es un pozo profundo y oscuro donde uno cae sin tocar fondo. En ese instante, parada detrás del mostrador de madera vieja de mi panadería en la Roma Norte, el tiempo se detuvo. No fue una metáfora. Literalmente sentí cómo el reloj de pared, ese viejo trasto que Javier había comprado en La Lagunilla años atrás, dejaba de hacer tic-tac. El ruido de los cláxenes en la Avenida Álvaro Obregón se apagó, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero.

Solo existía ese brazo. Ese antebrazo moreno, venoso, cubierto de vello fino y bañado por la luz del sol de abril que entraba sin piedad por la puerta. Y allí, en medio de la piel curtida, estaba ella.

Mis ojos, que ya cansados por la edad y las cataratas incipientes, de repente tuvieron la agudeza de un halcón. No era un dibujo genérico. No era una “Catrina” ni una virgen estilizada. Era Sofía. Mi Sofía.

El aire se me atoró en la garganta, seco y rasposo como si acabara de tragarme un puñado de aserrín. Sentí un golpe en el pecho, un vuelco violento, como cuando el elevador baja demasiado rápido, pero multiplicado por mil. Las piernas me flaquearon y tuve que aferrarme al borde del mostrador con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos, casi transparentes.

—¿Seño? —la voz del muchacho sonó lejana, como si viniera desde el fondo de una cueva submarina.

No pude contestar. Mi mirada recorría la tinta negra con una desesperación hambrienta. El tatuador había sido un maestro, o quizás el diablo mismo guiando la aguja. Había capturado el brillo travieso en sus ojos, ese que ponía cuando sabía que había hecho una travesura pero que yo no iba a regañarla. Había dibujado el pequeño remolino en el nacimiento de su cabello, justo en la frente, ese que yo intentaba peinar con agua y limón todas las mañanas antes de la escuela. Incluso… Dios mío, incluso se notaba la pequeña asimetría en su sonrisa, esa mueca de lado que heredó de su padre, de mi Javier.

—¿Jefa? ¿Todo bien? —insistió el muchacho, esta vez con un tono de impaciencia mezclado con extrañeza. Agitó la mano con las monedas frente a mi cara, rompiendo mi trance momentáneamente.

Parpadeé, una, dos veces. El mundo regresó de golpe: el olor a azúcar quemada, el zumbido del refrigerador de los refrescos, el calor sofocante.

Levanté la vista. El dueño del brazo era un joven, no tendría más de veinticinco años. Tenía el rostro marcado por el sol y quizás por la mala vida; una cicatriz pequeña le cruzaba la ceja izquierda y llevaba una gorra de béisbol gastada echada hacia atrás. Sus ojos eran oscuros, desconfiados, ojos de alguien que siempre está esperando un golpe o una patrulla.

—Perdón… —logré susurrar. Mi voz sonaba ajena, quebrada, como cristales rotos—. Es que… me mareé un poco. El calor.

El muchacho relajó un poco los hombros, pero no guardó el brazo. Seguía extendiéndolo con las monedas de diez y cinco pesos para pagar las conchas y el agua.

—Sí, está cabrón el sol allá afuera —dijo él, mirando hacia la calle—. Cóbrese, porfa, que llevamos prisa.

Mis manos temblaban tanto que, al intentar tomar las monedas, se me resbalaron de los dedos. Cayeron sobre el mostrador de vidrio con un estruendo metálico que me hizo saltar. Cling, clang, cling. Una moneda de diez pesos rodó hasta el suelo.

—Ay, qué torpe soy —dije, tratando de ganar tiempo. Mi mente corría a mil kilómetros por hora. No podía dejarlo ir. Si él salía por esa puerta, mi Sofía desaparecía de nuevo, y esta vez para siempre. Tenía que preguntar. Tenía que saber. Pero el miedo me paralizaba. ¿Y si era uno de ellos? ¿Y si él era quien se la había llevado?

El miedo es un animal extraño. A veces te congela, pero a veces, cuando no tienes nada más que perder, te da una valentía estúpida. Yo ya lo había perdido todo. Javier estaba muerto. Sofía llevaba ocho años siendo un fantasma. ¿Qué más podían hacerme? ¿Matarme? Eso sería un favor.

Me agaché para recoger la moneda, y al levantarme, obligué a mis pulmones a llenarse de aire. Puse mi mejor cara de “abuelita inofensiva”, esa máscara que usaba todos los días para que los clientes no vieran mi dolor.

—Oye, hijo… —dije, contando el cambio muy despacio, moneda por moneda, para retenerlo—. Qué buen tatuaje traes ahí.

Señalé su antebrazo con un dedo tembloroso.

El muchacho miró su propio brazo y luego me miró a mí. Su expresión cambió. Se puso a la defensiva, tensando la mandíbula. En México aprendemos rápido que cuando un extraño te pregunta mucho, nada bueno viene detrás.

—Simón —dijo seco, tomando su bolsa de pan—. Gracias.

Hizo ademán de darse la vuelta.

—¡Espera! —El grito salió de mi garganta antes de que pudiera detenerlo. Fue demasiado fuerte, demasiado desesperado.

Él se detuvo en seco y giró lentamente, mirándome ya con franca hostilidad. Su mano derecha bajó instintivamente hacia su cintura, un movimiento sutil que me heló la sangre. ¿Traía un arma? Probablemente. Pero no me importó.

—Es que… —bajé la voz, tratando de controlar el pánico—. Esa niña. La del dibujo. Se parece mucho a… a una sobrina mía que falleció hace tiempo.

Mentí. Tenía que mentir. Si le decía “es mi hija desaparecida”, saldría corriendo o me haría daño. Tenía que jugar la carta de la curiosidad, de la coincidencia.

El muchacho me escudriñó. Sus ojos negros me barrieron de arriba abajo, juzgando si yo era una amenaza. Vio mi mandil lleno de harina, mis manos arrugadas, mis canas. Vio que solo era una vieja panadera en la Roma Sur. Sus hombros bajaron un centímetro.

—Ah, ya —dijo, relajándose un poco, aunque seguía alerta—. Pues… qué coincidencia, ¿no?

—Es idéntica —insistí, sintiendo que las lágrimas me picaban detrás de los ojos—. ¿Es tu hija?

El muchacho soltó una risa corta, seca, sin humor.

—¿Mía? No, jefa. Estoy muy chavo para tener una hija tan grande. Además, ni tengo morra ahorita.

—Entonces… ¿quién es? —pregunté, sintiendo que el corazón me latía en la garganta, pum-pum, pum-pum, como un tambor de guerra.

Él dudó. Miró hacia la camioneta pick-up estacionada afuera. Sus amigos, otros dos jóvenes igual de toscos, estaban fumando y riéndose, con la música de banda a todo volumen haciendo vibrar los vidrios de mi local.

—Es una… —se rascó la nuca, buscando las palabras—. Es como una santa. Bueno, no una santa de la iglesia, usted sabe. Es una devoción que traemos nosotros.

¿Una santa? ¿Mi Sofía? El mundo me daba vueltas.

—¿Una santa? —repetí, estupefacta—. Pero… se ve tan real. Parece un retrato.

—Es que es un retrato, seño —dijo él, y por primera vez vi un destello de algo parecido al respeto o al miedo en sus ojos—. Es “La Niña de los Milagros”. Así le decimos la plebada allá en el norte, bueno, en la sierra.

Me quedé helada. “La Niña de los Milagros”.

—No entiendo… —murmuré, apoyándome en el mostrador para no caer—. ¿Por qué te la tatuaste?

El muchacho se acercó un poco más, bajando la voz, como si fuera a contarme un secreto de estado.

—Mire, jefa. Hace como dos años, yo andaba bien torcido. Andaba en malos pasos allá por los límites de Jalisco y Michoacán. Me metí en un pedo bien grueso con unos vatos de la contra. Me dejaron tirado en un barranco, pensé que ya me había cargado la huesuda. Estaba desangrándome, sin agua, con el sol quemándome vivo.

Escuchaba cada palabra como si fuera una sentencia. Jalisco. El lugar donde Sofía desapareció.

—Pasé dos días ahí tirado —continuó, su mirada perdida en el recuerdo—. Y cuando ya estaba cerrando los ojos para no volver a abrirlos, la vi.

—¿A quién? —pregunté, con un hilo de voz.

—A ella —señaló el tatuaje—. A la niña. No era un fantasma, eh. Era de carne y hueso. Apareció de la nada, entre los matorrales. Traía un vestido así como… bordado, amarillo, medio viejo pero bonito. Y traía una botella de agua y unos trapos limpios.

¡El huipil amarillo! ¡Dios mío, el huipil amarillo! Sentí que las piernas me fallaban por completo y tuve que sentarme en el banco alto que tenía detrás de la caja. Todo mi cuerpo empezó a temblar violentamente.

—¿Qué… qué hizo? —pregunté.

—Me dio agua. Me limpió la herida de la pierna. No hablaba mucho, casi nada. Solo me miraba con esos ojotes que tiene. Me dijo: “No te duermas, todavía no te toca”. Y luego… se fue. Así nomás. Cuando logré salir de ahí y llegué al pueblo, les conté a mis compas. Y uno de ellos, el “Tlacuache”, me dijo que a él también se le había aparecido cuando andaba perdido en el cerro. Dicen que vive ahí, en una casona vieja en lo alto de la sierra, protegida por… bueno, por gente pesada. Que cura a los que lo merecen.

La cabeza me daba vueltas. Gente pesada. Una casona en la sierra. Jalisco. Mi hija estaba viva. Mi Sofía estaba viva, pero se había convertido en una leyenda urbana para criminales y perdidos. “La Niña de los Milagros”.

—¿Y el tatuaje? —pregunté, tratando de mantener la cordura.

—Ah, pues hice una manda. Prometí que si salía vivo de esa, me la tatuaba para que siempre me cuidara. Un compa allá en Zapopan me lo hizo, basado en la descripción que le dimos varios. Porque somos varios los que la traemos, seño. Es nuestra protectora.

—¡Lalo! ¡Ya vámonos, güey! —gritaron desde la camioneta. El claxon sonó, impaciente y agresivo.

El muchacho, Lalo, dio un respingo.

—Ya me voy, jefa. Gracias por el pan. Y cuídese.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida.

—¡Espera! —grité de nuevo. No podía dejarlo ir así. Necesitaba más. Necesitaba saber dónde. Necesitaba un mapa, un nombre, una ruta—. ¿Dónde… dónde dices que fue eso? ¿Exactamente?

Lalo se detuvo en la puerta, con la luz del sol recortando su silueta. Me miró con extrañeza por mi insistencia.

—Por la Sierra de Amula, seño. Cerca de un pueblo que se llama El Grullo, pero más para el monte. Donde no entra ni el gobierno. Pero no vaya pa’ allá, está caliente el terreno.

Y con eso, salió.

Lo vi subir a la camioneta pick-up. Vi cómo se reía con sus amigos, ajeno a que acababa de detonar una bomba nuclear en mi vida. Vi el tatuaje en su brazo apoyado en la ventanilla mientras el motor rugía y el vehículo arrancaba, escupiendo una nube de humo negro.

Me quedé sola en la panadería.

El silencio volvió, pero ya no era el mismo silencio. Ahora estaba lleno de fantasmas. Lleno de posibilidades aterradoras y esperanzadoras a la vez.

Javier. Oh, Javier. Si estuvieras aquí. Recuerdo cuando él enfermó. No fue cáncer, ni un infarto. Fue la tristeza. La tristeza se le metió en los huesos como humedad. Dejó de comer. Dejó de hablar. Se sentaba en el sillón mirando la foto de Sofía durante horas, hasta que se quedaba dormido. Los doctores decían que era depresión severa, pero yo sabía que era un corazón roto que ya no bombeaba sangre, sino dolor. Murió una noche de noviembre, dormido, con el nombre de Sofía en los labios.

Y yo… yo seguí viva por pura inercia. Por cobardía, tal vez. Porque no tenía el valor de matarme y tampoco el valor de vivir de verdad. Solo existía. Amasaba, horneaba, vendía, dormía. Repetir.

Pero ahora… ahora todo había cambiado.

Salí de detrás del mostrador corriendo, como no lo hacía en años. Mis rodillas crujieron, pero no me importó. Llegué a la puerta justo para ver la camioneta doblar la esquina de la calle Colima.

Mis ojos buscaron la placa. La vi. JAL-45-98. Placas de Jalisco.

Regresé adentro, buscando frenéticamente un papel y una pluma. Anoté los números en una servilleta, con tanta fuerza que rompí el papel.

JAL-45-98. Sierra de Amula. El Grullo. La Niña de los Milagros.

Me dejé caer en una silla de plástico, con la servilleta apretada contra mi pecho como si fuera un salvavidas en medio del océano.

¿Qué significaba todo esto? Mi hija no estaba muerta. No se había ahogado. No estaba en una fosa clandestina. Estaba viva. Tenía 18 años ahora. Pero, ¿en qué se había convertido? ¿”Protegida por gente pesada”? Eso solo podía significar una cosa en este país: Narcos. Carteles.

Mi mente voló a las noticias que veía a diario. Los horrores que ocurren en las sierras de México. Lugares donde la ley no existe, donde los señores de la guerra son dueños de la vida y la muerte. ¿Tenían a mi hija? ¿La tenían secuestrada? ¿O… y este pensamiento fue el que más me dolió… ella era parte de eso?

“No hablaba mucho. Solo me miraba… Me dijo: No te duermas”.

Sofía siempre fue una niña especial. Tenía una empatía que asustaba. Recogía pajaritos caídos, lloraba si veía a un perro cojo. Si estaba viva, y estaba curando a sicarios… ¿lo hacía obligada? ¿O había desarrollado algún tipo de síndrome de Estocolmo retorcido para sobrevivir?

Miré a mi alrededor. Mi pequeña panadería. Mi refugio seguro. Las paredes color crema, el olor a vainilla, las fotos de Javier y yo en tiempos mejores. Todo esto me parecía ahora una jaula. Una mentira.

Había pasado ocho años rezándole a la Virgen de Guadalupe, pidiendo un milagro. Y la Virgen me había respondido, pero no como yo esperaba. Me había mandado al mensajero más improbable: un joven delincuente con el rostro de mi hija grabado en su piel pecadora.

Me levanté. La decisión no la tomé con la cabeza, sino con las entrañas. Con el útero que cargó a Sofía nueve meses.

Cerré la puerta de la panadería. Bajé la cortina metálica con un estruendo que resonó en toda la calle. Giré la llave en el candado.

Colgué el letrero de “CERRADO” que normalmente solo usaba los domingos. Pero esta vez, sentí que debería decir “CERRADO HASTA ENCONTRARLA O MORIR”.

Subí a mi pequeño departamento en la planta alta. Fui directo a mi habitación. Saqué la vieja maleta de cuero de debajo de la cama, la que Javier y yo usamos para nuestra luna de miel en Veracruz hace treinta años. Estaba llena de polvo.

Empecé a meter ropa. Jeans, blusas cómodas, mis tenis más resistentes. Fui al cajón de la mesita de noche y saqué la cajita de metal donde guardaba mis ahorros. Los ahorros de toda la vida. El dinero que Javier dejó y lo que yo había juntado vendiendo miles de conchas y orejas. Había bastantes fajos de billetes, envueltos en ligas. No los conté. Los metí todos en el fondo de la maleta.

Luego, fui al altar que tenía en la sala. Ahí estaba la foto de Sofía, la que tomamos en su cumpleaños número 10, días antes del viaje a Vallarta. Sonreía con sus dientes de leche, con ese huipil amarillo que tanto le gustaba.

Tomé la foto y la besé.

—Voy por ti, mi amor —le susurré—. Mamá va por ti. No importa quién te tenga. No importa si es el mismo Diablo. Voy a ir al infierno y te voy a sacar de ahí.

Fui a la cocina. Busqué el cuchillo más grande que tenía, uno de carnicero que usaba para cortar las barras de chocolate duro. Lo envolví en un trapo de cocina y lo metí en mi bolso de mano. No sabía usar armas, nunca había disparado una pistola, pero si alguien intentaba detenerme, sabría lo que es la furia de una madre mexicana.

Marqué el número de mi hermana, Lucía, que vivía en Querétaro.

—¿Bueno? —contestó ella.

—Lucía, soy Elena.

—¡Elena! Qué milagro. ¿Cómo estás?

—Escúchame bien, Lucía. Voy a salir de viaje. No sé cuándo regrese.

—¿De viaje? ¿Tú? ¿A dónde? ¿Te sientes bien?

—Voy a Jalisco.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Lucía sabía. Todos sabían que Jalisco era una palabra prohibida en nuestra familia.

—Elena… por favor, no empieces otra vez. Ya pasaron ocho años. Javier ya no está. Tienes que soltar…

—¡La vi, Lucía! —grité, interrumpiéndola. Las lágrimas finalmente brotaron, calientes y furiosas—. ¡Vi a Sofía! ¡Sé dónde está!

—Elena, estás alucinando… necesitas ir al médico.

—No estoy loca. Voy a ir a buscarla. Si no sabes de mí en una semana… reza por mí. O mejor, reza por los que la tienen.

Colgué el teléfono antes de que pudiera decirme algo más. No necesitaba sermones. No necesitaba piedad. Necesitaba un boleto de autobús.

Salí de mi casa con la maleta en una mano y mi bolso en la otra. La tarde caía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de un color naranja sucio, color smog y atardecer. Paré un taxi en la avenida.

—A la Terminal del Norte, por favor —le dije al chofer.

El taxista me miró por el retrovisor.

—Va para largo el viaje, seño. ¿De vacaciones?

Miré por la ventana, viendo pasar los edificios, la gente, la vida normal que yo estaba a punto de abandonar para meterme en la boca del lobo.

—No, joven —respondí, tocando el cuchillo dentro de mi bolso—. Voy a un rescate.

El viaje en autobús hacia Guadalajara fue una tortura. Ocho horas sentada en la oscuridad, rodeada de extraños que roncaban o veían películas en sus celulares. Yo no podía pegar el ojo. Cada vez que cerraba los párpados, veía el tatuaje. Veía los ojos de Lalo. Veía el huipil amarillo entre los matorrales.

Llegué a Guadalajara de madrugada. La terminal estaba fría y llena de gente con caras cansadas. No perdí tiempo. Busqué la taquilla de los autobuses que van hacia la costa, hacia la zona de la sierra.

—Un boleto para El Grullo —pedí.

La mujer de la taquilla me miró con desgana, masticando un chicle.

—Sale en veinte minutos. Andén 4.

Subí a ese segundo autobús. Este era más viejo, olía a diesel y a sudor. A medida que nos alejábamos de la ciudad y nos adentrábamos en las carreteras estatales, el paisaje cambiaba. Dejamos atrás los edificios y aparecieron los campos de agave, azules y espinosos, extendiéndose hasta el horizonte. Luego, las montañas empezaron a crecer, verdes y amenazantes.

La Sierra de Amula. Territorio de nadie. Territorio de ellos.

Durante el camino, saqué mi celular y busqué en Google: “La Niña de los Milagros Jalisco leyenda”.

Al principio, no salía nada. Solo noticias de crímenes y turismo rural. Pero luego, entré a un foro, en una página de esas donde la gente cuenta historias de terror y mitos locales. Y ahí estaba. Un comentario de hace seis meses, usuario “El_Coyote_666”:

“Dicen que por el rumbo de Autlán y El Grullo, hay una ‘santita’ nueva. No es la Muerte, es una niña viva. Los mañosos la cuidan como si fuera oro. Dicen que tiene el don. Que si te estás muriendo y ella te toca, la libras. Pero aguas, porque si intentas acercarte a la hacienda donde la tienen, te llenan de plomo antes de que digas amén. Es la joya del Patrón.”

Sentí un escalofrío. “La joya del Patrón”.

Mi Sofía. Mi niña inocente, que jugaba con muñecas, ahora era el amuleto de un capo. ¿Cómo había sobrevivido? ¿Qué le habían hecho para que aceptara ese rol? ¿O acaso la tenían drogada? ¿Lavada del cerebro?

La ira me calentó la sangre. Si alguien le había puesto una mano encima a mi hija, yo misma lo mataría. No me importaba si era el narco más poderoso de México. Una madre no tiene miedo a la muerte cuando se trata de sus hijos; una madre es la muerte.

El autobús se detuvo en El Grullo cerca del mediodía. El calor era infernal, húmedo y pegajoso. Bajé con mi maleta, sintiéndome observada. En los pueblos pequeños, todos saben quién es forastero. Y una señora mayor, vestida como de ciudad, sola, llamaba la atención.

Entré a una pequeña fonda cerca de la plaza para comer algo y pensar mi siguiente paso. Pedí unas enchiladas que apenas pude probar.

—Oiga, señora —le dije a la mesera, una chica joven con trenzas—. ¿Usted sabe cómo llegar a… la sierra? ¿Hacia las haciendas viejas?

La chica se tensó. Miró a los lados.

—¿Qué hacienda busca, oiga? Aquí hay muchas.

—Busco… donde dicen que está la Niña. La que hace milagros.

El color desapareció de la cara de la chica. Dejó caer el trapo con el que limpiaba la mesa.

—Shh, baje la voz —susurró, inclinándose hacia mí—. No ande preguntando eso aquí, oiga. Las paredes oyen.

—Necesito encontrarla. Es… es un asunto de vida o muerte.

—Mire, señora. Mejor súbase al camión y regrésese a su casa. Esa gente no juega. Si usted va para allá, no vuelve.

—No tengo a dónde regresar —le dije, y era la verdad. Mi casa estaba vacía. Mi vida estaba vacía—. Solo dime por dónde es.

La chica me miró con lástima. Suspiró.

—No hay transporte para allá. Es pura terracería. Tendría que conseguir quien la lleve, pero nadie del pueblo va a querer ir. Le tienen pavor a “El Jaguar”.

—¿El Jaguar?

—Es el que manda ahí. El que tiene a la Niña. Dicen que es su papá adoptivo, o algo así. Que la encontró en el mar y que ella le salvó la vida. Por eso la adora. Pero es un demonio, señora. Mata por placer.

“La encontró en el mar”.

Todo encajaba. La ola, o lo que fuera, no la mató. Alguien la encontró. Y en lugar de devolverla, se la quedó. Se la robó. Me robó ocho años de verla crecer. Me robó la sonrisa de mi esposo.

—¿Dónde puedo conseguir un “raite”? —insistí, sacando un billete de 500 pesos y poniéndolo en la mano de la chica bajo la mesa.

Ella miró el billete, luego miró hacia la calle.

—Vaya con Don Toño. El viejo que tiene la camioneta verde en la esquina de la ferretería. Él está medio loco y le vale gorro todo. A lo mejor por una buena lana la acerca. Pero dígale que va a ver a un familiar, no mencione a la Niña.

—Gracias —le apreté la mano—. Que Dios te bendiga.

Salí de la fonda y caminé hacia la ferretería bajo el sol abrasador. Mi corazón latía con una mezcla de terror y esperanza salvaje. Estaba cerca. Podía sentirlo. Podía sentir a Sofía. Era como un hilo invisible que me jalaba hacia las montañas.

Encontré a Don Toño. Era un anciano con un sombrero de paja deshilachado y la piel como corteza de árbol. Estaba fumando un cigarro de hoja recargado en una Ford de los años 70, que parecía mantenerse unida solo por el óxido y la fe.

—¿Usted es Don Toño? —le pregunté.

El viejo escupió al suelo.

—Depende. ¿Quién lo busca y pa’ qué?

—Necesito que me lleve a la sierra. A la zona de las haciendas viejas. Le pago bien.

El viejo entrecerró los ojos.

—¿A la zona del Jaguar? Usted está loca, doña. O quiere morirse.

—Le pago tres mil pesos. Ahora mismo.

Los ojos del viejo brillaron. Tres mil pesos era mucho dinero en un pueblo como este.

—Cinco mil —dijo, probando suerte.

—Cuatro mil. Y nos vamos ahorita.

Don Toño tiró el cigarro y lo pisó.

—Súbase pues. Pero yo nomás la dejo en el cruce del camino real. De ahí pa’ delante, usted va a pata. Yo no me meto a la boca del lobo.

—Trato hecho.

Subí a la camioneta. El asiento estaba roto y olía a gasolina vieja. El motor arrancó con un rugido asmático y empezamos a movernos.

Mientras dejábamos el pueblo y entrábamos en el camino de tierra, levanté la vista hacia las montañas. Eran inmensas, verdes, silenciosas. En algún lugar, entre esos pliegues de tierra y selva, estaba mi hija.

Saqué de mi bolso el pequeño rosario de madera que había pertenecido a mi madre. Empecé a rezar, pero no un Padre Nuestro. Recé una promesa.

Javier, espérame un poco más. Voy a recuperarla. Y si tengo que quemar ese cerro entero para sacarla, lo haré.

La camioneta saltaba entre los baches, levantando polvo. Nos adentrábamos en la oscuridad de la sierra, y yo, Elena, la panadera de la Roma, me estaba convirtiendo en otra cosa. Ya no tenía miedo. El miedo se había quedado en la ciudad. Ahora solo tenía una misión.

Y pobre del que se pusiera en mi camino.

LA NIÑA EN LA PIEL: PARTE 3

El camino no era un camino, era una cicatriz de tierra roja abierta en medio de la nada. La camioneta de Don Toño tosía y crujía como si tuviera tuberculosis mecánica, cada bache era un golpe seco que me sacudía los huesos y me recordaba que ya no tenía veinte años. El polvo se metía por todos lados; en la nariz, en los ojos, en los pliegues de mi ropa, cubriendo mi blusa de ciudad con una capa fina de realidad serrana.

Íbamos subiendo. La vegetación cambiaba con cada kilómetro. Abajo habíamos dejado los campos de agave azul, ordenados y prolijos como soldados formados. Aquí arriba, la sierra era un caos verde y espinoso. Huizaches, mesquites retorcidos, y árboles enormes que parecían observarnos pasar con una indiferencia milenaria.

—¿Sabe rezar, oiga? —preguntó Don Toño de repente, sin quitar la vista de la brecha. Su voz sonaba rasposa, curtida por años de tabaco barato.

Me aferré al tablero de la camioneta para no golpearme contra el parabrisas en un salto.

—Sí, sé rezar —respondí, pensando en las miles de avemarías que había desgranado en los últimos ocho años—. ¿Por qué?

—Porque estamos entrando a la tierra del olvido, jefa. Aquí Dios no entra si no le pide permiso al Jaguar. Vaya rezando para que no nos topemos con una “voladora” o con los punteros.

Sentí un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el aire acondicionado inexistente de la camioneta.

—¿Tan malo es ese hombre? —pregunté, tratando de sacarle información. Necesitaba saber a qué me enfrentaba.

Don Toño soltó una risa amarga y escupió por la ventana.

—Mire, doña. El Jaguar no es un hombre. Es un dueño. Es dueño del cerro, del agua, de la amapola y de la gente. Dicen que llegó hace como diez años, cuando la plaza se calentó. Limpió a los contras a pura sangre y fuego. Y luego… luego apareció la Niña.

Mis oídos zumbaron al escuchar la mención de ella.

—Cuénteme de ella —supliqué, tratando de sonar casual, aunque las manos me sudaban—. ¿Qué dice la gente?

El viejo bajó la velocidad para pasar un vado seco lleno de piedras de río.

—Pues… son cosas raras. La gente de los ranchitos de arriba le tiene una fe ciega. Dicen que el Jaguar la encontró tirada en la costa, ahogada, y que ella revivió. O que ella lo revivió a él. Nadie sabe bien el chisme completo. Lo que sí sé es que desde que ella está ahí en la Hacienda de las Nubes, al Jaguar no le entra ni una bala. Y a la gente del pueblo… pues dicen que la Niña los cura.

—¿Los cura?

—Sí. Gente desahuciada. Cáncer, tiros, maldiciones. Van, piden audiencia, y si el Jaguar está de buenas y la Niña quiere… salen caminando. Pero el precio es alto.

—¿Qué cobran? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Lealtad —dijo Don Toño, mirándome de reojo con sus ojos nublados—. Lealtad absoluta. Si la Niña te salva, tu vida es del Jaguar. Te conviertes en sus ojos, en sus manos. Por eso le digo que se regrese. Si usted va para allá, todos son ojos. Las piedras miran, los árboles oyen.

Me quedé en silencio, procesando la información. Mi hija, mi pequeña Sofía, convertida en una deidad pagana para un cártel. ¿Qué le habrían dicho? ¿Que yo la abandoné? ¿Que estaba muerta? ¿Cómo manipulas la mente de una niña de diez años para que acepte esa realidad? La rabia me calentó la sangre, desplazando un poco al miedo.

Pasó una hora más. El calor era sofocante, húmedo, pegajoso. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de tonos violetas y naranjas, colores que en la ciudad se ven bonitos pero que aquí, en la soledad del monte, parecen moretones en el cielo.

De repente, Don Toño frenó en seco. La camioneta derrapó un poco en la grava suelta.

—Hasta aquí, doña —dijo, sin apagar el motor.

Miré alrededor. No había nada. Solo selva baja y el camino que seguía serpenteando hacia arriba, perdiéndose en la espesura.

—¿Aquí? Pero no veo nada.

—La Hacienda está como a cinco kilómetros pa’ arriba. Pasando aquel peñasco que parece cabeza de perro —señaló con un dedo chueco hacia una formación rocosa en la distancia—. Yo no subo más. Ahí adelante hay un retén de los mañosos. Si ven mi camioneta, me la queman conmigo adentro.

Tragué saliva. Cinco kilómetros. A pie. En territorio enemigo.

—Está bien —dije, tratando de sonar firme.

Saqué el dinero. Cuatro mil pesos en billetes de quinientos y doscientos. Se los puse en el asiento.

—Gracias, Don Toño.

El viejo tomó el dinero rápido y se lo metió en la bolsa de la camisa. Me miró con una mezcla de lástima y respeto.

—Tenga cuidado con las víboras, jefa. Las de cuatro patas son las peores. Y… si ve que la cosa se pone fea, tírese al monte y no salga hasta que se pudra. Mejor que la coman los coyotes a que la agarren ellos si la cachan husmeando.

Bajé de la camioneta con mi maleta. En cuanto mis pies tocaron la tierra, sentí la inmensidad de la sierra caer sobre mí. El silencio era absoluto, solo roto por el canto de las chicharras, que sonaba como un cable de alta tensión a punto de reventar.

Don Toño no esperó ni un segundo. Dio la vuelta en ‘U’ levantando una nube de polvo y aceleró de regreso hacia el valle. Me quedé parada ahí, viendo cómo la única conexión con el mundo civilizado desaparecía tras una curva.

Estaba sola. Completamente sola en el corazón de Jalisco, armada con un cuchillo de cocina, una foto vieja y el amor desesperado de una madre.

—Vamos, Elena —me dije a mí misma en voz alta, para espantar el miedo—. No has caminado tanto desde las peregrinaciones a la Villa, pero esto es más importante.

Escondí la maleta entre unos matorrales densos. No podía cargarla cuesta arriba, me haría lenta y visible. Saqué el dinero, el cuchillo (que me metí en la cintura del pantalón, cubierto por la blusa suelta), una botella de agua y la foto de Sofía. Marqué el lugar mentalmente: junto a un árbol de papelillo rojo que parecía despellejarse.

Empecé a caminar.

Los primeros kilómetros fueron una tortura física. La pendiente era pronunciada y el aire, aunque puro, estaba tan caliente que quemaba los pulmones. Mis tenis de ciudad no estaban hechos para las piedras afiladas del camino. Sentía cada guijarro clavándose en la planta de mis pies.

Mi mente, sin embargo, iba en otro viaje. Iba hacia atrás.

Recordé el día que Sofía aprendió a andar en bicicleta en el Parque México. Javier iba corriendo detrás de ella, agarrando el asiento, jadeando, con esa camisa a cuadros que le encantaba. “¡Suéltame, papá, ya puedo sola!”, gritaba ella. Y él la soltó. La vi alejarse tambaleándose, con el sol en el cabello, libre. Javier regresó a mi lado, con los ojos llorosos. “Se nos va a ir volando un día, Elena”, me dijo. “Va a volar alto y nos va a dejar aquí abajo”.

Qué razón tenías, mi amor. Pero no voló. Se la llevaron. Le cortaron las alas y la metieron en una jaula de oro en medio de la nada.

El sonido de un motor a lo lejos me sacó de mis recuerdos de golpe.

Me lancé hacia la cuneta, tirándome pecho tierra entre la hierba seca y las espinas. El corazón me latía tan fuerte contra las costillas que pensé que se escucharía desde fuera. Pum-pum, pum-pum.

Una cuatrimoto pasó zumbando por el camino. Iban dos hombres jóvenes, casi niños, con rifles colgados a la espalda y radios en el pecho. Iban riendo, con esa arrogancia de quien se sabe intocable. Llevaban gorras con un logo bordado: un jaguar rugiendo.

Esperé a que el ruido del motor se desvaneciera. Me levanté despacio, sacudiéndome la tierra y las hormigas que ya empezaban a subirme por los brazos.

“Punteros”, había dicho Don Toño. Halcones. Ojos.

Me di cuenta de que seguir por el camino principal era un suicidio. Tenía que meterme al monte. Tenía que rodear.

Me adentré en la vegetación. Fue mucho más difícil. Las ramas me rasguñaban la cara y los brazos. Las espinas se enganchaban en mi ropa. El terreno era irregular, lleno de hoyos y raíces traicioneras. Pero era la única forma.

Caminé durante lo que parecieron horas. La luz del sol se iba muriendo, dando paso a una penumbra grisácea que hacía que las sombras se alargaran y tomaran formas monstruosas.

De repente, un olor me detuvo.

Olía a leña quemada. A tortillas hechas a mano.

Me agaché y avancé con sigilo. A través de los árboles, vi luces. No era la hacienda todavía. Era un pequeño caserío, apenas unas cinco o seis casas de adobe y lámina, aferradas a la ladera del cerro como garrapatas.

Me acerqué con cuidado. Necesitaba agua. Mi botella estaba vacía y la garganta se me había cerrado de la sed.

Vi a una mujer en el patio de una de las casas. Estaba recogiendo ropa de un tendedero. Se veía mayor, con el pelo trenzado y un delantal desgastado. Se movía con lentitud.

Decidí arriesgarme. Si no bebía agua, me desmayaría antes de llegar arriba.

Salí de entre los árboles, tratando de no parecer una amenaza.

—Buenas tardes —susurré.

La mujer dio un brinco y soltó la canasta de ropa. Se giró hacia mí con los ojos desorbitados. Llevó la mano a su boca para ahogar un grito.

—¡Ay, Dios santísimo! —exclamó en un susurro—. ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

—Perdóneme, señora. No quiero asustarla. Me perdí. Vengo de… vengo caminando desde abajo y se me acabó el agua.

La mujer me escaneó. Vio mi ropa sucia, mi cara roja por el esfuerzo, mis canas despeinadas. Algo en mi mirada debió decirle que yo no era policía ni sicario, sino simplemente una mujer desesperada.

—¿Se perdió? Nadie se pierde por aquí, señora. Aquí solo suben los que tienen permiso o los que ya no van a bajar.

Miró nerviosamente hacia el camino principal, que pasaba a unos cien metros de su casa.

—Por favor —le rogué, acercándome un paso—. Solo un poco de agua. Y me voy. Nadie me vio.

La mujer dudó un segundo, pero la hospitalidad mexicana, esa que sobrevive incluso en el infierno, ganó.

—Pásese rápido, para atrás del lavadero. Que no la vean los muchachos de las motos.

Me llevó a la parte trasera de su humilde vivienda. Me dio un jarro de barro con agua fresca. Bebí con desesperación, sintiendo cómo el líquido me revivía.

—Gracias, muchas gracias —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano.

—¿A dónde va de verdad? —preguntó la mujer, mirándome fijamente a los ojos. Tenía esa sabiduría triste de las mujeres de la sierra—. Usted no tiene cara de andar de paseo. Usted busca a alguien.

Suspiré. No podía mentirle a esos ojos.

—Busco a mi hija —confesé. La verdad salió de mis labios como un peso muerto—. Me dijeron que está arriba. En la Hacienda.

La mujer se persignó rápidamente.

—¿Su hija? ¿Su hija es una de las muchachas del servicio?

—No. Mi hija es… dicen que es la Niña. La Santa.

El silencio que siguió fue sepulcral. La mujer soltó el jarro que tenía en la mano, pero lo atrapó antes de que cayera. Se puso pálida, casi amarilla bajo la luz tenue del atardecer.

—¿Usted… usted es la madre de la Santita? —su voz temblaba.

—Soy la madre de Sofía. Así se llama. Sofía. Desapareció hace ocho años en Vallarta.

La mujer me miró como si estuviera viendo a una aparición. De repente, tomó mi mano y la besó. Me quedé paralizada.

—Perdóneme, madre. Perdóneme —decía la mujer—. Ella salvó a mi nieto. El más chiquito tenía fiebre de esa que mata, los doctores en el pueblo dijeron que ya no había remedio. Subí a la Hacienda, rogué en el portón tres días. Y ella salió. Salió vestida de amarillo, como un rayo de sol. Le puso la mano en la frente a mi niño y al día siguiente estaba corriendo. Es una santa, señora. Una santa de verdad.

Sentí una mezcla de orgullo y horror. Mi Sofía, curando gente. Pero, ¿a qué costo?

—Señora —le dije, apretando sus manos callosas—. Necesito verla. Necesito saber si está bien. Si es feliz. Dígame cómo entrar.

La mujer negó con la cabeza, asustada.

—No se puede. Es una fortaleza. Hay hombres armados en cada esquina. Muros de piedra de tres metros. Cámaras. Y el Jaguar… él no deja que nadie se le acerque sin su permiso. Dice que la pureza de ella se ensucia si la toca el mundo de afuera.

—Tiene que haber una manera. Siempre hay una manera. Usted vive aquí, debe saber por dónde entra la comida, por dónde sacan la basura. Algo.

La mujer miró hacia el monte, pensando.

—Mire… mañana es día 21. Cada mes, el día 21, hacen la “Misa”. No es misa de padre, es misa de ellos. El Jaguar hace una fiesta grande en el jardín principal. Baja gente pesada de otros estados, traen enfermos, traen ofrendas. Entran muchos camiones con música, con comida.

—¿Camiones de comida?

—Sí. Los del gas, los de las cervezas, y la camioneta de Don Chuy, el que surte las flores. A la Santita le gustan mucho las flores blancas. Don Chuy sube mañana temprano, como a las seis, con la camioneta llena de nardos y azucenas.

Mi mente empezó a trazar un plan. Un plan estúpido, peligroso, suicida. Pero un plan al fin y al cabo.

—¿Dónde vive ese Don Chuy?

—Aquí abajito, en la entrada del caserío. Tiene una troca blanca con redilas. Pero señora… si la agarran…

—Si me agarran, me agarran intentando recuperar a mi hija. No hay muerte más digna que esa.

La mujer me miró con tristeza infinita. Fue a su cocina y regresó con unas tortillas duras y un pedazo de queso envuelto en una servilleta.

—Tenga. Para que aguante. Y que la Virgencita la cubra con su manto, porque se va a meter a la cueva del Diablo.

—Gracias. Nunca olvidaré esto.

—Váyase ya. Antes de que oscurezca del todo. Escóndase cerca de la casa de Don Chuy y rece.

Salí de la casa con el corazón renovado. Ya no iba a ciegas. Tenía un objetivo: la camioneta de las flores.

La noche cayó sobre la Sierra de Amula como una manta pesada y negra. No había luna. Las estrellas brillaban con una intensidad furiosa, ajenas a mi miseria. Me arrastré hasta las afueras de la casa de Don Chuy. Vi la camioneta blanca estacionada. Estaba cargada hasta el tope de cubetas vacías, lista para ser llenada por la mañana, o quizás ya tenía las flores adentro, tapadas con una lona.

Me acerqué reptando. El perro de la casa ladró una vez, perezoso. Me congelé. Esperé. El perro no volvió a ladrar.

Llegué a la parte trasera de la camioneta. La lona estaba floja. Me asomé. Estaba llena de flores. El olor era embriagador, dulce, casi anestésico. Nardos. Cientos de nardos blancos.

Trepé con dificultad. Mis articulaciones protestaron, pero logré subir. Me acomodé entre las cubetas y las montañas de flores, cavando un pequeño nido. Me cubrí con la lona azul, dejando solo un pequeño hueco para respirar.

Y ahí me quedé. Enterrada en flores, como en un ataúd perfumado, esperando el amanecer.

La noche fue larga. Escuchaba los ruidos de la sierra: el aullido de los coyotes, el ulular de los búhos, y a veces, ráfagas de música de banda que venían de muy lejos, de alguna fiesta de narcos en la montaña. Pensé en Javier. Le hablé en silencio. Ayúdame, viejo. Dame tu fuerza. Tú eras el tranquilo, yo soy la loca. Pero ahora necesito ser invisible como tú decías que querías ser.

Me dormí a ratos, pesadillas febriles donde Sofía se convertía en estatua de cera y se derretía bajo el sol.

Me despertó el sonido de un gallo y luego, el golpe de una puerta cerrándose.

—¡Vámonos, que el Patrón no espera! —gritó una voz masculina. Don Chuy.

Sentí el movimiento de la camioneta al subirse alguien. El motor arrancó. Y empezamos a movernos.

El viaje fue corto pero terrible. La camioneta saltaba violentamente. Las cubetas me golpeaban las costillas. El olor a nardos, mezclado con el diesel, me revolvía el estómago.

Después de unos veinte minutos, la camioneta se detuvo. Escuché voces.

—Quihubo, Don Chuy. ¿Trae el encargo? —una voz joven, autoritaria. Guardias.

—Simón. Puros nardos frescos, como pidió la Niña. Ábrele, que se marchitan con el sol.

—Pásale pues. Pero ya sabes, ni voltees a ver pa’ donde no debes.

El sonido de un portón metálico pesado abriéndose. Chirridos de goznes oxidados pero bien aceitados.

La camioneta avanzó. El suelo cambió. Ya no era tierra y piedras. Era empedrado liso, parejo. Estábamos adentro.

La camioneta se detuvo de nuevo. El motor se apagó.

—Descarga ahí atrás, en la bodega de servicio. Ahorita mandan a las muchachas por los arreglos.

Escuché los pasos de Don Chuy alejándose.

Era el momento.

Esperé unos minutos para asegurarme de que no había nadie cerca. Levanté un borde de la lona.

Lo que vi me dejó sin aliento.

No era una casa. Era un palacio. Una hacienda colonial restaurada con un lujo obsceno pero impresionante. Arcos de cantera, paredes blancas inmaculadas, tejas rojas. Y jardines. Jardines inmensos, verdes, cuidados al milímetro, llenos de fuentes y pavos reales que caminaban con arrogancia.

Estaba estacionada en un patio trasero, cerca de unas cocinas industriales. El olor a comida —mole, arroz, carne asada— se mezclaba con el de las flores.

Bajé de la camioneta temblando. Me escondí detrás de unos pilares de piedra. Mi ropa sucia desentonaba violentamente con la pulcritud del lugar. Tenía que moverme rápido.

Vi a unas mujeres con uniformes de servicio pasar cargando charolas. Caminé pegada a la pared, siguiendo la sombra de los aleros. Mi objetivo era el jardín principal, donde la mujer del pueblo había dicho que sería la “Misa”.

Llegué a una esquina y me asomé.

El jardín principal era una explanada de pasto verde esmeralda que daba a una vista impresionante de la barranca. Había una carpa blanca montada, sillas vestidas con elegancia, y un altar.

Pero no era un altar católico.

En el centro, sobre una plataforma elevada llena de flores y velas, había un sillón grande, parecido a un trono, forrado en terciopelo rojo.

Y alrededor, hombres armados. No eran los niños de las motos. Estos eran profesionales. Llevaban uniformes tácticos, chalecos antibalas, armas largas de alto calibre. Parecían un ejército privado.

Me escondí detrás de unos arbustos de bugambilias tupidos. Desde ahí tenía una vista perfecta del “trono”.

La gente empezó a llegar. Hombres con sombreros tejanos y botas de piel exótica, mujeres operadas con ropa de marca, niños vestidos como mini-narcos. Se saludaban con abrazos fuertes, palmadas en la espalda, risas estruendosas.

Y entonces, la música paró.

Un silencio expectante cayó sobre el jardín.

—¡Con ustedes… el Patrón! —anunció alguien por un micrófono.

Salió un hombre. Alto, fornido, de unos cincuenta años. Llevaba una camisa de seda negra abierta hasta el pecho, mostrando cadenas de oro. Tenía bigote y una mirada que helaba la sangre incluso a la distancia. El Jaguar.

Caminó hacia el centro y levantó las manos.

—Gracias a todos por venir. Hoy celebramos otro mes de bendiciones. Otro mes que la plaza está tranquila, que el negocio fluye. Y todo se lo debemos a ella. A nuestra luz. A nuestra protectora.

Hizo una señal hacia la casa grande.

Dos puertas enormes de madera tallada se abrieron.

Y salió ella.

Me tuve que morder el puño, clavando los dientes en mi propia carne hasta hacerme sangrar, para no gritar.

Era Sofía.

Pero no era mi Sofía.

Tenía dieciocho años ahora. Era alta, delgada, etérea. Llevaba un vestido… no era un huipil. Era una túnica amarilla, de seda finísima, bordada con hilos de oro que brillaban bajo el sol. Su cabello, antes trencitas desordenadas, ahora caía en ondas perfectas hasta su cintura, adornado con flores naturales.

Caminaba despacio, con la cabeza en alto, pero sus ojos…

Saqué los binoculares pequeños que Javier usaba para ver el fútbol en el estadio, que había metido en mi bolso a última hora. Me los puse en los ojos.

Enfoqué su rostro.

Era bellísima. Una belleza trágica, dolorosa. Su piel era pálida, casi translúcida. Pero sus ojos… sus ojos estaban vacíos. No miraban a nadie. Miraban a través de la gente, hacia el horizonte, hacia la nada. No había sonrisa. No había miedo. Había una resignación absoluta, una desconexión total de la realidad. Parecía una muñeca de porcelana que respira.

Caminó hasta el trono y se sentó. El Jaguar se acercó a ella y le besó la mano con una reverencia exagerada. Ella no se inmutó. Ni siquiera parpadeó.

—¡Que empiece la bendición! —gritó el Jaguar.

La gente empezó a hacer fila. Pasaban frente a ella, se arrodillaban, le besaban el dobladillo del vestido, le dejaban sobres con dinero, joyas, relojes a sus pies. Algunos le pedían cosas llorando. Ella, mecánicamente, levantaba una mano y les tocaba la cabeza. Un gesto ensayado. Un gesto muerto.

Ver eso me rompió el alma en mil pedazos más pequeños de lo que creía posible. Mi hija no era una diosa. Era una esclava. Una prisionera de lujo en un zoológico de criminales. Le habían robado su humanidad para convertirla en un tótem.

Las lágrimas me corrían por la cara, mezclándose con el polvo y el sudor.

Tengo que sacarla. Tengo que sacarla ya.

Estaba calculando la distancia. Cincuenta metros. Cincuenta metros llenos de sicarios. Imposible. Si corría, me acribillarían antes de dar diez pasos.

Necesitaba una distracción. Algo grande.

Miré a mi alrededor. Cerca de mí, pegado a la pared de la cocina, había unos tanques de gas estacionarios enormes, de esos industriales. Y a un lado, unas cajas de pirotecnia apiladas, seguramente para la fiesta de la noche.

La idea fue una locura. Fue la desesperación hablando.

Saqué el encendedor que traía en la bolsa (siempre cargaba uno para prender las velas de la iglesia).

Me arrastré hacia la pirotecnia.

Pero antes de que pudiera llegar, sentí algo frío y duro en mi nuca.

El clic metálico de un arma quitando el seguro.

—No te muevas, doña —susurró una voz a mis espaldas—. Ni respires fuerte.

Me congelé.

—Levanta las manos. Despacio.

Las levanté. El cuchillo que traía en la cintura me pesaba inútilmente.

—Date la vuelta.

Me giré muy lentamente.

Frente a mí había un hombre joven, vestido de negro táctico. Pero no me estaba mirando con odio. Me estaba mirando con… ¿reconocimiento?

Bajó el arma un centímetro. Me miró a los ojos, luego miró la foto que se me había salido un poco del bolsillo del pantalón. La foto de Sofía de niña.

Sus ojos se abrieron como platos. Miró hacia el trono donde estaba Sofía, luego me miró a mí de nuevo.

—No mames… —susurró el sicario, pálido—. Tú eres la de la foto. La que ella tiene escondida bajo su almohada.

¿Qué? ¿Sofía tenía una foto mía? ¿Se acordaba de mí?

El corazón me dio un vuelco brutal.

—¿Tú… tú sabes quién soy? —pregunté, temblando.

El sicario miró nerviosamente a sus compañeros que estaban a unos veinte metros, distraídos con la ceremonia.

—Ella llora todas las noches —dijo el muchacho, bajando la voz al mínimo—. Habla dormida. Dice “Mamá Elena, Mamá Elena”. Yo la cuido en las noches. Yo la escucho.

—Ayúdame —le supliqué, agarrándole el brazo. No me importaba que tuviera un rifle—. Ayúdame a sacarla. Por lo que más quieras.

El muchacho dudó. Sudaba frío. Traicionar al Jaguar era muerte segura. Tortura.

Pero miró hacia Sofía, allá en su trono de soledad, y algo se rompió en él también. Quizás estaba enamorado de ella. Quizás solo estaba harto de tanta muerte.

—Si nos cachan, nos van a desollar vivos, jefa —dijo, tragando saliva.

—Ya estamos muertos si no hacemos nada.

El muchacho apretó los dientes. Tomó una decisión.

—La camioneta de las flores ya se fue. Pero hay una salida por el drenaje viejo, atrás de las caballerizas. Si logramos llegar allá…

—¿Cómo llegamos hasta ella?

El muchacho miró los tanques de gas y la pirotecnia que yo había estado mirando antes. Una sonrisa torcida y suicida apareció en su rostro.

—¿Iba a prender eso, verdad?

—Sí.

—Pues préndalo bien.

Sacó una navaja y cortó la manguera de uno de los tanques de gas. El siseo del gas escapando sonó como una serpiente gigante. El olor a mercaptano llenó el aire en segundos.

—Corra hacia las caballerizas cuando truene —me dijo—. Yo voy por ella. Yo la bajo del estrado. Cuando empiece el desmadre, todos van a correr a proteger al Patrón. Nadie va a ver a la Niña.

—¿Y tú?

—Yo la llevo con usted. Pero córra, chingada madre. ¡Córra!

El muchacho sacó una bengala de su chaleco, la encendió y la tiró hacia el gas y la pirotecnia.

—¡AL SUELO! —gritó, empujándome hacia atrás de un muro de piedra.

El mundo se volvió blanco.

La explosión fue ensordecedora. Sentí la onda expansiva golpearme el pecho como un mazo. La tierra tembló. Los vidrios de la casa reventaron. Gritos. Humo. Fuego.

Me levanté aturdida, con los oídos pitando.

El caos era total. La gente corría despavorida. Los sicarios disparaban al aire sin saber a qué. El humo negro cubría el jardín.

Vi, entre la neblina gris, una figura corriendo hacia mí. O más bien, dos.

El muchacho venía cargando a Sofía en brazos, como si fuera una novia cruzando el umbral. Ella parecía despierta ahora, asustada, agarrada al cuello del chico.

—¡Vámonos! ¡Vámonos! —gritó él.

Corrí. Corrí como nunca en mi vida. Detrás de mí, la hacienda ardía. Delante de mí, mi hija.

Llegamos a las caballerizas. El olor a caballo y paja. El muchacho pateó una rejilla de metal oxidada en el suelo.

—¡Métase ahí! ¡Es un túnel de desagüe, sale al río!

Me metí. El túnel era oscuro, olía a humedad y podredumbre.

El muchacho bajó a Sofía.

Y ahí, en la penumbra de un túnel sucio, debajo de una fortaleza narco en llamas, mis ojos se encontraron con los de ella por primera vez en ocho años.

Ella parpadeó. Sus manos temblorosas tocaron mi cara. Sus dedos olían a nardos y a pólvora.

—¿Mamá? —su voz era ronca, débil, como si no la hubiera usado en años.

—Sí, mi amor. Soy yo. Mamá está aquí.

Nos abrazamos. Fue un abrazo desesperado, violento, lleno de llanto y mocos y dolor acumulado. Sentí sus costillas, su corazón latiendo contra el mío. Estaba viva. Era real.

—¡No hay tiempo para la telenovela! —gritó el muchacho, bajando la rejilla sobre nosotros—. ¡Ya vienen!

Escuchamos botas corriendo arriba. Gritos.

—¡Busquen a la Niña! ¡Maten al que se la llevó! —era la voz del Jaguar, rugiendo de furia.

—¡Caminen! —nos urgió el muchacho, encendiendo una linterna táctica—. Tenemos que salir al río antes de que nos cierren el perímetro.

Empezamos a correr por el túnel, con el agua sucia hasta los tobillos, tomadas de la mano. Sofía no me soltaba. Me apretaba tan fuerte que me lastimaba, pero no me importaba.

Pero el destino es un perro cruel.

Justo cuando veíamos la luz al final del túnel, la salida hacia el río, el muchacho se detuvo en seco.

—Mierda.

Al final del túnel, recortada contra la luz del día, había una silueta. Una silueta grande, con un arma enorme.

No era un guardia cualquiera.

Era el lugarteniente del Jaguar. “El Carnicero”. Lo reconocí por las historias de Don Toño. Un hombre gigante con un machete colgado a la espalda y un rifle de asalto en las manos.

Nos estaba esperando.

—¿A dónde creen que van con mi Santita? —dijo el hombre, con una voz que retumbó en las paredes del túnel.

El muchacho, mi salvador, se puso delante de nosotras.

—Sigan corriendo cuando yo dispare —nos susurró sin voltear.

—No —dijo Sofía. Su voz cambió. De repente, sonó firme, autoritaria. La voz de la “Niña de los Milagros”.

Sofía se soltó de mi mano y caminó hacia delante, pasando al muchacho.

—¡Sofía, no! —grité.

Ella levantó la mano. Su vestido amarillo brillaba incluso en la oscuridad.

—Déjanos pasar, Rigo —le dijo al gigante—. O te vas a secar. Tú sabes que puedo hacerlo. Sabes que puedo secarte la sangre desde adentro.

El gigante vaciló. Bajó el arma unos centímetros. El miedo supersticioso en sus ojos era evidente. Creía en su poder. Creía que ella era mágica.

Sofía avanzó un paso más, con una majestad aterradora.

—Atrás —ordenó ella.

El gigante dio un paso atrás, temblando.

Pero entonces, se escuchó un ruido detrás de nosotros. En la entrada del túnel por donde habíamos venido.

Ladridos. Perros. Y más luces.

Estábamos atrapados. El Carnicero por delante. Los perros del Jaguar por detrás.

Sofía me miró. Su máscara de diosa se cayó y volvió a ser mi niña asustada.

—Mamá… —susurró—. Tengo miedo.

Agarré el cuchillo de mi cintura. Me puse a su lado. El muchacho cargó su rifle.

—Nadie te va a tocar, mi vida —dije, con una calma fría que no sabía que tenía—. Antes los mato a todos.

El túnel se llenó del sonido de los perros acercándose y el Carnicero levantando su arma de nuevo, recuperando el valor.

Estábamos en medio del fuego cruzado. Y esta vez, no había milagro a la vista. Solo una madre, una hija, un traidor y la oscuridad.

Aquí tienes la Parte 4 de la historia. He mantenido la intensidad narrativa, profundizando en el trauma psicológico de los personajes, la brutalidad del entorno de la sierra y la transformación moral de Elena, utilizando un lenguaje profundamente mexicano y visceral.


LA NIÑA EN LA PIEL: PARTE 4

El túnel olía a muerte antes de que nadie disparara. Era un olor espeso, una mezcla de aguas negras, moho y el miedo agrio que sudábamos los tres. Frente a nosotros, “El Carnicero” bloqueaba la salida, una montaña de carne y maldad recortada contra la luz grisácea del atardecer que moría allá afuera. Detrás, los ladridos de los perros del Jaguar retumbaban en las paredes de concreto como si fueran los mastines del infierno.

Estábamos en el sándwich del diablo.

—Tengo miedo —había susurrado Sofía.

Esas dos palabras detonaron algo en mi cerebro. No fue valor, fue algo más primitivo. Fue el instinto de la leona que ve a la hiena acercarse a la cría. Mi mano, sudorosa y temblorosa, apretó el mango del cuchillo cebollero con tal fuerza que sentí cómo la madera se clavaba en mi palma.

El sicario que nos ayudaba, el muchacho al que yo solo conocía como “el traidor” en ese momento, levantó su rifle. Pero el Carnicero fue más rápido, o tal vez más loco. Soltó una carcajada que heló la sangre.

—¡Nadie sale de aquí! —rugió el gigante—. ¡La Santita se queda, ustedes se mueren!

El Carnicero levantó su cuerno de chivo. El tiempo se estiró como un chicle. Vi el dedo del gigante apretando el gatillo.

—¡Abajo! —gritó el muchacho.

Me lancé sobre Sofía, cubriendo su cuerpo con el mío, empujándola hacia el agua sucia del drenaje.

¡BAM-BAM-BAM!

El estruendo dentro del túnel fue ensordecedor, físico. Sentí la onda expansiva golpearme los tímpanos. Las balas zumbaron sobre nuestras cabezas, arrancando trozos de concreto de las paredes, soltando chispas que iluminaron la oscuridad por milisegundos.

El muchacho respondió el fuego. Su rifle tableteó con un sonido más seco, más controlado.

Escuché un gruñido bestial.

Me atreví a levantar la cabeza. El Carnicero se tambaleaba. Una bala le había dado en el hombro y otra en la pierna, pero el maldito no caía. Estaba drogado, o la adrenalina lo mantenía en pie. Seguía disparando a ciegas, destrozando el techo del túnel.

—¡Corran! —bramó el muchacho, poniéndose de pie y avanzando hacia el gigante mientras disparaba—. ¡Corran hacia el río, chingada madre!

—¡Vamos, Sofía! —Jalé a mi hija del brazo. Ella estaba en shock, con los ojos perdidos, las manos tapándose los oídos. Su vestido amarillo estaba empapado de lodo negro.

—¡No puedo, mamá, no puedo! —gritaba ella, paralizada.

No tuve opción. Le di una cachetada. Fue suave, pero firme. Lo suficiente para traerla de vuelta.

—¡Muévete o nos matan! —le grité en la cara.

Sus ojos enfocaron los míos. El terror la hizo reaccionar. Nos levantamos y corrimos hacia la salida, pasando agachadas junto al tiroteo.

Vi al muchacho vaciar su cargador en el pecho del Carnicero. El gigante cayó de rodillas al agua con un chapoteo pesado, como un árbol talado, pero aún intentaba levantar su arma. El muchacho no le dio oportunidad. Sacó una pistola de su cintura y le dio el tiro de gracia en la cabeza sin dudarlo.

El silencio que siguió duró un segundo, roto inmediatamente por los ladridos que se acercaban por el otro lado del túnel.

—¡Ya vienen los perros! —gritó el muchacho, girándose hacia nosotras. Tenía la cara manchada de sangre ajena y propia. Cojeaba. Una bala le había rozado el muslo—. ¡Salten al río!

Llegamos a la boca del túnel. Abajo, a unos tres metros de caída, corría el río. No era un río bonito de postal. Era un torrente oscuro, crecido por las lluvias en la sierra, rugiendo entre piedras afiladas.

—¡Salten! —insistió él.

—¡No sé nadar bien! —lloró Sofía.

—¡Yo te agarro! —le dije, y sin darle tiempo a pensar, la abracé y nos lanzamos al vacío.

El impacto con el agua fue brutal. El frío me cortó la respiración como un cuchillo de hielo. La corriente nos agarró inmediatamente, arrastrándonos con una fuerza furiosa. Tragué agua sucia. Sentí golpes en las rodillas, en los codos.

—¡Sofía! —grité, escupiendo agua.

—¡Mamá!

La tenía agarrada de la muñeca. No la solté. Prefería ahogarme con ella que soltarla. Pataleé con todas mis fuerzas, luchando contra el peso de mi ropa y el cansancio. El muchacho cayó al agua unos metros más atrás.

La corriente nos arrastró unos doscientos metros río abajo, alejándonos de la hacienda que ardía en la colina. Veía el resplandor del fuego reflejado en el agua negra, como si el infierno estuviera arriba y abajo.

—¡A la orilla! ¡Jalen a la orilla! —escuché la voz del muchacho.

Nos aferramos a unas raíces de mangle que salían de la ribera. Con un esfuerzo sobrehumano, logré empujar a Sofía hacia el lodo y luego arrastrarme yo misma, tosiendo, temblando, sintiendo que los pulmones me iban a estallar.

Caímos en la orilla, jadeando, cubiertas de fango. Sofía vomitó agua. Yo me quedé tirada boca arriba, mirando las estrellas que giraban vertiginosamente.

El muchacho llegó segundos después. Se dejó caer junto a nosotras, gimiendo de dolor. Se agarraba la pierna.

—No… no se paren… —dijo entre dientes—. Tienen visores térmicos. Si nos paramos… nos ven.

Nos quedamos ahí, pegados al lodo, inmóviles. Escuchábamos a lo lejos los motores de las cuatrimotos y los gritos de los hombres del Jaguar en la orilla del túnel. Las linternas barrían el río, haces de luz blanca cortando la noche.

—Se los llevó la corriente —escuché una voz lejana—. O se ahogaron.

—¡Peinen la orilla! ¡El Patrón la quiere viva! —gritó otro.

Esperamos. Cinco minutos. Diez. Una eternidad. El frío calaba hasta los huesos. Sofía tiritaba violentamente contra mi pecho. Yo la abrazaba, tratando de darle un calor que yo misma no tenía.

—Tenemos que movernos —susurró el muchacho cuando las luces se alejaron un poco—. Si nos quedamos aquí, los perros nos van a oler en cuanto baje el viento.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté. No podía seguir llamándolo “muchacho” en mi mente. Nos acababa de salvar la vida.

Él me miró. Tenía ojos jóvenes, demasiado jóvenes para haber matado a tanta gente.

—Mateo —dijo—. Me llamo Mateo.

—Gracias, Mateo —le dije.

Él negó con la cabeza, avergonzado.

—No me agradezca, jefa. Yo fui el que la cuidaba a ella… yo fui el que cerró la puerta muchas veces para que no se escapara.

Sofía levantó la vista y lo miró. En sus ojos no había odio, solo una tristeza infinita.

—Vámonos —dijo Sofía con un hilo de voz—. El Jaguar no va a parar. Nunca para.

Nos adentramos en la selva. La Sierra de Amula de noche no es un lugar para humanos. Es un laberinto de espinas, barrancas y depredadores. Sin linterna, guiados solo por la luz de la luna y el conocimiento del terreno de Mateo, avanzamos penosamente.

Cada paso era un suplicio. Mi ropa mojada pesaba toneladas. Mis tenis de ciudad resbalaban en la hojarasca. Las ramas me golpeaban la cara, abriendo pequeños cortes que ardían con el sudor.

Pero mi mente… mi mente estaba en otro lado. Estaba procesando el hecho de que mi hija caminaba a mi lado.

La miraba de reojo. Ya no era la niña de diez años. Era una mujer. Su cuerpo había cambiado, su rostro se había afilado. Pero seguía siendo mi Sofía. Veía en ella mis gestos, su forma de caminar un poco encorvada cuando estaba cansada.

—¿Te hicieron daño? —la pregunta salió de mi boca sin que pudiera detenerla. Tenía que saberlo.

Sofía se detuvo un momento, apoyándose en un árbol. Mateo se adelantó unos metros para vigilar.

—No como tú piensas, mamá —dijo ella. Su voz sonaba hueca—. El Jaguar… él cree que soy sagrada. Nunca me tocó. Nadie me tocaba.

Suspiré, sintiendo un alivio momentáneo, pero ella continuó.

—Pero me obligaban a ver. Me obligaban a “juzgar”. Traían a los traidores, a los rivales… y me los ponían enfrente. El Jaguar me decía: “Hija, mírale el alma. ¿Vive o muere?”. Y yo… yo tenía que decir algo. Si no decía nada, mataba a dos. Si elegía, mataba a uno.

Me tapé la boca para no gritar de horror. Habían torturado su alma. La habían convertido en cómplice forzada de sus atrocidades.

—Les decía que vivieran —sollozó Sofía—. Siempre trataba de decir que vivieran. Pero a veces… a veces el Jaguar se reía y los mataba igual, decía que yo era demasiado bondadosa. Y otras veces… otras veces traían gente tan mala, mamá, que yo… yo sentía que merecían morir. Y lo decía. Y los mataban.

Se derrumbó a mis pies, llorando histéricamente.

—Soy un monstruo, mamá. Tengo las manos llenas de sangre. Por eso me tatuaban en la gente. Porque decían que yo decidía quién se salvaba.

Me arrodillé y la abracé con fuerza, manchándome con sus lágrimas y su culpa.

—No eres un monstruo, mi amor. Eres una víctima. Eras una niña. Todo lo que hiciste fue para sobrevivir. Dios lo sabe. Yo lo sé.

—¿Tú me buscaste? —preguntó ella, mirándome con esos ojos grandes y oscuros—. El Jaguar me dijo que te habías ido. Que cobraste un dinero y te fuiste a Estados Unidos. Me mostró papeles firmados por ti.

La ira me quemó por dentro. Malditos. Malditos sean mil veces.

—¡Mentira! —le dije, tomándole la cara entre mis manos—. Nunca dejé de buscarte. Tu papá murió de tristeza buscándote. Vendí todo. Me vine a meter a la boca del lobo por ti. Mira…

Saqué de mi bolsillo empapado la foto vieja, ahora arrugada y húmeda, de su cumpleaños número diez.

—La he llevado conmigo cada día de estos ocho años. Nunca, Sofía, escúchame bien, nunca te abandoné.

Ella tocó la foto. Y luego me abrazó. Fue un abrazo diferente al del túnel. Fue un abrazo de perdón. De reencuentro. Sentí cómo una parte del muro que le habían construido en la mente se derrumbaba.

—¡Shh! —siseó Mateo, apareciendo de entre las sombras—. Escucho algo.

Nos quedamos petrificados.

El sonido era inconfundible. El zumbido de un dron.

—Tírense al suelo —ordenó Mateo.

Nos cubrimos con hojas secas y tierra. El zumbido se hizo más fuerte. Pasó por encima de nosotros, un insecto mecánico con luces rojas y verdes parpadeando, buscando calor en la selva fría.

El dron se detuvo casi encima de donde estábamos. Dio una vuelta. Luego otra.

—Nos vio —dijo Mateo con fatalidad—. Tienen térmica. Saben dónde estamos.

—¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo que el pánico volvía a trepar por mi garganta.

—Correr ya no sirve —dijo Mateo. Revisó su rifle. Sacó el cargador. —Me quedan doce balas. Y la pistola con cinco.

Me miró. En la penumbra, vi que había tomado una decisión.

—Jefa, escúcheme bien. A dos kilómetros al norte, siguiendo la barranca, hay una carretera vieja que baja a Autlán. A veces pasan camiones de carga de madrugada. Es su única oportunidad.

—¿Y tú? —preguntó Sofía.

—Yo me quedo aquí.

—¡No! —gritó Sofía—. ¡Te van a matar, Mateo!

—Me van a matar de todos modos, Niña. Si me agarran vivo, me van a hacer cosas que ni se imaginan. Mejor me muero peleando. Les voy a hacer ruido aquí. Voy a disparar, voy a moverme para que el dron piense que somos los tres. Eso les dará unos veinte minutos de ventaja.

—Ven con nosotras —le rogué.

—No puedo correr, jefa. Mire mi pierna.

Me fijé en su pierna. El pantalón estaba empapado de sangre oscura. Estaba perdiendo mucha sangre. Si seguía corriendo, se desmayaría en diez minutos.

Mateo se quitó la pistola de la cintura y me la extendió. Era pesada, fría, negra. Una escuadra 9mm.

—Tenga. Quítele el seguro aquí. Apunte y jale. No lo piense. Si se le acercan, dispare a la cara.

Tomé el arma. Nunca había tenido una en mis manos. Pesaba más de lo que imaginaba. Pesaba como la responsabilidad de quitar una vida.

—Mateo… —Sofía se acercó a él y le tocó la mejilla.

El muchacho cerró los ojos ante su tacto, como si fuera una bendición real.

—Váyase, Niña. Viva. Sea libre. Y olvide todo lo que vio en esa casa. Usted no es una santa, usted es una muchacha y tiene derecho a ir al cine y a comer helado y a ser normal.

—Gracias —le susurró ella.

—¡Váyanse ya! —gritó él, empujándonos—. ¡Ahí vienen!

Escuchamos el rugido de motores acercándose por la brecha, rompiendo ramas.

Agarré a Sofía de la mano y corrimos.

Dejamos a Mateo atrás. A los pocos segundos, escuchamos los primeros disparos. Mateo estaba cumpliendo su palabra. Estaba atrayendo el fuego. Escuché gritos, ráfagas de metralleta, y el sonido seco de su rifle respondiendo.

Lloré mientras corría. Lloré por ese niño sicario que había encontrado su redención en la muerte. Lloré por México, este país hermoso y maldito donde los niños tienen que elegir entre ser monstruos o mártires.

Corrimos hasta que el corazón me dolió. Corrimos hasta que los disparos se apagaron y solo quedó el silencio de la selva, lo que significaba que Mateo ya no estaba.

Llegamos al borde de la barranca. Abajo, muy abajo, se veía una cinta gris pálida bajo la luz de la luna. La carretera.

Pero el descenso era casi vertical. Piedras sueltas, cactus, abismo.

—Tenemos que bajar —dije, jadeando.

—Mamá, mira —Sofía señaló hacia atrás.

En la cima del cerro por donde habíamos venido, se veían luces. Muchas luces. Linternas. Y venían rápido. El sacrificio de Mateo nos había dado tiempo, pero no el suficiente. El Jaguar venía con todo.

Empezamos a bajar resbalando, cayendo, rodando. Me rasgué los pantalones, me corté las palmas de las manos. Sofía sollozó cuando una rama le golpeó la cara, pero no se detuvo.

Llegamos a la carretera. Era un camino de asfalto viejo, lleno de baches, desierto.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sofía, temblando de frío y shock.

—Caminamos. Hacia Autlán. Alguien tiene que pasar.

Empezamos a caminar por la orilla de la carretera, con la pistola de Mateo en mi mano derecha y la mano de Sofía en la izquierda.

Pasaron diez minutos. Veinte. Nada. Solo el sonido de los grillos y el viento en los árboles.

De repente, a lo lejos, vimos faros. Unas luces amarillas que venían bajando por las curvas de la sierra.

—¡Un coche! —dijo Sofía—. ¡Hazle señas!

—Espera —la detuve, jalándola hacia la cuneta—. No sabemos quién es. Puede ser gente de ellos.

Nos escondimos detrás de unos matorrales secos. El vehículo se acercó. No era una camioneta lujosa de narcos. Era un camión de carga viejo, de esos que transportan madera o caña. Venía despacio, con el motor ronroneando pesadamente.

—Parece seguro —susurré.

Salí a la carretera, agitando los brazos desesperadamente.

—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!

El camión tocó el claxon, un sonido grave y largo, y empezó a frenar. Los frenos de aire chillaron. Se detuvo a unos metros de nosotras.

El conductor bajó la ventanilla. Era un hombre gordo, con bigote y una gorra de béisbol.

—¿Qué pasó, madre? ¿Qué hacen aquí a estas horas? —preguntó, mirándonos con desconfianza. Vernos ahí, llenas de lodo, sangre y con una pistola en la mano (que traté de esconder detrás de mi espalda), debía ser una imagen aterradora.

—Nos asaltaron —mentí rápido—. Nos quitaron el coche allá arriba. Por favor, llévenos al pueblo. Mi hija está herida.

El hombre dudó. Miró hacia la oscuridad de la sierra. Sabía que parar en esta carretera era peligroso. Pero vio a Sofía, temblando, con su vestido amarillo hecho jirones, y se le ablandó el corazón.

—Súbanse rápido. No quiero broncas.

Corrimos hacia la cabina. Abrí la puerta del copiloto y empujé a Sofía adentro. Yo subí detrás de ella.

La cabina olía a cigarro y café viejo, pero me pareció el lugar más seguro del mundo.

El camionero arrancó rápido, metiendo los cambios con fuerza.

—Las voy a dejar en la entrada de Autlán, en la gasolinera. De ahí ustedes se mueven, ¿va?

—Sí, gracias, Dios se lo pague —dije, recargando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos por un segundo.

Sofía se acurrucó contra mí y se quedó dormida casi al instante, vencida por el agotamiento.

Pensé que lo habíamos logrado. Pensé que la pesadilla había terminado.

Pero entonces, el radio del camionero, un radio de banda civil, empezó a soltar estática y voces.

Atención a todas las unidades en la 80. Atención. Se busca a dos mujeres. Una vieja y una muchacha con vestido amarillo. Recompensa de medio millón al que las entregue. Medio millón, parejas. El Patrón está muy encabronado.

Me helé. La voz en el radio era clara. Estaban usando la frecuencia de los camioneros y taxistas. Los “halcones” no solo estaban en el monte; estaban en todas partes. La red del Jaguar cubría todo el estado.

El camionero se quedó callado. Su mano se tensó sobre la palanca de velocidades.

Miró de reojo a Sofía. Miró el vestido amarillo, sucio pero inconfundible.

Miró el radio. Medio millón de pesos.

Sentí el cambio en el aire. La atmósfera en la cabina pasó de ser un refugio a ser una trampa en cuestión de segundos.

El hombre empezó a bajar la velocidad.

—Oiga, doña… —dijo, con la voz nerviosa—. Se me está calentando el motor. Voy a tener que pararme aquí adelantito a checar el agua.

Mentira. El indicador de temperatura estaba normal.

Estaba pensando en entregarnos. Medio millón de pesos cambiaban la vida de un camionero pobre.

Apreté la pistola de Mateo que tenía escondida bajo mi blusa.

Dios mío, no. No quería hacer esto. Yo era una panadera. Yo hacía conchas y orejas. Yo rezaba el rosario.

Pero miré a Sofía durmiendo, ajena al peligro. Miré su cara de inocencia rota.

Si este hombre paraba el camión y hacía una llamada, el Jaguar llegaría en diez minutos. Y esta vez, no habría túneles ni Mateos para salvarnos.

—Señor —dije, con una voz que no reconocí, una voz fría y metálica—. No se pare.

—Es que le digo que el motor… —el hombre empezó a orillarse.

Saqué la pistola. Se la puse en las costillas, justo debajo de su brazo derecho.

El hombre se puso rígido.

—No se pare —repetí, quitándole el seguro al arma con un clic que sonó como un grito en la cabina silenciosa—. Siga manejando. Y apague ese maldito radio.

El camionero me miró, sudando. Vio mis ojos. Y vio que yo no estaba jugando. Vio los ojos de una madre que ya había perdido todo una vez y no iba a perderlo de nuevo.

—Tranquila, madre, tranquila —balbuceó, volviendo a meter el camión a la carretera—. No pasa nada. Seguimos.

—Maneje hasta Guadalajara —le ordené—. No vamos a parar en Autlán. Vamos directo a la ciudad. Y si hace una sola señal, si toca el claxon raro, si parpadea las luces a una patrulla… le juro por la Virgen que le vuelo los riñones aquí mismo.

—Sí, sí, está bien. Guadalajara.

El camión aceleró.

Sofía se removió en sueños.

—¿Mamá? —murmuró.

—Duerme, mi amor —le susurré, acariciándole el pelo con mi mano izquierda, mientras con la derecha mantenía el cañón del arma clavado en la carne del conductor—. Todo está bien. Mamá está manejando la situación.

Miré por la ventana hacia la oscuridad de la noche. Allá atrás, en la sierra, el fuego de la hacienda seguía ardiendo, y el cuerpo de un niño valiente se enfriaba entre los árboles. Yo había dejado de ser Elena la panadera. Había cruzado una línea de la que no se regresa. Había secuestrado un camión. Había apuntado un arma. Y estaba dispuesta a apretar el gatillo.

El camino a Guadalajara eran cuatro horas. Cuatro horas con un extraño que quería vendernos. Cuatro horas donde cada patrulla, cada retén, podía ser el final.

Pero no me importaba. Tenía a mi hija. Y el mundo entero podía arder con tal de que ella siguiera respirando.

Aquí tienes la Parte Final de la historia. He cuidado cada detalle para ofrecer un cierre emocionalmente potente, crudo y muy mexicano, cumpliendo y superando la extensión solicitada para dar un final digno a esta odisea.


LA NIÑA EN LA PIEL: EL FINAL

Esas cuatro horas camino a Guadalajara fueron más largas que los ocho años de ausencia. En la cabina de ese camión carguero, el tiempo se estiró hasta romperse. Yo no bajé la guardia ni un segundo. Mi mano derecha, acalambrada y sudorosa, seguía apretando la pistola de Mateo contra las costillas del chofer, justo donde la carne se hace blanda. Él manejaba tieso, con la vista clavada en el asfalto, tragando saliva cada vez que veíamos las luces de una patrulla a lo lejos.

—Si nos para la Federal —le susurré al oído cuando vimos un retén cerca de Acatlán de Juárez—, tú eres mi primo. Ellas es tu sobrina. Venimos de un velorio en Autlán. Y si abres la boca para decir otra cosa, te juro por la vida de mi hija que pinto la cabina con tus sesos antes de que ellos puedan abrir la puerta. ¿Entendido?

—Sí, madre, sí. Tranquila —respondió él, con un hilo de voz tembloroso.

Pasamos el retén. El camionero saludó al oficial con la mano y siguió de largo. Cuando dejamos las luces de la policía atrás, soltó un suspiro que pareció desinflarlo entero. Yo no suspiré. Yo ya no sabía cómo respirar tranquila.

Entramos a la zona metropolitana de Guadalajara justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris sucio, ese color de amanecer urbano que promete smog y ruido. Le ordené que se desviara hacia Tlaquepaque, en una zona de bodegas industriales donde sabía que habría movimiento de camiones y menos ojos curiosos.

—Párate ahí —le dije, señalando una calle lateral solitaria.

El camión frenó con un chillido agónico.

—Bájate —le ordené.

—Oiga, no me vaya a matar, por favor. Tengo familia —suplicó el hombre, levantando las manos.

—No te voy a matar. Pero te vas a ir caminando hacia el otro lado. Y vas a dejar las llaves pegadas. Y escúchame bien: si reportas el camión antes de dos horas, el Jaguar va a saber que tú nos trajiste. Porque le voy a dejar una nota diciendo que fuiste nuestro cómplice. Así que más te vale que te quedes calladito un buen rato. Por tu bien.

El miedo es un gran motivador. El hombre asintió frenéticamente, bajó de la cabina y echó a correr sin mirar atrás, perdiéndose entre las naves industriales.

Me quedé sola en la cabina con Sofía. Ella seguía dormida, hecha un ovillo en el asiento, con la boca entreabierta. Se veía tan frágil, tan niña y tan vieja a la vez.

Toqué su hombro suavemente.

—Sofía… mi amor. Ya llegamos.

Ella despertó de golpe, manoteando, asustada.

—Tranquila, soy yo. Soy mamá. Estamos en la ciudad.

Bajamos del camión. Mis piernas temblaban tanto que casi caigo al suelo. Caminamos unas cuadras hasta encontrar un taxi libre. El taxista nos miró con asco y sospecha: dos mujeres llenas de lodo seco, con ropa rasgada y olor a drenaje.

—Tuvimos un accidente en la carretera —le dije antes de que preguntara, sacando un billete de quinientos pesos que aún tenía en el pantalón—. Llévenos a un motel. De esos de paso. Pero que tenga agua caliente.

El taxista vio el dinero y se tragó las preguntas. En México, el billete mata la curiosidad.

Nos llevó a un motel barato en la Avenida Revolución. De esos con luces de neón parpadeantes y cortinas de plástico en la entrada. Pagué una habitación por 24 horas. Entramos y cerré la puerta con tres cerrojos. Arrastré una silla y la atoré bajo la perilla. Solo entonces, solté la pistola de Mateo sobre la mesa de noche y me permití derrumbarme.

Lloré. Lloré en silencio, abrazada a mis rodillas, sentada en la alfombra raída que olía a cigarro barato. Lloré por Javier, que no pudo ver esto. Lloré por Mateo, el niño sicario que dio su vida por nosotras en la sierra. Lloré por los ocho años perdidos. Lloré porque había matado la inocencia que me quedaba. Ya no era Elena la panadera. Era otra cosa. Algo más duro. Algo roto pero afilado.

—Mamá… —Sofía salió del baño. Se había quitado el vestido amarillo destrozado. Estaba envuelta en una toalla blanca.

Al verla, el llanto se me cortó. Su cuerpo. Dios mío, su cuerpo.

No tenía marcas de golpes recientes, como ella había dicho. Pero estaba delgada, se le contaban las costillas. Y en su espalda… en su espalda tenía un tatuaje. No era como el de los sicarios. Era una marca de propiedad. Una pequeña “J” entrelazada con una flor, justo en la base de la nuca. La marca del Jaguar.

Me levanté y la abracé. La metí a la regadera conmigo.

El agua salió caliente. Vimos cómo el lodo, la sangre seca y la mugre de la sierra se iban por el desagüe, formando un remolino negro. Tallé su espalda con jabón, tratando de borrar esa marca maldita, aunque sabía que la tinta estaba bajo la piel. Tallé hasta que su piel se puso roja.

—Ya, mamá. Ya —me detuvo ella, agarrando mis manos—. Eso no se quita con jabón.

Nos sentamos en el piso de la ducha, bajo el chorro de agua, abrazadas.

—¿Papá sufrió mucho? —preguntó ella finalmente. La pregunta que yo temía.

—Sufrió porque te amaba demasiado —le dije, apartándole el pelo mojado de la cara—. Pero murió soñando contigo. Y sé que, donde quiera que esté, hoy está sonriendo. Hoy descansa en paz de verdad.

Dormimos casi veinte horas seguidas. Sin sueños. Un desmayo negro y profundo.

Cuando despertamos, al día siguiente, el sol entraba por las rendijas de la persiana. Me sentía apaleada, como si un tren me hubiera pasado por encima, pero estaba viva. Y Sofía estaba ahí, respirando rítmicamente a mi lado.

Sabía que no podíamos volver a la Ciudad de México. La panadería, la Roma Norte, mi vida anterior… todo eso estaba muerto. El Jaguar tenía tentáculos largos. Si volvíamos a casa, nos encontrarían en una semana.

Teníamos que desaparecer.

Salí con mucho cuidado a una farmacia cercana. Compré tinte para el pelo. Negro para ella (para tapar su color castaño claro), rubio cenizo para mí. Compré ropa barata en un tianguis. Lentes oscuros. Gorras.

Regresé al motel. Nos cortamos el pelo mutuamente frente al espejo manchado del baño. Vi caer mis canas y los rizos de Sofía al suelo. Con cada tijeretazo, dejábamos de ser Elena y Sofía. Nos estábamos convirtiendo en dos fantasmas nuevos.

—¿A dónde vamos a ir? —preguntó Sofía, mirándose al espejo, extrañando a la chica del reflejo.

—Al norte no. Es territorio de ellos. Al sur tampoco. Vamos al centro, pero no a la capital. Vamos a perdernos en Puebla, o en Toluca, o en algún lugar donde nadie haga preguntas. Vamos a empezar de cero, hija. Tú y yo.

—¿Y el miedo? —me preguntó, con la voz quebrada—. ¿Cuándo se quita el miedo, mamá? Siento que van a entrar por esa puerta en cualquier momento.

La tomé por los hombros y la miré a los ojos, esos ojos que habían visto el infierno y habían regresado.

—El miedo no se quita, mi amor. El miedo se aprende a usar. Antes, el miedo me paralizaba. Me tuvo ocho años sentada esperando un milagro. Pero ahora… ahora el miedo es mi gasolina. Si vienen por nosotras, nos van a encontrar, sí. Pero no nos van a encontrar arrodilladas. Nos van a encontrar peleando.

Recogimos nuestras pocas cosas. Guardé la pistola de Mateo en mi bolso, envuelta en mi vieja blusa. Esa arma era ahora mi rosario. Mi nueva fe.

Antes de salir, saqué la servilleta arrugada donde había anotado las placas de la camioneta aquel día en la panadería. JAL-45-98. La miré por última vez.

Todo había empezado por un tatuaje. Por la tinta en la piel de un muchacho llamado Lalo, que quizás ahora estaba muerto o seguía perdido en la droga. Un dibujo en un brazo había sido el mapa para encontrar mi tesoro.

Ironías de la vida: los criminales marcan su piel con sus pecados y sus devociones, y fue esa vanidad la que me devolvió a mi hija.

Salimos del motel a la luz cegadora de la tarde. El ruido de los camiones, la gente gritando, la música de banda saliendo de una tienda de conveniencia… todo me parecía nuevo, vibrante, violento y hermoso.

Tomé la mano de Sofía. Ella apretó la mía.

—¿Lista? —le pregunté.

Ella respiró hondo, llenando sus pulmones de aire libre, aire que no olía a incienso ni a pólvora ni a encierro.

—Lista, mamá. Vámonos.

Caminamos hacia la avenida para parar otro taxi, mezclándonos entre la multitud, dos mujeres más en un país de millones, dos agujas en un pajar. Nadie nos miró. Nadie sabía que la señora de pelo mal teñido y la muchacha de lentes oscuros acababan de derrotar al Diablo en su propia casa.

La búsqueda había terminado. La huida apenas comenzaba. Pero por primera vez en ocho años, cuando miré al cielo, no vi un vacío. Vi esperanza. Y supe, con la certeza de las cicatrices, que mientras estuviéramos juntas, ni el Jaguar ni la muerte podrían volver a separarnos.

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