“Sentí cómo su respiración se volvía lenta contra mi pecho mientras esquivaba camiones; todos veían el peligro, yo solo veía sus ojos confiando en mí hasta el final.”

—¡Muévete, estúp*do, muévete! —grité ahogada por el casco, aunque sabía que el taxista de adelante no podía escucharme. El sol de las tres de la tarde me quemaba la nuca, pero yo sentía un frío helado recorriéndome la espalda.

Mis manos temblaban. Con la derecha aceleraba la motoneta, tratando de mantener el equilibrio entre los baches de la avenida. Con la izquierda, sostenía algo que valía más que mi propia vida en ese momento: una bolsa de suero improvisada, elevada lo más alto que mi brazo aguantaba.

—Aguanta, mi niño, ya casi llegamos, te lo juro por Dioscito que ya casi llegamos —le susurraba al bulto peludo que llevaba apretado contra mi pecho.

La gente se me quedaba viendo. Unos con curiosidad, otros con esa mirada de juicio que te lanzan cuando creen que eres una irresponsable. “Mírala, se va a matar”, parecían decir sus ojos. Pero no entendían nada. No era un paseo, era una carrera contra la m*erte.

Canelo, mi perro, mi compañero de mil batallas, iba ahí, inerte. A pesar del ruido infernal de los cláxones y el movimiento brusco de la moto, él no se resistía. No temblaba de miedo como otras veces. Estaba quieto, con esa calma que solo tienen los que confían ciegamente.

Me dolía el brazo, se me entumecían los dedos de tanto apretar la bolsa de solución salina, pero no podía bajarla. Si la bajaba, el líquido dejaba de pasar. Si dejaba de pasar, él se me iba.

Es increíble cómo estos seres te cambian la vida. Son como niños eternos, atrapados en otro cuerpo, amándote sin pedirte cuentas, sin dudar de ti ni un segundo. Yo soy todo lo que él tiene, y en ese momento, entre el esmog y la desesperación, entendí que cuidar a quien amas, así, en medio del desastre, es la forma más pura de decir “te quiero”.

De pronto, el semáforo cambió a rojo. Frené de golpe y el líquido del suero se agitó violentamente. Sentí un peso muerto caer más fuerte sobre mi regazo.

—¿Canelo? —pregunté, con la voz quebrada.

No se movió. Su cabecita colgó hacia un lado y por un segundo, el ruido de la calle desapareció. Solo escuché el latido de mi propio pánico.

¿LLEGUÉ A TIEMPO O EL TRÁFICO ME ARREBATÓ LO QUE MÁS AMABA?!

PARTE 2: El Peso del Amor en el Asfalto

La eternidad en un semáforo

—¿Canelo? —repetí, pero mi voz no era más que un chillido ahogado por el motor de un camión de volteo que se detuvo a mi lado. El escape del camión me escupió una nube negra de diésel quemado en la cara, pero ni siquiera tosí. No podía. Mis pulmones se habían olvidado de cómo funcionar.

Bajé la mirada. El semáforo en rojo brillaba sobre el asfalto derretido de la calzada, reflejándose como una mancha de sangre. En mi regazo, envuelto en esa cobija de franela azul con dibujos de ositos que alguna vez fue mía de bebé, Canelo seguía sin moverse. Su cabeza, esa cabecita que solía erguirse alerta cada vez que escuchaba el sonido de una bolsa de papitas abriéndose, ahora colgaba inerte hacia el lado izquierdo, golpeando suavemente contra el tanque de gasolina de la motoneta con la vibración del motor.

Solté el manubrio con la mano derecha, la única que tenía libre, y la puse sobre su pecho. Mis dedos, llenos de mugre y entumecidos por el viento, buscaron desesperadamente. Nada. Solo sentía la lana de la cobija.

—No me hagas esto, gordo. No me hagas esto, por favor —susurré. Las lágrimas empezaron a mezclarse con el sudor en mis mejillas, picándome los ojos—. ¡No te vayas, cabrón! ¡Todavía no!

Apreté más fuerte, hundiendo mis dedos en su costillar flaco. Y entonces, ahí estaba. Débil. Un tump-tump casi imperceptible, lento, arrítmico, como un reloj viejo a punto de pararse para siempre. Pero estaba ahí.

—¡Está vivo! —grité, aunque nadie me escuchó.

El semáforo cambió a verde.

El claxon del taxi detrás de mí sonó con la furia de quien lleva prisa por llegar a ninguna parte. —¡Avánzale, hija de tu…! —me gritó el chofer, sacando la mano por la ventana.

No le contesté. No le pinté el dedo como hubiera hecho cualquier otro día. Simplemente aceleré. La motoneta, mi vieja Italika que tantas veces me había dejado tirada, rugió como si ella también entendiera la urgencia. El chicote del acelerador se tensó y salimos disparados, esquivando un bache que parecía un cráter lunar en medio de la avenida.

La jungla de concreto

Manejar en esta ciudad es un deporte extremo, pero hacerlo con una sola mano, cargando un suero en alto y con el corazón roto, es un acto suicida. Mi brazo izquierdo, el que sostenía la bolsa de solución Hartmann, era un bloque de dolor. El hombro me ardía como si me hubieran clavado un picahielo, y los dedos se me estaban acalambrando, curvándose en garra alrededor del plástico tibio. Pero no podía bajarlo. La gravedad era lo único que empujaba el líquido hacia las venas colapsadas de Canelo. Si bajaba el brazo, la sangre se regresaría por el tubo. Si bajaba el brazo, él perdía.

—Aguanta, mi amor. Aguanta —le hablaba al viento, esperando que mis palabras le llegaran de alguna forma—. Ya vamos a llegar a la veterinaria del Dr. Hinojosa. Ya falta poquito.

Mentira. Faltaban al menos veinte minutos con este tráfico. Estábamos cruzando una de esas zonas de la ciudad donde los cables de luz cuelgan como telarañas y las banquetas están invadidas por puestos de garnachas. El olor a suadero y cebolla frita me golpeó el estómago vacío, provocándome náuseas.

Un microbús verde con gris se me cerró bruscamente para levantar pasaje en segunda fila. —¡Fíjate, animal! —grité, frenando con la llanta trasera derrapando un poco.

El suero se balanceó peligrosamente. Miré a Canelo. El frenón hizo que su cuerpo se deslizara hacia adelante. Tuve que hacer una maniobra de circo: soltar el acelerador un milisegundo, acomodarlo con la rodilla y el codo, y volver a acelerar antes de que el motor se apagara.

Fue en ese momento, mientras recuperaba el equilibrio, que escuché el sonido que todo chilango teme cuando sabe que está haciendo algo mal: la sirena corta, seca y autoritaria de una patrulla de tránsito.

Wu-wup.

Miré por el retrovisor, que tenía el espejo estrellado. Ahí estaban, las luces azules y rojas girando. Una patrulla de tránsito.

—No, no, no. Ahorita no —rogué.

El altavoz crujió. —Motoneta negra, oríllese a la derecha. Detenga su marcha.

Mi mente corrió a mil por hora. Si me paraba, perdía tiempo. Si me paraba, me iban a quitar la moto por no traer el casco bien puesto, por manejar con una mano, por traer carga inestable. Me iban a llevar al corralón. Y Canelo se iba a morir en la banqueta mientras un oficial me pedía la tarjeta de circulación.

Pero si no me paraba, me iban a perseguir. Y una persecución con un perro moribundo no iba a terminar bien.

La desesperación te hace tomar decisiones estúpidas. Por un segundo, pensé en meterme en sentido contrario por una callejuela. “Conozco el barrio”, pensé. “Los pierdo en dos cuadras”.

Pero sentí el peso de Canelo. Su calor se estaba desvaneciendo. No podía arriesgarme a que nos tiraran. Me orillé, temblando de rabia y miedo.

La Ley y el Orden (y la Súplica)

El oficial que se bajó era un hombre mayor, con el uniforme gastado y esa cara de cansancio crónico que tienen los policías que llevan todo el día bajo el sol. Caminó lento, ajustándose el cinturón, tomándose su tiempo, como si el universo no estuviera colapsando.

—Buenas tardes, señorita —dijo, sacando su libreta—. ¿Sí sabe por qué la detengo? Viene zigzagueando, a exceso de velocidad y operando el vehículo de manera negligente con una sola mano. Eso es corralón directo y una multa de…

—¡Oficial, por favor! —lo interrumpí. Mi voz salió quebrada, histérica—. ¡Mire! ¡Mire lo que traigo!

El policía frunció el ceño y se acercó más, bajando la vista hacia el bulto en mis piernas. Vio la bolsa de suero que yo sostenía en alto como si fuera la antorcha olímpica. Vio la manguerita transparente bajando hasta la pata delantera de Canelo, donde un catéter improvisado estaba pegado con cinta micropore sucia. Vio los ojos vidriosos de mi perro, que apenas parpadeaban.

—¿Es un perro? —preguntó, desconcertado.

—Es mi hijo —respondí, y no me importó lo ridícula que sonara—. Se está muriendo. Tiene parvovirus o se envenenó, no sé, pero se está deshidratando. Necesito llegar con el veterinario. ¡Por favor, oficial, no tengo dinero para la mordida, no tengo papeles ahorita, salí corriendo! ¡Déjeme ir!

El policía se quedó callado. Miró mi moto vieja, mis tenis desgastados, mi cara bañada en lágrimas y mugre. Miró el suero. En México estamos acostumbrados a que la autoridad sea sinónimo de problemas. A que te quieran sacar lana. A que no les importe tu dolor. Me preparé para lo peor. Me preparé para tener que hincarme y suplicar.

El oficial suspiró. Se quitó los lentes oscuros y vi unos ojos que habían visto demasiadas cosas malas en esta ciudad. Se rascó la cabeza.

—Mi hija tiene un pug —dijo de repente, con voz suave—. Se puso malo el año pasado. Lloró toda la semana.

Se me hizo un nudo en la garganta. —Jefe, por favor… se me va.

El hombre miró hacia la avenida, donde el tráfico estaba parado. Luego me miró a mí. Guardó su libreta. —La veterinaria está en la Avenida 8, ¿no? ¿La del Doctor Hinojosa?

—Sí, esa, esa misma.

—Súbase —ordenó, pero no se refería a la patrulla. Hizo un gesto con la mano hacia adelante—. Súbase a su moto. Y no se separe de mi defensa.

—¿Qué?

—¡Que se suba! Le voy a abrir paso. Pero si se mata en el camino, yo no vi nada. ¡Ándele!

No tuve que pensarlo dos veces. Encendí la moto. El oficial corrió a su patrulla, encendió las sirenas y el código de luces. Waaaa-Waaaa!

La patrulla se metió al carril central, empujando a los coches. Yo me pegué a su defensa trasera, respirando el humo, aprovechando el hueco que él abría en el mar de lámina.

Fue surrealista. Yo, Ximena, la que debe tres meses de renta, escoltada por la policía como si llevara al presidente. La gente se hacía a un lado. Cruzamos tres semáforos en rojo. El viento me secaba las lágrimas, pero salían nuevas.

“Gracias, Diosito. Gracias, oficial desconocido”, recé.

El Umbral de la Esperanza

Llegamos en cinco minutos. Un trayecto que hubiera tomado veinte. La patrulla se detuvo frente a la clínica, una pequeña accesoria pintada de azul con un letrero despintado que decía “VETERINARIA SAN FRANCISCO – Urgencias 24 hrs”.

El oficial tocó el claxon dos veces y luego, sin esperar agradecimientos, apagó la sirena y siguió su camino, perdiéndose en el tráfico. Ni siquiera pude decirle gracias. Ojalá el karma exista y le regrese el doble.

Apagué la moto y el silencio me cayó de golpe. Mis piernas fallaron al intentar bajarme. Estaban temblando tanto que casi nos caemos los dos. —¡Ayuda! —grité hacia la puerta de cristal—. ¡Doctor!

Un chico joven, el asistente, salió corriendo. —¡Tráete la camilla, rápido! —le gritó a alguien adentro al ver el estado de Canelo.

Entre los dos cargamos a Canelo. Pesaba mucho más de lo que recordaba, o tal vez era el peso del miedo. Lo pusimos en la mesa de exploración metálica, fría y brillante.

El Doctor Hinojosa, un señor calvo con bigote de morsa que ha atendido a todos los perros del barrio desde los años 90, entró secándose las manos. —¿Qué pasó, Ximena? ¿Es el Canelo?

—No sé, doctor, empezó a vomitar en la mañana, luego diarrea con sangre, y hace rato se desguanzó. Le puse el suero que me sobró de la otra vez, pero no reacciona.

El doctor se puso el estetoscopio y empezó a trabajar rápido. Levantó el labio de Canelo. Las encías estaban blancas, casi grises. —Llenado capilar retardado. Está en shock hipovolémico. Está muy deshidratado. ¿Cuánto tiempo lleva así?

—Desde la mañana. Doctor, ¿se va a salvar?

Hinojosa no me contestó. Los médicos nunca contestan eso cuando la respuesta no es la que quieres oír. —Canalicen doble vía. Rápido. Necesito Ringer Lactato a chorro y dexametasona. ¡Muévanse!

Me sacaron del consultorio. —Espérate afuera, Xime. Necesitamos espacio —me dijo el asistente, empujándome suavemente hacia la sala de espera.

—¡No lo quiero dejar solo!

—Es por su bien. Ahorita te avisamos.

La puerta se cerró. Y me quedé sola en la sala de espera.

Recuerdos en una sala de espera

La sala de espera de una veterinaria de barrio tiene un olor particular. Huele a cloro barato, a croquetas rancias y, sobre todo, huele a angustia. Las sillas de plástico naranja estaban vacías, excepto por una señora con un gato en una jaula transportadora.

Me dejé caer en una silla. Mi brazo izquierdo, el que había sostenido el suero durante todo el viaje, palpitaba con un dolor sordo. Lo miré. Tenía marcas rojas profundas en la palma de la mano.

Cerré los ojos y recargué la cabeza en la pared fría. Inevitablemente, mi mente viajó hacia atrás. Tres años atrás.

No era un buen momento en mi vida. Mi mamá acababa de fallecer, mi papá se había ido a “comprar cigarros” hacía una década y yo estaba sola en un departamento de interés social que se sentía demasiado grande y demasiado silencioso. Trabajaba en un Call Center, aguantando insultos de gringos que querían cancelar sus tarjetas de crédito, y regresaba a casa a mirar el techo.

Una noche lluviosa de octubre, venía caminando del metro. Había un puesto de tacos de suadero que ya estaba recogiendo. Debajo de la lona, junto a un huacal de refrescos, vi una caja de cartón empapada. Algo se movía adentro.

Me acerqué. Era una bola de pelo color canela, flaco, lleno de sarna, temblando de frío. Tenía una oreja mordida y la mirada más triste que he visto en mi vida. —¿Es tuyo? —le pregunté al taquero. —Nah, güerita. Lo vinieron a tirar hace rato. Si lo quieres, llévatelo. Si no, al rato lo echo a la basura porque espanta a la clientela.

Lo miré. Él me miró. No hubo música de violines ni un rayo de luz celestial. Solo hubo reconocimiento. Él estaba roto. Yo estaba rota. —Vente —le dije.

Lo cargué en mi chamarra. Olía horrible. Me llenó de pulgas en el trayecto a casa. Esa primera noche, le di jamón y dormimos en el suelo de la sala. Le puse Canelo por el color, y porque no tenía imaginación para nombres. Al día siguiente, gasté mis ahorros en el veterinario. Me dijeron que quizá no sobreviviría. Pero sobrevivió.

Y me salvó. Cuando yo lloraba por mi mamá, él venía y me lamía las lágrimas, con ese aliento a croqueta que para mí olía a hogar. Cuando no quería levantarme de la cama por la depresión, él me obligaba a salir jalándome las sábanas para que lo sacara a orinar. Canelo no era solo un perro. Era la única razón por la que yo no me había rendido en esta ciudad monstruosa. Era mi familia. Mi única familia.

La Realidad Golpea (La cuenta)

El sonido de la puerta del consultorio abriéndose me sacó de mis recuerdos de golpe. Me puse de pie como un resorte. El Doctor Hinojosa salió. Tenía el semblante serio. Se quitó los lentes y los limpió con su bata.

—Ximena…

Sentí que el piso se abría. —¿Qué pasó? ¿Se murió? —pregunté, sintiendo que me iba a desmayar ahí mismo.

—No, no se murió —dijo el doctor, y volví a respirar—. Pero está muy grave. Es parvovirus, tal como pensaste, pero se complicó con una gastroenteritis bacteriana severa. Sus riñones están sufriendo mucho.

—¿Qué hay que hacer?

—Lo estabilizamos, pero necesita quedarse internado. Necesita suero constante, antibióticos fuertes, antieméticos y monitoreo las 24 horas. Si se lo lleva a su casa, no pasa de esta noche.

—Déjelo aquí, doctor. Haga lo que tenga que hacer.

El doctor suspiró y sacó una hoja de papel. —Xime, sabes que te estimo y que quiero mucho al Canelo. Pero esto va a salir caro. Los medicamentos han subido mucho. La hospitalización, el suero, los estudios de sangre… estamos hablando de que necesito un depósito inicial de tres mil pesos. Y probablemente el tratamiento completo salga en unos seis o siete mil, dependiendo de cuántos días se quede.

Seis mil pesos. Mi mente hizo cuentas rápidas. En mi cuenta de banco tenía cuatrocientos pesos. Faltaban cinco días para la quincena. La renta vencía mañana. Ya debía luz. Seis mil pesos era una fortuna. Era imposible.

Me quedé callada, mirando mis tenis sucios. La vergüenza me quemaba la cara. ¿Cómo le dices a la persona que tiene la vida de tu ser amado en sus manos que no tienes con qué pagarle?

—Doctor… —empecé, con la voz temblorosa—. No tengo esa cantidad ahorita. Le puedo dar los cuatrocientos que traigo y… le dejo mi moto.

—¿Qué?

—Le dejo mi moto. Vale como diez mil pesos. Está viejita pero jala bien. Tómela en garantía. Le firmo lo que quiera. Pero por favor, no deje de atenderlo. Vendo la moto mañana, o empeño la tele, o veo qué hago, pero no me lo dé de alta. Si me lo llevo se muere.

El doctor me miró fijamente. Vio la desesperación pura, sin filtros. Vio que no estaba intentando estafarlo. Vio que estaba dispuesta a irme caminando a casa y perder mi medio de transporte, mi herramienta de trabajo (hacía entregas de comida a veces), con tal de salvar al perro.

—Ximena, no quiero tu moto —dijo él, suavemente.

—¡Es que no tengo otra cosa! —grité, desesperada—. ¡No tengo nada más!

El doctor levantó la mano para calmarme. —Dije que no quiero tu moto. Mira… dame lo que traigas para los insumos de hoy. Mañana vemos.

—¿De verdad?

—Sí. Pero Ximena, tienes que ser realista. Aun con el tratamiento, sus probabilidades son del 50/50. Está muy débil. Esta noche es crítica. Si amanece, tenemos esperanza. Si no…

No terminó la frase. No hacía falta.

—¿Puedo verlo? —supliqué.

—Cinco minutos. Está sedado. No lo agites.

La Promesa

Entré al consultorio. Hacía frío por el aire acondicionado. Canelo estaba en una jaula de metal, acostado sobre una toalla limpia. Tenía el suero conectado a la pata y un cono en el cuello. Se veía tan pequeño, tan frágil. Me acerqué y metí la mano por los barrotes. Acaricié su cabeza. Estaba un poco más caliente, ya no tan helado como en la moto.

—Aquí estoy, gordo —le susurré—. Aquí está mamá. Abrió un ojo. Solo uno. Me miró. No movió la cola, pero suspiró. Un suspiro largo y profundo.

—Escúchame bien, perro tonto —le dije, pegando mi frente a los barrotes fríos—. No te vas a ir. No me vas a dejar sola en este pinche mundo, ¿oíste? Tienes que luchar. Yo voy a conseguir el dinero. Voy a vender tamales, voy a limpiar casas, voy a asaltar un banco si es necesario, pero tú vas a salir de aquí moviendo la cola.

Besé su nariz seca. —Descansa. Mañana vengo a primera hora. Te amo, Canelo. Te amo más que a nada.

Salí de la veterinaria con el corazón hecho pedazos pero con una determinación de acero. Ya era de noche. La calle estaba oscura. Mi moto estaba ahí afuera, esperándome. Me subí. Me puse el casco. Tenía que conseguir seis mil pesos en menos de 24 horas. No sabía cómo. No sabía a quién pedirle. Pero al encender la moto y escuchar el motor, supe una cosa: La Ximena que lloraba se quedó en la sala de espera. La Ximena que salió era una guerrera. Y por mi perro, era capaz de incendiar el mundo.

Arranqué la moto. La ciudad me esperaba. Y esta noche, no iba a dormir.

PARTE 3: La Noche de los Mil Aullidos

El rugido del hambre y el motor

Salí de la veterinaria y el aire nocturno de la Ciudad de México me golpeó como una toalla mojada. Eran apenas las ocho de la noche, pero en mi cabeza sentía que habían pasado tres días. La Avenida 8 era un río de luces rojas y blancas, el tráfico de la hora pico que nunca termina, el soundtrack eterno de cláxones, escapes modificados y cumbias lejanas que escapan de las ventanillas de los microbuses.

Me subí a la motoneta. Al sentarme, el asiento de vinil frío me recordó la ausencia del bulto caliente que había traído entre las piernas hace unas horas. Miré hacia abajo, al espacio vacío entre mis rodillas y el manubrio. Ahí había estado él, Canelo, luchando por respirar. Ahora solo había vacío. Un vacío que pesaba más que un costal de cemento.

Metí la mano al bolsillo de mi pantalón de mezclilla y saqué mi celular. La pantalla estaba estrellada en la esquina superior derecha, una cicatriz de cuando se me cayó repartiendo comida bajo la lluvia el mes pasado. Tenía 12% de batería. Y en la aplicación del banco, el saldo se burlaba de mí con letras negras sobre fondo blanco: $412.50 MXN.

Cuatrocientos doce pesos con cincuenta centavos. Necesitaba seis mil. Mínimo. Seis mil varos para comprarle la vida a mi perro. Seis mil varos para que el Doctor Hinojosa no tuviera que decirme “lo siento” mañana por la mañana.

Me puse el casco. El visor estaba rayado y opaco, así que lo dejé levantado. El viento me secaba los ojos, que ardían por el cansancio y el llanto contenido. —Bueno, Ximena —me dije a mí misma, agarrando los puños del manubrio hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. A chingarlem. No hay de otra.

Encendí la moto. El motor tosió un poco antes de arrancar. “Tú no me falles ahorita, desgraciada”, le rogué a la máquina. Arranqué. No iba a casa. Iba a la guerra.

La Tía Lucha y la vergüenza ajena

La primera parada fue la desesperación lógica: la familia. O lo que quedaba de ella. Manejé hacia la colonia Pantitlán. Es un viaje largo, esquivando baches que parecen entradas al infierno y cuidándome de los taxistas que manejan como si tuvieran un pacto con el diablo. Llegué a la unidad habitacional donde vive mi tía Lucha. Es la hermana mayor de mi mamá. No nos hablamos mucho desde el funeral, pero la sangre llama, o eso dicen. O al menos, la sangre sirve para pedir prestado.

Estacioné la moto afuera del edificio despintado. Había unos chavos en la esquina fumando algo que definitivamente no era tabaco. Me miraron. Les sostuve la mirada con esa cara de “no te metas conmigo, estoy loca” que uno aprende a poner en el barrio para sobrevivir. Funcionó. Se rieron y siguieron en lo suyo.

Subí las escaleras hasta el tercer piso. El olor a cebolla frita y frijoles negros salía de los departamentos. Mi estómago rugió. No había comido nada desde el desayuno, una guajolota rápida antes de que Canelo empezara a vomitar. Toqué el timbre. Abrió mi tía. Traía un delantal de cuadros y el control de la tele en la mano. Se escuchaba la voz dramática de una novela de fondo.

—¿Ximena? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Qué haces aquí a esta hora, hija? ¿Pasó algo?

—Hola, tía. Perdón que venga sin avisar.

Me dejó pasar. El departamento olía a Suavitel y a cera para pisos. En la pared, una foto de mi mamá sonriendo en una fiesta de hace quince años me recibió como un golpe en el pecho.

—Siéntate, mija. ¿Quieres un vaso de agua? Te ves pálida. Pareces un fantasma.

—No, gracias, tía. Vengo de rápido. Es que… —tragué saliva. Pedir dinero es el acto más humillante que existe, más cuando sabes que te van a juzgar—. Es el Canelo. Mi perro. Está muy grave. Está internado.

La cara de mi tía cambió. Su expresión pasó de curiosidad a esa mueca de desdén que la gente mayor pone cuando hablas de gastar dinero en animales. —Ay, hija. ¿El perro ese sarnoso que recogiste?

—No es sarnoso, tía. Es mi perro. Y se está muriendo. Necesito dinero para el tratamiento. Seis mil pesos. Te juro que te los pago. Te firmo pagarés, te limpio la casa los fines de semana, lo que quieras. Pero préstamelos, por favor.

La tía Lucha suspiró y apagó la tele. El silencio se hizo pesado. —Ximena, entiende. Seis mil pesos es mucho dinero. Apenas salió para la luz y el gas. Tu primo necesita uniformes nuevos. Y… a ver, no me lo tomes a mal, pero es un perro.

—Es mi familia —la interrumpí, sintiendo cómo se me calentaban las orejas.

—Tu familia somos nosotros, Ximena. Ese animal… pues si se tiene que morir, es porque Dios así lo quiere. A lo mejor ya estaba viejito o enfermo. No puedes gastarte lo que no tienes en un capricho. Mejor guarda ese dinero para ti, para que comas bien, mira nada más lo flaca que estás.

—No es un capricho, tía. Es lo único que me queda de mamá. A ella le gustaba el Canelo.

Fue un golpe bajo, lo sé. Usar la memoria de mi madre. Pero estaba desesperada. Mi tía se endureció. —No metas a tu madre en esto. Ella te diría lo mismo. Que seas responsable. No tengo el dinero, Ximena. Y aunque lo tuviera, no te lo daría para tirarlo a la basura en una veterinaria. Si necesitas comida, te doy un taco. Pero dinero no hay.

Me levanté. Sentí las lágrimas picando, pero no iba a llorar ahí. No le iba a dar el gusto. —Gracias por el taco, tía. Pero se me quitó el hambre.

Salí azotando la puerta de reja. Bajé las escaleras corriendo, casi tropezando. La rabia me daba energía. “Es un perro”. “Tirarlo a la basura”. Las palabras me retumbaban en la cabeza mientras me ponía el casco. —Vas a ver, vieja coda —murmuré—. Vas a ver cómo lo salvo sin tu pinche ayuda.

La Ruta del Asfalto y el Sudor

Si la familia falla, queda la chamba. Abrí la aplicación de repartidor en mi celular. “Rappi-Aliado”. Me conecté. La zona estaba en “Alta Demanda”. El mapa brillaba en rojo sangre, prometiendo tarifas dinámicas. —Órale, ciudad monstruo. Dame lo que tengas.

El primer pedido cayó a los dos minutos. Unas hamburguesas “gourmet” en la colonia Roma. Manejé hasta allá, cortando el tráfico por entre los carriles, jugándome la vida en cada espejo retrovisor que rozaba. Llegué al restaurante. Era un lugar fifi, con luces tenues y música de jazz. Yo, con mi chamarra de motociclista llena de polvo y mi mochila térmica cuadrada en la espalda, desentonaba como una cucaracha en un pastel de bodas.

El gerente me miró con asco. —Espera afuera. Ahorita te lo sacan.

Me quedé en la banqueta, viendo a través del cristal cómo gente de mi edad se reía, brindaba con copas de vino tinto y comía papas fritas que costaban lo que yo ganaba en tres días. Sentí una punzada de envidia. No por el lujo, sino por la tranquilidad. Ellos no tenían a nadie muriéndose en una jaula. Su mayor problema esa noche era elegir el postre.

Me entregaron la bolsa de papel kraft sellada con grapas. Olía a carne a la parrilla y a queso derretido. El olor me mareó. Mi estómago estaba vacío, retorciéndose. “Concéntrate, Ximena. Cada pedido son treinta, cuarenta pesos. Si hago veinte pedidos… no, no alcanza. Necesito propinas. Necesito un milagro”.

Llevé el pedido a un edificio art-deco. Subí tres pisos por las escaleras porque el elevador no servía. Me abrió un chavo en pijama, con los ojos rojos, oliendo a hierba. —Gracias, chida tu moto —me dijo, y me cerró la puerta. Revisé la app. Propina: $0.00.

—¡Chinga tu madre! —le grité a la puerta cerrada. Bajé las escaleras. Así pasaron las siguientes tres horas. Tacos al Pastor a la Narvarte. Propina: $15 pesos. Sushi a la Condesa. Propina: $10 pesos. Medicinas de farmacia a la Del Valle. Propina: $5 pesos. Era una miseria. Estaba juntando centavos para pagar una deuda de oro. A las once de la noche, había ganado doscientos cincuenta pesos. Sumado a lo que tenía, eran seiscientos sesenta. Me faltaban cinco mil trescientos cuarenta.

Me detuve en una gasolinera sobre Tlalpan para echarle veinte pesos de magna a la moto y usar el baño. Me lavé la cara con el agua fría del lavabo. Me miré en el espejo sucio, rayado con mensajes obscenos. Tenía ojeras moradas y los labios resecos. —No vas a llegar, Ximena —me susurró mi reflejo—. No vas a llegar.

Me senté en la banqueta, junto a la bomba de aire. Saqué el celular. Tenía un mensaje del asistente del veterinario. Mi corazón se detuvo. “Hola Xime. El Canelo tuvo una crisis hace rato. Vomitó otra vez. Le pusimos más medicamento para el dolor. Sigue estable, pero delicado. El Doc dice que la noche es larga. Descansa.”

¿Descansa? ¿Cómo chingados voy a descansar? Leí el mensaje tres veces. “Sigue estable”. Eso era lo único que importaba. Seguía peleando. Si ese perro flaco, que pesaba quince kilos mojado, estaba peleando contra la muerte en una jaula fría, yo no tenía derecho a rendirme en la banqueta de una gasolinera.

El Sacrificio de Oro

Me toqué el cuello. Mis dedos rozaron la cadena delgada, tibia por el contacto con mi piel. Era de oro de 14 kilates. Tenía un dije pequeñito de la Virgen de Guadalupe, con incrustaciones que parecían diamantes pero eran zirconias. Era de mi mamá. Se la compró con su primer aguinaldo hace veinte años. Nunca se la quitaba. Cuando murió, en el hospital, la enfermera me la entregó en una bolsita de plástico junto con su ropa. “Cuídala, mija. Es lo único de valor que tenemos”, me decía siempre.

Sentí un nudo en la garganta tan grande que me dolía tragar. —Perdóname, mamita —susurré al cielo contaminado, donde no se veían las estrellas, solo el resplandor naranja de las luminarias—. Perdóname, pero tú lo querías mucho también. Tú me enseñaste a no abandonar a los débiles.

Me quité la cadena. Sentí el cuello desnudo, vulnerable. Busqué en Google Maps: “Casa de Empeño 24 horas”. Había una cerca, en la calzada de Tlalpan, una de esas cadenas famosas que tienen rejas de seguridad y guardias armados en la entrada. “Montepío Luz Saviñón” o algo así, pero versión nocturna y más usurera.

Llegué. El lugar era deprimente. Luz blanca fluorescente que te lastimaba la vista, vitrinas llenas de sueños rotos: taladros, televisores, consolas de videojuegos, anillos de compromiso de matrimonios fallidos. Me acerqué a la ventanilla blindada. El empleado era un tipo gordo, con cara de aburrimiento, protegido por un cristal antibalas de tres pulgadas.

—Buenas noches. Quiero empeñar esto. Deslicé la cadenita por la bandeja giratoria de metal. El sonido del oro contra el acero sonó como una traición. El tipo la tomó. Sacó una lupa monóculo y una piedra de toque. La raspo. Le echó un ácido. Cada segundo que pasaba, yo sentía que me arrancaban un pedazo de piel. Esa cadena tenía el ADN de mi madre. Tenía su olor impregnado en los eslabones.

—Es de 14 kilates —dijo el tipo, sin emoción, su voz distorsionada por el interfón—. Pesa 4.5 gramos. Está un poco desgastada del broche. —¿Cuánto? —pregunté, conteniendo el aliento. El tipo tecleó en su computadora. —Te puedo dar… dos mil quinientos pesos. —¿Qué? —casi grité—. ¡Vale mucho más! ¡Es oro bueno! ¡El diseño es antiguo!

—Es lo que marca el sistema, reina. El oro bajó. Y el dije no cuenta mucho, solo el peso del metal. Dos mil quinientos en prenda. Si la vendes directo, te doy dos mil ochocientos. Dos mil ochocientos. Sumados a los seiscientos que tenía… tres mil cuatrocientos. Todavía me faltaba casi la mitad.

Pero tres mil cuatrocientos era mejor que nada. Era el anticipo. Era asegurar que no lo desconectaran mañana. —Dámelos —dije, sintiendo que iba a vomitar—. La vendo. —¿Venta directa? Ya no la puedes recuperar, eh. —La vendo —dije firme. Sabía que si la empeñaba, nunca iba a tener el dinero para sacarla y los intereses me comerían. Mejor despedirse de una vez.

El tipo asintió, imprimió un contrato. Firme con mano temblorosa. Vi cómo guardaba la cadenita en una bolsa ziploc, le ponía una etiqueta con un código de barras y la aventaba a una caja detrás de él. Ahí se fue mi mamá. En una bolsa de plástico. Me dieron los billetes. Los conté. Billetes de quinientos y de doscientos. Olían a suciedad. Salí de la casa de empeño. Me sentía ligera, pero de una forma horrible. Como si me hubiera vaciado por dentro. —Es por Canelo —me repetí—. Es por Canelo.

La Propuesta Indecente y el Peligro

Eran las dos de la mañana. La ciudad a esa hora cambia. Ya no es la ciudad de los oficinistas ni de los fiesteros. Es la ciudad de los monstruos, de los camiones de basura, de las patrullas silenciosas y de las sombras que se mueven en las esquinas. Tenía tres mil cuatrocientos pesos. Me faltaban dos mil seiscientos para completar los seis mil del tratamiento completo estimado. La app de repartos estaba muerta. Ya no caía nada.

Me paré en un puesto de tacos de cabeza que seguía abierto cerca del metro Chabacano. Pedí un refresco de cola para el azúcar. El taquero, un señor mayor con un bigote canoso, me vio la cara de tragedia. —¿Mala noche, güera? —La peor, jefe. —¿Falta varo? —Un chingo.

Se acercó un tipo que estaba comiendo en la esquina de la barra. Flaco, con una gorra de los Yankees y tatuajes en el cuello. Tenía una moto deportiva estacionada al lado, una Yamaha negra mate, preciosa. —Oí que te falta lana —dijo el tipo, sin mirarme, echándole salsa a su taco. Me puse tensa. Mi instinto de barrio se activó. —¿Y? —Y yo necesito mover un paquete ahorita. Mi chavo se rajó. Es aquí cerca, en la Doctores. Te doy mil quinientos bolas si te la rifas.

Mil quinientos pesos. En veinte minutos. Sabía lo que era. No soy estúpida. Nadie paga mil quinientos pesos por llevar hamburguesas a la Doctores a las dos de la mañana. Era droga. O algo robado. O algo peor. Miré mi moto vieja. Miré la hora. Si me agarraba la tira, me iba al bote. Años. Adiós vida. Y Canelo se moría solo. Pero si no lo hacía…

Pensé en los ojos de Canelo cuando lo dejé en la jaula. Ese único ojo abierto mirándome con confianza absoluta. “Tú resuelves, mamá”. El miedo es un lujo que no me podía dar. —¿Qué es? —pregunté, bajando la voz. —Una cajita. Medicina —dijo el tipo, sonriendo con dientes manchados—. Nada caliente. Solo urge que llegue. Te doy la ubicación, la dejas, te dan el varo, me traes mi parte y te quedas con la tuya.

Me temblaban las piernas. —Va. El tipo me dio una caja pequeña, envuelta en cinta canela. Pesaba poco. Me dio un papel con una dirección. —Tienes quince minutos. Si no llegas, o si te pelan… te encuentro. Tengo tu placa anotada. —No te voy a robar, güey. Solo quiero mi lana.

Arranqué. El viaje a la Colonia Doctores fue el más largo de mi vida. Sentía que la caja en mi mochila quemaba. Cada vez que veía un reflejo de luces azules en las paredes, el corazón se me paraba. “Virgencita, ya te vendí, pero por favor, échame la mano. No dejes que me agarren”.

Entré a la calle de la dirección. Era oscura, llena de vecindades viejas. Había un altar a la Santa Muerte en la esquina, lleno de velas y flores marchitas. Me paré frente al zaguán negro. Toqué el claxon una vez, como me dijo el tipo. Se abrió una ventanita en la puerta. —¿Traes el encargo del Rulas? —Simón. Un mano salió, me arrebató la caja. Luego, la misma mano salió con un fajo de billetes amarrado con una liga. —Lárgate.

Agarré el dinero. Ni lo conté. Aceleré a fondo. Sentía que me perseguían demonios. Salí de la Doctores volando, pasándome los altos, rezando para no estrellarme. Regresé al puesto de tacos. El tipo de la gorra seguía ahí, terminándose su refresco. Le aventé el fajo de billetes que me dieron. Él los contó rápido. Sacó tres billetes de quinientos y me los extendió. —Chido, flaca. Tienes huevos. Tomé los mil quinientos. —No me vuelvas a hablar en tu vida —le dije. —Trato hecho.

Me subí a la moto y me fui. Me alejé unas cuadras y me detuve en un parque oscuro. Me quité el casco y vomité en el pasto. Vomité la bilis, el miedo, la vergüenza. Me sentía sucia. Había hecho algo ilegal. Había arriesgado mi libertad. Pero tenía el dinero. Conté. Tres mil cuatrocientos de la cadena. Más mil quinientos del “trabajito”. Cuatro mil novecientos. Casi cinco mil.

Todavía faltaban mil pesos. Eran las tres y media de la mañana. Me senté en la banqueta, abrazando mis rodillas, temblando de frío y de asco. Lloré. Lloré como niña chiquita. —Ya no puedo más —sollozé—. Ya no tengo nada que vender. Ya no tengo dignidad. Ya no tengo fuerzas.

El Ángel del Oxxo

Empezó a llover. Esa lluvia finita de la CDMX que cala hasta los huesos. “Chipi-chipi”, le dicen. Me refugié bajo el toldo de un Oxxo. Estaba empapada. Mi chamarra ya no aguantaba el agua. Entré a la tienda solo para sentir un poco de calor. El cajero del turno de noche estaba dormitando. Me paseé por los pasillos, sin comprar nada, solo haciendo tiempo. Viendo las papitas, los gansitos, las cosas que no podía comprar porque cada peso era para Canelo.

En la fila de la caja, había un señor. Un taxista. De esos viejos, con chaleco de lana. Estaba comprando un café Andatti y unas donas. Me vio. Vio mi casco en la mano, mi ropa mojada, mis ojos hinchados de llorar. Vio que estaba contando mis billetes arrugados una y otra vez, haciendo sumas invisibles en el aire.

—¿Está muy dura la noche, hija? —me preguntó. Salté del susto. —Sí, jefe. Muy dura. —¿Chambeando en la moto con este aguacero? Está cabrón. —Sí… es una emergencia.

El señor pagó su café. Se quedó viéndome un momento. —¿Te falta mucho para cerrar la cuenta? Lo miré. Tenía cara de abuelo bondadoso. De esos que te cuentan historias de cuando la ciudad tenía tranvías. No sé por qué, pero me quebré. —Me faltan mil pesos —dije, y la voz se me rompió—. Mi perro está en el hospital. Vendí la cadena de mi mamá. Hice… cosas. Y todavía me faltan mil pesos. Si no pago mañana, no sé si me lo entreguen o si le sigan dando medicina.

El taxista no dijo nada. Le dio un sorbo a su café. Salió de la tienda. Pensé que se había ido. “Claro, qué va a hacer un taxista por mí”, pensé. Pero regresó a los diez segundos. Me extendió la mano. Había un billete de quinientos y varios de cien y de cincuenta. Monedas. —Toma. Son novecientos ochenta pesos. Es lo que saqué en el turno. —No… no puedo… señor, es su trabajo… —Agárralo —dijo firme, poniéndome el dinero en la mano fría—. Yo ya estoy viejo. Mañana saco más. Mi vieja me va a regañar, pero le diré que me asaltaron. O mejor, le diré la verdad. Tuvimos un pastor alemán hace años, el ‘Duque’. Se nos murió de cáncer. Hubiera dado mi taxi entero por salvarlo un día más.

Me quedé paralizada, viendo el dinero en mi mano. Novecientos ochenta pesos. Casi los mil. —Señor… no sé cómo pagarle… —Págale queriendo mucho a ese animalito. Y maneja con cuidado, que el piso está jabonoso.

El señor me dio una palmada en el hombro, se subió a su Tsuru blanco con rosa y se fue perdiendo en la lluvia. Ni siquiera le pregunté su nombre. “Gracias”, grité al aire. “¡Gracias!”.

El Amanecer de la Esperanza

Tenía cinco mil ochocientos ochenta pesos. Más los cuatrocientos que tenía en la tarjeta. Seis mil doscientos. Lo tenía. ¡Lo tenía!

Me subí a la moto. Ya no sentía frío. Ya no sentía hambre. Sentía fuego en las venas. Manejé de regreso a la veterinaria bajo la lluvia. La ciudad empezaba a despertar. Los puestos de tamales ponían sus ollas humeantes en las esquinas. Los barrenderos naranjas comenzaban su jornada. El cielo pasaba de negro a un gris plomizo. Era un nuevo día.

Llegué a la veterinaria justo a las siete de la mañana, cuando abrieron la cortina de metal. Estaba empapada, sucia, con ojeras hasta el suelo, pero me sentía invencible. Entré corriendo. El Doctor Hinojosa estaba en el mostrador, con una taza de café, revisando unos papeles. Se sorprendió al verme en ese estado.

—¡Ximena! ¿Qué te pasó? Pareces náufraga. —Aquí está, doctor —dije, sacando el fajo de billetes mojados y poniéndolos sobre el mostrador de cristal—. Cuéntelos. Son casi seis mil pesos. Tengo más en la tarjeta si falta. Páguese todo.

El doctor miró el dinero. Miró mis manos temblorosas y sucias. Miró mi expresión de locura y amor. No contó el dinero. Lo hizo a un lado.

—Ximena… —su tono de voz era extraño. Suave. Demasiado suave. El mundo se detuvo. El silencio en la veterinaria era absoluto. No se escuchaban ladridos. Mi corazón dejó de latir. —No… —susurré, retrocediendo un paso—. No me diga eso. Traje el dinero. Hice todo. No me diga que…

El doctor salió del mostrador y me puso las manos en los hombros. —Ximena, cálmate. Escúchame. —¡¿DÓNDE ESTÁ?! —grité, histérica—. ¡QUIERO VERLO!

—Está vivo —dijo el doctor rápido—. Está vivo, Ximena. Me solté a llorar. Me caí de rodillas al piso sucio de la recepción. —Pero… —continuó el doctor, ayudándome a levantarme—. La noche fue muy dura. Tuvo dos paros respiratorios. Los sacamos. Es un guerrero, ese perro. Nunca he visto nada igual. Se aferró a la vida con las uñas.

—¿Puedo verlo? —Sí. Pero prepárate. Está muy débil.

Entré al área de hospitalización. Ahí estaba. Ya no tenía el cono. Tenía mantas térmicas encima. Al escuchar mis pasos, o tal vez al oler mi aroma mezclado con lluvia y gasolina, su cola se movió. Tap. Tap. Tap. Un sonido débil contra el piso de la jaula. Pero era el sonido más hermoso del universo. Levantó la cabeza. Sus ojos ya no estaban vidriosos. Estaban cansados, sí, pero tenían brillo. Tenían vida.

Abrí la jaula y metí la cabeza. Él lamió mi cara, mezclando su saliva con mis lágrimas y el agua de lluvia. —Lo logramos, gordo —sollozé, abrazándolo con cuidado—. Lo logramos. Ya pagué. Ya nadie nos saca de aquí.

Me quedé ahí, sentada en el suelo, con la cabeza recargada en su jaula, mientras el sol de la mañana empezaba a entrar por la ventana alta. No tenía cadena de oro. Había cometido un delito. Debía rentas. Estaba enferma de cansancio. Pero mi perro estaba vivo. Y mientras él respirara, yo podía contra el mundo entero.

El doctor entró un rato después. —Ten, tómate un café. Y ten esto —me extendió el fajo de billetes húmedos—. Solo voy a cobrar los insumos básicos. Dos mil pesos. El resto guárdalo. Vas a necesitar comprarle comida especial, Latas Hill’s a/d, y medicinas para la casa. Y vas a necesitar comer tú también, que te ves de la chingada.

Miré al doctor. Quería besarle los pies. —Gracias, Doc. Neta, gracias. —No me des las gracias. Dale las gracias a él —señaló a Canelo—. Él hizo el trabajo difícil. Tú solo fuiste su ángel de la guarda en moto.

Salí de la veterinaria horas después, con Canelo en brazos, envuelto en cobijas secas. Todavía estaba débil, no podía caminar, pero el doctor dijo que lo peor había pasado. Que con cuidados en casa, saldría adelante. Lo subí a la moto, asegurándolo bien con una cangurera especial que me prestó el doctor. El sol brillaba fuerte sobre la Ciudad de México. El esmog se veía casi dorado. Arranqué la moto. Íbamos lentos. Sin prisa. La gente pasaba corriendo, estresada, tocando el claxon. Yo sonreía como estúpida. Porque llevaba en mis brazos mi fortuna completa. Y el viaje de regreso a casa, aunque fuera a un departamento vacío y sin comida, fue el viaje más feliz de mi vida.

Porque los perritos aman de una forma distinta. Y nosotros, los locos que los amamos, aprendemos que la riqueza no se mide en oro ni en billetes, sino en los latidos de un corazón que confía en ti ciegamente. Ese día, en medio del caos de la ciudad, entendí que el amor también viaja en dos ruedas, huele a gasolina y a veces, solo a veces, le gana a la muerte.

PARTE FINAL: La Resurrección de los Nadie

Capítulo 1: El Regreso al Búnker de Silencio

El camino de regreso a casa no tuvo nada que ver con la carrera frenética de la ida. Si el viaje al hospital había sido una película de acción dirigida por el pánico, el regreso fue un documental en cámara lenta, silencioso y sagrado.

Manejaba mi motoneta Italika con una precaución que rayaba en lo ridículo. Esquivaba las coladeras como si fueran minas antipersonales. Frenaba en los topes casi hasta detenerme por completo para que el rebote no lastimara el cuerpo maltrecho de Canelo, que venía asegurado en la cangurera pegada a mi pecho, envuelto como un tamal en las cobijas que el Doctor Hinojosa me había regalado.

Sentía su calor contra mi esternón. Un calor débil, todavía febril, pero constante. Su respiración era rítmica, un pequeño fuelle que subía y bajaba contra mis costillas. Cada vez que inhalaba, yo sentía que el universo me daba permiso de seguir existiendo un segundo más.

La ciudad ya estaba completamente despierta. El caos de la mañana chilanga estaba en su apogeo: camiones de gas con sus tonadas infernales, vendedores de tamales recogiendo las ollas vacías, oficinistas corriendo tras el Metrobús con el café derramándose en sus camisas. Pero yo me sentía desconectada de todo eso. Era como si Canelo y yo estuviéramos dentro de una burbuja de cristal, aislados del ruido, flotando en una frecuencia distinta a la del resto del mundo. Ellos corrían por dinero, por checar tarjeta, por cumplir. Yo regresaba de la guerra con mi soldado herido en brazos. Nadie sabía lo que habíamos pasado anoche. Nadie sabía que esa chica ojerosa en la moto vieja acababa de vender el recuerdo de su madre y traficar con quién sabe qué porquería para salvar al perro que llevaban dormido.

Llegué a mi edificio. Un bloque de concreto gris en una unidad habitacional olvidada por Dios y por el mantenimiento urbano. Subí la moto a la banqueta y la encadené al poste de siempre. Me dolieron todos los músculos al bajarme. La adrenalina de la noche anterior se había evaporado, dejándome un cuerpo que se sentía hecho de plomo y vidrio molido.

Subir los tres pisos por las escaleras fue un calvario. Mis piernas temblaban. Canelo pesaba, no por gordo —había bajado muchísimo de peso en dos días— sino por la inercia del sueño y la enfermedad. Abrí la puerta del departamento. El silencio me recibió. Pero esta vez, el silencio era diferente. Ya no era el silencio aterrador de la ausencia que sentí anoche al salir. Era un silencio de pausa. De tregua.

Fui directo a mi habitación. No al sofá, no a la cocina. A mi cama. Acomodé a Canelo sobre mi almohada, cubriéndolo con mi edredón. Él ni se inmutó. Suspiró profundamente, ese suspiro que hacen los perros cuando reconocen su territorio, su olor, su manada. Me senté en el borde del colchón y me quité los tenis. Mis pies estaban hinchados. Me quité la chamarra que olía a lluvia, a gasolina, a hospital y a miedo. Me quedé en camiseta y ropa interior, mirando a mi perro. No tenía comida en el refrigerador. No tenía gas porque se me olvidó pagarlo. No tenía a mi mamá. No tenía su cadena. Pero ahí estaba él. Respirando. Me acosté a su lado, con cuidado de no tocarle la vía intravenosa que el doctor le había dejado puesta “por si acaso”, tapada con una venda. Me acurruqué contra su espalda peluda. Y por primera vez en veinticuatro horas, cerré los ojos. No dormí. Me desmayé.

Capítulo 2: La Cruda Moral y los Fantasmas del Oro

Desperté de golpe, con el corazón acelerado, sudando frío. La luz de la tarde entraba naranja y polvorienta por la ventana sin cortinas. Por un segundo, no supe dónde estaba ni qué día era. El pánico me agarró la garganta: ¿Dónde está el suero? ¿Dónde está la medicina? Me giré bruscamente. Canelo estaba ahí. Despierto. Me miraba con esos ojos color miel que, aunque seguían hundidos y tristes, ya no tenían el velo gris de la muerte. Al verme moverme, levantó ligeramente la cabeza y, muy despacio, lamió mi mano. Una sola lamida. Rasposa. Seca. Fue el beso más dulce de mi vida.

—Hola, guapo —le susurré, con la voz pastosa. Intentó mover la cola, pero solo logró un pequeño tap contra el colchón. Estaba demasiado débil. Me levanté. El hambre me golpeó el estómago como un puñetazo. Recordé que no había comido nada real desde… ¿cuándo? Fui a la cocina. Abrí el refri: medio limón seco, un frasco de mayonesa vacío y una botella de agua. Bebí agua directo de la botella. Luego, saqué de mi mochila la lata de Hill’s a/d que me había dado el doctor y los medicamentos. También saqué el fajo de billetes que me sobró. Dos mil y cacho de pesos. Me quedé mirando el dinero sobre la mesa de formica descarapelada.

Esos billetes estaban sucios. No de mugre física, sino de energía. Había mil quinientos pesos ahí que venían de un “encargo” en la Doctores. De una caja misteriosa que entregué a un tipo con mala cara. ¿Qué había en esa caja? ¿Droga? ¿Medicinas robadas a niños con cáncer? ¿Piezas de armas? La “cruda moral” me cayó encima. Yo, Ximena, la que se persigna cuando pasa frente a la iglesia, la que le enseñaron a no tomar lo que no es suyo, había cruzado la línea. Me había convertido en parte del engranaje podrido de esta ciudad. ¿Y la cadena de mamá? Me llevé la mano al cuello instintivamente. La piel desnuda me quemó. La imagen del tipo de la casa de empeño aventando la bolsita ziploc a la caja de plástico se repitió en mi mente en un bucle infinito. Había vendido la historia de mi madre por unos cuantos días de antibióticos. Me sentí basura. Me sentí la peor hija del mundo.

—Perdóname, ma —dije en voz alta a la cocina vacía—. Perdóname, pero no sabía qué hacer. Me senté en la silla y lloré. No el llanto histérico de la noche anterior, sino un llanto silencioso, lleno de culpa y vergüenza. ¿Valía la pena? ¿Valía la pena corromperse, arriesgarse a la cárcel, perder el único patrimonio familiar, todo por un perro? Escuché un ruido en el cuarto. Un gemido bajito. Me limpié la cara con la manga y corrí a la recámara. Canelo estaba intentando levantarse para vomitar. Las arcadas sacudían su cuerpo flaco. —¡No, no, quieto, yo te ayudo! —lo sostuve. Vomitó un poco de bilis amarilla en una toalla vieja que puse rápido. Cuando terminó, se dejó caer en mis brazos, exhausto, temblando. Me miró con culpa, como pidiendo perdón por ensuciar. —No pasa nada, mi amor. No pasa nada —lo arrullé, limpiándole el hocico con cuidado—. Tú descansa. Aquí estoy.

En ese momento, sosteniendo a mi perro enfermo, oliendo a vómito y sintiendo sus costillas frágiles bajo mis dedos, la respuesta a mi pregunta llegó clara y contundente: Sí. Valía la pena. Valía la pena la cadena. Valía la pena el delito. Valía la pena el infierno. Porque el oro es metal frío. El oro no te mira. El oro no te espera en la puerta. El oro no te consuela cuando el mundo te rompe. Mi mamá, donde quiera que estuviera, no querría que yo tuviera una cadena guardada en un cajón mientras mi compañero de vida se moría de dolor. Mi mamá, que recogía gatos de la calle y les daba leche aunque no tuviéramos para nosotras, habría sido la primera en decirme: “Véndelo todo, Ximena. Véndelo todo, pero sálvalo”.

Ese pensamiento me dio paz. Limpié el desastre. Preparé una jeringa con un poco de la pasta de la lata Prescription Diet mezclada con agua. —A comer, gordo. A la fuerza, pero vas a comer.

Capítulo 3: La Larga Vigilia y el Arte de la Pobreza

Los siguientes tres días fueron una nebulosa de cuidados intensivos caseros. Mi departamento se convirtió en una sucursal del hospital. Establecí horarios estrictos en una libreta:

  • 08:00 AM – Antibiótico y protector gástrico.

  • 09:00 AM – Alimentación forzada (10 ml de papilla).

  • 12:00 PM – Suero oral (si no vomitaba).

  • 04:00 PM – Limpieza y cambio de pañales (porque estaba demasiado débil para salir).

  • 08:00 PM – Segunda dosis de antibiótico.

  • 00:00 AM – Revisión de temperatura.

No salí del departamento. El mundo exterior dejó de existir. Aprendí a medir el tiempo no por horas, sino por pequeñas victorias: “Hoy retuvo la comida dos horas sin vomitar”, “Hoy levantó la cabeza cuando escuchó un ruido en la escalera”, “Hoy sus encías se ven un poco más rosadas”.

Pero la pobreza, esa compañera fiel que nunca se va del todo, empezó a apretar. Me quedaban mil ochocientos pesos. La renta vencía en dos días. Eran tres mil quinientos. No iba a completar. La dueña del departamento, la Señora Bety, no era mala persona, pero tampoco era beneficencia. Ya me había aguantado un mes el año pasado.

Miraba a Canelo dormir y hacía cuentas mentales que nunca cuadraban. Podía volver a trabajar en la moto, pero no quería dejarlo solo ni diez minutos. Si le daba una crisis, se moría. Y entonces, sucedió algo que solo pasa en los barrios de México, donde la desgracia es tan común que la solidaridad se vuelve un mecanismo de defensa.

Al tercer día, alguien tocó la puerta. Me puse tensa. ¿El tipo de la droga? ¿La policía? ¿La casera cobrando? Me asomé por la mirilla. Era Don Pepe, el taquero de la esquina donde había encontrado a Canelo hacía años. Traía una bolsa de plástico. Abrí con desconfianza. —¿Qué pasó, Don Pepe? —Hola, Xime. No te he visto pasar en la moto ni has bajado por tus tacos fiados. Me preocupé. ¿Estás enferma? —No, Don Pepe. Es el Canelo. Le dio parvovirus. Don Pepe hizo una mueca de dolor, como si le hubiera dicho que se murió un pariente. —¡No me digas! ¿Ese perro latoso? ¿Cómo sigue? —Pues ahí la lleva. Ya la libró, creo, pero está muy débil. Y yo… pues aquí ando, cuidándolo.

Don Pepe me miró. Vio mi aspecto demacrado. Vio hacia adentro del depa, oscuro para ahorrar luz. Me extendió la bolsa. —Te traje unos de suadero y un consomé. El consomé es para ti, pa’ que revivas. Y los tacos… pues si el perro ya come, dale la carne lavadita, sin grasa. Si no, cómetelos tú. —Don Pepe, no traigo dinero ahorita… —Cállese la boca. Luego me los paga cuando el Canelo vaya a ladrarme al puesto otra vez. Me hace falta quien me espante a las ratas.

Me entregó la comida y se fue, arrastrando los pies. Cerré la puerta y abracé la bolsa caliente de tacos. Olía a gloria. Olía a humanidad. Esa tarde, comí tacos de suadero sentada en el suelo junto a mi perro. Le di un pedacito de carne lavada. Se la comió con gusto. Fue nuestra primera cena de celebración. Entendí entonces que no estaba sola. Que aunque vendí la cadena, tenía una red invisible que me sostenía. La red de los que sabemos lo que es amar a un animal y no tener un peso en la bolsa.

Capítulo 4: El Milagro de la Cola que se Mueve

El quinto día fue el punto de inflexión. Me desperté por un sonido extraño. Ras, ras, ras. Abrí los ojos. Canelo no estaba en la cama. Me levanté de un salto, con el pánico habitual. —¿Canelo? Fui a la sala. Ahí estaba. De pie. Sus patas temblaban como si fueran de gelatina. Se tambaleaba. Pero estaba de pie, bebiendo agua del plato por su propia cuenta. Al verme, soltó el agua, me miró y, lenta pero claramente, movió la cola. No un tap contra el suelo. Un movimiento real, de izquierda a derecha. Un abanico de felicidad. —¡Gordo! —grité. Corrió hacia mí. Bueno, “corrió” es un decir; tropezó hacia mí. Me tiré al suelo y lo abracé. Él me llenó la cara de lengüetazos húmedos y llenos de babas. Ya tenía fuerza. Ya era él.

Lloré de risa. Lloré de alivio. Saqué mi celular y le tomé una foto. La subí a Facebook. La foto no era bonita: mi departamento desordenado de fondo, yo con un chongo despeinado y ojeras, Canelo flaco y pelón de una pata por el suero. Puse de texto: “Me costó la cadena de mi mamá, mi dignidad y 5 noches sin dormir. Pero aquí está. De pie. La muerte nos la peló. Gracias a todos los que mandaron buena vibra.”

No esperaba nada. Quizás tres likes de mis amigos de la prepa. Pero dejé el celular y me puse a jugar con él. Cuando volví a ver el teléfono dos horas después, tenía 50 notificaciones. Luego 100. Luego 500. La gente compartía. Comentarios de desconocidos: “Eres una guerrera.” “Gracias por no rendirte.” “Yo vendí mi consola para salvar a mi gato, te entiendo hermana.” “Pasa cuenta para depositarte para unas croquetas.”

Me quedé helada. ¿La gente quería ayudar? Alguien, una chica llamada Sofía, comentó: “Oye, vi tu historia en un grupo de motos. ¿Necesitas algo? Tengo bultos de alimento premium que mi perro ya no come, te los regalo.” Otro: “Soy veterinario, si necesitas revisión de seguimiento, tráelo, no te cobro.”

Ese día, el milagro no fue solo que Canelo caminara. El milagro fue descubrir que mi pequeña tragedia personal había tocado una fibra en miles de personas. No acepté dinero en efectivo. Me daba vergüenza y sentía que el karma ya estaba saldado. Pero acepté las croquetas. Acepté las buenas vibras. La señora Bety, la casera, vino en la tarde. —Vi tu foto en el “feis” —me dijo, cruzada de brazos—. Mi nieta me la enseñó. —Señora Bety, sobre la renta… deme dos días, ya voy a salir a trabajar y… —Págame la mitad esta quincena —me interrumpió—. Y la otra mitad el otro mes. Pero que no se vuelva costumbre, eh. Y limpia bien, que no quiero que huela a perro enfermo.

Se dio la vuelta y se fue, ocultando una sonrisita. Cerré la puerta y me recargué en ella, suspirando. México es un país surrealista. Te pueden asaltar en una esquina y salvarte la vida en la siguiente. Te quitan todo y te lo dan todo al mismo tiempo.

Capítulo 5: El Regreso al Asfalto y la Cicatriz Invisible

Dos semanas después, Canelo ya era el mismo de antes. Bueno, casi. Había recuperado peso, su pelo brillaba otra vez, y ladraba con esa voz chillona que me desesperaba y que ahora me sonaba a música celestial. Solo le quedó una pequeña cicatriz en la pata delantera, donde la vía se le infectó un poquito, y una maña nueva: ahora no podía dormir si no estaba tocándome con alguna parte de su cuerpo. Si yo me movía en la cama, él se recorría para volver a hacer contacto. Yo también cambié.

Regresé a trabajar a Rappi. Volví a subirme a la moto. Pero ya no manejaba con la furia de antes. Manejaba con gratitud. Cada vez que veía un perro callejero, sentía una punzada en el pecho. Ya no podía ser indiferente. Pasé por la casa de empeño un mes después. Entré. Pregunté por la cadena. —Ya salió a venta, reina. Y ya se vendió. Hace una semana. Sentí un hueco en el estómago. Sabía que iba a pasar, pero tenía una mínima esperanza. —Ni modo —dije—. Gracias.

Salí a la calle. El sol me daba en la cara. Miré al cielo. —Está bien, ma —pensé—. Tú sabes dónde está tu amor. No está en el oro. Está en la casa, moviendo la cola esperándome.

Esa noche, llegué a casa con dinero de las propinas. Compré un pollo rostizado. Nos sentamos en el suelo, Canelo y yo. Desmenucé el pollo. —Ten, cabrón. Te lo ganaste.

Mientras comíamos, me puse a escribir. Quería sacar todo lo que tenía adentro. Quería explicarle al mundo por qué hacemos lo que hacemos. Por qué una repartidora pobre gasta una fortuna en un “simple perro”. Escribí el texto que ahora leen. Escribí sobre el miedo, sobre el taxista ángel, sobre el doctor que perdonó la deuda, sobre la soledad y la compañía.

Capítulo 6: Manifiesto de un Amor de Cuatro Patas

Dicen que en México la vida no vale nada. Lo cantaba José Alfredo Jiménez y lo repiten las noticias todos los días. Y a veces, viviendo aquí, entre la violencia, la crisis y el olvido, uno se lo cree. Uno empieza a endurecerse, a ponerse una coraza para que no te duela nada, para que no te importen los demás. Pero entonces llega un perro. Un ser que no sabe de inflación, ni de política, ni de resentimiento social. Un ser que te ve llegar con las manos vacías y te recibe como si trajeras el tesoro de Moctezuma. Canelo me enseñó que la vida sí vale. Vale cada maldito segundo de angustia. Vale cada peso sudado. Vale cada lágrima.

La gente me pregunta si lo volvería a hacer. Si volvería a vender lo único valioso que tenía, si volvería a arriesgar mi libertad en una noche oscura de la Doctores, si volvería a pasar hambre. La respuesta es: Sí. Mil veces sí. Porque esa cadena de oro era el pasado. Canelo es mi presente. Porque el dinero va y viene (bueno, más se va que lo que viene, pero se entiende). Pero la lealtad absoluta, esa mirada que te dice “eres mi universo entero”, eso no se compra en ningún lado. Eso no te lo da ningún novio, ningún jefe, ningún político.

Salvar a Canelo no fue solo salvar a un perro. Fue salvarme a mí misma. Fue recordarme que todavía tengo corazón, que todavía soy capaz de amar desmedidamente, que todavía soy humana en una ciudad que intenta convertirnos en máquinas. Fue darme cuenta de que soy más fuerte de lo que creía. Que puedo mover cielo, mar y tierra. Que soy una chingona cuando se trata de defender a los míos.

Hoy, cuando voy en la moto y veo el tráfico, el caos y la locura, sonrío. Llevo una foto de Canelo pegada en el velocímetro. Y cuando llego a casa, y escucho sus uñas repiqueteando en el piso ansioso por verme, sé que soy la mujer más rica del mundo.

No tengo oro en el cuello. Tengo oro en el alma. Y tiene cuatro patas, ladra y huele a fritos de maíz.

Epílogo: Seis Meses Después

Ayer me paré en un semáforo. El mismo semáforo donde Canelo casi se me muere aquella tarde. Había una chica en una motoneta al lado mío. Llevaba un gato en una transportadora mal amarrada. Se le veía la cara de angustia. Estaba llorando. El semáforo estaba en rojo. Me levanté el visor del casco. —¿Está enfermo? —le grité. Ella volteó, asustada. —Sí… lo atropellaron. Voy al veterinario pero no sé si llego… no traigo mucha lana…

El semáforo cambió a verde. Metí la mano a mi bolsa cangurera. Saqué un billete de quinientos pesos. El único que traía para la semana. Se lo aventé en su regazo. —¡Llega! —le grité—. ¡Y no te rindas! ¡Córrerele! La chica me miró con los ojos abiertos como platos. Agarró el billete. Asintió con la cabeza, una mezcla de sorpresa y gratitud infinita. Aceleró y se perdió entre los coches.

La vi irse. Sonreí. El taxista del Oxxo, donde quiera que esté, estaría orgulloso. La cadena de favores sigue. El amor sigue. Y mientras haya locos como nosotros en las calles, dispuestos a todo por estos ángeles sin alas, habrá esperanza.

Arranqué mi moto. —A casa, Canelo nos espera —me dije. Y el rugido del motor me sonó a victoria.

FIN

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